Artículos selectos del

“Manual de la Biblia”

por H. Martens

 

Parte II

Para Usos Internos y Didácticos Solamente —

Adaptación Pedagógica: Dr. Carlos Etchevarne, Bach. Teol.

 

Contenido:

La vida de Jesus.

Historia de la Pasión, Muerte y Sepultura de Jesús. Resurrección y Apariciones de Jesús.

Los Hechos de los Apóstoles.

Las Cartas del Apóstol Pablo.

La Carta a los Romanos. Las Cartas a los Corintios. La Carta a los Gálatas. La Carta a los Efesios. La Carta a los Filipenses. La Carta a los Colosenses. Las dos Cartas a los Tesalonicenses. Las Cartas Pastorales. Timoteo. Primera carta a Timoteo. Segunda carta a Timoteo. Tito. Carta a Tito. La Carta a Filemón. La Carta a los Hebreos.

Las Siete Cartas Católicas.

La carta de Santiago. Las cartas de Pedro. Primera carta de Pedro. Segunda carta de Pedro. Las tres cartas de Juan. La carta de Judas.

El Apocalipsis de Juan.

Pueblos, Historia, Grupos, Religión, Cultura y Geografía de la Biblia.

La Historia de la Época Bíblica. Pueblos del antiguo Oriente. Los hebreos. Las doce tribus. Historia y revelación bíblica. Egipto. La conquista del país. El rey David. La restauración. El período romano.

Grupos religiosos, políticos y sociales.

Los saduceos. Los fariseos. Los esenios. Juan Bautista y sus discípulos. El mesianismo político en tiempo de Jesús.

Historia de la Religión y Biblia.

La religión en la historia de Israel. La religión egipcia. El Dios justo. El sacrificio. El anuncio de la voluntad divina. Puro o impuro. La liturgia sinagogal. La fiesta de Pascua. La fiesta de Pentecostés. El arca de la alianza. El templo de Salomón. El segundo templo. El templo de Herodes. La sinagoga. El sacerdocio. El profeta del AT. Los escribas y doctores de la Ley.

Historia de la Cultura en la Biblia.

Elementos básicos de la vida. El matrimonio. La circuncisión. Año, día, hora.

Diccionario Geográfico.

Babilonia. Galilea. Jerusalén. Sión. El valle del Cedrón. Jordán, río. Mesopotamia. Rojo, mar (mar de los Juncos). Samaría. Sinaí. Sodoma. Tabor.

Abreviaturas y Citas bíblicas.

 

 

 

La vida de Jesús.

Historia de la Pasión, Muerte y Sepultura de Jesús.

A fin de que los textos bíblicos que versan sobre estos temas no aparezcan dispersos por el hecho de tratarlos en los diferentes apartados que este libro dedica a cada uno de los evangelistas, vamos a estudiarlos en un común apartado "cronológico," que en cierto modo está algo influido por las armonías evangélicas. Ruego amablemente al lector que quiera ver las ventajas de esta presentación que difiere de las habituales.

Mt 26:36-27:30 y paralelos: Proceso y condena de Jesús de Nazaret.

1. Jesús en Getsemaní (Mt 26:36-46). Después de la cena, Jesús marchó con los apóstoles a Getsemaní, en la ladera del monte de los Olivos. En la oración de la agonía ora Jesús: "Si es posible, que pase de mí este cáliz" (26:39). En ese grito oracional hay una expresión oriental en que "cáliz" puede significar tanto felicidad y alegría como sufrimiento y llanto: "Hay un cáliz en la mano del Señor con un vino espumoso... Él lo quebrará y exprimirá sus heces, beberán los impíos todos de la tierra" (Sal 75:9). El cáliz de la cólera, el cáliz de la alegría, etc., son fórmulas metafóricas para designar la ira que se abate sobre el hombre o el gozo del que disfruta.

Para la expresión orante: "Sin embargo, no sea como yo quiero sino como quieres tú" (26:39.42), cf. la nota a Mt 6:10.

Mc 14:32-42 no ofrece en su paralelismo ningún rasgo específico esencial frente a Mt.

Lc 22:39-46 agrega a la frase sobre la partida el inciso de que se fue al monte de los Olivos "según su costumbre" (22:39). Y ya allí, en el huerto, dice el evangelista que Jesús se alejó de los discípulos "como un tiro de piedra." Y las angustias de Jesús las describe Lucas con unas palabras conmovedoras: "Entonces se le apareció un ángel venido del cielo, que lo confortaba. Y en medio de la angustia seguía orando más intensamente; y su sudor era como gruesas gotas de sangre, que iban cayendo hasta la tierra" (22:43.44). Para el ángel del cielo, véase el apartado sobre el ángel de Yahveh.

Jn 18:1 al recordar la ida de Jesús a Getsemaní dice que "pasó al otro lado del torrente Cedrón." Algunos exegetas suponen que el evangelista menciona el torrente como símbolo del paso a la tierra del sufrimiento.

2. Jesús es apresado (Mt 26:47-56). La marcha de Jesús, delatada por Judas, al monte de los Olivos debió de ser considerada como la marcha hacia el lugar de la concentración; desde el monte de los Olivos se aguardaba el asalto de Jesús a la ciudad y al templo.

¿Quién acudió con Judas como guía al monte de los Olivos? Mateo dice que fue allí "acompañado de un gran tropel de gente con espadas y palos, de parte de los pontífices y de los ancianos del pueblo" (26:47).

Judas utilizó el saludo habitual para indicar a los capitanes de la tropa quién era Jesús (26:49).

Al tiempo que prendían a Jesús, uno de sus acompañantes golpeó con la espada e hirió "al criado del sumo sacerdote y le quitó la oreja" (26:51). Jesús exigió al heridor que devolviera la espada a su vaina (26:52). "Como a un ladrón habéis salido con espadas y palos a prenderme" (26:55), observó Jesús después de haber obligado a su acompañante a guardar la espada y haber así demostrado que no era un "ladrón" salteador ni un agitador. El Evangelio utiliza aquí el lenguaje militar romano, que a los mesianistas levantiscos los llamaba lestai.

Mc 14:43-52 aporta pocas novedades de contenido. Sólo en 14:51-52 cuenta (tras referirse a la huida de todos los apóstoles) que un joven, "llevando sólo una sábana sobre el cuerpo desnudo," quiso seguir a Jesús. Muchos sospechan que aquel joven era el propio Marcos.

Lc 22:47-53 no sólo recuerda la intervención armada del acompañante de Jesús, sino que, además, los apóstoles le preguntan: "Señor, ¿herimos ya con la espada?," pero sin aguardar la respuesta afirmativa de Jesús, uno de ellos hirió con la espada, "y le quitó la oreja derecha" (22:50). Jesús curó la oreja del criado del sumo sacerdote. Lucas ofrece una exposición muy animada con detalles característicos de la escena.

Jn 18:2-12 aporta una serie de peculiaridades sobre el prendimiento. Habla primero de la speira y después de "los guardias de los pontífices y de los fariseos," que llegan "con linternas y antorchas y con armas" (18:3). Así pues, el texto joánico, distingue entre la speira y los criados de los pontífices."

Una speira correspondía al manipulus de los romanos, formado por dos centurias, o sea por doscientos hombres. La speira realmente sólo podían formarla las dos centurias de servicio: la tropa romana que montaba la guardia y que estaba a disposición para los casos de sublevación. Para ponerla en marcha probablemente no había hecho falta molestar al procurador (Pilato); quizá la mandaba en cualquier caso un oficial superior, un khiliarkhos (18:12), que había decidido la intervención. Su puesto de guardia era probablemente el cuartel junto al pretorio, o al menos allí estaba la sección de servicio, mientras que la mayor parte de la fuerza se albergaba en la fortaleza Antonia.

La otra parte de la tropa que acudió al monte de los Olivos eran los "siervos (empleados del tribunal) de los pontífices y de los ancianos." No se puede entender a esos siervos como criados encargados del servicio personal (se les llama hyperetai). "Pontífices y ancianos" forman aquí un grupo que designa de hecho al gran consejo o sanedrín. Ese gran consejo tenía como autoridad civil su propia fuerza policial. Y de esa tropa se trataría; a ello responde por lo demás el sentido corriente de hyperetas (singular) y de hyperetai (plural).

Esa policía judía iba dirigida por el "criado del sumo sacerdote," que se llamaba Maleo (según dato exclusivo de Jn 18:10). En nuestro lenguaje diríamos que Maleo era el capitán judío del templo. El puesto de guardia de su tropa era probablemente un sector de la fortaleza Antonia reservada a los judíos, en la que por lo demás también estaban los soldados romanos.

En consecuencia, fueron soldados romanos y policía judía los que acudieron con linternas, es decir, preparados para la lucha en la que era necesario hacer señales con teas y antorchas, y acudieron también con armas, que Mateo y Marcos especifican como "espadas y palos." No sabemos si los palos los llevaba la policía judía, ya que también los soldados romanos golpeaban con palos de madera dura, cuando actuaban como fuerza policial, antes de recurrir a las espadas.

Judas iba delante de todos. Y mientras Judas penetraba en el recinto del huerto de Getsemaní, en el monte de los Olivos, los soldados encendieron sus antorchas de pez y sus linternas; a tal fin llevaban cerrando la marcha un brasero con carbones encendidos.

En Jn (18:4.6) Jesús pregunta: "¿A quién buscáis?" Ellos respondieron: "A Jesús de Nazaret." Jesús replicó: "Soy yo." Entonces "retrocedieron y cayeron por tierra" (18:5). En la respuesta de Jesús ‘ani hu’ escucharon la increíble respuesta de un hombre con pretensiones divinas. Fue entonces cuando retrocedieron y cayeron al suelo; no todos, no los soldados romanos, pero sí la policía judía que, según el uso romano, iba delante. Dicha policía judía estaba formada probablemente por levitas, y para ellos aquélla era una palabra imponente.

Es perfectamente verosímil que todo ello sea una pura creación joánica, ya que Juan escribe el evangelio de Jesús, el Hijo de Dios. El propio Jesús no habría entendido esa respuesta del mismo modo. El Evangelio según Juan fue escrito en una época en que la cristología ya no entendía el concepto "Hijo de Dios" como lo habrían entendido los judíos.

3. Jesús ante los pontífices. En Mateo leemos: "Los que arrestaron a Jesús lo condujeron a casa del sumo sacerdote Caifás" (26:57).

Jn 18:12-23 habla, por el contrario, de un interrogatorio ante Anas. Pero a menudo se invierte el orden poniendo 18:24 después de 18:13; con ello el interrogatorio que en el texto joánico normal habría tenido lugar ante Anas se convertiría en un interrogatorio ante Caifás. (Este nuevo ordenamiento de los versículos se apoya sobre todo en el manuscrito sirio del Sinaí, que presenta los versículos del capítulo 18 del Evangelio de Juan en esta secuencia: 13.24.14.15.19-23.16-18). Con ello desaparece el problema de cómo podía Anas justificar un interrogatorio de Jesús conforme a derecho. Con el nuevo orden de los versículos, Anas sólo sería una especie de juez del prendimiento.

