Padres de la Iglesia.

Parte I.

La Edad de Oro de los Padres (Siglos IV-VI).

Para Usos Internos y Didácticos Solamente

Adaptacion Pedagógica: Dr. Carlos Etchevarne, Bach. Teol.

 

Contenido:

San Atanasio.

I. La Trinidad. Unidad de naturaleza en el Padre y el Hijo. La eterna generación del Hijo. La eternidad del Padre implica la filiación eterna. Los errores de Arrio. En qué sentido es exaltado el Verbo, y nosotros con él. Nuestras relaciones con Dios, el Hijo y el Espiritu. II. Cristo redentor. III. Los sacramentos. Vida de San Antonio Abad . La unidad de la Santa Trinidad (Carta I a Serapión, 28-30). La condescendencia divina (La Encarnación del Verbo). Carta de Nuestro Santo Padre Atanasio, Arzobispo, a Marcelino Sobre la Interpretación de los Salmos.

San Hilario de Poitiers.

Homilía de San Hilario de Poitiers Sobre el Salmo 130. Las armas del apóstol (Comentario al Evangelio de San Mateo 10:1-5).

San Zenón de Verona.

Virtudes-teologales.

San Efrén de Siria.

Madre Admirable. La Anunciacion de la Virgen. Eva y Maria. La canción de cuna de María. Himno en Contra de Bar-Daisan. Epístola de San Efren de Siria a Un Discípulo.

San Basilio el Grande.

La acción del Espíritu Santo. Recogimiento-interior (Epístola 11:2-4). El deber de trabajar (Reglas más amplias 37:1-2). Ayuno. Breve Reseña de la Vida y Escritos de San Basilio. Los Iracundos. La Envidia. La Embriaguez. Atiende a Ti Mismo. En Honor de San Barlaam, Mártir. Homilía a los Ricos. El Tesoro Espiritual de San Basilio el Grande.

San Cirilo de Jerusalén († 386).

Catequesis de San Cirilo de Jerusalén.

San Gregorio Nacianceno.

Tres luces que son una Luz (Poemas dogmáticos, 1, 2, 3). Dios y Hombre verdadero (Discurso 29, 19-20). Virtudes cristianas (Discurso 14, 2-5). Reconocer los dones de Dios (Discurso 14, 23-25). Homilías Sobre la Natividad (1).

San Gregorio de Nisa.

El hombre, señor de la creación (La creación del hombre, Il-IV). ¿Qué significa ser cristiano? (Epístola a Armonium, 4-11). La Meta Divina y la Vida Conforme a la Verdad (1).

 

 

Con el nombre de Edad de Oro de los Padres se designa el largo período que se abre con el Concilio de Nicea (año 325) y se concluye con el Concilio de Calcedonia (año 451). Es la época de esplendor en el desarrollo de la liturgia, que cristalizará en los diversos ritos que conocemos; la época de las grandes controversias teológicas, que obligan a un profundo estudio de la Revelación y permiten formular dogmáticamente la fe; la época, en fin, de un gigantesco esfuerzo por la completa evangelización del mundo antiguo. La fecha de clausura de este período, caracterizado por una gran unidad entre los dos pulmones de la Iglesia, Oriente y Occidente, es sólo simbólica, ya que el tránsito al siguiente período, con el progresivo alejamiento entre el cristianismo oriental y el occidental, se lleva a cabo poco a poco. La caída del Imperio Romano de Occidente (año 476) a causa de las invasiones bárbaras acentúa aún más este divorcio.

Con la llegada del siglo IV, nuevos panoramas se abren a la vida de la Iglesia. Después de casi tres siglos de persecuciones (la última, la más cruel, bajo el emperador Diocleciano, tuvo lugar a caballo entre los siglos III y IV, comienza un largo período de paz que facilitó extraordinariamente la expansión y desarrollo del Cristianismo. La fecha clave de este cambio se sitúa en el año 313, cuando el emperador Constantino, agradecido al Dios de los cristianos por la victoria militar alcanzada en el Puente Milvio, que le aseguró el dominio del Imperio, promulgó el Edicto de Milán, con el que quedaron revocadas las leyes contrarias a la Iglesia. A partir de entonces, el Cristianismo quedaba reconocido como religión y se permitía a sus adeptos trabajar en las estructuras del Estado. Más tarde, en tiempos del emperador Teodosio (año 380), que prohibió el culto pagano, el Cristianismo sería declarado religión oficial del Imperio.

Con la llegada de la paz religiosa, los cristianos pudieron edificar sus propias iglesias. Con la munificencia de Constantino se levantaron grandes basílicas en Roma (San Juan de Letrán, San Pedro, San Pablo) y en Palestina (Natividad en Belén, Santo Sepulcro y Monte de los Olivos, en Jerusalén). Al mismo tiempo, se emprendió la evangelización progresiva de la gente del campo. El nombre de paganos, con el que aún hoy se designa a quienes no están bautizados, proviene precisamente de los habitantes de las zonas rurales (pagi, en latín), que seguían casi en su totalidad la antigua religión. En esta obra de evangelización destacaron los monjes, que — viviendo como eremitas o en comunidad — dieron un testimonio elocuente de los ideales cristianos. Se distinguieron, en Oriente, San Antonio Abad considerado como el fundador del monaquismo, y San Basilio de Cesárea en Occidente, San Martín de Tours y San Benito.

También fuera de los territorios sometidos al Imperio Romano se propagó con fuerza el Cristianismo. Pero la onda evangelizadora estuvo condicionada por las divergencias doctrinales surgidas en este período en torno a los dos misterios centrales de la fe: el de la Santísima Trinidad y el de la Encarnación. Gracias al trabajo de los Padres de la Iglesia, y a los Concilios ecuménicos en los que los obispos se reunieron para dilucidar tan graves cuestiones teológicas, la fe salió indenne y robustecida; pero la expansión de la Iglesia sufrió retrasos. En efecto, mientras los francos (a finales del siglo IV) y los irlandeses (en la segunda mitad del siglo V) pasaron directamente del paganismo a la fe católica, otros pueblos o bien llegaron al Cristianismo en su forma arriana, o bien se separaron de la unidad católica a consecuencia de algunas controversias. En el primer caso se cuentan los diversos pueblos godos; en el segundo, los persas, los armenios y los abisinios. Sólo los visigodos se incorporarían más tarde a la plena comunión católica (conversión de Recaredo, año 589); los demás permanecieron arrianos hasta su extinción (ostrogodos, longobardos) o siguieron el camino del nestorianismo o del monofisismo.

Como ya se ha dicho, el desarrollo teológico de este período se centra en torno a los dos grandes misterios de la fe. El siglo IV y la primera década del siguiente se hallan dominados por las discusiones sobre el misterio de la Santísima Trinidad; a partir de la segunda década del siglo V va en auge la controversia cristológica. La primera etapa se halla idealmente delimitada por los dos primeros Concilios ecuménicos: el de Nicea (año 325) y el de Constantinopla I (año 381); la segunda, más reducida en cuanto a su duración, pero de consecuencias mayores para la posteridad, tiene como fechas clave los Concilios de Éfeso (año 431) y Calcedonia (año 451). En este marco se produce una floración impresionante de grandes Padres de la Iglesia, que, junto al cuidado pastoral de los fieles que tenían encomendados, asumen el papel de defensores y expositores de la genuina fe de la Iglesia, recibida de generación en generación desde los tiempos apostólicos.

El arrianismo (llamado así por el nombre de su fundador, Arrio) fue un intento equivocado de armonizar la fe en la unidad y trinidad de Dios. La Iglesia confesaba universalmente la existencia de un único Dios, al tiempo que afirmaba que ese único Dios subsiste en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Existía una difusa tendencia a subordinar el Hijo al Padre, y el Espíritu al Padre y al Hijo, aunque sin negar su divinidad. Las explicaciones eran confusas, porque en los siglos anteriores no se había determinado con precisión y autoridad el modo en que se compagina la trinidad con la unidad en Dios. Arrio, presbítero de Alejandría, llevó esta situación al extremo, enseñando públicamente que la segunda Persona de la Trinidad, el Verbo o Hijo, era inferior al Padre: no tendría una existencia eterna, sino que sería la primera criatura del Padre, mucho más perfecta que las demás, pero criatura al fin y al cabo. El mismo razonamiento lo aplicaría otro hereje, llamado Macedonio, al Espíritu Santo.

La doctrina de Arrio se difundió mucho en Oriente (donde se hallaban las comunidades cristianas más numerosas) por medio de homilías, cartas y canciones para uso del pueblo. El Verbo divino quedaba así reducido a la categoría de un héroe o un semidiós. Quizá contribuyó al éxito de esta doctrina el hecho de que, de este modo, el cristianismo — todavía minoritario —, colocándose en la línea de los mitos y creencias paganas, facilitaba de algún modo la entrada en la Iglesia de grandes multitudes. Pero este posible éxito llevaba consigo un gran peligro: desnaturalizar la fe cristiana en su más profunda y genuina raíz.

La voz de alarma la dio el obispo Alejandro de Alejandría, pero el arrianismo no se detuvo. Por fin, a impulsos de Constantino, los obispos se reunieron en Nicea (año 325), dando origen al primer Concilio ecuménico de la historia de la Iglesia, que sancionó la eternidad del Verbo y su igualdad de naturaleza respecto al Padre: el Verbo es "Dios de Dios, Luz de Luz, engendrado, no hecho, de la misma naturaleza del Padre," como rezamos en el Credo de la Misa. Sin embargo, no desapareció la herejía arriana, que perduró en formas más matizadas (semiarrianismo), pero siempre erróneas, con la decisiva ayuda de algunos obispos y de algunos emperadores. Gracias al ímprobo trabajo de los Padres de la Iglesia, movidos por el Espíritu Santo, fue madurando una mayor comprensión del misterio de Dios, que encontró su expresión en el Concilio I de Constantinopla (año 381), donde se reafirmó y se desarrolló la fe de Nicea. El arrianismo y sus derivados quedaron vencidos, aunque persistió en grupos reducidos y sobre todo en los pueblos germánicos. Un papel de primer plano en esta victoria la tuvieron, con su predicación y sus escritos, San Atanasio, San Basilio, San Gregorio Nacianceno y San Gregorio de Nisa, en Oriente; San Hilario y San Ambrosio, en Occidente.

La segunda gran controversia, ya en pleno siglo V, versó sobre el misterio de la Encarnación. Al interrogarse sobre la humanidad y la divinidad de Cristo, confesada siempre por la Iglesia, hubo algunos que minusvaloraron la divinidad, de modo que hacían de Jesucristo un hombre perfectísimo, habitado por la divinidad, lleno de todas las cualidades, pero sólo hombre. Ésta fue la actitud de Nestorio, Patriarca de Constantinopla, que al negar a la Virgen María el título de Madre de Dios, provocó la reacción de San Cirilo, Patriarca de Alejandría. El tercer Concilio ecuménico, reunido en Éfeso (año 431), definió la verdadera divinidad de Jesucristo y la maternidad divina de María. El nestorianismo sobrevivió fuera de las fronteras del Imperio Romano y se propagó por Oriente, hacia Persia, la India y China.

En el ardor de la polémica antinestoriana, algunos alejandrinos pusieron en duda la plena humanidad del Señor. Surgió así, casi inmediatamente, la herejía monofisita, que afirmaba que tras la unión del Verbo con la carne, la naturaleza humana de Cristo había sido "absorbida" por el Verbo o, al menos, disminuida. Este error, de talante espiritualista, se difundió mucho por Oriente, sobre todo en círculos monásticos, y puso en gravísimo peligro la genuina fe católica. De nuevo los Padres de la Iglesia tomaron la antorcha de la fe y, con la ayuda del Espíritu Santo, reunidos en el Concilio de Calcedonia (año 451), propusieron el dogma de la unión hipostática de las dos naturalezas de Cristo (divina y humana) en la única Persona del Verbo: "sin confusión, sin mutación, sin división, sin separación." Particular importancia reviste en estos momentos la figura del Papa San León Magno. Sin embargo, la historia del monofisismo no terminó en Calcedonia. Bajo formas más suaves siguió siendo objeto de debate y de cismas, y continuó vivo en Armenia, Mesopotamia, Egipto y Abisinia, dando origen a diversas Iglesias nacionales que permanecen en nuestros días.

Como se ve, casi todas las grandes controversias teológicas se originaron en el Oriente cristiano, y allí en efecto se resolvieron por obra de los cuatro primeros Concilios ecuménicos. No fue pequeña, sin embargo, la aportación de Occidente en la resolución de las dificultades, tanto por medio de los obispos como mediante la celebración de Sínodos provinciales y la doctrina de los grandes Padres de la Iglesia latina; además de los ya recordados anteriormente, es justo citar a San Jerónimo y a San Agustín.

La única gran discusión teológica desarrollada en Occidente fue promovida por Pelagio, un monje bretón que se ganó fama en Roma por su rigorismo moral. En el año 410, con ocasión del saqueo de la ciudad por los bárbaros, se refugió en el norte de África, donde — secundado por su discípulo Celestio — predicó abiertamente que la libertad decide el último destino del hombre. El pecado original no sería otra cosa que un "mal ejemplo" de nuestros primeros padres, no un verdadero "estado de pecado" que se transmite a todos con la generación; los niños no serían bautizados para la remisión de los pecados (que no existirían en ellos); cada hombre vendría al mundo en las mismas condiciones en que fue creado Adán; la muerte sería consecuencia de la naturaleza, no la pena del pecado... Con estas premisas, quedaba anulada la obra de la Redención realizada por Jesucristo.

En Africa, Pelagio fue condenado por un Concilio provincial y además encontró un hombre especialmente preparado para rebatirle: el obispo Agustín de Hipona, que con su humildad y su ciencia sentó las bases de la doctrina católica sobre la salvación, que armoniza la gracia divina con las obras humanas. A consecuencia de la actividad de San Agustín, que escribió libros muy importantes sobre esta cuestión, en el año 418 se reunió un Concilio plenario en Cartago, que desenmascaró las doctrinas pelagianas. El Papa Zósimo, que en un primer momento había sido engañado por las falsas disculpas de Pelagio y Celestio, escribió entonces una carta circular (Epistola tractoria), dirigida a las mayores sedes episcopales de Oriente y Occidente, exponiendo la recta doctrina católica.

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San Atanasio.

Atanasio representa, en muchos aspectos, como la consolidación de las principales líneas del pensamiento teológico, todavía fluctuante durante los siglos anteriores. Atanasio no fue tal vez un gran genio especulativo, que abriera nuevas perspectivas a la teología: fue más bien el hombre que en un momento crítico crucial — el de la marea arriana — supo captar certeramente cuáles eran las más radicales exigencias de la revelación cristiana y, sobre todo, supo luchar con un denuedo increíble para lograr que tales exigencias fuesen reconocidas y aceptadas en un encarecido ambiente en el que la confusión ideológica y las intrigas políticas parecían hacer imposible tal reconocimiento.

Toda la teología de Atanasio casi puede reducirse a un esfuerzo por defender la verdadera divinidad del Verbo, no menos que su verdadera función salvadora. Por lo menos ya desde Justino, el intento de explicar la revelación en términos del pensamiento helénico iba llevando a concepciones de tipo subordinacionista, en las que, aunque se quería mantener la naturaleza divina del Verbo, éste aparecía con un carácter mediador que tendía a hacer de él más bien un ser intermediario en alguna manera subordinado o inferior al Dios supremo. Arrio representa el desarrollo extremo de esta linea de pensamiento cuando afirma claramente la inferioridad del Verbo como criatura, aunque se ponga su creación "antes de los tiempos." Atanasio defenderá ardorosamente que la mediación reveladora y salvadora del Verbo no implica distinción sustancial con respecto al Padre, sino que el Verbo es de la misma esencia y sustancia del Padre y constituye con él una misma y única divinidad, aunque como Verbo engendrado se distinga de él verdaderamente. Esta doctrina es defendida por Atanasio por fidelidad a la revelación, sin que intente propiamente una explicación o justificación del cómo o el porqué del misterio trinitario. La teología del Espíritu Santo, aunque todavía poco desarrollada de una manera explícita, es concebida por Atanasio de manera paralela a la teología del Verbo.

La temática trinitaria lleva a Atanasio a ocuparse también de la soteriología: en este punto, sin olvidar el aspecto de satisfacción vicaria, Atanasio desarrolla sobre todo una sateriología de "asunción>>, por la que la eficacia salvífica de la encarnación del Verbo está primordialmente en el mismo hecho de que éste, al asumir la carne humana, la diviniza, liberándola así de la sujeción al pecado, a la muerte y a la corrupción.

La vida de Atanasio es una verdadera odisea de sufrimientos en defensa de la fe trinitaria. Nacido en Alejandría en 295, aparece como diácono del obispo alejandrino en el concilio de Nicea, en 325. Poco después pasa a ocupar la sede de Alejandría, por muerte de su obispo, de la que había de ser desterrado cinco veces, para volver otras tantas, según soplaban los vientos del poder de sus enemigos arrianizantes o del favor y desfavor de los emperadores en los que aquellos buscaban apoyo. Murió lleno de gloria y en plena posesión de su sede el año 373.

Josep Vives

Los Padres Apostólicos

Herder. Barcelona 1981

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Es la gran figura de la Iglesia en el siglo IV, junto con San Basilio el Grande, San Gregorio Nacianceno y San Gregorio de Nisa, en Oriente, San Hilario y San Ambrosio en Occidente. Por su incansable defensa del símbolo de fe promulgado en el Concilio de Nicea, se le denomina Padre de la ortodoxia y columna de la fe.

Nacido en Alejandría de Egipto, en el año 295, en esa ciudad recibió su formación filosófica y teológica. Fue ordenado diácono a los 24 años, y acompañó al obispo Alejandro, Patriarca de Alejandría, al Concilio de Nicea (año 325) en calidad de secretario. En ese Concilio, el primero de los ecuménicos, la Iglesia condenó la herejía de Arrio, que negaba la consustancialidad del Padre y del Hijo, afirmando por el contrario que el Verbo — aunque superior a las criaturas — es inferior al Padre. A pesar de esta condena, los secuaces de Arrio, amparados muchas veces por la autoridad imperial, siguieron difundiendo sus doctrinas, sobre todo en Oriente.

Es entonces cuando cobra enorme importancia San Atanasio, que — elegido para sustituir a Alejandro en la sede de Alejandría — es consagrado obispo en el año 328. Desde ese momento, se convierte en el gran adalid del Credo de Nicea, el brillante escritor que expone teológicamente y defiende contra las diversas herejías — apoyado en el estudio de la Escritura y en la Tradición — la fe verdadera en la Santísima Trinidad. Esta defensa le costó seis destierros, pero de todos ellos regresó invicto a Alejandría, donde el clero y el pueblo le acogían triunfalmente. Sus últimos años transcurrieron en paz. Falleció en el 373, ocho años antes de que el Concilio I de Constantinopla, segundo ecuménico, reafirmara solemnemente la fe de Nicea y diera término a la herejía arriana.

La producción literaria de San Atanasio es amplísima. La mayor parte está relacionada con la defensa de la divinidad del Verbo, proclamada en Nicea; es el caso de los escritos apologéticos y dogmáticos contra los paganos y contra los arrianos, así como el libro La Encarnación del Verbo. También elaboró escritos exegéticos y ascéticos (es famosa su Vida de San Antonio, el primer eremita), varias cartas dogmáticas enviadas a diversos Obispos, y las Cartas Festales, dirigidas a sus fieles con ocasión de la fiesta de la Pascua. Una de ellas, la correspondiente al año 367, es particularmente interesante porque contiene la primera lista completa de los 27 libros del Nuevo Testamento considerados como canónicos (es decir, inspirados por el Espíritu Santo).

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I. La Trinidad.

Existe, pues, una Trinidad santa y completa, de la que se afirma que es Dios, en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En ella no se encuentra ningún elemento extraño o externo; no se compone de uno que crea y de otro que es creado, sino que toda ella es creadora, consistente e indivisible por naturaleza, siendo su actividad única. El Padre hace todas las cosas por el Verbo en el Espíritu Santo: de esta manera se salva la unidad de la santa Trinidad. Así en la Iglesia se predica un solo Dios "que está sobre todos, por todos y en todos" (cf. Ef 4:6): "sobre todos," en cuanto Padre, principio y fuente; "por todos," por el Verbo; "en todos," en el Espíritu Santo. Es una verdadera Trinidad no sólo de nombre y por pura ficción verbal, sino en verdad y realidad. Así como el Padre es el que es, así también su Verbo es el que es y Dios soberano. El Espíritu Santo no está privado de existencia real, sino que existe con verdadera realidad... 1

Unidad y distinción entre el Padre y el Hijo.

"Yo en el Padre, y el Padre en mí" (Jn 14:10). El Hijo está en el Padre, en cuanto podemos comprenderlo, porque todo el ser del Hijo es cosa propia de la naturaleza del Padre, como el resplandor lo es de la luz, y el arroyo de la fuente. Así el que ve al Hijo ve lo que es propio del Padre, y entiende que el ser del Hijo, proviniendo del Padre, está en el Padre. Asimismo el Padre está en el Hijo, porque el Hijo es lo que es propio del Padre, a la manera como el sol está en su resplandor, la mente está en la palabra, y la fuente en el arroyo. De esta suerte, el que contempla al Hijo contempla lo que es propio de la naturaleza del Padre, y piensa que el Padre está en el Hijo. Porque la forma y la divinidad del Padre es el ser del Hijo, y, por tanto, el Hijo está en el Padre, y el Padre en el Hijo. Por esto con razón habiendo dicho primero "Yo y el Padre somos uno" (Jn 10:30), añadió: "Yo en el Padre y el Padre en mí" (Jn 14:10): así manifestó la identidad de la divinidad y la unidad de su naturaleza.

Sin embargo, son uno pero no a la manera con que una cosa se divide luego en dos, que no son en realidad más que una; ni tampoco como una cosa que tiene dos nombres, como si la misma realidad en un momento fuera Padre y en otro momento Hijo. Esto es lo que pensaba Sabelio, y fue condenado como hereje. Se trata de dos realidades, de suerte que el Padre es Padre, y no es Hijo; y el Hijo es Hijo, y no es Padre. Pero su naturaleza es una, pues el engendrado no es desemejante con respecto al que engendra, ya que es su imagen, y todo lo que es del Padre es del Hijo. Por esto el Hijo no es otro dios, pues no es pensado fuera (del Padre): de lo contrario, si la divinidad se concibiera fuera del Padre, habría sin duda muchos dioses. El Hijo es "otro" en cuanto es engendrado, pero es del mismo" en cuanto es Dios. El Hijo y el Padre son una sola cosa en cuanto tienen una misma naturaleza propia y peculiar, por la identidad de la divinidad única. También el resplandor es luz, y no es algo posterior al so! ni una luz distinta, ni una participación de él, sino simplemente algo engendrado de él: ahora bien, una realidad así engendrada es necesariamente una única luz con el sol, y nadie dirá que se trata de dos luces, aunque el sol y su resplandor sean dos realidades: una es la luz del sol, que brilla por todas partes en su propio resplandor. Así también, la divinidad del Hijo es la del Padre, y por esto es indivisible de ella. Por esto Dios es uno, y no hay otro fuera de él. Y siendo los dos uno, y única su divinidad, se dice del Hijo lo mismo que se dice del Padre, excepto el ser Padre 2.

El Verbo no fue hecho como medio para crear.

El Verbo de Dios no fue hecho a causa de nosotros, sino más bien nosotros fuimos hechos a causa de él, y en él fueron creadas todas las cosas (Col 1:16). No fue hecho a causa de nuestra debilidad — siendo él fuerte — por el Padre, que existía hasta entonces solo, a fin de servirse de él como de instrumento para crearnos. En manera alguna podría ser así. Porque aunque Dios se hubiese complacido en no hacer creatura alguna, sin embargo el Verbo no por ello hubiera dejado de estar en Dios, y el Padre de estar en él. Con todo no era posible que las cosas creadas se hicieran sin el Verbo, y así es obvio que se hicieran por él. Pues ya que el Hijo es el Verbo propio de la naturaleza sustancial de Dios, y procede de él y está en él... era imposible que la creación se hiciera sin él. Es como la luz que ilumina con su resplandor todas las cosas, de suerte que nada puede iluminarse si no es por el resplandor. De la misma manera el Padre creó con su Verbo, como si fuera su mano, todas las cosas, y sin él nada hace. Como nos recuerda Moisés, dijo Dios: "Hágase la luz," "Congréguense las aguas" (Gén 1:3 y 9)..., y habló, no a la manera humana, como si hubiera allí un obrero para oír, el cual enterándose de la voluntad del que hablaba fuera a ejecutarla. Esto sería propio del orden creado, pero indigno de que se atribuya al Verbo. Porque el Verbo de Dios es activo y creador, siendo él mismo la voluntad del Padre. Por eso no dice la sagrada Escritura que hubiera quien oyera y contestara cómo y con qué propiedades quería que se hiciera lo que se tenía que hacer, sino que Dios dijo únicamente "Hágase," y al punto se añade "Y así fue hecho." Lo que quería con su voluntad, al punto fue hecho y terminado por el Verbo... Basta el querer, y la cosa está hecha. Así la palabra "dijo" es para nosotros el indicador de la divina voluntad, mientras que la palabra "y así fue hecho" indica la obra realizada por su Verbo y su sabiduría, en la cual se halla también incluida la voluntad del Padre... 3

Unidad de naturaleza en el Padre y el Hijo.

Ya que él es el Verbo de Dios y su propia sabiduría, y, siendo su resplandor, está siempre con el Padre, es imposible que si el Padre comunica gracia no se la comunique a su Hijo, puesto que el Hijo es en el Padre como el resplandor de la luz. Porque no por necesidad, sino como un Padre, en virtud de su propia sabiduría fundó Dios la tierra e hizo todas las cosas por medio del Verbo que de él procede, y establece por el Hijo el santo lavatorio del bautismo. Porque donde está el Padre está el Hijo, de la misma manera que donde está la luz allí está su resplandor. Y así como lo que obra el Padre lo realiza por el Hijo. y el mismo Señor dice: "Lo que veo obrar al Padre lo hago también yo," así también cuando se confiere el bautismo, a aquel a quien bautiza el Padre lo bautiza también el Hijo, y el que es bautizado por el Hijo es perfeccionado en el Espíritu Santo. Además, así como cuando alumbra el sol se puede decir también que es su resplandor el que ilumina, ya que la luz es única y no puede dividirse ni partirse, así también, donde está o se nombra al Padre allí está también indudablemente el Hijo; y puesto que en el bautismo se nombra al Padre, hay que nombrar igualmente con él al Hijo 4.

La eterna generación del Hijo.

Es exacto decir que el Hijo es vástago eterno del Padre. Porque la naturaleza del Padre no fue en momento alguno imperfecta, de suerte que pudiera sobrevenirle luego lo que es propio de ella. El Hijo no fue engendrado como se engendra un hombre de otro hombre, de forma que la existencia del padre es anterior a la del hijo. El hijo es vástago de Dios, y siendo Hijo del Dios que existe eternamente, él mismo es eterno. Es propio del hombre, a causa de la imperfección de su naturaleza, engendrar en el tiempo: pero Dios engendra eternamente, porque su naturaleza es perfecta desde siempre... Lo que es engendrado del Padre es su Verbo, su sabiduría y su resplandor, y hay que decir que los que afirman que había un tiempo en que no existía el Hijo son como ladrones que roban a Dios su propio Verbo, y se declaran contrarios a él diciendo que durante un tiempo no tuvo ni Verbo ni sabiduría, y que la luz hubo tiempo en que no tuvo resplandor, y la fuente hubo tiempo en que era estéril y seca. En realidad simulan evitar la palabra "tiempo" a causa de los que se lo reprochan, y dicen que el Verbo existía "antes de los tiempos." Sin embargo, determinan un cierto "periodo" en el cual imaginan que el Verbo no existía, con lo cual introducen igualmente la noción de tiempo: y así, al admitir un Dios sin Logos o Verbo, muestran su extraordinaria impiedad 5.

La eternidad del Padre implica la filiación eterna.

Dios existe desde la eternidad: y si el Padre existe desde la eternidad, también existe desde la eternidad lo que es su resplandor, es decir, su Verbo. Además, Dios, "el que es," tiene de sí mismo el que es su Verbo: el Verbo no es algo que antes no existía y luego vino a la existencia, ni hubo un tiempo en que el Padre estuviera sin Logos (alogos). La audacia dirigida contra el Hijo llega a tocar con su blasfemia al mismo Padre, ya que lo concibe sin Sabiduría, sin Logos, sin Hijo... Es como si uno, viendo el sol, preguntara acerca de su resplandor: ¿Lo que existe primero hace lo que no existe o lo que ya existe? El que pensara así seria tenido por insensato, pues sería locura pensar que lo que procede totalmente de la luz es algo extrínseco a ella, y pregunta cuándo, dónde y cómo fue dicho. Lo mismo ocurre con el que pregunta tales cosas acerca del Hijo y del Padre. Al hacer tales preguntas muestra una locura todavía mayor, pues supone que el Logos del Padre es algo externo a él, e imagina como en sombras que lo que es generación de la naturaleza divina es una cosa creada, afirmando que "no existía antes de ser engendrado." Oigan, pues, la respuesta a su pregunta: El Padre, que existe (eternamente), hizo al Hijo con la misma existencia... Mas, decidnos vosotros, los arrianos...: ¿El que es, tuvo necesidad del que no era para crear todas las cosas, o necesitó de él cuando ya era? Porque está en vuestros dichos que el Padre se hizo para sí al Hijo de la nada, como instrumento para crear con él todas las cosas. Ahora bien, ¿quien es superior, el que tiene necesidad de algo o el que viene a colmar esta necesidad? ¿O es que ambos satisfacen mutuamente sus respectivas necesidades? Si decís esto, mostráis la debilidad de aquel que hubo de buscarse un instrumento por no poder por si mismo hacer todas las cosas... Este es el colmo de la impiedad... 6.

Los errores de Arrio.

Las lindezas aborrecibles y llenas de impiedad que resuenan en la Talia, de Arrio, son de este jaez: Dios no fue Padre desde siempre, sino que hubo un tiempo en que Dios estaba solo y todavía no era Padre; más adelante llegó a ser Padre. El Hijo no existía desde siempre, pues todas las cosas han sido hechas de la nada, y todo ha sido creado y hecho: el mismo Verbo de Dios ha sido hecho de la nada y había un tiempo en que no existía. No existía antes de que fuera hecho, y él mismo tuvo comienzo en su creación. Porque, según Arrio, sólo existía Dios, y no existían todavía ni el Verbo ni la Sabiduría. Luego, cuando quiso crearnos a nosotros, hizo entonces a alguien a quien llamó Verbo, Sabiduría e Hijo, a fin de crearnos a nosotros por medio de él. Y dice que existen dos sabidurías: una la cualidad propia de Dios, y la otra el Hijo, que fue hecha por aquella sabiduría, y que sólo en cuanto que participa de ella se llama Sabiduría y Verbo. Según él, la Sabiduría existe por la sabiduría, por voluntad del Dios sabio. Asimismo dice que en Dios se da otro Logos fuera del Hijo, y que por participar de él el Hijo se llama él mismo Verbo e Hijo por gracia. Es opción particular de esta herejía, manifestada en otros de sus escritos, que existen muchas virtudes, de las cuales una es por naturaleza propia de Dios y eterna; pero Cristo no es la verdadera virtud de Dios, sino que él es también una de las llamadas virtudes — entre las que se cuentan la langosta y la oruga —, aunque no es una simple virtud, sino que se la llama grande. Pero hay otras muchas semejantes al Hijo, y David se refirió a ellas en el salmo llamándole "Señor de las virtudes" (Sal 23:10). El mismo Verbo es por naturaleza, como todas las cosas, mudable, y por su propia voluntad permanece bueno mientras quiere: pero cuando quiere, puede mudar su elección. lo mismo que nosotros, pues es de naturaleza mudable. Precisamente por eso, según Arrio, previendo Dios que iba a permanecer en el bien, le dio de antemano aquella gloria que luego había de conseguir siendo hombre por su virtud. De esta suerte Dios hizo al Verbo en un momento dado tal como correspondía a sus obras, que Dios había previsto de antemano. Asimismo se atrevió a decir que el Verbo no es Dios verdadero, pues aunque se le llame Dios, no lo es en sentido propio, sino por participación, como todos los demás... Todas las cosas son extrañas y desemejantes a Dios por naturaleza, y así también el Verbo es extraño y desemejante en todo con respecto a la esencia y a las propiedades del Padre, pues pertenece a las cosas engendradas, siendo una de ellas... 7.

En qué sentido es exaltado el Verbo, y nosotros con él.

El Apóstol escribe a los filipenses: "Sentid entre vosotros lo mismo que Jesucristo, el cual siendo Dios por su propia condición... y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre>> (Flp 2:5-11). ¿Qué podia decirse más claro y más explícito? Cristo no pasó de ser menos a ser más, sino al contrario, siendo Dios, tomó la forma de esclavo, y al tomarla no mejoró su condición, sino que se abajo. ¿Dónde se encuentra aquí la supuesta recompensa de su virtud? ¿Qué progreso o qué elevación hay en este abajarse? Si siendo Dios se hizo hombre, y si al bajar de la altura se dice que es exaltado, ¿adónde será exaltado siendo ya Dios? Siendo Dios el Altísimo, es evidente que su Verbo es también necesariamente altísimo. ¿Qué mayor exaltación pudo recibir el que ya está en el Padre y es en todo semejante al Padre? No tiene necesidad de ningún incremento, ni es tal como lo imaginan los arrianos. Está escrito que el Verbo tuvo antes que abajarse para poder ser exaltado. ¿Qué necesidad tenía de abajarse para conseguir así lo que ya tenía antes? ¿Qué don tenía que recibir el que es dador de todo don?.. Esto no es enigma, sino misterio de Dios: "En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios" (Jn 1:1). Pero luego, este Verbo se hizo carne por nuestra causa. Y cuando allí se dice "fue exaltado," se indica no una exaltación de la naturaleza del Verbo, puesto que ésta era y es eternamente idéntica con Dios, sino una exaltación de la humanidad. Estas palabras se refieren al Verbo ya hecho carne, y con ello está claro que ambas expresiones "se humilló" y "fue exaltado" se refieren al Verbo humanado. En el aspecto bajo el que fue humillado, en el mismo podrá ser exaltado, Y si está escrito que "se humilló" con referencia a la encarnación, es evidente que "fue exaltado" también con referencia a la misma. Como hombre tenía necesidad de esta exaltación, a causa de la bajeza de la carne y de la muerte. Siendo imagen del Padre y su Verbo inmortal, tomó la forma de esclavo, y como hombre soportó en su propia carne la muerte, para ofrecerse así a sí mismo como ofrenda al Padre en favor nuestro. Y así también, como hombre, está escrito que fue exaltado por nosotros en Cristo, así también todos nosotros en Cristo somos exaltados, y resucitados de entre los muertos y elevados a los cielos "en los que penetró Jesús como precursor nuestro" (Heb 6:20) 8.

Nuestras relaciones con Dios, el Hijo y el Espíritu.

¿Cómo podemos nosotros estar en Dios, y Dios en nosotros? ¿Cómo nosotros formamos una cosa con él? ¿Cómo se distingue el Hijo en cuanto a su naturaleza de nosotros?.. Escribe, pues, Juan lo siguiente: "En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu" (1 Jn 4:13). Así pues, por el don del Espíritu que se nos ha dado estamos nosotros en él y él en nosotros. Puesto que el Espíritu es de Dios, cuando él viene a nosotros con razón pensamos que al poseer el Espíritu estamos en Dios. Así está Dios en nosotros: no a la manera como el Hijo está en el Padre estamos también nosotros en el Padre, porque el Hijo no participa del Espíritu ni está en el Padre, por medio del Espíritu; ni recibe tampoco el Espíritu: al contrario, más bien lo distribuye a todos. Ni tampoco el Espíritu junta al Verbo con el Padre, sino que al contrario, el Espíritu es receptivo con respecto al Verbo. El Hijo está en el Padre como su propio Verbo y como su propio resplandor: nosotros, en cambio, si no fuera por el Espíritu, somos extraños y estamos alejados de Dios, mientras que por la participación del Espíritu nos relegamos a la divinidad. Así pues, el que nosotros estemos en el Padre no es cosa nuestra, sino del Espíritu que está en nosotros y permanece en nosotros todo el tiempo en que por la confesión (de fe) lo guardamos en nosotros, como dice también Juan: Si uno confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios" (I Jn 4:15). ¿,En qué, pues, nos asemejamos o nos igualamos al Hijo?.. Una es la manera como el Hijo está en el Padre, y otra la manera como nosotros estamos en el Padre. Nosotros no seremos jamás como el Hijo, ni el Verbo será como nosotros, a no ser que se atrevan a decir... que el Hijo está en el Padre por participación del Espíritu y por merecimiento de sus obras, cosa cuyo solo pensamiento muestra impiedad extrema. Como hemos dicho, es el Verbo el que se comunica al Espíritu, y todo lo que el Espíritu tiene, lo tiene del Verbo... 9.

II. Cristo redentor.

El Verbo "se hizo hombre," no "vino a un hombre."

(El Verbo) se hizo hombre, no vino a un hombre. Esto es preciso saberlo, no sea que los herejes se agarren a esto y engañen a algunos, llegando a creer que así como en los tiempos antiguos el Verbo venia a los diversos santos, así también ahora ha puesto su morada en un hombre y lo ha santificado, apareciéndose como en el caso de aquellos. Si así fuera, es decir si sólo se manifestara en un puro hombre, no habría nada paradójico para que los que le veían se extrañaran y dijeran: "¿De dónde es éste?" (MC 4:41) y: "Porque, siendo hombre, te haces Dios" (Jn 10:33). Porque ya estaban acostumbrados a oír: El Verbo de Dios vino a tal o cual profeta. Pero ahora, el Verbo de Dios, por el que hizo todas las cosas, consintió en hacerse Hijo del hombre, y se humilló, tomando forma de esclavo. Por esto la cruz de Cristo es escándalo para los judíos, mientras que para nosotros Cristo es la fuerza de Dios y la sabiduría de Dios. Porque, como dijo Juan: "El Verbo se hizo carne..." (Jn 1:14), y la Escritura acostumbra a llamar "carne" al "hombre" ...Antiguamente el Verbo venía a los diversos santos, y santificaba a los que le recibían como convenía. Sin embargo, no se decía al nacer aquellos que el Verbo se hiciera hombre, ni que padeciera cuando ellos padecieron. Pero cuando al fin de los tiempos vino de manera singular, nacido de María, para la destrucción del pecado... entonces se dice que tomando carne se hizo hombre, y que en su carne padeció por nosotros (cf. I Pe 4:1). Así se manifestaba, de suerte que todos lo creyésemos, que el que era Dios desde toda la eternidad y santificaba a aquellos a quienes visitaba, ordenando según la voluntad del Padre todas las cosas, más adelante se hizo hombre por nosotros; y, como dice el Apóstol, hizo que la divinidad habitase en la carne de manera corporal (cf. Col 2:9); lo cual equivale a decir que, siendo Dios, tuvo un cuerpo propio que utilizaba como instrumento suyo, haciéndose así hombre por nosotros. Por esto se dice de él lo que es propio de la carne, puesto que existía en ella, como, por ejemplo, que padecía hambre, sed, dolor, cansancio, etc., que son afecciones de la carne. Por otra parte, las obras propias del Verbo, como el resucitar a los muertos, dar vista a los ciegos, curar a la hemorragias, las hacia él mismo por medio de su propio cuerpo. El Verbo soportaba las debilidades de la carne como propias, puesto que suya era la carne; la carne, en cambio, cooperaba a las obras de la divinidad, pues se hacían en la carne... De esta suerte, cuando padecía la carne, no estaba el Verbo fuera de ella, y por eso se dice que el Verbo padecía. Y cuando hacia las obras del Padre a la manera de Dios, no estaba la carne ausente, sino que el Señor hacia aquellas cosas asimismo en su propio cuerpo. Y por esto, hecho hombre, decia: "Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mi, creed a mis obras y reconoced que el Padre está en mi y yo en el Padre" (Jn 10:37-8). Cuando fue necesario curar de su fiebre a la suegra de Pedro, extendió la mano como hombre, pero curó la dolencia como Dios. De manera semejante, cuando curó al ciego de nacimiento, echó la saliva humana de su carne, pero en cuanto Dios le abrió los ojos con el lodo... Así hacía Él las cosas, mostrando con ello que tenía un cuerpo, no aparente, sino real. Convenia que el Señor, al revestirse de carne humana, se revistiese con ella tan totalmente que tomase todas las afecciones que le eran propias, de suerte que así como decimos que tenia su propio cuerpo, así también se pudiera decir que eran suyas propias las afecciones de su cuerpo, aunque no las alcanzase su divinidad. Si el cuerpo hubiese sido de otro, sus afecciones serien también de aquel otro. Pero si la carne era del Verbo, pues "el Verbo se hizo carne" (Jn 1:14), necesariamente hay que atribuirle también las afecciones de la carne, pues suya es la carne. Y al mismo a quien se le atribuyen los padecimientos — como el ser condenado, azotado, tener sed, ser crucificado y morir —, a él se atribuye también la restauración y la gracia. Por esto se afirma de una manera lógica y coherente que tales sufrimientos son del Señor y no de otro, para que también la gracia sea de él, y no nos convirtamos en adoradores de otro, sino del verdadero Dios. No invocamos a creatura alguna, ni a hombre común alguno, sino al hijo verdadero y natural de Dios hecho hambre, el cual no por ello es menos Señor, Dios y Salvador 10.

La unión de la humanidad y la divinidad en Cristo.

Nosotros no adoramos a una criatura. Lejos de nosotros tal pensamiento, que es un error más bien propio de paganos y de arrianos. Lo que nosotros adoramos es el Señor de la creación hecho hombre, el Verbo de Dios. Porque aunque en si misma la carne sea una parte de la creación, se ha convertido en el cuerpo de Dios. Nosotros no separamos el cuerpo como tal del Verbo, adorándolo por separado, ni tampoco al adorar al Verbo lo separamos de la carne, sino que sabiendo que "el Verbo se hizo carne," le reconocemos como Dios aun cuando está en la carne 11.

El Verbo, al tomar nuestra carne, se constituye en pontifico de nuestra fe.

"Hermanos santos, partícipes de una vocación celestial, considerad el apóstol y pontífice de vuestra religión, Jesús, que fue fiel al que le había hecho" (Heb 3:1-2). ¿Cuándo fue enviado como apóstol, sino es cuando se vistió de nuestra carne? ¿Cuándo fue constituido pontificó de nuestra religión, si no es cuando habiéndose ofrecido por nosotros resucitó de entre los muertos en su cuerpo, y ahora a los que se le acercan con la fe los lleva y los presenta al Padre, redimiéndolos a todos y haciendo propiciación por todos delante de Dios? No se refería el Apóstol a la naturaleza del Verbo ni a su nacimiento del Padre por naturaleza cuando decía "que fue fiel al que le había hecho." De ninguna manera. El Verbo es el que hace, no el que es hecho. Se refería a su venida entre los hombres y al pontificado que fue entonces creado. Esto se puede ver claramente a partir de la historia de Aarón en la ley. Aarón no había nacido pontífice, sino simple hombre. Con el tiempo, cuando quiso Dios, se hizo pontífice... poniéndose sobre sus vestidos comunes el efod, el pectoral y la túnica, que las mujeres habían elaborado por mandato de Dios. Con estos ornamentos entraba en el lugar sagrado y ofrecía el sacrificio en favor del pueblo... De la misma manera, el Señor "en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios" (Jn 1:1). Pero cuando quiso el Padre que se ofreciera rescate por todos y que se hiciera gracia a todos, entonces, de la misma manera que Aarón tomó la túnica, tomó el Verbo la carne de la tierra, y tuvo a María como madre a la manera de tierra virgen, a fin de que como pontífice se ofreciera a sí mismo al Padre, purificándonos a todos con su sangre de nuestros pecados y resucitándonos de entre los muertos. Lo antiguo era una sombra de esto. De lo que hizo el Salvador en su venida, Aarón había ya trazado una sombra en la ley. Y así como Aarón permaneció el mismo y no cambió cuando se puso los vestidos sacerdotales... así también el Señor... no cambió al tomar carne, sino que siguió siendo el mismo, aunque oculto bajo la carne. Cuando se dice, pues. que "fue hecho," no hay que entenderlo del Verbo en cuanto tal... El Verbo es creador, pero luego es hecho pontífice al revestirse de un cuerpo hecho y creado, que pudiera ofrecer por nosotros: en este sentido se dice que "fue hecho"... 12

El designio de Dios creador sobre el hombre.

...Dice el utilísimo libro del Pastor (de Hermas): "Ante todo has de creer que uno es Dios, el que creó y dispuso todas las cosas, y las hizo del no ser para que fueran" (Mand. 1). Dios es bueno: mejor dicho, es la misma fuente de la bondad. Ahora bien, siendo bueno, no puede escatimar nada a nadie. Por esto no escatimó la existencia de nada, sino que a todas las cosas las hizo de la nada por medio de su propia Palabra, nuestro Señor Jesucristo. Y entre todas ellas tuvo en primer lugar particular benevolencia para con el linaje humano, y viendo que según su propia condición natural los hombres no podían permanecer indefinidamente, les dio además un don particular: no los creó simplemente como a los demás animales irracionales de la tierra, sino que los hizo según su propia imagen, haciéndoles participar de la fuerza de su propia Palabra (Logos); y así, una vez hechos participes de la Palabra (logikoi), podían tener una existencia duradera y feliz, viviendo la vida verdadera y real de los santos en el paraíso.

Pero Dios sabia también que el hombre tenía una voluntad de elección en un sentido o en otro, y tuvo providencia de que se asegurara el don que les había dado poniéndoles bajo determinadas condiciones en determinado lugar. Efectivamente, los introdujo en su propio paraíso, y les puso la condición de que si guardaban el don que tenían y permanecían buenos tendrían aquella vida propia del paraíso, sin penas, dolores ni cuidados, y además la promesa de la inmortalidad en el cielo. Por el contrario, si transgredía la condición y se pervertían haciéndose malvados, conocerían que por naturaleza estaban sujetos a la corrupción de la muerte, y ya no podrían vivir en el paraíso, sino que expulsados de él acabarían muriendo y permanecerían en la muerte y en la corrupción... 13.

El pecado original, transmitido por la generación sexual.

"He aquí que he sido concebido en la iniquidad, y mi madre me concibió entre pecados" (Sal 50:7). El primer plan de Dios no era que nosotros viniéramos a la existencia a través del matrimonio y de la corrupción. Fue la transgresión del precepto lo que introdujo el matrimonio, a causa de la iniquidad de Adán, es decir, de su repudio de la ley que Dios le había dado. Así pues, los que nacen de Adán son concebidos en la iniquidad e incurren en la condena del primer padre. La expresión: "Mi madre me concibió entre pecados" significa que Eva, madre de todos nosotros, fue la primera que concibió al pecado estando como llena de placer. Por eso nosotros, cayendo en la misma condena de nuestra madre, decimos que somos concebidos entre pecados. Así se muestra cómo la naturaleza humana desde un principio, a causa de la transgresión de Eva, cayó bajo el pecado, y el nacimiento tiene lugar bajo una maldición. La explicación se remonta hasta los comienzos, a fin de que quede patente la grandeza del don de Dios... 14.

El Verbo, haciéndose hombre, diviniza a la humanidad.

"Le dio un nombre que está sobre todo nombre" (Flp 2:9). Esto no está escrito con referencia al Verbo en cuanto tal, pues aun antes de que se hiciera hombre, el Verbo era adorado de los ángeles y de toda la creación a causa de lo que tenía corno herencia del Padre. En cambio sí está escrito por nosotros y en favor nuestro: Cristo, de la misma manera que en cuanto hombre murió por nosotros, así también fue exaltado. De esta suerte está escrito que recibe en cuanto hombre lo que tiene desde la eternidad en cuanto Dios, a fin de que nos alcance a nosotros este don que le es otorgado. Porque el Verbo no sufrió disminución alguna al tomar carne, de suerte que tuviera que buscar cómo adquirir algún don sino que al contrario, divinizó la naturaleza en la cual se sumergía, haciendo con ello un mayor regalo al género humano. Y de la misma manera que en cuanto Verbo y en cuanto que existía en la forma de Dios era adorado desde siempre, así también, al hacerse hombre permaneciendo el mismo y llamándose Jesús, no tiene en menor medida a toda la creación debajo de sus pies. A este nombre se doblan para él todas las rodillas y confiesan que el hecho de que el Verbo se haya hecho carne y esté sometido a la muerte de la carne no implica nada indigno de su divinidad, sino que todo es para gloria del Padre. Porque gloria del Padre es que pueda ser recobrado el hombre que él había hecho y había perdido, y que el que estaba muerto resucite y se convierta en templo de Dios. Las mismas potestades de los cielos, los ángeles y los arcángeles, que le rendían adoración desde siempre, le adoran ahora en el nombre de Jesús, el Señor: y esto es para nosotros una gracia y una exaltación, porque el Hijo de Dios es ahora adorado en cuanto que se ha hecho hombre, y las potestades de los cielos no se extrañan de que todos nosotros penetremos en lo que es su región propia, viendo que tenemos un cuerpo semejante al de aquél. Esto no hubiera sucedido si aquel que existía en forma de Dios no hubiera tomado la forma de esclavo y se hubiera humillado hasta permitir que la muerte se apoderara de su cuerpo. He aquí como lo que humanamente era tenido como una locura de Dios en la cruz, se convirtió en realidad en una cosa más gloriosa para todos: porque en esto está nuestra resurrección... 15.

La redención del hombre.

Nuestra culpa fue la causa de que bajara el Verbo y nuestra transgresión daba voces llamando a su bondad, hasta que logró hacerlo venir a nosotros y que el Señor se manifestara entre los hombres.

Nosotros fuimos la ocasión de su encarnación y por nuestra salvación amó a los hombres hasta tal punto que nació y se manifestó en un cuerpo humano.

Así pues, de esta forma hizo Dios al hombre y quiso que perseverara en la inmortalidad. Pero los hombres, despreciando y apartándose de la contemplación de Dios, discurrieron y planearon para sí mismo el mal... y recibieron la condenación de muerte con que habían sido amenazados de antemano. En adelante ya no tenían una existencia duradera tal como habían sido hechos, sino que, de acuerdo con lo que habían planeado, quedaron sujetos a corrupción, y la muerte reinaba y tenía poder sobre ellos. Porque la transgresión del precepto los volvió a colocar en su situación natural, de suerte que así como fueron hechos del no ser, de la misma manera quedaran sujetos a la corrupción y al no ser con el decurso del tiempo.

Porque, si su naturaleza originaria era el no ser y fueron llamados al ser por la presencia y la benignidad del Verbo, se sigue que así que los hombres perdieron el conocimiento de Dios y se volvieron hacia el no ser — porque el mal es el no ser, y el bien es el ser que procede del ser de Dios —, perdieron la capacidad de ser para siempre, es decir, que se disuelven en la muerte y la corrupción permaneciendo en ellas. Porque, por naturaleza, el hombre es mortal, ya que ha sido hecho del no ser. Mas a causa de su semejanza con "el que es," que el hombre podía conservar mediante la contemplación de él, quedaba desvirtuada su tendencia natural a la corrupción y permanecía incorruptible, como dice la Sabiduría: "La observancia de la ley es vigor de incorrupción" (Sab 6:18). Y puesto que era incorruptible, podía vivir en adelante a la manera de Dios, como lo insinúa en cierto lugar la Escritura: "Yo dije: sois dioses, y todos sois hijos del Altísimo. Pero vosotros, todos morís como hombres, y caéis como un jefe cualquiera" (Sal 81:6-7).

Porque Dios no sólo nos hizo de la nada, sino que con el don de su Palabra nos dio el poder vivir como Dios. Pero los hombres se apartaron de las cosas eternas, y por insinuación del diablo se volvieron hacia las cosas corruptibles: y así, por su culpa le vino la corrupción de la muerte, pues, como dijimos, por naturaleza eran corruptibles, y sólo por la participación del Verbo podían escapar a su condición natural, si permanecían en el bien. Porque, en efecto, la corrupción no podía acercarse a los hombres a causa de que tenían con ellos al Verbo, como dice la Sabiduría: "Dios creó al hombre para la incorrupción y para ser imagen de su propia eternidad: pero por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo" (Sab 2:23-24). Entonces fue cuando los hombres empezaron a morir, y desde entonces la corrupción los dominó y tuvo un poder contra todo el linaje humano superior al que le correspondía por naturaleza, puesto que por la transgresión del precepto tenía en favor suyo la amenaza de Dios al hombre. Más aún, en sus pecados los hombres no se mantuvieron dentro de límites determinados, sino que avanzando poco a poco llegaron a rebasar toda medida. Primero descubrieron el mal y se atrajeron sobre sí la muerte y la corrupción. Luego se entregaron a la injusticia y sobrepasaron toda iniquidad, y no pararon en una especie de mal, sino que discurrieron nuevas maneras de perpetrar toda suerte de nuevos males, de suerte que se hicieron insaciables en sus pecados. Por todas partes había adulterios, y robos, y toda la tierra estaba llena de homicidios y de rapacidades. No había ley capaz de cohibir la corrupción y la iniquidad. Todos cometían toda suerte de maldades en privado y en común: las ciudades hacían la guerra a las ciudades, y los pueblos se levantaban contra los pueblos; todo el mundo estaba dividido en luchas y disensiones y todos se emulaban en el mal...

Todo esto no hacia sino aumentar el poder de la muerte, y la corrupción seguía amenazando al hombre, y el género humano iba pereciendo. El hombre hecho según el Verbo y a imagen (de Dios) estaba para desaparecer, y la obra de Dios iba a quedar destruida. La muerte... tenia poder contra nosotros en virtud de una ley, y no era posible escapar a esta ley, habiendo sido puesta por Dios a causa de la transgresión. La situación era absurda y verdaderamente inaceptable. Era absurdo que Dios, una vez que había hablado, nos hubiera engañado, y que habiendo establecido la ley de que si el hombre traspasaba su precepto moriría, en realidad no muriese después de la transgresión, desvirtuándose así su palabra... Por otra parte era inaceptable que lo que una vez había sido hecho según el Verbo y lo que participaba del Verbo quedara destruido y volviera a la nada a través de la corrupción. Porque era indigno de la bondad de Dios que lo que era obra suya pereciera a causa del engaño del diablo en que el hombre había caído. Sobre todo, era particularmente inaceptable que la obra de Dios en el hombre desapareciera, ya por negligencia de ellos ya por el engaño del diablo... ¿Qué necesidad había de crear ya desde el principio tales seres? Mejor era no crearlos, que abandonarlos y dejarlos perecer una vez creados... Si no los hubiese creado, nadie habría pensado en atribuirlo a impotencia. Pero una vez que los hizo y los creó para que existieran, era de lo más absurdo que tales obras perecieran a la vista misma del que las había hecho... 16.

Por el Verbo se restaura en el hombre la imagen de Dios.

Si ha llegado a desaparecer la figura de un retrato sobre tabla a causa de la suciedad que se le ha acumulado, será necesario que se presente de nuevo la persona de quien es el retrato, a fin de que se pueda restaurar su misma imagen en la misma madera. La madera no se arroja, pues tenía pintada en ella aquella imagen: lo que se hace es restaurarla. De manera semejante, el Hijo santísimo del Padre, que es imagen del Padre, vino a nuestra tierra a fin de restaurar al hombre que había sido hecho a su imagen. Por esto dijo a los judíos: "Si uno no renaciere..." (Jn 3:5): no se refería al nacimiento de mujer, como imaginaban aquellos, sino al alma que había de renacer y ser restaurada en su imagen. Una vez que la locura idolátrica y la impiedad habían ocupado toda la tierra, y una vez que había desaparecido el conocimiento de Dios, ¿quién podía enseñar al mundo el conocimiento del Padre?.. Para ello se necesitaba el mismo Verbo de Dios, que ve la mente y el corazón del hombre, que mueve todas las cosas de la creación y que por medio de ellas da a conocer al Padre. ¿Y cómo podía hacerse esto? Dirá tal vez alguno que ello podía hacerse por medio de las mismas cosas creadas, mostrando de nuevo a partir de las obras de la creación la realidad del Padre. Pero esto no era seguro, pues los hombres ya lo habían descuidado una vez, y ya no tenían los ojos levantados hacia arriba, sino dirigidos hacia abajo. Consiguientemente, cuando quiso ayudar a los hombres, se presentó como hombre y tomó para sí un cuerpo semejante al de ellos. Así les enseña a partir de las cosas de abajo, es decir, de las obras del cuerpo, de suerte que los que no querían conocerle a partir de su providencia del universo y de su soberanía, por las obras de su cuerpo conocerán al Verbo de Dios encarnado, y por medio de él al Padre. Así, como un buen maestro que se cuida de sus discípulos, a los que no podían aprovecharse de las cosas mayores, les enseña con cosas más sencillas poniéndose a su nivel... 17.

Cristo ofrece su cuerpo en sacrificio vicario por todos.

Vio el Verbo que no podía ser destruida la corrupción del hombre sino pasando absolutamente por la muerte; por otra parte, era imposible que el Verbo muriera, siendo inmortal e Hijo del Padre. Por esto tomó un cuerpo que fuera capaz de morir, a fin de que éste, hecho partícipe del Verbo que está sobre todas las cosas, fuera capaz de morir en lugar de todos y al mismo tiempo permaneciera inmortal a causa del Verbo que en él moraba. Así se imponía fin para adelante a la corrupción por la gracia de la resurrección. Así, él mismo tomó para si un cuerpo y lo ofreció a la muerte como hostia y víctima libre de toda mancha, y al punto, con esta ofrenda ofrecida por los otros, hizo desaparecer la muerte de todos aquellos que eran semejantes a él. Porque el Verbo de Dios estaba sobre todos, y era natural que al ofrecer su propio templo y el instrumento de su cuerpo por la vida de todos, pagó plenamente la deuda de la muerte. Y así, el Hijo incorruptible de Dios, al compartir la suerte común mediante un cuerpo semejante al de todos, les impuso a todos la inmortalidad con la promesa de la resurrección. La corrupción de la muerte ya no tiene lugar en los hombres, pues el Verbo habita en ellos a través del cuerpo de uno. Es como si el emperador fuera a una gran ciudad y se hospedara en una de sus casas: absolutamente toda la ciudad se sentiría grandemente honrada, y no habría enemigo o ladrón que la asaltara para vejarla, sino que se tendría toda ella como digna de particular protección por el hecho de que el emperador habitaba en una de sus casas. Algo así sucede con respecto al que es emperador de todo el universo. Al venir a nuestra tierra y morar en un cuerpo semejante al nuestro, hizo que en adelante cesaran todos los ataques de los enemigos contra los hombres, y que desapareciera la corrupción de la muerte que antes tenía gran fuerza contra ellos... 18.

Estando todos nosotros bajo el castigo de la corrupción y de la muerte, él tomó un cuerpo de igual naturaleza que los nuestros, y lo entregó a la muerte en lugar de todos, ofreciéndolo en sacrificio al Padre. Esto lo hizo por pura benignidad, en primer lugar a fin de que muriendo todos en él quedara abrogada la ley que condenaba a los hombres a la corrupción, ya que su fuerza quedaba totalmente agotada en el cuerpo del Señor y no le quedaba ya asidero en los hombres; y en segundo lugar para que, al haberse los hombres entregado a la corrupción, pudiera él restablecerlos en la incorrupción y resucitarlos de la muerte por la apropiación de su cuerpo y por la gracia de la resurrección, desterrando de ellos la muerte, como del fuego la paja 19.

La encarnación, principio de divinización del hambre.

Si las obras del Verbo divino no se hubieran hecho por medio del cuerpo, el hombre no hubiera sido divinizado; y, por el contrario, si las obras propias del cuerpo no se atribuyesen al Verbo, no se hubiera librado perfectamente de ellas el hombre. Pero una vez que el Verbo se hizo hombre y se apropió todo lo de la carne, las cosas de la carne ya no se adhieren al cuerpo pues éste ha recibido al Verbo y éste ha consumido lo carnal. En adelante, ya no permanecen en los hombres sus propias afecciones de muertos y de pecadores, sino que resucitan por la fuerza del Verbo y permanecen inmortales e incorruptibles. Por esto aunque lo que nació de María, la Madre de Dios, es la carne, se dice que es él quien nació de ella, pues él es quien da a los demás el nacimiento para que sigan en la existencia. Así nuestro nacimiento queda transformado en el suyo, y ya no somos solamente tierra que ha de volver a la tierra, sino que habiéndonos adherido al Verbo que viene del cielo podremos ser elevados a los cielos con él. Así pues, no sin razón se impuso sobre si las afecciones todas propias del cuerpo, pues así nosotros podíamos participar de la vida divina, no siendo ya hombres, sino cosa propia del mismo Verbo. Porque ya no morimos por la ley de nuestro primer nacimiento en Adán, sino que en adelante transferimos al Verbo nuestro nacimiento y toda nuestra debilidad corporal, y somos levantados de la tierra, quedando destruida la maldición del pecado que había en nosotros, pues él se ha hecho maldición por nosotros. Esto está muy en su punto: porque así como en nuestra condición terrena morimos todos en Adán, así cuando nacemos de nuevo a partir del agua y del Espíritu, todos somos vivificados en Cristo, y ya no tenemos una carne terrena, sino una carne que se ha hecho Verbo, por el hecho de que el Verbo de Dios se hizo carne por nosotros 20.

El Verbo encarnado, vivificador de todo el universo.

El Verbo no estaba encerrado en su propio cuerpo. No estaba presente en su cuerpo y ausente de todo lo demás. No movía su cuerpo de suerte que hubiera dejado privado de su energía y de su providencia al resto del universo. Lo más admirable es que, siendo Verbo, no podía ser contenido por nada, sino que más bien él contiene todas las cosas. Y estando presente en toda la creación, él está por su naturaleza fuera de todas las cosas, ordenándolas todas y extendiendo a todas y sobre todas su providencia, y vivificando a la vez todas y cada una de las cosas, conteniéndolas a todas sin ser contenido de ellas. Sólo en su propio Padre está él enteramente y bajo todos respectos. De esta suerte, aunque estaba en un cuerpo humano y le daba vida, igualmente daba vida al universo. Estaba en todas las cosas, y sin embargo estaba fuera de todas las cosas. Y aunque era conocido por las obras que hacia en su cuerpo, no era desconocido por la energía que comunicaba al universo... esto era lo admirable que en él había: que como hombre vivía una vida ordinaria; como Verbo daba la vida al universo; como Hijo estaba en la compañía del Padre... 21.

III. Los sacramentos.

El bautismo.

Los arrianos corren el peligro de perder la plenitud del sacramento del bautismo. En efecto, la iniciación se confiere en nombre del Padre y del Hijo; pero ellos no expresan al verdadero Padre, ya que niegan al que procede de él y es semejante a él en sustancia; y niegan también al verdadero Hijo, pues mencionan a otro creado de la nada, que ellos se han inventado. El rito que ellos administran ha de ser totalmente vacio y estéril, y aunque mantenga la apariencia es en realidad inútil desde el punto de vista religioso. Porque ellos no bautizan realmente en el Padre y en el Hijo, sino en el Creador y en la criatura, en el Hacedor y en su obra. Pero, siendo la criatura otra cosa distinta del Hijo, el bautismo que ellos pretenden administrar es distinto del bautismo verdadero, por más que profesen nombrar al Padre y al Hijo de acuerdo con la Escritura. No basta para conferir el bautismo decir: "¡Oh Señor!" sino que hay que tener al mismo tiempo la recta fe. Y ésta fue la razón por la que nuestro Salvador no mandó simplemente bautizar, sino que dijo primero: "Enseñad." y sólo luego: "Bautizad en el nombre del Padre y del Hijo y del Espiritu Santo." Porque de la instrucción nace la recta fe, y una vez se da la fe puede realizarse la iniciación del bautismo... 22.

La celebración pascual de la eucaristía.

Hermanos, después que el enemigo que tenía tiranizado al universo ha sido destruido, ya no celebramos una fiesta temporal, sino eterna y celestial; ya no anunciamos aquel hecho con figuras, sino que en realidad lo vivimos. Antes celebraban los judíos esta fiesta comiendo la carne de un cordero sin mancha y untando con su sangre sus jambas para ahuyentar al exterminador. Pero ahora comemos la Palabra del Padre y señalamos los labios de nuestro corazón con la sangre del Nuevo Testamento, reconociendo la gracia que nos ha hecho el Salvador diciendo: "Os he dado poder de andar sobre las serpientes y las víboras y sobre todo poder de enemigo" (Lc 10:19)... Por lo demás, amadisimos mios, es sabido que los que celebramos esta fiesta no hemos de llevar vestidos sucios sobre nuestras conciencias, sino que nos hemos de adornar con vestidos abolutamente limpios para este día de nuestro Señor Jesús, a fin de poder realmente estar en la fiesta con él. Nos vestimos así cuando amamos la virtud y aborrecemos el vicio; cuando guardamos la castidad y evitamos la lujuria; cuando preferimos la justicia a la iniquidad; cuando nos contentamos con las cosas necesarias y nos entregamos más bien a fortalecer nuestra alma; cuando no nos olvidamos de los pobres, sino que estamos determinados a que nuestras puertas estén abiertas para cualquiera; cuando nos esforzamos por humillar nuestro ánimo y detestar la soberbia...23.

La eucaristía, alimento espiritual.

En el Evangelio de Juan he observado lo que sigue. Cuando habla de que su cuerpo será comido, y ve que a causa de esto muchos se escandalizan, dice el Señor: "¿Esto os escandaliza? ¿Qué sería si vieseis al Hijo del hombre bajando de allí donde estaba al principio? El Espíritu es lo que vivifica: la carne no aprovecha para nada. Las palabras que yo os he hablado son espíritu y vida>> (Jn 6:62-64). En esta ocasión dice acerca de sí mismo ambas cosas: que es espíritu y que es carne; y distingue al espíritu de lo que es según la carne, para que creyendo no sólo lo visible, sino lo invisible que había en él, aprendan que lo que él dice no es carnal, sino espiritual. ¿Para alimentar a cuántos hombres seria su cuerpo suficiente? Pero tenía que ser alimento para todo este mundo. Por esto les menciona la ascensión al cielo del Hijo del hombre, a fin de sacarlos de su mentalidad corporal y hacerles aprender en adelante que la carne que él llama comida viene de arriba, del cielo, y que el alimento que les va a dar es espiritual. Les dice: "Lo que os he hablado es espiritu y vida" (Jn 6:64), que es lo mismo que decir: lo que aparece y lo que es entregado para salvación del mundo es la carne que yo tengo, pero esta misma carne con su sangre, yo os la daré a vosotros como alimento de una manera espiritual. O sea que es de una manera espiritual como esta carne se da a cada uno, y se hace así para cada uno prenda de la resurrección de la vida eterna... 24.

El misterio de la eucaristía.

Verás a los ministros que llevan pan y una copa de vino, y lo ponen sobre la mesa; y mientras no se han hecho las invocaciones y súplicas, no hay más que puro pan y bebida. Pero cuando se han acabado aquellas extraordinarias y maravillosas oraciones, entonces el pan se convierte en el cuerpo y el cáliz en la sangre de nuestro Señor Jesucristo... Consideremos el momento culminante de estos misterios: este pan y este cáliz, mientras no se han hecho las oraciones y súplicas, son puro pan y bebida; pero así que se han proferido aquellas extraordinarias plegarias y aquellas santas súplicas, el mismo Verbo baja hasta el pan y el cáliz, que se convierten en su cuerpo 25.

La práctica de la penitencia.

De la misma manera que un hombre al ser bautizado por un sacerdote es iluminado con la gracia del Espíritu Santo, así también el que hace confesión arrepentido recibe mediante el sacerdote el perdón por gracia de Cristo 26.

Los que han blasfemado contra el Espiritu Santo o contra la divinidad de Cristo diciendo: "Por Beelzebub, príncipe de los demonios, expulsa los demonios" (Lc 11:15) no alcanzan perdón ni en este mundo ni en el futuro. Pero hay que hacer notar que no dijo Cristo que el que hubiera blasfemado y se hubiese arrepentido no habría de alcanzar perdón, sino el que estuviera en blasfemia, es decir, permaneciera en la blasfemia. Porque la condigna penitencia borra todos los pecados... La blasfemia contra el Espiritu es la falta de fe (apistía), y no hay otra manera para perdonarla si no es la vuelta a la fe: el pecado de ateísmo y de falta de fe no alcanzará perdón ni en este mundo ni en el futuro 27.

 

1. ATANASIO, Ad Serapionem, I, 28.

2. ATANASIO, Orationes contra Ar. III, 3-4.

3. Ibid. II, 31.

4. Ibid. II, 41-45.

5. Ibid, I, 14.

6. Ibid. I, 25-26.

7. Ibid. I, 5-6.

8. Ibid. I, 41.

9. Ibid. III, 24.

10. Ibid. III, 30-32

11. ATANASIO, Epistula ad Adelphium, 3.

12. Contra Ar. Il, 7-8.

13. ATANASIO, De lncarnatione, 3.

14. ATANASIO, In Ps. 50.

15. Contra `Ar. I, 42.

16. De Incarn. 4-6.

17. Ibid. 14-15.

18. Ibid. 9

19. Ibid. 8.

20. Contra Ar. III, 33.

21. De Incarn. 17.

22. Contra Ar. II, 42-43.

23. ATANASIO, Epistula festalis, IV, 3.

24. Ad Serap. IV, 19.

25. Fragm. de un sermón a los bautizados.

26. Fragm. contra Novat,

27. Fragm. in Mt.

 

Abad.

Por San Atanasio de Alejandría

Atanasio, Obispo, a los Hermanos en el Extranjero.

Excelente es la rivalidad en la que ustedes han entrado con los monjes de Egipto, decididos como están a igualarlos o incluso a sobrepasarlo en su práctica de la vida ascética. De hecho ya hay celdas monacales en su tierra y el nombre de monje se ha establecido por sí mismo. Este propósito de ustedes es, en verdad, digno de alabanza, ¡y logren sus oraciones que Dios lo cumpla!

Ustedes me pidieron un relato sobre la vida de san Antonio: quisieran saber como llegó a la vida ascética, que fue antes de ello, como fue su muerte, y si lo que se dice de él es verdad. Piensan modelar su vida según el celo de su vida. Me alegro mucho de aceptar su petición, pues también saco yo provecho y ayuda del solo del solo recuerdo de Antonio, y presiento que también ustedes, después de haber oído su historia, no sólo van a admirar al hombre, sino que querrán emular su resolución en cuanto les sea posible. Realmente, para los monjes la vida de Antonio es modelo ideal de vida ascética.

Así, no desconfíen de los relatos que han recibido de otros de él, sino que estén seguros de que, al contrario, han oído muy poco todavía. En verdad, poco les han contado, cuando hay tanto que decir. Incluso yo mismo, con todo lo que les cuente por carta, les voy a transmitir sólo algunos de los recuerdos que tengo de él. Ustedes, por su parte, no dejen de preguntar a todos los viajeros que lleguen desde acá. Así, tal vez, con lo que cada uno cuente de lo que sepa, se tendrá un relato que aproximadamente le haga justicia.

Bien, cuando recibí su carta quise mandar a buscar a algunos monjes, en especial los que estuvieron unidos con él más estrechamente. Así yo habría aprendido detalles adicionales y podría haber enviado un relato completo. Por el tiempo de navegación ya pasó y el hombre del correo se está poniendo impaciente. Por eso me apresuro a escribir lo que yo mismo ya sé –porque lo vi con frecuencia–, y lo que pude aprender del que fue su compañero por un largo período y vertía agua de sus manos. Del comienzo al fin he considerado escrupulosamente la verdad: no quiero que nadie rehuse creer porque lo que haya oído le parezca excesivo, ni que mire en menos a hombre tan santo porque lo que haya sabido no le parezca suficiente.

Nacimiento y Juventud de Antonio.

Antonio fue egipcio de nacimiento. Sus padres eran de buen linaje y acomodados. Como eran cristianos, también el mismo creció. Como niño vivió con sus padres, no conociendo sino su familia y su casa; cuando creció y se hizo muchacho y avanzó en edad, no quiso ir a la escuela, deseando evitar la compañía de otros niños, su único deseo era, como dice la Escritura acerca de Jacob (Gn 25:27), llevar una simple vida de hogar. Por su puesto iba a la iglesia con sus padres, y ahí no mostraba el desinterés de un niño ni el desprecio de los jóvenes por tales cosas. Al contrario, obedeciendo a sus padres, ponía atención a las lecturas y guardaba cuidadosamente en su corazón el provecho que extraía de ellas. Además, sin abusar de las fáciles condiciones en que vivía como niño, nunca importunó a sus padres pidiendo una comida rica o caprichosa, ni tenía placer alguno en cosas semejantes. Estaba satisfecho con lo que se le ponía delante y no pedía más.

La Vocación de Antonio y Sus Primeros Pasos en la Vida Monástica.

Después de la muerte de sus padres quedó solo con una única hermana, mucho mas joven. Tenía entonces unos dieciocho o veinte años, y tomó cuidado de la casa y de su hermana. Menos de seis meses después de la muerte de sus padres, iba, como de costumbre, de camino hacia la iglesia. Mientras caminaba, iba meditando y reflexionaba como los apóstoles lo dejaron todo y siguieron al Salvador (Mt 4:20; 19:27); cómo, según se refiere en los Hechos (4:35-37), la gente vendía lo que tenía y lo ponía a los pies de los apóstoles para su distribución entre los necesitados; y que grande es la esperanza prometida en los cielos a los que obran así (Ef 1:18; Col 1:5). Pensando estas cosas, entró a la iglesia. Sucedió que en ese momento se estaba leyendo el pasaje, y se escuchó el pasaje en el que el Señor dice al joven rico: Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes y d selo a los pobres; luego ven, sígueme, y tendrás un tesoro en el cielo (Mt 19:21). Como si Dios le hubiese puesto el recuerdo de los santos y como si la lectura hubiera sido dirigida especialmente a él, Antonio salió inmediatamente de la iglesia y dio la propiedad que tenía de sus antepasados: 80 hectáreas, tierra muy fértil y muy hermosa. No quiso que ni él ni su hermana tuvieran ya nada que ver con ella. Vendió todo lo demás, los bienes muebles que poseía, y entregó a los pobres la considerable suma recibida, dejando sólo un poco para su hermana.

Pero de nuevo, entró en la iglesia, escuchó aquella palabra del Señor en el Evangelio: No se preocupen por el mañana (Mt 6:34). No pudo soportar mayor espera, sino que fue y distribuyó a los pobres también esto último. Colocó a su hermana donde vírgenes conocidas y de confianza, entregándosela para que fuese educada. Entonces él mismo dedico todo su tiempo a la vida ascética, atento a sí mismo, cerca de su propia casa. No existían aún tantas celdas monacales en Egipto, y ningún monje conocía siquiera el lejano desierto. Todo el que quería enfrentarse consigo mismo sirviendo a Cristo, practicaba la vida ascética solo, no lejos de su aldea. Por aquel tiempo había en la aldea vecina un anciano que desde su juventud llevaba la vida ascética en la soledad. Cuando Antonio lo vio, "tuvo celo por el bien" (Gl 4:18), y se estableció inmediatamente en la vecindad de la ciudad. Desde entonces, cuando oía que en alguna parte había un alma que se esforzaba, se iba, como sabia abeja, a buscarla y no volvía sin haberla visto; sólo después de haberla recibido, por decirlo así, provisiones para su jornada de virtud, regresaba.

Ahí, pues, pasó el tiempo de su iniciación y afirmó su determinación de no volver mas a la casa de sus padres ni de pensar en sus parientes, sino de dedicar todas sus inclinaciones y energías a la práctica continua de la vida ascética. Hacía trabajo manual, pues había oído que "el que no quiera trabajar, que tampoco tiene derecho a comer" (2 Ts 3:10). De sus entradas guardaba algo para su manutención y el resto lo daba a los pobres. Oraba constantemente, habiendo aprendido que debemos orar en privado (Mt 6:6) sin cesar (Lc 18:1; 21:36; 1 Ts 5:17). Además estaba tan atento a la lectura de la Escritura, que nada se le escapaba: retenía todo, y así su memoria le serví en lugar de libros.

Así vivía Antonio y era amado por todos. El, a su vez, se sometía con toda sinceridad a los hombres piadosos que visitaba, y se esforzaba en aprender aquello en que cada uno lo aventajaba en celo y práctica ascética. Observaba la bondad de uno, la seriedad de otro en la oración; estudiaba la apacible quietud de uno y la afabilidad de otro; fijaba su atención en las vigilias observadas por uno y en los estudios de otros; admiraba a uno por su paciencia, y a otro por ayunar y dormir en el suelo; miraba la humildad de uno y la abstinencia paciente de otro; y en unos y otros notaba especialmente la devoción a Cristo y el amor que se tenían mutuamente.

Habiéndose así saciado, volvía a su propio lugar de vida ascética. Entonces hacía suyo lo obtenido de cada uno y dedicaba todas sus energías a realizar en sí mismo las virtudes de todos. No tenía disputas con nadie de su edad, pero tampoco quería ser inferior a ellos en lo mejor; y aún esto lo hacía de tal modo que nadie se sentía ofendido, sino que todos se alegraban por él. Y así todos los aldeanos y los monjes con quienes estaba unido, vieron que clase de hombre era y lo llamaban "el amigo de Dios" amándolo como hijo o hermano.

Primeros Combates con los Demonios.

Pero el demonio que odia y envidia lo bueno, no podía ver tal resolución en un hombre joven, sino que se puso a emplear sus viejas tácticas contra él. Primero trató de hacerlo desertar de la vida ascética recordándole su propiedad, el cuidado de su hermana, los apegos de su parentela, el amor al dinero, el amor a la gloria, los innumerables placeres de la mesa y de todas las cosas agradables de la vida. Finalmente le hizo presente la austeridad de todo lo que va junto con esta virtud, despertó en su mente toda una nube de argumentos, tratando de hacerlo abandonar su firme propósito.

El enemigo vio, sin embargo, que era impotente ante la determinación de Antonio, y que más bien era él que estaba siendo vencido por la firmeza del hombre, derrotado por su sólida fe y su constante oración. Puso entonces toda su confianza en las armas que están "en los músculos de su vientre" (Job 40:16). Jactándose de ellas, pues son su artimaña preferida contra los jóvenes, atacó al joven molestándolo de noche y hostigándolo de día, de tal modo que hasta los que lo veían a Antonio podían darse cuenta de la lucha que se libraba entre los dos. El enemigo quería sugerirle pensamientos sucios, pero el los disipaba con sus oraciones; trataba de incitarlo al placer, pero Antonio, sintiendo vergüenza, ceñía su cuerpo con su fe, con sus oraciones y su ayuno. El perverso demonio entonces se atrevió a disfrazarse de mujer y hacerse pasar por ella en todas sus formas posibles durante la noche, sólo para engañar a Antonio. Pero él llenó sus pensamientos de Cristo, reflexionó sobre la nobleza del alma creada por El, y sobre la espiritualidad, y así apagó el carbón ardiente de la tentación. Y cuando de nuevo el enemigo le sugirió el encanto seductor del placer, Antonio, enfadado, con razón, y apesadumbrado, mantuvo sus propósitos con la amenaza del fuego y del tormento de los gusanos (Js 16:21; Sir 7:19; Is 66:24; Mc 9:48). Sosteniendo esto en alto como escudo, pasó a través de todo sin ser doblegado.

Toda esa experiencia hizo avergonzarse al enemigo. En verdad, él, que había pensado ser como Dios, hizo el loco ante la resistencia de un hombre. El, que en su engreimiento desdeñaba carne y sangre, fue ahora derrotado por un hombre de carne en su carne. Verdaderamente el Señor trabajaba con este hombre, El que por nosotros tomó carne y dio a su cuerpo la victoria sobre el demonio. Así, todos los que combaten seriamente pueden decir: No yo, sino la gracia de Dios conmigo (1 Co 15:10).

Finalmente, cuando el dragón no pudo conquistar a Antonio tampoco por estos últimos medios sino que se vio arrojado de su corazón, rechinando sus dientes, como dice la Escritura (Mc 9:17), cambio su persona, por decirlo así. Tal como es en su corazón, así se le apreció: como un muchacho negro; y como inclinándose ante él, ya no lo acosó más con pensamientos –pues el impostor había sido echado fuera–, sino que usando voz humana dijo: "A muchos he engañado y a muchos he vencido; pero ahora que te he atacado a ti y a tus esfuerzos como lo hice con tantos otros, me he demostrado demasiado débil."

¿Quién eres tú que me hablas así? preguntó Antonio.

El otro se apresuró a replicar con voz gimiente: Soy el amante de la fornicación. Mi misión es acechar a la juventud y seducirla; me llaman el espíritu de la fornicación. ¡A cuantos no he engañado, que estaban decididos a cuidar de sus sentidos! ¡A cuántas personas castas no he seducido con mis lisonjas! Yo soy aquel por cuya causa el profeta reprocha a los caídos: Ustedes fueron engañados por el espíritu de la fornicación (Os 4:12). Sí, yo fui quien los hice caer. Yo soy el que tanto te molesté y que tan a menudo fui vencido por C,],LD." Antonio dio gracias al Señor y armándose de valor contra él, dijo: Entonces eres enteramente despreciable; eres negro en tu alma y tan débil como un niño. En adelante ya no me causas ninguna preocupación, porque el señor esta conmigo y me auxilia, ver la derrota de mis adversarios (Sal 117:7).

Oyendo esto, el negro desapareció inmediatamente, inclinándose a tales palabras y temiendo acercarse al hombre.

Antonio Aumenta Su Austeridad.

Esta fue la primera victoria de Antonio sobre el demonio; más bien, digamos que este singular éxito de Antonio fue el del Salvador, que condenó el pecado en la carne, a fin de que la justificación de la ley se cumpliera en nosotros, que vivimos no según la carne sino según el espíritu (Rm 8:3-4). Pero Antonio no se descuidó ni se creyó garantido por sí mismo por el hecho de que el demonio hubiera sido echado a sus pies; tampoco el enemigo, aunque vencido en el combate, dejó de estar al acecho de él. Andaba dando vueltas alrededor, como un león (1 P 5:8), buscando una ocasión en su contra. Pero Antonio habiendo aprendido en las Escrituras que los engaños del maligno son diversos (Ef 6:11), practicó seriamente la vida ascética, teniendo en cuenta que aun si no se podía seducir su corazón con el placer del cuerpo, trataría ciertamente de engañarlo por algún otro método, porque el amor del demonio es el pecado. Resolvió por eso, acostumbrarse a un modo mas austero de vida. Mortificó su cuerpo más y más, y lo puso bajo la sujeción, no fuera que habiendo vencido en una ocasión, perdiera en otra (1 Co 9:27). Muchos se maravillaron de sus austeridades, pero él mismo las soportaba con facilidad. El celo que había penetrado en su alma por tanto tiempo, se transformó por la costumbre segunda naturaleza, de modo que aun la menor inspiración recibida de otros lo hacía responder con gran entusiasmo. Por ejemplo, observaba las vigilias nocturnas con tal determinación que a menudo pasaba toda la noche sin dormir, y eso no sólo una sino muchas veces, para admiración de todos. Así también comía una sola vez al día, después de la caída del sol; a veces cada dos días, y con frecuencia tomaba su alimento cada dos días. Su alimentación consistía en pan y sal; como bebida tomaba solo agua. No necesitamos mencionar carne o vino, porque tales cosas tampoco se encuentran entre los demás ascetas. Se contentaba con dormir sobre una estera, aunque lo hacía regularmente sobre el suelo desnudo.

Despreciaba el uso de ungüentos para el cutis, diciendo que los jóvenes debían practicar la vida ascética con seriedad y no andar buscando cosas que ablandan el cuerpo; debían mas bien acostumbrarse a trabajar duro, tomando en cuenta las palabras del apóstol: Cuando mas débil soy, mas fuerte me siento (2 Co 12:10). Decía que las energías del alma aumentan cuanto más débiles son los deseos del cuerpo.

Estaba además absolutamente convencido de lo siguiente: pensaba que apreciaría su progreso en la virtud y su consecuente apartamiento del mundo no por el tiempo pasado en ello sino por su apego y dedicación. Conforme a esto, no se preocupaba del paso del tiempo sino que cada día a día, como si recién estuviera comenzando la vida ascética, hacía los mayores esfuerzos hacia la perfección. Gustaba repetirse a si mismo las palabras de san Pablo: Olvidarme de lo que queda atrás y esforzarme por lo que está delante (Flp 3:13), recordando también la voz del profeta Elías: Vive el Señor, en cuya presencia estoy este día (1 Re 17:1; 18:15). Observaba que al decir este día, no estaba contando el tiempo que había pasado, sino que, como comenzando de nuevo, trabajando duro cada día para hacer de sí mismo alguien que pudiera aparecer delante de Dios: puro de corazón y dispuesto a seguir Su voluntad. Y acostumbraba a decir que la vida llevada por el gran profeta Elías debía ser para el asceta como un gran espejo en el cual poder mirar siempre la propia vida.

Antonio Se Recluye en los Sepulcros: Las Luchas con los Demonios.

Así Antonio se dominó a sí mismo. Entonces decidió mudarse a los sepulcros que se hallan a cierta distancia de la aldea. Pidió a uno de sus familiares que le llevaran pan a largos intervalos. Entró entonces en una de las tumbas, el mencionado hombre cerró la puerta tras él, y así quedó dentro solo. Esto era más de lo que el enemigo podía soportar, pues en verdad temía que ahora fuera a llenar también el desierto con la vida ascética. Así llegó una noche con un gran número de demonios y lo azotó tan implacablemente que quedó tirado en el suelo, sin habla por el dolor. Afirmaba que el dolor era tan fuerte que los golpes no podían haber sido infligidos por ningún hombre como para causar semejante tormento. Por la providencia de Dios, porque el Señor no abandona a los que esperan en El, su pariente llegó al día siguiente trayéndole pan. Cuando abrió la puerta y lo vio tirado en el suelo como muerto, lo levantó y lo llevó hasta la Iglesia y lo depositó sobre el suelo. Muchos de sus parientes y de la gente de la aldea se sentaron en torno a Antonio como para velar su cadáver. Pero hacia la medianoche Antonio recobró el conocimiento y despertó. Cuando vio que todos estaban dormidos y sólo su amigo estaba despierto, le hizo señas para que se acercara y le pidió que lo levantara y lo llevara de nuevo a los sepulcros, sin despertar a nadie.

El hombre lo llevó de vuelta, la puerta fue trancada como antes y de nuevo que solo dentro. Por los golpes recibidos estaba demasiado débil como para mantenerse en pie; entonces oraba tendido en el suelo. Terminada su oración, gritó: "Aquí estoy yo, Antonio, que no me he acobardado con tus golpes, y aunque mas me des, nada me separar del amor a Cristo" (Rm 8:35). Entonces comenzó a cantar: "Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla" (Sal.26:3).

Tales eran los pensamientos y las palabras del asceta, pero el que odia el bien, el enemigo, asombrado de que después de todos los golpes todavía tuviera valor de volver, llamó a sus perros, y arrebatado de rabia dijo: "Ustedes ven que no hemos podido detener a este tipo con el espíritu de fornicación ni con los golpes; al contrario llega a desafiarnos. Vamos a proceder con él de otro modo."

La función del malhechor no es difícil para el demonio. Esa noche, por eso, hicieron tal estrépito que el lugar parecía sacudido por un terremoto. Era como si los demonios se abrieran paso por las cuatro paredes del recinto, reventando a través de ellas en forma de bestia y reptiles. De repente todo el lugar se llenó de imágenes fantasmagóricas de leones, osos, leopardos, toros, serpientes, áspides, escorpiones y lobos; cada uno se movía según el ejemplar que había asumido. El león rugía, listo para saltar sobre él; el toro ya casi lo atravesaba con sus cuernos; la serpiente se retorcía sin alcanzarlo completamente; el lobo lo acometía de frente; y el griterío armado simultáneamente por todas estas apariciones era espantoso, y la furia que mostraba era feroz.

Antonio, remecido y punzado por ellos, sentía aumentar el dolor en su cuerpo; sin embargo yacía sin miedo y con su espíritu vigilante. Gemía es verdad, por el dolor que atormentaba su cuerpo, pero su mente era dueña de la situación, y, como para burlarse de ellos, decía: si tuvieran poder sobre mí, hubiera bastado que viniera uno solo de ustedes; pero el Señor les quitó su fuerza, y por eso están tratando de hacerme perder el juicio con su número; es señal de su debilidad que tengan que imitar a las bestias." De nuevo tuvo la valentía de decirles: "Si es que pueden, seis que han recibido el poder sobre mí, no se demoren, ¡vengan al ataque! Y si nada pueden, ¿para qué forzarse tanto sin ningún fin? Por que la fe en nuestro Señor es sello para nosotros y muro de salvación." Así, después de haber intentado muchas argucias, rechinaron su dientes contra él, porque eran ellos los que se estaban volviendo locos y no él.

De nuevo el Señor no se olvidó de Antonio en su lucha, sino que vino a ayudarlo. Pues cuando miró hacia arriba, vio como si el techo se abriera y un rayo de luz bajara hacia él. Los demonios se habían ido de repente, el dolor de su cuerpo cesó y el edificio estaba restaurado como antes. Antonio, habiendo notado que la ayuda había llegado, respiró más libremente y se sintió aliviado en sus dolores. Y preguntó a la visión: "¿Dónde estaba tú? ¿Por qué no apareciste al comienzo para detener mis dolores?"

Y una voz le habló: "Antonio, yo estaba aquí, pero esperaba verte en acción. Y ahora que haz aguantado sin rendirte, seré siempre tu ayuda y te haré famoso en todas partes."

Oyendo esto, se levantó y oró; y fue tan fortalecido que sintió su cuerpo más vigoroso que antes. Tenía por aquel tiempo unos treinta y cinco años edad.

Antonio Busca el Desierto y Habita en Pispir.

Al día siguiente se fue, inspirado por un celo aún mayor por el servicio de Dios. Fue al encuentro del anciano ya antes mencionado (3-5) y le rogó que se fuera a vivir con él en el desierto. El otro declinó la invitación a causa de su edad y porque tal modo de vivir no era todavía costumbre. Entonces se fue solo a vivir a la montaña. ¡Pero ahí estaba de nuevo el enemigo! Viendo su seriedad y queriendo frustarla, proyectó la imagen ilusoria de un disco de plata sobre el camino. Pero Antonio, penetrando en el ardid del que odia el bien, se detuvo y, desenmascaró al demonio en él, diciendo: " ¿Un disco en el desierto? ¿De dónde sale esto? Esta no es una carretera frecuentada, y no hay huellas de que haya pasado gente por este camino. Es de gran tamaño y no puede haberse caído inadvertidamente. En verdad, aunque se hubiera perdido, el dueño habría vuelto y lo habría buscado, y seguramente lo habría encontrado porque es una región desierta. Esto es engaño del demonio. ¡No vas a frustrar mi resolución con estas cosas, demonio! ¡Tu dinero perezca junto contigo!" (Hch 8:20). Y al decir esto Antonio, el disco desapareció como humo.

Luego, mientras caminaba, vio de nuevo, no ya otra ilusión, sino oro verdadero, desparramado a lo largo del camino. Pues bien, ya sea que al mismo enemigo le llamó la atención, o si fue un buen espíritu el que atrajo al luchador y le demostró al demonio de que no se preocupabas ni siquiera de las riquezas auténticas, él mismo no lo indicó, y por eso no sabemos nada sino que era realmente oro lo que allí había. En cuanto a Antonio, quedó sorprendido por la cantidad que había, pero atravesó por él, como si hubiera sido fuego y siguió su camino sin volverse atrás. Al contrario, se puso a correr tan rápido que al poco rato perdió de vista el lugar y quedó oculto de él.

Así, afirmándose más y más en su propósito, se apresuro hacia la montaña. En la parte distante del río encontró un fortín desierto que con el correr del tiempo estaba plagado de reptiles. Allí se estableció para vivir. Los reptiles como si alguien los hubiera echado, se fueron de repente. Bloqueó la entrada, después de enterrar pan para seis meses –así lo hacen los tebanos y a menudo los panes se mantienen frescos por todo un año–, y teniendo agua a mano, desapareció como en un santuario. Quedó allí solo, no saliendo nunca y no viendo pasar a nadie. Por mucho tiempo perseveró en esta práctica ascética; solo dos veces al año recibía pan, que lo dejaba caer por el techo.

Sus amigos que venían a verlo, pasaban a menudo días y noches fuera, puesto que no quería dejarlos entrar. Oían que sonaba como una multitud frenética, haciendo ruidos, armando tumulto, gimiendo lastimeramente y chillando: "¡Ándate de nuestro dominio! ¿Que tienes que hacer en el desierto? Tú no puedes soportar nuestra persecución." Al principio los que estaban afuera creían que había hombres peleando con él y que habrían entrado por medio de escaleras, pero cuando atisbaron por un hoyo y no vieron a nadie, se dieron cuenta que eran los demonios los que estaban en el asunto, y, llenos de miedo, llamaron a Antonio. El estaba más inquieto por ellos que por los demonios. Acercándose a la puerta les aconsejó que se fueran y no tuvieran miedo. Les dijo: "Sólo contra los miedosos los demonios conjuran fantasmas. Ustedes ahora hagan la señal de la cruz y vuélvanse a su casa sin temor, y déjenlos que se enloquezcan ellos mismos."

Entonces se fueron, fortalecidos con la señal de la cruz, mientras él se quedaba sin sufrir ningún daño de los demonios. Pero tampoco se fastidiaba de la contienda, porque la ayuda que recibía de lo alto por medio de visiones y la debilidad de sus enemigos, le daban gran alivio en sus penalidades y ánimo para un mayor entusiasmo. Sus amigos venían una y otra vez esperando, por supuesto, encontrarlo muerto, pero lo escuchaban cantar: "Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian. Como el humo se disipa, se disipan ellos; como se derrite las cera ante el fuego, así perecen los impíos ante Dios" (Sal 67:2). Y también: "Todos los pueblos me rodeaban, en el nombre del Señor los rechacé" (Sal 117:10).

