"Así Fue

La Iglesia primitiva"

Vida Informativa de los Apóstoles.

Por José A. de Sobrino. S. I.

— Para Usos Internos y Didácticos Solamente —

ADAPTACION PEDAGÓGICA: Dr. CARLOS ETCHEVARNE, Bach. Teol.

 

Contenido:

Prologo. Los Hechos de los Apostóles: Introducción.

Autor del Libro. Clemente de Alejandría. Catequesis y Reflexión Histórica. Relato y Topografía de la Ascensión. Los Apóstoles Regresan a Jerusalén. Elección del Apóstol Matías.

La Venida del Espíritu Santo. Geografía Pentecostal.

Primer Discurso de Pedro. Mensaje valiente: Jesús vivo y David muerto.

La Comunidad Primitiva.

Cuatro notas de la primitiva comunidad. La Doctrina de la Didaje. ¿Un "comunismo" cristiano?

El Primer Milagro de los Apostóles.

El Nombre de Jesucristo. Segundo Discurso de Pedro. Pedro y Juan ante el Sanedrín. El "comunismo" cristiano: Bernabé y Ananías. Segunda Prisión de los Apóstoles.

Los Diáconos y Esteban.

Designación y Rito de los Diáconos. Apología y Martirio de Esteban. Exequias y Sepultura de Esteban. El Diácono Felipe, en Samaría. Los dos Felipes: el Apóstol y el Diácono. Pedro, en Samaría. Bautismo del Eunuco de Candaces.

Saulo-Pablo.

La Formación Escolar y Laboral de Pablo. Estudios "Universitarios" de Pablo. Saulo, Perseguidor de la Iglesia.

La Conversión de Pablo.

Relato "Lucano" de la Conversión. El Bautizo de Pablo. Saulo se Retira al Desierto. Saulo Regresa a Jerusalén. Pedro en Lydda y Joppe. La resurrección de Tabitáh. El Mensaje del Centurión Cornelio. La Conversión del Centurión Cornelio. El Centurión Cornelio y su Visión. Llegada de Pedro a Casa de Cornelio. Bajada del Espíritu Santo. Retorno de Pedro a Jerusalén.

Expansión de la Fe Cristiana.

El Sacerdocio Hebreo. La Fe Cristiana Llega a Antioquia. Los Profetas del Nuevo Testamento. Prisión de Pedro. La Muerte de Herodes. Vida Posterior de Pedro.

Primer Viaje de Pablo: de Chipre a Panfilia.

Predicación en Chipre. El Procónsul Sergio y el Mago Elimas. Hacia Perge de Panfilia.

Primer Viaje: Antioquia de Pisidia.

Predicación de Pablo en la Sinagoga. Aceptación y Rechazo de los Judíos.

Primer Viaje: Iconio y Regreso a Antioquia.

Curación milagrosa de un cojo. Encuentro Con Timoteo.

Concilio de Jerusalen.

Sesión Plenaria: Habla Pedro. Intervención de Santiago. Las Cuatro Restricciones del Concilio.

Disputa de Antioquía. Preparación del Segundo Viaje.

Un Contencioso Entre Pedro y Pablo. Preparación Conñictiva del Segundo Viaje.

Segundo Viaje de Pablo: Troade y Filipos.

Paréntesis en Calada: Enfermedad de Pablo. Se alzan las velas hacia Grecia. Curación de la Pitonisa y Prisión de Pablo. Liberación de Pablo y de Silas. Tesalonica, Berea y Atenas. Epístola a los Tesalonicenses. La Segunda Venida de Cristo. Pablo, en Atenas. El Areópago Ateniense. Pablo, en Corinto. El Matrimonio Águila y Priscila. Predicación de Pablo en Corinto. Carta a los Corintios (I). Los Cuatro Bandos de Corinto. Consultas: los Procesos y el Incestuoso. Carta a Los Corintios (II). La Virginidad Cristiana. Los Banquetes y los "Idolotitos." El Velo de las Mujeres. La "Fractio Pañis": Sus Abusos. La Liturgia Carismática. La Glosolalia o Don de Lenguas. Elogio Paulino de la Caridad. La Resurrección de Cristo y de los Cristianos.

Tercer Viaje: Galacia y Efeso.

Epístola. A los Galatas. Pablo Llega a Efeso. El Templo de Diana en Efeso. Predicación de Pablo en Efeso. Las Escrituras Mágicas Efesinas. Pablo, en Efeso. El Tumulto de los Plateros. Segunda Carta a los Corintios. La Colecta Para Jerusalén. Apología de Pablo ante sus contradictores.

Epístola a los Romanos.

Destinatarios de la Carta. Primera Tabla del Díptico: la Humanidad sin Salvación. Segunda Tabla del Díptico: los Judíos sin Salvación. La Nueva Ley del Espíritu. Tragedia y salvación de Israel. Unidad en las Diferencias. Proyectos y Despedidas. Pablo, en Mileto y Llegada a Jerusalen. Mileto: Despedida de Pablo. Rumbo a Jerusalén. Prisión de Pablo en Jerusalén. Biografía de Santiago, hermano del Señor. Epístola canónica de Santiago. Judas Tadeo, hermano de Santiago. Pablo, en el templo: su detención. Apología de Pablo ante los Judíos. Proceso de Pablo en Cesárea. Comparecencia ante el Procurador Félix. Autodefensa de Pablo. Continuación del proceso: Drusila y Pótelo Festo. Comparecencia ante Agripa y Berenice. Viaje Marítimo de Pablo. Escala en Malta y Viaje a Roma. A Roma por la vía Appia. Llegada a Roma. Las Cartas de la Cautividad. Breve nota epistolar a Filemón. Carta de Pablo a los Coloseases. La Carta a los Efesios. La Carta de la Unidad Cristiana. Carta a los Filipenses. Viaje de Pablo a España. El origen de la fe Cristiana en España. El testimonio del San Clemente. Otros posibles testimonios. Cristianismo en España: historia y leyenda. Los siete varones apostólicos. Santiago, en España.

Ultimas Cartas de San Pablo.

Primera Carta a Timoteo. Caita a Tito. Carta a los Hebreos. Temática de la carta. Últimos pasos de Pablo. Calendario final.

Segunda Prisión y Muerte de Pablo.

Segunda prisión en Roma. Segunda Carta a Timoteo. Últimos consejos. Muerte de Pablo.

El Apóstol Pedro.

El apóstol San Andrés. Cartas de San Pedro. Topografía Romana de Pedro. Martirio y sepultura de Pedro.

Juan, Evangelista y Teólogo.

San Juan en los Evangelios. Martirio frustrado y destierro de Juan. Segunda y Tercera Epístolas de Juan. Las Siete Cartas del Apocalipsis. Escenario de las cartas. Al Ángel de Efeso. Al ángel de Estima. Al ángel de Pérgamo. Al ángel de Tiatira. Al ángel de Sardes. Al ángel de Filadelfia. Al ángel de Laodicea.

La Iglesia Heredera de los Apostóles.

La Didajé o doctrina de los doce apóstoles. Ignacio de Antioquia. Clemente Romano. La "Carta a los Corintios." Policarpo. Papías.

Epilogo la Virgen María en la Iglesia Primitiva.

 

Presentación.

Esta necesitado nuestro mundo, cada vez más, de escuchar la Palabra de Dios. De tal manera se multiplican y difunden las palabras humanas, frecuentemente parciales y aun a veces equivocadas, que se hace cada día más apremiante que los hombres, y en particular los cristianos, se acerquen a leer y escuchar la Palabra de Dios, que nos dijo, por boca de Jesús, que El mismo era el Camino, la Verdad y la Vida. Nos atreveríamos a decir que en la topografía humana hay una multitud tan confusa de direcciones, que cada vez se hace más difícil encontrar el camino de la Paz y del Amor.

El libro que hoy nos presenta el P. Sobrino es una aportación valiosa a la Verdad hecha Camino en la vida primitiva de la Iglesia. En medio de nuestro afán continuo de cambio y de novedades, se hace también necesario mirar al pasado de nuestros orígenes cristianos, porque en ellos se nos ofrecen verdades y experiencias muy valiosas. Porque nuestro mundo, que a veces paradójicamente se inmoviliza y avejenta, necesita el ejemplo de una Iglesia joven que comentaba a caminar por el mundo, conducida por los apóstoles, porque eran a la vez amigos de Jesús y portadores de su Palabra.

Para los que hayan leído. Así fue Jesús, de este mismo autor, la presente obra es como una continuación de la primera, y, por tanto, se mueve en la misma línea de invitar a la reflexión y proporcionar un rico material informativo, que nos acerca al mundo helenístico, donde se hallan algunas raíces de nuestra cultura. La lectura de sus páginas nos permite acompañar a una Iglesia que aprendía a dar sus primeros pasos por el mundo.

Los pastores nos alegramos de disponer de este libro, que no sólo será lectura provechosa para la familia, sino material homilético para la predicación. El libro, en una palabra, une "la fidelidad en el contenido con una expresión en el modo de pensar y de hablar de nuestro tiempo," como decía el Santo Padre en su mensaje a los teólogos españoles en la Universidad Pontificia de Salamanca.

Noble empeño al que todos debemos servir sin fatiga en el necesario diálogo con la cultura y los hombres de hoy, que tantas veces buscan a Otros aun sin saberlo.

Septiembre de 1986.

Cardenal-Arzobispo de Toledo Primado de España

 

Prologo.

Nosotros, los creyentes de hoy, no de la Iglesia primitiva, sino de la viva y presente y también la del año 2000, como nos gusta soñarla —, necesitamos este testimonio y esta información sobre la primitiva Iglesia. Han pasado tantos siglos sobre la Historia, que se hace necesario retrasar el camino.

Este libro es la segunda parte de otro anterior, Así fue Jesús: vida informativa del Señor. Ahora les presento la segunda tabla del díptico informativo: Así fue la Iglesia primitiva.

Esa Iglesia, fundada por Jesús durante los primeros años de su existencia. Cuando todavía vivían los apóstoles, que fueron sus amigos personales. Cuando todavía Jesús, sus palabras y milagros y la experiencia de su resurrección eran recuerdo y testimonio para muchos de aquellos primeros cristianos.

El talante literario de esta obra es el mismo de la Vida de Jesús. Por consiguiente, les ofrece una información con sus mismas características, y que, como aquélla también, antes de ser un libro, fue un programa radiofónico que voló por las ondas de España, en el Viejo y en el Nuevo Mundo.

Lo he subtitulado Vida informativa de los Apóstoles. Ya que la información nos ha sido principalmente transmitida por los Hechos de los Apóstoles, que escribió San Lucas, y por las Cartas de algunos de ellos, especialmente por las de San Pablo. Por eso en nuestro relato, aunque la protagonista es la Iglesia primitiva, lo que se refiere a Pedro y sobre todo a Pablo adquiere un especial relieve y colorido en el cuadro.

Para los que conocen la primera tabla — Vida informativa de Jesús —, este libro no puede ser una novedad ni una sorpresa, aunque me atrevería a decir que esta segunda parte resulta aún más cercana a nosotros; porque el mundo greco-latino y helenístico en el que se desenvolvió la primitiva Iglesia se halla más próximo al nuestro que aquel otro, más característicamente semítico, en el que se movió Jesús.

Encontraremos, por tanto, en estas páginas, cómo fue la primera catequesis que predicó Pedro. Presenciaremos la bajada del Espíritu Santo, no sólo en el Pentecostés cristiano, sino en otros múltiples en el que se repitió el fenómeno. Veremos derramar la primera sangre vertida por aquel diácono apasionado que se llamaba Esteban. Cómo se convirtió el primer etíope y el primer centurión romano. Cómo la fe comenzó a navegar bajo una vela griega o fue en una nao romana. Cómo se enfrentó el cristianismo con la cultura de aquellos grandes centros del helenismo, como eran Atenas, Efeso o Corinto. Llegaremos a conocer quiénes eran Águila y Priscila, la primera pareja catequista. Y Bernabé, y Silas, y Juan Marcos. Todo eso queremos contártelo para que lo percibas cerca de ti, con la proximidad de un transistor o de las imágenes de una tele. Es tu Iglesia y la mía. Y todos tenemos derecho a estar bien informados sobre aquello que fue ayer, pero sigue válido hoy y lo seguirá siendo mañana.

Pienso, sin quitar su tarea ni competencia a los especialistas en historiografía de la Iglesia ni a los biblistas neotestamentarios, sin cuyos estudios este libro sería imposible, que nuestro mundo actual necesita también de este tipo de libros, como el que les presento. Porque estamos rodeados y penetrados por los medios de comunicación social, que tantas veces nos inducen a dudas y errores, y aun excitan nuestro materialismo. Por eso se hace más necesario el testimonio de la fe cristiana de unos hombres que vivieron en un mundo que, como el nuestro, se les hacía nuevo y les resultaba difícil. La figura de un santo no es la de una estampita de papel entre las páginas de un devocionario. Ni tampoco la de una vidriera policroma de una catedral gótica. Es la de un hombre, la de un ser humano como nosotros. Un hombre o una mujer de cuerpo entero y de alma entera en un paisaje concreto. En donde el paisaje no anula la figura.

Están tan llenos nuestros espacios publicitarios e informativos de espectáculos de noticias sobre anormales, criminales y esperpentos, que nos hace falta para los ojos y el corazón la luz detergente de los santos. Y eso es en parte la Información que les presento.

No es, por tanto, un estudio exegético de las Epístolas de San Pablo, aunque las citaremos frecuentemente: ya hay otros excelentes comentarios, y cada día se van mejorando en su contenido. No es tampoco una historia de la Iglesia que maneje todo el aparato crítico para valorar hechos a veces tan dispares. Es simplemente una lectura reposada del Libro de los Hechos de los Apóstoles, que figura en cualquier edición del Nuevo Testamento a continuación de los Evangelios. En él se nos describe la permanencia activa de Jesús en su Iglesia, después de su Resurrección, bajo el soplo del Espíritu.

No hay contradicción en el reloj del tiempo. Para una Iglesia del año 2000 hay que contar con la Iglesia del año 0. Sin Jesús, ciertamente, no habría salvación ni fe cristiana. Sin la Iglesia primitiva, ese Jesús no nos habría sido anunciado. Seguiría brotando la fuente, pero el agua no llegaría a nuestros labios.

 

 

Los Hechos de los Apóstoles:

Introducción.

El título que actualmente tiene el libro es Hechos de Los Apóstoles, que es la .traducción del título en griego, "Praxeis apostolon.," con que ya se le conocía en el siglo u. Es decir, "Hechos de Apóstoles.," sin el artículo determinado "los"; y con razón, porque "los apóstoles," para nosotros, para el lenguaje común de los fieles, son los Doce, y en cambio la narración de este libro casi se reduce a los hechos de Pedro y de Pablo, y algo también de Juan; aunque, por otra parte, narre también algunos otros sucesos de quienes no fueron apóstoles en su estricta denominación, como son Esteban, Bernabé y otros allí nombrados.

El título de Hechos de los Apóstoles tiene precedentes en algunos escritos de la Antigüedad, como fueron los Hechos de Alejandro, escritos por Calístenes, o los Hechos de Aníbal. Y la palabra sugiere inmediatamente un relato de acontecimientos centrados en una persona. No se trata, por tanto, de una biografía que nos muestre el carácter y el curriculum vitae del biografiado, sino más bien de un conjunto de hechos protagonizados por algunos apóstoles, como continuadores del mensaje y de la obra de Cristo, que nos desbordan hasta convertirse en una historia de la marcha y progreso de la fe cristiana en los años que siguieron a la muerte de Jesús.

Autor del Libro.

El autor de este libro es el evangelista San Lucas, según afirma una antiquísima tradición y confirma el análisis interno del texto.

La tradición se remonta a San Ireneo, obispo de Lyón en el último tercio del siglo u. Ireneo era originario de Asia, probablemente nacido en Esmirna, y había sido discípulo de San Policarpo. Este conoció en su juventud a Juan Evangelista y a otros que habían visto al Señor, y había sido nombrado después obispo de Esmirna por el propio Juan Evangelista. Es Ireneo quien en doce citas de sus escritos atribuye la autoría de los Hechos a Lucas, "inseparable compañero de San Pablo y colaborador con él en la predicación del evangelio."

Asimismo en el Canon de Muratori (que lleva el nombre del investigador que lo descubrió), y que probablemente data de finales del siglo n y contiene un testimonio cualificado de la Iglesia romana, que podría ser de San Hipólito, se afirma asimismo la paternidad de Lucas respecto al libro de los Hechos de los Apóstoles. Y en el mismo sentido escriben Orígenes y Tertuliano.

Clemente de Alejandría.

Si la atribución a Lucas no fuese real, sino fingida, como alguien ha pretendido, ¿no hubiera preferido la Iglesia primitiva escoger como autor a alguna otra persona más relevante, como hubiese sido alguno de los apóstoles? La coincidencia, pues, de la tradición establece indubitablemente la paternidad de los Hechos en favor de Lucas. Veamos ahora algunas rajones internas, apoyadas en el mismo texto de los Hechos.

A. Se trata de un escritor que se presenta como el mismo autor del tercer evangelio. Ahora bien, este evangelio, según múltiples testimonios, es la obra de Lucas.

B. Este Lucas parece un pagano convertido, y así lo dice expresamente el Canon de Muratori; pero lo mismo se deduce de ciertas expresiones que se encuentran en el libro, que difícilmente hubieran podido salir de la pluma de un judío educado en la tradición hebrea.

C. El texto de los Hechos manifiesta un especial y detallado conocimiento de lo que sucedió en la Iglesia de Antioquía. Ahora bien, Lucas, según la tradición, había nacido en Antioquía de Siria.

D. El autor es un compañero de Pablo, es decir, de aquellos que le acompañaron en sus expediciones y viajes apostólicos por causa del evangelio. De estos compañeros, los más asiduos fueron Bernabé, Juan Marcos, Timoteo, Tito y Silvano; pero el autor no es ninguno de ellos, porque, al narrar los sucesos, se contra distingue y los menciona como terceras personas.

Por otra parte, el texto contiene cierto número de fragmentos narrativos en los que el escritor usa el pronombre "nosotros," es decir "nosotros viajamos," "nosotros subimos al barco, nos detuvimos," etc. Son los conocidos fragmentos "Wir" de la crítica textual. Este pronombre "nosotros," usado en unas ocasiones y no en otras, parece probar una participación activa en dichos sucesos. Ahora bien, estos fragmentos "Wir" son originales de Lucas, como lo demuestra el vocabulario y la sintaxis comparativa con el texto del tercer evangelio.

Más aún, la información que Lucas nos da en esos fragmentos autobiográficos no está sacada de las cartas de San Pablo; y se diría que Lucas conoce al protagonista Pablo, posee contactos más directos con él, y no tiene por qué acudir a sus cartas para informarse. Esto explica bien una cierta independencia que se advierte entre las epístolas de San Pablo y el material paulino de los Hechos. Lo cual es perfectamente lógico, ya que una persona que conoce y trata a otra con cierta intimidad no tiene por qué consultar las cartas que él escribe a otros para saber lo que hace y piensa.

La experiencia inmediata de Lucas, como compañero temporal de las expediciones de Pablo, se confirma por la exactitud de los datos topográficos y etológicos que recoge en su itinerario. Ramsay ha recorrido los caminos de San Pablo en Asia y Europa, y ha podido comprobar la precisión de las informaciones de los fragmentos "Wir," propias de un testigo ocular.

Algunos comentaristas contemporáneos, separándose de las pruebas de la tradición, ponen en duda la autenticidad lucana de los Hechos, y lanzan la hipótesis de que Lucas, en los fragmentos "Wir," estaba copiando de otra fuente, digamos de un diario de viaje de un testigo que no era él. Pero se hace muy extraño que Lucas, cuya probidad historiográfica nos es bien conocida, y que nos ha narrado múltiples sucesos apoyándose en informaciones ajenas, vaya precisamente en estos fragmentos "Wir" a hacerse falsamente protagonista de sucesos, utilizando incluso un lenguaje muy semejante al del resto de la obra.

Finalmente, otras congruencias menores apoyan lo dicho, como es la insistencia y precisión de ciertos términos médicos — y sabemos que Lucas lo era — y también la cultura literaria del escritor, que posee un estilo peculiar, que emplea giros del griego ático, desconocido en el resto del Nuevo Testamento, y utiliza un vocabulario propio en un 29 por 100 de las palabras, lo cual coincide con otros datos que ya poseemos de Lucas.

El libro está dedicado a Teófilo, la misma persona a quien también dedicó su evangelio, y cuya identidad real o ficticia todavía no se ha esclarecido. Mas lo importante es conocer cuál fue la verdadera intención de Lucas al escribir los Hechos.

Catequesis y Reflexión Histórica.

Los Hechos es un escrito catequético. Lucas supone la fe de los lectores y pretende profundizar en ella y "asegurarla," darle esa "asfaleia," esa firmeza y seguridad que prometía al comienzo de su evangelio (Lc. 1-4).

Lucas se dirige a destinatarios del mundo helenístico y posiblemente tiene ante sus ojos a los que viven en la región de Efeso. Pero de esto trataremos más adelante, cuando lleguemos en nuestra lectura a dicha región.

Es una comunidad cristiana que ya no pertenece α lα primera generaciσn contemporánea de los apóstoles. En esta comunidad han surgido problemas internos y externos. Y Lucas pretende esclarecerlos y resolverlos, narrando para eso los orígenes de la Iglesia y mostrando que hay una identidad entre el anuncio o kerigma primitivo y la catequesis activa que se va estableciendo por la tradición. Es posible que la comunidad cristiana tenga que reflexionar sobre su identidad. Muchas de esas comunidades deben su origen a la predicación de Pablo, pero ¿es esa predicación, esa fe que Pablo les ha trasmitido, la misma que predicaban los Doce que convivieron con Jesús?

Por otra parte, pasado el primer fervor de la conversión, se presenta la monotonía de la vida cristiana y el cansancio que hay que superar en la vida de cada día, para lo cual puede ser modélico el recuerdo de los orígenes.

Finalmente, al irse desarrollando la Iglesia se refuerzan las dificultades externas provenientes del judaísmo y del paganismo, y, frente a ellas, Lucas recoge las tradiciones originales que muestran por dónde va el verdadero camino, la salvación que Jesús vino a traer al mundo.

Recientemente algunos comentaristas retrasan la composición de los Hechos hasta después del año 80; aunque otros, siguiendo en esto una bien fundada tradición, le atribuyen una fecha más primitiva.

Podría decirse que la redacción de Lucas es anterior a la destrucción de la ciudad de Jerusalén por el ejército romano, que tuvo lugar, como sabemos, en el año 70. La razón es que no hay rastro alguno en los Hechos de esta noticia, que sin duda causó un enorme impacto en todo el mundo judío, siendo así que se recogen en el texto acontecimientos de menor importancia. Por otra parte, la lectura del texto da la impresión de que la Iglesia naciente se encuentra en buenas relaciones con el Imperio Romano, cuyos funcionarios muestran a los cristianos una actitud benévola. Ahora bien, este comportamiento del Estado Romano cambió radicalmente con la persecución desencadenada por Nerón en el año 64. Si Lucas hubiese escrito después, muy probablemente nos habría dejado una indicación de este cambio tan radical en el talante de las autoridades romanas.

Finalmente, el relato de los Hechos se interrumpe abruptamente, dejando a Pablo en la cárcel de Roma, de la que sabemos que salió. Lo cual parece indicar que la obra se terminó de escribir hacia los años 62 ó 63.

Respecto al lugar, habría sólo que añadir que, si tal fue la fecha de la composición, el lugar debió de ser Roma. Y así es la opinión de San Jerónimo, aunque otras tradiciones hablan de Beocia.

Abramos esta obra, que es a la vez historia y catequesis, y que puede considerarse dividida en las dos partes ya clásicas en los comentaristas: a la primera parte se le ha llamado "Actas de Pedro," y comprende los doce primeros capítulos; y a la segunda parte, "Actas de Pablo," que llega hasta el final del libro, es decir, hasta su capítulo 28.

Relato y Topografía de la Ascensión.

"En mi primer libro, querido Teófilo, traté de todo lo que hizo y enseñó Jesús desde el principio hasta el día en que, después de dar instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo, fue llevado al cielo.

Fue a ellos a quienes se presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo. Y, dejándose ver de ellos, durante cuarenta días les habló del Reino de Dios.

Una vez que comían juntos, les recomendó: — No os alejéis de Jerusalén; aguardad a que se cumpla la promesa del Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua; vosotros, en cambio, dentro de pocos días, seréis bautizados con Espíritu Santo.

Entonces los que se habían reunido le preguntaron: Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el Reino de Israel? El les contestó: — No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha reservado a su autoridad. Pero recibiréis una Fuerza, el Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros, para ser testigos míos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo" (Hech. 1:1-8).

Con esta mención del Espíritu Santo, a quien llama "la promesa del Padre" y la "Fuerza," se va preparando el relato de la venida del Espíritu Santo. Las dos denominaciones del Espíritu son muy lucanas. La primera, "promesa del Padre," epangelía, solamente es empleada por Lucas en la conclusión de su evangelio (24:49); ahora la repite, al comienzo de los Hechos, un par de veces (1:1-4; 2:33).

Respecto a la palabra dynamis, la Fuerza, es muy usada en los evangelios y en múltiples sentidos. Lucas, muy característicamente, usa la expresión "Fuerza del Altísimo" al abrir su evangelio con el coloquio del Arcángel Gabriel y María, y de nuevo lo cierra en la última recomendación de Jesús, cuando vuelve a hablar de la "Fuerza del Altísimo," que es sin duda el Espíritu Santo.

La pregunta que le hacen a Jesús sobre la restauración del Reino puede sorprendernos, y es indicación de cómo todavía no estaba erradicada de la mente de los apóstoles la antigua idea de un mesianismo temporal y triunfalista.

La comida que precedió a la Ascensión, y que probablemente tuvo lugar ese mismo día, tiene un nombre muy descriptivo en griego, cuya etimología más acertada es "tomar juntamente la sal," que es una manera de nombrar un convite de amistad.

El relato de la Ascensión tiene la sobriedad característica del evangelio, tan lejos de las fantasías apócrifas.

"Dicho esto, lo vieron subir, hasta que una nube lo ocultó a sus ojos. Mientras miraban fijos al cielo viéndole irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que se han llevado de aquí al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse" (Hech. 1:9-11).

El relato menciona una nube a la que San Juan Crisóstomo llama poéticamente "La carroza real del Señor." Es una nube que sigue la vieja tradición bíblica de las teofanías, en las que acompaña la aparición de Yahveh, del que a veces la nube hace de vehículo: nube que a la vez manifiesta y oculta.

Nuestro insigne poeta Fray Luis de León escribió sobre esta nube unos versos memorables:

¿ Y dejas, Pastor Santo,

tu grey en este valle, hondo, oscuro,

en soledad y llanto, y tu, rompiendo el puro aire,

te vas al inmortal seguro?

Los antes bienhadados y los agora tristes y afligidos,

a tus pechos criados,

de ti desposeídos,

¿a do convertirán ya sus sentidos?

¡Oh nube envidiosa de aqueste breve gozo!

¿qué te aqueja? ¿do vuelas presurosa?

¡cuan presto tú te alejas!

Cuan pobres y cuan ciegos, ¡ay!·, nos dejas.

Los Apóstoles Regresan a Jerusalén.

Con el retorno a Jerusalén después de la Ascensión del Señor comienza propiamente la primera parte del Libro de los Hechos, que podría llamarse "Las Actas de Pedro." Cuando los apóstoles hubieron entrado en la villa, "subieron a una habitación alta," que es la misma donde habían recibido las primeras apariciones de Cristo resucitado.

El hecho de que Lucas (22:12) llamó en su evangelio a la sala donde se celebró la Ultima Cena anagaion, y en cambio ahora a ésta la llame yperon, no significa que se trate de dos recintos distintos, ya que ambas palabras significan una "habitación alta"; es decir, no al ras del suelo. El primer vocablo lo podía haber tomado Lucas del evangelio de Marcos (14:15); mas después, escribiendo con más independencia el Libro de los Hechos, utilizó una palabra de factura más helenística.

Sea lo que fuere del recinto, en él se reunió esta Iglesia pre-pentecostal, que comprendía tres grupos: uno, de los apóstoles; otro, que era de algunas mujeres, probablemente familiares de ellos; y, finalmente, como tercer grupo distinto, María, la madre de Jesús y sus parientes.

La lista de los nombres de apóstoles presenta algunas variantes respecto a las anteriores contenidas en los evangelios, y denota algunas modificaciones curiosas. Sabido es que la lista de los Doce se descompone en tres grupos cuaternarios, en cada uno de los cuales se nombra a los mismos apóstoles aunque no siempre en el mismo orden. Mientras que en los evangelios el orden es: "Pedro y Andrés, Santiago y Juan," es decir, dos binarios de dos hermanos, en los Hechos se nombran "Pedro y Juan, Santiago y Andrés," es decir, que Juan está asociado con Pedro, como vamos a verlos después en la narración de los Hechos. Y asimismo Tomás sube de preferencia, quizá por su confesión terminante de la divinidad de Jesús, en la segunda aparición a los apóstoles.

Se encuentran allí, además, los "parientes de Jesús"; y, aunque no se especifiquen quiénes eran, ya están integrados en el resto de la comunidad cristiana, y no en aquella postura conflictiva en que los evangelios nos los mostraron en otras ocasiones (Mc 3:20-21; Jn 7:2-5).

La Iglesia del Pentecostés.

No existen datos en el Nuevo Testamento para localizar en Jerusalén dónde estuvo situada la habitación en la que tuvo lugar el Pentecostés; por tanto, hay que apoyarse en algunos otros datos de la tradición. Los más antiguos provienen de San Epifanio, que escribe en el siglo IV, recogiendo una antigua tradición según la cual, cuando el emperador Adriano pasó por Jerusalén rumbo a Egipto, encontró que la villa, que había sido destruida por Tito, todavía estaba en ruinas, "a excepción de algunas casas y de la pequeña Iglesia de Dios que se levanta allí, adonde los discípulos, después de la Ascensión del Salvador en el monte Olívete, regresaron y subieron a una habitación alta. Dicha iglesia se encontraba en la parte de Sión que había escapado de la destrucción posterior al asedio, por haberse allí establecido la guarnición romana dejada por Tito."

Más adelante, en el mismo siglo IV San Cirilo nos habla de una nueva iglesia, que llama Iglesia de los Apóstoles, que después fue ampliada hasta convertirse en una basílica conocida por el nombre de Santa Sión. Esta basílica fue visitada por la peregrina hispano-romana, la monja Eteria, que escribe que "allí el día de la Pascua cristiana se conmemoraba la aparición de Jesús resucitado a los Apóstoles, y que el domingo siguiente se leía el evangelio de la aparición de Jesús a Tomás. Y de nuevo se repetía la procesión litúrgica en el día de Pentecostés." Por tanto, consta que hacia la mitad del siglo IV ya existía una tradición sólida que conocía el lugar de la Iglesia de Pentecostés. Si bien es verdad que toda esta tradición no prueba que esa habitación de Pentecostés sea la misma en que Jesús celebró la última Cena con sus discípulos.

Elección del Apóstol Matías.

Asistamos ahora a una primera reunión, que podíamos llamar administrativa o constitucional, en la que Pedro va a tomar por vez primera la palabra: "Uno de aquellos días, estando allí reunidas unas 120 personas, Pedro se puso en pie delante de los hermanos y dijo: — Hermanos, tenía que cumplirse lo que el Espíritu Santo había anunciado de antemano en la Escritura, por boca de David, acerca de Judas, que se hizo guía de los que prendieron a Jesús. Judas adquirió un campo con el salario de la iniquidad, y habiendo caído de cabeza, reventó por medio y se le salieron todas sus entrañas, y esto se hizo notorio a todos los habitantes de Jerusalén; de suerte que aquel campo fue llamado en su propia lengua hakeldama, esto es, campo de sangre. Porque escrito está en el Libro de los Salmos: "que su finca quede desierta y que nadie habite en ella, y que su cargo lo ocupe otro." Por tanto, hace falta que uno que haya sido testigo de su resurrección se asocie a nosotros: uno de los que nos acompañaba mientras vivía con nosotros el Señor Jesús, desde los tiempos en que Juan bautizada hasta el día en que se lo llevaron al cielo" (Hech 1:15-22).

Pedro aparece desde el primer momento tomando la palabra, con conciencia de jefatura y de cabeza de grupo. La versión que da de la muerte de Judas difiere ligeramente de la que se halla en el evangelio de San Mateo (27:3-10); mas lo importante de las palabras de Pedro es su mención del número de los Doce, en el que los apóstoles veían una elección de Jesús que había que reintegrar y conservar. Las condiciones de los candidatos son terminantes: tienen que ser "testigos," y, para eso, haber estado con Jesús desde el bautismo en el Jordán hasta la Ascensión, lo cual quiere decir que los candidatos habían de pertenecer a un grupo de discípulos muy asiduo a las enseñanzas del Maestro.

De los discípulos presentados uno se llama José, se apellida Barsabá y tiene por sobrenombre Justo, que no significa "piadoso o santo," sino que es un nombre personal romano. El otro se llama Matías, nombre hebreo que quiere decir "don de Dios." De ninguno tenemos datos precedentes, si bien, como ya adelantó el escritor Eusebio de Cesárea, probablemente Matías perteneció al grupo de los Setenta y dos discípulos de Jesús. Su adscripción al apostolado no va a ser obra de ningún examen ni expediente humano, sino del propio Señor Jesús, a quien la Iglesia hace una primera oración comunitaria profundamente emotiva: "Señor, tú penetras el corazón de todos, muéstranos a cuál de los dos has elegido. Echaron suertes, le tocó a Matías y lo asociaron a los Once apóstoles" (Hech 1:24-26).

La oración que la Iglesia hizo en aquella ocasión invocando la respuesta de Dios es conmovedora. A Jesús se le llama Kyrios, Señor, y se le dice que es "Kardiognostes" — palabra griega sólo usada en documentos cristianos —, capaz de hacer la diagnosis del corazón humano y del interior del hombre; y a ese conocimiento se remite la designación del nuevo apóstol, sobre el que no hay que imponer las manos porque es como si Jesús, respondiendo a la plegaria de la comunidad, le señalase como apóstol.

Así fue la elección de Matías, que habría de sustituir a Judas Iscariote y completar el número de los Doce. De su vida posterior y de su muerte no se nos ha conservado información alguna con garantía histórica. Aunque sí la tiene que sus reliquias se conservan en la Basílica de Santa María la Mayor de Roma.

Como en el caso de Matías, en el correr de los siglos, el número de los apóstoles de Cristo continúa aumentándose con la agregación de nuevos nombres. La comunidad eclesial lamenta la decepción de algunos y persevera en oración, mientras que Jesús, misteriosamente, prosigue en sus diagnosis del corazón humano.

Las Suertes en la Biblia.

El procedimiento de tomar una decisión mediante el azar, echándolo a la suerte, era conocido en el área de los pueblos limítrofes con Israel, como, por ejemplo, en Babilonia. Uno de estos procedimientos se asemejaba a nuestro juego de dados, que, según la cara que mostraban al caer, señalaban un significado. El pueblo hebreo conoció decisiones "por suertes," y en concreto sabemos de un sorteo llevado a cabo por el Sumo Sacerdote, y que se llamaba Urim y Tummim. En qué consistía este juego de suertes y cómo funcionaba pertenece todavía al misterio, aunque hay ciertas hipótesis para explicarlo. El Urim y Tummim parece que eran como dados, tallados quizás en piedras preciosas, que el Sumo Sacerdote llevaba en su "pectoral." Este consistía en un paño cuadrado, llevado sobre la túnica y adornado con piedras preciosas que representaban las doce tribus de Israel. Repetimos que no se conoce el funcionamiento de estas "suertes." Ya que unos suponen que eran más bien unos bastoncitos, mientras que otros afirman que eran las mismas piedras preciosas del pectoral cuyos reflejos de luz eran interpretados con un sí o un no. La Biblia nos informa de varios casos, casi todos relacionados con la guerra, en los que el Sumo Sacerdote consultó a Dios por medio del Urim y Tummim.

Todo esto, aunque sea difícil de concretar, nos indica que en el pueblo hebreo existía una tradición según la cual podía invocarse la respuesta de Dios echando suertes.

 

La Venida del Espíritu Santo.

Pentecostés es un adjetivo que significa "quincuagésimo," y que se había convertido, en el vocabulario hebreo, en una palabra para designar una de las tres grandes celebraciones religiosas del calendario, constituido, como ya sabemos, por la trilogía de la fiesta de la Pascua, la de las Tiendas o Chozas y ésta del Pentecostés.

Se celebraba, como su nombre indica, el día quincuagésimo después de la fiesta de Pascua. Si la crucifixión de Jesús tuvo lugar, como corrientemente se acepta, el día 7 de abril, la bajada del Espíritu Santo habría acontecido el 28 de nuestro mes de mayo, que muy probablemente fue el año 31 de nuestra era.

La fiesta judía del Pentecostés habría tenido su origen, como las otras fiestas, con un sentido popular de celebración agraria. Mientras que la Pascua festejaría el corte de las primeras espigas de cebada, el Pentecostés representaría el momento de la recolección de la mies ya madura y la ofrenda de los panes amasados con la nueva harina.

Con el tiempo, se añadió al Pentecostés una conmemoración festiva de la promulgación de la Ley del Señor sobre el monte Sinaí; aunque no sabemos si ya en la época de Jesús se le había comenzado a atribuir este significado. Si así fuese, hallaríamos aquí de nuevo paralelismo entre la promulgación de la antigua ley, en medio de una teofanía de fuego y de voces sobre el Sinaí, y este descenso del Espíritu Santo para confirmar la Nueva Ley, con acompañamiento de viento, de lenguas de fuego y de palabras.

"Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar, cuando, de repente, vino del cielo un estruendo, como de viento que irrumpe impetuoso, el cual llenó toda la casa donde estaban. Y vieron sendas lenguas, como de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos. Se sintieron todos llenos de Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según que el Espíritu les concedía expresarse" (Hech 2:1-4).

Ciertos intérpretes se preguntan si algunos de los rasgos con los que Lucas describe la bajada del Espíritu Santo no habrán sido tomados precisamente de las tradiciones judías que señalaban ese día como el de la Teofanía del Sinaí. Ya hemos dicho que no sabemos si ya, en tiempos de Jesús, el Pentecostés judío tendría ese sentido de promulgación de la ley mosaica que más adelante adquirió. Pero aunque así fuera, eso no quita nada del sentido histórico y real de la venida del Espíritu Santo en el Pentecostés cristiano, ya que se trata de un hecho indubitable, que es una clave de interpretación para la vida primitiva de la Iglesia, que remite y alude a esta bajada en múltiples pasajes del libro que estamos comentando. Por otra parte, entra dentro del estilo de la locución religiosa hebrea utilizar símbolos naturales y aun físicos para expresar otras realidades espirituales y trascendentes. El viento y el fuego han sido, no sólo en Israel, sino en otras culturas, símbolos de la Divinidad. Y la misma palabra "Espíritu," en las lenguas hebreas, griega y latina, sirve para designar el viento, el hálito de la respiración y el Espíritu divino, ya que desde el comienzo el genio popular que forma la lengua encontró afinidades entre estos tres elementos.

También se explica la aparición de las lenguas de fuego sobre las cabezas de los congregados, ya que la posesión del Espíritu se va a manifestar inmediatamente, y a lo largo de los tiempos, precisamente por la predicación del mensaje de Cristo. Los pintores de esta estampa del Pentecostés han representado la bajada del Espíritu con unas lenguas de fuego que se posan sobre los presentes. Es sin duda una representación acertada, aunque realmente no sepamos cómo fue el fenómeno, ya que Lucas, siempre cuidadoso de su vocabulario, dice expresamente que el estruendo era como de viento y que las lenguas eran como de fuego, lo cual atenúa la expresión de un excesivo realismo.

En una palabra: podríamos decir, con lenguaje más moderno, que la bajada del Espíritu Santo fue acompañada de un fenómeno audiovisual, que la manifestó no sólo a los allí congregados, sino también a una muchedumbre que pronto acudió al suceso; porque también los que estaban fuera del Cenáculo percibieron ese ruido como de viento y comenzaron a escuchar y a entender lo que los apóstoles y discípulos les predicaban, de suerte que cada uno de ellos los oía hablar en su propia lengua. Y, ante todo, ¿quiénes eran los que formaban tal muchedumbre?

"Partos, medos, lamitas y los habitantes de Mesopotámica, de Judea y de Capadocia, del Ponto y de Asia, de Frigia y dé Pánfila, de Egipto y de la región de Libia, que está junto a Cirene, y los peregrinos romanos, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes" (Hech 2:9-11).

Esta fue la geografía del Pentecostés. Diríamos el mapa carismático de la primera Iglesia por donde se va a extender la fe cristiana. Ha habido diversas explicaciones sobre el orden en que Lucas nos relata esta geografía étnica. Algunos piensan que las naciones están ordenadas según una amplia perspectiva geográfica yendo desde oriente a occidente. Comienza con los Partos, Medos y Lamitas, que habitaban al este del río Tigres, fuera de las fronteras del Imperio Romano. Después se nombra Mesopotamia, situada entre el Tigris y el Eufrates. Y a continuación Capadocia, Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, enumeradas de noroeste a sudoeste y todas ellas en Asia Menor. Finalmente, en el occidente se enumeran Egipto, Libia, los Cretenses y Roma. En cuanto a la mención de Judea, se estima comúnmente que es una lección aberrante, que no está colocada ahora en su lugar original.

No se trata sólo de una ancha banda geográfica de pueblos, sino que también se comprende una variedad de lenguas, que es un aspecto importante en el contexto del Pentecostés.

 

Geografía Pentecostal.

Nos encontramos aquí ante la geografía pentecostal de la primitiva Iglesia, y por ello vamos a identificar a algunos de estos grupos humanos que podrían resultar menos conocidos.

Partos: eran un pueblo perteneciente al grupo racial iranio, que ocupaban una región situada entre el río Eufrates, el mar Caspio y el océano Indico. Eran muy diestros combatiendo a caballo, y los romanos mantuvieron con ellos interminables guerras fronterizas. Los partos incluso habían llegado a invadir Jerusalén, en el año 40 antes de Cristo.

Medos: naturales de Media, que era una región situada al noroeste del Irán y que limitaba al norte con Armenia. Era un pueblo de pura raza aria, y que formó parte del gran imperio persa, y uno de cuyos grupos o castas fue la de los "Magos."

Elamitas: es una denominación de origen aplicada a los pueblos de Elam, región situada al sudoeste del Irán. Se trata de un pueblo de una rica tradición cultural, relacionado con los imperios de Sumer y Acad. Hablaban una lengua no semítica ni indoeuropea, aunque escrita en caracteres cuneiformes.

Capadocia: es una región situada en el centro del Asia Menor, que no tenía salida al mar, y que Tiberio convirtió en provincia romana. San Pedro nombra a la Iglesia de Capadocia como uno de los destinatarios de su primera carta.

Ponto: es palabra griega que significa "mar," pero que también se aplicaba a una región del Asia Menor que limitaba al norte con el mar Negro, y que fue conquistada y desmembrada por los romanos. De allí era natural Aquila, un amigo de Pablo, a quien encontraremos después en nuestra lectura de los Hechos.

Frigia y Panfilia: eran asimismo dos regiones del Asia Menor. Frigia ubicada más hacia el interior, y Panfilia más bien como una franja costera que daba al Mediterráneo, en cuyo litoral había algunas colonias griegas. Ambas fueron regiones evangelizadas por San Pablo en sus viajes misionales.

Respecto a Asia, el nombre no se aplicaba, como hoy, al continente, puesto que era una provincia romana que comprendía algunas regiones situadas hacia la costa occidental mediterránea de lo que hoy llamamos Asia Menor, y también algunas islas adyacentes. Efeso era su capital.

Finalmente Cirene, que es la ciudad, y Cirenaica, que es la región, estaban situadas en la costa mediterránea norteafricana de lo que hoy llamamos Libia. Allí existía una confederación de colonias helénicas, la llamada Pentápolis líbica, que poseía una fuerte colonia judía.

Respecto a las otras regiones, ya nos son conocidas por nuestra geografía actual, como son: Mesopotamia, Judea, Egipto, Creta, las regiones Árabes y, finalmente, Roma.

Porque los Partos y Medos hablan el "zend," que es un idioma indoeuropeo, de las comarcas septentrionales de Persia; Mesopotamia, Judea y Arabia utilizan lenguas semíticas, y las otras regiones se expresan en griego, koiné y dialectos. Finalmente, Roma aparece como un centro de universalidad de donde proceden tanto judíos como prosélitos no judíos.

Todo este abigarrado conjunto racial y lingüístico oye predicar a los apóstoles, que eran unos galileos casi analfabetos, y los entienden cada uno en su lengua.

