Los Padres

de la Iglesia.

José Vives.

Para usos internos y didácticos solamente

ADAPTACION PEDAGÓGICA: Dr. Carlos Etchevarne, Bach. Teol.

 

Contenido:

Nota Preliminar.

Clemente Romano.

I. La situación de la Iglesia de Corinto. II. La Iglesia fundada sobre los apóstoles. III. La organización de la Iglesia es análoga a la del antiguo pueblo de Dios. IV. Dios creador. V. Jesucristo. VI. Fe y obras. VII. La esperanza escatalógica. VIII. El martirio de Pedro y Pablo. IX. Fórmulas de oración litúrgica.

La "Didakhe."

I. Instrucción moral. II. El bautismo. III. Ayuno y oración. IV. Fórmulas para la cena eucarística. V. Instrucción sobre los apóstoles y profetas. VI. El día del Señor. VII. Obispos y diáconos. VIII. Escatología.

Ignacio de Antioquía.

I. El ansia de alcanzar a Cristo. II. Jesucristo. III. La eucaristía. IV. El obispo, principio de unidad.

Policarpo De Esmirna.

I. Testimonio de Ireneo sobre Policarpo. II. La carta a los de Filipos. III. Martirio de Policarpo.

La Llamada Carta de Bernabé.

I. Fe y conocimiento. II. El cristianismo muestra la invalidez del judaismo. III. Nuestra salvación en Cristo.

Papías.

Hermas.

I. El mensaje de penitencia. II. Riqueza y pobreza. III. Discernimiento de espíritus.

Sección Segunda: los Apologetas.

Arístides.

La Carta a Diogneto.

I. Refutación del politeísmo. II. Refutación del judaismo. III. Los cristianos en el mundo. IV. El designio salvador de Dios.

San Justino.

I. El cristianismo y la filosofía. II. Dios. III. Pecado y salvación. IV. Vida cristiana. V. Escatología.

Taciano.

II. La resurrección de los cuerpos y la inmortalidad del alma. III. Las cristianos y el emperador.

Atenágoras.

I. Dios uno y trino. II. La vida de los cristianos.

Teófilo de Antioquía.

I. Dios uno y trino. II. El pecado de Adán.

Sección Tercera: El Cristianismo del Asia Menor.

Melitón de Sardes.

I. La novedad del Verbo hecho hombre. II. Las figuras del Antiguo Testamento, suplantadas por la realidad del Nuevo. III. El pecado del hombre. IV. El designio salvador en Cristo. V. Sentido de la pascua cristiana.

Ireneo de Lyón.

I. Dios. II. El designio creador y salvador de Dios. III. Cristo, manifestación del Padre y salvación de los hombres. IV. El Espíritu Santo. V. El hambre, objeto de la salvación de Dios. VI. La fe. VII. La Iglesia. VIII. La eucaristía. IX. Escatología.

Sección Cuarta: Los Escritores de Alejandría.

Clemente de Alejandría.

I. El cristianismo y la filosofía. II. Escritura, gnosis, tradición. III. El Logos revelador e iluminador. IV. El hombre. V. La Iglesia.

Orígenes.

I. Dios. El ser de Dios. Quiénes pueden ver a Dios. II. El hombre. III. La Escritura. IV. Cristo redentor. V. La Iglesia. Los sacramentos. VI. La vida cristiana. VII. Escatologia.

Sección Quinta: Los Escritores Latinos.

Tertuliano.

I. La verdad cristiana. II. Dios creador y redentor. III. El hombre pecador. IV. Sacramentos y vida cristiana. V. Escatología.

Cipriano.

I. El hombre nuevo. II. La Iglesia. III. La eucaristía. IV. El sentido de nuestra oración.

Sección Sexta: Atanasio.

I. La Trinidad. II. Cristo redentor.

Nota Preliminar.

Este libro no tiene otra pretensión que la de ofrecer reunidos y en traducción una serie de textos suficientemente representativos de la formación y desarrollo del pensamiento teológico cristiano en los primeros siglos de la Iglesia. Me atrevo a esperar que esta selección pueda ser de interés y utilidad para las muchas personas que, en este momento de renovación teológica, se interesan por las profundas raíces históricas del pensamiento cristiano, y no tienen tal vez el tiempo, las facilidades bibliográficas o la preparación filológica para acudir directamente a las mejores ediciones de sus fuentes. Soy perfectamente consciente de las muchas limitaciones que padece una compilación de este género. Los breves extractos, sacados de su contexto, apenas pueden dar más que una remota idea de toda la riqueza de las obras de donde proceden. Además, la selección ha de ser inevitablemente, sobre todo a los ojos de los entendidos, un tanto arbitraria, incompleta y parcial. Habrá quien echará de menos tal o cual texto importante, o tal o cual autor. Podría haberse dado cabida a textos litúrgicos o disciplinares, o a los autores que pronto quedaron estigmatizados como heterodoxos, por ejemplo los gnósticos. En la necesidad de mantener el libro dentro de unas proporciones manuales, he dado preferencia más bien a aquellos textos y autores que son más representativos desde el punto de vista de lo que pasó a ser doctrina común de la Iglesia (o sea la ortodoxa). Aun así he dejado totalmente de lado autores como Hipólito, Minucio Félix, Lactancio y otros, que aunque pueden ser en sí muy importantes, quizás no tuvieron tanta influencia o no fueron tan radicalmente originales como los autores que han sido preferidos a ellos. Puede preguntarse alguno por qué precisamente se ha cerrado esta selección con Atanasio.

 

Clemente Romano.

Según la tradición, san Clemente fue el tercer sucesor de san Pedro en Roma, después de Lino y Cleto. Ocupó la sede romana en los últimos años del siglo primero. De él se conserva una carta a la Iglesia de Corinto, en la que exhorta a aquella comunidad, amenazada de graves disensiones internas, a mantenerse en la unidad y la caridad. Nos han llegado, además, bajo el nombre de Clemente otros escritos: una segunda carta a los Corintios, dos cartas a las Vírgenes, y diversos escritos homiléticos y narrativos (Homilías y Recognitiones clementinas), que pretenden presentar la predicación y las andanzas de Clemente. Pero todos estos escritos, de carácter y valor muy desigual, no pueden considerarse como auténticos y pertenecen a diversas épocas posteriores.

La primera carta a los Corintios es de gran interés como documento que nos permite conocer directamente la Iglesia romana primitiva. Vemos cómo la Iglesia aparece como modelada todavía en buena parte sobre la sinagoga de la diáspora y sobre las instituciones del Antiguo Testamento, que constituye todavía la base ideológica de aquellos cristianos recién convertidos del judaísmo. En cambio, los escritos del Nuevo Testamento no parecen haber adquirido aún el carácter de autoridad primaria y definitiva. Se afirma ya por primera vez el principio de la sucesión apostólica como garantía de fidelidad a la doctrina de Cristo. Se proclama el principio paulino de la salvación por la fe y no por los méritos propios, pero al mismo tiempo se insiste en la necesidad de practicar obras de santidad y de obedecer a los mandamientos de Dios, con fórmulas de corte vetero-testamentario. Los capítulos finales reproducen las formas de oración que se usaban en aquellas comunidades, sin duda calcadas en buena parte sobre las que se usaban en la sinagoga. Es curiosa la oración por los gobernantes.

I. La situación de la Iglesia de Corinto.

A causa de las inesperadas y sucesivas calamidades que nos han sobrevenido... hemos tardado algo en prestar atención al asunto discutido entre vosotros, esta sedición extraña e impropia de los elegidos de Dios, detestable y sacrílega, que unos cuantos sujetos audaces y arrogantes, han encendido hasta tal punto de insensatez, que vuestro nombre honorable y celebradísimo, digno del amor de todos los hombres, ha venido a ser objeto de grave ultraje...1

Surgieron la emulación y la envidia, la contienda y la sedición... se levantaron los sin honor contra los honorables, los sin gloria contra los dignos de gloria, los insensatos contra los sensatos, los jóvenes contra los ancianos...2

A hombres establecidos por los apóstoles o por otros preclaros varones con la aprobación de la Iglesia entera, hombres que han servido irreprochablemente al rebaño de Cristo con espíritu de humildad, pacífica y desinteresadamente, que han dado buena cuenta de sí durante mucho tiempo a los ojos de todos; a tales hombres, decimos, no creemos que se pueda excluir en justicia de su ministerio. Cometemos un pecado no pequeño si destituimos de su puesto a obispos que de manera religiosa e intachable solían ofrecer los dones. Felices aquellos ancianos que ya nos han precedido en el viaje a la eternidad, que tuvieron un fin fructuoso y cumplido, pues no tienen que temer ya que nadie los eche del lugar que ocupaban. Decimos esto porque vemos que vosotros habéis depuesto de su ministerio a algunos que lo ejercían perfectamente con conducta irreprochable y honorable...3

No será un daño cualquiera, sino más bien un grave peligro el que sufriremos si temerariamente nos entregamos a los designios de esos hombres que sólo buscan disputas y sediciones, con la voluntad de apartarnos del bien. Tratémonos mutuamente con bondad, según las entrañas de benevolencia y de suavidad de aquel que nos creó, pues está escrito: "Los benévolos habitarán la tierra, y los que no conocen el mal serán dejados sobre ella, mientras que los inicuos serán exterminados de ella" (Cf. Prov. 2:21; Sal 36:9;38)...4

¿A qué vienen entre vosotros contiendas y riñas, partidos, escisiones y luchas? ¿Acaso no tenemos un solo Dios, un solo Cristo y un solo Espíritu de gracia, el que ha sido derramado sobre nosotros, así como también una misma vocación en Cristo? ¿Por qué desgarramos y descoyuntamos los miembros de Cristo, y nos ponemos en guerra civil dentro de nuestro propio cuerpo, llegando a tal insensatez que olvidamos que somos unos miembros de los otros?... Vuestra división extravió a muchos, desalentó a muchos, hizo vacilar a muchos y nos llenó de tristeza a todos nosotros. Y, con todo, vuestra división continúa...5

Cosa vergonzosa es, carísimos, en extremo vergonzosa e indigna de vuestra profesión cristiana, que tenga que oírse que la firmísima y antigua Iglesia de Corinto está en rebelión contra sus ancianos por culpa de una o dos personas. Es ésta una noticia que no sólo ha llegado hasta nosotros, sino también hasta los que no sienten como nosotros, de suerte que el nombre del Señor es blasfemado a causa de vuestra insensatez, mientras vosotros os ponéis en grave peligro.6

Enhorabuena que uno tenga el carisma de fe, que otro sea capaz de explicar con conocimiento, que otro tenga la sabiduría del discernimiento en las palabras y otro sea puro en sus obras. Pero cuanto mejor se crea cada uno, tanto más debe humillarse y buscar, no su propio interés, sino el de la comunidad.7

1.Primera carta a los Corintios 1,1. 2.Ibid. 3, 2-3; 3.Ibid. 44, 3-6; 4.Ibid. 14, 2-4; 5.Ibid.46, 5-9; 6.Ibid.47, 6 -7; 7.Ibid.48, 5-6.

II. La Iglesia fundada sobre los apóstoles.

Los apóstoles nos evangelizaron de parte del Señor Jesucristo y Jesucristo fue enviado de parte de Dios. Así pues, Cristo viene de Dios, y los apóstoles de Cristo. Una y otra cosa se hizo ordenadamente por designio de Dios. Los apóstoles, después de haber sido plenamente instruidos, con la seguridad que les daba la resurrección de nuestro Señor Jesucristo y creyendo en la palabra de Dios, salieron, llenos de la certidumbre que les infundió el Espíritu Santo, a dar la alegre noticia de que el reino de Dios estaba para llegar. Y así, según que pregonaban por lugares y ciudades la buena nueva y bautizaban a los que aceptaban el designio de Dios, iban estableciendo a los que eran como primeros frutos de ellos, una vez probados en el Espíritu, como obispos y diáconos de los que habían de creer. Y esto no era cosa nueva, pues ya desde mucho tiempo atrás se había escrito acerca de los obispos y diáconos. En efecto, la Escritura dice en cierto lugar: "estableceré a sus obispos (episkopoi) en justicia, y a sus diáconos (diakonoi) en la fe" (Is 60:17).8

8. Ibid.42, 1- 4;

III. La organización de la Iglesia es análoga a la del antiguo pueblo de Dios.

¿Qué tiene de extraño que aquellos a quienes se les confió esta obra (es decir, los apóstoles) establecieran obispos y diáconos? El bienaventurado Moisés, "siervo fiel en todo lo referente a su casa," consignó en los libros sagrados todo cuanto le era ordenado... Pues bien: cuando estalló la envidia acerca del sacerdocio, y disputaban las tribus acerca de cuál de ellas tenía que engalanarse con este nombre glorioso, mandó a los doce cabezas de tribu que le trajesen sendas varas... (cf. Núm 17). Y a la mañana siguiente hallóse que la vara de Aarón no sólo había retoñado, sino que hasta llevaba fruto... Moisés obró así para que no se produjese desorden en Israel, y el nombre del único y verdadero Señor fuese glorificado... Y también nuestros apóstoles tuvieron conocimiento, por medio de nuestro Señor Jesucristo, de que habría disputas sobre este nombre y dignidad del episcopado, y por eso, con perfecto conocimiento de lo que iba a suceder, establecieron a los hombres que hemos dicho, y además proveyeron que, cuando éstos murieran, les sucedieran en el ministerio otros hombres aprobados...9

Deber nuestro es hacer ordenadamente cuanto el Señor ordenó que hiciéramos, en los tiempos ordenados. Porque él ordenó que las ofrendas y ministerios se hicieran perfectamente, no al acaso y sin orden alguno, sino en determinados tiempos y de manera oportuna. Él determinó en qué lugares y por qué ministros habían de ser ejecutados, según su soberana voluntad, a fin de que, haciéndose todo santamente, sea con benevolencia aceptado por su voluntad. Por tanto, los que hacen sus ofrendas en los tiempos ordenados son aceptados y bienaventurados, y siguiendo las ordenaciones del Señor no cometen pecado. Porque el sumo sacerdote tiene sus peculiares funciones asignadas a él; los levitas tienen encomendados sus propios servicios, mientras que el simple laico (laikos anthropos) está sometido a los preceptos del laico. Hermanos, procuremos agradar a Dios, cada uno en su propio puesto, manteniéndonos en buena conciencia, sin traspasar las normas establecidas de su liturgia, con toda reverencia. Porque no en todas partes se ofrecen sacrificios perpetuos, votivos o propiciatorios por los pecados, sino sólo en Jerusalén, y aun allí, tampoco se ofrecen en cualquier parte, sino en el santuario y junto al altar, una vez que la víctima ha sido examinada en sus tachas por el sumo sacerdote y los ministros mencionados. Los que hacen algo contrario a la voluntad de Dios, tienen señalada pena de muerte. Considerad, pues, hermanos, que cuanto mayor es el conocimiento que el Señor se ha dignado concedernos, tanto mayor es el peligro a que estamos expuestos...10

9. Ibíd. 43, 1-44-2. 10.Ibíd.40, 42-4.

IV. Dios creador.

Enderecemos nuestros pasos hacia la meta de paz que nos fue señalada desde el principio, teniendo fijos los ojos en el Padre y Creador de todo el universo y adhiriéndonos a los magníficos y sobreabundantes dones y beneficios de su paz. Contemplémosle con nuestra mente y miremos con los ojos del alma su magnánimo designio, considerando cuan benévolo se muestra para con toda su creación. Los cielos, movidos bajo su control, le están sometidos en paz. El día y la noche van siguiendo el curso que él les ha señalado sin que mutuamente se interfieran. El sol, la luna y los coros de los astros giran según el orden que él les ha establecido, en armonía y sin trasgresión de ninguna clase, por las órbitas que les han sido impuestas. La tierra germina según la voluntad de él a sus debidos tiempos y produce abundantísimo sustento a los hombres y a todos los animales que viven sobre ella, sin que jamás se rebele ni cambie nada de lo que él ha establecido. Los abismos insondables y los inasequibles lugares inferiores de la tierra se mantienen dentro de las mismas ordenaciones. El lecho del inmenso mar, constituido por obra suya para contener las aguas no traspasa las compuertas establecidas, sino que se mantiene tal como él le ordenó... El océano al que no pueden llegar los hombres, y los mundos que hay más allá de él, están regidos por las mismas disposiciones del Señor. Las estaciones, la primavera, el verano, el otoño y el invierno se suceden pacíficamente unas a otras. Los escuadrones de los vientos cumplen sin fallar, a sus tiempos debidos, su servicio. Las fuentes perennes, creadas para nuestro goce y salud, ofrecen sin interrupción sus pechos para la vida de los hombres. Y hasta los más pequeños de los animales forman sus sociedades en concordia y paz. Todas estas cosas, el artífice y Señor de todo ordenó que se mantuvieran en paz y concordia, derramando sus beneficios sobre el universo, y de manera particularmente generosa sobre nosotros, los que nos hemos acogido a sus misericordias por medio de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y la grandeza por los siglos de los siglos. Amén. Estad alerta, carísimos, no sea que sus beneficios, tan numerosos, se conviertan para nosotros en motivo de juicio si no vivimos de manera digna de él, haciendo lo que es bueno y agradable en su presencia con toda concordia.11

11. Ibíd. 20, 1-22.

V. Jesucristo.

Éste es el camino en el que hemos hallado nuestra salvación, Jesucristo, el sumo sacerdote de nuestras ofrendas, el protector y ayudador de nuestra debilidad. A través de él fijamos nuestra mirada en las alturas del cielo. A través de él contemplamos, como en un espejo, la faz inmaculada y soberana de Dios, Por él nos fueron abiertos los ojos de nuestro corazón. Por él nuestra mente, antes ignorante y llena de tinieblas, ha renacido a la luz. Por él quiso el Señor que gustásemos el conocimiento de la inmortalidad...12

Por su caridad nos acogió el Señor a nosotros. En efecto, por la caridad que nos tuvo, nuestro Señor Jesucristo dio su sangre por nosotros según el designio de Dios, dio su carne por nuestra carne, y su vida por nuestras vidas. Ya veis, hermanos, qué cosa tan grande y tan admirable es la caridad, y cómo es imposible declarar su perfección...13

Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo, y consideremos cuan preciosa es a los ojos de Dios, Padre suyo, hasta el punto de que, derramada por nuestra salvación, mereció la gracia del arrepentimiento.14

Por su fe y hospitalidad se salvó Rahab la ramera... Le dijeron que pusiera en su casa una señal, colgando un paño rojo: con ello quedaba indicado que por la sangre del Señor encontrarían redención todos los que creen y esperan en Dios.15

A los humildes pertenece Cristo, no a los que se muestran arrogantes sobre su rebaño. El cetro de la majestad de Dios, el Señor, Jesucristo, no vino al mundo con aparato de arrogancia ni de soberbia, aunque hubiera podido hacerlo, sino en espíritu de humildad, tal como lo había dicho de él el Espíritu Santo: "Señor, ¿quién lo creerá cuando lo oiga de nosotros?... No tiene figura ni gloria, le vimos sin belleza ni hermosura, su aspecto era despreciable, más feo que el aspecto de los hombres" (sigue la cita de Is 53:1-12, y Sal 21:5-8). Considerad, hermanos, el modelo que se nos propone: porque si el Señor se humilló hasta este extremo, ¿qué tendremos que hacer nosotros, que nos hemos sometido al yugo de su gracia?16

12. Ibid. 36, 1-2; 13.Ibid.49, 6; 14.Ibid.7, 2-4; 15.Ibid.12, 7; 16.Ibid.16, 1- 17;

VI. Fe y obras.

¿Por qué fue bendecido nuestro padre Abraham? ¿No lo fue por haber practicado la justicia y la verdad por medio de la fe? Isaac, conociendo con certeza lo por venir, se dejó llevar de buena gana como víctima de sacrificio. Jacob emigró con humildad de su tierra a causa de su hermano, y marchó a casa de Labán y le sirvió, y le fue concedido el cetro de las doce tribus de Israel... En suma, todos fueron glorificados y engrandecidos, no por méritos propios, ni por sus obras o por la justicia que practicaron, sino por la voluntad de Dios. Por tanto, tampoco nosotros, que fuimos por su voluntad llamados en Jesucristo, no nos justificamos por nuestros propios méritos, ni por nuestra sabiduría, inteligencia y piedad, o por las obras que hacemos en santidad de corazón, sino por la fe, por la que el Dios que todo lo puede justificó a todos desde el principio... Si esto es así, ¿qué hemos de hacer, hermanos? ¿Vamos a mostrarnos negligentes en las buenas obras y podemos descuidar la caridad? No permita Dios que esto suceda, al menos en nosotros. Al contrario, apresurémonos a cumplir todo género de obras buenas, con esfuerzo y ánimo generoso. El mismo artífice y Señor de todas las cosas se regocija y se complace en sus obras... Teniéndole a él como modelo, adhirámonos sin reticencias a su voluntad y hagamos la obra de la justicia con todas nuestras fuerzas. El buen trabajador toma con libertad el pan de su trabajo, pero el perezoso y holgazán no se atreve a mirar a la cara de su amo. Por tanto, hemos de ser prontos y diligentes en las buenas obras, ya que de él nos viene todo. Él nos lo ha prevenido: "He aquí el Señor, y su recompensa delante de su cara, para dar a cada uno según su trabajo" (Is 40, 10, etc.). Con ello nos exhorta a que pongamos en él nuestra fe con todo nuestro corazón, y a que no seamos perezosos ni negligentes en ningún género de obras buenas...17

Siendo una porción santa, practiquemos todo lo que es santificador: huyamos de toda calumnia, de todo abrazo torpe o impuro, de embriagueces y revueltas, de la detestable codicia, del abominable adulterio, de la odiosa soberbia... Vivamos unidos a aquellos que han recibido como don la gracia de Dios, revistámonos de concordia, manteniéndonos en el espíritu de humildad y continencia, absolutamente alejados de toda murmuración y calumnia, justificados por nuestras obras, y no por nuestras palabras... Nuestra alabanza ha de venir de Dios, y no de nosotros mismos, pues Dios detesta al que se alaba a sí mismo.18

17. Ibíd. 31-34; 18. Ibíd.30, 1-6;

VII. La esperanza escatológica.

El que es en Todo Misericordioso y Padre Benéfico, tiene entrañas de compasión para con todos los que le temen, y benigna y amorosamente reparte sus gracias entre los que se acercan a él con mente sencilla. Por tanto, no dudemos, ni vacile nuestra alma acerca de sus dones sobreabundantes y gloriosos. Lejos de nosotros aquello que dice la Escritura (pasaje desconocido): "Desgraciados los de alma vacilante, es decir, los que dudan en su alma diciendo: eso ya lo oímos en tiempo de nuestros padres, y he aquí que hemos llegado a viejos y nada semejante se ha cumplido." ¡Insensatos! Comparaos con un árbol, por ejemplo, la vid. Primero caen sus hojas, luego brota un tallo, luego nace la hoja, luego la flor, después un fruto agraz, y finalmente madura la uva. Considerad cómo en un breve período de tiempo llega a madurez el fruto de ese árbol. A la verdad, pronto y de manera inesperada se cumplirá también su designio, tal como lo atestigua también la Escritura que dice: "Pronto vendrá y no tardará: inesperadamente vendrá el Señor a su templo, y el Santo que estáis esperando" (cf. Is 14, 1; Mal 3, 1). Reflexionemos, carísimos, en la manera cómo el Señor nos declara la resurrección futura, de la que hizo primicias al Señor Jesucristo resucitándole de entre los muertos. Observemos, amados, la resurrección que se da en la sucesión del tiempo. El día y la noche nos muestran la resurrección: muere la noche, resucita el día; el día se va, viene la noche. Tomemos el ejemplo de los frutos: ¿Cómo y en qué forma se hace la sementera? Sale el sembrador y lanza a la tierra cada una de las semillas, las cuales cayendo sobre la tierra secas y desnudas empiezan a descomponerse; y una vez descompuestas, la magnanimidad de la providencia del Señor las hace resucitar, de suerte que cada una se multiplica en muchas, dando así fruto... Así pues, ¿vamos a tener por cosa extraordinaria y maravillosa que el artífice del universo resucite a los que le sirvieron santamente y con la confianza de una fe auténtica...? Apoyados, pues, en esta esperanza, adhiéranse nuestras almas a aquel que es fiel en sus promesas y justo en sus juicios. El que nos mandó no mentir, mucho menos será él mismo mentiroso, ya que nada hay imposible para Dios excepto la misma mentira. Reavivemos en nosotros la fe en él, y pensemos que todo está cerca de él... Todo lo hará cuando quiera y como quiera, y no hay peligro de que deje de cumplirse nada de lo que él tiene decretado...19

19. Ibíd. 23, 27.

VIII. El martirio de Pedro y Pablo.

Por emulación y envidia fueron perseguidos los que eran máximas y justísimas columnas de la Iglesia, los cuales lucharon hasta la muerte. Pongamos ante nuestros ojos a los santos apóstoles: Pedro, por emulación inicua, hubo de soportar no uno ni dos, sino muchos trabajos, y dando así su testimonio, pasó al lugar de la gloria qué le era debido. Por emulación y envidia dio Pablo muestra del trofeo de su paciencia: por seis veces fue cargado de cadenas, fue desterrado, fue apedreado, y habiendo predicado en oriente y en occidente, alcanzó la noble gloria que correspondía a su fe: habiendo enseñado la justicia a todo el mundo, y habiendo llegado hasta el confín de occidente, y habiendo dado su testimonio ante los gobernantes, salió así de este mundo y fue recibido en el lugar santo, hecho ejemplo extraordinario de paciencia. A estos hombres que vivieron en santidad, se agregó un gran número de elegidos, los cuales, después de sufrir muchos ultrajes y tormentos a causa de la envidia, se convirtieron entre nosotros en el más bello ejemplo.20

20. Ibíd. 5, 6.

IX. Fórmulas de oración litúrgica.

Pediremos con instante súplica, haciendo nuestra oración, que él artífice de todas las cosas guarde íntegro en todo el mundo el número contado de sus elegidos, por medio de su amado Hijo Jesucristo.

Por él nos llamó de las tinieblas a la luz,

de la ignorancia al conocimiento de la gloria de su nombre,

a esperar en tu nombre, principio de toda creatura,

abriendo los ojos de nuestros corazones para conocerte a ti

el único altísimo en las alturas,

el Santo que tiene su descanso entre los santos;

el que humilla la altivez de los soberbios,

el que deshace los pensamientos de las naciones,

el que levanta a los humildes y abate a los que se enaltecen,

el que enriquece y empobrece,

el que mata y el que da la vida,

el único bienhechor de los espíritus y Dios de toda carne.

Tú penetras los abismos y contemplas las obras de los hombres,

auxilio de los que están en peligro y salvador de los desesperados,

creador y protector de todo espíritu.

Tú multiplicas las naciones sobre la tierra,

y has escogido entre todas a los que te aman por medio de Jesucristo

tu Hijo amado,

por el cual nos has enseñado, nos has santificado, nos has honrado.

Te rogamos, Señor, que seas nuestro auxilio y nuestro protector.

Sálvanos en la tribulación,

levanta a los caídos,

muéstrate a los necesitados,

sana a los enfermos,

vuelve a los extraviados de tu pueblo,

sacia a los hambrientos,

da libertad a nuestros cautivos,

levanta a los débiles,

consuela a los pusilánimes;

conozcan todas las naciones que tú eres el único Dios,

y Jesucristo es tu Hijo,

y nosotros tu pueblo y las ovejas de tu rebaño...21

Danos la concordia y la paz a nosotros y a todos los que habitan

la tierra, como se la diste a nuestros padres,

cuando te invocaban religiosamente en fe y en verdad.

Que seamos obedientes a tu nombre todopoderoso y glorioso,

y a nuestros príncipes y gobernantes sobre la tierra.

Tú, Señor, les diste a ellos la autoridad real,

por tu poder magnífico e inenarrable,

para que conociendo nosotros el honor y la gloria que tú les diste,

nos sometamos a ellos sin oponernos en nada a tu voluntad.

Dales, Señor, salud, paz, concordia y estabilidad,

para que ejerzan sin tropiezo la autoridad que de ti han recibido.

Porque tú, Señor, rey celestial de los siglos,

das a los hijos de los hombres que están sobre la tierra

gloria y honor y autoridad.

Tú, Señor, endereza sus voluntades a lo que es bueno y agradable

en tu presencia,

para que ejerciendo en paz, mansedumbre y piedad la autoridad que

de ti recibieron,

alcancen de ti misericordia...22

21. Ibíd. 59, 2-4. 22. Ibíd. 60, 4 – 61, 2;

 

La “Didakhe.”

La Didakhe o Doctrina de los doce apóstoles, a la que se hallaban referencias en los autores antiguos, se había dado por perdida hasta que su texto fue hallado en un manuscrito de Constantinopla y publicado en 1883. Inmediatamente se suscitaron vivas polémicas acerca de su carácter y antigüedad. Frente a la opinión de los que pretendían que se trataba de una ficción arcaizante, tal vez de origen montañista, que no sería anterior a los últimos años del siglo II, parece haber ido ganando terreno reciente mente la convicción de que se trata de una compilación de elementos muy antiguos, que en su mayor parte bien pueden remontarse al siglo I. El conjunto está formado por varias instrucciones de tipo moral, litúrgico y disciplinar, tal vez para uso de evangelizadores itinerantes. Su particular interés está en que nos da a conocer las formas más primitivas de catequesis moral, con reconocida influencia judía, y los elementos más antiguos de la liturgia bautismal y eucarística, así como la organización eclesiástica en el momento en que, junto a los predicadores itinerantes y carismáticos, empieza a surgir una jerarquía estable y una organización en las Iglesias locales.

I. Instrucción moral.

Hay dos caminos, el de la vida y el de la muerte, y grande es la diferencia que hay entre estos dos caminos. El camino de la vida es éste: "Amarás en primer lugar a Dios que te ha creado, y en segundo lugar a tu prójimo como a ti mismo. Todo lo que no quieres que se haga contigo, no lo hagas tú a otro." Tal es la enseñanza de este discurso: "Bendecid a los que os maldicen y rogad por vuestros enemigos, y ayunad por los que os persiguen. Porque ¿qué gracia hay en que améis a los que os aman? ¿No hacen esto también los gentiles? Vosotros amad a los que os odian, y no tengáis enemigo." Apártate de los deseos carnales. Si alguno te da una bofetada en la mejilla derecha, vuélvele la izquierda, y serás perfecto. Si alguien te fuerza a ir con él durante una milla, acompáñale dos. Si alguien te quita el manto, dale también la túnica. Si alguien te quita lo tuyo, no se lo reclames, pues tampoco puedes. A todo el que te pida, dale y no le reclames nada, pues el Padre quiere que se dé a todos de sus propios dones. Bienaventurado el que da conforme a este mandamiento, pues éste es inocente. ¡Ay del que recibe! Si recibe porque tiene necesidad, será inocente; pero si recibe sin tener necesidad, tendrá que dar cuenta de por qué recibió y para qué: puesto en prisión, se le examinará sobre lo que hizo, y no saldrá hasta que no devuelva el último cuadrante. También está dicho acerca de esto: que tu limosna sude en tus manos hasta que sepas a quién das.

Segundo mandamiento de la doctrina: No matarás, no adulterarás, no corromperás a los menores, no fornicarás, no robarás, no practicarás la magia o la hechicería, no matarás el hijo en el seno materno, ni quitarás la vida al recién nacido. No codiciarás los bienes del prójimo, no perjurarás, no darás falso testimonio. No calumniarás ni guardarás rencor. No serás doble de mente o de lengua, pues la doblez es lazo de muerte. Tu palabra no será mentirosa ni vana, sino que la cumplirás por la obra. No serás avaro, ni rapaz, ni hipócrita, ni malvado, ni soberbio. No tramarás planes malvados contra tu prójimo. No odiarás a hombre alguno, sino que a unos los convencerás, por otros rogarás, a otros los amarás más que a tu propia alma... Sé manso, pues los mansos heredarán la tierra. Sé paciente, compasivo, sin malicia, tranquilo y bueno, temeroso en todo momento de las palabras que has oído. No te exaltarás, ni entregarás tu alma a la temeridad. No se junte tu alma con los soberbios, sino que andarás con los justos y humildes. Los sucesos que te sobrevengan los aceptarás como bienes, sabiendo que no sucede nada sino por disposición de Dios.

Hijo mío, te acordarás de día y de noche del que te habla la palabra de Dios, y le honrarás como al Señor. Porque donde se anuncia la majestad del Señor, allí está el Señor. Buscarás cada día los rostros de los santos, para hallar descanso en sus palabras. No harás cisma, sino que pondrás paz entre los que pelean. Juzgarás rectamente, y no harás distinción de personas para reprender las faltas. No andarás con alma dudosa de si sucederá o no sucederá: No seas de los que extienden la mano para recibir, pero la retiran para dar. Si adquieres algo por el trabajo de tus manos, da de ello como rescate de tus pecados. No vaciles en dar, ni murmurarás mientras das, pues has de saber quién es el buen recompensador de tu limosna. No rechazarás al necesitado, sino que tendrás todas las cosas en común con tu hermano, sin decir que nada es tuyo propio; pues si os son comunes los bienes inmortales, cuánto más los mortales. Tu mano no se levantará de tu hijo o de tu hija, sino que les enseñarás desde su juventud el temor de Dios. No mandarás con aspereza a tu esclavo o a tu esclava que esperan en el mismo Dios que tú, no sea que dejen de temer a Dios que está sobre unos y otros... Vosotros, los esclavos, someteos a vuestros señores como a imagen de Dios con reverencia y temor...

En la asamblea confesarás tus pecados, y no te acercarás a la oración con mala conciencia. Este es el camino de la vida.1

1. Didakhe.1, 5;

II. El bautismo.

En lo que se refiere al bautismo, tenéis que bautizar así: Habiendo dicho todas estas cosas, bautizad en el nombre del Padre y del Hijo y el Espíritu Santo, en agua viva. Si no tienes agua viva, bautiza con otra agua. Si no puedes con agua fría, hazlo con caliente. Si no tienes ni una ni otra, derrama agua sobre la cabeza tres veces, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Antes del Bautismo, ayunen el bautizante y el bautizando y algunos otros que puedan. Pero al bautizando le ordenarás que ayune uno o dos días antes.2

2. Ibíd. 7;

III. Ayuno y oración.

No ayunaréis juntamente con los hipócritas (es decir, los judíos), que ayunan el segundo y el quinto día de la semana. Vosotros ayunaréis el día cuarto y el de la preparación. Tampoco hagáis vuestra oración como los hipócritas, sino, como lo mandó el Señor en el Evangelio, así oraréis: Padre nuestro... Oraréis así tres veces al día.2a

2a. Ibíd. 8;

IV. Fórmulas para la cena eucarística.

En lo que toca a la acción de gracias, la haréis de esta manera: Primero sobre el cáliz: Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa viña de David tu siervo, la que nos diste a conocer a nosotros por medio de Jesús, tu siervo. A ti la gloria por los siglos.

Luego sobre el trozo (de pan): Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento, que nos diste a conocer por medio de Jesús tu siervo. A ti la gloria por los siglos. Como este fragmento estaba disperso sobre los montes, y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino. Porque tuya es la gloria y el poder, por Jesucristo, por los siglos.

Que nadie coma ni beba de vuestra comida de acción de gracias, sino los bautizados en el nombre del Señor, pues sobre esto dijo el Señor: No deis lo santo a los perros.

Después de saciaros, daréis gracias así:

Te damos gracias, Padre santo, por tu santo nombre que hiciste morar en nuestros corazones, y por el conocimiento, la fe y la inmortalidad que nos has dado a conocer por medio de Jesús, tu siervo. A ti la gloria por los siglos.

Tú, Señor omnipotente, creaste todas las cosas por causa de tu nombre, y diste a los hombres alimento y bebida para su disfrute, para que te dieran gracias. Mas a nosotros nos hiciste el don de un alimento y una bebida espiritual y de la vida eterna por medio de tu siervo. Ante todo te damos gracias porque eres poderoso. A ti la gloría por los siglos.

Acuérdate, Señor, de tu Iglesia, para librarla de todo mal y hacerla perfecta en tu caridad, y congrégala desde los cuatro vientos, santificada, en tu reino que le has preparado. Porque tuyo es el poder y la gloria por los siglos.

Venga la gracia y pase este mundo. Hosanna al Dios de David. El que sea santo, que se acerque. El que no lo es, que se arrepienta. "Maran Atha." Amén.

A los profetas, dejadles dar gracias cuanto quieran.3

3. Ibíd.9, 10;

V. Instrucción sobre los apóstoles y profetas.

Al que viniendo a vosotros os enseñare todo lo dicho, aceptadle. Pero si el mismo maestro, extraviado, os enseña otra doctrina para vuestra disgregación, no le prestéis oído; si, en cambio, os enseña para aumentar vuestra justicia y conocimiento del Señor, recibidle como al mismo Señor.

Con los apóstoles y profetas, obrad de la siguiente manera, de acuerdo con la enseñanza evangélica: todo apóstol que venga a vosotros, sea recibido como el Señor. No se detendrá sino un solo día, y, si fuere necesario, otro más. Si se queda tres días, es un falso profeta. Cuando el apóstol se vaya no tome nada consigo si no es pan hasta su nuevo alojamiento. Si pide dinero, es un falso profeta.

No pongáis a prueba ni a examen ningún profeta, que habla en espíritu. Porque todo pecado será perdonado, pero este pecado no será perdonado. Con todo, no todo el que habla en espíritu es profeta, sino el que tiene el modo de vida del Señor. En efecto, por el modo de vida se distinguirá el verdadero profeta del falso. Todo profeta que manda poner una mesa en espíritu, no come de ella: de lo contrario, es un falso profeta. Todo profeta que predica la verdad, si no cumple lo que enseña es un falso profeta. Todo profeta probado como verdadero, que trabaja en el misterio de la Iglesia en el mundo, si no enseña a hacer lo que él hace, no lo juzgaréis, pues su juicio está en Dios. Así lo hicieron también los antiguos profetas. Pero al que dice en espíritu: Dame dinero, o cualquier otra cosa, no le prestéis oído. En cambio si dice que se dé a otros necesitados, nadie lo juzgue.

A todo el que viniere en nombre del Señor, recibidle. Luego examinándole le conoceréis por su derecha y por su izquierda, pues tenéis discernimiento. Al que pasa de camino le ayudaréis en cuanto podáis: pero no se quedará con vosotros sino dos o tres días, si fuere necesario. Si quiere quedarse entre vosotros, teniendo un oficio, que trabaje para su sustento. Si no tiene oficio, proveed según prudencia, de modo que no viva entre vosotros cristiano alguno ocioso. Si no quiere aceptar esto, se trata de un traficante de Cristo: tened cuidado con tales gentes.

Todo auténtico profeta que quiera morar de asiento entre vosotros es digno de su sustento. Igualmente, todo auténtico maestro merece también, como el trabajador, su sustento. Por tanto, tomarás siempre las primicias de los frutos del lugar y de la era, de los bueyes y de las ovejas, y las darás como primicias a los profetas, pues ellos son vuestros sumos sacerdotes. Si no tenéis profeta, dadlo a los pobres. Si haces pan, toma las primicias y dalas conforme al mandato. Si abres una jarra de vino o de aceite, toma las primicias y dalas a los profetas. De tu dinero, de tu vestido y de todas tus posesiones, toma las primicias, según te pareciere, y dalas conforme al mandato.4

4. Ibíd.11, 13;

VI. El día del Señor.

En el día del Señor reunios y romped el pan y haced la eucaristía, después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro. Todo el que tenga disensión con su compañero, no se junte con vosotros hasta que no se hayan reconciliado, para que no sea profanado vuestro sacrificio. Este es el sacrificio del que dijo el Señor: "En todo lugar y tiempo se me ofrece un sacrificio puro: porque yo soy el gran Rey, dice el Señor, y mi nombre es admirable entre las naciones" (Mal. I, II)5

5. Ibid.14.

VII. Obispos y diáconos.

Elegios obispos y diáconos dignos del Señor, hombres mansos, no amantes del dinero, sinceros y probados; porque también ellos os sirven a vosotros en el ministerio de los profetas y maestros. No los despreséis, ya que tienen entre vosotros el mismo honor que los profetas y maestros.6

6. Ibíd.15.

VIII. Escatología.

Vigilad sobre vuestra vida. No se apaguen vuestras linternas, y no dejen de estar ceñidos vuestros lomos, sino estad preparados, pues no sabéis la hora en que vendrá nuestro Señor. Reunios con frecuencia, buscando lo que conviene a vuestras almas, pues de nada os servirá todo el tiempo en que habéis creído, si no consumáis vuestra perfección en el último momento. En los últimos días se multiplicarán los falsos profetas y los corruptores, y las ovejas se convertirán en lobos, y el amor se convertirá en odio. En efecto, al crecer la iniquidad, los hombres se odiarán entre sí, y se perseguirán y se traicionarán: entonces aparecerá el extraviador del mundo, como hijo de Dios, y hará señales y prodigios, y la tierra será entregada en sus manos, y cometerá iniquidades como no se han cometido desde siglos. Entonces la creación de los hombres entrará en la conflagración de la prueba, y muchos se escandalizarán y perecerán. Pero los que perseveren en su fe serán salvados por el mismo que había sido maldecido. Entonces aparecerán las señales auténticas: en primer lugar el signo de la abertura del cielo, luego el del sonido de trompeta, en tercer lugar, la resurrección de los muertos, no de todos los hombres, sino, como está dicho: "Vendrá el Señor y todos los santos con él" (Zac 14:5). Entonces el mundo verá al Señor viniendo sobre las nubes del cielo.7

7. Ibid.16.

 

Ignacio de Antioquía.

Ignacio, obispo de Antioquia de Siria, fue condenado a las fieras en su ancianidad, en la época de Trajano (hacia el año 110). Enviado a Roma con un piquete de soldados para morir en los juegos gladiatorios, fue escribiendo durante el camino varias cartas (poseemos siete, no todas de autenticidad asegurada) a las diversas comunidades cristianas por las que había pasado, a la comunidad romana adonde se dirigía, o al venerable obispo Policarpo de Esmirna. Estas cartas están escritas en momentos de gran intensidad interior, reflejando la actitud espiritual de un hombre que ha aceptado ya plenamente la muerte por Cristo y sólo anhela el momento de ir a unirse definitivamente con él. El deseo de "alcanzar a Cristo" se expresa en ellas con vigor inigualable. Al mismo tiempo afloran las preocupaciones del santo obispo con respecto a los peligros doctrinales de las Iglesias. Por una parte quiere asegurar la recta interpretación del sentido de la encarnación de Cristo, tanto contra los judaizantes que minimizaban el valor de la venida de Cristo en la carne como superación de la antigua dispensación, como contra los docetistas, que negaban la realidad de la misma encarnación, afirmando que el Verbo de Dios sólo había tomado una apariencia humana. De esta forma hallamos ya en Ignacio las bases de la cristología ortodoxa posterior. Por otra parte, Ignacio está preocupado por asegurar la unidad amenazada dentro de las Iglesias: por ello insiste en la unión con el obispo como principio de unidad. Además hay indicios de que aun algunas de las cartas auténticas pueden contener interpolaciones de época posterior.

La colección de cartas de Ignacio fue ampliada en época bastante posterior con otras cartas, hoy universalmente reconocidas como apócrifas.

I. El ansia de alcanzar a Cristo.

Puesto en cadenas por Cristo Jesús, espero poder saludaros si por voluntad del Señor soy digno de llegar hasta el fin. Por lo menos los comienzos están bien puestos, y ojalá alcance la gracia de lograr sin tropiezo la herencia que me toca: porque temo que el amor que me tenéis me perjudique, porque para vosotros es fácil alcanzar lo que os proponéis, y en cambio a mí, si no tenéis consideración conmigo (abandonando todo intento de alcanzar un indulto) me va a ser difícil alcanzar a Dios... Porque yo jamás tendré otra tal oportunidad de alcanzar a Dios, ni vosotros podréis colaborar a otra obra mejor sólo con que nada digáis. Porque si vosotros nada decís acerca de mí, yo me convertiré en palabra de Dios, mientras que si ponéis vuestro afecto en mi existencia carnal me quedo de nuevo en mera voz humana. No me procuréis otra cosa sino el poder ser ofrecido en libación a Dios mientras hay todavía un altar preparado: de esta suerte, vosotros, formando un solo coro en la caridad, cantaréis un canto al Padre en Jesucristo, porque Dios se dignó que el obispo de Siria apareciera en occidente, habiéndole hecho venir de oriente. Bello es mi ocaso de este mundo para Dios, de suerte que tenga en él una nueva aurora...