Antonio Abandona Su Soledad y Se Convierte en Padre Espiritual.

Así pasó casi veinte años practicando solo la vida ascética, no saliendo nunca y siendo raramente visto por otros. Después de esto, como había muchos que ansiaban y aspiraban imitar su santa vida, y algunos de sus amigos vinieron y forzaron la puerta echándolas abajo, Antonio salió como de un santuario, como un iniciado en los sagrados misterios y lleno del Espíritu de Dios. Fue la primera vez que se mostró fuera del fortín a los que vinieron hacia él. Cuando lo vieron, estaban asombrados al comprobar que su cuerpo guardaba su antigua apariencia: no estaba ni obeso por falta de ejercicio ni macilento por sus ayunos y luchas con los demonios: era el mismo hombre que habían conocido antes de su retiro.

El estado de su alma era puro, pues no estaba ni encogido por la aflicción, ni disipado por la alegría, ni penetrado por la diversión o el desaliento. No se desconcertó cuando vio la multitud ni se enorgulleció al ver a tantos que lo recibían. Se tenía completamente bajo control, como hombre guiado por la razón y con gran equilibrio de carácter.

Por él sanó a muchos de los presentes que tenían enfermedades corporales y liberó a otros de espíritus impuros. Concedió también a Antonio el encanto en el hablar; y así confortó a muchos en sus penas y reconcilió a otros que se peleaban. Exhortó a todos a no preferir nada en este mundo al amor de Cristo. Y cuando en su discurso los exhortó a recordar los bienes venideros y la bondad mostrada a nosotros por Dios, "que no perdonó a su Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (Rm 8:32), indujo a muchos a abrazar la vida monástica. Y así aparecieron celdas monacales en la montaña y el desierto se pobló de monjes que abandonaban a los suyos y se inscribían para ser ciudadanos del cielo (Hb 3:20; 12:23).

Una vez tuvo necesidad de cruzar el canal de Arsinoé –la ocasión fue para una visita a los hermanos–; el canal estaba lleno de cocodrilos. Simplemente oró, se metió con todo sus compañeros, y pasó al otro lado sin ser tocado. De vuelta a su celda, se aplicó con todo celo a sus santos y vigorosos ejercicios. Por medio de constantes conferencias encendía el ardor de los que ya eran monjes e incitaba a muchos otros al amor de la vida ascética; y pronto, en la medida en que su mensaje arrastraba a hombres a través de él, el número de celdas monacales se multiplicaba y para todos era como un padre y guía.

Conferencia de Antonio a los Monjes Sobre el Discernimiento de Espíritus y Exhortación a la Virtud (16-43).

Un día en que él salió, vinieron todos los monjes y le pidieron una conferencia. El les habló en lengua copta como sigue:

"Las Escrituras bastan realmente para nuestra instrucción. Sin embargo, es bueno para nosotros alentarnos unos a otros en la fe y usar de la palabra para estimularnos. Sean, por eso, como niños y tráiganle a su padre lo que sepan y díganselo, tal como yo, siendo el mas antiguo, comparto con ustedes mi conocimiento y mi experiencia.

Para comenzar, tengamos todos el mismo celo, para no renunciar a lo que hemos comenzado, para no perder el ánimo, para no decir: "Hemos pasado demasiado tiempo en esta vida ascética." No, comenzando de nuevo cada día, aumentemos nuestro celo. Toda la vida del hombre es muy breve comparada con el tiempo que a de venir, de modo que todo nuestro tiempo es nada comparada con la vida eterna. En el mundo, todo se vende; y cada cosa se comercia según su valor por algo equivalente; pero la promesa de la vida eterna puede comprarse con muy poco. La Escritura dice: "Aunque uno viva setenta años y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil" (Sal 89:10). Si, pues, todos vivimos ochenta años o incluso cien, en la práctica de la vida ascética, no vamos a reinar el mismo período de cien años, sino que en vez de los cien reinaremos para siempre. Y aunque nuestro esfuerzo es en la tierra, no recibiremos nuestra herencia en la tierra sino lo que se nos ha prometido en el cielo. Más, aún, vamos a abandonar nuestro cuerpo corruptible y a recibirlo incorruptible (1 Co 15:42).

Así, hijitos, no nos cansemos ni pensemos que estamos afanándonos mucho tiempo o que estamos haciendo algo grande. Pues los sufrimientos de la vida presente no pueden compararse con la gloria separada que nos ser revelada (Rm 8:18). No miremos hacia a través, hacia el mundo, que hemos renunciado a grandes cosas. Pues incluso todo el mundo, y no creamos que es muy trivial comparado con el cielo. Aunque fuéramos dueños de toda la tierra y renunciaremos a toda la tierra, nada sería comparado con el reino de los cielos. Tal como una persona despreciaría una moneda de cobre para ganar cien monedas de oro, así es que el dueño de la tierra y renuncia a ella, da realmente poco y recibe cien veces más (Mt 19:29). Pues, ni siquiera, toda la tierra equivale el valor del cielo, ciertamente el que entrega una poca tierra no debe jactarse ni apenarse; lo que abandona es prácticamente nada, aunque sea un hogar o una suma considerable de dinero de lo que se separa.

"Debemos además tener en cuenta que si no dejamos estas cosas por el amor a la virtud, después tendremos que abandonarlas de todos modos y a menudo también, como nos recuerda el Eclesiastés" (2:18; 4:8; 6:2), a personas a las que no hubiéramos querido dejarlas. Entonces, ¿por qué no hacer de la necesidad virtud y entregarlas de modo que podamos heredar un reino por añadidura? Por eso, ninguno de nosotros tenga ni siquiera el deseo de poseer riquezas. ¿De qué nos sirve poseer lo que no podemos llevar con nosotros? ¿Por qué no poseer mas bien aquellas cosas que podamos llevar con nosotros: prudencia, justicia, templanza, fortaleza, entendimiento, caridad, amor a los pobres, fe en Cristo, humildad, hospitalidad? Una vez que las poseamos, hallaremos que ellas van delante de nosotros, preparándonos la bienvenida en la tierra de los mansos. (Lc 16:9; Mt 5:4)

Perseverancia y Vigilancia.

"Con estos pensamientos cada uno debe convencerse que no hay que descuidarse sino considerar que se es servidor del Señor y atado al servicio de su Maestro. Pero un sirviente no se va atrever a decir: "Ya que trabajé ayer, no voy a trabajar hoy." Tampoco se va a poner a calcular el tiempo que se ya ha servido y a descansar durante los día que le quedan por delante; no, día tras día, como está escrito en el Evangelio (Lc 12:35-38; 17:7-10; Mt 24:45), muestra la misma buena voluntad para que pueda agradar a su patrón y no causar ninguna molestia. Perseveremos, pues, en la práctica diaria de la vida ascética, sabiendo de que si somos negligentes un solo día, El no nos va a perdonar en consideración al tiempo anterior, sino que se va a enojar con nosotros por nuestro descuido. Así lo hemos escuchado en Ezequiel (Ez 18:24-26; 33:12ss); lo mismo Judas, que en una sola noche destruyó el trabajo de todo su pasado.

Por eso, hijos, perseveremos en la práctica del ascetismo y no nos desalentemos. También tenemos en esto al Señor que nos ayuda, según la Escritura: "Dios coopera para el bien" (Rm 8:28) con todo el que elige el bien. Y en cuanto a que no debemos descuidarnos, es bueno meditar lo que dice el apóstol: "muero cada día" (1 Co 15:31). Realmente si nosotros también viviéramos como si en cada nuevo día fuéramos a morir, no pecaríamos. En cuanto a la cita, su sentido es este: Cuando nos despertamos cada día, deberíamos pensar que no vamos a vivir hasta la tarde; y de nuevo, cuando nos vamos a dormir, deberíamos pensar que no vamos a despertar. Nuestra vida es insegura por naturaleza y nos es medida diariamente por Providencia. Si con esta disposición vivimos nuestra vida diaria, no cometeremos pecado, no codiciaremos nada, no tendremos inquina a nadie, no acumularemos tesoros en la tierra; sino que como quien cada día espera morirse, seremos pobres y perdonaremos todo a todos. Desear mujeres u otros placeres sucios, tampoco tendremos semejantes deseos sino que le volveremos las espaldas como a algo transitorio combatiendo siempre y teniendo ante nuestros ojos el día del juicio. El mayor temor a juicio y el desasosiego por los tormentos, disipan invariablemente la fascinación del placer y fortalecen el ánimo vacilante.

Objeto de la Virtud.

"Ahora que hemos hecho un comienzo y estamos en la senda de la virtud, alarguemos nuestros pasos aún más para alcanzar lo que tenemos delante (Flp 3:13). No miremos atrás, como hizo la mujer de Lot (Gn 19:26), porque sobretodo el Señor ha dicho: "Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el reino de los cielos" (Lc 9:62). Y este mirar hacia atrás no es otra cosa sino arrepentirse de lo comenzado y acordarse de nuevo de lo mundano.

Cuando oigan hablar de la virtud, no se asusten ni la traten como palabra extraña. Realmente no está lejos de nosotros ni su lugar está fuera de nosotros; no, ella está dentro de nosotros, y su cumplimiento es fácil camino y cruzan el mar para estudiar las letras; pero nosotros no tenemos necesidad de ponernos en camino por el reino de los cielos ni de cruzar el mar para alcanzar la virtud. El Señor nos lo dijo de antemano: "El reino de los cielos está dentro de nosotros y brota de nosotros." La virtud existe cuando el alma se mantiene en su estado natural. Es mantenida en su estado natural cuando queda cuando vino al ser. Y vino al ser limpia y perfectamente íntegra (Ecl 7:30). Por eso Josué, el hijo de Nun, exhortó al pueblo con estas palabras: "Mantengan íntegro sus corazones ante el Señor, el Dios de Israel" (Jos 24:26); y Juan: "Enderecen sus caminos" (Mt 3:3). El alma es derecha cuando la mente se mantiene en el estado en que fue creada. Pero cuando se desvía y se pervierte de su condición natural, eso se llama vicio del alma.

La tarea no es difícil: si quedamos como fuimos creados, estamos en estado de virtud, pero si entregamos nuestra mente a cosas bajas, somos considerados perversos. Si este trabajo tuviese que ser realizado desde fuera, sería en verdad difícil; pero dado que está dentro de nosotros, cuidémonos de pensamientos sucios. Y habiendo recibido el alma como algo confiado a nosotros, guardémosla para el Señor, para que el pueda reconocer su obra como la misma que hizo.

"Luchemos, pues, para que la ira no sea nuestro dueño ni la concupiscencia nos esclavice. Pues está escrito ‘que la ira del hombre no hace lo que agrada a Dios’(St 1:20). Y la concupiscencia ‘ cuando ha concebido, da a luz el pecado; y de este pecado, cuando esta desarrollado, nace la muerte (St 1:15). Viviendo esta vida, mantengámonos cuidadosamente en guardia y, como está escrito, guardemos nuestro corazón con toda vigilancia (Pr 4:23). Tenemos enemigos poderosos y fuertes: son los demonios malvados; y contra ellos ‘es nuestra lucha’, como dice el apóstol, ‘no contra gente de carne y hueso, sino contra las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestiales, es decir, los que tienen mando, autoridad y dominio en este mundo oscuro’ (Ef 6:12). Grande es su número en el aire a nuestro alrededor, y no están lejos de nosotros. Pero la diferencia entre ellos es considerable. Nos llevaría mucho tiempo dar una explicación de su naturaleza y distinciones, tal disquisición es para otros más competentes que yo; lo único urgente y necesario para nosotros ahora es conocer sólo sus villanías contra nosotros.

Artificios de los Demonios.

En primer lugar, démonos cuenta de esto: los demonios no fueron creados como demonios, tal como entendemos este término, porque Dios no hizo nada malo. También ellos fueron creados limpios, pero se desviaron de la sabiduría celestial. Desde entonces andan vagando por la tierra. Por una parte, engañaron a los griegos con vanas fantasías, y, envidiosos de nosotros los cristianos, no han omitido nada para impedirnos entrar en cielo: no quieren que subamos al lugar de donde ellos cayeron. Por eso se necesita mucha oración y disciplina ascética para que uno pueda recibir del Espíritu Santo el don del discernimiento de espíritus y ser capaz de conocerlos: cuál de ellos es menos malo, cuál de ellos más; que interés especial persigue cada uno y cómo han de ser rechazados y echados fuera. Pues sus astucias y maquinaciones numerosas. Bien sabían el santo apóstol y sus discípulos cuando decían: conocemos muy bien su mañas (2 Co 2:11). Y nosotros, enseñados por nuestras experiencias, deberíamos guiar a otros a apartarse de ellos. Por eso yo, habiendo hecho en parte esta experiencia, les hablo a ustedes como a mis hijos.

"Cuando ellos ven que los cristianos en general, pero en particular los monjes, trabajan con cuidado y hacen progresos, primero los asaltan y los tientan colocándoles continuamente obstáculos en el camino (Sal 139:6). Estos obstáculos son los malos pensamientos. Pero no debemos asustarnos de sus asechanzas, pues se las desbarata pronto con la oración, el ayuno y la confianza en el Señor. Sin embargo, aunque desbaratados, no cesan sino que vuelven ataque con toda maldad y astucia. Cuando no pueden engañar el corazón con placeres abiertamente impuros, cambian su táctica y van de nuevo al ataque. Entonces urden y fingen apariciones para espantar el corazón, transformándose e imitando mujeres, bestias, reptiles, cuerpos de gran tamaño y hordas de guerreros. Pero ni aún así deben aplastarnos el miedo a semejantes fantasmas, ya que no son nada sino pura vanidad, especialmente si uno se fortalece con la señal de la cruz.

En verdad, son atrevidos y extraordinariamente desvergonzados. Si en este punto también se los derrota, avanzan una vez más con nueva estrategia. Pretender profetizar y predecir futuros acontecimientos. Aparecen mas altos que el techo, fornidos y corpulentos. Su propósito es, si es posible, arrebatar con tales apariciones a los que no han podido engañar con pensamientos. Y si hallan que aún el alma permanece fuerte en su fe y sostenida por la esperanza hacen intervenir a su jefe.

Este aparece a menudo de esta manera como, por ejemplo, se lo reveló el Señor a Job: "Sus ojos son como los párpados del alba. De su boca salen antorchas encendidas, chispas de fuego saltan fuera. De sus narices sale humo, como de olla o caldero que hierve. Su aliento enciende los carbones y de su boca sale llama" (Jb 41:18-21). Cuando el jefe de los demonios aparece de esta manera, el bribón trata de aterrorizarnos, como dije antes, con su hablar bravucón, tal como fue desenmascarado por el Señor cuando dijo a Job: ‘Tiene toda arma por hojarasca, y del blandir de la jabalina se burla; hace hervir como una olla el mar profundo, y lo revuelve como una olla de ungüento (Jb 41:29-31); también dice el profeta: ‘Dijo el enemigo: los perseguiré y alcanzaré’ (Ex 15:9); y en otra parte:’ Y halló mi mano como nido las riquezas de los pueblos, y como se recogen los huevos abandonados, así me apoderé yo de toda la tierra’ (Is 10:14)

Esta es, en resumen, la jactancia de la que alardean, estas son las peroratas que hacen para engañar al que teme a Dios. Con toda confianza no necesitamos temer sus apariciones ni poner atención a sus palabras. Es sólo un embustero y no hay verdad en nada en lo que dice. Cuando habla semejantes tonterías y lo hace con tanta jactancia, no se da cuenta de como es arrastrado con un garfio como dragón por el Salvador (Jb 41:1-2), con un cabestro como animal de carga, con sus narices con anillo como esclavo fugitivo, y con sus labios atravesados por una abrazadera de hierro. Ha sido, pues, atrapado como gorrión para nuestra diversión. Tal él como sus compañeros fueron tratados así para ser pisoteados como escorpiones y culebras (Lc 10:19) por nosotros los cristianos; y prueba de ello es el hecho de que seguimos existiendo a pesar de él. En verdad, noten que él, que prometió que iba a secar el mar y apoderarse de todo el mundo, no puede impedir nuestras practicas ascéticas ni que yo hable contra él. Por eso, no demos atención a lo que pueda decir, porque es un mentiroso redomado, ni temamos sus apariciones, porque también son mentiras. Ciertamente no es verdadera luz la que aparece en ellos, más bien es mero comienzo y parecido del fuego preparados para ellos mismos; y con lo mismo que serán quemados tratan aterrorizar a los hombres. Aparecen, es verdad, pero desaparecen de nuevo en el momento, sin dañar a ningún creyente, mientras se llevan consigo esa apariencia del fuego que los espera. Por eso, no hay ninguna razón para tenerles miedo, pues por la gracia de Cristo todas sus tácticas terminan en nada.

"Pero son traicioneros y están preparados para soportar cualquier cambio o transformación. A menudo, por ejemplo, pretenden cantar salmos, sin aparecer, y citan textos de la Escrituras. También algunas veces, cuando estamos leyendo, repiten como eco lo que hemos leído. Cuando vamos a dormir, nos despiertan para orar, y esto lo hacen continuamente, dejándonos dormir apenas. Otra veces se disfrazan de monjes y simulan piadosas conversaciones, teniendo como meta engañar con su apariencia y arrastran entonces a sus víctimas adonde quieren. Pero no debemos prestarle atención, aunque nos despierten para orar, aunque nos aconsejen no comer del todo, aunque pretendan acusarnos de cosas que antes aprobaban. Hacen esto no por amor a la piedad o a la verdad, sino para inducir al inocente a la desesperación, presentar la vida ascética como sin valor y hacer que los hombres tomen fastidio por la vida solitaria como algo tosco y demasiado pesado, y hacer caer a los que llevan tal vida.

Por eso profeta enviado por el Señor a tales infelices con estos términos: ¡Ay del que da de beber a prójimo un mal trago! (Hab 2:15). Tales argumentos son desastrosos par el camino que conduce a la virtud. Nuestro Señor mismo, aunque incluso los demonios hablaban la verdad –pues decían verdaderamente: Tú eres el Hijo de Dios (Lc 4:41)–, sin embargo los hizo callar y les prohibió hablar. No quiso que desparramaran su propia maldad junto con la verdad, y tampoco deseaba que nosotros les hiciéramos caso aunque aparentemente hablaban la verdad. Por eso, pues, es inconveniente que nosotros, que poseemos las Escrituras y la libertad del Salvador, seamos enseñados por el demonio, por él, que no quedó en su puesto (Judas 6), sino que constantemente ha cambiado de parecer. Por eso también les prohibe usar citas de la Escritura al decir: Dios dice al pecador ¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en tu boca mi Alianza? (Sal 49:19). Ciertamente ellos hacen de todo: hablan, gritan, engañan, confunden, y todo para engañar al simple. Arman también tremendos estrépitos, lanzan risas tontas y silbidos. Si nadie les hace caso, lloran y se lamentan como derrotados.

"El Señor, por eso, porque es Dios, hizo callar a los demonios. En cuanto a nosotros, hemos aprendido nuestras lecciones de los santos, hacemos como ellos hicieron e imitamos su valor. Pues cuando ellos veían tales cosas, acostumbraban a decir: Cuando el pecador se levantó contra mí, guardé silencio resignado, no hablé con ligereza (Sal 38:2); y en otra parte: Pero yo como un sordo no oigo, como un mudo no abro la boca; soy como uno que no oye (Sal 37:14). Así también nosotros no los escuchemos, mirándolos como extraño, no prestándole atención, aunque nos despierten para la oración o nos hablen de ayunos. Sigamos atentos más bien a la práctica de la vida ascética como es nuestro propósito, y no nos dejemos engañar por los que practican la traición en todo lo que hacen. No debemos tenerles miedo aunque aparezcan para atacarnos y amenazarnos con la muerte. En realidad, son débiles y no pueden hacer más que amenazar.

Impotencia de los Demonios.

Bien, hasta ahora he hablado de este tema sólo al pasar. Pero ahora no debo dejarlo de tratar con mayores detalles; recordarles esto puede redundar sólo en su mayor seguridad.

Desde que el Señor habitó con nosotros, el enemigo cayó y sus poderes declinaron. Por eso no puede nada; Sin embargo, aunque han caído, no puede quedarse quieto sino que como tirano que no puede hacer otra cosa, se va en amenazas, aunque ellas sean puras palabras. Cada uno acuérdese de esto y podrá despreciar a los demonios. Se estuvieran confiados a cuerpos como los nuestros, deberíamos decir entonces: A la gente que se esconde, no la vamos a encontrar; pero si los encontramos, los vamos a dañar. Y en este caso podríamos escapar de ellos escondiéndonos y trancando las puertas. Pero éste no es el caso, y pueden entrar a pesar de estar trancadas la puertas; vemos que están presentes en todas partes en el aire, ellos y su jefe, el demonio, y sabemos que su voluntad es mala y que están inclinados a dañar, y que como dice el Salvador, el demonio ha sido homicida desde el principio (Jn 8:44); entonces si a pesar de todo vivimos, y vivimos nuestra vidas desafiándolo, es claro que no tiene ningún poder. Como ustedes ven, el lugar no les impide su conspiración; tampoco nos ven amables hacia ellos como para que nos perdonen, ni son tampoco amantes del bien como para cambiar sus caminos. No, al contrario, ellos son malos y nada hay que deseen más ansiosamente que hacer daño a los amantes de la virtud y a los adoradores de Dios. Por la simple razón de que son impotentes para hacer algo, nada hacen excepto amenazar. Si pudieran, estén ustedes seguros de que no esperarían sino que realizarían sus fuertes deseos: el mal, y eso contra nosotros. Noten, por ejemplo, como ahora estamos reunidos aquí hablando contra ellos, y ellos saben además que en la medida en que hacemos progresos, ellos se debilitan. En verdad, si estuviera en su poder, no dejarían vivo a ningún cristiano, porque el servicio de Dios es abominación para el pecador (Sir 1:25). Puesto que no pueden nada, se hacen daño a sí mismos, ya que no pueden llevar a cabo sus amenazas.

Además, esto otro debería ser tomado en cuenta para acabar con el miedo a ellos: si tuvieran algún poder, no vendrían en manada, ni recurrirían a apariciones, ni usarían el artificio de transformarse. Bastaría que viniera uno solo e hiciera lo que fuera capaz de hacer o a lo que tuviera inclinación. Lo más importante de todo es que el que tiene realmente poder no se esfuerza en matar con fantasmas ni trata de aterrorizar con hordas sino que sin más trámites usa su poder como quiere. Pero actualmente los demonios, impotentes como son, hacen piruetas como si estuvieran sobre un escenario, cambiando sus formas en espantajos infantiles, con manadas ilusorias y muecas, con todo lo cual su debilidad se hace todavía más despreciable. Estemos seguros: El ángel verdadero enviado por el Señor contra los asirios no tuvo necesidad de múltiples, ni de ilusiones visibles, ni de soplidos resonantes, ni de sonajeras; no, él ejerció su poder tranquilamente y de una vez mató a ciento ochenta y cinco mil de ellos (2 R 19:35). Pero los demonios impotentes criaturas como son, tratan de aterrorizar, ¡y eso con mero fantasmas!

Si alguien al examinar la vida de Job, dijera: ¿Por qué, entonces, siguió el demonio haciendo cosas contra él? Lo despojó de sus posesiones, mató a sus hijos y lo hirió con graves úlceras (Job 1:13ss; 2:7), que esa persona se dé cuenta de que no se trata de que el demonio tuviera poder para hacer eso, sino que Dios el entregó a Job para que lo tentara (Job 1:12). Por su puesto no tenía poder para hacerlo; lo pidió y actuó sólo después de haberlo recibido. Aquí tenemos otra razón para despreciar al enemigo, pues aunque tal era su deseo, no fue capaz de vencer a un hombre justo. Si el poder hubiera sido suyo, no hubiera necesitado pedirlo, y el hecho de que lo pidiera no una sino dos, muestra su debilidad y incapacidad. No es extraño de que no tuviera poder contra Job, cuando le fue imposible destruir ni siquiera sus ganados a menos que Dios accediera a ello. Pero no tiene poder ni siquiera contra los cerdos, como está escrito en el Evangelio: Y los espíritus malos rogaron al Señor: déjanos entrar en esos cerdos, mucho menos sobre los hombres hechos a imagen de Dios.

Por eso, se debe temer sólo a Dios y despreciar esos seres, sin tenerles miedo en absoluto. Y cuanto mas se dediquen a tales cosas, tanto más dediquémonos nosotros a la vida ascética para contraatacarlos, pues una vida recta y la fe en Dios son una gran arma contra ellos. Temen a los ascetas por su ayuno, sus vigilias, sus oraciones, su mansedumbre, tranquilidad, desprecio del dinero, falta de presunción, humildad, amor a los pobres, limosnas, ausencias de ira, y, más que todo para que nadie los pisotee, su lealtad a Cristo. Esta el la razón por lo que hacen todo para que nadie los pisotee. Conocen la gracia dada por el Salvador a los creyentes cuando dice: "Miren: yo les he dado poder para pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo (Lc 10:19).

Falsas Predicciones del Futuro.

"Asimismo, si pretenden predecir el futuro, no les hagan caso. A veces, por ejemplo, nos comunican días antes la visita de hermanos, y efectivamente llegan. Pero no es que se preocupen de sus oyentes que hacen esto, sino para inducirlos a colocar su confianza en ellos, y así, cuando los tienen bien a mano poder destruirlos. No los escuchemos sino que echémoslo fuera, pues no lo necesitamos. ¿Qué de prodigioso hay en ellos, que tienen cuerpos mas sutiles que los hombres, viendo que alguien se pone de camino, se le adelanten y anuncien su llegada? Una persona de a caballo podría también adelantarse a uno a pie y dar la misma información. Así, pues, tampoco en esto hay que asombrarse de ellos. No tienen ningún conocimiento previo de lo que todavía no ha sucedido, sino que sólo Dios conoce todas las cosas antes de que sean (Dn 13:42). En este punto son como ladrones que corren delante y anuncian lo que vieron. En este mismo momento, ¡a cuántos ya les habrán comunicado lo que estamos haciendo, como estamos aquí discutiendo sobre ellos, antes de que ninguno de nosotros pueda levantarse e informar de lo mismo! Pero hasta un niño veloz haría correr lo mismo, adelantándose a una persona más lenta. Les voy a aclarar con un ejemplo lo que quiero decir. Si alguien quiere ponerse en viaje desde la Tebaida o de cualquier otro lugar, antes de que efectivamente parta no saben si van a salir o no; pero en cuanto lo ven caminar, se adelantan y anuncian su llegada de antemano. Y así sucede que después de algunos días, llega. Pero a veces, sin embargo, el viajero se vuelve, y el informe es falso.

También a veces hablan tonterías con respecto al agua del Río. Por ejemplo, viendo lluvias en las regiones de Etiopía y sabiendo que las avenidas del Río tienen su origen, se adelantan y lo anunciantes de que el agua alcance Egipto. Los hombres también podrían hacerlo, si pudieran correr tan rápido como ellos. Y tal como el atalaya de David (2 S 18:24), subiéndose a una altura, logró un vistazo del que llegaba antes del que estaba debajo, y echando a correr le informó antes que los demás, no lo que aún no había pasado, sino lo que estaba por suceder en el acto, así también los demonios se apresuran a anunciar cosas a otros con el solo fin de engañarlos. En verdad, si entre tanto la Providencia tuviera una disposición especial en cuanto al agua o a los viajeros, y esto es perfectamente posible, entonces se vería que el informe de los demonios es mentira, y quedarían engañados los que pusieron su confianza en ellos.

Así surgieron los oráculos griegos y así fue descarriado el pueblo de la antigüedad por los demonios. Con esto hay que decir también cuanto engaño fue preparado para el futuro, pero el Señor vino para suprimir los demonios y su villanía. No conocen nada fuera de sí mismos, pero ven otros tienen conocimientos y entonces, como ladrones, se apoderan de él y lo desfiguran. Practican más la conjetura que la profecía. Por eso, aunque a veces parezcan estar en la verdad, nadie debería maravillarse. En realidad, también los médicos, cuya experiencia en enfermedades les viene de haber observado la misma dolencia en diferentes personas, hacen a menudo conjeturas sobre la base de su práctica y predicen lo que va a pasar. También los pilotos y campesinos, observando las condiciones del tiempo, por su experiencia pronostican si va a ver temporal o buen tiempo. A nadie se le ocurriría decir que profetizan por inspiración divina, sino por la experiencia que da la práctica. En consecuencia, si también los demonios adivinan algunas de estas mismas cosas y las dicen, no por eso ustedes tienen que asombrarse ni hacerles caso en absoluto. ¿De que les sirve a los oyentes saber días antes los que va a pasar? ¿O qué afán en saber tales cosas, aún suponiendo que tal conocimiento resulte verdad? Seguro que no es ése el elemento fundamental de la virtud ni tampoco prueba de nuestro progreso. Pues nadie es juzgado por lo que no sabe, y nadie es llamado bienaventurado por lo que ha aprendido y sabe; y el juicio que nos espera a cada uno es si hemos guardado la fe y observado fielmente los mandamientos.

"De ahí de que no sea propio nuestro darle importancia a estas cosas ni afanarnos en la vida ascética con el fin de saber el futuro, sino para agradar a Dios viviendo bien. Deberíamos orar, no para saber el futuro, ni deberíamos pedir esto como recompensa por la práctica ascética, sino que el fin de nuestra oración ha de ser lo que el Señor sea nuestro compañero para lograr la victoria sobre el demonio. Pero si algún día llegamos a conocer el futuro, mantengamos pura nuestra mente. Tengo la absoluta confianza de que si el alma es pura íntegramente y está en su estado natural, alcanza la claridad de visión y ve más y más lejos que los demonios. A ellos el Señor les revela las cosas. Tal era el alma de Elíseo que vio lo que pasó que Giezi (2 R 5:26), y contempló los ejércitos que estaban cerca (2 R 6:17).

Discernimiento de los Espíritus.

"Ahora, pues, cuando se les aparezcan de noche y quieran contarles el futuro o les digan: Somos los ángeles, ignórenlo porque están mintiendo. Si alaban su práctica de la vida ascética o los llaman santos, no los escuchen ni tengan nada que ver ellos. Hagan mas bien la señal de la Cruz sobre ustedes, sobre su morada y oración, y los verán desaparecer. Son cobardes y le tienen terror mortal a la señal de la Cruz de nuestro Señor, desde que en la Cruz el Señor los despojó e hizo escarmiento con ellos (Col 2:15). Pero si insisten con mas desvergüenza todavía, bailando en torno y cambiando su apariencia, no les teman ni se acobarden ni les presten atención como si fueran buenos; es totalmente posible distinguir entre el bien y el mal cuando Dios lo garantiza. Una visión de los santos no es turbulenta, pues no contendrá ni gritar, y nadie oirá su voz por las calles (Mt 12:19; Is 42:2). Tal visión llega tan tranquila y suave que de inmediato hay alegría, gozo y valor en el alma. Con ellos está nuestro Señor, que es nuestra alegría, y el poder de Dios Padre. Y los pensamientos del alma permanecen sin molestia ni oleaje, de modo que en su propia brillante transparencia posible contemplar la aparición. Un anhelo de las cosas divinas y de la vida futura se posesiona del alma, y su deseo es unirse totalmente a ellos y poder partir con ellos. Pero si algunos, por ser humanos, tienen miedo ante la visión de los buenos, entonces los que aparecen expulsan el temor por el amor, como lo hizo Gabriel con Zacarías (Lc 1:13), y el ángel que apreció a las mujeres en el santo sepulcro (Mt 28:5), y el ángel que habló a los pastores: No teman (Lc 2:10). Temor en estos casos, no es cobardía del alma sino conciencia de la presencia de seres superiores. Tal es, pues, la visión de los santos.

Por otra parte, el ataque y la aparición de los malos están llenos de confusión, acompañados de ruidos, bramidos y alaridos; bien podría ser el tumulto de muchachos groseros o salteadores. Esto al comienzo ocasiona terror en el alma, disturbios y confusión de pensamientos, desaliento, odio de la vida ascética, tedio, tristeza, recuerdo de los parientes, miedo de la muerte; luego viene el deseo del mal, el desprecio de la virtud y un completo cambio de carácter. Por eso, si ustedes tienen una visión y sienten miedo, pero si el miedo se lo quitan inmediatamente y en su lugar les viene una inefable alegría y contento, valor, recuperación de la fuerza y de la calma de pensamiento y de todo lo demás que he mencionado, y valentía de corazón y amor de Dios, entonces alégrense y oren; su gozo y la tranquilidad de su alma dan prueba de la santidad de Aquel que está presente. Así Abraham, viendo al Señor, se alegró (Jn 8:56), y Juan, oyendo la voz de María, la Madre de Dios, saltó de gozo (Lc 1:41). Pero si tienen visiones que los sorprenden y confunden y al tumulto por doquier y apariciones terrenas y amenazas de muerte y todo lo demás que mencioné, entonces sepan que la visita es del malo.

"Tengan también esta otra señal: si el alma sigue con miedo, el enemigo está presente. Los demonios no quitan el miedo que producen, como lo hizo el gran arcángel Gabriel con María y Zacarías, y el se le apareció a las mujeres en el sepulcro. Los demonios, al contrario, cuando ven que los hombres tienen miedo, aumentan sus fantasmagorías, para aterrorizarlos aún más, luego bajan y los engañan diciéndoles: Póstrense y adórennos (Mt 4:9). Así engañaron a los griegos, pues entre ellos los había, tomados falsamente por dioses. Pero nuestro Señor no permitió que fuéramos engañados por el demonio, cuando una vez le reprochó que intentara utilizar sus alucinaciones con El: Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y al el sólo lo servirás (Mt 4:10). Por eso, despreciemos más y más al autor del mal, pues lo que dijo nuestro Señor fue por nosotros: cuando los demonios oyen tales palabras, son expulsados por el Señor que con estas palabras los reprendió.

"No debemos jactarnos de echar fuera a los demonios ni darnos aires por curaciones realizadas; no debemos honrar sólo al que expulsa demonios y despreciar al que no lo hace. Que cada uno observe atentamente la vida ascética de otro, entonces que la imite y emule, o que la corrija. Pues hacer milagros no es asunto nuestro. Eso está reservado sólo para nuestro Salvador. El, por otra parte, dijo a los discípulos: Alégrense, no porque los demonios se les sometan, sino porque sus nombres están escritos en el cielo (Lc 10:20). Y el hecho de que nuestros nombres estén escrito en el cielo es testimonio para nuestra virtud, pero en cuanto a expulsar demonios, eso es don del Salvador que él concede. Por eso, a los que se jactaban no de su virtud sino de sus milagros y decían: ¿Señor, no hemos expulsado demonios en tu nombre y no hemos obrado milagros también en tu nombre? (Mt 7:22). El respondió: En verdad, les digo que no los conozco (Mt 7:23), pues el Señor no conoce el camino de los impíos (Sal 1:6). En resumen, se debe orar, como he dicho, por el don de discernimiento de espíritus, a fin de que, como esta escrito, no creamos a cada espíritu.

Antonio Narra Sus Experiencias con los Demonios.

En realidad, ahora querría detenerme y no decir nada más que viniera de mí mismo, ya que basta con lo que se ha dicho. Pero para que ustedes no piensen que simplemente digo estas cosas por hablar, sino para que puedan convencerse de que lo hago por verdadera experiencia, por eso quiero contarles lo que he visto en cuanto a las prácticas de los demonios. Tal vez me llamen tonto, pero el Señor que está escuchando sabe que mi conciencia es limpia y que no es por mí mismo sino por ustedes para alentarlos que digo todo esto.

¡Cuántas veces me llamaron bendito, mientras yo los maldecía en el nombre del Señor! ¡Cuántas veces hacían predicciones acerca del agua del Río! Y yo les decía: ¿Y qué tienen que ver ustedes con esto? Una vez llegaron con amenazas y me rodearon como soldados armados hasta los dientes. En otra ocasión llenaron la casa con caballos y bestias y reptiles, pero yo canté el salmo: "Unos confían en sus carros, otros en su caballería, pero nosotros confiamos en el nombre del Señor Dios nuestro" (Sal 19:8), y a esta oración fueron rechazados por el Señor. Otra vez, en la obscuridad llegaron con una luz fatua diciendo: ‘Hemos venido a traerte luz, Antonio’. Pero cerré mis ojos, oré, y de un golpe se apago la luz de los impíos. Pocos meses después llegaron cantando salmos y citando las Escrituras. ‘Pero yo fui como un sordo que no oye’ (Sal 37:14). Una vez sacudieron la celda de un lado para otro, pero yo oré, permaneciendo inconmovible en mi mente. Entonces volvieron haciendo un ruido continuo, dando golpes, silbando y haciendo cabriolas. Pero yo me puse a orar y a cantar salmos, y entonces comenzaron a gritar y a lamentarse como si estuvieran completamente agotados, y yo alabé al Señor que redujo a nada su descaro e insensatez y les dio una lección.

Una vez se me apareció en visión un demonio realmente enorme, que tuvo la desfachatez de decir: ‘Soy el Poder de Dios’, y ‘Soy la Providencia’. ‘ ¿Por favor qué deseas que te otorgue?’. Entonces yo le soplé mi aliento, invocando el nombre de Cristo, e hice empeño por golpearlo. Parece que tuve éxito, porque al instante, grande como era, desapareció él, y todos sus compañeros junto con él, al nombre de Cristo. Otra vez que yo estaba ayunando, se llegó a mí el taimado acarreando panes ilusorios. Se puso a darme consejos: "¡Come y déjate de tus privaciones! También tú eres hombre y estás punto de enfermarte." Pero yo, notando su superchería, me levanté a orar y no pudo aguantarlo. Desapareció como humo a través de la puerta.

¡Cuántas veces me mostró en el desierto una visión de oro que yo podía tocar y buscar! Pero me le opuse cantando un salmo y se disolvió. Me golpeó a menudo, y yo decía: "Nada podrá separarme del amor de Cristo" (Rm 8:35), y entonces ¡ellos se golpeaban unos a otros! Pero no fui yo quien detuvo y paralizó sus esfuerzos, sino el Señor que dijo: "Vi a Satanás cayendo del cielo como un relámpago" (Lc 10:18).

Hijitos míos acuérdense de lo que dijo el apóstol: "Me apliqué esto a mí mismo" (1 Co 4:6), y aprenderán a no descorazonarse en su vida ascética y a no temer las ilusiones del demonio y sus compañeros.

"Ya que me ha hecho loco entrando en todas sus cosas, escuchen también lo que sigue, para que pueda servirles para su seguridad; créanme, no miento. Una vez escuché un golpe en la puerta de mi celda, salí afuera y vi una figura enormemente y alta. Cuando le pregunté: ¿Quién eres? me contestó: Soy Satanás. ¿Qué estás haciendo aquí? El respondió: ¿Qué falta me encuentran los monjes y los demás cristianos sin ninguna razón? ¿Por qué me echan a cada rato? Bien, ¿por qué los molestas? le dije.

El contestó: No soy yo quien los molesta, sino que sus molestias tienen su origen en ellos mismos, porque yo me he debilitado. ¿No han leído acaso; El enemigo ha sido desarmado, arrasaste sus ciudades? (Sal 9:7). Ahora no tengo lugar, armas, ni ciudad. En todas partes hay cristianos y hasta el desierto está lleno de monjes. Que se dediquen a sus propios asuntos y no me maldigan sin causa.

Entonces me maravillé ante la gracia del Señor y le dije: Aunque eres siempre mentiroso y nunca hablas la verdad, sin embargo esta vez has dicho la verdad, por más que te desagrade hacerlo. Ves tú, Cristo con su venida te hizo impotente, te derribó, te despojó. El oyendo el nombre del Salvador e incapaz de soportar el calor que esto causaba, se desvaneció.

Por eso, si incluso el mismo demonio confiesa que no tienen poder, deberíamos despreciarlo totalmente. El malo y sus sabuesos tienen, es verdad, todo un acopio de bellaquerías, pero nosotros, sabiendo su debilidad, podemos despreciarlos. No nos entreguemos, pues, ni desalentemos, ni dejemos que haya cobardía en nuestra alma ni causemos miedo a nosotros mismos pensando: ¡Ojalá que no venga el demonio y me haga caer! ¡Ojalá que no venga y me lleve para arriba o para abajo, o aparezca de repente y me saque de mis casillas! No deberíamos tener en absoluto semejantes pensamientos ni afligirnos como si fuéramos a perecer. Mas bien tengamos valor y alegrémonos siempre como hombres que están siendo salvados. Pensemos que el Señor está con nosotros, El que ahuyentó los malos espíritus y les quitó su poder.

Meditemos siempre sobre esto y recordemos que mientras el Señor esté con nosotros, nuestros enemigos no nos harán daño. Pues cuando vienen, actúan tal como nos encuentran, y en el estado del alma en que nos encuentren, de ese modo presentan sus ilusiones. Si nos ven llenos de miedo y de pánico, inmediatamente toman posesión como bandoleros que encuentran la plaza desguarnecida; todo lo que pensemos de nosotros mismos, lo aprovecharán con interés redoblado. Si nos ven con temerosos y acobardados, van a aumentar nuestro miedo lo más que puedan en forma de imaginaciones y amenazas, y así la pobre alma es atormentada para el futuro. Pero si nos encuentran alegrándonos con el Señor, meditando en los bienes que han de venir y contemplando las cosa que son del Señor; considerando que todo está en sus manos y que el demonio no tiene poder sobre un cristiano; que, de hecho, no tiene poder sobre nadie absolutamente, entonces, viendo al alma salvaguardada con tales pensamientos, se avergüenzan y se vuelven. Así, cuando el enemigo vio a Job fortificado, se retiró de él, mientras que encontrando a Judas desprovisto de toda defensa, lo tomó prisionero.

Por eso, si queremos despreciar al enemigo, mantengamos siempre nuestro pensamiento en las cosas del Señor y que nuestra alma se goce con la esperanza (Rm 12:12). Veremos entonces cómo los engaños del demonio se desvanecen como humo, y los veremos huir en lugar de perseguirnos. Ellos son, como dije, abyectos, cobardes, siempre recelosos del fuego preparados para ellos (Mt 25:41).

"Observen también esto con respecto a la intrepidez que deben tener en su presencia. Cada vez que venga una aparición, no se derrumben inmediatamente llenos de cobarde miedo, sino que, sea lo que sea, pregunten primero con corazón resuelto: ¿Quién eres tú y de dónde vienes? Si es una visión buena, los va a tranquilizar y a cambiar su miedo en alegría. Sin embargo, si tiene que ver con el demonio, va a desvanecerse al instante viendo el decidido ánimo de ustedes, ya que la simple pregunta, ¿quién eres y de dónde vienes? es la señal de tranquilidad. Así lo aprendió el hijo de Nun (Jos 5:13s), y el enemigo no se libró de ser descubierto cuando Daniel lo interrogó (Dn 13-59).

Virtud Monástica.

Mientras Antonio discurría sobre estos asuntos con ellos, todos se regocijaban. Aumentaba en algunos la virtud, en otros desaparecía la negligencia, y en otros la vanagloria era reprimida. Todos prestaban consejos sobre los ardides del enemigo, y se admiraban de la gracia dada a Antonio por el Señor para discernir los espíritus.

Así sus solitarias celdas en las colinas eran como las tiendas llenas de coros divinos, cantando salmos, estudiando, ayunando, orando, gozando con la esperanza de la vida futura, trabajando para dar limosnas y preservando el amor y la armonía entre sí. Y en realidad, era como ver un país aparte, una tierra de piedad y justicia. No había malhechores ni víctimas del mal ni acusaciones del recaudador de impuestos, sino una multitud de ascetas, todos con un solo propósito: la virtud. Así, al ver estas celdas solitarias y la admirable alineación de los monjes, no se podía menos que elevar la voz y decir: "¡Qué hermosas son las tiendas, oh Jacob! ¡Tus habitaciones, oh Israel! Como arroyos están extendidas, como huertos junto al río, como tiendas plantadas por el Señor, como cedros junto a las aguas" (Num 24:5).

Antonio volvió como de costumbre a su propia celda e intensificó sus prácticas ascéticas. Día tras día suspiraba en la meditación de las moradas celestiales (Jn 14:12), con todo anhelo por ellas, viendo la breve existencia del hombre. Al pensamiento de la naturaleza espiritual del alma, se avergonzaba cuando debía aprestarse a comer o dormir o a ejecutar las otras necesidades corporales. A menudo, cuando iba a compartir su alimento con otros monjes, le sobrevenía el pensamiento del alimento espiritual y rogando que le perdonaran, se alejaba de ellos, como si le diera vergüenza de que otros lo vieran comiendo. Comía, por su puesto, porque su cuerpo lo necesitaba, y frecuentemente lo hacía también con los hermanos, turbado a causa de ellos, pero hablándoles por la ayuda que sus palabras significaban para ellos. Acostumbraba a decir que se debía dar todo su tiempo al alma más bien que al cuerpo. Ciertamente, puesto que la necesidad lo exige, algo de tiempo tiene que darse al cuerpo, pero en general deberíamos dar nuestra primera atención al alma y buscar su progreso. Ella no debería ser arrastrada hacia abajo por los placeres del cuerpo, sino que el cuerpo debe ser puesto bajo sujeción del alma. Esto, decía, es lo que el Salvador expresó: "No se preocupen por la vida, por lo que van a comer o beber, ni estén inquietos ansiosamente; la gente del mundo busca todas esas cosas. Pero su Padre sabe que ustedes necesitan todo esto. Busquen primero su Reino y todo esto se les dar dado por añadidura" (Lc 12:22-31; Mt 6:31-33)

Antonio Va Alejandría Bajo la Persecución del Emperador Maximino (311).

Después de esto, la persecución de Maximino, que irrumpió en esa época, se abatió sobre la Iglesia. Cuando los santos mártires fueron llevados a Alejandría, él también dejó su celda y los siguió, diciendo: "vayamos también nosotros a tomar parte en el combate si somos llamados, o a ver a los combatientes." Tenía el gran deseo de sufrir el martirio, pero como no quería entregarse a sí mismo, servía a los confesores de la fe en las minas y en las prisiones. Se afanaba en el tribunal, estimulando el celo de los mártires cuando los llamaban, y recibiéndolos y escoltándolos cuando iban a su martirio, quedando junto a ellos hasta que expiraban. Por eso el juez, viendo su intrepidez y la de sus compañeros y su celo en estas cosas, dio orden de que ningún monje apareciera en el tribunal o estuviera en la ciudad. Todos los demás pensaron conveniente esconderse ese día, pero Antonio se preocupó tan poco de ello que lavó sus ropas y al día siguiente se colocó al frente de todos, en un lugar prominente, a vista y presencia del prefecto. Mientras todos se admiraban y el prefecto mismo lo veía al acercarse con todos los funcionarios, el estaba ahí de pie, sin miedo, mostrando el espíritu anhelante característico de nosotros los cristianos. Como lo expresé antes, oraba para que también él pudiera ser martirizado, y por eso se apenaba por no haberlo sido.

Pero el Señor cuidaba de él para nuestro bien y para el bien de otros, a fin de que pudiera se maestro de la vida ascética que él mismo había aprendido en las Escrituras. De hecho, muchos, sólo con ver su actitud, se convirtieron en celosos seguidores de su modo de vida. De nuevo, por eso, continuó con su costumbre, de ir al servicio de los confesores de la fe y, como si estuviera encadenado con ellos (Hb 13:3), se agotó en su afán por ellos.

El Diario Martirio de la Vida Monacal.

Cuando finalmente la persecución cesó y el obispo Pedro, de santa memoria, hubo sufrido el martirio, se fue y volvió a su celda solitaria, y ahí fue mártir cotidiano en su conciencia, luchando siempre las batallas de la fe. Practicó una vida ascética llena de celo y más intensa. Ayunaba continuamente, su vestidura era de pelo la interior y de cuero la exterior, y la conservó hasta el día de su muerte. Nunca bañó su cuerpo para lavarse, ni tampoco lavó sus pies ni se permitió meterlos en el agua sin necesidad. Nadie vio su cuerpo desnudo hasta que murió y fue sepultado.

Vuelto a la soledad, determinó un período de tiempo durante el cual no saldría ni recibiría a nadie. Entonces un oficial militar, un cierto Martiniano, llegó a importunar a Antonio: tenía una hija a la molestaba el demonio. Como persistía ante él, golpeado a la puerta y rogando que saliera y orara a Dios por su hija, Antonio no quiso salir sino que, usando una mirilla le dijo: "Hombre ¿por qué haces todo ese ruido conmigo? Soy un hombre tal como tú. Si crees en Cristo a quien yo sirvo, ándate y como eres creyente, ora a Dios y se te concederá." Ese hombre se fue y creyendo e invocando a Cristo, y su hija fue librada del demonio. Muchas otras cosas hizo también el Señor a través de él, según la palabra: "Pidan y se les dará" (Lc 11:9). Muchísima gente que sufría, dormía simplemente fuera de su celda, ya que él no quería abrirle la puerta, y eran sanados por su fe y su sincera oración.

Huida a la Montaña Interior.

Cuando se vio acosado por muchos e impedido de retirarse como eran su propósito y su deseo, e inquieto por lo que el Señor estaba obrando a través de él, pues podía transformarse en presunción, o alguien podía estimarlos más de lo que convenía, reflexionó y se fue hacia la Alta Tebaida, a un pueblo en el que era desconocido. Recibió pan de los hermanos y se sentó a la orilla del río, esperando ver un barco que pasara en el que pudiera embarcarse y partir. Mientras estaba así aguardando, se oyó una voz desde arriba: "Antonio, ¿a dónde vas y porque?"

No se desorientó sino que, habiendo escuchado a menudo tales llamadas, contestó: "Ya que las multitudes no me permiten estar solo, quiero irme a la Alta Tebaida, porque son muchas las molestias a las que estoy sujeto aquí, y sobre todo porque me piden cosas más allá de mi poder." "Si subes a la Tebaida," dijo la voz, "o si, como también pensaste, bajas a la Bucólica, tendrás más, sí, el doble más de molestias que soportar. Pero si realmente quieres estar contigo mismo, entonces vete al desierto interior."

Pero, dijo Antonio, ¿quién me mostrará el camino? Yo no lo conozco. De repente le llamaron la atención unos sarracenos que estaban por tomar aquella ruta. Acercándose, Antonio les pidió ir con ellos al desierto. Ellos le dieron la bienvenida como por orden de la Providencia. Y viajó con ellos tres días y tres noches y llegó a una montaña muy alta. Al pie de la montaña había agua, clara como el cristal, dulce y muy fresca. Extendiéndose desde allí había una llanura y unos cuantos datileros.

Antonio, como inspirado por Dios, quedó encantado por el lugar, porque esto fue lo que quiso decir Quien habló con el a la orilla del Río. Comenzó por conseguir algunos panes de sus compañeros de viaje y se quedo sólo en la montaña, sin ninguna compañía. En adelante, miró este lugar como si hubiera encontrado su propio hogar. En cuanto a los sarracenos, notando el entusiasmo de Antonio, hicieron del lugar un punto de sus travesías, y estaban contentos de llevarle pan. También los datileros le daban un pequeño y frugal cambio de dieta. M s tarde, los hermanos, se las ingeniaron para mandarle pan. Antonio, sin embargo, viendo que el pan les causaba molestias porque tenían que aumentar el trabajo que ya soportaban, y queriendo mostrar consideración a los monjes en esto, reflexionó sobre el asunto y pidió a algunos de sus visitantes que les trajeran un azadón y un hacha y algo de grano.

Cuando se lo trajeron, se fue al terreno cerca de la montaña, y encontrando un pedazo adecuado, con abundante provisión de agua de la vertiente, lo cultivo y sembró. Así lo hizo cada año y les suministraba su pan. Estaba feliz de que con eso no tenía que molestar a nadie, y con todo trataba de no ser carga para otros. Pero más tarde, viendo que de nuevo llegaba gente a verlo, comenzó también a cultivar algunas hortalizas, a fin de que sus visitantes tuvieran algo más para restaurar sus fuerzas después del viaje tan cansado y pesado.

Al comienzo, los animales del desierto que venían a beber agua le dañaban los sembrados de la huerta. Entonces atrapó a uno de los animales, lo retuvo suavemente y les dijo a todos: " ¿Por qué me hacen perjuicio si yo no les haga nada a ninguno de ustedes? ¡Váyanse, y en el nombre del Señor no se acerquen otra vez a estas cosas!" Y desde ese entonces, como atemorizados por sus órdenes, no se acercaron al lugar.

De Nuevo los Demonios.

Así estuvo sólo en la Montaña Interior, dando su tiempo a la oración y a la práctica de la vida ascética. Pero los hermanos que fueron en su busca, le rogaron que les permitiera llegar cada mes y llevarle aceitunas, legumbres y aceite, puesto que ya ahora era anciano.

De sus visitantes hemos sabido cuantos combates tuvo que soportar mientras vivió ahí, "no contra carne y sangre," como está escrito (Ef 6:12), sino en lucha con los demonios. Pues también allí oyeron tumultos y muchas voces y clamor como de armas. De noche vieron la montaña llenarse de vida con bestia salvajes. Lo vieron también peleando como también con enemigos visibles, y orando contra ellos. A uno que lo visitó, le habló palabras de aliento mientras el mismo se mantenía firme en la contienda, de rodillas y orando al Señor. Era realmente notable que, sólo como estaba en ese despoblado, nunca desmayase frente a los ataques de los demonios, ni tampoco con todos los animales y reptiles que había, tuviese miedo de su ferocidad. Como está en la escritura, él realmente "confiaba en el Señor como el monte Sión (Sal 124:l), con ánimo inquebrantable e intrépido. Así los demonios más bien huían de él, y los animales salvajes hicieron la paz con él, como está escrito (Job 5:23)

El malo puso estrecha guardia sobre Antonio y rechinó sus dientes contra él, como dice David en el salmo (Sal 34:16), pero Antonio fue animado por el Salvador, quedando sin ser dañado por esa villanía y sutil estrategia. Le envió bestias salvajes mientras estaba en sus vigilias nocturnas, y en plena noches todas las hienas del desierto salieron de sus guaridas y lo rodearon. Teniéndolo en medio, abrían sus fauces y amenazaban morderlo. Pero él, conociendo bien las mañas del enemigo, les dijo: "Si han recibido poder para hacer esto contra mí, estoy dispuesto a ser devorado; pero si han sido enviadas por los demonios, váyanse inmediatamente porque soy servidor de Cristo." En cuanto Antonio dijo esto, huyeron como azotados por el látigo de esa palabra.

Pocos días después, mientras estaba trabajando –porque el trabajo formaba parte de su propósito–, alguien llegó a la puerta y tiró la cuerda con que trabajaba (estaba haciendo canastos, que daba a sus visitantes en cambio por lo que le traían). Se levantó y vio a un monstruo que parecía hombre hasta los muslos, pero con piernas y pies de asno. Antonio hizo simplemente la señal de la cruz y dijo: "Soy servidor de Cristo. Si has sido enviado contra mí aquí estoy." Pero el monstruo con sus demonios huyó tan rápido, que su misma rapidez lo hizo caer y murió. La muerte del monstruo vino a significar el fracaso de los demonios: hicieron cuanto pudieron porque se fuera del desierto y no pudieron.

Antonio Visita a los Hermanos a lo Largo del Nilo.

Una vez los monjes le pidieron que regresara donde ellos y pasara algún tiempo visitándolos a ellos y sus establecimientos. Hizo el viaje con los monjes que vinieron a su encuentro. Un camello había cargado con pan y agua, ya que en todo ese desierto no hay agua, y la única agua potable estaba en la montaña de donde habían salido y en donde estaba su celda. Yendo de camino se acabó el agua, y estaban todos en peligro cuando el calor es mas intenso. Anduvieron buscando y volvieron sin encontrar agua. Ahora estaban demasiado débiles para poder caminar siquiera. Se echaron al suelo y dejaron que el camello se fuera, entregándose a la desesperación.

Entonces el anciano, viendo el peligro en que todos estaban, se llenó de aflicción. Suspirando profundamente, se apartó un poco de ellos. Entonces se arrodilló, extendió sus manos y oró. Y de repente el Señor hizo brotar una fuente donde estaba orando, de modo que todos pudieron beber y refrescarse. Llenaron sus odres y se pusieron a buscar el camello hasta que lo encontraron, sucedió que el cordel se había enredado en una piedra y había quedado sujeto. Lo llevaron a abrevar y, cargándolo con los odres, concluyeron su viaje sin más deterioros ni accidentes.

Cuando llegó a las celdas exteriores, todos le dieron una cordial bienvenida, mirándolo como a un padre. El, por su parte, como trayéndoles provisiones de su montaña, los entretenía con su narraciones y les comunicaba su experiencia práctica. Y de nuevo hubo alegría en las montañas y anhelos de progreso, y el consuelo que viene de una fe común (Rm 1:12). También se alegró de contemplar el celo de los monjes y al ver a su hermana que había envejecido en su vida de virginidad, siendo ella misma guía espiritual de otras vírgenes.

Los Hermanos Visitan a Antonio.

Después de algunos días volvió a su montaña. Desde entonces muchos fueron a visitarlo, entre ellos muchos llenos de aflicción, que arriesgaban el viaje hasta él. Para todos los monjes que llegaban donde él, tenía siempre el mismo consejo: poner su confianza el Señor y amarlo, guardarse a sí mismo de los malos pensamientos y de los placeres de la carne, y no ser seducido por el estómago lleno, como está escrito en los Proverbios (Prov 24:15). Debían huir de la vanagloria y orar continuamente; cantar salmos antes y después del sueño; guardar en el corazón los mandamientos impuestos en las Escrituras y recordar los hechos de los santos, de modo que el alma, al recordar los mandamientos, pueda inflamarse ante el ejemplo de su celo. Les aconsejaba sobre todo recordar siempre la palabra del apóstol: "Que el sol no se ponga sobre tu ira" (Ef 4:26), y a considerar estas palabras como dichas de todos los mandamientos: el sol no debe ponerse no sólo sobre la ira sino sobre ningún otro pecado.

Es enteramente necesario que el sol no condene por ningún pecado de día, ni la luna por ninguna falta o incluso pensamiento nocturno. Para asegurarnos de esto, es bueno escuchar y guardar lo que dice el apóstol: "Júzguense y pruébense ustedes mismos" (2 Co 13:5). Por eso cada uno debe hacer diariamente un examen de lo que ha hecho de día y de noche; si ha pecado, deje de pecar; si no ha pecado, no se jacte por ello. Persevere mas bien en la practica de lo bueno y no deje de estar en guardia. No juzgue a su prójimo ni se declare justo él mismo, como dice el santo apóstol Pablo, "Hasta que venga el Señor y saque a luz lo que está escondido" (1 Co 4:5; Rm 2:16). A menudo no tenemos conciencia de lo que hacemos; nosotros no lo sabemos, pero el Señor conoce todo. Por eso dejémosle el juicio a El, compadezcámonos mutuamente y "llevemos los unos las cargas de los otros" (Ga 6:2). Juzguémonos a nosotros mismo y, si vemos que hemos disminuido, esforcémonos con toda seriedad para reparar nuestra deficiencia. Que esta observación sea nuestra salvaguardia con el pecado: anotemos nuestras acciones e impulsos del alma como si tuviéramos que dar un informe a otro; pueden estar seguros que de pura vergüenza de que esto se sepa, dejaremos de pecar y de seguir teniendo pensamientos pecaminosos. ¿A quién le gusta que lo vean pecando? ¿Quién habiendo pecado, no preferiría mentir, esperando escapar así a que lo descubran? Tal como no quisiéramos abandonarnos al placer a vista de otros, así también si tuviéramos que escribir nuestros pensamientos para decírselos a otro, nos guardaríamos muchos de los malos pensamientos, de vergüenza de que alguien los supiera. Que ese informe escrito sea, pues, como los ojos de nuestros hermanos ascetas, de modo que al avergonzarnos al escribir como si nos estuvieran viendo, jamás nos demos al mal. Moldeándonos de esta manera, seremos capaces de llevar a nuestro cuerpo a obedecernos (1 Co 9:27), para agradar al Señor y pisotear las maquinaciones del enemigo.

Milagros en el Desierto.

Estos eran los consejos a los visitantes. Con los que sufrían se unía en simpatía y oración, y a menudo y en muchos y variados casos, el Señor escuchó su oración. Pero nunca se jactó cuando fue escuchado, ni se quejó cuando no lo fue. Siempre dio gracias al Señor, y animaba a los sufrientes a tener paciencia y a darse cuenta de que la curación no era prerrogativa suya ni de nadie, sino sólo de Dios, que la obra cuando quiere y a quienes El quiere. Los que sufrían se satisfacían con recibir las palabras del anciano como curación, pues aprendían a tener paciencia y a soporta el sufrimiento. Y los que eran sanados, aprendían a dar gracias no a Antonio sino sólo a Dios.

Había, por ejemplo, un hombre llamado Frontón, oriundo de Palatium. Tenía una horrible enfermedad: Se mordía continuamente la lengua y su vista se le iba acortando. Llegó hasta la montaña y le pidió a Antonio que rogara por él. Oró y luego Antonio le dijo a Frontón " Vete, vas a ser sanado." Pero el insistió y se quedó durante días, mientras Antonio seguía diciéndole: "No te vas a sanar mientras te quedes aquí y cuando llegues a Egipto verás en ti el milagro." El hombre se convenció por fin y se fue, al llegar a la vista de Egipto desapareció su enfermedad. Sanó según las instrucciones que Antonio había recibido del Señor mientras oraba.

Una niña de Busiris en Trípoli padecía de una enfermedad terrible y repugnante: una supuración de ojos, nariz y oídos se transformaba en gusanos cuando caía al suelo. Además su cuerpo estaba paralizado y sus ojos eran defectuosos. Sus padres supieron de Antonio por algunos monjes que iban a verlo, y teniendo fe en el Señor que sanó a la mujer que padecía hemorragia (Mt 9:20), les pidieron que pudieran ir con su hija. Ellos consintieron. Los padres y la niña quedaron al pie de la montaña con Pafnucio, el confesor y monje. Los demás subieron, y cuando se disponían a hablarle de la niña, el se les adelantó y les dijo todo sobre el sufrimiento de la niña y de como había hecho el viaje con ellos. Entonces cuando le preguntaron si esa gente podía subir, no se los permitió y sino que dijo: "Vayan y, si no ha muerto, la encontrar n sana. No es ciertamente mérito mío que ella halla querido venir donde un infeliz como yo; no, en verdad; su curación es obra del Salvador que muestra su misericordia en todo lugar a los que lo invocan. En este caso el Señor ha escuchado su oración, y su amor por los hombres me ha revelado que curar la enfermedad de la niña donde ella está." En todo caso el milagro se realizó: cuando bajaron, encontraron a los padres felices y a la niña en perfecta salud.

Sucedió que cuando los hermanos estaban en viaje hacia él, se les acabó el agua durante el viaje; uno murió y el otro estaba a punto de morir. Ya no tenía fuerzas para andar, sino que yacía en el suelo esperando también la muerte. Antonio, sentado en la montaña, llamó a dos monjes que estaban casualmente sentados allí, y los apremió a apresurarse: "Tomen un jarro de agua y corran abajo por el camino a Egipto; venían dos, uno acaba de morir y el otro también morir a menos que ustedes se apuren. Recién me fue revelado esto en la oración." Los monjes fueron y hallaron a uno muerto y lo enterraron. Al otro lo hicieron revivir con agua y lo llevaron hasta el anciano. La distancia era de un día de viaje. Ahora si alguien pregunta porque no habló antes de que muriera el otro, su pregunta es injustificada. El decreto de muerte no pasó por Antonio sino por Dios, que la determinó para uno, mientras que revelaba la condición del otro. En cuanto a Antonio, lo único admirable es que, mientras estaba en la montaña con su corazón tranquilo, el Señor les mostró cosas remotas.

En otra ocasión en que estaba sentado en la montaña y mirando hacia arriba, vio en el aire a alguien llevado hacia lo alto entre gran regocijo entre otros que le salían al encuentro. Admirándose de tan gran multitud y pensando que felices eran, oró para saber que era eso. De repente una voz se dirigió a él diciéndole que era el alma de un monje Ammón de Nitria, que vivió la vida ascética hasta edad avanzada. Ahora bien, la distancia entre Nitria a la montaña donde estaba Antonio, era de trece días de viaje. Los que estaban con Antonio, viendo al anciano tan extasiado, le preguntaron que significaba y el les contó que Ammón acababa de morir.

Este era bien conocido, pues venía ahí a menudo y muchos milagros fueron logrados por su intermedio. El que sigue es un ejemplo: "Una vez tenía que atravesar el río Licus en la estación de las crecidas; le pidió a Teodor que se le adelantara para que no se vieran desnudos uno a otro mientras cruzaban el río a nado. Entonces cuando Teodor se fue, el se sentía todavía avergonzado por tener que verse desnudo él mismo. Mientras estaba así desconcertado y reflexionando, fue de repente transportado a la otra orilla. Teodoro, también un hombre piadoso, salió del agua, y al ver al otro lado al que había llegado antes que él y sin haberse mojado se aferró a sus pies, insistiendo que no lo iba a soltar hasta que se lo dijera. Notando la determinación de Teodoro, especialmente, después de lo que le dijo, él insistió a su vez para que no se lo dijera a nadie hasta su muerte, y así le reveló que fue llevado y depositado en la orilla, que no había caminado sobre el agua, ya que sólo esto es posible al Señor y a quienes El se lo permite, como lo hizo en el caso del apóstol Pedro (Mt 14:29). Teodoro relató esto después de la muerte de Ammón.

Los monjes a los que Antonio les habló sobre la muerte de Ammón, se anotaron el día, y cuando, un mes después, los hermanos volvieron desde Nitria, preguntaron y supieron que Ammón se había dormido en el mismo día y hora en que Antonio vio su alma llevada hacia lo alto. Y tanto ellos como los otros quedaron asombrados ante la pureza del alma de Antonio, que podía saber de inmediato lo que había pasado trece días antes y que era capaz de ver el alma llevada hacia lo alto.

En otra ocasión, el conde Arquelao lo encontró en la montaña Exterior y le pidió solamente que rezara por Policracia, la admirable virgen de Laodicea, portadora de Cristo. Sufría mucho del estómago y del costado a causa de su excesiva austeridad, y su cuerpo estaba reducido a gran debilidad. Antonio oró y el conde anotó el día en que hizo oración. Cuando volvió a Laodicea, encontró sana a la virgen. Preguntando cuando se vio libre de su debilidad, sacó el papel donde había anotado la hora de la oración. Cuando le contestaron, inmediatamente mostró su anotación en el papel, y todos se asombraron al reconocer que el Señor la había sanado de su dolencia en el mismo momento en que Antonio estaba orando e invocando la bondad del Salvador en su ayuda.

En cuanto a sus visitantes, con frecuencia predecía su venida, días y a veces un mes antes, indicando la razón de su visita. Algunos venían sólo a verlo, otros a causa de sus enfermedades, y otros, atormentados por los demonios. Y nadie consideraba el viaje demasiado molesto o que fuera tiempo perdido; cada uno volvía sintiendo que había recibido ayuda. Aunque Antonio tenía estos poderes de palabra y visión, sin embargo suplicaba que nadie lo admirara por esta razón, sino mas bien admirara al Señor, porque El nos escucha a nosotros, que sólo somos hombres, a fin de conocerlo lo mejor que podamos.

En otra ocasión había bajado de nuevo para visitar las celdas exteriores. Cuando fue invitado a subir a un barco y orar con los monjes, sólo él percibió un olor horrible y sumamente penetrante. La tribulación dijo que había pescado y alimento salado a bordo y que el olor venía de eso, pero él insistió que el olor era diferente. Mientras estaba hablando, un joven que tenía un demonio y había subido a bordo poco antes como polizón, de repente soltó un chillido. Reprendido en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, el demonio se fue y el hombre volvió a la normalidad; todos entonces se dieron cuenta de que el hedor venía del demonio.

Otra vez un hombre de rango fue donde él, poseído de un demonio. En este caso el demonio era tan terrible que el poseso no estaba consciente de que iba hacia Antonio. Incluso llegaba a devorar sus propios excrementos. El hombre que lo llevó donde Antonio le rogó que orara por él. Sintiendo compasión por el joven, Antonio oró y pasó con él toda la noche. Hacia el amanecer el joven de repente se lanzó sobre Antonio y le dio un empujón. Sus compañeros se enojaron ante eso, pero Antonio dijo: "No se enojen con el joven, porque no es él el responsable sino el demonio que está en él. Al ser increpado y mandado irse a lugares desiertos, se volvió furioso e hizo esto. Den gracias al Señor, porque el atacarme de este modo es una señal de la partida del demonio." Y en cuanto Antonio dijo esto, el joven volvió a la normalidad. Vuelto en sí se dio cuenta donde estaba, abrazó al anciano y dio gracias a Dios.

Visiones.

Son numerosas las historias, por lo demás todas concordes, que los monjes han trasmitido sobre muchas otras cosas semejantes que él obró. Y ellas, sin embargo, no parecen tan maravillosas como otras aún más maravillosas. Un a vez, por ejemplo, a la hora nona, cuando se puso de pie para orar antes de comer, se sintió transportado en espíritu y, extraño es decirlo, se vio a sí mismo y se hallara fuera de sí mismo y como si otros seres lo llevaran en los aires. Entonces vio también otros seres terribles y abominables en el aire, que le impedían el paso. Como sus guías ofrecieron resistencia, los otros preguntaron con qué pretexto quería evadir su responsabilidad ante ellos. Y cuando comenzaron ellos mismos a tomarles cuentas desde su nacimiento, intervinieron los guías de Antonio: "Todo lo que date desde su nacimiento, el Señor lo borró; pueden pedirle cuentas desde cuando comenzó a ser monje y se consagró a Dios. Entonces comenzaron a presentar acusaciones falsas y como no pudieron probarlas, tuvieron que dejarle libre el paso. Inmediatamente se vio así mismo acercándose — a lo menos, así le pareció– y juntándose consigo mismo, y así volvió Antonio a la realidad.

Entonces, olvidándose de comer, pasó todo el resto del día y toda la noche suspirando y orando. Estaba asombrado de ver contra cuantos enemigos debemos luchar y qué trabajos tiene uno para poder abrirse paso por los aires. Recordó que esto es lo que dice el apóstol: "De acuerdo al príncipe de las potencias del aire" (Ef 2:2). Ahí está precisamente el poder del enemigo, que pelea y trata de detener a los que intentan pasar. Por eso el mismo apóstol da también su especial advertencia: "Tomen la armadura de Dios que los haga capases de resistir en el día malo" (Ef 6:13), y "no teniendo nada malo que decir de nosotros el enemigo, pueda ser dejado en vergüenza" (Tt 2:8). Y los que hemos aprendido esto, recordemos lo que el mismo apóstol dice: "No sé si fue llevado con cuerpo o sin él, Dios lo sabe" (2 Co 2:12). Pero Pablo fue llevado al tercer cielo y escuchó "palabras inefables" (2 Co 12:2-4), y volvió, mientras que Antonio se vio a sí mismo entrando en los aires y luchando hasta que quedó libre.

En otra ocasión tuvo este favor de Dios. Cuando solo en la montaña y reflexionando, no podía encontrar alguna solución, la Providencia se la revelaba en respuesta a su oración; el santo varón era, con palabras de la Escritura, "Enseñado por Dios" (Is 54:13; Jn 6:45; 1 Ts 4:9). Así favorecido, tuvo una vez una discusión con unos visitantes sobre la vida del alma y qué lugar tendría después de la vida. A la noche siguiente le llegó un llamado desde lo alto: "¡Antonio, sal fuera y mira!" El salió, pues distinguía los llamados que debía escuchar, y mirando hacia lo alto vio una enorme figura, espantosa y repugnante, de pie, que alcanzaba las nubes, y además vio ciertos seres que subían como con alas. La primera figura extendía sus manos, y algunos de los seres eran detenidos por ella, mientras otros volaban sobre ella y, habiéndola sobrepasado, seguían ascendiendo sin mayor molestia. Contra ella el monstruo hacía rechinar sus dientes, pero se alegraba por los otros que habían caído. En ese momento una voz se dirigió a Antonio: "¡Comprende la visión!" (Dn 9:23). Se abrió su entendimiento (Lc 24:45) y se dio cuenta que ese era el paso de las almas y de que el monstruo que allí estaba era el enemigo, en envidioso de los creyentes. Sujetaba a los que le correspondían y no los dejaba pasar, pero a los que no había podido dominar, tenía que dejarlo pasar fuera de su alcance.

Habiéndolo visto esto y tomándolo como advertencia, luchó aún más para adelantar cada día lo que le esperaba.

No tenía ninguna inclinación a hablar a cerca de estas cosas a la gente. Pero cuando había pasado largo tiempo en oración y estado absorto en toda esa maravilla, y sus compañeros insistían y lo importunaban para que hablara, estaba forzado a hacerlo. Como padre no podía guardar un secreto ante sus hijos. Sentía que su propia conciencia era limpia y que contarles esto podría servirles de ayuda. Conocerían el buen fruto de la vida ascética, y que a menudo las visiones son concedidas como compensación por las privaciones.

Devoción de Antonio a los Ministros de la Iglesia Ecuanimidad de Su Carácter.

Era paciente por disposición y humilde de corazón. Siendo hombre de tanta fama, mostraba, sin embargo, el más profundo respeto a los ministros de la Iglesia, y exigía que a todo clérigo se le diera más honor que a él. No se avergonzaba de inclinar su cabeza ante obispos y sacerdotes. Incluso si algún di cono llegaba donde él a pedirle ayuda, conversaba con él lo que fuera provechoso, pero cuando llegaba la oración le pedía que presidiera, no teniendo vergüenza de aprender. De hecho, a menudo planteó cuestiones inquiriendo los puntos de vista de sus compañeros, y si sacaba provecho de lo que el otro decía, se lo agradecía.

Su rostro tenía un encanto grande e indescriptible. Y el Salvador le había dado este don por añadidura: si se hallaba presente en una reunión de monjes y alguno a quien no conocía deseaba verlo, ese tal en cuanto llegaba pasaba por alto a los demás, como atraído por sus ojos. No era ni su estatura ni su figura las que lo hacían destacar sobre los demás, sino su carácter sosegado y la pureza de su alma. Ella era imperturbable y así su apariencia externa era tranquila. El gozo de su alma se transparentaba en la alegría de su rostro, y por la forma de expresión de su cuerpo se sabía y se conocía la estabilidad de su alma, como lo dice la Escritura: "Un corazón contento alegra el rostro, uno triste deprime el espíritu" (Pr 15:13). También Jacob observó que Labán estaba tramando algo contra él y dijo a sus mujeres: "Veo que el padre de ustedes no me mira con buenos ojos" (Gn 31:5). También Samuel reconoció a David porque tenía los ojos que irradiaban alegría y dientes blancos como la leche (1 S 16:12; Gn 49:12). Así también era reconocido Antonio: nunca estaba agitado, pues su alma estaba en paz, nunca estaba triste, porque había alegría en su alma.

Por Lealtad a la Fe, Antonio Interviene en la Lucha Antiarriana.

En asuntos de fe, su devoción era sumamente admirable. Por ejemplo, nunca tuvo nada que hacer con los cismáticos melecianos, sabedor desde el comienzo de su maldad y apostasía. Tampoco tuvo ningún trato amistoso con los maniqueos ni con otros herejes, a excepción únicamente de las amonestaciones que les hacía para que volvieran a la verdadera fe. Pensaba y enseñaba que amistad y asociación con ellos perjudicaban y arruinaban su alma. También detestaba la herejía de los arrianos, y exhortaba a todos a no acercárseles ni a compartir su perversa creencia. Una vez, cuando uno de esos impíos arrianos llegaron donde él, los interrogó detalladamente; y al darse cuenta de su impía fe, los echó de la montaña, diciendo que sus palabras era peores que veneno de serpientes.

Cuando en una ocasión los arrianos esparcieron la mentira de que compartía sus mismas opiniones, demostró que estaba enojado e irritado contra ellos. Respondiendo al llamado de los obispos y de todos los hermanos, bajó de la montaña y entrando en Alejandría denunció a los arrianos. Decía que su herejías era la peor de todas y precursora del anticristo. Enseñaba al pueblo que el Hijo de Dios no es una creatura ni vino al ser "de la no existencia," sino que "El es la eterna Palabra y Sabiduría de la substancia del Padre. Por eso es impío decir: hubo un tiempo en que no existía’, pues la Palabra fue siempre coexistente con el Padre. Por eso, no se metan para nada con estos arrianos sumamente impíos; simplemente, ‘no hay comunidad entre luz y tinieblas’ (2 Co 6:14). Ustedes deben recordar que son cristianos temerosos de Dios, pero ellos, al decir que el Hijo y la Palabra de Dios Padre es una creatura, no se diferencian de los paganos ‘que adoran la creatura en lugar del Dios creador’ (Rm 1:25). Estén seguros de que toda la creación está irritada contra ellos, porque cuentan entre las cosas creadas al Creador y Señor de todo, por quien todas las cosas fueron creadas" (Col 1:16).

Todo el pueblo se alegraba al escuchar a semejante hombre anatemizar la herejía que luchaba contra Cristo. Toda la ciudad corría para ver a Antonio. También los paganos e incluso los mal llamados sacerdotes, iban a la Iglesia diciéndose: "Vamos a ver al varón de Dios," pues así lo llamaban todos. Además, también allí el Señor obró por su intermedio expulsiones de demonios y curaciones de enfermedades mentales. Muchos paganos querían tocar al anciano, confiando en que serían auxiliados, y en verdad hubo tantas conversiones en eso pocos días como no se las había visto en todo un año. Algunos pensaron que la multitud lo molestaba y por eso trataron de alejar a todos de él, pero él, sin incomodarse, dijo: "Toda esta gente no es más numerosa que los demonios contra los que tenemos que luchar en la montaña."

Cuando se iba y lo estábamos despidiendo, al llegar a la puerta una mujer detrás de nosotros le gritaba: "¡Espera varón de Dios mi hija está siendo atormentada terriblemente por un demonio! ¡Espera, por favor, o me voy a morir corriendo!" El anciano la escuchó, le rogamos que se detuviera y el accedió con gusto. Cuando la mujer se acercó, su hija era arrojada al suelo. Antonio oró, e invocó sobre ella el nombre de Cristo; la muchacha se levantó sana y el espíritu impuro la dejó. La madre alabó a Dios y todos dieron gracias. y él también contento partió a la Montaña, a su propio hogar.

La Verdadera Sabiduría.

Tenía también un grado muy alto de sabiduría práctica. Lo admirable era que, aunque no tuvo educación formal, poseía ingenio y comprensión despiertos. Un ejemplo: Una vez llegaron donde él dos filósofos griegos, pensando que podían divertirse con Antonio. Cuando él, que por ese entonces vivía en la Montaña Exterior, catalogó a los hombres por su apariencia, salió donde ellos y les dijo por medio de un intérprete: " ¿Por qué filósofos, se dieron tanta molestia en venir donde un hombre loco? Cuando ellos le contestaron que no era loco sino muy sabio, él les dijo: "Si ustedes vinieron donde un loco, su molestia no tiene sentido; pero si piensan que soy sabio, entonces háganse lo que yo soy, porque hay que imitar lo bueno. En verdad, si yo hubiera ido donde ustedes, los habría imitado; a la inversa, ahora que ustedes vinieron donde mí, conviértanse en lo que soy: yo soy cristiano." Ellos se fueron, admirados de él, vieron que los demonios temían a Antonio.

También otros de la misma clase fueron a su encuentro en la Montaña Exterior y pensaron que podían burlarse de él porque no tenía educación. Antonio les dijo: "Bien, que dicen ustedes: ¿qué es primero, el sentido o la letra? ¿Y cuál es el origen de cuál?: ¿El sentido de la letra o la letra del sentido? Cuando ellos expresaron que el sentido es primero y origen de la letra, Antonio dijo: "Por eso quien tiene una mente sana no necesita las letras. Esto asombró a ellos y a los circunstantes. Se fueron admirados de ver tal sabiduría en un hombre iletrado. Porque no tenía las maneras groseras de quien a vivido y envejecido en la montaña, sino que era un hombre de gracia y cortesía. Su hablar estaba sosegado con la sabiduría divina (Col 4:6), de modo que nadie le tenía mala voluntad, sino que todos se alegraban de haber ido en su busca.

Y por cierto, después de éstos vinieron otros todavía. Eran de aquellos que de entre los paganos tienen reputación de sabios. Le pidieron que planteara una controversia sobre nuestra fe en Cristo. Cuando trataban de argüir con sofismas a partir de la predicación de la divina Cruz con el fin de burlarse, Antonio guardó silencio por un momento y, compadeciéndose primero de su ignorancia, dijo luego a través de un intérprete que hacía una excelente traducción de sus palabras: "Qué es mejor: ¿confesar la Cruz o atribuir adulterio o pederastias a sus mal llamados dioses? Pues mantener lo que mantenemos es signo de espíritu viril y denota desprecio de la muerte, mientras que lo que ustedes pretenden habla sólo de sus pasiones desenfrenadas. Otra vez, qué es mejor: ¿decir que la Palabra de Dios inmutable quedó la misma al tomar el cuerpo humano para la salvación y bien de la humanidad, de modo que al compartir el nacimiento humano pudo hacer a los hombres partícipes de la naturaleza divina y espiritual (2 P 1:4), o colocar lo divino en un mismo nivel que los seres insensibles y adorar por eso a bestias y reptiles e imágenes de hombres? Precisamente eso son los objetos adorados por sus hombres sabios. ¿Con qué derecho vienen a rebajarnos porque afirmamos que Cristo pereció como hombre, siendo que ustedes hacen provenir el alma del cielo, diciendo que se extravió y cayó desde la bóveda del cielo al cuerpo? ¡Y ojal que fuera sólo el cuerpo humano, y que no se cambiara o migrara en el de bestia y serpientes! Nuestra fe declara que Cristo vino para la salvación de las almas, pero ustedes erróneamente teorizan acerca de un alma increada. Creemos en el poder de la Providencia y en su amor por los hombres y que esa venida por tanto no era imposible para Dios; pero ustedes llamando al alma imagen de la Inteligencia, le impulsan caídas y fabrican mitos sobre su posibilidad de cambios. Como consecuencia, hacen a la inteligencia misma mutable a causa del alma. Porque en cuanto era imagen debe ser aquello a cuya imagen es. Pero si ustedes piensan semejantes cosas acerca de la Inteligencia, recuerden que blasfeman del Padre de la Inteligencia.

"Y referente a la Cruz, qué dicen ustedes que es mejor: ¿soportar la cruz, cuando hombres malvados echan mano de la traición, y no vacilar ante la muerte de ninguna manera o forma, o fabricar fábulas sobre las andanzas de Isis u Osiris, las conspiraciones de Tifón, la expulsión de Cronos, con sus hijos devorados y parricidios? Sí, ¡aquí tenemos su sabiduría!

¿Y por qué mientras se ríen de la Cruz, no se maravillan de la Resurrección? Porque los mismos que nos trasmitieron un suceso, escribieron también sobre el otro. ¿O por qué mientras se acuerdan de la Cruz, no tiene nada que decir sobre los muertos devueltos a la vida, los ciegos que recuperaron la vista, los paralíticos que fueron sanados y los leprosos que fueron limpiados, el caminar sobre el mar, y los demás signos y milagros que muestran a Cristo no como hombre sino como Dios? En todo caso me parece que ustedes se engañan así mismos y que no tienen ninguna familiaridad real con nuestras Escrituras. Pero léanlas y vean que cuanto Cristo hizo prueba que era Dios que habitaba con nosotros para la salvación de los hombres.

Pero háblennos también ustedes sobre sus propias enseñanzas. Aunque ¿que pueden decir de las cosas insensibles sino insensateces y barbaridades? Pero si, como oigo, quieren decir que entre ustedes tales cosas se hablan en sentido figurado, y así convierten el rapto de Coré en alegoría de la tierra; la cojera de Hefestos, del sol; a Hera, del aire; a Apolo, del sol; a Artemisa, de la luna; y a Poseidón, del mar: aún así no adoran ustedes a Dios mismo, sino que sirven a la creatura en lugar del Dios que creó todo. Pues si ustedes han compuesto tales historias porque la creación es hermosa, no debían haber ido mas allá de admirarla, y no hacer dioses de las creaturas para no dar a las cosas hechas el honor del Hacedor. En ese caso, ya sería tiempo que dieran el honor al debido arquitecto, a la casa construidas por él, o el honor debido al general, a los soldados. Ahora, ¿qué tienen que decir a todo esto? Así sabremos si la Cruz tiene algo que sirva para burlase de ella."

Ellos estaban desconcertados y le daban vueltas al asunto de una y otra forma. Antonio sonrió y dijo, de nuevo a través de un intérprete: "Sólo con ver las cosas ya se tiene la prueba de todo lo que he dicho. Pero dado que ustedes, por supuesto, confían absolutamente en las demostraciones, y es éste un arte en que ustedes son maestros, y ya que nos exigen no adorar a Dios sin argumentos demostrativos, díganme esto primero. ¿Cómo se origina el conocimiento preciso de las cosas, en especial el conociendo de Dios? ¿Es por una demostración verbal o por un acto de fe? Y qué viene primero: ¿el acto de fe o la demostración verbal?" Cuando replicaron que el acto de fe precede y que esto constituye un conocimiento exacto, Antonio, dijo: "¡Bien respondido! La fe surge de la disposición del alma, mientras la dialéctica vine de la habilidad de los que la idean. De acuerdo a esto, los que poseen una fe activa no necesitan argumentos de palabras, y probablemente los encuentran incluso superfluos. Pues lo que aprendemos por la fe, tratan ustedes de construirlo con argumentaciones, y a menudo ni siquiera pueden expresar lo que nosotros percibimos. La conclusión es que una fe activa es mejor y más fuerte que sus argumentos sofistas.

"Los cristianos, por eso, poseemos el misterio, no basándonos en la razón de la sabiduría griega (1 Co 1:17), sino fundado en el poder de una fe que Dios nos ha garantido por medio de Jesucristo. Por lo que hace a la verdad de la explicación dada, noten como nosotros, iletrados, creemos en Dios, reconociendo su Providencia a partir de sus obras. Y en cuanto a que nuestra fe es algo efectivo, noten que nos apoyamos en nuestra fe en Cristo, mientras que ustedes lo hacen basados en disputas o palabras sofísticas; sus ídolos fantasmas están pasando de moda, pero nuestra fe se difunde en todas partes. Ustedes con todos sus silogismos y sofisma no convierten a nadie del cristianismo al paganismo, pero nosotros, enseñando la fe en Cristo, estamos despojando a sus dioses del miedo que inspiraban, de modo que todos reconocen a Cristo como Dios e Hijo de Dios. Ustedes en toda su elegante retórica, no impiden la enseñanza de Cristo, pero nosotros, con sólo mencionar el nombre de Cristo crucificado, expulsamos a los demonios que ustedes veneran como dioses. Donde aparece el signo de la Cruz, allí la magia y la hechicería son impotentes y sin efecto.

"En verdad, dígannos, ¿dónde quedaron sus oráculos? ¿Dónde los encantamientos de los egipcios? ¿Dónde sus ilusiones y fantasmas de los magos? ¿Cuándo terminaron estas cosas y perdieron su significado? ¿No fue acaso cuando llegó la Cruz de Cristo? Por eso, es ella la que merece desprecio y no mas bien lo que ella ha echado abajo, demostrando su impotencia? También es notable el echo de que la religión de ustedes jamás fue perseguida; al contrario en todas partes goza de honor entre los hombres. Pero los seguidores de Cristo son perseguidos, y sin embargo es nuestra causa la que florece y prevalece, no la suya. Su religión, con toda la tranquilidad y protección que goza, está muriéndose, mientras la fe y enseñanza de Cristo, despreciadas por ustedes a menudo perseguidas por los gobernantes, han llenado el mundo. ¿En qué tiempo resplandeció tan brillantemente el conocimiento de Dios? ¿O en qué tiempo aparecieron la continencia y la virtud de la virginidad? ¿O cuándo fue despreciada la muerte como cuando llegó la Cruz de Cristo? Y nadie duda de esto al ver a los mártires que desprecian la muerte por causa de Cristo, o al ver a las vírgenes de la Iglesia que por causa de Cristo guardan sus cuerpos puros y sin mancilla.

"Estas pruebas bastan para demostrar que la fe en Cristo es la única religión verdadera. Pero aquí están ustedes, los que buscan conclusiones basadas en el razonamiento, ustedes que no tienen fe. Nosotros no buscamos pruebas, tal como dice nuestro maestro, con palabras persuasivas de sabiduría humana (1 Co 2:4), sino que persuadimos a los hombres por la fe, fe que precede tangiblemente todo razonamiento basado en argumentos. Vean, aquí hay algunos que son atormentados por los demonios." Estos eran gente que habían venido a verlo y que sufrían a causa de los demonios; haciéndolos adelantarse, dijo: "O bien, sánenlos con sus silogismos, o cualquier magia que deseen, invocando a sus ídolos; o bien, si no pueden, dejen de luchar contra nosotros y vean el poder de la Cruz de Cristo." Después de decir esto, invocó a Cristo e hizo sobre los enfermos la señal de la Cruz, repitiendo la acción por segunda y tercera vez. De inmediato las personas se levantaron completamente sanas, vueltas a su mente y dando gracias al Señor. Los mal llamados filósofos estaban asombrados y realmente atónitos por la sagacidad del hombre y por el milagro realizado. Pero Antonio les dijo: " ¿Por qué se maravillan de esto? No somos nosotros sino Cristo quien hace esto a través de los que creen en El. Crean ustedes también y verán que no es palabrería la que tenemos, sino fe que por la caridad obrada por Cristo (Ga 5:6); si ustedes también hacen suyo esto, no necesitarán ya andar buscando argumentos de la razón, sino que hallarán que la fe en Cristo es suficiente." Así habló Antonio. Cuando partieron, lo admiraron, lo abrazaron y reconocieron que los había ayudado.

Los Emperadores Escriben a Antonio.

La fama de Antonio llegó hasta los emperadores. Cuando Constantino Augusto y sus hijos Constancio Augusto y Constante Augusto, oyeron están cosas, le escribían como a un padre, rogándole que les contestara. El, sin embargo, no dio mucha importancia a los documentos ni se alegró por las cartas; siguió siendo el mismo que antes de que le escribiera el emperador. Cuando le llevaron los documentos, llamó a los monjes y dijo: "No deben sorprenderse si un emperador nos escribe, porque es hombre; deberían sorprenderse de que Dios haya escrito la ley para la humanidad y nos haya hablado por medio de su propio Hijo." En verdad, ni quería recibir cartas, diciendo que no sabía qué contestar. Pero los monjes le persuadieron haciéndole presente que los emperadores eran cristianos y que se ofenderían al ser ignorados; entonces accedió a que se las leyeran. Y contestó, recomendándoles que dieran culto a Cristo y dándoles el saludable consejo de no apreciar demasiado las cosas de este mundo sino más bien recordar el juicio venidero, y saber que sólo Cristo es el Rey verdadero y eterno. Les rogaba que fueran humanos y que hicieran caso de la justicia y de los pobres. Y ellos estuvieron felices de recibir la respuesta. Por eso era amado por todos, y todos deseaban tenerlo como padre.

Antonio Predice los Estragos de la Herejía Arriana.

Dando tal razón de sí mismo y contestando así a los que lo buscaban, volvió a la Montaña Interior. Continuó observando sus antiguas prácticas ascéticas, y a menudo, cuando estaba sentado o caminando con visitantes, se quedaba mudo, como está escrito en el libro de Daniel (Dn 4:16 LXX). Después de un tiempo, retomaba lo que había estado diciendo a los hermanos que estaban con él, y los presentes se daban cuenta de que había tenido una visión. Pues a menudo cuando estaba en la montaña veía cosas que sucedían en Egipto, como se las confesó al obispo Serapión, cuando este se encontraba en la Montaña Interior y vio a Antonio en trance de visión.

En una ocasión, por ejemplo, mientras estaba sentado trabajando, tomó la apariencia de alguien que está en éxtasis, y se lamentaba continuamente por lo que veía. Después de algún tiempo volvió en sí, lamentándose y temblando, y se puso a orar postrado, quedando largo tiempo en esa posición. Y cuando se incorporó, el anciano estaba llorando. Entonces los que estaban con él se agitaron y alarmaron muchísimo, y lee preguntaron que pasaba; lo urgieron por tanto tiempo que lo obligaron a hablar. Suspirando profundamente, dijo: "Oh, hijos míos, sería mejor morir antes de que sucedieran estas cosas de la visión." Cuando ellos le hicieron más preguntas, dijo entre l grimas: "La ira de Dios está a punto de golpear a la Iglesia, y ella está a punto de ser entregada a hombres que son como bestias insensibles. Pues vi la mesa de la casa del Señor y había mulas en torno rodeándolas por todas partes y dando coces con sus cascos a todo lo que había dentro, tal como el coceo de una manada briosa que galopaba desenfrenada. Ustedes oyeron cómo me lamentaba; es que escuché una voz que decía: "Mi altar será profanado."

Así habló el anciano. Y dos años después llegó el asalto de los arrianos y el saqueo de las Iglesias, cuando se apoderaron a la fuerza de los vasos y los hicieron llevar por los paganos; cuando también forzaron a los paganos de sus tiendas para ir a sus reuniones y en su presencia hicieron lo que se les antojó sobre la sagrada mesa. Entonces todos nos dimos cuenta de que el coceo de mulas predicho por Antonio era lo que los arrianos están haciendo como bestias brutas.

Cuando tuvo esta visión, consoló a sus compañeros: "No se descorazonen, hijos míos, aunque el Señor ha estado enojado, nos restablecer después. Y la Iglesia se recobrar rápidamente la belleza que le es propia y resplandecer con su esplendor acostumbrado. Verán a los perseguidos restablecido y a la irreligión retirándose de nuevo a sus propias guaridas, y a la verdadera fe afirmándose en todas partes con completa libertad. Pero tengan cuidado de no dejarse manchar con los arrianos. Toda su enseñanza no es de los Apóstoles sino de los demonios y de su padre, el diablo. Es estéril e irracional, y le falta inteligencia, tal como les falta el entendimiento a las mulas.