"Paraban entonces en Jerusalén judíos devotos, procedentes de todos los países que hay bajo el cielo. Al producirse este ruido, se congregó la muchedumbre, y no salían de su asombro al oírlos hablar cada uno en su propia lengua. Estaban como fuera de sí, y maravillados decían: Pero ¿no son galileos todos estos que hablan? Pues ¿cómo nosotros los oímos, cada uno en nuestra propia lengua nativa, expresar las grandezas de Dios? Estaban todos fuera de sí y perplejos, y se decían unos a otros: ¿Qué significa esto? Otros, en plan de burla, decían: Están borrachos" (Hech 22:5-13).

Muchas son las interpretaciones que se han dado de este fenómeno de la locución en diversas lenguas. Unos dicen que los apóstoles hablaban en su propia lengua o dialecto arameo, y que eran entendidos por la pluralidad lingüística de los oyentes. En cuyo caso el milagro no habría sucedido en los apóstoles, que hablaban lenguas, sino en los oyentes, que los entendían. Otros piensan que se trata del mismo fenómeno carismático de la "glosolalia" o "habla en lenguas," que se repitió más adelante en Corinto y que nosotros comentaremos en su lugar. Según él, los apóstoles no hablaban en un idioma determinado, sino que emitían sonidos inarticulados o voces, que eran interpretados por los diversos oyentes.

Otros, finalmente, y quizá ésta sea la explicación más razonable, entienden que los apóstoles hablaban en otras lenguas diferentes de la suya propia, y que eran las lenguas del auditorio allí presente congregado. De suerte que los entendían cada uno en su lengua materna, sin que esto significase que todos los oyentes entendiesen a todos los predicadores. Simplemente, había una pluralidad lingüística de predicadores impulsados por el carisma del Espíritu.

En todo caso, este fenómeno tan inusitado causa la curiosidad de muchos y la admiración de todos, y no faltan tampoco quienes piensan que se trata de unos hombres embriagados, exactamente con "mosto" o vino no fermentado, y que no saben lo que se dicen. Entonces Pedro interviene.

Primer Discurso de Pedro.

Puesto Pedro de pie, con los Once, levantó la voz y les dirigió este discurso: "Hombres de Judea y vosotros todos los que habitáis en Jerusalén, quede esto bien claro, y escuchad mis palabras: no están borrachos estos hombres, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día" (Hech 2:14-16).

Pedro comienza descartando la sospecha en los oyentes de una borrachera, a la que él llama "estar lleno de mosto" (de gleukos, vino reciente y dulce, todavía no fermentado) Es posible que la manera de hablar de los apóstoles en aquella elocución entusiasta y carismática pudiera dar la impresión de que algunos de los que hablaban estaban ebrios, sobre todo para aquellos que no comprendían el idioma de los otros. También Pablo, más adelante, señalará esa misma impresión que le producían a él algunos de los creyentes de la Iglesia de Corintio. Pero —añade Pedro — éste no es el caso, por lo temprano de la hora. Ya que es sabido que los judíos, respetuosos de la tradición, y los apóstoles sin duda lo eran, solían permanecer en ayunas hasta la hora cuarta, después del oficio matutino del Templo, y este acontecimiento tenía lugar precisamente a la hora de tercia, inmediatamente después del soplo del viento del Espíritu.

Podrán quizá parecer embriagados — admite Pedro —, pero no es por causa del vino, sino por el Espíritu de Dios, ya que ahora se está cumpliendo lo que había anunciado el profeta Joel: "En los últimos días, dice Dios, derramaré mi Espíritu sobre todo hombre. Profetizarán vuestros hijos e hijas, vuestros jóvenes tendrán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños, y sobre mis siervos y siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días y profetizarán. Habrá prodigios arriba en el cielo y signos abajo en la tierra: sangre y fuego, y columnas de humo. El sol se tornará tinieblas y la luna se teñirá de sangre, antes de que llegue el Día del Señor, día grande y deslumbrador, y será así que todo el que invocare el nombre del Señor se salvará." (Hech 2:17-21).

Joel fue un profeta cuya vida puede situarse alrededor del año 400 a. de C. En su profecía hay una referencia claramente escatológica del final de los tiempos mesiánicos, en los que habrá una efusión abundante del Espíritu, hasta el punto de que se ha llamado a Joel el "profeta del Espíritu Santo." Ese fin va acompañado de un cuadro de catástrofes cósmicas que no hay que interpretar como fenómeno físico, ya que se trata de formas literarias con que se revisten los grandes acontecimientos de la historia, de una manera semejante a como lo hicieron Mateo y Lucas en el discurso escatológico (Mt 24:29-30; Lc 21:25-26).

El profeta anuncia en este lenguaje el nacimiento de una nueva era, el parto de una nueva criatura que nacerá del Espíritu. Y Pedro señala que esa criatura está naciendo ante los ojos y oídos de los allí presentes.

La promesa de Joel tiene sentido universal: El Espíritu llenará a hombres y mujeres, a jóvenes y ancianos, e incluso también a los esclavos, ya que ése es el significado original que se encuentra en la profecía de Joel. El final de la cita profética ofrece a Pedro la ocasión de introducir a Jesús en su predicación; dice el Profeta que "todo el que invoque el nombre del Señor será salvo." Ese Señor, para Joel, es Yah-veh, el Dios de Israel; mas para Pedro ese Señor, cuya invocación salva, es también Jesús.

Mensaje valiente: Jesús vivo y David muerto.

"Hombres de Israel, escuchadme: A Jesús de Nazaret, hombre acreditado por Dios ante vosotros con milagros, prodigios y señales, como bien sabéis, a éste, dentro del plan prefijado y definido por Dios, vosotros lo matasteis crucificándolo por mano de los paganos, pero Dios lo resucitó, liberándolo de los dolores de la muerte, ya que no era posible que ella lo retuviera en su poder" (Hech 2:22-25).

La predicación de Pedro es precisa y valiente. Nada queda de la precipitación ni timidez aquella que le hizo requerir la espada o negar al Maestro en la noche de la Pasión.

Os estoy hablando, les dice, de Jesús Nazareno, a quien todos habéis conocido y a quien Dios ha acreditado ante vosotros mediante las obras que ha hecho. Y al llegar aquí, Pedro emplea tres palabras para designar estas obras. Jesús ha hecho milagros," dynameis, que significa "la manifestación del poder y la fuerza," que lleva el milagro consigo; ha hecho "prodigios," terata, que es la palabra que señala su carácter sorprendente y portentoso, y ha hecho además semeia, es decir, "señales," ya que son reveladores de la persona y de la misión de Jesús.

A este Jesús le entregaron a la muerte los judíos y ejecutaron la muerte los romanos; pero todo obedecía a un plan previsto y sancionado por Dios, que resucitó a Jesús. Y este hecho de la resurrección, afirma Pedro, está apoyado en nuestra experiencia, porque "todos nosotros somos testigos de esa resurrección." Además, la resurrección estaba profetizada en las Escrituras.

Este sentido de continuidad entre el Nuevo j el Viejo Testamento estuvo muy vivo en la Iglesia primitiva. Y después pasó a las formulaciones más antiguas y venerables del Credo, cuando en él confesamos que Jesús "resucitó al tercer día, según las Escrituras."

En esta línea de la confirmación bíblica, Pedro menciona al profeta David, que en el Salmo 16, hablando con Dios dice:

" Tengo siempre presente al Señor, y mi carne descansa esperanzada; porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción" (Sal 16:8-11).

Y en otro salmo también añade el mismo David: "Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi diestra, que voy a hacer de tus enemigos estrados de tus pies" (Sal 110:1).

Sobre estos textos arguye Pedro: - dice David que no verá la corrupción; pero David murió, y lo enterraron, y conservamos su sepulcro hasta hoy entre nosotros. Luego David no habla en nombre propio, sino en nombre de uno de sus descendientes, que es precisamente Jesús.

Según David, Dios le dijo a su Señor: "Siéntate a mi diestra." Pero David no subió al cielo; luego ese Señor a quien se dice que se siente a la derecha de Dios no es David, sino Jesús, el Mesías y Señor de la Vida.

Incidentalmente, esa misma manera de razonar es la que había empleado Jesús, cuando en una disputa con los fariseos les arguyó con este mismo texto sin que sus contradictores supieran cómo responderle (Mt 22:41-46). Y respecto al sepulcro de David, todos los allí presentes sabían dónde se haliaba en Jerusalén, ya que existía una tradición atestiguada por el profeta Nehemías (3:16) desde el siglo III; y aún no hacía mucho tiempo que Hircano había despojado una de las cámaras sepulcrales llevándose tres mil talentos de plata. Este sepulcro estaba situado en la pendiente meridional de la colina Ofel, aunque su exacta localización se perdió tras la destrucción de Jerusalén, y más adelante, en el Medievo, se localizaría, aunque falsamente, en el mismo emplazamiento del Cenáculo cristiano.

David ya está en su tumba, David no subió al cielo; así concluye Pedro su razonamiento: "Pues bien, Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos de ello. Sepa, por tanto, certísimamente toda la casa de Israel que Dios ha hecho Señor y Mesías a este Jesús a quien vosotros crucificasteis" (Hech 2:32-36).

Estamos ante el primer sermón de la catequesis cristiana a unos judíos, en la misma ciudad de Jerusalén donde Jesús había sido crucificado no hacía dos meses todavía. Y la catequesis brota pujante y definida: "sepa certísimamente, sin lugar a dudas, toda la casa de Israel, que Dios ha constituido Mesías y Señor a ese mismo Jesús a quien vosotros crucificasteis."

La afirmación es de una absoluta firmeza y exige una entera credibilidad. El adverbio usado por Pedro es asfalós (lo que no puede caerse), y es la misma palabra que San Lucas empleó en el prólogo de su evangelio, que él escribía para que los lectores tuviesen la asaleta, la seguridad y firmeza en la verdad transmitida. Pedro y Lucas eran dos "transmisores" que estaban seguros de lo que nos decían. Dos rayos de sol para disipar nuestras dudas y nieblas. Y la trasmisión era ésta: la identidad de la persona de Jesús, de suerte que el que estuvo crucificado en el Gólgota está ahora resucitado en los cielos, y ése es el Mesías. Palabra de profundas resonancias en la tradición hebrea: un Mesías, despojado de todo ese falso triunfalismo político que se le había añadido, porque ha muerto en la cruz, pero está revestido de una divinidad mucho más trascendente porque es "el Señor."

Quizá no se pueda todavía ver en este título del "Señor" todos los rasgos estrictamente divinos que Pablo después trazara en su definición del Cristo "Señor de todos los dioses y señores" del paganismo. Quizá la prudencia de la catequesis de Pedro le aconsejaría ir gradualmente en la predicación ante unos judíos monoteístas que acababan de crucificar a su Mesías. Pero en la calificación de Jesús, como Mesías y Señor, ya está íntegramente la confesión de la fe en la Mesianidad y Divinidad de Jesús, que será la impronta y característica del nuevo Camino que predicarán los apóstoles guiados por el Espíritu.

La reacción de los oyentes es muy significativa: primeramente les embarga la emoción: "las palabras les traspasaron el corazón." Y surge inmediatamente una pregunta: la primera que la sinagoga, que está muriendo, hace a la Iglesia, que está naciendo: ¿qué tenemos que hacer? Y la respuesta de la Iglesia es:

"Convertíos, y que cada uno de vosotros se bautice en el nombre del Jesucristo para remisión de vuestros pecados, y así recibiréis el don del Espíritu Santo; porque esta promesa es para vosotros, para vuestros hijos y para todos los que, estando lejos del Señor, nuestro Dios se dignase llamar" (Hech 2:38-39).

Nosotros, que entonces "estábamos lejos," nos sentimos así convocados, por aquella primera predicación de Pedro, cabeza de la Iglesia, en la mañana primera del Pentecostés, y sentimos también que nuestro corazón se conmueve y que se afianza nuestra fe.

 

La Comunidad Primitiva.

Al final de nuestro capítulo anterior leíamos aquella pregunta que la sinagoga judía, que estaba muriendo, dirigía a la naciente Iglesia de Cristo: Hermanos, ¿qué hemos de hacer? A lo que Pedro respondió: "convertios y bautizaos en el nombre de Jesucristo."

Sin embargo, en el final del evangelio de San Mateo oímos cómo Jesús resucitado, en la aparición en que se mostró a sus discípulos en un monte de Galilea, les había encomendado que fuesen por todo el mundo e hiciesen discípulos de todas las naciones, "bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo." Ahora bien, en el texto de los Hechos que estamos comentando se afirma que los primeros cristianos fueron bautizados "en el nombre de Jesús." ¿Significa esto que la fórmula del bautismo era distinta?

El tema se ha estudiado y comentado diversamente, y algunos han pretendido que la invocación trinitaria representa una fórmula tardía, ya que el bautismo "en nombre de Jesús" fue lo primitivo. Santo Tomás de Aquino llegó a admitir que posiblemente la fórmula de bautizar en el nombre de Jesucristo se usó primitivamente, y que podría estar apoyada en una revelación hecha especialmente a los apóstoles.

Pero el comentario casi unánime de los escrituritas, y el testimonio de todas las fuentes históricas de fórmulas litúrgicas, aseguran que desde el comienzo de la Iglesia la fórmula del bautismo fue la trinitaria, transmitida por San Mateo, y que cuando éste la incluye en su evangelio es no sólo porque ya era la empleada entonces por la comunidad cristiana, sino porque también originalmente procedía de Jesús.

La expresión "bautizar en el nombre de Jesús" tiene otras explicaciones, como es la de distinguir el bautismo cristiano de otros ritos bautismales entonces existentes entre los judíos, incluido el bautismo administrado por Juan Bautista y sus discípulos. Bautismo de Jesús, por tanto, significa el bautismo instituido por El y que reposa sobre la fe en Jesús como único Salvador, aunque la fórmula de administración fuese la trinitaria.

El número de los que se bautizaron en aquel primer día fue de unos 3.000. Podemos estar ciertos de esta aceptación masiva, ya que San Lucas, muy cuidadoso al consignar fechas y números, así lo escribe. Y que la cifra es enteramente posible, el texto lo deja entender, ya que Pedro pronunció aquel día otros discursos y exhortaciones, y que además los otros apóstoles pudieron asimismo bautizar a la muchedumbre. Tampoco el texto exige que los convertidos de ese día recibiesen inmediatamente todos ellos el bautismo por inmersión. En suma, la Iglesia, en su primer día, creció desde aquellas 120 personas reunidas en el Cenáculo hasta casi 3.000. Sin duda, la red de Pedro repetía la pesca milagrosa, pero esta vez como pescador de hombres.

Cuatro notas de la primitiva comunidad.

A continuación Lucas nos traza con sobria precisión el cuadro de la vida de la comunidad jerosolimitana en sus orígenes.

Se mantenían fieles a las enseñanzas de los apóstoles y a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones (Hech 2:42). Cuatro trazos de este primer cuadro de costumbres cristianas. El primer elemento lo constituye la doctrina o enseñanza de los apóstoles, que el texto griego llama la Didajé, palabra que ha servido para designar la catequesis primitiva que constituía el anuncio o kerigma de la nueva fe.

Un resumen de esta catequesis lo acabamos de escuchar en el discurso de Pedro. Y es de suponer que la catequesis de aquellos primeros tiempos de la Iglesia de Jerusalén insistió y discurrió por las dos vertientes del hecho cristiano. La vida, muerte y resurrección de Jesús se refería a algo que había sido previsto por Dios y anunciado por los profetas. A lo que se añade que, además, se trataba de un hecho contemporáneo. Jesús, "este Jesús," como Pedro lo señala, era una persona bien conocida cuya predicación y milagros habían sucedido, y entre ellos mismos. Este Jesús había sido sentenciado a muerte por Pilato, y crucificado y muerto, como era patente a todos. Y este Jesús, y aquí estaba la fuerza testimonial, había sido visto otra vez vivo y resucitado de los muertos por aquellos mismos que lo estaban predicando.

El segundo elemento de la comunidad de Jerusalén fue la comunión, en griego la koinonia, que no significa la reunión eucarística, sino la unión o comunidad fraterna entre los creyentes. Esta koinonia o unión de ánimos se manifiesta de múltiples modos, y en concreto por la participación comunitaria de los bienes, de la que hablaremos más adelante.

La koinonia como comunidad es un concepto que también se encuentra en San Pablo, cuando enseña que los cristianos han sido llamados a la "comunión con Cristo y con la Sangre de Cristo" (1 Cor 10:16), y con el Espíritu Santo (2 Cor 13:13), y también a la comunión fraterna con los pobres (Rom 15:25). Y asimismo San Juan, en su primera carta insiste en esta kotnonia que debe realizarse entre los cristianos y que también se extiende al Padre y a su Hijo Jesús (1 Jn 1:3; 6:7).

El tercer elemento es la "fracción del pan": la klasis. Es indiscutible que posteriormente, desde comienzos del siglo II, klasis era el término técnico y preciso empleado en el lenguaje eclesiástico para significar el banquete eucarístico en el que se partía o rompía el pan. Sin embargo, también parece que ya aquí, en este acto de la "fracción del pan," no se quiere indicar simplemente una comida ordinaria, que no tendría por qué ser característica de la comunidad cristiana, sino que ya se refiere al Banquete Eucarístico instituido por Jesús y que constituía desde los comienzos uno de los lazos litúrgicos y fraternales de la primera comunidad.

Finalmente, el cuarto trazo lo constituye las oraciones, que en absoluto podrían ser las que todavía los cristianos continuaban haciendo en el Templo de Jerusalén, como herederos de la piedad judía; pero, dado que estas oraciones se mencionan más adelante en el texto, parece que aquí más verosímilmente se quiere significar las oraciones o himnos, incluyendo, por supuesto, algunos salmos que acompañaban la "fracción del pan" en aquellas reuniones litúrgicas celebradas en las casas de los cristianos, que comenzaban a ser así los primeros templos del nuevo culto.

Algunos han visto en la agrupación de estos cuatro elementos una caracterización de las partes esenciales de la liturgia comunitaria en la primitiva Iglesia, ya que existe un cierto paralelismo entre ella y nuestra acción litúrgica, tal como ha quedado estructurada en la celebración de la Misa. En efecto, en ella había una parte dedicada a la enseñanza de los apóstoles, que puede equipararse a nuestra "liturgia de la palabra," con sus lecturas bíblicas y homilía. Después venía la kotnonia, que equivale a la colecta de las ofrendas para los pobres, que antes tenía lugar en el momento del ofertorio. A esto seguía la "fracción del pan," que constituye la acción propiamente eucarística. Y todo va acompañado por oraciones y cánticos.

Completemos ahora la estampa de la comunidad eclesial.

La Doctrina de la Didaje.

El término didajé, en el sentido de la doctrina que Jesús predicaba, se encuentra también en los cuatro evangelios y en otras citas de los Hechos y Epístolas de los Apóstoles: era la didajé nueva de la predicación de Jesús, acompañada de demostraciones de poder ante las que se admiraban las turbas (Mt 7:28; 22:33; Mc 1:22; 11:18; Lc 4:32). Y era la misma didajé de la que Jesús afirmaba que "esta doctrina no es mía, sino del que me ha enviado" (Jn 7:17). El término de didajé también se ha aplicado concretamente a un escrito descubierto en 1875, llamado la Didajé, o doctrina de los apóstoles. Algunos piensan que se trata de un documento muy primitivo de finales del siglo I, elaborado en la Iglesia de Antioquía; aunque otros le atribuyen una fecha posterior. El escrito, redactado en griego, contiene una colección de instrucciones de los apóstoles que, en cuanto a su redacción, son independientes de otras fuentes conocidas, como la carta de Bernabé, el Pastor de Hermas y las otras cartas del Nuevo Testamento.

¿Un "comunismo" cristiano?

"Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y señales que los apóstoles realizaban. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común: vendían las posesiones y bienes y lo repartían entre todos, según las necesidades de cada uno. A diario, y en grupo, frecuentaban el Templo. Partían el pan en las casas y comían juntos alabando a Dios con alegría y de todo corazón, siendo bien vistos de todo el pueblo. Y día tras día el Señor iba agregando al grupo a los que se iban salvando" (Hech 2:42-47).

Tras los cuatro primeros trazos sintéticos, el cuadro descriptivo se amplía y perfecciona. Aparece aquí por vez primera esa nota, característica de la comunidad de Jerusalén, de poseer en común los bienes y de ayudar con ellos a todos, según las necesidades de cada uno. Mucho se ha comentado sobre esta práctica, que algunos han llamado "comunismo cristiano," y sobre ella volveremos a hablar más extensamente con ocasión de la historia de Ananías y Safira.

Sobre este punto del comunismo: no parece que la venta y reparto de bienes fuese la consecuencia de un principio doctrinal, como existía entre los esenios, que tan sólo admitían una propiedad comunitaria, administrada por las autoridades del grupo. Más bien parece que los bienes de estos primeros cristianos se iban aportando y vendiendo conforme surgían las necesidades de los hermanos. En una palabra: no se trataba de un comunismo doctrinal, apoyado en una teoría social de la propiedad, sino más bien de una expresión del amor fraterno por el que se ayudaban todos mutuamente con sus personas y bienes. Una manifestación, en suma, de la caridad que Jesús había señalado como el mandamiento principal del Nuevo Reino de los Cielos.

Más claramente, la práctica de este sentido de la propiedad, que alguien podría llamar comunista, pero que nosotros preferimos llamar comunitario, parece ser el resultado de la concurrencia de tres factores. El primero es la existencia en la comunidad de Jerusalén de un grupo bastante numeroso de "pobres," llamémosles con esa clara palabra, que se hallaban faltos de los recursos más necesarios para subsistir. Y esto no era extraño, porque poseemos otras informaciones extraevangélicas sobre la presencia de tales personas indigentes, precisamente en Jerusalén.

El evangelio ya nos había mostrado esa presencia de los pobres y de los marginados alrededor de Jesús, y cómo éste los atendía y les mostraba una predilección singular. Más adelante, en las cartas de San Pablo se menciona esta penuria de la comunidad de Jerusalén a la que San Pablo atiende fraternalmente con sus colectas. En suma, hay un primer hecho: en Jerusalén hay pobres. No es, por tanto, de extrañar que bastantes de ellos entrasen a formar parte de la nueva comunidad de fe y de caridad que era la Iglesia primitiva de Jerusalén.

Segundo hecho. También hay ricos. Quizá pocos en número, pero nos consta de la existencia de quienes tenían posesiones propias u otros tipos de riquezas. Y en el evangelio se nombran ocasionalmente a estos ricos: Zaqueo, José de Arimatea, la familia de Betania, algunas de las mujeres que asistían con sus bienes a Jesús y a los apóstoles, y que constituían lo que podíamos llamar la "intendencia" de aquel grupo; quizá habría que añadir algunos sacerdotes de los que se convirtieron a la nueva fe. Brevemente, había pobres y también ricos en la comunidad jerosolimitana.

Tercer hecho, que es el determinativo de este "comunismo" cristiano. Jesús y su doctrina se hallaban todavía muy cercanos: acababa de morir y de resucitar. Y sus palabras no eran páginas de un libro, sino recuerdo vivo en la memoria de muchos de los miembros de la comunidad de Jerusalén. Y hasta ellos, quizá mucho más que hasta nosotros, había llegado la invitación de Jesús de "dadlo a los pobres y tendréis un tesoro en el cielo." Y "lo que hacéis por uno de ellos, lo hacéis por mí." Pobres, ricos, y la presencia inmediata de Jesús y del Espíritu, que se derrama copiosamente en aquella primitiva comunidad. Ahí están las razones del comunismo.

Más adelante, dicha práctica desapareció, como modo ordinario de proceder de una comunidad. Pero conservó el espíritu y aun la realidad de una generosa caridad que llegó a formar parte de la celebración eucarística, en la que no sólo se consagraba el Pan de Vida, sino que se repartía el pan de los pobres.

Sobre este extremo podríamos recordar un texto escrito por San Justino en su primera. Apología. Justino, filósofo y mártir, nació en los primeros años del siglo u en Flavia Neapolis, la antigua Sikem (la del pozo de la Samaritana) Convertido al cristianismo, conserva, sin embargo, una estima por lo que de verdad había hallado en la filosofía griega de un Heráclito y sobre todo de Sócrates, al que presenta como un "profeta del Verbo Divino." La vida posterior de Justino nos lo muestra como un acérrimo apologeta de la fe cristiana, que defendió incluso ante el Senado romano. Finalmente fue condenado a muerte por defender su fe. Su martirio, que probablemente ocurrió en el año 166, no carece de cierta ironía: el filósofo Justino fue acusado por Crescente, también filósofo, y condenado a muerte en nombre de Marco Aurelio, el Emperador Filósofo. Justino nos dejó en uno de sus escritos una descripción de cómo ese comunismo cristiano primitivo "había perdurado en la celebración de la Eucaristía": "Los que poseen bienes de fortuna, y quieren, cada uno da lo que bien le parece, y lo que se recoge se deposita ante el que preside, que es quien se ocupa de repartirlo entre los huérfanos y viudas, los que por enfermedad u otra causa cualquiera pasan necesidad, así como los presos y los que se hallan de paso como huéspedes. En una palabra, él es quien se encarga de todos los necesitados."

Los primeros cristianos permanecieron algún tiempo adheridos a las prácticas rituales del mundo hebreo, de las que sólo se irían separando lentamente bajo la guía del Espíritu. De momento acudían en grupo cotidianamente al Templo. Y se reunían en las viviendas y casas privadas con el doble propósito de celebrar la Eucaristía — y otra vez se emplea aquí el término técnico de "romper o partir el pan" — y además de reunirse en unas comidas o cenas comunitarias.

Y todo ello con alegría (Hech 3:46), Lucas emplea la palabra griega agalliasis, que es un término cuyo sustantivo y verbo significan no simplemente la alegría — que se dice jara — y por ello se reservan para las grandes ocasiones de gozo y de exaltación. Tal palabra la empleó el ángel para anunciar a Zacarías el nacimiento de Juan, y también la Virgen María en su cántico del Magníficat, y Jesús en una ocasión memorable al advertir que el Padre Celestial se revelaba a los simples y pequeños.

El capítulo segundo de los Hechos termina con una nota triunfal: "Cada día, el Señor añadía nuevos creyentes al grupo de los fíeles." Lucas ha querido repetir en eco la afirmación que nos dejó en el Evangelio de la Infancia de Jesús cuando escribió que "el niño iba creciendo en estatura, en sabiduría y en gracia." También a unos años de distancia, por la acción del Espíritu, la Iglesia, todavía niña, iba creciendo en número y en gracia delante de Dios y de los hombres.

 

El Primer Milagro de los Apóstoles.

El capítulo tercero de los Hechos se abre con la narración del primer milagro concreto que realizan los apóstoles, de los que ya antes se había adelantado que "hacían muchos prodigios y milagros" (Hech 2:43).

La ley mosaica prescribía el rito cotidiano de un doble holocausto en el Templo de Jerusalén. Muchos de los judíos piadosos que residían en Jerusalén asistían a esta doble liturgia cotidiana, que tenía lugar a las nueve de la mañana o a las tres de la tarde, y que estaba acompañada de un toque de trompetas, que advertía al pueblo el preciso momento de la ofrenda.

En la ocasión que comentamos, Pedro y Juan iban al Templo para asistir a la liturgia de la tarde, y entraron en el recinto sagrado por la puerta Especiosa.

"En cierta ocasión, Pedro y Juan subían al Templo a la oración de la hora nona en el momento en que era también transportado un hombre rengo de nacimiento, al que colocaban cada día ante la puerta del templo, llamada Especiosa, para pedir limosna a los que entraban" (Hech 3:1-2).

La puerta, que los textos llaman Especiosa, o Bella, y que no hay que confundir con la de Nicanor, era la que conducía desde el patio de los Gentiles al de las Mujeres, y era sin duda la entrada más frecuentada del Templo, especialmente en las horas de oración. Las puertas estaban formadas por dos grandes hojas o batientes de madera de cedro, adornadas de oro y plata; su altura era de 13,5 metros, y la anchura de ambas hojas de casi siete metros. Del nivel del patio de los Gentiles hasta el de las Mujeres, que estaba más alto, se subía por cinco escalones, donde se solían sentar los mendigos, como el que fue objeto de la curación que estamos narrando.

"Este mendigo, viendo a Pedro y Juan a punto de entrar en el Templo, les pedía limosna; Pedro fijó en él la vista, juntamente con Juan, y le dijo: Míranos. El los miraba atentamente, esperando recibir algo, y Pedro le dijo: — Ni oro ni plata tengo, pero lo que tengo, esto te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret: ¡anda!

Y tomándolo por la mano derecha, lo levantó. Al instante se le fortalecieron sus pies y tobillos y, dando un salto, se puso de pie y andaba. Entró con ellos caminando, dando saltos y alabando a Dios" (Hech 3:3-8).

Este milagro se realiza "instantáneamente." Un adverbio preferido de Lucas, que lo usa diez veces en su evangelio. Al cojo se le "consolidan las plantas de los pies y los tobillos," que están aquí expresados con términos propios de la medicina. Finalmente, Pedro invoca el nombre de Jesucristo de Nazaret, y esta invocación es a la vez una confesión de su fe en el Maestro, que les había hecho la promesa de responder a su oración cuando les tenía anunciado: "Impondréis las manos a los enfermos y sanarán."

El Nombre de Jesucristo.

Este primer milagro de los apóstoles se hace "en el nombre de Jesucristo," invocando su nombre. Es imposible resumir todo lo que significa este nombre. Intentemos una síntesis.

Jesús tenía un nombre por el que le llamaban sus contemporáneos, y que podríamos decir que era su "nombre histórico." Es el nombre que el ángel le anunció a María y a José: "Le llamarás Jesús." Es la transcripción a la lengua española del nombre hebreo, que a su vez es una contracción de Ye-hoshuah, que significa literalmente "Yahveh es salvación." También sus convecinos y conocidos le llamaban "Jesús, hijo de María, y Jesús, hijo de José." Y después, durante su proceso y pasión, le dijeron Jesús Nazareno.

Podríamos decir que Jesús tenía dos géneros de nombre:

A) El histórico — Jesús, 213 veces en San Pablo —, como le llamaban la familia y los conocidos; aunque algunos de éstos, singularmente los apóstoles, no le interpelaban por su nombre personal, Jesús, sino por el de su función y oficio, como era el de Rabbí, o Mari, que significan Maestro y Señor. Por otra parte, tanto los discípulos como la muchedumbre, le llamaron también Cristo — 379 veces en San Pablo —, que es la traducción griega del hebreo "Mesías"; es decir, el Ungido del Señor. Así lo escribe Juan el Evangelista, refiriendo el encuentro de Andrés con su hermano Pedro: "hemos encontrado al Mesías, que significa Cristo" (Jn 1:41). Y es indudable que entre amigos y enemigos también le llamaron Cristo en diversas ocasiones.

B) El otro género de nombre, que podríamos llamar cristiano, era el del lenguaje de la fe, con el que le nombraron los que predicaron y escribieron de El, y fue, Jesucristo. Supuesto este doble nombre de Jesús y de Cristo, la unión entre los dos es una fácil consecuencia, y por ello Marcos escribe: "Comienza el evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios" (Mc 1:1). Algunos exegetas afirman que Jesús nunca usó personalmente este nombre de Jesucristo, y que, por tanto, el nombre no pertenece a las propias palabras ipsissima verba del Maestro.

En todo caso, los apóstoles, después de que Cristo resucitó, y la Iglesia primitiva tras ellos, le llamaban Jesucristo. Y, en concreto, Pedro lo hace con ocasión de este primer milagro de la curación del paralítico. Pablo, por su parte, repite al comienzo de sus cartas, y también en el texto posterior, esta forma compuesta, en los dos sentidos, es decir, Jesucristo y Cristo Jesús.

Otros muchos nombres se encuentran en el Nuevo Testamento que se aplicaron a Jesús, muchos de ellos por autodefinición propia, como Hijo del Hombre, Esposo, Vida, Luz del Mundo, Camino, Verdad, Resurrección. Y otros que le aplicaron los demás, como Cordero, Salvador, Primogénito, Rey de Israel, Nuevo Adán, Alfa y Omega, Logos, Hijo de Dios, Dios y Señor. Este último título fue uno de los preferidos por San Pablo, para el que tenía indudablemente un significado divino, como consta del himno de la Carta a los Filipenses: "Dios lo ha exaltado y le ha dado un nombre que está sobre todo nombre., para que toda lengua proclame que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre" (Flp 2:9-11).

Sin duda que para San Pablo ésta es la dignidad suprema; pero no puede olvidarse que también la palabra Kyrios tenía fuertes resonancias humanas. Porque así se llamaba al emperador. Y este título en el culto imperial llegó a divinizarse.

Así recobra todo su pleno valor, en el cielo y en la tierra, este título de Señor dado a Jesucristo, como se proclama en la Carta a los Efesios 4:5: "Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre." La Iglesia, heredera de esta fe, se complació desde el principio en confesarla. Y frente a tantos señores terrenos que dominaban el mundo, y tantos dioses que todavía se veneraban en el Panteón, cantó con todas sus fuerzas: "porque sólo Tú eres Santo, sólo Tú Kyrios, Tú solo Altísimo, Jesucristo."

Volvamos ahora al milagro. La reacción de la muchedumbre no se hizo esperar: "Todo el pueblo le vio andar por sus pies y alabar a Dios. Y reconocieron que era el mismo que sentado pedía limosna junto a la puerta Especiosa del Templo, de modo que se llenaron de estupor y pasmo por lo que había sucedido" (Hech 3:9-10).

El suceso no era para menos. El inválido tenía más de cuarenta años y era sin duda bien conocido de los que frecuentaban el Templo, que lo habían visto allí pidiendo limosna y como formando parte del marco humano de la puerta Especiosa. La muchedumbre, excitada por el hecho, corrió hacia Pedro y Juan, de los que el cojo no se separaba; y se reunió un gran gentío en el pórtico llamado de Salomón.

El Pórtico de Salomón.

Esta galería porticada ya existía en aquel mismo sitio desde tiempos del primer templo edificado por Salomón; aunque había sido reconstruida dos veces. La galería estaba formada por una triple hilera de columnas, de las que la más exterior estaba empotrada en la muralla que rodeaba el Templo. Este pórtico estaba situado en el lado oriental del Atrio de los Gentiles, que corría paralelo al torrente Cedrón. Sus columnas de piedra blanca, de algo más de once metros de alto, y techado con una cubierta de cedro, protegía a los fieles del calor y de la lluvia, y también del viento helado que en invierno soplaba desde el desierto. Y fue precisamente en un invierno, con motivo de la fiesta de la HanukJkah, cuando San Juan nos informa de la presencia de Jesús en aquel pórtico, donde estuvo predicando (Jn 10:22-34). La Hanukkah se llamaba también la "fiesta de las Luminarias," por causa de unas lámparas que se encendían y colocaban en los huecos y ventanas de las casas, y conmemoraba la purificación del Templo, llevada a cabo por Judas Macabeo (Mac 4:36-39).

Segundo Discurso de Pedro.

Bajo este pórtico de Salomón, tras el milagro de Pedro y Juan que hemos descrito, se reunió una muchedumbre ávida de saber lo que había ocurrido. Y Pedro toma la ocasión de este improvisado auditorio para pronunciar su segundo discurso de catequesis, que esencialmente contiene los mismos elementos apologéticos del primero.

A) Jesús es el Mesías de Israel, prometido por Dios a nuestros Padres y profetas.

Β) Α este Mesνas vosotros lo habéis matado, haciéndolo colgar de una cruz por manos de los romanos.

C) Pero nosotros lo hemos visto resucitado y damos testimonio de El.

D) Consecuentemente, nosotros os predicamos la conversión y la fe en este Jesús, por cuyo poder este hombre, que antes era inválido, ha sido curado.

Este discurso segundo de Pedro, en la versión que nos ha dejado Lucas, contiene algunas ampliaciones respecto al anterior. Y vamos a ofrecer aquí un resumen con sus mismas palabras.

"Israelitas, ¿por qué os admiráis, como si nosotros hubiésemos hecho andar a éste con nuestro propio poder o virtud? El Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob, el Dios de vuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, al que vosotros entregasteis y rechazasteis ante Pilato cuando éste había decidido soltarlo. Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó, y nosotros somos testigos. Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer. Por nosotros, en primer lugar resucitó Dios a su Siervo Jesús, y lo envió para que os trajera esa bendición que prometió a Abraham con tal, que os apartéis cada uno de vuestros pecados.

Mientras Pedro hablaba al pueblo, se les presentaron los sacerdotes, el comisario del Templo y los saduceos, muy molestos porque enseñaba al pueblo y anunciaba que la resurrección de los muertos se había verificado en Jesús. Les echaron mano y, como ya era tarde, los metieron en la cárcel hasta el día siguiente. Muchos de los que habían oído el discurso creyeron, y el número de hombres llegó a unos 5.000" (Hech 3:12-44).

Tal fue el discurso de Pedro. Como hemos leído, insiste en la doble vertiente que ya se dibujó en su primer sermón de Pentecostés. Jesús es el Mesías prometido por los profetas, según consta en la Escritura, y es además el Mesías muerto y resucitado, según los mismos apóstoles predican y anuncian con su testimonio. Las dos ideas fundamentales se refuerzan. Se habla claramente del Siervo Jesús, y quizá hay aquí un entronque con el "Siervo Doliente," anunciado por Isaías, y que ha sido glorificado por el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, después de su muerte que estaba predicha por los profetas.

Hay en el sermón de Pedro un título con el que se designa a Jesús: arjegós tes oyes. Lo hemos traducido antes en el texto como "el autor de la vida," pero posee un matiz más suge-rente. Se trata de una palabra griega, arjés, que significa "jefe, principio, primacía," y que ha dado origen a una entera familia de vocablos como "arcángel" (jefe de ángeles), "archisi-nagogo" (jefe de la Sinagoga), "arquitecto" (jefe de los constructores), "architriclino" (jefe de los sirvientes), etc. De Jesús se dice que es el "Jefe" o el "Líder de la Vida," al cual los judíos han acusado ante Pilatos, mientras que han indultado a un criminal, homicida y ladrón (Barrabás) "Jefe y Líder de la Vida" es un título que Lucas no había usado en el Evangelio, y que tan sólo emplea dos veces en los Hechos, y las dos en boca de Pedro.

Pedro hace hincapié precisamente en aquello que tanta repugnancia les había causado a los apóstoles y tanto trabajo les había costado admitir: que el esperado Mesías no era el libertador del poder romano ni el mágico restaurador de una era de abundancia mesiánica, sino que tenía que morir. Y por eso, cuando ellos, los oyentes de Pedro, lo mataron, estaban cumpliendo las Escrituras. El Mesías, aunque crucificado por ellos, ha resucitado y sigue siendo el Mesías anunciado; y, por tanto, tras su Ascensión a los cielos, tras su Glorificación en los cielos, ha de volver otra vez en la restauración universal, que Dios ha anunciado también por los profetas.

En esta línea del anuncio que los profetas hicieron de la vida y muerte de Jesús, Pedro añade nuevos testimonios. En su primer discurso sólo citó al profeta Joel, a propósito de la venida del Espíritu Santo, y al profeta David, cuya tumba todavía existía en Jerusalén. En este segundo discurso Pedro amplía el horizonte bíblico y profético referente a Jesús. Quien lo ha glorificado por medio de la curación milagrosa que acaba de suceder es "el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob." La muerte de ese Jesús, de la que los judíos son responsables, aunque con un atenuante de ignorancia, había sido "predicha por boca de los profetas antiguos" (así en plural), desde Samuel en adelante. Y no falta la mención expresa ni de Abraham, el padre de la fe, ni de Moisés libertador de la cautividad de Egipto y legislador. Jesús, por tanto, está avalado por todo el Antiguo Testamento. Pedro había recibido la enseñanza iluminadora del Espíritu Santo, y había aprendido bien la lección. Tan sólo queda — añade Pedro — que os arrepintáis de vuestros pecados, y os volváis y convirtáis a Dios, aceptando con fe a Jesús; como este mendigo que está ante vosotros, que tuvo fe en Jesús, y esta fe le dejó completamente sano.

El efecto del sermón de Pedro también fue inmediato y copioso. Muchos de los que habían oído este discurso creyeron. Y Lucas señala una cifra, cinco mil, advirtiendo muy semíticamente que se trata de "hombres," lo cual nos lleva a la conclusión de que, con las mujeres, sumarían una cifra mucho mayor. Todo esto sucede en el pórtico de Salomón, en ese pórtico donde la última vez que predicó Jesús quisieron apedrearle e incluso prenderle.

A ese mismo pórtico ahora llegan esos mismos enemigos de Jesús y se llevan presos a los apóstoles.

 

Pedro y Juan ante el Sanedrín.

Dejamos a los apóstoles Pedro y Juan durmiendo en la cárcel, adonde habían sido conducidos por el jefe de la guardia del Templo, llamado "estratega" o tal vez el "sagán," ya que se trataba de la más alta autoridad de la policía. Este "sagán" era la dignidad inmediata después del Sumo Sacerdote, y, en este caso, sin duda actuaba por disposición del Sanedrín.

En esta ocasión, el Sanedrín parece que se reunió casi plenariamente, y Lucas nos menciona algunos de sus componentes. El primero es Anas, el mismo que figuró en la Pasión de Jesús. Aunque ya no era Sumo Sacerdote desde el año 15, cuando había sido depuesto por el procurador romano Valerio Grato, seguía ejerciendo una autoridad respetada por todos, y apoyada en el hecho de que sus sucesores en el mando fueron su hijo Eliazar y su yerno Caifas, que a la sazón ejercía de Sumo Pontífice. Lucas cita asimismo a otros dos miembros importantes del Sanedrín, llamados Juan y Alejandro, que algunos suponen que también pertenecían a la familia de Anas.

Incidentalmente, hallamos aquí una espléndida confirmación de la resurrección de Cristo, afirmada delante del Tribunal Supremo de Israel. Algunos de estos mismos sanedritas habían lanzado la calumnia de que Jesús no había resucitado, ya que su cadáver habría sido sustraído por los discípulos (Mt 28:12-15). Ahora se les presentaba una indiscutible ocasión para probar su calumnia y negar la resurrección de Jesús. Y no hacen nada de eso, sino que simplemente manifiestan su extrañeza ante la audacia y firmeza de dos rudos e ignorantes que se atrevían a afirmar la resurrección de Jesús y, lo que es más, que El era el único Salvador de Israel. Y para esto citaban un salmo, el 118, que señalaba a Jesús como la piedra angular, y a ellos, los jueces, como los arquitectos que la habían desechado.

Todo esto resultaba insólito. Sin embargo, allí estaba delante de ellos el rengo curado, para proclamar la verdad de un hecho indiscutible. Y también alrededor de ellos se amontonaba el pueblo, que glorificaba a Dios por la curación. Una vez más se repetía la misma situación que se había producido con Jesús: que el pueblo estaba con El, mientras los jefes y letrados le condenaron.

Tras haber deliberado, el Sanedrín llama a los apóstoles para comunicarles su decisión.

"Viendo la seguridad de Pedro y de Juan, y notando que eran hombres sin letras ni instrucción, estaban sorprendidos. ¿Qué vamos a hacer con estos hombres? Porque han hecho un milagro evidente y lo sabe todo Jerusalén y no podemos negarlo. Mas para evitar que se siga divulgando entre el pueblo, los amenazaremos para que no vuelvan a mencionar ese nombre delante de nadie.

Y habiéndolos llamado, les prohibieron terminantemente hablar y enseñar en nombre de Jesús. Pedro y Juan les replicaron: — ¿Puede aprobar Dios que os obedezcamos a vosotros en vez de a El? Juzgadlo vosotros. Nosotros no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído.

Y con nuevas amenazas los soltaron. No encontraban manera de imponerles un castigo por causa del pueblo, ya que todos alababan a Dios por lo sucedido, puesto que el hombre curado por el milagro tenía más de cuarenta años" (Hech 4:13-22).

Pedro y Juan, vueltos a los suyos, son recibidos por la comunidad con muestras de regocijo y alabanzas a Dios, y brota unánime y espontánea una plegaria. La palabra griega es omozymadón, que sólo hallamos una vez en la Carta a los Romanos, pero que Lucas usa 10 veces y todas ellas en este Libro de los Hechos. La alabanza de la comunidad recuerda al salmo segundo de David y posee otras resonancias proféticas: "Señor, Tú hiciste el cielo, la tierra, el mar y todo lo que contiene. Tú le inspiraste a tu siervo nuestro Padre David que dijera: ¿por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean fracasos? Se alian los reyes de la tierra y los príncipes conspiran contra el Señor y contra su Mesías" (Hech 4:22-26).

El tetrarca Herodes ocupa el lugar de los reyes. Pilato el de los príncipes, y las naciones y pueblos están representados por los judíos y romanos que tomaron parte en la pasión de Cristo, a quien se le llama "tu siervo Jesús," haciendo tal vez eco al Siervo de Yahveh, cantado por Isaías.

