Padres de la Iglesia.

Parte II.

La Edad de Oro de los Padres (Siglos IV-V).

Adaptacion Pedagógica: Dr. Carlos Etchevarne, Bach. Teol.

 

 

Contenido:

San Ambrosio (339-397).

Nabot el Jezraelita (1 Reyes 21). El Cuerpo de Cristo (Los sacramentos IV, 5-25). El martirio-interior (Exposición sobre el Salmo 118:20-51). La misericordia divina. (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas). Sobre la amistad (Los deberes de los ministros, lll, 124-135). 1. Ayuno y Limosna.

San Jerónimo (347-420).

Comentario al Evangelio de San Marcos I. Mc 1:1-12.

San Paciano de Barcelona.

La justificación en Jesucristo (Sermón sobre el Bautismo, 1-5).

San Cromacio de Aquileya.

Las Blenaventuranzas (Sermón 41, sobre las ocho bienaventuranzas).

San Juan Crisóstomo.

La ley natural (Homilías al pueblo de Antioquía, Xll, 4-5). Lectura frecuente de la Sagrada Escritura (Homilías sobre el Génesis, 35:1-2). La pelea del cristiano (Catequesis sobre el Bautismo, Vlll, 8-15). Como sal y como luz (Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 15:6-7). Recomenzar (Exhortación a Teodoro caído, 1, 14-15). Dignidad del sacerdocio (Sobre el sacerdocio lll, 4-6). La educación de los hijos (Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 59, 6-7). Catequesis.

San Agustín de Hipona.

Confesiones de San Agustin. Regla de San Agustín. Soliloquios

 

 

San Ambrosio (339-397).

Nació hacia el año 340 en Tréveris, donde su padre era prefecto de las Galias. Muy pronto, a la muerte de su padre, se trasladó a Roma, donde realizó estudios humanísticos y jurídicos. Hacia el año 370 fue nombrado gobernador de Liguria y Emilia, y se instaló en Milán, la capital.

En el año 374 murió Auxencio, obispo arriano de Milán, que ocupaba la sede ilegítimamente: San Dionisio, obispo legítimo, había muerto en el destierro. Ambrosio, como responsable del orden público, debió mediar en el conflicto desencadenado entre católicos y arrianos. El resultado fue su unánime elección como obispo. En el espacio de pocos días, recibió el Bautismo — pues aún era catecúmeno — la Confirmación y la consagración episcopal. Más tarde, bajo la guía constante del presbítero Simpliciano, completó su formación doctrinal.

El estudio sistemático de la Biblia, de cuya intensidad y asiduidad fue testigo San Agustín, y la meditación de la Palabra de Dios, fueron la fuente de su incansable actividad como pastor y predicador. Su labor al frente de la diócesis de Milán fue muy fecunda. Tuvo que hacer frente a tres asuntos principales: la herejía arriana, la expansión del cristianismo entre los paganos del norte de Italia, y la intromisión del poder temporal en materia religiosa. Murió en Milán en el año 397. Sus restos descansan en la catedral de Milán.

San Ambrosio nos ha dejado una abundante producción literaria, con obras de carácter exegético, ascético, moral, y dogmático, y otras — cartas, himnos, discursos... —, aunque prácticamente todas responden a necesidades pastorales. Las obras exegéticas son colecciones de sermones predicados y, posteriormente, revisados. Su método se inspira en Orígenes. No comentó libros enteros (a excepción del evangelio de San Lucas), pues prefería la exégesis de pasajes que permitieran extraer consecuencias morales.

Loarte

Nabot el Jezraelita (1 Reyes 21).

Ambición y codicia de los ricos

1. La historia de Nabot sucedió hace mucho tiempo, pero se renueva todos los días. ¿Qué rico no ambiciona continuamente lo ajeno? ¿Cuál no pretende arrebatar al pobre su pequeña posesión e invadir la herencia de sus antepasados? ¿Quién se contenta con lo suyo? ¿Qué rico hay al que no excite su codicia la posesión vecina? Así, pues, no ha existido sólo un Ajab, sino que, lo que es peor, todos los días nace de nuevo y nunca se extingue su semilla en este siglo. Si muere uno, renacen muchos; son más los que nacen para la rapiña que para la dádiva. Ni es Nabot el único pobre asesinado; todos los días se renueva su sacrificio, todos los días se mata al pobre. Embargado por este miedo, el pobre abandona sus tierras y emigra cargado con sus hijos, prenda de amor; le sigue su mujer llorosa, como si acompañara a su marido a la tumba. Es menos deplorable para ella asistir al entierro de los suyos; porque aunque perdiera la ayuda de su marido, éste tendría un sepulcro, y aunque se quedara sin hijos, no lloraría su destierro ni estaría afligida por el hambre de su tierna prole.

2. ¿Hasta dónde pretendéis llevar, oh ricos, vuestra codicia insensata? ¿Acaso sois los únicos habitantes de la tierra? ¿Por qué expulsáis de sus posesiones a los que tienen vuestra misma naturaleza y vindicáis para vosotros solos la posesión de toda la tierra? En común ha sido creada la tierra para todos, ricos y pobres; ¿por qué os arrogáis, oh ricos, el derecho exclusivo del suelo? Nadie es rico por naturaleza, pues ésta engendra igualmente pobres a todos. Nacemos desnudos y sin oro ni plata. Desnudos vemos la luz del sol por primera vez, necesitados de alimento, vestido y bebidas; desnudos recibe la tierra a los que salieron de ella, y nadie puede encerrar con él en su sepulcro los límites de sus posesiones. Un pedazo estrecho de tierra es bastante a la hora de la muerte, lo mismo para el pobre que para el rico, y la tierra, que no fue suficiente para calmar la ambición del rico, lo cubre entonces totalmente. La naturaleza no distingue a los hombres ni en su nacimiento ni en su muerte. Les engendra igualmente a todos y del mismo modo les recibe en el seno del sepulcro. ¿Quién puede establecer clases entre los muertos? Excava de nuevo los sepulcros, y si puedes, distingue al rico. Desenterrad poco después una tumba y hablad si reconocéis al necesitado. Acaso solamente se puedan distinguir en que con el rico se pudren muchas mas cosas.

3. Los vestidos de seda y los ropajes entretejidos de oro, con los que se amortajan los cuerpos de los ricos, son un daño para los vivos y no ayuda para los difuntos. Te ungen, oh rico, y no dejas de ser fétido. Pierdes la gracia ajena y no adquieres la tuya. Dejas herederos que luchen entre sí con pleitos. Más que un conjunto de bienes que se acepta voluntariamente les transmites un depósito hereditario, y ellos temerán disminuir o violar lo que se les ha dejado. Si son herederos sobrios, lo conservarán; si lujuriosos, lo disiparán. Por consiguiente, condenas a los herederos que son buenos a una perpetua solicitud y dejas a los malos aquello con que pueden condenarse.

4. Pero acaso piensas que mientras vives abundas en todas las cosas. ¡Oh rico, no sabes cuán pobre eres y cuán necesitado te haces porque te crees rico! Cuanto más tienes, más deseas; y aunque lo adquieras todo, sin embargo, serías todavía indigente. La avaricia se inflama, no se extingue, con el lucro. Este proceso sigue la avaricia: cuanto más media, tanto más se apresura pata alcanzar metas desde donde sea más grande la caída final. El rico es más tolerable cuanto menos tiene. En relación a su hacienda, se contenta con poco; pero cuanto más aumenta su patrimonio, más crece su codicia. No quiere ser bajo en anhelos ni pobre en deseos. Junta así a la vez dos sentimientos inconciliables: la esperanza ambiciosa de riquezas y no depone el apego a la vida mísera. En fin, la Sagrada Escritura nos dice la miseria de su pobreza, nos revela cuán abyectamente mendiga.

5. Había un rey en Israel, Ajab, y un pobre, Nabot. El primero gozaba de las riquezas del reino; el segundo sólo poseía un pequeño terreno. Nabot no ambicionó nunca las posesiones del rico, pero el rey se sintió indigente porque no poseía la viña del pobre, su vecino. ¿Quién te parece más pobre: el uno, que estaba contento con lo suyo, o el otro, que deseaba lo ajeno? Nabot se nos muestra pobre en hacienda, y Ajab, pobre en el corazón. El deseo del rico no sabe ser pobre. La hacienda más abundante no es suficiente para saciar el corazón del avaro. Por eso hay divergencia entre el rico avaro, que envidia las posesiones de los demás, y el pobre. Pero consideremos ya las palabras de la Sagrada Escritura.

6. "Después de esto sucedió que Nabot de Jezrael tenía una viña en Israel, junto al palacio de Ajab, rey de Samaria. Ajab habló a Nabot diciéndole:

Cédeme tu viña para hacer un huerto de legumbres, pues está muy cerca de mi casa. Yo te daré por ella otra viña, y si esto no te conviene, te daré en dinero su valor. Pero Nabot respondió: Guárdeme Dios de cederte la heredad de mis padres. Ajab entonces se entristeció e irritó, se acostó en su lecho, vuelto el rostro, y no quiso comer."

7. Había expuesto más adelante la Sagrada Escritura que Eliseo, aun siendo pobre, dejó sus bueyes y corrió tras Elías, y luego volvió, mató sus bueyes y los distribuyó entre el pueblo, y siguió a Elías. Para condena de los ricos, que este rey representa, se expone esto previamente, en cuanto que, a pesar de haber recibido beneficios de Dios, como Ajab, a quien Dios concedió el reino y la lluvia por la oración del profeta Elías, violan los mandamientos divinos.

8. Pero oigamos que dijo: "Dame." ¿Qué palabra es ésta sino de pobre? ¿Cuál es la voz con que se implora la caridad pública sino "dame"? Dame, porque necesito; dame, porque no poseo otro remedio de vida; dame, porque no tengo pan para comer, ni bebida, ni alimento, ni vestido; dame, porque a ti te dio el Señor bienes de donde debes repartir, y a mí, no; dame, porque si no me das, nada tendré; dame, porque esta escrito: "Dad limosna" (Luc. 11:41). ¡Cuán abyecta y vil esta palabra en este caso! No tiene el afecto de la humildad, sino el incendio de la codicia. ¡En la misma expresión cuánta desvergüenza! "Dame — dice — tu viña." Confiesa que no es suya, de modo que reconoce la pide indebidamente.

9. "Y te daré — dice — por ella otra viña." El rico desdeña lo suyo como vil y ambiciona lo que es ajeno como preciosísimo.

10. "Si esto no te conviene, te daré en dinero su valor." Pronto corrige su error, ofreciendo dinero por la viña. Nada quiere que otro posea quien anhela abarcarlo todo con sus posesiones.

11. "Y tendré — dice — un huerto de hortalizas." Este era el motivo de toda su locura y furor, que buscaba un huerto para viles hortalizas. Vosotros, ricos, no tanto deseáis poseer lo que es útil como quitar a los demás lo que tienen. Cuidáis más de expoliar a los pobres que de vuestra ventaja. Estimáis injuria vuestra si el pobre posee algo de lo que juzgáis digno de la posesión del rico. Creéis que es daño vuestro todo lo que es ajeno. ¿Por qué os atraen tanto las riquezas de la naturaleza? El mundo ha sido creado para todos y unos pocos ricos intentáis reservároslo. Pues no sólo la posesión de la tierra, sino el mismo cielo, el aire, el mar, lo reclaman para su uso unos pocos ricos. Este espacio que tú encierras en tus amplias posesiones, ¿a cuánta muchedumbre podría alimentar? ¿Acaso los ángeles tienen divididos los espacios de los cielos, como tú haces cuando divides la tierra con mojones?

12. Exclama el profeta: "Ay de los que juntan casa a casa y finca a finca" (Is 5:8). Les acusa de avaricia estéril. Los ricos huyen de convivir con los hombres y por eso excluyen a sus vecinos. Pero no pueden huir totalmente, porque cuando les han excluido, encuentran a otros de nuevo, y cuando expulsan otra vez a estos es necesario que tengan a otros por vecinos. Pues no es posible que vivan solos sobre la tierra. Las aves se juntan con las aves y frecuentemente bandadas ingentes cubren el cielo con su vuelo; los animales se unen a los animales, y los peces, a los peces; ni buscan dañar, sino el comercio de la vida cuando se acogen a la compañía de otros y pretenden obtener protección por medio de la ayuda de una sociedad más frecuente. Sólo tú, hombre, excluyes al de tu misma naturaleza e incluyes a las fieras; construyes albergues para las fieras y destruyes los de los hombres. Dejas entrar el mar en tus predios para que no te falten monstruos y llevas hacia adelante los límites de tus tierras para que no puedas tener vecinos.

13. Escuchamos la voz del rico que pedía lo ajeno; oigamos ahora la voz del pobre que defendía lo suyo: "Guárdeme Dios de cederte la heredad de mis padres." Juzga que el dinero del rico es una especie de infección para él, como si dijera: "Sea ese dinero para perdición suya" (Hch 8:20), yo no puedo vender la heredad de mis padres. Aquí tienes un ejemplo que imitar, oh rico, si lo entiendes bien: que no vendas tu campo por noche de meretriz; que no transfieras tu derecho por atender los gastos de banquetes y placeres; que no adjudiques tu casa para cubrir los riesgos del juego, a fin de que no pierdas el derecho de la piedad hereditaria.

14. Oídas estas palabras, se turbó en su espíritu el rey avaro: "Se acostó en su lecho, vuelto el rostro, y no quiso comer." Lloran los ricos si no pueden arrebatar lo ajeno. No pueden ocultar la fuerza de su tristeza si los pobres no ceden a sus pretensiones. Desean dormir y encubren su rostro para no ver que hay en la tierra algo que es posesión de otro, que hay en el mundo algo que no es suyo, para no oír que el pobre tiene una posesión al lado de la suya, para no escuchar al pobre que les contradice. Las almas de estos ricos son aquellas a las que dice el profeta: "Mujeres ricas, resurgid" (Is 32:9).

15. "Y no comió — dice — su pan," porque deseaba lo ajeno. Los ricos, en efecto, comen más que el suyo el pan ajeno, porque viven del robo y forman su hacienda con el producto de la rapiña. O acaso Ajab no comió su pan, queriendo castigarse con la muerte, porque se le había negado algo.

16. Compara ahora los afectos del pobre. Nada tiene, pero no sabe ayunar voluntariamente, a no ser para Dios y por necesidad. Ricos, arrebatáis todo a los pobres y no les dejáis nada; sin embargo, vuestra pena es mayor que la de ellos. Los pobres ayunan si no tienen; vosotros, incluso cuando tenéis. Así, pues, os irrogáis a vosotros mismos primero la pena que infligís a los pobres. Sois vosotros los que sufrís por vuestra pasión las tribulaciones de la pobreza mísera. Los pobres, ciertamente, no tienen de qué vivir, pero vosotros ni usáis vuestras riquezas, ni las dejáis usar a los demás. Sacáis el oro de las venas de los metales, pero de nuevo lo escondéis. ¡Cuántas vidas encerráis con este oro!

17. ¿Para quién guardáis las riquezas? Se lee sobre el rico avaro: "Atesora y no sabe para quién reúne sus riquezas." El heredero ocioso espera; el descontentadizo protesta porque tardáis en morir. Desdeña el aumento de su herencia y tiene prisa de apoderarse de ella para su daño. ¿Qué desgracia mayor que ni siquiera merezcáis agradecimiento de aquél para quien trabajáis? Por él soportáis todos los días el hambre triste y teméis dañarle en vuestra mesa; por él ayunáis diariamente.

18. Conocí a un rico que cuando marchaba al campo solía contar los panes más pequeños que llevaba de la ciudad, de tal modo que por el número de panes se hubiera podido conocer cuántos días había estado en el campo. No quería abrir el granero cerrado para que no disminuyera lo que guardaba. Destinaba un solo pan para cada día, que apenas era suficiente para sustentarle. Averigüé también de fuente fidedigna que cuando le ponían un huevo deploraba el pollo que se perdía. Os escribo esto para que conozcáis que la justicia de Dios es vengadora, la cual castiga por medio de vuestro ayuno las lágrimas de los pobres.

19. ¡Qué obra de religión sería tu ayuno si lo que no gastas en tu sustento lo dieras a los pobres! Más tolerable era aquel rico de cuya mesa el pobre Lázaro, hambriento, recogía las migajas que caían; pero también sus banquetes comprendían la sangre de muchos pobres, y sus vasos estaban empañados por la sangre de muchos cogidos en su trampa.

20. ¡Cuántos mueren para que dispongáis de lo que os deleita! ¡Cuán funesta es vuestra ansia y vuestra lujuria! Este cae de techos elevados por preparar amplios depósitos para vuestros granos. Aquél se precipita de la copa más alta de los árboles, mientras busca las clases de uva con las que preparar un vino digno de vuestros banquetes. Hay quien ha perecido ahogado en el mar porque temías que faltaran los peces o las ostras en tu mesa. Uno perece a causa del frío invernal para cazar liebres o agarrar aves con red. Otro, ante tus ojos, si acaso en algo te desagrada, es azotado hasta la muerte y su sangre salpica hasta los mismos banquetes. En fin, rico era aquél que mandó traer la cabeza del profeta pobre y no encontró otro premio que ofrecer a la danzarina, a no ser mandarle matar.

Padre que se ve obligado a vender a los hijos

21. Vi cómo un pobre era detenido porque se le obligaba a pagar lo que no tenía; vi cómo era encarcelado porque había faltado el vino en la mesa del poderoso; vi cómo ponía en subasta a sus hijos para diferir en el tiempo la pena. Con la esperanza de hallar a alguien que le ayudase en esta necesidad vuelve el pobre a su alojamiento con los suyos y ve que no hay esperanza, que nada les quedaba para comer; llora otra vez el hambre de sus hijos y se duele de no haberlos vendido más bien a aquél que hubiera podido alimentarlos. Reflexiona nuevamente y toma la decisión de vender algún hijo. Sin embargo, desgarraban su corazón dos sentimientos opuestos: el temor de la miseria y la piedad paterna; el hambre exigía dinero; la naturaleza le pedía cumplir su deber de padre. Dispuesto a morir juntamente con sus hijos antes que tener que desprenderse de ellos, muchas veces echó a andar y otras tantas se volvió atrás. Sin embargo, acabó por vencer la necesidad, no el amor; y la misma piedad cedió ante la necesidad. (...)

Lujo de las mujeres. Naturaleza de las riquezas

26. Las mujeres se complacen en las cadenas con tal que sean de oro. No reparan en su peso, siempre que sean preciosas; no piensan que son ligaduras si en ellas centellean las alhajas. También se complacen en las heridas, con el fin de adornar de oro las orejas y hacer pender de ellas las gemas. Las joyas son pesadas y los vestidos ligeros no abrigan: sudan por las joyas que llevan y se hielan con los vestidos de seda; sin embargo, les agrada el precio y lo que repugna a la naturaleza lo recomienda la avaricia. Buscan con pasión furiosa esmeraldas y jacintos, berilos, ágatas, topacios, amatistas, jaspes; aunque se les pida la mitad de su hacienda, no temen el dispendio con tal de satisfacer sus deseos. No niego que sea agradable cierto fulgor de estas piedras, pero no dejan de ser piedras. Ellas mismas, pulidas en contra de su naturaleza, al perder su aspereza, nos advierten que debemos poner remedio antes a la dureza de la mente que a la de las piedras.

27. ¿Qué médico puede añadir un día a la vida de un hombre? ¿A quién redimieron sus riquezas del infierno? ¿Qué enfermedad mitigó el dinero? "No está la vida del hombre en la abundancia de sus riquezas" (Luc 12:15). "Nada aprovechan los tesoros a los injustos, pero la justicia libra de la muerte" (Prov l0:2). Oportunamente exclama el profeta: "Si afluyen las riquezas, no queráis apegar el corazón a ellas" (Sal 61:11). Pues, ¿de qué me sirven si no me pueden librar de la muerte? ¿Qué me aprovechan si no las puedo llevar conmigo cuando me muera? En este mundo se adquieren y aquí se dejan. Son un sueño, no un patrimonio verdadero. De aquí que acertadamente el mismo profeta diga de los ricos: "Durmieron su sueño todos los varones de las riquezas y no encontraron nada en sus manos" (Sal 75:6); es decir, se hallaron con las manos vacías los ricos que nada dieron a los pobres. No aliviaron en vida la miseria de alguien y no pudieron encontrar, después de la muerte, nada que les sirviera de ayuda.

Inquietud e intranquilidad del rico

28. Considera el mismo nombre de rico. "Dite," llaman los paganos al jefe de los infiernos, al árbitro de la muerte; también el rico recibe el nombre de "dite," porque no sabe salir de la muerte: reina sobre cosas muertas y tendrá su morada en el infierno. ¿Pues qué es el rico, a no ser un abismo insondable de riquezas, un hambre y sed insaciables de oro? Cuanto más atesora, tanto más se enciende su codicia. Por eso advierte el profeta: "Quien ama el dinero no se ve harto de él" (Eccle 5:9). Y poco después: "También esto es un triste mal, que como vino, así haya de volverse y nada pueda llevarse de cuanto trabajó, y sobre esto pasar todos los días de su vida en tinieblas, en dolor, en ira y miseria" (ibíd 15:6). Es más tolerable la condición de los siervos que la suya. Aquéllos sirven a los hombres; él, al pecado, porque "quien peca — como dice el apóstol — esclavo es del pecado." Siempre está apresado, siempre en cadenas, nunca libre de grillos, porque siempre es responsable de crímenes. ¡Cuán mísera esclavitud servir al pecado!

29. El rico no conoce ni siquiera los dones de la misma naturaleza, ni el reposo del sueño, ni el gusto del manjar sabroso, porque nunca está libre de su esclavitud. "Dulce es el sueño del esclavo, coma poco o mucho; pero al opulento no hay quien le deje dormir." Le excita la codicia, le agita el cuidado de arrebatar lo ajeno, le atormenta la envidia, le impacienta la tardanza, le perturba la escasez de las cosechas, le hace solícito la abundancia. Por eso, aquel rico, cuyas posesiones produjeron una cosecha abundante, pensaba dentro de sí: "¿qué haré, pues no tengo donde recoger mis frutos?"; y se dijo: "Esto haré: destruiré mis graneros y los haré mayores; en ellos guardaré todos los bienes que recolecte y diré a mi alma: alma, posees bienes abundantes para muchos años; descansa, come, bebe, ten banquetes" (Luc 12:17-9). Pero Dios le dijo entonces: "Necio, esta noche te pedirán tu alma; todo lo que has acumulado, ¿para quién será?" (ibíd. 20). Ni siquiera Dios deja dormir al rico. Lo llama mientras reflexiona, lo despierta cuando duerme.

30. Pero es el mismo rico quien no se deja en paz a sí mismo, porque le trae inquieto la abundancia de sus riquezas y, aun en tanta prosperidad, pronuncia una frase de pobre. "¿Qué haré?" ¿Acaso no es ésta voz de pobre, que no tiene lo necesario para vivir? En la mayor miseria, el pobre dirige la vista a su alrededor, escudriña su casa y nada encuentra que le pueda servir de alimento. Considera que no hay nada más triste que perecer de hambre y morir por falta de alimentos. Busca abreviar su muerte con suplicio más tolerable. Empuña la espada, cuelga el lazo, prepara el fuego, comprueba el veneno y, dudoso en la elección de uno de estos medios, dice: "¿Qué haré?" En fin, atraído por la suavidad de esta vida, desea revocar su decisión si puede encontrar bienes para vivir. Ve que todo está desnudo a su alrededor y vacío, y dice otra vez: "¿Qué haré? ¿Dónde encontraré alimento y vestidos? Quiero vivir si encuentro cómo sostener mi vida. Pero, ¿con qué medios, con qué ayuda?"

31. "¿Qué haré — dice — yo, que no tengo nada?" También el rico exclama que no tiene. Esta expresión es de pobre. Se lamenta de escasez aquél que recogió una cosecha abundante. "No tengo — dice — dónde encerrar mi cosecha." Parece como si dijera: "No tengo los frutos necesarios para vivir." ¿Es acaso feliz quien se ve angustiado en sus riquezas? En realidad, es más desgraciado este rico con toda la abundancia de sus bienes que el pobre en peligro de perecer de miseria. Pero el pobre tiene excusa en su desgracia, sufre una injusticia, tiene a quién culpar; el rico no tiene a quién achacar su miseria fuera de sí.

Uso social de las riquezas

32. Y dijo el rico: "Esto haré: destruiré mis graneros."Ni siquiera pasó por su imaginación decir: "Abriré mis graneros para que entren quienes no pueden remediar su hambre; vengan los necesitados, entren los pobres, llenen sus senos; destruiré las paredes que excluyen al hambriento. ¿Por qué voy a esconder lo que Dios hace abundar para comunicarlo? ¿Para qué voy a cerrar con cerrojos el trigo, con el cual Dios ha llenado toda la extensión de los campos, donde nace y crece sin custodia?"

33. La esperanza del avaro se desvanece. Los graneros viejos revientan con la nueva cosecha. Pero ni aun así dice: "Tuve bienes y los guardé en vano; he recolectado mucho más, ¿para qué los voy a almacenar? He buscado ávidamente hacer subir el precio y he perdido toda la ganancia que esperaba. ¿Cuántas vidas de los pobres pudo preservar el trigo de los años anteriores? Ya no más guardaré estos bienes hasta que suban los precios, pues se ha de estimar más la gracia que el dinero. Imitaré a José en su pregón de humanidad; clamaré con gran voz: Venid, pobres, comed de mi pan, ensanchad vuestros senos, recibid el trigo." La abundancia del rico, la fecundidad de toda la tierra, debe ser un bien de todos. Pero tú no hablas así, sino que dices: "Destruiré mis graneros." Con razón dices los destruyes, ya que no revierten en el pobre agobiado. Tus graneros son receptáculos de iniquidad, no instrumentos de la caridad. En verdad, destruye quien no sabe edificar sabiamente. Destruye sus bienes todo rico que olvida lo eterno. Destruye sus graneros porque no sabe repartir su trigo, sino encerrarlo.

34. "Y los haré — dice — mayores." Infeliz, mejor sería que distribuyeras entre los pobres lo que te vas a gastar en la edificación. Al mismo tiempo que rechazas el beneficio de la liberalidad sufres de grado el coste de la edificación.

35. Y añade: "Reuniré en él todos los frutos que he recolectado y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes." El avaro se siente arruinado por la abundancia de las cosechas, cuando considera el bajo precio de los alimentos. La fecundidad es un bien para todos, pero la mala cosecha sólo es ventajosa al avaro. Se goza más de la enormidad de los precios que de la abundancia de productos y prefiere tener algo solo que vender a todos. Obsérvalo. Teme la superabundancia de trigo que, rebosando de los hórreos, vaya a parar a manos de los pobres y sea ocasión para los necesitados de adquirir algún bien. El rico reclama para sí sólo el producto de las tierras, no porque quiera usarlo él, sino para negarlo a los demás.

36. "Tienes — dice — muchos bienes." No sabe enumerar el avaro otros bienes que los que son lucrativos. Pero le concedo que sean bienes las riquezas. ¿Por qué, pues, os servís de lo que es bueno para hacer el mal, cuando debierais hacer el bien con lo que es malo? Escrito esta: "Haceos amigos de las riquezas de iniquidad" (Luc 16:9). Por tanto, para aquellos que las saben usar son bienes, y para los que no, males ciertamente. "Distribuyó, dio a los pobres, su justicia permanece eternamente" (Sal 111:3). Son bienes si las distribuyes entre los pobres, y de este modo constituyes a Dios en deudor tuyo de un préstamo de piedad. Son bienes si abres los graneros de tu justicia y te haces pan de los pobres, vida de los necesitados, ojos de los ciegos, padre de los niños huérfanos.

37. Tienes posibilidad de hacerlo, ¿qué temes? Estoy de acuerdo con tus palabras. Tienes muchos bienes guardados para muchos años; luego podéis abundar en ellos no sólo tú, sino todos los demás. Tienes en tus manos el bienestar de todos, ¿por qué entonces destruyes tus graneros? Yo te muestro dónde puedes guardar mejor tu trigo, dónde puedes estar seguro que no te lo arrebatarán los ladrones. Dalo a los pobres; en ellos no lo consume el gorgojo ni lo corrompe el trascurso del tiempo. Tienes almacenes a tu disposición: el seno de los necesitados, las casas de las viudas, las bocas de los niños, donde se te pueda decir: "En las bocas de los niños y lactantes hallaste perfecta alabanza" (Sal 8:3). Estos son los graneros que duran eternamente; éstos son los graneros a los cuales las cosechas futuras no pueden hacer pequeños.

Porque, ¿qué harías nuevamente si otra vez tuvieras una cosecha abundantísima el próximo año? De nuevo tendrías que destruir los graneros que piensas edificar este año y hacerlos mayores. Dios te concede la prosperidad para vencer o condenar tu avaricia, a fin de que no puedas tener excusa. Pero lo que El hizo nacer por tu medio para muchos te lo reservas para ti solo, y ciertamente para ti mismo lo pierdes, pues más ganarías tú mismo si lo repartieras entre los demás. El fruto de estos dones revierte en los mismos que los comunican, y la gracia de la liberalidad la recibe el liberal. Puesto que está escrito: "Sembrad para la justicia" (Os 10:12), sé agricultor espiritual, siembra lo que te sea provechoso. Si la tierra te devuelve frutos superiores a la simiente que recibe, cuanto más el premio de la misericordia te devolverá multiplicado lo que dieres.

Muerte, riquezas y comunicación

38. En fin, hombre cualquiera que seas, ¿no sabes que el día de la muerte puede adelantarse a la cosecha, pero que la misericordia excluye de la muerte al que la ha merecido? Ya están presentes quienes requieren tu alma, y tú todavía difieres el fruto de tus buenas obras. ¿Crees que aún te queda largo tiempo de vida para cambiar? "Necio, esta noche te pedirán tu alma" (Luc 12:20). Dice bien "esta noche," pues de noche será exigida el alma del avaro: empieza en tinieblas y permanece en ellas. Para el avaro siempre es noche, y día para el justo. De éste se dijo: "En verdad, en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso" (Luc 23:34). "El necio cambia como la luna" (Eccle 27:12). "Pero los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre" (Mt 13:43). Con razón es acusado de necedad quien coloca su esperanza en comer y beber. Y por eso les urge el tiempo de la muerte, según la frase de los que sirven a la gula: "Comamos y bebamos, mañana moriremos" (Is 22:13). Se le llama necio acertadamente, porque proporciona lo corporal a su alma e ignora para quién guarda las cosas a las que sirve.

39. Por tanto, se le dice: "Los bienes que allegaste, ¿para quién serán?" (Luc 12:20). ¿Por qué todos los días mides, cuentas y pones sello a tu dinero? ¿Por qué pesas diariamente el oro y la plata? ¡Cuánto más te valdría ser dispensador liberal que guarda solícito! ¡Cuánto más te aprovecharía para la gracia que tuvieras selladas tus muchas balanzas en un saco! Pues el dinero lo dejamos en este mundo, pero la gracia de las buenas obras nos acompañará como mérito en el Juicio final.

40. Pero quizá repliques lo que vosotros los ricos soléis decir generalmente: "Que no debemos socorrer al que Dios maldice y quiere que sufra necesidad." Pero no han sido malditos los pobres, ya que de ellos está escrito: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos" (Mt 5:3). No del pobre, sino del rico dice la Escritura: "El que recibe usura del trigo será maldito" (Prov 11:26). Tú no debes, por otra parte, considerar los méritos de cada uno. Pertenece a la misericordia no juzgar los méritos, sino ayudar en las necesidades: socorrer al pobre. No examinar la justicia. Pues está escrito: "Bienaventurado quien entiende en el necesitado y el pobre" (Sal 40:2). ¿Quién es el que entiende? Quien le compadece, quien advierte que es participante de su misma naturaleza, quien sabe que Dios hizo al rico y al pobre, quien cree que santifica sus frutos si destina alguna parte de ellos para los pobres. Por consiguiente, cuando tengas de dónde hacer bien, no te retrases diciendo: "Mañana daré," a fin de que no pierdas la prosperidad que te permite dar. Es peligroso diferir el socorro a otro. Puede suceder que, mientras dilatas tu ayuda, muera el necesitado. Apresúrate más que la muerte, no sea que mañana te domine la avaricia y desistas de tus promesas.

Jezabel es figura de la avaricia

41. Pero, ¿por qué decirte que no demores la liberalidad? Ojalá no te apresures para la rapiña, ni arrebates lo que ambicionas, ni exijas lo que no es tuyo, ni te apoderes de lo que te niegan; ojalá soportes pacientemente la negativa y no escuches la voz de aquella Jezabel, que es la avaricia, que te dice con cierto dejo de vanidad: "Yo te proporcionaré la viña que deseas. Estás triste porque quieres observar, como medida de la justicia, no apoderarte de lo ajeno. Yo tengo mis derechos y mis leyes; acusaré falsamente al pobre para robarle y le quitaré la vida, si es preciso, para arrebatarle su posesión."

42. ¿Qué otra cosa se quiere describir en esta historia a no ser la avaricia del rico, que es un torrente que todo lo arrolla y destroza? Jezabel representa esta avaricia, y no hay una sola, sino muchas, ni es solamente de una época, sino de todos los tiempos. Ella dice a todos, como la Jezabel de la historia dijo a su marido, Ajab: "Levántate, come y vuelve en ti; yo te daré la viña de Nabot de Jezrael."

43. Y escribió ella unas cartas en nombre de Ajab y las selló con el sello de éste y se las mandó a los ancianos y a los magistrados que vivían con Nabot. He aquí lo que escribió en las cartas: "Promulgad un ayuno y traed a Nabot delante del pueblo y preparad dos malvados que depongan contra él diciendo: Tú has maldecido a Dios y al rey; y sacadle luego y lapidadle hasta que muera."

Falso e inútil ayuno de los ricos. Su hipocresía

44. ¡Cuán vivamente expresa la Sagrada Escritura el modo de obrar de los ricos! Se entristecen si no pueden robar lo ajeno: dejan de comer, ayunan, no para reparar sus pecados, sino para preparar el crimen. Y tal vez les ves venir a la iglesia oficiosos, humildes, asiduos, para obtener que se lleve a efecto su delito. Pero les dice Dios: "El ayuno que me agrada no es encorvar la cabeza como junco y acostarse en saco y ceniza. No llaméis a este ayuno aceptable. ¿Sabéis qué ayuno quiero yo? — dice el Señor — . Romper todas las ataduras de la injusticia, deshacer los vínculos opresores, dejar ir libres a los oprimidos y quebrantar todo yugo inicuo; que partas tu pan con el hambriento, que acojas en tu casa al pobre sin techo, que si ves al desnudo le vistas y no desprecies a tus hermanos. Entonces brillará tu luz como la aurora y se dejará ver pronto tu salud y te precederá la justicia y la gloria de Dios te rodeará; entonces llamarás al Señor y te oirá. Aún no hahreis acabado de hablar y te dirá: Aquí estoy" (Is 58:5-9).

45. ¿Oyes, rico, lo que dice el Señor? Y tú vienes a la iglesia, no para distribuir algo al pobre, sino para quitárselo; ayunas, no para que el gasto de tu comida vaya en beneficio de los pobres, sino para apoderarte incluso de sus despojos. ¿Qué pretendes con el libro, las cartas, el sello, las anotaciones y el vínculo de la ley? ¿No has oído? "Rompe todas las ligaduras de la injusticia, deshaz los vínculos opresores, deja ir a los oprimidos y quebranta todo yugo inicuo. Tú me ofreces las tablas en que está escrita la ley, yo te opongo la ley de Dios; tú escribes con tinta, yo te repito los oráculos de los profetas, escritos bajo inspiración de Dios; tú preparas falsos testimonios, yo pido ci testimonio de la conciencia, de cuyo juicio no puedes huir ni librarte, cuyo testimonio no podrás recusar en el día en que Dios revelará las obras ocultas de los hombres. Tú dices: "Destruiré mis graneros" (Luc 12:18); pero Dios dice: "Despréndete más bien de lo que encierra el granero, dalo a los pobres, que aprovechen estos recursos los necesitados." Tú dices: "Los haré mayores y reuniré en ellos mis cosechas por grandes que sean." Pero el Señor te dice: "Parte tu pan con el hambriento." Tú dices: "Quitaré a los pobres su casa."Pero el Señor te dice: "Recibe en tu casa a los necesitados que no tienen techo." ¿Cómo quieres, rico, que Dios te oiga, cuando tú no piensas que debes escuchar a Dios? Si no se acepta la arbitrariedad del rico, se inventa una causa y se estima injuria a Dios la negativa a la petición del rico.

46. "Nabot ha maldecido — dice — a Dios y al rey." Equipara a las personas para que parezca igual la ofensa. "Maldijo — dice — a Dios y al rey." Se buscaron dos testigos inicuos. También por dos testigos fue apetecida Susana, y dos testigos encontró también la Sinagoga que depusieron contra Jesús falsamente, y con dos testimonios es asesinado el pobre. "Luego sacaron a Nabot fuera de la ciudad y le lapidaron." ¡Si al menos hubiese podido morir entre los suyos! Pero el rico quiere quitar al pobre hasta la sepultura.

47. "Y sucedió que como oyese Ajab la muerte de Nabot, rasgó sus vestiduras y se vistió de cilicio. Y después de esto se levantó y descendió a la viña de Nabot de Jezrael para tomar posesión de ella." Los ricos, si no obtienen lo que desean, para hacer daño se airan y calumnian. Después fingen pesar; sin embargo, tristes y como afligidos, no de corazón, sino de rostro, marchan al lugar de la rapiña a tomar posesión inicua del fruto de su agresión.

48. Este hecho conmueve a la justicia divina, que condena al avaro con merecida severidad. "Mataste — se le dice — y te adueñaste de la heredad. Por eso en el lugar en el que los perros lamieron la sangre de Nabot lamerán también la tuya propia y las meretrices se lavarán en ella." ¡Cuán justa y cuán severa sentencia, que la muerte acerba que el rey causó la sufriera él mismo con todo su horror! Dios ve al pobre insepulto y establece que quede también sin sepultura el rico; Él quiere que pague, también muerto, sus iniquidades, porque no tuvo piedad ni siquiera de un muerto. El cadáver del rey, empapado en la sangre de sus heridas, muestra, con este género de muerte violenta, la crueldad de su vida. Cuando sufrió esta muerte el pobre fue inculpado el rico; cuando la recibió el rico fue vengada la muerte del pobre.

49. ¿Y qué significa que las meretrices se lavaran en su sangre, sino la perfidia propia de las prostitutas en que cayó el rey con su egoísmo salvaje, o la lujuria cruenta de él, que fue tan lujurioso hasta desear las hortalizas y tan sanguinario que por ellas mató a Nabot? Digna pena castiga al avaro y a la avaricia. En fin, también a Jezabel la devoraron los perros y las aves del cielo para dar a entender qué fin espera al rico en su sepultura. Huye, pues, rico, de las muertes de esta clase. Pero huirás de ellas si huyes de estos crímenes. No quieras ser otro Ajab, de modo que ambiciones la posesión del vecino. No cohabite contigo Jezabel, aquella avaricia feroz, pues te persuadirá para que mates, no refrenará tu codicia, sino la excitará; te hará más desgraciado aunque logres alcanzar lo que desea, te hará desnudo aunque seas rico.

Riqueza y pobreza

50. El que abunda en todo se cree el más pobre, porque estima que le falta todo lo que es poseído por otros. De todo el mundo carece aquél a quien para saciar su codicia no le basta el mundo entero; pero el fiel posee todas las riquezas de la tierra. Quien considerando su conciencia teme ser capturado, huye de todos los hombres. Por eso, según la historia, Ajab dijo a Elías, pero, según el sentido oculto, el rico al pobre: "Me hallaste, enemigo mío." ¡Qué conciencia más mísera que se duele de ser descubierta!

51. Y le dijo Elías: "Te hallé porque hiciste mal ante los ojos del Señor." Se trataba de un rey, Ajab, rey de Samaria, y de Elías, pobre, que carecía de pan y hubiese muerto de hambre, a no haber sido sustentado por los cuervos. Mas tan abyecta era la conciencia del rey pecador, que ni siquiera el fasto del poder real le podía dar dignidad. Por eso como persona vil e indigna dijo: "Me encontraste, enemigo mío." Descubriste en mí las cosas que creía ocultas, nada se te esconde de mi espíritu: me hallaste, te son patentes mis pecados, soy cautivo tuyo. El pecador es descubierto cuando su iniquidad es proclamada; pero el justo dice: "Me probaste con el fuego y no hallaste en mí iniquidad" (Sal XVI, 3). Adán fue descubierto cuando se escondía; pero nadie ha encontrado la sepultura de Moisés. Fue hallado Ajab, pero no Elías. Y la sabiduría de Dios dice: "Me buscarán los malos y no me encontrarán" (Prov 1:28). Por eso, según el Evangelio, también buscaban a Jesús y no le encontraban (Joan VII, 21). Es la culpa, pues, la que descubre a su autor. Por lo cual Elías dijo a Ajab: "Hallé que hiciste mal en la presencia de Dios," porque el Señor entrega a los reos de culpa, pero a los inocentes no les abandona al poder de sus enemigos. En fin, Saúl buscaba a David y no podía encontrarle; pero David, que no le buscaba, encontró al rey Saúl, porque se lo entregó Dios a su arbitrio. La riqueza, pues, nos hace esclavos; la pobreza, libres.

Difusión de las riquezas, comunicación y justicia

52. Vosotros, ricos, sois esclavos, y vuestra esclavitud es miserable porque servís al error, a la concupiscencia y a la avaricia que nunca se sacia. La avaricia es como un abismo sin fondo que hunde cada vez más lo que agarra, y como un pozo que, cuando rebosa, se llena de cieno y cae la tierra alrededor, infectándose más y más. También os conviene sacar una enseñanza de este ejemplo. En efecto, si de un pozo no se extrae nada, fácilmente se corrompe el agua por la inactividad y la hondura; por lo contrario, el sacarla frecuentemente hace al agua límpida y potable. Así sucede con un conjunto de riquezas, montón de polvo si no se utiliza, se hace precioso por el uso y permanece inútil si se mantiene guardado. Extrae, pues, algo de este pozo. El agua apaga el fuego ardiente y la limosna borra los pecados; pero el agua estancada pronto cría gusanos. No permanezca inmóvil tu tesoro, a fin de que no te rodee continuamente el fuego. Y te rodeará si no empleas tu tesoro en obras de misericordia. Considera, rico! en qué incendio estas metido. Tu voz es la de aquél que decía: "Padre Abrahán, di a Lázaro que moje el extremo de su dedo en agua y humedezca mi lengua" (Le XVI, 24).

53. A ti mismo te aprovecha lo que dieres al necesitado; para ti mismo aumenta lo que disminuye tu hacienda. Te alimenta a ti el pan que dieres al pobre, porque quien se compadece del pobre se sustenta a sí mismo de los frutos de su humanidad. La misericordia se siembra en la tierra y germina en ci cielo. Se planta en el pobre y se multiplica delante de Dios. "No digas — te ordena el Señor mañana daré" (Prov III, 28). Quien no sufre que tú digas "Mañana daré," ¿con-lo podrá soportar que contestes "No daré"? No le das al pobre de lo tuyo, sino que le devuelves lo suyo. Pues lo que es común y ha sido dado para el uso de todos, lo usurpas tú solo. La tierra es de todos, no sólo de los ricos; pero son muchos menos los que gozan de ella que los que gozan. Pagas, pues, un débito, no das gratuitamente lo que no debes. "Presta atención, sin enojarte, al pobre, y paga tu deuda, y respóndele con benignidad y mansedumbre" (Eccle IV, 8).

Igualdad del rico y el pobre. El oro prueba al hombre

54. ¿Por qué, pues, rico! eres soberbio? ¿Por qué dices al pobre: "No me toques"? ¿Acaso no has sido concebido y has nacido como él? ¿Por qué te jactas de la nobleza de tu progenie? Soléis examinar también el origen de vuestros perros, como el de los ricos, e igualmente la nobleza de vuestros caballos, como la de los cónsules. Aquél fue engendrado por tal padre y nació de tal madre; aquél se gloria de tal abuelo; el otro se envanece de su bisabuelo. Pero todo esto de nada sirve al caballo que corre: no se da la palma de la victoria a la nobleza de origen, sino a la velocidad del caballo. ¡Más sujeta está al deshonor una vida en la cual se pone a prueba también la nobleza de origen! Ten cuidado, rico, no deshonres en ti los méritos de tus mayores, para que no se les pueda decir: "¿Por qué elegisteis a tal heredero?" No consiste el mérito del heredero en los artesonados dorados ni en las mesas de pórfido. Este mérito no es de los hombres, sino de las minas, en las cuales los hombres son castigados. Son los pobres quienes excavan el oro, a quienes después se les niega. Pasan fatigas para buscar y descubrir lo que después nunca podrán poseer.

55. Me admiro, ricos, de que creáis poder envaneceros tanto en el oro, pues es más materia de tropiezo que don recomendable. "Piedra de escándalo es el oro, ¡y ay de los que van tras él! Bienaventurado es el rico que es hallado sin mancha y no corre tras el oro ni espera en los tesoros" (Eccl XXI, 8). Pero como si no existiese sobre la tierra un tal hombre, quiere representárselo: "Quién es éste — dice — y le alabaremos": hizo algo digno de gran admiración, que debemos reconocer como desusado. Quien en las riquezas ha sido probado es verdaderamente perfecto y digno de gloria. "Porque pudo pecar y no pecó; hacer mal y no lo hizo" (ibíd., 18). El oro, en el cual hay tanto peligro de pecado, no es, pues, para vosotros motivo de gracia, sino de castigo.

Inmunidad de los ricos. Uso recto de la riqueza

56. ¿Os enorgullece acaso la amplitud de vuestros palacios, la cual más bien os debiera afligir, porque aunque pudieran albergar a todo el pueblo os aíslan de los clamores de los pobres? Si bien de nada os serviría oírlos, ya que, una vez oídos, nada hacéis. Vuestros mismos palacios deberían ser motivo de vergüenza para vosotros, porque, edificando, queréis superar vuestras riquezas y, sin embargo, no las vencéis. Vosotros revestís vuestras paredes y desnudáis a los hombres. El pobre desnudo gime ante tu puerta, y ni le miras siquiera. Es un hombre desnudo quien te implora y tú sólo te preocupas de los mármoles con que recubrirás tus pavimentos. El pobre te pide dinero y no lo obtiene; es un hombre que busca pan y tus caballos tascan el oro bajo sus dientes. Te gozas en los adornos preciosos, mientras otros no tienen qué comer. ¡Qué juicio más severo te estás preparando, oh rico! El pueblo tiene hambre y tú cierras los graneros; el pueblo implora y tú exhibes tus joyas. ¡Desgraciado quien tiene facultades para librar a tantas vidas de la muerte y no quiere! Las vidas de todo un pueblo habrían podido salvar las piedras de tu anillo.

57 Escucha qué modo de hablar conviene al rico: "Libré al pobre de la mano del poderoso y ayudé al huérfano que no tenía quien mirara por él. Caía sobre mí la bendición del miserable y la boca de la viuda me glorificaba. Vestíame de justicia; era ojo para los ciegos y pies para el cojo" (Job XXIX, 13-6). Y continúa un poco después: "No se quedaba fuera de mi casa el extranjero y abría mi puerta al viandante. Si pequé imprudente, no oculté mi culpa ni temí a la multitud de la plebe, de modo que no la reconociera ante los presentes. Si consentí que el enfermo saliera de las puertas de mi casa, vacío. Si tuve algún depósito de deudor y no lo devolví sin retraso, aun sin recuperación de la deuda" (Job XXXI, 32-4).