Antonio, Taumaturgo de Dios y Médico de Almas.

Tal es la historia de Antonio. No deberíamos ser escépticos porque sea a través de un hombre que han sucedido estos grandes milagros. Pues es la promesa del Salvador: "Si tienen fe aunque sea como un grano de mostaza, le dirán a ese monte: ¡Muévete de aquí! y se mover; nada les ser imposible" (Mt 17:20). Y también: "En verdad, les digo: Todo lo que le pidan al Padre en mi nombre, El se los dar ... Pidan y recibirán" (Jn 16:23 ss.). El es quien dice a sus discípulos y a todos los que creen en El: "Sanen a los enfermos..., echen fuera a los demonios; gratis lo recibieron, gratis tienen que darlo" (Mt 8:10).

Antonio, pues, sanaba no dando órdenes sino orando e invocando el nombre de Cristo, de modo de que para todo era claro que no era él quien actuaba sino el Señor quien mostraba su amor por los hombres sanando a los que sufrían, por intermedio de Antonio. Antonio se ocupaba sólo de la oración y de la práctica de la ascesis, por esta razón llevaba su vida montañesa, feliz en la contemplación de las cosas divinas, y apenado de que tantos lo perturbaban y lo forzaban a salir a la Montaña Exterior.

Los jueces, por ejemplo, le rogaban que bajara de la montaña, ya que para ellos era imposible ir para allá a causa del séquito de gente envueltas en pleito. Le pidieron que fuera a ellos para que pudieran verlo. El trató de librarse del viaje y les rogó que lo excusaran de hacerlo. Ellos insistieron, sin embargo, incluso le mandaron procesados con escoltas de soldados, para que en consideración a ellos se decidiera a bajar. Bajo tal presión, y viéndolos lamentarse, fue a la Montaña Exterior. De nuevo la molestia que se tomó no fue en vano, pues ayudo a muchos y su llegada fue verdadero beneficio. Ayudó a los jueces aconsejándoles que dieran a la justicia precedencia a todo lo demás, que temieran a Dios y que recordaran que "serían juzgados con la medida con que juzgaran" (Mt 7:12). Pero amaba su vida montañesa por encima de todo.

Una vez importunado por personas que necesitaban su ayuda y solicitado por el comandante militar que envió mensajeros a pedirle que bajara, fue y habló algunas palabras acerca de la salvación y a favor de los que lo necesitaban, y luego se dio prisa para irse. Cuando el duque, como lo llaman, le rogó que se quedara, le contestó que no podía pasar más tiempo con ellos, y los satisfizo con esta hermosa comparación: "Tal como un pez muere cuando está un tiempo en tierra seca, así también los monjes se pierden cuando holgazanean y pasan mucho tiempo entre ustedes. Por eso tenemos que volver a la montaña, como el pez al agua. De otro modo, si nos entretenemos podemos perder de vista la vida interior. El comandante al escucharle esto y muchas otras cosas más, dijo admirado que era verdaderamente siervo de Dios, pues, ¿de dónde podía un hombre ordinario tener una inteligencia tan extraordinaria si no fuera amado por Dios?

Había una vez un comandante –Balacio era su nombre–, que era como los partidario de los execrables arrianos perseguía duramente a los cristianos. En su barbarie llegaba a azotar a las vírgenes y desnudar y azotar a los monjes. Entonces Antonio le envió una carta diciéndole lo siguiente: "Veo que el juicio de Dios se te acerca; deja, pues, de perseguir a los cristianos para que no te sorprenda el juicio; ahora está a punto de caer sobre ti." Pero Balacio se echó a reír, tiró la carta al suelo y la escupió, maltrató a los mensajeros y les ordenó que llevaran este mensaje a Antonio: "Veo que estás muy preocupados por los monjes, vendré también por ti." No habían pasado cinco días cuando el juicio de Dios cayó sobre él. Balacio y Nestorio, prefecto de Egipto, habían salido a la primera estación fuera de Alejandría, llamada Chereu; ambos iban a caballo. Los caballos pertenecían a Balacio y eran los más mansos que tenía. No habían llegado todavía al lugar, cuando los caballos, como acostumbraban a hacerlo, comenzaron a retozar uno contra otro, y de repente el más manso de los dos, que cabalgaba Nestorio, mordió a Balacio, lo echó abajo y lo atacó. Le rasgó el muslo tan malamente con sus dientes, que tuvieron que llevarlo de vuelta a la ciudad, donde murió después de tres días. Todos se admiraron de que lo dicho por Antonio se cumpliera tan rápidamente.

Así dio escarmiento a los duros. Pero en cuanto a los demás que acudían a él, sus íntimas y cordiales conversaciones con ellos lo hacían olvidar sus litigios y hacían considerar felices a los que abandonaban la vida del mundo. De tal modo luchaba por la causa de los agraviados que se podía pensar qué el mismo y no los otros era la parte agraviada. Además tenía tal don para ayudar a todos, que muchos militares y hombres de gran influjo abandonaban su vida agravosa y se hacían monjes. Era como si Dios hubiera dado un médico a Egipto. ¿Quién acudió a él con dolor sin volver con alegría? ¿Quién llegó llorando por sus muertos y no echó fuera inmediatamente su duelo? ¿Hubo alguno que llegara con ira y no la transformara en amistad? ¿Que pobre o arruinado fue donde él, y al verlo y oírlo no despreció la riqueza y se sintió consolado en su pobreza? ¿Qué monje negligente no ganó nuevo fervor al visitarlo? ¿Qué joven, llegando a la montaña y viendo a Antonio, no renunció tempranamente al placer y comenzó a amar la castidad? ¿Quién se le acercó atormentado por un demonio y no fue librado? ¿Quién llegó con un alma torturada y no encontró la paz del corazón?

Era algo único en la práctica ascética de Antonio que tuviera, como establecí antes, el don de discernimientos de espíritus. Reconocía sus movimientos y sabía muy bien en que dirección llevaba cada uno de ellos su esfuerzo y ataque. No sólo que él mismo fue no fue engañado por ellos, sino que, alentando a otros que eran hostigados en sus pensamientos, les enseñó como resguardarse de sus designios, describiendo la debilidad y ardides de espíritus que practicaban la posesión. Así cada uno se marchaba como ungido por él y lleno de confianza para la lucha contra los designios del diablo y sus demonios.

¡Y cuántas jóvenes que tenían pretendientes pero vieron a Antonio sólo de lejos, quedaron vírgenes por Cristo! La gente llegaba donde él también de tierras extrañas, y también ellos recibían ayuda como los demás, retornando como enviados en un camino por un padre. Y en verdad, y ahora que ya partió, todos, como huérfanos que han perdido a su padre, se consuelan y conforman sólo con su recuerdo, guardando al mismo tiempo con cariño sus palabras de admonición y consejo.

Muerte de Antonio.

Este es el lugar para que les cuente y ustedes oigan, ya que están deseosos de ello, como fue el fin de su vida, pues en esto fue modelo digno de imitar.

Según su costumbre, visitaba a los monjes en la Montaña Exterior. Recibiendo una premonición de su muerte de parte de la Providencia, habló a los hermanos: "Esta es la última visita que les hago y me admiraría si nos volvemos a ver en esta vida. Ya es tiempo de que muera, pues tengo casi ciento cinco años." Al oír esto, se pusieron a llorar, abrasando y besando al anciano. Pero él, como si estuviera por partir de una ciudad extranjera a la suya propia, charlaba gozosamente. Los exhortaba a "no relajarse en sus esfuerzos ni a desalentarse en las práctica de la vida ascética, sino a vivir, como si tuvieran que morir cada día, y, como dije antes, a trabajar duro para guardar el alma limpia de pensamientos impuros, y a imitar a los pensamientos santos. No se acerquen a los cismáticos melecianos, pues ya conocen su enseñanza perversa e impía. No se metan para nada con los arrianos, pues su irreligión es clara para todos. Y si ven que los jueces los apoyan, no se dejen confundir: esto se acabar, es un fenómeno que es mortal y destinado a su fin en corto tiempo. Por eso, manténganse limpios de todo esto y observen la tradición de los Padres, y sobre todo, la fe ortodoxa en nuestro Señor Jesucristo, como lo aprendieron de las Escrituras y yo tan a menudo se los recordé."

Cuando los hermanos lo instaron a quedarse con ellos y morir allí, se rehusó a ello por muchas razones, según dijo, aunque sin indicar ninguna. Pero especialmente era por esto: los egipcios tienen la costumbre de honrar con ritos funerarios y envolver con sudarios de lino los cuerpos de los santos y particularmente el de los santo mártires; pero no los entierran sino que los colocan sobre divanes y los guardan en sus casas, pensando honrar al difunto de esta manera. Antonio a menudo pidió a los obispos que dieran instrucciones al pueblo sobre este asunto. Asimismo avergonzó a los laicos y reprobó a las mujeres, diciendo que "eso no era correcto ni reverente en absoluto. Los cuerpos de los patriarcas y los profetas se guardan en las tumbas hasta estos días; y el cuerpo del Señor fue depositado en una tumba y pusieron una piedra sobre él (Mt 27:60), hasta que resucitó al tercer día." Al plantear así las cosas, demostraba que cometía error el que no daba sepultura a los cuerpos de los difuntos, por santos que fueran. Y en verdad, ¿qué hay más grande o más santo que el cuerpo del Señor? Como resultado, muchos que lo escucharon comenzaron desde entonces a sepultar a sus muertos, dieron gracias al Señor por la buena enseñanza recibida.

Sabiendo esto, Antonio tuvo miedo de que pudieran hacer lo mismo con su propio cuerpo. Por eso, despidiéndose de los monjes de la Montaña Exterior, se apresuró hacia la Montaña Interior, donde acostumbraba a vivir. Después de pocos meses cayó enfermo. Llamó ó a los que lo acompañaban –había dos que llevaban la vida ascética desde hacía quince años y se preocupaban de él a causa de su avanzada edad–, y les dijo: "Me voy por el camino de mis padres, como dice la Escritura (1 R 2:2; Js 23:14), pues me veo llamado por el Señor. En cuanto a ustedes estén en guardia y no hagan tabla rasa de la vida ascética que han practicado tanto tiempo. Esfuércense para mantener su entusiasmo como si estuvieran recién comenzando. Ya conocen a los demonios y sus designios, conocen también su furia y también su incapacidad. Así, pues, no los teman; dejen mas bien que Cristo sea el aliento de su vida y pongan su confianza en El. Vivan como si cada día tuvieran que morir, poniendo su atención en ustedes mismos y recordando todo lo que me han escuchado. No tengan ninguna comunión con los cismáticos y absolutamente nada con los herejes arrianos. Saben como yo mismo me cuidé de ellos a causa de su pertinaz herejía en contra de Cristo. Muestren ansia de mostrar su lealtad primero al Señor y luego a sus santos, para que después de su muerte los reciban en las moradas eternas (Lc 16:9), como a mis amigos familiares. Grábense este pensamiento, téngalo como propósito. Si ustedes tienen realmente preocupación por mí y me consideran su padre, no permitan que nadie lleve mi cuerpo a Egipto, no sea que me vayan a guardar en sus casas. Esta fue mi razón para venir acá, a la montaña. Saben como siempre avergoncé a los que hacen eso y los intimé a dejar tal costumbre. Por eso, háganme ustedes mismos los funerales y sepulten mi cuerpo en tierra, y respeten de tal modo lo que les he dicho, que nadie sino sólo ustedes sepa el lugar. En la resurrección de los muertos, el Salvador me lo devolver incorruptible. Distribuyan mi ropa. Al obispo Atanasio denle la túnica y el manto donde yazgo, que él mismo me lo dio pero que se ha gastado en mi poder; al obispo Serapión denle la otra túnica, y ustedes pueden quedarse con la camisa de pelo. Y ahora, hijos míos, Dios los bendiga. Antonio se va, y no esta más con ustedes."

Después de decir esto y de que ellos lo hubieron besado, estiró sus pies; su rostro estaba transfigurado de alegría y sus ojos brillaban de regocijo como si viera a amigos que vinieran a su encuentro, y así falleció y fue a reunirse con sus padres. Ellos entonces, siguiendo las órdenes que les había dado, prepararon y envolvieron el cuerpo y lo enterraron ahí en la tierra. Y hasta el día de hoy, nadie, salvo esos dos, sabe donde está sepultado. En cuanto a los que recibieran las túnicas y el manto usado por el bienaventurado Antonio, cada uno guarda su regalo como un gran tesoro. Mirarlos es ver a Antonio y ponérselos es como revestirse de sus exhortaciones con alegría.

Este fue el fin de la vida de Antonio en el cuerpo, como antes tuvimos el comienzo de la vida ascética. Y aunque este sea un pobre relato comparado con la virtud del hombre, recíbanlo, sin embargo, y reflexionen en que caso de hombre fue Antonio, el varón de Dios. Desde su juventud hasta una edad avanzada conservó una devoción inalterable a la vida ascética. Nunca tomó la ancianidad como excusa para ceder al deseo de la alimentación abundante, ni cambió su forma de vestir por la debilidad de su cuerpo, ni tampoco lavó sus pies con agua. Y, sin embargo, su salud se mantuvo totalmente sin perjuicio. Por ejemplo, incluso sus ojos eran perfectamente normales, de modo que su vista era excelente; no había perdido un solo diente; sólo se le habían gastado las encías por la gran edad del anciano. Mantuvo las manos y los pies sanos, y en total aparecía con mejores colores y más fuerte que los que usan una dieta diversificada, baños y variedad de vestidos.

El hecho de que llegó a ser famoso en todas partes, de que encontró admiración universal y de que su pérdida fue sentida aún por gente que nunca lo vio, subraya su virtud y el amor que Dios le tenía. Antonio ganó renombre no por sus escritos ni por sabiduría de palabras ni por ninguna otra cosa, sino sólo por su servicio a Dios.

Y nadie puede negar que esto es don de Dios. ¿Cómo explicar, en efecto, que este hombre, que vivió escondido en la montaña, fuera conocido en España y Galia, en Roma y Africa, sino por Dios, que en todas partes hace conocidos a los suyos, que, más aún, había dicho esto en los comienzos? Pues aunque hagan sus obras en secreto y deseen permanecer en la oscuridad, el Señor los muestra públicamente como lámparas a todo los hombres (Mt 5:16), y así, los que oyen hablar de ellos, pueden darse cuenta de que los mandamientos llevan a la perfección, y entonces cobran valor por la senda que conduce a la virtud.

Epílogo.

Ahora, pues, lean a los demás hermanos, para que también ellos aprendan cómo debe ser la vida de los monjes, y se convenzan de que nuestro Señor y Salvador Jesucristo glorifica a los que lo glorifican. El no sólo conduce al Reino de los Cielos a quienes lo sirven hasta el fin, sino que, aunque se escondan y hagan lo posible por vivir fuera del mundo, hace que en todas partes se lo conozca y se hable de ellos, por su propia santidad y por la ayuda que dan a otros. Si la ocasión se les presenta, léanlo también a los paganos, para que al menos de este modo puedan aprender que nuestro Señor Jesucristo es Dios e Hijo de Dios, y que los cristianos que lo sirven fielmente y mantienen su fe ortodoxa en El, demuestran que los demonios, considerados dioses por los paganos, no son tales, sino que, más aún, los pisotean y ahuyentan por lo que son: engañadores y corruptores de hombres.

Por nuestro Señor Jesucristo, a quien la gloria por los siglos. Amén

La unidad de la Santa Trinidad (Carta I a Serapión, 28-30).

Es cosa muy útil investigar la antigua tradición, la doctrina y la fe de la Iglesia Católica, aquella que el Señor nos ha enseñado, la que los Apóstoles han predicado y los Padres han conservado. En ella, en efecto, tiene su fundamento la Iglesia; y si alguno se aleja de esa doctrina, de ninguna manera podrá ser ni llamarse cristiano.

Nuestra fe es ésta: la Trinidad santa y perfecta, que se distingue en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo, no tiene nada extraño a sí misma ni añadido de fuera, ni está constituida por el Creador y las criaturas, sino que es toda Ella potencia creadora y fuerza operativa. Una sola es su naturaleza, idéntica a sí misma; uno solo el principio activo, una sola la operación. En efecto, el Padre realiza todas las cosas por el Verbo en el Espíritu Santo; de este modo se conserva intacta la unidad de la santa Trinidad. Por eso en la Iglesia se predica un solo Dios que está por encima de todas las cosas, que actúa por medio de todo y está en todas las cosas (cfr. Ef 4:6). Está por encima de todas las cosas ciertamente como Padre, principio y origen. Actúa a través de todo, sin duda por medio del Verbo. Obra, en fin, en todas las cosas en el Espíritu Santo. El Apóstol Pablo, cuando escribe a los corintios sobre las realidades espirituales, reconduce todas las cosas a un solo Dios Padre como al Principio, diciendo: hay diversidad de carismas, pero un solo Espíritu; hay diversidad de ministerios; pero un solo Señor; hay diversidad de operaciones, pero uno solo es Dios que obra en todos (1 Cor 12:4-6). En efecto, aquellas cosas que el Espíritu distribuye a cada uno proviene del Padre por medio del Verbo, pues verdaderamente todo lo que es del Padre es también del Hijo. De ahí que todas las cosas que el Hijo concede en el Espíritu son verdaderos dones del Padre. Igualmente, cuando el Espíritu está en nosotros, también en nosotros está el Verbo de quien lo recibimos, y en el Verbo está también el Padre; de este modo se realiza lo que está dicho: vendremos (Yo y el Padre) y pondremos en él nuestra morada (Jn 14:23). Porque donde está la luz, allí se encuentra el esplendor; y donde está el esplendor, allí está también su eficacia y su espléndida gracia.

Lo mismo enseña San Pablo en la segunda epístola a los Corintios, con estas palabras: la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunicación del Espíritu Santo estén con todos vosotros (2 Cor 13:13). La gracia, en efecto, que es don de la Trinidad, es concedida por el Padre, por medio del Hijo, así no podemos participar nosotros del don sino en el Espíritu Santo. Y entonces, hechos partícipes de Él, tenemos en nosotros el amor del Padre, la gracia del Hijo y la comunión del mismo Espíritu.

La condescendencia divina (La Encarnación del Verbo).

La creación del mundo y la formación del universo ha sido entendida por muchos de manera diferente y cada cual la ha definido según su propio parecer. En efecto, unos dicen que el universo llegó al ser espontáneamente y por azar, como los Epicúreos, quienes cuentan en sus teorías que no existe providencia en el mundo y hablan en contra de los fenómenos evidentes de la experiencia. Pues si, como ellos dicen, todo se originó espontáneamente y sin providencia, sería necesario que todo hubiera nacido simple, semejante y no diferente. Como en un solo cuerpo sería necesario que todo fuera sol y luna, y en los hombres sería necesario que todo fuera mano, ojo, o pie. Pero ahora no es así: vemos por un lado el sol, por otro la luna, por otro la tierra; y por lo que se refiere al cuerpo humano, una cosa es el pie, otra la mano, otra la cabeza. Tal orden nos indica que ellos no surgieron espontáneamente, sino que nos señala que una causa precedió a su creación, a partir de la cual es posible pensar que fue Dios quien ordenó y creó el universo.

Otros, entre los que se encuentra el que es tan grande entre los griegos, Platón, pretenden que Dios creó el mundo a partir de una materia preexistente e increada; Dios no habría podido crear nada si esta materia no hubiera preexistido, de la misma manera que la madera debe existir antes que el carpintero, para que éste pueda trabajar. Los que hablan así no saben que atribuyen a Dios la impotencia. Pues si Él mismo no es causante de la materia, sino que simplemente hace las cosas a partir de una materia preexistente, se revela impotente, puesto que sin esta materia no pude producir ninguno de los seres creados; del mismo modo, sin duda, que es una impotencia para el carpintero no poder fabricar sin madera ninguno de los objetos necesarios. Y, ¿cómo se podría decir que es el Creador y el Hacedor, si toma de otra cosa, quiero decir de la materia, la posibilidad de crear? Si fuera así, Dios sería, según ellos, solamente un artesano y no el creador que da el ser, si trabaja la materia preexistente, sin ser Él mismo causante de esta materia. En una palabra, no se puede decir que es Creador, si no crea la materia de la cual vienen las criaturas. Los herejes imaginan un creador del universo distinto del Padre de nuestro Señor Jesucristo y, al decir esto, dan prueba de una extrema ceguera. Pues cuando el Señor dice a los judíos: ¿No habéis leído que el Creador desde el principio los hizo varón y hembra? añade: por esto el hombre abandonará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne; lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre, (Mt 19:4-6), ¿cómo suponer una creación extraña al Padre? si, según Juan, que encierra todo en una sola palabra: todo ha sido hecho por Él y sin Él nada ha sido hecho (Jn 1:3), ¿cómo podría existir un creador distinto del Padre de Cristo?

He aquí sus fábulas; pero la enseñanza inspirada por Dios y la fe en Cristo rechazan como impiedad sus vanos discursos. Los seres no han nacido espontáneamente, a causa de la falta de providencia, ni a partir de una materia preexistente, a causa de la impotencia de Dios, sino que Dios, mediante su Verbo, a partir de la nada ha creado y traído al ser todo el universo, que antes no existía en absoluto. En un principio creó Dios el cielo y la tierra (Gn 1:1) (...). Es lo que Pablo indica cuando dice: Por la fe conocemos que los mundos han sido formados por la palabra de Dios, de suerte que lo que vemos no ha sido hecho a partir de cosas visibles (Heb 11:3). Pues Dios es bueno, o mejor aún, es la fuente de toda bondad, y lo que es bueno no sabría tener envidia por nada; por tanto, no envidiando la existencia de ninguna cosa, creó todos los seres de la nada mediante Nuestro Señor Jesucristo, su propio Verbo. Entre estos seres, de todos los que existían sobre la tierra, tuvo especial piedad del género humano, y viéndolo incapaz, según la ley de su propia naturaleza, de subsistir siempre, le concedió una gracia añadida: no se contentó con crear a los hombres, como había hecho con todos los animales irracionales que hay sobre la tierra, sino que los creó a su imagen, haciéndolos participes del poder de su propio Verbo. Así, como si tuvieran una sombra del Verbo, y convertidos ellos mismos en racionales, los hombres podrían permanecer en la felicidad, viviendo en el paraíso la verdadera vida, que es realmente la de los santos. Sabiendo además que la voluntad libre del hombre podría inclinarse en uno u otro sentido, les tomó la delantera y fortaleció la gracia que les había dado, con la imposición de una ley y un lugar determinado. Los introdujo, en efecto, en el paraíso y les dio una ley, de modo que si ellos guardaban la gracia y permanecían en la virtud, tendrían en el paraíso una vida sin tristeza, dolor ni preocupación, además de la promesa de inmortalidad en los cielos. Pero si transgredían esta ley y, dándole la espalda, se convertían a la maldad, que supieran que les esperaba la corrupción de la muerte, según su naturaleza, y que no vivirían ya en el paraíso, sino que en el futuro morirían fuera de él y permanecerían en la muerte y en la corrupción. Es lo que la divina Escritura pronostica, hablando por boca de Dios: comerás de todo árbol que hay en el paraíso, pero no comáis del árbol del conocimiento del bien y del mal; el día que comáis de él, moriréis de muerte (Gn 2:16-17). Éste "moriréis de muerte" no quiere decir solamente moriréis, sino permaneceréis en la corrupción de la muerte (...). Por esta razón el incorpóreo e incorruptible e inmaterial Verbo de Dios aparece en nuestra tierra. No es que antes hubiera estado alejado, pues ninguna parte de la creación estaba vacía de Él, sino que Él llena todos los seres operando en todos en unión con su Padre. Pero en su benevolencia hacia nosotros condescendió en venir y hacerse manifiesto. Pues vio al género racional destruido y que la muerte reinaba entre ellos con su corrupción; y vio también que la amenaza de la transgresión hacía prevalecer la corrupción sobre nosotros y que era absurdo abrogar la ley antes de cumplirla; y vio también qué impropio era lo que había ocurrido, porque lo que Él mismo había creado, era lo que pereció; y vio también la excesiva maldad de los hombres, porque ellos poco a poco la habían acrecentado contra sí hasta hacerla intolerable. Vio también la dependencia de todos los hombres ante la muerte, se compadeció de nuestra raza y lamentó nuestra debilidad y, sometiéndose a nuestra corrupción, no toleró el dominio de la muerte, sino que, para que lo creado no se destruyera, ni la obra del Padre entre los hombres resultara en vano, tomó para sí un cuerpo y éste no diferente del nuestro. Pues no quiso simplemente estar en un cuerpo, ni quiso solamente aparecer, pues si hubiese querido solamente aparecer, habría podido realizar su divina manifestación por medio de algún otro ser más poderoso. Pero tomó nuestro cuerpo, y no simplemente esto, sino de una virgen pura e inmaculada, que no conocía varón, un cuerpo puro y verdaderamente no contaminado por la relación con los hombres.

En efecto, aunque era poderoso y el Creador del universo, prepara en la Virgen para Sí el cuerpo como un templo y lo hace apropiado como un instrumento en el que sea conocido y habite. Y así, tomando un cuerpo semejante a los nuestros, puesto que todos estamos sujetos a la corrupción de la muerte, lo entregó por todos a la muerte, lo ofreció al Padre, y lo hizo de una manera benevolente, para que muriendo todos con Él se aboliera la ley humana que hace referencia a la corrupción(porque se centraría su poder en el cuerpo del Señor y ya no tendría lugar en el cuerpo semejante de los hombres), para que, como los hombres habían vuelto de nuevo a la corrupción, Él los retomara a la incorruptibilidad y pudiera darles vida en vez de muerte, por la apropiación de su cuerpo, haciendo desaparecer la muerte de ellos, como una caña en el fuego, por la gracia de la resurrección.

Unidad y distinción entre el Padre y el hijo.

"Yo en el Padre, y el Padre en mí" (Jn 14:10). El Hijo está en el Padre, en cuanto podemos comprenderlo, porque todo el ser del Hijo es cosa propia de la naturaleza del Padre, como el resplandor lo es de la luz, y el arroyo de la fuente. Así el que ve, al Hijo ve lo que es propio del Padre, y entiende que el ser del Hijo, proviniendo del Padre, está en el Padre. Asimismo el Padre está en el Hijo, porque el Hijo es lo que es propio del Padre, a la manera como el sol está en su resplandor, la mente está en la palabra, y la fuente en el arroyo. De esta suerte, el que contempla al Hijo contempla lo que es propio de la naturaleza del Padre, y piensa que el Padre está en el Hijo. Porque la forma y la divinidad del Padre es el ser del Hijo, y, por tanto, el Hijo está en el Padre, y el Padre en el Hijo. Por esto con razón habiendo dicho primero "Yo y el Padre somos uno" (Jn 14:10), añadió: "Yo en el Padre y el Padre en mí" (Jn 13:10): así manifestó la identidad de la divinidad y la unidad de su naturaleza.

Sin embargo, son uno pero no a la manera con que una cosa se divide luego en dos, que no son en realidad más que una; ni tampoco como una cosa que tiene dos nombres, como si la misma realidad en un momento fuera Padre y en otro momento Hijo. Esto es lo que pensaba Sabelio, y fue condenado como hereje. Se trata de dos realidades, de suerte que el Padre es Padre, y no es Hijo; y el Hijo es Hijo, y no es Padre. Pero su naturaleza es una; pues el engendrado no es semejante con respecto al que engendra, ya que es su imagen, y todo lo que es del Padre es del Hijo. Por esto el Hijo no es otro dios, pues no es pensado fuera (del Padre): de lo contrario, si la divinidad se concibiera fuera del Padre, habría sin duda muchos dioses. El Hijo es "otro" en cuanto es engendrado, pero es "el mismo" en cuanto es Dios. El Hijo y el Padre son una sola cosa en cuanto que tienen una misma naturaleza propia y peculiar, por la identidad de la divinidad única. También el resplandor es luz, y no es algo posterior al sol, ni una luz distinta, ni una participación de él, sino simplemente algo engendrado de él: ahora bien, una realidad así engendrada es necesariamente una única luz con el sol, y nadie dirá que se trata de dos luces, aunque el sol y su resplandor sean dos realidades: una es la luz del sol, que brilla por todas partes en su propio resplandor. Así también, la divinidad del Hijo es la del Padre, y por esto es indivisible de ella. Por esto Dios es uno, y no hay otro fuera de él. Y siendo los dos uno, y única su divinidad, se dice del Hijo lo mismo que se dice del Padre, excepto el ser Padre.

Carta de Nuestro Santo Padre Atanasio, Arzobispo, a Marcelino Sobre la Interpretación de los Salmos.

Querido Marcelino, admiro tu fervor cristiano. Sobrellevas perfectamente tu actual situación, y, aunque mucho te haga sufrir, no descuidas en absoluto la ascesis. Pregunté al portador de tu carta por el género de vida que llevas ahora que estás enfermo; me ha informado que si bien dedicas tu tiempo a toda la Escritura santa, tienes, sin embargo, con mayor frecuencia el libro de los Salmos entre las manos, tratando de comprender el sentido que cada uno esconde. Te felicito, pues tengo idéntica pasión por los Salmos, como la tengo por la Escritura entera. Hallándome en una ocasión (invadido) por semejantes sentimientos, tuve un encuentro con un anciano estudioso y quiero transcribirte la conversación que sobre los Salmos, — ¡Salterio en mano! — sostuvo conmigo. Lo que aquel viejo maestro me transmitió es agradable y, al mismo tiempo instructivo. He aquí lo que me dijo:

Toda nuestra Escritura hijo mío, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, está, tal como está escrito, inspirada por Dios y es útil para enseñar (2 Tm.3:16). Pero el libro de los Salmos, si se reflexiona atentamente, posee algo que merece una especial atención.

Cada uno de los libros, en efecto, nos ofrece y nos entrega su propia enseñanza: El Pentateuco, por ejemplo, relata el comienzo del mundo y la vida de los Patriarcas, la salida de Israel de Egipto como también la entrega de la legislación. El Triteuco relata la distribución de la tierra, las hazañas de los jueces, como también la genealogía de David. Los libros de los Reyes y de las Crónicas relatan los hechos de los reyes. Esdras describe la liberación del cautiverio, el retorno del pueblo, la reconstrucción del templo y de la ciudad. Los (libros de los) profetas predicen la venida del Salvador, recuerdan los mandamientos, advierten y exhortan a los pecadores, como también profetizan acerca de las naciones. El libro de los Salmos, es como un jardín en el que no sólo crecen todas estas plantas, — ¡y además melodiosamente cantadas! —, sino que nos muestra lo que le es privativo, ya que al cantar (salmos) añade lo suyo propio.

Canta los acontecimientos del Génesis en el salmo 18: Los cielos pregonan la gloria de Dios, y el firmamento proclama la obra de sus manos (Sal 18:1), y en el salmo 23: La tierra y todo lo que contiene es del Señor; el mundo y todo lo que lo habita Él lo fundó sobre los mares (Sal 23:1-2). Los temas del Éxodo, Números y Deuteronomio los canta hermosamente en los salmos 77 y 113: Cuando Israel salió de Egipto, la casa de Jacob, de un pueblo bárbaro, Judá fue su santuario e Israel su dominio (Sal 113:1-2). Similares temas canta en el salmo 104: Envió a Moisés su siervo, y a Aarón, su elegido. Les confió sus palabras y sus maravillas en la tierra de Cam. Envió la oscuridad y oscureció; pero se rebelaron contra sus palabras. Transformó sus aguas en sangre, y dio muerte a sus peces. Su tierra produjo ranas, hasta en las habitaciones del rey. Habló y se llenó de tábanos y de mosquitos todo su territorio (Sal 104:26-31). Es fácil descubrir que todo este salmo como también el 105 fueron escritos en referencia a todos estos acontecimientos. Las cuestiones que se refieren al sacerdocio y al tabernáculo las proclama en aquello del salmo 28: al salir del tabernáculo, diciendo: Ofrezcan al Señor, hijos de Dios, ofrézcanle gloria y honor (Sal 28:1).

Los hechos concernientes a Josué y a los jueces los refiere brevemente el salmo 106 con las palabras: Fundaron ciudades para habitar en ellas, sembraron campos y plantaron viñas (Sal 106:36-37). Pues fue bajo Josué que se les entregó la tierra prometida. Al repetir reiteradamente en el mismo salmo, Entonces gritaron al Señor en su tribulación, y él los libró de todas sus angustias (Sal 106:6), se está indicando el libro de los Jueces. Ya que cuando ellos gritaban les suscitaba jueces a su debido tiempo para librar a su pueblo de aquellos que lo afligían. Lo referente a los reyes se canta en el salmo 19 al decir: Algunos se glorían en carros, otros en caballos, pero nosotros en el nombre del Señor nuestro Dios. Ellos fueron detenidos y cayeron; pero nosotros nos levantamos y mantenemos en pie. ¡Señor, salva al Rey y escúchanos cuando te invocamos! (Sal 19:8-10). Y lo que se refiere a Esdras lo canta en el salmo 125 (uno de los salmos graduales): Cuando el Señor cambió la cautividad de Sión, quedamos consolados (Sal 125:1); y nuevamente en el 121: Me alegré cuando me dijeron, vayamos a la casa del Señor. Nuestros pies recorrieron tus palacios, Jerusalén; Jerusalén está edificada cual ciudad completamente poblada. Pues allí suben las tribus, las tribus del Señor, como testimonio para Israel (Sal 121:1-4).

Prácticamente cada salmo remite a los profetas. Sobre la venida del Salvador, y de que aquel que debía venir, sería Dios, así se expresa el salmo 49: El Señor nuestro Dios vendrá manifiestamente, y no se callará (Sal 49:2-3); y el salmo 117: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! Nosotros los hemos bendecido desde la casa del Señor; el Señor (es) Dios y él se nos manifestó (Sal 117:26-27). Él es el Verbo del Padre, como lo canta el 106: Él envió su Verbo y los curó, los salvó de sus corrupciones (Sal 106:20). El Dios que viene es él mismo el Verbo enviado. Sabiendo que este Verbo es el Hijo de Dios, hace decir al Padre en el salmo 44: Mi corazón ha proferido un Verbo bueno (Sal 44:1), y también en el salmo 109: De mí seno antes de la aurora yo te he engendrado (Sal 109:3). ¿Quién puede decirse engendrado por el Padre, sino su Verbo y su Sabiduría? Sabiendo que es a él al que el Padre decía: Que sea la luz, y el firmamento y todas las cosas, el libro de los Salmos también contiene palabras similares: El Verbo del Señor afianzó los cielos y por el Espíritu de su boca toda su potencia (Sal 32:6).

(El salmista) no ignoraba que el que debía venir fuese también el Ungido, ya que propiamente de él habla (como sujeto principal) el salmo 44: Tu trono, oh Dios, permanece por los siglos de los siglos; es cetro de rectitud el cetro de tu Reino. Has amado la justicia y odiado la iniquidad: por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con el óleo de la alegría en preferencia a tus compañeros (Sal 44:7-8). Para que nadie se imagine que él viene sólo en apariencia, aclara que es este mismo el que se hará hombre y que es por él por quien todo fue creado, y por ello afirma en el salmo 86: La madre Sión dirá: un hombre, un hombre fue engendrado en ella, el Altísimo en persona la ha fundado (Sal 86:5). Lo que equivale a afirmar: El Verbo era Dios, todo fue hecho por El, y, El Verbo se hizo carne. Conociendo, igualmente, el nacimiento virginal, el Salmista no se calló, sino que lo expresó claramente en el salmo 44, al decir: Escucha, hija mía, y mira, inclina tu oído, olvida tu pueblo y la casa de tu padre, porque el rey está prendado de tu belleza (Sal 44:11-12). Nuevamente, esto equivale a lo dicho por Gabriel, ¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo! (Lc 1:28). Después de haber afirmado que él es el Ungido, muestra a renglón seguido su nacimiento humano de la Virgen, al decir: Escucha, hija mía. Gabriel la llama por su nombre, María, porque es un extraño, — en cuanto a parentesco se refiere — pero David, el salmista, ya que ella es de su familia, la llama con toda razón su hija.

Habiendo afirmado que se haría hombre, los salmos muestran lógicamente que él es pasible según la carne. El salmo 2 prevé la conjura de los judíos: ¿Por qué se rebelaron los paganos? ¿Por qué concibieron vanos proyectos? Los reyes de la tierra se prepararon, los jefes se conjuraron contra el Señor y contra su Ungido (Sal 2:1-2). En el salmo 21 el Salvador mismo da a conocer su género de muerte: ...me aprisionas en el polvo de la muerte, me rodea un tropel de mastines; la asamblea de los perversos me circunda. Taladraron mis manos y mis pies. Han contado todos mis huesos. Ellos me miraron vigilantes, se dividieron mi ropa y echaron a suerte mí túnica (Sal 21:17-19). Taladrar sus manos y sus pies, ¿qué otra cosa es, sino indicar su crucifixión? Después de enseñar todo esto, añade que el Señor padeció por causa nuestra, y no, por la suya. Y, con sus propios labios, afirma nuevamente en el salmo 87: Pesadamente reposa sobre mí tu ira (Sal 87:17), y en el salmo 68: He devuelto lo que no había arrebatado (Sal 68:5). Pues si bien no debía pagar las cuentas de crimen alguno, él murió, — pero sufriendo por causa nuestra, tomando sobre si la cólera que nos estaba destinada, por nuestros pecados, como lo dice en Isaías, Él cargó nuestras flaquezas; lo que se hace evidente cuando afirmamos en el salmo 137: El Señor los recompensará por mi causa, y el Espíritu dice en el salmo 71, que él salvará a los hijos del pobre, y quebrantará a los que acusan en falso... pues él rescatará al pobre del opresor, y redimirá al indigente que no tiene protector (Sal 71:4-12).

Por eso predice también su ascensión a los cielos, diciendo en el salmo 23: Príncipes, levanten sus portones y abran sus puertas eternas y entrará el rey de la gloria (Sal 23:7-9). En el 46: Dios asciende entre aclamaciones, el Señor al sonido de trompeta(s) (Sal 46:6). También su sentarse (a la derecha de Dios) lo anuncia en el salmo 109: Dijo el Señor a mi Señor, siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos como tarima para tus pies (Sal 109:1). Hasta la destrucción del diablo se anuncia a voces en el salmo 9: Te sientas en tu trono cual juez que juzga justamente. Reprendiste a los pueblos y pereció el impío (Sal 9:5-6). Tampoco calló que recibiría plena potestad de juzgar, de parte del Padre, y que vendría con autoridad sobre todo, al afirmar en el 71: ¡Oh Dios, concede tu juicio al rey, y tu justicia al hijo del rey, para que juzgue a tu pueblo con justicia, y a tus pobres con rectitud (Sal 71:1-2). Y en el salmo 49 dice: Convocará al cielo en lo alto, y a la tierra, para juzgar a su pueblo...Y los cielos proclamarán su justicia, pues Dios es juez (Sal 49:4-6). Y en el 81 leemos: Dios está en pie en la asamblea de los dioses, y rodeado de dioses, (los) juzga (Sal 81:1). Sobre la vocación de los paganos mucho se habla en nuestro libro, pero sobre todo en el salmo 46: Pueblos todos, aplaudan, aclamen a Dios con voces jubilosas (Sal 46:2). De manera similar en el 71: Delante suyo se postran los etíopes, y sus enemigos lamerán el polvo; los reyes de Tarsis, y las islas, ofrecen sus dones. Los reyes de Arabia y de Sabá le ofrecerán regalos. Y lo adorarán todos los reyes de la tierra; todos los pueblos le servirán (Sal 71:9-11). Todo esto lo cantan los Salmos y se anuncia en cada uno de los otros Libros.

No siendo un ignorante, (el anciano) agregaba: en cada libro de la Escritura se significan realidades idénticas, sobre todo en relación con el Salvador, pues todos están íntimamente relacionados y sinfónicamente concordes en el Espíritu. Por eso, del mismo modo que es posible descubrir en el Salterio el contenido de los otros Libros, también se encuentra con frecuencia el contenido del primero en los restantes. Así, por ejemplo, Moisés compuso un himno e Isaías canta y Habacuc suplica con un cántico. Más aún, en todos los libros es posible hallar profecías, leyes y relatos. El mismo Espíritu lo abarca todo, y de acuerdo al don asignado a cada cual, proclama la gracia peculiar, repartiéndola en plenitud, sea como capacidad de profetizar, o de legislar, o de relatar lo sucedido, o el don de los Salmos. Si bien el Espíritu es uno e indivisible, de él provienen todos los dones particulares y en cada don está totalmente presente, aunque cada uno lo percibe según las revelaciones y dones recibidos y en la medida y forma de las necesidades, de modo que en la medida en que cada uno se deja guiar por el Espíritu se hace servidor del Verbo. Es por eso, como lo dije más arriba, que cuando Moisés está legislando, algunas veces también profetiza y otras canta; y los Profetas al profetizar algunas veces proclaman mandatos, como aquel: Lávense, purifíquense. Limpia tu corazón de toda inmundicia, Oh Jerusalén (Is 1:16; Jr 4:14), y otras veces relatan historias como lo hace Daniel con los acontecimientos concernientes a Susana, o Isaías cuando relata lo de Rabsaces y Senaquerib. El rasgo característico del libro de los Salmos, como ya dijimos, es el del canto, y por ello modula melodiosamente lo que en otros libros se narra con detalle. Pero algunas veces hasta legisla: Abandona la ira y deja la cólera (Sal 36:8), y Apártate del mal, obra el bien; anhela la paz y corre tras ella (Sal 33:15). Y otras veces relata el camino de Israel y profetiza acerca del Salvador, como lo dijimos más arriba.

La gracia del Espíritu es común (a todos los libros), estando la misma acorde a la tarea encomendada y según el Espíritu la concede. Los más y los menos no provocan distinción alguna siempre que cada cual efectúe y lleve a cabo su propia misión. Pero aun siendo así, el libro de los Salmos tiene, en este mismo terreno, un don y gracia peculiares, una propiedad de particular relieve. Pues junto a las cualidades, que le son comunes y similares con los restantes Libros, tiene además una maravillosa peculiaridad: contiene exactamente descritos y representados todos los movimientos del alma, sus cambios y mudanzas. De modo que una persona sin experiencia, al irlos estudiando y ponderando puede irse modelando a su imagen. Pues los otros libros sólo exponen la ley y cómo ella estipula lo que se deba, o no, cumplir. Escuchando las profecías sólo se sabe de la venida del Salvador. Prestando atención a las descripciones históricas sólo se llega a averiguar los hechos de los reyes y de los santos. El libro de los Salmos, además de dichas enseñanzas, permite reconocer al lector las mociones de su propia alma y se las enseña, por el modo como algo lo afecta o lo turba; de acuerdo a este libro puede uno tener una idea aproximada de lo que debe decir. Por eso no se contenta con escuchar simplemente, sino que sabe cómo hablar y cómo actuar para curar su mal. Es cierto que también los otros libros tienen palabras que prohiben el mal, pero este también describe cómo apartarse de él. Por ejemplo, hacer penitencia es un precepto, hacer penitencia significa dejar de pecar; aquí se indica no sólo cómo hacer penitencia y lo que es necesario decir para arrepentirse. Así mismo Pablo dijo: La tribulación produce en el alma la constancia, la constancia la virtud probada, la virtud probada la esperanza, y la esperanza no queda defraudada (Rm.5:3-5). Los Salmos describen y muestran, además, cómo soportar las tribulaciones, lo que debe hacer el afligido, lo que debe decir una vez pasada la tribulación, cómo cada uno es puesto a prueba, cuales son los pensamientos del que espera en el Señor. Lo de dar gracias en toda circunstancia es también un precepto. Los Salmos indican lo que debe decir aquel que da gracias. Sabiendo, por otra parte, que los que pretenden vivir piadosamente serán perseguidos, aprendemos de los Salmos cómo clamar cuando huimos en medio de la persecución, y qué palabras dirigir a Dios una vez escapados de ella. Somos invitados a bendecir al Señor, encontramos las expresiones adecuadas para manifestarle nuestra confesión. Los Salmos expresan cómo debemos alabar al Señor, qué palabras le rinden homenaje de modo adecuado. Para toda ocasión y sobre todo argumento encontraremos entonces poemas divinos adecuados a nuestras emociones y sensibilidad.

1. Todavía esto de asombroso y maravilloso tienen los Salmos: al leer los demás libros, aquello que dicen los santos y el objeto de sus discursos, los lectores lo relacionan con el argumento del libro, los oyentes se sienten extraños al relato, de modo que las acciones recordadas suscitan mera admiración o el simple deseo de emularlas. El que en cambio abre el libro de los Salmos recorre, con la admiración y el asombro acostumbrados, las profecías sobre el Salvador contenidas ya en los restantes libros, pero lee los salmos como si fueran personales. El auditor, igual que el autor, entran en clima de compunción, apropiándose las palabras de los cánticos como si fueran suyas. Para ser más claro, no vacilaría, al igual que el bienaventurado Apóstol, en retomar lo dicho. Los discursos pronunciados en nombre de los patriarcas, son numerosos; Moisés hablaba y Dios respondía; Elías y Elíseo, establecidos sobre la montaña del Carmelo, invocaban sin cesar al Señor, diciendo: ¡Vive el Señor, en cuya presencia estoy hoy! (1 Re 17:1; 2 Re 3:4). Las palabras de los restantes santos profetas tienen por objeto al Salvador, y un cierto número se refieren a los paganos y a Israel. Sin embargo, ninguna persona pronunciaría las palabras de los patriarcas como si fueran suyas, ni osaría imitar y pronunciar las mismas palabras que Moisés, ni las de Abrahán acerca de su esclava e Ismael o las referentes al gran Isaac; por necesario o útil que fuera, nadie se animaría a decirlas como propias. Aunque uno se compadeciera de los que sufren y deseara lo mejor, jamás diría con Moisés: ¡Muéstrate a mí! (Ex 33:13), o tampoco: Si les perdonas su pecado, perdónaselo; si no se lo perdonas, bórrame del libro que tú has escrito (Ex 33:12). Aun en el caso de los profetas, nadie emplearía personalmente sus oráculos para alabar o reprender a aquellos que se asemejan por sus acciones a los que ellos reprendían o alababan; nadie diría: ¡Vive el Señor, en cuya presencia estoy hoy! Quien toma en sus manos esos libros, ve claramente que dichas palabras deben leerse no como personales, sino como pertenecientes a los santos y a los objetos de los cuales hablan. Los Salmos, ¡cosa extraña! salvo lo que concierne al Salvador y las profecías sobre los paganos, son para el lector palabras personales, cada uno las canta como escritas para él y no las toma ni las recorre como escritas por otro ni tampoco referentes a otro. Sus disposiciones (de ánimo) son las de alguien que habla de sí mismo. Lo que dicen, el orante lo eleva hacia Dios como si fuera él quien hablara y actuara. No experimenta temor alguno ante estas palabras, como ante las de los patriarcas, de Moisés o de los otros profetas, sino que más bien, considerándolas como personales y escritas referidas a él, encuentra el coraje para proferirlas y cantarlas. Sea que uno cumpla o quebrante los mandamientos, los Salmos se aplican a ambos. Es necesario, en cualquier caso, sea como transgresor, sea como cumplidor, verse como obligado a pronunciar las palabras escritas sobre cada cual.

2. [Las palabras de los Salmos] me parece que son para quien las canta, como un espejo en el que se reflejan las emociones de su alma para que así, bajo su efecto, pueda recitarlos. Hasta quien sólo los escucha, percibe el canto como referido a él: o bien, convencido por su conciencia y compungido se arrepiente; o bien, oyendo hablar de la esperanza en Dios y del auxilio concedido a los creyentes, se alegra de que le haya sido otorgado y prorrumpir en acciones de gracias a Dios. Así, por ejemplo, ¿canta alguno el salmo tercero? Reflexionando sobre sus propias tribulaciones, se apropiará de las palabras del salmo. Así mismo, leerá al 11SS y al 16SS de acuerdo a su confianza y oración; el recitado del 50SS será expresión de su propia penitencia; el 53SS, 55SS, 100SS y el 41SS expresan sus sentimientos sobre la persecución de la que él es objeto; son sus palabras las que le cantan al Señor. Así pues, cada salmo sin entrar en mayores detalles, podemos decir que está compuesto y es proferido por el Espíritu, de modo que en esas mismas palabras, como ya lo dije antes, podamos captar los movimientos de nuestra alma y nos las hace decir como provenientes de nosotros, como palabras nuestras, para que trayendo a la memoria nuestras emociones pasadas, reformemos nuestra vida espiritual. Lo que los salmos dicen puede servirnos de ejemplo y de patrón de medida.

3. Esto también es don del Salvador: hecho hombre por nosotros, ofreció por nosotros su cuerpo a la muerte, para librarnos a todos de la muerte. Queriendo mostrarnos su manera celestial y perfecta de vivir la plasmó en sí mismo para que no seamos ya fácilmente engañados por el enemigo, ya que tenemos una prenda segura en la victoria que en favor nuestro obtuvo sobre el diablo. Es por esta razón que no sólo enseñó, sino que practicó su enseñanza, de modo que cada uno lo escuche cuando habla y mirándolo, como se observa un modelo, acepte de él el ejemplo, como cuando dice: Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mt 11:29). No podrá hallarse enseñanza más perfecta de la virtud que la realizada por el Salvador en su propia persona: paciencia, amor a la humanidad, bondad, fortaleza, misericordia, justicia, todo lo encontraremos en él y nada tienes ya que esperar, en cuanto a virtudes, al mirar detenidamente su vida. Pablo lo decía claramente: Sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo (1 Co 11:1). Los legisladores, entre los griegos, tienen gracia únicamente para legislar; el Señor, cual verdadero Señor del universo, preocupado por su obra, no solamente legisla, sino que se da como modelo para que aquellos que lo desean, sepan cómo actuar. Aun antes de su venida entre nosotros, lo puso de manifiesto en los Salmos, de manera que al igual que nos proveyó de la imagen acabada del hombre terrenal y del celestial en su propia persona, también en los Salmos, aquel que lo desea, puede aprender y conocer las disposiciones del alma, encontrando como curarlas y rectificarlas.

4. Hablando con mayor precisión, puntualicemos entonces que si bien toda la Escritura divina es maestra de virtud y de fe auténtica, el libro de los Salmos ofrece, además un perfecto modelo de vida espiritual. Al igual que quien se presenta ante un rey asume las correctas actitudes corporales y verbales, no sea que apenas abra la boca, sea arrojado fuera por su falta de compostura, también a aquel que corre hacia la meta de las virtudes y desea conocer la conducta del Salvador durante su vida mortal, el sagrado Libro lo conduce primero, a través de la lectura, a la consideración de los movimientos del alma, y a partir de allí va representando sucesivamente el resto, enseñando a los lectores gracias a dichas expresiones. En este libro llama la atención que algunos salmos contengan narraciones históricas, otros admoniciones morales, otros profecías, otros súplicas y otros, todavía, confesión.

En forma de narración tenemos los siguientes: 18; 43; 48; 49; 72; 76; 88; 89; 106; 113; 126 y 136.

En forma de oración tenemos el: 16; 67; 89; 101; 131 y 141.

Los proferidos como súplica, y petición instante son el: 5; 6; 7; 11; 12; 15; 24; 27; 30; 34; 37; 42; 53; 54; 55; 56; 58; 59; 60; 63; 82; 85; 87; 137; 139 y 142.

En forma de súplica junto con acción de gracias tenemos el 138.

Entre los que sólo suplican tenemos: 3; 25; 68; 69; 70; 73; 78; 79; 1O8; 122; 129 y 130.

Los salmos 9; 74; 91; 104; 105; 106; 107; 110; 117; 135 y 137 tienen forma de confesión.

Aquellos que entretejen narración con confesión son: 9; 74; 105; 106; 117; 135 y 137.

Un salmo que combina confesión con narración y acción de gracias es el 110.

El salmo 36 tiene forma de admonición.

Los que contienen profecía son: 20; 21; 44; 46 y 75.

En el 109 tenemos anuncio junto con profecía.

Los salmos que exhortan y prescriben y como que ordenan son: el 28; 32; 80; 94; 95; 96; 97; 102; 103 y 113.

El salmo 149 combina la exhortación con la alabanza.

Describen la vida hornada por la virtud los: 104; 11; 118; 124 y 132. Aquellos que expresan alabanza son: 90; 112; 116; 134; 144; 145; 146; 148 y 150.

Son acción de gracias: 8; 9; 17; 33; 45; 62; 76; 84; 114; 115; 120; 121; 123; 125; 128 y 143.

Aquellos que anuncian una promesa de bienaventuranza son: 1; 31; 40; 118 y 127.

Demostrativo de alegre prontitud con (ribetes) de cántico el 107.

Otro hay que exhorta a la fortaleza, el 80.

Tenemos los que reprochan a impíos e inicuos, como el 2; 13; 35; 51 y 52.

El salmo 4 es una invocación.

Están aquellos salmos que hablan [del cumplimiento] de votos, como el 19 y el 63.

Tienen palabras de glorificación al Señor: 22; 26; 38; 39; 41; 61; 75; 83; 96; 98 y 151.

Acusaciones escritas para provocar vergüenza son: 57 y 81.

Se encuentran acentos hímnicos en 47 y 64.

El 65 es un canto de júbilo y se refiere a la resurrección.

Otro, el 99, es únicamente canto de júbilo.

5. Estando, entonces, los salmos dispuestos y ordenados de esta manera, les es posible a los lectores, — como ya lo dije antes —, descubrir en cada uno de ellos los movimientos y la constitución de su alma, del mismo modo que descubren el género y la enseñanza que cada uno les transmiten. Igualmente se puede aprender de ellos las palabras a decir para agradar al Señor, o con cuáles palabras expresar el deseo de corregirse y arrepentirse o de darle gracias. Todo esto impide, al que recita literalmente estas expresiones, caer en la impiedad. Ya que no sólo tendremos que dar razón de nuestras obras al Juez (supremo), sino hasta de toda palabra inútil (Mt 12:36). Si quieres bendecir a alguno, aprendes cómo hacerlo y en nombre de quién, en los salmos 1; 31; 40; 11; 118 y 127. Si deseas censurar las conjuras de los judíos contra el Salvador, ahí tienes al segundo de nuestros poemas. Si los tuyos te persiguen, y muchos se levantan contra ti, recita el tercero. Si estando afligido invocaste al Señor, y porque te escuchó quieres darle gracias, entona el cuarto, o el 74, o el 114. Si atisbas que los malhechores te preparan trampas y quieres que muy de mañana tu oración llegue a sus oídos, recita el quinto. Si la amenaza de castigo del Señor te intranquiliza, puedes recitar el 6 o el 37. Si algunos se reúnen para tramar algo contra ti, como lo hizo Ajitófel contra David, y llega a tus oídos, canta el salmo 7 y confía en el Señor, él te defenderá.

6. Si, observando la extensión universal de la gracia del Salvador y la salvación del género humano, quieres conversar con Dios, canta el salmo 8. ¿Quieres entonar el cántico de la vendimia, para dar gracias al Señor? Tienes nuevamente a tu disposición el 8 y también el 83. En honor a la victoria sobre los enemigos y la liberación de la criatura, sin gloriarte tú, sino reconociendo que estos hechos magníficos son obra del Hijo de Dios, recita el ya mencionado salmo 9. Si alguien quiere confundirte o asustarte, ten confianza en el Señor y repite el salmo 10. Al observar la soberbia de tantos y como el mal crece, al punto que ya no hay acciones santas entre los hombres, busca refugio en el Señor y dí el salmo 11. ¿Prolongan los enemigos sus ataques? No desesperes como si Dios te olvidara, sino invócalo cantando el salmo 12. No te asocies en modo alguno con los que blasfeman impíamente contra la Providencia, más bien suplica al Señor recitando los salmos 13 y 52. El que quiera aprender quién es el ciudadano del reino de los cielos debe decir el salmo 14.

7. Necesitas orar porque tus adversarios asedian tu alma, canta los salmos 16; 85; 87 y 140. Si quieres saber cómo rezaba Moisés, ahí tienes el salmo 89. ¿Fuiste liberado de tus enemigos y perseguidores? Canta el salmo 17. ¿Te maravillan el orden de la creación y la providente gracia que en ella resplandece, como también los preceptos santos de la Ley? Canta entonces el 18 y el 23. Viendo sufrir a los atribulados, consuélalos orando y recitándoles las palabras del salmo 19. Ves que el Señor te conduce y pastorea, guiándote por el camino recto, ¡alégrate de ello y salmodia el 22! ¿Te sumergen los enemigos? Eleva tu alma hasta Dios salmodiando el 24 y verás que los inicuos quedan malogrados . ¿Te asechan los enemigos, teniendo sus manos totalmente manchadas de sangre, y no buscan más que perderte y confundirte? Entonces, no confíes tu justicia a un hombre, — ¡toda justicia humana es sospechosa! -, pídele al Señor que te haga justicia, ya que él es el único Juez, recitando el 25; 34 o 42. Cuando te asaltan violentamente los enemigos y se congregan como un ejército y te desprecian como si aún no estuvieras ungido, y por eso te hacen la guerra, no tiembles, canta más bien el salmo 26. La naturaleza humana es débil, y si [a pesar de ello] los perseguidores se hacen tan desvergonzados e insisten, no les hagas caso, suplica en cambio al Señor con el salmo 27. Si quieres aprender cómo ofrecer sacrificios al Señor con acción de gracias, recita entonces con inteligencia espiritual el salmo 28. Si dedicas y consagras tu casa, esto es, tu alma que hospeda al Señor, como también la casa corpórea en la que moras físicamente, recita con acción de gracias el 29 y entre los salmos graduales el 126.

8. Si ves que eres despreciado y perseguido por amigos y conocidos a causa de la verdad, no pierdas el ánimo por eso, ni temas a los que se te oponen, sino apártate de ellos y contemplando el futuro, salmodia el trigésimo. Si al ver a los bautizados y rescatados de su vida corruptible, ponderas y admiras la misericordia de Dios, canta en favor suyo tus alabanzas con el salmo 31. Si deseas salmodiar en compañía de muchos, reúne a los hombres justos y probos, y recita el 32. Si caíste víctima de tus enemigos y sagazmente pudiste evitar sus asechanzas, reúne a los hombres mansos y recita en su presencia el salmo 33. Si ves el celo para cometer el mal que impera entre los transgresores a la Ley, no pienses que la maldad es algo natural en ellos, como lo afirman los herejes, sino recita el 35 y te convencerás de que a ellos les corresponde la responsabilidad por el pecado. Si ves a los malvados cometer muchas iniquidades, y envalentonarse contra los humildes, y quieres exhortar a alguien que ni se junte con los inicuos ni les tenga envidia, pues su porvenir quedará truncado, entonces di para ti mismo y para los otros el 36.

9. Si, por otra parte, queriendo prestar atención a tu propia persona, y viendo que el enemigo se dispone a atacarte, — pues le agrada provocar a este tipo de personas -, quisieras fortalecerte contra él, canta el salmo 38. Si teniendo que soportar ataques de los perseguidores quieres aprender las ventajas de la paciencia, recita entonces el 39. Cuando viendo multitud de pobres y mendigos, quieres mostrarte misericordioso con ellos, serás capaz de serlo gracias a la recitación del salmo 40, ya que con él alabarás a los que ya actuaron compasivamente, y exhortarás a los demás a que obren de igual manera. Si ansiando buscar a Dios, escuchas las burlas de los adversarios, no te turbes, sino que considerando la recompensa eterna de tal nostalgia, consuela tu alma con la esperanza en Dios, y, superados los pesares que te acongojan en esta vida, entona el salmo 41. Si no quieres dejar de recordar los innumerables beneficios que el Señor otorgó a tus padres, como el éxodo de Egipto y la estancia en el desierto, y qué bueno es Dios y cuán ingratos los hombres, tienes al 43; 77; 88; 104; 105; 106 y 113. Si habiéndote refugiado en Dios, poderoso defensor en el peligro, quieres darle gracias y narrar sus misericordias para contigo, tienes el 45.

10. ¡Pecaste, sientes vergüenza, buscas hacer penitencia y alcanzar misericordia! Encontrarás palabras de arrepentimiento y confesión en el salmo 50. Aun si debes soportar calumnias por parte de un rey inicuo, y ves cómo se envalentona el calumniador, aléjate de allí y usa las expresiones que encuentras en el 51. Si te atacan, te acosan y quieren traicionarte, entregándote a la justicia, como lo hicieron zifeos y filisteos con David, no pierdas el valor, ten ánimo, confía en el Señor y alábalo con las palabras de los salmos 53 y 55. La persecución te sobreviene, cae sobre ti y sin saberlo penetra inesperadamente en la cueva en la que te escondías, ni entonces temas, pues aun en ese aprieto encontrarás palabras de consuelo y de memorial indeleble en los salmos 56 y 141. Si quien te persigue da la orden de vigilar tu casa, y tú, a pesar de todo, logras escapar, da gracias a Dios, e inscribe el agradecimiento en tu corazón, como sobre una estela indeleble, en memorial de que no pereciste y entona el salmo 58. Si los enemigos que te afligen profieren insultos, y los que aparentaban ser amigos lanzan acusaciones en contra tuya, y esto perturba tu oración por un breve tiempo, reconfórtate alabando a Dios y recitando las palabras del 54. Contra los hipócritas y los que se glorían desfachatadamente, recita, — para vergüenza suya -, el salmo 57. Contra los que arremeten salvajemente contra ti y quieren arrebatarte el alma, contrapón tu confianza y adhesión al Señor; cuanto más se envalentonen ellos, tanto más descansa en él, recitando el 61. Si perseguido, huyes al desierto, nada temas por estar allí solo, pues tienes a Dios junto a ti, a quien, muy de madrugada, puedes cantarle el 62. Si te aterran los enemigos y no cesan en su conjura contra ti, buscándote sin descanso, aunque sean muchos no te aflijas, ya que sus ataques serán como heridas causadas por flechas arrojadas por niños, entona, entonces (confiado), los salmos 63; 64; 69 y 70.

11. Si deseas alabar a Dios recita el 64, y cuando quieras catequizar a alguno acerca de la resurrección, entona el 65. ¡Imploras la misericordia del Señor! alábalo salmodiando el 66. Si ves que los malvados prosperan gozando de paz y los justos, en cambio, viven en aflicción, para no tropezar ni escandalizarte recita también tú el 72. Cuando la ira de Dios se inflama contra el pueblo, tienes palabras sabias para su consuelo en el 73. Si andas necesitado de confesión, salmodia el 9; 74; 91; 104; 105; 106; 107; 110; 117; 125 y 137. Quieres confundir y avergonzar a paganos y herejes, demostrando que ni uno solo de ellos posee el conocimiento de Dios, sino únicamente la Iglesia católica, puedes, si así lo piensas, cantar y recitar inteligentemente las palabras del 75. Si tus enemigos te persiguen y te cortan toda posibilidad de huida, aunque estés muy afligido y grandemente confundido, no desesperes, sino clama, y si tu grito es escuchado, da gracias a Dios recitando el 76. Pero si los enemigos persisten e invaden y profanan el templo de Dios, matando a los santos y arrojando sus cadáveres a las aves del cielo, no te dejes intimidar ni temas su crueldad, sino compadece con los que padecen y ora a Dios con el salmo 78.

12. Si deseas alabar al Señor en día de fiesta, convoca los siervos de Dios y recita los salmos 80 y 94. Y si nuevamente los enemigos todos, se reúnen, asaltándote por todas partes, profiriendo amenazas hacia la casa de Dios y aliándose contra la piedad, no te amilane su multitud o su poder, ya que tienes un ancla de esperanza en las palabras del salmo 82. Si viendo la casa del Señor y sus tabernáculos eternos, sientes nostalgia por ellos como la tenía el Apóstol, recita el salmo 83. Cuando habiendo cesado la ira y terminada la cautividad, quisieras dar gracias a Dios, tienes al 84 y al 125. Si quieres saber la diferencia que media entre la Iglesia católica y los cismáticos, y avergonzar a estos últimos, puedes pronunciar las palabras del 86. Si quieres exhortarte a ti y a otros, a rendir culto verdadero a Dios, demostrando que la esperanza en Dios no queda confundida, sino que, todo lo contrario, el alma queda fortalecida, alaba a Dios recitando el 90. ¿Deseas salmodiar el Sábado? Tienes el 91.

13. ¿Quieres dar gracias en el día del Señor? Tienes el 23; o, ¿deseas hacerlo en el segundo día de la semana?: recita el 47. ¿Quieres glorificar a Dios en el día de preparación?: tienes la alabanza del 92. Porque entonces, cuando ocurrió la crucifixión, fue edificada la casa aunque los enemigos trataron de rodearla, es conveniente cantar como cántico triunfal lo que se enuncia en el 92. Si te sobrevino la cautividad, y la casa fue derribada y vuelta a edificar, canta lo que se contiene en el 95. La tierra se ha librado de los guerreros y ha aparecido la paz: reina el Señor y tú quieres hacerlo objeto de tus alabanzas, ahí tienes el 96. ¿Quieres salmodiar el cuarto día de la semana? Hazlo con el 93; pues en un día como ese fue el Señor entregado y comenzó a asumir y ejecutar el juicio contrario a la muerte, triunfando confiadamente sobre ella. Si lees el Evangelio, verás que en el cuarto día de la semana los judíos se reunieron en Consejo contra el Señor, y también verás que con todo valor comenzó a procurarnos justicia contra el diablo: salmodia, respecto a todo esto, con las palabras del 93. Si, además, observas la providencia y el poder universal del Señor, y quieres instruir a algunos en la obediencia y en la fe, exhórtalos ante todo a confesar laudativamente: salmodia el 99. Si has reconocido el poder de su juicio, es decir que Dios juzga atemperando la justicia con su misericordia, y quieres acercártele, tienes para este propósito las palabras del centésimo entre los salmos.

14. Nuestra naturaleza es débil, si las angustias de la vida te han asimilado a un mendigo, y sintiéndote exhausto buscas consuelo, entona el 101. Es conveniente que siempre y en todo lugar demos gracias a Dios; si deseas bendecirlo, espuela tu alma recitando el 102 y el 103. ¿Quieres alabar a Dios y saber, cómo, por qué motivos, y con qué palabras hacerlo? Tienes el 104; 106; 134; 145; 146; 147; 148 y 150. ¿Prestas fe a lo que ha dicho el Señor y tienes fe en las palabras que tú mismo dices cuando rezas? Profiere el 115. ¿Sientes que vas progresando gradualmente en tus obras, de modo que puedes hacer tuyas las palabras: olvidando lo que queda detrás mío, me lanzo hacia lo que est delante (Flp 3:13)?: puedes entonces entonar para cada uno de los peldaños de tu adelanto uno de los quince salmos graduales.

15. ¿Has sido conducido al cautiverio por pensamientos extraños y te hallas nostálgicamente tironeado por ellos? ¿Te embarga el arrepentimiento, deseas no caer en el futuro y, sin embargo, sigues cautivo de ellos? ¡Siéntate, llora, y, como lo hizo antaño el pueblo, pronuncia las palabras del 136! ¿Eres tentado y así sondeado y probado? Si superada la tentación quieres dar gracias, utiliza el salmo 138. ¿Te hallas nuevamente acosado por los enemigos y quieres ser liberado? Pronuncia las palabras del 139. ¿Deseas suplicar y orar? Salmodia el 5 y el 142. Si se ha alzado el tiránico enemigo contra el pueblo y contra ti, al modo de Goliat contra David, no tiembles, ten fe, y como David, salmodia el 143,. Si maravillado por los beneficios que Dios otorgó a todos y también a ti, quieres bendecirlo, repite las palabras que David dijo en el 144. ¿Quieres cantar y alabar al Señor? Lo que debas entonar est en los salmos 92 y 97. ¿Aun siendo pequeño, has sido preferido a tus hermanos y colocado sobre ellos? No te gloríes ni te envalentones contra ellos, sino que atribuyendo la gloria a Dios que te eligió, salmodia el 151, que es un poema genuinamente davídico. Supongamos que deseas entonar los salmos en los que resuena la alabanza a Dios, es decir que van encabezados por el Aleluya, puedes usar: el 104; 105; 106; 111; 112; 113; 114; 115; 116; 117; 118; 134; 135; 145; 146; 147; 148; 149 y el 150.

16. Si al salmodiar quieres destacar lo que se refiere al Salvador, encontrarás referencias prácticamente en cada salmo: así, por ejemplo, tienes el 44 y el 100, que proclaman tanto su generación eterna del Padre como su venida en la carne; el 21 y el 68 que preanuncian la cruz divina, como también todos los padecimientos y persecuciones que soportó por nosotros; el 2 y el 108 que pregonan la maldad y las persecuciones de los judíos y la traición de Judas Iscariote; el 20, 49 y 71 proclaman su reinado y su potestad de juzgar, como también su manifestación a nosotros en la carne y la vocación de los paganos. El 15 anuncia su resurrección de entre los muertos; el 23 y 46 anuncian su ascensión a los cielos. Al leer el 92, 95, 97 o 98, caes en la cuenta y contemplas los beneficios que el Salvador nos otorgó gracias a sus padecimientos.

17. Esta es la característica que posee el libro de los salmos, para utilidad de los hombres: una parte de los salmos han sido escritos para purificación de los movimientos del alma; otra parte para anunciarnos proféticamente la venida en la carne de nuestro Señor Jesucristo, como arriba dijimos. Pero en modo alguno debemos pasar por alto la razón por la que los salmos se modulan armoniosamente y con canto. Algunos simplotes entre nosotros, si bien creen en la inspiración divina de las palabras, sostienen que los salmos se cantan por lo agradable de los sonidos y para placer del oído. Esto no es exacto. La Escritura para nada buscó el encanto o la seducción, sino la utilidad del alma; esta forma fue elegida sobre todo por dos razones. En primer lugar, convenía que la Escritura no alabara a Dios únicamente en una secuencia de palabras rápida y continua, sino también con voz lenta y pausada. En secuencia ininterrumpida se leen la Ley, los Profetas, los libros históricos y el Nuevo Testamento; la voz pausada es empleada para los Salmos, odas y cánticos. Así se obtiene que los hombres expresen su amor a Dios con todas sus fuerzas y con todas sus posibilidades. La segunda razón estriba en que, al igual que una buena flauta unifica y armoniza perfectamente todos los sonidos, del mismo modo requiere la razón que los diversos movimientos del alma, como pensamiento, deseo, cólera, sean el origen de los distintas actividades del cuerpo, de modo que el obrar del hombre no sea desarmonico, conflictuado consigo mismo, pensando muy bien y obrando muy mal. Por ejemplo, Pilato que dijo: ningún delito encuentro yo en él para condenarlo a muerte (Jn 18:38), pero obró según el querer de los judíos; o, que deseando obrar mal, estén imposibilitados de realizarlo, como los ancianos con Susana; o que aun absteniéndose de adulterar sea ladrón, o, sin ser ladrón sea homicida, o, sin ser asesino sea blasfemo.

18. Para impedir que surja esa desarmonía interior, la razón requiere que el alma, que posee el pensamiento de Cristo (1 Co 2:16), como dice el Apóstol, haga que éste le sirva de director, que domine en él sus pasiones, ordenando los miembros del cuerpo para que obedezcan la razón. Como plectro para la armonía, en ese salterio que es el hombre, el Espíritu debe ser fielmente obedecido, los miembros y sus movimientos deben ser dóciles obedeciendo la voluntad de Dios. Esta tranquilidad perfecta, esta calma interior, tienen su imagen y modelo en la lectura modulada de los Salmos. Nosotros damos a conocer los movimientos del alma a través de nuestras palabras; por eso el Señor, deseando que la melodía de las palabras fuera el símbolo de la armonía espiritual en el alma, ha hecho cantar los Salmos melodiosa, modulada y musicalmente. Precisamente este es el anhelo del alma, vibrar en armonía, como está escrito: alguno de ustedes es feliz, ¡que cante! (St 5:13). Así, salmodiando, se aplaca lo que en ella haya de confuso, áspero o desordenado y el canto cura hasta la tristeza: ¿por qué estás triste alma mía, por qué te me turbas? (Sal 41:6-12 y 42:5); reconocer su error confesando: casi resbalaron mis pisadas (Sal 72:2); y en el temor fortalecer la esperanza: el Señor está conmigo: no temo; ¿qué podrá hacerme el hombre? (Sal 117:6).

19. Los que no leen de esta manera los cánticos divinos, no salmodian sabiamente, sino que buscando su deleite, merecen reproche, ya que la alabanza no es hermosa en boca del pecador (Si 15:9). Pero cuando se cantan de la manera que arriba mencionamos, de modo que las palabras se vayan profiriendo al ritmo del alma y en armonía con el Espíritu, entonces cantan al unísono la boca y la mente; al cantar así son útiles a sí mismos y a los oyentes bien dispuestos. El bienaventurado David, por ejemplo, cantando para Saúl, complacía a Dios y alejaba de Saúl la turbación y la locura, devolviéndole tranquilidad a su alma. De idéntica manera los sacerdotes al salmodiar, aportaban la calma al alma de las multitudes, induciéndolas a cantar unánimes con los coros celestiales. El hecho de que los Salmos se reciten melodiosamente, no es en absoluto indicio de buscar sonidos placenteros, sino reflejo de la armoniosa composición del alma. La lectura mesurada es símbolo de la índole ordenada y tranquila del espíritu. Alabar a Dios con platillos sonoros, con la cítara y el salterio de diez cuerdas, es, a su vez, símbolo e indicación de que los miembros del cuerpo están armoniosamente unidos al modo que lo están las cuerdas; de que los pensamientos del alma actúan cual címbalos, recibiendo todo el conjunto movimiento y vida a impulsos del espíritu, ya que vivirán, como está escrito, si con el Espíritu hacen morir las obras del cuerpo (Rm 8:13). Quien salmodia de esta manera armoniza su alma llevándola del desacuerdo al acorde, de modo que hallándose en natural acuerdo nada la turbe, al contrario con la imaginación pacificada desea ardientemente los bienes futuros. Bien dispuesta por la armonía de las palabras, olvida sus pasiones, para centrada gozosa y armoniosamente en Cristo concebir los mejores pensamientos.

20. Es por tanto necesario, hijo mío, que todo el que lee este libro lo haga con pureza de corazón, aceptando que se debe a la divina inspiración, y, beneficiándose por eso mismo de él, como de los frutos del jardín del paraíso, empleándolos según las circunstancias y la utilidad de cada uno de ellos. Estimo, en efecto, que en las palabras de este libro se contienen y describen todas las disposiciones, todos los afectos y todos los pensamientos de la vida humana y que fuera de estos no hay otros. ¿Hay necesidad de arrepentimiento o confesión; les han sorprendido la aflicción o la tentación; se es perseguido o se ha escapado a emboscadas; está uno triste, en dificultades o tiene alguno de los sentimientos arriba mencionados; o vive prósperamente, habiendo triunfado sobre tus enemigos, deseando alabar, dar gracias o bendecir al Señor? Para cualquiera de estas circunstancias hallará la enseñanza adecuada en los Salmos divinos. Que elija aquellos relacionados con cada uno de esos argumentos, recitándolos como si él los profiriera, y adecuando los propios sentimientos a los en ellos expresados.

21. En modo alguno se busque adornarlos con palabras seductoras, modificar sus expresiones o cambiarlas totalmente; lea y cántese lo que está escrito, sin artificios, para que los santos varones que nos los legaron, reconozcan el tesoro de su propiedad, recen con nosotros, o más bien, lo haga el Espíritu Santo que habló a través de ellos, y al constatar que nuestros discursos son eco perfecto del suyo, venga en nuestra ayuda. Pues en tanto en cuanto la vida de los santos es mejor que la del resto, por tanto mejores y más poderosas se tendrán, con toda verdad, sus palabras que las que agreguemos nosotros. Pues con esas palabras agradaron a Dios y al proferirlas ellos lograron, como lo dice el Apóstol, conquistar reinos, hicieron justicia, alcanzaron las promesas, cerraron la boca a los leones; apagaron la violencia del fuego, escaparon del filo de la espada, curaron de sus enfermedades, fueron valientes en la guerra, rechazaron ejércitos extranjeros, las mujeres recobraron resucitados a sus muertos (Hb 11:33-35).

22. Todo el que ahora lee esas mismas palabras [de los Salmos], tenga confianza, que por ellas Dios vendrá instantáneamente en nuestra ayuda. Si está afligido, su lectura procurará un gran consuelo; si es tentado o perseguido, al cantarlas saldrá fortalecido y como más protegido por el Señor, que ya había protegido antes al autor, y hará que huyan el diablo y sus demonios. Si ha pecado volverá en sí y dejará de hacerlo; si no ha pecado, se estimará dichoso al saber que corre en procura de los verdaderos bienes; en la lucha, los Salmos darán las fuerzas para no apartarse jamás de la verdad; al contrario, convencerá a los impostores que trataban de inducirle al error. No es un mero hombre la garantía de todo esto, sino la misma Escritura divina. Dios ordenó a Moisés escribir el gran Cántico enseñándoselo al pueblo; al que él constituyera como jefe le ordenó trancribir el Deuteronomio, guardándolo entre sus manos y meditando continuamente sus palabras, pues sus discursos son suficientes para traer a la memoria el recuerdo de la virtud y aportar ayuda a los que los meditan sinceramente. Cuando Josué, hijo de Nuná penetró en la tierra prometida, viendo los campamentos enemigos y a los reyes amorreos reunidos todos en son de guerra, en lugar de armas o espadas, empuñó el libro del Deuteronomio, lo leyó ante todo el pueblo, recordando las palabras de la Ley, y habiendo armado al pueblo salió vencedor sobre los enemigos. El rey Josías, después del descubrimiento del libro y su lectura pública, no albergaba ya temor alguno de sus enemigos. Cuando el pueblo salía a la guerra, el arca conteniendo las tablas de la Ley iba delante del ejército, siendo protección más que suficiente, siempre que no hubiera entre los portadores o en el seno del pueblo prevalencia de pecado o hipocresía. Pues se necesita que la fe vaya acompañada por la sinceridad para que la Ley dé respuesta a la oración.

23. Al menos yo, dijo el anciano, escuché de boca de hombres sabios, que antiguamente, en tiempos de Israel, bastaba con la lectura de la Escritura para poner en fuga los demonios y destruir las trampas tendidas por ellos a los hombres. Por eso, me decía [mi interlocutor], son del todo condenables aquellos que abandonando estos libros componen otros con expresiones elegantes, haciéndose llamar exorcistas, ¡como les ocurrió a los hijos del judío Esceva, cuando intentaron exorcisara de esa manera! Los demonios se divierten y burlan cuando los escuchan; por el contrario tiemblan ante las palabras de los santos y ni oírlas pueden. Pues en las palabras de la Escritura está el Señor y al no poder soportarlo gritan: ¡Te ruego que no me atormentes antes de tiempo! (Lc 8:28). Con sola la presencia del Señor se consumían. Del mismo modo Pablo daba órdenes a los espíritus impuros y los demonios se sometían a los discípulos. Y la mano del Señor cayó sobre Eliseo el profeta, de modo que profetizó a los tres reyes acerca del agua, cuando por orden suya el salmista cantaba al son del salterio. Incluso ahora, si uno está preocupado por los que sufren, lea los Salmos y les ayudará muchísimo, demostrando igualmente que su fe es firme y veraz; al verla Dios conceder la completa salud a los necesitados. Sabiéndolo el santo dijo en el salmo 118: meditaré sobre tus decretos, no olvidaré tus palabras; y también: tus decretos eran mis cantos, en el lugar de mi peregrinación. En ellas encontraron salvación al decir: si tu ley no fuese mi meditación, ya habría perecido en mi humillación. También Pablo buscaba confirmar a su discípulo, al decir: medita estas cosas; vive entregado a ellas para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos (1 Tm 4:15). Practícalo igualmente tú, lee con sabiduría los Salmos y podrás, bajo la guía del Espíritu, comprender el significado de cada uno. Imitarás la vida que llevaron los varones santos, quienes entusiasmados por el Espíritu de Dios esto dijeron.

 

San Hilario de Poitiers.

Perteneciente a una noble familia pagana, nació en Poliers en torno al 315. Las noticias relativas a su vida, inciertas y fragmentarias, no permiten establecer la fecha de su conversión al cristianismo. Es probable que recibiera el Bautismo siendo adulto.

Elegido Obispo de Poitiers alrededor del 350, combatió con todas sus fuerzas la herejía arriana. El emperador Constancio lo desterró a Frigia, en Asia Menor. Durante los cuatro años de exilio, Hilario reveló dotes de pensamiento y de acción que le merecieron el titulo de Atanasio de Occidente. En el 360, por insistencia de los arrianos, que juzgaban inoportuna su presencia en Oriente, se le permitió regresar a la Galia. Un año después, convocó un Concilio en París que supuso un golpe decisivo para el arrianismo en Occidente. Murió en Poitiers, probablemente en el 367.

La lucha de San Hilario contra el arrianismo se manifestó también en su abundante producción literaria, constituida por tres tipos de obras: dogmáticas, histórico-polémicas y exegéticas. El Comentario al Evangelio de San Mateo, perteneciente a este último tipo de escritos, fue compuesto durante los primeros años de su episcopado para los sacerdotes de su diócesis. La obra se presenta bajo la forma de un comentario continuo, en el que se examinan con amplitud los episodios más significativos del primer Evangelio. El método exegético seguido por San Hilario parte del principio de que toda expresión de la Escritura presenta, junto al significado literal inmediato, otro alegórico, que se revela sólo a un atento examen del texto. Conjugando los dos significados, salvaguarda la historicidad de los hechos evangélicos y procura descubrir el alcance profético de las palabras y acciones de Cristo.

Loarte

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San Hilario (315-367 d.C. aprox.), obispo de Poitiers, en las Galias (actual Francia), fue el más grande defensor de la fe católica expresada en el Concilio de Nicea (325 d.C.), ante el avance de la herejía arriana, lo que le valió el apelativo de "Atanasio del occidente." Su obra más importante es su tratado sobre la Trinidad (De Trinitate), el cual escribió durante el tiempo que estuvo exiliado en el Asia Menor, entre los años 356 y 360. Dentro de sus obras exegéticas se cuenta un comentario al Evangelio de Mateo y exégesis de algunos pasajes del Antiguo Testamento entre los que encontramos algunos salmos. Debe notarse, como se ve en el comentario al salmo 130, que San Hilario hace uso del texto griego del Antiguo Testamento — conocido como "Septuaginta" —, y no del texto hebreo que se impuso luego a partir de San Jerónimo (s. V).

Homilía de San Hilario de Poitiers Sobre el Salmo 130.

"¡Oh Señor! no se ha engreído mi corazón, ni se han ensoberbecido mis ojos."

1. Este breve Salmo, que exige un tratamiento analítico más que un tratamiento homilético. Nos enseña la lección de la humildad y la mansedumbre. Ahora, dado que hemos hablado muchas veces acerca de la humildad, no hay necesidad de repetir las mismas cosas aquí. Por supuesto que estamos obligados a tener en cuenta la gran necesidad que tenemos de que nuestra fe permanezca en humildad cuando escuchamos al Profeta que la entiende como equivalente al desempeño de los trabajos más altos: ¡Oh Señor! mi corazón no está exaltado. Pues un corazón contrito es el más noble sacrificio a los ojos de Dios. El corazón, por lo tanto, no debe inflarse por la prosperidad, sino que debe guardarse humildemente en los límites de la mansedumbre, mediante el temor de Dios.

2. "Ni se han ensoberbecido mis ojos." El sentido estricto del griego aquí transmite un significado diferente. Oude emetewrisqhsan oi ofqalmoi; esto es, que no han sido elevados de un objeto para mirar a otro. Pero los ojos deben elevarse en obediencia a las palabras del profeta: "Eleva tus ojos y mira quién ha desplegado todas estas cosas"[1]. Y el Señor dice en el Evangelio: "Eleva tus ojos, y mira los campos, que están blancos hasta la cosecha"[2]. Los ojos están, entonces, para ser elevados. No para poner su mirada en cualquier parte, sino para permanecer fijos de manera definitiva sobre todo aquello para lo que han sido elevados.

3. Y continua así: "No he andado entre grandezas, ni en cosas maravillosas que me sobrepasan." Es muy peligroso andar entre cosas malas, y no quedarse entre las cosas maravillosas. Las obras de Dios son grandes; Él, en Sí mismo, es maravilloso en todo lo alto: ¿cómo puede entonces enorgullecerse el salmista como si fuera una obra buena no andar entre grandezas y maravillas? La adición de las palabras, "que me sobrepasan," nos muestra de que se está hablando de caminar entre cosas distintas a las que los hombres comúnmente consideran como grandes y maravillosas. Pues David, que fue profeta y rey, también fue humilde y despreciado e indigno de sentarse a la mesa de su padre; pero encontró el favor de Dios, fue ungido rey, e inspirado para profetizar. Su reino no lo hizo altivo, no lo motivaban malas intenciones: amó a quienes lo persiguieron, rindió honores a sus enemigos muertos, perdonó a sus hijos incestuosos y asesinos. Fue despreciado en su soberanía; como padre, fue herido; como profeta, fue afligido; y aun así no reclamó venganza como podría hacerlo un profeta, ni infligió castigo como lo haría un padre, ni correspondió a los insultos como lo haría un soberano. De este modo no anduvo entre grandezas y maravillas que le sobrepasaban.

4. Veamos lo que sigue: "Si no humillaba mis pensamientos y en cambio he elevado mi alma." ¡Qué inconsecuencia de parte del Profeta! No eleva su corazón: pero sí eleva su alma. No camina entre grandezas y maravillas que le sobrepasan; pero sus pensamientos no son bajos. Su inteligencia se exalta, pero su corazón se apoca. Es humilde en su proceder: pero no es humilde en su pensamiento. Su alma se eleva a las alturas porque su pensamiento aspira alcanzar el cielo. Pero su corazón, "del que proceden — según el Evangelio — pensamientos perversos, asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios, insultos"[3], es humilde, apremiado bajo el suave yugo de la mansedumbre. Nosotros debemos definir el justo medio, entonces, entre la humildad y la exaltación, para que podamos ser humildes de corazón pero elevados de alma y pensamiento.

Después continúa: "Como el niño destetado en los brazos de su madre, así recompensarás mi alma." Nos es dicho que cuando Isaac fue destetado, Abraham celebró una fiesta, porque ahora que era destetado, cruzaba el umbral de la niñez y pasaba más allá del alimento de leche. El Apóstol alimenta a todos los que son imperfectos en la fe, inclusive a niños en las cosas de Dios, con la leche del conocimiento. De este modo dejar de necesitar leche marca el mayor avance posible. Abraham proclamó mediante una alegre fiesta que su hijo pasaba a la edad de comer carne, y el Apóstol rehusa el pan a los de mentalidad carnal y a aquellos que son niños en Cristo. Y así, el Profeta pide a Dios que, ya que no ha ensoberbecido su corazón, ni ha caminado en medio de grandezas y maravillas que le sobrepasan; ya que no ha humillado sus pensamientos sino que ha elevado su alma, que premie a su alma recostándose como un niño destetado sobre su madre: es decir, que sea considerado digno de la recompensa del Pan perfecto, celestial y vivo, basado en que por razón de sus reconocidos trabajos ahora ya ha terminado la etapa de lactancia.

6. Pero él no pide este Pan vivo del cielo sólo para sí mismo. Él alienta a toda la humanidad a expectar este Pan, proclamando: "Que Israel espere en el Señor, desde ahora y por siglos." Él no pone límite temporal a nuestra esperanza, sino que nos invita a proyectarnos hasta el infinito en nuestra fiel expectación. Nosotros debemos esperar por siempre, ganando la esperanza de la vida futura mediante la esperanza de nuestra vida presente, que la tenemos en Cristo Jesús nuestro Señor, que es bendito por los siglos de los siglos. Amén

1 Is 11:26.

2 Jn 55:35. 3 Mt 15:19.

Las armas del apóstol (Comentario al Evangelio de San Mateo 10:1-5).

Al ver a las multitudes se llenó de compasión, porque estaban maltratadas y abatidas... (Mt 9:36).

Es necesario escudriñar el significado de las palabras no menos que el de los hechos, pues, como habíamos dicho, la clave para comprender el significado reside tanto en las palabras como en las obras. El Señor siente compasión de las multitudes maltratadas y abatidas, como ovejas dispersas sin pastor. Y dice que la mies es mucha, pero los obreros pocos, y que es preciso rogar al dueño de la mies para que envíe muchos obreros a su mies (cfr. Mt 9:37-38). Y, llamando a los discípulos, les dio poder para arrojar a los espíritus inmundos y para curar toda enfermedad y dolencia (cfr. Mt 10:1). Aunque estos hechos se refieren al presente, es necesario considerar lo que significan para el futuro.

Ningún agresor había asaltado a las multitudes y, sin embargo, estaban postradas sin que ninguna adversidad o desventura las hubiese golpeado. ¿Por qué siente compasión, viéndolas maltratadas y abatidas? Evidentemente, el Señor se apiada de una muchedumbre atormentada por la violencia del espíritu inmundo, que la tiene bajo su dominio, y enferma bajo el peso de la Ley, porque aún no tenía un pastor que le restituyese la protección del Espíritu Santo (cfr. 1 Pe 2:25). A pesar de que el fruto de este don era abundante, ninguno lo había recogido. Su abundancia supera el número de los que lo alcanzan, pues, aunque todos tomen cuanto quieran, permanece siempre sobreabundante para ser dispensado con generosidad. Y puesto que es necesario que muchos lo distribuyan, exhorta a rogar al dueño de la mies, para que mande muchos obreros a su mies, es decir, muchos segadores, para recoger el don del Espíritu Santo que había preparado, un don que Dios distribuye por medio de la oración y de la súplica. Y para mostrar que esta mies y la multitud de los segadores debían propagarse a partir de los doce Apóstoles, los llamó a Sí y les dio el poder de arrojar los demonios y de curar toda enfermedad. Con este poder recibido como don, podían expulsar al fautor del mal y curar la enfermedad.

Mt10:05-10: Conviene ahora recoger el significado de estos preceptos, considerándolos uno por uno. Los exhorta a mantenerse alejados de las sendas de los paganos (cfr. Mt 10:5), no porque no los haya enviado también a salvar a los paganos, sino para que se abstengan de las obras y del modo de vivir de la ignorancia pagana. Igualmente les prohíbe entrar en la ciudad de los samaritanos (cfr. Ibid.). Pero ¿no ha curado Él mismo a una samaritana? En realidad, les exhorta a no entrar en las asambleas de los herejes, pues la perversión no difiere en nada de la ignorancia. Los envía a las ovejas perdidas de la casa de Israel (cfr. Mt 10:6); y, sin embargo, ellas se han encarnizado contra Él con lenguas de víbora y fauces de lobo. Como la Ley debería recibir el Evangelio en primer lugar, Israel iba a tener menos disculpas por su crimen, en cuanto que habría experimentado una solicitud mayor en la exhortación.

El poder de la virtud del Señor se transmite enteramente a los Apóstoles. Los que habían sido formados en Adán a imagen y semejanza de Dios, reciben ahora de modo perfecto la imagen y la semejanza de Cristo (cfr. 1 Cor 15:49). Su poder no difiere en nada del poder del Señor, y los que antes habían sido hechos de la tierra, se convierten ahora en celestes (cfr. 1 Cor 15:48). Deben predicar que el Reino de los cielos está próximo (cfr. Mt 10:7), es decir, que se recibe ahora la imagen y semejanza de Dios a través de la comunión en la verdad, que permite a todos los santos, designados con el nombre de los cielos, reinar con el Señor (cfr. 1 Cor 4:8). Deben curar enfermos, resucitar muertos, sanar leprosos, arrojar demonios (cfr. Mt 10:8). Todos los males causados en el cuerpo de Adán por instigación de Satanás, los debían a su vez sanar mediante la participación en el poder del Señor. Y para conseguir de modo completo, según la profecía del Génesis (cfr. Gn 1:26), la semejanza con Dios, reciben la orden de dar gratuitamente lo que gratuitamente recibieron (cfr. Mt 10:8). Deben ofrecer de balde el servicio de un don que han recibido gratis.

Les prohíbe guardar en la faja oro, plata, dinero; llevar alforja para el camino, coger dos túnicas, sandalias y un bastón en la mano, porque el obrero tiene derecho a su salario (cfr. Mt 10:10). No hay nada de malo, pienso, en guardar un tesoro en la faja. ¿Qué significa la prohibición de poseer oro, plata o moneda de cobre en la propia faja? La faja es una prenda de servicio, y se ciñe para realizar un trabajo. Se nos exhorta, por tanto, a que no haya venalidad en nuestro servicio, a evitar que el premio de nuestro apostolado sea la posesión del oro, de la plata o del cobre.

Ni alforja para el camino (Mt 10:10). Es decir, hay que dejar a un lado la preocupación por los bienes presentes, ya que todo tesoro terreno es perjudicial, desde el momento en que nuestro corazón está allí donde guardamos nuestro tesoro. Ni dos túnicas (Mt 10:10). En efecto, basta con que nos revistamos de Cristo una vez (cfr. Gal 3:27), sin revestirnos seguidamente de otro traje, como la herejía o la Ley mosaica, a causa de una perversión de nuestra inteligencia. Ni sandalias (cfr. Mt 10:10). ¿Tal vez los débiles pies de los hombres pueden soportar la desnudez? En realidad, donde debemos permanecer con pies desnudos es sobre la tierra santa, no cubierta por las espinas y los aguijones del pecado, como fue dicho a Moisés (cfr. Ex 3:5), y se nos exhorta a no tener otro calzado para entrar, que el recibido de Cristo. Ni bastón en la mano (Mt 10:10), es decir, las leyes de un poder extranjero, pues tenemos el bastón de la raíz de Jesé (cfr. Is 11:1). Todo poder, que no sea ése, no procede de Cristo.

