La Iglesia

Ortodoxa

N. Zernov

(Corregido y adaptado por Carlos Etchevarne)

 

 

Prefacio.

Capitulo I. La Iglesia en el Oriente Durante la Lucha por la Supervivencia Siglos I-IV.

La Iglesia y el Judaismo. La Separacion de la Iglesia Respecto de Israel. La Iglesia y el Helenismo. La Iglesia y el Estado Romano. La Persecucion: Su Origen y Naturaleza. Las Causas de la Victoria Cristiana. Las Primeras Sectas y Herejias. Autores y Maestros de la Iglesia Oriental en los Siglos II y III.

Capitulo II. Los Concilios Ecumenicos y el Cisma Oriental.

Constantino El Grande (306-337). El Emperador y el Concilio Ecumenico. El Arrianismo. Las Consecuencias de Nicea. La Victoria de la Ortodoxia Nicena. El II Concilio Ecumenico y el Emperador Teodosio (379-395). La Conversion en Masa del Imperio y sus Efectos Sobre la Iglesia. San Juan Crisostomo (347-407). El Cisma Nestoriano. El Segundo Concilio de Efeso (449). El Cuarto Concilio Ecumenico (451). El Cisma Calcedonico. Justiniano I y su Politica Eclesiastica (527-65). La Definicion de Calcedonia y la Separacion de las Iglesias Orientales. El Cristianismo y el Nacionalismo. El Cristianismo Fuera Del Imperio Bizantino. Roma y el Oriente Cristiano. El Monacato Oriental.

Capitulo III. El Oriente Cristiano Entre el Islam y Las Cruzadas. Siglos VIII-XIII.

El Islam. El VI Concilio Ecumenico (680-681). La Iconoclasia y el VII Concilio Ecumenico (787). La Revivificacion del Imperio Occidental. La Controversia Sobre El "Filioque." La Conversion De Los Eslavos. El Cisma Fociano. Deficiencias y Realizaciones Bizantinas. La Ruptura Entre Bizancio y Roma. La Consolidacion de la Autocracia Papal en el Siglo XIII. El Significado de la Excomunion de Humberto. La Venida De Los Cruzados. El Saqueo de Constantinopla el Viernes Santo de 1204. Las Iglesias De Lengua Eslava. La Conversion De Rusia Al Cristianismo. Los Primeros Frutos del Cristianismo Ruso.

Capitulo IV. La Invasion Mogolica y la Caida de Bizancio. Siglos XIII-XV.

Rusia Bajo el Yugo Mogolico (1240-1480). Sergio de Radonezh (1314-92). La Obra Misionera de la Iglesia Nestoriana. Los Mogoles y el Cristianismo. Los Mogoles y la Conversion de Asia al Islam. El Concilio Florentino (1439). Los Ultimos Años del Imperio. Los Turcos Otomanos y la Caida de Constantinopla.

Capitulo V. Los Siglos de Aislamiento y Opresion. Siglos XV-XVIII.

El Imperio Otomano. La Iglesia Ortodoxa Bajo El Yugo Turco. El Oriente Ortodoxo entre Roma y la Reforma Protestante. Cirilo Lukaris (1572-1638). La Iglesia Ortodoxa y el Zarismo Moscovita. Dos Tendencias de la Ortodoxia Rusa. El Cisma De La Iglesia Rusa. Los Ortodoxos en Polonia y Ucrania. La Incorporacion de Ucrania al Zarismo Moscovita y el Concilio de 1666-67. El Arcipreste Avvacum (1620-82). La Iglesia Rusa en la Vispera de las Reformas de Pedro El Grande (1668-98). Pedro El Grande (1682-1725) y la Abolicion del Patriarcado de Moscu. Los No Juramentados y la Iglesia Ortodoxa. El Imperio de San Petersburgo y la Iglesia Rusa en el Siglo XVIII. San Tikon De Zadonsk Y Paisy Velichkovsky. La Ascendencia Occidental Sobre el Oriente Cristiano. La Iglesia de Santo Tomas en el Sur de la India. La Iglesia de Etiopia. La Iglesia Nestoriana del Oriente. La Iglesia de los Armenios. La Iglesia Copta. Los Jacobitas. Los Cristianos Balcanicos en los Siglos XVII y XVIII. Los Ortodoxos Orientales Bajo el Gobierno de los Habsburgos. El Oriente Cristiano en la Epoca de su Decadencia (Siglos XV-XVIII).

Capitulo VI. El Periodo de Estimulo Intelectual y Liberacion Nacional. Siglo XIX.

La Iglesia Rusa a Principios del Siglo XIX. San Serafin de Sarov (1759-1832). Optina Pustin. El Metropolitano Filareto de Moscu (1782-1867). La Revivificacion de la Obra Misionera. Los Eslavofilos. Alejo Khomiakov (1804-60). La Aparicion de las Iglesias Autocefalas Nacionales en los Balcanes. La Iglesia Serbia. Los Principes-Obispos de Montenegro. La Iglesia De Grecia. La Iglesia De Rumania. La Iglesia De Bulgaria. Exito y Fracaso de las Iglesias Balcanicas. Los Ortodoxos en Austria-Hungria. La "Intelligentsia" Rusa y la Iglesia Ortodoxa. Feodor Mikhailovich Dostoievsky (1821-81). Vladimir Sergeevich Soloviev (1853-1900).

Capitulo VII. Epoca de Penalidades y Pruebas. Siglo XX.

El Renacimiento Religioso Ruso. Cuatro Conversos del Marxismo al Cristianismo. Intentos de Reforma de la Iglesia Rusa (1905-14). El Padre Juan de Kronstadt (1829-1908). El Concilio Eclesiastico Panruso (18 De Agosto-9 de Noviembre de 1917 y 20 de Enero-7 de Abril de 1918). Reorganizacion de las Iglesias Orientales Despues de la Primera Guerra Mundial (1914-18). La Revivificacion del Cristianismo en los Balcanes. Principales Caracteristicas del Cristianismo Oriental en los Siglos Xix Y Xx. La Campaña Atea de los Comunistas. La Reaccion de los Ortodoxos. La Iglesia Rusa en el Exilio y su Encuentro con el Occidente Cristiano. Los Emigrantes Rusos y el Movimiento Ecumenico. El Estado Actual de la Iglesia Oriental.

Capitulo VIII. La Fe y Doctrina de la Iglesia Ortodoxa.

El Significado de la Doctrina en el Oriente. La Autoridad De La Iglesia En El Oriente. La Sagrada Escritura y la Tradicion Eclesiastica. La Comunion de los Santos. La Canonizacion de los Santos entre los Ortodoxos Bizantinos. La Madre de Dios. Las Oraciones por los Difuntos. La Doctrina Eucaristica.

Capitulo IX El Culto y los Sacramentos en el Oriente Cristiano.

La Santa Comunion. Los Sacramentos de los Cristianos Orientales. El Bautismo. La Confirmacion. La Confesion. Los Santos Oleos. La Ordenacion. El Matrimonio. Otros Ritos Sacramentales. Oficios de la Iglesia Oriental. Los Libros Liturgicos que Utilizan los Cristianos Orientales. Algunas Razones de la Diferencia entre las Actitudes de Oriente y Occidente Hacia el Culto Cristiano.

Capitulo X. La Iglesia en la Vida de los Cristianos Orientales.

La Iglesia y El Niño. La Iglesia y los Seglares. Los Ritos de las Postrimerias. El Adiestramiento Avanzado en la Vida Espiritual. La Iglesia Ortodoxa y los Problemas Eticos y Sociales.

Capitulo XI. El Arte Sagrado del Oriente Cristiano.

El Significado de los Iconos y los Frescos para los Ortodoxos. El Tema de los Iconos y Frescos. Los Iconos de las Festividades Eclesiasticas. Los Iconos Doctrinales. El Renacimiento Contemporaneo del Arte en el Oriente Cristiano. Etapas de la Evolucion del Arte Bizantino. Las Escuelas de los Pintores de Iconos Rusos. Las Tradiciones Artisticas de Oriente y Occidente.

Conclusion. El Oriente Cristiano y el Mundo Contemporaneo.

Notas.

 

 

 

Prefacio

El cristianismo ha estado identificado con Europa durante más de un milenio. A los ojos de los asiáticos y africanos, el cristianismo es la religión del hombre occidental y está íntimamente relacionado con la civilización científica y técnica que se ha originado en la Europa occidental. Sin embargo, esta idea que generalmente se acepta no repara en un importante hecho: por lo menos un tercio de todos los cristianos contemporáneos no se consideran occidentales, sino que dan a su Iglesia la denominación de ortodoxa oriental.

Si de una ojeada pudiésemos abarcar toda Europa desde algún punto central, tal como Suiza, nos sorprendería la gran división arquitectónica de las iglesias. En Occidente, las iglesias tienen chapiteles, agujas y torres cuadradas por encima de los edificios ordinarios. En Oriente, por contraste, los domos y cúpulas sustituyen a las agujas, y cuanto más hacia el este miramos, tanto más completa es la transformación. Además, el interior de las iglesias orientales revela una diferencia aún mayor. Una sólida pantalla separa el extremo oriental del resto del edificio y oculta el altar a la comunidad, menos cuando se abre la puerta central que hay en ella. Estas iglesias redondas, con cúpulas, ricamente decoradas con pinturas sacras, señalan la mitad oriental del cristianismo.

Grecia, los Balcanes, el Cáucaso, Asia occidental, Egipto y Etiopía son las patrias tradicionales de las Iglesias ortodoxas. Rusia y Siberia se agregaron a ellas posteriormente. Las tierras de los cristianos orientales forman geográficamente en la actualidad un enorme triángulo que separa al Occidente cristiano del mundo oriental no cristiano. Su base tiene 12 000 millas de longitud, extendiéndose a través de la llanura ruso-siberiana desde Pétsamo, al oeste del Océano Artico, donde se juntan las fronteras rusas y finesas, hasta Alaska en el este, donde los misioneros rusos cristianizaron a los naturales en el siglo XIX. El lado occidental del triángulo atraviesa Finlandia, Estonia y Letonia, avanza por el sur hacia Galitzia y los montes Cárpatos, divide Yugoslavia en dos mitades, toca a Albania y llega al ápice meridional del triángulo en Egipto. El lado oriental atraviesa Etiopía, pasa por Palestina, Siria e Iraq, y desde allí llega a Turquestán, Manchuria, China del Norte, Japón y Corea. La gran mayoría de los cristianos orientales viven ahora dentro de este triángulo.

Un avanzado puesto del cristianismo oriental aislado se halla en el sur de la India, donde la Iglesia ortodoxa ha subsistido en Travancore hasta el presente, como vestigio de la anteriormente difundida Iglesia nestoriana del Imperio persa. Las comunidades de los ortodoxos orientales también se pueden encontrar por toda la Europa occidental, especialmente en Francia y Bélgica. También están dispersas por Gran Bretaña y sus dominios. Africa tiene muchos cristianos ortodoxos, principalmente griegos y sirios, y en Uganda hay una Iglesia ortodoxa africana nativa. Australia también posee multitud de parroquias rusas y griegas. El mayor número de ortodoxos en Occidente viven en los Estados Unidos de América, que cuentan con tres millones de ortodoxos, procedentes de casi todas las naciones del Oriente cristiano.

La posición geográfica de los cristianos orientales explica su historia. Situados entre el Occidente cristiano y el Islam, los cristianos orientales tuvieron que afrontar la presión de ambos lados, y esto ocasionó su derrota y la pérdida de su libertad política. Todos los cristianos orientales han experimentado la dureza del yugo de los vecinos hostiles en algún período de su historia, pero la mayoría han recuperado finalmente su independencia, aunque a costa de su anterior territorio y de algunos de sus hermanos de religión. Esto quiere decir que los cristianos orientales situados al borde del triángulo han sido divididos y absorbidos en comunidades extrañas a ellos. Tal suceso ocurrió a todo lo largo de la frontera oriental, donde los cristianos orientales han vivido, durante siglos, sujetos a sus conquistadores islámicos: en Egipto, Siria e Iraq, los cristianos constituyen ahora solamente una minoría, mientras que en el pasado estos países eran las plazas fuertes de la ortodoxia oriental. En la frontera occidental, la escena es idéntica. Los albaneses y los yugoslavos están divididos por su obediencia eclesiástica: algunos son latinos; otros, ortodoxos. Una situación simii1ar existe en los países fronterizos de Checoslovaquia, Letonia, Estonia y Finlandia. El pueblo de estas tierras pertenece en parte a tradiciones orientales y en parte a tradiciones occidentales, mientras que las naciones dentro del triángulo -los griegos, serbios, búlgaros, rumanos, rusos y georgianos- son sólidamente ortodoxos.

