Patología
Para Usos Internos y Didácticos Solamente
ADAPTACIÓN PEDAGÓGICA: Dr. Carlos Etchevarne, Bach. Teol.
Contenido:
1. La "Didakhé." 2. San Clemente Romano. 3. La Carta de Bernabé. 4. San Ignacio de Antioquía. 5. El Pastor de Hermas. Hermas.
1. Evangelios Apócrifos. 2. Hechos Apócrifos de Apóstoles.
1. El Gnosticismo. 2. San Ireneo de Lyon.
1. Documentos Sobre los Martirios. 1. Acta Martyrum: 2. Passiones o Martyria: 3. Leyendas. 2. Los Apologistas Griegos. 3. San Justino, Filósofo Mártir.
1. Tertuliano. 2. San Cipriano de Cartago.
1. San Hipólito. 2. Novaciano.
1. Clemente Alejandrino. 2. Orígenes.
1. San Atanasio y la Controversia Arriana. 2. San Atanasio. 2. El Monaquismo Primitivo. 2. Evagrio Póntico. 3. Juan Casiano.
1. San Basilio El Grande. 2. San Gregorio Nacianceno. 3. San Gregorio de Nisa.
1. San Juan Crisóstomo. 2. San Cirilo de Alejandría.
1. San Hilario de Poitiers. 2. San Ambrosio de Milán. 3. San Jerónimo. 4. San Agustín de Hipona. 5. San León Magno. 6. San Gregorio Magno y el Fin de una Edad.
1. Escritores Hispanos. 2. San Isidoro de Sevilla.
(colecciones, revistas y diccionarios)
E
sta denominación engloba desde el s. XVII a una serie heterogénea de escritos del cristianismo más antiguo, que no quedaron integrados en el canon neotestamentario ni pueden catalogarse entre los apócrifos o la primitiva literatura apologética. Pertenecen a diversos géneros literarios y responden a problemas pastorales y tensiones internas de varias comunidades. La Didakhé (Did) es un manual de regulaciones comunitarias. La Carta a los Corintios de Clemente Romano (1 Clem) es una intervención de la iglesia de Roma en la crisis de otra comunidad, apoyando la estructuración jerárquica en el principio de la sucesión apostólica. Las cartas de san Ignacio de Antioquía (Ign) atestiguan la solidaridad entre las iglesias y la corresponsabilidad de un obispo frente a cisma y herejía. La Carta de Bernabé (Bern) es un tratado sobre la interpretación cristiana del A.T. dirigido a cristianos atraídos por el judaísmo. El Pastor de Hermas es un libro apocalíptico con un mensaje de penitencia para la Iglesia. Hemos tenido que omitir la Carta de Policarpo a los Filipenses (sí bien presentaremos más adelante su Martirio) y Papías, jalón de la teología asíata y con un interesante testimonio sobre los evangelios. La "Didakhé."La Didajé Δ
ιδαχή encabeza el gιnero literario de las ordenanzas o constituciones eclesiásticas.Por el contenido distinguimos tres secciones. La primera (1,1-6,3) es una catequesis ética prebautismal que utiliza el
topos de las dos vías. La segunda (7-15) es propiamente la regulación comunitaria. Una primera parte, litúrgica (7-10), da instrucciones y presenta modelos para los ritos de la iniciación cristiana. Sigue otra parte, disciplinar, que atañe principalmente a los ministerios (11-13/14-15). La tercera sección (16) corresponde a un discurso escatológico.Tradición manuscrita del documento.
El texto nos ha llegado por el códice Hierosolymitanus 54 (H 54), copiado en 1056 y descubierto en Jerusalén y publicado por el metropolita Bryennios en 1883. Luego se han añadido dos fragmentos griegos, un fragmento de la versión copta, que interpola (tras 10,7) una oración sobre el óleo, y fragmentos de la versión etiópica. Estos restos de antiguas versiones nos atestiguan el ámbito amplio de difusión y el tiempo prolongado en que nuestro documento mantuvo su interés para los antiguos cristianos. En el s. IV lo mencionan Eusebio de Cesárea y san Atanasio.
La tradición indirecta es múltiple y compleja. La sección de "las dos vías" en Did 1-6 mantiene alguna relación (dependencia de una a otra o fuente común) con Bern 18,1-21, 1c. Esta sección debió de circular independientemente, como lo muestra la Doctrina Latina Apostolorum (DLA), una traducción no de Did 1-6, sino de su fuente o de una recensión más original. Los Cánones de los Apóstoles y la Epítome de los mismos, del s. III, omiten Did l, 3b-2, l y toda la vía de la muerte. Los seis primeros capítulos de la Didascalía de los Apóstoles, del s. III, sirven de modelo al compilador, del s. IV, de las Constituciones de los Apóstoles (CA), quien añade dos capítulos. Todo su capítulo VII 1-32 no es sino una paráfrasis de la Did. Por lo tanto, la conclusión de la Did, perdida tras 16,8, podría encontrarse parafraseada (y modificada) en CA. La tradición indirecta muestra la continuidad en la tradición ideológica e institucional.
El texto de Η 54 se presenta bajo dos tν
tulos. Ni el breve: "Doctrina de los Doce Apóstoles," ni el largo: "Doctrina del Señor por medio de los Doce Apóstoles a los gentiles," tienen visos de originalidad. Son propios de una época posterior en que la mención de apóstoles evoca inmediatamente a los Doce. Además es muy poco lo que remite a la enseñanza misma del Señor. Puede que el título original de la compilación haya sido "Instrucciones (Διδαχαί) de apσstoles"; las propias de algunos como los considerados en 11,3-6.El documento refleja unas comunidades en que mantenían alguna actualidad
los ministerios originales de apóstoles, profetas y maestros (cf. 1 Cor. 12,28). Constituye un testimonio excepcional, sea de la supervivencia de tales funciones, sea de la gran antigüedad de un escrito que trata de regular su ejercicio. No es extraño que estudiosos destacados no acertasen a integrarlo en sus perspectivas sobre la antigua literatura cristiana. A los juicios descalificadores ha seguido una investigación que corrobora la gran antigüedad de Did. Se ha sostenido que su composición corrió paralela o ligeramente anterior a la de los sinópticos, h.50-70, o que es contemporánea de los primeros evangelios, h.70. Se ha estimado que Did es documento de una comunidad al tanto de tradiciones de dichos del Señor (algo así como la comunidad presunta tras la fuente de dichos sinópticos "Q") y que toma de las mismas tradiciones de que hace uso Mateo, aunque no pueda mostrarse que dependa de nuestro Mt.Son bastante divergentes las opiniones sobre el autor: 1) Básicamente uno, según Audet, que ha distinguido tres etapas de composición: En la primera el didaquista escribe 1,1-11,2 (D 1) antes de conocer un evangelio escrito. En la segunda, habría ampliado su composición en 11,3-16,8 (D 2), utilizando ya un evangelio escrito. Por último, un interpolador (I), habría añadido 1,4-6; 6,2-3; 7,2-4 y 13,3.5-7. Los pasajes "tú" casuístico serían propios de él; 2) Dos autores: Giet distingue un didaquista que ha recogido la enseñanza judía y documentos antiguos, con intervenciones propias, a lo que se añade la aportación, por lo menos, de un continuador. También Rordorf y Tuilier prefieren ver dos autores. El primero ha recopilado tradiciones diferentes en 1-13. Posteriormente otro, que añade 14-15 y acaso 16; 3) Tres autores: Jefford distingue tres estadios: Did 1-6 (primer redactor); 7-10.11-15 (segundo redactor en dos fases); l,3b-2,1; 6,lb-3 y mucho del 16 (redactor final). El primero sería anterior a la redacción de Mt. (y probablemente antes del 70); Did 7-15 habría sido compuesto en torno o poco después de la composición de Mt. (h.80-100) y algunos pasajes de la redacción final podrían ser bastante posteriores; 4) Otra explicación enfoca más tradición y redacción. Es el caso de Niederwimmer al distinguir entre tradición predidaquista y redacción didaquista. Este redactor habría compilado un escrito judío, superficialmente cristianizado, sobre los dos caminos; una tradición litúrgica arcaica; otra, también arcaica, sobre la recepción de los carismáticos itinerantes y una corta descripción apocalíptica de los acontecimientos del tiempo final. Material que el didaquista interpretó y amplió por su cuenta, sobre todo en los cc. 12-15, para aplicarlas a las situaciones cambiadas de una Iglesia que se estabiliza. Niederwimmer sitúa las tradiciones predidaquistas a fines del s. I y la compilación, hipotéticamente, hacia el 120 d.C.
La catequesis sobre las dos vías (1-6).
La instrucción sobre las dos vías recoge una tradición judía, marcada por el dualismo moral. Tradición atestiguada en el judaísmo palestino (Regla de Qumran: 1 QS), en el judaísmo helenístico (Testamentos de los XII Patriarcas) y en el cristianismo primitivo (DLA y Bern). Las "Dos Vías" circularon separadamente como una pieza de instrucción usada para objetivos catequéticos y homiléticos. Pasando por diversos estadios de tradición oral y escrita, esa pieza sirvió de fuente a DLA, Bern y Did. La cristianización de lo que había sido originalmente una catequesis judía se observa en la inclusión de Did l,3b-2,l. Glosa cristiana que falta en DLA y Bern. El texto de san Pablo en Gál 5,17-24 sugiere que el esquema de las dos vías fue utilizado tempranamente en la catequesis bautismal. En la tradición el binomio se ofrece en dos caminos: el de la vida y la virtud o el de la muerte y el vicio, que en Did, Bern y 1 QS interfieren con Dt. 30,15.19 para en seguida separarse; yendo los antiguos exegetas cristianos de Dt. hacia la meta soteriológica de Cristo (= Vida) y los moralistas de las dos vías hacia una vida de sesgo moral a nivel humano (a lo estoico).
He aquí la introducción a esta catequesis en los tres testigos cristianos más antiguos:
Hay dos caminos: uno de la vida y otro de la muerte; y hay gran diferencia entre los dos caminos (Did 1,1).
Hay dos caminos en este mundo, el de la vida y el de la muerte, el de la luz y el de las tinieblas. En ellos quedan colocados dos ángeles, uno de la equidad y otro de la iniquidad. Es mucho lo que distan los dos caminos (DLA 1,1).
Hay dos caminos de enseñanza autoritativa: el de la luz y el de las tinieblas. Hay gran d
iversidad entre los dos caminos. Pues sobre el uno están colocados ángeles luminosos de Dios; pero sobre el otro ángeles de Satanás. Ya que el uno es Señor desde la eternidad hasta la eternidad. El otro, en cambio, es príncipe del tiempo actual de iniquidad (Bern 181-2).Llama la atención que
Did no conozca o haya optado por omitir el contraste luz y tinieblas y la contraposición de los dos ángeles. Ambos temas fueron muy desarrollados por los sectarios de Qumrán y, directa o indirectamente (a través de otros textos apocalípticos), han proseguido su camino en tradiciones neotestamentarias (particularmente en Jn. y Ef). En las Dos Vías de Did/DLA se subraya la autoridad de la Torá y falta la apelación apocalíptica de Bern y 1 QS. Quizás el didaquista optó por dejar las representaciones apocalípticas para el discurso escatológico con el que pensaba cerrar el documento.La parte litúrgica (7,1-10,7).
Tras la catequesis previa, reglamenta el bautismo con la fórmula bautismal trinitaria (como Mt. 28,19b). Cuenta con la inmersión en agua corriente como la práctica habitual, pero admite también el bautismo por infusión (7,1-3).
El contexto bautismal le lleva a tratar del ayuno, pues habla de dos oportunidades en que realizar esta práctica de piedad tradicional. Hay un ayuno prebautismal, de un día o dos, que atañe al catecúmeno y a quien ha de bautizarlo y que se desea hacer extensivo al menos a parte de la comunidad (7,4). Hay otro ayuno semanal, el de los miércoles y viernes. La elección de estos dos días parece motivada por el afán de no coincidir con los fijados para el ayuno por los judíos piadosos: los lunes y jueves. Es notable que el didaquista usa el mismo calificativo denigrante con que la tradición mateana descalifica los ayunos practicados por ostentación; pero si en Mt. 6,16 se trata de no ayunar "como los hipócritas," aquí se prohibe coincidir con los días elegidos (8,1). Es un rasgo de antijudaísmo 1. Al menos se muestra el afán de mantener una separación entre la comunidad cristiana y la sinagogal.
La misma preocupación se manifiesta al tratar de la oración. El "no como los hipócritas" parece referirse esta vez al contenido. Si los judíos rezaban las bendiciones, o el Shemonehesreh, el didaquista quiere sustituir estas fórmulas por la "ordenada" por el Señor en el evangelio: el Padrenuestro (8,2) y tres veces al día (8,4): Quien esto escribe conoce ya un evangelio escrito 2. Podría ser Mt. 6,9-13; pero también una sección "Q" (cf. Mt. 6,9-12/Lc 11,2-4) en la forma propia a la tradición mateana.
1. El mismo contraste con el judaísmo funda la distinción de días para la Didascalía S
iríaca V 14,28.21-22, que añade la asociación del miércoles con el días en que comenzó la entrega del Señor y del viernes con su crucifixión. Asociación que se ha mantenido vigente en la catequesis hasta hoy.2. Según KÖSTE, el compilador conoce un evangelio escrito y remite a él, aunque no lo utiliza. Su material procede más bien de las mismas tradiciones de donde los Sinópticos han t
omado buena parte del suyo.La plegaria eucarística (9-10).
Pasa a tratar de la eucaristía como de algo bien conocido, dando unos modelos de plegaria. Primero sobre la copa y luego sobre el pan:
Respecto a la acción de gracias
, daréis gracias así. Primero sobre la copa: Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa viña de tu siervo David, que nos diste a conocer por Jesús tu siervo. A ti la gloria por los siglos. Respecto al trozo de pan: Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento, que nos diste a conocer por Jesús tu siervo. A ti la gloria por los siglos (9,l-3).La oración está formulada con términos cargados de resonancias del A.T.
(la viña de Is. 5, David) y de la tradición cristiana (la viña de Mc. 12 y par, una primitiva cristología-Siervo, el pan de las multiplicaciones). Hay términos (vida, conocimiento) que evocan en particular la tradición joánica 3. Lo mismo que la oración final, que corresponde a las bendiciones judías para después de la comida (10,1-2). Para unos estas plegarias son simplemente bendiciones del "ágape" (la comida de encuentro fraterno de la comunidad). Un rito equivalente al qiddush judío. Estaríamos en una fracción del pan común, la comida previa a la celebración eucarística. La transición a la eucaristía sacramental quedaría aludida después, entre aclamaciones conclusivas de la celebración anterior:¡Venga la gracia y pase este mundo! ¡Hosanna al Dios de David! Si uno es santo, que venga. Si no lo es, que haga penitencia. ¡Maranatha! ¡Amén! (10,6).
Si bien en la tradición judía se comía y bebía tras las bendiciones de la copa y el pan, este mi
smo orden se mantiene en las referencias a la eucaristía sacramental de 1 Cor. 10,16-17. No obsta por lo tanto a reconocer como propiamente eucarísticas las plegarias anteriores. También se ha sostenido que Did 9-10 correspondería a la misa de neófitos. La misa dominical quedaría clara en la sección disciplinar:Cada domingo del Señor, reuníos para partir el pan y dad gracias; confesando antes vue
stros pecados para que sea puro vuestro sacrificio (14,1).Éste es un texto en el que puede traslucirse la valoración sacrificial muy temprana de la eucari
stía. Aunque puede que el acento esté en su celebración universal, conforme a la cita de Mal. 1,11.14 en Did 14,3.Entre las plegarias de Did 9-10 hay dos intercesiones por la Iglesia muy significativas:
Lo mismo que este trozo de pan estaba disperso por los montes y ha sido reunido para hacerse uno, reúne así a tu Iglesia desde los confines de la tierra en tu Reino. Porque tuya es la gloria y el poder mediante Jesucristo por los siglos (9,4).
Acuérdate, Señor, de tu Iglesia para librarla de todo mal. Perfecciónala en tu amor. Reúnela desde los cuatro vientos, a la santificada, en tu Reino, que le has preparado: Porque tuyo es el poder y la gloria por los siglos (10,5).
La unidad del pan es símbolo de la unidad de la Iglesia, dispersa sobre la tierra; pero di
spuesta a su reunión en el Reino. Sobre un trasfondo primigenio milenarista (cf. Is. 11,12; Jn. 11,52), puede detectarse una orientación escatológica predominante, pero abierta a una aplicación institucional. Este último es el sentido ya claramente atestiguado por la evolución de estas intercesiones en el canon romano y africano. Esto provee un nuevo argumento a favor del carácter plenamente eucarístico de estas acciones de gracias arcaicas.3. No se trata de una dependencia de la Did. Es el IV evangelio quien muestra una elaboración teológica más evolucionada de esos temas.
Regulación de los ministerios (11-13.1415).
Las primeras reglas tratan del comportamiento de la comunidad con apóstoles y profetas:
Respecto a las apóstoles y profetas, conforme al precepto del evangelio, actuad así: Todo apóstol que llegue a vosotros, sea recibido como el Señor. No se quedará más que un día; si es preciso, otro más; pero si se queda tres, es un falso profeta. Cuando el apóstol se marche, que no se lleve sino pan, para la etapa siguiente. Si pide dinero, es un falso profeta (11,3-6).
La comunidad ha de saber discernir a unos apóstoles cuyo carisma se confunde con el profét
ico. No vienen enviados por líderes eclesiásticos reconocidos ni acreditados por recomendaciones de otras comunidades. Las normas de discernimiento se reducen al desinterés y al estar de paso. Se trata de gente que ejerce su profetismo en comunidades ya establecidas y en rápida itinerancia. Hasta el tiempo de Did debió haber carismáticos itinerantes, no como portadores de un oficio firme, sino como "pneumáticos," llamados por el Espíritu a la misión y legitimados sólo por su mensaje y conducta. Es muy tentador comparar a estos itinerantes con los "ángeles" y profetas, que vendrán y os darán lo suyo y vosotros les daréis de lo vuestro, del Evangelio de Tomás (EvTom) log. 88. Acaso reflejo de una situación que podría ser la de Siria oriental.La actividad profética mantenía su vigencia en las comunidades en las que fraguó este doc
umento. La función de estos profetas, como se desprende de los avisos, consistía en enseñanzas, amonestaciones y propuestas concretas. Lo sorprendente es que se da por su puesto que desempeñan el ministerio litúrgico (10,7). Más sorprendente todavía, si se contaba sólo con profetas totalmente desprendidos y muy de paso, que se hable de su sustento tratándoles como al clero del A.T. (13,3). Asistimos a un proceso de sedentarización de un ministerio antes itinerante:Todo profeta auténtico que quiera instalarse entre vosotros, es digno de su sustento. Del mismo modo el maestro auténtico es también digno, como el obrero, de su sustento (13,1-2).
Se completa así la tríada de 1 Cor. 12,28. Los que vienen a adoctrinar, según
Did 13,1, son los apóstoles y profetas itinerantes. No queda claro que los maestros ahora mencionados hayan sido originalmente ministros itinerantes.Hay quien piensa que los apóstoles habían dejado de venir cuando Jerusalén dejó de ser el ce
ntro de autoridad. Los profetas venían de un área en que circulaba la tradición de Jesús de forma fluida (refugiados de Galilea). Los maestros fueron los compiladores de ese corpus de tradición que conocemos como Q. Los patronos locales (obispos y diáconos) fueron los beneficiarios de ese proceso en cuanto preservadores e intérpretes de la tradición textual 4.Las comunidades en que fraguó la Did podían contar con doble jerarquía ministerial: una itinerante y carismática, de apóstoles y profetas; y otra instalada local, de epíscopos y diáconos.
Elegid pues para vosotros mismos epíscopos y diáconos dignos del Señor: hombres serenos y desinteresados, sinceros y probados. Porque os administran el mismo oficio público que los profetas y maestros (15,1).
Podría tratarse de una jerarquía local que comienza a afianzarse, en tanto que se desvanecen los ministerios itinerantes (13,14). Podría ser también que las reglas válidas para pequeños núcleos rurales y dispersos han sido completadas para comunidades más numerosas y ya plenamente organizadas: con la misma estructura ministerial de epíscopos y diáconos atestiguada por Clemente Romano y por el mismo san Pablo en Flp. 1,1.
4. C.F. Draper, para quien esta comunidad judeocristiana, urbana, que admite paganos, es la de Antioquía después de la separación de san Pablo.
El discurso escatológico (16).
El didaquista (o su modelo catequético de las dos vías) coloca como epílogo un discurso escatológico con bastantes elementos de relato apocalíptico. Su doctrina se refiere a las dos categorías de sucesos premonitorios de los Sinópticos. Toda la perversión moral del tiempo final se personifica en el seductor del mundo (cf. 2 Tés. 2,4.8-10). Hay tres manifestaciones finales de los grandes signos de la verdad (apertura del cielo, trompetazo, resurrección de los muertos). Si las últimas líneas del texto que faltan en H corresponden a la paráfrasis de CA 7,32, el documento concluía con una descripción de la venida del Señor (16,8) como juez del diablo seductor del mundo y la retribución a cada uno por sus obras: el castigo eterno para los malos y la vida eterna para los justos. Una vida eterna en el Reino de Dios descrita con el recurso al dicho apocalíptico itinerante recogido en 1 Cor. 2,9 y EvTom log. 17.
La carta de Clemente Romano a los corintios (1 Clem) es el primer documento patrístico cuyo autor y fecha aproximada de composición queda bastante bien atestiguados. La llamada segunda de Clemente (2 Clem) no es sino el testimonio más antiguo de una homilía cristiana dirigida hacia el 150 a una comunidad ortodoxa pero en la que ha calada algunas tradiciones gnósticas. Probablemente debe su denominación al haber sido coleccionada y editada tras la carta de Clemente. También se atribuyeron a Clemente unas Cartas a Vírgenes y la llamada literatura pseudoclementina: una serie de homilías, correspondencia ficticia y novela de aventuras (Recognitiones). Obra compleja y que ha sido muy estudiada. Dado su pronunciado judeocristianismo y antipaulinismo, ha servido de base tanto para conocer una corriente judeocristiana marginal y tardía como para reconstrucciones audaces sobre el papel de los ebionitas (la secta judeocristiana que admitía la mesianidad de Jesús, pero no su divinidad) en los orígenes del cristianismo.
Este documento estuvo un tiempo integrado en el canon del N.T. de las iglesias de Egipto y Siria. De hecho son bíblicos tres de los seis manuscritos (mss.) en que nos ha llegado. Se encuentra en Londres en el Códice Alejandrino (= A), con la 2 Clem, tras el Ap. Su texto en este códice tiene una laguna de 57,7 a 63,4. En Estrasburgo hay un códice en papiro con fragmentos de su versión copta, junto con las cartas de Sant. y Jn. En Cambridge se conserva un N.T. siríaco de 1170, que contiene 1-2 Clem entre las epístolas católicas y las paulinas:
Los otros tres mss. no bíblicos en que nos ha llegado son: El Hierosolymitanus (= H) de Bryennios, donde está junto con la Didakhé. Una versión latina muy antigua (= L), en un ms. del s. XI, junto con otros escritos atribuidos a Clemente Romano. Por último, una versión copta, con una laguna de 34,6 a 42,1, en un códice de Berlín del siglo IV/V.
Según reseña Eusebio de Cesarea (Historia Eclesiástica (HE)
III 16; IV 22,1), Hegesipo, tras pasar por Corinto en su viaje de Oriente a Roma h.155-166, en la obra que escribió a su regreso, mencionaba la carta de Clemente Romano a los Corintios y la fechaba en tiempos de la persecución de Domiciano.Dionisio de Corinto, h.170, en carta a la iglesia de Roma recuerda que la carta de Clemente Romano seguía leyéndose en la asamblea litúrgica de Corinto (Eusebio, HE IV,23,11).
Ireneo de Lyon, que viajó a Roma h.175-178, habla de Clemente como tercero de la lista episcopal romana. Dice que en su tiempo se produjo la grave revuelta entre los cristianos de Cori
nto y que la iglesia de Roma les envió un escrito muy importante para reconciliarles y renovar la tradición apostólica (Ireneo, Adversus Haereses (AH) III 3; texto griego en Eusebio, HE V,6,1-2).También a fines del s.
II, Clemente Alejandrino la cita cuatro veces mencionando a Clemente, otra como epístola de los romanos a los corintios y otra como epístola a los corintios. También presenta todo el pasaje de 14,5 a 16,1.Lo más corriente entre los patrólogos es fecharla, conforme al testimonio de Hegesipo, hacia el fin del reinado de Domiciano o comienzos del de Nerva, entre el 94 y el 97 5.
Se aducen también criterios internos. Se piensa que las referencias a las "calamidades súb
itas" (1,1) y el "tenemos el mismo combate ante nosotros" (7,1) pueden aludir a la persecución de los cristianos de Roma por Domiciano. La última frase viene tras la alusión a los martirios de Pedro y Pablo (c.5) y la reseña sobre los mártires neronianos (c.6).El autor y sus destinatarios pertenecen a una tercera o cuarta generación cristiana. Los apóstoles y sus inmediatos sucesores habían muerto ya (42,4; 44,2-3). La iglesia de Corinto es "a
ntigua" (47,6). Los mensajeros romanos llevan toda una vida en la comunidad (63,3).Sin embargo, no faltan intérpretes que retrasan el tiempo de la composición.
Hay quien ha sostenido, p.e., que fue escrita (como obra de propaganda para obtener aceptación en los ambientes oficiales) al comienzo del reinado de Adriano, entre el 118 y el 125. Alega una presunta dependencia de 1 Clem respecto a discursos de Dión de Prusa y la congruencia de los valores encarecidos en la carta con el programa de gobierno de Adriano ("iustitia, clementia, aequitas"), reflejado en sus monedas. A esto hay que objetar que los tópicos retóricos estaban ampliamente difundidos y aparecen reiteradamente en autores muy distantes a lo largo de la cultura antigua. También, que todo programa político de "cambio" presume de valores que son, de tiempo atrás, aspiración del conjunto de la comunidad.5. no nos resulta convincente el intento de Herron por adelantar la fecha al 70.
Ocasión e intención de la carta.
Es una carta de la iglesia de Roma a la de Corinto. El autor no se presenta a sí mismo, pero todo el escrito trasluce su personalidad.
Es una intervención de la iglesia de Roma en la de Corinto motivada por una discordia dentro de ésta (57,1), debida a la revuelta (51,1) de algunos jóvenes (3,3), que había llevado a la deposición de presbíteros de esta comunidad (44,6).
La carta condena rotundamente la rebelión (1,1; 44,3-4), como pecado mayor que el partidismo denunciado por san Pablo en su 1 Cor.
Pero aquella fracción era un pecado menor, porque os inclinabais a apóstoles atestiguados o a un hombre aprobado por ellos. Pensad ahora quiénes son los que os han desviado y han h
echo disminuir el prestigio de vuestra celebrada fraternidad. Queridos: es en extremo vergonzoso e indigno de vuestra conducta cristiana que se diga que la firmísima y antigua iglesia de Corinto, por un par de fantoches, se ha sublevado contra los presbíteros. Tal noticia no sólo ha llegado a nosotros, sino también a quienes disienten de nosotros, de manera que, por vuestra insensatez, se blasfema el nombre del Señor y os ponéis a vosotros mismos en peligro (47,7-7).El autor no pretende analizar las causas de la crisis, ni busca una salida de compromiso. Quizás porque la cosa estaba muy clara. En todo caso, lo que le interesa es defender vigorosamente la estructuración jerárquica tradicional (7,2) por el principio de la sucesión apostólica.
Dejemos, pues, las preocupaciones inútiles y vanas y volvamos a la elogiada y venerable regla de nuestra tradición (7,2).
1
Los apóstoles nos evangelizaron de parte del Señor Jesucristo. Jesucristo fue enviado por Dios. 2 Cristo, pues, por Dios y los apóstoles por Cristo... 4 Tras predicar por comarcas y ciudades establecieron sus primicias, tras probarlos espiritualmente, como epíscopos y diáconos de los futuros creyentes (42,1-4).1
También nuestros apóstoles supieron por N.S. Jesucristo que habría discordia respecto a la función episcopal. 2 Por esta razón, tras haber recibido un conocimiento perfecto del porvenir, establecieron a los antes mencionados y dieron en seguida la norma de que, cuando muriesen, otros hombres probados les sucediesen en su oficio. 3 Estimamos que no es justo quitar del oficio a los que han sido establecidos por aquéllos o, en seguida, por otros hombres eminentes, con acuerdo de la iglesia entera, y que han cumplido irreprochablemente su oficio para con la grey de Cristo, con humildad, pacífica y desinteresadamente, ratificados durante mucho tiempo por todos. 4 No sería para nosotros un pecado venial que echáramos del episcopado a los que han ofrecido los dones irreprochable y santamente. 5 Felices los presbíteros que ya concluyeron su carrera y tuvieron un fin fructuoso y consumado. No tienen ya que temer que nadie los cambie del lugar que les ha sido designado (44,1-5).La idea de sucesión aparece derivada de la tradición cristiana común,
tal como se puede encontrar en los evangelios y Hch. La sucesión apostólica es en 44,1-3 la forma de legitimación de la estructura institucional establecida 6.6. Maier, en StPatr XXI (Leuven 1989) 137-141, se apoya en 44,4 para contraponer una legitimación social derivada del conjunto de creencias propias del grupo.
Una explicación propuesta es la de la lucha por el poder en el seno de la comunidad. La habría provocado el deseo de una generació
n más joven de una nueva distribución de las relaciones de poder. Estos jóvenes habrían pretendido que, como en otros colegios culturales, los elegidos lo fuesen sólo por un tiempo y luego reelegidos o remplazados.Es verosímil que ocurriera algo así; pero no pasa de conjetura, pues el texto no ofrece ningún apoyo a que los contestatarios apelasen al modelo de organización de otros colegios.
La lucha por el poder, según esta otra explicación, no se habría debido meramente a tensi
ones generacionales ni queda sólo en el ámbito de la sociología. Habrían entrado en juego contraposiciones doctrinales. Se pretende que el fortalecimiento de la corriente gnóstica (el partido de Apolo) desde el tiempo de Pablo, habría llevado a los partidos de Cefas y Pablo a reconciliarse y unirse como "ortodoxia." Los ortodoxos, como representantes del pasado, mantenían la conducción de la comunidad; pero eran cada vez más minoritarios. Unos pocos decididos (47,6), gnósticos discutidores de la resurrección (23-27), trataron de imponer el cambio de orientación desplazando a los dirigentes anteriores.No son pocos los que han querido ver un trasfondo gnóstico en el desencuentro de san P
ablo con los corintios. Unos identifican la facción gnóstica con la de Apolo y otros con el presunto partido de Cristo (1 Cor. 1,12). Estamos en desacuerdo con estas explicaciones. Ni hubo gnosticismo en Corinto en tiempos de san Pablo, ni hay huellas de polémica antignóstica en la carta de Clemente. Este escribe a creyentes sin fisura en el Dios creador y salvador del A.T. El discurso sobre la resurrección atestigua la experiencia del retraso de la Parusía y la consiguiente crisis de fe escatológica (cf. 2 Pe 3,4). Lo que sí puede advertirse en Clemente son dos cambios de acento: del "pronto" de la expectación próxima a lo sorprendente y repentino de la venida del Señor; y de la escatología universal a la individual.Por un tiempo estuvo de moda una reconstrucción de la evolución de las primitivas com
unidades, basada en la presunta tensión dialéctica entre carismas y ministerios. Aplicándola a la 1 Clem, se ha sostenido que se había llegado a un choque entre los nuevos carismáticos, profetas y maestros de la segunda generación, y los obispos y diáconos que habían cubierto el vacío dejado por los carismáticos de la primera generación (cf. 48,5-6).Sin embargo, hay que descartar la hipótesis de que los rebeldes fueran profetas o carismát
icos itinerantes o sencillamente carismáticos. Nada alude a éstos y de ser itinerantes no se explica que Clemente les proponga como gran obra de penitencia el marcharse a otra parte (54,1-4).Como ya hemos visto, no ha faltado quien ha sostenido que la intervención romana en la disensión corintia es enteramente ficticia. La "carta" estaba destinada a llegar a manos de altos funcionarios imperiales, para convencerles de la actitud colaboradora del cristianismo para con el régimen. La ficción del tiempo de composición —poco después de la persecución neroniana— corona la tendencia apologética.
Con todo, este mismo intérprete reconoce que el docum
ento quiere ser seriamente una carta doctrinal para la cristiandad. Su tesis tergiversa el conjunto del texto al tomar como clave la oración por los gobernantes (61,1-3):Tú, Dueño, les has dado la potestad real, por tu poder magnífico e inefable, para que
, reconociendo nosotros la gloria y el poder que les has concedido, les seamos sumisos, sin oponernos en nada a su voluntad. Dales, Señor, salud, paz, concordia y estabilidad, para que ejerzan sin quebranto la hegemonía que les has dado (61,1).Esta plegaria no es algo excepcional, puesto que la oración por el emperador y por la paz constituía un momento importante en el culto litúrgico judío y cristiano. El a. 66 la supresión del sacrificio ofrecido en el Templo de Jerusalén por el emperador había sellado el comienzo de la guerra judía. En el contexto de la carta, la obligación de obediencia al poder político no es sino un aspecto particular de la de actuar en el mundo el mismo orden, armonía y paz que el Creador ha transmitido a la naturaleza y que hay que vivir en la comunidad (20-21).
La Iglesia.
El objetivo de la carta es expresamente eclesiológico (63,2). Las amonestaciones morales, en figura de catálogos de vicios o de amonestación mediante relatos ejemplares, están al servicio del interés por asegurar la paz y la concordia como un valor social, eclesiológico.
La Iglesia se entiende como estructura organizada con autoridad institucional. El centro teológico de la carta es la corroboración institucional de la autoridad como tal. Si bien entre sus avisos hay muy poco de reglamento y las compilaciones canónicas han seguido su propia trayectoria, desde la Didakhé a las Didascalías y Constituciones, puede decirse que la 1 Clem es doctrinalmente el preámbulo histórico de las Constituciones eclesiásticas llamadas Apostólicas. Su importancia queda en el hecho de que para salvar la institución comunitaria deberá elaborarse una constitución eclesiástica.
Clemente ve a la Iglesia en continuidad con Israel, y por ello recurre a los precedentes del A.T. Tiene más citas del A.T. que cualquier otro libro del N.T. en particular. Su utilización de la Escritura es puramente argumentadora e ilustrativa. No la utiliza según el esquema de predicción y cumplimiento, ni tipológicamente 7. Para Clemente no hay "dos tiempos" ni un salto del Antiguo al N.T. El verdadero Israel (29,1-30,1) tiene su réplica en la comunidad cristiana, organizada y sometida a los presbíteros (y a toda autoridad: 60,4). Los disidentes están ya en camino de ser cainitas, de pasar del lado de los idólatras y perseguidores de la Iglesia.
7. Sólo en un sentido amplio puede hablarse de una tipología en cuanto a estructura y o
rganización eclesiástica (40-41 y 43), como hace MAGGIONI, StPat 1966, p.9-12.Hay una clara distinción entre clero y laicado. Clemente atestigua un estadio de fluidez terminológica en la designación de los ministerios. Como en la Didakhé; la jerarquía local está integrada por los "epíscopos" y "diáconos" (42,4-5); pero en 1 Clem los primeros son colectivamente los "presbíteros" 44,5; 57,1). Para ser más exactos se habla de los presbíteros como investidos de la función (44,1.4). Se advierte la interferencia de dos terminologías diversas que tocan al gobierno de la comunidad: el binomio de origen paulino de obispos y diáconos y el colegio de presbíteros de origen judeocristiano.
La carta es un escrito colegial; pero la personalidad de su autor, y su actuación como portavoz y líder en las relaciones entre comunidades, implican ya un estadio avanzado en la fragua del episcopado monárquico. Así lo ha visto la tradición posterior.
La Carta de Bernabé.La denominada Epístola de Bernabé (Bern) es un tratado teológico que se presenta, artificialmente, como carta (1,1; 21,9). No ofrece base suficiente para identificarlo con una primitiva homilía pascual 8.
Por su contenido se distribuye claramente en dos partes. La más amplia es la sección
doctrinal (1-17), que trata de dar respuesta a la cuestión sobre el valor y sentido de la revelación del A.T. para los cristianos. El autor sostiene que la interpretación literal de la Ley por los judíos ha sido un engaño diabólico. Ofrece una visión muy negativa sobre la historia de Israel, que ve como una larga apostasía. Para los cristianos, Israel y la Ley constituyen un problema que no queda resuelto desde la simple profesión de fe. El autor está convencido de que la fe ha de culminar en un mayor conocimiento. Por eso ofrece como complemento de la fe un conocimiento perfecto: una explicación alegórica y tipológica del A.T. referido a Cristo y los cristianos. Lo que no le impide utlilizar algunos textos muy literalmente para denunciar al judaísmo.La sección moral recoge una catequesis judía de las dos vías (18); por un lado los mandatos y virtudes (19) y por otro los pecados y vicios (20). Tras esto, viene la conclusión (21).
Es un documento que tuvo mucha recepción en la antigua cristiandad alejandrina. Cleme
nte Alejandrino (S. II/III) la cita varias veces en Stromata y, según Eusebio de Cesarea, la comentaba en su obra perdida Hypotyposeis, entre las Epístolas Católicas y el Apocalipsis de Pedro (HE VI 14,1). En la primera mitad del S. III Orígenes cita Bern 5,9 y la llama "epístola católica" (Contra Celso I 63). Eusebio la colocaba junto a obras de canonicidad discutida; pero personalmente la tenía por espuria (HE III 25,1-5). El Códice Sinaítico, también alejandrino y del S. IV, lo añade (junto con el Pastor de Hermas) a los libros del N.T., tras el Ap. El primer historiador de la literatura cristiana, san Jerónimo (S. IV/V), cita la epístola y la atribuye a Bernabé; pero la coloca entre los apócrifos.8. Barnard (Oxford 1966) 73-85, explica la carta, por una serie de indicios a los que atribuye peso acumulativo, como una homilía leída por el celebrante en la vigilia pascual.
9. Wengst (Berlin-New York 1971) p.95-99, entiende que la "gnosis" de Bern se refiere primero y ante todo a las expresiones de la voluntad de Dios en la Escritura. La Escritura es entendida como Ley. Opinamos que no tiene en cuenta suficientemente el papel fundamental de la Escritura como predicación de Cristo.
Los intérpretes se dividen entre una localización en Alejandría y otra en Siria-Palestina.
A favor de la primera, el criterio de crítica externa de que los testimonios antiguos sobre su utilización y valoración proceden de Alejandría. Como criterios internos se alega que también corresponde a la tradición del judaísmo helenístico alejandrino, tanto por su soteriología y ética como por el abundante uso del alegorismo; pero hay que notar que falta toda la teología del Logos y que es muy fuerte la orientación escatológica.A favor de una composición en Siria-Palestina se han aducido contactos con la mentalidad de Qumrán. En los documentos de esta secta se da un "conocimiento" de enseñanza soteriológica, que implica también una historia de la salvación muy crítica respecto a determinados aspectos del judaísmo. En la
Regla de Qumrán hay una instrucción moral sobre los dos Espíritus, que es uno de los precedentes de la catequesis de las dos vías. En Bern éstas quedan presentadas como el camino de la luz y el de las tinieblas. Hay un documento qumránico (1 QM) que describe la guerra escatológica de los hijos de la luz contra los hijos de las tinieblas. Se señala también que Bern conoce tradiciones rabínicas. Por otra parte tiene tradiciones emparentadas con las Odas de Salomón y afinidades doctrinales y lingüísticas con Jn, en un estadio más arcaico que el reflejado por el IV evangelio 10. Pero Bern no es ni un esenio, ni un rabino cristiano ni un joánico. El problema es insoluble, dado el frecuente trasiego de personas y documentos entre los S. I y II por toda el área del Mediterráneo oriental. Las relaciones entre Alejandría y Siria fueron muy estrechas en los orígenes de la comunidad. Por ello mantiene su peso, a favor de la raigambre alejandrina, el argumento de los testimonios antiguos.Se ha creído encontrar una clave de la fecha de composición en una alusión a una crisis hi
stórica muy determinada.Para acabar dice también: "Los mismos que han destruido este Templo lo reedificarán." Es lo que sucede, pues, como efecto de su guerra, ha sido destruido por los enemigos. Ahora los mismos servidores de los enemigos lo reconstruirán (16,3-4).
Parece claro que el "terminus a quo" de la composición es la destrucción del Templo del 70. Sin embargo sigue incierto el "terminus ante quem." Se discute si la reconstrucción alude a la política benévola para con los judíos de Nerva (a.96), que pudo dar pie a esperanzas de reconstrucción del Templo; lo que hubiera sido un motivo de confusión para los cristianos; o, más bien, se trata de la construcción del nuevo templo espiritual que es la comunidad cristiana (16,6).
Otro texto alegado tiene la ambigüedad de muchas expresiones apocalípticas.
Bern 4,4-5 es una cita libre de Dan 7, que el autor mismo no sabe explicar (4,6). La aplicación de los diez cuernos (= reyes) y del pequeño que abatirá de un golpe a tres de los cuernos mayores a la sucesión de césares romanos es incierta (por la dificultad de situar su comienzo desde una perspectiva oriental); pero parece situarnos más cerca del 70 que del 130. Tenemos que resignarnos a dejar abierta la fecha de composición entre el 70 y el 130.10. Cf. Braun, NTS 4 (1957/58) 119-124, quien piensa que tradiciones joánicas pudieron llegar a Egipto antes de la redacción del cuarto evangelio. Bern conocía a Jn. antes de la letra.
El autor.
Si el documento es unitario, su antijudaísmo y su probable composición tardía llevan a excluir que el autor haya podido ser Bernabé, el compañero de Pablo en el viaje misionero de Hch. 13-15.
El autor es un maestro. Cuida de no arrogarse ese título (1,8; 4,9); pero esto puede ente
nderse como recurso retórico 1. Un maestro que transmite una enseñanza tradicional, tratando de ser didáctico y sintiéndose responsable ante Dios de su aceptación y práctica:He pensado, pues, que si me ocupaba en transmitiros parte de lo que yo he recibido, me servirá de recompensa el haber hecho un servicio a unos espíritus como los vuestros. Me he esforzado, pues, en enviaros esto poco, para que junto a la fe tengáis también conocimiento perfecto (1,5).
Aunque arraigado en tradiciones judías, no se distingue de los cristianos procedentes del paganismo a quienes se dirige.
Pues, ¿cómo "será edificado en el nombre del Señor"? Aprended: Antes de haber creído en Dios, nuestro corazón era una morada corruptible y frágil, realmente un templo edificado a mano, que estaba lleno de idolatría y era casa de demonios
al hacer todo lo contrario a Dios (16,7).El autor parece un judeocristiano muy atento a la pronta venida del Señor; pero, por otra parte, se le ve hecho a una larga espera y a situaciones muy diversas de las de una primera generación cristiana.
1 No parece que el autor se sitúe en la línea de tradición cristiana primitiva que tiene sus reservas respecto a los "maestros." Aunque Zimmermann (Tübingen 1984) p.209-211, coloca a Bern 9,9; 18,1 en línea con la regla de Mt. 23:8.
La hipótesis de los tres estadios.