Según el discurso precedente, hemos sido convenientemente provistos de gracia, viático, vestido, sandalias, poder, para recorrer hasta el final los caminos de la tierra. Trabajando en estas condiciones seremos dignos de nuestra paga (cfr. Mt 10:10). Es decir, gracias al cumplimiento de estas prescripciones, recibiremos la recompensa de la esperanza celestial.

 

San Zenón de Verona.

Nacido en Mauritania, pasó casi toda su vida en el Norte de Italia. Fue obispo de Verona, ciudad que hoy le venera corno Patrono, y se distinguió por la lucha llevada a cabo contra el ya decadente paganismo, contra la herejía arriana y contra ciertos abusos que se habían infiltrado entre los cristianos.

Dedicó todas sus energías al cuidado de sus fieles. Así lo atestiguan sus vibrantes sermones — recopilados después de su muerte, acaecida hacia el año 371 —, en los que expone las verdades centrales de la fe y exhorta a la práctica de las virtudes cristianas. Muchos están dirigidos a los catecúmenos, como preparación inmediata al Bautismo. En estas homilías se revela gran orador, con un conocimiento profundo de las letras cristianas y paganas.

Entre los sermones breves — o tractatus — merece particular atención el dedicado a las tres virtudes teologales. Es una de las primeras obras sistemáticas de la literatura eclesiástica sobre la fe, la esperanza y la caridad. San Zenón enseña de manera clara y escueta que las virtudes teologales se hallan en la base de la vida cristiana y que no han de separarse unas de otras, pues constituyen la trama de nuestra unión con Dios.

Loarte

Virtudes-teologales.

(Tratado sobre la fe, la esperanza y la caridad, I-IV)

Tres cosas son fundamentales para la perfección del cristiano: la fe, la esperanza y la caridad; y de tal modo se enlazan estas virtudes entre sí, que cada una de ellas es necesaria a las otras. Si la esperanza no va por delante, ¿a quién aprovechará la fe? Si la fe no existe, ¿cómo nacerá la esperanza? Y si a la fe y a la esperanza les quitas la caridad, una y otra quedarán inútiles, pues ni la fe obra sin la caridad, ni la esperanza sin la fe. Por consiguiente, el cristiano que desee ser perfecto ha de fundamentarse en las tres: si le falta alguna, no alcanzará la perfección de su obra.

En primer lugar se nos propone la esperanza de las cosas futuras, sin la que las mismas cosas presentes no pueden mantenerse en pie. Es más: quita la esperanza, y se paralizará la humanidad entera; quita la esperanza, y cesarán todas las artes y todas las virtudes; quita la esperanza, y todo quedará destruido. ¿Qué hace el niño junto al maestro, si no espera fruto de esas letras? ¿En qué barca se aventurará el navegante entre las olas del mar, si no espera una ganancia ni confía en llegar al puerto deseado? ¿Qué soldado menospreciará, no ya las injurias del cruel invierno o del tórrido verano, sino a sí mismo, si no abriga la esperanza de una gloria futura? ¿Qué agricultor esparcerá la semilla, si no piensa que recogerá la cosecha como premio de su sudor? ¿Qué cristiano se adherirá por la fe a Cristo, si no cree que ha de llegar el tiempo de la felicidad eterna que se le ha prometido? (...).

Por tanto, hermanos, abracemos con tenacidad la esperanza; custodiémosla entre todas las virtudes, dediquémonos a cultivarla constantemente. La esperanza es el fundamento inconmovible de nuestra vida, baluarte invicto y dardo contra los asaltos del demonio, coraza impenetrable de nuestra alma, ventajosa y verdadera ciencia de la ley, terror de los demonios, fortaleza de los mártires, esplendor y muralla de la Iglesia. La esperanza es sierva de Dios, amiga de Cristo, convidada del Espíritu Santo. El presente y el futuro le están sometidos: el presente, porque lo desprecia; el futuro, porque sabe de antemano que es suyo. No teme que no venga, pues siempre lo lleva consigo en el ámbito de su poder. Por esto, Abraham, esperando contra toda esperanza confió en Dios, que le haría padre de muchas gentes (Rm 4:18). Contra toda esperanza, es decir, porque parece imposible y no es objeto de visión; pero se hace posible por esta esperanza cuando se confía en la palabra de Dios sin ninguna duda y con firmeza pues dice el Señor: todo es posible para el que cree (Mc 9:22). Por eso Abraham creyó en Dios, y le fue reputado para justicia (Gn 15:6). Es justo por haber sido fiel, pues el justo vive de la fe (Gal 3:6); y es fiel por haber creído en Dios: si no hubiera tenido fe, no habría podido ser justo ni padre de los pueblos. Por esta razón es evidente que una e inseparable es la naturaleza de la esperanza y de la fe: si cualquiera de ellas falta en el hombre, mueren las dos.

La fe es lo más propiamente nuestro, pues dice el Señor: tu fe te ha salvado (Mc 10:52). Por tanto, si es nuestra, conservémosla como nuestra, para que con motivo podamos esperar las cosas que aún no poseemos. Nadie recuenta los haberes de un dilapidador, ni honra al desertor con las recompensas del triunfo, más aún estando escrito: al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene, ano eso que posee le será quitado (Mt 13:12).

Por la fe, hermanos, Henoch mereció que Dios le trasladase de lugar con su cuerpo, contra la ley de la naturaleza. Por la fe, salvándose, Noé no halló a nadie con quien hablar que había habido un diluvio. Por la fe llegó Abraham a la amistad con Dios, Isaac se distinguió más que los restantes (cfr. Heb 11:5-20), y José sometió a Egipto bajo su autoridad (cfr. Gn 32:41). Esta fe le hizo a Moisés un muro de cristal en el Mar Rojo (cfr. Ex 14:22); puso sus frenos al sol y a la luna para que, abandonando su curso acostumbrado, se sometieran al deseo de Josué (Jos 10:13); ofreció al inerme David el triunfo sobre el armado Goliat (cfr. I Sam 17) y no desmayó en Job, asaltado de frecuentes y graves males (Job 1 y 2). Ella fue medicina en la ceguera de Tobías (cfr. Tob 11); en Daniel, ató las fauces a los leones (cfr. Dan 6); y convirtió para Jonás la ballena en barca (cfr. Jon 2). Ella sola venció en el ejército de los hermanos Macabeos (cfr. 2 Mac 7) e hizo agradables los fuegos a los tres jóvenes (cfr. Dan 3). Esta fe hizo que Pedro se atreviera a caminar sobre el mar (cfr. Mt 24:29), y fue la causa de que los Apóstoles curaran a muchos de sus contagiosas úlceras y enfermedades, cambiando la lepra deforme en limpia piel. Por esta fe, añadiré, mandaron ver a los ciegos, oír a los sordos, hablar a los mudos, correr a los cojos, fortalecer a los paralíticos, huir de los posesos a los demonios y, con frecuencia, volver de los sepulcros en sus propios funerales a los mismos muertos, para que todos vieran convertirse en lágrimas de alegría las que hasta entonces lo habían sido de tristeza.

Pero es largo, hermanos, ir detallando los hechos de la fe; sobre todo, porque la caridad presenta unos hechos aún más portentosos. Y es lógico que sea así, pues de tal modo se eleva la caridad por encima de todas las virtudes, que por derecho propio es la reina de todas ellas.

Aunque triunfe la fe con todo género de hechos prodigiosos, y la esperanza proponga muchas y grandes cosas, ni una ni otra podrán sostenerse sin la caridad: ni la fe, si no se ama a sí misma; ni la esperanza, si no es amada. Además, la fe aprovecha sólo a uno mismo; la caridad a todos. La fe no lucha gratis; la caridad, en cambio, se suele dar incluso a los ingratos. La fe no pasa a otro; la caridad, poco es decir que alcanza a otro, pues beneficia al pueblo. La fe es de unos pocos, la caridad de todos.

Añade a todo esto que la esperanza y la fe tienen un tiempo, mientras que la caridad no conoce fin (cfr. 1 Cor 13), crece en cada momento, y cuanto más es practicada por los que se aman mutuamente, tanto más es debida entre ellos. La caridad no hace distinción de personas, porque no sabe adular; no busca conseguir honores, porque no es ambiciosa; no se fija en el sexo, porque para ella los dos son uno; no se ejercita según el tiempo, porque no es caprichosa; no tiene envidia, porque desconoce qué es la envidia; no se hincha, porque cultiva la humildad; no piensa mal, porque es sencilla; no se deja llevar por la ira, porque también abraza gustosamente las injurias; no engaña, porque es la guardiana de la fe; de nada se muestra indigente, porque — fuera de lo que es — no experimenta ninguna necesidad.

La caridad conserva los campos, las ciudades y pueblos, y los tratados de paz. Hace seguras las espadas en torno a los flancos de los reyes. Suprime las guerras, borra las riñas, vacía los privilegios, evita los tribunales, erradica los odios, apaga las iras. La caridad traspasa el mar, circunda el orbe, suministra lo necesario a las naciones por medio del mutuo intercambio. Proclamaré, hermanos, su poder con brevedad. Lo que la naturaleza ha negado a unos lugares, la caridad lo otorga. La caridad del afecto conyugal une en una sola carne a dos personas con un venerable sacramento. Ella da a la humanidad que exista lo que nace. Por la caridad es amada la propia mujer, los hijos se muestran orgullosos de su origen, y los padres son verdaderos padres. A ella se debe que los demás sean para nosotros prójimos y amigos, tan cercanos o más que nosotros mismos. A la caridad se debe que amemos a los siervos como a hijos, y que ellos nos sirvan gustosamente como a señores. La caridad hace que amemos, no sólo a los conocidos o amigos, sino incluso a los que nunca hemos visto. A la caridad se debe, en fin, que reconozcamos las virtudes de los antiguos por los libros, o a los libros por sus virtudes.

 

San Efrén de Siria.

San Efrén, diácono de la Iglesia en Siria, nació hacia el año 306 en Nisibis, ciudad de Mesopotamia. Convertido al Cristianismo cuando tenía dieciocho años, se entregó enteramente al servicio de Dios, dedicando su vida a la oración y al estudio. Según algunos hagiógrafos, en el 325 acompañó a Santiago — obispo de Nisibis — al Concilio de Nicea.

Durante los años 338 a 350, en que la ciudad se vio repetidas veces amenazada por Sapor II, rey de Persia, San Efrén desplegó una actividad infatigable para alentar y aconsejar a sus habitantes. En el 363, el emperador Joviniano firmó un tratado de paz con los persas y les entregó Nisibis; San Efrén, con la mayor parte de los cristianos de esta ciudad, emigró a tierras del Imperio Romano. Se retiró a Edesa, donde murió diez años más tarde, tras haber dedicado todo ese tiempo a la penitencia y a la contemplación.

San Efrén ocupa un lugar privilegiado entre los Santos Padres tanto por la abundancia de sus escritos como por la autoridad de su doctrina. Prueba de ello es que muchos de sus himnos forman parte de diversas liturgias orientales desde el siglo v. Gracias a esto se ha conservado gran parte de su ingente obra, tanto en su idioma original, el sirio, como en traducciones griegas, que empezaron a proliferar ya en los últimos años de su vida: Sozomeno, que pudo leer directamente los escritos de San Efrén, afirma que compuso unos tres millones de versos; otras fuentes apuntan que compuso más de mil sermones. Nos han llegado también versiones en arameo y copto cuyo texto primitivo se desconoce.

Sobre su autoridad, basta citar el testimonio de un hombre tan parco en palabras y poco inclinado a los elogios como fue San Jerónimo. En su De viris illustribus escribe: "Su fama se ha divulgado tanto entre los griegos que, en algunas iglesias, leen sus escritos en público después de recitar la Sagrada Escritura. Yo mismo he leído la traducción de un libro suyo sobre el Espíritu Santo y he podido comprobar que es una obra maestra."

Poeta de delicadísimos sentimientos hacia Jesucristo y su Santísima Madre, escribió centenares de himnos para uso litúrgico y para uso popular. En unos y otros se aprecia su vivísimo ingenio, la solidez de su doctrina y un profundo conocimiento de la Sagrada Escritura. Supo exponer de manera inimitable los principales misterios del Cristianismo: la Santísima Trinidad, la Encarnación del Verbo, las prerrogativas de Santa María... Los cantos populares -en los que destaca su gracioso ingenio y la solidez de su doctrina- son especialmente interesantes porque estaban destinados a que los cantase todo el pueblo, que no entendía de enrevesadas controversias teológicas: así se difundía de modo fácil, rápido y agradable la verdadera fe.

También en Occidente se difundieron mucho sus escritos, siendo reconocido sobre todo como cantor de las prerrogativas de la Santísima Virgen. El 5 de mayo de 1920, Benedicto XV lo declaró Doctor de la Iglesia.

Loarte

Madre Admirable.

(Himno a la Virgen María)

La Virgen me invita a cantar el misterio que yo contemplo con admiración. Hijo de Dios, dame tu don admirable, haz que temple mi lira, y que consiga detallar la imagen completamente bella de la Madre bien amada.

La Virgen María da al mundo a su Hijo quedando virgen, amamanta al que alimenta a las naciones, y en su casto regazo sostiene al que mantiene el universo. Ella es Virgen y es Madre, ¿qué no es?

Santa de cuerpo, completamente hermosa de alma, pura de espíritu, sincera de inteligencia, perfecta de sentimientos, casta, fiel, pura de corazón, leal, posee todas las virtudes.

Que en María se alegre toda la estirpe de las vírgenes, pues una de entre ellas ha alumbrado al que sostiene toda la creación, al que ha liberado al género humano que gemía en la esclavitud.

Que en María se alegre el anciano Adán, herido por la serpiente. María da a Adán una descendencia que le permite aplastar a la serpiente maldita, y le sana de su herida mortal.

Que los sacerdotes se alegren en la Virgen bendita. Ella ha dado al mundo el Sacerdote Eterno que es al mismo tiempo Víctima. Él ha puesto fin a los antiguos sacrificios, habiéndose hecho la Víctima que apacigua al Padre.

Que en Mana se alegren todos los profetas. En Ella se han cumplido sus visiones, se han realizado sus profecías, se han confirmado sus oráculos.

Que en María se gocen todos los patriarcas. Así como Ella ha recibido la bendición que les fue prometida, así Ella les ha hecho perfectos en su Hijo. Por Él los profetas, justos y sacerdotes, se han encontrado purificados.

En lugar del fruto amargo cogido por Eva del árbol fatal, María ha dado a los hombres un fruto lleno de dulzura. Y he aquí que el mundo entero se deleita por el fruto de María.

El árbol de la vida, oculto en medio del Paraíso, ha surgido en María y ha extendido su sombra sobre el universo, ha esparcido sus frutos, tanto sobre los pueblos más lejanos como sobre los más próximos.

María ha tejido un vestido de gloria y lo ha dado a nuestro primer padre. Él había escondido su desnudez entre los árboles, y es ahora investido de pudor, de virtud y de belleza. Al que su esposa había derribado, su Hija le alza; sostenido por Ella, se endereza como un héroe.

Eva y la serpiente habían cavado una trampa, y Adán había caído en ella; María y su real Hijo se han inclinado y le han sacado del abismo.

La vid virginal ha dado un racimo, cuyo suave jugo devuelve la alegría a los afligidos. Eva y Adán en su angustia han gustado el vino de la vida, y han hallado completo consuelo.

La Anunciación de la Virgen.

(Himno por el Nacimiento de Cristo)

Volved la mirada a María. Cuando Gabriel entró en su aposento y comenzó a hablarle, Ella preguntó: ¿cómo se hará esto? (Lc 1:34). El siervo del Espíritu Santo le respondió diciendo: para Dios nada es imposible (Lc 1:37). Y Ella, creyendo firmemente en aquello que había oído, dijo: he aquí la esclava del Señor (Lc 1:38). Y al instante descendió el Verbo sobre Ella, entró en Ella y en Ella hizo morada, sin que nada advirtiese. Lo concibió sin detrimento de su virginidad, y en su seno se hizo niño, mientras el mundo entero estaba lleno de Él(...). Cuando oigas hablar del nacimiento de Dios, guarda silencio: que el anuncio de Gabriel quede impreso en tu espíritu. Nada es difícil para esa excelsa Majestad que, por nosotros, se ha abajado a nacer entre nosotros y de nosotros.

Hoy María es para nosotros un cielo, porque nos trae a Dios. El Altísimo se ha anonadado y en Ella ha hecho mansión, se ha hecho pequeño en la Virgen para hacernos grandes (...). En María se han cumplido las sentencias de los profetas y de los justos. De Ella ha surgido para nosotros la luz y han desaparecido las tinieblas del paganismo.

María tiene muchos nombres, y es para mi un grande gozo llamarla con ellos. Es la fortaleza donde habita el poderoso Rey de reyes, mas no salió de allí igual que entró: en Ella se revistió de carne, y así salió. Es también un nuevo cielo, porque allí vive el Rey de reyes; allí entró y luego salió vestido a semejanza del mundo exterior (...). Es la fuente de la que brota el agua viva para los sedientos; quienes han gustado esta bebida llevan fruto al ciento por uno.

Este día no es, pues, como la primera jornada de la creación. En aquel día las criaturas fueron llamadas al ser; en éste, la tierra ha sido renovada y bendecida respecto a Adán, por quien había sido maldecida. Adán y Eva, con el pecado, trajeron la muerte al mundo; pero el Señor del mundo nos ha dado en María una nueva vida. El Maligno, por obra de la serpiente, vertió el veneno en el oído de Eva; el Benigno, en cambio, se abajó en su misericordia y, a través del oído, penetró en María. Por la misma puerta por donde entró la muerte, ha entrado también la Vida que ha matado a la muerte. Y los brazos de María han llevado a Aquél a quien sostienen los querubines; ese Dios a quien el universo no puede abarcar, ha sido abrazado por María. El Rey ante quien tiemblan los ángeles, criaturas espirituales, yace en el regazo de la Virgen, que lo acaricia como a un niño. El cielo es el trono de su majestad, y Él se sienta en las rodillas de María. La tierra es el escabel de sus pies y Él brinca sobre ella infantilmente. Su mano extendida señala la medida del polvo, y sobre el polvo juguetea como un chiquillo.

Feliz Adán, que en el nacimiento de Cristo has encontrado la gloria que habías perdido. ¿Se ha visto alguna vez que el barro sirva de vestido al alfarero? ¿Quién ha visto al fuego envuelto en pañales? A todo eso se ha rebajado Dios por amor del hombre. Así se ha humillado el Señor por amor de su siervo, que se había ensalzado neciamente y, por consejo del Maligno homicida, había pisoteado el mandamiento divino. El Autor del mandamiento se humilló para levantarnos.

Demos gracias a la divina misericordia, que se ha abajado sobre los habitantes de la tierra a fin de que el mundo enfermo fuera curado por el Médico divino. La alabanza para Él y al Padre que lo ha enviado; y alabanza al Espíritu Santo, por todos los siglos sin fin.

Eva y María.

(Carmen 18, 1)

Oh cítara mía, inventa nuevos motivos de alabanza a María Virgen. Levanta tu voz y canta la maternidad enteramente maravillosa de esta virgen, hija de David, que llevó la vida al mundo.

Quien la ama, la admira. El curioso se llena de vergüenza y calla. No se atreve a preguntarse cómo una madre da a luz y conserva su virginidad. Y aunque es muy difícil de explicar, los incrédulos no osarán indagar sobre su Hijo.

Su Hijo aplastó la serpiente maldita y destrozó su cabeza. Curó a Eva del veneno que el dragón homicida, por medio del engaño, le había inyectado, arrastrándola a la muerte.

Como el monte Sinaí, María te ha acogido, pero no la has calcinado con tu fuego incombustible, porque has obrado de modo que tu hoguera no la abrasase, ni le quemara la llama que ni siquiera los serafines pueden mirar.

Aquél que es eterno fue llamado el nuevo Adán, porque habitó en las entrañas de la hija de David y en Ella, sin semilla y sin dolor, se hizo hombre. ¡Bendito sea por siempre su nombre!

El árbol de la vida, que creció en medio del Paraíso, no dio al hombre un fruto que lo vivificase. El árbol nacido del seno de María se dio a sí mismo en favor del hombre y le donó la vida.

El Verbo del Señor descendió de su trono; se llegó a una joven y habitó en ella. Ella lo concibió y lo dio a la luz. Es grande el misterio de la Virgen Purísima: supera toda alabanza.

Eva en el Edén se convirtió en rea del pecado. La serpiente malvada escribió, firmó y selló la sentencia por la cual sus descendientes, al nacer, venían heridos por la muerte.

Y a causa de su engaño, el antiguo dragón vio multiplicado el pecado de Eva. Fue una mujer quien creyó la mentira de su seductor, obedeció al demonio y abajó al hombre de su dignidad.

Eva llegó a ser rea del pecado, pero el débito pasó a María, para que la hija pagase las deudas de la madre y borrase la sentencia que habían transmitido sus gemidos a todas las generaciones.

María llevó el fuego entre sus manos y ciñó entre sus brazos a la llama: acercó sus pechos a la hoguera y amamantó a Aquél que nutre todas las cosas. ¿Quién podrá hablar de Ella?

Los hombres terrenales multiplicaron las maldiciones y las espinas que ahogaban la tierra. Introdujeron la muerte. El Hijo de María llenó el orbe de vida y paz.

Los hombres terrenales sumergieron el mundo de enfermedades y dolores. Abrieron la puerta para que la muerte entrase y pasease por el orbe. El Hijo de María tomó sobre su persona los dolores del mundo, para salvarlo.

María es manantial límpido, sin aguas turbias. Ella acoge en su seno el río de la vida, que con su agua irrigó el mundo y vivificó a los muertos.

Eres santuario inmaculado en el que moró el Dios rey de los siglos. En ti por un gran prodigio se obró el misterio por el cual Dios se hizo hombre y un hombre fue llamado Hijo por el Padre.

María es la vid de la estirpe bendita de David. Sus sarmientos dieron el grano de uva lleno de la sangre de la vida. Adán bebió de aquel vino y resucitado pudo volver al Edén.

Dos madres engendraron dos hijos diversos: una, un hombre que la maldijo; María, Dios, que llenó al mundo de bendición.

¡Bendita, tú, María, hija de David, y bendito el fruto que nos has dado! ¡Bendito el Padre que nos envió a su Hijo para nuestra salvación, y bendito el Espíritu Paráclito que nos manifestó su misterio! Sea bendito su nombre.

La canción de cuna de María.

(Himno, 18: 1-23)

He mirado asombrado a María que amamanta a Aquél que nutre a todos los pueblos, pero que se ha hecho niño. Habitó en el seno de una muchacha, Aquél que llena de sí el mundo (...).

Un gran sol se ha recogido y escondido en una nube espléndida. Una adolescente ha llegado a ser la Madre de Aquél que ha creado al hombre y al mundo.

Ella llevaba un niño, lo acariciaba, lo abrazaba, lo mimaba con las más hermosas palabras y lo adoraba diciéndole: Maestro mío, dime que te abrace.

Ya que eres mi Hijo, te acunaré con mis cantinelas; soy tu Madre, pero te honraré. Hijo mío, te he engendrado, pero Tú eres más antiguo que yo; Señor mío, te he llevado en el seno, pero Tú me sostienes en pie.

Mi mente está turbada por el temor, concédeme la fuerza para alabarte. No sé explicar cómo estás callado, cuando sé que en Ti retumban los truenos.

Has nacido de mí como un pequeño, pero eres fuerte como un gigante; eres el Admirable, como te llamó Isaías cuando profetizó sobre Ti.

He aquí que todo Tú estás conmigo, y sin embargo estás enteramente escondido en tu Padre. Las alturas del cielo están llenas de tu majestad, y no obstante mi seno no ha sido demasiado pequeño para Ti.

Tu Casa está en mí y en los cielos. Te alabaré con los cielos. Las criaturas celestes me miran con admiración y me llaman Bendita.

Que me sostenga el cielo con su abrazo, porque yo he sido más honrada que él. El cielo, en efecto, no ha sido tu madre; pero lo hiciste tu trono.

¡Cuánto más venerada es la Madre del Rey que su trono! Te bendeciré, Señor, porque has querido que fuese tu Madre; te celebraré con hermosas canciones.

Oh gigante que sostienes la tierra y has querido que ella te sostenga, Bendito seas. Gloria a Ti, oh Rico, que te has hecho Hijo de una pobre.

Mi magnificat sea para Ti, que eres más antiguo que todos, y sin embargo, hecho niño, descendiste a mí. Siéntate sobre mis rodillas; a pesar de que sobre Ti está suspendido el mundo, las más altas cumbres y los abismos más profundos (...).

Tú estás conmigo, y todos los coros angélicos te adoran. Mientras te estrecho entre mis brazos, eres llevado por los querubines.

Los cielos están llenos de tu gloria, y sin embargo las entrañas de una hija de la tierra te aguantan por entero. Vives en el fuego entre las criaturas celestes, y no quemas a las terrestres.

Los serafines te proclaman tres veces Santo: ¿qué más podré decirte, Señor? Los querubines te bendicen temblando, ¿cómo puedes ser honrado por mis canciones?

Escúcheme ahora y venga a mí la antigua Eva, nuestra antigua madre; levante su cabeza, la cabeza que fue humillada por la vergüenza del huerto.

Descubra su rostro y se alegre contigo, porque has arrojado fuera su vergüenza; oiga la palabra llena de paz, porque una hija suya ha pagado su deuda.

La serpiente, que la sedujo, ha sido aplastada por Ti, brote que has nacido de mi seno. El querubín y su espada por Ti han sido quitados, para que Adán pueda regresar al paraíso, del cual había sido expulsado.

Eva y Adán recurran a Ti y cojan de mí el fruto de la vida; por ti recobrará la dulzura aquella boca suya, que el fruto prohibido había vuelto amarga.

Los siervos expulsados vuelvan a través de Ti, para que puedan obtener los bienes de los cuales habían sido despojados. Serás para ellos un traje de gloria, para cubrir su desnudez.

Himno en Contra de Bar-Daisan.

San Efrén de Siria (306-373 d.C. aprox.), conocido como "La Lira del Espíritu Santo," por la belleza y profundidad de sus poesías, se preocupó por refutar los errores que poco más de un siglo antes el doceta Bar Daisan (154-222 d.C. aprox.) había propagado por medio de sus difundidos himnos, tratando de unir sus conocimientos de ocultismo con el cristianismo, y que sus seguidores, en tiempos de Efrén, continuaban exponiendo.

Hay Un Ser, que se conoce a Sí mismo

y se ve a Sí mismo.

Él habita en Sí mismo,

y desde Sí mismo se despliega.

Gloria a su Nombre.

Este es un Ser que por su propia voluntad

está en todo lugar,

que es invisible y visible,

manifiesto y escondido.

Él está encima y debajo.

Familiar y condescendiente por su gracia entre los pequeños;

más sublime y más exaltado,

como conviene a su gloria, que los elevados.

El veloz no puede exceder su presteza,

ni el tardo ir más allá que su paciencia.

Él está antes de todo y después de todo,

y en medio de todo.

Él es como el mar,

y toda la creación se mueve en Él.

Como las aguas envuelven a los peces en todos sus movimientos,

así el Creador está vestido con todo lo creado,

con lo grande y lo pequeño.

Y como los peces están escondidos en el agua,

así están escondidos en Dios la altura y la profundidad,

lo lejano y lo cercano,

y sus habitantes.

Y como el agua se encuentra con los peces adonde quiera que vaya,

así Dios se encuentra con todo el que camina.

Y como el agua toca al pez en cada giro que hace,

así Dios acompaña y mira a cada hombre en todos sus actos.

Los hombres no pueden mover la tierra, que es su carro,

así tampoco nadie se aleja del Único Justo, que es su socio.

El Único Bueno está unido al cuerpo,

y es la luz de los ojos.

Un hombre no es capaz de escapar de su alma,

pues ella está con él.

Ni tampoco hay hombre escondido del Bueno,

pues Él lo envuelve.

Como el agua envuelve al pez y éste lo siente,

así también todas las naturalezas sienten a Dios.

Él se difunde en el aire,

y con tu aliento ingresa en lo más íntimo de ti

Él está unido a la luz,

e ingresa, cuando tú ves, en tus ojos.

Él está unido a tu espíritu,

y te examina desde dentro, para saber quién eres.

Él habita en tu espíritu,

y nada que está en tu corazón le es oculto.

Como la mente precede al cuerpo en todo lugar,

así Él examina tu alma antes que tú la examines.

Y como el pensamiento precede en mucho al acto,

así su pensamiento conoce de antemano lo que tú planearás.

Comparado con su impalpabilidad,

tu alma es cuerpo y tu espíritu carne.

Él, que te creó,

es alma de tu alma,

espíritu de tu espíritu,

distinto de todo,

y está unido a todo,

y manifiesto en todo,

un gran prodigio y una escondida maravilla insondable.

Él es el Ser cuya esencia ningún hombre es capaz de explicar.

Éste es el Poder cuya profundidad es inexpresable.

Entre las cosas vistas y entre las cosas escondidas

no hay nada que se compare a Él.

Éste es Aquél que creó y formó de la nada

todo lo que es.

Dios dijo:

¡Qué se haga la luz!

Una cosa creada.

Él hizo la oscuridad y se hizo de noche.

Observa: una cosa creada.

Fuego en las piedras,

agua en las rocas:

El Ser los creó.

Hay un Poder que los sacó de la nada.

Contempla,

también hoy, el fuego no está en un almacén en la tierra.

¡Mira! Es continuamente creado

por medio de pedernales.

Es el Ser quien ordena su existencia

por medio de Él mismo, que la sostiene.

Cuando Él quiere la enciende,

cuando Él quiere la apaga

a manera de llamar la atención al obstinado.

En la gran alameda se enciende un fuego

por la fricción de un madero.

La llama devora,

se vuelve fuerte,

y al final sucumbe.

Si fuego y agua son seres y no creaturas,

entonces antes que la tierra fuera,

¿Dónde estaban ocultas sus raíces?

Quienquiera que va a destruir su vida,

abre su boca para hablar de todo.

Quienquiera que se odia a sí mismo

y no se circunscribe a Dios

piensa que es una gran impiedad que alguien se crea un erudito.

Y si piensa que ha dicho la última palabra

ha alcanzado el paganismo,

¡Oh Bar Daisan,

hijo del Río Daisa,

cuya mente es líquida como su nombre!

Epístola de San Efren de Siria a Un Discípulo.

San Efrén de Siria (306-373 d.C. aprox.), Padre de la Iglesia, expone en esta epístola una serie de cuestiones espirituales relativas a la vida monacal. Entre ellas son de gran valía sus consejos sobre la humildad, sobre la vivencia de la caridad, y su exhortación a que el cristiano sea siempre fiel a la Fe de la Iglesia Católica que ha recibido.

Epístola de San Efrén de Siria a un discípulo

Mi bienamado en el Señor, cuando te aprestes a dar alguna respuesta, has de poner en tu boca, antes que cualquier otra cosa, la humildad, pues bien sabes que por ella todo el poder del enemigo se reduce a nada. Tú conoces la bondad de tu Maestro, a Quien blasfemaron, y cómo Él se hizo humilde y obediente incluso hasta la muerte. Hijo mío, trabaja por ti mismo para establecer la humildad en tu boca, en tu corazón, y en tu cuello, pues hay un mandamiento que la inculca. Recuerda a David, que se jactaba por su humildad y dijo "porque me humillo a mí mismo el Señor me ha liberado, y Él me ha bendecido"[1]. Hijo mío, arráigate en la humildad y harás que las virtudes de Dios te acompañen. Y si es que permaneces en un estado de humildad, ninguna pasión, cualquiera que sea, tendrá poder para acercarse a ti.

No hay medida para la belleza del hombre que es humilde. No hay pasión, cualquiera que sea, capaz de acercársele al hombre que es humilde, y no hay medida para su belleza. El hombre humilde es un sacrificio de Dios. El corazón de Dios y de sus ángeles descansan en aquel que es humilde. Más aún, cuando los ángeles lo glorifiquen, hay una razón para él que le ha logrado todas las virtudes, pero para aquel que se ha revestido de la humildad no será necesaria ninguna razón, aparte de que se ha hecho humilde.

Hijo mío, éstas son las virtudes de la humildad. Hijo mío, conserva la paz, porque está escrito, "Aquél que es sabio, en ese momento conservará la paz"[2]. Mantén la paz hasta que te hagan alguna pregunta. Y cuando te pregunten, habla, y usa palabras humildes, y compórtate de manera humilde. No seas puro lamento. Si la pregunta es muy grande para ti, siéntate. Nunca hables mientras que otros hablan palabras de desprecio; contente, y no olvides que tus pensamientos deben ser: "No los he escuchado." A todas las palabras valiosas, préstales tu más ferviente atención. Porque está escrito "Si tú eres uno que actúa la palabra y no uno que la escucha, te engañas a ti mismo, hijo mío, en el Señor"[3]. Te doy mandamientos desde el principio, guárdalos desde tu juventud. Mira lo que dijo Pablo. Dijo, "Además, desde el tiempo en que eras un niño conocías la Santa Escritura, que tiene el poder para salvarte."

Aprende la regla entera de los preceptos de la profesión del monje, y hazte querido en todos tus trabajos. Si tú, que eres joven, vas al desierto a tomar un lugar, y te estableces en uno que es muy grande para ti, y Dios está allí, no dejes el lugar en tu descontento para irte a otro. Deja que el desierto en que te has establecido te sea suficiente, no vayas a hacer que Él se moleste. Porque está escrito "No es una pequeña cosa en contra tuya el provocar a los hombres a la ira."

En el desierto en el que estás mantén esta manera de actuar, y no huyas de un lugar a otro. No vayas a llorar a la morada de nadie por causa de lo que crees, ni tampoco por los deseos de tu estómago. No estés en compañía del hombre agitado y problemático, y asegúrate de continuar con tu vida silenciosa, y no estés en la boca de los hermanos. Te suplico, mi amado en el Señor, que dejes que tu meta principal sea aprender; escuchar con atención (u obedecer) te dará la paz. Porque está escrito: "El provecho de la instrucción no es la plata." Cuídate del hábito de no escuchar (o de desobedecer). Que la palabra de Saúl no se realice en ti y en su generación, porque Dios es más fácilmente persuadido por la obediencia que por el sacrificio[4].

Éstas son, entonces, las reglas del oficio del monje. Debes comer con los hermanos. No levantes la cabeza hasta que no hayas terminado de comer. Come con la vestimenta con que te dejas ver en público. Si ocurre que eres el último en ser servido no digas: "Tráelo aquí, donde está sentado uno más grande que tú." Cuando desees tomar de la botella de agua, no dejes que tu garganta haga bulla como la de un hombre común. Cuando estás sentado en medio de los hermanos y tengas flema, no la escupas en medio de ellos, apártate a cierta distancia y escúpela allí.

Cuando estés durmiendo en cualquier lugar con los hermanos, no permitas que persona alguna se les acerque a menos de un codo de distancia. Si el trabajo es de carácter tranquilo no te duermas sobre una estera, más bien dóblala, porque eres un hombre joven. No duermas estirado, ni tampoco sobre tu espalda, para que no te molesten los sueños.

Cuando estés caminando con los hermanos, manténte siempre a alguna distancia de ellos, pues cuando caminas con un hermano haces que tu corazón esté ocioso. Si estás usando sandalias en tus pies, y el que camina contigo no tiene, quítatelas y camina como él, porque está escrito, "Sufre."

Haz el trabajo del predicador. Hazlo diligentemente mientras estás en tu habitación. No comas cuando el sol está resplandeciendo. No enciendas una fogata para ti solo o te volverás un ostentoso. Cuando sea necesario calentarte, llama a algún hombre pobre y miserable que esté en el desierto contigo, mándalo en tu lugar, y serás alabado, al decir, "No pude comer mi pan solo."

Si estás en una montaña, o en un lugar donde haya un hermano enfermo, visítalo dos veces al día: en la mañana, antes de que comiences a trabajar con tus manos y en la tarde. Porque está escrito, amado mío en el Señor, "Estuve enfermo y vosotros me visitasteis"[5]. Cuando un hermano muera en la montaña en donde estás, no te sientes en la celda en la que escuches la noticia, sino anda y siéntate con él y llora sobre él. Porque está escrito, "Llora al hombre fallecido, y camina con él hasta que haya sido enterrado," porque éste es el último servicio que uno puede realizar por su hermano. Saluda su cuerpo con compasión, diciendo, "Acuérdate de mí ante el Señor."

Hijo mío, haz todo lo posible por observar las cosas que he escrito para ti, pues ellas son las reglas del oficio del monje. Deja que la muerte se acerque a ti de día y de noche, porque tú sabes que ése que tú conoces es el que te hablará, diciéndote, "Yo nunca lo he puesto en mi corazón. Mis pies están en el umbral, viviré hasta que haya cruzado el umbral de la puerta." Hijo mío, pon toda tu mente ante Dios en todo momento y no dejes que todos estos inestables pensamientos te saquen del camino. Ten siempre a la vista los castigos que vendrán. Mientras estés en tu habitación hazte a ti mismo parecido a Dios.

Si un hermano viene a ti, regocíjate con él. Salúdalo. Prepara agua para sus pies. No olvides esto. Que él rece. Tú, siéntate. Saluda sus manos y sus pies. No lo molestes con preguntas como, "¿De dónde vienes?" porque está escrito, "De esta manera, algunos han recibido ángeles en su morada sin saberlo"[6]. Créele a aquél que ha venido a ti inclusive como le creerías a Dios. Si él es un hombre más virtuoso que tú, le dirás a menudo, "Que tu favor esté sobre mí," esto es decir: "Te considero mi maestro." Guarda tu comida y come con él. Y si estás bajo compromiso de ayuno, quiébralo, porque está escrito, "Hijo mío, siempre me he mostrado gozoso de acompañar al hombre que quería caminar." Debes regocijarte con él, y estar contento. Haz lo más que puedas para que te bendiga tres veces, para que la bendición del ángel que entró con él caiga sobre ti.

Y como exige la misma Fe de la Iglesia Católica, no te permitas retroceder en ella, ni te pongas por ti mismo fuera de ella. Creemos en un solo Dios, el Padre Todopoderoso, y su Hijo Único, Jesucristo, nuestro Señor, por quien se hizo el universo, y en el Espíritu Santo, es decir, en la Santísima Trinidad, que es la Divinidad completa. Él es Dios, Él estaba en Dios, Él es la Luz que viene de la Luz, Él es el Señor que viene del Señor. Él fue engendrado, no creado. Fue engendrado como hombre. Él no es una cosa creada, es Dios. Fue engendrado por la Santísima Virgen María, la mujer que llevó a Dios en su seno. Él tomó la carne del hombre por nuestro bien, (Él bajó) a la tierra, y desde ella se elevó. Se escogió predicadores, a los Santos Apóstoles, cuyas voces, de acuerdo a lo que está escrito, han sido escuchadas en toda la tierra (Sal 18 (19), 4). Fue crucificado. Fue atravesado con una lanza. De allí vino nuestra salvación, Agua y Sangre, es decir, el bautismo y la gloriosa Sangre, pues aquel que no ha recibido la Sangre no ha sido bautizado.

Haz esto hijo mío, mantén esta fe, y el Dios de la paz estará contigo, y te salvará, y te librará, y estarás en paz el resto de tus días. La salvación está en el Señor, hijo querido, en el Señor. Recuérdame mi bienamado en el Señor, por Jesús, el Cristo, Nuestro Señor, a quien le pertenecen la gloria y el poder, por los siglos de los siglos! Amén.

[1] Sal 29 (30), 8-12.

[2] Am 5:13.

[3] 2 Tim 3:15.

[4] cf. 1 Sam 15:22.

[5] Mt 25:36. 43.

[6] Heb 12:2.

 

San Basilio el Grande.

San Basilio nació en una familia profundamente cristiana. Su abuelo materno había sufrido el martirio. Su padre, junto a una verdadera piedad, transmitió a los diez hijos una sólida formación doctrinal, y de aquel hogar salieron cuatro santos: el propio Basilio y sus hermanos Gregorio de Nisa y Pedro de Sebaste, obispos como él, y su hermana Macrina.

Basilio dedicó varios años al estudio de la Retórica y la Filosofía en Constantinopla y Atenas. Más tarde, cuando contaba unos veinticinco años, regresó a su ciudad natal, Cesarea de Capadocia, donde emprendió la profesión docente. Al poco tiempo, dejó la enseñanza y se retiró al desierto para dedicarse a la contemplación; así se convirtió en uno de los pioneros de la vida monástica. En el 364 fue ordenado sacerdote, y seis años más tarde sucedió a Eusebio como Obispo de Cesarea, metropolitano de Capadocia, y exarca de la diócesis del Ponto. Falleció en el año 379.

Dedicó sus mayores energías a defender la doctrina católica sobre la consustancialidad del Verbo, definida solemnemente en el Concilio de Nicea (año 325). Por esta razón sufrió muchas contradicciones por parte de los herejes arrianos, y tuvo que hacer frente a los abusos de la autoridad imperial, que pretendía imponer con violencia la doctrina de Arrio. Con San Gregorio Nacianceno y San Gregorio de Nisa contribuyó de manera decisiva a precisar el significado de los términos con que la Iglesia expone el dogma trinitario, preparando de esta manera el Concilio I de Constantinopla (año 381), que enunció de forma definitiva la doctrina de fe sobre la Santísima Trinidad. Basilio no pudo asistir a este Concilio pues falleció en el año 379.

Por sus servicios a la fe, San Basilio es llamado el Grande, y es contado entre los ocho mayores Padres y Doctores de la Iglesia universal. Su producción literaria comprende trabajos dogmáticos, ascéticos, pedagógicos y litúrgicos. A él se debe la fijación definitiva de una de las más conocidas liturgias orientales, que lleva su nombre. Y, junto con San Gregorio Nacianceno, escribió dos Reglas que tuvieron un influjo decisivo en la vida monástica del Oriente cristiano. Muy extenso es también su epistolario.

Loarte

La acción del Espíritu Santo.

(El Espíritu Santo, IX, 22-23)

Quien haya escuchado los nombres que se dan al Espíritu Santo, ¿no elevará en su interior el pensamiento a la suprema naturaleza? Pues al Espíritu de Dios se le llama también Espíritu de verdad, que procede del Padre; Espíritu recto, Espíritu principal. Pero Espíritu Santo es su nombre propio y peculiar, porque ciertamente es el nombre que expresa, mejor que ningún otro, lo incorpóreo, lo limpio de toda materia e indiviso. Por eso el Señor, enseñando que lo incorpóreo no puede comprehenderse, dijo a aquella mujer que pensaba que Dios es adorado en un lugar: Dios es Espíritu (Jn 4:24).

Por tanto, al oír Espíritu, no es lícito moldear en el entendimiento la idea de una naturaleza circunscrita a un lugar, sujeta a cambios y alteraciones, en todo semejante a una criatura; sino que escudriñando con el pensamiento hacia lo más elevado que hay dentro de nosotros, se debe pensar forzosamente en una sustancia inteligente, infinita en cuanto a su poder, no situada en un lugar por su magnitud, no sujeta a la medida de los tiempos ni de los siglos, que da generosamente las cosas buenas que posee.

Hacia el Espíritu Santo converge todo lo que necesita de santificación. Es apetecido por todo lo que tiene vida, ya que con su soplo refresca y socorre a todos los seres para que alcancen su fin propio y natural. Es el que perfecciona todas las cosas, pero sin faltarle nada; no vive por renovación, sino que mantiene la vida; no aumenta con añadidos, sino que constantemente está lleno, firme en sí mismo, se encuentra en todas partes.

El Espíritu Santo es origen de la santificación, luz inteligible que a toda potencia racional confiere cierta iluminación para buscar la verdad. Inaccesible por naturaleza, pero alcanzable por benignidad. Todo lo llena con su poder, pero sólo es participable por los que son dignos. No todos participan de Él en la misma medida, sino que reparte su fuerza en proporción a la fe. Simple en esencia, múltiple en potencia. Está presente por entero en cada cosa, y todo en todas partes. Se divide sin sufrir daño, y de Él participan todos permaneciendo íntegro. Así como el rayo de sol alumbra la tierra y el mar y se mezcla con el aire, pero se entrega al que lo disfruta como si fuera para él solo; así también el Espiritu Santo infunde la gracia suficiente e íntegra en todos los que son aptos para recibirle, ya sean muchos o uno solo; y los que de Él participan, le gozan en la medida que les es permitido por su naturaleza, no en cuanto a Él le es posible.

La unión del Espíritu Santo con el alma no se realiza por cercanía de lugar (¿cómo podrías acceder corporalmente a lo incorpóreo?), sino por el apartarse de las pasiones, que, añadidas más tarde al alma por su amistad con la carne, se hicieron extrañas a la intimidad con Dios.

Solamente si el hombre se purifica de la maldad que había contraído con el pecado, si retorna a la natural belleza y, como imagen de un rey, vuelve por la pureza a la primitiva forma, sólo entonces podrá acercarse al Paráclito. Y El, como el sol, alcanzando al ojo que está limpio, te mostrará en sí mismo la imagen del que no se puede ver. En la bienaventurada contemplación de su imagen verás la inefable hermosura del arquetipo.

Por El los corazones se levantan hacia lo alto, los enfermos son llevados de la mano y se perfeccionan los que están progresando. Dando su luz a los que están limpios de toda mancha, les vuelve espirituales gracias a la comunión que con El tienen. Y del mismo modo que los cuerpos nítidos y brillantes, cuando les toca un rayo de sol, se tornan ellos mismos brillantes y desprenden de sí otro fulgor, así las almas que llevan el Espíritu son iluminadas por el Espíritu Santo y se hacen también ellas espirituales y envían la gracia a otras. De ahí viene entonces la presciencia de las cosas futuras, la comprensión de las secretas, la percepción de las ocultas, la distribución de los dones, la ciudadanía del cielo, las danzas con los ángeles; de ahí surge la alegría sin fin, la perseverancia en Dios, la semejanza con Dios y lo más sublime que se puede pedir: el endiosamiento.

Configurarse con Cristo.

(El Espíritu Santo, XV; 35-36)

La economía de nuestro Dios y Salvador acerca de los hombres consiste en volver a llamarnos después de la caída y en reconducirnos a su amistad después de la separación producida por la desobediencia. Por esto, la venida de Cristo en la carne, su predicación evangélica, sus sufrimientos, la cruz, la sepultura, la resurrección, ha hecho posible que el hombre, salvado por la imitación de Cristo, recupere su primitiva filiación adoptiva.

Para el perfeccionamiento de tal vida es, pues, necesario imitar a Cristo no sólo en los ejemplos de benignidad, humildad y paciencia que nos mostró con su vida; sino también en el de su propia muerte, como dijo Pablo, el imitador de Cristo: asemejándome a su muerte, de modo que al cabo pueda arribar a la resurrección de los muertos (Flp 3:10-11).

¿Cómo nos haremos imitadores de su muerte? Sepultándonos con El en el Bautismo (cfr. Rm 6:4-5). ¿De qué modo es la sepultura y qué fruto se deriva de tal imitación? Primero es necesario cortar radicalmente con la vida pasada. Y esto sólo es posible mediante una nueva generación, según las palabras del Señor (cfr. Jn 3:3): la misma palabra regeneración significa el principio de una segunda vida, de modo que, antes de alcanzarla, es necesario dar fin a la anterior. Pues así como los que han llegado al final del estadio, antes de dar la vuelta, se paran y descansan un momento, así también parecía necesario que mediara la muerte en el cambio de las vidas, de manera que acabe primero una y comience después la siguiente.

¿Cómo realizamos el descenso a los infiernos? Imitando por el Bautismo la sepultura de Cristo, pues los cuerpos de los que se bautizan son sepultados en el agua. Y es que el Bautismo manifiesta simbólicamente la deposición de las obras de la carne, según dice el Apóstol: vosotros también habéis sido circuncidados con circuncisión no hecha por mano que cercena la carne, sino con la circuncisión de Cristo, al ser sepultados con Él por el Bautismo (Col 2:11-12). En cierto modo sucede que, por el Bautismo, el alma se limpia de la suciedad procedente de los sentidos carnales, según lo que está escrito (Sal 50:9): me lavarás y quedaré más blanco que la nieve.

De ahí que somos limpiados de todas y cada una de las manchas, no según la costumbre judía sino por el único Bautismo salvador que conocemos, puesto que una sola es la muerte en beneficio del mundo y una sola la resurrección de entre los muertos, y el Bautismo es figura de las dos. Para este fin, el Señor, que se preocupa de nuestra vida, estableció para nosotros la alianza del Bautismo, figura de la muerte y tipo de la vida: imagen de la muerte porque el agua cubre completamente, y prenda de la vida porque está contenido el Espíritu Santo.

Y así se nos hace evidente lo que nos preguntábamos: por qué el agua fue unida al Espíritu Santo. Porque, encontrándose dos fines en el Bautismo — que el cuerpo quede libre del pecado para que no produzca más frutos de muerte, y que viva por el Espíritu Santo y dé fruto de santificación —, el agua manifiesta la imagen de la muerte, acogiendo al cuerpo como en un sepulcro, y el Espíritu Santo envía la fuerza vivificadora, devolviendo nuestras almas de la muerte a la primitiva vida.

Esto es nacer de nuevo del agua y del Espíritu (cfr. Jn 3:5), porque la muerte se completa en el agua y nuestra vida se fortalece por el Espíritu. Por ello, el gran misterio del Bautismo se realiza con tres inmersiones y otras tantas invocaciones, para dar a entender la figura de la muerte y para que las almas de los bautizados sean iluminadas mediante la entrega de la ciencia divina. Por tanto, si hay gracia en el agua, no procede de su naturaleza, sino de la presencia del Espíritu Santo, pues el Bautismo no es la eliminación de la suciedad corporal, sino la promesa de la buena conciencia para con Dios (cfr. 1 Pe 3:21).

El Señor, para prepararnos a esta vida que surge de la resurrección propone toda la predicación evangélica y prescribe la serenidad, la resignación, el amor puro libre de los deleites de la carne, el desapego del dinero, a fin de que todo cuanto el mundo posee según la naturaleza, nosotros, al recibirlo, lo pongamos en su sitio con nuestra elección. Por esto, si alguno dice que el Evangelio es figura de la vida que surge de la resurrección, a mi parecer, no se equivocaría.

Por el Espíritu Santo se nos da la recuperación del paraíso, el ascenso al Reino de los Cielos, la vuelta a la adopción de hijos, la confianza de llamar Padre al mismo Dios, el hacernos consortes de la gracia de Cristo, el ser llamado hijo de la luz, el participar de la gloria del Cielo; en un palabra, el encontrarnos en la total plenitud de bendición tanto en este mundo como en el venidero, pues al contemplar como en un espejo la gracia de las cosas buenas que se nos han asegurado en las promesas, las disfrutamos por la fe como si ya estuvieran presentes. Si la prenda es así, ¿de qué modo será el estado final? Y si tan grande es el inicio, ¿cómo será la consumación de todo?

Recogimiento-interior (Epístola 11:2-4).

Si alguien quiere venir en pos de mí, dice el Señor, niéguese a si mismo, tome su cruz y sígame (Mt 16:24). Para eso hay que procurar que el pensamiento se aquiete. No es posible que los ojos, si se mueven continuamente de un lado para otro, arriba y abajo, vean con claridad los objetos. Sólo cuando se fija la mirada la visión es clara. Del mismo modo, es imposible que la mente de un hombre que se deje llevar por las infinitas preocupaciones de este mundo, contemple clara y establemente la verdad. Quien no está sujeto por los lazos del matrimonio se ve turbado por ambiciones, impulsos desenfrenados y amores locos; a quien ya tiene sobre sí el vínculo conyugal, no le faltan un tumulto de inquietudes: si no tiene hijos, el anhelo de tenerlos; si los tiene, la preocupación de educarlos, el cuidado de su mujer y de la casa, el gobierno de sus criados, la tensión que los negocios traen consigo, las riñas con los vecinos, los pleitos en los tribunales, los riesgos del comercio, las fatigas de la agricultura. Cada día que alborea trae consigo particulares cuidados para el alma; y cada noche, heredera de las preocupaciones del día, inquieta el ánimo con los mismos pensamientos.

Hay un solo camino para liberarse de estos afanes: aislarse. Pero esta separación no consiste en estar físicamente fuera del mundo, sino en aliviar el ánimo de sus lazos con las cosas corporales, estando desprendido de la patria, de la casa, de las propiedades, de los amigos, de las posesiones, de la vida, de los negocios, de las relaciones sociales, del conocimiento de las ciencias humanas; y preparándose para recibir en el corazón las huellas de la enseñanza divina. Esta preparación se alcanza despojando el corazón de lo que, a causa de un hábito malo y muy enraizado, lo monopoliza. No es posible escribir sobre la cera si no se borran los caracteres precedentes; tampoco se pueden imprimir en el alma las enseñanzas divinas, si antes no desaparecen las costumbres que estaban.

El recogimiento procura grandes ventajas. Adormece nuestras pasiones, y otorga a la razón la posibilidad de desarraigarlas completamente. ¿Cómo se puede vencer a las fieras, sino con la doma? Así la ambición, la ira, el miedo y la ansiedad, pasiones nocivas del alma, cuando se aplacan con la paz privándolas de continuos estímulos, pueden ser derrotadas más fácilmente.

(...) El ejercicio de la piedad nutre el alma con pensamientos divinos. ¿Qué cosa más estupenda que imitar en la tierra al coro de los ángeles? Disponerse para la oración con las primeras luces del día, y glorificar al Creador con himnos y alabanzas. Más tarde, cuando el sol luce en lo alto, lleno de esplendor y de luz, acudir al trabajo, mientras la oración nos acompaña a todas partes, condimentando las obras — por decirlo de algún modo — con la sal de las jaculatorias. Así tenemos el ánimo dispuesto para la alegría y la serenidad. La paz es el principio de la purificación del alma, porque ni la lengua parlotea palabras humanas, ni los ojos se detienen morosamente a contemplar los bellos colores y la armonía de los cuerpos, ni el oído distrae la atención del alma en escuchar los cantos compuestos para el placer o palabras de hombres, que es lo que más suele disipar al alma. La mente no se dispersa hacia el mundo exterior. Si no es llevada por los sentidos a derramarse sobre el mundo, se retira dentro de sí misma, y de allí asciende hasta poner el pensamiento en Dios (...). Entonces, libre de preocupaciones terrenas, pone toda su energía en la adquisición de los bienes eternos. ¿Cómo podrían alcanzarse la sabiduría y la fortaleza, la justicia, la prudencia y todas las demás virtudes que señalan al hombre de buena voluntad el modo más conveniente de cumplir cada acto de la vida?

La vía maestra para descubrir nuestro camino es la lectura frecuente de las Escrituras inspiradas por Dios. Allí, en efecto, se hallan todas las normas de conducta. Además, la narración de la vida de los hombres justos, transmitida como imagen viva del modo de cumplir la voluntad de Dios, se nos pone ante los ojos para que imitemos sus buenas acciones. Y así cada uno, considerando aquel aspecto de su carácter que más necesita de mejora, encuentra la medicina capaz de sanar su enfermedad, como en un hospital abierto a todos.

El que desea la continencia, medita largamente la historia de José y aprende de él a vivir la templanza, pues se da cuenta de que José no sólo fue continente, sino que estuvo dispuesto a ejercitar la virtud en todo, gracias a un hábito bien radicado. Se aprende la valentía de Job, cuando las circunstancias de su vida cambiaron radicalmente, y de un solo golpe dejó de ser rico para convertirse en pobre, y siendo padre de una familia feliz, se encontró de repente sin hijos. Entonces, no sólo permaneció constante manteniendo siempre el sentido sobrenatural, sino que ni siquiera se enfadó contra los amigos que, pretendiendo consolarle, le insultaban, haciendo más intenso su dolor.

Cuando alguien desea ser manso y magnánimo al mismo tiempo, y así manifestar intransigencia contra los errores y comprensión con los hombres, encontrará que David era valeroso en las nobles empresas de la guerra, pero dulce y manso en el trato con los enemigos. Así era también Moisés, cuando se encolerizaba grandemente con las ofensas de los que pecaban contra Dios, y soportaba serenamente las calumnias dirigidas a él mismo.

(...) Las oraciones, en fin, además de la lectura, hacen el ánimo más joven y más maduro, ya que le mueven al deseo de poseer a Dios. Es bonita la oración que hace más presente a Dios en el alma. Precisamente en esto consiste la presencia de Dios: en tener a Dios dentro de sí mismo, reforzado por la memoria. De este modo nos convertimos en templo de Dios: cuando la continuidad del recuerdo no se ve interrumpida por preocupaciones terrenas, cuando la mente no es turbada por sentimientos fugaces, cuando el que ama al Señor está desprendido de todo y se refugia sólo en Dios, cuando rechaza todo lo que incita al mal y gasta su vida en el cumplimiento de obras virtuosas.

El deber de trabajar (Reglas más amplias 37:1-2).

Dice Nuestro Señor Jesucristo que quien trabaja merece su sustento (Mt 10:10); [el alimento], por tanto, no es simplemente un derecho debido a todos sin distinción, sino de justicia para quien trabaja. El Apóstol también nos manda trabajar con nuestras propias manos para tener con qué ayudar a los necesitados (cfr. Ef 4:28). Es claro, por tanto, que hay que trabajar, y hacerlo con diligencia. No podemos convertir nuestra vida de piedad en un pretexto para la pereza o para huir de la obligación. Todo lo contrario. Es un motivo de mayor empeño en la actividad y de mayor paciencia ante las tribulaciones, para que podamos repetir: con trabajos y fatigas, en frecuentes vigilias, con hambre y sed (2 Cor 11:27). Este tenor de vida no sólo nos sirve para mortificar el cuerpo, sino también para demostrar nuestro amor al prójimo, y que, mediante nuestras manos, Dios conceda lo necesario a los hermanos más débiles según el ejemplo del Apóstol, que dice en los Hechos: os he enseñado en todo que trabajando así es como debemos socorrer a los necesitados (Hech 20:35); y también: para que tengáis con qué ayudar al necesitado (Ef 4:28). De esta manera, un día seremos dignos de escuchar estas palabras: venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo: porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber (Mt 25:34-35).

¿Hace falta insistir en que el ocio es malo, si el mismo Apóstol dice abiertamente que el que no trabaja no ha de comer? Igual que el alimento diario es necesario, también lo es el trabajo cotidiano. No en vano, Salomón ha escrito esta alabanza [de la mujer laboriosa]: el pan que come no es fruto de pereza (Prv 31:27). El Apóstol dice de sí mismo: ni comimos gratis el pan de nadie, sino trabajando día y noche con cansancio y fatiga (2 Tes 3:8) a pesar de que, como predicador del Evangelio, tenía derecho a vivir de su predicación. El Señor unió la malicia a la pereza cuando dijo: siervo malo y perezoso (Mt 25:26). Y también el sabio Salomón, no sólo alaba a quien trabaja, sino que condena al vago enviándolo junto al animal más pequeño: ¡vete donde la hormiga, perezoso! le dice (Prv 6:6). Por tanto, hemos de temer que estas palabras nos sean dirigidas en el día del juicio, porque quien nos ha dado energías para trabajar exigirá que nuestras obras sean proporcionales a esas fuerzas. A quien mucho se le ha dado, mucho le será exigido (Lc 12:48) (...).

Mientras movemos nuestras manos en el trabajo, debemos dirigirnos a Dios con la lengua — si es posible o útil para edificar nuestra fe —, o al menos con el corazón, mediante salmos, himnos y cantos espirituales, y así rezar también durante nuestra ocupación, dando gracias a quien pone en nuestras manos la fuerza para trabajar, da a nuestra mente la capacidad de conocer y nos proporciona la materia, tanto de los instrumentos como de los objetos que fabricamos. Y todo esto, suplicando que nuestras obras sean del agrado de Dios.

Ayuno.

A) El ayuno Escogemos los pensamientos fundamentales de dos homilías del santo Doctor (cf. Ad Populum variis argumentis homiliae XIX. Homiliae I et II de ieiunio Divi Basilii Magni... omnia quae in hunc diem latino sermone donata sunt opera. Apud Philippum Nuntium Antuerpiae, MDLXVIII, p. 128).

a) Exhortación Entonad un canto, tocad los címbalos, la dulce citara y el arpa; haced resonar en este mes las trompetas, en el plenilunio, en nuestra fiesta (Ps. 80:3-4). Nuestra pascua se acerca también y hemos de resonar las trompetas de la Escritura, que nos invitan al ayuno (uf. Hom. 1 initio). Sube a un alto monte y anuncia a Sión la buena nueva (Is. 40:9). El militar arenga a sus soldados y los inflama, de tal modo que desafían a la muerte; el entrenador pone delante de sus atletas la corona del premio, y al oírle no se arredran ya por ningún esfuerzo. Dejadme a mí que os dirija la palabra para alentaros a esta batalla del ayuno, preparatorio de la gran fiesta. ¡Animo, soldados de Cristo, vamos a luchar contra las potestades invisibles! Los soldados y atletas robustecen su cuerpo para pelear. Nosotros, por el contrario, lo enflaquecemos para vencer. Lo que los masajes de aceite son para los músculos es la mortificación para el alma. El ayuno es útil en todo tiempo e impide siempre los ataques del demonio. Pero, sobre todo, se promulga por él en el orbe entero el edicto penitente. Soldados y caminantes, maridos y mercaderes, lo reciben con gozo. Nadie, pues, se excluya del censo que los ángeles van formando por las cíudades, viendo quién ayuna. ¿Eres rico? No creas al ayuno indigno de tu mesa. ¿Pobre? No digas que es el campanero eterno de la tuya. ¿Niño? ¿Qué mejor escuela? (Hom. 2). Alegrad, pues, vuestros rostros. Los histriones representan el papel de los hipócritas asumiendo el tipo de personajes que no son. No lo hagas tú; ayuna, y ayuna con alegría (Hom. 1).

b) Ejemplos de Ayuno "Todo lo que se distingue por su antigüedad es venerable." Nada más antiguo que el ayuno. En el paraíso, el pequeño precepto impuesto por Dios no consistió sino en una muestra de abstinencia (Gen. 3:3). "Por no ayunar fuimos expulsados del edén; ayunemos, pues, para que se vuelvan a abrir sus puertas." Elegid entre Eva y Lázaro (Lc. 16:21); la una se perdió por gula y el otro se salvó por sus privaciones. Moisés, antes de subir al monte, se preparó con un largo ayuno (Ex. 24:18), y allí, mientras continuaba privado de todo alimento, Dios le fue escribiendo con su dedo los mandamientos en dos tablas. ¿Qué ocurrió entre tanto al pie del monte? Que el pueblo se sentó para comer y se levantó para jugar, y de la comida y el juego vino a caer en la idolatría. Esaú perdió la primogenitura por su ansiedad de comida (Gen. 25:29-34). Samuel nació en premio de la oración y del ayuno de su madre (1 Reg. 1:10). El ayuno convirtió en inexpugnable a Sansón (Jc 13:24-25). Los profetas eran grandes ayunadores, como Eliseo, cuyo escaso y sencillo alimento en casa de la Sunamítide nos describe la Escritura (4 Reg. 4:8-10). Los jóvenes del horno y Daniel, vencedores del fuego y de los leones, dieron asimismo ejemplo de la abstinencia. El ayuno apagó las llamas y cerró las fauces del león Dn. 3:19 ss; 6:16-23). San Juan, el mayor entre todos los nacidos; San Pablo, que enumera el ayuno entre todos las demás sufrimientos de que se gloría... Pero ¿a qué seguir, si tenemos ahí a nuestra cabeza y Señor, que, para darnos ejemplo, ayunó cuarenta días? (Ser 1 y 2).

c) El Ayuno, Util Para el Cuerpo y Para el Ama No busques pretextos para excusarte, porque estás hablando con Dios, que lo sabe todo. ¿Que no puedes ayunar y, en cambio, te regalas con grandes comilonas? Más perjudican éstas a la salud que el ayuno. El cuerpo que se embota a diario con demasiada comida, es como un buque cargado en exceso, y en peligro de hundirse al menor soplo de las olas. A juzgar por la vida de muchos, no parece sino que es más cómodo correr que descansar, luchar que vivir tranquilo, pues prefieren las enfermedades a una parquedad saludable Y si venimos al orden espiritual, "el ayuno es quien da alas a la oración para que pueda subir al cielo; es la firmeza de la familia, la salud de la madre y el maestro de los hijos." Después de ponderar la sana alegría de una comida decorosa, tras la práctica del ayuno, porque el sol brilla más claro al cesar la tormenta, y las continuas delicias vuelven insípido al mismo placer, continua San Basilio: "Añade a todo esto que el ayuno no sólo te libra de la condenación futura; sino que te preserva de muchos males y sujeta tu carne, de otro modo indómita... Ten cuidado, no sea que, por despreciar ahora el agua, tengas después que mendigar una gota desde el infierno." Vivís en la crápula y os olvidáis de alimentar el alma con los dogmas y la doctrina, "como si no supierais que vivimos en batalla perpetua y que quien abastece a una de las partes influye en la derrota de su contraria, y, por lo tanto, el que sirve a la carne aniquila al espíritu, mientras que quien le ayuda reduce a servidumbre al cuerpo... Si quieres robustecer al alma, habrás de domar la carne con el ayuno, conforme a la sentencia del Apóstol, el cual nos enseñaba que cuanto más se corrompe el hombre exterior, más se renueva el interior... (Ef 4:22-24). ¿Quién es el que ha conseguido participar de la mesa eterna, repleta de dones espirituales, viviendo aquí en espléndida abundancia? Moisés para recibir la ley necesitó del ayuno, y ni no hubieran recurrido a él los ninivitas (Jn. 3:10), habrían perecido,. ¿Quiénes dejaron sus huesos en el desierto, sino los que recordaban ansiosos las carnes de Egipto?" El ayuno es el pan de los ángeles y nuestra armadura contra los espíritus inmundos, que no son arrojados sino por él (Mt. 17:20) y por la oración (Hom. 1). ¿Cuándo habéis visto que el ayuno engendre la lujuria? ¿No veis cómo en nuestra ciudad cesan las canciones meretrices y los bailes impúdicos en cuanto nos dedicamos a ayunar? El ayuno nos asemeja a los ángeles (Hom. 2). Pero tened cuidado de no mezclar otros vicios con vuestra abstinencia. Extiéndese aquí largamente San Basilio sobre los que ayunan, pero beben inmoderadamente, y añade: Perdonad al prójimo y componed los pleitos, no sea que ayunéis de carne y devoréis a vuestros hermanos.

B) La tentación.

Interrogatorio 75: "¿Podemos atribuir al demonio todos los pecados, tanto de pensamiento como de palabra y de obra?"

Respuesta: "En general opino que Satanás no puede obligar a nadie a pecar, sino que, utilizando las inclinaciones de cada uno y los deseos prohibidos, consigue arrastrar a los que viven descuidados hacia las vicios que les son propios. Sírvese como de ayuda de las tendencias naturales, tal y como ocurrió con Cristo, cuando, al verlo hambriento, se le acercó para decirle: Si eres Hijo de Dios... En el caso de Judas se sirvió de los deseos perniciosos, pues al percibir su inclinación a la avaricia, le empujó a vender al Señor por treinta dineros"... "Pero es evidente también que el mal nace muchas veces de nosotros mismos, y lo atestigua Cristo cuando dijo que los pensamientos malos salen del corazón" (Mt. 15:19). "El alma es como una viña, la cual, descuidada por la pereza, no produce sino abrojos" (cf. Regulae breviores, o.c., p.442).

C) La ambición y la humildad.

Entre las obras de San Basilio figuran veintitrés discursos "a Simone magistro ac sacri palatii quaestore, ex eius scriptis olim in unum congestae." En realidad, son una selección de pensamientos, copiados literalmente y unidos por materias que forman distintos sermones. Usamos los discursos 17 y 20 e indicamos los lugares de las obras del santo Doctor de donde han sido elegidos los párrafos correspondientes. Los textos seleccionados se relacionan con las tentaciones de soberbia y ambición.

"Es muy difícil que quien no se resigna nunca a ocupar el último puesto ni a ser el menor de todos, pueda resistir los ataques de la ira o sufrir con paciencia los contratiempos. En cambio, el humilde, que, cuando se ve menospreciado, confiesa ser todavía inferior, difícilmente se turbará, y si un día le llaman pobre, sabe muy bien que lo es, porque lo necesita todo, y porque no puede vivir sin la ayuda diaria de Dios." Si le echan en cara su humilde origen, se acuerda del barro. "Lo mismo de difícil es no aplanarse en la desgracia como no ensoberbecerse en la prosperidad, porque los hombres fatuos, si se ven honrados y observados, se engríen más todavía" (cf. Hom. 7, ex comm. in Ps. 61). "Dícese ambicioso aquel que habla u obra movido por ese miserable y vacío honor de este mundo, dando, por ejemplo, limosnas para ser alabado. Como quiera que este tal busca su propia utilidad, no podemos decir de él ni que es misericordioso ni que hace el bien a sus semejantes." Tal fue el delito de Ananías, al que no se le dió tiempo siquiera para arrepentirse (Act. 5:1-10). "El Señor, que resiste a los soberbios y exalta a los humildes, ha dado su palabra de que derribará por tierra la virtud de los fatuamente hinchados. Por lo tanto, todo el que se dedica a confundir la soberbia de estos tales, en realidad los libra y borra la semejanza que tenían con el demonio, padre de todo fasto y soberbia, persuadiéndoles a que sean verdaderos discípulos del que se nos propuso como modelo de mansedumbre y humildad" (ibid., Ex comm. in Eph.). "Y si alguna vez observas que tu hermano ha incurrido en algún delito, no detengas en eso tu pensamiento; examina despacio todo lo bueno que ha hecho y hace, y a buen seguro comprobarás que es mejor que tú. Las personas deben juzgarse no por un detalle, sino por el conjunto, como hace el mismo Dios." Así juzgó al rey Josafat, a quien perdonó un grave delito por otras buenas obras (2 Par. 17:1-6). No te juzgues nunca superior a nadie, no sea que, absuelto por tu propia sentencia, vengas a ser castigado por otra muy justa del cielo. Si crees haber hecho algo bueno, da gracias a Dios, pero no te creas superior a nadie..., no te ocurra lo que al demonio, que quiso subir por encima del hombre, y Dios lo derribó de tal forma que ahora lo podemos pisotear’ (cf. Hom. 17, Ex cont. de humilitate).

D) el gobierno y el poder.

Es necesario que gobiernen los más dignos, aunque muchas veces la necedad de los hombres procure lo contrario. Deben los jefes sobresalir en toda clase de virtudes, pues como sean ellos, así, por lo general, serán los ciudadanos. Si muchos pintores copian el mismo rostro, todos reproducirán idénticos rasgos. "La verdadera y perfecta obediencia de los súbditos a sus superiores consiste no sólo en evitar el mal que se prohibe, sino en no llevar a cabo ni aun lo que es laudable, fuera de su dirección..." "El príncipe y todo el que gobierna ha de procurar no dejarse ensoberbecer por su cargo, para no perder el premio que merece la humildad. Y el que sirva al rey, tampoco se engría pensando si ocupa tales o cuales puestos... Bástenos la gran dignidad de podernos llamar siervos de tan gran Señor. Del mismo modo que no hemos de tributar culto más que a Dios, tampoco debemos colocar nuestra esperanza sino en el Señor de todas las cosas. El que espera de los hombres o se ufana de cualquier negocio temporal, como el poder, la riqueza o alguna nadería de las que tanto estima el vulgo, ya no puede decir: Yavé, mi Dios, a ti me acojo (Ps. 7:2), pues se nos ha avisado que no coloquemos nuestra esperanza en los príncipes (Ps. 145:3)..." (cf. Hom. 20, Ex ascetico).

Breve Reseña de la Vida y Escritos de San Basilio.

Familiares de San Basilio

Nació Basilio el año 329, de una noble y rica familia del Ponto, ilustre no menos por la erudición, que por los cargos, obtenidos en la administración pública y, por la constancia en la fe cristiana.

Su abuelo había dado una prueba eximia de fe, en la persecución de Diocleciano, que le valió la confiscación de los bienes, y una vida errante en las desmesuradas montañas de su provincia.

El padre de nuestro Basilio, llamado también él Basilio, ejercía la profesión de abogado en Cesarea de Capadocia, capital de la vasta provincia del Ponto. Al mismo tiempo tenía a su cargo una escuela de retórica. Al referir esta circunstancia, San Gregorio Nazianzeno, no deja de reprender a aquellos que entre los cristianos despreciaban la literatura.

Más tarde Basilio abandonó Cesarea y se trasladó a Neocesarea del Ponto con el fin de estar más cerca de las vastas posesiones de su familia y poder atender con mayor comodidad y dedicación a la educación de sus hijos. El primero de éstos, Basilio, había nacido en el año 329, cuando aún estaban en Cesarea.

Basilio aprendió gramática en la escuela de su padre. Las conversaciones con la abuela, S. Macrina, hicieron germinar en su alma de niño la piedad, la fe y la admiración por los campeones de Cristo, que sellaban su fe con la propia sangre. A no pocos de éstos, Macrina los había conocido personalmente.

Para estudiar retórica y filosofía, fue primeramente a Cesarea de Capadocia. Pasó luego a Constantinopla y de allí a Atenas, donde se detuvo cuatro o cinco años, perfeccionándose en la retórica griega y en la filosofía, de la que aún florecían en aquella ciudad, varias escuelas. Allí, en compañía de unos pocos amigos igualmente enamorados de la virtud, de la religión y del saber, llevó una vida muy retirada, no conociendo otro camino sino el que conducía a la iglesia y el que llevaba a la escuela.

Al terminar sus cursos y después de visitar a sus padres, Basilio se trasladó a Cesarea, donde enseñó Retórica con grandes aplausos, del que no se mostró insensible.

El monje fundador

Las amonestaciones de Macrina, su hermana, que heredó el nombre de su abuela, le hicieron reflexionar sobre las vanidades del mundo. De ahí que concibió el designio de seguir los consejos evangélicos. Recibió ante todo el bautismo. Visitó después los monasterios de Egipto, de Palestina, de Celesiria y de Mesopotamia, para estudiar las prácticas de la vida monástica. Instruido de esta manera, se retiró a un pequeño valle que formaba parte de los bienes paternos, no lejos del lugar, donde hacía ya un tiempo se habían retirado su hermana y su madre con muchas mujeres de servicio, llegando a ser las esclavas, compañeras y hermanas.

Pronto creció la comunidad de Basilio y el amigo Gregorio, después Obispo de Nazianzo, no tardó en condividir con él la soledad, el estudio sagrado y el trabajo de la tierra.

Haciendo tesoro de lo que durante los viajes había observado, aprendido y sentido, y de su propia experiencia, dictó sus reglas, de las que hizo dos ediciones, una más resumida (Regulae brevius tractatae) y otra más extensa (Regulae fusius tractatae).

Basilio prefirió la vida cenobítica a la anacorética, pero quiso también que los monasterios no fuesen demasiado numerosos, a fin de que el superior pueda consagrarse mejor a sus súbditos.

La ocupación del monje, es la divina alabanza, la lectura espiritual y el trabajo manual, de tal manera, sin embargo, que no ocasione disturbio a la vida en comunidad y a las normas de las reglas.

Ya desde el comienzo admitía Basilio en sus monasterios a jovencitos confiados por sus padres para que fuesen educados e instruidos en las disciplinas profanas y sagradas, inaugurando así un ramo proficuo de la acción de las órdenes religiosas: el colegio.

El fustigador de la herejía y el consejero del Obispo

Cuál fuese la estima de que ya desde entonces gozaba Basilio, nos la demuestra el hecho de Dianeo, Obispo de Cesarea. Este, más por debilidad de carácter que por malignidad, a las tantas rendiciones llevadas a cabo por los arrianos, había añadido también la de suscribir la fórmula de fe compuesta por los arrianos en Nice (Tracia) y sancionada en Rimini (359). Entonces Basilio, si bien era sólo lector en la jerarquía eclesiástica, se separó de la comunión eclesiástica del primado del Ponto. El Obispo, habiendo caído enfermo y presintiendo la muerte, llamó a Basilio y le confesó a él mismo su debilidad, profesando no haber tenido jamás intención de apartarse de la fe de Nicea. De ahí que no es de maravillar que el sucesor de Dianeo, Eusebio, lo admitiese a formar parte entre los sacerdotes de su ciudad. Sin embargo, la fama popular de que gozaba Basilio, turbó la buena armonía entre él y el Obispo. Por esta razón, el Santo, para precaver y cortar una situación escabrosa, volvió a su amada soledad. Pero muy pronto, las insistencias del Obispo, y más aún las de Gregorio, Obispo de Nazianzo, padre del amigo de Basilio, lo indujeron a volver a Cesarea, que había llegado a ser lugar de combate. Valente, Emperador de Oriente, estaba del todo entregado a las manos de los arrianos extremistas, llamados anomeos. Su secta debía triunfar, y con este fin envió a disposición de ellos toda la fuerza de su Gobierno. Basilio fue entonces el fiel consejero del Obispo; se debió a su vigilancia, a su doctrina, a su prudencia el haberse evitado hechos inconsiderados y el haber logrado que la misma presencia de Valente no pudiese apartar a la población de la adhesión a la verdadera fe.

Al mismo tiempo, secundando la autoridad del Obispo, reformó la liturgia, sea abreviándola, sea introduciendo en ella nuevos elementos tomados de la liturgia antioquena. En una palabra, el verdadero Obispo de Cesarea era Basilio.

El sucesor en el Episcopado

Muerto, pues, Eusebio (370), no podía caber duda sobre quién le debía suceder. No faltaba, sin embargo, una fuerte oposición, especialmente de parte de los Obispos de la Capadocia, que temían un primado del temple de Basilio.

Tampoco los magistrados civiles no disimulaban su aversión para aquel que había sido el alma de la defensa de la fe ortodoxa contra el Emperador.

Nuevamente el Obispo de Nazianzo fue quien, no obstante la vejez agravada por la enfermedad, se hizo llevar a Cesarea y obtuvo que se eligiese a Basilio, a quien él mismo confirió la consagración episcopal.

Celo y virtudes del Obispo

En el nuevo cargo, tocaba a Basilio la ardua tarea de resistir a la prepotencia del Emperador Valente que en todo el imperio Oriental pretendía hacer triunfar el arrianismo.

En ocasión del viaje de este Emperador a través de la Capadocia, tanto el Prefecto del Pretorio, Domicio Modesto, como el mismo príncipe, experimentaron la constancia adamantina del Santo, quien logró tanta estima con la doctrina y la firmeza, que en Capadocia el Emperador, avisado también de la muerte de su hijo, ahorraba a los católicos las persecuciones con que había vejado la Tracia y que seguidamente debía infligir a la Siria y a la Mesopotamia.

Con cuánto empeño vigilase Basilio sobre la disciplina del Clero y del pueblo, no sólo en su propia diócesis, sino en toda la vasta provincia eclesiástica a él confiada, aún hoy día lo vemos por su epistolario.

Mas no se preocupaba menos de las varias necesidades temporales de ciudades enteras o clases de personas o también de algunos particulares. Debemos mencionar sobre todo los institutos de caridad surgidos por obra suya en varios puntos de la diócesis, y aquel gran complejo de obras piadosas erigido por él fuera de la ciudad de Cesarea en medio del cual quiso también estuviese la residencia del Obispo. Tal complejo de instituciones en las que Basilio puso de manifiesto su saber práctico y su talento de organizador, formaba como una ciudad y el pueblo la llamaba Basiliade. La ciudad que hoy día se llama Kaisarí, se encuentra situada no en el lugar de la antigua Cesarea, sino más bien en el lugar de Basiliade.

Su inquebrantable adhesión a la Sede de Pedro

No debemos olvidar su inquebrantable adhesión a la Sede de S. Pedro y, en general, a toda la Iglesia de Occidente, de la que esperaba y pedía su estimable ayuda para la extinción de la herejía de Oriente, mientras que los arrianos eran precisamente los primeros que habían manifestado aversión contra los occidentales en general. Sobre todo hubiera querido que los occidentales indujesen al Emperador Valentiniano I a tutelar ante su hermano a los católicos de Oriente. Pero las cosas fueron lentamente y la repentina muerte de Valentiniano (375) impidió que su rescripto en favor de los católicos de Oriente fuese puesto en vigor. Más aún, entonces recrudeció por el contrario la persecución, transportada también a Capadocia. Pero Basilio tuvo también el consuelo de ver el fin definitivo de la persecución arriana, que cesó con la muerte de Valente (378).

Poco después, en enero del año 379, expiró a la edad de 49 años.

Sus escritos

Los escritos de Basilio son, o de índole dogmático-polémica (Adversus Eúñómium. De Spiritu Santo, Adversus Maniqueos), o son homilías entre las que comprendemos también sus trabajos exegéticos (In Hexaémeron, in Psalmos, etc.), de las demás homilías las primeras 24 están reconocidas como pertenecientes al Santo, mientras las otras están sujetas a duda. De la regla de San Basilio ya hemos hablado. De las 365 cartas que se conservan y que constituyen una preciosa fuente para la Historia Eclesiástica de la época, las tres que se denominan canónicas, escritas a Anfiloquio, Obispo de Iconio, tuvieron en la Iglesia griega autoridad de ley general.

Con sus homilías San Basilio inaugura dignamente la ilustre corona de los oradores sagrados de la Iglesia Oriental.

El despertar de la vida intelectual y literaria verificado bajo Constantino fue para provecho del cristianismo mismo.

En las homilías de San Basilio encontramos reunidas, verdad de la sustancia y belleza de la forma, requisitos de toda producción artística. Además la belleza de la forma, no se sobrepone exteriormente a la sustancia, sino que es como un esplendor que emana naturalmente de la verdad. No hay en ellas nada de rebuscado.

Por otra parte, sin embargo y esto debe decirse un poco de todos los oradores sagrados del cuarto y quinto siglo, sus discursos, destinados para un público compuesto de personas pertenecientes a la clase media y a la inferior, suponen en éste un grado de cultura, o al menos de intereses intelectuales no comunes. Esto se explica. Toda cultura, cuando ha supuesto el apogeo de profundidad busca ganar en extensión y descender a las masas. El mismo cristianismo había contribuido de la manera más poderosa a estimular aun la inteligencia de los humildes y sin letras a fin de que también ellos se ocupasen de los problemas más sublimes de la inteligencia humana.

Finalmente, las controversias suscitadas por el arrianismo, y que tanto apasionaban los ánimos, habían creado una atmósfera de reflexión, que permitía aún a aquellos que no habían hecho estudios profundos, seguir con interés y con inteligencia un raciocinio especulativo, siempre que procediese con claridad y orden. Y estas son las dotes de Basilio. En sus homilías, además, insiste Basilio principalmente sobre los deberes de la vida cristiana. Más aún, la mayor parte de éstas, tiene un móvil concreto que la provocaron y esta circunstancia da a las mismas un precio del todo especial. Nos revelan al Pastor solícito por el bien de sus ovejas en las contingencias reales de la vida

Los Iracundos.

Introducción: torpe bestialidad del iracundo

Cuando las prescripciones de los médicos son oportunas y están conformes con lo que aconseja el arte, su utilidad se manifiesta sobre todo después que se experimenta. Así, en las exhortaciones espirituales, cuando los consejos están confirmados por el éxito, es entonces cuando aparece lo sabia y últimamente que fueron dados para la enmienda de la vida y para la perfección de aquellos que los llevan a cabo. Pues cuando oímos las sentencias de los Proverbios que nos enseñan que "la ira pierde aun a los prudentes" 1, cuando oímos la amonestación del Apóstol: "Toda ira, indignación y alboroto con toda maldad, esté lejos de vosotros" 2, y al Señor que dice que quien irrita temerariamente a su hermano es reo de juicio 3; si hemos experimentado esta pasión que no nace en nosotros, sino que se precipita desde fuera sobre nosotros como una inesperada tempestad, entonces, sobre todo, conoceremos bien lo admirable de las divinas amonestaciones. Y si a veces nosotros mismos hemos dado cabida a la ira, como abriendo paso a un río impetuoso, y hemos experimentado la vergonzosa tribulación de los poseídos por esta pasión, habremos llegado a conocer entonces, la verdad de aquella sentencia: "El hombre iracundo no es honesto" 4. Porque una vez que este vicio hace perder la razón usurpa después el dominio del alma. Embrutece por completo al hombre no permitiéndole ser hombre, pues ya no cuenta con el auxilio de la razón.

Lo que el veneno causa a los envenenados, eso mismo hace la ira en los que se exasperan, rabian como perros, atacan como escorpiones, muerden como serpientes. La Sagrada Escritura suele llamar con frecuencia a los dominados por este vicio, fieras, a las que se asemejan en su maldad. Otras veces los llama perros que no ladran 5; otras, serpientes, raza de víboras 6.

Y en efecto, los que están dispuestos a destrozarse mutuamente y a hacer daño a sus semejantes, son con razón, contados entre las fieras y animales venenosos que por naturaleza tienen odio implacable al hombre y le atacan.

La ira desenfrena la lengua y no hay guarda en la boca. Las manos sin sosiego, las afrentas, los insultos, las maldiciones, las heridas y otras cosas que quedan sin enumerar, son vicios engendrados por la ira y el furor.

También la espada, se afila por la ira, y la muerte del hombre se lleva a cabo por manos humanas. Por ella los hermanos llegan a desconocerse entre sí. Los padres y los hijos reniegan de su naturaleza. Pues los iracundos se olvidan en primer lugar de sí mismos; después, de todos sus parientes. Y así como los torrentes que van a morir en alguna concavidad, arrastran consigo cuanto se les presenta delante, del mismo modo, los violentos e irresistibles ímpetus de los iracundos, atropellan a todos por igual. No respetan las canas, ni la santidad de vida, ni el parentesco, ni los beneficios recibidos, ni dignidad alguna. Es la ira una locura pasajera.

En el afán de vengarse, los iracundos aun a sí mismo se precipitan muchas veces en una desgracia evidente, despreciando su propio bienestar. Picados como con un aguijón por el recuerdo de los que le han ofendido, hirviendo y saltando de enojo, no paran hasta que hacen algún daño a quien les ha irritado. Sin embargo, suele acontecer que son ellos los que lo reciben. Muchas veces sucede que las cosas que violentamente se quiebran, padecen más de lo que dañan, por cuanto se estrellan contra otras que las resisten.

Descripción del iracundo

¿Quién podrá explicar este mal? Los inclinados a la ira que se enciende por cualquier cosa, gritan y se enfurecen, acometen más indecorosamente que cualquier animal venenoso. No desisten hasta que en ellos revienta como burbuja la ira, y hasta que se deshace la hinchazón que constituye su grave e incurable mal. Ni el filo de la espada, ni el fuego, ni cualquier otra cosa terrible es capaz de contener a un ánimo encendido en ira. Se parecen a los posesos del demonio, de los cuales nada se diferencian los iracundos ni en su aspecto ni en el estado de su mal. Pues a los que están sedientos de venganza les hierve la sangre alrededor del corazón, como agitada e inflamada por la fuerza del fuego. Saliendo al exterior presenta al airado en otra forma, mudándole la acostumbrada y a todos conocida, como si se pusiese una careta en la escena. Se desconocen en ellos los ojos propios y ordinarios. Su aspecto es fiero y su mirada despide fuego y hasta aguza sus dientes como un jabalí. Su rostro está lívido y enrojecido. La mole de su cuerpo se entumece. Sus venas se hinchan por la tempestad que ruge en su fatigoso alentar. Su voz áspera y muy levantada. Sus inarticuladas palabras se precipitan temerariamente, sin proceder con lentitud, ni con orden, ni con significación. Después que la causa de su exasperación ha llegado al colmo y después que su ira se enciende más y más como la llama con la abundancia de combustible, entonces es, cuando se ven espectáculos que ni la lengua puede decir, ni de hecho se pueden tolerar. Levanta las manos contra el amigo, y descarga con ellas golpes en todas partes de su cuerpo. Más aún; da puntapiés, sin compasión, sobre los más delicados miembros. Todo lo que se le pone delante sirve de arma a la ira. Y si la parte contraria se encuentra con el mismo mal que le resiste, a saber, con otra rabia y locura semejante, entonces cayendo el uno sobre el otro, hacen y sufren mutuamente cuanto es justo que sufran los que luchan bajo semejante espíritu. Las mutilaciones de los miembros, y muchas veces también la muerte, lo cuentan los que luchan como premio de la ira. Comenzó el uno a levantar sus manos sin razón, el otro lo rechaza; repitió el otro el golpe, el segundo no cede. Y el cuerpo queda lastimado por las heridas. Pero la ira hace que no se sienta el dolor. Pues ni tiempo tienen para sentir lo que sufren, mientras tienen ocupada la mente en vengarse del que les hiere.

Es necesario saber vencer con la mansedumbre

Premio reservado a los mansos

No curéis un mal con otro mal 7, ni porfiéis por vengaros unos a otros en hacer daño. En las luchas malas, es más digno de compasión el que vence, porque se retira con mayor pecado.

No te hagas deudor de un premio malo, ni pagues peor una deuda mala.

¿Te insulta el iracundo? Detén con tu silencio el daño. Recibiendo en tu corazón como a un torrente la ira del otro, imitas a los vientos que rechazan con su soplo lo que se les arroja. No tengas a tu enemigo por maestro. Ni imites lo que odias. No te hagas como un espejo del que se irrita mostrando en ti mismo su figura.

— Pero se enciende el otro . . .

— Y tú, ¿acaso no estás también encendido?

— Sus ojos arrojan sangre ...

Pero, dime, ¿los tuyos miran con serenidad?

— Su voz es áspera ...

Pero, ¿la tuya es suave?

En los desiertos, el eco devuelve la voz al que la emitió. Así también los insultos vuelven al que los profirió. Mejor dicho, el eco vuelve el mismo, mas el insulto viene aumentado. Porque, ¿qué es lo que suelen echarse en cara el uno al otro los iracundos? El uno dice al otro: ¡plebeyo, descendiente del linaje oscuro! El otro, en cambio, responde: ¡esclavo, e hijo de esclavos! Este: ¡pobre! Aquél: ¡mendigo! Este: ¡Ignorante! Aquél: ¡mentecato! Y así hasta que se les acaban los insultos como agudas flechas. Después que han arrojado de su boca como de una aljaba toda clase de improperios, pasan a la venganza por medio de los hechos. Porque la ira excita la riña; la riña engendra los insultos; los insultos, los golpes. ¡Y no pocas veces a los golpes siguen las heridas y la muerte!

Consejos para dominar al iracundo

Alejemos el mal en su comienzo, arrojando de nuestras almas con todo empeño, la ira. Porque de esta manera arrancaremos con este vicio, como con raíz y fundamento, muchísimos males.

¿Te ha maldecido tu enemigo? Bendícele tú.

¿Te ha herido? Súfrelo.

¿Te desprecia y te tiene por nada? Piensa que "eres de tierra y en tierra te has de convertir" 8. Quien medita este pensamiento, toda deshonra encuentra menor que la verdad. Si te muestras invulnerable ante las injurias, quitarás al enemigo toda posibilidad de venganza. Además, ganas de esta manera para ti, gran corona de paciencia, sirviéndote de la locura del otro como de ocasión para tu propia virtud. Y si me crees, aún añadirás tú mismo otros oprobios a los que el otro te dice.

¿Te llama plebeyo y hombre sin honor y sin ningún valor? Llámate a ti mismo tierra y polvo: que no eres más noble que nuestro padre Abraham, y eso se llamaba a sí mismo 9.

¿Te llama ignorante, pobre e indigno de todo? Tú, llámate gusano y di que tu origen es el estiércol, usando del lenguaje de David 10. Y a esto añade la hazaña de Moisés: Injuriado por Aarón y María, no pidió a Dios que les castigase, sino que rogó por ellos.

¿De quién quieres ser discípulo? ¿De los hombres amigos de Dios y justos, o de los que están llenos del espíritu de maldad?

Cuando se levante en ti la tentación de injuriar, piensa que estás en esta alternativa: o de acercarte a Dios por la paciencia, o de acogerte por la ira al enemigo. Da tiempo a tus pensamientos para que elijan el partido ventajoso. Porque, o aprovechas algo a tu adversario con el ejemplo de la mansedumbre, o le irritas más ferozmente con tu desprecio. Porque, ¿qué cosa hay más acerba para un enemigo que el ver que su adversario le supera en las injurias?

No rebajes tu ánimo; ni consientas ponerte al alcance de tus injuriadores. Deja que te ladre en vano; que se despedace a sí mismo. Que así como el que azota a uno que no siente, se hace mal a sí mismo (porque ni se venga del enemigo ni apacigua la ira), así el que ultraja a uno a quien no alteran los oprobios, no puede encontrar descanso para su sufrimiento. Por el contrario, se despedaza, como dije. Y ¿qué es lo que cada uno de vosotros gana con los que están presentes? A él le llaman mezquino, a ti magnánimo; a él iracundo y cruel, a ti sufrido y manso. El se arrepentirá de las cosas que dijo: tú nunca te arrepentirás de tu virtud.

Cómo comportarse con los iracundos

¿A qué decir más? A él, su maledicencia le cerrará el reino de los cielos; porque los iracundos no alcanzarán el reino de Dios 11; mientras que a ti te abrirá el reino tu silencio. Porque el que haya sufrido hasta el fin, ese se salvará 12. Pero si te vengas y te levantas igualmente contra el que te injuria, ¿qué excusas vas a tener? ¿Que él te provocó primero? Y, ¿de qué perdón es esto digno?

Tampoco el libertino que imputa el pecado de su cómplice porque le incitó, deja por eso de ser digno de condenación. Ni hay corona sin enemigos, ni caídas sin luchadores. Oye a David que dice: "Mientras el pecador se puso en contra de mí, ni me exasperé, ni me vengué, sino que enmudecí y me humillé y no dije nada de los bienes" 13.

Tú te exacerbas con el ultraje como con un mal, y sin embargo le imitas como si fuera un bien. Porque, mira, haces lo que reprendes.