El cristianismo es esencialmente una religión universal que no se limita a ninguna región o nación, y, sin embargo, sus concretas manifestaciones se ven fuertemente matizadas por el color de su lenguaje, de su temperamento y de las costumbres locales de sus seguidores.

El presente volumen trata principalmente de la parte oriental del cristianismo, a modo de introducción general a su historia, enseñanza, culto y arte. Pero aunque el Oriente y el Occidente cristianos han llevado una existencia dividida durante los últimos quinientos años, y en ocasiones casi se han perdido de vista mutuamente, no se pueden estudiar por separado. Su similitud y contraste, su atracción y repulsión, forman un tema central de la historia eclesiástica, y, por lo tanto, se hace referencia a sus relaciones en muchas páginas de este libro.

Aquellos lectores que deseen un conocimiento más detallado de la Iglesia oriental encontrarán algún material adicional en las notas y en la bibliografía sistematizada que se incluye al final del libro. Por otra parte, las setenta y una ilustraciones que en él se incluyen, reproducen tanto la arquitectura de multitud de iglesias orientales, como la temática de los mosaicos, frescos e iconos que ocupan un importante lugar en la vida y culto de los ortodoxos. Algunos de ellos indican las ceremonias y costumbres religiosas del Oriente cristiano. En la elaboración de este libro me han prestado ayuda varias personas, a quienes debo verdadero reconocimiento. A Mrs. Arthur Ward por mecanografiar mi manuscrito; al reverendo Patrik Thompson, y, a Mrs. Essex-Lewis, por su lectura y valiosas sugerencias; al profesor T. Talbot Rice, por sus comentarios sobre el capítulo del Arte sacro; a Miss. Vanessa Jebb y a Mrs. Robin Porteous, por su ayuda en /a selección de ilustraciones. Mi agradecimiento especial se debe al profesor E. O. James por sus consejos y estímulos, y a Miss Mary Bromley, que leyó el primer borrador de esta obra y me ayudó a darle su forma final.

 

Oxford, N. ZERNOV

 

Capitulo I.

La Iglesia en el Oriente Durante la Lucha

por la Supervivencia

 

Siglos I-IV.

La Iglesia y el Judaísmo.

La comunidad cristiana cobró existencia en la festividad de Pentecostés, cuando un pequeño grupo de galileos se llenaron del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, a medida que el Espíritu les daba expresión"1. Este acontecimiento tuvo lugar en Jerusalén, ciudad fronteriza del Imperio romano, frente al Oriente inconquistado. Comenzó una nueva era en la evolución espiritual de la humanidad. La nueva religión se difundió rápidamente por las vías de comunicación dentro de la Diáspora judía. Durante la vida de los Apóstoles esta expansión llegó hasta España y probablemente hasta la India; Roma, Alejandría, Antioquía y otras grandes ciudades se convirtieron en centros de actividades cristianas.

La historia de la Iglesia presenta una imagen de la continua adaptación a un ambiente siempre variable, y no por eso conflictivo por la insercción del Poder Político en la vida eclesial. Poder, que muchas veces trató de cambiar el verdadero Mensaje Evangélico basado en la tradición apostólica matenidas por el Apostolado primero y por el Episcopado después. La variación de los intereses políticos estaban interrelacionados a los intereses económicos, basados esencialmente que el Poder Político no se delega sino que se ejerce (y no siempre con la persuasión sino con la violencia, la violación de principios sagrados, matanza de pueblos, sobornos y complicidad de gobernantes y hasta de la misma jerarquía eclesial que por temor, prejuicio o el ansia infrenable de la tenencia del poder, aceptaban en el nombre de la iglesia lo inaceptable. Lo inconcebible a la Luz de la Verdad revelada por Dios a través de profetas, apóstoles y hasta del mismo Cristo.

Para los amantes del poder terrenal (sean civiles o eclesiásticos) hacerse los tontos o los desentendidos ante la Verdad Revelada, no era para ellos su debilidad sino su mejor habilidad. Habilidad que no bastaba con ser proclamada sino ejercida, porque allí estaba la base de su influenciamiento en lo social, como una manifestación (u ostentación) expresa del poder que ellos en el nombre de Dios ejercían.

El sometimiento, la vejación, la conspiración, la infedilidad hacia el Evangelio y la tradición eran las expresión de estos sentimientos de amor expresados por aquellos que decían que lo que hacían era para glorificar a Dios, para manifestarlo como un testimonio único e irrepetible.

La historia de la iglesia, se compone de adelantos y retrocesos, de victorias y derrotas; pero a pesar de estos cambios revela tal tenacidad de propósito, tal unidad de fe, que la Iglesia cristiana se ha distinguido de todas las otras religiones.

El primer problema con que tropezaron los seguidores del Mesías fue la adaptación a la comunidad judía en que nació su forma de vida religiosa. Los judíos ocupaban una posición única en el Estado plurinacional romano. Etnicamente afines a los otros habitantes de Siria y Arabia, aún formaban un grupo densamente compacto, resistiéndose ferozmente a la fusión con sus otros vecinos. Esta obstinada altivez era resultado de su historia religiosa, pues los judíos no sólo profesaban un monoteísmo intransigente, en aguda oposición contra el politeísmo predominante de otras naciones, sino que, además, creían que Dios había concertado un pacto personal con Israel, ordenando a su pueblo elegido que obedeciera su ley, y prometiéndoles a su vez redimirles del pecado y de la opresión. Los libros del Antiguo Testamento contienen la historia de un largo proceso de educación y purificación, en el curso del cual Israel, unas veces obediente, otras veces rebelde, había dado existencia a una nueva casta, capaz de realizar la tarea que le asignaba Yavé. La fe en lo humanamente imposible, la disposición a sufrir en obsequio del pacto, una elevada autoconciencia y una profunda comprensión de que la santidad y la confianza son condiciones indispensables para la comunión con el Señor de los Ejércitos se convirtieron en algunas de las sorprendentes características del pueblo elegido.

La ardiente esperanza de liberación de todas sus aflicciones, que vendría ligada al advenimiento de un mensajero divino especial, alcanzó su cumbre en el siglo que vio el nacimiento de la Iglesia. Después de un período de independencia política bajo los Macabeos (168-63 antes de J.C.), que había intensificado las aspiraciones nacionales y religiosas judías, Palestina se incorporó al Estado romano y se expuso cada vez más a la forzada helenización. Bajo Herodes el Grande (37-4 antes de J.C.), que gobernó sobre Judea, Samaria y Galilea como rey nombrado por el Senado romano, y bajo sus sucesores, se fundaron ciudades paganas en Palestina, donde los extranjeros helenizados adoraban a sus numerosos dioses. Se erigieron templos a Augusto, y el país, habitado por un pueblo que aborrecía cualquier imagen esculpida, quedó contaminado de un paganismo triunfante. Bajo el impacto de esta derrota y humillación, un cierto número de judíos empezó a mezclarse con los gentiles y a renunciar a su exclusividad religiosa y racional. Pero esta apostasía sólo incrementó el celo de los demás, que con renovado vigor afirmaban su firme confianza en la liberación prometida y reducían al mínimo todos sus contactos con el mundo externo. Tal conducta condujo inevitablemente a constantes choques con las autoridades romanas. Apenas transcurría un año sin una revolución local o una rebelión mayor. Algunos historiadores consideran que nada menos que 250 000 judíos perecieron durante el siglo anterior a la destrucción de Jerusalén en el año 70 de nuestra era. Estas cifras representan una fuerte pérdida en una pequeña población que probablemente no rebasaba el millón de habitantes. En esa atmósfera de agudo sufrimiento floreció una literatura apocalíptica, y cualquier rebelde que afirmaba ser el Mesías fácilmente reunía partidarios fanáticos.

La lucha de Palestina tuvo importantes repercusiones en otras partes. La mayor parte de los judíos del siglo I pertenecían, no a Palestina, sino a la Diáspora. Se podían hallar sus colonias en todos los puertos de mar importantes y centros comerciales prósperos del Imperio, e incluso fuera de sus fronteras, en la India, Ceilán y Etiopía. Esta Diáspora, que contenía cinco veces más judíos que la Tierra Santa, presentaba la misma imagen de tensión y exclusividad, pero sin ese constante derramamiento de sangre, que fue faceta tan trágica de la historia de Israel en su territorio nativo. Los judíos de la Diáspora se vieron obligados a tener más contactos con la población que les rodeaba, y no podían evitar enteramente cierta mezcla con los gentiles. El Antiguo Testamento se tradujo al griego en Alejandría en el siglo II antes de J.C. Hubo también algunos conversos al judaísmo que actuaron como intermediarios y ayudaron a los primeros cristianos a penetrar en la comunidad gentil.

Al principio, el mensaje del Evangelio se dirigió exclusivamente a esa nación fuertemente oprimida y no derrotada aún, que tan claramente se percató del abismo que le separaba del resto de la humanidad. La respuesta fue mixta: se convirtieron algunos judíos, pero la mayoría se negaron a aceptar a Jesucristo como al Mesías prometido. El galileo crucificado chocaba demasiado, con la figura convencional de un libertador nacional, asociado en sus mentes con el advenimiento del Redentor. Casi inmediatamente rebasó la naciente Iglesia los confines del judaísmo ortodoxo. Pronto se pudo ver que los intrépidos testigos del Cristo Resucitado se mezclaban con las multitudes gentiles, desterradas por los judíos.

 

La Separación de la Iglesia Respecto de Israel.

Los cristianos tomaron la decisión crucial de separarse de Israel cuando se dieron cuenta de la universalidad de su religión y decidieron incorporar a su sociedad, y en iguales condiciones, a los conversos del paganismo. Este paso fue verdaderamente revolucionario, pues en el siglo I existió el más fuerte contraste posible entre Israel y el mundo helenista. Se desengañaron los paganos, sometiéndose a la fe ciega como fuerza que dominaba tanto a los dioses como a los hombres; el universo, a su manera de ver, tenía muchas divinidades, pero no poseía un maestro real, un principio rector y un propósito nacional, mientras que los judíos estaban seguros de su posición privilegiada y plenos de esperanza. Sin embargo, el mensaje cristiano fue aceptado por algunos miembros de ambas sociedades, y fue su íntima colaboración la que edificó el fuerte, aunque flexible, armazón de la Iglesia, y universalizó su doctrina lo suficientemente para escapar de los límites de un grupo étnico o cultural.

El judaísmo proporcionó al cristianismo su afirmación básica de que el Dios de Israel había elegido a su raza obstinada y vital para el propósito especial de la reconciliación con la humanidad, y de que Jesús era el Mesías prometido, que ofrecía la liberación del poder de la ignorancia y el pecado a los que creían en Él. Israel también proporcionó a la Iglesia las Sagradas Escrituras, y los ritos de la iniciación y el pacto, que de una forma modificada se convirtieron en las piedras fundamentales del culto y organización cristianos. Del judaísmo, la naciente Iglesia aprendió a congregar a sus miembros para celebrar servicios semanales regulares, en los que, se leían las Escrituras, se daba instrucción y se hacía verdadera la presencia divina mediante el encuentro corporativo, en el ágape eucarístico. De la misma fuente heredó la Iglesia el sentido de ser una comunidad separada, radicalmente distinta de los que no reconocían al único y verdadero Dios, y, en vez de adorarle a Él, veneraban ídolos que el mismo hombre había creado, según su afirmación. El pueblo elegido mostraba también un ejemplo de completa dedicación a la sagrada causa y de valentía al afirmar su intransigente punto de vista. Los judíos enseñaron a la Iglesia que Dios es Santo y que sus siervos deben estar dispuestos a sufrir la prueba del fuego.

 

La Iglesia y el Helenismo.