Mas, ¿por qué repetir que él confesó que lloraba con los que lloraban y se dolía cuando veía a un hombre necesitado y a sí mismo lleno de bienes? Entonces se sentía más desdichado, cuando veía que él poseía y los demás estaban en la indigencia. Si esto dijo aquel que nunca hizo llorar a las viudas, ni comió su pan solo, sin dar parte de él al huérfano, al cual desde su juventud cuidó, aumentó y educó con el afecto de un padre; que nunca menospreció al desnudo, que enterró al muerto, que calentó a los enfermos con los vellones de sus ovejas, que no oprimió al huérfano, que nunca se deleitó en las riquezas ni se congratuló en la caída de sus enemigos; si quien esto hizo se vio necesitado teniendo tan grandes riquezas y nada sacó de tan gran patrimonio, excepto el fruto de la misericordia, ¿qué puedes esperar tú, que no sabes usar tu patrimonio, que en tantas riquezas llevas una vida miserable, porque a nadie socorres ni ayudas?

58. Tú, que entierras el oro, eres, por tanto, guardia de tu hacienda, no señor de ella; eres administrador de él, no árbitro. Pero donde está tu tesoro allí está tu corazón. Por eso con el oro entierras tu corazón. Vende más bien el oro y compra la salvación; vende la piedra preciosa y compra el reino de los cielos; vende tu campo y asegúrate la vida eterna. Te propongo la verdad, atestiguada por las palabras del Señor: "Si quieres ser perfecto — dice —, ve, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo (Mt XIX, 21). Procura no entristecerte al oír estas palabras para que no se te diga como a aquel joven rico: "Cuán difícilmente entrarán en el reino de los cielos los que tienen dinero" (Mc X, 32). Cuando leas estas palabras considera más bien que la muerte te puede arrebatar todo lo que posees y que puede quitártelo quien está sobre ti, porque aspiras a cosas pequeñas en lugar de grandes, a caducas en vez de eternas, a tesoros de dinero en lugar de tesoros de gracia. Aquéllos se corrompen, éstos son eternos.

59. Considera que no posees tú solo estos tesoros; los posee también la carcoma y el orín que consume al dinero. Estos son los compañeros que te proporciona la avaricia. Mira, por el contrario, a quienes te ofrecen la generosidad como deudores: "Muchos serán los labios de los justos que te bendigan como espléndido en pan, y los que darán testimonio de tu bondad" (Eccl 31:28). La generosidad hace deudor tuyo a Dios Padre, quien por toda dádiva con que se socorre al pobre paga usura, como deudor de buen crédito. Hazte deudor al Hijo de Dios, que dice: "Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis; estaba desnudo y me cubristeis" (Mt 26:35-6). Declara que se le entrega a Él mismo lo que se haga a uno de sus pequeños sobre la tierra.

Verdadera riqueza y posesión. Dominio divino

60. Tú, hombre, no sabes atesorar riquezas. Si quieres ser rico, sé pobre en este mundo para que seas rico en Dios. Es rico en Dios quien es rico en la fe; es rico en Dios quien es rico en misericordia; es rico en Dios quien es rico en simplicidad; es rico en Dios quien es rico en sabiduría y en ciencia. Hay quienes son ricos en la pobreza, y quienes son pobres en la riqueza. Son ricos los pobres cuya extrema pobreza abundó en la riqueza de su simplicidad; pero los ricos padecieron necesidad y tuvieron hambre. Pues no en vano está escrito: "Los pobres serán antepuestos a los ricos y los siervos darán prestado a sus propios señores" (Prov 17:2), porque los ricos y los señores siembran lo malo y superfluo, de lo cual no recogen frutos, sino espinas. Por eso los ricos serán súbditos de los pobres y los siervos prestarán a sus dueños en lo espiritual, como aquel rico que suplicaba al pobre Lázaro le diera una gota de agua. Puedes hacer tú también, ¡oh rico! que se cumpla el sentido de esta sentencia: da con largueza al pobre y prestarás a Dios, pues quien es liberal con el pobre da prestado a Dios.

63. Declara expresamente el Profeta quiénes son todos éstos al decir: "Todos los varones de riquezas" (Sal 75:6); todos, dice, no exceptúa a ninguno. Y acertadamente les da el nombre de varones de riquezas, no riquezas de varones para dar a entender que no son poseedores de sus riquezas, sino al revés, poseídos por ellas. La posesión debe ser del poseedor, no el poseedor de la posesión. Pues todo el que no usa de su patrimonio como poseedor, que no sabe dar con largueza y repartir a los pobres, es siervo de su hacienda, no señor de ella, porque guarda las riquezas ajenas como criado y no usa de ellas como señor.

Por tanto, en este sentido decimos que el hombre es de las riquezas, no las riquezas del hombre. El entendimiento es bueno para los que usan de él; pero quien no entiende no puede reclamar la gracia del entendimiento y por eso le adormece el sueño de la ebriedad. De este modo, los varones duermen su sueño; es decir, el suyo, no el de Cristo. Y porque no duermen el sueño de Cristo no poseen su paz, ni resucitarán con El, que dijo: "Yo dormí, reposé y resucité porque el Señor me acogió" (Sal III, 6).

67. Dirigiéndose a vosotros, el Profeta os dice: "Orad y convertíos al Señor, nuestro Dios" (Sal LXXV, 12); es decir, no queráis desentenderos, el tiempo apremia, orad por vuestros pecados, devolved por los beneficios recibidos los bienes que tenéis. De El recibisteis lo que ofrecéis: de El mismo es lo que le pagáis. "Dones míos — dice — (1 Crón XXIX, 14) y dádivas mías son todo esto que me ofrecéis; yo os lo di y doné." En fin, el Profeta dice: "No necesitáis de mis bienes" (Sal XV, 2); por tanto, te ofrezco lo tuyo, porque no tengo nada que no me hayas dado. La fe es la que ofrece los dones; la humildad, la que los hace agradables. Abel ofreció a Dios con fe muchas hostias, y las ofrendas de Abel agradaron a Dios más que los dones de Caín, porque su fe era superior. ¿Por qué razón, en efecto, agrada a Dios la ofrenda del pobre más que la del rico? Porque el pobre es más rico en fe y sobriedad, y aun cuando sea pobre, de él es de quien se dice: "Te ofrecen presentes reales" (Sal LXVII, 30).

El Señor Jesús no se compadece en los que le hacen ofrendas vestidos de púrpura, sino en los que dominan sus propios movimientos, a la sensualidad del cuerpo con la fuerza del espíritu. Por tanto, orad, ricos. No poseéis en vuestras obras lo que agrada a Dios. Orad por vuestros pecados y crímenes y restituid los dones a Dios nuestro Señor. Restituidle en el pobre, pagadle en el necesitado, prestadle en el indigente, pues no podéis aplacarle por vuestros delitos de otra forma. A quien teméis como vengador, hacedle deudor. "Yo no recibiré becerros de tu casa, ni machos cabríos de tus rebaños, porque son mías todas las bestias de los bosques" (Sal XLIX, 9-10). Lo que me ofrecieres, mío es, porque todo el universo es mío. No os exijo lo que es mío, sino lo que me podéis ofrecer vuestro, el afecto de devoción y de fe. No me deleito en el deseo de sacrificios: únicamente, ¡oh hombre! "ofrece a Dios sacrificios de alabanza y cumple tus votos al Altísimo" (ibíd., 14)12.

 

El Cuerpo de Cristo (Los sacramentos IV, 5-25).

Os aproximáis al altar. Nada más comenzar a venir, los ángeles os han mirado. Han visto que os acercáis al altar, y vuestra condición humana, que antes estaba manchada por la oscura fealdad de los pecados, la han visto súbitamente brillar. Y así se han preguntado: ¿quién es ésta que sube del desierto llena de blancura? (Cant 8:5). Los ángeles se admiran; ¿quieres saber cuál es la causa de su admiración? Escucha al Apóstol Pedro decir que se nos ha dado aquello que los mismos ángeles desean contemplar (cfr. 1 Re 1:12). Escucha de nuevo: lo que ojo no vio — dice —, ni oído oyó, eso es lo que Dios ha preparado para los que le aman (1 Cor 2:9).

Considera atentamente lo que has recibido. El santo profeta David vio esta gracia en figura, y la deseó. ¿Quieres saber cómo la ha deseado? Óyele decir de nuevo: aspérgeme con hisopo y quedaré limpio, lávame y seré más blanco que la nieve (Sal 50:9). ¿Por qué? Porque la nieve, aunque sea blanca, muy a menudo está manchada por algún tipo de suciedad, y se afea; pero la gracia que tú has recibido, mientras la conserves tiene una duración sin fin.

Te acercabas, pues, lleno de deseos por haber visto tal gracia; venías al altar, lleno de deseos, para recibir el sacramento. Tu alma dice: me acercaré al altar de mi Dios, al Dios que llena de alegría mi juventud (Sal 42:4). Te has despojado de la vejez de los pecados y te has revestido de la juventud de la gracia. Esto te lo otorgaron los celestes sacramentos. Escucha otra vez a David, que dice: se renovará tu juventud como la del águila (Sal 102:5). Te has convertido en un águila ágil que se lanza hacia el cielo despreciando lo que es de la tierra. Las buenas águilas rodean el altar: porque allí donde está el cuerpo, allí se congregan las águilas (Mt 24:28). El altar representa el cuerpo, y el cuerpo de Cristo está sobre el altar. Vosotros sois águilas rejuvenecidas por la limpieza de las faltas.

Te has aproximado al altar, has fijado tu mirada sobre los sacramentos colocados encima del altar, y te has sorprendido al ver que es cosa creada, y además, cosa creada común y familiar.

Quizá diga alguno: Dios hizo una gran merced a los judíos, dándoles el maná llovido del cielo; ¿qué ha dado de más a sus fieles? ¿Qué ha dado de más a quienes tantas cosas había prometido?

(...) Quizá dices: este pan que me da a mí es un pan ordinario. Y no. Este pan es pan antes de las palabras sacramentales; mas una vez que recibe la consagración, de pan se cambia en la carne de Cristo. Vamos a probarlo. ¿Cómo puede el que es pan ser cuerpo de Cristo? Y la consagración, ¿con qué palabras se realiza y quién las dijo? Con las palabras que dijo el Señor Jesús. En efecto, todo lo que se dice antes son palabras del sacerdote: alabanzas a Dios, oraciones en las que se pide por el pueblo, por los reyes, por los demás hombres; pero en cuanto llega el momento de confeccionar el sacramento venerable, ya el sacerdote no habla con sus palabras sino que emplea las de Cristo. Luego es la palabra de Cristo la que realiza este sacramento.

(...) ¿Quieres saber con qué celestiales palabras se consagra? Atiende cuáles son. Dice el sacerdote: concédenos que esta oblación sea aprobada espiritual, agradable, porque es figura del cuerpo y de la sangre de Nuestro Señor Jesucristo, El cual, la víspera de su Pasión, tomó el pan en sus santas manos, elevó sus ojos al cielo, hacia Ti, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, dando gracias, lo bendijo, lo partió, y una vez partido, lo dio a sus apóstoles y discípulos diciendo: "tomad y comed todos de él porque esto es mi cuerpo, que será quebrantado en favor de muchos."

Presta atención. De igual manera, tomó también el cáliz después de cenar, la víspera de su Pasión, levantó los ojos al cielo, hacia Ti, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, lo bendijo dando gracias y lo dio a sus apóstoles y discípulos diciendo: "tomad y bebed todos de él, porque ésta es mi sangre." Observa que todas estas palabras son del Evangelista hasta el tomad, ya el cuerpo, ya la sangre; mas a partir de ahí, las palabras son de Cristo: tomad y bebed todos de él, porque ésta es mi sangre.

Observa cada detalle. Se dice: la víspera de su Pasión, tomó el pan en sus santas manos. Antes de la consagración es pan; mas apenas se añaden las palabras de Cristo, es el cuerpo de Cristo. Por último, escucha lo que dice: tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo. Y antes de las palabras de Cristo, el cáliz está lleno de vino y agua; pero en cuanto las palabras de Cristo han obrado, se hace allí presente la sangre de Cristo, que redimió al pueblo. Ved, pues, de cuántas maneras la palabra de Cristo es capaz de transformarlo todo. Pues si el Señor Jesús, en persona, nos da testimonio de que recibimos su cuerpo y su sangre, ¿acaso debemos dudar de la autoridad de su testimonio?

Vuelve ya conmigo al tema que tratábamos. Cosa grande es, ciertamente, y digna de veneración, que sobre los judíos lloviese maná del cielo Pero reflexiona: ¿qué es más grande, el maná del cielo o el cuerpo de Cristo? Sin lugar a dudas, el cuerpo de Cristo, que es el Autor del cielo. Además, el que comió el maná murió; pero el que comiere este cuerpo recibirá el perdón de sus pecados y no morirá eternamente.

Luego no sin razón dices: amén, confesando ya en espíritu que recibes el cuerpo de Cristo. Cuando te presentas a comulgar, el sacerdote te dice: el cuerpo de Cristo. Y tú respondes: amén, es decir: así es en verdad. Lo que la lengua confiesa, la convicción lo guarde.

El martirio-interior (Exposición sobre el Salmo 118:20-51).

Muchos me persiguen y me afligen: pero no me he apartado de tus mandamientos (Sal 1189:119:157).

Los peores perseguidores no son los que se manifiestan como tales, sino aquellos que no se ven. ¡Y de éstos hay muchos! Pues del mismo modo que un rey perseguidor ordenaba muchos mandatos de acosamiento y los hostigadores se desparramaban por todas las provincias y ciudades, el diablo lanza a muchos de sus ministros, para que persigan a todas las almas, no sólo por fuera sino también por dentro.

De estas persecuciones se dijo: todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo, sufrirán persecución (2 Tim 3:12). El Apóstol escribió todos; no exceptuó ninguno. Pues, ¿quién puede ser exceptuado cuando el mismo Señor toleró las tentativas de persecución? Persigue la avaricia; persigue la ambición; persigue la lujuria; persigue la soberbia y persiguen los placeres de la carne. No olvides que el Apóstol dijo: huid de la fornicación (1 Cor 6:18). ¿Y de qué huyes, sino de aquello que te persigue?: el mal espíritu de la lujuria, el mal espíritu de la avaricia, el mal espíritu de la soberbia.

Los perseguidores temibles son aquellos que, sin el terror de la espada, destruyen con frecuencia el espíritu del hombre; aquellos que, más con halagos que con espanto, someten las almas de los fieles. Éstos son los enemigos de los que te debes guardar, éstos son los tiranos más peligrosos, por los que Adán fue vencido. Muchos, coronados en públicas persecuciones, cayeron en estas persecuciones ocultas. Por fuera, dijo el Apóstol, luchas; por dentro, temores (2 Cor 7:5).

Adviertes qué duro es el combate que hay en el interior del hombre, para que se bata consigo mismo y luche contra sus pasiones. El mismo Apóstol vacila, duda, es atenazado y manifiesta que está sujeto a la ley del pecado y reducido por su cuerpo de muerte, y no podría evadirse, si no fuera liberado por la gracia de Cristo Jesús (cfr. Rm 7:23-25).

Y del mismo modo que hay muchas persecuciones, así también hay muchos martirios. Todos los días eres testigo de Cristo. Eres mártir de Cristo si sufriste la tentación del espíritu de lujuria, pero, temeroso del futuro juicio de Cristo, no pensaste en profanar la pureza del alma y del cuerpo.

Eres mártir de Cristo si fuiste tentado por el espíritu de la avaricia para apoderarte de los bienes de los inferiores o no respetar los derechos de las viudas indefensas, pero juzgaste que era mejor alcanzar la riqueza por la contemplación de los preceptos divinos, que cometer la injusticia. Cristo quiere estar cerca de tales testigos, según está escrito: aprended a obrar el bien, buscad lo justo, respetad al agraviado, haced justicia al huérfano, y amparad a la viuda: venid y entendámonos (Is 1:17-18)

Eres mártir de Cristo si fuiste tentado por el espíritu de soberbIa, pero viendo al débil y desvalido, te compadeciste con piadoso espíritu, y amaste la humildad más que la arrogancia. Y aún más si diste testimonio no sólo de palabra, sino también con obras. Pues ¿quién es testigo más fiel, que aquél que confiesa que el Señor Jesús se ha encarnado, al tiempo que guarda los preceptos del Evangelio? Porque quien escucha y no pone por obra, niega a Cristo. Aunque lo confiese de palabra, lo niega por las obras. Pues a muchos que dicen: Señor, Señor, ¿acaso en tu nombre no hemos profetizado, arrojado demonIos y obrado muchas virtudes? (Mt 7:22), les dirá en aquel día: apartaos de mi todos los que hayáis obrado la iniquidad (Ibid., 23). Porque es testigo aquél que, haciéndose fiador con sus hechos, confiesa a Cristo Jesús.

¡Cuántos, todos los días, son mártires de Cristo en oculto, y confiesan al Señor Jesús con sus obras! El Apóstol conocía este martirio y testimonio fiel de Cristo, cuando afirmaba: ésta es nuestra gloria: el testimonio de nuestra conciencia (2 Cor 1:12) (...).

Muchos me persiguen, y me afligen. Quizá Cristo dice esto, y lo dice con la voz de cada uno de nosotros: el adversario lo persigue dentro de nosotros. Si pretendes que nadie te persiga, apartas a Cristo, que sufrió tentación para vencerla. Donde el diablo lo ve, allí prepara insidias, allí maquina los ardides de la tentación, allí urde sus engaños, para rechazarlo si pudiera. Pero donde el diablo combate, allí está presente Cristo; donde el diablo asedia, allí Cristo está encerrado y defiende los muros de la fortaleza espiritual. Así pues, el que retrocede ante la llegada del perseguidor, expulsa también al defensor. Por tanto, cuando oigas: muchos me persiguen y me afligen, no temas, que también puedes decir: si Dios está con nosotros ¿quién contra nosotros? (Rm 8:31). Esto afirma con verdad aquél que, por los testimonios del Señor, se aparta sin rodeos de la senda de los vicios.

La misericordia divina. (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas).

¿Quién hay de vosotros que, teniendo cien ovejas y habiendo perdido una de ellas, no deje las noventa y nueve en la dehesa, y no vaya en busca de la que se perdió, hasta encontrarla? (Lc 15:4). Un poco más arriba has aprendido cómo es necesario desterrar la negligencia, evitar la arrogancia, y también a adquirir la devoción y a no entregarte a los quehaceres de este mundo, ni anteponer los bienes caducos a los que no tienen fin; pero, puesto que la fragilidad humana no puede conservarse en línea recta en medio de un mundo tan corrompido, ese buen médico te ha proporcionado los remedios, aun contra el error, y ese juez misericordioso te ha ofrecido la esperanza del perdón. Y así, no sin razón, San Lucas ha narrado por orden tres parábolas: la de la oveja perdida y luego hallada, la de la dracma que se había extraviado y fue encontrada, y la del hijo que había muerto y volvió a la vida; y todo esto para que, aleccionados con este triple remedio, podamos curar nuestras heridas, pues una cuerda de tres hilos no es fácil de romper (Qoh 4:12).

¿Quién es este padre, ese pastor y esa mujer? ¿Acaso no representan a Dios Padre, a Cristo y a la Iglesia? Cristo te lleva sobre sus hombros, te busca la Iglesia y te recibe el Padre. Uno porque es Pastor, no cesa de llevarte; la otra, como Madre, sin cesar te busca, y entonces el Padre vuelve a vestirte. El primero, por obra de su misericordia; la segunda, cuidándote; y el tercero, reconciliándote con Él. A cada uno de ellos le cuadra perfectamente una de esas cualidades: el Redentor viene a salvar, la Iglesia asiste y el Padre reconcilia. En todo actuar divino está presente la misma misericordia, aunque la gracia varía según nuestros méritos. El pastor llama a la oveja cansada, se encuentra la dracma que se había perdido, y el hijo, por sus propios pasos, vuelve al padre y lo hace plenamente arrepentido del error que lo acusa sin cesar. Y por eso, con toda justicia, se ha escrito: Tú, Señor, salvarás a los hombres y a los animales (Sal 35:7). ¿Y quiénes son estos animales? El profeta dijo que la simiente de Israel era una simiente de hombre y la de Judá una simiente de animales (cfr. Jer 31:27). Por eso Israel es salvada como un hombre y Judá recogida como una oveja. Por lo que a mí se refiere, prefiero ser hijo antes que oveja, pues aunque ésta es solícitamente buscada por el pastor, el hijo recibe el homenaje de su padre.

Regocijémonos, pues, ya que aquella oveja que había perecido en Adán fue salvada por Cristo. Los hombros de Cristo son los brazos de la Cruz. En ella deposité mis pecados, y sobre la nobleza de este patíbulo he descansado. Esta oveja es una en cuanto al género, pero no en cuanto a la especie: pues todos nosotros formamos un solo cuerpo (1 Cor 10:17), aunque somos muchos miembros, y por eso está escrito: vosotros sois el Cuerpo de Cristo, y miembros de sus miembros (1 Cor 12:27). Pues el Hijo del hombre vino a salvar lo que había perecido (Lc 19:10), es decir, a todos, puesto que lo mismo que en Adán todos murieron, asÍ en Cristo todos serán vivificados (I Cor 15:22).

Se trata, pues, de un rico pastor de cuyos dominios nosotros no formamos más que una centésima parte. Él tiene innumerables rebaños de ángeles, arcángeles, dominaciones, potestades, tronos (cfr. Col 1:16) y otros más a los que ha dejado en el monte, quienes — por ser racionales — no sin motivo se alegran de la redención de los hombres. Además, el que cada uno considere que su conversión proporcionará una gran alegría a los coros de los ángeles, que unas veces tienen el deber de ejercer su patrocinio y otras el de apartar del pecado, es ciertamente de gran provecho para adelantar en el bien. Esfuérzate, pues, en ser una alegría para esos ángeles a los que llenas de gozo por medio de tu conversión.

No sin razón se alegra también aquella mujer que encontró la dracma (cfr. Lc 15:8-10). Y esta dracma, que lleva impresa la figura del príncipe, no es algo que tenga poco valor. Por eso, toda la riqueza de la Iglesia consiste en poseer la imagen del Rey. Nosotros somos sus ovejas; oremos, pues, para que se digne colocarnos sobre el agua que vivifica (cfr. Sal 22:2). He dicho que somos ovejas: pidamos, por tanto, el pasto; y, ya que somos hijos, corramos hacia el Padre.

No temamos haber despilfarrado el patrimonio de la dignidad espiritual en placeres terrenales (cfr. Lc 15:11-32). El Padre vuelve a dar al hijo el tesoro que antes poseía, el tesoro de la fe, que nunca disminuye; pues, aunque lo hubiese dado todo, el que no perdió lo que había recibido, lo tiene todo. Y no temas que no te vaya a recibir, porque Dios no se alegra de la perdición de los vivos (Sab 1:13). En verdad, saldrá corriendo a tu encuentro y se arrojará a tu cuello — pues el Señor es quien levanta los corazones (Sal 145:8) —, te dará un beso, que es la señal de la ternura y del amor, y mandará que te pongan el vestido, el anillo y las sandalias. Tú todavía temes por la afrenta que le has causado, pero El te devuelve tu dignidad perdida; tú tienes miedo al castigo, y Él, sin embargo, te besa; tú temes, en fin, el reproche, pero Él te agasaja con un banquete.

Sobre la amistad (Los deberes de los ministros, lll, 124-135).

Sólo es digna de alabanza la amistad que favorece las buenas costumbres. La amistad debe preferirse a las riquezas, a los honores, al poder, pero no a la virtud; más bien, debe ella regirse según las reglas de la rectitud moral. Así fue la amistad de Jonatán con David: por el cariño que le tenía, no hizo caso ni de la ira de su padre ni del peligro a que exponía su propia vida (cfr. 1 Sam 20:29 ss). Así fue la de Abimelech: por cumplir los deberes de la hospitalidad, prefirió afrontar la muerte antes que traicionar al amigo que huía (cfr. 1 Sam 21:6).

También la Escritura, tratando de la amistad, afirma que la virtud no debe ofenderse nunca por amor del amigo: nada se ha de anteponer a la virtud (...). Si descubres algún defecto en el amigo, corrígele en secreto; si no te escucha, repréndele abiertamente. Las correcciones, en efecto, hacen bien y son de más provecho que una amistad muda. Si el amigo se siente ofendido, corrígelo igualmente; insiste sin temor, aunque el sabor amargo de la corrección le disguste. Está escrito en el libro de los Proverbios: las heridas de un amigo son más tolerables que los besos de los aduladores (Prv 27:6). Corrige, pues, al amigo que yerra, pero no abandones al amigo inocente. La amistad ha de ser constante y perseverante en sus afectos: no cambiemos de amigos como hacen los niños, que se dejan llevar por la ola fácil de los sentimientos.

Abre tu corazón al amigo para que te sea fiel y te comunique la alegría de la vida. Un amigo fiel, en efecto, es medicina de vida y de inmortalidad (Sir 6:16). Respétale como a otro yo, y no tengas miedo de ganártelo con tus favores, porque la amistad no admite la soberbia. Por esto dice el Sabio: no te avergüences de defender al amigo (Sir 22:31). No le abandones en el momento de la necesidad, no le olvides, no le niegues tu afecto, porque la amistad es el soporte de la vida. Llevemos los unos las cargas de los otros, como enseñó el Apóstol a aquellos que están unidos formando un solo cuerpo por la caridad (cfr. Gal 6:2). Si la prosperidad de uno aprovecha a todos sus amigos, ¿por qué en la adversidad no va a encontrar la ayuda de todos sus amigos? Ayudémosle con nuestros consejos, unamos nuestros esfuerzos a los suyos, participemos de sus aflicciones.

Cuando sea necesario, soportemos incluso grandes sacrificios por lealtad hacia el amigo. Quizá haya que afrontar enemistades para defender la causa del amigo inocente, y muy a menudo recibirás insultos cuando trates de responder y rebatir a aquellos que le atacan y le acusan. No te preocupes por eso, que la voz del justo dice: aunque vengan sobre mi males a causa del amigo, los soportaré (Sir 22:31). En la adversidad se prueban los amigos verdaderos, pues en la prosperidad todos parecen fieles. Y así como en las desventuras es necesaria la paciencia y la compasión con el amigo, en su triunfo conviene ser exigente, reprimir y corregir la arrogancia del que quizá se llena de soberbia. ¡Qué bien se expresó en sus aflicciones el santo Job! Dijo: tened piedad de mí, amigos míos, tened piedad de mí (Job 19:21). No se trataba de una simple súplica, sino de una reprensión. Mientras los amigos argumentaban injustamente contra él, Job clama: tened piedad de mí, amigos. Como si dijese: ésta es la hora de usar misericordia y, en cambio, afligís y contradecís a un hombre de quien deberíais compadeceros.

Hijos míos, sed fieles a la amistad verdadera con vuestros hermanos, porque nada hay más hermoso en las relaciones humanas. Ciertamente consuela mucho en esta vida tener un amigo a quien abrir el corazón, desvelar los propios secretos y manifestar las penas del alma; alivia mucho poseer un hombre fiel que se alegre contigo en la prosperidad, comparta tu dolor en la adversidad y te sostenga en los momentos difíciles. ¡Qué hermosa es la amistad de los tres muchachos hebreos! Ni siquiera la llama del horno fue capaz de separar sus corazones. Bien a propósito escribió el santo David: Saúl y Jonatán, hermosos y queridísimos, inseparables durante la vida, tampoco se separaron en la muerte (2 Sam 1:23).

Este es un fruto de la amistad: que por cariño al amigo no se destruye la fe. En efecto, no puede ser amigo del hombre quien es infiel a Dios. La amistad es guardiana de la piedad y maestra de igualdad; hace al superior igual al inferior, y coloca a éste al mismo nivel del otro. No puede haber verdadera amistad entre dos personas que tienen diferentes costumbres; por eso, el amor mutuo las debe identificar. No falte al inferior la autoridad para corregir, ni al superior la humildad para aceptar la corrección. Que el uno escuche al otro como a su igual; que el otro reproche y amoneste como un amigo, no con soberbia, sino con afecto sincero.

La advertencia no ha de ser áspera, ni la corrección ofensiva. Si es cierto que la amistad huye de la adulación, también es verdad que no tiene nada que ver con la insolencia. ¿Qué es el amigo sino un amable compañero con quien te unes íntimamente hasta fundir tu alma con la suya y constituir un solo corazón? En él te abandonas confiadamente como a otro yo, de él nada temes, y nada inconveniente le pides para ti mismo. Y es que la amistad no es mercenaria, sino que resplandece de dignidad y de belleza. Es una virtud, no una compra, porque no proviene del dinero sino del amor. No es ofrecida en subasta al mejor postor, sino que surge del desafío de la mutua benevolencia. Por eso suelen ser mejores las amistades entre los pobres que entre los ricos; y así, mientras que los hombres con recursos frecuentemente se encuentran sin verdaderos amigos, los pobres los tienen en abundancia. No hay verdadera amistad donde existen falsos halagos. Sucede a menudo que se es complaciente con los ricos por adulación, mientras que nadie simula cuando trata con un menesteroso. Así, la amistad que se ofrece al pobre es más sincera, por ser más desinteresada.

¿Qué hay de más precio que la amistad, que es común a los ángeles y a los hombres? Por esto el Señor Jesús ordena: granjeaos amigos con las riquezas inicuas, afín de que os reciban en las moradas eternas (Lc 16:9). Él mismo nos ha cambiado de siervos en amigos, como claramente lo dijo: vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que os he mandado (Jn 15:14). Nos ha dejado el modelo que debemos imitar. Por tanto, hemos de compartir la voluntad del amigo, revelarle confidencialmente lo que tenemos en el corazón y no ignorar nada de cuanto él lleva en el suyo. Abrámosle nuestra alma, y él nos abrirá la suya. En efecto, el Señor declara: os he llamado amigos porque os he comunicado todo lo que he oído a mi Padre (Jn 15:14). El verdadero amigo, pues, no oculta nada al amigo; le descubre todo su ánimo, así como Jesús derramaba en el corazón de los Apóstoles los misterios del Padre.

1. Ayuno y Limosna.

Se conservan de San Ambrosio diecisiete sermones de Cuaresma en los que repetidamente trata el santo Doctor del tema del ayuno y de las tentaciones de Cristo. Con el tema del ayuno se enlaza el de la limosna, como puede verse especialmente en el sermón 25 (De santa Quadragesima IX: PL 17:676-678). Escogemos los más importantes pensamientos sobre el tema aludido.

A) Ayuno y limosna "Ayunar es un remedio de males y una fuente de premios, mas no ayunar en Cuaresma es un pecado. El que ayuna en otro tiempo, recibirá indulgencia; pero el que no lo hace durante la Cuaresma, será castigado." El que no pueda ayunar por enfermedad, coma sencillamente y sin ostentación "Y ya que no puede ayunar, debe ser más caritativo para con los pobres, a fin de redimir con sus limosnas los pecados que no puede curar ayunando. Hermanos, es muy bueno ayunar pero mejor aún dar limosna; mas si se puede practicar lo uno y lo otro, son dos grandes bienes. El que puede dar limosna y no ayunar, entienda que la limosna le basta sin el ayuno. Mas no basta el ayuno sin la limosna El ayuno sin la limosna no es obra buena, a no ser que el que ayuna sea tan pobre, que no tenga nada que dar. Así, pues, en este caso, bástele la buena voluntad." Mas ¿quién podrá excusarse de dar limosna, cuando el Señor recompensa un vaso de agua fría? "Además, el Señor, por medio del profeta Isaías, de tal manera exhorta y aconseja la práctica de la limosna, que ningún pobre que se considere, puede excusarse. Pues se expresa de este modo: ¿Sabéis que ayuno quiero yo?.. Partir su pan con el hambriento, albergar al pobre sin abrigo (Is. 58,ó-7)." Partir el pan, porque, "aun cuando tu pobreza sea tan grande que no tengas más que uno solo sin embargo, pártelo y da de él al pobre. También dice: Introduce en tu casa a los pobres que no tengan alberque, lo cual equivale a afirmar: Si hay alguno tan pobre que no tiene comida que dar al hambriento, prepárele un lecho en uno de los rincones de su casa. ¿Qué respuesta daremos, hermanos, qué excusa alegaremos nosotros, que, poseyendo anchas y espaciosas mansiones, apenas nos dignamos alguna vez recibir en ellas a un peregrino? Y eso que no ignoramos, sino que continuamente estamos confesando que en los peregrinos recibimos a Cristo, como El mismo dijo: Peregriné y me acogisteis... Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis (Mt. 25:35-40). Nos resulta enojoso recibir en nuestra casa a Cristo en la persona de los pobres y yo me temo que él haga lo mismo con nosotros en el cielo, y que no nos reciba en su gloria. Lo despreciamos en el mundo y yo me temo que él a su vez nos desprecie en el cielo, según aquella sentencia: Tuve hambre y no me disteis de comer... (Mt. 25,42). Fijémonos, carecimos hermanos, en estas palabras; no las oigamos de manera indiferente ni sólo con los oídos del cuerpo, sino que escuchándolas con fidelidad, hagamos de palabra y con el ejemplo que otros también las oigan y las cumplan También nos dice el Señor por boca del profeta Isaías que hemos de vestir al desnudo (Ibid.). Precepto riguroso y muy digno de temerse. Yo, sin embargo, no juzgo a nadie. Acuda cada uno y pregunte a su conciencia .

B) La mano del pobre es el tesoro de Cristo "No obstante, duéleme en el alma, y yo mismo me reprendo, porque quizá haya acontecido alguna vez que, por negligencia mía, los vestidos que debiera recibir un pobre se los haya comido la polilla, y temo que estos mismos vestidos sean testimonio contra mí en el día del juicio, según aquella terrible sentencia con que conmina el apóstol Santiago, cuando dice Y vosotros, los ricos, llorad a gritos sobre las miserias que os amenazan Vuestra riqueza está podrida; vuestros vestidos, consumidos por la polilla; vuestro oro y vuestra plata, comidos del orín, y el orín será testigo contra vosotros y roerá vuestras carnes como fuego. Habéis atesorado para los últimos días... (Yac. 5:1-4). Aún es tiempo para que, tanto yo como los perezosos como yo, podamos con el auxilio de Dios enmendarnos, si queremos; aun podemos dar con largueza por nuestros pecados pasados las limosnas que hasta aquí o no hicimos o sólo dimos mezquinamente; aún podemos impetrar la misericordia divina con dolor y llanto con esperanza de reparación. El ayuno sin limosnas es como una lámpara sin aceite. Pues así como la lámpara que se enciende sin él humea y no puede alumbrar, así también el ayuno sin la limosna mortifica en verdad la carne, pero no ilustra interiormente el alma con la luz de la caridad. Por lo demás, en el ayuno se exige que demos a los pobres nuestras comidas, y que lo que habíamos de comer no lo pongamos en nuestras despensas, sino que lo distribuyamos entre los necesitados; porque la mano del pobre es el tesoro de Cristo. Por lo tanto, socorre al menesteroso para que lo que reciba de ti no se quede en la tierra, sino que sea trasladado al cielo. Pues aunque se consuma la comida que recibe el pobre, sin embargo, el premio de la buena obra se custodia en el cielo... Sé que muchos de vosotros, con el auxilio de Dios dais con frecuencia limosnas a los peregrinos y a los pobres; por lo tanto, sirva lo que os indico para que intensifiquéis lo que ya hacéis; y el que no lo haya hecho, se acostumbre a practicar obra tan meritoria y agradable a Dios

C) Exhortación Inspirándomelo el mismo Dios, os he aconsejado siempre que al llegar las fiestas... os acerquéis al altar del Señor vestidos con la luz de la pureza, resplandecientes con las limosnas, adornados con las oraciones, vigilias y ayunos, como con valiosas joyas celestiales y espirituales, en paz no sólo con vuestros amigos, sino también con vuestros enemigos, en una palabra, que os lleguéis al altar con la conciencia libre y tranquila, y podáis recibir el cuerpo y la sangre de Cristo, no para vuestro juicio, sino para vuestro remedio. Pero, cuando hablamos de la limosna, no se conturben los necesitados, puesto que la pobreza cumple con todos los preceptos, y la buena voluntad es juzgada y premiada como las obras." El que socorre al necesitado del propio modo que desearía le socorriesen a él si se encontrase en la misma necesidad' "ha cumplido con los preceptos del Antiguo y del Nuevo Testamento y ha observado aquel precepto del Evangelio: Cuanto quisiereis que os hagan a vosotros los hombres, hacédselo vosotros a ellos, porque ésta es la ley y los profetas (Mt. 7,12). Guíenos a esta ley de caridad perfecta el piadoso Señor que oye y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos."

 

Jerónimo (347-420).

Jerónimo, uno de los grandes Padres latinos de la Iglesia, junto a las figuras de S. Agustín de Hipona, de S. Ambrosio de Milán y de S. Gregorio Magno, ha sido considerado como el "príncipe de los traductores" de la Biblia y el exegeta, por excelencia, de los Padres de Occidente.

Es muy conocido el cuadro del pintor alemán Dürer, en el que aparece la figura ascética de S. Jerónimo, en su retiro de Belén, rodeado de la claridad de una aureola, a sus pies un león que, según la leyenda, había sido curado de una herida por el santo, un rayo de luz que penetra por una estrecha rendija, en un ambiente de recogimiento espiritual y de intensa actividad intelectual..., pero su vida fue mucho más agitada y de lucha que la que parece reflejar el cuadro.

Nacido en la ciudad fortificada de Estridón, en los límites del mundo latino, no lejos de Trieste, entre las provincias romanas de Dalmacia (perteneciente actualmente a Yugoslavia) y de Panonia (Hungría), el año 347 de nuestra era, en el seno de una familia cristiana. Después de haber aprendido a leer, a escribir y a contar, en su ciudad natal, fue enviado a Roma por sus padres, para proseguir los estudios y adquirir una formación superior que le pudiese facilitar el acceso a alguna carrera civil. Allí tuvo como Profesor al célebre gramático Donato. De su primera estancia romana le vino a Eusebius Hieronymus — tal era su nombre completo — su afición y conocimientos de los grandes autores latinos (Virgilio, Horacio, Quintiliano, Séneca, entre otros, y los historiadores), pero su verdadero maestro y modelo fue Cicerón, cuyo estilo elocuente y cincelado imitó. Esta afición suya a los autores paganos, le mereció una severa reprensión y un duro castigo del Cielo, durante un sueño, cuando posteriormente, se retiró al desierto de Calcis (al sur de Alepo, ciudad siria), durante los años 375-377. En una célebre carta del propio San Jerónimo, dirigida a su hija espiritual, Eustoquio, sobre la virginidad, escrita en Roma, entre los años 3839:384, descubrió este sueño1.

No dejó por ello de seguir citando a los autores paganos clásicos en sus escritos posteriores, cosa que le recordará posteriormente Rufino de Aquileya, en el ardor de la polémica que mantuvieron ambos.

Jerónimo, durante su estancia en Roma (años 359-367), llevó una vida frívola y disipada 2:que posteriormente, le produjo turbaciones de conciencia y tentaciones que él combatió con ásperas penitencias y con su entrega al estudio de la Sagrada Escritura. En ésta su primera estancia en Roma, recibió el Sacramento del Bautismo, junto con su compañero de estudios, Bonosa

Posteriormente marchó a la ciudad Imperial de Tréveris, en la Galia (ahora pertenece a la República Federal de Alemania), hacia el año 367.

En esta época, experimentó una primera conversión: empezó a interesarse por los escritos de Teología. Dedicó sus ratos libres a copiar obras de Hilario de Poltiers (367); e intensificó su vida de piedad.

Volvió, hacia el año 370, a su patria, en compañía de Bonoso. Pero no se encontraba a gusto allí En Aquilea, en torno a su Obispo Valeriano, con sus antiguos compañeros, — además de Bonoso — Rufino, Cromacio y Heliodoro, formaron una especie de cenáculo de ascetas que imitaban a los eremitas de Oriente, contaban historias edificantes y conversaban sobre la Sagrada Escritura.

Aquellas convivencias desembocaron en controversias, a causa, sobre todo, del carácter polémico de Jerónimo, y acabaron disolviéndose.

Luego, acompañado de Rufino, su entrañable amigo de entonces, y luego, a consecuencia de la controversia origenista, su enemigo de última hora, hace su primer viaje a Oriente. Acompañaron en su primer viaje a Evagrio de Antioquía, traductor de San Atanasio, que volvía a su patria. Hacia el otoño del año 374, llegó a Antioquía de Siria. Aquí recibió clases de Sagrada Escritura de Apolinar de Laodicea (390) 3.

Hacia el año 375, abandonó Antioquía y se internó en el desierto de Calcis — del que ya hemos hablado — a quince leguas al sudeste de aquella ciudad. Aquí, se dedicó seriamente al estudio del hebreo, bajo el magisterio de un judío converso.

Las discusiones teológicas entre los monjes, le forzaron a regresar a Antioquía (377). Allí fue ordenado de presbítero por Paulino, Obispo de Antioquía. Poco después, hacia el año 382, después de la celebración del II Concilio Ecuménico (I de Constantinopla, año 381), Paulino, junto con Jerónimo, se dirigió a Roma. Había asistido como observador a los debates del Concilio; y allí conoció a Gregorio Nacianceno, a quien llamó su "maestro," que le abrió la inteligencia de la Sagrada Escritura. También pudo conocer a Gregorio de Niza, a Anfiloquio de Icona y a otros Padres Conciliares.

Pero él no se preocupó — de momento — de las discusiones estrictamente teológicas de la Iglesia Oriental. Su proyecto era instruirse en la interpretación correcta de la Sagrada Escritura, para hacer avanzar la teología, y, con esa finalidad, alcanzar un sólo conocimiento de exégesis bíblica y de los idiomas originales en los que fue escrito el texto sagrado. Él, como lo diría hacia el fin de su vida, quería consagrarse plenamente a explicar la Escritura y hacer conocer a los que hablaban su lengua (el latín) la ciencia de los hebreos y de los griegos.

Durante su nueva estancia en Roma, ganó la confianza del Papa San Dámaso, que le hizo su Secretario. Aquí empezó su labor de corrector y traductor al latín de la Sagrada Escritura.

En ese siglo, había ya muchas diferencias entre los diferentes códices latinos de los Evangelios, y muchos de ellos, por la tendencia a la armonización de un Evangelio con otro, muy alterados en su sentido original.

Por este motivo, al Papa le encargó a San Jerónimo que hiciese una revisión de la traducción Latina de los Evangelios. Así comenzó la versión Latina de la Biblia que se ha llamado, posteriormente, la "Vulgata"4.

En esta estancia romana, San Jerónimo, hizo de guía espiritual de un grupo de mujeres piadosas, de la aristocracia romana, entre ellas las viudas Marcela y Paula (ésta, madre de la joven Eustoquio a quien Jerónimo dirigió una de sus más famosas cartas, sobre el tema de la virginidad). Las inició en el estudio y meditación de la Sagrada Escritura y las dirigió por los caminos de la perfección evangélica, en los ayunos, en los cánticos de los Salmos, en las obras de caridad, en el abandono de las vanidades del mundo.

El centro de este movimiento de espiritualidad femenina se hallaba en un palacio del Aventino, en donde residía Marcela con su hija Asella. El santo doctor llevó a este círculo de mujeres romanas las prácticas ascéticas de los monjes de Oriente. Les dirigió cartas de doctrina espiritual que fueron publicadas.

Esta actividad de dirección espiritual de mujeres le valió críticas de parte del clero romano, llegando, incluso, a la difamación y a la calumnia.

En diciembre del 384, después de la muerte del Papa San Dámaso fue elegido Papa Siricio; el ambiente, en la Curia romana, se le vuelve hostil y esta nueva situación facilitó su nuevo apartamiento de Roma, de donde volvió a salir algo amargado e irritado, para no volver allí hasta después de su fallecimiento, en sus restos mortales, en la espera del día de la resurrección de la carne.

San Jerónimo, durante su estancia en Roma, revisó y corrigió, también el salterio latino, teniendo como base la versión prehexaplar de los setenta que él llama "Koiné." El mismo santo reconoció que esta revisión fue un tanto "apresurada." Se le llamó "Salterio romano" por haber sido revisado en Roma. Este texto revisado por San Jerónimo se ha perdido.

En cuanto a los restantes libros del Nuevo Testamento, no queda constancia de que hubieran sido revisados por San Jerónimo. Los textos de dichos libros, recogidos en la "Vulgata," fueron atribuidos o a Pelagio, por D. de Bruyne, o a Rufino el Siro, discípulo de San Jerónimo y amigo de Pelagio 6.

Durante su estancia en Roma, San Jerónimo escribió el año 383, el "De perpetua virginitate beatae Mariae," contra Helvidio, seglar romano, que sostenía que la Virgen María había tenido otros hijos de su esposo San José, después del nacimiento de Jesús, apoyándose en algunos textos mal interpretados de Mateo y de Lucas y en el testimonio de algunos escritores eclesiásticos, y trataba de equiparar el matrimonio a la virginidad. San Jerónimo aparece ya, en esta publicación, no sólo como el gran defensor de la virginidad de María, sino, también como el doctor de la virginidad, que luego confirmaría en sus libros, escritos en Belén, el año 392, contra el monje Joviniano que discutía el valor de la virginidad y de la ascética cristiana, y propugnaba otros errores teológicos.

Al salir de Roma, dos de la mujeres dirigidas por él, Paula y Eustoquio, para evitar suspicacias, no le acompañaron, pero luego se reunieron con él en Reggio Calabria para seguir el viaje juntos hasta Chipre, en donde se encontraba su amigo Epifanio, y luego a Antioquía. En esta ciudad encontraron a un antiguo conocido, Paulino, quien con su cariñosa hospitalidad les retuvo un poco de tiempo.

Luego emprendieron una peregrinación por los Santos Lugares, utilizando la calzada romana que les condujo a Palestina, bordeando el litoral de Siria y Fenicia. En Alejandría, cuyo Patriarca era el joven Obispo Teófilo, entró en contacto con Dídimo el Ciego, extraordinariamente erudito y profundo conocedor de Orígenes, quien le inició en el conocimiento de este gran exegeta y teólogo oriental.

Hicieron también un recorrido por Egipto, para conocer personalmente a los heroicos monjes y eremitas del desierto, a los dos lados del Nilo.

Por fin, en el verano del 396, se instalaron en Belén. Se constituyeron dos comunidades, una masculina y otra femenina. La construcción definitiva de los edificios para albergar a las dos comunidades y para una hospedería de peregrinos se pudo realizar gracias a la ayuda económica de Paula. Esta instalación, en Belén, favoreció la intensa actividad intelectual de San Jerónimo. En este tiempo, se dedicó, preferentemente, al Antiguo Testamento. Se envenenó durante algunos años la polémica origenista 7:produciéndose un enfrentamiento entre Rufino de Aquilea, y Jerónimo a pesar de su antigua y profunda amistad.

En el año 397, el entonces joven Obispo africano, Agustín de Hipona, inició su correspondencia con San Jerónimo, manifestando aquél algunas reservas a la labor de traductor bíblico de éste. Estas diferencias de criterio no impidieron que, posteriormente, unieran sus fuerzas contra la herejía de Pelagio.

La labor más importante de San Jerónimo como traductor de la Biblia la realizó durante su estancia en Belén, centrada, fundamentalmente, en el Antiguo Testamento. Gracias a la generosidad de su dirigida Paula, pudo disponer de un equipo de copistas que facilitaron su labor intelectual, desde su retiro bethelemita. A este trabajo dedicó alrededor de 15 años (390-405).

Hacia el año 387, volvió a corregir el Salterio, teniendo delante el texto griego hexaplar de Orígenes. Este trabajo lo realizó en Cesarea, en donde se conservaba el texto de Orígenes, pero fue en Belén en donde lo publicó.

Esta versión del Salterio, se llamó "Salterio Galicano" porque fue recibida en las Galias en la época de los Reyes Carolingios. Posteriormente fue introducida en la Biblia de Alcuino (año 801); y, por último, en la Biblia SixtoClementina (1592) 8, formando, de esta manera, parte integrante de la "Vulgata."

El año 390, es la fecha en que inició su tarea colosal de traducir directamente del hebreo los libros del Antiguo Testamento para responder a los judíos que, en sus disputas con los cristianos, repetían incansablemente que los argumentos teológicos, basados en los textos griegos y latinos, no tenían valor porque no respondían al texto original de las Escrituras hebreas, y también, para ofrecer a los cristianos el genuino y auténtico sentido de la Biblia. No siguió el orden del texto, sino que se atuvo a los deseos de sus amigos que le pedían la traducción de un libro u otro de la Sagrada Escritura9.