Por eso Robillard ha propuesto distinguir en el documento tres épocas, tres teólogos, tres redactores. La base del texto (Bl) puede haber sido una carta de Bernabé, el compañero de Pablo, cuyo crédito debía ser considerable entre los medios judeocristianos. No tiene nada de extraño que el documento fuese refundido por otros dos redactores: B2 (h.90-115) y B3 (h.130).
Bl (1,1-5; 2,1; 4,3.10-13) recuerda la línea de fondo de 1-2 Tes. El autor queda más próximo al judaísmo que cualquier otro autor neotestamentario. Pudo haber sido Bernabé, el co
mpañero de Pablo.Puesto que los días son malos y el Adversario ejerce el poder, debemos cuidar de nosotros e investigar los preceptos del Señor (2,1).
Se acerca el último escándalo, del que está escrito lo que dice Henoc; pues es por esto por lo que el Dueño ha abreviado los tiempos y los días: para que su Amado llegue pronto a su heredad (4,3).
B2 se muestra como un judío helenista cristiano, que además de las virtudes intelectuales, predica las de una larga espera. Su intención es añadir a la fe la gnosis de una inteligenc
ia espiritual de la Escritura.En efecto, el Dueño nos ha dado a conocer por medio de los profetas lo pasado y lo pr
esente y nos ha dado a gustar las primicias de lo venidero (1,7).Por lo tanto debemos multiplicar las acciones de gracias al Señor, que nos
ha dado a conocer lo pasado, nos ha hecho sabios en el presente y no carecemos de comprensión sobre lo venidero (5,3).B3 es un antijudío y pregnóstico (h.130) que inserta 2,4-10 y 3. Trata de impedir la co
nversión al judaísmo de algunos cristianos, en una época de sobresalto mesiánico. Para él no hay realmente Antiguo Testamento, ni progreso histórico de la revelación ni prefiguración de Cristo en la historia bíblica. El A.T. le sirve para combatir al judaísmo tomando en su máximo rigor literal las denuncias proféticas.Porque ha mostrado mediante todos los profetas que no necesita ni de sacrificios, ni de holocaustos ni de ofrendas... (2,4).
Por eso hermanos el (Dios) Magnánimo, que ha previsto que el pueblo que preparó para su Amado tendría una fe pura, nos ha prevenido de antemano de todo, para que no vayamos a quebrarnos como prosélitos en la ley de aquéllos (3,6).
La hipótesis de Robillard ofrece una explicación coherente y atractiva, como todos los deshilvanados de un texto que persiguen determinadas líneas de lenguaje o pensamiento para atribuirlos a tiempos o autores distintos. La explicación resulta arbitraria en tanto que no quede apoyada por indicios serios en la tradición textual o el cotejo con documentos paralelos. Ambos criterios fallan en es
te caso. Ésta y otras teorías de interpolación fallan además porque es difícil imaginar cómo el supuesto segundo o tercer editor se sintiese movido a añadir a un texto original que, según las teorías propuestas, expresaba una teología muy distinta de la suya.Según Windisch, el autor elaboró conjuntamente dos fuentes principales: materiales de testimonios (T) y materiales de doctrina (D). La primera (T) habría sido una colección temática de argumentos escriturísticos. La contribución personal de Β queda sobre todo en los complejos exegéticos, en las anotaciones exegéticas y parenéticas y en la composición del conjunto. Estima también que hubo dos reelaboraciones: Bl y B2, aunque la segunda sólo se distingue de la primera por pequeñas añadiduras y quizá algunos cambios de orden. Aunque también se pregunta si no fue B2 quien incorporó todo el material D.
Prigent ha propuesto entender el texto como una combinación de tres fuentes principales:
Florilegios o grupos de testimonia escriturísticos, dirigidos contra el culto y los ritos materiales del judaísmo: los sacrificios y el ayuno (2-3), la circuncisión (9), la alianza (14), el sábado (15) y el Templo (16):
Para acabar les dice: "No soporto vuestras neomenias y sábados" [Is 1,13] (15
,8a).Testimonia cristológicos, que agrupan textos entendidos cristianamente como profecías de la pasión y resurrección (5,1-6,7):
Y también dice: "He tendido mi espalda a los azotes y las mejillas a las bofetadas; puse mi cara como una piedra dura" [Is 50,6-7] (5,14).
Tradiciones midrásicas (
midrashim) orientadas a una interpretación alegórica o tipológica, para extraer implicaciones sacramentales: el paraíso y la tierra prometida, tipos del bautismo (6,8-19; 11); el chivo emisario y la becerra colorada: la cena y la pasión (7-8); Ex. 17 y Núm. 21, tipos de la cruz (12):¿Qué dice después?: "Había un río que corría por la derecha y crecían de él árboles e
spléndidos. Quien coma de ellos vivirá eternamente" [cf. Ez. 47,1-12]. Esto significa que bajamos al agua cargados con la mancha de los pecados; pero subimos llevando en el corazón los frutos que son el temor y la esperanza en Jesús, al tenerlos en el espíritu (11,10ab).Prigent señala además pequeños bloques de tradición apocalíptica: Henoc (4,3; 16,5-6), Daniel (4,4-5) y el manual de moral de origen judío de las dos vías (18-20).
La disparidad de fuentes no sirve para justificar las posibles incoherencias de un autor que ha seleccionado lo que le interesaba para sus objetivos. Además es difícil delimitarlas
cuando carecemos de otra documentación comprobante, pues el autor no sólo ha podido modificarlas radicalmente sino hacer composiciones propias dentro del mismo estilo.Sin embargo, sí parece que el uso de
Testimonia por Bernabé representa un estadio posterior al que se encuentra en el N.T., añadiendo y adaptando libremente textos suplementarios. Es probable que hubiese una fuerte tradición oral y gran variedad entre los parcialmente escritos. Las colecciones de testimonios pasaron luego del uso polémico a la enseñanza catequística (Ireneo), siendo finalmente desplazados por los evangelios. Bernabé y san Justino constituyen un estadio intermedio entre las formas de testimonios que hay tras escritos neotestamentarios y las compilaciones escritas desarrolladas posteriormente por san Cipriano (s. III) y san Gregorio de Nisa (s. IV).La posición teológica de Bern.
Lo más llamativo es que muestra poca comprensión para la historia salutis. La historia de Israel, en cuanto tal, no es historia de salvación. Engañado por un ángel malo (9,4b), el pueblo ha tomado la Ley en un sentido material. Ha roto la Alianza antes de pactada (4,7-8; 14,1-3). Israel no ha captado la intención espiritual de los mandamientos sacrificiales (2-3), circuncisión (9), sábado (15) y Templo (16).
La gnosis inspirada es un grado superior de la fe cristiana (1,5), que proporciona la inteligencia espiritual de la Escritura. Las prescripciones rituales, como la circuncisión, son profecías de Cristo (7-9) 2. Las prescripciones alimenticias enseñan simbólicamente la regulación de la conducta (10). La historia de Israel anuncia y prefigura la encarnación y crucifixión de Cristo (12), así como la formación del pueblo heredero (13).
La época presente queda caracterizada por la venida de Cristo, en quien se han cumplido las profecías (12-13). La fe cristiana tiende ante todo al porvenir esperado, movida por esperanza y temor, que son casi sinónimos. Puesto que en este tiempo Satán anda desatado, lo esencial es mantenerse firme en las pruebas (4,9). El futuro traerá la intervención final de Dios, tras los 6.000 años de la creación, acompañada de un cambio cósmico (15,3-5). Entonces tendrá lugar el juicio del Señor (7,9) y la aniquilación de los enemigos de Dios (12,9a; 15,15b). Los fieles, en cambio, llegan por fin a la culminación (15,5-9):
"Y descansó el día séptimo" [Gen 2,2], Esto significa: Cuando venga su Hijo destruirá el tiempo del Inicuo y juzgará a los impíos. Cambiará el sol, la luna y las estrellas. Entonces sí que descansará en el séptimo día (15,5).
Ese sábado es el milenio, que media entre la segunda venida del Señor para acabar con el tiempo del Inicuo y la vida eterna, comienzo de otro mundo. No es el sábado, sino el octavo día, el
domingo, el que prefigura la vida eterna.2 En 9:7-9, la combinación de Gén. 14:14 y 17:23 (la circuncisión de los 318 domésticos de Abrahán) le da pie a una interpretación del hecho como profecía de la muerte de Cristo en la cruz, por la correlación de números y letras griegas: 10 (I) + 8 (H) + 300 (T).
El problema que trasluce Bern es el de la superación de las instituciones de Israel en la nueva economía salvífica. Problema con el que también se confrontaron Pablo, Jn. y Heb.
Bern marca un hito en la corriente ideológica cristiana que no sabe qué hacer con el A.T. Entre las tradiciones neotestamentarias, se ha podido observar que el discurso de Esteban (Hch 7,2-53) queda más allá de las líneas de Pablo, Jn. y Heb. Hch. 7,38-44 juzga la historia de Israel como una serie continua de incomprensiones. Pero ningún autor eclesiástico posterior ha ido, más allá de Esteban, tan lejos como Bern 3. Ni Justino, en su polémica con el judaísmo (a mediados del s. II), ni Ireneo (a fines del s. II), ni Clemente Alejandrino, ni Tertuliano (s. II/III), han calificado la historia de Israel y su culto de perversión diabólica.
Por otro lado consta que la secta de los ebionitas entendía que Cristo vino a abolir los sacrificios culturales. La literatura pseudoclementina, con todo su trasfondo judeocristiano y antipaulino, transmite la concepción de que la ley oral dada a Moisés fue corrompida por adiciones culturales diabólicas, a instigación de Aarón. También la teoría de la interpolación de perícopas falsas, una de las claves de la argumentación de la Carta a Flora del gnóstico Tolomeo.
Hubo pues una línea de ruptura, que culminó a mediados del s. II con la herejía de Marción (el Dios "justo," el creador, revelado por el A.T. no tiene nada que ver con el Dios "bueno," antes desconocido y manifestado por Jesucristo). Marción no hizo sino dar una impronta dualista tajante a las especulaciones gnósticas que contraponían el verdadero Dios, trascendente y desconocido, al Dios creador, el del A.T., relegado a una derivación secundaria e ignorante de una caída en el mundo divino.
Los cristianos eclesiásticos proveyeron una serie de soluciones al problema de la disco
ntinuidad entre el A.T. y la revelación cristiana. Como san Pablo, san Justino y otros muchos, Bern acepta la solución histórica en cuanto que cree que Cristo ha inaugurado una nueva época de la historia; pero difiere al declarar que lo que Cristo ha traído consigo no es nuevo, sino la antigua revelación entendida correctamente (2,4-3,6). Al subrayar esto (10), adelanta de un modo más radical la argumentación alegórica y espiritualista de los maestros cristianos alejandrinos, Clemente y Orígenes (que subrayaban el doble significado de la Ley: el material y el espiritual, dando preeminencia al segundo). Su proximidad hermenéutica con la exégesis cristiana alejandrina explica que fuera un texto venerado por muchos hasta fines del s. IV. Sin embargo, también la herejía de Marción podría entenderse como una derivación coherente, al negarse a reconocer el A.T. (entendido sólo literalmente) como revelación del Dios de Jesucristo.Las herejías gnósticas fueron contratacadas por pastores y teólogos eclesiásticos. Fieles al Dios de Jesucristo, que se reveló ya en el A.T., trataron de defender y explicar la Biblia judía y cristiana con los recursos culturales de su tiempo. La Iglesia se mantuvo fiel a su legado de textos inspirados; pero ha tenido siempre que contrarrestar resabios de la misma dificultad que llevó a la ruptura gnóstica y marcionita y que no acertó a resolver el Pseudobernabé.
3. Barnard (Oxford 1966) 57-72, estima que Bern tomó y adaptó la teología de Esteban directamente de Hch, en el tiempo del serio reto para el judeocristianismo que fue la propuesta de Adriano de reconstruir el Templo de Jerusalén (h. 118).
Eusebio de Cesárea (HE III 36) habla de Ignacio como obispo de Antioquía en tiempos de Trajano (98-117). Narra, según la tradición, que había sido enviado de Siria a Roma para ser arrojado a las fieras como mártir cristiano. Durante su viaje por Asia, bajo la vigilancia de sus guardias, exhortaba a las comunidades de las ciudades por donde pasaba, previniéndoles sobre todo contra las herejías que comenzaban a difundirse y exhortándoles a mantenerse adheridos a la tradición apostólica. Escribió cuatro cartas desde Esmirna a las iglesias de Éfeso (Eph), Magnesia (Magn), Trales (Tral) y Roma (Rom). En la última pedía que no tratasen de librarle del martirio. Otras tres desde Troas a las iglesias de Filadelfia (Philad) y Esmirna (Smyr) y al obispo de esta última Policarpo (Pol). Como añade que Ireneo estaba al tanto de todo ello y recoge su cita de Ign. Rom 4 (Iren. AH V 28,4) y las frases que le dedica Policarpo al enviar una colección de sus cartas a la iglesia de Filipos (Polic. Phil 9 y 13) (HE III 36,12-15), la página de Eusebio resume casi todo lo que sabemos por la Antigüedad sobre el obispo mártir san Ignacio de Antioquía. Ireneo, hacia el 180, recuerda su martirio (AH V 28,4). Lo mismo que Orígenes hacia el 235 (HomLc VI,4). Eusebio fecha el martirio en el año décimo de Trajano (a. 107); pero esta indicación tiene sólo un valor aproximado.
La colección de cartas y su tradición textual.
Aunque la colección que se editó primero (1495) fue una recensión latina de cuatro cartas, con un texto completamente ficticio, podemos distinguir básicamente tres recensiones de las cartas de Ignacio. El "textus receptus" de la llamada recensión media o eusebiana, que consta de siete cartas. La recensión larga, publicada primero en la versión latina (1498) y más tarde en el texto griego (1557 y 1589), añade otras cinco cartas a las siete conocidas por Eusebio. El carácter interpolado de esta recensión, no sólo por la añadidura de cinco cartas sino también en el mismo texto de las siete eusebianas, quedó manifiesto por la publicación en 1644, en versión latina, de una colección mixta, que contiene quince cartas: seis pertenecientes a la recensión media (sin interpolaciones) 4, cinco a la larga, Rom insertada en un relato legendario del martirio y tres cartas pertenecientes a la recensión medieval. El texto griego de esta colección mixta fue publicado en 1646 y más completo en 1689. Hasta 1845 no se publicó una traducción siríaca que contiene Eph, Rom y Pol en forma abreviada. La llamada recensión corta.
Es probable que la colección reunida por Policarpo (Phil 3,2) comprendiese las seis cartas escritas a las iglesias de Asia y que no integrase la carta Rom. Es también el caso del manuscrito Medicaeus (de Florencia) del s. XI. El Colbertinus (de París) del s. X transmite sólo Rom inserta en un relato legendario del martirio de Ignacio.
2. Con un texto más simple que el de la impresión anterior y que coincide con el citado por los Padres donde el otro se desvía. Cf. BAUER-PAULSEN (Tübingen 1985) p.3.
cidad.La autenticidad de las cuatro cartas de la recensión medieval, publicada en 1495, fue ya descartada por el cardenal Baronio y por san Roberto Belarmino. En cambio ambos sostuvieron la autenticidad de las doce cartas de la recensión larga, publicada
en 1557 y 1589. Autenticidad que descartaron tanto los centuriadores de Magdeburgo como Calvino. Otros protestantes buscaron una solución intermedia: base auténtica, pero muy interpolada. Hipótesis que quedó confirmada por la publicación en 1644 del texto latino de la colección mixta y en 1646 del texto griego del Medicaeus. Aun así la autenticidad de las siete cartas sin interpolaciones siguió siendo muy discutida del lado protestante. Para F. C. Baur (1838) y sus discípulos eran obra tendenciosa de la segunda mitad del s. II al servicio de la idea católica del episcopado. Hubo que esperar a los estudios de Zahn (1873), de Funk (1883), de Lightfoot (1885), de Harnack y de otros, para dejar por un tiempo asentada la autenticidad de las siete cartas del texto medio, las siete cartas atestiguadas por Eusebio. En 1890 F. X. Funk probó que la falsificación de la recensión larga se debía a un interpolador apolinarista de comienzos del s. V. En 1983 Nautin atribuye la interpolación de las siete cartas y la falsificación de otras tres a Juliano el Arriano, autor de las Constitutiones Apos-tolorum (CA), a fines del s. IV.Sin embargo, la cuestión de la autenticidad de las siete cartas ha seguido replanteándose. Por unos para corroborar la tesis de la autenticidad con
nuevos argumentos. Por otros, para combatirla. Si, el siglo pasado, Renán consideraba que Rom era la única carta auténtica, Völter sostuvo en 1910 que era la única inauténtica. Pero atribuye las otras a un cristiano de h. 150, Teóforo, que identifica con el Peregrino protagonista de un escrito, de la segunda mitad del s. II, del satírico pagano Luciano de Samosata. (Según éste, Peregrino, en su etapa cristiana de carismático itinerante, habría escrito cartas a comunidades). Tras la apostasía de Peregrino y para salvar el prestigio de las seis cartas, fueron atribuidas a Ignacio, que habría muerto mártir en Antioquía hacia el 115. Con esta finalidad un falsificador antepuso Rom a la colección.Weijenborg ha sostenido que la recensión larga es la fuente directa tanto de la recensión media como de la corta. No admite pues la existencia de una recensión de las cartas anterior al 360. Para ello tiene que sostener la hipótesis de que la
HE no es tampoco la obra de Eusebio de Cesárea, muerto el 339, sino de un falsario posterior. El autor de las cartas ignacianas sería Evagrio de Antioquía (a quien identifica con Evagrio Póntico), quien habría recibido el incentivo para inventarse las cartas de lo que dice el satírico pagano Luciano de Samosata (segunda mitad del s. II) sobre su personaje Peregrino. Como señala Rius, las conclusiones de Weijenborg, que la recensión media depende literalmente de la larga, han sido recibidas con escepticismo, pues su argumentación está montada sobre una serie de falacias.En 1979 Joly sostuvo la tesis de que las cartas de Ignacio eran obra de un falsario. Para ello ha de atribuirle también la interpolación de Polic. Phil 13. Poco antes Rius Camps había comenzado a sostener que las cartas estaban adulteradas. Ambos estudios no son convincentes. Presumir una falsificación obliga a consecuencias más problemáticas que la hipótesis de la autenticidad.
Según Rius, las cartas auténticas, escritas por Ignacio obispo de Siria, desde Esmirna (
Rom, Tral * Magn * y Eph *) habrían sido divididas y adulteradas por un falsificador que inventó así la correspondencia desde Troas, barajando materiales auténticos con problemática más reciente. El falsificador recogió las tres cartas que circulaban por las iglesias de Asia y compuso con ellas otras tres, inventando un segundo lugar de redacción, Troas, para las cartas de títulos espurios (Philad, Smyr y Pol). Luego trató de avalar su compilación interpolando la referencia en la carta de Policarpo. El auténtico Ignacio habría escrito entre los años 80 y 100. La preocupación principal del falsificador, detectable en sus interpolaciones, era el consagrar definitivamente la organización vertical de la Iglesia (obispo, presbiterio y diáconos-comunidad), amparándose en la autoridad del mártir Ignacio, a quien ha rebajado a diácono para mejor corroborar su tesis de la obediencia al obispo. El falsificador desconocía Rom. Ha sido un autor asiático, obispo de Filadelfía, de mediados del s. III que se ha inspirado en la Didascalía, obra pseudoapostólica de principios del s. III, para apuntalar su autoridad resquebrajada por graves disensiones internas. En general el interpolador ha respetado el cuerpo de las cartas; pero introduce sistemáticamente elementos temáticos que distorsionan la eclesiología arcaica de Ignacio, haciendo desvanecer su dimensión horizontal para polarizarla en la persona del obispo como el solo representante de Dios. Opinamos que esta disección de las cartas y caracterización del interpolador no está justificada. Los datos de los que arranca la construcción de Rius tienen explicaciones más sencillas. No se entiende que, tras dos siglos de recepción de las cartas originales, el desdoble (realizado con trabajo de filigrana) se impusiese hasta el punto de no dejar huella de la tradición textual previa.Se ha discutido si Ignacio tiene en mira un doble frente adversario o está saliendo al paso a una sola línea, aunque compleja, de heterodoxia.
Corwin cree que Ignacio representaba un "partido del centro" en Antioquía, entre un grupo judeocristiano esenio y un grupo docetista: "espirituales" al margen del culto comunitario. Barnard presenta objeciones a la interpretación de Corwin. Ignacio arguye contra un "judeocristianismo docetista" rampante en las comunidades de Asia Menor a las que escribe. Nunca afirma la existencia de dos partidos a los que se opone. En Magn acusa a las mismas personas de judaísmo y de docetismo. En otras usa los mismos términos cuando habla de las dos tendencias. En cambio Meinhold estima más adecuado atender a los matices propios a los disidentes de cada comunidad y en Eph y Magn da un peso específico a elementos carismáticos opuestos a la estructura ministerial. Es probable que Ignacio esté enfrentando también un error distinto del de judaizantes y/o docetistas. El de los que condicionaban su reconocimiento de los ministerios eclesiásticos a la excelencia en dones carismáticos. Ignacio pudo encontrarse en Asia con cristianos que se sentían mejor representados por un tipo de ministerio carismático como el reflejado en Ap.
Últimamente Sumney ha argüido que los adversarios de Ignacio en Esmirna eran doceti
stas y en Filadelfia la cuestión quedaba en la interpretación y autoridad del A.T.El docetismo corresponde a un sincretismo griego de base dualista. Se aspiraba a una salvación puramente espiritual del alma inmortal. La doctrina de una resurrección de los muertos resultaba un contrasentido (cf. Hch. 17,32). Un Dios salvador encarnado en la materialidad, con un cuerpo sujeto a pasión, muerte y corrupción, contradecía esa perspectiva espiritualista. Si se aceptaba el mensaje cristiano de salvación era depurándolo de los elementos chocantes con esa mentalidad. Ignacio enfrenta tal tergiversación de la fe desde la tradición, firmemente encarnacionista y sacramental, del catolicismo siríaco. Apela a la confesión de fe tradicional que puntualiza como regla de fe contra la cristología docetista:
Haceos los sordos cuando se os hable prescindiendo de Jesucristo, el del linaje de David, el de María, el que verdaderamente nació, comió y bebió, verdaderamente fue perseguido bajo Poncio Pilato, verdaderamente fue crucificado y murió, a la vista de los seres celestes, terrestres e infernales. El que también verdaderamente resucitó de los muertos, al haberle alzado su Padre. El Padre que también, de modo semejante, nos alzará a los que creemos en él, en Cristo Jesús, sin el cual no tenemos la verdadera vida [Tral 9,1-2].
El procedimiento de Ignacio, la puntualización de una confesión de fe tradicional m
ediante los términos precisos para excluir una interpretación herética, es el mismo al que recurrirán los concilios de Nicea y Constantinopla, al precisar un credo trinitario como regla de fe contra las herejías del s. IV.No insiste en la unidad de Dios porque no tiene en perspectiva ni el politeísmo pagano ni el dualismo gnóstico. No hay más que un solo Dios, que se ha manifestado por Jesucristo su Hijo. El Dios de los cristianos es invisible, pero no incognoscible; pues se ha hecho visible para nosotros por Jesucristo:
Sé aún más celoso de lo que ya eres. Discierne los tiempos. Está atento al que está por encima del tiempo, al intemporal, al invisible que por nosotros se hizo visible, al impasible que se hizo pasible por nosotros, al que soportó de todo por no
sotros [Pol 3,2].Por esto insiste en la unidad de Dios y de Cristo. El Hijo, aparecido en forma humana, ha venido del Padre (sin dejarle) y ha vuelto a Él en la unidad. Los dos términos, Dios y Cristo, aparecen repetidas veces en estrecha alianza.
La voz del mártir se eleva en tono apasionado para defender la unidad de Cristo contra el docetismo judaizante, que ponía en duda la realidad de los acontecimientos históricos de la vida del Salvador. Ignacio les opone la regla de fe, a partir de fórmulas ya estereotipadas por el uso litúrgico:
Porque nuestro Dios, Jesús el Cristo, ha sido llevado por el vientre de María, conforme a la dispensación (οίκονομίαν) de Dios, del linaje de David y del Espνritu Santo. Nació y fue bautizado para purificar el agua por la pasión [Eph 18,2].
En Smyr 1,1-2 encontramos otra fórmula credal, más desarrollada y marcada por la polémica antidocetista. Ignacio insiste en la verdad de la "carne" de Cristo. Pero Cristo es también "espíritu": una realidad sobrehumana (naturaleza divina), que le une a su Padre. Hijo de María, es también Hijo de Dios, Dios mismo. Los sufrimientos de su carne son denominados sufrimientos de Dios. Jesús, engendrado como hijo de María, es también ingénito, impasible, intemporal, invisible, en virtud de su esencia divina. La divinidad de Cristo es considerada en su resurrección gloriosa. Pero este Cristo preexistía. Estaba ya antes de los siglos junto al Padre. Es el pensamiento del Padre, que al encarnarse sale del silencio de Dios.
La unidad de Cristo con el Padre fundamenta la unidad del cristiano con Cristo. Jesús, "carne" y "espíritu," es la vida del cristiano. Cristo-vida constituye el centro de la vivencia y del pensamiento de Ignacio. El cristiano debe, por la fe y la caridad, unirse al Cristo de carne y espíritu, a su humanidad y divinidad, a su muerte y resurrección: todo el misterio de la encarnación redentora. También la vida exterior del cristiano, su carne, debe manifestar el espíritu de Cristo, que habita en él. Toda la vida del cristiano debe tender a imitar y reproducir esta unidad de carne y espíritu realizada en Cristo, esa misteriosa unidad de Cristo con el Padre.
Sobre este tema de la unidad del cristiano con Cristo se desarrolla el misticismo de Ignacio. Emerge de ahí el ideal de la imitación de Cristo (Philad 7,2). La imitación consiste no sólo en la observancia de la ley moral y en la vida de acuerdo con las enseñanzas de Cristo, sino también en conformarse uno mismo particularmente a su pasión y muerte:
Permitidme ser un imitador de la pasión de mi Dios. Que si alguno lleva a Dios en sí, entienda qué es lo que quiero, y se compadezca de mí al saber lo que me angustia [Rom 6,3].
Concibe el martirio como la perfecta imitación de Cristo. La muerte es el medio de e
ncontrar a Cristo, que es el camino que conduce a Dios:Escribo a todas las iglesias y les dejo bien claro que voy de buen grado a morir por Dios, si es que vosotros no lo impedís. Os ruego que no tengáis conmigo una benevolencia inoportuna. Dejadme ser pasto de las bestias, por las que podré alcanzar a Dios. Trigo soy de Dios y he de ser molido por los dientes de las bestias para que resulte puro pan de Cristo [
Rom 4,1].Con el tema de la imitación y la unidad, armoniza el de la inhabitación de Cristo. La d
ivinidad de Cristo habita en los cristianos como en un templo. Ignacio está tan inspirado por esta idea que acuña nuevas palabras para expresarla. Los cristianos son portadores de Dios, de Cristo, de un templo (theophoroi, christophoroi, naophoroi). El mismo se denomina Teóforo.De aquí se sigue el estar con Cristo. Los cristianos sólo realizan esta unidad cuando hacen uno con su obispo mediante la fe, la obediencia y, en particular, mediante la participación en el culto divino. No reconoce una independencia individualista en la vida espiritual o en la unión mística con Cristo. Su misticismo brota del culto litúrgico. Su terminología depende de símbolos y frases tomados de la liturgia.
La unidad de los cristianos con Cristo se traduce por la unidad de los cristianos entre sí, unidad de la Iglesia. Los orgullosos herejes, que niegan el don de Dios, son también los que se separan de la comunidad, del obispo y del altar. La Iglesia, en cambio, es unidad de fe y de vida, comunidad de amor de la que Jesucristo es principio y ley. Esta unidad se expresa en un organismo visible, provisto ya de la organización jerárquica necesaria para su funcionamiento. Las cartas de Ignacio son el primer testimonio de la conjunción y consolidación de la triple jerarquía: episcopado monárquico, presbiterado y diaconado:
Seguid todos al obispo, como Jesucristo al Padre, y al presbiterio como a los apóstoles. Respetad a los diáconos como mandamiento de Dios. Que no se haga sin el obispo nada de lo que atañe a la Iglesia. Considerad sólo legítima la eucaristía que sea presidida por el obispo o quien él mismo encargue. Donde aparezca el obispo, esté allí la multitud congregada (π
λήθος). Lo mismo que donde estι Cristo Jesús, allí está la Iglesia católica. No es lícito ni bautizar ni celebrar el ágape prescindiendo del obispo. Lo agradable a Dios es lo que aquél apruebe, a fin de que todo lo que se haga sea seguro y legítimo [Smyr 8, l-2].La multitud (πλήθος) puede subir al grado de έκκλεσία sσ
lo en unión con el obispo. La calificación καθολική έκκλεσία aparece aquν por primera vez en la literatura cristiana. Ha sido interpretada en sentido espacial, como "universal," por la contraposición que traza el texto entre la iglesia del obispo (la particular) y la Iglesia de Cristo (la universal). Sin embargo hay razones para pensar que se trata de la plena realización escatológica a la que la Iglesia debe tender.Desde la concepción de la Iglesia como una realidad espiritual con Dios o Cristo como obispo invisible, llega Ignacio a la justificación del episcopado monárquico, al colocar al obispo como cabeza de la Iglesia visible haciendo las veces de Dios o de Cristo. En la cúspide está el obispo, representante de Dios, cuya autoridad deriva de la misión de los apóstoles; pero que es sobre todo imagen del Dios invisible (τύπος Θεού). Es un episcopado monαrquico quien preside las comunidades. Pero vemos al obispo rodeado de sus presbíteros y diáconos. El obispo preside como representante de Dios o de Jesucristo, los presbíteros forman el senado apostólico, y los diáconos se hacen cargo de los servicios de Cristo (Magn 6,1; Tral 2,1-3,2).
La unidad de los cristianos entre sí y con Cristo encuentra su expresión, al mismo tiempo que su alimento, en la ε
υχαριστία, sacramento de la unidad. Es la conmemoraciσn litúrgica de la Cena del Señor. Esta comida es un sacrificio, que reúne a los fieles alrededor del obispo con el presbiterio y los diáconos (Philad 4) como alrededor de un solo altar, símbolo visible de la única Iglesia, agrupada alrededor del único Cristo, hijo del Padre único (Magn 7,2). La Eucaristía une entre sí a los cristianos, porque une a los fieles a la carne y a la sangre del Señor. Es antídoto contra la muerte (Eph 20,2), que comunica al cristiano la vida de Cristo. Ignacio coincide con la tradición joánica en el estrecho acoplamiento de la cristología a la eucaristía. Se ha nutrido del mismo trasfondo espiritual.Aunque no hay un género único en toda la obra, se puede catalogar como apocalipsis. Corresponden al género el discurso en primera persona, la narración de visiones y éxtasis, la entrada en escena de angeli interpretes, la carta celeste. Encajan dentro del género las alegorías y también la parénesis; pero esta obra no trata de desvelar ni el futuro escatológico ni el mundo trascendente. Hermas usa la imaginería apocalíptica para urgir a penitencia y, así, llevar a cabo la realización de la Iglesia.
San Ireneo (AHIV 20) lo cita como Escritura y esto lo recuerda también Eusebio (HE V 8). Clemente Alejandrino da unas diez citas del libro, siempre aceptando su carácter de revelación; pero sin decir nada sobre quién era Hermas. Orígenes cita con frecuencia el libro, que considera muy útil y divinamente inspirado (ComRom XVI 4); pero lo separa cuidadosamente de los escritos canónicos y acepta que el lector, si quiere, lo rechace.
El llamado Canon Muratoriano (fines del s. II) descarta su canonicidad por ser obra reciente, de un hermano del papa Pío. Lo admite para la lectura privada.
Tertuliano (s. II/III), en su De oratione, reconoce su influencia en prácticas litúrgicas. Más tarde, en su etapa montanista, lo combate. La controversia montanista pudo contribuir a desacreditarlo. Los montanistas chocaban con su reconocimiento de la penitencia eclesiástica. Los antimontanistas con el carácter profético del mensaje de Hermas.
Ya en el s. IV, Eusebio (HE III 3) recuerda la disparidad que se había dado en su valoración o no como libro canónico. Nota que escritores eminentes lo habían usado y juzgaron útil para la instrucción catequética.
Sobre el autor disponemos sólo de los datos que podemos entresacar de la obra. Es un liberto, desafortunado en su matrimonio, con serios problemas con sus hijos 5, propietario y acaso empresario venido a menos. No se sitúa en ninguna de las categorías eclesiásticas (presbítero, diácono, profeta, maestro) que menciona en su obra. Habla por su propia autoridad como visionario y desde su propia responsabilidad; aunque se cuida de integrar eclesiásticamente esta forma doctrinal extraordinaria en el área de competencia de las autoridades eclesiásticas tradicionales.
5. Leutzsch (Gottingen 1989) p.59-62 destaca que Hermas es interpelado en su papel como paterfamilias y que otras estructuras romanas proveen un cuadro de interpretación para contenidos del Pastor. La comunidad está en camino de expansión, que empuja fuera de lo cristiano, y la "casa" vale, al menos, como un lugar apropiado para una vida en pureza moral.
El libro aparece distribuido en tres partes bien diferenciadas: las cinco Visiones, los doce preceptos (Mandata) y las diez parábolas (Similitudines).
En las Visiones entra en escena una Anciana que se aparece a Hermas y le amonesta a penitencia, a él y más aún a sus hijos (
Vis I).Un año después la misma Anciana transmite a Hermas una carta celeste, que denuncia los pecados de sus hijos y de su mujer. Se anuncia el perdón a todos los pecadores que se arrepientan antes de un día fijado como límite. La Anciana le da un recado para los que presiden la iglesia. Luego un ángel, en sueños, le explica que la Anciana
no era la Sibila sino la Iglesia, creada antes de todo y por quien se hizo el mundo. A Hermas se le encarga que haga dos copias del librillo: una para Clemente, que habrá de enviarlo a otras ciudades, y otra para Grapté, que dará aviso a viudas y huérfanos. Hermas habrá de leerlo en la misma ciudad con los presbíteros que presiden la iglesia (Vis II). En una nueva visión, la Anciana le hace ver una gran torre, que seis jóvenes construyen sobre el agua con piedras cuadradas, traídas por miríadas de hombres; pero muchas, estropeadas, rotas o redondeadas, quedaban sin utilizar. Le explica que la torre en construcción es ella misma, la Iglesia. Las piedras bien encajadas son los apóstoles, epíscopos, doctores, diáconos, que han ejercido bien su ministerio (13,1). Otras, los mártires, justos, neófitos y fieles. Las dejadas cerca son los pecadores dispuestos a penitencia. Las desechadas lejos, los inicuos, viciosos, renegados, impenitentes. A todos se les abre la posibilidad de penitencia. El fin llegará cuando concluya la construcción de la torre, que será pronto (Vis III). La Vis III va dirigida a catecúmenos, pues su entera preocupación es mostrar cómo los hombres pueden acceder a la Torre, e.d., a la comunidad eclesial. El interés del pastor es exhortar a los catecúmenos a apresurar su conversión. Veinte días después, Hermas tropieza en su camino con un monstruo grande como una ballena; pero que le deja pasar. Entonces le sale al encuentro una joven novia de cabello blanco en la que reconoce a la Iglesia. Esta le explica que el monstruo prefigura una gran prueba que está por llegar (Vis IV) 6.La primera parte de la obra (Vis I-IV) se dirige a los catecúmenos. La segunda (Vis V-Sim) se vuelve hacia los bautizados. Los mensajes de penitencia, el dirigido a los catecúmenos (Vis II) y el destinado a los bautizados (Mand IV), se complementan.
La Vis V caracteriza como revelaciones los preceptos y parábolas que siguen. Con ello el autor da un encuadre apocalíptico a su contenido de notificaciones no siempre "apocalípticas." Entra en casa de Hermas un hombre de aspecto glorioso con traje de pastor, que dice haber sido enviado por el más venerable de los ángeles para vivir con él el resto de sus días. Es, pues, su ángel de la guarda, oficio distinto del de portador de revelación, pero que le manda escribir los preceptos y parábolas. Es el Pastor, el ángel de la penitencia (Vis V) 7.
El primer precepto es la fe en el Dios creador, temerle y ser continente (Mand I). Hay que mantenerse en la simplicidad y la inocencia (Mand II). Amar la verdad (Mand III). Guardar la castidad. Hay obligación de repudiar al consorte adúltero; pero también de reconciliarse una vez que se arrepienta. Es exacto que no hay más penitencia que la bautismal; pero el Señor, compadecido, ha instituido esta nueva y única llamada a penitencia para los cristianos pecadores (31,1-6). Las segundas nupcias no son pecado (Mand IV). La paciencia abre espacio al Espíritu Santo y la cólera al diablo (Mand V) 8. El Pastor le habla de la vía recta de la justicia y la tortuosa de la injusticia. Con el hombre hay un ángel de la justicia, en quien hay que confiar, y un ángel del mal que hay que discernir por sus obras (Mand VI). Hay que temer a Dios haciendo el bien y temer las obras del diablo (Mand VII). Hay también dos clases de continencia: abstenerse del mal y no abstenerse del bien (Mand VTII). No dudar de Dios en la oración (Mand IX). Hay que alejarse de la tristeza, que es hermana de la duda y de la cólera y arroja al Espíritu Santo (Mand X). El Mand XI es testigo de la intrusión de la adivinación pagana en la Iglesia y de su competición con la profecía cristiana. Evoca un ministerio profético abierto a todos los fieles y sujeto a prueba por los mismos fieles n. El Mand XII expone la doctrina de los dos deseos, el bueno y el malo. Hermas es encargado del ministerio de la penitencia. El ángel de penitencia ha sido enviado para estar con los penitentes y darles el poder de triunfar.
La primera parábola enseña que nuestra ciudad futura queda lejos de la presente. Hay que habitar en ésta como en tierra extranjera (
Sim I). El olmo y la parra sirven de parábola de la solidaridad del rico y el pobre (Sim II). Los justos y pecadores en este mundo son como los árboles sin hojas en invierno, que no se distinguen (Sim III). En cambio, en el otro mundo serán como los árboles frondosos y los secos en verano (Sim IV). El ayuno grato a Dios es guardar los mandamientos. Se explica la parábola del esclavo que ha cuidado esmeradamente el viñedo y a quien el amo hace coheredero de su hijo. El amo es el Creador, el hijo es el Espíritu Santo y el esclavo es el Hijo de Dios: la carne en que tomó morada el Espíritu Santo y que le sirvió de lleno. También a nuestra carne ha venido el Espíritu (Sim V). El ángel de la voluptuosidad y el error pastorea a ovejas para quienes ya no hay penitencia, porque han apostatado (62,3), y otras corrompidas, para quienes aún hay esperanza. El ángel del castigo es quien las pastorea por los caminos largos y duros de la penitencia (Sim VI). Es quien atribula a Hermas para lograr que los suyos se arrepientan (Sim VII). Sigue la parábola de la distribución de los ramos de sauce y su diferente estado al ser devueltos. El sauce es la ley de Dios. El que distribuye es el Hijo de Dios. El ángel grande y glorioso es Miguel (69,2-3). Los ramos secos son los apóstatas, que no han hecho penitencia. Los otros, diversos grados de pecadores, penitentes y fíeles (Sim VIII). El Espíritu Santo, que ha hablado bajo la figura de la Iglesia, es el Hijo de Dios (78,1). En la construcción de la torre sobre roca se hace una pausa para examinar las piedras que aún pueden ser aprovechadas en la construcción (si hacen penitencia) (Sim IX). Recomendaciones finales del Ángel que se le aparece con el Pastor a su lado (Sim X).Hermas trata de problemas prácticos de la vida de la Iglesia más que de sutilezas doctrinales, entre las que a veces se pierde. Es el caso de su cristología angélica y adopcionista, así como de su binitarismo. Binitarismo en la identificación del Espíritu, el Hijo de Dios y el primero de los Ángeles. Adopcionismo en la carne (humanidad) del Siervo que sirvió tan bien al Espíritu que mereció ser reconocido como heredero. Si bien el texto de la sumisión de la carne al espíritu en Sim V cobra un alcance general y se aplica a todos los cristianos 9. La lección de moral de los preceptos y parábolas es una enseñanza muy didáctica, más que un mensaje profético. La religión de los preceptos se remite explícitamente a un monoteísmo moral idéntico al del A.T.
Hay una doble visión de la Iglesia: En la Vis III propone la comunidad cristiana como el objetivo ideal por alcanzar y en la Sim IX muestra la Iglesia tal como es, compuesta por pecadores. La Vis III ofrece una imagen sincrónica de la Iglesia como asamblea litúrgica con sus ministros. En la Sim IX opta por una imagen diacrónica de una Iglesia fundada sobre el testimonio y el martirio de las generaciones precedentes. Sin embargo no hay que apurar la distinción entre la Iglesia ideal y la empírica, o el prototipo y la imagen; pues puede tratarse de una misma Iglesia, la oculta y la manifiesta. Una Iglesia en tres estadios: preexistente, existente o manifestado y escatológico. La transición al estadio manifiesto queda indisolublemente ligada con la manifestación del Hijo de Dios que es el fundamento eterno de la Iglesia.
6. Bauckham, JThS 1974, 27-40, observa que el apocalipticismo judío ponía el énfasis en el aspecto destructivo de la gran prueba, como juicio del impío. El papel central y positivo dado al sufrimiento en la Iglesia es el cambio distintivo que caracteriza la primitiva apocalíptica cristiana y que Hermas representa fielmente.
7. El Pastor se presenta a los lectores en los tres papeles de Intérprete, Ángel de la guarda y Ángel de la penitencia. La concurrencia de las tres
actividades queda clara en Mand III. Cf. Dibelius, II (Tübingen 1956) 80-93.8. Martín,
VetChr 1978, p.337, nota que la pneumatología de Hermas abraza tres campos, cada uno con origen diverso: 1. El Espíritu creador, potencia de Dios; 2. El Espíritu donado a la carne del hombre; 3. Los "dos espíritus," de Dios y del demonio.9. Cf. Sin embargo, Henne (París 1992) p. 154-161 trata de mostrar que la contradicción en la cristología de Hermas es más aparente que real y sostiene que no hay una cristología ado
pcionista ni binitarismo.En el códice Sinaítico (s. IV) siguen al N.T. Bern y el Pastor de Hermas (desde la Vis I 1 al Mand IV 3,6). El comienzo de la Vis V tiene un título particular. Un códice repartido entre el Monte Athos y Leipzig (G o A), del s. XIV/XV, contiene fragmentariamente Vis I 1 a Sim IX 30,2. La ausencia de Vis I-IV en los papiros (salvo el PAm-herst y acaso 2 POxy), en el Michigan Codex, en la versión copta y el inicio de la Vis V en las versiones latinas, indican que circuló un libro llamado "Pastor" independientemente de las cuatro visiones previas.
La obra muestra una combinación confusa de tradiciones muy diversas, que el mismo que las utiliza no acaba de comprender. Ya intérpretes del s. XIX dudaron de la unidad literaria.