El objeto de esta plegaria es pedirle a Dios que les defienda de sus enemigos y les conceda predicar la palabra con fuerza y libertad. La palabra utilizada es "predicar con parre-sía," una voz muy usada, como unas 40 veces, sustantivo y adjetivo, en el Nuevo Testamento, y que literalmente significa "con palabra total," es decir, un mensaje transmitido libremente, sin recortes ni omisiones, incluso con audacia y valentía.

Al final de esta oración comunitaria interviene visiblemente el Espíritu Santo, y la casa donde estaban reunidos sufre una sacudida, y los allí presentes fueron llenos del Espíritu Santo y anunciaron la Palabra, quizá con un talante carismático que repetía el don del Pentecostés.

Es posible que Lucas haya dado a esta oración una redacción literaria más concreta y personal, pero sin duda respondió a la situación de aquel momento y a la sintonía y entusiasmo que se manifestaba entre los apóstoles y su comunidad de creyentes.

El Tribunal del Sanedrín.

La palabra "sanedrín" es un vocablo arameizado y derivado del griego synedrión, que significa, etimológicamente, "conjunto de asientos y de sedes," y, por extensión, una reunión de personas que se sientan a deliberar.

Viejas tradiciones rabínicas, aunque no comprobadas históricamente, aseguran que el Sanedrín era la antigua Gran Asamblea organizada por Nehemías hacia el año 410 antes de Cristo, después del regreso de los judíos cautivos de Babilonia. El número de los componentes de este Sanedrín alcanzaría unos 120 y sus funciones serían las de regular la vida religiosa del pueblo que retornaba del exilio.

Históricamente hablando, el Sanedrín comenzó en una época posterior, y se menciona por vez primera en el libro de los Macabeos, donde no se trata de una institución religiosa, sino de una imitación, por parte de los judíos, del sistema de gobierno senatorial que regía en otras ciudades helenísticas. Los primeros documentos sólo mencionan entre sus componentes a los sacerdotes y a los ancianos, es decir, a la aristocracia y al alto clero; pero nunca a los escribas, que probablemente sólo entraron en el supremo Consejo más adelante, en la época de la reina Alejandra Salomó, que tanto favoreció a los fariseos. Aunque el Sanedrín tuvo una eficacia muy dudosa durante los tiempos del despotismo de Heredes el Grande, los romanos, más adelante, le devolvieron algunas de sus atribuciones, ya que Roma favorecía el sistema de administración local en las provincias conquistadas.

En esta época, el Sanedrín estaba constituido por 70 sanedritas, más el presidente, que era el Sumo Sacerdote. Este número de 70, conservado por respeto a la institución mosaica de los ancianos-jueces, comprendía tres categorías: la de los sacerdotes, a la que pertenecían también los que habían ejercido el sumo sacerdocio, y que eran ordinariamente saduceos. La segunda categoría era la aristocracia laica, también saduceos. Y la tercera estaba constituida por los escribas o doctores de la ley, en su mayor parte fariseos, quienes, aunque eran una minoría numérica, gozaban de gran prestigio y autoridad ante el pueblo.

El "comunismo" cristiano: Bernabé y Ananías.

De nuevo Lucas nos lleva a contemplar el cuadro de la vida de la primitiva comunidad cristiana, en el que se repiten los trazos ya anteriormente descritos: unión de ánimos, estrecha vinculación con los apóstoles, presencia del Espíritu y crecimiento en número. También comunidad de bienes, sobre la que ahora se va a insistir, concretándola en dos cuadros antagónicos. La luz, representada por Bernabé, y las tinieblas, por Ananías y Safira.

"En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo, lo poseían todo en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenía.

De hecho, entre ellos ninguno pasaba necesidad, ya que los que poseían tierras o casas las vendían, llevaban el dinero y lo depositaban a los pies de los apóstoles, y luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno" (Hech 4:32-35).

Esta es la descripción más minuciosa de lo que se ha llamado el "comunismo religioso de la Iglesia primitiva de Jerusalén." Tanto por lo que aquí se dice como por otros datos aportados en los Hechos, podemos determinar las características de aquellas prácticas. Los creyentes pensaban y sentían lo mismo. O, como dice una traducción clásica, "tenían un mismo corazón y una sola alma." Es decir, practicaban puntualmente el precepto de Jesús sobre el amor fraterno y realizaban la petición que El hizo en su oración sacerdotal después de la Cena: Que todos sean uno.

"Nadie consideraba sus bienes como propios," y por eso todo lo poseían en común. No se trataba de una teoría sobre la propiedad privada o colectiva. Ni de una fantasía utópica como la que después imagine algún filósofo, sino de una voluntad de participación y de renuncia. No existe una imposición desde fuera, procedente de una autoridad o apoyada en un consenso comunitario, sino que es algo que sale desde dentro: la comunidad del amor y del corazón se manifiesta en la comunidad de bienes.

Examinemos ahora un ejemplo positivo y notable de esta comunidad de bienes. Su nombre era José y el sobrenombre Bernabé, que quiere decir "Hijo de la Consolación." El era un judío de la tribu de Leví, nacido en Chipre. Lo cual no es extraño, dado que desde tiempos de Juan Hircano, a fines del siglo π antes de Cristo, habitaba en Chipre una colonia judνa, que había sido acrecentada después de las donaciones que Augusto hizo a Herodes de unas minas de cobre.

Bernabé, cuyo nombre figura en el canon de la misa romana, representa en la historia primitiva de la Iglesia un papel muy importante en la comunidad de Antioquía de Siria, y podemos suponer que allí es donde Lucas, que era también natural de Antioquía, lo conoció y pudo así obtener de. él información sobre este período inicial de la Iglesia de Jerusalén.

De Bernabé se dice que el importe del campo vendido lo "depositó a los pies de los apóstoles." Es una forma de expresar una transmisión jurídica de dominio; ya que existía la costumbre de colocar las donaciones ante el donatario, que colocaba su pie encima como signo de posesión.

Volvamos la hoja para ver la estampa negativa y reprobable.

Se trata de un matrimonio. El es Ananías, nombre teofórico, que significa "Dios es dadivoso," y su mujer es Safira, "la hermosa," nombre que está relacionado en griego con el de la piedra preciosa de zafiro.

"Un tal Ananías vendió una propiedad de acuerdo con su mujer, Safíra, y, a sabiendas de su mujer, retuvo parte del precio, y puso el resto a los pies de los apóstoles. Pedro le dijo: —Ananías, ¿cómo es que Satanás se te ha metido dentro? ¿Por qué has mentido al Espíritu Santo, reservándote parte del precio de la finca? ¿No podrías retenerla sin venderla, y, si la vendías, no eras dueño de quedarte con el precio? ¿Cómo se te ha ocurrido hacer esto? No has mentido a los hombres, sino a Dios.

A estas palabras, Ananías cayó al suelo y expiró. Y todos los que se enteraron quedaban sobrecogidos. Vinieron unos jóvenes, lo amortajaron y se lo llevaron a enterrar.

Y unas tres horas más tarde llegó la mujer, que ignoraba lo sucedido. Y Pedro le preguntó: — Dime, ¿vendiste la finca por tal precio? Y ella contestó: — Sí, por tanto.

Y Pedro le repuso: — ¿Por qué os pusisteis de acuerdo para poner a prueba el Espíritu del Señor? Mira, los que han enterrado a tu marido están ya pisando el umbral para llevarte a ti.

En el acto cayó a sus pies y expiró. Al entrar los mozos la encontraron muerta. Se la llevaron y la enterraron junto al marido. La comunidad entera quedó espantada, y lo mismo todos los que se enteraban" (Hech 5:1-11).

Este suceso no sólo aterroriza a los presentes, sino que también nos sobrecoge a nosotros. Algunos críticos han llegado a dudar de su historicidad, ya que encuentran esta severidad de Pedro muy en oposición con la misericordia que Jesús mostraba con los pecadores. Sin embargo, la historicidad parece atestiguada no sólo por la unanimidad de todos los manuscritos antiguos, sino por la misma extrañeza del suceso. Lucas, que estaba ponderando la generosidad y desprendimiento de la comunidad cristiana, y que acaba de describir a Pedro curando a un paralítico, no habría fingido un episodio que denuncia la presencia de un traidor dentro de esta ejemplar comunidad.

Hay que colocarse en situación para comprender la escena. No se trata de una simple mentira, de una ocultación parcial del capital que habría de ser entregado íntegramente a la comunidad. La escena se desarrolla dentro de una atmósfera religiosa de fuerte temperatura espiritual y carismática. La respuesta de Ananías y Safira son mentiras al Espíritu Santo, un engaño a Dios. Algunos piensan que casi se trata de un sacrilegio, ya que lo ofrecido a la comunidad en aquellas circunstancias era como si se hubiese consagrado a Dios. En todo caso, Pedro no los fulmina, ni sus palabras son las que matan a los culpables; él se limita a manifestar que van a morir inmediatamente, fulminados por Dios. Para los que encuentran demasiado ejecutivo este castigo, les puede ayudar el comentario de San Agustín: "Hay que pensar que después de esta vida los perdonase Dios, porque es grande su misericordia."

Mientras acontecían estos sucesos, la comunidad de los creyentes progresaba en número, y la predicación de los apóstoles estaba acompañada de señales y milagros, hasta el punto de que sacaban a los enfermos a la calle y los colocaban en catres y camillas para que, al pasar Pedro, por lo menos les tocase su sombra. Y mucha gente de los alrededores de Jerusalén acudía llevando enfermos y poseídos por espíritus inmundos y todos se curaban.

Segunda Prisión de los Apóstoles.

Pero al lado de esta estampa positiva, de esta que podríamos llamar "la buena sombra" de Pedro, se produjo también "la mala sombra," a cargo del Sanedrín, que por segunda vez ordenó detener a los apóstoles y custodiarlos en la cárcel común. Más aquí, de nuevo, sobreviene lo insólito.

"Por la noche, el ángel del Señor les abrió las puertas de la cárcel y los sacó fuera, diciéndoles: Id, plantaos en el Templo y predicad allá íntegramente esta manera de vivir. En vista de aquello, los apóstoles entraron en el Templo, al amanecer, y se pusieron a enseñar.

Cuando llegó el Sumo Sacerdote con los suyos, convocaron al Consejo, es decir, el pleno del Sanedrín israelita, y mandaron por los presos a la cárcel. Fueron los guardias, pero no los encontraron en la celda y volvieron a dar parte. Entonces se presentó uno diciendo: los hombres que metisteis en la cárcel están ahí en el Templo y siguen enseñando al pueblo. Salió el comisario con los guardias y se los trajo, sin emplear la fuerza, por miedo a que el pueblo los apedrease.

Los condujeron a presencia del Consejo y el Sumo Sacerdote les interrogó: — ¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén de vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.

Pedro y los apóstoles replicaron: — Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros asesinasteis colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo Jefe y Salvador para otorgarle a Israel el arrepentimiento y el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a quienes le obedecen" (Hech 5:19-32).

Entonces interviene Gamaliel. Gamaliel era un doctor de la ley, muy respetado por todo el pueblo. Pertenecía al partido fariseo y, por tanto, opuesto al de los saduceos que estaban en mayoría, y muy respetado de todos, que le honraban con el título de "raban," es decir, "maestro nuestro," que solamente llevaron otros cuatro doctores después de él. La gente lo tenía por descendiente del gran Hillel, jefe de la escuela liberal de interpretación de la Biblia, y uno de los discípulos de Gamaliel será el futuro apóstol San Pablo.

El Talmud afirma que Gamaliel siempre permaneció en su fe judía; mientras fuentes, cristianas aseguran que se convirtió secretamente al cristianismo, aunque permaneció en el Sanedrín para poder ayudar así a la naciente Iglesia. Antiguos martirologios incluyen a Gamaliel entre los santos, y suponen que su cuerpo fue encontrado en Jerusalén, junto al del protomártir Esteban. Volviendo a la intervención de Gamaliel, su razonamiento convenció al Sanedrín, que se manifestaba sumamente irritado contra los apóstoles. Así habló Gamaliel: "Israelitas, pensad bien lo que vais a hacer con estos hombres. No hace mucho surgió un tal Teudas, que se daba importancia, a quien se le juntaban unos 400 hombres. Le ejecutaron, se desbandaron todos sus secuaces y todo acabó en nada. Más tarde, cuando el censo, surgió Judas el Galileo, arrastrando tras de sí gente del pueblo; también pereció y dispersaron a todos sus secuaces. En el caso presente, mi consejo es éste: no os metáis con esos hombres; soltadlos. Si su plan o su actividad es cosa de hombres, fracasarán; pero si es cosa de Dios, no lograréis suprimirlos, y os expondréis a luchar contra Dios" (Hech 5:35-39).

El parlamento de Gamaliel nos ha revelado la atmósfera de insurrección y algarada que agitaba a Israel en aquellos tiempos, probablemente con la pretensión de falsos mesianis-mos. Flavio Josefo también nos da a conocer otros disturbios políticos, ocasionados durante la sucesión dinástica de los Herodes, y añade que todos fueron reprimidos severamente por los procuradores romanos.

Las palabras prudentes de Gamaliel persuadieron al Sanedrín a no tomar medidas más severas; pero no pudieron evitar que los apóstoles fueran castigados con la pena de azotes, que, según la legislación aplicable en estos casos, eran de 39. Además les prohibieron mencionar el nombre de Jesús, y los soltaron.

"Los apóstoles salieron del Consejo, contentos de haber merecido aquel ultraje por causa de Jesús. Ni un solo día dejaban de enseñar en el Templo y por las casas, dando la Buena Noticia de que Jesús es el Mesías" (Hech 5:41-42).

Así termina esta primera confrontación de la nueva y pujante Iglesia contra la decadente sinagoga. Sucesivamente, en dos ocasiones, los apóstoles fueron interrogados por el Supremo Tribunal, que les amonestó para que no predicasen en el nombre de Jesús. La segunda vez, a su amonestación añadieron el castigo de los azotes. Los apóstoles empiezan a percibir experimentalmente que seguir al Maestro supone también llegar con El a la Pasión y a los azotes. Pronto se verá que la imitación y el testimonio será más radical, y que han de llegar hasta la muerte: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres," y sólo oponen a sus perseguidores el gozo y la alegría del haber padecido por Jesús y la predicación interrumpida de esa Buena Noticia de su Evangelio.

 

Los Diáconos y Esteban.

En el capítulo 6 de los Hechos se nos informa no sólo de un aumento cuantitativo de la nueva comunidad, sino también de un cambio cualitativo. En el "corazón y ánimo unidos" de los primeros discípulos se presenta una usura y una disensión; aunque pronto van a ser remediadas. En el seno de la Iglesia que comienza se manifiesta la diversa composición étnica y cultural de sus miembros. La línea divisoria la constituye la lengua, el idioma, con todo lo que él supone de diversidad cultural. Son los discípulos de lengua griega contra los discípulos de lengua hebrea.

Leamos el texto en el capítulo 6: "Por entonces, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, y decían que en el suministro diario se descuidaba a sus viudas" (Hech 6:1).

No sabemos exactamente la fecha del comienzo de este conflicto. La partícula "por entonces," usada por Lucas, es simplemente relacional, y probablemente hay que interponer un cierto lapso de tiempo para dar lugar a estos cambios de actitudes dentro de la comunidad primitiva.

Se trata de dos grupos que habitan en la ciudad de Jerusalén, que es todavía el escenario de la naciente Iglesia. Los de lengua hebrea, o más propiamente aramea, son judíos nacidos bien en la capital o en Judea o en otras regiones de Israel. A ellos se contraponen los helenistas, que son los de lengua griega. Y aunque no necesariamente tienen que haber nacido en la diáspora, o regiones helenistas circunvecinas, probablemente muchos de ellos proceden de allí.

Y ahora volvamos a Jerusalén.

No conocemos la proporción numérica entre ambos grupos lingüísticos, el griego y el hebreo; lo que sí sabemos es que surgió entre ellos una disensión por causa de que las viudas griegas no eran debidamente atendidas. Hoy diríamos que resultaban "discriminadas" en el suministro diario. Hay diversidad de opiniones al interpretar en qué consistió este suministro. Algunos piensan que fue bastante más que un socorro pecuniario o alimentario, ya que comprendía también otras atenciones de carácter más espiritual y religioso.

El cuidado de las viudas era ya proverbial dentro de los usos y costumbres de la comunidad hebrea, y existían numerosos textos legales que señalaban la especial atención que había que dispensarles. A diferencia de otros deudores insolventes, a las viudas no se les podía tomar el vestido como fianza, y también había que dejarles en los campos algunas gavillas abandonadas tras la siega, y lo mismo se diga de las aceitunas en el olivar y de los racimos en las viñas, para que el rebusco fuese más fácil para ellas.

Ante la queja de los helenistas, los apóstoles convocan el pleno de los discípulos.

"No está bien — dijeron los apóstoles — que nosotros desatendamos el mensaje de Dios por servir a las mesas. Por tanto, hermanos, escoged entre vosotros a siete hombres de buena fama, dotados de espíritu y de habilidad, y los encargaremos de esta tarea. Nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la Palabra" (Hech 6:2-4).

La interpretación de "servir a las mesas" no debe ser tan estricta que imaginemos que los apóstoles hasta entonces habrían actuado como distribuidores y repartidores de alimentos, y aun como camareros, y que ahora les transfieren el servicio a los nuevos auxiliares. La expresión "servir a las mesas," sin duda llevaba consigo otras tareas administrativas, y los nuevos designados asimismo desempeñarían otros oficios comunitarios más espirituales, como lo veremos en seguida en el caso de Esteban y Felipe, que son los dos cuya vida se nos describe más detalladamente.

La Diáspora Judía.

La diáspora es una palabra que significa "dispersión" y que se encuentra usada ya en la versión de la Biblia llamada de los Setenta. Y comprende los grupos y colonias judías diseminados por los vastos territorios del que se llamó mundo helenístico en la época posterior a la muerte de Alejandro Magno (t 323 a. de C.)

El origen remoto de esta dispersión o diáspora hay que buscarlo en los destierros masivos a que fueron sometidos los israelitas por las potencias vencedoras que conquistaron su territorio. Fue primeramente Sargón II quien, en el año 722, trasladó a más de 27.000 hebreos desde Samaría hasta las regiones de la Media.

Más tarde, las tribus de Judá y Benjamín fueron transportadas por Nabucodonosor II, en los comienzos del siglo IV a las regiones mesopotámicas, en las que se centraron alrededor de la ciudad de Tel-Aviv, a orillas del río Cobar. Muchos de estos judíos renunciaron a repatriarse y se asentaron definitivamente en aquellas tierras.

También hubo una colonia numerosa de judíos en Elefantina, Egipto, cerca de Assuam. Artajerjes igualmente envió una colonia a las riberas del mar Caspio. Y aun después de Alejandro Magno, tanto bajo los Lágidas de Egipto como bajo los Seléucidas de Siria, se establecieron varias colonias de judíos, que fueron especialmente numerosas en las ciudades de Alejandría y Antioquía.

Toda esta diáspora, que comenzó siendo un castigo del pueblo hebreo por sus infidelidades a la Alianza con Yahveh, se convirtió con el tiempo en bendición y providencia, ya que los judíos así dispersos alcanzaron un cierto nivel de bienestar y de influencia social, y propagaron el monoteísmo religioso. San Pablo, en sus excursiones apostólicas, encontrará muchos de estos judíos de la diáspora por todo el Asia Menor y por Europa.

En suma, ha podido calcularse con cierta aproximación que los judíos constituían en esta época el 3 por 100 de la población del Imperio Romano, que alcanzaba entonces la cifra de unos 55 millones de habitantes.

Designación y Rito de los Diáconos.

La propuesta pareció bien a todos, y así eligieron a Esteban, hombre dotado de fe y de Espíritu Santo; a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía.

Siete elegidos, todos con nombre griego, lo cual no quiere decir que todos fueran de ascendencia helenística, ya que también dos de los apóstoles de Jesús tenían nombres griegos y eran sin duda galileos de nacimiento. Pero, sin embargo, en este caso, y dada la motivación de las quejas, parece lógico que los siete fuesen judíos helenistas y, por tanto, de un sector cultural semejante al de la diáspora.

Como es corriente en la onomástica, cada uno de estos nombres griegos tiene un significado: Esteban es "el que porta, el que lleva una corona." Felipe es el "amante de los caballos o a quien le gustan los caballos." Prócero es el "conductor o director del coro o de la danza." Parmenas es "el perseverante." Nicanor, "el victorioso." Timón, "el honrado"; y Nicolás, "el vencedor del pueblo."

De este último se ha supuesto, aunque sin pruebas convincentes, que podría ser el jefe de la secta de los Nicolaítas, que es una herejía que se menciona en el libro del Apocalipsis (Ap 2:6) Lo único cierto de él es que era prosélito y que procedía de Antioquía, lo cual, en la pluma de Lucas, siempre tan enterado de lo que sucedió en Antioquía, es una garantía de verdad.

Designados los siete por elección, fueron presentados a los apóstoles, quienes, después de haber orado, les impusieron las manos.

Esta es la primera mención de este rito de la imposición de las manos, que aquí tiene el significado de conferir un oficio y misión especial.

Advertimos que aquí se distinguen dos grupos: uno más extenso de discípulos, cuyo número no se determina en el texto, y que es quien elige a los Siete; y otro más reducido, formado por los apóstoles, que son quienes imponen las manos a los presentados. Nosotros, utilizando un vocabulario más técnico, diríamos que los siete fueron "presentados" por la comunidad y "ordenados" por los apóstoles, que es el mismo término que emplea San Juan Crisóstomo en su comentario.

El rito de la imposición de las manos, como significativo de una transmisión de poder, era muy conocido entre los hebreos. El Antiguo Testamento menciona esa imposición como rito."de elección y también como gesto de entrega de la víctima en un sacrificio a la Divinidad. También en el plano judicial la "imposición de manos" significaba el traspaso o la imputación de una culpa. Pero, sobre todo, el gesto aparece en relación con la transferencia de una autoridad o la colación de un oficio. Así, Moisés impuso las manos sobre Josué cuando le instituyó como sucesor en el caudillaje de Israel. Y era el mismo gesto que se hacía sobre los levitas para designar el traspaso de la función ritual, y también sobre los miembros del Sanedrín para investirlos en sus funciones.

¿En qué consistió la ordenación de estos siete Diáconos? La palabra diácono no se encuentra en el Libro de los Hechos (excepto una sola vez, en femenino), aunque sí el sustantivo diaconta y el verbo diacomin, ambos utilizados en un sentido muy amplio y muy frecuente, ya que en el Nuevo Testamento se emplean un total de 62 veces, en contraposición al Antiguo, donde sólo se encuentran 10.

Ambas palabras poseen un sentido de servicio y de ministerio, tanto material como espiritual, y también se aplican a la limosna. "No vine a ser servido, sino a servir," dijo en cierta ocasión Jesús a sus discípulos —y empleó este verbo— (Mt 20:28). Resumiendo, podríamos decir que, aunque el Libro de los Hechos no los llame "diáconos," sus funciones son las que la Iglesia encomendó después a los diáconos. Y por ello, como afirma San Juan Crisóstomo, podemos decir que "recibieron con la imposición de manos esta ordenación de diáconos."

Nuestro relato nos acerca de nuevo a la figura de Esteban, que va a pasar a un primer plano.

Apología y Martirio de Esteban.

"Esteban, lleno de gracia y de poder, realizaba grandes prodigios y señales en medio del pueblo. Unos cuantos de la sinagoga llamada de los Libertos, y otros oriundos de Cirene, Alejandría, Cuida y Asia, se pusieron a discutir con él y no podían resistir al Espíritu y sabiduría con que hablaba; entonces sobornaron a algunos para que dijeran: "Lo hemos oído pronunciar blasfemias contra Moisés y contra Dios. Así alborotaron al pueblo, a los senadores y a los letrados, y, agarrando a Esteban por sorpresa lo condujeron al Sanedrín" (Hech 6:8-12).

Poco tiempo parece que duró la diaconía de Esteban, que va a sufrir la oposición y ataque de esos mismos judíos de la diáspora que antes mencionamos, y que estaban representados en Jerusalén por diversas agrupaciones o sinagogas. Y cuando mencionamos la "sinagoga" no nos referimos directamente a un edificio, sino al conjunto de los judíos procedentes de una determinada región que formaban en Jerusalén diversas comunidades de vida y culto.

La primera sinagoga que se menciona es la de los Libertos. Generalmente se ve en ellos a los descendientes de los judíos que fueron llevados a Roma por Pompeyo, tras la toma de Jerusalén en el año 63 antes de Cristo. Muchos de ellos habían sido ya manumitidos y habían formado una numerosa colonia hebrea en la Urbe romana, de donde Tiberio, el año 19 después de Cristo, los expulsó, por lo que muchos de ellos regresaron en aquella ocasión al hogar patrio.

También se posee documentación sobre los judíos de Cirene o Cirenaica, y sobre los de Alejandría, donde, según Filón, ocupaban dos de los cinco barrios de la ciudad. Y también se conoce a los originarios de Cilicia, con los que probablemente estaría relacionado el futuro San Pablo.

Contra todos estos, resultaba vencedora la dialéctica de Esteban, de quien Los Hechos hacen este sucinto elogio: "dotado de fe y de Espíritu Santo, y lleno de gracia y poder, que se manifestaba con numerosos prodigios y señales."

Lo que no pudo la dialéctica de sus adversarios, lo consiguió la astucia y la violencia, ya que, después de sobornar a falsos testigos, se apoderaron de Esteban y lo condujeron ante el Sanedrín, donde el acusado compareció para responder a estas acusaciones.

"A este individuo le hemos oído pronunciar blasfemias contra Moisés y contra Dios, y no para de hablar contra el lugar santo y contra la ley. Y le hemos oído decir que Jesús de Nazaret destruirá este lugar y cambiará las tradiciones que recibimos de Moisés.

Todos los miembros del Sanedrín fijaron la vista en Esteban, cuyo rostro les pareció como el de un ángel" (Hech 6:11-15).

Leamos ahora la apología de Esteban, pronunciada por él mismo, y que, según algunos escrituristas, probablemente Lucas recogió de una fuente escrita, ya que en el discurso se hallan numerosos arameísmos. Se trata del discurso más largo recogido en los Hechos, que ocupa 51 versículos del capítulo 7, y del que daremos aquí los pasajes más importantes.

Esteban había sido acusado de blasfemar contra Dios y contra Moisés. A eso responde Esteban mostrando la providencia que Dios ha mostrado siempre con su pueblo y el papel preponderante que señaló a Moisés en la Historia de la Salvación. Así habló Esteban: "El Dios de la Gloria se apareció a nuestro padre Abraham en Mesopotamia, y, cuando murió su padre, lo trasladó de allí a esta tierra en que vosotros vivís ahora. No le dio en propiedad ni siquiera un pie de terreno, pero prometió dársela en posesión a él y a su descendencia. Le dio como alianza la circuncisión y por eso circuncidó a Isaac a los ocho días de nacer. Isaac engendró a Jacob, y Jacob a los doce Patriarcas" (Hech 7:2-8).

Esteban continúa después narrando la historia de los israelitas en Egipto y su cautividad hasta llegar a Moisés, "hombre grato a Dios, a quien la hija del faraón lo hizo criar como hijo suyo, a quien después Dios se apareció en la zarza ardiente y lo envió como jefe y libertador de su pueblo" (Hech 7:20-25).

Esteban, sin duda, estaba recordando una historia bien conocida de sus oyentes, pero presentándola desde un nuevo punto de vista, es decir, desde la providencia de Dios con su pueblo que le había rechazado frecuentemente.

"Moisés fue el mediador entre el ángel que le hablaba en el monte Sinaí y nuestros padres.; pero éstos no quisieron escucharlo y lo rechazaron y quisieron volver a Egipto. Posteriormente, en tiempos de David, éste le pidió que le permitiera construirle una morada, aunque dice Salomón quien la edificó. Pero el Altísimo no habitaba en edificios construidos por hombres, ya que, como dice el profeta, ."mi trono es el cielo, la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué templo podréis construirme o qué lugar para que descanse?" (Hech 7:38-49)

Advirtamos la construcción dialéctica de la apología de Esteban. La acusación se ha centrado sobre la blasfemia contra Dios y contra Moisés y sobre la amenaza de destruir e invalidar el Templo y lo que él representa. Y Esteban responde que son los israelitas quienes han desobedecido a Dios y a su siervo Moisés. Y que ese Templo, tan venerado e intocable para sus Jueces y acusadores, no es la última e inamovible habitación que Dios se ha erigido, según lo tienen anunciado los profetas.

En el trasfondo de la apología de Esteban se halla la imagen de Jesús, que es el verdadero enviado de Dios, mayor aún que Moisés, y que también ha sido rechazado por el pueblo y por sus jefes.

Este Jesús ha predicado un nuevo orden y una ley de amor, superior a la del templo material. La argumentación al llegar aquí sube de temperatura emocional.

"Rebeldes, infieles de corazón, tardos de oído. Siempre resistís al Espíritu Santo, lo mismo que vuestros padres. ¿Hubo un profeta que vuestros padres no persiguieron? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del Justo y a El lo habéis traicionado y asesinado vosotros ahora. Vosotros, que recibisteis la Ley por mediación de ángeles y no la habéis observado.

Oyendo sus palabras, se recomían por dentro y rechinaban los dientes contra él. Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios y dijo: — Veo el cielo abierto y al Hijo del Hombre que está de pie a la derecha de Dios.

Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos y todos a una se abalanzaron contra él. Lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo.

Los testigos, dejando sus capas a los pies de un hombre joven, llamado Saulo, se pusieron a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación: — Señor Jesús, recibe mi espíritu.

Luego, cayendo de rodillas, lanzó un grito: — Señor, no les tomes en cuenta este pecado.

Y con estas palabras expiró" (Hech 7:51-60).

Diaconisas y Viudas.

La presencia de estos siete diáconos, todos los cuales son varones, nos lleva de la mano a preguntarnos por una posible función paralela de la mujer en aquellos tiempos de la primitiva Iglesia. Es evidente que algunos de los oficios y funciones de los diáconos los desempeñaron aquellas mujeres mencionadas por los evangelistas, cuando afirman "que seguían y acompañaban a Jesús y a sus discípulos." Y la palabra usada es, precisamente, diakonein.

Refiriéndonos ahora a la Iglesia primitiva después de la Resurrección del Señor, hay un texto de la Carta a los Romanos en el que se cita a una mujer, y que merece nuestra atención. La mujer se llama Febe (femenino de Febo, el Sol) Pablo, que escribe su carta a los fieles de Roma, a los que todavía no ha visitado, añade al final unos saludos de despedida. Y la primera persona a la que cita es a "nuestra hermana Febe," diaconisa — la palabra que emplea Pablo es diáconos, que se aplica entonces a los dos sexos —, ya que la palabra "diaconisa" es posterior.

Febe es "diácono de Cencreas," que es uno de los dos puertos de la ciudad de Corinto a la que Horacio llama "bimarítima." San Pablo recomienda a los fieles "que reciban a Febe como cristianos, como corresponde a gente consagrada, y que se pongan a su disposición en cualquier asunto que necesite de vosotros; porque ella se ha hecho abogado de muchos, empezando por mí" (Rom 16:1-2). El pmartirologio romano la celebra como santa el 3 de septiembre.

Estas diaconisas podían ser vírgenes o viudas, y estaban encargadas de ciertas funciones del ministerio eclesiástico. Cuando Pablo escribe a Timoteo y le da instrucciones para la elección de obispos y diáconos, añade "que las mujeres asimismo sean respetables, no chismosas, juiciosas y de fiar en todo" (1 Tim 3:11). Ahora bien, según algunos intérpretes, Pablo aquí se refiere a las diaconisas auxiliares.

Respecto a las viudas, en la misma carta a Timoteo le instruye de que "no inscribas en la lista a una viuda menor de sesenta años; tiene que haber sido fiel a su marido y estar recomendada por sus buenas obras: si ha criado bien a sus hijos, si ha ofrecido la hospitalidad, si ha lavado los pies a los consagrados, si ha ayudado a los que sufren; en fin, si ha aprovechado toda ocasión para hacer el bien" (1 Tim 5:9-10).

Piensan algunos exegetas que todas estas condiciones exigidas para las elegidas se refieren a un oficio semejante al de la diaconisa; ya que, si se tratase tan sólo de inscribirlas en un registro para ayudarlas y alimentarlas, parecerían excesivos los requisitos que se señalan.

Exequias y Sepultura de Esteban.

Ante el cuerpo apedreado del primer mártir cristiano comprendemos el significado de toda su apología ante el Sanedrín. Esteban ha trazado un compendio de la Historia de la Salvación, que culmina en Jesús. Jesús ha sido asesinado y traicionado por el pueblo al que venía a salvar. Pero ha triunfado, porque está vivo y glorioso en el cielo.

El grito de Esteban, "veo los cielos abiertos y a Jesús a la derecha de Dios," es una confesión explícita de la divinidad de Cristo, y así lo entendieron sus jueces, que no pudieron soportar lo que ellos consideraban una blasfemia.

No conocemos exactamente el sitio de la lapidación de Esteban. Es muy probable que fuese a extramuros de la ciudad, en la parte norte, mucho más pedregosa y alejada del control de la guardia romana. La memoria del sepulcro del mártir se perdió en los próximos años, como la de tantos otros recuerdos y localizaciones en la ciudad de Jerusalén, destruida en dos sucesivos asedios.

Quizá durante esta época, falta de noticias, creció más propiciamente la leyenda que trató de suplir la escasez de datos históricos. De esta "pasión legendaria" tan sólo poseemos algunos códices muy posteriores, aunque muy probablemente se refieren a datos pertenecientes a épocas anteriores. Según ellas, dos años después de la Ascensión del Señor, Esteban comenzó a tener discusiones muy violentas con sus adversarios, que llegaron a conducirlo ante el tribunal de Caifas, que lo hizo azotar. La palabra de Esteban refutó victoriosamente las objeciones de sus adversarios, que lo condujeron sucesivamente ante el escriba Alejandro y el tetrarca Antipas. Finalmente, tras la sesión tumultuosa del Sanedrín, narrada en los Hechos, Esteban fue conducido ante la presencia de Pilato, donde se encontraban como defensores de Esteban tanto Nicodemo como Gamaliel y su hijo Abibo, quienes también sufrieron el martirio. Otras variantes de la leyenda afirman que las reliquias del mártir fueron trasladadas por Gamaliel a una propiedad suya, situada en la villa de Kefargamla, a 30 millas de Jerusalén, donde asimismo fue sepultado Nicodemo.

En todo caso, los datos ciertos históricos nos señalan que en el año 415 las reliquias del mártir San Esteban fueron encontradas en el citado lugar de Kefargamla por el presbítero Luciano, de cuyo hecho se conservan testimonios tanto en griego como traducidas al siríaco y al latín. En estas narraciones se cuenta que el rabino Gamaliel, maestro de San Pablo, se apareció en sueños a Luciano para notificarle la existencia en aquel lugar de los restos del Santo Mártir Esteban, así como de los suyos propios y de Nicodemo. De todo lo cual dio conocimiento al entonces obispo de Jerusalén, Juan.

La invención de estas reliquias fue acompañada de multitud de milagros, y el cuerpo fue trasladado a Jerusalén, a la basílica constantiniana, llamada la Santa Sión, el 26 de diciembre del 415, que después se ha fijado como fecha para la conmemoración litúrgica del santo. La emperatriz Eudoxia, devotísima del mártir, mandó construirle, en el año 460, una basílica aún más grandiosa, cuyas ruinas se han descubierto a fines del siglo pasado. San Agustín, comentando el culto muy extendido a San Esteban y los milagros que hacía, escribe en su Ciudad de Dios que "si hubiera de consignar todos los milagros que él había podido comprobar, habría que escribir varios libros." También, a comienzos del siglo VI, San Fulgencio Gordiano, obispo de Ruspe (localidad cercana a Cartago), escribía: "Esteban, confiado en la fuerza de la caridad, venció la acerba crueldad de Saulo, y mereció tener en el cielo como compañero del que conoció en la tierra como perseguidor," palabras que han sido incorporadas en el rezo oficial de la Iglesia.

 

El Diácono Felipe, en Samaría.

Las últimas líneas de nuestro capítulo anterior se cerraban sobre el cuerpo del diácono Esteban, el protomártir cristiano. "Unos hombres piadosos — nos advierte el cronista Lucas — enterraron a Esteban, e hicieron un gran duelo con él." Este gran duelo a cargo de unos fieles piadosos, que no parece que fueran los apóstoles, ni aun siquiera unos cristianos, es un signo de la estima y la admiración que suscitó la muerte valerosa de aquel primer confesor de la fe. Especialmente si se tiene en cuenta que los cadáveres de los apedreados se arrojaban en una fosa destinada a los malhechores, y que solamente después de haberse enteramente podrido se podían trasladar los huesos a una tumba familiar.

Como ya indicamos, no conocemos exactamente la fecha de esta muerte, aunque es probable que acaeciera en las proximidades de alguna de las grandes fiestas de los hebreos, dada la presencia en Jerusalén de muchos forasteros. Ni tampoco sabemos exactamente dónde se hizo este enterramiento, aunque tres siglos después se comenzó a celebrar en la comunidad cristiana de Jerusalén la fiesta del hallazgo o invención del cuerpo de San Esteban, desde donde se extendió a toda la cristiandad.

Tras su muerte, Lucas nos interpone una breve noticia anticipativa sobre Saulo, el futuro San Pablo, al que nos describe con trazos breves y seguros: se trata de un hombre joven, que estaba de acuerdo con la lapidación de Esteban y que, no satisfecho con ella, se "ensañaba" con la Iglesia, penetrando en las casas privadas de los cristianos y arrastrando a la cárcel a hombres y mujeres. La palabra "ensañar" está expresada en griego por el verbo lymainomai, singularmente expresivo, ya que los médicos lo emplean para describir la acción destructiva de una enfermedad, y comúnmente se usaba para señalar la devastación causada por un animal salvaje o por un ejército en campaña.

De Pablo y de sus antecedentes precristianos volveremos a hablar más adelante. De momento hemos de considerar el aspecto positivo y constructivo que esta persecución trajo consigo, ya que impulsó la dispersión de la Iglesia de Jerusalén hacia regiones más dilatadas.

Los dos Felipes: el Apóstol y el Diácono.

"Al ir de un lugar a otro, los prófugos iban difundiendo por todas partes la Buena Nueva de la Palabra. Felipe bajó a una ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo" (Hech 8:4-5).

¿De qué Felipe se trata? Sin duda alguna, del que los Hechos acaban de nombrar en el capítulo precedente entre los siete diáconos; ya que el otro Felipe, el apóstol, había permanecido en Jerusalén. Expresamente se dice que los Doce no tuvieron que salir de la capital, ya que la persecución parecía selectivamente dirigida contra los judíos helenistas de la comunidad cristiana, cuyo portavoz había sido Esteban.

Algunos escritores cristianos de los primeros siglos padecieron una cierta confusión entre estos dos Felipes, el apóstol y el diácono. Confusión originada no sólo por la identidad del nombre, sino por el hecho de que los dos predicaron el evangelio, ambos fueron incluidos en los antiguos santorales, y además ambos tenían unas hijas. Hoy día, a vista de la información que poseemos, puede quedar disipada esa confusión. Los evangelios establecen indudablemente la identidad del apóstol San Felipe como uno de los cinco llamados por Jesús en la primera hora, y que permaneció con El durante todo el tiempo de su vida pública, y que, en la última Cena, hizo a Jesús aquel ruego, tan confiado e ingenuo: "Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta."

Independientemente de estos datos evangélicos, los Hechos nos repiten al principio la lista de los apóstoles, entre los cuales se encuentra Felipe, y añade después que dichos apóstoles nombraron a otras personas auxiliares llamados diáconos, entre los cuales se cita el nombre del "otro Felipe."

Respecto a Felipe apóstol, hoy podemos completar los datos evangélicos con otros aportados por una tradición, sólidamente apoyada en antiguos documentos. Dicha tradición le atribuye la evangelización de las regiones de la Frigia, y que fijó su residencia en la ciudad de Hierápolis, donde murió, según testifica Polícrates, obispo de Efeso, en el siglo π, en una carta al Papa San Víctor. En ella afirma el citado testigo que en la misma ciudad murieron y vivieron dos hijas vírgenes del apóstol y también una hermana suya, mientras que una tercera hija, que tal vez se casó, se hallaba sepultada en Efeso. Por su parte, Papías, el famoso obispo de Hierápolis, añade que él trató personalmente con las hijas del apóstol Felipe, y que una de ellas le dijo que su padre había resucitado a un muerto. Asimismo, los más antiguos documentos testimonian que Felipe murió mártir en la persecución de Domiciano.

Todo lo cual nos sitúa históricamente al apóstol Felipe sin confusión posible con el diácono Felipe; aunque éste también tuviese unas hijas vírgenes, que en este caso eran cuatro, y que se hallan mencionadas en el Libro de los Hechos, y cuya casa, en la ciudad de Cesárea, todavía existía en tiempos de San Jerónimo, porque él escribe que Santa Paula le hizo una visita. ¿Cuál fue el campo de evangelización del diácono Felipe?

La Ciudad de Samaría o Sebaste.

El nombre de Samaría, citado en el texto de los Hechos, indudablemente significa aquí la capital de aquella región. Había sido fundada por el rey Amrí, u Omri, que reinó en la primera mitad del siglo IX antes de Cristo (1 Re 16:23). Después fue conquistada y destruida por el rey Sargón de Asiría, y sus habitantes fueron deportados y sustituidos por colonos traídos de otros lugares de su imperio, dando así origen a la raza mezclada de los samaritanos.

De nuevo, el caudillo judío, Juan Hircano, la destruyó a finales del siglo u antes de Cristo. Y posteriormente fue reconstruida por el propretor de Siria, Gabinius, y embellecida por Herodes el Grande, quien le dio el nombre de Sebastes, palabra griega que significa "honorable," y que era uno de los títulos del emperador Augusto, en cuyo honor fue así nombrada la nueva ciudad.

En esa ciudad de Samaría, poblada principalmente por veteranos militares generalmente paganos, es donde predicó Felipe a Jesús como al Mesías esperado por los judíos. Escuchemos su predicación.

"El gentío hacía caso unánime de lo que predicaba Felipe, porque oían y veían las señales que realizaba, ya que de muchos posesos salían los espíritus inmundos dando voces, y muchos paralíticos y cojos quedaron curados. Y hubo una gran alegría en aquella ciudad" (Hech 8:6-8).

San Lucas, repetidas veces en sus escritos, se complace en anotar esta alegría que acompañaba la predicación del evangelio; aunque en este caso su apostolado se vio turbado por la aparición de un extraño personaje, llamado Simón el Mago, que residía ya hacía algún tiempo en Samaría y que se ejercitaba en las artes mágicas.

Los especialistas discuten el exacto significado del verbo mageuo, que es aquí la única vez que se cita en el Nuevo Testamento. Unos piensan que se trata de una magia, vulgar, de encantamientos y adivinaciones y quiromancia, mientras que otros suponen que pertenecía a un nivel superior y astrológico.

Los datos bien escuetos del Libro de los Hechos acerca de este teósofo samaritano pueden completarse con otros escritos cristianos, concretamente de San Justino, y por el paralelo que presentan con la vida de Alejandro de Anonotiques de quien nos habla Luciano de Samosata.

Samaría era un terreno bien abonado para las experiencias de sincretismo religioso. Simón había nacido en Gitthom, a 10 Km. al oeste de Samaría, y había enseñado su doctrina no sólo allí, sino también en Roma, y se hacía acompañar en sus viajes por una tal Elena, a quien él llamaba su "primera Idea."

Esto nos llevaría muy lejos, pero basta recordar aquí que Simón profesaba la doctrina gnóstica en la que se daba culto a una tríada divina, y que el propio Simón se consideraba como el Poder Supremo, que había creado a los ángeles por medio de Elena.

San Jerónimo, comentando este pasaje, pone en boca de Simón estas palabras: "Yo soy la palabra de Dios, soy el Hermoso, el Paráclito, el Omnipotente, soy todas las cosas de Dios." En todo caso, los samaritanos estaban maravillados y cautivados por las artes mágicas de Simón, y así nos lo dice Lucas: "Antes de llegar Felipe a Samaría, ya se hallaba en la ciudad un cierto Simón que practicaba la magia y pasmaba al pueblo de Samaría haciéndose pasar por persona importante, y todos, grandes y pequeños, le prestaban atención y decían: ésta es la potencia de Dios, llamada la Grande.

Pero cuando creyeron en Felipe que anunciaba la Buena Nueva de Dios y el nombre de Jesucristo, empezaron a bautizarse hombres y mujeres hasta el punto de que el mismo Simón creyó, y una vez bautizado, no se apartaba de Felipe y estaba atónito al ver las señales y grandes prodigios que se realizaban" (Hech 8:9-13).