Dios es amor, pero la ardiente llama de la caridad divina consume todo lo que es impuro. Este y otros convencimientos fundamentales adquiridos de los judíos dieron a la Iglesia su estabilidad y su enorme poder de resistencia. Pero, mediante sus contactos con el mundo helenista, los cristianos conocieron su capacidad de expandirse, de penetrar en nuevos campos, de hacer frente a la variedad de necesidades humanas y de satisfacer muy diferentes exigencias y aspiraciones. La mayor de sus contribuciones fue la lengua griega. Es de suma importancia en la historia de la Iglesia el hecho de que, aunque su fundador hablaba en arameo, su voz llegó a los más amplios círculos de la humanidad en griego, pues en esa lengua se escribieron los libros del Nuevo Testamento y muchos de los comentarios patrísticos acerca de ellos. Ningún otro idioma hubiera podido servir tan bien a este propósito, pues podía expresar los conceptos filosóficos con un vigor y sutileza inalcanzables en otra parte, y al mismo tiempo manifestar los más profundos sentimientos religiosos con gracia y poesía. El mundo helenizado contribuyó también a que la Iglesia viese la unidad de la humanidad y la similitud fundamental de los problemas intelectuales y espirituales de los hombres. De los filósofos y autores griegos aprendió la Iglesia el arte del pensamiento lógico y de la especulación científica. El griego no sólo era criatura que sabía de unción como el judío; era también pensador y artista, y la Iglesia cristiana halló un honorable lugar para estos tipos de actividad humana. Los griegos proporcionaron a la Iglesia sus teólogos, hombres que analítica y críticamente examinaron el texto de las Sagradas Escrituras, que lo interpretaron a la luz del pensamiento contemporáneo y formularon sus principales doctrinas con la ayuda de términos filosóficos. Así la Iglesia se vio fertilizada por dos tradiciones orientales, el judaísmo y el helenismo, la última de las cuales había combinado ya, la filosofía griega con las religiones místicas orientales.

 

La Iglesia y el Estado Romano.

El fundamento material de la rápida expansión del cristianismo procedió, sin embargo, de un tercer elemento, esta vez de origen occidental. Este elemento fue el Imperio Romano, con sus instituciones políticas y legales. El genio latino concibió y realizó en los primeros siglos de la era cristiana un Estado plurinacional, con una fuerte autoridad centralizada que radicaba en el Emperador, pero organizada para disfrutar de autonomía municipal. Tal política garantizaba la unidad del Imperio, la seguridad de la comunicación, el fácil intercambio de artículos e ideas, y al mismo tiempo fomentaba la iniciativa local y recibía con agrado los desarrollos regionales. El Imperio Romano era una realización impresionante; la población urbana se enorgullecía del título de ciudadano romano. La ley defendía la tenencia de bienes, se definían claramente los deberes y las responsabilidades de los ciudadanos, se celebraban con regularidad elecciones de funcionarios municipales, y el benevolente gobierno del César ofrecía protección legal a todos los habitantes libres.

La obra misionera de la Iglesia se emprendió en este Estado universal: los predicadores del Evangelio viajaban por las rutas que gozaban de seguridad gracias a las bien disciplinadas legiones; las comunidades cristianas, aceptando la idea romana de derecho y orden, se organizaban como unidades que se ayudaban recíprocamente, regidas por funcionarios democráticamente elegidos; el ejemplo de un solo gobernante terrenal que administraba la justicia imperial facilitó la difusión de la doctrina evangélica acerca de que Dios es el único dueño de los hombres y respeta aun la libertad humana.

La Iglesia encontró las más favorables condiciones donde operaban estas tres principales influencias. Los elementos latinos, helénicos y judíos de la civilización se hallaban mejor representados en las principales ciudades de la mitad oriental o de habla griega del Imperio, y fue allí donde la nueva religión edificó durante los tres primeros siglos sus más importantes plazas fuertes. Las comunidades cristianas se componían principalmente del proletariado urbano, aun cuando de vez en cuando se unían a la Iglesia cierto número de hombres de cultura y alto rango social. Cada comunidad era una unidad autónoma, dirigida por un obispo asistido por presbíteros, diáconos y diaconisas. Los deberes de un obispo incluían la presidencia en el ágape eucarístico, acto central del culto cristiano; la instrucción y el bautismo de los conversos, y el mantenimiento de la disciplina. Los presbíteros y diáconos asistían a las viudas, a los huérfanos, a los enfermos y a los menesterosos. Las iglesias estaban en comunicación fluida con sus vecinos; se recogían limosnas y se enviaban a las comunidades necesitadas; la hospitalidad se ofrecía voluntariamente a los viajeros. No había autoridad central, pero las iglesias fundadas por los Apóstoles en importantes centros que gozaban de prestigio, y su liderazgo espiritual era aceptado voluntariamente, siendo las más destacadas entre ellas las Iglesias de Roma, Alejandría y Antioquía. Se mantenía el intercambio de opiniones y noticias. La Galia tenía correspondencia con Siria; Africa del Norte, con Asia Menor; Roma, con Alejandría; Grecia, con España.

Al principio la Iglesia, se mostró organizacionalmente a las autoridades romanas como una secta judía más; pero pronto se vio con claridad la distinción entre el Nuevo y el Viejo Israel, y para los cristianos fue éste el principio de trescientos años de persecución, que dieron a la Iglesia una fuerza capaz de derrotar al Imperio. El segundo problema con que tropezaron los cristianos fue el de cómo sobrevivir en un mundo romano hostil.

 

La Persecución: Su Origen y Naturaleza.

El judaísmo, el helenismo y el Estado romano no sólo fueron la cuna de la Iglesia, sino también las potencias que la intentaron sofocar. El enemigo más cruel y persistente fue el judaísmo, su deudo más cercano. La destrucción de Jerusalén en el año 70 de la era del Señor, al partir los cristianos de la sentenciada ciudad y retirarse a Pella, puso el sello final, a la separación entre las dos comunidades. Para los judíos, los cristianos habían aceptado a un impostor como al verdadero Mesías, que, siendo hombre, afirmaba estar en unión con el Padre Celestial, y que, como prueba de su única posición, perdonaba los pecados y liberaba a sus seguidores del yugo de la ley. En las sinagogas se proclamó que Jesucristo era un destructor del pacto entre Yavé e Israel.

Si los líderes del judaísmo hubiesen tenido mano libre para tratar con los cristianos, habrían tratado de aniquilarlos totalmente. Pero la caída de Jerusalén y la rápida difusión de la Iglesia fuera de las fronteras de Palestina situaron a los cristianos más allá del alcance de sus más resueltos antagonistas.

La oposición por parte de la sociedad helenística fue también grande, pero difería del odio de los judíos. Los gentiles atacaban a los cristianos en dos diferentes niveles. Las clases inferiores les temían y les odiaban como a una irritante e incomprensible minoría; las clases superiores les despreciaban por mojigatos y fanáticos. La población urbana cosmopolita de las provincias orientales del Imperio estaba acostumbrada a una multiplicidad de cultos y religiones mistificas. Algunas de estas sectas tenían sus propios lugares de veneración, a los que no, eran admitidos los extraños, pero aun aquellos que consideraban a Mitra o a la Gran Madre de Frigia como a sus protectores particulares frecuentaban también otros templos, participaban en los festivales populares y no diferían de los otros en su conducta. Los cristianos eran totalmente distintos a otros devotos: no constituían una raza aparte como los judíos, sino que procedían de todas las clases y naciones; sin embargo, se portaban en sorprendente contraste con sus propios parientes y antiguos amigos. Se negaban a ofrecer sacrificios a los dioses y se abstenían también de los juegos de gladiadores y otros entretenimientos populares. Todas estas extrañas facetas les hacían altamente sospechosos a los ojos de la gente común. Los cristianos eran acusados de ser ateos, de ejercer una magia peligrosa, y su presencia era considerada como una ofensa a las deidades reconocidas.

Siempre que ocurría cualquier calamidad, un terremoto, un incendio o una epidemia, estos desastres eran explicados como venganza de los dioses por la impiedad de los cristianos. El populacho estaba siempre dispuesto a asaltarles, a arrastrarles a los tribunales y a pedir a gritos su destrucción. La hostilidad de los plebeyos corría parejas con la indiferencia como una forma de discriminación, de los que eran cultos y mundanos. Impregnados de literatura clásica, fascinados por la poesía y la retórica, iluminados por los escritos de los grandes filósofos, los romanos educados despreciaban a los cristianos como parias incultos e ignorantes, hundidos en la superstición y entregados a la veneración de un oscuro galileo que fue crucificado por orden del gobierno imperial. Las clases superiores no temían a los cristianos y pensaban que merecían un castigo, no porque fuesen ateos, sino porque desafiaban a la suprema autoridad del Estado y difundían ideas que probablemente minarían el orden político y social.

La sociedad helenística era mucho menos resuelta en su hostilidad que los judíos. El populacho era peligroso cuando se excitaba, pero su celo por la persecución se calmaba a menudo con la misma rapidez con que surgía. Las clases superiores, en la mayoría de los casos, eran demasiado escépticas para tomar en serio el cristianismo y se mostraban más despectivas que antagónicas.

El tercer enemigo de la Iglesia era el propio Imperio, y éste tenía en sí mismo los medios necesarios para destruir la nueva religión. El Imperio Romano toleraba, en principio, las creencias de sus súbditos. Diversos cultos se practicaban en la capital y en las provincias; templos dedicados a dioses extranjeros se alzaban al lado de los que honraban a las deidades tradicionales del pueblo latino. Incluso los judíos obtenían concesiones y podían seguir con sus costumbres, eximiéndoles de observancias que chocaban con sus convencimientos tradicionales. Sin embargo, el cristianismo no se hallaba incluido entre las religiones toleradas. En varias ocasiones los emperadores hicieron determinados intentos de extirparlo de raíz, ya que lo consideraban un peligro a las costumbres religiosas y culturales del Imperio. Lo veían como un nuevo polo de poder que podía minar la estructura y la organización de la sociedad romana basada en un Panteón de dioses donde el Emperador ocupaba por razones políticas y de autoridad, un papel fundamental, que sí o sí había que respetar, acatar, sin dudar de su legitimidad ya que esta tenía un origen divino. Al principio, estas persecuciones eran casuales y carecían de consistencia; gradualmente, sin embargo, se planificaron mejor y se hicieron de mayor alcance. El más elevado número de víctimas se atribuye a la última y más feroz de todas las persecuciones, la de Diocleciano y sus compañeros de gobierno, en el siglo IV.

El primer asalto contra los cristianos fue efectuado por Nerón (57-68), que en Roma ordenó su ejecución en masa para apaciguar la insatisfacción popular causada por el gran incendio que destruyó una gran parte de la capital. Dieron muerte a los apóstoles Pedro y Pablo, con cierto número de sus seguidores, pero no se efectuó ningún intento de extender la persecución a otras partes del Imperio o de justificarla sobre cualquier otro cargo que una mal fundamentada acusación de incendio malicioso. Los sucesores de Nerón no adoptaron al principio una política uniforme hacia los cristianos, a quienes trataban, sin embargo, como seguidores de una religión ilícita, que en cualquier momento podían ser arrestados, deportados o ejecutados, y confiscados todos sus bienes. Durante un largo tiempo no se aprobó contra ellos ninguna legislación especial. Por lo tanto, la persecución fue severa bajo algunos emperadores como Domiciano (81-96), y se mitigó bajo otros, como Cómodo (180-192). Incluso algunos de los cesares mostraron una favorable disposición, como Alejandro Severo (222-235) o Filipo el Arabe (244-49). La intensidad de la persecución variaba también de provincia a provincia y dependía a menudo del celo de los funcionarios locales.

El intercambio de cartas entre Plinio el Joven, gobernador de Bitinia (111-113), y el emperador Trajano (98-117), uno de los dirigentes más humanos e iluminados del Imperio, arroja alguna luz sobre las razones de esta vacilante política. Plinio halló un gran número de cristianos en su provincia. Creía que eran indeseables y castigaba a los que caían en sus manos, pero consideraba que no presentaban un peligro tan grave como para merecer la destrucción total, de manera que dirigió una carta al Emperador pidiéndole instrucciones. La respuesta del Emperador expresaba la aprobación de la moderada política de Plinio. Trajano escribió: "Mi digno Plinio, ha seguido la correcta línea de conducta en el trato con los que te presentaron como cristianos. No se les debe perseguir; si son denunciados y convictos, deben ser castigados, pero con la reserva de que cualquiera que niegue ser cristiano y lo demuestre activamente adorando a nuestros dioses debe ser perdonado por su arrepentimiento, sin tener en cuenta las sospechas que graviten sobre su pasado. No se podrán tomar tampoco en consideración las acusaciones anónimas sobre ningún cargo; esto daría mal ejemplo y no sería compatible con el espíritu de nuestra época" 2.

Trajano fue vacilante y lo fueron también muchos de sus predecesores y sucesores. Era difícil precisar la ofensa cometida por los cristianos, y, no obstante, generalmente se percibía que la Iglesia constituía una sociedad subversiva, cuya propia existencia desafiaba a las afirmaciones de que se debía obedecer al Estado romano en todos los asuntos civiles y religiosos.