Lo único que para mí habéis de pedir es fuerza interior y exterior, a fin de que no sólo de palabra, sino también de voluntad me llame cristiano y me muestre como tal... Escribo a todas las Iglesias, y a todas les encarezco que estoy presto a morir de buena gana por Dios, si vosotros no lo impedís. A vosotros os suplico que no tengáis para conmigo una benevolencia intempestiva. Dejadme ser alimento de las fieras, por medio de las cuales pueda yo alcanzar a Dios. Trigo soy de Dios que ha de ser molido por los dientes de las fieras, para ser presentado como pan limpio de Cristo. En todo caso, más bien halagad a las fieras para que se conviertan en sepulcro mío sin dejar rastro de mi cuerpo: así no seré molesto a nadie ni después de muerto. Cuando mi cuerpo haya desaparecido de este mundo, entonces seré verdadero discípulo de Jesucristo. Haced súplicas a Cristo por mí para que por medio de esos instrumentos pueda yo ser sacrificado para Dios... Hasta el presente yo soy esclavo: pero si sufro el martirio, seré liberto de Jesucristo, y resucitaré libre en él. Y ahora, estando encadenado, aprendo a no tener deseo alguno.

Desde Siria hasta Roma vengo luchando con fieras, por tierra y por mar, de noche y de día, atado a diez leopardos, que eso son los soldados del piquete, los cuales, cuanto más atenciones les tiene uno, peores se vuelven. Pero yo con sus malos tratos aprendo a ser mejor discípulo, aunque no por esto me tengo por justificado. Estoy anhelando las fieras que me están preparadas, y pido que pronto se echen sobre mí. Yo mismo las azuzaré para que me devoren al punto, y no suceda lo que en algunos casos, que amedrentadas no se acercan a sus víctimas. Si no quisieran hacerlo de grado, yo las forzaré. Perdonadme que diga esto: yo sé lo que me conviene. Ahora es cuando empiezo a ser discípulo. Que nada de lo visible o de lo invisible me impida maliciosamente alcanzar a Jesucristo. Vengan sobre mí el fuego, la cruz, manadas de fieras, quebrantamientos de huesos, descoyuntamientos de miembros, trituraciones de todo mi cuerpo, torturas atroces del diablo, sólo con que pueda yo alcanzar a Cristo.

De nada me aprovecharán los confines del mundo ni los reinos de este siglo. Para mí es más bello morir y pasar a Cristo, que reinar sobre los confines de la tierra. Voy en pos de aquel que murió por nosotros: voy en pos de aquel que resucitó por nosotros. Mi parto está ya inminente. Perdonad lo que digo, hermanos: no me impidáis vivir, no os empeñéis en que no muera; no me entreguéis al mundo, cuando yo quiero ser de Dios, ni me engañéis con las cosas materiales. Dejadme llegar a la luz pura, que una vez llegado allí seré verdaderamente hombre. Dejadme que sea imitador de la pasión de mi Dios. Si alguno le tiene dentro de sí, entenderá mi actitud, y tendrá los mismos sentimientos que yo, pues sabrá qué es lo que me apremia.

Os escribo estando vivo, pero anhelando la muerte. Mi amor está crucificado, y no queda ya en mí fuego para consumir la materia, sino sólo una agua viva que habla dentro de mí diciéndome desde mi interior: "Ven al Padre." Ya no encuentro gusto en el alimento corruptible y en los placeres de esta vida. Anhelo por el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, del linaje de David; y por bebida quiero su sangre, que es amor inmarcesible.1

1.De la carta a los Romanos.5, 6;

II. Jesucristo.

Nuestro Dios, Jesucristo, fue concebido en el seno de María, según el designio de Dios, siendo por una parte del linaje de David, y por otra del Espíritu Santo. Él nació, y fue bautizado, para purificar el agua con su pasión. La virginidad y el parto de María quedaron ocultos al príncipe de este mundo, así como también la muerte del Señor. Son estos tres misterios sonoros, que se cumplieron en el silencio de Dios. Mas, ¿cómo se manifestaron a los siglos? Brilló en los cielos un astro por encima de todos los astros, cuya luz era inexplicable y cuya novedad causaba extrañeza. Y todos los demás astros, juntamente con el sol y la luna, hicieron coro a aquel astro, cuya luz sobrepujaba a la de todos los demás. Turbaronse las gentes, preguntándose de dónde venía aquella novedad tan distinta de las demás estrellas. Desde entonces quedó destruida toda hechicería y desaparecieron las cadenas de la iniquidad: quedó eliminada la ignorancia, y destruido el antiguo imperio desde el momento en que Dios se manifestó en forma humana para conferir la novedad de la vida eterna. Entonces empezó a cumplirse lo que Dios ya tenía preparado. Todo se puso en conmoción en cuanto empezó a ponerse por obra la destrucción de la muerte... Tengo intención de escribiros un segundo escrito ampliando mi explicación acerca del designio divino en orden al hombre nuevo, que es Jesucristo, y que estriba en la fe y en la caridad para con él, en su pasión y en su resurrección...2

Un médico hay, que es a la vez carnal y espiritual, engendrado y no engendrado, Dios hecho carne, vida verdadera aunque mortal, hijo de María e hijo de Dios, primero pasible y luego impasible, Jesucristo nuestro Señor.3

Tapaos los oídos cuando alguien os diga algo fuera de Jesucristo, el cual es del linaje de David e hijo de María, que nació verdaderamente, comió y bebió, fue verdaderamente perseguido por Poncio Pilato, verdaderamente crucificado, y murió a la vista de los que habitan el cielo, la tierra y los infiernos. Él mismo resucitó verdaderamente de entre los muertos, siendo resucitado por su propio Padre. Y de manera semejante, a nosotros, los que hemos creído en él, nos resucitará su Padre en Cristo Jesús, fuera del cual no tenemos vida verdadera. Pero si, como dicen ciertos hombres sin Dios, es decir, sin fe, solamente padeció en apariencia ellos sí que son apariencia ¿Por qué estoy en cadenas? ¿Por qué anhelo luchar con las fieras? Vana sería mi muerte y falso mi testimonio acerca del Señor. Huid de esos malos retoños que llevan fruto mortífero, pues el que comiere de él morirá. Esos no son del huerto del Padre, que si lo fueran mostrarían las ramas de la cruz y llevarían fruto incorruptible. Es por la cruz por la que el Señor os invita a su pasión, pues sois sus miembros. No puede darse la cabeza separada de los miembros, y el mismo Señor nos promete la unión, que es él mismo.4

Glorifico a Jesucristo, Dios, quien os ha comunicado tan grande sabiduría: porque pude observar que estáis bien asegurados en una fe inconmovible, como si estuvieseis clavados en carne y espíritu en la cruz del Señor Jesucristo, bien establecidos en la caridad por la sangre de Cristo, perfectamente instruidos en lo que se refiere a nuestro Señor, a saber, en que es verdaderamente del linaje de David según la carne, e Hijo de Dios por la voluntad y el poder de Dios, nacido verdaderamente de una virgen, bautizado por Juan, para que se cumpliera en él toda justicia (Cf. Mt 3:15), verdaderamente crucificado en la carne bajo Poncio Pilato y el tetrarca Herodes, de cuya divina y bienaventurada pasión somos fruto nosotros, para levantar una bandera por los siglos mediante su resurrección, entre sus santos y fieles, ya sean judíos o gentiles, en un solo cuerpo que es su Iglesia. Todo esto padeció el Señor por nosotros, para salvarnos: y lo sufrió verdaderamente, así como también verdaderamente se resucitó a sí mismo, y no como dicen algunos infieles que sólo padeció en apariencia. A éstos les sucederá como ellos piensan, quedándose en entes incorpóreos y fantasmales. Yo sé bien y creo que después de su resurrección anduvo en la carne, y cuando vino a los que estaban con Pedro les dijo: "Tocadme, palpadme y ved que no soy un fantasma incorpóreo," y al punto le tocaron y creyeron, quedando compenetrados con su carne y con su espíritu. Por esto despreciaron ellos la muerte, y se mostraron superiores a la misma muerte. Y después de su resurrección comió y bebió con ellos como un hombre de carne, aunque espiritualmente estaba unido con el Padre. Carísimos, os encarezco esto, por más que sé que éste es vuestro sentir. Pero es que soy para vosotros como centinela contra esas fieras en forma humana, a las que no sólo no debéis admitir entre vosotros, sino ni aun siquiera toparos con ellas en lo posible. Sólo debéis rogar por ellas, por si se convierten, cosa que es difícil. Pero aun para eso tiene poder Jesucristo, nuestra vida verdadera... Por lo que se refiere a sus nombres, siendo de gentes infieles, no me parece bien consignarlos aquí por escrito, sino que ni quiero acordarme de ellos, hasta que no se conviertan a aquella pasión que es nuestra resurrección...

Que nadie se engañe: aun las potestades celestes, y la gloria de los ángeles, y los príncipes visibles e invisibles, estarán sujetos a juicio si no creen en la sangre de Cristo. El que pueda entender que entienda. Que nadie se envanezca por el lugar que ocupa, porque todo depende de la fe y de la caridad, y ningún valor va por delante de éstas. Reconoced a los que son heterodoxos con respecto a la gracia de Jesucristo que ha venido a vosotros, viendo cuan contrarios son a la voluntad de Dios: pues no se preocupan para nada de la caridad, no les importan ni la viuda, ni el huérfano, ni el atribulado, ni se preocupan de que uno esté en prisiones o libre, hambriento o sediento. Igualmente se apartan de la eucaristía y de la oración, pues no confiesan que la eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo con la que padeció por nuestros pecados, la cual resucitó el Padre en su bondad. Así pues, los que contradicen al don de Dios, perecen en sus disquisiciones. Mejor les fuera celebrar el ágape, para que pudieran resucitar. Por tanto, es conveniente apartarse de los tales y no hablar de ellos ni en privado ni en público, prestando en cambio atención a los profetas y particularmente al Evangelio, en el cual se nos hace patente su pasión y vemos cumplida su resurrección. Huid de toda división como de origen de males.5

No os dejéis engañar con doctrinas extrañas ni con esas viejas fábulas que ya no tienen utilidad. Porque si aun ahora vivimos según el judaísmo, confesamos con ello que todavía no hemos recibido la gracia. Los divinos profetas vivieron según Cristo Jesús, y por eso fueron perseguidos, estando inspirados por su gracia para convencer a los incrédulos de que hay un solo Dios que se manifestó en Jesucristo, su Hijo, que es la Palabra suya proferida en el silencio, y que agradó en todo al que le había enviado. Ahora bien, los que se habían criado en el antiguo orden de cosas, vinieron a una nueva esperanza, y ya no vivían guardando el sábado, sino el domingo, el día en que amaneció nuestra vida por gracia del Señor y de su muerte. Pero algunos niegan este misterio, por el cual recibimos la fe y soportamos el sufrir, para ser hallados discípulos de Jesucristo, nuestro único maestro. ¿Cómo podríamos nosotros vivir sin él, a quien esperaban como maestro los profetas, siendo ya discípulos suyos en el espíritu? Por esto, por haberlo esperado justamente, cuando vino en realidad los resucitó de entre los muertos...

El que se llama con otro nombre que el de cristiano, no es de Dios. Arrojad, pues, la mala levadura, que se ha hecho ya vieja y agria, y transformaos en la levadura nueva que es Jesucristo. Dejaos salar en él, para que nadie de entre vosotros se corrompa, ya que por vuestro olor seréis reconocidos. Es absurdo hablar de Jesucristo y vivir judaicamente. No fue el cristianismo el que creyó en el judaísmo, sino el judaísmo en el cristianismo, que ha congregado a toda lengua que cree en Dios...6

1.De la Carta a los Romanos.5, 6; 2.Carta a los Efesios.18, 20; 3.Ibíd.7; 4.Carta a los Traíllanos.9, 11; 5.Carta a los de Esmirna.1, 7; 6.Carta a los de Magnesia.8, 10;

 

III. La eucaristía.

Poned todo empeño en usar de una sola eucaristía, pues una es la carne de nuestro Señor Jesucristo, y uno solo el cáliz que nos une con su sangre, y uno el altar, como uno es el obispo juntamente con el colegio de ancianos y los diáconos, consiervos míos. De esta suerte, obrando así obraréis según Dios.7

Poned empeño en reuniros más frecuentemente para celebrar la eucaristía de Dios y glorificarle. Porque cuando frecuentemente os reunís en común, queda destruido el poder de Satanás, y por la concordia de vuestra fe queda aniquilado su poder destructor. Nada hay más precioso que la paz, por la cual se desbarata la guerra de las potestades celestes y terrestres. Nada de todo esto se os oculta a vosotros si poseéis de manera perfecta la fe en Cristo y la caridad, que son principio y término de la vida. La fe es el principio, la caridad es el término. Las dos, trabadas en unidad, son Dios, y todas las virtudes morales se siguen de ellas. Nadie que proclama la fe peca, y nadie que posee la caridad odia. El árbol se manifiesta por sus frutos. Así, los que se profesan ser de Cristo, se pondrán de manifiesto por sus obras...8

7. Carta a los de Filadelfia. 4; 8.Carta a los Efesios.13, 14;

 

IV. El obispo, principio de unidad.

Seguid todos al obispo, como Jesucristo al Padre, y al colegio de ancianos (presbyteroi) como a los apóstoles. En cuanto a los diáconos, reverenciadlos como al mandamiento de Dios. Que nadie sin el obispo haga nada de lo que atañe a la Iglesia. Sólo aquella eucaristía ha de ser tenida por válida que se hace por el obispo o por quien tiene autorización de él. Dondequiera que aparece el obispo, acuda allí el pueblo, así como dondequiera que esté Cristo, allí está la Iglesia universal (katholiké)... No es lícito celebrar el bautismo o la eucaristía sin el obispo. Lo que él aprobare, eso es también lo agradable a Dios, a fin de que todo cuanto hagáis sea firme y válido... El que honra al obispo, es honrado de Dios. El que hace algo a ocultas del obispo, rinde culto al diablo. Que todo, pues, redunde en gracia para vosotros...9

Os conviene concurrir con el sentir de vuestro obispo, como ya lo hacéis, porque, en efecto, vuestro colegio de ancianos, digno de este nombre y digno de Dios, está con vuestro obispo en una armonía comparable a la de las cuerdas en la cítara: vuestra concordia y vuestra unísona caridad levantan así un himno a Cristo. También los particulares tenéis que formar como un coro, de suerte que, unísonos en vuestra concordia, y tomando unánimemente el tono de Dios, cantéis a una voz al Padre por medio de Jesucristo, y así os escuche y os reconozca por vuestras buenas obras como melodía de su propio Hijo. Os conviene, pues, manteneros en unidad irreprochable, a fin de estar en todo momento en comunión con Dios.

Yo en poco tiempo he podido llegar a una gran intimidad con vuestro obispo — intimidad no humana, sino espiritual —, ¿cuánto más os he de llamar dichosos a vosotros, que estáis compenetrados con él, como la Iglesia con Jesucristo, y como Jesucristo con el Padre, a fin de que todo resuene armoniosamente en la unidad? Que nadie se engañe: si uno no está dentro del ámbito del altar, se priva del pan de Dios. Porque si la oración de uno o dos tiene tanta fuerza, mucha mayor será la del obispo con toda la Iglesia. El que no acude a la reunión común, ése es ya un soberbio y se condena a sí mismo, pues está escrito: "Dios resiste a los soberbios." Pongamos, pues, empeño en no enfrentarnos con el obispo, de suerte que así estemos sometidos a Dios. Cuanto uno vea más callado a su obispo, más ha de respetarle. Porque a todo el que envía el padre de familias para gobernar su casa hemos de recibirle como al mismo que lo envía. Es, pues, evidente, que hemos de mirar al obispo como al mismo Señor...10

Os exhorto a que pongáis empeño en hacerlo todo en la concordia de Dios, bajo la presidencia del obispo, que tiene el lugar de Dios, y de los presbíteros que tienen el lugar del colegio de los apóstoles, y de los diáconos, para mí dulcísimos, que tienen confiado el servicio de Jesucristo, quien estaba con el Padre desde antes de los siglos, y se manifestó al fin de los tiempos. Así pues, conformaos todos con el proceder de Dios, respetaos mutuamente, y nadie mire a su prójimo según la carne, sino amaos en todo momento los unos a los otros en Jesucristo. Nada haya en vosotros que pueda dividiros, sino formad todos una unidad con el obispo y con los que os presiden a imagen y siguiendo la enseñanza de la realidad incorruptible. Así como el Señor no hizo nada sin el Padre, siendo una cosa con él — nada ni por sí mismo ni por los apóstoles — así tampoco vosotros hagáis nada sin el obispo y los presbíteros. No intentéis presentar vuestras opiniones particulares como razonables, sino que haya una sola oración en común, una sola súplica, una sola mente, una esperanza en la caridad, en la alegría sin mancha, que es Jesucristo. Nada hay mejor que él. Corred todos a una, como a un único templo de Dios, como a un solo altar, a un solo Jesucristo, que procede de un solo Padre, el único a quien volvió y con quien está...11

9. Carta a las de Esmirrna. 8, 9; 10.Carta a los Efesios. 4, 6; 11. Carta a los de Magnesia. 6, 7;

 

Policarpo de Esmirna.

Policarpo, obispo de Esmirna, es, con su larga vida, como un puente entre la generación de los apóstoles y las generaciones que vivieron la expansión doctrinal y numérica del cristianismo. Por una parte fue discípulo del apóstol Juan, y por otra fueron discípulos suyos los grandes maestros Papías e Ireneo. Este último, en un pasaje de singular fuerza evocadora, apela a Policarpo como fiel transmisor de la doctrina de los apóstoles.

Del mismo Policarpo sólo se conserva una carta a la cristiandad de Filipos: está escrita en un estilo sencillo y sobrio, y se reduce a una serie de vigorosas exhortaciones, más bien de orden moral.

De particular interés histórico y religioso son las Actas del martirio de Policarpo, generalmente reconocidas como auténticas: son un documento por el que la Iglesia de Esmirna daba a conocer a las Iglesias hermanas la manera como su obispo juntamente con muchos de sus fieles había sufrido una muerte ejemplar en la persecución, probablemente hacia el año 155.

I. Testimonio de Ireneo sobre Policarpo.

Siendo yo niño, conviví con Policarpo en el Asia Menor... Conservo una memoria de las cosas de aquella época mejor que de las de ahora, porque lo que aprendemos de niños crece con la misma vida y se hace una cosa con ella. Podría decir incluso el lugar donde el bienaventurado Policarpo se solía sentar para conversar, sus idas y venidas, el carácter de su vida, sus rasgos físicos y sus discursos al pueblo. Él contaba cómo había convivido con Juan y con los que habían visto al Señor. Decía que se acordaba muy bien de sus palabras, y explicaba lo que había oído de ellos acerca del Señor, sus milagros y sus enseñanzas. Habiendo recibido todas estas cosas de los que habían sido testigos oculares del Verbo de la Vida, Policarpo lo explicaba todo en consonancia con las Escrituras. Por mi parte, por la misericordia que el Señor me hizo, escuchaba ya entonces con diligencia todas estas cosas, procurando tomar nota de ello, no sobre el papel, sino en mi corazón. Y siempre, por la gracia de Dios, he procurado conservarlo vivo con toda fidelidad... Lo que él pensaba está bien claro -en las cartas que él escribió a las Iglesias de su vecindad para robustecerlas o, también a algunos de los hermanos, exhortándolos o consolándolos...1

Policarpo no sólo recibió la enseñanza de los apóstoles y conversó con muchos que habían visto a nuestro Señor, sino que fue establecido como obispo de Esmirna en Asia por los mismos apóstoles. Yo le conocí en mi infancia, ya que vivió mucho tiempo y dejó esta vida siendo ya muy anciano con un gloriosísimo martirio. Enseñó siempre lo que había aprendido de los apóstoles, que es lo que enseña la Iglesia y la única verdad. De ello son testigos todas las Iglesias de Asia, y los que hasta el presente han sido sucesores de Policarpo... Éste, en un viaje a Roma, en tiempos de Aniceto, convirtió a muchos herejes... a la Iglesia de Dios, proclamando que había recibido de los apóstoles la única verdad, idéntica con la que es transmitida en la tradición de la Iglesia. Y hay quienes le oyeron decir que Juan, el discípulo del Señor, una vez que fue al baño en Éfeso vio allí dentro al hereje Cerinto; y al punto salió del lugar sin bañarse, diciendo que temía que se hundiesen los baños, estando allí Cerinto, el enemigo de la verdad. El mismo Policarpo se encontró una vez con Marción, y éste le dijo: "¿No me conoces?" Pero aquél le contestó: "Te conozco como a primogénito de Satanás..."2

1. eusebio. Historia Eclesiástica V. 20, 3, 8; 2. ireneo. Adversas Haereses. III, 3, 4;

 

II. La carta a los de Filipos.

Ceñidos vuestros lomos, servid a Dios con temor y en verdad, dejando toda vana palabrería y los errores del vulgo, teniendo fe en aquel que resucitó a nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos y le dio gloria y el trono de su diestra. A él le fueron sometidas todas las cosas celestes y terrestres; a él rinde culto todo ser vivo; él ha de venir como juez de vivos y muertos, y Dios tomará venganza de su sangre a aquellos que no creen en él...

Principio de todos los males es el amor al dinero. Sabiendo, pues, que así como no trajimos nada a este mundo, tampoco podemos llevarnos nada de él, armémonos con las armas de la justicia, y aprendamos a caminar en el mandamiento del Señor. Adoctrinad a vuestras mujeres en la fe que les ha sido dada, en la caridad, y en la castidad: que amen con toda verdad a sus propios maridos, y en cuanto a los demás, que tengan caridad con todos por igual en total continencia; y que eduquen a sus hijos en la disciplina del temor de Dios. En cuanto a las viudas, que muestren prudencia con su fidelidad al Señor, que oren incesantemente por todos, y se mantengan alejadas de toda calumnia, maledicencia, falso testimonio, avaricia de dinero o de cualquier otro vicio. Que tengan conciencia de que son altar de Dios, y de que él lo escudriña todo, sin que se le oculte nada de nuestras palabras o pensamientos o de los secretos de nuestro corazón... Los diáconos sean irreprochables delante de su justicia, pues son ministros de Dios y de Cristo, no de los hombres. No sean calumniadores ni dobles de lengua; no busquen el dinero, y sean continentes en todo, misericordiosos, diligentes, caminando conforme a la verdad del Señor, que se hizo ministro de todos... Que los jóvenes sean irreprensibles en todo, cultivando ante todo la castidad y refrenando todo vicio, porque es bueno arrancarse de todas las concupiscencias que andan por el mundo... También los presbíteros han de ser misericordiosos, compasivos para con todos, procurando enderezar a los extraviados, visitar a todos los enfermos, sin olvidarse de la viuda o del huérfano o del pobre; atendiendo siempre al bien delante de Dios y de los hombres, ajenos a toda ira, acepción de personas y juicios injustos, alejados de todo amor al dinero, no creyendo en seguida cualquier acusación, ni precipitados en el juzgar, sabiendo que todos tenemos deuda de pecado... 2a

2a. Carta a los Filipenses. 3, 6;

III. Martirio de Policarpo.

Os escribimos, hermanos, sobre los que han sufrido martirio, y particularmente sobre Policarpo, que puso como el sello final e hizo cesar con su martirio la persecución. Se puede decir que todo aconteció a fin de que el Señor nos mostrara de nuevo su martirio, como lo refiere el Evangelio. Porque Policarpo esperó a ser entregado, como lo hizo el Señor, a fin de que también nosotros fuéramos imitadores suyos, mirando no sólo nuestro propio interés, sino también el de nuestros prójimos; porque la caridad verdadera y sólida está en buscar no sólo la propia salvación, sino también la de todos los hermanos...

Los mártires se mantuvieron firmes, después de haber sido desgarrados por los azotes, de suerte que se podía ver la disposición de la carne hasta lo interior de las venas y las arterias, hasta el punto de que todos los circunstantes se sentían movidos a compasión. Ellos, en cambio, se habían levantado a tal nobleza que ninguno de ellos profirió un lamento o un gemido, mostrándonos a todos nosotros que en aquella hora de tormento los nobilísimos mártires de Cristo estaban fuera de su propia carne, o mejor, que el mismo Señor estaba con ellos, conversando con ellos. Sostenidos por la gracia de Cristo, despreciaban los tormentos terrenos, pues con los padecimientos de una sola hora compraban la vida eterna. El fuego de sus inhumanos torturadores les era un refrigerio, pues ante sus ojos estaba el huir del fuego eterno que jamás se extingue, y veían con los ojos del corazón los bienes que les aguardaban... Los que fueron condenados a las fieras sufrieron igualmente tormentos espantosos, siendo extendidos sobre conchas y sometidos a otras formas diversas de tortura...

En cuanto a Policarpo, hombre digno de nuestra máxima admiración, en primer lugar, en cuanto oyó que se le buscaba, no se turbó, y quería permanecer en la ciudad; pero muchos le persuadieron de que se retirara fuera. Salió, pues, a una pequeña finca que no estaba muy lejos de la ciudad, y allí pasaba el tiempo con unos pocos compañeros, sin hacer otra cosa que orar de día y de noche por todos y por las Iglesias esparcidas por toda la tierra, como lo tenía por costumbre...

Como persistieran los que le buscaban, tuvo que cambiarse a otra finca, y pronto se presentaron los que iban tras él (en la primera finca). Al no hallarle, tomaron dos esclavos, y uno de ellos, sometido a tortura confesó su donde residía... Acompañados, pues, del esclavo, los perseguidores salieron un viernes a la hora de la cena con caballería y la gente armada que suelen... Y llegando en hora ya tardía, lo encontraron acostado en una pequeña habitación en el piso superior. Todavía hubiera podido huir a otro escondite pero no quiso, diciendo: "Hágase la voluntad de Dios." Oyendo el ruido de los que habían llegado, él mismo bajó y se puso a hablar con ellos, los cuales se admiraron de su avanzada edad y de su buen estado, preguntándose si valía la pena tanto aparato para aprehender a tal anciano. Inmediatamente mandó Policarpo que se les diera de comer y de beber cuanto quisieran, siendo la hora que era, rogándoles empero que le dejasen una hora para orar tranquilamente. Ellos se lo concedieron, y él, puesto en pie se puso a orar lleno de tal gracia de Dios que por espacio de unas dos horas no le he posible callar y todos los que le oían estaban embelesados: algunos incluso empezaron a sentir remordimientos de haber venido a tomar a un anciano tan lleno de Dios. Finalmente terminó su oración, no sin haber hecho mención de todos los que durante toda su vida habían tenido trato con él, de los humildes igual que de los grandes, de los ilustres lo mismo que de los sencillos, así como de toda la Iglesia católica esparcida por todo el mundo habitado. Llegada la hora de partir, le pusieron sobre un asno y lo llevaron a la ciudad, en día que era de sábado solemne. En el camino se encontraron con el jefe de policía, Herodes, y con su padre Nicetas, los cuales le hicieron pasar a su carruaje e intentaban persuadirle con las siguientes amonestaciones: ¿Qué mal hay en decir que el Emperador es el Señor y en sacrificar y cumplir las demás ceremonias, para salvar la vida? Pero él al principio no les daba respuesta alguna; mas como insistieran, les dijo: "No voy a hacer nada de lo que me aconsejáis." Ellos entonces, fracasados en su intento de persuadirle empezaron a decirle palabras insultantes y le hicieron descender precipitadamente del carruaje, de suerte que al descender se desgarró la espinilla. Él, sin volverse, como si no se hubiera hecho daño alguno, caminaba animosamente. Fue conducido al estadio, y fue tanto el tumulto que en él se armó que nadie podía entenderse...

Llevado a la presencia del procónsul, pregúntele éste si era él Policarpo; y como contestara afirmativamente, intentaba el procónsul hacerle renegar, diciendo: "Ten consideración a tu avanzada edad, y las demás cosas que suelen decir: Jura por la fortuna del César, cambia tu modo de pensar y grita: Mueran los ateos." Pero Policarpo, mirando con un rostro serio a toda la mesa de paganos sin ley que llenaban el estadio, les hizo una seña con la mano, dio un suspiro y levantó los ojos al cielo diciendo: "Mueran los ateos." Intervino el procónsul diciendo: "Jura, y te pongo en libertad, reniega de Cristo." Repuso Policarpo: "Hace ochenta y seis años que le sirvo, y ningún mal me ha hecho: ¿Cómo puedo blasfemar de mi rey a quien debo la salvación?"

El procónsul insistió de nuevo diciendo: "Jura por la fortuna del César." Policarpo respondió: "Si tienes por punto de honor el hacerme jurar por la fortuna del César, como tú dices, fingiendo ignorar quién soy yo, oye lo que proclamo con toda libertad: Soy cristiano; y si quieres aprender cuál es la doctrina cristiana, dame un día de tregua y escúchame..." Dijo el procónsul: "Convence al pueblo. Replicó Policarpo: A ti te considero digno de una explicación, pues nuestra doctrina nos enseña que hay que dar a los magistrados y autoridades que están establecidas por Dios el honor que les es debido y que no daña a nuestra conciencia. Pero al pueblo no creo que valga la pena presentarles una defensa." Dijo entonces el procónsul: "Tengo fieras, y te entregaré a ellas si no cambias de parecer." Respondió Policarpo: "Llámalas, pues para nosotros no puede darse un cambio de lo mejor a lo peor, sino que lo razonable es cambiar de lo malo a lo justo. Insistió el procónsul: Te haré consumir en el fuego si no cambias de parecer, ya que desprecias a las fieras. Policarpo dijo: Me amenazas con el fuego que dura un momento y al poco rato se apaga, porque desconoces el juicio que ha de venir y el fuego del castigo eterno que aguarda a los impíos. Pero, ¿por qué pierdes el tiempo? Tráeme lo que quieras."

Mientras decía estas y otras muchas cosas, Policarpo se mostraba lleno de ánimo y de alegría, y su rostro resplandecía con una gracia tal que no sólo no mostraba desfallecimiento por las amenazas que se le dirigían, sino que por el contrario, era más bien el procónsul el que estaba fuera de sí, mandando a su propio heraldo que en medio del estadio hiciera por tres veces este pregón: Policarpo ha confesado ser cristiano: En cuanto el heraldo hubo dicho esto, toda la turba de judíos y de gentiles que habitaban en Esmirna se puso a gritar con rabia incontenible y a grandes voces: Ese es el maestro del Asia y el padre de los cristianos, el destructor de nuestros dioses, que ha enseñado a muchos a negarles sus sacrificios y culto. Esto decían a gritos, y pedían al gobernador Felipe que soltara un león contra Policarpo. Pero el gobernador contestó que no le estaba permitido hacerlo una vez que ya se habían terminado los combates de fieras. Entonces se pusieron de acuerdo en gritar todos a la vez que Policarpo fuera quemado vivo... Al punto el populacho se lanzó a recoger leña y maderas de los talleres y baños, colaborando los judíos, como suelen, con particular diligencia. Cuando la pira estuvo preparada, Policarpo se quitó los vestidos... Como pretendieran clavarle en un poste, les dijo: Dejadme como estoy, pues el que me da fuerzas para soportar el Juego me concederá poder permanecer inmóvil en la hoguera sin necesidad de asegurarme con vuestros clavos. Así pues, no le clavaron, sino que le ataron. Y él, con las manos atrás, atado como un carnero escogido de un gran rebaño para el sacrificio, preparado para ser holocausto acepto a Dios, levantó sus ojos al cielo y dijo: Señor Dios omnipotente, Padre de tu amado y bendito hijo tuyo Jesucristo, por el cual hemos recibido conocimiento de ti, Dios de los ángeles y de las potestades y de toda la creación, de todo el linaje de los justos que viven en tu presencia: Te bendigo porque me has tenido por digno de está hora en que puedo tomar parte, contado entre el número de los mártires, en el cáliz de Cristo en espera de la resurrección de la vida eterna en alma y cuerpo, en la incorrupción del Espíritu Santo. Sea yo recibido hoy en tu presencia entre ellos, como un sacrificio rico y aceptable. Tú me preparaste de antemano para ello, tú me lo revelaste, y tú me lo has cumplido, Dios de verdad en el que no hay engaño. Por esto, y por todas las cosas, te alabo y te glorifico, por medio del eterno y celestial sumo sacerdote, Jesucristo, tu hijo amado, por el cual y juntamente con el Espíritu Santo sea a ti la gloria ahora y por los siglos venideros. Amén.

Así que hubo enviado al cielo su Amén, terminando su plegaria, los que cuidaban de la pira prendieron el fuego: y levantándose una gran llamarada nos fue dado a algunos ver un prodigio, y fuimos preservados para dar a conocer a los demás lo que acaeció. Porque el fuego, haciendo una especie de bóveda, como si fuera una vela de barco henchida por el viento, rodeó como con un muro circular el cuerpo del mártir que se hallaba en el centro, no como carne que se quema, sino como pan que se cuece o como oro que se purifica en el horno. Y sentimos un olor tan intenso como si fuera una ráfaga de incienso o de algún otro aroma precioso. Finalmente, viendo aquellos hombres inicuos que el cuerpo del mártir no podía ser consumido por el fuego, dieron orden al verdugo de que se acercara y le hundiera un puñal. Así lo hizo, y brotó una tal cantidad de sangre que se apagó el fuego, quedando toda la multitud pasmada de la diferencia que había entre la muerte de los infieles y la de los elegidos. Al número de éstos pertenece también Policarpo, hombre sobremanera admirable, maestro con espíritu de apóstol y de profeta en nuestros propios tiempos y obispo de la Iglesia católica en Esmirna: toda palabra que salió de su boca, o bien ha tenido ya cumplimiento, o ciertamente lo tendrá.

Pero el maligno... dispuso las cosas de modo que no nos fuera dejado su cuerpo, aunque muchos eran los que deseaban apoderarse de sus santos restos. En efecto, Nicetas... fue a suplicar al gobernador que no se nos diera el cadáver, diciendo: No vaya a suceder que abandonen al crucificado y empiecen a adorar a éste. Esto era una sugerencia de los judíos, quienes insistían en ello y aun montaron una guardia cuando nosotros fuimos a recogerlo de la pira. Ignoraban que nosotros ni jamás podremos abandonar a Cristo, que padeció por la salvación del mundo entero de los que se salvan, él inocente, por nosotros, pecadores, ni jamás daremos culto a otro alguno. Porque a él le adoramos porque es hijo de Dios, mientras que a los mártires les tributamos un justo homenaje de afecto como a discípulos e imitadores del Señor, a causa del amor insuperable que mostraron por su rey y maestro. ¡Ojalá que nosotros pudiéramos también acompañarles y llegar a ser discípulos con ellos!

Así pues, el centurión, viendo la porfía de los judíos, hizo colocar el cadáver en el centro y lo hizo quemar, a la manera como ellos suelen hacerlo. Así nosotros más tarde pudimos recoger sus huesos, más valiosos que las piedras preciosas y más estimables que el oro, y los colocamos en lugar adecuado. Allí, nos concederá el Señor celebrar el natalicio de su martirio, reuniéndonos todos en cuanto nos sea posible con júbilo y alegría, para celebrar la memoria de los que ya terminaron su combate, y para ejercerlo y Preparación de los que aún han de combatir...3

3. eusebio. Hist. Ecles. IV.15, 3ss;

 

La Llamada Carta de Bernabé.

Este documento, de carácter muy primitivo, llegó a ser considerado en ciertas cristiandades como parte de las Escrituras, y se atribuyó a Bernabé, el compañero de Pablo. Tal atribución no es admitida por la crítica moderna, sin que, por otra parte, sea posible determinar quién pudiera ser el autor del escrito. En él se plantea con fuerza particular uno de los problemas que más hubieron de preocupar a los primeros cristianos: el de sus relaciones con el judaísmo. El autor se muestra en actitud simplemente negativa con respecto a todas las instituciones de los judíos, los cuales, según él, habrían pervertido desde el comienzo el sentido que Dios quiso dar a las Escrituras y a la ley, entendiendo en un sentido material lo que Dios había querido sólo en un sentido espiritual. Según esta concepción, el judaísmo sería, no un estadio menos perfecto de la revelación, previo al cristianismo, sino una perversión radical de algo que ya desde un principio debiera de haber alcanzado su plenitud y perfección. De esta forma la polémica antijudía, iniciada por Pablo con notables matizaciones, es ahora llevada a extremos absolutos. El autor de la carta de Bernabé sólo admite prácticamente una interpretación alegórica y espiritual del Antiguo Testamento y esta interpretación es presentada como una gnosis o sabiduría particular, dada al cristianismo por la enseñanza de Jesús: se inicia así la tendencia hacia la alegoría y la gnosis cristiana, que se desarrollará en la escuela de Alejandría, y por ello se ha supuesto que este escrito pudiera proceder de los ambientes alejandrinos. Por algunas de sus referencias parece probable que fuera escrito en el reinado de Adriano, hacia el año 130.

I. Fe y conocimiento.

He creído que debía ponerme a escribiros algo aunque fuera brevemente, a fin de que juntamente con vuestra fe tengáis conocimiento perfecto. Pues bien, tres son las doctrinas del Señor: la esperanza de vida, principio y fin de vuestra fe; la justicia, principio y fin del juicio, y la caridad, principio de tranquilidad y de alegría, así como testimonio de las obras de justicia. Porque, en efecto, el Señor nos dio a conocer por medio de los profetas el pasado, y el presente, dándonos además un anticipo del goce de lo por venir. Y viendo que todo se va cumpliendo como él lo dijo, deber nuestro es adelantar, con espíritu más generoso y levantado, en su temor. En cuanto a mí, no como maestro, sino como uno de vosotros, voy a declararos unas pocas cosas que os puedan dar consuelo en el momento presente. Porque los días son malos, y el Activo tiene el poder en sus manos, y por tanto nosotros debemos atender a nosotros mismos y buscar las justificaciones del Señor. Ahora bien, en ayuda de nuestra fe vienen el temor y la paciencia, y nuestros aliados son la magnanimidad y la continencia. Mientras tengamos estas virtudes santamente en el Señor, tendremos juntamente con ellas el gozo de la sabiduría, la inteligencia, la ciencia y el conocimiento...1

¿Qué dice el conocimiento? Aprendedlo: Esperad — dice —, en el que se os ha de manifestar cuando venga en la carne, Jesús. Porque el hombre no es más que tierra que sufre, ya que Adán fue modelado de la faz de la tierra. Pues bien, ¿qué quiere decir "Entrad en la tierra que mana leche y miel"? Bendito sea nuestro Señor, hermanos, porque nos ha dado la sabiduría y la inteligencia de sus secretos. Porque el profeta habla del Señor en forma de parábola. ¿Quién lo entenderá, sino el sabio e instruido y el que ama a su Señor? Significa pues aquello que el Señor nos renovó con perdón de los pecados, haciéndonos de nuevo con un nuevo molde, hasta el punto de que nuestra alma es como de niños, pues realmente él nos ha modelado de nuevo...2

1.Carta de Bernabé.1, 5-2, 3; 2. Ibíd. 6, 9;

II. El cristianismo muestra la invalidez del judaísmo.

El Señor por medio de todos sus profetas ha puesto de manifiesto que no tiene necesidad ni de sacrificios ni de holocaustos ni de ofrendas, diciendo en cierta ocasión: "¿Qué se me da a mí de la multitud de vuestros sacrificios? — dice el Señor —. Estoy harto de holocaustos, y no quiero la grasa de vuestros corderos ni la sangre de vuestros toros y machos cabríos... No soporto vuestros novilunios y vuestros sábados" (Is 1, llss) El Señor invalidó todo esto a fin de que la nueva ley de nuestro Señor Jesucristo, que no está sometida al yugo de la necesidad, tuviera una ofrenda no hecha por mano de hombre. Dice, en efecto, en otro lugar: "¿Acaso fui yo el que mandé a vuestros padres cuando salían de la tierra de Egipto que me ofrecieran holocaustos y sacrificios? Más bien lo que les mandé fue que ninguno guardara en su corazón rencor maligno contra su prójimo y que no fuerais amantes del perjurio" (Cf. Jer 7, 22; Zac 8, 17; 7, 10) No hemos de ser, pues, insensatos, sino comprender la sentencia de bondad de nuestro Padre, que nos habla manifestando que no quiere que nosotros, extraviados como aquellos, busquemos todavía cómo acercarnos a él... En otra ocasión les dice a este respecto: "¿Para qué me ayunáis — dice el Señor — de modo que en este día sólo se oye la gritería de vuestras voces? No es este el ayuno que yo prefiero, dice el Señor, no es la humillación del alma del hombre. Ni aun cuando doblarais vuestro cuello como un aro, os vistierais de saco y os revolcarais en la ceniza, ni aun así penséis que vuestro ayuno es aceptable" (Is 58:4-5). A nosotros empero nos dice: "He aquí el ayuno que yo prefiero — dice el Señor —: Desata toda atadura de iniquidad, disolved las cuerdas de los contratos por la fuerza, deja a los oprimidos en libertad y rompe toda escritura injusta. Comparte tu pan con el hambriento, y si ves a uno desnudo, vístele. Acoge en tu casa a los sin techo, y si ves a uno humillado no le desprecies, siendo de tu propio linaje y de tu propia sangre... Entonces clamarás, y Dios te oirá, y cuando la palabra está todavía en tu boca te dirá: Aquí estoy, con tal de que arrojes de ti la atadura, y la mano levantada, y la palabra de murmuración, y des con toda tu alma el pan al hambriento y tengas compasión del alma humillada" (Is 58:6-10). Hermanos, viendo de antemano el Señor magnánimo que su pueblo, que él se había preparado en su Amado, había de creer con sencillez, nos manifestó por anticipado todas estas cosas, para que no fuéramos a estrellarnos, como prosélitos, en la ley de aquellos.3

No os asemejéis a ciertos hombres que no hacen sino amontonar pecados, diciéndoos que la alianza es tanto de ellos como vuestra. Porque es nuestra, pero aquellos, después de haberla recibido de Moisés, la perdieron absolutamente... Volviéndose a los ídolos la destruyeron, pues dice el Señor: "Moisés, Moisés, baja a toda prisa, porque mi pueblo, a quien saqué yo de Egipto, ha prevaricado" (Cf. Ex 32:7:3:4; Dt. 9:12). Y cuando Moisés lo comprobó, arrojó de sus manos las dos tablas, y se rompió su alianza, para que la de su amado Jesucristo fuera sellada en nuestro corazón con la esperanza de la fe en él.4

En cuanto a la circuncisión, en la que ellos ponen su confianza no tiene valor alguno. Porque el Señor ordenó la circuncisión, pero no de la carne. Pero ellos transgredieron el mandato porque el ángel malo los enredó. Díseles a ellos el Señor: "Esto dice el Señor vuestro Dios: no sembréis sobre las espinas, circuncidaos Para vuestro Señor" (Jer 4:3) Además, ¿qué quiere decir: "Circuncidad la dureza de vuestro corazón, y no endurezcáis vuestra cerviz"? Y en otro lugar dice:"…Todas las naciones son incircuncisas en su prepucio, pero este pueblo tiene incircunciso el corazón" (Jer 9:25) Objetarás: La circuncisiones en este pueblo como un sello. Pero te contestaré que también los sirios y los árabes y todos los sacerdotes de los ídolos se circuncidan...5

 

3. Ibid. 2, 3; 4. Ibid. 4:6-8; 5. Ibid. 9, 4-5;

III. Nuestra salvación en Cristo.

El Señor soportó que su carne fuera entregada a la destrucción para que fuéramos nosotros purificados con la remisión de los pecados, que alcanzamos con la aspersión de su sangre. Sobre esto está escrito aquello que se refiere en parte a Israel y en parte a nosotros, y dice: "Fue herido por nuestras iniquidades y quebrantado por nuestros pecados: con sus heridas hemos sido sanados. Fue llevado como oveja al matadero y como cordero estuvo mudo delante del que le trasquila" (Is 53:5-7) Por esto hemos de dar sobremanera gracias al Señor, porque nos dio a conocer lo pasado, nos instruyó en lo presente y no nos ha dejado sin inteligencia de lo por venir... Por esto justamente se perderá el hombre que, teniendo conocimiento del camino de la justicia, se precipita a sí mismo por el camino de las tinieblas.

Y hay más, hermanos míos: el Señor soportó el padecer por nuestra vida, siendo como es Señor de todo el universo, a quien dijo Dios desde la constitución del mundo: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" (Gen 1:26) ¿Cómo soportó el padecer por mano de hombres? Aprendedlo: los profetas profetizaron acerca de él, habiendo recibido de él este don: ahora bien, él, para aniquilar la muerte y mostrar la resurrección de entre los muertos, soportó la pasión, pues convenía que se manifestara su condición carnal. Así cumplió la promesa hecha a los padres, y se preparó para sí un pueblo nuevo, mostrando, mientras vivía sobre la tierra, que él había de juzgar una vez que haya realizado la resurrección. En fin, predicó enseñando a Israel y haciendo grandes prodigios y señales, con lo que mostró su extraordinario amor. Se escogió a sus propios apóstoles, que tenían que predicar el Evangelio, los cuales eran pecadores con toda suerte de pecados, mostrando así que "no vino para llamar a los justos, sino a los pecadores" (Mt 9:13): y entonces las manifestó que era Hijo de Dios. Porque, en efecto, si no hubiera venido en la carne, los hombres no hubieran podido salvarse viéndole a él, ya que ni siquiera son capaces de tener sus ojos fijos en el sol, a causa de sus rayos, el cual está destinado a perecer y es obra de sus manos. En suma, para esto vino el Hijo de Dios en la carne, para que llegase a su colmo la consumación de los pecados de los que persiguieron a muerte a sus profetas: por esto soportó la pasión...6

6. Ibíd. 5;

 

Papías.