Giet ha propuesto la distribución en tres autores, tres teologías y tres épocas. El primero, que se da el nombre de Hermas, cuenta sus visiones, que anuncian como próxima la prueba por venir y predica la penitencia en nombre de la Iglesia. Las
Visiones datarían del primer cuarto del s.II. El segundo autor, el Pastor de la Sim IX, le toma el relevo con fines sobre todo teológicos. Cumple su ministerio penitencial en nombre del Hijo de Dios, durante la pausa que ha interrumpido la edificación de la Torre. El testimonio del Muratoriano, debidamente cribado, puede ser retenido para esta parábola: en tiempos del papa Pío (h. 140-150). La Iglesia que aquí se expresa está ya cronológicamente alejada de sus orígenes. No es sorprendente encontrar algo de subordinacionismo, pues es también el caso de su contemporáneo Justino. Por fin el Pseudo-Pastor, que ocupa la escena a lo largo de los preceptos y de las otras parábolas. Si bien rechaza la doctrina del Hijo de Dios del Pastor, como no puede suprimirla la incorpora a su obra, que es de tendencia adopcionista y judeocristiana. El falso profeta del Mand XI, que halaga a sus oyentes, supone una problemática anterior al profetismo del movimiento montanista. Giet sitúa por ello a este tercer autor en los años 160-170 a más tardar.Las citas occidentales de antes del 200 comienzan con la Vis V —lo que favorece la tesis de Giet—, pero la traducción latina del s. II presenta el texto completo. Los testimonios orientales, la mayoría de Egipto, de los s. II al IV muestran que el Pastor se conocía completo. Es poco verosímil la difusión de textos de más en más largos con una teología cada vez diferente como pensaba Giet. Las diferentes versiones no atestiguan la existencia de varios esbozos, cada vez más completos, antes de la gran obra final, sino más bien adaptaciones ulteriores. Aun reconociendo que, desde un punto de vista literario, el documento no es uniforme y que el autor ha adoptado material de diferentes esferas de tradición, no es necesario suponer tres autores distintos 10.
Es probable que el mismo autor compusiese primero el libro de las Visiones (Vis I-IV) y posteriormente el de los Preceptos y Parábolas, añadiendo Sim IX y X al juntar los dos. Como fuentes pueden señalarse: 1) la Sagrada Escritura, sin apenas citas explícitas y por recurso a ideas cristianas comunes por influencia de los libros bíblicos; 2) el Judaísmo, por su amplio conocimiento de algunas fuentes judías, especialmente esenias; 3) el Paganismo, con influencias del helenismo y de un antiguo repertorio de apariciones-revelaciones.
La composición de la obra puede haber durado 30 o 40 años. Hermas combate (
Sim V 7; IX 22) falsas especulaciones de maestros acreditados en la Iglesia; pero no hay indicación de que conozca el gnosticismo en sus formas más desarrolladas. Hermas es menos riguroso que los montanistas e ignora las enseñanzas peculiares de esta secta. Su libro refleja una fluidez de doctrina y práctica anterior al enfrentamiento de la Iglesia con las grandes herejías. Por eso se puede situar su obra entre el fin del s. I y hacia el 135.10 Cf. Pernveden (Lund 1966) p.292-293, quien considera que el mensaje que unifica todo el texto, tan heterogéneo por sus diversos materiales, como es corriente en los apocalipsis, es su concepto de la Iglesia.
Las interpretaciones sobre la doctrina penitencial de Hermas pueden distribuirse, como hace Joly, en tres propuestas básicas:
1. El "jubileo" de Hermas. Se ha sostenido que un rigorismo intransigente era lo corriente en la Iglesia entre el 100 y el 140. No había penitencia postbautismal por la irremisibilidad de los pecados cometidos después del bautismo (cf. Heb 6,4-8; 10,26-31; 12,16-17; 1 Jn. 3,6). Hermas es el primero en reaccionar contra este rigorismo; pero queda imbuido por él. Se precisa una revelación celeste para afirmar la posibilidad de una penitencia postbautismal. Sin embargo Hermas la considera una concesión excepcional, una especie de jubileo a fecha fija. Tras lo cual se volverá al rigorismo anterior.
2. Una serie de teólogos católicos, como D'Ales, Galtier, Poschmann y Rahner, coincidieron en denunciar la teoría anterior como falsa. Hermas no innova en materia penitencial, sino que apremia a la disciplina penitencial por la inminencia de la Parusía.
3. Joly propone una teoría intermedia, sustentada ya por Amann en el DThC. Es falso que la Iglesia primitiva haya elevado al rango de doctrina oficial el rigorismo intransigente; pero es también difícil sostener que no existió nunca. Se afirma en apócrifos como el Evangelio de los Egipcios, Hechos de Pedro con Simón, Hechos de Tomas, Hechos de Pablo y Tecla. Sin pasar a discutir el testimonio de Heb, que puede entenderse como exageración pastoral. Hermas es incomprensible si no se admite que lucha contra el rigorismo. Tal como él presenta las cosas, la penitencia postbautismal es una innovación que es encargado de anunciar. Es probable que esté buscando un compromiso entre dos tendencias. Hermas vincula la doctrina rigorista de la penitencia y remisión de pecados únicamente en el bautismo con la confianza de que la misericordia de Dios alcanza también a los pecadores bautizados y les concede la penitencia postbautismal, una única oportunidad y en plazo breve 11. Proclama la posibilidad de la penitencia postbautismal, pero encerrándola en los límites de un jubileo excepcional: penitencia a fecha fija, mientras se construye la Torre, que será concluida pronto. La concepción de Hermas no era viable. En el 170 Dionisio de Corinto suprime la fecha fija y readmite a todo pecador, cualquiera sea su pecado, si hace penitencia.
El pensamiento de Hermas es incoherente sobre el alcance de su penitencia. A veces parece negar el beneficio del jubileo a los apóstatas. Su vacilación no alcanza sino a este pecado. No conoce los tres pecados irremisibles (apostasía, homicidio, adulterio) de Tertuliano montanista. También esta contradicción de Hermas puede deberse a que había en su tiempo disparidad sobre la readmisión de los apóstatas.
Hermas insiste en que sólo Dios remite los pecados; pero el perdón divino requiere un arrepentimiento que debe ir acompañado de expiación, que puede proceder del arrepentido mismo o del ángel del castigo, que inflige diversas penas en esta vida. Lo que corresponde a la jerarquía eclesiástica es dar a conocer la oportunidad de penitencia y exhortar al arrepentimiento. Hermas atestigua el hecho de la reconciliación eclesiástica. Condición necesaria, aunque insuficiente, del perdón divino, puesto que Hermas se dirige también a diferentes categorías de pecadores que siguen en la Iglesia.
11. Brox (Gottingen 1991) p.476-485, entiende que Hermas quedaría más del lado de los maestros rigoristas que de la práctica anterior de la iglesia romana de admitir repetidamente a penitencia a los pecadores postbautismales.
pócrifos Neotestamentarios
L
a denominación convencional "apócrifos neotestamentarios"engloba una literatura muy heterogénea, que sólo artificialmente se puede clasificar con los cuatro géneros literarios del N.T. Son textos depreciados desde la época patrística hasta hace pocos años. Se los consideraba derivaciones secundarias y tardías de los escritos neotestamentarios, producidas 1) por la devoción popular y su curiosidad por narrar más sobre los personajes neotestamentarios; 2) por el interés de la propaganda herética en crear escritos pseudoapostólicos que contuviesen claramente las enseñanzas sectarias. Se admitía la importancia de esta literatura por reflejar las tensiones y tendencias dentro del cristianismo del tiempo real (no ficticio) de su composición y también por su influjo histórico en la piedad popular y diversas manifestaciones artísticas. Se admitía que los textos podían integrar ocasionalmente materiales primitivos muy difíciles de discernir.La llamativa sucesión de descubrimientos recientes de nuevos documentos, entre otros los códices de Nag Hammadi
(NHC), y la influencia de la tesis de W. Bauer sobre el pluralismo radical del cristianismo primitivo (sólo en el S. II habría comenzado la delimitación de ortodoxia y herejías), ha provocado un vuelco en el interés por esa documentación. Se ha argüido (H. Koester) que históricamente hay apócrifos, a los que se atribuye una composición temprana, tan válidos como los escritos neotestamentarios más antiguos para reconstruir los orígenes del cristianismo. De aquí han podido arrancar campañas de divulgación de "otro Jesús," un Jesús esotérico, contrapuesto al Jesús de la Iglesia.En la tradición antigua de dichos o hechos de Jesús, fuera de los evangelios canónicos, podemos distinguir: a) Textos (en parte sólo fragmentos de obras perdidas) que pueden corresponder a los estadios más antiguos de la tradición cristiana. Hay que determinar en cada caso cuál puede ser su relación con los canónicos y dónde se colocan en la historia de la tradición de Jesús de los siglos I y II. Es el caso de los Agrapha y de fragmentos de evangelios desconocidos; b) Hay otro grupo de textos en los que parece claro que guardan alguna relación con los evangelios canónicos o con sus fuentes; pero cuyo material ha sido desarrollado en líneas teológicas muy determinadas. Es el caso del Evangelio de Tomás (EvTom) copto, los tres evangelios judeocristianos (Evangelio de los Nazarenos, de los Ebionitas, de los Hebreos), el Evangelio de Pedro (EvPe) y el Evangelio de los Egipcios (EvEg); c) Una tercera serie de documentos, se diferencian tanto de los evangelios canónicos que, aunque lleven el título de evangelio, sólo se pueden asimilar al género evangelio en la medida en que los motiva decisivamente la referencia a la persona de Jesús y ofrecen su contenido como mensaje salvífico. Buena muestra es el Evangelio de Felipe (EvFel); d) Puesto peculiar ocupan los documentos que se presentan como "Diálogos," vinculados a apariciones del Resucitado. Hacen uso de un material de "dichos" más antiguos y se apropian también de modelos griegos. Fueron sobre todo los gnósticos los creadores de este género peculiar; e) Por último las obras caracterizadas por el afán de completar relatos anteriores. A partir del S. II (Protoevangelio de Santiago, Protoev) comienza la producción de textos que tratan de colmar las lagunas dejadas por las narraciones canónicas. El centro de interés puede ser la infancia de Jesús (Evangelio Eclesiástico de Tomás) o la pasión y resurrección (literatura de Pilato, Evangelio de Nicodemo, Evangelio de Bartolomé).
"Agrapha" y Fragmentos de evangelios.
Un "agraphon" es un dicho atribuido al Jesús terreno, que no nos ha
sido transmitido por los evangelios canónicos. No entran aquí ni los discursos atribuidos al Resucitado ni los que autores cristianos primitivos consideran "palabra del Señor" al atribuir al Cristo preexistente o al Resucitado expresiones proféticas del A.T. o enseñanzas del Apóstol. Tampoco las citas libres de dichos canónicos. Así mismo se excluyen las frases atribuidas a Jesús en relatos legendarios. Se trata más bien de dichos del tipo de los recogidos por los Sinópticos, excluyendo los que se reconocen como creaciones posteriores (lógia gnósticos del EvTom, mandeos, talmúdicos, maniqueos y aun islámicos). A veces se ve claramente que son proverbios atribuidos a Jesús (cf. Hch. 20,35) o combinaciones de dichos ya conocidos (EvTom 48 y 102). Jeremias reducía a 18 los agrapha que podrían integrarse en el cuadro de la tradición recogida por los Sinópticos. Hofius piensa que aún sobran la mitad y en definitiva sólo da cuatro como inobjetables desde un punto de vista histórico tradicional: En cuanto a cuáles pueden ser dichos auténticos de Jesús, se queda preferentemente con estos tres:Quien esté cerca de mí, está cerca del fuego. Quien esté lejos de mí, está lejos del Reino (EvTom log. 82).
(Quien hoy) queda lejos (os) quedará mañana (cerca) (Pap. Ox. 1224).
Nunca estéis contentos, sino cuando miréis a vuestro hermano con amor (
EvHeb: citado por Jerónimo, In Ephes 5,4).El criterio de "autenticidad" no hace justicia a los dichos extracanónicos de Jesús. El pr
oblema esencial es saber cuál es el lugar histórico de un logion y de qué modo puede ayudarnos a determinar la situación de su origen en la historia de la Iglesia.Son numerosos los evangelios apócrifos que se encuentran citados o mencionados por el título en antiguos escritores eclesiásticos. Algunos han reaparecido, como el
EvPe publicado en 1892 y el EvTom (NHC II 2) publicado en 1959. También han aparecido textos, sobre todo en papiros, que han sido considerados fragmentos o extractos de evangelios perdidos. Al fragmento de Fayum (1885) y el Papiro de Oxyrhinchus 1 (1897), han seguido otros muchos, cuya clasificación es a veces difícil. Uno de los más notables es el Papyrus Egerton 2 (1935), que contiene fragmentariamente cuatro perícopas (la primera de tipo joánico, dos con paralelos en los relatos sinópticos y la cuarta que cuenta un milagro de Jesús a orillas del Jordán). Es más probable la explicación de esta mezcla de material canónico y apócrifo como efecto de la continuidad de la tradición oral, aun después de escritos los canónicos, que juzgarlo como exponente de un estadio anterior de la tradición:... su peso ingrávido... dudando aquéllos (como si se tratara) de una pregunta extraña, J
esús, que estaba andando, se paró en la ribera del Jordán, extendió su mano diestra... y sembró en el río... y, a vista de ellos, el agua produjo fruto...Hay quienes sostienen que el EvPe (con relatos de la pasión, la guardia en la tumba y la resurrección) no sólo acarrea alguno de los materiales evangélicos más tempranos, sino que puede tener en su redacción final una composición cronológicamente equivalente a Mc. Se arguye que el EvPe se inscribe mucho más a menudo que los canónicos en la perspectiva de una referencia escriturística; pero, a diferencia de Mt. y Justino, sin tratar de demostrar la existencia de una correspondencia exacta entre la profecía y su cumplimiento. Esto implica el presupuesto de que al principio había sólo la convicción expresada en 1 Cor. 15,3-5 y luego (los canónicos) se sintió la necesidad creciente de historizar ese relato. Nos parece más verosímil la explicación alternativa tradicional. Si hubo al comienzo una "reseña histórica," crecientemente ampliada con materiales escriturísticos, el EvPe aparece como relato secundario.
Colecciones de dichos y elaboración de discursos.
En principio puede que haya dichos extracanónicos que se remontan a un estadio anterior a la redacción de nuestros evangelios. La tradición extracanónica puede ayudarnos a trazar un cuadro más completo de la transmición y redacción de los dichos de Jesús y de la relación de estos procesos con los diferentes grupos del cristianismo primitivo.
Koester (1990) considera que la colección de los materiales más antiguos de la tradición de Jesús no iba referida directamente a la vida y ministerio de Jesús. Si el evangelio paulino fue la proclamación de la muerte y resurrección de Jesús como acontecimiento escatológico, hubo otros cristianos para quienes los dichos de Jesús constituyeron el mensaje de salvación sobre el que basaban su fe. Se apoya en el EvTom y la fuente de dichos sinóptica, Q. Los materiales que Tomás y Q tienen en común deben corresponder a un estadio muy temprano de la transmisión de dichos de Jesús. Tomás preserva estadios más originales de las fuentes de Mc. Varios discursos de Jn. pueden entenderse como interpretaciones de una tradición de dichos, preservada por el EvTom con la perspectiva teológica que debe haber dominado su estadio inicial. El mismo estima que la fuente primaria del Diálogo del Salvador (DialSalv) (NHC III 5) fue un diálogo evangélico más antiguo, que puede aislarse por su contraste con otros materiales secundarios recogidos como monólogos del "Salvador." En el diálogo "el Señor" conversa con Judas, Mateo y María. Las secciones del diálogo son elaboraciones de dichos de Jesús, que no traslucen uso de evangelios conocidos, salvo del EvTom. La elaboración dialogal recuerda la de Jn. y el Apócrifo de Santiago (ApocrSant) de NHC I 2. Las cuestiones y respuestas son habitualmente breves. El diálogo en conjunto podría ser un comentario al calendario escatológico implicado por EvTom log. 2:
Jesús dijo: que
no cese el que busca en su búsqueda hasta que encuentre y cuando encuentre se turbará y cuando se turbe se maravillará y reinará sobre el Todo.El documento actual es un tratado teológico interesado por la relación entre escatología real
izada y futura. Lo que se ha experimentado con el bautismo tendrá pleno efecto sólo una vez que el alma atraviese por los principados y potestades en su camino a su morada celeste. Según Koester, una teología relacionada con la de documentos cristianos de hacia el 100. Juzga que el diálogo evangélico usado por el autor puede haber sido compuesto en las últimas décadas del S. I. También estima que en el ApocrSant, conocido también como Epistula Iacobi por su prescrito epistolar, la sección de apertura implica que dichos de Jesús, o colecciones de dichos, fueron transmitidos oralmente y que el proceso de su interpretación es idéntico con la producción de documentos escritos. Contiene el mismo catecismo básico elaborado en otros textos gnósticos en el que los discípulos mismos llegan a conocer quiénes son y por lo tanto tienen el poder de regresar a su origen. Son particularmente interesantes la lista de parábolas y las dos que se interpretan. Estas últimas no dependen de ninguna fuente canónica. La obra transparenta encuadres secundarios de un diálogo más antiguo compuesto sobre la base de una tradición libre de dichos. Tanto el DialSa1v como el ApocrSant son testigos de una tradición de dichos que debe presuponerse para la composición y escritura de los diálogos y discursos de Jn. Koester se basa en tres presupuestos apriorísticos: la heterogeneidad del cristianismo primitivo en el que entraría con pleno derecho un gnosticismo como el del S. II, la datación temprana de textos, que encajan mejor en las trayectorias literarias del S. II, y la línea cronológica de evolución del dicho al discurso meditativo.Tres tipos de evangelios apócrifos.
Los evangelios apócrifos se integran de modo muy variado en el género literario "evangelio" y, en una serie de casos, lo desbordan. En grandes líneas podemos distinguir tres tipos de evangelios apócrifos: a) los que traslucen una estrecha relación con los sinópticos. Dado lo fragmentario de la transmisión de algunos de estos textos, es difícil discernir si nos ha llegado en ellos tradición presinóptica o es simplemente material tomado de los canónicos. Los escritos de este tipo son, por lo menos, anteriores a la segunda mitad del S. II; b) obras que se pueden identificar como exponentes del movimiento gnóstico. Suelen ser documentos que narran visiones y conversaciones, de Jesús (casi siempre el Resucitado) con sus discípulos. Están muy interesados por el Redentor celeste y muy poco por el Jesús terreno. En la mayoría de los casos, las preguntas son sólo ocasión para los largos discursos del Revelador celeste. Transforman el género literario "evangelio" desembocando en el género del tratado doctrinal. Traslucen casi siempre utilización de los canónicos y hay menos huellas de posible tradición presinóptica; salvo en el caso específico del EvTom que se puede colocar a caballo entre, a) y b); c) el tercer grupo queda caracterizado por el afán de completar episodios de la vida de Jesús, sacando y ampliando elementos de los canónicos. Es el que queda más marcado por elementos secundarios y legendarios. Casi siempre pretenden edificar y, por ello, no sólo son expresión de la piedad popular de su tiempo de composición, sino que han influido también la piedad popular de siglos posteriores.
Este reparto de la literatura evangélica apócrifa en tres tipos tiene sus inconvenientes (hay e
scritos marcados a. la vez por el material legendario y la tendencia gnóstica); pero sirve para delimitar ciertas peculiaridades estructurales, que nos pueden dar a conocer las propiedades, origen y aun antigüedad de tales obras.a) Evangelios judeocristianos.
Su referencia nos ha llegado casi siempre en citas muy fragmentarias de los Padres de la Iglesia. Por eso es difícil sacar conclusiones sobre el carácter de cada una de las obras y sus mutuas relaciones.
El Evangelio de los Nazarenos (EvNaz), escrito en lenguaje semita (arameo o siríaco). Según san Jerónimo, lo utilizaban los judeocristianos sirios y mostraba un estrecho parentesco con el Mt. canónico. Según Vielhauer, muestra respecto a Mt. un carácter secundario, tanto en las narraciones (con frecuente ampliación novelesca de tradición) como en la materia de los discursos. Lo ve, más que como una ampliación independiente de la tradición aramea más antigua, como una retraducción ampliada de la materia del evangelio griego. En cambio Klijn opina que Mt. y el EvNaz representan desarrollos separados de la misma comunidad básica. El EvNaz es un documento que respira el espíritu del judaísmo con el que parece estar en constante debate. El círculo judeocristiano que lo usaba no parece ser peculiarmente herético.
El Evangelio de los Ebionitas (EvEb) era un evangelio compuesto en griego, de una secta judeocristiana herética. Está próximamente emparentado con el Mt. canónico, aunque con divergencias esenciales. Es un documento que presupone los sinópticos. Sus variaciones respecto a la tradición sinóptica son en parte literarias (Jesús mismo narra la vocación de los Doce apóstoles) y en parte dogmáticas. Se explica la supresión de Mt. 1-2 porque los ebionitas negaban el nacimiento virginal de Jesús. Según su propia cristología, la filiación divina de Jesús no radica en su generación divina ni en su nacimiento milagroso, sino en la unión del Espíritu Santo con él en el bautismo. La unión del ser celeste con el hombre Jesús lo hace Hijo de Dios, Cristo 1. Esta cristología adopcionista, la oposición al culto y el vegetarianismo, diferencian al judeocristianismo de los ebionitas del de los nazarenos y lo marcan como una secta herética.
El tercero, y el más citado, es el Evangelio de los Hebreos (EvHeb). Los pocos fragmentos conservados no traslucen un parentesco peculiar con alguno de los evangelios canónicos. Contienen sin embargo elementos sincretistas y muestran el carácter herético de sus utilizadores judeocristianos. Destaca el interés por Santiago (representante de un judeocristianismo estricto y líder de la primitiva comunidad jerosolimitana), que sería el primer testigo de las apariciones del Resucitado y la autoridad más destacada del círculo de Jesús. Este judeocristianismo contiene elementos sincretistas gnósticos. El Espíritu Santo es identificado con la Madre de Jesús, encarnación de la potencia celeste. Y el mismo Espíritu Santo se identifica con el arcángel Miguel. Probablemente era el evangelio usado por judeocristianos egipcios y estaba escrito en griego. Su concepción teológica queda dominada por la teología de Sabiduría judeocristiana. Era propio de gente que se consideraba en posesión del Espíritu. Compuesto con ayuda de las tradiciones canónicas, puede reflejar también material corriente en el período precanónico.
La versión copta del Evangelio de Tomás, descubierto en Nag Hammadi, ha permitido reconocer que unos pocos dichos desconocidos de Jesús, hallados muy fragmentariamente en papiros de Oxyrhinchus y publicados a comienzos de siglo, pertenecen a una recensión griega del mismo documento. Es una compilación de dichos de Jesús distribuida desde la primera edición (1959) en 114 logia. Casi la mitad tiene paralelos en los escritos canónicos. Otros, de contenido diferente, son del mismo estilo que los de los Sinópticos. Aproximadamente un tercio de los logia parecen creaciones gnósticas. Consta que algunos de éstos ya circulaban desde mediados del S. II en adelante. Este documento puede haber integrado material muy primitivo, algo así como una versión oriental de "Q"; acaso la tradición judeo-cristiana de la "gente de Santiago" (cf. log. 12). La compilación, que tuvo lugar entre "cristianos de Tomás" ("incipit," log. 1 y 13), combinó y amplió el primer material con otro posterior para facilitar una comprensión gnóstica del conjunto.
Suelen catalogarse como tales una larga y complicada serie de documentos, de entre los que destacaremos el Evangelio de la Verdad (EvVer). Presupone las narraciones evangélicas canónicas y usa también el Ap. y las Paulinas. La obra no sigue el esquema de visión o conversación, corriente en los evangelios gnósticos. Es, más bien, un discurso público o meditación edificante sobre el evangelio entendido como el anuncio pleno de la verdad, la repentina y graciosa revelación del propio "yo" y de Dios. Anuncio transmitido a los "elegidos," "pneumáticos," "vivos" por un "Enviado" (quien por ello mismo es Salvador). Éste despierta a esos hombres, hasta entonces hundidos en la profunda niebla de la ignorancia y del error, a la "conciencia" y a la "luz." La esencia del Evangelio está pues comprendida en la "gnosis," el conocimiento salvífico. El Hijo, al venir salvíficamente como revelador, ha sacado a los hombres del olvido, mostrándoles su verdadera naturaleza, librándolos de la ignorancia en que estaban sobre su procedencia del Padre y sobre su propia situación. Esta ciencia es lo que los libera de este mundo inferior y les permite ascender al "Pléroma": a lo que es la "plenitud" del Ser y de su propio ser. Se obtiene así el "descanso."
En este grupo encajan una serie de escritos puestos directa o indirectamente bajo el nombre de Jesús. Sophia Jesu Christi (SophiaJC) nos ha llegado también como carta dogmática, dirigida por un maestro gnóstico a los suyos, sin expresos rasgos cristianos: el tratado Eugnostos 2. Otro documento, Pistis Sophia, es más bien un grupo de obras. La primera parte gira en torno al mito gnóstico de Sophía: el ser divino caído y arrepentido, que expresa su esperanza de ser liberado del caos en que ha caído. Los dos Libros de Jeu, muy emparentados con el escrito anterior, proceden probablemente del mismo círculo de gnósticos (barbelo-gnosis), de tendencias encratitas.
En este grupo se integran tanto los Evangelios de la Infancia como la Literatura de Pilato. Nos vamos a detener sólo en el Protoevangelio de Santiago. Por su género literario corresponde a la literatura narrativa popular; pero por el trasfondo bíblico y una serie de motivos judeocristianos podemos clasificarlo como un midrás cristiano de tipo hagádico. Aunque el relato desemboca en la historia del nacimiento de Jesús y episodios posteriores (los Magos, matanza de los Inocentes, muerte de Zacarías en el santuario por orden de Herodes), es, más bien, una narración del nacimiento milagroso de María, hija del rico Joaquín y de su mujer Ana, de su crecimiento en el Templo y de su virginidad (confiada mediante una elección por sorteo al viudo con hijos José), que no quedó rota por el nacimiento virginal de Jesús. El autor pretende ser Santiago; lo que se ha entendido desde antiguo de Santiago, el hermano del Señor, hijo de un primer matrimonio de S. José. En realidad el libro no es anterior al 150. Presupone la historia canónica de la Infancia, aunque utiliza con mucha libertad tanto a Mt. como a Lc. Es probable que siga también tradiciones orales (nacimiento en una gruta de Belén). Orígenes, y probablemente Clemente Alejandrino, conocen ya la obra y Justino toca de cerca alguno de sus temas (nacimiento en la gruta, filiación davídica de María). Su objetivo es la glorificación de María y anuncia ya una serie de temas de la mariología. Su explicación de los "hermanos del Señor" fue considerada plausible hasta san Jerónimo. La explicación de tales "hermanos" como "primos" no sólo la desplazó, sino que motivó luego en Occidente una reacción polémica contra el Protoev. En Oriente fue una obra muy estimada, tanto por los ebionitas como por los Padres griegos. Por su exaltación de la virginidad es obra muy considerada por las iglesias siria, copta y armenia. Muestra esta obra la antigüedad del culto de María, ya muy avanzado en tiempo de la redacción. Tuvo gran influjo en el desarrollo de la mariología y significó mucho tanto para la liturgia y la piedad católica como para el arte.
2. Hechos Apócrifos de Apóstoles.
En el siglo II se desarrollan tres maneras de entender a los apóstoles: 1) La judeocristiana, por la que los apóstoles son, después de Jesús, el punto de partida de una cadena de tradición (Papías, Policarpo, Polícrates). San Ireneo dará expresión sistemática al concepto de trad
ición apostólica; 2) La helenizante, que tiende a una visión espiritual de los apóstoles como "hombres divinos," itinerantes y taumaturgos. Es una concepción que ha fraguado sobre todo en los Hechos apócrifos y ha producido tradiciones eclesiásticas a nivel local. La Iglesia de los gentiles ha hecho apóstoles de los paganos a los doce discípulos enviados por Jesús a Israel; 3) Para los gnósticos, los apóstoles son los iniciados del Dios revelador. Llegan a ser, después de Cristo, divinidades reveladoras que abren el camino del regreso a la esfera de lo divino.Sólo en el caso de los "Hechos de Tomás" (HchTom) tenemos, más o menos, la obra entera, gracias a su popularidad en la cristiandad siríaca. Para el resto de los Hechos Apócrifos de Apóstoles (HchAAp) disponemos sólo de fragmentos en griego, latín, copto, etiópico, armenio y antiguo eslavónico. Desde fines del S. II algunos autores eclesiásticos nos han dado citas ocasionales. Pese a todo, su transmisión ha sido más amplia y frecuente que la de los Evangelios apócrifos, si exceptuamos los Evangelios de la Infancia. Lo mismo que éstos, fueron de algún modo tolerados, como leyendas populares o escritos de entretenimiento y edificación. Pudo influir también el que, dado lo tardío de su composición, no hicieran competencia a los Hechos canónicos en el proceso de consolidación del canon. A su vez, al no contar con el apoyo de la autoridad canónica, se perdieron más fácilmente; como tantas obras de la literatura antigua y, en particular, muchas de las novelas.
Los cinco más conocidos (Hechos de Pedro, Hechos de Pablo, Hechos de Andrés, H
echos de Juan, Hechos de Tomás) tuvieron la suerte de quedar reunidos en el S. IV en un "corpus," muy apreciado por los maniqueos y conocido todavía por Focio (S. IX).E. von Dobschütz (1902) definía los HchAAp como una adaptación cristiana de la novela helenística. Mientras que para R. Reitzenstein (1906) no son sino "aretalogías" 3 religiosas populares, F. Pfister (1924) los coloca en la línea de las Práxeis y de las aretalogías misioneras. R. Söder (1932) destaca cinco elementos principales: los viajes, el elemento aretalógico (άρεταί y δύναμις del hιroe), el tetarológico (pueblos y hombres fabulosos, plantas prodigiosas, animales parlantes, salvaciones prodigiosas), el tendencioso y el erótico (tanto en lo ascético como por los motivos amatorios). Kaestli considera que los relatos de los HchAAp en que predomina el tema erótico están directamente inspirados por el género de la novela de amor helenística. Podemos, pues, clasificarlos dentro del género de las Práxeis, en que se trata de las hazañas de relevantes personalidades, históricas o míticas. Un género muy de moda en la Antigüedad y en la Edad Media.
Han podido servir también de modelo literario las vidas de filósofos, en las que la biogr
afía se pone al servicio de fines ideológicos, protrépticos, publicitarios, apologéticos o simplemente novelescos. La vida del filósofo llega a ser, en ese contexto cultural, un desvelamiento de esa asimilación a la divinidad que las escuelas filosóficas habían asignado como fin supremo de la búsqueda filosófica. Los HchAAP, lo mismo que las "vidas," utilizan la forma del relato para referir una experiencia religiosa e interior. Sólo que en las vidas se ve a un hombre que se hace divino y en los HchAAp son hombres socorridos por Dios.El contraste con los Hechos canónicos.
Al componer Hch, Lucas quiso ser historiador y predicador. En su descripción histórica discute cuestiones teológicas. En cambio los HchAAp no están interesados por un programa teológico; sino que quieren entretener y lograr un efecto propagandístico, en particular de la tendencia encratita. Su interés se centra en los destinos y hechos personales de los protagonistas. No ve la historia de la Iglesia como una nueva época de la historia de la salvación. La tendencia edificante se muestra en la inflación de historias de milagros. Se quiere celebrar a los apóstoles como taumaturgos. Los HchAAp y Hch. se diferencian, pues, esencialmente, tanto en género y forma como en contenido y teología.
En el S. I las condiciones eran favorables a la difusión de tradiciones referentes a los apóstoles. Mérito de Lucas fue haber alzado a un nivel literario una tradición hasta entonces oral y popular. Había recibido una doble herencia: las tradiciones petrinas de la fundación y las tradiciones paulinas de la misión. La teología cristiana del apostolado explica cómo Lucas pudo redactar una obra doble. A la historia de Jesús da como correlativo la historia de los testigos. Un siglo después se da tanto la canonización de la segunda parte de Lucas como el desarrollo de leyendas apostólicas. Un hogar de irradiación misionera es el que les ha servido de matriz. La elección del apóstol protagonista parece motivada por la situación centrada o marginal de la comunidad en que se escribe. A diferencia de la teología paulina, se concentra el poder de Dios sobre la fuerza, y no sobre la debilidad del apóstol y de su testimonio.
Estudiosos americanos han prestado recientemente atención al trasfondo social de estos textos, mediante el estudio sociológico de
los HchAAp. Se ha destacado que, en comparación con los siglos I y III, el S. II, acaso el más decisivo en el desarrollo de la Iglesia antigua, es un siglo silencioso. Por ello los HchAAp son un recurso potencialmente rico para datos sobre el mundo social de este período formativo. St. L. Davies cree que los HchAAp, aunque ambientados en el S. I, fueron escritos por cristianos adheridos a apóstoles, taumaturgos itinerantes, del S. II. Pero su presupuesto metodológico ha sido no estudiar los textos primariamente como producciones literarias o como obras doctrinales, sino como documentos de historia. Parte también del presupuesto histórico de la existencia de carismáticos itinerantes en el S. II, que, pese a la popularidad de los estudios de G. Theissen, no tiene suficiente apoyo histórico.Parece encontrar más apoyo en los textos su tesis sobre la "revuelta de las viudas." Sostiene que los HchAAp derivan de comunidades de mujeres cristianas continentes, las "viudas" de la Iglesia. Una comunidad cristiana para quien la continencia sexual era un valor primario y un modo de vida. Ve tal comunidad reflejada en el auditorio de los apóstoles descritos. Es muy frecuente que las figuras ejemplares en tales auditorios sean mujeres. Excepto los apóstoles mismos, en los HchAAp ningún varón cristiano queda tan favorecido, o tan ensalzado, como una serie de mujeres. Como Migdonia en los HchTom, Maximila en los HchAnd, Cleopatra y Drusiana, de los HchJn. La Tecla de los HchPa es una cristiana excepcional y modelo de una vida continente. V. Burrus ve también las experiencias de mujeres cristianas en conflicto con el papel asignado a la mujer en la familia patriarcal y con las instituciones sociales y políticas que la reforzaban. Pero su interpretación, enfocada sobre la oposición entre las heroínas y los representantes del poder masculino, no hace justicia a los textos. La castidad no es un interés primordialmente femenino en los HchAAp. Todos estos planteamientos tienen mucho de anacrónico, como retroproyecciones del feminismo contemporáneo en textos ajenos a esta problemática. Se ha observado que la misma Tecla de los HchPa existe sólo como una extensión de la personalidad e influencia de Pablo. Actúa sólo con la fuerza que su recuerdo le proporciona y con una devoción total a su causa.
La recepción de los Hechos apócrifo
s.El testigo más antiguo de la existencia de algunos de estos Hechos es Eusebio de Cesarea (
HE III 25,4-6), que descartaba como heréticos los de Andrés, Juan y otros apóstoles y dejaba entre los libros discutidos (como el Pastor y Bern) los HchPa. Epifanio parece más informado sobre el uso de estos apócrifos. Escribe que los usaban los origenistas (especialmente los HChAnd). Los encratitas utilizaban los HchAnd, HchJn, HchTom y otros (Haer. 47,1). Los sectarios que denomina Apostolici o Apotactici usaban especialmente HchAnd y HchTom (Haer. 60, 1.5). Se trata, pues, de varios grupos relacionados con los encratitas y situados en el Asia Menor del S. IV.No es del todo exacta la afirmación de E. Junod de que los testimonios antiguos sobre
los HchAAp se afanan en no ver sino escritos heréticos. Varios de ellos no fueron más heréticos que, por ejemplo, los alejandrinos Clemente y Orígenes. Hay referencias favorables de Agustín, Filastrio de Brescia y algunos concilios. Su composición se debe en buena parte a la necesidad de una literatura de entretenimiento específicamente cristiana, así como al interés religioso edificante. Aunque hay que reconocer que, aun sin un origen directamente herético, emergen en ellos elementos paganos del cristianismo vulgar. Lo que proporcionaba un suelo fértil para ideas heréticas, en particular gnósticas. Puede decirse que proceden de los círculos, sumamente fluidos, existentes entre las dos grandes líneas, el gnosticismo y el catolicismo popular. Una misma obra puede fusionar elementos católicos y gnósticos. Lo que sí está claro es que fueron verdaderamente populares en grupos exteriores o marginales de la Gran Iglesia: priscilianistas, encratitas del S. IV en Asia Menor, así como en las Iglesias siríaca, copta y armenia. La recepción de los HchAAp por los maniqueos pudo haber sido muy temprana, si Mani (lo que se discute) pasó su juventud en un medio judeocristiano y gnostizante en que se utilizaban mucho los apócrifos. Ya el Salterio maniqueo, redactado probablemente en el último cuarto del S. III, contiene claras alusiones a los HchAAp. Los motivos dominantes de su recepción, en bloque, por los maniqueos, han sido los temas de sufrimiento y la ética encratita. Cuando la Iglesia luchaba por disociarse de los que consideraba herejes, lo hizo, en parte, rechazando la literatura usada por ellos, y ello incluía con frecuencia los HchAAp. Estos documentos tuvieron que sufrir "curas de adelgazamiento" a manos de copistas posteriores, preocupados tanto por la ortodoxia doctrinal como por una dosis mayor de racionalismo histórico.La primera parte, perdida salvo pocos restos, pone la acción en Jerusalén. Allí también el primer choque entre Pedro y Simón Mago. Luego Simón corrompe la comunidad cristiana de Roma en ausencia del apóstol Pablo (durante su viaje a España). Pedro viaja a Roma, y discute con Simón en el Foro. Simón se rompe las piernas en un intento fracasado de ascensión al cielo. Se cuenta también el martirio de Pedro, crucificado cabeza abajo a petición suya
. No es una refutación de la gnosis simoniana, sino una muestra de que Dios es más fuerte que Satán, a cuyo servicio está Simón.En parte se trasluce algo de docetismo y expresiones monarquianas 4, así como una tendencia encratita, ya visible en la eucaristía con pan y agua; pero sobre todo en el subrayado de la continencia sexual como condicionamiento de la salvación. Con esta ética podían vincularse fácilmente motivos que pueden señalarse como "docetistas" o "gnósticos." Sin embargo, son rasgos, más que del gnosticismos, de la misma piedad popular de los S.II y III.
Buscando su trasfondo social, Stoops destaca que HchPe presenta a Jesús como un patrono celeste superior a sus competidores. Entiende que la relación entre Cristo y los creyentes podía quedar amenazada por la influencia de patronos humanos dentro de la comunidad. Por ello el autor está interesado en limitar el papel de estos últimos. La obra ilustra también el antagonismo entre taumaturgo y mago. Las peripecias de esta lucha entre Pedro y Simón son reveladoras de las creencias de la época.
El contenido, la tendencia teológica y una referencia de Tertuliano, permiten datar la obra entre 180 y 190.
Tertuliano (De Baptismo, 17) rechaza esta obra por razones teológicas (por no admitir la participación de las mujeres en la administración doctrinal y sacramental) y la atribuye a un presbítero asiático que, por su falsificación, fue desposeído del ministerio. En cambio es utilizada sin reparos por su contemporáneo Hipólito (In Dn III) y también por Orígenes (ComJn XX 12). Eusebio la señala entre los libros discutidos. Jerónimo cuenta entre los apócrifos los viajes (períodoi) de Pablo y Tecla y toda la fábula del león bautizado. He aquí lo ocurrido cuando el apóstol es condenado a las fieras en Éfeso (según lo que parece una interpretación legendaria de 1 Cor. 15,32):
¡Al encantador! ¡Al envenenador! Pero el león miró a Pablo y Pablo al león. Pablo reconoció que era el león que había acudido a ser bautizado. Movido por la fe, dijo Pablo: "León, ¿eres tú el que bauticé?." El león respondió a Pablo: "Sí." Pablo volvió a hablarle: "¿Y cómo es que has sido cazado?" El león habló de una voz: "Lo mismo que tú, Pablo." Al mandar Jerónimo soltar muchas fieras para que Pablo fuese muerto, así como arqueros que diesen muerte al león, aunque el cielo estaba claro, estalló una tremenda granizada cielo abajo, de modo que muchos murieron y los demás emprendieron la huida; pero no tocó ni a Pablo ni al león, aunque murieron las demás fieras por la cantidad de granizo, que también alcanzó y cortó la oreja de Jerónimo. El pueblo al huir gritaba: "¡Sálvanos, Dios, sálvanos, Dios del hombre que ha luchado con las fieras!." Y Pablo se despidió del león, sin que éste dijese nada más. Salió del estadio, bajó al puerto y subió al barco que lleva a Macedonia (7: Pablo en Éfeso).
Su autor es un compilador masivo, que, con intención de glorificar al Apóstol, según cuenta Tertuliano, le atribuyó y fijó por escrito leyendas en curso (algunas pueden retener datos históricos apreciables).
De ahí los saltos y contradicciones que se dan en el relato. Narra actividades de Pablo desde Damasco a Jerusalén. Luego Pablo en Antioquía. Continúa con los Hechos de Pablo y Tecla, donde ésta, conversa y compañera de misión de Pablo, sale libre de dos condenas a muerte; una por fuego y otra por fieras. Más adelante trata de Pablo en Myra, Tiro, Sidón, Éfeso y Corinto, de donde pasa a Italia. Concluye con el relato del martirio.Los cuatro discursos de Pablo en HchPa contienen el kerigma presentado por un predicador misionero en Asia Menor a fines del s. II. El contenido teológico-catequético se centra en torno a la idea del Dios único y creador. En el primer discurso en Éfeso, Pablo se presenta a los paganos como un apologista del s. II, sostenedor del más puro monoteísmo. Contra la idolatría reencontramos los motivos del discurso misionero judío, que opone el Dios único al politeísmo griego. La descripción de la trascendencia de Dios se vincula con el platonismo medio por la teología negativa. Cristo es verdadero hombre. Las verdades sobre María, la Madre de Jesús, son presentadas con una formulación que parece eco de algún credo. Cristo es el Kyrios. No encontramos formulada una cristología del Logos, como en los apologistas, sino más bien una fe viva en que Jesucristo es el Señor universal. El Kyrios de los HchPa, del Martirio en particular, es el Cristo resucitado, elevado a la diestra de Dios y puesto en la esfera celeste, con una soberanía universal que es la misma de Dios.
Es central el papel de la continencia en el mensaje del Apóstol, tal como se configura en HchPaTec 5, donde queda definido como "palabra de Dios sobre la continencia y la resurrección." La continencia (εγκράτεια) aparece como condición de la resurrección (άνάστασις).
No sólo por el testimonio de Tertuliano, sino por la misma obra, se deduce que su lugar de origen fue Asia Menor. Por su dependencia respecto a los
HchPe, podemos situar el tiempo de composición entre 185 y 195.