Tal era también la opinión de Marco Aurelio (161-180), el iluminado filósofo del trono imperial que condenaba a los cristianos como fanáticos peligrosos e inflexibles 3. Unicamente cuando los emperadores se percataron por fin del verdadero carácter de la oposición cristiana inauguraron una campaña anticristiana que aspiraba al exterminio total de esta peligrosa religión. La prueba vino a ser la disposición de un ciudadano a ofrecer sacrificio a los dioses que aprobaba el Imperio. Por primera vez se deslindaron los límites del poder del Estado sobre el individuo y la línea de conducta adoptada por los mártires condujo a la fundación de una nueva sociedad en que los hombres libres podían respirar y vivir. Decio (249-51) fue el primer gobernante que hizo obligatoria para todos la conformidad al culto del emperador, y que ordenó una búsqueda sistemática de cristianos. Todos los que desobedecían eran condenados a muerte o eran deportados. Siguieron su política otros varios emperadores: Gallo (251-53), Valeriano (253-59) y Aureliano (270-75). Se alcanzó su punto culminante bajo Diocleciano (284-305), el gran autócrata reformador, que emprendió el último y el mejor planificado ataque.

Diocleciano, aunque simple soldado, era estadista de nacimiento. Consiguió restaurar el orden en el decadente Imperio, aunque al precio de convertirlo en un Estado absorbente y totalitario. La autonomía local se redujo a hacer frente a los crecientes peligros del desasosiego interno e invasiones extranjeras. Se reformaron las provincias, se reorganizaron las finanzas y se reguló toda la economía. Diocleciano creó una poderosa burocracia y se rodeó de un elaborado ritual y un complicado protocolo. Por primera vez aparecieron las joyas en los vestidos y en los zapatos de un emperador romano, y exigió veneración a su sagrada persona como un monarca oriental. Creyendo seriamente en sus atributos divinos, entraría naturalmente en conflicto con la Iglesia, que mientras tanto había logrado gran incremento en lo que se refiere al número de afectos. Tras largos preparativos, elaboró cuidadosamente lo que pensó sería la ofensiva decisiva y final contra los indefensos cristianos. Consultó el oráculo de Apolo en Didima y, habiendo hallado una fecha propicia, publicó un decreto en marzo del año 303 ordenando la destrucción sistemática de todo edificio cristiano. Desde su palacio en Nicomedia, vio la quema de la principal iglesia de esa ciudad. Una serie de edictos imperiales siguieron a este primer mandamiento. Los cristianos fueron expulsados de todos los empleos gubernamentales, se les privó de su rango, se les dejó sin protección estatal y sin derecho de apelación contra ningún ofensor, sino sujetos a ser torturados y ejecutados sin consideración a su previa posición. Envejeciendo ya el Emperador, que había comenzado su campaña contra la Iglesia en asociación con su yerno y compañero de gobierno, Galerio (293-311), en el año decimonoveno de su reinado, quiso, sin embargo, evitar una matanza general de cristianos. Su principal intención era privar a los miembros de la Iglesia de sus edificios y escrituras sagradas, destruir su organización y someterles por miedo en su mayor parte. Unicamente se esperaba seria resistencia por parte de los jefes de la comunidad; pero, una vez iniciada la persecución, las intenciones originales se olvidaron pronto y por todo el Imperio se torturó y se dio muerte a innumerables víctimas. Las únicas excepciones fueron las prefecturas de la Galia y Bretaña, regidas por Constancio Cloro (293-306), uno de los subordinados de Diocleciano con el título de césar.

Sigue siendo un enigma la razón por la que Diocleciano aplazó su contienda con la Iglesia hasta el final de su reinado y por la que abdicó de súbito el 1 de mayo del año 305, en la cúspide de su campaña anticristiana. Galerio y Constancio fueron proclamados sus sucesores. Este cambio puso fin a la persecución de los cristianos en toda la mitad occidental del Imperio encomendado a Constancio, pero Galerio persistió en sus intentos de acabar con la Iglesia en su dominio oriental. Murió en el año 311 de una enfermedad no identificada, desfigurada y dolorosa. En su lecho de muerte recordó el edicto contra los cristianos v la agonía que sufrió fue interpretada por sus contemporáneos como señal de la derrota de este crudelísimo enemigo de la Iglesia. El número de víctimas que cayeron durante esta última persecución batió todas las marcas anteriores. Igualmente abrumadora fue la destrucción de los edificios, bibliotecas y documentos eclesiásticos. La Iglesia sufrió severamente; mientras que muchos cristianos demostraron firmeza y fueron martirizados, otros muchos cedieron y se entregaron a sus perseguidores. Pese a todo, no sería aniquilada la Iglesia y nada ganaría el Imperio; antes bien, dejaría comprometida la autoridad de sus gobernantes.

 

 

Las Causas de la Victoria Cristiana.

El mundo mediterráneo, durante los primeros siglos de la era cristiana, gozó de una unidad política, económica y social insuperada en su historia. Sin embargo, estas notables realizaciones acentuaron un desaliento y discordia interior. Eran generales el pesimismo y el sentimiento de que una sentencia inminente e inevitable se cernía sobre sus gentes; se observaba que el tiempo se repetía sin principio ni fin; la historia se movía en círculos interminables; los dioses eran inmortales, pero ni mejores ni más sabios que los hombres, y finalmente indefensos, lo mismo que los hombres. La mitología popular representaba las divinidades como frívolas e irresponsables, incapaces en su multiplicidad, de satisfacer el ansia de comunión del hombre con lo sagrado. Las religiones mistéricas, ya orgiásticas o mágicas, no acababan de satisfacer las necesidades de las mentes más sobrias. Por otra parte, los nobles ideales de autodominio predicados por los estoicos parecían estar más allá del alcance de los hombres ordinarios.

La civilización clásica se confundía en sus ideas del bien y el mal; no ofrecía promesa de un futuro mejor y se había perdido el secreto de la felicidad. Cuando se privó a los hombres de la alegría y la esperanza, se volvieron crueles tanto ellos como la sociedad en que vivían. Los juegos de gladiadores excitaban al populacho ante la visión del espectáculo de sangre y tortura; los pobres eran oprimidos; los huérfanos y las viudas eran vendidos como esclavos; los enfermos, abandonados para morir de hambre y sed. Homo homini lupus est, como brutalmente dice el popular proverbio romano.

El cristianismo irrumpió en este mundo de pesimismo y frustración con un grito de victoria. Los hombres vieron la faz del Creador, aprendieron la finalidad de la vida y empezaron a respirar esperanza y libertad.

Varios testimonios que datan del período transicional describen este cambio interior de los conversos. Uno de los más elocuentes es el de San Cipriano, obispo mártir de Cartago (murió en el año 258). Fue un distinguido abogado, hombre de riqueza y cultura, versado en poesía clásica y filosofía. He aquí su descripción del efecto que produjo en él su bautismo: "Cuando aún me hallaba en tinieblas, inseguro de mis pasos errantes, sin saber nada de mi verdadero yo y lejos de la verdad y de la luz, pensaba que era imposible que un hombre pudiese retener toda su estructura corporal y, sin embargo, quedar transformado en corazón y alma" 4.

"Pero ahora, mediante la ayuda del agua del nuevo nacimiento, se ha lavado la mancha de los años pasados, y una luz procedente de arriba, serena y pura, ha penetrado en mi reconciliado corazón, y un segundo nacimiento me ha convertido en un hombre nuevo" 5.

Esta experiencia no fue meramente una emoción pasajera; le permitió llevar una vida nueva. El mismo San Cipriano relata ciertos episodios que ocurrieron en su ciudad natal durante la epidemia que se produjo durante la persecución de Decio (251). Todos los que pudieron huyeron de las ciudades, dejando atrás a los enfermos y a los moribundos. Se olvidaron todas las reglas de decencia; cada cual trataba meramente de salvar su propia vida. Pero sólo los cristianos eran valientes; sólo ellos conservaban su paz interior y el necesario autodominio, y se cuidaban de los enfermos y los muertos. La faceta más sorprendente de su conducta era que incluso actuaban como enfermeros de los enemigos que les habían perseguido. Había algo revolucionario e inexplicable en la mentalidad y conducta cristianas, algo que estremecía y asustaba al mundo pagano por su contraste con las normas aceptadas. Esta regeneración de los conversos proclamaba la aurora de una nueva época.

Es imposible explicar la victoria de la Iglesia sin reconocer que una fuerza previamente desconocida se había introducido en la historia. Nació una comunidad universal cuyos miembros no tenían miedo a la muerte y conservaban su unidad sin el uso del temor y la compulsión. El mensaje del Evangelio superaba a las ideas que predicaban los gentiles y los judíos: revelaba a Dios no sólo como omnipotente, sino como amante; no sólo como justo, sino como misericordioso. Los cristianos tenían un sentido de finalidad, de pertenencia, combinado con fortaleza, caridad y humildad, y esto les permitía convertirse en arquitectos de un nuevo y mejor orden social. La fuente de su inspiración no era una doctrina nueva, sino el encuentro personal con ese galileo enigmático, que prometía a sus seguidores su continua asistencia y un grado de amor y unidad inasequible hasta entonces por los hombres. Sorprendente faceta de la nueva religión fue, pues, hacerse dignos de esta atrevida promesa.

 

Las Primeras Sectas y Herejías.

Durante los siglos de sufrimiento y persecución, los cristianos mantuvieron su unidad de un modo notable, pero de vez en cuando surgían varios grupos disconformes y se separaban del cuerpo principal, bien por causa de su disciplina especial (sectarios) o de su enseñanza defectuosa (herejes).

El eje de disputa se centraba usualmente en la manera y grado de la adaptación eclesiástica al ambiente no cristiano. Algunas de estas sectas deseaban combinar el cristianismo con la observancia de la ley mosaica, y evitar de este modo una ruptura final con el judaísmo. Estos cristianos eran repudiados, discriminados por los judíos y criticados por los cristianos, y gradualmente desaparecieron como resultado del creciente abismo que existía entre la Iglesia y la Sinagoga. Más persistentes fueron los intentos de edificar un puente entre la cristiandad y el helenismo. Este movimiento se conoce con el nombre de gnosis. La historia de la Iglesia en los siglos II y III se vio profundamente perturbada por las actividades de varios maestros gnósticos como Basílides, Valentín y Marción. Incluso hubo ejemplos de enteras comunidades cristianas locales que abrazaban el gnosticismo como credo. A pesar de la considerable variedad de detalle, los gnósticos ostentaban una similitud esencial. Todos consideraban que este mundo era creación de una deidad inferior que era responsable de la desafortunada mezcla de espíritu inmortal y materia impura en el hombre. Muchos gnósticos pensaban que Dios, según revelaba el Antiguo Testamento, era este creador opuesto al buen Dios a quien Jesucristo llamaba su Padre. Los gnósticos eran unos sincretistas que trataban de conciliar las ideas religiosas corrientes del mundo helenista, acerca de que el cosmos era una emanación divina, con la enseñanza del Evangelio. La palabra "gnosis" implicaba la posesión de un conocimiento secreto y superior con respecto al misterio de la vida y la muerte que otros no poseían. La extravagancia de sus especulaciones y el desacuerdo existente entre ellos mismos constituyeron sus principales debilidades; su fuerza radicaba en su teología según el temple de la época, pues hablaban un idioma que apelaba a un auditorio mundano. Los gnósticos formaban sus propios cónclaves y atacaban a los católicos, desde fuera, tratándoles como inferiores en sabiduría y educación.

En sorprendente oposición a este sincretismo se hallaba la secta de los denominados montanistas. Sus adeptos trataban de minar la fidelidad de los cristianos a la Iglesia católica desde dentro. Su fundador, Montano, fue un frigio que vivió a mediados del siglo II. Afirmaba ser un profeta y compartía su autoridad con dos notables mujeres, Priscila y Maximila, ambas reverenciadas por sus secuaces como poseedoras de los dones del Espíritu Santo, tales como la profecía, la posibilidad de expresión inmediata en lenguas extrañas y la curación. La secta imponía un riguroso ascetismo a sus adeptos y gozó entre ellos de un desmedido entusiasmo. Un tema de su predicación era la inminencia de la segunda venida. Los montanistas tenían muchas de las características comunes hoy día entre los pentecostales y otras sectas revivalistas. Consiguieron un gran número de conversos por todo el Imperio, incluyendo a Tertuliano (150-222), el dotado autor y apologista norteafricano, que más tarde, sin embargo, disintió y formó su propia secta.