Papías fue obispo de Hierápolis de Frigia, en Asia Menor. Según Ireneo habría sido oyente del apóstol san Juan, y era amigo de Policarpo de Esmirna. Escribió hacia el año 130 cinco libros de Explicaciones de los dichos del Señor, que suelen considerarse como la primera obra de exégesis de los Evangelios. No conocemos de ella más que algunas citas y alusiones que se hallan en la Historia Eclesiástica, de Eusebio de Cesárea. Según éste, Papías habría profesado el milenarismo, siendo el responsable de que posteriormente otros varones eclesiásticos adoptaran esta doctrina, apoyados en la antigüedad de Papías. Asimismo se deberían a él "ciertas extrañas parábolas y enseñanzas del Salvador, que tienen visos de fábula." Sin embargo son de especial interés las noticias contenidas en los pasajes de Papías citados por Eusebio, acerca de la primitiva tradición apostólica y la composición de los Evangelios.

"No dudaré en ofrecerte, juntamente con mi propia interpretación, todo lo que en otro tiempo aprendí muy bien de los ancianos y dejé bien grabado en mi memoria. Porque yo no me complacía, como hacen muchos, con los que hablan mucho, sino con los que enseñaban la verdad; ni con los que se remiten a mandamientos extraños, sino en los que se atienen a los que fueron dados por el Señor a nuestra fe y proceden de la verdad misma. Si alguna vez venía a nosotros alguno de los que habían seguido a los ancianos, yo le preguntaba acerca de lo que ellos solían decir: qué habían dicho Andrés, Pedro, Felipe, Tomás, Santiago, Juan, Mateo o cualquier otro de los discípulos del Señor, o qué es lo que dicen Aristón y Juan el presbítero, discípulos del Señor. Porque pensaba yo que no sacaría tanto provecho de los libros escritos, cuanto de la palabra viva y permanente...

Marcos fue intérprete de Pedro, y escribió con fidelidad, aunque desordenadamente, lo que solía interpretar, que eran los dichos y los hechos del Señor. Él mismo no había oído al Señor ni había sido su discípulo, sino que más adelante, como dije, había sido discípulo de Pedro; quien daba sus instrucciones según las necesidades, pero sin pretensión de componer un conjunto ordenado de las sentencias del Señor. Así pues, no hay que achacarlo a culpa de Marcos si puso así las cosas por escrito, tal como las recordaba: todo su cuidado estuvo en una sola cosa, en no omitir nada de lo que había oído y en no poner falsedad alguna acerca de ello...

En cuanto a Mateo, ordenó en lengua hebrea las sentencias del Señor, y cada uno las interpretó luego según su capacidad..."1

1. eusebio. Hist. Beles. III. 39, 3ss

 

Hermas.

El llamado Pastor, de Hermas, es un escrito complejo y extraño, compuesto en el género apocalíptico y visionario, probablemente hacia la primera mitad del siglo II, aunque pudiera haber en él elementos de diversas épocas. Consta de una serie de visiones, comparaciones o alegorías, algunas de ellas de sentido bastante confuso, que se refieren a diversos aspectos de la vida cristiana.

Según se desprende del escrito, Hermas, su autor, era un cristiano sencillo y rudo, pero lleno de preocupaciones religiosas y con una particular conciencia de sus propias faltas morales de diversa índole. Pesa sobre él especialmente el remordimiento por no haber sabido mantener debidamente las relaciones familiares con su mujer y sus hijos, y por no haber sabido hacer buen uso de sus bienes de fortuna, que había perdido. Correspondiendo a esta conciencia de culpabilidad, sobresale en el escrito el tema de la penitencia y del perdón que, contra lo que se suponía en concepciones rigoristas, podía ser obtenido al menos una vez después del bautismo, si uno se arrepentía sinceramente. Hermas, simple laico, tiene conciencia de que esto se oponía a la enseñanza de ciertos doctores de la Iglesia que no admitían posibilidad de perdón al que hubiere pecado gravemente después del bautismo, y presenta sus ideas como un anuncio especial de un mensajero de Dios que se aparece en forma de pastor, y que es el que dio a este escrito su nombre.

Además del tema de la penitencia, es prominente en el Pastor, de Hermas, el tema de la Iglesia, la cual aparece bajo la alegoría de una torre en construcción, de la que pueden venir a formar parte diversas clases de piedras, que son diversos géneros de fieles. Algunas piedras son temporalmente rechazadas para la construcción, otras lo son definitivamente, representando los fieles que podrán o no a su tiempo hacer penitencia.

Otros muchos temas van apareciendo a lo largo del escrito: de particular interés pueden ser los que se refieren al peligro de las riquezas, a las relaciones entre ricos y pobres, o a la necesidad de saber distinguir los signos de la influencia del bueno o del mal espíritu en nosotros o en los demás. En este último aspecto Hermas encabeza la copiosa literatura cristiana acerca del "discernimiento de espíritus."

El Pastor, de Hermas, muestra cierta audacia imaginativa, pero tiene en general poca profundidad teológica y se mantiene más bien en una actitud meramente moralística. Sin embargo, es interesante como reflejo de los problemas religiosos y morales que podía tener entonces un cristiano ordinario.

I. El mensaje de penitencia.

Habiendo yo ayunado y orado insistentemente al Señor, me fue revelado el sentido de la escritura. Lo escrito era lo siguiente: Tus hijos, Hermas, se enfrentaron contra Dios, blasfemaron contra el Señor y traicionaron a sus padres con gran perversidad, y tuvieron que oírse llamar traidores de sus padres. Y aun cometida esta traición, no se enmendaron, sino que añadieron a sus pecados sus insolencias y sus perversas contaminaciones, con lo que llegaron a su colmo sus iniquidades. Sin embargo, haz saber a todos tus hijos y a tu esposa, que ha de ser hermana tuya, estas palabras. Pues tu esposa no se modera en su lengua, con la que obra el mal. Pero si oye estas palabras, se contendrá y obtendrá misericordia.

Después que les hubieres dado a conocer estas palabras que me encargó el Señor que te revelara, se les perdonarán a ellos todos los pecados que hubieren anteriormente cometido, así como también a todos los santos que hubieren pecado hasta este día, con al de que se arrepientan de todo corazón y alejen de sus corazones toda vacilación. Porque el Señor hizo este juramento por su gloria con respecto a sus elegidos: si después de fijado este día todavía cometen pecado, no tendrán salvación, ya que la penitencia para los justos tiene un límite. Los días de penitencia están cumplidos para todos los santos, mientras que para los gentiles hay penitencia hasta el "último día. Así pues, dirás a los jefes de la Iglesia que enderecen sus caminos según justicia, para que puedan recibir el fruto pleno de la promesa con gran gloria. Por tanto, los que obráis la justicia manteneos firmes y no vaciléis, para que se os conceda la entrada a los ángeles santos. Bienaventurados vosotros, los que soportáis la gran tribulación que está por venir, así como los que no han de negar su propia vida. Porque el Señor ha jurado por su propio Hijo que los que nieguen al Señor serán privados de su propia vida, es decir, los que lo negaren a partir de ahora en los días venideros. Pero los que hubieren negado antes obtendrán perdón por su gran misericordia.

En cuanto a ti, Hermas, no guardes ya más rencor contra tus hijos, ni abandones a tu hermana, para que tengan lugar a purificarse de sus pecados pasados. Porque si tú no les guardas rencor, serán educados con justa educación. El rencor produce la muerte. Tú, Hermas, sufriste grandes tribulaciones en tu persona a causa de las transgresiones de los de tu casa, pues no cuidaste de ellos, porque tenías otras preocupaciones y te enredabas en negocios malvados. Pero te salva el hecho de no haber apostatado del Dios vivo, así como tu sencillez y tu mucha continencia. Esto es lo que te ha salvado — con tal que perseveres — y lo que salvará a cuantos hagan lo mismo y vivan en inocencia y simplicidad. Éstos triunfarán de toda maldad y perseverarán para la vida eterna. Bienaventurados todos los que obran la justicia, porque no se perderán para siempre...1

¿No te parece — me dijo el pastor — que el mismo arrepentirse es una especie de sabiduría? Sí — dijo —, el arrepentirse es una sabiduría grande, porque el pecador se da cuenta de que hizo el mal delante del Señor, y penetra en su corazón el sentimiento de la obra que hizo, con lo que se arrepiente y ya no vuelve a obrar el mal, sino que se pone a practicar toda suerte de bien, y humilla y atormenta su alma, por haber pecado. Ya ves, pues, cómo el arrepentimiento es una gran sabiduría...

Señor — le dije — he oído de algunos maestros que no se da otra penitencia fuera de aquella por la que bajamos al agua (del bautismo) y alcanzamos el perdón de nuestros pecados anteriores.

Él me dijo: Has oído bien, pues así es: porque el que ha recibido el perdón de sus pecados ya no debiera pecar, sino que debiera vivir puro. Pero ya que quieres enterarte de todo con exactitud, te explicaré también otro aspecto, sin que con ello quiera dar pretexto de pecar a los que en lo futuro han de creer o a los que poco han creído en el Señor. Porque los que poco han creído, o han de creer en lo futuro no tienen lugar a penitencia de sus pecados, fuera de la remisión de sus pecados anteriores (en el bautismo). Pero para los que fueron llamados antes de estos días, el Señor tiene establecida una penitencia: porque el Señor es conocedor de los corazones, y lo sabe todo de antemano, y conoció la debilidad dé los hombres y la mucha astucia del diablo con la que había de hacer daño a los siervos de Dios y ensañarse con ellos. Ahora bien, siendo grandes las entrañas de misericordia del Señor, se apiadó de su creatura, y dispuso esta penitencia haciéndome a mí el encargado de la misma. Sin embargo, he de decirte esto: si después de aquel llamamiento grande y santo, alguno, tentado por el diablo, cometiere pecado, sólo tiene lugar a una penitencia. Pero si continuamente peca y se vuelve a arrepentir, de nada le aprovecha al tal hombre, pues difícilmente alcanzará la vida.

Yo le repliqué: El oír esta explicación tan exacta sobre estas cosas me ha devuelto la vida, pues ahora sé que si no vuelvo a cometer más pecados me salvaré.

Te salvarás — me dijo — tú y todos los que hicieron estas cosas.2

1.Visiones 2, 2-3; 2. Mandamientos 4, 2 -3;

II. Riqueza y pobreza.

Así como la piedra redonda no puede convertirse en sillar si no es cortándola y quitando algo de ella, así también los ricos en este siglo no pueden hacerse útiles para el Señor si no se les recorta su riqueza. Por ti mismo puedes saberlo en primer lugar: cuando eras rico eras inútil, pero ahora eres útil y provechoso para la vida...3

El rico tiene realmente mucho dinero, pero con respecto al Señor es pobre, arrastrado como anda tras su riqueza. Muy pocas veces hace su acción de gracias y su oración ante el Señor, y aun cuando lo hace es con brevedad, sin intensidad y sin fuerza para penetrar hasta lo alto. Pero cuando el rico se entrelaza con el pobre y le proporciona lo necesario creyendo que podrá encontrar en Dios la recompensa de lo que hubiere hecho por el pobre — ya que el pobre es rico en la oración y en la acción de gracias, y sus peticiones tienen gran fuerza delante de Dios — entonces el rico atiende al pobre en todas las cosas sin reservas. Por su parte, el pobre, atendido por el rico, ruega por él y da gracias a Dios por aquel de quien recibe beneficios. Y entonces el rico todavía toma mayor interés por el pobre, para no hallarse falto de nada en su vida, pues sabe que la oración del pobre es rica y aceptable delante de Dios. De esta suerte, uno y otro llevan a cabo su obra en común: el pobre colabora con su oración, en la que es rico, habiéndola recibido del Señor y devolviéndola al mismo Señor que se la había dado. A su vez, el rico pone a disposición del pobre sin reservas la riqueza que recibió del Señor. Es ésta una gran obra agradable a Dios, con la que muestra que entiende el sentido de sus riquezas poniendo a disposición del pobre los dones del Señor y cumpliendo rectamente el servicio que el Señor le encomendara... De esta forma, los pobres, rogando al Señor por los ricos dan pleno sentido a la riqueza de éstos, y a su vez, los ricos, socorriendo a los pobres alcanzan la plenitud de lo que falta a sus almas. Con ello se hacen unos y otros colaboradores en la obra de justicia. Por tanto, el que así obrare no será abandonado de Dios, sino que quedará escrito en el libro de los vivos. Bienaventurados los que tienen y entienden que sus riquezas las tienen del Señor: porque el que entiende esto podrá cumplir el servicio debido...4

3.Visiones 3, 6; 4. Comparaciones 2, 3; 5. Mandamientos 6, 2;

III. Discernimiento de espíritus.

Dos ángeles acompañan al hombre, uno de justicia y otro de maldad... El ángel de justicia es delicado y recatado y manso y tranquilo. Así pues, cuando este ángel penetre en tu corazón, te hablará inmediatamente de justicia, de pureza, de santidad, de contentarte con lo que tienes, de toda obra justa y de toda virtud reconocida. Cuando sientas que tu corazón está penetrado de todas estas cosas, entiende que el ángel de la justicia está contigo, porque ésas son las obras del ángel de la justicia. A él pues has de creerle, y a sus obras.

Considera por otra parte las obras del ángel de la maldad: en primer lugar, es impaciente, amargado e insensato: sus obras son malas y capaces de abatir a los siervos de Dios. Cuando este ángel penetre en tu corazón, has de saber conocerle por sus obras... Cuando te sobrevenga alguna impaciencia o amargura, entiende que él está dentro de ti: igualmente cuando tengas ansia de hacer muchas cosas, o de muchos y exquisitos manjares, de muchas y variadas bebidas, de embriagueces muelles e inconvenientes; igualmente cuando tienes deseo de mujeres, o de posesiones o de gran soberbia y altanería y de otras cosas por el estilo: cuando estas cosas penetren en tu corazón, sábete que el ángel de la maldad está dentro de ti. Así pues, tú, conociendo sus obras, apártate de él y no le creas para nada, pues sus obras son malvadas y no traen provecho alguno a los siervos de Dios...5

¿Cómo se conocerá a un hombre, si es verdadero o falso profeta? ...Al hombre que tiene el Espíritu divino has de examinarle por su vida. En primer lugar, el que tiene el Espíritu divino de lo alto, es manso, tranquilo y humilde; se aparta de toda maldad, así como de los vanos deseos de este siglo, y se hace a sí mismo el más pobre de todos los hombres; no empieza a dar respuestas a nadie sólo porque se le pregunte, ni habla en secreto, que no habla el Espíritu Santo cuando el hombre quiere, sino que habla cuando Dios quiere que hable. Así pues, cuando un hombre que tiene el espíritu divino llega a una reunión de hombres justos que tienen fe en el espíritu divino, y en aquella reunión se hace oración a Dios, entonces el ángel del espíritu profético que está en él llena a aquel hombre, y lleno así con el Espíritu Santo habla a la muchedumbre como lo quiere el Señor...

Escucha ahora lo que se refiere al espíritu terreno y vacuo, que no tiene virtud alguna, sino que es necio. En primer lugar, el hombre que aparentemente tiene el Espíritu, se exalta a sí mismo, y quiere ocupar la silla presidencial; e inmediatamente se muestra como ligero, desvergonzado y charlatán; vive entre muchos placeres y con muchos otros engaños; se hace pagar sus profecías, y si no se le paga no profetiza. ¿Es que el Espíritu divino puede cobrar para profetizar? No puede hacer esto un profeta de Dios, sino que el espíritu de tales profetas es de la tierra. Además, el falso profeta no se acerca para nada a la reunión de los justos, sino que huye de ellos; en cambio se pega a los vacilantes y vacuos, echándoles sus profecías por los rincones, y los embauca hablándoles conforme a sus deseos, aunque son vacuos, pues responde a hombres vacuos. Cuando una vasija vacía choca con otras igualmente vacías, no se rompe, sino que resuenan todas con un mismo sonido. Cuando el falso profeta llega a una reunión llena de hombres justos que poseen el espíritu de la divinidad y hacen oración, se queda vacío, y su espíritu terreno huye de él amedrentado, y el hombre queda mudo y totalmente destrozado, sin poder hablar palabra.6

Los que nunca han escudriñado la verdad ni han inquirido acerca de la divinidad, sino que se han contentado con creer, agitados con sus negocios, sus riquezas, sus amistades paganas y muchas otras ocupaciones de este siglo, todos los que andan enfrascados en estas cosas, no entienden las parábolas acerca de la divinidad. Es que con todos estos negocios están entenebrecidos, corrompidos y secos. Así como las viñas hermosas, si no se cuidan se secan a causa de las espinas y de toda suerte de yerbas, así también los hombres que después de recibir la fe se entregan a la multiplicidad de acciones dichas, se extravían en sus inteligencias y ya no entienden absolutamente nada acerca de la divinidad. Porque, en efecto, cuando oyen algo acerca de la divinidad su mente se encuentra en sus negocios, y así no comprenden absolutamente nada. Pero los que tienen el temor de Dios, e investigan acerca de la divinidad y de la verdad, y tienen su corazón vuelto hacia el Señor, entienden y comprenden en seguida cuanto se les dice, pues tienen dentro de sí el temor de Dios. Porque donde habita el Señor, allí hay gran inteligencia. Adhiérete, pues, al Señor, y lo comprenderás y entenderás todo.7

Arranca de ti la tristeza, y no aflijas al Espíritu Santo que habita en ti, no sea que hagas tu oración a Dios en contra tuya y él se aparte de ti. Porque el Espíritu de Dios, que ha sido dado a esa carne tuya, no tolera la tristeza ni la angustia. Así pues, revístete de alegría, que encuentra siempre gracia delante de Dios y siempre le es agradable, y complácete en ella. Porque todo hombre alegre obra el bien, piensa el bien y no hace caso de la tristeza. En cambio, el hombre triste siempre va por mal camino. En primer lugar, hace mal entristeciendo al Espíritu Santo que fue dado en alegría al hombre. En segundo lugar, comete iniquidad al no orar ni dar gracias a Dios, ya que siempre la oración del hombre triste no tiene fuerza para remontarse hasta el altar de Dios... La tristeza se ha asentado en su corazón, y al mezclarse la tristeza con la oración, no deja a ésta que suba pura hasta el altar de Dios... Purifícate de esta malvada tristeza, y vivirás para Dios. Y asimismo vivirán para Dios cuantos arrojen de sí la tristeza y se revistan de toda alegría.8

4. Comparaciones.2, 3; 5. Mandamientos.6, 2; 6. Mand.11, 7-14; 7. Mand.10, 1; 8. Mand.10, 3;

 

Sección Segunda:

Los Apologetas.

Los escritos de los padres apostólicos iban dirigidos a las comunidades cristianas, para su instrucción y edificación. Pero a partir del siglo II aparecen escritos de autores cristianos dirigidos a un público no cristiano, con el propósito de deshacer las calumnias que se propalaban acerca del cristianismo y de informar acerca de la verdadera naturaleza de esta nueva religión. Estos autores se suelen agrupar bajo el nombre de "apologetas," aunque no siempre su intención se limitaba a la simple apologética o defensa del cristianismo: en muchos de estos escritos hay además una verdadera intención misionera y catequética, con el propósito de ganar adeptos para el cristianismo entre aquellas personas que se interesaban por el peculiar modo de vida de los cristianos. En este aspecto los apologetas representan el primer intento de exposición escrita del mensaje cristiano en forma inteligible para los no cristianos.

Algunas veces estos escritos pretenden ir dirigidos a las autoridades o representantes del Estado que perseguían al cristianismo, intentando mostrar la inocencia de los cristianos con respecto a los crímenes de que se les acusaba y la inanidad de las razones en que se fundaba la persecución. En otras ocasiones, tales escritos se dirigían a un público más general, y pretendían disipar las acusaciones de irracionalidad y de superstición contra el cristianismo, mostrando a las clases cultas, especialmente a los filósofos, la razonabilidad, coherencia y bondad intrínseca en los principios cristianos, o disipando las calumnias groseras que corrían entre las clases populares acerca del cristianismo. La polémica que surgió muy pronto entre el judaísmo y el cristianismo tiene también un lugar importante en los escritos de algunos de los apologetas, los cuales intentan señalar las diferencias entre el judaísmo y el cristianismo, y la superioridad de este último. Es natural que al pretender expresar el mensaje cristiano de una manera inteligible y atractiva para los no cristianos, los apologetas lo hicieran en lo posible según las categorías mentales propias de la época. La apologética representa así el primer intento de verter el cristianismo a las categorías y modos de pensar propios del mundo helenístico. En este intento de adaptar el cristianismo a la mentalidad grecorromana, se subrayan más aquellos aspectos que podían más fácilmente ser comprendidos dentro de aquella mentalidad: la bondad de Dios, manifestada en el orden del universo, que era ya un tema predilecto de la filosofía helenística; su unicidad probada con argumentos en los que se combinan elementos de la tradición bíblica con otros provenientes de la filosofía de la época; la excelencia moral de la vida cristiana como coincidente con el antiguo ideal de la "vida filosófica," basada en la moderación de las pasiones y en la sumisión a Los dictámenes de la recta razón; la esperanza de una inmortalidad vagamente presentada como la verdadera realidad que prometían los misterios del paganismo. En cambio, el misterio de la salvación por Cristo crucificado y resucitado, que los paganos más difícilmente podían comprender, queda un tanto como en segundo plano o como en tono menor.

Sin embargo, en manera alguna se puede decir que los apologetas presentaran un "cristianismo desvirtuado," convertido en mera filosofía. Insisten en que mientras toda filosofía no tiene otra garantía que la de la razón humana falible, el cristianismo se funda en la revelación de Dios, hecha primero en la Escritura y luego en el mismo Verbo de Dios encarnado, y en que la salvación que espera el cristiano es un don gratuito de Dios, más allá de todo lo que puede prometer filosofía alguna. La aportación más importante de la apologética cristiana primitiva es la de que Dios es el Dios universal y salvador de todos los pueblos, sin que ante él valga la distinción entre judíos y griegos. Esto había sido, por una parte, elemento esencial de la predicación de Pablo, y por otra, era algo que empezaba a ser reconocido por el mejor pensamiento filosófico de la época. Los apologetas, al recoger la doctrina del Dios único y salvador universal de todos los hombres, aseguraron el triunfo definitivo del cristianismo frente al politeísmo pagano.

Con todo, con respecto al paganismo pueden verse en los apologetas dos actitudes muy distintas. Mientras algunos — Taciano, Teófilo, Heremias — condenan sin más y en bloque toda la cultura pagana como incompatible con el cristianismo, otros — Justino, Atenágoras, Arístides — saben estimar positivamente los valores que los paganos habían alcanzado con la razón natural, y tienden a representar el cristianismo como complemento y coronación de los mismos.

 

Arístides.

Arístides escribió una Apología dirigida al emperador Adriano, o tal vez a su sucesor, Antonino Pío, hacia la mitad del siglo II. Su estilo y su pensamiento son de gran simplicidad. Los hombres se dividen en tres "géneros," los paganos, los judíos y los cristianos; Arístides se ocupa en mostrar la superioridad doctrinal y moral de los cristianos sobre todos los demás. La obra nos ha llegado a través de traducciones arménica y siríaca, y también, aunque algo fragmentariamente, en su texto original griego, incorporado a otras obras de la literatura patrística posterior.

"Los cristianos toman su linaje del Señor Jesucristo. Éste es confesado como Hijo del Dios Altísimo, descendido del cielo por medio del Espíritu Santo para la salvación de los hombres. Y engendrado de una Virgen santa, sin fecundación ni desfloración, tomó carne y se mostró a los hombres, con el fin de apartarlos del error del Politeismo. Y una vez cumplido su maravilloso designio, gustó de la muerte por medio de la cruz por su libre voluntad, según un grandioso designio. Y después de tres días volvió a la vida y subió a los cielos. La gloria de su venida puedes conocerla, oh Emperador, si quieres, leyendo la que ellos llaman Escritura Santa de los evangelios.

Éste tuvo doce discípulos, los cuales, después de su ascensión a los cielos, salieron por las provincias del mundo y enseñaron la grandeza de Cristo, y así uno de ellos recorrió nuestra propia región predicando la doctrina de la verdad. Desde entonces, los que sirven a la justicia que ellos predicaron se llaman cristianos. Éstos son los que han hallando la verdad, mejor que ninguna de las naciones de la tierra, pues reconocen a Dios creador y ordenador del universo en su Hijo unigénito y en el Espíritu Santo, sin adorar a otro Dios fuera de éste. Y tienen grabados en sus corazones los mandamientos del Señor Jesucristo y los guardan con la esperanza de la resurrección de los muertos y de la vida del siglo- que ha de venir. No cometen adulterio, no fornican, no levantan falso testimonio, no codician las cosas ajenas, honran a padre y madre, aman a sus vecinos, juzgan con justicia. Lo que no quieren que se les haga a ellos, no lo hacen a otro; buscan reconciliarse con aquellos que les ofenden haciéndoselos amigos; se esfuerzan por hacer el bien a sus enemigos; son mansos y modestos... Se abstienen de toda unión ilegítima y de toda impureza. No desprecian a la viuda ni hacen sufrir al huérfano. E1 que tiene suministra sin tacañearía al que no tiene. Si ven a un forastero, le acogen bajo su techo y se alegran con él como con un auténtico hermano. Se llaman entre sí hermanos, no según la carne, sino según el espíritu...

Están dispuestos a dar sus vidas por Cristo, pues guardan firmemente sus mandamientos-, viviendo en santidad y justicia, como se lo ordenó el Señor Dios, al cual dan gracias en todo momento por toda comida y bebida y por los demás bienes. Éste es, pues, realmente el camino de la verdad, que lleva a los que por él caminan hasta el reino eterno que Cristo prometió en la vida venidera, Y si quieres saber, oh Emperador, que esto no lo digo yo de mí mismo, ponte a leer las Escrituras de los cristianos y hallarás que no digo más que la verdad..."1

1. arístides. Apología.15;

 

La Carta a Diogneto.

Se trata de un breve tratado apologético dirigido a un tal Diogneto que, al parecer, había preguntado acerca de algunas cosas que le llamaban la atención sobre las creencias y modo de vida de los cristianos: "Cuál es ese Dios en el que tanto confían; cuál es esa religión que les lleva a todos ellos a desdeñar al mundo y a despreciar la muerte, sin que admitan, por una parte, los dioses de los griegos, ni guarden, por otra, las supersticiones de los judíos; cuál es ese amor que se tienen unos a otros, y por qué esta nueva raza o modo de vida apareció ahora y no antes" (Cap. 1). El desconocido autor de este tratado, compuesto seguramente a finales del siglo II, va respondiendo a estas cuestiones en un tono más de exhortación espiritual y de instrucción que de polémica o argumentación. Literariamente es, sin duda, la obra más bella y mejor compuesta de la literatura apologética: sus formulaciones acerca de la postura de los cristianos en el mundo o del sentido de la salvación ofrecida por Cristo son de una justeza y una penetración admirables.

I. Refutación del politeísmo.

Una vez que te hayas purificado de todos los prejuicios que dominan tu mente y te hayas liberado de tus hábitos mentales que te engañan, haciéndote como un hombre radicalmente nuevo puedes comenzar a ser oyente de ésta que tú mismo confiesas ser una doctrina nueva. Mira, no sólo con tus ojos, sino también con tu inteligencia cuál es la realidad y aun la apariencia de ésos que vosotros creéis y decís ser dioses. Uno es una piedra como las que pisamos; otro es un pedazo de bronce, no mejor que el que se emplea en los cacharros de nuestro uso ordinario; otro es de madera, que a lo mejor está ya podrida; otro es de plata, y necesita de un guardia para que no lo roben; otro es de hierro y el orín lo corrompe; otro es de arcilla, en nada mejor que la que se emplea para los utensilios más viles. ¿No están todos ellos hechos de materia corruptible?... ¿No fue el escultor el que los hizo, o el herrero, o el platero o el alfarero?... No son todos ellos cosas sordas, ciegas, inanimadas, insensibles, inmóviles? ¿No se pudren todas? ¿No se destruyen todas? Esto es lo que vosotros llamáis dioses, y a ellos os esclavizáis, a ellos adoráis, para acabar siendo como ellos. ¿Por eso aborrecéis a los cristianos, porque no creen que eso sean dioses? l

1.Carta a Diogneto. 2;

II. Refutación del judaísmo.

¿Por qué los cristianos no practican la misma religión que los judíos? Los judíos, en cuanto se abstienen de la idolatría y adoran a un solo Dios de todas las cosas al que tienen por Dueño soberano, piensan rectamente. Pero se equivocan al querer tributarle un culto semejante al culto idolátrico del que hemos hablado. Porque los griegos muestran ser insensatos al presentar sus ofrendas a objetos insensibles y sordos; pero éstos hacen lo mismo, como si Dios tuviera necesidad de ellas, lo cual más parece propio de locura que de verdadero culto religioso. Porque el que hizo "el cielo y la tierra y todo lo que en ellos se contiene" (Sal 145, 6) y que nos dispensa todo lo que nosotros necesitamos, no tiene necesidad absolutamente de nada, y es él quien proporciona las cosas a los que se imaginan dárselas... No es necesario que yo te haya de informar acerca de sus escrúpulos con respecto a los alimentos, su superstición en lo referente al sábado" su gloriarse en la circuncisión y su simulación en materia de ayunos y novilunios: todo eso son cosas ridículas e indignas de consideración. ¿Cómo no hemos de tener por impío -el que de las cosas que Dios ha creado para los hombres se tomen algunas como bien creadas, mientras que se rechazan otras como inútiles y superfluas? ¿Cómo no es cosa irreligiosa calumniar a Dios, atribuyéndole que él nos prohibe que hagamos cosa buena alguna en sábado? ¿No es digno de irrisión el gloriarse en la mutilación de la carne como signo de elección, como si con esto ya hubieran de ser particularmente amados de Dios?... Con esto pienso que habrás visto suficientemente cuánta razón tienen los cristianos para apartarse de la general inanidad y error y de las muchas observaciones y el orgullo de los judíos2.

2. Ibíd.3-4;

III. Los cristianos en el mundo.

En cuanto al misterio de la religión propia de los cristianos, no esperes que lo puedas comprender de hombre alguno. Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres. En efecto, en lugar alguno establecen ciudades exclusivas suyas, ni usan lengua alguna extraña, ni viven un género de vida singular. La doctrina que les es propia no ha sido hallada gracias a la inteligencia y especulación de hombres curiosos, ni hacen profesión, como algunos hacen, de seguir una determinada opinión humana, sino que habitando en las ciudades griegas o bárbaras, según a cada uno le cupo en suerte, y siguiendo los usos de cada región en lo que se refiere al vestido y a la comida y a las demás cosas de la vida, se muestran viviendo un tenor de vida admirable y, por confesión de todos, extraordinario. Habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña les es patria, y toda patria les es extraña.

Se casan como todos y engendran hijos, pero no abandonan a los nacidos. Ponen mesa común, pero no lecho. Viven en la carne, pero no viven según la carne. Están sobre la tierra, pero su ciudadanía es la del cielo. Se someten a las leyes establecidas, pero con su propia vida superan las leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los desconoce, y con todo se los condena. Son llevados a la muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos (2 Cor 6, 10). Les falta todo, pero les sobra todo. Son deshonrados, pero se glorían en la misma deshonra. Son calumniados, y en ello son justificados. "Se los insulta, y ellos bendicen" (1 Cor 4, 22). Se los injuria, y ellos dan honor. Hacen el bien, y son castigados como malvados. Ante la pena de muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos les declaran guerra como a extranjeros y los griegos les persiguen, pero los mismos que les odian no pueden decir los motivos de su odio.

Para decirlo con brevedad, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos lo están por todas las ciudades del mundo. El alma habita ciertamente en el cuerpo, pero no es del cuerpo, y los cristianos habitan también en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está en la prisión del cuerpo visible, y los cristianos son conocidos como hombres que viven en el mundo, pero su religión permanece invisible. La carne aborrece y hace la guerra al alma, aun cuando ningún mal ha recibido de ella, sólo porque le impide entregarse a los placeres; y el mundo aborrece a los cristianos sin haber recibido mal alguno de ellos, sólo porque renuncian a los placeres. El alma ama a la carne y a los miembros que la odian, y los cristianos aman también a los que les odian. El alma está aprisionada en el cuerpo, pero es la que mantiene la cohesión del cuerpo; y los cristianos están detenidos en el mundo como en una prisión, pero son los que mantienen la cohesión del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal, y los cristianos tienen su alojamiento en lo corruptible mientras esperan la inmortalidad en los cielos. Él alma se mejora con los malos tratos en comidas y bebidas, y los cristianos, castigados de muerte todos los días, no hacen sino aumentar: tal es la responsabilidad que Dios les ha señalado, de la que no sería lícito para ellos desertar.

Porque, lo que ellos tienen por tradición no es invención humana: si se tratara de una teoría de mortales, no valdría la pena una observancia tan exacta. No es la administración de misterios humanos lo que se les ha confiado. Por el contrario, el que es verdaderamente omnipotente, creador de todas las cosas y Dios invisible, él mismo hizo venir de los cielos su Verdad y su Palabra santa e incomprensible, haciéndola morar entre los hombres y estableciéndola sólidamente en sus corazones. No envió a los hombres, como tal vez alguno pudiera imaginar, a un servidor suyo, algún ángel o potestad de las que administran las cosas terrenas o alguno de los que tienen encomendada la administración de los cielos, sino al mismo artífice y creador del universo, el que hizo los cielos, aquel por quien encerró el mar en sus propios límites, aquel cuyo misterio guardan fielmente todos los elementos, de quien el sol recibió la medida que ha de guardar en su diaria carrera, a quien obedece la luna cuando le manda brillar en la noche, a quien obedecen las estrellas que son el séquito de la luna en su carrera; aquel por quien todo fue ordenado, delimitado y sometido: los cielos y lo que en ellos se contiene, la tierra y cuanto en la tierra existe, el mar y lo que en el mar se encierra, el fuego, el aire, el abismo, lo que está en lo alto, lo que está en lo profundo y lo que está en medio. A éste envió Dios a los hombres. Ahora bien, ¿lo envió, como alguno de los hombres podría pensar, para ejercer una tiranía y para infundir terror y espanto? Ciertamente no, sino que lo envió con bondad y mansedumbre, como un rey que envía a su hijo rey, como hombre lo envió a los hombres, como salvador, para persuadir, no para violentar, ya que no se da en Dios la violencia. Lo envió para invitar, no para perseguir; para amar, no para juzgar. Ya llegará el día en que lo envíe para juzgar, y entonces ¿quién será capaz de soportar su presencia?...3

3. Ibíd. Cap. 5-7;

IV. El designio salvador de Dios.

Dios, Señor y Creador del universo, que hizo todas las cosas y las distinguió según su orden, no sólo se mostró amador de los hombres, sino también magnánimo con ellos. En realidad siempre fue tal, y lo sigue siendo, y lo será: benévolo, bueno, sin ira y veraz: sólo él es bueno. Y habiendo concebido un designio grande e inefable, lo comunicó sólo con su Hijo. Pues bien, mientras su voluntad llena de sabiduría se mantenía en secreto y se guardaba, parecía que no se cuidaba ni se preocupaba de nosotros. Pero después que lo reveló por medio de su Hijo amado y manifestó lo que tenía preparado desde el principio, nos lo dio todo de una vez, a saber, no sólo tener parte en sus beneficios, sino ver y comprender lo que ninguno de nosotros hubiera jamás esperado.

Así pues, teniéndolo todo preparado en sí mismo y con su Hijo, hasta el tiempo próximo pasado nos permitió que nos dejáramos llevar a nuestro antojo por nuestros desordenados impulsos, arrastrados por los placeres y concupiscencias. No es que tuviera en manera alguna complacencia en nuestros pecados, pero los toleraba. Ni tampoco aprobaba entonces aquel tiempo1 de iniquidad, sino que iba preparando el tiempo actual de justicia, para que, habiendo quedado en aquel tiempo convictos por nuestras propias obras de que éramos indignos de la vida, ahora fuéramos hechos dignos de ella por la bondad de Dios; y habiendo quedado bien patente que nosotros por nosotros mismos no podíamos entrar en el reino de Dios, se nos conceda ahora la capacidad de entrar por el poder del mismo Dios. Cuando nuestra iniquidad llegó a su colmo y se puso plenamente de manifiesto que la paga que podíamos esperar era el castigo y, la muerte, llegó aquel momento que Dios había dispuesto de antemano a partir del cual tenía que mostrarse su bondad y su poder. ¡Oh maravillosa benignidad y amor de Dios para con los hombres! No nos aborreció, no nos arrojó de sí, no nos guardó rencor, sino que se mostró magnánimo, nos soportó, y compadecido de nosotros cargó sobre sí nuestros pecados. Él mismo "entregó a su propio Hijo" (Rom 8, 32) como rescate por nosotros: al santo por los pecadores, al inocente por los malvados, "al justo por los injustos" (1 Pe 3, 18), al incorruptible por los corruptibles, al inmortal por los mortales. Porque, ¿qué otra cosa podía cubrir nuestros pecados, fuera de su justicia? ¿En quién podíamos nosotros, malvados e impíos, ser justificados, sino sólo en el Hijo de Dios? ¡Oh dulce trueque! ¡Oh obra insondable! ¡Oh beneficios inesperados! La iniquidad de muchos quedó sepultada en un solo justo, y la justicia de uno bastó para justificar a muchos malvados.

De esta suerte, habiéndonos convencido Dios en el tiempo pasado de que por nuestra propia naturaleza no éramos capaces de alcanzar la vida, y habiendo mostrado ahora al salvador que es capaz de salvar lo imposible, quiso que a partir de estas dos cosas creyéramos en su bondad y le tuviéramos como sustentador nuestro, padre, maestro, consejero, médico, inteligencia, luz, honor, gloria, fuerza, vida, sin que anduviéramos preocupados de nuestro vestido o comida.

Si deseas llegar a alcanzar también tú esta fe, procura primero alcanzar el conocimiento del Padre. Porque Dios amó a los hombres, por los cuales hizo el mundo, a quienes sometió todas las cosas de la tierra, a quienes dio la razón y la inteligencia, los únicos a quienes concedió mirar hacia arriba para que pudieran verle, a quienes modeló a su propia imagen, a quienes envió a su Hijo unigénito (1 Jn 4:9), a quienes prometió el Reino de los Cielos, que dará a los que le hubieren amado. No tienes idea de la alegría que te llenará cuando llegues a alcanzar este conocimiento, o del amor que puedes llegar a sentir para con aquel que primero te amó hasta tal extremo. Y cuando llegues a amarle, te convertirás en imitador de su bondad. No te maravilles de que el hombre pueda Negar a ser imitador de Dios: lo puede, si lo quiere Dios. Porque la felicidad no está en dominar tiránicamente al prójimo, ni en querer estar siempre por encima de los más débiles, ni en la riqueza, ni en la violencia para con los más necesitados: en esto no puede nadie imitar a Dios, porque todo esto es ajeno de su grandeza. Más bien el que toma sobre sí la carga de su prójimo, el que en aquello en que es superior está dispuesto a hacer el bien a su inferior, el que suministra a los necesitados lo que él mismo recibió de Dios, éste se convierte en Dios de los que reciben de su mano, éste es imitador de Dios.

Entonces, aunque morando en la tierra, podrás contemplar cómo Dios es el Señor de los cielos; entonces empezarás a hablar los misterios de Dios; entonces amarás y admirarás a los que reciben castigo de muerte por no querer negar a Dios; entonces condenarás el engaño y el extravío del mundo, cuando conocerás la verdadera vida del cielo, cuando llegarás a despreciar la que aquí se tiene por muerte, cuando temerás la muerte verdadera, que está reservada para los condenados al fuego eterno que ha de castigar hasta el fin a los que a él sean arrojados. Entonces, cuando hayas llegado a tener conocimiento de aquel fuego, admirarás a los que por causa de la justicia soportan este fuego temporal, y los tendrás por bienaventurados.4

4. Ibíd.8 -10;

 

San Justino.

San Justino nació en Naplusa, la antigua Siquem, en Samaría, a comienzos del siglo II. Si lo que él mismo nos narra tiene valor autobiográfico y no es — como pretenden algunos — mera ficción literaria, se habría dedicado desde joven a la filosofía, recorriendo, en pos de la verdad, las escuelas estoica, peripatética, pitagórica y platónica, hasta que, insatisfecho de todas ellas, un anciano le llamó la atención sobre las Escrituras de los profetas, "los únicos que han anunciado la verdad." Esto, junto a la consideración del testimonio de los cristianos que arrastraban la muerte por ser fieles a su fe, le llevó a la conversión.

Más adelante Justino pasa a Roma, donde funda una especie de escuela filosófico-religiosa, y muere martirizado hacia el año 165.

Se conocen los títulos de una decena de obras de Justino: de ellas sólo se han conservado dos Apologías (que quizás no son sino dos partes de una misma obra), y un Diálogo con un judío, por nombre Trifón.

Tanto por la extensión de sus escritos como por su contenido, Justino es el más importante de los apologetas. Es el primero que de una manera que pudiéramos decir sistemática intenta establecer una relación entre el mensaje cristiano y el pensamiento helénico, predeterminando en gran parte, bajo este aspecto, la dirección que iba a tomar la teología posterior.

La aportación más fundamental de Justino es el intento de relacionar la teología ontológica del platonismo con la teología histórica de la tradición judaica, es decir, el Dios que los filósofos concebían como Ser supremo, absoluto y trascendente, con el Dios que en la tradición semítica aparecía como autor y realizador de un designio de salvación para el hombre.

En el esfuerzo por resolver el problema de la posibilidad de relación entre el Ser absoluto y trascendente y los seres finitos, las escuelas derivadas del platonismo habían postulado la necesidad del Logos en función de intermediario ontológico: la idea se remonta al "logos universal" de Heraclito, y viene a expresar que la inteligibilidad limitada del mundo es una expresión o participación de la inteligibilidad infinita del Ser absoluto.

Justino, reinterpretando ideas del evangelio de Juan, identifica al Logos mediador ontológico con el Hijo eterno de Dios, que recientemente se ha manifestado en Cristo, pero que había estado ya actuando desde el principio del mundo, lo mismo en la revelación de Dios a los patriarcas y profetas de Israel, que en la revelación natural por la que los filósofos y sabios del paganismo fueron alcanzando cada vez un conocimiento más aproximado de la verdad.

De esta forma Justino presenta al cristianismo como integrando, en un plan universal e histórico de salvación, lo mismo las instituciones judaicas que la filosofía y las instituciones naturales de los pueblos paganos. Así intenta resolver uno de los problemas más graves de la teología en su época: el de la relación del cristianismo con el Antiguo Testamento y con la cultura pagana. Ambas son praeparatio evangélica, estadio inicial y preparatorio de un plan salvífico, que tendrá su consumación en Cristo.

Sin embargo, al identificar Justino al Logos con el mediador ontológico entre el Dios supremo y trascendente y el mundo finito, a la manera en que era postulado de los filósofos, introduce una concepción que inevitablemente tenderá hacia el subordinacionismo y, finalmente, hacia el arrianismo. Cuando Justino afirma que el Dios supremo no podía aparecerse con su gloria trascendente a Moisés y los profetas, sino sólo su Logos, implícitamente afirma que el Logos no participa en toda su plenitud de la gloria de Dios y que es en alguna manera inferior a Dios.

Los escritos de Justino son también importantes en cuanto nos dan a conocer las formas del culto y de la vida cristiana en su tiempo, principalmente en lo que se refiere a la celebración del bautismo y de la eucaristía.

