Los Padres

de la Iglesia.

José Vives.

Para usos internos y didácticos solamente

ADAPTACION PEDAGÓGICA: Dr. Carlos Etchevarne, Bach. Teol.

 

Contenido:

Nota Preliminar.

Clemente Romano.

I. La situación de la Iglesia de Corinto. II. La Iglesia fundada sobre los apóstoles. III. La organización de la Iglesia es análoga a la del antiguo pueblo de Dios. IV. Dios creador. V. Jesucristo. VI. Fe y obras. VII. La esperanza escatalógica. VIII. El martirio de Pedro y Pablo. IX. Fórmulas de oración litúrgica.

La "Didakhe."

I. Instrucción moral. II. El bautismo. III. Ayuno y oración. IV. Fórmulas para la cena eucarística. V. Instrucción sobre los apóstoles y profetas. VI. El día del Señor. VII. Obispos y diáconos. VIII. Escatología.

Ignacio de Antioquía.

I. El ansia de alcanzar a Cristo. II. Jesucristo. III. La eucaristía. IV. El obispo, principio de unidad.

Policarpo De Esmirna.

I. Testimonio de Ireneo sobre Policarpo. II. La carta a los de Filipos. III. Martirio de Policarpo.

La Llamada Carta de Bernabé.

I. Fe y conocimiento. II. El cristianismo muestra la invalidez del judaismo. III. Nuestra salvación en Cristo.

Papías.

Hermas.

I. El mensaje de penitencia. II. Riqueza y pobreza. III. Discernimiento de espíritus.

Sección Segunda: los Apologetas.

Arístides.

La Carta a Diogneto.

I. Refutación del politeísmo. II. Refutación del judaismo. III. Los cristianos en el mundo. IV. El designio salvador de Dios.

San Justino.

I. El cristianismo y la filosofía. II. Dios. III. Pecado y salvación. IV. Vida cristiana. V. Escatología.

Taciano.

II. La resurrección de los cuerpos y la inmortalidad del alma. III. Las cristianos y el emperador.

Atenágoras.

I. Dios uno y trino. II. La vida de los cristianos.

Teófilo de Antioquía.

I. Dios uno y trino. II. El pecado de Adán.

Sección Tercera: El Cristianismo del Asia Menor.

Melitón de Sardes.

I. La novedad del Verbo hecho hombre. II. Las figuras del Antiguo Testamento, suplantadas por la realidad del Nuevo. III. El pecado del hombre. IV. El designio salvador en Cristo. V. Sentido de la pascua cristiana.

Ireneo de Lyón.

I. Dios. II. El designio creador y salvador de Dios. III. Cristo, manifestación del Padre y salvación de los hombres. IV. El Espíritu Santo. V. El hambre, objeto de la salvación de Dios. VI. La fe. VII. La Iglesia. VIII. La eucaristía. IX. Escatología.

Sección Cuarta: Los Escritores de Alejandría.

Clemente de Alejandría.

I. El cristianismo y la filosofía. II. Escritura, gnosis, tradición. III. El Logos revelador e iluminador. IV. El hombre. V. La Iglesia.

Orígenes.

I. Dios. El ser de Dios. Quiénes pueden ver a Dios. II. El hombre. III. La Escritura. IV. Cristo redentor. V. La Iglesia. Los sacramentos. VI. La vida cristiana. VII. Escatologia.

Sección Quinta: Los Escritores Latinos.

Tertuliano.

I. La verdad cristiana. II. Dios creador y redentor. III. El hombre pecador. IV. Sacramentos y vida cristiana. V. Escatología.

Cipriano.

I. El hombre nuevo. II. La Iglesia. III. La eucaristía. IV. El sentido de nuestra oración.

Sección Sexta: Atanasio.

I. La Trinidad. II. Cristo redentor.

Nota Preliminar.

Este libro no tiene otra pretensión que la de ofrecer reunidos y en traducción una serie de textos suficientemente representativos de la formación y desarrollo del pensamiento teológico cristiano en los primeros siglos de la Iglesia. Me atrevo a esperar que esta selección pueda ser de interés y utilidad para las muchas personas que, en este momento de renovación teológica, se interesan por las profundas raíces históricas del pensamiento cristiano, y no tienen tal vez el tiempo, las facilidades bibliográficas o la preparación filológica para acudir directamente a las mejores ediciones de sus fuentes. Soy perfectamente consciente de las muchas limitaciones que padece una compilación de este género. Los breves extractos, sacados de su contexto, apenas pueden dar más que una remota idea de toda la riqueza de las obras de donde proceden. Además, la selección ha de ser inevitablemente, sobre todo a los ojos de los entendidos, un tanto arbitraria, incompleta y parcial. Habrá quien echará de menos tal o cual texto importante, o tal o cual autor. Podría haberse dado cabida a textos litúrgicos o disciplinares, o a los autores que pronto quedaron estigmatizados como heterodoxos, por ejemplo los gnósticos. En la necesidad de mantener el libro dentro de unas proporciones manuales, he dado preferencia más bien a aquellos textos y autores que son más representativos desde el punto de vista de lo que pasó a ser doctrina común de la Iglesia (o sea la ortodoxa). Aun así he dejado totalmente de lado autores como Hipólito, Minucio Félix, Lactancio y otros, que aunque pueden ser en sí muy importantes, quizás no tuvieron tanta influencia o no fueron tan radicalmente originales como los autores que han sido preferidos a ellos. Puede preguntarse alguno por qué precisamente se ha cerrado esta selección con Atanasio.

 

Clemente Romano.

Según la tradición, san Clemente fue el tercer sucesor de san Pedro en Roma, después de Lino y Cleto. Ocupó la sede romana en los últimos años del siglo primero. De él se conserva una carta a la Iglesia de Corinto, en la que exhorta a aquella comunidad, amenazada de graves disensiones internas, a mantenerse en la unidad y la caridad. Nos han llegado, además, bajo el nombre de Clemente otros escritos: una segunda carta a los Corintios, dos cartas a las Vírgenes, y diversos escritos homiléticos y narrativos (Homilías y Recognitiones clementinas), que pretenden presentar la predicación y las andanzas de Clemente. Pero todos estos escritos, de carácter y valor muy desigual, no pueden considerarse como auténticos y pertenecen a diversas épocas posteriores.

La primera carta a los Corintios es de gran interés como documento que nos permite conocer directamente la Iglesia romana primitiva. Vemos cómo la Iglesia aparece como modelada todavía en buena parte sobre la sinagoga de la diáspora y sobre las instituciones del Antiguo Testamento, que constituye todavía la base ideológica de aquellos cristianos recién convertidos del judaísmo. En cambio, los escritos del Nuevo Testamento no parecen haber adquirido aún el carácter de autoridad primaria y definitiva. Se afirma ya por primera vez el principio de la sucesión apostólica como garantía de fidelidad a la doctrina de Cristo. Se proclama el principio paulino de la salvación por la fe y no por los méritos propios, pero al mismo tiempo se insiste en la necesidad de practicar obras de santidad y de obedecer a los mandamientos de Dios, con fórmulas de corte vetero-testamentario. Los capítulos finales reproducen las formas de oración que se usaban en aquellas comunidades, sin duda calcadas en buena parte sobre las que se usaban en la sinagoga. Es curiosa la oración por los gobernantes.

I. La situación de la Iglesia de Corinto.

A causa de las inesperadas y sucesivas calamidades que nos han sobrevenido... hemos tardado algo en prestar atención al asunto discutido entre vosotros, esta sedición extraña e impropia de los elegidos de Dios, detestable y sacrílega, que unos cuantos sujetos audaces y arrogantes, han encendido hasta tal punto de insensatez, que vuestro nombre honorable y celebradísimo, digno del amor de todos los hombres, ha venido a ser objeto de grave ultraje...1

Surgieron la emulación y la envidia, la contienda y la sedición... se levantaron los sin honor contra los honorables, los sin gloria contra los dignos de gloria, los insensatos contra los sensatos, los jóvenes contra los ancianos...2

A hombres establecidos por los apóstoles o por otros preclaros varones con la aprobación de la Iglesia entera, hombres que han servido irreprochablemente al rebaño de Cristo con espíritu de humildad, pacífica y desinteresadamente, que han dado buena cuenta de sí durante mucho tiempo a los ojos de todos; a tales hombres, decimos, no creemos que se pueda excluir en justicia de su ministerio. Cometemos un pecado no pequeño si destituimos de su puesto a obispos que de manera religiosa e intachable solían ofrecer los dones. Felices aquellos ancianos que ya nos han precedido en el viaje a la eternidad, que tuvieron un fin fructuoso y cumplido, pues no tienen que temer ya que nadie los eche del lugar que ocupaban. Decimos esto porque vemos que vosotros habéis depuesto de su ministerio a algunos que lo ejercían perfectamente con conducta irreprochable y honorable...3

No será un daño cualquiera, sino más bien un grave peligro el que sufriremos si temerariamente nos entregamos a los designios de esos hombres que sólo buscan disputas y sediciones, con la voluntad de apartarnos del bien. Tratémonos mutuamente con bondad, según las entrañas de benevolencia y de suavidad de aquel que nos creó, pues está escrito: "Los benévolos habitarán la tierra, y los que no conocen el mal serán dejados sobre ella, mientras que los inicuos serán exterminados de ella" (Cf. Prov. 2:21; Sal 36:9;38)...4

¿A qué vienen entre vosotros contiendas y riñas, partidos, escisiones y luchas? ¿Acaso no tenemos un solo Dios, un solo Cristo y un solo Espíritu de gracia, el que ha sido derramado sobre nosotros, así como también una misma vocación en Cristo? ¿Por qué desgarramos y descoyuntamos los miembros de Cristo, y nos ponemos en guerra civil dentro de nuestro propio cuerpo, llegando a tal insensatez que olvidamos que somos unos miembros de los otros?... Vuestra división extravió a muchos, desalentó a muchos, hizo vacilar a muchos y nos llenó de tristeza a todos nosotros. Y, con todo, vuestra división continúa...5

Cosa vergonzosa es, carísimos, en extremo vergonzosa e indigna de vuestra profesión cristiana, que tenga que oírse que la firmísima y antigua Iglesia de Corinto está en rebelión contra sus ancianos por culpa de una o dos personas. Es ésta una noticia que no sólo ha llegado hasta nosotros, sino también hasta los que no sienten como nosotros, de suerte que el nombre del Señor es blasfemado a causa de vuestra insensatez, mientras vosotros os ponéis en grave peligro.6

Enhorabuena que uno tenga el carisma de fe, que otro sea capaz de explicar con conocimiento, que otro tenga la sabiduría del discernimiento en las palabras y otro sea puro en sus obras. Pero cuanto mejor se crea cada uno, tanto más debe humillarse y buscar, no su propio interés, sino el de la comunidad.7

1.Primera carta a los Corintios 1,1. 2.Ibid. 3, 2-3; 3.Ibid. 44, 3-6; 4.Ibid. 14, 2-4; 5.Ibid.46, 5-9; 6.Ibid.47, 6 -7; 7.Ibid.48, 5-6.