Los montanistas acentuaban el elemento profético de la vida de la Iglesia a expensas de una disciplina regular y una sana erudición. Eran fuertemente antipaganos y muchos fueron martirizados. Su austeridad no iba con todos los cristianos, algunos de los cuales se sentían tentados a abrazar una vida de comodidad y riqueza siempre que disminuía la persecución. El ejemplo más famoso de tal mundanidad fue Pablo de Samosata, obispo de Antioquía, que fue expulsado de su sede por el Sínodo en el año 268 a causa de la pompa y la extravagancia de su conducta.

A estas desviaciones se resistió el principal cuerpo de cristianos que se adherían a la tradición apostólica que entrañaban los libros del Nuevo Testamento. Durante estos siglos formativos se efectuó una selección de los escritos que habían de ser reconocidos como auténticos, mientras que otros fueron repudiados por inconsistentes con el mensaje original. La primera enumeración de los libros del Nuevo Testamento data de principios del siglo III (fragmento de Muratori). Esta separación del original respecto de los escritos interpolados fue un proceso gradual que terminó en una aceptación unánime del canon presente.

El importante factor de esta lucha de la Iglesia contra sus adversarios internos y externos fue la sucesión apostólica de sus obispos. Nadie podía convertirse en cabeza de una Iglesia local a menos que fuese aprobado y consagrado por los obispos vecinos. Esta regla frenó la influencia de los extremistas y mantuvo la unidad entre los cristianos. La confraternidad y la relación con las Iglesias más antiguas, fundadas por los Apóstoles, ayudaban a las comunidades menores y menos instruidas a conservar su ortodoxia y a combatir la herejía y el cisma.

 

Autores y Maestros de la Iglesia Oriental en los Siglos II y III.

Desde los primeros siglos conocemos dos tipos de liderazgo eclesiástico: los mártires, que dieron testimonio de su religión sufriendo y manifestando a través del mismo la Causa por la cual habían vivido y luchado, y los apologistas, que escribieron encendidos y sistemáticos alegatos y escritos con basamentos teológico y filosófico en defensa de sus creencias, fundamentando sus no tan comprendidas posturas sobre la Nueva Divina y del papel (por mandato de Cristo) que estaba llamada a cumplir la comunidad de fe o la Iglesia.

Entre los mártires, San Ignacio de Antioquía (muerto entre 107-117) es la más viva figura. Poco se sabe de sus orígenes, de su conversión e incluso de las circunstancias que condujeron a su arresto y condenación, pero todavía podemos oír su voz regocijándose al borde del martirio y poseemos en sus Cartas una singular revelación del estado mental del mártir. El anciano obispo escribió siete epístolas durante su lento y doloroso viaje, preso en cadenas, de Antioquía, el lugar de su nacimiento en Cristo, a Roma, la escena de su muerte. Dirigió sus cartas a diferentes comunidades cristianas, exhortándolas a permanecer fieles al Evangelio y a obedecer y a venerar a sus maestros y pastores. En su Epístola a los Romanos dijo: "Escribo a todas las Iglesias y hago saber a todos mi última voluntad, que deseo morir libremente por Dios, si no lo evitáis al menos. Os suplico que no malgastéis condolencia alguna por mi causa. Dejadme ser cebo para los animales salvajes, al objeto de que me hallen como el puro pan de Cristo, o más bien que incite a los animales salvajes a convertirse en mi tumba, sin dejar que nada de mi cuerpo sea un peso para nadie después de mi muerte. Entonces seré discípulo de Jesucristo en el verdadero sentido de la palabra, cuando el mundo no vea ya ni siquiera mi cuerpo. Rogad por mí a Cristo, para que mediante estos instrumentos su un grato sacrificio a Dios" 6.

En la última parte de la misma epístola escribió: "De Siria a Roma luchó con los animales salvajes por tierra y mar, de noche y día, sujeto a diez leopardos, quiero decir a una banda de soldados que, aunque tratados con amistad, se hacen tanto más crueles. Sin embargo, por medio de estas injurias me estoy convirtiendo en un verdadero discípulo. Que nada visible o invisible me impida alcanzar a Jesucristo. Venid vosotros, el fuego, la cruz, la lucha con los animales salvajes, la cercenadura y el despedazamiento, la dislocación de huesos, la mutilación de mis miembros, la trituración de todo mi cuerpo; vengan sobre mí todos los perversos tormentos del diablo, pero dejadme gozar la presencia de Cristo."

La epístola de un testigo de vista, describiendo el martirio del más joven contemporáneo de San Ignacio, San Policarpo, obispo de Esmirna (muerto en 156), y algunos de sus compañeros, presenta un cuadro similar de exaltación y fortaleza. El autor anónimo escribió: "No se puede por menos que admirar su nobleza y resistencia y amor al Maestro. Hablo de los hombres a quienes de tal modo torturaron con el látigo, que sus cuerpos quedaron abiertos hasta las venas y arterias. Sin embargo, lo resistieron, hasta el punto de que todos los que estaban viéndoles se apiadasen y se lamentasen de su suerte. Ninguno de ellos suspiró ni gimió, pues el Señor se hallaba a su lado y les consolaba" 7.

Estos documentos contemporáneos revelan el dilema con que se enfrentaban las autoridades romanas, que deseaban desacreditar el cristianismo y afirmar el derecho del Estado a dominar las creencias de sus ciudadanos, pero nunca tuvieron intención de hacer héroes y mártires. En muchas ocasiones la persecución produjo resultados opuestos, elevando el prestigio de la nueva religión y atrayendo la atención hacia ella de círculos más dilatados.

La contienda entre los paganos y los cristianos no se limitó, sin embargo, al reino donde el verdugo y el carcelero tenían la última palabra. Los antagonistas chocaban también en la esfera del argumento intelectual. Varios autores cristianos trataron de explicar a los paganos eruditos el fundamento de su creencia en la Encarnación. Entre estos defensores del cristianismo los más destacados fueron Clemente de Alejandría (150-215) y Orígenes (185-253).

La última parte del siglo II y la primera mitad del III fueron épocas de una poderosa revivificación en la filosofía helenística. No obstante, había cambiado su temple, pues había adquirido una distinta inclinación religiosa, e incluso su mayor representante, Plotino (muerto en 270), se consideraba como maestro religioso. Al mismo tiempo el misticismo oriental conquistó a algunas de las mejores mentes. La India atrajo una curiosidad especial y muchos buscadores esperaban encontrar la iluminación en la tierra de los brahamanes y faquires.

Las cuestiones de que se preocupaban estos intelectuales se centraban en la naturaleza de Dios, en el fin del universo físico y en su relación con el invariable mundo espiritual. Su atención se dirigió también al problema del origen del mal y al destino del alma inmortal después de su separación del cuerpo mortal. Era popular el sincretismo y muchos autores trataron de conciliar el Antiguo Testamento con los escritos de Platón y Aristóteles. Un autor popular de esa época, Numenio, describió a Platón como a "Moisés hablando griego" 8.

Esta revivificación religiosa y filosófica fortaleció la oposición pagana a la Iglesia. Un número de autores tales como Celso, Filostrato, Numenio y especialmente Plotino y su discípulo Porfirio atacaron a los cristianos basándose en su desviación del sano fundamento expuesto por los filósofos griegos y en su preferencia por los escritos de los oscuros profetas y maestros hebreos. El siglo III vio el último y decidido asalto intelectual de la cultura clásica contra el cristianismo. En este difícil período, la Iglesia encontró un número de elocuentes campeones que no sólo defendían las enseñanzas del Evangelio con éxito, sino que contraatacaban también con vigor y convencimiento. Los enemigos paganos del cristianismo confiaban en su superioridad, pues basaban sus argumentos en ideas filosóficas y científicas contemporáneas. Los apologistas cristianos parecían anticuados, pero su independencia del pensamiento corriente resultó ser de provecho en muchas ocasiones. Por ejemplo, Plotino se burló de ellos por negar que el sol y las estrellas tenían una inteligencia más elevada que los hombres; tal actitud le parecía un evidente absurdo 9. Su defensa del politeísmo contra el monoteísmo también utilizaba argumentos que pronto perdieron su atracción 10.

El principal encuentro entre los filósofos cristianos y sus rivales paganos tuvo lugar en Alejandría, la ciudad más culta del Imperio. Sus academias y escuelas, el Museo, el Serapeum, el Sebastion atraían estudiantes de todas las partes del mundo donde eran estudiadas y admiradas la retórica y filosofía griegas. Además, hacía mucho tiempo que era centro de erudición judía. Filón (20 años antes de J.C.- 50 de la era del Señor) y Josefo (37-100 de la era del Señor) trabajaron allí, y la traducción griega del Antiguo Testamento, la Versión de los Setenta, se había realizado en Alejandría. Los cristianos, siguiendo el ejemplo de los griegos y judíos, fundaron su famosa Escuela Catequística en esa célebre ciudad. Un número de destacados maestros, Panteno (200), Heracleo (247), Dionisio (265), Teognosto (280), Pierio (310), Pedro (311), Dídimo el Ciego (398) y Rodón mantuvieron un alto nivel de instrucción durante más de doscientos años. Pero Clemente y Orígenes fueron los más insignes de estos maestros.

Es probable que Clemente naciera alrededor del año 150 de la era del Señor en Atenas, donde se crió como un devoto pagano y recibió una excelente educación. Hay cierta evidencia de que estaba relacionado con la familia imperial, como atestigua su nombre completo Tito Flavio Clemente. Se trasladó a Alejandría a la edad de treinta años, y allí comenzó su brillante carrera como principal apologista y cabeza de la Escuela Catequística algo después del año 190.

La persecución iniciada en 202 por Séptimo Severo (193-211) le obligó a salir de Egipto. En el 211 apareció como maestro muy venerado en Capadocia, donde fue obispo uno de sus antiguos discípulos, Alejandro; murió allí alrededor del 215.

Clemente fue un autor perfecto, poéticamente dotado de un extraordinario alcance intelectual. No sabía latín, pero su griego era inmaculado. Aunque la mayoría de sus libros se han perdido o perviven en pequeños fragmentos, tres de sus principales obras están completas y nos ayudan a comprender el clima filosófico de Alejandría y la forma como Clemente presentaba el cristianismo a sus oyentes mundanos. En el primero de estos libros, el Protrepticos (Exhortación), expone la inconsistencia de la mitología pagana, y pide a sus lectores que escuchen al Dios vivo hablando por medio de los profetas y revelándose en el Logos Encarnado. El segundo libro, Paidagogos (El Instructor), introduce a los lectores en la doctrina cristiana. El tercero, Stromateis (Miscelánea), inicia a los investigadores en los misterios de la Nueva Revelación.

Clemente amaba y respetaba la filosofía griega, consideraba a Platón como precursor de Cristo, citaba a Sócrates y a Pitágoras en apoyo de la verdad de la enseñanza cristiana, y consideraba la historia de los imperios orientales como una preparación providencial de la venida del Mesías. Pero estaba convencido de que las preguntas que formulaban los filósofos de la antigüedad únicamente podían hallar sus verdaderas respuestas en el mensaje del Evangelio, y que los viejos mitos y leyendas de Grecia se habían anticuado, a causa de la revelación cristiana. "Ya se han anticuado las fábulas," escribió Clemente, "y ya no es Zeus una serpiente, ni es un cisne, ni un águila, ni un enamorado furioso. Ya no vuela, ni ama a los muchachos, ni besa, ni actúa con violencia" 11. Aún estaba vivo el paganismo tradicional; se resistía ferozmente al avance cristiano; pero se había debilitado su vitalidad, pues la frivolidad moral y la inconsistencia de sus mitos le privaban de dignidad, autoridad y poder.

Clemente veía en el cristianismo la realización de todo lo que era mejor en el mundo helenístico; consideraba al hombre como el ser más perfecto creado por Dios. Escribió: "El hombre es un noble himno a Dios, inmortal, basado en la justicia. En él están grabados los oráculos de la verdad; pues si no es en el alma sabia, ¿dónde se pueden escribir la verdad, o el amor, o la reverencia, o la ternura? Los que llevan estos caracteres divinos inscritos y sellados en sus almas juzgan que tal sabiduría es un hermoso puerto de partida para cualquier viaje que emprenden y que esta sabiduría es también un puerto de paz y promesa de un seguro retorno" 12.

Clemente consideraba "la vida como sacra festividad" 13, pudiéndose considerar eso como un trasunto de su pensamiento. Es curioso que sonase esta nota optimista y valiente en el momento en que los cristianos de todo el Imperio se enfrentaban con el martirio.

