La Iglesia

Ortodoxa

N. Zernov

(Corregido y adaptado por Carlos Etchevarne)

 

 

Prefacio.

Capitulo I. La Iglesia en el Oriente Durante la Lucha por la Supervivencia Siglos I-IV.

La Iglesia y el Judaismo. La Separacion de la Iglesia Respecto de Israel. La Iglesia y el Helenismo. La Iglesia y el Estado Romano. La Persecucion: Su Origen y Naturaleza. Las Causas de la Victoria Cristiana. Las Primeras Sectas y Herejias. Autores y Maestros de la Iglesia Oriental en los Siglos II y III.

Capitulo II. Los Concilios Ecumenicos y el Cisma Oriental.

Constantino El Grande (306-337). El Emperador y el Concilio Ecumenico. El Arrianismo. Las Consecuencias de Nicea. La Victoria de la Ortodoxia Nicena. El II Concilio Ecumenico y el Emperador Teodosio (379-395). La Conversion en Masa del Imperio y sus Efectos Sobre la Iglesia. San Juan Crisostomo (347-407). El Cisma Nestoriano. El Segundo Concilio de Efeso (449). El Cuarto Concilio Ecumenico (451). El Cisma Calcedonico. Justiniano I y su Politica Eclesiastica (527-65). La Definicion de Calcedonia y la Separacion de las Iglesias Orientales. El Cristianismo y el Nacionalismo. El Cristianismo Fuera Del Imperio Bizantino. Roma y el Oriente Cristiano. El Monacato Oriental.

Capitulo III. El Oriente Cristiano Entre el Islam y Las Cruzadas. Siglos VIII-XIII.

El Islam. El VI Concilio Ecumenico (680-681). La Iconoclasia y el VII Concilio Ecumenico (787). La Revivificacion del Imperio Occidental. La Controversia Sobre El "Filioque." La Conversion De Los Eslavos. El Cisma Fociano. Deficiencias y Realizaciones Bizantinas. La Ruptura Entre Bizancio y Roma. La Consolidacion de la Autocracia Papal en el Siglo XIII. El Significado de la Excomunion de Humberto. La Venida De Los Cruzados. El Saqueo de Constantinopla el Viernes Santo de 1204. Las Iglesias De Lengua Eslava. La Conversion De Rusia Al Cristianismo. Los Primeros Frutos del Cristianismo Ruso.

Capitulo IV. La Invasion Mogolica y la Caida de Bizancio. Siglos XIII-XV.

Rusia Bajo el Yugo Mogolico (1240-1480). Sergio de Radonezh (1314-92). La Obra Misionera de la Iglesia Nestoriana. Los Mogoles y el Cristianismo. Los Mogoles y la Conversion de Asia al Islam. El Concilio Florentino (1439). Los Ultimos Años del Imperio. Los Turcos Otomanos y la Caida de Constantinopla.

Capitulo V. Los Siglos de Aislamiento y Opresion. Siglos XV-XVIII.

El Imperio Otomano. La Iglesia Ortodoxa Bajo El Yugo Turco. El Oriente Ortodoxo entre Roma y la Reforma Protestante. Cirilo Lukaris (1572-1638). La Iglesia Ortodoxa y el Zarismo Moscovita. Dos Tendencias de la Ortodoxia Rusa. El Cisma De La Iglesia Rusa. Los Ortodoxos en Polonia y Ucrania. La Incorporacion de Ucrania al Zarismo Moscovita y el Concilio de 1666-67. El Arcipreste Avvacum (1620-82). La Iglesia Rusa en la Vispera de las Reformas de Pedro El Grande (1668-98). Pedro El Grande (1682-1725) y la Abolicion del Patriarcado de Moscu. Los No Juramentados y la Iglesia Ortodoxa. El Imperio de San Petersburgo y la Iglesia Rusa en el Siglo XVIII. San Tikon De Zadonsk Y Paisy Velichkovsky. La Ascendencia Occidental Sobre el Oriente Cristiano. La Iglesia de Santo Tomas en el Sur de la India. La Iglesia de Etiopia. La Iglesia Nestoriana del Oriente. La Iglesia de los Armenios. La Iglesia Copta. Los Jacobitas. Los Cristianos Balcanicos en los Siglos XVII y XVIII. Los Ortodoxos Orientales Bajo el Gobierno de los Habsburgos. El Oriente Cristiano en la Epoca de su Decadencia (Siglos XV-XVIII).

Capitulo VI. El Periodo de Estimulo Intelectual y Liberacion Nacional. Siglo XIX.

La Iglesia Rusa a Principios del Siglo XIX. San Serafin de Sarov (1759-1832). Optina Pustin. El Metropolitano Filareto de Moscu (1782-1867). La Revivificacion de la Obra Misionera. Los Eslavofilos. Alejo Khomiakov (1804-60). La Aparicion de las Iglesias Autocefalas Nacionales en los Balcanes. La Iglesia Serbia. Los Principes-Obispos de Montenegro. La Iglesia De Grecia. La Iglesia De Rumania. La Iglesia De Bulgaria. Exito y Fracaso de las Iglesias Balcanicas. Los Ortodoxos en Austria-Hungria. La "Intelligentsia" Rusa y la Iglesia Ortodoxa. Feodor Mikhailovich Dostoievsky (1821-81). Vladimir Sergeevich Soloviev (1853-1900).

Capitulo VII. Epoca de Penalidades y Pruebas. Siglo XX.

El Renacimiento Religioso Ruso. Cuatro Conversos del Marxismo al Cristianismo. Intentos de Reforma de la Iglesia Rusa (1905-14). El Padre Juan de Kronstadt (1829-1908). El Concilio Eclesiastico Panruso (18 De Agosto-9 de Noviembre de 1917 y 20 de Enero-7 de Abril de 1918). Reorganizacion de las Iglesias Orientales Despues de la Primera Guerra Mundial (1914-18). La Revivificacion del Cristianismo en los Balcanes. Principales Caracteristicas del Cristianismo Oriental en los Siglos Xix Y Xx. La Campaña Atea de los Comunistas. La Reaccion de los Ortodoxos. La Iglesia Rusa en el Exilio y su Encuentro con el Occidente Cristiano. Los Emigrantes Rusos y el Movimiento Ecumenico. El Estado Actual de la Iglesia Oriental.

Capitulo VIII. La Fe y Doctrina de la Iglesia Ortodoxa.

El Significado de la Doctrina en el Oriente. La Autoridad De La Iglesia En El Oriente. La Sagrada Escritura y la Tradicion Eclesiastica. La Comunion de los Santos. La Canonizacion de los Santos entre los Ortodoxos Bizantinos. La Madre de Dios. Las Oraciones por los Difuntos. La Doctrina Eucaristica.

Capitulo IX El Culto y los Sacramentos en el Oriente Cristiano.

La Santa Comunion. Los Sacramentos de los Cristianos Orientales. El Bautismo. La Confirmacion. La Confesion. Los Santos Oleos. La Ordenacion. El Matrimonio. Otros Ritos Sacramentales. Oficios de la Iglesia Oriental. Los Libros Liturgicos que Utilizan los Cristianos Orientales. Algunas Razones de la Diferencia entre las Actitudes de Oriente y Occidente Hacia el Culto Cristiano.

Capitulo X. La Iglesia en la Vida de los Cristianos Orientales.

La Iglesia y El Niño. La Iglesia y los Seglares. Los Ritos de las Postrimerias. El Adiestramiento Avanzado en la Vida Espiritual. La Iglesia Ortodoxa y los Problemas Eticos y Sociales.

Capitulo XI. El Arte Sagrado del Oriente Cristiano.

El Significado de los Iconos y los Frescos para los Ortodoxos. El Tema de los Iconos y Frescos. Los Iconos de las Festividades Eclesiasticas. Los Iconos Doctrinales. El Renacimiento Contemporaneo del Arte en el Oriente Cristiano. Etapas de la Evolucion del Arte Bizantino. Las Escuelas de los Pintores de Iconos Rusos. Las Tradiciones Artisticas de Oriente y Occidente.

Conclusion. El Oriente Cristiano y el Mundo Contemporaneo.

Notas.

 

 

 

Prefacio

El cristianismo ha estado identificado con Europa durante más de un milenio. A los ojos de los asiáticos y africanos, el cristianismo es la religión del hombre occidental y está íntimamente relacionado con la civilización científica y técnica que se ha originado en la Europa occidental. Sin embargo, esta idea que generalmente se acepta no repara en un importante hecho: por lo menos un tercio de todos los cristianos contemporáneos no se consideran occidentales, sino que dan a su Iglesia la denominación de ortodoxa oriental.

Si de una ojeada pudiésemos abarcar toda Europa desde algún punto central, tal como Suiza, nos sorprendería la gran división arquitectónica de las iglesias. En Occidente, las iglesias tienen chapiteles, agujas y torres cuadradas por encima de los edificios ordinarios. En Oriente, por contraste, los domos y cúpulas sustituyen a las agujas, y cuanto más hacia el este miramos, tanto más completa es la transformación. Además, el interior de las iglesias orientales revela una diferencia aún mayor. Una sólida pantalla separa el extremo oriental del resto del edificio y oculta el altar a la comunidad, menos cuando se abre la puerta central que hay en ella. Estas iglesias redondas, con cúpulas, ricamente decoradas con pinturas sacras, señalan la mitad oriental del cristianismo.

Grecia, los Balcanes, el Cáucaso, Asia occidental, Egipto y Etiopía son las patrias tradicionales de las Iglesias ortodoxas. Rusia y Siberia se agregaron a ellas posteriormente. Las tierras de los cristianos orientales forman geográficamente en la actualidad un enorme triángulo que separa al Occidente cristiano del mundo oriental no cristiano. Su base tiene 12 000 millas de longitud, extendiéndose a través de la llanura ruso-siberiana desde Pétsamo, al oeste del Océano Artico, donde se juntan las fronteras rusas y finesas, hasta Alaska en el este, donde los misioneros rusos cristianizaron a los naturales en el siglo XIX. El lado occidental del triángulo atraviesa Finlandia, Estonia y Letonia, avanza por el sur hacia Galitzia y los montes Cárpatos, divide Yugoslavia en dos mitades, toca a Albania y llega al ápice meridional del triángulo en Egipto. El lado oriental atraviesa Etiopía, pasa por Palestina, Siria e Iraq, y desde allí llega a Turquestán, Manchuria, China del Norte, Japón y Corea. La gran mayoría de los cristianos orientales viven ahora dentro de este triángulo.

Un avanzado puesto del cristianismo oriental aislado se halla en el sur de la India, donde la Iglesia ortodoxa ha subsistido en Travancore hasta el presente, como vestigio de la anteriormente difundida Iglesia nestoriana del Imperio persa. Las comunidades de los ortodoxos orientales también se pueden encontrar por toda la Europa occidental, especialmente en Francia y Bélgica. También están dispersas por Gran Bretaña y sus dominios. Africa tiene muchos cristianos ortodoxos, principalmente griegos y sirios, y en Uganda hay una Iglesia ortodoxa africana nativa. Australia también posee multitud de parroquias rusas y griegas. El mayor número de ortodoxos en Occidente viven en los Estados Unidos de América, que cuentan con tres millones de ortodoxos, procedentes de casi todas las naciones del Oriente cristiano.

La posición geográfica de los cristianos orientales explica su historia. Situados entre el Occidente cristiano y el Islam, los cristianos orientales tuvieron que afrontar la presión de ambos lados, y esto ocasionó su derrota y la pérdida de su libertad política. Todos los cristianos orientales han experimentado la dureza del yugo de los vecinos hostiles en algún período de su historia, pero la mayoría han recuperado finalmente su independencia, aunque a costa de su anterior territorio y de algunos de sus hermanos de religión. Esto quiere decir que los cristianos orientales situados al borde del triángulo han sido divididos y absorbidos en comunidades extrañas a ellos. Tal suceso ocurrió a todo lo largo de la frontera oriental, donde los cristianos orientales han vivido, durante siglos, sujetos a sus conquistadores islámicos: en Egipto, Siria e Iraq, los cristianos constituyen ahora solamente una minoría, mientras que en el pasado estos países eran las plazas fuertes de la ortodoxia oriental. En la frontera occidental, la escena es idéntica. Los albaneses y los yugoslavos están divididos por su obediencia eclesiástica: algunos son latinos; otros, ortodoxos. Una situación simii1ar existe en los países fronterizos de Checoslovaquia, Letonia, Estonia y Finlandia. El pueblo de estas tierras pertenece en parte a tradiciones orientales y en parte a tradiciones occidentales, mientras que las naciones dentro del triángulo -los griegos, serbios, búlgaros, rumanos, rusos y georgianos- son sólidamente ortodoxos.

El cristianismo es esencialmente una religión universal que no se limita a ninguna región o nación, y, sin embargo, sus concretas manifestaciones se ven fuertemente matizadas por el color de su lenguaje, de su temperamento y de las costumbres locales de sus seguidores.

El presente volumen trata principalmente de la parte oriental del cristianismo, a modo de introducción general a su historia, enseñanza, culto y arte. Pero aunque el Oriente y el Occidente cristianos han llevado una existencia dividida durante los últimos quinientos años, y en ocasiones casi se han perdido de vista mutuamente, no se pueden estudiar por separado. Su similitud y contraste, su atracción y repulsión, forman un tema central de la historia eclesiástica, y, por lo tanto, se hace referencia a sus relaciones en muchas páginas de este libro.

Aquellos lectores que deseen un conocimiento más detallado de la Iglesia oriental encontrarán algún material adicional en las notas y en la bibliografía sistematizada que se incluye al final del libro. Por otra parte, las setenta y una ilustraciones que en él se incluyen, reproducen tanto la arquitectura de multitud de iglesias orientales, como la temática de los mosaicos, frescos e iconos que ocupan un importante lugar en la vida y culto de los ortodoxos. Algunos de ellos indican las ceremonias y costumbres religiosas del Oriente cristiano. En la elaboración de este libro me han prestado ayuda varias personas, a quienes debo verdadero reconocimiento. A Mrs. Arthur Ward por mecanografiar mi manuscrito; al reverendo Patrik Thompson, y, a Mrs. Essex-Lewis, por su lectura y valiosas sugerencias; al profesor T. Talbot Rice, por sus comentarios sobre el capítulo del Arte sacro; a Miss. Vanessa Jebb y a Mrs. Robin Porteous, por su ayuda en /a selección de ilustraciones. Mi agradecimiento especial se debe al profesor E. O. James por sus consejos y estímulos, y a Miss Mary Bromley, que leyó el primer borrador de esta obra y me ayudó a darle su forma final.

 

Oxford, N. ZERNOV

 

Capitulo I.

La Iglesia en el Oriente Durante la Lucha

por la Supervivencia

 

Siglos I-IV.

La Iglesia y el Judaísmo.

La comunidad cristiana cobró existencia en la festividad de Pentecostés, cuando un pequeño grupo de galileos se llenaron del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, a medida que el Espíritu les daba expresión"1. Este acontecimiento tuvo lugar en Jerusalén, ciudad fronteriza del Imperio romano, frente al Oriente inconquistado. Comenzó una nueva era en la evolución espiritual de la humanidad. La nueva religión se difundió rápidamente por las vías de comunicación dentro de la Diáspora judía. Durante la vida de los Apóstoles esta expansión llegó hasta España y probablemente hasta la India; Roma, Alejandría, Antioquía y otras grandes ciudades se convirtieron en centros de actividades cristianas.

La historia de la Iglesia presenta una imagen de la continua adaptación a un ambiente siempre variable, y no por eso conflictivo por la insercción del Poder Político en la vida eclesial. Poder, que muchas veces trató de cambiar el verdadero Mensaje Evangélico basado en la tradición apostólica matenidas por el Apostolado primero y por el Episcopado después. La variación de los intereses políticos estaban interrelacionados a los intereses económicos, basados esencialmente que el Poder Político no se delega sino que se ejerce (y no siempre con la persuasión sino con la violencia, la violación de principios sagrados, matanza de pueblos, sobornos y complicidad de gobernantes y hasta de la misma jerarquía eclesial que por temor, prejuicio o el ansia infrenable de la tenencia del poder, aceptaban en el nombre de la iglesia lo inaceptable. Lo inconcebible a la Luz de la Verdad revelada por Dios a través de profetas, apóstoles y hasta del mismo Cristo.

Para los amantes del poder terrenal (sean civiles o eclesiásticos) hacerse los tontos o los desentendidos ante la Verdad Revelada, no era para ellos su debilidad sino su mejor habilidad. Habilidad que no bastaba con ser proclamada sino ejercida, porque allí estaba la base de su influenciamiento en lo social, como una manifestación (u ostentación) expresa del poder que ellos en el nombre de Dios ejercían.

El sometimiento, la vejación, la conspiración, la infedilidad hacia el Evangelio y la tradición eran las expresión de estos sentimientos de amor expresados por aquellos que decían que lo que hacían era para glorificar a Dios, para manifestarlo como un testimonio único e irrepetible.

La historia de la iglesia, se compone de adelantos y retrocesos, de victorias y derrotas; pero a pesar de estos cambios revela tal tenacidad de propósito, tal unidad de fe, que la Iglesia cristiana se ha distinguido de todas las otras religiones.

El primer problema con que tropezaron los seguidores del Mesías fue la adaptación a la comunidad judía en que nació su forma de vida religiosa. Los judíos ocupaban una posición única en el Estado plurinacional romano. Etnicamente afines a los otros habitantes de Siria y Arabia, aún formaban un grupo densamente compacto, resistiéndose ferozmente a la fusión con sus otros vecinos. Esta obstinada altivez era resultado de su historia religiosa, pues los judíos no sólo profesaban un monoteísmo intransigente, en aguda oposición contra el politeísmo predominante de otras naciones, sino que, además, creían que Dios había concertado un pacto personal con Israel, ordenando a su pueblo elegido que obedeciera su ley, y prometiéndoles a su vez redimirles del pecado y de la opresión. Los libros del Antiguo Testamento contienen la historia de un largo proceso de educación y purificación, en el curso del cual Israel, unas veces obediente, otras veces rebelde, había dado existencia a una nueva casta, capaz de realizar la tarea que le asignaba Yavé. La fe en lo humanamente imposible, la disposición a sufrir en obsequio del pacto, una elevada autoconciencia y una profunda comprensión de que la santidad y la confianza son condiciones indispensables para la comunión con el Señor de los Ejércitos se convirtieron en algunas de las sorprendentes características del pueblo elegido.

La ardiente esperanza de liberación de todas sus aflicciones, que vendría ligada al advenimiento de un mensajero divino especial, alcanzó su cumbre en el siglo que vio el nacimiento de la Iglesia. Después de un período de independencia política bajo los Macabeos (168-63 antes de J.C.), que había intensificado las aspiraciones nacionales y religiosas judías, Palestina se incorporó al Estado romano y se expuso cada vez más a la forzada helenización. Bajo Herodes el Grande (37-4 antes de J.C.), que gobernó sobre Judea, Samaria y Galilea como rey nombrado por el Senado romano, y bajo sus sucesores, se fundaron ciudades paganas en Palestina, donde los extranjeros helenizados adoraban a sus numerosos dioses. Se erigieron templos a Augusto, y el país, habitado por un pueblo que aborrecía cualquier imagen esculpida, quedó contaminado de un paganismo triunfante. Bajo el impacto de esta derrota y humillación, un cierto número de judíos empezó a mezclarse con los gentiles y a renunciar a su exclusividad religiosa y racional. Pero esta apostasía sólo incrementó el celo de los demás, que con renovado vigor afirmaban su firme confianza en la liberación prometida y reducían al mínimo todos sus contactos con el mundo externo. Tal conducta condujo inevitablemente a constantes choques con las autoridades romanas. Apenas transcurría un año sin una revolución local o una rebelión mayor. Algunos historiadores consideran que nada menos que 250 000 judíos perecieron durante el siglo anterior a la destrucción de Jerusalén en el año 70 de nuestra era. Estas cifras representan una fuerte pérdida en una pequeña población que probablemente no rebasaba el millón de habitantes. En esa atmósfera de agudo sufrimiento floreció una literatura apocalíptica, y cualquier rebelde que afirmaba ser el Mesías fácilmente reunía partidarios fanáticos.

La lucha de Palestina tuvo importantes repercusiones en otras partes. La mayor parte de los judíos del siglo I pertenecían, no a Palestina, sino a la Diáspora. Se podían hallar sus colonias en todos los puertos de mar importantes y centros comerciales prósperos del Imperio, e incluso fuera de sus fronteras, en la India, Ceilán y Etiopía. Esta Diáspora, que contenía cinco veces más judíos que la Tierra Santa, presentaba la misma imagen de tensión y exclusividad, pero sin ese constante derramamiento de sangre, que fue faceta tan trágica de la historia de Israel en su territorio nativo. Los judíos de la Diáspora se vieron obligados a tener más contactos con la población que les rodeaba, y no podían evitar enteramente cierta mezcla con los gentiles. El Antiguo Testamento se tradujo al griego en Alejandría en el siglo II antes de J.C. Hubo también algunos conversos al judaísmo que actuaron como intermediarios y ayudaron a los primeros cristianos a penetrar en la comunidad gentil.

Al principio, el mensaje del Evangelio se dirigió exclusivamente a esa nación fuertemente oprimida y no derrotada aún, que tan claramente se percató del abismo que le separaba del resto de la humanidad. La respuesta fue mixta: se convirtieron algunos judíos, pero la mayoría se negaron a aceptar a Jesucristo como al Mesías prometido. El galileo crucificado chocaba demasiado, con la figura convencional de un libertador nacional, asociado en sus mentes con el advenimiento del Redentor. Casi inmediatamente rebasó la naciente Iglesia los confines del judaísmo ortodoxo. Pronto se pudo ver que los intrépidos testigos del Cristo Resucitado se mezclaban con las multitudes gentiles, desterradas por los judíos.

 

La Separación de la Iglesia Respecto de Israel.

Los cristianos tomaron la decisión crucial de separarse de Israel cuando se dieron cuenta de la universalidad de su religión y decidieron incorporar a su sociedad, y en iguales condiciones, a los conversos del paganismo. Este paso fue verdaderamente revolucionario, pues en el siglo I existió el más fuerte contraste posible entre Israel y el mundo helenista. Se desengañaron los paganos, sometiéndose a la fe ciega como fuerza que dominaba tanto a los dioses como a los hombres; el universo, a su manera de ver, tenía muchas divinidades, pero no poseía un maestro real, un principio rector y un propósito nacional, mientras que los judíos estaban seguros de su posición privilegiada y plenos de esperanza. Sin embargo, el mensaje cristiano fue aceptado por algunos miembros de ambas sociedades, y fue su íntima colaboración la que edificó el fuerte, aunque flexible, armazón de la Iglesia, y universalizó su doctrina lo suficientemente para escapar de los límites de un grupo étnico o cultural.

El judaísmo proporcionó al cristianismo su afirmación básica de que el Dios de Israel había elegido a su raza obstinada y vital para el propósito especial de la reconciliación con la humanidad, y de que Jesús era el Mesías prometido, que ofrecía la liberación del poder de la ignorancia y el pecado a los que creían en Él. Israel también proporcionó a la Iglesia las Sagradas Escrituras, y los ritos de la iniciación y el pacto, que de una forma modificada se convirtieron en las piedras fundamentales del culto y organización cristianos. Del judaísmo, la naciente Iglesia aprendió a congregar a sus miembros para celebrar servicios semanales regulares, en los que, se leían las Escrituras, se daba instrucción y se hacía verdadera la presencia divina mediante el encuentro corporativo, en el ágape eucarístico. De la misma fuente heredó la Iglesia el sentido de ser una comunidad separada, radicalmente distinta de los que no reconocían al único y verdadero Dios, y, en vez de adorarle a Él, veneraban ídolos que el mismo hombre había creado, según su afirmación. El pueblo elegido mostraba también un ejemplo de completa dedicación a la sagrada causa y de valentía al afirmar su intransigente punto de vista. Los judíos enseñaron a la Iglesia que Dios es Santo y que sus siervos deben estar dispuestos a sufrir la prueba del fuego.

 

La Iglesia y el Helenismo.

Dios es amor, pero la ardiente llama de la caridad divina consume todo lo que es impuro. Este y otros convencimientos fundamentales adquiridos de los judíos dieron a la Iglesia su estabilidad y su enorme poder de resistencia. Pero, mediante sus contactos con el mundo helenista, los cristianos conocieron su capacidad de expandirse, de penetrar en nuevos campos, de hacer frente a la variedad de necesidades humanas y de satisfacer muy diferentes exigencias y aspiraciones. La mayor de sus contribuciones fue la lengua griega. Es de suma importancia en la historia de la Iglesia el hecho de que, aunque su fundador hablaba en arameo, su voz llegó a los más amplios círculos de la humanidad en griego, pues en esa lengua se escribieron los libros del Nuevo Testamento y muchos de los comentarios patrísticos acerca de ellos. Ningún otro idioma hubiera podido servir tan bien a este propósito, pues podía expresar los conceptos filosóficos con un vigor y sutileza inalcanzables en otra parte, y al mismo tiempo manifestar los más profundos sentimientos religiosos con gracia y poesía. El mundo helenizado contribuyó también a que la Iglesia viese la unidad de la humanidad y la similitud fundamental de los problemas intelectuales y espirituales de los hombres. De los filósofos y autores griegos aprendió la Iglesia el arte del pensamiento lógico y de la especulación científica. El griego no sólo era criatura que sabía de unción como el judío; era también pensador y artista, y la Iglesia cristiana halló un honorable lugar para estos tipos de actividad humana. Los griegos proporcionaron a la Iglesia sus teólogos, hombres que analítica y críticamente examinaron el texto de las Sagradas Escrituras, que lo interpretaron a la luz del pensamiento contemporáneo y formularon sus principales doctrinas con la ayuda de términos filosóficos. Así la Iglesia se vio fertilizada por dos tradiciones orientales, el judaísmo y el helenismo, la última de las cuales había combinado ya, la filosofía griega con las religiones místicas orientales.

 

La Iglesia y el Estado Romano.

El fundamento material de la rápida expansión del cristianismo procedió, sin embargo, de un tercer elemento, esta vez de origen occidental. Este elemento fue el Imperio Romano, con sus instituciones políticas y legales. El genio latino concibió y realizó en los primeros siglos de la era cristiana un Estado plurinacional, con una fuerte autoridad centralizada que radicaba en el Emperador, pero organizada para disfrutar de autonomía municipal. Tal política garantizaba la unidad del Imperio, la seguridad de la comunicación, el fácil intercambio de artículos e ideas, y al mismo tiempo fomentaba la iniciativa local y recibía con agrado los desarrollos regionales. El Imperio Romano era una realización impresionante; la población urbana se enorgullecía del título de ciudadano romano. La ley defendía la tenencia de bienes, se definían claramente los deberes y las responsabilidades de los ciudadanos, se celebraban con regularidad elecciones de funcionarios municipales, y el benevolente gobierno del César ofrecía protección legal a todos los habitantes libres.

La obra misionera de la Iglesia se emprendió en este Estado universal: los predicadores del Evangelio viajaban por las rutas que gozaban de seguridad gracias a las bien disciplinadas legiones; las comunidades cristianas, aceptando la idea romana de derecho y orden, se organizaban como unidades que se ayudaban recíprocamente, regidas por funcionarios democráticamente elegidos; el ejemplo de un solo gobernante terrenal que administraba la justicia imperial facilitó la difusión de la doctrina evangélica acerca de que Dios es el único dueño de los hombres y respeta aun la libertad humana.

La Iglesia encontró las más favorables condiciones donde operaban estas tres principales influencias. Los elementos latinos, helénicos y judíos de la civilización se hallaban mejor representados en las principales ciudades de la mitad oriental o de habla griega del Imperio, y fue allí donde la nueva religión edificó durante los tres primeros siglos sus más importantes plazas fuertes. Las comunidades cristianas se componían principalmente del proletariado urbano, aun cuando de vez en cuando se unían a la Iglesia cierto número de hombres de cultura y alto rango social. Cada comunidad era una unidad autónoma, dirigida por un obispo asistido por presbíteros, diáconos y diaconisas. Los deberes de un obispo incluían la presidencia en el ágape eucarístico, acto central del culto cristiano; la instrucción y el bautismo de los conversos, y el mantenimiento de la disciplina. Los presbíteros y diáconos asistían a las viudas, a los huérfanos, a los enfermos y a los menesterosos. Las iglesias estaban en comunicación fluida con sus vecinos; se recogían limosnas y se enviaban a las comunidades necesitadas; la hospitalidad se ofrecía voluntariamente a los viajeros. No había autoridad central, pero las iglesias fundadas por los Apóstoles en importantes centros que gozaban de prestigio, y su liderazgo espiritual era aceptado voluntariamente, siendo las más destacadas entre ellas las Iglesias de Roma, Alejandría y Antioquía. Se mantenía el intercambio de opiniones y noticias. La Galia tenía correspondencia con Siria; Africa del Norte, con Asia Menor; Roma, con Alejandría; Grecia, con España.

Al principio la Iglesia, se mostró organizacionalmente a las autoridades romanas como una secta judía más; pero pronto se vio con claridad la distinción entre el Nuevo y el Viejo Israel, y para los cristianos fue éste el principio de trescientos años de persecución, que dieron a la Iglesia una fuerza capaz de derrotar al Imperio. El segundo problema con que tropezaron los cristianos fue el de cómo sobrevivir en un mundo romano hostil.

 

La Persecución: Su Origen y Naturaleza.

El judaísmo, el helenismo y el Estado romano no sólo fueron la cuna de la Iglesia, sino también las potencias que la intentaron sofocar. El enemigo más cruel y persistente fue el judaísmo, su deudo más cercano. La destrucción de Jerusalén en el año 70 de la era del Señor, al partir los cristianos de la sentenciada ciudad y retirarse a Pella, puso el sello final, a la separación entre las dos comunidades. Para los judíos, los cristianos habían aceptado a un impostor como al verdadero Mesías, que, siendo hombre, afirmaba estar en unión con el Padre Celestial, y que, como prueba de su única posición, perdonaba los pecados y liberaba a sus seguidores del yugo de la ley. En las sinagogas se proclamó que Jesucristo era un destructor del pacto entre Yavé e Israel.

Si los líderes del judaísmo hubiesen tenido mano libre para tratar con los cristianos, habrían tratado de aniquilarlos totalmente. Pero la caída de Jerusalén y la rápida difusión de la Iglesia fuera de las fronteras de Palestina situaron a los cristianos más allá del alcance de sus más resueltos antagonistas.

La oposición por parte de la sociedad helenística fue también grande, pero difería del odio de los judíos. Los gentiles atacaban a los cristianos en dos diferentes niveles. Las clases inferiores les temían y les odiaban como a una irritante e incomprensible minoría; las clases superiores les despreciaban por mojigatos y fanáticos. La población urbana cosmopolita de las provincias orientales del Imperio estaba acostumbrada a una multiplicidad de cultos y religiones mistificas. Algunas de estas sectas tenían sus propios lugares de veneración, a los que no, eran admitidos los extraños, pero aun aquellos que consideraban a Mitra o a la Gran Madre de Frigia como a sus protectores particulares frecuentaban también otros templos, participaban en los festivales populares y no diferían de los otros en su conducta. Los cristianos eran totalmente distintos a otros devotos: no constituían una raza aparte como los judíos, sino que procedían de todas las clases y naciones; sin embargo, se portaban en sorprendente contraste con sus propios parientes y antiguos amigos. Se negaban a ofrecer sacrificios a los dioses y se abstenían también de los juegos de gladiadores y otros entretenimientos populares. Todas estas extrañas facetas les hacían altamente sospechosos a los ojos de la gente común. Los cristianos eran acusados de ser ateos, de ejercer una magia peligrosa, y su presencia era considerada como una ofensa a las deidades reconocidas.

Siempre que ocurría cualquier calamidad, un terremoto, un incendio o una epidemia, estos desastres eran explicados como venganza de los dioses por la impiedad de los cristianos. El populacho estaba siempre dispuesto a asaltarles, a arrastrarles a los tribunales y a pedir a gritos su destrucción. La hostilidad de los plebeyos corría parejas con la indiferencia como una forma de discriminación, de los que eran cultos y mundanos. Impregnados de literatura clásica, fascinados por la poesía y la retórica, iluminados por los escritos de los grandes filósofos, los romanos educados despreciaban a los cristianos como parias incultos e ignorantes, hundidos en la superstición y entregados a la veneración de un oscuro galileo que fue crucificado por orden del gobierno imperial. Las clases superiores no temían a los cristianos y pensaban que merecían un castigo, no porque fuesen ateos, sino porque desafiaban a la suprema autoridad del Estado y difundían ideas que probablemente minarían el orden político y social.

La sociedad helenística era mucho menos resuelta en su hostilidad que los judíos. El populacho era peligroso cuando se excitaba, pero su celo por la persecución se calmaba a menudo con la misma rapidez con que surgía. Las clases superiores, en la mayoría de los casos, eran demasiado escépticas para tomar en serio el cristianismo y se mostraban más despectivas que antagónicas.

El tercer enemigo de la Iglesia era el propio Imperio, y éste tenía en sí mismo los medios necesarios para destruir la nueva religión. El Imperio Romano toleraba, en principio, las creencias de sus súbditos. Diversos cultos se practicaban en la capital y en las provincias; templos dedicados a dioses extranjeros se alzaban al lado de los que honraban a las deidades tradicionales del pueblo latino. Incluso los judíos obtenían concesiones y podían seguir con sus costumbres, eximiéndoles de observancias que chocaban con sus convencimientos tradicionales. Sin embargo, el cristianismo no se hallaba incluido entre las religiones toleradas. En varias ocasiones los emperadores hicieron determinados intentos de extirparlo de raíz, ya que lo consideraban un peligro a las costumbres religiosas y culturales del Imperio. Lo veían como un nuevo polo de poder que podía minar la estructura y la organización de la sociedad romana basada en un Panteón de dioses donde el Emperador ocupaba por razones políticas y de autoridad, un papel fundamental, que sí o sí había que respetar, acatar, sin dudar de su legitimidad ya que esta tenía un origen divino. Al principio, estas persecuciones eran casuales y carecían de consistencia; gradualmente, sin embargo, se planificaron mejor y se hicieron de mayor alcance. El más elevado número de víctimas se atribuye a la última y más feroz de todas las persecuciones, la de Diocleciano y sus compañeros de gobierno, en el siglo IV.

El primer asalto contra los cristianos fue efectuado por Nerón (57-68), que en Roma ordenó su ejecución en masa para apaciguar la insatisfacción popular causada por el gran incendio que destruyó una gran parte de la capital. Dieron muerte a los apóstoles Pedro y Pablo, con cierto número de sus seguidores, pero no se efectuó ningún intento de extender la persecución a otras partes del Imperio o de justificarla sobre cualquier otro cargo que una mal fundamentada acusación de incendio malicioso. Los sucesores de Nerón no adoptaron al principio una política uniforme hacia los cristianos, a quienes trataban, sin embargo, como seguidores de una religión ilícita, que en cualquier momento podían ser arrestados, deportados o ejecutados, y confiscados todos sus bienes. Durante un largo tiempo no se aprobó contra ellos ninguna legislación especial. Por lo tanto, la persecución fue severa bajo algunos emperadores como Domiciano (81-96), y se mitigó bajo otros, como Cómodo (180-192). Incluso algunos de los cesares mostraron una favorable disposición, como Alejandro Severo (222-235) o Filipo el Arabe (244-49). La intensidad de la persecución variaba también de provincia a provincia y dependía a menudo del celo de los funcionarios locales.

El intercambio de cartas entre Plinio el Joven, gobernador de Bitinia (111-113), y el emperador Trajano (98-117), uno de los dirigentes más humanos e iluminados del Imperio, arroja alguna luz sobre las razones de esta vacilante política. Plinio halló un gran número de cristianos en su provincia. Creía que eran indeseables y castigaba a los que caían en sus manos, pero consideraba que no presentaban un peligro tan grave como para merecer la destrucción total, de manera que dirigió una carta al Emperador pidiéndole instrucciones. La respuesta del Emperador expresaba la aprobación de la moderada política de Plinio. Trajano escribió: "Mi digno Plinio, ha seguido la correcta línea de conducta en el trato con los que te presentaron como cristianos. No se les debe perseguir; si son denunciados y convictos, deben ser castigados, pero con la reserva de que cualquiera que niegue ser cristiano y lo demuestre activamente adorando a nuestros dioses debe ser perdonado por su arrepentimiento, sin tener en cuenta las sospechas que graviten sobre su pasado. No se podrán tomar tampoco en consideración las acusaciones anónimas sobre ningún cargo; esto daría mal ejemplo y no sería compatible con el espíritu de nuestra época" 2.

Trajano fue vacilante y lo fueron también muchos de sus predecesores y sucesores. Era difícil precisar la ofensa cometida por los cristianos, y, no obstante, generalmente se percibía que la Iglesia constituía una sociedad subversiva, cuya propia existencia desafiaba a las afirmaciones de que se debía obedecer al Estado romano en todos los asuntos civiles y religiosos.

Tal era también la opinión de Marco Aurelio (161-180), el iluminado filósofo del trono imperial que condenaba a los cristianos como fanáticos peligrosos e inflexibles 3. Unicamente cuando los emperadores se percataron por fin del verdadero carácter de la oposición cristiana inauguraron una campaña anticristiana que aspiraba al exterminio total de esta peligrosa religión. La prueba vino a ser la disposición de un ciudadano a ofrecer sacrificio a los dioses que aprobaba el Imperio. Por primera vez se deslindaron los límites del poder del Estado sobre el individuo y la línea de conducta adoptada por los mártires condujo a la fundación de una nueva sociedad en que los hombres libres podían respirar y vivir. Decio (249-51) fue el primer gobernante que hizo obligatoria para todos la conformidad al culto del emperador, y que ordenó una búsqueda sistemática de cristianos. Todos los que desobedecían eran condenados a muerte o eran deportados. Siguieron su política otros varios emperadores: Gallo (251-53), Valeriano (253-59) y Aureliano (270-75). Se alcanzó su punto culminante bajo Diocleciano (284-305), el gran autócrata reformador, que emprendió el último y el mejor planificado ataque.

Diocleciano, aunque simple soldado, era estadista de nacimiento. Consiguió restaurar el orden en el decadente Imperio, aunque al precio de convertirlo en un Estado absorbente y totalitario. La autonomía local se redujo a hacer frente a los crecientes peligros del desasosiego interno e invasiones extranjeras. Se reformaron las provincias, se reorganizaron las finanzas y se reguló toda la economía. Diocleciano creó una poderosa burocracia y se rodeó de un elaborado ritual y un complicado protocolo. Por primera vez aparecieron las joyas en los vestidos y en los zapatos de un emperador romano, y exigió veneración a su sagrada persona como un monarca oriental. Creyendo seriamente en sus atributos divinos, entraría naturalmente en conflicto con la Iglesia, que mientras tanto había logrado gran incremento en lo que se refiere al número de afectos. Tras largos preparativos, elaboró cuidadosamente lo que pensó sería la ofensiva decisiva y final contra los indefensos cristianos. Consultó el oráculo de Apolo en Didima y, habiendo hallado una fecha propicia, publicó un decreto en marzo del año 303 ordenando la destrucción sistemática de todo edificio cristiano. Desde su palacio en Nicomedia, vio la quema de la principal iglesia de esa ciudad. Una serie de edictos imperiales siguieron a este primer mandamiento. Los cristianos fueron expulsados de todos los empleos gubernamentales, se les privó de su rango, se les dejó sin protección estatal y sin derecho de apelación contra ningún ofensor, sino sujetos a ser torturados y ejecutados sin consideración a su previa posición. Envejeciendo ya el Emperador, que había comenzado su campaña contra la Iglesia en asociación con su yerno y compañero de gobierno, Galerio (293-311), en el año decimonoveno de su reinado, quiso, sin embargo, evitar una matanza general de cristianos. Su principal intención era privar a los miembros de la Iglesia de sus edificios y escrituras sagradas, destruir su organización y someterles por miedo en su mayor parte. Unicamente se esperaba seria resistencia por parte de los jefes de la comunidad; pero, una vez iniciada la persecución, las intenciones originales se olvidaron pronto y por todo el Imperio se torturó y se dio muerte a innumerables víctimas. Las únicas excepciones fueron las prefecturas de la Galia y Bretaña, regidas por Constancio Cloro (293-306), uno de los subordinados de Diocleciano con el título de césar.

Sigue siendo un enigma la razón por la que Diocleciano aplazó su contienda con la Iglesia hasta el final de su reinado y por la que abdicó de súbito el 1 de mayo del año 305, en la cúspide de su campaña anticristiana. Galerio y Constancio fueron proclamados sus sucesores. Este cambio puso fin a la persecución de los cristianos en toda la mitad occidental del Imperio encomendado a Constancio, pero Galerio persistió en sus intentos de acabar con la Iglesia en su dominio oriental. Murió en el año 311 de una enfermedad no identificada, desfigurada y dolorosa. En su lecho de muerte recordó el edicto contra los cristianos v la agonía que sufrió fue interpretada por sus contemporáneos como señal de la derrota de este crudelísimo enemigo de la Iglesia. El número de víctimas que cayeron durante esta última persecución batió todas las marcas anteriores. Igualmente abrumadora fue la destrucción de los edificios, bibliotecas y documentos eclesiásticos. La Iglesia sufrió severamente; mientras que muchos cristianos demostraron firmeza y fueron martirizados, otros muchos cedieron y se entregaron a sus perseguidores. Pese a todo, no sería aniquilada la Iglesia y nada ganaría el Imperio; antes bien, dejaría comprometida la autoridad de sus gobernantes.

 

 

Las Causas de la Victoria Cristiana.

El mundo mediterráneo, durante los primeros siglos de la era cristiana, gozó de una unidad política, económica y social insuperada en su historia. Sin embargo, estas notables realizaciones acentuaron un desaliento y discordia interior. Eran generales el pesimismo y el sentimiento de que una sentencia inminente e inevitable se cernía sobre sus gentes; se observaba que el tiempo se repetía sin principio ni fin; la historia se movía en círculos interminables; los dioses eran inmortales, pero ni mejores ni más sabios que los hombres, y finalmente indefensos, lo mismo que los hombres. La mitología popular representaba las divinidades como frívolas e irresponsables, incapaces en su multiplicidad, de satisfacer el ansia de comunión del hombre con lo sagrado. Las religiones mistéricas, ya orgiásticas o mágicas, no acababan de satisfacer las necesidades de las mentes más sobrias. Por otra parte, los nobles ideales de autodominio predicados por los estoicos parecían estar más allá del alcance de los hombres ordinarios.

La civilización clásica se confundía en sus ideas del bien y el mal; no ofrecía promesa de un futuro mejor y se había perdido el secreto de la felicidad. Cuando se privó a los hombres de la alegría y la esperanza, se volvieron crueles tanto ellos como la sociedad en que vivían. Los juegos de gladiadores excitaban al populacho ante la visión del espectáculo de sangre y tortura; los pobres eran oprimidos; los huérfanos y las viudas eran vendidos como esclavos; los enfermos, abandonados para morir de hambre y sed. Homo homini lupus est, como brutalmente dice el popular proverbio romano.

El cristianismo irrumpió en este mundo de pesimismo y frustración con un grito de victoria. Los hombres vieron la faz del Creador, aprendieron la finalidad de la vida y empezaron a respirar esperanza y libertad.

Varios testimonios que datan del período transicional describen este cambio interior de los conversos. Uno de los más elocuentes es el de San Cipriano, obispo mártir de Cartago (murió en el año 258). Fue un distinguido abogado, hombre de riqueza y cultura, versado en poesía clásica y filosofía. He aquí su descripción del efecto que produjo en él su bautismo: "Cuando aún me hallaba en tinieblas, inseguro de mis pasos errantes, sin saber nada de mi verdadero yo y lejos de la verdad y de la luz, pensaba que era imposible que un hombre pudiese retener toda su estructura corporal y, sin embargo, quedar transformado en corazón y alma" 4.

"Pero ahora, mediante la ayuda del agua del nuevo nacimiento, se ha lavado la mancha de los años pasados, y una luz procedente de arriba, serena y pura, ha penetrado en mi reconciliado corazón, y un segundo nacimiento me ha convertido en un hombre nuevo" 5.

Esta experiencia no fue meramente una emoción pasajera; le permitió llevar una vida nueva. El mismo San Cipriano relata ciertos episodios que ocurrieron en su ciudad natal durante la epidemia que se produjo durante la persecución de Decio (251). Todos los que pudieron huyeron de las ciudades, dejando atrás a los enfermos y a los moribundos. Se olvidaron todas las reglas de decencia; cada cual trataba meramente de salvar su propia vida. Pero sólo los cristianos eran valientes; sólo ellos conservaban su paz interior y el necesario autodominio, y se cuidaban de los enfermos y los muertos. La faceta más sorprendente de su conducta era que incluso actuaban como enfermeros de los enemigos que les habían perseguido. Había algo revolucionario e inexplicable en la mentalidad y conducta cristianas, algo que estremecía y asustaba al mundo pagano por su contraste con las normas aceptadas. Esta regeneración de los conversos proclamaba la aurora de una nueva época.

Es imposible explicar la victoria de la Iglesia sin reconocer que una fuerza previamente desconocida se había introducido en la historia. Nació una comunidad universal cuyos miembros no tenían miedo a la muerte y conservaban su unidad sin el uso del temor y la compulsión. El mensaje del Evangelio superaba a las ideas que predicaban los gentiles y los judíos: revelaba a Dios no sólo como omnipotente, sino como amante; no sólo como justo, sino como misericordioso. Los cristianos tenían un sentido de finalidad, de pertenencia, combinado con fortaleza, caridad y humildad, y esto les permitía convertirse en arquitectos de un nuevo y mejor orden social. La fuente de su inspiración no era una doctrina nueva, sino el encuentro personal con ese galileo enigmático, que prometía a sus seguidores su continua asistencia y un grado de amor y unidad inasequible hasta entonces por los hombres. Sorprendente faceta de la nueva religión fue, pues, hacerse dignos de esta atrevida promesa.

 

Las Primeras Sectas y Herejías.

Durante los siglos de sufrimiento y persecución, los cristianos mantuvieron su unidad de un modo notable, pero de vez en cuando surgían varios grupos disconformes y se separaban del cuerpo principal, bien por causa de su disciplina especial (sectarios) o de su enseñanza defectuosa (herejes).

El eje de disputa se centraba usualmente en la manera y grado de la adaptación eclesiástica al ambiente no cristiano. Algunas de estas sectas deseaban combinar el cristianismo con la observancia de la ley mosaica, y evitar de este modo una ruptura final con el judaísmo. Estos cristianos eran repudiados, discriminados por los judíos y criticados por los cristianos, y gradualmente desaparecieron como resultado del creciente abismo que existía entre la Iglesia y la Sinagoga. Más persistentes fueron los intentos de edificar un puente entre la cristiandad y el helenismo. Este movimiento se conoce con el nombre de gnosis. La historia de la Iglesia en los siglos II y III se vio profundamente perturbada por las actividades de varios maestros gnósticos como Basílides, Valentín y Marción. Incluso hubo ejemplos de enteras comunidades cristianas locales que abrazaban el gnosticismo como credo. A pesar de la considerable variedad de detalle, los gnósticos ostentaban una similitud esencial. Todos consideraban que este mundo era creación de una deidad inferior que era responsable de la desafortunada mezcla de espíritu inmortal y materia impura en el hombre. Muchos gnósticos pensaban que Dios, según revelaba el Antiguo Testamento, era este creador opuesto al buen Dios a quien Jesucristo llamaba su Padre. Los gnósticos eran unos sincretistas que trataban de conciliar las ideas religiosas corrientes del mundo helenista, acerca de que el cosmos era una emanación divina, con la enseñanza del Evangelio. La palabra "gnosis" implicaba la posesión de un conocimiento secreto y superior con respecto al misterio de la vida y la muerte que otros no poseían. La extravagancia de sus especulaciones y el desacuerdo existente entre ellos mismos constituyeron sus principales debilidades; su fuerza radicaba en su teología según el temple de la época, pues hablaban un idioma que apelaba a un auditorio mundano. Los gnósticos formaban sus propios cónclaves y atacaban a los católicos, desde fuera, tratándoles como inferiores en sabiduría y educación.

En sorprendente oposición a este sincretismo se hallaba la secta de los denominados montanistas. Sus adeptos trataban de minar la fidelidad de los cristianos a la Iglesia católica desde dentro. Su fundador, Montano, fue un frigio que vivió a mediados del siglo II. Afirmaba ser un profeta y compartía su autoridad con dos notables mujeres, Priscila y Maximila, ambas reverenciadas por sus secuaces como poseedoras de los dones del Espíritu Santo, tales como la profecía, la posibilidad de expresión inmediata en lenguas extrañas y la curación. La secta imponía un riguroso ascetismo a sus adeptos y gozó entre ellos de un desmedido entusiasmo. Un tema de su predicación era la inminencia de la segunda venida. Los montanistas tenían muchas de las características comunes hoy día entre los pentecostales y otras sectas revivalistas. Consiguieron un gran número de conversos por todo el Imperio, incluyendo a Tertuliano (150-222), el dotado autor y apologista norteafricano, que más tarde, sin embargo, disintió y formó su propia secta.

Los montanistas acentuaban el elemento profético de la vida de la Iglesia a expensas de una disciplina regular y una sana erudición. Eran fuertemente antipaganos y muchos fueron martirizados. Su austeridad no iba con todos los cristianos, algunos de los cuales se sentían tentados a abrazar una vida de comodidad y riqueza siempre que disminuía la persecución. El ejemplo más famoso de tal mundanidad fue Pablo de Samosata, obispo de Antioquía, que fue expulsado de su sede por el Sínodo en el año 268 a causa de la pompa y la extravagancia de su conducta.

A estas desviaciones se resistió el principal cuerpo de cristianos que se adherían a la tradición apostólica que entrañaban los libros del Nuevo Testamento. Durante estos siglos formativos se efectuó una selección de los escritos que habían de ser reconocidos como auténticos, mientras que otros fueron repudiados por inconsistentes con el mensaje original. La primera enumeración de los libros del Nuevo Testamento data de principios del siglo III (fragmento de Muratori). Esta separación del original respecto de los escritos interpolados fue un proceso gradual que terminó en una aceptación unánime del canon presente.

El importante factor de esta lucha de la Iglesia contra sus adversarios internos y externos fue la sucesión apostólica de sus obispos. Nadie podía convertirse en cabeza de una Iglesia local a menos que fuese aprobado y consagrado por los obispos vecinos. Esta regla frenó la influencia de los extremistas y mantuvo la unidad entre los cristianos. La confraternidad y la relación con las Iglesias más antiguas, fundadas por los Apóstoles, ayudaban a las comunidades menores y menos instruidas a conservar su ortodoxia y a combatir la herejía y el cisma.

 

Autores y Maestros de la Iglesia Oriental en los Siglos II y III.

Desde los primeros siglos conocemos dos tipos de liderazgo eclesiástico: los mártires, que dieron testimonio de su religión sufriendo y manifestando a través del mismo la Causa por la cual habían vivido y luchado, y los apologistas, que escribieron encendidos y sistemáticos alegatos y escritos con basamentos teológico y filosófico en defensa de sus creencias, fundamentando sus no tan comprendidas posturas sobre la Nueva Divina y del papel (por mandato de Cristo) que estaba llamada a cumplir la comunidad de fe o la Iglesia.