II. La Iglesia fundada sobre los apóstoles.

Los apóstoles nos evangelizaron de parte del Señor Jesucristo y Jesucristo fue enviado de parte de Dios. Así pues, Cristo viene de Dios, y los apóstoles de Cristo. Una y otra cosa se hizo ordenadamente por designio de Dios. Los apóstoles, después de haber sido plenamente instruidos, con la seguridad que les daba la resurrección de nuestro Señor Jesucristo y creyendo en la palabra de Dios, salieron, llenos de la certidumbre que les infundió el Espíritu Santo, a dar la alegre noticia de que el reino de Dios estaba para llegar. Y así, según que pregonaban por lugares y ciudades la buena nueva y bautizaban a los que aceptaban el designio de Dios, iban estableciendo a los que eran como primeros frutos de ellos, una vez probados en el Espíritu, como obispos y diáconos de los que habían de creer. Y esto no era cosa nueva, pues ya desde mucho tiempo atrás se había escrito acerca de los obispos y diáconos. En efecto, la Escritura dice en cierto lugar: "estableceré a sus obispos (episkopoi) en justicia, y a sus diáconos (diakonoi) en la fe" (Is 60:17).8

8. Ibid.42, 1- 4;

III. La organización de la Iglesia es análoga a la del antiguo pueblo de Dios.

¿Qué tiene de extraño que aquellos a quienes se les confió esta obra (es decir, los apóstoles) establecieran obispos y diáconos? El bienaventurado Moisés, "siervo fiel en todo lo referente a su casa," consignó en los libros sagrados todo cuanto le era ordenado... Pues bien: cuando estalló la envidia acerca del sacerdocio, y disputaban las tribus acerca de cuál de ellas tenía que engalanarse con este nombre glorioso, mandó a los doce cabezas de tribu que le trajesen sendas varas... (cf. Núm 17). Y a la mañana siguiente hallóse que la vara de Aarón no sólo había retoñado, sino que hasta llevaba fruto... Moisés obró así para que no se produjese desorden en Israel, y el nombre del único y verdadero Señor fuese glorificado... Y también nuestros apóstoles tuvieron conocimiento, por medio de nuestro Señor Jesucristo, de que habría disputas sobre este nombre y dignidad del episcopado, y por eso, con perfecto conocimiento de lo que iba a suceder, establecieron a los hombres que hemos dicho, y además proveyeron que, cuando éstos murieran, les sucedieran en el ministerio otros hombres aprobados...9

Deber nuestro es hacer ordenadamente cuanto el Señor ordenó que hiciéramos, en los tiempos ordenados. Porque él ordenó que las ofrendas y ministerios se hicieran perfectamente, no al acaso y sin orden alguno, sino en determinados tiempos y de manera oportuna. Él determinó en qué lugares y por qué ministros habían de ser ejecutados, según su soberana voluntad, a fin de que, haciéndose todo santamente, sea con benevolencia aceptado por su voluntad. Por tanto, los que hacen sus ofrendas en los tiempos ordenados son aceptados y bienaventurados, y siguiendo las ordenaciones del Señor no cometen pecado. Porque el sumo sacerdote tiene sus peculiares funciones asignadas a él; los levitas tienen encomendados sus propios servicios, mientras que el simple laico (laikos anthropos) está sometido a los preceptos del laico. Hermanos, procuremos agradar a Dios, cada uno en su propio puesto, manteniéndonos en buena conciencia, sin traspasar las normas establecidas de su liturgia, con toda reverencia. Porque no en todas partes se ofrecen sacrificios perpetuos, votivos o propiciatorios por los pecados, sino sólo en Jerusalén, y aun allí, tampoco se ofrecen en cualquier parte, sino en el santuario y junto al altar, una vez que la víctima ha sido examinada en sus tachas por el sumo sacerdote y los ministros mencionados. Los que hacen algo contrario a la voluntad de Dios, tienen señalada pena de muerte. Considerad, pues, hermanos, que cuanto mayor es el conocimiento que el Señor se ha dignado concedernos, tanto mayor es el peligro a que estamos expuestos...10

9. Ibíd. 43, 1-44-2. 10.Ibíd.40, 42-4.

IV. Dios creador.

Enderecemos nuestros pasos hacia la meta de paz que nos fue señalada desde el principio, teniendo fijos los ojos en el Padre y Creador de todo el universo y adhiriéndonos a los magníficos y sobreabundantes dones y beneficios de su paz. Contemplémosle con nuestra mente y miremos con los ojos del alma su magnánimo designio, considerando cuan benévolo se muestra para con toda su creación. Los cielos, movidos bajo su control, le están sometidos en paz. El día y la noche van siguiendo el curso que él les ha señalado sin que mutuamente se interfieran. El sol, la luna y los coros de los astros giran según el orden que él les ha establecido, en armonía y sin trasgresión de ninguna clase, por las órbitas que les han sido impuestas. La tierra germina según la voluntad de él a sus debidos tiempos y produce abundantísimo sustento a los hombres y a todos los animales que viven sobre ella, sin que jamás se rebele ni cambie nada de lo que él ha establecido. Los abismos insondables y los inasequibles lugares inferiores de la tierra se mantienen dentro de las mismas ordenaciones. El lecho del inmenso mar, constituido por obra suya para contener las aguas no traspasa las compuertas establecidas, sino que se mantiene tal como él le ordenó... El océano al que no pueden llegar los hombres, y los mundos que hay más allá de él, están regidos por las mismas disposiciones del Señor. Las estaciones, la primavera, el verano, el otoño y el invierno se suceden pacíficamente unas a otras. Los escuadrones de los vientos cumplen sin fallar, a sus tiempos debidos, su servicio. Las fuentes perennes, creadas para nuestro goce y salud, ofrecen sin interrupción sus pechos para la vida de los hombres. Y hasta los más pequeños de los animales forman sus sociedades en concordia y paz. Todas estas cosas, el artífice y Señor de todo ordenó que se mantuvieran en paz y concordia, derramando sus beneficios sobre el universo, y de manera particularmente generosa sobre nosotros, los que nos hemos acogido a sus misericordias por medio de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y la grandeza por los siglos de los siglos. Amén. Estad alerta, carísimos, no sea que sus beneficios, tan numerosos, se conviertan para nosotros en motivo de juicio si no vivimos de manera digna de él, haciendo lo que es bueno y agradable en su presencia con toda concordia.11

11. Ibíd. 20, 1-22.

V. Jesucristo.

Éste es el camino en el que hemos hallado nuestra salvación, Jesucristo, el sumo sacerdote de nuestras ofrendas, el protector y ayudador de nuestra debilidad. A través de él fijamos nuestra mirada en las alturas del cielo. A través de él contemplamos, como en un espejo, la faz inmaculada y soberana de Dios, Por él nos fueron abiertos los ojos de nuestro corazón. Por él nuestra mente, antes ignorante y llena de tinieblas, ha renacido a la luz. Por él quiso el Señor que gustásemos el conocimiento de la inmortalidad...12

Por su caridad nos acogió el Señor a nosotros. En efecto, por la caridad que nos tuvo, nuestro Señor Jesucristo dio su sangre por nosotros según el designio de Dios, dio su carne por nuestra carne, y su vida por nuestras vidas. Ya veis, hermanos, qué cosa tan grande y tan admirable es la caridad, y cómo es imposible declarar su perfección...13

Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo, y consideremos cuan preciosa es a los ojos de Dios, Padre suyo, hasta el punto de que, derramada por nuestra salvación, mereció la gracia del arrepentimiento.14

Por su fe y hospitalidad se salvó Rahab la ramera... Le dijeron que pusiera en su casa una señal, colgando un paño rojo: con ello quedaba indicado que por la sangre del Señor encontrarían redención todos los que creen y esperan en Dios.15

A los humildes pertenece Cristo, no a los que se muestran arrogantes sobre su rebaño. El cetro de la majestad de Dios, el Señor, Jesucristo, no vino al mundo con aparato de arrogancia ni de soberbia, aunque hubiera podido hacerlo, sino en espíritu de humildad, tal como lo había dicho de él el Espíritu Santo: "Señor, ¿quién lo creerá cuando lo oiga de nosotros?... No tiene figura ni gloria, le vimos sin belleza ni hermosura, su aspecto era despreciable, más feo que el aspecto de los hombres" (sigue la cita de Is 53:1-12, y Sal 21:5-8). Considerad, hermanos, el modelo que se nos propone: porque si el Señor se humilló hasta este extremo, ¿qué tendremos que hacer nosotros, que nos hemos sometido al yugo de su gracia?16

12. Ibid. 36, 1-2; 13.Ibid.49, 6; 14.Ibid.7, 2-4; 15.Ibid.12, 7; 16.Ibid.16, 1- 17;

VI. Fe y obras.

¿Por qué fue bendecido nuestro padre Abraham? ¿No lo fue por haber practicado la justicia y la verdad por medio de la fe? Isaac, conociendo con certeza lo por venir, se dejó llevar de buena gana como víctima de sacrificio. Jacob emigró con humildad de su tierra a causa de su hermano, y marchó a casa de Labán y le sirvió, y le fue concedido el cetro de las doce tribus de Israel... En suma, todos fueron glorificados y engrandecidos, no por méritos propios, ni por sus obras o por la justicia que practicaron, sino por la voluntad de Dios. Por tanto, tampoco nosotros, que fuimos por su voluntad llamados en Jesucristo, no nos justificamos por nuestros propios méritos, ni por nuestra sabiduría, inteligencia y piedad, o por las obras que hacemos en santidad de corazón, sino por la fe, por la que el Dios que todo lo puede justificó a todos desde el principio... Si esto es así, ¿qué hemos de hacer, hermanos? ¿Vamos a mostrarnos negligentes en las buenas obras y podemos descuidar la caridad? No permita Dios que esto suceda, al menos en nosotros. Al contrario, apresurémonos a cumplir todo género de obras buenas, con esfuerzo y ánimo generoso. El mismo artífice y Señor de todas las cosas se regocija y se complace en sus obras... Teniéndole a él como modelo, adhirámonos sin reticencias a su voluntad y hagamos la obra de la justicia con todas nuestras fuerzas. El buen trabajador toma con libertad el pan de su trabajo, pero el perezoso y holgazán no se atreve a mirar a la cara de su amo. Por tanto, hemos de ser prontos y diligentes en las buenas obras, ya que de él nos viene todo. Él nos lo ha prevenido: "He aquí el Señor, y su recompensa delante de su cara, para dar a cada uno según su trabajo" (Is 40, 10, etc.). Con ello nos exhorta a que pongamos en él nuestra fe con todo nuestro corazón, y a que no seamos perezosos ni negligentes en ningún género de obras buenas...17