¿Examinas con cuidado el mal ajeno, y tienes en nada tu propia vergüenza? ¿Es un mal la ira? Guárdate de imitarla. Que no basta para excusarse el que haya comenzado el otro. Más justo es, a mi parecer, volver contra ti la queja. El otro no tuvo ejemplo para su enmienda. Tú, empero, viendo que el iracundo se porta indecorosamente, le imitas y le indignas. Te enfureces y te irritas. Y así tu pasión sirve de excusa al que comenzó. Con las mismas cosas que haces le libras a aquél de culpa y te condenas a ti mismo. Pues si la ira es un mal, ¿por qué no evitaste el daño? Y si merece perdón, ¿por qué te irritas contra el iracundo?

De ahí que aunque fueres el segundo en la ofensa, nada te aprovecha esto. Porque en las luchas por una corona no es coronado el que las comienza, sino el que vence. Pues de igual manera no sólo es condenado el que comenzó el mal, sino también el que le siguió como a capitán hasta el pecado.

Si te llamó pobre, y lo eres, confiesa la verdad. Y si miente, ¿qué te importa a ti de lo que diga?

Benignidad de Jesucristo

Cuando te dicen alabanzas que traspasan la raya de la verdad, no te enfureces. Pues tampoco te exasperes con los ultrajes falsos y mentirosos. ¿No ves cómo las saetas suelen penetrar en lo duro y resistente, y en las cosas blandas que fácilmente ceden se estrella su ímpetu? Pues piensa que algo semejante pasa con las injurias. El que les sale al encuentro, las recibe en sí; pero el que se porta con blandura y cede, con la mansedumbre de su trato vuelve el mal dirigido contra él.

Pero, ¿por qué te turba el nombre de pobre? Acuérdate de tu naturaleza. Entraste desnudo en el mundo, y desnudo saldrás de él 14. Y, ¿qué cosa más pobre que un desnudo? Por lo tanto, nada grave te han dicho; sólo que te has apropiado a ti sólo lo que has oído. Nadie ha sido llevado a la cárcel por ser pobre. No es deshonroso el ser pobre, sino el no sufrir con buen ánimo la pobreza. Acuérdate del Señor que "siendo rico se hizo pobre por nosotros" 15.

Si te llaman necio e ignorante, acuérdate de las injurias con que los judíos ultrajaron a la verdadera sabiduría: "Eres samaritano y tienes en ti al demonio" 16. Y si te enfureces, confirmas los ultrajes. Porque ¿hay cosa más irracional que la ira? Pero si permaneces sin airarte, avergüenzas al que se enfurece mostrando con la obra tu virtud.

¿Has sido abofeteado? También el Señor lo fue 17.

¿Has sido escupido? También Nuestro Señor. Porque "no retiró su rostro de la deshonra de la saliva" 18.

¿Has sido calumniado? También el eterno Juez.

¿Rasgaron tu túnica? A mi Señor se la desnudaron y "repartieron entre sí sus vestidos" 19.

Aún no has sido condenado, aún no has sido sacrificado. Mucho te falta para que llegues a su imitación.

Ejemplos de mansedumbre

Grábese cada una de estas cosas en tu mente y atemperarás la hinchazón. En efecto: estos pensamientos y estos afectos contienen los saltos y trepidaciones de nuestro corazón, y llevan al alma a la fortaleza y tranquilidad; esto era, sin duda, lo que decía David: "Preparado estoy y no estoy turbado" 20.

Conviene, pues, reprimir este necio y vergonzoso movimiento del ánimo con el recuerdo de los ejemplos de los varones justos. El gran David sufrió con mansedumbre la petulancia de Semei. No daba tiempo que la ira le moviese, sino que levantaba su mente a Dios y decía: "El Señor dijo a Semei que maldiga a David" 21. Y oyéndose llamar sanguinario e inicuo, no se encendió de ira sino que se humillaba como si fuese digno de ser insultado de aquella manera.

Aleja de ti estas dos cosas: el tenerte por digno de grandes cosas, y el tener a hombre alguno por muy inferior a ti en dignidad. De esta manera, la ira jamás se levantará contra ti por las injurias que recibas.

Grave sería que uno a quien has colmado de singulares gracias y beneficios, a su ingratitud añadiese el ser el primero en injuriarte y deshonrarte. Grave sería a la verdad. Sin embargo, mayor mal es para el que lo hace que para el que lo sufre. Que injurie él: tú no le injuries. Sus palabras sean para ti ejercicio de virtud. Si no te sientes impresionado, estás sin herida. Si tu ánimo sufre algo, contén el ímpetu en ti mismo. Porque "en mí, dice, ha sido turbado mi corazón" 22. Es decir, no dejó salir afuera la pasión, sino que, como a una ola que se deshace dentro de los litorales, la ahogó. Contén el corazón que ladra y se enfurece. Teman las pasiones la presencia de la razón, de lamanera que los niños temen cuando hacen alguna travesura, la presencia de algún varón respetable.

Ventajas de la ira cuando es dócil a la razón

¿Y cómo evitaremos los funestos daños que trae consigo el irritarse?

Procurando persuadir a la ira que no se adelante a la razón. De esta manera, la tendremos sujeta a nosotros como a un caballo. Obedecerá a la razón como a un freno. No saldrá jamás de su propio puesto. Se dejará guiar a donde quiera le conduzca la razón. Porque la irritación de nuestro espíritu es útil para muchas obras de virtud, siempre y cuando sea aliada de la razón contra el pecado. Entonces, viene a ser como el soldado que rindiendo sus armas al general, acude prontamente a prestar auxilio a donde le mandan. De igual manera, la ira cuando está al servicio de la razón.

La ira es el nervio del alma. Le da energías para emprender buenas obras. Si alguna vez la encuentra debilitada por el placer, la fortalece como un baño de hierro. La convierte de blanda y muelle, en austera y varonil.

Ciertamente que si no te irritas contra el diablo, no te será posible odiarle como merece. Así, pues, conviene a mi parecer, amar la virtud con el mismo entusiasmo con que se debe odiar el pecado. Para esto es muy útil la ira, siempre que se mantenga dócil a la razón y la siga, como al pastor el perro. En efecto, muéstrase el perro, apacible y bueno ante el amo que le acaricia y le obedece a la menor indicación. Sin embargo, ladra y se enfurece al llamado de voz extraña, aunque parezca que la voz trae agasajos. Ante el grito del amigo o del amo, por el contrario, se atemoriza y se calla. Este es el mejor y más apto auxilio que a la parte razonable del alma, proporciona la ira. Porque el que así procede, no se aplacará ni hará alianzas con los que ponen asechanzas. Nunca admitirá la amistad con cosa alguna dañosa, sino que siempre ladrará y despedazará como un lobo al placer engañador.

Exhortación para no torcer en daño nuestro lo que Dios nos concedió para nuestro bien

Esta es la utilidad que se obtiene de la ira para los que saben valerse de ella. Según el modo como se use de esta y otras energías, resulta un mal o un bien para el que las tiene.

Por ejemplo; el que abusa de la parte concupiscible del alma para gozar de la carne y de los deleites impuros, es abominable y lascivo; pero el que la vuelve hacia Dios y hacia el deseo de los goces eternos, es digno de imitación, y dichoso.

De igual manera, quien dirige bien la parte racional, es prudente y sabio: pero el que aguza el entendimiento para daño del prójimo, es taimado y malhechor.

No convirtamos, pues, para nosotros, en ocasión de pecado, lo que el Creador nos dio para nuestro bien.

La ira excitada cuando conviene y como conviene, produce la fortaleza, la paciencia y la continencia. Sin embargo, si obra alejada de la recta razón, se convierte en locura. Por eso nos amonesta el Salmo: "Irritaos y no pequéis" 23. Y el Señor amenaza con su juicio al que se enoja sin causa 24; pero no prohibe que usemos de la ira como una medicina. Porque aquellas palabras: "Pondré enemistad entre ti y la serpiente" 25, son propias de quien enseña que se ha de usar la ira como un arma. Por eso Moisés, el más manso de todos los hombres 26, para castigar la idolatría armó las manos de los levitas con intención de que diesen muerte a sus hermanos: "Ponga, dijo, cada uno la espada a su cintura, y pasad de puerta en puerta y volved por los campamentos, y mate cada uno a su hermano, cada uno a su vecino, cada uno a su allegado" 28. Y poco después, dice: "Y dijo Moisés: Llenasteis hoy vuestras manos para el Señor 29, cada uno en vuestro hijo y en vuestro hermano, para que sobre vosotros venga bendición" 30.

¿Qué fue lo que santificó a Finés? ¿No fue su justa ira contra los lascivos? En efecto, siendo sumamente manso y apacible, después que vio el pecado de Zambro y la Madianita, cometido desvergonzadamente y a la vista de todos sin que ocultasen el infame espectáculo de su torpeza, no pudiéndolo tolerar, usó oportunamente la ira, atravesando a los dos con una lanza 31.

Y Samuel, ¿no mató con justa ira, sacándole del medio, a Agag, rey de Amalec, salvado por Saúl contra el mandato de Dios? 32.

Por lo tanto, la ira es, muchas veces, medio para las buenas obras. El celoso Elías dio muerte, para bien de todo Israel, con ira sabia y prudente, a 450 varones, sacerdotes de la confusión 33 y a 400 sacerdotes de los bosques 34, que comían a la mesa de Jezabel 35.

Tú, empero, te irritas sin razón contra tu hermano. Porque ¿cómo no ha de ser sin razón cuando siendo uno el que provoca, tú te irritas contra otro? Haces como los perros, que muerden las piedras cuando no alcanzan al que las arroja. El que es provocado es digno de compasión; pero el que provoca, de odio.

Desfoga tu ira contra el enemigo de los hombres, contra el padre de la mentira, contra el autor del pecado. Mas compadécete de tu hermano, quien si aún así permaneciere en el pecado, será entregado a fuego eterno con el diablo.

Así como son distintos los nombres de indignación e ira, así también debe distinguirse lo que estos nombres significan. La indignación es como un incendio y repentina inflamación del afecto. La ira es un dolor constante y una continua ansia de pagar con la misma moneda a los que nos injurian, como si el alma tuviera sed de venganza. Es necesario saber, pues, que por ambas partes pecan los hombres: o excitándose furiosa y temerariamente contra los que les irritan, o persiguiendo con engaños y asechanzas a los que les ofenden. Y de ambas cosas debemos guardarnos.

Cómo frenar la ira

Y ¿qué se deberá hacer a fin de que esta pasión no ultrapase los límites?

Para ello aprende primero la humildad, la cual el Señor aconsejó con sus palabras y mostró con sus obras. Porque unas veces dice: "El que quiera ser el primero entre vosotros, sea el último de todos" 36; otras, tolera manso y sin inmutarse al que le hiere 37.

El Hacedor y Señor del cielo y de la tierra, el que es adorado por todas las criaturas tanto racionales como irracionales, "el que todo lo sostiene con la palabra de su poder" 38, no arrojó vivo al infierno al que le hirió, haciendo que abriese la tierra para que tragase al impío; sino que le amonesta y le enseña: "Si he hablado mal, da testimonio de ello; pero si bien, ¿por qué me hieres?" 39.

Si conforme al precepto del Señor, acostumbras a considerarte como el último de todos, ¿cuándo te enfurecerás como si ultrajasen tu dignidad? Cuando te injuria un niño pequeño te causan risa sus ultrajes. Cuando un loco te dice palabras afrentosas, por más digno le tienes de compasión que de odio. No son, pues, las palabras las que suelen excitar los disgustos, sino la soberbia que se levanta contra el que nos injurió, y la estima que cada uno tiene de sí mismo. Por lo tanto, si arrojas estas dos cosas de tu alma, las injurias que vengan serán estrépitos que meten ruido en vano.

"Deja la ira y arroja la indignación" 40, para que así evites el peligro de este vicio, "que se descubre desde los cielos, sobre toda impiedad e injusticia de los hombres" 41.

Si con prudente determinación logras arrancar la amarga raíz de la ira, extirparás con tal comienzo muchos vicios. Porque los engaños, las sospechas, la infidelidad, la malicia, las asechanzas, la audacia, y todo el enjambre de semejantes males, son frutos de este vicio.

Procuremos, pues, no atraernos un mal tan grande: enfermedad del alma, obscuridad de la razón, alejamiento de Dios, ignorancia de la amistad, principio de la guerra, colmo de calamidades, demonio malo que se engendra en vuestras mismas almas, y se apodera como desvergonzado huésped de nuestro interior, y cierra las puertas al Espíritu Santo. Porque donde hay enemistades, litigios, riñas, contiendas, disputas, que producen en el alma horribles desasosiegos, allí no descansa jamás el espíritu de mansedumbre.

Obedeciendo, pues, el consejo del apóstol San Pablo, destiérrese de nosotros toda ira, indignación y gritería con toda maldad 42. Seamos afables y misericordiosos unos con otros, esperando el cumplimiento de la dichosa esperanza prometida a los mansos: "Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra" 43 en nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por todos los siglos. Amén.

Notas

1. Prov., XV, 1.

2. Efes., IV, 51.

3. Mt., V, 23.

4. Prov., XI, 25.

5. Isaías, LVI, 10.

6. Mt., XXIII, 33.

7. Rom., XII, 17.

8. Gén., III, 19.

9. Gén., XXVIII, 27.

10. Salmo XXI, 7.

11. Mt., X, 22.

12. Salmo XXXVIII, 2 y 3.

13. Job, I, 21.

14. Job, I, 21.

15. II Cor., VIII, 9.

16. Jn., VIII.

17. Jn., XVIII.

18. Mc., XV, 19; Is., L, 6.

19. Mt., XI, 7.

20. Salmo CXVIR, 60

21. II Reyes, XVI, 10.

22. Salmo CXLII, 4.

23. Salmo IV, 56.

24. Mt., V, 22.

25. Gén., III, 15.

26. Núm., XXV, 17.

27. Núm., XII, 3.

28. Exod., XXXII, 27.

29 Es decir: "Habéis consagrado hoy vuestras manos al Señor." Porque aunque en hebreo se lea llenar, bien puede traducirse por "iniciar" o "consagrado"; pues como expone Pagnino, a ninguno era lícito ejercer el cargo de sacrificar sin que llenase antes sus manos con partes de los sacrificios.

30. Exod., XXII, 29.

31. Núm., XXV, 2.

32. I Reyes, XV, 33.

33. O "sacerdotes de Baal," como se lee en hebreo y en la Vulgata.

34. "Los sacerdotes de los bosques," o de otros dioses a quienes se ofrecían sacrificios en las selvas y bosques, como comenta el P. Comelio a Lapide. Calmet dice que eran los sacerdotes de la diosa de los bosques, es decir, de Astartés, a los cuales favorecía especialmente Jezabel.

35. III Reyes, XVIII, 22-40.

36. Mc., IX, 34.

37. Jn., XVIII, 22, 24.

38. Hebr., L, 3.

39. Jn., XVIII, 23.

40. Salmo XXXVI, 8.

41. Rom., I, 18.

42. Efes., IV, 31.

43. Mi., V, 4.

La Envidia.

Descripción de la envidia

Bueno es Dios. Comunica El sus bienes a quienes los merecen. Malo es el diablo, autor de todas las maldades. Y así como el bueno sigue siempre el amor hacia el prójimo, de la misma manera el demonio acompaña siempre la envidia. Estemos prevenidos, pues, hermanos, contra el vicio de la envidia. No participemos de las obras del adversario, no sea que nos encontremos condenados con él a la misma pena. Pues si el soberbio cae en la pena del demonio, ¿cómo escapará el envidioso del castigo del diablo?

En las almas ningún vicio se arraiga más funesto que la envidia, el cual sin hacer lo más mínimo a los de afuera, es principal y propio mal para quien lo posee. Pues va consumiendo el alma como el orín al hierro. Así como, según cuentan, las víboras horadan al nacer el vientre de la madre que las engendró, así la envidia suele devorar el corazón que la ha criado.

Es la envidia un pesar de la prosperidad del prójimo. De ahí que las tristezas ni las congojas abandonan jamás al envidioso. ¿Es fértil el campo del vecino? ¿Abunda en su casa todo lo necesario para vivir? Todo esto, es alimento para esta enfermedad y aumenta el dolor en el envidioso. De suerte que en nada se diferencia de un hombre desnudo a quien todas las cosas le lastiman. ¿Es alguno valiente? ¿Es de buen parecer? Todo hiere al envidioso.

¿Es otro más elegante en su forma? Otra llaga más para el envidioso.

¿Sobresale uno, entre muchos, por las dotes de su alma? ¿Es admirado y emulado por su cordura y elocuencia? ¿Es otro rico y espléndidamente dadivoso en sus limosnas y en su trato con los necesitados, y es muy alabado por aquellos a quien hace beneficios? Pues bien, todas estas cosas son llagas y heridas que le hieren en medio del corazón. Y lo más terrible de la enfermedad, es, que ni siquiera se descubre. El envidioso anda con la vista baja y está melancólico y se inquieta; y se irrita poco a poco y perece bajo este mal. Si se le pregunta sobre su pasión, se avergüenza de declarar su desgracia y de decir: soy envidioso y cruel; me afligen los bienes del amigo y lamento la alegría de mi hermano; y no tolero la presencia de los bienes ajenos, sino que tengo por calamidad la dicha de mi prójimo. Así debía expresarse si quisiera decir la verdad. Mas prefiriendo no descubrir nada, tiene apresada en su pecho la enfermedad que abraza y roe ocultamente sus entrañas.

El envidioso goza con la desgracia de los demás

No halla el envidioso médico para su mal, ni puede encontrar alguna medicina, que calme la pasión, siendo que la Sagrada Escritura está llena de tales remedios. Quédale un remedio para su mal; la ruina de alguno de los que envidia.

Este es el límite del odio; ver caer de la felicidad al que envidiaba; observar la desgracia de aquel que era tenido por dichoso. Entonces hace las paces y se hace su amigo: cuando le ve llorando, cuando le contempla arrasado en lágrimas. No se goza con el que es feliz, y sí se alegra con el que llora. Se compadece de aquella mudanza de vida, lamenta las desgracias en que ha caído desde la altura de la felicidad, y alaba la dicha pasada; no por misericordia y compasión, sino para hacerle sentir más hondamente su desgracia. Alaba al hijo pequeño después de muerto y le llena de lisonjas: ¡cuán, hermoso era! cuán despierto! ¡cuán apto para todo!; y mientras vivía, ni una palabra se había dignado proferir en su alabanza. Pero si ve que su alabanza es de todos aprobada, mudando nuevamente, siente envidia del muerto. Admira la riqueza después de perdida. Alaba y aprueba la hermosura del cuerpo, la fuerza y el buen parecer, cuando las ves dañadas por las enfermedades. En una palabra, es enemigo de los bienes presentes, y finge ser amigo de los que se han perdido.

Ejemplos: Satanás y Caín

¿Qué cosa hay, pues, más terrible que esta enfermedad? La envidia es destrucción de la vida, peste de la naturaleza, enemiga de los bienes que Dios nos comunica, contraria del mismo Dios.

¿Qué es lo que impulsó al príncipe del mal, al diablo, a hacer la guerra a los hombres? ¿No fue acaso la envidia? Por ella declaró abiertamente la guerra a Dios; se enemistó con El, por la munificencia con que trataba a los hombres. Y se venga en el hombre, ya que no puede hacerlo en Dios.

Y esto es asimismo lo que hizo Caín. El fue el primer discípulo del demonio, pues de él aprendió la envidia y el homicidio, pasiones hermanas a las que San Pablo pone juntas cuando dice: "Llenos de envidia y de homicidio" 2.

¿Qué hizo, pues? Vio la honra que su hermano recibía de Dios y sintió emulación. Mató al que recibía el honor para herir al que le honraba. Sintióse débil para luchar contra Dios. Cayó sobre su hermano y le mató.

Huyamos, hermanos, de esta enfermedad que nos induce hacer la guerra a Dios; Madre es este mal de los homicidios, deshonra de la naturaleza, desconocedora de la amistad, la más irracional desgracia. ¿Porqué te afliges, hombre, sin haber padecido nada? ¿Porqués haces la guerra al que posee algún bien sin que disminuya en nada los tuyos? ¿Y si gozando tú de algunos bienes, te indignas contra el otro, no envidias abiertamente tu misma comodidad?

Saúl

Así era Saúl; de los grandes beneficios que de David recibía, tomaba ocasión para hacerle la guerra. Pues, en primer lugar, libre de la locura por medio de aquella música melodiosa y divina, intentó traspasar con su lanza al bienhechor. Después, salvado con todo su ejército de las manos de sus enemigos, libertado de los vergonzosos insultos que Goliat profería; como quiera que las vírgenes que danzaban atribuían a David una parte diez veces mayor de las hazañas, cantando: "Hirió Saúl a mil y David a diez mil" 3, únicamente por este cántico y por el testimonio de la verdad misma, intentó primero matarle con sus mismas manos y quitarle de en medio valiéndose de asechanzas. Cuando huía David, no por eso, depuso su enemistad, sino que al fin empleando contra él un ejército de tres mil hombres escogidos, le buscaba afanosamente 4. Si entonces se le hubiera preguntado, cuál era la causa de la guerra, hablaría, lamentándose de los beneficios que aquel hombre recibía. Y sorprendido cuando dormía, por aquel mismo tiempo de la persecución, en una buena oportunidad para haber perecido a manos de su enemigo; salvado otra vez por el justo que se guardaba de poner en él sus manos; no por eso se doblegó ante tan grande beneficio; sino que reúne otro ejército, le persigue nuevamente, hasta que, sorprendido por él mismo en una cueva 5 hizo que resplandeciese más la virtud de David y quedase más patente su propia maldad.

Es la envidia un género de odio y el más fiero, porque los beneficios doblegan a los que por otra causa son enemigos nuestros, pero el bien que se hace al envidioso le irrita más; y cuando más recibe, tanto más se indigna, se entristece y se exacerba. Porque la desrazón que tiene por el poder del bienhechor es mayor que el agradecimiento por los bienes que de él recibe.

¿A qué fiera no superan en la brutalidad de sus costumbres? ¿A qué irracional no vencen en la crueldad? Los perros se hacen mansos, si se les da de comer; si se cuida a los leones, se domestican; pero los envidiosos acrecientan su mal con los beneficios.

Los hermanos de José

¿Que fue lo que hizo esclavo al generoso José sino la envidia de sus hermanos? 6. Es digno de considerar aquí la sin razón de este mal. Porque temiendo que se realizaran sus sueños, entregan a su hermano, sin saber que con el tiempo deberían postrarse ante un esclavo. Pero si son verdaderas las cosas que soñó, ¿qué artificio podrá impedir que se efectúen las predicciones? Y si es falso lo que vio en sueños, ¿porqué envidiáis a uno que se engaña? Más, por disposición de Dios, su determinación se volvió contra ellos mismos. Pues por los mismos medios con que creyeron impedir el vaticinio, por esos mismos prepararon el camino para que se llevasen a cabo. Si José no hubiera sido vendido, no hubiera venido a Egipto; su pureza no sería motivo de las asechanzas de una mujer lasciva, no hubiera sido aherrojado en la cárcel, no se hubiera familiarizado con los criados del Faraón, ni hubiera declarado los sueños, por lo cual recibió el mando de Egipto y fue reverenciado por aquellos sus hermanos, cuando acudieron a él debido a la carestía de trigo.

Los enemigos de Jesucristo

Pasemos ahora con nuestra consideración a aquella envidia, la mayor de todas, que se ensañó en las cosas más grandes: la que se levantó contra el Salvador por la locura de los judíos. ¿Por qué era envidiado? Por los milagros. Y, ¿qué milagros eran éstos? La salud de quienes la suplicaban. Alimentaba a los pobres, y el que les daba alimento era perseguido. Ahuyentaba los demonios, y el que los arrojaba era injuriado. Quedaban limpios los leprosos, los rengos andaban, oían los sordos y los ciegos veían; y el que hacía estos, beneficios era arrojado fuera con despecho. Y por fin entregaron a la muerte al autor de la vida y azotaron al Libertador de los hombres, y condenaron al Juez del universo.

Y con esta sola arma, comenzando desde la formación del mundo, hasta la consumación de los siglos, el destructor de nuestra vida, vale decir, el demonio, que se goza con nuestra perdición y que cayó por la envidia, nos persigue y derriba también a nosotros, queriendo llevarnos con él al precipicio, por medio de un mal semejante.

La envidia se dirige preferentemente contra quienes están más unidos a nosotros

Sabio era a la verdad el que ni siquiera permitía que se comiese con un hombre envidioso 7, queriendo significar con la reunión en la comida, toda otra sociedad de la vida. Porque, así como tenemos cuidado de alejar el fuego todo lo posible de la materia que fácilmente puede quemarse, así conviene alejarse en cuanto sea posible de la conversación y amistad de los envidiosos, poniéndonos fuera del alcance de los dardos de la envidia. No suele acontecer que caigamos en las redes de la envidia, sino es acercándonos a ella por la familiaridad. Porque según el dicho de Salomón: "Al hombre le viene la envidia de su compañero" 8. Y así es, en efecto. No envidia el escita al egipcio, sino cada uno al de su nación. Y entre los de su nación, no envidia a los que no conoce, sino a aquellos a quienes más trata. Y entre los que trata, a los vecinos y a los que tienen el mismo oficio; y a los que de alguna manera le están más allegados. Y aún entre otros, a los de la misma edad, a los parientes, a los hermanos. En una palabra, así como el gorgojo es enfermedad propia del trigo, así la envidia es debilidad de la amistad.

Sólo una cosa podría alguno alabar en este mal, el que cuanto más vehementemente se excita, tanto más daño hace al que le posee. Porque así como las saetas arrojadas con fuerza, si vienen a dar contra una cosa dura y resistente, vuelven contra el que las arrojó; así los movimientos de la envidia, sin hacer ningún daño al envidiado, terminan por ser llagas para el envidioso. Porque, ¿quién, al acongojarse de los bienes del prójimo, consiguió que se disminuyesen? Ciertamente que solo a sí mismo se atormenta y se consume por las tristezas. No obstante a los enfermos de envidia se los considera más perjudiciales que los mismos animales venenosos. Porque estos inyectan el veneno por la herida que hacen y poco a poco es devorada por la pobre la parte mordida; pero de los envidiosos creen algunos que inyectan el daño con sola su mirada; de tal manera que los cuerpos bien dispuestos y florecientes en plena juventud, por el vigor de la edad, quedan macilentos, dominados por ellos, y cae por tierra toda la lozanía, como socavada por el pernicioso río que saliendo de los ojos del envidioso todo lo destruye y lo corrompe. Yo, sin embargo, rechazo este dicho popular inventado por las viejecitas en las reuniones de mujeres. Pero lo que digo es, que los demonios, que aborrecen lo bueno, una vez que encuentran voluntades amigas suyas, las manejan en todos los sentidos para sus intentos. Se valen hasta de los ojos de los envidiosos para que sirvan a su propio arbitrio. ¿Y no te horrorizas en hacerte compañero del malvado demonio? ¿Cómo es que das cabida en ti a un mal por el que te haces enemigo de quienes no te han hecho injuria alguna? ¿No te horrorizas en hacerte enemigo de Dios, que es bueno y está libre de toda envidia?

Semblanza del envidioso

¡Huyamos de un tal insoportable vicio! Es mordedura de serpiente, invención de los demonios, cosecha del enemigo, señal de perdición, obstáculo para la piedad, camino para el infierno, privación del reino celestial. ¡Cómo se conoce manifiestamente por su mismo rostro, a los envidiosos! Su mirada lánguida y obscura, rostro triste, entrecejo arrugado, perturbado su ánimo por la pasión, privado de recto criterio en la verdad de las cosas. No tienen paz. Para ellos no es laudable ninguna obra de virtud, ni la elocuencia, aunque esté adornada con la gravedad y la gracia, ni cosa alguna de las que se alaban y se admiran. Como los buitres, dejando atrás en su vuelo prados deliciosos y paisajes de suavísimas fragancias, se lanzan sobre los sitios donde hay mal olor. Así como las moscas dejan lo sano y se arrojan sobre las heridas, así los envidiosos ni siquiera ven lo bueno de la vida y la grandeza de las buenas obras; se fijan en las debilidades. Y si en algo hay un desliz, y por cierto son muchos los de los hombres, lo publican, y quieren que de él se enteren los hombres. Justamente como hacen los malos pintores 9, quienes o de una nariz torcida o de una cicatriz u otra mutilación corporal, o de cualquier otro defecto que uno tiene por naturaleza o por un accidente que le ha sobrevenido, deforman las facciones de la persona que pintan. Los envidiosos son pues, astutos en despreciar lo que merece alabanza, echándolo a mala parte; y en imputar a la virtud lo que es propio del vicio contrario a ella. Llaman temerario al valiente, necio al prudente, cruel al justo, falaz al sabio. Al que es magnánimo le tienen por hombre que hace gastos inútiles. Al liberal le tienen por derrochador y al económico por parco. En una palabra, todo género de virtud tiene para ellos cambiado su nombre en el del vicio contrario .

Remedio contra la envidia: no hay que estimar las cosas terrenas más de lo que valen

Pero, ¿qué? ¿Voy a emplear todo mi discurso en reprender este vicio? Esto es tan sólo la mitad de la cura. El mostrar al enfermo la gravedad de la enfermedad, para que tenga el debido cuidado de arrojarla de sí, no es inútil. Pero dejarle en este estado sin llevarle de la mano a la salud, no es otra cosa que abandonar al desesperado en manos de la enfermedad. Pues bien; ¿cómo hemos de precavernos para no contraer la enfermedad? ¿Cómo la sanaremos si una vez por desdicha, la contraemos? Primeramente, si ninguna cosa de este mundo tenemos por grande, ni por magnífica: ni las humanas riquezas, ni la gloria pasajera, ni la hermosura del cuerpo. Nuestro bien no está limitado a estas cosas caducas y perecederas. Somos llamados a participar de los bienes eternos y verdaderos. Y por esto no hay que envidiar al rico por sus riquezas; ni al poderoso por la grandeza de su dignidad y autoridad; ni al valiente, por la fuerza de su cuerpo; ni al sabio, por su facilidad en el hablar. Pues todas estas cosas son medios de virtud para los que usan bien de ellas, pero no contienen en sí la felicidad. Por lo tanto, el que usa mal de ellas, es digno de compasión; como lo sería el que tomando una espada para vengarse de sus enemigos, se matase voluntariamente con ella a sí mismo. Pero si usa bien y según la recta razón de las cosas que posee, y es administrador de los bienes que de Dios ha recibido, y no los amontona por su propia comodidad, es digno de alabanza y de amor por la caridad que tiene con sus hermanos y por la generosidad de su carácter.

¿Sobresale alguno por su prudencia, y ha recibido el don de poder hablar de Dios, y es expositor de las Sagradas Escrituras? No le envidies, ni desees que calle el intérprete de las Sagradas Letras sólo porque la gracia que ha recibido del Espíritu Santo, es acompañada de aprobación y alabanza de sus oyentes. Es bien tuyo, y es bien que ha sido enviado para ti (el don de enseñar de tu hermano), si es que quieres recibirle. Nadie obstruye la fuente que mana en abundancia. Cuando resplandece el sol, nadie se cubre los ojos, ni envidia a los que gozan de su luz, ni desea tan sólo para sí este placer. Pues bien, brotando en la Iglesia el manantial de la divina palabra, y difundiéndose en los corazones piadosos por los dones del Espíritu Santo, ¿no escuchas con gozo? ¿No recibes con agradecimiento este favor? Pero te hieren los aplausos de los oyentes, y querrías que no hubiese quien sacase fruto y quien alabase.

¿Qué excusa va a tener esto delante del juez de nuestras conciencias?

Estímese, pues, como hermoso por naturaleza el bien del alma. Y al que florece por sus riquezas y al que goza de poder y buena disposición corporal y usa bien de lo que tiene, es justo también que se le estime y respete, por cuanto posee los medios comunes para vivir, y distribuye estas cosas con rectitud. Por su generosidad en repartirlas es liberal con los pobres, da socorro corporal a los enfermos. Todo lo demás que le queda cree ser tanto suyo como de cualquiera que lo necesitase. Quien no procede así, más que digno de envidia lo es de compasión, pues tiene mayores ocasiones para ser malo. Porque esto es perderse con mayores riquezas y mercancías. Por lo tanto, si la riqueza es apoyo de la injusticia, digno de compasión es el rico. Si es medio para la virtud, no tiene lugar la envidia; pues su utilidad común se pone al alcance de todos; a no ser que haya alguno tan perverso que envidie sus mismos bienes.

En una palabra; si elevas tus pensamientos sobre las cosas humanas, y pones tu vista en la hermosura y gloria verdadera, muy lejos estarás de tener por dignas de apetecerse y ser envidiadas las cosas perecederas y terrenas. El que está en esta disposición y no admira las cosas mundanas como grandes, jamás será poseído por la envidia.

Si a todo trance ansías la gloria y quieres sobresalir entre todos y por eso no sufres ser el segundo (porque también esto es ocasión de envidia), dirige esa tu pasión cual si fuera un torrente, hacia la adquisición de la virtud. No quieras enriquecerte y buscar la gloria en las cosas de este mundo. No está esto en tus manos. Mas sí debes ser justo, sobrio, prudente, valeroso y sufrido en los padecimientos y trabajos por causa de la virtud. De esta manera te salvarás a ti mismo y por mejores bienes, adquirirás más gloria. Porque la virtud está en nuestra mano, y puede adquirirla todo aquel que sea amante del trabajo. La abundancia de riquezas y la hermosura del cuerpo y la honra de las dignidades, no están a nuestro alcance. Por lo tanto, si la virtud es un bien mejor y más duradero, y que sin controversias goza ante todos del primer puesto, a ella debemos aspirar. Pero es muy difícil que la virtud se posesione de un alma, si ésta no está limpia de todo vicio y, sobre todo, libre de la envidia.

¿No ves tú que gran mal es la hipocresía? Pues también es fruto de la envidia. Porque la doble cara del carácter, nace en los hombres, principalmente de la envidia, puesto que teniendo el odio escondido dentro del corazón, muestran exteriormente una falsa capa de caridad. Son semejantes a los escollos del mar, que cubiertos con poca agua son un mal imprevisto para los incautos navegantes.

Por consiguiente, siendo verdad, que mana para nosotros de este vicio, como de una fuente, la muerte, la pérdida de los bienes, el alejamiento de Dios, la transgresión de los mandamientos y la ruina total de todos los bienes naturales, obedezcamos al Apóstol y "no nos hagamos ambiciosos de la gloria vana provocándonos unos a otros, envidiándonos mutuamente" 11, sino seamos más bien "benignos, misericordiosos, perdonándonos los unos a los otros, como también Dios nos perdonó en Cristo" 12 Jesús, Señor Nuestro, por Quien sea la gloria al Padre y al Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Así sea.

2. Rom.,1:29.

3. I Reyes, XVIII, 7

4. I Reyes, XXIV, 3.

5. 1 Reyes, XXVI, 7.

6. Gén., XXXVII, 28.

7. Prov., XXIII, 6.

8. Eccli., IV, 4.

9. Con esto quiero hacer alusión a las caricaturistas, para quienes un defecto puesto a la vista, constituye mérito, mientras que un pintor serio, como fue Apelle, hubiera velado todo defecto, como lo hizo con el ojo de Alejandro. Es célebre su respuesta a quien preguntaba: "¿Y dónde está el ojo ciego?" "Dónde está más bien vuestro juicio," le dijo.

10. En los ejemplos aducidos no se trata de vicios opuestos a las virtudes, sino de vicios que son la exageración viciosa de la respectiva virtud.

11. Gal., V, 26.

12. Efes., IV, 32.

La Embriaguez.

Disgusto y desaliento del santo por los excesos cometidos

Los espectáculos que ayer por la tarde tuvieron lugar1 me inducen por una parte a dirigiros la palabra. Pero por otra, reprime mi deseo y apaga todo mi entusiasmo la inutilidad de mis exhortaciones anteriores 2. Desmaya el labrador si no crece la primera semilla que siembra, mostrándose tardo y desalentado para sembrar de nuevo sobre la misma tierra. Ahora bien, ¿con qué esperanza voy a hablaros hoy, si después de tantas exhortaciones, como las que días pasados os hicimos incesantemente, y después de haber estado día y noche, durante estas siete semanas de los ayunos, anunciandoos sin parar la buena nueva de la gracia del Señor, ningún fruto, ninguna utilidad se ha conseguido? ¡Oh! ¡cuántas noches habéis velado en vano! ¡Cuántos días os habéis congregado en vano! ¡Si es que es vano! Porque quien comienza una vez el camino de las buenas obras y vuelve después a sus antiguas costumbres, no sólo pierde el fruto de sus desvelos, sino que se hace digno de un mayor castigo. Habiendo gustado la suavidad de la palabra de Dios, habiendo sido digno de conocer los misterios de nuestra fe, todo lo perdió, seducido por un pasajero deleite.

"El humilde, dice el sabio, es digno de perdón y de misericordia, pero el poderosa, poderosamente será atormentado" 3. Con una sola tarde, con un solo ataque del enemigo se arruina y se destruye todo aquel trabajo. ¿Qué ánimo puedo tener yo para volver a hablaros? Hubiera callado, creedme, si no me hiciese temblar el ejemplo de Jeremías a quien por no querer hablar a un pueblo perverso, le sobrevino el castigo que él mismo nos cuenta: un fuego devorador se apoderó de sus entrañas y le consumía por todas partes, y no podía soportarlo 4.

Descripción de los excesos cometidos

Unas mujeres lascivas, olvidadas del temor de Dios, despreciando el fuego eterno del infierno, en aquel mismo día en que debían haber estado quietas en sus casas en memoria de la resurrección, recordando el día en que se abran los cielos y aparezca el Juez de los hombres, día en el que, al sonido de la trompeta divina, resucitarán los muertos, compareciendo el justo Juez que juzgará a cada uno según sus obras: estas mujeres, digo, en lugar de estar pensando en estas cosas y de purgar sus almas de los malos pensamientos, borrando con lágrimas sus pecados anteriores y preparándose para recibir a Cristo en el día grande de su aparición, sacudieron el yugo de su divino servicio 5. Arrojaron de sus sienes el velo de la honestidad, despreciaron a Dios y a sus ángeles. Se portaron indecorosamente ante toda mirada de los hombres, agitando sus cabellos, y sus túnicas. Durante el baile, con sus ojos lascivos, con risas desenfrenadas, impulsadas como por la locura, provocaban en sí mismas toda la liviandad de los jóvenes. E hicieron el baile nada menos que en la basílica de los mártires, fuera de los muros de la ciudad, convirtiendo los lugares sagrados en lugares de corrupción. Corrompieron la atmósfera con sus cantares livianos. Mancharon la tierra, al bailar sobre ella con sus inmundos pies. Desvergonzadas, locas, no omitieron ningún género de manía. Hiciéronse a sí mismas, espectáculo, delante de una turba de jóvenes.

¿Cómo callar esto? ¿Cómo lo lamentaré como merece?

El vino es el que ha causado tantos estragos en estas almas. El vino, don de Dios, dado para alivio de la debilidad del cuerpo, y para usarlo con sobriedad, se ha convertido en aliciente para lascivia, por usarlo sin templanza.

Efectos de la embriaguez. el santo no tiene confianza de ser escuchado

La embriaguez, ese demonio voluntario 6 que penetra en el alma por medio del placer; la embriaguez madre de la maldad, enemiga de la virtud, al hombre fuerte le hace débil, al casto lascivo; no conoce la justicia y, rebasa los límites de la prudencia. De la misma manera que el agua es contraria al fuego, así el vino, usado en demasía, extingue la razón. Por eso me resistía yo a hablar contra la embriaguez: no porque se tratase de un mal poco considerable, sino porque nada habían de aprovechar mis palabras.

Porque si el ebrio ha perdido el juicio, y no sabe donde está, en vano habla quien le reprocha, pues él no le escucha. ¿A quién pues hablaré? Ciertamente que los que tienen necesidad de amonestaciones no oyen lo que se les dice. Los prudentes y los sobrios no tienen necesidad de mis palabras, pues están libres de este vicio. ¿Qué partido he de tomar en la presente condición de cosas si ni mis palabras han de ser útiles, ni mi silencio seguro? ¿Abandonaremos la cura? Pero es peligrosa la negligencia.

¿Hablaré contra los ebrios? Pero es tronar en oídos sordos. Pero quizás, así como cuando aparece una peste, los médicos aplican remedios aptos para prevenir el mal en los sanos, mas no osan tocar a los que ya están infestados, así también en nuestro caso, la palabra tiene una mediana utilidad; la de tutelar y precaver a los fieles todavía sanos, pero no servirá para curar a los que están ya atacados por la enfermedad.

La embriaguez, fuente de daños físicos

¿En qué te diferencias, oh hombre, de los animales irracionales? ¿No es en el don de la razón, don que recibiste del Creador, don por el cual eres constituido príncipe y señor de todas las criaturas? Pues quien se priva a sí mismo de la razón y del juicio por la embriaguez, "se hace semejante a las bestias irracionales y pónese a la par de ellas" 7. Más aún: yo diría que los que están embriagados son más irracionales que los mismos brutos, puesto que todos los cuadrúpedos, todas las bestias tienen en cierta manera ordenada su concupiscencia; pero los entregados al vino, tienen sus cuerpos animados por un ardor que supera al querido por la naturaleza. A todas horas y constantemente son impelidos a los deleites impuros y torpes. Y esto no sólo los embrutece y los atonta, sino que la privación de sus sentidos hace al embriagado el más abominable de todos. Porque ¿qué animal pierde el sentido de la vista y del oído, como lo pierde el que se embriaga? Pero los ebrios lo pierden, porque no conocen a sus parientes, y tratan muchas veces con desconocidos creyendo que son sus amigos, allegados. ¿No pasan muchas veces saltando por las sombras, creyendo que atraviesan arroyos y valles? Sus oídos están continuamente percibiendo ruidos y estrépitos, como furor de mar tempestuoso. Les parece que la tierra se levanta hacia arriba, y que los montes giran a su alrededor. Unas veces ríen sin cesar. Otras, se lamentan y lloran sin consuelo. Ora se muestran intrépidos y audaces, ora tímidos y temblorosos. El sueño les es pesado, difícil de sacudir, sofocante y parecido a la muerte. En las vigilias permanecen más estúpidos que en los mismos sueños. Su vida es una especie de sueño continuado. No teniendo quizás ni con qué vestirse, ni qué comer para mañana, se imaginan ser reyes, capitanean ejércitos, edifican ciudades, y reparten dinero. Es el vino el que llena sus cabezas de semejantes locuras y visiones.

En otros, en cambio, produce efectos contrarios. Pierden el coraje, están tristes, doloridos, llorosos, tímidos y consternados. Un mismo vino, según la distinta constitución produce distintos y diferentes efectos en los ánimos. A los ardorosos y llenos de sangre, les pone alegres y gozosos. A los que ya han gastado las fuerzas con su peso, y les ha corrompido la sangre, les excita a los efectos contrarios 8. ¿Qué necesidad hay de enumerar la turba de los demás trastornos? La pesadez de su carácter, el irritarse con facilidad, el ser quejumbrosos, el ser de ánimo mudable, los gritos, los tumultos, el ser inclinados a las acciones criminales, el ser incapaces de refrenar y disimular la ira.

La embriaguez, fuente de impureza

Además, la incontinencia en los goces y placeres, tiene su origen en el vino como en su fuente. A una con el vino, brota la enfermedad de la impureza, que es menor en los brutos que en los embriagados. Las bestias conocen los términos de la naturaleza. Pero los ebrios pierden todo el control de su persona. Van hasta contra la naturaleza. Mas no es fácil decir y ponderar con palabras todos los males que se encierran en la embriaguez. Los daños que trae la peste, afligen de tiempo en tiempo a los hombres. El aire inyecta poco a poco su misma corrupción en los cuerpos. Pero los daños que trae el vino lo invaden todo a un mismo tiempo. Porque pierden el alma con todo género de vicios. Corrompen al propio cuerpo con los inmoderados placeres, a que son arrastrados por una especie de furor. Más aún; los mismos vapores del vino hinchan de tal manera el cuerpo qué le hace perder su vigor vital con tales excesos. Tienen los ojos, lívidos, pálido el semblante, embotado el espíritu, atada la lengua. Sus gritos son confusos, sus pies titubeantes como los del niño, espontáneos sus vómitos de lo superfluo que allá tienen, como si saliesen de las bocas de unas bestias.

Son desgraciados por sus lascivias, más desgraciados aún que los que en el mar son agitados por una tempestad. A éstos las olas, sucediéndose unas a otras, no les permiten salir a flote. De modo semejante, las almas de aquéllos quedan ahogadas y sumergidas en el vino. Por eso, así como a la nave muy llena de mercancías, cuando es agitada por la tempestad, es necesario que le alivien el peso, arrojando parte de su carga al mar, así a éstos es necesario aliviarles de lo que les hacen tan pesados. Y aún apenas con el vómito quedan libres de sus cargas.

Son tanto más desgraciados que los navegantes; cuanto que aquéllos son acometidos por los vientos, por el mar, y por fuerzas exteriores que no pueden impedir. Pero éstos levantan voluntariamente en sí mismos la tempestad de la embriaguez.

El que es atacado por el demonio es digno de lástima. Pero el ebrio ni siquiera es digno de compasión, pues lucha con un enemigo voluntario. Llegan al colmo de componer ciertas medicinas, cuyo efecto no es atajar el mal que produce el vino, sino hacer que la embriaguez, sea constante y continua.

Y por lo que hace al tiempo de la bebida, les parece pequeño el día; breve la noche, y corto el invierno.

El ansia de beber

No tiene fin este mal. Porque el mismo vino les abre el deseo de beber más. No alivia la necesidad, sino que una bebida induce a la necesidad de otra bebida, abrasando a los embriagados, y despertando siempre el deseo de beber más. Cuando piensan que van a saciar su sed insaciable, les sucede lo contrario. Porque con el continuo uso de este placer, se embotan y languidecen sus sentidos. Y así como la excesiva luz daña a la vista, y así como pierden sus sentidos los oídos que son heridos con golpes y estrépitos muy grandes de manera que después ya no oyen nada; así éstos, dejándose arrastrar imprudente e incautamente por la afición de este placer, llegan a perderle completamente. El vino más puro dicen que es insípido, y parece agua. El frío les parece caliente, y aunque esté helado, aunque esté como la nieve, no pueden apagar la hoguera que en tu pecho ha encendido el inmoderado uso del vino.

¡Ay de los ebrios!

"¿Para qué son los ayes? ¿Para quién los alborotos? ¿Para quién los tribunales? ¿Para quién los disgustos y las riñas? ¿Para quién las heridas inútiles? ¿Quién trae los ojos encendidos? ¿No son éstos los dados al vino, y los que andan explorando dónde hay bebidas?" 9.

¡Ay! es palabra de lamentación, y de lamentación son dignos los que se embriagan, porque no han de alcanzar el reino de Dios 10.

Vienen después los alborotos, porque el vino turba sus mentes. Los disgustos y las riñas se deben al amargo placer que el beber les ha acarreado.

Quedan atados sus pies, atadas sus manos, por los vapores del vino, que se extienden por todo su cuerpo. Y aún antes de todos estos padecimientos, en el mismo tiempo en que están bebiendo, se apodera de ellos el furor de los frenéticos. Porque después que el vino se les sube a la cabeza, sienten en ella dolores insufribles. No pudiendo mantenerla recta sobre sus hombros, la dejan caer a un lado y otro balanceándola sobre las vértebras. Llaman entretenimiento al inmoderado y disputador hablar en los convites. Finalmente, los ebrios reciben heridas sin causa alguna. Por la embriaguez no pueden tenerse en pie. Caen hacia diversos lados. Necesariamente y sin causa se han de llenar de heridas sus cuerpos.

Es inútil amonestar a los ebrios acerca de los daños de la embriaguez. Tendrán la maldición de Caín

Pero ¿quién va a decir esto a los que están llenos de vino? Pesada como tienen la cabeza por los vapores, dormitan, bostezan, ven nieblas delante de sus ojos, sienten náuseas. No oyen a sus maestros que les están clamando por todas partes: "No os llenéis de vino, porque en él está la lujuria" 11. Y en otra parte: "El vino es lujurioso y contumeliosa la embriaguez" 12.

Y al mismo tiempo que hacen oídos sordos, están mostrando el fruto de su embriaguez. Su cuerpo está pesado por la hinchazón, sus ojos humedecidos, su boca seca y hecha una llama. Y así como las concavidades, donde desembocan los torrentes, mientras éstos se despeñan en ellas, parecen estar llenas de agua, pero tan pronto como la corriente cesa, quedan secas y áridas; así, mientras en la boca del ebrio, está cayendo el vino, parece estar húmeda y llena; pero apenas cesa, queda seca y árida. Y viciado como está, por el uso inmoderado del vino, aún la fuerza vital llega a perder. Porque, ¿quién habrá tan fuerte que pueda resistir a los males de la embriaguez? ¿Qué arte podrá evitar el que un cuerpo que siempre se abrasa, que está siempre anegado en vino, no se haga enfermizo, desgastado y flojo?

De aquí los temblores y las debilidades. Por el inmoderado vino se les corta la respiración, pierden los nervios su fortaleza, y todo el cuerpo, queda tembloroso por la falta de fuerza.

¿Por qué atraes sobre ti la maldición de Caín, que toda su vida anduvo tembloroso y vagabundo?

El cuerpo que pierde su natural base es inevitable que vacile y tiemble.

El exceso en el beber hace olvidar las grandezas del Creador. Todo es discordia y vanidad

¿Hasta dónde arrastra el vino? ¿hasta dónde la embriaguez? El peligro está en que te conviertas en cieno y lodo en lugar de hombre. Por las embriagueces cotidianas tan mezclado estás con el vino, tan acabado estás por él, que sólo hueles a vino. Como vaso corrompido no sirves para nada. A éstos llora Isaías: "¡Ay de aquellos que se levantan por la mañana, y se lanzan a la sidra, y esperan la tarde porque el vino les abrasa. Beben vino al son de la cítara y del pandero 13 y no miran las obras del Señor, ni consideran las obras del Señor!" 14.

Tienen los ebrios costumbre de llamar sidra a toda bebida que pueda embriagar. Pues a los que, apenas comienza el día, andan en busca de los sitios donde se dan bebidas; a los que frecuentan las bodegas y las tabernas, a los que reúnen para beber, a los que agotan todos los cuidados de su alma en tales ocupaciones, a esos llora el profeta. Porque ningún tiempo les queda para considerar las maravillas de Dios. No tienen tiempo para levantar los ojos al cielo, y embelesarse con su hermosura y ponderar el orden de todo lo creado, para conocer por este orden al Creador. Apenas comienza el día, adornan con variados tapices y con floridas alfombras el lugar del convite. Todo su empeño y cuidado está en preparar las copas y los vasos para refrescar el vino. Sacan las copas adornadas con piedras preciosas y las de oro, como para un público y pomposo banquete, a fin de que su variedad les entretenga el fastidio, y para que mientras alternan unas y otras puedan beber durante más largo tiempo.

Discordia y vanidad

Y aún están presentes maestros para el convite, y otros que sirven la copa, y architriclinos. Se simula orden en medio de la confusión, y armonía en medio del alboroto. Así como a los magistrados seculares les dan autoridad sus satélites, así también haciéndose acompañar de sirvientes, la embriaguez, cual una reina, pretende ocultar lo mejor que puede, su deshonra.

Además, las coronas, las flores, embotan más y más a los dados a la perdición.

En el transcurso del convite nacen por el vino las disputas, los encuentros, los litigios, mientras que luchan por aventajarse mutuamente en la embriaguez. El que preside estas luchas es el diablo, y como premio de la victoria el pecado. Quien se echa más vino, ese obtiene la victoria: "Su gloria consiste en su propia deshonra" 15. Luchan entre sí, dañándose a sí mismos.

¿Qué palabras podrán declarar las torpezas de las cosas que allí se hacen? Todas están llenas de necedad, todas de confusión. Los vencidos están ebrios, ebrios los vencedores. Los sirvientes se mofan de ellos. Vacila la mano, la boca no recibe más alimento. El vientre se agita y el mal no se amansa. El miserable cuerpo, despojado de natural vigor, se inclina a una y otra parte, sin poder dominar la violencia que ejerce el excesivo vino.

Espectáculo lamentable

¡Oh espectáculo lamentable para los ojos de un cristiano! Un hombre que está en la flor de la edad, de complexión robusta, que sobresale entre los guerreros, tiene que ser llevado a su casa, porque no puede levantarse ni andar con sus propios pies. Un hombre que debía ser el terror de los enemigos, es en la plaza objeto de diversión para cualquier muchacho. Es derribado sin armas, y matado sin enemigos. Hábil en las armas; cuando está en la flor de su edad es consumido por el vino; dispuesto a que los enemigos hagan de él lo que quieran.

La embriaguez embota el entendimiento, destruye el vigor, trae una vejez prematura y prepara para la muerte en poco tiempo.

¿Qué son los ebrios sino los ídolos de los gentiles? Tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen 16. Sus manos están desmadejadas, sus pies muertos. ¿Quién ha puesto tales acechanzas? ¿Quién ha causado este mal? ¿Quién nos mezcló este veneno de la locura?

Mirad, oh hombre, hiciste del convite un campo de batalla. De él salen los jóvenes conducidos por manos ajenas, como heridos en el combate. Mataste con el vino a la flor de la juventud. Le invitas a un convite como a amigo, y le despides muerto, apagada su vida con el vino.

Cuando creían que estaban ya hastiados de vino, comienzan a beber, y beben a la manera de los animales, como de una fuente que mana, ofreciendo a los convidados sendas corrientes. Porque cuando están a la mitad del banquete entra un joven de lucidos hombros que aún no está ebrio. Presenta en medio una gran vasija de vino fresco. Despide al copero, y de pie va repartiendo a los convidados unos tubos oblicuos, por los que se comunica la embriaguez a todos. Peregrina invención en tal desorden, para que recibiendo todos en igual proporción aquel deleite, ninguno pueda vencer al otro en la bebida. Distribuidos los tubos, y tomando cada uno el suyo, beben todos a la vez como los bueyes en los lagos, apresurándose por traer a sus gargantas cuanto les viene de la vasija refrigerante, por los plateados caños.

Mira tu miserable vientre. Fíjate en la grandeza del vaso que llenas, que apenas cabe en él una cótila. No mires a la vasija para agotarla, sino a tu vientre que ya está lleno. Por eso, ¡ay de los que se levantan por la mañana y se arrojan a la sidra! ¡ay de los que esperan la tarde 17, y pasan todo el día en la embriaguez. ¡Ningún tiempo les queda para mirar las obras del Señor y considerar sus maravillas!

El vino les abrasa 18, porque el calor del vino, comunicándose a las carnes, se convierte en ascua para las encendidas saetas del enemigo.

El vino sumerge en tinieblas a la razón y al entendimiento. Excita las pasiones y las lascivia como a un enjambre de abejas.

¿Qué carroza es arrastrada por un tronco sin auriga tan temerariamente? ¿Qué nave sin piloto no es agitada por las olas con más seguridad que el embriagado?

Contraste entre la embriaguez y la severidad cristiana. el juicio de Dios

Por estos males, hombres mezclados con mujeres, entregando sus almas al espíritu de la embriaguez, formando todos juntos una danza, se hirieron mutuamente con el aguijón de las pasiones. Las risas de una y otra parte, los cantares livianos, los gestos lascivos, todo era un llamado a la impureza.

¿Te ríes? Dime, ¿y te gozas, con gozo impuro, cuando te era mejor estar llorando y gimiendo los pecados pasados?

¿Entonas cantos de meretriz, olvidándote de los himnos y salmos que aprendiste?

¿Mueves los pies y saltas como los locos y bailas, cuando debieras hincar tus rodillas para adorar? ¿A quién lloraré? ¿A las doncellas aún no casadas o a las que están ya sujetas al yugo del matrimonio? Aquéllas volvieron sin la virginidad, éstas sin la fidelidad a sus maridos. Qué si algunas evitaron por ventura el pecado en sus cuerpos, recibieron por completo el mal en sus almas.

Lo mismo digo de los hombres. Si miró con malicia, malicia tiene. El que mira a una mujer para desearla, ha fornicado 19. Si tienen tanto peligro los que de paso e inadvertidamente miran a una mujer, ¿qué peligros no han de tener los que de propósito asisten a tales espectáculos para ver a unas mujeres que por la embriaguez se portan indecorosamente; que componen sus gestos para provocar la lascivia; que canten canciones muelles, que sólo con ser oídas pueden excitar la pasión de la carne en los lascivos? ¿Qué van a decir, qué excusa van a presentar quienes de tales espectáculos volvieron cargados de un enjambre de tantos males? ¿No se ven obligados a confesar que miraron para excitar su concupiscencia? Por lo tanto, son reos de adulterio, según el inevitable juicio de Dios.

¿Cómo os va a recibir el Espíritu Santo el día de Pentecostés, habiéndole tratado con tal desprecio el día de la Pascua?

La venida de este Espíritu fue clara y manifiesta a todos, pero tú has preferido hacerte habitación del espíritu contrario, y te has convertido en templo de ídolos 20, siendo así que deberías ser templo de Dios, donde habitase el Espíritu Santo. Has traído sobre ti la maldición del Profeta, que dice en nombre de Dios: Convertiré sus solemnidades en luto 21.

¿Cómo vais a mandar a vuestros siervos, cuando vosotros sois esclavos de vuestros brutales apetitos y de vuestra liviandad?

¿Cómo vais a aconsejar a vuestros hijos, si vosotros lleváis una vida escandalosa y desarreglada?

Remedios contra el exceso de la bebida. Exhortaciones

¿Pues qué? ¿Os abandonaré? Temo que el díscolo, tome de aquí ocasión para hacerse más desvergonzado 22; y que el compungido quede anegado en mayor tristeza.

La medicina, dice la Escritura, remediará grandes pecados 23. Cúrese con el ayuno, la embriaguez; con los Salmos, los cantares obscenos. Sean las lágrimas remedio de la risa. En vez de la danza, dóblese la rodilla. Al aplauso de las manos, sucedan los golpes de pecho. En lugar de la elegancia en el vestir, muéstrese la humildad.

Sobre todo, redímate del pecado la limosna 24. Porque el precio de la redención del hombre, son sus riquezas 25. Haz que muchos de los que yacen en la desgracia, sean tus compañeros en la oración, a no ser que todavía estés determinado a darte al mal.

Cuando el pueblo se sentó para comer y beber, y se levantaron para jugar (y su juego era la idolatría 26), los levitas, armados contra sus hermanos, consagraron sus manos al sacerdocio.

Así, que a todos los que teméis al Señor, a todos los que os habéis lamentado de la vileza de estos hechos execrables, os mandamos que os compadezcáis como de vuestros miembros enfermos, de los que se arrepientan de la locura de sus acciones. Pero si algunos se mantienen obstinados, y se burlan de vuestra tristeza por su causa salid de entre ellos y separaos, y no toquéis lo inmundo 27, para que avergonzados conozcan su maldad, y vosotros recibáis el premio del cielo de Finés 28, en el justo juicio de Nuestro Dios y Salvador Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Notas

1. El Sábado Santo.

2. Alúdese a las exhortaciones con que el Santo había querido disponer a los fieles a festejar santamente la Pascua.

3. Sab., VI, 7.

4. Jerm., XX, 9.

5. Isaías, III, 16.

6. Demonio voluntario es aquel que el hombre se elige por sí mismo, a quien voluntariamente abre las puertas siendo atormentado por su propio querer.

7. Salmo LXVIIT, 13.

8. El Santo, sigue, en estas explicaciones fisiológicas, el estado de la ciencia de su tiempo.

9. Prov., XXIII, 29.

10. I Cor., VI, 10.

11. Efes., V, 18.

12. Prov., XX, 1.

13. En la actualidad diríamos que beben al son de la guitarra y del acordeón.

14. Isaías, V, 11.

15. Filip., III, 19.

16. Salmo CXIII, 5.

17. Isaías, V, 11.

18. Ibíd.

19. Mt., V, 28.

20. Rom., VIII, 11.

21. Amos, VIII, 10.

22. II Cor., XI, 7.

23. Eccles., X, 4.

24. Dan.m IV, 24.

25. Prov., XIII, 8.

26. Exod., XXXII, 6.

27. Cor., VI, 17.

28. Núm., XXV, 11.

Atiende a Ti Mismo.

"Atiende a ti mismo, no sea que alguna vez una palabra oculta, se haga iniquidad en tu corazón" (Deut. 15:9)2.

Introducción

Dios Nuestro Creador, nos ha dado el uso de la palabra para que descubramos a los demás los designios del corazón; ya que somos de una misma naturaleza, quiere Dios que, comunique cada uno con su prójimo, sacando como de unas alacenas, las intenciones de los escondrijos del corazón. Si contásemos únicamente de alma, pronto nos entenderíamos con los demás por medio de lo que pensamos. Pero como nuestra alma elabora los pensamientos revestida con el traje de la carne, tiene necesidad de palabras y nombres para publicar lo que dentro tiene. Y así, luego que nuestro pensamiento toma una voz significativa llevado por la palabra como en una barca, cruzando el espacio, pasa del que habla al que oye. Si encuentra profunda calina y silencio, entra como en puertos tranquilos e imperturbados en los oídos de los que escuchan. Pero si como enfurecida tempestad, sopla contra el alboroto de los oyentes, naufragará disolviéndose en medio del espacio. Haced, pues calina a la palabra con el silencio. Porque tal vez aparezca conteniendo algo útil que podáis llevar con vosotros.

La palabra de la verdad es difícil de comprender; puede fácilmente escapárseles a los que no estén con atención. Por eso, dispuso el Espíritu Santo que fuese concisa y breve, para que significase con pocas palabras muchas cosas, y pudiese por la brevedad retenerse fácilmente en la memoria. Porque virtud natural de la palabra es el no ocultar con oscuridad las cosas que significan, no estar ociosa y vacía andando ligeramente alrededor de las cosas.

El porqué de la sentencia

Tal es la sentencia que poco ha nos leyeron de los libros de Moisés, de la cual os acordaréis muy bien los diligentes; a no ser que por su brevedad haya pasado ligeramente por vuestros oídos. Dice, pues, así: Atiende a ti mismo, no sea que alguna vez una palabra oculta se haga iniquidad en tu corazón 3.

Somos los hombres inclinados a los pecados del pensamiento. Por eso el que formó uno por uno nuestros corazones, sabiendo que la principal parte del pecado se comete con el apetito de la voluntad, ordenó en nosotros la pureza como la primera en la parte más noble. El sitio donde más fácilmente resbalamos al pecado lo ha favorecido con mayor esmero y vigilancia.

Y así como los médicos más previsores, defienden muy de antemano con medicinas preservativas las partes más débiles de los cuerpos; de la misma manera, el común curandero y verdadero médico de las almas, previno con más poderosos auxilios lo que conoció estar en nosotros más inclinado al pecado. Las acciones del cuerpo necesitan tiempo, oportunidad, trabajos, ayudantes, y los demás gastos. No así los movimientos de la mente, pues se ejecutan instantáneamente, se acaban sin cansancio, se detienen sin hacer nada; todo tiempo es apto para ellos.

Suele ocurrir que algún arrogante y vanaglorioso de su castidad, revestido por afuera con máscaras de pudor, sentándose muchas veces en medio de los que le llaman dichoso por su virtud, acude con su mente, por el oculto movimiento del corazón, al lugar del pecado. Ve con la imaginación lo que desea. Finge compañías indecorosas. Píntase claramente el placer en la escondida oficina de su corazón. Comete el pecado allá dentro sin testigos; desconocido por todos hasta que venga el que ha de descubrir los escondrijos de las tinieblas, y manifestar los deseos de los corazones 4.

Atiende, pues, no sea que alguna vez algún pensamiento oculto se haga iniquidad en tu corazón. Porque el que mire a una mujer para codiciarla, ya ha cometido adulterio en su corazón 5. Las acciones corporales las interrumpen muchos, mas el que peca con el deseo, ha cometido él pecado con la velocidad de los pensamientos. Por lo cual, contra esto tan resbaladizo, se nos dio pronto precaución. Así lo atestiguan las palabras: No sea que alguna vez una palabra oculta se haga delito en tu corazón.

Atiende a ti mismo para que puedas discernir lo dañoso de lo saludable

Pero volvamos al comienzo de la sentencia. Atiende a ti mismo. Todos los animales tienen por concesión de Dios, quien todo lo creó, movimientos para mirar por su propia naturaleza. Y encontrarás, si observas diligentemente, que la mayor parte de los brutos, sin que nadie les enseñe tienen odio a los que les dañan. Son atraídos por el contrario, por cierta inclinación natural, a gozar de lo que les es útil. Por eso mismo Dios, nuestro maestro, nos dio este gran precepto para que lo que ellos hacen por naturaleza, eso lo hagamos nosotros con el auxilio de la razón. Lo que ellos hacen inconsiderablemente, quiere Dios que lo hagamos nosotros con atención y con la continua dirección de los pensamientos. Quiere que seamos guardas diligentes de los movimientos que El nos da, huyendo del pecado como huyen los brutos de las comidas venenosas y siguiendo la justicia como siguen ellos las nutritivas hierbas.

Atiende por lo tanto a ti mismo, para que puedas discernir lo dañoso de lo saludable.

Dos maneras de atender a sí mismo

Dos maneras hay de atender: una, contemplando con los ojos corporales las cosas visibles; otra, elevando la facultad espiritual del alma a la contemplación de las cosas incorpóreas. Si dijésemos que este precepto sólo se refiere a la acción de los ojos, mostraremos de inmediato la imposibilidad de esto. Porque ¿cómo uno se abarcaría a sí todo con el ojo? Pues, ni el ojo usa de su mirada para verse a sí mismo, ni puede ver la parte superior de la cabeza, ni las espaldas, ni el rostro, ni la interior disposición de las entrañas. Por otra parte, sería una impiedad decir que no pueden guardarse los mandamientos del Espíritu Santo.

Resta, pues, que entendamos el precepto en cuanto se refiere a la acción del entendimiento.

Atiende a ti mismo, es decir: examínate a ti mismo por todas partes. Ten despiertos los ojos del alma para vigilarte a ti mismo.

Atraviesas por medio de lazos 6. Yacen ocultas por todas partes, trampas puestas por el enemigo. Examina, pues, todo lo que está a tu alrededor, para que te libres como el gamo de los lazos, y como el ave de la trampa 7. Porque al gamo no se le puede agarrar con lazos por la agudeza de su vista, por donde se lo llama así por la perspicacia de sus ojos. Y el pájaro, cuando está atento, con sus ligeras alas se remonta sobre las celadas de los cazadores.

Pues mira. No te muestres más perezoso que los irracionales en vigilarte a ti mismo. Está, atento, no sea que alguna vez, enredado en los lazos, seas presa del diablo, cazado por él en vida para ser su juguete.

Atiende únicamente a ti mismo, a tu alma

Atiende, pues, a ti mismo; a saber, no a tus cosas, ni a lo que te rodea, sino atiende únicamente a ti mismo. Porque una cosa somos nosotros mismos, y otra nuestras cosas; y otra, todo lo que nos rodea. Nosotros somos el alma y la mente en cuanto que hemos sido hechos a imagen del Creador. Cosa nuestra es el cuerpo y sus sentidos. Lo que nos rodea son las riquezas, artes y lo demás concerniente a la vida.

¿Qué dice, pues, la sentencia? No atiendas a la carne ni busques en manera alguna su bien; la salud, la hermosura, el goce de los placeres, la larga vida. No admires las riquezas, la honra y el poder. No tengas por cosa grande cuanto satisface las necesidades de la vida temporal, no sea que desprecies, por la afición a estas cosas, la vida más excelente que tienes. Atiende a ti mismo; es decir a tu alma. Adórnala, cuídala, hasta que desaparezca, por tu diligencia, toda suciedad que se la haya pegado del mal. Procura borrar toda la deshonra que le haya venido del pecado. Adórnala y embellécela con galas de virtud.

Examínate a ti mismo quien eres. Conoce tu naturaleza: que es mortal tu cuerpo, e inmortal el alma. Conoce que tenemos una vida doble: una, perteneciente a la carne, que pasa velozmente; otra, perteneciente al alma, que no tiene límite.

Reflexiona diligentemente sobre ti mismo para dar a cada uno lo conveniente

Atiende, pues, a ti mismo. No te pegues a las cosas perecederas como si fueran eternas. No desprecies las eternas como si fueran pasajeras. Desprecia la carne, porque pasa; cuida del alma, que es inmortal. Reflexiona con toda diligencia sobre ti mismo, para que aprendas a dar a cada uno lo conveniente: a la carne los alimentos y los vestidos, y al alma las enseñanzas de la piedad, el comportamiento honesto, el ejercicio de la virtud, el dominio de las pasiones. Atiende a ti mismo para que no engordes excesivamente al cuerpo, ni andes solícito por la abundancia de la carne. Porque la carne desea contra el espíritu, y el espíritu contra la carne y mutuamente se contrarían ambos 8. Atiende a ti mismo, no sea que, condescendiendo con la carne, des mayor poder al que menos vale. Porque así como en los fieles de las balanzas, si cargas mucho un platillo haces necesariamente al que está enfrente, en el lado contrario, más ligero, así también en el cuerpo y en el alma la superioridad del uno comporta necesariamente la debilidad del otro. Y es así, que gozando de bienestar el cuerpo, y pesado por su obesidad, necesariamente el entendimiento está débil y flojo para sus operaciones propias, mientras que, por el contrario, estando bien el alma y levantada a su propia grandeza, por medio de ejercicio del bien, síguese el que la debilite esta complexión del cuerpo.

Precepto útil para todos

Y este mismo precepto es útil para los débiles, y en sumo grado consciente para los fuertes. También los médicos de las enfermedades aconsejan a los pacientes a que atiendan a sí mismos, y nada descuiden de lo perteneciente a su salud. Pues de una manera semejante, la sentencia, el médico de nuestras almas, sana con este pequeño remedio al alma enferma por el pecado. Atiende por lo tanto a ti mismo, para que conforme lo exige tu delito, recibas el remedio de la salud.

¿Es grande y horrible tu pecado? Pues necesitas mucho la confesión, lágrimas amargas, continuadas vigilias, ayunos no interrumpidos.

¿Es ligera y tolerable tu falta? Sea igual también la penitencia. Unicamente atiende a ti mismo, para que conozcas la salud y la enfermedad del alma. Porque muchos teniendo grandes e incurables enfermedades, ni se dan cuenta siquiera, por su excesiva inconsideración, que están enfermos.

Grande es también la utilidad que se sigue de esta sentencia para los robustos en sus obras. Una misma sentencia, sana a los enfermos y perfecciona a los sanos. Cada uno de nosotros, que somos discípulos de esta sentencia, es administrador de algún oficio de los que prescribe el Evangelio 9. Porque en esta gran casa de la Iglesia, no sólo hay ajuares de todas clases, de oro y de plata, de madera y de barro, sino que hay también toda clase de artes. Tiene la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios Vivo lo, cazadores, atletas, soldados. A todos éstos se adapta esta breve sentencia. Comunica a cada uno diligencia en el trabajo, y entusiasmo en la voluntad. Eres cazador enviado por el Señor, que dijo:

He aquí que yo envío muchos cazadores y los cazarán por todos los bosques 11.

Atiende, pues, con diligencia, no se te escape la presa, para que cazando con la palabra de la verdad a los que se han convertido en fieras, por sus servicios, los traigas al Salvador. Eres caminante como lo era aquel que oraba así: Dirige mis pasos 12.

Atiende a ti mismo. No tuerzas el camino, no te separes a la derecha o a la izquierda 13. Vete por el camino real. El arquitecto eche sobre la mente el cimiento de la fe, que es Cristo Jesús 14. El albañil mire como edifica, no con madera, ni heno, ni paja, sino con oro, plata y piedras preciosas. Tú, pastor, atiende, no te pase por alto alguna de las cosas que requiere el oficio pastoril. Y ¿qué cosas son éstas? Encamina al perdido, venda al golpeado, cura al enfermo.

Tú labrador, cava alrededor de la higuera infructuosa y arroja allí lo que ayude para la fecundidad.

Tú que eres soldado, colabora al Evangelio pelea valiente, combate 15 contra todos los espíritus del mal, contra las pasiones de la carne; toma toda la armadura de Dios: no te compliques en los negocios de la vida para que agrades al que te eligió para su milicia.

Tú atleta, atiende a ti mismo. No faltes a las leyes atléticas; porque ninguno es coronado si no luchó legalmente 16. Imita a San Pedro que corría y peleaba y era luchador; y así tú, como un buen combatiente, ten firme la mirada de tu alma. Cubre las partes más peligrosas con el impedimento de tus manos; ten fijos los ojos en el adversario. En tus carreras tiende tu vista a lo que te queda por delante 17. Corre de suerte que ganes el premio 18. Oponte en la lucha a los enemigos invisibles.

Tal quiere la sentencia que seas durante la vida; no cobarde ni perezoso, sino cauto y vigilante gobernador de ti mismo.

No me bastaría el día entero si hubiera de continuar exponiendo, sea las obligaciones de los que coadyuvaban al Evangelio de Cristo, sea la eficacia del precepto y cuán bien se acomoda a todos.

Atiende a ti mismo, previniéndote contra las vanas ilusiones

Atiende a ti mismo. Se sobrio, aconsejado, observador de las cosas presentes, previsor de lo futuro. No pierdas lo ya presente, por tu pereza, ni te prometas el goce de lo que ni es, ni tal vez será, como si estuviese ya en tus manos.

Y ¿no está por naturaleza esta enfermedad en los jóvenes que por la ligereza de su entendimiento creen poseer ya lo que esperan? Porque cuando alguna vez están en reposo, o en el descanso de la noche, se fraguan ellos mismos imágenes que no existen, son arrastrados por la insensibilidad de su mente a todas las cosas. Prométense el esplendor de la vida, brillante boda, feliz descendencia, larga vejez y honores de parte de todos. Después, no pudiendo detener sus esperanzas en ninguna cosa, son arrebatados a las mayores cosas humanas. Poseen casas hermosas y grandes. Las llenan de toda clase de cosas preciosas. Ponen a su alrededor cuanto la vanidad de sus pensamientos les señala de terreno en el mundo. Las riquezas que de allí resultan, las encierran en los cofres de la vanidad.

A todo esto, añaden rebaños, innumerables multitud de domésticos, puestos políticos, dignidades militares, guerras, trofeos, el mismo reino.

Todas estas cosas consideradas en las ficciones vacías de su mente, debido a su excesiva locura, les parece como que ya las gozaran de presente. Parece como que tuvieron ante sus pies lo que tan solo esperan. Tener sueños estando despierto, es una enfermedad propia de un alma débil y perezosa.

Pues bien, la Escritura, para estrujar esta vana soberbia de la inteligencia, y esta vanagloria de nuestros pensamientos, y para reprimir como con un freno de inconstancia de la mente, nos anuncia este grande y sabio precepto: "Atiende a ti mismo, sin prometerte lo que no existe, y dirige las cosas presentes a tu utilidad."

Atiende a ti mismo y no quieras averiguar los males de otros

Creo que el legislador usó también esta amonestación para hacer desaparecer asimismo este vicio de la sociedad. El indagar curiosamente los males ajenos, nos es más fácil a todos, que el indagar diligentemente lo propio. A fin de que esto no suceda, (el legislador nos) dice: "Cesa de averiguar los males ajenos. No entregues a la ociosidad tus pensamientos para que se ocupen de la vida de los demás. Atiende a ti mismo, a saber, vuelve los ojos de tu alma para averiguar tus propias cosas." Pues muchos, como dice el Señor, ven una pajuela en el ojo de su hermano, y no ven la viga que llevan en el suyo 18.

Por lo tanto, no ceses de examinarte a ti mismo. Examina tu vida, si marcha conforme al precepto. No te preocupes de lo que hay por de fuera a tu alrededor. No te ocupes de observar y ver si acaso puedes encontrar en alguna parte ocasión de reprender a alguno. No seas como aquel soberbio y arrogante fariseo que estaba de pie llamándose a sí mismo justo, y despreciando al mismo tiempo al publicano. Tú, por el contrario, no ceses de pedirte cuenta a ti mismo. Examínate si has pecado con tu pensamiento, si tu lengua se ha deslizado en algo, adelantándote a la razón, si en las obras de tus ruanos has hecho algo temerario. Y si en tu vida encontrares muchos pecados (y seguramente que siendo hombre los encontrarás), di con él publicano: Oh Dios mío, compadeceos de mí, que soy un pecador 20.

Sentencia útil para todas las circunstancias de la vida

Atiende, pues, a ti mismo. Esta sentencia aun cuando tu vida se deslice prósperamente y goces de espléndida felicidad, será útil como un buen consejero que trae a la memoria las cosas humanas. Y si eres atribulado por las adversidades, irá también a su tiempo junto a tu corazón; de modo que ni la soberbia te levantará a jactancia, ni tampoco caerás por la desesperación en una deshonrosa tristeza.

¿Estás orgulloso por tus riquezas y te jactas de la gloria de tus antepasados? ¿Te engríes de la patria y de la belleza del cuerpo y de los honores que de todos recibes? Atiende a ti mismo que eres mortal, que eres tierra y en tierra te has de convertir 21. Vuelve la vista hacia los que antes de ti estuvieron en semejantes honras. ¿Dónde están los que fueron admirados por su poder político? ¿Dónde los oradores invencibles? ¿Dónde los que reunían públicas, asambleas; los que alimentaban briosos corceles, los generales, los sátrapas, los tiranos? ¿No es todo polvo? ¿No fue todo fábula? ¿No se conserva en unos pocos huesos la memoria de su vida? Revuelve las sepulturas, a ver si puedes distinguir cuál fue el siervo y cuál el señor, quién el pobre y quién el rico. Separa, si puedes, al vasallo del rey, al valiente del cobarde, al hermoso del feo.

Por consiguiente, si te acuerdas de tu naturaleza, jamás te ensoberbecerás. Y te acordarás de ti, si atiendes a ti mismo.

¿Eres de nacimiento humilde y desconocido, pobre nacido de pobres, sin casa, sin ciudad, débil, necesitado del alimento de cada día? ¿Temes a los poderosos y te abajas por lo humilde de tu vida? El pobre, dicen los Proverbios, no sufre la amenaza 22. Pero no te desalientes. Si en la actualidad no tienes nada digno de ser emulado, no depongas por eso tu esperanza. Levanta tu ánimo a los bienes que ya te ha comunicado Dios, y a los que te esperan después por su promesa.

Porque, mira, en primer lugar, eres hombre. Eres el único entre los animales formado por Dios 23,. ¿Por ventura al que bien lo piensa no basta esto para consuelo grande? ¿No le basta para su consuelo el haber sido formado por las mismas críanos de Dios que todo lo creó? Por otra parte; ¿no te basta que hecho e imagen de tu Creador, puedas subir, por la práctica de la virtud, a una honra semejante a la de los ángeles? Tienes un alma dotada de inteligencia con la que puedes conocer a Dios. Al averiguar, por medio de la razón, la naturaleza de las cosas, adquieres el sabrosísimo fruto de la sabiduría. Además, todos los animales de la tierra, tanto los domésticos como los de los bosques, los que se crían en las aguas como los volátiles, te sirven a ti y están bajo tu dominio.

¿No fue el hombre quien inventó las artes y edificó las ciudades? ¿No fue él, quien descubrió las cosas necesarias y las placenteras? ¿Los mares, no le han abierto el camino, gracias a su entendimiento? Y el aire y el cielo y los coros de las estrellas, ¿no le muestran su orden? ¿Por qué entonces te desanimas por no tener un caballo de plateadas bridas? En cambio, tienes al Sol que con más contante curso, durante todo el día, está sirviéndote de antorcha.

No tienes el resplandor del oro y de la plata. Pero tienes a la luna que te alumbra con su resplandor.

No te paseas en carrozas recamadas de oro. Pero tienes pies, vehículo propio y hecho para ti. ¿Por qué entonces considerar dichosos a los que tienen los bolsillos llenos mientras necesitan de pies ajenos para andar?

No duermes en cama de marfil. Pero tienes la tierra, que vale mucho más que todos los marfiles. Sobre ella es dulce el descanso, y veloz el sueño, libre de cuidados.

No habitas bajo techo dorado. Pero tienes el cielo radiante, con la majestuosa belleza de los astros.

Pero eso es humano. Tienes cosas mejores aún. Dios mismo habitó por ti en medio de los hombres. Tienes la comunicación del Espíritu Santo. Tienes la destrucción de la muerte y la esperanza de la resurrección. En tu poder están los preceptos divinos que perfeccionan tu vida. En tu poder está el acercarte a Dios por medio de los mandamientos. El reino de los cielos está dispuesto para ti. Coronas de justicias, están preparadas para quien no huye de los trabajos de la virtud.

En todas las ocasiones ten presente este precepto: "Atiende a ti mismo"

Si atiendes a ti mismo, esto y mucho más, encontrarás a tu alrededor. Gozarás de los bienes presentes y no te desanimarás por los que te faltan.

Si en todas las ocasiones tienes presente este precepto, te prestará siempre un auxilio muy grande.

Por ejemplo: ¿Acaso tu ira predomina a la razón y te impulsa a proferir palabras poco decorosas, y a poner por obra acciones crueles y fieras? Pues si atiendes a ti mismo refrenarás la ira como a un potro indómito y brioso, maltratándola, con los golpes de la razón, como con un látigo. Además reprimirás tu lengua y no levantarás tu mano contra quien te irrita.

¿Acaso malos deseos aguijonean tu alma y la arrastran a movimientos lascivos y voluptuosos? Pues si atiendes a ti mismo y recuerdas que ese placer presente te conducirá a un amargo fin, y que ese mismo goce que ahora resulta en nuestro cuerpo por el placer, engendrará el venenoso gusano que para siempre nos atormentará en el infierno, y que el ardor de la carne ha de ser la causa del fuego eterno: entonces, seguramente que pronto se alejarán ahuyentados los placeres y surgirá dentro de tu alma una admirable tranquilidad y paz. Ocurrirá como en el alboroto de las criadas disolutas, que cesa de inmediato con la presencia de la prudente ama de casa.

Atiende, pues, a ti mismo. Y conoce que tu alma, por una parte es racional y capaz de discurrir, y por otra, está inclinada a las pasiones y a la irracionalidad. En cuanto a lo primero, en cuanto racional, le toca, por naturaleza, mandar. A las pasiones corresponde, sujetarse y obedecer a la razón.

No permitas, pues, que la razón se rinda a las pasiones y se haga esclava de ellas. No permitas que éstas se levanten contra la razón y se adueñen del imperio del alma.

El diligente examen de sí mismo conduce al conocimiento de Dios

Por último, el diligente examen de ti mismo, te conducirá, como por la mano, al conocimiento de Dios. Pues, si atiendes a ti mismo, nada te costará investigar mediante la disposición de las cosas creadas, al Hacedor. En ti mismo, como en un "microcosmos" advertirás la gran sabiduría del Criador. Por el alma inmortal que en ti habita, entenderás que Dios es incorpóreo. Entenderás que no está limitado a ningún lugar alguno, sino que ocupa lugar por la unión que tiene con el cuerpo. Creerás que Dios es invisible, al reflexionar sobre tu alma, porque tampoco a ésta se le puede ver con los ojos del cuerpo. Pues ni tiene color, ni figura, ni le conviene ninguna cualidad del cuerpo, sino que tan sólo por sus operaciones se la conoce. Por lo tanto, no pretendas conocer a Dios por tus ojos, sino que trayendo la fe a tu mente, has de tener de El un conocimiento espiritual.

Admira cómo el artífice ha unido la energía de tu alma con el cuerpo; de manera que extendiéndose hasta sus extremidades, hace conspirar hacia un mismo fin a miembros tan distantes entre sí.

Admira la fuerza que el alma comunica al cuerpo. Admira cómo la carne obedece al alma. Admira cómo el cuerpo recibe la vida del alma y ésta recibe en cambio sinsabores del cuerpo. Admira el bagaje de enseñanzas que tiene el alma; cómo al conocimiento de las cosas aprendidas anteriormente no estorban los nuevos conocimientos que adquieres, sino que los recuerdos se conservan distintamente y sin confusión, esculpidos, como en una lámina de bronce, en la parte más noble del alma. Admira finalmente, como, purificada de la torpeza del vicio, se hace, por la virtud, semejante al Criador.

Atiende a ti mismo para que atiendas a Dios

Después de contemplar al alma, observa también, si te parece, la estructura del cuerpo. Admira cómo el mejor artífice le ha fabricado para que sea idónea morada del alma racional.

Además, observa cómo Dios únicamente al hombre, entre todos los animales, le formó derecho, a fin de que sepas, por tu misma postura, que tienes origen divino. Pues todos los cuadrúpedos miran a la tierra y se inclinan hacia su vientre. Pero en el hombre, la mirada está dispuesta de tal manera que vea el cielo, a fin de que no complazca a su vientre ni a los bajos apetitos; sino para que tenga puesta toda su intención en el camino hacia el cielo. Además, colocada, la cabeza en la parte superior, puso en ellas los sentidos. Allí está la vista, el oído, el gusto, el olfato, colocados todos, unos cerca de otros. Y sin embargo sujetos como están a un lugar tan pequeño, cada uno no estorba en nada, la acción del otro. Los ojos ocupan la más alta atalaya, a fin de que ninguna parte del cuerpo les haga sombra, sino que, colocados bajo la defensa de las cejas, extiendan su mirada, derechamente, desde lo más alto y levantado. El oído no está abierto en línea recta, sino que los sonidos que se producen en la atmósfera, los percibe por una tortuosa abertura. Esto está hecho con gran sabiduría. Porque de esta manera se da libre paso a la voz, y cuando entra por las concavidades resuenan sin que dañe al sentido lo que se desliza por defuera.

Observa la naturaleza de la lengua. Mira cuán delicada y flexible es, y sin embargo, suficiente para usar toda clase de palabras, gracias a la variedad de sus movimientos. Los dientes, son medios para la voz, prestando grande ayuda a la lengua; son a la vez los que coadyuvan de las funciones digestivas.

Y de esta manera podrás recorrer y raciocinar convenientemente acerca de todas las cosas. Podrás admirar la respiración del aire por el pulmón, la respiración del calor en el corazón, los órganos de la digestión, los canales de la sangre. Y por medio de todas estas cosas, podrás conocer la investigable sabiduría del Criador. El mismo te lo dice por el profeta: -Admirable se ha hecho tu sabiduría en mi 24.

Atiende, pues, a ti mismo, para que atiendas a Dios, a Quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Notas

2. Este es el texto tal como lo tradujeron los Setenta. La Vulgata traduce: "Cave ne forte subrepar tibi impia cogitatio et dicas in corde tuo...."

3. Deut., XV, 9.

4. 1 Cor., IV, 5.

5. Mt, V, 28.

6. Eclesiástico, IX, 20.

7. Prov., VI, 5.

8. Galat., V, 17.

9. II Tim., III, 20.

10. I Tim., III, 15.

11. Jer., XVI, 16.

12. Salmo CXVIII, 133.

13. Deut., V, 32.

14. 1 Cor.,111, 2.

15. 1 Tim., IRr 15.

16. II Tim., II, 5.

17. Hip.,111, 13.

18. 1 Cor., IX, 24:

19. Mt., VII, 3

20. Lc., XVIR,13.

21. Gén., III, 10.

22: Pro,, XIII, 8>

23. Gén., II, 7.

24. Salmo CXXXVIII, 6.

En Honor de San Barlaam, Mártir.

Advertencia preliminar

El día, 19 de noviembre, anuncia el martirologio la fiesta de este santo, de la siguiente manera: "Cesarea de Capadocia, San Barlaam, mártir, que, aunque rústico, y sin letras, fortalecido por la sabiduría de Cristo, venció con su constancia en la fe al tirano y al mismo fuego: en su fiesta predicó San Basilio un elocuente panegírico."

Panegírico. La muerte de los santos se festeja con júbilo

Antes se celebraba la fiesta de los santos con lágrimas y gemidos. José lloró amargamente la muerte de Jacob 1. Los judíos lloraron mucho la muerte de Moisés 2. Lloraron también con abundantes lágrimas a Samuel 3.

Pero ahora nos alegramos con la muerte de los justos. Porque la naturaleza del dolor ha cambiado después de la Cruz.

Ya no acompañamos con lágrimas la muerte de los santos. Danzamos, por el contrario, con coros divinos alrededor de sus sepulcros. Porque para los justos la muerte es sueño, o mejor dicho, es un viaje a mejor vida. He aquí porqué se alegran los mártires al ser degollados. El deseo de una vida más dichosa, amortece el dolor de las heridas. El mártir no mira los peligros, sino las coronas. No le horrorizan las heridas, sino que cuenta los premios. No se fija acá abajo en los verdugos que le golpean. Contempla con los ojos del alma a los ángeles que se congratulan desde el cielo. El mártir no considera lo momentáneo de los sufrimientos, sino lo eterno de los premios. También entre nosotros recogen el fruto magnífico de los honores. Son aclamados por todos con divinas alabanzas; arrastrando a miles de pueblos alrededor de sus sepulcros.

San Barlaam: insuperable maestro de piedad

Esto ha sucedido hoy al valiente Barlaam. Sonó la trompeta guerrera del mártir, y convocó como veis, a los soldados de la piedad. El constituido atleta de Cristo, fue anunciado con pregón. Y a toda esta asamblea de la Iglesia, dio alas para volar.

Dijo el señor de los fieles:

El que cree en mí, vivirá aunque haya muerto 4.

Pues bien; murió el esforzado Barlaam y convoca públicas asambleas. Está consumido en el sepulcro, e invita a un banquete.

Ahora sí que podemos exclamar:

¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el letrado? ¿Dónde el escudriñador de este siglo? 5.

Hoy, un hombre de campo es para nosotros insuperable maestro de piedad.

El tirano creía que se trataba de una presa que fácilmente se dejaría atrapar. Pero se dio cuenta, por experiencia, que se trataba de un guerrero invencible. Se reía de él, porque hablaba rústicamente, pero le aterró su angelical y juvenil vigor. Pues su ánimo no era bárbaro como lo era el órgano de la lengua. Su inteligencia no claudicaba a una con las sílabas. Era un segundo Pablo que con Pablo decía:

Dado que yo sea tosco en hablar; no lo soy sin embargo en la ciencia

Alegría y valor de San Barlaam en los tormentos

Los verdugos, atormentándole, quedaron sin fuerzas. Mientras tanto, el mártir, encontrábase más vigorizado. Las manos de los. que le maltrataban, se enervaban. Pero el ánimo del maltratado no se doblegaba. Los látigos separaban las junturas de los nervios, pero el vigor de la fe se robustecía con más tenacidad. Mientras los costados machucados se consumían, florecía la santidad del corazón.

Habían acabado con la mayor parte de su carne. No obstante, se encontraba vigoroso, cual si aún no hubiese comenzado el combate. Porque cuando la piedad se apodera del alma es entonces despreciable todo género de luchas. Debido al bien que el alma ama, los que la atormentan, más la deleitan antes bien y no la disgustan. De ello da testimonio aquel amor de los apóstoles que, en otro tiempo, les hacía agradables los azotes que recibían de los judíos. Porque se retiraban del consejo, gozosos de haber sido estimados dignos de ser atormentados por el nombre de Jesús 7.

Tal es también el guerrero a quien hoy honramos. Llevaba con alegría los tormentos, pensando que con los azotes le rodeaban de rosas. Mientras tanto, huía de los males de la impiedad, como de dardos. Consideraba la ira del juez cual sombra de humo. Reíase de los fieros escuadrones de satélites. Como si fuesen coronas, regocijábase de los peligros. Gozábase en las heridas como en los honores. Como si fuesen los más brillantes trofeos, saltaba de placer con los más agudos tormentos. Despreciaba las espadas desenvainadas. Sufría las manos de los verdugos, cual si fuesen más blandas que la cera. Besaba el leño del suplicio, como si fuese su salvación. Cual si estuviese en prados, se regocijaba. en los calabozos de la cárcel. Como con variedad de flores, se deleitaba en las invenciones de tormentos.

La mano de San Barlaam y su victoria sobre el fuego

Tuvo la mano derecha más firme que el fuego, último tormento que tuvo que soportar de parte de sus enemigos.

En efecto. Sus enemigos habían puesto fuego sobre el ara para ofrecer un sacrificio a los demonios. Ante ella llevan al mártir. Colócanse todos a su alrededor y le ordenan que ponga la diestra, extendida sobre el altar. Quieren que sirva como ara de bronce. Al encender el incienso colocado maliciosamente sobre la mano, esperaban que vencida por la fuerza del fuego, dejaría necesariamente caer en seguida el incienso sobre el ara.

¡Oh falaces astucias de los impíos!

— "Ya que no hemos doblegado — dicen — su ánimo con miles de heridas, doblemos al menos en la llama la mano del importuno luchador. Ya que con diversas máquinas no hemos abierto brecha en su ánimo, abrámosla al menos en su derecha introduciéndola en el fuego."

Pero los infelices ni siquiera de esta esperanza sacaron algo de provecho. Pues el fuego perforaba la mano, pero la mano estaba quieta, tolerando el fuego como si fuese ceniza. Nuestro héroe no dio la espada al enemigo fuego como los fugitivos. Su mano permaneció quieta, mostrándose valiente contra la llama. El fuego dio ocasión al mártir de exclamar con el profeta:

Bendito sea el Señor Dios mío, que adiestra mis manos para la pelea y mis dedos para manejar las armas 8.

El fuego peleaba contra la mano, pero fue derrotado. Tratábase la lucha entre la llama y la derecha del mártir. Y he aquí que la derecha del mártir obtuvo una victoria nueva en los combates. Porque al pasar la llama por medio de la mano, esta aún estaba extendida, preparada para el combate.

Alabanzas a la gloriosa mano del Santo

¡Oh mano más pertinaz que el fuego! ¡Oh mano que no has aprendido a doblegare al fuego! ¡Oh fuego que has aprendido a dejarte vencer por la mano!

El hierro, reblandecido por la tiranía del fuego, cede. El bronce, obedece asimismo a su poder. Hasta la dureza de las piedras suele dejarse vencer por el fuego. Pero su violencia que todo lo doma, al quemar la mano extendida del mártir, no pudo doblegarla.