Entre los mártires, San Ignacio de Antioquía (muerto entre 107-117) es la más viva figura. Poco se sabe de sus orígenes, de su conversión e incluso de las circunstancias que condujeron a su arresto y condenación, pero todavía podemos oír su voz regocijándose al borde del martirio y poseemos en sus Cartas una singular revelación del estado mental del mártir. El anciano obispo escribió siete epístolas durante su lento y doloroso viaje, preso en cadenas, de Antioquía, el lugar de su nacimiento en Cristo, a Roma, la escena de su muerte. Dirigió sus cartas a diferentes comunidades cristianas, exhortándolas a permanecer fieles al Evangelio y a obedecer y a venerar a sus maestros y pastores. En su Epístola a los Romanos dijo: "Escribo a todas las Iglesias y hago saber a todos mi última voluntad, que deseo morir libremente por Dios, si no lo evitáis al menos. Os suplico que no malgastéis condolencia alguna por mi causa. Dejadme ser cebo para los animales salvajes, al objeto de que me hallen como el puro pan de Cristo, o más bien que incite a los animales salvajes a convertirse en mi tumba, sin dejar que nada de mi cuerpo sea un peso para nadie después de mi muerte. Entonces seré discípulo de Jesucristo en el verdadero sentido de la palabra, cuando el mundo no vea ya ni siquiera mi cuerpo. Rogad por mí a Cristo, para que mediante estos instrumentos su un grato sacrificio a Dios" 6.

En la última parte de la misma epístola escribió: "De Siria a Roma luchó con los animales salvajes por tierra y mar, de noche y día, sujeto a diez leopardos, quiero decir a una banda de soldados que, aunque tratados con amistad, se hacen tanto más crueles. Sin embargo, por medio de estas injurias me estoy convirtiendo en un verdadero discípulo. Que nada visible o invisible me impida alcanzar a Jesucristo. Venid vosotros, el fuego, la cruz, la lucha con los animales salvajes, la cercenadura y el despedazamiento, la dislocación de huesos, la mutilación de mis miembros, la trituración de todo mi cuerpo; vengan sobre mí todos los perversos tormentos del diablo, pero dejadme gozar la presencia de Cristo."

La epístola de un testigo de vista, describiendo el martirio del más joven contemporáneo de San Ignacio, San Policarpo, obispo de Esmirna (muerto en 156), y algunos de sus compañeros, presenta un cuadro similar de exaltación y fortaleza. El autor anónimo escribió: "No se puede por menos que admirar su nobleza y resistencia y amor al Maestro. Hablo de los hombres a quienes de tal modo torturaron con el látigo, que sus cuerpos quedaron abiertos hasta las venas y arterias. Sin embargo, lo resistieron, hasta el punto de que todos los que estaban viéndoles se apiadasen y se lamentasen de su suerte. Ninguno de ellos suspiró ni gimió, pues el Señor se hallaba a su lado y les consolaba" 7.

Estos documentos contemporáneos revelan el dilema con que se enfrentaban las autoridades romanas, que deseaban desacreditar el cristianismo y afirmar el derecho del Estado a dominar las creencias de sus ciudadanos, pero nunca tuvieron intención de hacer héroes y mártires. En muchas ocasiones la persecución produjo resultados opuestos, elevando el prestigio de la nueva religión y atrayendo la atención hacia ella de círculos más dilatados.

La contienda entre los paganos y los cristianos no se limitó, sin embargo, al reino donde el verdugo y el carcelero tenían la última palabra. Los antagonistas chocaban también en la esfera del argumento intelectual. Varios autores cristianos trataron de explicar a los paganos eruditos el fundamento de su creencia en la Encarnación. Entre estos defensores del cristianismo los más destacados fueron Clemente de Alejandría (150-215) y Orígenes (185-253).

La última parte del siglo II y la primera mitad del III fueron épocas de una poderosa revivificación en la filosofía helenística. No obstante, había cambiado su temple, pues había adquirido una distinta inclinación religiosa, e incluso su mayor representante, Plotino (muerto en 270), se consideraba como maestro religioso. Al mismo tiempo el misticismo oriental conquistó a algunas de las mejores mentes. La India atrajo una curiosidad especial y muchos buscadores esperaban encontrar la iluminación en la tierra de los brahamanes y faquires.

Las cuestiones de que se preocupaban estos intelectuales se centraban en la naturaleza de Dios, en el fin del universo físico y en su relación con el invariable mundo espiritual. Su atención se dirigió también al problema del origen del mal y al destino del alma inmortal después de su separación del cuerpo mortal. Era popular el sincretismo y muchos autores trataron de conciliar el Antiguo Testamento con los escritos de Platón y Aristóteles. Un autor popular de esa época, Numenio, describió a Platón como a "Moisés hablando griego" 8.

Esta revivificación religiosa y filosófica fortaleció la oposición pagana a la Iglesia. Un número de autores tales como Celso, Filostrato, Numenio y especialmente Plotino y su discípulo Porfirio atacaron a los cristianos basándose en su desviación del sano fundamento expuesto por los filósofos griegos y en su preferencia por los escritos de los oscuros profetas y maestros hebreos. El siglo III vio el último y decidido asalto intelectual de la cultura clásica contra el cristianismo. En este difícil período, la Iglesia encontró un número de elocuentes campeones que no sólo defendían las enseñanzas del Evangelio con éxito, sino que contraatacaban también con vigor y convencimiento. Los enemigos paganos del cristianismo confiaban en su superioridad, pues basaban sus argumentos en ideas filosóficas y científicas contemporáneas. Los apologistas cristianos parecían anticuados, pero su independencia del pensamiento corriente resultó ser de provecho en muchas ocasiones. Por ejemplo, Plotino se burló de ellos por negar que el sol y las estrellas tenían una inteligencia más elevada que los hombres; tal actitud le parecía un evidente absurdo 9. Su defensa del politeísmo contra el monoteísmo también utilizaba argumentos que pronto perdieron su atracción 10.

El principal encuentro entre los filósofos cristianos y sus rivales paganos tuvo lugar en Alejandría, la ciudad más culta del Imperio. Sus academias y escuelas, el Museo, el Serapeum, el Sebastion atraían estudiantes de todas las partes del mundo donde eran estudiadas y admiradas la retórica y filosofía griegas. Además, hacía mucho tiempo que era centro de erudición judía. Filón (20 años antes de J.C.- 50 de la era del Señor) y Josefo (37-100 de la era del Señor) trabajaron allí, y la traducción griega del Antiguo Testamento, la Versión de los Setenta, se había realizado en Alejandría. Los cristianos, siguiendo el ejemplo de los griegos y judíos, fundaron su famosa Escuela Catequística en esa célebre ciudad. Un número de destacados maestros, Panteno (200), Heracleo (247), Dionisio (265), Teognosto (280), Pierio (310), Pedro (311), Dídimo el Ciego (398) y Rodón mantuvieron un alto nivel de instrucción durante más de doscientos años. Pero Clemente y Orígenes fueron los más insignes de estos maestros.

Es probable que Clemente naciera alrededor del año 150 de la era del Señor en Atenas, donde se crió como un devoto pagano y recibió una excelente educación. Hay cierta evidencia de que estaba relacionado con la familia imperial, como atestigua su nombre completo Tito Flavio Clemente. Se trasladó a Alejandría a la edad de treinta años, y allí comenzó su brillante carrera como principal apologista y cabeza de la Escuela Catequística algo después del año 190.

La persecución iniciada en 202 por Séptimo Severo (193-211) le obligó a salir de Egipto. En el 211 apareció como maestro muy venerado en Capadocia, donde fue obispo uno de sus antiguos discípulos, Alejandro; murió allí alrededor del 215.

Clemente fue un autor perfecto, poéticamente dotado de un extraordinario alcance intelectual. No sabía latín, pero su griego era inmaculado. Aunque la mayoría de sus libros se han perdido o perviven en pequeños fragmentos, tres de sus principales obras están completas y nos ayudan a comprender el clima filosófico de Alejandría y la forma como Clemente presentaba el cristianismo a sus oyentes mundanos. En el primero de estos libros, el Protrepticos (Exhortación), expone la inconsistencia de la mitología pagana, y pide a sus lectores que escuchen al Dios vivo hablando por medio de los profetas y revelándose en el Logos Encarnado. El segundo libro, Paidagogos (El Instructor), introduce a los lectores en la doctrina cristiana. El tercero, Stromateis (Miscelánea), inicia a los investigadores en los misterios de la Nueva Revelación.

Clemente amaba y respetaba la filosofía griega, consideraba a Platón como precursor de Cristo, citaba a Sócrates y a Pitágoras en apoyo de la verdad de la enseñanza cristiana, y consideraba la historia de los imperios orientales como una preparación providencial de la venida del Mesías. Pero estaba convencido de que las preguntas que formulaban los filósofos de la antigüedad únicamente podían hallar sus verdaderas respuestas en el mensaje del Evangelio, y que los viejos mitos y leyendas de Grecia se habían anticuado, a causa de la revelación cristiana. "Ya se han anticuado las fábulas," escribió Clemente, "y ya no es Zeus una serpiente, ni es un cisne, ni un águila, ni un enamorado furioso. Ya no vuela, ni ama a los muchachos, ni besa, ni actúa con violencia" 11. Aún estaba vivo el paganismo tradicional; se resistía ferozmente al avance cristiano; pero se había debilitado su vitalidad, pues la frivolidad moral y la inconsistencia de sus mitos le privaban de dignidad, autoridad y poder.

Clemente veía en el cristianismo la realización de todo lo que era mejor en el mundo helenístico; consideraba al hombre como el ser más perfecto creado por Dios. Escribió: "El hombre es un noble himno a Dios, inmortal, basado en la justicia. En él están grabados los oráculos de la verdad; pues si no es en el alma sabia, ¿dónde se pueden escribir la verdad, o el amor, o la reverencia, o la ternura? Los que llevan estos caracteres divinos inscritos y sellados en sus almas juzgan que tal sabiduría es un hermoso puerto de partida para cualquier viaje que emprenden y que esta sabiduría es también un puerto de paz y promesa de un seguro retorno" 12.

Clemente consideraba "la vida como sacra festividad" 13, pudiéndose considerar eso como un trasunto de su pensamiento. Es curioso que sonase esta nota optimista y valiente en el momento en que los cristianos de todo el Imperio se enfrentaban con el martirio.

Clemente estableció los cimientos de la apologética cristiana, pero fue Orígenes quien completó su sistema, al sucederle en la Escuela Catequística. Orígenes nació en Alejandría en el año 185. Su padre, Leónidas, era griego, hombre de riqueza y erudición. Su madre era natural de Egipto, y ambos padres eran cristianos convencidos. La familia poseía una gran biblioteca que introdujo al joven Orígenes en el mundo de la cultura clásica. De muchacho, impresionaba a todos con sus inusitadas facultades intelectuales, la madurez de su juicio y su insaciable deseo de información. A la edad de diecisiete años, hizo frente a la gran crisis de su vida cuando su padre fue arrestado y martirizado, confiscada la magnífica biblioteca y arruinada la familia. Orígenes anhelaba compartir la corona de martirio de su padre, pero le perdonaron la vida. Comenzó a enseñar filosofía pagana y doctrina cristiana y a pesar de su juventud adquirió pronto reputación de ser un capacitado maestro. Continuó sus propios estudios y se unió a la escuela de Amonio Sacas, antiguamente cargador de muelle en Alejandría, más tarde convertido al cristianismo, si bien finalizaba su carrera como neoplatonista en oposición a la Iglesia. Amonio no ha dejado escritos, pero su excelencia como maestro se ve probada por el hecho de que dos de los más grandes pensadores religiosos del siglo, Orígenes y Plotino, fueron enseñados y adiestrados en su escuela y contrajeron una inextinguible deuda con él.

La creciente popularidad de Orígenes provocó celos locales y le obligó a salir de Alejandría en el año 231. Trasladó su escuela a Cesárea, donde continuó enseñando durante otro período de nueve años. En 240 le encarcelaron y le torturaron de una manera salvaje. Al final de la persecuci6n le pusieron en libertad, pero su salud estaba agotada y murió en 253, a la edad de sesenta y ocho años, en Tiro.

Orígenes era hombre de asombrosa aplicación. Pasaba todas las noches escribiendo, y los días dando conferencias. Escribió más de 6 000 libros (!), preferentemente comentarios sobre las Sagradas Escrituras. Fue el primer doctor bíblico, y durante veintiocho años trabajó constantemente en un examen crítico del Antiguo Testamento. Su asiduidad tuvo como resultado los cincuenta volúmenes de su Hexapla, que contenía seis textos paralelos del Antiguo Testamento en hebreo y en traducciones griegas.

Su curiosidad no conocía límites. Le interesaban todos los aspectos de la vida y todos los problemas filosóficos. Combinaba una intrépida honradez intelectual con una completa dedicación al cristianismo. Su ardiente naturaleza le impulsaba a extremos de mortificación propia; en un súbito impulso se emasculó mientras se hallaba todavía en la flor de su juventud, acto que lamentó posteriormente en la vida y que fue utilizado en contra suya por sus críticos.

Orígenes era un original y poderoso pensador y podía discutir contra los enemigos del cristianismo con pleno conocimiento de la filosofía y ciencia griegas. Era también un destacado maestro que no sólo instruía, sino que también formaba las personalidades de sus discípulos. Uno de los más ilustres de éstos, San Gregorio Taumaturgo, obispo de Neocesárea (213-70), describió los años que pasó en la escuela de su amado maestro, con profunda gratitud y ardiente afecto. Escribió: "Orígenes coleccionó, para nuestro provecho, todo lo que cada filósofo tenía que ofrecer en verdad y utilidad para la edificación de la humanidad. Pero no quería que nos encariñásemos con un solo maestro, por sabio que le considerasen otros hombres. Orígenes nos enseñó a venerar únicamente a Dios y a sus santos profetas" 14.

En un pasaje del panegírico dedicado a Orígenes, se ocupó de la inspirada calidad de la interpretación que su maestro hacía de las Sagradas Escrituras: "El Rector Universal, que habla por medio de los profetas, amados de Dios, y que inspira todas las obras proféticas, todo discurso místico y divino, concedió a Orígenes el honor de ser su amigo y lo estableció como maestro. Aquellas cosas que Dios expresaba por medio de otros de un modo enigmático, las revelaba Orígenes de una manera clara e inteligible. Las interpretaciones que Orígenes hacía de las Escrituras eran inspiradas por el Espíritu Santo, pues nadie puede comprender plenamente la voz profética, a menos que le guíe y le ayude el mismo Espíritu que habló por medio del Profeta" 15.

Para su defensa del cristianismo Orígenes utilizó mucho de lo que halló en la filosofía griega, e incorporó a su sistema ciertas ideas que han permanecido fuera de la principal tradición de la Iglesia, como la preexistencia de todas las almas, que creía que fueron creadas iguales y eternas al mismo tiempo. Orígenes consideraba la vida terrenal del hombre como un período de purificación y prueba para los espíritus celestiales que no habían hecho una clara elección entre el bien y el mal; también se aventuró a opinar que finalmente se salvarán todos los seres humanos.

El conocimiento sin par que tenía Orígenes de la filosofía clásica provocó ataques contra él desde dos lados. Los oponentes paganos del cristianismo, como Porfirio, se indignaron porque Orígenes, hombre de tanta erudición, fuese cristiano. Porfirio escribió: "Orígenes vivía como cristiano, pero pensaba como griego y aplicaba las artes griegas a una creencia extraña" 16. Sus críticos cristianos objetaban que, siendo cristiano, tomaba demasiado de la filosofía pagana. Sin embargo, Orígenes pudo combinar, de un modo verdaderamente creador, su fe cristiana y su educación clásica.

Uno de sus más célebres libros fue la réplica a Celso (cerca del año 180), distinguido romano y decidido crítico de los cristianos. Celso era un hombre educado, que había estudiado literatura cristiana. Presentó un número de objeciones a la veracidad de los Evangelios, que repitieron muchos oponentes posteriores del cristianismo. Celso deploraba la difusión de la nueva religión: según él, había minado los cimientos del Imperio Romano. Ridiculizó el Antiguo Testamento diciendo que estaba lleno de milagros y fábulas increíbles. Negó el nacimiento virginal del Mesías e insistió en que la historia de la resurrección, inventada por mujeres histéricas, había sido hábilmente utilizada por los Apóstoles. Celso describía a los cristianos como agentes artificiosos y subversivos, que penetraban en las casas de los opulentos y seducían a las mujeres y a los niños con su pervertida fe cuando el dueño de la casa se hallaba lejos del hogar.

Se ha hecho clásica la réplica de Orígenes a estas acusaciones. Preguntó a Celso si los hombres que engañaban deliberadamente a otros estarían dispuestos a morir como mártires en testimonio de su propia mentira, y también cómo podría alterar una mentira las vidas de los hombres y elevarlos moral e intelectualmente a un nivel previamente inaccesible. Celso había terminado su tratado con una apelación dirigida a los cristianos para que renunciasen a su religión y se convirtiesen en leales ciudadanos del Imperio. Las últimas palabras de Orígenes expresan la esperanza de que los gobernantes del Estado romano se convertirán y reconocerán la supremacía de la Ley divina que reveló Cristo; este deseo se realizó unos setenta años más tarde.

La comunidad cristiana en el Oriente maduró intelectualmente bajo la enseñanza inspiradora de Orígenes. Más que ningún otro, preparó a sus miembros para las nuevas y más complejas tareas con que se enfrentaron después del reconocimiento de la Iglesia por el Imperio.

 

 

 

 

 

Capitulo II.

Los Concilios Ecuménicos y el Cisma Oriental.

 

Constantino el Grande (306-337).

El Emperador y el Concilio Ecuménico.-El

arrianismo.- Las consecuencias de Nicea- La victoria de la ortodoxia nicena.- El

Segundo Concilio Ecuménico y el emperador Teodosio (379-395). - La conversión

en masa del Imperio y sus efectos sobre la Iglesia.- San Juan Crisóstomo (347-407). -

El cisma nestoriano.- El segundo Concilio de Efeso (449). - El cuarto Concilio

Ecuménico (451). - El cisma calcedónico.- Justiniano I y su política eclesiástica

(527-565). - La definición de Calcedonia y la separación de las Iglesias orientales.-

El cristianismo y el nacionalismo.- El cristianismo fuera del Imperio Bizantino.-

Roma y el Oriente cristiano.- El monacato oriental.

 

 

Constantino El Grande (306-337).

Por la época en que la persecución de Diocleciano había estremecido y desequilibrado al Imperio, Constantino, hijo de Constancio Cloro y joven teniente del temido y anciano Emperador, creó una situación enteramente imprevista estableciendo una cooperación entre la Iglesia y el estado romano. Entre los cristianos orientales era reverenciado como santo y considerado "igual a los Apóstoles." Pocos hombres han ejercido tan gran influencia sobre el destino de la humanidad como este brillante soldado, que alteraría el curso de la historia convirtiendo en compañeros a la Iglesia y al Imperio durante los mil setecientos años siguientes. Prolongaría asimismo la vida de su reino durante otros mil doscientos años, trasladando su capital a las playas, del Bósforo. Durante varios siglos había de seguir siendo Constantinopla el centro de una original y vigorosa cultura cristiana.

Constantino fue un genio, insigne en todos los sentidos, hombre alto e impetuoso, siempre vencedor, gobernante de visión y administrador experto. Sólo un hombre de la imaginación de Constantino pudo concebir un plan tan osado como el de unir a los dos elementos opuestos: la Iglesia y el Imperio; sólo un hombre de sus dotes de estadista y sabiduría pudo hacer tan duradera una alianza. Existen dos interpretaciones contrarias de sus motivos. Algunos historiadores como Gibbon, Burckhardt, Schwartz y Harnack le consideran un escéptico que supo usar con habilidad del creciente poder de la Iglesia contra sus oponentes políticos; sin embargo, tal postura pasa por alto la creencia universal de su época en la intervención de los benévolos y malignos espíritus en los asuntos públicos y privados; no concuerda con las propias manifestaciones de Constantino y es además incompatible con el hecho de que los jefes contemporáneos de la Iglesia le aceptasen como cristiano.

La historia de su conversión mediante la visión de la Cruz en la víspera de una de las más decisivas empresas militares de su reinado, la batalla del Puente Milvio en el año 312, se ve apoyada por dos historiadores cristianos, Lactancio y Eusebio. Después de su espectacular victoria, Constantino se reunió en Milán con su diarca oriental, Licinio (312-324). Como resultado, Licinio publicó en el año 313 el famoso edicto de tolerancia religiosa conocido por el nombre de Edicto de Milán. Se publicó en Nicomedia y afectaba principalmente a la mitad oriental del Imperio, pues Occidente disfrutaba ya de paz religiosa. La proclama decía: "Cuando yo, Constantino Augusto, y yo, Licinio Augusto, llegamos bajo favorables auspicios a Milán y tomamos en consideración todo lo relativo a la prosperidad común... resolvimos conceder a los cristianos y a todos los hombres la libertad de seguir la religión que quisieren, para que cualquier deidad celestial que exista nos sea propicia a nosotros y a todos los que viven bajo nuestro gobierno" 1.

Este decreto establecía la igualdad entre los cristianos y los paganos; pero después de su victoria sobre Licinio en el año 324, Constantino empezó a acentuar todavía más su inclinación hacia el cristianismo mediante su activo interés en los asuntos de la Iglesia. Convocó y presidió los concilios y aprobó sistemáticamente la legislación del Imperio de acuerdo con la enseñanza de los Evangelios. Las nuevas leyes sancionaban a ciertos delincuentes sexuales (fornicadores, por ejemplo) 2, eliminaban las multas que previamente se imponían a los célibes, hacían más difícil el divorcio 3, facilitaban la manumisión de los esclavos, protegían a los presos, a las viudas y a los huérfanos, y daban a los prelados ciertos poderes magistrales 4. Sin embargo, Constantino no se bautizó hasta el final de su vida y no renunció nunca al título pagano de Pontifex Maximus. Jamás fue incompatible su conducta. Constantino se denominaba obispo de los que no pertenecían a la Iglesia 5, siendo su función la de atraer conversos ofreciendo a los cristianos todas las oportunidades de ejercer su benévola influencia sobre la sociedad pagana. Creía que su comunidad, unida por un consentimiento voluntario, podía enseñar la lección de unidad al resto de su pueblo.

 

El Emperador y el Concilio Ecuménico.

En el año 324 Constantino se convirtió en el único gobernante del Imperio. Durante el período de guerras civiles y rivalidades políticas esperaba disfrutar de impertubada tranquilidad y, por lo tanto, era particularmente sensible a cualquier disturbio, especialmente entre los cristianos, a quienes inquietaban dos desavenencias por aquella época. La primera estaba relacionada con la fecha en que se debía celebrar la Pascua; la segunda, una disputa entre Alejandro, obispo de Alejandría (312-327), y su erudito y elocuente presbítero, Arrio (muerto en el año 336).

Para poner rápidamente fin a estos, dos conflictos, y mostrar su benevolencia a la la Iglesia, Constantino convocó un concilio de obispos de todas las partes de su dominio, e incluso de fuera de sus fronteras. La idea del concilio le fue probablemente sugerida por Osio, obispo de Córdoba (265-358), que actuó como consejero suyo en materias eclesiásticas y desempeñó una importante función en los procedimientos del Concilio. Constantino delegó en Osio para que hiciera investigaciones preliminares sobre la disputa alelandrina, y su firme posición contra Arrio influyó sobre la primera política de Constantino en esta controversia teológica.

La costumbre de decidir asuntos importantes en asambleas de 1os jerarcas de la Iglesia procedía de los tiempos apostólicos6. Bajo la persecución, los cristianos habían seguido celebrando similares consultas siempre que les era posible y sus decisiones obligaban moralmente a todas las Iglesias representadas. Africa del Norte y Roma habían celebrado tales concilios a intervalos regulares; fueron menos frecuentes en el Oriente. Sin embargo, el concilio convenido por el Emperador era distinto de los precedentes porque tenía facultades de legislar tanto para la Iglesia como para el Imperio, pues sus decretos eran reconocidos como leyes.

El Primer Concilio Ecuménico es uno de los grandes jalones en la historia de la Iglesia. A las órdenes del Emperador y a expensas del Estado se reunieron varios centenares de obispos en Nicea, pequeña ciudad cercana a Nicomedia, que era entonces la capital. La mayoría de los obispos vino de Asia Menor, Palestina, Siria y Egipto. Dos presbíteros representaban a Silvestre (314-335), el anciano obispo de Roma; Africa del Norte también envió delegados, y cuatro o cinco obispos vinieron de fuera del Imperio. Fue una asamblea impresionante: algunos de sus participantes eran famosos por su erudición; otros, por su santidad; otros llevaban las señales de la tortura que sufrieron durante la reciente persecución. Constantino dispensaba a estos últimos muestras especiales de respeto. La personalidad del emperador dominaba el sínodo, que duró de mayo a junio del año 325. Constantino tenía cincuenta y un años de edad y se hallaba en la cumbre de su gloria y poderío. Su solemne entrada impresionó tanto a los obispos, que Eusebio le comparó a un ángel de Dios7. Vestido de púrpura, adornado de oro y piedras preciosas, se dirigió a los representantes de la Iglesia como amigo y compañero creyente: "Durante algún tiempo mi principal deseo fue disfrutar del espectáculo de vuestra presencia unida, y ahora que se ha cumplido este deseo me siento obligado a dar gracias a Dios, el Rey Universal... No os demoréis, queridos amigos, no os demoréis, ministros de Dios y fieles siervos del que es nuestro Señor y Salvador común: empezad a eliminar las causas de esa desunión que existe entre vosotros y acabad con la confusión de la controversia abrazando los principios de la paz... Mediante tal conducta agradaréis al Supremo Dios y me haréis a mí un magnífico favor, que soy siervo como vosotros"8.

Esta amistosa arenga, acompañada de los regalos que hizo a los obispos, no pudo por menos que producir un abrumador impacto sobre los hombres que recientemente se habían visto expuestos a la furia de la persecución. Eusebio, describiendo el banquete imperial, al que fueron invitados los obispos antes de su partida, llegó a decir que era "una imagen del Reino de Cristo, ensueño más bien que realidad"9.

El Emperador era un astuto estadista que poseía una segura percepción de la diferencia esencial entre el Imperio y la Iglesia. Estaba resuelto a dominarlos, pero se daba cuenta de que no se podía aplicar a ambos la misma política. Era autócrata, pero no monarca sin leyes. Gobernaba un Estado legalmente organizado con un Senado que codificaba los decretos imperiales y era responsable de su ordenada aplicación. Constantino edificó sus relaciones con la Iglesia sobre una base legal familiar. Los concilios episcopales, a juicio de Constantino, habían de realizar la misma función que el Senado romano, y sus procedimientos eran similares: los obispos, igual que los senadores, se sentaban en círculo alrededor del trono del emperador, formulaban respuestas a las preguntas que hacía el soberano y, si las aprobaba, estas discusiones se convertían en leyes. Existía una diferencia esencial: los senadores actuaban en su propio derecho, y se tomaban sus resoluciones mediante un voto mayoritario; el veredicto de los obispos era únicamente válido si lo inspiraba el Espíritu Santo, cuya señal era la unanimidad. Sobre este punto Constantino se desvió de la práctica senatorial y así hizo posible que la Iglesia retuviera su propio carácter. En los concilios ecuménicos, los obispos podían repetir, por lo tanto, las palabras que sirvieron de prólogo a la resolución del primer concilio cristiano celebrado en Jerusalén en el año 52. Los Apóstoles y los representantes de la Iglesia local habían hecho entonces esta osada declaración: "Plugo al Espíritu Santo y a nosotros"10. Estaban seguros de que eran guiados e inspirados porque hablaban con el mismo corazón y la misma mente.

Idéntica fórmula se utilizaba en los concilios ecuménicos. La función del emperador consistía únicamente en dar sanción a los decretos aprobados por el sínodo y en apoyarlos con el poder del Estado. Tal era el plan de la administración eclesiástica concebido por Constantino y fue una notable realización que hiciese posible la íntima colaboración entre el Imperio bizantino, y más tarde el ruso y sus Iglesias.

El primer problema, la fecha de la Pascua, se resolvió fácilmente en Nicea; pero el segundo problema, la disputa de Alejandro con Arrio, resultó de más difícil solución. La mayoría de los obispos encontraban defectuosa la enseñanza de Arrio, pues sugería que Jesucristo, el Logos Encarnado, era inferior a Dios Padre, pero varios miembros del Concilio criticaban también la excomunión de Arrio por Alejandro como severa y precipitada, y, por lo tanto, no se hallaban dispuestos a condenar abiertamente a este hereje. Después de un largo debate, en el que el diácono Atanasio (293-373), uno de los principales partidarios de Alejandro, reveló su percepción teológica y su ardor por la ortodoxia, la mayoría aceptó una nueva fórmula preparada por Osio y apoyada por Atanasio. Definía con mayor exactitud que hasta entonces la igualdad del Padre y el Hijo. Se introdujo en el credo la palabra griega homoousios (de la misma sustancia) y fue aprobada por el Concilio.

Unicamente dos obispos se negaron a firmar. Su obstinada oposición suscitó este problema crucial: ¿Se podía desconsiderar a tan pequeña minoría y proclamar la inspiración del Espíritu Santo, o se debía dispersar el Concilio sin llegar a una decisión obligatoria? No sabemos qué alternativas sugirieron al Emperador. Ni sabemos quién tuvo la última palabra en este asunto, pero sí sabemos lo que al final hizo Constantino, y su acción tuvo consecuencias trascendentales para toda la historia de la Iglesia. Ordenó la exclusión de los dos disidentes; y entonces los restantes obispos promulgaron unánimemente sus decretos en nombre del Espíritu Santo. No se molestaron los obispos. refractarios, y no se ha registrado ninguna protesta contra esta intervención. Por aquella época probablemente parecía que Constantino había encontrado una simple y práctica salida de un dilema insoluble, pero en realidad había establecido un peligroso precedente de compulsión e intimidación. Una vez aceptada la fuerza como legítima, se podrían cometer en lo sucesivo nuevos actos de crueldad en nombre del Príncipe de la Paz.

Constantino, exaltado por su victoria, despachó a los obispos a sus diócesis. En su carta dirigida a todas las Iglesias, elogió las realizaciones del Sínodo y ordenó a los cristianos que recibiesen sus decretos "con toda voluntariedad como mandamientos verdaderamente divinos y los considerasen como un don de Dios. Pues todo lo que se determina en la Santa Asamblea de los Obispos se ha de considerar como indicativo de la voluntad divina"11. Constantino confiaba en que la "unanimidad" conseguida en Nicea terminaría con la nociva disputa; pero los acontecimientos disiparon pronto este optimismo. El Concilio Niceno, en vez de lograr la tranquilidad dentro de la Iglesia, provocó una explosión de hostilidades teológicas sin precedente, que mantuvo a los cristianos orientales en un estado de febril actividad durante más de medio siglo y perturbó a Occidente durante otros doscientos años.

 

El Arrianismo.

La disputa que empezó en el año 319 entre el obispo Alejandro y su principal presbítero Arrio, que entonces tenía sesenta y tres años de edad, fue local, al principio, afectando únicamente a la iglesia de Alejandría, pero se extendió con rapidez por todo el Oriente y se convirtió en uno de los mayores conflictos doctrinales del siglo IV.

Arrio, con su pálida faz y su larga cabellera de asceta, con su poética imaginación y su voz y estatura autoritarias, era una personalidad impresionante. Tenía numerosos y devotos seguidores y poseía muchos admiradores, de manera especial entre el influyente cuerpo de vírgenes consagradas. Era hombre devoto y erudito, discípulo de un mártir muy reverenciado, Lucio (muerto en el año 312), obispo de Antioquía. Arrio quiso explicar el misterio de la Encarnación en términos de la filosofía helenística contemporánea y, al hacerlo, desfiguró la tradición apostólica e incurrió en herejía. Enseñaba que si el Padre engendró al Hijo, entonces era preciso imaginar una época en que el Hijo no existía, y así colocó a Cristo en una posición intermedia entre el Creador y la creación.

Arrio creía devotamente en Jesucristo como Salvador de la humanidad, pero teológicamente subordinaba el Hijo al Padre. Citaba varios textos de los Evangelios en apoyo de su argumento acerca de que la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Logos Encarnado, no era igual a Dios Creador, a quien Jesucristo denominaba Padre12. El arrianismo se hallaba en abierta contradicción con la afirmación fundamental de la fe católica acerca de que la reconciliación entre Dios y la humanidad y la redención del mundo no se realizaron ni por medio de un mensajero enviado de los cielos, ni por un hombre santo o profeta elevado a una esfera superior después de realizar su tarea, sino por el propio Autor Todopoderoso del universo, que era la única fuente indivisa de todos los seres.

Desde los tiempos apostólicos la Iglesia se oponía resueltamente a cualquier idea de creadores o divinidades subordinadas al supremo Dios, doctrina común de las sectas gnósticas. La enseñanza evangélica de que Dios es amor se basa en la creencia de que en la persona de Jesucristo, que nació, que fue crucificado y ha resucitado, el propio Dios trino y uno sufrió la agonía de la muerte tal cual es conocida de los hombres. El amor perfecto no huye de ningún sacrificio o humillación. Unicamente si Jesucristo compartiese la misma natura1eza con su Padre se podía justificar el convencimiento cristiano de que Dios se ha dado a conocer a la humanidad y ha ofrecido su compañía a su creación. Arrio, dando una enseñanza de un Cristo inferior, envolvía al Creador del universo impenetrable misterio, y privaba a los miembros de la Iglesia de esa seguridad de que Dios amaba a los hombres y se cuidaba de ellos verdaderamente, que era esencial para la doctrina ortodoxa.

 

Arrio dirigía la atención hacia los problemas centrales de la teología cristiana, y su discusión requería toda la sabiduría y erudición de que disponían los jefes de la Iglesia; pero desde el principio la disputa que provocó adquirió el carácter de rivalidad personal con Alejandro, y esto animó al obstinado presbítero a mantener una extremada posición y engendró una desabrida animosidad *. Cuando Arrio comenzó a componer canciones populares incorporando sus ideas, Alejandro le expulsó de las filas del clero y le obligó a salir de Alejandría. Arrio emigró a Palestina y más tarde a Nicomedia, donde halló muchos simpatizantes, no necesariamente como propagador de los principios herejes, sino como víctima de un tratamiento autocrático **.

 

* El historiador eclesiástico Sócrates de Constantinopla describió el principio de la disputa arriana del siguiente modo: "Un día Alejandro, en presencia de los presbíteros intentó explicar con una minuciosidad tal vez demasiado filosófica ese gran misterio teológico, la unidad de la Santísima Trinidad. Arrio, imaginándose que el obispo enseñaba sutilmente como Sabelio el Libio, tornó el extremo opuesto llevado del amor de la controversia." (Sócrates, Hist. Ecc., I, 5.).

 

** Sozomeno, otro historiador eclesiástico, dice: "Muchos se unieron con Arrio y sus partidarios, como frecuentemente sucede en casos similares, porque creían que no se les había tratado bien y había sido injusta su excomunión" (Hist. Ecc., I, 15.).

 

En el Concilio Niceno, la mayoría de los obispos repudiaron arrianismo como falso, pero sólo a unos cuantos les agradaban la palabra homoousios, que se veía asociada en sus mentes con la enseñanza previamente condenada de Pablo de Samosata (muerto cerca del año 270), que había borrado la distinción entre el Padre y el Hijo. No obstante, la intervención personal de Constantino en apoyo de esta discutible expresión teológica la impuso en la incómoda asamblea. Tan pronto como los obispos regresaron a casa, muchos de ellos empezaron a lamentarse de su decisión, pues tenían que afrontar la difícil tarea de explicar a su gente la razón de la aceptación de un credo que contenía una palabra que carecía de autoridad bíblica detrás de sí, una palabra que había sido introducida primeramente por los herejes.

Además de esta dificultad, había otra, relacionada con la terminología del credo niceno. Hasta entonces los cristianos habían utilizado los credos bautismales que, en términos positivos, afirmaban su creencia en la Santísima Trinidad y en Jesucristo como su Salvador. El credo niceno introdujo nuevos elementos de especulación que constituyeron materia de controversia entre los teólogos. Contenía, por ejemplo, las siguientes referencias al Logos Encarnado: "Y los que dicen que no existió en otro tiempo, o que no existió antes de su generación, y que cobró existencia de la nada, o los que afirman que el Hijo de Dios es de otra o sustancia o esencia o fue creado o es alterable o mudable, son anatematizados por la Iglesia católica."

Estas acusaciones reflejaban los debates teológicos del concilio, y muchos cristianos no podían entender su importancia. Por lo tanto, la mayoría de los obispos trataban de archivar el nuevo credo y de adherirse a sus confesiones de fe locales y tradicionales. Unos cuantos repudiaron abiertamente la fórmula nicena, y Constantino los desterró y sustituyó por hombres que obedecían al Concilio. Esta acción prendió fuego a la Iglesia. La hostilidad estalló entre los obispos, que se acusaban unos a otros de herejías. Estas incriminaciones condujeron a sus víctimas hacia, la desgracia y el destierro. En defensa propia, el clero expulsado apeló al Emperador, alegando su ortodoxia y denunciando a sus rivales.

Se formaron partidos teológicos y chocaron en numerosas asambleas episcopales, convocadas para restaurar la paz. El principal punto de discusión era el término homoousios. La resistencia era psicológicamente explicable, pues esta palabra se impuso prematuramente en Oriente teológicamente el término expresaba la fe tradicional y, por lo tanto los defensores rehusaban toda concesión, e incluso tal alternativa como homoiousios (de similar sustancia), sugerida como componenda, fue rechazada por los que apoyaban el Concilio Niceno. Muchos obispos preferían el destierro al cambio de una sola vocal.

Constantino, dándose cuenta de la futilidad de la compulsión, hizo volver a los obispos desterrados y utilizó todos los medios para restaurar la paz en la Iglesia; pero fracasó, pues era mucha la disensión. Sus hijos tuvieron aún menos éxito; careciendo de su magnanimidad y visión, y conduciéndose como pequeños tiranos, apoyaban a sus obispos favoritos y perseguían a los que odiaban. Algunos de estos emperadores fueron ortodoxos, y algunos arrianos, mientras que otros contemporizaron y favorecieron la componenda doctrinal. Durante este período de batallas y confusiones teológicas, la figura central fue San Atanasio el Grande, patriarca de Alejandría (327-373), que ocupó la cátedra de San Marcos durante cuarenta y seis años. Aunque físicamente era casi enano, intelectualmente era gigante, hombre de indomable valentía, con un ardiente celo por la ortodoxia. Combatió sin piedad contra el arrianismo. Llegó a ser obispo de Alejandría a la edad de treinta y seis años, y enseguida comenzó una campaña en defensa de la teología nicena. Compuso libros y folletos y apeló en persona y por escrito a los emperadores, pidiéndoles que defendieran a los ortodoxos y castigaran a los herejes. Libró la batalla en Egipto y fuera de sus fronteras, creándose enemigos y atrayéndose incondicionales. Fue cuatro veces desterrado por edictos imperiales, pasó casi quince años en tierras extranjeras o escondido, pero sobrevivió a sus enemigos, incluyendo a dieciséis emperadores, con la mayoría de los cuales se mantuvo en continuo conflicto.

En realidad Atanasio dio vida a un nuevo tipo de jerarca cristiano. Era un dignatario que exigía obediencia y cuyo influjo rivalizaba con el de los gobernadores civiles. Era beligerante y tan distinto de sus humildes predecesores como distinta era la Iglesia postnicena de la comunidad cristiana bajo la persecución. Atanasio ha sido a menudo representado como el salvador de la ortodoxia, que rescató a la Iglesia del arrianismo sin ayuda de nadie. Apenas se ve justificada tal descripción de su papel, pues en ningún momento se desvió la mayoría de su fe tradicional. El disturbio que siguió al Concilio no fue causado tanto por una apostasía doctrinal, sino más bien por la introducción de la compulsión en la comunidad cristiana. El propio Atanasio fue grandemente responsable de ello. Por lo tanto, le atacaban no sólo los que criticaban su teología, sino también, los que se oponían a su interferencia en la vida de otras comunidades y que aborrecían su uso de la fuerza y su agresividad.

 

Las Consecuencias de Nicea.

A primera vista parece desconcertante el contraste entre la Iglesia antes y después de Nicea. Durante los tres primeros siglos de su existencia, la comunidad cristiana había detentado el poder de unidad y concordia y había ganado la batalla contra el Imperio. A mediados del siglo IV, la misma Iglesia perdió de súbito su armonía interior y se dividió en facciones hostiles. Los cristianos que se habían negado a obedecer las órdenes imperiales invocaban ahora el arma secular para cerrar los templos rivales y arrestar a su clero. La causa principal de esta transformación fue la abrupta fusión de la Iglesia y el Imperio. La vida de la comunidad cristiana antes de Nicea se había basado en la libertad, y el ser miembro de la Iglesia implicaba sacrificio. Nicea alteró estas condiciones fundamentales: la Iglesia se convirtió en cuerpo privilegiado. El Estado se encargó de la protección de su unidad y ortodoxia. Los que infringían sus reglas habían de ser castigados como delincuentes civiles. La confesión de fe, que hasta entonces había sido un secreto revelado únicamente a los iniciados *, no sólo se hizo pública, sino que se llegó a defender tan vigorosamente, que cualquier clérigo que se atrevía a desviarse de ella se hallaba sujeto a severas penas. Los jefes de la Iglesia, que hasta entonces habían disfrutado de autoridad puramente moral, se veían transformados en funcionarios imperiales con poderes de coerción que para algunos eran irresistibles. Los menos escrupuloso se portaban como tiranos. El obispo Jorge, por ejemplo, que fue enviado a Alejandría en el año 357 para sustituir a Atanasio, trató tan cruelmente a los que se negaban a reconocerle, que su propia feligresía le expulsó de la ciudad. Pero incluso los mejores hombres, como San Atanasio, recurrieron con frecuencia a la fuerza. El anciano Silvestre, el papa de Roma, el prudente Osio, el ardiente Atanasio, el erudito Eusebio, renunciaron a la libertad de la Iglesia a cambio de la protección del Imperio.

 

San Hilario (muerto en el año 367), uno de los más doctos obispos de Occidente, escribiendo en 356 desde su destierro en Oriente a su propia Iglesia en Galia, explicaba a su feligresía que el credo que hasta entonces se había guardado en secreto se había convertido ahora en tema de debate público y que las confesiones de fe locales habían de ser sustituidas por el Credo niceno, que él mismo nunca había utilizado hasta que le expulsaron de su diócesis por su defensa de la ortodoxia contra el arrianismo (Hilario, De Synod., 91). San Cirilo de Jerusalén (315-86), en sus cartas catequísticas, desaprobaba también los credos escritos. Escribe: "Deseo que lo encomendéis a la memoria cuando recite el Credo; no que lo escribáis en un papel..., cuidando de que no lo escuche ningún catecúmeno cuando lo repitáis." V, 12. Sozomeno comparte la misma actitud, I, 20.

Está sorprendente rendición se hallaba relacionada con la creciente tensión emocional que se centraba en Egipto y especialmente en Alejandría. Esa gran ciudad de extremos se hallaba siempre dispuesta a apoyar alguna nueva causa con entusiasmo salvaje. En el siglo IV se revolvió en una fiera reacción contra la licencia sexual que anteriormente prevalecía entre sus habitantes. Las formas más austeras de automortificación excitaban la admiración general; el sexo era considerado como degradante; la virginidad se elogiaba como la principal virtud cristiana. Un gran número de hombres y mujeres abrazaron una vida consagrada al celibato. La tensión emocional en que vivían muchos de ellos se refleja bien en la vida de San Antonio (251-356), cuyas tentaciones, descritas por San Atanasio, impresionaron grandemente a los cristianos de todo el mundo.

Esta acentuación de la virginidad se desequilibró tanto, que proporcionó un favorable fundamento para la apasionada explosión del culto al dirigente, que ha sido siempre una de las características de la mentalidad egipcia. La cabeza de la comunidad cristiana en el valle del Nilo adquirió una posición única: no sólo era considerado como superior a todos los demás obispos locales, sino que se convirtió en objeto de devoción desconocido en otras partes de la Iglesia. Era el héroe popular de los cristianos egipcios, su oráculo divino y el campeón de su naciente nacionalismo.

En esta atmósfera es lógico que también se volvieran apasionadas las disputas doctrinales. Los asuntos teológicos se debatían en las calles y en los mercados con un entusiasmo habitualmente reservado para el deporte o la política. Los partidarios de una escuela de teología ofendían a sus oponentes y elogiaban a sus propios jefes, como inspirados por Dios o cual si fuesen infalibles. Esta hostilidad verbal, una vez aceptada como compatible con el cristianismo, desembocaría en la ejecución de diversos actos de violencia. La tolerancia y la moderación eran calificadas de traición a la verdad. El celo dogmático eximió a los cristianos de la caridad y el perdón. La intervención del Estado era bien recibida por las partes contendientes. En cuanto al Oriente, Egipto desempeñó un papel al abrir las puertas de la Iglesia al uso de la fuerza secular. La Iglesia que superaba a todas las otras, en el ejercicio del ascetismo y en el culto del dirigente fue también la primera que renunció a su libertad. Por lo tanto, es significativo que el mismo suelo africano se convirtiera en escena de dos cismas desastrosos en la Iglesia primitiva: el cisma donatista, que acabaría por minar eventualmente al cristianismo de Africa del Norte, y el cisma de los monofisitas, que puso en manos del Islam la mayor parte del oriente cristiano.

 

La victoria de la Ortodoxia Nicena.

El desasosiego que dentro de la iglesia causó el Concilio niceno coincidió con un período de inquietudes para el Imperio romano. Los hijos de Constantino, Constancio (337-361), Constantino II (337-340) y Constante (340-350), luchaban entre sí y debilitaban el Imperio en un momento en que se necesitaba de toda su fuerza para resistir la creciente presión de los bárbaros. Su sobrino y sucesor, Juliano el Apóstata (361-363), sin haber tenido éxito en su intento de revivificar el paganismo, pereció cuando conducía a su ejército contra los persas. Valente (364-378) fue un activo partidario de los arrianos y sus intentos de llenar de herejes las principales sedes incrementaron la confusión. Fue muerto durante una campaña contra los godos.

Su sucesor, Teodosio I (379-395), restauró por fin la paz en la Iglesia y revivificó la fuerza política del Imperio. Convocó un sínodo en Constantinopla en el año 381 (el II Concilio Ecuménico), que proclamó que sólo era ortodoxa la teología nicena, y así terminaron, en cuanto se refiere al Oriente, las disputas ocasionadas por el I Concilio Ecuménico. Esta victoria no sólo se debió al apoyo imperial; fue también resultado del serio pensamiento teológico de tres hombres destacados que conocemos por el nombre de Padres Capadocios (lám, 33): San Basilio el Grande (329-379), San Gregorio Nacianceno (330-389) y San Gregorio de Nisa (335-396). Estos nuevos jefes de la Iglesia oriental consiguieron el triunfo de la tradición apostólica. Sus oponentes se hallaban dispuestos a modificar su teología para que armonizase con las corrientes filosóficas en vigor y obtuviese así la aprobación de la corte. Los Padres Capadocios, hombres de integridad y valentía, no pretendían favores imperiales. Eran tenaces sin ser intransigentes; ascetas, pero libres de fanatismo, ortodoxos, pero con deseo de restaurar la paz en la Iglesia. Se afanaron, pues, en reconciliar el partido niceno con la mayoría conservadora de los cristianos orientales. Consiguieron su objetivo justificando doctrinalmente el discutido término homoousios, y resistiéndose a toda intervención del Estado en disputas doctrinales. Eran hombres de profunda erudición y cultura, que heroicamente defendieron la libertad de la Iglesia y la dignidad de sus pastores. Apoyaron la formulación nicena porque creían que expresaba la fe tradicional de la Iglesia y no porque la había aprobado el Emperador.

Su gran realización fue haber aclarado los términos teológicos. Acuñaron un nuevo vocabulario capaz de expresar la visión cristiana de Dios. El lenguaje de la filosofía griega había sido insuficiente para esta tarea y contribuyó a originar la confusión y aspereza de las disputas postnicenas. El historiador eclesiástico contemporáneo, Sócrates (379-445), tenía razón al comparar a los obispos, en sus interminables disputas, con hombres que luchan entre sí en la oscuridad, sin saber con precisión la postura doctrinal de sus adversarios y atribuyendo herejías y errores a los que repudiaban13. Los Capadocios introdujeron la luz en este caos y al mismo tiempo purificaron la atmósfera moral entre los jefes de la Iglesia mediante su carencia de ambiciones personales y mediante su auténtico interés por el bienestar de toda la comunidad.

San Basilio nació en el año 329 en Cesárea, capital de Capadocia e importante centro comercial en el cruce de las carreteras que unían al Eufrates con el Mar Negro, y Constantinopla con el Imperio Persa. Su padre era un rico abogado y un devoto cristiano; su madre, Emilia, era famosa por su belleza y piedad. Sus padres tuvieron diez hijos, y tres de sus hijos y una de sus hijas se cuentan entre el número de los santos de la Iglesia. Basilio se educó en Constantinopla y en Atenas, donde conoció a su amigo de toda la vida, Gregorio Nacianceno. Otro de sus condiscípulos era Juliano, el futuro emperador. Al retornar a su ciudad natal, Basilio pensó en seguir la profesión de su padre, pero la súbita muerte de su hermano, Nancracio, y el ejemplo de su hermana, Santa Macrina, desvelaron su vocación religiosa. Macrina fue una notable mujer que ejerció una poderosa influencia en todos los que la trataron. Formó una comunidad religiosa para mujeres y su caridad y sabiduría la hicieron famosa en todo el Ponto y Capadocia*.

 

* San Gregorio de Niza ha dejado una conmovedora descripción de su querida hermana (Vita St. Macrina).

 

San Basilio siguió el consejo de Macrina y se retiró a la finca de su padre, donde congregó a su alrededor a jóvenes de miras análogas; allí fundaría una pequeña comunidad que desempeñó un importante papel en la evolución de1 monacato oriental. Estaba convencido de que un monasterio bien organizado, dirigido por un sabio y experto maestro, era de mayor provecho que una vida solitaria en el desierto, para los que deseaban dedicarse al culto de Dios. El mismo renunció al mundo, no porque lo despreciase, sino porque su amor a Dios le impulsaba a renunciar a todas las otras lealtades y atracciones. Sin embargo, las reglas que compuso demostraban que el amor a Dios no se puede nunca separar del amor a los hombres.

Sin embargo, Basilio era un caudillo demasiado notable para permanecer durante mucho tiempo en la reclusión del monacato. La Iglesia necesitaba de sus servicios. En el año 358, Eusebio, obispo de Cesárea, le ordenó presbítero en contra de su voluntad. En el 370, después de la muerte de Eusebio, Basilio fue elegido como sucesor. Era una época difícil para la Iglesia. El emperador Valente apoyaba las distintas ramificaciones del arrianismo; los ortodoxos no sólo se hallaban oprimidos, sino también divididos, pues no tenían ningún jefe reconocido. Atanasio se hacía viejo, y, de todas formas, su influencia se limitaba a Egipto. El papa de Roma era ortodoxo, pero se hallaba muy lejos y no podía. ayudar a los defensores de la fe tradicional en el Oriente. En aquel momento asumió Basilio su función de jefe y realizó brillantemente su tarea. de unir a la Iglesia bajo el estandarte de la teología nicena. Era débil de salud, amante de la paz y auténticamente humilde, pero tenía una rara firmeza de carácter. Combinaba la tolerancia y la paciencia con una intransigente posición hacia la ortodoxia. Una vez, sufriendo el interrogatorio de Modesto, el tan temido prefecto, Basilio le hizo gritar: "¡Nadie se ha atrevido jamás a hablarme de este modo!" La respuesta de Basilio fue: "Probablemente no habéis conocido nunca un obispo." Utilizaba otro lenguaje cuando trataba de persuadir a los jefes de la Iglesia. Corno teólogo justificó el término homoousios a los ojos de los obispos orientales conservadores. Corno estadista eclesiástico se afanó por restaurar la comunión entre Oriente y Occidente, empleando el método preniceno de correspondencia intereclesiástica y oponiéndose a todas las formas de compulsión. En esto difería de San Atanasio, que con frecuencia estuvo dispuesto a utilizar el arma secular en defensa de la ortodoxia.