I. El cristianismo y la filosofía.

Para que no haya nadie que sin razón rechace nuestra enseñanza objetando que Cristo nació hace sólo ciento cincuenta años en tiempos de Quirino... y de Poncio Pilato, urgiendo con ello que ninguna responsabilidad tuvieron los hombres de épocas anteriores, nos daremos prisa a resolver esta dificultad. Nosotros hemos aprendido que Cristo es el primogénito de Dios, el cual, como ya hemos indicado, es el Logos, del cual todo el género humano ha participado. Y así, todos los que han vivido conforme al Logos son cristianos, aun cuando fueran tenidos como ateos, como sucedió con Sócrates, Heraclito y otros semejantes entre los griegos, y entre los bárbaros con Abraham, Azarías, Misael, Elias y otros muchos... De esta suerte, los que en épocas anteriores vivieron sin razón, fueron malvados y enemigos de Cristo, y asesinaron a los que vivían según la razón. Por el contrario, los que han vivido y siguen viviendo según la razón son cristianos, viviendo sin miedo y en paz...l

Declaro que todas mis oraciones y mis denodados esfuerzos tienen por objeto el mostrarme como cristiano: no que las doctrinas de Platón sean simplemente extrañas a Cristo, pero sí que no coinciden en todo con él, lo mismo que las de los otros filósofos, como los estoicos, o las de los poetas o historiadores. Porque cada uno de éstos habló correctamente en cuanto veía que tenía por connaturalizada una parte del Logos seminal de Dios. Pero es evidente que quienes expresaron opiniones contradictorias y en puntos importantes, no poseyeron una ciencia infalible ni un conocimiento inatacable. Ahora bien, todo lo que ellos han dicho correctamente nos pertenece a nosotros, los cristianos, ya que nosotros adoramos y amamos, después de Dios, al Logos de Dios inengendrado e inexpresable, pues por nosotros se hizo hombre para participar en todos nuestros sufrimientos y así curarlos. Y todos los escritores, Por la semilla del Logos inmersa en su naturaleza, pudieron ver la realidad de las cosas, aunque de manera oscura, Porque una cosa es la semilla o la imitación de una cosa que se da según los límites de lo posible, y otra la realidad misma por referencia a la cual se da aquella participación o imitación...2

1. Justino.1 Apologia. 46; 2. Justino.2 Apologia.13;

 

II. Dios.

Al Padre de todas las cosas no se le puede imponer nombre alguno, pues es inengendrado. Porque todo ser al que se impone un nombre, presupone otro más antiguo que él que se lo imponga. Los nombres de Padre, Dios, Creador, Señor, Dueño, no son propiamente nombres, quien con propiedad sino apelaciones tomadas de sus beneficios y de sus obras. En cuanto a su Hijo — el único a se llama Hijo, el Logos que está con él, siendo engendrado antes de las criaturas, cuando al principio creó y ordenó por medio de él todas las cosas — se le llama Cristo a causa de su unción y de que fueron ordenadas por medio de él todas las cosas. Este nombre encierra también un sentido incognoscible, de manera semejante a como la apelación de "Dios" no es un nombre, sino que representa una concepción, innata en la naturaleza humana, de lo que es una realidad inexplicable. En cambio "Jesús" es un nombre humano, que tiene el sentido de "salvador." Porque el Logos se hizo hombre según el designio de Dios Padre y nació para bien de los creyentes y para destrucción de los demonios...3

El Padre inefable y Señor de todas las cosas, ni viaja a parte alguna, ni se pasea, ni duerme, ni se levanta, sino que permanece siempre en su sitio, sea el que fuere, con mirada penetrante y con oído agudo, pero no con ojos ni orejas, sino con su poder inexpresable. Todo lo ve, todo lo conoce; ninguno de nosotros se le escapa, sin que para ello haya de moverse el que no cabe en lugar alguno ni en el mundo entero, el que existía antes de que el mundo fuera hecho. Siendo esto así, ¿cómo puede él hablar con alguien, o ser visto de alguien, o aparecerse en una mínima parte de la tierra, cuando en realidad el pueblo no pudo soportar la gloria de su enviado en el Sinaí, ni pudo el mismo Moisés entrar en la tienda que él había hecho, pues estaba llena de la gloria de Dios, ni el sacerdote pudo aguantar de pie delante del templo cuando Salomón llevó el arca a la morada que él mismo había construido en Jerusalén? Por tanto, ni Abraham, ni Isaac, ni Jacob, ni hombre alguno vio al que es Padre y Señor inefable absolutamente de todas las cosas y del mismo Cristo, sino que vieron a éste, que es Dios por voluntad del Padre, su Hijo, ángel que le sirve según sus designios. El Padre quiso que éste se hiciera hombre por medio de una virgen, como antes se había hecho fuego para hablar con Moisés desde la zarza... Ahora bien, que Cristo es Señor y Dios, Hijo de Dios, que en otros tiempos se apareció por su poder como hombre y como ángel y en la gloria del fuego en la zarza y que se manifestó en el juicio contra Sodoma, lo he mostrado ya largamente...4

Al principio, antes de todas las criaturas, engendró Dios una cierta potencia racional de sí mismo, a la cual llama el Espíritu Santo "gloria del Señor," y a veces también Hijo, a veces Sabiduría, a veces ángel, a veces Dios, a veces Señor o Palabra y a veces se llama a sí mismo Caudillo, cuando se aparece en forma humana a Josué, hijo de Nun. Todas estas apelaciones le vienen de estar al servicio de la voluntad del Padre y del hecho de estar engendrado por el querer del Padre. Algo semejante vemos que sucede en nosotros: al emitir una palabra, engendramos la palabra, pero no por modo de división de algo de nosotros que, al pronunciar la palabra, disminuyera la razón que hay en nosotros. Así también vemos que un fuego se enciende de otro sin que disminuya aquel del que se tomó la llama, sino permaneciendo el mismo... Y tomaré el testimonio de la palabra de la sabiduría, siendo ella este Dios engendrado del Padre del universo, que subsiste como razón, sabiduría, poder y gloria del que la engendró, y que dice por boca de Salomón: ...El Señor me fundó desde el principio de sus caminos para sus obras. Antes del tiempo me cimentó, en el principio, antes de hacer la tierra, antes de crear los abismos, antes de brotar las fuentes de las aguas...5

3. Ibid.5; 4. justino. Diálogo. 127, 128; 5. Ibíd. 61;

III. Pecado y salvación.

Oíd cómo el Espíritu Santo dice acerca de este pueblo que son todos hijos del Altísimo y que en medio de su junta estará Cristo, haciendo justicia a todo género de hombres (cf. Sal. 81)... En efecto, el Espíritu Santo reprende a los hombres porque habiendo sido creados impasibles e inmortales a semejanza de Dios con tal de que guardaran sus mandamientos, y habiéndoles Dios concedido el honor de llamarse hijos suyos, ellos, por querer asemejarse a Adán y a Eva, se procuran a sí mismos la muerte... Queda así demostrado que a los hombres se les concede el poder ser dioses y que a todos se da el poder ser hijos del Altísimo, y culpa suya es si son juzgados y condenados como Adán y Eva...6

A nosotros nos ha revelado él cuanto por su gracia hemos entendido de las Escrituras, reconociendo que él es el primogénito de Dios anterior a todas las criaturas, y al mismo tiempo hijo de los patriarcas, pues se dignó nacer hombre sin hermosura, sin honor y pasible, hecho carne de una virgen del linaje de los patriarcas. Por esto en sus propios discursos, hablando de su futura pasión dijo: "Es necesario que el Hijo del hombre sufra muchas cosas, y que sea reprobado por los escribas y los fariseos, y sea crucificado, y resucite al tercer día" (Mc 8:31; Lc 9:22). Ahora bien, él se llamaba a sí mismo Hijo del hombre o bien a causa de su nacimiento por medio de una virgen que era del linaje de David, de Jacob, de Isaac y de Abraham, o bien porque el mismo Adán era padre de todos esos que acabo de nombrar, de quienes María trae su linaje... Por haberle reconocido como Hijo de Dios por revelación del Padre, Cristo cambió el nombre a uno de sus discípulos, que antes se llamaba Simón y luego se llamó Pedro. Como Hijo de Dios le tenemos descrito en los "Recuerdos de los apóstoles," y como tal le tenemos nosotros, entendiendo que procedió del poder y de la voluntad del Padre antes de todas las criaturas. En los discursos de los profetas es llamado Sabiduría, Día, Oriente, Espada, Piedra, Vara, Jacob, Israel, unas veces de un modo y otras de otro; y sabemos que se hizo hombre por medio de una virgen, a fin de que por el mismo camino por el que tuvo comienzo la desobediencia de la serpiente, por el mismo fuera también destruida. Porque Eva, cuando era todavía virgen e incorrupta, habiendo concebido la palabra que recibió de la serpiente, dio a luz la desobediencia y la muerte: en cambio, la virgen María concibió fe y alegría cuando el ángel Gabriel le dio la buena noticia de que el Espíritu del Señor vendría sobre ella y el poder del Altísimo la cubriría con su sombra, por lo cual lo santo nacido de ella sería hijo de Dios; a lo que ella contestó: "Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1:38) Y de la Virgen nació aquel al que hemos mostrado que se refieren mas Escrituras, por quien Dios destruye la serpiente y los ángeles y hombres que a ella se asemejan, y libra de la muerte a los que se arrepienten de sus malas obras y creen en él...7

6. Ibid.124; 7. Ibíd.100;

IV. Vida cristiana.

El bautismo.

A cuantos se convencen y aceptan por la fe que es verdad lo que nosotros enseñamos y decimos, y prometen ser capaces de vivir según ello, se les instruye a que oren y pidan con ayunos el perdón de Dios para sus pecados anteriores, y nosotros oramos y ayunamos juntamente con ellos. Luego los llevamos a un lugar donde haya agua, y por el mismo modo de regeneración con que nosotros fuimos regenerados, lo son también ellos: en efecto, se someten al baño por el agua, en el nombre del Padre de todas las cosas y Señor Dios, y en el de nuestro salvador Jesucristo y en el del Espíritu Santo. Porque Cristo dijo: "Si no volviereis a nacer, no entraréis en el reino de los cielos" (Jn 3:3), y es evidente para todos que no es posible volver a entrar en el seno de nuestras madres una vez nacidos. Y también está dicho en el profeta Isaías el modo como podían librarse de los pecados aquellos que habiendo pecado se arrepintieran: "Lavaos, volveos limpios, quitad las maldades de vuestras almas, aprended a hacer el bien..." (Is 1:16ss). La razón que para esto aprendimos de los apóstoles es la siguiente: En nuestro primer nacimiento no teníamos conciencia, y fuimos engendrados por necesidad por la unión de nuestros padres, de un germen húmedo, criándonos en costumbres malas y en conducta malvada. Ahora bien, para que no sigamos siendo hijos de la necesidad y de la ignorancia, sino de la libertad y del conocimiento, alcanzando el perdón de los pecados que anteriormente hubiéramos cometido, se invoca sobre el que ha determinado regenerarse, se arrepiente de sus pecados, estando él en el agua, el nombre del Padre de todas las cosas y Señor Dios, el único nombre que invoca el que conduce a este lavatorio al que ha de ser lavado... Este baño se llama iluminación, para dar a entender que son iluminados los que aprenden estas cosas. Y el que es así iluminado, se lava también en el nombre de Jesucristo, el que fue crucificado bajo Poncio Pilato, y en el nombre del Espíritu Santo, que nos anunció previamente por los profetas todo lo que se refiere a Jesús.8

La eucaristía.

Después del baño (del bautismo), llevamos al que ha venido a creer y adherirse a nosotros a los que se llaman hermanos, en el lugar donde se tiene la reunión, con el fin de hacer preces en común por nosotros mismos, por el que acaba de ser iluminado y por todos los demás esparcidos por todo el mundo, con todo fervor, suplicando se nos conceda, ya que hemos conocido la verdad, mostrarnos hombres de recta conducta en nuestras obras y guardadores de lo que tenemos mandado, para conseguir así la salvación eterna.

Al fin de las oraciones nos damos el beso de paz. Luego se presenta pan y un vaso de agua y vino al que preside de los hermanos, y él, tomándolos, tributa alabanzas y gloria al Padre de todas las cosas por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo, haciendo una larga acción de gracias por habernos concedido estos dones que de él nos vienen. Cuando el presidente ha terminado las oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo presente asiente diciendo Amen, que en hebreo significa "Así sea." Y cuando el presidente ha dado gracias y todo el pueblo ha hecho la aclamación, los que llamamos ministros o diáconos dan a cada uno de los asistentes algo del pan y del vino y agua sobre el que se ha dicho la acción de gracias, y lo llevan asimismo a los ausentes.

Esta comida se llama entre nosotros eucaristía, y a nadie le es lícito participar de ella si no cree ser verdaderas nuestras enseñanzas y se ha lavado en el baño del perdón de los pecados y de la regeneración, viviendo de acuerdo con lo que Cristo nos enseñó. Porque esto no lo tomamos como pan común ni como bebida ordinaria, sino que así como nuestro salvador Jesucristo, encarnado por virtud del Verbo de Dios, tuvo carne y sangre por nuestra salvación, así se nos ha enseñado que en virtud de la oración del Verbo que de Dios procede, el alimento sobre el que fue dicha la acción de gracias — del que se nutren nuestra sangre y nuestra carne al asimilarlo — es el cuerpo y la sangre de aquel Jesús encarnado. Y en efecto, los apóstoles en los Recuerdos que escribieron, que se llaman Evangelios, nos transmitieron que así les fue mandado, cuando Jesús tomó el pan, dio gracias y dijo: "Haced esto en memoria mía..."

Y nosotros, después, hacemos memoria de esto constantemente entre nosotros, y los que tenemos algo socorremos a los que tienen necesidad, y nos ayudamos unos a otros en todo momento. En todo lo que ofrecemos bendecimos siempre al Creador de todas las cosas por medio de su Hijo Jesucristo y por el Espíritu Santo. El día llamado del sol (el domingo) se tiene una reunión de todos los que viven en las ciudades o en los campos, y en ella se leen, según el tiempo lo permite, los Recuerdos de los apóstoles o las Escrituras de los profetas. Luego, cuando el lector ha terminado, el presidente toma la palabra para exhortar e invitar a que imitemos aquellos bellos ejemplos. Seguidamente nos levantamos todos a la vez, y elevamos nuestras preces; y terminadas éstas, como ya dije, se ofrece pan y vino y agua, y el presidente dirige a Dios sus oraciones y su acción de gracias de la mejor manera que puede, haciendo todo el pueblo la aclamación del Amén. Luego se hace la distribución y participación de los dones consagrados a cada uno, y se envían asimismo por medio de los diáconos a los ausentes. Los que tienen y quieren, cada uno según su libre determinación, dan lo que les parece, y lo que así se recoge se entrega al presidente, el cual socorre con ello a los huérfanos y viudas, a los que padecen necesidad por enfermedad o por otra causa, a los que están en las cárceles, a los forasteros y transeúntes, siendo así él simplemente provisor de todos los necesitados. Y celebramos esta reunión común de todos en el día del sol, por ser el día primero en el que Dios, transformando las tinieblas y la materia, hizo el mundo, y también el día en el que nuestro salvador Jesucristo resucitó de entre los muertos...9

8. justino.1 Apol. 61. 9. Ibid. 65 – 67;

V. Escatología.

¿Realmente confesáis vosotros que ha de reconstruirse la ciudad de Jerusalén, y esperáis que allí ha de reunirse vuestro pueblo, y alegrarse con Cristo, con los patriarcas y profetas y los santos de nuestro linaje, y hasta los prosélitos anteriores a la venida de vuestro Cristo...?

Si habéis tropezado con algunos que se llaman cristianos y no confiesan esto, sino que se atreven a blasfemar del Dios de Abraham y de Isaac y de Jacob, y dicen que no hay resurrección de los muertos, sino que en el momento de morir sus almas son recibidas en el cielo, no los tengáis por cristianos... Yo por mi parte, y cuantos son en todo ortodoxos, sabemos que habrá resurrección de los muertos y un período de mil años en la Jerusalén reconstruida y hermoseada y dilatada, como lo prometen Ezequiel, Isaías y otros profetas...10

10. justino. Dial. 80;

 

Taciano.

Taciano, de origen sirio, se convirtió, al parecer, en Roma, y fue discípulo de san Justino. Se conserva de él un Discurso contra los griegos en el que se lanza a atacar el politeísmo y la filosofía pagana de una manera vehemente y extremosa que muestra bien su radicalismo y virulencia de carácter. Llevado de este radicalismo llegó a abandonar la doctrina común de la Iglesia y fundó una especie de secta puritana de tendencias gnósticas, que fue llamada de los encratitas o continentes, en la que se practicaba una total abstención de carnes, y de bebidas alcohólicas, se condenaba absolutamente el matrimonio y hasta se llegó a sustituir el vino por el agua en la celebración de la eucaristía. Son de particular interés, para el desarrollo teológico, sus ideas acerca de la generación del Verbo — que prenuncian los desarrollos ulteriores de Tertuliano y san Agustín — así como su elaboración de la doctrina de la inmortalidad y de la resurrección era en el principio, y el Principio, según hemos recibido de nuestra tradición, es la potencia del Verbo. Porque el Señor del universo, que es por sí mismo el mantenedor de todo, en cuanto que la creación no había sido hecha todavía, estaba solo; pero en cuanto que residía en él toda la potencia de las cosas visibles e invisibles, sustentaba por sí mismo todas las cosas por medio de su potencia racional. Por voluntad de su simplicidad procede el Verbo: y este Verbo, que no salta al vacío, se convierte en la obra primogénita del Padre.

"Sabemos que él es el principio del mundo, y se produjo por participación, no por división. Porque lo que se divide de otro, queda separado de ello; pero lo que es participado, distinguiéndose en cuanto a la dispensación (o economía) no deja más pobre a aquello de donde se toma. Porque así como de una sola antorcha se encienden muchos fuegos, y la primera antorcha no queda disminuida en su luz por haberse encendido de ella muchas antorchas, así también, el Logos que procede de la potencia del Padre no dejó sin razón al que le había engendrado. Yo mismo, ahora estoy hablando, y vosotros me escucháis: y está claro que no porque mi palabra pase a vosotros me quedo yo sin palabra al conversar, sino que al proferir yo mi voz estoy poniendo orden en la materia desordenada que está en vosotros. Y a la manera como el Verbo, engendrado en el principio, engendró a su vez él mismo para sí nuestra creación, creando la materia, así también yo, reengendrado a imitación del Verbo y habiendo alcanzado la comprensión de la verdad, intento poner un orden en la materia de la que yo mismo participo. Porque la materia no está sin principio, como Dios, ni tiene un poder igual al de Dios siendo sin principio, sino que ha sido creada, y no por otro ha sido creada fuera del que la produjo como creador de todas las cosas.1

1.taciano. Discurso contra los griegos.5;

II. La resurrección de los cuerpos y la inmortalidad del alma.

Creemos que habrá la resurrección de los cuerpos después de la consumación del universo, no como opinan los estoicos, según los cuales las mismas cosas nacen y perecen de acuerdo con unos ciclos periódicos sin ninguna utilidad, sino que una sola vez cuando hayan llegado a su término los tiempos en que vivimos, se dará la perfecta restauración de todos los hombres en orden al juicio. Y no nos juzgarán Minos o Radamanto, antes de cuya muerte, según las fábulas, ninguna de las almas era juzgada, sino que se constituirá en juez el mismo Dios que nos ha creado. No nos importa que nos tengáis por fabuladores o charlatanes, porque creamos esta doctrina. Porque así como yo no existía antes de mi nacimiento y no sabía quién era, sino que sólo existía la sustancia de mi materia carnal, pero una vez nacido he venido a creer que existo en virtud de mi nacimiento, aunque antes no existiera, así también, de la misma manera, yo, que he existido, y que por la muerte dejaré de existir otra vez y desapareceré de la vista, volveré a existir de nuevo, por un proceso semejante a aquel por el que no existiendo antes comencé a existir. Y aunque el fuego haga desaparecer mi carne, el universo recibe la materia evaporada; y si soy consumido en los ríos o en los mares, o soy devorado por las fieras, quedo depositado en los depósitos del que es un rico señor. El pobre que no cree en Dios no conoce estos depósitos; pero el Dios soberano, cuando quiera, restablecerá en su condición original aquella sustancia que sólo para él es visible.2

Nuestra alma, no es por sí misma inmortal, sino mortal. Pero es también capaz de la inmortalidad. Si no conoce la verdad, muere y se disuelve con el cuerpo, pero resucita luego juntamente con el cuerpo en la consumación del mundo, para recibir como castigo una muerte inmortal. Por el contrario, si ha alcanzado el conocimiento de Dios, no muere por más que por el momento se disuelva (con el cuerpo). En efecto, por sí misma el alma es tinieblas, y no hay nada luminoso en ella, que es, sin duda, lo que significa aquello: "Las tinieblas no aprehenden la luz" (Jn 1:5). Y la luz aprehendió a las tinieblas Porque no es el alma por sí misma la que salva al espíritu, sino la que es salvada por él, en el sentido de que el Verbo es la luz de Dios, mientras que las tinieblas son el alma ignorante. Por esto, cuando vive sola, se inclina hacia abajo hacia la materia y muere con la carne; pero cuando alcanza la unión con el Espíritu de Dios ya no se encuentra sin ayuda, sino que puede levantarse a las regiones hacia donde le conduce el Espíritu. Porque la morada del Espíritu está en lo alto, pero el origen del alma es de abajo. En un principio, el Espíritu era compañero del alma: pero ésta no quiso seguir al espíritu, y éste la abandonó. Mas ella, que conservaba como un resplandor del poder del espíritu, y que separada de él ya no podía contemplar lo perfecto, andaba en busca de Dios, y se modeló extraviada a muchos dioses, siguiendo a los demonios embusteros. Por otra parte, el Espíritu de Dios no está en todos los hombres, sino sólo, con algunos que viven justamente, en cuya alma se hace presente y con la cual se abraza y por cuyo medio, con predicciones, anuncia a las demás almas lo que está escondido. Las que obedecen a la sabiduría, atraen a sí mismas el espíritu que les es congénito; pero las que no obedecen y rechazan al que es servidor del Dios que ha sufrido, lejos de mostrarse como religiosas se muestran más bien como almas que hacen la guerra a Dios.3

2. Ibíd.6; 3. Ibíd.13;

III. Los cristianos y el emperador.

¿Por qué os empeñáis, oh griegos, en que, como en lucha de pugilato, choquen las instituciones del Estado contra nosotros? Si no quiero seguir las costumbres de ciertas gentes, ¿por qué he de ser odiado como el ser más abominable? El emperador manda pagar tributos, y yo estoy dispuesto a hacerlo. Mi amo quiere que le esté sujeto y le sirva, y yo reconozco esta servidumbre. Porque, en efecto, al hombre se le ha de honrar humanamente, pero temer sólo se ha de temer a Dios, que no es visible a los ojos humanos ni es por arte alguna comprensible. Sólo si se me manda negar a Dios no estoy dispuesto a obedecer, sino que antes sufriré la muerte, para no declararme mentiroso y desagradecido.4

4. Ibíd. 4;

 

Atenágoras.

Atenágoras debió de convertirse al cristianismo después de haber seguido estudios de retórica y de filosofía: sus escritos están llenos de erudición y de los recursos estilísticos propios de los oradores y escritores de la época. Se conserva de él una Súplica en favor de los cristianos y un tratado Sobre la resurrección. La primera de estas obras fue escrita hacia el año 177 e iba dirigida a los emperadores Marco Aurelio Antonino y Lucio Aurelio Cómodo, con el intento de mostrar que las doctrinas de los cristianos eran plenamente razonables y su modo de vida inocente. En particular se ocupa de refutar tres de las calumnias más graves de que se acusaba a los cristianos: la de que son ateos, pues no dan culto a los dioses comúnmente reconocidos; la de que practicaban el canibalismo, y la de que se entregan a uniones incestuosas. Para ello explica la naturaleza una y trina del Dios de los cristianos y la gran elevación moral de su modo de vida. El tratado Sobre la resurrección intenta mostrar la racionabilidad de esta creencia por medio de argumentos filosóficos y congruencias analógicas.

I. Dios uno y trino.

Que el Dios creador de todo este universo es uno desde el principio, podéis considerarlo de la siguiente manera, para que tengáis el razonamiento de nuestra fe. Si desde el principio hubiese habido dos o más dioses, hubiesen tenido que estar o bien los dos en un mismo lugar, o cada uno separado en el suyo. Pero no podían estar en un solo y mismo lugar, porque, si son dioses, no son semejantes, sino que, siendo increados han de ser desemejantes. En efecto, las cosas creadas son semejantes a sus modelos, pero las increadas ni se asemejan a nadie, ni proceden de nadie, ni tienen relación alguna con nadie... Y si cada uno de ellos ocupa su propio lugar, el que creó el mundo estará más alto que todas las cosas creadas, por encima de las cosas que él creó y ordenó. ¿Dónde estará el otro, o los otros? Si el mundo tiene figura esférica y está limitado por los círculos celestes, y el creador de este mundo está por encima de todo lo creado manteniéndolo con su providencia, ¿cuál es el lugar propio del otro o de los otros dioses? No está en este mundo, pues es del otro; ni está alrededor del mundo, porque sobre el mundo está el Dios creador del mundo, pues todo lo que está alrededor del mundo está mantenido por éste. ¿Dónde está? ¿Por encima del mundo y del mismo Dios, en otro mundo y alrededor de otro mundo?... Entonces ya no está alrededor de nosotros, ni tiene poder sobre nuestro mundo, ni es grande en su propio poder, pues lo ejerce en un lugar limitado...

Sin embargo, si nos contentáramos con estos argumentos de razón, se podría pensar que nuestra doctrina es humana; pero son las palabras de los profetas las que dan credibilidad a nuestros razonamientos, y pienso que vosotros, que sois amicísimos del saber e instruidísimos, no dejáis de estar iniciados en los escritos de Moisés, de Isaías, de Jeremías y de los demás profetas, que saliendo de sus propios pensamientos y movidos del Espíritu divino, hablaron según eran movidos, pues el Espíritu se servía de ellos como el flautista de la flauta en que sopla. ¿Qué decían, pues, los profetas? "El Señor es nuestro Dios: ningún otro será tenido por Dios junto a él" (Ex 20:2-3) Y en otro lugar: "Yo soy Dios primero y después, y fuera de mí no hay otro Dios..." (Ts 44:6).

He mostrado, pues, suficientemente que no somos ateos: admitimos un solo Dios, increado, eterno, invisible, impasible, incomprensible, inmenso, que sólo puede ser alcanzado por la razón y la inteligencia, rodeado de luz, de belleza, de espíritu, de fuerza inexplicable. Por él ha sido hecho el universo, y ha sido ordenado y se conserva, por medio de su Verbo. Y creemos también en un Hijo de Dios, Que nadie tenga por ridículo eso de que Dios tenga un Hijo. Porque no pensamos sobre Dios Padre o sobre su Hijo a la manera de vuestros poetas que hacen fábulas en las que presentan a dioses que en nada son mejores que los hombres, sino que el Hijo de Dios es el Verbo del Padre en idea y operación, pues con relación a él y por medio de él fueron hechas todas las cosas, siendo el Padre y el Hijo uno solo. Y estando el Hijo en el Padre y el Padre en el Hijo, en unidad y potencia de espíritu, el Hijo de Dios es inteligencia y Verbo del Padre. Y si se os ocurre preguntar con vuestra extraordinaria inteligencia qué quiere decir "hijo," os lo diré brevemente: El Hijo es el primer brote del Padre, pero no como hecho, ya que desde el principio Dios, que es inteligencia eterna, tenía en sí al Verbo y era eternamente racional, sino como procediendo de Dios cuando todas las cosas materiales eran naturaleza informe y tierra inerte y estaban mezcladas las más pesadas con las más ligeras, para ser sobre ellas idea y principio activo. Y concuerda con este razonamiento el Espíritu profético que dice: "El Señor me crió como principio de sus caminos para sus obras" (Prov 8:22). Y en verdad, el mismo Espíritu Santo que obra en los que hablan proféticamente, decimos que es una emanación de Dios, que emana y vuelve como un rayo de sol. Realmente uno no puede menos de maravillarse al oír llamar ateos a los que admiten a un Dios Padre, y a un Dios Hijo y a un Espíritu Santo, mostrando su potencia en la unidad y su distinción en el orden. Y no se acaba aquí nuestra doctrina teológica, sino que afirmamos que se da una multitud de ángeles y ministros, a quienes el Dios creador y artífice del mundo, por medio del Verbo que está en él, distribuyó y ordenó para que tuvieran cuidado de los elementos y de los cielos y del mundo y de las cosas que en él se contienen, para mantener todo ello en buen orden...1

II. La vida de los cristianos.

Entre nosotros fácilmente podréis encontrar gentes sencillas, artesanos y viejezuelas, que si de palabra no son capaces de mostrar con razones la utilidad de su religión, muestran con las obras que han hecho una elección buena. Porque no se dedican a aprender discursos de memoria, sino que manifiestan buenas acciones: no hieren al que los hiere, no llevan a los tribunales al que les despoja, dan a todo el que pide y aman al prójimo como a sí mismos. Ahora bien, si no creyéramos que Dios está por encima del género humano, ¿podríamos llevar una vida tan pura? No se puede decir; pero estando persuadidos de que de toda esta vida presente hemos de dar cuenta al Dios que nos ha creado a nosotros y que ha creado al mundo, escogemos la vida moderada, caritativa y despreciada, pues creemos que no podemos aquí sufrir ningún mal tan grande, aun cuando nos quiten la vida, comparable con la recompensa que recibiremos del gran Juez por una vida humilde, caritativa y buena. Platón dijo ciertamente que Minos y Rádamanto tenían que juzgar y castigar a los malos; pero nosotros decimos que ni Minos ni Rádamanto ni el padre de ellos escaparán al juicio de Dios. Además, vemos que son tenidos por piadosos los que tienen como concepto de la vida aquello de "comamos y bebamos, que mañana moriremos" (Cf. Is 22:13; Sab 2:6) y tienen la muerte por un sueño profundo; en cambio nosotros tenemos la vida presente como de corta duración y de pequeña estima y nos movemos por el solo deseo de llegar a conocer al Dios verdadero y al Verbo que está en él, cuál es la comunión que hay entre el Padre y el Hijo, qué cosa sea el Espíritu, cuál sea la unidad de tan grandes realidades y la distinción entre los así unidos, el Espíritu, el Hijo y el Padre; nosotros sabemos que la vida que esperamos es superior a cuanto se puede expresar con palabras, si a ella llegamos puros de toda iniquidad, y llevamos hasta tal extremo nuestro amor a los hombres, que no sólo amamos a nuestros amigos, pues dice la Escritura: "Si amáis a los que os aman y prestáis a los que os prestan, ¿qué recompensa podéis esperar?"; pues bien, a nosotros que somos tales y vivimos tal género de vida para evitar la condenación, ¿no se nos ha de tener por religiosos? 2

El matrimonio cristiano.

Teniendo, pues, esperanza de la vida eterna, despreciamos las 82 cosas de la vida presente y aun los placeres del alma: cada uno de nosotros tiene por mujer a la que tomó según las leyes que nosotros hemos establecido, y aun ésta en vistas a la procreación. Porque así como el labrador, una vez echada la semilla a la tierra, espera la siega y no sigue sembrando, así para nosotros la medida del deseo es la procreación de los hijos. Y hasta es fácil hallar entre nosotros muchos hombres y mujeres que han llegado célibes hasta su vejez con la esperanza de alcanzar así una mayor intimidad con Dios. Ahora bien, si el permanecer en virginidad y celibato nos acerca más a Dios, mientras que el mero pensamiento y deseo de unión aparta, si huimos aun de los pensamientos, mucho más rechazaremos las obras. Porque no está nuestra religión en cuidados discursos, sino en la demostración y la enseñanza de las obras: o hay que permanecer tal como uno nació, o hay que casarse una sola vez. El segundo matrimonio es un adulterio decente. Dice la Escritura: "el que deja a su mujer y se casa con otra, comete adulterio" (cf. Mt 19:9; Me 10:11), no permitiendo abandonar a aquella cuya virginidad uno deshizo, ni casarse de nuevo. El que se separa de su primera mujer, aunque hubiera muerto, es un adúltero encubierto, pues traspasa la indicación de Dios, ya que en el principio creó Dios un solo hombre y una sola mujer...3

1. atenágoras. Súplica en favor de los cristianos. 8, 10; 2. Ibíd.11, 12; 3. Ibíd. 33;

El aborto.

Los que saben que ni soportamos la vista de una ejecución capital según justicia, ¿cómo pueden acusarnos de asesinato o de antropofagia? ¿Quién de vosotros no está aficionado a las luchas de gladiadores o de fieras y no estima en mucho las que vosotros organizáis? Pero en cuanto a nosotros, pensamos que el ver morir está cerca del matar mismo, y por esto nos abstenemos de tales espectáculos. ¿Cómo podremos matar, los que ni siquiera queremos ver matar para no mancharnos con tal impureza? Al contrario, nosotros afirmamos que las que practican el aborto cometen homicidio y habrán de dar cuenta a Dios del aborto. ¿Por qué razón habríamos de matar? No se puede pensar a la vez que lo que lleva la mujer en el vientre es un ser viviente, y, por ello, objeto de la providencia de Dios, y matar luego al que ya ha avanzado en la vida; no exponer al nacido, por creer que exponer a los hijos equivale a matarlos, y quitar luego la vida a lo ya crecido. Nosotros somos siempre y en todo consecuentes y acordes con nosotros mismos, pues obedecemos a la razón y no le hacemos violencia.4

4. Ibíd. 35;

 

Teófilo de Antioquía.

Teófilo fue, según la tradición, el sexto obispo de Antioquía de Siria. Había recibido una buena formación literaria en el paganismo, y se convirtió, según él mismo explica, por el estudio de las Escrituras sagradas. De él se conserva un escrito apologético dirigido a su amigo Autólíco y dividido en tres libros. En él da muestras de su conocimiento tanto de los autores paganos como de las Escrituras. Es el primer autor cristiano que hace un comentario exegético del Génesis, analizándolo con detalle y proponiendo una interpretación de tendencia alegórica. Escribió también un Comentario a los Evangelios, que se ha perdido: pero aun en los libros a Autólico se muestra muy 'familiarizado con los escritos del Nuevo Testamento, incluido el Evangelio de Juan, y es el primer autor que enseña explícitamente que estos libros proceden de autores inspirados y tienen un valor análogo al de las antiguas Escrituras. Doctrinalmente es de particular interés su explicación del dogma trinitario: es el primer autor cristiano en que aparece la distinción entre el Verbo inmanente o interno que está en Dios Padre desde toda la eternidad, y el Verbo proferido o emitido como instrumento de la creación al comienzo de los tiempos.

I. Dios uno y trino.

La forma de Dios es inefable e inexplicable: no puede ser vista por ojos carnales. Por su gloria es incomprensible; por su grandeza es inalcanzable; por su sublimidad es impensable; por su poder es incomparable; por su sabiduría es inigualable; por su bondad, inimitable; por su beneficencia, inenarrable. En efecto, si lo llamo Luz, nombro lo que es creatura suya; si le llamo Palabra, nombro su principio; si le llamo Razón, nombro su inteligencia; si le llamo Espíritu, nombro su respiración; si le llamo Sabiduría, nombro lo que de él procede; si le llamo Potencia, nombro el poder que tiene; si le llamo Fuerza, nombro su principio activo; si le llamo Providencia, nombro su bondad; si le llamo Reino, nombro su gloria; si le llamo Señor, le digo Juez; si le llamo Juez, le digo Justo; si le llamo Padre, le digo todo; si le llamo Fuego, nombro su ira. Me dirás — ¿Es que Dios puede estar airado? — Ya lo creo: está airado contra los que obran el mal, y es benigno, bondadoso y misericordioso con los que le aman y le temen. Porque él es el educador de los piadosos, el Padre de los justos, el juez y castigador de los impíos .1

Los hombres de Dios, portadores del Espíritu Santo y profetas, inspirados por el mismo Dios y llenos de su sabiduría, llegaron a ser discípulos de Dios, santos y justos. Por ello fueron dignos de recibir la recompensa de convertirse en instrumentos de Dios y de recibir su sabiduría, con la cual hablaron sobre la creación del mundo y sobre todas las demás cosas... Y en primer lugar nos enseñaron todos a una que Dios lo hizo todo de la nada: porque nada fue coetáneo con Dios, sino que siendo Dios su propio lugar, y no teniendo necesidad de nada y existiendo desde antes de los siglos, quiso hacer al hombre para dársele a conocer. Entonces preparó para él el mundo, ya que el que es creado está necesitado, mientras que el increado no necesita de nada.

Ahora bien, teniendo Dios en sus propias entrañas a su Verbo inmanente (endiatheton), lo engendró con su propia sabiduría, emitiéndolo antes de todas las cosas. A este Verbo tuvo como ministro de lo que iba creando, y por medio de él hizo todas las cosas. Éste se llama principio, siendo Príncipe y Señor de todas las cosas que por medio de él han sido creadas. Éste, pues, que es espíritu de Dios, y principio, sabiduría y potencia del Altísimo, descendió a los profetas, y por medió de ellos habló lo que se refiere a la creación del mundo y a las demás cosas. Porque no existían los profetas cuando se hacía el mundo, pero sí la Sabiduría de Dios que en él estaba y su Verbo santo que siempre le asistía...2

El Dios y Padre del universo es inabarcable: no se encuentra limitado a un lugar, ni descansa en sitio alguno. En cambio, su Verbo, por medio del cual hizo todas las cosas y que es su propia potencia y sabiduría, tomando la figura del Padre y Señor del universo, fue el que se presentó en el paraíso en forma de Dios y conversaba con Adán. La misma Escritura divina nos enseña que Adán decía haber oído su voz: ahora bien, esta voz ¿qué otra cosa es sino el Verbo de Dios, que es su propio Hijo? Es Hijo no al modo en que los poetas y mitógrafos hablan de hijos de los dioses nacidos por unión carnal, sino- como explica la verdad que existe el Verbo inmanente (endiatheton) desde siempre en el corazón de Dios. Antes de hacer nada tenía a este Verbo como consejero, como que era su propia mente y su pensamiento. Y cuando Dios quiso hacer efectivamente lo que había deliberado hacer, engendró a este Verbo emitido (prophorikon) como primogénito de toda la creación: con ello no quedó él vacío de su propio Verbo, sino que engendró al Verbo y permaneció conversando para siempre con él. Esto nos enseñan las santas Escrituras y todos los inspirados por el Espíritu, entre los cuales Juan dice: "En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba en Dios" (Jn 1:1), significando que en los comienzos estaba Dios solo, y en él su Verbo. Y luego dice: "Y el Verbo era Dios: todo fue hecho por él, y sin él nada se hizo" (Jn 1:2-3).

Así pues, el Verbo es Dios y nacido de Dios, y cuando el Padre del universo así lo quiere lo envía a determinado lugar, y cuando está allí, puede ser oído y visto y puede ser encontrado en un lugar determinado por haber sido enviado por Dios... 3

1. teófilo. A Autólico, I, 3; 2. Ibid. II. 9, 10;

II. El pecado de Adán.

Habiendo Dios puesto al hombre en el paraíso para que lo trabajara y lo guardara... le mandó que comiera de todos los frutos y, naturalmente, también del árbol de la vida; sólo le mandó que no comiera del árbol de la ciencia. Y Dios lo trasladó de la tierra de la que había sido creado al paraíso, para que pudiera programar, y para que, creciendo y llegando a ser perfecto y hasta declarado dios, llegara a subir al cielo, poseyendo la inmortalidad, ya que el hombre fue creado en condición intermedia, ni del todo mortal ni simplemente inmortal, sino capaz de lo uno y de lo otro... Ahora bien, el árbol de la ciencia en sí mismo era bueno, y bueno era su fruto. No estaba en el árbol, como piensan algunos, la muerte, sino en la desobediencia. Porque en su fruto no había otra cosa que la ciencia, y la ciencia es buena si se hace de ella el uso debido. Pero por su edad Adán era todavía niño, y por eso no podía recibir la ciencia de modo debido. Aun ahora, cuando nace un niño, no puede inmediatamente comer pan, sino que primero se alimenta de leche, y luego, al ir adelantando en edad, pasa al alimento sólido. Algo así sucedió con Adán. Por tanto, no fue como por envidia, como piensan algunos, por lo que Dios le mandó que no comiera del conocimiento. Además, quería probarle para ver si era obediente a su mandamiento, y quería también que permaneciera más tiempo sencillo e inocente en condición de niño. Porque es cosa santa no sólo con respecto a Dios sino aun con respecto a los hombres que los hijos se sometan a sus padres en sencillez e inocencia. Ahora bien, si los hijos han de someterse a sus padres, mucho más a Dios, Padre del universo. Además, es cosa indecorosa que los niños pequeños sientan por encima de su edad, porque así como uno crece en edad por las etapas debidas, así también en la inteligencia. Por otra parte, cuando una ley manda abstenerse de algo y uno no obedece, está claro que no es la ley la que nos trae el castigo, sino la desobediencia y la trasgresión... Así fue la desobediencia la que hizo que el primer hombre fuera arrojado1 del paraíso: no es que el árbol de la ciencia tuviera nada malo, sino que como consecuencia de la desobediencia el hombre se atrajo los trabajos, el dolor, la tristeza, cayendo finalmente bajo la muerte.

Pero Dios hizo un gran beneficio al hombre al no dejar que permaneciera para siempre en el pecado. En cierta manera semejante a un destierro, lo arrojó del paraíso para que pagara en un plazo determinado la pena de su pecado y así educado fuera de nuevo llamado... Y todavía más: así como a un vaso, si después de modelado resulta con algún defecto, se le vuelve a amasar y a modelar para hacerlo de nuevo y entero, así sucede también al hombre con la muerte: se le rompe por la fuerza, para que salga íntegro en la resurrección, es decir, sin defecto, justo e inmortal...

Alguno nos dirá: ¿Es que el hombre fue hecho mortal por naturaleza? De ninguna manera. ¿Fue, pues, hecho inmortal? Tampoco decimos eso. Se nos dirá: ¿Luego no fue hecho nada? Tampoco decimos eso: por naturaleza no fue hecho- ni mortal ni inmortal. Porque si desde el principio Dios lo hubiera hecho inmortal, lo hubiera hecho dios. Al contrario, si lo hubiera hecho mortal, hubiera parecido que Dios era responsable de su muerte. Por tanto, no lo hizo ni mortal ni inmortal, sino... capaz de una cosa y de otra: de esta suerte, si el hombre se inclina a la inmortalidad guardando el mandamiento de Dios, recibiría de él como recompensa la inmortalidad y llegaría a ser dios; pero si, desobedeciendo a Dios, se entregaba a las cosas de la muerte, él mismo sería responsable de su propia muerte. Ahora bien, lo que el hombre perdió para sí por su descuido y desobediencia, eso mismo le regala Dios ahora por su amor y misericordia, con tal de que el hombre le obedezca. Y así como el hombre desobedeciendo se atrajo para sí la muerte, así obedeciendo a la voluntad de Dios puede el que quiera ganar para sí la vida eterna. Porque Dios nos ha dado una ley y unos mandamientos santos, y todo el que los cumpla puede salvarse y, alcanzada la resurrección, obtener como herencia la incorrupción.4

3. Ibíd. II, 22; 4. Ibíd. II, 24-27;

 

Sección Tercera:

El Cristianismo del Asia Menor.

El cristianismo se extendió rápidamente y echó profundas raíces en las populosas y ricas ciudades del Asia Menor: Antioquía, Éfeso, Esmirna, Sardes y otras ciudades tuvieron desde el comienzo florecientes comunidades espirituales, las cuales guardaban fielmente el recuerdo de los apóstoles o varones apostólicos que en ellas habían implantado la nueva fe. Estas comunidades se distinguen por un profundo sentimiento místico de unión con Cristo iluminador y salvador de los hombres y una particular vivencia de su presencia entre sus fieles. Los escritos del apóstol Juan, que según la tradición habría vivido hasta una avanzada edad en Éfeso, muestran ya estas características, que luego siguen patentes en Ignacio de Antioquía y Policarpo de Esmirna. Dentro de la misma tradición, dos nombres descuellan, entre otros, a finales del siglo II: por una parte, Melitón, obispo de Sardes, escritor fecundo cuyas obras se habían perdido casi por entero y de quien recientemente se ha descubierto entre los papiros de Egipto un arrebatado discurso sobre la Pascua; y por otra, Ireneo, que aunque pasó a las Galias y ocupó allí la sede de Lyón, procedía de la comunidad de Esmirna, donde había sido discípulo de Policarpo, a su vez discípulo de Juan, y representa un lazo de unión entre aquellas cristiandades y el occidente.

 

Melitón de Sardes.

De Melitón, obispo de Sardes, en el Asia Menor, casi no se sabía hasta hace poco más que el testimonio que nos había transmitido la posteridad, según el cual había vivido santamente en virginidad y lleno del Espíritu Santo, dejando más de una veintena de escritos llenos de sabiduría. Tales escritos se habían dado por perdidos y no se conocía de ellos más que los títulos que habían conservado los historiógrafos antiguos, y algunas breves citas. Pero recientemente se han descubierto dos códices papiráceos procedentes de las arenas de Egipto que contienen un discurso sobre la Pascua que ha sido atribuido casi con general consentimiento a Melitón. El discurso está escrito en un estilo rico y elaborado, con ritmo poético y entonación lírica, que parece confirmar el juicio de Tertuliano cuando decía según Jerónimo, que el estilo de Melitón era un tanto sutil, élegas et declamatorium. Esta peculiaridad de estilo ha hecho pensar que el discurso de Melitón, más que una homilía pascual es una especie de praeconium o canto lírico que formaba parte de la celebración litúrgica de la Pascua. El interés dogmático del discurso está, sobre todo, en la elaboración de su doctrina cristología y soteriológica: se subraya a la vez la divinidad y preexistencia de Cristo y la realidad de su encarnación, el carácter sacrifical de su muerte y el sentido figurativo de todo el Antiguo Testamento, particularmente del cordero pascual. Se subraya igualmente la postración del hombre sujeto al pecado y dominado por la muerte, y, sobre todo, la grandeza del triunfo y de la gloria de Cristo, quien con su resurrección y ascensión ha llevado a los hombres hasta las alturas de los cielos. Asimismo queda bien señalado el carácter de la Iglesia como conjunto de los que viven de la nueva vida que Cristo ha venido a dar a los hombres.

I. La novedad del Verbo hecho hombre.

Antigua era la ley, pero nuevo el Verbo;

temporal era la figura, pero eterno el don;

corruptible la oveja, pero el Señor incorruptible:

es inmolado como cordero, pero resucita como Dios.