Siendo una porción santa, practiquemos todo lo que es santificador: huyamos de toda calumnia, de todo abrazo torpe o impuro, de embriagueces y revueltas, de la detestable codicia, del abominable adulterio, de la odiosa soberbia... Vivamos unidos a aquellos que han recibido como don la gracia de Dios, revistámonos de concordia, manteniéndonos en el espíritu de humildad y continencia, absolutamente alejados de toda murmuración y calumnia, justificados por nuestras obras, y no por nuestras palabras... Nuestra alabanza ha de venir de Dios, y no de nosotros mismos, pues Dios detesta al que se alaba a sí mismo.18

17. Ibíd. 31-34; 18. Ibíd.30, 1-6;

VII. La esperanza escatológica.

El que es en Todo Misericordioso y Padre Benéfico, tiene entrañas de compasión para con todos los que le temen, y benigna y amorosamente reparte sus gracias entre los que se acercan a él con mente sencilla. Por tanto, no dudemos, ni vacile nuestra alma acerca de sus dones sobreabundantes y gloriosos. Lejos de nosotros aquello que dice la Escritura (pasaje desconocido): "Desgraciados los de alma vacilante, es decir, los que dudan en su alma diciendo: eso ya lo oímos en tiempo de nuestros padres, y he aquí que hemos llegado a viejos y nada semejante se ha cumplido." ¡Insensatos! Comparaos con un árbol, por ejemplo, la vid. Primero caen sus hojas, luego brota un tallo, luego nace la hoja, luego la flor, después un fruto agraz, y finalmente madura la uva. Considerad cómo en un breve período de tiempo llega a madurez el fruto de ese árbol. A la verdad, pronto y de manera inesperada se cumplirá también su designio, tal como lo atestigua también la Escritura que dice: "Pronto vendrá y no tardará: inesperadamente vendrá el Señor a su templo, y el Santo que estáis esperando" (cf. Is 14, 1; Mal 3, 1). Reflexionemos, carísimos, en la manera cómo el Señor nos declara la resurrección futura, de la que hizo primicias al Señor Jesucristo resucitándole de entre los muertos. Observemos, amados, la resurrección que se da en la sucesión del tiempo. El día y la noche nos muestran la resurrección: muere la noche, resucita el día; el día se va, viene la noche. Tomemos el ejemplo de los frutos: ¿Cómo y en qué forma se hace la sementera? Sale el sembrador y lanza a la tierra cada una de las semillas, las cuales cayendo sobre la tierra secas y desnudas empiezan a descomponerse; y una vez descompuestas, la magnanimidad de la providencia del Señor las hace resucitar, de suerte que cada una se multiplica en muchas, dando así fruto... Así pues, ¿vamos a tener por cosa extraordinaria y maravillosa que el artífice del universo resucite a los que le sirvieron santamente y con la confianza de una fe auténtica...? Apoyados, pues, en esta esperanza, adhiéranse nuestras almas a aquel que es fiel en sus promesas y justo en sus juicios. El que nos mandó no mentir, mucho menos será él mismo mentiroso, ya que nada hay imposible para Dios excepto la misma mentira. Reavivemos en nosotros la fe en él, y pensemos que todo está cerca de él... Todo lo hará cuando quiera y como quiera, y no hay peligro de que deje de cumplirse nada de lo que él tiene decretado...19

19. Ibíd. 23, 27.

VIII. El martirio de Pedro y Pablo.

Por emulación y envidia fueron perseguidos los que eran máximas y justísimas columnas de la Iglesia, los cuales lucharon hasta la muerte. Pongamos ante nuestros ojos a los santos apóstoles: Pedro, por emulación inicua, hubo de soportar no uno ni dos, sino muchos trabajos, y dando así su testimonio, pasó al lugar de la gloria qué le era debido. Por emulación y envidia dio Pablo muestra del trofeo de su paciencia: por seis veces fue cargado de cadenas, fue desterrado, fue apedreado, y habiendo predicado en oriente y en occidente, alcanzó la noble gloria que correspondía a su fe: habiendo enseñado la justicia a todo el mundo, y habiendo llegado hasta el confín de occidente, y habiendo dado su testimonio ante los gobernantes, salió así de este mundo y fue recibido en el lugar santo, hecho ejemplo extraordinario de paciencia. A estos hombres que vivieron en santidad, se agregó un gran número de elegidos, los cuales, después de sufrir muchos ultrajes y tormentos a causa de la envidia, se convirtieron entre nosotros en el más bello ejemplo.20

20. Ibíd. 5, 6.

IX. Fórmulas de oración litúrgica.

Pediremos con instante súplica, haciendo nuestra oración, que él artífice de todas las cosas guarde íntegro en todo el mundo el número contado de sus elegidos, por medio de su amado Hijo Jesucristo.

Por él nos llamó de las tinieblas a la luz,

de la ignorancia al conocimiento de la gloria de su nombre,

a esperar en tu nombre, principio de toda creatura,

abriendo los ojos de nuestros corazones para conocerte a ti

el único altísimo en las alturas,

el Santo que tiene su descanso entre los santos;

el que humilla la altivez de los soberbios,

el que deshace los pensamientos de las naciones,

el que levanta a los humildes y abate a los que se enaltecen,

el que enriquece y empobrece,

el que mata y el que da la vida,

el único bienhechor de los espíritus y Dios de toda carne.

Tú penetras los abismos y contemplas las obras de los hombres,

auxilio de los que están en peligro y salvador de los desesperados,

creador y protector de todo espíritu.

Tú multiplicas las naciones sobre la tierra,

y has escogido entre todas a los que te aman por medio de Jesucristo

tu Hijo amado,

por el cual nos has enseñado, nos has santificado, nos has honrado.

Te rogamos, Señor, que seas nuestro auxilio y nuestro protector.

Sálvanos en la tribulación,

levanta a los caídos,

muéstrate a los necesitados,

sana a los enfermos,

vuelve a los extraviados de tu pueblo,

sacia a los hambrientos,

da libertad a nuestros cautivos,

levanta a los débiles,

consuela a los pusilánimes;

conozcan todas las naciones que tú eres el único Dios,

y Jesucristo es tu Hijo,

y nosotros tu pueblo y las ovejas de tu rebaño...21

Danos la concordia y la paz a nosotros y a todos los que habitan

la tierra, como se la diste a nuestros padres,

cuando te invocaban religiosamente en fe y en verdad.

Que seamos obedientes a tu nombre todopoderoso y glorioso,

y a nuestros príncipes y gobernantes sobre la tierra.

Tú, Señor, les diste a ellos la autoridad real,

por tu poder magnífico e inenarrable,

para que conociendo nosotros el honor y la gloria que tú les diste,

nos sometamos a ellos sin oponernos en nada a tu voluntad.

Dales, Señor, salud, paz, concordia y estabilidad,

para que ejerzan sin tropiezo la autoridad que de ti han recibido.

Porque tú, Señor, rey celestial de los siglos,

das a los hijos de los hombres que están sobre la tierra

gloria y honor y autoridad.

Tú, Señor, endereza sus voluntades a lo que es bueno y agradable

en tu presencia,

para que ejerciendo en paz, mansedumbre y piedad la autoridad que

de ti recibieron,

alcancen de ti misericordia...22

21. Ibíd. 59, 2-4. 22. Ibíd. 60, 4 – 61, 2;

 

La “Didakhe.”

La Didakhe o Doctrina de los doce apóstoles, a la que se hallaban referencias en los autores antiguos, se había dado por perdida hasta que su texto fue hallado en un manuscrito de Constantinopla y publicado en 1883. Inmediatamente se suscitaron vivas polémicas acerca de su carácter y antigüedad. Frente a la opinión de los que pretendían que se trataba de una ficción arcaizante, tal vez de origen montañista, que no sería anterior a los últimos años del siglo II, parece haber ido ganando terreno reciente mente la convicción de que se trata de una compilación de elementos muy antiguos, que en su mayor parte bien pueden remontarse al siglo I. El conjunto está formado por varias instrucciones de tipo moral, litúrgico y disciplinar, tal vez para uso de evangelizadores itinerantes. Su particular interés está en que nos da a conocer las formas más primitivas de catequesis moral, con reconocida influencia judía, y los elementos más antiguos de la liturgia bautismal y eucarística, así como la organización eclesiástica en el momento en que, junto a los predicadores itinerantes y carismáticos, empieza a surgir una jerarquía estable y una organización en las Iglesias locales.

I. Instrucción moral.

Hay dos caminos, el de la vida y el de la muerte, y grande es la diferencia que hay entre estos dos caminos. El camino de la vida es éste: "Amarás en primer lugar a Dios que te ha creado, y en segundo lugar a tu prójimo como a ti mismo. Todo lo que no quieres que se haga contigo, no lo hagas tú a otro." Tal es la enseñanza de este discurso: "Bendecid a los que os maldicen y rogad por vuestros enemigos, y ayunad por los que os persiguen. Porque ¿qué gracia hay en que améis a los que os aman? ¿No hacen esto también los gentiles? Vosotros amad a los que os odian, y no tengáis enemigo." Apártate de los deseos carnales. Si alguno te da una bofetada en la mejilla derecha, vuélvele la izquierda, y serás perfecto. Si alguien te fuerza a ir con él durante una milla, acompáñale dos. Si alguien te quita el manto, dale también la túnica. Si alguien te quita lo tuyo, no se lo reclames, pues tampoco puedes. A todo el que te pida, dale y no le reclames nada, pues el Padre quiere que se dé a todos de sus propios dones. Bienaventurado el que da conforme a este mandamiento, pues éste es inocente. ¡Ay del que recibe! Si recibe porque tiene necesidad, será inocente; pero si recibe sin tener necesidad, tendrá que dar cuenta de por qué recibió y para qué: puesto en prisión, se le examinará sobre lo que hizo, y no saldrá hasta que no devuelva el último cuadrante. También está dicho acerca de esto: que tu limosna sude en tus manos hasta que sepas a quién das.

Segundo mandamiento de la doctrina: No matarás, no adulterarás, no corromperás a los menores, no fornicarás, no robarás, no practicarás la magia o la hechicería, no matarás el hijo en el seno materno, ni quitarás la vida al recién nacido. No codiciarás los bienes del prójimo, no perjurarás, no darás falso testimonio. No calumniarás ni guardarás rencor. No serás doble de mente o de lengua, pues la doblez es lazo de muerte. Tu palabra no será mentirosa ni vana, sino que la cumplirás por la obra. No serás avaro, ni rapaz, ni hipócrita, ni malvado, ni soberbio. No tramarás planes malvados contra tu prójimo. No odiarás a hombre alguno, sino que a unos los convencerás, por otros rogarás, a otros los amarás más que a tu propia alma... Sé manso, pues los mansos heredarán la tierra. Sé paciente, compasivo, sin malicia, tranquilo y bueno, temeroso en todo momento de las palabras que has oído. No te exaltarás, ni entregarás tu alma a la temeridad. No se junte tu alma con los soberbios, sino que andarás con los justos y humildes. Los sucesos que te sobrevengan los aceptarás como bienes, sabiendo que no sucede nada sino por disposición de Dios.