Pero persiste la cuestión de por qué Jesús fue conducido ante Anas. Algunos piensan que Caifás habría querido ofrecer una prueba de respeto a su famoso suegro Anas; sólo que con ello Jesús adquiría una importancia extraordinaria: para los sanedritas y para el propio Caifás ya no era un agitador corriente, por peligroso que pudiera resultar. Una hipótesis original es la de que los pórticos de Anas (los bazares o almacenes que pertenecían al ex pontífice y en los que quizá también habitaba él) se encontraban en el monte de los Olivos, y por lo mismo eran el recinto más próximo en el que mediante la intervención de un miembro del gran consejo se podía legalizar el prendimiento de Jesús. En cualquier caso la prisión en casa de Anas duró poco. El gran consejo se había reunido entretanto con el pontífice en funciones, Caifás (18:24). Este dato plantea otra cuestión: ¿Por qué la sesión contra Jesús se celebró en casa de Caifás y no en la sede oficial del sanedrín? También aquí se han hecho especulaciones en el sentido de que por aquellos años no podemos fijar con seguridad dónde se reunía el alto tribunal. Si estaba dentro del recinto del templo — lo que cuenta con alguna verosimilitud — habría habido una razón para el traslado. Aquella noche el templo estaba abierto desde medianoche, siendo visitado por muchos peregrinos que celebraban el jueves la cena pascual; y tales peregrinos eran sobre todo galileos, ya que eran ellos especialmente los que al parecer celebraban el banquete pascual según el cómputo de los fariseos. Conducir prisionero al galileo Jesús a través del recinto del templo profusamente iluminado — cualquiera fuese la sede oficial del tribunal sanedrita — podía crear dificultades. Por ello Jesús fue conducido a juicio a la casa del sumo sacerdote Caifás.

Evidentemente la casa se había construido para importantes ocasiones oficiales y no sólo para mera vivienda. El personal judío del pelotón del prendimiento (cf. lo dicho en el parágrafo 2) y los servidores del tribunal (levitas) permanecieron en el atrio interior, donde había grandes braseros de arcilla en los que mantenían fuego encendido. Alrededor de los mismos se calentaban los hombres, entre los que fueron admitidos Juan y Pedro, como se supone habitualmente. Por qué en Jn 18:15-16 se dice que el "otro discípulo" (que suele identificarse con el propio Juan) era conocido del pontífice, no lo sabemos.

El texto no menciona en este pasaje a Juan; además, el texto original no dice, como suele traducirse por lo general, que hubiera sido conocido del pontífice. Las primeras preguntas del sumo pontífice — si era Caifás, podría haberlo hecho a solas, por el momento sin el gran consejo — no han llegado a nosotros; sólo se dice que Jesús fue interrogado "acerca de sus discípulos y de su doctrina" (18:19). Y la respuesta de Jesús: "Yo he hablado públicamente al mundo..." (18:20-21). Por lo que cabe concluir que la pregunta del pontífice inquiría de Jesús acerca de alguna asociación secreta.

Jesús respondió abierta y resueltamente, a diferencia de lo que solía ocurrir en los tribunales judíos, en los que el acusado intentaba obtener una sentencia clemente con su actitud sumisa y que apelaba a la conmiseración. Al mismo tiempo, esa actitud por parte del reo certificaba el miedo a los jueces. Según el parecer de uno de los policías Jesús no mostraba ese miedo reverencial, razón por la cual le golpeó al tiempo que le decía: "¿Así respondes al sumo sacerdote?" (18:22).

4. Jesús condenado a muerte por el sanedrín (Mt 26:59-66). A decir verdad, no habría que entender que entre "los falsos testimonios contra Jesús," que el sumo sacerdote y todo el gran consejo andaban buscando, hubiera Caifás influido en los testigos. Más bien en la expresión "falso testimonio" entra la creencia y convicción del evangelista de que cualquier testimonio que se depusiera contra Jesús era un testimonio que no correspondía a la realidad; pero no que "falso testimonio" tenga que identificarse con testimonio mendaz. Precisamente, el que no se lograse poner de acuerdo al menos a dos testigos muestra la regularidad en la toma de las declaraciones, aunque no pueda negarse que esa toma de declaraciones a numerosos testigos tenía como finalidad la condena de Jesús.

La aseveración de los testigos de que Jesús había dicho que destruiría el templo de Dios y en tres días lo reconstruiría, tal vez se entendió como la acusación más grave. Jesús no dijo nada al respecto.

Esa toma de declaraciones pertenecía ya al procedimiento regular del gran consejo, en cuyo tribunal formaban los pontífices, los ancianos y los escribas. Se sentaban en semicírculo sobre una tribuna elevada, de forma que podían verse unos a otros. A ambos extremos del semicírculo se sentaban los dos escribanos que, sin haberse puesto previamente de acuerdo entre sí, tenían que redactar el acta. En el centro permanecía de pie el acusado y comparecían los testigos. Frente a la parte abierta del semicírculo se sentaban en el suelo los discípulos de los escribas.

Así pues, ante esta asamblea comparecieron los testigos que acusaron a Jesús de haber querido destruir el templo y volver a levantarlo en tres días. En tal acusación había dos posibles causas de condena: 1) Quien quería abatir el templo se comportaba como un blasfemo contra Dios. 2) En la palabra de que pretendía reconstruir el templo en tres días había una pretensión mesiánica, pues era creencia popular que el Mesías volvería a levantar con toda magnificencia el templo que habría sido destruido en la lucha por el poder.

Fue entonces cuando Caifás tomó personalmente la palabra. Dejó por completo de lado la destrucción del templo; ningún acusado de blasfemia repetiría esa blasfemia contra Dios delante de sus jueces. El pontífice se centró en la reconstrucción del templo en tres días, fanfarronada en la que latía una pretensión mesianista, y preguntó directamente a Jesús si afirmaba ser el Mesías. Y la pregunta de la verdad la formuló así: "¿Eres tú el Cristo, el Hijo de Dios?" (26:63). La pregunta no inquiría si Jesús era realmente el Hijo de Dios, sino que le preguntaba dentro de la concepción de los judíos si Jesús era el Mesías, el especialmente amado y preferido de Dios, que eso significaba para ellos la expresión "Hijo de Dios." Jesús respondió: "Tú lo has dicho." Esto no podía atraerle ninguna condena por parte del gran consejo, pues no estaba prohibido autodesignarse Mesías. La respuesta de Jesús era satisfactoria para el sumo sacerdote y para la mayor parte del sanedrín, pues con aquella afirmación de Jesús podían llevarlo ante el tribunal del procurador romano, Pilato, en cuya jurisdicción entraban los agitadores que como pretendientes mesiánicos se alzaban contra el poder de Roma. Con su pregunta Caifás había arriesgado mucho al convertir de hecho al acusado en testigo de la propia causa, puesto que un no de Jesús habría tenido como consecuencia su puesta en libertad.

Pero Jesús desarrolló aún más su respuesta: "Además, os lo aseguro: Desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder y viniendo sobre las nubes del cielo" (26:64).

Dado que esta segunda parte de la declaración no contenía blasfemia alguna — el "Hijo del hombre," en efecto, era un título mesiánico y no una blasfemia contra Dios, además de que ese Hijo del hombre también en Daniel venía sobre las nubes del cielo —, la blasfemia propiamente dicha debió de consistir en algo diferente. Cierto que un tribunal malintencionado y hostil pudo ver en la pretensión de Jesús de ser el Hijo del hombre que viene sobre las nubes del cielo una pretensión de igualarse a Dios, y ver así en él a un hombre que aspiraba a ocupar el trono de Dios. Pero es más verosímil que la sentencia espontánea "¡Ha blasfemado!" se apoyase en otra palabra, concretamente en la que encontramos en Marcos. Podría ser que Mateo no se hubiera atrevido a consignar la palabra desencadenante de la condena en un texto dirigido a los judíos.

Marcos formuló de manera distinta la solemne pregunta del sumo sacerdote: "¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?" (14:61). Mas tampoco ésta habría sido una pregunta especialmente peligrosa, si Jesús hubiera respondido como en Mateo o de modo similar. Pero respondió: "Pues sí, lo soy." Y aquí vuelven a repetir por segunda vez los evangelistas en la historia de la pasión de Jesús el ‘ani hu’ ("yo soy"). La primera la hemos oído en Jn 18:46. Este ‘ani hu’ pasaba por ser una palabra de Dios, y por ello en boca de un hombre sonaba como una blasfemia. En las discusiones modernas sobre esta respuesta se ha cuestionado a menudo si Jesús no habría hablado aquí como crítico de esas fórmulas sobre Dios establecidas y sobrevaloradas por los hombres, y así mismo si Marcos no habría querido señalar aquí con qué sentencia tan superficial sobre una determinada palabra de Jesús se le convirtió en blasfemo.

El sumo sacerdote desgarró su túnica. La túnica desgarrada no fue la oficial y preciosa de sumo sacerdote que en aquellos tiempos sólo se la concedía el procurador romano para las celebraciones importantes, sino la túnica habitual; y, a una con todo el sanedrín, proclamó la culpabilidad de Jesús. Como blasfemo lo condenaron a la lapidación.

La sesión terminó hacia las tres de la madrugada.

Los comentaristas no están de acuerdo a la hora de señalar dónde vio el gran consejo la blasfemia de Jesús, porque no todos son de la opinión que el ‘ani hu’ se siguiese considerando en tiempos de Jesús como blasfemia contra Dios. Una cosa sí es segura: que Jesús fue condenado a muerte por el sanedrín porque ellos le odiaban.

5. Pedro niega al Señor (Mt 26:69-75). La escena se desarrolló entre la medianoche y las cuatro de la madrugada. Pedro estaba de pie junto a uno de los fuegos y varias veces fue señalado como acompañante de Jesús. Él temió reconocerlo. Personalmente también él veía en Jesús a un mesías político, y sabía muy bien lo que le aguardaba al Maestro. Y sabía así mismo que también él podía ser prendido y ejecutado, si lo identificaban como discípulo de Jesús. Pese a lo cual permaneció cerca del Señor.

Después que Pedro hubiera negado al Señor tres veces, cantó el gallo (26:74), como Jesús había vaticinado. Naturalmente que el gallo puede haber sido un gallo real, aunque según el Talmud en Jerusalén no se criaban gallos por considerarlos aves consagradas al dios Sol; lo cual podía apoyar la reflexión siguiente sobre el canto del "gallo." La hora aproximada de las tres de la madrugada se denominaba "el canto del gallo." Pero como Jerusalén era una ciudad ocupada por los romanos, también puede entenderse por tal expresión la trompeta de órdenes romana, que se llamaba gallus, "gallo." La exposición de Mateo, Lucas y Juan permite esta interpretación, ya que hablan sólo de un canto del gallo, conforme a la palabra de Jesús: "Antes de que el gallo cante, me negarás tres veces" (Mt 26:34), que podría significar: ya antes de la hora del canto del gallo, me habrás negado por completo (tres veces).