Clemente estableció los cimientos de la apologética cristiana, pero fue Orígenes quien completó su sistema, al sucederle en la Escuela Catequística. Orígenes nació en Alejandría en el año 185. Su padre, Leónidas, era griego, hombre de riqueza y erudición. Su madre era natural de Egipto, y ambos padres eran cristianos convencidos. La familia poseía una gran biblioteca que introdujo al joven Orígenes en el mundo de la cultura clásica. De muchacho, impresionaba a todos con sus inusitadas facultades intelectuales, la madurez de su juicio y su insaciable deseo de información. A la edad de diecisiete años, hizo frente a la gran crisis de su vida cuando su padre fue arrestado y martirizado, confiscada la magnífica biblioteca y arruinada la familia. Orígenes anhelaba compartir la corona de martirio de su padre, pero le perdonaron la vida. Comenzó a enseñar filosofía pagana y doctrina cristiana y a pesar de su juventud adquirió pronto reputación de ser un capacitado maestro. Continuó sus propios estudios y se unió a la escuela de Amonio Sacas, antiguamente cargador de muelle en Alejandría, más tarde convertido al cristianismo, si bien finalizaba su carrera como neoplatonista en oposición a la Iglesia. Amonio no ha dejado escritos, pero su excelencia como maestro se ve probada por el hecho de que dos de los más grandes pensadores religiosos del siglo, Orígenes y Plotino, fueron enseñados y adiestrados en su escuela y contrajeron una inextinguible deuda con él.

La creciente popularidad de Orígenes provocó celos locales y le obligó a salir de Alejandría en el año 231. Trasladó su escuela a Cesárea, donde continuó enseñando durante otro período de nueve años. En 240 le encarcelaron y le torturaron de una manera salvaje. Al final de la persecuci6n le pusieron en libertad, pero su salud estaba agotada y murió en 253, a la edad de sesenta y ocho años, en Tiro.

Orígenes era hombre de asombrosa aplicación. Pasaba todas las noches escribiendo, y los días dando conferencias. Escribió más de 6 000 libros (!), preferentemente comentarios sobre las Sagradas Escrituras. Fue el primer doctor bíblico, y durante veintiocho años trabajó constantemente en un examen crítico del Antiguo Testamento. Su asiduidad tuvo como resultado los cincuenta volúmenes de su Hexapla, que contenía seis textos paralelos del Antiguo Testamento en hebreo y en traducciones griegas.

Su curiosidad no conocía límites. Le interesaban todos los aspectos de la vida y todos los problemas filosóficos. Combinaba una intrépida honradez intelectual con una completa dedicación al cristianismo. Su ardiente naturaleza le impulsaba a extremos de mortificación propia; en un súbito impulso se emasculó mientras se hallaba todavía en la flor de su juventud, acto que lamentó posteriormente en la vida y que fue utilizado en contra suya por sus críticos.

Orígenes era un original y poderoso pensador y podía discutir contra los enemigos del cristianismo con pleno conocimiento de la filosofía y ciencia griegas. Era también un destacado maestro que no sólo instruía, sino que también formaba las personalidades de sus discípulos. Uno de los más ilustres de éstos, San Gregorio Taumaturgo, obispo de Neocesárea (213-70), describió los años que pasó en la escuela de su amado maestro, con profunda gratitud y ardiente afecto. Escribió: "Orígenes coleccionó, para nuestro provecho, todo lo que cada filósofo tenía que ofrecer en verdad y utilidad para la edificación de la humanidad. Pero no quería que nos encariñásemos con un solo maestro, por sabio que le considerasen otros hombres. Orígenes nos enseñó a venerar únicamente a Dios y a sus santos profetas" 14.

En un pasaje del panegírico dedicado a Orígenes, se ocupó de la inspirada calidad de la interpretación que su maestro hacía de las Sagradas Escrituras: "El Rector Universal, que habla por medio de los profetas, amados de Dios, y que inspira todas las obras proféticas, todo discurso místico y divino, concedió a Orígenes el honor de ser su amigo y lo estableció como maestro. Aquellas cosas que Dios expresaba por medio de otros de un modo enigmático, las revelaba Orígenes de una manera clara e inteligible. Las interpretaciones que Orígenes hacía de las Escrituras eran inspiradas por el Espíritu Santo, pues nadie puede comprender plenamente la voz profética, a menos que le guíe y le ayude el mismo Espíritu que habló por medio del Profeta" 15.

Para su defensa del cristianismo Orígenes utilizó mucho de lo que halló en la filosofía griega, e incorporó a su sistema ciertas ideas que han permanecido fuera de la principal tradición de la Iglesia, como la preexistencia de todas las almas, que creía que fueron creadas iguales y eternas al mismo tiempo. Orígenes consideraba la vida terrenal del hombre como un período de purificación y prueba para los espíritus celestiales que no habían hecho una clara elección entre el bien y el mal; también se aventuró a opinar que finalmente se salvarán todos los seres humanos.

El conocimiento sin par que tenía Orígenes de la filosofía clásica provocó ataques contra él desde dos lados. Los oponentes paganos del cristianismo, como Porfirio, se indignaron porque Orígenes, hombre de tanta erudición, fuese cristiano. Porfirio escribió: "Orígenes vivía como cristiano, pero pensaba como griego y aplicaba las artes griegas a una creencia extraña" 16. Sus críticos cristianos objetaban que, siendo cristiano, tomaba demasiado de la filosofía pagana. Sin embargo, Orígenes pudo combinar, de un modo verdaderamente creador, su fe cristiana y su educación clásica.

Uno de sus más célebres libros fue la réplica a Celso (cerca del año 180), distinguido romano y decidido crítico de los cristianos. Celso era un hombre educado, que había estudiado literatura cristiana. Presentó un número de objeciones a la veracidad de los Evangelios, que repitieron muchos oponentes posteriores del cristianismo. Celso deploraba la difusión de la nueva religión: según él, había minado los cimientos del Imperio Romano. Ridiculizó el Antiguo Testamento diciendo que estaba lleno de milagros y fábulas increíbles. Negó el nacimiento virginal del Mesías e insistió en que la historia de la resurrección, inventada por mujeres histéricas, había sido hábilmente utilizada por los Apóstoles. Celso describía a los cristianos como agentes artificiosos y subversivos, que penetraban en las casas de los opulentos y seducían a las mujeres y a los niños con su pervertida fe cuando el dueño de la casa se hallaba lejos del hogar.

Se ha hecho clásica la réplica de Orígenes a estas acusaciones. Preguntó a Celso si los hombres que engañaban deliberadamente a otros estarían dispuestos a morir como mártires en testimonio de su propia mentira, y también cómo podría alterar una mentira las vidas de los hombres y elevarlos moral e intelectualmente a un nivel previamente inaccesible. Celso había terminado su tratado con una apelación dirigida a los cristianos para que renunciasen a su religión y se convirtiesen en leales ciudadanos del Imperio. Las últimas palabras de Orígenes expresan la esperanza de que los gobernantes del Estado romano se convertirán y reconocerán la supremacía de la Ley divina que reveló Cristo; este deseo se realizó unos setenta años más tarde.

La comunidad cristiana en el Oriente maduró intelectualmente bajo la enseñanza inspiradora de Orígenes. Más que ningún otro, preparó a sus miembros para las nuevas y más complejas tareas con que se enfrentaron después del reconocimiento de la Iglesia por el Imperio.

 

 

 

 

 

Capitulo II.

Los Concilios Ecuménicos y el Cisma Oriental.

 

Constantino el Grande (306-337).

El Emperador y el Concilio Ecuménico.-El

arrianismo.- Las consecuencias de Nicea- La victoria de la ortodoxia nicena.- El

Segundo Concilio Ecuménico y el emperador Teodosio (379-395). - La conversión

en masa del Imperio y sus efectos sobre la Iglesia.- San Juan Crisóstomo (347-407). -

El cisma nestoriano.- El segundo Concilio de Efeso (449). - El cuarto Concilio

Ecuménico (451). - El cisma calcedónico.- Justiniano I y su política eclesiástica

(527-565). - La definición de Calcedonia y la separación de las Iglesias orientales.-

El cristianismo y el nacionalismo.- El cristianismo fuera del Imperio Bizantino.-

Roma y el Oriente cristiano.- El monacato oriental.

 

 

Constantino El Grande (306-337).

Por la época en que la persecución de Diocleciano había estremecido y desequilibrado al Imperio, Constantino, hijo de Constancio Cloro y joven teniente del temido y anciano Emperador, creó una situación enteramente imprevista estableciendo una cooperación entre la Iglesia y el estado romano. Entre los cristianos orientales era reverenciado como santo y considerado "igual a los Apóstoles." Pocos hombres han ejercido tan gran influencia sobre el destino de la humanidad como este brillante soldado, que alteraría el curso de la historia convirtiendo en compañeros a la Iglesia y al Imperio durante los mil setecientos años siguientes. Prolongaría asimismo la vida de su reino durante otros mil doscientos años, trasladando su capital a las playas, del Bósforo. Durante varios siglos había de seguir siendo Constantinopla el centro de una original y vigorosa cultura cristiana.

Constantino fue un genio, insigne en todos los sentidos, hombre alto e impetuoso, siempre vencedor, gobernante de visión y administrador experto. Sólo un hombre de la imaginación de Constantino pudo concebir un plan tan osado como el de unir a los dos elementos opuestos: la Iglesia y el Imperio; sólo un hombre de sus dotes de estadista y sabiduría pudo hacer tan duradera una alianza. Existen dos interpretaciones contrarias de sus motivos. Algunos historiadores como Gibbon, Burckhardt, Schwartz y Harnack le consideran un escéptico que supo usar con habilidad del creciente poder de la Iglesia contra sus oponentes políticos; sin embargo, tal postura pasa por alto la creencia universal de su época en la intervención de los benévolos y malignos espíritus en los asuntos públicos y privados; no concuerda con las propias manifestaciones de Constantino y es además incompatible con el hecho de que los jefes contemporáneos de la Iglesia le aceptasen como cristiano.

La historia de su conversión mediante la visión de la Cruz en la víspera de una de las más decisivas empresas militares de su reinado, la batalla del Puente Milvio en el año 312, se ve apoyada por dos historiadores cristianos, Lactancio y Eusebio. Después de su espectacular victoria, Constantino se reunió en Milán con su diarca oriental, Licinio (312-324). Como resultado, Licinio publicó en el año 313 el famoso edicto de tolerancia religiosa conocido por el nombre de Edicto de Milán. Se publicó en Nicomedia y afectaba principalmente a la mitad oriental del Imperio, pues Occidente disfrutaba ya de paz religiosa. La proclama decía: "Cuando yo, Constantino Augusto, y yo, Licinio Augusto, llegamos bajo favorables auspicios a Milán y tomamos en consideración todo lo relativo a la prosperidad común... resolvimos conceder a los cristianos y a todos los hombres la libertad de seguir la religión que quisieren, para que cualquier deidad celestial que exista nos sea propicia a nosotros y a todos los que viven bajo nuestro gobierno" 1.

Este decreto establecía la igualdad entre los cristianos y los paganos; pero después de su victoria sobre Licinio en el año 324, Constantino empezó a acentuar todavía más su inclinación hacia el cristianismo mediante su activo interés en los asuntos de la Iglesia. Convocó y presidió los concilios y aprobó sistemáticamente la legislación del Imperio de acuerdo con la enseñanza de los Evangelios. Las nuevas leyes sancionaban a ciertos delincuentes sexuales (fornicadores, por ejemplo) 2, eliminaban las multas que previamente se imponían a los célibes, hacían más difícil el divorcio 3, facilitaban la manumisión de los esclavos, protegían a los presos, a las viudas y a los huérfanos, y daban a los prelados ciertos poderes magistrales 4. Sin embargo, Constantino no se bautizó hasta el final de su vida y no renunció nunca al título pagano de Pontifex Maximus. Jamás fue incompatible su conducta. Constantino se denominaba obispo de los que no pertenecían a la Iglesia 5, siendo su función la de atraer conversos ofreciendo a los cristianos todas las oportunidades de ejercer su benévola influencia sobre la sociedad pagana. Creía que su comunidad, unida por un consentimiento voluntario, podía enseñar la lección de unidad al resto de su pueblo.

 

El Emperador y el Concilio Ecuménico.

En el año 324 Constantino se convirtió en el único gobernante del Imperio. Durante el período de guerras civiles y rivalidades políticas esperaba disfrutar de impertubada tranquilidad y, por lo tanto, era particularmente sensible a cualquier disturbio, especialmente entre los cristianos, a quienes inquietaban dos desavenencias por aquella época. La primera estaba relacionada con la fecha en que se debía celebrar la Pascua; la segunda, una disputa entre Alejandro, obispo de Alejandría (312-327), y su erudito y elocuente presbítero, Arrio (muerto en el año 336).