3. Heterodoxos y Eclesiásticos
A
la interpretación tradicional de un cristianismo eclesiástico, derivación directa del apostólico, que tuvo que enfrentar tergiversaciones secundarias de la fe (ebionismo, docetismo, gnosticismo), ha quedado contrapuesta la visión de un cristianismo extremadamente pluralista, según la cual la ortodoxia fue la línea sectaria que logró imponerse por factores como la organización institucionalizada. Desde una u otra perspectiva se reconoce que en el siglo II la lucha contra el gnosticismo es un factor decisivo en el proceso de consolidación o constitución de la Gran Iglesia.El gnosticismo es uno de los movimientos ideológicos, religiosos y filosóficos, que a lo largo de la historia han buscado dar respuestas a las preguntas básicas que continuamente se hace el hombre sobre la propia identidad y situación, origen y destino. Los gnósticos se plantearon repetidamente las cuestiones fundamentales de la identidad huma
na, desde las deficiencias de su situación en este mundo y aspirando a una superación trascendente de todas esas limitaciones.Tratando de aclarar la confusión existente en el uso de los términos, consideramos la
gnosis ("conocimiento") como tendencia reiterada del espíritu humano a un conocimiento salvífico mediante revelación. Un conocimiento de los misterios divinos reservados a una elite. Limitamos el concepto de gnosticismo a diversas combinaciones de determinadas características básicas correspondientes a un movimiento ideológico que se manifiesta de modo peculiar entre el s. I o II y el s. III d.C.El gnosticismo podría quedar, si no caracterizado, al menos significativamente represe
ntado, por el mito de la caída de una entidad celeste en el mundo de la materia. Nuestro mundo queda así impregnado de partículas divinas. Parcelas de esa Alma del mundo que debe liberarse recogiéndose sobre sí misma, resucitando de la ignorancia, para retornar a una Unidad primordial.No toda gnosis es gnosticismo, sino sólo la que implica la identidad divina del conocedor (el gnóstico), del conocido (la sustancia divina de su Yo trascendente) y el medio por el que se conoce (la gnosis como facultad divina implícita, que debe ser despertada y actuada).
Dentro del fenómeno gnóstico cabe señalar diversos tipos desde perspectivas distintas. Por un lado los varios gnosticismos sectarios descritos por los antiguos heresiólogos. Simón M
ago es visto por san Ireneo, a fines del s. II, como el iniciador de todas las herejías. La gnosis simoniana es todavía importante en la descripción de san Hipólito, a comienzos del s. III. La descripción de Ireneo se detiene con la mayor amplitud en la del sistema valentiniano. Valentinianos y marcionitas son los combatidos directamente por Tertuliano (s. II/III). Todavía en el s. IV, Epifanio, pese a ser un entomólogo de herejes que incrementa artificialmente el número de sectas, se preocupa de reseñar textos valentinianos. En el s. III las rápidas alusiones a los heresiarcas se concentran en la mención de Basílides, Valentín y Marción.El hecho de que entre los textos de Nag Hammadi haya unos de marcado carácter judío (que suelen tener por personaje central a Seth) y otros claramente cristianos (exponentes, más o menos, de doctrinas valentinianas) ha dado pie para distinguir dos tipos básicos: el gnosticismo sethiano y el valentiniano (Congreso de Yale en 1978). Se sugiere que el gnosticismo primitivo apareció en dos especies radicalmente diferentes: una "inversión" de elementos del judaísmo, especia
lmente de carácter no cristiano, y un tropo alegórico sobre el catolicismo. Los dos, sethianismo y valentinianismo, pueden haberse encontrado en la figura histórica de Valentín, quien según una antigua fuente fue influido por el uno y fundó el otro.Hay quienes, paralelamente a un gnosticismo de raigambre judía y al de los sectarios gnósticos cristianos, presentan un gnosticismo que podríamos calificar de "eclesiástico," en el que encajarían textos neotestamentarios, como Ef. (Schlier) y Jn. (Bultmann), figuras como Ignacio de Antioquía (Schlier), Clemente Alejandrino (Völker), Orígenes (Campenhausen), Pacomio y Evagrio Póntico (Jonas).
Aparte quedaría una corriente de gnosticismo pagano, el del Corpus Hermeticum.
La última gran derivación del gnosticismo en la Antigüedad es el maniqueísmo. El ma
ndeísmo, que sobrevive residualmente en Irak, es visto por algunos como una de las expresiones más tempranas del gnosticismo y por otros como una rama tardía.Desde la Antigüedad se cuenta con las exposiciones de los heresiólogos. Se han perdido los correspondientes escritos de Justino, pero sirvieron de fuente para otros posteriores. Ireneo, a fines del s. II, Hipólito en el III y Epifanio en el IV (más tarde Filastrio de Brescia) son quienes nos han legado exposiciones más detalladas. Estas fuentes indirectas quedan enriquecidas por documentos originales: completos, extractados o parafraseados. Debemos algunos a Hipólito (
Apophasis Megale, Predicación Naasena, Libro de Baruc) y otros dos a Epifanio (Carta a Flora, Carta doctrinal valentiniana). Más fragmentariamente, entre el s. II y III, Clemente Alejandrino (Extractos de Teodoto) y, en la primera mitad del s. III, Orígenes (Fragmentos de Heracleón). Tertuliano (s. II-III) ofrece datos muy valiosos en sus obras de polémica contra valentinianos y marcionitas.Este gnosticismo histórico, conocido únicamente por los testimonios de los Padres y de los filósofos paganos que lo combatieron, empezó a ser conocido también, a partir del s. XVIII, por documentos directos, en versión copta, llegados en cuatro oleadas: Los manuscritos de Lo
ndres (Pistis Sophia), Oxford (Libro del gran tratado iniciático = Libros de Jeu y Topografía Celeste), Berlín (Evangelio de María, Libro de los secretos de Juan = ApocrJn — recensión corta —, Sabiduría de Jesucristo = SophiaJC y Hechos de Pedro) y El Cairo, donde se ha conseguido reunir la denominada Biblioteca copta de Nag Hammadi, descubierta en el Alto Egipto, dispersa y recuperada entre 1945 y 1977. Contiene 52 obras (varias repetidas y, entre éstas, la recensión corta y dos copias de la larga del ApocrJn) en 13 códices, algunos incompletos. El conocimiento de esta documentación, tras muchos esfuerzos ya plenamente accesible a los estudiosos, ha dado un empuje excepcional a los estudios sobre el gnosticismo.Historia de la interpretación.
Desde los heresiólogos de la antigüedad cristiana hasta comienzos del s. XX ha predominado una visión unitaria. Los Padres de la Iglesia lo trataban como herejía cristiana, debida a influencia de la ideología y religiosidad paganas. En el s. XIX, F. C. Baur y Hilgenfeld lo veían como derivación del cristianismo antiguo por las tendencias sincretistas del helenismo tardío. A comienzos del s. XX, Harnack lo describe como el momento álgido del proceso de helenización del cristianismo.
Sin embargo, desde fin del s. XIX se va abriendo camino otra perspectiva radicalmente diferente que logra imponer la escuela histórico-religiosa. Se ve en la gnosis antigua un movimiento religioso precristiano de carácter universal, producto del sincretismo de la época. Fue determinante el influjo de W. Bousset, quien se interesó por el origen de diversos temas gnósticos: ascensión del alma, dualismo, el salvador. Subrayaba el dualismo, que veía como producto de concepciones iranias en combinación con el pensamiento griego.
Tras el Salvador de la gnosis mandea encontraba un mito indo-iranio del Hombre primordial, que, unido a la especulación griega, habría producido la gnosis mitológica. A su vez H. Reitzenstein encuentra su figura central del Salvator salvandus, concepción irania, en el Himno de la Perla de los HchTom, que considera precristiano, o a una obra gnóstica cristiana. El Mensajero de ese himno, el Hombre Primordial que desciende al mundo material para liberar al alma colectiva, sería ésta, que se salva a sí misma.
Todavía hay quienes mantienen que el mérito de la escuela de las religiones ha sido mostrar que el movimiento gnóstico fue originalmente un movimiento de pensamiento no cristiano, enriquecido sucesivamente desde esquemas cristianos. Consideran que los textos de Nag Hammadi han acreditado la tesis de que los sistemas gnósticos han nacido en los márgenes del judaísmo.
Como crítica fundamental a estos planteamientos hay que señalar que la reconstrucción que se hace del gnosticismo primitivo es pura conjetura. Se debe a la recolección de un vasto material muy disperso en tiempo y espacio y que se alega como prueba unitaria de la existencia anterior de una mentalidad gnóstica. Se construye así un bloque de pensamiento, muy digno de ser tenido en cuenta si hubiera existido como tal en una época determinada antes de la era cristiana. Lo que resulta específico del gnosticismo no es la preexistencia de sus elementos constitutivos aislados, sino una determinada combinación. Elementos constitutivos como la representación de la ascensión celeste o el dualismo pueden encontrarse en culturas muy dispares y desconexas. La combinación claramente gnóstica no queda documentada hasta el s. II.
Sobre los presupuestos histórico-religiosos de Bousset y Reitzenstein han elaborado sus interpretaciones el teólogo R. Bultmann y el filósofo H. Jonas, tomando como clave hermenéutica las categorías antropológicas de la filosofía existencialista.
Como crítica a estos planteamientos se ha podido argüir que interpretar el gnosticismo por el existencialismo, aparte de un consciente anacronismo, puede ser un caso de obscurum per obscurius. Tratan subjetivamente un objeto que han construido subjetivamente, lo mismo que sus predecesores histórico-religiosos. El Salvador gnóstico, presentado como combinación de los mitos del Hombre Primordial y del Redentor Celeste, parece no tener más consistencia que la de una construcción escolar.
Otros estudiosos han aplicado distintos métodos. El recurso a la llamada historia de los motivos puede ser un callejón sin fin. Han cobrado actualidad las investigaciones sociológicas o psicológicas. Corren el peligro de quedarse en una derivación reductora de la historia de los motivos.
En 1978 tuvieron lugar dos congresos muy significativos. En el de Yale se mantiene la fascinación por un precursor o un competidor gnóstico contemporáneo del cristianismo. Ha tratado de distinguir entre el gnosticismo "sethiano" (una inversión de elementos del judaísmo) y el gnosticismo valentiniano (un tropo alegórico sobre el catolicismo). Sin embargo, fue discutida la existencia del sethianismo. El de Quebec, aun ateniéndose a esa distinción, ha reconocido la insuficiencia de los datos de que disponemos y ha preferido adentrarse en una etapa previa de análisis y discusión sobre los textos concretos.
Si bien la mayoría de los especialistas actuales tienden a apuntarse al campo de los que han sostenido (ya desde el s. XIX) que el gnosticismo es una derivación del judaísmo, cobra de nuevo vigor la tesis de quienes, desde nuevos planteamientos, reanudan la tradición interpretativa vigente desde los Padres hasta Harnack. Es el caso de S. Pétrement, que entiende el gnosticismo como derivación extremada del antinomismo y anticosmismo de Pablo y del antijudaísmo y anticosmismo de Jn.
Los aspectos más comúnmente subrayados pueden, sin embargo, sintetizarse en tres o cuatro caracteres fundamentales: 1. Un conocimiento teosófico y antroposófico. El hombre se reconoce en su yo profundo como parte integrante de la divinidad; 2. El dualismo anticósmico, que tiene en común con otras corrientes de pensamiento, como el apocalipticismo. Sólo que la gnosis radicaliza la conciencia de escisión en sí mismo y en el cosmos, hasta el punto de proyectarla en la misma deidad. Este mundo no puede proceder directamente sino de una divinidad inferior; 3. Con todo, esta concepción dualista radical se elabora sobre un fondo monístico, pues en definitiva los gnósticos son decididos partidarios del Dios trascendente y único. Lo expresan, con la excepción de los marcionitas, mediante los recursos de la mitología, en un doble movimiento de degradación y de reintegración de la divinidad.
Elementos de mitología gnóstica.
Dada la multiplicidad de sistemas gnósticos, nos limitamos a reseñar algunos datos que corresponden a las características antes reseñadas, tomando como punto de referencia la mitología de los valentinianos.
Punto de partida del anticosmismo es un sentimiento trágico de la existencia. La realidad de este mundo es una ilusión:
Es más apropiado decir que el mundo es una ilusión (Carta a Rheginos sobre la resurrección: NHC I 4, 48,14-15).
El platonismo vulgar había afianzado la contraposición entre el mundo sensible y el ideal. Hay textos que transparentan el influjo del dualismo platónico:
¡Ay de vosotros, cautivos, que estáis atados en cavernas! ¡Reís! ¡Os regocijá
is con carcajadas locas! No captáis vuestra perdición, ni reflexionáis sobre las circunstancias, ni habéis comprendido que habitáis en tinieblas y muerte (Libro de Tomas el Atleta: NHC II 7, 143,21-26).El dualismo histórico y escatológico propio de la visión sobre el mundo de los apocalípticos, su visión pesimista de un mundo moral-mente corrupto y físicamente envejecido, quedan radicalizados por los gnósticos:
Este mundo es un devorador de cadáveres (Evangelio de Felipe: NHC II 3,73,19).
Vuestra esperanza está puesta en el mundo y vuestro dios es esta vida. ¡Estáis corro
mpiendo vuestras almas! (TomAtl: NHC II 7, 143,10-15).Sólo sobrepujando este ámbito de ilusión y engaño se puede llegar a atisbar y a conocer de lleno la auténtica realidad trascendente:
Nadie conoce al Dios verdadero, salvo solamente el hombre que quiera renunciar a todas las cosas del mundo (Testimonio de la Verdad: NHC IX 3, 41,4-8).
El anticosmismo radical pasará a ser una de las divisorias entre los sectarios gnósticos y los cristianos eclesiásticos. La devaluación del mundo acarrea la de su Creador. Este mundo no puede ser la obra del Dios bueno y sabio. Tiene que ser
el producto de un ser inferior:El mundo vino a ser por un error. Porque el que lo creó quiso crearlo imperecedero e i
nmortal; pero se quedó corto de alcanzar su deseo. Ya que el mundo nunca fue imperecedero. Ni lo era el que hizo el mundo (EvFel: NHC II 3, 75,2-9).La Antigüedad tardía queda marcada por una búsqueda de la trascendencia y de la unidad divina que se expresa en corrientes como el platonismo medio, el judaísmo helenístico, el cristi
anismo eclesiástico y el gnosticismo. En este último, el rechazo del mundo y su creador alienta el impulso de búsqueda de un Dios trascendente desconocido, de quien se subraya la inefabilidad. Entre los gnósticos hubo grandes teólogos de una teología negativa. Acuñaron expresiones del tipo: Dios no es, por no ser nada de lo que es, o, a la inversa:Nada existe excepto El que Es. Es innominable e inefable (I Apocalipsis de Santiago: NHC V 3, 24,19-21).
No sólo es el llamado "sin comienzo" y "sin fin," porque es ingénito e inmortal. Lo mi
smo que no tiene comienzo ni fin, es inasequible en su grandeza, inescrutable en su sabiduría, incomprensible en su poder, inasible en su dulzura. En sentido propio, sólo Él es el bien, el Padre ingénito y el completamente perfecto (Tratado Tripartito: NHC I 5, 52,34-53,8).Pese a su predilección por el lenguaje apofático, los gnósticos construyen su teología con lenguaje tomado de la filosofía y de las tradiciones bíblicas y litúrgicas:
Y cuando pregunté para saberlo, me dijo: La Mónada es una monarquía con nada por encima. Es el que existe como Dios y Padre de todo. El invisible, que está por encima de todo, que es imperecedero, que existe como pura luz que ningún ojo puede sostener. Es el Espíritu invisible y no es apropiado pensar en Él como un dios o algo semejante, puesto que es más que un dios. Ya que no hay nadie por encima ni nadie lo señorea (Apócrifo de Juan: NHC II 1, 2,25-3,1).
Es un Dios que se ha dado a conocer gratuitamente por revelación sobrenatural. En sí es inasequible. Por eso han fracasado en su búsqueda todos los esfu
erzos humanos racionales y religiosos:Saludos. Quiero que sepáis que todos los hombres nacidos desde la fundación del mundo hasta ahora son polvo. Al investigar sobre Dios, quién es y a qué se asemeja, no lo han encontr
ado (Eugnostos: NHC III 3, 70,3-8).Sin embargo, los gnósticos cristianos elaboran sus especulaciones sobre el trasfondo del misterio trinitario. El Dios trascendente es un Dios que se comunica en una serie de emanaciones (treinta según los valentinianos) que constituyen la plenitud (Pléroma
) de la divinidad:El Padre, el incomprensible, el inconcebible, el perfecto, el que hizo el Todo, en tanto que el Todo está dentro de Él y el Todo necesita de Él; ya que retuvo dentro de sí las perfecciones que no dio al Todo (
Evangelio de la Verdad: NHC I 3, 18,31-38).De este Dios procede directamente el Todo divino y, en última instancia, no hay nada que no sea de alguna manera derivación de esa única realidad absoluta:
Enseñan [los valentinianos] que hay en las alturas invisibles e innominables un Eón
perfecto preexistente, al que llaman Preprincipio, Prepadre y Abismo. Incomprensible e invisible, eterno e ingénito, se mantuvo en profundo reposo y tranquilidad durante una infinidad de siglos (Ireneo, Adversus Haereses I 1,1).Valentín es quien de modo más coherente y comprensivo elaboró un mito, reelaborado por sus discípulos, para explicar cómo de la unidad divina se pudo llegar a la multiplicidad a
ctual. Un elemento de la esfera divina, salió del pléroma y quedó en el vacío exterior. Como en un "big bang" mítico, ello dio origen a la eclosión de todo el actual conglomerado de elementos divinos, lo psíquico y lo material.El último de los eones emanados a partir del Padre, Sophía, cometió un pecado por el que ella (o su engendro
Sophia Achamot) tuvo que ser expulsada del pléroma. Envuelta en sus pasiones, tristeza, temor, angustia (prototipo del gnóstico antes de recibir el conocimiento revelado), añora el mundo de arriba con una nueva pasión, más próxima a lo espiritual, la "conversión." Cuando entra en escena el Salvador enviado desde el pléroma, Sophía queda liberada de sus pasiones, que, al solidificarse, constituyen la sustancia material (hylica). También la conversión se consolida en una sustancia intermedia entre lo material y lo espiritual, la sustancia psíquica. Si en la materia se distinguen agua, tierra, fuego y aire, en lo psíquico hay una jerarquía de seres, encabezada por uno que, incitado secretamente por Sophía, decide organizar el caos en que se encuentra en un cosmos ordenado. Se trata del Demiurgo, el Dios creador, que no es otro que el Dios del A.T. Quien, ignorante del mundo de arriba, se cree supremo y se proclama único Dios:Por eso [según los ofítas] Jaldabaoth exultó y se pavoneó a la vista de todo lo que se encontraba bajo él y dijo: "Yo soy el Padre y Dios y no hay nadie sobre mí." Pero la Madre, al oírle, le gritó: "No mientas, Jaldabaoth, que por encima de ti está el Padre de todo Hombre Primordial, así como el Hombre Hijo del Hombre" (Iren. AH I 30,6).
En su obra creadora ha modelado hombres de puro barro (materiales). En otros ha añadido en un soplo su mismo hálito de vida (psíquicos). Al hacerlo, sin darse cuenta, ha introducido en algunos gérmenes vitales de la misma Sophía. De aquí que haya espirituales, pneumáticos, chispas divinas insertas en su creación.
Si los hombres carnales, los hylicos, están abocados a la aniquilación final que corresponde a todo lo material, los pneumáticos están seguros de su retorno a la esfera divina de donde en última instancia proceden. El conocimiento gnóstico se lo garantiza y da ya ahora un sentido pleno a su vida presente.
A los psíquicos, como al mismo Demiurgo, no les queda posibilidad de acceso al pléroma, al que son ajenos por naturaleza, pero llegarán a obtener, por la fe y las obras, una salvación apropiada en la Ogdóada, el umbral del pléroma, por encima del séptimo cielo, donde, entre tanto, mantiene su trono el Demiurgo, el Dios del A.T.
Ésta es la suprema de las potestades cósmicas que trata en vano de frenar al gnóstico en su ascenso
celeste.Entonces subí al séptimo cielo. Vi a un hombre anciano vestido de luz y era su vestido blanco. Su trono que estaba en el séptimo cielo brillaba más que el sol, siete veces más. Habló el Anciano diciéndome: ¿A dónde vas, Pablo, el bendito y puesto aparte desde el seno de su madre? Yo entonces miré al Espíritu, que movía su cabeza diciéndome: Conversa con él. Y respondí diciendo al Anciano: Estoy yendo al lugar del que salí. Y me respondió el Anciano: ¿De dónde eres? Respondí yo mismo diciendo: He
descendido al mundo de los muertos a fin de hacer cautiva la cautividad: esa que fue hecha cautiva en la cautividad de Babilonia. Respondió el Anciano diciendo: ¿De qué modo podrás alejarte de mí? Mira y ve a los principados y las potestades. Habló el Espíritu diciéndome: Dale la señal que tienes y te abrirá. Y entonces le di la señal. Volvió su rostro abajo hacia su creación y los que son sus propias potestades. Y entonces se abrió el séptimo cielo y subí a la Ogdóada (Apocalipsis de Pablo: NHC V 2, 22,23-24,1).La descripción del Anciano en el séptimo cielo se arraiga en la tradición apocalíptica. Es el Dios del A.T., devaluado al nivel de un Demiurgo ignorante de las realidades divinas superi
ores. Intenta retener a Pablo y ponerlo a su servicio. Le plantea cuestiones cuya respuesta no acaba de entender. Sólo el espiritual, el perfecto gnóstico, conoce las verdaderas respuestas a las cuestiones fundamentales. El darlas, es la manera de obtener paso libre de los poderes que tratan de frenar el ascenso.Ireneo se aferra a la tradición eclesiástica para salir al paso a las especulaciones gnóst
icas. Hasta el descubrimiento de los textos de Nag Hammadi ha sido la fuente fundamental para el conocimiento del gnosticismo.Nacido en Asia Menor, hacia el 140 o el 150, nos cuenta que en su juventud había escuchado a san Policarpo de Esmirna. Dado el movimiento migratorio de la época por toda la cuenca mediterránea, no es sorprendente que le conozcamos instalado en Lyon y presbítero de esta comunidad. En el 177/178 fue comisionado ante el papa Eleuterio para mediar en la controversia montanista (Eusebio HE V 4,1-2). Por este tiempo fue el sucesor del obispo mártir Photinus (HE V 1,29-31; 5,8). Haciendo honor a su nombre, medió ante el papa Víctor I en la controversia pascual (HE V 24,11-18). Es la oportunidad en que cuenta la visita de san Policarpo a Roma en tiempo del papa Aniceto. El no haberse puesto de acuerdo en esa misma cuestión no había sido óbice para que Aniceto como despedida cediese a Policarpo el honor de la celebración.
No sabemos más de él. Los primeros en presentarlo como mártir son san Jerónimo y Gregorio de Tours en el s. VI.
El plan del Adversus haereses indica cuáles son para Ireneo las fuentes de autoridad: Razón, Escritura y Tradición. Para él no cabe pensar en el conocimiento y preservación de la Regla de fe sin una notable medida de actividad racional. En su apología antignóstica confía mucho en el carácter razonable de la doctrina salvífica eclesiástica, como se ve por el peso que da en su obra a la "prueba de razón."
Hay en él un desarrollo de grandes líneas y puntos de cristalización de su pensamiento. Nos aparece como un teólogo de la unidad, yendo este tema desde la unidad de Dios, de Cristo y del plan divino, hasta la unidad de la Iglesia y la unidad final del hombre con Dios. Lo vemos también como un teólogo de la historia, que, bajo el término de la obra divina, engloba toda la historia del mundo para mostrar que su desarrollo no tiene otro fin que la salvación del hombre. Se nos muestra peculiarmente como un teólogo de la recapitulación, ya que el acontecimiento central de esta historia de salvación es la encarnación del Hijo, que recapitula todas las cosas y las lleva a su término. Uno de los temas más significativos de su repertorio es el de la evolución, el del progreso. El hombre, creado niño e imperfecto, alcanzará su estado de madurez y perfección por la encarnación del Hijo y por el don del Espíritu Santo, que le conduce a la divinización. En este progreso la libertad desempeña un gran papel. Si el hombre hace mal uso de esa libertad, se queda en camino sin alcanzar su fin. La obra de Dios a lo largo de la historia universal consiste no sólo en volver al comienzo, sino en una progresión que lleva al hombre a un resultado superior al punto de partida. Constituye esto una inversión de la perspectiva gnóstica. Por la recapitulación, Cristo no sólo restablece la obra comprometida por Adán sino que la completa por el don del Espíritu Santo, que lleva al hombre hasta la divinización. La línea de salvación, según Ireneo, no es, pues, horizontal sino ascendente.
Ireneo trata de mostrar que el A.T. predice a Cristo y que la historia salvífica, comenzada en la creación, recapitulada en Cristo, se concluirá, después del milenio, en el Reino. Él uso del término άνακεφαλαίωσις (recapitulatio) es un intento de Ireneo de incorporar la entera proclamación bíblica sobre la obra de Cristo en una sola palabra. La unidad de la obra de la creación y de la redención se funda a fin de cuentas sobre la unicidad de Dios y la unidad de Cristo. La unidad del plan de Dios es la de su designio e intención: llevar todas las cosas a su perfección al someterlas a Dios por Cristo.
Ya que las afirmaciones de algunos se desvían por las enseñanzas heréticas e ignoran las obras de Dios y el misterio de la resurrección de los justos y del Reino (que es principio de la incorrupción y por el cual los que hubieren sido dignos se acostumbrarán gradualmente a captar a Dios), es necesario decir... (AH V 32,1).
La incorruptibilidad es la vida misma de Dios, es un atributo divino. Las cuestiones de la salus carnis o de la resurrección de la carne deben ser colocadas en el interior de la perspectiva de la incorruptibilidad. Para Ireneo hay una κοινωνία entre el Espνritu y la carne y toda la obra de salvación es el progreso de la unión de la carne y el Espíritu que había sido quebrada por el pecado. Ireneo construye su antropología sobre la carne 1.
1. Orbe señala que la antropología gnóstica se reduce a pneumatología, la de Orígenes debió ser psicología y la de Ireneo se traduce en sarcología.
La antropología aristotélica (el hombre como cuerpo y alma), en contraste con la platónica (el hombre como alma en un cuerpo), es uno de los elementos que caracterizan a los teólogos asiatas, como Justino, Ireneo y Melitón de Sardes, frente a los cristianos alejandrinos. Otro contraste significativo puede darse en la doctrina trinitaria, en la medida en que los alejandrinos (y también Justino) subrayarán la personalidad del Hijo como Logos distinto del Padre y los asiatas los distintos modos de actuación del único Dios. Una insistencia en la "monarquía" divina que es ortodoxa en Ireneo; pero que deriva en la herejía de Noeto y los dos Teodoto de Bizancio.
Ireneo ve en toda la obra de la salvación del A.T. una manifestación de las tres pe
rsonas:El mismo Cristo es, pues, junto con el Padre, el Dios de los vivos, que habló a Moisés y se manifestó a los Padres (
AH IV 5,2).El Hijo hace humanamente revelable al irrevelable Dios (Padre), mediante su propia encarnación. Lo que el Padre tenía que revelar de su Hijo lo había manifestado ya en el A.T. mediante el Espíritu profético. A la manifestación del Verbo por el Padre responde la revelación del Padre por el Verbo. El obispo de Lyon desdobla la forma última de revelación por el Hijo en la forma escrituraria (mediante la Ley y los profetas en el A.T.) y la visible o carnal en el N.T. Los discípulos, recordando con fe las Escrituras, entendieron que los vaticinios de la Antigua Ley se cumplían en Jesús. En contraposición extrema a los valentinianos, Ireneo sostiene que las Escrituras judías contenían la auténtica revelación de Dios. El N.T. trajo su cumplimiento en el Verbo hecho carne, sin aumentar el conocimiento. Todo cuanto ha descubierto el Padre sobre su Hijo figura en el A.T. Ejemplificado por las confesiones de fe de Natanael (Jn 1,49) y de Pedro (Mt. 16,17), al creyente le toca ir al Evangelio no en busca de conocimientos nuevos, sino del hecho histórico vaticinado y conocido en la Ley y los profetas.
Al ser pues Abrahán profeta y ver por el Espíritu el día de la venida del Señor y la obra de la Pasión (por la que tanto él mismo como todos los que hubieren creído como él se habrían de salvar) saltó de alegría (AH IV 5,4).
La revelación del N.T. consiste en una manifestación del Hijo
. El Hijo mismo es la manifestación visible del Padre; no de un Dios desconocido, sino del Creador de todas las cosas. Es el mismo Verbo quien actúa a través de toda la obra providencial. La vida humana del Verbo es la novedad misma del cristianismo.Por falta de conocimientos científicos e históricos, se veía forzado, como sus adversarios gnósticos, a emplear un método subjetivo de exégesis como es la lectura alegór
ica. En consecuencia precisaba apelar a la "viva voz" de la Iglesia como recurso para echar abajo las cavilaciones heréticas, contraponiéndoles las afirmaciones corroboradas por la solidaridad institucional, la universalidad geográfica y el peso de los números. La "viva voz" de la Iglesia fue así el factor esencial y determinante de sus enseñanzas.Recuerda lo que hemos dicho en los dos libros anteriores. Añadiéndoles éste tendrás una argumentación completa contra todos los herejes. Les podrás resistir con
confianza y determinación en pro de la sola fe verdadera y vivificante, que la Iglesia ha recibido de los apóstoles y distribuye a sus hijos (AH III, prefacio).Solamente han llegado a nosotros dos de sus obras, que examinaremos seguidamente.
Nos ha llegado el texto completo en una versión latina, anterior al 422, transmitida por nueve manuscritos (agrupables en dos familias: irlandesa y lyonesa) y la "editio princeps" de Erasmo, que dispuso de otros tres manuscritos hoy perdidos.
Contamos con un 74 por 100 del libro I en griego, debido a su utilización masiva por los heresiólogos posteriores Hipólito y Epifanio. Un promedio del 11 por 100 de los libros III-IV y V se ha conservado en griego por su utilización en florilegios dogmáticos y cadenas exegéticas. Nos han llegado también fragmentos en dos papiros (POxyr y Plena). Además hay amplios fragmentos de la versión armenia (sobre todo de los libros IV y V) y fragmentos de la siríaca.
El título exacto, indicado por Eusebio de Cesarea, Έλεγχος και ανατροπή της ψευδωνύμου γνώσεως, caracteriza ya el sentido y contenido de la obra.
En el libro I hay pues una larga serie de exposiciones dedicadas a los diferentes gnóst
icos: el sistema valentiniano de Tolomeo (1-9), la unidad de fe de la Iglesia frente a las derivaciones del valentinianismo (10-22), precursores de Valentín (23-31), entrecortadas con reflexiones irónicas o teológicas y algunos elementos de refutación.El libro II lo consagra a la refutación propiamente dicha. Refuta las tesis valentinianas de un Pléroma superior al Dios creador (1-11), las relativas a las emisiones de los Eones, la pasión de Sophía y la Semilla (12-19), las especulaciones sobre los números (20-28), las relativas a la consumación final y al Demiurgo (29-30) y otras tesis de Simón, Carpocrates, Basílides y los "gnósticos" (31-35). Pero no se trata de una refutación fundada sobre principios teológicos, sino sobre un principio mucho más general: el sentido común, la razón. Ireneo trata de mostrar las contradicciones inte
rnas de los sistemas gnósticos sobre el plano de la lógica formal. Claro está que tal argumentación "ex ratione," no excluye otros argumentos de Escritura, fe y tradición; pero constituye la nota dominante del libro II.En el libro III, Ireneo parte de una demostración de la verdad de las Escrituras (1-5), para abordar la unicidad de Dios, creador de todas las cosas (6-15), y luego la unidad de Cristo, Hijo de Dios, hecho hombre para recapitular en sí mismo su propia creación (16-23). La conclusión subraya la verdad de la predicación de la Iglesia frente a los absurdos a que llegan los que rechazan esta predicación.
El hilo conductor de la primera parte del libro IV podría ser la idea de que el progreso es consecuencia de la unidad. Al concebir el A. y el N.T. como vinculados por un anillo de progreso, asienta su unidad radical contra todos los gnósticos. La característica del libro IV es que toda la argumentación se apoya sobre las palabras del Señor, que Ireneo cita con amplitud y con un modo de cita muy personal (anuncio de la palabra que va a comentar, cita íntegra y comentario más o menos amplio):
Que en efecto los escritos de Moisés son palabras de Cristo, lo dice él mismo a los judíos, como lo ha recordado Juan en el evangelio: "Si creyereis a Moisés, me creeríais a mí: pues él escribió de mí; pero si no creéis sus escritos, tampoco creeréis mis discursos," con lo que significa de modo muy claro que los escritos de Moisés son discursos suyos. Por lo tanto si esto vale de Moisés, también son suyos sin duda los discursos de los demás profetas, como ya hemos mostrado (AH IV 2,3).
El libro IV despliega las diferentes obras de Dios en la historia, desde el acto creador al juicio al fin de los tiempos. Si en el libro III ha probado la unicidad del Dios creador y la unidad del Verbo encarnado, aquí demuestra la unicidad de Dios a partir de la unidad de sus obras.
En el libro V expone la demostración paulina de la resurrección de la carne (1-14). Mue
stra la identidad del Dios Creador y Padre por tres hechos de la vida de Cristo (15-24) y por la enseñanza escriturística sobre el fin de los tiempos (25-36). Trata aquí del Anticristo, la resurrección de los justos y el Milenio. La escatología milenarista de Ireneo (precedido por Papías y Justino) es uno de los rasgos más llamativos de la teología asiata. Termina su obra deteniéndose sobre la visión del Reino, sin dar la conclusión.Demostración de la predicación apostólica.
El escrito Εις έπίδειξιν του αποστολικού κηρύγματος, mencionado por Eusebio de Ces
área, no fue redescubierto, en versión armenia, hasta 1904. Es una exposición sucinta del mensaje cristiano, dirigida en forma de carta a un amigo. A diferencia del AH, no entra en explicaciones polémicas. En la primera parte se mueve en la tradición catequética y en la segunda en la tradición apologética. Su originalidad consiste en hacer seguir su exposición del "credo" de un boceto de la historia de salvación. Es aquí donde da un puesto importante a la idea de recapitulación:He aquí la regla de nuestra fe, el fundamento del edificio y la base de nuestra conducta: Dios Padre, increado, ilimitado, invisible, único Dios, creador del universo. Éste es el primer y principal artículo de nuestra fe. El segundo es: el Verbo de Dios, Hijo de Dios, Jesucristo nuestro Señor, qu
e se ha aparecido a los profetas según el designio de su profecía y la economía dispuesta por el Padre; por medio de Él ha sido creado el universo. Además, al fin de los tiempos, para recapitular todas las cosas, se hizo hombre entre los hombres, visible y tangible, para destruir la muerte, para manifestar la vida y restablecer la comunión entre Dios y el hombre. Y como tercer artículo: el Espíritu Santo, por cuyo poder los profetas han profetizado y los Padres han sido instruidos en lo que concierne a Dios y los justos han sido guiados por el camino de la justificación, y que al fin de los tiempos ha sido difundido de un modo nuevo sobre la humanidad, por toda la tierra, renovando al hombre para Dios (Epideixis 6).Ireneo subraya la comunión de las dos natur
alezas, divina y humana, en Cristo y la recapitulación, por su medio, de los dos mundos: celeste y terreno, espiritual y material, invisible y corpóreo. Acentúa el valor de la obra terrena, la salvación del hombre corpóreo y sensible y sale al paso de la falsa obra "espiritual" enseñada por los gnósticos.La Tradición es la predicación viva de la Iglesia en su plena identidad con la revelación dada por Jesucristo a los apóstoles.
Cristo no ha dejado escritos. Conocemos su doctrina por sus apóstoles a quienes ha dado el poder de predicar el Evangelio:
Pues el Señor de todo dio la potestad del Evangelio a sus apóstoles, por quienes conocemos la verdad, esto es, la doctrina del Hijo de Dios. También a ellos dijo el Señor: "El que os escucha me escucha y el que os desprecia me desprecia y también al que me envió" (AH III, prefacio).
Los apóstoles no escribieron primeramente, sino que predicaron este Evangelio
. Después nos lo han transmitido en Escrituras:Pues no es por otros por quienes hemos conocido la obra de nuestra salvación, sino por aquellos por quienes nos ha llegado el Evangelio. Al que primero predicaron y luego, por voluntad de Dios, nos lo han transmitido en Escrituras, para que fuese fundamento y columna de nuestra fe (AH III 1,1).
La tradición apostólica es una
traditio ab apostolis (tradición desde los apóstoles), no traditio apostolorum (tradición de/sobre los apóstoles). Esto diferencia netamente la tradición, en el sentido de tradición de la doctrina verdadera, de las tradiciones que proceden de los tiempos apostólicos. No basta que un relato o una doctrina venga desde entonces para que forme parte de la Tradición. Ireneo no llama tradición a las anécdotas que han transmitido los ancianos.Es una distinción del concepto que no supo hacer el obispo Papías de Hierápolis, contemporáneo de san Policarpo, que buscaba informarse con los que habían estado con los presbíteros, que podían repetir lo que habían dicho discípulos inmediatos del Señor, así como lo que decían, todavía en su tiempo, dos de ellos:
No vacilaré en incorporarte a las interpretaciones cuanto en otro tiempo aprendí bien de los presbíteros y bien lo recordé para corroborar la verdad sobre ellos... Si a alguna parte llegaba alguno de los que habían estado en el séquito de los presbíteros, me informaba de las palabras de los presbíteros: qué dijo Andrés o qué Pedro, o qué Felipe, o qué Tomás o Santiago, o qué Juan o Mateo o cualquier otro de los discípulos del Señor y lo que dicen Aristión y el presbítero Juan,
discípulos del Señor. No pensaba que me fuesen tan útiles las cosas que se sacan de los libros como las que proceden de una voz viva y permanente (Eusebio de Cesárea, HE III 39,3-4).Su criterio de auténtica tradición (π
αράδοσις) e interpretaciσn (ερμηνεία) ortodoxas es retrotraerlas a discípulos del Señor a través de los presbíteros. No marca la distinción entre enseñanzas comunes y básicas y opiniones o pareceres en otras cuestiones. A diferencia de lo que hará un par de generaciones después san Ireneo (AH III 2,2), Papías no había elaborado todavía la distinción entre la Traditio ab Apostolis ad Ecclesiam y las traditiones apostolorum. La Tradición (de las verdades de fe), por un lado, y las tradiciones (usos, costumbres o ideales e ilusiones), por otro.La Iglesia no intentó proseguir el método de Papías con el mismo objetivo de asegurarse de la autenticidad de tradiciones sobre el Señor; y no fue porque la generación de Papías fuera la última que todavía podía contactar con los últimos oyentes de la primera generación apostólica. La tradición oral islámica (hadith), que fraguó en la Sunna, prolonga la cadena de tradición más generaciones y remonta así el dicho o hecho hasta el mismo Mahoma. En el campo cristiano, en probable contemporaneidad con Papías, fueron los gnósticos los que reclamaron apostolicidad por genealogía de transmisión. Si, como se ha sostenido, fueron los eclesiásticos quienes les copiaron el método, podría esperarse que continuasen otros con la misma pretensión que Papías. Creemos que fue el mimetismo de los gnósticos 2 el que hizo caer en la cuenta de la insuficiencia y ambigüedad del método. A lo que recurrieron sus opositores católicos fue a localizar de modo creciente la tradición en esas colecciones de escritos considerados, desde siempre y por la inmensa mayoría de las iglesias, apostólicos o derivados de un "varón apostólico" sin reproche. Frente a las novedades de sistema e interpretación de los maestros gnósticos, se apela a la identificación por la confesión de fe de las iglesias de fundación apostólica. El hecho de que coincidan en la misma doctrina, tras sucesivas generaciones, comunidades que se han desarrollado independientemente, confirma su autenticidad por la identificación con la enseñanza apostólica original. Éste fue el objetivo de Hegesipo que en su viaje hasta Roma se relacionó con muchos obispos, de todos recibió la misma doctrina y constata también que vienen siendo los obispos los responsables de esta transmisión (HE IV 22,1-3). Si a partir de Hegesipo se alarga una cadena de tradición reconstruyendo la lista de obispos de una iglesia, no es para ofrecer un dato nuevo sino para corroborar la continuidad ininterrumpida de los responsables de la transmisión de la tradición anterior. En el campo católico la apelación a las "tradiciones de los presbíteros" (Ireneo, Hipólito, Clemente) quedó limitada a lo que se estimaba un plus de penetración teológica esotérica sobre los datos de la fe.
La traditio ab apostolis ad ecclesiam es la que le interesa a san Ireneo. Si la tradición viene de los apóstoles, es la Iglesia quien la recibe. En su concepto de la apostolicidad de la Iglesia, Ireneo es en mucha mayor medida testigo de la fe católica de su tiempo, en particular de las tradiciones asiata y romana, que de su propia capacidad teológica; pero ha sido el primero en formular y desarrollar este concepto de un modo sistemático teológico.
La Tradición, que viene de los apóstoles, se conserva en la Iglesia por la cadena continua de los obispos sus sucesores:
Así la Tradición de los apóstoles, manifestada en todo el mundo, está presente en cada Iglesia para que la perciban los que de veras quieren verla. Podemos enumerar a los obispos e
stablecidos en las iglesias por los apóstoles y sus sucesores hasta nosotros, que ni enseñaron nada de eso ni supieron de los delirios de esa gente. Que si los apóstoles hubiesen sabido de misterios recónditos para enseñarlos a los perfectos, aparte y a escondidas de los demás, se los hubiesen transmitido, más que a nadie, a aquellos a quienes confiaban las mismas iglesias. Pues tenían mucho interés en que fuesen perfectos e irreprensibles en todo aquellos a los que dejaban por sucesores, transmitiéndoles el cargo de su mismo magisterio (AH III 3,1).La garantía de esta Tradición es la continuidad histórica de la cadena de sucesión a partir de los apóstoles. Roma es el testigo privilegiado:
Como resultaría demasiado largo para una obra como ésta tratar de enumerar las sucesi
ones de todas las iglesias, señalaremos sólo las de la iglesia máxima, antiquísima y conocida de todos, las de Roma, fundada y organizada por los dos gloriosísimos apóstoles Pedro y Pablo. Al mostrar que esa tradición, que viene desde los apóstoles de la fe anunciada a los hombres, ha llegado hasta nosotros por las sucesiones de los obispos, confundimos a los que forman agrupaciones inconvenientes de la manera que sea.... Pues es necesario que toda iglesia, es decir, los fieles de todas partes, concuerde con tal iglesia, dado su origen más destacado. Ya que siempre ha sido conservada en ella, por los fieles de todas partes, esa tradición que procede de los apóstoles (AH III 3,2).Se ha discutido si el último párrafo se refiere a la iglesia de Roma o a la Iglesia universal. Opinamos que el principio de que la iglesia que puede justificar el mantenimiento de la tradición desde los apóstoles debe contar con el acuerdo de todas las iglesias locales, se aplica aquí a la iglesia de Roma, pero debe aplicarse a las demas iglesias apostólicas. De hecho Ireneo ha esc
ogido la iglesia de Roma; pero nos dice que una investigación en las otras iglesias locales daría el mismo resultado. Lo que queda claro es la importancia para todos de unirse con la Iglesia de Cristo sobre la base de la tradición apostólica.Por eso, aunque no hubiera ninguna Escritura, la Tradición oral de la Iglesia sería la Regla de fe segura:
En este sistema confían muchas gentes bárbaras de las que han creído en Cristo sin papel ni tinta, al tenerlo escrito por el Espíritu Santo en sus corazones, guardando cuidadosamente la salvación y la antigua tradición al creer en un Dios, Creador del cielo y de la tierra y de cuanto hay en ellos, y en Cristo Jesús el Hijo de Dios, quien por desbordante amor a su creatura, consi
ntió en nacer de una Virgen, uniendo él mismo por sí mismo el hombre a Dios y padeciendo bajo Poncio Pilato, resucitado y ascendido gloriosamente, que ha de venir con gloria como Salvador de los salvados y Juez de los condenados, enviando al fuego eterno a los deformadores de la verdad y despreciadores de su Padre y de su propia venida. Los que iletradamente creen en tal fe pueden ser bárbaros por la lengua, pero, mediante la fe, muy sabios por el modo de pensar, la ética y el comportamiento. Agradan a Dios, conduciéndose con toda justicia, pureza y sabiduría. Si alguno les comunicase las lucubraciones de los herejes hablándoles en su propia lengua, al momento se taparían los oídos y se escaparían lejos, no consintiendo en oír un discurso blasfemo. De manera que por aquella antigua tradición de los apóstoles no dan entrada en la mente a nada de la exposición fantástica de aquéllos (AH III 4,2).Ireneo, que justificaba la predicación de los apóstoles por la venida del Espíritu Santo, afirma igualmente que esta predicación se mantiene intacta en la Iglesia por la acción de este mismo Espíritu.