Mc 14:66-72 ofrece un dato sólo en apariencia más difícil al hablar de dos cantos del gallo (14:30-72). Quien insista en la interpretación de la trompeta de órdenes y quiera entender al pie de la letra el texto de Marcos, habrá de poner la primera negación ya antes de la medianoche; hacia la medianoche, con el cambio de guardia, "cantaba el gallo" de los centinelas romanos por primera vez, según lo que Jesús había dicho en el cenáculo al referirse a dos cantos del gallo. Y, según ello, la tercera negación de Pedro ocurrió aproximadamente tres horas después, cuando el "gallo" cantaba por segunda vez, justo "a la hora del canto del gallo." Y puesto que la exposición de Marcos, como su Evangelio, descansa sobre el testimonio de Pedro, habría razón para considerarla como la más exacta.

6. Jesús, escarnecido y maltratado (Mt 26:67-68). La sesión nocturna, que se cerró hacia las tres de la madrugada, fue la primera sesión legal del proceso judicial contra Jesús. Cierto que no se permitía la vista de ninguna causa durante la noche; pero sin duda el sumo pontífice tenía la facultad de dispensar en ocasiones de ese requisito. Y aquí se trataba de una situación urgente y grave. Inmediatamente después del amanecer debió de celebrarse la segunda sesión legal prescrita.

El tiempo hasta esa segunda sesión (desde aproximadamente las tres de la madrugada hasta la salida del sol) lo pasó Jesús bajo la vigilancia de los "criados del sumo sacerdote," es decir, de la policía judía (cf. apartado 2), que probablemente estaba formada por levitas. Tras el prendimiento de Jesús los soldados romanos debieron de volver a su acuartelamiento.

Así pues, esas tres o cuatro horas fueron el tiempo en que Jesús fue objeto de burlas y escarnios. El sitio hay que suponer que fue uno de los patios de la casa del pontífice Caifás. Y las burlas se centraron en su (¿supuesta?) pretensión mesiánica, que naturalmente a los policías levitas debió de resultarles singularmente cómica, ya que tenían por completo a su disposición a un hombre que se hacía pasar por Mesías, y para cualquier judío un Mesías indefenso y desvalido resultaba una figura ridícula. Por eso dieron rienda suelta a su desprecio escupiéndole y dándole bofetadas y pescozones. Después le echaron un velo por la cabeza (probablemente la propia orla de su manto) y le invitaban a que "como Mesías" les dijese quién le había golpeado. Se hacía con ello patente la concepción popular del profetismo (aplicado al Mesías), que veía en el profeta a una especie de adivinador y vidente.

7. Jesús por segunda vez ante el sanedrín (Mt 27:1). La sesión nocturna del tribunal contra Jesús hay que considerarla como una sesión oficial y jurídicamente válida; pero debía seguir una segunda sesión. Y ésa fue la que se celebró poco después de empezar el día (entre las seis y las siete de la mañana). Tuvo lugar en el monte del templo, cosa que también puede deducirse del intento de Judas por devolver el premio de su traición.

Jesús, pues, fue conducido desde la casa del sumo sacerdote al monte del templo, aunque no es completamente seguro que se celebrase allí la sesión oficial del sanedrín; es probable sin embargo que tal sesión tuviera lugar en alguna zona del pórtico que daba a poniente. Y de nuevo volvió a verse brevemente la causa de la sesión nocturna. Dos testigos (del gran consejo) hubieron de testificar el delito de la pasada sesión nocturna — para lo cual se separaron de la asamblea de los jueces — y cada uno de los miembros del sanedrín pronunció su "reo es de muerte," como estaba ordenado. Con ello quedaba cumplido el derecho formal.

Mateo y Marcos refieren por extenso la sesión nocturna, aludiendo sólo de pasada a la sesión matinal.

Lc 22:66-71 pasa por alto la sesión de la noche y traslada la causa de la misma a la sesión de la mañana.

El grito nocturno "reo es de muerte" fue, pues, una especie de sentencia judicial colectiva. La sentencia oficial se dictó en la reunión de la mañana.

8. El final de Judas (Mt 27:3-8). No es posible establecer un ordenamiento temporal. Pero la reflexión de Judas hay que colocarla sin duda en el tiempo que va de la deliberación nocturna contra Jesús a la reunión de la mañana. Al acabar la deliberación nocturna Judas vio ya hacia dónde se encaminaban las medidas del gran consejo contra Jesús. E intentó todavía una protesta: "He pecado entregando sangre inocente" (27:4). Para ello se encaminó al monte del templo donde se celebraba la reunión de la mañana. Pero su protesta no fue tomada en cuenta. Así que arrojó el dinero de la traición a los pies de los jueces (27:5). De este dato puede concluirse que los judeocristianos de Jerusalén admitían que la acción matinal del gran consejo contra Jesús había tenido lugar en el recinto del templo.

El Evangelio de Mateo agrega el relato de la desesperación de Judas, aunque sólo después de Mt 27:1-2: "Llegada la mañana, todos los pontífices y los ancianos del pueblo, en consejo contra Jesús, tornaron el acuerdo de hacerle morir; lo ataron, y lo llevaron y entregaron al procurador Pilato." Mas como la segunda frase pertenece esencialmente a la decisión de entregar a muerte a Jesús — dada la jurisdicción limitada del gran consejo —, de este pasaje no puede sacarse ninguna conclusión cronológica.

El empleo del dinero de la traición (27:6-8) descansa en una exposición típicamente literal de la ley. Lo normal es que se hubiese echado el dinero de Judas en algún cepillo, cuyo contenido pasaba al tesoro del templo aplicándose a la celebración de sus ritos. Mas, como se trataba de "dinero de sangre," aunque lo hubieran pagado ellos mismos, los dignatarios del templo no quisieron utilizarlo para usos sagrados (Dt 23:18: "No llevarás a la casa del Señor, tu Dios, paga de prostitutas ni dinero de perros"; a este texto debieron de remitirse; el "dinero de perros" era la recompensa de los hieródulos).

Con ese dinero se compró un campo del que los alfareros habían sacado su arcilla y que había sido desmontado hasta un cierto nivel en el que la arcilla ya no era aprovechable. Debía de servir para enterramiento de extranjeros. El nombre "Hacéldama" — es decir, "campo de sangre" (arameo hakeldema) — es conocido desde el siglo IV d.C. como nombre de un terreno en el valle del Hinnom, en el que según Jer 19 podría suponerse que hubo talleres de alfarería.

9. Jesús ante Pilato (Mt 27:12ss). Tras la condena de Jesús por el gran consejo so pretexto de blasfemia, las autoridades judías dieron el paso siguiente, necesario para el cumplimiento de la sentencia: llevaron a Jesús ante el procurador Poncio Pilato. Con las medidas antijudías de Sejano los judíos tenían limitada su jurisdicción, no pudiendo ejecutar ninguna sentencia de muerte.

Jn 18:28-38 ofrece el texto más amplio de esta parte del proceso: la presentación ante Pilato hay que ponerla hacia las 8 de la mañana. Era el día del banquete pascual según el calendario de los saduceos, de ahí que éstos (y sobre todo los hombres de la familia de los sumos sacerdotes) no entraran en el pretorio de Pilato, a fin de no contaminarse por entrar en una casa pagana.

Fue Pilato el que salió a su encuentro; desde la caída de Sejano, el procurador había moderado un tanto su política antijudía, y ésta fue una concesión que hizo a los acusadores. Pilato, por tanto, preguntó acerca de la culpabilidad de Jesús fuera del pretorio. Por otra parte, y ante el nuevo curso que tomaban las cosas, los acusadores se envalentonaron: no comparecían ante el procurador como hombre que pedían, sino más bien exigiendo. A la pregunta de Pilato sobre los cargos que hacían, la respuesta de ellos fue casi insolente: "Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado" (18:30).

Pilato adoptó entonces un tono irónico: "Tomadlo vosotros y juzgadlo según vuestra ley" (18:31), haciéndoles sentir las limitaciones de su jurisdicción. La respuesta de los acusadores parece ahora algo más mesurada, aludiendo efectivamente a la limitación jurisdiccional por la que no podían ejecutar una sentencia de muerte. No querían fracasar en su intento irritando al procurador y echándolo todo a perder: "Es que nosotros no estamos autorizados para dar muerte a nadie" (18:31).

A través de esta conversación con el juez romano los acusadores advirtieron claramente que no les iba a ser sencillo el que refrendara la sentencia de muerte que ellos habían pronunciado. Cierto que Pilato se había hecho más cauto a propósito de la ley judía, pero no más simpatizante. Una condena por blasfemia contra Dios difícilmente la refrendaría. Así pues, presentaron la acusación mesiánica, que no había sido ciertamente el motivo de su condena, pero que latía en el fondo de la misma. Y acusaron a Jesús de una maquinación mesiánica: la instigación a no pagar tributo. Todo ello constituía un delito contra el emperador y la soberanía romana.

Pilato entró entonces en el edificio de la audiencia e hizo que condujeran a Jesús a su presencia. El procurador le formuló de manera directa la pregunta incriminatoria: "¿Eres tú el rey de los judíos?" (18:33). Un sí de Jesús habría significado su condena también por parte de Pilato. Pero Jesús dio una respuesta que al procurador no le pareció política. Y el propio Jesús dio la explicación: no hay ningún rey mesiánico que se deje hacer prisionero sin ofrecer resistencia y sin que sus seguidores luchen por él (18:36). Con ello aludía Jesús a su prendimiento en el monte de los Olivos, en que había prohibido a sus discípulos cualquier resistencia. Pilato, que sin duda estaba bien informado por el oficial que había dirigido la compañía romana en la acción nocturna del huerto de los Olivos, hubo de admitir la exactitud de la referencia de Jesús.

Pero la respuesta de Jesús contenía también la afirmación de su realeza. Así que Pilato siguió preguntándole sobre la naturaleza de su reino. La respuesta le pareció reflejar un espíritu de exaltación religiosa (18:37). Y le replicó despectivo: "¿Qué es la verdad?," sin hallar culpabilidad en él. Pilato se lo comunicó así a los acusadores. Pero los judíos renovaron sus cargos. Jesús no se defendió. Pilato quedó atónito y perplejo ante su silencio. Jesús se comportaba de manera totalmente distinta a como lo hacían las gentes que comparecían ante su tribunal. En este último apartado no hay que suponer — argumentan muchos comentaristas — una auténtica conversación histórica; todo es teología joánica. Lc 23:2 y 5 confirma las acusaciones mesiánicas. Pero cuando en la acusación saltó la palabra "Galilea" y Pilato supo que Jesús era galileo, lo hizo conducir ante Heredes (Antipas), que también había acudido a Jerusalén con motivo de la Pascua. En principio, Pilato trasladaba al tribunal del soberano connacional la causa contra Jesús; el caso no podía resolverse así; pero tal vez encontraría un asidero o una fórmula para su propia sentencia. Pilato se sintió acosado y con el traspaso de Jesús a Herodes (Antipas) buscaba un aplazamiento a su sentencia.