Con cuánta razón podía decir el santo, al Señor:

Tú me asiste de la mano derecha, y guiásteme según tu voluntad, y me acogiste con gloria 9.

¡Gloria y honor, al invicto campeón de Cristo!

¿Cómo te llamaré, oh esforzado campeón de Cristo? ¿Te llamaré estatua? Disminuirá grandemente tu constancia. Porque el fuego deshace una estatua si la arrojan, mas a tu diestra ni siquiera la pudo obligar a que pareciese que se movía.

¿Te llamaré hierro? También esta semejanza es inferior a tu valentía. Porque tú eres el único que persuadiste al fuego de que no doblegaba tu mano. Tú, el único que tuviste tu diestra en lugar de ara. Tú, el único que al arder tu mano abofeteaste en el rostro a los demonios. Tú, el único que al hacerse carbón tu mano, deshiciste en aquel momento las cabezas de los demonios. Y después, convertida tu mano en cenizas, encegueces sus ejércitos y les pisoteas.

Mas, a qué empequeñecer al vencedor con pueriles y balbuceantes palabras? Cedamos las alabanzas del mártir a lenguas más espléndidas y magníficas. Invitemos a tomar parte en estas alabanzas a las trompetas más sonoras de los maestros.

Levantaos, brillantes pintores de hazañas atléticas. Engrandeced con vuestras artes la mutilada imagen de este General. Con los colores de vuestro arte, rodead de fulgores al coronado atleta que yo he pintado con tanta obscuridad. Deseo que me venzáis haciendo vosotros una hermosa pintura del mártir. Que yo me goce hoy de vuestra victoria, al ser vencido por vuestra habilidad. Vea yo mejor expresada por vosotros, la lucha entre la mano y el fuego. Que en vuestros cuadros, pueda ver yo, pintado con mayor esplendidez, al invicto luchador. Lloren los demonios, derrotados también ahora por las victorias del mártir renovadas por vosotros. Mostradles de nuevo, la mano ardiendo y victoriosa. Píntese asimismo en el cuadro, al árbitro del combate, Cristo, a Quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Notas

1. Gén., L, 1.

2. Deut., XXXIV, 8.

3. 1 Reyes, XV, 1.

4. Jn. XI, 25.

5. 1 Cor., I, 20.

6. 11 Cor., XI, 6.

7. Hech., V, 41.

8. Salmo CXLIII, 1.

9. Salmo LXXH, 24.

Homilía a los Ricos.

Advertencia

Por el comienzo y desarrollo de esta homilía, parece que acababan de leer el hecho que trae S. Mateo en los vers. 16-26 del capítulo XIX de su Evangelio y que traducimos a continuación para que más se aprecie el valor de esta verdadera joya oratoria:

16. Y he aquí que acercándose uno (a Jesús) le dijo: Maestro bueno, ¿qué bien haré para alcanzar la vida eterna?

17. Y él le dijo: ¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el bueno, Dios. Pues si quieres alcanzar la vida, guarda los mandamientos.

18. Dícele: ¿Cuáles? Y Jesús dijo: Aquello de: "no matarás, no cometerás adulterio, no hurtarás, no levantarás falso testimonio" 1.

19. "Honra al padre y a la madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo" 2.

20. Dícele el mancebo: Todo esto lo he guardado desde mi mocedad; ¿qué me falta aún?

21. Díjole Jesús: Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres., y tendrás un tesoro en el cielo; y ven, y sígueme.

22. Así que hubo oído el joven estas palabras, se marchó contristado, porque tenía muchos bienes.

23. Y Jesús dijo a sus discípulos: En verdad os digo que un rico difícilmente entrará en el reino de los cielos.

24. Y os vuelvo a decir: Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de los cielos.

25. Y cuando oyeron esto los discípulos se quedaron en gran manera pasmados, diciendo: ¿Pues quién puede salvarse?

26. Más mirándoles Jesús les dijo: Para los hombres esto es imposible, pero todo es posible para Dios.

El joven rico

No hace mucho que se nos habló de este joven 1, y el que escuchó con atención se acordará bien de lo que entonces se dijo. Y lo primero, que no es el mismo que aquel perito en la ley de quien hace mención San Lucas 2. Aquel era un tentador, que hacía preguntas fingidas; mas este preguntaba con recta intención, aunque no escuchó con docilidad. Porque si hubiese preguntado por desprecio, no hubiese marchado triste con la respuesta del Señor. Por eso su carácter se nos presentaba como una mezcla, pues la escritura nos la muestra laudable en parte, y en parte desgraciadísimo y completamente desahuciado. Porque el conocer al que de veras es maestro y el dar este nombre al único y verdadero, despreciando la soberbia de los fariseos, la opinión de los jurisconsultos y la turba de los escribas, esto era lo que se alababa. Y se aprobó también el que manifestase aquella solicitud por saber cómo alcanzaría la vida eterna. Pero el no haber grabado en su corazón los saludables consejos que escuchó de labios del verdadero maestro, el no haberlos puesto por obra, sino el que cegado por la pasión de la avaricia huyese triste; nos descubre toda su voluntad, no deseosa de seguir lo más provechoso, sino lo que a todos es más agradable. Esto prueba la inconstancia de su carácter y lo inconsecuente que era consigo mismo. ¿Le llamas maestro, y no haces lo que debe hacer un discípulo? ¿Confiesas que es bueno, y rechazas lo que te da? Porque el que es bueno, es a la vez comunicador de bienes. Le preguntas sobre la vida eterna, y muestras estar dado enteramente a los deleites de la vida presente. Mas, ¿qué consejo impracticable o pesado, o intolerable te propuso el Maestro? "Vende lo que tienes y dáselo a los pobres"1. Si te hubiera propuesto los trabajos de la agricultura, o los peligros del comercio, o cualquier otra molestia de las que acompañan a los que andan tras el dinero, se comprende que, llevando a mal el consejo, te retirases triste: pero si por un camino tan fácil, que no te había de costar trabajo o sudor alguno, promete hacerte heredero de la vida eterna, ¿por qué no te alegras de la facilidad de alcanzar tu salvación? ¿Por qué se apena tu corazón y te retiras triste, y te haces inútiles los trabajos que ya habías llevado a cabo? Porque si, como dices, ni has matado, ni has cometido adulterio, ni has hurtado, ni has levantado falso testimonio a nadie, haces infructuosa la diligencia que has puesto en observar esto, pues no quieres también cumplir lo demás, sólo con lo cual podrás entrar en el reino de Dios. Si el médico prometiese restituirte aquellos miembros que o por la naturaleza, o por alguna enfermedad tenías mutilados; no oirías esto con tristeza: y porque el gran médico de las almas quiere perfeccionarte a ti despojado de los principales bienes, no recibes el beneficio sino que lloras y te pones triste.

No lo has guardado todo

Manifiestamente, lejos estás de aquel precepto que manda amar a tu prójimo como a ti mismo 2 y falsamente atestiguas haberla guardado. Porque, mira, este mandamiento del Señor prueba que tú eres completamente ajeno a la verdadera caridad. Porque si era verdad lo que afirmaste, que habías cumplido desde tu juventud con el precepto de la caridad, y que habías dado a los demás lo que a ti mismo ¿de dónde, dime, te ha venido esta abundancia de riquezas? Pues el cuidado de los necesitados gasta las riquezas; pues cada uno ha de recibir un poco según su necesidad; y todos han de repartir igualmente sus bienes y gastarlos entre los pobres.

Por eso el que ama al prójimo como a sí mismo, no posee más que su prójimo. Pero tú te presentas con muchas riquezas. ¿De dónde pues, te han venido sino de que has pospuesto a tus comodidades, el bienestar de muchos? De manera que cuanto más abundas en riquezas, tanto menor es tu caridad. Que si hubieses amado a tu prójimo, sin duda hubieras repartido con él tu dinero. Mas ahora tienes pegadas a ti las riquezas más estrechamente que los miembros del cuerpo, y cuando se separan de ti te duele lo mismo que si te cortasen la parte más principal de él. Si hubieras vestido al desnudo, si hubieras dado tu pan al hambriento, si hubieras abierto tus puertas al peregrino, si te hubieras hecho padre de los huérfanos, si te hubieras compadecido del enfermo, ¿qué riquezas, dime, te costaría dejar? ¿Cómo habías de llevar a mal, dejar lo que te quedaba, si ya antes habías procurado distribuirlo a los necesitados? Además, a ninguno le cuesta dar su dinero en las ferias cuando por él se provee de otras cosas necesarias; y cuando por poco dinero se hace con alguna cosa de mucha estima, se alegra porque ha negociado con felicidad; y ¿tú te entristeces porque das oro y plata y riquezas; es decir, piedra y polvo, para poseer la vida eterna?

¿En qué emplearás las riquezas?

Mas ¿en qué emplearás la riqueza? ¿Te vestirás con precioso traje? Bástate una túnica de dos codos, y un solo manto puede satisfacer la necesidad de vestidos. ¿Gastarás tus riquezas en comidas? Un solo pan basta para saciar el vientre. Pues ¿por qué te entristeces? ¿Qué es lo que pierdes? ¿La gloria que nace de las riquezas? Si no buscases la gloria terrena, encontrarías la verdadera y resplandeciente gloria que te condujera al reino de los cielos. Pero el mismo poseer las riquezas es cosa deleitosa, aunque ningún provecho resulte de ella. Mas todos sabéis que el deseo de las cosas inútiles es irracional. Te parecerá increíble lo que voy a decir, y es más cierto que cualquier otra cosa. La riqueza, repartida de la manera que el Señor manda, suele durar; retenida, pasa a manos de otro. Si la guardas, no la poseerás; si la repartes, no la perderás. Porque, "La distribuyó, se la dio a los pobres; su justicia permanecerá para siempre" 4. Pero la mayor parte de los hombres apetecen la riqueza, no por los vestidos o alimentos, sino que ha discurrido el diablo el artificio de sugerir a los ricos mil ocasiones de gastar su dinero, hasta el punto de procurarse como necesario lo superfluo y lo inútil, y de no bastarle nada para los gastos que tienen premeditados. Dividen su riqueza para la necesidad presente y para la que vendrá; y separan una parte para ellos, y otra para sus hijos. Después dividenla también para diversas ocasiones que tengan de gastar. Escucha las cosas a que las destinan: Este dinero, dicen, usémoslo; este otro quede escondido. Lo destinado a nuestros usos, traspase los límites de la necesidad: esto gástese en la opulencia doméstica, aquello sirva para el fausto exterior; esto suministre gastos en abundancia al que tenga que hacer un viaje, aquello proporcione al que quede en casa una vida opípara y fastuosa; de suerte que me admiro de los gastos inútiles en que se piensa. Poseen innumerables carrozas: unas conducen los equipajes; otras, cubiertas de bronce y plata, les conducen a ellos mismos. Numerosos caballos, cuya raza se aprecia por la nobleza de los padres, como se hace entre los hombres. Unos llevan a estos voluptuosos a través de la ciudad, otros prestan sus servicios en la casa, otros en los viajes. Los frenos, los correajes, los collares: todo de plata, todo adornado con oro. Mantos de púrpura adornan a los caballos como a unos esposos; muchedumbre de mulos de distinto color: sus aurigas se suceden unos a otros, caminando unos delante, otros detrás. El número de los demás sirvientes es infinito y suficiente para toda clase de ostentación: mayordomos, despenseros, agricultores, peritos en todas las artes, tanto en las necesarias como en las deleitables y voluptuosas; cocineros, panaderos, coperos, cazadores, escultores, pintores, operarios de toda clase de placer. Manadas de camellos, unos para llevar cargas, otros para que anden por las selvas; multitud de caballos y de bueyes, rebaños de ovejas y de puercos; sus respectivos pastores; campos que no sólo basten para alimentar a todos estos, sino que aumenten aún con sus cosechas las riquezas; balneario en la ciudad; balneario en el campo; casas que brillan con mármoles de toda clase: unos de piedra frigias, otros de incrustaciones lacónicas o tesálicas; y de estas casas, unas calientan en invierno, otras refrescan en el verano. El pavimento adornado con variedad de piedrecitas; el oro reviste la techumbre. Los trozos de pared en que no hay incrustaciones, están adornados con flores pintadas.

Y, cuando distribuidas las riquezas en mil usos, sobran todavía: entonces las entierran y las guardan en sitios escondidos. — No sabemos lo que ha de suceder; a lo mejor nos sobrevienen necesidades inesperadas-. Tampoco sabes si has de necesitar el oro enterrado: lo que sabes como cierto es el castigo que merecen las costumbres inhumanas. Después que no puedes gastar el oro en un sin número de invenciones, lo ocultas debajo de la tierra. Locura increíble: cavar la tierra cuando el oro estaba en las minas; y volverlo a esconder en la tierra después de haberlo descubierto. Seas quien fueres el que entierras las riquezas; con ellas entierras tu corazón. Porque "donde está tu tesoro, dice la Escritura, allí está también tu corazón" 5. Por eso los mandamientos entristecen su corazón, porque les parece intolerable la vida, si no la emplean en gastos inútiles. Y lo que le sucede a este joven, sucede a los que le imitan; me parece semejante a lo que sucedería a un viajero que, arrastrado por el deseo de ver una ciudad, se dirigiese a ella apresuradamente; pero que, deteniéndose en las primeras hosterías de junto a la muralla, se abstuviese por la pereza de moverse un poco más, e hiciese inútil el trabajo que se había impuesto, privándose de ver las bellezas de la ciudad. Tales son los que quieren cumplir los demás mandamientos sin desprenderse de sus riquezas. A no pocos he conocido yo que ayunaban, que oraban, que gemían, que ejercitaban toda clase de piedad que no exige gasto alguno; pero que ni un óbolo daban a los pobres. ¿Qué les aprovecha a estos el ejercicio de las demás virtudes? Porque no les ha de recibir el reino de los cielos: pues "más fácil es, dice, que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de los cielos" 6. Tan terminante es la sentencia, infalible el que la dice, pero raros los que la practican. -Más, ¿cómo viviremos, me decís, si lo dejamos todo?- ¿Qué especie de vida habrá, si todos venden lo que tienen y se quedan sin más?- No me preguntéis cómo se entienden las órdenes establecidas. Sabe el legislador harmonizar lo imposible con la Ley. Tu corazón se pesa como en una balanza, para ver si se inclina a la verdadera vida o a las delicias presentes.

Sed ricos, pero generosos con los pobres

Conviene que ponderen los prudentes que el uso de las riquezas se les ha concedido para que sean los repartidores de ellas, no para gozar: deben alegrarse cuando se desprenden de ellas, como el que deja lo ajeno, y no llevarlo a mal como si perdiesen una cosa suya. ¿Por qué te afliges? ¿Por qué se exacerba tu corazón cuando oyes: "Vende lo que tienes?" Si hubieran de acompañarte tus bienes a la vida futura, ni aún así los habías de desear con tanto afán; pues los obscurecerán aquellos premios de allí; pero habiéndoles de dejar necesariamente aquí, ¿por qué no sacamos de ellos la ganancia que se nos promete si los vendemos? Mas tú cuando das oro y compras un caballo, no te entristeces; ¿y cuando se trata de dar estas cosas perecederas para recibir por ellas el reino de los cielos, derramas lágrimas, rechazas al que te las pide y rehusas darlas inventando mil causas para tus gastos?

¿Qué vas a responder al juez, tú que vistes a las paredes, y no vistes al hombre; que adornas a los caballos, y desprecias a tu hermano cubierto de harapos; que dejas que se pudra el trigo, y no alimentas a los hambrientos; que entierras el oro, y abandonas al oprimido? Y si te acompaña una esposa que también sea amante de las riquezas, la enfermedad se duplica: porque da más pábulo a las comodidades, aumenta el ansia de placeres y excita el aguijón de los caprichos vanos, pensando en hacerse con piedras preciosas, margaritas, esmeraldas y jacintos; forjando y entretejiendo oro; y aumentando la enfermedad con toda clase de vanidades.

Y no se cuidan de esto alguna que otra vez, sino que de día y de noche están pensando en lo mismo. Y son innumerables los aduladores que van en pos, al servicio de sus apetitos: llaman a tintoreros, a cinceladores en oro, a perfumistas, a tejedores, a bordadores. Y no le dejan a uno ni tiempo para respirar, por los continuos encargos que le dan. No hay riquezas que puedan satisfacer los caprichos de una mujer, ni aun cuando corriesen por los ríos: pues compran el ungüento que viene del extranjero lo mismo que si fuese aceite de la plaza. Añádanse a esto las flores marítimas, la púrpura, las plumas de ave, y la lana más abundante que la de las ovejas. El oro ensartando piedras de inmenso precio adorna sus frentes y sus cuellos, está incrustado en sus cinturones, y ata sus manos y sus pies; porque las mujeres avaras de oro, se gozan de atarse con esposas, con tal que sea de oro lo que las ata. Pues ¿cuando cuidará de su alma el que está al cuidado de los caprichos de una mujer? Así como los turbiones y las tempestades hunden los navíos que están podridos, así también las perversas inclinaciones de las mujeres, sumergen las almas débiles de sus esposos. Pues distribuyéndose entre el marido y la mujer las riquezas en tantos usos, venciéndose mutuamente en la invención de nuevas vanidades, no es extraño que ninguna oportunidad tengan de mirar por los extraños. Si oyes: "Vende lo que tienes, y dalo a los pobres" para que tengas provisión durante el viaje a la felicidad eterna, te marchas tristes; pero si oyes: da dinero a las mujeres derrochadoras, dáselo a los cinceladores, a los escultores, a los que trabajan en piedras, a los pintores; entonces te alegras como si con tu dinero alcanzaras cosa más preciosa. ¿No ves estas murallas derruidas por la acción del tiempo, cuyos restos se levantan como escollos alrededor de toda la ciudad? ¡Cuántos pobres había en la ciudad cuando se construyeron, quienes por trabajar en ellas eran despreciados por los ricos de entonces! Y ¿dónde está el espléndido aparato de las obras? ¿Dónde, aquél tan alabado por la magnificencia de estas cosas? (*). ¿No han desaparecido y venido los muros a tierra lo mismo que los que hacen los niños con arena: mientras que está en el infierno aquel a quien ahora le pesará del empeño que puso en cosas vanas? Ensancha tu corazón: los muros grandes o pequeños cubren la misma necesidad. Cuando entro en la casa de un hombre vanidoso y que hasta el fin de su vida no acaba de enriquecerse, y veo su morada brillar con toda clase de adornos; veo que para él no hay cosa más estimable que lo visible, pues hermosea las cosas inanimadas y tiene sin adornar su alma. Dime, ¿qué utilidad mayor te proporcionan los lechos de plata, las mesas de plata, los asientos y sillas de marfil, si por usar tales cosas no llegan las riquezas a los pobres que se agolpan a tus puertas, lanzando toda clase de gemidos dignos de toda compasión? Y tú les niegas la limosna y dices que no puedes socorrer a los pordioseros. Juras con tu lengua que no puedes, pero tu mano te contradice; porque aunque ella calle, pregona tu mentira el anillo que brilla a vista de todos. ¿A cuántos puedes sacar de sus deudas con un solo de tus anillos? ¿Cuántas casas puedes levantar que están en ruinas? Una sola arca de aquellas en que guardas tus vestidos, basta para vestir a todo el pueblo, que está aterido de frío; y, sin embargo, sufres que el pobre se vaya sin nada, sin temer el justo castigo del juez. No te compadeciste, no se te compadecerá; no abriste tu casa, se te cerrará el reino de los cielos; no diste pan, no recibirás la vida eterna.

La sed de riquezas es insaciable

Pero te llamas pobre a ti mismo; convengo contigo en ello, porque pobre es el que necesita muchas cosas. Mas a vosotros os hace necesitar muchas cosas vuestra insaciable avaricia. Te esfuerzas por amontonar diez talentos encima de otros diez: reunidos veinte, apeteces otros tantos, y lo que vas amontonando no satisfacen tu avaricia, sino que la enciende. Como para los ebrios el tener junto a sí vino es ocasión para beber, así los que acaban de hacerse ricos después de adquirir muchas cosas desean aún más, alimentando su enfermedad a la vez que amontonan y produciéndoles sus ansias un efecto contrario al que ellos buscan. Porque no les alegran tanto los bienes presentes, con ser tan abundantes, cuanto les entristecen los que les faltan, o mejor dicho, los que ellos creen que les faltan; de suerte que siempre está su ánimo preocupado, luchando por adquirir más. Cuando habían de alegrarse y estar en paz por ser más ricos que muchos, se amargan y se entristecen de que haya alguno que otro más rico que les supere. Cuando alcanzan a uno de estos ricos enseguida se esfuerzan por igualar a otro que lo es más; y cuando alcanzan también a este pasan su emulación a otro. Como los que suben una escalera tienen siempre un pie levantado para ponerle sobre el banzo que sigue y no se detienen hasta que llegan al último; así estos no cesan de apetecer el poder hasta que, subidos a lo alto, se estrellan desde lo más alto de la desgracia. Al ave seléucida (*) la hizo el Criador del universo insaciable para bien de los hombres; pero tú haces insaciable tu corazón para mal de muchos. Cuanto ve la vista, tanto apetece el avaro. "No se saciará el ojo viendo" 7, ni se saciará el avaro recibido. "El infierno nunca dijo basta" 8 ni el avaro dijo jamás basta. ¿Cuándo vas a usar de las cosas presentes? ¿Cuándo gozarás de ellas, si siempre te detiene el trabajo de adquirir más? "¡Ay de los que añaden a una casa otra casa, y juntan un campo con otro campo para quitar algo a su prójimo!" 9 ¿Qué es lo que tú haces? ¿No das mil excusas para despojar a tu prójimo? Me hace sombra la casa del vecino, es un alborotador, alberga a los vagabundos; y trayendo otros pretextos, exagerándolos y pregonándolos, revolviéndolos siempre y molestando, no para hasta obligarle a irse a otro sitio. ¿Qué fue lo que mató al israelita Nabután? ¿No fue la avaricia de Acab que apetecía su viña? 10. El avaro es mal vecino en la ciudad, mal vecino en el campo. Conoce el mar sus términos; respeta la noche los límites que tanto tiempo ha le fueron señalados; pero el avaro no respeta el tiempo, no conoce el término, no cede al orden de sucesión, imita la violencia del fuego; todo lo invade, todo lo devora. Y como los ríos nacidos de un pequeño principio crecen de una manera increíble con los afluentes que poco a poco se les juntan, y arrastran en su violenta corriente todo lo que encuentran a su paso; así también los avaros cuando suben a gran poder, después que han recibido mayor fuerza para hacer injusticias de aquellos a quienes ya han dominado, reducen a la esclavitud a los demás, viniendo a aumentar el número de los antes injuriados; y el aumento de poder es para ellos ocasión de mayor maldad. Porque los primeros que recibieron el daño ayudándoles contra su voluntad, infieren también a otros, perjuicios y agravios. Porque ¿a qué vecino, a qué doméstico, a quién que tenga trato con ellos no atraen? Nada resiste a la fuerza de las riquezas; todo cede ante la tiranía; ante el poder todo se estremece: pues cada uno de los que han sido injuriados, más cuenta tiene con que no le venga algo peor, que de vengarse de lo que ha padecido. Conduce las yuntas de bueyes, ara, siembra, recoge la cosecha que no le pertenece. Si te opones, vienen las heridas; si te quejas, eres reo, porque injuriaste; serás contado entre los esclavos, habitará la cárcel: preparados están los calumniadores para poner en peligro tu vida. Te tendrás por bien librado si, dando algo más, te ves libre de estas molestias.

Quisiera que respirases un poco de la injusticia de estas obras y se aquietasen tus pensamientos, para que ponderaras a donde va a parar el deseo de estas cosas. Tienes tantas yugadas de tierra arable: otras tantas de tierra para plantar árboles: montes, campos, selvas, ríos, prados. Y después de esto ¿qué? ¿No te esperan sólo tres codos de tierra? ¿No bastará para guardar tu cuerpo miserable, el peso de unas pocas piedras? ¿Para qué trabajas? ¿Por qué obras perversamente? ¿Por qué recoges con tus manos cosas infructuosas? Y ojalá fueran infructuosas, y no materia para el fuego eterno. ¿No despertarás de esta embriaguez? ¿No recobras tus sentidos? ¿No vuelves en ti? ¿No pondrás delante de tus ojos el juicio de Cristo?

¿Qué responderás el día del juicio?

¿Qué excusa vas a traer cuando aquellos a quienes has injuriado te rodeen y griten contra ti delante del juez eterno? ¿Qué harás? ¿qué abogados llevarás? ¿Qué testigos sacarás? ¿Cómo sobornarás al juez a quien con ningún artificio se le puede engañar? No hay allí oradores, no hay allí palabras persuasivas que puedan echar por tierra la verdad del juez. No te acompañan los aduladores, ni las riquezas, ni el fausto de la dignidad; abandonado de los amigos, abandonado de los protectores, sin patrocinio, sin defensa, te encontrarás cubierto de vergüenza, triste, cabizbajo, solo, sin libertad y sin confianza para hablar. A donde quiera que vuelvas los ojos, encontrarás argumentos claros y patentes de tus crímenes: por un lado las lágrimas del huérfano, por otro los gemidos de la viuda, de otra parte los mendigos abofeteados por tu misma mano, los esclavos que mataste, los vecinos a quienes provocaste a ira: todo se levantará contra ti: te rodeará la multitud perversa de tus malas obras. Porque, como sigue la sombra al cuerpo, acompañan a las almas los pecados, reflejando claramente las obras.

Por eso allí no vale negar: cerrará su boca aún el más desvergonzado. Las mismas obras de cada uno, sin hablar, pero apareciendo tales cuales nosotros las hicimos, harán de testigos. ¿Cómo podré poner delante de tus ojos aquellas cosas terribles? Si es que por ventura oyes, si te conmueves, acuérdate de aquel día en el cual "se revelará la ira de Dios desde el cielo" 11; acuérdate de la gloriosa venida de Cristo, cuando "los que hayan obrado bien se levantarán a la resurrección de la vida, y los que mal, a la resurrección del juicio" 12. Entonces será la vergüenza eterna para los pecadores "y la emulación del fuego que ha de devorar a los enemigos" 13. Cáusete esto tristeza; no te moleste el precepto. ¿Cómo te lloraré? ¿Qué diré? ¿No deseas el reino de los cielos? ¿No temes el infierno? ¿Dónde encontraré la salud para tu alma? Porque si no te horrorizan los tormentos, si no te estimula el premio, estoy hablando a un corazón de piedra.

Inutilidad de las riquezas

Mira, hombre, la naturaleza de las riquezas. ¿Por qué admiras tanto el oro? Piedra es el oro, piedra la plata, piedra la margarita, piedra cada una de las piedras: el crisólito, el berilo, el ágata, el jacinto, la amatista, el jaspe. Y estas son la flor de las riquezas; de las cuales tú, unas las guardas y escondes, ocultando en la obscuridad del resplandor de las piedras, y otras las llevas contigo gloriándote del brillo de estas cosas preciosas. Dime, ¿de qué te sirve ceñir tu mano con piedras resplandecientes? ¿No te avergüenzas de desear las piedras, como las mujeres embarazadas? Porque estas las devoran, y tú hasta tal punto apeteces la preciosidad de las piedras, que anhelas con ansia las de sardonio, las de jaspe y las amatistas. ¿Cuál de estas que más adornan los vestidos te pudo añadir un día más de vida? ¿A quien perdonó la muerte, porque fuese rico? ¿De quién huyó la enfermedad, por sus riquezas? ¿Hasta cuándo va a estar siendo el oro lazo de las almas, anzuelo de la muerte, astucia del pecado? ¿Hasta cuándo van a ser las riquezas causa de la guerra; por la cual se templan las armas y se aguzan las espadas?

Daños que traen las riquezas

Por las riquezas desconocen los parientes la naturaleza; los hermanos se miran con ojos criminales; por la riqueza alimentan los desiertos a los homicidas, el mar a los piratas, las ciudades a los sicofantas. ¿Quién es el padre de la mentira? ¿Quién el urdidor de falsas acusaciones? ¿Quién engendra el perjuro? ¿No es la riqueza? ¿No es la pasión por el oro? ¿Qué es lo que hacéis, hombre? ¿Quién ha convertido en lazos contra vosotros lo que es vuestro? Es auxilio para vivir. Que no han sido dadas las riquezas como incentivos para el mal. Son redención del alma: no ocasión de perdición. -Pero es necesaria la riqueza por los hijos-. Este es un especioso pretexto de la avaricia; porque os escudáis con vuestros hijos, y entretanto satisfacéis vuestro corazón. No pongáis por excusa a un inocente: tiene señor propio, y propio conservador: de otro recibió la vida; de ese mismo espera los auxilios de la vida. ¿Acaso los Evangelios no se han escrito para los casados? "Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes y dáselo a los pobres" 14. Cuando pediste al Señor una prole numerosa, cuando le rogaste que te hiciese padre de muchos hijos; ¿añadiste por ventura: "Dame hijos para violar los mandamientos; dame descendencia para no entrar en el reino de los cielos"? Además, ¿quién será responsable de la voluntad del hijo, de que ha de usar convenientemente de lo que le entreguen? Porque la riqueza es para muchos medio para la deshonestidad. ¿No has oído al Eclesiastés que dice: "Vi una grave enfermedad: las riquezas que para él guardaban, para su mal?" 15. Y en otra parte: "Lo dejo a mi sucesor, y ¿quién sabe si será sabio o necio?" 16. Mira, pues, no sea que habiendo amontonado con tantos sudores la riqueza, dispongas para otros materia de pecado y después seas atormentado con doble pena por las iniquidades que tú hiciste, y por las que hizo el otro ayudado por ti. ¿No es más pariente tuya tu alma que todos tus hijos? ¿No está unida a ti más estrechamente que todo lo demás? Pues es la primera, dala la principal parte de tu herencia, proporciónala socorro abundante para que viva, y reparte después la herencia entre los hijos. Muchas veces, hijos que nada recibieron de sus padres, se hicieron con casa: mas si una vez desprecias tu alma, ¿quién tendrá compasión de ella?

Esto lo he dicho para los padres. Los que no tienen hijos ¿qué buena excusa nos traen de su tacañería? -No vendo lo que tengo no se lo doy a los pobres, por los necesarios usos de la vida-. Luego el Señor no es tu maestro, ni rige tu vida el Evangelio: sino que tú te das la ley a ti mismo. Mira el peligro a que te expones, si así raciocinas. Porque si el Señor nos mandó esto como cosa necesaria, y tú lo rechazas como imposible, ninguna otra cosa haces sino decir que eres más prudente que el legislador. Pero dices: después que haya gozado de las riquezas durante toda mi vida, haré herederos de ellas a los pobres, y en las tablas públicas y en mi testamento, les declararé señores de ellas. Cuando no estarás entre los hombres, ¿entonces te harás humanitario? Cuando te vea muerto, ¿te llamaré amante de tu hermano? Se deberán muchas gracias a tu munificencia, porque estando tendido en el sepulcro y convertido en tierra, fuiste por fin liberal y magnánimo en tus gastos.

Si no lo haces ahora no lo harás cuando mueras

Dime, ¿de qué tiempo vas a pedir premio, del que viviste, o del que siguió a la muerte? Mas el tiempo que viviste lo pasaste dado a los deleites de la vida, y no tolerabas la vista de un pobre. Y después de muerto ¿qué hiciste? ¿a qué obras se debe el premio? Muestra tus obras y pide la recompensa. Ninguno hace negocio acabadas ya las ferias; ni es coronado el que se acerca después de la lucha; ni se adquiere la fama de valiente después de terminada la guerra. Pues tampoco después de la vida hay ocasión de ejercitar la caridad. Prometes ser bienhechor con la tinta, y con las tablas. ¿Quién te anunciará la hora de tu partida? ¿Quién te responderá de la manera que has de morir? ¡Cuántos han sido arrebatados por una repentina desgracia, sin que ni siquiera pudiesen pronunciar una palabra? ¡A cuántos les ha faltado el sentido por la fiebre! ¿A qué aguardas, pues; a esa hora en la que probablemente no serás dueño de ti? Cuanto todo será obscura noche, en la pesadez de la enfermedad y el desamparo de todos; y preparado el que acecha tu hacienda; ordenándolo todo a favor suyo y haciendo mudas tus determinaciones. Entonces, volviendo a una y otra parte los ojos y viendo la soledad que te rodea, conocerás por fin tu locura. Llorarás entonces tu necedad en haber diferido el cumplimiento del precepto para aquel instante, cuando tu lengua atada y tu mano trémula por el estertor no pueden revelar tus deseos ni por palabras ni por escrito. Y aunque todo estuviese escrito con claridad y tu voz lo pregonase a todo el mundo, una sola letra interpuesta, puede trastocar tu determinación: un sello falso, dos o tres perversos testigos, pondrán tu hacienda en manos de otros.

Pues ¿por qué te engañas a ti mismo usando ahora tus riquezas para los goces de la carne, y prometiendo para más adelante lo que no estará en tu poder? Depravada determinación, como queda, aclarado por lo dicho. Vivo, gozaré de las delicias; muerto, cumpliré con el precepto-. Te dirá Abraham: "Recibiste tus bienes en tu vida" 17. No cabe por el camino angosto y estrecho, si no dejas la mole de las riquezas. Saliste cargado con ellas, pues no las arrojaste como se te ordenó. Mientras viviste, te preferiste al precepto; muerto y podrido, antepusiste el precepto a los enemigos. Porque para que no reciba nada fulano, dices, que lo reciba el Señor. Y esto ¿cómo lo llamaremos? ¿venganza de tus enemigos o amor al prójimo? Lee tu testamento. -Quisiera aún vivir y gozar de mis bienes-. Gracias, pues, a la muerte, no a ti. Porque si fueses inmortal, no te habrías acordado de los mandamientos.

De Dios nadie se burla

"No os equivoquéis; de Dios nadie se burla" 18. No se presenta al altar cosa muerta: trae una víctima viva: No se admite al que ofrece de lo que le sobra. Y tú ofreces al bienhechor que te lo dio, lo que te ha sobrado de toda tu vida. Si no te atreves a dar las sobras de tu mesa a unos huéspedes ilustres y nobles, ¿cómo quieres que Dios se aplaque con las sobras de tu vida? Ved, ricos, el fin a donde lleva la avaricia, y dejad de amar las riquezas. Cuanto más ames las riquezas, menos debes dejar de lo que posees. Tórnalo todo para ti, llévalo todo, no dejes tus riquezas a los extraños. Tal vez ni te enterrarán tus domésticos con ornato fúnebre; sino que te negarán las exequias, deseosos de agradar a tus herederos. Tal vez se volverán entonces sus lenguas contra ti. -Es una necedad, dirán, adornar a un muerto y enterrar con mucho gasto a uno que ya nada siente-. ¿No es mejor que los que quedamos nos adornemos con sus magníficos y espléndidos vestidos y no dejarlos que se pudran a la vez con el cadáver?

¿Qué sacamos con levantar un suntuoso monumento y hacer una elegante sepultura y un gasto inútil? Mejor será emplear todo esto en los usos de la vida. -Esto dirán, y se vengarán de tu severidad; y entregarán tus bienes a tus sucesores-.Hazte por lo tanto a ti mismo las honras fúnebres. Hermosa sepultura es la piedad. Marcha vestido con todas tus cosas; haz de tus riquezas un adorno propio; tenlas contigo. Cree al buen consejero que te ama, Cristo, que se hizo pobre por nosotros, para que nos enriqueciésemos con su pobreza 19; que se entregó a sí mismo por precio de nuestra redención 20. Obedezcámosle como a sabio y conocedor de lo que nos conviene, sufrámosle como a amador nuestro, seámosle agradecidos como a bienhechor. Sigamos sin vacilar lo que se nos ha mandado, para que seamos herederos de la eterna vida, que está en Jesucristo, al cual sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Notas

1. Mat. XIX, 16.

2. Matth. XIX, 21.

3. Matth. XIX, 19-20.

4. Psal. CXI, 9.

5. Mat. VI, 21.

6. Luc. XVIII, 25.

(*) Parece referirse aquí San Basilio a Tiberio; quien, en el año 18, convirtió la Capadocia en provincia romana e hizo de Cesárea su capital.

7. Eccl. I, 8.

8. Prov. XXVII, 20.

9. Isa. V, 8.

10. III. Reg. XXI.(*) Es una especie de tordo de gran tamaño, que se mantiene de langostas y otros insectos: llámase en algunas regiones zorzal.

11. Roman. I, 18.

12. Joan., V, 29.

13. Hebr. X, 27.

14. Math. XIX, 21.

15. Eccl. V, 12.

16. Eccl. II, 18 y 19.

17. Luc. XVI, 25.

18. Gal. VI, 7.

19. II Cor. VIII, 9.

20. 1 Tim. lI, 6.

El Tesoro Espiritual de San Basilio el Grande.

Contenido:

— La perfección cristiana

El amor perfecto al prójimo.

El mandamiento del amor a Dios.

El amor a Dios se profundiza en la meditación de las verdades de la fe.

La oración nos une con Dios.

La comunión del cuerpo y la sangre de Cristo da la vida eterna.

El mandamiento del amor al prójimo.

El amor al prójimo mejor se evidencia en la vida comunitaria.

La vida común corresponde mejor a la naturaleza humana.

La vida común facilita el cumplimiento de los mandamientos de Cristo.

Vida común — signo de la unidad de la Iglesia.

En la Vida común se aprovechan los carisma de los otros.

La vida común — Imitación de los primeros cristianos.

Vida común — cumplir las obligaciones en común.

Vida común — Servir a Cristo.

El camino de la santidad de los monjes

— Consejos evangélicos y las virtudes.

La pobreza evangélica.

La virginidad evangélica.

La obediencia evangélica.

La virtud de la humildad.

La virtud de la paciencia.

La virtud de la templanza.

Trabajo con sacrificio.

Proclamar la Palabra de Dios.

Ser ejemplo para el prójimo.

La luz de la fe.

La paz espiritual.

La seguridad del premio eterno.

La perfección cristiana. el amor perfecto al prójimo.

El Mayor Mandamiento, promulgado en las leyes de Dios, es: Amar a Dios con todo el corazón; el segundo: Amar al prójimo como a si mismo. El mismo Dios puso orden en las leyes, ordenando, que el primer y el mas grande mandamiento es el amor a Dios, en el segundo se encuentra el mandamiento parecido al primero, el mandamiento de amor al prójimo.

El mandamiento del amor a Dios

Amar a Dios no necesita maestro. Así como sin algún aprendizaje nos alegramos de la luz, y deseamos el bien. La misma naturaleza enseña a amar a los padres, aquellos que nos educaron y nos alimentaron. Así lo mismo, en una manera muy superior y no de alguien, aprendemos a amar a Dios. Desde el nacimiento hay en nosotros como una semilla, una fuerza espiritual, una inclinación, una capacidad para el amor. En la escuela de los mandamientos de Dios esta fuerza del alma se desarrolla, se alimenta y, por gracia de Dios, llega a la perfección... Pues es necesario saber que el amor a Dios es una virtud, pero ella con su fuerza abraza y cumple todos los mandamientos: "Jesús les respondió: El que me ama será fiel a mi palabra y mi padre lo amara, iremos a El y habitaremos en El" (Jn.14:23). Otra vez repite: "De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas" (Mt. 22:40). Así pues por la naturaleza humana, los hombres aspiran a cosas hermosas y buenas, y no hay algo mejor, mas hermoso, que el bien: Dios es el mismo bien. Por eso el que desea el bien, desea a Dios. Aunque nosotros no conoceremos como El es bueno, pero ya el saber que El nos creo es suficiente, para que lo amemos por sobre todo y continuamente estemos unidos a El, como los hijos están unidos a su madre. Si tenemos una natural unión y amor a nuestros bienhechores y tratamos de agradecerles, entonces que decir de los dones espirituales? Ellos son tan importantes, que es imposible valorizarlos y cada uno de ellos es suficiente para obligarnos a un total agradecimiento hacia el Dador.

El nos redimió de la maldición, siendo El, por nosotros, maldición (Ga. 3:13). El asumió sobre si la peor muerte, para devolvernos la vida gloriosa. Y no siendo suficiente para El dar la vida por nosotros, El nos dio todavía la gloria de su naturaleza y nos preparo la vida en la eternidad, donde la felicidad supera todo humano entendimiento.

El amor a Dios se profundiza en la meditación de las verdades de la fe.

Pues es Necesario y útil, que cada uno aprenda la Divina Escritura, para saber como permanecer en la piedad y no acomodarse a las filosofías humanas, porque es imposible comenzar algo con ligereza y querer inmediatamente obtenerlo sin meditación, sin un continuo y atento ejercicio. Conocemos a Dios mediante la iluminación del Espíritu Santo, que es como el sol, ilumina las cosas de Dios, abriendo el ojo puro (el conocimiento) a la imagen de Dios invisible. Con su gracia el Espíritu Santo eleva también nuestro corazón hacia Dios; a los débiles El los sostiene, como una poderosa mano; y a aquellos que caminan por el camino de la santidad, El aun mejor los perfecciona. El Espíritu Santo, purificando con su gracia a los limpios de la mancha del pecado, los espiritualiza. Como el claro rayo del sol, refleja así a los corazones limpios; iluminados por el Espíritu Santo, ellos se transforman en espirituales y también, a los demás, les participan de esa espiritualidad. Un corazón espiritualizado llega al don del entendimiento de los misterios de Dios, al conocimiento de los misterios secretos, con el recibimiento de los dones espirituales, la ciudadanía celestial, la participación a los coros angélicos, a la felicidad eterna, a la unión con Dios y finalmente nuestra semejanza con El; es decir, nuestra civilización, que es el cumplimiento de la ascética cristiana.

Que mas milagroso que la belleza de Dios? Que mas dulce que meditar sobre la grandeza de Dios? Puede existir en el corazón algo mas fuerte y mas profundo sentimiento que el que Dios infunde en un alma purificada de todo pecado, para que el alma sienta todo lo que surge de estas palabras? "Yo con amor exijo" (Ct. 2:5). En verdad es imposible narrar o describir el rayo de la belleza de Dios.

Para los ojos humanos esta belleza es inaccesible, solamente el conocimiento y el alma pueden alcanzarla. Cuando esta belleza iluminaba a los santos, entonces, dejaba en el alma de ellos una insaciable sed. Aquellos a los cuales el amor de Dios toco y colmo no pudieron contener su ímpetu amoroso. Llenos del deseo de contemplación de la belleza de Dios, ellos rogaban que su contemplación divina se prolongara por toda la eternidad. Con atenta y profunda meditación sobre la grandeza de la gloria de Dios, con profundidad de pensamiento, sin interrumpir la memoria sobre la bondad de Dios y con profundidad e intensidad, continuando el deseo de asemejarse a Dios, nuestra alma se hace capaz de cumplir estas palabras: "Y tu amaras al Señor, tu Dios, con toda tu alma y con todo tu corazón, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas" (Mc. 12:30). He aquí con que intención hay que servir a Dios.

La oración nos une con Dios

Saben, que nuestra gloria es la comunidad monacal de hombres y mujeres, que con su espíritu permanecen ya en el cielo. Ellos crucificaron su cuerpo junto con sus pasiones y tentaciones. Ellos ya no se preocupan de aquello que van a comer o vestir, sino de aquella oración por la que, sin perder el tiempo, día y noche, están unidos a Dios, aun cuando trabajan con sus manos.

Después de la lectura siguen las oraciones. Las almas, en las cuales el amor a Dios se origino, cumplen con mas rapidez y perseverancia. La oración que eleva la mente a Dios es buena. Justamente, en esto esta la vida de Dios en nosotros, cuando recordamos, que el señor vive en nosotros. De esta forma somos templos de Dios, procurando que esta unión no se interrumpa a causa de las preocupaciones terrenales, las inquietudes, y cuando las pasiones turban el intelecto. Quien, pues, ama a Dios y huye de todo esto, se orienta a Dios, alejando de su corazón las pasiones que lo conducen al pecado y permanece en la lucha que lo lleva a las virtudes.

La fuerza de la oración se encuentra en el sentimiento del alma y las obras virtuosas de toda nuestra vida. San Pablo habla: "En resumen, sea que ustedes coman, sea que beban, o cualquier cosa que hagan, háganlo todo para la gloria de Dios" (1 Co. 10:31). Entonces cuando te sientas a la mesa, reza, cuando tomas el pan, agradece al Dador. Cuando refuerzas tu débil cuerpo con vino, entonces piensa en Aquel, que te concede estos dones para alegrarte y reforzarte en las debilidades. Y a pesar de tu poco tiempo para alimento, siempre recuerda al Bienhechor, jamas te olvides. Cuando te vistes agradece a Aquel que te dio el vestido. Si paso el día, agradece al Señor que nos dio el Sol para trabajar; y en la noche ala luna para iluminar. La noche también tiene su motivo de oración. Cuando contemplas el cielo y admiras su hermosura, entonces ora al Señor de todo el mundo visible; reza al gran Creador de todo el mundo visible; reza al gran Creador de todo el mundo. Por todo ser viviente que descansa en la noche, nuevamente reza a Aquel que interrumpe nuestra actividad con el sueño y luego de un breve descanso, nos permite recuperar todas nuestras fuerzas. La noche pues no será solo para dormir. No permitas que la mitad de tu vida pase en sueño inútil, sino distribuye la noche entre el sueño y la oración. Mayor tiempo, aun que el del sueño, tiene que ser para la perfección espiritual... Entonces así podrás rezar sin interrupción, sin limitarla a la oraciones de meras palabras y todo tu comportamiento estará siempre unido a Dios; así toda tu vida será una oración continua y sin interrupción.

Y que puede dar mas suerte, sino en la tierra, imitar los coros de los ángeles! Cuando a cada ocupación precede la oración, cuando con cantos, como sal condimentamos las ocupaciones, los cantos hermosos y espirituales dan al alma alegría y esperanzada tranquilidad. Ir a la madrugada a la oración, con cantos e himnos, alabando al Creador y luego, cuando el Sol mas claramente, volver al trabajo. Los salmos son tranquilidad para el alma, principio de paz, que tranquiliza los atormentados e inquietos pensamientos, que no solamente dominan la turbulenta ira, la despertada cólera espiritual, sino que la conduce a la misericordia. Los salmos fortifican a los consagrados, reconcilian a los ofendidos, y entre amigos, inducen al amor. Quien entonces puede tener por enemigo a aquel, con el cual juntos elevan salmos a Dios. Y el conato de salmos une con aquel Bien mas grande que es el amor. Este canto es como si encontrara algún porvenir, una esperanza, una predisposición a una actitud conciliadora; el pueblo como un coro, se une en una melodiosa sinfonía. Los demonios huyen de los himnos y viene la protección de los ángeles. Los salmos son un arma buena contra los temores nocturnos y para descanso en los trabajos cotidianos. Los salmos son la seguridad para los niños, belleza para los jóvenes, alegría para los ancianos y el mejor armamento para las mujeres. Los salmos, para los principiantes son comienzo; crecimiento para los perfectos; son la voz de la Iglesia, alegría para los días festivos, que despeja la tristeza para la salvación en Dios. Los salmos hacen brotar lagrimas del corazón de piedra. Los salmos son cuerpo de los ángeles, estadía celestial, espiritual incienso.

La comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo da la vida eterna.

El distintivo de los cristianos es esto: tener limpio de toda mancha el cuerpo y el espíritu con la Sangre de Cristo y practicar la santidad en el temor de Dios y en el amor de Cristo; y no tener defectos ni algo semejante, sino ser santos e inmaculados y entonces comer e Cuerpo de Cristo tomar su Sangre.

Cuando alguien comulga, no comprendiendo el significado por el cual se recibe la comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, no tiene ningún beneficio; y quien indignamente comulga esta juzgado. Por lo tanto quien comiera el pan o bebiera el cáliz del Señor indignamente, será culpable del cuerpo y de la Sangre del Señor, cada no se examine y luego coma este pan y beba este cáliz, porque aquel que come y bebe no distinguiendo el Cuerpo del Señor, será condenado (1 Co. 11:27-29).

Comulgar cotidianamente es obra buena y muy útil. Porque Cristo claramente dijo: "Porque mi Carne es la verdadera comida y mi sangre la verdadera bebida" (Jn. 6:55). Quien entonces podrá dudar que tener sin interrupción la participación a la vida, no quiere decir: vivir saciadamente de la riqueza de la Vida?

El mandamiento del amor al prójimo

Quien no sabe que el hombre fue creado para la comunidad y no para ser un salvaje o solitario? No existe cosa que mejor pueda corresponder a nuestra naturaleza, que la vida en común, y nuestra ayuda y amor a la gente.

Cuando Dios primero nos dio la semilla, entonces juntamente deseo que diera los frutos, diciendo: "Un nuevo mandamiento les doy, que ustedes e amen unos a los otros" (Jn. 13:35). Deseando exortarnos al cumplimiento de este mandamiento, como testimonio de sus discípulos, no pidió milagros o señales extraordinarias (aunque y para esto el Espíritu Santo nos da la fuerza), sino la que nos dice: "En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: el amor que se tengan los unos a los otros" (Jn. 13:35). Y así todos los renglones de estos mandamientos resumió en aquel que las buenas obras hechas al prójimo, se comunican sobre el mismo, y finalmente agrega: "Les aseguro que cada vez que lo hicieran con el mas pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo" (Mt 25:46). Así pues con el primer mandamiento se puede observar el segundo, y por el segundo volver al primero. Con el amor al Señor, amar al prójimo: "El que ama será fiel a mi Palabra, y mi Padre lo amara: iremos a El y habitaremos en El" (Jn. 14:23) y otra vez dice el Señor: "Este es mi mandamiento, ámense los unos a los otros, como yo los he amado" (Jn. 15:12). Entonces quien ama al prójimo, cumple con el amor a Dios, cuando El acepta ese amor para si.

El amor al prójimo mejor se evidencia en la vida comunitaria

La mas perfecta comunidad, pienso yo, es aquella en la cual se renuncia a la propiedad privada, y se olvida cualquier desorden de pensamiento; en la cual no existen malentendidos o desacuerdos, pero todo es en común: alma, pensamiento, cuerpo; Dios es comunidad, juntos para obtener las virtudes, juntos para la salvación, juntos en la lucha. Iguales dificultades, iguales premios, donde todos son uno solo, y uno solo no es solo sino es todos.

Con que se puede igualar esta forma de vida? Quien es mas afortunado? Que mejor vida que la comprensión y unidad? Que mas hermoso que aquella buena armonía de costumbres y almas? Personas que provienen de distintos pueblos y regiones se acomodan a esta perfecta forma comunitaria, que es como si fuera un alma en muchos cuerpos; se manifiesta que en muchos cuerpos hay una conformidad de pensamiento. Cuando alguien esta enfermo en su cuerpo, tiene a muchos que con su alma comparten sus dolores. Cuando el esta enfermo o desanimado, tiene a muchos que lo curan y lo sostienen. Mutuamente ellos entre si son siervos, entre si, señores. Es la fuerza de la libertad, la cual no hace nacer la posibilidad de la esclavitud, que a los esclavos trae la infelicidad. Por su libertad personal voluntariamente, ellos se sujetaron a ella. El amor hizo que, libres de si mismos, se hicieran esclavos y la buena voluntad los mantiene en libertad. Como tales, Dios nos quiso tener desde siempre.. Para esto Dios nos creo.

Donde hay un padre que imita al Padre celestial, habrá muchos hijos que, cada uno, se preocupe de superar al otro en amor hacia su superior, donde los hijos tienen entre si un único deseo, respetar a su padre virtuosamente. A ellos no los une la naturaleza, sino que tienen un motivo mayor que la naturaleza: a ellos los une y los protege el Espíritu Santo. Que imagen visible puede ser motivo de la forma invisible de una vida? En el mundo no existe tal imagen. Es necesario buscarla en el cielo; el Padre por sobre las pasiones, con la palabra y con la enseñanza, a todos nos une. Celestiales, hijos del Padre celestial, también por virtud nos eligió por hijos. El amor ata todo en el cielo. El amor aquí nos tiene unidos.

La vida común corresponde mejor a la naturaleza humana

En primer lugar ninguno de nosotros puede ser suficiente para si mismo, tanto en las cosas materiales como en las corporales. Nosotros dependemos uno del otro en todas las cosas que necesitamos. Dios, nuestro Creados, ya así había establecido, que unos necesitasen de otros para que mutuamente se ayudaran, y fuéramos entre nosotros unidos, como esta escrito: "Todo lo que vive ama a su semejante, y cada hombre, a su prójimo, cada cuerpo a su naturaleza se une, y el hombre se acomoda a su semejante."

La vida común facilita el cumplimiento de los mandamientos de Cristo

Cuando varias personas viven juntas, entonces para ellas es mas fácil cumplir la mayoría de los consejos de Cristo... Y a quien en cambio, vive en la completa soledad no le es fácil conocer sus defectos, porque no tiene quien los advierta; para con amor y mansedumbre correjirlos ... Entonces a menudo se cumple la palabra de la Sagrada Escritura: "Escucha, hijo mío, recibe mis palabras y los años de tu vida se multiplicaran" (Pr. 4:10). Así entonces no se puede abandonar el mas importante mandamiento que esta orientado directamente a la salvación, cuando no se da de comer al hambriento o no se da el vestido al desnudo. En esta forma de vida, además de esto, falta el ejercicio de las virtudes, porque la persona no conoce sus defectos ni su comportamiento, prácticamente, esta alejada de cualquier posibilidad de observar los mandamientos. Como podrá aquella persona demostrar su humildad, cuando no tiene la posibilidad de humillarse ante otro? A quien demostrara su misericordia, cuando ella rompió toda relación con las personas? Como podrá ejercitar la paciencia, cuando nadie le contradice a causa de los defectos?

Vida común — signo de la unidad de la Iglesia Siendo llamados a una sola Esperanza, nosotros todos formamos un solo cuerpo, del cual Cristo es la cabeza y todos nosotros somos entre si miembros. Entonces si no estamos ligados por el amor en una comunidad en el Espíritu Santo, entonces, cada uno de nosotros elige su forma de vida, pero no la que es deseada por Dios, es decir: el servicio a todos los necesitados en común.

En cambio si cada uno atendiera sus propios intereses, su amor propio, como entonces se podría conservar una comunidad, el amor y la mutua colaboración? Como entonces podremos demostrar la obediencia a la Cabeza-Cristo, cuando entre nosotros existe la división y la desunión? Como entonces se puede alegrar con los exaltados, sentir con los que sufren, cuando cada uno está solo... y no tiene la posibilidad, como corresponde, de conocer las necesidades del prójimo?

En la vida común se aprovechan los carisma de los otros.

Uno solo no puede tener todos los carisma espirituales, sino que a cada uno fue dado alguno según el don del Espíritu Santo, en la medida de la fe (Rm. 12:6). En la vida común, pues, los dones particulares son para todos: "El Espíritu da a uno la sabiduría para hablar; a otro la fe, también en el mismo Espíritu, de hacer milagros; a uno, el don de la profecía, a otro, el don de juzgar sobre el valor de los dones del Espíritu; a este el don de las lenguas; a aquel el don de interpretarlas" (1 Co. 12:8-10). Cada uno de estos dones, recibe el hombre no para si, sino para los demás.

La fuerza del Espíritu Santo esta en que cada uno comunique la cantidad para todos. En la vida común dada uno tiene la posibilidad de servirse de su don, compartiendo con los demás. Así entonces cada uno recoge el fruto de los ajenos dones, como si fueran suyos.

La vida común — Imitación de los primeros cristianos. La vida común refleja aquella virtud de los Santos de los cuales narran los Hechos de los Apóstoles: "Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común" (Hch. 2:44).

De esto resulta pues, que entre ellos (los primeros cristianos) no existía la misma separación y nadie de ellos vivía por su propia voluntad. A todos unía una misma preocupación, y no había división de voluntad y ciertamente, hablando con lenguaje humano, en todos había mas de un impedimento para la unión.

Vida común — cumplir las obligaciones en común. Aquellos que viven en vida común, tienen que estar unidos en el amor de Jesucristo, como muchos miembros en un solo cuerpo. El Apóstol dice: "pero todos debe hacerse con decoro y ordenadamente" (1 Co. 14:40). Pues por ese yo pienso que solamente esta forma de vida puede llamarse "mas hermosa y digna" cuando en ella se conserva aquel orden, como existe entre los miembros del cuerpo; uno cumple el servicio del ojo... el otro tiene la función de la oreja o de las manos y así sucesivamente. Para eso, es necesario recordar esto: cuando algún miembro no cumple su obligación y no sirve a otro, entonces a todos los miembros amenaza el peligro... así lo mismo cada negligencia del superior o del súbdito trae dificultades...esto es lo mismo que cuando la mano o el pie no quieren servir a las ordenes del ojo.

Vida común — Servir a Cristo Todos los que cumplen cualquier servicio al hermano, tendrán que hacerlo con todo fervor por todos, como si lo hicieran no a las personas, sino al mismo Cristo, que con gran misericordia recibe para si todo lo que hacemos a las personas ofrecidas a El. Por esto El prometio el Reino celestial: Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: vengan benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reina que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber; estaba de paso, me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo y me visitaron; preso, y me vinieron a ver. Los justos le responderán: Señor, cuando te vimos hambriento, y te dimos de comer; desnudo, y te vestimos? Cuando te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte? Y El les responderá: "Les aseguro que cuando lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos mas pequeños, conmigo lo hicisteis" (Mt. 25:34-40). Pues entonces reciben el premio por su celo aquellos que responsablemente cumplen sus obligaciones; y así el juicio eterno exigirá mas a los indiferentes o a aquellos que con poca diligencia y actividad han cumplido el servicio para ser dignos del nombre de hermano de Cristo, según las palabras: "Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que esta en el Cielo ese es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mt. 12:50). Con que disponibilidad tenemos que servir a nuestro hermano? Tenemos que servirle de tal manera como si sirviéramos al mismo Dios, que dijo: "Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el mas pequeño de mis hermanos lo hicieron conmigo" (Mt. 25:40).

El camino de la santidad. Consejos evangélicos y sus virtudes.

Renuncia

Quien ama a Dios, huye de todo lo terrenal; se dirige a Dios con todo su corazón y se aleja de las concupiscencias que lo tientan a la inmoderación: el persevera en el ejercicio que conduce a las virtudes.

Una tal renuncia comienza con el abandono de las cosas externa: propiedad, gloria falsa, costumbres humanas y apego a todas las cosas necesarias... Quien sinceramente desea ir detrás de Cristo, no puede preocuparse por las cosas que son necesarias para esta vida. No puede pensar en el amor de sus padres y parientes, cuando ellos son impedimentos al amor de Dios... Cristo muy claramente hablo sobre esto que no deja espacio a cualquier justificación o duda...

Además, es imposible, para quien quiere cumplir como corresponde sus obligaciones, cuando su pensamiento esta ocupado con toda las preocupaciones, como dijo Cristo: "Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amara al otro, o bien, se interesara por el primero y menospreciara al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero" (Mt. 6:24).

Nosotros tenemos que elegir solo una cosa: el tesoro celestial, sobre el cual nosotros ponemos todo nuestro corazón, porque: "Allí donde este tu tesoro, estará también tu corazón" (Mt. 6:21). Por eso quien de nosotros se preocupa por la posesión personal de alguna riqueza temporal, allí nuestro entendimiento sin querer se entierra en eso, como en un pozo; y nuestra alma no puede elevarse a la vida divina. Tal alma permanece insensible a las aspiraciones de la riqueza eterna y al prometido premio en el cielo. Y a estas riquezas es imposible abandonarlas de otra manera, sino con el continuo e insistente deseo de abandonarlas, y de liberarnos de todas las preocupaciones. Entonces la renuncia es cortar todas las ataduras de la persona con cosas materiales y su actual forma de vida, es liberación de todas las obligaciones familiares. Eso nos permite mas fácilmente caminar por ese camino que lleva a Dios y sin condición, obligación para obtener la riquisima esposa (Sal. 18:11) En una palabra, la renuncia al mundo es la transformación del corazón humano en la forma de vida celestial, según las palabras del Apóstol: "En cambio, nosotros somos ciudadanos del cielo, y esperamos ardientemente que venga de allí como Salvador el Señor Jesucristo" (Flp. 3:20). Lo mas importante, es el comienzo de la imitación y semejanza a Cristo, que: "Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza" (2 Co. 8:9). Sin una tal renuncia, es imposible para nosotros llegar a aquella forma de vida, que se conformaría al Evangelio de Cristo. Porque entre riquezas y preocupaciones humanas, entre ataduras al mundo y costumbres humanas no se puede conseguir un corazón compungido, humilde, libre de iras, de tristezas, de preocupaciones y en general de todos los peligros y agitaciones del alma.

La pobreza evangélica

Según las palabras del Señor, no es conveniente ser rico, sino pobre: no juntar riquezas en la tierra sino en el cielo. Indiferente y sana actitud hacia la riqueza es servirse de ella conforme a los mandamientos: esto para nosotros es útil en muchos casos, ante todo para purificar el alma de los pecados.

Nuestra mayor suerte ni es pues, la abundancia en cosas temporales, sino que nosotros somos llamados a coparticipar en los verdaderos y eternos bienes.

Los ascetas primeramente acumulan los bienes del reino prometido, porque con todas sus virtudes, con su forma de vida y su unión, ellos representan fielmente el reflejo de la forma de vida en el cielo, ellos viven sin nada propio, no tienen nada propio, todo es en común.

Por cosa propia no se tenga en consideración: ni vestido, ni cosas de la cocina, ni alguna otra necesaria para la vida. Sean pues todas estas cosas al servicio de la necesidad. Tener algo como propietario, contradice a las afirmaciones de los Hechos de los Apóstoles, conde esta escrito: "La multitud de los creyentes tenia un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo era común entre ellos" (Hch. 4:32). Pues, cuando llama a algo suyo, se aleja de la Iglesia de Dios y del amor de Cristo quien nos enseño con la palabra y con el ejemplo dar su vida por sus amigos (Jn. 15:13). Pues, cuando la vida hay que dar por los demás, entonces, cuanto mas los cosas presentes.

La virginidad evangélica

Quien desea sinceramente caminar detrás de Cristo, no puede desear algo que pertenece a la vida terrenal, no puede amar a los padres, a sus parientes, cuando hay oposición al amor de Dios; porque justamente para esto están las palabras "Cuando alguien viene a mi y no amara menos a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y también su vida, aquel no puede ser mi discípulo."

Grandes son estas cosas — la virginidad, y permanecer sin casarse — ello nos pone a la par de los ángeles, en los cuales la naturaleza es indistinta; porque no me atrevo a decir "con Cristo," porque, El habiendo deseado nacer por nosotros, igual a los nacidos, nació de una Virgen. Con esto El nos demostró la virginidad como un estado que separa del mundo y lo lleva al cielo; y con ello la persona renuncia a un mundo presente, por otro futuro. A la preocupación por las cosas de Dios, el Apóstol, hace ver que las preocupaciones de la vida matrimonial, si bien el matrimonio esta permitido y tiene su bendición, pero, conforme con el Apóstol, entre estas dos cosas es imposible coordinar: "Yo quiero que ustedes vivan sin inquietud. El que no tiene mujer se preocupa de las cosas del Señor. En cambio, el que tiene mujeres preocupa de las cosas de este mundo, buscando como agradar a su mujer" (1 Co. 32-33). Entonces quien desea servir a Dios, tiene que liberarse de toda atadura de este mundo.

Elige para ti una vida sin carne, sin pueblo, sin propiedad. Se libre y libérate de toda preocupación de la vida. Pues que no te ate el deseo de la mujer, ni la preocupación por los hijos; esto es imposible en la lucha al servicio de Dios, porque el arma de nuestra lucha no es corporal, sino la fuerza en Dios (2 Co. 10:4). Pues que el cuerpo no te mine no te ate contra tu voluntad, pues el te deje libre y no te convierta en esclavo. No te preocupes por la generación sobre la tierra, sino pro los hijos espirituales, para que tu puedas llevarlos al cielo.

No te ates con el matrimonio corporal, al contrario aspira a atarte a las cosas espirituales: dirección de almas y paternidad espiritual. Imita al esposo celestial. El don espiritual de la virginidad no es en la continencia del matrimonio y de la generación de hijos, sino toda la vida: su forma y costumbre tendrá que distinguirse con una tal hermosa virginidad, para que en todo momento se manifiesta la virtud del no casado.

La obediencia evangélica.

La verdadera y perfecta obediencia de los súbditos hacia el superior, se manifiesta en que, detrás del consejo del superior, no solamente se huye de todo mal, sino que sin su aprobación no se hace aquello que puede ser deseable. Mortificación y abstinencia al cuerpo es útil, pero quien va detrás de sus propias inclinaciones, hace lo que le parece y no escucha el consejo del superior, para el es antes una transgresión que un mérito, porque: "En consecuencia, el que resiste a la autoridad se opone al orden establecido por Dios, atrayendo sobre si la consideración" (Rm. 13:2). Por eso la virtud de la obediencia tiene mas mérito la continencia.

El orden y la armonía en cada comunidad permanece tanto tiempo, cuanto mas permanece la obediencia de los miembros a su superior, y cada desorden y caos en el gobierno de la comunidad origina anarquía por la incapacidad del que manda. Entre la gente hay diferentes actitudes, porque no todos piensan de la misma manera lo que es necesario. Por eso para que no haya desorden y discordia, para que cada uno no viva por su propia voluntad, hace falta que aquel que manda supere por sabiduría, respeto y santidad de vida para ser moderador y superior de los demás... Cuando uno es nombrado para superior, entonces allí reemplaza la propia voluntad por sobre los demás y todos se someterán a la elegida y mejor voluntad, según los consejos del Apóstol que enseña: "El que resiste a la autoridad se opone al orden establecido por Dios, atrayendo sobre si la condenación" (Rm. 13:12).

Ante todo es necesario, que aquel que se somete a esta forma de vida, tenga fuerte, perseverante e inamovible propósito y voluntad, que no se puede ser variable, debilitado por el espíritu maligno; el tiene que demostrar la firmeza de los mártires con la fuerza del espíritu hasta la muerte; el, con esta firmeza, tiene que permanecer fiel a los mandamientos de Dios y ser obediente a los superiores; esto es pues en esta vida la mas importante causa. Porque como Dios, siendo Padre de todos quiso que todos lo llamaran Padre, exige de sus siervos la mas perfecta obediencia, así, el padre espiritual entre la gente, cumpliendo sus ordenes, según el mandamiento de Dios obliga a una incondicional obediencia.

El mismo Hijo único de Dios, Señor nuestro, Jesucristo, por el cual todas la cosas existen dice: "Porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la de Aquel que me envío" (Jn. 6:28).

Es cosa admirable obedecer en todo cuando el Apóstol alaba a aquellos, que "ellos mismos primero e entregaron al Señor y luego a nosotros por voluntad de Dios."

La virtud de la humildad.

Quien desea en la gloria eterna mayor gloria, tiene que amar aquí todo lo que sea ultimo y lo peor: "Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el mas grande en el Reino de los Cielos" (Mt 18:4) y en otro lugar: "No hagan nada por espíritu de discordia o de vanidad, y que la humildad los lleve a estimar a los otros como superiores a ustedes mismos" (Flp. 2:3).

Y cuando hace falta realizar un servicio ínfimo, entonces hay que recordar que el Salvador sirvió a los discípulos, que no se considero indigno de servir a los enfermos. Para el hombre es gran cosa imitar a Dios! Y de estas inferiores obras, elevarse a la imitación de lo alto. Quien puede considerar inferior algo que el mismo Señor obro con la mano? En todas nuestras obras, el alma eleva la causa al Señor en la convicción de que nadie hace absolutamente nada con su propia fuerza. Porque a menudo con esta convicción nace la humildad. La humildad es la caja de las virtudes. El conocimiento de la santidad es el conocimiento de la humildad y mansedumbre. El progreso del alma es progreso de la humildad, es imitación de Jesucristo. Al contrario, el orgullo hace nacer todos los errores y conduce hacia la deshonestidad. La humildad es imitación de Jesucristo, el orgullo, es desmesurado atrevimiento, sin vergüenza, es imitación del demonio. El Apóstol dice así: "El que se gloria, que se gloríe en el Señor" (1 Co. 1:31). Luego El explica así: Cristo es para nosotros sabiduría en Dios, justicia, santificación y redención: para que — como esta escrito — quien se alaba, se alabe en el Señor...Esto es justamente aquella perfecta y plena alabanza en Dios, cuando la persona no se eleva por su justicia, siempre se justifica mediante la fe en Cristo. El, pues, busca aquella justificación, que viene de Cristo, que proviene de Dios, mediante la fe. El fin de esta justificación es poseer el conocimiento de Cristo y la fuerza de su resurrección y participación de sus sufrimientos, semejarse a El en la muerte, para llegar a una resurrección de los muertos.

La virtud de la paciencia.

Toda la vida del justo esta llena de tribulaciones, porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva al cielo (Mt 7:14), y "muchos son los designios del justo" (Sal 33:20). Por eso también el Apóstol dice: "Estamos atribulados por todas partes, pero no abatidos; perplejos pero no desesperados" (2 Co. 4:8) y otra vez se dice: "Confortaron a sus discípulos y los exhortaron a perseverar en la fe, recordándoles que es necesario pasar por muchas tribulaciones. Si pues, el sufrimiento forma la paciencia y la paciencia el conocimiento (Rm. 5:3-4), porque quien no da importancia al sufrimiento también desprecia el conocimiento. Al contrario, como a nadie coronan con la corona del triunfo sin el rival, así lo mismo a nadie llamaran probado sin el sufrimiento. Por eso estas palabras: "Dios me libera de toda miseria." No hay que entenderlas como si Dios nunca mas permitirá la tentación, sino que junto a la tentación, da ala posibilidad de soportarla. Sucede que por la tentación del maligno, Dios que ama al hombre, le envía alguien como un gran luchador y para luchar con el, y El humilla su orgullo con la grandisima paciencia que da a sus siervos, como leemos en la historia de Noé. También como ejemplo para aquellos, que no saben soportar con paciencia, Dios muestra a sus fieles que hasta la muerte saben soportar todos los sufrimientos, como por ejemplo Lázaro. El, cubierto de heridas, nunca se lamento de su condición de humilde, por eso recibió el descanso en el seno de Abraham que soporto los males de su vida (Lc. 16:25). Así también nosotros, aceptando los golpes de la mano de Dios, que con amor y sabiduría gobierna nuestra vida, ante todo pedimos conocer el motivo por el cual El nos da la cruz y entonces, para liberarnos de los sufrimientos y con la paciencia que junto con la prueba nos concede, la fuerza de soportar hasta el fin.

Yo deseo que ustedes tengan la misma convicción animándonos con la profunda esperanza a la alegría para poder en este tiempo, llevar las preocupaciones con paciencia; puede ser que con el sufrimiento, nosotros paguemos el débito de nuestros pecados. De tal manera nosotros, heridos, estaremos preservados de la airada mirada de Dios. Puede ser que Dios con tales pruebas quiera probar nuestra santidad. En tal caso el justo juez no permitirá el ser tentados por sobre nuestras fuerzas, sino nos dará — como premio de aceptar ya todos los sufrimientos — la corona de la paciencia y la esperanza. Cuando les sucede algo doloroso, no se dejen llevar por la alteración sino deben estar preparados para esta prueba.

Luego, es importante aliviar la difícil situación con la esperanza de las cosas futuras. Como aquellos que tiene la vista débil, y se alejan de toda cosa resplandeciente, ellos no bajaran del cielo, sino que fueron expulsados del mirar solamente a las cosas tristes, ni ocuparse de la miserias, sino elevar los ojos con la meditación sobre los verdaderos bienes. Siempre ten a Dios en la mente y así podrás siempre alegrarte. Alguien empano tu gloria? Entonces orienta la atención a la gloria que te espera en el cielo por tu paciencia. Te han causado disgusto? Contempla las riquezas celestiales y aquel tesoro que tu has preparado con tus buenas obras. Te han expulsado de tu patria? La celestial Jerusalén, para ti es patria.

La virtud de la templanza

Por templanza, nosotros entendemos, no renunciar completamente a los alimentos, porque seria usar violencia y arruinar la propia salud. La templanza es la renuncia de toda comodidad para dominar las pasiones y para obtener la santidad de la vida. Para nosotros que caminamos hacia la santidad, hace falta limitar todo con lo cual la gente mundana se debilita.

La practica de esta virtud es también una ayuda para el progreso espiritual. La templanza es liberación de los pecados, dominio de las pasiones, mortificación del cuerpo en el desorden se su naturaleza y tentaciones; es principio de la vida espiritual, camino para conseguir el eterno bien, moderación de todo deseo de abundancia. La abundancia es una gran tentación para el mal. Ella es motivo para que la gente cometa el pecado; ella tira el alma como un anzuelo a la muerte.

Bien hacen, cuando nos recuerdan esto como reglamento, para que nosotros conozcamos no solo la templanza sino sus frutos. Aquel fruto es poseer a Dios. Porque ser libre de la corrupción, es poseer a Dios, caer en la corrupción, es lo mismo que participar de la vida de este mundo. La templanza es dominio del cuerpo y confesar a Dios. Quiero aclarar, me parece que la templanza es el mismo Dios, que nada desea y todo tiene para si. Nada desea, no tiene ninguna ansia ni en los ojos, ni en las oreja, no le falta nada, es la felicidad plena. La avidez es la enfermedad del alma, la templanza es la salud. Es importante mirar en la templanza no solo de un lado; ella resguarda a aquello que el alma, descontenta por las cosas necesarias, con pasión aspira, y lo lleva a la envidia, que nace de deseo de tener oro y sin duda de otras necesidades que originan las pasiones. No embriagarse es también templanza, nos hace libres, ella sana y da la fuerza, no solamente nos ayuda a las virtudes sino que nos da mas. La templanza, es bendición de Dios... Cuando en nosotros hay un poco de templanza, nosotros estamos mas alto que todo el mundo. Y sobre los Angeles hemos llegado, porque cuando ellos perdieron la templanza, ellos no bajaron del cielo sino que fueron expulsados del mismo...Cuando nosotros tenemos un poco de templanza, nosotros no amamos este mundo, sino el otro, donde tenemos puesto nuestro corazón.

Utilidad y frutos de la vida comunitaria. Trabajo con sacrificio.

Quien camina en la perfección tendrá que trabajar día y noche para tener la posibilidad de dar a aquel que necesita. El trabajo y la vida comunitaria son necesarios para nosotros, no solamente para la mortificación del cuerpo, sino y también como manifestación del amor propio, para que Dios por medio nuestro, diera a los hermanos necesitados todo lo que para ellos es necesario. Siguiendo el ejemplo del Apóstol que dice: "De todas las maneras posibles les he mostrado que así, trabajando duramente, se debe ayudar a los débiles, y que es preciso recordar las palabras del Señor Jesús: "La felicidad esta mas en dar que en recibir" (Hch. 20:35). Es necesario saber que quien trabaja tendrá que cumplir no para servir a sus propias necesidades con los frutos del trabajo, sino en el cumplimiento del mandamiento de Dios. El ya dijo: "Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron; preso y me vinieron a ver" (Mt. 25:35-36).

Por eso, por principio esta prohibido preocuparse por si mismo: "Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando que van a comer, ni por su cuerpo, pensando con que se van a vestir. No vale mas la vida que la comida y el cuerpo mas que el vestido?" (Mt. 6:32). Así entonces cada uno tendrá que tener por objetivo escuchar a los necesitados y no a las propias necesidades. De esta manera evita el amor propio obtendrá del Señor la Bendición del amor del prójimo, quien dijo: "Les aseguro que todo lo que hicieron con el mas pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo" (Mt. 25:40).

Proclamar la Palabra de Dios.

El signo del amor al Señor es: con gran amor, con toda atención y en todo preocuparse de aquello que El enseña: y si es necesario, perseverar hasta la muerte, publica y privadamente en la predicación... "Yo soy el buen pastor, el buen pastor da su vida por sus ovejas" (Jn. 10:11). La palabra la enseñanza no tendrá que ser utilizada para gloria personal, ni para su fama, ni para utilidad para complacer a los oyentes y poniendo atención a la satisfacción, sino tendría que ser la palabra como ante Dios, para su gloria. "Nosotros no somos como aquellos que comercian con la palabra de Dios, nosotros sinceramente, como de Dios hablamos, delante de Dios en Cristo" (2 Co. 2:17). El maestro de la enseñanza tendría que ser misericordioso y benigno sobre todo ante aquellos que están mal intencionados en el alma: Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, le dijo: "El que reciba a mi niño como a este en mi nombre, a mi me recibe" (Mc. 9:36-37).

Ser ejemplo para el prójimo.

El que alaba y ama a Dios es aquel que cumple su voluntad; pero quien no lo respeta, viola sus mandamientos: "Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste" (Jn. 17:4) "Tu que te glorias en la ley, deshonras a Dios violando la ley" (Rm. 2:23). Cada uno, según sus posibilidades tendría que ser para los demás ejemplo de buenas obras: "Vengan a mi todos los que están afligidos y yo los aliviaré" (Mt. 11:28). Nadie pues, sea orgulloso por su juventud, sino sea ejemplo para los fieles en la palabra y en la vida; y mas adelante: "ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, con que se volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres" (Mt 5:13).

Por eso cada uno tiene que preocuparse mucho mas en vivir en la tranquilidad y permanecer en si para ser el testimonio de la continuidad de sus costumbres; no encerrarse totalmente en su celda, sino con tranquilidad salir cuando sea necesario...para edificación del los hermanos, para dar ejemplo de luz de la buena palabra, cuando sin peligro puede con la palabra y obra ser ejemplo para aquellos con quienes va a encontrarse.

La luz de la fe.

Exhortamos a ustedes para que sobre todo recuerden sobre la fe de los Padres y no se dejen engañar por aquellos que se esfuerzan por llevarlos a la soledad. Además, pues, saben que, el que en si mismo no tiene vida de la luz de fe en Dios, no da utilidad ni verdadera confesión de la fe; sin vida ejemplar no puede recomendarnos a l Señor. Para ustedes, es necesario pues, unir las dos cosas para que el hombre, entregado a Dios, sea perfecto y la vida no tambalee por la falta de una de las dos. Porque la fe que nos salva — como dice el apóstol — es aquella que obra mediante el amor. Nosotros creemos en un solo Espíritu Santo. Consolador, del cual nosotros hemos recibido su sello en el día del Bautismo (Ef. 4:30); en el Espíritu de verdad, en el Espíritu de hijos, con el cual llamamos: "Abba Padre!" en el Espíritu Santo, que reparte a cada uno para utilidad, como quiere, y obra los dones de Dios en el espíritu; en el Espíritu Santo, que enseña y recuerda todo lo que oyó del Hijo; en el Espíritu Bueno que orienta a todos a la verdad, que confirma a todos los fieles en el seguro conocimiento; en la verdadera confesión, el servicio divino, y en espíritu adoramos a Dios. El Espíritu Santo que enseña inclinarse ante el verdadero Dios, Padre y a su único Hijo-Señor y Dios, nuestro Jesucristo y a si mismo.

La Paz Espiritual.

La unión con Dios no se identifica con las uniones corporales, sino que las perfecciona con el fiel cumplimiento de la voluntad de Dios. Quien acepta sacrificios por el premio de Dios, no tiene que buscar aquí consuelo sino prepararse par la recompensa del Reino de Dios. Pues tenga presente que por los sacrificios recibirá la paga y por el trabajo el premio del Dios que ama al hombre. Pienso que el intrépido luchador, que una vez que salió al campo de batalla de la santidad, tendrá que soportar virilmente los golpes del enemigo con la esperanza en la gloria de la corona. Porque: "La constancia, es la virtud probada; la virtud probada, da la esperanza. Y la esperanza no quedara defraudada porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado" (Rm. 5:4). Porque en otro lugar el mismo Apóstol dice: "Alégrense en la esperanza, sean pacientes en la tribulación y perseverantes en la oración" (Rm. 12:12). Nos recuerda el Apóstol que nosotros seamos pacientes en las tribulaciones y alegres en esperanza. Porque la esperanza origina lo que en las almas piadosas siempre causa la alegría.

En una palabra, el alma, una vez que derroto la melancolía, por su Creador; que se acostumbro a complacerse con la belleza, entonces ella por esta felicidad y encanto no cambiara con sentimientos visibles. Al contrario, lo que en otros es tristeza, en ella aumentara la felicidad.

La seguridad del premio eterno

Quien es generoso en el amor a Dios y espera firme el premio eterno, aquel no se conforma con aquel que hace, sino siempre busca y aspira a aumentar algo mas. Aunque le parezca que ya trabajo por encima de sus fuerzas, nunca esta seguro que cumplió con todas las obligaciones. El escucha las exhortaciones de Cristo: "El les respondió: El Reino de Dios no viene ostensiblemente" (Lc. 17:10). También el gran Apóstol para el cual el mundo estaba crucificado y el para el mundo (Ga. 6:14), enseña "Yo solo me gloriare en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo esta crucificado para mi, como yo estoy para el mundo" (Flp. 3:13-14).

Porque toda la vida presente es vida de tribulaciones y luchas, en cambio la futura vida, de coronas y premios. Escribe el gran Apóstol, entonces, cuando tenia que terminar la vida terrenal y pasar a la otra: "Y ya esta preparada para mi la corona de justicia, que el Señor, como justo Juez, me dará ese día y no solamente a mi sino a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación" (2 Tm. 4:7).

Después de la muerte pasara a la vida eterna; de la humillación de la gente, a la gloria de Dios; de los dolores de este mundo, de los castigos, a la eterna felicidad con los ángeles en el Cielo. Para aquellos que observan los mandamientos, grande paga, premio inmenso, corona de justicia, corona de felicidad, sin termino, alegría inenarrable, continua permanencia con el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, verdadero Dios; en la contemplación a Dios, cara a cara; alegría con los ángeles, con los Padres, Patriarcas, Profetas, Apóstoles, Mártires, Confesores y con aquellos que por siempre satisficieron a Dios. Busquemos que nosotros podamos con ellos llegar allá, por gracia del Señor nuestro, Jesucristo, con el cual están la gloria y la fuerza por los siglos de los siglos. Amen.

Libros consultados:

Cartas elegidas de san Basilio el Grande, (traducción S. Fedyniak) New York 1964.

J. P. Migne, Patrologieae cursus completus, series graeca (PG). Paris 1857-1866. San Basilius, tomus 29-32.

Obras asceticas de San Basilio (traduccion por A. Sheptyckyj) Lviv 1929.

J. Quasten, Patrologia 2 (B.A.C. n. 217). Madrid 1977, pags. 224-260.

 

 

San Cirilo de Jerusalén († 386).

A Cirilo de Jerusalén, lo mismo que a otros grandes obispos del siglo IV, le tocó vivir una de las épocas más difíciles de la historia de la Iglesia. Las controversias teológicas sobre la divinidad del Verbo, que exigían, ciertamente, una precisión suma en la formulación de los conceptos que se discutían, habían llegado a ser en aquellos días encarnizadas y poco edificantes. Cirilo, suave por temperamento, las aborrecía; quería permanecer neutral en la lucha, prefería estar alejado del campo de batalla, deseaba instruir más que polemizar, y por eso su figura adquiere el porte de un apóstol y de un obispo pacificador.

Nació en Jerusalén o en sus cercanías, hacia el 313 ó 315. Fue uno de aquellos jóvenes ascetas que, sin retirarse al desierto, hacía una vida de santidad y continencia perfecta. Tal vez fuese más verídico afirmar con un sinaxario griego, que desde joven se retiró a un monasterio, en donde pasó la juventud consagrado a la ciencia y al conocimiento de la Escritura. Su buena preparación le hacia un candidato seguro al sacerdocio, y por eso, alrededor de sus treinta años San Máximo de Jerusalén le ordenó de presbítero.

En 348 era ya obispo. Sobre su consagración episcopal se cierne una sombra un tanto obscura. San Jerónimo nos dice que Acacio de Cesarea, metropolita palestinense, en acción común con otros obispos arrianos, habrían ofrecido a Cirilo la sede episcopal jerosolimitana, a condición de que repudiase la ordenación sacerdotal que había recibido de San Máximo. Cirilo, prosigue el Solitario de Belén, habría aceptado y, después de permanecer algún tiempo como simple diácono y haber depuesto los obispos arrianos a Heraclio, nombrado por San Máximo para sucederle, habría recibido cual recompensa la sede de Jerusalén. Rufino de Aquileya parece insinuar lo mismo.

Observamos, sin embargo, que Jerónimo, al hablar de San Cirilo, transluce una información deficiente, que le lleva en muchos casos a afirmaciones erróneas; su testimonio, por tanto, es poco aceptable. Ofrece más garantía Teodoreto cuando dice que Cirilo, por su valiente defensa de la doctrina apostólica, mereció ser colocado al frente de la diócesis de Jerusalén a la muerte de San Máximo. Los Padres del concilio primero de Constantinopla (381), en carta al papa Dámaso, a más de afirmar que Cirilo fue obispo de Jerusalén y que había sido ordenado canónicamente por los obispos de la provincia eclesiástica, le presentan como un atleta, que había luchado en varias ocasiones contra los arrianos. Hilario de Poitiers fraternizó con él en Seleucia y San Atanasio le trataba como amigo.

Los primeros años de su episcopado los pasó Cirilo consagrado a una intensa actividad episcopal. La aparición de una luminosa cruz en el cielo de Jerusalén el 7 de mayo de 351 reforzó la actuación espiritual del obispo y fue un motivo poderoso de entusiasmo y fervor, tanto para él como para sus fieles. Cuando, en 357, Basilio el Grande visitó la iglesia de Jerusalén, nos asegura que estaba muy floreciente y nos informa también de que un gran número de santos le habían acogido y venerado.

De estos primeros años apacibles de su episcopado datan las principales obras de San Cirilo, En la Cuaresma del 348 predicó a los fieles de Jerusalén, de una manera sencilla, sus famosas "Catequesis." Dieciocho de ellas, dirigidas a los catecúmenos, las tuvo en la basílica de la Resurrección, erigida por Constantino en el emplazamiento del sepulcro del Señor. En ellas habla del pecado, de la penitencia, del bautismo y les comenta el Símbolo, artículo por artículo. Otras cinco, llamadas mistagógicas, las predicó a los neófitos, en la capilla particular del Santo Sepulcro, durante la semana de Pascua de aquel mismo año. Comenta el Santo, en un lenguaje íntimo y más cordial, las ceremonias del bautismo e instruye a los recién bautizados sobre la confirmación, la Eucaristía y la liturgia. Son verdaderas obras maestras en su género. Por ello le considera la Iglesia como el príncipe de los catequistas.

Después de diez años de paz e intenso apostolado se inicia una vía dolorosa para el santo obispo de Jerusalén. Por la interpretación del canon séptimo del concilio de Nicea, Cirilo se vio envuelto en una controversia, triste por los resultados, con el metropolita de Cesarea, Acacio. Este canon séptimo reconocía a la sede de Jerusalén un primado de honor que Cirilo justamente reclamaba y que Acacio, antiniceno por convicción, rechazaba de plano. Un conflicto de orden puramente jurisdiccional degeneró en polémica doctrinal. Cirilo veía en Acacio un obispo arriano y Acacio en Cirilo un defensor de las decisiones de Nicea. Durante la discusión el metropolita de Cesarea citó al obispo de Jerusalén a comparecer en su presencia. Cirilo, con sobrada razón, se negó a ello. Acacio reunió un sínodo en 357 ó 358 y lo depuso, según decía él, por contumaz. Cirilo, con pleno derecho, apeló a un concilio superior e imparcial, apelación que fue aceptada por el emperador Constancio, pero que antes de llevarse a cabo Cirilo tuvo que acceder a la fuerza y salir de su diócesis camino del destierro. Las intrigas de Acacio se habían impuesto a los principios de la legalidad.

El obispo de Jerusalén se dirigió a Antioquía, cuya sede estaba vacante por muerte del titular. Prosiguió entonces su viaje hacia Tarso, donde el obispo Silvano le acogió benévolamente y le permitió ejercer las funciones episcopales, singularmente la predicación. Como Silvano era partidario del grupo arriano de los homeousianos, le puso en relación con los gerifaltes de este partido. Junto a ellos aparece Cirilo en el concilio de Seleucia del 359 y gracias al apoyo de este grupo y sus enérgicas reclamaciones recobró su silla. Pero al año siguiente (360), Acacio se vengó de él en el sínodo de Constantinopla, teniendo que iniciar Cirilo otro destierro, sin que sepamos ni el lugar ni las circunstancias del mismo.

A finales del 362, Cirilo entró de nuevo en su diócesis. Por esta época Juliano el Apóstata había dado órdenes a los judíos de reconstruir el antiguo templo jerorolimitano. El santo obispo, en medio de su pena, predijo el fracaso de tan impía empresa, como así efectivamente aconteció.

Por los años 365-366 había quedado vacante la sede de Cesarea, por la muerte de Acacio. Cirilo nombró un sucesor en la persona de Filumeno. Desconocemos si por muerte o depuesto por los arrianos, el caso es que la diócesis de Cesarea volvió a quedar sin obispo. Eligió entonces Cirilo para esta sede metropolitana a su sobrino Gelasio, un sacerdote recomendado por su ciencia, por la pureza de la fe y también por su santidad. La elección no fue del agrado de los arrianos, que con sus intrigas le depusieron, y el mismo Cirilo tuvo que salir de su diócesis por tercera vez, camino del nuevo destierro, que duró once años (367-378) y del que nada sabemos.

Con la subida de Graciano al trono del Imperio, Cirilo pudo volver a su iglesia jerosolimitana, a finales del 378. Parece que durante su ausencia se habían dado la cita en Jerusalén, con permisión, naturalmente, de los obispos intrusos, todos los errores dogmáticos. El Santo encontró a sus fieles excitados y divididos. A esta división había seguido una relajación grande en las costumbres. En los ocho años que todavía permaneció al frente de su diócesis cumplió con la misión de un gran pastor para devolver a su iglesia el antiguo fervor. La historia nos dice que consiguió unir con la Iglesia católica los macedoníanos de Jerusalén y que obtuvo asimismo la sumisión de cuatrocientos monjes partidarios de Paulino de Antioquía. Murió en 386, a la edad de 70 ó 72 años, después de unos veintisiete de episcopado y dieciséis de destierro. En 1882 fue declarado Doctor de la Iglesia.

Los dolores físicos de San Cirilo, inherentes a un destierro de dieciséis años, se vieron todavía aumentados con sufrimientos morales. Ya en sus días se polemizó en torno a su ortodoxia. Por sus relaciones con el partido arriano de los homeousianos se le ha considerado arrianizante por lo menos. Por otra parte, San Cirilo, en sus escritos, no habla ni una sola vez de Arrio ni de los arrianos, no usa nunca la palabra omousios ni otros términos que se prestaban a discusión.

Estos hechos ciertos han sido maliciados por los adversarios del santo obispo. Lo que era en San Cirilo un acto de prudencia lo convirtieron sus enemigos en motivo de escándalo. Si bien es cierto que San Cirilo comunicó con los homeousianos, es todavía más seguro que nunca varió en su fe, que fue la de la Iglesia de Roma. Porque quiso desde un principio el obispo jerosolimitano observar la más estricta neutralidad entre los partidos, por eso evita toda palabra, frase, fórmula que pueda enturbiar la convivencia o acrecentar la división. Un temperamento suave como el suyo y un auditorio sencillo, como eran sus fieles, explica satisfactoriamente que no utilizase nunca la palabra omousios; una catequesis dada a quienes todavía no eran cristianos, no se prestaba ciertamente para altas discusiones teológicas. Ante aquel auditorio hubiesen resultado cuestiones bizantinas. San Cirilo, con gran espíritu sacerdotal, quería instruir y no polemizar. Ni dejemos de observar que si sostuvo a los homeousianos fue en lucha con los homeos, que representaban la facción intransigente de Arrio. También San Hilario de Poitiers les apoyó. Muchos de los homeousianos en el fondo eran completamente ortodoxos.

Es indiscutible que sus enseñanzas son de una ortodoxia incensurable y que, a pesar de que evita deliberadamente la palabra omousios, combate, sin embargo, con decisión la doctrina de Arrio. En las obras del obispo jerosolimitano la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía se halla más claramente que en todos los Padres anteriores a él. Hermosa es también la insinuación que hace a sus fieles de cómo han de acercarse a recibir la sagrada comunión. "Haced de vuestra izquierda — les dice — como un trono en que se apoye la mano derecha, que ha de recibir al rey. Santificad luego vuestros ojos con el contacto del cuerpo divino y comulgad. No perdáis la menor partícula. Decidme: si os entregasen pajuelas de oro, ¿no las guardaríais con el mayor cuidado? Pues más precioso que el oro y la pedrería son las especies sacramentales." No deja de ser un gran mérito de San Cirilo de Jerusalén haber expuesto unas enseñanzas tan claras, antes de que estuviesen en circulación las obras de los grandes escritores eclesiásticos.

San Cirilo no es un teólogo como otros escritores de su tiempo, es un catequista que enseña. No es original ni como pensador ni como escritor, pero es un testimonio acreditado de la fe tradicional. Sus "Catequesis" son eso: una exposición sencilla y popular de la fe cristiana. Su mejor elogio es el odio de los arrianos. Los arrianos le odiaban porque veían en él un enemigo temible. Por odio tuvo que salir tres veces desterrado de la ciudad santa y por mantener sus creencias se vio obligado a recorrer las ciudades del Asia Menor, cual peregrino errante que sufre por amor a Cristo. Pero al fin sus penas recogieron el triunfo. Pocos años antes de su muerte pudo asistir al concilio ecuménico de Constantinopla, que definía como verídicas las enseñanzas de San Cirilo y de otros muchos obispos que, como él, habían sostenido una violenta lucha contra el arrianismo. El sueño de San Cirilo de ver apaciguados los espíritus entraba en su fase inicial y así entregaba su alma a Cristo, por quien tanto había sufrido.

Ursicino Domínguez Del Val, O. S. A.

Catequesis de San Cirilo de Jerusalén.

Introducción.