Se han preguntado los comentaristas si la conversión de Simón a la fe cristiana fue sincera, y muchos se inclinan a pensar que fue hipocresía, ya que con ella tan sólo pretendía sorprender los secretos de Felipe, a quien había admirado como a un mago de categoría superior a él.

Pedro, en Samaría.

En todo caso, los apóstoles, a quienes había llegado en Jerusalén la noticia de las conversiones entre los samaritanos, decidieron ir personalmente a hacerles una visita.

"Al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaría había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y Juan. Estos bajaron y miraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo, puesto que todavía no había descendido sobre ninguno de ellos: únicamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo" (Hech 8:14-17).

Esta es la primera ocasión en que los Doce eligen a algunos de entre ellos para una determinada misión. Y en este caso podemos decir que la asociación de Juan con Pedro respondía a la amistad y unión ya tradicional entre ambos apóstoles, de la que el mismo Jesús se había valido en ocasiones. Respecto al bautismo "en el nombre del Señor Jesús," ya lo hemos comentado anteriormente (c.III) La fórmula que hallamos en los Hechos, "les impusieron las manos y ellos recibieron el Espíritu Santo," se considera como una fórmula clásica en teología para establecer la antigüedad del sacramento de la confirmación o, por lo menos, de un rito de iniciación complementario del bautismo. Su efecto era una comunicación más plena de los dones del Espíritu, que a veces iba acompañada de manifestaciones carismáticas, y que en aquel momento sin duda lo fue, ya que Simón el Mago advirtió exteriormente el fenómeno.

"Al ver Simón que mediante la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero diciendo: "dadme a mí también este poder, para que reciba el Espíritu Santo aquel a quien yo imponga las manos." Pedro le contestó: —"Vaya tu dinero a la perdición y tú con él; pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero. En este asunto tú no tienes parte ni herencia, pues tu corazón no es recto delante de Dios. Arrepiéntete, pues, de esa maldad tuya y ruega al Señor a ver si te perdona ese pensamiento de tu corazón, porque te veo en hiel de amargura y en atadura de iniquidad."

Simón respondió: — "Rogad al Señor por mí, para que no venga sobre mí ninguna de esas cosas que habéis dicho.

Los apóstoles, después de haber dado testimonio y de haber predicado la palabra del Señor, se volvieron a Jerusalén, evangelizando muchas villas samaritanas" (Hech 8:18-25).

Bautismo del Eunuco de Candaces.

Cambio de escenario. Unido al anterior tan sólo por la participación del mismo protagonista, el diácono Felipe, que se pone en camino hacia el sur por la ruta que baja de Jerusalén a Gaza, ya que así se lo ordena el ángel del Señor.

Dos eran los caminos que unían ambas ciudades. El uno, más al occidente, que cruza el Wadi Es Saga y que se unía a la gran ruta caravanera de Siria a Egipto. Y el otro camino, el meridional, que descendía a Belén, Hebrón y Eleuterópolis, y bordeaba una región desértica hasta llegar a Gaza.

Fue en el camino de Jerusalén a Gaza, que entonces estaba desierto, donde Felipe va a encontrar a la persona a quien le había enviado el Espíritu del Señor.

"Marchaba Felipe por el camino que baja de Jerusalén a Gaza, cuando he aquí que un eunuco etíope, alto funcionario de Candaces, reina de los etíopes, que estaba a cargo de todos sus tesoros, y que había venido a adorar a Jerusalén, regresaba en su carro leyendo al profeta Isaías" (Hech 8:26-28).

El hombre que Felipe encontró por el camino es un etíope. Denominación que puede aplicarse no sólo a una persona de raza etíope, sino también a un residente en Etiopía, aunque fuese de raza judía y descendiente de las familias hebreas establecidas en aquellas regiones como parte de la diáspora.

Gaza.

Gaza es una ciudad antiquísima, que fue habitada por los cananeos antes de la llegada de los hebreos a la Tierra prometida. Dicha ciudad, que en hebreo significa "la fuerte," está situada a cuatro kilómetros del litoral mediterráneo, ya en la frontera con Egipto. Durante siglos fue una ciudad fortificada de los filisteos, que guerreó contra los israelitas y que fue célebre por las hazañas del héroe Sansón, que arrancó y cargó con las puertas de la ciudad (Jue 16:1-3).

Tras múltiples vicisitudes de destrucciones y reconstrucciones, en este tiempo al que nos estamos refiriendo había sido de nuevo reconstruida por Herodes el Grande e incorporada después a la provincia romana de Siria. Hoy, la "taja de Gaza" es uno de los territorios conflictivos, disputados por israelíes y palestinos.

La Etiopía que mencionan los textos del Nuevo Testamento no coincide geográficamente con la nación que hoy lleva ese mismo nombre, ya que entonces se trataba del país situado al sur de Egipto, desde Asuán, donde hoy está la presa del Nilo, hasta Kartum. Es decir, lo que hoy se llama la Nubia y el Sudán.

Del etíope se afirma que era eunuco. La palabra no tiene necesariamente la significación biológica de uno que ha sido castrado, sino que también, e independientemente de ello, sirve para designar en ciertas cortes orientales a un alto dignatario, encargado del cuidado del harén real o de otros menesteres importantes. Y en el caso actual sabemos que se trataba de un alto funcionario de Hacienda, encargado de los tesoros de la reina Candaces.

Candaces no significa en el texto el nombre de una mujer individual y concreta, sino que es el título del oficio con que se designaba a la reina de Etiopía. Algo así como hablamos del Faraón en Egipto o del Zar en Rusia. Quizá el nombre de Candaces fue originariamente el nombre de una mujer y reina famosa de Etiopía, y después la palabra se utilizó como título de la dignidad real, ya que sabemos que fue costumbre durante bastante tiempo que Etiopía fuese regida por una mujer.

Respecto a la religión de este dignatario, parece probable que por lo menos debía de ser prosélito del judaísmo, ya que se afirma de él que había subido a Jerusalén a adorar a Dios, y que en el camino iba leyendo un fragmento de un libro de un profeta mientras viajaba en su carro.

Transportes En Carro

No se sabe cuándo exactamente el hombre empezó a utilizar el carro como vehículo de transporte, tanto en la paz corno en la guerra. La pieza más antigua que se conoce procede de Ur, de la cultura sumeria, y consiste en un vehículo de dos ruedas de madera maciza, compuesta de dos piezas semicirculares encajadas alrededor de un cubo de cobre. La primera utilización parece que fue bélica, aunque pronto los asirios y egipcios la emplearon también en cacerías y para viajar. Las tumbas egipcias han revelado suntuosos ejemplares de carros reales. Así como también se han hallado carros asiríos, cuyas ruedas estaban provistas de ocho radios. Bien pronto los carros de guerra se dotaron de hoces y de otros instrumentos cortantes para destrozar por aproximación a los otros carros. En Israel, el primer rey que mostró una preocupación por estas armas de combate fue Salomón, que creó varios campamentos de carros militares como los de Meggido y Gezer.

Por otra parte, el carro servía también para la comunicación de pasajeros. Los carros militares solían llevar una caja abierta por detrás, en la que iban el conductor o auriga y un arquero. Los de viaje eran más amplios y a veces estaban dotados de cuatro ruedas, y frecuentemente en su plataforma se instalaban asientos y también marchaba un esclavo o sirviente con un quitasol.

Como los caminos, excepto algunas vías romanas, estaban mal pavimentados y los carros no disponían de un sistema de amortiguación, el transporte en carro era muy molesto y necesariamente tenía que ser lento.

En la narración que estamos analizando, el ministro etíope iba leyendo o, quizá mejor, oyendo la lectura que le hacía un esclavo, como era entonces la costumbre. Y la lectura era del profeta Isaías, y por la forma como se citan sus palabras, se trataba de la traducción griega llamada de los Setenta.

Y con esto, ya podemos volver al camino de Gaza y al relato que los Hechos nos hacen del encuentro de Felipe con el etíope que iba en su carro.

"Y dijo el Espíritu Santo a Felipe: "Acércate y júntate al carro del etíope." Y Felipe se acercó y le oyó leer al profeta Isaías y le dijo:

— ¿Acaso entiendes lo que lees?

Y el etíope respondió:

-?Cómo voy a poder, si alguien no me lo explica?

Y rogó a Felipe que subiera y se sentara con él. El pasaje que leía era éste:

"Fue llevado como oveja al matadero, y como cordero no bala ante el que lo esquila, así El no abrió su boca. En Su humillación, la justicia le fue negada. ¿Quién contara Su posteridad?, porque Su vida fue arrebatada de la tierra."

El eunuco pregunto a Felipe: Te Ruego de quien dice esto el Profeta, ¿de simismo o de otro?

Felipe entonces partiendo de este texto de Escritura, se puso a anunciarle la Buena Nueva de Jesús."

La cita pertenece a la parte de la profecía isaiana, que se llama "El libro de la Consolación," y se halla en el capitulo 52, versos 7 y 8.

En este Libro de la Consolación se introducen cuatro cantos del Siervo de Yahveh. Se trata de un personaje misterioso, que en algunos casos es colectivo, y es el pueblo de Israel, y en otros textos se contrapone a El, ya que se refiere a una persona. Llamado por Yahveh desde el seno de su madre, plasmado por El y lleno de su Espíritu, se trata de alguien a quien Dios "ha abierto el oído" para que El a su vez pueda instruir a los hombres. Realizará su misión con dulzura, sin brillo externo, incluso con un aparente fracaso. Y estará expuesto a ultrajes y desprecios, que El aceptará sin desfallecer.

En el cuarto canto se describen más detalladamente los sufrimientos de este Siervo de Yahveh inocente, tratado como malhechor, querido por Dios y destinado a una muerte ignominiosa. En realidad, el Siervo se ha entregado a sí mismo en lugar de los pecadores cuyos pecados lleva, intercediendo por ellos. Y Yahveh, por un efecto inaudito de su poder, convierte este sufrimiento en la salvación de todos. Por todo esto el Siervo prosperará, verá una descendencia y las muchedumbres rescatadas le pertenecerán y será no sólo el Salvador de Israel, sino la Luz de las naciones.

Estos textos del Siervo de Yahveh, interpretados por los apóstoles y aplicados por la Iglesia primitiva a Jesús, ya que no en vano habían recibido la iluminación del Espíritu Santo, fueron sin duda parte de aquella catequesis hecha por Felipe a un eunuco etíope, mientras el carro rodaba por el camino solitario de Jerusalén a Gaza. Y esta catequesis obtuvo del eunuco la respuesta positiva de la fe.

"Siguiendo el camino, llegaron a un sitio donde había agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua, ¿qué impide que yo sea bautizado? Y mandó parar el carro. Bajaron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó. Y saliendo del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. Y ya no le vio más el eunuco, que siguió gozoso su camino" (Hech 8:36-39).

El eunuco pregunta "si puede ser ya bautizado," lo cual supone que Felipe le habló de este requisito para entrar en el nuevo camino. Como los dos descendieron al agua, esto parece indicar que el bautismo tuvo lugar por inmersión, que era efectivamente la única manera como se confería en aquellos tiempos. Según San Jerónimo, este agua o corriente era la fuente de Bethsour, a poca distancia de Hebrón, que brota en la falda de un monte, en la piedra miliaria número 20 desde Jerusalén a Hebrón.

San Lucas cierra el episodio con uno de sus rasgos característicos, que es la alegría del eunuco. Ahí es donde desaparece él de nuestra historia, aunque suponemos que a su regreso a Etiopía llevaría consigo la Luz y la semilla de la nueva fe.

La Versión de los Setenta.

La versión de los Setenta es la traducción griega del texto hebreo de la Biblia, llevada a cabo en Alejandría y que recibió ese nombre en una carta legendaria, llamada de Aristeas, en la que se afirma que la traducción fue hecha por setenta y dos varones escogidos, seis por cada tribu, y que, tras trabajar asiduamente, la completaron en 72 días.

La realidad es que los Setenta no es una obra unitaria. El texto hebreo de la Biblia ya había sido traducido parcialmente en diversas épocas. Primeramente, se tradujeron los cinco libros del Pentateuco, hacia el año 250 antes de Cristo, en la época del rey Tolomeo Filadelfo II, y ése debió de ser el núcleo de la leyenda transmitida por la carta de Aristeas.

Más adelante se fueron traduciendo los demás libros, hasta quedar completos hacia el año 150 antes de Cristo.

La fidelidad y el valor literario de la traducción depende de los diversos autores que la hicieron. Se considera que la versión del Pentateuco es excelente; mientras que Isaías y los Profetas menores son bastante defectuosos. Respecto a Daniel, más bien que traducción se trata de una elaboración libre.

La importancia de los Setenta reside en el hecho de que la versión se propagó extensamente entre los judíos de la diáspora, y de que fue utilizada por la sinagoga contemporánea de los comienzos del cristianismo, y de que la misma Iglesia primitiva, cuando cita el Antiguo Testamento, lo hace a través de los Setenta. Hay además que reconocer que el texto presenta un estado muy puro y próximo al original, ya que no sufrió las tendencias uniformistas de los siglos i y u de nuestra época.

Con la creciente hostilidad de la sinagoga contra la naciente fe cristiana, los judíos achacaron a la Iglesia una utilización partidista y manipulada del texto bíblico de los LXX, y por eso se opusieron a hacer otras versiones distintas a la lengua griega, que se conocen por el nombre de sus autores judíos, como Águila (contemporáneo del emperador Adriano), Teodosión y Símmaco. Finalmente, el escriturista cristiano Orígenes, perteneciente a la escuela de Cesárea marítima, reunió todas estas versiones en una obra monumental llamada Hexapia, que contenía en seis columnas paralelas el texto hebreo, su trascripción en letras griegas y las diversas traducciones ya citadas, las cuales principalmente conocemos por las citas de Orígenes, ya que en gran parte las originales se han perdido.

 

 

Saulo-Pablo.

Llegamos en nuestra lectura y comentario del Libro de los Hechos de los Apóstoles a un capítulo que es clave no sólo para leer el resto del libro, sino también para entender la vida de la primitiva Iglesia y su desarrollo ulterior. Y este hecho clave es la conversión y transformación de Saulo, fariseo, doctor de la ley y perseguidor de los cristianos, en Pablo, creyente fiel, predicador de la nueva fe y apóstol de los gentiles.

"Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad de Jerusalén, a los pies de Gamaliel" (Hech 22:2-3).

Así decía Pablo en su apología ante el pueblo de Jerusalén. Apología que nos proporciona dos coordenadas vitales de Saulo: la que podríamos llamar biológica y natural de su nacimiento, y la coordenada cultural de su educación. Nacido en Tarso de Cilicia. Vayamos a dicha ciudad.

En cuanto a la fecha del nacimiento de Pablo, ésta no aparece en ningún documento, pero puede conjeturarse por dos datos. Uno, tomado de la carta de Pablo a Filemón, donde él se llama a sí mismo viejo: présbites, que, según el empleo corriente de la palabra, se aplicaba a una persona con más de sesenta años. Y puesto que dicha carta está escrita entre los años 61 y 63, esto nos da como fecha del nacimiento de Pablo uno de los primeros años de nuestra era.

A la misma conclusión podría llegarse partiendo de la fecha de la lapidación de Esteban. A Saulo, que está presente en ella, se le llama neanias, es decir, un joven. Expresión aplicable desde los veinte años a una edad adulta próxima a los cuarenta. Tomando una media, se puede suponer que tendría entonces algo más de treinta años, sobre todo porque se muestra en seguida dirigiendo las pesquisas y captura de los cristianos. Y todo eso nos lleva de nuevo a situar su nacimiento en los primeros años de nuestra era. Puesto que Jesús había nacido con bastante probabilidad hacia el año 6 antes de nuestra era, esto nos indica que Pablo podría ser de seis a ocho años más joven que Jesús.

Tarso de Cilicia.

En el recodo que forma el Asia Menor con Siria y al noroeste de la isla de Chipre, se hallaba la región marítima de Cilicia, y en ella la ciudad de Tarso. Edificada a las orillas del río Cidno, a unos 25 kilómetros de la costa. La antigua Tarso está ya hoy enteramente en ruinas y en su cercanía existe la villa turca de Mersin, de unos 40.000 habitantes. Su nombre se cita por vez primera en el siglo IX antes de Cristo, pero parece que estuvo habitada por los hititas desde el siglo XIV. Tras una historia política muy agitada, fue conquistada por Pompeyo, que la agregó al Imperio Romano. En las contiendas civiles que se sucedieron, Tarso permaneció fiel a Julio César, por lo que recibió el nombre de Juliópolis. Era una metrópoli comercial donde se manufacturaba un tejido, hecho de pelo de cabra, llamado "cilicio," que de ella tomó el nombre. A Tarso se llegaba por el mar desde el puerto de Rhegma, y por tierra a través de los desfiladeros del Tauro y de las llamadas "Puertas de Cilicia."

Su nivel cultural la equiparaba en algunos aspectos a Atenas y Alejandría, hasta el punto de que el historiador Estrabón aseguraba que "Roma estaba llena de alejandrinos y tarsianos," entre los que cita a Néstor y a Atenodoro, este último maestro de Augusto.

Religiosamente, Tarso reflejaba el sincretismo de las ciudades helenísticas, tan común en aquella época, e incluso se veneraban allí dos divinidades locales de procedencia anatolia, relacionadas con el culto a la vegetación: dioses a quienes sucesivamente se quemaba en una pira y cuya resurrección se celebraba orgiásticamente después.

En una palabra: Tarso era una polis griega, cuyo proceso de helenización se había acelerado en tiempos de Antíoco IV Epífanes, y en la que, al lado de sus costumbres orientales, existían ya en tiempos de Pablo un gimnasio y una palestra para los ejercicios atléticos.

Allí, en aquella Tarso, enriquecida por la confluencia de múltiples culturas, y más exactamente en su colonia judía, que debía de ser bastante numerosa, nació Saulo.

De la familia de Pablo sólo poseemos una frase escueta de su carta a los Filipenses, donde se autodefine como "de la raza de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo, hijo de hebreo" (Flp 3:5). Parece que podemos leer a través de esta frase un orgullo de pertenecer al pueblo escogido, no por conversión en la fe como cualquier prosélito, sino por herencia de sangre.

Dentro de este pueblo, Saulo pertenece a la tribu de Benjamín, tribu que lleva el nombre del hijo más pequeño de Jacob y de Raquel, que murió al darlo a luz. Y recordemos que "tribu" era una denominación no sólo de un grupo etnológico, sino también del territorio que ocupaba y que en el presente caso estaba situado al norte de Judá y limitaba al este por el río Jordán.

De esta tribu había sido originario Saúl, primer rey de Israel. Y ése precisamente era el nombre del Apóstol, Saúl o Saulo. Nombre hebreo que significa "pedido o implorado a Dios."

En el Libro de los Hechos, a este Apóstol se le designa también con el nombre más conocido de Pablo. Y según la mayoría de los comentaristas, encabezados ya antiguamente por Orígenes, este nombre también lo recibió el niño en su infancia; aunque el escritor Lucas tan sólo lo comience a utilizar más adelante, a partir del capítulo 13, para designar al que hasta entonces se había llamado Saulo.

Era muy común entonces entre los judíos de la diáspora helenística tener dos nombres, uno hebreo y otro griego o latino. Un estudio de Frey sobre las inscripciones de las tumbas de judíos en las catacumbas romanas, muestra que más de la mitad de los judíos allí enterrados llevaban un nombre judío y un cognomen latino. En este caso no sabemos la razón por la que a Saulo se le puso el cognomen latino Pablo, en latín Paulus, quizá por cierta asonancia con el hebreo Saúl. Esta costumbre del doble onomástico se debía entre otras razones a la dificultad de los greco-romanos en pronunciar los nombres semitas, y asimismo a las múltiples relaciones, sobre todo de orden comercial, que ligaban a ambas comunidades.

No poseemos más noticias sobre la familia de Pablo ni sobre el nombre de sus padres. Tan sólo en el texto de los Hechos, más adelante, con ocasión de unos momentos de peligro en la vida de Pablo, nos enteramos de que tenía una hermana casada, y que un hijo de ésta se encontró en circunstancias en que pudo prestar un buen servicio a su tío.

La Formación Escolar y Laboral de Pablo.

Pasemos ahora a examinar lo que hemos llamado la coordenada cultural, es decir, los estudios de Pablo.

Saulo afirma que pasó a Jerusalén a estudiar desde su juventud. Lo cual supone que otros estudios más elementales, propios de un niño y de un adolescente, los hizo en Tarso. Qué estudios fueron éstos resulta fácil de determinar, ya que conocemos las costumbres pedagógicas de los judíos. Así dice una norma atribuida a Judá, hijo de Tebas: "A la edad de cinco años, la lectura de la Biblia. A la de diez años, el comentario de la Mishna. A la edad de trece años, la observancia de los mandamientos. Y a la edad de dieciocho, el matrimonio."

Aunque estas normas están redactadas en época posterior, es muy probable que reflejen los usos de un período anterior, contemporáneo de Saulo. No está, sin embargo, demostrado que el niño Saulo hubiese asistido a alguna de las numerosas escuelas griegas que existían en Tarso. Los judíos experimentaban cierto aborrecimiento y rechazo a dicha cultura: "Maldito — se decía — el hombre que cría puercos, y maldito quien enseña a su hijo la sabiduría griega."

Las tres citas griegas que se hallan en las cartas de San Pablo, y el hecho de que hablase y escribiese en griego, podría ser el resultado de la convivencia de un chico inteligente en medio de una ciudad que poseía un ambiente bilingüe.

La ausencia en las cartas de Pablo de un sentido de observación de la naturaleza y de sus bellezas, y el silencio de Pablo sobre los múltiples valores artísticos que se desplegaban en su mundo helenístico, parecen indicar que, cuando niño, Saulo no asistió a una escuela griega en la que se educaba a los alumnos desde pequeños en un talante interpretativo y contemplativo de la belleza natural y artística.

Además de esta educación, que podemos llamar religiosa y literaria, Saulo, todavía en su adolescencia, tuvo que aprender un oficio manual, según la regla fundamental de que "el hombre está obligado a enseñar a su hijo un oficio, y, quien no lo hace, le enseña a ser ladrón."

Era costumbre que los maestros de la ley asociasen el estudio de la Tora con la práctica de un oficio. Y así decía Gamaliel III: "Es bello el estudio de la Ley unido a algún oficio manual; porque el ocuparse de ambas cosas hace olvidar el pecado."

El oficio enseñado a Pablo fue el más corriente en aquella región, el oficio de fabricante de tiendas, que llevaba consigo el de tejedor del material con que se construían.

Pero este hecho de que Pablo practicase un oficio manual y de que más adelante se sustentase con el trabajo de sus manos no significa que su familia estuviese en una situación económica apurada. Por el contrario, el hecho de que un hijo fuese enviado a estudiar a Jerusalén, con los gastos que suponían estos estudios, sugiere más bien un nivel económico medio. Riccioti afirma que es verosímil que la familia de Pablo poseyera unos talleres de fabricación de tejidos "cilicios," con los que se construían las tiendas, y que el propio Pablo hiciera en alguno de ellos su entrenamiento, y que esto le proporcionó una experiencia en el mundo de las relaciones comerciales, del que después se muestra buen conocedor en su correspondencia.

Estudios “Universitarios” de Pablo.

Cuando Pablo alcanzó probablemente la edad de quince años, sus padres le enviaron a Jerusalén para adquirir lo que hoy llamaríamos una formación universitaria en ciencias sagradas, que le capacitase para lograr la categoría de doctor de la Ley.

En Jerusalén, los grandes maestros de la Ley daban clases en edificios privados, pero también muchas veces utilizaban los atrios del Templo. Allí, bajo las columnas de los pórticos, los discípulos oían al maestro exponer un pasaje de la Ley o comentarlo a la luz de la tradición. El rabino se sentaba en un escaño mientras a su alrededor, acurrucados en el suelo, escuchaban los discípulos sosteniendo entre las rodillas las tabletas donde escribían. Precisamente por esta costumbre se había originado la expresión de estudiar "a los pies" de tal o cual rabino.

El estudiante Saulo frecuentó las lecciones de Gamaliel, "doctor de la Ley muy estimado de todo el pueblo," como aseguran los Hechos (Hech 5:34). Las fuentes rabínicas le designan como "Gamaliel el Viejo," para distinguirlo de Gamaliel II el Joven, nieto suyo, que floreció hacia el año 100 después de Cristo. La fama que logró alcanzar el maestro de Pablo se nos ha conservado en una sentencia rabínica: "Desde que ha muerto Rabban Gamaliel el Viejo, ha cesado el honor de la Ley y se ha extinguido la pureza y la abstinencia."

El "Doctorado" Rabínico.

La enseñanza rabínica en las escuelas se centraba en la Ley o Tora. Según los fariseos, Dios en el Sinaí había confiado la Ley a Moisés en una doble forma: escrita y oral. La forma escrita, consignada después en el Pentateuco, comprendía seiscientos trece preceptos, mientras que la oral abarcaba aun otros más. Sin embargo, estos últimos resultaban un tanto imprecisos, ya que no habían sido consignados por escrito y habían de ser transmitidos por la tradición o paradosis, de la que eran custodios los escribas y doctores de la ley.

El material de la ley estaba distribuido en dos grandes secciones. Una llamada balakáb, o camino, que era de naturaleza jurídica, y contenía las normas de vida, y que era la más importante. La otra gran sección era la haggadáh o narración, de un contenido histórico narrativo.

La ley oral era rechazada por los saduceos, en tanto que los fariseos se esforzaban por mostrar la armonía de ambas, la oral y la escrita, y su coherencia con la tradición histórica de la haggadáh. Un discípulo estudioso debería, por tanto, leer continuamente la balakáh y cuidar atentamente de recoger todas las sentencias de la tradición oral, ya que ésta no se escribía, sino que se encomendaba a la retención de la memoria, que siempre había disfrutado de una alta estima entre los semitas. "El buen discípulo — se decía — era como un cántaro o cisterna que no deja escapar ni una sola gota de agua recibida del maestro."

Todo este material, trasnmitido memorísticamente, fue recopilado y puesto por escrito después, a finales del siglo II, y es lo que constituye la Mishna, es decir, "la repetición de la Ley" a lo cual se añadieron nuevos comentarios a lo largo de los siglos II al V. Υ a ese conjunto es a lo que hoy llamamos el Talmud. Talmud, literalmente, significa "estudio," y hoy lo conocemos a través de dos recensiones, la palestina y la babilónica.

Esta fue en suma la coordenada, que habíamos llamado "cultural," de San Pablo. El hombre, que vamos a ver pronto persiguiendo a la Iglesia y encontrando a Cristo en el camino de Damasco, es un judío de Tarso, celoso cumplidor de la ley de sus mayores, que ha estudiado profundamente en una de las mejores escuelas de Jerusalén. Es decir, un "doctor de la Ley" que podrá discutir a ese nivel con los judíos y los escribas y doctores de la Ley en su mismo plano, pero que además va a ser pronto levantado por el Espíritu a un plano superior de la fe, desde donde llevará a las naciones el mensaje de Cristo.

Durante la vida posterior de San Pablo, el tema de la ley de Moisés, y de su interpretación por los rabinos, va a ser uno de los puntos centrales del conflicto entre el orden viejo y el nuevo, entre el mundo mosaico y el cristiano. Permítasenos, por tanto, un breve paréntesis sobre los estudios religiosos que formaron parte del "curriculum" académico del gran Apóstol de las Gentes.

Saulo, Perseguidor de la Iglesia.

Volvamos ahora al relato de los Hechos de los Apóstoles, y recordemos que Lucas nos ha presentado a Saulo en Jerusalén, todavía como celoso perseguidor de la Iglesia.

"Saulo, por su parte, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al pontífice y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, por si hallaba algunos que fuesen de la secta, hombres o mujeres, a fin de traerlos atados a Jerusalén" (Hech 9:1-2).

Estas líneas de Lucas se unen con las que tenía escritas en el capítulo anterior, donde nos informaba de que "Saulo asolaba a la Iglesia, entrando en las casas y llevándose por la fuerza a los hombres y mujeres a los que hacía encarcelar" (Hech 8:3).

Esta primera actividad persecutoria de Saulo tenía lugar en Jerusalén, y sin duda alguna para llevarla a cabo contaba con la autoridad del Sanedrín, como él mismo dirá más tarde en una de sus apologías (Hech 22:15).

Es posible que esta decisión persecutoria del Consejo Supremo, que era el ejercicio de una jurisdicción ejecutiva en una provincia administrada por los romanos, se hubiese tomado aprovechándose de que estaba vacante el puesto de procurador romano, porque Pilato había ya sido destituido por el legado de Siria, Vitelio, o bien porque se trataba de su sucesor Marcelo, un magistrado todavía nuevo e inexperto.

Saulo, que no se encontraba satisfecho con esta persecución local, se propuso extenderla fuera de Jerusalén, y para ello se dirigió al Sumo Pontífice, que probablemente ya no era Caifas, y al Sanedrín para obtener cartas de autorización e investidura. Teóricamente, la autoridad del Supremo Sanedrín se extendía también a las comunidades israelitas de la diáspora; aunque el ejercicio real de dicha autoridad dependía de circunstancias locales y temporales.

Queremos advertir que donde hemos traducido "secta," refiriéndonos a los cristianos, el texto griego dice propiamente "camino" (hodos), que es como en ese momento se llamaba al conjunto de la doctrina y costumbres de quienes se habían convertido a Cristo. Se trata de un hebraísmo que se repite después en los Hechos en varias ocasiones y cuyo uso más tarde desapareció, lo cual muestra la antigüedad y genuinidad de los textos que Lucas está utilizando.

Entre las ciudades de la diáspora judía, Damasco, adonde Pablo se proponía ir, gozaba de una posición prominente. Allí habitaba una numerosa colonia judía, según nos atestigua Flavio Josefo, que describe las matanzas masivas de judíos llevadas a cabo en la ciudad al comienzo de la guerra de Judea, a mediados del siglo I.

Sin duda, en aquella numerosa colonia judía habría también bastantes adeptos del nuevo "camino" cristiano. Y tras ellos, creyendo así celar el honor de Dios, con el odio a los cristianos en su corazón y acompañado de algunos satélites armados, Saulo emprendió el camino de Damasco.

Para ir de Jerusalén a Damasco se podían tomar varias rutas. Y quizá Pablo tomó la más cómoda, que era la calzada romana que, partiendo de Jerusalén, se dirigía hacia el Norte. Y tras pasar por Siquén, bordeaba el lago de Genesaret por la margen izquierda, tocaba en la ciudad de Tiberíades, cruzaba el Jordán al sur del lago Hule, y, a través del desierto, se dirigía a Damasco. En total, de 230 a 250 kilómetros. Lo cual, imaginando una caravana de acémilas que necesariamente marcha al paso lento de los acompañantes a pie, supone de siete a ocho días, incluyendo algún sábado de forzosa inmovilidad.

Por esa calzada, encontrándose ya la comitiva en un lugar próximo a la ciudad de Damasco, sucedió un acontecimiento que transformó profundamente la vida de Saulo y que había de tener también una importancia decisiva en la predicación de la nueva fe: la conversión del Apóstol San Pablo.

 

La Conversión de Pablo.

Una tradición nos sitúa la conversión de Pablo en la aldea de Kokab, a unos 12 kilómetros de la ciudad; pero esto parece demasiado distante. Y no podemos precisarlo más entre las varias tradiciones locales, que carecen de una seria base histórica; aunque el hecho debió de acontecer en lugar muy próximo a la entrada de Damasco, ya que Saulo, inválido y ciego, fue llevado de la mano hasta la ciudad.

El relato de la conversión de San Pablo no se halla incluido en las Cartas del Apóstol, aunque en ellas se contengan algunas alusiones.

Debió de ser un hecho tan conocido de los cristianos a quienes Pablo escribía, que no tuvo necesidad de recordárselo por carta. En cambio, para Lucas, historiador de la primera Iglesia, que escribe para personas alejadas en tiempo y en espacio de los orígenes, el relato era de suma importancia, y por eso lo repite hasta tres veces en circunstancias distintas y con variantes que consideraremos en su momento.

Relato "Lucano" de la Conversión.

"Cuando Saulo, en su camino, se aproximaba a Damasco, de repente le rodeó una luz fulgurante venida del cielo, y, cayendo por tierra, oyó una voz que le decía: — Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues? — ¿Quién eres, Señor? — Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate y entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer.

Los otros que con él caminaban se habían detenido, mudos de espanto, oyendo la voz pero sin ver a nadie.

Se levantó Saulo del suelo, y, abiertos los ojos, nada veía.

Y, llevándolo de la mano, le introdujeron en Damasco. Y allí estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió" (Hech 9:3-9).

Según acabamos de leer en este texto, una luz fulgurante venida del cielo rodeaba a Pablo, que cayó a tierra. Pablo vio en esa luz al propio Jesús resucitado y glorioso, a quien, sin embargo, no identificó en el primer momento, hasta que la propia aparición declaró su nombre.

Repetimos que es indudable que Pablo vio al propio Jesús resucitado y glorióse. Pablo debió de percibir alguna forma humana que le hizo preguntar: ¿quién eres tú, Señor? En la primera Carta a los Corintios, Pablo se incluye entre los que han visto con sus ojos el cuerpo resucitado de Jesús, en línea con los demás que también lo vieron, como fueron los apóstoles a quienes se apareció el Señor. En la misma carta, refiriéndose a este hecho, asegura a sus lectores: "es que yo vi a Jesucristo Nuestro Señor" (1 Cor 15:8).

También Bernabé, que sin duda había oído el relato de labios de Pablo, lo presenta después a la comunidad de Jerusalén como a "quien ha visto al Señor en el camino" (Hech 9:27).

Y el propio Ananías, a quien Pablo visitará inmediatamente, le dirá: El Dios de nuestros padres te ha escogido para que conocieras su voluntad, vieras al Justo, y oyeras su voz (Hech 22:15).

Explicando más tarde esa aparición, Pablo dijo que Jesús le habló en hebreo, y, por tanto, su nombre no fue expresado en la denominación griega "Saulo," sino en la hebrea "Saúl"; "Saúl, ¿por qué me persigues?"

Algunos textos, que quizá estén interpolados, añaden aquí la advertencia de Jesús a Pablo: "es duro hociquearla contra el aguijón." En todo caso la frase es auténtica, porque se recoge en otro de los relatos de la conversión. Y se trata de un dicho popular, tomado de la costumbre de los arrieros o boyeros que conducen una carreta y que pican a los bueyes con una vara aguzada o con un aguijón. Para el buey es inútil hociquear contra el aguijón, porque se lo clava más y se hace más daño.

¿Cómo iba caminando Saulo cuando fue derribado por la aparición luminosa? ¿Iba a pie o a caballo? La pregunta puede hacerse, ya que conservamos una doble tradición iconográfica que representa la escena con la doble variante de un Saulo que camina a pie o que es derribado de su cabalgadura.

Conviene advertir que el texto de los Hechos afirma simplemente que "caminaba," sin especificar si cabalgaba o andaba. Según los datos que hemos podido recoger, el montar a Saulo en un caballo pertenece a una tradición pictórica que comienza en el siglo XIII y que alcanza después un desarrollo espectacular en las obras de Miguel Ángel, Bellini, Durero y Brueghel. Se comprende que la representación "derribado del caballo" posea valores más plásticos que la de Saulo "a pie." Sin embargo esta última imagen de San Pablo a pie cuenta con una tradición más antigua en miniaturas y mosaicos a partir del siglo VI.

A pie o a caballo, lo importante es el hecho del encuentro de Saulo con Jesús. Los compañeros de viaje de Saulo, atónitos por lo sucedido, se apresuraron a alejarse de aquel lugar y condujeron a su jefe de la mano, porque se había quedado ciego, hasta entrar en la ciudad de Damasco. Nosotros vamos a añadir algunas reflexiones sobre el relato de la conversión que Lucas nos acaba de ofrecer.

Como ya advertimos, la conversión de Pablo, se halla narrada otras dos veces y en forma autobiográfica. Una de ellas en el Templo de Jerusalén, ante una muchedumbre de judíos hostiles a quienes Pablo presenta su apología. Y otra, después, en Cesárea, con ocasión de su proceso, en el que relata de nuevo la aparición, en presencia del procurador romano Porcio Festo y del rey Agripa.

La comparación entre los tres relatos, sus consonancias y divergencias han ocupado la atención y estudio de numerosos comentaristas que se han esforzado por justificar y coordinar las discrepancias. Hoy nos preocupa mucho menos esta armonización de los textos, y preferimos aceptar cada uno en su valor. Todos se refieren indudablemente a un hecho incontrovertible, pero lo narran con las variantes propias que siempre se producen entre la narración de un protagonista y la de un historiador externo al suceso; y asimismo, con las diferencias producidas según el tipo de auditorio que está escuchando el relato. Diríamos que estas variantes, que pueden explicarse perfectamente por las circunstancias del lugar y tiempo, producen una certera cumulativa de que estamos ante un hecho cuyos detalles no tienen por qué ser repetidos idénticamente, como si se tratasen de reproducciones mecánicas en un escrito.

El núcleo de esta aparición — lo que constituye su experiencia entrañable para Pablo — es que en ella se encuentran, como en síntesis, los elementos esenciales de la teología paulina. Uno de ellos es la experiencia de Jesús vivo j resucitado, que convierte a Pablo en testigo de la resurrección del Salvador juntamente con los demás apóstoles, de suerte que toda la teología de la fe que Pablo predicará después se apoya en este hecho de la Resurrección de Cristo.

El segundo elemento esencial es la experiencia del Cuerpo Místico de Cristo: Jesús se identifica con los cristianos perseguidos y ordena a Pablo que reciba el bautismo de manos de Ananías, otro discípulo.

Para Pablo, esta experiencia del Cristo total, formado por la cabeza que es Jesús y por los demás miembros que son los cristianos, será también una pieza clave en su arquitectura teológica.

El Bautizo de Pablo.

Pablo, llevado de la mano por algunos hombres de su escolta, dadas las condiciones en que se encontraba, fue conducido a una casa donde poder alojarse y lograr un necesario reposo. La casa, muy probablemente una posada, pertenecía a un cierto Judas y estaba situada en una de las calles más principales de la ciudad, llamada la Vía Recta. Esta calle, de unos 2 kilómetros de longitud por 30 metros de ancho, atravesaba enteramente el conjunto urbano de este a oeste y estaba flanqueada por una columnata doble de columnas corintias, de las que hoy todavía quedan algunos restos.

En aquella posada, cuya exacta localización se ha perdido, permaneció Pablo por tres días, ciego y sin comer ni beber, que es un dato que registra el médico Lucas, siempre atento a estos detalles fisiológicos. Fueron tres días de profunda meditación, diríamos de choque espiritual estremecedor. Saulo, el celoso defensor de la honra de Dios, que él identificaba con el judaísmo, y consecuentemente perseguidor de la nueva herejía, se encontraba con que precisamente ese Dios se sentía no honrado, sino perseguido por él, precisamente porque estaba persiguiendo a los suyos, a los cristianos.

La aparición luminosa, por otra parte, sólo le había ordenado que entrase en la ciudad y que esperase allí a que le dijesen lo que tenía que hacer. Fueron, por tanto, tres días de una angustiosa expectación entre la luz y las tinieblas. Pero la respuesta de Dios no se hizo esperar, y estaba allí cerca, en la misma ciudad de Damasco.

"Había en Damasco cierto discípulo, llamado Ananías, a quien dijo el Señor en una visión: — Ananías. — Heme aquí, Señor. — Ve a la calle llamada Recta, y pregunta en la casa de Judas por un tal Saulo de Tarso, que está orando, y que ha tenido una visión de que un hombre llamado Ananías entraba y le imponía las manos para que recobrase la vista.

Pero Ananías respondió: — Señor, he oído mucho sobre este hombre y cuánto mal ha hecho a tus fieles en Jerusalén, y que ahora tiene poder de los pontífices para prender a cuantos invoquen tu nombre.

Mas el Señor le dijo: — Anda, ve, porque ese hombre es un instrumento elegido por Mí para llevar mi nombre delante de las naciones y de los reyes y de los hijos de Israel. Porque yo le enseñaré cuánto habrá de padecer por causa de mi nombre" (Hech 9:10-16).

Para aclarar este texto, que algunos encuentran confuso, hay que advertir que la narración yuxtapone dos cuadros, o quizá, mejor, los interpone, uno dentro de otro. Un cuadro sucede en la casa de Ananías, donde éste recibe una visión y la misión de ir a curar a Saulo. Y dentro de esta visión, Ananías ve la casa de Saulo, más propiamente la posada de Judas, donde se encuentra Saulo que está recibiendo una visión sobre la llegada de Ananías.

Ananías obedece fielmente a la misión recibida. Leamos el texto, a partir del versículo 17.

"Marchó Ananías y entró en la posada. Y poniendo sobre Saulo las manos, le dijo: —Saúl, hermano; me ha enviado el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por el que venías, para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo.

Y al punto se desprendieron de sus ojos unas como escamas y volvió a ver, y levantándose fue bautizado. Y habiendo tomado alimento, le volvieron las fuerzas" (Hech 9:17-19).

¿Quién era este Ananías? De él apenas sólo conocemos sino el nombre, que significa "Dios es propicio," y de él Pablo escuetamente nos dirá después que era un "varón piadoso según la Ley y estimado por todos los judíos que vivían en Damasco." Una leyenda, con escaso fundamento histórico, hará de Ananías el primer obispo de Damasco, que sufrió el martirio por lapidación.

La llegada de Ananías lleva a Pablo su completo remedio: recobra la vista, se llena de Espíritu Santo y es bautizado. No se sabe exactamente qué quiso decir Lucas cuando afirma que "se le cayeron de los ojos unas como escamas." Y se ha comentado diversamente qué tipo de enfermedad aquejó a Pablo, y si fue consecuencia de la luz cegadora que percibió o si tenía alguna relación con la enfermedad de oftalmía que probablemente padecía. Nada podemos afirmar con certeza, sino tan sólo el resultado de la curación, que sin duda fue instantánea. Tras ella, el evangelista afirma que Saulo estuvo con los discípulos que había en Damasco durante algunos días.

Saulo se Retira al Desierto.

A juzgar solamente por el texto de los Hechos, parece que Pablo inmediatamente se puso a predicar en las sinagogas de Damasco, donde se levantó una persecución contra él. Sin embargo, sabemos por otros textos, y concretamente por la carta de San Pablo a los Galatas, que inmediatamente después de su conversión y bautismo Pablo se retiró al desierto.

"Cuando aquel que me escogió desde el seno de mi madre, y me llamó por su gracia, quiso revelar a su Hijo para que lo evangelizase a los gentiles, en seguida, sin consultar a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén, a los apóstoles mis predecesores, me retiré a Arabia para volver después a Damasco" (Gal 1:15-17).

La región así designada, Arabia, nos resulta muy imprecisa, ya que en aquella época dicho nombre se aplicaba a los vastos territorios del otro lado del Jordán, que se extendían desde la alta Siria por el Norte hasta el Eufrates por el Este y el mar Rojo por el Sur.

Nada sabemos del lugar exacto al que se retiró Pablo, o si tal vez recorrió algunas de las aldeas y pueblos dispersos por aquella región, que no era tan desértica como ahora. Tampoco conocemos nada de su ocupación; aunque podamos suponer que fue un período de intensa actividad reflexiva y meditativa, semejante al que más tarde han tenido otros grandes convertidos al comienzo de su nueva vida.

Más adelante, San Pablo, en su predicación y escritos, se referirá a algunas comunicaciones y realidades que ha percibido no por tradición de los hombres, sino por comunicación divina. Es posible que algunas de estas comunicaciones celestiales daten de este período del desierto de Pablo. Quizá a él aludía el Apóstol cuando escribía a los Galatas: "Os hago saber, hermanos, que el evangelio por mí predicado no es de hombres, pues no lo recibí o aprendí de hombres, sino por revelación de Jesucristo" (Gal 1:11-12).

Terminado este paréntesis de oración y silencio, que podemos suponer que duró varios meses, Pablo regresó a Damasco y allí emprendió una predicación que muy pronto se hizo polémica.

La Ciudad de Damasco.

La ciudad de Damasco, a la que Pablo regresó tras su estancia en el desierto, tenía bien merecido su nombre, que probablemente en hebreo significa "lugar bien regado," ya que se encontraba situada en el borde de una fértil llanura regada por el río Barada y por las aguas que bajan de la cadena del Antilíbano.

Damasco, situada en el centro de varias rutas de caravanas, tenía un floreciente comercio que le mereció el nombre de "Cabeza de Aram." La ciudad antiquísima se halla mencionada en el Libro del Génesis, donde se nos informa que en ella había nacido Eliezer, el mayordomo favorito de Abraham, a quien éste encargó la búsqueda de una esposa para su hijo Isaac.

Después de múltiples vicisitudes políticas, el año 64 antes de Cristo fue conquistada por el general romano Metellus, y su región más tarde fue convertida en la provincia de Siria.

