(Corrección y adaptación por Carlos Etchevarne)
PARA USOS INTERNOS Y DIDÁCTICOS SOLAMENTE
Contenido:
Los Principios. Papel de Francia en el Bizantinísimo. La Época de Du Cange.
Montesquieu. Gibbon. Lebeau. Royou. Finlay. Paparrigopulos. Hopf. Hertzberg. Gregorovius. Bury. Lambros. Gelzer. Hesseling. Bussell. La "Cambridge Medieval History." Resúmenes Generales de Divulgación Sobre la Historia de Bizancio. La Literatura Bizantina.
Breve Examen de los Trabajos de Historia Bizantina en Rusia.
Los Académicos Alemanes "Occidentales." Y "Eslavófilos." V. G. Vasilievski. La Historia Bizantina en Rusia. Lertov. J. A. Kulakovski. F. I. Uspenski. S. P. Chestakov. C. N. Uspenski. A. A. Vasiliev. Periódicos Especiales. Obras Generales Sobre Derecho. Arte y Cronología. La Papirología.
Constantino y el Cristianismo. El Imperio de Oriente en los Siglos IV y V. La "Conversión" de Constantino. El Seudoedicto de Milán. La Actitud de Constantino Ante la Iglesia.
El Arrianismo y el Concilio de Nicea.
La Fundación de Constantinopla. Las Reformas Orgánicas del Imperio en la Época de Diocleciano y de Constantino. Los Emperadores desde Constantino el Grande hasta Principios del Siglo VI.
Los Sucesores de Constantino (Constancio, 337-361).
Juliano el Apóstata (361-363). La Iglesia y el Estado al Final del Siglo IV. Teodosio el Grande. El Triunfo del Cristianismo. El Problema Germánico (Godo) en el Siglo IV. Los Problemas Nacionales y Religiosos en el Siglo V. Arcadio (395-408) los Favoritos. La Resolución del Problema Gótico. Juan Crisostomo. Teodosio II el Joven (408-450).
Las Disputas Religiosas y el Tercer Concilio Ecuménico.
La Escuela Superior de Constantinopla. El Código de Teodosio. Las Murallas de Constantinopla.
El Cuarto Concilio Ecuménico. Marciano (450-457) y León (457-474).
Zenón (474-491). Los Isauricos. El Henótico. Anastasio I (491-518). La Guerra Pérsica. Las Incursiones Búlgaras y Eslavas. Las Relaciones con Occidente.
La Política Religiosa de Anastasio. Reformas Interiores. Conclusión General.
Literatura, Ciencia, Educación y Arte desde Constantino el Grande Hasta Justintano. Literatura, Ciencia, Educación. Bibliografía.
Los Emperadores del Período 518-610. Justiniano El Grande. Teodora. La Política Exterior de Justiniano y su Ideología. Guerras Contra los Vándalos, Ostrogodos y Visigodos. Los Eslavos. La Política de Justiniano. La Obra Legislativa de Justiniano. Triboniano.
Política Interior de Justiniano. La Sedición Nika. El Comercio Bajo Justiniano. Cosmas Indicopleustes. Las Fortificaciones. Los Sucesores Inmediatos de Justiniano. Su Política Religiosa. Mauricio. Persia. Los Eslavos y los Avaros. Creación de los Exarcados. La Cuestión de los Eslavos en Grecia. Literatura. Instrucción y Arte en la Época de Justiniano. Examen de Conjunto. Bibliografía.
La Dinastía de Heraclio y su Origen. Los Eslavos Ante los Muros de Constantinopla. Las Campañas Contra los Persas.
Los Árabes. Mahoma y el Islam.
Causas de las Conquistas Árabes en el Siglo VII. Conquistas Árabes Hasta Principios del Siglo VIII. Justiniano II y los Árabes. Progresos de los Eslavos en el Asia Menor. Principios del Reino Bulgaro.
"Exposición de Fe" de Heraclio. "Tipo de Fe". Sexto Concilio Ecuménico.
Desarrollo de la Organización de los Temas en la Época de la Dinastía de Heraclio. La Anarquía de 711-717. La Literatura, la Instrucción y el Arte en la Época de la Dinastía de Heraclio. Bibliografía.
La Dinastía Isáurica o Siria. Actitud del Imperio Ante Árabes, Búlgaros y Eslavos. Política Interior de los Emperadores de la Dinastia Isaurica o Siria. La Legislación. Política Interior. Legislación. Temas.
Origen y Principios de la Iconoclastia. La Coronación de Carlomagno. Conclusión Acerca de la Obra de la Dinastía Isaurica.
Primera Expedición de los Rusos. El Imperio Bizantino y los Búlgaros en la Época de la Dinastía Amoriana. Segundo Período de la Iconoclastia y Restauración de la Ortodoxia. Separación de las Iglesias en el Siglo IX. La Literatura, el Arte y la Instrucción Durante el Período Iconoclasta. La Literatura, el Arte y la Instrucción.
Introducción. El Problema del Origen de la Dinastía Macedonia.
La Política Exterior de los Emperadores Macedonios.
Relaciones con los Árabes y Armenia. Relaciones de Bizancio con Búlgaros Durante la Dinastía Macedónica.
El Imperio Bizantino y Rusia en la Época de la Dinastía Macedónica.
El Problema Pecheneque en la Época de la Dinastía Macedónica. Relaciones de Bizancio con Europa Occidental.
Cuestiones Religiosas en la Época de Esta Dinastía.
La Obra Legislativa de los Emperadores Macedonios. Los "Poderosos" y los "Pobres." La Administración de las Provincias Bajo los Emperadores Macedonios. Turbulencias Sobrevenidas Desde la Muerte de Basilio II Hasta la Exaltación de los Comnenos.
Los Pecheneques. Los Normandos.
La Instrucción, la Ciencia y el Arte Durante el Período de la Dinastía Macedónica.
De Constantino a las Cruzadas.
Prefacio a la Edición Española.
Una progresión que vale por una constante histórica quiere que los focos culturales se sucedan en el tiempo siguiendo el derrotero del sol. A tenor de esta ley singularmente patentizada en los pueblos costeros, y de modo especial en el Mediterráneo, para el oriental lo occidental es rústico e inexperto, y al revés: a los de acá los del otro, hijos de civilizaciones más antiguas, se les antojan decadentes y afeminados. Al extremo que, bizantino y bizantinismo son vocablos que en nuestra lengua cotidiana suenan a cosa banal o a excesiva sutileza. Nuestra tradición de hombres de Occidente, de francos, suele prevenirnos - contra todo aquello que haga referencia a Bizancio. Aferrados al cómodo expediente de fechar en 476 la caída del Imperio romano; incluidos por la pluricelular tarea de la formación de nuestras nacionalidades y de hacer a la Iglesia independiente de la potestad civil, olvidamos con frecuencia que ese Imperio duró todavía mil años, defendiéndose bravamente de las naciones jóvenes que lo acosaban desde los cuatro puntos cardinales. Esa laboriosa gestación del mundo occidental, y la escisión consiguiente de la Iglesia, desembocaron en las Cruzadas en un movimiento que, si no en la mente de sus promotores en su desarrollo había de resultar fatal para el mantenimiento del Imperio de la Nueva Roma. Los socorros de Europa no llegaron a la Constantinopla así puesta en trance de muerte, sino (aunque vanamente, ante el ímpetu otomano) a aquellas naciones cortadas en el manto del antiguo Imperio. Esta es una lección que el historiador no puede olvidar, Y es curioso que, al paso que los propios francos en lucha con los bizantinos acabaron por asimilar la civilización oriental, el recuerdo de las Cruzadas siga figurando, en Occidente, entre las determinantes de nuestro desde hacia Bizancio al modo como la caída de Constantinopla, y la consiguiente diáspora de los sabios de la ciudad imperial, no valió a difundir la cultura bizantina mas a reforzar el estudio de los clásicos griegos. Había sido menester llegar a los Finlay a los Bury, a Krumbacher, a la escuela francesa egregiamente presidida por Schlumberger y sobre todo por Charles Diehl, el gran orientalista recientemente fallecido, para que la civilización bizantina adquiriese a nuestros ojos el lugar destacado que le corresponde. Sin embargo, una rama considerable de los estudios bizantinos quedaba por incorporar al acervo occidental: la de la pléyade de cronistas e investigadores eslavos, y concretamente los de esa Rusia que se considera, no sin razón, hija y heredera de Bizancio. Ese vacío ha sido colmado con la magnífica obra de Alejandro Vasíliev que hoy tenemos el honor de presentar a los lectores de lengua española. Por vez primera se añaden aquí a los frutos de las modernas investigaciones occidentales los resultados conseguidos por la ciencia eslava. Con ello, no sólo se renuevan muchos puntos de vista, sino que se ha logrado una visión de conjunto que difícilmente podrá ser modificada, salvo en los detalles. Por las manos de Vasíliev, ha pasado cuanto se haya podido escribir acerca de Bizancio; todo ha sido puesto por él a contribución, todo ponderado y jerarquizado al escribir esta obra, imprescindible pese a su carácter sumario a cuantos se interesan en la historia europea de quince siglos acá.
No se crea, sin embargo, que la universalidad de los conocimientos del autor haga prolijas las argumentaciones y árida la exposición. Enamorado del tema de sus estudios, el autor ruso traza brillantemente el cuadro de la existencia de Bizancio, incluso con pasión. Lo cual le lleva, tal cual vez, a presentar las cosas de Occidente de una manera que no concuerda con nuestras ideas al respecto. Sólo en esos casos y sin que ello encierre la menor censura al autor, nos hemos permitido traer a pie de página otros puntos de vista, por si ello ayuda al lector a, tener una visión total del problema.
También hemos creído oportuno acompañar el texto de esta obra ejemplar con un conjunto de ilustraciones, probablemente el más nutrido que hasta la fecha se haya publicado en España sobre Bizancio; con un índice onomástico, y con unos cuadros cronológicos, harto incompletos por desgracia. Con esto y la recomendación, al lector no especialmente preparado, de dejar para el final la lectura del primer capítulo de Vasíliev en el cual se expone con tanta claridad como competencia el estado actual de los estudios bizantinos ponemos punto a esta nota.
Juan Ramón Masoliver
Breve Examen de los Trabajos Sobre Historia Bizantina en Occidente.
La verdadera creadora del bizantinísimo científico fue la Francia del siglo 14 obras de la literatura clásica griega y romana. La literatura bizantina era casi desconocida en Italia, y no se mostraba gran interés por conocerla. Sin embargo, los continuos viajes que se hacían a Oriente, a fin de buscar manuscritos griegos y estudiar la lengua griega, convirtieron en necesidad, poco a poco, el renunciar a esa actitud sospechada y recelosa hacia la literatura griega medieval. Los primeros estudios sobre los escritores griegos, tanto clásicos como bizantinos, consistieron en traducciones de textos grecos en lengua latina. De todos modos, el interés que en los siglos XIV y XV se manifestó por la literatura bizantina, fue sólo accidental y quedó eclipsado enteramente por la atención que se dedicaba al mundo clásico.
En el siglo XVI y al comienzo del XVII, cambia la actitud hacia la historia y la literatura de Bizancio, y toda una serie de autores bizantinos, si bien elegidos al azar y de desigual importancia entre sí, son editados en Alemania (por ejemplo, por Jerónimo Wolf), en los Países Bajos (por Meursius) y en Italia (aquí por dos griegos: Alemannus y Allatius [León]).
Papel de Francia en el Bizantinísimo. La Época de Du Cange.
La época del Renacimiento italiano se interesó principalmente por el siglo XVII. Entonces, cuando la literatura francesa, en la brillante época de Luis XIV, se convertía en modelo para toda Europa; entonces, cuando reyes, ministros, obispos y particulares fundaban, en emulación, bibliotecas y reunían manuscritos; entonces, cuando se colmaba de honor y estima a los sabios distinguidos, entonces fue cuando el estudio de la historia bizantina encontró en Francia un lugar único.
Luis XIII, predecesor inmediato del Gran Rey, aprendió el griego y tradujo al francés los Preceptos del diácono Agapito al emperador Justiniano. El cardenal Mazarino, gran bibliófilo y coleccionador infatigable de manuscritos, creó una magnífica biblioteca, rica en numerosos manuscritos griegos, que después de la muerte del cardenal pasaron a la Biblioteca Real de París, hoy Biblioteca Nacional, y cuyo verdadero fundador había sido el rey Francisco I en el siglo XVI. Colbert, ilustre ministro de Luis XIV, administró a la vez la Biblioteca Real, consagrando sus cuidados a acrecer los tesoros científicos de la misma y a adquirir manuscritos en el extranjero. La rica biblioteca particular de Colbert, en la que éste había reunido un número bastante grande de manuscrito griegos, fue comprada por el rey en el siglo XVIII para unirla a la Biblioteca Real. El cardenal De Richelíeu había fundado en París una tipografía regia (la tipografía del Louvre), destinada a publicar las obras de los escritores eminentes de una manera digna de ellos. Los caracteres griegos de la Imprenta Real se distinguían por su belleza. En fin, en 1648, y bajo los auspicios de Luis XIV, salió de la tipografía regia el primer volumen de la primera Compilación de historiadores bizantinos, y sucesivamente aparecieron, hasta 1711, treinta y cuatro volúmenes en folio de esa publicación, cosa notable para la época y que no ha sido igualada aún, ni siquiera en nuestros días. El año en que se imprimió el primer tomo de esa Compilación, en París, el sabio francés Labbé (Labbaeus), publicó una Llamada (Protrepticon) a los aficionados a la, historia bizantina, señalando el particular interés de la historia del Imperio griego de Oriente "tan asombrosa por el número de sus acontecimientos, tan atrayente por su multiplicidad, tan notable por la solidez de su monarquía." Labbé procuraba persuadir, con todo calor, a los sabios europeos para que buscasen y publicaran los documentos enterrados bajo el polvo de las bibliotecas, prometiendo a todos los colaboradores de esa gran obra la gloria eterna, "más sólida que el mármol y el bronce." (1)
A la cabeza de la selección científica de la Francia del siglo XVII se halla el célebre erudito Du Cange (1610-1688), cuyas diversas y múltiples obras han conservado su vigor e importancia hasta nuestros días. Nació en Amiens, en 1610, y fue enviado por sus padres al colegio de los Jesuítas. Tras haber pasado algunos años en Orleáns y París, donde estudió Derecho, volvió a su ciudad natal y allí se casó. De su matrimonio tuvo diez hijos. Obligado a dejar Amiens en 1668, a raíz de una epidemia de peste, fue a establecerse en París, donde habitó hasta su muerte, ocurrida el 23 de octubre de 1688. Historiador y filólogo, arqueólogo y numismático, Du Cange, en todas sus disciplinas científicas se reveló un extraordinario entendido, un infatigable trabajador, un editor excelente, un investigador penetrante. Empero, a los cuarenta y cinco años no había publicado nada y su nombre no era conocido más allá de Amiens. (2)
(1) Th. Labbé, De byzantinae historiae scriploribus ad omnes per orbem eruditos (París, 1648), Págs. 5,-6.
(2) L. Feugér, Etude
sur la vie et les ouvragcs de Ducangc (París, 1852), p. 9.Ejecutó, pues, su gigantesca obra en los treinta y tres últimos años de su vida. No se creería que hubiese podido escribir tanto de no habernos llegado todos sus manuscritos, de su puño y letra. Su biógrafo escribe: "Un sabio del siglo XVIII exclamó, en un singular acceso de entusiasmo: ΏCómo se puede haber leído tanto, pensado tanto, escrito tanto y haber sido durante cincuenta años casado y padre de una numerosa familia?" (1)
Entre las obras de Du Cange que interesan a la historia de Bizancio, han de notarse, sobre todo, la Historia del Imperio de Constantinopla bajo los emperadores franceses (al final de su vida Du Cange modificó esta obra, que no se ha publicado en su segunda edición sino en el siglo XIX); la De Familiis Byzantinis, donde se reúnen elementos genealógicos extremamente ricos, y la Constantinopolis Christiana, donde se establece el balance de todos los datos precisos y detallados que se poseen sobre la topografía de Constantinopla hasta 1453. Estas dos últimas obras llevan el título común de Historia Byzantina duplici commentario illustrata. Tres meses antes de morir, Du Cange publicó en dos volúmenes en folio el Diccionario de la lengua griega de la Edad Media ("Glosario ad scriptores mediae et infimae graecitatis"), obra, según el bizantinista ruso V. G. Vasilievski, "desigual y en la que parece que debió haber trabajado toda una numerosa sociedad de sabios." (2) Ésta es la última obra que Du Cange publicó en vida, y también la única de las suyas que no se publicó en París, sino en Lyón..(3)
El Glosario de Du Cange es, aún hoy, un auxiliar indispensable, no sólo para los que se ocupan de la historia de Bizancio, sino para cuantos se interesan en la historia de la Edad Media en general. También pertenece a Du Cande la publicación, notable en todos sentidos, de una serie de obras de historiadores bizantinos importantes, con comentarios extremamente eruditos. Debe señalarse, en fin, la mucha trascendencia que tiene, en materia de historia bizantina, la inmensa obra de Du Cange titulada Diccionario del latín de la Edad Media, en tres volúmenes en folio ("Glossarium ad scriptores mediae et infimae latinitatis"). (4)
Du Cange, que había tenido siempre una salud perfecta, cayó enfermo de repente en junio de 1688 y murió el 23 de octubre de aquel año, a los 78 de edad, rodeado por su mujer, hijos y amigos. Se le enterró en la iglesia de San Gervasio...(5) No queda huella alguna de su tumba. Una estrecha y apartada calle de París llámese todavía "Rué Ducange."(6)
(1) Feugére, obra citada.
(2) V. Vasilievski, Ensayo sobre los trabajos de historia bizantina (San Petersburgo, 1890), Pág.- 139 (en ruso).
(3) V. las cartas del editor Juan Anisson a Du Cange, en H. Omont, Le Glossaire greca Du Cange. Cartas de Anisson a Du Cange relativas a la impresión del glosario (1682-1688).Revue des Etudes grecques, t. V (1892), págs. 212-249.
(4) Este diccionario ha tenido desde entonces numerosas ediciones.
(5) V. Feugére, Ob. cit., Págs. (17-71. Sobre la enfermedad y muerte de Du Cange se hallará una carta muy interesante escrita por el sabio francés y contemporáneo suyo, Etienne Baluce, en la edición de Bonn de Chronicon Paschale, t. II, Págs. 67-71.
(6) No existe una buena biografía de Du Cange.
Pero no fuè Du Cange el único que trabajaba entonces aquellas disciplinas. En la misma época, Mabillon publicó su inmortal Diplomática ("De re diplomática"), con la que fundó una ciencia nueva en absoluto, basada en los documentos y las actas. A principios del siglo XVIII, Montfaucon editó una obra capital, que no ha perdido importancia en nuestros días: la Paleografía griega. A la primera mitad del siglo XVIII se remonta, igualmente, la gran obra del benedictino Banduri que vivió y escribió en París, El Imperio de Oriente ("Imperium Oriéntale") y también la importante obra del dominicano Le Quien, El Oriente cristiano ("Oriens Christianus"), donde se reúnen datos muy ricos sobre la historia y en especial sobre la historia de la Iglesia del Oriente cristiano.
Así, hasta mediados del siglo XVIII, Francia se encontraba, sin discusión, a la cabeza del bizantinísimo, y varias obras de sus sabios de entonces han mantenido su importancia hasta nuestros días.
P
ero en el curso del mismo siglo, las circunstancias cambiaron. A Francia, al llegar a aquella "Edad de la Razón" señalada por su negación del pasado, por su escepticismo religioso, por su crítica violenta del poder monárquico y de la autoridad religiosa, no podía interesarle ya Bizancio. Toda la historia de la Edad Media fue considerada entonces como época "gótica," bárbara, fuente de ignorancia y de tinieblas. Y Bizancio, dado el punto de vista preconcebido y convencional que se tenía a su respecto, proporcionaba a los espíritus avanzados de la Francia del siglo XVIII redoblados motivos de resentimiento contra el Estado bizantino. La idea de un poder monárquico absoluto en Bizancio y la profunda influencia del clero bizantino, eran, sobre todo, los elementos que los filósofos franceses del siglo XVIII no podían aceptar. No habiéndose ocupado nunca profundamente de historia bizantina, y no viendo sino su lado externo, a veces puramente anecdótico, los mejores ingenios del siglo XVIII formulaban juicios muy severos sobre la historia medieval de Bizancio. Voltaire, tras condenar la historia romana de la época imperial, añade que hay otra historia "más ridícula aun" que la romana según Tácito: la historia bizantina. Ese "indigno conjunto" no contiene más que declamaciones y milagros y "es el oprobio del espíritu humano, como el Imperio griego era el oprobio de la tierra. Los turcos son, al menos, más sensatos: vencieron, gozaron y escribieron muy poco."(1) Montesquieu, historiador de mérito, escribe que a partir del principio del siglo VII, la historia del Imperio griego no es más que un tejido de revueltas, de sediciones y de perfidias" (2).
(1) Voltaire, Le Pyrrhonisme de l'histoire, por un Bachiller en Teología (1768), Cáp. XV. Edic. Beuchot, t. XLIV, Pág. 429.
(2) Montesquieu, Considérations sur les causes de la grandeur des Romains et de leur decadence, cap. XXI.
También bajo la influencia de las ideas del siglo XVIII escribe, como se verá después, el célebre historiador inglés Gibbon.
La actitud desdeñosa y negativa que se empieza a tomar respecto a la historia de Bizancio en la segunda mitad del siglo XVIII sobrevive a la época de la Revolución. En el siglo XIX, tal modo de ver se torna, por decirlo así, en opinión corriente.
El celebre filósofo alemán Hegel (1770-1831) escribe en su Curso de Historia de la filosofía: "El Imperio bizantino estaba en el interior desgarrado por pasiones de toda suerte y en el exterior amenazado por los bárbaros, a quienes los emperadores sólo podían oponer una débil resistencia. El Estado se encontraba en una situación continuamente peligrosa, y nos ofrece un repugnante cuadro de flaquezas donde las pasiones miserables, e incluso absurdas, no dan nada grande, ni en las ideas, ni en los actos, ni en las personas. Revueltas de jefes, caídas de emperadores, arrastrados por aquellos o bien por las intrigas de los cortesanos; muertes o envenenamientos de soberanos debidos a sus propias esposas o a sus hijos, mujeres dando libre curso a toda clase de deseos y rebajándose a hechos deshonrosos, tales son las escenas que desarrolla ante nuestros ojos esa historia, hasta que el decadente edificio del Imperio romano de Oriente es demolido a mediados del siglo XV por la vigorosa potencia de los turcos." (1)
Los hombres de Estado citaban Bizancio como un ejemplo imposible de seguir. Así, Napoleón I, en la época de los Cien Días (junio de 1815), hablaba a las Cámaras con las palabras siguientes: "Ayudadme a salvar la patria. No imitemos el ejemplo del Bajo Imperio, que, presionado de todos lados por los bárbaros, se hizo la irrisión de la posteridad ocupándose de discusiones abstractas en el momento en que el ariete destrozaba las puertas de la ciudad." (2)
(1) Hegel, Vorlesungen über die Philosoplie der Geschichte, III, Teil III. Abschnitt, III Kapiíel (Lectures on the Philosophy of History, translated by J. Sibrec, London, 1890, p. 353).
(2) Monitor, 13 junio 1815. V. Houssaye, 1815, t. I (Paris, 1905), Págs. 622-623.
Hacia la mitad del siglo XIX, la opinión de los ambientes científicos respecto a la Edad Media se modificó. Después de la tormenta de la época revolucionaria y de las guerras napoleónicas, Europa contempló el Medievo de manera diferente. Se manifestó un interés profundo por el estudio de aquella historia "gótica, bárbara," y se comenzó de nuevo a dedicar cierto interés a la historia bizantina medieval.
En la presente ojeada no cabe mencionar más que las obras generales concernientes a la historia de Bizancio. Los estudios monográficos más importantes se indicarán después de la exposición de los hechos en sí, al final de los capítulos respectivos.
En la primera mitad del siglo XVIII, uno de los más ilustres representantes de la "Edad de la Razón," Montesquieu (1689-1755), escribió sus Consideraciones sobre las causas de la grandeza de los romanos y su decadencia, aparecidas en 1734. La primera parte de esa obra ofrece un breve resumen ingeniosamente concebido y lleno de talento en la ejecución aunque influido, desde luego, por las ideas del siglo XVIII, de la evolución de la historia romana desde los orígenes de Roma. Los cuatro últimos capítulos se consagran a la época bizantina, y el autor termina su exposición con la toma de Constantinopla por los turcos en 1453. Este solo hecho muestra que Montesquieu, con razón, consideraba que la historia llamada bizantina no era sino la continuación directa de la historia romana. Según sus propias expresiones, sólo desde la segunda mitad del siglo VI procede llamar al Imperio romano "Imperio griego." Montesquieu juzga con extrema severidad la historia de este Imperio. Hemos citado ya uno de sus juicios. Para él, Bizancio presenta tal acumulación de vicios orgánicos en su estructura social, su vida religiosa y su organización militar, que sólo difícilmente se llega a imaginar cómo un mecanismo tan deteriorado pudo subsistir hasta mediados del siglo XV. Al hacerse él mismo esta pregunta en el capítulo XXIII y último, Montesquieu da como razones de la duración del Imperio las discordias de los árabes victoriosos; la invención del "fuego griego"; el floreciente comercio de Constantinopla y el establecimiento definitivo, en las orillas del Danubio, de varios pueblos bárbaros que, habiéndose fijado allí, servían de valladar contra otros bárbaros. "Así escribe el, autor, mientras el Estado se hallaba postrado bajo un mal gobierno, causas particulares lo sostenían." El Imperio de los últimos Paleólogos, amenazado por los turcos, reducido a los arrabales de Constantinopla, recuerda a Montesquieu el Rin, "que no es más que un arroyo cuando se pierde en el océano."
Aunque no se ocupase especialmente de la historia de Bizancio, y aunque pagara tributo al movimiento ideológico del siglo XVIII, hostil a sabiendas a dicho Imperio, Montesquieu, sin embargo, nos ha legado páginas en extremo fecundas sobre la época del Imperio medieval de Oriente, y esas páginas se leen todavía ahora con mucho interés y provecho.
Uno de los más eminentes críticos de Montesquieu (Sorel) escribe, respecto a las Consideraciones: "Los capítulos sobre Bizancio no son más que una ojeada y un sumario; pero una ojeada genial y el sumario de una obra maestra" (1)
El mismo siglo XVIII dio a la Ciencia el nombre del historiador inglés Eduardo Gibbon (1737-1794), autor de la célebre obra: Historia de la decadencia y caída del Imperio romano. Gibbon ha dejado también una de las mejores autobiografías que existen. Su reciente editor inglés (Birkbeck Hill) ha dicho de ella: "Es tan corta, que puede leerse a la luz de un solo par de bujías; es tan interesante por su contenido y por los giros de espíritu y de estilo que desvela, que en su segunda y tercera lecturas ofrece un placer casi tan grande como en la primera.." (2)
(1) A. Sorel, Montesquieu, segunda edición, París, 1889. Pág. 64.
(2) The Memoirs of the Life of Edward Gibbon, with Various Observations and Excursions by Himself, edited by Birkbeck Hill, London.
Gibbon nació el 27 de abril de 1737, recibió la primera educación en Westminster y fue enviado en 1752 al Magdalen College, en Oxford. Tras corta permanencia en este lugar, marchó a Lausana, donde se instaló en casa de un calvinista. Los cinco años que allí permaneció dejaron una huella imborrable en su espíritu. Pasó la mayor parte de su tiempo en leer los clásicos y las obras históricas y filosóficas más serias y aprendió perfectamente el francés. Suiza se tornó para él en una segunda patria.
"Yo había dejado de ser inglés escribe. En esa tierna época de mi juventud, de los dieciséis a los veintiún años, todas mis opiniones, costumbres y sentimientos habían sido arrojados en un molde extranjero; el recuerdo débil y alejado de Inglaterra se había borrado casi. Mi misma lengua se me había vuelto menos familiar, y de buena gana hubiese aceptado la oferta de una independencia moderada al precio de un destierro perpetuo." (1)
En Lausana, Gibbon vio al "hombre más extraordinario de esta época, el poeta, el historiador y el filósofo," es decir, Voltaire. (2)
De regreso en Londres, Gibbon publicó, en 1761, su primera obra, escrita en francés: Ensayo sobre el estudio de la literatura, que tuvo una acogida muy favorable en Francia y en Holanda, pero muy fría en Inglaterra.
Tras servir dos años y medio en la milicia de Hampshíre, en el transcurso de las hostilidades que estallaron entre Francia e Inglaterra (la Guerra de Siete Años), Gibbon, en 1763, volvió, pasando por París, a su amada Lausana, y el mismo año hizo un viaje a Italia, visitando Florencia, Roma, Nápoles, Venecia y otras ciudades italianas.
Su estancia en Roma tuvo primordial importancia para su posterior actividad científica, porque le sugirió la idea de escribir la historia de la Ciudad Eterna.
"E1 15 de octubre de 1764 escribe Gibbon, yo estaba sentado, soñando, en medio de las ruinas del Capitolio, mientras los monjes descalzos cantaban vísperas en el Templo de Júpiter. En este instante brotó en mi espíritu por primera vez la idea de escribir la historia de la decadencia y caída de Roma." (3)
El plan primitivo de Gibbon era escribir la historia de la caída de la ciudad de Roma y no del Imperio romano. Sólo algo después se ensanchó su concepción. Al fin, Gibbon escribió la Historia del Imperio romano de Occidente y del Imperio romano de Oriente, llevando la historia del último hasta la toma de Constantinopla en 1453.
De regreso por segunda vez en Londres, Gibbon empleó toda su actividad en reunir materiales para la obra que había meditado.
En 1776 apareció el primer volumen de su obra, que comenzaba por la época de Augusto. Su éxito fue extraordinario: la primera edición se agotó en pocos días. Según las propias palabras de Gibbon, su libro "se encontraba sobre todas las mesas y casi sobre todos los tocadores."(4)Los volúmenes siguientes de su Historia, que contenían los capítulos sobre el Cristianismo y en los cuales se esclarecían las ideas religiosas del autor en relación, por supuesto, con el espíritu del siglo XVIII desencadenaron una tempestad de críticas, sobre todo entre los católicos de Italia.
(1) The Autobiographies of Edward Gibbon, edited by J. Murray, London, 1896, p. 152.
(2} Ibid. pág. 148.
(3) Ibid., pág. 302.
(4} Ibid., pág. 311.
Gibbon había "acariciado siempre la idea" de que Lausana, "escuela de su juventud, se convirtiera en retiro de su edad avanzada." Veinte años después de su segunda partida de Lausana, Gíbbon, teniendo bastantes recursos para llevar una vida independiente, volvió a su ciudad preferida, donde terminó su historia. He aquí los términos en que describe el autor el momento en que puso punto final a su obra de varios años: "El día, o más bien la noche del 27 de junio de 1787, entre las once y las doce de la noche, en el jardín de mi casa de verano, escribí las últimas líneas de la última página. Después de posar la pluma, di varios paseos bajo un plantel de acacias, desde donde la vista domina y se extiende por la campiña, el lago, las montañas. El aire era templado, el cielo sereno, el globo argentado de la luna se reflejaba en las aguas y toda la naturaleza estaba silenciosa. No disimularé mis primeras emociones de alegría en aquel instante de la recuperación de mi libertad, y acaso del establecimiento de mi reputación. Pero muy pronto mi orgullo fue humillado y una pensativa melancolía se apoderó de mi espíritu a la idea de que me había despedido de un antiguo y agradable compañero y de que, cualquiera que pudiese ser la duración futura de mi historia, la precaria vida del historiador no podía ser larga.." (1)
Entre tanto, estalló la Revolución Francesa, forzando a Gibbon a volver a Inglaterra, donde murió en enero de 1794.
Gibbon pertenece al corto número de escritores que ocupan lugar eminente tanto en literatura como en historia. Es un excelente estilista. Un bizantinista contemporáneo le compara a Tucídides y a Tácito. (2)
Aunque reflejando, en general, las tendencias de su época, Gibbon expresa en su historia una idea que le es propia y define así: "Describo el triunfo de la barbarie y de la religión," o sea que, en otras palabras, el desarrollo histórico de las sociedades humanas a partir del siglo II de J.C. señalaría, según él, una regresión. Evidentemente, los capítulos de Gibbon sobre el Cristianismo no tienen en la época actual un gran valor histórico. Pero no ha de olvidarse que, desde los tiempos de Gibbon, el número de documentos históricos ha aumentado extraordinariamente; que los problemas de la historia han cambiado; que ha aparecido la crítica de las fuentes; que la dependencia recíproca de aquélla y éstas ha sido reconocida y que las disciplinas auxiliares de la historia, como la numismática, la epigrafía, la sigilografía o ciencia de los sellos, y la papirología, han recibido derechos de ciudadanía. Todo esto debe tenerse presente en el ánimo cuando se lee la historia de Gibbon.