10. Jesús ante Herodes. Mateo no alude para nada a esta acción judicial ante Herodes.

Lc 23:8-12 habla de un traspaso de Jesús por parte de Pilato al soberano connacional de Jesús. Mas no parece que Herodes entrase de inmediato en una investigación judicial. Se alegró de poder ver al fin a Jesús, y de manera tan cómoda para él. Se prometía una diversión sensacional a su costa.

Jesús hubiera podido aprovechar la situación utilizando las ganas de divertirse de aquel reyezuelo oriental. Mas no quiso satisfacer sus deseos. Él no era un encantador, ni un mago, ni un predicador de relumbrón; por ello permaneció en silencio. Cuando Herodes vio que no podía satisfacer su curiosidad, inició la acción judicial.

Se interesó por la actividad de Jesús en Galilea, así que los acusadores expusieron sus delitos mesiánicos, por ejemplo, la pretendida incitación al pueblo para que le hiciera rey. También el tetrarca era sensible a los pretendientes mesiánicos. Pero, en definitiva, parece que Herodes no vio en Jesús ningún crimen merecedor de la pena capital.

Y lo condenó al escarnio público. Si se había hecho pasar por rey, debía ser revestido con una túnica regia (blanca) y paseado por Jerusalén como un rey prisionero. Con ello quedaba resuelto el asunto para el tetrarca. Para una investigación ulterior de la causa lo remitió a Pilato; lo que era un gesto amistoso, aunque Herodes sin duda juzgó necesaria tal devolución del prisionero; y, a pesar de su perplejidad, Pilato consideró en cualquier caso su devolución como un acto de amistad.

11. ¿Jesús o Barrabás? (Mt 27:15-22). Pilato no evitó esfuerzos por dejar libre a Jesús. Y como tenía por costumbre liberar a un encarcelado con ocasión de la fiesta de Pascua, ofreció al pueblo la liberación de Jesús (así también en Juan). Pero el pueblo reclamó la libertad de Barrabás.

Mc 15:6-14 presenta un cuadro algo diferente, aunque su exposición resulta muy verosímil con sus rasgos característicos. Mientras Pilato se esforzaba por soltar a Jesús, "la gente subió y se puso a pedirle el indulto que les solía conceder" (15:8). Ese "pueblo" o multitud de gente no eran personas indiscriminadas ni tampoco el populacho, como a veces se ha entendido, sino aquellos espíritus inquietos y mesianistas, que siempre dieron que hacer a los romanos, y que acudieron a Pilato no por Jesús sino por Barrabás.

Barrabás "estaba encarcelado con los sediciosos que en el motín habían cometido un homicidio" (15:7). Apenas cabe duda de que había habido una sedición: Barrabás era uno de aquellos aventureros que no perdonaban la vida de los romanos o de sus adversarios judíos, ni tampoco preservaban temerosamente la suya propia, cuando había que atizar el movimiento de sublevación. Era un "ladrón," un lestes, un luchador judío por la libertad.

La gente que había acudido ante el pretorio de Pilato eran los partidarios de Barrabás, que para ellos no era un asesino, sino un hombre que había arriesgado algo por la causa común. Por ello acudieron para solicitar para él la amnistía pascual. Y como ahora la reclamasen a gritos, Pilato les ofreció la amnistía en favor de Jesús. Bien entendido que no fue a los miembros del sanedrín a los que Pilato brindó la amnistía de Jesús, sino a los mesianistas recién llegados. Esperaba con ello poder evitar la condena a muerte reclamada para Jesús.

No parece que tales mesianistas fuesen en principio contrarios a aceptar la oferta de Pilato. Pero el que Jesús estuviera en manos de Pilato demostraba que era uno de ellos, si bien debieron de desconfiar ante el hecho de que el propio Pilato se mostrase tan dispuesto a conceder la amnistía. Fue esa desconfianza la que aprovecharon los miembros del gran consejo para instigarlos contra Jesús y asentir a la amnistía de Barrabás. No habrían visto con desagrado la ejecución de Barrabás; pero ahora Jesús parecía más peligroso. Y además era alguien que ellos mismos habían condenado a muerte por blasfemia contra Dios.

Así, la alternativa "Barrabás o Jesús" se decidió en favor del primero. Lo cierto es que, a instigación de los sumos sacerdotes y de los acusadores de Jesús, se pasó de la simple petición de amnistía para Barrabás a reclamar la crucifixión de Jesús.

En Lucas aparece el tema en 23:13-25, en la segunda acción (como a menudo se la ha designado) ante Pilato, porque Lucas es el único evangelista que inserta la historia de Jesús ante Heredes entre su entrega a Pilato y la acción ante el procurador romano (23:6-12).

12. Jesús azotado (Mt 27:24-25). Muchos historiadores ponen en duda que el lavatorio de manos de Pilato tenga aquí su lugar adecuado, toda vez que el procurador no estaba todavía dispuesto a refrendar la sentencia de muerte contra Jesús. La flagelación a que fue sometido Jesús ha de entenderse como un castigo antes de dejarlo libre: como una réplica de la "vestidura blanca" que Herodes le había puesto. El procurador debió de pensar que alguna culpabilidad debía de existir.

Por la forma en que los altos oficiales romanos emitían sus órdenes a los soldados podríamos concluir que la orden debió de sonar: ¡Antes de dejarlo libre, azotadle! Tales órdenes dejaban amplio campo de acción a los soldados. Una flagelación practicada por los soldados romanos no tenía nada que ver con la flagelación judía de azotes contados que se propinaba en las sinagogas. Los soldados azotaban sin contar los golpes. A discreción se permitían emplear trozos de plomo agudos y cortantes que fijaban al extremo de los látigos, con otros instrumentos de castigo; una tal flagelación era una diversión para los soldados, sobre todo cuando las unidades de Cesárea — que hemos de suponer indicadas aquí como los soldados "romanos" de Pilato — estaban formadas por sirios y samaritanos, que odiaban a muerte a los judíos. Su moderación sólo tenía un límite negativo: el flagelado no debía morir, pues la orden era de azotarle antes de dejarlo en libertad.

Entre los romanos el condenado a la flagelación era desnudado. Y aunque la flagelación tenía que realizarse sobre hombros y espalda, hay que contar con que la ojeriza de sirios y samaritanos extendiera la flagelación a todo el cuerpo de Jesús sin perdonar las partes más sensibles.

En la flagelación de Jesús se despachó sobre él todo el odio de sirios y samaritanos contra el judaísmo.

13. Jesús coronado de espinas (Mt 27:27-30). Barrabás fue liberado por Pilato. La comedia giraba en torno de Barrabás. Estaba vencido, pero la burla soldadesca quería hacer de él un vencedor. Tenía que volver a revestirse de su manto rojo de capitán, que ahora representaría la púrpura del rey; le ofrecerían una corona de vencedor y los soldados sirios y samaritanos le rendirían pleitesía como al "rey de los judíos." Y como los vencidos en el campo de batalla habían de doblar la rodilla ante el general victorioso, también ellos le saludarían como al triunfador ("¡Salve...!"). Eso es lo que harían con Barrabás, que al frente de sus guerrilleros se había alzado contra ellos; antes de ejecutarlo en la cruz le saludarían como a un "vencedor."

Liberado Barrabás, los soldados se fijaron en Jesús, que para ellos resultaba un personaje todavía más ridículo: se había autoproclamado — según se decía — "rey de los judíos," pero jamás había combatido. Todo lo que habían pensado para Barrabás lo trasladaron ahora a Jesús: le pusieron el manto como púrpura regia, colocaron un cetro en su mano para que los mirase y poder abofetearlo, pusieron sobre su cabeza una corona de vencedor — una corona de espinas — y "pidiendo gracia" lo saludaban diciendo "¡Salve, rey de los judíos!" En la farsa intervino "toda la tropa," para que todos se divirtieran y pudieran dar pábulo a su odio contra el orgullo judío. En esa línea habría que considerar los detalles de esta escena de burlas.

Esta interpretación está más cerca de todas las situaciones surgidas por aquellos años en torno a la idea mesiánica que no la fiesta persa que propuso Alfred Jeremias en 1905 (Babylonisches im Neuen Testament, p.207): "De la fiesta persa de los saceos sabemos que el dios-año agonizante era representado por un esclavo... con una vestidura regia, o por un criminal condenado a muerte, al que se colocaba sobre un trono con vestiduras reales y se le hacía objeto de burlas." Ciertamente no se puede excluir por completo la posibilidad de que los soldados sirios representasen en Jesús la fiesta de la primavera; pero el contexto mesiánico sugiere preferir la otra interpretación del suceso.

Descripciones similares en Mc 15:16-19 y en Jn 19:2-3.

14. Jesús condenado a muerte (Jn 19:4-16). Pilato hizo comparecer ante el pueblo a Jesús revestido del manto de púrpura y llevando la corona de espinas, y señalándole con el dedo gritó: "¡He aquí al hombre!" Difícilmente puede decirse si con ello el procurador quería mover a compasión a los acusadores o si pretendía sugerirles que aquel hombre maltratado y humillado no podía tener en modo alguno pretensiones mesiánicas. Pero no cabe duda que con aquella presentación de Jesús lo que Pilato buscaba una vez más era dejarlo libre.

Apenas cabe suponer que los guerrilleros mesianistas continuasen entre el gentío que seguía reclamando ante el pretorio la condena de Jesús. Tras la liberación de su héroe, lo más probable es que se hubiesen retirado, acudiendo tal vez al templo para ofrecer allí un sacrificio de acción de gracias. Por ello Jn 19:6 sólo menciona a "los pontífices y los guardias," que replicaron a Pilato con el grito de "¡Crucifícalo!"

El procurador les respondió en un tono cínico: "Tomadlo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro delito en él." Lo decía a sabiendas de que los judíos no podían crucificar a Jesús con su jurisdicción recortada. Las autoridades judías, a las que de ese modo y sin miramiento alguno Pilato había remitido a la (terrible) ley romana, sólo respondieron refiriéndose a su propia ley. Y recordaron la blasfemia por la que ellos habían condenado a muerte a Jesús. Si Pilato no quería condenarlo por rebelión, debía entregarlo a la muerte de cruz en virtud de la condena del consejo supremo. "Nosotros tenemos una Ley, y según ella debe morir, porque se declaró Hijo de Dios." Los acusadores reclamaban del procurador el respeto de sus leyes religiosas que el cesar les había asegurado. Pilato volvió a investigar el asunto, y quiso que Jesús le confirmara la materia de la blasfemia contra Dios, contando a la vez con la posibilidad de que Jesús no fuera un hombre corriente; el culto imperial como un culto divino le había abierto esa posibilidad. Por ello se alarmó y le hizo a Jesús esta pregunta de índole tan general: "¿De dónde eres tú?"