Hijo mío, te acordarás de día y de noche del que te habla la palabra de Dios, y le honrarás como al Señor. Porque donde se anuncia la majestad del Señor, allí está el Señor. Buscarás cada día los rostros de los santos, para hallar descanso en sus palabras. No harás cisma, sino que pondrás paz entre los que pelean. Juzgarás rectamente, y no harás distinción de personas para reprender las faltas. No andarás con alma dudosa de si sucederá o no sucederá: No seas de los que extienden la mano para recibir, pero la retiran para dar. Si adquieres algo por el trabajo de tus manos, da de ello como rescate de tus pecados. No vaciles en dar, ni murmurarás mientras das, pues has de saber quién es el buen recompensador de tu limosna. No rechazarás al necesitado, sino que tendrás todas las cosas en común con tu hermano, sin decir que nada es tuyo propio; pues si os son comunes los bienes inmortales, cuánto más los mortales. Tu mano no se levantará de tu hijo o de tu hija, sino que les enseñarás desde su juventud el temor de Dios. No mandarás con aspereza a tu esclavo o a tu esclava que esperan en el mismo Dios que tú, no sea que dejen de temer a Dios que está sobre unos y otros... Vosotros, los esclavos, someteos a vuestros señores como a imagen de Dios con reverencia y temor...

En la asamblea confesarás tus pecados, y no te acercarás a la oración con mala conciencia. Este es el camino de la vida.1

1. Didakhe.1, 5;

II. El bautismo.

En lo que se refiere al bautismo, tenéis que bautizar así: Habiendo dicho todas estas cosas, bautizad en el nombre del Padre y del Hijo y el Espíritu Santo, en agua viva. Si no tienes agua viva, bautiza con otra agua. Si no puedes con agua fría, hazlo con caliente. Si no tienes ni una ni otra, derrama agua sobre la cabeza tres veces, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Antes del Bautismo, ayunen el bautizante y el bautizando y algunos otros que puedan. Pero al bautizando le ordenarás que ayune uno o dos días antes.2

2. Ibíd. 7;

III. Ayuno y oración.

No ayunaréis juntamente con los hipócritas (es decir, los judíos), que ayunan el segundo y el quinto día de la semana. Vosotros ayunaréis el día cuarto y el de la preparación. Tampoco hagáis vuestra oración como los hipócritas, sino, como lo mandó el Señor en el Evangelio, así oraréis: Padre nuestro... Oraréis así tres veces al día.2a

2a. Ibíd. 8;

IV. Fórmulas para la cena eucarística.

En lo que toca a la acción de gracias, la haréis de esta manera: Primero sobre el cáliz: Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa viña de David tu siervo, la que nos diste a conocer a nosotros por medio de Jesús, tu siervo. A ti la gloria por los siglos.

Luego sobre el trozo (de pan): Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento, que nos diste a conocer por medio de Jesús tu siervo. A ti la gloria por los siglos. Como este fragmento estaba disperso sobre los montes, y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino. Porque tuya es la gloria y el poder, por Jesucristo, por los siglos.

Que nadie coma ni beba de vuestra comida de acción de gracias, sino los bautizados en el nombre del Señor, pues sobre esto dijo el Señor: No deis lo santo a los perros.

Después de saciaros, daréis gracias así:

Te damos gracias, Padre santo, por tu santo nombre que hiciste morar en nuestros corazones, y por el conocimiento, la fe y la inmortalidad que nos has dado a conocer por medio de Jesús, tu siervo. A ti la gloria por los siglos.

Tú, Señor omnipotente, creaste todas las cosas por causa de tu nombre, y diste a los hombres alimento y bebida para su disfrute, para que te dieran gracias. Mas a nosotros nos hiciste el don de un alimento y una bebida espiritual y de la vida eterna por medio de tu siervo. Ante todo te damos gracias porque eres poderoso. A ti la gloría por los siglos.

Acuérdate, Señor, de tu Iglesia, para librarla de todo mal y hacerla perfecta en tu caridad, y congrégala desde los cuatro vientos, santificada, en tu reino que le has preparado. Porque tuyo es el poder y la gloria por los siglos.

Venga la gracia y pase este mundo. Hosanna al Dios de David. El que sea santo, que se acerque. El que no lo es, que se arrepienta. "Maran Atha." Amén.

A los profetas, dejadles dar gracias cuanto quieran.3

3. Ibíd.9, 10;

V. Instrucción sobre los apóstoles y profetas.

Al que viniendo a vosotros os enseñare todo lo dicho, aceptadle. Pero si el mismo maestro, extraviado, os enseña otra doctrina para vuestra disgregación, no le prestéis oído; si, en cambio, os enseña para aumentar vuestra justicia y conocimiento del Señor, recibidle como al mismo Señor.

Con los apóstoles y profetas, obrad de la siguiente manera, de acuerdo con la enseñanza evangélica: todo apóstol que venga a vosotros, sea recibido como el Señor. No se detendrá sino un solo día, y, si fuere necesario, otro más. Si se queda tres días, es un falso profeta. Cuando el apóstol se vaya no tome nada consigo si no es pan hasta su nuevo alojamiento. Si pide dinero, es un falso profeta.

No pongáis a prueba ni a examen ningún profeta, que habla en espíritu. Porque todo pecado será perdonado, pero este pecado no será perdonado. Con todo, no todo el que habla en espíritu es profeta, sino el que tiene el modo de vida del Señor. En efecto, por el modo de vida se distinguirá el verdadero profeta del falso. Todo profeta que manda poner una mesa en espíritu, no come de ella: de lo contrario, es un falso profeta. Todo profeta que predica la verdad, si no cumple lo que enseña es un falso profeta. Todo profeta probado como verdadero, que trabaja en el misterio de la Iglesia en el mundo, si no enseña a hacer lo que él hace, no lo juzgaréis, pues su juicio está en Dios. Así lo hicieron también los antiguos profetas. Pero al que dice en espíritu: Dame dinero, o cualquier otra cosa, no le prestéis oído. En cambio si dice que se dé a otros necesitados, nadie lo juzgue.

A todo el que viniere en nombre del Señor, recibidle. Luego examinándole le conoceréis por su derecha y por su izquierda, pues tenéis discernimiento. Al que pasa de camino le ayudaréis en cuanto podáis: pero no se quedará con vosotros sino dos o tres días, si fuere necesario. Si quiere quedarse entre vosotros, teniendo un oficio, que trabaje para su sustento. Si no tiene oficio, proveed según prudencia, de modo que no viva entre vosotros cristiano alguno ocioso. Si no quiere aceptar esto, se trata de un traficante de Cristo: tened cuidado con tales gentes.

Todo auténtico profeta que quiera morar de asiento entre vosotros es digno de su sustento. Igualmente, todo auténtico maestro merece también, como el trabajador, su sustento. Por tanto, tomarás siempre las primicias de los frutos del lugar y de la era, de los bueyes y de las ovejas, y las darás como primicias a los profetas, pues ellos son vuestros sumos sacerdotes. Si no tenéis profeta, dadlo a los pobres. Si haces pan, toma las primicias y dalas conforme al mandato. Si abres una jarra de vino o de aceite, toma las primicias y dalas a los profetas. De tu dinero, de tu vestido y de todas tus posesiones, toma las primicias, según te pareciere, y dalas conforme al mandato.4

4. Ibíd.11, 13;

VI. El día del Señor.

En el día del Señor reunios y romped el pan y haced la eucaristía, después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro. Todo el que tenga disensión con su compañero, no se junte con vosotros hasta que no se hayan reconciliado, para que no sea profanado vuestro sacrificio. Este es el sacrificio del que dijo el Señor: "En todo lugar y tiempo se me ofrece un sacrificio puro: porque yo soy el gran Rey, dice el Señor, y mi nombre es admirable entre las naciones" (Mal. I, II)5

5. Ibid.14.

VII. Obispos y diáconos.

Elegios obispos y diáconos dignos del Señor, hombres mansos, no amantes del dinero, sinceros y probados; porque también ellos os sirven a vosotros en el ministerio de los profetas y maestros. No los despreséis, ya que tienen entre vosotros el mismo honor que los profetas y maestros.6

6. Ibíd.15.

VIII. Escatología.

Vigilad sobre vuestra vida. No se apaguen vuestras linternas, y no dejen de estar ceñidos vuestros lomos, sino estad preparados, pues no sabéis la hora en que vendrá nuestro Señor. Reunios con frecuencia, buscando lo que conviene a vuestras almas, pues de nada os servirá todo el tiempo en que habéis creído, si no consumáis vuestra perfección en el último momento. En los últimos días se multiplicarán los falsos profetas y los corruptores, y las ovejas se convertirán en lobos, y el amor se convertirá en odio. En efecto, al crecer la iniquidad, los hombres se odiarán entre sí, y se perseguirán y se traicionarán: entonces aparecerá el extraviador del mundo, como hijo de Dios, y hará señales y prodigios, y la tierra será entregada en sus manos, y cometerá iniquidades como no se han cometido desde siglos. Entonces la creación de los hombres entrará en la conflagración de la prueba, y muchos se escandalizarán y perecerán. Pero los que perseveren en su fe serán salvados por el mismo que había sido maldecido. Entonces aparecerán las señales auténticas: en primer lugar el signo de la abertura del cielo, luego el del sonido de trompeta, en tercer lugar, la resurrección de los muertos, no de todos los hombres, sino, como está dicho: "Vendrá el Señor y todos los santos con él" (Zac 14:5). Entonces el mundo verá al Señor viniendo sobre las nubes del cielo.7

7. Ibid.16.

 

Ignacio de Antioquía.

Ignacio, obispo de Antioquia de Siria, fue condenado a las fieras en su ancianidad, en la época de Trajano (hacia el año 110). Enviado a Roma con un piquete de soldados para morir en los juegos gladiatorios, fue escribiendo durante el camino varias cartas (poseemos siete, no todas de autenticidad asegurada) a las diversas comunidades cristianas por las que había pasado, a la comunidad romana adonde se dirigía, o al venerable obispo Policarpo de Esmirna. Estas cartas están escritas en momentos de gran intensidad interior, reflejando la actitud espiritual de un hombre que ha aceptado ya plenamente la muerte por Cristo y sólo anhela el momento de ir a unirse definitivamente con él. El deseo de "alcanzar a Cristo" se expresa en ellas con vigor inigualable. Al mismo tiempo afloran las preocupaciones del santo obispo con respecto a los peligros doctrinales de las Iglesias. Por una parte quiere asegurar la recta interpretación del sentido de la encarnación de Cristo, tanto contra los judaizantes que minimizaban el valor de la venida de Cristo en la carne como superación de la antigua dispensación, como contra los docetistas, que negaban la realidad de la misma encarnación, afirmando que el Verbo de Dios sólo había tomado una apariencia humana. De esta forma hallamos ya en Ignacio las bases de la cristología ortodoxa posterior. Por otra parte, Ignacio está preocupado por asegurar la unidad amenazada dentro de las Iglesias: por ello insiste en la unión con el obispo como principio de unidad. Además hay indicios de que aun algunas de las cartas auténticas pueden contener interpolaciones de época posterior.