Las catequesis de adultos en el gran siglo de la patrística.

El siglo de oro de la patrística es el período comprendido entre los concilios de Nicea y Calcedonia (325-451). Es, desde luego, el período en el que la actividad literaria de los Padres de la Iglesia alcanza los mayores niveles. En parte, esa notable actividad escritora responde a las discusiones teológicas y al interés en combatir lo que la Iglesia fue calificando como herejías. También en el siglo IV se celebran los dos primeros concilios ecuménicos, el de Nicea, en el año 325, y el I de Constantinopla, en el 381. El concilio de Nicea fijó en su Credo la identidad de naturaleza (hamoousia) del Hijo con el Padre: el Hijo es homoousios con el Padre, "de la misma naturaleza" que el Padre, con las características que además declara el Credo de Nicea. En la lucha contra el arrianismo se destaca sobre todo la figura de Atanasio, obispo de Alejandría. Arrio había sostenido una semejanza, pero no identidad de naturaleza entre el Hijo y el Padre. Por su parte, el Concilio I de Constantinopla (a. 381), aunque está en línea de continuidad con Nicea, desarrolla más el credo de éste, especialmente en lo referente al Espíritu Santo, la Iglesia, el bautismo, la resurrección de los muertos y la vida eterna. Por la continuidad y relación entre ambos concilios, el Credo o Símbolo que aprobó el Concilio I de Constantinopla suele ser llamado niceno-constantinopolitano y ha figurado desde entonces en la liturgia romana, la más extendida en toda la Iglesia.

Por otra parte, en el siglo IV continúa practicando la Iglesia el bautismo de adultos, aunque sea cada vez más frecuente el bautismo de niños hijos de padres cristianos. Aunque el siglo III es la época en que alcanzó su mayor auge el catecumenado de adultos, es en el siglo IV cuando se da mayor abundancia de testimonios literarios de este tipo clásico de catequización. En realidad, junto a una incipiente decadencia en la actividad pastoral, quizá porque ya no se está en los tiempos gloriosos y heroicos de las persecuciones, se ha progresado en el estudio y la exposición teológica del cristianismo. Los siglos IV y V serán también, tanto en Oriente como en Occidente, aunque con características diferentes, la época de las mayores disputas teológicas.

Nicea y Constantinopla elaboraron sus confesiones de fe, llamadas también símbolos. Pero junto a los símbolos de estos concilios se elaboraron también otros muchos1, antes o después de ellos. Estos credos eran como una "regla de fe," de tal manera que quienes los profesaban podrían ser considerados cristianos en el camino adecuado: profesaban un "recto parecer" u ortodoxia. Los credos han sido siempre señas de identidad de las comunidades cristianas.

Los credos tuvieron una extraordinaria importancia y por eso los ha conservado la Iglesia. Al tratarse de formulaciones muy ajustadas, expresaban con una precisión terminológica típicamente griega especialmente lo que se refiere a la ontologia de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. A estos se fueron añadiendo otras afirmaciones, que también formaban parte del depósito de la fe, sobre la Iglesia, el bautismo y la segunda venida de Cristo. De la importancia de las afirmaciones de los símbolos de la fe pueden darse algunas explicaciones breves. Si, por ejemplo — por mencionar lo fundamental de las afirmaciones de Nicea —, se afirmara que Cristo no es de la misma naturaleza o sustancia que el Padre (los latinos, con total exactitud, tradujeron en seguida "consustancial al Padre"), se admitiría un estado de subordinación y de dependencia como creatural del Hijo al Padre que haría que Jesucristo no fuera en realidad el Hijo de Dios, salvador y redentor del hombre, sino a lo sumo un instrumento que Dios utiliza o quizá como una especie de Dios de segunda categoría, todo lo cual llevaría al absurdo de destruir el cristianismo. Por otra parte, y por motivos semejantes, fue necesario añadir enseguida al Credo un tercer artículo sobre el Espíritu Santo.

Pero no se trata de explicar ahora todos los detalles. Sí es necesario decir que, en el conjunto del catecumenado y de las catequesis conducentes al bautismo, la praxis de la Iglesia llevó a ésta a hacer entrega, traditio, del Credo, traditio Symboli, a los que pedían el bautismo. En esta entrega del Credo se le confiaba al catecúmeno, cuando ya faltaba poco para el bautismo, el Símbolo (o contenido, que es lo que originariamente significa la palabra) de la fe. Esta entrega de la fe de la Iglesia se hacía durante la cuaresma y terminaba con la devolución, redditio Symboli que terminaba pocos días antes de la Pascua con la profesión pública de la fe cristiana. En la Pascua recibían el bautismo y la unción del Espíritu Santo (la confirmación) los catecúmenos que habían profesado su fe mediante el Símbolo.

Lógicamente en esa misma celebración se incorporaban plenamente a la Eucaristía, más allá de la escucha de la palabra de la Escritura proclamada (lo que posteriormente se llamó "Misa de los catecúmenos" y a la que antes del bautismo ya podían asistir éstos). Con el bautismo recibido en la Pascua se les abría a los recién bautizados, neófitos, la puerta para participar en toda la liturgia.

Todo el período enmarcado por la traditio y la redditio Symboli estaba ocupado por una intensa etapa de catequización. En las catequesis de san Cirilo de Jerusalén, la primera de ellas, Procatequesis, y las dieciocho siguientes, son catequesis sobre el Credo y van recorriendo cada uno de sus artículos. Se añaden después cinco catequesis mistogógicas, de las que luego se hablará, pronunciadas ante los recien bautizados en la semana de Pascua.

Cirilo de Jerusalén

Cirilo de Jerusalén, declarado doctor de la Iglesia en 1882, fue obispo de la ciudad durante un largo período. Nació hacia el año 314 en Jerusalén o en sus alrededores. Fue hombre de amplia cultura, como manifiesta el uso que hace del lenguaje, de la filosofía y de sus conocimientos — en los moldes de la época — de ciencias naturales. Debió estar muy bien dotado para la oratoria. La obra más conocida suya son precisamente estas Catequesis, pronunciadas en Jerusalén el año 347 o 348. Entre estas fechas y el año 351 debe colocarse su ordenación como obispo de Jerusalén, de modo que no se sabe con certeza si las catequesis las impartió siendo ya obispo o sólo presbítero.

Pero desde algún momento próximo al año 350 y hasta su muerte, el 18 de marzo del 387, ocupó la sede episcopal de Jerusalén. Sin embargo esos casi cuarenta años fueron con frecuencia agitados en la vida y el ministerio de Cirilo. Se dieron, en efecto, varias circunstancias complejas: recibió la ordenación episcopal del obispo arriano de Cesarea, Acucio, lo que a algunos les despertó la sospecha de arrianismo en su persona. El texto de las Catequesis, como podrá observarse, anula estas sospechas, pero hubo quienes se sintieron fuertes en ellas por cuanto Cirilo no menciona en las catequesis a Arrio ni utiliza el célebre adjetivo homoousios tan característico de Nicea. Los conflictos, por otra parte, se desataron entre el mencionado Acacio y Cirilo. Un sínodo de Jerusalén le depuso en el 357. Rehabilitado en el 359, fue desterrado una segunda vez, por obra de Acacio, en el 360. Un par de años después pudo regresar de nuevo a Jerusalén, donde reanudó sus tareas hasta que en el año 367 fue enviado por el emperador Valente al destierro por tercera vez. Sólo once años más tarde, en el 379, bajo el emperador Teodosio, pudo volver de nuevo a Jerusalén, donde ya desarrolló el ministerio hasta su muerte en el 387. El año 381 había participado en el concilio I de Constantinopla.

Las Catequesis.

No estamos ante un teólogo creativo, sino ante un catequista, un excelente expositor y un divulgador de la conciencia dogmática de la Iglesia en la época de las catequesis catecumenales. Se trata, en primer lugar, de catequesis sobre el Credo, utilizándose el que parece haber estado en uso en Jerusalén, que también se reproduce tras la catequesis V. Es, en general, el orden de las afirmaciones del Símbolo el que señala la temática de las catequesis. La Procatequesis y las catequesis I-III ponen a los oyentes ante la situación en que se encuentran, disponiéndose de manera ya muy próxima a la recepción del bautismo y como quienes tendrán que hacer antes profesión pública de su fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Una visión de conjunto de las creencias cristianas la da, por otra parte, la Catequesis IV, sobre los "diez dogmas." En ella la concepción virginal de Cristo, su resurrección, el juicio venidero, lo referente a cuerpo y alma y la resurrección de los muertos, además del valor de la Sagrada Escritura, completan lo que en las catequesis VI-XVII será la imagen cristiana del Dios en el que se cree. Dos catequesis, XVI y XVII, se dedican al Espíritu Santo. La XVIII expone la resurrección de los muertos y la vida eterna. Las Catequesis de Cirilo son un indicador muy preciso del desarrollo alcanzado a mediados del siglo IV por la conciencia dogmática eclesial. En esa época la Iglesia articula perfectamente, ya desde Nicea como igualmente lo hará con algo más de detalle en I Constantinopla, los enunciados de una fe que con el desarrollo de la teología se ha sabido objetivar a sí misma y ha sabido dar cuenta de por qué los acontecimientos de la salvación, a partir de la Escritura y de la predicación, han sido y son de una manera determinada. Por otra parte, las cinco últimas catequesis son mistagógicas, es decir, conducen a la comprensión de los "misterios" (sacramentos) que los recién nacidos a la nueva vida, "neófitos," acaban de vivir de modo efectivo al recibirlos en la celebración de la Pascua. Las cinco catequesis mistagógicas están dedicadas a Bautismo, Confirmación y Eucaristía, que configuran la iniciación cristiana. Constituyen estas catequesis un valiosísimo testimonio litúrgico.

En su conjunto, pues, esta obra de Cirilo constituye uno de los documentos catequéticos más importantes de la época patrística. Dada la importancia que tuvo el desarrollo de los distintos Credos, pero que fueron idénticos en lo esencial, es muy lógica la estructura general de las Catequesis que aquí se encontrarán. Por otra parte, es sorprendente el detalle con que se cita la Escritura. La excelente trabazón del desarrollo argumental, aunque a veces lleve a Cirilo a ciertas digresiones quizá no necesarias, permite percibir una extraordinaria agilidad en el manejo de la Escritura. Tal vez un lector que conozca a fondo la teología de Pablo y sus ejes centrales: el cristocentrismo, la antropología cristiana, el pecado y la gracia, fe y justificación, etc., eche de menos una mayor influencia del Apóstol en las exposiciones de Cirilo. Pero es que Cirilo es más bien un testigo de hasta dónde había llegado la conciencia dogmática de la Iglesia, en la cual había sido necesario consumir demasiadas energías en las disputas cristológicas y trinitarias.

Por último, algunas observaciones sobre la presente edición. No es necesario decir que los epígrafes no pertenecen al texto de las Catequesis. Por otra parte, se han introducido muchas notas explicativas, de desigual extensión pero en cualquier caso muy frecuentes. En algunas ocasiones tienen carácter filológico, pero más a menudo se refieren al contenido.

El trabajo de traducción se ha hecho sobre la versión latina, publicada junto con el original griego en el volumen 33 de la Patrología graeca de Migne, (a menudo se citará: PG 33, más la indicación de la correspondiente columna). Se ha procurado, sin embargo, tener presente el texto griego cuando la versión latina, por lo demás excelente, perdía algún matiz. Se han tenido también en cuenta las observaciones que con frecuencia se encuentran en el Migne sobre el estado de textos y códices. Conviene tener en cuenta que el original fue propiamente transmitido de modo oral. Los taquígrafos, como es frecuente en las piezas de oratoria clásica, copiaban lo mejor que podían lo que estaba pronunciándose en un estilo muy vivo, directo y, en ocasiones, en cierto modo coloquial.

En cuanto a las citas bíblicas, se ha procurado seguir el texto de la versión castellana de la Biblia de Jerusalén. Han sido también con frecuencia muy útiles, e incluso en ocasiones se han citado literalmente, las notas de esa misma Biblia. A veces, sin embargo, sobre todo en pasajes del Antiguo Testamento, el recurso de Cirilo a la versión griega de los LXX hacía inevitable traducir de acuerdo con esa versión. No obstante, en bastantes casos se han mantenido los textos traducidos por la Biblia de Jerusalén desde el original hebreo. Para las referencias de siglas, capítulos y versículos han sido utilísimos los datos, en general muy precisos, contenidos en la edición de la Patrología graeca.

1. Cf. S. SABUGAL, Credo. La fe de la Iglesia. El símbolo de la fe: Historia e interpretación. Zamora (Ediciones Monte Casino), 1986 J.N.D. KELLY, Primitivos credos cristianos, Salamanca, Secretariado Trinitario, 1980.

Procatequesis.

Procatequesis, o palabra previa a las catequesis, de nuestro santo Padre Cirilo, arzobispo de Jerusalén

1. Ya exhaláis, iluminandos1, el olor de la felicidad. Son ya flores de mayor calidad las que buscáis para tejer las coronas celestes. Ya despedís la fragancia del Espíritu Santo. Estáis ya en el vestíbulo del palacio real: Ojalá seáis también introducidos por el mismo Rey! Brotaron ya las flores de los árboles: esperemos que se dé también el fruto maduro.

Anteriormente habéis dado el nombre2, ahora se os llama a la milicia. Tened en las manos las lámparas para salir a buscar a la esposa: tenéis el deseo de la ciudad celeste, el buen propósito y la lógica esperanza. Pues es veraz el que dijo: "A los que aman a Dios todo les contribuye al bien"3. Pues Dios es generoso para hacer el bien y, por lo demás, espera la sincera voluntad de cada uno; por eso añade el Apóstol: "A aquellos que han sido llamados según su designio." Cuando existe un propósito sincero, hace que seas llamado; pero si sólo tienes dispuesto el cuerpo, pero estás ausente con la mente, perderás el tiempo.

No ir al bautismo sólo por curiosidad

2. Al bautismo se acercó también en cierta ocasión Simón Mago, pero no se sintió iluminado: y realmente bañó su cuerpo en el agua, pero no dejó que el Espíritu iluminase su corazón; el cuerpo bajó a la piscina; pero el alma no quedó sepultada con Cristo ni resucitó juntamente con él. Pongo este caso como ejemplo para que tú no caigas. Pues todo esto les sucedía a ellos en imagen4 y ha sido escrito para enseñanza de los que viven hasta el día de hoy. Que nadie de vosotros se vuelva intrigante con las cosas de la gracia para que no le turbe ningún germen de amargura. Que nadie de vosotros entre diciendo: veamos qué hacen los fieles; una vez dentro, veré lo que hacen. ¿Es que crees que verás sin que tú seas visto? ¿O es que piensas que te enterarás de lo que allí se hace, pero que Dios no escrutará tu corazón?

Entrar al banquete con el vestido apropiado

3. Se cuenta en los evangelios que alguien fue a curiosear en unas bodas, pero entró con un vestido inapropiado, se acomodó y comió. El esposo lo había permitido. Pero al ver las vestiduras blancas de todos, lo oportuno hubiera sido vestirse del mismo modo. Y realmente tomaba los mismos alimentos que los demás, pero se diferenciaba en el vestido y en la intención. Entonces el esposo, aunque magnánimo, era hombre de criterio. Y al dar una vuelta contemplando a cada uno de los comensales, ponía su atención no en el hecho de que comían sino en el modo de comportarse. Al ver a un extraño vestido con traje que no era de fiesta, le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado hasta aquí?"5 ¿Con qué vestido? ¿con qué conciencia? Pase que el portero no te lo haya prohibido por la liberalidad del dueño. Pásese también por alto que ignorabas con qué vestido era preciso entrar al banquete. Pero, una vez dentro, viste los vestidos resplandecientes de los comensales. ¿No debías haber aprendido de tus propias observaciones? ¿No debiste entrar del modo adecuado para poder salir también adecuadamente? Pero entraste de manera intempestiva y fuiste también intempestivamente expulsado. (El dueño) ordena a sus servidores: "Atadlo de pies," pues con ellos entró temerariamente; "atadlo de las manos," con las que no supo ponerse un vestido resplandeciente, y "arrojadlo a las tinieblas exteriores," pues es indigno del banquete nupcial. Ves lo que le sucedió a aquel hombre; mira, pues, con cautela por tus cosas.

Disponerse rectamente

4. De hecho nosotros somos ministros de Cristo y acogemos a cualquiera y, haciendo las veces de portero, franqueamos la entrada. Puede ser que entres con un alma de pecador manchada en fango. Entraste, fuiste admitido, tu nombre quedó inscrito ¿Te das cuenta del aspecto venerable de la Iglesia? ¿Ves el orden y la disciplina? ¿Ves la lectura de las Escrituras canónicas, el constante recuerdo de las personas señaladas en los catálogos eclesiásticos, el orden y la formalidad en la enseñanza. Deben instruirte tanto el respeto al lugar como la contemplación de lo que ves. Mejor si ahora sales oportunamente, para luego entrar en un momento mucho más oportuno. Si ahora entraste con el vestido interior de la avaricia, deberás volver a entrar con otro; despójate y no te cubras con el vestido que llevaste. Desvístete, te ruego, del libertinaje y la inmundicia y cúbrete con la estola resplandeciente del pudor. Yo te lo advierto antes de que entre el esposo de las almas, Jesús, y examine las vestiduras. Tienes tiempo a tu disposición: se te concede la penitencia de los cuarenta días; tienes una grandísima oportunidad de desvestirte y lavarte, y de vestirte de nuevo y entrar. Pero si te mantienes en el mal propósito de tu alma, la culpa no será de quien te está advirtiendo: no esperes recibir la gracia. Te recibirá el agua, pero no te acogerá el espíritu. Quien se haga consciente de su propia herida, recibirá un bálsamo; si alguno está caído, se levantará. Que nadie sea entre vosotros como el mencionado Simón, que no haya simulación alguna, ni interés en averiguaciones inoportunas.

La misma Iglesia purificará tu intención

5. Es posible que te guíe también otro pretexto. Alguna vez sucede que un hombre viene aquí para granjearse el amor de una mujer o algo semejante: y también puede decirse lo mismo a la inversa. Igualmente, tal vez es el siervo el que ha querido agradar a su amo, o un amigo a su amigo. Pero acepto la atracción de este cebo y te acojo, aunque vengas con una intención torcida, con la buena esperanza de que te salves. Acaso no sabías a dónde venías ni cuál era la red que te cogía. Caíste en las redes de la Iglesia: con vida serás cogido; no huyas; es Jesús quien te ha echado el anzuelo, y no para destinarte a la muerte, sino para, entregándote a ella, recobrarte vivo: pues es necesario que tú mueras y resucites, si es cierto lo dicho por el Apóstol: "Muertos al pecado, pero vivos para la justicia"7. Muere a los pecados y vive para la justicia; hazlo desde hoy.

6. Considera con qué dignidad te regala Jesús.

Te llamaban catecúmeno porque en ti resonaba el eco de una campana exterior: oías en esperanza, pero no veías8, oías los misterios, pero sin comprenderlos; oías las Escrituras, aunque sin entender su profundidad. Ya no es necesario hacer que nada resuene en tus oídos, pues sólo existe el sonido interior a ti: pues el Espíritu que habita en ti9 hace de tu corazón una morada divina.

Cuando oigas lo que está escrito de los misterios, entenderás lo que ignorabas. Y no creas que lo que recibirás es de escaso valor. Pues siendo tú un hombre miserable, será Dios quien te pondrá nombre. Escucha a Pablo cuando dice: "Fiel es Dios"10. Oye el otro pasaje de la Escritura: "Dios fiel y justo"11. Viendo esto anticipadamente, el salmista dijo de parte de Dios y previendo que los hombres recibirían de Dios un nombre: "Yo dije: dioses sois e hijos todos del Altísimo"12. Pero guárdate de llevar un nombre insigne con un propósito torcido. Has entrado en la lucha, soporta el esfuerzo de la carrera; no dispones de otra oportunidad semejante13. Si lo que se te propusiese fuese la fecha de la boda, ¿acaso no te ocuparías en la preparación del banquete dejando otras cosas? ¿Serás capaz de ocuparte de lo corporal, olvidándote de lo espiritual, justo cuando estás preparando tu alma para consagrarla al esposo celestial?

Sólo hay un bautismo

7. No es posible recibir el bautismo14 una segunda o tercera vez, pues si así fuese, se podría decir: lo que salió mal una vez, lo arreglaré en otra ocasión. Pues si una vez salió mal, la cosa no admite arreglo15, pues "uno es el Señor, una es la fe y único el bautismo"16. Sólo los herejes son bautizados de nuevo cuando en realidad no se hubiese dado este bautismo.

Buena disposición te ánimo

8. Pero Dios pide de nosotros otra cosa que una buena disposición de ánimo. No digas: ¿Cómo se me perdonarán los pecados? Te respondo: con que quieras y creas. ¿Qué hay que sea más sencillo que esto? Pero si tus labios expresan el deseo, pero no lo expresa tu corazón, sábete que el que puede juzgar es conocedor de los corazones. Abandona desde este día toda maldad; que no profieras palabras gruesas con tu lengua; que no peque más tu ojo ni vague tu pensamiento entre realidades vanas.

Perseverancia en las catequesis

9. Estén prontos tus pies para las catequesis. Recibe con buen ánimo los exorcismos: al ser insuflado o exorcizado, que ello te sirva para la salvación. Piensa que el oro es algo infecto y adulterado, mezclado con diversas materias como el cobre, el hierro y el plomo17. Lo que deseamos es oro solo, pero sin el fuego no puede ser expurgado de los elementos ajenos mezclados con él: así, el alma no puede ser purificada sin los exorcismos, que son de origen divino y deducidos de las Escrituras. Tu rostro fue cubierto con un velo para que tu mente pudiese estar más atenta y para que tu mirada dispersa no hiciese que también se distrajese tu corazón. Pero aunque los ojos estén velados, nada impide que los oídos reciban la ayuda de la salvación. Pues como los que expurgan el oro soplando al fuego con finos instrumentos funden el oro que está dentro del crisol, y al avivar la llama consiguen mejores resultados18, así los exorcizados expulsan su temor gracias al Espíritu divino y hacen revivir su alma alojada en su cuerpo como en un crisol. De ese modo huye el diablo hostil, pero se asienta la salvación y permanece la esperanza de una vida eterna. El alma, liberada del pecado, obtiene la salvación. Permanezcamos, pues, en la esperanza, hermanos; esforcémonos y esperemos para que el Dios de todas las cosas, viendo el propósito de nuestra mente, nos limpie de los pecados, nos permita esperar lo mejor de nuestras cosas y nos conceda una saludable penitencia. Dios es el que ha llamado y tú el que has sido llamado.

10. Persevera en las catequesis

Aunque nuestra oratoria posterior será más amplia, que tu ánimo no decaiga nunca. Pues recibirás armas contra los poderes enemigos; recibirás armas contra los herejes, los judíos, los samaritanos y los gentiles. Tienes múltiples enemigos: recibe dardos múltiples, pues contra muchos habrás de luchar; has de aprender cómo vencer al griego, cómo luchar contra el hereje, contra el judío y contra el samaritano19. Las armas están preparadas, y está plenamente dispuesta la espada del Espíritu20. Las manos deben luchar valerosamente para combatir la batalla del Señor, para vencer a las potestades que se oponen, para que permanezcas invicto de todas las asechanzas de los herejes.

La exposición será progresiva

11. Pero te doy un consejo. Aprende lo que se diga y guárdalo para siempre. No creas que éstas son las homilías acostumbradas: son de calidad y dignas de fe. Pero si en ellas hay en un día determinado algo que no se dice, lo aprenderemos al día siguiente. Pero la doctrina, ordenadamente expuesta, acerca del bautismo de la regeneración21, ¿cuándo se transmitirá otra vez si hoy se descuida? Piensa que es tiempo de plantar árboles; si no cavamos y penetramos hasta el fondo, ¿cuándo será posible plantar otra vez de modo correcto lo que ya en una ocasión se ha plantado mal? Piensa que la catequesis es un edificio; si no cavamos y ponemos los cimientos, y si no se traba ordenada y adecuadamente la estructura de la casa, de modo que nada quede suelto o cortado y el edificio se convierta en ruinas, todo el trabajo realizado será inútil. Conviene poner ordenadamente una piedra junto a otra y situar un ángulo frente a otro; al suprimir los salientes, surgirá un edificio proporcionado. Del mismo modo, te traemos hasta aquí como las piedras de la ciencia: habrá que oír lo que se refiere al Dios vivo; lo que se refiere al juicio; es necesario oír acerca de Cristo y acerca de la resurrección. Se dicen también ordenadamente otras muchas cosas que ahora22 se mencionan de modo disperso, pero que se expondrán en su lugar adecuado. Estas cosas debes entenderlas unitariamente, relacionando en la memoria afirmaciones anteriores y posteriores. En caso contrario, el arquitecto construirá bien, pero el edificio será frágil y a punto de caer.

Guardar el secreto de lo que se escucha

12. Cuando se dé una catequesis, si un catecúmeno te pregunta qué han dicho los doctores, no cuentas nada al exterior23. Es el misterio y la esperanza de la vida futura lo que te transmitimos. Guárdale el secreto a aquél que te da sus dones. Que nadie te diga nunca: ¿qué mal te causa esto si también yo lo habré de aprender? Porque también los enfermos suelen pedir vino; pero si se les da cuando no se debe, se les ocasiona un delirio, con lo que se origina un doble mal: muere el enfermo y se critica al médico. Lo mismo sucede al catecúmeno que oye de quien tiene fe en los misterios: el delirio lo padece el catecúmeno (pues al no conocer lo que ha oído, lo denigra haciéndolo objeto de burla), pero a la vez el fiel es condenado como traidor. Tú ya estás en la divisoria24; procura no hablar de modo temerario. No es que lo que se dice sea indigno de ser contado, sino que ciertas cosas no deben ser confiadas a algunos. También tú fuiste catecúmeno, y no te contaba lo que yo aquí decía; cuando conozcas por tu experiencia la sublimidad de lo que se enseña, entonces entenderás claramente que los catecúmenos no deben oír todavía todo eso.

Estar atentos a todos los detalles

13. Todos los que os habéis inscrito habéis sido engendrados como hijos e hijas de una misma madre25. Cuando entréis poco antes del momento de los exorcismos, hable cada uno de vosotros lo referente a la piedad. Y mirad si falta alguno de vosotros. Cuando se te invita a un banquete, ¿es que no esperarás a quien está invitado juntamente contigo? Y si tienes un hermano, ¿acaso no buscarás lo que es bueno para ese hermano? No indagues después lo que no te atañe, ni te intereses por lo que sucede en la ciudad o en el pueblo, ni por lo que hacen el emperador, el obispo o el presbítero. Mira hacia arriba: es lo que pide tu "kairós"25. ¡Basta ya; sabed que yo soy Dios!27. Si ves a algunos fieles ociosos y libres de preocupaciones, es porque se sienten seguros, son conscientes de lo que han recibido y tiene la gracia consigo. Tú estás todavía en la duda de si serás o no admitido; no imites a los despreocupados28, pues no debes abandonar el temor.

14. Cuando se haga el exorcismo, mientras se acercan los que han de recibirlo, estén juntos los hombres con los hombres y las mujeres con las mujeres. Hago referencia con esto al arca de Noé, en la cual estaban Noé y sus hijos, su mujer y las mujeres de sus hijos29. Y aunque una era el arca, con su puerta cerrada, todo se dispuso con decencia. Igualmente, aunque la iglesia esté cerrada y todos vosotros dentro, esté todo separado para que estén los hombres con los hombres y las mujeres con las mujeres, de modo que lo que quiere ser ayuda para la salvación no se convierta en ocasión de perdición. Pues aunque sea hermoso sentarse unos junto a otros, debe quedar lejos el peligro de turbación. Y entonces, sentados los hombres, tengan algún libro útil en las manos. Que uno lea y el otro escuche. Si no tienen libro, uno ore y el otro hable algo útil. Esté también agrupado el conjunto de las vírgenes, que deben salmodiar o leer, pero en silencio: deben hablar los labios, pero no debe llegar la voz a oídos ajenos. No tolero que la mujer hable en la asamblea30. y la casada actúe también de modo semejante: que ore y mueva sus labios, pero no se oiga su voz, imitando lo dicho por Samuel de que del alma estéril brote la salvación de Dios benévolos31, pues a eso es a lo que se refiere Samuel.

Mantener el interés

15. Veré el interés de cada hombre y la piedad de cada mujer. Inflámese la mente de piedad, puesto que cada alma será moldeada. Humíllese y macháquese la dureza de la infidelidad, despréndanse las escorias superfluas del hierro quedando sólo lo que es puro: que se pierda la herrumbre para que aparezca el material noble. Que Dios os muestre en alguna ocasión aquella noche y las tinieblas convertidas en luz de las que se dice: "Ni la misma tiniebla es tenebrosa para ti, y la noche es luminosa como el día"32. A cada uno de vosotros se le abrirá entonces la puerta del paraíso33. Entonces gozaréis de las aguas llenas de fragancia y que os traen a Cristo. Que percibáis entonces la llamada de Cristo y la fuerza de las realidades divinas34. Mirad ya ahora hacia arriba con los ojos abiertos de la mente: contemplad en vuestro ánimo los coros de los ángeles, al Padre señor de todas las cosas en su trono, al Hijo unigénito sentado con él a su derecha y al Espíritu presente junto a ellos, y a los tronos y dominaciones como siervos. E imaginad que cada uno de vosotros ya haya conseguido la salvación. Vuestros oídos lo habrán escuchado: desead oír aquella voz hermosa con que os aclamarán los ángeles al recibir vosotros la salvación: "¡Dichoso el que es perdonada su culpa, y le queda cubierto su pecado!35. Entraréis entonces como astros de la Iglesia resplandecientes en vuestro cuerpo y en vuestra alma.

Exhortación al proceso en el que se va a entrar

16. Y realmente es algo grande el bautismo de que hablamos: rescate de los cautivos, perdón de los pecados, muerte del pecado, nuevo nacimiento del alma, vestidura luminosa, santo sello imborrable36, vehículo al cielo, delicias del paraíso, medio para el reino, don de la adopción como hijos. Por lo demás, ten en cuenta que el dragón observa junto al camino a quienes pasan: procura que no te muerda por tu infidelidad; él ve a los muchos que se salvan y busca a quien devorar37. Te acercas al Padre de los espiritus38, pero es necesario pasar por aquel dragón. ¿Cómo le evitarás? Calza tus pies con el celo por el evangelio de la paz39, para que, aunque te clave el diente, no te hiera: ten la fe en tu interior y una esperanza firme. Cálzate bien para que entres hasta el Señor aunque el acceso esté ocupado por el enemigo40. Prepara tu corazón para recibir la enseñanza y para la participación en los santos misterios. Ora frecuentemente para que Dios te regale con los misterios celestes e inmortales, y no le dejes ni de día ni de noche. Y cuando el sueño se aparte de tus ojos, que tu mente se ocupe en la oración. Si ves que algún torpe pensamiento asalta tu alma, que te ayude la idea del juicio, que te recordará la salvación; ten ocupada tu mente en aprender para que olvide los pensamientos depravados. Si ves a alguien diciéndote: ¿Entrarás allí para bajar al agua? ¿Acaso no tiene baños la nueva ciudad?41, sábete que el dragón marino maquina estas cosas contra ti42; no atiendas a las voces de quienes te hablen, sino al Dios que actúa43. Guarda tu alma para que no puedas ser cogido por artimañas, de modo que, manteniéndote en la esperanza, llegues a ser heredero de la salvación eterna.

17. En verdad anunciamos y enseñamos estas cosas en cuanto hombres: no construyáis este edificio nuestro con heno, pajas y rastrojos, para evitar sufrir daño si llega a arder. Haced la obra con oro, plata y piedras preciosas44. Yo te lo digo, pero es a ti a quien toca poner manos a la obra, que es Dios quien debe rematarla. Afirmemos nuestra mente, pongamos en tensión nuestra alma, preparemos el corazón: nos va en ello la vida, pues esperamos las realidades eternas45. Pero poderoso es Dios (que ha escrutado vuestros corazones y ha percibido quién es veraz y quién es falso) como para proteger al sincero y hacer fiel al hipócrita y al simulador. Pues Dios puede hacer fiel al infiel con tal de mostrarle el corazón.

Que sea él quien borre el protocolo que existe contra vosotros46 y que se olvide de vuestros anteriores delitos, alistándoos en la Iglesia y haciéndoos soldados suyos mientras os ciñe las armas de la justicia: que os llene de las realidades celestiales de la nueva Alianza y os conceda eternamente el sello imborrables47 del Espíritu Santo: en Cristo Jesús nuestro Señor, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos48. Amén.

1. Se prefiere la traducción "iluminandos," los que han de ser iluminados, por responder al sentido de la ex- presión griega, ser traducción literal de la versión latina y referirse de hecho a quienes con el bautismo en la próxima Pascua habrían de recibir la máxima iluminación de su vida. La expresión es frecuente entre los Padres para designar a quienes recibirían en pocas semanas (por ejemplo, en la siguiente Pascua) el bautismo.

2. Referencia a la inscripción del nombre, requisito previo al comienzo de las catequesis cuaresmales sobre el credo.

3. Cf Rom 8:28.

4. 1 Cor 10:6.

5. Mt 8:28.

6. Mt 22:13.

7. Cl Rom 6:11,14, cf. 1 Pe 2:24.

8. El original griego es más expresivo, pero la traducción necesariamente ha de traicionar el sentido exacto. El griego "catecúmeno" viene del también griego "echos," eco. En realidad, semánticamente, catecúmeno es aquél en quien se hace resonar un eco. Catequesis, sustantivo abstracto, es la acción de que algo resuene en el interior del oyente. La resonancia es aquí la del anuncio del mensaje de la salvación en Jesucristo.

9. Cf. Rom 8:9-11; I Cor 1:9.

10. Cf I Cor 1:10.

11. Dt 32:4.

12. Sal 82:6.

13. Como "oportunidad" se traduce kairós; el tiempo oportuno de la salvación (Cf. 2 Cor 6:2). Con ello, el periodo catequético a que se va a dar comienzo es presentado como una extraordinaria posibilidad de salvación para el catecúmeno.

14. Bautismo, griego aquí loutrón, lavado.

15. Con todo esto la afirmación fundamental es que el bautismo no puede repetirse.

16. Ef 4:5

17. Cf. Ez 22:18.

18. Cf catequesis 16, n. 18; cf infra, núm. 15.

19. Las cuatro clases de enemigos representan maneras diferentes de oponerse religiosamente o ideológicamente a la verdad del Evangelio.

20. Cf Mt 26:41; Ef 6:17.

21. peri toû loutroû tês palingenesías, liter. "acerca del lavado de la regeneración" o, quizá incluso mejor, acerca del "nuevo nacimiento" o del "nuevo ser dado a luzc." Por primera vez en las catequesis se afirma que el bautismo es un lavatorio en el que el hombre nace de nuevo.

22. En las homilías de costumbre mencionadas más arriba.

23. Cf cat. 5,12 y cat. 6,29. Cirilo considera que es muy distinta la situación del catecúmeno y del iluminando. Se trata, de acuerdo con lo que se dijo en la introducción, de una etapa diferente, pues en el plazo que va desde el comienzo de la cuaresma hasta el tiempo pascual fueron pronunciadas estas catequesis, que intentan proporcionar una vivencia (y un conocimiento) de los misterios más íntimos de la fe. La imposición de no contar nada fuera no hace más que poner en práctica la disciplina del arcano. En el fondo se admite que incluso quien está comenzando a ser catequizado de cara a la iniciación cristiana, no es capaz de asimilar vitalmente en este momento lo que será el contenido de las catequesis de esta última cuaresma y del tiempo pascual.

26. Cf. más arriba, nota 13, Cf. además sobre el kairós los vocabularios y manuales de teología bíblica.

27. Sal 26:11 .

28. Cirilo es plenamente consciente de que el que dejará de ser catecúmeno y pasará al grupo de los que tienen fe es mucho lo que se está jugando. Una vez que uno es "fiel" (tiene fe), puede descansar en esa fe. Pero el que no ha recibido el bautismo no debe vivir en la despreocupación. La edición de Migne PG 33,354, nota 9, comenta: "No culpa Cirilo a los fieles porque estén sin preocupaciones. Dice solamente que, una vez recibido el bautismo, están ya libres de la preocupación que acerca de su futuro debe existir en el todavía no bautizado."

29. Cf Gén 7:9.

30. Cf 1 Tim 2:12; 1 Cor 14:34.

31. Referencia al episodio de la súplica de Ana, I Sam I, 10 ss.

32. Sal 139:12.

33. Vid., cat. 19, n. 9.

34. Vid. cat. 3, núms. 3 y 13.

35. Sal 32:1. Cf Sal 65:3b-4: "Hasta ti toda carne viene con sus obras culpables; nos vence el peso de nuestras rebeldías, que tú las borras."

36. Por "sello" se traduce la expresión griega sfragis, de donde los teólogos deducirán más tarde la doctrina del "carácter" sacramental, que expresa, aplicado al bautismo y con los matices propios de este sacramento, que quien se hace bautizar es propiedad de aquel que le ha sellado, Jesucristo. Con el "carácter" se expresa también una garantía de la salvación recibida en el bautismo. Cf al respecto, además de los tratados sobre los sacramentos del bautismo, confirmación y orden, también los diccionarios bíblicos: art. Sello, en X. Vocabulario de teología bíblica, Barcelona, ed. revisada, 1973, 841-842.

37. Cf. 1 Pe 5:8.

38. Hebr 12:9 contrapone, todo el versículo, la situación anterior al encuentro con Jesucristo, que supuso el co mienzo del catecumenado, y la nueva realidad en que se está a punto de entrar al culminar la iniciación cristiana: "Además, teníamos a nuestros padres según la carne, que nos corregían, y les respetábamos. ¿No nos someteríamos mejor al Padre de los espíritus para vivir?" Cf Núm 27:16; 2 Mac 3:24 habla de Dios como "el Soberano de los Espíritus y de toda Potestad."

39. Cf. Ef 6:15 (y su contexto).

40. Cf. cat. 1, núm. 5.

41. Se refiere a baños públicos construidos entonces recientemente en la ciudad de Jerusalén. En cualquier caso, la pregunta está pensada como una posible burla hacia el candidato al bautismo de parte de quienes pensaran que, no siendo el bautismo nada superior a los baños humanos, la ciudad tenia mejores instalaciones que las piscinas bautismales de las iglesias. La expresión supone el bautismo de inmersión.

42. Sin entrar ahora en mayores detalles, cf, sobre "el dragón marino," las alusiones de Is 27:1, Jb 3:8, Apoc 12:3 (donde el "gran Dragón rojo" es referencia a Satanás). Cf. también Gén 3:15: en el contexto del primer anuncio del Evangelio. Por eso la afirmación aquí de Cirilo lleva adjunto el anuncio de un Dios en definitiva victorioso frente al diablo como enemigo personal del hombre.

43. Cf. cat. 3, n. 3; cat., 17, n. 35.

44. Cf. 1 Cor 3 12-15.

45. Cf. cat. 1, n. 5.

46. Cf Col 2:14; "Canceló la nota de cargo que habia contra nosotros, la de las prescripciones con sus cláusulas desfavorables...."

47. Cf. lo dicho en nota 36.

48. La edición de las catequesis en PG 33 contiene un nota final "al lector," cuyo texto señala: "Estas catequesis a los que han de ser iluminados muéstralas a los que han de recibir el bautismo y a los que ya lo recibieron. Pero no se las entregues en modo alguno a los catecúmenos y a los que no sean cristianos, pues en caso contrario habrás de dar cuenta a Dios. Y si sacas copia de un ejemplar de las mismas, hazlo como en la presencia de Dios" (PG 33, 365-366).

 

I. Invitación al Bautismo.

Pronunciada en Jerusalén, contiene una introducción a los que se aproximan al bautismo. El punto de partida es Is 1:16: "Lavaos, purificaos, quitad de delante de mis ojos las fechorias de vuestras almas"1.

Dios os aguarda

Sois ya discípulos de la nueva Alianza y partícipes de los misterios de Cristo, ahora por vocación, pero dentro de poco también como un don: haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo2 para que se alegren los moradores del cielo. Pues si, como dice el evangelio, "habrá alegría por un solo pecador que se convierte"3, ¿cuánto más no moverá a la alegría a los habitantes del cielo la salvación de tantas almas? Habiendo entrado por un camino ancho y hermoso, recorred cautelosamente la senda de la piedad. Pues el unigénito Hijo de Dios está plenamente dispuesto para vuestra redención y señala: "Venid todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré"4. Los que lleváis el pernicioso vestido de vuestras ofensas5 y estáis oprimidos por las cadenas de vuestros pecados, escuchad la voz del profeta que dice: "Lavaos, purificaos, quitad de delante de mis ojos las maldades de vuestra alma"6, de modo que os aclame el coro de los ángeles: "Dichoso el que es perdonado de su culpa, y le queda cubierto su pecado"7. Los que habéis encendido hace poco por primera vez las lámparas de la fe8, sostenedlas en las manos sin que se apaguen, para que aquel que en otro tiempo abrió por la fe el paraíso al ladrón en este santísimo monte del Gólgota9 os conceda también a vosotros cantar el cántico nupcial.

Nuevo nacimiento desde el pecado al hombre nuevo

2. Si alguno es ahora esclavo del pecado, prepárese mediante la fe para la regeneración liberadora de la adopción filial. Y abandonada la funesta servidumbre de los pecados, una vez dedicado al dulce servicio del Señor será juzgado digno de disfrutar la herencia del reino celestial. Desvestíos por medio de la confesión del hombre viejo, que se corrompe por las concupiscencias del error, para revestiros del hombre nuevo, que se renueva por el conocimiento de aquel que le creó10. Recibid por la fe las arras del Espíritu11 para que podáis ser recibidos en las moradas eternas12. Acercaos (a recibir) el sello espiritual para que podáis ser reconocidos favorablemente por vuestro dueño13. Seréis contados en la santa y fiel grey de Cristo a fin de que, como en otro tiempo fuisteis separados a su derecha, ahora consigáis la vida eterna que se os ha preparado. Quienes sufren todavía la aspereza de su pecados (como la de una piel con vello), se quedarán en pie a la izquierda, puesto que todavía no han tenido acceso a la gracia de Dios, que se da por medio de Cristo en el lavatorio de la regeneración. Pero no me refiero a la regeneración de los cuerpos, sino al nuevo nacimiento del alma por el Espíritu. Pues los cuerpos son engendrados por padres visibles, pero las almas vuelven a nacer de nuevo por la fe; ya que "el Espíritu sopla donde quiere" (Jn 3:8)14. Si se te considera digno, te será licito oír: "Bien, siervo bueno y fiel" (Mt 25:21), lo que sucederá cuando tu conciencia no te pueda acusar en absoluto de simulación.

Aprestarse a escuchar a Dios

3. Si alguno de los que están aquí cree que podrá tentar a la gracia de Dios, se engaña a sí mismo e ignora la fuerza de las cosas. Ten, hombre, un ánimo sincero y libre de engaño por causa de aquel que escruta corazones y entrañas (cf. Sal 7:10; Jer 11:20). Quienes hacen alistamientos de soldados, examinan la edad 15 y los cuerpos; así, cuando Dios hace un alistamiento de las almas, examina las voluntades y, si alguien vive en la hipocresía, lo rechaza por inadecuado para una verdadera milicia. Pero si lo encuentra digno, le otorga su gracia de manera muy rápida16. No da lo santo a los perros (cf. Mt 7:6), sino que, cuando ve una conciencia honesta, le confiere el sello saludable y admirable17 temido por los demonios y que reconocen los ángeles; de manera que aquellos huyen expulsados, pero éstos lo abrazan como por un parentesco familiar. Por consiguiente, quienes reciben aquel sello espiritual y saludable, es necesario que se esfuercen también personalmente. Del mismo modo que quienes se sirven de una pluma para escribir o de una flecha también tienen que esforzarse, asimismo la gracia necesita del esfuerzo de los que creen.

Del catecumenado a los frutos de la fe

4. No recibes armas corruptibles sino espirituales. Serás introducido en un paraíso racional, recibiendo un nuevo nombre que antes no tenías (probable alusión a Apoc 2:7b,17c)18. Antes eras catecúmeno, ahora serás llamado fiel19. Eres trasplantado a buenos olivares, desde un olivo silvestre a un buen olivo (cf. Rom 11:24); de los pecados a la justicia, de la suciedad a la pureza. Eres hecho partícipe de una vid santa: si permaneces en la miel, crecerás como un sarmiento fructífero; pero si no permaneces, serás consumido por el fuego. Así pues, produzcamos fruto dignamente. Que no nos suceda lo mismo que a aquella vid infructuosa, no sea que, al venir Jesús, la maldiga por su esterilidad (cf. Mt 21:10). Que todos puedan, en cambio, pronunciar estas palabras. "Pero yo, como verde olivo en la casa de Dios, confio en el amor de Dios para siempre jamás" (Sal 52:10). No se trata de un olivo sensible, sino inteligible, portador de la luz. Lo propio de él es plantar y regar (cf. tal vez 1 Cor 3:6); pero a ti te corresponde aportar el fruto. Por ello, no desprecies la gracia de Dios: guárdala piadosamente cuando la recibas.

Reconocer los pecados para cambiar de vida

5. El tiempo presente es tiempo de confesión. Confiesa todo lo que hiciste, de palabra o de obra, tanto de noche como de día. Reconócelo en el tiempo aceptable, y recibe el tesoro celestial en el día de la salvación (cf. 2 Cor 6:12). Entra con interés en los exorcismos. Sé asiduo a las catequesis y graba en tu memoria lo que allí se diga. Pues no se hablará sólo para que lo oigas, sino para que selles mediante la fe20 lo escuchado. Suprime de tu pensamiento toda preocupación humana, pues se trata de una carrera con tu propia alma. Abandona completamente lo que es del mundo. Pues se trata de cosas pequeñas; en cambio, son grandes los dones del Señor. Abandona lo que tienes delante y ten fe en lo que ha de venir. Tantos años has vivido inútilmente en la órbita del mundo. ¿No te dedicarás durante cuarenta días a la oración por tu alma? "Rendíos y reconoced que yo soy Dios," dice la Escritura (Sal 46:11). Deja de hablar muchas cosas inútiles y deja de murmurar o de escuchar con agrado a quien murmura21. Manifiéstate más bien pronto y dispuesto a la súplica. Muestra, por la práctica de una vida más austera, la fortaleza y los nervios de tu alma. Limpia tu copa (cf. Mt 23:26) para que quepa en ella una gracia más abundante; pues el perdón de los pecados se da a todos por igual pero la comunión del Espíritu Santo se concede según la medida de la fe de cada uno (Rm 12:6). Si poco trabajas, recibirás poco; pero si haces mucho, mucha será tu paga. Corres para ti mismo, mira tu propia conveniencia.

Perdón de los demás y fidelidad en la asistencia a las asambleas

6. Si tienes algo contra alguien, perdónale. Vas a recibir el perdón de los pecados: es necesario que también tú perdones a quien pecó contra ti. De otro modo, ¿cómo te atreverías a decirle al Señor: Perdóname mis muchos pecados cuando tú ni siquiera unas pocas cosas perdonas a quien es consiervo tuyo (Mt 18:23-35)? Manifiesta interés en las sinaxis22, y no sólo ahora cuando los miembros del clero te exigen ese interés, sino también una vez que hayas recibido la gracia. Pues si ello es bueno y laudable antes de que la recibas, ¿dejará de ser bueno después de que se haya otorgado? Si antes de que estuvieses injertado había que regarte y cuidarte con esmero, ¿no era esto mucho mejor una vez plantado? Sostén el combate por tu propia alma, sobretodo en estos días. Alimenta tu alma con la lectura espiritual, pues un banquete espiritual te ha preparado el Señor. Di tú también con el salmista: "El Señor es mi pastor, nada me faltará: él me ha colocado en la tienda, en el aprisco. Hacia las aguas de reposo me conduce, y conforta mi alma" (Sal 23:1-3). Con ello se alegrarán a la vez los ángeles y el mismo Cristo, el gran sumo sacerdote, viendo confirmado el propósito de vuestra voluntad, ofreciéndoos él también a todos vosotros, dirá al Padre: "Henos aquí a mí y a los hijos que Dios me ha dado" (Is 8:18 y Hebr 2:13), y os custodiará a todos vosotros como agradables a él. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

1. Por estas palabras introductorias y por el contenido mismo, se observa que la presente catequesis es una invitación al bautismo.

2. Ez 18:31b.

3. Lc 15:31.

4. Mt 11:28.

5. Cf. Procatequesis, n. 3; cat. 15: n, 25.

6. De nuevo Is 1:16.

7. Sal 32:1. Se trata de un característico salmo penitencial.

8. Procat., 1, ya señalaba: "Tened en las manos las lámparas para ir a buscar a la esposa." A ese mismo hecho hace alusión otra vez la presente catequesis; los catecúmenos que en breve habrían de recibir el bautismo llevaban lámparas encendidas.

9. Cf Lc 23:43.

10. Cf Ef 4:22-25; Col 3:10.

11. Cf 2. Cor 5:5.

12. C£ Lc 16:9.

13. Cf. Procatequesis, nota 36. Cf. cat. 15, núm. 25.

14. En las frecuentes alusiones concretas, ahora a Jn 3:8, pero constantemente con la mención del nuevo nacimiento, etc., se ve toda la influencia de Jn 3:1-21, conversación de Jesús con Nicodemo, en las catequesis de Cirilo. En el fondo se da a entender con ello la idea frecuentísima en la catequesis patrística de que por la fe y el bautismo el hombre es engendrado de nuevo: la iniciación cristiana como creación de una humanidad nueva.

15. También puede traducirse por "las medidas."

16. Vid. cat. 3, núm. 1.

17. En esta misma catequesis, núm. 2, se ha hecho, ya mención de este "sello espiritual...." También se ha hecho mención de la anterior nota 36 y de cat. 15, núm. 21. No se volverá a insistir más sombre esto, únicamente, recordar que la ed. de Migne, PG 33,373 vuelve a mencionar la semejanza entre el "sello" y el "carácter del bautismo" con las marcas impresas en los ganados para distinguir quiénes eran sus dueños, o también con las señales grabadas con hierro candente en los soldados. Una cierta tosquedad en la comparación permite hacer entender de modo bastante plástico que el bautizado será ahora siervo sólo de Cristo.

18. Se reproduce aquí íntegra la nota que inserta la mencionada edición de PG 33, col. 374; ""Serás introducido en un nuevo paraíso racional, recibiendo un nuevo nombre." No me resisto apenas a pensar que aquí se alude a dos pasajes del Apocalipsis, c, II, v. 7: "Al vencedor le daré a comer del leño de la vida, que está en el paraíso de mi Dios," y v. 17: "Al vencedor le daré una piedrecita blanca, y grabado en la piedrecita, un nombre nuevo." Pues aunque Cirilo no utiliza el libro del Apocalipsis como canonico, mencionó en sus catequesis algunas de sus afirmaciones. Afirma que al bautizado se le ha de abrir el paraíso, cat. 13,9, cuando, hechas las renuncias mirando desde el poniente y vuelto hacia el oriente, hace un pacto con Cristo. Pero es injertado en el verdadero olivo que es Cristo cuando es ungido antes del bautismo con el aceite exorcizado, cat. 20, n. 3. En Cristo somos, por último, injertados como en una viña cuando por el bautismo comulgamos (cat. 19, n. 7) con su muerte y su sepultura (por la que se ha plantado en la tierra la vid verdadera, cat. 14, n. 11)."

19. Cf Procat., n. 4; cat. 5, n. 1.

20. Cf en esta catequesis, núm. 6, procat., núm. 17.

21. Cf. Procat., núm. 16.

22. Asambleas o reuniones sagradas.

 

II. Invitación a la Conversión.

Pronunciada en Jerusalén, trata sobre la conversión y el perdón de los pecados, y acerca del enemigo. La lectura de base es de Ezequiel 18:20b-21: AI justo se le imputará su justicia y al malvado su maldad. En cuanto al malvado, si se aparta de todos los pecados que ha cometido, observa todos mis preceptos y práctica el derecho y la justicia, vivirá sin duda, no morirá."1

Realidad del pecado

1. Realidad temible es el pecado y gravísima enfermedad del alma es la iniquidad: le secciona los nervios y además la dispone al fuego eterno. La maldad se da cuando hay delectación libre, un germen que lleva voluntariamente al mal. Ya el profeta señala con claridad que el pecado se comete de modo espontáneo y libre: "Yo te había plantado de la cepa selecta, toda entera de simiente legítima. Pues ¿cómo te has mudado en sarmiento de vid bastarda?" (Jer 2:21). La plantación es buena, pero el fruto es malo, malo por la libre voluntad: el que plantó está libre de culpa, pero la viña será aniquilada por el fuego; plantada para el bien, produjo el mal por su propio deleite. Pues, según el Eclesiastés, "Dios hizo sencillo al hombre, pero él se complicó con muchas razones" (Ecl 7:29). Y el Apóstol dice: "Hechura suya somos, creados... en orden a las buenas obras" (Ef 2:10). Pues siendo bueno el creador, creó "en orden a las buenas obras," pero la creatura se volvió al mal por su propio arbitrio. Grave mal es, según esto, el pecado. Pero no es irremediable: es grave para quien permanece en él. Pero es fácil de sanar a aquel que lo rechaza en la conversión. Imagínate que alguien tiene fuego en sus manos. Sin duda se abrasará mientras retenga el carbón, pero si lo arroja fuera de sí, suprime la causa de su quemadura. Pero si alguien piensa que no se quema al pecar, a ese tal le dice la Escritura: "¿Puede uno meter fuego en su regazo sin que le ardan los vestidos?" (Prov 6:27). Así pues, el pecado abrasa los nervios del alma.

El origen del pecado en el interior del hombre

2. Pero dirá alguno ¿Qué es el pecado? ¿Es un animal, un ángel o un demonio? ¿Qué es lo que lo produce?2. Atiende bien: no es un enemigo que te invada desde fuera, sino algo que brota de ti mismo. "Miren de frente tus ojos" (Prov 4:25) y no experimentarás la pasión. Ten lo tuyo, no te apoderes de lo ajeno y no existirá en ti la rapiña. Acuérdate del juicio y no existirán en ti la fornicación ni el adulterio ni el homicidio ni nada que sea pecaminoso. Pero si te olvidas de Dios, comenzarás a pensar en el mal y a realizar lo ilícito.

El diablo y el pecado

3. Pero no sólo tú eres origen y autor de lo que haces: hay también un depravado instigador, el diablo3. El tienta a todos, pero no puede con los que no consienten. Por ello dice el Eclesiastés: "Si el espíritu del que tiene poder se abate sobre ti, no abandones tu puesto"4. Cierra tu puerta y hazlo huir lejos de ti para que no te cause daño. Pero si das entrada con indiferencia al pensamiento libidinoso, oponiéndose a tu ánimo, plantará en ti sus raíces, atará tu mente y te arrastrará hasta la cueva de los malvados. Y si acaso dices: Soy fiel, no podrán conmigo los malos deseos, aunque frecuentemente los tenga en mi ánimo. ¿Ignoras tal vez que la raíz que permanece tiempo ligada a la piedra acaba siempre rompiéndola? No aceptes siquiera el germen, porque hará añicos tu fe. Arranca de raíz el mal antes de que florezca, no sea que, actuando negligentemente desde un comienzo, tengas luego que pensar en el fuego (cf. Jer 23:29) y en el hacha (Mt3:10). Cúrate a tiempo la inflamación de ojos, para que no te quedes ciego y busques entonces médico.

4. Causante primero del pecado es el diablo, origen de la maldad. Esto no lo he dicho yo, sino el Señor: "Porque el diablo peca desde el principio"5. Antes que él nadie pecó. Pero no pecó por fuerza de la naturaleza6, como si hubiese estado obligado al pecado (en ese caso, habría incurrido en pecado quien le hubiese hecho tal), sino que, creado bueno, se convirtió en diablo tomando nombre de su actuación7. Pues, habiendo sido arcángel8, se le ha llamado posteriormente diablo (o calumniador, Satanás), habiéndosele considerado después así en virtud de la cosa misma. Satanás es, pues, lo mismo que adversario9. Las pruebas no las aporto yo, sino el profeta Ezequiel: "Eras el sello de una obra maestra y corona de hermosura, engendrado en el paraíso divino" (Ez 28:12 var.). Y poco más abajo: "Fuiste perfecto en tu conducta desde el día de tu creación, hasta el día en que se halló en ti iniquidad" (28:15)10. Esto no te vino de fuera, sino que tú mismo engendraste el mal. Poco más abajo señala la causa: "Tu corazón se ha pagado de tu belleza, has sido herido por la muchedumbre de tus pecados, sí, por tus pecados. Yo te he precipitado en tierra" (28:17 var.). Lo mismo dice el Señor en el Evangelio en el mismo sentido: "Veía a Satanás caer del cielo como un rayo" (Lc 10:18). Ya ves la consonancia entre ambos Testamentos. Al caer aquél, arrastró a muchos consigo. A quienes le siguen les sugiere malos deseos, de lo que se siguen el adulterio, la fornicación y cualquier clase de mal. Por causa suya fue expulsado nuestro primer padre Adán del paraíso y cambió éste, del que brotaban frutos admirables, por una tierra que le ofrecía espinas.

Esperanza para el pecador

5. Entonces, dirá alguno, ¿hemos perecido engañados? ¿no habrá salvación alguna? Caímos, ¿podremos levantarnos? (Jer 8:4). Hemos quedado ciegos ¿podremos recuperar la vista? Estamos cojeando, ¿no hay esperanza de que caminemos correctamente alguna vez? Diré en resumidas cuentas: ¿No podremos alzarnos después de haber caído? (cf.Sal 41:9) ¿Es que acaso quien resucitó a Lázaro, con hedor ya de cuatro días (Jn 11:39), no te resucitará vivo también a ti? Quien derramó su preciosa sangre por nosotros nos liberará del pecado para que no claudiquemos de nosotros mismos (cf. Ef 4:19)11, hermanos, cayendo en un estado de desesperación. Mala cosa es no creer en la esperanza de la conversión. Quien no espera la salvación acumula el mal sin medida; pero el que espera la curación, fácilmente es misericordioso consigo mismo. Igualmente el ladrón que no espera que se le haga gracia llega hasta la insolencia; pero, si espera el perdón, a menudo termina por hacer penitencia. Si incluso una serpiente puede mudar la piel, ¿no depondremos nosotros el pecado? También la tierra que produce espinas se vuelve feraz si se la cultiva con cuidado: ¿Acaso podremos obtener nosotros de nuevo la salvación? La naturaleza es, pues, capaz de recuperación, pero para ello es necesaria la aceptación voluntaria.

Misericordia y amor de Dios hacia el pecador

6. Dios ama a los hombres, y no en escasa medida. No digas tú entonces: He sido fornicario y adúltero, he cometido grandes crímenes, y ello no sólo una vez sino con muchísima frecuencia. ¿Me perdonará, o más bien se olvidará de mí? Escucha lo que dice el salmista: "¡Qué grande es tu bondad, Señor!" (Sal 31:20). Tus pecados acumulados no vencen a la multitud de las misericordias de Dios. Tus heridas no pueden más que la experiencia del médico supremo. Entrégate sencillamente a él con fe; indícale al médico tu enfermedad; di tú también con David: "Sí, mi culpa confieso, acongojado estoy por mi pecado" (Sal 38:19). Y se cumplirá en ti lo que también se dice: "Y tú has perdonado la malicia de mi corazón" (Sal 32:5)12.

7. ¿Quieres ver el amor de Dios al hombre tú, que hace poco que vienes a las catequesis? ¿Quieres contemplar la benignidad de Dios y la enormidad de su paciencia? Mira el caso de Adán. Es el primer hombre que Dios creó, y pecó: ¿no pudo advertirle de que a continuación moriría? Pero mira lo que hace el Dios que tanto ama a los hombres. Lo arroja del paraíso (pues por el pecado no era digno de vivir allí). Y lo coloca en cualquier lugar fuera de allí (cf. Gén 3:24), para que, al ver de dónde ha caído y a dónde ha sido arrojado, consiga luego la salvación mediante la conversión. Caín, primer hombre dado a la luz, se convirtió en fratricida; maquinador del mal, autor y causante de asesinatos, y primer envidioso, quitó después de en medio a su hermano. ¿A qué pena se le condena?: "Vagabundo y errante serás en la tierra" (Gén 4:12). Grande fue el pecado, pero leve el castigo.

8. Y ésta fue verdaderamente la clemencia de Dios, pero pequeña todavía con respecto a lo que siguió. Pues piensa en lo que sucedió en tiempo de Noé. Pecaron los gigantes y la maldad se extendió grandemente sobre la tierra (cf. Os 4:2)13. Por ella se provocó el diluvio: en el año quinientos profirió Dios su amenaza (cf. Gén 6:13)14. ¿No crees que la benignidad de Dios se extendió durante cien años cuando se podía haber infligido el castigo al momento? Todo lo alargó para dar lugar a la conversión. ¿Acaso no ves la bondad de Dios? Ni siquiera aquellos hombres, si hubiesen recobrado entonces el buen sentido, habrían notado que les faltaba la clemencia divina.

La bondad de Dios es mayor que el pecado

9. Hablemos ahora de aquellos que se han salvado a través de la conversión. Habrá entre las mujeres quien diga: soy una prostituta, he sido adúltera, manché mi cuerpo con toda clase de lujuria. ¿Qué posibilidad existe de salvación? Observa, mujer, el caso de Rahab, que también para ti hay salvación. Pues si la que se dedicaba a la prostitución abierta y públicamente obtuvo su salvación mediante la conversión, ¿acaso quien abusó de su cuerpo alguna vez antes de haber recibido la gracia no obtendrá la salvación por la penitencia y el ayuno? Date cuenta de cómo se salvó, pues simplemente dijo: "Yahveh, vuestro Dios, es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra" (Jc 2:11)15. No se atrevía por pudor a decir que era suyo. Pero si deseas recibir el testimonio recogido en las Escrituras acerca de su salvación, tienes escrito en los Salmos: "Cuento a Rahab y a Babilonia entre los que me conocen" (Sal 87:4). Grande es la benignidad de Dios, que en las Escrituras hace memoria incluso de las meretrices. Y no dice simplemente "cuento a Rahab y a Babilonia," sino que añadió lo de "entre los que me conocen." Así pues, los hombres y mujeres pueden obtener la salvación mediante la conversión.

10. Y aunque todo el pueblo hubiese pecado, ello no supera a la benignidad divina. El pueblo había fabricado un becerro, pero Dios no se arrepintió de su clemencia. Negaron los hombres a Dios, pero Dios no se negó a sí mismo (cf. 2 Tim 2:13). "Entonces ellos exclamaron: "Estos son tus dioses, Israel"" (Ex 32:4); y sin embargo, según su modo de actuar, el Dios de Israel los custodió. Tampoco fue el pueblo el único que pecó, pues también peco Aarón, el sumo sacerdote. Moisés, en efecto, dice: "También contra Aarón estaba Yahvé violentamente irritado... Intercedí también entonces en su favor y Dios le perdonó" (Dt 9:20). Ya Moisés, suplicando en favor del sumo sacerdote pecador, suavizó la ira de Dios. ¿Jesús, el Hijo único que ora por nosotros, no aplacará a Dios? No le impidió a Aarón, a pesar de su culpa, que llegase a ser sumo sacerdote. ¿Te obstaculizará a ti que, por provenir de los gentiles, entres en la salvación? Haz igualmente penitencia tú también, oh hombre: no se te negará la gracia. Adopta después una vida irreprensible: Dios ama verdaderamente a los hombres y nadie puede explicar su clemencia a causa de su dignidad personal: incluso aunque se juntasen todas las lenguas de los hombres, ni siquiera así podrían explicar una parte de su benignidad, es decir, ni siquiera una parte de lo que se ha escrito acerca de la benignidad de Dios para con los hombres. Pero tampoco sabemos además cuánto perdonó a los ángeles, pues también a ellos les perdona, pues realmente sólo existe uno que esté sin pecado, el que nos libra de éste, Jesús16. Pero ya se ha dicho suficiente acerca de los ángeles.

El ejemplo de la conversión de David

11. Pero si lo deseas, te presentaré también otros ejemplos que se refieren a nosotros: piensa en el bienaventurado David, claro ejemplo de conversión. Gravemente pecó cuando, después de acostarse, paseó en las horas de la tarde por la terraza mirando descuidadamente y cayendo en su debilidad humana (cf. 2 Sam 11:2). Cometió el pecado, pero, al confesarlo, no desapareció totalmente el brillo de su alma. Se presentó el profeta Natán, que le corrigió diligentemente y fue el médico de sus heridas (cf. 2 Sam 12:1-1 5a). "Se ha airado el Señor y has pecado"17. Esto se lo decia un particular al rey. Pero el rey, pese a la dignidad de la púrpura, no se indignó. Pues no tenía en cuenta a quien hablaba, sino al que le había enviada a éste. No le cegó la cohorte de soldados que le rodeaba, pues pensaba en el ejército de los ángeles del Señor y temblaba "como si viese al invisible." Y respondió al enviado, o más bien, al Dios que le enviaba: "He pecado contra el Señor" (2 Sam 12:13). Ya ves la sumisión y la confesión del rey: ¿Acaso alguien le había declarado convicto? ¿Había muchos que conociesen el delito? El hecho se había producido rápidamente, pero el profeta se había presentado pronto como acusador. Apenas producida la ofensa, se confiesa el pecado. Al ser reconocido con claridad y sencillez, fue sanado rapidísimamente. Pues el profeta Natán, que le había conminado, le dice al momento: "También Yahvé perdona tu pecado" (ibid). Observa cómo cambia muy rápidamente el Dios que ama a los hombres. Dice, no obstante: "Provocando (a Dios), has provocado a los enemigos del Señor" (2 Sam 12:14, según versiones). Tenias muchos enemigos a causa de la justicia, pero te protegía la castidad. Pero cuando has descuidado esta protección, tienes a tus enemigos en pie para alzarse contra ti. Esta fue la forma como le consoló el profeta.

12. Pero el bienaventurado David, a pesar de haber oído lo de que "Dios ha perdonado tu pecado," no descuidó hacer penitencia aunque fuese rey, sino que, en lugar de la púrpura, se vistió de saco, y se sentaba no en asientos de oro, sino sobre ceniza y en el suelo18. Pero no sólo se sentaba en la ceniza, sino que también se alimentaba de ella, como dice él mismo: "El pan que como es la ceniza" (Sal 102:10). Su ojo lujurioso lo colmó de lágrimas, según dice: "Baño mi lecho cada noche, inundo de lágrimas mi cama" (Sal 6:7). Cuando los príncipes le exhortaban a que probase el pan, no asintió y continuó su ayuno hasta el séptimo día (2 Sam 12:17-20). Si el rey se manifestaba así, ¿no harás lo mismo tú que eres un simple particular? Después de la rebelión de Absalón, al ofrecérsele (al rey) diversos caminos para la huida, eligió hacerlo a través del monte de los Olivos (2 Sam 15:23), como invocando en su mente al Libertador, que desde aquí había de ascender a los cielos19. Y como le hiriese Semeí con duras maldiciones, respondió: "Dejadlo"20, pues sabía que a quien perdona se le dará el perdón21.

Otros ejemplos de penitencia

13. Ves que es cosa buena el confesar. Y ves que es la salvación para los que se convierten. También Salomón había caído (I Re 11:4), pero, ¿cuál es la razón de decir: "Después hice penitencia"22? También Ajab, rey de Samaria era un malvado adorador de ídolos, de notoria maldad, asesino de profetas, impío, codicioso de campos y viñas ajenas (I Re 20-21). Pero cuando hizo perecer a Nabot por instigación de Jezabel, y una vez llegado el profeta Elías que quiso amenazarle, rasgó sus vestidos y se vistió de saco. ¿Qué dice entonces el Dios misericordioso a Elías?: "¿Has visto cómo Ajab se ha humillado en mi presencia?" (I Re 21:29), como queriendo calmar el genio del profeta inclinándolo hacia el penitente. Y dice: "No traeré el mal en vida suya" (ibid.; para todo el episodio, cf. 1 Re 21:17-29). Y aunque el rey, después del perdón, no habría de apartarse del pecado, Dios le perdona incondicionalmente, no porque desconociese el futuro, sino concediendo su misericordia en el momento en que está mostrando la conversión. Propio de un juez justo es dictar sentencia ajustada a cada uno de los hechos.

14. En otra ocasión estaba en pie Jeroboam ofreciendo sobre un altar sacrificios a los ídolos: su mano sufrió una parálisis por haber mandado apresar al profeta que le recriminaba. Pero al experimentar por sí mismo la potestad de aquel hombre, exclamó: "Aplaca, por favor, el rostro de Yahvé tu Dios" (1 Re 13:6; cf. 13:1ss). Y en virtud de esta palabra le fue restablecida totalmente la mano. Pero si un profeta curó a Jeroboam, ¿acaso no podrá Cristo liberarte sanándote de tus pecados? También Manasés cometió numerosos crímenes: fue el que hizo matar a Isaías, se contaminó con todo género de idolatrías y llenó a Jerusalén de muertes de inocentes (2 Re 21:16). Pero, conducido cautivo a Babilonia, por la experiencia de su propio mal utilizó la medicina de la conversión. Pues dice la Escritura que Manasés se humilló profundamente en presencia del Dios de sus padres y "oró a él y Dios accedió, oyó su oración y le concedió el retorno a Jerusalén, a su reino" (2 Crón 33:12:13). Si éste, que había hecho aserrar al profeta23, se salvó mediante la conversión, ¿no te salvarás también.tú, que no has cometido nada tan grave?

Confiar en la posibilidad de la conversión. Ezequías

15. No desconfíes sin motivo de la fuerza de la conversión. ¿Quieres saber realmente la fuerza que tiene la penitencia? ¿Quieres conocer a fondo esta fortísima espada de la salvación y aprender el valor que tiene la confesión?24. Por la conversión aniquiló Ezequías a ciento ochenta y cinco mil enemigos (2 Re 19:35). Y esto es realmente admirable, pero es poco en comparación con el hecho de haber cambiado mediante la conversión la sentencia divina que ya había sido pronunciada contra él. Pues Isaías le había dicho en su enfermedad "Da órdenes acerca de tu casa, porque vas a morir y no vivirás" (2 Re 20:1). Y no había, pues, expectativas, una vez que el profeta había dicho "vas a morir." Sin embargo, no revocó Ezequías su conversión, acordándose de lo que está escrito: "Por la conversión y calma seréis liberados" (Is 30:15)25. Se volvió a la pared y elevando desde el lecho su mente al cielo (el grosor de las paredes no podía impedir sus devotas preces), exclamó: "¡Señor, acuérdate de mí!" (cf. Is 38:3), como si dijera: "Para mi salud me basta que te acuerdes de mí, tú que no estás sometido al tiempo, sino que has creado las leyes de la vida. La razón de nuestra vida no está en el origen ni el tamaño de cada uno de los astros, como algunos sueñan, sino que eres tú quien rige la vida y su duración según los planes de tu voluntad." A causa del anuncio del profeta (cf. Is 38:1) había perdido (Ezequías) la esperanza de vivir, pero el tiempo de su vida le fue prorrogado en quince años, de lo que se le ofreció como signo el retroceso del sol (38:8). El sol volvió atrás por Ezequías. E igualmente llegó a faltar el sol a causa de Cristo, no retrocediendo sino apagándose26, mostrando así la diferencia entre Ezequías y Jesús. Pero si aquel pudo anular la sentencia de Dios, ¿no podrá Jesús conceder el perdón de los pecados? Apártate de ellos y llóralos en tu alma; cierra las puertas y ora para que te sean perdonados (cf. Mt 6:6), de modo que Dios sofoque las llamas ardientes que brotan de ti, pues la confesión27 puede extinguir el fuego y amansar a los leones.

Los tres jóvenes y Nabucodonosor

16. Pero si no crees, piensa en lo que les sucedió a Ananías y a sus compañeros. ¿Cuántos sextarios de agua28 se necesitaban para apagar una llama que se elevaba hasta los cuarenta y nueve codos (Dan 3:47)? Pero donde más alta era la llama, allí se derramó la fe como si fuese un río, y señalaban el remedio de los males: "Eres justo en todo lo que nos has hecho... Sí, pecamos, obramos inicuamente" (Dan 3:27,29). Y la penitencia disolvió las llamas. Pero si desconfias de que la conversión pueda apagar el fuego de la gehenna, aprende de lo que les sucedió a Ananías y a sus compañeros. Aunque algún oyente agudo podrá decir: "Dios los liberó entonces justamente." Puesto que no quisieron dar culto al ídolo, les concedió Dios la fuerza y el poder. Y como verdaderamente fue así, pasaré ahora a otro ejemplo de conversión.

17. ¿Qué opinión tienes acerca de Nabucodonosor? ¿No has oído por las Escrituras que fue sanguinario y fiero como un león? ¿No has oído que sacó los huesos de los reyes de sus sepulcros para arrojarlos al aire? (cf.Jer 8:1ss)? ¿No has oído que se llevó al pueblo al destierro y que cegó los ojos del rey tras hacerle contemplar la degollación de sus hijos? (2. Re 25:7) ¿Y que destrozó a los querubines? No me refiero a los querubines que sólo con la mente se contemplan. ¡Quita esta idea de tu cabeza! Me refiero a los querubines que estaban esculpidos, pero también al propiciatorio desde el cual Dios hablaba (cf. Ex 25:17-22). También profanó el velo del santuario. Tomando el incensario, lo llevó al templo de los ídolos29. Transformó todos los objetos de la ofrenda, arrasó el templo desde sus cimientos. Mereció innumerables castigos por los reyes muertos y por los santos a los que injurió. Y puesto que había reducido al pueblo a servidumbre y había colocado los vasos sagrados en los templos de los ídolos, ¿acaso no era digno de padecer mil muertes?

18. Has visto la magnitud de los crímenes. Vuélvete ahora a la clemencia de Dios. Era (Nabucodonosor) como una fiera: vivía de modo solitario y tenía que ser golpeado para ser domesticado. Tenía las garras de un león, con las cuales agarraba a los santos, y las crines de los leones. Era, en efecto, un león rápido y rugiente. Comía heno como el buey y era como un jumento que no sabía quien le había dado el reino30. Su cuerpo se cubrió de rocío, pero no creyó al ver el fuego apagado por ese mismo rocío. ¿Y que es lo que sucedió?: "Al cabo del tiempo fijado, yo, Nabucodonosor, levanté los ojos al cielo... y bendije al Altísimo, alabando y exaltando al que vive eternamente" (Dan 4:31). Cuando reconoció al Altísimo y dirigió a Dios estas palabras de su ánimo agradecido, se arrepintió de sus acciones confesando su propia debilidad. Dios le restituyó entonces el honor del reino.

Exhortación final

19. ¿Qué, pues? A Nabucodonosor, que tantos males había hecho, Dios le dio, al haber confesado, el perdón y el reino: y a ti, si te conviertes, ¿no te dará el perdón de los pecados y el reino de los cielos, si te conduces dignamente? Dios es clemente, pronto en perdonar y tardo para la venganza. Así pues, que nadie desespere de su propia salvación. Pedro, el príncipe de los apóstoles, negó tres veces al Señor ante una sierva cualquiera. Pero, tocado por el arrepentimiento, lloró amargamente: al llorar, manifiesta la conversión íntima del corazón; y por ello no sólo recibió el perdón por su negación, sino que también conservó la dignidad de Apóstol.

20. Hay, pues, hermanos, multitud de pecadores que se convirtieron y consiguieron la salvación, confesad también vosotros ardientemente al Señor para que recibáis el perdón de los pecados precedentes y, hechos dignos del don celestial, podáis heredar el reino de los cielos con todos los santos, en Cristo Jesús, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén31

1. El tema de la catequesis es la conversión que se requiere antes del bautismo. La catequesis exhorta a la penitencia que pide el artículo del Credo "un único bautismo de conversión para el perdón de los pecados." Cf. sobre este particular la cat. 18, núm. 22. Es necesario también señalar que en ciertos códices se dice "trata sobre la conversión y el perdón de los pecados," pero en la explicación frontal del tema no se añade "acerca del enemigo," es decir, el diablo. Realmente el examen de la catequésis aclara que el tema es esencialmente la conversión y el perdón de los pecados, no siendo el diablo aquí más que un tema secundario.

2. Cf cat. 4, núm. 21.

3. Cat. 4, núms. 21:24.

4. Ecl 10:4, que completa el consejo con las palabras: "que la flema libra de graves yerros." Es la versión de la Biblia de Jerusalén, y el versiculo parece ser de por si un consejo de prudencia ante los errores de la autoridad. La interpretación que hace el texto de la catequesis supone otro contexto diferente, el de la tentación, pero la intención es válida: mantenerse firme en las dificultades de la tentación.

5. En realidad la frase no es del Evangelio, sino de 1 Jn 3:8: "Quien comete el pecado es del Diablo, pues el diablo peca desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo." Pero en una línea semejante sí existe en Jn 8:44, puesta en boca de Jesús, esta afirmación: "Este (el diablo) era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira."

6. Probablemente, al negar la posibilidad de pecar "por fuerza (mejor, "por necesidad") de la naturaleza," como si el pecado fuese una exigencia ontológica del ser del diablo, está pensando Cirilo en la afirmación al respecto extendida entre gnósticos y maniqueos (cf. PG 33, 386, nota 8).

7. La palabra griega diábolos, significa "calumniador," "detractor," "acusador," funciones que realiza sobre y contra el hombre.

8. Esta idea del origen angélico del diablo se repite también en Cirilo, por ejemplo, en cat. 8, n. 4.

9. Variante también posible: "Satanás significa pues diablo" (o calumniador). De hecho, en las versiones griegas de la Biblia la expresión hebrea "Satán" se traduce a menudo por diábolos.

10. El oráculo profético se refiere propiamente a la caída del rey de Tiro. En realidad, el pasaje entero, Ez 28:1-19, es un poema-oráculo contra aquel. Una nota de la Biblia de Jerusalén a 28:11, donde comienza la predicción de la mencionada caída, señala: "Por una acomodación espontánea, la tradición cristiana ha aplicado a menudo este poema a la caída de Lucifer."

11. Esta versión de Ef 4:19, es más próximo a la traducción que hace la Vulgata del versículo, examinando el cual y su contexto se percibe la idea paulina de que, privado el hombre del contacto con Cristo, se termina por caer en una situación de desenfreno que perjudica al mismo ser humano como tal: Ef 4:17. Es una idea afin a Rom 1:18-32.

12. Todo el Salmo 32 es importante como expresión del perdón tras el reconocimiento del pecado. El versículo 5, completo, señala: "Mi pecado te reconocí, y no oculté mi culpa; dije: "Me confesaré a Yahveh de mis rebeldías." Y tu absolviste mi culpa, perdonaste mi pecado."

13. A la iniquidad extendida sobre Israel, según Oseas, hace aquí referencia la edición de PG 33,391, nota 62. Pero más bien habría que pensar en Gén. 6:1-4, pasaje sobre el que tiene un indudable valor sintético la nota general de la Biblia de Jerusalén.

14. La mención del año "quinientos" y "seiscientos" se refiere a años de la vida de Noé, si se toman al pie de la letra Gén 5:32 y 7:6.

15. La Biblia de Jerusalén comenta a este versículo: "Rajab se ha salvado por su fe, Hb 11,31, y justificado por sus obras, Sant 2:25. Esta extranjera, que con su fe y su caridad consigue la salvación de toda su casa, se ha convertido entre los Padres en imagen de la Iglesia."

16. Sobre la difícil afirmación de Cirilo acerca del pecado de los ángeles, cf. PG 33, 394-395.

17. Esas palabras no son propiamente de la Escritura. Según PG 33, 396, pueden ponerse en relación con Isaías 64:4: "He aquí que estuviste enojado, pero es que fuimos pecadores," en el contexto de una meditación-súplica a la vista de la historia de Israel.

18. Interpretación de 2 Sam 12:16.

19. Cirilo hace aquí alusión a Lc 24:50-51, la Ascensión, en combinación con Hech 1:12: "... se volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos."

20. Más exactamente: "Dejadle que maldiga, pues se lo ha mandado Yahvé" (2 Sam 16:11).

21. Cf. de hecho 2 Sam 16:12: "Acaso Yahvé mire mi aflicción (tal vez "mi falta") y me devuelva Yahvé bien por las maldiciones de este día."

22. La frase es traducción tanto del original griego como de la versión latina. Parece hacer referencia a Prov 24:32, pero aquí Cirilo, como observa PG 33,390, utiliza un débil y complicado argumento para hablar de la conversión de Salomón, interpretando como tal el contexto por Prov 24:30-34.

23. Es una traducción judía la que menciona esta forma de martirio de Isaías, aunque los datos no son plenamente seguros.

24. La "confesión" mencionada aquí es la confesión de fe. Debe tenerse en cuenta que tras la "entrega," traditio del Símbolo de la fe tiene que venir la "confesión" de fe en la "devolución" o redditio del Credo. Cirilo se refiere a la fuerza que tiene la confesión de la fe en el camino que conduce a la iniciación cristiana.

25. Por otra parte, la enfermedad, la curación y el subsiguiente cántico de acción de gracias de Ezequías aparece también en Is 38.

26. Sobre Ezequías cf. también Eclo 48:26. En el caso de Jesús, cf. el oscurecimiento del sol en Mc 15:33 par.

27. El tema al que se apunta sigue siendo la confesión de fe que se hará en la devolución del credo.

28. Sextario: medida de capacidad equivalente a poco más de medio litro en nuestro sistema de medidas.

29. Cf. una descripción general en Dan 1:2.

30. Es la afirmación de que el poder viene de Dios. Cf. cat. 8, n. 5. Sobre el tema, en el Nuevo Testamento, cf.Jn 19:11 y Rom 13:1-8.

31. Las ediciones de las catequesis de Cirilo de Jerusalén, presentan con frecuencia un segundo ejemplar de esta segunda catequesis, deducido de los códices existentes y en parte a base de conjeturas sobre los mismos (por ejemplo, PG 33,407-424). No se ha creído aquí necesario ofrecer ninguna de esas versiones, porque son variantes que probablemente se deben a que están transcritas en ocasiones diferentes en que se pudo pronunciar la misma catequesis sobre la conversión.

 

III. El Bautismo.

Pronunciada en Jerusalén, trata sobre el bautismo. Toma pie de la Carta a los Romanos 6:3-4: ¿0 es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados con el bautismo en la muerte, etc. (Ro 6:3-4).

Os encamináis hacia el bautismo

1. "¡Aclamad cielos, y exulta, tierra!" (Is 49:13) por aquellos a los que habrá que asperger con el hisopo y que serán purificados con el hisopo intelectual por la fuerza de aquel que en su pasión aceptó el hisopo y la caña (cf. Jn 19:29). Y alégrense las potencias de los cielos; prepárense las almas que habrán de ser desposadas por el divino esposo, pues está escrito "voz del que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor" (Is 40:3; cf. Mt 3:3 par). No se trata de algo sin importancia, ni de la unión ordinaria y temerosa de los cuerpos, sino del Espíritu que todo lo escruta según la fe1 haciendo las delicias de cada cual. Pues los desposorios y los acuerdos humanos no siempre se hacen con el debido juicio, pues un esposo se inclina siempre con mayor rapidez hacia donde parece haber riquezas o prestancia de la figura. Aquí, por el contrario, no se mira a la hermosura de los cuerpos, sino a si existe una conciencia experta en apercibir al alma; no se atiende a las riquezas de la condenación sino a las que ha preparado la piedad.

Estar bien dispuestos

2. Por tanto, hijos de la justicia, dirigid vuestro modo de obrar a Juan, que exhorta diciendo: "Rectificad el camino del Señor" Un 1:23). Quitad todos los impedimentos y tropiezos para encaminaros derechos a la vida eterna. Por la fe sincera del alma preparaos unos vasos limpios para recibir al Espíritu Santo. Comenzad a lavar vuestros vestidos mediante la conversión para que, llamados al tálamo del esposo, seáis hallados limpios. Pues el esposo llama a todos sin distinción, ya que se trata de una gracia abundante2. Todos son reunidos por la llamada en voz alta de quienes hacen el anuncio3, pero él discierne después quiénes entran en esta boda que ya estaba prefigurada4. Que no suceda ahora que alguno de los que dieron el nombre oiga aquello de: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?" (Mt 22:12). Ojalá se os conceda a todos vosotros oír: "¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor!" (Mt 25:21). Pues hasta ahora os quedabais fuera de la puerta; que ahora podáis decir todos: "El Rey me ha introducido en sus mansiones" (Cant 1:3). "Exulta mi alma en mi Dios, porque me ha revestido de ropas de salvación y con la túnica de la alegría. Me ha puesto, como un esposo, una diadema, como la novia se adorna con sus aderezos" (Is 61:10) 5. Para que el alma de todos vosotros sea encontrada "sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada" (Ef 5:27). No me refiero a antes de que consigáis la gracia (pues habéis sido llamados precisamente a recibir el perdón de los pecados), sino a que, cuando la gracia se os conceda, no haya nada condenable en vuestra conciencia que se oponga al bautismo.

Estar preparados

3. Pues se trata de una gran cosa, hermanos, y a ella debéis acercaros con singular cuidado. Póngase cada uno de vosotros ante Dios en presencia de las miríadas de los muchos ejércitos de los ángeles. El Espíritu Santo sellará vuestras almas, pues habréis de ser seleccionados para la milicia del gran rey6. Preparaos, pues, y estad dispuestos, no revestidos de blanquísimos vestidos materiales, sino de un alma penetrada por la piedad7. No te acerques a este lavatorio como si fuera pura y simplemente agua, sino por atención a la gracia del Espíritu Santo, que se otorga conjuntamente con el agua. Pues los dones que se ofrecen en los altares de los gentiles, al no ser otra cosa que lo que son por naturaleza, quedan contaminados por la invocación de los ídolos. Pero, en nuestro caso, el agua, al invocarse sobre ella al Espíritu Santo, a Cristo y al Padre, adquiere la fuerza de la santidad8.

Renacer en el cuerpo y el alma por el agua y el Espíritu

4. Al estar el hombre compuesto de alma y cuerpo, la purificación es doble: incorpórea para la parte no corporal, corporal para el cuerpo. Pues a la vez que el agua limpia al cuerpo, así el Espíritu sella el alma, para que, asperjados, con el corazón a través del Espíritu y, lavados por el agua, también con el cuerpo tengamos acceso a Dios9. El descenderá al agua. Por eso no debes fijarte en la pobreza del elemento material, pues habrás de recibir con eficacia la salvación: sin ambas cosas no puedes recibir la salvación. No soy yo quien lo dice, sino el señor Jesucristo, que es quien tiene la potestad sobre este asunto, pues él dice: "El que no nazca de nuevo"10, añadiendo "de agua y de Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios" (Jn 3:5). Tampoco posee perfectamente la gracia quien es bautizado con agua, pero no recibe el Espíritu Santo. Incluso si alguien, estando instruido en las obras de las virtudes, no recibe el sello a través del agua, tampoco entrará en el reino de los cielos11. Esta afirmación parece atrevida, pero no es mía, pues es Jesús quien la ha pronunciado: la prueba para ella tómala tú de la Sagrada Escritura. Cornelio era hombre justo, tenido por digno de contemplar a los ángeles, que adecuadamente había hecho llegar hasta Dios sus súplicas y sus limosnas. Pedro vino hasta él y fue derramado el Espíritu sobre los que creían, hablaron en lenguas y profetizaron (Hech 10:34-44) y, sin embargo, después de esta gracia del Espíritu, dice la Escritura: "Y mandó (Pedro) que fueran bautizados en el nombre de Jesucristo" (10:48)12, para que, una vez regenerada ya el alma por la fe, también el cuerpo recibiese la gracia a través del agua.

La salvación a través del agua, en la historia de Israel

5. Pero si alguien desea saber por qué razón se da la gracia a través del agua, y no por algún otro elemento, lo averiguará examinando las Escrituras. Ciertamente es gran cosa el agua, el más hermoso de los cuatro elementos fundamentales del mundo13. Pues la morada de los ángeles es el cielo; pero los cielos se componen de agua, la tierra es la sede del hombre y también la tierra ha brotado de las aguas: formada antes de la constitución en seis días de todas las cosas creadas, "el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas" (Gén 1:2). Principio del mundo es el agua y principio de los evangelios es el Jordán. La liberación del Faraón tuvo lugar para Israel a través del mar: la liberación de los pecados la obtiene el mundo por el lavatorio del agua en la palabra de Dios (cf. Ef 5:26). Donde quiera que se establece una alianza entre quienes sea, allí interviene el agua. Fue después de un diluvio cuando se sancionó la alianza con Noé (Gén 9:9). La alianza con Israel se abordó desde el monte Sinaí, pero con lana escarlata e hisopo (Hebr 9:19; cf. Ex 24:6-8)14. Elías fue tomado, pero no sin agua, pues primeramente se acerca al Jordán, pero después penetra en el cielo en un carro y transportado en un torbellino (2 Re 2:7-11). Primero se lava el sumo sacerdote, y después ofrece el incienso, pues Aarón fue lavado antes de ser hecho sumo sacerdote (cf. Lev 8:6). Pues, ¿cómo oraría por los demás el que antes no hubiese sido purificado por el agua? Símbolo del bautismo era también la pila colocada en el tabernáculo15 .

La figura de Juan el Bautista

6. El bautismo es el fin de la Antigua y el comienzo de la Nueva Alianza. Pues el primer personaje importante fue Juan, el mayor entre los nacidos de mujer (cf. Mt 11:11), que fue el último de los profetas: "Pues todos los profetas, lo mismo que la Ley, hasta Juan profetizaron" (Mt 11:13). Pero él mismo fue el comienzo de las realidades evangélicas. Dice, en efecto, "comienzo del Evangelio de Jesucristo,"(Mc 1:1), indicando que es entonces cuando "apareció Juan bautizando en el desierto" (1:4). Aunque recuerdes a Elías, el Tesbita, el que, tomado al cielo, tampoco él es mayor que Juan. También fue transportado Henoc, y tampoco es mayor que Juan. Moisés es mayor legislador y todos los profetas son admirables, pero no son mayores que Juan. No es mi intención hacer comparaciones entre profetas, pero tanto de aquellos como de nosotros dijo el Señor Jesús: "No ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan" (Mt 11:11), y no se refiere a nacidos de vírgenes, sino de mujeres. Y si la comparación se hace entre consiervos y el siervo mayor, mucho mayor es la superioridad y la gracia del hijo frente a los siervos. ¿Ves a qué gran hombre eligió Dios como dador de esta gracia? Fue alguien que nada poseía y era amante de la soledad, pero no aborrecía el trato con los hombres; comía langostas, pero dejaba volar su alma (cf. Is 40:30-31), saciaba su hambre con miel, mientras hablaba palabras sabias y más dulces que la miel. Iba vestido con pelo de camello, mientras daba en sí mismo ejemplo de vida ascética. Cuando era gestado en el seno de su madre, fue santificado por el Espíritu Santo (Lc 1:15). Del mismo modo fue santificado Jeremías (Jer 1:5), pero no fue profeta ya antes de salir del útero. Sólo Juan saltó de gozo en el interior del útero (Lc 1:44) y, al no ver con los ojos del cuerpo, reconoció en el Espíritu a su Señor. Puesto que era grande la gracia del bautismo, grande tenía que ser también su autor.

La predicación de Juan

7. Juan bautizaba en el Jordán y toda Jerusalén se acercaba hasta él gozando de las primicias de los bautismos16. Es en Jerusalén donde tienen su comienzo todos los bienes. Sabed vosotros, jerosolimitanos, cómo los que se acercaban se dejaban bautizar por él. "Confesando sus pecados," dice (Mt 3:6). Primeramente mostraban sus heridas, y después él aplicaba la medicina, confiriendo a los que creían el rescate del fuego eterno. Si quieres que se te demuestre que el bautismo de Juan libraba de la amenaza del fuego, óyele a él mismo: "Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira que os amenaza? (Mt 3:7). No seas, pues, víbora. Pero si has sido alguna vez raza de víbora, despójate — está queriendo decir — de tu primitiva condición pecadora. Pues si una serpiente, al sentir la angustia del envejecimiento, cambia su piel y, renovándose, se rejuvenece con un nuevo cuerpo, también tu debes entrar por la puerta estrecha (Mt 7:13-14) mediante el ayuno que te libra de la perdición. Despójate del hombre viejo con sus obras (Col 3:9b) y di aquello del Cantar de los Cantares: "Me he quitado mi túnica, ¿cómo ponérmela de nuevo?" Pero tal vez hay entre vosotros algún simulador al acecho del favor de los hombres, que simule piedad pero no crea de corazón, sino que más bien imita la hipocresía de Simón Mago. Ese no viene hasta aquí para recibir la gracia, sino para husmear qué se le va a dar. Escuche también éste a Juan: "Ya está puesta el hacha a la raíz de los árboles. Todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego" (Mt 3:10). Suprime la simulación, pues el juez es inexorable.

Dar frutos de conversión

8. ¿Qué es, pues, lo que hay que hacer? ¿Cuáles son los frutos de la penitencia? "El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene" (Lc 3:11)17 y "el que tenga para comer, que haga lo mismo." ¿Deseas disfrutar de la gracia del Espíritu Santo, y no te consideras digno de los que son pobres en alimentos sensibles? ¿Quieres las cosas grandes y no te comunicas en las pequeñas? Aunque hayas sido publicado y te hayas dado a la fornicación, ten esperanza en la salvación. "Los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios" (Mt 21:31). De ello es testigo también Pablo cuando dice: "Ni los impuros, ni los idólatras, etc..., heredarán el Reino de Dios. Y tales fuisteis algunos de vosotros. Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados" (I Cor 6:9-11). No dice: "Algunos habéis sido," sino "esto habéis sido." Se puede perdonar el pecado cometido por ignorancia, pero será condenando quien persevere en el mal.