Pero Jesús callaba, por lo que Pilato se refirió a su autoridad de procurador; autoridad que Jesús reconoció: Tú tienes autoridad, pero "ninguna autoridad tendrías sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto" (19:11).

Puesto que Jesús admitía la autoridad de Pilato y dado que éste consideraba ahora a Jesús como una potencia religiosa, que entendía sus pretensiones mesiánicas de modo totalmente distinto a como lo hacían los mesianistas combatientes, el procurador consideró la liberación de Jesús casi como una obligación política. Como procurador podía seguir así la norma política romana de "divide y vencerás" (divide et impera), dejando a Jesús libre y como elemento que dividiera a la opinión pública judía. Por ello intentaba con mayor empeño aún soltarlo (19:12).

Fue entonces cuando los acusadores lanzaron su amenaza más grave. Dejando de lado una vez más la acusación de blasfemia volvieron a su primer cargo, que resultaba toda una amenaza: "Si sueltas a ése, no eres amigo del cesar; todo el que se declara rey se opone al cesar" (19:12).

Aproximadamente un año antes Pilato había recibido el título de "amigo del cesar," y con la deposición y ejecución de su protector Sejano probablemente ese título estaba en tela de juicio para él. Los acusadores judíos le tocaron, pues, en su punto más sensible como a un romano empeñado en hacer carrera. Entonces se rompió la resistencia de Pilato.

El enfrentamiento subsiguiente no tuvo ya más que un carácter retórico, pues ya el procurador se había sentado en el tribunal (19: 13-15).

Mt 27:24-25 refiere, aunque en un momento anterior, el lavatorio de las manos. Pero antes, cuando Pilato todavía intentaba liberar a Jesús, el gesto no habría tenido sentido alguno.

El lavatorio de las manos no era un ritual jurídico romano, aunque tales lavatorios rituales no eran desconocidos en Roma. Pilato lo practicó como un uso judío sin duda para exponer su opinión a los judíos de una forma comprensible. En los usos judíos existía el lavatorio de las manos no sólo en las sentencias judiciales, sino que además era un símbolo enfático de que se era inocente de un crimen. Así pues, con el lavatorio de las manos Pilato atacaba una vez más a los acusadores de Jesús con un signo inconfundible, y les daba a entender que, como procurador, él no condenaba a Jesús, sino que simplemente confirmaba la sentencia judía condenatoria.

Los acusadores asumieron la responsabilidad con una fórmula tradicional: "¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!" Este giro sólo da el sentido de una manera fragmentaria, porque en sí mismo es deficiente, como a menudo sucede en las expresiones estereotipadas. El sentido completo es éste: la condena es justa, pero en el caso de que no lo fuese, que caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos; que Dios vengue esa sentencia injusta en nosotros y en nuestros hijos.

Mt 27:31-56 y paralelos: Crucifixión y muerte de Jesús.

"Cuando acabaron de burlarse de él, le quitaron el manto, le pusieron sus propios vestidos y se lo llevaron a crucificarlo" (27:31).

La crucifixión.

Desde el tiempo de los persas la crucifixión era en Oriente la pena de muerte habitual para los rebeldes políticos. De los persas lo tomaron Alejandro Magno y sus sucesores, hasta que, en el año 162 a.C., incluso el sumo sacerdote colaboracionista Alcimo aplicó el castigo de la crucifixión a sus enemigos judíos. Los romanos la tomaron de los púnicos y la aplicaron sobre todo a los esclavos rebeldes y a los elementos levantiscos de los pueblos sometidos. Por eso era también el castigo habitual en Palestina durante la dominación romana.

El castigo de la crucifixión no era en modo alguno una pena que se aplicase sólo a una persona. Las crucifixiones masivas sirvieron como medio de disuasión. En Heródoto puede leerse que el año 519 a.C. fueron crucificados en Babilonia tres mil rebeldes. El año 162 a.C., el sumo sacerdote Alcimo hizo ejecutar a sesenta de sus adversarios, la mayor parte mediante la crucifixión. En el año 88 a.C., el rey y sumo sacerdote Alejandro Janeo hizo crucificar a casi ochocientos fariseos. En el 76 a.C., el dictador fariseo Simón Ben-Setaj hizo colgar de la cruz a ochenta "hechiceras" (es decir, prostitutas helenistas). Y el año 71 a.C., sobre la vía Latina cerca de Roma fueron crucificados seis mil esclavos de la sublevación de Espartaco que habían sido hechos prisioneros. El año 4 a.C., Varo mandó crucificar a casi dos mil guerrilleros del movimiento mesianista. Tales crucifixiones masivas aumentaron en la guerra judeo-romana hasta convertirse en verdaderas orgías de asesinatos. La crucifixión nunca formó parte de la jurisprudencia judía, aunque en algún período (como el de Alejandro Janeo) la practicasen los judíos imitando a otros pueblos.

El proceso oficial de la pena de crucifixión empezaba con el transporte de la cruz. Al condenado se le cargaba con el travesaño de la cruz, que debía llevar hasta el lugar de la crucifixión. El vía crucis seguía el itinerario de las calles más frecuentadas, para que fueran muchos los que pudieran ver al condenado. Con ello se quería disuadir a la gente, y al mismo tiempo dar ocasión al pueblo de burlarse a satisfacción del condenado.

En el lugar del suplicio se le despojaba de sus vestidos. Pero el recorrido de la cruz — según el derecho romano — tenía que hacerlo con las mismas vestiduras con las que había sido detenido. Aunque los escribas reclamaban unas enagüillas en la crucifixión de los condenados, puede dudarse razonablemente de que los soldados romanos accedieran jamás a esa petición.

Después seguía la flagelación. Esa pena en el lugar de la crucifixión no era, pues, la misma a la que fue sometido Jesús. En el caso de Jesús esta flagelación se omitió porque ya había recibido una como "castigo antes de dejarlo libre" (cf. n.° 12: Mt 27:24-25). Las heridas de la flagelación tenían que atraer a las moscas, y es que en la práctica de la ejecución a manos de los soldados entraba el hacer la pena de muerte lo más dolorosa posible.

La mezcla mirrada [vinagre] (Mt 27:34: vino con hiél) no pertenecía a la forma de crucifixión romana. Parece haber sido uso de mujeres compasivas de Jerusalén el ofrecer esa bebida inebriante a los condenados a la pena de la cruz, si los soldados se lo permitían. Jesús rechazó el narcótico.

Entonces intervenían dos soldados del comando de la ejecución — formado por cuatro soldados y un centurión — que tomaban al condenado por los brazos, lo echaban sobre el leño transversal y fijaban sus brazos. Otros dos soldados clavaban las manos por la muñeca con gruesos clavos. El palo vertical de la cruz estaba izado de antemano en el lugar de la ejecución. Con una cuerda se levantaba el travesaño, junto con el crucificado, hasta colocarlo sobre el palo vertical, para lo que se hacía pasar la cuerda bajo los brazos del crucificado, juntando y fijando con clavos el travesaño al palo vertical. Y después se clavaban también los pies.

Existía también la crucifixión sin clavos, simplemente con cuerdas. Como la muerte por crucifixión era en realidad una muerte por falta de circulación sanguínea, poco importaba al respecto que el colgado de la cruz lo fuese con clavos o con cuerdas; el enclavamiento miraba a la diversión de los soldados.

Según el derecho romano, sobre la cabeza del crucificado debía figurar un titulas que en pocas palabras expresase el motivo de la condena.

El crucificado colgaba de la cruz durante horas y hasta durante días enteros, hundiéndose en la inconsciencia y despertando, buscando algún alivio a la disnea mediante alguna forma de apoyo y volviendo a ceder porque las piernas estaban como muertas por las ataduras o los pies agujereados le producían nuevos dolores al apoyarse. El calor del día, los mosquitos, el frío de la noche, las burlas y la bebida de vinagre aumentaban la tortura.

En los textos evangélicos que hablan de la crucifixión y muerte de Jesús pueden encontrarse algunos datos que completan la situación real:

Mt 27:31: los soldados volvieron a poner a Jesús sus vestidos, ya que según la prescripción romana los condenados debían hacer el recorrido hasta el lugar de la ejecución con la misma vestimenta con la que habían sido prendidos.

Mt 27:32: "Al salir encontraron a un hombre de Cirene, que se llamaba Simón, al que obligaron a llevar la cruz." Simón de Cirene era seguramente un judío de dicha ciudad y miembro de la sinagoga de sus connacionales (véase notas al texto de Act 6:1-8:1a). La forma en que las representaciones del vía crucis presentan a Simón de Cirene llevando la cruz de Jesús no reflejan la realidad histórica. Los soldados difícilmente pudieron obligar a Simón a que la acarrease conjuntamente con Jesús; más bien descargarían a Jesús del travesaño (pues el palo vertical de la cruz estaba ya en el lugar de la ejecución) y se lo cargarían a Simón. Las consecuencias de la flagelación de Jesús se dejaron sentir: Jesús no estaba ya en condiciones de llevar la cruz personalmente; ya sin la cruz, lo soldados debieron de arrastrarlo por las calles de Jerusalén hasta el lugar de la ejecución.

(Mc 15:21) Marcos, que estaba bien informado sobre las circunstancias de la ejecución por la Iglesia de Jerusalén, agrega que Simón era el padre de Alejandro y Rufo, los cuales evidentemente eran bien conocidos en la joven Iglesia de Roma para la que Marcos escribía.

(Lc 23:26) Lucas precisa en su relato que Simón volvía del campo.

(Lc 23:27-31) A la mención de Simón de Cirene Lucas agrega las palabras de Jesús a las mujeres compasivas y llorosas de Jerusalén. ¿Quiénes eran esas plañideras? No las que a veces seguían a Jesús en sus viajes, porque aquéllas no eran "hijas de Jerusalén," como Jesús las llama. Aunque tal vez se rompan algunas ilusiones, hemos de decir que se trataba de las plañideras profesionales. No sabemos, aunque es posible, que en el caso de Jesús hubieran sido contratadas, pues Jesús tenía en Jerusalén — además de sus apóstoles — algunos amigos, como Nicodemo y José de Arimatea; y muy bien podían haber encargado a las plañideras que acompañasen al condenado en su agonía.

Las palabras de Jesús a las mujeres que lloraban probablemente se han transformado en unas palabras kerigmáticas de Jesús.

Mt 27:33: "monte Calvario" o "Gólgota" se llamaba el lugar de la ejecución al que fue conducido Jesús. Calvaría en latín significa lo mismo que golgolta en arameo, a saber: "calavera"; golgolta se transcribió golgota en griego. No pasa de ser una vaga suposición que la denominación la recibiese el lugar en que Jesús fue crucificado por su forma de calavera. Al igual que hoy se denominan "cabezos" muchas colinas o montes, sin que necesariamente tengan forma de cabeza, también sucedía lo mismo en la antigüedad. "Calavera" era, pues, un topónimo que indicaba una colina escarpada.