La colección de cartas de Ignacio fue ampliada en época bastante posterior con otras cartas, hoy universalmente reconocidas como apócrifas.

I. El ansia de alcanzar a Cristo.

Puesto en cadenas por Cristo Jesús, espero poder saludaros si por voluntad del Señor soy digno de llegar hasta el fin. Por lo menos los comienzos están bien puestos, y ojalá alcance la gracia de lograr sin tropiezo la herencia que me toca: porque temo que el amor que me tenéis me perjudique, porque para vosotros es fácil alcanzar lo que os proponéis, y en cambio a mí, si no tenéis consideración conmigo (abandonando todo intento de alcanzar un indulto) me va a ser difícil alcanzar a Dios... Porque yo jamás tendré otra tal oportunidad de alcanzar a Dios, ni vosotros podréis colaborar a otra obra mejor sólo con que nada digáis. Porque si vosotros nada decís acerca de mí, yo me convertiré en palabra de Dios, mientras que si ponéis vuestro afecto en mi existencia carnal me quedo de nuevo en mera voz humana. No me procuréis otra cosa sino el poder ser ofrecido en libación a Dios mientras hay todavía un altar preparado: de esta suerte, vosotros, formando un solo coro en la caridad, cantaréis un canto al Padre en Jesucristo, porque Dios se dignó que el obispo de Siria apareciera en occidente, habiéndole hecho venir de oriente. Bello es mi ocaso de este mundo para Dios, de suerte que tenga en él una nueva aurora...

Lo único que para mí habéis de pedir es fuerza interior y exterior, a fin de que no sólo de palabra, sino también de voluntad me llame cristiano y me muestre como tal... Escribo a todas las Iglesias, y a todas les encarezco que estoy presto a morir de buena gana por Dios, si vosotros no lo impedís. A vosotros os suplico que no tengáis para conmigo una benevolencia intempestiva. Dejadme ser alimento de las fieras, por medio de las cuales pueda yo alcanzar a Dios. Trigo soy de Dios que ha de ser molido por los dientes de las fieras, para ser presentado como pan limpio de Cristo. En todo caso, más bien halagad a las fieras para que se conviertan en sepulcro mío sin dejar rastro de mi cuerpo: así no seré molesto a nadie ni después de muerto. Cuando mi cuerpo haya desaparecido de este mundo, entonces seré verdadero discípulo de Jesucristo. Haced súplicas a Cristo por mí para que por medio de esos instrumentos pueda yo ser sacrificado para Dios... Hasta el presente yo soy esclavo: pero si sufro el martirio, seré liberto de Jesucristo, y resucitaré libre en él. Y ahora, estando encadenado, aprendo a no tener deseo alguno.

Desde Siria hasta Roma vengo luchando con fieras, por tierra y por mar, de noche y de día, atado a diez leopardos, que eso son los soldados del piquete, los cuales, cuanto más atenciones les tiene uno, peores se vuelven. Pero yo con sus malos tratos aprendo a ser mejor discípulo, aunque no por esto me tengo por justificado. Estoy anhelando las fieras que me están preparadas, y pido que pronto se echen sobre mí. Yo mismo las azuzaré para que me devoren al punto, y no suceda lo que en algunos casos, que amedrentadas no se acercan a sus víctimas. Si no quisieran hacerlo de grado, yo las forzaré. Perdonadme que diga esto: yo sé lo que me conviene. Ahora es cuando empiezo a ser discípulo. Que nada de lo visible o de lo invisible me impida maliciosamente alcanzar a Jesucristo. Vengan sobre mí el fuego, la cruz, manadas de fieras, quebrantamientos de huesos, descoyuntamientos de miembros, trituraciones de todo mi cuerpo, torturas atroces del diablo, sólo con que pueda yo alcanzar a Cristo.

De nada me aprovecharán los confines del mundo ni los reinos de este siglo. Para mí es más bello morir y pasar a Cristo, que reinar sobre los confines de la tierra. Voy en pos de aquel que murió por nosotros: voy en pos de aquel que resucitó por nosotros. Mi parto está ya inminente. Perdonad lo que digo, hermanos: no me impidáis vivir, no os empeñéis en que no muera; no me entreguéis al mundo, cuando yo quiero ser de Dios, ni me engañéis con las cosas materiales. Dejadme llegar a la luz pura, que una vez llegado allí seré verdaderamente hombre. Dejadme que sea imitador de la pasión de mi Dios. Si alguno le tiene dentro de sí, entenderá mi actitud, y tendrá los mismos sentimientos que yo, pues sabrá qué es lo que me apremia.

Os escribo estando vivo, pero anhelando la muerte. Mi amor está crucificado, y no queda ya en mí fuego para consumir la materia, sino sólo una agua viva que habla dentro de mí diciéndome desde mi interior: "Ven al Padre." Ya no encuentro gusto en el alimento corruptible y en los placeres de esta vida. Anhelo por el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, del linaje de David; y por bebida quiero su sangre, que es amor inmarcesible.1

1.De la carta a los Romanos.5, 6;

II. Jesucristo.

Nuestro Dios, Jesucristo, fue concebido en el seno de María, según el designio de Dios, siendo por una parte del linaje de David, y por otra del Espíritu Santo. Él nació, y fue bautizado, para purificar el agua con su pasión. La virginidad y el parto de María quedaron ocultos al príncipe de este mundo, así como también la muerte del Señor. Son estos tres misterios sonoros, que se cumplieron en el silencio de Dios. Mas, ¿cómo se manifestaron a los siglos? Brilló en los cielos un astro por encima de todos los astros, cuya luz era inexplicable y cuya novedad causaba extrañeza. Y todos los demás astros, juntamente con el sol y la luna, hicieron coro a aquel astro, cuya luz sobrepujaba a la de todos los demás. Turbaronse las gentes, preguntándose de dónde venía aquella novedad tan distinta de las demás estrellas. Desde entonces quedó destruida toda hechicería y desaparecieron las cadenas de la iniquidad: quedó eliminada la ignorancia, y destruido el antiguo imperio desde el momento en que Dios se manifestó en forma humana para conferir la novedad de la vida eterna. Entonces empezó a cumplirse lo que Dios ya tenía preparado. Todo se puso en conmoción en cuanto empezó a ponerse por obra la destrucción de la muerte... Tengo intención de escribiros un segundo escrito ampliando mi explicación acerca del designio divino en orden al hombre nuevo, que es Jesucristo, y que estriba en la fe y en la caridad para con él, en su pasión y en su resurrección...2

Un médico hay, que es a la vez carnal y espiritual, engendrado y no engendrado, Dios hecho carne, vida verdadera aunque mortal, hijo de María e hijo de Dios, primero pasible y luego impasible, Jesucristo nuestro Señor.3

Tapaos los oídos cuando alguien os diga algo fuera de Jesucristo, el cual es del linaje de David e hijo de María, que nació verdaderamente, comió y bebió, fue verdaderamente perseguido por Poncio Pilato, verdaderamente crucificado, y murió a la vista de los que habitan el cielo, la tierra y los infiernos. Él mismo resucitó verdaderamente de entre los muertos, siendo resucitado por su propio Padre. Y de manera semejante, a nosotros, los que hemos creído en él, nos resucitará su Padre en Cristo Jesús, fuera del cual no tenemos vida verdadera. Pero si, como dicen ciertos hombres sin Dios, es decir, sin fe, solamente padeció en apariencia ellos sí que son apariencia ¿Por qué estoy en cadenas? ¿Por qué anhelo luchar con las fieras? Vana sería mi muerte y falso mi testimonio acerca del Señor. Huid de esos malos retoños que llevan fruto mortífero, pues el que comiere de él morirá. Esos no son del huerto del Padre, que si lo fueran mostrarían las ramas de la cruz y llevarían fruto incorruptible. Es por la cruz por la que el Señor os invita a su pasión, pues sois sus miembros. No puede darse la cabeza separada de los miembros, y el mismo Señor nos promete la unión, que es él mismo.4

Glorifico a Jesucristo, Dios, quien os ha comunicado tan grande sabiduría: porque pude observar que estáis bien asegurados en una fe inconmovible, como si estuvieseis clavados en carne y espíritu en la cruz del Señor Jesucristo, bien establecidos en la caridad por la sangre de Cristo, perfectamente instruidos en lo que se refiere a nuestro Señor, a saber, en que es verdaderamente del linaje de David según la carne, e Hijo de Dios por la voluntad y el poder de Dios, nacido verdaderamente de una virgen, bautizado por Juan, para que se cumpliera en él toda justicia (Cf. Mt 3:15), verdaderamente crucificado en la carne bajo Poncio Pilato y el tetrarca Herodes, de cuya divina y bienaventurada pasión somos fruto nosotros, para levantar una bandera por los siglos mediante su resurrección, entre sus santos y fieles, ya sean judíos o gentiles, en un solo cuerpo que es su Iglesia. Todo esto padeció el Señor por nosotros, para salvarnos: y lo sufrió verdaderamente, así como también verdaderamente se resucitó a sí mismo, y no como dicen algunos infieles que sólo padeció en apariencia. A éstos les sucederá como ellos piensan, quedándose en entes incorpóreos y fantasmales. Yo sé bien y creo que después de su resurrección anduvo en la carne, y cuando vino a los que estaban con Pedro les dijo: "Tocadme, palpadme y ved que no soy un fantasma incorpóreo," y al punto le tocaron y creyeron, quedando compenetrados con su carne y con su espíritu. Por esto despreciaron ellos la muerte, y se mostraron superiores a la misma muerte. Y después de su resurrección comió y bebió con ellos como un hombre de carne, aunque espiritualmente estaba unido con el Padre. Carísimos, os encarezco esto, por más que sé que éste es vuestro sentir. Pero es que soy para vosotros como centinela contra esas fieras en forma humana, a las que no sólo no debéis admitir entre vosotros, sino ni aun siquiera toparos con ellas en lo posible. Sólo debéis rogar por ellas, por si se convierten, cosa que es difícil. Pero aun para eso tiene poder Jesucristo, nuestra vida verdadera... Por lo que se refiere a sus nombres, siendo de gentes infieles, no me parece bien consignarlos aquí por escrito, sino que ni quiero acordarme de ellos, hasta que no se conviertan a aquella pasión que es nuestra resurrección...