Los Hechos de los Apóstoles nos informan acerca de las actividades de Pablo en Damasco.

"Pablo predicaba en las sinagogas que Jesús era el Hijo de Dios. Y se pasmaban cuantos le oían y decían: ¿No es éste el que perseguía en Jerusalén a los que invocaban este nombre y que había venido aquí precisamente para llevarlos atados a los sumos sacerdotes de Jerusalén? Y Saulo se fortalecía más y más y confundía a los judíos que habitaban en Damasco, demostrando que "éste es el Mesías." Cuando hubieron transcurrido bastantes días, tramaron los judíos un plan para matarle; mas llegaron al conocimiento de Saulo estas asechanzas. Y vigilaban día y noche, especialmente las puertas de la ciudad, con el designio de matarle; pero los discípulos, tomando a Pablo durante la noche, le descolgaron muro abajo en una espuerta" (Hech 9:20-25).

El conflicto entre Pablo y la sinagoga y la creciente hostilidad de ésta contra el nuevo predicador van a ser uno de los trazos típicos que se repetirán durante la vida apostólica de Pablo. En su permanencia en Damasco la hostilidad creció de punto hasta originar una conjura de los judíos, que resolvieron apoderarse de su persona para matarle. Y a fin de que no escapase, mantenían guardadas las puertas de la ciudad.

Esto no pudo hacerse sino con el consentimiento de la autoridad civil que entonces gobernaba allí, y que era la del rey Aretas IV aunque el poder ejecutivo en la ciudad no fuese ejercido por el propio rey, sino por un etnarca o gobernador regional suyo, que velaba en aquella región por los intereses de los árabes nabateos. Todo lo cual San Pablo también nos lo confirma en su segunda Carta a los Corintios (2 Cor 11:32-33).

Algunos piensan que este dato sirve para la cronología de la vida de Pablo. Porque la huida de la ciudad tuvo que suceder cuando ésta ya no se hallaba bajo el dominio romano, sino bajo la jurisdicción de Aretas IV. Lo cual nos lleva al año 39, y supone un intervalo de tres años entre la conversión de Saulo y su huida de Damasco y consiguiente viaje a Jerusalén. Todo lo cual queda confirmado por la Carta a los Galatas, donde se dice que tres años después de la conversión, Pablo bajó a Jerusalén (Gal 1:18).

La forma concreta de la huida resulta clásica en los relatos de fuga. Había en Damasco bastantes viviendas adosadas a la muralla, incluso construidas encima de ella, desde cuyas ventanas era fácil descolgarse fuera del muro exterior en campo libre.

El instrumento utilizado fue una gran canasta hecha de mimbres y muy parecida a las que hasta hace poco tiempo se utilizaban en diversas regiones orientales para el transporte de objetos pesados. Otros prefieren llamarla "costal"; en suma, utilizaba un procedimiento bien conocido y que tenía su precedente en una fuga del propio David (1 Sam 19:12).

Saulo Regresa a Jerusalén.

El regreso de Pablo a Jerusalén constituye una fecha muy significativa en su biografía. De Jerusalén había salido como perseguidor de los cristianos y regresaba ahora como miembro y predicador de ese mismo grupo. ¿No preveía Pablo algunas dificultades en la Ciudad Santa? ¿No hubiera sido mejor irse hacia el norte, a Tarso y Cilicia, donde tendría amigos y familiares? Pero el viaje a Jerusalén estuvo motivado, según nos apunta Pablo en la citada carta a los Galatas (1.18): "Viajé a Jerusalén — nos escribe — para interrogar a Pedro." El verbo que utiliza en griego es istorésai, que significa precisamente "explorar, investigar," y se dice de un militar que explora el terreno del posible combate o de un investigador que trata de conocer a fondo algún asunto.

Al llegar Pablo a Jerusalén, tropezó con un recelo natural en los miembros de la comunidad cristiana. No estaban lejos los días en que él había ejercido un protagonismo en la persecución de los cristianos. Y mientras esas memorias estaban en el recuerdo de todos, su conversión, en cambio, había tenido lugar en una región lejana, sin grandes posibilidades de comprobación.

"Y habiendo Saulo llegado a Jerusalén, trataba de juntarse a los discípulos; mas todos se recelaban de él no creyendo que fuese discípulo. Bernabé, tomándole consigo, le llevó a los apóstoles y les declaró cómo en el camino había visto al Señor, que le había hablado, y cómo en Damasco había predicado públicamente de Jesús.

Pablo, pues, andaba con ellos en Jerusalén, entrando y saliendo y hablando con franca libertad en el nombre del Señor" (Hech 9:26-27).

El texto anterior acaba de mencionar a Bernabé. Ya habíamos encontrado a esta persona anteriormente en nuestro relato, cuando mencionamos a los que depositaban su dinero y posesiones a los pies de los apóstoles, dando ejemplo de una comunidad de bienes que por algún tiempo funcionó en Jerusalén. Allí dijimos que Bernabé era un judío de la tribu de Leví, oriundo de Chipre, donde existía una numerosa colonia hebrea y que a la sazón vivía en Antioquía.

Bernabé pudo haber conocido a Pablo, bien en Chipre, situada a muy corta distancia de Tarso, o bien posteriormente en Jerusalén; pero el caso es que Bernabé estaba muy bien informado de la sinceridad y autenticidad de la conversión de Pablo y pudo, por tanto, garantizarlo ante la comunidad de Jerusalén, donde Bernabé gozaba de un merecido prestigio (cf. s.V)

El tiempo de la permanencia en Jerusalén — quince días — lo empleó Pablo en tratar familiarmente con Pedro y Santiago, el hermano del Señor. Pero a los demás apóstoles no los vio, según Pablo expresamente afirma en su carta a los Galatas (1:19).

Las entrevistas con Pedro fueron sin duda una fuente informativa precisa y abundante sobre la vida de Jesús, con el que tan familiarmente había tratado Simón. Sin duda que Pablo, acompañado de Pedro, recorrió los parajes de Jerusalén donde el Maestro había predicado, tanto a la muchedumbre como sobre todo al círculo de los Doce. Fue sin duda la conversación de los dos apóstoles un evangelio a la vez denso y detallado, una transmisión de la doctrina del Señor Jesús, y una comprobación, a través del mejor testigo, de aquellas realidades del banquete eucarístico y de la Pasión y Resurrección del Maestro. Fue, en una palabra, la entrega, la paradosis de una tradición de la que Pablo después se mostraba enteramente seguro, porque él "trasmite lo que se le ha transmitido" (1 Cor 11:23).

Pero no todo fue diálogo y comunicación, porque también, alrededor del antiguo Saulo, surgió el círculo de los antagonistas, que en este caso fueron los mismos judíos helenistas que se habían opuesto a Esteban. Ambos, los judíos y Pablo, recogían la herencia del protomártir cristiano, los judíos para intentar matarlo y Pablo para proseguir la predicación de Esteban.

"Saulo hablaba y disputaba con los helenistas, los cuales intentaron matarle. Pero sabiéndolo los hermanos de Jerusalén, lo condujeron a Cesárea y lo enviaron a Tarso" (Hech 9: 29-30).

Quizá debajo de estas líneas se pueda leer no sólo la solicitud de la comunidad cristiana por la seguridad personal de Pablo, a quien se le saca de un peligro, sino también una cierta conveniencia que podríamos llamar de "política pacifista," de convivencia con el ambiente. La Iglesia, como nos lo advierte Lucas a continuación, "gozaba entonces de paz en toda Jerusalén, Galilea y Samaría. Crecía y vivía en el temor de Dios, multiplicándose con el impulso del Espíritu Santo" (Hech 9:31).

Es posible que en medio de este panorama pacífico la actuación, un tanto impetuosa y conflictiva de Pablo, pudiera perturbar esa paz. Quizá, pensarían algunos, Pablo, lejos de Jerusalén, podría encontrar tierras y gentes más dispuestas a recibir el mensaje del evangelio.

Más adelante, en otra ocasión, cuando Pablo esté hablando en Jerusalén a unos judíos amotinados contra él, les descubrirá que en una estancia anterior suya en la ciudad, que bien pudo ser esta que estamos comentando, mientras oraba en el Templo tuvo un éxtasis y vio a Jesús que le dijo: "Date prisa y sal pronto de Jerusalén, porque no recibirán tu testimonio acerca de Mí. Vete, porque yo quiero enviarte a naciones lejanas" (Hech 22:17-21).

Así, pues, esta visión de Jesús, el peligro ante sus enemigos y los deseos de la comunidad impulsaron a Pablo a alejarse de la Ciudad Santa. Y para ello tomó el camino de Cesárea, que era el puerto marítimo de salida, y desde allí se embarcó con rumbo a Tarso, donde le encontraremos de nuevo más adelante.

 

Pedro en Lydda y Joppe.

El centro de la atención de nuestro historiador Lucas se desplaza de Pablo a Pedro, a quien vamos a encontrar en el momento en que deja Jerusalén para hacer una excursión por toda la tierra de Israel.

"Entre tanto la Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaría. Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad del Señor y se multiplicaba impulsada por el Espíritu Santo" (Hech 9:31).

Esta es la primera vez que Lucas menciona a la Iglesia como una unidad que está esparcida por Judea y Samaría, y también la primera mención de Galilea como espacio de difusión de la nueva doctrina. Y aunque nada se nos dice de acontecimientos concretos en aquella región, encontramos perfectamente lógico que en la comarca y tierras donde Jesús había permanecido más tiempo y que habían sido objeto de su apostolado personal, se encontrasen muchos fieles que añadiesen a los recuerdos de Jesús la fe en el Mesías resucitado que predicaban los apóstoles.

La paz cristiana que se acaba de mencionar quizá en parte también se debía a que los judíos tenían otras preocupaciones en lugar de la de perseguir a los cristianos. Por esos años, exactamente hacia finales del 39, se habían producido revueltas de algunos judíos que destruyeron un altar levantado en honor del emperador por los habitantes de la ciudad de Jam-nia. También el emperador, que a la sazón era Calígula, y que se había tomado en serio su divinidad, ordenó a Petronio, legado de Siria, que levantase una estatua al emperador en el Templo de Jerusalén. El mandato era explosivo, pero el prudente legado difirió su cumplimiento, que nunca se realizó, ya que el emperador fue asesinado en enero del 41.

Fue durante este período de relativa paz para los cristianos cuando Pedro realizó lo que San Juan Crisóstomo llama una "visita o revista de inspección a las fuerzas cristianas," comenzando por Lydda.

La Ciudad de Lydda.

Esta era una ciudad que se encontraba a 45 kilómetros de Jerusalén y a 19 de la ciudad costera de Joppe, que es hoy la moderna Yafo. La ciudad de Lydda estaba situada en una planicie costera, llamada la Sefelá, que comprende la llanura de Sarón, muy celebrada por su fertilidad y que se extiende por el norte hasta el monte Carmelo. Lydda había pertenecido al territorio de la tribu de Benjamín, y antes de la llegada de Pedro había sido evangelizada probablemente por Felipe, el diácono. En los siglos venideros nacería en esta ciudad, según afirman algunas tradiciones, el famoso San Jorge, héroe de las leyendas medievales, que recibió un culto muy difundido durante la Edad Media.

Hoy Lydda se llama Lod, y allí se halla el aeropuerto internacional de Jerusalén.

"Pedro, que iba recorriendo todas aquellas regiones, bajó a ver a los fieles que residían en Lydda. Encontró allí a un cierto Enea, paralítico que desde hacía ocho años no se levantaba del catre, y Pedro le dijo: — Jesucristo te da la salud. Levántate y haz la cama.

Se levantó inmediatamente. Y lo vio toda la población de Lydda y la llanura de Sarón, y se convirtieron al Señor" (Hech 9:32-35).

Pedro, con este milagro de la curación de un paralítico, está siguiendo los pasos del Maestro; mas con una diferencia esencial: que mientras Jesús sanaba las enfermedades en nombre propio, los discípulos lo hacen invocando el nombre de Jesucristo.

El efecto de la curación es la admiración de toda aquella región, en la que muchos se convirtieron "al Señor," es decir, a Cristo, a quien se le da el nombre de Señor, que es el mismo que los nuevos convertidos, que anteriormente eran creyentes judíos, daban a su Dios, Yahveh.

La resurrección de Tabitáh.

Sin duda, uno de los lugares a los que llegó la fama de esta curación fue a Joppe, o, como hoy la llamaríamos, Yafo.

Jaffa.

Jaffa, o Joppe, que es el mismo nombre, es una ciudad muy antigua ya documentada en las inscripciones de Tell El Amarna y en las listas de Tutmosis III de Egipto, que la capturó y que nos la describe como una próspera ciudad. En el reparto tribal de Israel la tierra correspondió a Dan, y la ciudad fue conquistada definitivamente por David. Y Salomón la usó como puerto para desembarcar los cedros del Líbano que utilizaba en la construcción del Templo de Jerusalén.

Conquistada por Alejandro Magno, siguió los avalares del mundo helenístico hasta que Pompeyo la incorporó a Roma. La oposición que sus habitantes mostraron a Heredes el Grande hizo que éste fomentase la construcción del puerto rival de Cesárea marítima; por lo que Joppe decreció en importancia y sólo volvió a recobrar su protagonismo portuario en la época de las Cruzadas. Hoy, Joppe, o Yafo, es un barrio urbanísticamente unido a Tel-Aviv, la capital.

"Había en Joppe una discípula llamada Tabitáh, que hacía infinidad de obras buenas y limosnas. Por entonces cayó enferma y murió. La lavaron y pusieron en la sala del piso de arriba. Como Lydda está cerca de Joppe, al enterarse los discípulos de que Pedro estaba allí, enviaron dos hombres para rogarle que fuera a Jaffa sin tardar. Y Pedro se fue con ellos a Jaffa" (Hech 9:36-39).

En la ciudad de Joppe vivía una mujer cuyo nombre arameo era Tabitáh, que traducido al griego es Dorcas, es decir, "gacela." En la Biblia se encuentran bastantes nombres femeninos tomados de animales o plantas, como Raquel que es la oveja, Egla la ternera, Sefirá el pájaro, Débora la abeja, Jémina la paloma y Susana el lirio.

La mujer aquí nombrada en los Hechos, llamada Tabitáh, acababa de morir. Y siguiendo las costumbres funerarias de los judíos, su cadáver fue lavado por otras mujeres y colocado en una sala alta, es decir, no a nivel del suelo, sino en el piso superior de los dos que solían tener las viviendas hebreas más acomodadas.

"Cuando Pedro llegó, le llevaron a la sala de arriba. Y se le presentaron las viudas, llorando y lamentándose, mostrándole los vestidos y mantos que hacía Gacela cuando vivía. Pedro mandó salir afuera a todos, se arrodilló, se puso a rezar, y dirigiéndose a la muerta dijo: —Gacela, levántate.

Ella abrió los ojos, y, al ver a Pedro, se incorporó. Pedro la tomó de la mano, la levantó y, llamando a los fieles y a las viudas, se la presentó viva" (Hech 9:39-41).

Estamos en presencia del primer relato de resurrección en la nueva Iglesia. La descripción es tan precisa y concreta, que bien pudiera proceder del mismo Pedro, de quien Lucas la oyó directamente. Aunque sin duda el hecho alcanzó una gran difusión en las comunidades cristianas.

Las mujeres que encontró Pedro estaban llorando y mostrando su duelo en la forma ruidosa acostumbrada en aquel ambiente oriental. Lucas no usa el verbo dakrjo, que denota un llanto silencioso, sino kláio, que se emplea para el lamento ruidoso a la manera de las plañideras, que era como hacer una oración fúnebre por Gacela.

Algunos críticos, comentando este hecho de la resurrección de Gacela, le han negado su veracidad histórica, indicando que se trata de un "doble" o copia de la resurrección de la hija de Jairo, curada personalmente por Jesús, y pretenden que es tan sólo una ficción inventada por la primitiva Iglesia para engrandecer a Pedro.

No nos extraña este comentario, ya que siempre que se narra una resurrección se levanta contra ella el ataque de un cierto sector de la crítica. Para nosotros, que aceptamos que este milagro cae dentro del poder de Dios, y que excepcionalmente puede transmitirlo a los hombres, la resurrección de Tabitáh no ofrece una especial dificultad. Por otro lado, entre la resurrección de la hija de Jairo y ésta hay notables divergencias. Pedro aquí hace salir a todos los presentes, mientras que Jesús resucitó a la niña en presencia de tres de sus discípulos y de los padres de ella. Y sobre todo Jesús, personalmente, imperó a la muerte; mientras que Pedro se arrodilla y se pone en oración porque es consciente de su condición subordinada y de que no posee dicho poder sino por concesión de Dios.

Respecto a la forma de describir la escena, es indudable que presenta algunas analogías con otros "relatos de resurrección," y singularmente con las que se atribuyen a Elias y Elíseo (1 Re 18:22; 2 Re 4:35). Es lógico que estos relatos se parezcan entre sí, ya que sus elementos esenciales son los mismos; pero, además, no hay inconveniente en suponer que Lucas, al describirnos la resurrección de Tabitáh, siguió esquemas literarios ya anteriormente conocidos en otras resurrecciones.

El efecto de este milagro se hizo notar en toda la comarca.

"Esto se supo por toda Jaffa y muchos creyeron en el Señor. Pedro permaneció en Jaffa bastantes días en casa de un tal Simón, que era curtidor" (Hech 9:42-43).

La permanencia de Pedro en Jaffa debió de estar asociada a dichas conversiones y a la predicación del mensaje que ellas suponen. El lugar de su vivienda en Jaffa es mencionado, porque se va a relacionar estrechamente con la narración del centurión Cornelio, que sigue a continuación. La localización de aquella casa se conservó en la tradición local de Jaffa, donde existió desde la más remota Antigüedad una Iglesia dedicada a San Pedro y situada en la calle antigua de Curtidores.

El Oficio de Curtidor.

El oficio de curtidor quizá lo aprendieron los judíos durante su estancia en Egipto, cuyas inscripciones de Tebas nos revelan la existencia de dicha artesanía, que era muy floreciente por los múltiples usos del cuero. Este material se empleaba no sólo en los aparejos y monturas, sino también para forrar muebles, en las cajas de las momias, e incluso en la armadura militar que cubría el pecho de cuero, de donde se tomó el nombre de "coraza." Asimismo con cuero se construían odres para conservar el vino. Y cuando Jesús en sus parábolas mencionó a los "odres viejos y nuevos y al vino que se guardaba en ellos," probablemente se refería a odres de cuero (Mt 9:17).

El Mensaje del Centurión Cornelio.

Estando Pedro hospedado en la casa de Simón el Curtidor, aconteció la conversión del centurión Cornelio, cuyo relato Lucas nos va a ofrecer magistralmente. Incluso diríamos que nos va a ofrecer una técnica de montaje cinematográfico alternando secuencias que suceden en Joppe y en Cesárea.

Vamos a desmontar dichas secuencias ofreciéndoles ahora lo que sucedió en Joppe.

El apóstol se halla en la azotea de la casa haciendo oración. Quizá sea dicha azotea un sitio solitario muy apropiado para el reposo y meditación, particularmente en una casa situada al borde del mar y que además estaría alejada del núcleo de la población, ya que, por ejercerse en ella el oficio de curtidor, la ley prescribía guardar por lo menos cincuenta metros de distancia de las otras casas de la villa.

"Hacia mediodía Pedro subió a la azotea a meditar; pero sintió hambre y quiso tomar algo, y, mientras se lo preparaban, le vino un éxtasis: vio el cielo abierto, y una cosa que bajaba, una especie de toldo o mantel enorme sostenido por los cuatro picos y que llegó hasta el suelo. Dentro de él había todo género de cuadrúpedos y reptiles y pájaros. Y una voz le habló: —Anda, Pedro, mata y come.

— Ni pensarlo, Señor, nunca he comido nada profanado ni impuro.

Y por segunda vez le habló la voz: — Lo que Dios ha declarado puro, no lo llames tú profano.

Esto se repitió tres veces, y en seguida se llevaron el mantel al cielo" (Hech 10:9-16).

Para comprender esta visión, conviene recordar los conceptos y costumbres judías sobre la limpieza o impureza de los animales, que estaba minuciosamente establecida en la ley.

Los judíos solían dividir en cuatro categorías a los animales: cuadrúpedos, reptiles, aves y peces. Y esta última es la que no está representada en el mantel, ya que los peces no pueden vivir fuera del agua, y los otros animales que allí se encuentran están vivos y, por tanto, hay que matarlos antes de comérselos. Además se trata de animales impuros, es decir, que no pueden comerse bajo pena de contraer una impureza legal, ya que Pedro, con su vivacidad acostumbrada, rechaza horrorizado la proposición. Las palabras de la visión: "lo que Dios ha declarado puro no lo llames manchado," recuerdan otras de Jesús cuando enseñó a sus discípulos que "nada de lo que entraba en el hombre desde fuera podía mancharlo, y que era sólo las maldades desde dentro las que lo manchan" (Mc 7:15-23).

Animales Puros e Impuros.

La clasificación de los animales en puros e impuros posee hondas raíces en la tradición hebrea, y tuvo su primera formulación legal en el Código de la Ley de Moisés (Dt 14:3-18); aunque algunos comentaristas señalan que esa división ya existía en los tiempos más antiguos, incluso en la saga y la narración del diluvio, ya que Dios advierte a Noé que tome de unos animales siete parejas, y éstos eran los animales puros, y de otros tan sólo una pareja, que eran los impuros (Gen 7:2). Hemos ya señalado que para los hebreos había cuatro grandes categorías de animales, atendiendo especialmente a su medio de locomoción: los cuadrúpedos, los que vuelan, incluyendo aves e insectos, los acuáticos y los reptiles.

Dentro de cada una de estas cuatro categorías, la Ley de Moisés señalaba cuáles eran los signos diferenciales para clasificarlos en puros e impuros.

a) Cuadrúpedos. Para ser puros deben poseer las dos características de ser rumiantes y tener la pezuña partida. Y por no cumplir estas condiciones eran impuros el camello, el conejo y el cerdo.

b) Aves. Se supone que todas son puras, excepto las designadas expresamente como impuras y abominables, cuales serían las aves de rapiña y las carroñeras. Por tanto, el águila, el milano, el buitre, el halcón, el cuervo, la gaviota y el murciélago son todos impuros.

c) Animales acuáticos. Son impuros los que carezcan de aletas y de escamas, ya sean de agua dulce o salada. Consecuentemente, se consideran como tales los cetáceos, pulpos, los crustáceos y mariscos, anguilas, etc.

d) Finalmente, respecto a los reptiles, se establece la más absoluta prohibición: es impuro "todo reptil que repte sobre la tierra." Incluso los que parece que reptan porque sus patas son muy pequeñas, como sucede con los cocodrilos y los lagartos. También el ratón y el topo se incluyen en esta categoría.

Esta categorización de puro-impuro se encuentra también en varios pueblos antiguos, que nos la señalan en sus códigos religiosos. Y tales son, entre otros, los fenicios, los hindúes y los árabes.

Asimismo hay que recordar que la prohibición se refería estrictamente a alimentarse de los animales impuros, y secundariamente a tocarlos; pero no a negarles algunas de sus buenas cualidades. No sólo la tradición bíblica original afirmaba que Dios vio "que todos los animales eran buenos," sino que en la estima y opinión humana algunos de estos animales impuros eran apreciados y alabados por otras buenas cualidades, como, por ejemplo, el camello, el águila y el león.

Se han intentado muchas explicaciones para justificar estas leyes tan hondamente arraigadas en el pueblo hebreo, hasta el punto de que no sólo se conservaban en tiempos de Jesús, sino que aún hoy día todavía perduran en ciertos grupos étnicos de ascendencia israelita. Entre tantas hipótesis, parece la más plausible la que atribuye esa separación de lo puro y de lo impuro a dos razones fundamentales. Una de carácter etnográfico y etológico, y la otra de un sentido más terapéutico y alimentario. La razón que llamamos etológica, o de costumbres, es que esta clasificación de los animales tiende a establecer una separación entre Israel, "pueblo escogido de Dios," y los otros que los rodeaban, considerados como idólatras y paganos. Ahora bien, una manera de preservar la separación es dividir a los pueblos por los manjares que les era lícito comer, con lo cual el contacto de la mesa común, del banquete, que tanto une a los hombres, quedaba excluido.

La segunda razón es más bien de orden biológico e higiénico. Ciertas carnes, y concretamente la del cerdo, y algunas bebidas alcohólicas intoxicantes, estaban prohibidas como resultado de una larga experiencia de los efectos nocivos, reales o supuestos, sobre la salud de los consumidores. Asimismo se suponía que las enfermedades infecciosas se transmitían por la sangre de los animales, y por ello — aparte de otras razones religiosas — se prohibía el comer la carne de los animales puros si no habían sido previamente desangrados.

Pedro quedó perplejo ante el sentido de la visión del mantel que contenía aquellos diversos animales, y estaba meditando en ello, cuando se oyeron los pasos de algunos que llegaban a la puerta.

"Pedro no acertaba a explicarse el sentido de aquella visión. Mientras tanto, los emisarios de Cornelio, que habían estado buscando la casa de Simón, se presentaron en el portal, preguntando si paraba allí un Simón al que llamaban Pedro. Pedro bajó a abrirles y les dijo: —Aquí estoy, soy el que buscáis. ¿Qué os trae por aquí? — El centurión Cornelio, hombre recto y simpatizante con el judaísmo y recomendado por toda la población judía, ha recibido aviso de un ángel encargándole que te mande llamar para que vayas a su casa y escuche lo que le digas.

Pedro les invitó a entrar y les dio alojamiento. Y al día siguiente se puso en camino con ellos, acompañado de algunos hermanos de Jaffa. Y al otro día llegaron a Cesárea" (Hech 10:18-24).

Allí lo encontraremos nosotros en nuestro siguiente capítulo de esta Vida informativa de los apóstoles.

 

La Conversión del Centurión Cornelio.

Dejamos al final del capítulo anterior a Pedro en la ciudad de Jaffa, en la casa de Simón el Curtidor, en cuya azotea tuvo una visión, tras la cual recibió la visita de unos emisarios enviados por el centurión Cornelio de Cesárea. Esta mención de Cesárea nos invita a entrar en aquella ciudad.

Cesárea Marítima.

Había en Israel dos ciudades con el nombre de Cesárea, y ésta se llamaba Cesárea Marítima, porque era la única que se encontraba en la costa. Sus ruinas todavía se conservan a unos 50 kilómetros al norte de Tel-Aviv y 38 al sur de Haifa.

Cesárea fue edificada hacia finales del llamado período persa de la historia de Israel, y llevó a sus comienzos el nombre de "Torre de Estratón." Posteriormente fue cedida por Augusto a Herodes el Grande, que la reconstruyó con magnificencia, la dotó de un puerto y la llamó Cesárea en honor de su protector César Augusto. La "Cesárea Sebaste" de Herodes tenía un templo al emperador, un palacio real, teatro, hipódromo e instalación pública de agua. Todo lo cual hizo que la ciudad se convirtiese en la sede del procurador imperial y en acuartelamiento principal de la guarnición romana en tierras de Israel.

Posteriormente, y debido a la destrucción de Jerusalén, Cesárea se convertirá en la ciudad más importante de Palestina y llevará el título de "Primera Colonia y Metrópoli de la provincia de Siria Palestina." Y en ella los cristianos establecerán una Sede Episcopal, que albergaría la famosa escuela de Biblistas a la que pertenecieron Orígenes y Eusebio.

El Centurión Cornelio y su Visión.

El procurador romano que residía en Cesárea era un magistrado designado por el emperador, que debía pertenecer al orden ecuestre, y que en su condición de comandante militar de la región tenía el ejército a sus órdenes. Este se componían de ciudadanos romanos, sino de tropas auxiliares, ordinariamente reclutadas entre sirios, samaritanos y griegos, ya que los judíos estaban exentos del servicio militar. El efectivo de esta fuerza auxiliar sería de unos tres mil hombres y estaban integrados por un "ala" de caballería y cinco "cohortes" de infantería, que a su vez se subdividían en "centurias." Aunque el nombre de "centuria" está indicando un centenar de soldados, ordinariamente dicha unidad tenía efectivos más reducidos, alrededor de 80 hombres, y estaba mandada por un centurión, que solía ser ciudadano romano, como lo era Cornelio.

El nombre de Cornelio, etimológicamente, tal vez se deriva de la voz latina cornu, que significa "cuerno" y también "poder." Por tanto, Cornelio es "hombre fuerte y poderoso." Y es nombre no personal, sino gentilicio, que significaba que la persona pertenecía a la gens Cornelia, una de las familias patricias más ilustres de Roma, de la que formaron parte los Escipiones, tan relacionados con la historia de la España romana.

Se podía pertenecer a una gens bien por consanguinidad o por haber obtenido la manumisión o libertad por obra de un miembro de la familia patricia. Conocernos que un tal Cornelio Sila concedió de una sola vez el derecho de ciudadanía a 10.000 esclavos suyos, todos los cuales llevaron el mismo nombre gentilicio de Cornelio.

En su historia de vida, Cornelio nos interesa aún más su fisonomía religiosa. De él se dice que era "piadoso, caritativo y asiduo en sus oraciones." Además "temeroso de Dios," que, según algunos comentaristas, es un término técnico que se aplica al simpatizante con las creencias judías, pero que no ha sido circuncidado y, consecuentemente, no se encuentra sometido a las prescripciones de la Ley de Moisés.

clamaba: — Cornelio.

El se quedó mirándolo y le preguntó asustado: ¿Qué quieres, Señor? Y le contestó el ángel:

Tus oraciones y limosnas han llegado hasta Dios y las tiene presentes. Envía ahora a alguien a Jaffa en busca de un tal Simón Pedro, que para en casa de cierto Simón el Curtidor, que vive junto al mar.

Cuando se marchó el ángel, llamó Cornelio a dos criados y a un soldado devoto, ordenanza suyo, les refirió todo y los mandó a Jaffa" (Hech 10:3-8).

La presencia en nuestra historia de este primer centurión romano citado en el Libro de los Hechos nos invita a presentarles una información algo más amplia sobre el ejército romano durante la vida de los apóstoles.

El Ejercito Romano.

San Pablo, y en grado menor los otros apóstoles, tuvieron relaciones con el ejército, con sus hombres y sus armas. Dicho ejército fue sin duda el ejército romano; aunque también en el espacio geográfico de la Iglesia primitiva existían otros grupos de milicias regionales o locales, e incluso también de policía, como la que cuidaba del orden en el Templo de Jerusalén.

En la Biblia se hallan abundantes datos sobre el ejército y las artes militares a lo largo de los siglos; aunque nosotros nos vamos a limitar aquí al tiempo de los apóstoles. Casi todos los territorios en que se movió la evangelización cristiana de la era primitiva estaban dominados por Roma, tanto a través del ejército como de una administración pública. Dicho ejército había evolucionado, en armas y táctica, al entrar en contacto con las poblaciones vencidas.

El ejército de la época imperial no se componía, como anteriormente había sucedido, de tropas reclutadas para cada ocasión, sino de unos profesionales permanentes. Su cuadro más completo incluía las legiones, las tropas auxiliares, la guarnición de Roma con un régimen especial, la flota, las máquinas de asalto y de sitio, y las milicias provinciales y municipales.

El ejército propiamente dicho constaba de un número de legiones que oscilaban entre 25 y 50, situadas en las diversas regiones del Imperio y especialmente en las fronteras conflictivas. Por ejemplo, en la provincia imperial de Siria, en el territorio adjunto de Israel, estaba de guarnición la legión Décima Fretensis, que en el asedio de Jerusalén por Vespusiano fue ayudada por la Quinta Macedónica y la XV Apollinaris. Cada legión era mandada por un legado, que tenía rango senatorial, y constaba de 6.000 infantes y de un determinado número de jinetes, divididos en "turmas" y "alas."

De este ejército nos interesa especialmente el armamento, porque San Pablo lo convierte en imagen y metáfora aplicable a la vida cristiana, que, en parte, es un combate. Por eso él nos habla en dos ocasiones (1 Tes 5-8; Ef 6:13-17) del conjunto de las armas que llama, con un término técnico griego, "panoplia."

El texto de la panoplia, aplicado a la vida cristiana, nos exhorta a revestirnos de las armas necesarias para combatir a los enemigos, que, entre otros, son los mismos demonios. Y con este motivo Pablo hace una descripción tomada de los soldados romanos que él sin duda había visto muchas veces. En esta transposición al sentido espiritual, no siempre cada arma representa lo mismo; porque Pablo encuentra en cada objeto múltiples significados espirituales. De esto volveremos a informarles en las epístolas respectivas (cf. c.XXXIII)

Llegada de Pedro a Casa de Cornelio.

Volvamos ahora a Pedro, que, acompañado de algunos otros cristianos de Jaffa, está a punto de llegar a Cesárea.

"Al día siguiente, Pedro se puso en camino con los enviados de Cornelio, acompañado de algunos hermanos de Jaffa, y al otro día llegaron a Cesárea.

Cornelio los estaba aguardando y había reunido a sus parientes y amigos íntimos. Cuando iba a entrar Pedro, salió Cornelio a su encuentro y se le echó a sus pies a modo de homenaje, pero Pedro lo alzó diciendo: — Levántate, que soy un hombre como tú. Entró en la casa conversando con él, encontró a muchas personas reunidas y les dijo: — Sabéis que a un judío le está prohibido tener trato con extranjeros o entrar en su casa; pero a mí me ha enseñado Dios a no llamar profano o impuro a ningún hombre. Por eso, cuando me habéis mandado llamar, no he tenido inconveniente en venir. Y ahora quisiera saber el motivo de la llamada. — Hace cuatro días estaba yo rezando en mi casa, a esta misma hora, hacia media tarde, cuando se me presentó un hombre con vestido resplandeciente y me dijo: "Cornelio, Dios ha escuchado tu oración y tiene presente tus limosnas. Manda a alguien a Jaffa e invita a venir a Simón Pedro, que se aloja en casa de Simón el Curtidor, junto al mar." Te mandé recado en seguida y tú has tenido la amabilidad de presentarte aquí. Ahora aquí nos tienes a todos delante, de Dios para escuchar lo que el Señor te haya encargado decirnos.

Pedro tomó la palabra: — Realmente voy comprendiendo que Dios no hace distinciones, sino que acepta al que le es fiel y obra correctamente, sea de la nación que sea. El envió su mensaje a los israelitas anunciando la paz que traería Jesús, el Mesías, que es el Señor de todos. Vosotros sabéis muy bien el acontecimiento que ocupó a todo el país de los judíos, empezando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos del diablo, porque Dios estaba con El. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y en Jerusalén" (Hech 10:23-39).

La narración de Lucas es tan transparente y viva que constituye uno de los mejores cuadros salidos de su pluma. Añadamos tan sólo unas breves notas.

Pedro confiesa que va comprendiendo cómo Dios no hace distinciones entre las personas. La palabra griega dice que no es aceptador de personas y usa el vocablo prosopeleptes, que a la letra significa "el que acaricia y toca el rostro," y se dice de los que reciben benignamente a los que traen obsequios.

Como si Pedro dijera: Dios no le mira a uno el rostro ni la condición, ni en concreto si es judío o pagano, sino que delante de El son suyos todos los que le son fieles y obran rectamente. Más adelante, Pablo dirá esto más explícitamente, aplicándolo a diferentes grupos o binomios humanos que se hallan discriminados o enfrentados en la vida social, pero que son todos iguales ante Cristo.

En sus palabras a Cornelio, Pedro hace un resumen de la catequesis, según las líneas esenciales que ya conocemos por otros discursos anteriores, pero que en éste tiene la peculiaridad de estar dirigida a paganos que no pertenecen al pueblo de Israel ni han recibido la circuncisión.

Dicha catequesis es fundamentalmente el anuncio o "kerigma" de Jesús de Nazaret. Comienza por el bautismo, sigue por el testimonio de las buenas obras que realizó, define simplemente la vida de Cristo como "pasó haciendo el bien," y expresamente menciona la expulsión de los demonios, que es un dato que debería hacer una particular impresión en los paganos. Pedro continuó así: "— Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos, en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó el tercer día e hizo que se dejara ver no de todo el pueblo, sino de los testigos que El había designado: de nosotros, que hemos comido y bebido con El después que resucitó de la muerte, Juez de vivos y muertos."

Bajada del Espíritu Santo.

"Aún estaba hablando Pedro, cuando cayó el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban el mensaje. Al oírlos hablar en lenguas extrañas y proclamar las grandezas de Dios, los creyentes judíos que habían venido con Pedro se quedaron desconcertados de que el don del Espíritu Santo se derramase también sobre los no judíos. Entonces intervino Pedro: — ¿Se puede negar el agua del bautismo a estos que han recibido el Espíritu Santo, igual que nosotros?

Y mandó bautizarlos en nombre de Jesucristo. Entonces le rogaron que se quedara allí con ellos" (Hech 10:39-48).

La bajada del Espíritu Santo es una sorpresa y una absoluta iniciativa de Dios, que no espera a que los catecúmenos sean bautizados, sino que se anticipa y manifiesta su presencia con el mismo don de las lenguas con el que favoreció a los discípulos reunidos en el cenáculo el día de Pentecostés.

Es indudable que Lucas, al describir este hecho, tiene en cuenta las expresiones usadas en el Pentecostés de Jerusalén, ya que menciona con los mismos términos las "lenguas extrañas" y la "proclamación de las maravillas de Dios."

Con todo, Pedro manda que sean bautizados. Lo cual también nos indica la seguridad y convicción que los apóstoles tenían de que el mandato de Cristo de bautizar a los creyentes continuaba siendo indispensable y válido, aun para aquellos que habían recibido la bajada del Espíritu.

Así fue la conversión del centurión Cornelio. Ella abría el camino de la fe a los creyentes, sin necesidad de circuncisión, o, lo que es lo mismo, sin pasar por el camino de la Ley de Moisés antes de llegar al Evangelio de Cristo. La decisión de Pedro fue tan importante y trascendental que pronto vamos a ver sus efectos en la Iglesia madre de Jerusalén.

De Cornelio no volvemos a saber nada más. Tradiciones legendarias, recogidas por algunos martirologios y libros litúrgicos, pero sin sólido fundamento histórico, nos aseguran que más adelante fue obispo de Cesárea, donde sucedió a Zaqueo. Otras tradiciones lo nombran como mártir. Y Santa Paula, según nos asegura San Jerónimo, en una de sus peregrinaciones a Tierra Santa, visitó en Cesárea Marítima una Iglesia erigida sobre la antigua casa del Centurión.

Retorno de Pedro a Jerusalén.

"Los apóstoles y los hermanos de Judea se enteraron de que también los paganos habían aceptado el mensaje de Dios. Y cuando Pedro subió a Jerusalén, los partidarios de la circuncisión le reprocharon: ."Has entrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos." Entonces Pedro empezó por el principio y les expuso los hechos por su orden" (Hech 11:1-4).

Al llegar Pedro a Jerusalén, después de haber permanecido durante algunos días en Cesárea, encontró a la comunidad cristiana un tanto dividida por lo que acababa de suceder, ya que mientras unos celebraban la nueva apertura del evangelio a los paganos, otros encontraron reproche en la manera como Pedro se había comportado.

Este grupo se llama los partidarios de la circuncisión. No eran simplemente judíos, sino cristianos procedentes del judaísmo o de la circuncisión. Y con esta denominación se quiere indicar que, aunque habían creído en Cristo y sido bautizados, conservaban un especial apego a las instituciones establecidas por Moisés, tipificadas por la circuncisión, pero que comprendían asimismo los preceptos y observancias relativas a la impureza legal que se contraía por el contacto con ciertas cosas y personas. Diríamos que en esto estaban más cercanos a los fariseos que a Jesús, y que repetían las objeciones que aquéllos hicieron al Maestro, cuando le habían reprochado, por ejemplo, que sus discípulos comían sin purificarse antes las manos.

Concretamente, esta facción contestataria no objetaba contra la predicación del evangelio a unos paganos ni contra el bautismo de éstos, sino que acusaba a Pedro de haber entrado en casa de Cornelio y haber comido con los paganos. Una vez más, la hipocresía de las formas caducas entraba en conflicto con la novedad del evangelio. El vino nuevo, como diría Jesús, no podía guardarse en odres viejos.

Pedro, para justificarse ante ellos, simplemente les narra lo ocurrido. Y Lucas repite fielmente lo que ya sabemos que había sucedido antes en la conversión de Cornelio, introduciendo tan sólo aquellas variantes que cualquier autor literario se permite para no referir dos veces un suceso repitiéndose exactamente en las palabras.

Sorprende, sin embargo, advertir cómo en el texto de los Hechos, y en un espacio relativamente pequeño, Lucas ha repetido varias veces el suceso principal de la conversión de Cornelio. Primeramente lo ha hecho como historiador que nos presenta un relato objetivo. Después lo ha puesto en boca de Cornelio y finalmente lo repite Pedro ante los objetores de Jerusalén.

Estas repeticiones están justificadas, ya que para Lucas, como también para la primitiva Iglesia, la conversión de Cornelio es una página trascendental, puesto que representa la salida del evangelio afuera de las fronteras del judaismo, hacia nuevos horizontes de la universalidad. Son los horizontes que ya señaló Jesús cuando desde una montaña de Galilea ordenó a sus discípulos: "Id por todo el mundo, predicad el evangelio a toda criatura."

 

Expansión de la Fe Cristiana.

Había sucedido en Jerusalén algunos meses antes. Todavía estaba con sus discípulos Jesús, ya resucitado, e iba a celebrar con ellos el banquete de una despedida que podía llamarse definitiva. Así lo advierte Lucas, que dice sobriamente: "Mientras comían juntos" (Hech 1:4). Allí y entonces, a la vez que les renovó la promesa de enviarles el Espíritu Santo, mirando hacia el futuro, les profetizó: "Seréis testigos míos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría, y hasta los confines del mundo." Ese mismo ancho mundo que, sobre un monte de Galilea, les señaló como un horizonte en la rosa de los vientos: "Id por el mundo entero." Por tanto, Jesús, en la intimidad de aquel último banquete, les señaló el itinerario y mapa de la futura expansión del cristianismo.

Primeramente, Jerusalén. Pedro ya había predicado varias veces en ella, desde el mismo día de Pentecostés, suscitando una conversión masiva y por millares. Después, los creyentes se hicieron más individualizados, y no sólo se bautizaban, sino que "se hacían discípulos," y entre ellos se incorporaba a la nueva fe "una gran cantidad de sacerdotes."

"El mensaje de Dios iba extendiéndose, y en Jerusalén crecía mucho el número de los discípulos, incluso gran cantidad de sacerdotes respondía a la fe" (Hech 6:7).

Esta es la primera vez que los sacerdotes judíos son mencionados en un contexto cristiano favorable, y nos parece el momento apropiado para exponer la situación de la clase sacerdotal hebrea en los primeros años de la nueva Iglesia.

El Sacerdocio Hebreo.

La clase sacerdotal estaba marcada por una fuerte estructura piramidal, en cuyo vértice estaba situado el Sumo Sacerdote. El Sumo Sacerdote, en aquella época en la que no había rey, ejercía la función suprema en dignidad e importancia ante todo el pueblo. Como representante de Dios, era el único mortal que era admitido ante su más íntima presencia; y por eso entraba en el recinto más sagrado, el Santo de los Santos del Templo, sólo un día al año, el día de la Expiación. La designación del Sumo Pontífice, en teoría, correspondía al Sanedrín y a los otros altos dignatarios del clero; aunque en realidad se hallaba muy influida por las autoridades civiles, la de Herodes y sobre todo la de los romanos. Su investidura era conferida por la entrega de los ornamentos, que constaban de ocho piezas, cada una de las cuales expiaba determinados pecados. Tanto Herodes como los romanos, conocedores de este rito transmisor de poder, conservaron durante algún tiempo la custodia de tales ornamentos, que en la época de Jesús se guardaban en la Torre Antonia, como medio más eficaz para controlar las posibles revueltas del pueblo. Sólo el año 45 el emperador Claudio les devolvió a los judíos la posesión de tales ornamentos.

De tal manera la condición de Sumo Sacerdote confería una santidad a la persona que lo ostentaba, que era creencia generalizada que la muerte del Sumo Sacerdote tenía una virtud expiatoria, de la que se beneficiaban todos los que tenían cuentas pendientes con la justicia, y que por eso podían libremente regresar a sus casas.

El Sumo Sacerdote gozaba de múltiples prerrogativas en la ordenación del culto y de los diversos sacrificios, tanto en la liturgia cotidiana como en las tres grandes solemnidades de la Pascua, el Pentecostés y la Fiesta de las Chozas o Tabernáculos. Y como contrapartida, tenía que cumplir estrictamente sus deberes cultuales y observar de una manera rigurosa la pureza ritual. El prestigio de la función pontificia le concedía "un carácter indeleble." De suerte que, aun después de su cese o deposición, conservaba no sólo el título, sino algunas de sus prerrogativas.