Gibbon, que no poseía lo bastante la lengua griega, tenía para la época anterior al 518 año de la muerte del emperador Anastasio Iun excelente predecesor y guía, al que debe mucho: el historiador francés Tillemont, autor de una obra, famosa en su tiempo, sobre la Historia de los emperadores (seis volúmenes, Bruselas, 1692), que llegaba hasta 518. Gibbon escribió la parte de su historia correspondiente a esa época, con más detalles y más cuidado.
(1) The Autobiographies of Edward Gibbon, pág. 333-34.
(2) Bury, en su edición de Gibbon (Londres, 1896), t. I., Intr., pág. 31.
Pero en la historia posterior, es decir, la del Imperio romano de Oriente o bizantino, que para el caso es lo que nos interesa más, Gibbon, que halló obstáculos mucho más difíciles de vencer y se encontraba muy sometido a la influencia de las ideas del siglo XVIII, no logró llevar a cabo su tarea con pleno éxito.
El historiador inglés Freeman escribe: "Gibbon, con todas sus extraordinarias facultades de síntesis y condensación, que no aparecen en sitio alguno de manera tan enérgica como en sus capítulos bizantinos; con sus vividas descripciones; con su arte de sugestión, aun más penetrante, posee, incluso, un estilo que de seguro no puede inspirar consideración y estima para los personajes y los períodos de que habla, ni conducir a numerosas personas a estudiarlos de manera más detallada. Su innegable talento, hecho de burlas y depreciaciones, le guía a todo lo largo de su obra. Subraya de modo excesivo las anécdotas que muestran el lado débil o risible de una cierta época o un cierto personaje y es incapaz de admirar con entusiasmo a alguien o a algo. Casi toda su historia, contada de esa manera, ha de dejar penetrar en el ánimo del lector, ante todo, su lado vil... Quizá ninguna historia habría podido pasar sin daño a través de semejante prueba y la historia bizantina era, entre todas, la menos capaz de soportar parecido trato." (1)
Por todas esas razones, la historia bizantina, expuesta por Gibbon con cuantas particularidades son propias a éste, queda presentada por él bajo una falsa luz. La historia privada y los asuntos de familia de todos los emperadores, desde los hijos de Heraclio a Isaac el Ángel, aparecen condensados en un solo capítulo. "Tal manera de tratar la cuestión corresponde en absoluto con la actitud despreciativa del autor hacia el Imperio bizantino, o Bajo Imperio," escribe Bury. (2)
(1) Freceman, Historical Essays, tercera serie (Londres, 1879), p. 234-35.
(2) Gibbon, The history of the Declinie and fall of the Román Empire, editado por J. B. Bury, t. I (Londres, 1896), Intr. p. LUÍ.
El punto de vista de Gibbon sobre la historia interior del Imperio a partir de Heraclio no sólo peca por su carácter superficial, sino que falsea por completo la presentación e interpretación de los hechos. Con todo, no ha de perderse de vista que, en tiempos de Gibbon, había épocas enteras aun en sombras y sin trillar: así la época de la "disputa de las imágenes," la historia social de los siglos X y XI, etc. Pese a los graves defectos y lagunas de la obra, y en especial si éstos se tienen siempre presentes en el ánimo, el libro de Gibbon puede ser leído con fruto e interés incluso en nuestros días.
La primera edición de la Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, de Gibbon, apareció en seis volúmenes, en Londres, de 1776 a 1788, y desde entonces se sucedieron una serie de ediciones. A fines del siglo XIX, el bizantinista inglés Bury reeditó la Historia de Gibbon, dotándola de comentarios preciosos y de gran número de adiciones interesantes y nuevas sobre diversas cuestiones, así como de un índice perfecto (Londres, 1896-1900, 7 vols.). El fin de Bury era mostrar prácticamente los progresos de la ciencia histórica desde la época de Gibbon. La obra de este último está traducido a casi todas las lenguas europeas. Hasta la aparición de la edición de Bury, era la traducción francesa la que presentaba más interés, gracias al comentario crítico e histórico del célebre historiador y estadista francés Guizot. Esa traducción apareció, en crece volúmenes, en París, en 1828. En lengua rusa, la Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, traducida por Nieviedomski, se publicó en Moscú, en siete volúmenes, en los años 1883-1886.
La actitud negativa manifestada respecto a Bizancio por los mejores representantes del pensamiento francés del siglo XVIII, no impidió al francés Lebeau, en la segunda mitad del mismo siglo, exponer en veintiún volúmenes, y con abundancia de detalles, los hechos de la historia bizantina. Lebeau, que no conocía bien la lengua griega, se sirvió, en general, de traducciones latinas y manejó las fuentes sin preocupación crítica alguna. Dio a su compilación el título de Historia del Bajo Imperio (1757-1786), y ese título fue por largo tiempo el símbolo de la actitud desdeñosa que se mantenía respecto al Imperio bizantino (ya que la palabra "Bajo" tiene, en efecto, dos sentidos, según se piense en el espacio o en el tiempo. Lebeau pensaba en el primer sentido, el peyorativo). La Historia de Lebeau, continuada por otra persona hasta alcanzar veintisiete volúmenes, no tiene hoy gran importancia.
En el siglo XIX, la obra se publicó de nuevo (21 vols., París, 1824-1836), previa revisión y con aditamentos debidos a fuentes orientales. De esto se encargaron los dos orientalistas Saint-Martin y Brosset, el primero especialista de historia armenia y el segundo de historia georgiana. La nueva edición, merced a las numerosas adiciones proporcionadas por las fuentes orientales, sobre todo armenias, puede presentar algún interés, incluso hoy.
En la época napoleónica apareció en francés la compilación, en 9 volúmenes, de J.C. Royou periodista y abogado bajo el Directorio, y censor teatral bajo la Restauración, que lleva el mismo título que la de Lebeau: Historia del Bajo Imperio desde Constantino hasta la toma de Constantinopla en 1453 (París, año XII, 1803). El autor, después de declarar en el prefacio que la mayoría de las historias escritas en francés deben ser rehechas y refundidas, sobre todo las del "Bajo Imperio," arremete contra Lebeau, a quien "a pesar de algunos méritos, apenas puede leérsele." Según Royou, Lebeau ha olvidado que ola historia no debe ser el relato de los acontecimientos que han pasado en el mundo entero, sino de los que presentan algún interés. Lo que no tiene por objeto la instrucción ni el placer, debe, sin titubeos, ser sacrificado."
El autor estima que "observando las causas de la caída de los Estados, se pueden hallar los medios de evitarla, o al menos de retardarla..." "Finalmente, en Constantinopla se puede, por decirlo así, seguir, con cierto placer, la sombra del Imperio romano, y ese espectáculo atrae hasta el último momento." (1) Esta obra de Royou, poco original y a menudo anecdótica, no va acompañada de referencia alguna. Por las opiniones citadas cabe darse cuenta del poco valor de la obra de Royou.
Las obras generales de alguna importancia que tratan de la historia de Bizancio, no empiezan a aparecer sino hacia mediados del siglo XIX.
La historia bizantina adelanta un gran paso con los libros del historiador Jorge Finlay, autor de una Historia de Grecia desde la conquista romana hasta nuestros días (de 146 a. J.C. a 1864). Finlay, como Gibbon, ha dejado una autobiografía donde cabe averiguar los principales hechos de su apasionante existencia, que ejerció un influjo seguro sobre la creación de su obra. Finlay nació en Inglaterra en diciembre de 1799, y allí recibió su primera educación. Después, deseando hacerse abogado, fue a perfeccionarse en Derecho romano en la ciudad alemana de Goettingen. El tío del joven Finlay le dijo al despedirse: "Ea, Jorge, espero que te apliques al Derecho romano. Pero supongo que visitarás Grecia antes de que yo vuelva a verte." (2) Las palabras del tío resultaron proféticas. La revolución griega, que estallaba entonces, atraía sobre Grecia la atención de toda Europa. En vez de aplicarse al Derecho romano, Finlay leyó obras sobre Grecia, estudió la lengua griega y decidió, en 1823, visitar Grecia, para estudiar la vida del pueblo que le había seducido y también para ilustrarse sobre las posibilidades de éxito de la insurrección griega.
(1) Royou, Histoire du Bas-Empire, París, 1803, prefacio.
(2) La autobiografía de Finlay se encuentra en el primer vol. de la Historia de Grecia de Finlay, edit. por H. F. Tozer (Oxford, 1877), t. I, p. XXIIIX-XLVI.
Durante su estancia en Grecia en 1823-24, Finlay encontró muchas veces a Byron, que, como todos saben, había ido a defender la causa de aquella nación y allí halló un fin prematuro. En 1827, tras una corta temporada en Inglaterra, Finlay volvió a Grecia, participando en la expedición del general Gordon para desbloquear Atenas. Al fin, la llegada del conde Capo d'Istria en calidad de presidente de la República griega, y la protección de tres grandes potencias, dieron a los griegos la promesa, con palabras de Finlay, de "una época de progreso apacible." Proheleno convencido, animado de una fe profunda en el porvenir del nuevo Estado, Finlay, en su entusiasmo, decidió establecerse para siempre en el suelo de la antigua Hélade, y adquirió en Grecia una propiedad en la que gastó toda su fortuna. En esa época concibió la idea de escribir la Historia de la revolución griega. Finlay murió en Atenas en enero de 1876. Su deseo de escribir una historia de la revolución griega le había forzado a ocuparse del pasado de Grecia. Poco a poco se vieron aparecer, gracias a la pluma de Finlay, una serie de trabajos monográficos sobre la historia griega. En 1844 publicó Grecia bajo los romanos ("Greece under the Romans"), que abarcaba los sucesos comprendidos entre el 146 a. J.C. y el 717 d. J- C. En 1854 se editó su obra en dos volúmenes, Historia de Bizancio y del Imperio griego desde 761 a 1455. Siguieron dos obras sobre la historia griega moderna y contemporánea. Más tarde, el autor revisó todas sus obras y preparó una nueva edición. Pero murió antes de realizar plenamente su sueño. Después de su muerte, su Historia de Grecia desde la conquista romana hasta nuestros días. (146 a. J.C.-1864) fue editada por Tozer en 1877 en siete volúmenes, Tozer publicó en el primer tomo la autobiografía de Finlay. Esta última edición es la que debe utilizarse hoy. Para Finlay, la historia de Grecia bajo la dominación extranjera "nos narra la decadencia y las desgracias de esta nación que, en la antigüedad, alcanzó el más alto grado de civilización." Dos mil años de sufrimientos "no han podido borrar el carácter nacional, ahogar el amor propio nacional. La historia de un pueblo que ha conservado durante siglos su lengua, su nacionalidad y una energía resucitada con bastante potencia para permitirse formar un Estado independiente, no debe desdeñarse. La vida de Grecia durante los largos años de su esclavitud no ha sido la vida de un pueblo uniforme mente degenerado. Bajo la dominación de los romanos, y después bajo la de los turcos, los griegos no representan más que un elemento ínfimo en un. inmenso Imperio. Dado su carácter pacífico, no desempeñan un papel político considerable, y las numerosas revoluciones y revueltas de importancia que se producen bajo los emperadores y los sultanes no ejercen influencia directa sobre Grecia. Por eso, ni la historia general del Imperio romano ni la historia general del Imperio otomano forman parte integrante de la historia griega. Muy diversamente sucedió bajo los emperadores bizantinos: entonces los griegos se identificaron, por decirlo así, con la administración imperial. Esos cambios en la situación política de la nación griega en el curso de las edades, exigen al historiador que use métodos diferentes para exponer a la luz los rasgos característicos de los diversos períodos." (1)
(1) Finlay, obra citada, t. I, p. XV-XVII.
Finlay divide la Historia de Grecia bajo la dominación extranjera en seis períodos:
1. El primer período abraza la historia de Grecia bajo la dominación de Roma. Este período de la influencia preponderante de Roma no termina sino en la primera mitad del siglo VIII, con el advenimiento de León el Isáurico, que da un carácter nuevo a la administración de Constantinopla.
2. El segundo período abarca la historia del Imperio romano de Oriente bajo su nueva forma, con el nombre convencional de Imperio Bizantino. La historia de ese despotismo mitigado, renovado y vuelto a renovar por los emperadores iconoclastas, presenta una de las lecciones más notables e instructivas de la historia de las instituciones monárquicas. En tal período, la historia de Grecia se mezcla íntimamente a los anales del gobierno imperial, de donde se desprende que la historia del Imperio bizantino forma parte de la historia del pueblo griego. La historia de Bizancio dura desde León el Isáurico (715) hasta la toma de Gonstantinopla por los cruzados (1204).
3. Después de la caída del Imperio romano de Oriente, la historia de Grecia sigue caminos divergentes y varios. Los griegos desterrados de Constantinopla ("romano-griegos," dice Finlay), se refugiaron en Asia, instalaron su capital en Nicea, continuaron la administración imperial en algunas provincias según el antiguo modo y las antiguas denominaciones, y recuperaron Constantinopla al cabo de una sesentona de años. Pero aunque su gobierno conservase orgullosamente el apelativo de Imperio romano, no eran más que sus representantes degenerados, incluso en relación al Estado bizantino. Este tercer período puede ser llamado "el Imperio griego de Constantinopla." Su impotente existencia fue aniquilada por los turcos osmanlíes con la toma de Constantinopla en 1453.
4. Los cruzados, después de conquistar la mayor parte del Imperio bizantino, se distribuyeron sus conquistas con los venecianos y fundaron el Imperio latino de Romania, (1) con principados feudales en Grecia. La dominación de los latinos es un hecho muy importante, que muestra bien la decadencia de la influencia griega en Oriente y en el cual reside a la vez la causa del rápido empobrecimiento y disminución de la nación griega. Este período dura desde la toma de Constantinopla por los cruzados, en 1204, a la conquista de la isla de Naxos por los turcos, en 1566.
5. La toma de Constantinopla en 1204 llevó a la fundación de un nuevo Estado griego en las provincias orientales del Imperio bizantino, conociéndose tal Estado por el nombre de Imperio de Trebisonda. La existencia de éste representa un curioso episodio de la historia griega, aunque su gobierno se hiciese notar por particularidades delatoras del influjo de costumbres asiáticas más que europeas. Ofrece, en efecto, mucha semejanza con los reinos armenios y georgianos. Durante dos siglos y medio, el Imperio de Trebisonda ejerció una influencia bastante grande, fundada más en su situación y sus recursos comerciales que en su fuerza política o su civilización griega. Su existencia gravitó poco sobre el destino de Grecia y su caída en 1461 produjo escasas lamentaciones.
6. El sexto y último período de la historia de Grecia bajo la dominación extranjera, se prolonga de 1453 a 1821 y abarca la época del gobierno turco y la ocupación temporal del Peloponeso por la República Veneciana, de 1685 a 1715. (2)
(1) Romania era el término usado en la Edad Media por occidentales y por griegos para designar el Imperio bizantino. (Por ejemplo. Inocencio III, escribiendo al ejército latino que conquistó Constantinopla, en 1204. Inocencio, Epist., VII. Miíjne, Patr. lat., t CCXV, 455) (N. del R.)
(2) Finlay, ob. cit., t. I, p. XVII - XIX.
Como se ha hecho notar más arriba, la obra de Finlay señala un gran progreso en el estudio de la historia de Bizancio. Si bien su división de la historia griega en períodos es, como toda división esquemática de este género, discutible, el autor, sin duda, tiene el mérito de haber sido el primero en atraer la atención sobre la historia interna del Estado bizantino, es decir, sobre sus instituciones jurídicas, sociales, económicas, etc. Cierto que no se trata de una serie de estudios profundos y originales no existentes, por otra parte, ni aun a la hora de hoy, y cierto también que la mayoría de las páginas que Finlay consagra a la historia interior tienen a veces como fundamento consideraciones generales y analogías con sucesos de la historia contemporánea reciente. Pero Finlay ofrece el gran mérito de haber sido el primero en indicar y promover varios problemas de historia interior bizantina de máximo interés. La historia de Finlay se lee hoy todavía con provecho, pese a que el autor acometió el estudio de la historia bizantina sino porque no podía de otro modo relatar la historia griega moderna.
"Por la profundidad y originalidad de sus investigaciones dice el historiador inglés Freeman, por su notable aptitud para apurar un tema y sobre todo por el espíritu valeroso e independiente de sus búsquedas, Finlay se clasifica entre los primeros historiadores de nuestro tiempo. Su libro aparece como una de las más puras (sterling) obras maestras de nuestro siglo. Si se toman en consideración todas las circunstancias la extensión de la concepción y las dificultades de la puesta en práctica, el libro de Finlay aparece como una de las más grandes obras históricas que la literatura inglesa haya dado desde la época de Gibbon (esto se escribía en 1855)... Finlay pasó su vida en el país y en medio del pueblo que describió. Quizá ninguna obra histórica haya sido tan directamente deudora a los fenómenos prácticos del mundo contemporáneo. Viviendo en Grecia, este hombre de espíritu observador y valeroso, más jurista y economista que sabio profesional, se vio obligado a meditar sobre el estado del país que habitaba y a describir en orígenes milenarios las causas de lo que veía. Leyendo las obras de Finlay, se ve fácilmente cuánto ese pueblo ha ganado y perdido a causa de las circunstancias particulares en que ha estado integrado. Ninguna obra escrita por un sabio o un político ordinarios ha podido aproximarse nunca a la fuerza innata y la originalidad de esa de un pensador retirado del mundo, que estudiaba, meditaba y relataba los sucesos de dos mil años para poder resolver los problemas que veía situarse ante su propia puerta." (1)
(1) Freeman, Histórical Essays, t. III, Págs. 241-243.
En las últimas palabras, Freeman señala a lo vivo una de las particularidades características de Finlay, quien, sirviéndose de sobrevivencias antiguas en el presente, trataba de explicar fenómenos análogos en el pasado.
A mediados del siglo XIX, la atención de los especialistas fue atraída por la obra de un sabio griego de mérito, profesor en la Universidad de Atenas, Paparrigópulos, quien había de consagrar toda su vida al estudio de la historia del pasado de su país.
Ya en el segundo cuarto de siglo había publicado obritas históricas llenas, de interés, como De la instalación de algunas tribus eslavas en el Peloponeso (Atenas, 1843). Pero esos no eran más que trabajos preparatorios de su gran obra. La principal tarea de su vida consistió en escribir la historia de su país y el resultado de treinta años de trabajo fue la publicación en cinco tomos de su Historia del pueblo griego desde los tiempos más antiguos hasta la Época contemporánea. Han aparecido después varias ediciones. La más reciente es la de Karolides, Atenas, Atenas, 1925). Esta obra expone la historia del pueblo griego hasta 1832. Libro bastante voluminoso, y escrito en griego moderno, no era accesible a la mayoría de los lectores. Así, Paparrigópulos presentó en francés los resultados principales de su trabajo en un único tomo publicado bajo el título de Historia de la civilización helénica (París, 1878). Poco antes de su muerte, el autor empezó a escribir otro trabajo semejante en lengua griega, pero murió antes de haberlo podido terminar. Después de su muerte, el libro se publicó en Atenas con el siguiente título: Los resultados más instructivos de la historia del pueblo griego (Atenas, 1899). Se trata de una especie de resumen, revisado en algunos lugares, de lo expuesto por el autor con más detalle en sus cinco volúmenes.
Los volúmenes II, III, IV y V de la obra principal son los que tienen relación con la época bizantina.
A pesar de su carácter netamente tendencioso, la obra de Paparrigópulos es muy digna de mención. El autor, patriota convencido, examina la historia desde el punto de vista puramente nacional. En todos los fenómenos importantes ve un principio griego y considera la influencia romana como accidental y superficial. La época de los emperadores iconoclastas es objeto particular de su atención y favor exclusivos. Sin detenerse en el lado meramente religioso de la cuestión, el sabio griego ve en ese movimiento una verdadera tentativa de reforma social, salida del subsuelo del espíritu griego, y, en su entusiasmo, asegura que "en el fondo, la reforma helénica del siglo VIII, haciendo abstracción de los dogmas esenciales de la fe, fue, desde el punto de vista de los cambios sociales, mucho más amplia y sistemática que la Reforma que se produjo más tarde en la Europa occidental y que predicó principios y doctrinas que se encuentran, con sorpresa, en el siglo VIII." (1) Pero semejante reforma fue demasiado atrevida y radical para la sociedad bizantina, y ello produjo, después de la época iconoclasta, una reacción. Por eso la dinastía macedónica tuvo en la historia de Bizancio un valor esencialmente conservador. El helenismo conservó su fuerza durante la Edad Media. No hubo causa interna en la caída de Constantinopla en 1204; la capital del Estado cedió meramente a la fuerza bruta material de los cruzados. Si aquel desgraciado suceso de 1204 asestó un golpe al "helenismo bizantino," por lo contrario, a poco tiempo, el primer lugar se halla ocupado por el "helenismo contemporáneo," cuya posteridad inmediata resultan ser los griegos del siglo XIX. Así, según Paparrigópulos, el helenismo vivió, en una u otra forma, una vida llena de vigor durante toda la historia bizantina. Naturalmente, el entusiasmo del patriota griego no ha dejado de influir mucho en la obra del sabio. Sin embargo, su gran Historia del pueblo griego y su Historia de la civilización helénica, en francés, son libros valiosos a pesar del carácter tendencioso indicado más arriba. El mérito principal de Paparrigópulos consiste en el hecho de haber mostrado la mucha importancia y complejidad del movimiento iconoclasta. Pero, en cierto sentido, su Historia no es de fácil uso: no tiene índice ni notas, y por consecuencia, la comprobación de sus expresiones, es singularmente difícil de interpretar y en especial delicada en sus conclusiones.
(1) Paparrigópulos. Histoire de la civilúation hellenique Pág. 194.
En el número de los sabios concienzudos y laboriosos que sobresalen, a mediados del siglo XIX, en el dominio del bizantinismo, es preciso alinear al profesor Carlos Hopf (1832-1873).
Hopf, de origen westfaliano, era hijo de un profesor de liceo especializado en el estudio de Homero. Desde su primera infancia mostró una memoria prodigiosa y dones extraordinarios para las lenguas extranjeras. Después de terminar sus estudios en la universidad de Bonn, quedó en ella en calidad de "profesor adjunto" y se entregó con entusiasmo al cumplimiento de la tarea de su vida científica: el estudio de la historia de Grecia bajo la dominación franca, o sea a partir de 1204. En 1853-54, Hopf emprendió su primer viaje a la Italia del Norte, vía Viena. En esa región, que se encontraba entonces bajo la hegemonía austríaca, trabajó con asiduidad, sobre todo en los archivos particulares. El resultado de su labor fue una serie de monografías consagradas a las historias respectivas de los señoríos francos en Grecia y en las islas del Egeo, y también la publicación de los archivos referentes a esas cuestiones.
Nombrado profesor en Greifswald y luego bibliotecario y profesor en la Universidad de Koenigsberg, Hopf siguió ocupándose de la Edad Media. En su segundo viaje científico, en 1861 a 1863, visitó Génova, Nápoles, Palermo, Malta, Corfú, Zante, Syria, Naxos y Grecia, donde reunió un conjunto considerable de manuscritos. De vuelta a su país, Hopf comenzó a discriminarlos, pero su salud se quebrantó, muriendo en agosto de 1873, en Wiesbaden, cuando estaba en plena madurez y en plena potencia creadora. Había publicado un número apreciable de monografías y artículos y gran número de documentos de la época franca.
La obra capital de Hopf es Historia de Grecia desde la Edad Media hasta la época contemporánea ("Geschichte Griechenlands vom Beginne des Mittelalters bis auf die neuere Zeit," 1867-68).
La Historia de Grecia, de Hopf, impresiona desde el principio por la vasta documentación del autor, sobre todo en las partes de su libro donde utiliza la rica colección de los manuscritos que reunió. Consagra lo más de su obra a la historia de la dominación franca en Oriente. Su exposición se apoya en una cantidad considerable de manuscritos y archivos. Hopf es, sin duda, el primero que ha narrado en detalle la historia externa de aquella dominación, no sólo en los centros principales, sino también en las pequeñas islas del mar Egeo. No estando editados todos los manuscritos reunidos por Hopf, ciertas partes de su libro, escritas por él según fuentes inéditas, pueden ser consideradas por sí mismas como fuentes originales.
De esa misma historia se analiza con detalle la cuestión de los eslavos en Grecia. En tal parte de su libro, Hopf opone hechos y pruebas a la famosa teoría de Fallmerayer, según la cual la sangre de los griegos contemporáneos no contiene una sola gota de sangre helena antigua, y según la cual también los griegos contemporáneos son descendientes de eslavos y albaneses que invadieron Grecia en la Edad Media. (1)
Por desgracia, esta obra capital de Hopf se publicó en la colección anticuada y poco conocida que se denomina Enciclopedia general de las ciencias y las artes, de Ersch y Gruber ("Ersch-Gruber Allgemeine Encyklopadie der Wíssenschaften und Künste," t. LXXXV y LXXXVI). La edición, poco cuidada, de la Historia de Hopf, no sólo no posee el índice indispensable a su estudio, sino que ni siquiera va seguida de un cuadro de materias, con lo que el uso de este trabajo presenta grandes dificultades materiales. Además, la edición de Hopf, tal como la poseemos, no fue probablemente preparada por el autor, y así los materiales están dispuestos en orden poco claro, la dicción es seca y tosca y el libro se lee con dificultad. Pero la inmensa cantidad de documentos nuevos e inéditos que Hopf ha introducido en su obra, y que descubren páginas nuevas de la historia griega de la Edad Media en la época de la dominación franca, permiten considerar este libro del sabio alemán como una obra de extrema importancia. La atención del autor se concentra, sobre todo, en los acontecimientos exteriores.
Hopf murió sin haber podido utilizar ni editar todo el material manuscrito que había reunido. Hoy, la herencia manuscrita de Hopf se halla en la Biblioteca Nacional de Berlín y ofrece un rico material de documentación a los historiadores.
La historia de Hopf no está al alcance del público en general, porque es demasiado árida y demasiado erudita y está publicada en una enciclopedia poco conocida. Hay sabios alemanes que, sirviéndose de las obras de Hopf, han dado una perspectiva de la historia griega de la Edad Media, es decir, de la historia de Bizancio, en una forma más accesible. Entre esos historiadores deben mencionarse dos: Herizberg y Gregorovius.
Hertzberg, después de ocuparse de la historia de la Grecia antigua y de Roma, pasó en seguida a la Edad Media y escribió dos obras de carácter general: primero, Historia de Grecia desde el fin de la antigüedad hasta nuestros días ("Geschichte Griechenlands seit dem Absterben des antiken Lebens bis zum Gegenwart," Gotha, 1876-79, 4 tomos), y segundo. Historia de Bizancio y del Imperio turco (Osmanlí) hasta fines del siglo XVI ("Geschichte der Byzantiner und des Osmanischen Reiches bis gegen Ende des sechszehnten Jahr-hunderts," Berlín, 1883). Estas dos obras, sin constituir un estudio original propiamente dicho, han introducido, valga la frase, varios resultados de los trabajos de Hopf en un círculo más vasto de lectores, ya que están escritos con dicción mejor y más fácil. La segunda obra ha aparecido en ruso, traducida por P. V. Bezobrasov, con comentarios y adiciones, bajo el título; G. F. Heitzberg, Historia de Bizancio, Moscú, 1896. Lo que hace preciosa la traducción rusa de esta obra con relación al original, es que Besobrasov, en sus comentarios, no sólo indica la bibliografía más reciente sobre el tema, sino que introduce adiciones comprendiendo los resultados principales de los trabajos de los sabios rusos en el dominio de la historia interior de Bizancio, que Hertzberg había dejado de lado. Así, hallamos datos valiosos sobre el Gran Palacio, el ceremonial de la Corte, las corporaciones de artesanos y comerciantes, los labriegos, las comunidades rurales, el Código rural, los medios de defensa de las propiedades rústicas, la servidumbre de la gleba, la condición de los siervos, las tierras de los colonos, el catastro, el sistema de impuestos y los abusos de autoridad de los funcionarios del fisco.
La última obra de Hertzberg, sobre todo en su traducción rusa, es muy útil para la iniciación en la historia de Bizancio.
E1 otro sabio que utilizó los trabajos de Hopf como base de su obra fue F. Gregorovius, ya antes célebre con justicia por su gran obra sobre la Historia de Roma en la Edad Media. Sus trabajos acerca de la Historia de la Roma medieval sugirieron al autor la idea de acometer la historia medieval de otro centro de civilización antigua: Atenas. El resultado de este último estudio fue la Historia de la ciudad de Atenas en la Edad Media ("Geschichte des stadt Athen im Mittelalter," 2 vols., Stuttgart, 1889). El libro de Gregorovius se apoya en la labor de Hopf, "base sólida de todos los trabajos que en esta esfera se han sucedido hasta aquí, así como de los que se emprendan en el porvenir." (1) Pero Gregorovius introduce también en su obra el estudio de la civilización del país, de lo que Hopf, como sabemos, no se había ocupado. Gregorovius llega brillantemente al objetivo que se propone. Sirviéndose de materiales puestos al día por Hopf, presenta una bien compuesta exposición de la historia de Atenas en la Edad Media, sobre el fondo general de la historia de Bizancio, y eslabona los sucesos hasta la proclamación del reino griego en el siglo XIX.
(1) Gregorovius, obra cit, t. I, p. XVIII-XIX.
La obra de Gregorovius puede ser leída con provecho por todos los que se interesen en la historia de Bizancio.
J. B. Bury, nacido en 1861, fue designado en 1893 profesor de historia moderna en Trinity College, Dublín, y en 1902 nombrado profesor real de moderna en la Universidad de Cambridge. Escribió, aparte de otras obras ajenas a la esfera del bizantinismo, tres volúmenes sobre la Historia general de Bizancio, abarcando los acontecimientos comprendidos entre 395 y 867. Los dos primeros tomos aparecieron en 1889 con el título de Historia del Imperio romano desde Arcadio a Irene ("A History of the later Román Empire from Arcadius to Irene," Londres, 1889). En ellos se exponen los sucesos hasta el año 800, fecha de la coronación de Carlomagno por el Papa León III, en Roma. "Nadie estaba preparado para la revelación de la amplitud y profundidad de los estudios bizantinos de Bury cuando aparecieron, en 1889, los dos tomos de su Historia del Bajo Imperio. Era una obra sorprendente, una obra que desbrozaba nuevas sendas, y con ella estableció Bury su reputación de historiador." (1) El tercer tomo apareció 23 años más tarde bajo el título de Historia del Imperio romano de Oriente desde la caída de Irene hasta la exaltación de Basilio I (A History of the Eastern Román Empire from the fall of Irene to the accession of Basil 1, Londres, 1912). Este volumen versa sobre el período comprendido entre el 802 y el 867. En 1923 se imprimió una segunda edición de los dos primeros tomos, incluyendo sólo los acontecimientos sucedidos hasta el reinado de Justiniano (565 de J.C.). No es una nueva edición revisada y aumentada, sino casi una obra nueva sobre los principios de la historia bizantina. El primero de esos dos volúmenes podría, según el autor, titularse La conquista de la Europa occidental por los germanos, y el segundo, La época de Justiniano. (2) La historia del período 565-800 no ha sido reeditada aún. El autor, evidentemente, se proponía escribir una historia bizantina de gran envergadura. Pero, por desgracia, Bury murió en Roma el I de junio de 1927.
(1) N. H. Baynes, A Bibliography of the works of J. B. Bury compiled with a memoir by A. H. Baynes, Cambridge, 1929. págs. 5-6. Es un excelente trabajo: las páginas 1-124 contienen una biografía de Bury, la 124 artículos necrológicos y las 125-75 una bibliografía completa de los trabajos de Bury.
(2) Bury, Prefacio, p. VII.