Así, tradujo los dos libros de Samuel y los dos de los Reyes, en los años 390-391. En este tiempo, tradujo el libro de Tobías del arameo, en un sólo día Tradujo, también, entre el 391 y el 392, los libros de los Profetas, y las partes Deuterocanónicas del Libro de Daniel, éstas últimas de la versión griega de Teodoción10. Terminó la traducción del libro de Job (en 393) e hizo, entre 394-395, la traducción de los libros de Esdras y Nehemías, y llevó a término la traducción directa del Salterio hebraico, aunque este Salterio nunca fue utilizado por la Iglesia en las funciones litúrgicas.

Asimismo tradujo los libros 1-2 de Paralipómenos; y los tres libros de Salomón (Proverbios, Eclesiastés y Cantar de los Cantares, en el año 397). Empeñó la traducción del Pentateuco entre los años 398-404 terminando este trabajo posteriormente, así como los libros de Josué, Jueces, Rut y Ester. El libro de Judit lo tradujo del arameo, en una noche. Los Deuterocanónicos de Baruc, Eclesiástico, Sabiduría y 1-2 Macabeos no los tradujo, por no hallarse incluidos en el canon hebreo. Se puede afirmar, por tanto, que San Jerónimo es el traductor del texto de la Vulgata, por lo que se refiere a una gran parte del Antiguo Testamento, y también, del Nuevo Testamento11.

El Concilio de Trento, en la sesión IV (8 Abril 1546) declaró solemnemente la "autenticidad" de la Vulgata, aunque ordenó, al mismo tiempo, que se hiciese una edición revisada del texto. Hoy es aceptado por todos que este Decreto del Concilio era de "carácter disciplinar," pero con fundamento dogmático, ya que la Iglesia asistida por el Espíritu Santo, en su Magisterio, no podía equivocarse en la utilización, durante tantos siglos, de una fuente de Revelación que contuviera errores dogmáticos.

Esto fue confirmado, posteriormente, por el Papa Pío Xll, en la Encíclica "Divino Afflante Spiritu" (30-lX-1943); el Concilio Vaticano II reconociendo el honor debido a la "Vulgata," recomienda, sin embargo, que se hagan traducciones aptas y fieles de los textos primitivos de varios lugares, como ya se había empezado a realizar en los años anteriores al Concilio (Const. sobre la "Divina Revelación," n.° 22).

Pero la labor intelectual y doctrinal de San Jerónimo no se agotó en las traducciones de los libros de la S. Escritura. Además de otras obras de carácter ascético, histórico, hegiográfico o doctrinal, hizo comentarios bíblicos, tanto por escrito 12 como en forma de homilías o sermones, aparte de su riquísimo y profundo epistolario, al cual hemos aludido. En algunas de sus cartas se contienen "trabajos monográficos" breves sobre cuestiones bíblicas (así, en su Carta del año 397, escrita en Belén y dirigida a la virgen Principia, desarrolla un comentario al Salmo 44; en su carta escrita a San Paulino de Nola, también desde Belén — años 3959:96, presenta, sucintamente, las características principales de los Libros Santos; en su carta a Evangelo — presbítero, escrita en la primavera del año 398, diserta sobre la persona de Melquisedec).

El Evangelio de San Marcos, pertenece al género homilético. La traducción castellana se basa en el texto critico preparado por el monje benedictino G. Morin, que ha realizado una excelente labor de reconstrucción del texto original del Santo Doctor.

Se trata de una serie de 10 homilías, algunas muy breves, en las que el predicador desarrolla sólo algunos versículoss13. En ellas brilla la enorme erudición, sagrada y profana, así como el conocimiento de las costumbres y del ambiente palestino de San Jerónimo.

Como exige el género homilético, predominan las exhortaciones de carácter moral, aunque, tampoco faltan referencia a errores heréticos y las advertencias sobre las artimañas del Demonio contra la Iglesia y los fieles.

Es característica de San Jerónimo sus comentarios a los nombres judíos, y a las designaciones de la geografía palestinense, que él estudió a fondo en sus libros "Onomastica": "Liber locorum," "Liber nominum," y a los cuales alude espontáneamente en sus homilías y disertaciones.

San Jerónimo murió el 30 de Septiembre del año 420. La literatura y la pintura han rodeado de fantasía y de leyenda sus últimos momentos. El Padre Sigüenza, en su conocida biografía del Santo14 y el pintor Domenichino, en su famoso cuadro, han dado libre rienda a su fantasía en la descripción y pintura de su muerte. Pero, con independencia de la leyenda, la persona de San Jerónimo emerge a través de los siglos, como uno de los grandes Padres de Occidente, con su impresionante cultura, sagrada y profana, su inmensa erudición, su capacidad de políglota, su tenacidad y entrega al estudio y al trabajo, su devoción a las Sagradas Escrituras, su espíritu ascético y contemplativo, su inquebrantable ansia de verdad, su defensa de la virginidad, y su amor a la Iglesia y a Jesucristo, que le llevó a la santidad, a pesar de su temperamenteo colérico y polemista, y que ha hecho de él el máximo "Doctor de las Sagradas Escrituras" 15.

 

1 La carta en la cual se ha recogido la descripción del sueño, es la Xll. La "Biblioteca de Autores Cristianos," editó en ed. bilingüe latín-español, en dos vols. las "CARTAS DE S. JERÓNIMO," preparada por D. Ruiz Bueno.

2 Pero, al mismo tiempo, se despertaron sus aficiones a la vida ascética y devota, manifestadas en sus visitas dominicales a las tumbas de los apóstoles y de los mártires.

3 Apolinar pertenece a la célebre escuela antioquena, se distinguió por su actividad contra el "arrianismo," pero cayó en la herejía que lleva su nombre, que negaba, a Jesucristo, la existencia de alma racional. Fue condenada esta herejía en el I Concilio de Constantinopla, bajo el pontificado del Papa San Dámaso (366-384).

4 Como ediciones criticas de este texto revisado de los Evangelios podemos citar: "Novum Testamentum... Secundum editionem S. Hieronymi, I-III" (Oxford, 1889-1954); H. I. White "Novum Testamentum Latine," Editio minor (Oxford, 1911); R. Weber "Biblia Sacra iuxta vulgatam versionem...," (Stuttgart, 1969; 1975 2ª ed.).

5 Como ya es sabido, el texto hexaplar del Antiguo Testamento fue compuesto por Origenes (año 240), se llama "hexaplar" porque fue presentado a seis columnas: las dos primeras contienen el texto hebreo (la 1ª escrita con carácteres hebreos, la 2ª el mismo texto, en carácteres griegos); la 3ª, la versión griega de Aquilas; la 4ª, la versión griega de Simaco; la 5ª, la versión de los "setenta"; y la 6ª, la versión de Teodoción. El texto de los Salmos, que San Jerónimo tuvo delante para la revisión del texto latino, fue una versión griega de los setenta anterior a la edición critica hexaplar de Orígenes.

6 Véase "PATROLOGÍA" de la obra J. Quasten, en el Vol. lIl, redactado por Profesores del "Agustinianum," bajo la dirección de A. di Berardino, B.A.C. Madrid, 1981 (págs. 260-261); "introducción a la Biblia" por M. Tuya O.R y J. Salguero O.P., BAC, Madrid, 1967 (págs. 532-533).

7 Como ya es sabido, Orígenes, a pesar de ser un hombre profundamente místico, de temple de mártir, y un gran exegeta y teólogo, incurrió, sin actitud formal herética, en algunos errores dogmáticos, tales como la negación de la eternidad de las penas del infierno y la afirmación de la preexistencia de las almas, siendo condenadas algunas de sus proposiciones, en el II Concilio de Constantinipla (V Ecuménico), el año 543.

8 Como consecuencia de las alteraciones e interpolaciones introducidas en el texto latino de la traducción del hebreo, de la mayor parte de los libros de la Biblia, como luego indicaremos, la Santa Sede, después del Concilio de Trento asumió la iniciativa de revisar el texto de la "Vulgata." Este trabajo culminó bajo el pontificado de Clemente VlIl (1592), pero como se había iniciado en el pontificado de Sixto V (1585-1590), se llamó, a la edición revisada, "Sixto-Clementina."

9 Cfr. L.H. Cottineau "Chonologie des versions bibliques de Saint lerónime," Miscellanea Geronimiana, Roma 1920 (págs. 43-68).

10 Como ya es sabido, la expresión "deuterocanónico" se aplica, desde Sixto de Siena (1520-1569), a aquellos libros de la Biblia, — especialmente del Antiguo Testamento — sobre cuya canonicidad se dudó, en algunos sectores reducidos de la primitiva Iglesia, hasta que el Magisterio reconoció oficialmente su carácter inspirado y los incluyó en el canon de la Sagrada Escritura. Se consideran "deuterocanónicos" los siguientes libros del Antiguo Testamento: Tobías, Judit, Baruc, Sabiduría, Eclesiástico, 1-2 Macabeos, y las partes griegas de Daniel y Ester; y del Nuevo Testamento: Hebreos, Santiago, S. Pedro, 2-3 Juan I, Judas y Apocalipsis. Pero esta distinción entre libros "protocanónicos" y "deuterocanónicos" no quiere significar — una vez que han sido incluidos en el "canon" de los libros inspirados — una clasificación de valor o de dignidad entre ellos. Los judíos también tenían un "canon" de los Libros del Antiguo Testamento.

11 El texto de la Vulgata encontró dificultades para ser aceptado por la Iglesia de Occidente, en la parte referente al Antiguo Testamento, hasta el siglo V, en que empezó a ser recibida preferentemente a las antiguas revisiones, aunque no se impuso hasta el final del siglo VlIl. Su difusión fue causa de pérdida de su pureza primitiva; ello impuso diversas versiones

12 Entre sus comentarios merecen citarse: a la Carta de San Pablo a Filemón; a los Gálatas; a los Efesios; a Tito; al Eclesiastés; al Génesis; a los Salmos.... también comentó a San Mateo y revisó el comentario latino al Apocalipsis de Victorino de Petavio. Su único comentario sistemático es sobre los Profetas (únicamente dejó de comentar el libro de Zacarías cuyo comentario lo solicitó de Dídimo, como se ha descubierto en los últimos tiempos, en un papiro de Tara). El haber podido disponer, sobre todo, de la biblioteca de Cesarea, le facilitó mucho su labor de comentarista. La influencia de Orígenes es manifiesta en sus comentarios bíblicos, aún cuando combatió sus errores dogmáticos.

13 Estas homilías sólo muy recientemente han sido atribuidas a San Jerónimo. No constituyen un comentario completo al Evangelio de Marcos. No se sabe con exactitud, si esta limitación se debe a la voluntad del propio San Jerónimo o al hecho de haberse perdido el resto.

14 "Vida de San Jerónimo, Doctor Máximo de la Iglesia," Madrid 1853.

15 La traducción al castellano, recogida en este volumen, ha sido realizada por el Profesor de la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia, Rvdo. Sr. D. Joaquín Pacual Torró, sobre el texto latino del "Corpus Christianorum" (series latina, vol. 78, págs. 449-500.

Comentario al Evangelio de San Marcos I. Mc 1:1-12.

Aquel ser viviente, que en el Apocalipsis de San Juan 1 y en el comienzo del libro de Ezequiel 2 aparece tetramorfos (cuatriforme), por tener cara de hombre, cara de toro, cara de león, y cara de águila, tiene también en este lugar su significado: en Mateo se descubre la cara de hombre, en Lucas la de toro, en Juan la de águila; a Marcos lo representa el león, que ruge en el desierto.

Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Conforme está escrito en Isaías el profeta: Voz que clama en el desierto: preparad los caminos del Señor, rectificad sus sendas 3. El que clama en el desierto ciertamente es el león, a cuya voz tiemblan los animales todos, corren en tropel y no son capaces de huir. Considerad al mismo tiempo que Juan el Bautista es llamado la voz, y nuestro Señor Jesucristo la palabra: el siervo precede al Señor.

"Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios." Por tanto, no del hijo de José. El comienzo del Evangelio es el final de la ley: acaba la ley y comienza el Evangelio 4.

Conforme está escrito en Isaías el profeta: Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino. Conforme está escrito en Isaías. En cuanto soy capaz de recordar y buscar en mi mente, repasando con la máxima atención tanto la traducción de los setenta 5, como los mismos textos hebreos, nunca he podido encontrar que esto esté escrito en el profeta Isaías. Lo de: "Mira, envío mi mensajero delante de ti," está escrito, sin embargo, al final del profeta Malaquías6, ¿cómo es que el evangelista Marcos dice aquí "conforme está escrito en el profeta Isaías?" Los evangelistas hablaban inspirados por el Espíritu Santo. Y Marcos, que esto escribe, no es menos que los demás. En efecto, el apóstol Pedro dice en su carta: "Os saluda la elegida como vosotros, así como mi hijo Marcos"7. ¡Oh apóstol Pedro, tu hijo Marcos, hijo no según la carne, sino según el espíritu, instruido en las cosas espirituales, ignora esto! Y lo que está escrito en un lugar, lo asigna a otro. "Conforme está escrito en el profeta Isaías: Mira, envío mi mensajero delante de ti." Porfirio8, aquel impío, que escribió contra nosotros y que vomitó su rabia en muchos libros, se ocupa de este pasaje en su libro decimocuarto, y dice: "Los evangelistas fueron hombres tan ignorantes, no sólo en las cosas del mundo, sino incluso en las divinas Escrituras, que lo escrito por un profeta lo atribuyen a otro" 9. Esta es su objeción. ¿Qué le responderemos nosotros? Gracias a vuestras oraciones me parece haber encontrado la solución. Conforme está escrito en el profeta Isaías. ¿Qué es lo que está escrito en el profeta Isaías? "Voz que clama en el desierto: Preparad el camino del señor, enderezad sus sendas." Esto es lo que está escrito en Isaías10. Ahora bien, esta misma afirmación se halla expuesta más ampliamente en otro profeta. El evangelista mismo dice: Este es Juan el Bautista, de quien también Malaquías dijo: "Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino." Por tanto, lo que dice que está escrito en Isaías, se refiere a este pasaje: "Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas." Para probar que Juan era el mensajero, que había sido enviado, no quiso Marcos recurrir a su propia palabra, sino a la profecía del profeta 11.

Apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo de conversión... 12. Juan apareció: nuestro Dios existía. Lo que apareció, dejó de ser y, antes de aparecer, no existió. Por el contrario, el que existía existía antes y existía siempre y nunca ha tenido principio. Por ello, de Juan el Bautista se dice apareció, esto es, egueneto, mientras del Señor y Salvador se dice existía. Cuando se dice existía significa que no tiene principio. Él mismo es el que dijo: "El que me ha enviado" 13: pues el ser no tuvo principio. Apareció Juan en el desierto, bautizando y predicando. En el desierto apareció la voz que tenía que anunciar al señor: otra cosa no debía proclamar sino la venida del Salvador. Apareció Juan en el desierto. ¡Feliz innovación: abandonar a los hombres, buscar a los ángeles, dejar las ciudades y encontrar a Cristo en la soledad! Apareció Juan en el desierto, bautizando y predicando: bautizaba con su mano, predicaba con su palabra. El bautismo de Juan precedió al bautismo del Salvador. Del mismo modo como Juan el Bautista fue el precursor del Señor y Salvador, así también su bautismo fue el precursor del bautismo del Salvador. Aquél se dio en la penitencia, éste en la gracia. Allí se otorga la penitencia y el perdón, aquí la victoria.

Acudía a él gente de toda la región de Judea 14. A Juan acude Judea, acude Jerusalén; mas a Jesús, el Señor y Salvador, acude todo el mundo. "En Judá Dios es conocido, grande es su nombre en Israel"15. A Juan, pues, acuden Judea y Jerusalén, mas al Salvador acude todo el mundo.

Venían todos y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados 16. Eran bautizados por Juan. Juan el Bautista ofrece la sombra de la ley, por ello los judíos son bautizados sólo según la ley. Venían de Jerusalén y eran bautizados por él en el Jordán, el río que baja. Pues la ley baja: aunque bautiza, es, sin embargo, de abajo. Jordán significa esto: río que baja, mientras que nuestro señor, y toda la Trinidad, es de arriba.

Alguien podría decir: si la ley es de abajo, ¿no es también de abajo el Señor, que fue bautizado en el Jordán? Fue bautizado en el Jordán justamente, pues guardó los preceptos de la ley. Del mismo modo como fue circuncidado según la ley, según la ley fue bautizado.

Juan llevaba un vestido de piel de camello, y se alimentaba de langostas y miel silvestre 17. Así como los apóstoles son los primeros entre los sacerdotes, Juan el Bautista es el primero entre los monjes. Y, como nos transmiten los escritos hebreos y puede todavía recordarse, también en las listas de los sacerdotes se nombra a Juan entre los pontífices. De este modo queda claro que aquel varón fue no sólo un santo, sino también un sacerdote. Leemos, además, en el Evangelio de San Lucas que Juan era de linaje sacerdotal. "Hubo, dice, un sacerdote llamado Zacarías..., que en el turno de su grupo..." 18. Esto, propiamente hablando, no puede referirse más que a los príncipes de los sacerdotes, es decir a los pontífices 19. ¿Por qué he dicho todo esto? Para que sepamos que el que sabía que Cristo iba a venir era sacerdote y, sin embargo, no buscaba a Cristo en el templo, sino en el desierto, donde habíase retirado de la multitud. Para los ojos que esperan a Cristo, ninguna otra cosa merece la atención más que Cristo. Y Juan llevaba su vestido hecho de pelo de camello: no de lana, para que no pudieras pensar que eran vestidos delicados. Nuestro Señor mismo da testimonio en el evangelio del ascetismo de Juan. "Los que visten con elegancia, dice el Señor, están en los palacios de los reyes" 20.

Tratemos ahora de descubrir, con la ayuda de vuestras oraciones, el sentido espiritual del texto 21. "Tenía Juan un vestido hecho de pelos de camello con un cinturón de cuero a sus lomos" 22. Juan mismo dice: "Es preciso que él crezca y yo disminuya. El que tiene la esposa es el esposo; pero el amigo del esposo se alegra mucho, si ve al esposo" 23. Y dice además: "Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; yo no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias" 24. Lo de "Es preciso que él crezca y yo disminuya" equivale a decir: es preciso que el Evangelio crezca y yo, la ley, disminuya. Llevaba Juan, es decir, la ley en Juan, un vestido hecho de pelos de camello: no podía llevar la túnica propia del cordero, de quien se dice: "He aquí el cordero de Dios, he aquí el que quita los pecados del mundo" 25, y también: "Como oveja fue llevado a la muerte" 26. Bajo la ley no podemos llevar la túnica propia de aquel cordero. Y bajo la ley llevaba Juan un cinturón de cuero, porque los judíos consideran pecado solamente el cometido de obra; lo contrario de nuestro Señor Jesús, que en el Apocalipsis de Juan aparece en medio de siete candelabros, llevando un cinturón de oro, y no en los lomos, sino en el pecho 27. La ley se ciñe a los lomos, mientras que Cristo, es decir, el Evangelio y la virtud de los monjes no sólo condena los actos libidinosos, sino incluso los malos pensamientos. Aquí — en el Evangelio — no está permitido pecar ni siquiera de pensamiento, allí — en la ley — sólo es reo de pecado quien de hecho haya cometido fornicación. En verdad, os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón 28. "Está escrito en la ley, dice Jesús, no cometerás adulterio" 29. Este es el cinturón que se ciñe a los lomos. "Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón." Este es el cinturón de oro, que se ciñe al pecho.

Llevaba un vestido de pelos de camello y "comía langostas y miel silvestre." La langosta es un animal pequeño, intermedio entre las aves y los reptiles, pues no despega de tierra lo suficiente; aunque se eleva un poco, salta más bien que vuela, e incluso, cuando se ha elevado un poco de tierra, cae de nuevo al suelo, al fallarle las alas. Así también, la ley parecía alejarse un poco del error de la idolatría, mas no era capaz de volar al cielo 30. Nunca se habla en la ley del reino de los cielos. ¿Queréis saber por qué el reino de los cielos sólo se predica en el Evangelio? "Haced penitencia, dice, porque está cerca el reino de los cielos" 31. Así, pues, la ley elevaba un poco a los hombres de tierra, pero no podía llevarlos al cielo. "Donde esté el cuerpo, allí se reunirán las águilas" 32. Esto respecto a las langostas.

También comía miel, no de la cultivada, sino de la silvestre, entre las fieras, entre las bestias; no en casa, no en la Iglesia, sino fuera de la Iglesia. En la ley llegaba a su fin la miel silvestre, de ahí que nunca hallemos escrito que la miel haya sido ofrecida en los sacrificios 33. Tal vez alguien se sorprenda y diga: ¿Por qué, siendo ofrecidos a Dios en sacrificio el aceite, la harina, el carnero, el cordero, la sangre de los animales, y demás cosas, sólo la miel no es ofrecida? En definitiva, ¿qué dice la Escritura? Todo lo que se ofrezca en sacrificio, ofrézcase sazonado con sal 34. "Que vuestra conversación esté sazonada con sal" 35. La miel no se ofrece en absoluto. Y todo lo que haya tocado — se dice —, será impuro. La miel es signo del placer y la sensualidad: el placer conduce siempre a la muerte y no agrada nunca a Dios. Cuanto consigo trae dulzura no se ofrece a Dios en sacrificio. La miel es ciertamente dulce por sí misma y, por despertar con su dulzura los sentidos, se equipara al placer, a la pasión, a la lascivia. Cierto que la miel procede de las flores, que surgen por doquier, pero si te fijas bien, entre las mismas flores hay cadáveres, podredumbre y cosas semejantes... 36. Por tanto, la miel no sólo procede de las flores, sino también de todo lo voluptuoso. Parece ciertamente agradable, mas si sabes discernir el peligro, es en realidad mortal. ¿Por qué he dicho esto? Porque en la ley estaban los comienzos, mientras que en el Evangelio está la perfección.

Detrás de mi viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias37. Aquí aparece claramente un signo de humildad; es como decir: no soy digno siquiera de ser su siervo. Pero en estas sencillas palabras se nos revela otro misterio. Leemos en el Éxodo, en el Deuteronomio y en el libro de Ruth 38 que cuando alguien se negaba a tomar por mujer a la viuda de su hermano, quien le seguía en orden de parentesco, ante los jueces y los ancianos le decía: a ti te corresponde el matrimonio, tú eres quien debe tomarla por mujer. Si se negaba, la misma a quien no quería tomar por esposa le quitaba su sandalia, le golpeaba en la cara y le escupía. De este modo podía ya casarse con el otro. Esto se hacía para pública deshonra — interpretando de momento el texto al pie de la letra — a fin de que si alguien fuera a rechazar a una mujer especialmente por ser pobre, el miedo a esta pública deshonra le hiciera desistir. Por tanto, aquí se nos revela el sacerdocio. Juan mismo dice: "el que tiene a la esposa es el esposo" 39. Él tiene por esposa a la Iglesia, yo soy simplemente el amigo del esposo: no puedo, siguiendo la ley, desatar la correa de su sandalia, porque él no ha rechazado a la Iglesia por esposa.

Yo os bautizo con agua 40, yo soy un servidor, él es el Creador y el Señor. Yo os ofrezco agua. Yo, que soy criatura, ofrezco una criatura; él, que es increado, da al increado. Yo os bautizo con agua, ofrezco lo que se ve; él lo que no se ve. Yo, que soy visible, doy agua visible; él, que es invisible, da el Espíritu invisible.

Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea 41. Fijaos en el significado de las palabras. No dice: vino Cristo 42, ni tampoco: vino el Hijo de Dios, sino vino Jesús. Alguien podría decir: ¿Por qué no dice Cristo? Me refiero a Cristo según la carne. Dios, por su parte, es eternamente santo y no necesita ninguna santificación, pero estamos hablando ahora de la carne de Cristo. Aún no había sido bautizado, ni había sido ungido por el Espíritu Santo. Hablo de Cristo según la carne, según la forma de siervo; que nadie se escandalice. Hablo de aquel que, como si fuera un pecador, se acercó al bautismo; no trato de dividir a Cristo. No trato de decir que uno es Cristo, otro Jesús, y otro el Hijo de Dios, sino que siendo uno y el mismo es diverso según la diversidad de los momentos. "Vino Jesús desde Nazaret de Galilea." Daos cuenta del misterio. A Juan el Bautista acuden en primer lugar los habitantes de Judea y de Jerusalén, pero nuestro Señor con quien se inicia el bautismo evangélico y que cambió los sacramentos de la ley en sacramentos del Evangelio, no vino desde Judea ni desde Jerusalén, sino desde Galilea de los gentiles 43. "Vino Jesús desde Nazaret de Galilea." Nazara significa flor 44. La flor (Jesús) viene de la flor.

Y fue bautizado por Juan en el Jordán 45. ¡Gran misericordia: el que no había cometido pecado es bautizado como si fuera un pecador! En el bautismo del Señor son perdonados todos los pecados. Pero sólo a manera de cierto anticipo es esto propio del bautismo del Salvador, porque la verdadera remisión de los pecados está en la sangre de Cristo y en el misterio de la Trinidad.

En cuanto salió del agua, vio que los cielos se rasgaban 46. Todo esto, que se ha escrito, se ha escrito para nosotros, pues, antes de recibir el bautismo, tenemos los ojos cerrados y no vemos las cosas celestes.

Y vio que el Espíritu, como paloma, bajaba a él. Y se oyó una voz que venia de los cielos: "Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco" 47. Jesucristo es bautizado por Juan; el Espíritu Santo desciende en forma de paloma y el Padre da testimonio desde los cielos. Mira, Arrio, ved, herejes, el misterio de la Trinidad en el bautismo de Jesús: Jesús es bautizado, el Espíritu Santo desciende en forma de paloma, el Padre habla desde el cielo. "Vio que los cielos se rasgaban." Cuando dice "vio," da a entender que los otros no veían, pues no todos ven los cielos abiertos. ¿Qué dice Ezequiel en el comienzo de su libro? 45 "Y sucedió, dice, que encontrándome yo entre los deportados, a orillas del río Kebar, vi los cielos abiertos." Yo vi, luego los otros no veían. Que nadie piense que se trata de los cielos simple y materialmente abiertos: nosotros mismos, que nos hallamos aquí, vemos los cielos abiertos o cerrados según la diversidad de nuestros méritos. La fe plena tiene los cielos abiertos, mas la fe vacilante los tiene cerrados.

"Y vio que el Espíritu, como paloma, bajaba a él" Maniqueos, marcionistas y demás herejías suelen presentarnos la siguiente objeción: si Cristo está en su cuerpo y la carne, que asumió, no fue abandonada, ni se la quitó de encima, también el Espíritu Santo, que bajó a él, está en la paloma. ¿Percibís los silbidos de la antigua serpiente? 49 ¿Véis que aquella culebra, que arrojó al hombre del paraíso, también a nosotros quiere arrojarnos del paraíso de la fe? No dice — el evangelista — : tomó el cuerpo de una paloma, sino el Espíritu "como" paloma. Cuando se dice "como" no se designa la realidad, sino la similitud.

Respecto al Señor y Salvador, no está escrito que nació "como" hombre, sino que nació hombre. Mas aquí se dice como paloma. Por tanto, fue una similitud lo que se dio, no fue la realidad.

A continuación, el Espíritu le empuja al desierto50. El mismo Espíritu, que había bajado en forma de paloma. "Vio — dice — que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, como paloma, bajaba y se quedaba con él." Fijaos en lo que dice: se quedaba, es decir, se establecía de forma permanente, nunca lo abandonaría. Juan mismo dice en otro Evangelio: "El que me envió, me dijo: Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él" 51. En Cristo el Espíritu Santo bajó y se quedó, en los hombres baja, mas no se queda permanentemente. En el libro de Ezequiel, que personalmente es figura del Salvador, pues a ningún otro de los profetas — hablo de los antiguos — se le llama "hijo del hombre," como a Ezequiel, en el libro de Ezequiel, digo, no transcurren veinte o treinta versículos, cuando se dice inmediatamente: "La palabra del Señor fue dirigida al profeta Ezequiel" 52. Es posible que alguien se pregunte: ¿por qué se dice esto tantas veces del profeta? Porque el Espíritu Santo bajaba ciertamente al profeta, mas se retiraba de nuevo. Cada vez que se dice: "La palabra del Señor fue dirigida," se indica que el Espíritu Santo, que se había retirado, venía de nuevo a él. Pues, cuando nosotros nos dejamos arrastrar por la ira, cuando denigramos, cuando somos presa de una tristeza que conduce a la muerte, cuando nuestro pensamiento está puesto en las cosas propias de la carne, ¿podemos pensar que el Espíritu Santo permanece en nosotros? ¿Y podemos esperar que permanezca en nosotros el Espíritu Santo, si odiamos al hermano o si maquinamos cosas inicuas? Por tanto, si alguna vez nos proponemos algo bueno, sepamos que el Espíritu Santo permanece en nosotros; si nos proponemos algo malo, signo es de que el Espíritu Santo se ha retirado de nosotros. Por ello se dice con respecto al Salvador: "Aquel sobre el que veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es..." 53. "A continuación, el Espíritu le empuja al desierto." Este mismo Espíritu es el que empuja al desierto a los monjes, cuando, viviendo con sus padres desciende y permanece sobre ellos. El Espíritu Santo es el que les saca de casa y les conduce a la soledad. Pues el Espíritu Santo no se siente a gusto donde hay multitud y tropel, donde hay discordia y riñas. De ahí que nuestro Señor y Salvador, cuando quería orar, "se retiraba solo al monte — como dice el Evangelio — y allí oraba durante toda la noche" 54. Durante el día estaba con sus discípulos, durante la noche se dedicaba a orar al Padre por nosotros. ¿Por qué digo todo esto? Porque algunos hermanos suelen decir: si estoy en un convento, no podré orar solo. ¿Acaso nuestro Señor despedía a los discípulos? Permanecía con ellos, mas, cuando quería orar más intensamente, se retiraba solo. Así también nosotros, cuando queramos orar más de lo que hacemos comunitariamente, utilicemos la celda, los campos, el desierto. Podemos poseer los valores comunitarios juntamente con la soledad.

1 Ap 4:6 ss.

2 Ez 1:5 ss. Cf. Jerón, Prolog. in Matth.

3 Mc 1:1-3.

4 Con el advenimiento del Evangelio predicado por Jesús, concluye el periodo de la ley mosaica y comienza la nueva ley, fundada sobre la anterior, pero perfeccionada por Cristo.

5 Referencia a la famosa versión griega del A. T., llamada de los setenta muy utilizada por los Santos Padres.

6 Ml 3:1.

7 I P 5:13. El texto completo, tal como se encuentra en la primera carta de San Pedro, dice así: "Os saluda la Iglesia de Babilonia, elegida como vosotros, así como mi hijo Marcos." Se trata de la iglesia o comunidad cristiana de Roma, según la unánime y concorde tradición exegética. Babilonia, en efecto, se había convertido en símbolo de las capitales paganas en el lenguaje de los profetas.

8 Porfirio de Tiro (233-304), filósofo neoplatónico. Fue discípulo de Plotino en Roma y polemizó contra los cristianos. Su obra más importante es "ISAGO," introducción a las categorías de Aristóteles, que tuvo gran influjo en toda la filosofa medieval.

9 Cf. Jerón. In Matth. 3:3.

10 Is 40:3

11 El evangelista funde aquí unas distintas frases bíblicas, atribuyéndolo todo al profeta Isaías. Esta clase de centones era frecuente en el cristianismo primitivo.

12 Mc 1:4.

13 Ex 3:14.

14 Mc 1:5.

15 Sal 75:2.

16 Mc 1:5.

17 Mc 1:6.

18 Lc 1 5-8.

19 San Jerónimo, como San Ambrosio (ver In Lucam, libro II), sostiene que Zacarías era el príncipe de los sacerdotes, mientras que, según otros intérpretes, era sólo un simple sacerdote.

20 Mt 11:8.

21 "Orationibus vestris" (con la ayuda de vuestras oraciones) es una expresión, que se repite de forma habitual en San Jerónimo.

22 Mt 3:4.

23 Jn 3:29-30. En el A.T. es clásica la sinología nupcial para representar las relaciones entre Dios e Israel. En la presente metáfora evangélica la posición de Juan el Bautista viene parangonada a la del paraninfo (amigo del esposo), que era escogido entre los íntimos para la escolta de honor.

24 Mc 1:7.

25 Jn 1:29.

26 1s 53 7

27 Ap 1 13

28 Mt 5:28.

29 Mt 5:27.

30 Cf. Jerón. Contra Pelag. 1:31.

31 Mt 3:2.

32 Mt 24:28. La extrema concisión en el lenguaje de San Jerónimo hace oscuro el motivo de esta cita.

33 La referencia a la ley es de carácter rabínico, expresada en la afirmación de que la miel tenía que cons-derarse un elemento contaminante.

34 Cf. Lv 2:13.

35 Col 4:6.

36 También aquí la concisión perjudica la claridad. Se puede entender en el sentido de que los jugos, de los que las abejas producen la miel, provienen de la descomposición de flores muertas y en putrefacción.

37 Mc 1:7.

38 Dt 25:7; Rt 4:7. La cita del Éxodo no es posible encontrarla en las modernas versiones del A. T.

39 Jn 3:29.

40 Mc 1:8.

41 Mc 1:9.

42 A propósito de las observaciones de Jerónimo hay que recordar el significado de "Cristo" = "ungido."

43 La región de Galilea estaba habitada por muchos paganos: por esto se llama Galilea de los gentiles, o sea, de los paganos.

44 Cf. Jerón., Epist. 46:12. En Is 11:1 el Mesías viene designado como un renuevo, en hebreo nezer: es posible que esta palabra sea el origen del mismo nombre de Nazaret.

45 Mc 1:9.

46 Mc 1:10.

47 Mc 1:10-11

48 Ez 1:1.

49 Cf. Jerón., Adversus Jovinianum, 1:4.

50 Mc 1:12.

51 Jn 1:33.

52 Ez 1 3 Cf. Jerón., In Ezez. 47:6.

53 Jn 1:33.

54 Lc 6:12.

II. Mc 1:13-31.

Al final de la lectura anterior está escrito: Estaba entre los animales de campo y los ángeles le servían 1. Ya que el domingo pasado no hubo espacio de tiempo suficiente para llegar hasta aquí, debemos hacer del final de la lectura precedente el comienzo de la lectura de hoy. Pues la Sagrada Escritura forma un todo coherente, unida como está por un mismo Espíritu: es como una pequeña cadena, en la que cada anillo se une a otro y basta con que quites parte de uno, para que otro quede totalmente suelto.

"Estaba entre los animales y los ángeles le servían." Jesús estaba entre los animales y, por ello, los ángeles le servían. "No entregues a los animales — dice la Escritura — el alma que te reconoce" 2, Estos animales son los que el Señor pisoteaba con el pie del Evangelio, es decir, pisoteaba al león y al dragón. "Y los ángeles le servían." No debe considerarse como algo grande y maravilloso el que los ángeles sirvieran a Dios, pues no hay nada de extraordinario en que los siervos sirvan al Señor, pero todo esto se dice del hombre, asumido por Dios. "Estaba entre los animales." Dios no puede estar entre los animales, pero su carne, que está sujeta a las humanas tentaciones, aquel cuerpo, aquella carne, que sintió sed, que sintió hambre, esa misma carne es tentada, y vence, y en ella vencemos nosotros.

Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea3. La historia es conocida y clara para los oyentes, prescindiendo de nuestra explicación. Pero pidamos a aquél, que tiene la llave de David, que abre y nadie puede cerrar, que cierra y nadie puede abrir4, que nos abra los santuarios del Evangelio, y que también nosotros con David podamos decir: "Abre mis ojos para que contemple las maravillas de tu ley" 5.

A las turbas hablaba el Señor en parábolas y les hablaba desde fuera, no interiormente, es decir, no en el espíritu; desde fuera, según la letra6. Pidamos nosotros, sin embargo, al Señor que nos introduzca en sus misterios, que nos introduzca en su aposento, para que como la esposa del Cantar de los Cantares podamos decir: "El rey me ha introducido en sus aposentos" 7. El apóstol dice que sobre los ojos de Moisés se ponía un velo8. Y yo os digo que no sólo en la ley hay un velo, sino que también en el Evangelio lo hay para el que no sabe. El judío oye, pero no entiende; un velo está puesto para él en el Evangelio. Los gentiles oyen, los herejes oyen y tienen, no obstante, un velo. Abandonemos, por tanto, la letra con los judíos y sigamos el espíritu con Jesús. No se trata de que rechacemos la letra del Evangelio — pues se ha cumplido todo cuanto está escrito —, sino de que, paso a paso, vayamos ascendiendo hacia cosas más elevadas.

"Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea." El domingo pasado decíamos en nuestra explicación que Juan se identifica con la ley y Jesús con el Evangelio. Juan, en efecto, dice: "Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias." Y en otro lugar: "Es preciso que él crezca y que yo disminuya" 9. Aquí establece una comparación entre la ley y el Evangelio. Y dice también: "Yo os bautizo con agua," esto es la ley, "pero él os bautizará con Espíritu Santo10, esto es el Evangelio. Vino, por ello, Jesús, porque Juan había sido encarcelado. La ley ha sido encarcelada y ya no goza de su antigua libertad, pero de la ley hemos pasado al Evangelio. Fijaos bien en lo que dice: "Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea." No a Judea, ni a Jerusalén, sino a la Galilea de los gentiles. "Marchó Jesús a Galilea." Galilea significa en nuestra lengua cataquilioté (llanura circular)11. Pues antes de la venida del Salvador no había allí nada elevado, antes bien todo lo que arrastra hacia abajo: pululaban allí la lujuria, la suciedad, la impureza y los vicios inmundos. Predicando el Evangelio del reino de Dios 12. En cuanto puedo recordar, del reino de los Cielos no he oído hablar nunca, leyendo la ley, leyendo los profetas o leyendo el salterio, sino sólo en el Evangelio. El reino de Dios ha quedado abierto sólo después de que haya venido aquel que dijo: "El reino de Dios está dentro de vosotros" 13.

"Predicando el Evangelio del reino de Dios." "Desde los días de Juan el Bautista, el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan" 14. Antes de la venida del Salvador y de la luz del Evangelio, antes de que Cristo, acompañando al buen ladrón, abriese la puerta del paraíso, todas las almas de los santos eran conducidas a los infiernos 15. Como dice Jacob: "Llorando y gimiendo bajaré a los infiernos" 16. Si Abraham fue a los infiernos, ¿quién no irá allí? 17. En la ley, Abraham va a los infiernos, en el Evangelio, el ladrón va al paraíso. No desdeñamos a Abraham, en cuyo seno deseamos todos descansar, mas preferimos Cristo a Abraham, preferimos el Evangelio a la ley. Leemos que después de la resurrección de Cristo muchos santos se aparecieron en la ciudad santa. Nuestro Señor y Salvador predicó no sólo en la tierra, sino también en los infiernos. Por esto murió y por esto descendió a los infiernos, para liberar las almas que allí habían sido encarceladas.

Predicando el Evangelio del reino de los Cielos y diciendo: se ha cumplido el tiempo de la ley, llega el comienzo del Evangelio, el reino de Dios está cerca18. No dijo: ya está presente el reino de Dios, sino el reino de Dios está cerca. Antes de que yo padezca y derrame mi sangre, no será inaugurado el reino de Dios. Por tanto, está cerca. porque yo aún no he padecido.

Convertíos y creed en el Evangelio 19: no en la ley, sino en el Evangelio; mejor aún: por la ley en el Evangelio, tal como está escrito: "de fe en fe" 20. La fe en la ley corroboró la fe en el Evangelio.

Y bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pcscadores21. Simón, que todavía no era Pedro, pues todavía no había seguido a la Piedra (Cristo) 22, para que pudiera llamarse Pedro; Simón, pues, y su hermano Andrés estaban a la orilla y echaban las redes al mar y cogieron peces. "Vio — dice — a Simón y a Andrés, su hermano, largando las redes al mar, pues eran pescadores." El Evangelio afirma tan sólo que echaban las redes, mas no que cogieran algo. Por tanto, antes de la Pasión se afirma que echaron las redes, mas no hay constancia de que capturaran algo. Después de la pasión, sin embargo, echan la red y capturan tanto que las redes se rompían. 23 "Largando las redes en el mar, pues eran pescadores." Y Jesús les dijo: "Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres."24. ¡Feliz cambio de pesca!: Jesús les pesca a ellos, para que a su vez ellos pesquen a otros pescadores. Primero se hacen peces para ser pescados por Cristo; después ellos mismos pescarán a otros. "Jesús les dice: Venid en pos de mi, y os haré pescadores de hombres."

Y al instante, dejando sus redes, le siguieron 25. "y al instante." La fe verdadera no conoce intervalo; tan pronto se oye, cree, sigue, y se convierte en pescador. "Al instante, dejando las redes." Yo pienso que en las redes dejaron los pecados del mundo. "Y le siguieron." No era, en efecto, posible que, siguiendo a Jesús, conservaran las redes. Y caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes 26 Cuando se dice arreglando, se indica que se habían roto. Echaban, pues, las redes en el mar, pero, como estaban rotas, no podían capturar peces. Arreglaban las redes en el mar, es decir se sentaban en el mar, se sentaban en una pequeña barca, con su padre Zebedeo, y arreglaban las redes de la ley. He dicho esto, siguiendo una interpretación espiritual. Los que arreglaban las redes en la barca eran justamente los mismos que estaban en ella. Estaban en la barca, no en el litoral, no en tierra firme, sino en la barca, golpeados de uno y otro lado por las olas. Y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca, con los jornaleros, se fueron tras él 27. Tal vez alguien diga: temeraria es la fe. Pues, ¿qué signos habían visto, qué majestad se les había manifestado, para que, al ser llamados, inmediatamente le siguieran? Realmente aquí se nos da a entender que los ojos y el rostro de Jesús irradiaban un algo divino y atraían hacia sí poderosamente la atención de quienes lo miraban28. De lo contrario, cuando Jesús les decía: seguidme, nunca le habrían seguido. Pues si le hubieran seguido sin una razón, más que fe habría sido temeridad. Es como si a mí, que estoy ahora aquí sentado, cualquiera que pasa me dice: ven, sígueme, y le sigo, ¿habría fe acaso en ello? ¿Por qué digo todo esto? 29 Porque la palabra del Señor de suyo era eficaz y hacía lo que decía. Si, pues, "habló y fueron hechas todas las cosas, ordenó y fueron creadas" 30, del mismo modo los llamó y ellos al instante le siguieron.

Y al instante los llamó, y ellos al instante, dejando a su padre Zebedeo..., etc. "Escucha, hija, mira y pon atento oído, olvida a tu pueblo y la casa de tu padre, y el rey se prendará de tu belleza" 31. "Y dejando a su padre Zebedeo en la barca." Escuchad, monjes, imitad a los apóstoles: escucha la voz del Salvador y olvídate de tu padre carnal. Mira al verdadero padre del alma y del espíritu y deja al padre corporal. Los apóstoles dejan al padre, dejan la nave, dejan todas las riquezas en un instante: dejan el mundo y todas sus infinitas riquezas. Pues todo lo que tenían lo abandonaron. Dios no se fija en la cantidad de las riquezas, sino en el espíritu de quien las deja. Quienes dejaron poco, igualmente hubieran dejado mucho. "Dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, le siguieron." Poco antes hemos dicho algo de modo enigmático sobre los apóstoles, que arreglaban las redes de la ley. Rotas como estaban, no podían capturar peces; corroídas por la salobridad del mar, no podían ser reparadas si no hubiera venido la sangre de Jesús y las hubiera renovado. Dejan, por ende, a su padre Zebedeo, es decir, dejan la ley, y lo dejan plantado en la barca, en medio de las olas del mar.

Y fijaos en lo que sigue. Dejan, dice el evangelista, a su padre, es decir, la ley, con los jornaleros. Pues todo lo que hacen los judíos, lo hacen para la vida presente y son, por ello, jornaleros. "Quien cumple la ley vivirá por ella" 32, dice, no en el sentido de que gracias a la ley podrá vivir en el cielo, sino en el sentido de que por lo que hace recibe recompensa en el presente. También está escrito en Ezequiel: "Les di preceptos no buenos y mandatos no perfectos, siguiendo los cuales, vivirán según ellos" 33. Según ellos viven los judíos: no buscan otra cosa que tener hijos, poseer riquezas, gozar de buena salud. Buscan todas las cosas terrenales y no piensan en ninguna de las celestes. Por ello son jornaleros. ¿Queréis saber por qué los judíos son jornaleros? El hijo aquel, que había disipado su hacienda, y que es figura de los gentiles, dice: "¡Cuántos jornaleros hay en la casa de mi padre!"34. "Y dejando a su padre en la barca con los jornaleros, le siguieron." Dejaron a su padre, es decir, la ley, en la barca con los jornaleros. Hasta hoy los judíos navegan, y navegan en la ley, y están en el mar, y no pueden llegar a puerto. No creyeron en el puerto, por tanto, no consiguen llegar a él.

Entran en Cafarnaúm35. ¡Feliz y hermoso!: dejan el mar, dejan la barca, dejan los vinculas de las redes, y entran en Cafarnaúm. El primer cambio es éste: dejar el mar, dejar la barca, dejar el antiguo padre, dejar los antiguos vicios. Pues en las redes y en los vínculos de las redes se dejan todos los vicios. Fijaos bien en el cambio. Dejan todas las redes, y al dejarlas, ¿qué encuentran? "Entran — dice el evangelista — en Cafarnaúm": en el campo de la consolación. CAPHAR significa campo, NAUM significa consolación. O si queréis, — teniendo en cuenta que la lengua hebrea permite múltiples significados y que, según la distinta pronunciación, una palabra puede tener sentido diverso — NAUM significa no sólo consolación, sino también hermoso.

Entran en Cafarnaúm y, al llegar el sábado, entró en la sinagoga y les enseñaba 39: que abandonaran el ocio del sábado y asumieran las obras del Evangelio. Mt 5:20-48: Les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas40. Pues no decía: "Esto dice el señor," o: "EI que me envió dice lo siguiente," sino que hablaba él en primera persona, el mismo que había hablado por medio de los profetas. Una cosa es decir: está escrito, otra decir: esto dice el Señor, y otra decir: en verdad os digo. Fijaos en otro pasaje: "Está escrito, dice, en la ley: no matarás, no repudiarás a tu mujer." Está escrito. ¿Por quién está escrito? Por Moisés, mas ordenándoselo Dios. Si está escrito por el dedo de Dios, ¿cómo te atreves a decir: en verdad os digo, si no eres tú mismo, el que antes diste la ley? Nadie se atreve a cambiar la ley, si no es el rey. La ley la dio ¿el Padre o el Hijo? Responde, hereje. Acepto de buen grado lo que digas: para mí han sido los dos. Si la dio el Padre, también es el Padre quien la cambia, luego el Hijo es igual al Padre, porque la cambia juntamente con quien la dio. Sea que él la dio, sea que él la cambia, la misma autoridad demuestra al haberla dado que al haberla cambiado, cosa que nadie puede hacer más que el rey.

Se admiraban de su enseñanzas41. Yo me pregunto: ¿Qué había enseñado de nuevo? ¿Qué de nuevo había predicado? Decía por sí mismo las mismas cosas que habían dicho los profetas. Mas se admiraban por esto, porque enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. No enseñaba como un maestro, sino como el Señor: no hablaba, apoyándose en otra autoridad superior, sino que hablaba él mismo con la autoridad que le era propia. Hablaba así, en definitiva, porque con su propia esencia estaba diciendo lo que había dicho por medio de los profetas. "Yo, que hablaba, he aquí que estoy presente" 42. El espíritu impuro, que antes había estado en la sinagoga y que los había llevado a la idolatría, del cual está escrito: "Habéis sido seducidos por el espíritu de la fornicación"43, era el espíritu que había salido de un hombre y discurría por el desierto, el que buscó reposo y no pudo hallarlo y que, tomando consigo a otros siete demonios, regresó a su antigua morada 44. En aquel tiempo, estos espíritus estaban en la sinagoga y no podían soportar la presencia del Salvador. ¿Qué tienen en común Cristo y Belial? 45 Imposible que habiten los dos en la misma comunidad. Se hallaba en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar diciendo: ¿qué hay entre tú y nosotros?46 ¿Quién es el que dice: qué hay entre ti y nosotros? Es uno solo y habla en nombre de muchos. Por ser él vencido, comprendió que habían sido vencidos también sus compañeros "y comenzó a gritar." Comenzó a gritar como quien está inmerso en el dolor, como quien no puede soportar la flagelación.