2. Es muy significativa la frase de la Carta de Tolomeo a Flora 7,9: "la tradición apostólica, que también hemos recibido por sucesión."
1. Documentos Sobre los Martirios.
La primera intervención imperial contra los cristianos es la persecución de Nerón en Roma, tras el incendio del 64; pero queda limitada a esta ciudad y con esa ocasión. Muy pronto, autoridades aisladas, bajo la presión de la opinión pública, debieron combatir la nueva religión, aunque los Antoninos no tomaran de por sí medidas contra los cristianos. Trajano no tuvo a los cristianos por políticamente peligrosos y prescribió un proceso regular; pero asentó un precedente peligroso: la mera confesión de fe podía ser castigada con la muerte. Medida que no hace sino subrayar el rescripto de Adriano, citado por Justino. Las situaciones catastróficas del último tercio del s. II y el crecimiento numérico y geográfico del cristianismo despertaron la desconfianza y hostilidad tumultuosa de los adherentes de los viejos cultos. Desde Nerón, o mejor dicho desde Trajano a Cómodo, no varió la situación jurídica de los cristianos. En principio quedaban expuestos a las medidas coercitivas de las autoridades, para quienes la pertenencia a la iglesia bastaba para marcarlos como delincuentes; en la práctica disfrutaban de libertad, no sin riesgos, pero casi siempre respetada, salvo en períodos críticos.
Septimio Severo tomó contra los cristianos medidas que quebraban la norma vigente desde Trajano de que no había que buscarlos (conquirendi non sunt). La expansión de las comunidades cristianas preocupó al emperador tanto como el éxito de la propaganda judía. Por eso prohibió el proselitismo judío y aplicó la misma norma contra el cristianismo. Posteriormente hubo notorios períodos de tolerancia, como bajo el sincretista Alejandro Severo. Maximino Tracio supo reorganizar el ejército y asegurar las fronteras; pero oprimió a todos los que consideraba emboscados en la retaguardia, y en concreto a los dirigentes y propagandistas eclesiásticos. Un nuevo emperador, Felipe el Árabe, volvió a la política religiosa tolerante de los últimos Severos y favoreció personalmente a la Iglesia. Siguieron dándose tumultos anticristianos; pero fueron la excepción en la primera mitad del s. III, en que no hubo ninguna persecución sangrienta generalizada.
Decio desató el 249 una persecución que la Iglesia sintió como la más terrible de las que había tenido que padecer hasta entonces. El 250 reclamó de todos los subditos del imperio la participación en una
supplicatio a los dioses, controlada por comisiones locales. No se exigía de los cristianos una apostasía formal, sino que bastaba un gesto idolátrico para recibir el certificado correspondiente. El gran número de apóstatas en diverso grado creó a la Iglesia un serio problema con los inmediatos reclamos de readmisión. El 257 Valeriano dio un edicto contra el clero y las reuniones de cristianos. El año siguiente hizo más severas las penas. La persecución tuvo pronto fin al caer Valeriano prisionero de los persas el 259. En conjunto, el período de 261-303, pese a las catástrofes que asolaron el Imperio, fue un período de paz para la Iglesia, como el tiempo previo a los edictos de Decio y Valeriano.Diocleciano, instigado por su cesar Galerio, hizo estallar el 303 la persecución más larga y sangrienta, en parte ocasionada por conflictos de disciplina militar con soldados que rehusaban dar a los emperadores los nuevos honores divinos que reclamaban. Se comenzó por una depuración en el ejército y en la corte el 300. El primer edicto del 303 mandaba derribar las iglesias, destruir las Escrituras y objetos de culto y prohibía las asambleas religiosas. Los cristianos perdían sus derechos civiles, rango y dignidades. Un segundo edicto iba contra el clero. El tercero colocaba a los cristianos ante el dilema de apostasía o tortura. El cuarto edicto, del 304, reclamaba como Decio un sacrificio general en todo el Imperio bajo penas de muerte o de trabajos forzados. Los edictos fueron promulgados en todo su territorio, pero aplicados muy diversamente. En algunos puntos llegó a haber ejecuciones masivas. En Occidente la persecución duró sólo dos años. En Oriente sólo el 311 Galerio, en vísperas de su muerte, dio su edicto de tolerancia, pero la persecución se intensificó en el territorio dominado por Maximino Daya y sólo cesó cuando Maximino fue vencido por Licinio el 313. Licinio puso fin a la persecución y Constantino hizo el giro religioso decisivo del s. IV.
Las tradiciones sobre los mártires.
Por Eusebio sabemos de dos colecciones, en las que estaba tanto el material más antiguo (exceptuando lo compuesto en latín, de lo que tenía escasa noticia) como el de los martirios de las persecuciones de Diocleciano y Licinio. Es contemporáneo de la persecución de Diocleciano e hizo él mismo una colección de los martirios de Palestina.
Es muy escaso lo que fuera de Eusebio nos ha sido transmitido por otros autores eclesiásticos. En autores como Clemente y Orígenes el interés por los sucesos históricos queda muy en segundo plano. Más interés prestaron los occidentales (Tertuliano, Cipriano, Lactancio), pero se refieren sólo al norte de África. Cuando con el reconocimiento del cristianismo cesó la razón de los martirios, comenzaron las leyendas. El objetivo de edificación, documentado ya por la utilización eclesiástica de las Acta, operó en la misma dirección. Cómo se describió posteriormente el tiempo de los mártires lo muestra el De gloria martyrum de Gregorio de Tours.
Relativamente pronto debió de empezarse a recordar el aniversario de mártires destac
ados (Martirio de Policarpo 18; Hipólito, Refutatio. IX 12; Liber Pontificalis). A diferencia de lo que ocurrió en África y en otras partes, en Roma no se leían públicamente las Passiones martyrum (Gregorio Magno, Ep. VIII 29). El Decreto gelasiano prohíbe expresamente leer en las iglesias las "Gesta martyrum." Se conocía poco más de lo reseñado por Eusebio; pero se contaba con los martirologios, que indicaban sólo nombre, lugar y día del martirio. Para investigar los más antiguos disponemos del catálogo de los cronógrafos romanos del 354, el viejo calendario africano y el Martyrologium Hieronymianum. Los mss. de éste se retrotraen a una recensión del s. VI o VII. Sus fuentes fueron una serie de calendarios locales o provinciales y, para Oriente, un Martyrologium Syriacum, ampliado por un arriano entre 363 y 381. Los martirologios más tardíos se retrotraen directa o indirectamente al Hieronymianum.Las colecciones de actas de mártires debieron formarse temprano, ya que los martirios se pusieron pronto al servicio de objetivos edificantes. Hoy día la colección más amplia y seria la constituyen las
Acta Sanctorum de los Bolandistas. El pionero en tratar de seleccionar las más antiguas y auténticas fue el maurino T. Ruinart (1689).La forma literaria de las "Acta Martyrum" sigue el género de las actas helenísticas de mártires paganos, donde lo fundamental es la oportunidad que da el proceso judicial al héroe para mostrar su excelencia e integridad. Las narraciones centradas en sufrimientos y muerte se sitúan en cambio en la tradición de los relatos martiriales judíos. Elementos de ambos géneros se encuentran ya combinados en los relatos evangélicos de la Pasión.
Una distinción que ha llegado a hacerse clásica por su sencillez y claridad es la que distingue tres tipos de documentos, teniendo en cuenta tanto la forma literaria como la historicidad de sus contenidos. Bardenhewer distinguió así:1) las acta en forma de protocolos judiciales,2) las acta en forma de narración, y 3) leyendas. Buscando mayor precisión, Delehaye distinguía: 1) las basadas de algún modo sobre los protocolos oficiales, como las de los mártires escilitanos o las de Cipriano; 2) narraciones literarias basadas en los relatos de testigos oculares (Martirio de Policarpo) o de los mismos mártires (Pasión de Perpetua y Felicidad); 3) documentos reelaborados que se basan como fuente principal en otro/s de una o ambas categorías anteriores; 4) pasiones, que son novelas históricas, e. d., documentos que poseen un núcleo histórico; 5) composiciones puramente ficticias; 6) falsificaciones fraudulentas.
Nos atenemos a la distribución tripartita de Bardenhewer, que hay que completar en cada caso con el análisis de Delehaye. Es frecuente que los títulos no correspondan al carácter del documento.
Las Actas de san Justino y compañeros.
Son las actas del proceso, ante el prefecto de Roma Rusticus, del apologista san Justino y otros seis cristianos, durante el reinado de Marco Aurelio, probablemente el 165. Nos han llegado en tres recensiones: A, Β y C (corta, media y larga). Lo mαs probable es que la media derive de la corta. El documento está integrado por una breve introducción, el interrogatorio, la sentencia y una conclusión corta. Citamos de la recensión A:
Una vez introducidos, el prefecto dijo a Justino: ¿Qué vida llevas? Justino respondió: Una vida intachable e irreprochable para cualquier hombre. El prefecto Rústico dijo: ¿Qué doctrina sigues? Justino respondió: Traté de aprender todas las doctrinas; pero me he comprometido con las verdaderas doctrinas de los cristianos, aunque no agradan a los que tienen opiniones equivocadas. Rústico dijo: ¿Son, pues, ésas las doctrinas que te agradan? Justino respondió: Sí, pues me adhiero a ellas con firmeza. El prefecto Rústico dijo: ¿Cuál es esa certeza? Justino respondió: Que damos culto al Dios de los cristianos, el único que consideramos ser desde el comienzo de todo el artífice (δεμιουργός) de la creaciσn del mundo entero; y al hijo (παις) de Dios, Jesucristo, que fue pregonado de antemano por los profetas que habνa de acercarse al género humano como heraldo de salvación y maestro de buenas doctrinas (A 2,1-5).
El prefecto dice a Justino: Si fueres azotado y decapitado, ¿crees que subirías al cielo? Justino dijo: Lo espero por el aguante, si aguanto. Pues sé que a los que viven con rectitud les asiste un don divino hasta la consumación. El prefecto Rústico dijo: ¿Piensas, pues, que subirás? Justino dijo: No pienso, sino que estoy firmemente convencido. El prefecto Rústico dijo: Si no obedeces serás castigado. Justino dijo: Contamos con la oración para quedar salvos al ser castigados. El prefecto Rústico sentenció: Que los que han rehusado sacrificar a los dioses sean azotados y ejecutados conforme a las leyes (A 5,1-6).
La sobriedad del diálogo tiene todos los visos de verosimilitud. Lo que Justino dice de sí mismo, su paso por diversas escuelas, y su profesión de fe en el Dios creador y su Hijo
atestiguado por los profetas, coincide con lo que acentúa en sus obras apologéticas.La Pasión de los mártires escilitanos.
La Passio sanctorum scillitanorum puede ser la pieza consecutiva más antigua del latín cristiano que nos ha llegado. Es el documento fechado más antiguo de la Iglesia latina (17.07.180) y el primero en mencionar la Biblia latina. Recoge el proceso de doce cristianos de Scilium, ciudad no localizada de África del norte. Tras el interrogatorio (la tradición literaria sólo recoge el de seis) son condenados por el procónsul a decapitación. Este texto, a una con el corto protocolo del proceso de san Cipriano, parece reflejar uno de los estadios más tempranos y auténticos en la transmisión textual de las acta martyrum.
El procónsul Saturnino dijo: ¿Qué lleváis en vuestra bolsa? Esperato respondió: Libros y cartas de un hombre justo llamado Pablo (12).
El procónsul Saturnino leyó su sentencia de una tablilla: Esperato, Narchalo, Citino, D
onata, Vestía, Segunda, y los demás confesos de vivir por el rito cristiano, ya que les ha sido ofrecida la facultad de volver a la costumbre romana y se han empeñado en su obstinación, que mueran a espada. Esperato dijo: Damos gracias a Dios. Narchalo dijo: Hoy somos mártires del cielo. Gracias a Dios (14-15).Las Acta proconsularia Cypriani.
Son una de las varias fuentes de que disponemos para la biografía de san Cipriano de Cartago. Al parecer integran tres documentos: 1) Instrucción del proceso ante el procónsul Asp
asio Paterno en Cartago, el 30.08.257; 2) Vuelta de Cipriano, arresto el 1.09.258 y juicio ante Valerio Máximo el 14.09.258; 3) La ejecución el mismo día. El relato, según afirma san Jerónimo, fue compuesto poco después de ésta por Poncio, amigo de Cipriano.El obispo Cipriano dijo: Soy cristiano y obispo. No reconozco otros dioses que el único Dios verdadero "que hizo cielo y tierra y todo cuanto hay en ellos." Los cristianos servimos a este Dios. Le rogamos día y noche por vos y por todos los hombres, así como por el bienestar de los mismos emperadores. El procónsul Paterno dijo: ¿Así que persistes en esta decisión? El obispo Cipriano respondió: No puede cambiarse una buena decisión que Dios reconoce. El procónsul Paterno dijo: ¿Marcharás, pues, conforme al mandato de Valeriano y Galieno, exilado a la ciudad de Corubis? El obispo Cipriano dijo: Marcharé (1,2-4).
El procónsul dijo: Los muy sagrados emperadores te han mandado cumplir con los ritos. El obispo Cipriano respondió: No lo haré. El procónsul Valerio Máximo dijo: ¡Piénsalo bien! El obispo Cipriano respondió: Haz lo que te ha sido mandado. En cuestión tan justa no hace falta deliberación (3,4-5).
Y así se despojó de la dalmática, que entregó a los diáconos. Se puso firme y esperó al verdugo. Al llegar el verdugo encargó a los suyos que le diesen 25 monedas de oro. Mientras, los hermanos extendían ante él muchos lienzos y pañuelos. Así Cipriano se vendó los ojos con su propia mano; pero al no poder atarse él mismo con las puntas del pañuelo, lo ataron el presbítero Juliano y el subdiácono Juliano. Así padeció Cipriano y su cuerpo fue expuesto en la proximidad, para curiosidad de los paganos; pero, por la noche, fue sacado de allí y, acompañado por un gran cortejo que llevaba cirios y antorchas, fue conducido entre oraciones con gran triunfo al cementerio de Macrobio Candidiano el procurador (que queda en la vía Mappalia junto a las piscinas) y allí enterrado. Pocos días después murió el procónsul Valerio Máximo (4,3-6).
Las necesidades de la comunidad han ocasionado relatos martiriales kerigmáticos y
edificantes (primero en forma de carta) apropiados para objetivos parenéticos de identificación y corroboración 1.1. Buschmann (Berlín 1994) p.251, sostiene que aquí, y no en la forma literaria "Acta" (donde los diálogos del proceso serían configuraciones secundarias apologéticas), se encuentra la célula originaria para la constitución de la literatura martirial.
Se discute si este martirio tuvo lugar entre el 156 y el 160, el 166/167 (Campenhausen) o aun el 177 (Grégoire). El estilo del grueso del texto es coloquial y ocasionalmente homilético, con muchas reminiscencias de los evangelios. Ya lo sugiere el nombre del jefe de policía, Her
odes, que, junto con su padre y con el procónsul, intentan quebrar la resistencia del anciano de modo amable, como si se guiasen por las directivas del rescripto de Trajano a Plinio. Pese a ello le amenazan con las fieras. El narrador, que atribuye un papel muy activo en que se llegase al martirio a los judíos de Esmirna, destaca en su relato aspectos maravillosos y analogías bíblicas 2. El documento es una carta de la iglesia de Esmirna a la de Filomelio, cuyos fieles habían pedido un relato detallado de lo sucedido. La conclusión de la carta está en el c.20. El c.21 podría ser un apéndice; pero el 22 es espurio.Al entrar Policarpo en el estadio, se oyó una voz del cielo: "¡Valor, Policarpo, sé fuerte!." Nadie vio al que hablaba, pero algunos de los nuestros presentes oyeron la voz. Por lo demás, al introducirle se produjo un gran griterío de los que oyeron que había sido arrestado. Al traerle ante el gobernador, le preguntó si él era Polica
rpo. Al afirmarlo, trató de persuadirle a renegar diciendo: Ten consideración de tu edad (y otras cosas semejantes que es costumbre decir). Jura por el genio del emperador. Arrepiéntete. Di: Fuera los ateos. Policarpo, con rostro sereno, miró a toda la multitud de inicuos paganos que estaba en el estadio, levantó la mano hacia ellos, la tendió y, mirando al cielo, dijo: ¡Fuera los ateos! Pero el gobernador insistió: Jura y te dejaré ir. Maldice a Cristo. Policarpo respondió: Llevo 86 años sirviéndole y no me ha hecho ningún mal. ¿Cómo puedo blasfemar de mi Rey que me ha salvado? (9,1-3).El autor cuida de hacer la distinción que más adelante se definiría con los términos de culto de latría (reservado a Dios) y de dulía (dedicado a los santos):
A él [Cristo] le adoramos por ser Hijo de Dios. A los mártires les amamos justamente como a discípulos e imitadores del Señor por su insuperable lealtad a su propio Rey y Maestro. ¡Que también nosotros lleguemos a ser partícipes y condiscípulos de ellos! (17,3).
El documento nos da el testimonio más antiguo del culto a los mártires y la celebración de su memoria:
Así nosotros, por fin, recogiendo sus restos, más apreciados que piedras preciosas y más estimados que el oro, los sepultamos donde era apropiado. Reuniéndonos allí, en lo posible, con gozo y alegría, el Señor permitirá que celebremos el día aniversario de su martirio, como recue
rdo de los que ya han combatido su lucha y como entrenamiento y preparación de los venideros (18,2-3).2 Cf. Musurillo (Oxford 1972) p.XIII-XV. Aunque, como señala GUILLAUMIN, en
Forma Futuri (Torino 1975) p.467, no se puede hablar de alusiones escriturísticas donde el autor depende de modelos de oración en uso en su tiempo.Pasión de Perpetua y Felicidad.
Esta passio no es sólo un relato del proceso y sufrimiento de mártires africanos el 203, sino que es también un apocalipsis cristiano, con reminiscencias del Pastor de Hermas y el Apocalipsis de Pedro (en la visión de Saturo). El autor anónimo encuadra en su obra (1-4 y 14-21) relatos personales de los mártires Perpetua (3-10) y Saturo (11-13)3. Si este documento, con sus "nuevas profecías" y "nuevas visiones" (1,5), fraguó en un círculo montanista, ello pasó desapercibido para Agustín y otros Padres, que admiraron su encanto primitivo y su fervor cristiano.
Los mártires son Perpetua, una matrona acomodada de veintidós años, su joven esclava Felicidad, que dio a luz en la cárcel, los jóvenes Saturnino y Secúndulo, el esclavo Revocato y el joven catecúmeno Saturo.
E inmediatamente después de su oración, le sobrevinieron los dolores de parto. Al quejarse mucho por la dificultad natural de un parto de ocho meses, uno de los ayudantes de los carceleros le dijo: "Si así te quejas ahora, ¿qué harás cuando te echen a las fieras, que menospreciaste al negarte a sacrificar?." Pero ella respondió: "Ahora soy yo quien sufro lo que sufro; pero allí habrá otro en mí, que padecerá por mí, ya que yo también estaré padeciendo por él." Así dio a luz a una niña, que una hermana suya tomó por hija (15,5-7).
Este documento es nuestra fuente más importante sobre la idea "popular," no-teológica, de la vida del más allá en los primeros siglos cristianos, en África del norte. Las visiones de Perpetua en el c.4 y de Saturo en el c.11 dan una imagen bucólica del Paraíso. La de Perpetua en el c.7 nos presenta el polo negativo; no el infierno, sino un lugar separado de purgatorio. Después de la muerte se suponía que las almas descendían todas a los "infiernos" (el Sheol, el Hades subterráneo), para esperar la resurrección de los muertos y el juicio, aunque tal estancia provisional incluía ya cierta recompensa de los justos y algún castigo de los malos. Pero había una excepción importante: los mártires iban de inmediato al paraíso.
3. Cf. Robinson (Cambridge 1891) p.26-58. Estima que el compilador de la obra (relatos de visiones y martirio) fue Tertuliano.
Se encuentran en muchos documentos sobre los martirios, posteriores casi todos a la era de los mártires. Hay desde ligeros retoques de antiguo material auténtico hasta la más desbordada invención novelesca, adornada con los motivos del folclore piadoso. Los relatos sobre los mártires romanos más populares, como Lorenzo, Sebastián, Inés, Cecilia, han quedado tan configurados por la leyenda que su núcleo histórico resulta casi imposible de discernir. Sin embargo, el hecho de estos martirios puede quedar comprobado por la antigüedad del culto, que se remonta hasta el tiempo inmediato al presunto martirio.
La condena del cristianismo estaba tan arraigada en la opinión pública que, por mucho tiempo, nadie se tomó la molestia de apoyarla literariamente. Si los historiadores Tácito y Suet
onio, el rétor Plinio, los filósofos Epicteto y Marco Aurelio, o el médico Galeno, mencionan a los cristianos, es de paso y siempre en un tono despectivo, que no modifica el reconocimiento de su valor ante la muerte.Del Octavio (9,6; 31,2) de Minucio Félix, el primer apologista latino, se deduce que el rétor Frontón de Cirta, maestro de Marco Aurelio y Lucio Vero, publicó un discurso contra los cristianos, en el que hacía sitio a las acusaciones corrientes de comidas thyesticas y relaciones edípicas. Se ha conservado la sátira de Luciano de Samosata (a. 167) "El final de Peregrino" (Perì tês Peregrínou teleu-tês). La punta del entero relato va contra los cínicos; pero trata también de pintar de modo burlesco la sociedad de los cristianos que rehuye la luz. Hacia el 178 compuso el ecléctico platónico Celso un "Discurso Verdadero" (Alêthês Lógos) de amplia polémica contra el cristianismo. Nos ha conservado muchos fragmentos la amplia refutación que le dedicó Orígenes, cuando habían transcurrido tres cuartos de siglo desde la publicación del primero. Celso se había esforzado en informarse sobre el cristianismo. Conoce la Biblia y sabe doctrina eclesiástica y argumentos cristianos. Es una buena muestra del cerrado frente adversario que hostigaba a los cristianos:
Aun dejando de lado los cuentos de horrores (incesto, infanticidio, antropofagia), no faltaban los puntos de ataque. En primer lugar se los ponía en línea con los despreciados judíos. Se hacía burla sobre las disputas entre ambos grupos, siendo así que coincidían en lo esencial, sobre todo en la cósmica fe mesiánica. Se gloriaban de su peculiar relación con Dios y en realidad eran una colección de bichos. Su autoridad, comúnmente reconocida, era Moisés, que había dado a su pueblo la fe en un Dios, junto con el culto de los ángeles y la magia. Jesús, que siguió sus huellas, era un mago engañador. Las historias de los patriarcas, narradas por Moisés, son tan estúpidas y escandalosas, que ellos mismos se avergüenzan y buscan salir del paso, aunque sin éxito, con explicaciones alegóricas. Judíos y cristianos adoran un solo Dios; pero un Dios sometido a pasiones humanas, que se encoleriza y amenaza. Sin embargo no es lo suficientemente poderoso como para auxiliar a su hijo que padece o vengar su muerte. Ni puede ayudar a su pueblo elegido Israel, disperso por el mundo, ni es capaz de salvaguardar a los cristianos de persecuciones sangrientas. En todo caso, se podía tolerar a los judíos su religión nacional; pero había que rechazar a los prosélitos, que se les adherían, menospreciando su propia manera de ser. Más aún a los cristianos, disociados de los judíos, desarraigados y sin tradición nacional, que perseguían una sombra de religión universal. Su doctrina de la Encarnación, sin sentido e impensable, atribuye a Dios una mutación a menos. Cuentan fábulas sobre el nacimiento virginal de Jesús, para ocultar el hecho de que era el hijo de una adúltera seducida por el soldado Panthera. Igualmente increíble lo que cuentan de los magos de Oriente, la huida a Egipto, su bautismo, sus milagros y, sobre todo, su resurrección, ocurrida en un secreto sospechoso. Más bien demuestran su bajo origen y su vergonzosa muerte que era un impostor, que recibió en la cruz el castigo merecido. No es de admirar, pues, que sus secuaces no quieran saber nada de sabiduría humana y sólo pidan fe y más fe como requisito para la salvación. También su proselitismo se dirige a ineducados y simples. Lo que sobreañaden de bueno y comprensible, lo han tomado de los griegos. Su modo de vida es contradictorio y sin sentido. Más valdría que sacasen las consecuencias de su actitud, enemiga de la vida, y desapareciesen del mundo sin dejar descendencia.
Tal es el trasfondo espiritual de las persecuciones contra los cristianos. Así sentían las masas aullantes, que excitaron el odio contra los cristianos y saciaban en la arena sus ojos curiosos con la sangre de los mártires. Así pensaban los círculos cultos y los altos funcionarios que emitían desde su tribunal las penas de muerte.
La empresa de los apologistas.
El único medio para esperar una mejora de la situación era cambiar el punto de vista de la gente culta y, en última instancia, del emperador. Lo intentaron, desde la primera mitad del s. II, escritores cristianos que se arriesgaron en esa difícil empresa. Los escritos apologéticos van dir
igidos a los paganos, aunque haya que suponer que sus lectores desde el comienzo fueron mayoritariamente círculos cristianos. Una parte de las apologías del s. II se dirigen como escrito de queja o recurso de amparo al mismo emperador. Así escribe Quadratus a Adriano, Arístides a Antonino Pío, Atenágoras a Marco Aurelio y Cómodo. Apelan al sentimiento jurídico de quienes se tenían por filántropos y filósofos. Reclaman la tolerancia, porque el castigo del mero nombre cristiano contradice el sentido de justicia, orgullo del pueblo romano; pues cualquier intención hostil contra el orden existente queda lejos de los cristianos.Tres son las acusaciones que levantan contra nosotros: ateísmo, banquetes de Tiestes y uniones edípicas. Pues bien, si esto fuera verdad no perdonéis a clase alguna. Reprimid los crímenes. Extirpadnos con mujeres e hijos... Pero si son bulos y calumnias vacías, con la explic
ación natural de que la maldad se opone a la virtud y de que es ley divina que los contrarios se combatan, y vosotros sois testigos de que no hay nada de tales crímenes, al mandarnos que no hagamos la confesión, lo que os queda por hacer es una investigación sobre nuestra vida y doctrinas, sobre nuestra adhesión y obediencia para con vosotros, vuestra casa e imperio. Que así no nos concederéis más que a los que nos persiguen. Porque nosotros los venceremos al dar resueltamente hasta nuestras vidas por la verdad (Atenágoras, Legación en favor de los cristianos 3,1-2).El reproche de ateísmo fue la acusación de mayor alcance, pues abarcaba dos crímenes: el desprecio de los dioses (
irreligiositas, sacrilegium), un crimen de lesa majestad, y el rechazo del culto imperial, que, en creciente medida, desde Augusto, era el baremo de una ciudadanía leal; o era negar la reverencia debida a la autoridad, un crimen maiestatis. Para la gran masa del público pagano era un enigma incomprensible un culto sin imágenes.Otras apologías van dirigidas a la generalidad de los paganos de cultura helenística y son como alocuciones o amonestaciones. Es el caso del "Discurso a los Griegos" (
Oratio ad Graecos) de Taciano y de varios escritos transmitidos como de Justino. Un tercer grupo de escritos quiere más bien responder de manera privada a las dudas y preocupaciones de un pagano próximo al autor: así los libros de Teófilo a Autolico y el a Diognetes.Aunque el objetivo inmediato de estos escritos no se lograse, este esfuerzo ayudó al cri
stianismo a salir de su reclusión. Los conversos cultos sentían la necesidad de dar razón de su fe. Estaban convencidos de que tenían algo muy importante que decir. Iniciaron así un diálogo con el mundo contemporáneo. Un diálogo previo a la evangelización y que le abre a la par un nuevo cauce. Estos escritores cristianos se esforzaron en mostrar que la nueva religión no estaba en contradicción con los ideales dignos de reconocimiento de la cultura antigua, sobre todo con los mejores logros de la filosofía.No resulta difícil discernir un triple
objetivo en la obra de conjunto de los apologistas, si bien con distinta insistencia en cada uno de ellos.1) Salir al paso de la acusación de que la Iglesia era un peligro para el Estado:
Porque nuestra filosofía floreció primero entre los bárbaros. Luego se desarrolló entre tus pueblos bajo el principado de tu antepasado Augusto. Ha llegado a ser un bien favorecedor sobre todo para tu imperio. Ya que, desde entonces, el poderío de los romanos se ha incrementado en grandeza y esplendor. Poderío del que ha
s llegado a ser heredero deseado, y lo seguirás siendo con tu hijo, al conservar la filosofía que ha comenzado con Augusto y se ha nutrido a una con el imperio. La que también tus antepasados han honrado junto a otras religiones. Además es una gran prueba de su excelencia que nuestra doctrina haya florecido a la par con el feliz comienzo del Imperio, que no haya ocurrido ninguna calamidad desde el principado de Augusto, sino, al contrario, que todo haya sido brillante y glorioso, conforme a las oraciones de todos (Melitón de Sardes, Apología a Antonino, Fragmento 1,23-25: SC 123,20).2) Frente a los absurdos e inmoralidades del paganismo, exponer el correcto sentir cristiano sobre Dios, el universo y el hombre:
Pues los griegos, que dicen ser sabios, se hicieron más necios que los caldeos, al proponer muchos dioses, que nacieron, unos varones, otras mujeres, esclavos de toda clase de pasiones y obradores de múltiples iniquidades, a los que ellos mismos tuvieron por adúlteros, asesinos, iracundos, envidiosos, apasionados, parricidas y fratricidas, ladrones y rapaces, lisiados y contrahechos, hechiceros y locos. Además algunos de éstos quedaron acabados, otros fueron fulminados. Unos, esclavizados a hombres y escapando como fugitivos, fueron golpeados y se quejaron. Otros se transformaron en animales (Arístides, VIII 2-3).
Con una ofensiva audaz, se vapulea al politeísmo como antinatural e irracional, como una desviación del espíritu humano respecto al verdadero Dios, como una obra de los demonios. Se mostraba que los dioses paganos no eran sino artesanía, o animales de todas clases, o, en el mejor de los casos, seres con todas las miserias humanas. Iba de sí que los escritos defensivos se convirtieran en obras de ataque. Además muchos apologistas dan ilustraciones sobre la esencia y contenido de la religión cristiana más hondas de lo preciso para invalidar los prejuicios de los adversarios.
Los cristianos retrotraen su origen al Señor Jesucristo. Se confiesa por el Espíritu Santo que éste es el Hijo del Dios Altísimo, descendido del cielo para la salvación de los hombres. Nacido de una virgen santa, sin germen ni corrupción, tomó carne y se manifestó a los hombres para sacarlos del error del politeísmo. Una vez cumplida su admirable dispensación, eligió la muerte por medio de la cruz, por decisión voluntaria, para cumplir su misión agradando al Padre. Volvió a la vida a los tres días y subió a los cielos. ¡Rey! Si quieres puedes conocer la reseña de su venida por la sagrada escritura que denominan evangélica (Aríst
ides, XV 1).3) Presentar al cristianismo como la verdadera filosofía, enseñada por el mismo Logos divino. Si bien en algunos apologistas predomina una actitud polémica, negativa, respecto de la filosofía pagana (Taciano, Teófilo de Antioquía), es notablemente positiva la de otros (Justino, Atenágoras):
Al filosofar ¿qué habéis producido de venerable? Pues ¿quién de los más sobresalientes se ha presentado sin impostura? Diógenes afectaba autosuficiencia presumiendo de tonel; pero murió por intemperancia, afectado de obstrucción intestinal por un pulpo crudo. Platón, el dedicado a filosofar, fue vendido por Dionisio por su glotonería. Aristipo, que se paseaba vestido de púrpura como persona fiable, llevaba una vida disoluta. También Aristóteles, que de modo ignorante puso límites a la providencia y que describía la felicidad por las cosas que le complacían, halagaba demasiado con mala educación al adolescente colérico que era Alejandro, quien, muy aristotélicamente, llevaba enjaulado como a un oso o un leopardo a un amigo suyo por no haber querido adorarle (Taciano, Oratio 2).
Sabemos que han sido odiados y muertos también algunos de los de doctrinas estoicas, ya que su discurso ético llegó a ser el adecuado. Lo mismo ha ocurrido con los poetas en algunas cuestiones, por la semilla del Logos plantada en todo el género humano. Es el caso de Heráclito, como antes dijimos; Musonio, entre los de nuestro tiempo, y otros. Ya que, como hemos indic
ado, los demonios siempre han maniobrado para hacer odiosos a todos los que, de cualquier manera, se han empeñado en vivir conforme al Logos y huir de la maldad. No es nada extraño, pues, si los demonios, desenmascarados, se esfuerzan en hacer odiar mucho más a los que viven, no ya conforme a una parte del logos seminal, sino conforme al conocimiento y contemplación del Logos total que es Cristo (Justino, Apología II 7(8), 1 -3).La filosofía pagana tuvo, pues, en los apologistas un juicio muy contradictorio; pero están de acuerdo en los fallos de la búsqueda humana y que se precisa una iluminación superior: de los filósofos a los profetas (Justino,
Dialogo 7).Los más destacados (sin contar Justino).
Quadratus, sólo conocido por algunos datos de Eusebio, dirigió su Apología a Adriano hacia el 125. Eusebio (HE IV 3,2) nos ha conservado un breve fragmento que trata de los milagros de Cristo.
Según Eusebio (
HE IV 3,3), Arístides de Atenas dirigió también su Apología a Adriano; pero es fácil la confusión con Antonino, a quien va dirigida según el ms. siríaco del s. VII Sólo se sabía de él por las noticias de Eusebio y Jerónimo, que, al parecer, no habían leído su obra. Primero se encontró un fragmento en armenio. Luego, el descubrimiento y la publicación de la versión siríaca (1889) permitió identificar gran parte del original griego: dos capítulos de la novela hagiográfica del Pseudo-Damasceno, Vida de Barlaam y Iosaph. En la primera parte habla de la religión de bárbaros, griegos, judíos y cristianos, para destacar que sólo éstos tienen el conocimiento preciso de Dios. En la segunda, insiste, más que sobre la doctrina, sobre el modo de vida de los cristianos.Probablemente del tiempo de Adriano es otra obra apologética: la apócrifa Predicación
de Pedro, que, como Arístides, combina discusión filosófica de atributos divinos con un énfasis bíblico en Dios como creador. Explica que a Dios no se le puede dar culto ni al modo de los griegos ni al de los judíos. Debe de haber alguna relación entre "Pedro" y Arístides.Aristón de Pella publicó hacia el 140 su Disputa entre Jasón y Papisco
, de contenido antijudío, que trata de mostrar el cumplimiento de las profecías del A.T. en Cristo. Este escrito fue utilizado en polémicas posteriores con el judaísmo. Lo conocían Celso y Orígenes y lo menciona Jerónimo. Sólo nos ha llegado el prefacio en versión latina.Taciano, converso al cristianismo como Justino después de mucho tanteo, fue discípulo de éste en Roma (donde también abrió su propia escuela); pero sus ideas contrastan mucho, e
specialmente en lo que atañe a la evaluación de la filosofía y cultura no cristiana. Según él todo el saber y comportamiento de los griegos es necio, mentiroso e inmoral. Inclinado a posturas extremistas, rompió con la Iglesia. Volvió a Oriente el 172 y, según Eusebio (HE IV 29,1), fue el fundador de una secta encratista. Ireneo tacha al antes apologista de haber combinado valentinianismo y marcionismo (AH I 28,1). Aparte de su ataque inmoderado en el Discurso a los griegos, compuso el Diatessaron: una armonía de los cuatro evangelios que tuvo un éxito inmenso. Su difusión y versión a muchas lenguas ha ejercido gran influjo en la tradición textual de los canónicos, a los que llegó a desplazar en la Iglesia siríaca entre el s. III y el V. Hoy se sostiene que pudo ampliar una armonización anterior ya usada por Justino.Atenágoras se dirige a Marco Aurelio y Cómodo en tiempos de paz (176/177). Expresa una aproximación leal, conciliadora, próxima a la de Melitón. Como hemos visto, defiende a los cristianos de las acusaciones de ateísmo, festines tiésticos e incesto. Interpreta al cristianismo como una filosofía para un emperador filósofo. Sin embargo distingue el cristianismo de las doctrinas filosóficas en puntos esenciales: Dios y el mundo, el hombre y la moral. Su juicio crítico no perdona ninguna corriente, ni siquiera al platonismo, que —a diferencia de Justino— no presenta como una "preparación" al cristianismo. A lo más valora las filosofías como tanteos de aproximación a la verdad. Por eso subraya las divergencias que separan las diferentes escuelas. Pero reivindica la profesión de filósofo; aunque es esencialmente un gramático orgulloso de su erudición. Su Legatio es, por mucho, la mejor obra literaria de tipo apologético del tiempo de los Antoninos. Fue más lejos que ningún otro pensador del s.II en su reflexión sobre las relaciones trinitarias. Esquivó los fallos de Justino sobre el Logos-Hijo, abierto a interpretaciones subordinacionistas. En contraste con Justino subraya más los aspectos metafísicos y espirituales del Logos, que existía esencial y eternamente dentro de la divinidad; pero parece que minusvaloró la doctrina cristológica del Logos. El Hijo de Dios era más el Logos eterno, dentro de la divinidad, que una figura histórica. Nunca menciona el nombre de Jesús ni episodios de su vida terrena; pero en este descuido del Jesús terreno coincide con Taciano, Teófilo y el compilador de las Sentencias de Sexto, así como el latino Minucio Félix. Cuenta con número creciente de partidarios la autenticidad, discutida, de un tratado De resurrectione, en que se propuso refutar las objeciones de sus adversarios, paganos, gnósticos o cristianos.
Melitón de Sardes dirigió una apología a Marco Aurelio 4. Como Atenágoras, también expresa su firme lealtad al emperador. Hacia el 190 lo cita Polícrates de Éfeso entre los personajes difuntos que acreditaban la costumbre asiata de celebrar la Pascua el 14 de Nisán (Eusebio, HE V 24,5). Entre sus muchas obras (perdidas, salvo fragmentos en citas de autores posteriores), Eusebio (HE IV 26,1-14) cita dos libros Sobre la Pascua. Un papiro publicado en 1940 y otro, más completo, en 1960, han permitido conocer este escrito (de h. 160-170) y reconocerlo en traducciones latina, siríacas, coptas y georgiana. Ha sido considerado como homilía pascual, por ser una explicación de Ex. 12,3-32, pero tiene mucho de praeconiumpaschale, lleno de entusiasmo profético y poético. El rasgo más saliente de la homilía es la interpretación tipológica de la Pascua judía, asociada a un marcado antijudaísmo. Melitón presenta a Cristo en el cuadro de la economía de salvación. En su conjunto esta cristología marca un progreso sobre la de los otros apologistas griegos del s.II. Entre Ignacio e Ireneo constituye el eslabón más importante para reconstruir la doctrina cristológica del s. II. Precisa la doctrina de las dos naturalezas (corpus (caro)-spiritus) de Cristo como reacción al docetismo. El principio que invoca en el frg. VI para justificar las duae substantiae es el de la doble serie de operaciones. Puso en práctica la "comunicación de idiomas" de un modo tan atrevido, que sus ejemplos se hicieron célebres en la Antigüedad. Podemos atribuir a su teología asiata que acuñe expresiones en sí ortodoxas (Deus passus), pero que hacen presagiar el error monarquiano 5.
El Ad Autolycum de Teófilo, obispo de Antioquía, que alude a la muerte de Marco Aurelio y a la persecución que continúa, debe ser del 181. Es la única de sus obras (la enumeración de Eusebio es ampliada por Jerónimo) que nos ha llegado. Corresponde al género literario del protréptico o exhortación. La dirige a un amigo pagano culto que le había reprochado su conversión al cristianismo. Aunque en el libro I responde a las objeciones contra la fe en un Dios invisible y la creencia en la resurrección de los muertos, Teófilo sobrepasa los límites de la apologética y trata de dar también una enseñanza desprendida de toda controversia. Parte del libro II queda dedicada a una exégesis continuada de los primeros capítulos del Gen. Teófilo trasluce en esta exégesis un conocimiento directo de la exégesis judía alejandrina. Esquiva todo dualismo cósmico y antropológico, para dejar totalmente de lado a gnósticos y marcionitas, que ahondaban la dualidad de niveles y de historias. Presenta la resurrección como una continuación de la obra creadora del Gen. Toma también de Filón (Opif. 170-172) una teología natural de matriz bíblica y estoica; pero censura sistemáticamente los conceptos platónicos en la medida en que contemplan dualismos antropológicos o cosmológicos. En el libro III responde a la objeción sobre el origen reciente del cristianismo y se remonta a los orígenes mismos de la humanidad. Teófilo es un cristiano medio, que trata de atraer a la fe a los paganos con quienes convive exponiéndoles con sencillez los argumentos que descubrió en su camino personal a la verdad. No tiene la curiosidad simpática e inteligente de Justino o Atenágoras por las ciencias y la filosofía profana. Es el apologista que ha reclamado con más energía la necesidad de la fe, que no es dada sino a los corazones purificados. El punto de partida de su adoctrinamiento cristiano es también para él el Dios único y creador. La doctrina de la Iglesia sobre la Trinidad ocupa un puesto importante. No así la de la encarnación. Su contenido doctrinal se funda en la Escritura. Su forma literaria es una mezcla de filosofía y retórica griega.
El A Diognetes es un escrito breve que ha motivado comentarios entusiastas por su elegancia y sencillez lingüística y el arte con que utiliza los recursos de la retórica tradicional. Tiene expresiones muy logradas y afirmaciones capitales sobre el papel de los cristianos en la obra cósmica y en la historia. Más que una carta (añadidura del primer editor) es un discurso o tratado. Su contenido se desarrolla en una apología contra los paganos y judíos, seguida por el famoso pasaje sobre el papel de los cristianos en el mundo y una catcquesis somera, como contrapartida positiva de la apología. Culmina en una exhortación. La fecha del documento ha sido muy controvertida; pero los contactos con los otros escritos de los apologistas del s. II permiten colocarlo con mayor probabilidad en el s. II que en el III. Los capítulos apologéticos ofrecen semejanzas con Predicación de Pedro y Arístides. Los capítulos catequéticos y la exhortación muestran más analogías con Hipólito y Clemente Alejandrino. Todo esto permite fechar el documento entre el 190 y el 200.