Bury aparece en su obra como el representante de la justa idea de la continuidad del Imperio romano desde el siglo I al XV. La historia no tiene ningún período, dice Bury en el prefacio de su primer tomo, que haya sido tan obscurecido por apelativos falsos e imprecisos como el período del Bajo Imperio romano. El hecho de que obstinadamente se haya aminorado la importancia de esa historia y se haya presentado su carácter a una falsa luz, resulta, en más de lo que podría suponerse, de los nombres impropios que se la ha aplicado. El primer paso hacia el entendimiento de la historia de los siglos a través de los cuales el mundo pasó de la antigüedad a los tiempos modernos, ha sido dado cuando se ha comprendido que el antiguo Imperio romano no había cesado de existir hasta 1453. En el trono se sucedieron, en orden interrumpido, una serie de emperadores romanos, desde Octavio Augusto hasta Constantino Paleólogo, último emperador bizantino. Hoy, ese hecho esencial está obscurecido por los nombres de bizantino y griego aplicados al Bajo Imperio. Los historiadores que se atienen al nombre de "Imperio bizantino" no están acordes en determinar dónde termina el Imperio romano y dónde empieza el Imperio bizantino. El límite elegido entre las respectivas historias es, ora la fundación de Constantinopla por Constantino el Grande, ora la muerte de Teodosio el Grande, ora el reinado de Justiniano, ora, como quiere Finlay, la exaltación de León el Isáurico al trono. Y el historiador que acepta una división de éstas no puede afirmar que no tenga razón el que adopte otra, porque todas son puramente arbitrarias. El Imperio romano no terminó antes de 1453, y las expresiones "Imperio bizantino, griego, romano o greco-romano" no hacen sino obscurecer un hecho muy importante y generar graves confusiones.
Tales consideraciones llevan a Bury a dar a sus dos primeros volúmenes, que guían al lector, como se dijo, hasta el año 800, el título de Historia del Bajo Imperio romano. En el año 800, Carlomagno fue proclamado emperador en Roma. Por esa razón se puede, a contar de esa época, llamar a los dos imperios rivales Imperio de Occidente e Imperio de Oriente. Por desgracia, el apelativo de Imperio romano de Oriente se aplica a menudo a tal o cual época con la que no cuadra en absoluto tal nombre. Así, se habla del Imperio romano de Oriente o de Occidente en el siglo V, o bien de la caída del Imperio de Occidente en el 476. Semejantes afirmaciones, aunque consagradas por la autoridad de ingenios eminentes, son erróneas y engendran confusiones. Veamos en qué consiste su impropiedad: en el siglo V; el Imperio romano era uno e indivisible. Podría haber más de un emperador, pero nunca hubo dos imperios. Hablar de dos imperios en el siglo V sería presentar con un aspecto totalmente falso la teoría del poder imperial. Nadie habla de dos imperios romanos en los tiempos de Constancio y Constante (los sucesores de Constantino el Grande), y las relaciones políticas que existían entre León I y Antemio eran las mismas que existían entre los hijos de Constantino. Los emperadores podían ser independientes uno de otro y hasta hostiles entre sí; pero la unidad del Imperio que gobernaban no se rompió, teóricamente, nunca. El Imperio no dejó de existir el 476, fecha que no hizo más que señalar un grado, y no el más importante, en el proceso de desintegración que persistió durante todo un siglo. La abdicación de Rómulo Augústulo no hizo vacilar el Imperio romano, ni mucho menos contribuyó a la caída del Imperio. Es lamentable que, siguiendo a Gibbon, quien habla de la "caída del Imperio de Occidente," varios escritores contemporáneos hayan adoptado este término. El Imperio romano existió desde el siglo I hasta mediados del XV. Y sólo a partir del 800 se le puede llamar Imperio romano de Oriente, a causa de la fundación de otro Imperio romano en Occidente.(1) Bury da a su tercer volumen, que expone los sucesos posteriores al 802, el título de Historia del Imperio romano de Oriente, a diferencia de sus dos primeros tomos.
(1) Bury, Ob. cit., t. I. Intr. p. V-VIII. Esta introducción ha sido suprimida en la segunda edición, pero es útil desde el punto de vista histórico. V. F. Dólger en la Byzantinische Zeitschrift, t. XXVI, 1-2, 1926, p. 97.
Después de hacer observar el desprecio que los historiadores y los filósofos, a partir del siglo XVIII, consagran a Bizancio, Bury señala que, por ese hecho, demuestran un desconocimiento completo de uno de los factores más importantes del desarrollo de la civilización de la Europa occidental, a saber, la influencia del Bajo Imperio romano y de la Roma moderna. (1)
Desde luego, la opinión de Bury no es del todo nueva. La continuidad del Imperio romano hasta el siglo XV había sido ya reconocida antes, como lo hizo Montesquieu en sus Consideraciones sobre las causas de la grandeza de los romanos y su decadencia. Pero Bury ha valorado esa tesis con una fuerza singular, desarrollándola en toda su obra.
El libro de Bury merece muy particular atención. Al exponer los destinos de la mitad oriental del Imperio, sigue a la vez, hasta el 800, los sucesos de la mitad occidental, lo que evidentemente corresponde por entero a su manera de concebir la unidad del Imperio romano. No se contenta sólo con la historia política y consagra capítulos enteros a los problemas de la administración, la literatura, la vida social, la geografía, el arte, etc. Los dos primeros capítulos de la segunda edición, dedicados a la constitución imperial y a la organización administrativa, son considerados por un eminente especialista de la historia del Imperio romano como "la mejor y más breve descripción de las condiciones generales de la vida en el Bajo Imperio romano." (2)
Bury tenía un conocimiento perfecto del húngaro, el ruso y otras lenguas eslavas, y, en consecuencia, en el tercer volumen de su historia pone a contribución todas las obras rusas y búlgaras concernientes a la historia de Bizancio.
Espiridión Lameros, sabio griego contemporáneo, nacido en Corfú en 1851 y muerto en 1919, profesor en la universidad de Atenas, editor infatigable de documentos manuscritos y de textos históricos, autor de un catálogo de los manuscritos griegos del Athos, etc., escribió entre 1886 y 1908 los 6 volúmenes de su Historia ilustrada de Grecia, desde los tiempos más remotos a la toma de Constantinopla (Atenas, 1886-1908, 6 tomos). La obra de Lambros, dedicada sobre todo al público en general, expone clara y metódicamente los acontecimientos de la historia bizantina hasta el fin de la existencia del Imperio de Bizancio. El autor no indica las fuentes. El texto va ilustrado con numerosas láminas. La actividad y la importante obra de Lambros no han sido apreciadas todavía en su justo valor. (3)
(1) Bury, obra citada.
(2) M. Rostovtzeff, The Social and Economic History of the Román Empire, Oxford, 1926, página 628.
(3) Véase el volumen conmemorativo dedicado a Lambros en griego moderno:1851-1919, Atenas, 1920. Se hallarán, Pág. 5-29, una biografía de Lambros por A. N. EXIAS; Págs. 35-85 una bibliografía de sus obras (479 títulos); p. 86-138 manuscritos inéditos de Lambros descubiertos después de su muerte. V. también S. B. Kougéns, Estado-actual de los estudios bizantinos en Grecia, en el Boletín de la Sección histórica de la Academia rumana, t. XI, Bucarest, 1924, p. 165-166.
Heinrich Gelzer, profesor en la Universidad de Jena, escribió para la segunda edición de la Historia de la Literatura bizantina, de Krumbacher, un Bosquejo de la historia de los emperadores bizantinos (Abriss der byzantjnischen Kaiser geschichte, Munich, 1897). El Bosquejo de Gelzer trata sobre todo la historia exterior y el autor aparece a menudo bajo el influjo del libro de Hertzberg. Gelzer, político militante, desliza a veces sin necesidad sus simpatías políticas en sus apreciaciones de los fenómenos históricos de la época bizantina. Su Bosquejo puede ser útil para informes elementales.
Es curioso oír en boca de un sabio alemán frases como las siguientes en el curso de su obra: "Un Zar de Rusia se unió en matrimonio a una princesa de la Casa de los Paleólogos; la corona de Constantino Monómaco fue puesta en el Kremlin sobre la cabeza del Zar autócrata de todas las Rusias. El Imperio ruso representa la verdadera continuación del Imperio de Bizancio. Y si Santa Sofía debe alguna vez ser devuelta a la verdadera fe, si el Asia Menor debe alguna vez ser arrancada a la dominación innoble de los turcos, ello no podrá ser realizado más que por el Zar ruso. La oposición de Inglaterra pugna con la naturaleza y la historia, y ciertamente será destrozada más pronto o más tarde. El emperador de Constantinopla no puede ser más que el defensor de la ortodoxia, el Zar ruso, en la medida en que se halla compenetrado de los inmensos deberes vinculados a esa tarea." (1)
(1) Gelzer, Abriss der byzantinisclien Kaisergcschichte, Pág. 1067.
En 1902, D. C. Hesseling, profesor de la universidad de Leyde, publicó en holandés su libro titulado Bizancio: estudios de civilización a partir de la fundación de Constantinopla (Byzantium. Studien over onze beschavingna de stichting van Konstantinopei, Haarlem, 1902). Como la lengua holandesa está poco difundida, la obra de Hesseling no se hizo accesible a todos hasta 1907, en que apareció una traducción francesa, con un prefacio del bizantinista francés G. Schlumberger, bajo el título: Ensayo sobre la civilización bizantina (París, 1907). En el prólogo a la edición francesa, el autor hace la observación, un tanto enigmática, de que "la traducción ha sido ajustada al gusto del público francés."
El libro de Hesseling, muy nutrido y no voluminoso en exceso, presenta, a rasgos generales, un cuadro de la civilización bizantina, insistiendo en especial sobre los múltiples aspectos del Imperio de Oriente. No considera más sucesos políticos sino los indispensables para proyectar alguna luz sobre la civilización bizantina, y de nombres y hechos de detalle no menciona más que los relacionados con ideas generales. En cambio da mucho espacio a la literatura y a las artes.
El Ensayo sobre la civilización bizantina, de Hesseling, acaso escrito de modo demasiado elemental para los especialistas, es de gran utilidad para aquellos que quieran informarse en una exposición accesible, y a la vez apoyada en bases sólidas, del papel general de Bizancio en el mundo.
Procede hablar aquí de la obra inglesa en dos tomos, de F. W. Busseü, titulada: El Imperio romano: ensayos sobre su historia constitucional desde el advenimiento de Domiciano (81 de J.C.) al retiro de Nicéforo III (1081 dé J.C.) (The Román Empire: essays on the Constitucional History from the accession of Domitian (81 A. D.) to the Retirement of Nícephorus IIÍ (1081 A. D.). Esta obra apareció en Londres en 1910. Aunque no carezca de ideas y cotejos interesantes, el libro queda perjudicado por la imprecisión del relato, por ciertas repeticiones y por la falta de claridad en el plan, todo lo cual hace que se pierdan, con frecuencia, las ideas importantes. Los cuadros cronológicos de este estudio están escogidos a capricho, aunque el autor trata de aplicarlos (I, páginas 1-2 y 13-17). En el segundo volumen se encuentra, de modo completamente inesperado, un bosquejo de las relaciones de Armenia con el Imperio bizantino entre 520 y 1120 (II, Pág. 333-483). El libro de Bussell no es fácil de leer. No se halla en él ninguna nota. La idea esencial del autor es que las formas republicanas de la constitución imperial romana, claras del todo en los primeros siglos del Imperio, siguieron existiendo, de un modo u otro, hasta el período de los Comnenos, en cuya época fueron definitivamente substituidas por la forma de autocracia bizantina que llamamos tiranía.
La "Cambridge Medieval History."
En la Cambridge Medieval History se hallará, con una excelente bibliografía, la más reciente historia general del Imperio bizantino. El primer tomo (1911) trata del período comprendido entre Constantino el Grande y la muerte de Atanasio (518); el segundo tomo (1913) se detiene en la época de los iconoclastas; el cuarto (1923) está consagrado por entero a la historia del Imperio bizantino de 717 a 1453, y a sus relaciones con la historia de los antiguos eslavos, de Armenia, de los mogoles y de los Estados balcánicos. Esta historia general de la Edad Media ha sido editada bajo la dirección del llorado J. B. Bury y es obra de sabios europeos que figuran entre los más eminentes.
Resúmenes Generales de Divulgación Sobre la Historia de Bizancio.
La literatura histórica posee algunos compendios de historia bizantina destinados al gran público y que no tiene, en su mayoría, mucho valor científico. No obstante, tales compendios divulgadores, aunque desprovistos de originalidad, pueden ser de alguna utilidad y despertar en el ánimo del lector un interés duradero por los destinos del Imperio bizantino. La mayoría de esos epítomes de divulgación de historia bizantina están redactados en lengua inglesa.
Muy vivida y bien ilustrada es la obra de C. W. C. Omán, titulada El Imperio bizantino (3.) ed., Londres, 1892). F. Harrison, con base en las obras de Finlay y Bury, trata de esclarecer el papel de Bizancio desde el punto de vista de la civilización de la Europa occidental, en su pequeño bosquejo de 63 páginas titulado La historia bizantina en la Alta Edad Media (Londres, 1900). (1) Se ha hecho una interesante tentativa de presentar un cuadro de la evolución política y social del Imperio bizantino en la obra en dos volúmenes de Pedro Grenier El Imperio bizantino: su evolución social y política (París, 1904). A pesar del carácter imperfecto del desarrollo general del tema, y a despecho del gran número de faltas e insuficiencias más o menos graves y comprensibles en un no especializado la obra de Grenier puede ser leída con provecho, porque da informes varios y diversos en el campo de la historia bizantina.
Se halla una historia breve, pero jugosa, de Constantínopla, en relación con la general del Imperio, en el libro de W. N. Hutton Constantínopla: historia de la antigua capital del Imperio Constantinopla (The story of the oíd capital of the Empire Londres, 1904), Roth ha escrito un corto y muy árido resumen de la historia de Bizancio con el título de Historia del estado bizantino (Geschichte des Bymtinischen Reiches, Leipzig, 1904, 125 páginas). También ha publicado en 1917 una breve Historia social y cultural del Imperio bizantino (Sozial und Kulturgeschichte des Byzantinischen Reiches, Leipzig, 1917).
El profesor Scala, en la Historia mundial de Helmoldt, ha dado un resumen de la historia bizantina que resulta a la vez muy rico y muy bien fundado en un conocimiento profundo de las fuentes y de la literatura. Lleva el título de El helenismo a partir de Alejandro Magno (Das Greichentum svit Alesander dem Grossen, t. V, de la Historia mundial de Helmoldt, Leipzig y Viena, 1904, 116 páginas). El autor se ha detenido largamente en el análisis de la civilizacióa bizantina y tratado de esclarecer su papel. En inglés existe un compendio serio, breve y compuesto según un plan muy convincente, del historiador rumano. Jorga, con el título de El Imperio bizantino (Londres, 1907). En fin, también en inglés, y con excelentes ilustraciones, ha aparecido en 1911 un libro de E. Foord titulado: The Byzantine Empire, the rearguard of Eui opean civilizaron (Londres, 1911). Es de lamentar que en este libro la historia de Bizancio en la época de su decadencia, a partir de 1204, sea expuesta demasiado breve y superficialmente.
Se puede hallar un corto examen de la historia de Bizancio en la Historia general desde el siglo IV a nuestros días, de E. Lavisse y A. Rambaud. Otro valioso resumen de la civilización bizantina se encuentra en la obra italiana de VV. Turchi La Civiltá bizantina (Turín, 1915).
En 1919, publicó Ch. FJiehl su Historia dei Imperio bizantino. En las 220 páginas de este libro, el autor rebasa el marco de un bosquejo de la historia política del Imperio bizantino, pues explica los procesos interiores más importantes y declara el papel de la civilización bizantina. Esta obra, que contiene una breve bibliografía y varios mapas e ilustraciones, ha tenido en Francia repetidas ediciones. En 1925 se publicó en América una traducción inglesa de la obra de Diehl; History of the Byzantine Empire, traducida del francés por G. Ivés, Princeton, 1925.
En su libro Grandeza y decadencia de Bizancio (París, 1919), Diehl pinta con brillantez la vida interior bizantina, explica las causas de la grandeza y decadencia del Imperio, señala la influencia de la civilización bizantina sobre las vecinas naciones y habla de la herencia bizantina en Turquía, Rusia y los estados balcánicos. (1)
(1) La esencia de este libro ha sido el fundamento de la labor de Diehl en la Camebridge Medieval History, cap. XXIII y XXIV del V.
V.Finalmente, Augusto Heisenberg ha publicado estudios muy serios y bien escritos sobre la vida y civilización bizantina, en su Staat und Gesellchaft des Byzantinischen Reiches (Leipzíg-Berlín, 1923), que forma uno de los tomos de Die Kultur der Gegenwart, editada por P. Hinneberg (Teil II, Abteilung IV) y por Norman H. Baynes, en su Byzantine Empire (Home University Librtiry of Modern Knowledge, núm. 114, 1926). Este último libro trata prácticamente del período comprendido entre el siglo IV y la toma de Constantinopla por los cruzados en 1204. La historia del Imperio bizantino hasta fines del siglo XI se halla también, brevemente descrita, en el libro de L. Halphen Los bárbaros: de las grandes invasiones a las conquistas turcas del siglo XI (París, 1926), donde se encontrará una bibliografía.
Se puede leer con provecho el reciente libro de Roberto Byron The Byzantine Achievement. An Historical Perspvctive, 330-1453, Londres, 1929, 346 páginas. Son también interesantes las tres obras siguientes: N. Jorga, Histoire de la vie byzantine. Empire et civilization, vol. I-III, en francés (Bucarest, 1934). Ütil. C. Amantos. I (Atenas, 1939). De 395 a 867. Bueno. G. Ostrogorsky. Geschichte des byzantinischen Staates (Munich, 1940). Del mismo autor: Agrañan conditions in the Byzantine Empire in the Middle Ages, en The Cambridge Economía History of Europe from the Decline of the Román Empire, edited by J. H. Clapham and the late Eileen Power, vol. I (Cambridge, 1941), págs. 194-223. Muy importante.
E. Gerland da muy sólidas y concisas exposiciones generales de La historia bizantina en la Catholic Encyclopedia, y J. B. Bury lo hace también en la Enciclopedía Britannica (11.a edición).
Cabe leer con fruto la obra de O. Seeck Geschichte des Unhergangs der antiken Weli (6 vol., 1895-1920). La tercera edición del primer tomo apareció en 1910 y la segunda edición de los tomos II y III en 1921.
Recientemente se han publicado dos introducciones, muy útiles, a la historia bizantina. Son las obras de E. Stein Geschichte des spatromischen Reiches. I. Vom rdmischen zum byzantiníschen Staate (284-416) (Viena, 1928), y de F. Lot, El fin del mundo antiguo y el principio de la Edad Media (París, 1927). Este último libro abarca también la época de Justiniano el Grande.
Para el conocimiento de la literatura bizantina es indispensable la segunda edición de la obra capital del llorado Carlos Krumbacher, profesor en la universidad de Munich. Dicha obra se titula Historia de la literatura bizantina desde Justiniano hasta el fin del Imperio romano de Oriente (Geschichte der Byzantinischen Literatur von Justinian bis zum Ende des ostromischen Reiches, Munich, 1897, 1193 páginas). La historia de la literatura religiosa, en la segunda edición del libro de Krumbacher, ha sido compuesta por el profesor A. Ehrhardt. También, según se ha indicado más arriba, se hallará en la misma obra el Bosquejo de la historia política de Bizancio, de Gelzer.
La obra de Krumbacher es auxiliar principal y esencial de todo estudio de la literatura bizantina. Sorprende desde el principio por la enorme cantidad de los materiales acumulados y testimonia hondos conocimientos y una extraordinaria capacidad de trabajo. Krumbacher conocía muy bien el ruso y otras lenguas eslavas, y por tanto puso a contribución los trabajos rusos y, en general, eslavos. Cierto que la obra de Krumbacher está destinada sólo a los especialistas y no conviene a un lector ordinario. Pero el propio Krumbacher ha expuesto en forma accesible al público común, en cincuenta páginas, la historia de la literatura bizantina, dándole el título siguiente: Literatura griega de la Edad Media (Die griechische Literatur des Mittelalters, Leipzig Berlín, 1912, colección Die Kultur der Gegenwart, dirigida por Hínneberg), Esta última obra de Krumbacher ha visto la luz después de su muerte. Respecto a la literatura popular griega, procede señalar el libro de K. Dieterich Historia de las literaturas bizantina y griega moderna (Geschichte der byzantinischen und neugríe-chischen Literatur., Leipzig, 1902). Se puede hallar una buena documentación en La breve historia de la literatura bizantina escrita en italiano por G. Montelatici Storia della litteratura bizantina (324-1453), publicada en los Manuali Hoepli, serie científica.. Milán, 1916, doble volumen, 95-96, págs. VIII-292. Este libro no es una repetición del de Krumbacher. Se publicó diecinueve años más tarde y da muchos informes nuevos. Se puede leer asimismo a S. Mercati, que corrige gran número de errores, en Roma e l'Oriente, VIII, 1918, págs. 171-183, y también a N. Jorga en La literature byzantine: son sens ses divisions, sa portee (Revue histonque au Sud-Est européen, II, 1925, págs. 370-397). Para el período de la literatura bizantina {después del siglo IV), es muy útil el libro de W. Christ Geschichte, Grieckischen Literatur (6.a ed., Munich, 1924, vol. II)- También lo son los de O. Bardenhewer, Patrología, 3.a ed. (Freiburg im Breisgau, 1910) y Geschichte der altchristlichen Literatur, 5 vols., 2.a edición (Freiburg im Breisgau, 1913-1932), éste sobre todo en sus tomos III, IV y V (siglos IV - VIII). Para el mismo período es igualmente de alguna utilidad L. H. Jordán, Geschichte der altchristlichen Literatur (Leipzig, 1911). La obra fundamental de A. Harnack, Geschichte der altchristlichen Literatur bis Eusebius; 1. Die Ueberlieferung imd der Bestand (Leipzig, 1893); II. Die Chronologie; en dos volúmenes (Leipzig, 1897-1904), puede ser utilizada como introducción a la literatura de los siglos IV y V.
Trabajos de Historia Bizantina en Rusia.
Los Académicos Alemanes "Occidentales." Y "Eslavófilos."
Los sabios rusos empezaron a tratar seriamente el estudio de la historia bizantina a partir de la segunda mitad del siglo XIX. En la primera mitad de ese mismo siglo fueron sabios alemanes que acudieron a Rusia, siendo elegidos miembros de la Academia de Ciencias y quedándose en Petrogrado hasta su muerte, los que se ocuparon de la historia de Bizancio. El fin principal de sus investigaciones era determinar el papel de Bizancio y de las fuentes bizantinas en la historia rusa. Entre tales académicos cabe citar a Ph. Krug (1764-1844) y A. Kunik (1814-1899).
Para los representantes más eminentes del pensamiento ruso en la primera mitad del siglo XIX, la historia de Bizancio sirvió muy a menudo de trampolín o soporte de tal o cual movimiento social. Así, ciertos eslavófilos tomaron en la historia de Bizancio datos útiles al apoyo y justificación histórica de sus teorías.(1) Los occidentales analizaron y considerados datos claves, en la misma fuente de investigación proponiéndose demostrar el papel negativo de la historia bizantina e iluminar la magnitud del peligro que corría Rusia si quería seguir las huellas de un Imperio caído. En uno de sus libros, Hertzen escribe:
(1)
Los eslavófilos eran admiradores de la Iglesia Rusa ortodoxa y de las antiguas instituciones sociales y políticas de Rusia antigua a la época de Pedro el Grande, cuyas reformas, según ellos, apartaron a Rusia de su camino. Los "occidentales," al contrario, sostenían que los rusos debían vivir en una unión muy íntima con la Europa occidental y que Rusia se había convertido en país civilizado como consecuencia de las reformas impulsadas e implementadas drásticamente por el zar Pedro el Grande."La Grecia antigua había terminado su existencia cuando la dominación romana la recubrió y salvó de la misma manera que la lava y las cenizas que han salvado Herculano y Pompeya. El período bizantino levantó la tapa del ataúd y el muerto no resucitó. Los Papas y los monjes se apoderaron de él, como hacen con todos los muertos, y los eunucos, cuyo lugar estaba bien aquí, en su calidad de representantes de la esterilidad, dispusieron de él..." Bizancio podía continuar viviendo, pero nada tenía ya que hacer... La historia no interesa en general a los pueblos más que cuando ellos están en escena, es decir, mientras hacen algo..." (1)
Otro occidental, P. J. Tchaadaiev, decía: "Entramos en relaciones con una Bizancio depravada."(2) Pero no ha de olvidarse que semejantes juicios, aunque emitidos por hombres incontestablemente pictóricos de talento, y muy cultos, no tienen, sin embargo, valor histórico alguno, porque ninguno de los dos se especializó nunca en la historia de Bizancio.
Desde mediados del siglo XIX se manifiesta claramente en Rusia toda la importancia del estudio de la historia de Bizancio. Uno de los más sagaces eslavófilos, A. S. Khomiakov, escribía hacia el año 50: "A nuestro juicio, hablar de Bizancio con desprecio es reconocer la propia ignorancia." (3) En 1850, el famoso T. N. Granovski, profesor de la universidad de Moscú, escribía: " ΏEs menester hablar de la importancia que la historia de Bizancio tiene para nosotros, los rusos? Hemos tomado en Tsargrad (4) lo mejor de nuestra civilización nacional, es decir, nuestras creencias religiosas y los gérmenes de nuestra cultura. El Imperio de Oriente introdujo a la joven Rusia entre los pueblos cristianos... Pero, además de esas relaciones, estamos ligados a Bizancio por el mero hecho de que somos eslavos. Esta última circunstancia no ha podido ser apreciada en su valor por los sabios extranjeros."(5) El hallar una solución plenamente satisfactoria a los problemas más importantes de la historia bizantina, según el mismo Granovski, no podía ser, en su época, sino misión de sabios rusos, o, de manera más general, eslavos. "Tenemos, por así decirlo manifestaba, la obligación de apreciar el fenómeno al que tanto debemos."(6)
(1) A. Hertzen, El pasado v las ideas.
(2) P. J. Tchaadaiev, Obras y cartas, editadas por Hersclicnsohn (Moscú, 1914), t. II. página 118. En el orig. francés (1913), t. I. Pág. 8r,.
(3) A. S. Khomiakov. Nota al artículo La voz de un griego en defensa de Bizancio. Obras, 4.a ed., Moscú, 1914, t. III, Pág. 366 (en ruso).
(4) Nombre ruso de Constantinopla.
(5) Granovski. El Imperio latino: análisis de la obra de Medovikov. Obras completas de T. X. Granovski, 4.a ed., Moscú, 1900. Pág. 377 (en ruso).
(6) Granovski. El Imperio latino, Pág. 379.
El verdadero fundador del bizantinismo científico ruso en el amplio sentido de la palabra fue V. G. Vasilievski (1838-1899), profesor en la universidad de Petrogrado y miembro de la Academia de Ciencias. Él dotó a la ciencia rusa de una serie de trabajos de importancia extrema sobre cuestiones particulares, tanto interiores como externas, de la historia bizantina, y consagró, además de mucho tiempo, un gran talento, todo él análisis y penetración, al estudio de las relaciones ruso-bizantinas. Algunas obras de Vasilievski tienen gran importancia, incluso para la historia general. No se podría prescindir de su trabajo Bizancio y los Pechenegos al estudiar la cuestión de la Primera Cruzada. Este hecho está reconocido por los propios sabios de la Europa occidental. El lamentado profesor N. P. Kondakov, muerto en 1925, y el académico F. I. Uspenski, fueron también investigadores eminentes en esa disciplina: el primero en especial en materia de arte bizantino; el segundo en los problemas de historia interior.
No nos detendremos aquí a analizar y apreciar las obras de esos tres intelectuales que figuran entre los más eminentes de la ciencia rusa. El fin del presente examen es indicar las obras generales de historia bizantina, y V. G. Vasilievski no ha dejado más que trabajos referentes a cuestiones particulares. N. N. Kondakov nos ha legado estudios de vigoroso valor y a veces de carácter general, pero en la esfera del arte. Sólo puede hacerse excepción con Uspenski, que en 1914 publicó el primer volumen y en 1927 la primera parte del segundo volumen de su Historia general de Bizancio, de la que volveremos a hablar.
Así, hasta principios del siglo XX, el mérito principal de los más eminentes bizantinístas rusos consistió en sus esfuerzos para estudiar de manera detallada y esclarecer en todos los aspectos cuestiones particulares, a veces de sobresaliente importancia.
Sólo en los últimos años han hecho los sabios rusos intentos de publicación de una historia general de Bizancio. Sin embargo, ya en 1837 había aparecido la obra en dos tomos de I. Lertov titulada Historia del Imperio romano de Oriente o de Constantinopla, extraída de la Historia general. Las últimas palabras del título se justificaban por el hecho de que hacia 1830-34 habíase publicado una obra del mismo autor, en quince partes, intitulada: Historia general y desarrollo de la Historia general de la emigración de los pueblos y de la fundación de nuevos Estados en Europa, Asia y África desde la fundación del Imperio griego de Oriente. De este último libro fue extraído el primero mencionado, Lertov, hijo de un comerciante y escritor autodidacto, escribió su obra sobre la historia de Bizancio partiendo de la idea de que (dos lectores rusos necesitaban más bien una historia narrativa." En materia de fuentes, Lertov se sirvió, según sus propias expresiones, de numerosos extractos de diferentes libros o periódicos (en lengua francesa), y además de la Historia de Royou, de la edición abreviada del Imperio de Oriente, de Labelau, y de la Historia de Gibbon, abreviada por Adam y traducida al francés. (1) La compilación de Lertov, que expone los hechos de la historia de Bizancio hasta la caída de Constantinopla. no tiene, evidentemente, valor científico alguno. Pero he creído oportuno dedicar algunas palabras a ese libro, cuya aparición señala una tentativa curiosa para la época.
(1). Lertov. Historia del Imperio romano de Oriente o de Constantinopla (San Petersburgo, 1937). Introducción (en ruso).
El primer esfuerzo para escribir una obra seria sobre la historia general de Bízancio lo hizo el lamentado J. A. Kulakovski, profesor de la universidad de Kiev. Kulakovski, especialista en literatura romana, estudió la romana antigüedad y la historia de las instituciones de Roma. Se ocupó sobre todo de la época imperial. Enseñó en la universidad la historia romana. Desde 1890 empezó a consagrar parte de su tiempo a la arqueología cristiana y la historia bizantina. Como introducción a su Historia de Bízancio, publicó la obra del célebre historiador romano y pagano del siglo IV de J.C., Amiano Marcelino, que Kulakovski tradujo a comienzos del siglo XX (1906-8). En 1910 el autor editó el primer tomo de su Historia de Bízancio, que abarca los sucesos, comprendidos entre 395 y 518. En 1912 apareció el segundo volumen y en 1915 el tercero. En ellos expone el destino del Imperio desde 518 hasta 717, época de la disputa iconoclasta. En 1913 se publicó una segunda edición, revisada, del primer tomo.
Con asiduidad notable e incansable energía, el autor estudió las fuentes bizantinas, griegas, latinas y orientales (en sus traducciones) y con esta base, y en posesión de un conocimiento profundo de todos los trabajos aparecidos sobre la materia, emprendió la exposición detallada de la historia de Bizancio hasta 717. Los fenómenos de la historia exterior, que Kulakovski trata también, se pierden en la masa de los detalles de historia exterior.
En su exposición, el autor, según sus propias palabras (V. el prefacio del primer tomo), se ha "esforzado en dar al lector, presentando a su atención los sucesos de la realidad viviente, la posibilidad de aprehender el espíritu y carácter de los tiempos lejanos," "Nuestro pasado ruso continúanos une con lazos indisolubles a Bizancio, y sobre ese fundamento se ha erigido nuestra conciencia nacional." Señalando con amargura la supresión del griego en los programas secundarios, escribe: "Nosotros, los rusos, quizá comprendamos, como se ha comprendido en la. Europa occidental, que no es en las últimas frases de nuestros contemporáneos, sino en los primeros balbuceos de los helénicos donde debe buscarse el origen fecundo de la ciencia y la civilización europeas." En el prefacio de su tercer volumen, define otra vez el plan de su Historia de Bizancio de la manera siguiente: "Mi fin ha sido presentar un cuadro de la sucesión de los, acontecimientos en su orden cronológico exacto y, en lo posible, completo. Me he apoyado en un estudio directo de los testimonios y de las fuentes que están al alcance de la documentación contemporánea, tal como se ha dado en las monografías que se refieren a este período, y también en los numerosos estudios, concernientes a particulares, que han aparecido en diversas publicaciones periódicas consagradas al bizantinismo." La obra de Kulakovski puede ser de la mayor utilidad para quien desee informarse de la historia detallada de los sucesos ocurridos en Bizancio, o bien leer una exposición en ruso de lo más esencial contenido en las fuentes. A la vez, el lector conocerá algunas de las conclusiones de la ciencia contemporánea sobre las cuestiones más importantes de la historia de Bizancio desde los puntos de vista externo e interno. La exposición demasiado detallada de las fuentes ha conducido al resultado de que los tres tomos aparecidos (más de 1400 páginas) no abarquen más que los acontecimientos desarrollados hasta el siglo VIII.