El principal obstáculo para la reconciliación por aquella época era la existencia de grupos disidentes en Antioquía y Constantinopla, que estaban en comunión con Roma y Alejandría, y afirmaban ser los únicos representantes de la ortodoxia en el Oriente. Para mantener su posición desfiguraban la teoría doctrinal de San Basilio y de otros teólogos conservadores en las provincias asiáticas. El principal objeto de Basilio era persuadir a los partidarios militantes del Concilio Niceno acerca de que la mayoría de los obispos orientales que se oponían al término homoousios no eran menos auténticamente ortodoxos. Basilio no escatimó esfuerzos para eliminar el malentendido que crearon los "ultras" pronicenos. Escribió cartas, envió emisarios, invitó a los obispos occidentales a que viniesen al Oriente y se reunieran con él y sus amigos; aunque le desairaron a menudo, fue perseverante. Murió en el año 379 sin ver completa la reconciliación, pero tuvo la satisfacción de observar muchas señales de que las Iglesias se movían en la dirección debida y que se restauraría pronto la concordia.

En todas sus obras Basilio tuvo la gran ayuda de su amigo y discípulo San Gregorio Nacianceno, hijo de un humilde clérigo de una pequeña secta que se reconcilió más tarde con la Iglesia. Su madre, Nona, severa y ascética mujer, dedicó su único hijo al servicio de Dios y le educó en el espíritu de la ortodoxia. Gregorio era pequeño de estatura, de cabellos rojos y salud precaria; pero, lo mismo que Basilio, era intrépido e intransigente. Poeta de grandes dotes, escritor de excelente prosa, habría preferido una tranquila vida literaria, pero las circunstancias le obligaron a tomar parte activa, y a veces decisiva, en la defensa de la ortodoxia. Fue ordenado presbítero en contra de su voluntad, como Basilio, y más tarde el propio Basilio le obligó a convertirse en obispo del abandonado distrito de Sasima. Basilio necesitaba de su apoyo en la campaña contra los arrianos, pero Gregorio estuvo molesto durante mucho tiempo por esta violación que había hecho de su retiro su mejor amigo. Se sentía indigno de sus deberes sacerdotales y anhelaba su austera soledad en la finca de su padre.

En el año en que murió San Basilio, Gregorio apareció de súbito en Constantinopla. La capital era por entonces una plaza fuerte del partido antiniceno y los partidarios del homoousios no contaban siquiera con un templo. San Gregorio empezó a celebrar y a enseñar en una habitación de una casa particular. Pronto se convirtió en el predicador más popular de la capital y fue probablemente por entonces cuando pronunció sus cinco famosas oraciones sobre la Santísima Trinidad. Representan una de las más altas realizaciones de la teología de la Iglesia oriental.

San Gregorio penetró más profundamente que cualquier otro teólogo en el misterio del Dios trino y uno, cuya vida interior de amor es la relación, independiente del tiempo, de tres personas distintas, que son únicamente un ser. Dios es uno en tres y tres en uno, era el refrán que acompañaba a los sermones de San Gregorio. En su enseñanza sobre la Encarnación, San Gregorio acentuaba la importantísima doctrina de que sólo y únicamente por el hecho de que una persona de la Santísima Trinidad se convirtió en hombre verdadero, pueden aspirar los hombres a la unión con la Deidad. El nacimiento de Cristo creó una situación que era lógicamente contradictoria, pues el Logos Encarnado, siendo Dios y hombre, retenía las características de sus dos naturalezas y al mismo tiempo continuaba siendo una persona, prueba de que el hombre puede unirse con Dios sin perder su personalidad. Gregorio escribió: "Nació Cristo, pero ya estaba engendrado; nació de una mujer, pero era Virgen. Fue bautizado, pero redimía los pecados como Dios. Tenía sed, pero dijo: "Si alguien tiene sed, dejadle que venga a mí y beba." Oraba, pero Él oye las oraciones. Preguntó dónde yacía Lázaro, pues era hombre; y resucitó a Lázaro, pues era Dios. Muere, pero da vida. Es enterrado, pero resucita. Desciende al infierno, pero salva a los condenados"14.

Los escritos de San Gregorio están llenos de belleza imaginativa y poética; al mismo tiempo son doctrinalmente precisos, pues evita las especulaciones arbitrarias y se adhiere a la tradición apostólica original de la Iglesia.

Cuando Valente murió en el año 378, Teodosio, su sucesor, llegó a Constantinopla; siendo un firme defensor de la ortodoxia nicena, ordenó enseguida la transferencia de todas las Iglesias al clero proniceno. El obispo arriano fue expulsado de la capital, y Gregorio fue elevado a la sede principal por aclamación pública. Él, que se había lamentado del peso insoportable que significaba la supervisión de los asuntos eclesiásticos de un pequeño distrito de Capadocia, aceptó con fortaleza la administración de la Iglesia de la capital. Su éxito sorprendió incluso a sus amigos y admiradores, pero también provocó animosidad en los que se oponían a su rápida elevación al poder.

En el año 381, cuando Teodosio convocó un Concilio de obispos orientales en Constantinopla para confirmar la victoria de la ortodoxia nicena, el patriarca de Alejandría puso en duda el derecho de Gregorio a ocupar su cátedra, ya que éste había sido elegido originariamente obispo de Sasima y tal traslado era contrario a las reglas eclesiásticas. Gregorio no quiso luchar por su puesto. Se marchó de la capital y regresó a la finca de su padre en Ariansus, donde murió en el año 389.

En su oración de despedida pintó un sorprendente retrato del nuevo tipo de prelado rico en cuya compañía se sintió como extraño. "Nadie me dijo que había de competir con cónsules y prefectos e ilustres generales. Nadie me dijo que esperarían de mí que pusiera los tesoros de la Iglesia al servido de la glotonería y los fondos de caridad al servicio de la lujuria. Nadie me dijo que debía equiparme con soberbios caballos y montar en magníficas carrozas y que todo el mundo debía dar paso al Patriarca, como si fuese una especie de animal salvaje"15.

San Gregorio, encogido, vestido pobremente, pero con su fogosa imaginación y su lengua mordaz, provocaba un agudo contraste frente a los opulentos obispos que se comportaban y vivían como funcionarios del Estado. La dimisión de Gregorio inició la prolongada rivalidad entre Alejandría y Constantinopla, que terminó dividiendo en campos eclesiásticos separados a los obispos dirigentes de estas dos ciudades.

El tercer insigne Capadocio fue San Gregorio de Niza. Este hermano menor de San Basilio el Grande no tenía nada de la autoritaria personalidad de San Basilio. No fue un caudillo eclesiástico, pero sí pensador creador y original. San Gregorio era casado. Su bella esposa, Teosebeia, se convirtió en diaconisa. Ambos eran reverenciados como santos por los cristianos orientales. Lo mismo que Gregorio Nacianceno, fue obligado por San Basilio a aceptar órdenes episcopales, pero su blanda y poética naturaleza era inadecuada para la guerra eclesiástica. Sus escritos teológicos respiran un optimismo gozoso, inspirado por la victoria que consiguió la resurrección de Cristo. San Gregorio creía que la naturaleza humana volvería a su gloria y belleza originales, pues el hombre está creado a imagen viviente de Dios y le bendice su Creador con inmortalidad. Según San Gregorio, la caída del hombre sólo le privó temporalmente de la legitimidad que se le dio en el Paraíso y que se le ha de dar de nuevo al final de la historia.

San Gregorio tomó parte en la obra del II Concilio Ecuménico, en el año 381, y le acogieron allí como columna de la ortodoxia nicena. El emperador Teodosio respetaba su juicio y fue enviado como legado imperial a investigar el estado de las Iglesias en Arabia y Babilonia. Pero no se encontraba a gusto como enviado del Cesar y prefirió trabajar en Niza, donde, en el año 396, terminó su vida en paz. En muchos aspectos, como teólogo y autor, es la personalidad más cercana a nuestro tiempo y mentalidad. Gregorio amaba la naturaleza, amaba la tierra y todo lo que pertenecía a ella, y en esto era una excepción en su propia generación, que parecía tan absorta en la contemplación de la vida eterna, que perdía todo interés en los goces y responsabilidades terrenales. La grandeza de Gregorio corno pensador original fue reconocida en el año 787 por el VII Concilio Ecuménico, que le dio el extraordinario título de "Padre los Padres de la Iglesia."

 

El II Concilio Ecumenico y el Emperador Teodosio (379-395).

El II Concilio Ecuménico que en el año 381 convocó el emperador Teodosio en Constantinopla se limitó, por causa de los problemas políticos, a los obispos de la parte oriental del Imperio. Fue una asamblea mucho más pequeña que la primera, pues sólo asistieron 150 miembros, pero quedó como una profunda marca en el desarrollo de la Iglesia. La confesión de fe que aprobó fue una adaptación de un credo bautismal local, probablemente el de Jerusalén, pero se convirtió en el credo de toda la Iglesia, en el lazo de unidad entre todos los cristianos orientales y en un importante eslabón entre ellos y el Occidente cristiano. Este credo, que ahora se conoce habitualmente por el nombre de credo niceno, aunque pertenece al II Concilio, incorporó la palabra homoousios del credo niceno original. Los cuatro cánones adoptados por el II Concilio definían las provincias eclesiásticas y prohibían a sus jefes que se interfiriesen en los asuntos fuera de sus fronteras. Esta prohibición iba dirigida principalmente a Alejandría, cuyos prelados habían adquirido el hábito de comportarse como supremas cabezas de la cristiandad. El obispo de Constantinopla fue elevado a la dignidad de patriarca y se le asignó el segundo puesto de honor después de Roma, tomando Alejandría el tercer puesto. Esto hirió grandemente el orgullo de los prelados egipcios.

Cuando los miembros del Concilio hubieron terminado su obra, enviaron una carta al Emperador informándole de sus decisiones. En respuesta, Teodosio ordenó que los bienes de la Iglesia de todo el Imperio se entregasen a los obispos que estaban en comunión con Nectario de Constantinopla, Timoteo de Alejandría, Diodoro de Tarso y Optimo de Antioquía.

Constantino hizo a los obispos únicamente responsables de la formulación de las doctrinas y de la disciplina de la Iglesia. El propio Teodosio decidió qué escuela teológica era la ideal. En el año 383, convocó una conferencia de los jefes de las diversas sectas cristianas, y, cuando le presentaron sus varias confesiones de fe, eligió la que incorporaba la ortodoxia nicena y ordenó que las demás se quemaran en público. Publicó una ley prohibiendo a todos los cristianos que rechazaban el Concilio Niceno que celebrasen ejercicios espirituales16. La oposición antinicena se extinguió en todo el Oriente con asombrosa rapidez. Sus jefes estaban demasiado comprometidos por su previa confianza, en el apoyo del Estado para ofrecer una seria resistencia a la nueva política del Emperador. Además se hallaban divididos, y muchos de ellos reconocían la validez del homoousios de acuerdo con la interpretación de los Padres Capadocios. La protección imperial fue bien recibida por el partido ortodoxo, pocos miembros del cual repararon entonces en el precio que la Iglesia habría de pagar al dar autoridad al Emperador para elegir una escuela de teología y convertirla en pauta de catolicismo en el Imperio.

 

La Conversión masiva del Imperio y sus consecuencias sobre la Iglesia.

En el decurso del siglo IV la vida de los habitantes de la mitad oriental del mundo mediterráneo, de Egipto, Siria y Asia Menor, experimentó una transformación espiritual que tuvo trascendentales repercusiones en la esfera secular. La fe cristiana, que hasta entonces profesaba una mayoría, sustituyó a las antiguas religiones; los ideales ascéticos, en una forma extrema, conquistaron la imaginación de las masas; y los problemas teológicos provocaron un interés general, sin precedentes en la historia de la Iglesia. San Gregorio de Nisa describió gráficamente esta absorción en la especulación religiosa cuando dijo de los tenderos de Constantinopla: "Si rogáis a un hombre que os cambie una moneda de plata, os informa de que el Hijo difiere del Padre; si preguntáis el precio de un pan, os dicen en respuesta que el Hijo es inferior al Padre; y si preguntáis si está listo el baño, os informan solemnemente de que el Hijo fue creado de la nada" 17.

La avalancha de conversos alteró la composición de la comunidad cristiana. El característico ruido y la excitación del mercado oriental penetraron en los apacibles recintos del templo cristiano. Se renunció a la larga y cuidadosa preparación que se requería previamente para el bautismo; se suavizó la disciplina, con el resultado de que se redujeron considerablemente las barreras entre los cristianos y el resto de la población. Lo que la Iglesia perdió en pureza, ganó el Imperio en el mejor trato de sus ciudadanos. Bajo la influencia cristiana, la clemencia con los criminales, la ayuda a los pobres y a los enfermos, y la prohibición de los entretenimientos crueles e inmorales fueron reconocidos como deberes del Estado. No obstante, el cambio afectó al emperador. Fue considerado como un ser humano, sujeto a las mismas reglas de conducta que los otros cristianos; no le elevaban ya por encima del control moral, sino que le exhortaban para que mostrase clemencia y perdón, y para que en el Juicio Final diese cuenta de todos sus actos privados y públicos.

Este súbito cambio del Imperio hostil en amigo y protector de la Iglesia, estimuló el desarrollo multilateral de la comunidad cristiana, haciéndolo particularmente espectacular en el Oriente. A pesar de las intensas disputas doctrinales, su historia durante los siglos IV y V constituirá la más gloriosa de sus anales. El número de sus miembros se incrementó rápidamente; el pensamiento teológico maduró y se hizo más profundo, el arte floreció y las instituciones filantrópicas mejoraron grandemente la vida de los desheredados de la fortuna. La Iglesia se convirtió en una gran potencia, con el resultado de que una considerable riqueza fue puesta a disposición de sus principales obispos, ocasionando un deterioro moral de algunos de ellos. Se suscitaron varios conflictos personales, estando relacionado el más trágico con San Juan Crisóstomo (el de la Boca de Oro), el más insigne predicador de este período y un intrépido reformador social.

 

San Juan Crisostomo (347-407).

En el año 387, durante las revueltas locales en Antioquía, las estatuas de Teodosio I y su familia fueron destrozadas por el populacho. Este acto de desafío fue considerado como uno de los más graves delitos políticos de aquella época, y se esperaban severas represalias, incluyendo ejecuciones y deportaciones en masa. El pánico se apoderó de la ciudad y el asustado populacho imploró al Patriarca que suplicase al Emperador clemencia y perdón.

El anciano Flaviano (muerto en el año 404) partió inmediatamente en un difícil viaje a la capital, desafiando las tormentas del invierno y los pasos montañosos cubiertos de nieve helada. Su misión se vio coronada de éxito. Teodosio, como monarca cristiano, perdonó a la ciudad. El portador del último poder político reconocía en la Iglesia una autoridad moral superior a la suya propia, y la obedecía.

Los problemas de Antioquía pusieron de relieve a Juan, uno de los presbíteros de la ciudad (lám. 33). Durante las semanas que los ciudadanos habían vivido en un estado de ansiedad y suspenso, esperando las noticias de la capital, pronunció a diario sermones en que comparaba los vicios de la opulenta ciudad con los preceptos del Evangelio, y exhortaba a sus oyentes para que enmendasen sus vidas. Se han conservado estos discursos y proporcionan un vivo retrato del estado del cristianismo contemporáneo y de la destacada calidad del famoso predicador.

La buena noticia del perdón imperial conmovió profundamente a los ciudadanos. La atmósfera moral de Antioquía se transformó y Juan adquirió una gran popularidad como intrépido pastor y reformador. Por lo tanto, es natural que al quedar vacante en el año 398 el trono patriarcal de Constantinopla, el emperador Arcadio (395-408), previas consultas, confiase la Iglesia de su capital al celoso sacerdote. San Juan no quería aceptar una dignidad tal, pero finalmente se vio obligado a someterse a la presión imperial. Teófilo, papa de Alejandría (muerto en el 412), prelado ambicioso, fue nombrado por el Emperador para que consagrase a Juan, y desde ese día surgió la enemistad entre Teófilo, que vivía como gran magnate, y San Juan, asceta, cuyo principal interés era la justicia social y la caridad para con los pobres. Desde el principio encontró San Juan una fuerte oposición a su campaña para la evangelización de la ciudad. El clero de la capital era mundano y descuidaba sus deberes; los ricos se hallaban inmersos en el lujo y en la molicie; los pobres eran ignorantes y corruptos. San Juan atacó implacablemente todos estos males, y pronto se vio rodeado de resueltos enemigos, a quienes repugnaba. la presencia de un hombre de vida pura y celo intransigente. Sin embargo, su mayor adversario fue Teófilo, que estaba celoso de la popularidad de su rival y de la prioridad honorífica que disfrutaba la sede de Constantinopla.

La emperatriz Eudoxia admiró al principio a San Juan, pero más tarde se convirtió también en enemiga suya. Invitado por ella, vino Teófilo a Constantinopla en el año 403 y convocó un sínodo de obispos en el Palacio del Roble, en un suburbio de Calcedonia. Trajo veintinueve de los treinta y seis miembros de Egipto. Ninguno tenía derecho a interferirse en la administración de la capital, según la regla aprobada por el II Concilio Ecuménico del año 381. No obstante, esta asamblea ilegal citó a San Juan para que compareciese ante ella, y, al no comparecer, le condenaron por varias acusaciones falsas. Protestó contra esta violación de la ley y de la justicia, pero no quiso luchar en su propia defensa, y se entregó a la guardia de corpus imperial. Tan pronto como le alejaron de Constantinopla, un terremoto estremeció la ciudad, y la aterrorizada Eudoxia suplicó a Juan que volviese a su feligresía.

Teófilo huyó a Egipto, temiendo que la población descargase su justa indignación sobre él y sus partidarios. Sin embargo, el retorno de San Juan encolerizó todavía más a sus oponentes. Eudoxia reanudó su campaña contra él, la guardia arrestó y deportó a muchos de sus amigos, mientras que el Emperador era demasiado débil para defender al hombre a quien había traído a Constantinopla.

En el año 404, cuando San Juan fue arrestado de nuevo, un desastroso incendio destruyó la Casa del Senado y la Catedral que Constantino había edificado. No obstante, esta vez el Patriarca fue enviado a Cucusus, una remota plaza del Imperio, que pronto se convertiría en lugar de peregrinación. Se decía que Antioquía estaba desierta, y que sus más destacados ciudadanos se habían trasladado a ese oscuro pueblo para beneficiarse de su enseñanza. Esta popularidad intensificó la hostilidad de los responsables de su destierro. A pesar de su mala salud, le ordenaron que se trasladase aún más al norte, a Pityas, en el Cáucaso, pero murió en el camino el 14 de septiembre del año 407. Sus últimas palabras fueron: "Gloria a Dios por todo."

En el año 438 sus restos fueron trasladados a Constantinopla, y el reinante emperador Teodosio II (408-50), junto con sus tres hermanas, se arrodillaron al lado del féretro, implorando al Santo que perdonase a sus padres por todos los males que le habían ocasionado. Su destierro, como el de San Gregorio, Nacianceno, demostró lo difícil que era para un celoso cristiano mantenerse al mando de la Iglesia de Constantinopla, y lo peligrosa que fue, para el futuro del cristianismo, la resuelta hostilidad de los patriarcas de Alejandría. Pero esta trágica historia indica también la ascendencia moral de los hombres de fe firme y vida pura. San Juan se convirtió en héroe de su Iglesia, en ejemplo e inspiración, que hizo más profunda la vida espiritual de toda la comunidad cristiana.

 

 

El Cisma Nestoriano.

Durante este doloroso conflicto, la Iglesia romana permaneció resueltamente al lado del injustamente condenado Patriarca. Esta intransigente defensa del gran santo contribuyó a la rehabilitación de su nombre. Pronto se curó el cisma temporal que en las filas de los cristianos orientales causó el destierro de Juan Crisóstomo, y fue seguido de un intervalo de paz en el primer cuarto del siglo V. Sin embargo, éste no duró mucho tiempo, pues el derecho que afirmaba el Estado de arrestar y desterrar a cualquier prelado acusado o incluso sospechoso de herejía proporcionaba demasiadas oportunidades para las intrigas y enredos de los jerarcas menos escrupulosos.

El nuevo conflicto fue iniciado por otro sacerdote de Antioquía, el erudito monje Nestorio, a quien hizo patriarca de Constantinopla en el año 427. Nestorio era lo contrario que Juan Crisóstomo; su interés principal era la supresión de los grupos disidentes, en vez de mejorar la vida moral de su propia feligresía. Con la ayuda del brazo secular emprendió una enérgica campaña contra los herejes, durante la cual cerró los lugares de culto no autorizado. También intentó definir con mayor precisión que hasta entonces la distinción entre Dios y el hombre en Cristo, haciendo así que sus adversarios pusieran en duda su propia ortodoxia. La creencia tradicional en Jesucristo como Mesías prometido implicaba que era Dios verdadero y hombre real; más era también una persona, no dos seres que operaban en el mismo cuerpo. Esta afirmación paradójica de unidad y distinción se podía interpretar de dos modos diferentes. Una escuela de pensamiento, asociada con Alejandría, consideraba a Jesucristo principalmente como al Logos Encarnado, y acentuaba la divinidad del Salvador. La escuela de Antioquía acentuaba la humanidad de Cristo y se extendía en aquellos aspectos de la Encarnación que revelaban que Jesús tenía las experiencias y limitaciones de los hombres ordinarios, con excepción de sus pecados y divisiones internas. Ambas interpretaciones estaban dentro de la tradición ortodoxa y eran complementarias.

Nestorio era representante militante de la escuela de Antioquía; ofendía a sus oyentes en Constantinopla acentuando la distinción entre las naturalezas divina y humana en Cristo, incluso oponiéndose al título tradicional de Theotokos (Madre de Dios) que se daba a la madre de Jesús, a quien él prefería llamar "Madre de Cristo." La disputa doctrinal que inició Nestorio en Constantinopla atrajo pronto la atención de San Cirilo (412-444), sobrino de Teófilo, recientemente elegido papa de Alejandría. Cirilo era un brillante teólogo, y líder carismático del naciente nacionalismo de Egipto. Ordenaba la obediencia ciega de muchos millares de monjes y vírgenes consagradas, y era una especie de rey sin corona de su pueblo. Su celo por la ortodoxia no iba acompañado de caridad para con sus rivales y, desde el principio, su gobierno se caracterizó por los actos de violencia de sus fanáticos seguidores. Los judíos y los paganos fueron los primeros en experimentarlo; no lo pasaron mejor sus oponentes doctrinales. Incluso Oresto, el prefecto de la ciudad, corrió peligro de muerte a manos del enfurecido populacho cuando se atrevió a oponerse al Patriarca.

La aparición de Cirilo en la escena de la controversia que suscitaron los sermones de Nestorio fue el preludio de una inminente tormenta. Se agravó la desavenencia., por el activo interés de Roma, que decididamente se puso de parte de Cirilo contra Nestorio. Para evitar problemas, el emperador Teodosio II anunció la convocación de un Concilio Ecuménico en Efeso.

Sin esperar al Concilio, Cirilo publicó doce anatemas contra Nestorio. Enumeró una serie de errores que impedían pertenecer a la Iglesia, entre los que se hallaban varias proposiciones enseñadas en Antioquía. Nestorio y varios teólogos de la escuela de Antioquía contraatacaron, acusando a Cirilo de herejía.

El Concilio Ecuménico de Efeso se celebró en el año 431. Prevalecieron la pasión y la animosidad; Cirilo y sus partidarios, en alianza con el obispo local, actuaron como si el Concilio no tuviese otro objeto que el de confirmar las anatemas. Los partidarios de Nestorio, los obispos orientales, que acudían llamados por Juan, Patriarca de Antioquía (muerto en el año 422), se retrasaron de camino al Concilio, y Cirilo aprovechó,esta oportunidad para convocar a sus seguidores y excomulgar solemnemente a Nestorio antes de la llegada de Juan. Cuando Juan y sus partidarios llegaron por fin a Efeso y se enteraron de esto, excomulgaron a su vez a Cirilo y a su aliado Memnón, arzobispo de Efeso. El irresoluto Emperador confirmó ambas excomuniones y ordenó la destitución de Nestorio, Cirilo y Memnón.

Sólo Nestorio acató el decreto imperial y fue desterrado. Murió en el exilio en el año 452. Cirilo huyó a Egipto y continuó la batalla desde su plaza fuerte. Después de prolongadas e intrincadas negociaciones, se concertó una paz por medio de una componenda, en el año 433, entre Cirilo y Juan de Antioquía. Cirilo retuvo su patriarcado, pero retiró sus anatemas. Los obispos orientales sacrificaron a Nestorio y suscribieron su destitución. No obstante, quedaron insatisfechas ambas partes, pues tenían el convencimiento de que la enseñanza de sus oponentes era errónea y se debía suprimir.

El punto de discusión no era ya el homoousios, sino la physis, la naturaleza de Cristo. Los orientales hablaban de dos naturalezas en Cristo, la divina y la humana, el duofisitismo. Los alejandrinos insistían en una sola naturaleza -monofisitismo-, diciendo que el Salvador, por ser una sola persona, no tenía nada más que una naturaleza, que era a la vez divina y humana. Esta diferencia de expresión era tan sutil, que se podían aceptar ambas fórmulas, más no era ésta la opinión de los ardientes partidarios de cada escuela de pensamiento. En la expresión de sus oponentes veían una peligrosa desviación de la verdad. La dificultad de desenredar esta discusión se subrayó aún más con las interpretaciones antagónicas de los términos empleados. El vocablo griego hypostasis se podía interpretar como persona y como sustancia, y la palabra physis (naturaleza) se utilizaba como término tanto abstracto como concreto y a veces era también idéntica a sustancia. Ambas partes reconocían a Dios y al hombre en Jesucristo y, por lo tanto, era, posible que llegasen a un acuerdo; pero se hallaban ausentes la paciencia y la indulgencia que esto requería. La etiqueta de "hereje," una vez impuesta a un oponente, le excluía de toda conversación en lo sucesivo, y cualquier intento posterior de conseguir un entendimiento mutuo era considerado como una traición a la verdad. Después de haber declarado un decreto imperial que Nestorio era un traidor y un Judas, todo contacto con él se convirtió en ofensa criminal.

El propio Nestorio repudió las opiniones que le atribuían sus adversarios, y sus propios escritos no le muestran como extremista. La escuela de Antioquía no se convenció nunca de que merecía el tratamiento que recibió en Efeso. Los partidarios de Cirilo estaban igualmente encolerizados por la retirada de sus anatemas, que consideraban como la mejor prueba de la ortodoxia.

 

El Segundo Concilio de Efeso (449).

La tregua doctrinal concertada entre Cirilo y los obispos asiáticos se mantuvo durante quince años a pesar de la oposición por parte de los extremistas. El propio Cirilo se moderó cada vez más hacia el final de su vida. Desgraciadamente, su sucesor Dióscoro (444-51), que era también de carácter dominante, revivificó la lucha reanudando sus ataques contra el Patriarca de Constantinopla, para lo cual le brindó oportunidad un monje muy reverenciado, el anciano Eutiquio, abad de un monasterio de la capital. Era un famoso asceta con admiradores en las altas esferas, y un persuasivo exponente de la teología alejandrina. En sus sermones e instrucciones mostraba una tendencia a considerar el lado humano de Jesucristo como casi asimilado a su divinidad.

En el año 448, en el concilio local de obispos presidido por Flaviano, patriarca de Constantinopla (446-449), un miembro del mismo dirigió la atención hacia los peligros de tal enseñanza. Eutiquio, citado ante el sínodo, defendió su posición; los obispos le condenaron y le privaron de sus órdenes. Este severo tratamiento sorprendió a los admiradores de Eutiquio, entre los que se hallaban el eunuco Crisafio, favorito del Emperador. Bajo su influencia, Teodosio II decidió justificar a Eutiquio convocando otro Concilio Ecuménico.

El segundo sínodo de Efeso, conocido por el nombre de Concilio de Bandoleros, se celebró en agosto del año 449. Sus fechorías ofrecieron una llameante prueba de la creciente sujeción de la Iglesia al control imperial que había comenzado en Nicea. No sólo preparó la Corte el programa del Concilio, sino que incluso la asistencia al sínodo se limitó a aquellos en quienes se podía confiar para realizar los planes imperiales. Así, por ejemplo, Teodoredo, obispo de Ciro, el más erudito portavoz de la escuela de Antioquía, no sólo fue expulsado de su sede en la víspera del concilio, sino que el Emperador le prohibió que asistiese, aun cuando estaba invitado por sus miembros.

Otras cartas imperiales nombraron al archimandrita Barsumas, ardiente partidario de Eutiquio, para que representase a los monjes sirios. Dióscoro, junto con sus aliados doctrinales, Juvenalio de Jerusalén y Talasio de Cesárea, fueron nombrados presidentes del Concilio. Sus procedimientos superaron en violencia e irregularidad a otros sínodos ecuménicos, y demostraron la relajación moral del clero oriental, especialmente de aquellos que obraban bajo la dirección de Dióscoro. El Concilio proclamó su creencia de que, después de la Encarnación, Cristo tenía una naturaleza que era tanto divina como humana. Esta era una confirmación de la fórmula teológica de Cirilo, pero esta victoria doctrinal tan fácilmente obtenida no satisfizo a Dióscoro y a sus partidarios. Flameó de nuevo la vieja rivalidad entre Alejandría y Constantinopla. Lo mismo que el I Concilio de Efeso fue la escena del triunfo de Cirilo sobre Nestorio, así el II Concilio de Efeso vio a Flaviano pisoteado por Dióscoro. Pero había una diferencia entre estas dos victorias. Nestorio era un militante antialejandrino, que había ofendido a muchos cristianos negándose a llamar Theotokos a la Virgen María. Flaviano no era teólogo beligerante, sino meramente presidente del sínodo que había degradado a Eutiquio. Sin tener en cuenta estos hechos, Dióscoro declaró hereje a Flaviano y, sin darle oportunidad para defenderse, obligó al Concilio a que aprobase esta arbitraria decisión. Tan pronto como se hubo realizado esto, la multitud de monjes y marineros de Alejandría, a quienes Dióscoro había traído a Efeso, invadieron la iglesia donde se celebraban las sesiones del sínodo. En vano trató el Patriarca de salvar su vida acogiéndose al altar. Fue sacado a rastras por los excitados egipcios y maltratado tan duramente, que murió al cabo de tres días. El asesinato público de un prelado inocente, con la aprobación de los obispos rivales, fue el precio que pagó el episcopado por no protestar contra la deportación de los dos obispos que habían diferido de la mayoría en Nicea, en el año 325.

Este II Concilio de Efeso terminó con una solemne declaración acerca de que la ortodoxia nicena era la regla de fe únicamente verdadera y que todo aquel que se atreviese a desviarse de ella merecía un severísimo castigo. Las escenas finales del Concilio manifestaron el gozo de los vencedores que gritaron entusiásticamente: "Los que contradicen a Dióscoro blasfeman contra Dios. Dios ha hablado por medio de nuestro Patriarca; el Espíritu Santo le ha inspirado. Todos los que guardan silencio son herejes"18. Flaviano no fue la única víctima; otros representantes de la escuela de Antioquía, incluyendo a Dominus, patriarca de esa ciudad, fueron también privados de sus cargos y desterrados.

La violencia mostrada en Efeso y la muerte de Flaviano a manos de los seguidores de Dióscoro conmovieron a todos los cristianos. Estaban acostumbrados al castigo de los herejes, pero no al asesinato de los patriarcas en las asambleas episcopales. No obstante, mientras reinó Teodosio, no se suscitó ninguna oposición al Concilio. En el año 450 murió Teodosio y le sucedió su hermana Pulqueria, que revocó su política eclesiástica. Fue ejecutado Crisafio y se ordenó la convocatoria de otro Concilio, al objeto de revisar los irregulares procedimientos de su predecesor.

 

El Cuarto Concilio Ecuménico (451).

Proyectado originalmente para Nicea, el nuevo sínodo se celebró en octubre del año 451 en Calcedonia, suburbio de Constantinopla. Sus dirigentes fueron los legados papales, que trajeron consigo El Tomo, una carta compuesta por el papa León el Grande (441-61) y dirigida a Flaviano. Este trascendental documento definía a Cristo como persona poseedora de dos naturalezas, fórmula explícitamente repudiada por Dióscoro y sus seguidores. El Tomo de León incorporaba la teología corriente de la Iglesia occidental. Su terminología era más precisa, pues las palabras utilizadas por los cristianos latinos, persona, substantia, natura, carecían de la complejidad y riqueza de significado de los equivalentes griegos, prosopon hypostasis, ousía, physis.

El Concilio de Calcedonia revocó las decisiones tomadas en Efeso: Dióscoro fue degradado; Teodoredo, junto con otros miembros de la escuela de Antioquía, fue justificado, pero a condición de que condenase a Nestorio. Los miembros del Concilio declararon que San Pedro hablaba por medio de León, y que todos se hallaban de acuerdo con su enseñanza. Estaban presentes más de quinientos obispos, y el IV Concilio fue el mayor de todos los sínodos ecuménicos. El Episcopado oriental tan sólo pensaba limitarse a reparar las injusticias cometidas en Efeso, pero los representantes imperiales les exhortaron a redactar una declaración doctrinal que, de una vez para siempre, terminase con la disputa relativa a una o dos naturalezas en Cristo. Entre los obispos hubo poco entusiasmo para cumplir este ruego; pero, bajo la fuerte presión del gobierno, se estableció una comisión que compuso la famosa definición calcedónica. Pretendía salvaguardar el misterio de la Encarnación mediante cuatro negativas, sin intentar explicarlo de una manera racional. Manifiesta que las dos naturalezas de Cristo están unidas sin absorción, sin mezcla, sin división y sin separación. Esta fórmula era una componenda a la vista de tres distintos tipos de terminología, utilizados en Roma, Alejandría y Antioquía. Se puede decir que la fórmula calcedónica expresa la tradición griega que mantuvo el equilibrio entre los extremos de las interpretaciones occidentales y orientales de la Encarnación. El Concilio terminó con júbilo universal y fuertes declaraciones de unanimidad lograda. Pero había señales de otra tormenta en el encuentro entre los obispos y los monjes sirios, dirigidos por el asceta Barsumas. Se intercambiaron palabras de cólera y acusaciones salvajes, y algunos obispos gritaron a los monjes: "Abajo Barsumas, el asesino. Que le lleven al anfiteatro y le arrojen a las fieras." Los gritos que habían acompañado al martirio de tantos cristianos eran ahora repetidos por los cristianos contra sus hermanos de religión por la simple razón de que preferían una expresión teológica a otra.

Tan pronto como terminó el Concilio de Calcedonia, el emperador Marciano (450-457), marido nominal de la anciana Pulqueria, publicó una severa orden, dirigida a todos los cristianos, para que aceptasen la decisión del sínodo y dejasen la discusión de los temas de controversia. El Imperio esperaba conseguir la paz dentro de la Iglesia haciendo obligatoria la definición de Calcedonia. Este prematuro intento de uniformidad obligatoria se efectuó muy a destiempo. Los cristianos no estaban todavía dispuestos a aceptar una expresión teológica como universalmente válida: las pasiones se encontraban en esferas demasiado altas. Habría sido más prudente aplazar la imposición de la fórmula calcedónica, pero, una vez que la hubo aprobado el Concilio, el Estado se sintió obligado a imponerla a todos los cristianos, con trágicas consecuencias para las Iglesias orientales.

 

El Cisma Calcedonico.

En respuesta a esta orden imperial de sumisión a Calcedonia, los monjes sirios de Jerusalén iniciaron una rebelión dirigida por el asceta Teodosio. El asesinato y el incendio premeditado acompañaron a esta protesta. Unicamente después de una batalla regular con los monjes armados, las tropas imperiales restauraron el orden en Palestina. Similares revueltas sanguinarias ocurrieron en otras partes, la peor de todas en Egipto. Hacía largo tiempo que los habitantes del Nilo consideraban a los patriarcas de Alejandría como sus monarcas, en favorable contraste con la autoridad imperial que representaban los gobernadores civiles enviados desde Constantinopla. El destierro de Dióscoro fue considerado como una humillación nacional y, con singular unanimidad, todo el país rechazó a Calcedonia, declarando su adhesión a la fórmula de "una naturaleza" asociada con el nombre de San Cirilo y aprobada por el II Concilio de Efeso.

La disputa cristológica adquirió un nuevo color. La defensa del monofisismo se asoció en Egipto con la oposición a un gobierno extranjero. Se aceptó "una naturaleza" como credo nacional en obsequio de la resistencia de Egipto a la opresión imperial. Las autoridades civiles vieron el peligro y trataron de reducir la tensión nombrando como patriarca a Proterio (452-457), que pertenecía a la escuela de Dióscoro. Pero le rechazó incluso el populacho como nómino imperial. En el año 457 murió el emperador Marciano; su muerte fue la señal de un levantamiento general en Alejandría. Expulsaron a Proterio, y Timoteo, de apodo el Gato (Aelure, 457-477), vino a ser patriarca elegido y consagrado. Se hallaba lejos de ser extremista en teología, pues repudiaba a Eutiquio. No obstante, representaba a la Iglesia de Egipto, que era monofisista, y su primer acto fue repudiar a Calcedonia y excomulgar a León de Roma y a Anatolio de Constantinopla.

A pesar de esta atrevida acción, retuvo su sede, pues el gobierno imperial se vio frustrado por la obstinada oposición de los egipcios, y los sucesores de Marciano desistieron, de momento, de sus intentos de imponer por la fuerza la definición calcedónica a los cristianos orientales. Buscaron una componenda; un sistema sumamente ingenioso fue patrocinado por el emperador Zenón (476-491), que, por consejo de su enérgico patriarca Acacio (471-489), propuso una pacificación general eliminando de los debates teológicos el explosivo término "naturaleza." Zenón publicó un documento llamado Henoticon o Instrumento de Unión (482). Su contenido doctrinal era ortodoxo, pero no mencionaba a Calcedonia. Al mismo tiempo repudiaba las dos alas extremas de las partes contendientes condenando a Eutiquio y a Nestorio. La mayoría de los obispos orientales se sintieron satisfechos por esta solución temporal y firmaron el Henoticon. Incluso lo aceptó el patriarca monofisista de Alejandría, Pedro Mongas (El Tartamudo) (477-490). Sin embargo, terminó con esta paz el papa Félix III (483-492), que, en el año 484, excomulgó a Acacio por su intento de evitar el uso de la definición calcedónica. Esta acción animó a todos los oponentes de la reconciliación, y el Henoticon fue finalmente repudiado con igual ardor tanto por los adictos como por los críticos del IV Concilio. Siempre que el partido central, representado por Constantinopla, satisfacía las demandas de los monofisistas, incurría en excomuniones de Roma; siempre que hacía las paces con Occidente, era violentamente atacado por los egipcios. Tal era el dilema con que se enfrentaba el destacado gobernante de este período, Justiniano I, que no escatimó esfuerzos para resolver la disputa monofisita.

 

Justiniano I y su Politica Eclesiástica (527-65).

Justiniano fue uno de los más notables sucesores de Constantino. Su magnífico retrato en San Vitale de Rávena sugiere una persona de dominante personalidad (lám. 20). Puede ser descrito como tipo ideal de soberano bizantino, consagrado al deber, poseído de abundante energía, insigne constructor de ciudades, fortalezas, puentes e iglesias, y famoso como codificador del Derecho Canónico. Tenía profundos convencimientos religiosos, era sobrio, incluso ascético. En sus magníficos palacios, rodeados de un elaborado ritual, no bebía vino, comía poco, dormía en lecho de madera. Su principal interés era la teología, y nada le producía mayor satisfacción que pasar el tiempo en su biblioteca, estudiando los escritos de los Padres y discutiendo temas doctrinales con obispos y monjes. En el ejercicio de sus deberes imperiales le ayudaba grandemente su capacitada esposa, Teodora (muerta en el 548) (lám. 21), mujer de origen humilde (su padre fue domador de osos en un circo). Llevaba el peso del gobierno con dignidad e imaginación y compartía la pasión de su marido por la teología y la discusión doctrinal.

La dotada pareja tenía grandes ambiciones: emprendieron un grandioso plan para restaurar el Imperio a su anterior gloria y para traer la paz y la concordia a la Iglesia. Su extraordinaria energía y dedicación consiguieron espectaculares resultados: los bárbaros fueron expulsados de Africa del Norte y de Italia; se restauró el Imperio occidental; la mayoría de los cristianos aceptaron el Concilio de Constantinopla (el V Sínodo Ecuménico del año 553); y ese milagro de perfección arquitectónica, la Catedral de la Divina Sabiduría (láms. 1 y 2), se elevó a orillas del Cuerno de Oro, coronando su largo y arduo reinado. Pero estas victorias fueron demasiado forzadas para ser permanentes: las conquistas en Occidente agotaron la fuerza militar del Imperio y fueron simplemente un freno temporal para el avance bárbaro; la unidad eclesiástica, cimentada por un uso liberal de la intimidación, resultó ilusoria. En realidad, Justiniano causó daños irreparables, pues sus persistentes esfuerzos por conseguir una forzada reconciliación entre los calcedonios y los anticalcedonios tuvieron como resultado su separación definitiva.

Su política eclesiástica se basa en dos principios: que la seguridad y prosperidad del Estado dependían de la ortodoxia de la fe que confesaban el soberano y su pueblo, y que el supremo deber del emperador era salvaguardar la integridad de la Iglesia y la pureza de su enseñanza. En el prefacio de su Sexta Novela (535) escribió: "Hay dos principales dones que concede Dios a los hombres: el sacerdocio y la autoridad imperial (sacerdotium et imperium). De éstos, el primero se ve relacionado con las cosas divinas; el segundo, con los asuntos humanos. Procediendo de la misma fuente, ambos adornan la vida humana. Nada es de mayor importancia para los emperadores que el apoyo a la dignidad del sacerdocio, para que a su vez los sacerdotes rueguen a Dios por ellos. Por lo tanto, nos interesa muchísimo mantener las verdaderas doctrinas, inspiradas por Dios, y honrar a los sacerdotes. Se conseguirá la prosperidad del reino si universalmente se obedecen los sagrados cánones de los Apóstoles, conservados y explicados por los Santos Padres."

A causa de esta creencia, Justiniano intervino en la vida de la Iglesia y compuso uno tras otro planes de reconciliación. Se consideraba uno de los principales teólogos de su época y redactó varias declaraciones doctrinales que trató de imponer a los miembros de la Iglesia. Su convencimiento de que el emperador era responsable ante Dios de la ortodoxia de sus súbditos convirtió a Justiniano en un despiadado perseguidor de judíos, samaritanos, paganos y herejes; degradó, desterró y encarceló a los obispos y sacerdotes que se atrevían a rechazar sus propuestas doctrinales. Sus predecesores imperiales se contentaron con apoyar a uno u otro partido episcopal; pero Justiniano fue todavía más lejos; elaboró sus propias fórmulas teológicas y las impuso a la comunidad cristiana. Dirigió sus esfuerzos a buscar modos de reconciliar el cuerpo principal de los anticalcedonios, acaudillados por Severo, patriarca de Antioquía (muerto en el año 538), con los partidarios del IV Concilio Ecuménico.

Justiniano y Teodora, no clasificaron nunca a los monofisistas con los herejes, y consideraron que su disputa con los calcedonios era una división dentro de la Iglesia católica. Entre los muchos intentos de edificar un puente para salvar el abismo, el más importante se conoce por el nombre de Los Tres Capítulos. En este caso la censura se dirigió contra tres eminentes teólogos sirios orientales de la escuela de Antioquía; éstos eran justificados por el Concilio de Calcedonia y severamente criticados por los monofisistas. Eran Teodoro de Mopsuestia (muerto en el año 428), padre de Nestorio; Teodoro de Ciro (muerto en el año 458) e Ibas de Edesa (muerto en el año 457). En el año 543, Justiniano publicó un edicto dogmático condenando los escritos de estos teólogos, muertos en paz con la Iglesia católica y altamente venerados por los sirios orientales tanto dentro del Imperio bizantino como fuera de sus fronteras, en Persia, Asia central y la India. Esta orden imperial fue impopular entre los calcedonios y tuvo una fuerte resistencia en Occidente. Pero Justiniano estaba decidido a que todos los obispos aceptasen su condenación. Después de una prolongada lucha con la oposición, convocó un sínodo en Constantinopla en el año 553, que aprobó este decreto. El papa Virgilio (538-555), a quien trajeron a Constantinopla y era virtualmente prisionero de Justiniano, se resistió al principio al Emperador, pero finalmente abandonó la desigual contienda y firmó las actas del sínodo. A muchos cristianos les inquietó la novedad de esta censura dirigida contra los muertos, que habían sido reverenciados durante su vida por su piedad y erudición.

El celo del Emperador, su uso de la intimidación y su desabrido tratamiento del Papa no produjeron el resultado apetecido. No se impresionaron los monofisistas: sólo la repulsa de Calcedonia les podía poner de nuevo en comunión con Roma y Constantinopla; pero Justiniano no estaba dispuesto a hacer esta concesión final.

En Occidente, especialmente en Africa del Norte, Italia septentrional e Iliria, los decretos del Concilio de Constantinopla fueron recibidos con hostilidad, y durante algún tiempo existió un cisma entre Roma, donde se reconocía el Concilio del año 553, y otras Iglesias occidentales, que lo repudiaban.

Los sucesores de Justiniano, Justino II (565-578), Tiberio II (578-582) y Mauricio (582-592), alternaron entre la represión y la tolerancia de la oposición anticalcedónica, e igualmente fracasaron todos en sus esfuerzos de reconciliar a las partes contendientes. Mientras tanto, un destacado eclesiástico llamado Jacobo Baradeo (muerto en el año 538), disfrazado de mendigo, viajaba por todas las provincias asiáticas del Imperio, consagrando obispos y ordenando sacerdotes para los monofisistas. Fue perseguido por el poder secular, pero siempre se las arregló para escapar, y consiguió ordenar dos patriarcas, veintisiete obispos y millares de sacerdotes y diáconos. Debido a su ingenuidad y energía, cobró existencia en Siria y Palestina un cuerpo clerical paralelo al reconocido por el Imperio. Los obispos ordenados por Jacobo llevaban los mismos títulos que los jerarcas calcedonios, y se conocían por el nombre de jacobitas.

Otro destacado anticalcedonio fue un monje egipcio llamado Pedro. Los adversarios de la Iglesia imperial le ordenaron obispo secretamente en el año 575 y tomó el título de patriarca de Alejandría. Ordenó enseguida a más de setenta obispos y así construyó los cimientos de una organización eclesiástica independiente en Egipto. Unicamente los funcionarios del Estado y la minoría griega permanecieron bajo la jurisdicción de la jerarquía oficial, que recibió el apodo de Melquitas (hombres del rey) por parte de la población indígena, que permanecía sólidamente al lado de San Cirilo y su condenado sucesor, Dióscoro.

A finales del siglo VI se perdió irreparablemente la unidad de los cristianos orientales. Los patriarcas de Constantinopla y la mayoría de los griegos habían aceptado la fórmula calcedónica; Egipto la había rechazado. Siria, Palestina y el resto de las provincias asiáticas se dividieron en las facciones calcedónica y anticalcedónica, que se hallaban identificadas con las comunidades griega y de lengua siríaca. Los cristianos de Armenia ignoraban a Calcedonia. Los cristianos del Imperio persa se negaban a reconocer el Concilio de Efeso y eran considerados como nestorianos por los ortodoxos. Apoyaban la teología que condenó el V Concilio Ecuménico. Sólo Constantinopla permanecía en comunión con Occidente. El resto de Oriente era hostil a Roma y el último lazo de unidad entre estos cristianos no bizantinos era el hecho de haber cortado sus relaciones fraternales con los cristianos de lengua latina.

 

La Definición de Calcedonia y la Separación de las Iglesias Orientales.

La historia del cisma monofisista y las consecuencias desintegradoras del Concilio de Calcedonia suscitan un número de desconcertantes problemas, cuya solución es vital para un entendimiento de la religión cristiana. Por ejemplo, ¿cómo fue posible que un Concilio convocado para remediar la injusticia cometida por su predecesor y al que asistieron más de quinientos obispos, un sínodo que legítimamente afirmaba ser el más representativo de las asambleas ecuménicas, provocase tal odio entre los cristianos, que llegó a originar guerras civiles? ¿Cómo pudo convertirse en bloque impenetrable para la unidad y la concordia una asamblea eclesiástica que, en su sesión final, había ostentado tan gran entusiasmo y unanimidad? ¿Por qué terminaron en fracaso completo los persistentes esfuerzos de reconciliación que hicieron unos emperadores auténticamente devotos, apoyados por algunos de los mejores teólogos? La parte más desconcertante de este severo conflicto es la moderación de la fórmula doctrinal que se desarrolló en Calcedonia, deliberadamente redactada en términos negativos para evitar el peligro de una inadecuada definición del misterio de la Encarnación.

A primera vista hay algo inexplicable en la apasionada cualidad del debate y en los innumerables actos de violencia cometidos por ambas partes durante la controversia cristológica. Los calcedonios y los anticalcedonios profesaban la misma religión, repetían el mismo credo, citaban a menudo a los mismos Padres de la Iglesia, adoraban a Dios de una manera similar, y se adherían a la jerarquía apostólica; y, sin embargo, luchaban tan ferozmente unos contra otros, que muchos preferían el destierro e incluso la muerte a entrar en comunión con sus hermanos de religión, y se hallaban tan encolerizados, que quemaban las iglesias y profanaban los sacramentos rivales. Se difundió tanto esta animosidad, que, cuando los mahometanos invadieron el Imperio, los monofisistas les recibieron como a libertadores y abrieron las puertas de sus ciudades a estos enemigos del cristianismo. Y, no obstante, si examinamos el punto de discusión entre las dos partes -la una o las dos naturalezas de Cristo-, tropezamos con distinciones tan sutiles, que sólo son perceptibles a un teólogo documentado.

Al estudiar el cisma, el punto que se ha de acentuar es el hecho de que la lucha no era entre la ortodoxia y la herejía (como ocurrió durante las disputas gnósticas en los siglos II y III, o durante la controversia arriana en el siglo IV), sino entre dos tradiciones reconocidas que representaban a escuelas de pensamiento igualmente venerables y antiguas. El conflicto calcedónico fue una auténtica tragedia, pues sus actores eran todos ortodoxos, de sinceros convencimientos, profundamente dedicados a la Iglesia, y, sin embargo, incapaces de reconocerse unos a otros como miembros del mismo cuerpo. Una de las causas de tal ceguera fue la agresiva intervención del Imperio. Fue el Estado el que formó a los maldispuestos miembros del Concilio Calcedonio a componer su definición doctrinal de las dos naturalezas. Fue el Estado el que impuso la fórmula a los obstinados cristianos egipcios y orientales. Fue el Estado el que, desterrando y encarcelando a los jefes de la oposición, les hizo tan beligerantes y tan crueles. Fue también el Estado el que, presionando en favor de sus propios candidatos, provocó las ordenaciones clandestinas de hombres locales, y creó así jerarquías paralelas y antagónicas.

Los peligros de la intervención estatal se incrementaron por la condición interna de la Iglesia, que se veía afectada por dos tendencias opuestas: el deseo de una mayor uniformidad y la difusión de un nacionalismo virulento.

 

El Cristianismo y el Nacionalismo.