4. Después del 175, pues es posterior al nombramiento de Cómodo como heredero. Cf. Grant,
VigChr 1955, p.27-28.5. Para Grant (Philadelphia 1988) p.98, su teología es un ingenuo mon
arquianismo de tipo modalista (las personas divinas modos de manifestación del Dios uno).6. Cf. Marrou, SC 33 (París 1951) p.241-268, que opina que el autor, más cercano a Cl
emente que a Hipólito, podría ser el mismo maestro de Clemente: Panteno.Justino, Filósofo Mártir.
Justino, pagano de origen, era natural de Flavia Neapolis (Nablus), ciudad griega en Palestina, próxima a Siquem. Como en tantos otros casos de la Antigüedad su vocación filosófica procedía de una firme opción personal, había implicado una dedicación académica y su filosofía era producto de su propia evolución vital:
Yo también, en mis comienzos, por el deseo de compenetrarme con uno de estos [maestros], me hice discípulo de un estoico. Tras pasar con él bastante tiempo, me despedí de él, porque no había adelantado nada en el conocimiento de Dios (pues ni él sabía ni, según decía, consideraba tal ciencia necesaria). Me pasé a otro, un peripatético... Como mi alma aún anhelaba ponerse a la escucha de lo más excelente y propio de la filosofía, acudí a un pitagórico muy afamado... Estando así desorientado, me pareció oportuno relacionarme con los platónicos... La consideración de lo incorpóreo me exaltaba. La contemplación de las ideas daba vuelo a mi inteligencia. En poco tiempo me creí ya sabio y, neciamente, esperaba captar en breve al mismo Dios; pues tal es el objetivo de la filosofía de Platón [Dialogo con Trifón 2,3-6].
Esta descripción crítica de su itinerario a través de varias escuelas filosóficas, podría c
orresponder a un simple tópico literario. Los discursos de exhortación a la filosofía (προτρεπτικός) acompaρaban la exaltación propagandística de la propia escuela de una devaluación sistemática de las escuelas rivales. Pero en el relato de Justino sus motivos de desilusión son tan particulares, que podemos entenderlo como básicamente autobiográfico 7. El estoico le ha decepcionado por no entrar en la cuestión fundamental, Dios. El peripatético porque en seguida le ha planteado la cuestión, escasamente filosófica, del pago de matrícula. El pitagórico porque le exige amplios estudios previos: música, astronomía y geometría, como preliminar indispensable para apartar al alma de lo sensorial y acomodarla a lo intelectual. La doctrina platónica es la que más le satisface en su búsqueda de una divinidad trascendente que responda a sus ansias espirituales. Cuando, tras un encuentro personal, llegue a conocer el mensaje cristiano, percibirá la insuficiencia del método filosófico. Según su relato, llegó al cristianismo al final de una frustrada búsqueda intelectual. Aunque con algo de lugar común literario, la narración guarda correspondencia con actitudes del tiempo. Una vez cristiano, no renuncia por ello a la filosofía, sino que la ve culminada en la revelación cristiana y, antes de conocer ésta, la valora como vía válida de aproximación:Porque la filosofía es en realidad el mayor de los bienes y el más preciado ante Dios. Es la única que nos conduce hasta llevarnos a su encuentro. Son santos de veras los que cultivan su mente con la filosofía [Dial 2,2].
Una vez que ha reconocido al cristianismo como la culminación del saber que buscaba por la filosofía, no podrá ya guardar silencio ante los prejuicios vulgares y cultos que impiden captar la verdad plena y no dejan reconocer lo sublime de su doctrina:
Porque juzgadas con discreción, nuestras doctrinas no son vergonzosas, sino superiores a toda filosofía humana [II Apología 15,3].
El trasfondo filosófico de Justino es el eclecticismo religioso del medioplatonismo
8. Un platonismo que, en su psicología y ética, leía elementos estoicos en Platón. Está caracterizado además por una marcada tendencia religiosa, en la que se hace notar una aspiración mística. El platonismo medio es más místico que el del mismo Platón, aunque menos que el neoplatonismo de Plotino en el s. III. Fue platonizando como Justino se preparó inconscientemente a descubrir la sobrepujanza del cristianismo.7. Cf. Barnard (Cambridge 1967) p.8-11, que se atiene a la historicidad del relato, admitiendo a lo más algo de idealización y tendenciosidad.
8. Aunque Osborn (Tübingen 1973) p.200 opine que sabemos menos del medioplatonismo que lo que sabemos de Justino.
No es arbitrario suponer que al seguir su vocación filosófica, Justino, como tantos otros hombres antiguos, había sido consciente de una conversión a una esfera superior de valores. Su conversión al cristianismo no había significado dejar una filosofía por la religión verdadera, sino haber descubierto la verdadera filosofía.
Siguiendo su relato, la oportunidad se la dio el encuentro con un anciano desconocido al que califica de sabio. El diálogo que sigue muestra que se trata de una figura literaria. En un primer paso de la conversación el sabio le hace consciente de las insuficiencias de la mera especulación filosófica (Dial 3,7-4,1). Justino, familiarizado ya con las escuelas filosóficas griegas 9, descubrirá que hay una "filosofía bárbara," la del antiguo Israel, que Dios mismo ha utilizado como cauce para darse a conocer (Dial 7,1). Los profetas no son filósofos; pero sus escritos contienen todo lo que debe saber el filósofo. El anciano, por su parte, es tan filósofo como cristiano.
Ya antes de que Tertuliano proclamase que la sangre de los mártires había sido semilla de cristianos, Justino atestigua el influjo que había tenido en su conversión la actitud de los mártires:
Porque también yo, cuando seguía las doctrinas de Platón, oía las calumnias contra los cristianos; pero al ver cómo iban valientemente a la muerte y a todo lo que se tiene por espant
oso, me puse a pensar que no era posible que ésos viviesen en la maldad y en el amor a los placeres [II Apol 12,1].9. Si bien Goodenough (Amsterdam 1968 = Jena 1923) p.293 concluye que su uso de la terminología filosófica trasluce sólo una comprensión superficial y popular de las concepciones filosóficas.
La amplitud de la filosofía cristiana.
Como filósofo cristiano ve en el cristianismo la verdad filosófica en toda su plenitud. Hasta el punto que piensa que todos los hombres que han vivido conforme a la razón han sido ya cristianos:
Nosotros hemos recibido la enseñanza de que Cristo es el primogénito de Dios. Antes hemos indicado que es el Logos del que participa todo el género humano. Los que han vivido conforme al Logos son cristianos, aunque hayan sido tenidos por ateos. Tal ha sido el caso, entre los griegos, de Sócrates y Heráclito y otros semejantes; y, entre los bárbaros, de Abrahán, Azarías, Misael, Elias y otros muchos [I Apol 46,2-3].
El hombre, además de su cuerpo y de su alma, está constituido por una participación del Logos-Espíritu que lo capacita para una acción de gracia, que lo conduce hasta la divinización. La identificación del Logos con Jesús diferencia el pensamiento de Justino de las especulaciones de Filón, el estoicismo y el platonismo medio. Como lo ve actuando en toda la historia de cre
ación y salvación y dejando su semilla en las mentes creadas, concluye que quienes han vivido conforme a su razón (lógos) vivían ya de acuerdo con el Logos divino. De este modo, Justino compendia y lleva a conclusión en Cristo, el Logos creador, encarnado para instruir a los hombres, toda la historia del espíritu humano:Lo nuestro se muestra más excelso que toda enseñanza humana porque la entera racion
alidad es el Cristo manifestado en favor nuestro al llegar a ser cuerpo, razón y alma. Porque siempre cuanto de bueno profesaron o hallaron los que filosofaban o legislaban, fue logrado por ellos mediante la investigación y la contemplación, conforme a su participación del Logos. Pero al no haber conocido la totalidad del Logos, que es Cristo, muchas veces dijeron cosas contradictorias entre sí [II Apol 10,1-3].La doctrina del Logos seminal le sirve pues tanto para reconocer lo que hay de "praeparatio evangélica" en las doctrinas sabias y las legislaciones justas, como para explicar los fallos de la cultura humana.
Llegado al cristianismo desde la filosofía, Justino se integra de lleno en la Iglesia y aprende en ella los conocimientos específicamente cristianos. Transmite a su vez las tradiciones que ha recibido de las comunidades. Habla ya como cristiano estando en Éfeso. En Roma actúa como un misionero al frente de una escuela filosófica. Es el primer claro exponente de ese "proselitismo académico" que cobrará notoriedad, a partir de Panteno y Clemente, en la escuela de Alejandría desde el último tercio del s. II. En su caso se hace evidente el fracaso del objetivo inmediato de las apologías griegas del s. II Su martirio tuvo lugar probablemente el año 165.
Conecta continuamente con la tradición cristiana en su recurso al A.T. como colección de profecías cristológicas: Desde la clave de la interpretación cristocéntrica, el mejor modo de descubrir esas referencias veladas era para él la interpretación alegórica con la ayuda de la analogía. Algunos de los principios de su explicación alegórica proceden de la tradición platónica; pero la mayoría coinciden con los de la tradición rabínica. Las "Memorias de los apóstoles" le proporcionaban la evidencia histórica que probaba la profecía.
En efecto, a uno de sus discípulos, que le reconoció como Hijo de Dios, Cristo, por revelación del Padre, y que se llamaba antes Simón, lo denominó Pedro. Lo tenemos descrito como Hijo de Dios en las memorias de sus apóstoles y como tal lo confesamos [Dial 100,4].
Se discute el puesto de Justino en la historia del canon. Hay quienes piensan que si fue Marción (h. 150-160) quien estimuló a la Iglesia a formular su propio canon (h. 175-200), entonces Justino antedata este intento. Otros juzgan que Justino devalúa la autoridad del canon emergente del N.T. limitándolo a la enseñanza de Jesús. Al considerar Justino de plena autoridad sólo lo que enseñó el Logos (en el A.T. o por Jesús), apreciaría los evangelios como meros guardianes de la tradición de dichos o de acontecimientos de la vida de Jesús. Después de Justino se los vería también como garantes literarios de esta tradición.
Utiliza también tradición oral o de apócrifos. En su descripción del nacimiento de Jesús en una cueva coincide con el Protoev (Dial 78,5). Su relato del bautismo de Jesús refiere un rasgo prodigioso que recuerda el gran resplandor de que habla el EvEb (Dial 88,3). El mismo Justino remite ocasionalmente a sus fuentes apócrifas (como a las Actas de Pilato en I Apol 48,3).
Justino fundamenta sus enseñanzas éticas en la doctrina de Cristo
. El contenido de su parénesis da la impresión de remitir a un catecismo comunitario compuesto de dichos del Señor. Usaba fuentes escritas que armonizaban el material paralelo de los sinópticos. I Apol 15-17 se basa probablemente en un catecismo primitivo cristiano usado en la escuela romana de Justino. Hay quien concluye que Justino y sus discípulos usaron los evangelios sinópticos como su fuente primaria para componer catecismos y manuales eclesiásticos, armonizando el material de los sinópticos, y más tarde Taciano compuso una armonía completa en la que incorporaba a Jn. Hay quien sostiene que, lo mismo que el autor de 2 Clem, usó una fuente de dichos sinópticos armonizados, conectados entre sí por un encuadre secundario de preguntas y respuestas, sin materiales narrativos; pero que también tuvo acceso a un texto evangélico escrito ya armonizado y ampliado, con materiales narrativos. También se ha alegado que hacia el 150 Justino citaba los evangelios según una armonía evangélica, que había incorporado los cuatro canónicos; pero con una forma de texto más arcaica que la atestiguada por nuestros canónicos.Es, sin duda, de la comunidad de donde ha recogido sus formulaciones credales:
Ciertamente que no somos ateos, puesto que damos culto al Hacedor de este universo... Tenemos en segundo lugar al que hemos aprendido que es el Hijo del verdadero Dios, que ha sido nuestro maestro de todo esto y que para eso nació, el crucificado bajo Poncio Pilato, que fue procurador de Judea en tiempos del césar Tiberio. Ponemos en tercer puesto al Espíritu profético, que honramos junto con el Logos [I Apol 13,1.3].
Podemos notar que su definición de los artículos fundamentales de la fe no queda marc
ada por su propia teología especulativa sobre Cristo como Logos de Dios, subordinado al Padre, de cuya voluntad procede, como existencia distinta, para realizar su designio de creación. Pues para Justino la trascendencia del Padre es tal que una misión —teofanía o encarnación— es incompatible con su naturaleza.A diferencia de la primitiva teología especulativa sobre el misterio de la Iglesia, que detectamos ya en Ef. y el Pastor y dará pie, en el gnosticismo valentiniano del Tratado Tripartito a la integración de la Iglesia en la Trinidad divina, Justino ignora una eclesiología especulativa y se limita a describir cómo se realiza en la Iglesia el bautismo, la eucaristía y la liturgia dominical.
Luego son conducidos por nosotros allí donde está el agua y son regenerados con el mismo rito de regeneración por el que también nosotros fuimos regenerados. Pues entonces se bañan en el agua en el nombre de Dios Padre y Soberano del universo y de nuestro Salvador Jesucristo y del Espíritu Santo [I Apol 61,3].
Acabadas las oraciones, nos saludamos mutuamente con un beso. Luego se le ofrece, al que preside a los hermanos, pan y una copa de agua y vino. Él, tomándolos, tributa alabanza y gloria al Padre del universo por el Nombre del Hijo y del Espíritu Santo y hace una larga acción de gracias por habernos concedido esos dones de su parte. Concluidas las oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo presente aclama: ¡Amén! Amén en hebreo significa así sea. Hecha la acción de gracias por el presidente, y tras la aclamación de todo el pueblo, los entre nosotros llamados diáconos dan a cada uno de los presentes su parte del pan y del vino y el agua sobre los que se dijo la acción de gracias y lo llevan a los ausentes [I Apol 65,3-5].
Lo mismo que el bautismo no es una simple ceremonia de recepción, sino el sacramento de la regeneración, tampoco la eucaristía es convite comunitario en atmó
sfera religiosa de plegaria. Es el sacramento que actualiza el dinamismo del misterio de la encarnación del Hijo de Dios:Porque no tomamos esto como pan común o bebida común, sino que del mismo modo que Jesucristo nuestro Salvador, encarnado por virtud del Logos de Dios, tuvo carne y sangre para nuestra salvación, así también se nos ha enseñado que el sacramento sobre el que se ha hecho la acción de gracias, del que se nutren por transformación nuestra sangre y nuestras carnes, por virtud de la oración del Logos, que de Él procede 9, es carne y sangre de aquel Jesús encarnado [I Apol 66,2].
Un texto anterior nos describía la celebración centrada en la plegaria eucarística, el Amén comunitario y la distribución de la comunión. El siguiente, sobre la eucaristía dominical, nos permite reconocer la estructura de la liturgia de la Palabra, con la homilía y la oración de los fi
eles:El día llamado del sol se celebra una reunión de todos cuantos viven en las ciudades o en los campos y se leen, lo que el tiempo permite, las memorias de los apóstoles o los escritos de los profetas. Luego, al concluir el lector, el presidente hace de palabra una instrucción y exhortación para que imitemos esos bellos ejemplos. Luego nos levantamos todos en
común y elevamos oraciones. Como hemos dicho ya, acabada nuestra oración, se ofrecen pan y vino y agua... [I Apol 67,3-5].La Iglesia de Justino no había establecido todavía la "disciplina del arcano," que se afia
nzaría en el s. III, cuando el contenido de la celebración eucarística se mantenía secreto a los de fuera y resultaba una sorpresa emotiva para los mismos neófitos a continuación de su bautismo.9. A. Gelston, "Di’eukhés logou (Justin, Apology I 66,2),"
JThS 33 (1982) 172-175, traduce "el alimento que ha sido "eucaristizado" mediante una palabra de oración que procede de él [Jesucristo]." Entiende la frase como referencia a una plegaria eucarística en conformidad con la de Jesús en la última Cena.Sólo contamos con tres, aunque
tenemos noticias de obras perdidas y nos han llegado espurias. Justino escribió la I Apología entre el 145 y el 155, probablemente después del 151. Va dirigida a Antonino Pío y sus corregentes Marco Aurelio y Lucio Vero, Senado y Pueblo. La II Apología fue un apéndice ocasional. La escribió poco después, con ocasión del martirio romano de tres cristianos. Su objetivo fundamental es proclamar lo injusto de que los cristianos sean considerados como secta de criminales. Que se les castigue por el mero hecho de serlo, sin que lleguen a probarse los crímenes que se les imputan. Si hubiera entre ellos delincuentes, no serían los fieles quienes los defenderían. Señala lo paradójico del sistema procesal que se les aplicaba:Y hay más: Si uno de los acusados niega de palabra ser cristiano, lo dejáis libre por no tener ningún delito de que acusarle. Pero si confiesa serlo, le castigáis por esa confesión [
I Apol 4,6].Unos decenios después Tertuliano subrayará en su
Apologeticum las incoherencias jurídicas de los procesos contra cristianos. Un delito que normalmente no se persigue de oficio y que basta con negar o hacer propósito de enmienda para quedar libre de pena.Justino responde a la acusación política arguyendo que los cristianos, lejos de ser un pel
igro para el Imperio, son sus subditos más leales y con una firme convicción que es garantía de honestidad.Frente a los prejuicios religiosos de la sociedad pagana, responde que los cristianos no son ateos, de lo que se les tacha por no participar en los cultos politeístas, al no condescender con los absurdos e inmoralidades de los mitos paganos, sino que adoran al único Dios verdadero.
Su mayor originalidad queda en la argumentación filosófica, a partir de su convicción de que el cristianismo es la culminación de la verdadera filosofía. Es el apologista que más su
braya una línea positiva de valoración, al entender la filosofía griega como una praeparatio evangélica. Esto no obsta a que también utilice la teoría del "robo" de la apologética judeohelenista.Justino está convencido de que el cristianismo es odiado y perseguido por ser mal conocido. Busca obviar esta ignorancia hablando de las doctrinas, costumbres, culto y Escrituras cristianas. Explícita así temas, como la demostración de la divinidad de Cristo por el recurso a las profecías y la descripción del culto eucarístico, un tanto desacostumbrados en escritos dirigidos a paganos.
El Dialogo con Trifón es una apología contra el judaísmo. Compuso la obra h. 160, sobre el recuerdo de un debate original con el maestro judeohelenista Tifón poco después del 132. Justino conocía creencias y prácticas del judaísmo postbíblico y muestra estar al tanto de métodos judíos de exégesis e interpretación y da una lista de seis grupos heréticos judíos. En cambio, hay poco en él que sugiera un conocimiento próximo del judaísmo helenístico de tipo filoniano. Su milenarismo escatológico, derivado del apocalipticismo judío, es uno de los factores que lo integran en la teología cristiana asiata.
Los tres temas principales del Dial, la Ley mosaica, la cristología y el verdadero Israel, son las cuestiones centrales de la controversia judeocristiana. La Ley es para él fundamentalmente la ritual de los judíos. Subraya ante todo que ha cesado con la venida de Cristo, que es la Nueva Ley, y que su objetivo había sido el de legislación temporal para los judíos. Con la interpretación cristológica de las teofanías, Justino coloca a Dios, en la persona del Cristo preexistente, en el mismo centro de la historia del A.T. Con tal énfasis en la preexistencia es capaz de confrontar a la vez los pensadores paganos, los maestros judíos y los teólogos gnósticos.
E
l documento más antiguo del cristianismo africano (ActScil) es un testimonio de martirios, como después el de Perpetua y compañeros (PasPerp). También las apologías de Tertuliano, el De lapsis de san Cipriano y su propio martirio, documentan la presión externa perseguidora. La controversia antiherética de Tertuliano y su propia caída en el montanismo reflejan tensiones internas, que se agudizarán periódicamente (gnosticismo, marcionismo y maniqueísmo por un lado; montanismo, cisma de Felicísimo y donatismo por otro). El sentido jurídico, las preocupaciones éticas de Tertuliano y los intereses pastorales de san Cipriano muestran ya la tónica que fraguará en la diferente idiosincrasia del cristianismo occidental y del oriental. Mientras que el primero se muestra más jurídico y práctico, el otro queda más marcado por lo especulativo y místico.Jerónimo afirma que Tertuliano era hijo de un centurión romano y fue presbítero de la iglesia de Cartago. Luego rompió con ella y vivió hasta una edad avanzada. Agustín añade que también acabó rompiendo con los montanistas y fundó su propia secta, los tertulianis
tas. Eusebio había contado que tuvo notable formación jurídica que le había dado a conocer en Roma. Si sus obras conservadas pueden fecharse con seguridad entre el 196 y el 212, no hay razones para no fechar su nacimiento h.170 y pensar que murió antes de llegar a viejo. No queda claro su procedencia y contorno social ni a qué edad o por qué medio se convirtió del paganismo al cristianismo. El mismo nota en el Ad uxorem que se casó ya cristiano con una mujer cristiana 1.Si Tertuliano, convertido, rechazaba el paganismo y todo lo que incluía de incompatible con su fe, no renegó de la cultura adquirida en su juventud. Su cultura retórica incluía, como reclamaba Cicerón, la filosofía, el derecho y la historia; sin ser propiamente ni filósofo, ni jurista, ni historiador. Sus pronunciamientos negativos, circunstanciales, contra dialéctica, retórica y filosofía, por los peligros que podían amenazar la pureza e integridad de la regula fidei, no quitan a su aspiración a una síntesis en la que el cristianismo coronaría las adquisiciones de la cultura antigua conciliable con la fe.
1. Cf. Barnes (Oxford 1971/85) p.57-59. Conjetura que pudo morir como mártir mont
añista, que la Iglesia prefirió olvidar.Es comprensible que, como muchas naturalezas inclinadas al racionalismo y empujadas a la acción, se sintiese atraído por los fenómenos visionarios y extáticos de la vida religiosa. En el fondo busca una decisión para las últimas cuestiones sobre los deberes de la fe y la obediencia. Como esto no se lo proporciona la exégesis más estricta de la Escritura o la tradición de la Iglesia, ni la ley natural demasiado genérica, acaba buscando la plena certeza en otra inspiración. En los círculos montanistas encontraba una última autoridad espiritual que cubría sus opciones radicales con su testimonio inspirado. Tertuliano afirma repetidamente que las revelaciones montanistas no se oponen, en ningún sentido, a la doctrina tradicional de las iglesias apostólicas; sino que proveen una seguridad adicional y ayudan en la solución de dificultades. Lo que encontró más atrayente en el montanismo fue su insistencia en un puritanismo ético, que no era previamente desconocido como un ideal cristiano; pero que había sido un asunto dejado a la opción de cada conciencia. Su grupo parece haber tenido sus celebraciones eucarísticas; pero no una jerarquía episcopal propia. Los que el grupo mismo (spiritales) llaman psychici pueden ser los dirigentes, más que la masa de creyentes de la Gran Iglesia (simplices). Tertuliano evoluciona, cada vez con más encarnizamiento, en un sentido opuesto a la jerarquía, en tanto que continúa erigiéndose en defensor de la Iglesia. Es un problema de autoridad en la Iglesia. La Iglesia de Cartago se había distanciado del montanismo de modo creciente a partir del 203, de modo inverso a como Tertuliano se iba adhiriendo con más pasión a este movimiento. Cuando una y otro llegaron a la ruptura, Tertuliano pasó a la invectiva violenta. El reconocimiento del Paráclito y su defensa le separaban de los que pasó a llamar "psíquicos." Ha llegado a una concepción de la Iglesia espiritual cuyo núcleo no son los obispos sino el hombre espiritual.
Como autor literario se caracteriza por su originalidad. Da vigoroso cauce expresivo a su carácter apasionado con la técnica más depurada. Abusa del sarcasmo y su dialéctica resulta más ofuscante que convincente. El lenguaje es muy propio suyo, expresión de su poderosa fuerza configuradora. Es el primer escritor que, en una obra literaria considerable,
se ha servido de la lengua especial de los cristianos; pero no es el creador de esta lengua, que tiene todos los rasgos de una configuración colectiva de una comunidad lingüística. Su estilo es conciso, marcado y frecuentemente oscuro.Es el único teólogo no católico antiguo cuya obra nos ha llegado casi completa. Conse
rvamos 31 de sus escritos. Sin embargo, la tradición manuscrita es relativamente escasa. Algunas obras sólo nos han llegado en el Codex Agobardinus (Parisinus 1622), copiado en la primera mitad del s. IX. De otras, se han perdido los mss. que sirvieron para las ediciones renacentistas.En contraste con la preservación de sus escritos, tanto por la oscuridad de su estilo como por el recuerdo doloroso de su defección, fue un autor poco leído y citado todavía menos. Ya en la generación casi inmediata, san Cipriano, que lo utiliza mucho, no lo cita.
Puede deslindarse la composición de sus escritos en dos grandes bloques, según corre
spondan al período católico o al montañista de su vida. La cronología relativa de algunas de sus obras puede establecerse por referencias del propio Tertuliano. La sucesión de las obras dogmático-polémicas corresponde de algún modo al orden de las doctrinas en la regula fidei.Su Adversus Iudaeos está escrito no para convertir a los judíos sino para desviar a los paganos del proselitismo judío, tratando de mostrar que el cristianismo era el genuino heredero espiritual de Israel 2. Más tarde reutiliza parte de este material en el Adversus Marcionem.
El Ad Nationes viene a ser un esbozo del gran tratado apologético que escribió a continuación, el mismo a. 197: el Apologeticum es la más sólida de las apologías latinas. En su argumentación considera principalmente las acusaciones políticas. En contraste con los apologistas griegos, desvía la defensa de la línea filosófica a la jurídica. Critica con particular énfasis el procedimiento judicial contra los cristianos.
Si su gran tratado apologético va dirigido a la gente culta, también destina algo más si
mple y breve a un público popular. En el De testimonio animae desarrolla una frase del Apologeticum: "Testimonium animae naturaliter christianae!." Arguye que en expresiones espontáneas corrientes, como "si Dios quiere," "Dios bendiga," "Buen Dios," se expresa un espontáneo testimonio monoteísta del alma, que apunta al cristianismo. Encontramos aquí la concepción (originalmente estoica) del conocimiento de Dios por los sensus communes, que recogerá de modo más elaborado en su tratado De Anima (41,3).El Ad Scapulam es una violenta invectiva, el 212, contra la política anticristiana del gobernador romano de este nombre.
Escritos doctrinales polémicos.
Sus controversias intramuros del cristianismo se desarrollan primero contra dos formas de herejías: la de Marción y su discípulo Apeles, por un lado, y la de Valentín y sus émulos por otro. Para llevarla adelante recurre a dos métodos. Por una parte trata de mostrar la inconsistencia de las herejías como doctrinas cristianas por su falta de conformidad con las Escrituras, instrumenta de la verdad revelada. Este método reclama el examen y refutación de cada sistema en particular. Sólo para enfrentar a Marción escribió una obra en cinco libros. Buscó otra táctica que las enfrentase de un modo global recurriendo al argumento jurídico de la praescriptio (objeción fundada sobre motivos diversos que simplifica o abrevia el proceso).
La cuestión clave para Tertuliano es: ¿A quién pertenece la Escritura? ¿Quién está legitimado para hacer uso de ella?
Es aquí sobre todo donde les cerramos el paso, al no admitirles a que entren en discusión alguna sobre las Escrituras. Si es aquí donde más se esfuerzan, antes de que puedan utilizarlas, hay que ver primero a quién corresponde la posesión de las Escrituras, para no admitir que se
las apropie quien no tiene ningún derecho (De praescriptione haereticorum 15,3-4).Plantea una doble prescripción: Cristo no reveló su doctrina sino a los Apóstoles. Los Apóstoles, a su vez, no la han confiado sino a las Iglesias fundadas por ellos:
De aquí sacamos la prescripción: Puesto que el Señor Cristo Jesús envió a los apóstoles a predicar, no hay que acoger a otros predicadores que a los que Cristo instituyó. Ya que nadie conoce al Padre sino el Hijo y a quien el Hijo se lo ha revelado [cf. Mt. 11,27/Lc 10,22]. Y no se ve que el Hijo se lo haya revelado a nadie más que a los apóstoles, a quienes envió a predicar precisamente lo mismo que les había revelado. Qué es lo que han predicado, es decir, qué es lo que Cristo les ha revelado —y aquí presento la prescripción—, no puede probarse sino por esas mismas iglesias que los mismos apóstoles fundaron al predicarles, tanto de viva voz, como se dice, como después por cartas. Si esto es así, queda claro que toda doctrina que concuerde con la de esas iglesias apostólicas, matrices originales de la fe, ha de considerarse verdadera. Pues conserva, sin duda, lo que las iglesias han recibido de los apóstoles, los apóstoles de Cristo y Cristo de Dios (Praescr. 21,1-4).
La piedra de toque de la conformidad de cualquier doctrina con la de tradición apostólica es la Regla de Fe. Ello mismo deja fuera de lugar a cualquier especulación que la contradiga, por mucho que pretenda apoyarse en textos bíblicos (Praescr. 37,1).
Enfrenta, en lo característico de cada uno, la utilización herética de la Escritura por Ma
rción y Valentín:El uno ha falsificado con su mano el texto de las Escrituras. El otro, el sentido, por su manera de interpretarlo. Pues, aunque Valentín parezca guardar la integridad de la Escritura, no es menos pérfido que Marción al mutilar el verdadero texto. Marción se ha servido con tino y publicidad no de la pluma sino de la tijera, ya que ha hecho un destrozo de Escrituras para ac
omodarlas a su sistema. Valentín ha sido magnánimo con ellas. Dado que no ha adaptado las Escrituras a su sistema, sino que ha acoplado su sistema a las Escrituras; pero en la práctica ha quitado más y ha añadido más al quitar sus significados propios a cada una de las palabras y al añadir invenciones de cosas que no están ahí (Praescr. 38,7-10).Marción, en efecto, había mutilado las Escrituras al desechar todo el A.T. y tomar del N.T. sólo Lc. (suprimiendo Lc. 1-2) y Pablo: sometido este texto a una drástica revisión para suprimir toda referencia de continuidad, al descartar la ident
idad del Dios de la Ley y los profetas y el Padre de Jesucristo. Valentín en cambio se las arreglaba, mediante la arbitrariedad de la alegoría, para leer en los textos recibidos por la Gran Iglesia sus especulaciones mitológicas.Pese a que los principios afirmados en De Praescriptione harían superfluo entrar en controversia con las distintas doctrinas heréticas, Tertuliano desciende a combatir con los herejes al terreno de sus argumentos. Su obra más voluminosa está dedicada a la refutación de la herejía marcionita.
En el Adversus Marcionem, Tertuliano presenta su refutación del marcionismo en cinco libros. Los presenta como si fuese el fiscal de un proceso judicial contra Marción. Los tres primeros constituyen discursos de presentación del caso. Los dos últimos someten a examen los argumentos de su opositor.
En el I arguye que el Dios inventado por Marción no lo es en ningún sentido; en el II, que el Creador del mundo es Dios y bueno; en el III, que el Cristo prometido por el Dios Creador es el Cristo de lo
s evangelios. Tertuliano toma sus argumentos principalmente de los autores cristianos del s. II y de la filosofía popular. Se advierte que ha leído mucho a Ireneo.En los libros IV y V discute detenidamente el Evangelio mutilado de Marción y su ed
ición de las epístolas paulinas, arguyendo que, pese a esas alteraciones tendenciosas (y lo ya prejuzgado en las Antitheses: el centón de textos del A.T. reunido por Marción para mostrar el mal carácter del Dios "justo" de los judíos y su incompatibilidad con el Dios "bueno" de Jesucristo), ese mismo N.T. recortado sigue presentando a un Cristo que no es otro que el que hacían esperar la Ley y los profetas del Creador:Voy a denunciar cada frase y todo el equipo del impío y sacrílego Marción, al recurrir ya al mismo evangelio del que se ha apropiado mediante manipulaciones. Al que para dar más crédito ha añadido, como una especie de dote, una obra titulada
Antitheses, por su contraposición de contradicciones. Obra que fuerza la separación de la Ley y del Evangelio. Con la que distingue dos dioses, por lo tanto contrapuestos. A cada uno le corresponde su Instrumento, o, como es más corriente decir, su Testamento. Con ello pretende que se dé también crédito al Evangelio en conformidad con las Antitheses (IV 1).Marcionitas y valentinianos son los herejes de actualidad para Tertuliano. A los segundos los refuta en escritos particulares; pero también les dedica una polémica global.
El Adversus Valentinianos es una narratio dentro de la tradición retórica. Hace una adaptación novelesca del mito valentiniano para de valuarlo con buen acopio de ironía:
El primer poeta romano, Ennio, se había contentado con hablar de "las inmensas salas del cielo.".. Pero lo que es de admirar es cuántos pisos sobre pisos y terrazas sobre terrazas han colgado, levantado y ampliado los herejes para dar alojamiento a cada uno de sus dioses. Admitamos que haya sido nuestro Creador quien ha distribuido en apartamentos las salas de Ennio. Con tantas plantas superpuestas y tantas escaleras para cada dios como herejías hay, nuestro mundo se ha convertido en una casa de vecindad. ¡Con tantos pisos en el cielo uno se creería en el Edificio Felicles! No sé en qué parte de él, pero debe ser en la buhardilla, vive también el dios de los valentinianos. Atendiendo a su substancia lo llaman Aion Téleion [Eón Perfecto]. A su persona: Propator [Prepadre] y Proarche [Pre-principio]. También Bythos [Abismo]: lo que es poco congruente con uno que habita en las alturas (8,1-3).
Tertuliano toma con sorna la especulación cosmogónica valentiniana sobre el Eón Perfe
cto, Abismo, y las sucesivas emanaciones de los treinta eones que constituyen el Pléroma, así como la Ogdóada y los siete cielos. Compara todo este tinglado mitológico con una conocida casa de vecindad, que debía ser un rascacielos para la época.En el De carne Christi toma posturas extremadas para rechazar el docetismo de Marción, Apeles y Valentín. Aun así se atiene al nacimiento de Jesús per virginem. Saca también argumento de la lección variante de Jn. 1:13:
¿Qué significa, pues: "No ha nacido de sangre ni de la voluntad de la carne ni de la voluntad de varón, sino que ha nacido de Dios"? [Jn 1:13]. Seré yo quien saque más provecho de este versículo cuando haya confundido a los que lo han adulterado. Pues pretenden que lo escrito es: "No de la sangre ni de la voluntad de la carne ni del varón, sino que han nacido de Dios." Como si la frase designase a los que han creído en su nombre, mencionados antes. Con ello tratan de probar la existencia de esa semilla misteriosa de los elegidos y espirituales, que se atribuyen a sí mismos (19,1-2).
Tertuliano polemiza aquí contra la lección de nuestro textus receptus de Jn. 1:13, que atribuye a corruptela valentiniana. Según él, el texto original de Jn. 1,13, la lección en singular 3, es una afirmación explícita de la concepción virginal de Jesús.
Escribe también un De resurrectione carnis contra el rechazo de la resurrección corporal de los muertos. La frase resurrectio mortuorum podía reinterpretarse de una mera supervivencia del alma inmortal. El uso de caro es un salir al paso a toda evasiva. Acaso por eso mismo resurrectio carnis fue la formulación recogida por el Símbolo Apostólico o Credo romano.
El Adversus Praxeam, polémica contra un contradictor del montanismo, es testigo de la primera discusión teológica en la que se aborda estrictamente la compatibilidad entre monarquía divina y Trinidad. Tertuliano expone cómo su manera de comprender, desde la economía, las relaciones Padre-Hijo no introduce una división o dispersión que atente contra la unidad divina. Al contrario, es Praxeas quien falsea el verdadero significado del concepto monarquía y, en su aplicación teológica, prescinde de las particularidades de las realidades divinas, tal como aparecen descritas en la Escritura y reveladas en la economía. La monarquía expresa tanto la unidad de la sustancia divina como la unidad de origen, así como la permanencia del poder del Padre, ejercido por el Hijo, desde el origen del mundo hasta la consumación de los tiempos. Por su parte la economía (dispensatio-dispositio) formula la unidad trina de Dios, que se expresa en la historia de salvación a favor de los hombres. Para salvar la unidad de Dios y la divinidad de Cristo, Praxeas postula la autoen-carnación y pasión del Padre. La teología patripasiana suponía en el fondo una vuelta al monoteísmo judío; pues radica en una concepción del monoteísmo que excluye la alteridad paterno-filial, amparada por una exégesis de Jn. 10:30 y 14:9-11, en la que, para salvaguardar el monoteísmo, ven confirmada la necesidad de identificar Padre e Hijo. Gracias a Tertuliano conocemos unos cuantos de los testimonios bíblicos invocados por los monarquianos: Gén. 1:1; Is. 44:24; Sal. 44(45):2; Is. 45:5; Jn. 10:30; 14:9-11; Lc. 1:35; 1 Cor. 15:3-19. La respuesta eclesial a la teología patripasiana no sólo incluyó una exégesis no patripasiana convincente de esos versículos, sino que obligó a enriquecer y precisar la terminología, introduciendo nuevos conceptos técnicos ("persona," "trinitas," "substantia") y provocó una reflexión teológica sobre la generación del Hijo. Entra también en cuestión la doctrina de las emanaciones del Pléroma; sin embargo la obra tiene mayor interés por su desarrollo de terminología trinitaria.
En Scorpiace contradice la actitud negativa respecto al martirio de muchos gnósticos, en contraste con la prontitud de que hacían gala los montanistas.
3. Lección atestiguada también por Justino, Dial. 63,2; Hipólito,
Ref, VI 9; Ireneo, AH III 16,2 y el texto etiópico de la EpAp. Citados por MAHÉ, SC 217 (París 1975) p.411.Sus tres obras más tempranas conservadas tratan de cómo debe vivir el cristiano su vida de fe en una sociedad pagana. En
De spectaculis denuncia los espectáculos circenses y teatrales por idolátricos y lujuriosos. El De idololatria denuncia que la religión pagana tiene gran número de ramificaciones en la vida social, y dondequiera que el cristiano entra en contacto con estas ramificaciones, está en peligro de incurrir en idolatría. Señala los peligros en el ejercicio de una ocupación o profesión (escultor, astrólogo, maestro, comerciante, soldado) y los causados por contactos sociales (festividades paganas, celebraciones públicas, ceremonias privadas). Lo mismo que ve una oposición radical entre Atenas y Jerusalén en el dominio del pensamiento, la ve entre Roma y Jerusalén en la vida diaria. En De cultu feminarum se opone tajantemente a los adornos y cosméticos como contrarios a la humildad y a la castidad.Ya antes del Apologeticum compuso una calurosa exhortación Ad Martyres. También en sus primeros años de publicista, un tratado De oratione, que inicia la tradición de comentarios al padrenuestro. El De patientia es elogio y exhortación a esta summa virtus, que, como reconoce de entrada (I,1), no es precisamente su fuerte.
El De paenitentia trata tanto de la penitencia que debe de preceder al bautismo como, sobre todo, de la institución penitencial prevista para los pecados después del bautismo:
Previendo, pues, Dios estos ataques virulentos, aunque ya esté cerrada la puerta del perdón bautismal, ha permitido que quede un poco entreabierta. Ha colocado en el vestíbulo una segunda penitencia para abrirla a los que llamen. Pero sólo una vez, puesto que va ya la segunda. Y ya nunca más si la anterior fue inútil (VII,10).
Tertuliano es el primer autor de la antigüedad cristiana que nos permite entrever algo de las modalidades concretas de la penitencia eclesiástica. La institución de la penitencia canónica es para él el proceso obligatorio a que deben someterse todos los cristianos culpables de faltas graves tras su bautismo, si quieren obtener su readmisión en la asamblea cristiana, signo y prenda del perdón divino.
Tertuliano ofrece en los albores de la teología latina una doctrina bautismal, rica y armoniosa, recogida de la tradición viva de la Iglesia. El bautismo es un acontecimiento, inserto en la unidad y progresión de la historia salvífica y, en cierto sentido, su culminación, en cuanto que en él son santificados los hombres. Su De baptismo defiende el sacramento contra la propaganda gnóstica y subraya la necesidad de prepararse con el mayor cuidado. Más vale diferirlo que exponerse a recaer en la vida de pecado apenas recibido el sacramento. Admite que el bautismo de sangre, el martirio, puede suplir el bautismo de agua.
En el Ad uxorem comienza una trilogía sobre las segundas nupcias, donde muestra su evolución al montañismo. En esta primera obra se preocupa de recomendar a su mujer que, si enviuda, no se case de nuevo; de hacerlo, que sea con un cristiano. El De exhortatione castitatis es ya de inspiración montanista, como lo muestra la cita de un oráculo de la profetisa Frisca (10,5); pero en un tiempo de transición en que aún no ha llegado a una contraposición ofensiva con la Iglesia católica. De hecho, la rigurosa requisitoria contra las segundas nupcias en esta obra no resulta muy diferente del consejo dado por el Ad uxorem. En el dominio de la ética y de las segundas nupcias, el montanismo no hizo sino acentuar tendencias ascéticas y rigoristas ya atestiguadas en la comunidad cristiana4. Ahora Tertuliano excluye las segundas nupcias con la misma determinación con que impone los ayunos repetidos y prolongados y prohíbe la fuga en caso de persecución. En el De monogamia corrige y completa sus dos opúsculos anteriores sobre el mismo tema. Precisa de una vez la doctrina montanista sobre las segundas nupcias, para defenderla frente a los católicos, vengando así al "Paráclito" y sacudiéndose la acusación de herejía.
Su De ieiunio adversus psychicos es un virulento ataque a la Iglesia católica por su falta de rigor ascético. Hasta reprocha los refrigeria que la Iglesia hacía llegar a sus confesores encarcelados y deforma como comidas sibaritas esas atenciones caritativas. En el De corona y en el De fuga amonesta que no es lícito rehuir la oportunidad del martirio. En De pudicitia corrige la plana a lo que mantuvo en De paenitentia. Antes de pasarse al montanismo, Tertuliano ignoraba que hubiese pecados irremisibles. Ahora, según él, la Iglesia no puede reconciliar con la pax ecclesiastica no sólo a los que han cometido peccata graviora (apostasía, homicidio, adulterio), sino otros pecados graves. Se indigna por lo que estima laxitud de los católicos con los pecados carnales.
4. Tertuliano retoma y agrava la
enérgica formula de Atenágoras (Suppl. 33) que había calificado a las segundas nupcias de"adulterio decente." Cf. Munier, SC 273 (Paris 1980) p.13.
La inquietud, el radicalismo, el no conformismo de los escritos de Tertuliano, es traído por Cipriano dentro de un equilibrio y bajo la regla eclesiástica. En el campo de visión del responsable eclesiástico, aparecen las mismas cuestiones bajo otra luz que en la toma de partido apasionada del intelectual que no conoce reparos.