En 1914 apareció el primer tomo de una Historia del Imperio bizantino debida al académico Uspenski, director del Instituto Arqueológico ruso en Constantinopla. La edición era muy lujosa, e iba ornada con numerosas ilustraciones, mapas y tablas. En sus 872 páginas, Uspenski exponía la historia de Bizancio desde el siglo IV hasta principios del VIII, época de las luchas iconoclastas. En rigor, era el primer ensayo hecho por un especialista a efectos de escribir una historia general de Bizancio. El autor, uno de los representantes más distinguidos del bizantinismo contemporáneo, había consagrado toda su larga y laboriosa carrera casi exclusivamente al estudio de los diversos aspectos y épocas de esa tan compleja historia.
Uspenski, nacido en 1845, fue profesor en la universidad de Odessa (Novorossia) desde 1879 a 1894. En 1894 se le designó director del Instituto Arqueológico ruso de Constantinopla, fundado precisamente aquel año. Su fecunda actividad a la cabeza de la nueva institución se señaló por numerosas expediciones y búsquedas personales y por la edición de gran número de las magníficas e importantes publicaciones del Instituto, pero fue, desgraciadamente, interrumpida por la Gran Guerra. En 1914 pasó de Constantinopla a Petrogrado. donde la Academia de Ciencias le encargó de editar los Vizantiiski Vremennik. Durante la guerra se le envió dos veces en misión a Trebisonda, entonces ocupada por las tropas rusas. El 10 de septiembre de 1928 murió en Petrogrado (Leningrado) a los ochenta y tres años de edad. (1)
(1) Se hallarán muy buenos informes sobre la vida y obra de F. I. Uspenski en el folleto publicado por la Academia de Ciencias de Leningrado, bajo el título A la memoria del (académico F.. Uspenski (1845-1928), Leningrado, 1929 (en ruso).
Deseando dar al público una exposición accesible, Uspenski no carga su libro de gran aparato científico, ni en las notas ni al fin de los capítulos, y se limita a indicar sus principales fuentes y las obras de segunda mano.
La primera parte del segundo volumen se ha publicado en 1927. Trata de la querella iconoclasta y de la cuestión de los apóstoles eslavos Cirilo (Constantino) y Metodio.
El primer tomo de la obra de Uspenski representa, en su mayor parte, una especie de amplia introducción a la historia de Bizancio, un cuadro de la época en que se crearon los elementos principales del "bizantinismo" y en que nació la compleja civilización de Bizancio. El autor 110 puede dejar de ver en los fenómenos de la pasada vida de Bizancio algunas "enseñanzas" para nuestra época. Tras hablar de la esencial importancia que presentaban para Bizancio sus provincias orientales e indicar que es precisamente en Asia Menor, en el imperio de Nicea, donde se conservó y desenvolvió la idea de la reconstitución del Imperio bizantino en el siglo XIII, Uspenski concluye: "La enseñanza que nos da la historia debe ser cuidadosamente considerada... y pesada por los que, hoy, esperan el reparto de la herencia del "enfermo" del Bósforo." (1) Además, dice: "En lo que respecta a la herencia dejada por Bizancio, sería engañarnos el creer que depende de nosotros evitar un papel activo en la liquidación de esa herencia. Aunque en general dependa del heredero aceptar o rehusar una herencia, el papel de Rusia en la cuestión de Oriente le ha sido legado por la historia y ninguna voluntad humana puede modificarlo en nada, a menos de que algún cataclismo imprevisto no nos haga olvidarlo, quitándonos el recuerdo de aquello de lo cual hemos vivido y ha sido el fin de nuestras aspiraciones y estado vinculado a nuestros sufrimientos." (2)
Tratando de aclarar las relaciones eslavo bizantinas, el autor dice al final de su prefacio, escrito en 1912: "Reflexione el lector en el contenido de los capítulos relativos a los eslavos meridionales y busque allí una ilustración a los sucesos que se producen en nuestros días en la Península balcánica." Se refería a la segunda guerra de los Balcanes. (3)
Uspenski, pues, se propone como fin ofrecer a los lectores rusos un libro que pueda, por su carácter severo y serio, dar idea de un sistema bien ordenado y cuidadosamente establecido, y a la vez dejar una buena opinión del autor. Está persuadido de que la extensión de los conocimientos bizantinos y el estudio de las relaciones ruso bizantinas son indispensables en el más alto extremo para la sociedad rusa y utilísimas si se quiere crear una conciencia política y nacional rusa.
Uspenski se sitúa como defensor del "bizantinismo" e insiste muchas veces en la definición del concepto. Según él, "el rasgo esencial que sirve de punto de partida al bizantinismo debe ser buscado en la inmigración de los bárbaros en el Imperio y en la crisis religiosa de los siglos III y IV." (4) Además, "el bizantinismo es un principio histórico cuya acción se revela en la historia de los pueblos del sur y este de Europa, Ese principio gobierna el desarrollo de varias naciones hasta nuestro tiempo y se manifiesta por una manera particular de creencias y de instituciones políticas, y también, si se puede expresarlo así, por una organización particular de las relaciones sociales y económicas."(5) Con el nombre de "bizantinismo," es decir, con el concepto que expresa el resultado de la alianza del romanismo con las antiguas culturas Judaica, persa y helénica, "se entiende, ante todo, el conjunto de los principios bajo cuya influencia se modificó progresivamente el Imperio romano, del V al VIII siglos, antes de su transformación en Imperio bizantino."(6)
(1) F. I. Uspenski. Historia del Imperio bizantino (San Petersbugo, 1014) t I Pág. XII (en ruso).
(2) Ibid., Págs. 46-47.
(3) Uspenski. Historia del Imperio bizantino, p. XIV.
(4) Ibíd., Págs. 47-48. (5) Ibíd. Pág.16.
(6) Ibid., Pág. 39.
"Cambios múltiples fueron provocados por las inmigraciones germánicas y eslavas, que produjeron reformas en el estado social y económico y en el sistema militar del Imperio. Bajo la influencia de los nuevos principios, el Imperio romano se modifica en Oriente y adquiere un carácter bizantino."(1) El "bizantinismo" se manifiesta por los siguientes fenómenos:
1.° Substitución progresiva de ]a lengua latina, que reinaba por doquier, por la lengua griega o más bien bizantina. 2.° Lucha de las nacionalidades por a preponderancia política. 3.° Carácter original del arte y aparición de nuevos motivos generadores de monumentos nuevos. Originalidad de las obras literarias, donde analiza poco a poco un método nuevo bajo la influencia de las tradiciones v modelos de las civilizaciones orientales." (2)
Las palabras de Uspenski, según las cuales el Imperio romano, en Oriente, adquiere el carácter bizantino hacia el siglo VIII, prueban que en este caso su opinión coincide del todo con la del bizantinista inglés Finlay.
Las tesis generales de Uspenski no quedan demostradas en el primer tomo, y por tanto, no podrán ser discutidas ni apreciadas como conviene mientras no tengamos a la vista una historia de Bizancio acabada, o que abarque al menos hasta la conquista latina.
Los problemas más importantes del primer tomo de Uspenski, son: 1.° El problema de la inmigración eslava en la península balcánica y sus consecuencias para la vida bizantina.
2.° El régimen de la propiedad en Bizancio. 3.° La organización de los temas en el Imperio. Aunque estos problemas no queden definitivamente resueltos en el libro de Uspenski, la interpretación propuesta por el autor provoca el deseo y la necesidad de someter tan complejos problemas a un estudio más detallado.
La obra fue concebida por el autor hace más de un cuarto de siglo. Sufrió diversas interrupciones y su valor dista de ser igual en sus distintas partes. Junto a capítulos vividos, nuevos e interesantes en el más alto grado, los hay que se apoyan en un arsenal ya prescrito y que, en ciertos puntos, no está al nivel de la ciencia moderna. Esto se nota, sobre todo, en los capítulos que tratan de los árabes y del islamismo. Pero el mérito incontestable del libro reside en el valor que el autor ha dado a los fenómenos de la vida interior del Imperio.
El primer tomo de la obra de Uspenski nos ofrece hoy la posibilidad de conocer el primer período de la historia bizantina en un lenguaje claro y salido de la labor investigativa de un especialista que ha consagrado cuarenta años de su vida científica al estudio exclusivo de Bizancio. Como hicimos notar, la primera mitad del segundo volumen, publicada en 1927, trata del período iconoclasta y del principio de la historia de la dinastía macedónica, así como, más especialmente, de los evangelizadores de los eslavos, Cirilo y Metodio. Por desgracia, a causa de las dificultades que hoy se encuentran en Rusia para la impresión de obras, el segundo volumen termina en medio de una frase.
(1) Uspenski, ob. cit.. (2) Ibid., Pág. 40.
En 1913 aparecieron en Kazan los Cursos sobre la Historia de Bizancio de S. P. Chestakov, profesor de la universidad de Kazan. En 1914 fueron publicados en una segunda edición revisada y aumentada.
La obra de Chestakov expone los sucesos desde la infiltración del mundo bárbaro en las dos mitades occidental y oriental del Imperio romano en los siglos III, IV y V, hasta la coronación de Carlomagno, el 800. El libro da numerosos informes sobre la vida exterior e interior del Imperio, así como sobre la historia y literatura del tema. Su documentación es a veces de mala calidad y su redacción descuidada.
Los Apuntes o Bosquejos de historia bizantina publicados en 1917 en Moscú por el sabio ruso C. N. Uspenski, recrean al lector y le dan una impresión de cosa vivida. (1) El tomo sólo tiene 268 páginas, y contiene una introducción general muy interesante sobre la evolución social y económica del Imperio romano. El lector se ve llevado a tocar tangiblemente los problemas interiores más importantes del período bizantino. El relato termina con el último período de la disputa iconoclasta y el restablecimiento del culto de las imágenes en el 843, durante el reinado de Teodora. El rasgo característico de estos Bosquejos es el lugar que conceden a las cuestiones de organización interior del Imperio y a la evolución social y religiosa. No se refieren los sucesos políticos sino cuando el autor estima que pueden concurrir a la explicación de ciertos fenómenos de la vida social. La idea esencial de Uspenski, justa en conjunto, es la del carácter helenístico de los Imperios romano y bizantino. Estudia de una manera interesante la feudalización de la tierra, tanto en los dominios laicos como en los eclesiásticos. Se interesa especialmente por el período iconoclasta: los últimos capítulos, consagrados a esa época, merecen una atención muy particular. Entre los problemas analizados por Uspenski pueden mencionarse: la formación de los primeros reinos bárbaros en territorio del Imperio; las reformas administrativas y la gestión financiera bajo Justiniano; la organización de los temas; la gleba en los siglos VI, VII y VIII, y el Código rural; los problemas de la propiedad y de la "excusseia" (inmunidad). Este libro, restringido en volumen, pero rico por su contenido, está escrito en un estilo palpitante y lleno de color, y tiene gran importancia para cuantos se interesan por la historia del Imperio bizantino.
(1) C. N. Uspenski murió en Moscú en 1917.
La obra de Vasíliev comprende dos volúmenes y abarca toda la historia del Imperio bizantino. El primero se publicó en 1917, con el título: Lecciones de historia bizantina. I: Hasta el principio de las Cruzadas (1081) (Petrogrado 1917. 355 P.)- El segundo volumen abarca el período incluido entre las Cruzadas y la caída de Constantinopla en 1453, se ha publicado en tres fascículos separados. El primero se titula Bizancio y los cruzados (Petrogrado, 1923, 120 p.); el segundo, La dominación latina en Oriente (Petrogrado, 1923, 76 p.), y el tercero, La caída del Imperio bizantino (Leningrado, 1925, 143 p.). Esta edición rusa, revisada, aumentada y corregida, ha servido de base a la publicación de la obra en lengua inglesa, bajo el título de History of the Byzantine Empire, I (Madison, 1928) y II (Madison, 1929). (1)
M.V. Levtchenko. Historia de Bizancio (Moscú-Leningrado, 1940). -El primer trabajo meritorio escrito en la Rusia soviética sobre la historia de Bizancio. Ver la crítica de A. Vasíliev, en Byzantion, XV (1940-1941), p. 489-495.
Periódicos Especiales. Obras Generales Sobre Derecho.
Arte y Cronología. La Papirología.
El primer periódico especialmente consagrado a los estudios bizantinos, fue una revista alemana, la Byzantinische Zeitschrift ("Revista bizantina"), que empezó a aparecer en 1892. A más de numerosos artículos y referencias de publicaciones y libros nuevos, se encuentra allí una bibliografía detallada de cuanto aparece en la esfera del bizantinísmo. Se da gran atención a las publicaciones rusas y eslavas en general. El fundador, y durante mucho tiempo redactor principal de la revista, fue el profesor Krumbacher. Hasta 1914 habían salido veintidós tomos. Se ha publicado un excelente índice analítico de los doce primeros. Durante la guerra de 1914-1918 se interrumpió la publicación de la Byzantínische Zeitschrift y después ha reaparecido en forma regular. El volumen XXIX fue publicado en 1929-30. A la sazón la revista está editada por Augusto Heisenberg y Paul Marc.
En 1894, la Academia Rusa de Ciencias inició la publicación de los Vizantiisky Vremennik ("Anales bizantinos"), bajo la dirección de V. G. Vasílievsky y V. E. Regel, tendiendo a los mismos fines que la revista alemana. En lo bibliográfico, la atención de los redactores se consagró principalmente a los países eslavos y países del Oriente cristiano. La revista, escrita en ruso, contenía a veces artículos en francés y en griego moderno. Su publicación fue interrumpida por la guerra.
(1) Es esta obra la que, con nuevas adiciones y revisión del autor posteriores a las inglesa y francesa, se da en la presente edición castellana. (N. del T.).
En 1917 habían aparecido 22 volúmenes. El 23 sólo salió en 1923, el 24, en 1926 y el 25, en 1928. El volumen 16 contenía el índice analítico de los quince primeros, debido a P. V. Bezobrasov. F. I. Uspenski reemplazó como director de Vizantiisky Vremennik a Vasilievsky y Regel.
Desde 1909, la Sociedad Bizantina de Atenas comenzó a publicar en esa ciudad, en griego moderno, una revista especializada en bizantinismo, con el título de Bizancio. Sólo han aparecido dos tomos.
A partir de 1915, la Facultad de Letras de la universidad de Yuriev (Dorpat) principió a publicar un nuevo órgano ruso titulado Vizantinskoe obozrenie ("Revista bizantina"). En 1917 habían aparecido tres volúmenes. Hoy, Yuriev (Dorpat) pertenece a Estonia. (1)
En 1920, N. A. Bees, comenzó en Berlín la publicación de los Byzantinisch Neugriechische Jahrbücher, con fines análogos a los de Byzantinische Zeits-chrift. A partir del 5.° volumen, el periódico aparece en Atenas, donde N. A. Bees es profesor de la universidad. El volumen XIV se publicó en 1938.
En el Quinto Congreso Histórico Internacional, reunido en Bruselas en. 1923, la sección de estudios bizantinos propuso crear una nueva revista internacional bizantina. En 1924, en el Primer Congreso Internacional de sabios bizantinos, en Bucarest, se convino en definitiva el plan de publicación del periódico, y en 1925 apareció el primer volumen de Byzantion, revista internacional de estudios bizantinos (París-Lieja), editada por Paul Graindor y Henri Grégoire. Ese volumen fue dedicado al célebre sabio ruso N. P. Kondakov, para conmemorar su 80 aniversario. El mismo día de la publicación se supo la noticia de la muerte de Kondakov (16 febrero 1925). El volumen V se editó en 1930.
De 1924 a 1939 se han publicado en Atenas quince tomos de una nueva revista griega, los Anales de la Sociedad de Estudios Bizantinos. Muchos artículos de estos Anales son interesantes y de importancia.
A más de los informes proporcionados por los periódicos especiales, se hallará una documentación interesante sobre el período bizantino en algunas revistas no especializadas. Muy importantes son, sobre todo, la publicación griega titulada Νεος ελληνομνημων (editada por Sp. Lambros desde 1904 hasta su muerte en 1919, y continuada por varios sabios griegos), los Echos d'Orient y la Revue de l'Orient chrétien.
Sobre Derecho bizantino, la obra fundamental es la del célebre jurista alemán Zacarías von Lingenthal, la cual se titula Historia del Derecho grecorromano ("Geschichte des Griechisch-ró'mischen Rechts," 3.a. ed., Berlín, 1892). Entre las obras más antiguas citaremos el libro francés de Mortreuil, titulado Histoire du droit byzantin (3 t., París, 1843-47), y el resumen alemán de E. Heimbach, contenido en la Enciclopedia de Ersch y Gruber (sección I, parte 86, páginas 1914-71), así como el de Azarevich, que se titula Historia del Derecho bizantino (2 partes, Jaroslav, 1867-77). Otro resumen muy interesante, que contiene una copiosa bibliografía, fué publicado en 1906 por el profesor italiano L. Siciliano en la Enciclopedia Jurídica Italiana, t. IV, parte V, fascículos 431 y 460.
(1) El autor escribía ames de la guerra iniciada en 1939.N. del T.
La misma obra se editó separadamente en Milán, en 1906. Finalmente, mencionaron la obra de Albertoni dirito bizantino riguardo all' Italia (Imola, 1927) (V. N. B. en la Byzantinische Zeitschrift, XXVIII, p- 474-476, 1928)
Los principales trabajos generales sobre arte bizantino, son los siguientes:
N.P Kondakov: Historia del arte bizantino y de la iconografía bizantina según 'las miniaturas (fe (os manuscritos griegos (en ruso). Odesa, 1876; Atlas, 1877· La edición francesa es una refundición de la obra en dos volúmenes (París, 1886-91).
Bayet, L'Art byzantin (París, 1883, nueva edición en 1904); Millet, L'An byzantin, en la Histoire de l'Art de A. Michel (París, t. I, 1905, y t. III, 1908).
Ch. Diehl, Manuel d'Art bizantin (París, 1910). En 1925-36 ha aparecido una segunda edición revisada y aumentada.
O.M. Dalton, Byzanttne art and archaeology (Oxford, 1911). Esta obra no trata de la arquitectura. En 1925 Dalton publicó un nuevo libro: East Clirittian art: a survey of the Monuments (Oxford, 1925), que contiene un capítulo sobre arquitectura (p. 70-159).
L. Bréhier, L'Art byzantin (París, 1924).
Los trabajos generales más importantes sobre cronología bizantina son éstos:
H. L. Clinton, Fas ti Romani (ed. inglesa, 2 vols., Oxford, 1 845-50. No incluye sino los acontecimientos hasta la muerte del emperador Heraclio en el año 641).
Muralt, Ensayo de cronografía bizantina (2 vol., I, San Petersburgo, 1855; II, Basilea, 1873). Este libro abarca toda la extensión de la historia bizantina hasta 1453. Debe utilizarse con las máximas precauciones.
En este problema de la cronografía bizantina, uno de los más importantes de la bizantinología contemporánea, se ha impuesto un nuevo estudio científico. Las publicaciones más importantes sobre esta cuestión son las que damos a continuación:
Otto Seeck, Regesten der Kaiser und Papste für die Jeifue 311 bis 46 N. Chr. Vorarbeit zu einer Prosopographie der christlichen Kaiserzeit (Stuttgart, 1919).
Franz Dolger, Regesten der Kaiserurkunden des ostromiscen Reiches. - Teil: Regesten von 565-1025 (Munich y Berlín, 1924); II Teil: Regesten von 1025-1204 (Munich y Berlín, 1925); III Teil: Regesten von 1204-1282 (Munich y Berlín, 1932); en el Corpus der griechischen Urkunden des Mítielalters und der neusren Zeít, heraussgegeben von den Akademien der Wissenschaften in München und Wien.
Finalmente, para datos bibliográficos de carácter general sobre otras ramas del bizantinismo, como la numismática, la sigilografía (o estudio de los sellos bizantinos) y la papirología, se podrá encontrar documentación en la Historia de la literatura bizantina de Krumbacher y en las partes bibliográficas de las diferentes revistas especializadas en bizantinología.
Sólo desde hace una veintena de años se ha concluido por reconocer la importancia e interés considerables de la época bizantina en la esfera de la papirología "Las anteriores generaciones de papirólogos dice H. I. Bell, uno de los mejores especialistas de esta ciencia consideraban la época bizantina con ojos de madrastra y dirigían su atención, sobre todo, a los periodos ptolemaico y romano."
desde el Siglo IV a Comienzos del VI.
Constantino y el Cristianismo.
La crisis de cultura y de religión que atravesó el Imperio romano en el siglo IV, es uno de los fenómenos mas importantes de la historia universal. La antigua civilización pagana entró en conflicto con el cristianismo que, reconocido por Constantino a principios del siglo IV, fue declarado por Teodosio el Grande, a fines del mismo siglo, religión dominante y religión del Estado. Cabía suponer que aquellos dos elementos adversarios, representantes de dos conceptos radicalmente opuestos, no podrían, una vez iniciada la pugna, encontrar jamás ocasión de acuerdo y se excluirían el uno al otro. Pero la realidad mostró todo lo contrario. El cristianismo y el helenismo pagano se fundieron poco a poco en una unidad e hicieron nacer una civilización cristiano-greco-oriental que recibió el nombre de bizantina. El centro de ella fue la nueva capital del Imperio romano: Constantinopla.
El principal papel en la creación de un nuevo estado de cosas correspondió a Constantino. Bajo su reinado, el cristianismo fue reconocido, de manera decisiva, como religión oficial. A partir de la exaltación de aquel emperador, el antiguo Imperio pagano empezó a transformarse en Imperio cristiano.
De ordinario, una conversión semejante se produce al principio de la historia de un pueblo o Estado, cuando su pretérito no ha echado aún en las almas cimientos ni raíces sólidas, o cuando no ha creado más que imágenes primitivas. En tal caso, el paso del paganismo grosero al cristianismo no puede crear en el pueblo o Estado crisis profundas. Pero todo sucedía diferentemente en el Imperio romano del siglo IV. El Imperio poseía una civilización de varios siglos de antigüedad que, para su época, había alcanzado la perfección en las formas del Estado, y tenía tras él un gran pasado cuyas ideas y maneras de ver estaban como enraizadas en la población. Este Imperio, al transformarse en el siglo IV en Estado cristiano, es decir, al emprender el camino de un conflicto con su pretérito, e incluso a veces de una negación del tal, debía por necesidad sufrir una crisis aguda y un trastorno profundo. Era evidente que el antiguo mundo pagano, al menos en el dominio religioso, no satisfacía ya las necesidades del pueblo. Habían nacido nuevas exigencias y nuevos deseos que, en virtud de una serie de causas múltiples y diversas, el cristianismo estaba en grado de satisfacer.
Si en un momento de crisis de extraordinaria importancia se asocia a ella una figura histórica que desempeñe en el caso un papel preponderante, es palmario que se forma siempre en torno a esa personalidad, dentro de la ciencia histórica, toda una literatura que trata de apreciar el papel exacto del personaje en su época, así como de penetrar en las capas subterráneas de su vida religiosa. Una figura así es, en el siglo IV, la de Constantino. Desde hace mucho él ha suscitado una literatura inmensa, acrecida sin cesar en estos años últimos a raíz de la celebración, en 1913, del decimosexto centenario de la promulgación del edicto de Milán.
Constantino pertenecía, por parte de su padre, Constancio Cloro, a una noble familia de Mesia. Nació en Naisos, hoy Nisch. Su madre, Elena, era cristiana, y debía ser canonizada más tarde. Elena había hecho una peregrinación a Palestina y, según la tradición, descubierto allí la verdadera cruz donde Jesucristo fuera crucificado.(1) Cuando, en el 305, Diocleciano y Maximiano, para ponerse de acuerdo con su propio sistema, abdicaron, retirándose a la vida privada, Galeno y Constancio Cloro, padre de Constantino, pasaron a ser augustos, el uno en Oriente y el otro en Occidente. Al año inmediato, Constancio Cloro murió en Bretaña y sus legiones proclamaron augusto a su hijo Constantino. A la vez estallaba en Roma una revuelta contra Galerio. La población rebelde y el ejército proclamaron emperador, en lugar de Galerio, a Majencio, hijo de Maximiano. Al nuevo emperador se agregó el viejo Maximiano, que recuperó el título imperial. Empezó una época de guerras civiles en cuyo transcurso murieron Maximiano y Galerio. Al fin, Constantino se alió a Licinio, uno de los nuevos augustos, y en 312, a las puertas de Roma, batió en una batalla decisiva a Majencio, quien, al tratar de huir, se ahogó en el Tíber, en las Piedras Rojas, cerca del Puente Mílvio. Los dos emperadores victoriosos, Licinio y Constantino, llegaron a Milán, donde, según la historia tradicional, promulgaron el famoso edicto de ese nombre, del que tendremos nueva ocasión de hablar. Pero la inteligencia entre ambos emperadores no duró mucho. Estallaron, pues, las hostilidades, concluidas con la victoria total de Constantino. El 324, Licinio fue muerto y Constantino se' convirtió en dueño único del Imperio romano.
Los dos hechos del gobierno de Constantino que debían resultar de decisiva importancia para toda la historia ulterior, fueron el reconocimiento oficial del Cristianismo y el traslado de la capital desde las orillas del Tifa en a las orillas del Bosforo, desde la Roma antigua a la «Roma nueva», es decir, a Constantinopla.
Al estudiar la situación del cristianismo en la época de Constantino, los sabios han centrado su atención, de modo particular, en los dos puntos siguientes: la "conversión" de Constantino y el edicto de Milán.
La "Conversión" de Constantino.
Los historiadores y los teólogos se interesan, sobre todo, en los móviles de la «conversión» de Constantino. ΏPor qué se inclinó Constantino en ΏNo habrá que mirar en ello sino un acto de prudencia política? ΏVio Constantino en el cristianismo tino de los medios que podían servirle para alcanzar sus fines políticos, que no tenían con el cristianismo nada común? ΏO bien se unió Constantino a los cristianos impelido por una convicción interna? ΏDébense admitir a la vez en él móviles de carácter político y una inclinación de su ánimo hacia el cristianismo?
La principal dificultad que se halla en la resolución de este problema, radica en los datos contradictorios de las fuentes que nos han llegado. Constantino, tal como nos lo describe el obispo Eusebio, escritor cristiano, no se asemeja en nada al Constantino de Zósimo, escritor pagano. Por su parte, los historiadores, en sus estudios sobre Constantino, han encontrado materia lo bastante rica para que les haya permitido aportar a esta cuestión, ya eminentemente enmarañada, sus propios puntos de vista preconcebidos. El historiador francés G. Boissier, en su obra El fin del paganismo, estribe: "Por desgracia, cuando llegamos a esos grandes personajes que desempeñan los primeros papeles de la historia, cuando tratamos de estudiar su vida y hacernos cargo de su conducta, nos cuesta trabajo contentarnos con explicaciones naturales. Como tienen la reputación de ser personas extraordinarias, no queremos nunca creer que hayan obrado como todos. Buscamos razones ocultas a sus actos más sencillos; les atribuimos sutilezas, combinaciones, profundidades, perfidias, de que ellos no se dieron cuenta nunca. Eso sucede con Constantino: estamos tan convencidos de antemano de que su política hábil quiso engañarnos, que cuanto más se le ve ocuparse con ardor de las cosas religiosas y hacer profesión de ser creyente sincero, más tentados nos sentimos a suponer que era un indiferente, un escéptico, que, en el fondo, no se cuidaba de culto alguno y que prefería aquel de que podía obtener más ventajas." (1)
(1) G. Boissier, La fin du paganisme, París, 1891, t. I, Págs. 24-25.
Durante mucho tiempo, la opinión general que se ha tenido de Constantino hallóse en muy alto grado influida por el juicio escéptico emitido por el célebre historiador suizo Jacobo Burckhardi en una brillante obra titulada Die Zeit Constantin's des Grossen (1,a ed., 1853), Según Burckhardt, Constantino, estadista genial, dominado por la ambición y la pasión del poder, lo sacrificó todo al cumplimiento de sus planes universales. "Se trata a menudo dice Burckhardtde penetrar en la conciencia religiosa de Constantino y de erigir un cuadro de sus pretendidos cambios de opinión religiosa. Es trabajo perdido. Para un hombre de genio a quien la ambición y la pasión del poder no dejan un instante de tranquilidad, no puede haber cuestión de cristianismo o paganismo, de religión consciente o de irreligiosidad (unreligios). Una persona semejante está, en el fondo, desprovisto de toda religión. Suponiendo que se detenga, siquiera un momento, a examinar su verdadera conciencia religiosa, encontrará allí un fatalismo." Este "espantoso egoísta," después de comprender que en el cristianismo residía una fuerza universal, se sirvió de él en ese sentido, y en ello consiste el gran mérito de Constantino. Pero el emperador dio también al paganismo garantías precisas. Sería vano buscar en ese hombre inconsecuente el menor sistema: todo en él es casualidad. Constantino, ese "egoísta vestido de púrpura, hace converger todo, tanto sus propios actos como los que deja cumplir, hacia el acrecentamiento de su propio poderío." Burckhardt se ha servido, como fuente principal, de la Vida de Constantino, de Eusebío, sin tener en cuenta que esta obra no es auténtica.(2) Tal es, resumida en pocas palabras, la opinión de Burckhardt. Este historiador, como puede verse, no deja lugar alguno a una conversión del emperador fundada en móviles religiosos.
(2) Jacobo Burckhardt, Die Zeit Constantin's des Grossen, Leipzig, 183 Auflage, páginas 326, 369-70, 387, 407.
Fundándose en otras fuentes, el historiador religioso alemán Adolfo Harnack, en su estudio sobre Die Míssion und Ausbreitung des Christentums in der ersten drei Jahrhunderten (1.a ed., 1892), (1) llega a conclusiones análogas. Tras estudiar el estado del cristianismo en las provincias del Imperio, una a una, y aun reconociendo la imposibilidad de determinar la cifra exacta del número de cristianos, Harnack termina opinando que los cristianos, que eran en el siglo IV bastante numerosos ya representaban un factor considerable en el Estado, no constituían, sin embargo, la mayoría de la población. Pero, observa Harnack, "la fuerza numérica y la influencia real no se corresponden necesariamente. Una minoría puede gozar de gran influencia si se apoya en las clases dirigentes, y una mayoría tiene poco peso si se compone de las capas inferiores de la sociedad, o, sobre todo, de la población rural. El cristianismo fue una religión urbana: cuanto más grande era la ciudad, mayor era el número de cristianos. Esta fue una ventaja eminente. Además, el cristianismo había ya (en el siglo IV) penetrado profundamente en gran número de provincias hasta las campiñas. Lo sabemos así con exactitud en lo que atañe a la mayoría de las provincias del Asia Menor, Armenia, Siria, Egipto y parte de Palestina y también del África del Norte." Después de distribuir las provincias del Imperio en cuatro grupos, según la mayor o menor expansión del cristianismo, y tras examinar el problema en cada uno de esos cuatro grupos, Harnack concluye que el centro principal de la Iglesia cristiana a comienzos del siglo IV, se encontraba en el Asia Menor. Constantino, antes de partir para la Galia, había pasado varios años en Nicomedía, la corte de Diocleciano. Las impresiones experimentadas en el Asia Menor, le acompañaron a Galia y se transformaron en una serie de convicciones políticas que implicaban conclusiones radicales: las de que podía apoyarse en la Iglesia y el episcopado, fuertes y poderosos los dos. Preguntarse si la Iglesia habría triunfado sin Constantino, es ocioso. Necesariamente había de llegar un Constantino. De década en década se hacía más fácil ser ese Constantino. En todo caso, la victoria del cristianismo en el Asia Menor era ya muy neta antes de la época constantiniana, y en otras provincias estaba muy bien preparada. No se necesitaban inspiración especial ni invitación celeste para realizar de hecho lo ya latente. Sólo hacía falta un político fuerte y penetrante, cuya naturaleza le llevase a la vez a ocuparse de asuntos religiosos. Ese hombre fue Constantino. Su rasgo de genio consistió en discernir con claridad y comprender bien lo que debía producirse q. (2)
(1) La cuarta edición, revisada y aumentada, apareció en alemán en 1925. (2) A. Harnack, Die Mission und Ausbreitung des Christcntems in den ersten drei Jahrhunderten, t. II, Leipzig, 1906, Pág. 276-285, 2 Auflage.