Porque, "como una oveja fue llevado al matadero" (Is 53, 7),

pero no era una oveja;

como un cordero sin voz,

mas no era cordero.

Lo que era figura pasó, mas la realidad esta presente.

En vez del cordero, se hizo presente Dios;

en vez de la oveja, un hombre,

y en este hombre, Cristo, el que contiene todas las cosas.

Así pues, el sacrificio de la oveja,

y la solemnidad de la Pascua,

y la letra de la ley,

han cedido su lugar a Cristo Jesús,

por causa del cual todo sucedía en la ley antigua,

y mucho más en la nueva disposición.

Porque la ley se ha convertido en Verbo...

el mandamiento en don,

la figura en realidad,

el cordero en Hijo,

la oveja en hombre,

y el hombre en Dios.

Pues el que había nacido como Hijo,

y había sido conducido como cordero,

y sacrificado como oveja,

y sepultado como hombre,

resucitó de entre los muertos como Dios,

pues era por naturaleza a la vez Dios y hombre.

Él es todas las cosas:

en cuanto juzga, es ley;

en cuanto enseña, Verbo;

en cuanto engendra, Padre;

en cuanto sepultado, hombre;

en cuanto resucita, Dios.

en cuanto es engendrado, Hijo;

en cuanto padece, oveja;

Éste es Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos. Amén.1

1. Números 4 -10.

II. Las figuras del Antiguo Testamento, suplantadas por la realidad del Nuevo.

La salvación del Señor y la realidad fueron prefiguradas en el pueblo (judío), y las prescripciones del Evangelio fueron prenunciadas por la ley. De esta suerte, el pueblo era como el esbozo de un plan, y la ley, la letra de una parábola; pero el Evangelio es la explicación de la ley y su cumplimiento, y la Iglesia el lugar donde aquello se realiza. Lo que era figura era valioso antes de que se diera la realidad. Y la parábola era maravillosa antes de que se diera la explicación. Es decir, el pueblo (judío) tenía un valor antes de que se estableciera la Iglesia, y la ley era maravillosa antes de que resplandeciera la luz del, Evangelio. Pero cuando surgió la Iglesia y se presentó el Evangelio, se hizo vano lo que era figura, y su fuerza pasó a la realidad; la ley llegó a su cumplimiento, y traspasó su fuerza al Evangelio...

El pueblo (de Israel) perdió su razón de ser, así que se estableció la Iglesia, la figura fue abolida, así que apareció el Señor.

Lo que antes era valioso, ha quedado ahora sin valor,

pues se ha manifestado lo que realmente era valioso por naturaleza.

Valioso era antes el sacrificio de la oveja, pero ahora es sin valor, a causa de la vida del Señor.

Valiosa era la muerte de la oveja,

pero ahora es sin valor, a causa de la salvación del Señor.

Valiosa era la sangre de la oveja,

pero ahora es sin valor, a causa del espíritu del Señor.

Valioso era el cordero sin voz,

pero ahora es sin valor, a causa del Hijo sin mancilla.

Valioso era el templo de abajo,

pero ahora es sin valor, a causa del Cristo de arriba.

Valiosa era la Jerusalén de abajo,

pero ahora es sin valor, a causa de la Jerusalén de arriba.

Valiosa era aquella angosta herencia,

pero ahora es sin valor, a causa de la amplitud del don.

Porque no es en lugar alguno determinado, ni en una estrecha franja de tierra

donde se ha establecido la gloria de Dios,

sino que su don se ha derramado por todos los confines de la tierra habitada,

y en ellos ha puesto el Dios omnipotente su tienda.

Por Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos. Amén 2.

2. Números 40 – 45;

III. El pecado del hombre.

Dios, habiendo creado al principio por el Verbo el cielo y la tierra y cuanto en ellos se contiene, modeló al hombre de la tierra y comunicó a esta figura su soplo. Y colocó al hombre en un paraíso hacia el oriente, en Edén, para que viviera agradablemente, y le dio como ley un mandato... Pero el hombre que era por naturaleza capaz del bien y del mal, como un pedazo de tierra que puede recibir buenas y malas semillas, acogió a un consejero hostil y codicioso, y tocando del árbol transgredió el mandamiento y desobedeció a Dios. En consecuencia, fue echado a este mundo, como a una prisión de condenados. Después de muchos años y de haber dejado mucha descendencia, volvió a la tierra, a causa de haber comido del árbol, y dejó a sus hijos esta herencia...

No la pureza, sino la lujuria;

No la inmortalidad, sino la corrupción;

No el honor, sino la deshonra;

No la libertad, sino la esclavitud;

No la realeza, sino la tiranía;

No la vida, sino la muerte;

No la salvación, sino la perdición.

Nueva y terrible fue, en efecto, la perdición de los hombres sobre la tierra. He aquí lo que les aconteció: eran arrebatados por el pecado como por un tirano, y eran llevados a los lugares de concupiscencia en los que andaban zarandeados por placeres insaciables, por el adulterio, la fornicación, la impudencia, los malos deseos, la codicia, los asesinatos, el derramamiento de sangre, la tiranía de la maldad y la tiranía de la injusticia. Porque el padre sacaba la espada contra su hijo, y el hijo ponía sus manos contra su padre; el impío golpeaba los pechos que le habían amamantado; el hermano mataba a su hermano; el huésped hacía injusticia a su huésped; el amigo asesinaba al amigo y el hombre degollaba al hombre con mano de tirano, Todos sobre la tierra se convirtieron, unos en asesinos, otros en fratricidas, otros en parricidas, otros en infanticidas... con esto exultaba el Pecado: siendo colaborador de la muerte, la precedía en las almas de los hombres y preparaba para ella como alimento los cuerpos de los muertos. En toda alma imprimía el pecado su huella, y aquellos que tenían esta huella tenían que morir.

Toda carne, pues, cayó bajo el pecado,

y todo cuerpo bajo la muerte,

y toda alma era arrojada de su morada carnal,

y lo que había sido tomado de la tierra se disolvía en la tierra,

y lo que había sido dado por Dios era encarcelado en el Hades.

La bella armonía quedaba disuelta,

y el bello cuerpo, deshecho.

Porque el hombre quedaba dividido bajo el poder de la muerte,

una extraña desgracia y cautividad le rodeaban.

Era arrastrado como prisionero por las sombras de la muerte,

y la imagen del Padre yacía abandonada.

Esta es la razón por la que se ha cumplido el misterio de la Pascua

en el cuerpo del Señor.3

3. Números 47 – 57;

IV. El designio salvador en Cristo.

De antemano el Señor había preordenado sus propios padecimientos

en los patriarcas y en los profetas y en todo el pueblo,

poniendo como sello la ley y los profetas.

Porque lo que había de realizarse de manera inaudita y grandiosa,

estaba preparado desde mucho tiempo,

para que cuando sucediera fuera creído,

habiendo sido prefigurado desde antiguo...

Antiguo y nuevo es el misterio del Señor:

antiguo en la figura, pero nuevo en el don.

Si miras a esa figura, verás la realidad a lo largo de la realización.

Si quieres, pues, contemplar el misterio del Señor has de mirar

a Abel que fue asesinado como él,

a Isaac que fue atado como él,

a José que fue vendido como él,

a Moisés que fue expuesto como él,

a David que fue perseguido como él,

a los profetas que padecieron por Cristo como él.

Mira también al cordero que fue degollado en la tierra de Egipto, al que golpeó a Egipto y salvó a Israel por la sangre...

Él es el que vino de los cielos a la tierra a causa del que sufría, y se revistió de éste mediante las entrañas de una virgen presentándose como hombre.

Él tomó sobre sí los sufrimientos del que sufría al tomar un cuerpo capaz de sufrir

y destruyó los sufrimientos de la carne,

matando, con su espíritu que no puede morir, a la muerte homicida...

Él es el que nos arrancó de la esclavitud para la libertad

de las tinieblas para la luz,

de la muerte para la vida,

de la tiranía para el reino eterno.

Él hizo de nosotros un sacerdocio nuevo,

y un pueblo elegido para siempre.

Él es la Pascua de nuestra salvación...

Él es el que se encarnó en una virgen,

el que fue suspendido en un madero,

el que fue enterrado en la tierra,

el que resucitó de entre los muertos,

el que fue arrebatado a las alturas de los cielos.

Él es el cordero sin voz,

él es el cordero degollado,

él es el nacido de María, la oveja bella,

él es el que fue tomado del rebaño y arrastrado al matadero,

sacrificado al atardecer y sepultado por la noche;

sobre el madero no fue quebrantado,

en la tierra no sufrió corrupción,

sino que resucitó de los muertos,

y resucitó al hombre de lo profundo de su sepulcro.

Éste ha sido puesto a muerte. ¿Dónde? En medio de Jerusalén.

¿Por qué?

Porque curó a sus cojos, porque limpió a sus leprosos, porque llevó a la luz a sus ciego, porque resucitó a sus muertos.

Por esto padeció...

¿Por qué, Israel, has cometido esta nueva iniquidad?

Has deshonrado al que te había honrado,

has despreciado al que te había estimado,

has negado al que te había confesado,

has rechazado al que te había llamado,

has matado al que te había dado la vida.

¿Qué has hecho, Israel?...

Cuando el Señor iba a ser sacrificado, al atardecer,

tú preparaste para él los clavos agudos y los falsos testigos,

las cuerdas, los azotes, el vinagre y la hiel,

la espada y la aflicción, como para un ladrón sanguinario.

Después de haber descargado los azotes sobre su cuerpo,

de haber puesto espinas en su cabeza,

ataste todavía sus bellas manos que te habían modelado a partir de la tierra

y diste hiel para beber a aquella boca hermosa que te había dado a beber la vida

y diste muerte a tu Señor en el día de la Gran Festividad.

Y tú te regalabas mientras él sufría hambre;

tú bebías vino y comías pan, mientras él bebía vinagre y hiel;

tú andabas con rostro radiante, mientras él estaba demacrado;

tú exultabas, mientras él se afligía;

tú cantabas, mientras él era condenado;

tú dabas órdenes, mientras él era clavado;

tú danzabas, mientras él era sepultado;

tú te recostabas sobre muelle lecho, y él en un féretro y en un sepulcro.

Oh Israel criminal, ¿por qué has cometido esta inaudita injusticia,

arrojando a tu Señor a sufrimientos sin nombre,

al que es tu amo,

al que te modeló,

al que te creó,

al que te honró,

al que te llamó Israel?

Tú no te has mostrado como Israel, pues no has visto a Dios,

no has reconocido al Señor,

no has sabido, Israel, que éste es el primogénito de Dios,

el que fue engendrado antes que la estrella de la mañana,

el que hizo surgir la luz,

el que hizo brillar el día,

el que separó a las tinieblas,

el que afirmó el primer borne,

el que suspendió la tierra,

el que secó el abismo,

el que extendió el firmamento,

el que puso orden en el mundo,

el que dispuso los astros en el cielo,

el que hizo brillar los luminares,

el que hizo los ángeles que están en el cielo,

el que fijó allí los tronos,

el que modeló al hombre sobre la tierra.

Él es el que te eligió y te condujo desde Adán hasta Noé,

desde Noé a Abraham,

desde Abraham a Isaac y a Jacob y a los patriarcas;

él te condujo a Egipto, y te protegió y allí te sustentó;

él iluminó tu camino con una columna de fuego,

y te cobijó bajo la nube,

y dividió el mar Rojo conduciéndote a través de él,

y dispersó a tu enemigo.

Él es quien te dio el maná del cielo,

el que te dio a beber de la piedra,

el que te dio la ley en el Horeb,

el que te dio en herencia la tierra (prometida),

el que te envió a los profetas y suscitó tus reyes...

Con él has sido impío,

con él has cometido iniquidad,

a él has dado muerte,

con él has traficado, reclamándole los didracmas como precio de su cabeza...

Verdaderamente amarga es para ti esta fiesta de los ácimos, como

está escrito:

"Comeréis panes ácimos con hierbas amargas."

Amargos son para ti los clavos que afilaste,

amarga para tí la lengua que aguzaste,

amargos para ti los falsos testigos que presentaste,

amargas para ti las cuerdas que preparaste,

amargos para ti los azotes que descargaste,

amargo para ti Judas, a quien pagaste,

amargo para ti Herodes, a quien obedeciste,

amargo para ti Caifas, a quien te confiaste,

amarga para ti la hiel que proporcionaste,

amargo para ti el vinagre que cultivaste,

amargas para ti las espinas que recogiste,

amargas para ti las manos que ensangrentaste.

Has dado muerte a tu Señor en medio de Jerusalén...

V. Sentido de la pascua cristiana.

Pero él, el Señor, vestido de hombre,

habiendo sufrido por el que sufría,

atado por el que estaba detenido,

juzgado por el culpable,

sepultado por el que estaba enterrado,

resucitó de entre los muertos y clamó en voz alta:

"¿Quién se levantará en juicio contra mí?

Que venga a enfrentarse conmigo.

Yo he liberado al condenado.

Yo he vivificado al que estaba muerto.

Yo he resucitado al que estaba sepultado.

¿Quién puede contradecirme?

Yo, dice, Cristo, he destruido a la muerte,

he triunfado del enemigo,

he pisoteado el Hades,

he maniatado al fuerte,

he arrebatado al hombre a las alturas de los cielos.

Yo, dice él, Cristo.

Venid, pues, todas las familias de hombres manchadas por los

pecados:

Recibid el perdón de los pecados.

Porque yo soy vuestro perdón,

yo la Pascua de la salvación,

yo el cordero degollado por vosotros,

yo vuestra redención, yo vuestra vida,

yo vuestra resurrección, yo vuestra luz,

yo vuestra salvación, yo vuestro rey.

Yo os llevaré a las alturas de los cielos.

Yo os mostraré al Padre que existe desde los siglos.

Yo os resucitaré por medio de mi diestra."

Tal es el alfa y la omega:

Él es el comienzo y el fin

— comienzo inenarrable y fin incomprensible —,

él es Cristo,

él es el Rey,

él es Jesús,

él es el Estratega,

él es el Señor,

él es el que resucitó de entre los muertos,

él es el que está sentado a la diestra del Padre.

Él lleva al Padre, y es llevado por el Padre:

A él la gloria y el poder por los siglos. Amén.5

5. Números 100-104;

 

Ireneo de Lyón.

Ireneo era oriundo de Asia Menor, y hubo de nacer por los alrededores del año 140. Pasó su infancia en Esmirna, donde aprendió la doctrina cristiana de labios del santo obispo Policarpo, discípulo de Juan el apóstol. Él mismo evoca maravillosamente los recuerdos de su niñez en una carta — que nos ha conservado el historiador Eusebio de Cesárea1 —, de la que reproducimos algunos párrafos en el n.° 42.

Sin que sepamos cuándo ni cómo, Ireneo pasó a occidente, y se estableció en Lyón de las Galias, donde era presbítero cuando, el año 177, se levantó una terrible persecución en la que sufrieron martirio el obispo de aquella sede, Potino, con muchos de sus fieles. Poco después fue elegido Ireneo para suceder a Potino. La actividad de Ireneo se dirigió principalmente a combatir distintas formas de desviación de la doctrina cristiana, que se presentaban bajo la forma de gnosis o sabiduría superior de los misterios de la fe. De ello da testimonio su magna obra Adversus haereses o Contra las herejías, que está formada por una serie de argumentos contra diversos aspectos de aquellas doctrinas heréticas, sin pretensión sistemática estricta. Se ha conservado también de Ireneo la traducción armenia de una Explicación (demonstratio) de la doctrina apostólica, que es un breve sumario de los principales puntos de la fe para instrucción de los fieles.

Esencialmente puede decirse que el gnosticismo era una doctrina de salvación de tendencia dualista, que suponía una irreductibilidad esencial y originaria entre el bien y el mal. La materia es esencialmente mala y, por tanto, malo es también el autor o creador de la misma, que se identifica con el Dios creador del Antiguo Testamento. Por encima de él está el Dios supremo, principio del bien. En el alma, al menos de algunos hombres, se esconde una centella del espíritu del bien, caída de lo alto por accidente desgraciado, explicado en complejas formas mitológicas. La salvación está en el conocimiento — gnosis — por el que el hombre toma conciencia del elemento divino que lleva en sí y logra liberarse de la contaminación de la materia y del mal. Estas ideas se mezclaban confusamente con muchos elementos cristianos, dando como resultado una forma de cristianismo que seducía a muchos, en el cual Cristo aparecía como enviado del principio del bien para salvar al ser humano no tanto del pecado o mal moral, cuanto del mal cósmico y esencial del universo. Para oponerse al gnosticismo, Ireneo intenta por primera vez una síntesis completa de lo que el auténtico cristianismo enseña acerca de Dios, el mundo y el hombre. Su idea fundamental, frente al dualismo gnóstico, es la de la unidad radical que liga todas las cosas y que proviene de la relación de todo con un Dios único dentro de un designio o plan de Dios sobre el mundo y el ser humano. El mundo material, creación de Dios, no es esencialmente malo, aunque sí imperfecto, como ha de serlo inevitablemente todo lo que no sea el mismo Dios. El ser humano es un todo unitario, compuesto de alma y cuerpo: nada hay en él esencialmente malo, aunque sí imperfecto: por eso puede usar mal de su libertad, que es en sí un bien, apartándose del designio de Dios, que era comunicarle su propia vida a través de la obediencia y el amor. Pero Dios, que no puede ser vencido por la malicia de su creatura, salvará al hombre restituyéndolo a su destino primitivo, haciendo que su propio Hijo se encarne verdaderamente en la naturaleza humana y le comunique la vida divina por la efusión del Espíritu. La teología de Ireneo es, pues, la teología de la unidad de Dios, y de la unidad del designio de Dios sobre la creación a través de la redención de su Hijo y de la acción perenne del Espíritu en la Iglesia; es también la teología de la libertad del hombre y de la realización progresiva del designio de Dios en la historia, en la que Dios no se impone violentamente a la creatura, sino que respetando las condiciones de su imperfección, sale triunfando de ella con una admirable pedagogía. Además, frente a la libre y desenfrenada especulación gnóstica, Ireneo opone una doctrina de la Iglesia y de la tradición apostólica como garantía de verdad y de fidelidad al mensaje de Cristo y a la verdad que él mismo vino a predicar. Bajo todos estos aspectos, Ireneo es el primer gran teólogo del cristianismo después de Pablo: su influjo en la teología posterior fue decisivo.

1. eusebio. Hist. Ecles. V, 20, 3-8.

I. Dios.

No hay más que un solo Dios.

Será bueno que comencemos por lo primero y más importante, a saber, Dios, el creador que hizo el cielo y la tierra y todo lo que en ellos hay... y que mostremos que nada hay por encima o más allá de él. Él hizo todas las cosas por su propia y libre decisión, sin que nadie le empujara a ello; pues él es el único Dios, el único Señor, el único Creador, el único Padre, el único Soberano de todo, el que da la existencia a todas las cosas. ¿Cómo podría haber sobre él otra totalidad, otro principio, otro poder u otro dios? Porque Dios ha de ser la totalidad de todas las cosas, el que las contiene a todas en su infinitud, mientras que a él nada puede contenerle. Si algo hubiera fuera de él, ya no sería la totalidad de todas las cosas, ni las contendría todas...2

Trascendencia de Dios.

Los tesoros celestes son realmente grandes: Dios es inconmensurable para el corazón e incomprensible para el espíritu, siendo así que él tiene a la tierra dentro de su puño. ¿Quién descubrirá su medida? ¿Quién llegará a ver el dedo de su mano derecha? ¿Quién verá su mano, la mano que mide las inmensidades, la que mide las medidas de los cielos y atenaza con su puño la tierra y los abismos, la que contiene en sí la anchura y la longitud y la profundidad y la altura de todo el universo creado, al que vemos y oímos y comprendemos lo mismo que el que permanece invisible? Por esta razón está Dios por encima "de todo principio y potestad y dominación y de todo nombre que pueda nombrarse" (Ef 1:21), de todo lo que ha sido hecho o creado. Él es el que llena los cielos, y atraviesa con su mirada los abismos (Dan 3:55), el mismo que está dentro de cada uno de nosotros. Porque, dice: "Yo soy un Dios cercano, y no un Dios lejano. Por más que un hombre se esconda en escondrijos, ¿acaso yo no le veré?" (Jer 23:23). Su mano abraza todas las cosas: ella es la que ilumina los cielos, la que ilumina lo que está bajo los cielos, la que escudriña los riñones y el corazón (cf. Ap 2:23), la que está presente en nuestros escondrijos y en nuestros secretos y la que de manera manifiesta nos alimenta y nos conserva...3

A Dios no le conocemos en sí, sino en su amor manifiesto en el Verbo.

Es imposible conocer a Dios en su misma grandeza, ya que el Padre no puede ser medido. Pero en su amor, que es lo que nos va llevando hasta el mismo Dios por medio del Verbo, los que le obedecen van continuamente descubriendo1 que existe un Dios de tanta grandeza, que por sí mismo creó, dispuso, ordenó y mantiene todas las cosas: entre éstas nos hallamos también nosotros y este mundo en que vivimos, porque también nosotros, con todo lo que hay en el mundo, hemos sido hechos4.

El ser humano conoce a Dios por las obras de su amor.

Es a través de su amor y de su infinita bondad como Dios puede llegar a ser conocido del hombre. Ahora bien, este conocimiento no llega a alcanzarle en su propia grandeza o en su ser mismo, porque bajo este respecto nadie le ha medido o le ha comprendido. Más bien le conocemos de la siguiente manera: reconocemos al que hizo y modeló todas las cosas, al que inspiró en ellas el soplo de vida, al que nos alimenta con su creación, al que mantiene todas las cosas con su palabra y les da consistencia con su sabiduría: este es el único Dios verdadero.5

2. ireneo, Adversus Haereses, II, 1, 1; 3. Ibid. IV, 19-2; 5. Ibid. III, 24-1; 4.Ibid.IV, 20-1;

Los atributos de Dios.

Él que conoce las Escrituras y ha sido enseñado por la verdad, sabe que Dios no es como los seres humanos , y que sus pensamientos no son como los pensamientos de los humanos. Porque el Padre de todo está muy por encima de las emociones y pasiones de los hombres. Él es simple, sin composición ni diversidad de partes, todo uniforme y semejante a sí mismo, porque es todo entendimiento, y todo espíritu, y todo percepción, y todo pensamiento, y todo razón, y todo oído, y todo ojos, y todo luz, y todo fuente de todos los bienes. Esto es lo que los que tienen sentido religioso dicen acerca de Dios. Y con todo, Dios está por encima de todas estas cosas, y es, por esta razón, inefable. Se puede decir con propiedad y verdad que es un 'entendimiento que lo entiende todo, pero no comparable al entendimiento de los hombres. Asimismo se le puede llamar con toda propiedad luz: pero en nada semejante a la luz que nosotros conocemos. Y así -en todo lo demás: el Padre de todo en nada es comparable a la pequeñez de lo humano. Todas estas cosas se dicen de él en cuanto manifiestan su amor: pero comprendemos que en su grandeza está sobre todas ellas.6

Quién es Dios para nosotros.

Tal es nuestro creador: mirando a su amor, es nuestro Padre, mirando a su poder, es el Señor; mirando a su sabiduría, es nuestro Hacedor y Modelador.7

6. Ibíd. II, 13-3; 7. Ibíd. V, 17-1;

II. El designio creador y salvador de Dios.

Cómo Dios es creador de todas las cosas con sólo su Palabra

Hay algunos que no saben quién es Dios y lo creen semejante a los hombres desvalidos que no pueden de repente y con lo que tienen a mano hacer una cosa determinada, sino que para hacerla tienen necesidad de muchos instrumentos... Pero el Dios de todas las cosas con sólo su Palabra las hizo y las creó todas, sin tener que servirse de nada: no necesitó de ángeles que le ayudasen para lo que tenía que hacer, ni de otro poder alguno, que sería muy inferior a sí... Él mismo, por sí mismo, prefijando todas las cosas de una manera inexplicable e impensable para nosotros, hizo lo que quiso, dando a todas las cosas su armonía y su orden y su creación original: a los seres espirituales les dio la sustancia espiritual e invisible; a los celestes, la sustancia celestial; a los ángeles, la angélica; a los animales, la animal, acuática para los que nadan y terrestre para los que habitan la tierra: a todos de manera conveniente y proporcionada. De esta suerte, todo lo que ha sido hecho, lo hizo Dios con su Palabra infatigable. Porque es propio de la excelencia de Dios el no necesitar de instrumentos para hacer lo que hace: su propia Palabra es idónea y suficiente para hacer todas las cosas, como dice Juan, el discípulo del Señor: "Todas las cosas fueron hechas por Ella, y sin Ella no se hizo nada" (Jn 1, 3). Al decir "todas las cosas" incluye en ellas nuestro mundo, y por tanto, también este nuestro mundo ha sido hecho por su Palabra, y por esto dice el Génesis que todo lo que podemos ver que existe, lo hizo Dios por su Palabra. En el mismo sentido afirma David: "Él lo dijo, y fueron hechas las cosas; él lo mandó, y fueron creadas" (Sal 32, 9)

¿A quién, pues, hemos de dar más crédito en lo que se refiere a la creación del mundo: a los herejes que charlatanean de manera fatua y contradictoria, o a los discípulos del Señor y al fiel siervo de Dios, Moisés, y a los profetas? Porque Moisés explicó la formación del mundo desde el comienzo, diciendo: "En el principio hizo Dios el cielo y la tierra" (Gen 1, 1), y luego las demás cosas; pero no habla de dioses o de ángeles creadores.5

La acción creadora de Dios no es como la acción del hombre.

Atribuir la existencia de las criaturas al poder y a la voluntad del Dios del universo, es algo aceptable, creíble y coherente. En esta cuestión podría decirse apropiadamente que "lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios" (Lc 18:27) Porque los hombres es verdad que no son capaces de hacer una cosa de la nada, sino únicamente de algún material previo. Pero Dios es más grande que los hombres, ante todo bajo este respecto, a saber, que él dio la existencia a la misma materia de su creación, la cual antes no había existido... Y este Dios que está sobre todas las cosas, fabricó con su Palabra la variedad y diversidad de cosas que existen, según le plugo. Porque él es el creador de todas las cosas, a la manera de un sabio arquitecto y de un rey soberano.9

Característica de las herejías gnósticas: negar la creación.

Nosotros nos atenemos al canon de la verdad, a saber, que hay un solo Dios todopoderoso, quien por su Palabra creó todas las cosas, y las dispuso, haciéndolas de la nada, para que existieran. Así lo dice la Escritura: "Por la Palabra del Señor fueron establecidos los cielos, y por el aliento de su boca todas las potestades que hay en ellos" (Sal 32:6). Y en otra parte: "Todas las cosas fueron hechas por su Palabra; sin ella nada se hizo" (Jn 1:3). Al decir "todas las cosas," nada queda excluido. Todo lo hizo el Padre por sí mismo, lo visible y lo invisible, lo sensible y lo inteligible, lo temporal y lo duradero... todo ello no por medio de ángeles o de ciertos Poderes independientemente de su voluntad, pues Dios no tiene necesidad de nada de eso, sino que hizo todas las cosas por su Verbo y por su Espíritu, disponiéndolas y gobernándolas y dándoles la existencia. Éste es el Dios que hizo el mundo, que se compone de todas las cosas; el Dios que modeló al primer hombre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, sobre el cual no hay otro Dios, ni otro principio, ni otro poder, ni otra totalidad. Él es el Padre de nuestro Señor Jesucristo, como mostraremos. Mientras nos atengamos a este canon de la verdad, aunque otros digan otras cosas muy distintas, fácilmente les podremos argüir que se apartan de la verdad. Porque casi todas las herejías que existen afirman ciertamente que hay un solo Dios, pero no saben ser agradecidos para con aquel que los creó, y desvirtúan su naturaleza con sus erróneas opiniones, de manera semejante a como los paganos lo hacen con su idolatría. Porque desprecian lo que es creación material de Dios, y así se oponen a su propia salvación, haciéndose acusadores amargados contra sí mismos y falsos testigos de lo que dicen. Éstos, aunque no quieran, resucitarán con su carne, para que tengan que reconocer el poder del que es capaz de resucitarlos de los muertos (como fue capaz de crearlos en la carne). Pero no serán contados entre los justos, por su falta de fe.10

Dios crea al hombre para conferirle sus beneficios.

En un principio Dios creó a Adán, no porque tuviera necesidad del hombre, sino para tener en quien depositar sus beneficios. Porque no sólo antes de Adán, sino aun antes de toda la creación el Verbo glorificaba a su Padre, permaneciendo en él, y era glorificado por el Padre, como él mismo dice: "Padre, glorifícame con la gloria que tenía contigo antes de que fuera hecho el mundo" (Jn 17, 5). Ni fue porque necesitara de nuestros servicios por lo que nos mandó que le obedeciéramos, sino para procurarnos la salud a nosotros. Porque obedecer al Salvador es participar en la salvación, y seguir a la luz es tener parte en la luz. Porque los que están en la luz no iluminan ellos a la luz, sino que son iluminados y reciben de ella resplandor: ellos no prestan beneficio alguno a la luz, sino que recibiendo beneficio son iluminados por la luz. De la misma manera el servir a Dios no es hacer a Dios un beneficio, ni tiene Dios necesidad de las atenciones de los hombres; al contrario, él da a los hombres que le siguen y le sirven la vida, y la incorrupción y la gloria eterna. El que puedan servirle es un beneficio que él hace a los que le sirven, y el que puedan seguirle a los que le siguen, sin que reciba de ellos beneficio. Porque Dios es rico, perfecto y sin necesidad de nada. Si Dios pide a los hombres que le sirvan, es porque, siendo bueno y misericordioso, quiere beneficiar a aquellos que perseveran en su servicio. En la misma proporción en que Dios no necesita de nada, el hombre necesita de la comunicación de Dios. Ésta es, en efecto, la gloria del hombre: perseverar y permanecer en el servicio de Dios. Por esto decía el Señor a sus discípulos: "No me habéis elegido vosotros, sino que yo os he elegido" (Jn 15:16)...

Así pues, Dios, desde un principio, creó al hombre como objeto de su liberalidad, eligió a los patriarcas para su salvación; iba preparando a su pueblo, enseñando al indócil a someterse a Dios; iba disponiendo a los profetas para acostumbrar al hombre sobre la tierra a soportar su espíritu y a tener comunicación con Dios. No es que él tenga necesidad de nada, sino que ofrecía su comunicación a los que necesitan de él. Para los que le eran gratos, como un arquitecto, iba trazando como un plano de su salvación: a los que en Egipto no veían, él mismo les servía de guía; a los que en el desierto estaban inquietos" les dio una ley sumamente apropiada; a los que entraron en la tierra buena, les dio una herencia digna; a los que se convierten al Padre, les sacrifica el ternero cebado y les da el mejor vestido. De estas muchas maneras va combinando el género humano para conseguir la "sinfonía" (cf. Lc 15:25) de la salvación. Por esto dice Juan en el Apocalipsis: "Su voz es como una voz de muchas aguas" (Ap 1:15) Verdaderamente son muchas las aguas del Espíritu de Dios, porque rico y múltiple es el Padre. Y pasando por todos, el Verbo, sin tacañería alguna prestaba sus auxilios a los que se le sometían, prescribiendo a toda creatura una ley adaptada y acomodada...

Según esto establecía para el pueblo la ley relativa a la construcción del tabernáculo y a la edificación del templo, a la elección de los levitas, a los sacrificios y oblaciones y purificaciones, y todo el servicio del culto, No es que él tuviera necesidad de ninguna de estas cosas, pues está siempre lleno de todos los bienes y tiene en sí todo olor de suavidad y todo vapor perfumado, aun antes de que existiera Moisés. Pero iba educando al pueblo siempre dispuesto a volver a los ídolos, disponiéndoles con muchas intervenciones a permanecer firmes y a servir a Dios. Por las cosas accesorias, los llamaba a las principales, es decir, por las cosas figuradas a las verdaderas, por las temporales a las eternas, por las carnales a las espirituales, por las terrenas a las celestiales, tal como se dijo a Moisés: "Lo harás todo imitando la figura de las cosas que viste en la montaña" (Ex 25:40; Heb 8:5). Durante cuarenta días aprendía a retener las palabras de Dios, las figuras celestiales y las imágenes espirituales y prenuncios de lo futuro, como dice Pablo: "Bebían de la piedra que les seguía, la cual era Cristo" (1 Cor 10:4); y luego, habiendo recorrido lo que se dice en la ley, añade: "Todas estas cosas les acontecían en figura, y son escritas para nuestra instrucción, la de aquellos a los que viene el fin de los tiempos" (1 Cor 10:7-10). Así pues, por medio de figuras iban aprendiendo a temer a Dios y a perseverar en su servicio, de suerte que la ley era para dios un aprendizaje y una profecía de lo venidero...11

Dios quiere divinizar al hombre.

Los hombres reprochamos a Dios porque no nos hizo dioses desde un principio, sino que primero fuimos hechos hombres, y sólo luego dioses. Pero Dios hizo eso según la simplicidad de su bondad, y nadie tiene que tacharle de avaro o de poco generoso, pues dijo: "Yo he dicho: sois dioses, todos sois hijos del Altísimo" (Sal 81:6). Pero, porque nosotros no éramos capaces de soportar la potencia de la divinidad, añadió: "mas vosotros moriréis como hombres" (Sal 81:7). Con esto expresa ambas realidades: por una parte lo que es don generoso suyo, y por otra lo que es nuestra debilidad y lo que seríamos dejados a nosotros mismos. Porque, por lo que se refiere a su generosidad, hizo un don espléndido haciendo a los hombres semejantes a sí mismo por la libertad. Pero en lo que se refiere a su providencia, preveía la debilidad del hombre y las consecuencias que de ella se seguirían. Y finalmente, por lo que se refiere a su amor y poder, él triunfará de la manera de ser de la naturaleza creada. Pero fue conveniente que primero apareciera esta naturaleza, y que fuera luego vencida, y que lo mortal fuera absorbido por la divinidad y lo corruptible por la incorruptibilidad, haciéndose así el hombre a imagen y semejanza de Dios habiendo obtenido el conocimiento del bien y del mal.

El bien consiste en obedecer a Dios, y en confiarse a él, y en guardar lo que manda, y esto es la vida del hombre. De manera semejante, el mal es desobedecer a Dios, y esto es la muerte del hombre. Ahora bien, por haber usado Dios de magnanimidad, el hombre pudo experimentar el bien de la obediencia y el mal de la desobediencia, a fin de que el ojo de la mente, habiendo hecho experiencia de ambos, pueda hacer con buen juicio la elección de lo mejor, y así nunca sea perezoso o negligente para con el precepto de Dios. Y habiendo aprendido por experiencia que es malo lo que le quita la vida, es decir, el desobedecer a Dios, ya no sea jamás tentado con ello; y al contrario, habiendo conocido que es bueno lo que le conserva la vida, que es obedecer a Dios, lo guarde diligentemente y con todo ahínco. Ésta es la razón por la que tuvo esta doble facultad respecto al conocimiento del uno y del otro, para que así enseñado elija lo mejor, ¿Cómo hubiera podido aprender el bien ignorando lo que le es contrario? Porque en efecto es más firme y más segura la percepción de lo experimentado que la simple conjetura que procede de una suposición. Y así como la lengua al gustar hace la experiencia de lo dulce y de lo amargo, y el ojo al ver distingue lo negro de lo blanco, y el oído al oír percibe las diferencias de los sonidos, así el espíritu, por experiencia de uno y de otro, aprende lo que es el bien y queda confirmado para retenerlo haciéndose obediente a Dios. En primer lugar rechaza la desobediencia que es cosa áspera y mala, mediante la penitencia; luego, aprendiendo de manera inmediata la naturaleza de lo que es contrario al bien y a la dulzura, jamás intentará ni siquiera probar lo que es desobedecer a Dios. Pero si tú quieres eludir el conocimiento de ambas realidades y esta doble facultad de conocer, sin darte cuenta matarás lo que hay en ti de hombre.

Por lo demás, ¿cómo será dios el que ni siquiera ha llegado a ser hombre?; ¿cómo será perfecto el que acaba de ser hecho?; ¿cómo será inmortal el que, siendo de naturaleza mortal, no se sometió a su creador? Es necesario que en primer lugar tú guardes tu rango de hombre, y entonces podrás participar de la gloria de Dios. No eres tú el que hace a Dios, sino que Dios te hace a ti. Por tanto, si eres obra de Dios, aguarda la mano del artífice, que hace todas las cosas a su tiempo, el tiempo oportuno con respecto a ti, que eres obra de otro. Ofrécele tu corazón blando y moldeable, y guarda la figura que te dio el artífice, conservando en ti las huellas de sus dedos. Si guardas esta configuración, llegarás a la perfección, ya que será el arte de Dios lo que encubrirá lo que hay en ti de barro. Su mano fabricó tu substancia: él te cubrirá por dentro y por fuera con oro puro y plata, y te adornará de tal manera que el mismo rey codiciará tu hermosura. Pero si te endureces en seguida, y opones resistencia a su arte, y te muestras descontento porque te ha hecho hombre, haciéndote ingrato a Dios habrás perdido a la vez su arte y tu vida. Porque el hacer es propio de la bondad de Dios, y el ser hecho es propio de la naturaleza del hombre. Por tanto, si le entregas a él lo que es tuyo, que es la fe en él y la sumisión, recibirás el efecto de su arte y serás una obra perfecta de Dios. Pero si no te confías a él y te escapas de sus manos, la causa de tu imperfección estará en ti que no te sometiste, no en aquel que te llamó. Porque aquel envió a que invitaran a la boda; pero los que no aceptaron la invitación a sí mismos se privaron de la cena del rey.

No es que el arte de Dios sea deficiente, ya que tiene poder para suscitar de las piedras hijos de Abraham; sino que aquel que no se somete a su arte se constituye en causa de su propia imperfección. No es imperfección de la luz el que haya quien se cegó a sí mismo, sino que permaneciendo la luz tal como es, los que se han cegado por su culpa se encuentran en las tinieblas. La luz no hace coacción alguna para someter a nadie, y Dios tampoco obliga a nadie que no esté dispuesto a someterse a su arte. Así pues, los que se apartaron de la luz del Padre y traspasaron la ley de la libertad, se separaron por su culpa, pues habían sido constituidos libres y dueños de sus actos.

Pero Dios, que de antemano sabe todas las cosas, ha dispuesto para unos y otros moradas apropiadas. A los que buscan la luz de la incorrupción y acuden a ella, les da benignamente esta luz que anhelan; en cambio a los que la desprecian y se apartan de ella y la rehuyen como quitarse los ojos, les preparó unas tinieblas adaptadas para el que es enemigo de la luz, imponiendo la pena que corresponde al que se escapa de someterse a él. La sumisión a Dios es el descanso perpetuo, de suerte que los que huyen de la luz tienen un lugar digno de su fuga, y los que huyen el descanso perpetuo tienen una morada condigna de su huida. Porque estando todos los bienes en Dios, los que por voluntad propia huyen de Dios se privan a sí mismos de todos los bienes, y así, privados de todos los bienes de Dios vienen a caer en el justo juicio de Dios, Porque los que huyen del descanso con justicia vivirán en la pena y los que huyen de la luz con justicia viven en las tinieblas. Así como los que huyen de la luz de este mundo ellos mismos se procuran las tinieblas, siendo ellos la causa de que se queden sin luz y vivan a oscuras y no siendo la luz la causa de este género de vida, como antes dijimos, así los que huyen de la luz eterna de Dios, que contiene en sí todos los bienes, son ellos mismos la causa de que hayan de habitar en las tinieblas eternas, privados de todos los bienes, siendo ellos mismos responsables de que se les haya asignado tal morada.12

 

El designio de salvación.

Dios se mostró magnánimo ante la caída del hombre, y dispuso aquella victoria que iba a conseguirse por el Verbo. Así, "desplegando su poder ante la debilidad" (cf. 2 Cor 12:9) quedaba de manifiesto la benignidad de Dios y la extrema magnificencia de su poder. Porque Dios toleró con paciencia que Jonás fuese engullido por la ballena, no para que fuese absorbido y pereciese definitivamente, sino para que cuando fuera de nuevo vomitado fuera más sumiso a Dios y glorificase mejor a aquel que le había otorgado una salvación tan inesperada, induciendo a los ninivitas a una firme penitencia y convirtiéndolos al Señor que los había de librar de la muerte con el estupor que les causó aquel milagro de Jonás... De la misma manera, Dios toleró en los comienzos que el hombre fuese engullido por aquel gran cetáceo que era el autor de la prevaricación, no para que fuese absorbido y pereciese definitivamente, sino estableciendo y preparando de antemano un designio de salvación, que fue puesto por obra por el Verbo mediante el "signo de Jonás..." (Lc 11:29). Así, recibiendo el hombre de Dios una salvación inesperada, puede resucitar de entre los muertos y glorificar a Dios, pronunciando las palabras proféticas de Jonás: "Grité al Señor mi Dios en mi tribulación, y me oyó estando yo en el seno del abismo" (Jon 2:2). De esta suerte el hombre permanecerá para siempre glorificando a Dios, dándole gracias por la salvación que obtuvo de él, "para que ninguna carne se gloríe delante del Señor" (1 Cor 1:29), ni pueda ya el hombre jamás dar entrada a pensamiento alguno contra Dios, imaginando que su propia incorruptibilidad es algo natural suyo, engriéndose con vana soberbia y pensando contra toda verdad que es por su propia naturaleza semejante a Dios. Porque esto era lo que en concreto hacía al hombre desagradecido para con aquel que le había creado, y le velaba el amor que Dios tenía para con el hombre, segando sus potencias para que no pudiera sentir de Dios como conviene, a saber, el compararse con Dios y creerse igual a él.

Pero fue tal la magnanimidad de Dios, que dejó que el hombre pasase por todo esto, y tuviese así conocimiento de la muerte, pasase luego a la resurrección de entre los muertos y conociese por experiencia propia de dónde había sido libertado. Así se mostrará para siempre agradecido a su Señor, amándole más después de haber recibido de él el don de la inmortalidad, ya que "a quien más se le perdona, más ama" (Lc 7:42). Así se conocerá el hombre a sí mismo como ser mortal y débil, y conocerá también a Dios, que es hasta tal extremo inmortal y poderoso que puede dar la inmortalidad a lo mortal y la eternidad a lo temporal; conocerá finalmente todo el poder de Dios que se ha ejercitado en sí mismo, e instruido de esta manera llegará a tener sentido de la grandeza de Dios. Pues la gloria del hombre es Dios: pero el receptáculo de toda acción de Dios, de su sabiduría y de su poder es el hombre. Y así como el médico se prueba qué tal es en los enfermos, así Dios se manifiesta en los hombres. Por esto dice Pablo: "Incluyó Dios todo en la incredulidad, a fin de que a todos alcanzara su misericordia" (Rom 11:32) Esto dice refiriéndose... al hombre, que desobedeció a Dios y perdió la inmortalidad, pero luego alcanzo misericordia, recibiendo por medio del Hijo de Dios la filiación que es propia de éste.

El hombre que sin soberbia ni jactancia tiene un sentimiento verdadero acerca de lo creado y del Creador, Dios poderosísimo que está por encima de todas las cosas y que a todas da el ser; el que permanece en su amor con sumisión y acción de gracias, recibirá de él una gloria cada vez mayor y progresará hasta hacerse semejante a aquel que murió por él. Pues, efectivamente, aquél se hizo "semejante a la carne de pecado" (Rom 8:3) para destruir al pecado. Y una vez destruido, lo arrojó de la carne, incitando al hombre a hacerse semejante a sí, destinándolo a ser imitador de Dios, poniéndolo al mismo nivel de su Padre y otorgándole el don de poder ver a Dios y comprender al Padre. Esto hizo el Verbo de Dios habitando en el hombre y haciéndose Hijo del hombre, a fin de habituar al hombre a recibir a Dios, y habituar a Dios a vivir en el hombre.13

El plan salvífico de Dios ante el pecado del nombre.

Al salir el Señor a buscar la oveja perdida, llevando a cabo con un designio grandioso la recapitulación y restauración de lo que era obra de sus propias manos, era preciso que salvase al mismo hombre que había sido creado a su imagen y semejanza, es decir Adán, después que se había cumplido el tiempo de su condena por desobediencia... De esta suerte, Dios no fracasó, ni falló su arte creador. Porque, si el hombre, al que Dios había hecho para la vida, cuando perdió esta vida como consecuencia de la herida de la serpiente corruptora, ya no hubiese podido ser revivificado, sino que se hubiese hundido en una muerte definitiva, Dios hubiese fracasado, mientras que la malicia de la serpiente hubiese triunfado sobre el designio de Dios. Pero Dios es invencible y magnánimo y su magnanimidad se mostró en la corrección y en la prueba que impuso al hombre. Por medio del segundo hombre, "encadenó al que era fuerte y le arrebató sus posesiones" (Mt 12:29; Lc 3:27)" expulsando a la muerte y vivificando al mismo hombre que había muerto. La primera de las posesiones que (el enemigo) había conseguido era Adán, al que había puesto bajo su dominio haciéndole prevaricar malvadamente e infiriéndole la muerte con la promesa de la inmortalidad. Porque, en efecto, prometiendo que "serían como dioses" (Gen 3, 5) — cosa que él no podía otorgar en manera alguna — les dio la muerte. Pero en su justicia Dios ha vuelto a someter a cadenas al que había encadenado al hombre, mientras que el hombre que había sido encadenado ha sido liberado de las cadenas de su condenación. Este hombre es Adán, del que, según la Escritura, dijo el Señor: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" (Gen 1, 26). Y nosotros somos sus descendientes, y, como descendientes suyos, hemos heredado su nombre.11

Por qué fue el hombre arrojado del paraíso y castigado con la muerte.