Es sólo una conjetura fechar su nacimiento entre 200/210. Es muy probable que naciese en el mismo Cartago, de padres muy acomodados y bien relacionados. Sabemos poco de su vida antes de su elección episcopal. Acaso más que maestro de retórica, como dice Jerónimo (
De viris inlustribus 53), orientó su carrera a la administración pública. Se ha dicho que con él comienza la serie de obispos "curiales," que buscan cumplir su misión espiritual con el estilo de magistrado de los cónsules o procónsules. También que, en comparación con el Oriente griego, esto representa un tipo nuevo, específicamente occidental, de clericalismo católico.Su iniciación al cristianismo le vino por medio de un presbítero cartaginés, Ceciliano, s
egún cuenta su biógrafo, el diácono Poncio (Vita Cypriani 4). Bajo su dirección comenzó su estudio de la Biblia y probablemente también de los escritos de Tertuliano. Es notable cómo en su primer opúsculo apologético, a propósito de su conversión (h.246), sale marcadamente a primer plano la consideración político-moral. El Ad Donatum ofrece una serie de consideraciones de ese tipo que debieron influir en su conversión. Cipriano lo escribe para estimular a un amigo, al que considera demasiado tibio, y para acabar de apartarle de los honores y de los bienes materiales. Probablemente se proponía, con celo de neófito, llegar a catecúmenos con poca prisa por recibir el bautismo y, sin duda, a paganos todavía dados al culto de los ídolos y a los vicios de una sociedad de la que traza una pintura entristecedora. Es la obra de un rétor que multiplica las invectivas contra los gustos perversos de un mundo apasionado por espectáculos escandalosos, que busca la felicidad en las riquezas y en las vanidades de los honores y el poder. Cipriano subraya que la verdadera felicidad y seguridad es romper con el mundo y conservar siempre la gracia y la inocencia bautismal. En el relato de su conversión aglutina tanto elementos doctrinales procedentes de la catequesis cristiana africana como los de expresión lingüística propios de un rétor romano.Esto era lo que yo mismo me decía a menudo. Pues me sentía aferrado por las muchas desviaciones de mi vida pasada, de las que me creía incapaz de salir. Secundaba los vicios que llevaba adheridos, sin esperanza de mejora. Animaba mis males, como si fuesen ya propios y connaturales. Pero, una vez que con la ayuda del agua engendradora, fue lavada la mancha de mi etapa anterior y se difundió dentro de mí, reconciliado y puro, la luz de lo alto, después de rec
ibido el Espíritu celeste y de que un segundo nacimiento me reparó como hombre nuevo, de modo admirable se acabaron mis dudas, quedó abierto lo cerrado, lúcido lo tenebroso, resultaba fácil lo que antes parecía difícil, posible de hacer lo que juzgaba imposible, como el reconocer como terreno lo que antes, nacido de la carne, me hacía vivir inclinado a los pecados; como divino, lo que ya desde antes animaba el Espíritu Santo (c.4).Sus libros de colección de textos bíblicos,
Ad Quirinum (posteriormente llamados Testimonia), son de hacia 248/249. Cipriano no era un teólogo profundo o creador, con intuiciones ricas y originales, lo que nos permite verle como exponente de la actitud que prevalece en la Iglesia de su tiempo para con la Escritura. Su método más llamativo es la lectura esencialmente cristológica del A.T. Llega a encontrar aquí enseñanzas y regulaciones cristianas sobre el bautismo, la eucaristía y el sacerdocio. Lo que más le interesa del N.T. son los dichos de Jesús (praecepta, mandata) considerados como exhortaciones parenéticas para los cristianos de su propia generación. Su frecuente interpretación tipológica se basa corrientemente en una persona bíblica más que en textos escriturísticos concretos. Le falta la fantasía alegorizante de su contemporáneo alejandrino Orígenes.Es sorprendente su rápida promoción al episcopado (248/249). Había pasado apenas un año, y ya su autoridad se encontró con la prueba de fuego de la persecución. La de Decio (a.250) falló en su plan de disolución de la Iglesia, porque todo el aparato militar y burocrático tenía sus fallos. Tras un año, la muerte del emperador puso término a la persecución. No se había contado con que los apóstatas volverían a la Iglesia y ésta encontraría medios para readmitirles; primero como penitentes, luego como miembros plenos.
La prominente personalidad de Cipriano provocaba tanto más la ira de la plebe pagana cuanto que las autoridades parecían respetarlo. El obispo se vio en la alternativa de exponerse a una revuelta, que no sólo le traería el martirio sino una caza general de cristianos en Cartago, o escapar de la ira de la multitud y así exponerse a las críticas de sus adversarios eclesiásticos. Pr
efirió huir, pues quería seguir guiando a su comunidad en el difícil tiempo de la persecución, aun a costa de su propia fama. Las medidas estatales apuntaban primero a los líderes eclesiásticos. Mediante su ejecución esperaban dejar sin guía a la Iglesia y difundir el pánico en las comunidades. En pocos días murieron mártires los obispos de Roma, Antioquía, Cesárea y Jerusalén. El de Alejandría logró escapar apuradamente. La huida de Cipriano fue aprovechada por la oposición interna. Tampoco podía esperar el obispo mucha comprensión de parte de los confesores. También la comunidad de Roma, que ponía a su obispo Fabiano como modelo de mártir, entendía que Cipriano debería haber seguido corroborando a los fieles con su presencia y dando ejemplo de testimonio martirial cuando se viese forzado a ello. La doble carta que la iglesia de Roma en sede vacante, en ejercicio de su solicitud por las demás iglesias, dirige al clero de Cartago, no disimula sus reparos al comportamiento de Cipriano e invita a ese clero a ocupar el puesto abandonado. Enterado a tiempo, Cipriano supo dominar la difícil situación. Toma la iniciativa de la respuesta. Agradece y elogia el relato sobre Fabiano y descalifica el anejo que le criticaba. Antes de responder detenidamente, se ocupa de restablecer su autoridad en su propia comunidad. Cuenta allí con apoyos, manda mensajeros, consolida el aparato eclesiástico, escribe exhortando a la cautela y a evitar provocaciones, organiza una discreta atención a los confesores, cuida de asegurar el dinero para la atención de los necesitados. Cuando ya lo que está en cuestión no es la persona de Cipriano sino su autoridad como obispo, por sus decisiones en la cuestión de los "lapsos," vuelve a escribir a Roma para contar con su reconocimiento y ayuda. Como su mejor justificación, les adjunta copia de su correspondencia con el clero y fieles de Cartago durante los meses pasados. Explica las razones de su fuga y prueba que no ha pretendido otra cosa que lo que los romanos reclamaban en su carta. Esta carta de justificación se cruza con otras de Roma al clero y confesores de Cartago, que condena la actitud de estos últimos sobre los "lapsos." Nuevas cartas de Cipriano al clero y a los confesores romanos, acarrearon el definitivo reconocimiento romano. Se aprueba su conducta y se le informa oficialmente de un Sínodo romano, que posterga la respuesta definitiva a la cuestión de los lapsos por ser en Roma muy fuerte, al contrario que en Cartago, el partido de los rigoristas extremos liderados por el presbítero Novaciano, precisamente el escritor de la carta del clero romano. Tampoco faltó una respuesta cumplida de los confesores romanos.En Cartago, las dificultades más serias habían comenzado propiamente con los apóstatas (
lapsi) que pedían reconciliación. La apostasía había sido provocada por una persecución muy diferente de las anteriores. Había pillado desprevenidos al grueso de los cristianos y fueron bastantes los que se precipitaron a sacrificar (sacriflcati), ofrecer incienso (thurificati) o, sobornando a funcionarios, a librarse consiguiendo los certificados de haber cumplido con el gesto idolátrico, aun sin haberlo realizado (libellatici). Se añadió la intervención de los "confesores," solicitados por los lapsos para que facilitasen la readmisión y que, al urgirlo, complicaron más las cosas. Cipriano quiso esperar a que se aclarase la situación. En Roma se habían tomado ya disposiciones semejantes. Los lapsos quedaban de momento en situación de penitentes. Como extrema concesión, podían contar con la reconciliación en el lecho de muerte. Cipriano valoraba las cartas de los confesores como recomendaciones para después. Pero entonces —Cipriano seguía en su refugio— estallaron las antiguas rivalidades. Parte de los clérigos le negó la obediencia, haciendo causa común con los confesores. El diácono Felicísimo tomó posición públicamente contra el obispo. Fue excomulgado; pero se le unieron cinco presbíteros. Cipriano tuvo que hacer nuevos nombramientos y pedir a la comunidad que retirase la obediencia a aquellos clérigos. Insistía en el oficio episcopal como el soporte decisivo de la Iglesia. Aquéllos eligieron como nuevo obispo al presbítero Fortunato. Este cisma de Felicísimo o "facción de Fortunato," ocurrió ya después de la persecución y del retorno de Cipriano. Este obtuvo una victoria decisiva cuando el Sínodo de Cartago del 251 se atuvo a su vía media. No quedó aclarado el aspecto dogmático de estas decisiones. Al estallar dos años más tarde una nueva persecución, se decidió recibir sin más en la comunidad a los penitentes, para resistir en frente cerrado a la amenaza.La controversia sobre la reconciliación de los apóstatas encuentra su plasmación literaria en el De lapsis. Cipriano reclama el mantenimiento de la regulación anterior. Los "lapsos" —tanto sacrificati como libellatici— debían de hacer penitencia pública hasta que los obispos reunidos tomasen un acuerdo. Quedaba sin efecto la acción precipitada de los presbíteros. Cipriano exhorta a los que habían caído a quedarse entre tanto en la condición de penitentes.
En efecto, queridos hermanos, ha emergido un nuevo tipo de desastre, como si el daño de la tempestad perseguidora hubiera sido poco, ha llegado al culmen con un mal disfrazado bajo el nombre de misericordia. En contra del vigor del Evangelio y de la ley de nuestro Señor Dios, por la presunción de algunos, se concede una readmisión en la comunión, que es nula y falsa, que pone en peligro a los que la dan y no aprovecha a los que la reciben (c.15).
Con el De Ecclesiae Catholicae Unitate sale al paso del cisma, tanto el que se había dado en su propia comunidad como el que se dio en la iglesia de Roma cuando Novaciano, adoptando un rigorismo extremado, enfrentó al papa Cornelio por su readmisión de los apóstatas arrepentidos. Todavía no parece estar al tanto de las raíces doctrinales de la ruptura de Novaciano: su rechazo a admitir cualquier reconciliación de los lapsos, cuya presencia sólo contaminaría la pura asamblea de los santos (coetus sanctorum), que es como él concibe la Iglesia, de la que se presentó como cabeza y protector. Cipriano estaba oponiéndose de hecho a dos movimientos diametral-mente opuestos, los extremos de laxitud y de rigorismo; pero en el De unitate sólo considera al último como una revuelta contra la autoridad debidamente constituida y, en esta medida, comparable al cisma en su propia iglesia de Cartago.
Su actividad no se agota en la eclesiástica de gobierno. Se dedica con éxito creciente a una labor literaria. Los temas y pensamientos le vienen muchas veces de Tertuliano. Cipriano escribe con un lenguaje de experto predicador de la comunidad. Junto a asuntos eclesiásticos, trata cuestiones de educación espiritual y virtudes (
De zelo et livore, De bono patientiae, De habitu virginum, De opere et elemosynis, De dominica oratione). Trasluce un ansia a la vez política y escatológica frente a las calamidades del mundo (Ad Demetrianum, De mortalitate).La posición eclesiástica de Cipriano se ha afianzado en estos años difíciles. Desde lejos se busca su consejo y se nota que está acostumbrado a que se sigan sus orientac
iones. Sin embargo, la ascensión a la sede romana de Esteban I trajo un cambio serio en las relaciones de Roma con Cartago. Se añadía una disputa sobre una cuestión grave: la práctica africana de rebautizar a los que habían recibido su iniciación cristiana en grupos cismáticos o heréticos. En la concepción eclesiológica de Cipriano no cabía que pudiesen conferir el Espíritu Santo quienes lo habían perdido. Se atenía en esto a una tradición de la iglesia africana. Cipriano quería mantener esta práctica sin pretender imponerla fuera de su provincia, y esto ya constituía una debilidad dogmática de su postura. Esteban, en cambio, pasó al ataque directo. En Esteban y Cipriano encontramos, pues, dos concepciones diferentes del ser de la Iglesia y de la jerarquía. Simplificando un tanto, el contraste entre la concepción católica y la episcopaliana. Se ve cómo una unidad de la Iglesia entendida así puede quedar destruida por conflictos entre eclesiásticos o llevar consigo el germen de la disolución. Como si para Cipriano esta unidad fuese, más que un hecho, una vocación espiritual, un objetivo moral de sus guías. Si no se llegó a una ruptura fue, probablemente, porque una nueva persecución puso fin de momento a la controversia, al morir mártires tanto Esteban como, algo más tarde, Cipriano. Por un tiempo las cosas quedaron como quería Cipriano.Cuando estalló la primera persecución Cipriano optó por esconderse, en parte por desconocimiento de la situación (al creer que el peligro pasaría pronto) y sobre todo por la convicción de que su oficio le imponía el deber de guardarse. Apenas un decenio después se sintió justificado para entregar su cathedra y seguir el tropel de los que él mismo había corroborado por largo tiempo para que diesen su vida por la causa de Cristo. Seguro de la preeminencia del martirio, ha repensado toda la vida cristiana en función de esta certidumbre. Por ello los términos e imágenes que ha empleado son los que servían de ordinario para caracterizar las pruebas de los fieles perseguidos, "siguiendo a Cristo" sobre las "huellas" de la Pasión y de la Glorificación y, más genéricamente, las pruebas terrenas de los milites Christi.
Ante la persecución de Valeriano, Cipriano se queda para afrontarla. Valeriano había d
ecretado que se prohibiesen las reuniones cultuales cristianas y sus visitas a los cementerios y que los líderes cristianos fuesen desterrados. Quienes quebrantasen las prohibiciones serían ejecutados. Cipriano fue exiliado en agosto del 257 a una ciudad poco alejada (algunos obispos de Numidia en cambio fueron enviados a minas de sal).Su Ad Fortunatum, dirigido formalmente a un amigo, pero en realidad a su grey, es una exhortación al martirio preparándola para el recrudecimiento de la persecución que preveía próximo. Está lleno de ejemplos, citas y analogías de la Biblia, mostrando los males de la idolatría, el premio al sufrimiento y la necesidad de perseverancia.
En julio del 258 Valeriano intensificó la persecución contra los clérigos y la extendió a los laicos (confiscación de bienes y pena de muerte a los recalcitrantes más destacados). Cipriano tuvo noticia del martirio de Sixto de Roma, el quinto papa durante su propio pontificado. El nuevo procónsul de Cartago no se dio prisa. Cipriano fue traído de nuevo a la ciudad y quedó en arresto domiciliario. No quiso aprovechar ofertas de fuga y escondite. Estaba decidido a morir en su ciudad y entre su pueblo. Por eso se escondió cuando el procónsul le quiso juzgar en su ciudad de veraneo y reapareció cuando volvió a la capital. Durante el proceso y ejecución (14.09.258) una multitud entusiasta le dio escolta triunfal. Hubo quienes lanzaron sus vestidos para recogerlos como reliquias empapadas con la sangre del mártir.
Los cismáticos creían no renegar nada de la regla de fe. Cipriano muestra que no se puede quebrar la organización actual de la Iglesia sin cortarse de la raíz que la funda.
La Iglesia no es sólo Cuerpo, sino también Madre, Esposa, Casa de Dios. El término más frecuente es Mater: "Para que alguien pueda tener a Dios como Padre, tenga a la Iglesia como Madre" (Epístola 74,7); pues no saca de sí su fecundidad sino de Cristo su esposo. Sólo la esposa del que tiene el Espíritu puede engendrar espiritualmente hijos de Dios. El tema de la "Casa de Dios" (Domus Dei) es escatológico y también eucarístico. La Iglesia es ya lo que será en el cielo, pues el cuerpo eclesial, el de la Madre, el de la Esposa, está unido al Esposo en la unidad de un solo Cuerpo: el cuerpo del Señor que se hace presente en la eucaristía. La Iglesia es madre al dar el bautismo. Nos constituye en cuerpo al celebrar la eucaristía.
Con las imágenes Cipriano tiene en mente una realidad eclesiástica concreta. Para él la madre es sobre todo la jerarquía eclesiástica, el obispo, que asegura la recta fe y la unidad de la Iglesia; mientras que el cuerpo es sobre todo el pueblo, que queda bajo la dirección del obispo y no se deja arrastrar al campo enemigo de los cismáticos. Si el cristiano por su vida en el mundo hace presente a Cristo, el obispo, el presidente ordinario de la eucaristía, lo hace de un modo especial. Es la instancia concreta representativa de la unidad y santidad de la Iglesia.
La unidad de la Iglesia tiene su fundamento último en la unidad de las tres personas divinas. Porque la Iglesia tiene el Espíritu nos anima con la vida divina. Porque es esposa de Cristo nos une a su cuerpo. Nos comunica la vida filial que viene del Padre. La Iglesia en su estructura misma significa la acción divina que la unifica. Es el sacramentum unitatis (De unitate).
Los cuatro ejes principales sobre los que se desarrolla la demostración de Cipriano son: la autoridad monárquica del obispo, la necesidad de la comunión entre los obispos, la pertenencia a la única Iglesia católica y la importancia de la unión con Roma.
La revuelta de la "facción de Fortunato" obliga a Cipriano a insistir sobre el carácter jerárquico de la institución eclesial y el papel del obispo. Todos los obispos tienen su poder del que recibió Pedro (Mt. 16:19). Todas las iglesias están fundadas super episcopos. De este principio se deduce que el episcopado es monárquico. Puesto que no hay más que un obispo y éste lo es por sucesión, sólo el primer elegido es el legítimo obispo. Al confiar la responsabilidad a los apóstoles (Jn 20:23), Cristo asentó la necesaria multiplicidad del episcopado.
El colegio apostólico es considerado como el origen del episcopado de todos los obispos tomados en conjunto. La intercomunión de los obispos hace la unicidad del episcopado, que, con la unicidad del obispo local, es condición de la unicidad de la Iglesia. Concibe la colegialidad como una unión de diálogo, una colaboración constante. Cada uno tiene el poder entero y lo tienen todos juntos (Episcopatus unus est, cuius a singulis in solidum pars tenetur; De unitate, 5). Dentro de su esfera de oficio, el obispo individual representa a la Iglesia. La Ecclesia principalis de Ep. 59,12 significa la Iglesia del origen entendida como sacramentum, que en los obispos en conjunto, está totalmente presente en cada obispo Ortodoxo. La unión de la Iglesia en un solo cuerpo se hace por la unión de los obispos. El obispo une cada uno de sus fieles a la Iglesia total.
Cipriano no reconoce a Roma un "Primado." Pero si de todas las iglesias dice que están fundadas sobre la piedra de ls fe. Cathedra significa la sucesión de cada obispo en la autoridad apostolica
L
a Iglesia de Roma cuenta con obispos prestigiosos en el s. III, que mantienen una posición relevante, con intervenciones, espontáneas o solicitadas, en otras iglesias. Papas de este siglo convocan sínodos, que atienden problemas en Italia. La comunidad es numerosa y su organización es compleja y firme (HE VI 43,11-12). Sin embargo, esta comunidad tan destacada por su liderazgo eclesial, sólo ofrece en este siglo dos teólogos de cierto relieve: el enigmático Hipólito y Novaciano, ambos cismáticos por su posición "integrista."Hipólito, obispo según Eusebio, aunque no sabe de dónde (
HE VI 20,2), como tampoco Jerónimo (De viris inl. 61); pero Apolinario de Laodicea, Leoncio de Bizancio y Anastasio el Sinaíta lo mencionan como obispo de Roma. Eusebio nos da una lista, declaradamente incompleta, de sus obras, que Jerónimo amplía notablemente. Teodoreto de Ciro, que le da el título de "obispo y mártir," lo enumera entre los escritores antiheréticos y cita de él 17 fragmentos que agrupa bajo nueve títulos diferentes. En el s. IX el bibliófilo patriarca bizantino Focio le atribuye un Sintagma contra todas las herejías, que enumeraba 32 comenzando por la de Dositeo y concluyendo con la de Noeto. Recordaba también su lectura del Comentario a Daniel y de la homilía sobre El Anticristo. El escritor siríaco Ebed-Jesu transmite en el s. XIV otro breve catálogo de obras de Hipólito, obispo y mártir.Era conocido hasta mediados del s. XIX por unos pocos textos, llegados la mayoría fra
gmentariamente, en griego y en versiones orientales (eslavo antiguo, armenio, geórgico). Escritos sobre libros (Gen, Sal, Cant, Rut) o secciones del A.T. (Las bendiciones de Isaac, Jacob y Moisés, Las bendiciones de Balaam, David y Goliat, David y el Arca); entre ellos una obra Sobre Daniel (conservada parcialmente en griego y entera en versión eslava). También nos han llegado fragmentos sobre el N.T. (Mt. 24, Ap), La Pascua y La resurrección (dedicado a la emperatriz Julia Mammea, entre el 222 y el 235) y un tratado Cristo y el Anticristo. La descripción que da Focio del Sintagma contra todas las herejías permite reconocer su utilización por Epifanio (Panarion), Filastrio de Brescia (Liber de haeresibus) y el Pseudo-Tertuliano (Adversus omnes haereses).Posteriormente le fueron atribuidas toda una serie de obras que en la tradición manuscrita no llevan su nombre. La más conocida es
Elenchos o Refutatio ("Refutación de todas las herejías"), publicada en 1851, transmitida bajo el nombre de Orígenes. Es la obra de un clérigo romano, que se mantiene en cisma durante los pontificados de los papas Ceferino y Calixto. Esta obra remite a otras dos del mismo autor: el Peri Pantos (La causa del universo o El Universo) y una Crónica. Los testimonios atribuyen la primera a un desconocido Josipo. La Crónica, que nos ha llegado parcialmente en griego y enteramente en las versiones latina y armenia, va desde la creación del mundo al final del reinado de Alejandro Severo (235).Una estatua del s. II que se creía descubierta en Roma en 1551, lleva una inscripción del s. III sobre las dos partes laterales de la sede: una lista de trece obras, con mención de las dos últimas señaladas y un cómputo pascual a partir del 222. Además algunas de las obras, como Sobre los Salmos, Sobre Dios y la resurrección de la carne, muestran un título coincidente con otras de Hipólito, recordadas por san Jerónimo (
Vir.Inl 61). La estatua, que se creía descubierta en la zona de la catacumba del mártir san Hipólito, fue identificada hasta hace poco como la de Hipólito y, en consecuencia, se llegó a pensar que era el autor de todas las obras inscritas en la cátedra. El Elenchos y el Contra Noetum, que no aparecen ahí mencionados, le fueron atribuidos a Hipólito por medio de la identificación de obras reclamadas por el autor del primero con algunas de las inscritas en la estatua.Guarducci descubrió en 1975 que la estatua (mutilada por arriba) era originalmente de una mujer sentada. La estatua, reconstruida entre 1564 y 1565, consta de partes de dos estatuas femeninas, un trono marmóreo con títulos de obras y una tabla pascual. El restaurador le añadió un torso y una cabeza de tipo Hipócrates. Con ello, por sugestión del calendario pascual inscrito en el plinto, identificado con el que Eusebio atribuye a Hipólito, creó una representación de San Hipólito del tipo "San Pedro sentado." La arqueóloga italiana pensó que la estatua podía haber representado originalmente a la filósofa epicúrea Themista. Posteriormente mostró que los lugares del encuentro de la estatua (vinculados con la memoria de san Hipólito), señalados desde el s. XVI, eran conjeturas posteriores a la identificación de la misma con san Hipólito. La estatua no había sido encontrada en 1551 sino transferida ese año de un lugar a otro del palacio papal. Si la estatua original no celebraba a ningún escritor concreto, los títulos inscritos podían ser de obras de varios autores conservados cerca de donde se puso la estatua en el s. III. Sin embargo, por la noticia tradicional sobre el lugar de encuentro de la estatua, se mantuvo la idea de que de modo simbólico había sido dedicada originalmente a Hipólito. Seguía siendo el vínculo de unión entre la tabla pascual de Hipólito recordada por Eusebio, obras de Hipólito mencionadas por Jerónimo y el autor de Elenchos. Es verosímil que fuera el símbolo de una iglesia doméstica/escuela filosófica; y que las obras conmemoradas en el plinto sean no de uno sino de tres o más autores. Una de las obras mencionadas en la inscripción es Tradición apostólica sobre los carismas.
Döllinger, identificando los escritos comunes a las dos series, y apoyándose en la atribución del Elenchos (Ref.) a Hipólito, reconstruyó en grandes líneas su biografía: un presbítero romano, polígrafo erudito e influyente, adversario de Calixto, que hizo cisma cuando éste fue elegido papa 1. Como líder de una notable facción del cristianismo romano fue deportado a Cerdeña el 235 junto con el entonces papa Ponciano. Debió reconciliarse con éste antes de morir en el exilio, porque sus reliquias trasladadas a Roma fueron veneradas por esta iglesia como las de un mártir. Aunque en el s. IV el papa san Dámaso recuerda que fue cismático (piensa erróneamente que novaciano), le dedica una inscripción, lo que muestra que su culto era oficial. Este boceto biográfico de san Hipólito fue aceptado comúnmente hasta que en 1947 comenzó a cuestionarlo vigorosamente Nautin.
Nautin, que ha editado y analizado el fragmento Contra Noeto de Hipólito como final y clave del Syntagma, ha argüido que lo que sabemos del Syntagma y el Elenchos reflejan concepciones heresiológicas divergentes. El primero recurre sólo a la Escritura para refutar las herejías y sólo el segundo atribuye las herejías a contaminación con escuelas filosóficas. También le resultan incompatibles los cálculos de la Crónica y del Sobre Daniel. Que el nombre del autor del segundo grupo de obras no aparezca en la catalogación de Eusebio ni en la de Jerónimo, no es excepcional, pues tampoco mencionan a Atenágoras. Lo único que sabemos de él es que el 217 se hizo elegir antipapa frente a Calixto, hacia el 222 compuso un cómputo pascual, en el 235 o poco después la Crónica y más tarde el Elenchos, que la cita. Esto mismo le sirve de argumento contra su identificación con el presbítero romano Hipólito deportado a Cerdeña el 235 junto con el papa Ponciano. Por ello Nautin ha propuesto reconocer como autor al antes mencionado Josipo. En cambio, considera que al autor del Syntagma, Sobre Dan y El Anticristo, hay que situarlo en Oriente. Era sobre todo un exegeta, que se volcaba en una interpretación tipológica del A.T. referido a Cristo y a la Iglesia. Posteriormente Loi ha concluido de los datos de la tradición literaria, las indicaciones de la tradición manuscrita y los datos arqueológicos, que el autor de las obras catalogadas en la estatua (y en consecuencia del Elenchos, que cita como propias dos de ellas) es el presbítero romano Hipólito, mártir en la persecución de Maximino Tracio. Era un hombre seguro y pretencioso de su cultura, un enciclopedista actualizado, polémico y agresivo con los que le discutían, bien relacionado con círculos sociales elevados. En cambio el autor del segundo grupo de obras, de estilo lleno de compostura y armonía, es un pastor de almas, desinteresado de la ciencia mundana y que, lleno de fe y piedad, se nutre exclusivamente de la Escritura. Considera que no son menos fuertes las diferencias entre ambos en el campo teológico y exegético. Se inclina a afirmar que en la primera mitad del s. III hubo dos escritores llamados Hipólito, uno presbítero en Roma y otro obispo de alguna sede oriental. Marcovich (1986) ha argüido a favor de la identificación del obispo cismático de Roma, autor de EL., con el autor del tratado El Universo, título inscrito en la estatua, y con el del Syntagma recordado como obra de Hipólito. En cambio Frickel (1988) no admite que sean tan significativas las diferencias en lenguaje, estilo y contenido teológico entre las obras de cada una de las dos series que constituyen actualmente el corpus hipolitano. Ha sostenido que el Contra Noeto (h.217) y el Elenchos (h.235) son del mismo Hipólito: en el primero, destinado a eclesiásticos, arguye predominantemente desde la Escritura, y en el segundo, para un público pagano, con argumentos filosóficos. Es uno mismo, san Hipólito de Roma, el autor del grupo de escritos más exegético-pastorales y del grupo de escritos más histórico-filosóficos. En línea con Loi, Simonetti (1989) ha distinguido también el escritor oriental Hipólito (conocido por Eusebio, Jerónimo y Teodoreto, y cuya actividad literaria fue prevalentemente exegética) y el autor romano del Elenchos, de escasa sensibilidad escriturística. Dos autores demasiado distintos entre sí, por formación y también por carácter. Al primero, Hipólito, obispo de una iglesia en Asia Menor, atribuye David y Goliat, Anticristo, Bendiciones de los patriarcas y de Moisés, Comentarios al Cantar y a Daniel y el Contra Noeto, a fines del s. II y comienzos del III. Al segundo, autor romano de primeros decenios del s. III, además del Elenchos, el Peri Pantos y la Crónica. La actividad cismática del autor llevó a que sus obras circulasen como anónimas o pseudónimas. En los decenios que mediaron entre Eusebio y Jerónimo surgiría la confusión entre el mártir romano (del que Dámaso y Prudencio ignoran actividad literaria) y el obispo oriental. El cómputo pascual de la estatua habría sido inscrito por el autor de Elenchos a partir de los datos cronológicos del oriental. En 1995, Brent atribuye el Elenchos a un líder de iglesia doméstica/escuela filosófica, acaso Gayo, fuertemente enfrentado con Calixto, al que acusa de teología trinitaria modalista; el Contra Noetum sería obra de Hipólito, su sucesor al frente de esa escuela, quien, tras ese acercamiento teológico a la escuela rival, acabaría reconciliado con el sucesor de Calixto, Ponciano. Por eso el obispo Ponciano y el "presbítero" Hipólito fueron conmemorados como mártires el mismo día por la iglesia de Roma.
La discusión está lejos de concluirse. El estudio particularizado del Contra Noeto y del Elenchos muestra que tampoco hay acuerdo sobre la ordenación cronológica y la secuencia histórico-teológica de ambas obras. Uríbarri (1996) data el C.N. antes del 213, posiblemente hacia el 200, antes que el Adversus Praxeam de Tertuliano y, consecuentemente, antes del Elenchos. Estima también que el cambio de panorama entre el C.N. y El. es bastante radical. El problema no encuentra fácil solución con la distinción de dos autores: el obispo oriental Hipólito y el clérigo romano cismático Josipo o Hipólito; o el obispo-presbítero autor de El. y el presbítero Hipólito autor del C.N.; aunque parecen fuertes los argumentos sobre las diferencias doctrinales, culturales y de exégesis entre los dos grupos de escritos. Como no podemos considerar resuelto el debate, seguimos nuestra exposición como si el clérigo romano, obispo cismático y luego mártir, Hipólito, hubiera sido el autor de las obras del corpus. Habría escrito todavía en griego, cuando ya la iglesia romana se estaba volviendo exclusivamente latina; por ello se difundió más en Oriente y luego en diversas versiones a lenguas orientales. Su misma canonización pudo acarrear que su gran obra heresiológica (EL), de feroz polémica contra el papa san Calixto, se transmitiese bajo un nombre a la par prestigioso y malfamado (Orígenes).
1. Ya antes, pues Hipólito considera heréticos y corruptos moralmente tanto al papa C
alixto (217-222) como al papa Ceferino (198-217), contrapuestos a la iglesia ortodoxa que él representa.Es el comentario cristiano más antiguo sobre un libro del A.T. que nos ha lleg
ado. Su autor lo compuso hacia 200-204, acaso en los comienzos de su carrera exegética. La opción se explica por la preocupación obsesiva sobre el fin del mundo en ambientes cristianos a comienzos del s. III. El mismo nos narra que un obispo sirio había conducido al desierto para el encuentro con Cristo a muchos de sus fieles y que otro obispo del Ponto, fundado en sus visiones, había predicho la inminencia de la Parusía, con lamentables consecuencias para la vida normal de los fieles que le creyeron (IV 18-20). En Roma seguía siendo popular el montanismo (HE VI 7) y un cronógrafo había calculado para el 202 la llegada del Anticristo (Tert. AdvVal 5). La persecución de Septimio Severo hacía pensar en las tribulaciones finales. Se creía que el Imperio romano había dejado de cumplir su función de obstáculo a la llegada del Anticristo, tal como se interpretaba 2 Tes. 2,7 (IV 21). Nuestro sabio autor, aunque se siente incomprendido y envidiado por su valía (III 16), que es también la queja contemporánea de Tertuliano y Clemente Alejandrino, se preocupa por tranquilizar a los fieles, volviendo a lo que ya había tratado un par de años antes en su Cristo y el Anticristo. Parte de la vieja convicción de una duración del mundo de 6.000 años. Entre la creación y el nacimiento de Cristo transcurrieron 5.500. Luego aún quedan por delante unos trescientos.Frente a los ignorantes que, en lugar de estudiar, atienden a sus propios sueños, divag
aciones y cuentos de viejas, reclama la aplicación al estudio de la Escritura (IV 26). Hay que tener en cuenta los procedimientos empleados intencionalmente por el Espíritu Santo, como contar en pasado visiones de futuro y a la inversa (I 5). Trata de situar a Dan en su contexto histórico (que coloca en la cautividad de Babilonia) y muestra que puede servir para consuelo de los cristianos también perseguidos y que reclaman con impaciencia el cumplimiento de las promesas de Dios. Más que las narraciones le interesan las profecías. Su interpretación de las cuatro bestias de Dan 7 como los cuatro imperios y reyes (babilonios, persas, griegos y romanos) es la tradicional. En sus exhortaciones morales a la confianza en Dios, la firmeza en la persecución, la prontitud al martirio, la vigilancia y la paciencia, predica una moral austera desde el ideal de una Iglesia santa en la que no penetra el pecado. Son lecciones que saca directamente de la letra del texto inspirado. Sin embargo las visiones y sueños de Dan le orientan al alegorismo. El texto mismo le da a veces la clave de sus símbolos; pero otras los añade por su cuenta, como cuando hace a Susana figura de la Iglesia (también del alma fiel individual) y a los dos viejos, de los pueblos judío y gentil. Hipólito encuentra simbolismo en los menores detalles. Como teólogo es un exponente de la doctrina tradicional contra gnósticos y montanistas. Su dogma fundamental es la fe en el Dios único, invisible, creador y soberano. Subraya su omnipotencia. Atribuye al Logos preexistente las teofanías y aun las apariciones del Ángel del Señor. Fecha la primera parusía del Logos encarnado en Belén el miércoles 25 de diciembre del año 42 de Augusto y la pasión el viernes 25 de marzo del año 18 de Tiberio. Destaca su divinidad y humanidad, su superioridad sobre los ángeles, su nacimiento virginal y su obra redentora. Cristo ha venido así para borrar nuestras iniquidades y expiar nuestras faltas. El Dios encarnado y hombre volverá poderosamente para juzgar al mundo. Aunque no da explicaciones sobre su origen y relación con las otras dos personas divinas, no separa al Espíritu Santo en la adoración y le reconoce una actividad propia como inspirador e intérprete. En el mundo actual el demonio desempeña un papel opuesto al del Espíritu Santo; pero Dios se cuida de engañarlo y disminuir lo nocivo de su actuación. El comentario es una obra de edificación para el común de los fieles, más que un escrito reservado a los más estudiosos.El autor del Elenchos o Refutatio ("Refutación de todas las herejías"), título recordado en las recapitulaciones iniciales de cada libro, llama al libro I Tà Philosophoúmena (IX 8,2), ya que viene a ser una sinopsis sucinta de la filosofía griega. Es probable que sólo la tradición posterior lo extendiese al resto de la obra. El libro I debió quedar pronto separado para servir de manual y ha tenido su propia transmisión textual, pues nos ha llegado en cinco manuscritos. La raíz de su visión sobre la historia de la filosofía griega se encuentra en la literatura histórica y exegética compuesta por filósofos griegos (tanto medioplatónicos como aristotélicos) durante el s. I a.C. y los s. I-II d.C. Su interés por Pitágoras, Empédocles, Heráclito, Platón y Aristóteles, corresponde al enfoque medioplatónico.
Según X 6,1, los libros I-IV comprendían la filosofía (griega y no griega), cultos mistéricos, astrología y magia. Los libros II y III, que trataban probablemente de los cultos mistéricos, se han perdido. Los libros IV-X han quedado preservados por un solo manuscrito, con un texto extremadamente corrupto, donde falta el comienzo del IV. Los libros V-X tratan ampliamente las doctrinas de las escuelas heréticas, que el autor considera inspiradas por la filosofía griega o las creencias y prácticas paganas tratadas en I-IV. Su descripción y refutación de las sectas gnósticas muestra que la controversia es más bien cosa del pasado y que los eclesiásticos consideran ya controlado el peligro. El libro X ofrece un sumario de V-IX precedido de un extracto de Sexto Empírico que hace de sumario del libro I y concluye con una exposición de la prioridad de la doctrina judía y de la verdadera doctrina.
A fines del siglo pasado sólo se conocía su título inscrito en la estatua. Sin embargo la epítome del libro VIII de las Constituciones Apostólicas (CA) traía de subtítulo Constitución de Hipólito. En 1879 se había editado una compilación árabe titulada Cánones de Hipólito, relacionada con CA y con Testamento del Señor. El análisis de una vasta compilación litúrgica del patriarcado de Alejandría, permitió deslindar una colección de cánones más antiguos que fue denominada Constitución de la Iglesia Egipcíaca. Luego la comparación minuciosa de esta documentación hecha independientemente por E. Schwartz (1910) y R. H. Connolly (1916) les llevó a concluir que todos los textos derivaban de la última obra citada y que ésta no era sino la Tradición Apostólica (TA) que se creía perdida.
Los testigos del texto son o versiones (latina, coptas, árabe y etiópica) o adaptaciones griegas libres como la de CA VIII y la Epítome del mismo libro; también el Testamento del Señor (conservado en siríaco) y los Cánones de Hipólito (en árabe). Todos los testigos dependen de una colección griega (de donde proviene la versión latina) que reunía la Didascalia, los Cánones apostólicos y TA. Es el intermediario para la reconstrucción del arquetipo griego, dando prioridad a las versiones sobre las adaptaciones. Entre las versiones sólo hay dos testigos independientes: la latina y la copta sahídica primitiva.
Las fórmulas de TA han sido escritas en Roma a comienzos del s. III; pero no representan textos oficiales fijos, sino que se ofrecen como modelos. Como en toda reglamentación, hay mucho de ideal que no concuerda con la realidad. No hay que pensar que todos los cristianos de Roma se levantasen a media noche para orar. Sin embargo, tampoco se toma las libertades de los autores de apócrifos.
Es un reglamento eclesiástico que quiere recordar la disciplina de la Iglesia y dar directivas no sólo a la comunidad sino también a los jefes de otras iglesias. Consta de tres partes. Las dos primeras tienen un contenido homogéneo: la constitución de la Iglesia (1-14) y la iniciación cristiana (15-21). Comienza por los miembros de la jerarquía: obispo, presbítero y diácono. Sigue por los confesores (los que han sufrido por su testimonio de fe ante las autoridades), que merecen un honor especial, y continúa con los que cumplen una función, no por la imposición de manos sino por nombramiento: viuda, lector, subdiácono y virgen consagrada y quien tenga el carisma de curaciones.
Cuando se ordena un presbítero, que el obispo imponga la mano sobre su cabeza, tocándole también los presbíteros, y ore del modo que hemos señalado antes al tratar del obispo: "Dios y Padre de N.S. Jesucristo: mira a este siervo tuyo y concédele el Espíritu de gracia y de consejo del presbiterio, para que ayude y gobierne a tu pueblo con un corazón puro; lo mismo que miraste a tu pueblo escogido y que mandaste a Moisés que eligiese presbíteros, a los que llenaste del Espíritu que diste a tu siervo. También ahora, Señor, concédenos conservar el Espíritu de tu gracia y haznos dignos de servirte con sincero corazón, alabándote por tu Hijo Jesucristo, por quien a ti, Padre e Hijo con el Espíritu Santo, la gloria y el poder en la santa Iglesia, ahora y por los siglos de los siglos" (7).
El lector es instituido cuando el obispo le entrega el libro, porque no recibe la imposición de manos (11).
No se impone la mano sobre una virgen, su sola decisión la hace virgen (12).
No se impone la mano sobre un subdiácono, sino que se
le nombra para que siga al diácono (13).La segunda parte nos describe las diversas etapas de la iniciación desde la presentación del candidato hasta la eucaristía bautismal.
Que los catecúmenos escuchen la palabra por tres años. En el caso de que alguno sea muy solícito y aplicado, no se tendrá en cuenta el tiempo sino que se le juzgará sólo por el comport
amiento (17).Cuando el doctor tras la oración haya impuesto la mano sobre los catecúmenos, haga una oración y despídalos. Así hará el que adoctrina, sea clérigo o laico.
Si un catecúmeno es arrestado por el nombre del Señor, que no se inquiete por su test
imonio. Si se le hace violencia y se le da muerte antes de haber obtenido la remisión de los pecados, quedará justificado. Pues ha recibido el bautismo de su sangre (19).La tercera (22-44) recoge usos comunitarios, como las comidas comunitarias distintas de la celebración eucarística, asambleas del clero y un programa de oraciones para el día y la noche.