Así, según la opinión de Harnack, Constantino no era más que un político de genio. Por supuesto, el método estadístico es, respecto a aquella época, e incluso para quienes se contenten con aproximaciones, casi imposible de emplear. No obstante, los eruditos más serios reconocen hoy que, bajo Constantino, el paganismo representaba un elemento preponderante en la sociedad y el gobierno, mientras los cristianos eran sólo una minoría. Según los cálculos del profesor Bolotov y otros, "puede que hacia el tiempo de Constantino la población cristiana fuese igual a un décimo de toda la población, pero quizá sea incluso necesario reducir esta cifra. Toda afirmación según la cual los cristianos pudieran representar más de un diez por ciento de la población, sería arriesgada."(1) Hoy casi todos están de acuerdo en que, en la época de Constantino, los cristianos eran minoría en el Imperio. En tal caso, la teoría política de las relaciones de Constantino y el cristianismo debe ser rechazada, en su forma integral al menos. Ningún gran estadista hubiese podido construir sus planes apoyándose en esa décima parte de la población, que además, como se sabe, no se mezclaba entonces en política.
Víctor Duruy, autor de la Historia de los romanos, habla, algo influido por Eurckhardt, del elemento religioso en Constantino como de "un honrado y tranquilo deísmo que formaba su religión." Según Duruy, Constantino "comprendió muy pronto que el cristianismo correspondía por su dogma fundamental a su propia creencia en un Dios único."(2) No obstante, las consideraciones políticas desempeñaban en él papel esencial: "Como Bonaparte procurando conciliar la Iglesia y la Revolución, Constantino se proponía hacer vivir en paz, el uno junto al otro, el antiguo y el nuevo régimen, aunque favoreciendo a este último. Había reconocido hacia qué lado marchaba el mundo y ayudaba al movimiento sin precipitarlo. Es una gloria para ese príncipe haber justificado que había puesto en su arco triunfal: Quietis custos... Hemos tratado de penetrar hasta el fondo del alma de Constantino, y hemos encontrado una política más que una religión."(3) Por otra parte, analizando el valor de Eusebio como historiador de Constantino, Duruy observa: "El Constantino de Eusebio veía a menudo entre el cielo y la tierra cosas que nadie ha notado en ningún sitio."(4)
(1) V. Bolotov, Conferencias sobre la historia de la Iglesia antigua (San Petersburgo, 1913), t. III, Pág. 29 (en ruso).
(2) V. Duruy, Historie des Romains, París, 1885, t. VII. p. 102.
(3) Ibíd., Págs. 8tí, 88,.519-20.
(4) Duruy, t. VI (1883), p. 602.
Entre las muy numerosas obras que aparecieron en 1913 con motivo de la celebración del decimosexto centenario del edicto de Milán, podemos mencionar dos, la de E. Schwartz y los Gesammelte Studien, editados por F. J. Dólger. Schwartz declara que Constantino, "con la diabólica perspicacia de un dominador universal, comprendió la importancia que la alianza con la Iglesia presentaba para la monarquía universal que proyectaba edificar, y tuvo el valor y la energía de realizar esa unión en choque con todas las tradiciones del cesarismo."(1) Por su parte, E. Krebs, en los Studien editados por Dólger, escribe que todos los pasos dados por Constantino en favor de la Iglesia no fueron más que razones secundarias de la aceleración inevitable del testimonio de la Iglesia misma, cuya razón esencial residía en la fuerza sobrenatural del cristianismo.(2)
P.Batiffol defiende la sinceridad de la conversión de Constantino,(3) y más recientemente, J. Maurice, eminente especialista en la numismática de la época constantiniana, se esfuerza en aceptar como un hecho real el elemento milagroso de su conversión.(4)
G. Boissier advierte que "lanzarse en aquella época en brazos de los cristianos," que constituían una minoría y no gozaban de papel político, hubiese sido para Constantino, como político, tentar lo desconocido. De modo que, si cambió de religión sin tener interés en ello, ha de reconocerse que lo hizo por convicción. (5)
M. F. Lot se inclina en favor de la sinceridad de la conversión de Constantino.(6) Y E. Stein expone las razones políticas que Constantino tenía para convertirse al cristianismo. Según el propio Stein, el hecho más importante de la política religiosa llevada a cabo por Constantino fue la adaptación de la Iglesia cristiana a los cuadros del Estado. Stein presume que Constantino estaba influido hasta cierto punto por la religión zoroástrica, que era estatal en Persia.(7)
Téngase en cuenta que no ha de verse en esa "conversión" de Constantino, que se hace remontar de ordinario a su victoria sobre Majencio, el 312 (8) su verdadera conversión al cristianismo, que no efectuó, como se sabe, sino en su lecho de muerte. Durante todo el tiempo de su gobierno permaneció siendo "Pontifex Maximus."
(1) E. Schwartz, Kaiser Constantin una die Christliche Kirche, Leipzig-Berlín, 1913, p. 2.
(2) Konstantin der Grosse und seine Zeit, Gesammelte Studien, herausgegeben von F. J. Dólger (Freiburg i. Breisgau, 1913), pág. 2.
(3) P. Batiffol, La País constantinienne et le catholicisme (París, 1914), Págs. 256-259 (a propósito de la disertación de O. Seeck sobre ese tema).
(4) J. Maurice, Constantin le Grand. L'origine de la civilisation chrétienne (París, 1925), pág. 31-36.
(5) Boissier, t. I, pag. 28. V. H. Leclerq en el Diccionario de arqueología cristiana y de liturgia (París, 1914, t. III, col. 2669).
(6) F. Lot, La fin du monde antique, París, 1927, Págs. 32-38,
(7) E. Stein, Geschichte des spátromischen Reiches, t. I (Viena, 1928), Págs. 146-147. A propósito de las obras de Stein y Lot, V. un interesante artículo de N. Baynes en el Journal of Román Studies, t. XVIII, 1928, pág. 22o.
(8) Véase, por ejemplo, J. Maurice, Numismatique constantinienne, t. II (París, 1911), páginas VIII, XII, LVI. E. Stein, ob. cit., p. 146.
No llamaba al domingo de otra manera que "El Día del Sol" ("Dies Solis"). Y con el vocablo de "Sol invicto" ("Sol invictus") se entendía de ordinario en aquella época al dios persa Mitra, cuyo culto se había expandido prodigiosamente en todo el Imperio, tanto en Oriente como en Occidente, apareciendo a veces como rival serio para el cristianismo. Es un hecho patente que Constantino fue adepto del culto del Sol, culto hereditario en su familia.(1) Según toda probabilidad, aquel "Sol invictus" de Constantino era Apolo.(2) J. Maurice observa con justeza que "esa religión solar le aseguró una inmensa popularidad en el Imperio.(3)
Aun reconociendo la sincera inclinación de Constantino hacia el cristianismo, no se pueden dejar de lado sus miras políticas, las cuales debieron desempeñar papel esencial en su actitud ante el cristianismo, que podía serle útil de varias maneras. Adivinaba que el cristianismo, en el porvenir, sería el principal elemento de unificación de las razas del Imperio. "Quería ha escrito el príncipe Trubetzkoi reforzar la unidad del Estado dándole una Iglesia única."(4)
(1) V. Maurice, ob. cit., t. II, pág. VIII.
(2) Ibid., t. II, p. XX-XLVIII.
(3) Ibid., t. II, pág. XII.
(4) E. Trubetzkoi, Los ideales religiosos y sociales del cristianismo occidental en el siglo V (Moscú, 1892), t. I, pág. 2 (en ruso).
Es común vincular la conversión de Constantino a la leyenda de la aparición de una cruz en el cielo durante la lucha entre Constantino y Majencio. Así se introduce un elemento milagroso como uno de los factores de la conversión. Pero las fuentes revelan una completa falta de acuerdo sobre este punto. El testimonio más antiguo acerca de una ocurrencia milagrosa se debe al cristiano Lactancio, quien, en su obra Sobre la muerte de los perseguidores (De mortibus persecutorum, 44) habla de una milagrosa inspiración recibida por Constantino en su sueño, intimándole a que grabara en sus escudos el celeste signo de Cristo ("coeleste signum Dei"). Pero Lactancio no dice palabra de una verdadera aparición celeste vista por Constantino.
Otro contemporáneo de Constantino, Eusebio de Cesárea, habla dos veces de la victoria de aquél sobre Majencio. En su primera obra, la Historia eclesiástica, Eusebio observa solamente que Constantino, yendo en socorro de Roma, "invocó en su oración, pidiéndole alianza, al Dios del cielo, así como a su Verbo, el Salvador universal, Jesucristo."(1) Como se ve, aquí no se trata de sueño ni de signo en los escudos. Finalmente, el mismo Eusebio, unos veinticinco años después de la victoria de Constantino sobre Majencio, y en otra obra (La vida de Constantino), nos da, apoyándose en las mismas palabras del emperador, que se lo "había contado y le afirmaba ser verdad bajo juramento," el famoso relato en virtud del cual Constantino habría visto, durante su marcha sobre Roma, por encima del sol poniente, una cruz luminosa con las palabras (Triunfa con esto). Un terror súbito le acometió, así como a su ejército, siempre según la narración. A la siguiente noche, se le apareció Cristo con la misma cruz, ordenándole hacer elaborar un estandarte semejante a aquella imagen, y avanzar con él contra el enemigo. Por la mañana, el emperador relató el milagroso sueño, llamó artistas, les describió el aspecto del signo que se le había aparecido y les dio el encargo de fabricar un estandarte análogo, que se conoció con el nombre de lábaro, "labarum." (2) Durante mucho tiempo, se ha discutido el origen de este vocablo. Ahora sabemos que "labarum" no es sino la deformación griega de "laurum," en el sentido de "estandarte laureado, estandarte rematado en una corona de laurel." (3) El lábaro representaba una cruz alargada. En la entena perpendicular a la lanza iba fijo un trozo de tela, que consistía en un tejido de púrpura cubierto de piedras preciosas, variadas y magníficas, insertas en la trama, donde brillaban los retratos de Constantino y de sus hijos. En la cúspide se hallaba sujeta una corona de oro en cuyo interior aparecía el monograma de Cristo. (4) A partir de la época de Constantino, el lábaro se convirtió en el estandarte del Imperio de Bizancio. Pueden hallarse también en otros autores alusiones a una visión milagrosa o a ejércitos aparecidos en el cielo a Constantino, como enviados por Dios en su socorro. Pero nuestros conocimientos sobre este episodio son tan confusos y contradictorios, que no cabe apreciarlos debidamente desde el punto de vista histórico. Hay incluso quienes piensan que aquel acontecimiento no se produjo durante la marcha contra Majencio, sino con anterioridad, antes de que Constantino hubiese salido de la Galia.
(1) Eusebio, Historia eclesiástica, IX, 9, 2. Comp. con Padres de Nicea y posteriores (Nicene and Post-nicene Fathers), 2.a serie, Nueva York, 1890, t. I, pág. 363.
(2) Eusebio, Vita Constantini, I, 28-30.
(3) H. Grégoire, L'étymologie de "Labarum," Byzantion, IV (1929), Págs. 477-482; también Byz, XVI, s (1942-1943), pág. 555-556.
(4) La imagen del lábaro se encuentra en las monedas de la época de Constantino. Véase, por ej-, J. Mauríce, Numismatique constantinienne, París. 1908, t. I, plancha IX; t. n, páginas LIX-LX.
Bajo el reinado de Constantino el cristianismo recibió el derecho de existir y desarrollarse legalmente. Pero el primer edicto en favor del cristianismo se promulgó bajo el reinado de Galerio, quien, eso aparte, fue el más feroz perseguidor de los cristianos. Galerio publicó su edicto el año 311. En él concedía a los cristianos amnistía completa de la obstinada lucha que habían sostenido contra los decretos del gobierno, tendentes a reunir al paganismo los disidentes, y les reconocía la facultad de existir ante la ley. El edicto de Galerio declaraba: "Que los cristianos existan de nuevo. Que celebren sus reuniones, a condición de que no turben el orden. A cambio de esta gracia, deben rogar a Dios por nuestra prosperidad y por la del Estado, así como por la suya propia." (1)
(1) Lactancio, De mort, pers., 34, 4-5. Eusebio, Hist. EcL, 17, 9-10.
Dos años más tarde, después de su victoria sobre Majencio, Constantino se encontró en Milán con Licinio, que había concluido antes un acuerdo con él. Según la historia tradicional, tras deliberar sobre los asuntos del Imperio, los dos emperadores publicaron un documento de gran interés al que se llamaba Edicto de Milán. El texto mismo del documento no ha llegado a nosotros. Se conserva en la obra del escritor cristiano Lactancio, en forma de un reescrito de Lícinio redactado en latín y dirigido al gobernador (praeses) de Bitinia. Eusebio, en su Historia de la Iglesia, inserta una traducción griega del original latino.
La cuestión de las relaciones entre los textos de Lactancio y Eusebio y el texto original, no llegado hasta nosotros, del edicto de Milán, ha sido muy discutida. Hace ya más de cincuenta años, el alemán Seeck había anticipado la inexistencia del edicto de Milán, afirmando que sólo existió el edicto de Galerio (311). Durante mucho tiempo, la ciencia histórica no compartió el criterio de Seeck. Hoy se ha probado que el documento conocido como "Edicto de Milán" es de Licinio y fue promulgado en Nicomedía (Bitinia), y no en Milán, en la primavera del 313. (1) Pero si el edicto de Milán, como tal, debe ser eliminado, en cambio es cierto que se celebraron en Milán conferencias entre los dos emperadores. "Allí se adoptaron las decisiones más importantes."(2) En virtud de aquel edicto, los cristianos así como los adeptos de todas las religiones obtenían libertad plena y entera de abrazar la fe que habían elegido. Todas las medidas tomadas contra ellos quedaban abolidas. "A partir de este día declara el edicto, que aquel que quiera seguir la fe cristiana la siga libre y sinceramente, sin ser inquietado ni molestado de otra manera. Hemos querido hacer conocer esto a Tu Excelencia (esto es, el prefecto de Nicomedia) de la manera más precisa, para que no ignores que hemos concedido a los cristianos la libertad más completa y más absoluta de practicar su culto. Y, puesto que la hemos concedido a los cristianos, debe ser claro a Tu Excelencia que a la vez se concede también a los adeptos de las otras religiones el derecho pleno y entero de seguir su costumbre y su fe y de usar de su libertad de venerar los dioses de su elección, para paz y tranquilidad de nuestra época. Lo hemos decidido así porque no queremos humillar la dignidad ni la fe de nadie." (3)
(1) H. Grégoire, La "conversión" de Constantin. Revue de l'Universite de Bruxelles, XXXVI (1930-1931). En 1928 N. Bayncs escribió en el Journal of Román Studies, XVIII, 2 (1928), pág. 228: Sabemos ahora que no existió edicto de. Milán. V. O. Seeck, Das sogenannte Edikt von Mailand, Zeits. für Kirchengeschichte, XII (1891), pág. 381-386. Del mismo autor: Geschichte des Urttergagns der antiken Welt, I, 2 (Berlín, 1897), pág. 495.
(2) A. Piganiol, L'empereur Constantin (París, 1932), pág. 97, num. 1.
(3) Lactancio, De mort. pers., 48, 4-8. Eusebio, Hist. Ecl. X, 5. 6-9.
El mismo edicto ordenaba entregar a los cristianos, sin exigirles indemnización ni promover la menor dificultad, las casas particulares e iglesias que se les habían confiscado.
De este texto del edicto se desprende que Licinio y Constantino reconocieron a la religión cristiana los mismos derechos que a todas las otras religiones, incluso el paganismo. En la época de Constantino todavía no podía tratarse de un reconocimiento completo del cristianismo, como la religión verdadera. No cabía más que presentirlo. Los dos emperadores juzgaron que el cristianismo era compatible con el paganismo, y la extrema importancia de su acto reside, no sólo en el permiso de existir que dio al cristianismo, sino también en la protección oficial que le concedió. Este momento es esencial en la historia del cristianismo primitivo.
Ese edicto, pues, no nos da el derecho de afirmar, como lo hacen ciertos historiadores, que el cristianismo, bajo Constantino, fuera puesto por encima de todas las demás religiones, que sólo habrían desde entonces sido toleradas (A. Lebediev), (1) ni que el Edicto, lejos de establecer la tolerancia religiosa, proclamara la supremacía del cristianismo (N. Grossu). (2)
Así, cuando se promueve, fundándose en el edicto de Nicomedia, la cuestión de si, bajo Constantino, el cristianismo gozó de derechos paritarios o preponderantes, estamos obligados a inclinarnos en pro de la paridad.
El profesor Brilliantov tiene toda la razón cuando escribe, en su notable obra sobre El emperador Constantino el Grande y el edicto de Milán de 313: "En realidad puede afirmarse, sin exageración alguna, lo que sigue: la gran importancia del edicto de Milán subsiste, incontestable, pues tiene la de un acta que pone fin decisivamente al estado ilegal de los cristianos en el Imperio y que, proclamando una libertad religiosa plena y entera, hace entrar "de jure" el paganismo, de su condición anterior de única religión oficial, en la línea de todas las otras religiones."(3) Un impresionante testimonio de la libre coexistencia del cristianismo y del paganismo, nos lo dan las monedas.(4)
(1) A. Lebediev, La época de las persecuciones cristianas
(2) N. Grossu, El edicto de Milán, pág. 29-30, en las Publicaciones de ln Academia de teología de Kiev, 1913 (en ruso).
(3) Brilliantov, El emperador Constantino el Grande y el edicto de Milán (Petrogrado, pág. 157, en ruso). V. M. A. Huttmann, The Establishement of Christianity und the Proscription of Paganism, Nueva York, 1914, pág. 123.
(4) Maurice, ob. cit., t. II, pág. LV. Sin embargo, nótese que en las medallas conmemorativas de Claudio II, Constantino Cloro y Maximiano Hércules, mandadas labrar por Constantino en 314, no se permite representar rito alguno relacionado con la consagración pagana de los divi; que la cruz, como marca monetaria, es empleada por la época de Tarrasa.. en el mismo año; y que en una serie acuñada en Panonia, de 317 a 320, figuran dos monogramas cristianos en el casco del emperador. Además, desde la victooria definitiva sobre Licinio (324), el lábaro aparece siempre en las monedas y el emperador aparece en actitud orante, alzados los ojos al cielo; mientras se sabe que prohibía que su imagen se conservara en los templos paganos (Vid. F. Lot, ob. cit., págs. 37-38, precisamente basándose en los de J. Maurice.) (N. del R.)
La Actitud de Constantino ante la Iglesia.
Pero Constantino no se satisfizo con dar a los cristianismos derechos estrictamente iguales, como hubiese hecho con una doctrina religiosa cualquiera.
El clero cristiano ("clerici") obtuvo todos los privilegios que gozaban los sacerdotes paganos. Quedó exento de impuestos, cargos y servicios estatales que hubiesen podido impedirle el ejercicio de sus deberes religiosos (derecho de inmunidad). Se dio a todos el derecho de testar en favor de la Iglesia, la cual recibía, por tanto, "ipso facto," el derecho a heredar. Así, a la vez que se proclamaba la libertad religiosa, las comunidades cristianas quedaban reconocidas en su personalidad civil. Este último hecho creaba para el cristianismo una situación nueva desde el punto de vista jurídico.
Se concedieron muy importantes privilegios a los tribunales episcopales. Se dio a todos el derecho de transferir, de acuerdo con la parte adversaria, cualquier clase de asuntos civiles a los tribunales episcopales, aunque el asunto hubiese sido entablado ya ante un tribunal civil. A fines del reinado de Constantino todavía se ensanchó más la competencia de los tribunales episcopales. Las decisiones de los obispos habían de ser reconocidas, sin apelación, en asuntos concernientes a personas de toda edad. Todo asunto civil podía ser trasladado a un tribunal episcopal en cualquier momento del proceso, incluso contra la voluntad de la parte adversaria. Los jueces civiles habían de ratificar los veredictos de los tribunales episcopales.
Estos privilegios judiciales de los obispos, aunque realzasen su autoridad a los ojos de la sociedad, eran para ellos una pesada carga y aumentaban sus responsabilidades. La parte perdedora no podía dejar de guardar aún resentimiento o descontento contra la sentencia episcopal, que no por inapelable estaba menos sujeta a error. Además, las funciones seculares de los obispos debían introducir en los medios eclesiásticos numerosos intereses profanos.
La Iglesia recibió del Estado donaciones muy ricas, en forma de propiedades y de gratificaciones materiales (plata y trigo). Los cristianos no estaban obligados a participar en las fiestas paganas. En fin, bajo la influencia del cristianismo, se aplicaron algunas mitigaciones a los castigos de los criminales.
El nombre de Constantino está vinculado con la fundación de gran número de iglesias en todas las provincias de su inmenso Imperio. A Constantino se atribuye la construcción de las basílicas de San Pedro y de Letrán, en Roma. Pero, en ese sentido, su atención se fijó sobre todo en Palestina, donde, según se decía, su madre había descubierto la verdadera Cruz. En Jerusalén, en el lugar donde Cristo fuera enterrado, se edificó la iglesia del Santo Sepulcro y sobre el Monte de los Olivos el emperador hizo levantar la iglesia de la Ascensión. En Belén se construyó la iglesia de la Natividad. Constantinopla, la nueva capital, y sus arrabales, quedaron ornados con numerosas iglesias, las más magníficas de las cuales fueron la de los Apóstoles y la de Santa Irene. Bajo el reinado de Constantino se alzaron muchas iglesias en otros lugares, como en Antioquía, en Ni-comedia, en África del Norte, etc. (1)
(1) Respecto a Nicomedia, v. J. Solch, Historisch-geographische Studien über bithynische
Después del reinado de Constantino se desarrollaron tres focos importante cristianismo: la Roma cristiana en Italia, donde subsistieron por algún tiempo simpatías y tradiciones paganas; la Constantinopla cristiana, que pronto fue una segunda Roma a los ojos de los cristianos de Oriente, y Jerusalén, que conoció con Constantino un período de renovación. Desde su destrucción por Tito, el 70, y la fundación sobre su emplazamiento de la colonia romana de Elia Capitolina, bajo el reinado de Adriano, en el siglo II, la antigua Jerusalén había perdido su importancia, aunque fuese la cuna del cristianismo y el centro de la primera predicación apostólica. Políticamente, la capital de la provincia no era Elia, sino Cesárea.
Las iglesias edificadas durante este período en los tres centros mencionados se levantaron como símbolos del triunfo de la Iglesia cristiana sobre la tierra. La Iglesia cristiana iba a convertirse en Iglesia del Estado. La nueva concepción del reino terrestre estaba, por lo tanto, en oposición directa con la concepción inicial del cristianismo, "cuyo reino no era de este mundo," y con la del próximo fin del mundo mismo.(1)
El Arrianismo y el Concilio de Nicea.
E
n razón del nuevo estado de cosas nacido en la primera parte del siglo IV, la Iglesia cristiana atravesó una época de hirviente actividad, manifestada sobre todo en el dominio dogmático. De esas cuestiones dogmáticas se ocuparon en el siglo IV, no sólo particulares como, en el siglo III, Tertuliano y Orígenes, sino numerosos partidos, notablemente organizados.Los concilios, en el siglo IV, se convirtieron en fenómeno corriente: se veía en ellos el único medio de resolver los problemas religiosos en litigio.
Pero, en el curso de esos concilios del siglo IV, despierta un carácter nuevo, de extrema importancia para toda la historia posterior de las relaciones del poder espiritual y el temporal, de la Iglesia y el Estado. Desde Constantino, el Estado se mezcla a las discusiones dogmáticas y las dirige según le parece bien. En muchos casos, los intereses del Estado no habían de corresponder siempre a los de la Iglesia.
Hacía mucho tiempo que el principal centro de civilización del Oriente era Alejandría, donde la vida espiritual rebosaba actividad. Es natural que hubiera ardientes discusiones sobre nuevos dogmas en aquella Alejandría que, desde el siglo II, "se había tornado según el profesor A. Spasski en el centro del desarrollo teológico de Oriente y había adquirido en el mundo cristiano una reputación particular, la de una especie de iglesia filosófica, donde no se debilitaba nunca el interés que se dedicaba al estudio de los problemas superiores de la fe y la ciencia."(2) La doctrina herética más importante de la época de Constantino fue el arrianismo. Nació éste en la segunda mitad del siglo III, en Antioquia (Siria), donde Luciano, uno de los hombres más cultos del tiempo, fundió una escuela de exégesis y teología. Esta escuela, como dice Harnack, fue "la cuna de la doctrina arriana."(3)
(1) V. Barthold, en los Zapiski o Informes de la Sociedad Oriental (Leningrado, 1925). lomo I, pág. 463 (en ruso).
(2) S. Spasski, Historia de los movimientos dogmáticos en el período de
los concilios ecuménicos, Serguiev Posad, 1906, p. 137 (en ruso).(3) A- Harnack, Lehrbuch der Dogmengeschichte, II. 4.a ed. (Tubinga, 1919), p. 187.
Arrio, sacerdote de Alejandría, emitió la idea de que el Hijo de Dios había sido creado. Tal proposición constituyó el fondo del arrianismo. La doctrina de Arrío se expandió aceleradamente. A ella se afiliaron Eusebio, obispo de Cesárea, y Eusebio, obispo de Nicomedia. A pesar de los esfuerzos de los partidarios de Arrio, éste se vio negada la comunión por Alejandro, obispo de Alejandría. Los intentos de las autoridades locales para apaciguar la turbada Iglesia, no produjeron el efecto deseado. Constantino acababa de triunfar de Licinio y era único emperador, Liego el 324 a Nicomedia, donde recibió múltiples quejas de los partidarios de Arrio y de los adversarios de éste. El emperador deseaba, ante todo, conservar en el Estado una Iglesia tranquila y no advertía bien la importancia de tal disputa dogmática. Se dirigió, pues, por escrito a Alejandro de Alejandría y a Arrio, procurando persuadirles de que se reconciliasen y de que se ajustaran al ejemplo de los filósofos, quienes, sin dejar de discutir entre sí, vivían en armonía. Fácil les era a los dos entenderse, pues que ambos reconocían la Providencia divina y a Jesucristo. "Devolvedme el alma de mis días, el reposo de mis noches les pedía Constantino ; dejadle gustar el placer de una existencia tranquila." (1)
(1) Eusebio, Vita Constantini, II, 72 (ed. Heikel), p. 71.
Para llevar aquella misiva, Constantino envió a Alejandría uno de sus hombres de confianza: Osio, obispo de Córdoba. Éste entregó la carta, examinó la cuestión sobre el terreno donde se debatía y, a su regreso, hizo conocer al emperador la mucha importancia del movimiento Arriano. Constantino decidió entonces convocar un concilio.
Ese primer concilio ecuménico, convocado por cartas imperiales, se reunió el 325 en Nícea (Bitínia). No se conoce con mucha exactitud el número de los que asistieron al concilio. No obstante, de ordinario, se evalúa en 318 el número de los Padres reunidos en Nicea.(1) La mayoría eran obispos de las regiones orientales del imperio. El obispo de Roma, demasiado anciano para trasladarse se hizo representar por dos sacerdotes. La querella arriana fue, con mucho, la más importante de las cuestiones que se examinaron. El emperador presidió el concilio e incluso dirigió los debates.
No se conservan las actas del concilio de Nicea, hasta no faltan quienes duden de que se redactaran protocolos de las sesiones. Lo que sabemos nos ha llegado merced a escritos de los miembros del concilio y de algunos historiadores.(2) Después de debates muy vivos, el concilio condenó la herejía de Arrio y, tras adoptar algunas enmiendas y adiciones, adoptó el Símbolo de la Fe (el Credo), donde, contrariamente a la doctrina de Arrio, Jesucristo era reconocido como "Hijo de Dios, no creado, consubstancial con el Padre."
El arcediano de Alejandría, Atanasio, había combatido a Arrio con un celo particular unido a un arte consumado.
El Símbolo de Nicea fue aceptado por varios obispos arrianos. Los más obstinados discípulos de Arrío, y Arrio mismo, fueron expulsados del concilio y puestos en prisión. El concilio resolvió las demás cuestiones pendientes y se disolvió después. En carta solemne que se remitió a todas las comunidades, hízose saber a éstas que la paz y el acuerdo habían sido devueltos a la Iglesia. Constantino escribió: "Todos los proyectos que el demonio había meditado contra nosotros han sido aniquilados a la hora de ahora... El cisma, las disensiones, las turbulencias, el veneno mortal de la discordia, todo eso, por la voluntad de Dios, ha sido vencido por la luz de la verdad." (3) Uno de los mejores especialistas del arrianismo comenta: "El arrianismo empezó con vigor que prometía una buena carrera; y en pocos años pudo aspirar a la supremacía en Oriente, Pero su fuerza se desvaneció ante el concilio, y fue herido por la reprobación universal del mundo cristiano... El arrianismo parecía completamente aplastado y sin esperanza de resurrección." (4)
La realidad no confirmó las hermosas esperanzas de Constantino. La condenación del arrianismo por el concilio de Nicea, no sólo no puso fin a la disputa arriana, sino que incluso fue causa de nuevos movimientos y nuevas dificultades. En el mismo Constantino se notó luego un cambio muy neto en favor de los arrianos, A los pocos años del concilio, Arrio y sus partidarios más celosos fueron llamados del destierro.(5) La muerte repentina de Arrio impidió su re-habilitación. En vez de él, fueron exilados los defensores más eminentes del Símbolo de Nicea. Si este Símbolo no quedó desautorizado y condenado, se le olvidó a sabiendas y en parte se le substituyó por otras fórmulas.
(1) Pero fue inferior, sin duda, V. las Págs. 321-322 de P. Batiffol, La País constantinienne et le cathalicisme, 3.a ed., París, 1914.
(2) S. A. Wikenhauser, Zur Frage der Existen von Nizanischcn Synodalprotocolcn, en Dólger, ob. cit., Págs. 122-142.
(3) Sócrates, Historia eclesiástica, I, 9. V. Nicene and Postniccne Fathers, t, II, Pág. 13.
(4) H. Gwatldn, Studies of Arianism, 2.a ed., Cambridge, 1900, p. 1-2.
(5) Véase los muy interesantes artículos de X. H. Baynes, Athanasiana (Journal of Egyptían Archaelogy, t. XI, 1925, Págs. 58-69) y Alejandría and Constantinople; a study in Eccletiastical Diplomacy (Ibid-, t. XXII, 1926, Pág. 149). Más tarde, a raíz de la publicación por Schwartz de una serie de documentos, el autor ha desautorizado su disertación de Athanasiana sobre la llamada de Arrio, en el Journal of Román Studies, t. XVIII, 2, 1928, p. 221, n. I.
Es muy difícil establecer con exactitud cómo se creó esa oposición tenaz contra el concilio de Nicea y cuál fue la causa de tal cambio en el ánimo de Constantino. Examinando las diversas explicaciones que se han propuesto, y donde se hacen intervenir influencias cortesanas, relaciones íntimas o familiares u otros fenómenos, acaso quepa detenerse en la hipótesis de que Constantino, cuando fue solucionado el problema arriano, ignoraba los sentimientos religiosos del Oriente, que en su mayoría simpatizaba con el arrianismo.
El emperador, que había recibido su fe en Occidente y se hallaba bajo el influjo del alto clero occidental como, por ejemplo, de Osío, obispo de Córdoba, hizo elaborar en ese sentido el Símbolo de Nicea. Más éste no convenía del todo al Oriente. Constantino comprendió que las declaraciones del concilio de Nicea estaban en oposición, en Oriente, con el estado de ánimo de la mayoría de la Iglesia y los deseos de las masas, y desde entonces comenzó a inclinarse hacía el arrianismo. En los últimos años de su gobierno, el arrianismo penetró en la corte. Y de día en día se afirmaba con más solidez en la mitad oriental del Imperio. Varios de los propugnadores del Símbolo de Nicea perdieron sus sedes episcopales y pasaron al destierro. La historia de la predominancia del arrianismo en esta época no ha sido plenamente aclarada por los sabios, a causa de la penuria de las fuentes. (1)
Como todos saben, Constantino, hasta el último año de su vida, fue, oficialmente, pagano. Sólo en su lecho de muerte recibió el bautismo de manos de Eusebío de Nicomedia, es decir, de un arriano. "Pero observa el profesor Spasski la última voluntad que expresó al morir fue llamar del destierro a Atanasio, el ilustre rival de Arrio." (2) Constantino había hecho cristianos a sus hijos.