Por la época en que la levadura del cristianismo empezaba a despertar al mundo oriental, la administración imperial había impuesto con éxito una civilización cosmopolita a la mayoría de los pueblos vasallos. Se hallaba helenizada la población de las ciudades, la lengua griega se utilizaba universalmente, las otras lenguas antiguas se hallaban reducidas al nivel de dialectos hablados por rústicos sin cultura. Unicamente los judíos se habían resistido a este proceso de asimilación y retenían sus propios caracteres y escrituras sagradas, pero incluso éstos utilizaban cada vez más el griego en las sinagogas de la Diáspora. Pueblos y razas se mezclaban libremente en el armazón del Estado universal, olvidando su propia exclusividad. Se derrumbaban las barreras nacionales, y los recuerdos y leyendas del pasado se conservaban principalmente entre las comunidades más atrasadas.

En los primeros días, el cristianismo representaba un estado final de este desarrollo cosmopolita, pues admitía a todo el mundo y acentuaba la igualdad de todos, independientemente de la raza u origen social. Sin embargo, cuando pasó de ciudad a país y más allá de los límites del Imperio, penetrando en las regiones bárbaras, empezó a producir efectos contrarios. Despertó la conciencia nacional de los pueblos y creó un sentido de vocación especial.

Una persona madura y espiritualmente despierta no es sólo un individuo plenamente desarrollado, sino también un representante articulado de su raza y cultura. El cristianismo no igualó a sus conversos, sino que descubrió potencialidades peculiares de cada nación. No obstante, este proceso de autoconciencia chocaba con el sentido de universalidad eclesiástica, y la tensión que crearon estos principios, aparentemente opuestos, causó conflictos y luchas dentro de la comunidad cristiana.

En el Oriente, la Iglesia creció con rapidez durante el transcurso de los siglos IV y V. Prácticamente toda la población plurinacional del Imperio se hizo cristiana, al menos de nombre. La legislación antipagana de Justiniano introdujo en el redil de la Iglesia una masa de personas mal instruidas e indisciplinadas. Les animaba la nueva religión; el despertar del nacionalismo fue una de las consecuencias de su bautismo, pero el sentido de hermandad con los cristianos de lengua y temperamento diferentes se hallaba todavía más allá de muchos de estos nuevos conversos. La Iglesia, que siempre había sido una comunidad supranacional, reconocía la igualdad de todos sus grupos nacionales. Mientras se reconocieron como legítimas las características locales de culto y enseñanza, se retuvo la unidad; pero con el incremento de la presión estatal y con la estrategia política que aspiraba a la uniformidad, (unidad de concepción como base para la unidad de acción) y acompañada del temor de divergencia entre los propios cristianos, la variedad de tradiciones nacionales se convirtió en un explosivo que conmovió toda la estructura de la Iglesia católica, acentuado este proceso por la carencia de un liderazgo participativo que proviniera del Poder Político, que se basara en el respeto por las manifestaciones religiosas y socioculturales locales y no en una autoridad basada en el mandar y en el obedecer — amparado o justificado en un designio divino —, como si fuese el único y último parámetro salvador y conciliador de las estructuras sociales emergentes.

La reacción de los fenómenos locales ante la falta de comprensión y tolerancia por el Poder Político fue su única respuesta.

La igualdad como principio cristiano básico del aglutinamiento cosmopolita, se transformó bajo el mismo Dios en una competencia desigual de estructuras eclesiales, que rivalizaban entre sí desconociendo el mandato de humildad, perdón y de amor que había sido manifestado por Cristo para lograr la unidad entre los hermanos en la fe.

La idea de Dios como un Regidor severo que requería de sus fieles una estricta adhesión a las formas prescritas, y que sólo aprobaba una fórmula doctrinal, y a quien encolerizaban los que utilizaban otra expresión verbal de la misma fe, adquirió ascendencia entre muchos cristianos. Era especialmente popular entre los monjes que fueron adiestrados para obedecer reglas cuidadosamente redactadas por sus superiores. Se hacía gradualmente mayor el abismo entre éstos y el clero parroquial. Aun cuando otros cristianos se hallaban dispuestos a la reconciliación, los ascetas se negaban a hacer las paces. Aunque se suponía que eran hombres que se habían despreocupado del mundo, fueron los más activos portadores del nacionalismo, y su temperamento militante fue un obstáculo irresistible para la paz. El ideal de uniformidad, mezclado con el nacionalismo, condujo inevitablemente al sectarismo y al cisma. Los egipcios afirmaban que su confesión de fe era la única aceptable para Dios; los romanos insistían en que eran ellos los que tenían la prerrogativa especial de ser guardianes de la ortodoxia; los griegos confiaban igualmente en su superioridad. Sin embargo, todos se daban cuenta de que la unidad era una. de las condiciones indispensables de su religión, y de aquí nacieron esos desesperados esfuerzos por conservarla, que se vieron frustrados por su. determinación de hacer las paces únicamente bajo sus propios términos. El conflicto cristológico se convirtió en lucha entre los nacionalismos de Egipto y Siria y la autoridad centralizada del Imperio. Se transformó en un movimiento masivo que ya no podían suavizar los argumentos y acuerdos teológicos.

La repulsa de la fórmula calcedónica se utilizó como estandarte bajo el cual unieron sus filas los que se rebelaban contra Constantinopla. El nacionalismo que se despertó en Egipto, en Siria y en otras partes del Imperio no tuvo un canal normal de expresión. Habían fenecido sus viejas dinastías nativas, estaba dormida la aspiración de independencia política; . la única forma de autodeterminación que se ofrecía al pueblo se hallaba en la esfera de la política eclesiástica. El prestigio del obispo dirigente, la victoria teológica de sus jefes nativos, eran manifestaciones de una creciente oposición a las órdenes imperiales. Ni los políticos, ni los generales, ni los atletas eran los héroes de las naciones súbditas, sino los obispos y los teólogos. Se utilizaban fórmulas teológicas rivales como armas para combatir contra los cristianos cuya lengua y modo de ver diferían de los propios.

La confusión y la severidad se incrementaron grandemente por el hecho de que ninguna de las partes contendientes se daba cuenta de la importancia del elemento nacional en sus disputas. Estaban convencidos de que el único punto importante era una correcta definición de la fe ortodoxa, y consideraban a sus oponentes no como nacionalistas que buscaban expresión propia, sino como herejes peligrosos, desfigurando adrede la verdad evangélica y exponiéndose al siniestro dominio de las potencias tenebrosas. Tal ceguera con respecto a los verdaderos puntos debatidos frustró, desde el principio, todos los esfuerzos de reconciliación.

El nacionalismo ignorado oficialmente por la Iglesia, estalló en la horrible forma de chauvinismo religioso. Los cristianos de Egipto y Asia, que habían dado tantos mártires, santos y ascetas a la cristiandad, fueron sus principales víctimas. El odio a los extranjeros condujo a exageraciones doctrinales y finalmente a tan gran intolerancia, que tuvo como resultado un permanente cisma. Como ya mencionamos, sólo la revivificación de la autonomía local hubiera podido conservar la unidad de la Iglesia. Pero ni el Imperio ni la mayoría de los jerarcas eclesiásticos estaban dispuestos a tales concesiones. Preferían una uniformidad forzada, con su inevitable consecuencia de rebelión. A los cristianos se les forzaba de continuo hacia una posición en que el precio de la unidad era la desaparición de la iniciativa local y de la tradición. Su elección radicaba entre la sumisión a la dictadura estatal o el cisma, con el resultado de que muchos se mostraron en favor del cisma.

 

El Cristianismo Fuera del Imperio Bizantino.

La nueva conciencia nacional que surgía de la creencia en la Encarnación produjo resultados casi opuestos fuera y dentro del Imperio. Desintegró el Estado bizantino, pero consolidó a las naciones independientes del Oriente y les dio estabilidad y vigor. La primera nación que se identificó con la religión de la Encarnación fue Armenia. En el año 301, el rey Tiridates III (261-314) proclamó que el cristianismo era la fe de su pueblo. Mediante este acto levantó una permanente barrera contra los persas, sus poderosos vecinos, que eran fervientes zoroástricos.

El Rey fue convertido por San Gregorio Loosavorich (San Gregorio el Iluminador, muerto en el año 325), que también pertenecía a la familia real, pero durante largo tiempo fue perseguido por Tiridates y pasó más de quince años en prisión. En el año 302, fue ordenado obispo San Gregorio.En el 303, fundó el Etchmiadzin, que hasta la fecha es la residencia del Catholicos, jefe de la Iglesia de Armenia. La conversión en masa de los armenios, que no sabían ni griego ni siríaco, las dos lenguas en que, por aquel entonces, circulaban en Asia las Sagradas Escrituras, creó el problema de la traducción. Dos héroes de la historia armenia ejecutaron con éxito esta tarea: el obispo San Sahak I (387-439) y San Mestop Mashthotz (354-440), antiguo secretario del rey y hombre de extraordinaria erudición. No sólo tradujeron al armenio las Sagradas Escrituras, sino que también inventaron un alfabeto especial para su pueblo, que se compone de treinta y seis caracteres que se adaptaban excelentemente a los sonidos de su lengua. Los armenios cobraron existencia como nación después de unirse a la Iglesia cristiana. Su literatura y su cultura datan de aquella época. Su lealtad a Jesucristo se convirtió en una señal que los distinguía de sus vecinos no cristianos, y la retuvieron a través de todas las pruebas de su tempestuosa historia.

Una conversión similar tuvo lugar casi simultáneamente entre los georgianos, que habitaban la región suroeste del Cáucaso. El apóstol de Georgia fue una esclava, Nina (muerta en el año 335). Su inusitada personalidad, su ardiente fe y su don de curación impresionaron tanto al rey Merian y a la reina Nana, que llegaron a bautizarse, y, en el año 330, adoptaron el cristianismo como religión de su pueblo. Más tarde, la Iglesia georgiana adquirió también su propio alfabeto y tradujo la Biblia y los libros de culto a su propia lengua. Los georgianos han sido siempre los firmes aliados del Imperio bizantino, y así conservaron su eslabón con la Iglesia de Constantinopla. Los armenios siguieron la misma política, pero no tuvieron representantes en el Concilio de Calcedonia, pues se hallaban empeñados entonces en una guerra devastadora contra el invasor persa. En el año 491, el sínodo de Valarshapet repudió la definición calcedonia y los armenios suscribieron la fórmula de componenda entre el Concilio Calcedonio y el anticalcedonio, el Henoticon del emperador Zenón. Por consiguiente, su Iglesia se vio tildada de hereje y monofisista por los teólogos bizantinos. Los varios intentos de reconciliación entre Constantinopla y el Etchmiadzin que se hicieron en el siglo VI y también en el siglo X jamás llegaron a tener éxito, debido principalmente al desasosiego político de la época.

A mediados del siglo IV el cristianismo penetró en Etiopía. El primer obispo, San Frumencio, fue ordenado por San Atanasio en el año 350. En el siglo VI se tradujo la Biblia al ghiez, que es todavía el idioma litúrgico de la Iglesia, aunque ya no lo entienda el pueblo. Los etíopes, como los coptos y los sirios, repudian el Concilio Calcedonio y son monofisistas.

Los orígenes del cristianismo en la India y Ceilán suscitan los problemas de mayor controversia. Según la firme creencia de los cristianos indios, su Iglesia fue instituida por el apóstol Tomás, que murió martirizado en su país; esto fue cerca del año 72. La carencia de documentos fidedignos no nos permite confirmar tal tradición histórica, pero un número de pruebas indirectas sugieren que se basa en la verdad. No se sabe más de la historia primitiva de la Iglesia india hasta el año 345, cuando un grupo de cristianos persas, dirigidos por el comerciante Tomás de Cana y por el obispo José, llegaron a la India huyendo de la persecución en su propio país y reforzaron a los cristianos locales. Hoy los miembros de este grupo forman todavía una comunidad separada y no se mezclan en matrimonio con el resto de los cristianos "de Santo Tomás." Cosmos Indicolpleutes, "El Viajero Indio," que en el año 522 visitó la costa de Malabar, halló en el sur de la India y en Ceilán antiguas y florecientes comunidades*. Por entonces la Iglesia india se hallaba en comunión con las Iglesias de Mesopotamia, pero no tenía contacto con los principales centros de la cristiandad.

Los indios, en contraste con los otros cristianos orientales, no tradujeron las escrituras y los cultos a su propia lengua, sino que utilizaron hasta el siglo XIX la versión siríaca. Esta deficiencia, combinada con el sistema de castas, impidió el crecimiento del cristianismo en su país, y la Iglesia ortodoxa de Malabar ha continuado siendo una comunidad restringida, limitada a los que hablan el malayalam, que pertenecen a las castas superiores. En Ceilán feneció la Iglesia ortodoxa, y los misioneros occidentales reintrodujeron allí el cristianismo.

La Iglesia padeció las pruebas más duras en el Imperio persa. El cristianismo había penetrado allí en el siglo I, pero no encontró condiciones favorables entre los iranios. Los cristianos trabajaron en Persia con gran desventaja: sus escrituras y su literatura se hallaban escritas en siríaco, lengua desconocida para los habitantes; y la despótica monarquía oriental no se cuidó de proteger a sus ciudadanos como el Estado romano. La religión zoroástrica que patrocinaban los reyes persas se mostró más intolerante con respecto a la nueva fe que el paganismo helenizado de Roma. A pesar de todos estos obstáculos, la fe cristiana consiguió un número de conversos, muchos de los cuales fueron martirizados.

 

* Cosmos, será autor de una Cosmografía hoy perdida. No obstante, sus ideas fundamentales nos han llegado a través de su Ai g u h q i o n m o n a c o d c r u s J i a n i xe V o h o g r a j i a que ha llegado hasta nosotros.

 

La paz que logró Constantino entre la Iglesia y el Estado complicó todavía más la posición cristiana en el Imperio persa; por medio de sus gobernantes, los cristianos estaban identificados con Roma, el principal enemigo de su país. Durante cuarenta años fueron ferozmente perseguidos, pero, en el 383, Shapur III (383-388) revocó la política de sus predecesores y estableció relaciones amistosas con Constantinopla. Permitió que los cristianos extendieran su obra misionera, que llevó el mensaje del Evangelio a los más remotos confines del Imperio persa.

El período de paz no duró mucho tiempo, y para evitar la amenaza de que constantemente les acusaran de conspirar con Bizancio en contra de sus propios gobernantes, los cristianos de Persia decidieron romper con los griegos. En el año 480, acaudillados por el metropolitano Barsuma (457-484), proclamaron su independencia basándose en que la verdadera fe, que identificaban con la escuela teológica de Antioquía, se veía coartada por sus vecinos bizantinos. Por consiguiente, los griegos calificaron de nestorianos a los cristianos persas, y se suspendieron todos los contactos. Nizibis se convirtió en centro de erudición para los persas, y durante varios siglos formaron allí a sus teólogos y doctores. El siglo VI fue una época de intensa actividad misionera en la Iglesia persa. Se fundaron obispados en Merv, Herat, Samarcanda y otros puntos situados más hacia el este. El Asia central y el Afganistán se vieron llenos de comunidades cristianas. Algunos de estos misioneros persas fueron a Occidente, y uno de ellos, Iván, dirigió sus trabajos apostólicos en San Ivo (Cornualles).

Así, pues, con respecto a los vecinos orientales del Imperio romano, la predicación evangélica ayudó a algunos de ellos a convertirse en naciones articuladas con cultura y literatura propias; a otros, el cristianismo les trajo persecución y pruebas, lo cual impidió que la Iglesia se transformara en factor consolidador de la vida de estos pueblos. El cristianismo actuó como factor estimulante y perturbador por todo el Oriente, convirtiendo en personas maduras a sus conversos y distinguiéndoles del resto de la población por medio de su empresa, su mejor educación y su sentido de responsabilidad. Así, en el curso de los seis primeros siglos de su historia, el cristianismo se difundió por una considerable parte de Asia y penetró en Etiopía. Sin embargo, no tuvo éxito entre los habitantes más primitivos del Africa tropical y encontró poca aceptación entre los budistas y los indostanos.

 

Roma y el Oriente Cristiano.

Para los cristianos orientales constituyeron un problema especial sus relaciones con Italia, Africa del Norte y la Galia, que consideraban al papa de Roma como su obispo dirigente. Desde la época de la reconciliación entre la Iglesia y el Imperio, la organización de la comunidad cristiana tendió cada vez más a seguir la pauta de la administración imperial, y los obispos de las ciudades mayores recibieron el título de metropolitano y una autoridad sobre sus vecinos episcopales. A mediados del siglo V, a cinco metropolitanos se les dio una autoridad todavía mayor y se les denominó patriarcas. El primero de ellos fue el papa de Roma, cuya jurisdicción se extendió por toda la mitad occidental del Imperio y por una considerable parte de los Balcanes (Iliria).

El segundo lugar perteneció al patriarca ecuménico de Constantinopla, el arzobispo de la Nueva Roma, que supervisaba a treinta y nueve distritos metropolitanos, con unos cuatrocientos obispos diocesanos. Dominaba las provincias de Tracia, Ponto y Asia. El papa de Alejandría fue el tercer jerarca y regia en Egipto con sus catorce metropolitanos y ciento catorce obispos. El cuarto, el patriarca de Antioquía, tuvo trece metropolitanos y ciento cuarenta obispos en Siria y Arabia. El quinto, el patriarca de Jerusalén, gobernaba sobre Palestina con sus cinco metropolitanos y cincuenta y nueve obispos. En teoría, los cinco patriarcas eran iguales, y el destino de la Iglesia se hallaba confiado a su quíntuple conducción. En la realidad, sin embargo, la importancia de los patriarcas difería considerablemente, y la rivalidad entre las principales sedes vino a ser uno de los mayores problemas de la vida eclesiástica en el devenir de los siglos V y VI. Al principio, hubo una lucha entre Constantinopla y Alejandría que terminó con la derrota de Egipto. Más tarde surgió un conflicto todavía más grave entre Roma y los patriarcas orientales. Sus raíces radicaban no sólo en el cambio de la posición política de los obispos romanos, a quienes se les consideraba cada vez más como jefes temporales de su pueblo, sino también en la creencia de que los papas se hallaban dotados de prerrogativas especiales, justificando social y políticamente hasta el papel de un episcopado monárquico y esencialmente la homogeneidad de la acción a través de la unidad centralizada de la concepción, bajo el pretexto de mantener la estructura eclesial heredada.

Desde el siglo III, dos emperadores habían regido el Estado romano, supervisando uno la mitad oriental del Imperio, y el otro la mitad occidental. En el año 476 el emperador occidental, Rómulo Augusto (475 -476), fue destronado por Odoacro, un capitán bárbaro, y teóricamente el Imperio se reunificó bajo los emperadores orientales; pero, en realidad, Constantinopla no dominó ya sobre Italia y la Galia. El colapso del Imperio occidental liberó a los papas del dominio imperial, y San León I (440-461) elevó a gran altura el prestigio de su sede, abriendo negociaciones con los bárbaros como portavoz y protector reconocido de toda la población cristiana. Sus demandas, encontraron apoyo en una supuesta donación de Constantino, según la cual el papa Silvestre (314-335) recibió del gran emperador los derechos soberanos sobre las tierras de los alrededores de Roma. En medio del caos y la inseguridad de la vida durante las invasiones bárbaras, los papas adquirieron un aire de estabilidad y poder que reflejaba la gloria de la Ciudad Eterna. Eran los únicos guardianes de una civilización superior, y así, jefes reconocidos de toda la Iglesia occidental. La apelación al Papado vino a ser la mejor defensa para el clero contra el arbitrario gobierno de los caudillos bárbaros. Esta significativa evolución del Papado no afectó al Oriente bizantino, donde el Papa era todavía considerado como el primer metropolitano entre iguales. Los ortodoxos apelaban a menudo a Roma pidiendo a su patriarcado que fuese árbitro imparcial en sus numerosos conflictos, y los papas como gobierno realizaban eficientemente este servicio, pero la idea de que el prelado romano era la cabeza de la Iglesia continuó siendo ajena a la mente ortodoxa, y los cristianos orientales de fuera del Imperio se hallaban todavía menos conscientes del crecimiento del Papado.

Hasta el movimiento iconoclasta del siglo VII no surgió ninguna disputa mayor entre los cuatro patriarcados orientales y su hermano occidental, aunque a menudo se interrumpía entre ellos todo contacto; no obstante, las semillas del futuro conflicto se sembrarían en el siglo V, cuando los papas consiguieron mayor independencia política y al mismo tiempo empezaron a ser considerados en Occidente como sucesores exclusivos de San Pedro.

 

El Monacato Oriental.

Una de las más impresionantes características del cristianismo Oriental después de su reconciliación con el Imperio fue el espectacular crecimiento del monacato que se originó en Egipto. Se considera a San Antonio (251-356), que se retiró al desierto de Nitria alrededor del año 270, iniciador de este movimiento. Su lucha solitaria contra las tentaciones del espíritu y la carne inflamó la imaginación de muchos admiradores que se marcharon hasta su retiro, y un número de ellos comenzó a imitarle en sus austeridades. No disponemos de cifras exactas con respecto al número de monjes egipcios, pero el movimiento adquirió tan grandes dimensiones, que se abandonaron ciudades y pueblos y el desierto se pobló de ascetas, ansiosos de sufrir la más severa mortificación para estar en una más completa comunión con Dios. El entusiasmo popular por este tipo de disciplina cristiana se hizo tan poderoso, que muchos miembros de la Iglesia consideraban que sólo estos eremitas eran los fieles seguidores de Cristo, quienes obedecían sin faltar a sus mandamientos.

A la siguiente etapa en la evolución del movimiento monástico se llegó bajo la dirección de Pacomio (muerto en el año 348). Había experimentado los peligros del aislamiento y para hacerles frente organizó una vida comunal entre los ascetas. Su monasterio tenía varias casas, habitadas cada una por treinta o cuarenta monjes, bajo la supervisión de un experto de mayor edad. El sistema de Pacomio recibió aprobación general y él mismo llegó a ser fundador de nueve monasterios y dos conventos de monjas.

Desde Egipto, el monacato se extendió rápidamente hasta Palestina, Siria, Asia Menor, Greda y Mesopotamia. En todos estos países adquirió características especiales, y, no obstante, retuvo su finalidad original. En Palestina, por ejemplo, los monjes se congregaban en las Lauras, que se componían de aisladas celdas de ermitaños, construidas alrededor de la iglesia y del edificio central que se utilizaba para la enseñanza de los novicios. Los ermitaños se reunían para celebrar los cultos los sábados y los domingos y reconocían como superior al abad elegido. Algunos de ellos, como San Eutimio, San Teodosio y San Sabas, gozaban de una gran reputación por su santidad y sabiduría. A San Sabas se debe la construcción de siete Lauras, incluyendo la Gran Laura.

Fue en Siria donde el ascetismo alcanzó sus formas más extravagantes. San Simeón Estilita (muerto en el 450) pasó treinta años en lo alto de una columna. Ejerció gran influencia sobre la población de los alrededores, y tanto los cristianos como los paganos iban en peregrinación hasta él, en busca de su ayuda espiritual y su consejo. Le imitaron otros estilitas, como San Daniel (muerto en el 489) Y San Simeón el Joven (muerto en el 593). En Capadocia el monacato tomó otra dirección. Bajo el caudillaje de San Basilio el Grande (muerto en el 379), se perfeccionó la vida cenobítica o comunal que inició Pacomio. San Basilio redujo el número de monjes de cada monasterio para que el abad pudiese conocer íntimamente a cada uno de ellos y se cerciorase de que se conservaba el adecuado equilibrio entre la oración y el trabajo, el estudio y el descanso. En sus reglas, San Basilio defendía una forma más moderada de ascetismo y dejó una señal permanente en el desarrollo del monacato oriental. No obstante, sería inexacto llamar "basilianos" a los monjes ortodoxos, como hacen algunos autores occidentales, pues la idea de órdenes religiosas no ha apelado nunca a la mente ortodoxa.

Las disputas cristológicas que causó el Concilio de Calcedonia dividieron en dos el monacato oriental. Las conquistas mahometanas del siglo VII detuvieron el desarrollo de su rama oriental, pero continuó floreciendo entre la clerecía ortodoxa bizantina. Desde el siglo X, el Monte Atos, con sus numerosos monasterios y celdas de ermitaños, se convirtió en el gran centro de la tradición ascética. También Constantinopla, hasta su caída en el 1453, contuvo muchos monasterios y conventos, y en los siglos posteriores el movimiento monástico halló un suelo favorable en Rusia, donde se difundió por todo el país, llegando a las orillas del Océano Pacífico.

Fueron varios los motivos que promovieron el crecimiento del monacato oriental. El principal impulso procedió de las palabras que Cristo dirigió a aquel joven: "Si quieres ser perfecto, ve a vender lo que tienes y dáselo a los pobres"19. Muchos adeptos se unieron a las comunidades monásticas en busca de esta perfección y les animaron los extraordinarios dones de profecía y curación que ostentaban los ascetas, que eran considerados como muestra de aprobación divina con respecto a este tipo de vida.

Indudablemente había otros que deseaban intercambiar los goces transitorios de la vida del mundo y sus múltiples problemas y penalidades por el albergue de una comunidad bien organizada. Pero, aunque el interés personal por la tranquilidad y seguridad desempeñaba a menudo un importante papel, el concepto acerca de la mentalidad del monje oriental sería imperfecto si se interpretara su anhelo de comunión con Dios únicamente en términos de la búsqueda por el individuo de su propia salvación.

El monacato era esencialmente un movimiento corporativo que aspiraba a la realización del nuevo orden cristiano en toda su integridad. Los monjes y las monjas no sólo se deshacían de los lazos y obligaciones familiares, sino que al mismo tiempo contraían nuevos y más estrechos vínculos, compartiendo su trabajo y sus bienes con los hermanos y las hermanas de idénticas miras. Intercambiaban un tipo de lealtad por otro que era más exigente y requería una completa obediencia a los jefes libremente elegidos. A los ascetas se les comparaba con los ángeles, y estaban convencidos de que formaban bien ordenadas legiones angélicas, animadas por el espíritu de amor y obediencia a su Creador. El cambio de nombre que la unión con una comunidad religiosa traía consigo indicaba la voluntad o la disposición del monje de morir al viejo mundo para renacer en una nueva sociedad. Los monjes no despreciaban a los que se quedaban atrás; deseaban ayudar y elevar al resto de la Iglesia. La hospitalidad a los pobres, la ayuda a los enfermos, la disposición a asistir y aconsejar a los necesitados de sabio consejo, fueron, desde el principio, características de las comunidades monásticas; sin embargo, la caridad, el trabajo manual, la mortificación corporal e incluso la salmodia se consideraban no como fines en sí, sino únicamente como medios para realizar el principal objeto de los ascetas retirados de la vida ordinaria, o sea, el culto y adoración del Creador trino y uno. Los Padres del desierto pensaban que no había otra actividad tan noble, tan absorbente como esta, y nadie podía realizarla mejor que en compañía de otros ascetas de idénticas miras. A través de todas las vicisitudes de su larga y atribulada historia, el monacato oriental no ha renunciado nunca a este ideal, y los monjes ortodoxos se han dedicado siempre a la alabanza de Dios, que es la principal finalidad de su existencia comunal.

La vida de la comunidad cristiana se ha enriquecido en gran manera mediante el movimiento monástico. Ayudó a acentuar los dones carismáticos del Espíritu Santo -la profecía, la curación, el conocimiento del estado interno del ser humano que la Iglesia ofrece a sus miembros, pero que son a menudo inexplorados por los cristianos. Los ascetas y los místicos penetraron profundamente en el misterio de la comunión entre Dios y el hombre y han facilitado a otros el camino de su ulterior descubrimiento. También enriquecieron el culto en gran manera, y la liturgia de la Iglesia ortodoxa recibió su forma definitiva en las comunidades monásticas. Pero el movimiento monástico tuvo facetas negativas y facetas positivas, y su principal defecto fue el deseo de acelerar el advenimiento del reino de Dios parando en seco el proceso de transformación gradual de la sociedad humana.

La determinación de someter la carne a los dictados del espíritu adquirió una desproporcionada importancia. La lucha contra las tentaciones sexuales y el temor de las desviaciones heréticas dominaban la mente de muchos ascetas, y esto creó un espíritu de intolerancia que convirtió a los monjes en amenaza para la Iglesia en los atribulados años de las disputas cristológicas. Sus bandas de fanáticos estaban dispuestas a asaltar a sus oponentes doctrinales, y los que afirmaban ser los promotores de un orden cristiano integral introdujeron el odio y la enemistad en las filas de los creyentes. Los monjes no se daban cuenta de que el uso de la fuerza podía ser desastroso; ese celo por la doctrina correcta no justificaba la violencia; y ese ascetismo no les eximía de la caridad hacia sus oponentes doctrinales.

Los monjes orientales fueron en gran manera los responsables de la ruptura de la unidad eclesiástica; su intransigente posición contribuyó a la apasionada atmósfera que rodeaba los debates teológicos. Eran heroicos seguidores de su Señor, pero deficientes en el dominio de sí mismos. En realidad, la idea religiosa de muchos monjes orientales se desequilibró tanto, que facilitó la victoria del Islam. Los ascetas fueron pioneros audaces, creando una nueva sociedad que tenía por base la fe en la Encarnación. Intentaron tomar por asalto a la celestial Jerusalén; pero, al hacerlo, fueron víctimas de su propia impaciencia y, pese a sus intenciones originales, se convirtieron en abanderados de un nacionalismo agresivo.

 

 

 

Capitulo III.

 

El Oriente Cristiano Entre el Islam

y Las Cruzadas.

 

Siglos VIII-XIII.

 

El Islam.- El sexto Concilio Ecuménico (680-681). - La iconoclasia y el séptimo Concilio

Ecuménico (787). - La revivificación del Imperio occidental.- La controversia sobre el

Filioque.- La conversión de los eslavos.- El cisma fociano.- Deficiencias y realizaciones

Bizantinas.- La ruptura entre Bizancio y Roma.- La consolidación de la autocracia papal

en el Siglo XIII.- El significado de la excomunión de Humberto.- La venida de los cruzados.- El saqueo de Constantinopla el Viernes Santo de 1204.- Las iglesias de lengua eslava.- La conversión de Rusia al cristianismo.- Los primeros frutos del cristianismo ruso.

 

A principios del siglo VII los dos imperios rivales del Oriente, Bizancio y Persia, comenzaron la más feroz de todas sus contiendas, con fatales consecuencias para ambos. Al principio, la victoria fue de los persas, acaudillados por Cosroes II (590-628). En el año 612 invadieron Siria; en el 614 se tomó Jerusalén, y el enemigo triunfante se llevó a su capital la verdadera Cruz, descubierta por la madre de Constantino, Elena. Al año siguiente aparecieron los persas ante Constantinopla por el flanco asiático, mientras que los ávaros se aproximaron a la capital desde el noroeste. Heraclio (610-641) salvó el Imperio. Sin amilanarse por los reveses sufridos, consolidó el gobierno y lanzó un contraataque en el año 622. Sus cinco campañas contra los persas fueron entusiásticamente apoyadas por la población cristiana. Sergio, patriarca de Constantinopla (610-638), puso a disposición del Emperador los tesoros de la Iglesia. Heraclio no sólo recuperó todos los territorios perdidos, sino que penetró en el corazón del territorio enemigo, hasta el punto de que en el año 628 pudo tomar Seleucia-Cresifón, y encontrar allí la Santa Cruz, que volvió a llevar a Jerusalén. Fue un extraordinario caudillo militar y un sabio estadista. Reconoció la vital importancia de la unidad religiosa en esta época de extremado peligro para su Estado cristiano y no escatimó esfuerzos para reconciliar al partido calcedonio con el anticalcedonio. El sistema que patrocinaron él y su nieto Constante II (642-668) se conoce por el nombre de monotelismo. Según esta teoría, Jesucristo, aunque tenía dos naturalezas, solamente tenía una voluntad. Los defensores de esta proposición esperaban construir así un puente sobre el espacio que separaba a los monofisitas de los duofisitas. Argumentaban que la aceptación de dos voluntades en Cristo lógicamente conducía a la posibilidad de un conflicto interior en su persona.

Un número de los que apoyaban el Concilio de Calcedonia, incluyendo al papa Honorio I (625-38), aprobaron esta especulación teológica, pero se opusieron resueltamente a ella dos firmes ortodoxos, Máximo el Confesor (580-662) y Sofronio, patriarca de Jerusalén (634-68), pues enseñaban que la voluntad era función de la naturaleza y no de la persona. Si Cristo tenía dos naturalezas -una divina y otra humana-, entonces, según ellos, también debía tener dos voluntades. Occidente siguió la trayectoria de Máximo y rechazó el monotelismo. Constante II trató de someter por la fuerza a los papas. Arrestó y deportó al papa Martín I (649-55), que murió en Crimea confesando la fe católica. El único resultado de los esfuerzos del Emperador fue la aparición de un tercer partido monotelista entre los cristianos orientales *.

 

El Islam.

En una época en que los emperadores bizantinos realizaban sus últimos y desesperados intentos de reunificar la cristiandad, apareció de súbito un nuevo enemigo en el horizonte oriental: el Islam. En la historia religiosa de la humanidad no hay mayor enigma que la espectacular difusión del mahometismo y la influencia que ha tenido desde entonces en las mentes de los pueblos orientales. Nada había indicado, ni siquiera remotamente, la posibilidad del nacimiento de una nueva religión mundial entre las pobres e ignorantes tribus de Arabia, que invertían su energía, en interminables escaramuzas con sus vecinos.

La vida primitiva de Mahoma (570-632) no sugería su significado posterior. No se distinguía ni por erudición ni por ascetismo. Le tenía, empleado como agente comercial una rica viuda, Kadisha, con quien se casó a los veinticinco años de edad y así mejoró de posición social. En el año 619 Mahoma oyó la llamada de ser profeta del Todopoderoso y emprendió la carrera de reformador religioso. Esta fecha será uno de los ejes de la historia de la humanidad. Cuando murió, en el año 632, era el amo de Arabia y el conductor inspirado de su pueblo.

 

* Sólo sobrevivieron en el Líbano y hoy se conocen por el nombre de maronitas.

 

La difusión del Islam fue en un principio irresistible. Damasco y Edesa se tomaron en el 636, Jerusalén en el 638, Cesárea en el 640, Mesopotamia fue conquistada en el 641, Egipto se rindió en el 642, Africa .del Norte fue arrollada en el 647, España fue invadida en el 711-15. Persia fue también atacada, y destruida la dinastía de los Sasánidas, junto con el zoroastrismo, que durante más de un milenio había sido la única religión de su pueblo. El Irán se incorporó al Islam y renunció a su fe y tradición antiguas. Estas sorprendentes victorias, la fascinación que el Corán ejerció sobre sus seguidores, y el número de conversos que hizo entre las naciones subyugadas, apuntan varias preguntas desconcertantes. ¿Cuál fue la fuente principal de la fuerza del Islam? ¿Por qué arrolló las tierras cristianas con tanta facilidad? ¿Cómo extinguió la creencia en la Encarnación entre los que la habían aceptado tan firmemente? ¿Por qué no se ha producido un significativo retorno a la fe cristiana entre las almas conquistadas por los seguidores de Mahoma? No cabe duda de que uno de los principales factores del éxito inicial de los mahometanos fue la lucha fratricida entre los calcedonios y los anticalcedonios en el Imperio bizantino.

Para los monofisitas los mahometanos llegaron como defensores y libertadores. Los invasores avanzaban bajo las verdes banderas elegidas deliberadamente como color que la tradición asociaba con el partido anticalcedonio. En una época en que todos los aspectos de la vida social habían adquirido un significado teológico, incluso los Azules y los Verdes, las dos facciones que en los Hipódromos luchaban por la popularidad en las ciudades bizantinas, se hallaban divididos por el asunto de Calcedonia. Los sirios y los coptos pensaban que los invasores les ofrecerían mejores condiciones que la exigente administración imperial, que trataba de imponerles la definición de Calcedonia. Muchas de las plazas fuertes bizantinas abrieron alegremente sus puertas a los ejércitos del Profeta, dándoles la bienvenida como hermanos de religión.

No solemos percatarnos suficientemente de lo cercano que se hallaba el Islam, en sus años primitivos, a la versión oriental del cristianismo. El Corán no sólo enseñaba el nacimiento virginal de Cristo y la ausencia de todo pecado en él, sino que también le consideraba como el Dios nombrado Juez de la humanidad en el Juicio Final. En fecha tan posterior como el siglo VIII, San Juan de Damasco (muerto en el 749), destacado teólogo de su época, consideraba todavía a los mahometanos como una secta cristiana. Escribió: "En aquel entonces surgió un falso profeta llamado Mahoma, que, habiendo leído el Antiguo Testamento y el Nuevo, con toda probabilidad por su asociación con un monje arriano, organizó su propia secta" *1.

Fue mucho más tarde cuando la verdadera oposición entre el cristianismo y el mahometismo se hizo patente tanto para los conquistadores como para los conquistados. Esta confusión con respecto a la naturaleza del Islam explica en parte su centelleante avance inicial, pero otras causas contribuyeron a hacer permanente su influencia. El Islam no sólo derrotó al Imperio; sustituyó también al cristianismo. A primera vista esto parece inexplicable, pues redujo drásticamente la vida cultural, social y artística de las naciones orientales, cuya apasionada curiosidad intelectual y absorbente preocupación por las especulaciones teológicas se vieron paralizadas por la aceptación de la verdad definitiva tal cual la proclama el Corán. A las mujeres, a quienes hasta entonces se les había concedido igualdad con los hombres, y una parte activa en los asuntos de la comunidad cristiana, se les prohibió la vida pública, se las veló y se las confinó en sus casas. Los magníficos frescos y mosaicos del arte cristiano fueron desfigurados o blanqueados, para que no ofendiesen la vista de los "verdaderos creyentes." La autodeterminación política quedó suprimida en todas partes: el gobierno arbitrario de los sultanes, los jeques y otros jefes islámicos, sustituyó a los representantes elegidos del pueblo. La erudición se vio confinada al estudio de los sagrados textos islámicos; la mayoría de los oficios de destreza manual se relegaron, como ocupaciones inferiores, a los derrotados cristianos.

Después de tres siglos de absorbente actividad intelectual y artística, de drásticos experimentos sociales y de tensos conflictos, Egipto, Siria y Mesopotamia se hundieron lenta, pero irresistiblemente, en un estado de resignación mental, de paralización política y de aceptación fatalista del despotismo oriental. Dios, que se había revelado a las gentes mediterráneas mediante la Encarnación de su Hijo, a quien habían visto cara a cara, se convirtió una vez más en un Ser remoto e inaccesible, elevado muy por encima de las miserias y vicisitudes de la vida terrenal, inescrutable en su trato con los hombres.

 

* Una reciente investigación ha demostrado de manera concluyente que Mahoma se vio muy influido por la doctrina nestoriana. En la época de la rápida expansión del Islam, sus partidarios y sus oponentes se trataban como si profesasen juntos una religión basada en la revelación bíblica.

 

La principal atracción del Islam radicaba en que era práctico; aparentemente no exigía esfuerzos sobrehumanos. La observancia del ayuno del Ramadán, las limosnas, la repetición diaria de cinco breves oraciones, una peregrinación a la Meca, la Guerra Santa y la creencia en un solo Dios y en su Profeta, era todo lo necesario para la salvación. El Oriente cristiano, en la víspera de la conquista islámica, se había olvidado de las limitaciones de la naturaleza humana. Muchos miembros de la Iglesia deseaban imitar a los ángeles: de aquí los movimientos en masa hacia la vida célibe de los monjes y monjas; de aquí el éxodo de ciudades y pueblos hacia el desierto; de aquí las extraordinarias proezas de automortificación que demostraban hasta qué punto los hombres podían someter sus cuerpos a los dictados del espíritu. Algunos de estos ascetas orientales sólo dormían de pie, otros se encerraban en oscuras celdas o vivían en lo alto de columnas, o sólo comían hierbas, e incluso en ocasiones no comían más de una vez por semana.

El Islam acabó con todos estos excesos. Eliminó el exagerado temor al sexo, descartó el ascetismo como innecesario, desterró el temor al infierno para los que no habían alcanzado la perfección, sofocó las investigaciones teológicas y terminó la discusión entre los monofisitas y los duofisitas.

El Islam era como la arena del desierto, enterrando una rica y variada vegetación. Pero al mismo tiempo extinguió las llamas del odio. Creó un sentido de solidaridad y hermandad que se había perdido entre los contendientes cristianos.

Los cristianos orientales habían mostrado una virtud heroica, pero habían sido obstinados y nada caritativos para con sus adversarios teológicos. No se hallaban preparados para el orden cristiano y fueron reducidos a un estado de minoría despreciada y esclavizada.

 

El VI Concilio Ecumenico (680-681).

El año 668 fue asesinado en Sicilia el emperador Constante II. Su hijo, Constantino IV (668-85), fue un jefe capacitado, que, después de cinco años de estar Constantinopla sitiada por los sarracenos (673-78), les derrotó por tierra y mar y salvó a su reino de la extinción. Pero el revivificado Imperio ya no era tan plurinacional como antes; principalmente se limitaba a la población de lengua griega. Se había renunciado a Egipto, Siria y Palestina; el griego se convirtió en el idioma oficial del Estado y se volvieron a nombrar funcionarios debidamente. También cambió la posición del patriarca de Constantinopla. Se convirtió en el único portavoz de la Iglesia bizantina, pues los otros tres patriarcas orientales no sólo se hallaban esclavizados por los mahometanos, sino que también habían perdido la mayor parte de sus fieles, que se pasaron a sus rivales anticalcedonios.

Estos cambios despojaron de su significado previo a la disputa monofisita. La nueva tarea era fortalecer el eslabón entre Roma y Constantinopla. Esto se consiguió en el año 680, cuando se reunió en la capital el VI Concilio Ecuménico. Se celebraron dieciocho sesiones, del 7 de noviembre de 680 al 16 de septiembre de 681. Sus procedimientos fueron tediosos, mera lectura y discusión de varios documentos doctrinales, pero la obra del Concilio se vio libre de violencia o interferencia estatal. El partido calcedonio obtuvo una completa satisfacción. Nadie defendió concesiones para los adversarios del IV Concilio Ecuménico. Fueron anatematizados todos los que en el pasado se habían inclinado a transigir, incluyendo al papa Honorio, puesto por el Sínodo entre los herejes. El VI Concilio Ecuménico terminó la controversia que suscitó Nestorio a principios del siglo V y marcó el final de un período en la historia del cristianismo oriental.

 

La Iconoclasia y el VII Concilio Ecumenico (787).

La Victoria de Constantino IV sobre los árabes en el año 668, aunque salvó al Imperio del yugo del Islam, no eliminó la amenaza de este formidable adversario. Todas las fronteras orientales y meridionales se vieron en lo sucesivo permanentemente expuestas al ataque. El Imperio necesitaba un fuerte y eficiente gobierno, y lo encontró en la dinastía Isáurica (717-867).

León III (717-41), fundador de la casa, y su hijo, Constantino V (741-75), fueron vigorosos gobernantes que consolidaron el Imperio, y ensancharon considerablemente su territorio. Fueron reformadores sociales y legisladores. En el año 740 León III promulgó un nuevo código legal que marcaba importantes avances sobre las Novellae de Justiniano y denotaba un nuevo incremento de la influencia cristiana. Ya no se consideró el matrimonio como contrato disoluble, sino como unión para toda la vida. Se confirmó la igualdad entre hombres y mujeres, dando a la madre los mismos derechos que al padre; se limitó drásticamente la sentencia de muerte por ciertos delitos; a las mujeres culpables de adulterio se les eximió del castigo de los azotes. Esta tendencia hacia un tratamiento más humano de los criminales y un mayor respeto a las mujeres fue acompañada de un intento de reformar la vida eclesiástica, que causó una nueva división en sus filas.

Las disputas dentro de la comunidad cristiana habían sido generalmente provocadas por los obispos y teólogos, acusándose unos a otros de heterodoxos. Pero la iconoclasia, nuevo conflicto, tuvo un origen diferente. Tomó la iniciativa el Basileus, apoyado, sin embargo, por un número de notables obispos. Su objeto era cortar la excesiva veneración de las sagradas imágenes que representaban a Jesucristo, a su Madre y a los santos, y oponerse al monacato, a las peregrinaciones y a la devoción especial a los varios santuarios.

La iconoclasia se puede describir como la última protesta oriental en el cristianismo contra el helenismo, que se hallaba entremezclado con la tradición de la Iglesia bizantina. Fue parte de ese movimiento hacia el monoteísmo y simplificó la teología, cuya más poderosa expresión fue el propio Islam. Aunque el Emperador y el ejército resistieron valientemente la formidable presión del Islam, cayeron, no obstante, bajo su influencia y trataron de alterar la vida y el culto de la Iglesia sobre unos puntos que eran particularmente criticados por los mahometanos, o sea la veneración de las sagradas imágenes, el culto de los santos y el celibato.

No es probable que los emperadores iconoclastas pensasen tender un puente sobre el espacio que había entre el Islam y el Cristianismo, y reconciliar así a las dos religiones. Es más probable que, siendo ellos mismos de origen no griego, compartiesen la idea de que Dios no se puede representar bajo ninguna forma humana. El ejército apoyaba a sus jefes en sus campañas contra las imágenes, reclutándose la mayoría de los soldados de ese período entre los armenios, los mardaítas, los isáuricos y otros pueblos asiáticos.

En el año 725 se publicó el primer edicto ordenando que se quitaran los iconos de las iglesias. Tuvo una fuerte oposición en Grecia y en Italia, pero fue aceptado en Asia. Protestaron Germano, patriarca de Constantinopla (715 -30), el papa Gregorio II (715-3 l), así como el mejor teólogo de la Iglesia oriental de aquel período, Juan de Damasco (676-749). Expulsaron a Germano de Constantinopla, pero Juan de Damasco se hallaba fuera de alcance; vivía en territorio ocupado por los mahometanos. El Papa, todavía súbdito nominal del Imperio, estaba demasiado lejos para ser destronado. Pero León III le castigó confiscando las haciendas de la sede romana en Sicilia e Italia meridional, y trasladando las diócesis de Iliria, de Roma, a Constantinopla. Estas medidas tuvieron fatales consecuencias para el cristianismo. Crearon un antagonismo entre la Vieja y la Nueva Roma, y obligaron a los papas a buscar nuevos amigos y protectores; encontraron éstos entre los galos. La restauración del Imperio occidental como rival de Bizancio fue preparada por los emperadores iconoclastas, que intentaron, sin éxito, imponer su política en Occidente.

Constantino V, Coprónimo (741-75), era más teólogo que su padre, León III, y su campaña contra los iconos se siguió todavía con mayor vigor. Convocó un concilio en Constantinopla en el año 753, que congregó a unos trescientos cuarenta obispos. Declararon que la única representación legal del Salvador era la Eucaristía, y que, por lo tanto, eran herejes las figuras y las imágenes, que sólo podían representar su aspecto humano. Ni Roma, ni Antioquía, ni Alejandría, enviaron delegados a este Concilio. El hijo y sucesor de Constantino, León IV, el Khazar (775-80), mitigó las opresivas medidas de su padre contra los adoradores de iconos. A su muerte la regencia recayó en Irene, una perfecta ateniense, ferviente devota de los iconos. Consiguió elevar a la sede patriarcal de Constantinopla a un erudito secretario de Estado, Tarasio (784-806), y bajo su presidencia se convocó en Nicea el VII Concilio Ecuménico, en el año 787. Asistieron a él unos trescientos obispos. El Papa envió dos delegados. Se repudiaron las decisiones del Concilio del año 753 y se aprobó la veneración de los iconos. El Concilio hizo distinción entre la adoración, que se podía rendir a un solo Dios, y el honor que se rendía a las sagradas imágenes, que eran veneradas por amor a sus prototipos. El VII Concilio reafirmó la verdadera humanidad del Salvador, proclamando que a Jesucristo se le podía representar en pintura como a cualquier otro ser humano. El Concilio acentuó la independencia de la Iglesia respecto del Estado en el tercero de sus veintiún cánones.

En cuanto al Oriente, el VII Concilio Ecuménico completó la obra de definición dogmática, y la Iglesia ortodoxa no reconoce la autoridad de los Concilios posteriores que se convocaron en Occidente. Había triunfado la fe católica; pero, en el curso de estas prolongadas y a menudo confusas contiendas, se dividió la parte oriental de la cristiandad, y, como resultado, el ala oriental de la Iglesia se separó de Roma y Constantinopla, y se paralizó, bajo el Islam.

 

La Revivificación del Imperio Occidental.

Durante el período de los problemas que originaron los emperadores iconoclastas se torcieron con frecuencia las relaciones entre Roma y Constantinopla. Mientras tanto, las condiciones políticas de Occidente sufrieron importantes alteraciones. Los bárbaros, que habían destruido la mitad occidental del Imperio, habían empezado a establecerse y a formar unidades políticas más permanentes. Los papas, cada vez más separados de los soberanos bizantinos, buscaban la amistad y protección de los gobernantes bárbaros, a quienes halagaba la asociación con los prelados, que reflejaban la antigua gloria de la ciudad imperial, señora del mundo durante tantas generaciones.

La controversia iconoclasta exacerbó la nueva situación, pues Roma apoyaba a los ortodoxos y suspendía la comunión con el Oriente, en tanto que los iconoclastas dominaran en la sede patriarcal de Constantinopla. Durante esta época de tensión, ocurrió un suceso que tuvo graves consecuencias para el futuro de la Europa cristiana. En el año 800, el papa León III (795-816) coronó a Carlomagno (771-814) como emperador en la vieja basílica de San Pedro en Roma. Esta elevación de un bárbaro occidental trastornó las relaciones entre los cristianos orientales y occidentales. Desde la época de Justiniano se había creído en general que la Providencia divina había establecido dos instituciones para la salvación de los hombres: la Iglesia y el Imperio. La primera era responsable del bienestar espiritual del pueblo, y le guiaba hacia el reino eterno, mientras que el segundo era responsable de la paz y el orden de la vida temporal, ofreciendo protección a la Iglesia para que sirviese a los hombres sin ningún estorbo. El Imperio, lo mismo que la Iglesia, era único e indivisible, dirigido y protegido por Dios; pero lo mismo que la unidad de la Iglesia no excluía la coexistencia de muchos obispos, así el Imperio pudo tener, y los tuvo a menudo, varios coemperadores.

 

En teoría, debió ser bien acogida la reaparición de un emperador en Occidente, pero la coronación de Carlomagno no fue una acción amistosa o una satisfactoria extensión de la autoridad imperial sobre las tierras occidentales que ocupaban los bárbaros. Fue un golpe revolucionario, un desafío al Basileus. Se había elevado al trono a un bárbaro occidental sin conocimiento y consentimiento del legítimo monarca.

La coronación de Carlomagno originó un Estado universal rival, y porque sólo era concebible un Imperio, ofrecía, por lo tanto, a los cristianos una inquietante elección. Lo comprendían ambas partes con toda claridad; sin embargo, al principio se evitó un choque abierto. El emperador oriental tenía problemas en el año 800 y cerró los ojos a esta ofensa; incluso envió un mensaje de salutación a su hermano "ilegítimo." Análogamente, Carlomagno no se hallaba dispuesto a atacar al emperador oriental. No obstante, comenzó a perseguir herejes, pretendiendo establecer su derecho como único sucesor de Constantino. En una época en que la uniformidad de ritual, incluso de costumbre, se consideraba cada vez más como signo indispensable de ortodoxia doctrinal, no era difícil tildar de "hereje" a cualquier comunidad cristiana. Los cristianos orientales y occidentales habían seguido siempre sus propias tradiciones y allá por el siglo IX habían divergido éstas considerablemente, de manera que los obispos occidentales que apoyaban a Carlomagno le proporcionaron fácilmente la necesaria evidencia, consistiendo la más grave acusación en la supuesta corrupción del Credo por omisión de la frase Filioque. Tal fue el principio de la denominada controversia sobre el Filioque, que hasta hoy ha seguido siendo un bloque impenetrable en la vía de cooperación entre Oriente y Occidente.