Que nadie se engañe: aun las potestades celestes, y la gloria de los ángeles, y los príncipes visibles e invisibles, estarán sujetos a juicio si no creen en la sangre de Cristo. El que pueda entender que entienda. Que nadie se envanezca por el lugar que ocupa, porque todo depende de la fe y de la caridad, y ningún valor va por delante de éstas. Reconoced a los que son heterodoxos con respecto a la gracia de Jesucristo que ha venido a vosotros, viendo cuan contrarios son a la voluntad de Dios: pues no se preocupan para nada de la caridad, no les importan ni la viuda, ni el huérfano, ni el atribulado, ni se preocupan de que uno esté en prisiones o libre, hambriento o sediento. Igualmente se apartan de la eucaristía y de la oración, pues no confiesan que la eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo con la que padeció por nuestros pecados, la cual resucitó el Padre en su bondad. Así pues, los que contradicen al don de Dios, perecen en sus disquisiciones. Mejor les fuera celebrar el ágape, para que pudieran resucitar. Por tanto, es conveniente apartarse de los tales y no hablar de ellos ni en privado ni en público, prestando en cambio atención a los profetas y particularmente al Evangelio, en el cual se nos hace patente su pasión y vemos cumplida su resurrección. Huid de toda división como de origen de males.5

No os dejéis engañar con doctrinas extrañas ni con esas viejas fábulas que ya no tienen utilidad. Porque si aun ahora vivimos según el judaísmo, confesamos con ello que todavía no hemos recibido la gracia. Los divinos profetas vivieron según Cristo Jesús, y por eso fueron perseguidos, estando inspirados por su gracia para convencer a los incrédulos de que hay un solo Dios que se manifestó en Jesucristo, su Hijo, que es la Palabra suya proferida en el silencio, y que agradó en todo al que le había enviado. Ahora bien, los que se habían criado en el antiguo orden de cosas, vinieron a una nueva esperanza, y ya no vivían guardando el sábado, sino el domingo, el día en que amaneció nuestra vida por gracia del Señor y de su muerte. Pero algunos niegan este misterio, por el cual recibimos la fe y soportamos el sufrir, para ser hallados discípulos de Jesucristo, nuestro único maestro. ¿Cómo podríamos nosotros vivir sin él, a quien esperaban como maestro los profetas, siendo ya discípulos suyos en el espíritu? Por esto, por haberlo esperado justamente, cuando vino en realidad los resucitó de entre los muertos...

El que se llama con otro nombre que el de cristiano, no es de Dios. Arrojad, pues, la mala levadura, que se ha hecho ya vieja y agria, y transformaos en la levadura nueva que es Jesucristo. Dejaos salar en él, para que nadie de entre vosotros se corrompa, ya que por vuestro olor seréis reconocidos. Es absurdo hablar de Jesucristo y vivir judaicamente. No fue el cristianismo el que creyó en el judaísmo, sino el judaísmo en el cristianismo, que ha congregado a toda lengua que cree en Dios...6

1.De la Carta a los Romanos.5, 6; 2.Carta a los Efesios.18, 20; 3.Ibíd.7; 4.Carta a los Traíllanos.9, 11; 5.Carta a los de Esmirna.1, 7; 6.Carta a los de Magnesia.8, 10;

 

III. La eucaristía.

Poned todo empeño en usar de una sola eucaristía, pues una es la carne de nuestro Señor Jesucristo, y uno solo el cáliz que nos une con su sangre, y uno el altar, como uno es el obispo juntamente con el colegio de ancianos y los diáconos, consiervos míos. De esta suerte, obrando así obraréis según Dios.7

Poned empeño en reuniros más frecuentemente para celebrar la eucaristía de Dios y glorificarle. Porque cuando frecuentemente os reunís en común, queda destruido el poder de Satanás, y por la concordia de vuestra fe queda aniquilado su poder destructor. Nada hay más precioso que la paz, por la cual se desbarata la guerra de las potestades celestes y terrestres. Nada de todo esto se os oculta a vosotros si poseéis de manera perfecta la fe en Cristo y la caridad, que son principio y término de la vida. La fe es el principio, la caridad es el término. Las dos, trabadas en unidad, son Dios, y todas las virtudes morales se siguen de ellas. Nadie que proclama la fe peca, y nadie que posee la caridad odia. El árbol se manifiesta por sus frutos. Así, los que se profesan ser de Cristo, se pondrán de manifiesto por sus obras...8

7. Carta a los de Filadelfia. 4; 8.Carta a los Efesios.13, 14;

 

IV. El obispo, principio de unidad.

Seguid todos al obispo, como Jesucristo al Padre, y al colegio de ancianos (presbyteroi) como a los apóstoles. En cuanto a los diáconos, reverenciadlos como al mandamiento de Dios. Que nadie sin el obispo haga nada de lo que atañe a la Iglesia. Sólo aquella eucaristía ha de ser tenida por válida que se hace por el obispo o por quien tiene autorización de él. Dondequiera que aparece el obispo, acuda allí el pueblo, así como dondequiera que esté Cristo, allí está la Iglesia universal (katholiké)... No es lícito celebrar el bautismo o la eucaristía sin el obispo. Lo que él aprobare, eso es también lo agradable a Dios, a fin de que todo cuanto hagáis sea firme y válido... El que honra al obispo, es honrado de Dios. El que hace algo a ocultas del obispo, rinde culto al diablo. Que todo, pues, redunde en gracia para vosotros...9

Os conviene concurrir con el sentir de vuestro obispo, como ya lo hacéis, porque, en efecto, vuestro colegio de ancianos, digno de este nombre y digno de Dios, está con vuestro obispo en una armonía comparable a la de las cuerdas en la cítara: vuestra concordia y vuestra unísona caridad levantan así un himno a Cristo. También los particulares tenéis que formar como un coro, de suerte que, unísonos en vuestra concordia, y tomando unánimemente el tono de Dios, cantéis a una voz al Padre por medio de Jesucristo, y así os escuche y os reconozca por vuestras buenas obras como melodía de su propio Hijo. Os conviene, pues, manteneros en unidad irreprochable, a fin de estar en todo momento en comunión con Dios.

Yo en poco tiempo he podido llegar a una gran intimidad con vuestro obispo — intimidad no humana, sino espiritual —, ¿cuánto más os he de llamar dichosos a vosotros, que estáis compenetrados con él, como la Iglesia con Jesucristo, y como Jesucristo con el Padre, a fin de que todo resuene armoniosamente en la unidad? Que nadie se engañe: si uno no está dentro del ámbito del altar, se priva del pan de Dios. Porque si la oración de uno o dos tiene tanta fuerza, mucha mayor será la del obispo con toda la Iglesia. El que no acude a la reunión común, ése es ya un soberbio y se condena a sí mismo, pues está escrito: "Dios resiste a los soberbios." Pongamos, pues, empeño en no enfrentarnos con el obispo, de suerte que así estemos sometidos a Dios. Cuanto uno vea más callado a su obispo, más ha de respetarle. Porque a todo el que envía el padre de familias para gobernar su casa hemos de recibirle como al mismo que lo envía. Es, pues, evidente, que hemos de mirar al obispo como al mismo Señor...10

Os exhorto a que pongáis empeño en hacerlo todo en la concordia de Dios, bajo la presidencia del obispo, que tiene el lugar de Dios, y de los presbíteros que tienen el lugar del colegio de los apóstoles, y de los diáconos, para mí dulcísimos, que tienen confiado el servicio de Jesucristo, quien estaba con el Padre desde antes de los siglos, y se manifestó al fin de los tiempos. Así pues, conformaos todos con el proceder de Dios, respetaos mutuamente, y nadie mire a su prójimo según la carne, sino amaos en todo momento los unos a los otros en Jesucristo. Nada haya en vosotros que pueda dividiros, sino formad todos una unidad con el obispo y con los que os presiden a imagen y siguiendo la enseñanza de la realidad incorruptible. Así como el Señor no hizo nada sin el Padre, siendo una cosa con él — nada ni por sí mismo ni por los apóstoles — así tampoco vosotros hagáis nada sin el obispo y los presbíteros. No intentéis presentar vuestras opiniones particulares como razonables, sino que haya una sola oración en común, una sola súplica, una sola mente, una esperanza en la caridad, en la alegría sin mancha, que es Jesucristo. Nada hay mejor que él. Corred todos a una, como a un único templo de Dios, como a un solo altar, a un solo Jesucristo, que procede de un solo Padre, el único a quien volvió y con quien está...11

9. Carta a las de Esmirrna. 8, 9; 10.Carta a los Efesios. 4, 6; 11. Carta a los de Magnesia. 6, 7;

 

Policarpo de Esmirna.

Policarpo, obispo de Esmirna, es, con su larga vida, como un puente entre la generación de los apóstoles y las generaciones que vivieron la expansión doctrinal y numérica del cristianismo. Por una parte fue discípulo del apóstol Juan, y por otra fueron discípulos suyos los grandes maestros Papías e Ireneo. Este último, en un pasaje de singular fuerza evocadora, apela a Policarpo como fiel transmisor de la doctrina de los apóstoles.

Del mismo Policarpo sólo se conserva una carta a la cristiandad de Filipos: está escrita en un estilo sencillo y sobrio, y se reduce a una serie de vigorosas exhortaciones, más bien de orden moral.

De particular interés histórico y religioso son las Actas del martirio de Policarpo, generalmente reconocidas como auténticas: son un documento por el que la Iglesia de Esmirna daba a conocer a las Iglesias hermanas la manera como su obispo juntamente con muchos de sus fieles había sufrido una muerte ejemplar en la persecución, probablemente hacia el año 155.