(1) Véase, por ejemplo, el intento de explicación de Gwatkin, quien se esfuerza en atribuir la nueva actitud de Constantino al estado de ánimo de Asia. Gwatkin, ob. cit., páginas 57, 96.
(2) A. Spasski, págs. 2-38. Comp. g. Baynes, Athanasiana, Journal of Egyptian Archaeology, XI (1925).
La Fundación de Constantinopla.
El segundo hecho del reinado de Constantino cuya importancia después del reconocimiento del cristianismo se ha revelado como esencial, fue la fundación de una capital nueva. Ésta se elevó en la orilla europea del Bósforo, no lejos del mar de Mármara, sobre el emplazamiento de Bizancio (Byzantinum), antigua colonia de Megara. Ya los antiguos, mucho antes de Constantino, habían advertido el valor de la posición ocupada por Bizancio, notable por su importancia estratégica y económica en el límite de Europa y Asia. Aquel lugar prometía el dominio de dos mares, el Mediterráneo y el Negro, y aproximaba el imperio de los origenes de las más brillantes civilizaciones de la antigüedad.
A cuanto cabe juzgar por los documentos que nos han llegado fue en la primera mitad del siglo VII antes de J.C. cuando algunos emigrantes de Megara fundaron en la punta meridional del Bosforo, frente a la futura Constantinopla, la colonia de Calcedonia. Varios años mas tarde un nuevo contingente de megarios, fundo en la primera ribera europea de la punta meridional de Bosforo, la colonia de Bizancio, nombre que se hace derivar del jefe de la expedición megaría: Byzas. Las ventajas de Bizancio respecto a Calcedonia eran evidentes ya a los ojos de los antiguos. El historiador griego Herodoto (siglo V a. J.C.) cuenta que el general persa Megabaces, al llegar a Bizancio, calificó de ciegos a los habitantes de Calcedonia que, teniendo ante los ojos un emplazamiento mejor aquel donde algunos años más tarde fue fundada Bizancio, habían elegido una situación desventajosa. (1) Una tradición literaria más reciente, referida por Estrabón (VII, 6, 320) y por Tácito (An. XII, 63), atribuye esa declaración de Megabaces, en forma ligeramente modificada, a Apolo Pítico, quien, en respuesta a los megarios que preguntaban al oráculo dónde debían construir su ciudad, les dijo que frente al país de los ciegos.
Bizancio tuvo un papel importante en la época de las guerras médicas y de Filipo de Macedonía. El historiador griego Polibio (siglo II a. J.C.) analiza brillantemente la situación política y sobre todo económica de Bizancio, reconoce la mucha importancia del intercambio que se mantenía entre Grecia y las ciudades del mar Negro, y escribe que ningún navío mercante podría entrar ni salir de ese mar contra la voluntad de los moradores de Bizancio, quienes, dice, tienen entre sus manos todos los productos del Ponto, indispensables a la humanidad. (2)
(1) Herodoto, IV, 144.
(2) Polibio, IV, 38, 44.
Desde que el Estado romano cesó de ser de hecho una república, los emperadores habían manifestado muchas veces su intención de trasladar a Oriente la capital de Roma. Según el historiador romano Suetonio (I, 79), Julio Cesar había formado el proyecto de instalar la capitalidad en Alejandría o en Ilion (la antigua Troya). Los emperadores de los primeros siglos de la era cristiana abandonaron a menudo Roma durante períodos de larga duración, a causa de la frecuencia de las campañas militares y de los viajes de inspección por el Imperio. A fines del siglo II Bizancio sufrió grandes males. Septimio Severo, vencedor de su rival Pescenio Niger, a cuyo favor se había inclinado Bizancio, hizo padecer a la ciudad estragos terribles y la arruinó casi completamente. Pero Oriente seguía ejerciendo poderoso atractivo sobre los emperadores. Dioclecíano (284-305) se complugo muy particularmente en el Asia Menor, en la ciudad bitinia de Nicomedia, que embelleció con magníficas construcciones.
Constantino, resuelto a fundar una nueva capital, no eligió Bizancio desde el primer momento. Es probable que pensara por algún tiempo en Naisos (Nisch), donde había nacido, en Sárdica (Sofía) y en Tesalónica (Salónica). Pero atrajo su atención sobre todo el emplazamiento de la antigua Troya, de donde, según la leyenda, había partido Eneas, el fundador del Estado romano, para dirigirse al Lacio, en Italia. El emperador fue en persona a aquellos célebres lugares. E1 mismo trazó los límites de la ciudad futura. Las puertas estaban ya construidas, según testimonio de un historiador cristiano del siglo V (Sozomeno) cuando, una noche, Dios se apareció en sueños a Constantino y le persuadió de que buscase otro emplazamiento para la capital. Entonces Constantino fijó definitivamente su elección en Bizancio. Cien años más tarde, el viajero que recorría en barco la costa troyana, podía ver aún, desde el mar, las construcciones inacabadas de Constantino. (1)
Bizancio no se había repuesto por completo de la devastación sufrida bajo Septimio Severo. Tenía el aspecto de un poblado sin importancia y sólo ocupaba una parte del promontorio que se adelanta en el mar de Mármara. El 324, o acaso después (325), Constantino decidió la fundación de la nueva capital e inició los trabajos. (2) La leyenda cristiana refiere que el emperador en persona fijó los límites de la ciudad y que su séquito, viendo las enormes dimensiones de la capital proyectada, le preguntó, con asombro: "ΏCuándo vas a detenerte, señor?" A lo que él repuso: "Cuando se detenga el que marcha delante de mí."(3) Daba a entender con esto que guiaba sus pasos una fuerza divina. Se reunieron mano de obra y materiales de construcción procedentes de todas partes. Los más bellos monumentos de la Roma pagana, de Atenas, de Alejandría, de Antioquía, de Efeso, sirvieron para embellecimiento de la nueva capital. Cuarenta mil soldados godos ("foederati") participaron en los trabajos. Se concedieron a la nueva capital una serie de diversas inmunidades comerciales, fiscales, etc., a fin de atraer allí una población numerosa. En la primavera del año 330, los trabajos estaban tan avanzados, que Constantino pudo inaugurar oficialmente la nueva capital. Esta inauguración se celebró el 11 de mayo del 330, yendo acompañada de fiestas y regocijos públicos que duraron cuarenta días. Entonces se vio "la cristiana Constantinopla superponerse a la pagana Bizancio." (4)
Es difícil determinar con precisión el espacio ocupado por la ciudad de la época de Constantino. Una cosa parece cierta, y es que rebasaba en extensión el territorio de la antigua Bizancio. No hay datos que nos permitan calcular la población de Constantinopla en el siglo IV. Quizá rebasase ya las 200.000 almas, pero ésta es una pura hipótesis.(5) Para defender la ciudad por el lado de tierra contra los enemigos exteriores, Constantino hizo construir una muralla que iba del Cuerno de Oro al mar de Mármara.
Más tarde, la antigua Bizancio, convertida en capital de un Imperio universal, empezó a ser llamada "la ciudad de Constantino," o Constantinopla, y hasta, a continuación, meramente "Polis" o "La Ciudad."(6) Recibió la organización municipal de Roma y fue distribuida, como ella, en catorce "regiones," dos de las cuales se hallaban extramuros.
(1) Sozomeno, Historia eclesiástica, II, 3.
(2) V. J. Maurice, Les origines de Constantinople, Centenario de la Edad. Nacional de los Anticuarios de Francia (París, 1904), págs. 289-292. J. Maurice, Numismatique constantinienne, t. II, págs. 481-490. L. Bréhier, Constantin et la fondation de Constantinople, "Revista histórica," t. CXIX (1915, p. 248). D. Lathoud, La consagración y dedicación de Constantinopla, Echos d'orient, t. XXIII (1924), pág. 289-94.
(3) Filostorgio, Hist. ecl. II, 9, ed. Bidcz (1913), pág. 20-21 y otras fuentes.
(4) N. Baynes, The Byzantine Empire (Nueva York-I.ondres, 1926), pág. 18.
(5) V. E. Stein, ob. cit., t. I, pág. 196. F. Lot, La fin du monde antique, pág. 81, núm. 5. A. Andreades se inclina a adoptar la cifra de 700.000 a 800.000 habitantes. (A. Andreades, De la población de Constantinopla bajo los emperadores bizantinos, en el periódico italiano Metron, Rovigo, 1920, t. I, pág.
(6) El geógrafo árabe Al-Masudi escribe en el siglo X que los griegos de su época, al hablar de su capital, la llamaban Bulin (es decir, la palabra griega Polín) y también IstanBulin (Stenpolin) y no empicaban el nombre "Constantinopla."
No nos ha llegado ninguno de los monumentos contemporáneos de Constantino. Sin embargo, la iglesia de Santa Irene, reconstruida dos veces, una (la más importante) bajo Justiniano, y la otra, bajo León III, se remonta a la época de Constantino. Existe aun en nuestros días, y en ella está el Museo Militar turco. En segundo lugar, la célebre columna (siglo V a. J.C.) elevada en conmemoración, de la batalla de Platea y transportada por Constantino a la nueva capital, donde la instaló en el hipódromo, se encuentra allí todavía, aunque algo deteriorada, en verdad. El genio intuitivo de Constantino pudo apreciar todas las ventajas que implicaba la situación de la antigua Bizancio desde los puntos de vista político, económico y espiritual. Desde el punto de vista político, Constantinopla, aquella "Nueva Roma"), como se la llama a menudo, poseía ventajas excepcionales para la lucha contra los enemigos exteriores: por mar era inatacable y por tierra la protegían sus murallas. Económicamente, Constantinopla tenía en sus manos todo el comercio del mar Negro con el Archipiélago y el Mediterráneo, estando, así, destinada a cumplir el papel de intermediaria entre Asia y Europa. Desde el punto de vista espiritual, se encontraba próxima a los focos de la civilización helenística, la cual, a su fusión con el cristianismo, cambió de aspecto, resultando de tal fusión una civilización cristiano-greco-oriental, que recibió el nombre de bizantina.
"La elección del emplazamiento de la nueva capital escribe F. I. Uspenski, la edificación de Constantinopla y la creación de una capital mundial, son hechos que prueban el valor incontestable del genio político y administrativo de Constantino. No es en el edicto de tolerancia donde se encuentra la medida de su mérito, de alcance universal, ya que, de no ser él, habría sido uno de sus sucesores inmediatos quien hubiera dado primacía al cristianismo, el cual, en este caso, no habría perdido nada. En cambio, por un traslado oportuno de la capital del mundo a Constantinopla, salvó la civilización antigua y creó a la vez una atmósfera propicia a la expansión del cristianismo."
A partir de Constantino, Constantinopla se convirtió en el centro político, religioso, económico y moral del Imperio.
Las Reformas Orgánicas del Imperio en la Época de Diocleciano y de Constantino.
Cuando se examinan las reformas de Diocleciano y de Constantino, se comprueba que las más importantes son: establecimiento de una centralización estricta, creación de una administración numerosa, separación de los poderes civil y militar. Pero no han de buscarse instituciones nuevas ni cambios repentinos. El gobierno romano había entrado en vías de centralización desde Augusto.
Paralelamente a la absorción por Roma de las regiones orientales helenísticas, de civilizaciones superiores y de formas de gobierno más antiguas, la capital sobre todo en las provincias del Egipto ptolemaico imprimió de modo progresivo sus costumbres vivas y sus ideales helenísticos a los países recién conquistados. El rasgo distintivo de los Estados que se fundaron sobre las ruinas del imperio de Alejandro Magno el Pergamo de los atálidas, la Siria de los seléucidas, el Egipto de los Ptolomeos consistía en el poder ilimitado, divino, de los monarcas, sentimiento particularmente fuerte y arraigado en Egipto. Para los habitantes de Egipto... Augusto, conquistador del país, y sus sucesores; fueron soberanos absolutos y de esencia divina, como antes lo habían sido los Ptolomeos. Esto era la exacta oposición al concepto romano de los poderes del "princeps," especie de compromiso entre las instituciones republicanas de Roma y las formas gubernamentales desarrolladas desde hacía poco. Bajo la acción de las influencias políticas del Oriente helenístico, el concepto inicial de los poderes imperiales se modificó, y los "príncipes" romanos mostraron muy pronto que preferían a Oriente y su concepción del poder imperial. Desde el siglo I, Calígula, según Suetonio, probó estar presto a aceptar la corona imperial, o diadema (2), y en 1a primera mitad del siglo III, Heliogábalo, según las fuentes, llevaba diadema en su palacio.(1) Se sabe que Aureliano, en la segunda mitad del siglo III, fue el primero en ostentar la diadema en público, a la vez que monedas e inscripciones le daban los nombres de "Dios" y "Señor" ("Deus Aurelianus Imperator Deus et Dominus Aurelianus Augustus"). (2) Aureliano fue quien estableció el gobierno autocrátíco en el Imperio romano.
(1) Uspenski, Historia del Imperio bizantino, t. I, págs. 60-62 (en ruso). Desde hace algún tiempo existe la tendencia a disminuir la importancia de la fundación de Constantinopla. V. O. Seeck, Geschichte des Untergangs der Antiken Welt, t. III (Berlín, 1909), pags 421-423; 2.aed., págs. 426-428. Le siguen E. Stein, ob. cit., t. I., pág. 193, núm. 6; gmas 2-3; ed. en el Gnomon, t. IV (julio-agosto 1928), págs. 411-412. V. también, id-, Kapitel vom persischen una von byzantinischen Staate (Byzantimsch-NeitgriechiSche JarbücHer, t. I (1920), p. 86. F. Lot declara que la fundación de Constantinopla es desde todos los puntos de vista, un gran suceso histórico, pero añade que "la fundación de Constinopla es un enigma" (págs. 39-40) y que nació del capricho de un déspota presa de una extensa exaltación religiosa.
(2) Suctonio, Caligula, 22: Nec multum afuít quin statim diadema sumeret.
(1) Lampridio, Ant, Heliogabalus, 23, 5: Quo (diademate garmnato) et usus est domi.
(2) L. Homo, Essai sur le regne de l'empereur Aurélien (París, 1904), págs. 191-193.
Puede decirse que la evolución del poder imperial, primero sobre el modelo del Egipto ptolemaico, después bajo la influencia de la Persia sasánida, estaba casi del todo acabada alrededor del siglo IV. Diocleciano y Constantino quisieron poner el punto final a la organización de la monarquía y, con esta intención, substituyeron pura y sencillamente las instituciones romanas por las costumbres y prácticas que reinaban en el Oriente helenístico y que se conocían ya en Roma, sobre todo desde la época de Aureliano.
Los períodos de desorden y anarquía militar del siglo III habían infiltrado la turbación en la organización interna del Imperio y la habían dislocado y disgregado. Aureliano restableció de momento la unidad. Por esa obra, los documentos e inscripciones de la época le dan el nombre de "Restaurador del Imperio" ("Restitutor Orbis"). Pero a su muerte siguióse un nuevo período de turbulencias. En tales condiciones, Diocleciano acometió la tarea de reconstruir todo el mecanismo del Estado y ponerlo en el buen camino. En el fondo, no hizo sino una gran reforma administrativa. De todos modos, él y Constantino introdujeron en la organización interior del Estado cambios de tanta importancia, que puede considerárseles como fundadores de un nuevo tipo de monarquía, nacido, como hemos observado antes, bajo una fuerte influencia del Oriente.
Diocleciano, que residía a menudo en Nicomedia y se sentía atraído por Oriente de un modo general, adoptó numerosas características de las monarquías orientales. Fue un verdadero autócrata, un emperador-dios, que llevó la diadema imperial. En su palacio penetraron el lujo y el complicado ceremonial de Oriente. En las audiencias, los súbditos habían de prosternarse ante el emperador antes de osar alzar los ojos a él. Cuanto afectaba al emperador recibía el nombre de sagrado: eran sagrada su persona, sagradas sus palabras, sagrado el palacio, sagrado el tesoro, etc. El emperador hallábase rodeado de una numerosa corte que, instalada desde Constantino en la nueva capital, requirió gastos enormes y se convirtió en centro de maquinaciones e intrigas que más tarde hicieron muy complicada la vida del Imperio bizantino. Así, la autocracia, en forma muy próxima al despotismo oriental, fue introducida en el Imperio por Diocleciano y se convirtió en uno de los rasgos típicos de la organización del Imperio bizantino. Para mejorar el gobierno de la inmensa y heterogénea monarquía, Diocleciano implantó el sistema de la tetrarquía, o "poder de cuatro personas." El gobierno del Imperio fue distribuido entre los augustos con iguales poderes, uno de los cuales debía habitar en la parte occidental y otro en la oriental del Imperio. Los dos augustos debían gobernar nominalmente un solo Imperio romano. El Imperio seguía siendo uno, y la designación de dos augustos mostraba que el gobierno reconocía ya la diferencia existente entre el Oriente griego y el Occidente latino, la administración simultánea de los cuales era tarea que rebasaba las facultades de una sola persona. Cada augusto debía asociarse un Cesar que a la muerte o abdicación del augusto pasaba a ser augusto el mismo y elegía un nuevo cesar. Así se creó una especie de sistema dinástico artificial que debía librar al Imperio de turbulencias y de empresas de los ambiciosos y a la vez quitar a las legiones el poder decisivo que se habían arrogado en la elección de nuevos emperadores. Los primeros Augustos fueron Diocleciano y Maximiano, y los cesares Galerio y Constancio Cloro, padre de Constantino. Diocleciano se reservó Egipto y las provincias asiáticas, con centro en Nicomedia. Maximiano tomó Italia, España y África, con centro en Mediolanum (Milán). Galerio recibió la Península balcánica y las provincias danubianas vecinas, con centro en Sirmium, sobre el Save (cerca de la actual Mitrovitz). A Constancio Cloro se le adjudicaron la Galia y la Bretaña, con centros en Augusta Trevirorum (Tréveris) y Eboracum (York). Estos cuatro personajes eran considerados gobernadores de un Imperio único e indiviso y las leyes se promulgaban en su cuádruple nombre. No obstante la igualdad teórica de los dos augustos, Diocleciano disfrutaba, como emperador, de una indiscutible supremacía. Los cesares estaban bajo la dependencia de los augustos. Al cabo de cierto tiempo, los augustos debían abdicar, dejando poder a los cesares. En el año 305, en efecto, Diocleciano y Maximiano abdicaron, pasando a la vida privada. Galerio y Constancio Cloro se convirtieron entonces en augustos. Sin embargo, las turbulencias que estallaron pusieron rápido fin al sistema artificial de la tetrarquía, que dejó de existir a principios del siglo IV.
Diocleciano practicó grandes cambios en el gobierno de las provincias. Con él desapareció la antigua distinción entre provincias senatoriales e imperiales. Todas dependían ya del emperador. Las antiguas provincias del Imperio, relativamente poco numerosas, se señalaban por su vasta extensión y daban gran poderío a quienes las administraban. De esto surgían con frecuencia peligros muy graves para el poder central. Se producían revueltas a menudo, y los gobernadores de provincias, a la cabeza de las legiones provinciales que se unían a ellos, erigíanse muchas veces en pretendientes al trono. Diocleciano, queriendo suprimir el peligro político que representaban las provincias de excesiva extensión, decidió disminuirlas en tamaño. De cincuenta y siete provincias que había al llegar él al trono, hizo noventa y seis, o acaso más.
No sabemos el número exacto de las nuevas provincias de menor extensión creadas por Diocleciano, a causa de los insuficientes informes ofrecidos por las fuentes. La fuente principal que poseemos sobre la organización de las provincias del Imperio en esa época, es la llamada "Notitia dignitatum," o lista oficial de las funciones de la corte y de los empleos civiles y militares, con la enumeración de las provincias. Pero, según la opinión de los sabios, ese documento que carece de fecha se remonta a primeros del siglo V y a una época en que existían ya todos los cambios operados en el gobierno por el sucesor de Diocleciano. La "Notitia dignitatum" da una cifra de 120 provincias. Otras listas, de época igualmente incierta, pero anteriores, incluyen un número menor de provincias. Como quiera que sea, debe tenerse en cuenta que varios detalles de la reforma de Diocleciano no se hallan lo bastante aclarados, a causa del mal estado de las fuentes.
El Imperio consistía bajo Diocleciano en cuatro prefecturas, al frente del cada una de las cuales había un prefecto del pretorio ("praefecti pretorio"). Las prefecturas se dividían en diócesis. La lista de Verona, que es la más antigua, indica doce diócesis. Cada una de éstas se dividía en varias provincias.
Para garantizar mejor su poder contra eventuales complicaciones, Diocleciano separó estrictamente el poder militar del poder civil. Desde él, los gobernadores de provincias no tuvieron sino funciones judiciales y administrativas. Las consecuencias de la reforma provincial de Diocleciano se manifestaron sobre todo en Italia, que, de región dominante que era, pasó a ser una mera provincia.
Tal reforma exigía una administración. Se creó un sistema burocrático muy complicado, que requería empleos múltiples, títulos extremadamente diversos una estricta jerarquización.
Constantino desarrolló y completó la obra reformadora empezada por Diocleciano.
Así, los rasgos más característicos de las épocas de Diocleciano y Constantino fueron el establecimiento del poder absoluto del emperador y la rígida separación de los poderes militar y civil, lo que produjo la creación de una administración numerosa. En la época bizantina se conservó el primer rasgo, esto es, el carácter absoluto del monarca, mientras el segundo sufrió una modificación profunda, en el sentido de una concentración progresiva de los poderes militar y civil en las mismas manos. Pero la administración numerosa pasó a Bizancio y, si bien con modificaciones bastante importantes, tanto en los empleos como en sus calificativos, subsistió hasta los últimos tiempos del Imperio. La mayoría de las funciones y títulos se convirtieron, de latinos, en griegos. Varios se tornaron puramente honorarios y con posterioridad se crearon otros muchos nuevos.
Un factor en extremo importante de la historia del Imperio en el siglo IV es la infiltración progresiva de los bárbaros, y concretamente de los germanos (godos). Pero trataremos esta cuestión más tarde, cuando abarquemos en su integridad el siglo IV.
Constantino murió el 337. Su actividad fue póstumamente consagrada por raras marcas de aprecio. El Senado romano, según el historiador Europio (siglo IV) le alineó entre los dioses (1); la historia le dio el nombre de Grande; la Iglesia ha hecho de él un santo e igual a los apóstoles.
El lábaro, "colocado en el palacio de Constantinopla, quedó allí como el testimonio de la religión del fundador del Estado cristiano, así como el programa de Milán fue el testamento de su prudencia política." (2)
(1) Eutropeo, Breviarium, X, 8.
(2) Maurice, Numismatique conslatitinienne, t. II, pág. XCIII.
Un sabio inglés del siglo XIX hace la siguiente observación: "Si hubiésemos de comparar a Constantino con algún gran hombre de los tiempos modernos, sería más con Pedro el Grande que con Napoleón." (1)
Eusebio de Cesárea, en su Panegírico de Constantino, escribe que después que el cristianismo triunfante, hubo puesto fin a las creaciones de Satán, es decir, a los falsos dioses, los Estados paganos se encontraron aniquilados. "Se proclamó un día único para todo el género humano. A la vez se elevó y prosperó una potencia universal, el Imperio romano. Exactamente en la misma época, sobre un signo formal del mismo Dios, dos fuentes de beneficios, I el Imperio romano y la doctrina de la piedad cristiana, brotaron juntos, para el bien de la humanidad... Dos poderes potentes, partidos del mismo punto, el Imperio romano bajo el cetro de un soberano único, y la religión cristiana, subyugaron ν reconciliaron todos aquellos elementos contrarios. (2)
Los Emperadores desde Constantino el Grande hasta Principios del Siglo VI.
A la muerte de Constantino, sus tres hijos, Constantino, Constancio y Constante, tomaron todos el título de augusto y se repartieron el gobierno del Imperio. Pero pronto surgió un conflicto entre los tres emperadores; dos de ellos perecieron en la lucha: Constantino en 340 y Constante en 350. Constancio quedó así único dueño del Imperio y reinó hasta 361. Como no tenía hijos, a la muerte de sus hermanos se inquietó vivamente por su sucesión. De la matanza de los miembros de su propia familia, ejecutada según sus órdenes, sólo dos primos suyos se habían salvado: Galo y Juliano, a quienes se mantenía alejados de la capital. Deseando asegurar el trono a su dinastía, Constancio I designó cesar a Galo. Pero éste atrajo sobre sí las sospechas del emperador y fue asesinado el 354.
Tal era la situación cuando el hermano de Galo, Juliano, fue llamado a la I corte de Constancio, donde se le designó cesar (355), casando con Elena, hermana de Constancio. El muy breve reinado de Juliano (361-363), tras el cual terminó la dinastía de Constantino el Grande, fue seguido del reinado, igualmente corto, de Joviano (363-364), comandante de la guardia imperial antes de su exaltación y elegido augusto por el ejército. A la muerte de Joviano una nueva elección recayó en Valentíniano (364-375), quien inmediatamente después de su designación fue obligado por sus soldados a nombrar augusto y coemperador a su hermano Valente. Valentíniano gobernó el Occidente, y confió el Oriente a Valente. Valentíniano tuvo por sucesor en Occidente a su hijo Graciano (375-385), pero el ejército proclamó augusto a la vez a Valentíniano II (375-392). hermano menor de Graciano, y que no tenía más que cuatro años.
(1) A Dictionary of Christian Biography, Constantine I, t. I (1877), p. 644. V. Duruy, t. VII, pág. 88.
(2) Eusebio, De laudibus Constantini, XVI, 3-5 (Eusebius Werke, I. Heikel, Leipzig, 1902, t. I, p. 249)- Traducción inglesa en los Nicene and Postnicene Fathers, 2.a serie, t. I., página 606.
Después de la muerte de Valente (378), Graciano elevó a Teodosio al título de augusto y le confió el gobierno de la "pars orientalis," así como de gran extensión de la Iliria. Teodosio, originario del "Extremo Occidente" (pues era español), fue el primer emperador de la dinastía que había de ocupar el trono hasta el 450 de J.C. es decir, hasta la muerte de Teodosio el Joven.
A la muerte de Teodosio, sus dos hijos Arcadio y Honorio se repartieron el gobierno del Imperio. Arcadio reinó en Oriente y Honorio en Occidente. En los reinados en común de Valente y Valentíniano I, o de Teodosio, Graciano y Valentíniano II, la división de poder no había destruido la unidad del Imperio, y bajo Arcadio y Honorio se mantuvo también esa unidad. Hubo dos emperadores y un solo Estado. Los contemporáneos vieron la situación exactamente a esa luz. Un historiador del siglo V, Orosio, autor de la Historia contra los paganos, escribía: "Arcadio y Honorio comenzaron a tener el Imperio en común, no repartiéndose más que sus sedes." (1)
(1) Paulo Orosio, Historia adversus paganos, VII, 36, I.
Del 395 al 518, los emperadores que reinaron en la "pars orientalis" del Imperio fueron los siguientes: primero el trono estuvo ocupado por la línea de Teodoro el Grande, es decir, por su hijo Arcadio (395-408), que casó con Eudoxia, hija de un jefe germano (franco), y después por el hijo de Arcadio. Teodosio el Joven (408-450), que tomó por mujer a Atenais, hija de un filósofo ateniense, bautizada con el nombre de Eudocia. A la muerte de Teodosio II, su hermana Pulquería se desposó con el tracio Marciano, que se convirtió en emperador (450-457). Así terminó el 450 la línea masculina de la dinastía española de Teodosio. Después de la muerte de Marciano, León I (457-474), tribuno militar originario de Tracia, o de "Dacia en Iliria," es decir, de la prefectura de Iliria, fue elegido emperador. Ariadna hija de León I, que había casado con el isáurico Zenón, tuvo un hijo, llamado Leòn también, el cual, a la muerte de su abuelo paso a ser emperador (474) a la edad de seis anos. Murió pocos meses después, no sin antes haberse asociado al Imperio a su padre Zenon, que era originario del pueblo bárbaro de los isaurios, habitantes de las montañas del Τauro, en el Asia Menor. A este Leòn se le conoce en la historia con el nombre de Leon II Su padre, Zenón, reinó de 474 a 491. Cuando murió, su esposa Ariadna contrajo matrimonio con un silenciario, (1) el viejo Anastasio, originario de Dyrrachium (Durazzo) en Iliria (la Albania de hoy). Anastasio fue proclamado emperador el 491, a la muerte de Zenón, reinando con el nombre de Anastasio I desde 491 a 518.
Esta lista de emperadores nos muestra que, desde la muerte de Constantino el Grande hasta el año 518 de J.C., el trono de Constantinopla fue ocupado: primero por la dinastía de Constantino, o más bien de su padre Constancio I Cloro, que pertenecía, probablemente, a alguna tribu bárbara romanizada del la Península balcánica; luego por cierto número de romanos (Joviano y la familia de Valentiniano I); después por los tres representantes de la dinastía española de Teodosio el Grande, y al fin por emperadores elevados por casualidad y pertenecientes a tribus variadas: tracios, un isaurio, un ilírico (acaso albanés). En todo este período, el trono no fue ocupado nunca por un griego.
(1) Los silenciarios eran ujieres destinados a cierto servicio especial en algunas puertas del palacio imperial.
L
os hijos de Constantino el Grande, Constantino II, Constancio y Constante, empezaron, después de la muerte de su padre, por gobernar juntos el Imperio, con título de augustos. Pero la enemistad existente entre los tres sucesores de Constantino se complicó más por el hecho de que el Imperio tenía que sostener una guerra ruinosa contra persas, y germanos. Las decisiones entre los tres augustos no estallaron solo a propósito de cuestiones políticas, sino también religiosas. Mientras Constantino y Constante eran partidarios de los niceanos, Constancio, continuando y desarrollando el estado de ánimo religioso de los últimos días de su padre, se declaró abiertamente en favor de los arríanos. En el curso de las guerras civiles que siguieron, tanto Constantino II como. algunos años más tarde, Constante, perecieron de muerte violenta. Constancio quedó al fin como único emperador.Partidario convencido del arrianismo, Constancio favoreció a los arríanos de manera persistente, en detrimento del paganismo, que bajo su gobierno sufrió numerosas restricciones. Uno de los edictos de Constancio, declara: "Que cese la superstición y que la locura del sacrificio sea abolida." Pero los templos paganos subsistían, en su integridad, fuera del recinto ciudadano. Algunos años después se publicó un edicto ordenando la clausura de los templos paganos. Quedaba prohibido acudir a ellos y sacrificar no importaba en qué lugar o ciudad del Imperio, so pena de muerte y confiscación de bien otro edicto, leemos que la pena de muerte estaba suspendida sobre la cabeza de cualquiera que sacrificase a 1os ídolos o los venerara. Cuando Constando, para festejar el vigésimo aniversario de su gobierno, se encamino por primera vez a Roma. ordenó, después de haber visitado numerosos monumentos de la antigüedad en compañía de senadores que continuaban siendo paganos, que se quitase del Senado el altar de la Victoria, el cual personificaba para el paganismo toda la pasada grandeza romana. Este hecho produjo profunda impresión en todos los paganos, quienes comprendieron que llegaban los últimos días de su religión. Bajo Constancio, aumentaron aun más las inmunidades del clero. Los obispos fueron declarados independientes en absoluto de los tribunales civiles.
Sin embargo, a la vez que se tomaban tan rigurosas medidas contra el paganismo, éste seguía en pie, no por sus propias fuerzas, sino merced a cierta protección que encontraba en el gobierno. Así, Constancio dejó subsistir en Roma las vestales y los sacerdotes oficiales. En uno de sus edictos, ordenó la elección de un "sacerdos" para África. Hasta el fin de su reinado ostentó el título de "Pontifex Maximus."
Pero en conjunto, el paganismo sufrió, bajo Constancio, toda una serie de medidas restrictivas, mientras el cristianismo si bien bajo forma arriana se desarrollaba y afirmaba.
La política extremamente arriana de Constancio dio nacimiento a cierto número de conflictos con los necéanos. La larga lucha de Constancio y de Atanasio de Alejandría, el célebre defensor del seísmo, se caracterizó por un ensañamiento particular. Cuando Constancio murió, el 361, ni niceanos ni paganos lloraron sinceramente al emperador difunto. Los paganos se regocijaron del advenimiento de Juliano, partidario declarado del paganismo. Los sentimientos que despertó en el partido ortodoxo la muerte de Constancio, pueden juzgarse por las palabras siguientes de Jerónimo: "El Señor despierta y domina la tempestad. Muerta la bestia, la tranquilidad renace."