 

La controversia sobre el "Filioque."

Antes de Nicea se esperaba que un neófito confesara su fe con las palabras de un credo que proclamaba la creencia en el Dios trino y uno y en la Encarnación. Las Iglesias locales tenían credos que diferían verbalmente, pero que eran idénticos en esencia.

Después del reconocimiento de la Iglesia por el Imperio en el siglo IV, se regularon los términos de todos estos credos bautismales, y el texto que se adoptó finalmente en el II Concilio Ecuménico de Constantinopla, en el año 381, se convirtió en el Credo de la Iglesia católica. Los Concilios posteriores, el III y el IV (Efeso, 431, y Calcedonia, 451), prohibieron todas las alteraciones y adiciones, y decretaron que la comunión entre las Iglesias locales dependería de la confesión de fe niceno-constantinopolitana. Todas las Iglesias aprobaron esta decisión, y, por lo tanto, cuando los prelados occidentales acusaron a los obispos bizantinos de alterar el Credo, suscitaron una gran controversia que conmovió profundamente a los ortodoxos. El punto de discusión se centraba en dos palabras latinas: Filio que, "y del Hijo." Esta discutida frase se refiere a la relación del Espíritu Santo con las otras personas de la Santísima Trinidad. Los obispos occidentales insistían en que el Credo debía rezar de esta manera: "Creo en el Espíritu Santo... que procede del Padre y del Hijo." Los cristianos orientales decían: "Creo en el Espíritu Santo que procede del Padre." ¿Quiénes tenían razón y quiénes no la tenían en esta disputa? Hablando históricamente, eran correctos los ortodoxos. El Credo, tal cual fue aprobado en Constantinopla, y tal cual lo aceptaron finalmente los obispos orientales y occidentales en los Concilios posteriores, se ajustaba al texto del Evangelio de San Juan, capítulo XV, versículo 26, que, describiendo al Espíritu Santo, dice que procede del Padre. Los prelados galos del siglo IX, que sabían poca historia, estaban auténticamente convencidos de que su versión del Credo era la correcta, y no tenían idea de cómo, cuándo o dónde se efectuó la fatal adición.

El papa León III (795-816) era una persona mejor informada. Le molestaba la iniciación de una controversia que no contribuía al prestigio de la erudición occidental. Trató de frenarla ordenando que el texto del Credo original se grabase en placas de plata que ostentó de modo notable en su catedral. Sus esfuerzos no produjeron resultados permanentes. Los emperadores occidentales prestaban apoyo a la adición, y en el año 1014 el papa Benedicto VIII (1012-24) aprobó en Roma, en la coronación del emperador Enrique II (1002-24), la recitación del Credo alterado. A partir de entonces, el Credo con la cláusula Filioque se convirtió en aceptada confesión de fe para todos los cristianos occidentales*.

 

* Sin embargo, la Sorbona se resistió a la innovación hasta el siglo XIII.

 

El lugar, el momento y la razón de este cambio en el texto del Credo es uno de los puntos más oscuros de la historia eclesiástica, y una detallada descripción de este asunto queda fuera del propósito de este libro. Aquí es suficiente manifestar que un número de teólogos occidentales como San Agustín (muerto en el 430), y los papas San León I (440-61), y San Gregorio Magno (590-604), dijeron del Espíritu Santo que procedía del Padre y del Hijo, y expresiones similares eran comunes también entre algunos teólogos orientales. Pero estas expresiones no afectaban al del Credo, que tanto Oriente como Occidente consideraban como definitivamente establecido. La alteración del Credo ocurrió en algún momento del siglo VI o VII en España, probablemente por equivocación, pues la Iglesia española tenía pocos hombres doctos en aquellos siglos, y es muy probable que los que introdujeron por primera vez la cláusula Filioque creyeran utilizar la versión original. Es improbable que los hombres responsables de esta adición intentasen desafiar a la autoridad los Concilios Ecuménicos. Les movía el deseo de acentuar la igualdad Padre y el Hijo, cosa que negaban sus adversarios, los arrianos locales, y la declaración de que el Espíritu Santo procedía del Padre y del Hijo parecía servir a este propósito. El Credo alterado penetró gradualmente en Galia y Bretaña, pero siguió siendo una peculiaridad local de las Iglesias bárbaras y, por lo tanto, no ofendía al Oriente. La disputa surgió únicamente cuando los obispos carolingios acusaron a los ortodoxos de suprimir lo que nunca había estado en él. El problema, una vez suscitado, se convirtió en causa de un interminable debate teológico. Cada parte trataba de demostrar que la otra protestaba una doctrina hereje acerca del Espíritu Santo. Aún no se ha encontrado una solución satisfactoria a esta controversia. Por ambas partes hay teólogos que atribuyen el mayor significado doctrinal a este diferente léxico, y hay otros que, piensan que ambas versiones, si se interpretan correctamente, pueden expresar la misma fe católica.

 

La Conversión de los Eslavos.

El fin de la iconoclasia produjo un poderoso resurgimiento del cristianismo bizantino. Una extraordinaria inspiración artística se extendió por el Imperio; se volvieron a decorar las iglesias, y en todas partes aparecieron mosaicos, frescos e iconos, superiores a los del período anterior. Se fomentó la erudición, y la Universidad de Constantinopla atrajo a muchos destacados alumnos. Fue también una época de intensa labor misionera, que obtuvo su mayor éxito con la conversión de los pueblos eslavos, que entraron en la Iglesia ortodoxa equipados con la Biblia y los libros litúrgicos traducidos a su propia lengua. Sin embargo, esta gran empresa misionera contribuyó a incrementar la hostilidad entre Oriente y Occidente, aunque al principio fue conjuntamente patrocinada por Roma y Constantinopla.

Los apóstoles de los eslavos fueron dos hermanos: Cirilo (muerto en el año 869) y Metodio (muerto en el 885). Eran oriundos de Salónica, ciudad griega que, en el siglo IX, se hallaba rodeada de poblaciones rurales de lengua eslava, y es probable que hablasen con fluidez esta lengua. Cirilo y Metodio pertenecían a la élite cultural de su época. Educados en Constantinopla, se retiraron a una vida monástica, pero pronto les hicieron volver a la capital y les encomendaron una labor misionera. La evangelización de los bárbaros era considerada por el Imperio bizantino como expresión de su vocación cristiana, y también como importante parte de su consistente política de mantener buenas relaciones con sus vecinos, con cuya conversión esperaban hacerles menos agresivos En el año 863, los dos hermanos, equipados con una traducción eslava que habían realizado de las Sagradas Escrituras, fueron enviados de Constantinopla a la remota Moravia, en respuesta a la petición del príncipe Rastislav.

Esta inesperada demanda, y la ansiosa respuesta del Imperio, fueron parte de la compleja situación política de la Europa central a mediados del siglo IX. Los moravos, que habitan la Europa central, deseaban asociarse con la civilización superior de la cristiandad, pero sus vecinos germanos, acaudillados por el arzobispo de Salzburgo, se hallaban más decididos a imponerles su gobierno político que a darles a conocer el mensaje del Evangelio. Para unirse a la Iglesia y retener, sin embargo, su identidad e independencia, el príncipe Rastislav y sus capitanes resolvieron pedir a Bizancio que viniese en su ayuda. Este ruego coincidió con la aparición en las fronteras occidentales del Imperio de un nuevo enemigo, los búlgaros, nómadas asiáticos que invadieron los Balcanes, conquistaron a los eslavos, adoptaron su idioma, y formaron un fuerte Estado militar situado entre el Imperio y Moravia. Así, si los griegos podían ayudar a los griegos contra los moravos contra los germanos, los moravos podían ayudar a los griegos contra los búlgaros, y una alianza entre Rastislav y el Imperio era beneficiosa para ambas partes. Los hermanos misioneros, que podían predicar el Evangelio en el idioma de los moravos y bohemios, tuvieron un resonante éxito. Se bautizaron príncipes, nobles y plebeyos, y se erigieron iglesias. El clero galo se alarmó y acusó a Cirilo y a Metodio de herejía, alegando que solamente los tres idiomas -el hebreo, el griego y el latín- que se utilizaron para la inscripción de la Cruz eran los que legalmente se podían emplear en el culto cristiano. Para justificar su causa, los dos hermanos tuvieron que ir a Roma, donde fueron recibidos favorablemente, pues tanto Adriano II (867-72) como su sucesor Juan VII (872-82) se hallaban inquietos por la creciente independencia de los obispos germanos, y acogieron bien la inesperada ayuda de los misioneros griegos en la tarea de refrenar sus ambiciones.

Cirilo murió en Roma en el año 869, pero su hermano fue consagrado arzobispo de Sirmio, por el Papa, con jurisdicción independiente sobre Moravia y Panonia, que en aquella época también se encontraba habitada por los eslavos. De camino a su diócesis, Metodio cayó en manos del arzobispo de Salzburgo y pasó largo tiempo encarcelado, pero finalmente consiguió llegar a Moravia y completar allí su obra. Murió en el año 885.

La Iglesia de lengua eslava no sobrevivió en. la Europa central. En el 906, otra oleada de nómadas asiáticos, los húngaros, destruyeron el Imperio moravo. El clero germano explotó este desastre y suprimió la lengua eslava. La última plaza fuerte de la liturgia eslava, el monasterio de Sazava, en Bohemia, se latinizó en el 1096. Pero los cristianos de lengua eslava, derrotados en Moravia y Bohemia, hallaron refugio en Bulgaria, donde el zar Boris (852-89) les dio ánimo y protección. El alfabeto que inventaron los hermanos, denominado "glagolítico," en su modificada forma "cirílica," vino a ser la escritura que utilizaron todos los eslavos en la Iglesia ortodoxa, y las traducciones de Cirilo y Metodio facilitaron el nacimiento de la literatura eslava en Bulgaria y más tarde en Serbia. La obra misionera de los dos hermanos afectó profundamente a la historia de Europa. Los búlgaros se convirtieron en fuertes adeptos de la ortodoxia bizantina. Sus vecinos, los serbios, después de un período de vacilación entre Roma y Constantinopla, también se unieron a la mitad oriental del cristianismo. En el siguiente siglo, Vladimir, príncipe de Kiev (muerto en 1015), siguió el mismo camino, y así la mayoría de los eslavos hallaron su patria espiritual en la Iglesia ortodoxa, que les hablaba en su propia lengua.

Sin embargo, los otros eslavos abrazaron la tradición latina. Los croatas, los eslovenos, los checos, los eslovacos y los polacos se incorporaron a la sociedad de las naciones cristianas occidentales y recurrieron a Roma en busca del liderazgo espiritual.

 

El Cisma Fociano.

La fundación de la Iglesia de lengua nativa en Bulgaria, tan importante para el futuro crecimiento de la cultura eslava, originó un alarmante deterioro de las relaciones entre las partes orientales y occidentales del cristianismo. Al zar Boris se le recuerda en la historia eclesiástica no sólo como el primer gobernante cristiano de su nación, sino también como el hombre que provocó el agudo conflicto entre Roma y Constantinopla, conocido por el nombre de cisma fociano *.

Focio (820-91) era un distinguido siervo civil, uno de los hombres más doctos de Constantinopla. Aunque lego, era reconocido como teólogo prestigioso. En el año 857, Ignacio, patriarca de Constantinopla (846-57 y 867-78), fue depuesto por el emperador Miguel III, el Borracho (842-67). En la subsiguiente crisis, ordenaron apresuradamente a Focio y le instalaron como patriarca (858-67). El papa Nicolás I (858-67), cuyas relaciones con Constantinopla estaban ya tirantes, se negó a reconocer a Focio como obispo legítimo. Envió dos legados a Constantinopla con una carta en que afirmaba su derecho a supervisar los asuntos de todas las Iglesias, incluyendo la de Constantinopla. Los legados llevaban el encargo de investigar la elección y de informar sobre ella al Papa. No obstante, Nicolás mencionaba en su epístola la posibilidad de reconocer a Focio si retornaban a su jurisdicción las provincias eclesiásticas del sur de Italia, Sicilia e Iliria, que se separaron de Roma durante la controversia iconoclasta.

 

* La figura de Focio, hasta hace pocos años juzgada peyorativamente por la Iglesia occidental y sus seguidores, ha sido rehabilitada, tras los objetivos estudios de un erudito católico romano, Dvornik. (N. DEL T.).

 

En el 861 se celebró en Constantinopla un Concilio que presidieron los legados. Después de una prolongada deliberación, declararon, en nombre del Pontífice romano, que Focio era legítimo poseedor de su cargo. Esta victoria del recién elegido patriarca se compró a un alto precio. No sólo habían actuado los legados papales como jueces supremos en el caso de los dos pretendientes rivales del trono ecuménico, sino que el Imperio y la Iglesia habían reconocido su derecho a actuar de semejante forma.

A Nicolás le embarazó mucho esta compleja situación. Le agradaba que hubiesen reconocido su autoridad, pero le inquietaba no haber conseguido el retorno de las apetecidas provincias, y esto era especialmente importante, pues la antigua provincia de Iliria coincidía en parte con una poderosa Bulgaria, donde el reinante Boris contemplaba su propia conversión y la de su pueblo al cristianismo. La cuestión de si se asociaría al cristianismo oriental u occidental era de suma importancia para el precavido Papa, que se daba cuenta de todas las consecuencias de tan grave decisión. En la desabrida correspondencia que a continuación tuvo lugar entre Roma y Constantinopla, el problema de Bulgaria adquirió una importancia central. La desviada política que seguía el zar Boris indujo a los antagonistas a que se acusaran unos a otros de separarse de la tradición apostólica. Así adquirió de súbito un tono siniestro la competencia entre Roma y Constantinopla, que hasta entonces se había limitado a sus esferas de influencia y jurisdicción. Cada parte acusaba a la otra de innovaciones heréticas, y con ello trasladaron su controversia a un nuevo y peligroso campo.

Boris trató astutamente de aprovecharse de esta rivalidad. Al principio se inclinó hacia Roma, pero en el 864-65 aceptó el bautismo de los griegos, pidiendo al emperador, Miguel III, que fuese su padrino. Le impresionó tanto el esplendor del servicio patriarcal, que solicitó un patriarcado propio para su capital; se lo negaron cortésmente. Encolerizado, se inclinó de nuevo hacia el Papa, y en el año 866 dos obispos latinos vinieron a Bulgaria con una larga epístola que compuso Nicolás en respuesta a las preguntas que formuló Boris. La mayoría de ellas eran de naturaleza práctica y típicas de la mentalidad de Boris; por ejemplo, preguntó si las mujeres podían llevar pantalones sin poner en peligro su salvación. Las respuestas del Papa eran sabias y provechosas, pero al final de su larga epístola dirigía severos ataques contra los griegos, advirtiendo a los búlgaros sobre la desviación de los patriarcas respecto de la sana tradición.

La intrusión latina excitó la indignación griega. En el 867 Focio convocó un Sínodo en Constantinopla, en el que se condenó la acción del papa Nicolás, y los misioneros latinos de Bulgaria fueron acusados de muchos errores e innovaciones. Lo más grave era la enseñanza herética acerca de que el Espíritu Santo procedía tambien del Hijo. Así se volvió a introducir la controversia sobre el Filioque, que por primera vez suscitó Carlomagno a principios del siglo y en la que intervino con éxito el Papa.

En el mismo año murió el papa Nicolás, y Focio fue expulsado de su trono por el nuevo emperador, Basilio (867-888), que había asesinado a su bienhechor, Miguel III. Ignacio tomó nuevamente posesión de su cargo, pero no mostró mucha gratitud por la defensa que hizo Roma de su causa y mantuvo la política antilatina de su predecesor. En el 878, después de la muerte de Ignacio, Focio se convirtió de nuevo en patriarca. Esta vez reanudó la comunión con Roma y puso fin al cisma 2. Murió en el 891, desterrado, tras de haberle privado por segunda vez de su patriarcado, en el 886, el emperador León VI (886-912).

Mientras tanto, el zar Boris cambió nuevamente de opinión; en el 869 expulsó al obispo latino e hizo volver a los griegos. Esto incorporó definitivamente su reino a la órbita de la ortodoxia bizantina.

La triste historia del cisma fociano indicaba la enfermedad de la Iglesia. No había nada sorprendente en la preocupación de un bárbaro por las minuciosas cuestiones de la costumbre diaria en el comer y vestir, pero era desconsolador que los ocupantes de las dos principales sedes del cristianismo se hallaran dispuestos a acusarse mutuamente de herejías por trivialidades análogas: los griegos se oponían a la norma latina que permitía comer queso en cuaresma, y los latinos estallaban contra la expresa desaprobación griega de tomar baños los miércoles y viernes. Tal mentalidad hacía imposible la concordia en una comunidad de diversas naciones. Mientras tanto, la Iglesia sufría por la perdida visión de sus jefes acerca de su verdadera naturaleza ecuménica. Después e haberse denunciado en público unos a otros como herejes, nada pudo evitar que se separasen todavía más Oriente y Occidente.

 

Deficiencias y Realizaciones Bizantinas.

El Imperio bizantino alcanzó uno de los pináculos de su larga y gloriosa historia bajo el gobierno de la dinastía macedónica (867-1056). Durante dos siglos, Constantinopla, insuperada en riqueza, cultura y realizaciones artísticas, dominó el mundo mediterráneo. Sus magníficas iglesias, adornadas de mármoles y mosaicos, y sus numerosos palacios, bibliotecas, hipódromos, monasterios y hospitales la convirtieron en objeto de maravilla para todos. La eficiencia de su administración civil, la disciplina de sus fuerzas armadas, la pericia de sus artesanos y la experiencia de sus banqueros y comerciantes hacían de Bizancio el país más próspero y estable de la cristiandad. Su besante de oro fue durante siglos la única moneda universalmente reconocida, inspirando la misma confianza desde China a Irlanda, desde Africa a las estepas del sur de Rusia. La idea que mantenía este vigor y estabilidad era la creencia de que Jesucristo regía a este extraordinario reino. El Imperio era suyo y la soberanía del Señor Encarnado se interpretaba de manera realista. El palacio imperial contenía un trono vacío en el que reposaba el libro de los Cuatro Evangelios, y se reservaba este sitio de honor a la presencia invisible del Maestro Celestial. Las leyes se promulgaban en nombre de Jesucristo, y su cabeza coronada con la diadema imperial se estampaba en el besante de oro. El ejército marchaba gritando rítmicamente "Cristo es Conquistador," y llevaba su imagen en las banderas. El emperador era únicamente su virrey, y su vestido y conducta acentuaban su papel como icono visible del invisible Rey (lám. 29).

La aceptación del Logos Encarnado como Soberano del Estado significaba que su constitución se basaba en los Evangelios. Los bizantinos tomaban en serio su religión, trataban de edificar su vida política, social e intelectual sobre la base de la enseñanza de Cristo. La primera consecuencia era un profundo sentido de igualdad. Cualquier habitante del Imperio, cualquiera que fuese su raza o clase social, podía elevarse a los más altos puestos del Estado, incluyendo el trono imperial. Las mujeres eran tan elegibles para la soberanía como los hombres, y gozaban de un aprecio y libertad que se desconocían en otras partes. El poder centralizado del monarca no era arbitrario, sino que estaba controlado por los mandamientos de Cristo, de manera que, paradójicamente, el espíritu demócrata se filtraba en esta sociedad altamente centralizada y minuciosamente regulada.

La política exterior de Bizancio se dirigía hacia la conversión de los paganos y hacia el establecimiento de buenas relaciones con los pueblos vecinos. Al ejército se le llamaba "amante de Cristo," pues su tarea era proteger a los cristianos contra la agresión bárbara. El cuidado de los pobres, los enfermos y los indefensos era función del Estado. Se fundaron muchas instituciones caritativas, mantenidas a expensas del emperador. Algunos de estos hospitales tenían capacidad para varios millares de internos, que eran atendidos por médicos y sacerdotes. Los edificadores del Imperio bizantino tenían una grande e inspiradora visión; se consideraban como siervos elegidos del Creador del Universo. Constantinopla era una ciudad divinamente protegida; sus doradas cúpulas reflejaban la gloria celestial que reposaba sobre esta terrena capital del Rey Eterno.

Esta noble creencia fue el origen de muchas realizaciones extraordinarias; pero, como todas las cosas humanas, tenía sus aspectos negativos. La debilidad principal era una identificación demasiado estrecha del prototipo divino con la imperfecta equivalencia humana. Los bizantinos sentían la tentación de tomar lo simbólico por lo realizado. Consideraban que una acción ritualista era suficiente en sí y se olvidaban de sus implicaciones morales. Les agobiaba e inmovilizaba la pretensión de que en su reino se realizaba el reino de Cristo, y cerraban los ojos a muchas flagrantes violaciones de la enseñanza del Nuevo Testamento bajo el pretexto de que su orden social y político era aprobado y aceptado por su Maestro divino. Se hallaban satisfechos de sí mismos, y esto les impedía continuar las exploraciones científicas y técnicas, las dos esferas en que mostraban poco interés o sutileza. Este excesivo énfasis sobre el simbolismo les condujo a un abuso tan curioso como el de nombrar a eunucos para una serie de importantes cargos en palacio. Se suponía que representaban a los ángeles, y lo mismo que Cristo estaba rodeado del ejército celestial, así atendían al emperador unos seres humanos sin sexo. El propio Basileus ocupaba una paradójica posición. Era una figura sagrada y cualquier acción dirigida contra él constituía no sólo un delito político, sino un sacrilegio, y era cruelmente castigado; sin embargo, si tenía éxito una conspiración contra él, su derrota era considerada como señal de displicencia divina, y el nuevo emperador, que probablemente había asesinado a su predecesor, era aclamado como un semidiós, como un jefe elegido de su pueblo. La vida política bizantina estaba llena de intrigas; la administración centralizada desconfiaba del autogobierno local y suprimía la iniciativa económica; la libertad no confirmaba la igualdad; el estático concepto de la vida era un estorbo para el progreso. Estas deficiencias del orden social bizantino eran tanto más graves porque afectaban también a la estructura de la Iglesia, e incluso las ocasionaba en parte una torcida idea de su misión entre los jefes y las filas.

Los cristianos bizantinos encomendaron al Imperio un excesivo número de sus responsabilidades y funciones. Dotaron al Estado de significado religioso, que hizo al Imperio tan indispensable para la salvación de la humanidad como la propia Iglesia, y elevó al emperador a la posición de miembro de la jerarquía eclesiástica. El Imperio y la Iglesia se aliaron tan estrechamente, que apenas se podían distinguir a veces, y esta fusión hizo a la Iglesia cada vez más vulnerable y dependiente del apoyo estatal.

 

La Ruptura Entre Bizancio y Roma.

Después de unir al Imperio y la Iglesia en un lazo indisoluble, los ortodoxos se expusieron a las rivalidades políticas entre Bizancio y la Europa occidental. A principios del segundo milenio, el Papado experimentó una extraordinaria revivificación después de su casi total eclipse durante la edad oscura. Se eligieron sucesivamente varios enérgicos papas. Este cambio ocurrió en la época en que los patriarcas ecuménicos alcanzaron también la cúspide de su poderío, participando de la autoridad y prestigio de su victorioso Imperio.

El nuevo choque entre Roma y Constantinopla fue ocasionado principalmente por la competencia cultural entre los griegos y los latinos, hallándose ambas partes firmemente convencidas de la superioridad de su propia tradición.

Dos paralelos movimientos de reforma se iniciaron dentro de la Iglesia occidental en el siglo XI: uno, dirigido por los monjes cluniacenses, aspiraba a la mejora de la vida monástica; el otro, asociado con Lorena, pretendía intensificar la disciplina, suprimir la simonía, e impedir el nombramiento de hombres inadecuados para el oficio episcopal. Estos dos movimientos esperaban tener éxito fortaleciendo la autoridad de los papas e imponiendo el celibato al clero. Obtenían su inspiración de la misma fuente: la renovada apreciación de la erudición y cultura latinas. A los conversos germanos y eslavos del cristianismo les fascinaba tanto la Majestad del desaparecido Estado romano, que consideraban sus propias lenguas como indignas de uso en el culto divino y no se sintieron propiamente incorporados a la Iglesia hasta que dominaron no sólo el latín sino también la manera de ver que le acompañaba.

Los emperadores germanos apoyaron el movimiento de reforma, pues necesitaban un clero mejor educado y disciplinado para su administración civil y eclesiástica. Para fortalecer al Papado, los emperadores elevaban a sus parientes al trono papal, y esta política afectó radicalmente a las relaciones entre los papas y los patriarcas. Hasta el siglo XI, los ocupantes de las dos principales sedes pertenecieron al mundo mediterráneo, y aunque discutían entre sí, tenían mucho en común. La situación cambió cuando hombres de diferente temperamento y ascendencia se convirtieron en jefes de la Iglesia latina*. Nacidos y criados en Francia y Alemania, eran extraños a los griegos e italianos. Suponían que sus costumbres representaban la auténtica tradición apostólica e impusieron a los obstinados meridionales ** dos de sus innovaciones: la adición del Filioque al Credo y el celibato obligatorio al clero. Cuando hubieron conseguido su victoria en Italia, los reformadores decidieron imponer las mismas novedades a los griegos, y esto provocó naturalmente la mayor indignación en Bizancio.

Al Occidente cristiano le inspiraba una visión de la autoridad centralizada del Papado superior a todas las otras potencias. El clero célibe, obediente a la cabeza de la Iglesia y exento del control de los gobernantes seculares, proporcionaba la base de la monarquía de Papal. Este majestuoso edificio del catolicismo medieval, que audazmente concibieron gentes extrañas al clima del cristianismo primitivo, halló su expresión visual en la grandeza de la arquitectura eclesiástica románica y más tarde gótica.

 

La Consolidacion de la Autocracia Papal en el Siglo XIII.

Es significativo que la transformación del Papado de uno de los patriarcados del Imperio romano en una monarquía sagrada coincidiese, con la aparición de los normandos en Italia. El papa Benedicto VIII (1012-24) les había invitado a venir en el año 1016 para que le ayudas en su lucha contra los árabes y los bizantinos. Los normandos se adueñaron pronto de Sicilia, penetraron en el sur de Italia y se convirtieron en una importante fuerza política. Desempeñaron un papel decisivo en el drama del cisma entre Roma y Constantinopla, y sin su activa participación no habría ocurrido éste a mediados del siglo XI.

 

* El primer papa alemán fue Gregorio V (996-999). Silvestre II (999-1003) era francés. Entre 1009 Y 1058 se sucedieron cinco alemanes, y hubo otros dos franceses antes del l100.

 

** Los decretos contra el clero casado fueron aprobados por los Sínodos reformadores de Augsburgo, 952; Poitiers, 1000; Goslar, 1019; Pavía, 1022; Selinsgtad, 1023; Bourges, 1031; Roma, 1047. Finalmente, el papa Gregorio VII excomulgó a todos los sacerdotes casados en el 1074.

 

Comenzó en el 1049 cuando un francés, Bruno de Toul, llegó a ser el Papa León IX (muerto en el 1054). Por aquel entonces Constantino Monomaco (1042-55) ocupaba el trono imperial de Constantinopla (lám. 29). Los normandos codiciaban las provincias bizantinas del sur de Italia y constituían una amenaza idéntica para las posesiones papales. Era natural que el Emperador y el Papa considerasen una más estrecha cooperación, y después de un intercambio de cartas León IX envió tres legados a Constantinopla para concertar una alianza con el Imperio. Sus legados eran Humberto de Mourmontiers, cardenal obispo de Silva Cándida (1010-63); Federico de Lorena, canciller de la sede romana, más tarde papa Esteban IX (1057-58); y Pedro, arzobispo de Amalfi, ciudad que contenía una gran población griega y era Estado vasallo de Bizancio.

Los legados llegaron a Constantinopla en abril de 1054 y enseguida entablaron una desabrida disputa con Miguel Cerulario, patriarca de Constantinopla (1043-5 8), persona de distinción, considerado en otra ocasión como candidato idóneo para el trono imperial, severo disciplinario, de miras estrechas y mucho más consciente de la exaltada posición de su sede. Era persona más fuerte que el manejable Constantino Monomaco, y el Patriarca gozaba de mayor popularidad en la ciudad que el Emperador. Esto le animó a tomar una línea de conducta opuesta, y en vez de dispensar una buena acogida a los enviados de Roma, se opuso a ellos resueltamente. Esta hostilidad se debía a un previo encuentro entre Miguel y Humberto, que surgió en el curso de los intentos del Patriarca por imponer las prácticas griegas a los armenios que recientemente habían caído bajo el control político del Imperio. En su campaña de uniformidad, Miguel había declarado que era una innovación hereje el uso de pan sin levadura en la Eucaristía, pero los armenios que lo practicaban habían manifestado que estaba de su parte Roma, a la vez que todo el Occidente. El Patriarca, irritado por esta resistencia, había ordenado al clero latino de Constantinopla, en el año 1052, que siguieran el uso griego, y, cuando se negaron, cerró sus iglesias. Este movimiento fue acompañado de la publicación de una epístola beligerante que, por orden del Patriarca, escribió León, arzobispo de Ocrida, y dirigió a Juan, obispo griego de Trani, en Apulia. León de Ocrida criticaba las costumbres litúrgicas occidentales y condenaba no sólo el uso de pan sin levadura, sino el ayuno de los sábados en cuaresma y la manera de cantar el Alleluia. Todas estas desviaciones del ritual aprobado en Constantinopla eran consideradas como graves ofensas contra la ortodoxia, y se pidió al obispo Juan que enviase la carta al Papa y al resto del clero galo.

Una réplica a este ataque fue escrita por Humberto, que había trasladado la controversia a un terreno particularmente atractivo para los partidarios del movimiento lorenés. Discutió extensamente las prerrogativas de la sede romana, basando sus argumentos en los falsificados decretales isidorianos que databan de mediados del siglo lX, los cuales eran considerados en Occidente, en el siglo XI, como la más importante justificación de la supremacía papal, pero que todavía eran desconocidos en Constantinopla.

Habiendo sido éste el primer contacto entre Miguel y Humberto, el Patriarca trató a los legados de Occidente, cuando llegaron a Constantinopla, como hombres que ignoraban la tradición apostólica, mientras que Humberto explicó a Constantino que, antes de que se pudiera concertar una alianza entre el Imperio y el Papado, Miguel debía someterse a León IX. El Emperador trató en vano de ponerse de acuerdo con los enviados papales, pero el Patriarca obstruyó sus negociaciones.

 

Pronto llegó la noticia a Constantinopla de que León había muerto el 19 de abril, prisionero de los normandos. Miguel suspendió enseguida todos los contactos con Humberto y sus compañeros, declarando que ya habían perdido sus credenciales. Humberto se aprovechó de la muerte, del Papa para actuar independientemente, y el sábado, 16 de abril de 1054, marchó a la catedral de Santa Sofía justamente cuando iba a empezar la celebración y puso sobre el altar una bula de excomunión. Entonces se fue de la iglesia sacudiéndose solemnemente el polvo de sus pies y gritando a la enmudecida muchedumbre: Videat Deus et judicat. Inmediatamente llevaron la bula al Patriarca, y cuando la tradujeron al griego resultó ser uno de los más curiosos documentos en la historia de las disputas cristianas. La excomunión iba dirigida no contra todos los cristianos ortodoxos, sino únicamente contra Miguel Cerulario, León Ocrida, Miguel Constantino, el canciller patriarcal y aquellos que seguían su pauta.

La justificación de su expulsión de entre los miembros de la Iglesia católica era una singular colección de hechos y ficciones. Los hechos eran triviales; las ficciones, grotescas. El cardenal Humberto acusaba al Patriarca de una errónea enseñanza acerca de que el pan eucarístico tenía alma, que no se podía bautizar a las mujeres cuando estaban de parto, que los hombres que se afeitaban las barbas no eran dignos de recibir el Sacramento; otras incriminaciones eran la simonía, la aprobación de la emasculación y la repetición del bautismo de los cristianos latinos. El mayor de todos sus delitos era la obstinada corrupción del credo niceno, del que se argumentaba que el Patriarca había suprimido las palabras Filioque.

Este extraordinario documento revelaba no sólo el fanatismo de su autor, sino una sorprendente ignorancia de la historia. A Humberto se le respetaba como hombre erudito, pero se hallaba tan mal informado, que no tenía idea de que el credo original no incluía la cláusula Filioque, y que el celibato obligatorio del clero no era tradición apostólica. Miguel no perdió tiempo en convocar un concilio local de obispos y en excomulgar a Humberto y a los otros legados, llamándoles impostores. El Emperador, no deseando verse mezclado en este destructivo in

tercambio de hostilidades eclesiásticas, hizo regresar a Humberto cargado de regalos, con la esperanza de que el nuevo Papa repudiase la acción del irascible cardenal. No se vio satisfecha esta esperanza, pues los normandos estaban decididos a evitar una alianza entre el papa y el Emperador, e hicieron imposible la reanudación de sus negociaciones.

Es digno de notar que se rompiera la comunión entre Roma y Constantinopla cuando se hallaba vacante la sede papal y que ningún pontífice romano confirmase jamás el acto de excomunión, ni lo repudiase realmente.

 

El Significado de la Excomunión de Humberto.

El año 1054, antiguamente aceptado como fecha del cisma entre Oriente y Occidente, se ha visto recientemente discutido. Algunos historiadores minimizan la importancia de 1054; señalan la continuación de relaciones amistosas entre los cristianos latinos y griegos después de la "excomunión" y la ausencia de toda referencia a ella en las crónicas bizantinas de ese período. Otros historiadores dicen que la ruptura entre Roma y Constantinopla tuvo lugar en fecha anterior, bajo el patriarca Sergio II (995-10l9). En 1009 el papa Sergio IV (1009-12), con ocasión de su elección, envió la acostumbrada profesión de su fe a Constantinopla. Por primera vez, contenía la cláusula Filioque. Como resultado de esto, el Patriarca se negó a incluir el nombre del Papa en la lista de los obispos legales y así se suspendió la comunión oficial entre las dos principales sedes.

Sin embargo, se puede argumentar que esta omisión del nombre del Papa en los dípticos de Constantinopla no sugería a los contemporáneos que se hallaba rota la unidad de la Iglesia. Incluso el cardenal Humberto describió a Constantinopla como civitas Christianissima et Orthodoxa y trató al Emperador con el respeto debido a un soberano católico. El resto de las Iglesias orientales no consideraba que sus relaciones con Roma habían sufrido una alteración drástica ya en 1009 o en 1054, y continuaron aceptando a los latinos como miembros de la Iglesia católica. Sin embargo, a pesar de toda esta evidencia, la excomunión de Humberto fue un hito trágico en la historia de la Iglesia. Ambas partes creían firmemente en la unidad de la cristiandad, pero ya no era la misma su visión de lo que debía ser la Iglesia católica. No solamente diferían su culto, su disciplina, sus costumbres y su manera de ver, sino que había una seria divergencia con respecto a la estructura de la comunidad cristiana. Occidente consideraba a la Iglesia como una monarquía sagrada, y al papa como fuente de toda autoridad en enseñanza y administración. Los griegos no tenían lugar para ese tipo de papado en su sistema. Estaban dispuestos a tratar al obispo de Roma como al jerarca mayor, pero la idea de que el papa era un monarca eclesiástico que había de ser obedecido por el resto de la cristiandad era ajena a la tradición bizantina, y ninguna de las dos partes estaba resuelta a hacer concesiones.

Este empeño de no reconocer como legítima la divergencia en la estructura de la Iglesia fomentó una interminable controversia entre los griegos y los latinos, que incluía no sólo problemas constitucionales, sino también minuciosos detalles de ritual y costumbre, presentando cada parte catálogos de herejías, tales como los anillos que lucían los obispos occidentales, el uso de la música de órgano, o la genuflexión. Era obvio que para tales mentes la unidad de la Iglesia sólo se podía expresar por medio de una uniformidad completa, y para imponer ésta se requería la poderosa asistencia del brazo secular. Esta equivocada idea de unidad condujo a una compulsión que fue fatal vivero de odio y desunión. Desde el siglo IX en adelante, las ramas oriental y occidental de la Iglesia, aliada cada una con su propio Imperio, se acosaron mutuamente siempre que fueron favorables las circunstancias políticas.

No obstante, el brazo secular no fue lo bastante fuerte para romper por sí solo la comunión eucarística entre los cristianos orientales y occidentales y acabar así con su unidad sacramental. Este último acto cismático solamente se podía autorizar mediante un jerarca que tuviese derecho a hablar y actuar en nombre de todo el cuerpo.

La concentración del poder y la autoridad en manos de un solo obispo, el Papa en Occidente y el Patriarca ecuménico en Bizancio, hizo posible el desastre del cisma. El cardenal Humberto pensaba que tenía derecho a separar de la Iglesia al Patriarca y a sus asociados. Los griegos estaban igualmente convencidos de que a los latinos se les podía expulsar de entre los miembros de la Iglesia católica mediante el acto de un sínodo presidido por el Patriarca. En una atmósfera de disputas y querellas, acibaradas por actos de violencia y opresiones, adquirió un carácter verdaderamente amenazador el arma de la excomunión en manos de los prelados individuales. Su poder destructivo quedó ampliamente demostrado por la historia del cisma del siglo XI.

Y, sin embargo, a pesar de todas estas deformaciones internas y errores generales, la Iglesia poseía todavía su poder de unidad, como demuestra el tiempo que tardó en consumarse el cisma. Existía, asimismo, cierto número de cristianos por ambas partes que no estaban enteramente adheridos a un estático concepto de la Iglesia, y que se oponían a la prevaleciente tendencia hacia la uniformidad; pero estos cristianos de mentalidad ecuménica eran constantemente derrotados, no tanto por argumentos como por el uso liberal de la coerción por parte de sus adversarios, que frustraban todos los esfuerzos hacia la reconciliación.

No obstante, la historia del cisma entre Oriente y Occidente no constituye para la religión cristiana el descrédito que podría parecer si nos atenemos únicamente a un examen superficial. Los cristianos perdieron su unión eucarística únicamente porque la concebían sobre una base que chocaba con su propia enseñanza y porque aplicaban métodos que el Nuevo Testamento condenaba explícitamente. No es extraño, pues, que se frustraran sus intenciones. El hecho verdaderamente asombroso fue que se tardara otros cuatrocientos años en destruirse definitivamente su unidad.

 

La Venida de los Cruzados.

Mientras que los bizantinos luchaban con los normandos en el sur de Italia y los cristianos orientales y occidentales desarrollaban sus propios sistemas de orden eclesiástico, aparecieron en el Oriente nuevos enemigos del cristianismo e iniciaron un firme avance sobre Constantinopla. Eran los turcos seldjúcidas, originalmente nómadas del Asia central. En una primera etapa, habían abrazado el islamismo. Por otra parte, esta conversión detuvo su desarrollo cultural, pues se convirtieron en imitadores de los árabes, adoptando su manera de ver y su escritura, que no armonizaban bien con su propia mentalidad y lengua; por otra parte, les ayudó a adquirir cierta prestancia entre las naciones islámicas. Los turcos fueron invariablemente victoriosos, pues constituían un grupo unificado, de inclinaciones conquistadoras, mientras que sus enemigos se hallaban divididos, eran irresolutos y fueron lo bastante necios como para solicitar ayuda turca en contra de sus vecinos. En el año 1055 los seldjúcidas invadieron Mesopotamia y tomaron Bagdad. En el 1071, por causa de las disensiones entre los cristianos, infligieron una desastrosa derrota al ejército bizantino en Manzikert, de la que nunca se recuperó plenamente el Imperio oriental. Fue un año negro para Constantinopla, pues al mismo tiempo cedieron también los griegos a los normandos su última plaza fuerte en Italia.

El final del siglo XI se puede considerar como el principio de la decadencia del Imperio. El Islam en Oriente y los cristianos latinos en Occidente se hallaban igualmente decididos a aniquilar al Oriente cristiano. Durante cuatrocientos años, el Imperio luchó contra dos frentes, pero estaba sellada su suerte; hubiera podido derrotar a un adversario, pero el poder combinado de ambos era demasiado grande para tener éxito en la resistencia.

Uno de los emperadores bizantinos más capacitados de ese período fue Alejo Comneno I (1081-1118), y fue durante su reinado cuando los cristianos latinos lanzaron su cruzada contra el Islam.

Para muchos cristianos de Occidente, los aspectos heroicos y románticos de las Cruzadas han oscurecido sus resultados negativos, pues los cruzados combatieron contra el Oriente e introdujeron el espíritu de brutalidad y persecución en su propia Iglesia. Al final destruyeron los últimos vestigios de unidad entre los cristianos orientales y occidentales. Su mayor delito fue el bárbaro saqueo de Constantinopla, acto que abrió paso a los invasores turcos hasta el corazón de Europa.

El principio de las Cruzadas fue espectacular: el 27 de noviembre de 1095, el papa Urbano II (1088-99) predicó su trascendental sermón en el Concilio de Clermont, en el que exhortó al Occidente cristiano para que rescatase los Santos Lugares de la tiranía de los infieles y asegurase el camino a los peregrinos que se dirigían al lugar del nacimiento de Cristo y a la ciudad de su muerte y resurrección. Fue entusiástica la respuesta, y varios ejércitos de cruzados iniciaron pronto su marcha hacia el Oriente. En el 1096-97 entraron en las bien cultivadas tierras de Bizancio. El primer contacto entre estos indisciplinados y rapaces guerreros occidentales no fue alentador para ninguna de ambas partes. Los cruzados se asombraban de la prosperidad y refinamiento de los habitantes del Imperio, y les cohibía su desconocimiento de las costumbres orientales. Las Iglesias ortodoxas, con cúpulas e iconos, eran distintas a sus propios edificios; las liturgias eran igualmente diferentes. Los simples soldados creían que se enfrentaban con una religión ajena a la suya propia. A los caballeros les deslumbraban las realizaciones de Bizancio y envidiaban su riqueza y civilización. El emperador Alejo tenía urgente necesidad de hombres para su campaña contra los turcos, y de buena gana habría reclutado gente para su propio ejército, pero la vista de una fuerza independiente que marchaba a través de su territorio, dirigiendo la guerra sobre sus propios términos con el propósito de crear principados occidentales independientes en los antiguos dominios del Imperio, le alarmó en gran manera. Sin embargo, fue un inteligente diplomático y un hábil administrador. Concertó un convenio con los líderes occidentales, estipulando que cualquier provincia conquistada se debía restituir al Emperador. Algunos de los cruzados, cuyo prototipo era Godefredo de Bouillon, eran hombres de honor y de altos ideales y cumplieron fielmente sus acuerdos. Otros insistieron en que cada cual debía retener sus propias conquistas.

Alejo protegió eficientemente a su propio pueblo contra el pillaje y la rapiña de los cruzados, creando un cuerpo especial de vigilancia que acompañaba a los ejércitos occidentales que pasaban por su Estado. A pesar de todas estas precauciones, los soldados de Balduino saquearon un suburbio de Constantinopla; otro destacamento de cruzados arruinó Castoria, una próspera ciudad de Macedonia. Los cristianos orientales miraban con sorpresa e indignación a los groseros y violentos guerreros latinos. Les era aborrecible la idea de una guerra santa de agresión. Se sorprendieron especialmente al ver a obispos, abades y monjes armados de pies a cabeza y comportándose como soldados ordinarios. A los ortodoxos también les desconcertó encontrar tan gran diferencia entre el concepto eclesiástico de los latinos y el suyo propio, y muchos de ellos se resistían a reconocer que los cristianos occidentales profesaban la misma religión.

Los cruzados fueron victoriosos al principio, y en 1099 tomaron Jerusalén. Sin embargo, la expansión y consolidación de su territorio no mejoró sus relaciones con los cristianos orientales. Cuando se tomaba por asalto una nueva ciudad, toda la población sufría a manos de los invasores, sin mostrar los cruzados ningún respeto por las vidas y bienes de los cristianos. Incluso empeoraron las condiciones cuando su gobierno se estableció firmemente, pues trataron de sustituir al clero local por sus propios hombres, y en 1100 obligaron a salir de la ciudad a Juan, patriarca griego de Antioquía; le sustituyeron por un prelado latino. Esta fecha marcó un paso más en el alejamiento de Oriente y Occidente y creó una nueva razón de antagonismo entre su clero. Los cruzados más desprovistos de principios eran los normandos, que no guardaban en secreto sus ansias de crearse reinos particulares para sí mismos. Bohemundo de Tarento, hijo de Roberto Guiscardo, había luchado en Italia contra el Emperador antes de comenzar las Cruzadas. Cuando tomó Antioquía, se negó a entregarla a Alejo. Y así se dilataba rápidamente el abismo entre los griegos y los latinos, y pronto llegaron a desconfiar unos de otros tanto como de los mahometanos. El mismo Bohemundo concibió la idea de una cruzada contra los cristianos ortodoxos. En el 1103, después de haber sido liberado del cautiverio turco, recorrió Europa reclutando un nuevo ejército, esta vez no contra los infieles, sino contra el Imperio, acusando a Alejo de doblez y de entendimiento con los enemigos de la Cruz. No tuvo éxito, pero nació la idea de una guerra santa contra los cismáticos, y arrojó su sombra siniestra sobre las relaciones entre los cruzados y Bizancio.

 

El Saqueo de Constantinopla el Viernes Santo de 1204.

El siglo XII vio el rápido declive del imperio oriental y la degeneración moral y política de los cruzados, que, aunque incapaces de expulsar a los mahometanos y establecer un orden político permanente, consiguieron varias plazas fuertes en Siria y Palestina, y terciaron en una contienda en que, antes de su llegada, sólo estaban envueltos los cristianos orientales y los mahometanos. Las repúblicas comerciales italianas — Venecia, Génova y Pisa —, siguiendo el rastro de los cruzados, establecieron puestos de comercio dondequiera que les fue posible, y sus contrarios intereses complicaron todavía más la confusión que creó la llegada de los latinos al Próximo Oriente.

Mientras tanto, el Imperio sufrió varios reveses militares. Además, se disputaban el trono unos candidatos rivales que no tenían escrúpulos en invocar la ayuda de los extranjeros. Cada vez más se conducían los cruzados como mercenarios, dispuestos a servir a cualquier señor, y consideraban enemigos suyos tanto a los cristianos orientales como a los mahometanos. Este hundimiento gradual del ideal original hasta el punto de una guerra de rapiña alcanzó su culmine a principios del siglo XIII, en la denominada Cuarta Cruzada. El gran pontífice romano Inocencio III (1198-1216), inspirado por la misma visión que Urbano II, quiso ver a las naciones cristianas marchando como una fuerza unida contra los seguidores del falso profeta. Pero si el Papa era fiel al antiguo ideal, los hombres que respondieron a su llamada eran distintos a los primeros cruzados. Fueron acaudillados por el marqués Bonifacio de Montferrato, que aceptó la oferta veneciana de transportar su ejército por mar a Egipto si quería capturar la ciudad de Zadar y entregarla a esa república. Así, la primera hazaña militar de los Caballeros de la Cruz fue tomar y saquear una ciudad cristiana que pertenecía al rey de Hungría, un buen católico y fiel siervo del Papa (1202).

Inocencio excomulgó, indignado, a los cruzados, pero pronto les perdonó, esperando que dirigieran su atención a la guerra contra los sarracenos. Pero no había de ser así, pues cuando todavía celebraban su victoria sobre Zadar, un príncipe bizantino, Alejo, hijo del depuesto emperador Isaac Angelo (1185-96), llegó a su campamento y pidió a Bonifacio que le ayudase a recuperar el trono de su padre. Los cruzados se prestaron a ayudar al pretendiente, y los venecianos ofrecieron alegremente su flota. En abril de 1203, los cruzados zarparon de Zadar y llegaron a Constantinopla en junio. El emperador Alejo III (1195-1203) no hizo preparativos en defensa de la ciudad; pero, aunque era impopular, halló leal apoyo entre los habitantes, y los ciudadanos se negaron a admitir al pretendiente. Los cruzados se sentían contrariados, pues habían esperado un fácil triunfo; en cambio, tenían que luchar afanosamente contra los defensores de la capital. Sin embargo, Alejo III no era hombre de coraje; huyó de Constantinopla y los oficiales repusieron apresuradamente en el trono al ciego Isaac Angelo. Los cruzados aceptaron una tregua, a condición de que su candidato, Alejo IV, fuese proclamado coemperador con su padre. Alejo confirmó por su parte su disposición a respetar todas las obligaciones que había contraído en Zadar, incluyendo la sumisión al papado y las concesiones comerciales a Venecia.

Las precipitadas promesas que hizo el joven príncipe resultaron difíciles de cumplir. El tesoro estaba vacío, el Patriarca y el pueblo se negaron a reconocer al papa como cabeza de la Iglesia, los venecianos eran aborrecidos y nadie respetaba a un emperador invidente. En febrero de 1204, la excitada población destronó a Alejo IV. Perecieron tanto él como su padre, y otro noble, que se llamaba Alejo Murzúfulo, fue proclamado emperador.

Los cruzados decidieron atacar, y, después de una lucha breve, pero feroz, entraron en la ciudad el Viernes Santo de 1204, y durante tres días saquearon salvajemente la gran capital del Oriente cristiano, que nunca había sido conquistada con anterioridad. El saqueo de Constantinopla es uno de los mayores desastres de la historia cristiana. La ciudad contenía innumerables e insustituibles tesoros de la antigüedad clásica del arte y erudición cristianos. Todo lo mejor que poseía el mundo mediterráneo se hallaba reunido allí. Durante tres días, una salvaje multitud de soldados borrachos y sedientos de sangre mataron y violaron; fueron perversamente destruidos palacios, iglesias, bibliotecas y colecciones de arte; fueron profanados los monasterios y conventos, y saqueados los hospitales y orfanatos. Pusieron a una prostituta borracha en el trono del patriarca en la catedral de Santa Sofía y cantaron indecentes canciones con aplauso de los cruzados, mientras que los caballeros se ocupaban en hacer pedazos el altar mayor que, estaba hecho de oro y adornado con piedras preciosas.

En aquellos tres días la humanidad perdió algunas de sus más grandes obras maestras del arte. La Iglesia perdió su unidad; el Imperio, la fuerza de resistencia a los invasores asiáticos. Por fin, sufrió un colapso definitivo el sentido de confraternidad entre los cristianos orientales y occidentales, que había sobrevivido a tantos reveses y pruebas y que había resistido tantos intentos de ruptura. Ya no se podía decir que los latinos y los griegos eran miembros de la misma Iglesia. Los profanados altares, los sagrados vasos manchados de sangre, las saqueadas casas religiosas, declaraban con asaz elocuencia el fin de la unidad cristiana.

Al principio, el papa Inocencio se horrorizó de los resultados de sus esfuerzos, pero más tarde se reconcilió con el acto de destrucción, pues los cruzados eligieron apresuradamente a su propio emperador y patriarca, quienes reconocieron la supremacía del Papa en nombre de la arruinada ciudad. El Imperio latino de Constantinopla llevó una tenebrosa existencia durante medio Siglo (1204-1261). Era una construcción artificial, que duró todo ese tiempo a causa de la debilidad y las divisiones entre los griegos. Por último, Miguel VIII el Paleólogo (1260-82) expulsó a los cruzados y retornó a Constantinopla desde Nicea, donde el gobierno griego había encontrado refugio temporal. Bizancio sobrevivió durante otros doscientos años, pero ya no era una vida normal, sino una agonía de muerte. Los cruzados habían minado su eficaz resistencia contra los turcos. Sólo era cuestión de tiempo hasta que la ciudad cayese en sus manos. Los turcos, cuando llegaron, llegaron para quedarse. Los cruzados no libraron a Tierra Santa del yugo mahometano; en cambio, entregaron el Oriente cristiano a las manos de sus opresores orientales.