Dios arrojó al hombre del paraíso y lo transportó lejos del árbol de la vida, no porque le rehusase celosamente el árbol de la vida, como algunos audazmente mantienen, sino por misericordia para con él: para que no permaneciese para siempre transgrediendo, ni fuese inmortal el pecado que le afligía, ni su mal fuese sin término y sin curación. Puso fin a su trasgresión interponiendo la muerte y haciendo cesar el pecado al imponerle la disolución de la carne en la tierra; de esta suerte, cesando el hombre en un determinado momento de vivir al pecado, y muriendo al pecado, podía empezar a vivir para Dios (Cf. Rom 6:2 y 10).

Por esta razón puso enemistad entre la serpiente y la mujer y su descendencia, quedando ambas partes al acecho una de otra. La una era mordida en sus plantas, pero era capaz de pisotear la cabeza del enemigo, mientras que la otra mordía y mataba impidiendo la entrada del hombre en la Vida, hasta que llegara la descendencia predestinada para pisotear su cabeza. Esto se realizó cuando dio a luz María, de cuyo fruto dijo- el profeta: "Caminarás sobre el áspid y el basilisco, y pisotearás al león y al dragón" (Sal 90:13)

Esto significaba que el pecado que se había erigido y propagado contra el hombre, haciéndole morir, sería expulsado juntamente con el imperio de la muerte, y sería pisoteado en los tiempos postreros aquel león que ha de asaltar al género humano, que es el Anticristo; y asimismo será encadenado aquel dragón y aquella antigua serpiente, sometiéndolo al dominio del hombre que antes había sido vencido, el cual aplastará todo su poder.

Adán había sido vencido, y la vida le había sido del todo arrebatada; y por esta razón, una vez vencido el enemigo, Adán recobró la vida.

"En último lugar será aniquilada la muerte enemiga" (1 Cor 5:26) que en un principio había dominado al hombre. Y entonces, una vez liberado el hombre, se realizará lo que está escrito: "La muerte ha quedado engullida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?" (1 Cor 15:54-55)15

Explicación de la parábola de los viñadores (Mt 21:33-43).

Fue Dios quien plantó la viña del género humano cuando creó a Adán y cuando eligió a los patriarcas. Después la confió a los viñadores por medio de la legislación de Moisés. La rodeó con un seto, es decir, delimitó la tierra que tenían que cultivar. Edificó una torre, es decir, eligió a Jerusalén. Cavó un lagar, cuando preparó el receptáculo de la palabra profética: y así envió profetas antes de la trasmigración a Babilonia, y otros después de la trasmigración, más numerosos que los primeros, para recabar los frutos con las palabras siguientes: "Esto dice el Señor: Enmendad vuestros caminos y vuestras costumbres; juzgad con juicio justo; tened compasión y misericordia, cada uno con su hermano; no oprimáis a la viuda, al huérfano, al extranjero y al pobre; que nadie conserve en su corazón el recuerdo de la malicia de su hermano; no améis el juramento falso..." Cuando los profetas predicaban esto, recababan el fruto justo. Pero, como no les hacían caso, al fin envió a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, al cual mataron los colonos malos y lo arrojaron fuera de la viña, Y por esto Dios entregó la viña — no ya cercada, sino extendida por todo el mundo — a otros colonos que dieran sus frutos a sus tiempos. La torre de elección sobresale magnífica por todas partes, ya que en todas partes resplandece la Iglesia, En todas partes se ha cavado el lagar, pues en todas partes se encuentran quienes reciben el Espíritu. Y puesto que aquellos rechazaron al Hijo de Dios y lo echaron, cuando lo mataron, fuera de la viña, justamente los rechazó Dios a ellos, confiando el cuidado de los frutos a las gentes que estaban fuera de la viña... Uno y el mismo es el Dios Padre, que plantó la viña, que sacó al pueblo, que envió a los profetas, que envió a su propio Hijo, que dio la viña a otros colonos que le entreguen el fruto de su tiempo .16

8. Adv. Haer. II,2-4; 9. Ibid. II, 10-4; 10. Ibid. I, 22-1; 11. Ibid. IV, 14, 1-3; 12. Ibíd. IV, 38 – 4, 39-4; 13. Ibíd., 20-1; 14. Ibid. III, 23-1; 15. Ibid. III, 23-6; 16. Ibid. IV, 36-2;

 

 

III. Cristo, manifestación del Padre y salvación de los hombres.

La generación del Hijo es estrictamente inefable.

Si alguno nos dijere: ¿Cómo, pues, fue producido el Hijo por el Padre?, le diremos que esta producción, o generación, o pronunciación o eclosión, o cualquiera que sea el nombre con que se quiera llamar a esta generación, que en realidad es inenarrable, no la entiende nadie... sino solamente el Padre que engendró, y el Hijo que fue engendrado. Y supuesto que esta generación es inenarrable, todos los que se afanan por narrar generaciones y producciones no están en su sano juicio, pues prometen explicar lo que es inexplicable. Que la palabra se emite a partir del pensamiento y de la inteligencia, esto evidentemente lo saben todos los hombres. Por tanto, no han logrado un gran hallazgo los que excogitaron como explicación una emisión de esta naturaleza; ni revelaron ningún misterio secreto si no hicieron más que aplicar a la Palabra unigénita de Dios lo que todos comprenden de toda palabra, aunque quieran declarar la producción y generación del primer engendrado como si ellos hubieran ayudado a dar a luz al que llaman inenarrable e innominable, sólo porque lo asimilan a la emisión de la palabra humana.17

Nada absolutamente de lo que ha sido creado y está bajo el dominio de Dios puede compararse con el Verbo de Dios, por quien todo ha sido hecho (Jn 1, 3), que es nuestro Señor Jesucristo. En efecto, los ángeles y los arcángeles y los tronos y las dominaciones han sido creados por el Dios que está por encima de todos y, como indica Juan, han sido hechos por medio del Verbo. Efectivamente, después de decir del Verbo que "estaba en el Padre," añadió: "Todas las cosas fueron hechas por medio de él, y sin él nada se hizo" (Jn 1, 3) Asimismo, David, al proclamar su alabanza, enumera en particular cada una de las criaturas que hemos mencionado, y los cielos y todas las potestades, añadiendo: "Porque él lo ordenó, y fueron creadas: lo dijo, y fueron hechas" (Sal 148:5; 32:9) ¿A quién lo ordenó? — A su Verbo —. "Por él, — dice — fueron afirmados los cielos: por el aliento de su boca todo el poder de ellos" (Sal 32:6) Y que todas las cosas las hizo libremente y como quiso, lo dice también David: "Nuestro Dios arriba en los cielos y en la tierra: él hizo todo lo que quiso" (Sal 113:11) Ahora bien, lo que ha sido creado es distinto del Creador, y lo que ha sido hecho es distinto del que lo hizo. El Creador no ha sido hecho, ni tiene principio, ni fin, ni necesita de nada, sino que se basta a sí mismo y aún confiere a los demás seres que sean lo que son. Lo que fue creado por él tuvo un comienzo; y todo lo que tuvo comienzo puede tener destrucción, y no es independiente, sino que depende del que lo hizo.

Así pues, es absolutamente necesario, aun para aquellos que sólo tienen una limitada comprensión de tales distinciones, que usemos palabras diferentes, de suerte que el que todo lo hizo juntamente con su Verbo, con toda propiedad sea el único que se llama "Dios" y "Señor," mientras que las cosas creadas no pueden participar de este nombre, ni deben legítimamente apropiarse esta denominación, que es propia del Creador.18

El Verbo nos revela al Padre.

Nadie puede conocer al Padre sin el Verbo de Dios, es decir, sin que el Hijo se lo revele; y nadie puede conocer al Hijo sin el beneplácito del Padre. Pero el Hijo cumple el beneplácito, ya que el Padre lo envía, y el Hijo es enviado y viene. Y el Padre, aunque para nosotros es invisible e inexpresable, es conocido por su propio Verbo; y aunque es inexplicable, el Verbo nos lo explica para nosotros (cf. Jn 1:18). Recíprocamente, el Verbo sólo es conocido de su Padre. Esta es la doble verdad que nos manifestó el Señor. Por esta razón, el Hijo, con su manifestación, revela el conocimiento del Padre, ya que la manifestación del Hijo es conocimiento del Padre, puesto que todas las cosas son manifestadas por el Verbo. Y para que supiéramos que el Hijo venido a nosotros es el que da el conocimiento del Padre a los que creen en él, decía a los discípulos: "Nadie conoce al Padre sino el Hijo, ni al Hijo sino el Padre, y aquellos a quienes el Hijo lo revelare" (Mt 11:27) Con esto nos enseñaba lo que él mismo es y lo que es el Padre, a fin de que no admitiéramos a otro Padre fuera de aquel que se revela en el Hijo.19

No hay más que un solo Dios, quien con su Verbo y su Sabiduría ha creado y adornado todas las cosas. Él es el Creador, que ha destinado este mundo para el género humano. En su grandeza es desconocido de todas sus criaturas, ya que nadie ha penetrado su sublimidad ni entre los antiguos ni entre los contemporáneos; sin embargo, en lo que se refiere a su amor es conocido en todo tiempo gracias a aquel por quien creó todas las cosas, es decir, su Verbo, nuestro Señor Jesucristo, el cual, en los últimos tiempos se ha hecho hombre entre los hombres en orden a unir el fin con el principio, esto es, el hombre con Dios, Por esta razón, los profetas, que recibieron, el don de la profecía del mismo Verbo, predicaron su venida según la carne, mediante la cual se hizo la mezcla y comunicación de Dios y del hombre, según el beneplácito del Padre.

Ya desde el comienzo había preanunciado el Verbo de Dios que Dios sería visto de los hombres y viviría y conversaría con ellos sobre la tierra, haciéndose presente en la obra de sus manos para salvarla y hacerse asequible a ella, "liberándonos de las manos de todos los que nos odian" (Lc 1:71), es decir de todo espíritu de trasgresión, haciendo "que le sirvamos en santidad y justicia todos los días de nuestra vida" (Lc 1:74-75), a fin de que el hombre, entrelazado con el Espíritu de Dios, alcance la gloria del Padre.

Esto anunciaban los profetas de manera profética, lo cual no es decir, como pretenden algunos, que siendo el Padre de todas las cosas invisible, era otro el que era visto por los profetas. Esto dicen los que no saben absolutamente nada de lo que es una profecía. Porque una profecía es una predicción de las cosas futuras, esto es, una anunciación anticipada de lo que luego será. Ahora bien, anunciaban de antemano los profetas que Dios sería visto de los hombres, así como también dice el Señor: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios." Sin embargo, en su propia grandeza y en su gloria inenarrable, "nadie que vea a Dios, vivirá" (Ex 33:20), ya que el Padre es incomprensible. Pero en su amor, en su bondad para con los hombres y en su omnipotencia, concede esto a los que le aman, es decir, que vean a Dios: esto es lo que anunciaban los profetas, porque "lo que es imposible a los hombres es posible para Dios" (Lc 18:27) Porque el hombre por sí mismo no verá a Dios; pero si Dios quiere, puede hacerse visible a los hombres, a los que quiera, cuando quiera y como quiera. Dios lo puede todo: y así fue visto entonces proféticamente por medio del Espíritu, y ha sido visto según la adopción por medio del Hijo, y será visto según su paternidad en el reino de los cielos, ya que el Espíritu prepara al hombre para hacerlo hijo de Dios, y el Hijo lo lleva al Padre, y el Padre le da la incorrupción y la vida eterna, cosas todas que resultan a cada uno del hecho de ver a Dios. Porque así como los que ven la luz están dentro de la luz, y participan de su resplandor, así los que ven a Dios están dentro de Dios y participan de su resplandor. El resplandor de Dios da la vida: por tanto los que ven a Dios participan de la vida. Por esta razón, el que es inasequible e incomprensible e invisible, se presenta a los hombres como visible y comprensible y asequible, para dar la vida a los que lo captan y lo ven. Y así como su grandeza es inalcanzable, así también su bondad es inenarrable, y por ella se deja ver y da la vida a los que le ven. En efecto, es imposible vivir sin la vida, y no hay vida sin la participación de Dios, y la participación de Dios es ver a Dios y gozar de su bondad... Así pues, desde los comienzos es el Hijo el revelador del Padre, ya que desde el principio está con el Padre. Las visiones proféticas, la distribución de los carismas y ministerios y la gloria del Padre, todo lo ha ido manifestando al género humano en tiempo oportuno para su utilidad, de manera armoniosa y concertada: porque donde hay concierto hay consonancia, y donde hay consonancia hay oportunidad, y donde hay oportunidad hay utilidad, Por esto el Verbo se constituyó en dispensador de la gracia del Padre para utilidad de los hombres, en favor de los cuales obró tantos designios: manifestó a Dios a los hombres, y presentó los hombres ante Dios, guardando la invisibilidad del Padre, para que el hombre no llegara a menospreciar a Dios, sino que pudiera progresar hacia él indefinidamente, y al mismo tiempo haciendo a Dios visible a los hombres mediante muchas disposiciones, a fin de que el hombre, privado totalmente de Dios, no dejara de existir. Porque gloria de Dios es el hombre vivo, y vida del hombre es la visión de Dios. Y si la manifestación de Dios que consiste en la creación da la vida a todos los vivientes de la tierra, mucho más la manifestación del Padre que se hace por el Verbo da la vida a los que ven a Dios.20

Cómo el Verbo cumple los designios de Dios sobre el hombre.

No había manera de que llegáramos a conocer las cosas de Dios, si nuestro Maestro, el Verbo, no se hubiera hecho hombre. Porque nadie más podía explicarnos las cosas del Padre fuera de su propio Verbo. En efecto, fuera de él, ¿quién conoció la mente del Señor?; ¿quién llegó a ser su consejero?" (Rom 11, 34) Por otra parte, nosotros no podíamos aprender de otra manera si no es viendo con los ojos a nuestro Maestro, y oyendo con nuestros oídos su voz: de esta forma, haciéndonos imitadores de sus obras y cumplidores de sus palabras, podíamos llegar a tener comunión con él. Los que acabábamos de ser hechos, fuimos creciendo, recibiendo incremento de aquel que es perfecto y que existe desde antes de la creación, el único que es bueno y óptimo, el que tiene el don de la incorruptibilidad, a cuya imagen habíamos sido hechos. Habíamos sido predestinados para ser, según la presciencia del Padre, lo que todavía no éramos: pues éramos un comienzo de lo que tenía que ser, para recibir el incremento en los tiempos preestablecidos por el ministerio del Verbo, el cual es perfecto en todo. Y, efectivamente, siendo poderoso como Verbo, y siendo hombre verdadero, con su sangre nos redimió de una manera perfecta, dándose a sí mismo como rescate por aquellos que habían sido reducidos a cautividad. Y puesto que el Espíritu de rebelión nos tenía sometidos injustamente — ya que perteneciendo por naturaleza a Dios omnipotente nos había alienado contra nuestra naturaleza y nos había hecho sus seguidores — el Verbo de Dios, que tiene todo poder y no puede fallar en su justicia, justamente se volvió contra el mismo Espíritu de rebelión, rescatando de su poderío lo que era suyo, y esto no de manera violenta — como en un principio el Espíritu de rebelión nos había sometido al arrebatar con su hambre insaciable lo que no era suyo — sino por persuasión, como convenía que Dios, que es persuasivo y no violento, tomase lo que quisiese. De esta suerte, ni la justicia quedaba conculcada, ni lo que Dios había originariamente creado quedaba destruido.21

Cristo, vencedor de la antigua serpiente, según la promesa.

Recapitulando todas las cosas, Cristo fue constituido cabeza: declaró la guerra a nuestro enemigo, y destruyó al que en el comienzo nos había hecho prisioneros en Adán, aplastando su cabeza, como está en el Génesis que Dios dijo a la serpiente: "Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y la suya: él acechará a tu cabeza, y tú acecharás a su calcañal" (Gen 3:15). Estaba predicho, pues, que aquel que tenía que nacer de una mujer virgen y de naturaleza semejante a la de Adán, tenía que acechar a la cabeza de la serpiente. Esta es la descendencia de la que habla el Apóstol en la epístola a los Galatas: "La ley de las obras fue puesta hasta que viniera la descendencia al que había recibido la promesa" (Gal 3:19). Y todavía lo declara más abiertamente en la misma carta cuando dice: "Cuando llegó la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, hecho de mujer" (Gal 4:4). El enemigo no hubiese sido vencido de una manera adecuada si no hubiese sido hombre nacido de mujer el que le venció. Porque en aquel comienzo el enemigo esclavizó al hombre valiéndose de la mujer, poniéndose en situación de enemistad con el hombre. Y por esto el Señor se confiesa a sí mismo Hijo del hombre, recapitulando así en sí mismo aquel hombre original del cual había sido modelada la mujer. De esta suerte, así como por un hombre vencido se propagó la muerte en nuestro linaje, así también por un hombre vencedor podamos levantarnos a la vida. Y así como la muerte obtuvo la victoria contra nosotros por culpa de un hombre, así también nosotros obtengamos la victoria contra la muerte gracias a un hombre. Por otra parte, el Señor no habría podido recapitular en sí mismo la antigua y original hostilidad contra la serpiente, cumpliendo así la promesa del Creador, si hubiese procedido de otro Padre. Pero es uno mismo e idéntico el que nos formó en un principio y el que envió a su Hijo al fin de los tiempos: y el Señor no ha hecho sino cumplir su mandato, tomando carne de mujer, destruyendo a nuestro enemigo y rehaciendo al hombre a imagen y semejanza de Dios...22

El Verbo, haciéndose hombre verdadero, liberó a los hombres.

Nuestro Señor es el único maestro verdadero, Hijo de Dios verdaderamente bueno y paciente, Verbo de Dios Padre que se hizo Hijo del hombre. Porque, efectivamente luchó y venció, ya que era un hombre que luchaba por sus padres, pagando con su obediencia la desobediencia. Él encadenó al que era fuerte y libertó a los débiles y dio la salvación a la obra de sus manos, destruyendo el pecado. Porque el Señor es bondadosísimo y misericordioso, y ama al género humano, y así, como hemos dicho, ha realizado la unión del hombre con Dios. Porque si no hubiera sido hombre el que venció al enemigo del hombre, la derrota del enemigo no habría sido justa; y, por otra parte, si no hubiese sido Dios el que nos daba el don de la salvación, no poseeríamos ésta de manera segura. Además, si no hubiese sido unido el hombre con Dios, no habría podido participar de la incorruptibilidad. Así pues, convenía que el mediador entre Dios y los hombres por su parentesco propio con una y otra parte redujese a entraba a la amistad y concordia, recomendando los hombres a Dios y dando a conocer Dios a los hombres.

¿Cómo podríamos ser hijos de adopción por participación si no hubiésemos recibido por medio del Hijo la comunión que éste tiene con Dios, es decir, si el Verbo no la hubiese comunicado con nosotros haciéndose carne? Por esta razón, atravesó todas las edades, restituyéndolas todas a la comunión con Dios. Por consiguiente, los que dicen que sólo se manifestó aparentemente, y que no nació en la carne ni fue verdaderamente hombre, se encuentran todavía bajo la condenación antigua, y ofrecen argumentos en favor del pasado. Según ellos, no ha sido todavía vencida la muerte que "reinó desde Adán hasta Moisés, aun sobre aquellos que no pecaron a imitación de la trasgresión de Adán" (Rom 5:14). Cuando vino la ley, dada por medio de Moisés, dio testimonio acerca del pecado, declarando que era trasgresor (cf. Rom 7:13), retirando su imperio y descubriendo que no era rey, sino ladrón y declarándolo homicida. Pero la ley puso una carga sobre el hombre, que tenía en sí el pecado, mostrándole que era condenado a muerte. Porque la ley, aun siendo espiritual, se limitó a poner de manifiesto el pecado, pero no lo destruyó, porque el dominio del pecado no era sobre el Espíritu, sino sobre el hombre. Era preciso, por tanto, que el que tenía que dar muerte al pecado y rescatar al hombre de su pena de muerte, se hiciera precisamente lo que éste era, es decir, hombre, reducido a esclavitud por el pecado y cautivo de la muerte. Así el pecado recibiría muerte de mano de un hombre, y el hombre escaparía a la muerte. Así como por la desobediencia de un hombre, modelado el primero de la tierra virgen, muchos fueron hechos pecadores y perdieron la vida, así fue preciso que por la obediencia de un hombre, que nació el primero de una virgen, muchos han sido justificados y han alcanzado la salvación.

Así pues, el Verbo de Dios se hizo hombre, como dice Moisés: "Dios: sus obras son verdaderas" (Dt 32:4) Si hubiese aparecido como carne sin haberse hecho carne, no sería su obra verdadera. Lo que aparecía, eso era: Dios que recapitulaba en sí el hombre que él mismo había originariamente modelado, a fin de dar muerte al pecado, aniquilar la muerte y vivificar al hombre. Es así como "sus obras son verdaderas."

Por el contrario, los que dicen que es un puro hombre, engendrado por José, permanecen en la esclavitud de la desobediencia original, y en ella mueren. Todavía no han entrado en comunión con el Verbo de Dios Padre, ni han recibido la libertad por medio del Hijo, como dice él mismo: "Si el Hijo os ha emancipado, verdaderamente sois libres" (Jn 8:36) Por no reconocer al Emmanuel nacido de la Virgen, se encuentran privados de su don, que es la vida eterna. Al no recibir al Verbo de la incorruptibilidad, permanecen en su carne mortal y en deuda con la muerte, sin apropiarse el antídoto de la vida. A ellos se dirige el Verbo, explicando el don de su gracia: "Yo dije: sois dioses, y todos sois hijos del Altísimo; en cambio vosotros, siendo hombres, moriréis" (Sal 81:6-7) Esto último se refiere a los que no aceptan el don de la adopción, sino que al contrario, desprecian la encarnación y la casta generación del Verbo de Dios, robando así al hombre de aquella ascensión hasta el Señor y mostrándose ingratos para con el Verbo de Dios que por ellos se encarnó. Porque esta es la razón por la que el Verbo de Dios se hizo hombre, y el Hijo de Dios Hijo del hombre: para que el hombre, recibiendo en sí al Verbo y adquiriendo la filiación, se hiciese hijo de Dios.

No podíamos adquirir la incorrupción y la inmortalidad de otra forma que uniéndonos a la incorrupción y a la inmortalidad. Y, ¿cómo podíamos unirnos a la incorrupción y a la inmortalidad, si antes la incorrupción y la inmortalidad no se hacía lo que nosotros somos, de suerte que "lo corruptible fuera absorbido por la incorrupción, y lo mortal por la inmortalidad... a fin de que recibiéramos la adopción de hijos?" (cf. 1 Cor 15:53-54; Rom 8:15)

En vista de esto, "¿quién explicará su generación?" (Is 53:8). "Siendo hombre, ¿quién le reconocerá?" (Jer 17:9) Le reconoce aquél, "a quien lo reveló el Padre que está en los cielos" (Mt 16:17) haciéndole entender que aquel que nació Hijo del hombre, "no por la voluntad de la carne ni por la voluntad de varón" (Jn l: 13), ése es Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mt 16:13).23

El Verbo eterno se encarna en el tiempo para redimir al hombre.

Puede mostrarse con evidencia, que el Verbo, que desde el principio estaba en Dios, aquel por medio del cual fueron hechas todas las cosas y que desde siempre estaba presente en el género humano, en los últimos tiempos, en el momento predeterminado por el Padre, se unió a lo que él mismo había modelado y se hizo hombre capaz de padecer. Así se elimina la objeción de los que dicen: "Si nació en aquel momento, Cristo no existía anteriormente." Porque hemos mostrado, efectivamente, que el Hijo de Dios no empezó a existir en aquel momento, sino que desde siempre existía en el Padre.

Pero en el momento en que se encarnó y se hizo hombre, entonces recapituló en sí mismo la larga serie de los hombres, dándonos de una manera compendiosa la salvación, de suerte que lo que habíamos perdido en Adán, es decir, el ser "a imagen y semejanza de Dios" (Gen 1:26), esto mismo lo recuperásemos en Cristo Jesús.

Porque no era posible que el hombre una vez vencido y destruido por la desobediencia, pudiese reconstruir y recuperar por sí mismo la palma de la victoria, como tampoco era posible que el que había caído bajo el pecado obtuviese él mismo su salvación.

Por esto el Hijo operó lo uno y lo otro: siendo Verbo de Dios, descendió del Padre y se encarnó, descendió hasta la muerte y llevó a su término el designio de nuestra salvación. Pablo nos exhorta a creer sin vacilación en esta salvación, diciendo: "No digas en tu corazón ¿quién subirá al cielo?, esto es, para hacer bajar a Cristo; o ¿quién bajará al abismo?, esto es, para sacar a Cristo de entre los muertos" (Rom 10:6-7) Y añade: "Porque si confesares con tu boca al Señor Jesús y creyeres en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvado" (Rom 10:9) Y Pablo da la razón por la que el Verbo de Dios obró así, cuando dice: "Para esto vivió Cristo, y murió y resucitó: para ser Señor de los vivos y de los muertos" (Rom 14:9)24

La redención de Cristo se extiende a todos los tiempos.

Por esta razón estaban pesados los ojos de los discípulos cuando Cristo vino a su pasión; y encontrándoles dormidos, el Señor primero les dejó estar, significando con ello la paciencia de Dios ante el sueño de los hombres. Pero cuando vino la segunda Vez, los despertó y los hizo levantar, significando que su pasión era el momento de despertar a los discípulos que dormían. Y por ellos descendió a las regiones inferiores de la tierra (Ef 4:9), para ver con sus ojos lo que había quedado inconcluso en su creación, a saber, aquellos de quienes decía a los discípulos: "Muchos profetas y justos desearon ver y oír lo que vosotros veis y oís" (Mt 13:17).

Porque Cristo no vino sólo por aquellos que en los tiempos del emperador Tiberio creyeron en él; ni el Padre tuvo sólo providencia de los hombres que ahora existen; sino que vino por todos los hombres sin excepción que desde el principio, según su capacidad, y en sus tiempos, temieron y amaron a Dios, y practicaron la justicia y la piedad para con sus prójimos, y desearon ver a Cristo y oír sus palabras. Y por esta razón, en la segunda venida, a todos los tales los despertará de su sueño y los hará levantar antes que a los demás que habrán de ser juzgados, y los establecerá en su reino.

Porque, en efecto, no hay más que un solo Dios, que en sus designios condujo a los patriarcas, pero también justificó "a los circuncisos a partir de la fe y a los incircuncisos mediante la fe" (Rom 3:30). Y así como nosotros estábamos prefigurados y anunciados en los que nos precedieron, así también ellos reciben en nosotros su forma cumplida, esto es, en la Iglesia, y reciben la recompensa de su labor. Por esto decía el Señor a los discípulos: "Mirad que os digo: levantad los ojos y contemplad los campos que están blancos para la mies. Porque el segador recibe su salario y recoge el fruto para la vida eterna, para que se alegren juntamente el que siembra y el que siega. Aquí se cumple la palabra de que uno es el que siembra y otro el que siega, ya que yo os he enviado a segar lo que no labrasteis; otros labraron, y vosotros os habéis introducido en su labor" (Jn 4:35-38) ¿Quiénes son, pues, los que trabajaron, los que sirvieron a los designios de Dios? Está claro que son los patriarcas y los profetas, que fueron figura de nuestra fe y sembraron en la tierra la venida del Hijo de Dios, anunciando quién y cómo sería, a fin de que los hombres que habían de venir, teniendo temor de Dios, recibieran fácilmente, enseñados por los profetas, la venida de Cristo...

Por esta razón, el que recibió el apostolado para con los gentiles hubo de trabajar más que los que predicaban al Hijo de Dios entre los circuncisos. Porque éstos tenían la ayuda de las Escrituras, que el Señor había confirmado y cumplido al venir tal como había sido anunciado. Pero allí se enfrentaban con una enseñanza extraña y una doctrina nueva: los dioses de los gentiles lejos de ser dioses son ídolos de los demonios; existe un solo Dios, que está sobre todo principado y potestad y dominación, y sobre todo nombre que pueda nombrarse (Ef 1:21); que su Verbo, por naturaleza invisible, se ha hecho palpable y visible, humillándose hasta la muerte y muerte de cruz; que los que creen en él serán incorruptibles e impasibles, y recibirán el reino de los cielos. Todo esto tenía que predicarse a los gentiles por la sola palabra, sin Escrituras, y por eso tenían que trabajar más los que se dedicaban a predicar entre los gentiles.

Pero, a su vez, aparece más generosa la fe de los gentiles al aceptar la palabra de Dios sin haber sido enseñados por las Escrituras. De esta forma suscitó Dios de las piedras hijos de Abraham, llevándolos al cortejo del iniciador y heraldo de nuestra fe, el cual aceptó la alianza de la circuncisión después de la justificación por la fe que precedió a la circuncisión, para que así quedasen prefigurados los dos testamentos, y fuese hecho padre de todos los que siguen al Verbo de Dios y admiten vivir como extranjeros en este mundo. Éstos son los que tienen fe, tanto si vienen de la circuncisión como de la incircuncisión, representados por Cristo, piedra angular en el vértice, que todo lo mantiene en cohesión, y que hace converger en una única fe de Abraham a los que, de uno y otro testamento, son aptos para el edificio de Dios.25

Cristo, tesoro escondido en el campo de las Escrituras.

Si uno lee con atención las Escrituras, encontrará que hablan de Cristo y que prefiguran la nueva vocación. Porque él es el "tesoro escondido en el campo" (Mt 13:44), es decir, en el mundo, ya que "el campo es el mundo" (Mt 13:38) tesoro escondido en las Escrituras, ya que era indicado por medio de figuras y parábolas, que no podían entenderse según la capacidad humana antes de que llegara el cumplimiento de lo que estaba profetizado, que es el advenimiento de Cristo. Por esto se dijo al profeta Daniel: "Cierra estas palabras y sella el libro hasta el tiempo del cumplimiento, hasta que muchos lleguen a comprender y abunde el conocimiento. Porque cuando la dispersión habrá llegado a su término, todo esto será comprendido" (Dan 12:4-7). Y también Jeremías dice: "En los últimos tiempos entenderán estas cosas" (Jer 23:20). Porque toda profecía antes de su cumplimiento presenta enigmas y ambigüedades a los hombres. Pero cuando llega el tiempo y se realiza lo que está profetizado, entonces se puede dar una explicación clara y segura de las profecías. Por esta razón, cuando los judíos leen la ley en nuestros tiempos, se parece a una fábula, pues no pueden explicar todas las cosas que se refieren al advenimiento del Hijo de Dios como hombre. En cambio, cuando la leen los cristianos, es para ellos un tesoro escondido en el campo, que la cruz de Cristo ha revelado y explanado: con ella la inteligencia humana se enriquece y se muestra la sabiduría de Dios, manifestándose sus designios sobre los hombres, prefigurándose el reino de Cristo y anunciándose de antemano la herencia de la Jerusalén santa. En ella se prenuncia que el hombre progresará tanto en el amor de Dios, que podrá incluso ver a Dios y oír su palabra, y que con el oído de su voz recibirá tal gloria que los demás hombres no podrán poner sus ojos en su rostro glorificado, como se dice en Daniel: "Los que hayan entendido brillarán como el resplandor del firmamento, y entre muchos justos como las estrellas en el firmamento por los siglos y aún más" (Dan 12:3) Así pues, si uno lee las Escrituras de la manera dicha — que es la manera que enseñó a los discípulos el Señor después de su resurrección de entre los muertos, mostrándoles con las mismas Escrituras que convenía que el Cristo padeciese y así entrara en su gloria, predicándose la remisión de los pecados en todo el mundo — será un discípulo perfecto, semejante a un padre de familia que saca de su tesoro cosas viejas y nuevas.26

Las dos naturalezas de Cristo.

Hemos mostrado a partir de las Escrituras, que absolutamente ninguno de los hijos de Adán puede ser llamado Dios o Señor en sentido propio, pero que Cristo, al contrario de todos los seres humanos que jamás existieron, es anunciado por todos los profetas y los apóstoles y por el mismo Espíritu como Dios en sentido propio, y Señor, y Rey eterno, Hijo Único y Verbo encarnado: lo cual puede comprobar cualquiera capaz de alcanzar aún una pequeña parte de la verdad. Las Escrituras no darían acerca de él este testimonio si él fuera un simple hombre como los demás. Pero, porque él por encima de todos tuvo aquella generación gloriosa que le viene del Padre altísimo, y al mismo tiempo gozó de aquella otra generación gloriosa a partir de una Virgen, las Escrituras dan acerca de él este doble testimonio. Por ser hombre, no tiene honor, y es pasible, y se sienta sobre un burrito, y le dan a beber hiel y vinagre, y el pueblo le desprecia y se humilla hasta la muerte. Pero por ser Señor, es Santo, Admirable, Consejero, Hermoso en su figura y Dios fuerte que viene sobre las nubes para ser Juez del universo. Todo esto han profetizado de él las Escrituras. De la misma manera que era hombre, a fin de ser tentado, así también era Verbo, para ser glorificado. El Verbo no intervenía cuando era tentado, deshonrado, crucificado y puesto a morir; pero en cambio, estaba unido a la humanidad cuando obtenía la victoria, y aguardaba el sufrimiento, y resucitaba y era llevado a los cielos.

Así pues, este Señor nuestro es Hijo de Dios y Verbo del Padre, y también Hijo del hombre, ya que tuvo una generación humana, hecho Hijo del hombre a partir de María, la cual pertenecía al linaje humano, siendo ella misma plenamente humana. Por esta razón, "el mismo Señor nos dio una señal... en las profundidades y arriba en las alturas" (Is 7:14-11), sin que nadie la hubiese pedido. Nadie podía esperar que una virgen pudiese quedar encinta, y parir a un hijo y que el fruto de este parto fuese Dios con nosotros, que descendía a las profundidades de la tierra para buscar a la oveja que había perecido, que era la obra que él mismo había modelado, y que subía luego a las alturas para presentar y recomendar al Padre al hombre que había sido reencontrado, obrando en sí mismo las primicias de la resurrección del hombre. Porque, así como la cabeza resucitó de entre los muertos, así también todo el cuerpo restante, es decir, todo hombre que se encuentre en vida una vez cumplido el tiempo de su condena debida por la desobediencia, ha de resucitar...

Así pues, Dios ha sido magnánimo ante la derrota del hombre, preparando la victoria que tenía que conseguirse por el Verbo. Porque "al desplegarse el poder en la debilidad" (2 Cor 12:9), se manifestaba la benignidad de Dios y la gloria magnífica de su poder.

Dios toleró con paciencia que Jonás fuese engullido por el cetáceo, no para que fuese absorbido y destruido definitivamente, sino para que, una vez arrojado de nuevo, fuera más sumiso a Dios y diese mayor gloria a aquel que le había otorgado una salvación tan inesperada, induciendo a los ninivitas a una firme penitencia y convirtiéndolos al Señor que los había de librar de la muerte con el estupor que les causó aquel milagro de Jonás. Porque así dice de ellos la Escritura: "Todos se retractaron de sus malos caminos y de la injusticia de sus manos, diciendo: ¿Quién sabe si Dios se arrepentirá, y apartará de nosotros su ira y así no pereceremos?" De manera semejante, Dios toleró pacientemente en los comienzos que el hombre fuese engullido por aquel gran cetáceo que era el autor de la prevaricación, no para que fuese absorbido y pereciese definitivamente, sino estableciendo y preparando de antemano un medio de salvación que fue llevado a la práctica por el Verbo mediante el "signo de Jonás" (Lc 11:29-30), para aquellos que tienen con respecto al Señor los mismos sentimientos que Jonás, confesándolo con sus mismas palabras: "Siervo del Señor soy yo, y adoro al Dios Señor del cielo, que hizo el mar y la tierra" (Jon 1:9) De esta forma, el hombre, recibiendo de Dios una salvación inesperada, resucita de entre los muertos y glorifica a Dios y pronuncia las palabras proféticas de Jonás: "Grité al Señor mi Dios en mi tribulación, y me oyó desde el seno del infierno" (Jon 2:2) Así el hombre permanece para siempre glorificando a Dios, y le da gracias sin interrupción por la salvación que obtuvo de él, "a fin de que ninguna carne se gloríe delante del Señor" (1 Cor 1:29), ni admita jamás el hombre pensamiento alguno contra Dios, imaginando que su propia incorruptibilidad es algo natural suyo y engriéndose con vana soberbia pensando fuera de la verdad que es por su propia naturaleza semejante a Dios. Porque esto era lo que hacía al hombre particularmente ingrato para con aquel que lo había creado, velándole el amor que Dios tenía para con el hombre y cegando sus potencias para que no pudiera sentir de Dios como conviene: el compararse con Dios y juzgarse igual a él.27

Valor redentor de la pasión de Cristo.

Nuestro Señor Jesucristo sufrió una pasión extraordinariamente violenta; pero no sólo no tuvo él ningún peligro de sucumbir, sino que con su fuerza fortaleció al ser humano que había sucumbido y lo restableció a la incorruptibilidad... El Señor padeció para devolver el conocimiento a los que se habían separado del Padre, dándoles acceso a él... Dándonos el conocimiento del Padre nos dio la salvación... El fruto de su pasión fue la fortaleza y el vigor. Porque el Señor con su pasión "subiendo a las alturas se llevó consigo una hueste de cautivos y derramó sus dones sobre los hombres" (Sal 67:19; cf. Ef 4:8). A los que tienen fe en él les concedió que pudieran "andar sobre serpientes y escorpiones y sobre todo el poder de su enemigo" (Lc 10:19), es decir, del príncipe de la apostasía. Así, con su pasión, destruyó el Señor la muerte, disolvió el error, desterró la corrupción, aniquiló la ignorancia; y en cambio, nos manifestó la vida, nos mostró la verdad, nos hizo el don de la incorrupción... 28

Para destruir la desobediencia original del hombre en el árbol del paraíso, el Señor se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Flp 2:8). Así curaba la desobediencia que había tenido lugar en un árbol, con la obediencia que tenía lugar en otro árbol (el de la cruz)... Por aquello por lo que desobedecimos a Dios y no creímos su palabra, por ello mismo introdujo la obediencia y la sumisión a su palabra. Con ello muestra abiertamente que uno mismo es el Dios a quien ofendimos en el primer Adán al transgredir el mandato, y con quien nos reconciliamos en el segundo Adán por la obediencia hasta la muerte. Con nadie más teníamos deuda, sino con aquel cuyo precepto originariamente habíamos violado; y este es el creador, del cual si miramos su amor es Padre; si miramos su poder es Señor; si miramos su sabiduría es nuestro hacedor y modelador. Pero al violar su precepto, pasamos a ser enemigos suyos; y por esto, en estos últimos tiempos, el Señor, por medio de su encarnación, ha tenido que restituirnos su amistad, haciéndose "mediador entre Dios y los hombres" (1 Tim 2:5). Él hizo que el Padre, contra el cual habíamos pecado, nos fuera benévolo, pues con su obediencia le consoló de nuestra propia desobediencia, haciendo que nosotros tuviéramos familiaridad con nuestro creador y le obedeciéramos.29

La ley de la esclavitud, educación para la ley de la libertad.

La ley, estando impuesta a los esclavos, educaba al alma por medio de cosas exteriores y corporales, arrastrándola, como con una cadena, a someterse a los preceptos, a fin de que el hombre aprendiera así a obedecer a Dios. Pero el Verbo, liberando al alma, le enseñó también a purificar por ella al cuerpo de una manera voluntaria. Con esto, se hizo necesario que se quitaran las cadenas de la esclavitud a las que el hombre se había ya acostumbrado, y que siguiera a Dios sin cadenas; y al mismo tiempo tenían que extenderse los preceptos de la libertad y debía crecer la sumisión al Rey, a fin de que ninguno volviera atrás y se manifestara indigno de aquel que le liberó. Porque el respeto y la obediencia para con el padre de familia son iguales en los esclavos y en los libres; pero los libres tienen una mayor confianza, puesto que el servicio libre es mayor y más glorioso que la sumisión del esclavo.

Por esta razón, el Señor en vez de "no cometerás adulterio" nos mandó ni siquiera desearlo; (Mt 5:27-28) y en vez de "no matarás," ni siquiera encolerizarse (Mt 5:21); y en vez de pagar los diezmos, dar todos nuestros bienes a los pobres (cf. Mt 19:21); y amar no sólo a los prójimos, sino también a los enemigos (cf. Mt 5:43-44); y no sólo ser generosos y dispuestos a comunicar lo propio, sino aun dispuestos a regalar de grado a aquellos que nos roban, pues dice: "Al que te quita la túnica dale también el manto, y al que te quita tus bienes no se los reclames, y haced con los hombres lo que queréis que hagan con vosotros" (Mt 5:40; Lc 6:30-31). De suerte que no nos hemos de entristecer como hombres que no quieren ser timados contra su voluntad, sino que nos alegremos como quien regala de grado, más dispuestos a hacer un regalo al prójimo que a someternos a una necesidad. "Si uno, dice, te contrata para mil pasos, anda con él otros dos mil" (Mt 5:41) de suerte que no le sigas como un esclavo, sino que vayas delante de él como un hombre libre, mostrándote dispuesto y útil al prójimo en todo, sin considerar su malicia, sino atendiendo a perfeccionar tu propia bondad haciéndote semejante al Padre "que hace salir el sol sobre los malos y sobre los buenos, y hace llover sobre los justos y los injustos" (Mt 5:45) Todo esto, como decíamos, no destruía la ley, sino que la cumplía y la ampliaba entre nosotros. Es como si uno dijera que el servicio del hombre libre es mayor, y que se ha arraigado en nosotros una sumisión y un efecto más plenos para con nuestro liberador, ya que no nos ha liberado para que nos apartemos de él — pues nadie puede por sí mismo conseguir los alimentos buenos de la salvación estableciéndose por su cuenta fuera de los bienes del Señor — sino para que, habiendo recibido de él un favor más grande, le amemos más. Pues cuanto mayor fuere nuestro amor para con él, tanto recibiremos de él una gloria mayor cuando estemos para siempre en la presencia del Padre.

Así, pues, todos los preceptos naturales nos afectan por igual a nosotros y a los judíos: en éstos tuvieron comienzo y origen, mientras que en nosotros han llegado a su madurez y a su cumplimiento. En efecto, obedecer a Dios, y seguir a su Verbo, y amarle sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo — siendo cualquier hombre prójimo de cualquier otro —, y abstenerse de toda mala acción, y otras cosas semejantes, son comunes a unos y a otros, y muestran que uno y el mismo es el Señor de todos. Éste es nuestro Señor, el Verbo de Dios, quien primero indujo a los esclavos a servir a Dios, y luego liberó a los que se sometieron a él, como dice a los discípulos: "Ya no os llamo esclavos, pues el esclavo no sabe lo que hace su Señor; a vosotros os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído del Padre" (Jn 15:15). Al decir "ya no os llamo esclavos" muestra clarísimamente que él era el que en un principio había establecido por la ley aquella esclavitud de los hombres para con Dios; pero luego les concedió la libertad. Y al decir "pues el esclavo no sabe lo que hace su Señor," muestra la ignorancia servil de aquel pueblo en su venida. Y al llamar amigos de Dios a sus discípulos, muestra claramente que él es el Verbo de Dios, al cual Abraham había obedecido voluntariamente y sin cadenas con su fe generosa, consiguiendo con ello hacerse "amigo de Dios" (Sant 2:23).30

Gratuidad de la vocación y necesidad de las buenas obras.

El Señor nos manifestó que, además de la vocación, convenía que nos adornásemos con obras de justicia, a fin de que el Espíritu de Dios encuentre descanso en nosotros. Porque esto significa el vestido nupcial, del que dice el Apóstol: "No queremos ser despojados, sino vestidos, para que lo mortal sea absorbido por la inmortalidad" (2 Cor 5:4). Porque aun aquellos que han sido ciertamente llamados a la cena de Dios, si por su mala vida no dieron acogida al Espíritu Santo, serán arrojados, dice, a las tinieblas exteriores (Mt 22:13). Con esto muestra claramente que el mismo rey que llamó a sus fieles de todas partes a las bodas de su Hijo y les dio el banquete de la incorruptibilidad, manda que sea arrojado a las tinieblas exteriores aquel que no tiene el vestido nupcial, es decir, el insolente. Así como en el Antiguo Testamento "muchos de ellos no le agradaron" (1 Cor 10:5), así también en éste "muchos son llamados, pero pocos escogidos" (Mt 22:14). Así pues, no es uno el Dios que juzga, y otro el Padre que llama a la salvación; ni es uno el que da la luz eterna y otro el que manda arrojar a las tinieblas exteriores a los que no tienen el vestido nupcial, sino que uno e idéntico es el Padre de nuestro Señor, por quien fueron enviados los profetas. Él es quien llama a los indignos por su inmensa benignidad, y él es el que examina si los llamados tienen el vestido apropiado y conveniente para las nupcias de su Hijo, ya que no puede agradarse en nada inconveniente y malo... Porque el que es bueno y justo y puro y sin mancha, no puede tolerar en su tálamo nupcial nada malo, injusto o abominable. Éste es el Padre, de nuestro Señor, por cuya providencia todas las cosas existen, y por cuyo mandato todas son administradas. Él da sus dones gratuitamente a quien conviene, pero justísimamente da su merecido a los ingratos y a los que son insensibles a su benignidad, siendo remunerador justísimo...31

Los que somos hijos de Dios por naturaleza, hemos de serlo también por obediencia.