El Gólgota estaba fuera de los muros de la ciudad de aquel tiempo. El dato de que la tumba de José de Arimatea, en la que Jesús fue sepultado, estaba allí confirma que el lugar era entonces un cementerio; y los descubrimientos de tumbas realizados allí certifican que lo que hoy se señala como área del Gólgota y de la sepultura de Jesús era un cementerio judío. No hay otro punto entre los santos lugares de Palestina que se pueda identificar con tanta verosimilitud como el escenario efectivo de un acontecimiento histórico como la iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén.

Orígenes atribuye el nombre de Gólgota (calavera) a la calavera de Adán, que habría sido enterrado allí y sobre la que habría caído la sangre de Jesús como signo de la redención de la humanidad. Pero el Gólgota como lugar de enterramiento de Adán no pasa de ser una primitiva tradición cristiana. Jerónimo creía saber que el Gólgota era un lugar tradicional de ajusticiamientos, y que fueron los cráneos de los ajusticiados los que habían dado nombre al lugar. Aunque es seguro que no sólo Jesús y los otros dos hombres que le acompañaban fueron crucificados en el Gólgota, la idea de que las calaveras de los ejecutados estuvieran allí dispersas resulta al menos aventurada. Por motivos de pureza ritual los judíos nunca hubieran permitido esa situación. En tiempos del emperador Adriano, y tras el aplastamiento de la sublevación de Bar-Kochba (135 d.C.), todo el sector fue allanado construyéndose sobre el mismo la nueva ciudad romana de Aelia Capitalina. El emperador Constantino mandó redescubrir de nuevo el terreno y, tras haber desescombrado el Gólgota, mandó construir una iglesia sobre el lugar de la crucifixión y del sepulcro.

Mt 27:35: "Después de crucificarlo, se repartieron sus vestidos echando suertes." Ésa era la costumbre entre los ejecutores de la sentencia. Para los vestidos de Jesús, cf. el artículo correspondiente.

(Jn 19:23) da el número de soldados que formaban el comando de la ejecución: los cuatro se repartieron los vestidos de Jesús y naturalmente también los de los otros dos ejecutados. El reparto de los vestidos se hizo, a cuanto sabemos, por sorteo; así lo dicen también los tres Sinópticos. El Evangelio de Juan separa la túnica, por lo que parece indicar que sólo sobre ella echaron suertes. Pero el sentido de esa distinción no es otro que el de poder destacar la coincidencia con el texto del Salmo: "Repartieron mis vestidos entre sí y sobre mi túnica echaron suertes" (Sal 22:19). Inspirándose en este versículo elige el evangelista las palabras de su relato y cuenta la división de los vestidos y el sorteo de la túnica.

(Jn 19:25-27) se expresa aquí la voluntad última de Jesús con respecto a su madre. Es una escena perfectamente delimitada: cerca de la cruz de Jesús estaban de pie su madre y la hermana de ésta — María, la esposa de Cleofás —, María Magdalena y el discípulo a quien Jesús amaba. También Lc 23:49 confirma este dato: "Todos sus conocidos y algunas mujeres que lo habían seguido desde Galilea estaban allí, mirando estas cosas desde lejos."

La tradición artística ha condicionado en gran parte nuestras representaciones acerca de la presencia de las mujeres y de Juan al lado de la cruz, pero las "crucifixiones" artísticas tienen más interés religioso y teológico que histórico. La realidad debió ser muy diversa: las mujeres y Juan no estaban "al pie de la cruz" sino entre los espectadores, al pie de la roca del Gólgota. Sólo presionados por ruegos insistentes permitieron los soldados encargados de la ejecución que subieran a lo alto de la colina los familiares y amigos de los crucificados para que, por breves momentos, se diesen el último adiós. En esas circunstancias debemos situar las palabras de Jesús que contienen una recomendación para el futuro de su madre.

El testamento en cuestión era necesario para que María quedase debidamente atendida. Su esposo José había muerto. El resto de la familia de Jesús había mostrado hasta ese momento una actitud de rechazo. En el momento de la crucifixión María se puso inequívocamente de parte de su hijo, lo que le sería perjudicial para participar en la "caja de los pobres" que a este fin tenía destinada la sinagoga. Por eso, Jesús no se limitó a recomendar calurosamente a su madre a los cuidados del discípulo amado, sino que en cierto modo dio fuerza legal a la relación materno-filial entre María y Juan. La fórmula era muy sencilla. Bastaba con que alguien dijese: "Éste es mi hijo," para que efectivamente se convirtiese en hijo con todas las consecuencias (cf. Sal 2:7). De manera parecida anunció Jesús su testamento momentos antes de morir: "Mujer, éste es tu hijo." Y dirigiéndose a Juan: "Ésta es tu madre." Madre y discípulo cumplieron el testamento de Jesús, pues, "desde aquel momento el discípulo la acogió en su casa."

Mt 27:36:"Y sentados, lo custodiaban allí." La custodia de los crucificados estaba perfectamente justificada. Las ejecuciones de este tipo eran en realidad episodios de un enfrentamiento armado más amplio entre Roma y el judaísmo. Los judíos comprometidos en la lucha armada no habrían tenido reparos en robar a uno de sus jefes que hubiera sido crucificado; semejante acción, realizada a su debido tiempo, podía suponer la salvación de la vida del ajusticiado. Es decir, la guardia no tenía un carácter puramente simbólico.

De todos modos, en nuestro caso, dadas la actitud claramente contraria a Jesús de las autoridades judías y la satisfacción de los partidarios del mesianismo político por la liberación de Barrabás, era poco probable un ataque para liberar a Jesús y a los dos sediciosos crucificados con él. Por eso, se pensó que serían suficientes cuatro soldados y un oficial para mantener el orden. En todo caso, el lugar de la ejecución de los cabecillas políticos se escogía según criterios militares: una pequeña colina, con una elevación rocosa como el Gólgota, donde un reducido número de soldados podía defenderse de los ataques de una multitud mucho mayor, mientras llegaban los refuerzos de la relativamente cercana torre Antonia.

Mt 27-37: "Y encima de su cabeza pusieron escrita su causa: Éste Es Jesús, El Rey De Los Judíos." Según la costumbre romana, este título había precedido a Jesús en su marcha hacia el suplicio.

(Jn 19:19-22) proporciona algún dato más sobre este proceso: Pilato había formulado personalmente el título en el que figuraba el motivo de la condena y ejecución: "Jesús de Nazaret, el Rey de los judíos." En dicha formulación se descubre todo el enojo de Pilato por el desenlace del proceso. Se le había presionado, y ahora él se burlaba a su vez de quienes le habían sometido a presión, y proclamó la crucifixión de Jesús como la crucifixión del Mesías judío ("el Rey de los judíos"). Las autoridades judías se opusieron naturalmente a tal formulación, pero Pilato quiso imponerse al menos en este punto secundario de la redacción del documento ya emitido, y no cambió el título; ya se le había comprometido bastante: "Lo que he escrito, escrito está."

Mt 27:38: "Al mismo tiempo fueron crucificados con él dos ladrones: uno a la derecha y otro a la izquierda." Los dos hombres que fueron conducidos a la crucifixión con Jesús eran compañeros de Barrabás y como él lestai, "ladrones" o salteadores de los que dice Mc 15:7: "Había entonces uno, llamado Barrabás, encarcelado con los sediciosos que en el motín habían cometido un homicidio."

(Lc 23:34): "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen." La petición de perdón para sus acusadores y jueces es en Lucas la primera palabra que Jesús pronuncia en la cruz; o diríamos mejor: aparece como la primera palabra entre las últimas palabras de Jesús que se nos han transmitido. Incluso muchos críticos severos la consideran como palabra original de Jesús, y no como una cita bíblica. Se caracteriza por el tratamiento de "Padre" dado a Dios, y la comunidad cristiana de Jerusalén la recogió como compendio del mensaje de reconciliación de Jesús, como lo prueba Act 7:60: Esteban oró con las palabras de Jesús pidiendo perdón para quienes lo lapidaban. Según una antigua tradición cristiana, también Santiago, el hermano del Señor, al ser apedreado rogó por sus asesinos con estas palabras.

Mt 27:39-44: "Los que pasaban por allí lo insultaban... Igualmente, también los pontífices se burlaban de él... De la misma manera, también los ladrones que habían sido crucificados con él lo insultaban." Mucha era la gente que había acudido al Gólgota acompañando a los condenados: curiosos, partidarios y enemigos de los condenados a muerte.

Entre ellos y como grupo especial se menciona al gran consejo: "Los pontífices, junto con los escribas y los ancianos." Éstos acudieron sólo por causa de Jesús, el cual — a diferencia de los otros dos rebeldes — era ejecutado no en virtud de una condena de Pilato sino de la condena del gran consejo. Esa delegación del gran consejo presenció la crucifixión en calidad de testigos. Se discute si las burlas e injurias de los miembros del consejo tenían el sentido de provocar al crucificado a la confesión de sus pecados y a una retractación. Los evangelistas informan de esas burlas para dar a conocer la profunda humillación de Jesús.

(Lc 23:43). La promesa de Jesús al buen ladrón — "Hoy estarás conmigo en el paraíso" — brotó en medio de las burlas de uno de los rebeldes que también había sido crucificado, y que posiblemente pertenecía a los seguidores desilusionados de Jesús. El ajusticiado en cuestión empezó a insultar a Jesús con las palabras de los miembros del gran consejo y de los soldados: "¿No eres tú el Cristo? Pues sálvate a ti mismo y a nosotros." Esto irritó al otro, que consideraba justo su castigo (eran rebeldes), pero que tenía por injusto el castigo de Jesús. Jesús le prometió con autoridad y seguridad en sí mismo el paraíso, y "hoy" mismo. Como esa palabra se enmarca por completo en una determinada expectativa judía del más allá, no hay por qué suponer que la palabra de Jesús haya sufrido cambio alguno. Lo que sí cabe preguntarse es si la palabra del rebelde crucificado con Jesús se nos ha transmitido en su tenor histórico. La petición de "Acuérdate de mí" (y no "piensa en mí") apunta a una fórmula teológico-litúrgica, mientras que el tratamiento de "Jesús" debe remontarse al tratamiento que históricamente recibió el Señor. Cabría suponer que la fórmula "Acuérdate de mí" deriva de una liturgia cristiana primitiva de los moribundos, en la que se habría transformado la palabra histórica del buen ladrón.

Mt 27:45-47: "Desde la hora sexta quedó en tinieblas toda aquella tierra hasta la hora nona. Hacia la hora nona exclamó Jesús con voz potente: Eli..." El grito de abandono de Jesús lo ha transmitido también Marcos (15:34). Ambos evangelistas mencionan el oscurecimiento desde la hora de sexta a la de nona. Diversas son las interpretaciones posibles de tales tinieblas, si fueron reales o si los evangelistas aluden a las mismas como un símbolo de la terrible tribulación de Jesús.