Y comenzó a gritar, diciendo: ¿qué hay entre ti y nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? Sé quien eres, el Santo de Dios 47. Inmerso en los tormentos y manifestando con sus gritos la magnitud de los mismos, no pone, sin embargo, fin a sus mentiras. Se ve obligado a decir la verdad, le obligan los tormentos, pero se lo impide la malicia. "Qué hay entre ti y nosotros, Jesús Nazareno?" ¿Por qué no confiesas que es el Hijo de Dios? ¿Te atormenta el Nazareno y no el Hijo de Dios? ¿Sientes sus castigos y no confiesas su nombre? Esto respecto a Jesús Nazareno. "¿Has venido a perdernos?" Es cierto esto que dices: Has venido a perdernos. "Sé quien eres." Veamos lo que añades: "el Santo de Dios." ¿No fue Moisés el santo de Dios? ¿No lo fue Isaías? ¿No lo fue Jeremías? "Antes, dice el Señor, de que nacieras, en el seno materno te santifiqué" 48. Esto se le dice a Jeremías y ¿no fue el santo de Dios? Luego ni siquiera quienes fueron santos lo fueron. Más ¿por qué no les dices a cada uno de ellos: sé quien eres, el Santo de Dios? ¡Oh, qué mente tan perversa: inmerso en la tortura y los tormentos, a pesar de conocer la verdad, no quiere confesarla! "Sé quien eres, el Santo de Dios." No digas el Santo de Dios, sino el Dios santo. Finges saber quién es, pero no lo sabes. Porque una de dos: o lo sabes e hipócritamente te lo callas, o simplemente no lo sabes. Pues él no es el Santo de Dios, sino el Dios santo.

¿Por qué he dicho todo esto? Para que no demos crédito a lo que testifican los demonios. El diablo nunca dice la verdad, puesto que es mentiroso como su padre. "Vuestro padre — dice Jesús a los judíos — es mentiroso, y lo es desde el principio, como su propio padre" 49. Dice que su padre es mentiroso y que no dice la verdad, así como su propio padre, que es el padre de los judíos. Ciertamente el diablo es mentiroso desde el principio, Pero, ¿quién es el padre del diablo? Fíjate bien en lo que dice: "Vuestro padre es mentiroso, desde el principio habla mentira, como su padre." Lo cual significa esto: que el diablo es mentiroso, y habla mentira, y es el padre de la mentira misma 50. No quiere decir que el diablo tenga otro padre, sino que el padre de la mentira es el diablo. Por ello dice que es mentiroso y que desde el principio del mundo no dice la verdad, o sea, habla mentira y es su padre, esto es, padre de la mentira misma.

Hemos dicho todo esto de pasada, para que nos percatemos de que no debemos aceptar lo que testifican los demonios. Dice el Señor y Salvador: "Esta raza no sale más que con muchos ayunos y oraciones" 51. Y he aquí que veo muchos que se entregan a las borracheras, que eructan vino, y que en medio de los banquetes exorcizan e increpan a los demonios. Parece que Cristo nos haya mentido, pues dijo: "Esta raza no sale más que con muchos ayunos y oraciones." Así, pues, insisto en todo esto, para que no aceptemos fácilmente lo que testifican los demonios.

En definitiva, ¿qué dice el Salvador? Y Jesús le conminó: Cállate y sal de este hombre 52. La verdad no necesita del testimonio de la mentira. No he venido para ser reconocido por tu testimonio, sino para arrojarte de mi criatura. "No es hermosa la alabanza en boca del pecador" 53. No necesito el testimonio de aquel, al que quiero atormentar. "Cállate." Tu silencio sea mi alabanza. No quiero que me alabe tu voz sino tus tormentos: tu pena es mi alabanza. No me resulta agradable que me alabes, sino que salgas. "Cállate y sal de este hombre." Como si dijera: sal de mi casa, ¿qué haces en mi morada? Yo deseo entrar: "Cállate y sal de este hombre." De este hombre, es decir, de este animal racional. Sal de este hombre: abandona esta morada preparada para mí. El Señor desea su casa: sal de este hombre, de este animal racional.

"Sal de este hombre," dijo también en otro lugar a una legión de demonios, para que saliera de un hombre y entrara en los puercos 54. Mira cuán preciosa es el alma humana. Esto contradice a aquellos que creen que nosotros y los animales tenemos una misma alma y arrastramos un mismo espíritu. De un solo hombre es arrojada la legión y enviada a dos mil puercos, lo cual nos hace ver que es precioso lo que se salva y de poco valor lo que se pierde. Sal de este hombre y vete a los puercos, vete a los animales, vete donde quieras, vete a los abismos. Abandona al hombre, es decir, abandona una propiedad particularmente mía. "Sal de este hombre": no quiero que tú poseas al hombre; es para mí una injuria que habites tú en el hombre, siendo yo el que habita en él. Yo asumí el cuerpo humano, yo habito en el hombre. Esa carne que posees es parte de mi carne, por tanto, sal del hombre.

Y el espíritu inmundo, agitándolo violentamente...55. Con estos signos mostró su dolor. "Agitándolo violentamente." Aquel demonio, al salir, como no podía hacer daño al alma lo hizo al cuerpo y, como de otro medio no podía hacer comprender, manifiesta con signos corporales que ha salido. "Y el espíritu inmundo, agitándolo violentamente...." Porque allí estaba el espíritu puro que huye del espíritu impuro.

Y, dando un grito, salió de el 56. Con el clamor de la voz y la agitación del cuerpo puso de manifiesto que salía.

Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros... etc. 57. Leamos los Hechos de los Apóstoles, leamos los signos, que hicieron los antiguos profetas. Moisés hace signos y ¿qué dicen los magos del faraón? "Es el dedo de Dios" 58. Es Moisés el que los hace y ellos reconocen el poder de otro. Hacen después signos los apóstoles: "En el nombre de Jesús, levántate y anda" 59. "En el espíritu de Jesús, sal" 60. Siempre es nombrado Jesús. Aquí, sin embargo, ¿qué dice el señor? "Sal de este hombre." No nombra otro, sino que es él mismo el que les obliga a los demonios a salir. Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros: ¿Qué es esto? ¿Qué es esta enseñanza nueva? 61. Que el demonio hubiera sido arrojado no era nada nuevo, pues también solían hacerlo los exorcistas hebreos62. Mas, ¿qué es lo que dice? "¿Qué es esta enseñanza nueva"? ¿Por qué nueva? Porque manda con autoridad a los espíritus inmundos 63. No invoca a ningún otro, sino que él mismo ordena: no habla en nombre de otro, sino con su propia autoridad.

Y bien pronto su fama se extendió por toda la región de Galilea 64. No por Judea, ni por Jerusalén, pues los doctores judíos, llenos de envidia hacia Jesús, no dejaban que su fama se extendiera. En definitiva, Pilato y los demás pudieron comprobar que los fariseos habían entregado a Jesús por envidia 65. ¿Por qué digo esto? Por lo de que su fama se extendió a toda Galilea. A toda Galilea llegó su fama y no llegó siquiera a una sola aldea de Judea. ¿Por qué insisto en ello? Porque el alma que ha sido poseída de una vez por la envidia, difícil es que acoja las virtudes. Es casi imposible hallar remedio para un alma, a la que haya poseído la envidia. En definitiva, el primer homicidio y el primer parricidio los hizo la envidia. Dos hombres había en el mundo, Abel y Caín: el Señor aceptó las ofrendas de Abel y no aceptó las de Caín. Y el que hubiera debido imitar la virtud, no sólo no lo hizo, sino que mató bien pronto a aquel, cuyas ofrendas había aceptado el Señor.

Luego, saliendo de la sinagoga, vinieron a casa de Simón y Andrés con Santiago y Juan 66. Había instruido el Señor a su cuadriga 67 y era ensalzado por encima de los querubines. Y entra en la casa de Pedro. Digna era su alma para recibir a un huésped tan grande. "Vinieron — dice el Evangelio — a casa de Simón y Andrés."

La suegra de Simón estaba acostada con fiebre 68, Mc 1:29. ¡Ojalá venga y entre el Señor en nuestra casa y con un mandato suyo cure las fiebres de nuestros pecados! Porque todos nosotros tenemos fiebre. Tengo fiebre, por ejemplo, cuando me dejo llevar por la ira. Existen tantas fiebres como vicios. Por ello, pidamos a los apóstoles que intercedan ante Jesús, para que venga a nosotros y nos tome de la mano, pues si él toma nuestra mano, la fiebre huye al instante. El es un médico egregio, el verdadero protomédico. Médico fue Moisés, médico Isaías, médicos todos los santos, mas éste es el protomédico. Sabe tocar sabiamente las venas y escrutar los secretos de las enfermedades. No toca el oído, no toca la frente, no toca ninguna otra parte del cuerpo, sino la mano. Tenía la fiebre, porque no poseía obras buenas. En primer lugar, por tanto, hay que sanar las obras 69, y luego quitar la fiebre. No puede huir la fiebre, si no son sanadas las obras. Cuando nuestra mano posee obras malas, yacemos en el lecho, sin podernos levantar, sin poder andar, pues estamos sumidos totalmente en la enfermedad. Y acercándose 70 a aquella, que estaba enferma... Ella misma no pudo levantarse, pues yacía en el lecho, y no pudo, por tanto, salirle al encuentro al que venía. Mas, este médico misericordioso acude él mismo junto al lecho; el que había llevado sobre sus hombros a la ovejita enferma, él mismo va junto al lecho. "Y acercándose... " Encima se acerca, y lo hace además para curarla. "Y acercándose... " Fíjate en lo que dice. Es como decir: hubieras debido salirme al encuentro, llegarte a la puerta, y recibirme, para que tu salud no fuera sólo obra de mi misericordia, sino también de tu voluntad. Pero, ya que te encuentras oprimida por la magnitud de las fiebres y no puedes levantarte, yo mismo vengo. Y acercándose, la levantó. Ya que ella misma no podía levantarse, es tomada por el Señor. Y la levantó, tomándola de la mano 71. La tomó precisamente de la mano. También Pedro, cuando peligraba en el mar y se hundía, fue cogido de la mano y levantado. "Y la levantó tomándola de la mano." Con su mano tomó el Señor la mano de ella. ¡Oh feliz amistad, oh hermosa caricia! La levantó tomándola de la mano: con su mano sanó la mano de ella. Tomó su mano como un médico, le tomó el pulso, comprobó la magnitud de las fiebres, él mismo, que es médico y medicina al mismo tiempo. La toca Jesús y huye la fiebre. Que toque también nuestra mano, para que sean purificadas nuestras obras, que entre en nuestra casa: levantémonos por fin del lecho, no permanezcamos tumbados. Está Jesús de pie ante nuestro lecho, ¿y nosotros yacemos? Levantémonos y estemos de pie: es para nosotros una vergüenza que estemos acostados ante Jesús. Alguien podrá decir: ¿dónde está Jesús? Jesús está ahora aquí. "En medio de vosotros — dice el Evangelio — está uno a quien no conocéis"72. "El reino de Dios está entre vosotros"73. Creamos y veamos que Jesús está presente. Si no podemos tocar su mano, postrémonos a sus pies. Si no podemos llegar a su cabeza, al menos lavemos sus pies con nuestras lágrimas. Nuestra penitencia es ungüento del Salvador. Mira cuán grande es su misericordia. Nuestros pecados huelen, son podredumbre y, sin embargo, si hacemos penitencia por los pecados, si los lloramos, nuestros pútridos pecados se convierten en ungüento del Señor. Pidamos, por tanto, al Señor que nos tome de la mano.

Y al instante — dice — la fiebre la dejó 74. Apenas la toma de la mano, huye la fiebre. Fijaos en lo que sigue. "Al instante la fiebre la dejó." Ten esperanza, pecador, con tal de que te levantes del lecho. Esto mismo ocurrió con el santo David, que había pecado, yaciendo en la cama con Betsabé, la mujer de Urías el hitita75 y sintiendo la fiebre del adulterio, después que el Señor le sanó, después que había dicho: "Ten piedad de mí, oh Dios por tu gran misericordia" 76, así como: "Contra ti, contra ti sólo he pecado, lo malo a tus ojos cometí" 77. "Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios mío... " 78 Pues él había derramado la sangre de Urías, al haber ordenado derramarla. "Líbrame, dice, de la sangre, oh Dios, Dios mío, y un espíritu firme renueva dentro de mí" 79. Fíjate en lo que dice: "renueva." Porque en el tiempo en que cometí el adulterio y perpetré el adulterio y perpetré el homicidio, el Espíritu Santo envejeció en mí. ¿Y qué más dice? "Lávame y quedaré más blanco que la nieve" 80. Porque me has lavado con mis lágrimas. Mis lágrimas y mi penitencia han sido para mí como el bautismo. Fijaos, por tanto, de penitente en qué se convierte. Hizo penitencia y lloró, por ello fue purificado. ¿Qué sigue inmediatamente después? "Enseñaré a los inicuos tus caminos y los pecadores volverán a ti"''. De penitente se convirtió en maestro.

¿Por qué dije todo esto? Porque aquí está escrito: Y al instante la fiebre la dejó y se puso a servirles 82. No basta con que la fiebre la dejase, sino que se levanta para el servicio de Cristo. "Y se puso a servirles." Les servía con los pies, con las manos, corría de un sitio a otro, veneraba al que le había curado. Sirvamos también nosotros a Jesús. Él acoge con gusto nuestro servicio, aunque tengamos las manos manchadas: él se digna mirar lo que sanó, porque él mismo lo sanó. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

1 Mc 1:13.

2 Sal 73:19.

3 Mc 1:14.

4 Ap 3 7.

5 Salmo, 18

6 El motivo por el que Jesús haya adoptado la enseñanza por medio de parábolas, cuando al principio de su predicación hablaba de forma sencilla y abierta, es explicado por los intérpretes de la Sagrada Escritura por el hecho de que no haya querido romper abiertamente con el judaísmo oficial, que era declaradamente hostil a su persona y a su doctrina. El lenguaje velado de las parábolas le permitía continuar hablando en público, ofreciendo de este modo la posibilidad a los bien intencionados de poder comprender adecuadamente "los misterios del reino de Dios."

7 Ct 1:4.

8 2 Co 3:13.

9 Jn 3:30.

10 Mc 1:8.

11 Esta palabra griega puede traducirse como llanura circular: así, en efecto, se presenta Galilea, como una extensión llana y en forma circular. De este hecho geofísico, unido a la circunstancia de que residían allí muchos paganos deduce San Jerónimo sus consideraciones de carácter moral.

12 Mc 1:14.

13 Lc 17:21.

14 Mt 11:12.

15 Se trata de sheol, que en la terminología y la creencia hebraica significaba la morada de los patriarcas y de los justos. En la época de Jesús el sheol se distinguía de la gehenna, lugar reservado a los pecadores, con el tormento del fuego.

16 Gn 37:35.

17 Lc 16:22. Cf. Jerón., Epis. 129, 2; Epis. 60:3.

18 Mc 1:14-15.

19 Ibid.

20 Rm 1:17.

21 Mc 1:16.

22 La piedra es Cristo, prefigurado en aquella roca, de la que los hebreos bebieron agua hecha brotar milagrosamente por Moisés. Aquí San Jerónimo une concisamente el episodio del Éxodo (17:5-6) con las aplicaciones que saca San Pablo (I Co 10:4).

23 Lc 5:6; Jn 21:11.

24 Mc 1:17.

25 Mc 1:18.

26 Mc 1:19.

27 Mc 1:20.

28 Mc 11:15.

29 Como habrá notado el lector, esta pregunta, que sirve para recapitular y concluir, ("Hoc totum quare dico?" o "... quare dixi?") es habitual en San Jerónimo.

30 Sal 148. 5.

31 Sal 44:11 ss.

32 Lv 18:5; Rm 10:5

33 Ez 20:25.

34 Lc 15:17; cf. Jerón., Epis. 21:14.

35 Mc 1:21.

36 Cf. Jerón., De nom. hebr.: ML 23:888; cf. Mt 11:23 ss.

37 Sal 132:1.

39 Mc 1: 21.

40 Mc 1:22.

41 Ibid.

42 Is 52:6.

43 Os 4:12.

44 Mt 12:43 ss.

45 2Co 6:15.

46 Mc 1:23-24

47 Ibid.

48 Jer 1:5.

49 Jn 8:44.

50 Cf. Jerón., In Isaíam 14:22.

51 Mt 17 21.

52 Mc 1:25.

53 EcLo 15:9.

54 MI 8:32. Cf. Jerón., In Matth. 8:31 ss.

55 Mc 1:26.

56 Ibid.

57 Mc 1:27.

58 Ex 8:19.

59 Hch 3:6.

60 Hch 16:18.

61 Mc 1. 27.

62 Cf. Jerón. In Matth, 12:27.

63 Mc 1 27.

64 Mc 1 28.

65 Mt 27:18.

66 Mc 1:29.

67 La expresión se refiere a los cuatro primeros apóstoles.

68 MC 1:30.

69 La mano para San Jerónimo, así como para San Ambrosio, es símbolo de la actividad, es decir, de las obras.

70 Mc 1:31.

71 Ibid.

72 Jn 1:26.

73 Lc 17:21.

74 Mc 1:31.

75 2 Sam 11. 2-5.

76 Sal 50:3.

77 Sal 50:6.

78 Sal 50:16.

79 Sal 50:12.

80 Sal 50:9

81 Sal 50:15.

82 Mc 1:31.

III. Mc 5:30-43 1

¿Quién me ha tocado?2, pregunta, mirando en derredor, para descubrir a la que lo había hecho. ¿No sabía el Señor quién lo había tocado? Entonces, ¿por qué preguntaba por ella? Lo hacia como quien lo sabe, pero quiere ponerlo de manifiesto. Y la mujer, llena de temor y temblorosa, conociendo lo que en ella había sucedido... etc. 3 Si no hubiese preguntado y hubiese dicho: ¿Quién me ha tocado? nadie hubiera sabido que se había realizado un signo. Habrían podido decir: no ha hecho ningún signo, sino que se jacta y habla para gloriarse. Por ello pregunta, para que aquella mujer confiese y Dios sea glorificado.

Y se postró ante él y le dijo toda la verdad 4. Observad los pasos, ved el progreso. Mientras padecía flujo de sangre, no había podido venir ante él: fue sanada y vino ante él. Y se postró a sus pies. Todavía no osaba mirarle a la cara: apenas ha sido curada, le basta con tener sus pies. "Y le dijo toda la verdad." Cristo es la verdad. Y como había sido curada por la verdad, confesó la verdad.

Y él le dijo: "Hija, tu fe te ha salvado" 5 La que así había creído digna es de ser llamada hija. La multitud, que lo apretuja, no puede ser llamada hija, mas esta mujer, que cae a sus pies y confiesa, merece recibir el nombre de hija. "Tu fe te ha salvado." Observad la humildad: es él mismo el que sana y lo refiere a la fe de ella. "Tu fe te ha salvado."

Tu fe te ha sanado: vete en paz. Antes de que creyeses en Salomón, esto es, en el pacífico, no tenias paz, ahora, sin embargo, vete en paz. "Yo he vencido al mundo"6. Puedes estar segura de que tienes la paz, porque ha sido sanado el pueblo de los gentiles. Llegan de casa del jefe de la sinagoga, diciendo: "Tu hija ha muerto: ¿por qué molestar más al maestro?"7. Resucitó la Iglesia y murió la sinagoga. Aunque la niña había muerto, le dice, no obstante, el Señor al jefe de la sinagoga: No temas, ten sólo fe 8. Digamos también nosotros hoy a la sinagoga, digamos a los judíos: ha muerto la hija del jefe de la sinagoga, más creed y resucitará.

No permitió que nadie le siguiera más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago9. Alguien podría preguntar, diciendo: ¿por qué son siempre elegidos estos tres, y los demás son dejados aparte? Pues también cuando se transfiguró en el monte, tomó consigo a estos tres 10. Así, pues, son tres los elegidos: Pedro, Santiago y Juan. En primer lugar, en este número se esconde el misterio de la Trinidad, por lo que este número es santo de por sí. Pues también Jacob, según el Antiguo Testamento, puso tres varas en los abrevaderos 11. Y está escrito en otro lugar: "El esparto triple no se rompe" 12. Por tanto, es elegido Pedro, sobre el que ha sido fundada la Iglesia, Santiago, el primero entre los apóstoles que fue coronado con el martirio, y Juan, que es el comienzo de la virginidad. Y llegó a la casa del jefe de la sinagoga y vio un alboroto y unas lloronas plañideras 13. Incluso hoy sigue habiendo alboroto en la sinagoga. Aunque afirmen que cantan los salmos de David, su canto, sin embargo, es llanto.

Y entrando les dice: ¿Por qué estáis turbados y lloráis? La niña no ha muerto, sino que duerme 14. Es decir, la niña, que ha muerto para vosotros, vive para mí: para vosotros está muerta, para mí duerme. Y el que duerme puede ser despertado.

Y se burlaban de él 15. Pues no creían que la hija del jefe de la sinagoga pudiera ser resucitada por Jesús.

Pero él, echando a todos fuera, tomó consigo al padre y a la madre de la niña 16. Dirijámonos a los santos varones, que realizan signos, a quienes el Señor les concedió ciertos poderes. He aquí que Cristo, cuando iba a resucitar a la hija del jefe de la sinagoga, echa fuera a todos, para que no pareciera que lo hacia por jactancia. Así, pues, habiendo echado a todos, él tomó consigo al padre y a la madre de la niña. E incluso a ellos les hubiera echado probablemente, si no hubiera sido por consideración a su amor de padres, para que vieran a su hija resucitada

Y entra donde estaba la niña, y tomándola de la mano.. etc.17.En primer lugar tomó su mano, sanó sus obras y de este modo la resucitó. Entonces se cumplió verdaderamente esto: "Cuando haya entrado la plenitud de las naciones, entonces todo Israel será salvo"18. Dice, pues, Jesús: Talitha kum que significa: Niña, levántate para mí '9. Si hubiera dicho: "Talitha kum," significarla: "Niña, levántate," pero como dijo "Talitha kumi," esto significa, tanto en lengua siria como en lengua hebrea: "Niña, levántate para mí." "Kumi" significa: "Levántate para mi." Observad, pues, el misterio de la misma lengua hebrea y siria 20. Es como si dijese: niña, que debías ser madre, por tu infidelidad continúas siendo niña. Lo que podemos expresar de este otro modo: porque vas a renacer, serás llamada niña. "Niña, levántate para mi," o sea, no por tu propio mérito, sino por mi gracia. Levántate, por tanto, para mi, porque serás curada por tus virtudes.

Y al instante se levantó la niña y echó a andar 21. Que nos toque también a nosotros Jesús y echaremos a andar. Aunque seamos paralíticos, aunque poseamos malas obras y no podamos andar, aunque estemos acostados en el lecho de nuestros pecados y de nuestro cuerpo, si nos toca Jesús, al instante quedaremos curados. La suegra de Pedro estaba dominada por las fiebres: la tocó Jesús y se levantó, e inmediatamente se puso a servirle. Ved qué diferencia. Aquella es tocada, se levanta, y se pone a servir, a ésta le basta sólo andar.

Y quedaron fuera de si, presos de gran estupor, y les mandó insistentemente que callaran y que no lo dijeran a nadie22. ¿Véis el motivo, por el que había echado a la turba para realizar los signos? Les mandó — y no soló les mandó, sino que además les mandó insistentemente — que nadie lo supiera. Mandó a los tres apóstoles, y mandó también a los padres que nadie lo supiera. Lo mandó el Señor a todos, mas la niña, que resucitó, no puede callar.

Y dijo que le dieran de comer 23: para que la resucitada no se tomara por un fantasma. Él mismo también, por este motivo, después de su resurrección comió del pescado y de la miel 24, "Y dijo que le dieran de comer." Te pido, Señor, que también a nosotros, que estamos tendidos, nos tomes de la mano, nos levantes del lecho de nuestros pecados y nos hagas caminar. Y cuando caminemos, manda que nos den de comer; estando yacentes, no podemos hacerlo. Si no nos levantamos, no somos capaces de recibir el cuerpo de Cristo. A Él la gloria, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

1 Como ya se ha observado en el prólogo, San Jerónimo comenta sólo algunos pasajes del Evangelio de Marcos.

2 Mc 5:30.

3 Mc 5:33.

4 Ibid.

5 Mc 5 34.

6 Jn 16:33.

7 Mc 5 35.

8 Mc 5 36.

9 Mc 5:37.

10 Cf. Jerón., In Matth. 17:1.

11 Gén 30:37. Cf Jerón, Quaest. In Cen.

12 Eclo 4:12.

13 Mc 5:38.

14 Mc 5:39.

15 Mc 5:40.

16 Ibid.

17 Mc 5:41.

18 Rom 11:25 ss.

19 Mc 5:41.

20 Cf. Jerón., de Nom. Hebr.: ML 23:888.

21 Mc 5:42.

22 Mc 5:43.

23 Ibid.

24 Lc 24. 42.

IV. Mc 8:1-9.

Por aquellos días, como hubiese una gran muchedumbre y no tuviesen qué comer, habiendo llamado a los discípulos, les dijo: Tengo compasión de la muchedumbre, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer 1. Leímos en un pasaje anterior 2 que el Señor, con cinco panes, dio de comer a cinco mil hombres, y que de las sobras se recogieron doce cestos. Y oportunamente explicamos entonces lo que en aquella parábola habíamos descubierto 3. Ahora bien, esta historia, que ahora hemos leído, es distinta, pero al mismo tiempo la misma: en parte es semejante y en parte es diferente. En aquel relato leímos que los que comieron, comieron en el desierto, en éste, sin embargo, hemos leído que los que comieron, comieron en el monte.

Quiero hablar en primer lugar sobre lo que es distinto en uno y en otro pasaje. Pues debemos conocer las mismas venas y la carne misma de las Escrituras, de modo que una vez hayamos entendido lo que hay escrito, podamos después ver su sentido. Allí leímos que fueron cinco mil hombres los que comieron; aquí, sin embargo, hemos leído que fueron cuatro mil. Allí que fueron cinco los panes; aquí leemos que fueron siete. Allí según el Evangelio de Juan, que fueron cinco panes de cebada; aquí, sin embargo, que los siete panes son de trigo.

Véis la diferencia. Véis que es lo mismo y que no es lo mismo. Por tanto, no debemos leer las Escrituras con negligencia.

¿Es esto todo lo que es distinto? ¿No hay ninguna otra cosa más? Veamos qué dice la Escritura. Allí leímos que el pueblo, que come del pan, sólo estuvo un día con Jesús, y comen no al mediodía, sino por la tarde, a la caída del sol. De éstos, sin embargo, es decir de los cuatro mil, que comen los siete panes de trigo, ¿qué dice de ellos el mismo Jesús, no ya los apóstoles como en el caso anterior? Allí dicen los apóstoles: "He aquí que te esperan todo el día"; aquí es el Salvador mismo el que habla: "Hace ya tres días que permanecen conmigo." Fijaos en la diferencia entre uno y tres días. Allí son los apóstoles los que suplican al Señor que dé de comer; aquí es el Señor quien les invita a ellos a que den de comer. ¿Qué indica aquí el Señor? Si les mando a su casa en ayunas, desfallecerán 4. Se habían hecho dignos de la solicitud del Señor, por haberle esperado durante tres días. Veamos a continuación lo restante. Cinco mil hombres comen cinco panes y de las sobras de los cinco panes todavía se llenan doce cestos. Aquí son cuatro mil hombres — el número es inferior: allí son cinco mil, aquí cuatro mil -. Pues bien, estos cuatro mil hombres comen siete panes. Es decir, un número menor de hombres come mayor cantidad de panes: "Pues muchos son los llamados, mas pocos los elegidos" 5. Fijaos en lo que dice. Cuatro mil hombres comen siete panes. Con las sobras de cinco panes se llenan doce cestos; con las de los siete panes se llenan siete cestos. De un número menor de hombres sobra menos, de un número mayor sobra más. Pues estos cuatro mil son, en efecto, inferiores en número, mas superiores en fe. El que es superior en fe, come más y, porque come más, le sobra menos. ¡Ojalá podamos también nosotros comer más de los panes de trigo de las Escrituras, a fin de que nos falte menos en su conocimiento!

Muchas cosas más deberíamos decir, mas como ya fueron explicadas en el comentario de la parábola anterior, hemos querido solamente señalar la diferencia entre las dos parábolas. El sentido ha sido expuesto ya en la anterior.

Sigamos, por lo demás, los pasos del santo presbítero, y ya que él ha disertado bastante ampliamente sobre el comienzo del salmo nosotros nos ocuparemos del resto.

1 Mc 8:1-2.

2 Mc 6:35 ss.

3 Se ha perdido la homilía de San Jerónimo relativa a este pasaje de Marcos.

4 Mc 8:3.

5 Mt 20:16.

V. Mc 8:22-26.

Ya que el santo presbítero ha cantado las cosas divinas a propósito del salmo, nosotros nos ocuparemos del Evangelio, y lo que teníamos que decir con respecto al salmo, lo diremos en la parte del Evangelio.

Y vienen a Betsaida: y le llevan un ciego y le piden que lo toque 1. Llegan a Betsaida los apóstoles, a quienes el Señor había dicho: "¿Aún no comprendéis?" Pues la historia anterior contiene ya esto. Llegan a Betsaida, la aldea de Andrés y de Pedro, de Santiago y de Juan. Betsaida significa la casa de los cazadores, pues de esta casa fueron enviados a todo el mundo cazadores y pescadores 3.

Atended bien a lo que dice. La historia es manifiesta, la letra es patente: hemos de buscar el espíritu. Que viniera a Betsaida, que allí en algún lugar hubiera un ciego, que luego se marchara, ¿qué hay de grande en todo esto? Grande es ciertamente lo que hizo el Señor, mas si no se hace todos los días, lo que se hizo en otro tiempo, deja de ser grande para nosotros.

"Y vienen a Betsaida" Vienen los apóstoles a su propia casa, donde habían nacido. "Y le llevan un ciego."

Prestad mucha atención a esto, fijaos en lo que se nos dice. En la casa de los apóstoles hay un ciego, es decir, donde nacieron los apóstoles, allí está la ceguera. ¿Comprendéis lo que os digo? Este ciego es el pueblo judío, que estaba en casa de los apóstoles. "Y le llevan un ciego." Este es el ciego que en Jericó se sentaba junto al camino: no en el camino, sino junto al camino, esto es, no en la ley verdadera, sino en la ley de la letras. "Y le piden que lo toque." Aquel que estaba en Jericó, cuando oyó que pasaba Jesús, empezó a gritar, diciendo: "Hijo de David, ten piedad de mi," y los que pasaban le increpaban. Jesús, sin embargo, no lo increpa, pues no ha venido sino para las ovejas perdidas de la casa de Israel 5. Mandó que fuera llevado ante él. Aquél, oyendo que Jesús le llamaba, "se puso en pie — dice el Evangelio —, dejó sus vestidos y corrió hacia él"6. No pudo ir con sus viejos vestidos, desnudo corrió hacia el Señor. Era ciego, sucios tenía sus vestidos, rotos y destrozados. Corrió, por tanto, como ciego, y fue curado. Porque de este modo estaba en Jericó junto al camino aquel ciego, que fue curado. Este de ahora, sin embargo, es curado en Betsaida.

"Y le piden que lo toque." Los discípulos piden al Señor y Salvador que lo toque. Pues él, a causa de su ceguera, no conocía el camino y no podía caminar, para tocar a Cristo. Se lo piden, diciendo: tócalo y quedará sano. Y tomó la mano del ciego y lo sacó fuera de la aldea 7. Tomando su mano: porque aquella mano estaba llena de sangre, la tomó el señor y la purificó. Tomó su mano, mano de ciego, él que es camino y guía, y lo sacó fuera de la aldea.

¿Creéis que forzamos la Sagrada Escritura? Tal vez alguien diga para sus adentros: éste siempre busca alegorías y fuerza la Sagrada Escritura. Quien esto piense que me diga cuál es la razón de que Jesús entre en Betsaida y de que le sea presentado un ciego. No lo cura en la aldea, sino fuera de la aldea, lo que significa que no puede ser curado y ver en la ley, sino en el Evangelio. También hoy entra Jesús en Betsaida, esto es, en la sinagoga de los judíos: Jesús, es decir la palabra divina, entra en la sinagoga de los judíos, o sea, en las asambleas de los judíos. Pues bien, aquel ciego, mientras permanece en la sinagoga y en la letra (de la ley), no puede ser sanado, a no ser que sea sacado fuera. Lo sacó fuera de la aldea y poniéndole saliva en los ojos y habiéndole impuesto las manos... 8 La saliva de Cristo es medicina. Poniéndole saliva en los ojos y habiéndole impuesto las manos, le preguntó si veía algo. En la ciencia siempre hay progresos. No puede uno en una hora alcanzar la perfecta sabiduría, por capaz que sea. Nadie puede llegar a la perfecta ciencia, sino después de mucho tiempo y de un largo periodo de instrucción. Primero se quitan las manchas, se quita también la ceguera, y de este modo llega la luz. La saliva del Señor es la perfecta doctrina, la que, para enseñar perfectamente, procede de la boca del Señor. La saliva del Señor, por así decir, es ciencia que procede de la sustancia del Señor. Así como la palabra, que procede de la boca, es medicina, del mismo modo la saliva parece que sale como de algo de Dios, es decir, de su misma sustancia. Aquí, por tanto, lo que dice el Evangelio es esto: que el Señor, con una doctrina más secreta, lava el error de los ojos del ciego.

"Y poniéndole saliva en sus ojos, y habiéndole impuesto las manos." La saliva cura los ojos, al tiempo que las manos son puestas sobre la cabeza: la saliva aleja la ceguera, las manos confieren la bendición.

Y le preguntó si veía algo. Sabía el Señor qué veía y qué no veía el ciego, sin embargo, preguntó si veía algo.

Cuando le pregunta esto, sabe qué es lo que aún no veía perfectamente. Y levantando los ojos, dice... 9. Hermosamente escribió el evangelista: levantando los ojos: el que, mientras era ciego, miraba hacia abajo, miró hacia arriba y fue sanado.

Levantando los ojos, dice: veo los hombres como árboles que caminan 10. Ni está ciego, ni tiene los ojos en perfecto estado. "Veo los hombres como árboles, que caminan." Lo que equivale a decir: hasta ahora veo sólo la sombra, no veo aún la realidad. Al decir "Veo los hombres como árboles, que caminan," quiere decir esto: veo algo más en la ley, mas aun no veo la luz clara del Evangelio. También hoy los judíos ven los hombres como árboles, que caminan: ven a Moisés y no lo ven, leen a Isaías y no lo entienden. Ven los hombres. Un hombre es, en efecto, Isaías. Jeremías y todos los profetas son también hombres en comparación con los jumentos. "El hombre no ha comprendido su dignidad: se ha asemejado a los animales irracionales y se ha hecho semejante a ellos" 11. Por ello, a los profetas racionales no los ven como hombres, sino como árboles, es decir, como irracionales y sin inteligencia.

Luego le impuso de nuevo las manos sobre sus ojos 12. Tú que crees que fuerzo la Escritura, tú que dices: violentas el texto, ¿tiene esto tan sólo un sentido literal? ¿no hay acaso nada intrínseco? Tiene las manos puestas sobre los ojos del ciego y le pregunta si ve algo. Y paso de nuevo las manos sobre los ojos del ciego y comenzó a ver 13. Ved lo que dice. "Puso las manos sobre sus ojos y comenzó a ver." Con las fuerzas naturales, aun cuando tuviera vista, no hubiera podido ver con las manos puestas sobre sus ojos. Pero la mano del Señor es más clara que todos los ojos. "Y le puso las manos sobre sus ojos y comenzó a ver."

Y fue curado, de modo que veía con claridad todas las cosas 14. Es decir, veía todas las cosas que vemos nosotros: veía los misterios de la Trinidad, veía todos los misterios que hay en el Evangelio. "De modo que veía con claridad." Nunca hubiera dicho esto el evangelista, si no hubiera habido quienes veían, pero no con claridad. De este modo, como dice el evangelista, con claridad, es también como vemos nosotros ahora, pues creemos en Cristo, que es la verdadera luz. Ahora bien, entre unos videntes y otros hay una gran diferencia. Según la fe de cada creyente es Jesús grande o pequeño. Si soy pecador y hago penitencia, toco sus pies; si soy santo, lavo su cabeza.

Y lo mandó a su casa, diciendo: "Vete a tu casa, no entres en la aldea y no se lo digas a nadie" 15. Fijaos atentamente. Este ciego estaba en Betsaida y fue sacado fuera. Allí fue curado no en Betsaida, sino fuera de Betsaida. Y, porque fue curado, se le dice: vuelve a tu casa, pero no vayas a la aldea. De Betsaida es sacado: allí es encontrado. Y ¿cómo es que no está en Betsaida su casa? Fijaos en lo que dice el Evangelio. Si lo interpretamos en sentido literal, no puede en absoluto sostenerse. Pues si este ciego es encontrado en Betsaida y sacado fuera de Betsaida, donde es curado, y se le dice: "Vuelve a tu casa," ciertamente se le dice: "Vuelve a Betsaida." Mas si vuelve a Betsaida, ¿cómo se le dice: no entres en la aldea? Veréis, por tanto, que la interpretación del texto debe ser espiritual.

El ciego es sacado de la casa de los judíos, de la aldea de los judíos, de la ley de los judíos, de la letra de los judíos, de las tradiciones de los judíos. El que no había podido ser sanado en la ley, es sanado en la gracia del Evangelio, y se le dice: vuelve a tu casa, no a esta casa, que piensas, de donde saliste, sino a la casa de donde fue también Abraham. Ya que Abraham es el padre de los creyentes. "Abraham vio mi día y se alegró" 16. Vuelve a tu casa, esto es, a la Iglesia. "Mientras vengo — dice San Pablo — para que sepas cómo debes gobernar la Iglesia, que es la casa de Dios" 17.

Verás, por tanto, que la casa de Dios es la Iglesia. Por ello se le dice al ciego: ve a tu casa, es decir, a la casa de la fe, es decir, a la Iglesia, y no vuelvas a la aldea de los judíos.

1 Mc 8:22.

2 Mc 8:21.

3 Cf. Jerón., In Ez. 28:20.

4 Mc 10:47.

5 Mt 15:34.

6 Mc 10:50.

7 Mc 8. 23.

8 Ibid. Jesús efectúa la curación, realizando un verdadero milagro, pero siguiendo el uso de los hebreos: los antiguos, particularmente, consideraban la saliva como un remedio para las enfermedades de los ojos.

9 Mc 8 24.

10 Ibid.

11 Sal 48:13.

12 Mc 8:25.

13 Ibid.

14 Ibid.

15 Mc 8:26.

16 Jn 8. 56.

17 1 Tim 3:15.

VI. Mc. 8:39-9, 8.

En verdad os digo que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte 1. "En verdad os digo." Esto es un juramento de Cristo y debemos creer a Cristo que jura. Como en el Antiguo Testamento se dice: "Vivo yo, dice el Señor," así en el Nuevo Testamento se dice: "En verdad, en verdad os digo." Amén, amén significa en verdad, en verdad. La Verdad dice la verdad para vencer la mentira.

"En verdad os digo que algunos de los aquí presentes..." Me dirijo a vosotros, mis discípulos — viene a decir el Señor —, no hablo a los judíos, que tienen los oídos cerrados y mi palabra no puede penetrar en ellos... Que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte, hasta que vean el Reino de Dios. Hermosamente dice el Señor de los que están en pie, que no gustarán la muerte, pues quien está en pie, por el hecho de mantenerse en pie, no gusta de la muerte. También Moisés dice en el Deuteronomio: "Durante cuarenta días y cuarenta noches estuve de pie en el monte con Dios" 2. Durante cuarenta días estuvo en pie Moisés solo y, por ello, mereció recibir la ley. Esta se da a los que están en pie, no a los que yacen. Analicemos cada una de las palabras, para poder penetrar en los misterios del texto sagrado. Si los vestíbulos son tan hermosos, ¡cuánto más lo será la misma casa! "No gustarán la muerte" Hay distintos géneros de muerte: unos gustan la muerte, otros la ven, otros la comen, algunos quedan saturados, otros reconfortados. Pero los apóstoles, porque estaban en pie, y porque eran apóstoles, por ello mismo, no gustaron la muerte. De momento hemos dicho esto en sentido alegórico, de acuerdo con aquellas palabras: "¿Quién es el hombre que viva y no vea la muerte?"3. Al preguntar ¿quién? quiere decir — el salmista — que es imposible o que es difícil. El Señor dice: "No gustarán la muerte." Por tanto, hay algunos que no gustarán la muerte; mas que no vean la muerte, esto es difícil. Aquí, de todos modos, debemos entender que se trata de la muerte por el pecado: "Pues el alma, que pecare, morirá"4. Difícil es, por tanto, que alguien viva y no vea la muerte. Ahora bien, entre ver y gustar hay diferencia: el que ve, ve ciertamente, pero no gusta, mientras que el que gusta, necesariamente ve.

Veamos qué cosa es gustar y qué cosa es ver la muerte. Por ejemplo, he visto una mujer hermosa y mi alma quiso desearla, pero el temor de Dios arroja este deseo. He aquí un ejemplo de que he visto la muerte, pero no la he gustado. Mas en caso de que la haya visto y la haya deseado, ya he adulterado en mi corazón, en cuyo caso he gustado la muerte. Esto es gustar la muerte: no comerla, no quedar reconfortado, sino algo así como degustarla un poco con el alma. Los apóstoles, en cuanto apóstoles, no gustaron ciertamente la muerte. Pero si yo pecara una y otra vez y fornicara con frecuencia, ya no sólo habría gustado la muerte, sino que incluso habría quedado saturado de ella. Fijaos bien en lo que dice el profeta. No dice: "¿Quién es el hombre que viva y no guste la muerte?" sino: "¿Quién es el hombre que viva y no vea la muerte?" Pues es difícil que haya alguien, a quien no tiente la concupiscencia, a quien no agiten las tentaciones.

Cuanto hemos dicho hasta el momento ha sido en consonancia con una interpretación más sublime. Hablemos ahora del relato histórico. El Señor dijo a los discípulos que son muchos los aquí presentes que no gustarán la muerte, hasta que vean venir el reino de Dios en todo su poder. Lo que dice exactamente es esto: no morirán antes de que me hayan visto a mí reinar. Éste es el sentido histórico de lo que dice Jesús.

Y sigue el evangelista: Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos 5. Lo que equivale a decir que los apóstoles vieron a Cristo tal como tenía que reinar. Viéndole transfigurado en el monte, lo vieron transfigurado en su propia gloria, tal como tenía que reinar.

Así pues, a esto se refieren las palabras "no gustarán la muerte, hasta que vean el reino de Dios": a lo que ocurrió seis días después 6.

En el Evangelio según San Mateo se dice "Y sucedió el día octavo" 7. Parece, por tanto, que hay una diferencia desde el punto de vista literal: Mateo dice ocho días y Marcos seis. Pero hemos de tener en cuenta que Mateo incluye el primero y el último de los ocho días, mientras que Marcos cuenta sólo los seis que median entre uno y otro 8.

Esto es lo que dice literalmente el Evangelio: que subió al monte, que se transfiguró, que aparecieron Moisés y Elías coloquiando con él, que Pedro, encantado por aquella visión tan hermosa, le dijo: Señor, ¿quieres que hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías? 9 y dice en seguida el evangelista: pues no sabían qué decir, ya que estaban atemorizados 10. Y a continuación dice que se formó una nube, y que esta misma nube, que era blanca, les cubría con su sombra, y que vino una voz del cielo, que decía: "Este es mi hijo amado, escuchadle." Y de pronto, mirando en derredor, no vieron a nadie más que a Jesús 11. Éste es el contenido histórico del relato. En él se fijan los que aman la historia, los que aceptan solamente la opinión judaica, los que siguen la letra que mata, y no el espíritu que vivifica.

Nosotros no negamos la historia, sino que preferimos el sentido espiritual del texto. Por lo demás, esta interpretación no es propiamente nuestra: seguimos la interpretación de los apóstoles, sobre todo la del "vaso de elección" 12, que a aquellas palabras, a las que los judíos daban un sentido que conduce a la muerte, supo él dar otro sentido que conduce a la vida, es decir, el apóstol que enseña que Sara y Agar simbolizan las dos alianzas, la del monte Sinaí y la del monte Sión. En efecto, como referencia a las dos alianzas interpreta esto el apóstol: "Estas mujeres son las dos alianzas"'3. ¿Acaso no existió Agar? ¿Acaso no existió Sara? ¿Acaso no existe el monte Sinaí? ¿Acaso no existe el monte Sión? El apóstol no niega la historia, sino que descubre los misterios, y no dice simplemente que "las dos mujeres representan las dos alianzas," sino que "ellas son las dos alianzas."

"Y seis días después toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan." "Seis días después." Pedid al Señor que estas cosas sean explicadas según el mismo Espíritu, por quien han sido dictadas. "Y sucedió seis días después." ¿Por qué no nueve, o diez, o veinte, o cuatro, o cinco días después? ¿Por qué no se toma ningún número anterior o posterior, sino que se elige precisamente el seis? "Y sucedió, dice el Evangelio, seis días después." Éstos que están con Jesús — al menos se dice de algunos de los que están allí — : éstos no verán el reino de Dios, hasta después de seis días. Es decir, que hasta que no haya pasado este mundo representado en los seis días, no aparecerá el reino verdadero. Cuando hayan pasado los seis días, quien fuere Pedro, es decir, quien, como Pedro de la piedra, haya recibido de Cristo el nombre, merecerá ver el reino. Pues así como de Cristo nos llamamos cristianos, de la piedra es llamado Pedro, o sea, petrinos. Y si alguien de entre nosotros fuera un petrinos tal, esto es, tuviera una fe tan grande que sobre él se edificase la Iglesia de Cristo; si alguien fuera como Santiago y Juan, hermanos no tanto por la sangre cuanto por el espíritu; si alguien fuera Santiago, esto es, el que derriba, y Juan, esto es, gracia del Señor (pues cuando hayamos derribado a nuestros enemigos, entonces mereceremos la gracia de Cristo); si alguien estuviera en posesión de las verdades más sublimes y del conocimiento más excelente, y mereciera ser llamado hijo del trueno, aún entonces es necesario que sea llevado por Jesús al monte.

Observad al mismo tiempo que Jesús no se transfigura mientras está abajo: sube y entonces se transfigura. Y los lleva a ellos solos, aparte a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes y blanquísimos 14. Incluso hoy en día Jesús está abajo para algunos, y arriba para otros. Los que están abajo tienen también abajo a Jesús y son las turbas que no pueden subir al monte — al monte suben tan sólo los discípulos, las turbas se quedan abajo — ; si alguien, por tanto, está abajo y es de la turba, no puede ver a Jesús en vestidos blancos, sino en vestidos sucios. Si alguien sigue la letra y está totalmente abajo y mira la tierra a la manera de los brutos animales, éste no puede ver a Jesús en su vestidura blanca. Sin embargo, quien sigue la palabra de Dios y sube al monte, es decir, a lo excelso, para éste Jesús se transfigura al instante y sus vestidos se hacen blanquísimos.

Si esto, que hemos leído, lo interpretamos literalmente, ¿Qué tiene en sí de radiante, de espléndido, de sublime? Mas, si lo interpretamos espiritualmente, las Sagradas Escrituras, esto es, los vestidos de la Palabra, se transfiguran al instante y se hacen blancos como la nieve, tanto que ningún batanero en la tierra seria capaz de hacer 15. Toma cualquier texto de los profetas, o cualquier parábola evangélica: si lo interpretas literalmente, no tiene en sí nada de espléndido, nada de radiante. Mas, si sigues a los apóstoles y lo interpretas espiritualmente, al instante se transforman los vestidos de la parábola y se hacen blancos: y Jesús se transfigura totalmente en el monte y sus vestidos se hacen muy blancos, como la nieve, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Quien está en la tierra, quien está abajo, no puede blanquear los vestidos, pero quien sube al monte con Jesús y, por así decir, deja la tierra abajo y se dispone a ascender a regiones altas y celestes, éste puede blanquear los vestidos como ningún batanero en la tierra sería capaz de hacerlo.