I. Testimonio de Ireneo sobre Policarpo.

Siendo yo niño, conviví con Policarpo en el Asia Menor... Conservo una memoria de las cosas de aquella época mejor que de las de ahora, porque lo que aprendemos de niños crece con la misma vida y se hace una cosa con ella. Podría decir incluso el lugar donde el bienaventurado Policarpo se solía sentar para conversar, sus idas y venidas, el carácter de su vida, sus rasgos físicos y sus discursos al pueblo. Él contaba cómo había convivido con Juan y con los que habían visto al Señor. Decía que se acordaba muy bien de sus palabras, y explicaba lo que había oído de ellos acerca del Señor, sus milagros y sus enseñanzas. Habiendo recibido todas estas cosas de los que habían sido testigos oculares del Verbo de la Vida, Policarpo lo explicaba todo en consonancia con las Escrituras. Por mi parte, por la misericordia que el Señor me hizo, escuchaba ya entonces con diligencia todas estas cosas, procurando tomar nota de ello, no sobre el papel, sino en mi corazón. Y siempre, por la gracia de Dios, he procurado conservarlo vivo con toda fidelidad... Lo que él pensaba está bien claro -en las cartas que él escribió a las Iglesias de su vecindad para robustecerlas o, también a algunos de los hermanos, exhortándolos o consolándolos...1

Policarpo no sólo recibió la enseñanza de los apóstoles y conversó con muchos que habían visto a nuestro Señor, sino que fue establecido como obispo de Esmirna en Asia por los mismos apóstoles. Yo le conocí en mi infancia, ya que vivió mucho tiempo y dejó esta vida siendo ya muy anciano con un gloriosísimo martirio. Enseñó siempre lo que había aprendido de los apóstoles, que es lo que enseña la Iglesia y la única verdad. De ello son testigos todas las Iglesias de Asia, y los que hasta el presente han sido sucesores de Policarpo... Éste, en un viaje a Roma, en tiempos de Aniceto, convirtió a muchos herejes... a la Iglesia de Dios, proclamando que había recibido de los apóstoles la única verdad, idéntica con la que es transmitida en la tradición de la Iglesia. Y hay quienes le oyeron decir que Juan, el discípulo del Señor, una vez que fue al baño en Éfeso vio allí dentro al hereje Cerinto; y al punto salió del lugar sin bañarse, diciendo que temía que se hundiesen los baños, estando allí Cerinto, el enemigo de la verdad. El mismo Policarpo se encontró una vez con Marción, y éste le dijo: "¿No me conoces?" Pero aquél le contestó: "Te conozco como a primogénito de Satanás..."2

1. eusebio. Historia Eclesiástica V. 20, 3, 8; 2. ireneo. Adversas Haereses. III, 3, 4;

 

II. La carta a los de Filipos.

Ceñidos vuestros lomos, servid a Dios con temor y en verdad, dejando toda vana palabrería y los errores del vulgo, teniendo fe en aquel que resucitó a nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos y le dio gloria y el trono de su diestra. A él le fueron sometidas todas las cosas celestes y terrestres; a él rinde culto todo ser vivo; él ha de venir como juez de vivos y muertos, y Dios tomará venganza de su sangre a aquellos que no creen en él...

Principio de todos los males es el amor al dinero. Sabiendo, pues, que así como no trajimos nada a este mundo, tampoco podemos llevarnos nada de él, armémonos con las armas de la justicia, y aprendamos a caminar en el mandamiento del Señor. Adoctrinad a vuestras mujeres en la fe que les ha sido dada, en la caridad, y en la castidad: que amen con toda verdad a sus propios maridos, y en cuanto a los demás, que tengan caridad con todos por igual en total continencia; y que eduquen a sus hijos en la disciplina del temor de Dios. En cuanto a las viudas, que muestren prudencia con su fidelidad al Señor, que oren incesantemente por todos, y se mantengan alejadas de toda calumnia, maledicencia, falso testimonio, avaricia de dinero o de cualquier otro vicio. Que tengan conciencia de que son altar de Dios, y de que él lo escudriña todo, sin que se le oculte nada de nuestras palabras o pensamientos o de los secretos de nuestro corazón... Los diáconos sean irreprochables delante de su justicia, pues son ministros de Dios y de Cristo, no de los hombres. No sean calumniadores ni dobles de lengua; no busquen el dinero, y sean continentes en todo, misericordiosos, diligentes, caminando conforme a la verdad del Señor, que se hizo ministro de todos... Que los jóvenes sean irreprensibles en todo, cultivando ante todo la castidad y refrenando todo vicio, porque es bueno arrancarse de todas las concupiscencias que andan por el mundo... También los presbíteros han de ser misericordiosos, compasivos para con todos, procurando enderezar a los extraviados, visitar a todos los enfermos, sin olvidarse de la viuda o del huérfano o del pobre; atendiendo siempre al bien delante de Dios y de los hombres, ajenos a toda ira, acepción de personas y juicios injustos, alejados de todo amor al dinero, no creyendo en seguida cualquier acusación, ni precipitados en el juzgar, sabiendo que todos tenemos deuda de pecado... 2a

2a. Carta a los Filipenses. 3, 6;

III. Martirio de Policarpo.

Os escribimos, hermanos, sobre los que han sufrido martirio, y particularmente sobre Policarpo, que puso como el sello final e hizo cesar con su martirio la persecución. Se puede decir que todo aconteció a fin de que el Señor nos mostrara de nuevo su martirio, como lo refiere el Evangelio. Porque Policarpo esperó a ser entregado, como lo hizo el Señor, a fin de que también nosotros fuéramos imitadores suyos, mirando no sólo nuestro propio interés, sino también el de nuestros prójimos; porque la caridad verdadera y sólida está en buscar no sólo la propia salvación, sino también la de todos los hermanos...

Los mártires se mantuvieron firmes, después de haber sido desgarrados por los azotes, de suerte que se podía ver la disposición de la carne hasta lo interior de las venas y las arterias, hasta el punto de que todos los circunstantes se sentían movidos a compasión. Ellos, en cambio, se habían levantado a tal nobleza que ninguno de ellos profirió un lamento o un gemido, mostrándonos a todos nosotros que en aquella hora de tormento los nobilísimos mártires de Cristo estaban fuera de su propia carne, o mejor, que el mismo Señor estaba con ellos, conversando con ellos. Sostenidos por la gracia de Cristo, despreciaban los tormentos terrenos, pues con los padecimientos de una sola hora compraban la vida eterna. El fuego de sus inhumanos torturadores les era un refrigerio, pues ante sus ojos estaba el huir del fuego eterno que jamás se extingue, y veían con los ojos del corazón los bienes que les aguardaban... Los que fueron condenados a las fieras sufrieron igualmente tormentos espantosos, siendo extendidos sobre conchas y sometidos a otras formas diversas de tortura...

En cuanto a Policarpo, hombre digno de nuestra máxima admiración, en primer lugar, en cuanto oyó que se le buscaba, no se turbó, y quería permanecer en la ciudad; pero muchos le persuadieron de que se retirara fuera. Salió, pues, a una pequeña finca que no estaba muy lejos de la ciudad, y allí pasaba el tiempo con unos pocos compañeros, sin hacer otra cosa que orar de día y de noche por todos y por las Iglesias esparcidas por toda la tierra, como lo tenía por costumbre...

Como persistieran los que le buscaban, tuvo que cambiarse a otra finca, y pronto se presentaron los que iban tras él (en la primera finca). Al no hallarle, tomaron dos esclavos, y uno de ellos, sometido a tortura confesó su donde residía... Acompañados, pues, del esclavo, los perseguidores salieron un viernes a la hora de la cena con caballería y la gente armada que suelen... Y llegando en hora ya tardía, lo encontraron acostado en una pequeña habitación en el piso superior. Todavía hubiera podido huir a otro escondite pero no quiso, diciendo: "Hágase la voluntad de Dios." Oyendo el ruido de los que habían llegado, él mismo bajó y se puso a hablar con ellos, los cuales se admiraron de su avanzada edad y de su buen estado, preguntándose si valía la pena tanto aparato para aprehender a tal anciano. Inmediatamente mandó Policarpo que se les diera de comer y de beber cuanto quisieran, siendo la hora que era, rogándoles empero que le dejasen una hora para orar tranquilamente. Ellos se lo concedieron, y él, puesto en pie se puso a orar lleno de tal gracia de Dios que por espacio de unas dos horas no le he posible callar y todos los que le oían estaban embelesados: algunos incluso empezaron a sentir remordimientos de haber venido a tomar a un anciano tan lleno de Dios. Finalmente terminó su oración, no sin haber hecho mención de todos los que durante toda su vida habían tenido trato con él, de los humildes igual que de los grandes, de los ilustres lo mismo que de los sencillos, así como de toda la Iglesia católica esparcida por todo el mundo habitado. Llegada la hora de partir, le pusieron sobre un asno y lo llevaron a la ciudad, en día que era de sábado solemne. En el camino se encontraron con el jefe de policía, Herodes, y con su padre Nicetas, los cuales le hicieron pasar a su carruaje e intentaban persuadirle con las siguientes amonestaciones: ¿Qué mal hay en decir que el Emperador es el Señor y en sacrificar y cumplir las demás ceremonias, para salvar la vida? Pero él al principio no les daba respuesta alguna; mas como insistieran, les dijo: "No voy a hacer nada de lo que me aconsejáis." Ellos entonces, fracasados en su intento de persuadirle empezaron a decirle palabras insultantes y le hicieron descender precipitadamente del carruaje, de suerte que al descender se desgarró la espinilla. Él, sin volverse, como si no se hubiera hecho daño alguno, caminaba animosamente. Fue conducido al estadio, y fue tanto el tumulto que en él se armó que nadie podía entenderse...

Llevado a la presencia del procónsul, pregúntele éste si era él Policarpo; y como contestara afirmativamente, intentaba el procónsul hacerle renegar, diciendo: "Ten consideración a tu avanzada edad, y las demás cosas que suelen decir: Jura por la fortuna del César, cambia tu modo de pensar y grita: Mueran los ateos." Pero Policarpo, mirando con un rostro serio a toda la mesa de paganos sin ley que llenaban el estadio, les hizo una seña con la mano, dio un suspiro y levantó los ojos al cielo diciendo: "Mueran los ateos." Intervino el procónsul diciendo: "Jura, y te pongo en libertad, reniega de Cristo." Repuso Policarpo: "Hace ochenta y seis años que le sirvo, y ningún mal me ha hecho: ¿Cómo puedo blasfemar de mi rey a quien debo la salvación?"

El procónsul insistió de nuevo diciendo: "Jura por la fortuna del César." Policarpo respondió: "Si tienes por punto de honor el hacerme jurar por la fortuna del César, como tú dices, fingiendo ignorar quién soy yo, oye lo que proclamo con toda libertad: Soy cristiano; y si quieres aprender cuál es la doctrina cristiana, dame un día de tregua y escúchame..." Dijo el procónsul: "Convence al pueblo. Replicó Policarpo: A ti te considero digno de una explicación, pues nuestra doctrina nos enseña que hay que dar a los magistrados y autoridades que están establecidas por Dios el honor que les es debido y que no daña a nuestra conciencia. Pero al pueblo no creo que valga la pena presentarles una defensa." Dijo entonces el procónsul: "Tengo fieras, y te entregaré a ellas si no cambias de parecer." Respondió Policarpo: "Llámalas, pues para nosotros no puede darse un cambio de lo mejor a lo peor, sino que lo razonable es cambiar de lo malo a lo justo. Insistió el procónsul: Te haré consumir en el fuego si no cambias de parecer, ya que desprecias a las fieras. Policarpo dijo: Me amenazas con el fuego que dura un momento y al poco rato se apaga, porque desconoces el juicio que ha de venir y el fuego del castigo eterno que aguarda a los impíos. Pero, ¿por qué pierdes el tiempo? Tráeme lo que quieras."