 

Las Iglesias de Lengua Eslava.

Después de la exaltación del Islam, la Iglesia y cultura bizantinas perdieron su influencia sobre la masa de habitantes del Asia Menor, Siria y Egipto, pero encontraron un nuevo dominio entre los pueblos de lengua eslava.

La versión bizantina del cristianismo oriental se convirtió en religión de los serbios, búlgaros, macedonios y rusos. Después de su conversión al cristianismo en el siglo IX, los búlgaros crearon por dos veces un impresionante Imperio, y en cada una de estas ocasiones trataron de someter a los griegos y de hacer de Constantinopla su capital. Simeón (893-927) fue el primer gobernante búlgaro que asumió el título de zar. En el 913 llevó a su ejército hasta las murallas de Constantinopla, pero no consiguió tomar la ciudad. En el 923 celebró una conferencia privada con el Basileus y logró un subsidio anual de los intimidados griegos, junto con el reconocimiento de la Iglesia búlgara como cuerpo independiente bajo un arzobispo que residía en la capital, Gran Preslav. Sin embargo, el Imperio que fundó Simeón sólo duró hasta el año 972. Su sucesor, el zar Pedro (927-69), no pudo dominar a sus indóciles nobles, y vio minada la fuerza de su Estado. Durante el reinado de su hijo, Boris II (969-76), Bulgaria fue invadida por Sviatoslav de Kiev (945-73), que devastó Gran Preslav y capturó al Zar. El emperador, Juan I Tzimisces (969-76), entró en Bulgaria en el año 972 y dividió el derrotado Imperio en dos reinos independientes. Uno de ellos, la Bulgaria occidental, bajo el gobierno del zar Samuel (976-1014), con su capital en Ohrid, a orillas de un hermoso lago, se convirtió en centro de arte y erudición eslavos. Samuel reanudó las guerras contra Bizancio, pero Basilio II (976-1025), que recibió el sobrenombre de Bulgaractonus por su resonante victoria, derrotó completamente al ejército búlgaro (25 de julio de 1014). Samuel murió en el mismo año, y se disolvió su Estado.

El Segundo Imperio búlgaro floreció desde 1186 a 1241. Alcanzó su cenit bajo el gobierno de Juan Asán II (1218-41), que se llamaba así mismo zar de los búlgaros y de los griegos. Esta vez se fijó la capital en Tirnovo. Aprovechándose de la rivalidad entre los Imperios griego y latino, los búlgaros pudieron mantener su ascendencia sobre sus vecinos. En 1236, Juan Asán intentó tomar Constantinopla, ocupada entonces por los cruzados, pero fue rechazado. Después de su muerte, la anarquía debilitó el reino búlgaro, y la continua lucha entre los cristianos balcánicos facilitó el avance de los turcos. En 1382 tomaron Sofía; en 1393, Tirnovo; en 1398, Vidin, la última plaza fuerte de los búlgaros. Durante quinientos años, hasta 1878, los búlgaros se vieron reducidos a la esclavitud bajo los invasores islámicos.

La historia de sus vecinos, los serbios, fue similar en sus líneas principales. Este dotado y brioso pueblo, que se había establecido en los Balcanes en algún momento del siglo VI, tuvo períodos de grandeza cuando fue acaudillado por capacitados gobernantes; pero la rivalidad gentilicia y la falta de cooperación frustraron invariablemente sus intentos de establecer un orden político estable. El fundador de la dinastía que hizo de los serbios una nación fue Stefan Nemanja (1151-95), que extendió su gobierno sobre todas las tribus vecinas y ensanchó su territorio a expensas del Imperio bizantino. Los frutos de sus obras se vieron en peligro de disiparse por causa de sus hijos, pero se evitó el desastre gracias al menor, llamado Rastko, que se convirtió en el Santo Patrón de Serbia y en el verdadero constructor de la unidad nacional. Este extraordinario hombre se hizo monje cuando era todavía un joven, y recibió el nombre de Sava. En 1207 retornó a su país procedente del Monte Atos y consiguió restaurar la paz entre sus hermanos. En 1217 fue a Nicea, la capital temporal del Imperio bizantino (pues Constantinopla estaba ocupada por los latinos), y allí el Patriarca ecuménico le consagró obispo de todas las tierras serbias. En 1222 coronó a su hermano Stefan en el monasterio de Zica como primer rey de los serbios. Murió en 1236 en Tirnovo, pero sus restos fueron solemnemente trasladados al monasterio de Milisevo dos años después. Fueron quemados en 1593 por los turcos en un intento de aplastar el deseo de libertad que sentían los serbios. El papel de San Sava en la historia de los serbios no tiene paralelo en la vida de otras naciones. Era más que un capacitado organizador de la Iglesia o que un Santo Patrón. Continúa siendo su amado maestro, ejemplo viviente de hombre verdaderamente cristiano, símbolo de la unidad serbia y de su indestructible eslabón con la ortodoxia bizantina. No existe un serbio que no venere a San Sava. Su día conmemorativo, es fiesta nacional.

El cénit del poderío político serbio se alcanzó durante el reinado del rey Dushan (1331-55). Proclamó su reino como Imperio en 1345 y se llamó a sí mismo emperador de los serbios, búlgaros y griegos. El arzobispo serbio se convirtió en patriarca en 1351 con su residencia en Pec. Dushan no sólo fue un jefe militar, sino también legislador y patrón de las artes. Los griegos le consideraban como un peligroso enemigo, y el Patriarca ecuménico se negó a reconocer el título de patriarca que asumió la cabeza de la Iglesia serbia. Unicamente en 1375, cuando los bizantinos y los serbios se vieron igualmente amenazados por los turcos, llegaron a un acuerdo, pero ya era demasiado tarde. En 1389, en la batalla Kosovo, los turcos destruyeron la independencia de Serbia. La flor de la nación serbia pereció en el campo de batalla con su zar, Lazar (1371-89). Largos siglos de esclavitud aguardaban al derrotado pueblo. Aun Kosovo resultó un desastre nacional, fue una lucha heroica recordada con orgullo y duelo. La viuda de Lazar, Militsa, fundó un convento para las viudas de los muertos y se convirtió en su abadesa. La cuentan entre los santos de la Iglesia. Demostró fortaleza y fe en la última victoria del cristianismo, en la hora más oscura de la derrota y humillación de su nación.

La historia de los eslavos ortodoxos meridionales revela la poderosa atracción que tenían para ellos Constantinopla y su brillante civilización. Constituyen una extraordinaria realización la arquitectura y pintura eclesiásticas serbias y búlgaras que datan de los siglos de su rivalidad con Bizancio. La mayoría de estos tesoros artísticos se pueden hallar en los monasterios que edificaron y dotaron los gobernantes serbios y búlgaros en los siglos XII, XIII y XIV, tales como Studenica, Pec, Dacani y Gracanica. Ocrida, en otro tiempo capital de Bulgaria, contiene extraordinarias iglesias adornadas con magníficos frescos que datan de los siglos XI y XII 3. Pero la proximidad de Constantinopla, a la que llamaban Tsargrad y "Reina de las Ciudades," fue la causa de su destrucción.

En vez de concentrar su fuerza en edificar sus propios estados nacionales, la malgastaron en grandiosos sistemas de edificación imperial, que les complicó en constantes luchas con sus vecinos. Los zares eslavos trataban de imitar al Basileus, con la esperanza de igualar a sus arzobispos con el Patriarca ecuménico. Estas exageradas ambiciones contribuyeron a la inestabilidad de los Estados cristianos en los Balcanes y facilitaron la victoria turca, pues cuando, en 1353, los nómadas cruzaron el Estrecho y desembarcaron en Europa, se encontraron con las naciones balcánicas desunidas, que no pudieron detener su avance. La caída de Constantinopla arrastró al mismo abismo al resto de los cristianos ortodoxos, establecidos en el antiguo territorio del Imperio.

 

La Conversión de Rusia al Cristianismo.

Los rusos sintieron también la fascinación de Constantinopla, pero su lejanía geográfica y sus particulares problemas nacionales les condujeron a un desarrollo histórico diferente al de los eslavos meridionales.

La conversión de Rusia al cristianismo tuvo lugar en medio de las crecientes tensiones entre Oriente y Occidente, pero al principio prometió una mejora en sus relaciones. El promotor fue el gran príncipe Vladimiro de Kiev (979-1015), uno de los más notables gobernantes de la historia En los siglos X y XI, Kiev era un importante centro de comercio internacional, pues el Mar Mediterráneo, la principal vía de comunicación entre Oriente y Occidente, estaba bloqueado en aquella época por islámicos. Por lo tanto, era más seguro transportar las mercancías a lo largo de las protegidas costas del Mar Negro y por los ríos rusos hasta donde éstos se acercan, pero no se unen a otros ríos que desembocan en el Báltico. Allí se distribuían las mercancías orientales entre los países occidentales. Kiev se hallaba en el centro de este tráfico fluvial, y la rica población de la ciudad incluía a eslavos, griegos, germanos y escandinavos. Los propios príncipes de Kiev eran de origen vikingo.

En el siglo X, el paganismo nativo perdía su influencia sobre muchos rusos, y rápidamente se incrementaba el número de cristianos. A principios de su gobierno, Vladimiro se opuso a la nueva religión, pero cambió de parecer y decidió bautizarse y convertir también a su pueblo al cristianismo. Este paso tuvo importantes consecuencias políticas, pues la entrada en la comunidad de las naciones cristianas implicaba el reconocimiento de la soberanía del emperador cristiano, que era considerado como único y supremo señor de todos los príncipes y pueblos cristianos. Vladimiro, como otros gobernantes paganos de Europa, se había enfrentado con una elección entre el Imperio de Oriente y el de Occidente, y de su decisión dependía la incorporación de sus vastos dominios a una de estas grandes unidades políticas y culturales que entonces empezaban a competir entre sí.

El príncipe Vladimiro fue un gran monarca. Se le puede comparar con Carlomagno en las dimensiones de sus proyectos políticos y en su pericia en llevarlos a cabo. Su Imperio cubrió la mayoría de la Rusia europea, los Estados Bálticos y parte de Polonia. Su caudillaje fue también reconocido por los príncipes de Hungría y Moravia. Por lo tanto, el Imperio de Kiev incluía áreas orientales y occidentales de Europa, y Vladimiro hubiera podido unirse a alguna de ellas. Se negó a comprometerse, y mediante un diestro uso de la diplomacia y la fuerza militar consiguió de Constantinopla un establecimiento eclesiástico que correspondía a su deseo de fundar una Iglesia independiente de autoridades externas. Su Iglesia tenía una organización occidental, como revela la catedral de los Diezmos que edificó, pues el diezmo era un método occidental de obtener ingresos, no oriental; pero el ritual adoptado era oriental y la lengua de la liturgia era eslava. En el siglo X, Vladimiro hizo uso de las primeras traducciones de Cirilo, Metodio y sus discípulos. La crónica rusa describe de forma dramática cómo buscó el príncipe la mejor religión. Refiere cómo Vladimiro dirigió a sus enviados a todos los países vecinos. Estudiaron las prácticas islámicas entre los árabes, el judaísmo que profesaban los khazars, cuyo reino estaba situado en la región baja del Volga, y la Iglesia latina que actuaba en Occidente Ninguna de estas religiones les produjo una impresión favorable. Sin embargo, les fascinó el esplendor de la liturgia bizantina cuando visitaron Santa Sofía en Constantinopla. El narrador de la crónica rusa refiere que los enviados declararon a Vladimiro que no sabían si estaban todavía en la tierra o en el cielo, cuando asistieron al servicio divino. Fueron la belleza y la gloria del ritual bizantino en la cúspide de su perfección artística las que introdujeron a los rusos en el redil ortodoxo. Puede que sea una leyenda la propia historia del despacho de legados a los países vecinos, pero manifiesta con exactitud la importancia del atractivo estético del culto bizantino. El amor a la belleza ha sido una de las principales características de los cristianos rusos. La palabra "ortodoxia" se traducía al eslavo como "pravoslavie," que significa verdadera gloria, o legítimo culto y este aspecto de la religión ha sido siempre muy importante en la mentalidad rusa.

En el 989 Vladimiro organizó el bautismo en masa de su pueblo después de una venturosa campaña, contra Kherson, la plaza fuerte bizantina, de Crimea. Su victoria, militar le permitió dictar sus propias condiciones al derrotado Imperio; no sólo obtuvo obispos de su propia elección sino también una esposa, Ana, la hermana del Emperador. Vladimiro entró en el círculo de las naciones civilizadas no como suplicante, sino corno poderoso soberano cristiano.

Su intento de mantener el equilibrio entre Oriente y Occidente no fue continuado por sus sucesores. Los conversos rusos se vieron influidos por los sentimientos antilatinos que animaban a sus maestros griegos. El hijo de Vladimiro, Yaroslav el Sabio (1019-54), aceptó al patriarca de Constantinopla como supremo supervisor de la Iglesia rusa, y, como señal de esta nueva orientación eclesiástica, consagró una segunda catedral en Kiev el año 1039, dedicada esta vez a la Divina Sabiduría (Santa Sofía), a imitación de la iglesia matriz de Constantinopla. Después de esta revolución eclesiástica, los rusos se convirtieron en los más fieles adeptos de la ortodoxia bizantina, y en sus más ardientes defensores.

 

Los Primeros Frutos del Cristianismo Ruso.

Desde el principio de su historia, los cristianos rusos ostentaron un número de características que les separó del resto de la cristiandad.

El príncipe Vladimiro asombró a sus consejeros bizantinos proponiéndoles la abolición de la pena capital como incompatible con la religión cristiana. También impresionó a sus maestros mediante una caridad tan grande, que todos los pobres de su capital eran alimentados y cuidados a sus expensas. Sus dos hijos menores, Boris y Gleb, fueron canonizados por un hecho sin precedente en la historia cristiana.

Boris recibió la noticia de la muerte de su padre cuando regresaba a casa a la cabeza de sus tropas después de una venturosa expedición contra los nómadas merodeadores. Supo simultáneamente que su hermano mayor, Sviatopolk, intentaba atacarle y hacerse así con el poder que de acuerdo con el derecho correspondía a Boris. El joven príncipe, con sorpresa de todo el mundo, se negó a llevar a sus hombres a una batalla contra su hermano. Les dijo que era su deber luchar por la protección de su país, pero no complicarse con la rivalidad entre él y su hermano. Prefería morir antes que ocasionar a otros la muerte, cuando ésta se podía evitar. Su asesinato en 1015, y el de su hermano Gleb, que compartía sus ideas, conmovieron tan profundamente a la nación, que Sviatopolk tuvo que huir del país y morir desterrado.

 

Un énfasis similar sobre las implicaciones sociales de la fe cristiana se manifestó en la notable vida de San Teodosio (muerto en el 1074), fundador del famoso monasterio de las Cuevas, próximo a Kiev. Era hijo de padres bien acomodados y de joven compartió voluntariamente el trabajo manual de los siervos y llevó la misma vestimenta pobre, deseando, en esta identificación con los humildes y los oprimidos, seguir a Cristo que, siendo Dios, vivió entre los pobres como uno de ellos.

Incluso cuando Teodosio llegó a ser abad de su monasterio, continuó trabajando como uno de los siervos. El mismo espíritu de caridad y perdón se ve en el testamento del príncipe Vladimiro II Monomakh (1113-25), uno de los más venturosos gobernantes de la Rusia pretártara. Este notable documento está inspirado por una visión consistentemente cristiana. Durante su larga y brillante carrera política, VIadimiro practicó los principios y virtudes que predicaba.

Fue pacificador en las relaciones con otros príncipes rusos, pero osado y venturoso guerrero cuando defendía a su país contra los nómades. Para él el cristianismo era la pauta de la vida y aconsejaba a sus hijos que practicasen a diario el examen de conciencia, y que rezasen antes de irse a dormir y que dieran limosnas. Escribió: "Sobre todo, no olvidéis a los pobres; alimentadlos y protegedlos, así como a los huérfanos y viudas. No permitáis que los poderosos opriman a otros. No deis muerte a nadie y no permitáis que se pronuncie una sentencia de muerte, ni siquiera con los peores criminales, pues también tienen almas cristianas. Luchad con el orgullo en vuestras mentes y en vuestros corazones. Recordad que todos somos mortales: hoy vivimos; mañana estaremos en nuestras tumbas. Todo lo que poseemos no es nuestro, sino de Dios. No sepultéis nunca vuestros tesoros en la tierra; esto es un gran pecado. Respetad a los viejos como si fueran vuestro padre, y tratad a los jóvenes como a hermanos vuestros."

El espíritu profundamente cristiano de su testamento y la popularidad que disfrutó atestiguan la fuerte influencia de la nueva religión sobre el pueblo ruso.

 

Rusia, durante el período de Kiev (980-1240), alcanzó un alto nivel de civilización. Su capital fue la segunda ciudad de Europa, después de Constantinopla. Las catedrales de Santa Sofía, erigidas por Yaroslav en Kiev y en Novgorod, eran los edificios más hermosos fuera de Bizancio * (lám. 6).

El uso de la lengua eslava en el culto, y la traducción de la Biblia y otras obras cristianas a esa lengua facilitaron el crecimiento de la cultura rusa. En Occidente se hizo difícil el acceso a la educación superior por la necesidad de aprender latín. Sin embargo, esto disciplinó las mentes de los conversos bárbaros, y ayudó a crear un cuerpo de gentes que poseían una tradición superior y distinta a la suya propia. Tal división entre el clero y los seglares no tuvo lugar en Rusia. El cristianismo ruso se injertó a un paganismo no desarrollado, y la nueva fe consiguió rápidamente la obediencia del pueblo. No obstante, este proceso dejó sin cambiar varios defectos nacionales, tales como la falta de dominio propio y una tendencia hacia la anarquía, debilidades características de la historia eslava.

La Rusia del período de Kiev era culturalmente avanzada, pero políticamente inestable, debido a la rivalidad de sus numerosos príncipes. Esta deficiencia de sus estadistas resultó fatal cuando Rusia fue invadida de súbito por los mogoles a mediados del siglo XIII.

 

Capitulo IV.

La Invasion Mogolica y la

Caida de Bizancio.

Siglos XIII-XV.

 

Rusia bajo el yugo mogólico (1240-I480). -Sergio de Radonezh (1314-I392). -

La obra misionera de la Iglesia nestoriana.- Los mogoles y el cristianismo.- Los mogoles

y la conversión de Asia al Islam.- El Concilio Florentino (1439). -Los últimos años

del Imperio.- Los turcos otomanos y la caída de Constantinopla.

 

El saqueo de Constantinopla en 1204 fue seguido de otra mayor calamidad para los cristianos orientales: la súbita irrupción de los mogoles. Los nómadas de Mogolia se hallaban divididos en muchas tribus rivales y eran despreciados por sus vecinos más civilizados; nadie esperaba serios peligros de esos salvajes jinetes del desierto. Su espectacular exaltación al poder en el siglo XIII fue tan imprevista como la conquista mahometana del Cercano Oriente y Africa del Norte en el siglo XVII. El creador del Imperio Panasiático fue Temudjin (1167-I227), hijo de un pequeño jefe. Inició sus hazañas militares atacando y derrotando a los tártaros, una tribu vecina que alevosamente había envenenado a su padre. Resulta irónico que sus hordas se conociesen en Europa por el nombre de ese aniquilado clan, que, no obstante, tomó la forma de tártaros, los espantosos hombres que salían del "Tártaro" (infierno)*. Después de muchas aventuras, Temudjin, habiendo unido a todos los mogoles, fue proclamado supremo kan o emperador en 1206 y tomó el nombre de Gengis Kan. En los cuatro años siguientes (1211-15) sometió al poderoso y populoso Imperio Chino, y después de esta victoria se volvió hacia Occidente y devastó Transoxania, Bokhara, Azerbaijan, Georgia y Persia. Conquistó todas las principales ciudades del Asia Central y del Afganistán: Samarcanda, Merv, Nishapur y Herat.

 

* El cronista Matthew Paris (siglo XIII) escribió: "La detestable raza de Satán, los tártaros, salieron como demonios escapados del Tártaro (infierno)" (Matthew Paris, I, 312).

 

Las arrolladoras incursiones de sus jinetes eran irresistibles, debido a su férrea disciplina y a su agilidad, que trastornaban todos los cálculos de los expertos militares contemporáneos. Los mogoles, que utilizaban alternativamente dos caballos, viajaban de día y de noche, pues podían dormitar en la silla y comer carne cruda, por lo que no les era preciso detenerse largo tiempo para acampar.

Pero tal energía no era suficiente para edificar un imperio, y en esto Gengis Kan empleó diestramente a expertos burócratas chinos, acaudillados por Eliu Chu Tsai. La velocidad y eficiencia del sistema postal mogólico y la excelencia de sus métodos de tributación dieron estabilidad a sus conquistas. La Pax Mogolica hizo que fueran seguros los viajes en Asia y abrió regiones en el corazón de ese vasto continente que antes y después de esa época estuvieron cerradas al mundo exterior.

La pericia militar de los nómadas y la experiencia de los burócratas chinos no explican, sin embargo, el secreto de la campaña de Gengis Kan, que por último radicó en un sentido de misión que dominaba todos sus planes. Creía que el supremo Dios del eterno cielo azul le había encargado establecer la paz universal y que le concedería la victoria sobre todos sus adversarios mientras obedeciese los decretos divinos. Aunque Gengis Kan y la mayoría de sus seguidores eran shamanistas, no intentó imponer su credo a los conquistados. Al contrario, mostró un auténtico respeto, por todo tipo de religión, y, creyendo que la deidad suprema aceptaba diversos cultos, castigaba cualquier sacrilegio o falta de respeto para con los sacerdotes, monjes y adivinos.

Gengis Kan murió en 1227 en medio de sus victoriosas campañas. Bajo sus elegidos sucesores en el transcurso de los dos siglos siguientes, Rusia, Mesopotamia, Siria y Palestina, y más tarde la India, se sumaron a los dominios que regían los mogoles.

La conquista mogólica tuvo trascendentes repercusiones en la historia de los cristianos orientales. Por una parte, mitigó temporalmente la presión turca sobre las posesiones bizantinas que aún quedaban, pues en dos ocasiones los tártaros infligieron grandes derrotas a los mahometanos en Mesopotamia y Asia Menor, la primera en 1256-58, y la otra en el siglo XV. Su última victoria en Ankara en 1402 prolongó la vida del vacilante Imperio otro medio siglo. Por otra parte, el gobierno tártaro separó durante doscientos años a la Iglesia rusa del resto del cristianismo y retardó y desfiguró parcialmente el crecimiento de la cultura rusa.

Otro desastroso resultado del imperialismo mogólico fue la destrucción de la Iglesia nestoriana por Tamerlán (1369-1405), el más feroz de los déspotas asiáticos.

 

Rusia Bajo el Yugo Mogólico (1240-1480).

Los rusos, como el resto de Europa, poco habían sabido de los mogoles hasta que el país se vio repentinamente invadido de ellos. Después de tres campañas devastadoras (1237-41), Rusia dejó de existir como nación independiente. Las pequeñas e inconexas fuerzas rusas fueron aplastadas por sucesivas avalanchas de los pujantes nómadas. Kiev y las todas las otras principales ciudades fueron arrasadas por el fuego, y asesinada la población o deportada como esclavos. La mayor calamidad recayó sobre las más ricas provincias meridionales; el enviado papal franciscano a Mogolia, Giovanni de Pian di Carpini, cruzando Rusia en 1241, refirió en una descripción de su viaje que no encontró habitantes en la región, que en otro tiempo estuvo densamente poblada. Sólo se libraron de la destrucción dos ciudades, protegidas por los terrenos pantanosos: del norte: Novgorod y Pskov.

Los mogoles intentaban subyugar el resto de Europa, y cuando llegaron al Adriático en 1242 no les hubiera podido detener ninguna potencia militar; pero se salvó Occidente por la muerte de su supremo kan, Ogodai, en 1241. Tan pronto como el mensajero de Mogolia llegó al ejército tártaro acuartelado en Hungría, su comandante, el kan Batu, ordenó a sus hombres que volviesen al sur de Rusia. Deseaba estar más cerca de la escena de elección de Supremo Kan. Había intentado reanudar su conquista de Occidente, pero las intrigas y los desacuerdos en la corte le obligaron primero a aplazar su campaña y después a abandonarla. Así se libró Europa del yugo mogólico, mientras que Rusia quedó sólidamente incorporada al Imperio Panasiático.

Tan pronto como llegó a sus vecinos occidentales la noticia del desastre que había sobrevenido al pueblo ruso, se organizó una cruzada, no contra los nómadas paganos, sino contra el pequeño territorio ruso cerca del Mar Báltico, que por casualidad había quedado sin destruir. En esta desesperada hora de la historia rusa, un extraordinario príncipe, Alejandro Nevsky (muerto en 1263), salvó de los cruzados a Novgorod y Pskov. A la cabeza de un puñado de hombres, derrotó primero a los suecos (1240) y después a los caballeros teutónicos (1242). Esta doble victoria hizo posible la supervivencia de la ortodoxia en Rusia, pues los mogoles tomaron la Iglesia rusa bajo su protección.

La recuperación rusa fue lenta y dolorosa. La mayoría de los supervivientes se hallaban dispersos en los bosques del noroeste o en la Galitzia y los Montes Cárpatos. Les permitieron reanudar su labor, y la administración se encomendó a los príncipes rusos, estrechamente vigilados por los supervisores mogólicos. Los tártaros se posesionaron de las estepas y continuaron su existencia nómada, despreciando a los rusos, ocupados en la agricultura.

Al principio, éstos se sublevaron periódicamente contra sus esclavizadores, pero invariablemente se sofocaron sus insurrecciones y gradualmente se debilitaron sus esperanzas de liberación. Durante estos años de prueba, la única luz que les quedó fue su Iglesia. Los mogoles mostraron un marcado respeto a los metropolitanos de Kiev, a quienes eximieron de los tributos, con libertad de viajar por todo el país. Varios prelados denotaron un valor y celo dignos de su vocación. No tenían sede permanente, pues se hallaban en ruinas sus ciudades, sino que iban de un lugar a otro, dando consuelo al pueblo y actuando como símbolos vivientes de su unidad.

Generalmente se nombraban por turno a griegos y rusos para ocupar puestos de responsabilidad. Uno de ellos, Teognosto (1325-52), decidió fijar su residencia en Moscú, que fue un importante acontecimiento en la historia de Rusia. En la época de la invasión tártara, Moscú era una ciudad insignificante en extensión. Sin embargo, tenía una serie de capacitados príncipes que, en vez de conspirar contra sus vecinos, se dedicaban a mejorar la administración de su pequeño dominio. Uno de ellos, Ivan Kalita (Juan el Administrador, 328-41), llamado así por su caridad y pericia financiera, hizo de su principado un oasis de paz y orden en medio de la rivalidad y anarquía. El traslado de la sede del metropolitano a Moscú realzó grandemente su prestigio, y desde mediados del siglo XIV se convirtió en centro indiscutido de revivificación religiosa y nacional.

En 1380 el príncipe Dimitri de Moscú (1359-89), que presidía una coalición de todos los rusos, infligió la primera derrota a los tártaros en la batalla de Kulikovo Pole. Esta victoria no marcó el fin del yugo tártaro. Los mogoles eran todavía más fuertes que los rusos y restablecieron su control, pero Kulikovo Pole es, no obstante, un importante hito en la historia rusa, pues libró a los rusos de su temor a los nómadas destruyendo la creencia en su invencibilidad. La liberación de este temor fue preparada por las obras de uno de los más grandes santos de la Iglesia rusa, San Sergio de Radonezh.

 

Sergio de Radonezh (1314-92).

De joven, San Sergio se retiró a la paz de los frondosos bosques que se extendían a unas cincuenta millas al norte de Moscú. Después de varios años de soledad, se le unieron otros hombres que deseaban una vida de oración y contemplación. Gradualmente se formó una comunidad, en cuyo abad se convirtió San Sergio. No era hombre que pretendiese dirigir a las gentes; su único deseo era dedicarse al culto de su Creador, pero su humildad, su sencillez de corazón y su carencia de ansiedad y temor le hicieron maestro de su pueblo. El rico y el pobre, el príncipe y el campesino le buscaban para pedirle consejo. El príncipe Dimitri de Moscú, en la víspera de Kulikovo Pole, se entrevistó también con el anciano y obtuvo la bendición de San Sergio.

El ánimo que dio el Abad para la resistencia militar contra los tártaros parece, a primera vista, que contradice su característica obra de pacificación. La primera iglesia que edificó fue dedicada a la Santísima Trinidad, para que sus discípulos, inspirados por la perfecta unidad de los Tres, aprendiesen a vivir en paz entre sí mismos. Varias veces emprendió largos y agotadores viajes para restaurar la concordia entre príncipes en pugna. Por regla general, tenía éxito, pues todos reconocían su imparcialidad y santidad. Sin embargo, en el caso de los tártaros actuó de manera diferente, pues negarse a luchar significaba la matanza y deportación de los indefensos. La casi total despoblación del Asia central, que ocasionaron las hordas de Tamerlán a principios del siglo siguiente, explica la acción del santo ruso. A su juicio, la guerra era perniciosa, pero el abandono de las víctimas era todavía más pernicioso, y con esta justificación animó San Sergio al príncipe Dimitri a avanzar hacia las estepas y enfrentarse allí con el formidable enemigo. La victoria rusa fue resultado de esta osada acción. El santo pacificador contribuyó más que nadie a liberar a su nación del miedo y de los mogoles.

San Sergio tuvo muchos discípulos, y el siglo XV fue un período de renovación espiritual. de Rusia. Se fundaron casas religiosas por todo el país, se revivificó la erudición y la pintura de iconos alcanzó su edad de oro; el más grande de los artistas, Rublev (1370-1430), dedicó en 1411 su obra maestra, el icono de la Santísima Trinidad (lám. 45), a la memoria de San Sergio, su maestro.

A finales de siglo, Rusia había adquirido una considerable potencia militar. En 1480 otro príncipe moscovita, Iván III (1462-1505), repudió por último la soberanía tártara. Por aquel entonces Iván tenía el título de Gran Príncipe de Rusia, pues dominaba la mayor parte de las provincias del noroeste. Pero la Rusia del suroeste, con Kiev, no se hallaba bajo su gobierno. Se había incorporado al Estado polaco-lituano, y su reconquista se convirtió en la principal preocupación política de la Rusia posterior a los tártaros.

La liberación de Moscú respecto a los mogoles coincidió con la caída de Constantinopla en 1453. En 1472 Iván III se casó con Sofía, sobrina del último emperador bizantino, y asumió sus prerrogativas como sucesor suyo. Moscú, que era entonces la única capital libre entre los cristianos orientales, se convirtió en centro reconocido y en su única esperanza liberación definitiva del Islam.

 

La Obra Misionera de la Iglesia Nestoriana.

La conquista tártara alteró el curso de la historia rusa y dejó una huella duradera sobre el cristianismo. Los mogoles tuvieron un impacto aún más decisivo sobre el destino de las Iglesias nestorianas que se extendieron por toda Asia a principios de la Edad Media.

La destrucción del Imperio de los Sasánidas por los árabes (638-50) había proporcionado un alivio temporal a los cristianos nativos. Los mahometanos aniquilaron el zoroastrismo, pero fueron tolerantes con los cristianos. El califa Omar (634-44) les concedió el privilegio de un milet, comunidad autónoma dentro del Estado islámico. A los cristianos se les permitía mantener sus escuelas, convocar concilios y ser juzgados por hombres de su confianza. Se les prohibía hacer prosélitos entre los musulmanes, pero tenían libertad para convertir a su fe a los paganos. Se les trataba como socialmente inferiores, pero se les apreciaba por su pericia y erudición.

Los cristianos persas eran viajeros emprendedores y ardientes misioneros. Sus vivas comunidades se podían encontrar mucho más allá de las fronteras del Califato de Abbasid. Llegaron a China, India, Ceilán, e incluso penetraron en Mogolia y en Tibet, llevando la luz y una más amplia visión de la vida a estas regiones aisladas e inaccesibles. Su principal centro de erudición era Nisibis, la sede de la famosa escuela teológica, donde se enseñaba no sólo teología, sino también filosofía griega, primero en siríaco y después en árabe. De allí los eruditos árabes y judíos transmitieron a España el conocimiento de Platón y Aristóteles, que luego pasó al resto de Europa a finales de la Edad Media. Otra importante secuela suya se hallaba en Seleucia, donde se estudiaba medicina. Los nestorianos eran médicos de renombre. Algunos de ellos ejercieron una considerable influencia política, siendo confidentes y consejeros de califas tales como Harún al Raschid (785-809) y sus sucesores.

El tercer centro de erudición cristiana era Merv, donde se hicieron muchas traducciones del griego y el siríaco a las lenguas que se hablaban en Samarcanda y Bokhara.

La Iglesia nestoriana alcanzó su más dilatada expansión durante la época del patriarca Timoteo el Grande (778-820). Residía en Bagdad y estaba al mando de una alianza de veinticinco metropolitanos y más de cien obispos. Muchos de sus fieles vivían fuera del Califato de Abbasid, y los obispos de tan remotos lugares como Sumatra, Malabar, Mogolia y Siberia oriental reconocían su autoridad. Envió misioneros a Tibet y a varias tribus nómadas y consagró obispos para los que se movían con sus fieles por los vastos espacios abiertos del Asia central.

Los sucesores de Timoteo continuaron la política de expansión. Por ejemplo, Subhaliso, uno de estos obispos misioneros, supervisaba a los cristianos esparcidos en Dailam y Gilon, en la orilla meridional del Mar Caspio. En 1009, el metropolitano de Merv convirtió al cristianismo a veinte mil paganos turcos. Simultáneamente, una tribu mogólica, los karaits, que vivían al sur del Lago Baikal, se unieron también a la Iglesia nestoriana.

En el mismo período, durante la dinastía T ’ang (618-907), se convirtió un considerable número de chinos. En 781 se erigió un importante monumento en Sianfú, capital de la China de aquel período, que da una descripción de la historia de la Iglesia China, y muestra la importancia que tuvo en la vida de la nación. La historia posterior de la Iglesia China es menos conocida, aunque se mitigaron con tolerancia los períodos de persecución.

El siglo XIII vio otra revivificación de la Iglesia en China. En 1275 se creó el Arzobispado de Pekín, y se edificaron iglesias en Cheng-Kiang, Yang Chou y Hang Chou. Se estableció un departamento especial de la administración para cuidar de los asuntos de los cristianos. Los mogoles dieron fin a esta expansión de la Iglesia nestoriana. Al principio, sus victorias parecieron ofrecer nuevas posibilidades para la difusión del cristianismo en Asia, pero estas esperanzas no estaban justificadas. El final del siglo XIV vio el colapso catastrófico de las Iglesias asiáticas, ocasionado por las hordas de Tamerlán.

 

Los Mogoles y el Cristianismo.

La llegada de los mogoles y su conquista de China, Asia central y Persia colocaron a los cristianos nestorianos frente a una situación totalmente nueva. Los nuevos maestros de Asia buscaban una religión más consistente que su chamanismo. Era evidente que Jesucristo, Mahoma o Buda se convertirían finalmente en su Supremo Maestro.

Al principio, el cristianismo tuvo una considerable ventaja sobre sus rivales, pues eran en su mayoría cristianos los turcos uighurs, que fueron los primeros en incorporarse al Imperio Mogólico y que representaban una civilización superior a la propia tribu de Gengis Kan. Los keraits, los naimans y los turcos onguts, que se hallaban íntimamente aliados con los mogoles, eran también predominantemente nestorianos. Los kara khitai eran budistas o taoístas, y sólo los turcos occidentales eran musulmanes. El cristianismo ejerció mayor influencia que otras religiones en el cuartel general del Imperio Mogólico, pues muchas de las esposas y madres de los kanes eran cristianas y pertenecían a la familia real kerait. Varias de estas magistrales mujeres desempeñaron papeles decisivos en la política: por ejemplo, Baigi, madre de Kublai Kan (1260-1294), y Duluz Khatum, esposa de Hulagu (1256-1265). Muchos altos funcionarios eran también cristianos, tales como Chinkai y Bolgai, cancilleres los dos, y Kitbaka, teniente mayor de Hulagu.

El papa Inocencio IV (1241-1254), con la previsión de un gran estadista, se percató de la extremada urgencia e importancia del problema religioso que originaron las victorias mogólicas y despachó a varios emisarios. Los primeros enviados papales fueron Giovanni di Pian di Carpini y Lorenzo de Portugal, ambos franciscanos. Pasaron dos años en un largo viaje a Karakorum, la capital de campaña del nuevo imperio (1245-47). Llevaban consigo dos bulas papales dirigidas al emperador de los tártaros 1. En la primera, Inocenció IV manifestaba su derecho de ser sucesor de San Pedro y exhortaba al Kan para que aceptase su autoridad; en la segunda, reprendía a los mogoles por devastar los reinos católicos de Hungría y Polonia.

Los tártaros, que pretendían entonces la Conquista de Europa, replicaron en un documento que revela su interpretación religiosa de sus asombrosos éxitos militares. El kan Kuyuk (1240-48), autor de esta epístola, expresó la típica reacción mogólica a las demandas del Papa. Escribió: "Por el poder del Eterno Cielo, somos el regidor de todas las naciones, y ésta es nuestra orden: si te llega a ti, tú, que eres el gran Papa, junto con todos los príncipes, vendrás en persona a rendirnos homenaje y a servirnos. Has dicho también que sería conveniente que nos bauticemos. No podemos comprender este ruego. Igualmente dices que debiéramos convertirnos en temblorosos cristianos como los nestorianos y adorar a Dios y ser ascetas. ¿Cómo sabes tú a quién absuelve Dios y con quién tiene misericordia? ¿Cómo sabes que tus palabras tienen la aprobación de Dios? Desde la salida del sol hasta su puesta, se han sometido a Nos todas las naciones. ¿Quién podría hacer esto en contra de la voluntad de Dios? Ahora debes tú decir con sinceridad en tu corazón: "Me someto a Vos y os sirvo," y reconoceremos tu sumisión. Si no observas la orden de Dios, te reconoceremos como enemigo nuestro."

Esta carta, sellada en noviembre de 1246, hablaba una lengua desconocida para la diplomacia europea, la lengua de un mundo donde se recibieron con sorpresa las demandas del Papado para dominar a los emperadores y reyes. El Papa quedó decepcionado, pero perseveró, y otras varias misiones fueron despachadas por él y sus sucesores. Las más importantes fueron las del Hermano Guillermo de Rubruck, otro franciscano (1253-55), que ha dejado una viva descripción de su estancia entre los tártaros, y la de Juan de Monte Corvino, que pasó doce años en la corte de Timur (1294-1307).

Estos últimos enviados recibieron una acogida mucho más amistosa, pues por aquel entonces los mogoles habían emprendido una gran campaña militar con pretensiones de aniquilar al Islam, y se hallaban deseosos de la cooperación cristiana. Una singular posibilidad de conversión en masa se ofreció de súbito a la Iglesia y probablemente sólo un hombre se dio cuenta en aquella época de su suprema importancia. Fue San Luis, rey de Francia (1226-70), pero se vio mal dirigido por su ambicioso hermano, Carlos de Anjou, rey de Nápoles y Sicilia (1268-85), y murió durante la desastrosa expedición contra Túnez. Después de su muerte, nadie supo cumplir en Europa la tarea de satisfacer el ruego de amistad y colaboración que hicieron los mogoles.

Este poco conocido episodio de la larga contienda entre Asia y Europa contenía potencialidades de mayor significación para la historia del mundo, y los fatales errores que cometieron los cristianos tuvieron trágicas consecuencias. Los mogoles, acaudillados por Hulagu, iniciaron su campaña contra el Islam en 1255; su intención era restituir Palestina a los cristianos y terminar con el control mahometano sobre el Próximo Oriente. Mesopotamia fue conquistada en 1257, Bagdad en 1258, y fue abolido el califato de Abbasid con la ejecución de Mustasim, el último califa. Al año siguiente Hulagu avanzó hacia Siria y tomó Edesa; su general, Kitbaka, cristiano nestoriano, capturó Alepo y Damasco en 1260. El único reino mahometano que quedaba era Egipto, donde la mayoría de la población era cristiana. Hulagu, seguro de su victoria, envió emisarios a los sultanes mamluks para exigirles sumisión. Les dieron muerte y los mogoles comenzaron su marcha hacia el valle del Nilo. En este momento crucial, una guerra civil en el Cáucaso obligó a Hulagu a retirar sus principales fuerzas de Palestina. Llegó a Egipto la noticia de la retirada y animó a los mamluks a iniciar un contraataque. No estaban seguros de sus posibilidades y solicitaron ayuda a los cruzados, que controlaban la más corta y segura ruta para el avance egipcio. Los barones de Outremer se reunieron en Acra y decidieron prestar asistencia a los musulmanes. Les convertían en antagonistas los favores que los mogoles dispensaban a los cristianos orientales y pensaban que la derrota de los mamluks no produciría ninguna ventaja a los cristianos latinos. El ejército egipcio cruzó sin peligro el territorio de los cruzados y en una decisiva batalla en Ain-Jalut fue derrotado el grandemente reducido destacamento de los mogoles (1260). Fue una victoria decisiva. Los mogoles no repitieron nunca su marcha hacia Egipto.

En 1268, los mam1uks premiaron a sus aliados cristianos aniquilándoles. El sultán Baibar (muerto en el 1277), turco kipcbak que había asumido el poder supremo sobre Egipto, expulsó a los cruzados de Antioquía, su posesión más importante. Su caída fue seguida de la rápida rendición de otras plazas fuertes, hasta que la última, la fortaleza isleña de Ruad, fue conquistada en 1303. Toda la costa de Siria y Palestina quedó devastada por los victoriosos musulmanes; esta vez no perdonaron a las poblaciones cristianas y convirtieron en desierto sus fértiles regiones. Los barones habían calculado mal el temple de sus rivales islámicos y pagaron plenamente el error que les había hecho cometer su hostilidad hacia los cristianos orientales.

No obstante, la derrota de Ain-Jalut no acabó con las negociaciones entre los cristianos y los mogoles. El kan Abaka (I265-82), hijo de Hulagu, envió una embajada al Concilio de Lyón en 1274, ofreciendo su alianza Eduardo I, rey de Inglaterra (1272-1307), escribió una carta entusiástica al Kan mogol esperando entrevistarse pronto con él en Palestina, liberada por los esfuerzos conjuntos de los enemigos de la Santa Cruz. En respuesta, seis enviados mogoles visitaron Inglaterra en 1277, pero no pudieron conmover al rey y a sus barones, y se aplazó indefinidamente la esperada cruzada. En 1286, el hijo de Abaka, Argun (1284-91), envió a Europa la última y la más impresionante misión. Para crear una atmósfera favorable, un destacado cristiano, Rubban Sauma, fue nombrado jefe de la delegación. Era cristiano chino, confidente y condiscípulo del patriarca nestoriano, Mar Jahballaha III (1281-1317), que era mogol ongut de nacimiento y que se había criado en Pekín. La misión mogólica visitó Roma, París y Londres en 1287. En todas partes fue recibida con honores; era muy admirado el docto y devoto chino. Dio a conocer a los cristianos occidentales una Iglesia cuya existencia no se sospechaba en Europa. No obstante, sus esfuerzos de conseguir una alianza militar entre los mogoles y los gobernantes cristianos no llegaron a nada, aunque el kan Argun anunció que se bautizaría en Jerusalén tan pronto recuperase la ciudad del poder de los musulmanes. En anticipación de este acontecimiento, bautizó a uno de sus hijos y le dio el nombre de Nicolás en honor del papa reinante. La Europa cristiana permaneció sorda a estas súplicas de Oriente. Sus gobernantes se hallaban absortos en sus disputas y problemas. El kan Argun murió en 1291. El mismo año, Acra fue tomada por los mamluks y Palestina se perdió definitivamente para los cruzados. El kan Ghazan (1295-1304) alteró drásticamente la política de su padre. Abrazó el islamismo, y esto condujo a la conversión del resto de los mogoles. Toda el Asia central, con excepción de Tibet, se incorporó, como el Próximo Oriente, a la comunidad islámica.

 

Los Mogoles y la Conversión de Asia al Islam.

El Imperio Mogólico, que se extendió desde el Mar de la China hasta el Mar Negro y temporalmente proporcionó estabilidad y facilitó las comunicaciones por todo este vasto territorio, ofrecía a los cristianos una singular oportunidad para convertir Asia a su religión. Los mogoles mostraban amistad para con los cristianos y su hostilidad hacia el Islam les hacía desear vínculos más estrechos. Por lo tanto, requiere cierta explicación su definitiva conversión al Islam.

Los tártaros se enfrentaron con el cristianismo bajo tres distintas formas. La más grata para ellos era el cristianismo oriental, que profesaban diversas tribus afines a ellos. La corte del Gran Kan estaba llena de nestorianos, principalmente empleados como artesanos, calígrafos y médicos; eran apreciados como expertos, pero despreciados como raza sometida. El kan Kuyuk les calificó de "temblorosos nestorianos" en su epístola al Papa, y para los conquistadores de Asia habría sido humillante aceptar la fe de estos hombres serviles y a veces miserables.

La Iglesia ortodoxa rusa causó a los mogoles una impresión más favorable, y algunos de los príncipes y obispos rusos, tales como San Alejandro Nevsky (muerto en 1263) y los metropolitanos Cirilo (1242 81) y Alexis (1353-78) fueron altamente estimados por los kanes. Sin embargo, su conversión a la Iglesia rusa habría significado que renunciaban a sus costumbres nacionales. Más tarde se hizo corriente tal aceptación del cristianismo y condujo a la incorporación de los mogoles a la comunidad rusa; pero en este decisivo momento, a finales del siglo XIII, cuando los tártaros dejaron de ser feroces invasores y empezaron a cooperar y a mezclarse en matrimonio, los rusos perdieron su oportunidad, pues concebían la vida cristiana de una manera demasiado angosta. Los rusos eran intensamente ritualistas; observaban la distinción del Antiguo Testamento entre alimentos puros e impuros, y les sublevaba el hábito mogólico de comer cualquier clase de carne y de beber la leche fermentada de las yeguas (kumis). Trataban a los tártaros como impuros y varios príncipes y enviados prefirieron la muerte a la contaminación que entrañaba la conformidad con las costumbres mogólicas. Los más notables entre estos mártires fueron el príncipe San Miguel de Chernigov y su boyardo Fedor, a quienes mataron los mogoles en 1246 por negarse a seguir el ritual prescrito por la corte del Kan.

Los misioneros latinos representaban otra tendencia extrema. Los frailes franciscanos que llegaban a Mogolia procedentes de Roma asombraban a los tártaros por su valor, simplicidad y completa despreocupación de las ventajas y riquezas terrenales; pero a los mogoles les contrariaba su declaración de que todos los reyes debían obediencia al Vicario de Cristo. El Kan y sus cortesanos se informaron con respecto al número de jinetes y camelleros que servían en el ejército del Papa, y cuando se dieron cuenta de que su propia fuerza militar era muy superior, se negaron a someterse a la autoridad del Papa si era ése el precio del bautismo. Para los hombres criados en los selváticos desiertos de Asia, que dominaban territorios cuya extensión superaba la imaginación de la Europa medieval, tal sumisión era incomprensible. Incluso los cristianos nestorianos no podían captar las implicaciones de la doctrina papal. Cuando Rabban Sauma llegó a Roma en 1289, nadie había oído hablar allí de su patriarca Mar Jahballaha III. Sin embargo, los cardenales desearon saber si ese desconocido prelado reconocía al Papa como cabeza de la Iglesia. Sauma contestó: "A los cristianos orientales nunca ha venido a visitarnos ningún hombre del Papa. Los Santos Apóstoles enseñaron a nuestros padres la verdadera fe y así la conservamos intacta hasta este día" 2. Si el Papado no significaba nada para un docto cristiano chino, ¿cómo podría comprender su significado un nómada chamanista?.

Les agradaba más el Islam. Sus simples reglas de fe y conducta, su unidad y su fuerza de convicción impresionaban a los mogoles, que podían entrar en su órbita sin abandonar sus costumbres nacionales y hábitos de pensamiento. La aceptación de Mahoma como maestro por parte de los mogoles cerró a Asia para el cristianismo durante muchos siglos aún por venir. Esta conversión significaba también la casi completa aniquilación de los cristianos orientales. Tamerlán (1363-1405), el último gran jefe militar de los mogoles, era un musulmán fanático, y en su devastadora marcha a través de Asia exterminó virtualmente el cristianismo. Pirámides de cráneos, ciudades arrasadas, fértiles llanuras convertidas en desierto, marcaban el paso triunfante de este azote de Asia.

Los cristianos nestorianos no apostataron. Les exterminaron físicamente, y con su destrucción declinó rápidamente la vida cultural e intelectual del Asia central. Su trágica historia fue una curiosa mezcla de gloria y fracaso. Eran cristianos doctos y celosos, médicos la mayoría de ellos, comerciantes y funcionarios en oficinas del Estado. Sus dominadores islámicos les excluían de los principales puestos del gobierno, y no tenían derecho a servir en el ejército. Pertenecían a una comunidad tolerada que era, no obstante, considerada como inferior y despreciada por la raza dominadora. Por lo tanto, adquirieron muchas facetas comunes a tales minorías. Tuvieron que recurrir a la astucia y a la intriga. Vivían en constante peligro de ser repentinamente atacados por el populacho mahometano y ejecutados por un sultán malhumorado y suspicaz. Vivían bajo un orden político que no restringía la voluntad arbitraria de los irresponsables gobernantes, que igualmente tenían libertad para conceder favores o infligir castigo sin discriminación a todos sus súbditos esclavizados.

Pereció la Iglesia nestoriana, pues se la llevó el viento del desierto antes de que tuviese tiempo para echar firmes raíces en las arenas movedizas del Asia central.

 

El Concilio Florentino (1439).

Durante los años de agonía del Imperio, el Basileus había continuado haciendo desesperados esfuerzos para conseguir ayuda militar de Occidente. Esta se había de comprar únicamente con la sumisión al Papa, y durante todo el tiempo se efectuaron negociaciones para tal rendición. Parecía que habían tenido éxito en el Concilio de Lyon en 1274. Miguel VIII (1260-82). era un capacitado diplomático que, aceptando la protección romana, adquirió inmunidad temporal contra otro ataque de Occidente. Su principal adversario era Carlos de Anjou, rey de Nápoles Sicilia. Este agresivo hermano de San Luis IX de Francia (1226-76) invadió el sur de Italia en 1266, por invitación del papa Urbano IV (1261-64). Después de derrotar al rey Manfredo de Sicilia (1255-66) y de ejecutar a Conradino, de quince años de edad, el último vástago de los Hohenstaufen (1268), Carlos se dedicó a construir un imperio propio a expensas de Bizancio. La reconciliación de Miguel VIII con el Papa aplazó la campaña de Carlos. Las Vísperas Sicilianas (1282), el venturoso levantamiento de la población local contra Carlos y sus tropas francesas, eliminaron el peligro de agresión occidental, y los bizantinos recobraron su libertad eclesiástica repudiando la unión concertada con Roma en Lyon.