Para poner rápidamente fin a estos, dos conflictos, y mostrar su benevolencia a la la Iglesia, Constantino convocó un concilio de obispos de todas las partes de su dominio, e incluso de fuera de sus fronteras. La idea del concilio le fue probablemente sugerida por Osio, obispo de Córdoba (265-358), que actuó como consejero suyo en materias eclesiásticas y desempeñó una importante función en los procedimientos del Concilio. Constantino delegó en Osio para que hiciera investigaciones preliminares sobre la disputa alelandrina, y su firme posición contra Arrio influyó sobre la primera política de Constantino en esta controversia teológica.

La costumbre de decidir asuntos importantes en asambleas de 1os jerarcas de la Iglesia procedía de los tiempos apostólicos6. Bajo la persecución, los cristianos habían seguido celebrando similares consultas siempre que les era posible y sus decisiones obligaban moralmente a todas las Iglesias representadas. Africa del Norte y Roma habían celebrado tales concilios a intervalos regulares; fueron menos frecuentes en el Oriente. Sin embargo, el concilio convenido por el Emperador era distinto de los precedentes porque tenía facultades de legislar tanto para la Iglesia como para el Imperio, pues sus decretos eran reconocidos como leyes.

El Primer Concilio Ecuménico es uno de los grandes jalones en la historia de la Iglesia. A las órdenes del Emperador y a expensas del Estado se reunieron varios centenares de obispos en Nicea, pequeña ciudad cercana a Nicomedia, que era entonces la capital. La mayoría de los obispos vino de Asia Menor, Palestina, Siria y Egipto. Dos presbíteros representaban a Silvestre (314-335), el anciano obispo de Roma; Africa del Norte también envió delegados, y cuatro o cinco obispos vinieron de fuera del Imperio. Fue una asamblea impresionante: algunos de sus participantes eran famosos por su erudición; otros, por su santidad; otros llevaban las señales de la tortura que sufrieron durante la reciente persecución. Constantino dispensaba a estos últimos muestras especiales de respeto. La personalidad del emperador dominaba el sínodo, que duró de mayo a junio del año 325. Constantino tenía cincuenta y un años de edad y se hallaba en la cumbre de su gloria y poderío. Su solemne entrada impresionó tanto a los obispos, que Eusebio le comparó a un ángel de Dios7. Vestido de púrpura, adornado de oro y piedras preciosas, se dirigió a los representantes de la Iglesia como amigo y compañero creyente: "Durante algún tiempo mi principal deseo fue disfrutar del espectáculo de vuestra presencia unida, y ahora que se ha cumplido este deseo me siento obligado a dar gracias a Dios, el Rey Universal... No os demoréis, queridos amigos, no os demoréis, ministros de Dios y fieles siervos del que es nuestro Señor y Salvador común: empezad a eliminar las causas de esa desunión que existe entre vosotros y acabad con la confusión de la controversia abrazando los principios de la paz... Mediante tal conducta agradaréis al Supremo Dios y me haréis a mí un magnífico favor, que soy siervo como vosotros"8.

Esta amistosa arenga, acompañada de los regalos que hizo a los obispos, no pudo por menos que producir un abrumador impacto sobre los hombres que recientemente se habían visto expuestos a la furia de la persecución. Eusebio, describiendo el banquete imperial, al que fueron invitados los obispos antes de su partida, llegó a decir que era "una imagen del Reino de Cristo, ensueño más bien que realidad"9.

El Emperador era un astuto estadista que poseía una segura percepción de la diferencia esencial entre el Imperio y la Iglesia. Estaba resuelto a dominarlos, pero se daba cuenta de que no se podía aplicar a ambos la misma política. Era autócrata, pero no monarca sin leyes. Gobernaba un Estado legalmente organizado con un Senado que codificaba los decretos imperiales y era responsable de su ordenada aplicación. Constantino edificó sus relaciones con la Iglesia sobre una base legal familiar. Los concilios episcopales, a juicio de Constantino, habían de realizar la misma función que el Senado romano, y sus procedimientos eran similares: los obispos, igual que los senadores, se sentaban en círculo alrededor del trono del emperador, formulaban respuestas a las preguntas que hacía el soberano y, si las aprobaba, estas discusiones se convertían en leyes. Existía una diferencia esencial: los senadores actuaban en su propio derecho, y se tomaban sus resoluciones mediante un voto mayoritario; el veredicto de los obispos era únicamente válido si lo inspiraba el Espíritu Santo, cuya señal era la unanimidad. Sobre este punto Constantino se desvió de la práctica senatorial y así hizo posible que la Iglesia retuviera su propio carácter. En los concilios ecuménicos, los obispos podían repetir, por lo tanto, las palabras que sirvieron de prólogo a la resolución del primer concilio cristiano celebrado en Jerusalén en el año 52. Los Apóstoles y los representantes de la Iglesia local habían hecho entonces esta osada declaración: "Plugo al Espíritu Santo y a nosotros"10. Estaban seguros de que eran guiados e inspirados porque hablaban con el mismo corazón y la misma mente.

Idéntica fórmula se utilizaba en los concilios ecuménicos. La función del emperador consistía únicamente en dar sanción a los decretos aprobados por el sínodo y en apoyarlos con el poder del Estado. Tal era el plan de la administración eclesiástica concebido por Constantino y fue una notable realización que hiciese posible la íntima colaboración entre el Imperio bizantino, y más tarde el ruso y sus Iglesias.

El primer problema, la fecha de la Pascua, se resolvió fácilmente en Nicea; pero el segundo problema, la disputa de Alejandro con Arrio, resultó de más difícil solución. La mayoría de los obispos encontraban defectuosa la enseñanza de Arrio, pues sugería que Jesucristo, el Logos Encarnado, era inferior a Dios Padre, pero varios miembros del Concilio criticaban también la excomunión de Arrio por Alejandro como severa y precipitada, y, por lo tanto, no se hallaban dispuestos a condenar abiertamente a este hereje. Después de un largo debate, en el que el diácono Atanasio (293-373), uno de los principales partidarios de Alejandro, reveló su percepción teológica y su ardor por la ortodoxia, la mayoría aceptó una nueva fórmula preparada por Osio y apoyada por Atanasio. Definía con mayor exactitud que hasta entonces la igualdad del Padre y el Hijo. Se introdujo en el credo la palabra griega homoousios (de la misma sustancia) y fue aprobada por el Concilio.

Unicamente dos obispos se negaron a firmar. Su obstinada oposición suscitó este problema crucial: ¿Se podía desconsiderar a tan pequeña minoría y proclamar la inspiración del Espíritu Santo, o se debía dispersar el Concilio sin llegar a una decisión obligatoria? No sabemos qué alternativas sugirieron al Emperador. Ni sabemos quién tuvo la última palabra en este asunto, pero sí sabemos lo que al final hizo Constantino, y su acción tuvo consecuencias trascendentales para toda la historia de la Iglesia. Ordenó la exclusión de los dos disidentes; y entonces los restantes obispos promulgaron unánimemente sus decretos en nombre del Espíritu Santo. No se molestaron los obispos. refractarios, y no se ha registrado ninguna protesta contra esta intervención. Por aquella época probablemente parecía que Constantino había encontrado una simple y práctica salida de un dilema insoluble, pero en realidad había establecido un peligroso precedente de compulsión e intimidación. Una vez aceptada la fuerza como legítima, se podrían cometer en lo sucesivo nuevos actos de crueldad en nombre del Príncipe de la Paz.

Constantino, exaltado por su victoria, despachó a los obispos a sus diócesis. En su carta dirigida a todas las Iglesias, elogió las realizaciones del Sínodo y ordenó a los cristianos que recibiesen sus decretos "con toda voluntariedad como mandamientos verdaderamente divinos y los considerasen como un don de Dios. Pues todo lo que se determina en la Santa Asamblea de los Obispos se ha de considerar como indicativo de la voluntad divina"11. Constantino confiaba en que la "unanimidad" conseguida en Nicea terminaría con la nociva disputa; pero los acontecimientos disiparon pronto este optimismo. El Concilio Niceno, en vez de lograr la tranquilidad dentro de la Iglesia, provocó una explosión de hostilidades teológicas sin precedente, que mantuvo a los cristianos orientales en un estado de febril actividad durante más de medio siglo y perturbó a Occidente durante otros doscientos años.

 

El Arrianismo.

La disputa que empezó en el año 319 entre el obispo Alejandro y su principal presbítero Arrio, que entonces tenía sesenta y tres años de edad, fue local, al principio, afectando únicamente a la iglesia de Alejandría, pero se extendió con rapidez por todo el Oriente y se convirtió en uno de los mayores conflictos doctrinales del siglo IV.

Arrio, con su pálida faz y su larga cabellera de asceta, con su poética imaginación y su voz y estatura autoritarias, era una personalidad impresionante. Tenía numerosos y devotos seguidores y poseía muchos admiradores, de manera especial entre el influyente cuerpo de vírgenes consagradas. Era hombre devoto y erudito, discípulo de un mártir muy reverenciado, Lucio (muerto en el año 312), obispo de Antioquía. Arrio quiso explicar el misterio de la Encarnación en términos de la filosofía helenística contemporánea y, al hacerlo, desfiguró la tradición apostólica e incurrió en herejía. Enseñaba que si el Padre engendró al Hijo, entonces era preciso imaginar una época en que el Hijo no existía, y así colocó a Cristo en una posición intermedia entre el Creador y la creación.

Arrio creía devotamente en Jesucristo como Salvador de la humanidad, pero teológicamente subordinaba el Hijo al Padre. Citaba varios textos de los Evangelios en apoyo de su argumento acerca de que la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Logos Encarnado, no era igual a Dios Creador, a quien Jesucristo denominaba Padre12. El arrianismo se hallaba en abierta contradicción con la afirmación fundamental de la fe católica acerca de que la reconciliación entre Dios y la humanidad y la redención del mundo no se realizaron ni por medio de un mensajero enviado de los cielos, ni por un hombre santo o profeta elevado a una esfera superior después de realizar su tarea, sino por el propio Autor Todopoderoso del universo, que era la única fuente indivisa de todos los seres.

Desde los tiempos apostólicos la Iglesia se oponía resueltamente a cualquier idea de creadores o divinidades subordinadas al supremo Dios, doctrina común de las sectas gnósticas. La enseñanza evangélica de que Dios es amor se basa en la creencia de que en la persona de Jesucristo, que nació, que fue crucificado y ha resucitado, el propio Dios trino y uno sufrió la agonía de la muerte tal cual es conocida de los hombres. El amor perfecto no huye de ningún sacrificio o humillación. Unicamente si Jesucristo compartiese la misma natura1eza con su Padre se podía justificar el convencimiento cristiano de que Dios se ha dado a conocer a la humanidad y ha ofrecido su compañía a su creación. Arrio, dando una enseñanza de un Cristo inferior, envolvía al Creador del universo impenetrable misterio, y privaba a los miembros de la Iglesia de esa seguridad de que Dios amaba a los hombres y se cuidaba de ellos verdaderamente, que era esencial para la doctrina ortodoxa.

 

Arrio dirigía la atención hacia los problemas centrales de la teología cristiana, y su discusión requería toda la sabiduría y erudición de que disponían los jefes de la Iglesia; pero desde el principio la disputa que provocó adquirió el carácter de rivalidad personal con Alejandro, y esto animó al obstinado presbítero a mantener una extremada posición y engendró una desabrida animosidad *. Cuando Arrio comenzó a componer canciones populares incorporando sus ideas, Alejandro le expulsó de las filas del clero y le obligó a salir de Alejandría. Arrio emigró a Palestina y más tarde a Nicomedia, donde halló muchos simpatizantes, no necesariamente como propagador de los principios herejes, sino como víctima de un tratamiento autocrático **.

 

* El historiador eclesiástico Sócrates de Constantinopla describió el principio de la disputa arriana del siguiente modo: "Un día Alejandro, en presencia de los presbíteros intentó explicar con una minuciosidad tal vez demasiado filosófica ese gran misterio teológico, la unidad de la Santísima Trinidad. Arrio, imaginándose que el obispo enseñaba sutilmente como Sabelio el Libio, tornó el extremo opuesto llevado del amor de la controversia." (Sócrates, Hist. Ecc., I, 5.).

 

** Sozomeno, otro historiador eclesiástico, dice: "Muchos se unieron con Arrio y sus partidarios, como frecuentemente sucede en casos similares, porque creían que no se les había tratado bien y había sido injusta su excomunión" (Hist. Ecc., I, 15.).