Alguien podría decirme o, aunque no lo diga, podría pensar para sus adentros: has explicado qué es el monte y has dicho qué es la palabra de Dios. Has dicho también que los vestidos son las Sagradas Escrituras, dime quiénes son esos bataneros que no son capaces de dejar unos vestidos tan blancos como los de Jesús. El trabajo de los bataneros consiste en blanquear lo que está sucio, cosa que no pueden llevar a cabo sin esfuerzo, pues es necesario estrujar la ropa, lavarla, y tenderla al sol. Si no es con mucho trabajo no llegan a adquirir el color blanco los vestidos sucios. Platón, Aristóteles, Zenón, el principal de los estoicos 16, y Epicuro, defensor del placer, quisieron blanquear sus sórdidas teorías, por así decir, con blancas palabras, pero no pudieron conseguir unos vestidos tan blancos como los que posee Jesús en el monte. Porque estaban en la tierra y discutían solamente de cosas terrenas. Por ello, pues, ningún batanero, esto es, ningún maestro de la literatura mundana pudo blanquear tanto los vestidos como los tenía Jesús en el monte.

Y se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús 17. Si no hubiesen visto a Jesús transfigurado, si no hubiesen visto sus vestidos blancos, no hubieran podido ver a Elías y Moisés, que conversaban con Jesús. Mientras pensemos como los judíos y sigamos con la letra que mata, Moisés y Elías no hablan con Jesús y desconocen el Evangelio. Ahora bien, si ellos hubieran seguido a Jesús, hubieran merecido ver al Señor transfigurado y ver sus vestidos blancos, y entender espiritualmente todas las Escrituras, y entonces hubieran venido inmediatamente Moisés y Elías, esto es, la ley y los profetas, y hubieran conversado con el Evangelio.

"Y se les aparecieron Elías y Moisés y conversaban con Jesús." En el Evangelio según San Lucas se añade esto: "Y le anunciaban de qué modo iba a padecer en Jerusalén."18 Esto es lo que dicen Moisés y Elías, y se lo dicen a Jesús, es decir, al Evangelio. "Y le anunciaban de qué modo iba a padecer en Jerusalén." Por tanto, la ley y los profetas anuncian la pasión de Cristo ¿Véis cómo es provechoso para nuestro alma la interpretación espiritual? Los mismos Moisés y Elías son vistos con vestiduras blancas, vestiduras blancas, que no poseen, mientras no están con Jesús. Si lees la ley, esto es, a Moisés, y si lees a los profetas, esto es, a Elías, y no los entiendes en Cristo, tampoco entenderás cómo Moisés habla con Jesús y cómo Elías habla con Jesús. Mas, si interpretas a Moisés sin Jesús y a Elías sin Jesús, tampoco le anuncian ellos consiguientemente la pasión, ni suben al monte con él, ni tienen sus vestiduras blancas, sino totalmente sucias. Ahora bien, si sigues la letra, como hacen los judíos, ¿de qué te aprovecha leer que Judá se acostó con su nuera Tamar, que Noé se emborrachó y se desnudó o que Onán, hijo de Judá, hizo una cosa tan torpe que me avergüenzo de decir? ¿De qué, repito, te aprovecha esto? Mas si, por el contrario, lo interpretas espiritualmente, verás cómo los vestidos de Moisés se hacen blancos.

Así, pues, Pedro, Santiago y Juan, que habían visto a Moisés y Elías sin Jesús, precisamente porque vieron que conversaban con Jesús y que tenían los vestidos blancos, se dan cuenta de que están en el monte. Realmente estamos en el monte, cuando entendemos las Escrituras espiritualmente. Si leo el Génesis, o el Éxodo, o el Levítico, o los Números, o el Deuteronomio, mientras leo carnalmente, me veo abajo, mas, si entiendo espiritualmente, subo al monte. Te darás cuenta cómo Pedro, Santiago y Juan, viendo que estaban en el monte, esto es, en la comprensión espiritual, desprecian las cosas bajas y humanas y desean las cosas excelsas y divinas: no quieren descender a la tierra, sino detenerse enteramente en las cosas espirituales.

Y tomando la palabra, dice Pedro a Jesús: "Rabbí, bueno es estarnos aquí." 19 También yo mismo, cuando leo las Escrituras y entiendo espiritualmente algo más excelso, no quiero descender de allí, no quiero descender a cosa más bajas: quiero hacer en mi pecho una tienda para Cristo, para la ley y para los profetas. Por lo demás, Jesús, que ha venido a salvar lo que estaba perdido, que no ha venido a salvar a los que son santos sino a los que se encuentran mal, él sabe que si el género humano estuviera en el monte, no se salvaría, a no ser que descendiera a tierra.

Rabbí, bueno es estarnos aquí. Hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías 20. ¿Había acaso árboles en aquel monte? Y aún en el caso de que hubiese habido árboles y telas, ¿podemos pensar que es esto lo que Pedro quería hacer, es decir, hacerles unas tiendas, para que habitasen allí, y que es esto todo lo que Pedro pretendía? Quiere hacer tres tiendas, una para Jesús, otra para Moisés, y otra para Elías, es decir, quiere separar la ley, los profetas, y el Evangelio, cosas que no pueden separarse. De todos modos, esto es lo que dice: "Hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías." ¡Oh Pedro, aunque hayas subido al monte, aunque estés viendo a Jesús transfigurado, aunque veas sus vestidos blancos, sin embargo, porque Cristo aún no ha muerto por ti, todavía no puedes conocer la verdad! Que alguien diga: "Hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías," esto es como decirle al Señor: "Voy a hacer una tienda para ti, y otras semejantes para tus siervos. " Cuando se tributa el mismo honor a personas de distinto rango, se hace injuria a la de rango superior. "Hagamos tres tiendas." Tres eran los apóstoles que había en el monte. Estaba Pedro, estaba Santiago y estaba Juan, y lo que Pedro pretende es que cada uno de los tres personajes (Jesús, Moisés y Elías) tomen consigo a uno de los tres apóstoles. No sabía, pues, lo que decía, al tributar el mismo honor al Señor y a los siervos 21. En realidad hay una sola tienda para el Evangelio, para la ley, y para los profetas. Si no habitan juntamente, no puede haber concordia entre ellos.

Y se formó una nube, que les cubrí con su sombra 22. La nube, según Mateo, era luminosa 23. A mí me parece que esta nube era la gracia del Espíritu Santo. Una tienda ciertamente cubre y protege con su sombra a los que están dentro de ella. Pues bien, esto, que ordinariamente hacen las tiendas, lo hizo la nube. ¡Oh Pedro, que quieres hacer tres tiendas, mira la tienda del Espíritu Santo, que a todos nosotros igualmente nos protege! Si tú hubieses hecho estas tiendas, las hubieras hecho ciertamente humanas, esto es, las hubieses hecho de modo que dejaran fuera la luz y acogieran dentro la sombra. Esta nube, sin embargo, es lúcida y cubre al mismo tiempo; esta es la única tienda, que no excluye, sino que incluye el sol de justicia. Y además el Padre te dirá: "¿Por qué haces tres tiendas? Aquí tienes la verdadera tienda." Mira también el misterio de la Trinidad, al menos según mi manera de entenderlo, pues yo todo lo que soy capaz de entender, no lo quiero entender sin Cristo, el Espíritu Santo, y el Padre. Nada de ello puede serme agradable, si no lo entiendo en la Trinidad, que me ha de salvar.

Se formó una nube lúcida, y vino una voz desde la nube, que decía: "Éste es mi Hijo amadísimo, escuchadle."24 Lo que viene a decir el Evangelio es esto: ¡oh Pedro, qué dices: "Os haré tres tiendas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías," no quiero que hagas tres tiendas! He aquí que yo os he dado la tienda, que os protege. No hagas tiendas igualmente para el Señor y para los siervos. "Éste es mi Hijo amadísimo, escuchadle." Éste es mi Hijo: no Moisés, no Elías. Ellos son siervos, éste es Hijo. Éste es mi Hijo, es decir, de mi naturaleza, de mi sustancia, Hijo, que permanece en mi y es totalmente lo que yo soy. "Éste es mi Hijo amadísimo." También aquellos son ciertamente amados, pero éste es amadísimo: a éste, por tanto, escuchadle. Aquellos lo anuncian, mas vosotros a éste tenéis que escuchar: Él es el Señor, aquéllos son siervos como vosotros. Moisés y Elías hablan de Cristo, son siervos como vosotros. El es el Señor, escuchadle. No honréis a los siervos del mismo modo que al Señor: escuchad sólo al Hijo de Dios.

Mientras habla el Padre de este modo y dice: "Éste es mi Hijo amadísimo, escuchadle," no aparece el que habla. Habla una nube y se oía la voz, que decía: "Éste es mi Hijo amadísimo, escuchadle." Hubiera podido suceder que Pedro dijese: está hablando de Moisés o de Elías. Pues bien, para que no les cupiera ninguna duda, mientras habla el Padre, a aquellos dos (Moisés y Elías) se les hace desaparecer, y permanece Cristo solo. "Éste es mi Hijo amadísimo, escuchadle." Se pregunta Pedro en su corazón: ¿quién es su Hijo? Yo veo a tres, ¿de quién está hablando? Y mientras trata de averiguar quién es, ve a uno solo. Y de pronto, mirando en derredor, buscando a los tres, encuentra solamente a uno. Es más, perdiendo a los tres, encuentra a uno. O mejor aun: en uno descubren a los tres. Pues mejor se descubre a Moisés y Elías, si se les inserta en Cristo.

Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie 25. Yo, cuando leo el Evangelio y descubro allí el testimonio de la ley y los profetas, pongo mi atención solamente en Cristo: veo a Moisés y veo a los profetas, de manera que los comprendo, en tanto en cuanto hablan de Cristo. Al final, cuando llegue al esplendor de Cristo y lo vea como luz brillantísima de claro sol, entonces no podré ver la luz de una lámpara. ¿Acaso una lámpara puede iluminar, si se enciende de día? Si luce el sol, la luz de la lámpara no se percibe: de este mismo modo, estando Cristo presente, no se perciben a su lado en absoluto la ley y los profetas. No pretendo minusvalorar la ley y los profetas, al contrario, hago de ellos una alabanza, porque anuncian a Cristo, pero yo leo la ley y los profetas, no para quedarme en ellos, sino para, a través de ellos, llegar a Cristo.

1 Mc 8:39.

2 Dt 10:10.

3 Sal 88:49.

4 Ez 18:4.

5 Mc 9:2.

6 Habiendo hablado anteriormente el evangelista de la venida gloriosa del "hijo del hombre" en el juicio final, profetizada por Jesús, por asociación parece aquí referirse a otro dicho de Jesús relativo a la venida del reino de Dios sobre las ruinas del judaísmo, es decir, sobre el final de Jerusalén. Algunos de los presentes en el discurso de Jesús no habrían muerto antes de aquel acontecimiento. Las aplicaciones de San Jerónimo aquí son llevadas a un plano de exégesis oratoria, que se prestaba más fácilmente a consideraciones morales.

7 Mt 17:1. Aquí San Jerónimo, tal vez en el ardor de la oratoria, cita a Mateo, que en realidad, concuerda con Marcos en lo de seis días, en vez de Lucas, que habla de ocho días de intervalo entre un acontecimiento y otro, y no de seis (Lc 9:28).

8 Cf. Jerón., In Matth. 17:1.

9 Mc 9:5.

10 Mc 9:6.

11 Mc 9:7-8.

12 "Vas electionis" es San Pablo.

13 Gal 4:24.

14 Mc 9:2-3.

15 Ibid.

16 Cf Jerón., Epist. 133:1.

17 Mc 9:4.

18 Lc 9. 31.

19 Mc 9:5.

20 Ibid.

21 Cf Jerón., In Matth. 17:4.

22 Mc 9:7.

23 M7 17:5.

24 Mc 9:7.

25 Mc 9:8.

 

VII. Mc 11:1-10.

Este pollino, que estaba atado, ¿cómo es que, según el Evangelio de Lucas, tenía muchos dueños? 1 ¿Por qué se les quita a muchos dueños y es llevado a un solo señor? ¿Por qué estaba delante de la puerta y por qué en la calle?

Delante de la puerta significa que estaba preparado para la fe, mas no podía entrar sin los apóstoles; y en la calle significa que estaba entre la gentilidad y el judaísmo, no sabiendo a quién seguir. ¿Por qué en el Evangelio de Marcos se dice que era un burrito al que nadie había montado nunca? Realmente nadie lo había montado nunca. Todos lo habían querido domar y montar, pero nadie había podido. No habían podido montarlo, evidentemente, porque no había sido domado. ¡Cosa sorprendente: había sido atado, sin haber podido ser domado! De muy diverso modo actúa Jesús: lo desata y así precisamente, lo doma.

Este mismo pollino es llevado desde Betania a Betfagé. Jesús estaba en Betania, si bien los evangelistas hablan de modo diverso. Unos dicen que estaba en Betania y otros que estaba en Betfagé. Betania es el lugar, la aldea, donde hoy está Lázaro, la aldea de Marta y María, la aldea de Lázaro 2. Tened en cuenta también todo esto. Aquel pollino indómito es llevado al lugar donde Lázaro había sido resucitado, a Betania, que significa "casa de obediencia" 3. Era indomable y es llevado a la obediencia, a fin de que en él pueda montar Jesús.

Hemos hablado de Betania, hablemos ahora de Betfagé. Betfagé significa "casa de la quijada" 4. Fijaos en el proceso de la fe. Primero creemos y llegamos a Betania, es decir, a la casa de la obediencia; y después, a la casa de las quijadas, casa de la confesión, o casa sacerdotal 5. Pues los sacerdotes, en efecto, solían recibir la quijada. Tal vez alguien pregunte: ¿por qué los sacerdotes reciben precisamente la siagona, esto es, la quijada? El sacerdote no recibe otra cosa más que la siagona, el pecho y el hombro. Daos cuenta de lo que reciben 6 los sacerdotes: la quijada, el pecho, y el hombro. Fijaos bien en ello. Lo propio del oficio sacerdotal es poder enseñar a los pueblos. De ahí que diga el profeta: "Pregunta a los sacerdotes sobre la ley de Dios."7 Es propio de los sacerdotes, por tanto, responder a las preguntas sobre la ley. Por ello, reciben la palabra, que está en la quijada; reciben también el pecho, esto es, el conocimiento de las Escrituras, pues de nada aprovecha tener las palabras, si no se posee este conocimiento. Y una vez has recibido la siagona y el pecho, entonces recibes también los brazos, es decir, las obras 8, pues de nada te aprovecha que tengas las palabras y que tengas el conocimiento, si no tienes las obras. ¿Por qué he dicho todo esto? A propósito de este pollino de asna, llevado a la "casa de las quijadas," que es lo que significa Betfagé. No es llevado primero a los brazos, ni es llevado tampoco al pecho, sino a la quijada, a la palabra, para que de ella reciba enseñanza.

Así, pues, sobre este pollino monta el Salvador: monta porque estaba cansado. Desde Samaria de Galilea había venido a Jericó, y desde Jericó hasta Betania; había subido incluso un monte y no se había cansado, y sin embargo, en dos millas se cansa y pide el asno. De Jerusalén iba a Galilea, caminando siempre a pie hasta Samaria, y no pudo caminar dos millas. Mas todo lo que hizo Jesús es un sacramento, todo es nuestra salvación. Si el apóstol nos dice: "Ya comáis, ya bebáis, ya hagáis lo que sea, hacedlo todo en el nombre del Señor" 9, ¿cuánto más será para nosotros un signo que el Salvador camine, o se siente, o coma, o duerma? Tenemos, pues, que monta una asna 10. Pero otro evangelista dice que monta un pollino 11, y otro que tanto una asna como un pollino 12.

Voy a decir una cosa ridícula 13: ¿podía poner un pie en cada uno de los asnos? En todo esto hablo contra los judíos. Si, pues, vino en una asna, no vino en un pollino. Sin embargo, las dos cosas ocurrieron en realidad, aunque precedidas por un signo. Montó Jesús en un pollino de asna indomable, al que no habían podido poner frenos, ni nadie había montado nunca, en el pueblo gentil, y montó en una asna en aquellos creyentes, que procedían de la sinagoga. Fíjate en lo que dice: Montó en una asna sujeta al yugo, que tenía el cuello y la cerviz molidos por la ley 14.

Y se le acercó, dice el Evangelio, la multitud. Mientras estaba en el monte, no podía acercársele la multitud: comienza a descender y la turba se le acerca. Y la turba que lo precedía y lo seguía — dice — clamaba: Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en el nombre del Señor, hosanna en las alturas, 15. Tanto los que precedían, como los que le seguían, gritan a una sola voz 16. ¿Quiénes son los que le preceden? Los patriarcas y profetas. ¿Quiénes los que le siguen? Los apóstoles y el pueblo de los gentiles. Mas, tanto en los que le preceden como en los que le siguen Cristo es la única voz: a él alaban, a él aclaman al unísono. ¿Y qué dicen? "Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en el nombre del Señor, hosanna en las alturas." Dicen tres cosas: "Hosanna al Hijo de David," a los incipientes; "bendito el que viene en el nombre del Señor," a los perfectos; "hosanna en las alturas," a los que reinan.

Nadie piense que dividimos a Cristo. Sólo quienes nos calumnian suelen decir que distinguimos en Cristo dos personas: el hombre y Dios. Nosotros creemos en la Trinidad, no en una cuaternidad, como ocurriría en el caso de que en Cristo hubiera dos personas. Pues si en Cristo hay dos personas, el Hijo, es decir Cristo, es doble, y entonces las personas serían cuatro. Nosotros creemos en el Padre, en el Hijo, y en el Espíritu Santo. Respecto al Padre y al Espíritu no hay ninguna duda, pues no tomaron un cuerpo, ni asumieron ninguna debilidad. Mas ahora hablamos de Cristo, nuestro Dios, Hijo de Dios e hijo del hombre, el Hijo único de Dios. El mismo Hijo de Dios es también hijo del hombre. Lo que tiene de grande refiérelo al Hijo de Dios; lo que tiene de humilde al hijo del hombre, pero, de todos modos, es un único Hijo de Dios. ¿Por qué me veo obligado a decir esto? Porque he oído que nos calumnian algunos, que probablemente tienen alma arriana.

Porque no he querido referir a Dios la bajeza de la humanidad, no por ello divido a Cristo. Pues él mismo está simultáneamente en el infierno y en el cielo: en un mismo instante descendió a los infiernos y entró con el ladrón en el paraíso. Todos los elementos los tiene en su puño. Y si están en su puño, ¿dónde no va a estar el que lo sostiene todo? Con la ayuda de vuestras oraciones hemos explicado todas estas cosas, como hemos podido. A Él la gloria por los siglos de los siglos. Amen.

1 Lc 19:33; Mt 21:1 ss; Jn 12:1 ss. Cf. Jerón., In Matth. 21:1 ss.

2 Cf. Jerón., De Situ et nom Hebr.; ML 23, 931 A. San Jerónimo dice "donde hoy está Lázaro," es decir, donde surge el monumento erigido en recuerdo de la resurrección de Lázaro.

3 Cf. Jerón., In Matth 21:17.

4 Cf. Jerón., Epist. 108, 12.

5 Cf. Jerón., In Matth 21:1.

6 Es decir, reciben, como ofrenda a Dios, estas partes del cuerpo de los animales.

7 Ag 2:11.

8 Cf. Jerón., Epist. 64:1, 2. Cf. Mal 2:3.

9 1 Co 10:31.

10 Mt 21:2.

11 Lc 19:30.

12 Mt 21:2.

13 Cf. Jerón., In Matth 21:5.

14 Cf. Jerón., In Matth 21:5.

15 Mc 11:9-10.

16 Cf. Jerón., In Matth 21:9.

VIII. Mc 11:11-14.

Y el Señor Jesús entró en Jerusalén, en el templo: y después de haberlo visto todo, como ya fuese tarde, salió para Betania con los doce1. Entra en Jerusalén el Señor, en el templo.

Entra, y una vez ha entrado, ¿qué hace? "Después de haberlo visto todo." Buscaba en el templo de los judíos un lugar, donde pudiera reclinar su cabeza, y no lo encontraba. "Después de haberlo visto todo." ¿Qué quiere decir "después de haberlo visto todo"?

Miraba a los sacerdotes, quería estar con ellos, mas no podía, los miraba porque siempre estaba a disposición de ellos.

"Después de haberlo visto todo," pues, como quien busca con una linterna. Esto es lo que dice el profeta Sofonías: "Y escudriñaré Jerusalén con una linterna" 2. De este mismo modo también el Señor lo miró todo con una linterna, buscando en el templo, y no encontró nada que pudiera ser elegido.

"Como ya fuese tarde, después de haberlo visto todo..." Fíjate en lo que dice: "después de haberlo visto todo." Aunque nada encontrase, no obstante, mientras hubo luz, no se retiró del templo. Ahora bien, cuando se hizo tarde, cuando las tinieblas de la ignorancia oscurecieron el templo de los judíos, cuando era ya una hora avanzada, se fue a Betania con los doce. Buscó el Salvador, buscaron los apóstoles, y como en el templo nada encontraron, salieron del templo. ¡Alégrate, monje, alégrate tú que habitas en el desierto!: lo que no se encuentra en el templo, se encuentra fuera. "Entró en Betania con los doce." Betania significa "casa de la obediencia." Se retiró, por tanto del templo de los judíos, donde estaba la soberbia, y se vino a la casa de la obediencia. La obediencia está donde está la humildad. Así, pues, dejó la soberbia de los judíos y se vino a la humildad de los gentiles 3.

Y al día siguiente, saliendo... 4 Ved lo que dice. "Al día siguiente," es decir, cuando salían de Betania. Si sale al día siguiente, es que se ha quedado allí en Betania. Así, pues, fijaos en el templo, donde no se queda. En Betania, en cambio, viene y se queda. Y al día siguiente, saliendo de Betania, sintió hambre 5. Se quedó en Betania, mas, al salir de allí, sintió hambre de la salvación de los judíos. "No he venido — dice —, sino para las ovejas perdidas de la casa de Israel" 6, También hoy Cristo siente hambre. Por lo que respecta a los gentiles está saciado, mas siente hambre de los judíos. E incluso entre nosotros hay algunos que creen y otros que no creen. En cuanto a los creyentes está saciado, en cuanto a los no creyentes siente hambre.

Y viendo de lejos una higuera, que tenía hojas... 7. ¡Infeliz judío! "Dios es conocido en Judá, en Israel es grande su nombre" 8. Esto ocurría una vez, en la época de los patriarcas, en la época de los profetas, pero ahora, aquel Dios, que por medio de Jeremías decía: "Yo soy un Dios cercano y no un Dios lejano" 9, ahora ese mismo Dios se ha retirado de los judíos y los ve de lejos, aunque, sin embargo, se les acerca para salvarlos.

"Y viendo de lejos una higuera que tenía hojas...": hojas, no frutos, esto es, palabras, no significados, Escrituras, no entendimiento de las Escrituras.

Vio, pues, una higuera que tenía hojas. Siempre tiene hojas y nunca tiene frutos esta higuera, que estuvo ya en el paraíso. Adán en aquel tiempo cubrió sus vergüenzas, cuando pecó, porque la higuera tenía hojas. Esta higuera es la sinagoga de los judíos, que solamente tiene palabras y no entendimiento de las Escrituras.

Veamos lo que se ha escrito en otro lugar de esta higuera. En el Evangelio de San Lucas leemos: "había un cierto hombre — dice — que plantó una higuera en su viña. Y cuando vino y buscó fruto en ella, dijo al labrador: es ya el tercer año que vengo aquí en busca de fruto y no lo hallo. Déjame y la cortaré" 10 (Lc 13:6). "Déjame." Lo mismo que cuando Dios dice a Moisés: "Déjame, y acabaré con este pueblo..." 11. ¿Nadie te retiene y dices déjame? En realidad, cuando tu dices "déjame," estás pidiendo al labrador que te retenga. "Déjame, y la cortaré. Es ya el tercer año que vengo y no hallo fruto." La primera vez vine con Moisés en la ley; la segunda vine en los profetas; por último, he venido personalmente por mí mismo, y no hallo fruto. Esta higuera no está plantada entre las espinas, no está plantada fuera, sino en la viña de la casa de Israel. Y observo una cosa nueva. Las espinas de los gentiles dan uvas, mientras que la higuera no da higos. "Es ya, dice, el tercer año que vengo, y no hallo fruto. Déjame, y la cortaré." El labrador, invitado de este modo, comprendió que podía retener al Señor, si se lo pedía. Se lo pide, y ¿qué dice? "Déjala aún por este año que la cave y la abone, a ver si da fruto..." 12. ¿Y entonces qué? Nada dice. Si no da fruto entonces, dice, vendrás y la cortarás. El labrador suplica, y el Señor hace lo que había estado deseando. Estoy diciendo una cosa nueva. El Señor, al que se le ha hecho la súplica, pasa por alto que lo habría hecho, aunque no se lo hubieran pedido. "Déjala, dice, aún por este año." En efecto, inmediatamente después de la pasión del Salvador, no fue destruida Judea: se le dieron cuarenta y dos años, para hacer penitencia 13. Aquí se trata de un solo año, es decir, de un tiempo breve, pero significa que se le da lugar para la penitencia. El labrador la cava y la abona. ¿Quiénes son estos labradores? Los apóstoles, que la cavaron y la abonaron, pero la higuera no dio frutos. Mas fijaos en lo que dice el mismo labrador: "A ver si da fruto..." No añade nada más. No dijo: déjala o no la dejes, tenla en tu viña o abandónala. Nada de esto dijo. "A ver si da fruto..." Es como decir: yo no sé lo que ocurrirá en el futuro, lo dejo a tu arbitrio. Porque no dijo: esta higuera ha de permanecer en la viña. Si hubiera dado fruto, Israel no hubiera permanecido en Judea, sino que hubiese sido incorporado a la Iglesia de los gentiles. Mas como no dio fruto, estamos viendo con nuestros propios ojos la higuera cortada: estas ruinas de piedra, que contemplamos, son las raíces de la higuera, que ha sido cortada 14.

¿Por qué hemos dicho todo esto? Hemos querido mostrar a partir de esta parábola cuál es esta higuera, de la que el Señor espera fruto. Vio, dice, una higuera, que tenía hojas: la vio a lo largo del camino, no en el camino, es decir, la vio en la ley, no en el Evangelio. Por ello, no tenía frutos, porque no estaba en el camino, sino junto al camino. Llega, pues, Jesús y busca fruto. Como la higuera no podía ir a él, va él a la higuera. Y llegándose a ella no encontró sino hojas 15. Igualmente hoy no encontramos en los judíos sino las solas palabras de la ley. Leen a Moisés, leen a Isaías, a Jeremías, y a los restantes profetas. leen: "Esto dice el Señor," pero no entienden lo que dice.

Porque no era tiempo de higos 16. Esto constituye un gran problema. "Porque no era tiempo de higos." Alguien podrá decir: si no era tiempo de higos, no hubo culpa por parte de la higuera por no tener fruto. Y si no hubo culpa por su parte, no fue tampoco secada justamente, "porque no era tiempo de higos." Esta higuera tenía hojas, pero no tenía frutos. "No era tiempo de higos." El apóstol interpreta este pasaje en la carta a los Romanos: "No quiero que ignoréis, hermanos, que el endurecimiento vino a una parte de Israel, hasta que entrase la plenitud de las naciones. Cuando haya entrado la plenitud de las naciones, entonces todo Israel será salvo."17 Si el Señor hubiera encontrado frutos en esa higuera, no hubiera entrado primero la plenitud de las naciones. Pero como entró esta plenitud de las naciones, todo Israel se salvará al final 18.

Alguien podrá decir: ¿dónde se lee esto de que todo Israel será salvo? En primer lugar lo dice el mismo apóstol: "Cuando haya entrado la plenitud de los gentiles, entonces todo Israel será salvo." Después, también Juan en su Apocalipsis dice: de la tribu de Judá habrá doce mil creyentes, de la tribu de Rubén doce mil creyentes, y del mismo modo habla de las restantes tribus; suman en total ciento cuarenta y cuatro mil todos los creyentes 19. De ahí que también a propósito del salmo ciento cuarenta y cuatro, que es alfabético, se discuta sobre este número. Si Israel hubiese creído, nuestro Señor no hubiese sido crucificado, y si nuestro Señor no hubiese sido crucificado, la multitud de los gentiles no se hubiese salvado. Creerán los judíos, por tanto, pero creerán al fin del mundo. No era tiempo para que creyeran en la cruz. Si hubiesen creído, el Señor no hubiese sido crucificado. No era tiempo para que creyeran. Su infidelidad es nuestra fe, su ruina nuestra elevación. No era el tiempo de ellos, para que fuera nuestro tiempo. Hemos dicho que creerán al fin del mundo, al interpretar este texto: "porque aún no era tiempo (de higos)." Pero esto es lo que viene a continuación: "Le dice el Señor: nunca jamás comerá ya nadie fruto de ti."20 Si los judíos han de creer, ¿cómo es que ninguno de ellos comerá frutos? El Señor no habla del tiempo futuro, no se refiere a la eternidad, sino al tiempo presente 21. En definitiva, lo que dice es esto: en el tiempo presente no creerás, pero cuando haya pasado este tiempo, entonces creerás. Creerás, no en el humilde, sino en el que reina, y mirarás al que atravesaste 22. Por tanto, en el tiempo presente nadie comerá fruto de ti, pero sí en el tiempo futuro.

1 Mc 11:11.

2 Sof 1:12.

3 Cf. Jerón., In Matth 21:17.

4 Mc 11:12.

5 Ibid.

6 MI 15:24.

7 Mc 11:13.

8 Sal 75:2.

9 Jer 23. 23.

10 Lc 13:6.

11 Ex 32:10.

12 Lc 13:8-9.

13 En efecto, cuarenta y dos años después de la crucifixión, Judea y Jerusalén fueron pasadas a sangre y fuego por los romanos.

14 Cf. Jerón., In Abacuc 3:17. Las ruinas de piedra son las del templo destruido por los romanos, a pesar de la prohibición del emperador

15 Mc 11:13.

16 Ibid.

17 Rom 11:25 ss.

18 Cf. Jerón., In Matth 21:18.

19 Ap 7:5 ss.

20 Mc 11:14.

21 Cf. Jerón., In Abacuc 3:27.

22 Jn 19:37: Ap 1:7; Zac 12:10.

 

IX. Mc 11:15-17.

Y llegan a Jerusalén. Y, entrando en el templo, se puso a expulsar de allá a los que vendían y compraban y derribó las mesas de los cambistas y los asientos de los vendedores de palomas 1. En el Evangelio según San Juan leemos este mismo episodio, pero allí se dice más claramente en qué tiempo sucedió esto. "Y he aquí — dice — que vino Jesús en los ácimos" 2, es decir, en la Pascua, tiempo en que solían los judíos comer los panes ácimos. "Y se hizo, dice, un azote y empezó a expulsarlos." 3

Ves, por tanto, que eran los días de la Pascua, es decir, los días de los ácimos, cuando Jesús los expulsó del templo. En aquellos días de la Pascua, lo mandado por la ley era que todos acudieran al templo, de modo que si alguien no lo hiciera, fuera excomulgado de su pueblo. Imaginaos, por tanto, a todo el pueblo allí congregado, proveniente de toda la provincia de Palestina, de Chipre, de las demás provincias, de todas las regiones de alrededor: imagináoslo y haceos una idea en vuestro interior de cuán grande era la multitud allí reunida entonces.

Haremos una explicación en primer lugar de acuerdo con el sentido literal de este pasaje. Se maravillan algunos de que Lázaro fuese resucitado, se maravillan de que fuese resucitado el hijo de la viuda, se maravillan ante otros signos (realizados por Jesús), y en realidad es cosa admirable que a un cuerpo muerto se le devuelva el alma. Pero yo me maravillo más ante el presente signo 4. Un hombre, al que se le consideraba hijo de un carpintero, un mendigo que no tenía casa, que no tenía dónde reclinar su cabeza, que no tenía ejército: no era un general, no era un juez. Y ¡qué autoridad tuvo, para hacerse un azote de cuerdas y expulsar a tan gran multitud! ¿Un solo hombre, digo, expulsar a tan gran multitud? ¿Y qué multitud era la que él expulsaba? La de los que vendían y obtenían sus ganancias en el templo. Nadie se le opuso, nadie se atrevió a enfrentársele, nadie se atrevió a resistir al hijo, que defendía a su Padre de la injuria.

Me parece a mí que en los mismos ojos y en el mismo rostro del Señor y Salvador había algo divino. Y la razón de por qué me parece esto así, voy a decirla a continuación. "Y sucedió, dice, que caminando Jesús junto al mar de Galilea, vio a los dos hijos de Zebedeo, que remendaban sus redes, y les dijo: dejadlo, venid y seguidme. Y ellos, al instante, dejando la red, la barca, y a su padre Zebedeo, le siguieron." 5 Si no hubiera habido algo divino en el rostro del Salvador, hubieran actuado de modo irracional al seguir a alguien, de quien nada habían visto. ¿Deja, acaso, alguien a su padre y se va tras uno, en quien no ve nada más de lo que ve en su padre? Mas ellos dejan al padre carnal y siguen al padre espiritual. Es más, no dejan al padre, sino que encuentran al padre.

¿Por qué he dicho todo esto? Para hacer ver que en el rostro del Salvador había algo divino, que hacía que, al mirarlo, los hombres le siguieran. Añadamos también otro testimonio. "Y he aquí, dice, que, pasando, vio Jesús a un hombre de nombre Mateo, y le dijo: Sígueme. Y lo dejó todo, y le siguió."6 No vio ningún signo Mateo, mas la autoridad con que le habla Jesús fue el signo.

"Se puso a expulsar a los que vendían y compraban en el templo." Si esto es así entre los judíos, ¡cuánto más lo será entre nosotros! Si es así en la ley, ¡cuánto más lo será en el Evangelio! "Se puso a expulsar a los que vendían y compraban." El pobre Cristo expulsa a los ricos judíos. Y tanto el que vende como el que compra es igualmente expulsado. Nadie debe decir: yo ofrezco lo que es mío, y traigo presentes a los sacerdotes, como Dios tiene ordenado. Leemos en otro lugar esto, que está escrito: "Gratis lo recibisteis, dadlo gratis."7 La gracia de Dios, en efecto, no se vende, sino que se da. Por ello, no sólo tiene culpa el que vende, sino también el que compra. Simón Mago, por ejemplo, fue condenado, no porque vendió, sino porque quiso comprar. Hoy hay también muchos que venden en el templo. Desgraciado el que vende, desgraciado el que compra, porque la gracia de Cristo no se puede comprar con oro y plata.

"Y (derribó) las mesas de los cambistas." "Las mesas." Donde deberían estar los panes de la proposición y de las gracias de Dios, allí está lo que se sacrifica a la avaricia. "Las mesas de los cambistas": por la avaricia de los sacerdotes los altares no son altares, sino mesas de los cambistas.

"Y derribó los asientos (cathedras) de los vendedores de palomas." A las palomas no se les encierra en asientos o cátedras, sino en jaulas 8. A nadie, efectivamente, se le ocurre meterlas en asientos, sino en jaulas. ¿Y por qué dice ahora: "derribó los asientos de los vendedores de palomas"? Observad lo que dice: son los que vendían quienes se sentaban en asientos o cátedras. "En la cátedra de Moisés, dice Jesús, se han sentado los escribas y los fariseos."9 De estas cátedras habla también el salmo: "Y no se sienta en la cátedra de la pestilencia."10 Verdadera cátedra de la pestilencia, que vende palomas, es la que vende la gracia del Espíritu Santo. También hoy existen muchas cátedras de éstas, que venden palomas. El que vende palomas no está de pie, sino sentado: no está plantado, sino encogido. Precisamente porque vende la gracia de Dios, está encogido y humillado. Pero nuestro Señor, que vino para salvar lo que había perecido, derribó no a los que vendían, sino los puestos de los que vendían, es decir, derribó su autoridad, pero salvará a las personas.

Y no permitía, dice el Evangelio, que transportasen fardo alguno por el templo 11. No permitía entonces transportar fardo alguno en aquel templo carnal, ¿y hoy? ¿cuántos fardos inmundos se amontonan en el templo de Dios? No estaba permitido entonces transportar fardos, y no dice inmundos, sino simplemente fardos cualesquiera, ¿y ahora? ¿cuántos fardos se almacenan en el interior?

Está escrito — dice Jesús — : Mi casa será casa de oración para todas las gentes 12. Esto se lee, efectivamente, en el profeta 13. Pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones 14. ¡Oh infelices de nosotros! ¡Somos dignos de ser llorados con todas las lágrimas del mundo! La casa de Dios es una cueva de ladrones. Esta es la casa, de la que Jeremías dice: "¿Es posible que mi casa se haya convertido para mí en una cueva de hiena?" 15 A lo que aquí se dice que "vosotros habéis convertido en cueva de ladrones," o sea, a la casa de Dios, en Jeremías se dice cueva de hiena. Debemos conocer la naturaleza de este animal. Por la naturaleza de la bestia, podremos saber por qué llama cueva de hiena a la, en otro tiempo, casa de Dios. A la hiena nunca se la ve de día, sino siempre de noche, nunca a la luz, sino siempre en la oscuridad. Su instinto natural la lleva a desenterrar los cuerpos de los muertos y destrozarlos 16. De modo que, si alguien entierra a un muerto sin demasiadas precauciones, ella lo desentierra de noche, se lo lleva, y lo come. Por ello, donde quiera haya sepulcros, donde quiera estén los huesos de los muertos, allí tiene la hiena su cubil. También por instinto natural prefiere sobre todo a los perros, de modo que los arrebata y devora. Ved lo que os digo, fijaos cuidadosamente. La hiena es una bestia, a la que gusta la sangre y se deleita en los cadáveres: no busca otra cosa más que los cuerpos de los muertos y los perros. A éstos trata de matarlos, cuando guardan la casa. Se dice también que la hiena tiene este instinto natural, porque tiene la espina dorsal de una sola pieza y no puede doblarla. De modo que, si quiere volverse, se vuelve toda entera: no puede volver la cabeza, como los demás animales. Véis, por tanto, que ésta, que vive siempre en la noche, que está siempre en las tinieblas, no puede volverse. Pues esto precisamente es lo que se dice de los sacerdotes judíos. A un judío fácilmente se le puede inducir a penitencia, pero a uno de los sacerdotes o doctores no, porque únicamente se deleitan en los cadáveres de los muertos, a los que ellos mismos engañaron. Y no les basta con no vivir ellos en la luz, sino que intentan matar a los que apaciblemente viven en ella. Tienen la espina dorsal rígida y no se vuelven, o lo que es lo mismo: no hacen penitencia, porque están ocupados en los cadáveres de los muertos.

Esto que aquí leemos así: "vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones," en el Evangelio de Juan es: "vosotros la habéis convertido en casa de contratación"17. "Casa de contratación." Donde están los ladrones, allí está la casa de contratación. ¡Ojalá se leyera esto de los judíos, y no también de los cristianos! Lo sentiríamos ciertamente por ello, pero nos alegraríamos por nosotros. Mas, también en muchos sitios, la casa de Dios, la casa del Padre, se convierte en casa de contratación. Véis con qué temblor os hablo. La cosa es tan notoria, que no necesita explicación. Ojalá fuese algo oscuro, que no entendiéramos. En muchos sitios la casa del Padre es casa de negociación. Yo mismo, que os estoy hablando, así como cualquiera de vosotros, sea presbítero, diácono, u obispo 18, que fuera pobre ayer y hoy sea rico, rico en la casa de Dios, ¿no os parece que ha convertido la casa del Padre en casa de negociación? De éstos dice el apóstol: "tienen la piedad por materia de lucro" 19. Así, pues, también el apóstol habla de éstos. Cristo es pobre, ruboricémonos. Cristo es humilde, avergoncémonos, Cristo fue crucificado, no reinó. Es más, fue crucificado, para reinar. Venció al mundo no con la soberbia, sino con la humildad; venció al diablo no riendo, sino llorando; no azotó, sino que fue azotado; recibió bofetadas, mas él no golpeó. Por tanto, imitemos también nosotros a nuestro Señor.

He aquí que los días de ayuno están a las puertas. He aquí los días de ayuno, días de penitencia, días de purificación: alegrémonos y gocémonos ahora. Aquel hombre, que según dice el Evangelio, llevaba un frasco, sale de casa y va al Cenáculo 20. Vosotros, que vais a recibir el bautismo, preparaos ya del mismo modo para el día de mañana. Los que van a ir a la lucha, se preparan antes diligentemente. Comprueban si tienen el escudo, si tienen la espada, si tienen el asta, si tienen las saetas, si su caballo está a punto: para poder luchar, preparan antes la armadura. Vuestras armas son los ayunos, vuestra lucha es la humildad. Si alguno tiene algo contra otro, que le perdone, para que también él sea perdonado, pues nadie pensará venir al bautismo, para que se le perdonen los pecados, si él antes no perdona a su hermano. Por tanto, si tenéis algo contra un hermano, perdonadle, no digo si él tiene algo contra ti que te perdone, sino si tú tienes algo contra él, perdónale. Que seas perdonado por él o no lo seas, depende de él. Tú, por lo que a ti respecta, perdona, para que también a ti se te perdone.

Vas a acercarte al bautismo. ¡Dichoso tú, que vas a renacer en Cristo, a ser revestido de Cristo, a ser sepultado con Cristo, para resucitar con Él! Por ello, durante los próximos días, siguiendo un orden, escucharás la explicación de todo lo referente a los sacramentos de la iniciación.

De momento os he dicho esto ahora, para que sepáis que desde mañana mismo tenéis que trabajar al máximo. Dios omnipotente fortalezca vuestros corazones, os haga dignos de su lavacro, descienda a vosotros en el bautismo y santifique las aguas, para que seáis santificados vosotros. Nadie se acerque con la duda en su corazón, nadie diga: ¿crees que se me perdonan los pecados? A quien se acerca de este modo, no se le perdonan los pecados. Mejor es no acercarse, que hacerlo así, y sobre todo, vosotros que recibís el bautismo, para servir a Dios, estando en un monasterio.

1 Mc 11:15.

2 Jn2:13.

3 Jn2. 15.

4 Cf. Jeron., In Matth 21:15.

5 Mc 1:16-20. La cita es ligeramente distinta de la que trae en la homilía segunda.

6 Mt 9:9.

7 Mt 10:8.

8 Cf. Jerón., In Matth 21:12 ss.

9 Mt 23:2.

10 Sal 1:1.

11 Mc 11:16.

12 Mc 11:17.

13 Is 56:7.

14 Mc 11:17.

15 Jer 12:9.

16 Cf. Jerón., In Isaiam 65:4.

17 Jn 2. 16.

18 Cf. Jerón., In Matth 21:12.

19 I Tim 6:5. Se hace referencia a la denuncia, hecha por San Pablo, de algunos "falsos doctores," que en su enseñanza se desviaban de las sanas palabras predicadas por Cristo y transmitidas por la enseñanza de los apóstoles y cuya conducta se inspiraba de tal modo en la codicia, que hacían de la piedad, es decir, de la religión, una especulación comercial: ya que, predicando como los demás, no habría posibilidad de ganar dinero, se dedicaban a enseñar cosas diferentes.

20 Mc 14:13.

X. Mc 13:32-33; 14:3-6.

Esta lectura evangélica exige una amplia explicación. Antes de acercarnos a los sacramentos, debemos remover todo obstáculo, de modo que no quede ninguno en el alma de quienes van a recibirlos.

Los que van a recibir el bautismo deben creer en el Padre, en el Hijo, y en el Espíritu Santo. Y del Hijo, sin embargo, se nos dice ahora: Cuanto a ese día o a esa hora, nadie la conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre 1. Si igualmente somos bautizados en el Padre, en el Hijo, y en el Espíritu Santo, debemos creer en el único nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que es Dios. Y siendo un solo Dios, ¿cómo hay diversos grados de conocimiento en una misma divinidad? ¿Qué es más, ser Dios o conocerlo todo? Si el Hijo es Dios, ¿cómo es que ignora algo? Del Señor y Salvador se dice: "Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho." 2 Si todas las cosas fueron hechas por Él, también, consiguientemente, fue hecho por Él el día del juicio, que ha de venir. ¿Puede, acaso, ignorar lo que hizo? ¿Puede el artífice desconocer su obra? En los escritos del apóstol leemos de Cristo: "En quien se [hallan] escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia."3 Fijáos en lo que dice: "todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia." No es que se [hallen] unos si y otros no, sino que se hallan todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, aunque escondidos. Por tanto, lo que se halla en Él, no le falta, aun aquello que está escondido para nosotros. Ahora bien, si en Cristo los tesoros de la sabiduría y de la ciencia están escondidos, debemos investigar por qué están escondidos. Si nosotros, los hombres, conociéramos el día del juicio, por ejemplo, que este día llegará dentro de dos mil años, y supiéramos con toda seguridad que ha de ser así, seríamos desde entonces más negligentes, pues diríamos: ¿en qué me afecta a mi el día del juicio, si ha de llegar dentro de dos mil años?

Por tanto, esto que dice el Evangelio de que el Hijo desconoce el día del juicio, lo dice en provecho nuestro, para que así nosotros no sepamos cuándo llegará ese día.

Fijaos, además, en lo que sigue. Estad alerta, vigilad y orad, porque no sabéis cuándo será el tiempo 4. No dice "no sabemos," sino "no sabéis." Parece que hasta ahora hemos estado forzando la Escritura, sin explicar su sentido. Después de la Resurrección, los apóstoles preguntan al Señor y Salvador: "Señor, ¿cuándo vas a restablecer el reino de Israel?" 5 Oh apóstoles — debería decirles Jesús —, vosotros me oísteis antes de la Resurrección: "Cuanto a ese día y a esa hora no la conozco," y lo que no conozco, ¿me lo preguntáis otra vez? Pero los apóstoles no creen que el Salvador no lo conozca. Fijaos en el misterio. El que antes de la pasión no lo conoce, lo conoce después de la Resurrección. Efectivamente, ¿qué dice a los apóstoles después de la Resurrección, cuando le preguntan sobre los tiempos y los momentos en que va a restablecer el reino de Israel? "No os toca a vosotros, dice, conocer los tiempos ni los momentos, que el Padre ha fijado en virtud de su poder."6 No dice aquí "no lo sé," sino "no os toca a vosotros conocer," no [va] en beneficio vuestro conocer el día del juicio. Por tanto, vigilad, porque no sabéis cuando volverá el dueño de la casa.

Muchas otras cosas podrían decirse. Hemos dicho concretamente esto sobre el Evangelio, para que nadie se escandalice en su interior de que ignorase algo aquel en quien ha de creer.

Por otra parte, en esta misma lectura del Evangelio se dice: Hallándose en Betania, en casa de Simón el leproso, cuando estaba recostado a la mesa, vino una mujer, trayendo un vaso de alabastro lleno de ungüento (de nardo) auténtico de gran valor7. Esta mujer os atañe especialmente a vosotros, que vais a recibir el bautismo. Ella ha roto su vaso de alabastro, para que Cristo os haga a vosotros cristos, es decir, ungidos. Esto es lo que se dice en el Cantar de los Cantares: "Es tu nombre ungüento derramado, por eso te aman las doncellas, tras de ti corremos al olor de tus ungüentos" (Ct 1:3).8 Mientras el ungüento estaba encerrado, o sea, mientras Dios era conocido tan solo en Judea y sólo en Israel era grande su nombre 9, las doncellas no seguían a Jesús. Mas, cuando se difundió el ungüento a toda la tierra, las doncellas, es decir, las almas de los creyentes, siguieron al Salvador .