El último intento de reconciliación con el Papado se efectuó en la víspera de la caída del Imperio. El emperador, Juan VIII (1425-48), estaba resuelto a obtener refuerzos de Occidente, la última esperanza de salvar su reino, que se limitaba ya a Constantinopla y a una estrecha franja de tierra en la costa asiática del Mar de Mármara. El 24 de noviembre de 1437, el Basileus, acompañado de su hermano Demetrio, el patriarca José II (1416-39), y veintidós obispos, zarparon para Italia. Llegaron a Venecia el 8 de febrero de 1438, y enseguida iniciaron las negociaciones con el papa, Eugenio IV (1431-47), que convocó un concilio al objeto de restaurar la unidad con los griegos. Las primeras sesiones de este sínodo tuvieron lugar en Ferrara, pero el 10 de enero de 1439 se trasladó la asamblea a Florencia, donde ambas partes firmaron el acta de reunión en julio del mismo año.

El Concilio de Florencia fue una asamblea representativa; los patriarcas de Alejandría, Antioquía y Jerusalén enviaron delegados, e Isidoro, metropolitano de Moscú (muerto en 1463), actuó en nombre de la Iglesia rusa. Los obispos ortodoxos se hallaban divididos. Un grupo, acaudillado por Besarión, arzobispo de Nicea (1395-1472), e Isidoro de Moscú, que era griego, deseaba la reunión con el Occidente latino, no sólo por razones políticas, sino también por razones religiosas. El otro grupo, acaudillado por Marcos, arzobispo de Efeso (muerto en 1443), pensaba que la rendición a Roma significaba traición a la tradición apostólica que conservaba el Oriente cristiano. Los latinos estaban acaudillados por el cardenal Giuliano Caesarini (1398-1444). Se dejaron a un lado los puntos triviales que tanto se habían aumentado en la polémica entre los griegos y los latinos en los siglos precedentes. Todo el problema del cisma se consideraba ahora desde un punto de vista puramente doctrinal. Se creía que, si se podía conseguir un entendimiento teológico, se restauraría inmediatamente la unidad del cristianismo y se eliminaría la amenaza islámica.

Los cinco capítulos principales que se escogieron para deliberación fueron la cláusula Filioque, el purgatorio, la primacía papal, el pan eucarístico y las palabras de consagración de los elementos para la Santa Comunión. Lo que más tiempo llevó fue la consideración de la cláusula Filioque. Marcos de Efeso atacó la adición occidental, basándose tanto en sus implicaciones teológicas como en una violación del acuerdo, conseguido en los primeros concilios ecuménicos, de no alterar el credo aprobado por los sínodos. Este debate doctrinal se inició el 2 de marzo y duró hasta junio. Terminó con una victoria occidental. Los teólogos escolásticos habían elaborado por aquel entonces un sistema intelectual que defendía la doble procedencia del Espíritu Santo; se hallaban bien equipados para la disputa y redujeron a Marcos de Efeso y a sus partidarios a una posición meramente defensiva. Mediante citas de los Santos Padres, los ortodoxos probaron que sólo la fórmula original representaba la tradición apostólica, que rechazaba la doctrina de doble procedencia. Bajo la fuerza de estas expresiones, Besarión de Nicea y otros griegos, exhortados por el Emperador para que hiciesen concesiones a los latinos, aceptaron la teología de la doble procedencia y acordaron restaurar su unidad con Roma. La minoría, acaudillada por Marcos, protestó en vano.

Los otros puntos de divergencia — el pan de la Eucaristía, el purgatorio y las palabras de la Consagración — se discutieron mas amistosamente.

El aspecto más interesante del Concilio Florentino fue la solución del problema papal. Este punto crucial de divergencia escapó durante algún tiempo a la atención de las partes complicadas en el debate. Los griegos quedaron auténticamente sorprendidos cuando los latinos lo suscitaron casi al final de las discusiones. Habiendo resuelto los teólogos bizantinos el problema sobre el Filioque, juzgaban que no existían otros obstáculos en el camino para la reconciliación. Los griegos no se percataban de la importancia del Papado para Occidente. Este hecho quedó demostrado por el rápido acuerdo a que llegaron ambas partes. Los ortodoxos aceptaron una fórmula propuesta por los latinos con la condición de que no sufrirían alteración los privilegios y derechos de los patriarcas orientales.

El Concilio Florentino terminó con una solemne proclamación de la unidad conseguida. Sin embargo, Marcos de Efeso se negó a firmar la declaración de reunión, y su cartel de desafío indicaba la fuerza de la resistencia bizantina contra la rendición a Roma que efectuaron el agobiado Emperador y sus prelados.

La reconciliación resultó ser una ilusión. A su regreso, los delegados griegos fueron recibidos con hostilidad no disimulada. La gente decía abiertamente que prefería el gobierno de los turcos al del Papa. Al menos, los musulmanes no intervenían en sus asuntos eclesiásticos. Aún más intransigente fue la recepción de la noticia en Moscú; el metropolitano Isidoro tuvo que huir de Rusia. Tanto el príncipe como el pueblo repudiaron unánimemente los términos de capitulación; únicamente Besarión y sus partidarios permanecieron firmes en defensa de la unión florentina. Finalmente se unieron a la Iglesia romana, y Besarión terminó su vida como destacado cardenal.

La conquista de Constantinopla por los turcos fue interpretada por muchos cristianos orientales como merecido castigo de la traición a la ortodoxia por el Emperador y el Patriarca. Desde 1439 no se han efectuado negociaciones de reunión entre Roma y Constantinopla.

La historia del cisma entre Oriente y Occidente revela dos importantes hechos: a) que no se produjo de súbito, sino que tardó unos quinientos años en desarrollarse; b) que la causa principal de la separación, el crecimiento de la autoridad papal en Occidente fue reconocida como el problema principal.

Los cristianos orientales y occidentales discutieron todo el tiempo sobre cuestiones secundarias, como el uso del pan con levadura o sin levadura, o la legitimidad de la adición de la cláusula Filioque al credo, o las demandas rivales de jurisdicciones. Habían perdido el entendimiento entre sí, y mantenían ideas opuestas. Unicamente en el presente siglo se han descubierto algunas de las razones que subyacen en su divergencia de opinión. Se discutirán en los capítulos sobre la doctrina y el culto de la ortodoxia oriental.

 

Los Ultimos Años del Imperio.

Durante los últimos doscientos años de su historia, Bizancio, aunque moribundo como Estado, permaneció vivo espiritual y artísticamente. Fue una época de inspiración artística, cuando se crearon mosaicos y frescos de exquisita armonía y belleza. Aunque han sobrevivido muy pocos, se pueden ver todavía algunos en la recientemente restaurada Iglesia del Salvador en Constantinopla (Kahrieh Djami), y en las ruinosas iglesias de Mistras, capital del Peloponeso, la última plaza fuerte de la resistencia griega contra los turcos. Sus numerosas Iglesias, precariamente encaramadas en la pendiente de una escarpada montaña que se eleva en la llanura de Esparta, hablan elocuentemente de la visión profundamente humana y auténticamente cristiana de estos infortunados defensores de la libertad ortodoxa.

La revivificación del arte fue acompañada de un extraordinario movimiento místico conocido por el nombre de hesicasmo. Tuvo su origen en el Monte Atos, que, después del año 963, se había convertido en dominio exclusivo de los monjes. Gregorio Palamas (1296-1359), que terminó su vida como arzobispo de Salónica, fue uno de los más destacados hesicastas. Sus escritos revelan una profunda penetración en el misterio de la comunión del hombre con lo divino. Enseñaba que Dios es inaccesible a su yo interior, pero que toda la creación se halla impregnada de la energía divina, que ilumina el universo y establece las más íntimas relaciones personales entre el hombre y el Creador. Mantenía que la luz en que fue visto Cristo por los Apóstoles en el monte de la Transfiguración era esa energía increada y que desde entonces ha sido observada por otros hombres de corazones y mentes purificadas.

Un contemporáneo de Palamas fue Nicolás Cabasilas (muerto en 1380). Fue uno de los más poderosos autores bizantinos, y dos de sus obras — La Vida de Cristo y La Explicación de la Liturgia Divina — son clásicas de la literatura ortodoxa. Cabasilas era lego, pero su extraordinaria erudición y rara intuición religiosa hicieron de él una autoridad sobre el culto eucarístico y un reconocido maestro de vida espiritual. También floreció la filosofía en las obras de Planudes, Plethon y Besarión. Varios distinguidos historiadores, entre los que se hallaban Juan Cantacuzeno, Nicéforo, Gregoras, Ducas y Calcocondilas, dejaron crónicas bien documentadas de su época.

 

Los Turcos Otomanos y la Caída de Constantinopla.

Los bizantinos llevaban una vida intensa y altamente articulada, pero no tenían fuerza física para resistir las incursiones de los turcos. Estos nómadas sin cultura, pero obedientes a la voluntad de sus sultanes, adquirieron ascendencia sobre el resto de los musulmanes y avanzaron con firmeza hacia Occidente. Derrotados por los mogoles en 1243, se recuperaron bajo una nueva dinastía cuyo fundador fue Otmán (1290-1326), que les dio el nombre con que se les conoce como conquistadores de Constantinopla. Desde el siglo XIV en adelante, se hizo patente que estos asiáticos eran los dueños indiscutibles del Próximo Oriente. Su marcha fue al principio lenta, pero cuando tomaban una ciudad, no se podía intentar la recuperación del territorio perdido. En 1326, los turcos tomaron Brusa; en 1331, Nicea; en 1337, Nicomedia. Su avance no sólo se vio facilitado, sino incluso realmente alentado por las disensiones y la rivalidad entre sus adversarios cristianos. Así, el emperador Juan VI Cantacuzeno (1347-54) cometió la necedad de invitar a los turcos para que viniesen en su auxilio. A petición suya, desembarcaron en la costa europea y derrotaron a los serbios en 1353. Al año siguiente se establecieron en Galípoli, y, después de conseguir esta plaza, empezaron rápidamente a dilatar su gobierno sobre Tracia.

En 1365 el sultán Murad (1353-89) trasladó su capital a Adrianópolis y así selló la suerte del Imperio Bizantino. Ahora estaba sólidamente rodeado por los turcos, y el mar fue en lo sucesivo su único contacto con el resto del mundo.

La fundación de un Estado islámico en suelo europeo alarmó al Occidente cristiano. Pero fracasaron los intentos de unir contra él a las potencias europeas. Amadeo de Saboya organizó apresuradamente una cruzada, pero era insuficiente su fuerza y fue rechazado por los turcos en 1366. Sin embargo, en 1402, cambió de súbito la escena; otra vez por causa de los mogoles. En la batalla de Angora, Tamerlán aniquiló al ejército turco con sus auxiliares cristianos, proporcionados por las conquistadas naciones balcánicas. A los cristianos se les brindó una posibilidad de liberación, pero se perdió la única oportunidad y los turcos reanudaron su conquista de Europa. En 1430 tomaron Salónica, la ciudad más cercana a Constantinopla en importancia. En 1472 invadieron Hungría y llegaron así al corazón de Europa. El último intento de su expulsión se debió al rey Vladislav VI (1434-44) de Polonia y Hungría. Traicionado por los venecianos y sin el apoyo de los cristianos balcánicos, su ejército de húngaros, polacos y bohemios fue arrollado por los turcos en Varna, el año 1444. Fue muerto el rey, y con él se perdió toda esperanza de salvar a Constantinopla.

Mohamed II (1451-81) puso sitio a la gran capital en febrero de 1453, cuando la ciudad se hallaba grandemente despoblada por la guerra civil y los estragos de la peste. El emperador Constantino XI (1449-53) tenía solamente 10.000 hombres para defender su capital; sin embargo, su prestigio era tan grande y sus altas murallas tan formidables, que casi desistió Mohamed del intento, aunque había traído consigo a 150.000 hombres. No obstante, le persuadió para que continuase el sitio un renegado húngaro, Urbano, que construía artillería pesada para los turcos. Después de varios días de bombardeo, se abrió una brecha en la pared el 29 de mayo de 1453. Aquel día se celebró la última Eucaristía en Santa Sofía; el Emperador y los restantes de su ejército, griegos y latinos, hicieron su última comunión. Aquella misma mañana las hordas islámicas penetraron en la ciudad asesinando a la población, quemando y destruyendo todo lo que encontraban a su paso. El Emperador, que llevaba el nombre del fundador de la ciudad, murió luchando en sus calles. El Patriarca fue muerto. Cuando Mohamed entró a caballo en la catedral, la encontró llena de los cadáveres de quienes en vano habían buscado refugio en el templo, Según una leyenda, la matanza comenzó antes de que acabara la celebración de la Santa Comunión, y el sacerdote con su sagrada vestidura desapareció milagrosamente detrás de una de las columnas de mármol, llevando consigo el cáliz. Los cristianos orientales creen aún que en Hagia Sophia se restaurará algún día el culto cristiano, y que el servicio divino interrumpido por los turcos se cantará de nuevo en esta catedral de la Santa Sabiduría.

Mohamed quiso repoblar Constantinopla con su propio pueblo, pero los turcos se sentían extraños en una ciudad edificada por hombres de otra raza, cultura y religión; así que el sultán permitió que los dispersos cristianos volvieran a sus hogares y reanudasen la vida como artesanos y comerciantes, tratados como raza sometida por sus orgullosos conquistadores asiáticos. Este fue el fin del gran Imperio, pero la Iglesia ortodoxa sobrevivió al desastre y continuó oficiando para sus miembros esclavizados.

Los defectos y limitaciones del orden político y social bizantino facilitaron el declive del Imperio; su burocracia se hallaba superorganizada, la empresa privada se veía estrechamente supervisada, y las guerras constantes debilitaron la fuerza y riqueza del pueblo. Sin embargo, el Imperio pereció no de enfermedad interna, sino de ataques externos. Sin la puñalada por la espalda que le dieron los cruzados en 1204, tal vez Bizancio hubiera podido resistir a los turcos y conservar así para la posteridad sus únicos tesoros de arte y erudición clásicos y cristianos.

 

 

 

 

Capitulo V.

Los Siglos de Aislamiento y Opresion.

Siglos XV-XVIII.

 

El Imperio otomano.- La Iglesia ortodoxa bajo el yugo turco.- El Oriente ortodoxo

entre Roma y la Reforma.- Cirilo Lukaris (1572-1638).-La Iglesia ortodoxa y el

zarismo moscovita.- Dos tendencias de la ortodoxia rusa.- El cisma de la Iglesia

rusa.- Los ortodoxos en Polonia y Ucrania.- La incorporación de Ucrania al zarismo

moscovita y el Concilio de 1666-67.- El arcipreste Avvacum (1620-82).-La Iglesia

rusa en la víspera de las reformas de Pedro el Grande (1668-98). Pedro el Grande

(1682-1725) y la abolición del patriarcado de Moscú.- Los No Juramentados y la Iglesia

Ortodoxa.- El imperio de San Petersburgo y la Iglesia rusa en el siglo XVIII.- San

Tikón de Zadonsk y Paisy Velichkovsky.- La ascendencia occidental sobre el Oriente

cristiano. - La Iglesia de Santo Tomás en el sur de la India.- La Iglesia de Etiopía.- La

Iglesia nestoriana del Oriente.- La Iglesia de los armenios-La Iglesia copta.- Los

jacobitas.- Los cristianos balcánicos en los siglos XVII y XVIII.- Los ortodoxos orientales

bajo el gobierno de los Habsburgos.- El Oriente cristiano en la época de su decadencia

 

 

El Imperio Otomano.

La conquista de Constantinopla por los turcos en 1453 eliminó el último obstáculo para su avance. Durante los dos siglos siguientes, el Islam ejerció una dura presión sobre la Europa meridional y central. Mohamed II (1451-81) extendió su poder sobre la mayor parte de los Balcanes; las islas del mar Egeo fueron conquistadas en 1457-62, las islas Jónicas en 1479, y Crimea en 1476. Selim I (1512-20) incorporó Egipto en 1517 y esta victoria entregó Palestina y Arabia a los turcos. La posesión de La Meca y Jerusalén hizo que el Sultán se proclamara Califa, o gobernador supremo de los mahometanos en todo el mundo. El Imperio Otomano alcanzó su mayor expansión bajo Solimán el Magnífico (1520-66). En 1522 expulsó de Rodas a los Caballeros Hospitalarios y en 1526 cayó bajo su control la mayor parte de Hungría. En 1538 toda la costa del Mar Rojo cayó bajo el dominio turco y esto les permitió invadir la India. En septiembre de 1529, 120 000 mahometanos se presentaron ante las murallas de Viena, pero no pudieron tomar la ciudad. Austria fue invadida por los turcos tres veces (1526, 1529 y 1532). Estos ataques contra los Habsburgos tuvieron importantes repercusiones en la historia religiosa de Occidente, pues permitieron que los príncipes protestantes de Alemania consolidasen su poder político, mientras que sus oponentes católicos romanos se ocupaban en luchar contra los turcos. En 1541 los turcos capturaron Budapest y en 1547 obligaron al Emperador a convertirse en tributario suyo. Sin embargo, no pudieron avanzar más hacia el oeste, ni establecer su hegemonía en Europa. En 1571 sufrieron su primer revés de gravedad en la batalla naval de Lepanto. Pero esto no afectó mucho a su formidable fuerza militar y pudieron continuar luchando simultáneamente en Túnez, Persia, el Cáucaso, Hungría y Austria.

Durante este período de expansión turca, la administración civil e incluso el mando militar se hallaban, en gran medida, en manos de extranjeros, recientes conversos del cristianismo. Por ejemplo, Ibrahim Pacha (1523-36), el famoso visir de Solimán el Magnífico, era griego; también lo era el experto comandante naval Haraddin Pacha; Mohamed Sokolich, gran visir (1560-79) bajo Selim II (1566-74) y Murad III (1574-95) era serbio; y la dinastía de los visires Kiuprili (1656-91) era albanesa.

Los turcos mostraban poco interés por la rutinaria administración, delegándola en hombres reclutados de las naciones conquistadas. Esta indolencia desmoralizaba a los sultanes y condujo a la decadencia política del Estado otomano. En 1606 los turcos firmaron un tratado de paz con los Habsburgos en Zsitva-Torok, mediante el cual reconocían al Imperio Austríaco como poder igual al suyo propio, y el Emperador dejó de pagar tributos al Sultán. Después de una segunda e infructuosa intentona de conquistar Viena en 1683, los turcos concertaron, en 1699, en Karlowitz, una desventajosa paz frente a una coalición europea, cediendo Hungría, Transilvania, Croacia y Eslovenia a Austria; Padolia a Polonia, y Morea y Dalmacia a Venecia. Por primera vez Rusia tomó parte en una acción europea conjunta y recibió la fortaleza de Azov. Este tratado de paz fue el punto clave en las relaciones entre los turcos y los cristianos. Después de Karlowitz, el Imperio otomano empezó su larga y tortuosa retirada de Occidente.

 

La Iglesia Ortodoxa Bajo el Yugo Turco.

Mientras que los turcos se hallaban en la cúspide de su poder, los subyugados cristianos orientales no tenían ningún medio de resistencia abierta y se vieron obligados a adaptar su vida religiosa y cultural a condiciones adversas. Los mahometanos obligaban a los paganos que caían en su poder a elegir entre la conversión al Islam y el exterminio; a los subyugados cristianos y judíos se les reconocía como "gentes del Libro" y se les dejaba practicar su religión, aunque no se les daba ciudadanía. Por lo tanto, los cristianos gozaban de cierta autonomía, pero sufrían muchas limitaciones; los turcos dividían a los cristianos, no según su nacionalidad, sino su confesión. Así, todos los ortodoxos bizantinos, ya griegos, árabes, serbios o albaneses, formaban un solo grupo; los coptos no calcedonios eran considerados como un cuerpo aparte; también los armenios y los nestorianos. Cada una de estas comunidades era gobernada por un jerarca que aprobaba el sultán. El patriarca de Constantinopla era el único portavoz oficialmente reconocido de todos los ortodoxos bizantinos. Era su juez supremo con acceso directo al sultán. Otros patriarcas y obispos perdieron su independencia y se vieron reducidos a la categoría de subordinados, pasando gran parte de su tiempo en Constantinopla para hallarse cerca de la fuente de intriga y poderío.

La posición del patriarca era elevada y precaria al mismo tiempo. De 159 patriarcas durante quinientos años de gobierno turco, sólo 21 murieron de muerte natural en su ministerio. Seis fueron asesinados, veintisiete abdicaron y ciento cinco fueron arbitrariamente destituidos. En cualquier momento los sultanes podían destituir al patriarca o a cualquier obispo, que no les fuese grato. Pocos podían ejercer en paz sus deberes pastorales. Algunos fueron expulsados y rehabilitados hasta cuatro cinco veces, y, no obstante, a pesar de todos estos peligros, el puesto era ansiosamente deseado, aunque se obtenía y se conservaba mediante soborno y se veía expuesto a la rivalidad y a las maquinaciones de los enviados de las potencias occidentales.

En estas circunstancias, los cristianos padecían gravemente. No se edificaban nuevas iglesias. Ninguna iglesia podía dar señal de existencia tocando las campanas o poniendo una cruz en el edificio. Se abandonó la formación sistemática del clero, se hizo imposible la educación superior, y la instrucción de los niños se redujo a unos cuantos principios. El soborno y la corrupción, que eran la base de la administración turca, tuvieron un efecto especialmente adverso en la autoridad del clero. Todo ministerio tenía que ser comprado, y los obispos y sacerdotes se veían obligados a resarcirse con el dinero de sus fieles. Sin embargo, la mayor calamidad era la obligación de proporcionar esclavos a los sultanes.

A intervalos de cinco años, los muchachos cristianos entre las edades de ocho y quince años eran inspeccionados por los turcos; seleccionaban a los más fuertes y a los más inteligentes, les convertían al islamismo y les hacían esclavos de los sultanes. A la mayoría les arrastraban a un cuerpo especial del ejército, llamado jenízaros. Estos excristianos constituían el principal instrumento de opresión, pues a menudo se convertían en musulmanes fanáticos. Más tarde adquirieron un considerable poder político que fue utilizado para acabar con el gobierno de muchos sultanes. Al resto de los reclutas cristianos se les destinaba a otros tipos de servicios en la casa del sultán y algunos alcanzaban importantes puestos en el Estado.

Esta constante pérdida de los varones más vigorosos fue una de las razones de estancamiento en el Oriente cristiano. Este inicuo tributo de muchachos duró más de dos siglos (1430-1685) y cuando fue por fin abolido la posición de los cristianos mejoró pronto. Pero incluso bajo estas degradantes condiciones, los cristianos orientales no perdieron sus capacidades emprendedoras y naturales. Algunos marcharon a estudiar a Italia, otros recibieron instrucción de unos cuantos monjes eruditos que heroicamente mantenían la tradición del saber en medio de los mayores obstáculos y riesgos. El comercio, las artes y el servicio diplomático se hallaban en manos cristianas en la mayoría de los casos.

 

El Oriente Ortodoxo entre Roma y la Reforma Protestante.

Mientras que la Iglesia bizantina hacía en vano sus últimos intentos de llegar a un acuerdo viable con el Papado, los cristianos occidentales se hallaban bajo la presión del movimiento, conciliar, que aspiraba a suprimir los abusos y a mejorar en general la vida eclesiástica. El movimiento conciliar era apoyado por muchos clérigos de alta mentalidad, pero sus jefes carecían de unidad y de sabiduría práctica. El Papado se oponía decididamente a estos intentos de reducir su autoridad, y a finales del siglo XV habían fracasado estos planes de reforma pacífica. La revolución religiosa del siglo XVI tuvo lugar cuando el Oriente cristiano se hallaba absorto en la lucha por la mera supervivencia. Los rusos se ocupaban en una guerra feroz contra los turcos en sus fronteras orientales, y meridionales. Los griegos se encontraban demasiado inquietos por problemas políticos, demasiado aislados psicológica y políticamente de Occidente, para participar en los debates entre católicos y protestantes. La Reforma protestante fue, pues, una preocupación exclusivamente occidental y ello llevó, no sólo a limitaciones peculiares en el pensamiento teológico, sino también a cambios litúrgicos.

Pero si los ortodoxos no pudieron influir en los acontecimientos de Occidente, ambas partes en disputa ansiaban encontrar apoyo en Oriente para sus pretensiones de representar el auténtico cristianismo. El primer intento de conseguir aliados entre los griegos había sido hecho por los husitas en fecha tan remota como la del siglo XV. Estos checos que se sublevaron contra Roma enviaron varios emisarios a Constantinopla y trataron de vincular su movimiento a la Iglesia ortodoxa. La caída de la ciudad terminó estas negociaciones. Martín Lutero y sus colaboradores, mediante cartas y entrevistas personales, no se sentían menos resueltos a conseguir para sus actividades la aprobación de los oponentes orientales del Papado. Estos contactos revelaron el abismo entre el Oriente cristiano y Occidente en el siglo XVI.

A los ortodoxos les desconcertaba la Reforma protestante; algunos consideraban meramente que el protestantismo era un nuevo error nacido de Roma, "madre de todas las herejías." Otros esperaban persuadir a los calvinistas y a los luteranos para que retornasen a las sanas doctrinas de una Iglesia indivisa y descartaran todas las innovaciones latinas. Pocos ortodoxos se daban cuenta de que el protestantismo no tenía de momento un lenguaje común con el Oriente. Pero no se reparaba en este hecho, y varios métodos de reunión basados en acuerdos doctrinales y propuestos en Tübingen, la plaza fuerte del luteranismo, o en Ginebra, la patria del calvinismo, fueron recibidos favorablemente por algunos cristianos orientales. Los católicos romanos, alentados por la Contrarreforma, y habiendo descubierto una nueva fuerza militante en la Compañía de Jesús, se alarmaron y no escatimaron esfuerzos para acabar con estos intentos de cooperación. Constantinopla se convirtió en un foco de competencia intensa, alcanzando un dramático clímax cuando Cirilo Lukaris fue nombrado patriarca.

 

Cirilo Lukaris (1572-1638).

Lukaris, natural de Creta, pertenecía a una familia bien acomodada. Estudió en Padua, adonde los más afortunados griegos de la isla enviaban a sus hijos para darles una educación superior. De joven fue conocido de Melecio Pigas (1592-1602), un iluminado patriarca de Alejandría, que le ordenó en 1593 a la edad de veintiún años. Melecio se percató claramente de la importancia de elevar el nivel de educación entre el clero y de formar vínculos más estrechos con el Occidente no papal. Animó a Cirilo para que aceptase una invitación de ir a Lituania, donde los católicos romanos habían iniciado una enérgica campaña contra los protestantes y los ortodoxos. Cirilo pasó algunos años enseñando teología, primero en Vilna y más tarde en Lvov, capital de Galitzia. Asistió con su amigo Nicéforo Pataschos al Concilio de Brest-Litovsk en 1596 donde la mayoría de los obispos ortodoxos se pasaron a Roma, aun cuando tanto el clero parroquial como los seglares permanecieran fieles a su tradición. La siguiente persecución de los ortodoxos por los polacos costó la vida de su compañero, pero Cirilo pudo escapar del arresto y regresar a Egipto. Al morir su bienhechor, fue elegido patriarca de Alejandría (1602-20). Sus experiencias en Polonia y Lituania, y la propaganda de los jesuitas en Turquía le habían convencido de que los ortodoxos necesitaban la ayuda de los protestantes para resistir la creciente agresividad de los latinos. Por consiguiente, despachó uno de sus mejores sacerdotes a Occidente: Metrofanes Kritopulos, que pasó cinco años en Oxford (1617-22), seis en Alemania y Suiza, y dos en Venecia. Después de sus trece años de estancia entre los protestantes y los romanos, Metrofanes regresó a Oriente y acabó su vida como patriarca de Alejandría (1636-39). Tuvo éxito su misión; había conocido directamente las condiciones religiosas en Inglaterra y en el continente y pudo proporcionar a Cirilo la información que necesitaba para una enérgica campaña contra Roma. Inició ésta mientras se hallaba todavía en Alejandría, pero pronto se dio cuenta de que la batalla se había de librar desde Constantinopla y se las arregló para que le trasladasen allí en 1620. Esto le convirtió en la figura central de una contienda altamente dramática, en la que tomaban parte Roma, Ginebra, Francia, Austria, Holanda e Inglaterra.

La historia del Patriarca revela el estado interno de la Iglesia ortodoxa, la presión que había de soportar de los divididos cristianos occidentales, y la peculiar mezcla de intereses religiosos, políticos y comerciales que operaban en Constantinopla durante el siglo XVIII. Los principales actores de este drama fueron los embajadores de Francia, Austria, Holanda e Inglaterra. Desde 1535, Francia había sido reconocida por los turcos como protectora de los cristianos en su Imperio, privilegio que animó a la Compañía de Jesús a batallar por la sumisión de los ortodoxos a Roma. La elección de Cirilo, opuesto a sus miras, constituyó una provocación para el prestigio francés, y su enviado, el conde de Cézy, ayudado por su colega austríaco, y utilizando todos los métodos de la diplomacia oriental — denuncias y sobornos-, consiguió retirar a Cirilo de su ministerio. Los diplomáticos protestantes defendieron a Cirilo y le ayudaron a recuperar su puesto. Este juego se repitió varias veces. Mientras tanto, Cirilo concibió el plan de establecer una unión entre los ortodoxos y los protestantes. Es imposible adivinar si vislumbraba la posibilidad de un acuerdo doctrinal o si sólo pretendía una cooperación práctica. Su atrevido plan hizo que los jesuitas le considerasen como hereje peligroso, y los turcos como astuto intrigante político, pues los franceses le acusaban de provocar incursiones por medio de los cosacos ucranianos, que se habían convertido en una seria amenaza para la seguridad turca en el Mar Negro. Cirilo trató de evitar la publicidad acerca de sus negociaciones, pero sus amigos protestantes deseaban la prueba tangible de que aprobaba una teología reformada. En este complicado complot desempeñó un papel fatal Antoine Léger, calvinista de Ginebra, capellán de la Legación holandesa. Fue instrumento de la publicación de la Confesión de fe, de Cirilo, que apareció en latín en 1629, en Ginebra. Este documento contenía varios artículos calvinistas, que en seguida fueron repudiados por otros prelados ortodoxos. No obstante, la mayor parte del clero y del pueblo permaneció leal a su patriarca, y cuando los jesuitas sustituyeron a Cirilo por un obispo romanizante, Atanasio Patelarios, el intruso fue expulsado a los veintiún días. Cirilo fue rehabilitado por cuarta vez, pero su nueva victoria hizo que sus enemigos se decidieran a desembarazarse de él por completo. Fracasó el primer intento de asesinarle, pero en 1638 fue otra vez derrotado y encarcelado; sobornados sus carceleros, fue estrangulado mientras se hallaba ausente el Sultán. Cirilo fue asesinado el 27 de junio. Arrojaron su cuerpo al mar, pero lo encontró un pescador y ahora reposa en la iglesia patriarcal de Phanar.

La historia de Cirilo Lukaris indica la determinación de los romanos y los protestantes de arrastrar a los ortodoxos hacia su controversia, y los peligros políticos y teológicos que entrañaba esto para los cristianos orientales bajo el yugo turco. El asesinato de Cirilo detuvo durante algún tiempo los intentos, de reunión entre los protestantes y los ortodoxos. Las negociaciones se reanudaron únicamente a principios del siglo XVIII, cuando hubo aparecido un nuevo factor -el creciente poder de Rusia-, y la oferta de unidad procedió de Inglaterra, no del continente.

El activo interés de Cirilo por la teología occidental era una excepción más bien que un ejemplo de la actitud ortodoxa del resto del cristianismo. La mayoría de los griegos, amargados por la conducta nada fraternal de Occidente durante los últimos años de la agonía bizantina, no deseaban relaciones con los occidentales. Sólo una minoría se daba cuenta de la futilidad de tal actitud negativa y de la necesidad de permanecer en contacto con el pensamiento occidental, que progresaba sin el estorbo de la opresión islámica. Aquellos ortodoxos que deseaban una educación superior sólo podían obtenerla en las universidades occidentales, y tanto los católicos romanos como los protestantes estaban dispuestos a aceptar a cierto número de estudiantes orientales, pues ambas partes se hallaban ansiosas de incrementar el número de sus partidarios entre los futuros jefes de la Iglesia de Constantinopla. Esta preparación en Occidente se compraba en la mayoría de los casos por una apostasía temporal, aunque casi todos los griegos eran firmemente ortodoxos y consideraban que sus estudios en el extranjero era un medio de armarse contra la propaganda de sus maestros. Por lo tanto, una vez que regresaban a casa, se reintegraban a su propia Iglesia. No obstante, fueron pocos los que se libraron totalmente del impacto teológico de su formación heterodoxa: intelectualmente perdieron contacto con su propia tradición; su oposición a Roma se basaba en los principios protestantes, y su oposición a la Reforma se fundamentaba en la enseñanza de los jesuitas. Ya no podían hablar los ortodoxos con su propia voz, y el resto del cristianismo dejó de escuchar su mensaje.

 

La Iglesia Ortodoxa y en Rusia.

Desde la época de su liberación de los tártaros en 1480, Rusia se venía dilatando, y este crecimiento de su poder político iba acompañado de un sentido de vocación especial con la creencia de que Moscú era la tercera y última Roma. Esta idea fue resultado del convencimiento que compartían los cristianos orientales y occidentales acerca de que el Imperio era tan indispensable como la Iglesia para el plan divino de la salvación. La caída de Bizancio se interpretó como señal del próximo fin del mundo. (En general, se esperaba que éste tendría lugar en 1492, siete mil años después de la creación, según un cálculo aceptado). Como alternativa se propuso otra teoría, la de trasladar las prerrogativas imperiales de una nación a otra. En el libro del profeta Daniel 1 se halla el fundamento de esta visión de Imperios sucesivos que cumplen sus misiones y se sustituyen cuando resultan infieles. Sus cuatro Imperios se interpretaron a la luz del comentario de San Hipólito (muerto en 236), que los identificó con Babilonia, Persia, el Imperio de Alejandro el Grande, y Roma. Durante la ascendencia del último Imperio, habían de tener lugar los mayores acontecimientos de la historia, incluyendo la Encarnación y el último juicio. Roma no había de tener sucesores, pero la capital del cristianismo podía cambiar de localidad, aunque retuviese su sagrado nombre. Así los ortodoxos llamaban a Constantinopla la segunda Roma, después del cisma con Occidente, y cuando fue tomada por 1os turcos, Moscú se convirtió en la tercera Roma. Esta creencia formó el pensamiento ruso; éstos se consideraban como guardianes de una ortodoxia pura. Relacionando su historia con las glorias de la antigüedad, se sentían llamados para el servicio universal, y el fracaso en este deber entrañaría repulsa y castigo divinos.

Estos pensamientos, mezclados con temor y exaltación, los expresó el monje Filoteo, que escribió en una epístola a Basilio III Gran Príncipe de Moscú (1505-33): "La Iglesia de la antigua Roma cayó por su herejía; las puertas de la segunda Roma, Constantinopla, fueron derribadas a pedazos por las hachas de los turcos infieles; pero la Iglesia de Moscú, la nueva Roma, brilla con mayor esplendor que el sol sobre todo el universo. Eres el soberano ecuménico, debes tomar las riendas del gobierno con temor a Dios; témele a El, que te las ha entregado a ti. Han caído dos Romas, pero la tercera permanece firme; no puede existir una cuarta. Tu reino cristiano no se dará a ningún otro gobernante."

Estas palabras, escritas en Pskov en el siglo XV, fueron proféticas. Filoteo preveía la grandeza de su país en una época en que la propia existencia de Moscú apenas era reconocida en Europa. En 1547, quince años después de componerse la epístola de Filoteo, Iván IV (1533-84) asumió el título de Zar, que los rusos interpretaban como equivalente a Basileus; y en 1596 el metropolitano de Moscú se convirtió en Patriarca. El documento que anunciaba este suceso reproducía casi al pie de la letra palabras del erudito anciano, e iban confirmadas por las firmas de los cuatro patriarcas orientales.

Los rusos aceptaron el desafío de responsabilidad que predijo Filoteo, pero su interpretación de la esencia de la ortodoxia difería considerablemente de la de Bizancio. La primera Roma legó al cristianismo la ley, el orden y la disciplina, y proclamó la universalidad de la Iglesia. La antigua Roma representaba la autoridad paternal del Padre. La segunda Roma -Constantinopla- ofreció dirección intelectual. Había hecho mucho con formular credos y combatir herejías. Su función armonizaba con el Logos, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La tercera Roma, Moscú, expresaba el convencimiento de que toda la vida corporativa de una nación había de ser inspirada por el Espíritu Santo.

La Rusia del zarismo moscovita, que nació de las ruinas de la ocupación tártara, era diferente de la Rusia de Kiev. También lo era la Iglesia, que trasladó la sede de su obispo principal de la antigua a la nueva capital. La Rusia de Kiev era un discípulo joven y entusiasta de Bizancio; la Rusia de Moscú era un avanzado puesto cristiano del mundo asiático. Iba detrás de Europa en ciencia, en pericia militar y técnica, pero había un dominio en que eran maestros los rusos, y era éste la esfera del culto comprendida como si cubriese todos los aspectos de la vida personal, social y nacional. En ese arte de la conducta cristiana, descrito por los rusos como bitovoe blagochestie (la piedad de la vida diaria), no tenían rivales los moscovitas. La ortodoxia, etimológicamente comprendida como "verdadera gloria" (pravoslavie), se infiltraba en toda su cultura. Los rusos consiguieron una extraordinaria unidad espiritual. El zar y los boyardos, los comerciantes y los campesinos, todos eran miembros de la misma comunidad ortodoxa, hablando el mismo lenguaje, compartiendo el mismo ideal, observando la misma pauta de conducta y comprendiéndose completamente unos a otros. Su inspiración procedía de su creencia en la Encarnación, confirmada por el drama de la Eucaristía, realizado cada día de fiesta por toda la nación. La iglesia parroquial era la universidad de los rusos, su sala de conciertos, su galería de arte, y, sobre todo, el lugar santo, que les recordaba que este mundo, a pesar de sus imperfecciones, era templo del Espíritu Santo, y que la vocación del hombre era trabajar por su transfiguración. Las brillantes cúpulas de la iglesia rusa adornadas de cruces doradas, los innumerables iconos que representaban el triunfo de los santos, la alegría de las celebraciones de Pascua, todas estas manifestaciones típicas del cristianismo ruso declaraban elocuentemente la determinación del pueblo de Rusia a santificar su vida nacional y elevarla a la santidad y al amor fraternal.

Un ruso de ese período era una persona consagrada que expresaba sus alegrías y pesares de una manera acorde con su religión, regulando, su dieta en conmemoración de los acontecimientos descritos en el Nuevo Testamento, enfrentándose a la muerte como persona dispuesta a comparecer ante su Juez y Salvador, y desempeñando, desde su primero a su último soplo de vida, un papel en el drama cósmico de la redención.

Los bizantinos veían en Jesucristo al emperador; los rusos consideraban su comunidad como protegida por los santos, los escogidos vasallos del Espíritu Santo, entre los cuales era el más insigne la Madre de Dios, la Virgen María.

Ni Constantinopla ni Moscú vivieron de conformidad con su ideal; pero su fracaso no les robó el significado, pues contemplaban una gran visión, ennobleciendo y elevando a la humanidad.

 

Dos Tendencias de la Ortodoxia Rusa.

El crecimiento de la ortodoxia rusa fue acompañado de la aparición de dos distintas tendencias, procediendo ambas de Sergio de Radonezh. El portavoz de una de ellas era San Nilo Sorsky (1433-1508). Su escuela de pensamiento, conocida por el nombre de No-Poseedores, acentuaba la libertad de la vida espiritual, se oponía a cualquier uso de la coerción en materias religiosas, desaprobaba una relación demasiado estrecha entre la Iglesia y el Estado, y veía bien la hermandad con el resto de los ortodoxos. El propio San Nilo era un gran erudito; había pasado algún tiempo en el Monte sagrado de Atos y su espiritualidad era acorde con el movimiento hesicasta. El nombre de No-Poseedores se aplicó a San Nilo y a sus seguidores porque se negaban a adquirir tierras y a dominar a los campesinos que trabajasen en ellas. Consideraban que la preocupación por el manejo de la propiedad era incompatible con la profesión monástica, y pensaban que un asceta tenía que padecer pobreza y privación como parte de su adiestramiento religioso. San José de Volokalamsk (1439-1515) representaba el punto de vista opuesto. Era un capacitado administrador, un amante de la piedad rusa, un patrono del arte y un activo promotor de buenas obras. Defendía el derecho de las comunidades monásticas a poseer tierras y siervos, y mantener sobre esta base las instituciones docentes y filantrópicas. Su amigo y aliado Gennady, arzobispo de Novgorod (muerto en 1505), abogaba por el severo castigo de los herejes y otros perturbadores de la paz religiosa, considerando que un deber del Estado era proteger la ortodoxia y suprimir los errores, pero a los No-Poseedores les prohibían tal persecución los evangelios.

Mientras estas dos escuelas de pensamiento coexistieron en Rusia, se conservó el equilibrio y la lozanía de su vida religiosa y cultural. Desgraciadamente, sin embargo, los problemas matrimoniales de la familia del Gran Príncipe de Moscú, Basilio III (1505-33), ocasionaron la derrota de los No-Poseedores. Fue destituido su seguidor, el metropolitano Varlaam de Moscú (1511-22), que desaprobaba el segundo matrimonio del Príncipe, y ocupó su lugar Daniel (1522-39), un decidido enemigo de los No-Poseedores. Utilizó todos los medios para suprimir su movimiento y, por consiguiente, su influencia empezó a declinar desde mediados del siglo XVI. El desarrollo cultural de Rusia se hizo unilateral, se dio demasiado énfasis al ritualismo, se descuidó la erudición, se incrementó la subordinación al Estado y se perdió la apreciación de la libertad.

La victoria de los Poseedores desempeñó un papel en la trágica suerte de una de las más interesantes personalidades de esa época, San Máximo el Griego (1470-1556); su llegada a Moscú en 1516 ofreció a los ortodoxos rusos una oportunidad única de dilatar su horizonte mental y espiritual, conectando su vida cultural con el Renacimiento en Italia. Durante largo tiempo el misterio rodeó sus orígenes, pero se ha establecido recientemente su identidad 2 . Era nativo de Grecia, había ido a Italia en 1492 y allí se lanzó a las controversias intelectuales y artísticas del Renacimiento. Admirador de Savonarola (1452-98), ingresó en la Orden de los Dominicos (1502-04); pero, sintiéndose insatisfecho con su espíritu, regresó a Grecia, y pasó once años en el Monte Atos (1505-16). En 1516 fue a Rusia por invitación del Gran Príncipe de Moscú, que deseaba mejorar el saber ruso. Máximo representaba lo mejor de la erudición cristiana. Era hombre de gran integridad, dedicado a la ortodoxia, intrépido e intransigente en su actitud con la pereza, la ignorancia y los abusos. Tenía algo de la llama que ardía en su maestro, Savonarola. Fue recibido con los brazos abiertos por los No-Poseedores y suscitó el odio de los josefitas, que, habiendo consolidado su posición, atacaron a Máximo como peligroso innovador y crítico de las costumbres rusas.

Su arresto y largo encarcelamiento (1531-51) terminó, para los siglos aún por venir, con la posibilidad de un provechoso cambio de ideas entre Moscú y el resto del cristianismo. Los Poseedores empujaron a la Iglesia hacia el aislamiento y el provincianismo. Su victoria fue confirmada por el Concilio de los Cien Capítulos, * convocado en Moscú en 1551, en el que los obispos, en sus réplicas al zar Iván IV (1533-84), afirmaron la supremacía de la ortodoxia rusa sobre la versión griega.

Iván IV, el primer tirano ruso, era un representante militante de la idea de autocracia sagrada tal cual la concebía José de Volokalamsk. Cuando San Felipe, metropolitano de Moscú (1566-69), censuró a Iván su crueldad y opresión, el Zar encontró un clero suficientemente sumiso para que le condenasen y le degradasen. Felipe fue asesinado, y así empezó a pagar la Iglesia una alianza demasiado estrecha con el zarismo moscovita.

 

* Llamado también de Stoglav: Sto significa un centenar, y glav significa capítulo. Los estatutos del Concilio fueron divididos en un centenar de capítulos, de donde viene el nombre de Stoglav, dado tanto al documento como al Concilio que lo promulgó. (N. DEL T.).

 

Durante el reinado de Iván comenzó la trayectoria rusa hacia el Oriente. En 1552 los rusos tomaron Kazán y así atravesaron la barrera tártara que les había impedido extender sus dominios hacia el este. En 1556 Astrakhan se rindió a Moscú y todo el curso del río Volga se abrió a la navegación rusa. Invadieron Siberia en 1555, y en menos de un siglo los moscovitas llegaron al Océano Pacífico (1640). Se conmemoraron estas conquistas con la erección de una de las más originales iglesias rusas, San Basilio, en la actual Plaza Roja de Moscú (lám. II). Los arquitectos Barma y Postnik, dando a cada una de las siete cúpulas su propio dibujo y color, expresaron la visión de Asia convertida al cristianismo por la iglesia rusa. Motivos arquitectónicos persas, turcos e indios se entrelazan con el diseño de estructuras de madera rusas. La iglesia de San Basilio revela la fusión de los elementos orientales Y bizantinos en el arte y la cultura de la Rusia posterior a los tártaros.

 

El Cisma de la Iglesia Rusa.

Las extraordinarias realizaciones de Rusia, y las no menos evidentes limitaciones, se revelaron plenamente en la trágica historia del cisma que se produjo a mediados del siglo XVIII. A principios de siglo, Rusia pasó por una importante crisis política conocida por el nombre de Epoca de Problemas (1598-1613), cuando el final de la dinastía de Rurik, a la muerte del zar Feodor (1584-98), causó la guerra civil y la anarquía, agravado todo ello por la invasión de los polacos y los suecos. Los enemigos penetraron hasta el corazón de Rusia e incluso Moscú fue capturado por los polacos. Los rusos recuperaron su unidad bajo la conducción del patriarca Germogen (1606-12) y los monjes del monasterio de San Sergio. La revivificación nacional fue inspirada por la fe y el amor a la Iglesia ortodoxa.

En 1613 Miguel Romanov, un muchacho de dieciséis años de edad, fue elegido Zar de Moscú por la Asamblea Nacional y se restauró gradualmente el orden. Los aciagos acontecimientos del interregno, cuando los extranjeros y los bandidos asolaban el país, y cuando se profanaban los santuarios y se descartaban las costumbres cristianas, provocaron un movimiento de reforma entre los clérigos más jóvenes que deseaban ver a su pueblo moralmente purgado. La mayoría de estos fanáticos procedían de hogares humildes, pero el carácter popular de la Iglesia rusa no les impedía alcanzar los principales puestos. Uno de ellos, Nikón (1605 -81), hijo de un herrero, llegó a ser Patriarca de Moscú en 1652; otros, como Avvacum (1620-82), Iván Neronov (1591-1670), Longinos y Lázaro, recibieron el cargo de las principales parroquias de Moscú y las ciudades vecinas. Estos hombres de integridad y fe iniciaron una vigorosa campaña por la renovación espiritual del pueblo, y particularmente se preocupaban de que la responsabilidad de las clases superiores diera ejemplo de conducta auténticamente cristiana. El segundo zar de la familia Romanov, Alejo (1645-76), era un devoto cristiano y de todo corazón prestó apoyo a este movimiento. Tenía particular afecto a Nikón, que había adquirido popularidad por su defensa de la justicia y la probidad cristiana. Cuando Nikón fue elegido patriarca, pasó por el país una ola de expectación, pero en vez de un rápido avance hacia nuevos triunfos de la ortodoxia, la Iglesia rusa sufrió un inesperado desastre, debido a un cisma dentro del partido reformador. Su inmediata causa fue un decreto promulgado por el Patriarca en 1653 dando a los rusos la orden de seguir el ritual griego en todos los casos en que éste difería del suyo propio. Estas diferencias de ceremonial afectaban, entre otras, a costumbres tales como la manera de hacer la señal de la cruz y el número de aleluyas cantados en los servicios eclesiásticos.

Los sacerdotes reformadores, acaudillados por Avvacum, no quisieron obedecer al Patriarca. Nikón, en vez de explicar la razón de su orden, desterró al clero disconforme. Esto no hizo más que inflamar su celo. Un gran número de seglares repudiaron también el ritual enmendado y así la Iglesia rusa perdió su unidad. Los oponentes de Nikón formaron su propia comunidad, y hasta la fecha continúan siendo un cuerpo separado conocido por el nombre de Antiguos Creyentes o Antiguos Ritualistas.

En el pasado, entre los historiadores rusos, era corriente ver en este cisma una prueba del atraso intelectual de los moscovitas antes de su occidentalización en el siglo XVIII. Se dijo que la causa del cisma era una oscura disputa acerca de los detalles del ritual, y los oponentes del Patriarca fueron tachados de fanáticos de angosta mentalidad que preferían dividir la Iglesia a consentir alteraciones menores. En realidad, eran graves las consideraciones políticas que indujeron al Patriarca a iniciar su campaña por la unificación de los rituales de Moscú, Grecia y Ucrania, y no menos poderosas las razones para repudiar sus reformas.

A mediados del siglo XVII los rusos constituían la única nación pendiente entre los ortodoxos y recibieron urgentes peticiones de ayuda tanto de los cristianos que sufrían bajo los turcos como de sus parientes oprimidos por los polacos en Ucrania. Moscú se convirtió en importante centro para los cristianos orientales, que venían a Rusia a pedir limosna y protección. Estos contactos con los griegos, árabes, eslavos balcánicos y ucranianos revelaban la existencia de un número de diferencias de ritual entre los moscovitas y los otros ortodoxos. Por aquel entonces, cuando prevalecía un concepto estático de la Iglesia, cualquier desacuerdo sobre tales materias era explicado como una desviación de la tradición apostólica y ocasionaba amargas discusiones. El gobierno ruso, proyectando ahora una campaña para la liberación de los cristianos orientales, empezando por Ucrania y extendiéndose hasta los Balcanes, requería unidad y concordia entre todos los ortodoxos. Al zar Alejo y a su amigo el Patriarca les movía una visión de la Eucaristía celebrándose una vez más en Hagia Sophia, en Constantinopla, cuando el Zar ruso, rodeado por los cinco patriarcas, anunciaría el fin del yugo turco y la liberación de los ortodoxos de su sujeción al Islam. Por el triunfo de una misión tal estaban ambos dispuestos a sacrificar las amadas costumbres de la ortodoxia moscovita, argumentando que los griegos, maestros en Cristo de los rusos, debían conocer mejor las pautas originales.

La política de los patriarcas implicaba que los rusos estaban equivocados cuando afirmaban que el centro de la ortodoxia se había trasladado de Constantinopla a Moscú, y precisamente era ésta la creencia que los Oponentes de Nikón no querían abandonar. Estaban convencidos de que los griegos y los ucranianos, privados de libertad política y bajo la obligación de educar a su clero en seminarios católicos romanos y protestantes, no conservaban ya la tradición auténtica. Una reciente investigación ha confirmado el aserto de los Antiguos Creyentes. El ritual de la Iglesia rusa en la época del cisma reproducía fielmente las costumbres litúrgicas bizantinas del siglo XI, pues los rusos no habían alterado nada en el orden de la liturgia, mientras que el resto de los ortodoxos, bajo el impacto de Occidente, modificaron varias de sus costumbres y doctrinas. Estos cambios fueron particularmente notables en la vecina Ucrania, que, en la misma época del cisma, solicitó ayuda y protección de Moscú.

 

Los Ortodoxos en Polonia y Ucrania.