Mientras decía estas y otras muchas cosas, Policarpo se mostraba lleno de ánimo y de alegría, y su rostro resplandecía con una gracia tal que no sólo no mostraba desfallecimiento por las amenazas que se le dirigían, sino que por el contrario, era más bien el procónsul el que estaba fuera de sí, mandando a su propio heraldo que en medio del estadio hiciera por tres veces este pregón: Policarpo ha confesado ser cristiano: En cuanto el heraldo hubo dicho esto, toda la turba de judíos y de gentiles que habitaban en Esmirna se puso a gritar con rabia incontenible y a grandes voces: Ese es el maestro del Asia y el padre de los cristianos, el destructor de nuestros dioses, que ha enseñado a muchos a negarles sus sacrificios y culto. Esto decían a gritos, y pedían al gobernador Felipe que soltara un león contra Policarpo. Pero el gobernador contestó que no le estaba permitido hacerlo una vez que ya se habían terminado los combates de fieras. Entonces se pusieron de acuerdo en gritar todos a la vez que Policarpo fuera quemado vivo... Al punto el populacho se lanzó a recoger leña y maderas de los talleres y baños, colaborando los judíos, como suelen, con particular diligencia. Cuando la pira estuvo preparada, Policarpo se quitó los vestidos... Como pretendieran clavarle en un poste, les dijo: Dejadme como estoy, pues el que me da fuerzas para soportar el Juego me concederá poder permanecer inmóvil en la hoguera sin necesidad de asegurarme con vuestros clavos. Así pues, no le clavaron, sino que le ataron. Y él, con las manos atrás, atado como un carnero escogido de un gran rebaño para el sacrificio, preparado para ser holocausto acepto a Dios, levantó sus ojos al cielo y dijo: Señor Dios omnipotente, Padre de tu amado y bendito hijo tuyo Jesucristo, por el cual hemos recibido conocimiento de ti, Dios de los ángeles y de las potestades y de toda la creación, de todo el linaje de los justos que viven en tu presencia: Te bendigo porque me has tenido por digno de está hora en que puedo tomar parte, contado entre el número de los mártires, en el cáliz de Cristo en espera de la resurrección de la vida eterna en alma y cuerpo, en la incorrupción del Espíritu Santo. Sea yo recibido hoy en tu presencia entre ellos, como un sacrificio rico y aceptable. Tú me preparaste de antemano para ello, tú me lo revelaste, y tú me lo has cumplido, Dios de verdad en el que no hay engaño. Por esto, y por todas las cosas, te alabo y te glorifico, por medio del eterno y celestial sumo sacerdote, Jesucristo, tu hijo amado, por el cual y juntamente con el Espíritu Santo sea a ti la gloria ahora y por los siglos venideros. Amén.

Así que hubo enviado al cielo su Amén, terminando su plegaria, los que cuidaban de la pira prendieron el fuego: y levantándose una gran llamarada nos fue dado a algunos ver un prodigio, y fuimos preservados para dar a conocer a los demás lo que acaeció. Porque el fuego, haciendo una especie de bóveda, como si fuera una vela de barco henchida por el viento, rodeó como con un muro circular el cuerpo del mártir que se hallaba en el centro, no como carne que se quema, sino como pan que se cuece o como oro que se purifica en el horno. Y sentimos un olor tan intenso como si fuera una ráfaga de incienso o de algún otro aroma precioso. Finalmente, viendo aquellos hombres inicuos que el cuerpo del mártir no podía ser consumido por el fuego, dieron orden al verdugo de que se acercara y le hundiera un puñal. Así lo hizo, y brotó una tal cantidad de sangre que se apagó el fuego, quedando toda la multitud pasmada de la diferencia que había entre la muerte de los infieles y la de los elegidos. Al número de éstos pertenece también Policarpo, hombre sobremanera admirable, maestro con espíritu de apóstol y de profeta en nuestros propios tiempos y obispo de la Iglesia católica en Esmirna: toda palabra que salió de su boca, o bien ha tenido ya cumplimiento, o ciertamente lo tendrá.

Pero el maligno... dispuso las cosas de modo que no nos fuera dejado su cuerpo, aunque muchos eran los que deseaban apoderarse de sus santos restos. En efecto, Nicetas... fue a suplicar al gobernador que no se nos diera el cadáver, diciendo: No vaya a suceder que abandonen al crucificado y empiecen a adorar a éste. Esto era una sugerencia de los judíos, quienes insistían en ello y aun montaron una guardia cuando nosotros fuimos a recogerlo de la pira. Ignoraban que nosotros ni jamás podremos abandonar a Cristo, que padeció por la salvación del mundo entero de los que se salvan, él inocente, por nosotros, pecadores, ni jamás daremos culto a otro alguno. Porque a él le adoramos porque es hijo de Dios, mientras que a los mártires les tributamos un justo homenaje de afecto como a discípulos e imitadores del Señor, a causa del amor insuperable que mostraron por su rey y maestro. ¡Ojalá que nosotros pudiéramos también acompañarles y llegar a ser discípulos con ellos!

Así pues, el centurión, viendo la porfía de los judíos, hizo colocar el cadáver en el centro y lo hizo quemar, a la manera como ellos suelen hacerlo. Así nosotros más tarde pudimos recoger sus huesos, más valiosos que las piedras preciosas y más estimables que el oro, y los colocamos en lugar adecuado. Allí, nos concederá el Señor celebrar el natalicio de su martirio, reuniéndonos todos en cuanto nos sea posible con júbilo y alegría, para celebrar la memoria de los que ya terminaron su combate, y para ejercerlo y Preparación de los que aún han de combatir...3

3. eusebio. Hist. Ecles. IV.15, 3ss;

 

La Llamada Carta de Bernabé.

Este documento, de carácter muy primitivo, llegó a ser considerado en ciertas cristiandades como parte de las Escrituras, y se atribuyó a Bernabé, el compañero de Pablo. Tal atribución no es admitida por la crítica moderna, sin que, por otra parte, sea posible determinar quién pudiera ser el autor del escrito. En él se plantea con fuerza particular uno de los problemas que más hubieron de preocupar a los primeros cristianos: el de sus relaciones con el judaísmo. El autor se muestra en actitud simplemente negativa con respecto a todas las instituciones de los judíos, los cuales, según él, habrían pervertido desde el comienzo el sentido que Dios quiso dar a las Escrituras y a la ley, entendiendo en un sentido material lo que Dios había querido sólo en un sentido espiritual. Según esta concepción, el judaísmo sería, no un estadio menos perfecto de la revelación, previo al cristianismo, sino una perversión radical de algo que ya desde un principio debiera de haber alcanzado su plenitud y perfección. De esta forma la polémica antijudía, iniciada por Pablo con notables matizaciones, es ahora llevada a extremos absolutos. El autor de la carta de Bernabé sólo admite prácticamente una interpretación alegórica y espiritual del Antiguo Testamento y esta interpretación es presentada como una gnosis o sabiduría particular, dada al cristianismo por la enseñanza de Jesús: se inicia así la tendencia hacia la alegoría y la gnosis cristiana, que se desarrollará en la escuela de Alejandría, y por ello se ha supuesto que este escrito pudiera proceder de los ambientes alejandrinos. Por algunas de sus referencias parece probable que fuera escrito en el reinado de Adriano, hacia el año 130.

I. Fe y conocimiento.

He creído que debía ponerme a escribiros algo aunque fuera brevemente, a fin de que juntamente con vuestra fe tengáis conocimiento perfecto. Pues bien, tres son las doctrinas del Señor: la esperanza de vida, principio y fin de vuestra fe; la justicia, principio y fin del juicio, y la caridad, principio de tranquilidad y de alegría, así como testimonio de las obras de justicia. Porque, en efecto, el Señor nos dio a conocer por medio de los profetas el pasado, y el presente, dándonos además un anticipo del goce de lo por venir. Y viendo que todo se va cumpliendo como él lo dijo, deber nuestro es adelantar, con espíritu más generoso y levantado, en su temor. En cuanto a mí, no como maestro, sino como uno de vosotros, voy a declararos unas pocas cosas que os puedan dar consuelo en el momento presente. Porque los días son malos, y el Activo tiene el poder en sus manos, y por tanto nosotros debemos atender a nosotros mismos y buscar las justificaciones del Señor. Ahora bien, en ayuda de nuestra fe vienen el temor y la paciencia, y nuestros aliados son la magnanimidad y la continencia. Mientras tengamos estas virtudes santamente en el Señor, tendremos juntamente con ellas el gozo de la sabiduría, la inteligencia, la ciencia y el conocimiento...1

¿Qué dice el conocimiento? Aprendedlo: Esperad — dice —, en el que se os ha de manifestar cuando venga en la carne, Jesús. Porque el hombre no es más que tierra que sufre, ya que Adán fue modelado de la faz de la tierra. Pues bien, ¿qué quiere decir "Entrad en la tierra que mana leche y miel"? Bendito sea nuestro Señor, hermanos, porque nos ha dado la sabiduría y la inteligencia de sus secretos. Porque el profeta habla del Señor en forma de parábola. ¿Quién lo entenderá, sino el sabio e instruido y el que ama a su Señor? Significa pues aquello que el Señor nos renovó con perdón de los pecados, haciéndonos de nuevo con un nuevo molde, hasta el punto de que nuestra alma es como de niños, pues realmente él nos ha modelado de nuevo...2

1.Carta de Bernabé.1, 5-2, 3; 2. Ibíd. 6, 9;

II. El cristianismo muestra la invalidez del judaísmo.

El Señor por medio de todos sus profetas ha puesto de manifiesto que no tiene necesidad ni de sacrificios ni de holocaustos ni de ofrendas, diciendo en cierta ocasión: "¿Qué se me da a mí de la multitud de vuestros sacrificios? — dice el Señor —. Estoy harto de holocaustos, y no quiero la grasa de vuestros corderos ni la sangre de vuestros toros y machos cabríos... No soporto vuestros novilunios y vuestros sábados" (Is 1, llss) El Señor invalidó todo esto a fin de que la nueva ley de nuestro Señor Jesucristo, que no está sometida al yugo de la necesidad, tuviera una ofrenda no hecha por mano de hombre. Dice, en efecto, en otro lugar: "¿Acaso fui yo el que mandé a vuestros padres cuando salían de la tierra de Egipto que me ofrecieran holocaustos y sacrificios? Más bien lo que les mandé fue que ninguno guardara en su corazón rencor maligno contra su prójimo y que no fuerais amantes del perjurio" (Cf. Jer 7, 22; Zac 8, 17; 7, 10) No hemos de ser, pues, insensatos, sino comprender la sentencia de bondad de nuestro Padre, que nos habla manifestando que no quiere que nosotros, extraviados como aquellos, busquemos todavía cómo acercarnos a él... En otra ocasión les dice a este respecto: "¿Para qué me ayunáis — dice el Señor — de modo que en este día sólo se oye la gritería de vuestras voces? No es este el ayuno que yo prefiero, dice el Señor, no es la humillación del alma del hombre. Ni aun cuando doblarais vuestro cuello como un aro, os vistierais de saco y os revolcarais en la ceniza, ni aun as&i