Hacia la hora nona (entre las dos y las tres de la tarde) empezó Jesús a recitar el Salmo 22(21), que arranca con las palabras "¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?" De considerar como palabra de Jesús sólo este primer versículo del salmo se privaría a la palabra de Jesús de su verdadero contenido; porque, efectivamente, sólo el salmo completo revela el sentido mesiánico, en el que de algún modo se contienen también la crucifixión y la resurrección. "Y predicarán tu justicia al pueblo que ha de nacer. ¡Esto es obra de Yahveh!"

"Éste está llamando a Elías" (Mt 27:47), decían algunos de los que estaban allí al oírlo, pues tomaban a chacota las palabras Eli, Eli, lamma sabaktani. Generalmente se ve en esa palabra "Éste llama a Elías" un malentendido. Pero, según la creencia popular, Elías se aparecía para librar a los justos de su tribulación suprema; y teniendo en cuenta esa creencia popular se comprende que el Eli (Dios mío) se malentendiese de propósito para burlarse de Jesús.

(Jn 19:28-30): "Después de esto, consciente Jesús de que todo quedaba ya cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: Tengo sed." Este "Tengo sed" podía derivar así mismo del Sal 22(21), en su versículo 16: "Seco está como un tejón mi paladar, mi lengua está pegada a las fauces." La situación realista sería la de que Jesús recitó en voz baja el salmo entero, pronunciando en voz alta algunas de sus palabras.

Los soldados habían llevado un jarro con vinagre. Sabían perfectamente cómo se desarrollaba una muerte por crucifixión, y aprovechaban cualquier circunstancia para seguir atormentando a los crucificados. La sed aparecía como consecuencia de que todo el cuerpo del crucificado había sido desgarrado por la flagelación que precedía al tormento de la cruz y después de que el ajusticiado llevaba colgando de la cruz largo tiempo bajo un sol abrasador; en tales circunstancias la sed era inevitable. Y como los soldados gozaban de autonomía para incrementar a su gusto las torturas de la crucifixión, para agudizar aún más la sed de los moribundos les daban a beber vinagre. Previsoramente fijaban la esponja con vinagre a un palo corto a fin de que los crucificados no dieran un mordisco en el dedo a su atormentador. "Cuando Jesús tomó el vinagre, dijo: Todo se ha cumplido"6. Posiblemente se trata también aquí de parte de una oración. "E inclinando la cabeza, entregó el espíritu" (Jn 19:30).

Mt 27:51-56: "Y al momento el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló y las rocas se hendieron... Realmente éste era el Hijo de Dios." El desgarrón del velo del templo significa la supresión del viejo santuario por la muerte redentora de Jesús; porque sólo puede tratarse del velo del santísimo, que con la rotura del velo queda al descubierto. ¡Un símbolo elocuente en el relato! La mención del terremoto indica la eliminación del imperio antiguo: "Tiembla la tierra y se conmueve, porque se cumplen los planes de Yahveh sobre Babel: hacer del territorio de Babel un desierto sin un solo habitante" (Jer 51:29). La resurrección de muchos cuerpos de difuntos quiere señalar el comienzo de la era mesiánica, pues una de las esperanzas judías es que al comienzo del reino mesiánico resucitarían los muertos.

La reacción de los soldados ya está explicada en el texto bíblico. Pero esa interpretación tiene ciertamente un trasfondo histórico. Porque la serenidad, la autoconciencia de Jesús, su coraje hasta el último momento, no sólo suscitan la admiración del centurión sino la de los cuatro soldados que montaban la guardia. Los evangelistas compendian la admiración de los soldados en la palabra del centurión. Sólo que para el evangelista tiene un significado más hondo: "¡Era el Hijo de Dios!"

(Lc 23:45-46) presenta el dato de la rotura del velo en un orden un tanto diferente: "el sol se eclipsó, y el velo del templo se rasgó por medio. Entonces Jesús exclamando con voz potente dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y dicho esto, expiró." Esa palabra se encuentra en el Sal 31(30), que formaba parte de la oración vespertina que recitaban los judíos al comienzo del último cuarto del día. Hacia las tres de la tarde, coincidiendo con el anuncio que se hacía desde el templo de la hora del sacrificio y la oración vespertinos, comenzó también Jesús su oración de la tarde con el Sal 31(30). El evangelista alude al versículo 6 del Salmo, que aisladamente servía de pequeña oración vespertina: "En tus manos confío yo mi vida...," tal vez porque Jesús recitó en voz alta precisamente ese versículo.

Jesús falleció a poco de iniciarse el sacrificio vespertino de aquel día.

(Jn 19:31-37) habla de la preparación del entierro: rotura de las piernas y perforación del costado de Jesús como comprobación de su muerte. ¿Por qué se les debían romper las piernas a los crucificados? "Los judíos — es decir, las autoridades del gran consejo — pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran." (De ello se deduce que los testigos de la ejecución pertenecientes al sanedrín abandonaron el lugar de la crucifixión antes de que Jesús hubiese muerto. También seguían aún con vida los dos crucificados con Jesús.).

El evangelista fundamenta la petición con estas palabras: "Era la parasceve y para que los cuerpos no quedaran en la cruz el sábado." Contaban, pues, con la muerte de los crucificados en el curso del sábado. ¿Y cómo puede ser eso una razón?

En las Antigüedades de Flavio Josefo (16:6.2) se encuentra un pasaje que puede refrendar esa razón. Augusto, en efecto, había otorgado a los judíos el privilegio de que en sábado y desde la hora nona de la parasceve (es decir, del día anterior al sábado) no pudieran ser obligados a prestar fianza; con otras palabras, que no pudieran ser forzados a ninguna prestación judicial, ni siquiera la mínima de prestar fianza. Eso sería lo que las autoridades judías querían que se aplicase también a los tres crucificados nacionales; para ellos era una cuestión básica. Los tres no deberían quebrantar abiertamente ese privilegio, tras la hora nona de la parasceve, con una muerte aplicada judicialmente.

Apoyándose en las investigaciones de Strack-Billerbeck sobre Mt 27:57, son muchos los comentaristas que ven la razón de la rápida retirada de los crucificados en Dt 21:22-23: antes del oscurecer había que enterrar a los ejecutados, por ello se mencionaría allí la frase "llegada la tarde..." (Mt 27:57). Pero Marcos agrega: "Llegada ya la tarde, por ser la parasceve, o sea, la víspera del sábado" (Mc 15:42).

La ley de los judíos difería notablemente del uso de los romanos en el tratamiento de los ejecutados. Los romanos dejaban pender a los crucificados hasta que los cadáveres eran devorados por los buitres y mientras aguantaba el esqueleto. Los judíos, en cambio, aplicaban a los ejecutados en cruz la ley del siglo vil a.C.: "Si un hombre ha cometido un delito digno de muerte y ha de ser ajusticiado, le colgarás de un árbol; pero no permitirás que su cadáver pase la noche en el árbol, sino que sin falta lo enterrarás ese mismo día; pues un hombre colgado de un árbol es una maldición de Yahveh, y no has de mancillar la tierra que Yahveh, tu Dios, te va a dar en herencia" (Dt 21:22-23)7.

La perforación del costado de Jesús tenía el propósito de acelerar la muerte; en eso están todos de acuerdo. De hecho, tras la perforación del costado, el que colgaba de la cruz no tenía ya la posibilidad de inspirar aire. Ello aceleraba la muerte, aunque a veces la vida podía prolongarse durante algunas horas. Pero en este caso se señala algo distinto, pues el texto dice claramente que se les quebrantasen las piernas y que fuesen retirados. Ello quiere decir que, una vez rotas las piernas de los crucificados, deberían ser depuestos de las cruces y transportados a un lugar de cremación (¿en el valle de Hinnom?), en el que arderían vivos como rebeldes. Ese tratamiento lo solicitaron también para Jesús las autoridades judías. Pero Pilato denegó la petición. Así se procedió con los dos que habían sido crucificados con Jesús. Pero Jesús estaba ya muerto. Por ello no le quebrantaron las piernas. Su muerte se comprobó con un bote de lanza: .".. y al momento salió sangre y agua" (Jn 19:34). Estas palabras tienen seguramente el mero propósito de informar. En la concepción judía el contenido de sangre y de agua era igual en el cuerpo humano. Así se mantenía equilibrado en el hombre justo, mientras que en el pecador prevalecía la sangre o el agua (véase comentario a Lc 14:2). Y a través de ese lenguaje simbólico quiere Juan subrayar una vez más la perfecta justicia de Jesús.

Mt 27:57-61 y paralelos: Sepultura de Jesús.

La sepultura de Jesús se cuenta en la historia de la pasión de un modo intencionadamente detallado. Cuando se informaba que un hombre había muerto, siempre se añadía que fue enterrado. La sepultura era así una proclama de su honorabilidad hasta la muerte.

Mt 27:57-60: "Llegada la tarde, vino un hombre rico, de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús. Éste se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús." José de Arimatea sólo aparece en este pasaje del NT, aunque lo mencionan los cuatro evangelistas. No sólo era rico, también noble, justo y con prestigio; con ésas o parecidas palabras se describe al personaje. José de Arimatea hizo dos cosas por Jesús: la primera, pedir el cadáver de Jesús a Pilato. El que sin dificultades pudiera acceder al procurador romano indica que se trataba en efecto de un personaje especial. No sólo era sin duda miembro del gran consejo, sino que debía de formar parte del "consejo de los diez" (dekaprotos), cuyos componentes siempre tenían acceso al procurador romano. Cual miembro de los diez debía de ser hombre adinerado, cosa que además se dice explícitamente (27:57). En la misma dirección apunta lo de "miembro ilustre del sanedrín" (euskhemon bouleutes), sobre todo si traducimos en el sentido del griego tardío: "miembro del consejo en (gran) estimación" (Mc 15:42). Además, el hecho de que Pilato le concediese audiencia de inmediato y le entregase sin más el cadáver de Jesús, es otro indicio de que pertenecía al consejo de los diez, de los dekaprotoi; por eso la Vulgata lo llama decurio (hombre de los diez). No sólo era un miembro ilustre del sanedrín, sino además un sanedrita que asumía responsabilidades. Acto seguido, ofreció José de Arimatea su tumba — que tenía excavada en un jardín de la colina del Gólgota — para enterrar a Jesús.

Con los dos actos demostraba José de Arimatea el gran valor con que acudió a Pilato. Se enfrentaba así al gran consejo, que ya había solicitado de Pilato el quebrantamiento de las piernas de Jesús, cosa que pudo impedir; y al mismo tiempo, al proporcionar su propia tumba, se declaraba en contra de la condena de Jesús como un criminal.