El género literario de las "ordenanzas eclesiástic
as," del que las Pastorales son un preludio, que comienza propiamente con la Didakhé y fragua de lleno en TA, prosigue en los documentos que hemos mencionado al hablar de la reconstrucción de este último. El material propiamente reglamentario de TA, que domina claramente la estructura formal de la obra, lo constituyen —como ya en Did— las dos formas básicas de dicción jurídica: los decretos apodícticos y las ampliaciones casuísticas. La parénesis, que se encuentra en las frases que motivan la norma, es en TA algo poco apreciable. Aquí quedan atrás los avisos de moral y ética y ganan relevancia los elementos más importantes de la comunidad institucionalizada (culto y constitución jerárquica de los oficios). En TA los apóstoles históricos, el pasado calificado como vertex traditionis, configuran el punto de partida de un proceso de transmisión activo, permanente y dinámico-carismático, en el que el individuo cristiano retoma en comunidad la transmisión de los contenidos de tradición remansados en la constitución eclesiástica para ulterior desarrollo.Buena parte de nuestras noticias sobre Novaciano provienen de los informes dados por su adversario, el papa Cornelio, en carta al obispo Fabio de Antioquía (Eusebio,
HE VI 43). A Novaciano, ya obispo cismático, se le echaba en cara el haber recibido el bautismo, con ocasión de una enfermedad grave, sin los ritos complementarios (VI 43,14-15). Lo habían objetado el clero y los laicos que habían tratado de oponerse a su ordenación presbiteral (VI 43,17). Sin embargo, había llegado a ser uno de los presbíteros más brillantes del clero romano, prestigiado por su ciencia teológica (VI 43,7-8). Vacante la sede romana por el martirio del papa Fabiano (250), Novaciano, como portavoz de su presbiterio, había mantenido correspondencia con san Cipriano (Ep. 30 y 36 de este epistolario). En la primera se muestra de acuerdo con Cipriano en la solución provisional de remitir a los "lapsos," que urgían su readmisión, a la oración y penitencia; pero sin hablar como Cipriano de conceder ya la reconciliación a los que estuviesen en el lecho de muerte. Aunque dejando la solución al futuro papa, considera que a un hombre de recta conciencia debe bastarle el juicio divino. En la segunda alaba la firmeza de Cipriano por no ceder a las presiones. Su argumento contra los confesores cismáticos lo reutilizará más tarde Cipriano para condenarle.Cuando el nuevo papa Cornelio abrió las puertas de la penitencia a los arrepentidos, N
ovaciano protestó contra tal laxitud. Aunque no encaja con su postura anterior la acusación de que llegó a sostener que no había esperanza de salvación para los apóstatas, aunque hiciesen todo lo propio de una conversión sincera (HE VI 43,1). El rigorismo fue la razón, seguramente más que un pretexto, de su ruptura con Cornelio y la mayoría de la comunidad. Veía amenazada la pureza de la Iglesia, la comunidad de los santos (coetus sanctorum). Puede que influyese también su ambición frustrada por la elección del papa Cornelio, según le acusaba éste, alegando denuncias de confesores antes adictos a Novaciano (VI 43,5-6). Si bien esta acusación de ambición, como la de Cipriano que explica la oposición atribuyéndola a la arrogancia y a la soberbia (Ep. 55, 8,3), responde a uno de los lugares comunes a que suelen recurrir los heresiólogos antiguos. Instigado por el presbítero Novato de Cartago (Cipriano, Ep. 52,2) y ya claramente enfrentado al papa, Novaciano se las arregló para conseguir la ordenación episcopal de tres obispos italianos (VI 43,8-9). Encabezó un cisma, en el que le siguieron por lo menos cinco presbíteros (VI 43,20). Se contaba que al dar la comunión reclamaba un juramento de fidelidad a sus partidarios (VI 43,18-19). Un sínodo romano, que congregó a sesenta obispos de Italia el 251, condenó su postura como antifraterna y antihumana, afirmando que había que curar a los caídos con los remedios de la penitencia (VI 43,2). El papa Cornelio, al informar de estas decisiones al obispo Fabio de Antioquía, contaba ya con el apoyo de san Cipriano y sus colegas africanos (VI 43,3). Cuando Cipriano escribe su De unitate tiene en mente tanto el cisma cartaginés de Felicísimo como el romano de Novaciano. Eusebio recoge una carta de Dionisio de Alejandría a Novaciano en que trata de hacerle recapacitar para que renuncie al cisma (VI 45). Cornelio contaba con un continuo retorno de novacianos a la Iglesia (VI 43,20). Había escrito también al obispo Dionisio de Alejandría. Éste le escribió informándole de que había sido invitado por el obispo de Tarso y por otros, como Firmiliano de Capadocia y Teoctisto de Palestina, a un sínodo en Antioquía donde no iban a faltar partidarios de apoyar a Novaciano (VI 43,3); aunque, según carta del mismo Dionisio al papa Esteban, pronto se pusieron de acuerdo todas las iglesias contra las innovaciones de Novaciano (VII 4). En otra carta del Alejandrino a Dionisio de Roma, antes de ser éste papa, condena también la heterodoxia de Novaciano. Le acusa de suprimir el bautismo; se entiende que al expulsar del todo a los cristianos pecadores y rebautizar a los que se pasaban a su secta (VII 6-VIII). El movimiento de los que presumían de "puros" (katharoí) (HE VI 43,1) no iba a ser un fenómeno pasajero. Que Novaciano encontrase tantos partidarios, más que ningún cismático anterior, se explica porque a mediados del s. III, como consecuencia de las apostasías multitudinarias que trajo consigo la persecución de Decio, a muchos fieles les preocupó seriamente la santidad de la Iglesia.Perdemos el rastro de Novaciano poco después de su cisma. Según el historiador eclesiástico Sócrates Escolástico (primera mitad del s. V), Novaciano murió mártir en la persecución de Valeriano (HE IV 28), el 257. Más de un siglo después, Paciano de Barcelona, en su confrontación epistolar con el novacianista Simproniano, niega a Novaciano la calidad de mártir por haber muerto fuera de la Iglesia (Ep. II 7, 5-7). En 1932 se descubrió en Roma una inscripción con la dedicatoria: Novatiano beatissimo Marturi Gaudentius diac/fec. Podría proceder de un cementerio novaciano, pero si fuera así se esperaría el título episcopo. Podría atestiguar una reconciliación tardía del cismático o tratarse de otro. La mención de un mártir romano del mismo nombre por el martirologio jeronimiano no nos saca de dudas. En cambio el rastro del movimiento novaciano se puede seguir casi tres siglos, pues había comunidades con obispos en Hispania, Galias, Italia, África, Egipto y Asia. En la Milán del s. IV san Ambrosio dedicará su De paenitentia a refutar el rigorismo de los novacianos, que jamás ponían término a la penitencia que imponían a los culpables de pecados graves y los mantenían apartados de la comunión. Lo que entra en cuestión en esta controversia es el poder sacerdotal de perdonar los pecados y no sólo el de poner un término a la penitencia eclesiástica. En Constantinopla el concilio del 381 les autorizó a mantener sus propias iglesias; pero esta tolerancia acabó con la campaña antiherética de Nestorio, que los expulsó de la ciudad el 428. En Roma los novacianos fueron perseguidos por el papa Inocencio I (402-417). Cuando el 412 san Cirilo suceda a su tío Teófilo en la sede de Alejandría, una de sus primeras medidas será la de cerrar las iglesias de los novacianos, apropiarse de sus ornamentos y despojar a su obispo.
Novaciano juzgaba que había que excluir definitivamente de la Iglesia a los apóstatas y, consecuentemente, también a los responsables de los pecados más graves. No quería permitir que la Iglesia durante su peregrinación por el mundo se mantuviese un corpus mixtum. Pretendía hacer realidad cotidiana la "asamblea de santos" (coetus sanctorum) y sus sectarios presumían de "puros" (katharoí).
Ya desde el cisma su doctrina sobre la Iglesia se desvía de lo corriente en algunos puntos. El bautismo parece quedar como único sacramento de la Iglesia de eficacia salvífica objetiva; pero no entendido como remisión de los pecados sino, de modo unilateral, como revitalización, participación del Espíritu y destino a la vida eterna.
Los bautizados son enteramente puros y deben mostrarse dignos de su pertenencia a la Iglesia virginal por la abstinencia de todas las pasiones y vicios. Uno se excluye por un pecado grave, pues la Iglesia no dispone de medios institucionales, ni siquiera está segura de tener la comisión, para reconciliar de nuevo a los pecadores. Pueden procurar su salvación, todavía posible, por la propia penitencia; pero no les queda garantizada por la readmisión en la Iglesia. La selección de doctrinas cristianas realizada por Novaciano queda determinada por su estoicismo.La confrontación personal sobre una cuestión de disciplina pasaba a ser una divergencia dogmática sobre la naturaleza y misión de la Iglesia y su poder de remisión. Por lo demás, Nov
aciano se consideraba campeón de la regla de fe de la tradición ortodoxa.Su producción literaria es uno de los exponentes del paso del griego al latín como lengua de la comunidad romana. Sus escritos tienen alta calidad literaria. Numerosas reminiscencias de Virgilio traslucen su educación escolar y maneja bien los recursos retóricos. Muchos de sus té
rminos y algunas alusiones a Séneca lo muestran familiarizado con el estoicismo. San Jerónimo (De Viris inl 70) nos da una lista de sus obras: De pascha, De sabbato, De circumcisione, De sacerdote, De oratione, De cibis iudaicis, De instantia, De Általo. Añade que hay más, sobre todo el gran volumen De Trinitate, que califica como casi una epítome de la obra de Tertuliano, y que, ya en su tiempo, muchos atribuían a san Cipriano. Jerónimo reprocha a Rufino el atribuir la obra a Tertuliano, aunque diciendo que los herejes de Macedonia la hacían circular como de Cipriano (Adv.Ruf. II 19). De hecho sus primeros impresores, fiándose de su tradición manuscrita, lo editaron como de Tertuliano (1571).Buena parte de sus escritos quedaron anexionados con el paso del tiempo por la obra de San Cipriano. Aún se discute si no le corresponden a éste algunos como el
De spectaculis y el De bono pudicitiae; pero su estilo es el mismo que el De cibis iudaicis, escrito indiscutido de Novaciano. El autor se presenta en las tres obras como un pastor (un obispo en Pud.) que, separado de su grey por fuerza mayor, trata de mantener el contacto por cartas y de cumplir desde lejos su tarea pastoral.En el De cibis arguye que los animales inmundos prohibidos en la Escritura significan las malas acciones humanas. Lo prohibido no es comer los animales rapaces, sino el hurto. El De spectaculis combate a los que tratan de justificar la licitud del teatro y su participación en espectáculos públicos con argumentos escriturísticos, como el episodio de la danza de David ante el arca. En el De bono pudicitiae motiva la práctica de la castidad en que la Iglesia misma es virgen y esposa. Ella vela para que sus miembros se mantengan hijos de Dios, hermanos de Cristo, consortes del Espíritu Santo (Pud. 2,1).
Podemos fechar las tres obras de cura pastoral a distancia durante la persecución de Galo contra la iglesia de Roma (252-253). El papa Cornelio murió en el exilio (253). Puede que, lo mismo que, un par de decenios antes, Hipólito fue deportado a Cerdeña junto con el papa Po
nciano, también Novaciano se encontrase condenado al destierro.Se pensó que otras obras podían atribuirse también a Novaciano, como
un Adversus ludaeos, el De singularitate clericorum del Pseudo-Cipriano, o un Tractatus Origenis de libris SS. Scripturarum, que evidentemente no es del Alejandrino. El autor de este tratado se sirvió de Novaciano como una de sus fuentes y parece haber sido Gregorio de Elvira, en el s. IV. Hasta se pensó en Novaciano en la búsqueda de un autor para el Elenchos de Hipólito. Hay que concluir que, perdidos la mayoría de los escritos mencionados por san Jerónimo, sólo nos quedan de Novaciano, De Trinitate, De cibis iudaicis, De spectaculis, De bono pudicitiae y Ep. 30 y 36 en la correspondencia de san Cipriano. La primera obra nos ofrece la teología especulativa de Novaciano y las otras sobre todo su parte práctica.Como en la obra no hay alusiones ni a la persecución de Decio ni al cisma, debe de ser anterior al 251. Se encuentran menciones de Sabelio, que fue excomulgado por el papa Calixto (217-222). En Trin. 65 se habla de quienes consideran a Cristo como mero hombre, pero apremiados por las Escrituras ven en él a Dios Padre.
Por el profeta Habacuc dijo: "Llega Dios del viento sur; el Santo del monte umbrío y frondoso" [Hab 3,3]. ¿Quién pretenden éstos que llega del viento sur? Si dicen que el que ha venido es Dios Padre todopoderoso, entonces es Dios Padre quien viene de un lugar, quien queda circunscrito por un lugar, contenido dentro de las estrecheces de alguna residencia. Ya queda representada por éstos, como hemos dicho antes, la sacrilega herejía sabeliana, puesto que creen que Cristo no es el Hijo sino el Padre. Lo hacen además de un modo nuevo cuando aseguran que es estrictamente un mero hombre y, volviendo a lo de antes, dan por comprobado que Cristo es el Dios Padre todopoderoso. Como si Cristo, que es denominado también Dios por las Escrituras, al nacer en Belén, comarca cuya extensión corresponde al sur, quedase descrito acertadamente como este Dios que viene del viento sur, porque se preveía que había de venir de Belén (Trin. XII 65).
Esto corresponde propiamente al "monarquianismo dinamístico" (Cristo hijo adoptivo de Dios por la inhabitación del poder (dynamis) divino: el Logos o la Sabiduría de Dios); pero también hace de algún modo eco a la acusación de Hipólito contra Calixto: de haber caído tanto en el monarquianismo (modalista) de Sabelio como en el adopcionismo de Teodoto de Bizancio. Los dos últimos capítulos son una justificación contra la acusación de "diteísmo" (el reproche de Calixto a Hipólito). Todo esto sugiere que el autor había estado próximo al círculo de Hipólito, con quien también coincide en el rigorismo. Por otra parte su escrito muestra que ha quedado atrás el ardor de la polémica. Más bien da esas contraposiciones como superadas. Por ello el "terminus a quo" de la obra debe de ser el año de la muerte de Hipólito (235).
Pese al título, transmitido al menos desde san Jerónimo, el término
Trinitas (ya utilizado por Tertuliano y en griego por Teófilo de Antioquía, Hipólito y Orígenes) no se encuentra en la obra. Contemporáneos como san Cipriano (Ep. 69,7-8) no ponían en duda la ortodoxia trinitaria de Novaciano. La estructura de la obra coincide básicamente con un credo de Dionisio de Roma (papa del 259 al 268) en carta a Dionisio de Alejandría. Expone la doctrina de la Regla de la Verdad sobre Dios Creador, sobre Jesucristo y sobre el Espíritu Santo, para concluir con la demostración de la distinción y la unión entre las Personas Divinas. Hay que situarla en el intento de expresar la doctrina cristiana con las categorías comunes a muchas corrientes de la época (platonismo, judaísmo helenístico, apologistas cristianos del s. II, gnosticismo) que buscaban mediaciones entre el Dios trascendente y el mundo material. La teología especulativa cristiana tenía que conciliar la unicidad de Dios con la divinidad de Cristo. La solución más simple y radical para preservar la "monarquía" divina fue la del "monarquianismo" que sacrificaba la trinidad de personas a la unidad divina. Es lo que enseñaba Noeto de Esmirna y trajo a Roma hacia el 200 uno de sus discípulos, pronto imitado por otros como Praxeas y, sobre todo, Sabelio. Las personas divinas no eran sino modos de manifestarse del mismo y único Dios ("monarquianismo modalista"). Cristo no era sino otra forma de manifestación, otra denominación del Padre. Los eclesiásticos reargüían a los sabelianos que así hacían sufrir la pasión a Dios Padre ("patripasianos"). Este monarquianismo había sido ya condenado en Roma; lo mismo que el "monarquianismo dinamístico" de Teodoto de Bizancio, quien veía en Jesús un mero hombre adoptado como Hijo de Dios por el descenso sobre él del Espíritu divino. Sin embargo, ambas doctrinas contaban con partidarios. Había, pues, que defender, contra los modalistas, la personalidad propia del Logos divino, encarnado en Jesús, y contra los adopcionistas la divinidad propia de Cristo. Ambos subrayados podían ser tildados de "diteísmo" por sus adversarios.Pues, tanto esos que dicen que Jesucristo es el mismo Dios Padre como los que pretendieron que era tan sólo un hombre, sacaron las razones que dieron origen a su perverso error del haber advertido por las Escrituras que Dios es uno. Estimaron que esta afirmación no podía sostenerse si no juzgaran que había que creer o bien que Cristo era tan sólo un hombre o bien que era Dios Padre. Se acostumbraron así a recopilar sus falsas conclusiones para esforzarse en probar su propio error (XXX 174).
Hipólito había recurrido a la distinción ya propuesta por los apologistas entre el Lógos
endiáthetos (la razón inmanente del Padre, coeterna con Él) y el Lógos prophorikós (proferido por voluntad del Padre para la obra de la creación y en una tercera fase para la encarnación redentora). Este Logos divino procede del Padre, de quien depende y a quien queda subordinado; en tanto que la creación es hecha de la nada. No se habían encontrado aún las fórmulas apropiadas para preservar la divinidad de Cristo entre los extremos del monarquianismo antitrinitario y una separación exagerada del Padre y del Hijo. Sería anacrónico juzgar esta búsqueda de explicación desde la teología más evolucionada del s. IV (en la que todavía se hará notar la imprecisión o confusión en el uso de términos).La teología trinitaria de Novaciano intenta
preservar mejor la unidad entre el Padre y el Hijo. Su obra trata 1) de Dios Padre, creador del mundo, único Dios (contra los gnósticos) (I-VIII); 2) del Hijo de Dios (IX-XXVIII) que es (contra Marción) el Hijo del Dios Creador (IX), verdadero hombre (contra los docetistas) (X) y verdadero Dios (contra los adopcionistas) (XI-XXV), distinto del Padre (contra los modalistas) (XXVI-XXVIII); 3) del Espíritu Santo (XXIX); 4) de la unidad de Dios (contra el reproche de diteísmo) (XXX-XXXI). Aquí sostiene que la divinidad única del Padre no se contrapone a la del Hijo porque se trata de una misma naturaleza, transmitida al Hijo por el Padre. Esta unidad queda además preservada por la perfecta obediencia del Hijo a la voluntad del Padre.Por lo tanto, éste, al ser engendrado por el Padre, siempre está en el Padre.
Sin embargo, al decir siempre no pretendo probar que sea innato sino nacido; pero puesto que lo fue antes de todo tiempo, hay que decir que siempre estuvo en el Padre, pues no se puede medir con el tiempo a quien existe antes del tiempo. Siempre estuvo en el Padre, pues si no el Padre no habría sido siempre Padre (XXXI 184).Pone en agudo relieve la posterioridad del Hijo, en lo que atañe a su origen, para poder defender mejor la distinción personal del Padre y del Hijo:
Por lo tanto, éste procedió del Padre cuando el Padre quiso. El que estuvo en el Padre, procedió del Padre. Y quien estuvo en el Padre, porque llegó a ser desde el Padre, a saber, la
substancia divina denominada el Verbo, por quien todo fue hecho y sin quien no se hizo nada, llegó a estar después con el Padre, porque procedió del Padre (XXXI 186).La subordinación del Hijo no se da en la naturaleza divina
sino en la persona por su procedencia del Padre. El Padre, invisible, inconmensurable e incomprensible, realiza por medio del Hijo la creación del mundo y la redención de la humanidad. El Hijo no es una creatura sino Dios de Dios.El canto de alabanza al Espíritu quiebra la firme estructura de la argumentación de Nov
aciano. Su pneumatología no supera la de Hipólito; pero queda claro que no coloca al Espíritu en la esfera creatural. Si Novaciano es un exponente de la teología romana de su tiempo, queda claro que se nutre de fuentes diversas. Es difícil delimitar lo que le viene de Tertuliano y, a través de Hipólito, de Ireneo y Teófilo de Antioquía. También muestra contactos con Orígenes. Filosóficamente refleja influencias estoicas; no así del neoplatonismo que, hacia el mismo tiempo, enseñaba Plotino en Roma.
E
n el ambiente cosmopolita y universitario de una capital cultural como Alejandría sentaban cátedra escuelas de filosofía pagana y maestros gnósticos. También lo hicieron cristianos, como Atenágoras (probablemente), Panteno y Clemente. Cabe que, en este entorno, la instrucción catequética, que en la mayoría de las comunidades era dada por el obispo o un presbítero de modo asistemático, hubiese quedado ya peculiarmente atendida, desde mediados del s. II con miras más ambiciosas que la simple instrucción en la fe de los catecúmenos. Según Eusebio (HE V 11,4), Panteno acabó dirigiendo este διδασκαλεϊον y Clemente le sucediσ al frente de esta escuela catequética (της κατ' Άλεξάνδρειαν κατηχήσεως) (HE VI 6). Opinamos, sin embargo, que la institucionalización eclesial de la escuela de un maestro de "filosofía" cristiana no se dio hasta la siguiente generación, siendo maestro Orígenes y por iniciativa del obispo Demetrio.Es un humanista que llegó al cristianismo por la filosofía. Lleno de reminiscencias liter
arias hasta quedar sobrecargado. Es filósofo, pero sin llegar a pensador vigoroso. Místico, pero sin la envergadura de un maestro espiritual. Por su espíritu de moderación y su simpatía abierta a todo lo que es bello, a todo lo que es humano, no es extraño que haya atraído a humanistas de todos los tiempos.Nacido a mediados del s.II, probablemente en Atenas, de familia pagana, recibió buena educación literaria. Como tantos jóvenes intelectuales de su tiempo, viajó mucho en busca de maestro que respondiese a sus inquietudes. Su sexto maestro, el cristiano Panteno, le satisfizo y por eso se estableció en Alejandría (h.180). Esta ciudad cosmopolita era un lugar ideal para un hombre como Clemente. Aquí confluían los logros del helenismo y las inclinaciones mistéricas y teosóficas de la Antigüedad tardía con el mundo mágico egipcio, abriendo un trasfondo de posibilidades al judaísmo y al cristianismo. Clemente se interesa por ese mundo de ensueños, pero no sucumbe a él. Lo que busca es la verdad, fundamento de la vida humana, que para él es a la par conocimiento de Dios, decisión moral y razón. Es lo que reconocía ya en el platonismo y que encontró de modo más pleno en la manifestación terrena del Logos divino, Cristo.
El 202/203 dejó definitivamente Alejandría, escapando de la persecución bajo Septimio Severo, que tenía particularmente en mira a los maestros cristianos. Tenemos noticia de que el 212 actuaba entre los cristianos de Capadocia. El obispo Alejandro de Jerusalén remitió por medio de él una carta a la iglesia de Antioquía (Eusebio, HE VI 11,6) y, en una carta a Orígenes (entre el 215 y el 220), lo menciona, junto a Panteno, entre los padres pasados (HE VI 14,9).
Como Justino en Roma y Panteno en Alejandría, Clemente ejerció su magisterio al frente de una escuela independiente; pero se sentía cristiano católico ortodoxo. Como teólogo es ante todo exegeta de la Biblia de la Iglesia. A la par busca apoyo en los literatos y filósofos de la cu
ltura pagana, hasta tal punto que se encuentran en sus obras citas de más de 360 autores profanos.La herejía contradice lo que Clemente entiende por fe cristiana. Consiste en poner las propias opiniones contra
la regla (κανών) vαlida en la Iglesia, que construye, sobre el fundamento dado por Cristo y transmitido a través de las generaciones, la comprensión de la fe cristiana. Combate a los herejes pero aprende ocasionalmente de ellos. Varios aspectos de su sistema muestran que representa el punto de encuentro de tres corrientes diferentes: la filosofía judeoalejandrina, la tradición platónica y el gnosticismo. Había asimilado la Biblia tanto como la filosofía griega y sobre todo el platonismo. Se esfuerza en trazar nítidamente la línea entre ortodoxia y herejía; pero sin ceder a la reacción antiintelectual con que algunos fíeles estaban expresando su oposición al gnosticismo herético. Quiere evitar los dos escollos: el de una ortodoxia obscurantista y el de las reinterpretaciones heréticas de la fe. En ese ambiente se atreve a decir que la medicina del error no es menos conocimiento, sino más. Valora la filosofía como un don, no de los demonios, sino de Dios por medio del Logos, cuya luz irradia siempre sobre su imagen terrena, la inteligencia del hombre. Clemente tiene intención de presentar en sus obras una enseñanza ordenada a la Iglesia y dada en la Iglesia.Clemente pudo ser como el Malchion de quien da también noticia Eusebio para un siglo después: a la par director de una escuela de retórica y presbítero de Antioquía (
HE VII 29,2). El puesto de Clemente en la Iglesia parece definido por el título de "presbítero" que le da Alejandro de Jerusalén en la carta a Antioquía; pero pudo alcanzar el presbiterado cuando trabajaba junto a Alejandro en Jerusalén. En la iglesia de Alejandría de comienzos del s. III reinaba cierta tensión entre la teología helenizante de Panteno y Clemente y una teología hostil a la filosofía, dentro de la cual se adivina un partido cuya fuerza no es desconocida. Un partido que mientras, por un lado, reconocía la eficacia misionera de esos intelectuales cristianos en las clases altas y cultas, por otro, no estaba dispuesto a coronar el prestigio de tales maestros con la dignidad del presbiterado. Esto puede explicar la reacción del obispo Demetrio al excomulgar a Orígenes por haber recibido en Palestina el presbiterado que no le había otorgado su comunidad de Alejandría. También el que, más tarde, el sucesor de Demetrio, Heraclas, aunque salido del medio "filosófico," reiterara la excomunión de Orígenes.Consta que algunas se han perdido. Es el caso de las Hypotiposeis, que todavía pudo leer Focio. Puede que otras, a las que alude, no pasaran de proyecto. Aparte de otras menores, nos ha llegado una trilogía, Protrepticus, Paedagogus y Stromata, que podría responder a un plan conjunto de composición y que nos permite conocer a su autor como apologista, moralista, filósofo, teólogo y místico:
El guía celeste, el Logos, recibía el nombre de Protréptico cuando nos exhortaba a la salvación. Pues este nombre es dado particularmente al Logos encargado de estimularnos, tomando el todo por la parte, ya que es la entera religión la que es protréptica, al hacer nacer de la inteligencia (naturalmente dispuesta a ello) el deseo de la vida actual y venidera. Mas ahora se sucede a sí mismo, como Logos que a la vez cura y aconseja. Amonesta al que se ha convertido y, sobre todo, promete la curación de las pasiones que hay en nosotros. Le llamaremos, pues, apropiadamente con el solo nombre de Pedagogo; pues el pedagogo se ocupa de la educación, no de la instrucción. Ya que su objetivo es hacer al alma mejor, no enseñarla. Introducirla a la vida virtuosa, no a la de la ciencia. Sin duda, también este mismo Logos es el maestro encargado de enseñar (διδασκαλικός); pero no por ahora. El Logos que enseρa es el que expone y revela en las cuestiones doctrinales. El que educa (παιδαγογός), que se ocupa de la vida prαctica, nos ha llevado primero a afianzar una buena conducta y nos exhorta ahora a cumplir los deberes (Paed. I 1,3-2,1).
Nos han llegado otros escritos menores o simples materiales de trabajo. El Quis dives salvetur? es una conferencia bíblica sobre Mc. 10:17-31. El conferenciante aclara a un auditorio, probablemente de cristianos acomodados, que lo necesario para la salvación es el desprendimiento interior y la buena utilización de las riquezas. Reflejo de sus intereses escriturísticos son también sus Eclogae propheticae, que hace exégesis de pasajes proféticos. Exponente de su preocupación antiherética, los Excerpta ex Theodoto, algo así como una colección de fichas, extractos anotados de este gnóstico valentiniano. Aquí las reflexiones de Clemente se insertan en el texto que recoge, hasta el punto de que a veces se distingue mal el punto de sutura.
El título mismo nos remite al género literario "protréptico" y nos sitúa esta publicación en la línea de los escritos de propaganda de las escuelas filosóficas. Al ser una exhortación al cristianismo (incluida la crítica de alternativas rivales), tiene el mismo objetivo que las apologías griegas del s. II; pero las supera ampliamente en forma y contenido. Un gran filólogo ha señalado que el comienzo del Protr. pertenece, por sus frases rítmicas adornadas de figuras, a lo más refinado de la prosa sofista.
Enteramente distinto [de Orfeo, etc.] es este cantor mío, que no se retrasa en quebrar la amarga esclavitud impuesta por la tiranía de los demonios. Pues, al colocarnos en seguida bajo el yugo dulce y humano de la piedad, invita al cielo a los que habían quedado abatidos sobre la tierra (
Protr. I 3,2).Tal es el canto nuevo, la manifestación, que ahora ha brillado entre nosotros, del Logos preexistente que existía en el principio. Ya que se ha manifestado el Salvador preexistente, el M
aestro que existe en El que es (pues "el Logos estaba en Dios"). Se ha manifestado el Logos por quien ha sido creado (δεδεμιουργεται) todo. Como demiurgo ha proporcionado la vida en el comienzo, a la par que creaba. Al manifestarse como maestro (διδάσκαλος) ha enseρado a vivir bien, para luego procurarnos como Dios la vida eterna (I 7,3).En un primer capítulo Clemente nos hace oír la llamada del Logos. Los seis siguientes constituyen el reverso negativo: la crítica de las creencias y cultos paganos, de los filósofos y los poetas, que, sin embargo, han entrevisto la verdad y dado testimonio del verdadero Dios. Los últimos
capítulos forman la parte positiva de esta llamada a la conversión total. El Logos multiplica sus invitaciones y Clemente celebra con un lirismo entusiasta las prerrogativas de la verdadera religión, la que busca toda alma recta. Exalta la trascendencia del Logos divino, manifestación personal de Dios entre los hombres y maestro interior de cada alma. Clemente exulta ponderando los maravillosos beneficios que nos ha proporcionado la venida del Logos encarnado. Concluye que hay que acudir a la llamada de Cristo y dejarse conducir por el Logos salvador:Por eso pienso que, ya que el Logos mismo ha bajado del cielo hasta nosotros, no precisamos recurrir a ninguna escuela humana, ni dispersarnos por Atenas, el resto de Grecia o también Jonia. Porque, si tenemos por maestro al que ha llenado todo con los efectos de su poder, por la creación, la salvación, el hacer beneficios, la legislación, la profecía, la enseñanza, tal maestro nos enseña ahora todo. Ya el universo ha pasado a ser, gracias al Logos, una Atenas y una Grecia. Si dabais crédito al mito poético de que Minos el Cretense convivía familiarmente con Zeus, no rehuséis creernos a los que somos discípulos de Dios, depositarios de la verdadera sabiduría, la que sólo llegaron a entrever los más grandes de los filósofos; pero que los discípulos de Cristo han recibido y proclamado. Que tampoco el Cristo total, por decirlo así, está dividido. No es ni bárbaro, ni judío, ni griego, ni hombre o mujer. Es hombre nuevo recreado por el Espíritu Santo de Dios (XI 112,1-3).
El punto central del Protr. es que el hombre puede entrar, por la mediación redentora del Logos, en una íntima familiaridad con Dios, instaurando con Él una relación de paternidad-filiación.
El Pedagogo sigue literaria y cronológicamente al Protréptico. El mismo Clemente ha puesto de relieve esta vinculación desde el comienzo de la obra. Con ella se dirige a convertidos, que han recibido la fe y han entrado ya en la Iglesia por el bautismo. El papel del Logos en esta segunda etapa es curar nuestras pasiones y dirigir bien nuestras acciones. Su objetivo es, pues, la formación moral, teórica y práctica, del cristiano.
El Pedagogo tiene un carácter πρακτικός, orientado a la vida activa, la formaciσn moral (ηθοποιία) por la que el alma ve curadas sus debilidades y se prepara, se hace capaz, de recibir la plena revelaciσn del Logos, la enseñanza del Maestro, que le conducirá a la γνώσις.
El libro I desarrolla, de modo general, las consecuencias espirituales de una "pedagogía" del Logos, de la formación que Dios da a los fíeles por medio de su Hijo:
Amemos, pues, llevándolos a la práctica, los mandatos del Señor; porque el mismo Logos, al encarnarse, ha mostrado eficazmente que la misma virtud atañe a la vida práctica y a la contemplativa (θεωρητική). Tomemos al Logos por ley. Reconozcamos que sus mandamientos y consejos son caminos cortos y rαpidos a los bienes eternos; porque sus órdenes están repletas de persuasión, no de temor (Paed. I 3,9,4).
Pues la pedagogía divina consiste en señalar el camino verdadero para la contemplación de Dios,
que es una conducta santa con permanente perseverancia (Paed. I 7,54,1).El libro I se mueve más en el terreno de los principios que en el de los deberes concretos (κ
αθήκοντα) del cristiano, que constituyen la temática de los otros dos libros. Los libros II y III constituyen un tratado de moral práctica sobre los deberes del cristiano, con consejos, exhortaciones y modelos sobre el modo de vivir, comida, bebida, sueño, vida sexual, vestido y calzado, baños, etc.Por eso no hay que excluir taxativamente el adorno con joyas de oro o el vestido más suave; pero hay que poner brida a los instintos irracionales. No sea que nos arrastren a un relaj
amiento tan desequilibrado que nos precipiten en la voluptuosidad (Paed. III 11,53,1).Llevar corto el cabello no sólo da al hombre un aspecto serio, sino que hace más resiste
nte el cráneo a la enfermedad, habituándole a acomodarse al frío y al calor. Se evitará así los inconvenientes de uno y otro, que una melena, en cambio, atrae hacia sí como una esponja y hace que penetre y se quede en la cabeza el efecto nocivo de la humedad (Paed. III 11,62,1).Yendo más al fondo de estos tópicos costumbristas, se advierte que para Clemente el cri
stianismo es asunto del hombre entero. Por otra parte se ve que presenta un ideal de moderación. La fuerza ordenadora de la libertad cristiana es el amor a Dios y al prójimo.Clemente es el primer humanista cristiano y el primero que destaca en la incorporación de la
paideia helenística a la paideia cristiana. Se esfuerza en realizar plenamente el ideal de la primera, pero conforme a las enseñanzas del Logos divino, que conduce al ser humano a su plena realización en la intimidad con el mismo Dios.El título completo es "Libro
s de Stromata de memorias gnósticas conforme a la verdadera filosofía." El título significa o el mercader o el fabricante de colchas, el que les da su aspecto variado, o el que las extendía sobre los lechos del banquete. Un género literario de consideraciones filosóficas, usado también por otros autores, en obras compuestas principalmente de citas. Aquí se trata del cristianismo presentado como una filosofía. Str. es una obra desconcertante y enigmática, que dibuja con gran libertad las líneas fuertes de una filosofía y una teología. Desarrolla un programa de enseñanza que supone un itinerario del hombre a Dios. Se propone reducir las resistencias de los griegos y sobre todo confirmar en su fe a los cristianos cultos. Quiere darles el deseo de progresar hacia el conocimiento. Proveerles de un método (intelectual y ascético) para llegar a la contemplación. Clemente escribe para hacer revivir en sus lectores la doctrina que él ha aprendido.Las relaciones entre la verdad filosófica y la verdad cristiana constit
uyen el tema central del primer libro. Afirma la superioridad de la revelación divina sobre la filosofía griega, para destacar que la filosofía no se opone a la religión, sino que viene a ser la más útil de las propedéuticas. Si bien las Escrituras son más antiguas que los escritos de los filósofos, que son deudores de Moisés y los profetas, la verdad filosófica y la verdad revelada dimanan de la verdad única, la de Dios. Por eso el cristiano que aspira a la mayor perfección posible en esta vida debe conocer la filosofía, como preparación a una ciencia divina o gnosis (Str. I). La Escritura, que enseña el conocimiento de la naturaleza y la rectitud moral, conduce al conocimiento del creador. Al ser Dios propiamente incognoscible, se precisa la fe para este conocimiento que sobrepasa la naturaleza. La gnosis es una demostración que, a partir de las Escrituras, confiere la fe, y, apoyándose sobre ella, llega a conclusiones ciertas (Str. II). Clemente reivindica el matrimonio, frenando la tradición encratista tan arraigada en amplios sectores heréticos y del cristianismo popular (Str. III). Exalta el martirio (Str. IV). Trata de cosmología y del simbolismo de la naturaleza y de la Escritura (Str. V), así como del puesto en la historia de las revelaciones judía y cristiana (Str. VI). Pondera la existencia de una gnosis ortodoxa (Str. IV, VI y VII), vías y grados del conocimiento de Dios y de la unión con Dios.El filósofo de que tratamos se ocupa, pues, de estas tres tareas. En primer lugar, de la contemplación. En segundo, del cumplimiento de los mandamientos. En tercero, de la formación de hombres buenos. La confluencia de las tres completa al gnóstico. Si falta cualquiera de ellas, cojea lo propio de la gnosis (
Str. II 10,46,1).Lo que hace al gnóstico es la teología en su doble vertiente de estudio y contemplación. Tal dedicación teológica es inseparable de un comportamiento acorde con la ética cristiana. La tercera dimensión a notar es la proyección pastoral inmediata (magisterio, educación, ejemplo, etc.) del
propio progreso personal.Para la recta comprensión de las verdades reveladas, que por su sublimidad son transm
itidas en un discurso que las oculta, es necesaria la tradición gnóstica (Str. VII 10,55,6). Esta no es algo diferente de la tradición eclesiástica: es la comprensión creyente transmitida de las verdades de fe. Sólo hay una tradición, como sólo hay una doctrina. La gnosis difiere de la fe como una unidad compleja difiere de una unidad simple.La gnosis consiste en la contemplación de realidades inteligibles y en la separación de cosas sensibles. Esta contemplación no es posible si el hombre no ha alcanzado un dominio de las pasiones (απάθεια) completo y, en consecuencia, un asemejarse a Dios (όμοίωσις Θεώ), y no ha recibido una enseñanza esotérica. Sólo Cristo puede capacitar al hombre para alcanzar la perfección moral representada por la semejanza de Dios e impartirle la enseñanza esotérica de gnosis. Esta intervención directa del Hijo de Dios es lo que separa tajantemente a Clemente del neoplatonismo.
El verdadero conocimiento constituye todo lo que es preciso ser y saber para vivir en la semejanza de Dios. Engloba pues la teodicea, la antropología, el ideal moral de la "impasibil
idad," la exégesis alegórica. Una parte de la gnosis es la comprensión de la historia como acontecimiento salvífico. El núcleo de la contemplación gnóstica es la noción de unión con Dios. La caridad es la característica y el sostén más sólido del gnóstico y constituye su auténtica motivación.Esta gnosis, o ciencia verdadera, no es la falsa gnosis ya condenada por san Pablo. Es una "demostración científica" de las verdades reveladas. Se ve que para Clemente la gnosis abarca la contemplación y el razonamiento teológico. Clemente muestra cómo el gnóstico, sobrepasando todas las creaturas, llega al Creador. Apoyándose sobre la fe, gusta el reposo, la tranquilidad y la paz. Conociendo a Cristo, que es verdad, sabiduría y poder de Dios, conoce también por él al Padre (Str. II 11). Bajo la guía del Salvador, el gnóstico sobrepuja el mundo visible e inteligible y reconoce en él y por él al Dios trascendente. A este conocimiento espiritual corresponde su comportamiento en palabras y obras, de modo que ya le corresponde el título honroso de perfecto, no por propio mérito sino por apropiación de Cristo. Sin embargo, el ascenso gnóstico es sólo un anticipo provisional del eskhaton. Tras la muerte, el cristiano, purificado por el fuego, recibe una figura corpórea más sutil y alcanza, según su grado de perfección, moradas cada vez más hermosas, porque sigue siendo posible el progreso espiritual, hasta que al fin del tiempo la creación llegue a su culminación, cuando los perfectos lleguen mediante el Hijo a la equiparación con Dios, obtenida la filiación perfecta, el reposo escatológico y la visión directa de Dios. La descripción clementina del ascenso escatológico puede tener sus raíces en el apocalipticismo judeocristiano; pero tiene llamativas semejanzas con la de la gnosis valentiniana.
La gnosis clementina es la primera configuración de un platonismo cristiano y a la par una acuñación igualmente importante de la mística cristiana. De aquí su impresionante influjo en la posteridad. Primero en Orígenes y luego, vinculado con éste, en el monaquismo, Gregorio de Nisa, Evagrio Póntico, Máximo el Confesor y la mística bizantina. Este influjo se hace sentir también en Occidente a través de Casiano.
El teólogo eclesiástico controvertido.
Orígenes fue un hombre de fe, que conjugó su intensa labor de erudito con la seriedad del asceta. Siempre se sintió "hombre eclesiástico" y como tal se propuso ser teólogo. Su punto de partida es la revelación bíblica, que encuentra condensada en la predicación de fe de la Iglesia.
Conviene sin embargo saber esto: Puesto que los santos apóstoles al predicar la fe de Cristo transmitieron ciertamente con toda claridad algunos puntos, los que consideraron necesario para todos los creyentes, incluso para los que parecían más remisos en la investigación de la ciencia divina, pero dejando el buscar la razón de su afirmación a los que mereciesen los dones excelsos del Espíritu y principalmente a los que hubiesen recibido la gracia del discurso, de la sabiduría y de la ciencia del mismo Espíritu Santo. En cuanto a otras cosas, sin duda, dijeron que existen, pero callaron el de qué modo son o de dónde proceden. Ciertamente para que los más interesados de su posteridad, los que fuesen amantes de la sabiduría, pudiesen tener una tarea con la que mostrar los frutos de su ingenio. Se trata de los que se preparen para ser dignos y capaces de recibir la sabiduría (PArch. Praef. 3).
Tarea específica del teólogo es dilucidar las cuestiones no aclaradas por la regla de fe. Las cuestiones fundamentales para la filosofía ecléctica del platonismo medio pas
an a serlo también para la teología de Orígenes. Se esfuerza en desarrollar positivamente a partir de la Escritura la respuesta a su cuestionamiento. Cuando ha encontrado una respuesta, la coloca en el encuadre de argumentaciones filosóficas para aclararla de nuevo y todavía al final, como confirmación de sus ideas, trae a cuestión la Escritura. Orígenes tiene la cautela de presentar sus explicaciones como examen y discusión, más que como afirmaciones netas y definidas (PArch I 6,1). Orígenes se distingue de los filósofos griegos ante todo por su concepción de la providencia. La providencia de Dios según Orígenes no es idéntica con la pronoia griega, sino que depende de la representación cristiana de la oikonomía. Se ha servido de argumentos filosóficos griegos y toma concepciones filosóficas; pero de modo independiente y para responder a cuestiones que saca de la Escritura y de la regula fidei y que intenta sintetizar y fundamentar con argumentos muchas veces contradictorios de gnósticos y filósofos. De aquí se sigue una doctrina, una filosofía, que quiere ser cristiana, y lo es, precisamente porque sus puntos de partida son la Escritura y la regula fidei.Su influjo queda reflejado por la reiteración de las controversias sobre la ortodoxia de su doctrina. Ya durante su vida se vio agitado por la que promovió el obispo alejandrino Demetrio. A fines del s. IV y comienzos del s. V la controversia origenista movilizará a Epifanio de Sal
amina, san Jerónimo y Teófilo de Alejandría contra los partidarios de Orígenes (Juan de Jerusalén, Rufino de Aquileya y monjes egipcios). En el s. VI el intento de una vía media entre los extremos de las escuelas antioquena y alejandrina, llevará a Justiniano a imponer la condena de Orígenes en el V concilio ecuménico (Constantinopolitano II) del 553.En nuestro siglo se ha reavivado la discusión sobre el carácter más o menos cristiano de su doctrina. Unos han subrayado el trasfondo platónico y el impulso gnóstico que alienta en sus teorías. Otros han destacado al creyente, biblista, eclesiástico y espiritual que siempre quiso ser. Contra lo que se ha hecho demasiado desde la Antigüedad, no hay que proyectar sobre Orígenes las doctrinas teológicas elaboradas más tarde para responder a otras controversias. Hay que rec
onocer a la par la audacia de una empresa que busca respuesta a las cuestiones de su tiempo y la autenticidad de una piedad fundada sobre la fe en Jesucristo.Orígenes no presentó un sistema filosófico-teológico comprehensivo, sino un conjunto de hipótesis como posibles respuestas a las muchas cuestiones que la regla de fe de la predicación eclesiástica dejaba abiertas. Hay que reconocer, sin embargo, que son algo más que un abanico de posibilidades desconexas, pues configuran un conjunto doctrinal coherente y bien trabado que informa de modo consistente la mente de Orígenes como se constata en su transparencia a través de sus muchas obras. La preexistencia es una hipótesis en la que piensa continuamente.
Los dos temas de la libertad humana y de la providencia divina constituyen el núcleo de la teología sistemática de Orígenes. Son los presupuestos de su comprensión de la Escritura y los que condicionan su perspectiva sobre el proceso de la transformación del hombre a semejanza de Dios. En ambos se sitúa, sobre todo, en contradicción al gnosticismo. Influido por ideas platónicas, filonianas y gnósticas, en su afán de defensa de la justicia y bondad del Dios creador contra marcionitas y gnósticos, imaginó una primera creación puramente espiritual: el mundo preexistente de las mentes (νοΰς/νόες) libres y destinadas a la beatitud (P Arch II 9,2; Com Jn II 23 § 144-148; PEuch 29