Ucrania, patria originaria del pueblo ruso, cayó en manos de los lituanos en el siglo XIV. Al principio, los invasores aceptaron de buena gana el liderazgo cultural de los rusos y muchos de ellos se unieron a la Iglesia ortodoxa. En 1386 el gran duque de Lituania, Jagelón (1377-1434), contrajo matrimonio con Eduvigis, reina de Polonia (1384-99), y los dos países quedaron dinásticamente unidos. Una de las condiciones de esta unión era la conversión de Jagelón a Roma; también prometió hacer del cristianismo latino la religión de su pueblo. Debidamente le bautizaron de nuevo, pues ya era miembro de la Iglesia ortodoxa, pero tuvo oposición su intento de introducir a otros en el redil romano. Se abstuvo prudentemente de utilizar la fuerza y Lituania consiguió autonomía y tolerancia religiosa bajo el gobierno de su primo Vitovt (muerto en 1430). Hasta la segunda parte del siglo XVI, Lituania y Polonia coexistieron pacíficamente. Los rusos en Lituania y en Ucrania seguían su tradición ortodoxa y no se les obligó a cambiar de religión. Sin embargo, se alteró la situación en 1569, cuando Polonia y Lituania, amenazadas por el creciente poderío de Moscú, concertaron una unión mucho más estrecha en Liublin: Kiev, con parte de Ucrania, pasó a Polonia, que siempre había sido un Estado católico romano militante. Este traslado coincidió con la rápida difusión del protestantismo en Lituania y Polonia, donde se hizo luterana la considerable colonia alemana; y muchos lituanos se hicieron calvinistas. Para detener esta deserción, los jesuitas fueron invitados a Polonia y su llegada cambió grandemente la posición de los partidos. Los jesuitas abrieron excelentes escuelas para los hijos de la clase media superior, y rápidamente sofocaron el calvinismo entre las principales familias de Lituania.

Después de obtener esta victoria, volvieron los ojos hacia los ortodoxos, que acababan de caer bajo el control político de los polacos. Polonia era un Estado aristocrático; sólo los nobles tenían derechos políticos, y únicamente los que pertenecían a la Iglesia romana gozaban de los privilegios de la clase media superior. Por lo tanto, muchas de las principales familias ortodoxas rusas desertaban de su Iglesia y nación y se pasaban a Roma. Esta apostasía fortaleció la resolución del resto de los ortodoxos en Ucrania y Lituania de permanecer firmes en su fe y su idioma. Se organizaron numerosas hermandades seglares que abrían escuelas e imprimían libros en defensa de su religión.

Esta decidida resistencia indicó a los jesuitas que no podían esperar una fácil victoria. Concibieron un nuevo plan de conversión; los rusos conservarían intacta su tradición oriental, siendo el único cambio el reconocimiento del Papa como cabeza suprema de todos los cristianos. Este plan recibió la aprobación de varios obispos ortodoxos, a quienes se les prometió, en caso de éxito, igualdad con el episcopado romano, que gozaba de muchos privilegios (incluyendo plazas en el Senado), vedados a los jerarcas ortodoxos. El rey Segismundo (Vasa) III (1587-1632), ferviente católico romano, prestó su pleno apoyo. Las negociaciones entre Roma y los obispos rusos se llevaron con gran secreto, pues se esperaba que ofrecerían resistencias las influyentes hermandades seglares.

Cuando se acordaron todos los detalles, se convocó un Concilio de la Iglesia ortodoxa en Brest-Litovsk (1596). Hubo división desde el principio. La mayoría de los obispos y una minoría de los sacerdotes y seglares se manifestaban en favor de una unión con Roma; el resto se pronunciaba en contra de ésta.

A pesar de esta división, los pro-romanos proclamaron su reconocimiento del Papa, y el rey les declaró en seguida los únicos representantes de la Iglesia rusa en sus dominios. Quedaron fuera de la ley los que no quisieron rendirse, fueron expulsados obispos y sacerdotes, se cerraron iglesias y empezó la persecución. Privados de sus obispos, los que se oponían a la unión se veían acosados por todas partes, y algunos empezaron a desesperar, desaliento agravado por los sucesos de la Epoca de Tribulaciones, durante la cual los polacos ocuparon incluso Moscú. Sin embargo, el cambio se produjo en 1620, cuando Teófanes, patriarca de Jerusalén (1608-45), de camino a Moscú, ordenó secretamente a siete obispos ortodoxos en Ucrania. El gobierno polaco decretó su inmediato arresto, pero inesperadamente acudió al rescate una nueva fuerza, los cosacos. Estos piratas de las estepas, forajidos de Polonia y Rusia, eran ortodoxos en su mayoría, pero originariamente mostraban poco respeto por cualquier religión. No reconocían ninguna autoridad, y sus campamentos en la tierra de nadie del curso bajo del Dnieper y el Don eran una amenaza por igual para los tártaros, turcos y polacos. Sin embargo, cuando los ortodoxos fueron víctimas de una organizada persecución, fueron protegidos por los cosacos, que obligaron a los polacos a hacer importantes concesiones. Con este inesperado patrocinio, los ortodoxos volvieron a abrir sus escuelas y restauraron su vida eclesiástica.

La Academia Teológica de Kiev se convirtió en centro de resistencia a Roma. Ya no era suficiente adiestrar a los hombres para el sacerdocio; habían de ser equipados para luchar con los unitas(o los unificados), que tenían el apoyo de la Iglesia romana con sus realizaciones escolásticas, recursos financieros e influencias políticas. Los ortodoxos de Ucrania se sentían aislados. Moscú no comprendía su posición, los griegos luchaban por la supervivencia, y los teólogos de Kiev no podían esperar ayuda de ninguna parte. En este momento crítico, un hombre de destacada personalidad y erudición se convirtió en su jefe: Pedro Mogila (1596-1647). Era hijo de un príncipe moldavo educado en París; graduado en la Sorbona, gozó de todos los refinamientos de la cultura europea; pero, al contrario que muchos otros nobles ortodoxos, había permanecido fiel a su Iglesia y le ofreció sus servicios. En 1633 fue elegido metropolitano de Kiev, y durante los catorce años de su episcopado revisó toda la política de su Iglesia con respecto a Occidente.

Mogila se dio cuenta de que era imposible luchar contra Roma con los vestigios de erudición que los ortodoxos ucranianos habían conservado de sus mejores días. Los hombres que únicamente conocían su propia lengua eslava y un poco de griego no tenían acceso a la literatura contemporánea, cuya mayor parte estaba en latín; por lo tanto, hizo del latín el idioma de instrucción en su Academia y obligó a los obstinados ortodoxos a estudiar en el original los escritos de sus oponentes.

Los Concilios celebrados en Kiev en 1640 y en Jassi en 1642 apoyaron sus reformas y aprobaron los libros litúrgicos y los catecismos que recopiló, los cuales contenían varias adaptaciones de fuentes latinas. Mogila adiestró a un número de hombres expertos en dialéctica y capaces de discutir contra los unitas. Los cristianos orientales que se habían sometido a Roma se encontraban ahora en desventaja. Eran considerados como católicos inferiores. A pesar de las promesas hechas, sus obispos no gozaban de igual posición que los prelados romanos y no se les admitía en el Senado. Los ortodoxos les despreciaban como traidores, y siempre que los cristianos orientales adquirían libertad de acción, los unitas eran los primeros en sufrir.

Sin embargo, Pedro Mogila compró su éxito por un precio. El adiestramiento en lengua latina, el estudio de los manuales de la teología romana y protestante, influyó inevitablemente en el pensamiento de sus alumnos. Su teología evitó los extremos occidentales, pero perdió de vista la enseñanza auténticamente ortodoxa. Se latinizaron los ortodoxos ucranianos, y cuando los moscovitas se pusieron en contacto con ellos, pudieron notar en seguida que se habían desviado de la tradición familiar, sin que les fuera siempre posible formular con exactitud los puntos de desviación en cuestión.

 

La Incorporacion de Ucrania a Rusia y el Concilio de 1666-67.

En 1648 toda Ucrania se levantó contra el gobierno polaco. Bogdan Khmelnitsky (muerto en 1669), jefe de la rebelión, liberó a su pueblo, expulsó de las tierras ortodoxas a todos los jesuitas, unificados y judios. Más tarde, derrotado y fuertemente oprimido por los victoriosos polacos, solicitó ayuda del zar Alejo. La Asamblea Nacional de Moscú, después de una larga vacilación, acordó declarar la guerra a Polonia. El 8 de enero de 1654, la Rada, asamblea de los cosacos, reconoció al Zar de Moscú como soberano.

La guerra entre Rusia y Polonia duró hasta 1667, sin que ninguna parte pudiera alcanzar una victoria decisiva. Este agotador conflicto se vio agravado por la intervención de los suecos, los tártaros de Crimea y los turcos. Se concertó por fin una paz de compromiso; Ucrania quedo dividida, Kiev y su Academia teológica pasaron a Rusia. De este modo se dio fin al aislamiento eclesiástico de Moscú. Una escuela equipada de manuales latinos, dirigida por eruditos familiarizados con los recovecos de la controversia occidental, se incorporó a la Iglesia rusa, que desde el siglo XIII había vivido sin tener contacto con el pensamiento occidental.

Durante la guerra con Polonia, el Zar se ausentó a menudo de Moscú; dejó el gobierno en manos del Patriarca, que utilizó su poder en pro de una vigorosa campaña contra los antiguos creyentes. Cuando en 1637 Alejo regresó a Moscú, ya no eran idénticas sus relaciones con el Patriarca. El Zar perdió su ciega confianza anterior en su amigo, y Nikón, dándose cuenta de esto, trató de restaurar su autoridad mediante un paso dramático. Marchó repentinamente de Moscú y declaró que no regresaría hasta que el Zar hiciera las paces con él. Alejo se negó a iniciar negociaciones y durante nueve años la Iglesia rusa tuvo un patriarca ausente que no la gobernaba. Esta nueva crisis fue más que un mero desacuerdo entre dos antiguos amigos; reflejaba otra resquebrajadura entre los dirigentes de Rusia aún mayor que la provocada por la enojosa cuestión de los cambios de ritual.

Desde su exaltación al poder, Nikón había aspirado al establecimiento de la independencia de la Iglesia respecto del Estado. Utilizó el mismo título de Gran Señor (Veliki Gosudar) que el Zar, y nunca dejó de acentuar la ascendencia moral del sagrado ministerio sobre el poder secular. Sus resueltos oponentes eran los boyardos, que deseaban tomar el control de las vastas tierras eclesiásticas y privar a la jerarquía de su independencia legal.

Al principio, el devoto Zar compartía las aspiraciones de Nikón, pero más tarde cambió de parecer y se puso de parte de los boyardos. Este fue un conflicto decisivo en la historia de Rusia, que preparó el terreno para la drástica secularización del país en el siglo XVIII. Nikón fue derrotado porque su precipitada política y sus reformas mal aconsejadas ofendían y repugnaban a muchos de sus partidarios, y con su derrota se perdió la causa de la independencia de la Iglesia.

El Concilio de Moscú de 1666-67 dio fin a la lucha entre el Zar y el Gran Patriarca. Su convocatoria fue un desastre mayor en la historia de la Iglesia rusa. El Concilio fue presidido por dos patriarcas orientales, Paizy de Alejandría (1665-85) y Macario de Antioquía (1647-72), especialmente invitados a Moscú para ese propósito. Pero el principal actor en esta asamblea eclesiástica fue un aventurero griego sin escrúpulos, el ex-unificado obispo Paisy Ligaridis. Había sido admirador de Nikón cuando el Patriarca se hallaba en el poder, pero se había vuelto contra su bienhechor cuando cayó Nikón.

El Concilio excomulgó primero a todos los que se oponían a las reformas del Patriarca, y así separó del resto de los ortodoxos rusos a los antiguos creyentes. En segundo lugar, condenó al Patriarca y le privó de sus órdenes. En tercer lugar, declaró que el Concilio de los Cien Capítulos de 1551, tan venerado por los rusos porque expresaba su convencimiento de la superioridad de su propia ortodoxia, no tenía autoridad alguna, pues se componía de hombres ignorantes. Los obispos rusos se resistían a firmar una declaración tan humillante, pero los obispos orientales y Paisy Ligaridis les obligaron a firmarla. Nikón murió en 1681, habiendo sobrevivido al zar Alejo y a la mayoría de sus enemigos. Durante sus años de exilio, fue tratado como un simple monje, pero le enterraron como patriarca, con todos los honores que corresponden a su ministerio, y como tal le recuerda la Iglesia rusa. Era hombre de grandes dotes y de limitaciones igualmente grandes, innato caudillo que fracasó inesperadamente, cuando alcanzó la cúspide del poder, por falta de sabiduría y moderación.

 

El Arcipreste Avvacum (1620-82).

El principal oponente de las reformas de Nikón era el arcipreste Avvacum, hombre de destacado celo e intrepidez, escritor de talento que personificaba la cultura de Moscú. Es preciso conocerle para comprender la ortodoxia rusa. Avvacum, lo mismo que Nikón, procedía de un hogar humilde, el de un pobre sacerdote de pueblo. Le ordenaron a los veintiún años (le edad, e inmediatamente se complicó en una lucha con hombres de autoridad. Era un reformador intrépido que se negaba a guardar silencio ante los abusos y las injusticias. Trasladado a Moscú, fue conocido del Zar y su casa, y se ganó la admiración de muchos cristianos fervientes que ocupaban altos puestos. Su implacable denuncia de la rendición de Nikón a los griegos fue causa de su destierro. El y su familia pasaron diez años (1653-63) en la Siberia oriental con un pequeño destacamento de cosacos enviados a explorar esa agreste región. En su autobiografía, compuesta en 1673, Avvacum, con soberbia pericia literaria, describió sus aventuras. Este libro marca una época en la literatura rusa. Escrita en prisión, con el propósito de fortalecer a los partidarios de su movimiento, esta primera autobiografía en lengua rusa no sólo revela la fuerte personalidad de su autor, sino que presenta también un magnífico ejemplo del ruso que se hablaba en el siglo XVII. Avvacum descartó el estilo literario convencional de los escritores contemporáneos y creó una obra maestra que se halla muy por encima del resto de la literatura del zarismo moscovita.

Avvacum no perdonaba a sus oponentes; utilizaba palabras crudas y expresiones que eran más propias del mercado que de una controversia eclesiástica, pero su sinceridad, su fe ferviente y su disposición a exponer sus propias faltas y debilidades, cautivan al lector.

Una figura central en la galería de personas descritas por Avvacum era Pashkov, jefe de la expedición a Siberia. Era ley para consigo mismo, un bruto acostumbrado a ser temido y obedecido por sus subordinados, Avvacum era su indefenso prisionero; pero, sin que le desmayaran los azotes y las torturas, permaneció firme contra su formidable oponente, y finalmente ganó la batalla. Avvacum era la más fuerte de las dos personalidades. El sacerdote era respetado por todos los miembros de la expedición, incluyendo a la esposa y el hijo del temido comandante. Avvacum tenía una constitución férrea; incluso cuando le exponían desnudo a la escarcha de Siberia, se negaba a rendirse. Le dejaron abandonado, cuidando de los enfermos y los heridos, sin armas ni protección; pero, sano y salvo, regresó con su gente a Rusia después de seis meses de viaje a través de un país del que no existían mapas, habitado por tribus hostiles. Al resumir esta parte dramática de su vida, escribió: "Durante diez años Pashkov me atormentó, o acaso le atormenté yo a él. No lo sé: Dios lo decidirá el día del juicio."

La esposa de Avvacum era mujer de igual valor y fortaleza. La introducen dos escenas de su autobiografía. Avvacum describe su forzada marcha por la Siberia oriental: " El país era bárbaro; los nativos, hostiles; así que temíamos separarnos uno del otro, y, sin embargo, no podíamos avanzar al paso de los caballos, pues éramos una pareja hambrienta y fatigada; y mi pobre vieja andaba dando traspiés y por fin cayó. Y me acerqué a ella para ayudarle, y, pobre alma empezó a quejárseme diciendo: "¿Cuánto tiempo, arcipreste, han de durar estos sufrimientos?." Y dije "Hasta la muerte," y con un suspiro respondió: "Así sea; continuemos nuestro camino" ."

El segundo episodio fue el más decisivo de la vida de Avvacum. Relata que cuando, después de diez años de sufrimiento en el desierto de Siberia, llegó por fin a los poblados rusos y se enteró de que muchos hombres de su facción habían perecido o cedido a la presión, le faltó el valor y empezó a pensar en una reconciliación con el Zar y el Patriarca. Recurrió a su esposa en busca de consejo y le preguntó: "¿Qué debo hacer? ¿Hablar o vivir en paz?." El honor, la prosperidad y la libertad para él y su familia dependían de esta decisión; pero no fue éste el camino que eligió ella para su amado esposo. Su réplica fue: "Yo y los niños te damos nuestra bendición para que continúes predicando la palabra de Dios como hasta aquí." "Y yo," añade Avvacum, "me incliné ante ella, y deseché mi ceguera." La corona del martirio le esperaba al final de su larga y atormentada vida, y le envió a ganarla su fiel esposa. En 1682 quemaron vivo a Avvacum con tres de sus más íntimos compañeros. Sufrieron este castigo, según dice el acta oficial, a causa de "las grandes blasfemias que proferían contra el Zar y su casa."

La muerte de Avvacum en una hoguera conmovió profundamente a sus seguidores, y muchos hombres y mujeres entre los antiguos creyentes optaron por morir en sus casas incendiadas, a las que ellos mismos prendieron fuego, para que no les contaminase la conformidad con los niconitas, nombre que daban al resto de los ortodoxos rusos.

Avvacum era hombre apasionado, extremado en sus ideas y acciones; y un sacerdote a quien la abrumadora realidad de la divina presencia no le hizo notar los sufrimientos y privaciones de la existencia terrenal. Era el verdadero portavoz de la ortodoxia moscovita, con la firme creencia de que su amada ciudad era la tercera Roma. Cuando, en el Concilio de 1666, los patriarcas orientales trataron de conseguir su sumisión y señalaron su deber de conformidad, Avvacum replicó: "Oh maestros del cristianismo, ¿no sabéis que Roma cayó hace largo tiempo y yace postrada, y que los polacos y los germanos cayeron de la misma manera, enemigos del cristianismo hasta el final? Aun entre vosotros, la ortodoxia ha tomado múltiples colores, y no es extraño que hoy os encontréis impotentes por la violencia del turco Mohamed. Sois vosotros quienes en lo sucesivo debéis recurrir a nosotros para que os enseñemos. Por la gracia de Dios, existió entre nosotros una autocracia sagrada, hasta la época de Nikón el apóstata. En nuestra Rusia, bajo nuestros piadosos príncipes y zares, la fe ortodoxa era pura y limpia, y la Iglesia no conocía sediciones."

Tal era el credo de Avvacum, y estaba dispuesto a morir en testimonio de la especial misión cristiana que creía asignada a la santa Rusia. Nikón y Avvacum eran representantes típicos de la cultura rusa, cultura rica en devociones y realizaciones artísticas, pero deficiente en disciplina intelectual y autodominio. La visión moscovita era integral, inspirada por la fe de su ortodoxia apolítica; sus convencidos partidarios tenían un abrumador sentido de su misión, pero su interpretación de la ortodoxia era tan limitada, y su adhesión a sus propias costumbres tan ciega, que, a pesar de saber que sus dotes habían de ser compartidas con el resto del cristianismo, optaron por dividir su propia comunidad para conseguir la uniformidad sobre tales materias como el modo correcto de hacer la señal de la cruz, o la debida dirección de las procesiones eclesiásticas. Esta tragedia de aislamiento y del perdido sentido de la proporción se produjo cuando Rusia entraba de nuevo en la sociedad de las naciones cristianas. La contienda de Avvacum con Nikón fue el final de la autosuficiencia de Moscú; Rusia ya no podía permanecer separada del resto cristianismo.

 

La Iglesia Rusa en la Vispera de las Reformas de Pedro El Grande (1668-98).

La retirada de los oponentes de Nikón, los antiguos creyentes, de la participación en la vida de la Iglesia incrementó la velocidad y desigualdad de la occidentalización de Rusia. Los comerciantes, los libres campesinos del este y del norte y los cosacos, el compacto núcleo de la comunidad de los antiguos creyentes, eran las clases más independientes y emprendedoras, y su pérdida fue calamitosa para el principal cuerpo de la Iglesia en una época en que el país se hallaba expuesto al impacto de la civilización occidental. Una de las más urgentes necesidades de la Iglesia era la mejora del conocimiento teológico. El zar Alejo se dio cuenta de esto. Entre los varios eruditos de Kiev que invitó a Moscú, el más notable fue un docto anciano, Epifanio Slovenetsky (muerto en 1676), de la vieja escuela teológica de Kiev.

Versado en los Padres griegos, pero no en el escolasticismo latino introducido por Pedro Mogila, Epifanio era un auténtico erudito, conservador, pero no reaccionario. Deseaba elevar el nivel educacional del clero moscovita, pero se oponía a la servil imitación de Occidente. Era retraído, pero intrépido, y habló en defensa del patriarca Nikón después de su caída, aunque no había pertenecido al número de sus amigos cuando Nikón estaba en el poder.

Epifanio deseaba el progreso gradual, no el cambio drástico, y le apoyaba calurosamente el boyardo Feodor Mikhailovich Rtishchev (1625-73), uno de los más atractivos personajes del Moscú del siglo XVII. El y su hermana Anna eran humanistas cristianos, patrocinadores de la erudición, fundadores de instituciones benéficas, imbuidos de humildad cristiana y de un auténtico sentido de hermandad. Concedieron la libertad a todos sus siervos y su caridad fue sin límites. Ambos se hallaban profundamente adheridos a la Iglesia y observaban todo el ritual de la vida diaria que implicaba la ortodoxia moscovita; pero estaban abiertos a nuevas ideas y acogieron bien a Epifanio y a otros eruditos griegos y ucranianos que trajeron consigo la disciplina intelectual que necesitaba la cultura rusa.

Sin embargo, la moderación iluminista que aspiraba a la reforma gradual fue pronto sustituida por otra tendencia, que introdujeron los alumnos de Pedro Mogila, y en particular otro monje ucraniano, Simeón Polotsky (muerto en 1680). Simeón no sabía griego, pero dominaba a fondo el latín, y su elocuencia y pulidos modales eran una novedad en Moscú. Su urbanidad le hacía indispensable en las funciones de la corte. El zar Alejo confió la educación de sus hijos a este persuasivo clérigo, que les enseñó latín y polaco y les familiarizó con los modales de Occidente. Simeón despreciaba al clero moscovita por inculto y rústico. El mismo era hombre de mente superficial, pero había adquirido una gran variedad de información y al principio impresionó grandemente a sus sencillos oyentes; pero su teología latinizada y su arrogante conducta provocaron finalmente la sospecha y animosidad del clero superior de Moscú. Su principal oponente fue el patriarca Joaquín (1674-90), a quien apoyaban dos griegos eruditos, Joaniquio y Sofronio Lichudis, enviados a Moscú por Dositeo, patriarca de Jerusalén (1663-1707), firme defensor de la ortodoxia, que se hallaba alarmado por la difusión de la teología occidentalizada en Rusia.

Los hermanos griegos estaban bien adiestrados en la polémica antilatina, pues se habían educado en Venecia y Padua. Tan pronto como llegaron a Moscú, en 1680, atacaron a Silvestre Medvedev (muerto en 1691), que había sucedido a Simeón Polotsky como jefe del partido ucraniano prolatino.

El principal punto de disputa era el momento de la consagración de los elementos eucarísticos. La tradición latina identificaba este momento con las palabras "Tomad y comed, éste es mi cuerpo," pronunciadas por el celebrante. Silvestre Medvedev seguía esta enseñanza, pero sus oponentes consideraban que la invocación del Espíritu Santo que sigue a las palabras de la institución era el momento de la consagración. El Concilio de 1690 dio la victoria a los antilatinos. Medvedev fue condenado y varios manuales de teología, impresos en Kiev, fueron declarados heréticos y retirados de la circulación.

El clero moscovita sólo tuvo escaso tiempo para disfrutar de su victoria. Al nuevo zar, Pedro, no le interesaba el cambio gradual, sino que estaba resuelto a convertir a Rusia en una nación europea de un solo golpe.

 

Pedro El Grande (1682-1725) y la Abolicion del Patriarcado de Moscu.

Pedro era el decimotercer hijo del zar Alejo, y al nacer en 1672 nadie hubiera podido prever que ascendería al trono y alteraría el curso de la historia.

Su padre se casó dos veces. Los feudos de los Miloslavskys y los Narishkins, las familias de las dos esposas, se interfirieron en la educación de Pedro y desfiguraron su carácter. Tenía cuatro años de edad cuando murió su padre; diez cuando su hermanastro mayor, el zar Feodor II (1676-82), murió sin descendencia después de un corto y prometedor reinado. Su otro hermanastro, Iván, era un joven pasivo y enfermizo, y Pedro, muchacho vigoroso y sano, fue rápidamente proclamado Zar por los partidarios de la familia Narishkin.

Sofía, la dominadora hermanastra de Pedro, organizó una contra conspiración. Sus partidarios armados invadieron el Krem1in y proclamaron a Iván y a Pedro como gobernantes conjuntos. En la revolución de este palacio, varios tíos y parientes de Pedro fueron salvajemente asesinados ante sus ojos y esta escena de horror no se borró nunca de su mente. Desde ese aciago día, Pedro se convirtió en enemigo de Moscú y en irreconciliable antagonista de su modo de vida.

Durante los siete años siguientes, el gobierno del país permaneció en las firmes manos de Sofía. Esta ambiciosa princesa mantuvo a Pedro, el Zar titular, alejado de la capital y descuidó deliberadamente su ecuación. Alejo procuró que sus hijos mayores fuesen cuidadosamente educados. Feodor hablaba latín con fluidez y era de modales refinados, pero Pedro se volvió terco e indisciplinado, incluso incapaz de deletrear, pero con una fuerte inclinación por la mecánica y las cosas prácticas, usualmente ignoradas en la Rusia moscovita. Una de sus pasiones era la navegación a vela, deporte antes desconocido en Rusia, que aprendió de unos artífices extranjeros establecidos en Moscú. En 1689 tuvo un decisivo choque con su hermana. Obligó a Sofía a retirarse a un convento. Su principal ambición era conseguir para su país una salida hacia el mar, y después de veintiún años de dura lucha contra Suecia (1700-21), se apoderó del Báltico e hizo de Rusia una potencia militar de primera clase.

Durante estos agotadores años, bajo la constante amenaza de una invasión extranjera, Pedro emprendió trascendentales reformas internas. Sustituyó el gobierno paternal de los zares de Moscú por una monarquía centralizada y absoluta al estilo occidental. La administración pasó a una burocracia, copiada de Suecia. Se adiestró y armó adecuadamente al ejército, se fomentaron la industria y el comercio y se mejoró la educación. Estos cambios, acompañados de una fuerte tributación y otras medidas opresivas, que nacieron de un más firme control estatal, provocaron un gran descontento. Los conservadores, que se quejaban de los privilegios concedidos a los extranjeros y despreciaban las costumbres occidentales, esperaban que la Iglesia voceara su desazón. Pedro decidió privar a la Iglesia de su libertad e impedir así que fuese portavoz del pueblo ruso. Fue una difícil tarea, pues aunque la Iglesia se hallaba en gran manera debilitada por el cisma de los antiguos creyentes, continuaba siendo el vínculo más fuerte que conocía el pueblo ruso, y tenía para ellos más realidad que el Estado o la nación.

La derrota de la Iglesia costó a Pedro veintiún años de cuidadosas maniobras y planes. En 1700, después de la muerte del patriarca Adriano, uno de los favoritos de Pedro, Stefan Yavorsky (1658-1722), fue nombrado guardián del vacante trono patriarcal. Durante los veinte años siguientes, Pedro puso en los tronos episcopales a hombres de su propia elección, principalmente ucranianos, que eran impopulares en las diócesis moscovitas y dependían, por lo tanto, del favor del Zar. El más sumiso y erudito era el obispo Feofan Prokopovich (168I-1738). Era muy versado en teología occidental y tenía inclinaciones protestantes. Se mostraba en favor del control secular de la administración eclesiástica, tal como existía en los países luteranos. Pedro deseaba introducirlo en Rusia. Bajo su supervisión, Feofan compuso las Regulaciones Eclesiásticas que publicaron en 1721, dando una nueva y subordinada posición a la Iglesia. En este documento se ridiculizaban y atacaban las viejas formas de gobierno eclesiástico, se criticaban las costumbres moscovitas y se elogiaban altamente las ventajas del nuevo sistema. El punto central de esta legislación era la abolición del patriarcado y su sustitución por un permanente concilio del clero bajo la denominación de Santo Sínodo Rector.

Se dieron varias razones para este drástico cambio. Una era la puesta mayor imparcialidad y eficacia de un órgano colegiado en comparación con el gobierno de un solo hombre; la otra era la peligrosa idea de la gran importancia del patriarca que abrigaban los "ignorantes" que le consideraban igual al zar. El último argumento era que el emperador, poseyendo el poder absoluto, no podía tolerar rivales que, como el obispo de Roma, o algunos patriarcas bizantinos, podían tener la audacia de considerarse con autoridad sobre el gobernante secular. Para evitar estos malos entendimientos, se instituyó un cuerpo colegiado, compuesto de personas elegidas por el Zar y obedientes a él. El sínodo tenía un presidente, dos vicepresidentes, y otros ocho miembros que eran obispos, monjes o sacerdotes casados. Cada miembro, incluyendo al presidente, tenía un solo voto y todas las resoluciones habían de ser aprobadas por una mayoría.

El sínodo no tenía precedente en la historia de la Iglesia ortodoxa, pues no era un cuerpo representativo, ya que todos los miembros eran nombrados por el Zar y podían ser destituidos por él. Cada uno de ellos había de prestar un juramento especial y declarar: "Reconozco al monarca de toda la Rusia como juez definitivo de este colegio." La total subordinación al emperador aún se veía más acentuada por el nombramiento de un oficial secular llamado procurador del Sínodo. Este "ojo vigilante" del monarca no era miembro del sínodo y no tenía voto, pero ocupaba una posición clave, pues sólo él era responsable de la agenda de las sesiones y presentaba las decisiones al emperador para su firma. Unicamente eran legalizadas las resoluciones que así se aprobaban. Si añadimos a las funciones del procurador su derecho de sugerir al soberano adecuados candidatos para el sínodo, nos daremos cuenta de la suprema importancia de estos oficiales.

Los primeros miembros del sínodo fueron todos ucranianos. Los obispos moscovitas, aunque excluidos, fueron requeridos individualmente para firmar un documento en aprobación del sínodo, so pena de ser expulsados de sus diócesis. Los más obstinados, como Ignacio, obispo de Tambov, e Isaías, metropolitano de Nizhni-Novgorod, ya se hallaban por entonces destituidos. El resto dio de mala gana su aprobación. En 1723 los patriarcas orientales, que dependían del favor de Pedro, reconocieron también al extraño colegio como "su amado hermano en Cristo."

Había dos razones que explicaban el fracaso de los jerarcas rusos para evitar la imposición sobre ellos de esta grotesca caricatura de gobierno eclesiástico. Desde luego, la-principal razón era la retirada de los antiguos creyentes. La otra era que los ortodoxos habrían permanecido firmes en defensa de su fe y resistido a cualquier intento de alterar su tradición sacramental, pero Pedro no tocó estos aspectos de la vida eclesiástica. Atacó el punto más débil de la Iglesia rusa: su constitución. El derecho canónico ortodoxo prescribe un sistema cuidadosamente diseñado para la administración eclesiástica. Habían de ser elegidos los obispos y el clero. Los obispos debían convocar concilios diocesanos y ser consultados regularmente por el Jerarca mayor. Estas regulaciones que salvaguardaban la libertad y la autoridad de la Iglesia no habían sido nunca observadas en Rusia. Los obispos eran pocos (hasta el siglo XVII, únicamente dieciséis), las distancias eran enormes y los concilios sólo se celebraban en circunstancias excepcionales. Estos defectos se veían mitigados por el espíritu de familia que prevalecía en la Rusia anterior a Pedro. Aunque los derechos de los obispos y del patriarca no fueron nunca claramente definidos y el Zar tenía mucho que decir en su elección, su autoridad espiritual era universalmente reconocida y los zares eran siempre los primeros en dar ejemplo de obediencia filial a los patriarcas. Estos tenían el derecho habitual de recordar a los soberanos sus cristianos deberes de misericordia y perdón siempre que parecían demasiado ásperas o injustas para el pueblo cristiano las medidas que emprendía el gobierno*. Un símbolo de que el Zar aceptaba la autoridad de la Iglesia era la procesión del domingo de Ramos; ese día el Patriarca, representando a Cristo, recorría las calles de la capital en un asno, mientras que el Zar conducía humildemente al animal.

Pedro terminó con esta ascendencia moral de la Iglesia. Silenció a los obispos, decretó la abolición del patriarcado, suprimió la libertad parroquial y paralizó a la Iglesia. Los zares moscovitas habían sido siempre tan fieles y devotos miembros de la Iglesia, que no se había dado ninguna disposición para protegerla de su interferencia ilegal. La mayoría de los rusos esperaban y rezaban porque el próximo monarca librara a la Iglesia de su cautiverio. No sonó ninguna llamada de oposición organizada y, como resultado, durante más de doscientos años, la Iglesia rusa perdió el derecho de hablar libremente sobre los principales temas morales o religiosos.

 

* Este derecho de intervención se llamaba Pechalovanie.

 

El propio Pedro fue el primero en sufrir las malas consecuencias de su política. En 1718 chocó con su hijo y heredero, Alejo, que huyó al extranjero. Persuadieron al joven para que retornase a casa bajo la promesa que le hizo su padre de no infligirle ningún castigo. Pedro no cumplió su palabra y su hijo pereció en la tortura a que le sometieron durante el interrogatorio. Evidentemente al Zar le atormentaba su conciencia, y, antes de cometerse el acto fatal, pidió a los principales obispos que le aconsejasen. En los antiguos días, el Patriarca habría expresado el parecer cristiano de la nación. Ahora, los obispos, nombrados por el Zar, tenían miedo de intervenir, aunque sí mencionaron la virtud del perdón en su réplica no comprometedora. La acción de Pedro alteró la sucesi6n legal al trono y lanzó al país al tumulto de las revoluciones palaciegas que convulsionaron a Rusia durante todo el siglo.

Pero ni Pedro ni sus agentes, los procuradores del sínodo, pudieron separar de la Iglesia a los rusos, que permanecieron fieles a la tradición de sus antepasados. Los ortodoxos no aceptaron nunca la idea de que los emperadores, u otros cualesquiera, tuviesen derecho a controlar la Iglesia de Dios. La Iglesia era mucho más antigua que el Imperio; podía verse temporalmente sometida, pero no alterada sustancialmente ni destruida. El Imperio sufrió un colapso en 1917, pero la Iglesia sobrevivió a la catástrofe que resultó inevitable cuando Pedro suprimió la voz de la libre opinión cristiana.

 

Los No Juramentados y la Iglesia Ortodoxa.

Durante el reinado de Pedro ocurrió un curioso episodio en las relaciones entre los cristianos orientales y occidentales, un intento que hicieron los No Juramentados de reunión corporativa entre ellos. Estos doctos y concienzudos teólogos de la Iglesia anglicana, que se negaron a quebrantar su juramento de lealtad a los Estuardos, animados por Pedro, enviaron tres cartas al Patriarca de Constantinopla manifestando las condiciones de reunión que podían aceptar dos respuestas. La correspondencia duró desde 1716 a 1725. Nada salió de este primer intento de reunión entre los anglicanos y los ortodoxos, pues los No Juramentados deseaban que los cristianos orientales alterasen varias costumbres litúrgicas, especialmente la invocación directa de los santos, la veneración de los iconos y la adoración de los elementos eucarísticos. Sobre todo se oponían a la devoción especial que mostraban a la Madre de Dios. Los obispos orientales aconsejaron a los No Juramentados que abandonasen su herejía calvinista-luterana, y esta sugerencia ofendió a los teólogos ingleses, que criticaban sobremanera a los protestantes continentales. En el siglo XVIII, ninguna de las dos partes deseaba escuchar críticas ni sugerencias, más este intercambio de cartas inició unas discusiones que se hicieron más fructíferas en el curso de los dos siglos siguientes.

 

El Imperio de San Petersburgo y la Iglesia Rusa en el Siglo XVIII.

San Petersburgo, la nueva capital de Rusia, era una extraña ciudad, ni rusa ni europea, una ciudad de hermosura y grandeza, pero sobre ella se cernía un sentido de predestinación e irrealidad. Igualmente prometedor se presentaba el Imperio que sustituyó al viejo zarismo moscovita. Socialmente se vio dividido en agudo contraste desde su principio hasta su trágico fin. La clase rectora se hallaba occidentalizada, vestía a la europea, prefería hablar lenguas extranjeras y consideraba París como su metrópoli. Buscaban sabiduría e instrucción en las universidades alemanas y leían libros y periódicos franceses para mantenerse en contacto con el más reciente pensamiento político. Imitaban a Europa con ardor, en el convencimiento de que la filosofía occidental y la ciencia social ofrecían una panacea para todos los defectos y fracasos, incluyendo los que afectaban a su vida nacional.

Pedro reconstruyó Rusia de acuerdo con planes occidentales. Dos siglos después de su época, VIadimir Ulianov-Lenin (1870-1924), otro admirador de la sabiduría europea, hizo explotar el Imperio cuando intentó completar la obra que inició el Zar revolucionario. Ambos representaban a la minoría de los rusos. El resto de la nación, especialmente los campesinos, consideraba a Occidente como enemigo y opresor, pues el Imperio había extendido el peso de la esclavitud, que se hizo especialmente degradante en la segunda mitad del siglo XVIII, y sólo fue abolida en 1861.

Después de la muerte de Pedro en 1725, el Imperio parecía muy inseguro. Ni los observadores rusos ni extranjeros le creían capaz de sobrevivir. Se hicieron varios intentos de detener el proceso de occidentalización y de colocar de nuevo a Moscú en su previo lugar de honor. Pero estos esfuerzos no produjeron resultado permanente alguno. El contacto con Europa, conseguido a un alto precio, era demasiado valioso para abandonarlo, y no sólo se mantuvo, sino que fue intensificado.

El siglo XVIII fue un período turbulento en la historia de Rusia. La nación se hallaba agitada por sus intentos de ajustarse a las nuevas condiciones. El gobierno estaba preferentemente en manos de aventureros incompetentes e ignorantes, muchos de origen extranjero, mientras que el trono era ocupado por mujeres y niños que no tenían derecho moral ni legal a esta exaltada posición. Pedro, en su deseo de afirmar sus pretensiones absolutistas, había decretado que el soberano reinante era el único responsable de la elección de su sucesor. El mismo no quiso hacer uso de este dudoso privilegio, pero en virtud de esta ley destruyó todo viso de legalidad o estabilidad en la sucesión rusa.

El estado de la Iglesia rusa era deplorable. El Sínodo estaba expuesto a todas las intrigas y vicisitudes de las revoluciones de la corte. Los obispos eran ascendidos o degradados por causas que no tenían nada que ver con la religión. El clero parroquial dependía totalmente de las decisiones arbitrarias de los obispos reclutados entre los monjes, la mayoría recién llegados de Ucrania. Las nuevas escuelas teológicas para la formación del clero seguían servilmente las pautas occidentales. Los libros de texto estaban en latín y también la enseñanza.

Este estado de opresión alcanzó su clímax durante el largo reinado de Catalina II (1762-96). Esta dotada y ambiciosa mujer alemana que heredó el trono ruso se consideraba como gobernante ilustrado y benévolo de un pueblo bárbaro. Era responsable de la difusión de las formas más inhumanas de servidumbre. Profesaba el racionalismo escéptico de Voltaire. Para ella la Iglesia ortodoxa estaba contaminada por la ignorancia y la superstición. Entre los procuradores del Sínodo que nombró había librepensadores y hombres abiertamente hostiles al cristianismo. Una de sus acciones fue confiscar las tierras pertenecientes a la Iglesia y reducir drásticamente un gran número de casas religiosas. Estas medidas recibieron una decidida protesta de unos cuantos de los obispos más independientes. Su jefe fue Arsenio Matsievich, metropolitano de Rostov, condenado a morir de hambre en 1772 por orden de la Emperador, por haber criticado su política. Otros obispos fueron encarcelados y despojados de sus hábitos.

Durante el reinado de Catalina, San Petersburgo floreció en toda su extravagante belleza; la Emperatriz y su cortejo seguían las más recientes modas de París y copiaban a las grandes capitales de Europa; pero este refinamiento y lujo eran comprados a costa del trabajo de esclavos de los campesinos rusos, que hicieron infructuosos, pero formidables intentos de desembarazarse del gobierno extranjero bajo el cosaco Pugachev. Durante un breve período, los rebeldes dominaron la mayor parte de las provincias orientales (1773-75).

Catalina tuvo la suerte de conseguir los servicios de varios hombres de extraordinaria capacidad. Entre sus generales, el más insigne era Alejandro Suvorov (muerto en 1800). En el curso de dos guerras contra los turcos, los rusos penetraron por primera vez en los Balcanes en 1768-74 y nuevamente en 1787-92. El tratado de paz concertado en Kuchuk Kainarjie en 1774 establecía el control ruso sobre el Mar Negro y concedía a los monarcas rusos el derecho de proteger a la población ortodoxa del Imperio otomano. Este fue el cambio de la historia de los esclavizados cristianos orientales, cuyas esperanzas de liberación dejaron de ser un sueño irrealizable.

Las tres divisiones de Polonia, en que Catalina participó de mala gana (1772, 1793 y 1795), introdujeron en el Imperio otra gran sección de los ucranianos ortodoxos y rusos blancos, pero también añadieron un territorio habitado por polacos católicos romanos y por un considerable número de judíos. El Imperio Ruso se dilató grandemente, pero, medida que creció su poder político, se hicieron más complejas también sus condiciones sociales y religiosas.

En la segunda mitad del siglo XVIII, las clases superiores de Rusia empezaron a desertar de la Iglesia en busca de otros modos de vida; algunos se emanciparon por completo de la fe y la moral cristiana. Otros se consideraban discípulos de Voltaire; y aun otros se afiliaron a la francmasonería. Estos desertores fueron pocos al principio, pero todos pertenecían a la aristocracia y su visión penetró gradualmente hasta las clases inferiores.

El influjo de nuevas ideas, el más estrecho contacto con Occidente, la sumisión de la Iglesia al control burocrático no sólo tuvieron resultados negativos, sino también positivos para el cristianismo ruso. El cierre de muchos monasterios alivió a la Iglesia del peso de muchos hombres y mujeres que no sentían una vocación religiosa auténtica; el conocimiento de la literatura cristiana de Occidente introdujo a los rusos algunas de las grandes obras de piedad cristiana; la mezcla con los ortodoxos balcánicos, que no limitó la burocracia de San Petersburgo, estimuló la revivificación del monacato ruso.

 

San Tikon de Zadonsk y Paisy Velichkovsky.

Dos jefes eclesiásticos de ese período merecen especial mención: San Tikón de Zadonsk (1724-83) y Paisy Velichkovsky (1722-94). San Tikón nació en la familia de un pobre cantor eclesiástico. Fue enviado a uno de los seminarios recién abiertos donde los hijos del clero ruso eran instruidos en la escolástica latina. Dotado de una mente viva y una fuerte imaginación, progresó rápidamente en sus estudios. Fue ordenado, hizo votos monásticos, y le nombraron profesor de teología (lám. 66).

En 1763, a la joven edad de treinta y un años, le hicieron obispo de Voronezh. La ciudad era una población fronteriza en aquel período, de cara a las abiertas estepas que habitaban los cosacos. El indómito pueblo, el clero indisciplinado, la atmósfera general de desasosiego y violencia que encontró allí, quebrantaron su salud. En 1767 abandonó la administración eclesiástica, para la que se hallaba mal dispuesto, y se retiró a un pequeño monasterio en Zadonsk. Durante los dieciséis años siguientes vivió allí en reclusión y pobreza como un simple monje. Esta huida del mundo y sus conflictos no significaba que se había desentendido del sufrimiento de la humanidad. Al contrario, San Tikón se dedicó al servicio de todos los necesitados de ayuda y consejo. Mantuvo una gran correspondencia y escribió varios libros de devoción, en los que libremente incorporaba los elementos del cristianismo occidental que le resultaban compatibles con la ortodoxia rusa. Su amor, humildad y paciencia le granjearon el profundo afecto de muchos discípulos y admiradores. Incluso durante su vida le veneraban como hombre santo, y le canonizó la Iglesia rusa en 1861.

El padre Zosima de Los hermanos Karamazov, y todavía más el obispo Tikón en Los endemoniados*, nos dan el retrato que hizo Dostoievsky de este santo ruso y demuestran el impacto que tuvo San Tikón en los más grandes novelistas de Rusia.

Paisy Velichkovsky nació en Ucrania en 1722. Ingresó en la Academia Teológica de Kiev, pero le desagradaba su escolasticismo y anhelaba la tradición patrística ortodoxa. Se marchó de Kiev y se hizo monje en el Monte Atos, el hogar de la ortodoxia pura.

Allí inició su gran obra de traducir al ruso los clásicos griegos sobre el ascetismo y la contemplación. Reunió un gran número de antiguos manuscritos y se los llevó a Moldavia, donde, en 1779, fue elegido abad del monasterio de Niamez. Allí, hasta el final de su vida, trabajó día y noche en traducciones, rodeado de un creciente número de fieles discípulos. Puso a disposición de la Iglesia rusa la experiencia de los grandes místicos orientales. Muchos de estos escritos nunca habían sido traducidos con anterioridad, otros sólo podían encontrarse en raros manuscritos antiguos. Uno de sus libros, llamado Dobrotolubie, que contiene extractos de los escritos de los Padres orientales sobre la oración, adquirió especialmente una gran popularidad **. Se convirtió en manual de instrucción en el arte de vivir cristianamente y ayudó a muchos rusos a llevar una mejor vida cristiana.

 

*Sin embargo, el capítulo que describe al obispo Tikón se suele omitir del texto de la novela.

 

**Una traducción inglesa abreviada se publicó en 1951. Véase Writtings from Philokalia, traducidos por E. Kadlonbovsky y G. Palmer (Londres, Faber & Faber, 195l).

 

El propio Paisy era un experto director espiritual, y revivificó la verdadera tradición monástica de la Iglesia ortodoxa, que había decaído en muchas partes del mundo oriental en el siglo XVIII. Recordó a los ortodoxos las fuentes de su tradición. Enseñó griego patrístico a sus discípulos y les aconsejó que leyeran a los Padres de la ortodoxia oriental en vez de estudiar los escritos de los controversistas católicos romanos y protestantes.

El siglo XVIII terminó en Rusia con el corto y trágico reinado de Pablo I (1796-1801). Era maniático y visionario, obsesionado por el deseo de revivificar la sagrada monarquía que habían profanado los monarcas racionalistas de su tiempo, incluyendo a su propia madre, Catalina II.

En su desordenada mente, el ideal de un Imperio ortodoxo iba combinado con militarismo prusiano y órdenes de caballería medieval. Invitó a los Caballeros de Malta para que se estableciesen en Rusia y aceptó el título de gran maestre. Hizo un estatuto describiéndose como jefe de la Iglesia. Era una pretensión disparatada, pues contradecía a la enseñanza ortodoxa, y, además, la Iglesia rusa era solamente un miembro de la comunidad de los cristianos orientales. No obstante, esta afirmación dio origen al mal entendimiento de que los rusos profesaban el cesaropapismo.

En realidad, la declaración de Pablo I fue el acto arbitrario de un gobernante irresponsable, y lo repudió la Iglesia rusa tan pronto como pudo expresar su verdadera opinión en el Concilio libremente elegido en 1917.

 

La Ascendencia Occidental Sobre el Oriente Cristiano.

Los siglos XVI, XVII y XVIII fueron el período oscuro de la historia del Oriente cristiano. La opresión política, la pobreza y la ignorancia minaron la fuerza de esta comunidad. Fue también en la época de ascendencia occidental cuando los católicos romanos y los protestantes tomaron por segura su superioridad sobre las Iglesias bizantinas y orientales.

La desigual contienda entre el Oriente cristiano y Occidente continuó tanto en Europa como en Asia; uno de sus campos de batalla fue el remoto puesto adelantado del cristianismo oriental, la Iglesia ortodoxa de la costa de Malabar en el sur de la India.

 

La Iglesia de Santo Tomas en el Sur de la India.

Los portugueses descubrieron la existencia de los cristianos de Santo Tomás después que Vasco de Gama desembarcó cerca de Calicut el 14 de mayo de 1498. La comunidad cristiana en la India se componía de unas 30.000 familias en aquella época y era regida por el metropolitano Mar Yahballaha, asistido por tres obispos sufragáneos, Mar Denha, Mar Jacob y Mar Johanes, todos naturales de Mesopotamia y representantes de la versión nestoriana del cristianismo oriental.

La llegada de los portugueses coincidió con las incursiones musulmanas en el sur de la India. En 1502 los cristianos indios pidieron a Vasco de Gama que les tomase bajo su protección. Este era un movimiento político y los ortodoxos no esperaban que su alianza con los portugueses afectase a su vida eclesiástica, y no influyó en ella al principio. Los recién llegados no hicieron ningún intento de interferirse en los asuntos de los cristianos de Malabar; San Francisco Javier, el gran misionero de aquella época (1506-52), que pasó tres años en el sur de la India y bautizó a varios millares de paganos, no buscó prosélitos entre los ortodoxos y mantuvo amistosas relaciones con ellos. Incluso recomendó al rey portugués Juan III (el Pío, 1521-57) a uno de los obispos, Mar Jacob, "como anciano virtuoso y santo, que ha servido bien a Dios y a Vuestra Majestad durante cuarenta y cinco años."

Estas amistosas relaciones empezaron a decaer en la segunda mitad del siglo XVI. En fecha tan remota como la de 1455, el papa Calixto III (1455-68) había concedido a los portugueses la jurisdicción sobre toda Africa y Asia meridional. Durante algún tiempo fue nominal este privilegio pero con el rápido crecimiento de sus posesiones de ultramar, los portugueses comenzaron a hacer uso práctico de él. En cuanto concernía a la Iglesia india, esto implicaba que el rey de Portugal tenía el derecho de nombrar sus obispos y supervisar su administración. Los ortodoxos indios ignoraban totalmente las pretensiones papales de jurisdicción universal. Sin embargo, estando acostumbrados a reconocer la autoridad del patriarca nestoriano de Babilonia, no tuvieron dificultad en trasladar su obediencia a la figura aún más remota del Papa. Pero las cosas empezaron a cambiar cuando los portugueses se pusieron a latinizar su culto y a alterar sus antiguas tradiciones. Estas diferían sorprendentemente de las formas occidentales, pues incorporaban muchas costumbres indostánicas; el sacerdocio, por ejemplo, era un privilegio abierto únicamente a los hijos de ciertas familias; gran parte de la enseñanza era oral; la liturgia se celebraba en lengua siríaca, como el sánscrito de los indostánicos, idioma sagrado, pero incomprensible. Todos los obispos eran extranjeros que venían de Mesopotamia y vivían como santos indostánicos, en aislamiento, sin mezclarse nunca con sus fieles. Los intentos portugueses de poner a estos inusitados cristianos en línea con su propia política eclesiástica provocaron muchos conflictos, que concluyeron a finales del siglo XVI.

En 1595 a Alexis de Menez, arzobispo portugués de Goa, le confió, el Papa Clemente VIII (1592-1605) la tarea de desenredar la confusa situación. Paso varios meses visitando las esparcidas comunidades de los cristianos de Malabar, viajando por ríos infectados de cocodrilos y cruzando montañas en la jungla tropical. Impresionó a los ortodoxos con su celo y valor y consiguió persuadir al clero y a los seglares para que fusionasen su Iglesia con la de Roma. El 21 de junio de 1599 se celebró un Sínodo en Diamper. Ochocientos trece delegados que representaban a esta antigua Iglesia hicieron una solemne confesión de fe como la que prescribe el Concilio de Trento (1565): r