Bajo el vértice de la pirámide se hallaban diversos planos. Después del Sumo Sacerdote, el de más rango era el Jefe Supremo del Templo, llamado Sagan o Estrategos. A continuación venían los jefes de los turnos semanales, que eran 24; y luego los jefes de los turnos diarios, que eran 156. Y finalmente los simples sacerdotes y los levitas.

Esta pirámide representaba un verdadero escalafón, de manera que no se podía subir a un grado superior sin haber ocupado antes el escalón precedente. Por ello, al ser elegido el Jefe del Templo entre las familias de la aristocracia sacerdotal, era seguro que ésta retenía su influencia en la cumbre de la pirámide, ya que poseía ambos mandos, el religioso y el policial.

Bajo esta aristocracia se hallaba la gran masa del simple sacerdote, el cohén. Estos constituían una especie de tribu que hacía remontar su legitimidad hasta Aarón. Sobre el número de estos sacerdotes se han aventurado indudables exageraciones en el Talmud. Uno de los estudios más concienzudos y actualizados procede del profesor Joachim Jeremías, que calcula su número en unos 7.200. Estos sacerdotes debían oficiar diariamente en los dos sacrificios, matutino y vespertino, para cuyas diversas ceremonias litúrgicas se necesitaban unos 56 sacerdotes, y, además de esto, en los sábados y en las grandes solemnidades se requería un número mayor.

El carácter sacerdotal se adquiría exclusivamente por herencia, y de aquí la importancia de conservar las genealogías que eran archivadas en una de las dependencias del Templo.

Ordinariamente, cuando el aspirante cumplía los veinte años — edad que después se retrasó —, y tras haber probado "su legitimidad de origen," recibía un baño ritual, y se les imponían las vestiduras sacerdotales, a través de un complicado ritual que podía durar hasta una semana.

Respecto a los levitas, éstos eran originariamente descendientes de la tribu de Leví, una de las Doce fundacionales de Israel; pero entre ellos se hallaban otros, como los descendientes de los sacerdotes del culto a Yahveh procedentes de otros santuarios, antes de la unificación del Templo en Jerusalén. Estos levitas desempeñaban en el Templo servicios auxiliares, tanto de guardia y custodia cuanto de participación en la liturgia, como músicos y cantores. Su número podría llegar a unos 9.600.

A vista de estas notas, se advierte que había dos claros niveles en el sacerdocio. El superior, rematado por la cumbre de los sumos sacerdotes, el actual y sus predecesores. Y en ese nivel también se encontraba la aristocracia, tanto de la riqueza como del mando, en su más amplia expresión, ya que el Sanedrín, constituido por ellos en una mayoría, acumulaba prácticamente todos los poderes: el legislativo, el judicial y el ejecutivo, salvo en aquellas competencias que se habían reservado los romanos.

En el nivel que hemos llamado inferior se hallaba el resto del clero, es decir, sacerdotes comunes y levitas. Podríamos afirmar que fue el nivel alto el que, con escasas excepciones, se opuso a Jesús y el que continuó con su hostilidad contra los seguidores del nuevo "camino." Mas el otro nivel, el más popular, se mostró más abierto a la penetración de la nueva fe. Fue sin duda en este nivel donde se encontraría esa "gran cantidad" de sacerdotes que se adhirieron a la nueva fe, predicada por los discípulos de Jesús. Con el tiempo, algunos de estos grupos de sacerdotes, ya cristianos, se hicieron algo contestatarios, por su excesiva adherencia a las observancias tradicionales del judaísmo, que les dificultaba el aceptar la novedad del Espíritu que aportaba el evangelio.

La Fe Cristiana Llega a Antioquía.

Cambio de escenario. Y retroceso en el tiempo. Lo que Lucas narra a continuación hay que unirlo con lo que nos había dicho anteriormente en el capítulo 9, informándonos sobre la expansión creciente de la fe cristiana.

"Entre tanto, los dispersos, como motivo de la persecución provocada por lo de Esteban, llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, sin predicar el mensaje más que a los judíos. Pero algunos de ellos, naturales de Chipre y de Cirene, al llegar a Antioquía, se pusieron también a hablarles a los griegos, anunciándoles al Señor Jesús. Y como el Señor les apoyaba, gran número creyó, convirtiéndose al Señor" (Hech 11:19-21).

El cuadro geográfico se amplía. El evangelio se dirige hacia el norte, y, primeramente, llega a Fenicia.

El nombre de Fenicia quizá signifique "país de las palmeras," y su antiguo territorio está ocupado hoy en parte por la nación del Líbano. Es una franja costera con un máximo de 50 kilómetros de anchura y cerrada al oriente por las cadenas montañosas del Líbano y Antilíbano. Esta estrechura de su territorio hizo que los fenicios buscasen su expansión hacia el mar. Y ello explica que Fenicia fuese una potencia marítima durante muchos siglos y que colonizase extensamente la costa mediterránea, hasta llegar incluso a Gades, la actual Cádiz.

Fenicia y sus principales ciudades, Tiro y Sidón, estuvieron muy relacionadas con el pueblo hebreo. En la época de Jesús la tierra pertenecía a la provincia romana de Siria. Y aunque su población era casi exclusivamente pagana, sabemos por el evangelio que, a lo menos en una ocasión, Jesús fue a aquella región, en la que el evangelio nos recuerda la curación que hizo de una niña poseída por el demonio, a petición de su madre siro fenicia (Mt 15:22-28).

De Chipre ya trataremos en este comentario, al mencionar a Bernabé, que era natural de aquella isla (c. XIV) Y en cuanto a Antioquía, merece que nos detengamos a recordarla, puesto que va a convertirse en el centro de la expansión cristiana durante las primeras décadas de la Iglesia.

En esta ciudad de Antioquía se fue extendiendo la fe cristiana siguiendo una pauta de penetración claramente marcada por Lucas. Primeramente, el mensaje sólo se predicó a los judíos. Después, se comenzó a hablarle a los griegos. Y la palabra que aquí se usa no es la de "helenistas," aplicable a los judíos de la diáspora, sino el vocablo hellenes, es decir, griegos. Finalmente, al conocer estos resultados, la Iglesia de Jerusalén les envió desde allí a Bernabé.

Antioquia, Centro del Cristianismo.

La ciudad de Antioquía de Siria — para distinguirla de otras que llevaban el mismo nombre — había sido fundada por Seleuco Nicator, hacia el año 300 a. de C. Estaba situada a 30 kilómetros de la costa, en las riberas del río Orontes. Y llegó a ser con los años un nudo de comunicaciones para el comercio entre Oriente y Occidente.

Favorecida con privilegios por los reyes seléucidas, atrajo a una creciente población, de suerte que en esta época que estamos estudiando era la tercera ciudad del mundo grecorromano, que sólo cedía en importancia a Roma y Alejandría. Sus habitantes llegarían probablemente a medio millón, y era la capital de la provincia romana imperial llamada Asia. Esta palabra no designaba como hoy un continente, sino que se aplicaba tan sólo a una provincia romana que ocupaba ciertos territorios del Asia occidental.

Antioquía era sede del legado del emperador, autoridad máxima en aquella provincia, con atribuciones militares, y que disponía de un fuerte contingente de tropas para defender las fronteras del Imperio contra uno de los enemigos más constantes de Roma que fueron los partos. Este era un pueblo que habitaba en lo que hoy es el Irán, muy famoso por su destreza en combatir a caballo.

Antioquía era también un emporio comercial y un sitio de placer, que se había hecho famoso por sus espectáculos y orgías en el bosque consagrado a Dafne.

La ciudad estaba rodeada por una muralla defendida por trescientas torres y era el bastión tan ancho que sobre él podía correr una cuadriga. La urbanización estaba planificada sobre dos grandes vías perpendiculares de varios kilómetros de longitud, flanqueadas de columnas y estatuas y alumbradas de noche con teas, lo que constituía un espectáculo inusitado en la Antigüedad.

"Llegó la noticia de esto a la Iglesia de Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquía. Y al llegar y ver la generosidad de Dios, se alegró mucho y exhortó a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño. Como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor. Entonces Bernabé salió para Tarso en busca de Saulo; lo encontró y se lo llevó a Antioquía" (Hech 11:22-25).

La decisión de Bernabé de llevarse a Pablo, como compañero de predicación, fue una de las más acertadas e importantes para la difusión del evangelio. Ya que Pablo, a requerimiento de su amigo, le acompañó a Antioquía y estuvo trabajando con él durante un año en aquella ciudad. Y después hizo de ella el centro de salida y retorno de sus viajes apostólicos, que dilataron la fe por todo el mundo helenístico.

El Nombre de "Cristianos."

Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos "cristianos" (Hech 11:26). Casi incidentalmente nos enteramos aquí del origen de este nombre, que tuvo procedencia externa. Es decir, que fueron los no cristianos quienes comenzaron a usarlo, y entre ellos precisamente los paganos; no los judíos, para quienes llamar a los seguidores de la nueva secta con el nombre de Cristo o del Mesías hubiera sido injurioso para su fe en el Mesías, ya que ellos negaron expresamente que Jesús lo fuese.

Anteriormente, los cristianos entre sí habían utilizado otras denominaciones como la de "santos," "hermanos," "discípulos," "elegidos" y aun "nazarenos," como los llamaban los judíos; pero este nombre de "cristianos" les proporciona una nueva identidad.

La formación de este apelativo estaba en consonancia con el uso contemporáneo de otros nombres colectivos para designar a los seguidores o partidarios de un jefe, como eran los cesarianos, los pompeyanos, los octavianos o los herodianos, que son nombres que se encuentran en documentos contemporáneos.

El nombre de "cristianos" sirvió como identificador en tiempos de algunas persecuciones, según afirma Tácito. Pedro, en su primera carta, exhorta a los fieles a glorificarse por los sufrimientos que puedan venirles por tal nombre (1 Pe 4:14). Dicho nombre fue algo más tarde desfigurado en "crestianos," y de igual manera Cristo en "Crestos," como escribe Suetonio. Pero estos cambios se debieron quizá a un puro fenómeno fonético llamado "itacismo," que desorientó a algunos comentaristas antiguos, induciéndoles a pensar que la denominación de cristianos se derivaba del adjetivo griego Jrestos, que quiere decir "bueno y decente." Pero históricamente no es así.

Los Profetas del Nuevo Testamento.

"Por aquel entonces bajaban a Antioquía unos profetas de Jerusalén. Uno de ellos, llamado Agabo, movido por el Espíritu, se puso en pie y anunció que iba a haber una gran hambre en todo el mundo.

Los discípulos de Antioquía acordaron enviar un subsidio, según los recursos de cada uno, a los hermanos que vivían en Judea. Y así lo hicieron, enviándolo a los presbíteros de Jerusalén por medio de Bernabé y Saulo" (Hech 11:27-30).

En el texto que acabamos de leer se cita la existencia de un profeta en la Iglesia primitiva. Y tal vez sea la vez primera en que se nombra a uno de ellos, desde que en los evangelios Jesús mencionó a los antiguos profetas de Israel y aplicó la misma denominación a Juan Bautista, "profeta y más que profeta." En el Libro de los Hechos, y también en las Cartas de los Apóstoles, se menciona a este grupo de los profetas y a dos de ellos por su nombre, que fueron Barsabas y Silas.

El principal ministerio de estos profetas consistía en la predicación y en la enseñanza de la doctrina con una especial inspiración del Espíritu Santo, y se habla de ellos en su doble papel de consolar a los hermanos y de instruirlos en la fe. San Pablo, en su Carta primera a los Corintios (1 Cor 12:28), enumera este carisma de la profecía entre otros, colocando a los "predicadores inspirados" inmediatamente después de los apóstoles y antes de los doctores, y afirma que es un don del Espíritu Santo, superior al carisma de "hablar en lenguas o glosolalia," pero que conviene ejercer con moderación, para lo cual da algunas instrucciones que más adelante comentaremos.

En cuanto a Agabo, nombre de etimología dudosa, se trata de un profeta de Jerusalén a quien más adelante se volverá a mencionar cuando San Pablo se encuentre en Cesárea (cf. c.XXVIII).

Al narrar esta profecía de Agabo, algunos códices, donde se conserva la versión llamada "occidental" de los Hechos, añaden que esto sucedió "mientras estábamos reunidos." Si el que esto escribe es Lucas, este plural indicaría su presencia entre los que se encontraban allí en Antioquía en el momento de profetizar Agabo, y constituiría por eso la primera cita de los fragmentos llamados "nosotros," de los que oportunamente trataremos.

El hambre que predice Agabo asoló la tierra de Judea, hasta el punto de que Helena, reina de Adiabene (una comarca situada en el territorio de la antigua Asiría), que conocemos se hallaba en Jerusalén, hizo venir higos y trigo desde Chipre y Egipto. Lucas habla de un hambre que se extendió por "toda la tierra," expresión que puede significar el orbe romano, pero que también admite límites más modestos. Este hambre más universal tuvo lugar bajo el reinado de Claudio, cuarto emperador romano, proclamado en enero del 41. Y los historiadores romanos Suetonio, Tácito y Dión Casio mencionan también estas catástrofes.

Como remedio, y mejor aún como muestra de solidaridad, los cristianos de Antioquía hicieron una colecta, que enviaron a Jerusalén, por medio de Saulo y Bernabé, para ser entregada a los presbíteros, a quienes se nombra aquí por vez primera. Se trata de unos cristianos, cuya etimología significa "ancianos," aunque no necesariamente lo fuesen en edad, y que formaban un grupo nombrado por los apóstoles y colocado al frente de las comunidades o Iglesias locales, donde ejercían un cierto mando y responsabilidad.

Al hablar de ellos en Jerusalén, y no mencionar a los apóstoles, que eran los jefes natos de la comunidad, parece indicar que por alguna razón los apóstoles no se hallaban entonces en la ciudad.

 

Prisión de Pedro.

El capítulo 12 del Libro de los Hechos se abre con una fórmula intemporal, típica de Lucas, que no indica concretamente sucesión inmediata con lo anteriormente escrito, ya que dice "por aquel tiempo, por aquel entonces," el rey Herodes echó mano a algunos miembros de la Iglesia. Mas aunque no se establezca dicha relación, probablemente se indica una simultaneidad con lo que se tiene dicho sobre la predicación de Saulo y Bernabé en Antioquía.

¿A qué rey Herodes se refiere?

Hay varios con este nombre, relacionados con la historia de la primitiva Iglesia, que fue contemporánea de algunos miembros de la dinastía herodiana.

El que aquí se menciona es Herodes Agripa, hijo de Aristóbulo y nieto de Herodes el Grande, que era el monarca que reinaba en el momento del nacimiento de Jesús y el que intentó matarlo cuando niño.

Tampoco hay que confundir a este Herodes con el que intervino en la pasión del Señor, que fue Herodes Antipas, y que no era rey de todo el territorio de Palestina, sino tan sólo tetrarca de las regiones de Galilea y de Perca. El rey Herodes de quien aquí tratamos fue exactamente Herodes Agripa I, en quien Herodes es el nombre dinástico mientras que Agripa es tan sólo un cognomen, que, según Plinio, significa "el que nace con los pies para afuera."

Como la mayoría de los príncipes de esta familia, Agripa fue educado en Roma, donde participó en las intrigas de la corte imperial, siendo encarcelado por Tiberio y favorecido por Calígula, que le regaló una cadena de oro, semejante a la de hierro que había llevado en la prisión; cadena que Herodes posteriormente hizo colocar como un exvoto en el Templo de Jerusalén.

Agripa consiguió de Calígula que le nombrase rey de Iturea y Traconítide, y asimismo que le traspasase los territorios que antes había gobernado Herodes Antipas, caído en desgracia, y finalmente la provincia de Judea, con lo que Agripa llegó a ser rey de todo el territorio de Israel, como lo había sido su abuelo Herodes el Grande.

Agripa I siguió en parte el programa de construcciones de su antecesor, y entre ellas comenzó el tercer muro de Jerusalén. Procuró tener contentas a las clases sacerdotales dirigentes. Y una de las medidas para lograrlo fue perseguir a la nueva secta de los cristianos, con quien ya se habían tenido algunos enfrentamientos desde la muerte de Esteban. El primero de los perseguidos fue Santiago el Mayor, el hermano de Juan. Y así lo dice escuetamente Lucas.

"Por aquel tiempo, el rey Herodes, con la peor intención, echó mano a algunos miembros de la Iglesia e hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan" (Hech 12:1-2).

No se puede narrar en menos palabras la suerte del primero de los apóstoles que sufrió el martirio. Sorprende la diferencia entre esta sobriedad y los detalles abundantes que Lucas nos transmitió sobre la muerte y martirio del diácono Esteban. Pero este mismo hecho es una prueba de la credibilidad de nuestro historiador, que se atiene a las fuentes que posee, que en este caso eran bien escasas.

El martirio de Santiago el Mayor nos consta también por fuentes extrabíblicas, ya que lo recoge Clemente Alejandrino, que es un escritor cristiano del siglo II.

Este martirio, que sucedió en el año 42, deja poco espacio para el viaje evangelizador de Santiago a España, que ha sido recogido en otras fuentes y tradiciones, y que está íntimamente relacionado con su presencia en el Pilar de Zaragoza. Añadamos aquí, para precisar estos datos, que la presencia de Santiago el Mayor en España tiene que ser distinguida y es independiente del hallazgo de su cuerpo, que fue trasladado allá (cf. c.XXXIV).

La condenación y muerte de Santiago por orden de Agripa, y precisamente por la espada, se hallaba dentro de la jurisdicción del rey, ya que éste poseía todos los poderes que Roma antes se había reservado. Nada se dice de un proceso ni de una comparecencia ante el Sanedrín. Y el género de muerte por la espada más bien sugiere una acusación de tipo político, algo así como "sedición del pueblo," ya que un simple pecado de blasfemia por haber predicado a Jesús como Hijo de Dios le hubiese llevado probablemente a ser lapidado, como en el caso de Esteban.

La ejecución de Santiago resultó acepta a los judíos, que quizá entonces fueron no únicamente los sanedritas, sino también parte del pueblo. Y por ese motivo, Herodes, tan deseoso siempre de popularidad, hizo prender a Pedro.

"Viendo Herodes que la muerte de Santiago agradaba a los judíos, procedió a detener también a Pedro. Era la semana de Pascua. Mandó prenderlo y meterlo en la cárcel, encargando de su custodia a cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno. Tenía intención de hacerlo comparecer en público, pasadas las fiestas de la Pascua. Ahora bien, mientras custodiaban a Pedro en la cárcel, la Iglesia rezaba a Dios por él insistentemente" (Hech 12:3-5).

Los presos en estos calabozos de la Torre Antonia eran guardados severamente, ya que estaban atados por cadenas a dos soldados, mientras que otros dos montaban la guardia fuera de la puerta del calabozo. La noche se dividía, según el cómputo romano, en cuatro partes o vigilias de tres horas cada una, en las que se relevaba la guardia formada por cuatro soldados, que los Hechos nombra con el término técnico de tetradium. La detención de Pedro, llevada a cabo durante las fiestas de Pascua, en los días de los ácimos, proporcionaba al suceso una publicidad pretendida por Herodes y a la vez mostraba su respeto a la ley judía, difiriendo para después de la Pascua la ejecución del detenido.

"La noche antes de que lo sacara Herodes — para ser condenado — estaba Pedro durmiendo entre los soldados, atado con dos cadenas, mientras centinelas hacían la guardia a la puerta de la cárcel. En esto se presentó el ángel del Señor y se iluminó la celda. Dándole unas palmadas en el costado, despertó a Pedro y le dijo: — Date prisa, levántate.

Se le cayeron las cadenas de las manos y el ángel añadió: —Ponte el cinturón y las sandalias.

Obedeció y el ángel le dijo: — Échate la capa y sigúeme.

Pedro obedeció, sin saber si lo que hacía el ángel era real, pues aquello le parecía una visión. Atravesaron la primera y la segunda guardia y llegaron al portón de hierro, que daba a la calle, que se abrió solo. Salieron, y al final de la calle, de pronto, lo dejó el ángel. Pedro recapacitó y dijo: — Pues era verdad, el Señor ha enviado su ángel para liberarme de las manos de Herodes y de toda esa expectación del pueblo judío" (Hech 12:6-11).

La Cárcel de Pedro en la Antonia.

La cárcel donde Pedro fue encerrado estaba situada en la fortaleza Antonia, que en aquellos tiempos era el cuartel de la guarnición romana, encargada del mantenimiento del orden en el Templo de Jerusalén. Aunque en el Nuevo Testamento no se la designa con este nombre, así se la conocía desde que Herodes le cambió el primitivo de Barts por el de Torre Antonia en honor del triunviro Marco Antonio.

Había sido construida por Juan Hircano, uno de los monarcas de la dinastía macabea. Y era también el palacio de los príncipes asmoneos. Su estructura era la de un cuadrilátero flanqueado por cuatro torres, y se alzaba sobre un promontorio rocoso, llamado gabbata en hebreo; su torre principal, la situada en el nordeste, de 36 metros, dominaba todo el recinto del Templo. En el centro de la fortaleza había un gran patio — que en el Evangelio de San Juan se llama Utbostrotos — con un pavimento enlosado, con estrías para las pezuñas de los caballos y canalones que recogían el agua de lluvia que vertían a una cisterna subterránea.

En el asedio de Jerusalén por las legiones de Tito, la fortaleza y sus torres fueron enteramente arrasadas, y los bloques caídos ocultaron, y a la vez preservaron, el emplazamiento de aquel palacio-fortaleza. Allí, en un lugar que no ha podido ser identificado, estaban los calabozos en los que fue encerrado Pedro.

El relato minucioso tiene el sello original de Pedro, y probablemente a través de Marcos, llegó a Lucas, quien nos lo transmitió con toda viveza.

Sorprende esta serenidad de Pedro durmiendo la noche víspera de su presentación a juicio. Pedro dormía, como comenta San Juan Crisóstomo, "porque se había abandonado enteramente a Dios." A la voz del ángel, Pedro se levanta, y al hacerlo se le sueltan y caen sus cadenas de las muñecas o brazos por donde estaba atado. Casi dormido todavía, Pedro actúa como automáticamente, repitiendo los gestos que el ángel le ordena. Se ciñe la túnica, porque ha de marchar, y se calza las sandalias, que eran unas simples suelas atadas por correas. Así atraviesa por entre la primera guardia, que vigilaba el exterior del calabozo, y por la segunda, que estaría en el vestíbulo del edificio de la prisión, custodiando la puerta de hierro de salida exterior. Si la prisión tuvo lugar, como ya indicamos, en la Torre Antonia, sabemos que ésta tenía dos salidas, una que daba a los patios del Templo y otra hacia la ciudad, que es exactamente lo que el texto indica, garantizándonos una vez más la exactitud de la información.

Pedro, una vez libre, se dirige a casa de los suyos y precisamente a casa de María, madre de Juan Marcos, donde había numerosas personas que estaban orando en común. ¿Qué casa era ésta?

La mención de la prisión y de las cadenas de Pedro nos lleva al recuerdo de una fiesta litúrgica y de una basílica dedicada en Roma a esta conmemoración del apóstol encadenado y liberado, y que es la iglesia de San Pedro ad vincula. Esta iglesia es hoy muy visitada, por encontrarse en ella la famosa estatua de Moisés, esculpida por Miguel Ángel, que la destinaba al mausoleo del papa Julio II. En dicha iglesia se conservan unas cadenas, ya veneradas desde el siglo V, que la tradición señala como las del apóstol Pedro (cf. c.XXXVII)

Incluso la leyenda añade que estas cadenas, que eran dos y que se habían conservado separadamente, cuando se reunieron para compararlas entre sí, se unieron de suerte que ahora forman una sola cadena.

Sobre estas reliquias, y otras, conviene advertir que la devoción del pueblo de otras épocas de la Iglesia de tal manera las veneraba, que a veces incluso se hacían y fabricaban nuevas reliquias por "contacto." Es decir, que una cadena semejante que tocase los eslabones originales quedaba convertida en reliquia, y al ser llevada a otra localidad ella era considerada reliquia objeto de culto.

Pero dejando a un lado las posibles devociones legendarias, la historia de los hechos nos lleva de nuevo a Jerusalén, donde Pedro en plena noche está esperando a la puerta de la casa de María.

La Casa de Pedro en Jerusalén.

Los arqueólogos han discutido sobre su identificación y localización, y desde el siglo VI se la identificó con el cenáculo; pero no parece que sea el punto de vista de Lucas, ya que éste ha mencionado varias veces el lugar de reunión de los apóstoles sin identificarlo con la casa de María.

Tres lugares venerables relacionados con la vida de Jesús y de la primitiva Iglesia han sido objeto de encontradas hipótesis. Uno de estos es el cenáculo o habitación en que Jesús celebró con sus apóstoles la última Cena. Otro es el lugar donde los apóstoles estaban reunidos cuando Jesús resucitado se les apareció y donde posteriormente recibieron al Espíritu Santo. Finalmente, esta tercera ubicación de "la casa de María, madre de Juan Marcos," adonde Pedro llegó después de la liberación en la cárcel.

Respecto a la identidad del cenáculo con el recinto de la resurrección y del Pentecostés, nada de cierto se sabe. Parece que la localización del cenáculo se perdió durante las sucesivas destrucciones de la ciudad de Jerusalén; en tanto que, ya en el siglo u, se conservaba una Iglesia "alta" que podría ser el lugar de reunión de los apóstoles en el Pentecostés, como ya hemos referido anteriormente (c.II) En lo que se refiere a la identificación de dicho lugar con la casa de María, tampoco existen pruebas contundentes en ningún sentido. Sin embargo, si la sala del Pentecostés era conocida como el sitio de las reuniones habituales de los discípulos, no parece que Pedro, en aquella noche, hubiese ido a un lugar donde podría fácilmente ser encontrado. Por eso nos inclinamos a que la casa de María sería otra mansión, suficientemente cercana a la Torre Antonia y cuya familia y hospitalidad eran bien conocidas por Pedro. Lo cual queda indirectamente comprobado por el hecho de que al muchacho de la casa, Juan Marcos, Pedro le llamaba "hijo mío" y fue más adelante su secretario.

"Pedro fue a casa de María, la madre de Juan Marcos, donde había numerosas personas reunidas orando. Llamó a la puerta de la calle, y una muchacha, de nombre Rosa, fue a ver quién era, y al reconocer la voz de Pedro, le dio tanta alegría que en vez de abrir corrió dentro a anunciar que Pedro estaba en la puerta. Le dijeron: "Estás loca!" Ella se empeñaba en que sí, los otros decían: "Será un ángel. Pedro seguía llamando. Abrieron, y al verlo se quedaron de una pieza. Con la mano les hizo señas de que se callaran. Les contó cómo el Señor le había sacado de la cárcel y concluyó: — Avisádselo a Santiago y a los hermanos" (Hech 12:12-17).

La muchacha se llamaba Rosa, siguiendo una costumbre judía, que ya recordamos anteriormente, de poner a las chicas nombres de animales o vegetales como Tamar, la palmera; Susana, el lirio, o Edissa, el mirto.

La chica reconoce la voz familiar de Pedro, y por la sorpresa echa a correr sin abrir la puerta. El comentario de algunos de los reunidos, "no es Pedro, sino su ángel," ha sido diversamente interpretado: unos quieren ver en ello una prueba de las creencias de los judíos en los ángeles de la Guarda, mientras que otros descubren influencias iranias, provenientes de Zoroastro, según las cuales cada hombre tiene un "doble angélico" que le asemeja en la voz y en el aspecto.

"Anunciad esto a Jacobo," dice Pedro. Este Jacobo o Santiago es el llamado "hermano" o pariente del Señor, que gozaba de una gran autoridad sobre la Iglesia de Jerusalén. Pedro manda que se le comunique su liberación, aunque él personalmente no lo haga, ya que la prudencia aconsejaba alejarse cuanto antes de la cercanía de Herodes, a quien la fuga de Pedro irritó sobremanera.

"Al hacerse de día, se armó un buen alboroto entre los soldados. Preguntándose qué habría sido de Pedro, Herodes hizo pesquisas, pero no dio con él. Entonces interrogó a los guardias y mandó ejecutarlos" (Hech 12:18).

La Muerte de Herodes.

Al llegar aquí, aunque los Hechos presentan a continuación otra escena, habría que intercalar un lapso de tiempo que no está registrado en el texto de Lucas. En efecto, la muerte de Santiago el Mayor, seguida de la prisión de Pedro, tuvo lugar en el año 42, y la ida de Herodes a Cesárea, y su muerte, que se va a relatar a continuación, sucedieron a mediados del año 44.

La muerte de Herodes también ha sido narrada por Flavio Josefo, y aunque hay algunas circunstancias que discrepan entre ambos relatos, los dos coinciden en lo sustancial; y para nosotros Lucas posee la garantía de su fidelidad histórica, no influida por los oportunismos políticos de Flavio Josefo, del que nos consta que en otras ocasiones ha deformado la historia. Esta es la narración de Lucas: "Herodes bajó después de Judea a Cesárea y se quedó allí. Estaba furioso con los habitantes de Tiro y Sidón. Y se le presentó una comisión de ellos que, después de ganarse a Blasto, chambelán del rey, solicitó la paz porque recibían los víveres del territorio de Herodes.

El día señalado, Herodes, vestido con el manto real y sentado en la tribuna, les dirigió un discurso, y la plebe aclamaba: ¡Voz de Dios, no de hombre!

Pero de pronto el ángel del Señor le hirió por haber usurpado el honor de Dios y expiró roído de gusanos" (Hech 12:19-23).

Ya indicamos anteriormente que la ciudad de Cesárea Marítima, reconstruida y ampliada magníficamente por Herodes el Grande, fue la sede del gobernador romano como también ahora lo era de Herodes, que desempeñaba la suprema magistratura. Allí se celebraban unos juegos en honor del César reinante, que era Claudio, y que tradicionalmente tenía lugar cada cuatro años; y, quizá con ocasión de estos juegos, Herodes recibió la embajada de los tirios y sidonios. Estos necesitaban estar en paz con el rey porque se abastecían en su territorio judío de los víveres necesarios; aunque quizá por otra parte habían entrado en conflicto, debido a que le hacían la competencia comercial al puerto herodiano de Cesárea. En todo caso, mientras el rey recibía a esta embajada con el atuendo y esplendor del protocolo, fue herido de una enfermedad, que Lucas presenta como un castigo de Dios por su persecución a la Iglesia y por sus pretensiones blasfematorias.

La causa de su muerte, "roído de gusanos," y no olvidemos que Lucas era médico, es lo que científicamente se llama la "helmintiasis." El mismo género de muerte que afectó a Antíoco Epífanes y a Herodes el Grande.

Así pereció este primer perseguidor de la Iglesia, que, según parece, no tanto intentaba una persecución general contra la base, como diríamos hoy, cuanto una desarticulación del movimiento privándolo de sus cabezas, de las que una, Santiago, pereció y la otra, Pedro, se salvó milagrosamente.

Vida Posterior de Pedro.

¿Qué fue entonces de Pedro? Los Hechos sólo nos informan de que "se fue a otro lugar y que las pesquisas de Herodes no lograron encontrarle."

Sucedía esto hacia el año 42. Y San Pedro no vuelve a ser mencionado en los Hechos hasta el Concilio de Jerusalén, que tuvo lugar en el otoño del año 49. Esto nos deja un intervalo de casi siete años, que ha sido ocupado por diversas hipótesis de los historiadores, que se orientan principalmente hacia dos puntos: Antioquía de Siria y Roma.

La estancia de Pedro en Antioquía la conocemos no por él mismo, sino por San Pablo, que nos habla de ella en su Carta a los Galatas (2:11); pero allí trata de una visita que hizo Pedro a Antioquía, después del Concilio de Jerusalén. Ello deja abierta la posibilidad de que anteriormente también hubiese visitado Antioquía y permanecido en ella por algún tiempo, ya que había una numerosa comunidad cristiana y también una más numerosa comunidad judía que hablaba el arameo y que podría ofrecer a Pedro un prometedor campo de apostolado.

Orígenes, seguido de San Jerónimo, es el primero que afirma que Pedro fue el primer obispo de Antioquía. Y aunque no parece que posea pruebas convincentes, su afirmación ha sido repetida y conservada por la tradición, hasta convertirse en la fiesta litúrgica de la "Cátedra de Pedro en Antioquía," que se conserva en el calendario romano el 22 de febrero.

Respecto a la estancia en Roma, es indudable que Pedro estuvo allí y que fue martirizado y sepultado en la Urbe, y sobre ello trataremos en su momento oportuno (c.XXXVII) La cuestión aquí y ahora es saber si en estos años blancos de que venimos hablando Pedro hizo un primer viaje a Roma.

Eusebio de Cesárea y Orosio afirman que Pedro hizo un viaje a Roma en los comienzos del reinado de Claudio. Este es el testimonio de Eusebio: "Al comienzo mismo del reinado de Claudio, la Providencia divina, en su gran bondad y en su amor inmenso por los hombres, llevó de la mano a la ciudad de Roma a Pedro, el valeroso y gran apóstol que superaba a los otros con su virtud. Como un valiente capitán de los ejércitos de Dios, llegaba provisto de armas celestiales y traía de Oriente para los hombres de Occidente la preciosa mercancía de la luz espiritual."

Si esto es verdad, Pedro echó los fundamentos de la comunidad cristiana en Roma, ya que en la Urbe existían bastantes cristianos antes de que Pablo llegase, como lo prueba abundantemente su Carta a los Romanos. Pero en todo caso la estancia de Pedro en Roma no fue muy larga, ya que lo encontraremos de nuevo en el Concilio de Jerusalén.

Toda esta narración sobre Pedro termina con una frase de cierre, que habría que enlazar con el viaje que Pablo y Bernabé hicieron a Jerusalén para repartir las limosnas con ocasión del hambre que allí se padecía (Hech 11:29-30) y que ya hemos narrado en el capítulo anterior. Por tanto, hay que dar un salto cronológico entre los dos últimos versículos del capítulo 12.

En este retorno de Jerusalén a Antioquía acompañaba a Pablo y Bernabé otro cristiano de Jerusalén, llamado Juan Marcos, en quien todos los comentaristas reconocen al evangelista Marcos. Nacido en Jerusalén, conocedor de la catequesis primitiva y capaz también de escribir en griego, llegará a ser un compañero de apostolado y un secretario de Pedro, del que nos transmitirá sus memorias. Ya que, como dejó consignado el escritor Papías: "La preocupación principal de Marcos era no omitir nada de lo que había oído de Pedro ni decir nada que fuera falso."

A Juan Marcos le volveremos a encontrar en nuestro comentario de los Hechos (c.XVIII)

 

Primer Viaje de Pablo: de Chipre a Panfilia.

El comienzo del capítulo 12 de los Hechos trae en algunas ediciones un título intermedio: "Los Hechos de Pablo," que abarca desde este capítulo hasta el 28 o final de la obra. Título plenamente justificado, porque Pablo, a partir de este momento, es el protagonista de la narración.

Este relato nos lleva a Antioquía de Siria, que desde ahora va a ser el centro difusor del mensaje cristiano por todo el mundo helenista. Ya hemos descrito esta ciudad y los orígenes del cristianismo en ella (c.XII); y ahora sabemos por Lucas que al frente de la comunidad cristiana se encontraron profetas y maestros o doctores. Unos y otros tenían la misión muy semejante de predicar la Buena Nueva. Pero los profetas lo hacían bajo una inspiración carismática muy particular del Espíritu Santo. San Lucas nos ha recogido los nombres de cinco de estos miembros importantes de la Iglesia antioquena.

El primer de ellos es Bernabé, a quien ya conocemos, y que figura en cabeza por su condición de delegado de la Iglesia de Jerusalén. Pablo, por el contrario, cierra la lista de los nombrados, acaso porque había sido el último en agregarse a la nueva fe. Los otros tres eran Simeón, apodado Niger, que podríamos traducir por "el Moreno": se trata de un cogno-men romano que podría designar la oscuridad de la piel, sin que esto quiera decir que se trataba de una persona de la raza negra.

Lucio el Cireneo no ha podido ser identificado, aunque algunos han pretendido que era el propio evangelista Lucas, y si bien ello es posible, porque el nombre de Lucas podría derivarse de Lucius, sin embargo nos consta por otras fuentes fidedignas que Lucas era natural de Antioquía.

Finalmente se menciona a Manahen, que es un nombre hebreo que significa "consolador," y de él se afirma que fue syntrofos del tetrarca Herodes Antipas, y dicha palabra puede significar bien que era hermano de leche, es decir, hijo de la nodriza de Herodes, o quizá mejor que había sido educado como compañero de infancia del tetrarca, según una costumbre muy admitida de rodear a los príncipes de niños y adolescentes de su edad. Manahen debió de ser conocido personalmente por Lucas, y algunos opinan que el evangelista supo por él algunas informaciones que su evangelio ofrece en exclusiva sobre la muerte de Juan Bautista, degollado por orden de Antipas.

"En la comunidad de Antioquía eran profetas y doctores Bernabé, Simeón apodado el Moreno, Lucio el Cireneo, Manahen, que se había criado con el tetrarca Herodes, y Saulo.

Un día en que éstos tenían una reunión litúrgica con ayuno, dijo el Espíritu Santo: -Apartadme a Bernabé y Saulo para la tarea a la que los he llamado.

Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron" (Hech 13:1-2).

¿Qué clase de reunión era esta que se tenía en la Iglesia de Antioquía? El texto usa el verbo griego litourgéin, desconocido del griego clásico, pero usado en la Biblia de los LXX, siempre con el sentido de una celebración sacra. Y en este caso, por tratarse de los cristianos, la liturgia podría incluir la celebración de la Cena eucarística que centraba la vida religiosa de la comunidad. La misma expresión usa el antiquísimo documento llamado Didajé, o Doctrina de los Apóstoles, donde también se cita a los profetas y doctores.

El ayuno asimismo era practicado por los antiguos cristianos como una continuación de la piedad judía. Y la citada Didajé asegura que se ayunaba los miércoles y viernes, que son fechas que los Santos Padres han relacionado con el día de la traición de Judas y el de la muerte del Señor; aunque propiamente no sabemos si estos datos de la Didajé ya estaban vigentes en la época que reseñamos.

La imposición de manos no es ningún rito de ordenación, aunque algunos hayan supuesto que significaba la ordenación episcopal. Pero es muy poco probable que Bernabé, que era la persona más importante de la Iglesia de Antioquía, no poseyese ya la plenitud de su ministerio. Y en cuanto a Pablo, no necesitaba ninguna ordenación porque había sido elegido apóstol por el mismo Jesús, como él lo afirmó repetidas veces. Por tanto, la imposición de manos fue más bien un rito de bendición, muy usado ya en aquellos tiempos.

Predicación en Chipre.

La misión del Espíritu y la de la Iglesia llevan a nuestros dos misioneros, a quienes acompaña Juan Marcos, a la isla de Chipre. Vamos a seguirles.

Sería el año 45 de nuestra era, y probablemente el comienzo de la primavera en el que se solía emprender la navegación, cuando Saulo y sus dos compañeros bajaron desde la ciudad de Antioquía a Seleucia, que era su puerto marítimo, situado en la desembocadura del río Orontes a, unos 30 kilómetros de la capital. Y embarcándose allí, se hicieron a la vela rumbo a Chipre, que estaba a un centenar de kilómetros de la costa.

La Isla de Chipre.

La isla de Chipre está situada en el extremo oriental del Mediterráneo y tiene una extensión de 9.950 kilómetros cuadrados, es decir, 2.000 más que todo el archipiélago canario. En la Antigüedad, la isla fue muy celebrada por sus cultivos de vides, olivos y cereales y también por sus minas de cobre, que dieron nombre a la isla de Kupros o del Cobre, aunque otros afirman que tal nombre proviene de la abundancia de sus cipreses.

La isla fue colonizada y conquistada sucesivamente por las potencias colindantes, hasta que pasó a ser posesión romana. Los judíos establecieron allí una numerosa colonia con varias sinagogas. Y Dión Casio nos informa de que, en la revuelta, los judíos masacraron a 240.000 habitantes de la isla, que es una cifra evidentemente exagerada.

Nuestros misioneros arribaron al puerto más oriental de la isla, que era Salamina, hoy cegado por las arenas, pero que entonces era capaz de contener una flota de 40 trirremes, según asegura Diodoro Sículo.

En Salamina inaguraron una práctica, que después repetirían, de ofrecer primeramente la predicación de la Buena Nueva a los creyentes y prosélitos judíos. Y así atravesaron toda la isla de Oriente a Occidente, recorriendo los 150 kilómetros de distancia. Y como hubieron de detenerse en los pueblos, que eran unos quince, probablemente tardarían unos tres meses hasta que llegaron a Pafos.

Pafos, situada en el extremo occidental de la isla, era a la sazón la sede del gobernador romano, cargo que había desempeñado el famoso escritor latino Cicerón. Propiamente, la ciudad se llamaba la Nueva Pafos, ya que la antigua, a 15 kilómetros más al sur, había sido abandonada por causa de un terremoto.

El Procónsul Sergio y el Mago Elimas.

"Atravesaron la isla hasta Pafos y encontraron allí a un mago judío, profeta falso, llamado Bar Jesús, que vivía con el procónsul Sergio Paulo, hombre juicioso. El procónsul mandó llamar a Bernabé y Saulo con deseo de escuchar el mensaje de Dios; pero Elimas, o el mago (que eso significa), les hizo la contra, intentado disuadir de la fe al procónsul" (Hech 13:6-8).

Mago, que es una denominación persa, al principio designaba a los sacerdotes de la religión de Zoroastro, mas después se aplicó a los charlatanes y falsarios que pululaban por aquellas regiones. Y en concreto, Plinio el Viejo recuerda la existencia de una secta de magos chipriotas. Sin embargo, en este caso, el hecho de que el procónsul le prestase su favor y atención parece indicar que Elimas no era un vulgar charlatán, sino una persona versada en las doctrinas esotéricas de Egipto, Babilonia y Persia, que es otro de los significados de dicha palabra.

Lucas llama en esta ocasión a Sergio Paulo "procónsul." Y en esto pisa terreno firme, con su probada exactitud histórica. Porque se llamaban "procónsules" los magistrados romanos que gobernaban las provincias senatoriales, mientras que los "propretores" estaban al frente de las provincias imperiales. Ahora bien, Chipre había cambiado de condición administrativa y precisamente en el tiempo al que se refiere Lucas era provincia senatorial, y por ello su gobernador correctamente se llama "procónsul."

Se ha pretendido encontrar una confirmación epigráfica de la existencia de este procónsul Sergio Paulo, y, aunque algunas atribuciones son dudosas, el especialista Ramsay opina que una inscripción descubierta en Antioquía de Pisidia en 1912 contiene una cita que se refiere al procónsul de Chipre, Sergio Paulo.

No es extraño que Pablo chocase frontalmente contra el mago Bar Jesús, que impedía la predicación del evangelio y que trataba de disuadir al procónsul.

"Entonces Saulo, o sea Pablo, lleno del Espíritu Santo, mirando fijamente al mago Elimas, le dijo: — Tú, plagado de trampas y de fraudes, secuaz del diablo, enemigo de todo lo bueno, ¿cuándo dejarás de torcer los caminos derechos de Dios? Pues ahora mismo va a descargar sobre ti la mano del Señor, te quedarás ciego y no verás la luz del sol hasta su momento.

Al instante le envolvieron unas densas tinieblas y buscaba a tientas alguien que lo llevara de la mano. Entonces, al ver aquello, creyó el procónsul, que estaba impresionado por la doctrina del Señor" (Hech 13:9-12).

A partir de esta ocasión, Saulo va a ser llamado Pablo por nuestro historiador Lucas. Y la razón de este cambio de nombre ha sido objeto de varias hipótesis. Acaso la más congruente sea que Pablo, a partir de este momento, comienza a predicar más en el mundo grecorromano, no a sus correligionarios judíos, sino a oyentes grecorromanos y paganos, ante quienes prefiere utilizar el nombre latino que le correspondía como ciudadano romano. Es posible además que no quisiese utilizar el nombre de Saulo o Saúl porque la transcripción griega de este nombre sonaba con un sentido un tanto ridículo a los oídos helenistas.

Aunque nada se dice de que el procónsul se bautizase, de hecho la expresión "el procónsul creyó" podría bien incluir el bautismo. Nada sabemos después de este magistrado; aunque una leyenda antigua que se reflejó en el martirologio romano, pero sin fundamento histórico, identifica al procónsul con un Pablo obispo, nombrado por el apóstol Pablo para la sede de Narbona en Francia.

Hacia Perge de Panfilia.

De nuevo Pablo, a quien ahora se cita en primer lugar, con sus dos compañeros, se hace a la vela en Pafos y toma rumbo norte hacia Panfilia. Fue en este momento cuando Juan Marcos los dejó y se volvió a Jerusalén. Quizá el joven acompañante se asustó ante el dinamismo de Pablo, que se proponía ahora dirigirse hacia el Norte y atravesar la temible cordillera del Tauro. O tal vez esto no había entrado en el programa inicial de la evangelización en Chipre. En todo caso, Juan Marcos se separó de su tío Bernabé y del apóstol Pablo, a quien parece disgustó la actitud vacilante del joven; aunque más adelante lo veremos de nuevo enteramente reconciliado con él.