 

En el Concilio Niceno, la mayoría de los obispos repudiaron arrianismo como falso, pero sólo a unos cuantos les agradaban la palabra homoousios, que se veía asociada en sus mentes con la enseñanza previamente condenada de Pablo de Samosata (muerto cerca del año 270), que había borrado la distinción entre el Padre y el Hijo. No obstante, la intervención personal de Constantino en apoyo de esta discutible expresión teológica la impuso en la incómoda asamblea. Tan pronto como los obispos regresaron a casa, muchos de ellos empezaron a lamentarse de su decisión, pues tenían que afrontar la difícil tarea de explicar a su gente la razón de la aceptación de un credo que contenía una palabra que carecía de autoridad bíblica detrás de sí, una palabra que había sido introducida primeramente por los herejes.

Además de esta dificultad, había otra, relacionada con la terminología del credo niceno. Hasta entonces los cristianos habían utilizado los credos bautismales que, en términos positivos, afirmaban su creencia en la Santísima Trinidad y en Jesucristo como su Salvador. El credo niceno introdujo nuevos elementos de especulación que constituyeron materia de controversia entre los teólogos. Contenía, por ejemplo, las siguientes referencias al Logos Encarnado: "Y los que dicen que no existió en otro tiempo, o que no existió antes de su generación, y que cobró existencia de la nada, o los que afirman que el Hijo de Dios es de otra o sustancia o esencia o fue creado o es alterable o mudable, son anatematizados por la Iglesia católica."

Estas acusaciones reflejaban los debates teológicos del concilio, y muchos cristianos no podían entender su importancia. Por lo tanto, la mayoría de los obispos trataban de archivar el nuevo credo y de adherirse a sus confesiones de fe locales y tradicionales. Unos cuantos repudiaron abiertamente la fórmula nicena, y Constantino los desterró y sustituyó por hombres que obedecían al Concilio. Esta acción prendió fuego a la Iglesia. La hostilidad estalló entre los obispos, que se acusaban unos a otros de herejías. Estas incriminaciones condujeron a sus víctimas hacia, la desgracia y el destierro. En defensa propia, el clero expulsado apeló al Emperador, alegando su ortodoxia y denunciando a sus rivales.

Se formaron partidos teológicos y chocaron en numerosas asambleas episcopales, convocadas para restaurar la paz. El principal punto de discusión era el término homoousios. La resistencia era psicológicamente explicable, pues esta palabra se impuso prematuramente en Oriente teológicamente el término expresaba la fe tradicional y, por lo tanto los defensores rehusaban toda concesión, e incluso tal alternativa como homoiousios (de similar sustancia), sugerida como componenda, fue rechazada por los que apoyaban el Concilio Niceno. Muchos obispos preferían el destierro al cambio de una sola vocal.

Constantino, dándose cuenta de la futilidad de la compulsión, hizo volver a los obispos desterrados y utilizó todos los medios para restaurar la paz en la Iglesia; pero fracasó, pues era mucha la disensión. Sus hijos tuvieron aún menos éxito; careciendo de su magnanimidad y visión, y conduciéndose como pequeños tiranos, apoyaban a sus obispos favoritos y perseguían a los que odiaban. Algunos de estos emperadores fueron ortodoxos, y algunos arrianos, mientras que otros contemporizaron y favorecieron la componenda doctrinal. Durante este período de batallas y confusiones teológicas, la figura central fue San Atanasio el Grande, patriarca de Alejandría (327-373), que ocupó la cátedra de San Marcos durante cuarenta y seis años. Aunque físicamente era casi enano, intelectualmente era gigante, hombre de indomable valentía, con un ardiente celo por la ortodoxia. Combatió sin piedad contra el arrianismo. Llegó a ser obispo de Alejandría a la edad de treinta y seis años, y enseguida comenzó una campaña en defensa de la teología nicena. Compuso libros y folletos y apeló en persona y por escrito a los emperadores, pidiéndoles que defendieran a los ortodoxos y castigaran a los herejes. Libró la batalla en Egipto y fuera de sus fronteras, creándose enemigos y atrayéndose incondicionales. Fue cuatro veces desterrado por edictos imperiales, pasó casi quince años en tierras extranjeras o escondido, pero sobrevivió a sus enemigos, incluyendo a dieciséis emperadores, con la mayoría de los cuales se mantuvo en continuo conflicto.

En realidad Atanasio dio vida a un nuevo tipo de jerarca cristiano. Era un dignatario que exigía obediencia y cuyo influjo rivalizaba con el de los gobernadores civiles. Era beligerante y tan distinto de sus humildes predecesores como distinta era la Iglesia postnicena de la comunidad cristiana bajo la persecución. Atanasio ha sido a menudo representado como el salvador de la ortodoxia, que rescató a la Iglesia del arrianismo sin ayuda de nadie. Apenas se ve justificada tal descripción de su papel, pues en ningún momento se desvió la mayoría de su fe tradicional. El disturbio que siguió al Concilio no fue causado tanto por una apostasía doctrinal, sino más bien por la introducción de la compulsión en la comunidad cristiana. El propio Atanasio fue grandemente responsable de ello. Por lo tanto, le atacaban no sólo los que criticaban su teología, sino también, los que se oponían a su interferencia en la vida de otras comunidades y que aborrecían su uso de la fuerza y su agresividad.

 

Las Consecuencias de Nicea.

A primera vista parece desconcertante el contraste entre la Iglesia antes y después de Nicea. Durante los tres primeros siglos de su existencia, la comunidad cristiana había detentado el poder de unidad y concordia y había ganado la batalla contra el Imperio. A mediados del siglo IV, la misma Iglesia perdió de súbito su armonía interior y se dividió en facciones hostiles. Los cristianos que se habían negado a obedecer las órdenes imperiales invocaban ahora el arma secular para cerrar los templos rivales y arrestar a su clero. La causa principal de esta transformación fue la abrupta fusión de la Iglesia y el Imperio. La vida de la comunidad cristiana antes de Nicea se había basado en la libertad, y el ser miembro de la Iglesia implicaba sacrificio. Nicea alteró estas condiciones fundamentales: la Iglesia se convirtió en cuerpo privilegiado. El Estado se encargó de la protección de su unidad y ortodoxia. Los que infringían sus reglas habían de ser castigados como delincuentes civiles. La confesión de fe, que hasta entonces había sido un secreto revelado únicamente a los iniciados *, no sólo se hizo pública, sino que se llegó a defender tan vigorosamente, que cualquier clérigo que se atrevía a desviarse de ella se hallaba sujeto a severas penas. Los jefes de la Iglesia, que hasta entonces habían disfrutado de autoridad puramente moral, se veían transformados en funcionarios imperiales con poderes de coerción que para algunos eran irresistibles. Los menos escrupuloso se portaban como tiranos. El obispo Jorge, por ejemplo, que fue enviado a Alejandría en el año 357 para sustituir a Atanasio, trató tan cruelmente a los que se negaban a reconocerle, que su propia feligresía le expulsó de la ciudad. Pero incluso los mejores hombres, como San Atanasio, recurrieron con frecuencia a la fuerza. El anciano Silvestre, el papa de Roma, el prudente Osio, el ardiente Atanasio, el erudito Eusebio, renunciaron a la libertad de la Iglesia a cambio de la protección del Imperio.

 

San Hilario (muerto en el año 367), uno de los más doctos obispos de Occidente, escribiendo en 356 desde su destierro en Oriente a su propia Iglesia en Galia, explicaba a su feligresía que el credo que hasta entonces se había guardado en secreto se había convertido ahora en tema de debate público y que las confesiones de fe locales habían de ser sustituidas por el Credo niceno, que él mismo nunca había utilizado hasta que le expulsaron de su diócesis por su defensa de la ortodoxia contra el arrianismo (Hilario, De Synod., 91). San Cirilo de Jerusalén (315-86), en sus cartas catequísticas, desaprobaba también los credos escritos. Escribe: "Deseo que lo encomendéis a la memoria cuando recite el Credo; no que lo escribáis en un papel..., cuidando de que no lo escuche ningún catecúmeno cuando lo repitáis." V, 12. Sozomeno comparte la misma actitud, I, 20.

Está sorprendente rendición se hallaba relacionada con la creciente tensión emocional que se centraba en Egipto y especialmente en Alejandría. Esa gran ciudad de extremos se hallaba siempre dispuesta a apoyar alguna nueva causa con entusiasmo salvaje. En el siglo IV se revolvió en una fiera reacción contra la licencia sexual que anteriormente prevalecía entre sus habitantes. Las formas más austeras de automortificación excitaban la admiración general; el sexo era considerado como degradante; la virginidad se elogiaba como la principal virtud cristiana. Un gran número de hombres y mujeres abrazaron una vida consagrada al celibato. La tensión emocional en que vivían muchos de ellos se refleja bien en la vida de San Antonio (251-356), cuyas tentaciones, descritas por San Atanasio, impresionaron grandemente a los cristianos de todo el mundo.

Esta acentuación de la virginidad se desequilibró tanto, que proporcionó un favorable fundamento para la apasionada explosión del culto al dirigente, que ha sido siempre una de las características de la mentalidad egipcia. La cabeza de la comunidad cristiana en el valle del Nilo adquirió una posición única: no sólo era considerado como superior a todos los demás obispos locales, sino que se convirtió en objeto de devoción desconocido en otras partes de la Iglesia. Era el héroe popular de los cristianos egipcios, su oráculo divino y el campeón de su naciente nacionalismo.

En esta atmósfera es lógico que también se volvieran apasionadas las disputas doctrinales. Los asuntos teológicos se debatían en las calles y en los mercados con un entusiasmo habitualmente reservado para el deporte o la política. Los partidarios de una escuela de teología ofendían a sus oponentes y elogiaban a sus propios jefes, como inspirados por Dios o cual si fuesen infalibles. Esta hostilidad verbal, una vez aceptada como compatible con el cristianismo, desembocaría en la ejecución de diversos actos de violencia. La tolerancia y la moderación eran calificadas de traición a la verdad. El celo dogmático eximió a los cristianos de la caridad y el perdón. La intervención del Estado era bien recibida por las partes contendientes. En cuanto al Oriente, Egipto desempeñó un papel al abrir las puertas de la Iglesia al uso de la fuerza secular. La Iglesia que superaba a todas las otras, en el ejercicio del ascetismo y en el culto del dirigente fue también la primera que renunció a su libertad. Por lo tanto, es significativo que el mismo suelo africano se convirtiera en escena de dos cismas desastrosos en la Iglesia primitiva: el cisma donatista, que acabaría por minar eventualmente al cristianismo de Africa del Norte, y el cisma de los monofisitas, que puso en manos del Islam la mayor parte del oriente cristiano.

 

La victoria de la Ortodoxia Nicena.

El desasosiego que dentro de la iglesia causó el Concilio niceno coincidió con un período de inquietudes para el Imperio romano. Los hijos de Constantino, Constancio (337-361), Constantino II (337-340) y Constante (340-350), luchaban entre sí y debilitaban el Imperio en un momento en que se necesitaba de toda su fuerza para resistir la creciente presión de los bárbaros. Su sobrino y sucesor, Juliano el Apóstata (361-363), sin haber tenido éxito en su intento de revivificar el paganismo, pereció cuando conducía a su ejército contra los persas. Valente (364-378) fue un activo partidario de los arrianos y sus intentos de llenar de herejes las principales sedes incrementaron la confusión. Fue muerto durante una campaña contra los godos.

Su sucesor, Teodosio I (379-395), restauró por fin la paz en la Iglesia y revivificó la fuerza política del Imperio. Convocó un sínodo en Constantinopla en el año 381 (el II Concilio Ecuménico), que proclamó que sólo era ortodoxa la teología nicena, y así terminaron, en cuanto se refiere al Oriente, las disputas ocasionadas por el I Concilio Ecuménico. Esta victoria no sólo se debió al apoyo imperial; fue también resultado del serio pensamiento teológico de tres hombres destacados que conocemos por el nombre de Padres Capadocios (lám, 33): San Basilio el Grande (329-379), San Gregorio Nacianceno (330-389) y San Gregorio de Nisa (335-396). Estos nuevos jefes de la Iglesia oriental consiguieron el triunfo de la tradición apostólica. Sus oponentes se hallaban dispuestos a modificar su teología para que armonizase con las corrientes filosóficas en vigor y obtuviese así la aprobación de la corte. Los Padres Capadocios, hombres de integridad y valentía, no pretendían favores imperiales. Eran tenaces sin ser intransigentes; ascetas, pero libres de fanatismo, ortodoxos, pero con deseo de restaurar la paz en la Iglesia. Se afan