Los romanos atendían generalmente las peticiones de los parientes de los ajusticiados, cuando solicitaban la entrega de los cadáveres; y decimos que "generalmente," si es que no había en contra alguna dificultad política (como en el caso de los rebeldes). Lo inusual del caso presente es que no fue ningún pariente el que solicitó de Pilato el cadáver del ajusticiado, sino un seguidor público del mismo; a pesar de lo cual se lo entregó. Y es que eran precisamente los secuaces los más peligrosos, cuando se trataba del cadáver de un amotinado. Con todo ello, sin embargo, no sólo se echa de ver el prestigio de José de Arimatea como dekaprotos, que en cualquiera de los casos siempre respondería con su hacienda, sino también la actitud de Pilato en aquella condena, que le había sido arrancada por presiones; no había cambiado su opinión efectiva sobre Jesús, en el sentido de que no lo consideraba peligroso.

(Mc 15:43-44) subraya por lo demás abiertamente que José de Arimatea "se fue con valentía," de forma resuelta, a Pilato, aunque por desgracia algunas versiones de la Biblia suprimen la expresión. Y el propio Marcos informa de la sorpresa de Pilato cuando le dijeron que ya había ocurrido la muerte de Jesús, porque normalmente los crucificados no morían tan pronto (véase el apartado anterior sobre la crucifixión).

(Lc 23:51) acentúa el hecho de que José de Arimatea, como miembro del sanedrín, no había asentido al proceso y condena de Jesús; lo que quiere decir que no participó en las sesiones de condena contra Jesús.

(Jn 19:38) le designa incluso "discípulo oculto" de Jesús, y oculto porque temía a los círculos dirigentes de los judíos a los que él mismo pertenecía.

La deposición de la cruz la refieren todos los evangelistas sólo de paso. Quienes participaron en la operación no podían pasar por alto lo que para ellos estaba en juego: era el día de Pascua, y por la tarde habían de comer el cordero pascual, para lo que se requería la pureza levítica. Ahora bien, por la deposición del cadáver de Jesús de la cruz y su preparación para el enterramiento todos los participantes quedaban levíticamente impuros. José de Arimatea quedaba doblemente impuro: primero, por haber entrado en casa de un pagano, cuando acudió a ver a Pilato; y, segundo, por haber tocado el cadáver de Jesús. Aquel día no podía comer el cordero pascual. Tampoco pudo hacerlo Nicodemo, que también tomó parte en la operación (Jn 19:39), y que por tanto contrajo también la impureza legal. Así pues, dos miembros del sanedrín, de los que uno era además numerario del consejo de los diez, arrostraron esa dificultad con tal de prepararle a Jesús una sepultura digna.

Para llevar a cabo el desclavamiento se empezaba por liberar los pies clavados del crucificado del palo transversal, después se bajaba el travesaño con el que se colocaba el cadáver sobre el suelo y finalmente se liberaban las manos del palo transversal.

La preparación del cuerpo sí que la detallan ampliamente los cuatro evangelistas; es algo importante y significativo, porque en modo alguno se preparaban así para el enterramiento los cadáveres de todos los ajusticiados.

Al preparar a Jesús una sepultura honrosa con lienzos y aromas, todos los participantes daban a entender que Jesús no era un criminal. Las cien libras de mirra y áloe, aportadas por Nicodemo (Jn 19:39) para la operación, resultan increíbles. Sin duda que el dato está falseado por algún error de transcripción. Si en los manuscritos más antiguos el número de libras estaba indicado por letras griegas, el error pudo introducirse fácilmente: la letra mayúscula gamma Г (tres) un buen día se trocó en P (cien). Una mezcla de tres libras de ungüentos era la cantidad normal para un enterramiento.

Mt 27:60-61: Y José de Arimatea "lo puso en un sepulcro nuevo... y después de haber hecho rodar una gran piedra a la puerta del sepulcro, se fue. Pero María Magdalena y la otra María estaban allí..." La tumba de Jesús, que en realidad era la tumba de José de Arimatea, no era tan espaciosa como las destinadas a acoger a toda una familia. Estando a la información de Eusebio (Vita Constantini, 3:25), parece que se trataba de la tumba para un cuerpo; pero delante de la artesa excavada bajo el suelo había una antecámara en la que podían sentarse los visitantes de la tumba que iban a hacer el duelo.

La piedra que cerraba el sepulcro (27:60) debió de ser similar a una gran piedra de molino, de 1.50 m de diámetro y de 30 a 40 cm de grosor, que se hacía rodar sobre una hendidura. Semejante rueda de arenisca se ha encontrado también ante la tumba familiar de la familia herodiana, que han sacado a luz las excavaciones en la parte israelí de Jerusalén (junto al hotel "Rey David"). Al rodar la piedra sobre una ranura, se la puede hacer girar hacia la izquierda del que la contempla desde fuera dejando la entrada libre; pero al impulsarla hacia la derecha cierra perfectamente la entrada baja adaptándose por completo a la roca.

(Lc 23:55). En la deposición del cadáver las mujeres continuaron el duelo que ya habían iniciado al morir Jesús. No se sentaron mudas en las proximidades mientras el cadáver de Jesús era dispuesto para la tumba. Las palabras del evangelista podrían dar esa impresión; pero como es evidente que las mujeres participaron en las lamentaciones del duelo, al evangelista no se le pudo ocurrir eso. A menudo suele traducirse este versículo sobre las mujeres como "prestaron atención sobre dónde era depositado el cuerpo." Pero el texto griego es más denso: ..."contemplaron la tumba y cómo quedaba colocado el cuerpo de Jesús." Diríamos que esta versión es más técnica: la observación, en efecto, es la expresión técnica adecuada para indicar la actitud y la acción, con que se acompaña la lamentación por los difuntos. Si la lamentación se hace en la tumba, se acude allí para observar el cuerpo y el lugar. Y eso es lo que las mujeres hicieron aquella tarde mientras se realizaba el sepelio.

Mt 27:62-66: El sellado del sepulcro.

Al día siguiente (27:62) se reunieron los sumos sacerdotes y los fariseos ante Pilato para solicitar de él una guardia, para que el cuerpo de Jesús no fuera robado. "Al día siguiente." ¿Por qué no se preocuparon antes del asunto?

El sumo sacerdote (o los sumos sacerdotes) había(n) solicitado de Pilato el mismo día de la crucifixión, y antes de que Jesús muriese, que se le quebrantasen las piernas. Y se le(s) había concedido. Con lo cual, el caso de Jesús para ellos estaba liquidado. El quebrantamiento de las piernas de los tres crucificados, su deposición de la cruz y su cremación final eran cosas que correspondían al comando encargado de la ejecución. Los miembros del sanedrín, fieles a la Ley, tampoco querían incurrir en la sospecha de impureza con la proximidad de un cadáver. Ya no volvieron al sitio del tribunal, sino que se dirigieron a celebrar la comida pascual. De primeras nada supieron de la entrega del cuerpo de Jesús a José de Arimatea, ni del enterramiento de Jesús. Pero, naturalmente, no pasó mucho tiempo sin que llegase a los oídos de los sanedritas el desarrollo en verdad anormal de los sucesos que siguieron a la ejecución; fue a más tardar a última hora de la noche, cuando salieron a pasear después de la cena pascual, cuando tuvieron noticias del asunto. Y no cabe sino pensar que, ante el curso de los hechos, volvieron a celebrar una sesión en casa del sumo sacerdote, en la que se discutió la situación planteada. Y "al día siguiente" pontífices y fariseos acudieron a Pilato para proceder según lo acordado por ellos.

La solicitud y su fundamentación para la custodia de la tumba utilizaron con gran habilidad los usos romanos. Debido al abuso que en muchos casos se hacía de los cadáveres — por ejemplo, cuando se trataba de los ajusticiados por rebelión — la autoridad militar romana denegaba la entrega del cadáver y ordenaba su cremación, aunque el crucificado ya hubiera muerto en la cruz. Por ello los solicitantes aludieron a la posibilidad de semejante abuso por parte de los seguidores de Jesús: "no sea que vayan los discípulos..." (27:63.64).

Pilato atendió la solicitud y hasta dejó en manos de los solicitantes su puesta en práctica; así se entiende habitualmente el texto (27:65) cuando se leen las versiones. Pero el texto griego dice algo más: "¡Pero si vosotros (ya) tenéis una guardia!" Algunos códices subrayan ese sentido al escribir: "Pero Pilato les respondió"; es decir, no contestaba sólo a la solicitud, sino que cabría pensar que les replicaba de mala gana. Estaba ya harto de todo aquel asunto. Y se refería a la guardia que había vigilado la ejecución y que debería también cuidarse del difunto o de la tumba. Y con esa breve frase — "¡Pero si vosotros (ya) tenéis una guardia!" — daba a entender al sanedrín que el asunto deberían haberlo resuelto con el oficial de guardia, en vez de molestar al procurador. "Ahí tenéis una guardia; id y aseguradlo bien, como ya sabéis."

Pero había que controlar personalmente el establecimiento de la guardia. Cuando los soldados acudieron a la tumba de Jesús, difícilmente pueden haberse apostado allí sin una observación previa de la misma. Tanto el centurión como los sanedritas, fariseos y sumos sacerdotes, debieron cerciorarse de que el cuerpo todavía estaba allí. Y, desconfiados como eran, difícilmente las gentes del gran consejo habrían sellado una tumba de cuyo contenido no hubieran estado seguros. Así mediante el sellado y la custodia — aunque no haya un relato explícito de los Evangelios sobre esa certificación — se confirma que Jesús estaba muerto. Si la guardia de la tumba y las autoridades judías no hubieran estado ciertas, antes de poner los centinelas y de sellar el sepulcro, de que Jesús difunto estaba allí, el rumor de que la tumba estaba vacía habría corrido sin duda en forma distinta. Tal como se difundió, supone que se sabía que, al sellar la tumba y poner centinelas para su vigilancia, el cuerpo estaba allí todavía.

Fácilmente puede suponerse por qué el gran consejo hizo sellar la tumba de Jesús. Faltaban todavía por celebrar los días del duelo, para el que se abría la tumba. Y así el sanedrín quiso impedir que la tumba se abriera en modo alguno, cualquiera fuese la finalidad de tal apertura. Con ello la guardia no sólo custodiaba el cuerpo, sino que también aseguraba el cierre absoluto del sepulcro; para ello se puso el sello del gran consejo. Después de lo cual los soldados, probablemente cuatro y el oficial de mando — como en la crucifixión —, montaron la guardia. Y hasta es probable que fueran los mismos soldados de la ejecución.

Resurrección y Apariciones de Jesús.

En este libro no podemos presentar un artículo extenso sobre el tema de la resurrección y apariciones de Jesús. Hemos de contentarnos con algunas respuestas a preguntas como éstas: ¿Qué significa el anuncio bíblico de la resurrección de Jesús? Las apariciones de Jesús, ¿han ocurrido realmente?

Los apóstoles, y con ellos los primeros cristianos, reconocieron que Jesús vive. Al igual que Juan, también lo