Debía de ser el otoño del 45 cuando Pablo y Bernabé se embarcaron en Pafos, rumbo norte hacia la costa de Panfilia, donde al cabo de un par de días desembarcaron, probablemente en el puerto de Atalía, que hoy se llama Adalia, desde donde por barca, remontando el río Cestro, llegaron a Perge.

La región de Panfilia, como parece sugerir su nombre, pan filón (todas las razas), estaba poblada por una mezcla variada de pueblos, y su territorio consistía en una banda costera de unos 35 kilómetros de ancho por 130 de largo, cerrada por el norte por la cadena montañosa del Tauro. Estas montañas impiden que baje sobre la llanura el aire frío del norte, por lo que las tierras son calientes y en parte pantanosas, insalubres y expuestas a la malaria. Algunos suponen que la brevedad de la estancia de Pablo en estas regiones se debió probablemente a la insalubridad del clima.

Perge era la capital de la región y distaba unos doce kilómetros de la costa. Era también el centro del culto de la diosa Artemisa, muy extendido por toda el Asia Menor, y que es la misma a quien los romanos llamaban Diana. Y a ella se le había erigido un templo del que hoy sólo restan las ruinas.

Los dos amigos, Pablo y Bernabé, ya sin la compañía de Juan Marcos, emprendieron la penosa empresa de cruzar la cadena del Tauro a través de los desfiladeros frigios, donde los cambios de temperaturas son repentinos y sobre los que a veces se abaten violentas tempestades de nieve. Para colmo de males, los pasos estaban infestados de bandoleros que asaltaban y mataban a los caminantes, hasta el punto de que los romanos establecieron allí un destacamento militar para protegerlos.

Quizá refiriéndose a estas peligrosas travesías, Pablo escribiría más adelante a los Corintios: "Les gano a fatigas. ¡Cuántos viajes a pie con peligros de ríos, con peligros de bandoleros!" (2 Cor 11:23-26).

Después de tres días de camino cuesta arriba, siguiendo el curso del río Cestro, descendieron hacia la meseta de Pisidia, atravesando bosques de cedros y pinos, entre los que se abrían praderas campestres con ovejas, cabras y algunas peligrosas manadas de búfalos. Finalmente, al cuarto día, divisaron el extenso valle donde se encontraba Antioquía de Pisidía, a una altura de 1.200 metros, al borde de un maravilloso lago alpino de unos 750 kilómetros cuadrados de extensión, y al pie del imponente macizo de Sultán Dagh, que era un volcán extinguido. Allí entraremos en nuestro próximo capítulo.

 

Primer Viaje: Antioquia de Pisidia.

Estamos acompañando a Pablo en su primer viaje apostólico, que ha tenido su punto de partida en Antioquía de Siria (que no hay que confundir con Antioquía de Pisidia, ya que había varias ciudades con ese mismo nombre) En este viaje, después de una estancia en Chipre, Pablo se embarcó rumbo norte hacia la costa meridional de Asia Menor en la región llamada Panfilia, cuya capital, Perge, visitó brevemente para proseguir hacia el norte a la región de Pisidia.

El Pueblo De Los Galatas

Los gálatas, a quienes los griegos llaman kéltoi, son el mismo pueblo al que nosotros llamamos "celtas," y de quienes Julio César escribió en un conocido texto de sus Guerras de las Galias: "Una de las tres partes de la Galia está habitada por aquellos que en su propia lengua se llaman "celtas." y en la nuestra se llaman "galos." Es decir, se trata de un pueblo de raza germánica, que habitaba a las orillas del Rin, algunas de cuyas peregrinaciones le llevaron a los extremos occidentales de Europa, donde todavía quedan restos de la toponimia en la Bretaña Francesa, Irlanda y en la Galicia de España."

Otros grupos, en cambio, emigraron hacia Oriente, atravesando las regiones balcánicas, donde todavía hoy se conserva una Galitzia, y llegaron finalmente al Asia Menor, al sur del Mar Negro. Allí se establecieron en aquella región que se llamó Galacia, y constituyeron después la provincia romana del mismo nombre, cuya capital era Ancira, que es hoy Ankara, capital de Turquía.

En la época de San Pablo pertenecían a Galacia algunas de las ciudades que él evangelizó en su primer viaje. Pero posteriormente Diocleciano desmembró de dicha provincia la parte meridional, con lo que el nombre de Galacia se aplicó después solamente a la región norte. De tal manera estos galos asiáticos, por su lengua y cultura, conservaban una personalidad distinta en medio de otros habitantes frigios y griegos, que a esta parte se la llamó Galo-Grecia, o Greco-Galia. Y muchos años después San Jerónimo, en el siglo IV de nuestra era, testimoniaba que en estas partes se hablaba una lengua muy parecida a la de Tréveris de Francia.

Pisidia, en la época de nuestra historia, formaba parte de un abigarrado conjunto de pueblos, agrupados administrativamente por los romanos en la provincia de "Galacia," que también comprendía la parte oriental de Frigia y Licaonia. Esta Galacia era una provincia imperial gobernada por un pro-pretor con atribuciones militares. Galacia se denominaba así por estar habitada por unos galos asiáticos, llamados gálatas.

En esta región de Galacia, y al borde del lago que hemos mencionado, se levantaba la ciudad de Antioquía, que era una de las muchas que tenían este nombre toponímico, derivado de "Antíoco," que significa "el que se mantiene enfrente, que prevalece," por tanto, "el vencedor," que fue título aplicado a muchos reyes de la dinastía de los seléucidas.

Antioquía, en el momento en que a ella llega Pablo, era una colonia romana con derecho itálico, poblada por veteranos, pero también habitada por muchos judíos por razón de una floreciente industria de curtidos y por los privilegios concedidos por Julio César, a la vez deudor y protector de los hebreos, y cuyo asesinato ellos tanto lamentaron. Finalmente, en dicha ciudad había paganos de varias razas y religiones, entre los cuales florecía el culto a una divinidad astral, que era el doble masculino de la luna, que ellos llamaban Men y los romanos Lunus.

Predicación de Pablo en la Sinagoga.

En este ambiente, tan diverso en la línea humana y cultural, nuestros predicadores Pablo y Bernabé escogieron para estreno de su apostolado la sinagoga, que probablemente se hallaba situada a orillas del río Antio que la proveía de agua para las purificaciones.

San Lucas nos ha conservado en el Libro de los Hechos lo que podemos llamar un esquema de la predicación de San Pablo a los judíos, que sin duda se repitió en muchas sinagogas. El sermón de Pablo consta de tres partes, divididas entre sí por el apostrofe "Varones y hermanos."

"Varones y hermanos: El Dios de este pueblo Israel eligió a nuestros padres y multiplicó al pueblo cuando vivían como forasteros en Egipto. Con brazo potente los sacó de allí, los soportó unos cuarenta años en el desierto, exterminó siete naciones en el país de Canaán y les dio en posesión su territorio. Todo esto duró unos cuatrocientos cincuenta años. Luego les dio jueces hasta el tiempo del profeta Samuel. Entonces pidieron un rey y Dios les dio a Saúl, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín, que reinó cuarenta años. Lo depuso y le sucedió como rey David, de quien hizo esta alabanza: "Encontré a David, hijo de Jesé, un hombre a mi gusto que cumplirá todos mis preceptos." Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia a un Salvador para Israel, Jesús.

Antes de que llegara, Juan predicó a todo Israel un bautismo para que se arrepintieran, y cuando estaba para acabar la vida decía: ¿Quién pensáis que yo sea? No soy yo ése: mirad que detrás de mí viene uno a quien no merezco desatar las sandalias" (Hech 13:17-25).

En esta primera parte del discurso, Pablo hace un resumen de la vocación de Israel, que termina en la promesa de un salvador, que precisamente es Jesús, anunciado por Juan Bautista. En la segunda parte de este discurso, Pablo les va a hablar directamente de Jesús.

"Varones y hermanos, descendientes de Abraham, a nosotros se nos ha enviado este mensaje de salvación. Porque los habitantes de Jerusalén y sus jefes no reconocieron a Jesús, y al condenarlo cumplieron las profecías que se leen cada sábado. Aunque no encontraron nada que mereciera la muerte, le pidieron a Pílalo que lo mandara ejecutar. Y cuando cumplieron todo lo que estaba escrito sobre El, lo bajaron del madero y sepultaron. Pero Dios lo resucitó de la muerte. Durante muchos días se apareció a los que habían ido con El de Galilea a Jerusalén y ellos son hasta ahora sus testigos ante el pueblo. Y nosotros os anunciamos el cumplimiento de la promesa que fue rechazada y que Dios la ha cumplido para nuestros hijos resucitando a Jesús, según está escrito en el salmo segundo: "Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado." Y en otro lugar dice: "No permitiré que tu santo vea la corrupción." Ahora bien, David, cumplida la misión que Dios le dio para su época, murió, se lo llevaron con sus padres, y su cuerpo se corrompió. En cambio, aquel a quien Dios resucitó no se ha corrompido" (Hech 13:26-37).

Ltf tercera parte del discurso paulino contiene una exhortación a creer en Jesús, que es quien alcanza la verdadera justificación y perdón de los pecados.

"Por tanto, sabedlo bien, hermanos, se os anuncia el perdón de los pecados por medio de El y asimismo la rehabilitación de todo aquello que no conseguisteis por la Ley de Moisés, y eso lo obtendrá por su medio todo el que crea. Mirad, por tanto, y no venga sobre vosotros lo que se dijo por los profetas: "mirad lo que rechazáis y admiraos y morios de espanto, pues una obra voy a hacer yo en vuestros días, una obra que no creeréis si alguno lo anuncia" (Hech 13:38-41).

Aceptación y Rechazo de los Judíos.

Cuando salieron los judíos de la sinagoga, le rogaron a Pablo que les volviese a hablar el próximo sábado sobre estas mismas cosas. Y una vez que quedó disuelta la reunión, muchos de los judíos y de los prosélitos adoradores de Dios siguieron a Pablo y Bernabé, quienes, conversando con ellos, les persuadían a que perseverasen fieles a la gracia de Dios. El discurso de Pablo, sin duda, hizo sensación no sólo en los oyentes, sino en otros que oyeron hablar a los que habían asistido. Y, partiendo de la judería, la palabra fue de boca en boca por toda la ciudad, de suerte que al sábado siguiente se congregó una enorme muchedumbre para escuchar a Pablo.

"El sábado siguiente casi toda la ciudad acudió a oír el mensaje del Señor. Al ver el gentío, los judíos se llenaron de envidia y se oponían con insultos a las palabras de Pablo.

Entonces Pablo y Bernabé dijeron sin contemplaciones: era menester anunciaros primero a vosotros el mensaje de Dios; pero como nos rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que vamos a dedicarnos a los paganos. Así nos lo ha mandado el Señor: Yo te haré luz de las naciones, para que lleves la salvación hasta el extremo de la tierra" (Hech 13:44-47).

El momento que se nos describe en los Hechos es trascendental en la vida de Pablo y de la Iglesia. Aunque el Apóstol conocía la universidalidad del mensaje de Jesús, se trataba más bien de una universalidad de destino y de derecho; mas ahora, en Antioquía, ante el rechazo de los judíos, la universalidad se convierte en un hecho, en catolicidad, que será el término que después empleará la Iglesia para designar su destino y expansión universal.

Pablo, sin duda, conocía este destino de la fe en Cristo, tal vez por revelación personal, pero en todo caso por transmisión de los apóstoles, que así se lo habían oído enseñar al Maestro; aunque quizá él no conociese aquel episodio de la infancia de Jesús cuando el anciano Simeón, en el Templo de Jerusalén, con ocasión de la purificación de María y presentación del Niño, dijo de éste que sería "luz para revelación de las gentes y gloria para su pueblo Israel." Sin embargo, eso ya lo había anunciado Isaías; aunque sus palabras habían quedado oscurecidas y casi olvidadas a causa de la peculiar idiosincrasia del pueblo judío, que imaginaba detentar el monopolio de la revelación y del amor de Dios. Esta es la profecía de Isaías, en el capítulo 49.

"Así nos ha ordenado el Señor: "Te establezco como luz de las naciones a fin de que lleves la salvación hasta los últimos confines de la tierra" (Hech 13:47).

El efecto de la predicación de Pablo fue inmediato y letificante. Y, una vez más, Lucas se complace en registrar esta consecuencia gozosa de la fe en los nuevos creyentes.

"Cuando los paganos oyeron esto, se alegraron mucho y alababan el mensaje del Señor. Y cuantos estaban destinados a la vida eterna creyeron" (Hech 13:48).

Sin duda que Pablo, siempre atento a los caminos y puertas que le abría el Espíritu, aprovechó aquella excelente coyuntura y permaneció durante algún tiempo en Antioquía de Pisidia y por los pueblos cercanos a la metrópoli, algunos de los cuales bordeaban el lago. Hay quienes suponen que Pablo permaneció allí durante seis meses, incluso hasta un año; y, como había sido expulsado de la sinagoga, utilizaría las casas privadas como centro de enseñanza y de difusión del mensaje cristiano, e incluso formaría también a algunos maestros y catequistas que lo propagasen. Precisamente, escribiendo Pablo más adelante a los cristianos de Galacia, les recordará a estos auxiliares en el apostolado "cuando uno está instruyéndose en la fe — les escribe —, dé al catequista parte de sus bienes" (Gal 6:6).

Sin embargo, aquel estado pacífico de cosas no duró por mucho tiempo; porque los judíos, que estaban molestos por la difusión de la nueva doctrina, suscitaron un tumulto popular contra los misioneros.

"El mensaje del Señor se iba difundiendo por toda la región; pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas y adictas a los principales de la ciudad que provocasen una persecución contra Pablo y Bernabé, y los expulsaron del territorio" (Hech 13:49-50).

La existencia de grupos numerosos de mujeres, captadas por la religión judía, se ha comprobado en numerosas ciudades del mundo grecorromano. Ellas se sentían atraídas por la piedad del culto hebreo, que no aplicaba a las mujeres las exigencias legales que resultaban tan pesadas e intolerables a los varones.

Es probable que estas señoras, pertenecientes a una clase social media alta, no actuaran directamente sino, que más bien movieran a sus maridos y los incitaran a molestar a los misioneros para hacerles imposible su apostolado. La persecución debió de ser bastante violenta, puesto que Pablo, muchos años después, anciano ya y encarcelado en Roma, al escribir a su discípulo Timoteo, le recuerda las persecuciones que tuvo que sufrir por la palabra de Dios y nombra expresamente Antioquia (2 Tim 3:10).

Bernabé y Pablo, al abandonar la ciudad, se sacuden el polvo de sus pies, o, mejor aún, de sus sandalias. Se trata de un gesto que el piadoso israelita hacía cuando regresaba a Israel de vuelta de un país infiel del que no quería traerse consigo ni siquiera el polvo de sus caminos. Y Jesús lo había aconsejado así en una de las instrucciones que dio a sus discípulos sobre cómo comportarse ante el rechazo de sus oyentes (Lc 10:11).

Así, pues, Bernabé y Pablo se fueron de Antioquia de Pisidia sin querer llevarse nada de ella, aunque dejaban detrás de sí el gozo y el espíritu del evangelio, que quedaba sólidamente establecido en aquella ciudad.

Hoy nada nos queda de la floreciente comunidad de Antioquia de Pisidia ni de su ciudad. Tras el olvido y destrucción de los siglos, de nuevo en 1833 un sacerdote británico de Esmirna, llamado Arundel, descubrió las ruinas de Antioquia de Pisidia, cerca de la ciudad turca de Jalobausch, donde las excavaciones han revelado, entre otras edificaciones, un maravilloso Arco del Triunfo a la memoria del emperador Augusto, así como los cuarteles de la guarnición romana.

 

 

Primer Viaje: Iconio y Regreso a Antioquia.

La siguiente etapa de la evangelización en este primer viaje de Pablo se llama la ciudad de Iconio, perteneciente a la región de Licaonia. El nombre de esta ciudad subsiste en la actual ciudad turca de Konieh, que se halla a unos 100 kilómetros de distancia de Antioquia de Pisidia. El camino discurre a través de una llanura, seca y polvorienta en verano y cubierta de nieve en invierno, que, al fundirse, queda en parte estancada, formando un terreno pantanoso e insalubre. Al final de estas penosas jornadas, que suponen tres o cuatro días de marcha, los caminantes divisaron en el horizonte la ciudad de Iconio como un oasis de exuberante vegetación.

Los iconios estaban orgullosos de la antigüedad y belleza de su ciudad, que recientemente había sido favorecida por el emperador Claudio, quien le concedió el nombre de Claudio-conio; y a la sazón la ciudad estaba habitada por gálatas ya helenizados, por veteranos romanos y por una floreciente colonia judía.

En Iconio se repitió la predicación de los misioneros, seguida de la aceptación de la nueva doctrina por sus oyentes. Y como Iconio era un importante centro industrial de productos textiles de lana, es muy probable que Pablo encontrara allí trabajo y que permaneciera en aquel lugar durante varios meses.

Como es frecuente en hagiografía, estamos en presencia de un hecho histórico sobre el que se ha abatido la fantasía de una leyenda. Sin embargo, la existencia de una Santa Tecla, mártir de Iconio, citada por San Pablo, está bien probada por la existencia de su culto muy primitivo y bien documentado, incluido en muchos "santorales" primitivos. También a la Iglesia española llegó la fama de la santa, y en particular a Tarragona, colocada bajo el patrocinio de dicha santa. Y asimismo se conserva una pintura del Greco. Dejando a un lado historia y leyenda, la dura realidad fue que se repitió en la ciudad de Iconio el doble esquema de la aceptación gozosa y del rechazo violento, hasta el extremo tal que los apóstoles tuvieron que abandonar apresuradamente la ciudad para no ser apedreados. Sin embargo, también aquí dejaron fundada una comunidad cristiana que con el tiempo llegaría a convertirse en un floreciente patriarcado, cabeza de 14 ciudades.

La Leyenda de Pablo y Tecla.

A modo de paréntesis, más bien curioso que histórico, podríamos recordar aquí la llamada historia de Tecla, muy citada por los historiadores y Santos Padres de la Antigüedad cristiana, cuyo principal documento son las Actas de Pablo y Tecla. Aunque se trata de un documento apócrifo del cual se reía San Jerónimo, sin embargo, este mismo aceptaba que podría haber debajo de la leyenda un núcleo histórico que brevemente resumiremos aquí.

Al acercarse los misioneros a Iconio, les salió al encuentro un tal Onesíforo, en cuya modesta casa Pablo reunió a sus primeros oyentes. Mas desde una mansión próxima, donde habitaba una familia noble, una hija de esta familia, llamada Tecla, todavía muy joven, pero que ya estaba prometida en matrimonio, oía asiduamente la predicación de Pablo, y en particular lo que el Apóstol predicaba sobre la virginidad. Tecla, atraída por esta predicación, decidió renunciar a las prometidas nupcias, por lo que los familiares, airados ante esta resolución, pensaron que la joven había sido hechizada por Pablo, que así fue encarcelado por ejercer artes mágicas.

Tecla, sobornando a los porteros de su casa y a la guardia de la cárcel con algunos regalos, entró en el calabozo, donde Pablo la instruyó en la fe cristiana y donde la bautizó. Pero al ser sorprendida por sus familiares, se originó en la ciudad un tumulto tal entre partidarios y enemigos de Pablo, que esto fue causa de que los misioneros tuvieran que huir.

La persecución ha perturbado de nuevo la tarea evangelizadora de Pablo, aunque no se rompió el hilo del viaje, ya que el Apóstol cumplía a la letra el consejo que en otro tiempo diera Jesús: "Si os persiguen en una ciudad, id a otra." Y esta vez Pablo, dejando atrás el oasis de Iconio, se dirigió hacia el sur por el territorio inhóspito de Licaonia, y, atravesando por una meseta esteparia, a unos 40 kilómetros de distancia, llegó a la pequeña ciudad de Listra, cuya exacta localización se ha perdido.

Los licaonios eran un pueblo inculto y supersticioso. Las condiciones de vida eran muy duras. Y especialmente se hacía sentir la falta de agua, que sólo se conseguía excavando profundamente. El historiador griego Estrabón nos informa de que el pueblo licaonio era predominantemente de pastores y que abundaban los rebaños de cabras y de onagros. El onagro, como su nombre griego indica, era un asno salvaje, de mayor talla que nuestros burros, sumamente difíciles de domesticar y cuya carne era muy estimable.

La incultura suele ir unida frecuentemente a la superstición, y en el caso de los licaonios ésta les había llegado a través de los griegos, portadores de la leyenda mitológica de los dioses Zeus y Hermes, que eran los mismos a quienes los romanos llamaban Júpiter y Mercurio.

El Mito de Filemon y Baucis.

Según esta leyenda, este par de dioses habían bajado a la tierra para indagar los sentimientos de hospitalidad de los hombres y se habían visto rechazados en todas partes; hasta que llegaron, precisamente en esta región de Licaonia, a una pequeña cabana de pastores donde vivía una pareja piadosa, llamados él Filemón y ella Baucis, que acogieron espléndidamente, en medio de su pobreza, a los dos visitantes. Complacidos por ello, al día siguiente Zeus les declaró quiénes eran y les prometió cumplirles un deseo: pero ellos sólo le pidieron la gracia de conservarse sanos y unidos hasta la ancianidad y morir juntos el mismo día.

Zeus les concedió sus deseos, y tras muchos y felices años, al morir ambos a la vez, Zeus los tranformó en árboles: Baucis en una encina y Filemón en un tilo, que entrelazaron para siempre sus ramas. Ovidio poetizó esta leyenda en su Metamorfosis.

Éste trasfondo mítico de Zeus y Hermes va a manifestarse en seguida en un suceso que aconteció en la ciudad.

Curación milagrosa de un cojo.

"Residía en Listra un hombre inválido de las piernas, rengo de nacimiento, que nunca había podido andar. Este escuchaba las palabras de Pablo. Pablo lo miró fijo y, viendo que tenía una fe capaz de curarlo, le gritó: — ¡Levántate, ponte derecho en pie!

El hombre dio un salto y echó a andar. Al ver lo que Pablo había hecho, el gentío exclamó en lengua licaonia: "Dioses en figura de hombres han bajado a visitarnos." A Bernabé lo llamaron Zeus y a Pablo Hermes, porque era el portavoz. El sacerdote del templo de Zeus, que estaba a la entrada de la ciudad, hizo llevar a las puertas toros y guirnaldas, y con la gente quería ofrecerles un sacrificio" (Hech 14:8-13).

Este milagro de la curación de un cojo de nacimiento ofrece una cierta semejanza con el que Pedro y Juan, en Jerusalén, a la entrada del Templo, hicieron curando a un cojo. Algunos críticos han pretendido negarle credibilidad, asegurando que es "una narración doble" del mismo milagro, que probablemente es una invención de Lucas para reforzar el paralelo entre Pedro y Pablo y magnificar así la figura de su héroe. Pero la realidad es que se trata de dos milagros diferentes aunque semejantes, que, al ser narrados por el mismo autor, no es extraño que se describan con palabras muy afines. El milagro de Jerusalén está descrito por Lucas, con mucho más detalle que el de Listra, ya que en este último el acento de la narración se coloca sobre lo que sucedió con ocasión del milagro, es decir, la pretendida adoración de los licaonios a Bernabé y Pablo, a quienes habían tomado por dioses.

La idea de una presencia y de una visita de los dioses entre los hombres estaba vigente en el paganismo helenístico, que no hacía distinciones entre lo que ellos pensaban que era la realidad del mundo Olímpico y las leyendas con que se la poetizaba. Todo esto, añadido a una tradición local sobre la visita de Júpiter y Mercurio, explica la actitud de los licaonios en un momento emocional producido por una curación tan portentosa.

Supuesta la pretendida divinización de los visitantes, es fácil el reparto de papeles. Zeus se le atribuye a Bernabé, quien, según la tradición, era persona corpulenta y que permanecía ordinariamente silencioso, mientras que Pablo asumía el papel de Mercurio o Hermes, que era el mensajero de los dioses y portador de la palabra, ya que Pablo era el que más frecuentemente hablaba.

¿Qué actitud tomaron los apóstoles ante tal intento de divinización?

"Al enterarse los apóstoles Bernabé y Pablo, se rasgaron las vestiduras y rompieron por medio del gentío gritando: ¿Qué hacéis, hombres? Nosotros somos gente igual que vosotros. Y la Buena Noticia que os predicamos es que dejéis los dioses falsos y os convirtáis al Dios vivo que hizo el cielo, la tierra, el mar y todo lo que contiene.

En las pasadas edades El dejó que cada pueblo siguiera su camino, aunque siempre se dio a conocer por sus beneficios mandando desde el cielo estaciones fértiles, lluvias y cosechas, dándonos comida y alegría en abundancia. Con estas palabras, aunque a duras penas, disuadieron al gentío de que les ofreciesen sacrificios" (Hech 14:14-18).

El rito sacrificial de los licaonios entraba en el culto idolátrico del paganismo. La elección del toro como víctima está justificada en este caso, porque dicho animal, en la mitología grecorromana, estaba especialmente consagrado a Júpiter. Y en cuanto a las guirnaldas tejidas de ramas y flores, tal era el uso corriente en los sacrificios, donde se adornaban con ellas el altar, las víctimas y aun los mismos oferentes.

Grande fue la sorpresa que los apóstoles recibieron al ver todo esto, ya que no habían entendido hasta entonces lo que la gente hablaba por hacerlo en la lengua nativa, que era el licaonio. Aunque generalmente los habitantes de todas aquellas regiones entendían la lengua griega, sin embargo, es bien sabido que en ciertos momentos admirativos y emocionales se recurre a la lengua materna, y en ese caso el licaonio resultaba desconocido para los misioneros.

Las palabras de Pablo nos proporcionan el primer esquema de una predicación expresa y exclusivamente dirigida a paganos. En aquélla se insiste de manera elemental en la existencia de un Dios que es el Creador, que, frente al politeísmo, es el único creador de todo lo que existe y que en su providencia les ha ido bendiciendo con sus dones, entre los que menciona expresamente la lluvia, tan necesaria en aquellas regiones esteparias donde era condición indispensable para las cosechas, así como la comida y la alegría de vivir.

Encuentro Con Timoteo.

No sabemos hasta qué punto los habitantes de Listra comprendieron el sentido de lo que Pablo les predicaba; aunque por indicaciones posteriores conocemos que algunos abrazaron la fe.

Entre éstos hubo una familia, aunque no eran licaonios, sino judíos, y en ella un muchacho que había de establecer con Pablo una unión y amistad que sobreviviría a la muerte del Apóstol, y el nombre de este joven era Timoteo (Temeroso de Dios)

Los detalles de este primer encuentro de Pablo con quien sería uno de sus discípulos más queridos se hallan en la última carta que se conserva del Apóstol, es decir en la segunda Epístola a Timoteo.

En medio de la ciudad de Listra, Pablo y Bernabé encontraron acogida en una piadosa familia judía que constaba de tres personas. La de más edad era la abuela, que se llamaba Loida; la de en medio era su hija Eunice ( buena victoria), cuyo esposo, probablemente un funcionario romano o griego, ya había muerto. Y el más joven de los tres era el hijo de ese matrimonio, llamado Timoteo, que contaba entonces quince años y que había sido educado en la piedad judía por su madre y abuela. Quizá por esto el carácter de Timoteo se hallaba dotado de una fina sensibilidad y a la vez de cierta timidez, explicable en aquellos varones que se han educado exclusivamente entre mujeres.

Timoteo es quizá, entre todos los discípulos de Pablo, el que mantuvo con él un trato más asiduo y gozó de una confianza más familiar. De estos discípulos y compañeros de apostolado, Timoteo es el que se halla nombrado más veces (16) en el epistolario paulino, en comparación con otros: Tito (13), Silas (12), Bernabé (5) y Juan Marcos (3) El hecho de que Pablo conoció a Timoteo cuando era un adolescente hizo que le conservase un particular afecto casi paternal, que se manifiesta frecuentemente en sus cartas: "Hijo mío queridísimo y fiel"(1Cor 4:17). "Colaborador auténtico" (Rom 16:21). "Hijo legítimo en la fe" (1 Tim 1:1). "De quien sé que fue educado en la piedad hebrea desde niño" (2 Tim 3:15). Y a quien Pablo, ya viejo y en la prisión romana, escribe: "Procura venir pronto, antes del invierno, y tráete mis escritos y el abrigo que me dejé en Tróade en casa de Carpo" (2 Tim 4:13). A todo lo cual va unido la estima y capacidad de dotes apostólicas de Timoteo, como lo demuestra el hecho de haberle nombrado obispo y sucesor suyo en la ciudad de Efeso, que era tal vez entonces la ciudad más importante del Asia romana.

Timoteo, según el testimonio de Polícrates, que escribe a mediados del siglo II, murió mártir en la persecución de Nerón. Sus reliquias fueron trasladadas a Constantinopla, por orden de Constante, emperador arriano, que quiso así prestigiar la sede bizantina, entonces capital de su imperio.

Sin duda que entonces Pablo, en Listra, en medio de la hostilidad de unos y de la lejana indiferencia de otros, encontró en el hogar de Timoteo la acogida afectuosa y confiada de una nueva fe, y formó, alrededor de aquel hogar, la primera Iglesia cristiana de Listra.

Sin embargo, bien cerca de esta paz y aceptación se hallaba el rechazo y la guerra, que no tardó en manifestarse. Y esta vez los causantes de la oposición fueron unos judíos que habían llegado a Listra, procedentes de Antioquía y de Iconio, quienes levantaron al pueblo contra Pablo, y que, pasando de los insultos a las manos, apedrearon a Pablo, dejándolo por muerto, y arrastraron su cuerpo fuera de la ciudad. Allí le encontraron Bernabé y los discípulos, ante los que Pablo, sorprendentemente recuperado, se levantó y se volvió con ellos a la ciudad, y aún tuvo ánimos para salir al día siguiente rumbo a Derbe.

Tal vez Pablo recorrió en carruaje los 40 kilómetros que separaban a Listra de Derbe, a través de un camino escabroso que les llevaba a los confines de la provincia romana de Galacia. Aquél había sido un paraje hasta hacía poco tiempo infestado de ladrones y que tan sólo pocos años antes, bajo el Imperio de Claudio, había sido convertido en una colonia de veteranos. Contrariamente a lo que sucedía en otras ciudades, la predicación de Pablo en Derbe no encontró la oposición de los judíos, que tal vez le creyeron muerto. La escueta referencia de Lucas se contenta con decir que "después de anunciar la Buena Nueva en Derbe y de hacer numerosos discípulos, se volvieron a Listra, Iconio y Antioquía" (Hech 14:21).

Derbe representó, por tanto, el punto de máxima penetración en este primer viaje de San Pablo. Desde Derbe podrían los misioneros haber acortado su camino hacia el sur cruzando la cadena del Tauro, para pasar por Tarso, la ciudad natal de Saulo; pero prefirieron volver sobre sus pasos para visitar de nuevo las comunidades cristianas que habían fundado y establecerlas más firmemente, dotándolas de una estructura más estable.

"Confirmaban a los discípulos y los exhortaban."a perseverar en la fe, y que tenemos que pasar por mucho para entrar en el Reino de los Cielos."

En cada iglesia designaron responsables. Oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Predicaron el mensaje en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, su punto de partida.

Al llegar, reunieron a la comunidad, les contaron lo que Dios había hecho con ellos y cómo habían abierto a los paganos la puerta de la fe. Y se quedaron allí bastante tiempo con los discípulos" (Hech 14:22-28).

Así fue el primer viaje apostólico del apóstol Pablo por los mares y rutas de esa parte del Asia que nosotros llamamos el Próximo Oriente. Detrás quedaba fuertemente enhebrado un rosario de nuevas comunidades cristianas: Salamina, Pafos, Antioquía, Iconio, Listra, Derbe y Perge. A muchas de ellas volvería a visitarlas Pablo en sus próximos viajes.

 

Concilio de Jerusalén.

Llegamos en nuestro comentario de los Hechos al momento de la celebración de la llamada Asamblea o Concilio de Jerusalén. Por ser la primera reunión de tal categoría en la historia de la Iglesia, por las personas que allí se reunieron, los asuntos que se trataron y las soluciones que se propusieron, dicha Asamblea o Concilio constituye un hito en el camino y desarrollo de la fe.

Para conocer la motivación de este hecho, tenemos que llegarnos a Antioquía de Siria momentos después de que Pablo y Bernabé regresan de su viaje, cuando la comunidad acaba de recibir con gozo el relato de las conversiones de los gentiles a la fe de Cristo. Mas al lado de quienes se alegraron por estas puertas abiertas se hallaron otros que pretendieron cerrarlas dificultando el acceso al evangelio. ¿Quiénes eran?

San Lucas no lo especifica en su narración; mas uno de los manuscritos más antiguos de los Hechos añade aquí que esos oponentes "procedían del partido o fracción de los fariseos," es decir, de los judíos fariseos que habían abrazado la fe cristiana. La narración posterior indica que así fue, y lo que Lucas silenció, Pablo lo expresó claramente en su Carta a los Galatas, en la que, refiriéndose a este mismo suceso del Concilio de Jerusalén, expresamente dice que los adversarios eran cristianos procedentes del judaismo (Gal 2:4-5).

Estos cristianos, a quienes podemos llamar cristianos a medias, se habían realmente bautizado y habían abrazado la fe cristiana; pero retenían una adhesión emotiva, y en parte doctrinal, a ciertas prácticas del judaismo establecidas por Moisés. Y en concreto defendían la necesidad de la circuncisión. Lo cual no significa que limitasen a ella sus exigencias, ya que "circuncisión" significa aquí el conjunto de las prácticas mosaicas, y sus pretensiones, en el fondo, no se detenían en puras observancias rituales. Porque, si para abrazar la fe de Cristo era necesario como paso previo la aceptación de la Ley de Moisés, entonces prácticamente se negaba la eficacia salvadora de la Pasión y Muerte de Jesús.

Por otra parte, estos antiguos fariseos valoraban falsamente la conducta de Jesús, apoyándose en que el Maestro se había mostrado muy observante de las leyes judías. Incluso, para ellos, la conversión del centurión Cornelio, admitido por Pedro al bautismo sin la circuncisión previa, constituía sólo una situación excepcional, de la que no podía hacerse una regla válida para los demás.

Precisamente por la gravedad que entrañaba esta postura de aquellos judíos convertidos, Pablo y Bernabé se opusieron radicalmente a ella. Y ante tal conflicto, la comunidad de Antioquía decidió enviar una delegación de aquella Iglesia para que fuese a Jerusalén a consultar el caso con los apóstoles y para celebrar lo que hoy llamaríamos "una reunión en la cumbre."

Pablo, en su Carta a los Galatas, nos dice que bajaron a Jerusalén "como consecuencia de una revelación del Espíritu Santo"; mas esta información en nada contradice al dato de Lucas que afirma que fueron "designados por la comunidad antioquena," ya que pudo haberse dado esa revelación y en vista de ella haberse producido la delegación de la comunidad eclesial de Antioquía.

"Estando Pablo y Bernabé en Antioquía, unos que llegaron de Judea enseñaban a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme a la tradición de Moisés, no podrían salvarse. Esto provocó un serio altercado por parte de Pablo y Bernabé. Y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y responsables sobre aquella cuestión. La comunidad les proveyó para el viaje, y atravesaron Fenicia y Samaría, contando a todos los hermanos cómo los paganos se convertían y alegrándose mucho con la noticia.

Al llegar a Jerusalén, la comunidad, los apóstoles y los responsables los recibieron muy bien, y entonces contaron todo lo que Dios había hecho por ellos. Pero algunos de la facción farisea, que se habían hecho creyentes, intervinieron diciendo: hay que circuncidar a los gentiles convertidos y mandarles que guarden la Ley de Moisés" (Hech 15:1-5).

Acabamos de leer que el grupo de delegados emprendió el viaje a Jerusalén por tierra, siguiendo el camino costero que unía a los puertos fenicios, dirigiéndose después hacia el este por la llanura de Esdrelón y atravesando Samaría. Por todas partes los recibieron con muestras de alegría y de afecto, al ver la expansión de la fe entre los gentiles.

Esta misma aceptación y bienvenida a los delegados tuvo lugar por parte de la comunidad madre de Jerusalén, si bien es verdad que allí no faltó la oposición de algunos, lo que nos demuestra que el mismo problema y discrepancia que había llegado a Antioquía existía radicalmente en Jerusalén.

Entre los recién llegados de Antioquía se encontraba un discípulo, llamado Tito, del cual nada nos dice el Libro de los Hechos, aunque Pablo nos informa ampliamente sobre su persona en diferentes cartas.

Tito era pagano de nacimiento, y probablemente había sido convertido por el propio San Pablo en su primer viaje misionero, que ya anteriormente hemos descrito. Tito, a quien Pablo llama "su hijo verdadero en la fe," le acompañó en este viaje polémico a Jerusalén. Y aunque la facción de los judaizantes pretendía que Tito fuese circuncidado, Pablo se opuso enérgicamente, porque en aquellas circunstancias ceder en ese punto representaba una concesión a la tesis de los adversarios sobre la necesidad de la ley mosaica para salvarse.

Es indudable que en Jerusalén los recién llegados se entrevistaron repetidas veces con los apóstoles. Y al lado de ellos se menciona también a los presbíteros, que eran miembros respetables de la comunidad cristiana a quienes los apóstoles habían investido de algunas funciones administrativas y pastorales. Tras las discusiones, que Lucas dice simplemente que fueron "largas," él nos narra lo que podríamos llamar la sesión plenaria final, en la que van tomando sucesivamente la palabra Pedro, los delegados de Antioquía y finalmente Santiago, el hermano del Señor.

Sesión Plenaria: Habla Pedro.

Para comprender el Concilio o Asamblea de Jerusalén conviene recordar que el texto que poseemos de los Hechos es una redacción abreviada y unificada, obra de Lucas, a través de la cual aparece que en la Asamblea se trataron dos temas en dos planos de contenido y significado diferentes. El uno es el plano doctrinal y el otro el disciplinar.

El plano doctrinal afecta a la misma teología de la salvación. Esta, según los oponentes u objetores, no se podría lograr por la fe en Jesús, sino por la práctica de la Ley de Moisés. Este, que es el punto más importante, quedó definido para siempre.

En cambio, el segundo punto, relativo a las costumbres, tuvo tan sólo un valor más coyuntural, y su aplicación dependió de la evolución y composición humana de las diversas comunidades cristianas.

Desde esta doble perspectiva, podemos ya examinar la primera parte del Concilio, que se abre con el discurso de Pedro. "Hermanos, desde los primeros días, como sabéis, Dios me escogió entre vosotros para que los paganos oyeran de mi boca el mensaje del evangelio y creyeran. Y Dios, que lee los corazones, se declaró en favor de ellos dándole el Espíritu Santo igual que a nosotros. Sin hacer distinción alguna entre ellos y nosotros, ha purificado sus corazones con la fe. ¿Por qué provocáis ahora a Dios imponiendo a esos hermanos una carga que ni nosotros ni nuestros padres hemos tenido fuerzas para soportar? No; creemos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús y ellos lo mismo" (Hech 15: 7-11).

El discurso de Pedro va derechamente al primero de los dos temas y no contiene ninguna cita del Antiguo Testamento, en contraposición con Santiago, que él sí lo citará. Para dirimir este contencioso, como hoy le llamaríamos, hay, según Pedro, que estar atentos a la voluntad y elección de Dios, que es "conocedor del corazón humano"; y ésta es la segunda vez que Pedro lo llama así, después que usó la misma expresión en el discurso de elección del apóstol Matías: kardiognostes lo llama, como si dijera: Dios es quien hace el diagnóstico del corazón humano.

Esta elección la manifiesta Dios mediante la acción del Espíritu Santo. Dios no ha hecho en la vocación para la fe ninguna diferencia entre judíos y gentiles; y el Espíritu Santo lo ha confirmado así, descendiendo sobre los gentiles creyentes sin ningún requisito previo de que antes fueran circuncidados. Y de todo esto el propio Pedro es testigo excepcional, ya que el hecho sucedió hacía ya algunos años, en casa del centurión Cornelio, en la ciudad de Cesárea Marítima.

A este argumento objetivo de la acción de Dios se añade otro argumento subjetivo, tomado de la experiencia personal de ellos mismos, quienes, aun siendo judíos, siempre han encontrado difícil y penoso el cumplimiento de todas las prescripciones de la ley mosaica. ¿Cuál fue la reacción de la Asamblea ante el discurso de Pedro?

"Toda la asamblea hizo silencio y escuchó a Bernabé y Pablo, que les contaron las señales y maravillas que por medio de ellos había hecho Dios entre los gentiles" (Hech 15:12).

Bernabé y Pablo, nombrados así en este orden, debido sin duda al prestigio personal de que gozaba Bernabé en la comunidad madre de Jerusalén, narran las maravillas del fruto apostólico que habían recogido en el largo viaje por las regiones de Chipre, de Panfilia y Pisidia, y hasta los confines de Galacia.

Intervención de Santiago.

Sin embargo, quedaba un segundo plano, que podíamos llamar más emotivo, y que se refería a las diferencias de costumbres entre los cristianos que procedían del judaismo y los que se incorporaban ahora desde la gentilidad. Para tratar de estos aspectos tomó la palabra Santiago.

La identificación de este Santiago ha sido objeto de varias hipótesis. Ciertamente no es el llamado el Mayor, hermano de Juan Evangelista, que ya por aquel momento había sido muerto por Herodes, como ya leímos anteriormente en el relato de los Hechos (cf. c.XIII)

A este Santiago que va a hablar en la Asamblea de Jerusalén se le llama hermano del Señor y figura al frente de la comunidad de jerusalén como su obispo y cabeza local de aquella Iglesia. Dicho Santiago más adelante fue condenado a muerte por el Sanedrín y lapidado por los judíos, que se aprovecharon de un vacío de autoridad romana producido entre la muerte del procurador Festo y la llegada de su sucesor, Albino; por tanto, hacia el año 61 ó 62. También a este Santiago se le ha venido considerando comúnmente como autor de una de las epístolas llamadas canónicas.

Lo que no parece haber quedado definitivamente resuelto es la identidad de este Santiago, hermano del Señor, con el otro apóstol Santiago, que en las listas evangélicas de los apóstoles figura como hijo de Alfeo. ¿Es o no la misma persona?

Podría afirmarse que los comentarios católicos han oscilado, en su parecer, entre la distinción y dualidad de estos dos Santiagos.

De este Santiago, hermano del Señor, a quien Lucas nunca llama apóstol ni uno de los Doce, se apoderó después la imaginación popular componiendo una biografía, en la que puede haber algunos hechos históricos aunque difíciles de probar. Santiago(llamado el Justo) poseía una gran autoridad personal ante los cristianos de Jerusalén, que le consideraban como el perfecto modelo de la observancia hebrea. Diríamos que en su fe cristiana la ley mosaica había llegado a su más alta perfección: ayunaba constantemente, oraba en el Templo sin cesar, y a él solo se le permitía la entrada en el Santuario (cf. c.XXIX)

Pero dejando a un lado la fantasía, regresemos al Concilio de Jerusalén, donde Santiago como presidente del concilio va a tomar la palabra. "Escuchadme, hermanos: Simeón ha expuesto cómo Dios desde el principio se preocupó de elegir entre los paganos un pueblo para El. Esto responde a lo que dijeron los profetas: "Después de esto volveré y reconstruiré la tienda de David, que estaba caída, y lo que de ella estaba derruido lo levantaré para que busquen al Señor los demás hombres y todas las naciones sobre las cuales ha sido invocado mi nombre"(Hech 15:14-17).

La intervención de Santiago tiene todos los caracteres de la autenticidad de la fuente citada por Lucas. Primeramente llama a Pedro no Simón, sino Simeón, que es la forma hebrea, perfectamente lógica en labios de quien representa la tradición más hebrea dentro de la comunidad cristiana y que a la vez está unido con una estrecha confianza con Pedro.

La proposición de Santiago es conciliadora: los paganos convertidos al cristianismo no tienen que ser molestados con las observancias de la ley mosaica. Sin embargo, por deferencia a los hermanos que proceden del judaísmo, propone a los gentiles convertidos cuatro restricciones que representan no un compromiso en la doctrina, sino una prudencia y caridad en no seguir ciertas prácticas que pueden molestar y ofender gravemente a los antiguos hebreos. Veamos estos cuatro puntos.

Las Cuatro Restricciones del Concilio.