"Hallándose en Betania, en casa de Simón el leproso." Betania significa en nuestra lengua casa de la obediencia. ¿Y cómo es que en Betania, esto es, en la casa de la obediencia, está la casa de Simón el leproso? O, ¿qué hace el Señor en casa del leproso? Vino a casa del leproso por este motivo: para limpiar al leproso. Se le dice leproso, no porque lo es, sino porque lo fue. Y lo fue antes de recibir al Señor; mas, después que recibió al Señor y fue roto en su casa el vaso de ungüento, le lepra desapareció. Mantiene, no obstante, su antiguo nombre, para que se manifieste el poder del Salvador. Así también en los apóstoles se mantienen sus antiguos nombres, para que se manifieste el poder de aquel que los llamó y los convirtió de lo que eran en lo que son. De Mateo el publicano, por ejemplo, hizo un apóstol, y después del apostolado se le llama publicano, no porque lo siga siendo, sino porque de publicano fue hecho apóstol. Permanece, pues, el nombre antiguo, para que aparezca el poder del Salvador. Y así es como este Simón el leproso es llamado con su antiguo nombre, para mostrar que fue curado por el Señor 10.

"Vino una mujer trayendo un vaso de alabastro de ungüento." Los fariseos, escribas y sacerdotes están en el templo y no tienen ungüento, mientras que esta mujer está fuera del templo y trae ungüento de nardo, además auténtico, porque del más auténtico nardo había sido confeccionado. Por ello, vosotros los fieles sois llamados nardos auténticos, porque la Iglesia, congregada de todas las gentes, ofrece sus dones al Salvador, esto es la fe de los creyentes 11. Rompió el vaso de alabastro, para que todos reciban el ungüento. Rompió el vaso de alabastro, que antes era mantenido cerrado en Judea. Rompió el alabastro. Del mismo modo como el grano de trigo, si no muere en la tierra, no produce fruto abundante, así también el alabastro, si no se rompe, no podemos ungir 12.

Y lo derramó sobre su cabeza 13. Esta mujer, que rompe el vaso de alabastro y derrama el ungüento sobre su cabeza, no es la misma de quien se dice en otro Evangelio que lavó los pies del Señor 14. Aquélla, como meretriz y pecadora, sólo tiene entre sus manos los pies del Señor, ésta, como santa, tiene su cabeza. Aquélla, como meretriz, riega con sus lágrimas los pies del Salvador y los seca con sus cabellos. Parece, ciertamente, que con sus lágrimas lava los pies del Salvador, pero más bien lava sus pecados 15. Los sacerdotes y fariseos no dan un beso al Salvador, ésta, sin embargo, besa sus pies. Así también haced vosotros, que vais a recibir el bautismo, porque todos somos pecadores y "nadie está sin pecado, aunque su vida dure un solo día" 16, y "algo perverso pensó contra sus ángeles" 17. Tomad primero los pies del Salvador, lavadlos con vuestras lágrimas, secadlos con vuestros cabellos. Una vez hayáis hecho esto, pasaréis después a su cabeza. Cuando descendáis a la fuente de la vida con el Salvador 18, entonces aprenderéis cómo llega el ungüento a su cabeza. Pues si la cabeza del varón es Cristo 19, vuestra cabeza (Cristo) será ungida, cuando seáis ungidos vosotros después del bautismo.

Había algunos, que estaban indignados 20. No dice todos, sino algunos, también hoy se indignan los judíos, cuando nosotros ungimos la cabeza de Jesús. Y en otro lugar 21 se dice que Judas el traidor se indignó. El nombre de Judas representa al vocablo "judíos." También hoy, por tanto, Judas se indigna, porque la Iglesia unge la cabeza de Jesús. ¿Qué es lo que dice? ¿Para qué este derroche?22 A él le parece que el ungüento se pierde, al romperse el vaso, y, sin embargo, nos aprovecha a nosotros, porque así llega a todo el mundo. ¿Por qué te indignas, Judas, de que haya sido roto el [alabastro]? Dios, que te hizo a ti y a todas las gentes, se difunde por medio de este valiosísimo ungüento. Tú querías tener el ungüento encerrado, para que no llegara a los demás. Es cierto lo que en otro lugar se dice de vosotros: "Los que tienen la llave de la ciencia y ellos mismos no entran; y a los que quieren entrar, no les dejan." 23 Vosotros tenéis el alabastro, ¿qué digo? lo teníais en el templo y lo teníais cerrado. Mas, vino una mujer, lo llevó a Betania y en casa del leproso unge la cabeza de Jesús.

¿Y qué dicen los que se indignan? Pudo venderse, dice, en trescientos denarios24. Porque éste, que fue ungido con aquel ungüento, fue crucificado. En el Génesis 25 leemos que el arca, hecha por Noé, tenia trescientos treinta codos de largo, cincuenta de ancho y treinta de alto. Fijaos en el simbolismo de los números. El número cincuenta indica la penitencia, ya que en el salmo cincuenta hizo penitencia el Rey David 26. El número trescientos, por otra parte, representa el misterio de la cruz. La letra T es el signo del número trescientos. De ahí que se diga en el libro de Ezequiel: "Y escribirás una TAU en la frente de los que gimen; y quien la llevare escrita no será pasado a cuchillo." 27 Pues el que lleva en su frente la señal de la cruz no puede ser herido por el diablo. Y nada puede borrar esta señal fuera del pecado.

Hemos hablado del arca y de los números cincuenta y trescientos. Hablemos ahora del treinta, ya que el arca tenia treinta codos de altura y acababa en uno 28. Fijaos en esto. Primero hacemos penitencia en el cincuenta, después por medio de la penitencia llegamos al misterio de la cruz: llegamos al misterio de la cruz por medio de la palabra perfecta que es Cristo. Y, según Lucas, cuando Jesús recibió el bautismo "tenia treinta años" 29. Los treinta codos referidos venían a acabar en uno. Y también los cincuenta y los trescientos, amén de los treinta, en uno venían a acabar, es decir, en una sola fe en Dios.

¿Por qué hemos dicho todo esto? Por lo que ahora se dice aquí: "Pudo venderse en trescientos denarios." 30 y el Señor y Salvador fue vendido después por treinta monedas de plata. Causa admiración que no pudiera ser vendido por trescientos denarios pues lo fue por treinta. Está escrito en el Levítico, y está escrito en el Éxodo que los sacerdotes comiencen a serlo a los treinta años. Antes de los treinta años no se les permite entrar en el templo de Dios y, de modo semejante, en las bestias de carga y animales el tercer año constituye la edad perfecta. En el Génesis se dice, finalmente, que cuando Abrahán hizo los sacrificios 31, eligió un ternero, un cabrito, y un cordero de tres años, para mostrar la edad perfecta de los animales; así también, la edad perfecta de los hombres son los treinta años. ¿No pudo, acaso, nuestro Señor recibir el bautismo a los veinticinco años? ¿No pudo, acaso, hacerlo a los veintiséis, o a los veintiocho? Si, mas esperaba la edad perfecta del hombre, para darnos a nosotros ejemplo. Por ello, también está escrito al principio del libro de Ezequiel: "Y sucedió el año trigésimo, hallándome en cautividad." 32

Hemos dicho todo esto, para explicar el simbolismo del número treinta.

Se indignan los judíos, se indignan los contrarios a la fe, de que el frasco de ungüento fuese roto. Pero nuestro Señor dice: "Dejadla, ¿por qué la molestáis? Una buena obra es la que ha hecho conmigo."33

Precisamente porque aquella mujer hizo una obra buena, hemos dicho estas pocas cosas sobre el Evangelio. Oportunamente se ha leído también el salmo catorce y conviene que hablemos del salmo. 34

1 Mc 13:32.

2 Jn 1:3.

3 Col 2:3.

4 Mc 13:33.

5 Hch 1:6.

6 Hch 1:7.

7 Me 14:3.

8 Cant 1:3.

9 Sal 75:2.

10 Cf. Jerón., In Matth 26:6.

11 Cf. Jerón., In Matth 26:7.

12 Jn 12:24.

13 Mc 14:3.

14 Lc 7:37.

15 Cf. Jerón., In Matth 26:7.

16 Job 14:4 ss.

17 Job 4:18.

18 Es decir, cuando recibáis el bautismo.

19 1 Cor 11:3.

20 Mc 14:4.

21 Jn 12:4.

22 Mc 14:4.

23 lc 11:52.

24 Mc 14:5.

25 Jen 6:15.

26 Cf. Jerón., In Islam 3:3.

27 Ez 9:4-6.

28 Es decir, la anchura del arca se iba estrechando hacia el fondo donde la quilla tenía sólo un codo de grosor.

29 Lc 3. 23.

30 Num 3:4.

31 Gen 15:9-10. Se trata de sacrificios de animales cortados por la mitad.

32 Ez 1:1.

33 Me 14:6.

34 Con estas mismas palabras comienza la homilía de San Jerónimo sobre el salmo 14. Es, por tanto, más que verosímil pensar que, después de haber pronunciado esta última homilía, que se conserva, sobre el evangelio de Marcos, Jerónimo haya iniciado el comentario al salmo.

 

 

San Paciano de Barcelona.

Los datos que poseemos sobre San Paciano, Obispo de Barcelona en la segunda mitad del siglo IV, se deben exclusivamente al testimonio de San Jerónimo, que alaba su integridad de vida y su elocuente enseñanza. Aparte de algunos títulos de obras hoy perdidas, no conocemos en la actualidad más que unas pocas páginas de este Padre de la Iglesia; suficientes, sin embargo, para poner de relieve su calidad teológica y su maestría como predicador. A él se debe la célebre frase, llena de santo orgullo por la verdadera fe recibida en la Iglesia: "cristiano es mi nombre, católico mi apellido."

En sus cartas y homilías reafirma, frente a los errores de los novacianos (que limitaban el poder de la Iglesia para perdonar los pecados), la verdadera doctrina católica. Conservamos tres cartas a un tal Simproniano, y un tratado — importante para la historia del sacramento de la Penitencia — que se ocupa de los diversos tipos de pecados, de la disciplina penitencial. Desarrolla conceptos propuestos por Tertuliano y San Cipriano, mas ningún otro tratado anterior arroja una luz tan viva y concreta sobre los diversos elementos del Sacramento de la Penitencia, tal como se practicaba en la antigüedad cristiana.

También es suyo un Sermón sobre el Bautismo, del que a continuación se recogen unos párrafos. Destaca la clara exposición del pecado original y su transmisión al género humano, la necesidad de la Redención, y la importancia del Bautismo, sacramento que hace renacer en Cristo, perdonando el pecado e infundiendo la vida nueva de la gracia.

Loarte

La justificación en Jesucristo (Sermón sobre el Bautismo, 1-5).

Comprended, queridísimos hijos, en qué muerte se halla el hombre antes de recibir el Bautismo. Ciertamente no ignoráis la antigua historia del retorno de Adán a su origen terreno, ni la condenación que lo sujetó a la ley de una muerte eterna. Desde entonces, todos sus descendientes, sometidos a la misma ley, han estado sujetos a esta muerte que ha reinado sobre todo el género humano desde Adán hasta Moisés. Mas bajo Moisés, fue elegido un solo pueblo, descendiente de Abraham. Se le pidió que fuera capaz de observar la ley de justicia. Entretanto, nosotros [los gentiles] estábamos retenidos en la cárcel del pecado para ser presa de aquella muerte. Estábamos destinados a alimentarnos de bellotas y a guardar piaras, es decir, a cumplir actos inmundos bajo el influjo de los ángeles malos. Bajo su imperio no nos era permitido practicar la justicia, y ni siquiera conocerla. La naturaleza misma de las cosas imponía la sumisión a tales señores. ¿Cómo hemos sido liberados de este poder tiránico y de esta muerte? ¡Escuchadlo!

Como ya os he contado, Adán, después de pecar, fue entregado a la muerte por el Señor, que le dijo: eres polvo y al polvo has de volver (Gn 2:19). Esta condena se transmitía a todo el género humano. Todos, en efecto, han pecado en razón de las exigencias de la naturaleza misma, según la palabra del Apóstol: así como por un solo hombre entró el pecado en este mundo, y por el pecado la muerte. así también la muerte se propagó en todos los hombres porque todos han pecado (Rm 5:12). Era el reino del pecado lo que nos arrastraba hacia la muerte, como a cautivos cargados de cadenas hacia una muerte sin fin. Mas antes del tiempo de la Ley nadie tenia conciencia de este pecado, como lo dice el Apóstol. Antes de la promulgación de la Ley, el mundo ignoraba el pecado, en el sentido de que el pecado no aparecía a sus ojos. Pero el pecado revivió con la llegada de la Ley (cfr. Rm 5:13; 7:9). Fue desvelada su existencia y por consiguiente se hizo visible: pero esta intervención de la Ley fue vana, pues casi nadie la observaba. La Ley decía: no cometerás adulterio, no matarás, no codiciarás; sin embargo, la concupiscencia permanecía, con todos sus vicios. Antes de la Ley, el pecado mataba con una espada escondida; desde la Ley, el pecado fue sacado a plena luz. ¿Qué esperanza, pues, restaba al hombre? Sin la Ley, el hombre perecía porque ignoraba su pecado. Bajo el régimen de la Ley, perecía por caer conscientemente en el pecado. ¿Quién ha podido liberarlo entonces de la muerte? Escuchad al Apóstol: ¡desdichado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Y añade: la gracia, por Jesucristo Nuestro Señor (Rm 7:24-25).

¿Y qué es la gracia? Es la remisión del pecado. Es, por lo tanto, un don. Cristo vino a rescatar al hombre y lo ha devuelto a Dios, purificado, inocente, libre de la prisión del pecado. He aquí, dice Isaías, que la virgen concebirá y dará a luz un hijo que llamará Emmanuel. Se alimentará de leche y miel hasta que sepa desechar el mal y elegir el bien (ls 7:14-1S). A propósito de este hijo, el mismo Isaías añade más adelante: jamás cometió pecado ni profirió mentira su boca (Is 53:9). Poderoso por esta inocencia, Cristo emprendió la restauración de nuestra dignidad, precisamente en una carne de pecado.

Pronto el demonio, padre del pecado de desobediencia, que antes habla engañado al primer hombre, se impacientó, se agitó y tembló. Era menester vencerlo abrogando la ley del pecado, la única que había permitido al demonio someter al hombre. El diablo se arma para combatir al Inocente. Ante todo, recurre a la misma argucia con la que derribó a Adán en el Paraíso: insinúa a Cristo una cuestión de prestigio, como solícito de su autoridad celestial: si eres el Hijo de Dios, le dice, di que estas piedras se conviertan en panes (Mt 4:3). El tentador esperaba que Jesús se plegaria a esta invitación, para desvelar su naturaleza divina. El demonio no se detuvo allí. Le sugiere precipitarse desde lo alto, asegurándole que los ángeles, encargados por el Padre de llevarle sobre sus alas, lo recogerán con sus manos, para que su pie no choque con ninguna piedra. Así el Señor podría comprobar si en verdad se referían a Él tales providencias dispuestas por el Padre, a las que el tentador le insta a acogerse. La Serpiente, rechazada de nuevo, hace ya ademán de ceder y le promete los mismos reinos de la tierra que en otro tiempo había arrebatado al primer hombre... Pero en todos estos combates, el enemigo es derribado, subyugado por la fuerza de lo alto, como dice el Profeta dirigiéndose al Señor: Tú acallarás a enemigos y rebeldes y contemplaré tu cielo, la obra de tus manos (Sal 8:3-4).

El demonio se había visto obligado a ceder, pero no se consideró derrotado. Recurriendo a sus habituales artimañas, sobornó a escribas, fariseos y a toda la ralea de sus cómplices impíos, excitándolos a la cólera. Después de haber empleado diversos métodos y actitudes hipócritas, con el fin de engañar, al modo de la serpiente, a cuantos seguían al Señor, se confirmó el fracaso de sus tentativas. Al final, atacaron de frente, como salteadores, infligiendo a Cristo los crueles tormentos de la Pasión. Esperaban así que, vencido por la humillación o el dolor, se permitiera alguna actitud o palabra injusta; así el Mesías habría perdido al hombre [la naturaleza humana] que llevaba en sí, y habría abandonado su alma a los infiernos. Sus enemigos no tenían más que un deseo: poderlo contar como pecador: el aguijón de la muerte — dice el Apóstol — es el pecado (I Cor 15:56). Cristo resistió, como Aquél que jamás cometió pecado alguno y en cuya boca no se encontró engaño (1 Pe 2:22), según hemos dicho, lo cual se verificó incluso cuando le conducían al suplicio. Allí estuvo su victoria: en ser condenado a pesar de su inocencia. En efecto, el demonio había recibido plenos poderes sobre los pecadores, y reivindicaba el mismo poder sobre el Justo. Ésa fue su derrota: arrogarse en relación al Justo unos derechos que la Ley divina no le reconocía. De ahí la palabra del profeta al Señor: Tú eres justo cuando das sentencia. Y sin reproche cuando castigas (Sal 50:6).

Según las palabras del Apóstol, Él ha despojado a los principados y potestades, y los ha dado en espectáculo ante la faz del mundo. arrastrándolos en su cortejo triunfal (Col 2:15). He aquí por qué Dios no ha abandonado su alma en el sepulcro, ni ha dejado que su Santo conozca la corrupción (Sal 15:10). Así es como, pisoteando el aguijón de la muerte, resucitó al tercer día en su carne, para reconciliarla con Dios y devolverla a la eternidad, después de la derrota y destrucción del pecado.

Pero si sólo Él ha vencido, ¿cuál fue el provecho para los demás? Escuchad brevemente. El pecado de Adán se había transmitido a toda la raza humana: por un solo hombre entró el pecado en el mundo, dice el Apóstol, y por el pecado la muerte; así la muerte se propagó a todos los hombres (Rm 5:12). La justicia de Cristo se extiende así también necesariamente a toda la raza humana. Si Adán, por su pecado, ha causado la perdición de toda su descendencia, Cristo, por su justicia, ha dado vida a toda su raza. El Apóstol insiste en esto: como por la desobediencia de un solo hombre muchos fueron constituidos pecadores, así por la obediencia de uno solo, muchos serán constituidos justos. Del mismo modo que el pecado reinó para dar la muerte, así también la gracia reinará en virtud de la justicia para dar la vida eterna por Jesucristo Nuestro Señor (Rm 5:19-21).

 

San Cromacio de Aquileya.

Nació en Aquileya, ciudad de la Italia septentrional, hacia el año 340, en el seno de una familia profundamente cristiana. Los pocos datos que conservamos de su infancia y adolescencia proceden de una carta de San Jerónimo y de la Apología de Rufino. Desde el año 370 fue miembro del clero de su ciudad. En calidad de colaborador del obispo Valeriano participó en el Sínodo local que, convocado en el 381 bajo la dirección de San Ambrosio, condenó el semiarrianismo. A la muerte de Valeriano en el 388, Cromacio ocupó la sede de Aquileya. En el desempeño de este cargo desarrolló una intensa actividad pastoral durante veinte años, dedicándose por entero a la predicación, a la administración de los sacramentos y a las tareas de gobierno. Murió en el año 407 ó 408.

De su abundante producción literaria sólo conservamos 45 homilías — algunas en estado fragmentario —, y 61 tratados. Estos dos tipos de obras descubren otros tantos rasgos importantes de la figura de San Cromacio: al lado del pastor, preocupado por enseñar las verdades de fe a sus fieles, surge el exegeta, que realiza con erudición y piedad el comentario a los textos evangélicos de San Mateo.

Escribió también numerosas epístolas — que se han perdido — a personajes de la época: San Ambrosio, San Jerónimo, San Juan Crisóstomo... A través de ellas, estimuló en su trabajo de traductores a San Jerónimo y a Rufino de Aquileya, animándoles a poner al servicio de la Iglesia sus conocimientos lingüísticos.

Loarte

Las Blenaventuranzas (Sermón 41, sobre las ocho bienaventuranzas).

Este concurso y afluencia de pueblo en un día de mercado nos ofrece la ocasión de proponeros, hermanos, la palabra del Evangelio, porque las realidades de este mundo son figura de las espirituales y las cosas de la tierra ofrecen la imagen de las del Cielo. En efecto, el Señor y Salvador nuestro nos señala frecuentemente las realidades celestes recurriendo a las de la tierra, como cuando dice: semejante es el reino de los cielos a una red echada en la mar (Mt 13:47), y aun: el reino de los cielos se parece a un mercader que va en busca de una perla preciosa (Mt 13:45).

Así pues, si la misión del mercader es permitir que cada uno, según sus intereses, ponga en venta lo que le sobra o compre lo que le falta, no estará fuera de lugar que también yo os ofrezca la mercancía que el Señor me ha confiado, particularmente la predicación; pues — aunque ínfimo e indigno — me ha escogido entre aquellos siervos a los que ha distribuido talentos para que los empleen y obtengan ganancia. Ciertamente no faltarán los mercaderes donde, por gracia de Dios, hay tantos y tales oyentes. Y es más necesario buscar un beneficio celestial allí donde no se descuidan los intereses materiales.

Deseo ofreceros, queridísimos hermanos, las perlas preciosas de las bienaventuranzas, tomadas del Evangelio: Abrid, pues, las arcas de vuestro corazón, comprad, tomad con avidez, adueñaos con alegría.

Mientras se juntaban multitudes de diversas regiones, el Señor y Dios nuestro, Hijo Unigénito del Sumo Padre, que se ha dignado hacerse hombre siendo Dios, y maestro siendo el Señor, tornó consigo a sus discípulos, es decir, a sus Apóstoles, subió a la montaña y comenzó a enseñarles diciendo: bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra (Mt 5:34)... El Señor, Salvador nuestro, pone como escalones extremadamente sólidos, de piedras preciosas, por los que las almas santas y fieles puedan encaramarse y subir hasta ese bien supremo que es el reino de los cielos. Deseo, por tanto, hermanos queridísimos, indicaros brevemente cuáles son esos escalones; prestad atención con toda vuestra mente y con toda vuestra alma, porque las cosas de Dios no son de poca importancia.

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5:3). Principio estupendo, hermanos míos, de la doctrina celestial. El Señor no comienza por el miedo, sino por la bienaventuranza; no suscita temor, sino más bien deseo. Como un árbitro o quien da un espectáculo de gladiadores, ofrece un premio importante a los que luchan en este estadio espiritual, a fin de que no teman las fatigas y, a la vista del premio, no tiemblen ante los peligros. Bienaventurados, pues, los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. El Señor no ha dicho simplemente, sin precisar, que son felices los pobres, sino que ha especificado: los pobres de espíritu. En efecto, no se puede llamar bienaventurada cualquier pobreza, porque frecuentemente deriva de desgracia, de costumbres depravadas y hasta de la cólera divina. Bienaventurada es, pues, la pobreza espiritual, es decir, la de aquellos hombres que en espíritu y voluntad se hacen pobres por Dios, renunciando a los bienes del mundo y donando espontáneamente sus propias riquezas. A éstos se les llama bienaventurados con justo título, porque son pobres de espiritu y porque de ellos es el reino de los cielos: por medio de la pobreza voluntaria se consiguen las riquezas del reino de los cielos.

El Señor prosigue: bienaventurados los mansos, porque poseerán la tierra (Mt 5:4). De modo admirable, tras el primer peldaño, se indica el segundo: bienaventurados los mansos, porque poseerán la tierra. Pero de la misma manera que no es posible, sin respetar el orden de los escalones, pararnos en el segundo si no se ha subido el primero, así un hombre no podrá ser manso si antes no se ha hecho pobre de espíritu. ¿Cómo podría un alma en medio de las riquezas, de las preocupaciones y de los afanes del mundo, de los que nacen agitaciones, litigios, recursos de apelación, iras y exacerbaciones sin fin; cómo podría, digo, en medio de todo esto, ser dulce y mansa un alma si antes no hubiera renunciado con un corte neto a todo lo que provoca cólera y a toda ocasión de disputas? El mar no se aquieta hasta que cesan los vientos; el fuego no se extingue mientras no se quita el material combustible y las ramas secas de los arbustos. Del mismo modo un espíritu no podrá ser dulce y manso mientras no haya renunciado a cuanto excita e inflama. El segundo escalón viene, pues, oportunamente detrás del primero, porque los pobres de espíritu comienzan ya a estar en el camino de la mansedumbre.

Y he aquí el tercero: bienaventurados los que lloran, porque serán consolados (Mt 5:5). ¿Cuál es para nosotros este llanto saludable? Desde luego no el que nace de la pérdida de nuestros bienes, o de la muerte de nuestros seres queridos, o de la privación de los honores de este mundo: de estas cosas no ha de dolerse quien ha llegado a ser pobre de espíritu. Es saludable el llanto que se derrama por los propios pecados, recordando el juicio de Dios. En medio de las innumerables ocupaciones y de las dificultades de este mundo, el alma no podía pensar en sí misma; pero libre ya de cuidados y amansada, se aplica a mirarse más de cerca, a examinar sus acciones del día y de la noche; comienzan entonces a aparecer las heridas de las culpas pasadas, a las que siguen llantos y lágrimas saludables y muy útiles para atraer enseguida la consolación celestial, pues es veraz el que ha dicho: bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.

Pasemos, hermanos míos, al cuarto escalón: bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados (Mt 5:6). Después del arrepentimiento, después de los llantos y las lágrimas derramadas sobre los pecados, ¿qué otra hambre y qué otra sed puede nacer sino de la justicia? Como se alegra por la luz ya próxima quien ha pasado la noche en la oscuridad, y como desea comer y beber quien ha digerido la amarga bilis, así también el alma del cristiano, tras haber expiado los propios pecados con el dolor y con las lágrimas, sólo tiene hambre y sed de la justicia de Dios y con derecho se alegrará de ser saciada de cuanto desea.

Pasemos ahora el quinto escalón: bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia (Mt 5:7). Nadie podrá dar nada a nadie si antes no lo ha dado a sí mismo. Así, tras haber obtenido misericordia y abundancia de justicia, el cristiano comienza a tener compasión de los infelices y empieza a rezar por los otros pecadores. Se vuelve misericordioso incluso hacia sus enemigos. Se prepara, con esta bondad, una buena reserva de misericordia para la llegada del Señor. Por eso se ha dicho: bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.

He aquí el sexto escalón: bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios (Mt 5:8). Ciertamente están ya limpios de corazón y podrán ver a Dios los pobres de espíritu, los mansos, los que han llorado sus propios pecados, los que se han nutrido de justicia, y los misericordiosos que hasta en la adversidad mantienen el ojo de su corazón tan limpio y claro que pueden mirar sin ardor de malicia y sin obstáculo la inaccesible claridad de Dios. La pureza del corazón y la rectitud de la conciencia no soportarán una nube para mirar al Señor.

Sigue, hermanos míos: bienaventurados los obradores de paz, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5:9). Grande es la dignidad de cuantos se afanan por la paz, pues son considerados hijos de Dios. Es seguro bien restablecer la paz entre hermanos que se llaman a juicio por cuestiones de interés, de vanagloria o de rivalidad. Pero esto no merece más que una modesta recompensa, porque el Señor había dicho para ejemplo nuestro: ¿quién me ha constituido juez o partidor sobre vosotros? (Lc 12:14). Y antes: no reclames lo tuyo a quien te lo toma (Lc 6:30). Y en otro lugar: ¿cómo podríais creer vosotros, que andáis en busca de gloria, los unos de los otros? (Jn 5:44). Hemos de darnos cuenta de que existe una obra de paz de mejor calidad y más sublime: me refiero a la que, mediante una asidua enseñanza, lleva la paz a los paganos, enemigos de Dios; la que corrige a los pecadores y, mediante la penitencia, los reconcilia con Dios; la que devuelve al recto camino a los herejes rebeldes; la que recompone en la unidad y en la paz a cuantos andan en desacuerdo con la Iglesia. Tales obradores de paz no son sólo bienaventurados, sino bien dignos de ser llamados hijos de Dios. Por haber imitado al mismo Hijo de Dios, Cristo al que el Apóstol llama nuestra paz y nuestra reconciliación (cfr. Ef 2:14-16 2 Cor 5:18-19), se les concede participar de su nombre.

Bienaventurados los perseguidos a causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5:10). No cabe duda, hermanos, de que la envidia es siempre compañera del bien realizado. Por no hablar de la crueldad de los perseguidores, cuando se comienza a practicar una justicia rigurosa, a combatir la arrogancia, a amonestar a los incrédulos para que se pongan en paz con el Señor; cuando además se comienza a disentir de quien vive en la mundanidad y en el error, enseguida estallan las persecuciones; es inevitable que surjan los odios y que la rivalidad difame. Así conduce Cristo finalmente a sus seguidores al último peldaño, a esa cima, a esa altura, no sólo para que resistan en el sufrimiento, sino para que se gocen en el morir.

Bienaventurados seréis — dice — cuando os ultrajen y persigan y, mintiendo, digan de vosotros todo género de mal a causa de la justicia. Alegraos y exultad, porque es grande vuestra recompensa en los cielos. Así persiguieron a los profetas que fueron antes que vosotros (Mt 5:1 1-12). Es perfecta virtud, hermanos, después de obras de gran justicia, ser ultrajados por la verdad, ser afligidos con tormentos y, al fin, heridos de muerte sin dejarnos aterrorizar, siguiendo el ejemplo de los profetas que, atormentados de muchas maneras por la justicia, merecieron ser asimilados a los sufrimientos y premio de Cristo. Este es el peldaño más alto, en el que Pablo, mirando a Cristo, decía: mi única mira es, olvidando las cosas de atrás, y atendiendo sólo y mirando a las de delante, ir corriendo hacia la meta, para ganar el premio a que Dios llama desde lo alto por Jesucristo (Fil 3:13-14). Y más claramente aún a Timoteo: he combatido el buen combate, he terminado mi carrera (2 Tim 4:7). Y como quien ha subido todos los escalones, añade: he guardado la fe. Ya me está preparada la corona de la justicia (Ibid. 4:8). Terminada la carrera, a Pablo no le quedaba más que alcanzar glorioso, a través de las tribulaciones y de los sufrimientos, el peldaño más alto del martirio. La palabra del Señor nos exhorta, pues, oportunamente: alegraos y exultad, porque grande es vuestra recompensa en los cielos; y El muestra con claridad que esta recompensa aumenta con el aumento de las persecuciones.

Hermanos, ante vuestros ojos están estos ocho escalones del Evangelio, construidos, como decía, con piedras preciosas. He aquí esa escalera de Jacob que comenzaba en la tierra y cuya cumbre tocaba el cielo. El que la sube encuentra la puerta del cielo y, habiendo entrado por ella, estará con alegría sin fin en la presencia del Señor, alabándole eternamente con los ángeles santos. Éste es nuestro comercio, éste es nuestro mercado espiritual. Demos, benditos de Dios, lo que tenemos; ofrezcamos la pobreza de espíritu para recibir la riqueza del reino de los cielos que nos ha sido prometida; ofrezcamos nuestra mansedumbre, para poseer la tierra y el paraíso; lloremos los pecados propios y ajenos, para merecer el consuelo de la bondad del Señor; tengamos hambre y sed de justicia, para ser saciados más abundantemente; demos misericordia, para recibir verdadera misericordia; vivamos como obradores de paz, para ser llamados hijos de Dios; ofrezcamos un corazón puro y un cuerpo casto, para ver a Dios con clara conciencia; no temamos las persecuciones por la justicia, para ser herederos del reino de los cielos, acojamos con gozo y alegría los insultos, los tormentos, la muerte misma — si llegara a sobrevenir — por la verdad de Dios, a fin de recibir en el cielo una gran recompensa con los Apóstoles y los Profetas.

Y para que el fin de mi discurso concuerde con el principio: si los comerciantes se alegran por las frágiles ganancias del momento, ¡cuánto más hemos de alegrarnos y felicitarnos todos juntos por haber encontrado hoy estas perlas del Señor, con las que no se puede comparar ningún bien de este mundo! Para merecer comprarlas, obtenerlas y poseerlas, hemos de pedir el auxilio, la gracia y la fuerza al Señor mismo. A Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

San Juan Crisóstomo.

San Juan Crisóstomo es el representante más importante de la Escuela de Antioquía y uno de los cuatro grandes Padres de la Iglesia en Oriente. Su personalidad nos es bien conocida a través de sus biógrafos: enérgico y de gustos sencillos y austeros, estaba dotado de grandes cualidades oratorias.

Nacido en el seno de una familia cristiana noble, alrededor del año 350, recibió desde su infancia una educación esmerada. Después de ser ordenado sacerdote en el año 386, cumplió el oficio sacerdotal en Antioquía durante doce años; allí recibió el sobrenombre de Crisóstomo (boca de oro) con que ha pasado a la posteridad, a causa del esplendor de su elocuencia. En el 397 fue consagrado obispo de Constantinopla. Desde el primer momento dedicó todos los esfuerzos a elevar el ambiente moral de la sociedad que le rodeaba, lo que le produjo numerosas incomprensiones y, al final de su vida, el exilio. Murió el 14 de septiembre del año 407. Entre los Padres griegos no hay ninguno que haya dejado una herencia literaria tan copiosa como San Juan Crisóstomo. Además, es el único, entre los antiguos antioqueños, cuyos escritos se han conservado casi íntegramente.

Su producción literaria se puede dividir en tratados, homilías y cartas. Según él mismo atestigua, predicaba todos los días. Algunos de los oyentes tomaban notas, que él después revisaba, o no, antes de la publicación: ésta es la causa de que, en ocasiones, nos hayan llegado dos versiones de una misma homilía. Preparaba sus discursos con sumo cuidado, y miraba especialmente al bien de los oyentes, que, en no pocas ocasiones, le interrumpían con aplausos.

El mayor número de homilías conservadas — varios centenares — forman parte de una serie de comentarios a los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento. Las noventa Homilías sobre el Evangelio de San Mateo representan el más antiguo comentario completo sobre el texto del primer evangelista. Su exégesis es de carácter moral, de acuerdo con el método propio de la Escuela antioquena. San Juan Crisóstomo mueve decididamente a la conversión a quienes, siendo cristianos de palabra, no lo son con sus obras y no difunden a su alrededor la luz de Cristo.

Muy importantes son también las ocho Catequesis sobre el Bautismo, descubiertas en este siglo, en las que expone a los nuevos cristianos las exigencias de la pelea espiritual del cristiano; el tratado A Teodoro caído, exhortación a un amigo que había decaído de su anterior fervor religioso; y los cinco libros Sobre el sacerdocio, una de las joyas de la literatura cristiana de todos los tiempos sobre la excelencia y dignidad del sacerdocio cristiano.

Loarte

La ley natural (Homilías al pueblo de Antioquía, Xll, 4-5).

Voy a intentar demostraros que el hombre tiene por sí mismo conocimiento de la virtud.

Cometió Adán el primer pecado, e inmediatamente tras el pecado se escondió. Ahora bien, de no saber que había obrado mal, ¿qué necesidad tenía de ocultarse? Porque entonces no había Escrituras ni Ley de Moisés. ¿Por dónde, pues, conoció el pecado y se escondió? Y no sólo se oculta, sino que, acusado, trata de echar la culpa a otro, diciendo: la mujer que me diste me dio del árbol y comí (Gn 2:12). Y ella, a su vez, echa la culpa a la serpiente (...).

Lo mismo cabe ver en la historia de Caín y Abel. Ellos fueron los primeros en ofrecer a Dios las primicias de sus trabajos. Yo quiero demostraros que el hombre no sólo es capaz de conocer el pecado, sino también la virtud. Que el hombre conoce ser un mal el pecado lo demostró Adán, y que sabe que la virtud es un bien lo puso de manifiesto Abel. Si éste ofreció aquel sacrificio, no es porque lo aprendiera de nadie, ni porque hubiera oído entonces alguna ley que hablara de las primicias; él mismo, su propia conciencia, fue su maestro. De ahí que no baje con mi discurso a tiempos posteriores, sino que me detenga en los primeros hombres, cuando no había letras, ni ley, ni profetas, ni maestros. Allí estaba Adán solo con sus hijos, y por ahí podemos comprender que el conocimiento de lo bueno y de lo malo era un don primero de la naturaleza.

(...) Sin embargo, los griegos no soportan esto. Pues vamos a discurrir también contra ellos, y sigamos en el tema de la conciencia el procedimiento que usamos en el de la creación. No los combatiremos sólo por las Escrituras, sino también por argumentos de razón. Ya Pablo los venció en su lucha con ellos sobre este capítulo.

¿Qué dicen los griegos? No tenemos — afirman — una ley que la conciencia conozca por sí misma, ni infundió Dios nada de eso en nuestra naturaleza. Entonces, decidme, ¿en qué se inspiraron los legisladores de ellos para establecer leyes acerca del matrimonio, del homicidio, de los testamentos, depósitos, avaricia, e infinitas cosas más? Los actuales acaso se inspiraron en sus antecesores, éstos en otros, y otros en los más antiguos; pero estos antiguos y quienes al principio legislaron entre ellos, ¿en qué se inspiraron? ¡Evidentemente, en su conciencia! Porque no van a decir que trataron con Moisés y oyeron a los profetas. ¡No serian entonces gentiles! No, es evidente que los antiguos pusieron las leyes inspirándose en la ley que Dios infundió al hombre al plasmarlo, y por ella se inventaron las artes y todo lo demás.

Del mismo modo se constituyeron tribunales y se determinaron castigos. Que es lo mismo que dice Pablo. Muchos gentiles le iban a replicar y decían: ¿cómo puede juzgar Dios a los hombres anteriores a Moisés, cuando no les envió un legislador, ni les propuso una ley, ni les mandó un profeta, ni un apóstol, ni un evangelista? ¿Qué derecho tiene a pedirles cuentas? Mas escucha la respuesta de Pablo, para demostrarles que tenían una ley que se sabe de suyo y conocían claramente lo que debían hacer: cuando los gentiles, que no tienen ley, hacen naturalmente lo que manda la ley, éstos, que no tienen ley, son ley para sí mismos y demuestran que lo que manda la ley está escrito en sus corazones (Rm 1:14-15).

¿Cómo puede hallarse escrito sin letras? Porque lo atestigua su propia conciencia y las diferentes reflexiones que allá en su interior ya los acusan, ya los defienden, como se verá aquel día en que Dios juzgará lo oculto de los hombres por medio de Jesucristo, según el Evangelio que yo predico (Rm 2:15-16). Y poco antes: cuantos sin ley pecaron, sin ley también perecerán, y cuantos con la ley pecaron, por medio de la ley serán juzgados (Rm 2:12). ¿Qué quiere decir que perecerán sin ley? Que no los acusará la ley, sino sus razonamientos y su conciencia. Ahora bien, de no tener la ley de su conciencia, no debieran siquiera perecer pecando. ¿Cómo perecer si pecaron sin ley? Mas cuando el Apóstol dice que pecaron sin ley, no quiere decir que no tenían ley en absoluto, sino que no tenían ley escrita, pero si la ley de la naturaleza.

En otro pasaje, el Apóstol escribe: gloria, honor y paz a todo el que obra el bien, el judío primeramente y luego el griego (Rm 2:10). Al hablar así, se refería a los tiempos remotos anteriores al advenimiento de Cristo. Y llama aquí griego o gentil no al idólatra, sino al adorador de un Dios único, pero no ligado por necesidad a las observancias judaicas del sábado, de la circuncisión o de diversas purificaciones. Se trata, en fin, de un gentil que practique toda la virtud y religión. Pues hablando de estos gentiles, dice en otro lugar: indignación e ira, tribulación y angustia aguardan al alma de todo hombre que obra mal, del judío primeramente y luego del griego (Rm 2:9). También aquí llama griego al que está libre de la observancia judaica. Ahora bien, si no ha oído la ley ni se ha educado con los judíos, ¿cómo puede ser objeto de indignación y de ira, de tribulación y angustia, caso de obrar mal? Porque tiene dentro la conciencia que le da voces y le enseña e instruye sobre todo.

¿Cómo se prueba eso? Porque el propio gentil castiga a los que pecan, pone leyes y establece tribunales. Pablo lo pone de manifiesto cuando dice de los que viven en maldad: los cuales, no obstante conocer la justicia de Dios, no echaron de ver que los que hacen tales cosas son dignos de muerte; y no sólo los que las hacen, sino también los que aprueban a los que las hacen (Rm 1:32). ¿Y por dónde sabían, se dirá, que Dios quiere castigar de muerte a los que viven en maldad? Pues por el hecho de castigar ellos a los que pecan. Porque si no piensan que el homicidio sea un crimen, que no castiguen por sentencia al asesino convicto. Si no piensan que el adulterio sea un mal, que absuelvan de toda pena al adúltero que cae en sus manos. Ahora bien, respecto a los pecados de otros promulgas leyes, determinas penas y eres juez severo, ¿qué excusa puedes tener en lo que tú mismo pecas, con achaque de no saber lo que se debe hacer? Habéis cometido un adulterio tú y el otro; ¿qué razón hay para que al otro lo castigues y tú te tengas por digno de perdón? Si no sabías que el adulterio es un crimen, tampoco había que castigar al otro. Mas si castigas a otro y tú piensas escapar al castigo, ¿qué lógica es ésa que, siendo los pecados iguales, no lo sean las penas? (...)

En conclusión, puesto que Dios ha de pagar a cada uno según sus obras, y nos puso la ley natural y más tarde la escrita, a fin de pedirnos cuentas de nuestros pecados y coronarnos por nuestras virtudes, ordenemos con gran cuidado nuestra vida, como quienes han de comparecer ante el tribunal severo, sabiendo que, si después de la ley natural y la escrita, después de tanta predicación y continua exhortación, todavía descuidamos nuestra salud, no habrá para nosotros perdón alguno.

Lectura frecuente de la Sagrada Escritura (Homilías sobre el Génesis 35:1-2).

Queridísimos, es una cosa muy buena la lectura de las divinas Escrituras. Da sabiduría al alma. eleva la mente al cielo, hace al hombre agradecido, nos impulsa a no admirar las realidades de aquí abajo, sino a vivir con el pensamiento puesto allá arriba, a realizar todas nuestras obras con la mirada fija en la recompensa que nos dará el Señor, a dedicarnos al trabajo de la virtud con gran entusiasmo. Gracias a ellas, podemos conocer la providencia de Dios, siempre dispuesta a prestar auxilio; la valentía de los justos, la bondad del Señor, la grandeza de los premios. Nos pueden impulsar a imitar fervorosamente la piedad de hombres generosos, para no adormecernos en las batallas espirituales y para confiar en las promesas divinas antes de que se cumplan.

Por esto os exhorto: ¡leamos con mucha atención las Escrituras divinas! Alcanzaremos su verdadera comprensión si nos dedicamos siempre a ellas. No es posible, en efecto, que quien demuestra gran cuidado y deseo de conocer las palabras divinas se quede en la estacada. Incluso si no tiene ningún maestro, el Señor mismo entrará en nuestros corazones, iluminará nuestra inteligencia, nos revelará las verdades escondidas; será Él nuestro Maestro en lo que no comprendamos, con tal de que nosotros estemos dispuestos a hacer lo que podamos (...).

Cuando tomamos en nuestras manos el libro espiritual, hemos de poner en vela nuestro espíritu, recoger nuestros pensamientos, echar fuera cualquier preocupación terrena. Dediquémonos entonces a la lectura con mucha devoción, con gran atención, para que se nos conceda que el Espíritu Santo nos guíe a la comprensión de lo que está escrito, sacando así gran utilidad. Aquel hombre eunuco y bárbaro, ministro de la reina de los etíopes, que era un hombre importante, no descuidaba la lectura de la Escritura ni siquiera cuando estaba de viaje. Teniendo en sus manos al profeta [Isaías], leía con mucha atención, incluso sin comprender lo que tenía ante sus ojos; pero como ponía de su parte cuanto podía — diligencia, entusiasmo y atención —, obtuvo un guía (cfr. Hech 8:26-40).

Considera, por tanto, qué gran cosa es no descuidar la lectura de la Escritura tampoco durante los viajes, ni yendo en coche. Escuchen esto quienes ni siquiera en su propia casa admiten que haya que leer la Sagrada Escritura, con la excusa de que conviven con su mujer o militan en el ejército porque están preocupados por los hijos, dedicados al cuidado de los parientes, o comprometidos en otros negocios.

Ese hombre era eunuco y bárbaro: dos circunstancias suficientes para que hubiese sido negligente. Otros factores eran su dignidad y sus grandes riquezas, y el hecho de viajar en una carroza, pues no es fácil dedicarse a la lectura cuando se viaja así; más aún, resulta costoso. Y, sin embargo, su deseo y su celo superaban cualquier impedimento. Hasta tal punto estaba enfrascado en la lectura, que no decía lo que muchos repiten en el día de hoy: "No entiendo lo que contiene, no logro comprender la profundidad de la Escritura; ¿por qué, pues, voy a sujetarme inútilmente y sin fruto a la fatiga de leer, sin nadie que me guíe?" Nada de esto pensaba aquel hombre, bárbaro por la lengua pero sabio por el pensamiento. Creía que Dios no le despreciaría, sino que le mandarla pronto alguna ayuda de lo alto, con tal de que él hubiese puesto lo que estaba de su parte, dedicándose a la lectura. Por eso, el Padre benigno, viendo su íntimo deseo, no le descuidó ni le abandonó a sí mismo, sino que le mandó enseguida un maestro.

Este bárbaro está en condiciones de ser maestro de todos nosotros: de quienes llevan una vida privada, de quienes están enrolados en el ejército, de quienes gozan de autoridad. En una palabra, puede ser maestro de todos; no sólo de los hombres, sino también de las mujeres — tanto más que están siempre en casa —, y de los que han elegido la vida monástica. Aprendan todos que ninguna circunstancia es obstáculo para leer la palabra divina; que es posible hacerlo no sólo en casa, sino en la plaza, de viaje, en compañía de otros o cuando estamos metidos en plena actividad. Si nosotros hacemos lo que está en nuestra mano, pronto encontraremos quien nos enseñe. Porque el Señor, viendo nuestro afán por las realidades espirituales, no nos despreciará, sino que nos mandará una luz del cielo e iluminará nuestra alma. No descuidemos, por tanto — os lo ruego —, la lectura de la Escritura.

La pelea del cristiano (Catequesis sobre el Bautismo, Vlll, 8-15).

El tiempo que ha precedido al Bautismo era un periodo de entrenamiento y de ejercicio, en el que las caídas encontraban su remedio. A partir de hoy la arena se os abre, y empieza el combate. Estáis bajo la mirada del público. Y no sólo del género humano; también la muchedumbre de los ángeles contempla vuestras luchas. Pues Pablo escribe en su carta a los Corintios: hemos sido entregados en espectáculo al mundo, tanto a los ángeles como a los hombres (I Cor 4:9). Los ángeles, pues, nos contemplan, y el Señor de los ángeles es quien preside la pelea. Para nosotros, esto es un honor y una seguridad. Pues si Aquél que ha entregado su vida por nosotros es el juez de esta lucha, ¿qué orgullo y qué confianza no tendremos?

En los juegos olímpicos, el árbitro permanece en medio de los dos adversarios, sin favorecer ni al uno ni al otro, esperando el desenlace. Si el árbitro se coloca entre los dos combatientes, es porque su actitud es neutral. En el combate que nos enfrenta al diablo, Cristo no permanece indiferente: está por entero de nuestra parte. ¿Cómo puede ser esto? Veis que nada más entrar en la liza nos ha ungido, mientras que encadenaba al otro. Nos ha ungido con el óleo de la alegría y a él le ha atado con lazos irrompibles para paralizar sus asaltos.

Si yo tengo un tropiezo, Él me tiende la mano, me levanta de mi caída, y me vuelve a poner de pie. Pues escrito está: pisad desde lo alto las serpientes, los escorpiones y todo poderío del enemigo (Lc 10:19).