Los solemnes funerales de Constancio que sucumbió en Cilicio, en el curso de su campaña contra los persas se celebraron en presencia del nuevo emperador Juliano, en la iglesia de los Santos Apóstoles, construida por Constantino el Grande. El Senado puso al emperador difunto en el número de los dioses.
Juliano el Apóstata (361-363).
Al nombre de Juliano está indisolublemente ligada la última tentativa de reconstitución del paganismo en el Imperio.
La personalidad de Juliano es interesantísima. Ha atraído desde hace mucho la atención de sabios y literatos y sigue subyugándolos en nuestra época. Se ha escrito enormemente sobre Juliano. Incluso han llegado hasta nosotros las obras del propio Juliano, ofreciéndonos una documentación única para juzgarle. El fin principal de quienes han escrito sobre él ha sido comprender y explicar a aquel entusiasta "heleno" que, con entera fe en el éxito y justeza de su obra, meditó, en la segunda mitad del siglo IV, hacer renacer el paganismo y colocarlo en la base de la vida religiosa del Imperio.
Juliano había recibido muy buena instrucción. Perdió muy pronto a sus padres y no conoció a su madre, que murió a pocos meses de nacer él. El eunuco Mardonio, de origen escita, hombre muy versado en literatura y filosofía griegas y que había enseñado a la madre de Juliano los poemas de Homero y de Hesiodo, convirtiéndose en preceptor del muchacho. Mientras Mardonio instruía a Juliano en literatura antigua, Ensebio, obispo de Nicomedia y después de Constantinopla, arriano convencido, así como los eclesiásticos que le rodeaban, iniciaban al joven en el estudio de la Santa Escritura. De este modo, Juliano, según las palabras de un historiador, recibió a la par dos educaciones diferentes, que se instalaron, cercanas, pero sin tocarse, en su espíritu. Juliano fue bautizado. Más tarde, recordaba aquel tiempo como una pesadilla que le era menester olvidar. La juventud de Juliano transcurrió en una larga inquietud. Constancio veía en él un rival posible y le sospechaba pensamientos ambiciosos. Ora le mantenía en provincias en una especie de destierro, ora le hacía ir a la capital, para tenerle bajo su mirada. Juliano no ignoraba que varios de sus parientes habían perecido de muerte violenta por orden de Constancio, y debía temer a diario por su vida. Tras una forzada estancia de varios años en Capadocia, donde continuó, bajo la dirección de Mardonio, que le acompañaba, el estudio de los autores antiguos y donde probablemente adquirió un conocimiento profundo de la Biblia y del Evangelio, Juliano fue enviado por Constancio, para que terminase sus estudios, primero a Constantinopla y luego a Nícomedia, lugar en que por primera vez se patentizó en él su inclinación al paganismo.
En aquella época enseñaba en Nicomedia el mejor retórico del tiempo, Libanio, auténtico representante del helenismo. Libanio no conocía ni quería conocer la lengua latina, a la que trataba con desdén. Despreciaba el cristianismo y sólo en el helenismo veía la razón de todas las cosas. Su entusiasmo por el paganismo era ilimitado. Sus conferencias alcanzaban gran éxito en Nicomedia. Constancio, que le había enviado a Juliano, quizá se diera cuenta de la imborrable impresión que debían producir en un joven los discursos apasionados de Libanio, porque prohibió a Juliano seguir los cursos del célebre retórico. Juliano no transgredió formalmente la prohibición del emperador, pero estudió las obras de Libanio, se instruyó de sus cursos por intermedio de otros oyentes y de tal modo se apropió el estilo y manera de escribir de Libanio, que más tarde pudo pasar por discípulo de él. También en Nicomedia principió Juliano a apasionarse por la doctrina oculta de los neoplatónicos. que en aquella época se presentaba como una doctrina del conocimiento de la vida futura y de la evocación de los muertos, con ayuda de determinadas fórmulas de magia, no limitándose sólo a la evocación de simples muertos, sino de divinidades incluso (teurgia: θεουργια). El sabio y filσsofo Máximo de Efeso ejerció en ese sentido gran influencia sobre Juliano.
Pasada la época peligrosa en que su hermano recibió la muerte por orden de Constancio, Juliano fue llamado a la corte de Milán para justificarse, y en seguida desterrado a Atenas. Esta ciudad, célebre por su grandioso pasado, ofrecía en la época de Constancio un aspecto provinciano y bastante triste. Sin embargo, una famosa escuela pagana recordaba aún allí los siglos pasados. Juliano encontró vivo interés en su estancia en Atenas. En una de sus cartas posteriores, declaraba "acordarse con alegría de los discursos áticos... de los jardines, de los arrabales de Atenas, de las avenidas de mirtos y de la humilde casa de Sócrates."(1) Según la mayoría de los historiadores, durante esa estancia en Atenas, Juliano fue iniciado por el hierofante en los misterios de Eleusis. Ello fue, con expresión de Boíssier, una especie de bautismo del nuevo convertido.(2) Ha de hacerse notar que, en nuestros días, algunos historiadores ponen en duda la conversión eleusiana de Juliano. (3)
El año 355, Constancio declaró cesar a Juliano, le casó con su hermana Elena y le envió a mandar las legiones de Galia, donde se mantenía una cruenta lucha, erizada de dificultades, contra los invasores germanos que devastaban el país, destruían las ciudades y asesinaban a los pobladores. Juliano salió con honor de la ingrata tarea, e infligió a los germanos junto a Argéntotarum, hoy Estrasburgo, una sangrienta derrota. La residencia principal de Juliano en Galia fue Lutecia ("Lutetía Parísiorum," más tarde París). Era ésta entonces una pequeña ciudad situada en una isla del Sena que ha conservado hasta nuestros días el nombre de "Cité" ("Cívitas") y que estaba unida a las dos orillas del río por dos puentes de madera. En la margen izquierda del Sena, donde había ya gran número de casas y jardines, se hallaba un palacio, construido probablemente por Constancio Cloro y del cual se ven aún vestigios cerca del museo de Cluny. Juliano eligió para su residencia ese palacio. Amaba a Lutecia, y en una de sus cartas posteriores a aquella época asegura recordar el invierno pasado en su "querida Lutecia." (4)
Los germanos fueron rechazados allende el Rin. "Pasé tres veces el Rin cuando era cesar escribe Juliano y exigí de los bárbaros transrenanos veinte mil rehenes... Con ayuda de los dioses, me apoderé de todas sus ciudades, unas cuarenta..."(5) En su ejército, Juliano gozaba de gran popularidad.
(1) Juliano Imp., Quae supersunt omnia, ed. Hertlein (1876), t. I, p. 328-335. V. The Works tof the Emperor Julián, traduc. inglesa de W. C. Wright (1913), t. II, p. 217.
(2) Boissier, Le fin du paganisme, t. I, p. 98. V. J. Geffcken, Kaiser Julianus (Leipzig, 1914), p. si-22 (el autor no duda de la iniciación). Comp. G. Negri, Juliano el Apostata, traducido por la duquesa Litta-Visconti-Arese (Nueva York, 1905), t. I, p. 47.
(3) Por ej., AHard, t. I, p. 330. Sobre la juventud de Juliano. Ver N. H Baynes, The Early Life of Julián the Apostate (Journal of Helleníc Studies, t. XLV (1925), p. 251-254).
(4) Juliano, Opera, t. II, p. 438. Wright, t. II, p. 429.
(5) Juliano, Opera, t. I, p. 361. Wright, t. II, p. 273.
Constancio veía con envidia y desconfianza los éxitos de Juliano. Al entrar en campaña contra los persas exigió a Juliano que le enviase de Galia legiones auxiliares. Las legiones galas se sublevaron y, alzando a Juliano sobre un pavés, le proclamaron augusto. Juliano pidió a Constancio que reconociese el hecho consumado. Constancio rehusó. Era inminente una guerra civil, pero en aquel momento murió Constancio. En el año 361, Juliano fue proclamado emperador en toda la extensión del Imperio. Los partidarios de Constancio sufrieron a manos del nuevo emperador crueles persecuciones y graves castigos.
Juliano, partidario decidido del paganismo, se había visto obligado a ocultar sus opiniones religiosas hasta la muerte de Constancio. Al pasar a dueño absoluto, resolvió realizar ante todo su mayor deseo: la reconstitución del paganismo. En las primeras semanas de su exaltación, publicó un edicto al respecto. El historiador Amiano Marcelino habla de ese grave momento en los términos siguientes: "Desde su primera juventud había Juliano sentido la más viva inclinación por los dioses. A medida que crecía, había ardido más en el deseo de restaurar la antigua religión. No obstante, impelido por el temor, no cumplía los ritos paganos sino en el mayor secreto. Pero, tan pronto como Juliano se dio cuenta que con la desaparición de la causa de sus temores recibía la plena posibilidad de obrar a su albedrío, desveló sus pensamientos secretos, y, con un edicto claro y formal, ordenó abrir los templos y sacrificar en honor de los dioses." (1)
(1) Amiano Marcelino, Res Gestae, XXII, 5, 1-2.
Este edicto no fue una sorpresa para nadie. Todos conocían la inclinación de Juliano hacia el paganismo. La alegría de los paganos fue inmensa; para ellos, la restauración de su religión, no sólo significaba la libertad, sino la victoria.
El edicto de Juliano no se aplicó de la misma manera en todas las partes del Imperio, ya que en la occidental había muchos más paganos que en la oriental.
En tiempos de Juliano no existía en Constantinopla un solo templo pagano. Erigirlos nuevos en corto término era imposible. Entonces Juliano hizo un sacrificio solemne, probablemente en la basílica principal, destinada en su origen a paseos y conferencias y ornada, desde tiempo de Constantino, de una estatua de la Fortuna. Según testimonio del historiador religioso Sozomeno, se produjo la siguiente escena: un anciano ciego, conducido por un niño, se acercó al emperador y le trató de impío, de apóstata, de hombre sin fe. Juliano le respondió: "Eres ciego y no será tu Dios de Galilea el que te devuelva la vista." "Gracias doy a Dios dijo el viejo de haberme privado de ella. Eso me ha permitido no ver tu impiedad." Juliano no contestó a esta insolencia y continuó sacrificando. (1)
Al querer restaurar el paganismo, Juliano comprendía la imposibilidad de hacerlo revivir bajo sus formas antiguas, puramente externas. Era preciso reorganizarlo y mejorarlo, a fin de crear una fuerza capaz de entrar en lucha con la Iglesia cristiana. Para ello, el emperador decidió tomar a la organización cristiana, que conocía bien, algunos de sus rasgos. Organizó, pues, el clero pagano sobre el modelo de la jerarquía de la Iglesia cristiana. El interior de los templos paganos se adornó a imitación de los cristianos. En los templos debían celebrarse reuniones donde se leería el evangelio de la sapiencia helenística (de modo análogo a las prédicas cristianas); se introdujo el canto en el oficio pagano; se exigió de los sacerdotes una vida irreprochable; se estimuló la beneficencia. Las faltas a los deberes religiosos eran sancionadas con privación de las comunicaciones religiosas, penitencia, etc. En una palabra, para reanimar, adaptar y revivificar el paganismo restaurado, Juliano se volvió a la fuente que aborrecía con todas las fuerzas de su alma.
El número de ofrendas animales llevadas a las aras de los dioses fue tan grande que suscitó las burlas de los mismos paganos. El emperador participaba activamente en los sacrificios. No desdeñaba las ocupaciones humildes. Según Líbanio, corría en torno al altar, encendía el fuego, manejaba el cuchillo, degollaba a las aves, y sus entrañas no tenían secretos para él. (2) Las hecatombes de bestias inmoladas en los sacrificios abrieron camino a un epigrama dirigido antaño a otro emperador, el filósofo Marco Aurelio: "Los toros blancos saludan a Marco Cesar. Si vuelve otra vez victorioso, nosotros pereceremos." (3)
Este triunfo aparente del paganismo tuvo repercusiones en la situación de los cristianos en el Imperio. Al principio pareció que no amenazaban al cristianismo graves peligros. Juliano invitó a acudir a palacio a los jefes dé las diversas tendencias que se habían señalado en el cristianismo, y les declaró que de allí en adelante no habría guerras civiles y cada uno podría seguir su fe sin peligros ni molestias. Uno de los primeros actos del gobierno de Juliano fue una declaración de tolerancia. A veces los cristianos reanudaban sus querellas en presencia del emperador, quien les decía: "Escuchadme como me han escuchado los alemanes y los francos." (4) A poco se promulgó un edicto llamando del destierro a todos los obispos exilados bajo Constancio, de cualquier opinión religiosa que fuesen, y los bienes que se les habían confiscado les fueron restituidos.
(1) Sozomeno, Hist. ecl., V, 4. Socratis, Hist. ecl., III, II.
(2) Libanio, Oratio, XII, 8a (Forster, t. II, p. 38).
(3) Amiano Marcelino, XXV, 4, 17.
(4) Amiano Marcelino, XXII, 5, 3-4.
Pero los miembros del clero llamados por Juliano pertenecían a diversas tendencias religiosas irreconciliables. No podían vivir en paz juntos, y pronto recomenzaron sus acostumbradas disputas. Probablemente era esto lo que esperaba Juliano. Al conceder una perfecta tolerancia, había mostrado conocer con perfección la psicología de los cristianos. Estaba seguro de que pronto se reanudarían las disputas en la Iglesia cristiana, la cual, así dividida, no presentaría para él un peligro serio. A la vez, Juliano prometió grandes ventajas a los cristianos que renegasen del cristianismo. Hubo muchas abjuraciones. San Jerónimo llamó a este modo de obrar de Juliano "una persecución dulce, que atraía al sacrificio más que obligaba a él." (1)
Pero los cristianos iban siendo alejados gradualmente de la administración y del ejército. En su lugar se nombraban paganos. El famoso lábaro de Constantino, que servía de estandarte a las tropas, fue destruido, y las cruces que brillaban en las enseñas militares quedaron substituidas por emblemas paganos.
El golpe más sensible lo asestó al cristianismo la reforma de la enseñanza. El primer edicto al respecto versó sobre el nombramiento de profesores en las ciudades principales del Imperio. Los candidatos debían ser elegidos por las ciudades, pero la ratificación correspondía al emperador, que podía así rechazar los profesores que no quisiera. Antes, el nombramiento de profesores correspondía sólo a las ciudades. Más importante es el segundo edicto, que se ha conservado en las cartas de Juliano: "Todos dice tal edicto los que se consagren a la enseñanza, deben ser de buena conducta y no tener en su corazón opiniones contrarias a las del Estado." (2)
(1) Jerónimo, Chronicon ad olympiadem, 285 (Migne, Patr. lat., t. XXVII, p. 691-92).
(2) Juliano, Opera, t. II, p. 544 y sigs. Epístola 42. Wright, t. III, p. 117-123.
Por "opiniones conformes a las del Estado" ha de entenderse evidentemente la opinión pagana del propio emperador. El edicto declara absurdo que las personas que explican a Homero, Hesiodo, Demóstenes, Herodoto y otros escritores antiguos nieguen los dioses reverenciados por éstos. "Les dejo la elección dice Juliano en su edicto, o de no enseñar lo que crean peligroso, o, si quieren continuar sus lecciones, de comenzar por convencer a sus discípulos de que ni Homero, ni Hesiodo, ni ninguno de los escritores a quienes comentan y a quienes acusan a la vez de impiedad, de locura, de error hacia los dioses, son tales. De otro modo, y pues viven de los escritos de esos autores y de ellos sacan su retribución, es menester confesar que dan pruebas de la más sórdida avaricia y que están prestos a soportarlo todo por unas cuantas dracmas. Había hasta ahora muchos motivos para no visitar los templos de los dioses, y el temor que reinaba por doquier justificaba el disimulo de las verdaderas ideas que se formaban sobre los dioses; hoy que los dioses nos han devuelto la libertad, es una falta de sentido, a mi juicio, enseñar a los hombres lo que no se considera verdad. Si los profesores tienen por sabios a los escritores que explican y comentan, es preciso que todos ellos imiten sus sentimientos de piedad hacia los dioses, y si creen que los dioses venerados son falsos, váyanse a las iglesias de los galileos a interpretar a Mateo y a Lucas... Tal es la ley general para los jefes y los profesores..." Respecto a los obstinados "es justo atenderlos contra su propia voluntad, como a los locos; que sean, pues, perdonados los que padecen esta enfermedad, porque, según creo, vale más instruir a los locos que castigarlos." (1)
Amiano Marcelino, amigo y compañero de armas de Juliano, habla así de este edicto: "(Juliano) prohibió a los cristianos enseñar la retórica y la gramática, a menos de que no reverenciasen a los dioses." (2) En otros términos, a menos de que no se hiciesen paganos.
Algunos suponen, fundándose en las indicaciones de los escritores cristianos, que Juliano publicó un nuevo edicto que prohibía a los cristianos, no sólo la enseñanza, sino también el estudio en las escuelas públicas. Así, San Agustín, escribe: "Juliano, que prohibió a los cristianos la enseñanza y el estudio de las artes liberales, Ώno persiguió a la Iglesia?" (3)
(1) Juliano, Opera, t. II, p. 544 y sigs. Epístola 42. Wright, t. III, p. 117-123.
(2) Amiano Marcelino, XXV, 4, 20.
(3) San Agustín, De civitate Dei, XVIII, 52.
Pero no poseemos el texto de ese segundo edicto. Puede incluso no haber existido. En cambio, es cierto que el primer edicto, que prohibía a los cristianos la enseñanza, provocó indirectamente la prohibición de estudiar. A contar de la publicación de ese edicto, los cristianos debían enviar a sus hijos a las escuelas de gramática y retórica paganas. La mayor parte de los cristianos se abstuvo de ello, pensando que al cabo de una o dos generaciones de esa enseñanza pagana, la juventud cristiana habría retornado al paganismo. Pero, por otra parte, si los cristianos no recibían cierta instrucción general, iban a convertirse normalmente en inferiores a los paganos. Así, el edicto de Juliano aun siendo único contenía para los cristianos una importancia capital, y hasta presentaba para su porvenir un peligro muy grave. Gibbon ha notado con razón que "los cristianos recibieron la prohibición directa de enseñar e indirectamente la prohibición de estudiar, dado que no podían (moralmente) frecuentar las escuelas paganas." (1) Gran número de retóricos y gramáticos cristianos prefirieron abandonar sus cátedras a abrazar el paganismo por diferencia al emperador. Entre los mismos paganos, el edicto de Juliano fue aceptado de diverso modo. El escritor pagano Amiano Marcelino escribe al respecto: "Se debe pasar en silencio el acto cruel por el que Juliano prohibió a los profesores cristianos enseñar la retórica y la gramática." (2)
Es interesante observar cómo reaccionaron los cristianos ante el edicto de Juliano. Algunos se regocijaron ingenuamente porque, según ellos, el emperador dificultaba a los cristianos el estudio de los escritores paganos. Para substituir la literatura pagana prohibida. Los escritores cristianos de la época, sobre todo Apolinar el Viejo y Apolinar el Joven, padre e hijo, concibieron la idea de crear para la enseñanza escolar una literatura cristiana. Así, adaptaron los salmos a la manera de las odas de Píndaro; transcribieron el Pentateuco (los cinco libros de Moisés) en hexámetros; hicieron lo mismo con el Evangelio en diálogos platónicos... Nada nos ha llegado de obras tan insólitas. Es notorio que semejante literatura no podía tener valor duradero, y desapareció cuando, con la muerte de Juliano, fue abandonado el edicto de éste.
(1) Gibbon, c. XXIII. V. G. Negri, ob. cit., t. II, p. 411-414.
(2) Amiano Marcelino, XXII, 10, 7.
(3) Juliano, Opera, t. II, p. 461. Wright, t. II. p. 475.
En el verano del 362, Juliano emprendió un viaje a las regiones orientales del Imperio y llegó a Antioquía, donde la población, según los propios términos del emperador, "prefería el ateísmo," (3) es decir, era cristiana. Incluso en medio de las ceremonias oficiales se advirtió, y a momentos se vio manifestarse, a más de alguna frialdad, una hostilidad mal contenida. La estancia de Juliano en Antioquía fue esencial, porque le convenció de las dificultades de su obra y hasta de la imposibilidad en que se hallaba de realizar la proyectada restauración del paganismo. La capital de Siria acogió con frialdad los conceptos de su huésped imperial. En ese sentido, el relato del propio Juliano, en su obra satírica Misopogon, o el odiador de la barba, (1) presenta vivo interés. En la gran ceremonia pagana del templo de Apolo, en Dafne, en los arrabales de Antioquía, pensaba Juliano encontrar una multitud enorme, una gran cantidad de ofrendas animales, libaciones, incienso y otros atributos de las grandes fiestas paganas. Pero, al llegar al templo, Juliano, con gran sorpresa, no encontró más que un sacerdote que tenía en la mano, para el sacrificio, un único ganso.
El relato de Juliano, reza: "En el décimo mes (que así contáis), al cual creo que llamáis Loos, hay una fiesta cuyo origen se remonta a nuestros antepasados, en honor de ese dios (Helios, Sol, Deus, Apolo), y el deber ordenaba mostrar nuestro celo visitando Dafne. Así, me encaminé a ese lugar a toda prisa, desde el templo de Zeus Kasios, pensando que en Dafne al menos podría regocijarme la vista de vuestra prosperidad y del espíritu público. Y yo imaginaba en mi ánimo el género de procesión que habría, como un hombre que tiene visiones en un sueño; imaginaba las bestias del sacrificio, las libaciones, los coros en honor del dios, el incienso y los jóvenes de vuestra ciudad alrededor del altar, sus almas ornadas todas de santidad y ellos mismos ataviados con blancos y espléndidos vestidos. Pero cuando entré en el santuario no encontré ni incienso, ni siquiera un dulce, ni la más pequeña bestia para el sacrificio. De momento quedé sorprendido y pensaba que estaba aún en el exterior del templo, que vosotros esperabais mi señal y que me hacíais este honor por ser yo gran pontífice. Pero cuando comencé a informarme del sacrificio que la ciudad tenía intención de ofrecer para celebrar la fiesta anual en honor del dios, el sacerdote me contestó: "Yo he traído conmigo de mi propia casa un ganso para ofrendarlo al dios, pero la ciudad hoy no ha hecho preparativo alguno." (2)
Antioquía, pues, no había respondido a la llamada del paganismo. Hechos semejantes irritaban al emperador y excitaban su odio contra los cristianos. Sus relaciones con ellos hicieron más tensas después del incendio del templo de Dafne, que se les atribuyó. Juliano, exasperado, ordenó, por vía de castigo, que se cerrase la principal iglesia de Antioquia, la cual fue a la vez saqueada y profanada. Parecidos sucesos ocurrieron en otras ciudades. La tensión alcanzó su punto álgido. Los cristianos, por su parte, destrozaron las imágenes de los dioses. Algunos representantes de la Iglesia sufrieron el martirio. Una completa anarquía amenazaba al Imperio.
(1) Juliano llevaba larga barba, lo que no era costumbre de los emperadores, y la gente solia
(2) Juliano, Opera, t. II, p. 467, Wright, t. II, p. 487-489
En la primavera del 363, Juliano, saliendo de Antioquia se puso en campaña contra los persas. En esa expedición fue herido por una jabalina y, llevado a su tienda, sucumbió allí. No se supo con certeza quién había herido al emperador. Más tarde nacieron al propósito varias leyendas. Entre ellas figura la versión de que Juliano murió a manos de los cristianos. Los historiadores cristianos nos relatan la famosa leyenda según la cual el emperador, llevándose la mano a la herida y retirándola llena de sangre, esparció ésta al aire, diciendo a la vez: "‘Tú has vencido, Galileo!" (1)
En la tienda del emperador, se reunieron a su cabecera sus amigos y los jefes del ejército, a quienes dirigió un último adiós. Sus postreras palabras nos han llegado por intermedio de Amiano Marcelino (XXV, 3, 15-20), El emperador hace en ellas una apología de su vida y su actividad. Espera, con serenidad filosófica, la muerte inevitable. Al fin, cuando disminuyen sus fuerzas, expresa, sin indicar heredero, el deseo de que le suceda un buen emperador. Quienes le rodean lloran; él, moribundo, les reprende suavemente y dice que es indigno llorar a un emperador que está en paz con el cielo y con las estrellas.
Juliano falleció el 26 de junio del 363, a medianoche. Contaba 32 años. El famoso retórico Libanio compara su muerte a la de Sócrates. (2)
(1) Theodoreti, Historia eclesiástica, III, 25, 7, ed. Parmentier (1911), p. 204-205, y las demás fuentes.
(2) Libanio, Oratio,
Επιταφιος επι Ιουλιανου, XVIII, 272, ed. Forster, l. II, p. 355.El ejército dio la corona a Joviano, jefe de la guardia y cristiano partidario de la confesión de Nicea. Obligado a la paz por el rey de Persia, Jovía no tuvo que concluir un maltratado, cediendo al enemigo algunas provincias romanas de la orilla oriental del Tigris.
La muerte de Juliano fue acogida por los cristianos con alegría. Los escritores cristianos trataban al emperador difunto de "dragón" del "Nabucodonosor," de "Heredes" y de "monstruo."
Juliano ha dejado una serie de obras que permiten estudiar muy íntimamente su interesante personalidad. El centro de su sistema religioso es el culto del sol, y sus conceptos se hallan bajo el influjo directo del culto pérsico del dios de la luz, Mitra, y de las ideas platónicas, deformadas en aquella época. Desde su primera infancia, Juliano había amado la naturaleza y sobre todo el cielo. En su disertación sobre el Sol Rey, (1) la fuente principal que poseemos sobre la filosofía religiosa, escribe que desde su primera juventud sintió un amor violento por los rayos del astro divino. No sólo quería fijar sus miradas en él durante el día, sino que, en las noches claras, abandonaba todas sus ocupaciones para poder admirar las bellezas del cielo. Absorto en esta contemplación, no oía a los que le hablaban, y llegaba hasta a perder la conciencia de sí mismo. Su teoría religiosa, expuesta con bastante oscuridad, se atiene a la existencia de tres mundos bajo la forma de tres soles. El primer sol es el sol supremo, la idea del Todo, una unidad moral inteligible (νοητός). Es el mundo de la verdad absoluta, el reino de los principios primitivos y de las causas primeras. El mundo tal como se nos aparece, y el sol aparente, no son sino un reflejo del primer mundo, y un reflejo indirecto. Entre esos dos mundos, mundo inteligente (νοερός), con su sol. Así se obtiene la tríada de los soles; inteligible o espiritual, inteligente y sensible o material. El mundo pensante es el reflejo del mundo concebible o espiritual, y sirve a su vez de modelo al mundo sensible, que de este modo resulta el reflejo de un reflejo, la reproducción en segundo orado del modelo absoluto. El sol supremo, es, con mucho, inaccesible al hombre. Por tanto, Juliano concentra toda su atención sobre el sol inteligente, intermediario entre los otros dos, y, llamándolo sol rey, lo adora.
A pesar de su entusiasmo, Juliano comprendió bien que la restauración del paganismo presentaba dificultades enormes. Escribió en una carta: "Tengo necesidad de muchos aliados para volver a levantar lo que ha caído tan bajo." (2) Pero Juliano no se daba cuenta de que el paganismo caído no se podía levantar porque estaba muerto. Así, su tentativa estaba destinada con anticipación al fracaso. "Su obra dice Boissier podía fracasar; el mundo no tenía en ello nada que perder. (3)
Aquel heleno entusiasta, dice Geffcken, fue un "Frühbyzantiner," un semi-oriental.(4) Otro biógrafo de Juliano, escribe: "El emperador Juliano es como una aparición fugitiva y luminosa sobre el horizonte tras el cual ha desaparecido ya la estrella de esa Grecia que fue para él la tierra sagrada de la civilización, la madre de cuanto era bello y bueno en el mundo; de esa Grecia a la que él llamaba, con devoción y entusiasmo filiales, su sola patria verdadera."(5)
(1) Juliano, Op., t. I, p. 168-69, or., IV. Wright., t. I, p. 353-3-jrí.
(2) Juliano, Opera, t. II, p. 520. Epist. 21. Wright, t. III, p. 17.
(3) Boissier, t. I, p. 142.
(4) Geffcken, ob. cit, p. 126.
(5) G. Negri, ob. cit., t. II, p. 632.
La Iglesia y el Estado al Final del Siglo IV.
Teodosio el Grande. El Triunfo del Cristianismo.
Bajo el sucesor de Juliano, Joviano (363-364), cristiano convencido y niceísta, fue restaurado el cristianismo. Pero tal medida no significó una persecución para los paganos. El temor que éstos sintieran al ser nombrado el nuevo emperador resultó falto de fundamento. Joviano se propuso, tan sólo, restaurar el estado de cosas anterior a Juliano. Se proclamó la libertad religiosa. Se permitió abrir templos paganos y sacrificar en ellos. A pesar de sus convicciones niceas, Joviano no adoptó medida alguna contra los adeptos de otras tendencias religiosas. Los desterrados que pertenecían a las diversas "corrientes" del cristianismo, fueron llamados. El lábaro reapareció en los campamentos. Joviano no reinó más que algunos meses, pero su actividad en el dominio religioso dejó mucha impresión. Filostorgio, historiador cristiano de tendencias arrianas, que escribió en el siglo V, observa: "Joviano restauró en las iglesias el antiguo estado de cosas, y las libró de los ultrajes que las había hecho sufrir el Apóstata." (1)
Joviano murió de repente en febrero del 364. Tuvo por sucesores a Valentiniano I (364-375) y su hermano Váleme (364-378), que se repartieron el gobierno del Imperio. Valentiniano se reservó el gobierno de la mitad occidental del Imperio y dio a Váleme el Oriente.
En cuestiones de fe, ambos hermanos se atenían a principios opuestos. Mientras Valentiniano era más bien partidario del concilio de Nicea, Valente era arriano. Pero su niceísmo no hacía intolerante a Valentiniano, y bajo su reinado existió la más completa y más segura libertad de opinión. A su exaltación al poder publicó una ley según la cual todos tenían "libertad plena y entera de rendir culto al objeto que desease su conciencia." (2) El paganismo gozó de cierta tolerancia. No obstante, Valentiniano mostró en toda una serie de medidas que era un emperador cristiano. Así, restauró los privilegios concedidos al clero por Constantino el Grande.
Valente siguió otro camino. Partidario de la tendencia arriana, mostróse intolerante con los demás cristianos, y si bien sus persecuciones no fueron muy severas ni muy sistemáticas, no por eso la población de la mitad oriental del Imperio dejó de atravesar bajo el reinado de Valente tiempos agitados.
(1) Filostorgio, Hist. celes., VIII, 5, ed. Bidez (1913), p. 106-07.
(2) Codex Theodosiantis, IX, 16, 9.
En el exterior, los dos hermanos hubieron de sostener una encarnizada lucha con los germanos. Sabido es que Valente encontró muerte prematura peleando con los godos. Pero el problema germánico en los comienzos de la historia de Bizancio será expuesto en el próximo capítulo.
En Occidente, sucedió a Valentiniano su hijo Graciano (375-383), y a la vez el ejército aclamó a su semihermano Valentiniano II, niño de cuatro años (375-392). A la muerte de Valente (378), Graciano nombró augusto a Teodosio y le dio el gobierno de la mitad oriental del Imperio y de la mayor parte de la Iliria.
Si se prescinde de Valentiniano II, joven y sin voluntad y que no desempeño papel alguno, aunque se inclinó hacia el arrianismo, el Imperio abandonó en definitiva, con Graciano y Teodosio, la vía de la tolerancia y se puso al lado del Símbolo de Nicea. En ello, Teodosio, emperador de Oriente, a quien la historia ha dado el sobrenombre de Grande (379-395), tuvo una intervención capital. A su nombre está indisolublemente ligada la idea del triunfo del cristianismo. Era partidario resuelto de la fe que había elegido y no cabía esperar, bajo su reinado, tolerancia para el paganismo.
La familia de Teodosio se había distinguido desde la segunda mitad del siglo IV, merced al padre de Teodosio el Grande, llamado Teodosio también, y que había sido uno de los mas brillantes generales de la mitad occidental del imperio bajo Valentiniano I. Nombrado Augusto por Graciano en el 379 y colocando a la cabeza del Oriente, Teodosio, que tenia tendencias cristianas, pero que no había sido bautizado aun, lo fue al año siguiente en Tesalónica, en el curso de una breve dolencia, gracias al interés del obispo de la ciudad, Ascolio partidario del niceísmo.
Tedosoio se halla ante dos difíciles tareas: restablecer la unidad interior del Imperio, desgarrado por querellas religiosas a causa de la existencia de múltiples corrientes de tendencia diversa, y salvar al Imperio de la presión continua de los bárbaros germánicos, concretamente de los godos, que amenazaban a la sazón la misma vida del Imperio.