La primera de todas es que se abstengan de comer carne de animales sacrificados a los ídolos. Se trata de la célebre cuestión de los "ídolotitos," o manjares sacrificados a los ídolos, que más tarde sería objeto de una consulta dirigida al apóstol Pablo por los fieles de Corinto, y que explicaremos en su lugar. (c.XXIII) Ahora baste aquí decir que en el área religiosa, en la que vivían muchos de esos paganos convertidos al cristianismo, los otros paganos continuaban celebrando sus banquetes religiosos en honor a sus divinidades, en las cuales se comía la carne de las víctimas sacrificadas a los ídolos, mientras que también un resto de esta carne se vendía después en el mercado.

Ahora bien, los judíos consideraban con horror que dichas carnes estaban contaminadas y pensaban que comer de ellas era participar en la idolatría. El libro cuarto de los Macabeos, apócrifo que refleja las ideas de los judíos contemporáneos del período apostólico de la Iglesia, nos permite afirmar que entonces comer los idolotitos era considerado por los piadosos como una apoetasía. Los paganos convertidos deberán, por tanto, abstenerse de ellas con espíritu de fraternidad y caridad hacia los otros hermanos cristianos que las miran con tal repugnancia.

La segunda abstención se expresa con la palabra griega porneia, que ha sido objeto de encontradas explicaciones. Unos creen que porneia significa simplemente fornicación, es decir, la relación sexual entre hombres y mujeres fuera del matrimonio. Para los paganos dichas relaciones eran moralmente indiferentes e incluso permitidas, ya que lo único prohibido era el adulterio. Así se expresan Terencio, Cicerón, Séneca, Epicteto, Plutarco y Quintiliano. En ese ambiente, tal vez los cristianos convertidos del paganismo podían conservar algunas de estas maneras de pensar, que resultaban reprobables para los hebreos y parecería, por tanto, apropiado que se les recordase a estos convertidos el nuevo concepto cristiano de la castidad.

Hay, sin embargo, comentaristas que piensan que porneia no significa fornicación, sino un tipo de matrimonio llevado a cabo entre parientes por consanguinidad o afinidad. Lo cual constituía una unión reprobada por los hebreos, pero admitida en áreas no judías. Efectivamente, se han hallado pruebas de dos matrimonios entre hermanos en unas inscripciones de Doura Európos, y parece que dichos matrimonios estaban autorizados en el área egipcia por el mismo ejemplo del casamiento de Osiris e Isis. Aunque otros contraponen que los ejemplos señalados se referían a medio-hermanos, es decir, hermanos sólo por parte de padre, pero habidos de diferentes esposas.

Las otras dos abstenciones también se refieren a los alimentos, y en concreto a la sangre de animales. Antiguamente se creía que la sangre era la sede de la vida, como si fuera el alma, y que pertenecía de una manera directa a Dios; por lo que no era lícito comerla. Y ello no sólo bebiendo la sangre, como lo hacían algunos gentiles, ya separada ya mezclada con vino, sino también cuando la sangre se hallaba dentro del animal. Es decir, que no se podía comer un animal degollado o muerto si no había sido previamente desangrado. Esto es lo que en el mercado judío se llama carne kosher.

A todo lo anterior Santiago añade lo que parece ser la justificación de tales abstenciones, y señala que "la Ley de Moisés se ha venido leyendo y proclamando hace muchos siglos todos los sábados en cada sinagoga de cualquier ciudad"; como si dijera: estos judíos convertidos, a quienes por caridad y comprensión no debemos ofender, llevan toda su vida considerando estas cuatro cosas como prohibidas, porque así lo han oído en la sinagoga, y no hay por qué escandalizarlos ahora.

Una vez más, no se hallaban en juego discrepancias dogmáticas, sino la prudencia y la caridad fraterna ante la sensibilidad que unos cristianos mostraban por la conducta de otros.

La conclusión fue que, ante estas normas tan prudentes y moderadas, todos los reunidos se pusieron de acuerdo, es decir, los apóstoles, los presbíteros y, por supuesto, los delegados de Antioquia, que consideraron la solución como muy satisfactoria. Ahora sólo quedaba darle al acuerdo una expresión jurídica y encargar de su transmisión a unos mensajeros.

"Entonces los apóstoles y responsables, de acuerdo con toda la comunidad o asamblea, decidieron elegir a algunos de ellos y mandarlos a Antioquia con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas Barsabba y a Silas, hombre muy estimado entre los hermanos, y les entregaron esta carta: ."Los hermanos apóstoles y los hermanos responsables saludan a los hermanos de Antioquia, Siria y Cilicia, procedentes del paganismo. Nos hemos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alarmado e inquietado con sus palabras. y hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que las indispensables, es decir, abstenerse de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de uniones ilegales. Haréis bien en guardaros de todo esto" (Hech 15 22-29).

De vuelta a Antioquia, reunieron a la comunidad y entregaron la carta. Y al leer aquellas palabras alentadoras, se alegraron muchos.

Por su parte, los enviados de Jerusalén permanecieron algún tiempo con los antioquenos, desde donde regresaron a Jerusalén, y entre ellos estaba Silas, llamado también Silvano, a quien después encontraremos acompañando a Pablo en sus viajes y figurando con él en el encabezamiento de algunas de las epístolas paulinas.

Este decreto del Concilio de Jerusalén, aunque se promulgó en algunas comunidades cristianas, pronto fue perdiendo su efectividad al transformarse en su composición humana las nuevas iglesias.

 

 

Disputa de Antioquía.

Preparación del Segundo Viaje.

El decreto de la Asamblea de Jerusalén, aunque preciso y claro en su contenido, pronto se vio que resultaba incompleto y aun conflictivo. Y la razón fue que establecía claramente lo que los cristianos procedentes de la gentilidad no deberían hacer; pero, en cambio, dejaba sin decir qué es lo que los cristianos que antes habían sido judíos podrían hacer. El conflicto se manifestó de forma aguda y precisamente en Antioquía.

La delegación de cristianos antioquenos había regresado con Pablo y Bernabé, esta vez acompañados por algunos miembros de la Iglesia de Jerusalén entre los que se encontraban Judas Barsabba y Silas. De Judas Barsabba se ha supuesto, aunque sin fundamento, que era hermano del apóstol Matías, el que fue elegido en el duodécimo lugar para sustituir a Judas Iscariote. Y respecto a Silas, llamado también Silvano, ya advertimos que se trataba de un judío helenista que, como Pablo, gozaba también de la ciudadanía romana.

Abramos ahora las páginas de nuestro relato en la llamada disputa de Antioquía que enfrentó a Pedro y Pablo. De estos sucesos nada nos dice Lucas; pero nos consta de ellos con toda certeza por la relación autobiográfica que Pablo nos dejó en su Carta a los Galatas (cf. c.XXV)

En cambio, se explica muy bien que Pablo mencionase estas disputas de Antioquía en su Carta a los Galatas, ya que precisamente entre esos gálatas se hallaba cuestionada e impugnada su cualidad de apóstol y se volvían a repetir las mismas objeciones de los judeocristianos. Por eso resultaba lógico y coherente que Pablo tratase de probar la continuidad y firmeza de su línea doctrinal y de su práctica personal, hasta el punto de que no dudase en un momento histórico en enfrentarse con el propio Pedro para defender lo que era la verdadera doctrina de la salvación por la fe en Cristo y no por la Ley de Moisés.

A propósito de la Carta a los Galatas, de la que ya volveremos a tratar en su momento oportuno, baste recordar aquí que es una carta que fue escrita por Pablo desde Efeso, al final de su tercer viaje misionero; por tanto, unos seis años después de los acontecimientos que relata. Es una carta de cuya autenticidad nadie ha dudado y de la que nosotros vamos a tomar algunos datos referentes a la disputa entre Pedro y Pablo en Antioquía (c.XXV)

Pocas semanas después de haber terminado el Concilio de Jerusalén, Pedro quiso hacer personalmente una visita a Antioquía y se trasladó a dicha ciudad, junto con su discípulo Juan Marcos, el que más adelante será el autor del evangelio de su nombre y el mismo que había acompañado a Pablo y Bernabé en parte del trayecto del primer viaje y que se había vuelto a Jerusalén desde Chipre.

La permanencia de Pedro en la comunidad cristiana de Antioquía, que estaba compuesta principalmente de gentiles convertidos, le proporcionó ocasión de convivir con ellos y aun de sentarse a la misma mesa, sin recelo de los manjares que servían y sin preguntarse si alguno de ellos estaba acaso prohibido por la Ley de Moisés. No es que Pedro violase el Decreto de Jerusalén, cuya fecha de promulgación en Antioquía desconocemos, sino que la ley mosaica contenía otras muchas prohibiciones relativas a impurezas legales de alimentos y de objetos, y aun de personas, que los cristianos procedentes de la gentilidad no tenían por qué observar ni aun siquiera conocer. Por ejemplo, uno de estos cristianos podía servirse a la mesa un asado de liebre, unas patas de cerdo, una anguila del Oróntes, tres manjares que la Ley de Moisés tenía por impuros y que un judeocristiano consideraba prohibidos.

Ahora bien, Pedro, en aquel ambiente, comenzó a proceder con libertad de espíritu, no como judeocristiano, sino como un cristiano "liberado" de esa Ley de Moisés. Diríamos que se repetían aquellas circunstancias en que hace tiempo Pedro se encontró, cuando estando en Joppe tuvo una visión en la que bajaba desde el cielo un mantel que contenía toda suerte de animales prohibidos. Y al rehusar Pedro comerlos, una voz le dijo: "Lo que Dios ha declarado puro, no lo llames tú impuro." Ahora, en Antioquía, se repetía el hecho, no en un mantel bajado en visión desde el cielo, sino en un mantel colocado en una mesa donde sus hermanos neocristianos le ofrecían esos mismos manjares. Y Pedro comió con ellos. Y de ahí nació el conflicto.

Un Contencioso Entre Pedro y Pablo.

Pablo nos lo narra en su Carta a los Galatas: "Pero cuando Pedro llegó a Antioquía tuve que encararme con él, porque era reprensible. Antes de que llegasen ciertos individuos de parte de Santiago, Pedro comía con los paganos; pero, llegados aquéllos, solía retraerse y ponerse aparte, temiendo a los partidarios de la circuncisión.

Los demás judíos se asociaron a esa ficción y hasta el mismo Bernabé se dejó arrastrar con ellos a aquella simulación. Ahora que cuando yo vi que su conducta no cuadraba con la verdad del evangelio, le dije a Cefas en presencia de todos: "Si tú siendo judío, vives a lo pagano y no a lo judío, ¿cómo fuerzas a los paganos a las prácticas judías?" (Gal 2:11-14).

La exposición del conflicto ha sido clara y terminante. Pedro, que convivía con los gentiles cristianos y solía comer con ellos, cambia súbitamente de conducta y comienza a retraerse de su compañía y a comer aparte siguiendo las prescripciones mosaicas. Y esto ¿por qué? Porque han llegado desde Jerusalén unos judíos cristianos, a quienes Pablo llama "del grupo de Santiago," y que son los mismos que habían pretendido en Jerusalén imponer a los gentiles conversos la circuncisión y otras prácticas hebreas. Para ellos, el documento de Jerusalén no ha significado nada y pretenden sujetar a los neoconversos a lo que Pablo llama "el yugo de la Ley de Moisés."

Parecería a primera vista una disputa de personalismos: el partido de Santiago contra el partido de Pablo, y Pedro oscilando entre ambos. Mas en realidad se juega mucho más: es la libertad del evangelio de Cristo contra la servidumbre de la Ley de Moisés. Si en Antioquia Pablo continúa procediendo según la libertad y Pedro comienza a inclinarse por los judaizantes, la Iglesia de Cristo puede quedar dividida; ahí está la clave de la intervención de Pablo en este conflicto o disputa.

Algunos comentaristas, como Clemente Alejandrino, un tanto asustado por este choque de Pedro y Pablo, han pretendido aminorarlo suponiendo falsamente que no se trata del apóstol Pedro, sino de otro personaje de la Iglesia primitiva con igual nombre. Otros comentaristas, para no enfrentar a Pedro con las recientes normativas del Concilio de Jerusalén, han supuesto que el choque con Pablo fue antecedentemente a dicho Concilio, lo cual no parece probable, pero la verdad es que se produjo el conflicto. Y vamos a valorarlo.

El conflicto no fue doctrinal, como si Pablo dijese que para salvarse no era necesaria la Ley de Moisés y Pedro afirmase lo contrario. No, fue un conflicto de actitudes, no de enseñanza. Los dos, Pedro y Pablo, doctrinalmente sostenían que la salvación viene por Cristo y no por Moisés, y ambos también en el terreno práctico estaban procurando conservar la unidad de la Iglesia.

Pedro pensaba que, para no enojar a los judeocristianos, había que contemporizar con ellos y, por tanto, no comunicarse con los gentiles; Pablo, por el contrario, opinaba que esa separación creaba de hecho dos categorías de cristianos y levantaba de nuevo el muro que Cristo había derribado con su muerte.

Pablo, en este caso, tenía la razón práctica a su favor. Tertuliano sentenció concisamente este contencioso diciendo: "Fue un error de conversación, no de predicación." Y San Agustín va más allá y afirma que fue un doble acto de caridad: "Caridad libre en Pablo para reprender, y caridad humilde en Pedro para obedecer."

La lectura atenta de este contencioso nos muestra que, debajo de las discrepancias prácticas entre Pablo y Pedro, estaba, como telón de fondo, la persona de Santiago y su enorme prestigio ante los judíos de su generación (c.XXIX) Ya vimos en el capítulo anterior la intervención de Santiago en el Concilio de Jerusalén, donde se manifestó como respetuoso de la Ley de Moisés y de los fieles seguidores de la misma. Estos, aunque habían sido bautizados y habían aceptado la fe en Cristo, sin embargo seguían fieles a ciertas observancias y ritos propios del judaísmo tradicional.

Este conflicto podría llamarse, anticipando una denominación futura, un problema de enculturación, es decir, que la misma fe en Jesús resucitado y la misma Iglesia fundada por El se encarnan en culturas diversas, cada una de las cuales tiene su visión y estilo propio de vida, que puede chocar con el estilo de vida de otros igualmente creyentes y cristianos.

Pensamos que éste podría ser el momento para advertir que la identidad de la fe no lleva consigo la homogeneidad de su expresión religiosa. El tema es sugerente y sobre él existen valiosos estudios que tan sólo podemos aquí apuntar. No hay que imaginar a la Iglesia primitiva con una homogeneidad y centralismo. Mas bien diríamos que la Iglesia primitiva se fue expansionando y creando desde diversos centros de difusión, bajo la iniciativa personal de algunos apóstoles. La autoridad de Pedro en la práctica no producían una unidad jerárquica dependiente de Jerusalén o de Antioquía. Así se concibe fácilmente lo que sucedió con los "bandos de Corinto" y lo que también había acontecido por lo que podríamos llamar "bandos de Jerusalén," cuyas cabezas eran Pablo y Santiago. Por todo lo cual, retiene toda su validez la fórmula paulina de "un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre," aunque coexista con ella una diversidad y oposición en algunas opiniones prácticas y accidentales. Consecuentemente, en Jerusalén, una fracción de la Iglesia, quizá la mayoría que procedía de la sinagoga e incluía a algunos sacerdotes, retuvo por un largo tiempo unas prácticas y costumbres que sólo se fueron abandonando gradualmente, debido a la presencia de los nuevos convertidos helenistas que no tenían tales tradiciones.

Preparación del Segundo Viaje.

La efervescencia religiosa que suponen las disputas que tuvieron lugar en Antioquía nos da la ambientación y temperatura de aquella comunidad, en la que Pablo va a poner de nuevo en marcha su cristianismo dinámico que le hace emprender su segundo viaje.

Nos hallamos probablemente en la primavera del año 50, cuando Pablo propone a su antiguo compañero Bernabé el plan de su segundo viaje de apostolado. Esta invitación a Bernabé nos muestra claramente que no habían quedado resentidos por la controversia anterior con Pedro, en la que Bernabé se había alineado con este último. Pero la proposición de este segundo viaje encontró un nuevo e inesperado problema.

"Unos días más tarde le dijo Pablo a Bernabé: — ¿Por qué no vamos otra vez a ver cómo están los hermanos de todas aquellas ciudades en donde anunciamos el mensaje del Señor?" (Hech 15:36).

La propuesta de Pablo resultó atrayente para Bernabé. Se trataba de revivir las experiencias apostólicas del primer viaje. Y visitar también algunas de aquellas comunidades en las que ambos habían puesto los fundamentos de la fe. Pablo dice que quiere ir a ellas para "hacerse cargo de sus necesidades" y emplea el verbo griego episkeptomai, de donde se deriva la palabra epíscopo, que es el doble griego de "obispo." Así, pues, Pablo invita a su amigo Bernabé a "episcopar" juntamente con él las cristiandades que entre ambos habían fundado en Asia Menor. Pero la invitación tropezó con una circunstancia imprevista.

"Bernabé quería llevarse consigo a su sobrino Juan Marcos, y Pablo opinaba que no debía llevarlo, porque en el viaje anterior, en vez de acompañarlos en la tarea, los había dejado plantados en Panfilia.

El conflicto se agudizó tanto, que se separaron. Bernabé se llevó a Marcos y se embarcó para Chipre. Y Pablo, por su parte, eligió a Silas. Los hermanos de Antioquía los encomendaron al favor de Dios" (Hech 15:36-40).

La oposición entre ambos apóstoles fue absoluta y frontal, y ninguno de los dos quiso ceder en la postura que había tomado, de forma que el enfrentamiento llegó a un paroxismo, que es el término que usa Lucas, queriendo significar con ello "el grado máximo de fiebre al que llega un enfermo," y en este caso la alta temperatura emocional del conflicto. Por tanto, no hubo otro remedio que la separación.

Este incidente revela una vez más la condición humana de los apóstoles y cómo la gracia del apostolado y de la predicación operaba en cada uno de acuerdo con su temperamento y personalidad. Bernabé, más amable y comprensivo, y ligado a Marcos por vínculos de familia, pensó que era mejor ofrecerle al muchacho una nueva oportunidad de remediar sus indecisiones anteriores. Pablo, por el contrario, más tajante y decisivo, pensó que, ante un viaje que se presentaba difícil, no se podía confiar en Juan Marcos, todavía no experimentado a las dificultades que imponía las tareas evangelizadoras.

Con el paso del tiempo, Juan Marcos hará sus pruebas y merecerá la confianza y estima de Pablo, quien no dudará en la última carta que de él conocemos, enviada a Timoteo desde la cárcel romana, escribir esta frase reveladora: "Timoteo, por favor, tráeme a Marcos, que vale mucho para mi servicio" (2 Tim 4:11).

A partir de esta decisión, la figura de Bernabé desaparece del Libro de los Hechos. Al alejarse Bernabé, Pablo perdía en él un noble y fiel amigo que lo había sabido comprender desde el principio en aquellos difíciles tiempos de su conversión, cuando tantos otros recelaban de él. Un amigo que lo había llamado desde Antioquía para asociárselo al apostolado, y con el que había compartido los sinsabores y peligros del primer viaje apostólico. Pablo tendrá para él un recuerdo en su Carta a los Corintios (1 Cor 9:6).

La leyenda se apoderó de la figura de Bernabé, de quien se supone que murió apedreado por los judíos, cerca de Salamina, en Chipre. Según esta leyenda, recogida en unas Actas tardías del siglo v, cuando el cuerpo de San Bernabé fue encontrado, cerca de Salamina, llevaba consigo una copia del Evangelio de San Mateo, escrita por la propia mano de Bernabé, dato que ha reflejado la tradición iconográfica. A Bernabé se le ha atribuido por Tertuliano, aunque sin fundamento, la composición de la Epístola a los Hebreos, que forma parte del canon del Nuevo Testamento, pero que no es obra de San Pablo.

En cuanto a Sitas, que va a ser compañero de Pablo en este segundo viaje, bien merece una conmemoración en esta Vida informativa de los apóstoles, ya que fue una persona eminente en la naciente Iglesia. Silas, como le nombran los Hechos, o Silvano, como lo citan Pablo y Pedro en sus cartas, es la misma persona, cuyo nombre hebreo era probablemente Saúl.

Su primera comparecencia en esta historia es con motivo del Concilio de Jerusalén, en cuya Iglesia figura como uno de los "dirigentes," que ésa es la palabra griega usada, y se le cita juntamente con los de Pablo, Bernabé, y Barsabbas como los encargados de transmitir a las demás Iglesias las decisiones de dicho Concilio.

En las reuniones litúrgicas de Antioquía y Siria, Silas participa como un "profeta," y, llegado el momento del segundo viaje de Pablo, éste le toma como compañero en lugar de Bernabé. Silas es un fiel colaborador que recorre con Pablo la Siria, Cilicia, Licaonia y otras regiones. En Filipos es encarcelado juntamente con Pablo, y allí se nos informa de que, al igual que Pablo, era ciudadano romano. Después, desde Corinto, su nombre, juntamente con el de Timoteo, aparece citado al comienzo de las dos cartas a los Tesalonicenses. Y tras un intervalo de silencio, Silvano aparece en Roma, al lado de Pedro, sirviéndole, según parece, de secretario en su primera carta.

"Os he escrito brevemente por medio de Silvano, nuestro hermano fiel a quien estimo" (1 Pe 5:12).

Los años posteriores sobre la vida de Silvano se pierden en conjeturas. Aunque algunos santorales bizantinos lo conmemoran como obispo de Corinto, y aun añaden que murió mártir en Macedonia y que sus reliquias fueron trasladadas a Francia, donde fue venerado en Therouanne.

 

 

Segundo Viaje de Pablo: Troade y Filipos.

Volvamos al camino de Pablo, que, acompañado de Silas, está a punto de emprender su segundo viaje.

Saliendo de Antioquía, y tomando dirección norte por la calzada romana, se dirigió a Tarso, su ciudad natal, en donde se proveyó de una tienda de campo y de alimentos que insistían en galletas duras, aceitunas y frutos secos.

De Tarso partía la gran carretera del Tauro que atravesaba el desfiladero, llamado de las Puertas Cilicias, que, como advierte Cicerón a su amigo Ático, "no se podía atravesar antes de los comienzos de junio a causa de la nieve." Volviendo sobre sus caminos anteriores, los misioneros llegaron a Derbe, aquella ciudad perdida casi en los límites de la Galacia, donde Pablo había podido predicar el evangelio sin la habitual oposición de los judíos. Y tras dejar la hospitalidad de Derbe, Pablo y Silas llegaron a Listra, donde fueron a hospedarse en la casa de una familia judeo-cristiana, bautizada por Pablo en su visita anterior: la familia de Timoteo.

Timoteo, en estos años de ausencia, se había hecho un joven muy estimado por la comunidad cristiana, con cuyos informes favorables Pablo decidió aceptarlo como acompañante suyo. Timoteo, como ya dijimos anteriormente, era de padre griego gentil y de madre judía creyente, que lo había educado en la piedad hebrea, pero que, quizá por respeto a su marido pagano, no había circuncidado al niño. Pablo, al llevárselo ahora consigo, lo circuncidó "por motivo de los judíos de la región, pues todos sabían que su padre era griego" (Hech 16:3).

Tal vez alguien podía preguntarse por qué motivo Pablo, que se había opuesto rotundamente a que su discípulo Tito fuese circuncidado en Jerusalén, ahora espontáneamente decida lo contrario respecto a otro discípulo, Timoteo. No se trata de contradicción, sino de un sentido de adaptación, que fue siempre muy vivo en Pablo. En el caso de Tito, se opuso a la circuncisión porque había que defender entonces el principio y la doctrina de que "eso no era necesario para salvarse." En cambio, ahora, tratándose de un nuevo cristiano, hijo de madre hebrea, juzgó que era prudente que recibiese la circuncisión para evitar nuevas e inútiles contradicciones de parte de los judíos de la sinagoga, que podían dificultar la obra evangelizadora de Timoteo y aun la del mismo Pablo.

Sin duda que el día que Pablo dejó Listra, acompañado de Timoteo, se inició una amistad profunda y fiel que hizo del joven un compañero asiduo de Pablo en Corinto, Efeso, Jerusalén y Roma. Compañero de los triunfos y de las persecuciones, "hijo genuino en la fe," como le llamaba Pablo, y del cual el Apóstol, desde una cárcel, dejó este testimonio conmovedor: "No tengo ninguno que esté tan unido de corazón y espíritu conmigo como Timoteo." (cf. c.XXXVI)

"Al recorrer las ciudades, comunicaban las decisiones de los apóstoles y presbíteros de Jerusalén para que las observasen. Las comunidades se robustecían en la fe y crecían en número de día en día.

Como el Espíritu Santo les impidió predicar el mensaje en la provincia de Asia, atravesaron Frigia y la región de Galacia. Y al llegar al confín de Misia, intentaron dirigirse a Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo consintió. Entonces cruzaron Misia y bajaron a Tróade" (Hech 16:4-8).

Dos dificultades encontramos en este texto; la primera es de orden geográfico, ya que las regiones citadas nos resultan desconocidas y sin referencia a divisiones territoriales o nacionales del presente. Para que nos sirva de orientación, recordemos que nos movemos dentro de lo que hoy se llama la Turquía Asiática. Y que la dirección del viaje es desde el sudeste, donde se encontraba Antioquía enfrente de Chipre, hacia el noroeste, donde se hallaba Tróade, situada ya en la costa del mar Egeo, cerca de los Dardanelos.

La segunda observación sobre el texto es que por dos veces se dice que "el Espíritu de Jesús les impidió continuar" por la ruta determinada. A nosotros, que planificamos nuestros viajes hasta la nimiedad, reservando billetes y alojamiento, nos sorprende esta imprecisión de Pablo, que deja la dirección de su camino a la inspiración de Dios. Y hay que reconocer que esto fue así en algunas ocasiones. Podríamos decir que la disponibilidad del Apóstol a la dirección del Espíritu Santo era tal que se guiaba por lo que podríamos llamar un mapa no geográfico, sino carismático. Esto, unido al deseo vehemente de Pablo de predicar la fe en las regiones más cultas de Grecia y aun de la misma Roma, es suficiente para indicarle el camino.

Y ese camino es Tróade, frente al mar Egeo, en cuyas costas, a pocas millas de distancia, se hallaba Grecia.

La Ciudad de Triade.

Tróade era un puerto muy importante, donde blanqueaban las velas que navegaban a Macedonia y a otros puertos del Imperio Romano. La ciudad lucía entonces en todo su esplendor. Urbanísticamente poseía templos, gimnasios, termas, circo y un teatro con 24.000 asientos. Políticamente se regía por el luí italicum concedido por Augusto, que la llamó "Colonia Augusta Alexandría Tróade": Alexandría por Alejandro Magno, tras cuya muerte se había fundado la ciudad, y Tróade por la proximidad de la famosa Troya, sede de la epopeya homérica. Todavía faltaban siglos para que Schliemann excavase la ciudad de Troya; mas los habitantes de Tróade entonces ya sabían que se hallaba cerca.

En Tróade, ciudad tan famosa que Constantino pensó por un momento en hacerla capital de todo su Imperio, se encontraba Pablo: dentro lleva la luz del evangelio; fuera y frente a él está ¡Europa! Más allá, en su mente y en su corazón, estamos todos nosotros.

"En aquella noche en Tróade, Pablo tuvo una visión: se le apareció un macedonio de pie que le rogaba: ."Ven aquí y ayúdanos."

Apenas tuvo la visión, buscábamos cómo salir inmediatamente para Macedonia, seguros de que Dios nos llamaba a predicarles el evangelio" (Hech 16:9-10).

Una vez más interviene el Espíritu Santo en la vida de Pablo, para seguir trazando lo que hemos llamado el "mapa carismático" de sus viajes, es decir, el camino inspirado por Dios que les lleva a nuevas regiones para su predicación.

El personaje aparecido en la visión era un macedonio. Y Pablo lo identificó así, bien porque él se lo declarase o bien porque en la manera de vestir y en el habla le reconoció como tal, ya que llevaba una gran clámide y un sombrero de anchas alas, tal como era la costumbre de los macedonios que él había visto con anterioridad en el puerto.

Estos misioneros que se preparaban a navegar, es decir, Pablo, Silas y Timoteo, y tal vez algunos acompañantes, habían llegado a Tróade después de un largo itinerario en el que habían ido visitando varias comunidades cristianas fundadas por Pablo en su primer viaje, el que hizo acompañado de Bernabé.

Paréntesis en Calada: Enfermedad de Pablo.

El historiador Lucas se apresura en su narración, porque quiere llegar a Grecia. Mas nosotros sabemos de algunos otros sucesos que acontecieron en este viaje, aunque no se nos informe de ellos en este Libro de los Hechos. Y entre ellos el más importante fue una enfermedad de Pablo, que le obligó a detenerse en un lugar no previsto, en la región de Galacia, y que fue ocasión para la evangelización de los gálatas y para que éstos mostrasen al misionero enfermo su hospitalidad y afecto. Así nos lo narra Pablo en su Carta a los Galatas.

Se ha discutido largamente sobre quiénes eran precisamente estos gálatas a los que se dirige la carta de San Pablo. Y la razón de esta controversia es la variedad de opiniones sobre el tiempo y el lugar de las emigraciones de los gálatas. De ellos ya hemos indicado anteriormente (c.XV) su origen y sucesivas emigraciones, una de las cuales terminó en Asia Menor, y que a su vez se dividió en la Provincia romana de Galacia y en una región que podríamos llamar Galacia Norte. La pregunta que aquí nos hacemos es: cuando Pablo escribe a los gálatas, ¿se refiere a los habitantes de aquellas ciudades ya evangelizadas en el primer viaje descrito en el capítulo XIII o, por el contrario, se dirige a los gálatas del Norte? Digamos que el problema no está resuelto, pero que en todo caso sabemos que Pablo, la primera vez que evangelizó a los gálatas, a quienes escribe, padeció una enfermedad violenta, aunque breve, que le hizo interrumpir su viaje. ¿Qué enfermedad era ésta?

Se ha discutido ampliamente entre los comentaristas, que se apoyan principalmente en dos textos. Uno en la citada Carta a los Galatas y otro en la segunda Carta a los Corintios. Así dice el texto de los Galatas.

"Bien sabéis que estaba enfermo de enfermedad corporal cuando por primera vez os anuncié el evangelio. Y puestos a prueba por mi enfermedad, no me desechasteis ni me despreciasteis, sino que me recibisteis como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús. Yo mismo testifico que, de haber sido posible, los ojos os hubierais arrancado para dármelos" (Gal 4:13-15).

El segundo texto se halla en la Carta segunda a los Corintios, donde se contienen muchos datos autobiográficos de Pablo. En ella, después de haber narrado el Apóstol ciertos fenómenos místicos, como éxtasis y visiones con que Dios le favoreció, añade: "Para que yo no me engría por todo esto, se me ha dado un aguijón en la carne, un emisario de Satanás que me abofetea para que no me engría. Por esto rogué tres veces al Señor para que lo apartase de mí, y El me dijo: Te basta con mi Gracia" (2 Cor 12:7-9).

Sobre estos dos textos se han construido diferentes hipótesis para precisar cual fue la dolencia que afectaba a San Pablo. ¿Se refieren los dos textos a la misma enfermedad? ¿Se trataba de una dolencia crónica con períodos agudos? ¿Estaba relacionada con los fenómenos místicos de que se hallaba dotado? ¿Poseía manifestaciones externas que provocaban cierta repugnancia y rechazo en los circunstantes? ¿Era una tentación de tipo carnal y sexual? ¿O se trataba más bien de la malaria que pudo contraer en las regiones pantanosas de Panfilia durante su primer viaje?

Como se ve, el texto se puebla de interrogantes y el cuadro clínico comprende una larga lista: calculos, sordera aguda, gota, epilepsia, oftalmía deformante, etc. Del hecho de que los gálatas, por aprecio al enfermo, no "escupiesen al verlo" no puede deducirse el tipo de enfermedad, ya que estos pueblos escupían en presencia de cualquier tipo de dolencia, que suponían ocasionada por un espíritu aposentado en el enfermo. La lista clínica del dudoso diagnóstico es la mejor prueba de nuestra ignorancia.

Concluyamos, pues, que Pablo, durante el tiempo de su primera evangelización de Galacia, que probablemente sucedió en este segundo viaje, sufrió un ataque inesperado de una enfermedad, que fue la ocasión para que él se detuviese en aquella región y predicase a sus habitantes, y al mismo tiempo les ofreció a éstos una oportunidad para manifestar al enfermo sus buenos sentimientos.

Se alzan las velas hacia Grecia.

Volvemos a Tróade, donde habíamos detenido nuestro relato. No fue difícil encontrar una nave que zarpase para Macedonia. Y los expedicionarios se hicieron a la vela para recorrer los 230 kilómetros que separan a Tróade de la ciudad griega de Neápolis, con una breve detención en la isla de Samotracia, que está a mitad de camino.

Lo más importante de esta travesía es que Lucas, para describirla, emplea por vez primera sus verbos en la primera persona del plural, "buscamos" cómo partir, Dios "nos" llamaba, "zarpamos" para Neápolis, "nos" detuvimos unos días, etc. En una palabra: el relato histórico se nos convierte en autobiográfico.

Estamos en presencia de lo que la crítica ha llamado los fragmentos Wir, de la palabra alemana "nosotros," en los que los intérpretes descubren el relato autobiográfico de Lucas que debió de incorporarse a la expedición cuando Pablo se hallaba en Tróade.

Tras una breve travesía, la nave tocó tierra en Neápolis, donde desembarcaron los cuatro misioneros, que seguidamente, y caminando por la vía Egnatia, se dirigieron a Filipos (hoy Cávala), que distaba sólo un par de horas.

La vía Egnatia era la más antigua calzada romana de Europa oriental, que llegaba precisamente entonces hasta Neápolis. Dirigiéndose a Occidente, pasaba por Anfípolis y Tesalónica, atravesaba los Balcanes y alcanzaba hasta Dirraquio, el actual Durazzo, enfrente de Brindis, desde donde se continuaba por la vía Appia hasta llegar a Roma, centro y origen de toda la red viaria del Imperio. Por tanto, cuando nuestros misioneros pisaron la vía Egnatia tenían delante de sí las anchas posibilidades y esperanzas del Imperio Romano.

La Ciudad de Filipos.

La ciudad de Filipos antiguamente había llevado el nombre de Kránides, que significa "fuentes," y fue reconstruida por Filipo II, rey de Macedonia y padre de Alejandro Magno. Hacía pocos años que el emperador Augusto la había levantado a la categoría de colonia romana, y ostentaba el título de "Colonia Augusta Victrix Filippensium," con derecho municipal itálico y exención de tributos. La villa estaba poblada en gran parte por los antiguos veteranos de las legiones, que habían llevado consigo sus lares y divinidades domésticas, como Minerva, Diana, Mercurio y Hércules. La ciudad, que tenía foro, teatro, acrópolis y murallas, se regía, a semejanza de Roma, por dos magistrados, llamados arcantes, elegidos anualmente por los ciudadanos, a la manera de los cónsules, que tenían potestad judicial y se hacían acompañar de lictores con hachas -y fasces.

San Pablo, al llegar a Filipos, siguiendo su costumbre, trató de establecer primero un contacto con la colonia judía, que allí era tan escasa que ni siquiera formaban número suficiente para mantener una sinagoga.

"El sábado salimos a las afueras y fuimos por la orilla del río a un sitio donde pensábamos que se reunía gente para orar; nos sentamos y trabamos conversación con las mujeres que habían acudido. Una de ellas, que se llamaba Lidia, natural de Tiatira, comerciante de púrpura y adicta al judaismo, estaba escuchando. Y el Señor le abrió el corazón para que hiciera caso a lo que decía Pablo" (Hech 16:13-14).

Lidia es la primera persona, identificable por su nombre, que aceptó la fe en esta Europa que se estrenaba para Cristo. Lidia no es un nombre propio, sino más bien denominación onomástica de origen, ya que había nacido en Tiatira, ciudad perteneciente a la región de Lidia, situada en la parte más occidental del Asia Menor y en la costa del mar Egeo.

Tiatira era una ciudad ya famosa y conocida de Hornero por sus telas de púrpura, que era precisamente el comercio que ejercía Lidia, probablemente heredado de su difunto esposo. Este negocio requería un importante capital, y la casa de Lidia, por su capacidad y el número de sus sirvientes, podía albergar a los recién venidos.

Lidia, tras escuchar a Pablo, se bautizó con toda su familia, que, más que sus parientes, significa aquí los esclavos y sirvientes que tenía en su casa. Y seguidamente invitó a los misioneros a hospedarse en ella. "Si estáis convencidos de que soy fiel al Señor, venid a hospedaros en mi casa. (Y añade Lucas) y nos obligó a aceptar" (Hech 16:15).

Los caminos de la geografía espiritual de Pablo son maravillosos. Los cuatro misioneros — los cuatro magníficos del evangelio — han pisado territorio griego y se hallan en una ciudad griega, colonia romana, en la que ni siquiera hay judíos bastantes para formar una sinagoga, pero donde se abre la primera Iglesia cristiana de Europa: es la iglesia doméstica en la casa de una mujer, comerciarte en púrpura, que les fuerza con habilidad y con insistencia femeninas a alojarse allí, y que pone al servicio de los misioneros su fe, su dinamismo y sus recursos. Y en casa de Lidia sin duda permanecieron algún tiempo, hasta que la persecución, que siempre acompañaba a Pablo, se presentó inopinadamente.

 

Curación de la Pitonisa y Prisión de Pablo.

"Una vez que íbamos al sitio de la oración, nos salió al encuentro una muchacha esclava, poseída de un espíritu de adivinación, que, pronunciando oráculos, producía muchas ganancias a sus amos. La chica nos seguía a Pablo y a nosotros gritando: "Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, que os anuncian el camino de salvación." Venía haciendo esto durante muchos días, hasta que Pablo, cansado, se volvió y dijo al Espíritu: — En nombre de Jesucristo, te mando que salgas de ella. Y en el mismo instante salió" (Hech 16:10-18).

Cuando la narración de los Hechos nos presenta a esta adivina, quizá Lucas esté pensando en lo que nosotros llamaríamos una "médium" espiritista. Es decir, una persona que puede caer en trance hipnótico y pronunciar palabras que son interpretadas como comunicación con los espíritus y como oráculos que vaticinan el futuro.

En este caso, sabemos que la muchacha ejercitaba su arte adivinatorio en provecho de sus amos, que tal vez fuesen un grupo o corporación de sacerdotes paganos que explotaban así a la muchacha. De ella dice el texto griego que está poseída de un "espíritu pitón."

Pitón, en la mitología griega, era una serpiente maravillosa que profería oráculos, pero que fue vencida por Apolo, quien desde entonces adquirió dicho poder. Por eso se le llamaba Apolo "pírico," y a las adivinas que estaban bajo su protección se las llamaba "pitonisas." La chica de nuestra historia era una pitonisa que operaba en la ciudad de Filipos; aunque es difícil determinar hasta qué punto se hallaba dotada de poderes parapsicológicos o estaba manipulada por el demonio.

En el presente caso, Pablo descubrió en la acción de la adivina una intervención diabólica, y por eso conminó al mal espíritu a que saliese de ella, como, en efecto, lo hizo. Aunque tuvo el resultado de que la chica quedó privada de sus poderes adivinatorios y consecuentemente de su valor comercial. La reacción de sus amos no se hizo esperar.

"Los amos, viendo que se les iba toda esperanza de negocio, agarraron a Pablo y Silas y los arrastraron a la plaza ante las autoridades y los presentaron a los arcontes, diciendo: "Estos hombres están alborotando nuestra ciudad. Judíos como son predican enseñando costumbres que nosotros no podemos aceptar ni practicar, siendo como somos romanos."

La plebe se amotinó contra ellos y los magistrados dieron orden de que los desnudaran y apalearan. Y después de molerlos a palos, los metieron en la cárcel, mandándole al carcelero que los pusiera a buen recaudo. Y éste, conforme a la orden recibida, los metió en la mazmorra y les sujetó los pies en el cepo" (Hech 16:19-24).

Hemos dicho que Filipos, como colonia, se regía por el lus Italicum y que, por tanto, Pablo y Silas, que eran ciudadanos romanos, deberían haber sido juzgados de acuerdo con un procedimiento legal. La ley Valeria prohibía golpear a un ciudadano romano sin una decisión judicial previa y explícita, y la ley Porcia prohibía aplicar en cualquier caso los azotes o verberatio a un ciudadano. Estas eran las leyes; pero lo que estaba sucediendo allí entonces tenía mucho de tumulto, en medio del cual los presuntos culpables fueron empujados ante el tribunal, y, sin dar lugar a explicaciones ni defensas, fueron perentoriamente acusados, condenados, azotados y enviados a la cárcel.

Liberación de Pablo y de Silas.

"A eso de media noche Pablo y Silas oraban cantando himnos a Dios. Los otros presos escuchaban. De repente, vino una sacudida tan violenta que retemblaron los cimientos de la cárcel, las puertas se abrieron de golpe y a todos se les soltaron las cadenas" (Hech 16:25-26).

En la vida de Pablo lo humano y lo divino se asocian tan estrechamente que es difícil separarlos. Aquellos dos reos eran tan diferentes de los demás que, en lugar de protestar y maldecir, se ponían a rezar y cantar. Lo cual produjo sorpresa y admiración en los demás encarcelados que los escuchaban en silencio. "De repente, el edificio de la cárcel sufre una sacudida violenta" (Hech 16:26).

Es bien conocido que Grecia y sus islas han sido frecuente teatro de sacudidas tectónicas; pero en todo caso la presente estaba pretendida por Dios con un efecto especial, ya que no es normal que en un terremoto no se desplome el edificio, sino que tan sólo se suelten las cadenas.

Hubo, sin embargo, una persona en quien este seísmo tuvo un efecto muy peculiar, y fue en el carcelero o alcaide de la prisión.

"El carcelero se despertó, y al ver las puertas de la cárcel de par en par, sacó la espada para suicidarse, imaginando que los presos se habían fugado. Pablo lo llamó a gritos: — No te hagas nada, que estamos todos aquí.

El carcelero pidió una lámpara, saltó dentro y se echó temblando a los pies de Pablo y Silas. Los sacó fuera y les preguntó: — Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?

Le contestaron: — Cree en el Señor Jesús, y os salvaréis tú y tu familia.

Y le explicaron el mensaje del Señor a él y a todos los de su casa. El carcelero los acogió a aquellas horas de la noche. Les lavó las heridas y se bautizó en seguida con todos los suyos. Luego los subió a su casa, les preparó la mesa y celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios" (Hech 16:27-34).

La primera reacción del carcelero fue casi automática: poseído de terror, y creyendo que los presos se habían fugado, sacó la espada para poner fin a su vida. Después, con un cambio súbito, se arroja tembloroso a los pies de Pablo. Todas sus impresiones se acumulan; aquellos presos no son como los demás: él sabía que aquellos hombres predicaban la salvación, porque así lo había declarado la pitonisa; sabía igualmente que habían dominado al espíritu de la adivina, advertía que cantaban en vez de maldecir, y que no se habían aprovechado de tal terremoto para escapar. Este conjunto de sucesos hace que el carcelero se sienta invadido de un temor religioso. Y Pablo, que sabe leer debajo de la pregunta del alcaide, descubre en ella una disposición para recibir la fe y el bautismo. Todo sucede con pasmosa celeridad: catequesis, aceptación, bautismo y ágape fraternal.

En el intervalo, los magistrados, o "arcontes" de la ciudad, habían tenido tiempo para reflexionar sobre los acontecimientos tumultuosos de la víspera, y, juzgando que no había razón para mantener detenidos a los autores, mandan libertarlos.

"Por la mañana, los magistrados enviaron alguaciles con esta orden: pon en libertad a estos hombres. Y el carcelero se lo comunicó a Pablo: — Los magistrados mandan a decir que se os ponga en libertad. Por tanto, salid y marchaos en paz.

Pero Pablo replicó a los alguaciles: -¡Cómo! Nos azotan en público sin previa sentencia; a nosotros, ciudadanos romanos, nos meten en la cárcel, ¿y ahora pretenden echarnos a escondidas? Ni hablar, ¡que vengan ellos en persona a sacarnos!

Los alguaciles comunicaron las respuesta a los magistrados. Y al oír que eran ciudadanos romanos, se asustaron y fueron a excusarse. Les sacaron fuera y les rogaron que se marchasen de la ciudad" (Hech 16:35-39).

La invocación de la ciudadanía romana tiene un efecto fulminante; los magistrados se apresuran a ir en persona a la cárcel para poner en libertad a los presos y ofrecerles sus excusas, a las que añaden el ruego de que se retiren de la ciudad. Sin duda no quieren que se repitan los tumultos de la tarde anterior, ahora que conocen la categoría de los detenidos.

Es muy probable que Pablo permaneciese todavía unos días en Filipos, mientras preparaba su marcha. El grupo apostólico experimentó un pequeño reajuste: sabemos expresamente que Pablo y Silas se marcharon de la ciudad; de Timoteo, es probable que los acompañase. Y en cuanto a Lucas, parece que se quedó en Filipos, quizá al frente de aquella com