La denominación de hijo puede entenderse de dos maneras: del hijo natural, realmente engendrado como hijo, y del que eventualmente es constituido como hijo, al ser reconocido como tal. En realidad hay diferencia entre el hijo natural y el reconocido. El primero es simplemente el nacido de otro, pero el segundo es el constituido hijo por otro, del que recibe una determinada condición o un magisterio doctrinal, ya que el que es enseñado por la palabra de otro es llamado hijo de su maestro, y éste, a su vez, es llamado su padre. Así pues, según la condición natural, podemos decir que todos somos hijos de Dios, ya que todos hemos sido creados por él. Pero según la obediencia y la enseñanza seguida, no todos son hijos de Dios, sino sólo los que se confían a él y hacen su voluntad. Los que no se le confían ni hacen su voluntad son hijos del diablo, puesto que hacen las obras del diablo. Que esto sea así se declara en Isaías: "Engendré hijos y los crié: pero ellos me despreciaron" (Is 1:2) Y en otro lugar los llama hijos extraños: "Los hijos extraños me han defraudado" (Sal 17:46) Éstos son hijos naturales por cuanto han sido creados por él: pero no son hijos según sus obras. Porque así como entre los hombres los hijos repudiados que se han revelado contra sus padres, aunque sean realmente sus hijos naturales son considerados por la ley como extraños y no heredan de sus padres naturales, así también en lo que se refiere a Dios: los que no le obedecen son repudiados por él y dejan de ser sus hijos, sin que puedan recibir su herencia.

Realidad de la encarnación, según el designio de Dios.

El Verbo, hijo único de Dios, que está siempre presente en el género humano, se unió a la obra de su creación impregnándola toda según el beneplácito del Padre y haciéndose carne. Éste es Jesucristo, nuestro Señor, el mismo que padeció por nosotros" y resucitó por nosotros, y que vendrá de nuevo con la gloria del Padre para resucitar a toda carne y para hacer patente la salvación y mostrar la norma del justo juicio en todo el universo a él sometido. Así pues, uno es Dios Padre, como hemos mostrado; y uno es Jesucristo, nuestro Señor, que viene a través de toda la acción divina y recapitula en sí mismo todas las cosas (cf. Ef 1:10). Entre "todas las cosas" queda también comprendido el hombre, que ha sido modelado por Dios. Y así también recapitula al hombre en sí mismo, y de invisible se hace visible, de inasequible se hace asequible, de impasible se hace pasible; de Verbo se hace hombre, recapitulando en sí mismo todas las cosas, de suerte que así como el Verbo de Dios es cabeza del mundo supraceleste e invisible y espiritual, así también tenga el principado en el mundo de lo visible y de lo corporal, asumiendo en sí mismo la primacía y constituyéndose a sí mismo en cabeza de la Iglesia, atrayendo a sí todas las cosas en el tiempo conveniente (cf. Col 1:18; Ef 1:22; Jn 12:32).32a

En él no hay nada fuera de orden o intempestivo, así como en su Padre tampoco hay nada incoherente. Todas las cosas han sido conocidas de antemano por el Padre, y son llevadas a cabo por el Hijo cuando sea conveniente y según su orden en el tiempo oportuno.

Por esta razón, cuando María quería acelerar aquel maravilloso milagro del vino, queriendo tener parte antes de tiempo en aquel cáliz que todo lo compendia, el Señor rechaza su intempestiva premura diciendo: "Mujer, ¿qué nos importa a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora" (Jn 2:4). Es que esperaba aquella hora que era conocida de antemano por el Padre. Por esta razón también, cuando en muchas ocasiones los hombres querían prenderle, se dice: "Nadie puso las manos en él: porque no había llegado su hora" (Jn 7:30); es decir la hora de su prendimiento y el tiempo de su pasión, que era conocido de antemano por el Padre, como dice el profeta Habacuc: "Es cuando se acerquen los años cuando serás conocido, y te mostrarás cuando llegue su tiempo; cuando mi alma se encuentre turbada por tu ira, entonces te acordarás de tu misericordia" (Hab 3:2). Y asimismo dice Pablo: "Cuando vino la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo" (Gal 4:4). Esto manifiesta que todo lo que el Padre había conocido de antemano, lo llevó a cabo nuestro Señor en el orden, el tiempo y la hora previstos y convenientes, siendo él uno e inmutable, pero a la vez rico y múltiple. Porque él sirve a la rica y múltiple voluntad del Padre, siendo Salvador de los que se salvan, Señor de los que le están sometidos, Dios de todo lo creado, Hijo único del Padre, Cristo que había sido anunciado y Verbo de Dios hecho carne cuando, al llegar la plenitud de los tiempos, fue preciso que el hijo de Dios se convirtiera en Hijo del hombre.33

La formación de Adán y la formación de Cristo.

Así como la sustancia del primer hombre, Adán, fue tomada de la tierra intacta y todavía virgen — pues todavía Dios no había hecho llover, ni el hombre había trabajado la tierra (Gen 2:5) — y fue modelado por la mano de Dios, es decir, por el Verbo de Dios, "por el cual han sido hechas todas las cosas," de suerte que el Señor "tomó limo de la tierra y modeló al hombre" (Gen 2:7) así el Verbo, al recapitular en sí mismo al mismo Adán tomó sustancia de María, siendo ésta todavía virgen, con una generación que reproduce debidamente la de Adán. Efectivamente, si el primer Adán hubiese tenido por padre a un hombre y hubiese nacido de semen de varón, podrían decir con razón que el segundo Adán había sido engendrado por José. Pero si el primer Adán fue tomado de la tierra y modelado por el Verbo de Dios, era congruente que el mismo Verbo, al obrar en sí mismo una recapitulación de Adán, tuviera una generación semejante a la de éste. Ahora bien, ¿por qué no tomó Dios por segunda vez el limo de la tierra, sino que modeló su nueva obra tomando sustancia de María? A fin de que su obra no fuese "otra," y así fuese "otra" la obra que se salvase, sino que fuese la misma obra la que se reasumiese, guardándose la semejanza.

Andan errados, por tanto, los que dicen que Cristo no tomó nada de la Virgen: queriendo rechazar la herencia de la carne, rechazan también la afinidad. Porque si aquél fue modelado y recibió su existencia de la tierra por obra de la mano artista de Dios, y en cambio éste ya no por obra de esta mano artista, ya no se guarda la semejanza de éste con aquel hombre.3

Eva y María.

Como fin de aquella seducción con la que Eva, desposada ya con su marido, fue perversamente seducida, la virgen María recibió maravillosamente del ángel su anuncio según la verdad, estando ya bajo el dominio de su marido. Porque así como Eva fue seducida por las palabras de un ángel para escapar al dominio de Dios y despreciar su palabra, así María recibió el anuncio de las palabras de un ángel a fin de que llevara a Dios haciéndose obediente a su palabra. Y si aquélla desobedeció a Dios, ésta aceptó obedecer a Dios, a fin de que la virgen María se convirtiera en abogada de la virgen Eva. Y así como el género humano fue sometido a la muerte por obra de aquella virgen, así recibe la salvación por obra de esta Virgen. En el plato equilibrado de la balanza están la desobediencia de una virgen y la obediencia de otra Virgen. El pecado del primer padre queda borrado con el castigo del primogénito, y la astucia de la serpiente con la simplicidad de la paloma, quedando rotas aquellas cadenas con las que estábamos atados a la muerte.35

17. Adv. Haer. 11, 28, 6; 18. Ibid. III, 8, 2-3; 19. Ibíd. IV, 6, 3; 20. Ibid. IV, 20, 4ss; 21. Ibid. V, 1-1; 22. Ibid. V, 21:1-2; 23. Ibid. III, 18, 6ss; 24. Ibid. III, 18, 1; 25. Ibíd. IV, 22:1, 24:2; 26. Ibid. IV, 26:1; 27. Ibid. III, 19, 3ss; 28. Ibid. II, 20:1; 29. Ibid. V, 16:2; 30. Ibid. IV, 13:2ss; 31. Ibid. IV, 36, 6ss; 32. Ibid. IV, 41:2; 32a. Ibíd. III, 16:6; 33. Ibid. III, 16, 6ss;

34. Ibíd. III, 21:10;

 

IV. El Espíritu Santo.

Los apóstoles dijeron la verdad, a saber que "el Espíritu Santo en forma de paloma descendió sobre él" (Mt 3:16), el mismo Espíritu del que dijo Isaías: "Y descansará sobre él el Espíritu de Dios" (Is 11:2) así como: "El Espíritu del Señor sobre mí: por esto me ha ungido" (Is 61:1). De este Espíritu dice el Señor: "No sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre es el que habla en vosotros" (Mt 10:20). Y asimismo, al dar a sus discípulos el poder de regenerar para Dios les decía: "Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo." Este Espíritu es el que por los profetas prometió "que se derramaría en los tiempos postreros sobre los siervos y las siervas para que profeticen" (Jl 3:1-2) y por esto bajó sobre el Hijo de Dios, hecho Hijo del hombre, y así con él se acostumbró a habitar en el género humano y a descansar entre los hombres y a vivir en la obra modelada por Dios, haciendo operativa en ellos la voluntad del Padre y renovándolos de su, vetustez en la novedad de Cristo.

Este Espíritu es el que pide David para el género humano cuando dice: "Fortaléceme con tu Espíritu rector" (Sal 50:13) El mismo Espíritu es el que Lucas dice que descendió sobre los discípulos después de la ascensión del Señor el día de Pentecostés, con poder para que todas las naciones entraran en la Vida y para abrir el Nuevo Testamento. Y por esto en todas las lenguas los discípulos entonaban a una un himno a Dios, siendo el Espíritu el que reducía a unidad las razas disgregadas y el que ofrecía al Padre las primicias de todas las naciones.

Por esta razón el Señor prometió que enviaría al Paráclito que nos hiciese conformes con Dios. Porque así como el trigo seco no se puede hacer una masa compacta ni un único pan si no es con el agua, así también nosotros, que somos muchos, no podíamos hacernos uno en Cristo Jesús sin esta Agua que viene del cielo. Y así como la tierra árida, si no recibe el agua no produce fruto, así nosotros que éramos anteriormente "un leño seco" (Lc 23:31) nunca hubiéramos llevado fruto a no ser por esta lluvia que se nos da libremente de lo alto.

Porque nuestros cuerpos por aquel baño (del bautismo) adquirieron aquella unidad que los hace incorruptibles; pero las almas la han recibido por el Espíritu. Por esto nos son necesarios uno y otro, ya que uno y otro procuran la vida de Dios.

El Señor se compadeció de aquella samaritana pecadora, que no fue fiel a su único marido, sino que fue adúltera de muchas uniones: y le mostró y prometió el agua viva, para que ya no tuviera más sed, ni anduviera ocupada sacando laboriosamente el agua, sino que tuviera dentro de sí una fuente que brotara hasta la vida eterna. Éste es el don que el Señor recibió del Padre, y él a su vez lo entregó gratuitamente a los que participan de él, enviando por toda la tierra el Espíritu Santo.

Previendo el regalo de este don, Gedeón, el israelita a quien Dios escogió para salvar al pueblo de Israel del poder de los extranjeros, cambió su petición: sobre el vellón de lana — figura del pueblo de Israel — en la cual se había posado al principio el rocío, profetizó la sequía que había de venir, es decir, que este pueblo ya no recibiría de Dios el Espíritu Santo, como dice Isaías: "Mandaré a las nubes que no lluevan sobre aquella tierra" (Is 5:6). En cambio sobre todo el mundo se posará el rocío que es el Espíritu de Dios, el cual se posó sobre el Señor. "Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de ciencia y de piedad. Espíritu de temor de Dios" (Is 11:2-3). Éste es el Espíritu que a su vez dio el Señor a la Iglesia, enviando desde el cielo el Paráclito a todo el mundo, del que el diablo, dice el Señor, ha sido arrojado como un rayo. (Lc 10:18). Por esto nos es necesario este rocío de Dios, para que no nos quememos ni nos hagamos estériles, de suerte que allí donde tenemos un acusador, allí tengamos un Paráclito defensor.36

El espíritu vence la debilidad de la carne.

Según el testimonio del Señor, el espíritu está pronto, pero la carne es débil (cf. Mt 26:41). El Espíritu es capaz de llevar a término cualquier cosa que se presente. Ahora bien, si este vigor del Espíritu se combina como una especie de estímulo con la debilidad de la carne, necesariamente lo que es más fuerte dominará sobre lo más débil, y la debilidad de la carne será absorbida por el vigor del Espíritu. El que esté en esta condición, ya no será carnal, sino espiritual, por razón de la comunión con el Espíritu. De esta suerte dan los mártires su testimonio y desprecian la muerte: ello se debe, no a la debilidad de la carne, sino al vigor del Espíritu. La debilidad de la carne, al ser superada, muestra la fuerza del Espíritu; y recíprocamente, el Espíritu, al dominar la debilidad, se apropia la carne como cosa suya. De ambos elementos se constituye el "hombre viviente": viviente por la participación del Espíritu, y hombre por la condición de la carne. Por consiguiente, sin el Espíritu de Dios, la carne es cosa muerta y sin vida, y no puede poseer el reino de Dios... Pero dondequiera que está el Espíritu del Padre, allí hay un hombre viviente... y la carne, poseída por el Espíritu, se olvida de sí y asume las propiedades del Espíritu configurándose según la forma del Verbo de Dios. Por esto dice el Apóstol: "Puesto que hemos llevado la imagen de aquel que es terreno, llevemos también la imagen del que es celestial" (1 Cor 15:49). Ahora bien, ¿qué es lo terreno? El cuerpo, ¿Qué es lo celestial? El Espíritu. Así pues, dice, ya que en otro tiempo, privados del Espíritu celestial hemos vivido a la manera antigua de la carne, desobedeciendo a Dios, ahora, acogiendo al Espíritu hemos de vivir con una vida nueva, obedeciendo a Dios. Y porque no podemos salvarnos sin el Espíritu de Dios, el Apóstol nos exhorta a que mediante la fe y una vida casta conservemos el Espíritu de Dios. Si no participamos del Espíritu Santo, no tendremos parte en el reino de los cielos. Por esto clamaba que la carne y la sangre por sí mismas no pueden entrar en la herencia del reino de Dios. Porque, si hay que hablar con verdad, la carne no hereda, sino que es heredada, según la palabra del Señor: "Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra": (Mt 5:5) la tierra, de la que está formada la sustancia de nuestra carne, es lo que se nos dará en herencia en el Reino.37

Ahora tenemos el Espíritu de una manera parcial, pero lo tendremos en plenitud.

Por ahora hemos recibido el Espíritu de una manera parcial, que ha de ser completada y que nos prepara para la incorruptibilidad acostumbrándonos gradualmente a recibir y tener con nosotros a Dios. El Apóstol dijo que era una "prenda," es decir, una parte de aquella gloria que el Señor nos ha prometido, escribiendo en la epístola a los Efesios: "En él estáis vosotros, los que habéis prestado oído a la palabra de la verdad, al Evangelio de vuestra salvación: al creer en él, habéis sido sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es prenda de nuestra herencia" (Ef 1:13). Así pues, esta "prenda" al permanecer en nosotros nos ha hecho ya "espiritualmente," haciendo que lo mortal quede absorbido por la inmortalidad. Porque, dice el Apóstol: "No vivís en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros" (Rom 8:9; cf. 2 Cor. 5:4). Esto tiene lugar, no arrojando la carne, sino pasando a tener comunión con el Espíritu. Porque aquellos a quienes escribía no vivían fuera de la carne, pero habían recibido el Espíritu de Dios, por el que clamamos Abba, Padre. Ahora bien, si ahora, que solo tenemos la "prenda," podemos clamar Abba, Padre, ¿qué será cuando resucitemos y le veamos cara a cara, cuando todos los miembros acudan en masa a cantar aquel himno de exultación glorificando al que los resucitó de los muertos y les regaló la vida eterna? Porque, si cuando el hombre no tiene más que una prenda del Espíritu en sí mismo, ya le hace exclamar Abba, Padre, ¿qué no hará la totalidad del don del Espíritu que Dios dará a los hombres? Nos hará semejantes a él y perfectos según la voluntad del Padre, ya que hará al hombre "a imagen y semejanza de Dios." Así pues, a los que tienen la prenda del Espíritu y no son esclavos de las concupiscencias de la carne, sino que se someten al Espíritu, viviendo según es razón, el Apóstol los llama con razón espirituales, ya que el Espíritu de Dios habita en ellos. Pero los espíritus incorpóreos no podrían llamarse hombres espirituales: es nuestra propia naturaleza, esto es, la unión del alma y de la carne que recibe al Espíritu de Dios, la que constituye el "hombre espiritual." En cambio, a los que rechazan las amonestaciones del Espíritu y sirven a los placeres de la carne viviendo irracionalmente y abandonándose sin freno a sus propios deseos, al no estar bajo ninguna inspiración del Espíritu divino y vivir como puercos o perros, el Apóstol los llama carnales, pues no sienten más que lo de la carne.88

La gracia del Espíritu es como un injerto de nueva vida.

No rechacemos el injerto del Espíritu por dar gusto a la carne. Dice el Apóstol: "Tú eras olivo silvestre: pero te han injertado de olivo bueno y te has hecho igual que el tronco de savia del olivo" (Rom 11:17). Si después del injerto el olivo silvestre sigue siendo tan silvestre como antes, "será cortado y arrojado al fuego" (Mt 7:19), pero si aguanta el injerto y se transforma en un olivo bueno, será fructífero y digno de ser plantado en el jardín del rey. Así sucede con los hombres: si progresan en la fe, dando acogida al Espíritu de Dios y produciendo los frutos correspondientes, serán hombres espirituales, dignos de ser plantados en el jardín de Dios, Por el contrario, si resisten al Espíritu y permanecen en lo que inicialmente eran, con voluntad de seguir siendo carne y no espíritu con razón se dirá acerca de ellos que "la carne y la sangre no poseerán el reino de Dios" (1 Cor 15:50), que es lo mismo que decir que el olivo silvestre no será trasplantado en el jardín de Dios. Realmente es maravillosa la manera cómo el Apóstol explica nuestra naturaleza y el designio de conjunto de Dios por medio de estas expresiones de la carne y sangre y del olivo silvestre.39

Por la inserción del Espíritu, el hombre puede dar frutos agradables a Dios.

El olivo, si no se cuida y se abandona a que fructifique espontáneamente, se convierte en acebuche u olivo silvestre; por el contrario, si se cuida al acebuche y se le injerta, vuelve a su primitiva naturaleza fructífera. Así sucede también con los hombres: cuando se abandonan y dan como fruto silvestre lo que su carne les apetece, se convierten en estériles por naturaleza en lo que se refiere a frutos de justicia. Porque mientras los hombres duermen, el enemigo siembra la semilla de cizaña: por esto mandaba el Señor a sus discípulos que anduvieran vigilantes. Al contrario los hombres estériles en frutos de justicia y como ahogados entre espinos, si se cuidan diligentemente y reciben a modo de injerto la palabra de Dios, recobran la naturaleza original del hombre, hecha a imagen y semejanza de Dios. Ahora bien, el acebuche cuando es injertado no pierde su condición de árbol, pero sí cambia la calidad de su fruto, recibiendo un nombre nuevo y llamándose, no ya acebuche, sino olivo fructífero: de la misma manera el hombre que recibe el injerto de la fe y acoge al Espíritu de Dios, no pierde su condición carnal, pero cambia la calidad del fruto de sus obras y recibe un nombre nuevo que expresa su cambio en mejor, llamándose, ya no carne y sangre, sino hombre espiritual. Más aún, así como el acebuche, si no es injertado, siendo silvestre es inútil para su señor, y es arrancado como árbol inútil y arrojado al fuego, así el hombre que no acoge con la fe el injerto del Espíritu, sigue siendo lo que antes era, es decir, carne y sangre, y no puede recibir en herencia el reino de Dios. Con razón dice el Apóstol: "La carne y la sangre no pueden poseer el reino de Dios" (1 Cor 15:50); y "los que viven en la carne no pueden agradar a Dios" (Rom 8:8): no es que haya que rechazar la sustancia de la carne, pero hay que atraer sobre ella efusión del Espíritu...40

La invocación trinitaria en el bautismo.

Nuestro nuevo nacimiento, el bautismo, se hace con estos tres artículos, y nos otorga el nuevo nacimiento en Dios Padre, por medio de su Hijo en el Espíritu Santo. Porque los que llevan el Espíritu de Dios son conducidos al Verbo, es decir, al Hijo; el Hijo los presenta al Padre, y el Padre les confiere la incorruptibilidad. Así pues, sin el Espíritu no es posible ver al Hijo de Dios, y sin el Hijo nadie tiene acceso al Padre, ya que el conocimiento del Padre es el Hijo, y el conocimiento del Hijo de Dios se obtiene por medio del Espíritu Santo. En lo que se refiere al Espíritu, según el beneplácito del Padre lo dispensa el Hijo, como ministro, a quien el Padre quiere y como el Padre quiere.41

35. Ibid. V, 19:1; 36. Adv. Haer. III, 17, Iss; 37. Ibid. V, 9:2; 38. Ibid. V, 8:1; 39. Ibid. V, 9:5; 40. Ibíd. V, 10:1; 41.ireneo: Demonstratio: 7; 42. Adv. Haer. V, 16:1; 42. Adv. Haer. V, 16:1;

 

V. El hombre, objeto de la salvación de Dios.

Cómo el Verbo de Dios formó al hombre de la tierra y lo redimió.

Adán fue modelado de esta misma tierra que nosotros conocemos, pues dice la Escritura que dijo Dios: "Con el sudor de tu rostro comerás tu pan, hasta que te conviertas en la tierra de que fuiste tomado" (Gen 3:19) Por tanto, si después de la muerte nuestros cuerpos se convirtieran en tierra de algún otro género, se seguiría que no habrían sido hechos de ella; pero si se convierten en la tierra que conocemos, está claro que de ella fueron modelados. Lo cual puso de manifiesto el Señor al modelar con ella los ojos del ciego (cf. Jn 9:7). Y verdaderamente, está claro que por la mano de Dios, por la que fue modelado Adán, hemos sido también modelados nosotros. Porque Uno e Idéntico es el Padre, cuya voz desde el comienzo hasta el fin está presente en la obra de sus manos, y la sustancia de que fuimos modelados la muestra claramente el Evangelio. Ya no hemos de buscar otro Padre fuera de éste; ni otra sustancia de la que habríamos sido hechos, fuera de la que el Señor nos anunció y manifestó; ni otra mano de Dios fuera de ésta que desde el comienzo hasta el fin nos va formando, y nos dispone para la vida, y está presente en su obra y la va perfeccionando a imagen y semejanza de Dios. Entonces se manifestó este Verbo, cuando el Verbo de Dios se hizo hombre, asemejándose él al hombre y asemejando el hombre a sí, a fin de que por la semejanza con el Hijo el Hombre pasara a ser estimado del Padre. Porque en los tiempos pasados se decía que el hombre había sido hecho a imagen de Dios, pero no se podía comprobar, porque el Verbo era todavía invisible, y era a imagen de él que el hombre había sido hecho. Ésta fue la razón por la que fácilmente perdió aquella semejanza. Pero, cuando el Verbo de Dios se hizo carne, aseguró las dos cosas: mostró, por una parte, que se trataba de una imagen auténtica haciéndose él mismo lo que era su imagen; y por otra restauró y consolidó la semejanza, haciendo al hombre semejante al Padre invisible, por medio del Verbo visible.42

Dios hizo al hombre capaz de una perfección siempre mayor.

Dios modeló al hombre con sus propias manos para que fuera creciendo y madurando, como dice la Escritura: "Creced y multiplicaos" (Gen 1:28) Precisamente en esto está la distinción entre Dios y el hombre, en que Dios es el que hace, mientras que el hombre es el que se va haciendo. Y, naturalmente, el que hace es siempre el mismo, pero el que se va haciendo debe tener un comienzo, y un estadio intermedio, y una adición y un incremento. Dios hace el beneficio al hombre, y el hombre lo recibe. Dios es perfecto en todo, igual y semejante a sí mismo, siendo todo luz, todo inteligencia, todo sustancia, y fuente de todos los bienes; el hombre, en cambio, va progresando y creciendo hacia Dios. Y así como Dios es siempre el mismo, así el hombre, que va al encuentro de Dios irá progresando constantemente hacia Dios. Porque Dios no cesa jamás de comunicar sus dones y sus riquezas al hombre, así como el hombre no cesa jamás de recibir beneficios y de enriquecerse con Dios. Porque el hombre que es agradecido al que le hizo es a la vez receptor de su bondad e instrumento de su glorificación (exceptorium bonitatis et organum clarificafionis); por el contrario, el hombre ingrato que desprecia a su creador no queriéndose someter a su palabra, será receptor de su justo juicio. Él ha prometido dar siempre más a los que dan fruto, y ha prometido confiar el tesoro del Señor a los que ya tienen, diciendo: "Muy bien, siervo bueno y fiel, porque fuiste fiel en lo poco voy a confiarte lo mucho: entra en el gozo de tu Señor" (Mt 25:21)... Y así como tiene prometido que a los que ahora den fruto les ha de dar todavía más haciendo mayor su don — aunque no un don totalmente distinto del que ya conocen, pues sigue siendo el mismo Señor y el mismo Padre el que se les irá rendando — así también con su venida uno y el mismo Señor dio a los hombres de los últimos tiempos un don de gracia mayor que el que se había dado en el Antiguo Testamento. Porque entonces los hombres oían decir a los servidores que vendría el Rey, y ello les producía un cierto gozo limitado, estando a la espera de su venida. Pero los que lograron verlo presente y alcanzaron la libertad y llegaron a la misma posesión del don, tienen una gracia mayor y un gozo más pleno, pues disfrutan ya de la misma venida del Rey...43

La creación del hombre.

Por lo que se refiere al hombre, lo modeló Dios con sus propias manos, tomando de lo más fino y puro que hay en la tierra y mezclando proporcionalmente su propio poder con la tierra. Sobre la carne modelada delineó luego su propia forma, de suerte que lo visible mismo tuviera una forma divina, ya que el hombre fue puesto en la tierra precisamente como imagen de Dios. Y para que pasara a ser viviente, Dios sopló sobre su rostro un soplo de vida, de suerte que tanto por lo que se refiere al soplo, como por lo que se refiere a la carne modelada el hombre fuera semejante a Dios. Porque, en efecto, era libre, y señor de sí, habiendo sido hecho por Dios para tener autoridad sobre todos los seres que hubiera sobre la tierra. El gran universo creado, que había sido preparado por Dios antes de que modelara al hombre, fue dado al hombre como lugar de su residencia... Y en este dominio trabajaban también los servidores del Dios que había hecho todas las cosas, y este lugar había sido puesto al cuidado de un jefe o lugarteniente, que había sido puesto al frente de los demás servidores. Estos servidores eran los ángeles, y el jefe o lugarteniente, el arcángel.

Ahora bien, habiendo hecho Dios secretamente al hombre señor de la tierra y de todo lo que en ella hay, lo hizo también señor de sus servidores que se encontraban en ella. Pero éstos estaban ya en su edad de pleno desarrollo, mientras que el señor, es decir, el hombre, era muy pequeño, pues era todavía niño, y debía desarrollarse hasta llegar a la edad adulta. A fin de que el hombre creciese y se desarrollase a gusto, le fue preparado un lugar mejor que este mundo, pues lo aventajaba en el aire, la belleza, la luz, los alimentos, las plantas, los frutos, las aguas y todas las demás cosas necesarias para la vida. Su nombre era Paraíso. Y a tal extremo era bello y bueno este paraíso, que el Verbo de Dios iba siempre a pasear por él, y conversaba con el hombre, prefigurando el futuro, a saber, que compartiría la morada del hombre y conversaría con él, estando con los hombres para enseñarles la justicia. Pero el hombre era todavía un niño, y no tenía juicio maduro, y por esta razón le fue fácil al seductor engañarle.44

Inocencia y caída del hombre.

Adán y Eva estaban desnudos, y no sentían vergüenza de ello, pues tenían una mente inocente y como de niño pequeño, y no podían representarse el espíritu ni pensar ninguna de las cosas que, bajo el dominio del mal, nacen en el alma a través de deseos voluptuosos y placeres vergonzosos. Estaban entonces en un estado de integridad, conservando su naturaleza en buen estado, pues el soplo que había sido infundido en su carne modelada era un soplo de vida. Ahora bien, mientras este soplo permanece intacto y con toda su virtud, el alma ni piensa ni imagina cosas innobles, y por esta razón no tenían vergüenza alguna de besarse y de abrazarse castamente, como niños.

Mas, a fin de que el hombre no tuviera pensamientos de soberbia y cayera en orgullo, como si por la autoridad que le había sido concedida y por su libertad de trato con Dios ya no tuviera Señor alguno, y a fin de que no cayese en el error de ir más allá de sus propios límites y de que al complacerse en sí mismo no concibiera pensamientos de orgullo contra Dios, le fue dada por Dios una ley por la que reconociera que tenía como Señor al que era Señor de todas las cosas. Y Dios le impuso ciertos límites, de suerte que si observaba el mandato divino permanecería como era entonces, es decir, inmortal; pero si no lo observaba, se convertiría en mortal y se disolvería en la tierra de la que había sido tomada su carne al ser modelada... Pero el hombre no observó este mandato, sino que desobedeció a Dios. Fue el ángel quien le hizo perder el sentido, a causa de los celos y la envidia que sentía con respecto al hombre, por los múltiples dones que Dios le había otorgado: así provocó su propia ruina, e hizo del hombre un pecador, induciéndole a desobedecer el mandato de Dios. El ángel, habiéndose convertido por una mentira en caudillo y originador del pecado, fue él mismo expulsado por haberse enfrentado con Dios, e hizo que el hombre fuera arrojado fuera del Paraíso... Y Dios maldijo a la serpiente, que había encubierto al rebelde, con una maldición que recaía sobre el mismo animal y sobre el ángel que se había escondido en él, Satán. En cuanto al hombre, lo arrojó de su presencia y cambió su morada, haciéndole habitar junto a un camino, cerca del Paraíso, ya que el mismo Paraíso no podía admitir al pecador. Ya fuera del Paraíso, Adán y Eva cayeron en muchos infortunios, y pasaron su vida en este mundo entre tristezas, trabajos y lamentos; el hombre trabajaba la tierra bajo los rayos del sol, y ésta producía espinas y cardos, en castigo de pecado.45

El hombre es verdaderamente libre.

"Cuántas veces quise recoger a tus hijos, y tú no quisiste" (Mt 23:37) Con estas palabras el Señor declara el antiguo principio de la libertad del hombre. Dios lo hizo libre desde un principio, y así como le dio la vida le dio también el dominio sobre sus actos, para que voluntariamente se adhiriera a la voluntad de Dios, y no por coacción del mismo Dios. Porque Dios no hace violencia, aunque su voluntad es siempre buena para el hombre, y tiene, por tanto, un designio bueno para cada uno. Sin embargo, dejó al hombre la libertad de elección, lo mismo que a los ángeles, que son también seres racionales. De esta suerte, los que obedeciesen justamente alcanzarían el bien, el cual, aunque es regalo de Dios, ellos tendrían en su mano el retenerlo. Por el contrario, los que no obedeciesen justamente serían privados del bien y recibirían la pena merecida, ya que Dios les dio el bien con benignidad, pero ellos no fueron capaces de guardarlo diligentemente, ni lo estimaron en su valor, sino que despreciaron su extraordinaria bondad... Si por naturaleza unos hubiesen sido hechos buenos y otros malos, ni aquellos serían dignos de alabanza por su bondad, que sería un don de la naturaleza, ni éstos vituperables, pues habrían sido creados malos. Pero todos son iguales por naturaleza, y pueden aceptar el bien y negociar con él, o bien perderlo y no negociar con él. Por esta razón entre los hombres bien organizados, y mucho más delante de Dios, los primeros reciben la alabanza y la buena fama de haber elegido el bien y haber perseverado en él, mientras que los otros son acusados y reciben el castigo merecido, por haber rechazado el bien y la justicia... Si no estuviese en nuestra mano hacer una cosa o dejarla de hacer, ¿con qué razón el Apóstol y, lo que es más, el mismo Señor, nos exhortarían a hacer ciertas cosas y a abstenernos de otras? Pero, teniendo el hombre desde su origen capacidad de libre decisión, y teniendo Dios, a cuya semejanza ha sido hecho el hombre, igualmente libre decisión, el hombre es siempre exhortado a adherirse al bien que se obtiene sometiéndose a Dios. Y no sólo en sus acciones, sino también en lo que se refiere a la fe quiso Dios preservar la libertad del hombre y la autonomía de su decisión, pues dice: "Hágase según tu fe" (Mt 9:29) mostrando que la fe es algo propio del hombre, ya que tiene poder de decisión propia. Y dice en otra ocasión: "Todo es posible al que cree" (Me 9:23) y en otra: "Vete, y cúmplase según creíste" (Mt 8:13). Semejantes expresiones muestran que la fe está en la libre decisión del hombre. Por esto, "el que cree en él, tiene vida eterna" (Jn 3:36).46

Cristo juzgará los frutos de la libertad del hombre.

Toda la apariencia de este mundo ha de pasar cuando llegue su tiempo, para que el fruto se recoja en el granero, y las pajas se abandonen al fuego. "Porque el día del Señor está encendido como un horno, y todos los pecadores que obran injusticias serán como cañas, y el día que está inminente los abrasará" (Mal 4:1) ¿Quién es este Señor que hará venir tal día? Juan el bautista lo indica, cuando dice de Cristo: "Él os bautizará con el Espíritu Santo y el fuego; él tiene la pala en su mano para limpiar su era, y recogerá el fruto en el granero, mientras que la paja la quemará en el fuego inextinguible" (Mt 3:11-12; Lc 3:16-17). Así pues, no son distintos el que hizo el trigo y el que hizo la paja, sino que son el mismo, y él los juzgará, es decir, los separará. Sin embargo, el trigo y la paja son cosas sin vida y sin razón, hechas por la naturaleza tales como son. Pero el hombre es racional, y bajo este aspecto es semejante a Dios, libre y dueño de sus actos, y causa de que se convierta a sí mismo ya en trigo, ya en paja. Por esta razón puede ser justamente condenado, ya que habiendo sido hecho racional perdió la verdadera razón. Se opuso a la justicia de Dios viviendo de manera irracional y entregándose a todo impulso terreno y haciéndose esclavo de todos los placeres, como dice el profeta: "El hombre no comprendió la dignidad que tenía; se puso al nivel de los asnos irracionales, haciéndose semejante a ellos" (Sal 48:21).47

El origen y la inmortalidad del alma.

Si dicen algunos que las almas que han comenzado a existir desde poco tiempo antes no pueden permanecer durante mucho tiempo, sino que han de ser inengendradas para que puedan ser inmortales, y que si han tenido un comienzo en el nacimiento habrán de morir con el mismo cuerpo, aprendan los tales que sólo Dios, Señor de todas las cosas, no tiene principio ni fin, sino que realmente es siempre el mismo y permanece de la misma manera. Todas las cosas que de él proceden, todas las que han sido o son hechas, tienen su comienzo por generación, y precisamente bajo esta razón de no ser in engendradas son inferiores a aquel que las hizo. Con todo, pueden permanecer y durar por una serie de siglos, según la voluntad del Dios que las hizo, el cual, así como les confirió el don de comenzar a ser, les da luego el de seguir existiendo. El cielo que está encima de nosotros, el firmamento, el sol, la luna y los demás astros, así como todos los ornamentos que en el cielo se encuentran, en un principio no existían, pero fueron hechos y luego continúan durante mucho tiempo, según el designio de Dios. Así también, el que piense que en lo que se refiere a las almas, y a los espíritus, y en general a todo lo que ha sido creado sucede lo mismo, no se equivocará. Porque todo lo creado tiene ciertamente el origen de su creación, pero sigue durando todo el tiempo que Dios quiere que exista y que dure. Confirma esta manera de ver el espíritu profético cuando dice: "Porque él lo dijo, y fueron las cosas hechas; él lo mandó y fueron creadas. Las estableció para siempre y por los siglos de los siglos" (Sal 148:5-6) Y también dice sobre la salvación del hombre: "Te pidió la vida, y le diste una longitud de días por los siglos de los siglos" (Sal 20:4) mostrando que el padre de todas las cosas confiere la duración por los siglos de los siglos a los que se salvan. Porque nuestra vida no nos viene de nosotros ni de nuestra naturaleza, sino que se nos da como gracia de Dios. Por esta razón, el que conserva el don de la vida, dando gracias al que se lo dio, recibirá una longitud de días por los siglos de los siglos. En cambio, el que lo rehúsa, y no agradece a su creador el haber sido creado, y no reconoce a aquel de quien recibe el ser, él mismo se priva de la duración por los siglos de los siglos. Por esta razón decía el Señor a los que se mostraban ingratos para con él: "Si no habéis sido fieles en lo poco, ¿quién os dará lo mucho?" (Lc 16:11) con lo cual quería decir que los que en esta breve vida temporal se han mostrado ingratos para con aquel que se la dio, con razón no recibirán del mismo la longitud de los días por los siglos de los siglos.

Porque así como el cuerpo animal de por sí no es el alma, pero participa del alma todo el tiempo que Dios quiere, así el alma de por sí no es la vida, pero participa de la vida que Dios le confiere. De ahí la palabra profética referente al primer padre: "Fue hecho una alma viviente" (Gen 2, 7), enseñándonos que el alma fue hecha viviente por participación de la vida, entendiéndose por una parte el alma, y por otra la vida que tiene. Así pues, siendo Dios el que da la vida y la duración indefinida, es posible que las almas que originariamente no existían sigan existiendo mientras Dios quiera que existan y que duren. Porque la voluntad de Dios está al comienzo de todas las cosas, y todo le está sometido: todas las demás cosas le son inferiores, y le están sujetas y le sirven.48

El hombre entero, en cuerpo y alma, es objeto de la salvación de Dios.

Dios será glorificado en la obra de sus manos, pues la hará uniforme con su Hijo y semejante. Porque mediante las manos del Padre, es decir, mediante el Hijo y el Espíritu, el hombre entero, y no sólo una parte del hombre, es hecho a semejanza de Dios. El alma, o el espíritu, serán una parte del hombre, pero no son el hombre entero. El hombre completo es un compuesto y una unión del alma, que recibe en sí el Espíritu del Padre, combinada con la carne que ha sido modelada según la imagen de Dios... Si uno quiere prescindir de la sustancia carnal... y se refiere exclusiva y únicamente al espíritu como tal, ya no está hablando del hombre espiritual, sino del espíritu del hombre, o del Espíritu de Dios. Es cuando este Espíritu de Dios mezclado con el alma pasa a unirse a la carne, cuando se realiza el hombre espiritual y perfecto, por medio de la efusión del Espíritu. De éste se dice que está hecho a imagen y semejanza de Dios. En cambio, si faltare al alma el Espíritu, el resultado sería ciertamente un hombre animal, pero al quedarse en su mera condición carnal, sería un hombre imperfecto: tendría la imagen divina en su cuerpo, pero no conseguiría la plena semejanza por medio del Espíritu, y por esto se quedaría imperfecto. Por otra parte, si uno prescinde de la imagen material y desprecia el cuerpo, ya no puede decir que habla del hombre, sino o bien de una parte del hombre, como dijimos, o bien de algo totalmente distinto del hombre. Porque ni el cuerpo carnal por sí mismo constituye el hombre perfecto, sino únicamente el cuerpo del hombre, que es una parte del hombre; ni el alma por sí misma es el hombre, sino que es el alma del hombre, que es una parte del hombre. Igualmente, el espíritu tampoco es el hombre, puesto que se llama espíritu, y no hombre. Es la compenetración y unión de todos estos elementos lo que hace al hombre completo. De acuerdo con esto, el Apóstol explicó cuál es el hombre perfecto y espiritual que es objeto de salvación; en la primera carta a los de Tesalónica dice: "El Dios de paz os santifique a vosotros perfectos, y sea íntegro vuestro espíritu, y vuestra alma, y vuestro cuerpo, sin reproche hasta la venida del Señor Jesucristo" (1 Tes 5:23). ¿Qué razón tenía para pedir que se conservasen íntegras y perfectas hasta la venida del Señor estas tres cosas, el alma, el cuerpo y el espíritu, si no es porque sabía que la salvación es una y la misma para las tres, siendo en realidad la unión y la integración de todas ellas? Por esto llama perfectos a los que representan estas tres.49

El cuerpo es templo de Dios y de Cristo, y será resucitado.

El Apóstol dice que el cuerpo es templo de Dios: "¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Al que profanare el templo de Dios, Dios lo perderá; porque el templo de Dios, que sois vosotros, es santo" (1 Cor 3:16). Con esto declara abiertamente que el cuerpo es templo en el que habita el Espíritu... Y no sólo templo, sino en concreto templo de Cristo dice que son nuestros cuerpos. Escribe a los corintios: "¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Arrancando, pues, los miembros de Cristo, los he de hacer miembros de una meretriz?..." (1 Cor 6:15). Esto lo dice de nuestro cuerpo, esto es, de la carne, la cual dice ser miembro de Cristo cuando se mantiene en santidad y pureza; por el contrario, cuando se entrega al abrazo de una meretriz se convierte en miembro de ella. Por esto dijo: "Al que profanare el templo de Dios, Dios lo perderá." Ahora bien, sería enorme blasfemia decir que el templo de Dios, en el que tiene su morada el Espíritu de Padre, y que los miembros de Cristo, no han de tener parte en la salvación, sino que han de quedar reducidos a la corrupción. Y que nuestros cuerpos resucitan, no en virtud de su condición natural, sino en virtud del poder de Dios, lo explica a los corintios: "El cuerpo no es para fornicar, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo. Porque Dios resucitó al Señor, y nos resucitará también a nosotros con su poder" (1 Cor 6:13).50

Relaciones entre el alma y el cuerpo.

El cuerpo no es superior al alma, ya que de ella recibe el aliento, la vida, el crecimiento y el movimiento: es el alma la que gobierna y domina al cuerpo, y la que en tanto se ve impedida en sus movimientos en cuanto participa en ellos el cuerpo. Pero no pierde sus conocimientos por causa del cuerpo. El cuerpo es semejante a un instrumento, mientras que el alma se comporta como un artífice. Así como el artífice reconoce en sí mismo una posibilidad de obrar velozmente, pero ésta se ve retardada al pasar al instrumento por la inercia de la cosa a que se aplica, de suerte que la velocidad de su mente combinada con la lentitud del instrumento da como resultado una actividad temperada, así el alma al actuar en conjunción con el cuerpo se siente en cierto punto impedida, y su rapidez de acción ha de combinarse con la lentitud del cuerpo. Pero no pierde con ello toda su virtualidad, sino que al comunicar la vida al cuerpo no deja ella misma de vivir...

Así como cada uno de nosotros recibe por la acción de Dios su cuerpo, así recibe el alma. No es Dios tan pobre y tan indigente que no pueda dar a cada cuerpo su alma, de la misma manera que le da su fisonomía. Y así, una vez se haya completado el número que él predeterminó, todos los que están señalados para la vida resucitarán con sus cuerpos y sus almas y sus espíritus, con los que agradaron, a Dios. En cambio, los que son dignos de castigo, pasarán a recibirlo, también en cuerpo y alma, con los que se apartaron de la bondad de Dios. Unos y otros dejarán ya de engendrar y de ser engendrados, de tomar esposas y esposos, de suerte que la multitud de los perfectos del género humano, en el número previamente determinado por Dios, conserve su relación y su unión con el Padre.