El demonio tiene la amenaza del infierno. Si yo consigo la victoria, recibo una corona; pero él, cuando triunfa, es castigado. Y para que veas cómo es atormentado sobre todo cuando vence, te mostraré un ejemplo. Él derrotó a Adán, haciéndole tropezar. ¿Cuál ha sido el premio de su victoria?: te arrastrarás sobre tu pecho y sobre tu vientre, y comerás el polvo todos los días de tu vida (Gn 3:14). Si Dios ha castigado con tanta severidad a la serpiente material, ¿qué castigo no infligirá a la serpiente espiritual? Si tal ha sido la condena del instrumento, está claro que un castigo igualmente terrible espera a quien lo manejó. Como un buen padre que al echar mano sobre el asesino de su hijo, además de castigarle le destroza la espada, así Cristo, encontrando al diablo homicida, no solamente le ha reprimido, sino que ha quebrantado su espada.

Llenémonos, pues, de confianza y despojémonos de todo para afrontar esos asaltos. Cristo nos ha revestido de armas más resplandecientes que el oro, más resistentes que el acero, más ardientes que la llama, más ligeras que un leve soplo de aire. Poseen tales propiedades que no nos doblamos bajo su peso; dan alas, aligeran nuestros miembros, y si con ellas quieres emprender el vuelo hacia el cielo, no te serán obstáculo. Son armas de naturaleza totalmente nueva, pues han sido forjadas para un combate inédito. Yo, que no soy más que un hombre, me veo obligado a asestar golpes a los demonios; yo, que estoy revestido de carne, lucho contra las potencias incorpóreas. También Dios me ha fabricado una coraza que no es de metal, sino de justicia; me ha preparado un escudo no de bronce, sino de fe. Tengo en la mano una espada aguda, la palabra del Espíritu. El otro lanza flechas, yo tengo una espada. El es arquero, yo soy lancero. Esto nos muestra cuán cauteloso es, pues el arquero no osa aproximarse, sino que dispara desde lejos.

¿Pero qué? ¿Dios no te ha dado más que una armadura? No, ha preparado también un alimento más vigoroso que cualquier arma, para que no te desmoralices en el combate. Es necesario que tu victoria sea la de un hombre que rebosa contento. Si el enemigo te ve regresar del festín del Señor, huye más rápido que el viento, como quien ve un león cuya boca escupe fuego. Si le enseñas tu lengua teñida de la preciosa sangre, no podrá apresarte; y si le muestras tu boca empurpurada, como un ruin animal se batirá en retirada a gran velocidad.

¿Quieres conocer la virtud de esta sangre? Volvamos a lo que fue figura de esto, a las narraciones antiguas, a lo que ocurrió en Egipto. Dios iba a infligir a Egipto la décima plaga. Quería suprimir sus primogénitos, porque retenían a su pueblo primogénito. ¿Qué podía hacer para no dañar a los judíos con los egipcios, ya que todos se encontraban en el mismo lugar? Observa la virtud de la figura para conocer así el poder de la realidad.

El castigo enviado por Dios iba a venir del cielo y el ángel exterminador andaba rondando por las casas; ¿Qué hizo Moisés? Inmolad, dijo, un cordero sin mancha y pintad vuestras puertas con su sangre (cfr. Ex 12:21-25). ¿Qué dices de esto? ¿La sangre de un animal irracional puede salvar a los hombres dotados de razón? Sí, responde Moisés; no por que sea sangre, sino porque es figura de la sangre del Señor. Del mismo modo que las estatuas de los emperadores, que no tienen alma ni entendimiento, protegen a los hombres dotados de alma y de razón que buscan refugio cerca de ellas, no porque sean de bronce, sino porque representan al emperador; así esta sangre, privada de alma e inteligencia, ha salvado a hombres dotados de alma no porque fuera sangre, sino porque prefiguraba la sangre del Señor.

Aquel día el ángel exterminador vio la sangre que señalaba las puertas, y no se atrevió a entrar. En el presente, si el diablo ve no ya la sangre de la figura señalando las puertas, sino la sangre de verdad sobre los labios de los fieles, marcando la puerta de este santuario de Cristo en que se han convertido, con mayor razón se guardará de intervenir. Pues si la figura ha detenido al ángel, con mucho más motivo la verdad pondrá al diablo en retirada.

Como sal y como luz (Homilías sobre el Evangelio de San Mateo 15:6-7).

Vosotros sois la sal de la tierra (Mt 5:13). Vosotros no habéis de preocuparos sólo de vuestra propia vida, sino de la de toda la tierra. A vosotros no os envío, como hice con los profetas, a dos ciudades, ni a diez, ni a veinte, ni siquiera a una entera nación. No. Vuestra misión se extenderá a la tierra y al mar, sin más límites que los del mundo mismo. Y a una tierra que encontraréis mal dispuesta.

En efecto, por el hecho mismo de decirles: vosotros sois la sal de la tierra, el Señor les mostró que toda la humanidad estaba insípida y podrida a causa de los pecados. Por eso exige de sus Apóstoles aquellas virtudes que especialmente son necesarias para el aprovechamiento de los demás. El que es manso, modesto, misericordioso y justo, no guarda para sí solo estas virtudes, sino que procura que estas aguas tan hermosas se derramen abundantemente para provecho de los otros hombres. Del mismo modo, el que es limpio de corazón, el pacífico, el que es perseguido por causa de la verdad, dispone también su vida para común utilidad.

No penséis — dice el Señor a sus discípulos — que os lanzo a combates sin importancia, y que os encomiendo negocios de poca monta. No. Vosotros sois la sal de la tierra. Entonces, ¿curaron los Apóstoles lo que estaba podrido? De ninguna manera. Lo que el Señor renovaba y a ellos entregaba, lo que El libraba del mal olor de la podredumbre, eso salaban ellos, conservándolo y manteniéndolo en la novedad que del Señor había recibido. Porque librar de la podredumbre de los pecados fue hazaña exclusiva de Cristo; mas hacer que los hombres no volvieran a pecar fue ya obra del celo y del trabajo de sus Apóstoles. ¿Veis cómo poco a poco el Señor les va haciendo ver que son superiores a los profetas? Porque no les llama maestros de sola Palestina, sino de la tierra entera; y no sólo los hace maestros, sino temibles.

Ahí está la maravilla: que los Apóstoles no se hicieron amables a todo el mundo porque adulasen y halagaran a todos, sino escociendo vivamente como la sal.

No os sorprendáis — les dice — si, dejando por un momento a los demás, hablo ahora con vosotros y os invito a tamaños peligros. Considerad a cuántas ciudades y pueblos y naciones deseo enviaros como maestros. Por eso no quiero que seáis prudentes vosotros solos, sino que hagáis también prudentes a los demás. ¡Y qué prudencia han de tener aquellos de quienes depende la salvación de las almas! ¡Qué abundancia de virtud en quienes han de ser provecho para los otros! Porque, si no sois tales que podáis servir de provecho a los demás, tampoco os bastaréis para vosotros mismos.

No os irritéis, como si lo que os digo fuera cosa molesta. Si los demás se tornan insípidos, vosotros podéis devolverles el sabor; pero, si esto os sucediera a vosotros, con vuestra pérdida arrastraríais también a los demás. Por tanto, cuantos mayores asuntos llevéis entre manos, mayor fervor y celo necesitaréis.

Por eso les advierte: si la sal se torna insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Para nada vale ya, sino para ser arrojada y pisoteada de las gentes (Mt 5:13). Los otros, en efecto, aunque mil veces desfallezcan, mil veces pueden obtener perdón; pero, si cae el maestro, no tiene defensa posible (...).

Había dicho el Señor a sus discípulos: cuando os insulten y persigan, y digan toda palabra mala contra vosotros... (Mt 5:11). Para que no se acobardaran al oír esto, y rehusaran salir al campo de batalla, ahora parece decirles: si no estáis preparados a sufrir todas estas cosas, vana ha sido vuestra elección. Lo que debéis temer no es que se os maldiga, sino el ser envueltos en la común hipocresía. En ese caso os habríais tornado insípidos, y seríais pisoteados por la gente. Pero si seguís frotando con sal, y por ello os maldicen, alegraos entonces. Ésa es precisamente la función de la sal: escocer y molestar a los corrompidos. La maledicencia os seguirá forzosamente, pero no os hará ningún daño, sino que dará testimonio de vuestra firmeza. Pero si por miedo a la murmuración abandonáis el ímpetu que debéis tener, entonces sufriréis más graves daños. En primer lugar, se os maldecirá lo mismo; y luego, seréis la irrisión de todo el mundo; porque eso quiere decir ser pisoteado.

El Señor pasa ahora a otra comparación más alta: vosotros sois la luz del mundo (Mt 5:14). Nuevamente se nos habla del mundo; no de una sola nación, ni de veinte ciudades, sino de la tierra entera. Se nos habla de una luz inteligible, mucho más preciosa que los rayos del sol, como también la sal había que entenderla espiritualmente. Y pone primero la sal, luego la luz, para que te des cuenta de la utilidad de las palabras enérgicas y el provecho de una enseñanza seria. Ella nos ata fuertemente y no nos permite disolvernos. Ella nos hace abrir los ojos, llevándonos como de la mano a la virtud.

(...) Después de haberles mostrado su propio poder, el Señor les exige franqueza y libertad, diciéndoles: nadie enciende una lámpara y la pone debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los de la casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, a fin de que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos (Mt 5:15-16). Es como si les dijera: yo he encendido la luz; pero que siga ardiendo, depende ya de vuestro afán apostólico. Y eso no sólo para alcanzar vuestra propia salvación, sino también la de aquellos que han de gozar de su resplandor, y ser así conducidos como de la mano hacia la verdad. Si vosotros vivís con perfección, como conviene a los que han recibido la misión de convertir a todo el mundo, las calumnias no podrán echar ni una sombra sobre vuestro resplandor.

Llevad, pues, una vida digna de la gracia; a fin de que, así como la gracia se predica en todas partes, también vuestra vida esté de acuerdo con la gracia.

Por fin, además de la salvación de los hombres, el Señor les señala otro provecho, que es suficiente por sí solo para incitarles a la pelea y llevarles al más intenso fervor. Porque — les dice — viviendo rectamente, no sólo corregiréis a toda la tierra, sino que glorificaréis a Dios; de manera semejante a como, si no vivís virtuosamente, no sólo perderéis a los hombres sino que haréis que sea blasfemado el nombre de Dios.

Recomenzar (Exhortación a Teodoro caído, 1, 14-15).

No causa ninguna maravilla que los que no creen en la resurrección vivan negligentemente y no sientan temor del juicio. Por el contrario, sería insensatez suma que nosotros, para quienes la vida venidera es más cierta que la presente, viviésemos tan miserablemente que no nos impresionara lo más mínimo su recuerdo. Si quienes tenemos fe obramos como los incrédulos, y aun a veces vivimos peor que ellos (pues no han faltado entre los infieles quienes han brillado por su virtud), ¿qué consuelo y qué perdón nos queda ya? Muchos mercaderes que sufrieron un naufragio no por eso se desalentaron, sino que nuevamente reanudaron su actividad, a pesar de que el daño no les vino por negligencia propia, sino a causa de la violencia de los vientos. Y nosotros, que podemos mirar confiadamente al término y sabemos perfectamente que, si no queremos, no hemos de sufrir naufragio ni otro daño alguno, ¿no pondremos nuevamente manos a la obra para negociar como antes? ¿Vamos a quedarnos ociosos y mano sobre mano? ¡Y ojalá sólo fuera estar mano sobre mano, y no las volviéramos también contra nosotros mismos! Porque a veces sucede precisamente esto, lo que es señal de suma locura.

En efecto, si un púgil, dejando a su rival, volviera los puños contra su propia cabeza y se destrozase la cara, ¿no le pondríamos en el número de los locos? El diablo nos echó la zancadilla y nos derribó por tierra. Luego es menester levantarnos y no dejarnos arrastrar nuevamente; no despeñarnos a nosotros mismos, ni a sus golpes añadir los propios. El bienaventurado David tuvo una caída semejante a la tuya; e incluso después sufrió otra: la del homicidio. ¿Pues qué? ¿Se quedó allí tendido? ¿No se levantó inmediatamente y se enfrentó con el enemigo? Así fue. Y tan valerosamente le derrotó que, después de la muerte, fue el protector de sus descendientes. Por eso a Salomón, que cometió una enorme iniquidad haciéndose merecedor de mil muertes, Dios le dice que dejará intacto el reino por amor de David, con estas palabras: con escisión escindiré tu reino y se lo daré a tu sierro. Sin embargo, no lo haré en tus días... ¿Por qué motivo? Por consideración a David, padre tuyo, lo tomaré de la mano de tu hijo (1 Re 11:11-12). Y a Ezequías que, no obstante ser personalmente justo, estaba al borde de un grave peligro, Dios le quiere socorrer por amor de David: Yo seré escudo de esta ciudad para salvarla por causa de mí y de David, siervo mío (2 Re 19:34).

Tal es la fuerza de la penitencia. Si David hubiera pensado entonces como piensas tú ahora, que es imposible ya aplacar a Dios; si hubiera dicho para sí mismo: Dios me ha honrado con tan alto honor, me ha puesto en el número de los profetas, me encomendó el mando de mis gentes, me libró de peligros sin cuento... ¿Cómo puedo hacérmele nuevamente propicio, si le he ofendido después de recibir tan grandes beneficios y he cometido los más graves crímenes? De haber pensado así, no sólo no hubiera hecho lo que hizo, sino que hubiera perdido todo lo anterior.

No sólo las heridas del cuerpo; también las del alma, si se descuidan, producen la muerte. Y, sin embargo, en ocasiones llegamos a tal punto de insensatez que cuidamos con todo empeño del cuerpo, pero no hacemos ningún caso del alma. En el cuerpo, es natural que nos sobrevengan muchas enfermedades incurables; sin embargo, no por eso desesperamos y, a pesar de que los médicos dicen y repiten que tal enfermedad no tiene remedio, que ningún medicamento la puede curar, nosotros insistimos una y otra vez, y les rogamos que, al menos, nos den algo que la alivie. En el alma, en cambio, no existe ninguna enfermedad incurable, pues el espíritu no está sometido a la necesidad de la naturaleza. Y sin embargo, como si se tratara de achaques ajenos, descuidamos sus males y desesperamos de su remedio. Donde la naturaleza de las enfermedades debería llevarnos a la desesperación, ponemos todo nuestro cuidado como si conserváramos mil esperanzas de salud; donde no hay motivo para desalentarnos, desistimos y nos descuidamos, como si estuviéramos desahuciados. Hasta tal punto nos preocupamos más del cuerpo que del alma. En verdad que, por este camino, ni el cuerpo mismo podremos salvar. El que descuida lo principal y pone todo su empeño en lo secundario, destruye y pierde lo uno y lo otro. El que guarda el orden debido, al salvar y cuidar lo principal, aunque descuide un poco lo secundario, la salvación de lo primero lleva consigo la de lo otro. Es lo que nos quiso dar a entender Cristo, cuando dijo: no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien al que puede perder alma y cuerpo en el infierno (Mt 10:28).

¿Te persuades de que no hay que desesperar jamás de las enfermedades del alma como si fueran incurables, o será menester apelar a nuevos razonamientos? (...). Aún puedes volver a la virtud y reconciliarte con la vida primera. Escucha lo que sigue. Los ninivitas no se desalentaron al escuchar que el Profeta afirmaba y claramente les amenazaba diciendo: de aquí a cuarenta días, Nínive será destruida (Jan 3:4). Ciertamente, no tenían la seguridad de aplacar a Dios, sino la sospecha de lo contrario, pues las palabras del profeta no venian con distinción alguna, sino que eran absolutamente categóricas. Sin embargo, hicieron penitencia diciendo: ¿quién sabe si Dios se arrepentirá y se nos mostrará propicio y se apartará del furor de su ira y no pereceremos? Y vio Dios las obras de ellos cómo se habían apartado de sus caminos mulos, y se arrepintió Dios del mal que había amenazado hacerles y no lo hizo (Jan 3:9-10).

Pues si hombres bárbaros y sin formación pudieron comprender eso mucho más hemos de hacerlo nosotros, que hemos sido instruidos en las verdades divinas y hemos visto tanta muchedumbre de ejemplos semejantes en palabras y en realidad. Porque no son — dice el Profeta — mis pensamientos como vuestros pensamientos, ni mis caminos como vuestros caminos. Cuanto dista el cielo de la tierra, tanto distan mis pensamientos de los vuestros y mis designios de vuestros designios (Is 45:8-9).

Dignidad del sacerdocio (Sobre el sacerdocio lll, 4-6).

Cuando contemplas al Señor sacrificado y puesto sobre el altar, y al sacerdote que ora y asiste al sacrificio, y a todos los presentes bañados con la púrpura de aquella sangre preciosísima, ¿acaso piensas que estás aún entre los hombres y que pisas la tierra? ¿no te sientes más bien trasladado a los Cielos donde, desterrado de tu alma todo pensamiento carnal, miras con alma desnuda y mente pura las realidades mismas de la gloria? ¡Oh maravilla! ¡Oh benignidad de nuestro Dios! El que está sentado en la gloria junto al Padre, es tomado en aquel momento en manos de todos, y se deja abrazar y estrechar de los que quieren. Así lo hacen con los ojos de la fe.

¿Quieres ver la soberana santidad de estos misterios? Imagínate, te ruego, que tienes ante los ojos al profeta Elías; mira la ingente muchedumbre que lo rodea, las víctimas sobre las piedras, la quietud y el silencio absoluto de todos y sólo el profeta que ora; y, de pronto, el fuego que baja del cielo sobre el sacrificio... Todo esto es admirable y nos llena de estupor.

Pues trasládate ahora de ahí y contempla lo que entre nosotros se cumple: verás no sólo cosas maravillosas, sino algo que sobrepasa toda admiración. Aquí está en pie el sacerdote, no para hacer bajar fuego del cielo, sino para que descienda el Espíritu Santo; y prolonga largo rato su oración, no para que una llama desprendida de lo alto consuma las víctimas, sino para que descienda la gracia sobre el sacrificio y, abrasando las almas de todos los asistentes, las deje más brillantes que plata acrisolada.

¿Quién habrá, pues, tan loco, quién tan perdido de juicio que desprecie soberbiamente misterio tan tremendo? ¿Acaso ignoras que, sin una particular ayuda de la gracia de Dios, no habría alma humana capaz de soportar el fuego de ese sacrificio, sino que nos consumiría a todos absolutamente?

Si alguien considera atentamente qué cosa significa estar un hombre envuelto aún de carne y sangre, y poder no obstante llegarse tan cerca de aquella bienaventurada y purísima naturaleza; ése podrá comprender cuán grande es el honor que la gracia del Espíritu otorgó a los sacerdotes. Porque por manos del sacerdote se cumplen no sólo los misterios dichos, sino otros que en nada les van en zaga, ya en razón de su dignidad en sí, ya en orden a nuestra salvación.

En efecto, a moradores de la tierra, a quienes en la tierra tienen aún su conversación, se les ha encomendado administrar los tesoros del Cielo, y han recibido un poder que Dios no concedió jamás a los ángeles ni a los arcángeles. A ninguno de éstos dijo: lo que atareis sobre la tierra será también atado en el cielo (Mt 18:18). Cierto que quienes ejercen autoridad en el mundo tienen también poder de atar, pero sólo los cuerpos. La ligadura del sacerdote toca al alma misma y penetra dentro de los cielos. Lo que los sacerdotes hacen aquí abajo, Dios lo ratifica allá arriba; la sentencia de los siervos es confirmada por el Señor. ¿Qué otra cosa es esto, sino haberles concedido todo el poder celeste? A quienes perdonareis — dice — los pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retuviereis, les serán retenidos (Jn 20:23). ¿Qué poder puede haber mayor que éste? Todo el juicio se lo ha dado el Padre al Hijo (Jn 5:22); pero yo veo que ese juicio ha sido a su vez enteramente puesto por el Hijo en manos de sus sacerdotes (...)

Sin la dignidad del sacerdocio no podríamos salvarnos ni alcanzar los bienes que nos han sido prometidos. Porque si nadie puede entrar en el reino de los cielos, si no es regenerado por el agua y el Espíritu (cfr. Jn 3:5), si se excluye de la vida eterna al que no come la carne y bebe la sangre del Señor (cfr. Jn 6:53-54), y todo esto sólo puede cumplirse por las manos santas del sacerdote, ¿cómo podría nadie escapar al fuego del infierno y alcanzar las coronas que nos están reservadas?

Los sacerdotes son quienes nos engendran espiritualmente, los que por el Bautismo nos dan a luz. Por ellos nos revestimos de Cristo (cfr. Rm 13:14; Gal 3:27), nos consepultamos con el Hijo de Dios (cfr. Rm 6:4) y nos hacemos miembros de aquella bienaventurada Cabeza. De suerte que los sacerdotes debieran merecernos más reverencia que los magistrados y reyes, y sería incluso justo tributarles mayor honor que a nuestros mismos padres. Porque éstos nos engendran por la sangre y la voluntad de la carne (cfr. Jn 1:13), mas aquellos son autores de nuestro nacimiento de Dios, de la regeneración bienaventurada, de la libertad verdadera y de la filiación divina por la gracia.

Los sacerdotes judíos tenían poder de librar de la lepra del cuerpo; digo mal: sólo tenían poder de examinar a los ya curados de ella, y bien sabemos cuán disputada era entonces la dignidad sacerdotal. Mas los sacerdotes cristianos han recibido potestad, no sobre la lepra del cuerpo, sino sobre la impureza del alma; no de examinar la lepra ya curada, sino de limpiar absolutamente de ella. Por eso, los que desprecian al sacerdote cometen un sacrilegio mayor que Datán y sus secuaces, y merecen más severo castigo (cfr. Num 16).

(...) Pero no sólo en orden a castigar, sino también para hacernos bien, ha dado Dios a los sacerdotes mayor poder que a los padres naturales. Va de los unos a los otros la diferencia que corre entra la vida presente y la venidera, pues los unos nos engendran para aquélla y los otros para ésta. Además, los padres no pueden librar a sus hijos de la muerte corporal, no son capaces ni de alejar de ellos una enfermedad que les acometa; los sacerdotes, en cambio, curan muchas veces a un alma enferma y salvan a la que está a punto de perderse; a unas les mitigan el castigo que merecen, a otras les impiden en absoluto caer. Y eso no sólo por sus enseñanzas y amonestaciones, sino también con la ayuda de sus oraciones. Y es así que los sacerdotes no sólo tienen poder de perdonar los pecados cuando nos regeneran por el Bautismo, sino también los que cometemos después de nuestra regeneración (...). Además, los padres naturales poco o nada pueden hacer en favor de sus hijos, cuando éstos ofenden a algún personaje o poderoso de la tierra los sacerdotes, en cambio, nos reconcilian muchas veces, no ya con magistrados o emperadores, sino con el mismo Dios irritado contra nosotros.

La educación de los hijos (Homilías sobre el Evangelio de San Mateo 59, 6-7).

En la guerra y en el campo de batalla, el soldado que sólo mira cómo salvarse por medio de la fuga, se pierde a sí mismo y a los otros. El valiente, en cambio, que lucha por salvar a los demás, se salva también a sí mismo. Pues nuestra religión es una guerra, y la más dura de todas las guerras, y pelea, y batalla. Formemos la línea de combate tal como nuestro Rey nos ha mandado, dispuestos siempre a derramar nuestra sangre, mirando por la salvación de todos, alentando a los que permanecen firmes y levantando a los que han caído.

Verdaderamente, muchos hermanos nuestros yacen por el suelo en esta batalla, acribillados de heridas y chorreando sangre; y nadie hay que se cuide de ellos: ni gente del pueblo, ni sacerdote, ni ningún otro; ni protector, ni amigo, ni hermano. Cada uno mira sólo por sí mismo. De ahí proviene, justamente, la mezquindad en que vivimos.

La mayor libertad y gloria nos viene de no preocuparnos sólo de nosotros mismos. Si somos débiles, si tan fácilmente nos derriban los hombres y el diablo, se debe precisamente a que nos buscamos a nosotros mismos, a que no nos protegemos unos a otros como con un escudo, a que no nos rodeamos — como de una cerca — de la caridad de Dios. Por el contrario, buscamos otros motivos de amistad: el parentesco, la comunicación, la mera vecindad... Cualquier cosa nos sirve para hacer amistad, menos la religión, cuando habría de ser esto lo que más nos uniera a unos con otros. Ahora, sin embargo, sucede todo lo contrario: antes somos amigos de judíos y de paganos, que de hijos de la Iglesia.

— Es verdad — me dices — . Pero es que mi hermano en la fe es un malvado, y el otro, judío o gentil, es bueno y modesto.

— ¿Qué dices? ¿Malvado llamas a tu hermano, cuando tienes mandado no llamarle ni siquiera "raca," es decir, necio? ¿No te avergüenzas, no te ruborizas de infamar públicamente a tu hermano, al que es miembro tuyo, que salió del mismo seno y participa de la misma mesa? (...).

— Es que realmente es un malvado, y no hay quien lo aguante.

— Pues hazte amigo suyo para que deje de ser como es, para convertirle, para llevarle a la virtud.

— Es que no me hace caso — me respondes — ni aguanta un consejo.

— ¿Cómo lo sabes? ¿Le has exhortado o intentado corregirle?

— Le he exhortado muchas veces, me contestas.

— ¿Cuántas?

— Muchas; una y otra vez.

— ¿Y eso es muchas veces? Aunque lo hubieras hecho durante toda la vida, no tendrías que cansarte ni desesperar. ¿No ves cómo Dios nos exhorta durante toda la vida por medio de los profetas, de los apóstoles y de los evangelistas? Y nosotros, ¿acaso cumplimos todo lo que nos dice y le hacemos caso en todo? ¡Ni mucho menos! ¿Y ha dejado Él de exhortarnos por eso'? ¿Ha guardado silencio? (...).

Pero ¿a qué acusarnos de descuido por los extraños, si ni siquiera hacemos caso de nuestra misma familia, de la mujer, de los hijos, de los sirvientes? Como si estuviéramos borrachos, nos ocupamos en unas cosas por otras: que los criados sean cuantos más mejor, y nos sirvan con el mayor cuidado; que los hijos puedan recibir un día una pingüe herencia; que la mujer tenga oro, vestidos lujosos y perlas... No nos preocupamos de nosotros mismos, sino de nuestras cosas, como tampoco nos preocupamos de la mujer ni de los hijos, sino de las cosas de la mujer y de los hijos. Nos comportamos como aquél que, teniendo la casa en ruinas, con las paredes que se tambalean, no se preocupa de levantarlas o reforzarlas, sino que construye una gran cerca alrededor de la casa (...).

Si un oso, burlando la vigilancia, se escapa de la jaula, al punto cerramos las puertas y corremos por las calles por miedo de caer en las garras de la fiera; y aquí no es una fiera, sino muchos pensamientos los que, como fieras, desgarran nuestra alma, y ni nos damos cuenta. En las ciudades se cuida mucho que las fieras estén en lugares apartados, bien cerradas en sus jaulas, y no se las deja cerca del concejo de la ciudad, ni de los tribunales, ni del palacio imperial. Se las tiene bien atadas, lejos de estos lugares (...).

Sin embargo, hay entre nosotros hombres peores que las animales más salvajes. Tal es la mayor parte de nuestra gente joven. Dejándose llevar por una concupiscencia salvaje, como ellos saltan, cocean y corren sin freno, sin tener la más leve idea de sus deberes. Y los culpables son sus padres. Cuando se trata de sus caballos, mandan a los caballerizos que los cuiden bien, y no consienten que crezcan sin domarlos, y desde el principio les ponen freno y demás arreos. Pero cuando se trata de sus hijos jóvenes, les dejan sueltos por todas partes durante mucho tiempo, y así pierden la castidad, se manchan con deshonestidades y juegos, y malgastan el tiempo con la asistencia a inicuos espectáculos. Su deber sería, antes de que se dieran a la impureza, buscarles una esposa casta y prudente (...).

— Es mejor esperar — me dices — a que adquiera nombre y brille en las actividades públicas.

— Sí; pero de su alma no hacéis caso alguno, sino que consentís que se arrastre por el suelo. Y así, porque el alma se tiene por cosa accesoria, porque se descuida lo importante y se pone el afán en lo secundario, todo está lleno de confusión y desorden.

¿No sabes que el mejor favor que puedes hacer a tu hijo es guardarle limpio de la impureza de la fornicación? Nada hay tan precioso como el alma. ¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? (Mt 16:26), dice el Señor. Pero todo lo ha trastornado el amor al dinero, que ha desterrado el verdadero temor de Dios y se ha apoderado de las almas de los hombres como un tirano de una ciudadela. Esta es la razón por la que descuidamos la salvación de nuestros hijos y la nuestra propia, sin otra mira que enriquecernos lo más posible y dejar a otros la riqueza, para que éstos se la dejen a otros, y éstos a otros. Parece como si fuéramos meros transmisores, y no dueños de nuestros bienes. Y ahí se origina la inmensa insensatez de que los hombres libres estén más vilipendiados que los esclavos. Porque a los siervos les reprendemos sus faltas: si no por interés de ellos, al menos por el interés nuestro; pero los hombres libres no gozan de estos cuidados, sino que se les tiene en menos que a los mismos esclavos.

Incluso las bestias reciben más cuidados que los hijos. Más velamos por nuestros asnos y nuestros caballos, que por nuestros hijos. El que posee una mula, se preocupa de encontrar un buen arriero, que no sea tonto, ni ladrón, ni borracho, sino un hombre que conozca bien su oficio. En cambio, cuando se trata de buscar un maestro para el alma del niño, contratamos al primero que se nos presenta. Y, sin embargo, no hay arte superior a éste. ¿Qué hay comparable con el arte de formar un alma, de plasmar la inteligencia y el espíritu de un joven'? El que profesa esta ciencia ha de proceder con más cuidado que un pintor o un escultor al realizar su obra.

Catequesis.

Introducción.

1. Las Catequesis bautismales de Juan Crisóstomo Las Catequesis bautismales, dentro de la amplia producción de san Juan Crisóstomo, ocupan un puesto importante no solamente por el gran número de las que han llegado hasta nosotros (doce, en conjunto), sino, sobre todo, porque ellas vienen a representar una fuente preciosa para la historia de la concepción y de la liturgia bautismal en Antioquía, una de las sedes más ilustres de la Iglesia oriental, al final del siglo IV. Juan Crisóstomo, ordenado de sacerdote el 16 de febrero del año 386, al comienzo de la Cuaresma, empezó enseguida su actividad de predicador, cuyos primeros testimonios son las Ocho homilías sobre el Génesis, desarrolladas durante el mismo año. Pertenecen a la Cuaresma del año 387 las veintiún Homilías sobre las estatuas, con las cuales Juan Crisóstomo, junto con la participación del obispo Flaviano, logró interrumpir y evitar represiones sangrientas ulteriores, por parte del poder imperial, como consecuencia de la sedición popular que llegó a mutilar las estatuas de Teodosio y de su familia.

2. Teoría y praxis bautismal en Juan Crisóstomo San Juan Crisóstomo, desde el comienzo de su actividad pastoral, reveló una clara y penetrante concepción del bautismo debida, ya sea a su experiencia personal, que con frecuencia subraya en las Catequesis 15, ya sea también a la tradición presente en la Iglesia de Antioquía. Su estilo sencillo y vivo, que, aun en la inmediata y constante relación con el auditorio, conserva siempre la impronta de la pura elocuencia ática, nos permite comprender sin dificultad su pensamiento. El primer aspecto fundamental que san Juan Crisóstomo capta en el bautismo es el sentido del misterio que lo rodea y que la misma expresión "sacramento," si se entiende en su acepción original, siempre refleja. La terminología que indica la distinción entre fieles y catecúmenos, en la comunidad cristiana de la época, es reveladora al respecto: únicamente los fieles (pistoi) son los "iniciados" (memuemenoi), mientras los catecúmenos (katéchoumenoi) son los "no iniciados" (amuetoi). Y la separación entre los dos grupos que se realizaba al comienzo de la liturgia eucarística, en la cual sólo los fieles podían participar mientras que los catecúmenos eran invitados a salir, se justifica por aquella "disciplina del arcano," profundamente enraizada en la Iglesia de Antioquía y que san Juan Crisóstomo refleja con frecuencia con la utilización de términos como "terrible," "tremendo," "inefable" 18, de los cuales desgraciadamente en los momentos actuales, se ha perdido su significado genuino. El sentido del misterio, viene sugerido a san Juan Crisóstomo por la viva fe que tenía en la nueva realidad a la cual el catecúmeno es llamado a participar: la adhesión plena y definitiva a Cristo; y para expresarla se sirve con mucha frecuencia de la imagen humana y sugestiva del matrimonio 19.

La conocida cita de Efesios (5:31-32), que constituye la base de la interpretación patrística del matrimonio, es reiterada y reelaborada originalmente por san Juan Crisóstomo con un realismo muy suyo, que es otra de las características típicas de su pensamiento. Y este realismo es lo que le impide caer en lo genérico y abstracto, incluso en los momentos de más alta tensión y precisamente cuando uno se sentiría inducido a pensar que la teoría sobrepasa y anula la praxis en su apasionada elocuencia. Pero a pesar de la exaltación del bautismo y de sus dones 20, y a pesar de sus cálidas y repetidas exhortaciones, él sabe muy bien que numerosos catecúmenos están esperando para solicitar el bautismo hasta el momento de la muerte 21 y otro hecho, aún más descorazonador, es ¡que muchos cristianos apenas bautizados e introducidos en las reuniones litúrgicas, no dejan de asistir a las carreras de caballos y a los espectáculos del teatro! 22, Él, sin embargo, no deja de exigir continuamente de los catecúmenos una seria preparación moral y doctrinal para merecer la recepción del bautismo y llegar a ser como "nuevos iluminados" (neophotistoi) 23 que pueden comprender con fe la luz resplandeciente de las nuevas verdades cristianas. En esta visión se encuadran las diversas etapas que van marcando progresivamente la preparación de los catecúmenos: la elección de los fieles que les acogen como a hijos y que vienen a ser como "padres espirituales" para ellos (los futuros "padrinos"), garantes de la seriedad de su compromiso 24; los exorcistas a quienes son confiados, cubiertos únicamente con la túnica de penitentes, con los pies desnudos y las manos levantadas al cielo como los suplicantes o los prisioneros 25.

La hora nona del Viernes Santo, que recuerda el trágico momento de la muerte de Cristo en la Cruz 26 es el momento culminante de la liturgia bautismal. San Juan Crisóstomo que, con frecuencia y durante largo tiempo, ha insistido sobre la plena libertad del hombre en contraste con la inmutabilidad de la naturaleza 27, reclama toda la atención de los catecúmenos sobre la importancia de la elección que ellos debían realizar 28. La fórmula litúrgica de la renuncia al demonio: "Renuncio a ti, Satanás, a tus seducciones, a tu servicio y a tus obras" 29, es un compromiso solemne que san Juan Crisóstomo asimila a la elección total y definitiva que se realiza en el matrimonio. La liturgia bautismal, testimoniada por san Juan Crisóstomo, después de la renuncia a Satanás, hacía seguir la unción con el signo de la cruz sobre la frente del catecúmeno; después durante la celebración nocturna, seguían la unción de todo el cuerpo, la profesión de fe y la bajada a la piscina sagrada, para recibir el bautismo de las manos del obispo o del sacerdote, que extendía la mano sobre la cabeza del bautizado y la sumergía tres veces en el agua, pronunciando la fórmula sacramental: "Fulano es bautizado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" 30. San Juan Crisóstomo, después del bautismo, hace mención únicamente del beso de la paz 31, al cual seguía la participación de los nuevos bautizados en la liturgia eucarística 32. En Antioquía se prolongaban durante siete días los festejos en honor de los nuevos bautizados, período de tiempo análogo a las fiestas en honor de los nuevos esposos 33, y cada día debían asistir a la reunión litúrgica destinada a ellos, como lo testimonian las cinco últimas Catequesis prebautismales editadas por Wenger. Así se nos presenta la concepción que san Juan Crisóstomo tiene del bautismo y, después de tantos siglos, su voz parece conservar todavía inalterada toda su frescura, inspirando un sentido profundo de serenidad y de confianza, de la cual también el hombre de hoy tiene necesidad para renovar con plena libertad, como los catecúmenos de otro tiempo, su adhesión a Cristo.

15. Cf., por ejemplo la IV Cat., c. 5; la VI, c. 19; la IX, c. 26.

18. Cf. por ejemplo, VI Cat., c. 27; X, cc. 1 y 15.

19. Cf. por ejemplo, IV Cat., cc. 1 y 2; V, cc. 1-18.

20. Cf. VII Cat., c. 5ss.

21. Cf. II Cat., c. 1.

22. Cf. X Cat. c. 1ss.

23. WENGER señala también a este propósito cómo no es exacto

traducir este término por el de "neófitos," aunque tenga un sentido

análogo.

24. Cf. VI Cat., cc. 15-16.

25. Cf. II Cat., c. 2; III, cc. 6-7.

26. Cf. IV Cat., c. 4.

27. Cf. por ejemplo V Cat., c. 10; IX, c. 24.

28. Cf. VI Cat., c. 20; para la historia de esta fórmula cf. WENGER,

Introd. cit., pp. 79-90.

29. Cf. en especial la IV Cat., cc. 1-18.

30. Cf. IV Cat., c. 3; VI, c. 26.

31. Cf. IV Cat., c. 10.

32. Cf. VI Cat., c. 27.

33. Cf. X Cat.. c. 24.

Primera Catequesis.

"A los que van a ser iluminados, acerca de las mujeres que se adornan con trenzas y oro, y sobre aquellos que se sirven de agüeros, de amuletos o de hechizos, todo lo cual es completamente ajeno al Cristianismo."

Finalidad de la catequesis

1. Me he presentado antes, con el propósito de reclamaros los frutos de lo que dije hace muy poco tiempo a vuestra caridad. Efectivamente, no hablamos únicamente para que nos oigáis, sino también para que recordéis lo dicho y nos déis prueba de ello con las obras; mejor dicho, no a nosotros, sino a Dios, que conoce lo más secreto de la mente. Y para eso se llama también Catequesis: para que, al ausentarnos nosotros, la palabra siga resonando en vuestras mentes. Y no os asombréis de que, habiendo transcurrido solamente diez días, vengamos ya a reclamaros los frutos de las semillas, porque, en verdad, incluso en un día es posible a la vez sembrar y cosechar. Efectivamente, no se nos llama a luchar equipados solamente con nuestra propia fuerza, sino también con el firme apoyo que viene de Dios. Por consiguiente, cuantos acogieron las cosas que dijimos y las han puesto en práctica con las obras, que sigan proyectados hacia lo que tienen delante 2; en cambio, los que todavía no han puesto mano en este excelente ejercicio, que lo emprendan desde este momento, para que, mediante el esmero por estas cosas, puedan alejar de sí con la subsiguiente diligencia, la condena originada por su negligencia. Es posible, en efecto, es posible que incluso el que vive en el mayor descuido, si en adelante se vale de la diligencia, pueda compensar el daño del tiempo anterior. Por eso dice la escritura: Si hoy oyéreis su voz, no endurezcáis vuestro corazón como en la exacerbación 3. Y dice esto exhortándonos y aconsejándonos que nunca desesperemos, al contrario, que mientras estemos acá, tengamos buenas esperanzas de alcanzar lo que está delante, y de perseguir el premio al que Dios llama desde arriba 4.

El nombre de fieles

Hagamos, pues, esto, y examinemos cuidadosamente los nombres de este gran don, porque, de igual modo que la grandeza de una dignidad, si es ignorada, hace bastante negligentes a los que han sido honrados con ella, así también, cuando es conocida, los vuelve agradecidos y los hace más diligentes. Y por otra parte, sería vergonzoso y ridículo que quienes disfrutan de gloria y honor tan grandes de parte de Dios, ni siquiera sepan qué quieren significar sus nombres. ¡Y qué digo de este don! Con que pienses en el nombre común de nuestra raza, recibirás una enseñanza y una exhortación a la virtud grandiosas. Este nombre de hombre, en realidad nosotros no lo definimos según lo definen los de fuera, sino como ordenó la divina Escritura. Efectivamente, hombre no es quien simplemente tiene manos y pies de hombre, ni sólo quien es racional, sino quien se ejercita con confianza en la piedad y la virtud. Escucha, pues, siquiera lo que dice sobre Job. Efectivamente, al decir: Había un hombre en la región de Ausitide 5, no lo describe en los términos en que lo hacen los de fuera, ni dice sin más que tiene dos pies y uñas anchas y planas, sino que, conjuntando las señales de aquella piedad, decía: Justo, veraz, piadoso y apartado de toda maldad 6, con lo cual daba a entender que éste era un hombre. Lo mismo, pues, que dice otro también: Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto es el todo del hombre 7. Ahora bien, si el nombre de hombre ofrece una tan gran exhortación a la virtud, ¿con cuánta mayor razón no la ofrecerá el de fiel? Pues te llamas fiel por lo siguiente: porque tienes fe en Dios, y por él tienes confiada la justicia, la santificación, la limpieza del alma, la adopción filial, el reino de los cielos. Todo te lo confió y encomendó a ti. Sin embargo, por tu parte, también le confiaste y encomendaste a él otras cosas: la limosna, las oraciones, la castidad y todas las virtudes. ¡Y qué digo la limosna! Aunque no le des más que un vaso de agua fresca, ni siquiera eso perderás 8, antes bien, incluso esto lo guarda con cuidado para el día aquel, y te lo devolverá muy colmadamente. En efecto, esto es realmente lo admirable, que no solamente guarda cuanto se le ha confiado, sino que lo acrecienta con las recompensas. También a ti te mandó que, según tus fuerzas y respecto de lo que se te confió, hicieras esto: aumentar la santificación que recibiste, abrillantar más y más la justicia que procede del baño bautismal y hacer más fúlgida la gracia, como hizo Pablo, quien con sus trabajos, su celo y su diligencia, aumentó luego todos los bienes que había recibido. Y mira la atención solícita de Dios: en aquel momento, ni te dio todo ni te privó de todo, sino que te dio unas cosas y te prometió otras. ¿Y por qué motivo no te dio entonces todo? Para que tú demuestres tu confianza en Él, creyendo en lo que todavía no te da, basado únicamente en su promesa. Y una vez más, ¿por qué motivo allí no se reservó todo, sino que dio la gracia del Espíritu, la justicia y la santificación? Para aliviar tus trabajos y para hacerte concebir buenas esperanzas sobre lo futuro, basado en lo ya otorgado.

El nombre del nuevo iluminado

Y estás a punto de ser llamado nuevo iluminado por la razón siguiente: porque, si tú quieres, tienes siempre una luz nueva, y nunca se apaga. Efectivamente, a esta luz de acá, lo queramos o no lo queramos nosotros, le sucede la noche; en cambio la tiniebla no conoce aquel rayo de luz, pues la luz brilla en las tinieblas, mas las tinieblas no la comprendieron 9. Así pues, el mundo no es tan resplandeciente después de alzarse el rayo solar, como brilla y refulge el alma después de recibir la gracia del Espíritu. Y aprende con mayor exactitud la naturaleza de las cosas: mientras es de noche, efectivamente, y todo está oscuro, muchas veces uno, al ver una cuerda, la toma por una serpiente, o al acercársele un amigo, huye de él creyéndolo un enemigo, o al percibir cualquier ruido, se asusta; en cambio, mientras es de día, no podría ocurrir nada semejante, al contrario, todo aparece como es. Esto mismo sucede también con nuestra alma. Efectivamente, en cuanto la gracia llega y expulsa la oscuridad de la mente, aprendemos la exacta realidad de las cosas, y los antiguos temores se nos hacen fácilmente despreciables: ya no tememos a la muerte después de haber aprendido, a lo largo de esta sagrada iniciación a los misterios, que la muerte no es muerte, sino sueño y dormición pasajeros; ni tememos ya la pobreza, la enfermedad o cualquier otra cosa de éstas, porque sabemos que estamos caminando hacia una vida mejor, intacta, incorruptible y libre de cualquier imperfección parecida.

2. Por consiguiente, no nos quedemos embobados ante las cosas mortales, ni por los placeres de la mesa ni por el lujo de los vestidos: en realidad tienes un vestido incomparable, tienes una mesa espiritual, tienes la gloria de arriba, y Cristo se hace todo para ti: mesa, vestido, casa, cabeza y raíz. Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis vestidos 11 ¡mira cómo se hizo vestido para ti! ¿Quieres saber cómo se hizo también mesa para ti? Quien me come — dice —, igual que yo vivo para el Padre, también él vivirá por mí 12. Y que también para ti se hace casa: El que come mi carne, en mi permanece y yo en él 13. Y que se hace raíz, lo dice también: Yo soy la vid, vosotros los sarmientos 14. Y que se hace hermano, amigo y esposo: Ya no os llamo más siervos, porque vosotros sois mis amigos 15. Y Pablo, por su parte: Os he desposado a un solo mando, para presentaros a Cristo como virgen intacta 16; y además: Para que él sea el primogénito entre muchos hermanos ]7. Y no solamente nos hemos convertido en hermanos suyos, sino también en hijos, pues dice: Mira, yo y los hijos que Dios me dio 18; y no sólo esto, sino también sus miembros y su cuerpo 19. Efectivamente, como si no bastara lo dicho para demostrar el amor y la benevolencia de que ha hecho gala para con nosotros, añadió todavía algo mucho mejor y más íntimo que lo anterior, al llamarse a sí mismo cabeza nuestra 20.

Necesidad de una conducta ejemplar

Puesto que ya sabes todo esto, querido, corresponde a tu bienhechor con una conducta inmejorable, y después de reflexionar sobre la grandeza del sacrificio, embellece los miembros de tu cuerpo. Piensa en lo que recibes en tu mano, y jamás la levantes para golpear a alguien, y no mancilles con semejante pecado 21 la mano enaltecida con un don tan grande. Piensa en lo que recibes en tu mano, y consérvala limpia de toda avaricia y rapiña. Piensa que no solamente lo recibes en tu mano, sino que también te lo llevas a la boca: guarda, pues, tu lengua limpia de palabras torpes e insolentes, de blasfemia, de perjurio y de todo lo demás de análoga ralea. Realmente es pernicioso que la lengua, que está al servicio de tan tremendos misterios, enrojecida con tal sangre y convertida en espada de oro, sea transferida al servicio del ultraje, de la insolencia y de la chocarrería. Ten en gran respeto el honor con que Dios la honró, y no la rebajes a la vileza del pecado, antes bien, reflexiona una vez más que, después de la mano y de la lengua, es el corazón quien recibe ese tremendo misterio, y nunca más urdas engaños contra tu prójimo, sino guarda tu mente limpia de toda maldad, y así podrás también asegurar tus ojos y tu oído. Pues, ¿cómo no va a ser absurdo, después de aquella misteriosa voz que venía del cielo — quiero decir la de los querubines — ensuciar el oído con cantos de burdel y cascadas melodías? Y, ¿cómo no va a ser digno del último castigo mirar a las rameras con los mismos ojos con que miras los inefables y tremendos misterios, y cometes adulterio de pensamiento? A una boda fuiste convidado, querido, no vayas a entrar vestido con ropa mugrienta, al contrario, ponte un traje adecuado para la boda. Porque, si los hombres convidados a las bodas terrenales, aunque sean los más pobres del mundo, muchas veces alquilan o se compran un vestido limpio, y así se presentan a los que les invitaron, tú, convidado a una boda espiritual y a un banquete regio, piensa qué vestido tan extraordinario sería justo que compraras. Pero hay más: ni siquiera es preciso comprarlo, sino que el mismo que te invita te lo da gratis, para que ni la pobreza puedas presentar como pretexto. Por consiguiente, conserva el mismo vestido que recibiste, porque, si lo pierdes, en adelante no podrás ya ni alquilarlo ni comprarlo, pues tal vestido no se vende en parte alguna. ¿Oíste cómo sollozaban los que habían sido iniciados anteriormente en los misterios y cómo se golpeaban el pecho, porque entonces la conciencia los estimulaba? Mira, pues, querido, no tengas tú que padecer eso mismo. Pero, ¿cómo no vas a padecerlo, si no echas fuera la pésima costumbre del mal?

La corrección de las faltas

Por esta razón os dije recientemente, y os digo ahora y no cesaré de repetirlo: si alguno no ha rectificado los fallos de las costumbres y no ha conseguido facilidad en la virtud, que no se bautice. Efectivamente, los pecados anteriores puede perdonarlos el baño bautismal, pero existe un temor no pequeño y un peligro no casual de que alguna vez volvamos a las andadas y el remedio se nos mude en llaga, porque, cuanto mayor fue la gracia, tanto mayor será el castigo para los que pecan después de aquello.