Bautismo "en Espíritu Santo y fuego"

9. Para una mayor alabanza del bautismo tengo que referirme ya al mismo Hijo de Dios, pues de los hombres no puedo ya decir nada. Grande es realmente Juan, pero no si se le compara al Señor. Fuerte es su palabra, pero no en comparación con la palabra del Verbo. ¿Qué es un ilustre portavoz en comparación al rey? Bueno es quien bautiza en agua, pero ¿qué es en comparación con quien bautiza en Espíritu Santo y fuego? (Mt 3:11). En Espíritu Santo y fuego bautizó el Salvador a los apóstoles cuando "de repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo" (Hech 2:2-4).

El martirio puede ser bautismo

10. Si alguno no recibe el bautismo, no obtiene la salvación. Sólo se exceptúan los mártires que, incluso sin el agua, reciben el reino. Pero el que salvó al mundo mediante la cruz dejó brotar sangre y agua de su costado traspasado (Jn 19:34), para que unos, en tiempos de paz, fuesen bautizados con el agua, mientras otros, en épocas de persecución, fuesen bautizados con su propia sangre. Pues también el Salvador dio al martirio el nombre de bautismo al decir: "¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?" (Mc 10:38)18. Y realmente los mártires confiesan, convertidos en "espectáculo para el mundo, los ángeles y los hombres" (1 Cor 4:9); también poco después confesarás tú. Pero no es tiempo todavía de que oigas hablar de esto.

El bautismo de Jesús

11. Jesús santificó el bautismo cuando él fue bautizado. Si el Hijo de Dios se hizo bautizar, ¿quién podrá despreciar el bautismo sin faltar a la piedad? Pues no fue bautizado Jesús para recibir el perdón de los pecados (pues estaba libre del pecado), sino que, a pesar de ello, fue bautizado para otorgar la gracia y la dignidad Divina a quienes se bautizan. Pues "así como los hijos participan de la sangre y de la carne, participó él también de las mismas" (Hebr 2:14), para que, hechos partícipes de su presencia corporal, también tuviésemos parte en su gracia: para eso se hizo bautizar Jesús, para que por ello la consiguiésemos, por la comunión en la misma realidad, junto con el honor de la salvación. Según el libro de Job, había una bestia en las aguas capaz de engullir el Jordán con su boca (cf. Job 40:15-24). Al tener que ser machacadas las cabezas del dragón (Sal 74:14)19, descendiendo (Jesús) al agua, ató al fuerte (cf. Mt 12:29) para que recibiésemos el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones (cf. Lc 10:19). Muy pequeña era la bestia, pero horrenda. Ningún barco de pesca podría llevar siquiera una escama de su cola; la perdición le precedía, infectando con su contagio a los que se encontraban con ella20. Apareció la vida para frenar a la muerte, y para que pudiésemos decir que hemos conseguido la salvación: "¿Dónde esta, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?" (1 Cor 15:55). Pues por el bautismo es destruido el aguijón de la muerte.

También tú descenderás al agua del bautismo

12. Desciendes al agua llevando los pecados, pero el alma queda sellada por la invocación de la gracia. Ello te libra de ser absorbido por la bestia salvaje. Has descendido muerto en tus pecados, pero asciendes vivificado en la justicia (Rm 6:11). Si has sido injertado en una muerte semejante a la del Salvador, también serás considerado digno de su resurrección (Rm 6:5). Pues Jesús murió tomando sobre sí todos los pecados del mundo para, tras aniquilar el pecado, resucitarte en la justicia. También tú, descendiendo al agua, y sepultado en cierto modo en ella como él estuvo en el sepulcro, eres resucitado caminando en novedad de vida.

El bautismo te dará la fuerza para la lucha

13. Después, cuando Dios te haya concedido aquella gracia, te hará posible luchar contra las potestades contrarias. Así como él, después del bautismo, fue tentado durante cuarenta días. Y no porque no pudiese salir antes vencedor, sino porque quería hacer todas las cosas ordenada y sucesivamente. También tú, antes del bautismo, temías encontrarte con tus adversarios. Pero después que has recibido la gracia, confiado en las armas de la justicia, lucha ahora y, si quieres, anuncia el Evangelio.

Jesús comienza tras el bautismo su tarea de evangelización

14. Jesucristo era Hijo de Dios. Sin embargo, no evangelizaba antes de recibir el bautismo. Si el mismo Señor administraba los momentos con un cierto orden, ¿acaso debemos nosotros, que somos siervos, atrevernos a algo fuera de ese orden? Jesús comenzó su predicación cuando "descendió sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma" (Lc 3:22). No quiere decir que Jesús fuese el primero en verlo (pues lo conocía antes de que apareciese en forma corporal). Lo importante era entonces que lo viese Juan. Pues dice: "Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es..." (Jn 1:33)21. Y también sobre ti, si tienes una piedad sincera, descenderá el Espíritu Santo y la voz del Padre descenderá desde lo alto sobre ti; no, "Este es mi Hijo" (Mt 3:17), sino "Ese ha sido hecho ahora hijo mío"22. Sólo de él (Jesús) se ha dicho: "En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios" (Jn 1:1). Es adecuado el verbo es, puesto que el Hijo de Dios existe siempre. Pero lo adecuado para ti es "ha sido hecho ahora," puesto que, el ser hijo, no lo eres por naturaleza, sino que has conseguido por adopción el ser llamado hijo. El lo es desde toda la eternidad, pero tú adquieres esa gracia como un don.

Convertirse para hacerse bautizar y recibir el don del Espíritu Santo

15. Prepara, pues, el receptáculo de tu alma para que seas hecho hijo de Dios, y ciertamente heredero de Dios, coheredero de Cristo (Rm 8:17). Lo conseguirás si te preparas para lograrlo: acercándote por la fe para conseguir una firme convicción, dejando a un lado el hombre viejo. Pues se te perdonará todo el mal que hayas hecho, la fornicación, el adulterio o cualquier otra clase de maledicencia y pecado. ¿Qué mayor pecado que haber crucificado a Cristo? Pues también esto lo expía el bautismo. Pues al acercase aquellos tres mil que habían crucificado al Señor, les hablaba Pedro23 y, cuando preguntaron: "¿Que hemos de hacer, hermanos?" (Hech 2:37), nos advertiste, oh Pedro, de nuestra ruina, diciendo: "Matasteis al Jefe que lleva a la vida" (Hech 3:15). ¿Qué emplasto se colocará en la herida? ¿Cómo se limpiará tanta suciedad? ¿Cuál será la salvación para tanta perdición? Respondió él: "Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hech 2:38). ¡Oh inenarrable clemencia de Dios! No esperan salvación alguna, pero se les agracia con el don del Espíritu Santo. Ya ves qué poder tiene el bautismo. Si alguno de vosotros crucificó a Cristo con palabras blasfemas, o si alguno por ignorancia lo negó ante los hombres o si, finalmente, alguno por sus malas acciones hizo que se maltratase la verdad, ese tal conviértase y tenga esperanza, pues la gracia permanece activa.

Confianza en la misericordia de Dios

16. "Confía, Jerusalén: el Señor suprimirá tus pecados" (Sof 3:14-15)24. "El Señor limpiará la inmundicia de sus hijos e hijas, con viento justiciero y viento abrasador" (Is 4:4). Derramará sobre vosotros agua pura y seréis purificados de todo vuestro pecado (cf. Ez 36:25). Llegarán hasta vosotros los coros angélicos y dirán: "¿Quién es ésta que sube del desierto, apoyada en su amado?" (Cant 8:5). El alma que antes era esclava cuenta ahora al Señor como su amado. Y éste, al recibirla, exclamará: ¡Qué bella eres, amada mía, qué bella eres!.. tus dientes, un rebaño de ovejas de esquileo" (Cant 4:1-2), ello como confesión que ha brotado del dictado de la conciencia. Y también se dice: "Todos los partos serán dobles" (Cant 4:2), porque se trata de una doble gracia: me refiero a que se consigue por el agua y el Espíritu, y se anuncia en la antigua y en la nueva Alianza. Haga Dios que todos vosotros, realizando este ayuno25 y teniendo bien en cuenta lo que se dice, "fructificando en toda obra buena" (Col 1:10), manteniéndonos en pie ante el Esposo con corazón irreprensible, consigáis el perdón de los pecados de parte de Dios, a quien sea la gloria con el Hijo y en el Espíritu Santo por los siglos. Amén.

1. Cirilo parece estar aludiendo al conocimiento que Cristo tiene de lo íntimo del hombre y, por consiguiente, el conocimiento que de sí mismo y de los demás tiene el que se acerca a Cristo de modo tan íntimo como puede serlo a través del bautismo. En esta linea es útil recordar I Cor 2, quizá especialmente 2,10-16: "Porque a nosotros nos lo ha revelado Dios por medio del Espiritu; y el Espiritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios. En efecto, ¿qué hombre conoce lo íntimo del hombre sino el espíritu del hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espiritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espiritu del mundo, sino el Espiritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado, de las cuales también hablamos, no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales en términos espirituales. El hombre naturalmente no capta las cosas del Espiritu de Dios; son necedad para él. Y no las puede conocer, pues sólo espiritualmente pueden ser juzgadas. En cambio, el hombre de espiritu lo juzga todo; y a él nadie puede juzgarle. Porque "¿quién conoció la mente del Señor para instruirle!" (Is 40:13). Pero nosotros tenemos la mente de Cristo."

2. El bautismo es considerado aquí como gracia (cháris) o don.

3. La expresión griega habla de "anunciadores" o, mejor, "pregoneros" (la versión latina habla de pracconum), refiriéndose expresamente a quienes anuncian el kerygma (megalofónon kerykon toné).

4. Vid. procat., núm. 3.

5. Se tiene en cuenta la versión de la Biblia deJerusalén, pero también el texto mismo de las catequesis.

6. Téngase en cuenta lo dicho ya varias veces sobre el "Carácter," referido al bautismo y a la confirmación (o ambos sacramentos a la vez). Para la comprensión de toda la frase debe incluirse también el hecho de que el "carácter" con el que se podía "sellar" en una tropa a los soldados era expresión del compromiso de un soldado con su señor. En la patrística latina, en la que Tertuliano pone definitivamente en circulación el término sacramentum, este término proviene originariamente, con un importante matiz religioso, del compromiso juridico-militar contraído por el soldado con su jefe.

7. Cf. cat. 4, núm. 18.

8. Probablemente se está refiriendo Cirilo a la bendición del agua previa a la administración propiamente dicha del bautismo. Puede referirse también simplemente al hecho central de la colación del bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espiritu, pero es tal vez más probable lo anterior.

9. Cf Hebr 10:22; "... Acerquémonos con sincero corazón, en plenitud de fe, purificados los corazones de conciencia mala y lavados los cuerpos con agua pura."

10. Jn 3:3. Los editores del evangelio de Juan, de acuerdo con los códices, suelen preferir la versión "de lo alto." Sin embargo, entre los Padres es frecuentisima la idea del "nuevo nacimiento" (cf I Pe 1:3).

11. Cf el caso, sin embargo, del bautismo de los mártires en el núm. 10 de la presente catequesis.

12. El razonamiento de Pedro había sido previamente (10,47): "¿Acaso puede alguno negar el agua del bautismo a éstos que han recibido el Espiritu Santo como nosotros?" En esta acción de Pedro es también el sello del bautismo el que reafirma el buen camino en que se encuentra Cornelio, lo cual ya había quedado atestiguado por el descenso del Espiritu sobre él y su gente. Todo el episodio y sus consecuenias es el bautismo de los primeros cristianos procedentes de la gentilidad, en Hch 10:1-11,18. Un cierto parecido guarda el episodio más tardío de Hch 19:1 -7.

13. Mención de la concepción filosófica, muy extendida en la antiguedad y ya vulgarizada más que auténticamente defendida en la época de las catequesis de Cirilo, según la cual son cuatro los elementos del mundo (aire, agua, tierra y fuego). La cuestión es para el dogma cristiano prácticamente irrelevante mientras no lleve a la negación del elemento espiritual del hombre. Alusión a elementos fundamentales del mundo se encuentra en cat. 9, núm. 5. Evidentemente, en ésta y en otras afirmaciones la concepción cosmológica del mundo es antigua. Lo decisivo, no obstante, en las imágenes de Cirilo es el simbolismo del agua bautismal que se expone inmediatamente a continuación.

14. Alusión también, según el relato de Exodo, al rito de lo que seria la Eucaristía a partir de la última Cena.

15. Éx 40:7: "Pondrás la pila entre la Tienda del Encuentro y el altar, y echarás agua en ella." La pila no se encuentra propiamente dentro del tabernáculo, sino en el atrio del tabernáculo.

16. Se prefiere dejar el plural "de los bautismos" del original, pues ayuda a comprender la sustancial diferencia entre el "bautismo de conversión" deJuan (Lc 3:2), que se queda más bien en los límites de lo simbólico, y la novedad de la eficacia del bautismo de Jesús. Pero sería un error desconocer la importancia real del bautismo de Juan.

17. El mismo Cirilo hace aquí, como si se tratese de una nota, la siguiente observación: "Creíble era aquel maestro, puesto que era el primero en practicar lo que enseñaba y no hacia lo que le prohibía su conciencia."

18. Como recuerda la nota de la Biblia de Jerusalén a Mc 10:38, "según la fuerza original del término griego "bautizar," Jesús será "sumergido" en un bautismo dc sufrimientos." En realidad el cristiano sabe que, al hacerse bautizar, es sumergido en la muerte de Jesús. Cf. el conocido pasaje Rom 6:3-11.

19. Cf Ez 29:3: donde se menciona a "Faraón, rey de Egipto, gran cocodrilo, recostado en medio de sus Nilos" (la imagen se prolonga en los versículos siguientes; cf. Ez 32:1ss.). Los textos de Ezequiel evocan la victoria en el agua sobre Satanás. Desde ese punto "las cabezas machacadas del dragón" pueden interpretarse como la victoria sobre el diablo que se consigue a través del agua bautismal.

20. Cf. la descripción del Leviatán en Job 40:25-41,26.

21. Cirilo no transcribe completo Jn 1:33, que concluye: "... ése es el que bautiza con Espiritu Santo."

22. Vid. más abajo cat. 11l,9.

23. Los "tres mil" es mención de Hech 2:41. Pero la aseveración de que éstos "habían crucificado al Señor" supone las afirmaciones de Hch 2:23; "... Vosotros le matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos."

24. La versión que se da de Sof responde a la forma como Cirilo cita al profeta.

25. Se trata del ayuno de los cuarenta dias de la Cuaresma.

IV. Los Diez Dogmas.

Pronunciada en Jerusalén, trata de los "diez dogmas." Se parte de Col 2:8: Mirad nadie os esclavice mediante la vana falacia de una filosofía, fundada en tradiciones humanas, según los elementos del mundo y no según Cristo1 .

Finalidad: la catequesis sobre los dogmas es necesaria para evitar la desorientación

1. El vicio imita a la virtud y la cizaña pretende pasar por trigo, porque en el aspecto es ciertamente semejante al trigo, pero los entendidos la distinguen por el gusto. También el diablo se transforma en ángel de luz (2 Cor 11:14), no para volver a donde estuvo (pues su corazón es inflexible como un yunque, sin posibilidad de un nuevo arrepentimiento), sino para envolver en la niebla de la ceguera y en el pestilente estado de la incredulidad a quienes llevan una vida semejante a la de los ángeles. Muchos van como lobos vestidos de oveja, pero con uñas y dientes de otra clase: vestidos de piel suave, disfrazándose con tal aspecto ante los sencillos, arrojan por sus dientes el mortal veneno de la impiedad. Por eso nos es necesaria la gracia para observar con mirada vigilante y aguda, no sea que, comiendo cizaña en lugar de trigo, caigamos en el vicio por ignorancia o que, creyendo que es oveja quien es lobo, nos convirtamos en su presa. Como también podría ser que, tomándolo por un ángel bienhechor, cuando es en realidad el diablo artífice de la ruina, seamos devorados por él. Pues "está rondando como león rugiente, buscando a quien devorar," como dice la Escritura (I Pe 5:8). Por esto hace la Iglesia sus advertencias; por esto se imparte esta enseñanza; por este motivo se establecen estas lecturas.

Además de las buenas obras, se requieren creencias correctas

2. Pues la piedad consta de dos cosas, los sagrados dogmas y las buenas obras: ni es agradable a Dios la doctrina sin buenas acciones, ni Dios acepta las obras separadas de las creencias religiosas. ¿Qué utilidad tiene el recto sentir acerca de Dios si se fornica deshonestamente? Y, a la inversa, ¿de qué sirve obrar con pudor — lo que en sí es correcto si luego se blasfema impíamente? Por consiguiente, es de gran valor el conocimiento que se pueda tener de los dogmas. Para ello es necesario tener una mente vigilante, como quiera que hay quienes obtienen su botín por medio de la filosofía y vanas falacias (Col 2:8). Los gentiles seducen a diversas realidades mediante un hablar suave, pues "miel destilan los labios de la meretriz" (Prov 5:3). Y quienes provienen de la circuncisión engañan a quienes se les acercan con falsas interpretaciones de la sagrada Escritura (cf. Tit 1:10-11), comentándola desde su infancia hasta su vejez y envejeciendo en la ignorancia de la realidad (cf. 2 Tim 3:7). Los herejes, por su parte, engañan a los humildes mediante la blandura de su lenguaje y la suavidad en el decir (cf. Rom 16:18), entrelazando con el dulce nombre de Cristo los dardos envenenados de los decretos impíos. De todos ellos a la vez dice el Señor: "Mirad que nadie os lleve a engaño" (Mt 24:4). Por ello se entrega la doctrina de la fe y se hacen exposiciones de la misma2.

Se procederá ordenadamente

3. Pero antes de transmitiros aquello que pertenece a la fe, creo que haré bien enunciando en un breve compendio los temas fundamentales de las verdades necesarias, no sea que por las muchas cosas que hay que decir o por la misma duración de toda la santa Cuaresma pierdan la memoria del conjunto quienes entre vosotros tengan una mente más sencilla. Enumerando ahora por capítulos, no olvidaremos lo que después se ha de tratar más ampliamente. Llévenlo con paciencia los que tienen hábitos mentales más perfectos y unos sentidos más ejercitados en la distinción entre el bien y el mal, pues oirán un exordio muy simple y una introducción suave, para que a la vez obtengan provecho aquellos que necesitan de la catequesis y quienes ya tienen ciencia se alegren de recuperar en su memoria lo que ya sabían.

Acerca de Dios (dogma I)

4. A modo de fundamento, establézcase firmemente en vuestra alma la verdad acerca de Dios3. A saber, un Dios que es solamente uno, no engendrado4 por otro, y sin nadie que vaya a sucederle, que no tuvo principio ni tendrá nunca fin, y que es él mismo bueno y justo. Si alguna vez oyes a un hereje que diga que hay algún otro que sea bueno o justo5, dándote cuenta al punto de la herejía, reconoce el dardo envenenado. Algunos se atrevieron, mediante un discurso malévolo, a dividir al Dios único: y unos dijeron que el autor y dueño del alma es otro que el de los cuerpos, enseñándolo necia e impíamente. Pues, ¿cómo es posible que un único hombre sea siervo de dos señores si dice el Señor en el Evangelio: "Nadie puede servir a dos señores" (Mt 6:24)? Por consiguiente, sólo hay un Dios, autor a la vez de las almas y los cuerpos. Uno es el creador del cielo y de la tierra, hacedor de los ángeles y de los arcángeles, artífice de las múltiples realidades, Padre desde la eternidad de su único Hijo, Jesucristo, Señor nuestro, por quien hizo todo (cf. Jn 1:3) lo visible y lo invisible (Col 1:16).

5. El Padre de Nuestro Señor Jesucristo no está circunscrito a un lugar ni es menor que el cielo, pero los cielos son obra de sus dedos (cf. Sal 8:4) y toda la tierra se contiene en su puños. Está a la vez en el interior y fuera de todas las cosas. Y no creas que el sol le supera a él en luminosidad o es siquiera igual. Pues quien hizo el sol debe ser sin comparación mucho mayor y luminoso. Tiene conocimiento previo de las cosas futuras y es más potente que todas ellas, todo lo sabe y todo lo hace según su voluntad: no está sujeto a la sucesión de las cosas ni a lo que marcan los astros, al azar o a la necesidad del hado. Es perfecto en todas las cosas y posee por igual toda clase de virtud. Ni disminuye ni se agranda, sino que se mantiene siempre igual y del mismo modo. Ha preparado castigo a los pecadores y la corona a los justos.

6. Ahora bien, puesto que muchos se han apartado de modos diversos del único Dios: algunos hicieron Dios al sol para permanecer sin Dios durante la noche; otros a la luna para no tener Dios durante el día; otros hicieron Dios a otras partes del mundo; algunos a las artes y otros a los alimentos o a sus pasiones. Unos enfermaron por el amor de las mujeres, otros consagraron a Venus una imagen solemnemente colocada y, bajo esta apariencia visible, prestaron adoración a los vicios y afectos de su alma. Hubo quienes, atónitos ante el fulgor del oro, juzgaron que éste y otros materiales eran dioses7. Pero si alguno graba bien en su interior la doctrina de que Dios es el principio único y cree en él de corazón, impedirá el atropello y el ímpetu de los vicios de la idolatría y del error de los herejes8. Por tanto, pon por la fe este primer dogma9 en tu alma.

Acerca de Cristo (dogma II)

7. Cree también en el solo y único Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, Dios engendrado de Dios, engendrado como vida de la vida, como luz de luz, semejante en todo al Padre10, que no comenzó a existir en el tiempo, sino que fue engendrado desde la eternidad antes de todos los siglos y antes de todo lo que se pueda pensar. El es la sabiduría, el poder de Dios y la justicia en persona11, y está sentado a la derecha del Padre antes de todos los siglos. Pues no fue coronado por Dios, como algunos pensaron después de su pasión ni se sentó a su derecha como premio a su paciencia. En realidad tiene la dignidad regia desde el comienzo de su existencia (aunque ha sido engendrado desde toda la eternidad): siendo Dios, su sabiduría y su potestad, se sienta junto al Padre, como ya se ha dicho; reina juntamente con el Padre y lo gobierna todo con él. Nada absolutamente le falta de la dignidad divina12 y tiene un conocimiento perfecto de aquel por quien ha sido engendrado como él es a su vez conocido por quien le engendró (cf. Jn 10:15). Para decirlo en resumen, recuérdese lo escrito en los Evangelios: "Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo" (Mt 11:27).

8. Pero no separes al Hijo del Padre ni creas, al relacionarlos, en una "filio-paternidad" como mezcla de uno y otro. Cree, en cambio, en que es el Hijo unigénito de Dios, Dios-Palabra antes de todos los siglos13. Pero no es palabra que, una vez pronunciada, se perdió en el aire ni semejante a las palabras que carecen de consistencia sólida y propia: es la Palabra-Hijo, creador de quienes se sirven de la palabra y de la razón; es la Palabra que escucha al Padre y habla él mismo. Si Dios lo permite, hablaremos de estas cosas en su momentos, pues no nos olvidamos de nuestro plan, que es ahora enumerar sólo los temas de una necesaria introducción a la fe.

La Concepcion Virginal (dogma III)

9. Cree también que el unigénito Hijo de Dios descendió del cielo a la tierra por causa de nuestros pecados, asumiendo nuestra humanidad, sujeta a las mismas debilidades a las que nosotros estamos sometidos; que nació de una santa Virgen, y por obra del Espíritu Santo. Esta humanidad la asumió, no según una apariencia o mediante algún tipo de ficción, sino de modo verdadero. Ni a través de una virgen, como arrastrado a lo largo de un canal, sino habiéndose encarnado verdaderamente desde ella (y verdaderamente alimentado de ella con leche), comiendo y bebiendo además verdaderamente como nosotros. Porque si la asunción de la naturaleza humana fue un fantasma (y un engaño visual), también la salvación habría sido un engaño. (Doble era Cristo: hombre en lo que podía verse, y Dios en lo que quedaba oculto)15. En cuanto hombre, comía verdaderamente como nosotros, pues experimentaba estados corporales semejantes a los nuestros; pero, en cuanto Dios, alimentaba con cinco panes a cinco mil hombres (Mt 14:17-21). En cuanto hombre, murió verdaderamente, pero en cuanto Dios llamó a la vida a un muerto ya de cuatro días (Jn 11:39-44). Como Dios, caminó también tranquilamente sobre las aguas.

Acerca de la Cruz (dogma IV)

10. Fue verdaderamente crucificado por nuestros pecados16. Pero si quieres negarlo, te convencerá este conocido lugar, este dichoso Gólgota en el que estamos congregados por causa del que fue clavado en la cruz: todo el orbe está lleno de los pedazos en que ha sido cortado el leño de la cruz. Pero no fue crucificado por sus pecados, sino para que fuésemos liberados de los nuestros propios. Fue entonces despreciado por los hombres, golpeado como hombre con bofetadas (Mt 26:27). pero la creación lo reconoció como Dios, pues, al ver el sol a Dios sujeto a la ignominia, se ocultó temeroso no pudiendo soportar el espectáculo (Lc 23:45).

La sepultura

11. Se le colocó, como hombre, en un monumento en la roca (Mt 27:60), pero las piedras, al temblar, se resquebrajaron (Mt 27:51). Descendió al sheol, para rescatar allí a los justos17. ¿Querías acaso, te pregunto, que los vivos gozasen de la gracia de Dios sin ser muchos de ellos santos? ¿Que no consiguiesen la libertad quienes estaban prisioneros largo tiempo desde Adán? El profeta Isaías anunció con voz excelsa muchas cosas acerca de él. ¿No querías, pues, que el rey los liberase descendiendo con su anuncio? Allí estaban David, Samuel y todos los profetas. E incluso el mismo Juan, que decía por sus enviados: "¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?" (Mt 11:3). ¿No desearías que, descendiendo, liberase a esos hombres?

La Resurrección (dogma V)

12. Pero quien había descendido a los infiernos18, subió de nuevo. Y Jesús, que había sido sepultado, resucitó verdaderamente al tercer día. Si alguna vez te sientes vejado por los judíos, replícales recordándoles que Jonás salió de la ballena al cabo de tres días (Jon 2:1:11; Mt 12:40). Y si también un muerto recobró la vida al contacto con los huesos de Elíseo (2 Re 13:21), ¿no habrá de ser resucitado19 con mucha más facilidad el creador de los hombres? Por tanto, realmente resucitó y, vuelto a la vida, se dejó ver de nuevo por los discípulos, y los doce discípulos fueron testigos de la resurrección (Hech 2:32; 3:15; cf. 1 Cor 15:5), los cuales dieron testimonio de la resurrección no sólo con sus palabras, sino llegando hasta los suplicios y la muerte con la esperanza de una verdadera resurrección. Ciertamente "por declaración de dos o tres testigos será firme una causa," según la Escritura (Dt 19:15; cf. Mt 18:16). Y siendo doce los que testifican acerca de la resurrección de Cristo, ¿sigues todavía sin creer en ella?

La Ascensión20

13. Una vez que Jesús terminó el curso de sus sufrimientos y liberó a los hombres de sus pecados, ascendió en una nube (Hech 1:9) recogido de nuevo en los cielos; los ángeles estaban junto al que ascendía y los apóstoles contemplaban. Pero si alguien desconfía de lo que decimos, crea en virtud y por el poder de las cosas que ahora se ven. Pues cuando los reyes mueren, pierden con la vida su poder, pero Cristo crucificado es adorado por todo el orbe21. Anunciamos a un crucificado y tiemblan los demonios. Muchos han sido en las diversas épocas clavados a una cruz. Pero ¿acaso hizo huir al demonio la invocación de algún otro crucificado que no fuese él?

14. Por consiguiente, no nos avergoncemos de la cruz de Cristo y, si ves a alguien que la esconda, haz tú con ella la señal en tu frente para que los demonios, viendo el signo regio, huyan lejos aterrados22. Haz este signo al comer y al beber, cuando te sientes, te acuestes y te levantes, al hablar y cuando estés andando; en una palabra, en toda circunstancia. Pues aquel que aquí fue crucificado, está ahora arriba en los cielos23. Pues si, después de crucificado y sepultado, se hubiese quedado en el sepulcro, tal vez habría que ruborizarse; pero el que fue clavado en el Gólgota a la cruz, desde la tumba mirando al Oriente en el monte de los Olivos (Zac 14:4) ascendió en el monte al cielo (Lc 24:50-51; Hech 1:12: "Desde el monte llamado de los Olivos"). Descendiendo de la tierra a los infiernos24 y vuelto de allí hasta nosotros, retornó desde nosotros de nuevo al cielo, aclamándole el Padre y diciendo: "Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies" (Sal 110:1).

El Juicio Venidero (dogma VI)

15. Este Jesucristo que ascendió vendrá de nuevo del cielo, no de la tierra. He dicho "no de la tierra," pues de la tierra sí han de venir en este tiempo muchos anticristos (cf. I Jn 2:18). De hecho, como veis, muchos han comenzado a decir25: "Yo soy el Cristo" (Mt 24:5), después de lo cual ha de venir la "abominación de la desolación" (Mt 24:15 par.; cf. Dn 9:27; 11:31; 12:11), usurpando para sí en falso el nombre de Cristo. Pero tú — hazme el favor — no esperes que el verdadero Cristo, Hijo unigénito de Dios, tenga que venir de la tierra, sino de los cielos, y habrá de ser visto por todos con el máximo fulgor y el máximo resplandor, rodeado de una escolta de ángeles, para juzgar a vivos y muertos. Así obtendrá el reino celeste, sempiterno y carente de todo fin. Ten certeza de todo esto y sé cauto cuando muchos digan que se acerca el final del reino de Cristo.

El Espiritu Santo (dogma VII)

16. Cree también en el Espíritu Santo y piensa de él lo que has aceptado del Padre y del Hijo, y no según los que enseñan cosas erróneas sobre él26. Aprende por tanto que este Espíritu Santo es uno y, además, indiviso y omnipotente. Al realizar muchas cosas, no obstante, no se divide. Conoce los misterios, todo lo escruta, hasta las profundidades de Dios; descendió sobre el Señor Jesucristo en forma de paloma (cf. Lc 3:22), había estado actuante en la ley y los profetas, pero también ahora sella tu alma con ocasión del bautismo27: de su santidad necesita ahora toda la naturaleza racional y, si alguien se atreviere a blasfemar contra él, no se le perdonará ni en este mundo ni en el venidero (Mc 3:29 par.). Juntamente con el Padre y el Hijo posee el honor y la gloria de la divinidad; también de él necesitan los tronos y las dominaciones, los principados y las potestades28. Pues sólo hay un Dios, Padre de Cristo; y hay un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios; y un solo Espíritu Santo, que todo lo santifica y lo deifica, y que habló en la Ley y los Profetas, en la antigua y en la nueva Alianza.

17. Ten siempre esta señal en tu mente, pues a ella se le está anunciando todo esto de modo sumario; pero si Dios lo permite, todo lo explicaremos más ampliamente, según nuestras fuerzas, demostrándolo según las Escrituras. Pues, acerca de los divinos y santos misterios de la fe, no debe transmitirse nada sin las Sagradas Escrituras, ni deben aducirse de modo temerario cosas simplemente probables y apoyadas en argumentos construidos con palabras artificiosas. Y no creas, pues, que voy a proceder de este modo, sino probando por las Escrituras lo que te anuncio. Pues esta fe, a la cual debemos nuestra salvación, no recibe su fuerza de los comentarios y las disputas, sino de la demostración por medio de la Sagrada Escritura.

Sobre el Alma (dogma VIII)

18. Tras el conocimiento de esta venerable, gloriosa y santísima fe, debes conocerte también a ti mismo: ¿Quién eres tú?29. Como hombre, tú has sido hecho compuesto de alma y cuerpo y, según se ha dicho poco antes30, el mismo Dios es autor de tu alma y de tu cuerpo. Debes saber también que tienes un alma libre que es obra maestra de Dios, hecha a imagen de su creador: inmortal por causa de Dios que le confiere la inmortalidad; un ser vivo dotado de razón y libre de la corrupción por causa de quien le otorgó todo ello; con capacidad de hacer lo que desee.

Horóscopo/Astrólogo: Pues tú no pecas por la posición de los astros cuando naciste31 ni te ves enredado en la fornicación de modo fatal, ni tampoco, según deliran algunos, te fuerza la conjunción de los astros a caer en la lascivia contra tu voluntad. ¿Por qué, al no querer reconocer tus propios males, atribuyes tu culpa a los astros inocentes? Y no me hables, después de todo esto, de los astrólogos, pues dice de ellos la Escritura: "Que vengan ahora y que te salven los que hacen la carta del cielo," para añadir poco más abajo: "Helos ahí como briznas de paja, que serán consumidos por el fuego; no podrán escapar de los brazos de las llamas" (Is 47:13-4). 19. Pero aprende también esto: antes de que el alma viniese a este mundo, no cometió pecado. Pero habiendo venido inocentes, pecamos ahora voluntariamente32. No pienses que estoy interpretando mal aquello de: "Pero si hago lo que no quiero..." (Rm 7:16), sino recuerda aquello otro: "Si vosotros queréis, si sois dóciles, comeréis los bienes de la tierra; si no queréis y os rebeláis, seréis devorados por la espada" (Is 1:19-20) y, por otra parte: "Como ofrecisteis vuestros miembros al servicio de la impureza y de la iniquidad para la iniquidad, así ahora entregad vuestros miembros al servicio de la justicia para la santidad" (Ro 6:19). Acuérdate también de lo que dice la Escritura: "Como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios..." (Rm 1:28) y "lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto" (Rm 1:19) y, por otra parte, "han cerrado sus ojos" (Mt 13:15, citando Is 6:9-10). Acuérdate de Dios cuando increpa y dice: "Yo te había plantado de la cepa selecta, toda entera de simiente legítima. Pues, ¿cómo te has mudado en sarmiento de vid bastarda?" Jer 2:21).

20. El alma es inmortal. Y son semejantes todas las almas: tanto de los hombres como de las mujeres. Sólo son diferentes los miembros de los cuerpos. No existe una clase de almas pecadoras por naturaleza y otras que actúen debidamente, pues todas actúan según su voluntad y el albedrío de cada una, mientras no hay diversidad en la sustancia de las almas y es semejante en todas ellas.

En fin, me doy cuenta de que he dicho muchas cosas y que se nos está pasando el tiempo. Pero, ¿qué deberá anteponerse a la salvación? ¿No serás capaz de esforzarte un poco para obtener fuerzas frente a los herejes? ¿Y no quieres conocer los desvíos del camino para no caer, por imprudencia, en el precipicio? Quienes estas cosas te enseñan, no piensan obtener la más mínima ganancia con que tú las aprendas. Y tú, que eres el que las aprendes, ¿no deberás acoger de buen grado la multitud de cosas que se dicen?

21. El alma es libre y dueña de sí misma. El diablo puede ciertamente sugerir, pero no puede forzarla a actuar privándola de la voluntad. Cuando viene a ti el pensamiento de la fornicación, si quieres, lo admites, pero no si lo rechazas. Pues si tuvieras necesariamente que fornicar, ¿por qué motivo habría preparado Dios la gehenna? Si por naturaleza hace lo recto, y no libremente, ¿con qué fin habría dispuesto Dios premios inefables? Mansa es la oveja, pero nunca ha sido coronada por su mansedumbre, puesto que esa mansedumbre no le viene por determinación de su voluntad, sino por su modo de ser.

Sobre el Cuerpo (dogma IX)

22. Ya has oído, querido, bastantes cosas acerca del alma; si puedes, escucha ahora también acerca del cuerpo. Y no pienses lo que algunos dicen de que el cuerpo no lo ha hecho Dios, y creen que el alma habita en él como en un recipiente que le es ajeno, inclinándose por tal motivo a la práctica de la fornicación33. ¿Qué es lo que ellos recriminan al cuerpo admirable? ¿Qué es lo que le falta de decencia y armonía? ¿Qué es lo que carece de estética en su estructura? ¿No deberán caer en la cuenta tanto de la espléndida configuración de los ojos como de la posición oblicua de los oídos, para poder oír sin dificultad, o del olfato capaz de distinguir olores o también los aromas suaves, o en la doble capacidad de la lengua para gustar de las cosas y para poder hablar, sin olvidar la capacidad pulmonar para respirar el aire sin cesar? ¿Quién dio al corazón su movimiento continuo? ¿Quién anudó los nervios a los huesos de modo tan sabio? ¿Quién asignó una parte del alimento a la reparación de las fuerzas de la naturaleza, destinando otra a la defecación, haciendo cubrir pudorosamente las partes menos nobles? ¿Quién es el que hizo que la débil naturaleza humana pudiese perpetuarse mediante una sencilla unión?

23. Y no me digas que el cuerpo es causa del pecado34. Pues si el cuerpo es la causa del pecado, ¿por qué no pecan los muertos? Coloca una espada a la derecha de un hombre que haya muerto hace poco, no matará a nadie. Ya pueden desfilar, ante un joven recientemente muerto toda clase de hermosuras; no experimentará ninguna lascivia. ¿Por qué? Porque el cuerpo no peca por sí mismo; es el alma quien peca por medio del cuerpo. El cuerpo es como el instrumento del alma, como si fuese vestido y su abrigo: se hace inmundo si es ella la que lo mueve a la fornicación; pero si se une a un alma santa, se convierte en templo del Espíritu Santo. Y no lo digo esto yo, sino el apóstol Pablo: "¿No sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros?" (I Cor 6:19). Respeta, por tanto, tu cuerpo como templo del Espíritu Santo. No manches tu carne con la fornicación; no ensucies este vestido tuyo hermosísimo. Pero si lo ensuciaste, lávalo ahora por la penitencia: hazlo mientras todavía hay tiempo.

24. En lo referente a la castidad, ponga atención sobre todo el orden de los monjes y de las vírgenes35, que viven en el mundo una vida semejante a la de los ángeles, pero escuche también todo el pueblo de la Iglesia. Grande es, hermanos, la corona que os está preparada y, para que no cambiéis tan gran dignidad por un placer mezquino, oíd al Apóstol cuando dice: "Que no haya ningún fornicario o impío como Esaú, que por una comida vendió su primogenitura" (Hebr 23:26). Y, escrito en los libros evangélicos tu nombre a causa del propósito de pureza, cuida de que después no se tenga que borrar a causa de la torpeza cometida.

25. Tampoco debes, si cumples perfectamente el deber de la castidad, engreírte frente a los que, unidos en matrimonio, siguen un inferior estado de vida. Como dice el Apóstol, "tened todos en gran honor el matrimonio, y el lecho conyugal sea inmaculado" (Hebr 13:4). Además, tú que vives íntegramente la castidad, ¿acaso no has nacido de padres casados? No porque poseas oro, desprecies la plata, sino que posean esperanza plena también los que viven legítimamente en matrimonio, puesto que no viven licenciosamente su unión en la pasión y el desenfreno, sino de acuerdo con lo que debe ser, concediéndose a veces tiempos para dedicarse a la oración (cf. I Cor 7:5); estos tales ofrecen sus cuerpos puros, juntamente con su vestimenta, en las asambleas de la Iglesia, pues contrajeron nupcias no por disfrutar de las pasiones, sino por la procreación de los hijos.

26. No hay que reprobar, defendiendo un matrimonio único, a quienes se deciden por segundas nupcias. Pues aunque la continencia es cosa hermosa y admirable tampoco hay que ignorar la debilidad de la carne, lo que se puede remediar con un segundo matrimonio. El Apóstol dice, en efecto: (A los débiles y a las viudas) "bien les está quedarse como yo. Pero si no pueden contenerse, que se casen; mejor es casarse que abrasarse" (I Cor 7:8-9). Y deséchese todo lo demás, la fornicación, el adulterio y toda clase de lascivia; pero consérvese el cuerpo puro para el Señor, para que también el Señor respete el cuerpo. Nútrasele (al cuerpo) con alimentos para vivir y dénsele los cuidados adecuados, pero no para que se entregue a los placeres.

Sobre los alimentos

27. Estas deben ser vuestras normas sobre los alimentos; de hecho hay muchos que tienen problemas con esa cuestión. Pues unos se manejan sin problemas con lo sacrificado a los ídolos, otros se abstienen, por razones de práctica de la vida ascética, de algunas de las cosas ofrecidas y condenan a quienes las comen36, y así se mancha de modos diversos el alma de algunos con respecto a los alimentos (I Cor 8:7), al ignorar las causas válidas para comer o abstenerse. Ayunamos de vino y nos abstenemos de carnes, no porque por motivos religiosos los aborrezcamos, sino en la expectativa de la gratuidad, de modo que, despreciando lo sensible, gocemos del banquete espiritual y verdadero. De modo también que, sembrando ahora en lágrimas, recojamos la cosecha de la alegría en el mundo venidero (cf. Sal 126:5-6). No despreciéis, por tanto, a los que comen, pues toman alimento por la debilidad de sus cuerpos; tampoco reprendas a los que toman un poco de vino por su estómago y sus frecuentes enfermedades37, ni los condenes como pecadores; tampoco odies las carnes, pues algunos tales había conocido el Apóstol cuando decía que "prohiben el matrimonio y el uso de alimentos que Dios creó para que fueran comidos con acción de gracias por los creyentes" (I Tim 4:3). Por consiguiente, si tú te abstienes de estas cosas, no lo hagas como si fuese abominable, pues si así fuese no obtendrías la gracia; más bien déjalas, aun siendo buenas, por lo más auténtico que se te propone, que es mucho mejor.

28. Evita totalmente comer lo que fue ofrecido a los ídolos, pues no se trata de que lo diga yo actualmente, sino que de tales alimentos se preocuparon los mismos Apóstoles y, en aquella época, incluso Santiago, obispo de esta Iglesia; pues los apóstoles y presbíteros escribieron una epístola a todos los gentiles con la finalidad de que se abstuviesen primera y principalmente de lo inmolado, pero también de la sangre y de lo ahogado (Hech 15:2029)38. Pues muchos hombres de fiera índole que viven como perros lamen la sangre como bestias salvajes y se hinchan de animales ahogados. Pero tú, que eres siervo de Cristo, observa esto cuando comas para hacerlo piadosa y religiosamente. Con esto basta acerca de los alimentos.

Sobre el vestido

29. Lleva un vestido sencillo, y no como ornato sino para cubrirte lo necesario; no para deleitarte con molicie, sino para calentarte en invierno y cubrir pudorosamente tu cuerpo; pero no caigas en la complicación innecesaria del vestido, con el pretexto de que te has de cubrir, o en cualquier otra necedad.

Sobre la Resurrección (dogma X)

30. De este cuerpo usa, por favor, moderadamente; sábete que habrás de ser resucitado de entre los muertos para ser juzgado precisamente con ese cuerpo39. Pero si te viniere cualquier pensamiento de desconfianza, como si ello no pudiese suceder, juzga por otras cosas tuyas que tampoco parecen reales. Pues tú mismo, dime, piensa dónde estabas hace cien años o más. Y, si partiste de ser una realidad tan pequeña y vil, ¿cómo es que has llegado a tal desarrollo con tal armonía de tu figura externa? El que hizo que existiera lo que no existía anteriormente, ¿acaso no podrá resucitar a lo que ya fue y murió? El que cada año, en favor nuestro, levante el trigo que, sembrado, perece y se pudre, ¿tendrá dificultad en resucitarnos a nosotros mismos por quienes él mismo resucitó? Ves cómo los árboles se mantienen ahora durante tantos meses sin fruto y sin hojas; pero todos ellos, pasado el invierno, recobran la vida tras haber estado como muertos. ¿No seremos nosotros, mucho más y mucho más fácilmente, llamados de nuevo a la vida? La vara de Moisés se transformó, por voluntad de Dios, en algo muy diferente de ella misma, en una serpiente. ¿No podrá, pues, el hombre caído en la muerte ser restituido a sí mismo?

31. No hagas caso de los que dicen que no resucita este cuerpo, pues resucitará. Testigo de ello es Isaías cuando dice: "Resucitarán los muertos, y se levantarán los que están en los sepulcros" (Is 26:19)40 y, según Daniel: "Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno" (Dan 12:2).

Por lo demás, la resurrección es para todos los hombres, pero no será para todos igual. Pues todos recibiremos cuerpos eternos, pero no todos iguales. Los justos lo recibirán para unirse eternamente al coro de los ángeles, y los pecadores para sufrir eternamente las penas por sus pecados.

El bautismo

32. Por todo lo cual, el Señor, por su bondad para con los hombres, les concedió a éstos la conversión del bautismo, para que, arrojando la mayor parte del peso de los pecados, e incluso todo el lastre (cf. Hebr 12:1), por la obtención del sello por medio del Espíritu Santo lleguemos a ser herederos de la vida eterna. Pero, puesto que ya antes hablamos suficientemente acerca del bautismo, pasemos ahora a los temas de instrucción que quedan.

Las Sagradas Escrituras (dogma XI)

33. Todo esto nos lo enseñan las Escrituras de la antigua y de la nueva Alianza, inspiradas por Dios. Uno mismo es el Dios de ambas alianzas, que en la antigua preanunció que Cristo se manifestaría en la nueva y que nos condujo por la Ley y los Profetas como pedagogo hasta Cristo. "Antes de que llegara la fe, estábamos encerrados bajo la vigilancia de la Ley" (Gál 3:23), y "la Ley ha sido nuestro pedagogo hasta Cristo. Pero si alguna vez oyes a alguno de los herejes denigrando a la Ley o los profetas, replícale con aquella palabra saludable que dice: "No vino Jesús a abolir la Ley, sino a cumplirla"41. Aprende también de la Iglesia con afán cuáles son los libros del Antiguo Testamento y cuáles del Nuevo, y hazme el favor de no leer ninguno de los apócrifos42, Pues si no estás al tanto de lo que todo el mundo conoce y confiesa, ¿por qué pierdes lastimosamente el tiempo con cuestiones dudosas y controvertidas? Lee las Sagradas Escrituras, o sea, estos veintidós libros del Antiguo Testamento que tradujeron los setenta y dos intérpretes43.

34. Después que murió Alejandro, rey de los Macedonios, dividido su reino en cuatro principados, Babilonia, Macedonia, Asia y Egipto, uno de los que reinaron en Egipto, Ptolomeo Filadelto, príncipe estudiosísimo de las letras, hacía acopio de libros de cualesquiera lugares. Oyó hablar a su bibliotecario Demetrio Falereo sobre las Escrituras de la Ley y los Profetas. Pensaba rectamente que por la fuerza no se obtienen los libros, sino que uno se gana a sus poseedores más bien por los regalos y la amistad. Sabiendo que, al forzar violentamente, lo que se da contra la voluntad propia queda frecuentemente corrompido por el engaño, mientras que lo que se enseña de modo espontáneo se regala con toda sinceridad, envió al entonces sumo sacerdote Eleazar numerosos presentes para adornar el templo de Jerusalén, haciendo venir a él a seis hombres por cada una de las doce tribus de Israel. Después, con la finalidad de comprobar si los libros estabano o no inspirados por Dios, buscando que los intérpretes enviados no se pusiesen de acuerdo entre sí, los hizo colocar a cada uno de ellos en estancias propias en donde está el Faro de Alejandría44, ordenando a cada uno traducir toda la Escritura. Terminaron el trabajo en el lapso de setenta y dos días, y el rey reunió todas las versiones, elaboradas en lugares separados y sin contacto entre los autores, comprobando que coincidían completamente no sólo en cuanto al sentido, sino en los términos mismos. La obra, pues, no era una creación verbal ni artificio de humanos sofismas, sino una versión de las Sagradas Escrituras, dictadas por el Espíritu Santo y con la inspiración de ese mismo Espíritu.

35. Lee, pues, los veintidós libros, pero no quieras saber nada de los apócrifos. Medita y estudia sólo aquellos, que son los que en la Iglesia leemos con confianza cierta; mucho más prudentes y piadosos que tú eran los Apóstoles, así como los antiguos obispos de la Iglesia que nos los transmitieron; por tanto, tú, que eres hijo de la Iglesia, no conculques sus leyes. Medita en serio los veintidós libros del Antiguo Testamento, cuyos nombres esfuérzate en grabártelos de memoria tal como te los diré ahora. Los cinco primeros son los libros de la Ley, de Moisés: Génesis, Exodo, Levítico, Números, Deuteronomio. Después, cl libro de Josué y el de los Jueces, el séptimo y que se considera conjuntamente con Rut. De los restantes libros históricos, el primero y segundo de los Reinos se consideran uno entre los hebreos, y lo mismo sucede con el tercero y el cuarto45. De modo semejante sucede entre ellos con el primero y el segundo de los Paralipómenos, a los que consideran un único libro; también los dos libros de Esdras46 son contados como uno. El de Ester es el libro duodécimo. Estos son los históricos. Cinco están escritos en verso: Job, el libro de los Salmos, Proverbios, Eclesiastés y el Cantar de los cantares, que es el libro diecisiete. Siguen cinco proféticos: un libro de los Doce profetas47 y la Epistola48, más los libros de Ezequiel y Daniel, el vigésimo segundo del Antiguo Testamento.

36. Los Evangelios del Nuevo Testamento son sólo cuatro, pues los demás son apócrifos y perjudiciales. También los maniqueos escribieron un "Evangelio según Tomás" que, revestido del buen olor de la denominación de "Evangelio," corrompió las almas de la gente más sencilla. Acepta también los Hechos de los doce Apóstoles y, además, las siete epístolas católicas de Santiago, Pedro, Juan y Judas. Por fin, lo que sirve a todos de señal y es obra última de los discípulos: las catorce epístolas de Pablo. Todo lo demás déjese fuera, en un segundo plano. Todo aquello que no se lee en las Iglesias, tampoco lo leas privadamente, como ya oíste49. Pero de todo esto ya es suficiente.

37. Huye de toda maquinación diabólica y no creas al dragón caído, que por propia voluntad mudó en otra su naturaleza buena; es capaz de persuadir a quienes consientan en ello, pero no puede quitar a nadie su libertad. Tampoco hagas caso de las predicciones de los astrólogos ni a quienes observan las aves, como asimismo tampoco escuches a cualquiera ni a las imaginativas adivinaciones de los griegos. A los filtros mágicos, los encantamientos y las perniciosas evocaciones de los muertos ni siquiera les prestes oído. Apártate de toda clase de intemperancia, y no te des a la gula ni ames la voluptuosidad. Manténte por encima de toda avaricia y usura. No asistas a los espectáculos de los gentiles. No utilices nunca amuletos en caso de enfermedad. No frecuentes ninguna taberna puerca o sórdida. Tampoco practiques la religiosidad samaritana o judía, pues para algo superior te liberó Jesucristo. Manténte alejado de toda observancia del Sábado y no consideres puros o limpios a alimentos que de por sí son indiferentes. pero sobre todo odiarás todas las reuniones de los herejes infractores; pon todos los medios para favorecer tu alma con los ayunos, las limosnas y las lecturas de los oráculos divinos para que, por la temperancia y la guarda de los sagrados dogmas, goces, por el tiempo que te quede de vivir en la carne, de la única salvación, la cual se otorga por el bautismo. Y así, adscrito por Dios Padre al ejército celestial, merezcas también la corona del cielo: en Jesucristo nuestro Señor, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

1. El título de la catequesis expresa perfectamente su contenido, pues se trata de exponer nuclearmente diez "contenidos" de la fe, que pueden enunciarse así: Dios, Cristo, nacimiento virginal, la cruz, la resurrección, la segunda venida de Cristo, el Espíritu Santo, el alma, el cuerpo, la resurrección del hombre, las sagradas Escrituras. En esta enumeración, el tema de la Escritura sería el undécimo de los expuestos. Si se cuenta de este modo, estamos ante once, y no ante diez dogmas. Por eso algunos códices hablan de catequesis "de los once dogmas." La exposición de cada uno de los dogmas puede con frecuencia a su vez, de acuerdo con el contenido, subdividirse de modo diverso. Pero esto son cuestiones secundarias. Más importante es señalar la importancia que se da al "dogma" en estas catequesis de Jerusalén, elaboradas veinte años después del concilio de Nicea. Representan un importante testimonio del edificio dogmático que se desprende de aquel primer concilio ecuménico. Por ello y porque el conjunto de estas catequesis siempre respeta la estructura dogmática cronológicamente previa a ellas, pero posterior al Nuevo Testamento, las catequesis de Cirilo son no sólo un testimonio catequético importante, sino un reflejo de la fe dogmática y objetiva (lo que los teólogos han llamado fides quae) de la Iglesia de su época. Más observaciones concretas se harán en las notas que se añaden. Como observaciones generales son importantes las que se contienen en PG 33,449-454.

2. El original griego habla de la "enseñanza (didaskalia) de la fe" en lo cual se hace "exégesis." En último término, ésta y las siguientes catequesis se apoyan, en cuanto a sus contenidos, en el "Símbolo," el Credo en el que se agrupan las afirmaciones de la fe "objetiva."

3. Como "verdad" acerca de Dios se ha traducido aquí la palabra griega "dogma."

4. O "ingénito," sin origen en momento determinado alguno.

5. Quizá es útil recordar aquí Mt 23:8-10.

6. Vid, las poéticas expresiones de Is 40:12.

7. Por la descripción detallada y drástica del pecado, este pasaje recuerda la que Pablo hace en Rom 1:18-32.

8. Toda esta insistencia en que Dios es el único recuerda el credo bíblico contenido en el "Escucha, Israel" de Dt 6:4-9.

9. Se continúa utilizando la terminología adoptada al principio del punto 2.

10. "Semejante en todo," homoíon katá pánta. El término "homoíon’’ se encontró en el núcleo de la condena del arrianismo por el concilio de Nicea, no demasiados años antes de ser pronunciadas las presentes catequesis La precisión del credo niceno al respecto consiste en señalar que Jesucristo es de la misma naturaleza, "consustancial" (homoousion v no homoioousion con el Padre). Cirilo no parece hacerse aquí eco exacto -sin ponerla tampoco en duda- de la fórmula de Nicea. Sin embargo, que la doctrina de Cirilo es acorde con la enseñanza del concilio lo prueba el resto del punto 7.

11. En la persona de Jesús están porque son subsistentes en la unicidad de su persona la sabiduría, el poder, e incluso la justicia de Dios. Como "justicia" emplea Cirilo el conocido término paulino de dikaiosyne.

12. Es fórmula claramente antiarriana.

13. Cf. catequesis 11, n. 10.

14. En la catequesis 11.

15. Las palabras que se acaban de transcribir en el último paréntesis no se encuentran en todos los códices.

16. La insistencia en la realidad de la crucifixión está presente por todas partes en las catequesis de Cirilo. Esta insistencia es aún más comprensible en la ciudad en la que habían tenido lugar los acontecimientos de la Pasión.

17. El oyente de las catequesis está aquí ante la afirmación de lo que el credo y la dogmática llamarán el "descenso a los infiernos." En la afirmación del descenso a los infiernos debe distinguirse entre la expresión, como modo de hablar, de la materialidad de un "descenso" a las regiones inferiores de la tierra (con lo que se utiliza como imagen la del sheol judío) y lo que se quiere realmente expresar: la liberación de Cristo es eficaz para los hombres de cualquier época. Ello se expresa mediante la afirmación de que todos estuvieron "esperando" fisicamente. Pero el tema, pues, es la universalidad de la redención. En el Nuevo Testamento se expresa bellamente todo esto en /1P/03/18ss.

18. Téngase en cuenta que infierno viene de "inferior." En todo esto no se trata de una afirmación sobre el estado de condenación, sino sobre la universalidad del valor de la muerte de Cristo. Ver lo dicho en la nota 17.

19. La afirmación, en sentido pasivo, de resucitar no indica que Jesús no fuese agente activo de su propia resurrección, sino que ésta se produce en unión con el Padre. Por eso es exacta la afirmación de Hch 3:15 de que "Dios le resucitó (a Jesús) de entre los muertos." Se trata de una confirmación más de la unión de Jesús con el Abba, el Padre. Para una profundización de la unión de Jesús y el Padre, cf. los estudios publicados por J. Jeremías, especialmente Abba. El mensaje central del Nuevo Teslamento, Salamanca 1981.

20. El texto original y la versión latina del mismo emplean la palabra "Asunción," pero el contenido se refiere a lo que en la Iglesia de Occidente se llama "Ascensión," término que se utiliza por tanto en la presente traducción.

21. Cf. cat. 13, núms. 3:36, 39.

22. Cat. 13, núm. 16.

23. Cat. 13, núm. 4.

24. Vid. más arriba, nota 17.

25. Probablemente es una alusión al hecho de que, hasta la época de Cirilo de Jerusalén, la historia de las herejías ha tenido ya tiempo de escribir en el cristianismo algunas de sus páginas.

26. Con lo cual Cirilo afirma la identidad de naturaleza del Espíritu Santo con el Padre y el Hijo.

27. El momento del bautismo es presentado por el texto original como un kairós, es decir, como una oportunidad salvífica. Por otra parte, el empleo del verbo "sellar" (de nuevo, sfragidsein) remite a lo que anteriormente se señaló varias veces sobre la teología del "carácter," referido tanto al bautismo como al don del Espíritu y a la confirmación. Cf. Procatoquesis, nota 36.

28. Al aplicar al Espíritu Santo todo lo que se dice del Hijo, se le atribuye lógicamente también a aquél lo que se dice sobre el triunfo y la supremacía de Cristo en Col I,16 y Ef 1:2. También en esto se observa que, si bien Cirilo de Jerusalén no es, propiamente hablando, creativo en teología trinitaria, es al menos un buen testigo de la misma.

29. El tema ya se mencionó en la catequesis 3, núm. 4.

30. Ibid.

31. En este, como en otros momentos, las catequesis se manifiestan contra la astrología y la creencia en los horóscopos.

32. Vid. cat. 6, núms. 27, 28.

33. El autor quiere defender, con razón, la dignidad del cuerpo, procurando evitar que una justa valoración del alma, lo más específico y característico del hombre creado, redunde en detrimento de la realidad somática del hombre. La enseñanza posterior de la unidad sustancial de alma y cuerpo explicará todo esto con mayor claridad, además del mejor conocimiento que hoy día se tiene de la antropología neotestamentaria con sus conceptos de soma, psyché, etc., especialmente en las cartas de Pablo. Sobre todo esto puede consultarse con provecho el estudio de F.P. FIORENZA y J.-B. METZ, El hombre como unidad de cuerpo y alma, Mysterium Salutis II/2, Madrid 1970, 661-715. El interés del presente párrafo de la catequesis está centrado especialmente en defender que, puesto que el cuerpo es una realidad del hombre con dignidad plena, "no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo" (I Cor 6:13).

34. Probable alusión al maniqueísmo que, entendiendo mal la relación entre alma y cuerpo, colocó en éste, entendiéndolo peyorativamente como materia innoble, la causa o la ocasión exclusiva del pecado.

35. La institución de los "continentes," de los monjes y de las virgcnes es ya muy apreciada en la Iglesia de mucho tiempo antes de estas catequesis. Es posible que entre los oyentes se encontrasen quienes ya practicaran una vida monástica o viviesen en la virginidad. Debe tenerse en cuenta que la expresión "monje" en la Iglesia antigua se aplica con frecuencia a quienes viven en la continencia, pero no necesariamente haciendo vida común con otros de su mismo estado, sino en sus domicilios en las ciudades (mónachos, de monos: solo).

36. Explicando el problema (Rm 14:1-15,13; I Cor 8; 10:14-33), Pablo, aun teniendo el criterio de que no importa comer carne previamente sacrificada a los ídolos, quiere que se respeten por todos las opiniones de cada uno. Cf. p. ej., Rom 14:3: "El que come, no desprecie al que no come; y el que no come, tampoco juzgue al que come."

37. La frase está tomada del caso en realidad diferente de 1 Tm 5:23.

38. Cirilo parece considerar la importancia que para su época tienen todavía las prescripciones de la asamblea de Jerusalén. Ésta (Hech 15:5-35) se reunió para resolver si la adopción de la circuncisión y de la Ley judías eran un paso previo a la entrada de los gentiles en la Iglesia. Pero, en el fondo, el tema que se ventilaba era si era justa la predicación paulina (el "evangelio de Pablo"), según el cual la justificación del pecador no se conseguía por las obras (y, en ellas, las obras de la Ley), sino por la fe. El tema, capital en Pablo, se aborda con sumo detalle especialmente en sus cartas a Gál y Rom. El papel moderador de Pedro fue decisivo en la asamblea (Hech 15:7-12) a favor de que el hombre se justifica gratuitamente en Cristo. Sin negar esto, pero a causa de Santiago, cultural y religiosamente muy próximo a las observancias judías, se adoptó una solución de cierto compromiso, "no imponeros más cargas que estas indispensables: abstenerse de los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la impureza" (Hech 15:28-29). Aparte de la cuestión de "la impureza," que con toda probabilidad se refiere a la fornicación y cuyo rechazo moral es normal, es lógico que las otras prescripciones cayeran muy pronto en desuso, especialmente en las Iglesias de Occidente, en las que muy poco después de los años centrales de la predicación de Pablo ya no se haría cuestión de que la ley judía había caducado en todos sus aspectos litúrgicos y jurídicos. Pero no parece extraño que en la Iglesia de Jerusalén, por una cierta memoria histórica que la catequesis de Cirilo parece reflejar, todavía se mantuviese cierto respeto a aquel circunstancial decreto jerosolimitano. Podría decirse, por otra parte, que en las presentes catequesis no está, todo lo presente que podría, el influjo de la antropología teológica paulina. Para algunos detalles sobre este pasaje de las catequesis, cf. PG 33,491-492, nota 1.

39. Vid. cat. 18, núm. 9.

40. Se respeta la versión de Cirilo, aunque otras versiones de la Biblia darían una traducción incluso más expresiva.

41. La frase, en labios de Jesús, es: "No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas" (Mt 5:17).

42. Libros bíblicos no auténticos, aunque la expresión se aplica especialmente a los llamados "evangelios apócrifos." Se trata de libros no aceptados en el canon bíblico.

43. Los "setenta y dos" intérpretes son comúnmente conocidos en números redondos, como "Los Setenta." Los datos, sobre ellos y su trabajo, son en gran parte legendarios en la forma como se explican en el párrafo 34 de la catequesis. No se puede precisar el número de traductores y se debe admitir que seguramente en la época en que se hizo la traducción en el reinado de Tolomeo II, rey de Egipto entre el 285 y el 247 a. C., ya existían al menos versiones griegas parciales del AT. Por lo demás, la versión de los LXX fue muy apreciada por los mismos autores del NT, que se sirven de ella con frecuencia. Fue utilísima en el judaísmo de la diáspora y, ya en el Cristianismo, ejerció un enorme influjo en la Patrística. A esta versión se refiere aquí en gran parte la catequesis de Cirilo. También hay que decir que el número de libros del AT depende de cómo éstos se cuenten. En nuestro cómputo son alrededor de cuarenta y cinco.

44. El célebre faro se construyó en la época de Tolomeo II.

45. En la clasificación griega y en la cristiana antigua, adaptada también por la versión de San Jerónimo, los libros de Samuel y de los Reyes reciben el nombre de "Libros de los Reinos."

46. Aquí, Esdras y Nehemías.

47. Los doce profetas menores.

48. La "Carta de Jeremías" se encuentra en Bar 6.

49. Libros bíblicos son los que "se leen" en las comunidades cristianas, es decir, la norma o el "canon" que se utiliza para saber que un libro forma parte de la Escritura es el hecho de que su utilización litúrgica y en la predicación es fructuosa y alimenta la fe. Este consenso de la Iglesia universal se fue formando propiamente durante siglos y no puede decirse que estuviese ya completamente cerrado en la época de Cirilo de Jerusalén. De ahí que no se mencionen libros del Antiguo o del Nuevo Testamento que sólo más tarde entrarían a formar parte definitivamente del canon bíblico. Los libros que se integraron en un segundo momento en el número de los canónicos reciben el nombre de "deuterocanónicos." Pero, en cualquier caso, sin descender a pormenores, toda esta valoración de los libros bíblicos debe entenderse desde la asistencia del Espíritu a la Iglesia.

 

V. La Fe.

Pronunciada en Jerusalén, sobre "la fe." El punto de partida es Hebr 11:1-2: "La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven. Por ella fueron alabados nuestros mayores"1 .

El paso del orden de los catecúmenos al de los fieles

1. La grandeza de la dignidad que Dios os ha otorgado al haceros pasar del orden de los catecúmenos al de los fieles la expresa el apóstol Pablo al decir: "Fiel es Dios, por quien habéis sido llamados a la comunión con su hijo Jesucristo" (I Cor 1:9). Pero, si a Dios se le llama "fiel," también tú recibes este calificativo al haber crecido en dignidad. Pues así como a Dios se le llama bueno, justo, omnipotente (además de señor de todo) y creador de todas las cosas, también se le llama "fiel." Piensa, por tanto, a qué dignidad eres promovido, puesto que habrás de participar de este apelativo divino.

2. Aquí se busca si hay alguno entre vosotros que ya sea fiel en lo íntimo de su conciencia2. Pues, "un hombre fiel, ¿quién lo encontrará?" (Prov 20:6). No se trata de que me descubras tu conciencia, pues has de ser juzgado en circunstancias humanas, sino de que muestres la sinceridad de tu fe al Dios que escruta los riñones y los corazones (cf. Sal 7:10) y "conoce los pensamientos del hombre" (Sal 94:13). Gran cosa es ciertamente un hombre fiel, y es más rico que todos los ricos aunque se encuentre privado de todas las riquezas3, y todo ello precisamente por el hecho de despreciarlas. Pues los que son ricos en lo exterior, aunque posean muchas cosas, son torturados por su pobreza interior: cuantas más cosas reúnen, más les mortifica el deseo de poseer lo que les falta. Pero el hombre fiel -y esto es lo más admirable- es rico en su pobreza sabiendo que lo único necesario es vestirse y alimentarse y, contento con ello (I Tim 6:8), desprecia las riquezas.

La fe genera comunión y confianza y es expresión de ellas

3. Tampoco hay que pensar que el prestigio de la fe sólo se da entre quienes nos amparamos bajo el nombre de Cristo, sino que todo lo que se hace en el mundo, incluso por parte de quienes están lejos de la Iglesia, queda penetrado por la fe4. Por medio de una fe, dos personas extrañas se unen por las leyes nupciales; personas ajenas una a otra entran en la comunión de cuerpos y bienes mediante la fe que se hace presente en el contrato matrimonial. También en una cierta fe se apoya el trabajo agrícola, pues no comienza a trabajar quien no tenga esperanza de recibir frutos. Con fe recorren los hombres el mar cuando, confiando en un pequeño leño, cambian la solidez de la tierra por la agitación de las olas, entregándose a inciertas esperanzas y mostrando una confianza más segura que cualquier áncora. En la confianza, finalmente, se apoyan los negocios de los hombres, y esto no sólo sucede entre nosotros, sino también, como se ha dicho, entre quienes son ajenos a lo nuestro. Pues, aunque no aceptan las Escrituras, tienen doctrinas propias que aceptan con confianza5.

Fuerza de la fe en situaciones diversas

4. A la verdadera fe os llama también la lectura de hoy indicándoos el camino por el que podéis agradar a Dios, pues señala que "sin fe es imposible agradarle" (Hebr 11:6). Pero, ¿cómo se resolverá el hombre a servir a Dios si no cree en él como remunerador? ¿Cómo mantendrá una muchacha su propósito de virginidad o será casto un joven si no creen en la corona inmarcesible de la castidad? La fe es el ojo que ilumina toda la conciencia y favorece la intelección, pues dice el profeta: "Si no creéis, no entenderéis"6.La fe, según Daniel, cierra la boca de los leones (cf. Hebr 11:33), pues de él dice la Escritura: "Sacaron a Daniel del foso y no se le encontró herida alguna, porque había confiado en su Dios" (Dn 6:24).

¿Hay acaso algo más terrible que el diablo? Pues contra él no tenemos otra clase de armas que la fe (cf. 1 Pe 5:9): un escudo incorpóreo frente a un enemigo invisible, que lanza múltiples venablos y acribilla con saetas a quienes, en la noche oscura, no están vigilantes. Pero, aunque reine la oscuridad y el enemigo no esté a la vista, tenemos como armadura la fe, como dice el Apóstol: "embarazando siempre el escudo de la fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del Maligno" (El 6:16). A menudo lanza el diablo el dardo encendido del deseo voluptuoso, pero la fe lo extingue iluminando nuestro juicio y aligerando nuestra mente7.

La fe en la historia de Abraham, Padre de las naciones

5. Muy ampliamente podría hablarse de la fe y nunca habría tiempo suficiente para terminar de hablar de ella. Pero, de las figuras de la antigua Ley, nos bastará con Abraham, puesto que hemos sido adoptados como hijos también por su fe (cf. Rom 4:11 b). El no fue justificado sólo por sus obras, sino también por su fe (Sant 2:24; cf. 2:14-26)8. Pues había hecho muchas cosas correctamente, pero nunca había sido llamado "amigo de Dios" hasta después de que creyó9, y toda su actuación alcanzó su consumación mediante la fe. Por la fe abandonó a sus parientes; por la fe dejó patria, región y casa (Hebr 11:8-10). Y, como él fue justificado, también tú serás justificado10. Su cuerpo estaba ya agotado, pero así habría de recibir posteriormente hijos: siendo él mismo anciano, tenía una esposa anciana, Sara, pero ya sin esperanza de hijos. Pues bien, es a este anciano a quien Dios promete una futura prole. Pero él "no vaciló en su fe al considerar su cuerpo ya sin vigor" (Rm 4:19), sino que atendió al poder del que se lo prometía, "pues tuvo como digno de fe al que se lo había asegurado" (Hebr 11:11). Por ello, como de unos cuerpos muertos y en contra de lo pensado, recibió un hijo (cf. Hebr 11:12; Rom 4:18-22). Después, al recibir la orden de ofrecer el hijo recibido (Gén 22), a pesar de que había oído aquello de "por Isaac llevará tu nombre una descendencia" (Gén 21:12b), ofreció a su hijo único a Dios, pues "pensaba que poderoso era Dios aun para resucitar de entre los muertos" (Hebr 11:19). Y después de haber atado a su hijo y colocarlo sobre la leña, lo sacrificó ciertamente en su voluntad, pero recobró vivo a su hijo por la bondad de Dios que en el mismo lugar puso un cordero que sustituyera a su hijo. Y así, teniendo verdaderamente fe, "recibió la señal de la circuncisión como sello de la justicia de la fe que poseía siendo incircunciso" (Rm 4:11, que utiliza Gén 17:11), una vez aceptada la promesa de que se convertiría en padre de muchas naciones (cf. Gén 12:2-3); 15:5,18; 17:5; Rom 4:11)11.

6. Veamos ahora cómo Abraham fue padre de muchas naciones. Claramente lo es de los judíos, según la descendencia de la carne. Pero si, al explicar la profecía, atendiéramos a la descendencia carnal, nos veríamos obligados a entender equivocadamente el oráculo; pues no es, según la carne, padre de todos nosotros. Sin embargo, el ejemplo de su fe nos hizo a todos hijos de Abraham (cf. Rom 4:12). ¿Por qué así? Entre los hombres es increíble que alguien resucite de entre los muertos, del mismo modo que es igualmente increíble que brote descendencia de un seno estéril. Pero cuando se anuncia que Cristo, que fue crucificado en el madero, resucitó de entre los muertos, lo creemos. Por la semejanza de la fe llegamos a ser hijos adoptivos de Abraham. Y entonces, después de la fe, recibimos el sello espiritual. Somos circuncidados en el lavatorio por medio del Espíritu Santo, pero no en el prepucio sino en el corazón, según lo que afirma Jeremías: "Circuncidaos para Yahvé y extirpad los prepucios de vuestros corazones" (Jer 4:4) o, según el Apóstol, de quien son estas expresiones: "Por la circuncisión en Cristo... Sepultados con él en el bautismo" (Col 2:11-12), etc.

De nuevo, la fuerza de la fe

7. Si guardamos esta fe, nos veremos libres de la condenación y adornados de todo género de virtudes. Pues la fe tiene poder para mantener a los hombres andando sobre las aguas. Pedro era un hombre semejante a nosotros, formado de carne y sangre y que se alimentaba con los mismos alimentos. Pero cuando Jesús le dijo: "Ven," por la fe "se puso a caminar sobre las aguas" (Mt 14:29-31), teniendo sobre ellas en la fe un cimiento más firme que cualquier otro; el peso del cuerpo era suprimido por la agilidad de la fe. Y mientras creyó, anduvo con paso firme sobre las aguas; pero cuando dudó, comenzó a hundirse (14:30). Al alejarse y disminuir poco a poco la fe, era arrastrado hacia el fondo. Cuando Jesús se dio cuenta de la dificultad, él, que es capaz de curar las aflicciones íntimas del alma, exclamó: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?" (14:31). Y con la fuerza de él, que le cogió la mano derecha, con lo que recobró la fe, llevado de esta mano por el Señor, continuó como antes andando sobre las aguas. Indirectamente habla de esto último el Evangelio cuando señala: "Subieron a la barca..." (14:32). No dice que Pedro subiera después de nadar, sino que nos insinúa que el espacio que recorrió hasta Jesús lo hizo andando y, tras recorrerlo de nuevo, subió a la barca.

8. La fe tiene tanta energía como para no sólo salvar a quien cree, sino para que se salven unos por la fe de otros. Pues no tenía fe aquel paralítico de la ciudad de Cafarnaún, pero sí tenían fe quienes lo transportaban o introdujeron a través del tejado. El alma del enfermo sufría juntamente con el cuerpo la enfermedad. No creas que temo que él me acuse, pues el mismo Evangelio dice: "Viendo Jesús," no la fe de él, sino "la fe de ellos, dice al paralítico: Levántate"12. Los que lo llevaban (al paralítico) eran quienes creían y la curación sobrevino al que estaba paralítico13.

Algunos se han salvado por la fe de otros

9. ¿Quieres conocer todavía con mayor seguridad que algunos se salvan por la fe de otros?: Murió Lázaro y habían pasado un día, un segundo día y un tercero; al muerto se le habían debilitado los nervios y la putrefacción ya hacía mella en el cuerpo. ¿Cómo podía creer un muerto de cuatro días y suplicar para sí un libertador? Pero lo que en vida le faltó al difunto, lo suplieron sus hermanas. Pues una de ellas, al llegar el Señor, se inclinó a sus pies y, cuando él dijo: "¿Dónde lo habéis puesto?" y ella respondió: "Ya hiede de cuatro días," él exclamó: "Si crees, verás la gloria de Dios" (Jn 11:17 ss). Es como si dijera: haz tú las veces del muerto en lo que respecta a la fe. Y tanto pudo la fe de las hermanas como para sacar al muerto de las fauces del hadeas. Así, pues, teniendo fe unos por otros, pudieron resucitar muertos. Y tú, teniendo fe para ti mismo, ¿no sacarás un provecho mucho mayor? Pero si no tienes ninguna fe, o la tienes escasa, clemente es el Señor para volverse propicio hacia ti cuando te conviertes. Con sencillez y de corazón, di simplemente: "Creo, Señor, ayuda a mi incredulidad" (Mc 9:23). Pero si crees que tienes fe, aunque todavía de modo imperfecto, es necesario que tú también digas con los Apóstoles: "Señor, auméntanos la fe" (cf. Lc 17:5). Pues ya tienes algo en ti, pero recibirás algo de lo mucho que en él se contiene.

La fe "objetiva" junto con la fe como actitud

10. Por su nombre la fe es única, pero es en realidad de dos clases. Hay una clase de fe que se refiere a los dogmas, que incluye la elevación y la aprobación del alma con respecto a algún asunto. Ello reporta utilidad para el alma, como dice el Señor: "El que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio" (Jn 5:24) y, además: "El que cree en él (en el Hijo), no es juzgado" (Jn 3:18), "sino que ha pasado de la muerte a la vida" (Jn 5:24)14. ¡Oh gran bondad de Dios para con los hombres! Los justos agradaron a Dios con el trabajo de muchos años. Pero lo que ellos consiguieron esforzándose en un servicio a Dios durante largo tiempo, esto te lo concede a ti Jesús en el estrecho margen de una sola hora. Si crees que Jesucristo es Señor (Cf. Rm 10:9; Flp 2:11) y que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo (Rm 10:9; cf. Rm 1:4 ss; cf. I Co 12:3) y serás llevado al paraíso por quien en él introdujo al buen ladrón (Lc 23:43). Y no desconfias de que esto pueda hacerse, pues el que salvó en este santo Gólgota al ladrón tras una fe de una sola hora, ese mismo te salvará a ti también con tal de que creas.

Los carismas que brotan de la fe

11. Pero hay otra clase de fe, que es dada por Cristo al conceder ciertos dones. "Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, carismas de curaciones..." (1 Cor 12:8:9). Esta fe, dada como una gracia por el Espíritu, no es sólo dogmática, sino que crea posibilidades que exceden las fuerzas humanas. Pero quien tenga esta fe, dirá "a este monte: "Desplázate de aquí allá," y se desplazará" (Mt 17:20). Y cuando alguno, al decir esto mismo, "crea que va a suceder lo que dice" "y no vacile en su corazón" (Mc 11:23), recibirá aquella gracia. De esta fe se dice: "Si tuviereis fe como un grano de mostaza" (Mt 17:20). Pues el grano de mostaza es de un volumen muy reducido, pero dotado de una fuerza como fuego y, sembrado en un espacio estrecho, hace crecer grandes ramas y se desarrolla, pudiendo albergar a las aves del cielo (cf. Mt 13:32). Del mismo modo, también la fe obra grandes cosas en el alma en rapidísimos instantes. Pues, una vez que se le ha infundido la luz de la fe, se hace una imagen acerca de Dios y piensa en cómo es en la medida en que puede entenderlo. Abarca los extremos de la tierra y, antes de la consumación de este mundo, ya ve el juicio y la concesión de los bienes prometidos. Ten, pues, esta fe que está en ti y a él se refiere, para que también de él recibas la que está en él y que actúa por encima de las fuerzas humanas15.

La confesión de la fe en el Símbolo

12. Al aprender y confesar la fe16, debes abrazar y guardar como tal sólo la que ahora te es entregada por la Iglesia con la valla de protección de toda la Escritura. Pero, puesto que no todos pueden leer las Escrituras — a unos se lo impide la impericia y a otros sus ocupaciones —, para que el alma no perezca por la ignorancia, compendiamos en pocos versículos todo el dogma de la fe. Quiero que todos vosotros lo recordéis con esas mismas palabras y que os lo recitéis en vuestro interior con todo interés, pero no escribiéndolo en tablillas, sino grabándolo de memoria en tu corazón17. Y cuando penséis en esto meditándolo, tened cuidado de que en ninguna parte nadie de los catecúmenos escuche lo que se os ha entregado.

Os encargo de que esta fe la recibáis como un viático para todo el tiempo de vuestra vida y que, fuera de ella, no recibáis ninguna otra: aunque nosotros mismos sufriésemos un cambio, y hablásemos cosas contrarias a lo que ahora enseñamos o aunque un ángel contrario, transformado en ángel de luz (cf. 2 Cor 11:14), quisiera inducirte a error. Pues "aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema!" (Gál 1:8)18.

La fe que ahora estáis oyendo con palabras sencillas, retenedla en vuestra memoria; considera cuando sea oportuno, a la luz de las Sagradas Escrituras, el contenido de cada una de sus afirmaciones. Esta suma de la fe no ha sido compuesta por los hombres arbitrariamente, sino que, seleccionadas de toda la Escritura las afirmaciones más importantes, componen y dan contenido a una única doctrina de la fe19. Y así como la semilla de mostaza desarrolla numerosos ramos de un grano minúsculo, también esta fe envuelve en pocas palabras, como en un seno, todo el conocimiento de la piedad contenido tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Así, pues, hermanos considerad y conservad las tradiciones que ahora recibís y grabadlas en la profundidad de vuestro corazón (cf. 2 Tes 2:15).

En este momento parece entregar Cirilo el Símbolo, pero se transcribe al terminar totalmente la catequesis y aparte. El Símbolo jerosolimitano no se encuentra directamente en el texto de las catequesis.

Guardar celosamente la fe que se entrega en el Símbolo

13. Vigilad piadosamente que en ninguna parte el enemigo asalte a ninguno por estar pasivo o perezoso; que ningún hereje corrompa nada de lo que os ha sido entregado. Porque la fe20 es como plata que os habíamos prestado y que se devuelve al prestamista. Pero Dios os pedirá razón del depósito. Os "conjuro," como dice el Apóstol, "en presencia de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Jesucristo, que ante Poncio Pilato rindió tan solemne testimonio, a que conservéis sin mancha esta fe que os ha sido entregada hasta la Manifestación de nuestro Señor Jesucristo"21.

"Manifestación que a su debido tiempo hará ostensible el Bienaventurado y único Soberano, el Rey de los reyes y el Señor de los señores, el único que posee inmortalidad, que habita en una luz innacesible, a quien no ha visto ningún ser humano ni le puede ver. A él el honor y el poder por siempre. Amén." (1 Tim 6:15-16)

1. El tema de esta catequesis suele definirse como "sobre la fe y el símbolo," pero con frecuencia se le llama "Sobre la fe." Un símbolo en uso en la Iglesia de Jerusalén se transcribe tras la presente catequesis.

2. Cf. 1 Cor 4:2-4.

3. Prov 17:6, según la versión de los Setenta

4. Las líneas que siguen tienen como objetivo más directo explicar que también existe una fe humana, en los contratos, etc., que es utilizada aquí para dar una idea explicativa de lo que puede ser la fe en el ámbito cristiano. Todo el resto del párrafo 3 deja entrever, por otra parte, con bastante claridad la conciencia de distinción que existe entre el cristiano y los que viven fuera de la Iglesia.

5. Doctrinas filosóficas, religiones, sectas, etc.

6. Cf. Is 7:9: versión de los Setenta. Sobre la dificultad del versículo,, es muy útil, de modo resumido, la nota de la Biblia deJerusalén. A un teólogo la versión de los LXX, utilizada aquí por Cirilo, le recuerda inevitablemente el planteamiento del téologo medieval Anselmo de Canterbury sobre la fe como medio que posibilita la penetración en el misterio de Dios (Fides quaerens intellectum).

7. Vid. procat, n. 10, y cat. 16, n. 19.

8. Sobre el tema de la justificación por la fe es determinante, dentro del canon neotestamentario, la amplísima exposición de Pablo en Rom (el núcleo de la carta es tal vez 3:21-32) y Gál. La exposición de Sant 2:14-26 necesita una adecuada exégesis y es, en parte, una respuesta a las exageraciones de ciertos seguidores de Pablo para quienes serian innecesarias las obras de vida eterna, necesaria manifestación de la fe que en rigor, es la única realidad que justifica al hombre. Sobre el tema son muy interesantes los trabajos de O.H. Pesch y F. Mussner contenidos en la exposición de la dogmática Mysterium Salutis, t. IV/2, Madrid 2 1984

9. Gén 15:6: "Y creyó él en Yahvé, el cual se lo reputó por justicia."

10. Rom 4:23: "Y la Escritura no dice solamente por él que le fue reputado, sino también por nosotros, a quienes ha de ser imputada la fe...." Sobre los acontecimientos del AT como figura o "tipo" de las realidades cristianas, cf I Cor 10:1-13.

11. Toda la concepción de Pablo sobre la fe de Abraham tiene relación con el proceso de fe del cristiano. Si se atiende a Rom 4: se observa que como Abraham, el cristiano recibe, en el kerigma y en el proceso de catequización conducente al bautismo, una promesa a la que, como Abraham, responde con la fe. La circuncisión que Abraham recibe cuando en él ha quedado suficientemente probada la fe, es imagen es decir, también "sello" (el sfragis del N T y de las catequesis de Cirilo) del signo bautismal o del "carácter" sacramental del bautismo, del que ya tantas veces se ha hablado. En el fondo, el proceso de cristianización del hombre hasta que en él se hace activo el sello del bautismo, no es más rápido que el hábito maduro de la fe en Abraham.

12. Mt 9,2. En realidad, en el versículo mencionado las palabras de Jesús al paralítico son: "¡Animo, hijo, tus pecados te son perdonados!" Las palabras "Levántate, vete a tu camilla y vete a tu casa" aparecen en el v. 6, tras la controversia de Jesús con los circunstantes.

13. No todos los códices parecen atribuir el párrafo 8 al texto de las catequesis de Cirilo de Jerusalén, sino, al menos en parte del párrafo, a un comentario de Cirilo de Alejandría al cuarto evangelio. Pero aquí se transcribe el párrafo siguiendo el estado del texto tal como aparece en PG 33,515 (cf ibid, nota 1).

14. Cuando Cirilo ha indicado que "hay una clase de fe que se refiere a los dogmas," esa fe está concebida como el acto por el que quien cree se pone confiadamente en manos de Dios y acepta todo lo que él manifiesta, además de que le confía su existencia. Este segundo aspecto queda subrayado por las tres citas del evangelio de Juan que aparecen poco más abajo. En el párrafo 11 se entenderá por fe, aunque emparentado con la anterior, más bien el hecho de que Dios reparte gratuitamentc sus dones para bien de todos. Estos y otros aspectos brotan del tronco único de la fe.

15. El lenguaje de la catequesis parece como si diese a entender que los carismas, tal vez por lo que a menudo tienen de extraordinario, son como "más dificiles" y como si dependiesen de Dios en mayor medida que la "fe dogmática>. Naturalmente, esto necesitaría mayor precisión de lenguaje.

16. Aquí por "la fe" debe entenderse el Credo o símbolo de la fe que debe memorizarse para la redditio o devolución.

17. La prohibición de la escritura material del Credo, insistida con frecuencia en los primeros siglos del cristianismo, se hacia para evitar que cayese en manos paganas. El contenido del credo formaba parte también de la disciplina del arcano y tampoco debía mostrarse siquiera a los catecúmenos, considerados aquí como tales quienes no habían llegado a las catequesis sobre el Símbolo.

18. "Anatema," puede significar "diana de maldicióm." Cirilo añade "para vosotros" (:"... sea anatema para vosotros"). Pablo insiste machaconamente en la idea en 1,9.

19. Puede entenderse también "enseñanza de la fe," con lo que parece entenderse claramente que el credo y la dogmática son fuente de enseñanza, didaskalia, de la fe.

20. Puede entenderse tal vez "el Símbolo de fe" o el Credo, pero quizá más bien la proclamación del Credo como profesión de la fe que se ha llegado a tener.

21. Cita de sobre todo 1 Tm 6:13-14: pero el "conjuro" pertenece a 5:21 y el "conservéis," en plural, es una adaptación a la pluralidad de oyentes de la catequesis. La "Manifestación" (epifaneia) es un término para expresar la venida en gloria de Jesucristo al final de la historia, que Pablo y amplios círculos de la primera Iglesia creían tal vez cronológicamente próxima.

Símbolo Jerosolimitano.

La fe santa y apostólica, entregada a los que han de ser iluminados para que la confiesen1.

I. Creemos2 en un solo Dios3, Padre4 todopoderoso5, autor del cielo y de la tierra6, de todo lo visible y lo invisible7.

II. Y en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios8, nacido del Padre y Dios verdadero antes de todos los siglos, por quien todo fue hecho9

III. Que vino en cerne10 y se hizo hombre de una Virgen y por obra del Espíritu Santo11.

IV. Fue crucificado y sepultado12.

V. Resucitó al tercer día13.

VI. Y ascendió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre14.

VII. Y ha de venir en gloria15 a juzgar a vivos y muertos16: su reino no tendrá fin17.

VIII. Y en el Espíritu Santo Paráclito18, que habló por los profetas19.

IX. Y en un bautismo de conversión20 para el perdón de los pecados.

X. Y en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica21.

XI. Y en la resurrección de la carne22.

XII. Y en la vida eterna23.

1. Este Símbolo de la fe o Credo está deducido de distintos lugares de las catequesis de Cirilo. Es el resultado de la elaboración que se explica en Migne PG 33,533-535. Sobre los avatares redaccionales de la presente versión, cf ibid., 523-531. La denominación de "apostólica" manifiesta que los contenidos de la fe que aquí se expresan coinciden, aunque la formulación pueda parecer distinta, con los que los apóstoles predicaron. Se respetan también aquí las citas bíblicas añadidas en Migne, salvo algún retoque secundario.

2. Cf Jn 14:1.

3. Is 45:18; 1 Co 8:6.

4. Rom 8:15-16.

5. Por ej., Jer 32:19.

6. Cf. Sal 136. Gén 1:1-2:25 contiene los dos relatos clásicos de la creación.

7. Cf. Col I,16.

8. Jn 1:18; 3:16.

9. Especialmente ilustrativo es Jn 1:1-2;cf. I Jn 1:1.

10. 1 Jn 4:2.

11. Cf Lc 1:35.

12. Cf 1 Cor 15:3-4. Los expertos están en general de acuerdes en que muy probablemente I Cor 15:3-4 transcribe una confesión de fe anterior a la redacción de la carta. De ello se deduciría con claridad que data de los más antiguos tiempos de la Iglesia la costumbre de fijar o de reunir en los credos o símbolos de la fe ("símbolo" = concepto = reunión o compendio) las afirmaciones cristianas esenciales.

13. Aparte de los relatos evangélicos, cf. 1 Cor 15.

14. Mc 16:19. Cf Hech 1:9.

15. Mt 25:31.

16. Cf. 1 Ts 4:16-17.

17. Cf. Lc 1:32.

18. Jn 16:5-15.

19. 2 Pe 1:19-21.

20. El sentido de "un bautismo" es en estos credos antiguos el de "un único" o "un solo bautismo." La idea que con esta unicidad se expresa es que el bautismo no puede recibirse más que una vez, aunque se hubiere caído posteriormente en la herejía. Fue un grave problema de la Iglesia antigua, ante el que ésta decidió con claridad la unicidad del bautismo. "Bautismo de conversión" o de penitencia expresa que el bautismo significa y sella eficazmente la conversión del hombre.

21. Las llamadas "cuatro notas" o características de la Iglesia.

22. De nuevo, I Cor 15.

23. La expresión "vida eterna," aplicada a la vida del mundo futuro, aparece con frecuencia en el NT: por ejemplo, Mt 25:46; cf. Jn 5:29; I Cor 15.

 

Vl. El Señorío del Dios único.

Pronunciada en Jerusalén, "sobre la monarquía de Dios" (o el señorío del Dios único), basándose en el "Creo en un solo Dios," pero tratando también "acerca de las herejias." La lectura es de Is 45:16:17 (LXX): "Renovaos conmigo, ¡oh islas! Israel será salvado por Yahvé con salvación perpetua. No quedaréis abochornados ni afrentados nunca jamás."

Glorificación conjunta de Padre, Hijo y Espíritu Santo

1. Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo (2 Cor 1:3). Bendito también su Hijo Unigénito (Rm 9,5). Cada vez que se piensa en "Dios," se piensa en el "Padre," para celebrar de modo indiviso la glorificación del Padre y del Hijo juntamente con el Espíritu Santo. Pues no tiene una gloria el Padre y otra el Hijo, sino una única e idéntica (y juntamente con el Espíritu Santo). Y es que realmente se trata del Hijo unigénito del Padre de modo que, cuando es glorificado el Padre, comunica también al Hijo, juntamente con él, la gloria. Pues si la gloria del Hijo brota del honor del Padre1, a su vez, al ser glorificado el Hijo, se honra con el máximo honor al Padre de tanta bondad.

Alabanza al Dios único

2. Pero si la mente entiende las cosas muy rápidamente, la lengua procede laboriosamente con las palabras y con el enunciado de proposiciones intermedias. También el ojo abarca de un golpe un numeroso coro de astros, pero cuando alguien quiere explicar cuál es el lucero de la mañana, cuál el de la tarde o cuál cada uno de ellos, necesita de muchas palabras. Del mismo modo abarca el pensamiento, en un velocísimo instante, la tierra, el mar y todos los confines del mundo; pero lo que se expresa en un instante no se expresa más que con palabras muy amplias. Y todo esto que acabamos de exponer es un gran ejemplo, aunque todavía pobre y débil. Pues de Dios no decimos lo que se debe, sino lo que cada uno conoce, aunque es lo que la naturaleza humana percibe y cuanto puede soportar nuestra debilidad. Pues no decimos qué es Dios, sino que inocentemente confesamos que nos falta un detallado conocimiento acerca de él; pues en lo que respecta a Dios es gran ciencia confesar la ignorancias. Por tanto, "Cantad conmigo al Señor, cantemos juntos a su nombre" (Sal 34:4), todos juntos, pues no basta que cante uno solo. Incluso, aunque nos reunamos todos a la vez, tampoco basta para lo que hemos de hacer. Y no me refiero sólo a los que estáis aquí, pues incluso, aunque estuviesen juntos todos los miembros de la Iglesia universal presente y futura, no serían, sin embargo, suficientes para alabar al Pastor de acuerdo con su dignidad.

Alabanza a Dios desde la pequeñez del hombre

3. Grande y honorable era Abraham, pero grande para los hombres. Y cuando se acercó a Dios, dijo ingenuamente confesando la verdad: "Soy tierra y ceniza" (Gén 18:27)3. Y no dijo "tierra," callándose a continuación, para que no pareciese que se estaba refiriendo a algo grande, sino que añadió "y ceniza" para dar a entender algo con poca solidez y fácil de disolver. ¿Hay acaso algo más débil y endeble que la ceniza? Compara, por ejemplo, la ceniza con una casa, y la casa con una ciudad, la ciudad con una provincia, la provincia con el territorio de los romanos y el territorio de los romanos con el mundo entero y, por último, toda la tierra, con todos sus detalles, con el cielo que la envuelve en su regazo: en proporción al cielo, la tierra es como el centro de una rueda comparada con toda la extensión de ésta. Tal es la comparación entre la tierra y el cielo. Pero, además, el cielo que observamos es el primero, que tiene menos importancia que el segundo, y éste menos que el tercero. Estos son los que la Escritura denominó como cielos4, pero ello no quiere decir que ése sea su número exacto. Pero aunque con tu inteligencia percibieses todos los cielos, ni siquiera ellos bastarían para alabar a Dios como él es, y tampoco aunque resonasen con mayor fuerza que el trueno. Pero si toda la grandeza de los cielos no e