Asimismo, clarísimamente nos enseña el Señor que no sólo permanecen las almas sin pasar de cuerpo en cuerpo, sino que las mismas características del cuerpo al que las almas se adaptan permanecen idénticas, y se acuerdan de las obras que aquí hicieron y de las que dejaron de hacer. Nos lo enseña en el relato que está escrito acerca del rico aquél y de Lázaro, el que recibía refrigerio en el seno de Abraham. En él se dice que el rico reconoció a Lázaro después de su muerte, y asimismo a Abraham, y que cada uno permanecía en su lugar, y que el rico pedía que se enviara con un recado a Lázaro, al cual no quería dejar parte ni siquiera en los desperdicios de su mesa... Esto declara expresamente que las almas perduran, y que no pasan de cuerpo en cuerpo, y que tienen forma humana de suerte que pueden reconocerse, y que se acuerdan de los que están en este mundo; asimismo que es verdad lo que los profetas dicen de Abraham, y que cada uno recibe la morada de que es digno aun antes del juicio.51

Lo mismo el cuerpo que el alma obran la salvación o la condenación El hombre es un viviente compuesto de alma y cuerpo, y todo depende de uno y otro. De los dos provienen las caídas. Hay una pureza del cuerpo, la continencia que consiste en abstenerse de cosas vergonzosas y de actos injustos, y una pureza del alma que consiste en guardar intacta la fe en Dios, sin añadirle o quitarle nada.

Porque la piedad se mancha o se corrompe al contaminarse con la impureza del cuerpo, y asimismo se quiebra y se ensucia y no se mantiene en su integridad cuando el error penetra en el alma. En cambio se conserva con toda su belleza y proporción cuando la verdad permanece constantemente en el alma y la pureza en el cuerpo. ¿De qué sirve conocer el bien de palabra, si uno mancha el cuerpo haciendo las obras del mal? ¿O qué utilidad verdadera puede haber en la pureza del cuerpo, cuando no hay en el alma la verdad? Porque una y otra se gozan cuando se encuentran juntas y están en acuerdo y alianza para poner al hombre en presencia de Dios...52

De Dios recibimos la vida sobrenatural, lo mismo que la natural.

Así como en nuestra creación original en Adán, el soplo vital de Dios infundido sobre el modelo de sus manos dio la vida al hombre y apareció como viviente racional, así también en la consumación, El Verbo del Padre y el Espíritu de Dios, unidos a la sustancia original modelada en Adán, hicieron al hombre viviente y perfecto, capaz de alcanzar al Padre perfecto. De esta suerte, de la 'misma manera que todos sufrimos la muerte en el hombre animal, también hemos recibido la vida en el hombre espiritual. Porque no escapó Adán jamás de las manos de Dios, a las que el Padre decía: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" (Gen 1: 26). Y por la misma razón en la consumación también sus manos vivificaron al hombre haciéndolo perfecto, no por voluntad de la carne ni por voluntad de hombre (Jn 1:13), a fin de que Adán — el hombre — fuera hecho a imagen y semejanza de Dios.53

La salvación y la condenación.

A los que perseveran en la amistad de Dios, él se les comunica a sí mismo. Y la comunicación de Dios es vida, y es luz, y es goce de sus bienes. En cambio, a los que por voluntad propia se apartan de él, les da Dios la separación que ellos mismos se han escogido. Ahora bien, la separación de Dios es muerte, y la separación de la luz es tinieblas. La separación de Dios es la pérdida de todos los bienes que están en él, y así, los que por su apostasía los perdieron, se encuentran privados de todos los bienes y experimentan todos los males. No es que Dios directamente los castigue por sí mismo: sino que ellos han de sufrir el mal que se deriva de estar privado de todos los bienes. Porque los bienes de Dios son eternos e infinitos: por esto la pérdida de estos bienes es eterna e infinita. Si uno se ciega a sí mismo o es cegado por otro dentro de una luz infinita, quedará para siempre privado del gozo de la luz: no es que la luz le castigue con la ceguera, sino que su misma ceguera tiene como consecuencia tan grande mal. Por esto decía el Señor: "El que cree en mí, no es juzgado," es decir, no es separado de Dios, ya que por la fe permanece unido a Dios. "Pero el que no cree — dice — ya está juzgado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios," es decir, él mismo se separó de Dios por su propia decisión. "Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz. Porque todo el que obra mal, odia la luz, y no viene a la luz, a fin de que no se vean sus obras. En cambio el que hace la verdad, viene á la luz, para que sus obras queden patentes, porque ha obrado según Dios" (cf. Jn 3:18ss).54

La acción del demonio.

El demonio, siendo un ángel apóstata, no puede hacer más que lo que hizo en un principio, es decir, seducir y atraer la mente del hombre para que traspase los mandatos de Dios, obcecando paulatinamente los corazones de aquellos que se disponen a servirle, de suerte que se olviden del verdadero Dios y le adoren a él como a Dios. Es como si un desertor se apoderara de una región por la fuerza, y empezase a turbar a los que viven en ella, reclamando para sí el honor de rey ante aquellos que ignoran que es un desertor y un ladrón. Esto es lo que hace el diablo: es uno de aquellos ángeles que estaban puestos al frente de las regiones del aire, como reveló el apóstol Pablo en la carta a los Efesios; y por envidia del hombre, desertó de la ley de Dios, pues la envidia es enemiga de Dios. Y al ser puesta en descubierto su apostasía por medio del hombre, siendo éste objeto de juicio contra él, se enconó cada vez más su enemistad contra el hombre, y tenía envidia de su misma vida, y lo quería arrastrar bajo su dominio apóstata. Pero el Verbo de Dios, creador de todas las cosas, por medio de la naturaleza humana obtuvo victoria sobre él, le declaró apóstata, y, contra lo que pretendía, lo sometió al hombre. Porque dice: "He aquí que os doy potestad de andar sobre las serpientes y sobre los escorpiones y sobre cualquier poder del enemigo" (Lc 10:19). De este modo, así como sometió al hombre en su apostasía, por medio del hombre auxiliado por Dios su apostasía fue aniquilada.55

Origen divino de las instituciones temporales.

Al apartarse de Dios el hombre se convirtió en una fiera, hasta tal punto que trataba como enemigos a los de su propia sangre, viviendo en toda suerte de revueltas, homicidios y rapiñas, sin temor alguno. Por esto le impuso Dios el temor humano, ya que no era capaz de sentir el temor de Dios. Y así, sometidos los seres humanos a la autoridad humana y obligados por sus leyes, llegasen a conseguir algo de lo que toca a la justicia, refrenándose unos a otros. Cuando se muestra la espada, su vista infunde temor; como dice el Apóstol: (La autoridad) "no sin razón lleva la espada, porque es ministro de Dios y toma venganza de ira sobre aquel que obra el mal." Así pues, los magistrados que se atienen a las leyes como vestido de justicia, no tendrán que dar cuentas ni serán castigados por lo que hubieren hecho con justicia y según las leyes. Pero lo que hubieren hecho para destruir al justo, de manera inicua, impía, contra las leyes o tiránicamente, será para ellos causa de perdición, porque el juicio de Dios llega a todos por igual, y no falla para nadie. Así pues, el reino terreno ha sido instituido por Dios para bien de las naciones, y no por el diablo. Éste jamás está tranquilo, ni mucho menos quiere que los pueblos vivan tranquilos, porque no quiere que acaten la autoridad humana y así ya no se devoren los unos a los otros como peces, sino que al contrario, estableciendo leyes, rechacen las innumerables injusticias de los gentiles. Según esto, son ministros de Dios los que nos exigen los tributos, y en esto prestan un servicio.

La autoridad ha sido establecida por Dios, y manifiestamente miente el diablo cuando dice: "Todo me ha sido entregado, y yo lo doy a quien quiero." Un hombre nace en un determinado dominio, y allí están establecidos los reyes, en forma conveniente a los tiempos y personas que han de gobernar. De ellos, algunos han sido puestos para vigilancia y utilidad de sus súbditos y para mantener la justicia; otros para infundir temor y castigo y para amenazar; otros para burla, desprecio y soberbia, si se han hecho merecedores de ello. Pero, como hemos dicho, el justo juicio de Dios llegará por igual a todos ellos.66

43.Ibid.IV, 11, 1-3; 44. Dem. 11; 45. Dem. 14-16; 46. Adv. Haer. IV, 37:1; 47. Ibíd. IV, 4:3; 48. Ibid. II, 34, 3ss; 49. Ibid. V, 6, 1; 50. Ibid. V, 6:2; 51. Ibid. II, 33:3, 34:1; 52. Dem. 2; 53. Adv.Haer. V, 1-3; 54. Ibid. V, 27:2; 55. Ibid. V, 24:3; 56. Ibid. V, 24:1;

VI. La fe.

Sumario de la fe de la Iglesia.

La Iglesia, aunque está esparcida por todo el orbe hasta los límites de la tierra, ha recibido de los apóstoles y de sus discípulos la fe en un solo Dios, Padre omnipotente, creador del cielo, de la tierra, del mar y de cuanto en ellos se contiene; y en un solo Cristo Jesús, hijo de Dios, encarnado por nuestra salvación; y en el Espíritu Santo, quien por medio de los profetas anunció los planes (de Dios), los advenimientos, el nacimiento de una Virgen, la pasión, la resurrección de entre los muertos, la ascensión en la carne a los cielos del amado Cristo Jesús, Señor nuestro, así como su parusía desde los cielos con la gloria del Padre, a fin de recapitular todas las cosas y restaurar toda carne de todo hombre, de suerte que para Cristo Jesús, Señor nuestro, Dios, salvador y rey, según el beneplácito del Padre invisible, se doble toda rodilla de los seres celestiales, terrestres e infernales, y toda lengua le confiese (cf. Flp 2:10), y se haga un juicio justo y universal. A los espíritus del mal, y a los ángeles transgresores y apostatas, y a los hombres impíos, injustos, inicuos y blasfemos, los enviará al fuego eterno; mientras que a los que hubieren permanecido en su amor desde el comienzo, y a los que hubieren hecho penitencia, les dará el don de la inmortalidad dándoles como gracia la vida, y les envolverá en gloria eterna.57

Hay que atenerse a la regla de fe, aun cuando no todo lo comprendamos.

Tenemos como norma de fe la misma verdad y el testimonio claro que nos viene de Dios, y no hemos de renunciar a este conocimiento firme y verdadero de Dios por ceder a especulaciones cuyas conclusiones son siempre fluctuantes. Más bien hemos de resolver las dificultades a la luz del principio de que realmente conviene dedicarse a investigar el misterio y los designios del Dios verdadero, pero procurando crecer en el amor de aquel que por nosotros hizo y hace tan grandes cosas; y nunca hay que abandonar aquel convencimiento por el cual se explica clarísimamente que sólo éste es el verdadero Dios y Padre, el que creó este mundo; el que modeló al hombre, dándole, al crearlo, la capacidad de multiplicarse; el que llamó al ser desde las cosas más pequeñas hasta las mayores; el que al feto concebido en el útero lo saca a la luz del sol, y el que hace crecer el trigo en la espiga madurándolo para el granero. Uno y el mismo Artífice es el que hizo el útero y creó el sol: uno y el mismo Señor es el que hizo brotar el tallo, el que hizo crecer el trigo y multiplicarlo y el que dispuso el granero...

Ahora bien, aunque no encontremos la explicación de todas las cosas de la Escritura que debieran ser explicadas, no por ello hemos de recurrir a otro Dios distinto del que hay en realidad. Esto sería la máxima impiedad. Aquellas cosas las hemos de dejar a Dios, que es quien nos hizo, y hemos de estar convencidos que las Escrituras son perfectas, puesto que son palabra del Verbo de Dios y de su Espíritu; somos nosotros los que nos encontramos muy inferiores y muy alejados del Verbo de Dios y de su Espíritu, y por esto no alcanzamos a tener conocimiento de sus misterios. Nada tiene de extraño que esto nos suceda en lo que se refiere a las cosas espirituales y celestiales, y en lo que es objeto de revelación, puesto que aun en las cosas que están a nuestro nivel — me refiero a las cosas de esta creación que podemos tocar y ver y que tenemos con nosotros — muchas cosas escapan a nuestro conocimiento, y las hemos de dejar a Dios, quien con razón ha de estar por encima de todas las cosas.

Así pues, si entre las cosas creadas hay algunas que quedan reservadas al conocimiento de Dios, y otras que están al Alcance de nuestro conocimiento, ¿qué tiene de particular que en lo que se refiere a la investigación de las Escrituras — las cuales son todas espirituales — haya cosas que ciertamente podamos resolver con la gracia de Dios, mientras que otras haya que dejarlas como reservadas a Dios, y no sólo en este mundo, sino aun para el futuro? Así es siempre Dios el que enseña, y el hombre está continuamente aprendiendo de Dios. Así lo dijo el Apóstol: que todo lo demás sería destruido, pero permanecerían la fe, la esperanza y la caridad: (1 Cor 13:13) la fe en nuestro maestro permanece siempre inconmovible, asegurándonos que hay un solo Dios verdadero, y que hemos de amar a Dios siempre y en verdad, porque sólo él es nuestro Padre, y que hemos de esperar recibir siempre más de él, y aprender de él, porque es bueno, y tiene riquezas interminables, y un reino sin límites, y una sabiduría inmensa.58

Necesidad de la fe.

Hemos de guardar inflexible la regla de fe, y cumplir los mandamientos de Dios: creer en Dios, temiéndole porque es Señor, y amándole porque es Padre. Ahora bien, el cumplimiento de los mandamientos se obtiene con la fe, pues "si no creéis — dice Isaías — no comprenderéis" (Is 7:9). La verdad proporciona la fe, ya que la fe tiene por objeto lo que realmente existe, de suerte que creeremos en las cosas tal como son, y creyendo en las cosas tal como son, guardaremos siempre firme nuestra convicción acerca de ellas. Y estando la fe íntimamente ligada a nuestra salvación, hemos de cuidarla con gran esmero, a fin de que tengamos una inteligencia verdadera de lo que existe. Esto es lo que nos procura la fe, tal como en tradición la hemos recibido de los presbíteros, discípulos de los apóstoles. En primer lugar, ella nos recomienda acordarnos de que hemos recibido el bautismo para remisión de los pecados en el nombre de Dios Padre y en el nombre de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado y muerto y resucitado, y en el Espíritu Santo de Dios; acordarnos también de que este bautismo es el sello de la vida eterna y el nuevo nacimiento en Dios, de suerte que ya no somos de hombres mortales, sino del Dios eterno; asimismo nos hemos de acordar de que el Ser eterno es Dios, que está por encima de todas las cosas creadas, a quien todo le está sometido; todo lo que le está sometido ha sido creado por él, de suerte que Dios no tiene dominio ni señorío sobre lo que sería de otro, sino sobre lo que es suyo, y todo es de Dios. Por esto es Dios todopoderoso, y todo viene de Dios, ya que las cosas de aquí abajo tienen de alguna gran causa el principio de su existencia, y el principio de todas las cosas es Dios. Dios no ha sido creado por nadie, pero todas las cosas han sido creadas por él...59

La fe de Abraham y nuestra fe.

En Abraham estaba prefigurada nuestra fe: él fue el patriarca y, por así decirlo, el profeta de nuestra fe, como lo enseña clarísimamente el Apóstol en la epístola a los Galatas (3:5-9)... El Apóstol lo llama no sólo profeta de la fe, sino padre de aquellos de entre los gentiles que creen en Cristo Jesús, La razón es que su fe y la nuestra son una misma y única fe: él, en virtud de la promesa de Dios, creyó en las cosas futuras como si ya se hubieran realizado; y nosotros, de manera semejante, en virtud de la promesa de Dios, contemplamos como en un espejo por la fe aquella herencia que tendremos en el reino.60

Grandeza de Dios y de sus obras, y pequeñez de la inteligencia humana.

Muchas y variadas son las cosas creadas, y en todas sus disposiciones bien dispuestas y en mutua armonía, aunque bajo aspectos particulares sean contrarias y en desacuerdo. Es como la cítara que mediante la diversidad de sus sonidos produce una melodía armoniosa compuesta de muchos sonidos contrarios. El amante de la Verdad no debe dejarse engañar por la diversidad de los distintos sonidos, ni debe colegir que uno proviene de un artífice y otro de otro, como si uno hubiera dispuesto los sonidos más agudos, otro los más graves y otro los medios, sino que uno solo," que quiso dar muestra de sabiduría en el conjunto de la obra entera, así como de justicia, de bondad y de benevolencia. [Los que oyen esta melodía han de alabar y glorificar a su artífice, admirando en unos casos los tonos agudos, considerando en otros los graves, oyendo en otros los tonos intermedios y observando en otros la idea de conjunto] Hay que atender al fin de cada uno de los elementos, buscando sus causas, sin traspasar jamás la regla (de fe), ni apartarse del artífice, ni abandonar la fe en el Dios único que hizo todas las cosas o blasfemar de nuestro Creador.

Mas si alguno no llega a encontrar la causa de todas las cosas que quisiera, piense que es hombre, que es infinitamente más pequeño que Dios, y que ha recibido la gracia de una manera parcial; que todavía no es igual o semejante a su Creador, y que no puede tener de todas las cosas la experiencia o el conocimiento que tiene Dios. Cuanto es menor que aquel que no fue hecho y que permanece siempre el mismo, el que sólo hoy fue hecho y tomó de otro el principio de su existencia será tanto menor que el que lo hizo en lo que se refiere a la ciencia y a la capacidad de investigar las causas de todas las cosas. Porque, oh hombre, no eres increado, no coexistías con Dios desde la eternidad, como su propio Verbo, sino que habiendo recibido hace un momento el principio de tu existencia por su extraordinaria bondad, poco a poco vas aprendiendo del Verbo los designios del Dios que te hizo.

Por tanto guarda la mesura que corresponde a tu inteligencia, y no quieras, ignorante del bien, ir más allá del mismo Dios, porque no se puede ir más allá. No busques qué hay por encima del Creador, porque no lo encontrarás. El que te hizo es incomprensible. No excogites otro Padre por encima de él, como si ya hubieras tomado la medida de todo su ser, y hubieras recorrido toda su grandeza, y hubieras considerado toda su profundidad, su altura y longitud. No lo podrás excogitar, sino que yendo contra la naturaleza te convertirás en un insensato y, si te empeñas en ello, caerás en la locura, creyéndote a ti mismo más alto y más perfecto que tu Creador, y conocedor de todos sus reinos.

Así pues, vivir como hombres simples y de poca ciencia y acercarse a Dios por la caridad es cosa mejor y más provechosa que tenerse por muy sabio y muy experimentado y encontrarse blasfemando del propio Dios, fabricándose otro Dios y Padre. Por esto exclama san Pablo: "La ciencia hincha, pero la caridad es constructiva" (1 Cor 8:1). No que condenara la verdadera ciencia acerca de Dios, lo que hubiera sido acusarse en primer lugar a sí mismo; sino que sabía que algunos, solo pretexto de saber, se envanecían y se apartaban del amor de Dios. Porque éstos opinaban que eran perfectos cuando introducían un demiurgo imperfecto, les arranca de las cejas el orgullo fundado en esta ciencia diciendo: "La ciencia hincha, pero la caridad es constructiva." No hay otra hinchazón mayor que la del que piensa que es mejor y más perfecto que el que le creó, y le modeló, y le dio el soplo de la vida y le otorgó el mismo ser. Como dije, está en mejor condición el que no sabe nada, ni siquiera una sola de las razones por las que fue creada cualquier cosa de las que han sido creadas, pero que tiene fe en Dios y persevera en su amor, que los que hinchados con este género de ciencia se apartan del amor que da la vida al hombre. No hay que querer saber otra cosa sino Jesucristo, el Hijo de Dios, que fue crucificado por nosotros antes que con cuestiones sutiles y charlatanerías, llegar a caer en la impiedad.61

Sentido en que puede darse una profundización de la fe.

La Iglesia, habiendo recibido este mensaje y esta fe que hemos dicho, aunque esparcida por todo el mundo, lo guarda cuidadosamente, como si habitara en una sola casa; y cree en estas cosas como si tuviera una sola alma y un mismo corazón, predicando y enseñando estas cosas al unísono y transmitiendo la tradición como si tuviera una sola voz. Porque aunque las lenguas a lo ancho del mundo son distintas, pero una es la fuerza de la tradición, siempre la misma. Las iglesias establecidas en Germania no tienen otra fe diferente ni otra tradición, ni las que están en Iberia o las que están entre los Celtas, ni las de Oriente, ni las de Egipto, ni las de Libia, ni las que están establecidas en el centro del mundo (léase Jerusalén). Sino que así como el sol, que es creatura de Dios es uno y el mismo en todo el mundo, así también la predicación de la verdad brilla en todas partes e ilumina a todos los hombres que quieren venir al conocimiento de la verdad. Y así, ni aunque haya entre los jefes de las iglesias alguno capaz de hablar muy bien enseñará otra cosa no habiendo nadie que esté por encima del Maestro, ni el que es incapaz de hablar disminuirá en nada la tradición, porque siendo una y la misma fe, ni el que es capaz de hablar mucho sobre ella la aumentará en nada, ni el que es capaz de hablar poco la disminuirá.

El que algunos según su inteligencia puedan saber más o menos, no está en que puedan cambiar el mismo objeto (de la fe), excogitando otro Dios distinto del artífice y creador y mantenedor del universo como si aquél no bastara; o asimismo excogitando otro Cristo, u otro Unigénito. La diferencia está en que logren investigar lo que fue dicho en parábolas relacionándola con el contenido de la fe; en mostrar por sus pasos la acción y la economía de Dios para con la humanidad; declarando cómo Dios fue magnánimo en la apostasía de los ángeles transgresores así como en la desobediencia de los hombres; por qué uno y el mismo Dios hizo lo temporal y lo eterno, lo celestial y lo terreno; por qué, siendo Dios invisible, se apareció a los profetas no bajo una forma única, sino presentándose unas veces de una manera y otras de otra. Que expliquen por qué Dios ha hecho muchos pactos con la humanidad, y enseñen cuál es el carácter de cada pacto; y que investiguen por qué Dios lo incluyó todo en la infidelidad a fin de tener misericordia de todos (cf. Rom 11:32); que reconozcan con acción de gracias por qué el Verbo de Dios se hizo carne y padeció, y anuncien por qué en los últimos tiempos tendrá lugar la parusía del Hijo de Dios, es decir en el fin se manifestará el principio. Que desplieguen lo que contienen las Escrituras acerca del fin y de las cosas futuras, sin pasar por alto por qué a los gentiles desesperados los hizo Dios coherederos y participantes de un mismo cuerpo y unos mismos beneficios con los santos. Que expliquen cómo esta insignificante carne mortal será revestida de inmortalidad, y lo corruptible, de incorruptibilidad (1 Cor 15:54). Que anuncien cómo el que no era pueblo ha venido a ser pueblo, y la que no era amada, amada, y cómo son más numerosos los hijos de la abandonada que los de la que tiene marido (cf. Os 2:23; Rom 9:25; Is 54:1; Gal 4:27). Porque sobre estas cosas y otras semejantes exclamaba el Apóstol: "¡Oh profundidad de la riqueza y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuan inescrutables son sus juicios e ininvestigables sus caminos!" (Rom 9:33).62

Principios de interpretación de la Escritura.

Las parábolas no deben utilizarse para explicar cosas dudosas. El que explica una parábola debe fundarse en lo cierto, y entonces todos aceptarán por igual una misma explicación de la parábola, de suerte que el cuerpo de la verdad se conserve íntegro y con uniforme disposición de sus miembros, sin videncia alguna. Pero las cosas que no han sido declaradas abiertamente ni son evidentes, no hay que utilizarlas para interpretar las parábolas, inventando cada uno lo que le parezca. Si así se hace, no habrá ninguna norma de verdad, sino que cuantos sean los que explican las parábolas, tantas serán las verdades contradictorias que aparecerán fundando dogmas contrarios, como acontece en las elucubraciones de los filósofos gentiles. Con este modo de proceder, uno siempre está investigando y nunca llega a alcanzar nada, pues no se somete a la disciplina de la investigación. El que no tiene su lámpara preparada, cuando viene el Esposo no resplandece con ningún rayo de claridad luminosa (cf. Mt 25:5), y entonces recurre a los que sacan de las tinieblas explicaciones de las parábolas, dejando a aquel que le concede gratuitamente la entrada en su casa por medio de lo que ha sido predicado de manera clara: y así, queda excluido de la cámara nupcial.63

La verdad está en la Iglesia, que conserva la fe y, sobre todo, el amor.

El hombre espiritual... "no será juzgado" (1 Cor 2:15), porque él tiene firmeza en todas las cosas: tiene una fe íntegra en el Dios único todopoderoso, del que proceden todas las cosas; tiene una confianza sólida en el Hijo de Dios, Cristo Jesús, Señor nuestro, por quien proceden todas las cosas, así como en su plan salvador, por el que el Hijo de Dios se hizo hombre; y la tal confianza la otorga en el Espíritu de Dios, que es quien da el conocimiento de la verdad y manifiesta la voluntad del Padre, el designio salvador del Padre y del Hijo para con los hombres en las sucesivas generaciones. Por "conocimiento de la verdad" entendemos la enseñanza de los apóstoles y el orden establecido en la Iglesia desde un principio en todo el mundo, con el sello distintivo del cuerpo de Cristo que es la sucesión de los obispos, a los que los apóstoles confiaron las diversas Iglesias locales; la preservación sin manipulaciones de las Escrituras hasta nosotros; el estudio total de las mismas, sin adiciones ni sustracciones, con una lectura no falseada y una exposición fundada en las Escrituras, sin audacias y sin blasfemias y finalmente, el don del amor, que es el principal, más valioso que el conocimiento, más honorable que la profecía, puesto que sobrepuja a todos los demás cansinas.64

Valor de la religión natural.

La ley natural, por la que el hombre puede ser justificado, que era la que antes de la promulgación de la ley guardaban los que eran justificados por la fe y eran agradables a Dios, no la abolió el Señor, sino que la complementó y la cumplió, como está claro en sus palabras...65

57. Adv. Haer. I, 10I; 58. Ibid. II, 27:3; 59. Dem. 3; 60. Adv. Haer. IV, 21:1; 61. Ibid. II, 25:1; 62. Ibid. I, 10:2-3; 63. Ibid. II, 27:1; 64. Ibid. IV, 33:7; 65. Ibid. IV, 13:1;

 

VII. La Iglesia.

El Señor confió a los apóstoles el Evangelio.

La única fe verdadera y vivificante es la que la Iglesia distribuye a sus hijos, habiéndola recibido de los apóstoles. Porque, en efecto, el Señor de todas las cosas confió a sus apóstoles el Evangelio, y por ellos llegamos nosotros al conocimiento de la verdad, esto es de la doctrina del Hijo de Dios. A ellos dijo el Señor, "el que a vosotros oye a mí me oye, y el que a vosotros desprecia a mí me desprecia y al que me envió" (Lc 10:16). No hemos llegado al conocimiento de la economía de nuestra salvación si no es por aquellos por medio de los cuales nos ha sido transmitido el Evangelio. Ellos entonces lo predicaron, y luego, por voluntad de Dios, nos lo entregaron en las Escrituras, para que fuera columna y fundamento de nuestra fe. (cf. 1 Tim 3:1 5). Y no se puede decir, como algunos tienen la audacia de decir, que ellos predicaron antes de que alcanzaran el conocimiento perfecto. Los tales se glorían en enmendar a los mismos apóstoles. Porque, después que nuestro Señor resucitó de entre los muertos y "fueron revestidos de la fuerza de lo alto por el Espíritu Santo que vino sobre ellos" (Lc 24:49; Act 1:8), fueron llenados de todos los dones y alcanzaron el "conocimiento perfecto." Entonces partieron a los confines de la tierra, predicando el evangelio de los bienes que nos vienen de Dios y anunciando la paz del cielo a los hombres: (cf. Is 52:7) y todos y cada uno de ellos poseían por igual el Evangelio de Dios. Y así, Mateo, estando entre los hebreos, dio a luz en su lengua un escrito del Evangelio, al tiempo en que Pedro y Pablo evangelizaban en Roma y fundaban allí la Iglesia. Y después de la muerte de éstos, Marcos, discípulo e intérprete de Pedro; nos dejó también por escrito lo que Pedro había predicado. Asimismo Lucas, compañero de Pablo, consignó en un escrito lo que aquél había predicado; y luego, Juan, discípulo del Señor, el que había descansado sobre su pecho, publicó también su evangelio, cuando vivía en Éfeso de Asia.

Todos éstos nos han enseñado que hay un solo Dios, creador del cielo y de la tierra, anunciado por la ley y los profetas, y que hay un solo Cristo, Hijo de Dios. Si alguno no admite esto, hace ofensa a los que fueron compañeros del Señor, hace ofensa al mismo Señor, y aun hace ofensa al Padre: con lo cual, él mismo se condena, resistiéndose y oponiéndose a su propia salvación. Esto es lo que hacen todos los herejes.66

Los herejes frente a la Escritura y a la tradición.

Cuando a los herejes se les arguye con las Escrituras, se ponen a atacar las mismas Escrituras, afirmando que están corrompidas, o que no son auténticas, o que no concuerdan, pretendiendo que no se puede sacar de ellas la verdad si no es que uno conozca la tradición que no fue transmitida por escrito, sino de viva voz. Esta sería la razón por la que Pablo habría dicho: "Hablamos la sabiduría entre los perfectos: una sabiduría que no es de este mundo" (1 Cor. 2:6). Cuando ellos hablan así de "sabiduría," cada uno se refiere a la que él mismo por su cuenta se ha inventado, es decir, el fruto de su imaginación; y así, según ellos, no hay nada que objetar a que la verdad esté unas veces en Valentín, y otras en Marción, y otras en Cerinto... Cada uno de éstos, en un colmo de perversión, se avergüenza de "predicarse a sí mismo" (2 Cor. 4:5) haciendo caso omiso de la regla de la verdad.

Si, por el contrario, apelamos a la tradición que viene de los apóstoles y que se conserva en las Iglesias por la sucesión de los presbíteros, entonces ellos se oponen a esta tradición, afirmando que ellos saben más no sólo que los presbíteros, sino aun que los mismos apóstoles, pues ellos han encontrado la verdad pura. Porque, según ellos, los apóstoles mezclaron con las palabras del Salvador los preceptos de la ley; y no sólo los apóstoles, sino que aun el mismo Señor hablaba a veces como demiurgo (es decir, como el Dios del Antiguo Testamento), a veces como ser intermedio y a veces como Ser supremo. Ellos, en cambio, sin lugar a dudas y sin ninguna contaminación ni impureza, han llegado a conocer el "misterio escondido." Tal es la suma impudencia con que blasfeman del Creador. En realidad, lo que sucede es que no están de acuerdo ni con la Escritura ni con la Tradición...

Pero la tradición de los apóstoles está bien patente en todo el mundo y pueden contemplarla todos los que quieran contemplar la verdad. En efecto, podemos enumerar a los que fueron instituidos por los apóstoles como obispos sucesores suyos hasta nosotros: y éstos no enseñaron nada semejante a los delirios (de los herejes). Porque si los apóstoles hubiesen sabido "misterios ocultos" para ser enseñados exclusivamente a los "perfectos" a escondidas de los demás, los hubiesen comunicado antes que a nadie a aquellos a quienes confiaban las mismas Iglesias, pues querían que éstos fuesen muy "perfectos" e irreprensibles (1Tim 3:2) en todos los aspectos, como que los dejaban como sucesores suyos para ocupar su propia función de maestros. De su recta conducta dependía un gran bien; en cambio, si ellos fallaban, se había de seguir una gran ruina.67

66. Adv. Haer. III, 1:1; 67. Ibíd. III, 2:1;

El orden sucesorio de las Iglesias. La Iglesia romana.

Sería muy largo en un escrito como el presente enumerar la lista sucesoria de todas las Iglesias. Por ello indicaremos cómo la mayor de ellas, la más antigua y la más conocida de todas, tiene una tradición que arranca de los apóstoles y llega hasta nosotros, en la predicación de la fe a los hombres (cf. Rom 1:8), a través de la sucesión de los obispos. Así confundimos a todos aquellos que, de cualquier manera, ya sea por complacerse a sí mismos, ya por vanagloria, ya por ceguedad o falsedad de juicio, se juntan en grupos ilegítimos.

En efecto, con esta Iglesia romana, a causa de la autoridad de su origen, ha de estar necesariamente de acuerdo toda otra Iglesia, es decir, los fieles de todas partes; en ella siempre se ha conservado por todos los que vienen de todas partes aquella tradición que arranca de los apóstoles. En efecto, los apóstoles, habiendo fundado y edificado esta Iglesia, entregaron a Lino el cargo episcopal de su administración; y de este Lino hace mención Pablo en la carta a Timoteo. A él le sucedió Anacleto, y después de éste, en el tercer lugar a partir de los apóstoles, cayó en suerte el episcopado a Clemente, el cual había visto a los mismos apóstoles, y había conversado con ellos; y no era el único en esta situación, sino que todavía resonaba la predicación de los apóstoles, y tenía la tradición ante los ojos, ya que sobrevivían todavía muchos que habían sido enseñados por los apóstoles. En tiempo de este Clemente, surgió una no pequeña disensión entre los hermanos de Corinto, y la Iglesia de Roma envió a los de Corinto un escrito muy adecuado para reducirlos a la paz y para restaurar su fe y dar a conocer la tradición que hacía poco habían recibido de los apóstoles, a saber, que hay un solo Dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, creador del hombre, que causó el diluvio y llamó a Abraham, que sacó a su pueblo de Egipto, habló a Moisés, estableció la ley, envió a los profetas y "preparó el fuego para el diablo y para sus ángeles" (Mt 25:41).Que este Dios es predicado por las Iglesias como el Padre de nuestro Señor Jesucristo, pueden comprobarlo a partir de este mismo escrito los que quieran. Asimismo pueden conocer en él cuál es la tradición apostólica de la Iglesia, ya que esta carta es más antigua que los que ahora enseñan falsamente e inventan un segundo Dios por encima del creador y hacedor de nuestro universo.

A Clemente sucedió Evaristo, y a éste Alejandro. Luego, en el sexto lugar a partir de los apóstoles, fue nombrado Xisto, y después de éste Telesforo, que tuvo un martirio gloriosísimo. Luego, Higinio; luego, Pío, y luego Aniceto; y habiendo Sotero sucedido a Aniceto, ahora, en el duodécimo lugar después de los apóstoles, ocupa el cargo episcopal Eleuterio. Según este orden y esta sucesión, la tradición de la Iglesia que arranca de los apóstoles y la predicación de la verdad han llegado hasta nosotros. Esta es una prueba suficientísima de que una fe idéntica y vivificadora se ha conservado y se ha transmitido dentro de la verdad en la Iglesia desde los apóstoles hasta nosotros.68

* Cabe destacar que esta Iglesia Romana a la que hace mención nuestro santo padre Ireneo, dista mucho de ser la Iglesia romana que todos conocemos actualmente, no porque sea distinta en cuanto a las sucesión apostólica o en cuanto a su institución y su historia, sino que se puede decir que la iglesia de Roma no es la "misma" en cuanto a doctrina, ya que hace mucho tiempo se encuentra alejada de la ortodoxia.

La pureza de la fe y la tradición de la Iglesia.

Era tal el cuidado que tenían los apóstoles y sus discípulos, que ni siquiera querían tener comunicación verbal con alguno de los que desfiguran la verdad, tal como dice el Apóstol: "Después de una primera y una segunda amonestación, evita al hereje, pues has de saber que tal hombre es un pervertido, que está en pecado y es autor de su propia condenación" (Tit 3:10).

Existe una carta muy bien escrita de Policarpo a los de Filipos; en ella los que quieran y los que se preocupan de su salvación pueden aprender las características de la fe de aquél y la verdad que predicaba.

Asimismo, la Iglesia de Éfeso, fundada por Pablo y en la que vivió Juan hasta los tiempos de Trajano, es un testigo verdadero de la tradición de los apóstoles.69

Hay que recurrir a la tradición apostólica.

Siendo nuestros argumentos de tanto peso, no hay para qué ir a buscar todavía de otros la verdad que tan fácilmente se encuentra en la Iglesia, ya que los apóstoles depositaron en ella, como en una despensa opulenta, todo lo que pertenece a la verdad, a fin de que todo el que quiera pueda tomar de ella la bebida de la vida. Y esta es la puerta de la vida: todos los demás son salteadores y ladrones. Por esto hay que evitarlos, y en cambio hay que poner suma diligencia en amar las cosas de la Iglesia y en captar la tradición de la verdad (quae suní Ecdesiae summa düigentia diligere et aprehenderé veritatis tradiíionem). Y esto ¿qué implica? Si surgiese alguna discusión, aunque fuese de alguna cuestión de poca monta, ¿no habría que recurrir a las iglesias antiquísimas que habían gozado de la presencia de los apóstoles, para tomar de ellas lo que fuere cierto y claro acerca de la cuestión en litigio? Si los apóstoles no nos hubieran dejado las Escrituras, ¿acaso no habría que seguir el orden de la tradición, que ellos entregaron a aquellos a quienes confiaban las Iglesias? Precisamente a este orden han dado su asentimiento muchos pueblos bárbaros que creen en Cristo; ellos poseen la salvación, escrita por el Espíritu Santo sin tinta ni papel en sus propios corazones (cf. 2 Cor 3:3), y conservan cuidadosamente la tradición antigua, creyendo en un solo Dios...

Los que tal fe aceptaron sin letras, pueden ser bárbaros en cuanto al idioma, pero en lo que se refiere a sus ideas, sus costumbres y a su modo de vida, por medio de la fe se han hecho sapientísimos, y Dios se complace en ellos, y viven con una justicia, castidad y sabiduría perfectas. Si alguno, hablando con ellos en su propia lengua, les anuncia las invenciones de los herejes, al punto, cerrando sus oídos, se escaparán lo más lejos que puedan, incapaces ni siquiera de oír estas conversaciones blasfemas. De esta forma, a causa de aquella antigua tradición de los apóstoles, ni siquiera pueden admitir en su mente la idea de cualquiera de esas cosas de tan extraños discursos.70

La Iglesia, custodio de la fe, por la presencia del Espíritu en ella.

La predicación de la Iglesia es la misma en todas partes y permanece igual a sí misma, pues se apoya en el testimonio de los profetas y de los apóstoles y de todos los discípulos, a través de los comienzos, el medio y el fin, a través de la obra divina y de la acción ordinaria de Dios que se manifiesta en nuestra fe en orden a la salud del hombre. Esta fe que la Iglesia ha recibido, nosotros la custodiamos, y es como un licor exquisito que se guarda en un vaso de calidad y que, bajo la acción del Espíritu de Dios se rejuvenece constantemente y hace rejuvenecer al mismo vaso en el que está colocado. Porque, en efecto, a la Iglesia ha sido confiado este don de Dios a la manera como Dios confió su soplo al barro modelado, a fin de que al recibirlo todos los miembros recibieran la vida; y con este don va implicada la transformación en Cristo, es decir, el Espíritu Santo, que es prenda de incorrupción, fuerza de nuestra fe y escala por la que subimos hasta Dios. Porque, dice Pablo (1 Cor 12:28): "Dios puso en su Iglesia apóstoles, profetas y doctores" y todas las demás manifestaciones de la acción del Espíritu, del cual no participan quienes no se acogen a la Iglesia. Éstos se engañan a sí mismos y se excluyen de la vida por sus doctrinas malas y sus acciones perversas.

Porque, donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; y donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y la totalidad de la gracia. El Espíritu es la verdad (Ubi enim Ecclesia, ibi et Spiritus Dei; et ubi Spiritus Dei, illic Ecclesia et omnis graíia: Spiritus autem Verítas.) Por esto, los que no participan del Espíritu, ni van a buscar el alimento de la vida en los pechos de su madre (la Iglesia), ni reciben nada de la limpiadísima fuente que brota del Cuerpo de Cristo, sino que por el contrario "ellos mismos se construyen cisternas agrietadas" (Jer 2:13) hurgando la tierra y beben el agua maloliente del fango, al querer escapar a la fe de la Iglesia por temor de equivocarse rechazan el Espíritu, y así no pueden recibir enseñanza alguna. Puesto que se han apartado de la verdad, es natural que se revuelvan en toda suerte de errores y que se sientan zarandeados por ellos: sobre una misma cosa, ahora piensan esto y luego piensan lo otro sin que consigan nunca afirmarse en opinión alguna firme: prefieren antes ser sofistas de palabras que discípulos de la verdad. Y ello, porque no están fundados sobre la única Piedra, sino sobre la arena que está compuesta de multitud de chimillas.

Esto es lo que hace que se fabriquen muchos dioses, y que tengan siempre una excusa para "buscar" (y en esto se manifiestan cegatones): pero jamás llegan a alcanzar nada, ya que reniegan del Creador, que es el Dios verdadero y el que nos hace capaces de "encontrar," y en cambio piensan haber encontrado "otro Dios," u "otro pleroma" u "otra obra."71

Los presbíteros de la Iglesia tienen el carisma de la verdad.

Hay que obedecer a los presbíteros que están en la Iglesia, a saber, a los que son sucesores de los apóstoles y que juntamente con su sucesión en el episcopado han recibido por voluntad del Padre el carisma seguro de la verdad. En cambio, hemos de sospechar de aquellos que se separan de la línea sucesora original, reuniéndose en cualquier lugar: o son herejes y perversos en sus doctrinas, o al menos cismáticos, orgullosos y autosuficientes, o bien hipócritas que actúan por deseo de lucro o de vanagloria. Todos ellos se apartan de la verdad... y de todos ellos hay que apartarse. Por el contrario, como acabamos de decir, hay que adherirse a los que conservan la doctrina de los apóstoles y a los que dentro del orden presbiteral hablan palabras sanas y viven irreprochablemente para ejemplo y enmienda de los demás... Los tales viven en la Iglesia... y el apóstol Pablo nos enseña dónde podemos encontrarlos cuando dice: "Puso Dios en la Iglesia, primero los apóstoles, luego los profetas, y en tercer lugar los doctores" (1 Cor 12:28). Así pues, allí donde han sido depositados los carismas de Dios, allí hay que ir a aprender la verdad, es decir, de los que tienen la sucesión eclesial que viene de los apóstoles, de los que consta que tienen una vida sana e irreprochable y una palabra no adulterada ni corrupta. Éstos son los que conservan nuestra fe en el Dios único que hizo todas las cosas, y los que nos hacen crecer en el amor para con el Hijo de Dios que ha cumplido en favor nuestro tan grandes designios, y los que nos declaran las Escrituras de una manera segura, sin blasfemar de Dios, sin deshonrar a los patriarcas y sin despreciar a los profetas... En cuanto a aquellos que muchos tienen por presbíteros, pero que están al servicio de sus placeres, que no ponen ante todo el temor de Dios en sus corazones, sino que se dedican a vejar a los demás y se hinchan con la hinchazón de sentarse en la presidencia, mientras que en lo oculto obran el mal y dicen "nadie nos ve" (Dan 13:20) serán reprendidos por el Verbo, el cual no juzga según la fama ni mira al rostro, sino al corazón... Así pues, hay que apartarse de los hombres de este género, y al contrario, como hemos dicho, hay que adherirse a los que guardan la sucesión de los apóstoles y, dentro del orden presbiteral, ofrecen una palabra sana y una conducta irreprochable para ejemplo y enmienda de los demás...72

Dispersión doctrinal de la herejía, frente a la unidad de la Iglesia.

Todos estos herejes son muy posteriores a los obispos a los cuales los apóstoles entregaron las Iglesias... Y puesto que son ciegos para la verdad, esos herejes tienen necesidad de salirse del camino trillado y de buscar andando por caminos siempre nuevos. Esta es la razón por la que los elementos de su doctrina no concuerdan y están dispersos sin orden alguno. En cambio el camino de los que están en la Iglesia da la vuelta al mundo entero y tiene la tradición segura que procede de los apóstoles: en ella se puede ver que todos tienen una única e idéntica fe, que todos admiten un mismo y único Dios Padre, todos creen en la misma obra de la encarnación del Hijo de Dios, todos tienen la misma conciencia de que les ha sido dado el Espíritu Santo, todos practican los mismos mandamientos y guardan de la misma manera las ordenaciones eclesiásticas, todos esperan la misma venida del Señor y esperan la misma salvación de todo el hombre, es decir, del alma y del cuerpo.

Porque la predicación de la Iglesia es verdadera y firme, y en ella se propone al mundo entero un único e idéntico camino de salvación. A ella, en efecto, le fue confiada la luz de Dios, y por esto la sabiduría de Dios con la que salva a todos los hombres "es proclamada por los caminos, actúa con libertad en las plazas, se predica desde lo alto de los muros y no cesa de hablar en las puertas de la ciudad" (Cf. Prov 1:20-21) Porque por todas partes predica la Iglesia la verdad. Esta es la lámpara de siete brazos, que lleva la luz de Cristo. Los que abandonan la predicación de la Iglesia acusan de ignorancia a los santos presbíteros, sin observar, que vale mucho más un hombre religioso aunque ignorante, que un sofista blasfemo e insolente. Esto es lo que son todos los herejes y los que creen haber encontrado algo más allá de la verdad. Empezando como hemos dicho, van siguiendo su camino, cada uno distinto y a su manera y a ciegas, cambiando de opinión sobre unas mismas cosas, como ciegos que se dejan guiar por ciegos, que han de caer necesariamente en la hoya de la ignorancia que les acecha. Siempre andan inquiriendo, pero jamás encuentran la verdad. Por esto hay que evitar sus opiniones, y hay que precaverse cuidadosamente, no sea que nos hagan algún daño. Por el contrario, hemos de refugiarnos en la Iglesia, para educarnos en su seno y alimentarnos con las Escrituras del Señor. La Iglesia ha sido plantada como un paraíso en este