3. Por consiguiente, para no volver al prístino vómito 22, tratemos de instruirnos a nosotros mismos ya desde ahora. Pues bien, respecto de que es necesario que primero nos convirtamos y nos apartemos de los males anteriores y así nos acerquemos a la gracia, escucha lo que dicen, de una parte, Juan, y de otra, el primero de los apóstoles, a los que van a bautizarse. Aquél, efectivamente, dice: Dad fruto digno de la conversión, y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos por padre a Abrahán 23: Este otro, por su parte, repetía a los que le preguntaban: Convertíos, y cada uno de vosotros se bautice en el nombre del Señor Jesucristo 24. Ahora bien, el que se convierte ni siquiera toca ya las mismas cosas de las que se ha convertido, y por esta razón se nos manda decir: "Renuncio a ti, Satanás," para que no tornemos a él ya más. Lo mismo, pues, que ocurre con los pintores, que suceda también ahora. Éstos, efectivamente, después de ponerse ante la tabla, de trazar blancas líneas y de esbozar las regias imágenes, antes de aplicar los colores definitivos, con toda libertad borran unas cosas y sustituyen otras, y así enmiendan los errores y cambian lo que estaba mal. Pero después que han dado el color, ya no son dueños de volver a borrar y repintar, porque esto dañaría la belleza de la imagen y seria motivo de reproche.

Haz también tú lo mismo: piensa que el alma es para ti una imagen. Por lo tanto, antes de darle el verdadero color del Espíritu, borra las malas costumbres que han prendido en ti: si tienes la costumbre de jurar, de mentir, de injuriar, de hablar obscenidades, de hacer ridiculeces o de cualquier otra obra parecida, de las que no son lícitas, arráncate esa costumbre, para que no vuelvas otra vez a ella después del bautismo. El baño del bautismo elimina los pecados: tú enmienda la costumbre, para que, una vez dados los colores y con la regia imagen ya en todo su esplendor, no tengas que borrar ya más, ni producir heridas o cicatrices en la belleza que Dios te ha dado. Reprime, pues, tu ira, apaga tu furor, y si alguien te perjudica, si te ultraja, llóralo a él; tú no te sulfures, conduélete, no te encolerices ni digas: "¡En el alma me ha perjudicado!" No hay nadie que sea perjudicado en el alma, a no ser que nosotros mismos nos perjudiquemos en el alma, y voy a decirte de qué forma. ¿Alguien te robó la hacienda? No te perjudicó en el alma, sino en los bienes; pero, si tú guardas rencor, te perjudicas a ti mismo en el alma, porque en realidad los bienes robados en nada te dañaron, más bien te favorecieron; en cambio tú, si no depones tu ira, darás cuentas allá de este rencor. ¿Alguien te insultó y te ultrajó? Tampoco te perjudicó en el alma, ni siquiera en el cuerpo. ¿Tú devolviste insultos y ultrajes? Tú te perjudicaste a ti mismo en el alma, y allá tendrás que dar cuentas de las palabras que dijiste. Y sobre todo quiero que vosotros sepáis esto: al cristiano y fiel nadie puede perjudicarle en el alma, ni el mismo diablo. Pero lo admirable no es únicamente esto: que Dios nos hizo inexpugnables frente a todas las insidias, sino también que nos hizo aptos para la práctica de la virtud, sin que nada lo impida, con tal de quererlo nosotros, aunque seamos pobres, débiles de cuerpo, marginados, sin nombre o esclavos. Efectivamente, ni pobreza, ni enfermedad, ni manquedad corporal, ni esclavitud, ni cualquier otra cosa parecida podría nunca ser impedimento para la virtud. ¡Y qué digo pobre, esclavo y sin nombre! ¡Aunque estés prisionero! Tampoco esto te será impedimento para la virtud. ¿Y cómo? Voy a decírtelo yo. ¿Uno de tus domésticos te contristó y te irritó? ¡Ahórrale tu ira! ¿Acaso para hacer esto tuviste como impedimento tus cadenas, tu pobreza o tu baja condición? ¡Y qué digo impedimento! ¡Incluso te ayudan y cooperan contigo para abajar tus humos! ¿ Que ves a otro en pleno éxito ? No lo envidies, porque ni siquiera aquí es impedimento la pobreza. Por otra parte, cuando hayas de orar, hazlo con la mente sobria y despierta, que nada podrá tampoco impedirlo. Muestra en todo mansedumbre, equidad, moderación, dignidad, porque esto no necesita de ayudas externas. Y esto sobre todo es lo más grande de la virtud: que no tiene necesidad de la riqueza, ni del poder, ni de la gloria, ni de cualquier otra cosa parecida, sino únicamente del alma santificada, y no busca más. Pero mira cómo esto mismo sucede también con la gracia. Efectivamente, aunque uno esté cojo, aunque tenga vacías las cuencas de los ojos y mutilado el cuerpo, y aunque haya caído en extrema enfermedad, nada de esto impide a la gracia venir: ésta busca únicamente al alma que la acoge con diligencia, y deja de lado todas esas cosas externas. Es cierto que, en los soldados de fuera, quienes los alistan para el ejército buscan talla corporal y músculo vigoroso, pero quien ha de servir como soldado no debe tener solamente eso, sino que además ha de ser libre, porque, si uno es esclavo, lo rechazan. En cambio el rey de los cielos no busca nada parecido, antes bien, admite en su ejército incluso esclavos, viejos e inválidos, y no se avergüenza de ello. ¿Qué puede haber de más bondadoso y de mayor provecho que esto? Porque éste busca únicamente lo que está en nuestra mano, en cambio aquellos buscan lo que no está en nuestra mano. Efectivamente, el ser esclavo o libre no está en nuestro poder; y tampoco está en nuestra mano el ser alto, bajo o viejo, el estar bien proporcionado y cuanto se quiera de parecida índole. En cambio, el ser clemente y benigno y tener las demás virtudes es cosa de nuestra voluntad. Y Dios nos exige únicamente aquello de que nosotros somos dueños. Y con muchísima razón, pues no nos llama a su gracia para su propio provecho, sino por hacernos bien a nosotros, mientras que los reyes llaman para servicio suyo. Estos, además, arrastran a una guerra material, en cambio Él a un combate espiritual. Puede ser que alguno vea la misma relación de semejanza no solo en las guerras externas, sino también en las competiciones. Efectivamente, los que van a ser arrastrados a dar el espectáculo no bajan a la liza antes de que el heraldo los haya cogido y hecho circular a la vista de todos mientras va diciendo a voz en grito: "¿Acaso alguien acusa a éste?" Y sin embargo, allí no se trata de luchas del alma, sino de los cuerpos: ¿por qué, pues, exiges dar cuentas de la nobleza? Pero aquí no hay nada parecido, sino todo lo contrario. Como quiera que nuestra lucha no consiste en trabarse las manos, sino en la sabiduría 26 del alma y en la virtud de la mente, nuestro juez de competición hace lo contrario de aquél: no lo coge y lo conduce alrededor mientras va gritando: "¿Acaso alguien acusa a éste? sino que grita: "¡Aunque los hombres todos, y aunque los demonios apiñados con el diablo le acusen de las mayores y más ocultas atrocidades, yo no lo rechazo, ni abomino de él, sino que, después de arrancarlo a los acusadores y de librarlo del mal, lo conduzco a la competición!" Y no sin razón, pues allí el árbitro no ayuda a ninguno de los luchadores a lograr la victoria, sino que se mantiene en el medio; en cambio, aquí, en los combates de la piedad, el juez de competición se convierte en camarada y coadyuvador de los atletas, y junto con ellos entabla la batalla contra el diablo.

4. Pero lo admirable no es únicamente el hecho de que nos perdona los pecados, sino también que no los descubre, ni los pone en evidencia, ni a los que llegan los obliga a pregonar en medio las faltas propias, sino que manda defenderse ante Él sólo y confesarse a Él. Ciertamente, si uno de los jueces de este mundo 27 dijese a un bandolero o a un ladrón de tumbas, apresados, que con sólo declarar sus fechorías quedarían libres del castigo, acogerían la propuesta con toda diligencia y por el deseo de salvarse despreciarían todo sentimiento de vergüenza. Aquí, sin embargo, no hay nada de esto, al contrario, Dios perdona los pecados y no obliga a exponerlos en presencia de algunos, sino que busca solamente una cosa: que quien disfruta del perdón aprenda la grandeza del don. ¿Cómo, pues, no va a ser absurdo que en las cosas en que nos hace el bien Él se contente únicamente con nuestro testimonio, y nosotros en cambio, cuando se trata de rendirle culto a Él, busquemos otros testigos y lo hagamos por ostentación? Por consiguiente, admiremos su benevolencia y mostremos abiertamente lo nuestro, y lo primero de todo refrenemos el ímpetu de nuestra lengua para no estar hablando constantemente, ya que en las muchas palabras no falta el pecado 28.

Si tienes, pues, algo útil que decir, abre tus labios; pero si en nada es necesario, cállate, porque es lo mejor. ¿Eres artesano? Canta salmos mientras estás sentado. ¿Que no quieres salmodiar con la boca? Hazlo con la mente: el salmo es un gran compañero de conversación. Y con ello no tomarás sobre ti nada pesado, antes bien, podrás estar sentado en tu taller como en un monasterio, pues no es la comodidad de los lugares, sino la probidad de las costumbres, la que proporcionará la tranquilidad. Lo cierto al menos es que Pablo ejerció su oficio en el taller y no sufrió daño alguno en su propia virtud 29. Por consiguiente no digas: "¿Cómo podré yo ejercer la sabiduría 30, pues soy artesano y pobre?" ¡Por esta razón sobre todo podrás ejercerla! Para nosotros, en orden a la piedad, es más conveniente la pobreza que la riqueza y el trabajo que la ociosidad, del mismo modo que la riqueza se torna impedimento para los que no andan con cuidado. Efectivamente, cuando sea preciso abandonar la ira, apagar la envidia, refrenar la cólera; cuando sea menester demostrar la oración, la honradez, la mansedumbre, la benevolencia y el amor, ¿en qué punto podría ser obstáculo la pobreza? Y es que, realmente, no es posible realizar todo eso repartiendo dinero, sino demostrando una voluntad recta. La limosna es la que más necesita de bienes, pero también ella resplandece todavía más con la pobreza, pues la que echó los dos óbolos 31 era la más pobre de todos, pero a todos sobrepasó.

Por consiguiente, no consideremos la riqueza como algo grande, ni pensemos que el oro es mejor que el barro, porque el valor de la materia no depende de la naturaleza, sino de nuestra opinión. Efectivamente, para quien lo examine con rigor, el hierro es mucho más necesario que el oro, pues éste no aporta ventaja alguna para la vida, y en cambio aquél, por servir para incontables oficios, nos ha proporcionado la mayor parte de lo necesario. ¿Y por qué comparar solamente el oro y el hierro? Estas mismas piedras son mucho más necesarias que las piedras preciosas pues de éstas nada útil podría salir, en cambio con aquellas se han levantado casas, murallas y ciudades. Y tú muéstrame cual podría ser la ganancia proveniente de estas perlas, o más bien, qué daño no podría derivarse, porque incluso para que tú luzcas un solo aljófar, innumerables pobres sufren la angustia del hambre: por tanto, ¿qué disculpa obtendrás? ¿qué perdón?

El verdadero adorno de la mujer

¿Quieres adornar tu rostro? Que no sea con perlas, sino con modestia y decoro, y así el marido verá un semblante más placentero. Efectivamente, aquel adorno suele hacer caer en sospechas de celos, en enemigas, en contiendas y en rivalidades; ahora bien, nada más desagradable que un rostro sospechoso. En cambio, el adorno de la limosna y de la modestia destierra toda mala sospecha y se atraerá al cónyuge con mayor vehemencia que cualquier otro vínculo. En realidad la naturaleza de la belleza no hace tan hermoso al semblante como la disposición anímica del que lo contempla, y a su vez, nada suele crear esta disposición como la modestia y el decoro. Tanto es así que, si una mujer es hermosa, pero su marido le tiene inquina, a él le parecerá la más fea de todas; en cambio otra, si ocurre que no es de buen ver, pero gusta a su marido, a él le parecerá la más hermosa de todas, y es que los juicios se basan, no en la naturaleza de las cosas vistas, sino en la disposición anímica de los que miran. Embellece, pues tu semblante con la modestia, el decoro, la limosna, la benignidad, el amor, la amistad para con el marido, la equidad, la mansedumbre, la resiguación: éstos son los colores de la virtud; gracias a ellos, te atraerás como íntimos a los ángeles, no a los hombres; gracias a ellos tienes a Dios mismo como panegirista, y cuando Dios se dé por satisfecho, también al marido te lo aplacará por completo. Efectivamente, si la sabiduría de un hombre ilumina su rostro, mucho más la virtud de una mujer ilumina su semblante 32.

Pero si tú piensas que este adorno es algo grande, dime: ¿Qué provecho sacarás de estas perlas aquel día? ¿Y qué necesidad tenemos de hablar de aquel día, si todo eso lo podemos demostrar por el presente? Es el caso, pues, que cuando los supuestamente culpables de insolencia contra el emperador eran arrastrados hasta el tribunal y corrían peligro de la máxima pena, entonces sus madres y sus mujeres se desprendían de los collares, del oro, de las perlas, de todo adorno y de las doradas vestimentas; se ponían un vestido sencillo y vulgar, se encenizaban y se echaban a rodar por el suelo ante las puertas del tribunal, y así intentaban ablandar a los jueces. Pues bien, si en los tribunales de acá el oro, las perlas y el vestido suntuoso pueden convertirse en asechanza y traición, y en cambio la equidad, la mansedumbre, la ceniza, las lágrimas y los vestidos vulgares se ganan mejor al juez, con mucha mayor razón ocurrirá esto mismo en aquel incorruptible y tremendo juicio. Porque, dime, ¿qué razón vas a exponer, qué disculpa, cuando el Señor te acuse por estas perlas y saque a la vista 33 a los pobres acabados por el hambre? Por esto decía Pablo: Sin trenzas en el pelo, sin oro, sin perlas ni trajes suntuosos 34.

De aquí, en efecto, podría seguirse la asechanza: podríamos disfrutar continuamente de ello, pero, con la muerte nos llegará la separación total. En cambio, de la virtud se sigue toda seguridad y ninguna mudanza ni defección, al contrario, aquí nos hace aún más seguros, y allá nos acompaña. ¿Quieres adquirir perlas y no ser nunca despojado de esta riqueza? Arráncate todo adorno y deposítalo en las manos de Cristo por medio de los pobres; Él te guardará toda la riqueza para cuando haya resucitado a tu cuerpo con gran claridad, y entonces te otorgará una mejor riqueza y un adorno mayor, tanto al menos cuanto éste de ahora es vulgar y despreciable. Piensa, pues, a quién quieres agradar y por quiénes te has envuelto en estos adornos: ¿para que, al verte, se maravillen el cordelero, el fundidor de bronce y el mercachifle? ¿Y no te avergüenzas luego ni te sonrojas de mostrarte a ellos y de hacer todo por los mismos a los que ni siquiera consideras dignos de tu saludo?

La renuncia a Satanás

¿Cómo, pues, te burlarás de esta fantasía? Si recuerdas aquella palabra que pronunciaste al ser iniciada en los misterios: "Renuncio a ti, Satanás, a tu pompa y a tu culto": tu manía por adornarte con perlas es, efectivamente, pompa satánica. Recibiste oro, en efecto, mas no para encadenar tu cuerpo, sino para liberar y alimentar a los pobres. Di, pues, continuamente: "Renuncio a ti, Satanás": nada más seguro que esta palabra, si la demostramos por medio de las obras.

5. Esta palabra la considero digna de que la aprendáis también vosotros, los que estáis a punto de ser iniciados en los misterios, porque esta palabra es un pacto con el Señor. Y de igual modo que nosotros, al comprar esclavos 35, antes que nada preguntamos a los mismos que nos son vendidos si quieren ser esclavos nuestros, así también procede Cristo: cuando va a tomarte a su servicio, primero pregunta si quieres abandonar a aquel amo inhumano y cruel, y te acepta el pacto: su señorío, en efecto, no es forzado. Y mira la bondad de Dios: nosotros, antes de pagar el precio, preguntamos a los que son vendidos y, cuando ya nos hemos informado de que sí quieren, entonces abonamos el precio; Cristo en cambio no obra así, al contrario, pagó ya el precio por nosotros: su preciosa sangre: Por precio fuisteis comprados 36, dice efectivamente. Y sin embargo, ni aun así fuerza a los que no quieren servirle, antes bien, dice: "Si no te sientes agradecido ni quieres tampoco por tu propia iniciativa y voluntariamente inscribirte en mi dominio, yo no te obligaré ni te forzaré."

Por otra parte, nosotros no elegiríamos comprar esclavos malos, y si alguna vez lo elegimos, los compramos por una mala elección y pagamos el precio correspondiente. Cristo en cambio, a pesar de comprar unos siervos ingratos e inicuos, pagó el precio de un esclavo de primera calidad, más aún, un precio mucho mayor, tan mayor que ni la palabra ni el pensamiento pueden mostrar su grandeza, pues, en efecto, Él no nos compró dando el cielo, la tierra y el mar, sino pagando de lo que es más precioso que todas estas cosas: su propia sangre. Y después de todo esto, no nos exige testigos ni documento escrito, sino que se da por contento con sólo tu voz, e incluso si dices mentalmente: "Renuncio a ti, Satanás," y a tu pompa," todo lo acepta. Digamos, pues, esto: "Renuncio a ti, Satanás," como quienes han de dar aquel día razón y cuenta de esta palabra, y guardémosla para que entonces podamos devolver sano y salvo este depósito. Ahora bien, pompa satánica son los teatros, los hipódromos y todo pecado, y los horóscopos 37, augurios y presagios. ¿Y qué son, pues, los presagios? — dice. Muchas veces algunos, al salir de casa, ven un hombre ojituerto o cojo, y lo toman como un presagio. Esto es pompa satánica, ya que el encontrarse con un hombre no hace que el día sea malo, sino el vivir en pecado. Por consiguiente, cuando salgas, guárdate de una sola cosa: que el pecado tope contigo, porque éste es el que nos hace caer, y sin él, en nada podrá dañarnos el diablo. ¿Qué estás diciendo? Ves a un hombre, y lo toman como un presagio, ¿y no ves la trampa diabólica: cómo te excita a la guerra contra alguien que ningún mal te ha hecho, cómo te vuelve enemigo de tu hermano, sin causa justa alguna? Y sin embargo, Dios mandó amar incluso a los enemigos 38; tú en cambio, aun sin tener de qué acusarlo, ¿aborreces al que en nada te ha perjudicado, y no piensas la risa que das, ni cuán grande es la vergüenza, más aún, el peligro? ¿Te digo otro presagio más ridículo todavía? Me avergüenza y me sonroja decirlo, pero me veo obligado a ello por vuestra salvación.

Si uno se encuentra, dice, con una virgen, el día será un fracaso, pero, si se topa con una ramera, el día será favorable, provechoso y repleto de negocios. ¿Os ocultáis, os golpeáis la frente y de verguenza bajáis la vista hacia el suelo? ¡Pero no ahora, al decir yo estas palabras, sino al ponerlas vosotros por obra! Mira, pues, cómo también aquí el diablo ocultó el engaño, para hacernos aborrecer a la que es casta y en cambio saludar y amar a la disoluta: puesto que oyó a Cristo decir: El que fija su mirada en una mujer para desearla, ya adulteró en su corazón 39, y vio a muchos sobreponerse a la incontinencia, cuando quiso hacerles recaer en el pecado por otro camino, gracias a este presagio los convenció para que fijasen complacidos su atención en las rameras.

¿Y qué podría decirse de los que se sirven de hechizos y amuletos, y de los que se atan en torno a la cabeza y los pies monedas de bronce de Alejandro el Macedonio? ¿Son éstas, dime, nuestras esperanzas: que después de la cruz y de la muerte del Señor, tengamos en la imagen de un rey griego la esperanza de la salvación ? ¿No sabes cuántas cosas llevó felizmente a cabo la cruz? Abolió la muerte, extinguió el pecado, hizo inútil el infierno, destruyó el poder del diablo, ¿y no es de fiar para la salud del cuerpo? Hizo revivir a toda la tierra habitada, ¿y tú no confías en ella? Entonces, ¿de qué serías digno tú? — dime. Te rodeas no sólo de amuletos, sino también de hechizos, cuando introduces en tu casa a viejas borrachas y alocadas, ¿y no te avergüenzas ni te sonrojas de perder el seso por esto, después de tan gran sabiduría? Y lo que es más grave que el mismo error: cuando nosotros amonestamos sobre esto y tratamos de persuadirles, ellos creen disculparse diciendo: "La mujer que hace el hechizo es cristiana y no pronuncia otra cosa que el nombre de Dios." Pues precisamente por eso la odio y aborrezco tanto, porque se vale del nombre de Dios para la insolencia, porque dice ser cristiana, pero ostenta las obras de los gentiles. Por lo demás, también los demonios pronunciaban el nombre de Dios, pero seguían siendo demonios, y así decían a Cristo: Sabemos quién eres, el Santo de Dios 40, y sin embargo, Él los increpó y los expulsó. Por todo ello os exhortó a purificaros de este engaño y a tener como báculo 41 esta palabra; y así como ninguno de vosotros querría bajar a la plaza sin sandalias o sin vestido, así tampoco bajes nunca a la plaza sin esta palabra, antes bien, cuando estés a punto de cruzar el portón del atrio, pronuncia primero esta palabra: "¡Renuncio a ti, Satanás, y a tu pompa y a tu culto, y me junto contigo, oh Cristo!" Y nunca salgas sin esta palabra: ella será para ti báculo, armadura y torre inexpugnable. Y junto con esta palabra, traza también la cruz en tu frente, porque de esa manera, no sólo un hombre que te sale al encuentro no podrá dañarte en nada, pero es que ni el mismo diablo siquiera, pues por todas partes te ve aparecer con estas armas. Y en esto edúcate a ti mismo ya desde ahora, para que, cuando recibas el sello, seas un soldado bien preparado y, después de erigir un trofeo 42 contra el diablo, recibas la corona de la justicia, la que ojalá todos nosotros podamos alcanzar, por la gracia y la bondad de nuestro Señor Jesucristo, con el cual se dé la gloria al Padre, junto con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

2. Cf. Flp 3:13.

3. Sal 94:8 (la versión de los Setenta, seguida siempre por san Juan

Crisóstomo, entendió el hebreo meribá, no como nombre propio de la

localidad desértica de Meribá, según el relato de Nm 20:1-13, sino como

nombre común, parapikrasmós, equivalente a exacerbación, irritación,

riña, exasperación).

4. Flp 3:13-14.

5. Jb 1:1.

6. Ibid.

7. Este "otro" (sobreentendido "autor") es el Qohélet 12, 13.

8. Cf. Mt 10. 42.

9. Jn 1:5.

11. Ga 3:27.

1 2. Jn 6:57.

13. Jn 6:56.

14. Jn 15:5.

15. Jn 15:14-15.

16:2 Co 11:2.

17. Rm 8:29.

18. Is 8:18.

19. Cf. 1 Co 12:27.

20. Cf. Ef. 1:22.

21. Literalmente "con el pecado del golpe," del bofetón.

22. Nótese el realismo de la expresión.

23. Lc 3:8: la expresión es de Juan el Bautista.

24. Hch 2:38: la expresión es de Pedro.

26. Literalmente "en la filosofía del alma," pero el término "filosofía,"

tiene en san Juan Crisóstomo — como en los demás escritores cristianos-

un significado completamente distinto del moderno.

27. Traduzco así ton exothen, expresión familiar a san Juan

Crisóst:omo y que literalmente significa "los de fuera, foráneos"; para él

los no cristianos.

28. Pr 10:19.

29. Cf. Hch 18:3.

30. Para el uso del término (philosophein), cf. supra n. 26.

31. Cf. Lc 21:3-4.

32. Cf. Qo 8:1.

33. Literalmente "saque al medio."

34. 1 Tm 2:9.

35. En tiempos de san Juan Crisóstomo no se había eliminado aún del

todo la condición servil, ni se había integrado plenamente en la nueva

concepción cristiana de la persona, libre en el ámbito de la sociedad a

que pertenece.

36. 1 Co 7,23.

37. Literalmente "examen y observación de los días," fastos o

nefastos.

38. Cf. Mt 5:44ss.

39. Mt 5:28.

40. Cf. Mc 1:24.

41. Es decir, como apoyo para la conducta.

42. Esto es, después de vencerle: el trofeo, monumento de victoria, lo

erigía el vencedor allí donde el enemigo, vencido, volvía la espalda y

huía.

Segunda Catequesis 1

"A los que están a punto de ser iluminados, y por qué se habla de baño de regeneración y no de perdón de los pecados; y por qué es peligroso, no solamente jurar en falso, sino incluso jurar, aunque juremos rectamente."

A la espera del gran don del bautismo

1. ¡Cuán deseable y cuán amable es para nosotros el coro de los nuevos hermanos! Porque yo os llamo ya hermanos antes del alumbramiento, y antes del parto saludo ya mi parentesco con vosotros. Sé efectivamente, sé con toda claridad a qué honor tan grande y a qué magistratura vais a ser elevados. Ahora bien, a los que van a asumir una magistratura es costumbre que todos los honren incluso antes de ejercerla, por asegurarse de antemano para el futuro, mediante este homenaje, su benevolencia. Esto mismo hago yo también ahora, porque no vais a ser elevados a una magistratura sin más, sino al mismo reino, más aún, tampoco a un reino simplemente, sino al mismo reino de los cielos. Por esta razón os pido y os suplico que os acordéis de mí cuando lleguéis a ese reino, y lo que decía José al copero mayor: Acuérdate de mi cuando te vaya bien 2, esto mismo os digo yo a vosotros ahora: "Acordaos de mí cuando os vaya bien." No os pido, como aquél, la recompensa de unos sueños, porque yo no vine a interpretaros unos sueños, sino para exponeros detalladamente las cosas del cielo y ser portador de la buena noticia de aquellos bienes, tales que ni ojo vio, ni oído oyó, ni subieron a corazón de hombre, esto es, lo que Dios preparó para los que le aman 3. Cierto es que José decía al copero aquel: Al cabo de tres días, él te restablecerá en tu puesto de copero mayor 4. Yo no digo: "Al cabo de tres días, seréis promovidos al cargo de coperos del tirano," sino: "Al cabo de treinta días 5, no el Faraón, sino el rey de los cielos os restablecerá en la patria de arriba, en la Jerusalén libre, en la ciudad celeste." Y cierto es que aquél decía: Y darás la copa al Faraón en su mano 6, yo en cambio no digo: "Daréis la copa al rey en su mano, sino: El rey en persona os dará en vuestra mano la copa tremenda y llena de gran poder y más preciosa que toda 7 creatura." Los ya iniciados conocen la fuerza de esta copa, pero también vosotros la conoceréis dentro de poco. Acordaos, pues, cuando lleguéis a aquel reino, cuando recibáis la vestidura regia, cuando vistáis la púrpura tinta en la sangre del Señor, cuando os ciñáis la diadema que por todas partes irradia resplandores más intensos que los rayos del sol. Tal es, en efecto, la dote del esposo, sin duda mayor que nuestro merecimiento, pero digna de su bondad.

Peligro del que retrasa el bautismo hasta el final de su vida

Por esta razón, ya desde ahora y a causa de aquellas sagradas alcobas nupciales, yo os felicito, y no solamente os felicito, sino que también alabo vuestro buen sentido, porque no os habéis acercado a la iluminación como los más perezosos de los hombres, en las últimas boqueadas 9, sino que ya desde ahora, como siervos sensatos, preparados para obedecer con la mejor voluntad al Señor, habéis puesto el cuello de vuestra alma, con tanta mansedumbre como celo, bajo la gamella de Cristo, y recibisteis el yugo suave y tomasteis la carga ligera 10.

Efectivamente, aunque la gracia es igual para vosotros que para los iniciados al final de sus vidas, sin embargo, ni el propósito ni la preparación de las cosas son lo mismo. Ellos, en efecto, la reciben en su lecho; vosotros, en el regazo de la Iglesia, la madre común de todos nosotros; ellos, quejándose y llorando; vosotros, alegres y gozosos; ellos, gimiendo; vosotros, dando gracias; ellos, en fin, amodorrados por mucha fiebre; vosotros en cambio, rebosantes de deleite espiritual. De ahí que todo esté aquí en consonancia con el don, mientras que allí todo es contrario al don: el llanto y el lamento de los que se inician es abundante; en derredor están los hijos llorando, la mujer arañándose la cara, los amigos entristecidos, los criados llenos de lágrimas y, en fin, toda la casa con aspecto de un día invernal y lóbrego. Y si logras destapar el corazón mismo del yacente, lo hallarás el más sombrío de todos.

Efectivamente, igual que los vientos que, al lanzarse con gran ímpetu unos contra otros, dividen el mar en muchas partes, así también los pensamientos de los males entonces dominantes, al abatirse sobre el alma del enfermo, dividen su mente en múltiples preocupaciones: cuando mira a los hijos, piensa en su orfandad; cuando pone los ojos en la mujer, considera su viudez; cuando ve a los siervos, sopesa la desolación de la casa entera; cuando vuelve la atención sobre sí mismo, trae a la memoria su vida presente y, al verse a punto ya de separarse, lo envuelve una densa nube de postración. Tal es el alma del que va a ser iniciado. Luego, en medio mismo del tumulto y de la confusión, entra el sacerdote, más temible que la propia fiebre y más cruel que la muerte a los ojos de los parientes del enfermo, pues éstos consideran que la entrada del presbítero es mayor causa de desesperación que la voz misma del médico que da por perdida la vida del enfermo, y lo que es fundamento de la vida eterna ellos lo consideran señal de muerte. Pero todavía no he añadido el colofón de los males. Muchas veces, en efecto, el alma abandonó el cuerpo y se fue, mientras los parientes armaban gran barullo preparándose 11. Con todo, a muchos tampoco les aprovechó la presencia del alma. Efectivamente, cuando no reconoce a los parientes, ni oye la voz, ni puede responder las palabras aquellas mediante las cuales se establecerá el feliz pacto con el común Señor de todos nosotros, antes bien, cuando el que va a ser iluminado yace como un leño inútil o como una piedra, sin diferenciarse en nada de un cadáver, ¿cuál puede ser el provecho de la iniciación en tales condiciones de inestabilidad?

2. El que está efectivamente a punto de llegarse a estos sagrados y tremendos misterios necesita velar y andar despierto, purificarse de toda preocupación mundana, llenarse de mucha templanza y de mucho celo, desterrar de la mente todo pensamiento ajeno a los misterios y dejar por todas partes limpia la casa, como si estuviera a punto de acoger al rey en persona. Tal es la preparación de vuestra mente, tales los pensamientos que debéis tener, tal el propósito del alma. Por consiguiente, la digna recompensa de esta óptima determinación espérala de Dios, que en las retribuciones vence a cuantos le obsequian con su obediencia. Ahora bien, puesto que es necesario que los consiervos contribuyan con lo que es suyo, también nosotros contribuiremos con lo que es nuestro, aunque, si ni siquiera esto es nuestro, que es también del Señor! Pues dice: ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿de qué te glorias, como si no hubieras recibido? 12.

Yo hubiera querido, lo primero de todo, deciros lo siguiente: por qué realmente nuestros padres, dejando correr todo el año, legislaron que éste era el momento oportuno para que los hijos de la Iglesia fueran iniciados en los misterios, y por qué razón, después de nuestra enseñanza, os descalzan y os desnudan y luego, descalzos y desnudos, cubiertos únicamente con la tuniquilla, os hacen pasar a las voces de los exorcistas. En realidad ellos no nos determinaron sin más y a ciegas esta forma de actuar y este tiempo, sino que ambas cosas tienen un sentido misterioso e inefable.

Los varios nombres del bautismo

También hubiera querido explicaros este sentido, pero veo que ahora el discurso nos empuja hacia otro punto más necesario. Necesario es, efectivamente, decir qué es en fin de cuentas el bautismo, por qué razón ha entrado en nuestra vida y qué bienes nos reserva. Pero, si queréis, dialoguemos primeramente sobre la denominación de esta misteriosa purificación. No tiene un nombre único, en efecto, sino muchos y variados. Esta purificación se llama baño de regeneración, pues dice: Nos salvó por el baño de la regeneración y de la renovación del Espirita Santo 13. Se llama también iluminación, y esto mismo le llamó también Pablo: Traed a la memoria los días pasados, en los cuales, después de haber sido iluminados, sufristeis gran combate de aflicciones 14; y de nuevo: Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron el don celestial y recayeron, sean otra vez renovados para conversión 15. Se llama también bautismo: Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis vestidos 16. Se llama sepultura: Porque fuisteis sepultados juntamente con Él — dice — por el bautismo, para muerte 17. Se llama circuncisión: En el cual también fuisteis circuncidados con una circuncisión no hecha con manos, en el despojamiento del cuerpo de los pecados de la carne 18. Se llama cruz: Porque nuestro viejo hombre fue crucificado con Él, para que el cuerpo del pecado sea deshecho 19.

El bautismo como baño de regeneración

Se podría seguir enumerando otros muchos nombres, sin embargo, para no consumir todo el tiempo en las denominaciones del don, ¡ea! volvamos a la primera denominación y, en cuanto hayamos explicado su significado, pondremos fin al discurso. Entre tanto, reasumamos nuestra enseñanza desde un poco más arriba. Existe el baño común a todos los hombres, el de los establecimientos de baños, que suele limpiar la suciedad del cuerpo. Pero está también el baño judío, más digno que aquél, pero muy inferior al de la gracia, pues éste limpia también la suciedad corporal, pero no sólo la corporal, sino también la que afecta a la conciencia débil. Efectivamente, hay muchas cosas que no son impuras por naturaleza, sino que se vuelven impuras por efecto de la debilidad de la conciencia. Y lo mismo que tratándose de niños, ni las máscaras ni las demás paparrasollas son de por sí espantosas, sino que a los niños les parecen espantosas por causa de su propia debilidad natural, así también tratándose de lo que os dije; por ejemplo, tocar cadáveres: por naturaleza no es algo impuro, pero, si le ocurre a una conciencia débil, entonces vuelve impuro al que los toca. Ahora bien, que no sea algo impuro por naturaleza, lo dejó bien claro el mismo legislador 20, Moisés, que llevó consigo intacto el cadáver de José y, sin embargo, permaneció puro. Por la misma razón Pablo, dialogando con nosotros acerca de esta impureza debida, no a la naturaleza, sino a la debilidad de la conciencia, decía también algo así: De suyo nada hay impuro, de no ser para quien piensa que algo es impuro 21. ¿Estás viendo cómo la impureza no se origina de la naturaleza de la cosa, sino de la debilidad del pensamiento? Y de nuevo: Todo es puro, ciertamente, pero malo es para el hombre comer con escándalo 22, ¿Ves cómo no es el comer, sino el comer con escándalo, la causa de la impureza?

3. Semejante mancha la limpiaba el baño judío. El baño de la gracia, en cambio, limpia, no ya ésta, sino la verdadera impureza, la que deposita la gran suciedad, no sólo en el cuerpo, sino sobre todo en el alma; en efecto, no purifica a los que han tocado los cadáveres, sino a los que han tocado las obras muertas. Aunque uno sea un afeminado, un fornicario o un idólatra; aunque haya cometido cualquier clase de mal y esté en posesión de toda maldad humana, en cuanto baja a la piscina de las aguas, sale del divino manantial más puro que los rayos del sol. Y para que no pienses que lo dicho es mera jactancia, escucha a Pablo cuando habla del poder de este baño: No os engañéis, que ni los idólatras, ni los fornicarios, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los invertidos, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los robadores heredarán el reino de Dios 23. "¿Y qué tiene esto que ver — dice — con lo dicho? ¡Pon de manifiesto lo que estamos buscando, a saber, si todo eso lo limpia la fuerza del baño bautismal!" Pues bien, escucha lo que sigue: Y esto mismo erais algunos: pero ya estáis lavados, pero ya estáis santificados, pero ya estáis justificados en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios 24, Nosotros os prometíamos mostraros que los que se acercan al baño bautismal quedan limpios de toda fornicación 25, pero el discurso ha demostrado mucho más: no solamente limpios, sino también santos y justos, pues no dijo solamente: estáis lavados, sino también: estáis santificados y estáis justificados. ¿Qué puede haber de más extraordinario que esto, que sin trabajos, sin sudores y sin éxitos nazca la justicia? ¡Pues tal es la bondad del don divino, que sin sudores hace justos! Efectivamente, si una carta del emperador, por breve que sea el texto, no sólo deja libres a los responsables de innúmeras acusaciones, sino que también encumbra a la máxima dignidad a otros, ¡con cuánta mayor razón el Espíritu de Dios, que además lo puede todo, nos agraciará con una gran justicia y nos colmará de una gran confianza! Y lo mismo que una centella, al caer en medio del inmenso mar, inmediatamente se apaga y desaparece anegada por la masa de las aguas, así también toda maldad humana, cuando cae en la piscina de las divinas aguas, se anega y desaparece más rápida y más fácilmente que aquella centella. "¿Y por qué razón — dice — si el baño bautismal perdona todos nuestros pecados, no se le llama baño del perdón de los pecados, ni baño de la purificación, sino baño de la regeneración?" — Porque no nos perdona sin más los pecados, ni simplemente nos purifica de las faltas, sino que lo hace de tal manera, como si de nuevo fuésemos engendrados. Y efectivamente, de nuevo nos crea y nos forma, pero, no plasmándonos otra vez con barro, sino formándonos con otro elemento: la naturaleza de las aguas; y es que no se limita a fregar el vaso, sino que vuelve a refundirlo por entero. De hecho, los objetos que se friegan, por más cuidadosamente que se restriegue, siempre retienen huellas de la cualidad y guardan restos de la mancha; en cambio, los objetos que se meten en el horno de fundición y se renuevan por medio del fuego se desprenden de toda mancha y, cuando salen de la fragua, emiten el mismo resplandor que los totalmente nuevos. Por consiguiente, lo mismo que un hombre toma una estatua de oro, sucia por obra del tiempo, del humo, del polvo y del orín, y la funde, y luego nos la devuelve limpísima y esplendorosa, así también Dios: tomó nuestra naturaleza enrobinada por el orín del pecado, ennegrecida por el mucho humo de las faltas y perdida la belleza que de Él recibiera al principio, y otra vez la fundió: metiéndonos en el agua como en un horno de fundición, envía la gracia del Espíritu en vez del fuego, y luego nos saca de allí totalmente rehechos y renovados con gran resplandor, como para desafiar en adelante a los mismos rayos del sol; deshizo al hombre viejo, pero construyó otro nuevo, más esplendoroso que el primero.

4. Ya el profeta, aludiendo veladamente a esta nuestra destrucción y a esta misteriosa purificación, decía antiguamente: Como jarro de alfarero los desmenuzarás 26. Efectivamente, que la frase se refiere a los fieles, nos lo muestran claramente los versos anteriores: Tú eres mi hijo, yo te engendré hoy; pídeme, y te daré las gentes por heredad tuya; y por posesión tuya, los confines de la tierra 27. ¿Ves cómo hizo mención de la Iglesia de los gentiles y cómo dijo que el reino de Cristo se extiende por todas partes? Y luego vuelve a decir: Los apacentarás con vara de hierro: no abrumadora, sino fuerte; como jarro de alfarero los desmenuzarás 28, Aquí tienes un modo más misterioso de entender el baño bautismal, porque no dijo simplemente "jarro de loza," sino "jarro de alfarero." Pero fijaos bien: los jarros de loza, una vez desmenuzados, no admitirían arreglo, por causa de la dureza que les dio una vez por todas el fuego; en cambio, los jarros de alfarero no son de tierra cocida, sino de arcilla, de ahí que, incluso si se quiebran, fácilmente puedan volver a su forma anterior 29 mediante la maestría del artesano. Así pues, cuando el Señor habla de una calamidad irremediable, no dice "jarro de alfarero," sino "jarro de loza." Por lo menos, cuando quería enseñar al profeta y a los judíos que habían entregado la ciudad a una calamidad irremediable, mandó coger un ánfora de tierra cocida y desmenuzarla delante de todo el pueblo, y decir: Asi perecerá también la ciudad, y será desmenuzada 30. En cambio, cuando quiere ofrecerles buenas esperanzas, conduce al profeta a una alfarería y allí, no le muestra un jarro de loza, sino que le muestra un jarro de arcilla que se le cae de las manos al alfarero, y razona diciendo: Si este alfarero ha recogido el jarro caído y de nuevo lo ha restaurado, ¿no podré yo mucho mejor enderezaros a vosotros que habéis caído? 31. Por consiguiente, a Dios le es posible no sólo restaurar a los que somos de arcilla por medio del baño de la regeneración, sino también, mediante una perfecta penitencia, devolver a su prístino estado a los que, a pesar de haber recibido la fuerza del Espíritu, han recaído.

La lucha de los catecúmenos contra el demonio

Pero no es ésta la ocasión de que escuchéis los discursos acerca de la penitencia, mejor dicho, ¡ojalá nunca tengáis ocasión de dar en la necesidad de esos remedios, al contrario, ojalá permanezcáis siempre firmes en la guarda integral de la belleza y del esplendor que ahora estáis a punto de recibir! Pues bien, para que podáis permanecer siempre así, ¡ea! dialoguemos un poquito con vosotros acerca del plan de vida. Efectivamente, en esta palestra las caídas no son peligrosas para los atletas, ya que la lucha es contra gente de casa y todo ejercicio se realiza a expensas de los cuerpos de los entrenadores. Pero, cuando llega el momento de las competiciones, cuando se abre el estadio y el público está sentado arriba y el juez de competición aparece, a partir de ese instante es preciso: o bien acobardarse y caer, para retirarse llenos de vergüenza, o bien emplearse a fondo y alcanzar las coronas y los premios. Así ocurre también con vosotros: estos treinta días se asemejan a una palestra con sus ejercicios y entrenamientos. Aprendamos ya desde ahora a vencer a aquel malvado demonio, porque, después del bautismo, deberemos desnudarnos para entrar en liza contra él. Y contra él deberemos dirigir los golpes de nuestro puño, y contra él luchar.

Por consiguiente, aprendamos ya desde ahora sus llaves, de dónde procede su maldad y por qué medios puede fácilmente perjudicarnos, para que, cuando lleguen las competiciones, no nos extrañemos ni nos alborotemos al ver la novedad de su agonística, sino que, habiendo aprendido todas sus estratagemas a la vez que nos ejercitamos nosotros mismos, emprendamos con toda confianza la lucha contra él.

El peligro de la lengua

Pues bien, él está acostumbrado a intentar dañarnos por todos los medios, pero sobre todo a través de la lengua y de la boca, porque no hay para él instrumento más apropiado para engañarnos y perdernos que una lengua intemperante y una boca sin puertas. De aquí nacen nuestras numerosas caídas, de aquí nuestros graves motivos de acusación. Y cuán fácil sea resbalar con la lengua, alguien lo declaró cuando decía: Muchos cayeron a filo de espada, mas no tantos como los caídos por obra de la lengua 32, y la gravedad de la caída la revelaba el mismo diciendo otra vez: Mejor es resbalar del pavimento que resbalar de la lengua 33; y lo que dice viene a ser esto mismo: "Mejor es caer y magullarse el cuerpo que proferir una palabra tal que pueda perder nuestra alma." Pero no solamente habla de caídas, sino que ademas nos exhorta a que andemos con gran cuidado para no ser derribados, cuando dice así: Haz a tu boca una puerta y cerrojos 34, no para que realmente preparemos puertas y cerrojos, sino para que, con gran seguridad, cerremos a la lengua el paso a las palabras inconvenientes. Y en otra parte, mostrando que junto con nuestro cuidado, y antes de nuestro cuidado, necesitamos del impulso de lo alto, para que podamos retener a esta fiera dentro, el profeta, con las manos levantadas hacia Dios, volvía a decir: La elevación de mis manos sea como sacrificio vespertino. Pon, Señor, una guardia a mi boca y una puerta de protección a mis labios 35. Y el mismo que había exhortado anteriormente vuelve a decir: ¿Quién pondrá una guardia a mi boca, y a mis labios sello de prudencia? 36,

¿Estás viendo cómo todos temen estas caídas, se lamentan, aconsejan y ruegan que su lengua disfrute de buena guardia? Y si tal es la ruina que nos acarrea este órgano, ¿por que — dice — lo puso Dios en nosotros ya desde el comienzo? Porque también tiene una gran utilidad y, si andamos con cuidado, únicamente nos trae utilidad y ningún perjuicio. Escucha, pues, lo que afirma el mismo que dijo lo de antes: En poder de la lengua están la vida y la muerte 37. Y Cristo viene a declarar lo mismo cuando dice: Por tus palabras serás condenado, y por tus palabras serás justificado 38, Efectivamente, la lengua está situada en el centro de uno y otro uso: el dueño eres tú. Lo mismo ocurre con la espada que yace en el medio: si la utilizas contra los enemigos, tendrás en ella un instrumento de salvación, pero, si asestas el golpe contra ti mismo, la causante de tu herida no será la naturaleza del hierro, sino tu propia transgresión de la ley. Pensemos lo mismo respecto de la lengua: es una espada que yace en medio, por tanto agúzala para acusarte de tus pecados, no asestes el golpe contra un hermano. Por esta razón Dios la circundó con doble muro: con la valla de los dientes y la cerca de los labios, para que no profiera con facilidad y atolondradamente las palabras inconvenientes. Refrénala dentro. ¿Que no lo soporta? Entonces dale una lección utilizando los dientes, como si entregaras su cuerpo a estos verdugos, y haz que la muerdan, porque mejor es que sea mordida por los dientes ahora, mientras peca, que entonces, cuando ande achicharrada buscando una gota de agua 39, no consiga el alivio. En todo esto, pues, y en mucho más, suele pecar, cuando insulta, blasfema, profiere palabras torpes, calumnia, jura y perjura.

Los peligros del juramento

5. Sin embargo, para no hundir vuestra mente en la confusión, si os digo hoy de golpe todo, os propongo entre tanto una sola ley: la que manda evitar los juramentos, y de antemano os digo y aviso esto: si no evitáis los juramentos — no digo solamente los perjurios, sino los mismos juramentos hechos por causa justa —, si no los evitáis, digo, no dialogaremos más con vosotros sobre otro tema. Efectivamente, sería absurdo que, mientras los maestros de las letras no dan a los niños una segunda noción hasta que ven la precedente bien fija en sus memorias, nosotros, por el contrario, a pesar de no haber podido inculcaros con exactitud las nociones precedentes, nos adelantaremos a imbuiros otras nuevas: esto no sería otra cosa que sacar agua en herrada agujereada. Por tanto, si no queréis que callemos, poned muchísimo cuidado en el asunto. Grave es, en efecto, este pecado, y muy grave. Y es muy grave, porque no parece ser grave, y por eso lo temo: porque nadie lo teme; y por eso es una enfermedad incurable: porque ni siquiera parece ser enfermedad, antes bien, como el simple platicar no es motivo de acusación, así tampoco esto parece ser motivo de acusación, al contrario, se tiene la osadía de cometer con la mayor confianza esta transgresión de la ley. Y si alguien intenta una acusación, inmediatamente se siguen la risa y gran escarnio, pero no contra los acusados por causa de los juramentos, sino contra los que quieren remediar la enfermedad. Por esta razón amplío yo mi discurso sobre este asunto, porque quiero arrancar una raíz profunda y acabar con un mal crónico: no digo los perjurios solamente, sino también los mismos juramentos hechos según ley. "¡Pero el tal — dice — es un hombre honrado, que ejerce el sacerdocio y que vive con mucha templanza y piedad!" ¡No me hables de este hombre honrado, templado, piadoso y que ejerce el sacerdocio! Pon, si quieres, que éste sea Pablo, o Pedro, o incluso un ángel bajado del cielo: ¡ni aun así presto atención al valor de las personas! Efectivamente, la ley sobre los juramentos yo no la leo como l