Hemos visto que el arrianismo había ejercido bajo el predecesor de Teodosio un papel preponderante. Después de la muerte de Valente, y sobre todo en el corto interregno provisional que precedió a la exaltación de Teodosio al poder, los conflictos religiosos se habían reavivado, tomando a veces formas muy violentas. Tales turbulencias y disputas se manifestaban sobre todo en la Iglesia de Oriente y en Constantinopla. Las disensiones dogmáticas rebalsaban el restringido círculo del clero y se extendían a toda la sociedad de la época penetrando la multitud y llegando a la calle. La cuestión de la naturaleza del Hijo de Dios, se discutía con pasión extraordinaria, durante la segunda mitad del siglo IV, en todas partes, en los concilios, en las iglesias, en el palacio imperial, en las cabañas de los eremitas, en plazas y mercados. Gregorio, obispo de Nisa, habla no sin sarcasmo, hacia la segunda mitad del siglo IV, de la situación surgida de ese estado de cosas: "Todo está lleno de gentes que discuten cuestiones ininteligibles, todo: las calles, los mercados, las encrucijadas...Si se pregunta cuántos óbolos hay que pagar, se os contesta filosofando sobre lo creado y lo increado. Se quiere saber el precio del pan y se os responde que el Padre es más grande que el Hijo. Se pregunta (a los demás) por su baño y se os replica que el Hijo ha sido creado de la Nada." (1)
Con el advenimiento de Teodosio, las circunstancias cambiaron mucho. A raíz de su llegada a Constantinopla, el emperador hizo al obispo arriano la propuesta siguiente: que abdicara el arrianismo y se alinease en el niceísmo. Pero el obispo se negó a obedecer y prefirió ausentarse de la capital y celebrar reuniones arrianas extramuros de Constantinopla. Todas las iglesias de la ciudad fueron entregadas a los niceanos.
Teodosio se halló ante el problema de la regularización de sus relaciones con heréticos y paganos. Ya bajo Constantino, la Iglesia católica (es decir, universal) ("Ecclesia Catholica") se había opuesto a los herejes ("haeretici"), A partir de Teodosio, la distinción entre "católico" y "herético" fue definitivamente establecida por la ley. Con el término de católico se entendió desde entonces partidario de la fe niceana y los representantes de todas las demás tendencias religiosas fueron calificados de heréticos. Los paganos ("pagani") quedaron incluidos en una categoría especial.
Al declararse niceano convencido, Teodosio entabló una lucha encarnizada contra los heréticos y paganos. Los castigos que les infligió acrecieron progresivamente. En virtud del edicto de 380, no debían llamarse "cristianos católicos" más que quienes, de acuerdo con la enseñanza apostólica y la doctrina evangélica, creían en la Trinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Los demás, aquellos "insensatos extravagantes" que seguían ida vergüenza de la doctrina herética," no tenían el derecho de llamar Iglesia a su reunión e incurrían en graves castigos. (2) Con este edicto, al decir de un sabio historiador, "Teodosio fue el primero de los emperadores que reglamentó en su propio nombre, y no en el de la Iglesia, el Código de las verdades cristianas obligatorias para sus súbditos. (3) Otros edictos de Teodosio prohibieron a los herejes toda reunión religiosa de carácter público o privado, no siendo autorizadas más que las reuniones de los partidarios del Símbolo de Nicea, a quienes debían ser entregadas las iglesias en la capital y en todo el Estado. Los heréticos sufrieron graves restricciones en sus derechos civiles, como, por ejemplo, en materia de herencias, testamentos, etc.
(1) Gregorio de Nissa. Oratio de Deitate Filii et Spíritus Sancti. Migne, Patr. Gr.XLVI- 557-
(2) Codex Theodosianus, I, 2.
(3) N. Cherniavski, El emperador Teodosio el Grande y su política religiosa (Serguiev.188-189. en ruso)
Deseoso de restablecer la paz y el acuerdo en la Iglesia cristiana, Teodosio convocó, en 381, un concilio en Constantinopla. Sólo participaron en él los representantes de la Iglesia de Oriente. Se califica a ese concilio de segundo concilio ecuménico. Ninguna de tales reuniones nos ha dejado tan pocos documentos como ésta. No se conocen sus actas. Al principio incluso no se la llamó concilio ecuménico, y sólo en el año 451 se le dio sanción oficial. La cuestión principal que, en el dominio de la fe, se discutió en este segundo concilio, fue la herejía de Macedonío, el cual, siguiendo el desarrollo natural del arrianismo, demostraba la creación del Espíritu Santo. El concilio, después de establecer la doctrina de la consubstancialidad del Espíritu con el Padre y el Hijo, y tras condenar al macedonismo o doctrina de Macedonio, y una serie de otras herejías relacionadas con el arrianismo, confirmaba el símbolo de Nicea, en lo concerniente al Padre y al Hijo y le añadía un artículo sobre el Espíritu Santo.
Esta adición establecía sólidamente el dogma de la identidad y consubstancialidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pero dada, la penuria e imprecisión de nuestros conocimientos sobre tal concilio, algunos sabios de Europa occidental han emitido dudas sobre el Símbolo de Constantinopla, que, sin embargo se cambió en el símbolo más rápidamente extendido e incluso el único oficial en todas las confesiones cristianas, a pesar de la diversidad dogmática de éstas. Se ha declarado que este símbolo, no fue el resultado de los trabajos del segundo concilio; que este no lo compuso ni lo pudo componer, y que, por tanto, semejante símbolo es apócrifo. Otros pretenden que fue compuesto antes o después de dicho concilio.
Teodosio se hallaba ante dos difíciles tareas: restablecer la unidad interior del Imperio, desgarrado por querellas religiosas a causa de la existencia de múltiples corrientes de tendencia diversa, y salvar al Imperio de la presión continua de los bárbaros germánicos, concretamente de los godos, que amenazaban a la sazón la misma vida del Imperio.
Hemos visto que el arrianismo había ejercido bajo el predecesor de Teodosio un papel preponderante. Después de la muerte de Valente, y sobre todo en el corto interregno provisional que precedió a la exaltación de Teodosio al poder, los conflictos religiosos se habían reavivado, tomando a veces formas muy violentas. Tales turbulencias y disputas se manifestaban sobre todo en la Iglesia de Oriente y en Constantinopla. Las disensiones dogmáticas rebasaban el restringido círculo del clero y se extendían a toda la sociedad de la época, penetrando la multitud y llegando a la calle. La cuestión de la naturaleza del Hijo de Dios se discutía con pasión extraordinaria, durante la segunda mitad del siglo IV, en todas partes: en los concilios, en las iglesias, en él palacio imperial, en las cabañas de los eremitas, en plazas y mercados. Gregorio, obispo de Nisa, habla, no sin sarcasmo, hacia la segunda mitad del siglo IV, de la situación surgida de ese estado de cosas: "Todo está lleno de gentes que discuten cuestiones ininteligibles, todo: las calles, los mercados, las encrucijadas... Si se pregunta cuántos óbolos hay que pagar, se os contesta filosofando sobre lo creado y lo increado. Se quiere saber el precio del pan y se os responde segundo concilio; que éste no lo compuso ni lo pudo componer, y que, por tanto, semejante símbolo es apócrifo. Otros pretenden que fue compuesto antes o después de dicho concilio. Pero la mayoría de los historiadores sobre todo la escuela rusa demuestran que el Símbolo de Constantinopla fue efectivamente compuesto por los Padres del segundo concilio, si bien no quedó reconocido hasta la victoria de la ortodoxia en Calcedonia.
También al segundo concilio correspondió fijar el rango del patriarca de Constantinopla en relación al obispo de Roma. El tercer canon del concilio declara: "Que el obispo de Constantinopla sea el primero después del obispo de Roma, porque Constantinopla es la nueva Roma." Así, el patriarca de Constantinopla ocupó entre los patriarcas el primer lugar después del de Roma. Semejante distinción no podía ser aceptada por otros patriarcas de Oriente, más antiguos. Es interesante notar la argumentación del tercer canon, que define la jerarquía eclesiástica del obispo de Constantinopla según la situación de la ciudad, capital del Imperio.
El teólogo Gregorio de Nacianzo, que, elegido para la sede episcopal de Constantinopla, había cumplido un importante papel en la capital al principio del gobierno de Teodosio, no pudo resistir a los múltiples partidos que lucharon contra él en el concilio, y pronto hubo de alejarse de éste y abandonar su sede, así como la propia Constantinopla poco tiempo después. En su lugar fue elegido un laico, Nectario, que no poseía conocimientos teológicos profundos, pero que sabía entenderse con el emperador. Nectario pasó a presidir el concilio, el cual concluyó sus tareas en el estío de 381.
La actitud de Teodosio respecto al clero en general, es decir, al clero católico o niceísta, fue la siguiente: conservó y hasta amplío los privilegios que en el campo de las cargas personales, tribunales, etc., habían sido concedidos a obispos y clérigos por los emperadores precedentes, pero a la vez se esforzó en tornar semejantes privilegios inofensivos para los intereses del Estado. Así, Teodosio, por un edicto, obligó a la Iglesia a soportar ciertas cargas extraordinarias del Estado ("extraordinaria munera"). Se Limitó, en razón de los frecuentes abusos, la extensión de la costumbre de acogerse a la Iglesia como a un asilo que protegía al culpable de la persecución de las autoridades, y fue prohibido a los deudores al Estado tratar de substraerse a sus deudas refugiándose en los templos. Al clero le fue vedado ocultarlos. (2)
(1) Codex Tlieodosianus, XI, 16, 18.
(2) Ibid., IX, 45, I.
Teodosio tenía la firme voluntad de organizar por sí mismo todos los asuntos de la Iglesia, y en general lo consiguió. No obstante, tropezó con uno de los representantes más ilustres de la Iglesia de Occidente: Ambrosio, obispo de Milán. Teodosio y Ambrosio encarnaban dos puntos de vista diferentes sobre las relaciones de la Iglesia y el Estado. El primero era partidario de la superioridad del Estado sobre la Iglesia y el segundo pensaba que los asuntos de la Iglesia se abstraían a la competencia del poder secular. El conflicto estalló con motivo de las matanzas de Tesalónica. En esta populosa y rica ciudad, la falta de tacto de jefe de los germanos, numerosos destacamentos de los cuales estaban acantonados allí, establecer la doctrina de la consubstancialidad del Espíritu con el Padre y el Hijo, y tras condenar al macedonismo, o doctrina de Macedonio, y una serie de otras herejías relacionadas con el arrianismo, confirmaba el Símbolo de Nicea en lo concerniente al Padre y el Hijo y le añadía un articulo sobre el Espíritu Santo.
Esta adición establecía sólidamente el dogma de la identidad y consubstancialidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pero, dada la penuria e imprecisión de nuestros conocimientos sobre tal concilio algunos sabios de la Europa, occidental han emitido dudas sobre el Símbolo de Constantinopla, que, sin embargo se trocó en el símbolo más rápidamente extendido e incluso el único oficial en todas las confesiones cristianas, a pesar de la diversidad dogmática de éstas Se ha declarado que ese símbolo no fue el resultado de los trabajos del tomados allí, hizo estallar una sedición entre los moradores, exasperados por las violencias de los soldados. El jefe germano y varios de sus hombres resultaron muertos. Teodosio, que sentía las mejores disposiciones hacia los germanos (algunos de los cuales ocupaban grados altos en sus ejércitos), se enfureció y se vengó de Tesalónica con una sangrienta matanza de sus habitantes, sin distinción de edad ni sexo. La orden del emperador fue ejecutada por los germanos. Pero este acto cruel del emperador no quedó impune. Ambrosio excomulgó al emperador, quien, a pesar de su poder y autoridad, hubo de confesar en público su pecado y cumplir humildemente la penitencia que le impuso Ambrosio. Mientras duró tal penitencia, Teodosio no llevó ropas reales.
En tanto que mantenía una lucha implacable contra los herejes, Teodosio no dejaba de tomar medidas decisivas contra los paganos. Con una serie de decretos prohibió sacrificar, buscar presagios en las entrañas de los animales y frecuentar los templos paganos. Como consecuencia de tales medidas, los templos paganos se cerraron. Los edificios sirvieron a veces para menesteres del Estado. Otras, los templos paganos, con todas las riquezas y tesoros artísticos que contenían, fueron demolidos por un populacho fanático. Nos consta la destrucción, en Alejandría, del famoso templo de Serapis, o Serapeion, centro del culto pagano en aquella ciudad. El último edicto de Teodosio contra los paganos, emitido el 392, prohibía de manera definitiva los sacrificios, las libaciones, las ofrendas de perfumes, las suspensiones de coronas, los presagios. Allí se trataba a la antigua religión de "superstición gentilicia." (1) Todos los violadores del edicto eran declarados culpables de lesa majestad y de sacrilegio, amenazándoseles con penas severas. Un historiador llamó al edicto de 392, "el canto fúnebre del paganismo." (2)
(1) Codex Theodosianus, XVI, 10, 12.
(2) Rauschen, Jahrbüchcr áer christlichcn Kirche unter dem Kaiser Thetodosius den Grossen (Freiburg i. B., 1897), P. 376.
Con este edicto terminó la lucha sostenida por Teodosio contra el paganismo en Oriente.
En Occidente, el episodio más célebre de la lucha entablada contra el paganismo por los emperadores Graciano, Valentiniano II y Teodosio se produjo al ser quitado del Senado romano el altar de la Victoria. Retirado dicho altar ya una vez, por Constantino, como hemos visto, había sido reintegrado por Justiniano. Los senadores, que seguían siendo semipaganos, vieron en aquello el fin de la pasada grandeza de Roma. Se envió al emperador un orador pagano, el famoso Símaco, para pedir la restitución del altar al Senado. Como dice Uspenski (t. I., Pág. 140, en ruso), aquel fue "el último canto del paganismo moribundo que, tímida y plañideramente, pedía gracia al joven emperador (Valentiniano II) para la religión a la que sus antepasados debían su gloria y Roma su grandeza." La misión de Símaco no triunfó. El obispo de Milán, Ambrosio, se mezcló en el asunto y obtuvo la victoria.
En 393 se celebraron por última vez los Juegos Olímpicos. Se transportaron a Constantinopla desde Olimpia diversos monumentos antiguos, entre ellos la famosa estatua de Zeus ejecutada por Fidias.
La política religiosa de Teodosio se distingue claramente de la de sus predecesores. Estos últimos se habían unido a tal o cual forma de cristianismo, o al paganismo (como Juliano), adoptando cierta tolerancia para las opiniones o creencias ajenas. La igualdad de las religiones existía "de jure." Teodosio se situó en una posición diferente. Aceptó la fórmula de Nicea como la única justa, y le dio fundamentos legales prohibiendo por completo las otras tendencias religiosas del cristianismo, y el paganismo también.
Con Teodosio, se vio en el trono romano a un emperador que consideraba la Iglesia y las opiniones religiosas de sus súbditos como asunto de su competencia. No obstante, Teodosio no consiguió dar a la cuestión religiosa la solución que deseaba, esto es, crear una Iglesia niceísta y única. No sólo continuaron las disputas religiosas, sino que se multiplicaron y ramificaron, dando, en el siglo V, origen a una actividad religiosa desbordada y ferviente. Pero sobre el paganismo sí consiguió Teodosio una victoria completa. Su reinado presenció la solidificación institucional del cristianismo. El paganismo, perdiendo la facultad de manifestarse abiertamente, dejó de existir como entidad organizada. Cierto que quedaron paganos, pero eran sólo familias o individuos aislados, que guardaban en secreto los amados objetos del legado de una religión muerta.
Teodosio no incomodó a la escuela pagana de Atenas, que continuó existiendo y haciendo conocer a sus auditores las obras de la literatura antigua.
El Problema Germánico (Godo) en el Siglo IV.
La cuestión candente que gravitaba sobre el Imperio a fines del siglo IV, era la de los germanos, y en especial la de los godos.
Los godos, que al principio de la era cristiana vivían en el litoral meridional del mar Báltico, emigraron, probablemente a fines del siglo II y por causas difíciles de precisar, a los países del sur de la Rusia contemporánea. Llegaron hasta las orillas del mar Negro y ocuparon el territorio comprendido entre el Don y el Danubio inferior. El Dniéster dividía a los godos en dos tribus: los godos del este u ostrogodos, y los godos del oeste o visigodos. Como todas las demás tribus germanas de la época, los godos eran verdaderos bárbaros, pero se encontraron, en la Rusia meridional, en condiciones muy favorables para la civilización. Todo el litoral septentrional del mar Negro había estado, desde mucho antes de la era cristiana, cubierto de ricos focos de civilización, de colonias griegas cuya influencia, a juzgar por los datos arqueológicos, se había remontado bastante lejos hacia el norte, en el interior del país, y se hacía sentir en aquellas regiones desde muchísimo tiempo atrás. En Crimea se hallaba el opulento y civilizado reino del Bosforo o Cimerio. Gracias a su contacto con las antiguas colonias griegas y con el reino del Bosforo, los godos recibieron algún influjo de la civilización antigua, mientras, por otra parte, entraban en contacto también con el Imperio romano en la Península Balcánica. Más tarde, cuando aparecieron en la Europa occidental, los godos eran ya un pueblo que superaba sin duda en civilización a las otras tribus germánicas de la época.
La actividad de los godos, afincados en las estepas de la Rusia meridional, tomó en el siglo III dos direcciones: por un lado les atraía el mar y las posibilidades que éste les brindaba de emprender incursiones navales por el litoral del Negro; por otro, al sudoeste, se acercaron a la frontera romana del Danubio, chocando así con el Imperio.
Los godos se fijaron primero en el litoral septentrional del mar Negro, apoderándose, a mediados del siglo III, de Crimea, y por tanto del reino del Bosforo, incluido en ella. Empleando los numerosos buques bosforianos, emprendieron, durante la segunda mitad del siglo III una serie de incursiones devastadoras. Pusieron a saco varias veces el rico litoral caucásico y las no menos ricas costas del Asia Menor; avanzaron por el litoral occidental del mar Negro hasta el Danubio y, atravesando el mar, llegaron, por el Bosforo, la Propóntide (mar de Mármara) y el Helesponto (Dardanelos), al Archipiélago. De camino, saquearon Bizancio, Crisópolis (ciudad en la orilla de Asia, frente a Bizancio, hoy Escútari), Cízico, Nicomedia y las islas del Egeo. Los piratas godos no se detuvieron en esto, sino que atacaron Efeso, Tesalónica y, acercándose con sus barcos a las costas de Grecia, pusieron a saco Argos, Corinto y muy probablemente Atenas. Por suerte, se salvaron las obras maestras de esta última ciudad. La isla de Rodas, Creta y el mismo Chipre que no estaba en su itinerario, si vale la expresión sufrieron sus incursiones. Pero estas empresas marítimas se limitaban a saqueos y devastaciones, tras lo cual las naves de los godos volvían al litoral septentrional del mar Negro. Varias bandas de estos piratas, que se aventuraron en tierra, fueron aniquiladas o cautivadas por los ejércitos romanos.
Por tierra, las relaciones de los godos con el Imperio produjeron resultados mucho más importantes. Aprovechando las turbulencias del Imperio en el siglo III, los godos, en la primera mitad de este siglo, comenzaron a franquear el Danubio y a practicar incursiones en territorio romano. El emperador Gordiano llegó a verse obligado a pagarles un tributo anual. Esto no les contuvo. Pronto los godos hicieron una nueva incursión en el Imperio, invadiendo Tracia y Macedonia. El emperador Decio murió en una expedición contra ellos (251). El 269, el emperador Claudio logró causarles una grave derrota cerca de Naisos (Nisch). El emperador hizo gran cantidad de prisioneros, admitió parte de ellos en su ejército y fijó otra, en calidad de colonos, en las tierras romanas despobladas. Su victoria sobre los godos valió a Claudio el sobrenombre de Gótico. Pero a poco, Aureliano, que había restablecido de momento la unidad del Imperio (270-275), se vio obligado a ceder a los godos la Dacia, instalando en Mesia la población romana de esta región. En el siglo IV se veían con frecuencia godos en los ejércitos romanos. Según el historiador Jordanes, un destacamento de godos sirvió lealmente en el ejército de Valerio. (1) Los godos alistados en los ejércitos de Constantino le ayudaron en su lucha contra Licinio. Finalmente los visigodos concluyeron un tratado con Constantino, obligándose a proporcionarle 40.000 guerreros para las luchas emprendidas por el emperador contra diversos pueblos. Juliano tuvo también en su ejército un destacamento de godos.
(1) ed. Mommsen, p.86, Jordanes, Getica, XXI, 110.
En el siglo III, se desarrolló ente los godos de Crimea el cristianismo, exportado allí probablemente por los cristianos del Asia Menor hechos prisioneros por los godos en sus incursiones marítimas. En el concilio de Nicea (325). un obispo godo, Teófilo, participó en las discusiones ecuménicas y firmó el Símbolo de Nicea. En el siglo IV, Wulfila evangelizó a otros godos. Wulfila, de origen griego quizá, pero nacido en territorio godo, había vivido algún tiempo en Constantinopla. Le consagró obispo un obispo arriano. De regreso con los godos, Wulfila, durante algunos años predicó entre ellos el cristianismo según el rito arriano. Para facilitar a los godos el conocimiento de la Santa Escritura, compuso con ayuda de letras griegas un alfabeto godo, y tradujo la Biblia al godo. La forma arriana del cristianismo recibida por los godos tuvo considerable importancia en su historia ulterior, ya que, más tarde, al instalarse sus tribus en territorios del Imperio romano, su doctrina les impidió fundirse con la población indígena, que era nicea. Los godos de Crimea siguieron siendo ortodoxos.
Las relaciones amistosas entre los godos y el Imperio evolucionaron cuando, en 375, los salvajes hunos, pueblo de origen turco, (1) irrumpieron desde Asia en Europa e infligieron una cruenta derrota a los ostrogodos. Continuando su empuje hacia el oeste, comenzaron, en unión de los ostrogodos sometidos, a presionar a los visigodos. Este pueblo, que vivía en los confines del Imperio, no viéndose en situación de oponerse a los hunos, que habían aniquilado ya gran número de ellos, con sus mujeres e hijos, hubo de pasar la frontera y entrar en territorio romano. Las fuentes cuentan que los godos, en la orilla derecha del Danubio, suplicaban a las autoridades romanas, con lágrimas en los ojos, que les permitiesen atravesar el río. Los bárbaros ofrecían, si el emperador se lo autorizaba, instalarse en Tracia y Mesia para cultivar la tierra; prometían al emperador proporcionarle fuerzas militares y se obligaban a obedecer sus mandatos, lo mismo que sus súbditos. Una delegación con instrucciones en tal sentido fue enviada al emperador. En el gobierno romano y entre los generales hubo una mayoría muy favorable a la propuesta de instalación de los godos. Se veía en ella un aumento de la población rural y de las fuerzas militares, tan útiles para el Estado. Los nuevos súbditos defenderían el Imperio, y los habitantes indígenas de las provincias afectadas, que estaban entonces sometidos a reclutamiento, substituirían éste por un impuesto en metálico, lo que aumentaría las rentas estatales.
Triunfó tal punto de vista y los godos recibieron permiso para atravesar el Danubio. "Así fueron acogidosdice Fustel de Coulanges en su Historia de las instituciones políticas de la antigua Francia (2) en territorio romano de cuatrocientos mil a quinientos mil bárbaros, cerca de la mitad de los cuales estaban en condición de empuñar las armas." Incluso si se aminora esa cifra, queda en pie el hecho de que el número de bárbaros establecidos en Mesia era considerable.
(1) El historiador D. I. Ilovaiski (muerto en 1920) ha defendido hasta nuestros días, con ahinco incomprensible, el supuesto origen eslavo de los hunos. (2) Segunda ed., París, 1904, p. 408.
Al principio los bárbaros vivieron tranquilos. Pero, poco a poco, un cierto descontento, que gradualmente se tornó en irritación, prendió en sus filas contra los generales y funcionarios romanos. Estos últimos retenían parte del dinero destinado al sustento de los colonos y los alimentaban mal. Los maltrataban e insultaban a sus mujeres e hijos. Incluso mandaron al Asia Menor gran número de godos. Las quejas de éstos no eran atendidas. Entonces, los bárbaros, exasperados, se sublevaron y llamando en su ayuda a los alanos y los hunos, penetraron en Tracia y marcharon sobre Constantinopla. El emperador Valente, que hallaba en guerra con Persia, al tener noticia del alzamiento de los godos, corrió desde Antioquía a Constantinopla. Se libró batalla cerca de Adrianópolis el 9 de agosto del 378. Los godos infligieron una derrota terrible al ejército romano. El propio Valente murió allí. El camino de la capital quedó abierto a los godos, que cubrieron toda la Península balcánica, llegando hasta las murallas de Constantinopla. Pero sin duda no habían concebido un plan general de ataque al Imperio. (1) Teodosio, sucesor de Valente, logró, con ayuda de destacamentos de godos mismos, vencer a los bárbaros y suspender sus pillajes. Este hecho muestra que, mientras parte de los godos hacía la guerra al Imperio, otra consentía en servir en sus ejércitos y batirse contra los demás germanos. Después de la victoria de Teodosio, "volvió la tranquilidad a Tracia, porque los godos que se encontraban allí habían perecido," con palabras del historiador pagano del siglo V, Zósimo (Historia nova, IV, 25, 4, ed. Mendelssohn, p. 1818). De modo que la victoria de los godos en Adrianópolis no les permitió fijarse en ninguna región del Imperio.
Pero desde esta época empezaron a infiltrarse en la vida del Imperio por medios pacíficos. Teodosio, comprendiendo que no podría vencer por fuerza de armas a los bárbaros instalados en territorio romano, entró en las vías de un acuerdo amistoso, asociando a los godos a la civilización romana y, lo que fue más importante, atrayéndoles a su ejército. Poco a poco, las tropas que tenían por misión defender el Imperio fueron reemplazadas en su mayor parte por compañías germánicas. Muy a menudo, los germanos hubieron de proteger al Imperio contra otros germanos.
La influencia de los godos se hizo notar en el mando superior del ejército y en la administración, donde los puestos más elevados e importantes fueron reservados a los germanos. Teodosio, que veía en una política germanófila la paz y la salvación del Imperio, no comprendía el peligro que ulteriormente pudiera representar para la misma existencia del Estado el desarrollo del germanismo bárbaro. Es notorio que Teodosio no debió ver la debilidad de semejante política, que fallaba en especial por lo concerniente a la defensa militar del país. Los godos, que habían tomado de los romanos su arte militar, su táctica, su manera de combatir, su armamento, se convirtieron en una fuerza temible que podía en cualquier instante volverse contra el Imperio. La población indígena grecorromana, relegada a segundo plano, sintió vivo descontento contra el predominio de los godos. Se hizo sentir un movimiento antigermano que podía producir muy graves complicaciones internas.
En 395, Teodosio murió en Milán. Su cuerpo, embalsamado, fue conducido a Constantinopla y enterrado en la iglesia de los Santos Apóstoles. Teodosio dejaba dos hijos, muy jóvenes todavía, que fueron reconocidos como sus sucesores: Arcadio y Honorio. Arcadio recibió el Oriente; Honorio, el Occidente.
Teodosio no había conseguido los resultados buscados en la doble tarea que se había propuesto. El segundo concilio ecuménico, que proclamó la preeminencia del niceísmo en el cristianismo, no logró restablecer la unidad de la Iglesia. El arrianismo, en sus diferentes manifestaciones, siguió subsistiendo y su desarrollo creó nuevas corrientes religiosas que habían de alimentar en el siglo V la vida religiosa y la social (ésta íntimamente ligada a aquélla), sobre todo en las provincias orientales, en Siria y en Egipto, lo que debía tener consecuencias de la mas alta importancia para el Imperio. Teodosio mismo al dejar penetrar el elemento germánico en su ejercito, al permitir a aquel elemento arriano adquirir preponderancia, tuvo que hacer concesiones al arrianismo, abandonando así el niceismo integral. Por otra parte, su politica germanófila, que entregaba a los bárbaros la defensa del país y los cargos mas importantes de la administración, dando predominio a los germanos, provocó --- ya lo hemos dicho --- profundo descontento e irritación indígena grecorromana. Los focos principales de la preponderancia germana fueron la capital la Península Balcánica y cierta parte del Asia Menor. Las provincias de Oriente, Siria, Palestina y Egipto no sintieron aquel yugo. Desde fines del siglo IV, la influencia de los bárbaros empezó a amenazar seriamente la capital y, con ella, toda la zona oriental del Imperio. De este modo, Teodosio, que se había propuesto establecer la paz entre el Imperio y los bárbaros y crear una Iglesia unida y uniforme, fracasó en ambas cosas, dejando a sus sucesores la misión de resolver aquellos dos complejísimos problemas.
Los Problemas Nacionales y Religiosos en el Siglo V.
El Interés de este período reside esencialmente en su modo de afrontar el doble problema nacional y religioso. Por "problema nacional," o "problema de las nacionalidades," entendemos la lucha de éstas entre sí en el interior del Imperio, así como los conflictos con los pueblos que atacaban desde el exterior.
Parece que el helenismo debiera haber desempeñado en la "pars orientalis" el papel de una fuerza unificadora en medio de una población tan dispar; pero de hecho no fue así. No obstante, su influjo se había ejercido en Oriente hasta el Eufrates y hasta Egipto desde la época de Alejandro de Macedonia y sus sucesores. Alejandro había visto en la creación de colonias uno de los mejores medios de implantar el helenismo: se le atribuye la fundación de más de setenta ciudades en Oriente. En cierta medida, sus sucesores continuaron esta política. Los límites extremos de la helenización estaban, al norte, en Armenia; al sur hacia el mar Rojo; al este en Persia y en Mesopotamia. El helenismo no había rebasado estas provincias. El principal centro de civilización helenística era la ciudad egipcia de Alejandría. A lo largo de lodo el litoral mediterráneo, y sobre todo en Asia Menor, Siria y Egipto, la civilización helénica se había impuesto a las demás. De esos tres países, acaso Asia Menor fuera el más helenizado. Hacía muchos siglos que sus costas estaban cubiertas de colonias griegas, desde donde la influencia helena había irradiado, aunque no sin dificultades, hacia el interior del país.
La helenización de Siria era menos profunda. La masa de la población no se hallaba familiarizada con la lengua griega y seguía hablando sus idiomas indígenas, el sirio y el árabe. Un sabio orientalista escribe que "si incluso en una ciudad tan cosmopolita como Antioquía, el hombre del pueblo hablaba el arameo (es decir, el siriaco), cabe con buena razón suponer que en el interior de la provincia el griego no era la lengua de las clases instruidas, sino sólo de los que la habían estudiado especialmente." (1) Se puede hallar la prueba palmaria de que la lengua indígena Siria estaba profundamente implantada en Oriente, en la "Colección de leyes siriorromana del siglo V." (2)
(1) Th. Noldeke, Ueber Mommsem's Darstellung der romischen Herrschaft una romischen Politik in Oriente (Zeitschrift der morgenlándischen Gesellschaft, t. XXXIX (1885). Página 334).
(2) Bruns und Sachau, Syrisch-Romischcs-Rcchtsbuch aun dcm funften Jahrhitnáert Leipzig. 1880.
El manuscrito sirio más antiguo que de esa colección nos ha llegado está compuesto a principios del siglo VI, y por consecuencia antes de Justiniano. Ese texto sirio, probablemente escrito en la parte nordeste de Siria, es una traducción del griego. El original griego no ha llegado a nosotros, pero puede deducirse por algunas indicaciones que fue redactado hacia el 570. Como quiera que fuese, la traducción siria vio la luz casi en seguida de la aparición del texto original. Además del texto sirio, poseemos las versiones árabe y aramea de tal colección legislativa, que, según todas las probabilidades, es de origen eclesiástico, ya que analiza con profusión de detalles los artículos del derecho conyugal y sucesorial y hace resaltar osadamente los privilegios del clero. Pero aquí no nos interesa tanto el fondo de la colección tomó su gran difusión y corriente aplicación en Oriente, en los territorios comprendidos entre Armenia y Egipto, según lo prueban las numerosas y diversas versiones de estos documentos, así como lo que de ellos han tomado los escritores sirios y árabes de los siglos XIII y XIV. Más tarde, cuando la legislación justiniana se hizo, de modo oficial, obligatoria en todo el Imperio, el Código imperial pareció demasiado voluminoso y harto difícil de comprender para las provincias orientales, y en la práctica se siguió empleando la colección siria, que reemplazó al "Codex." Cuando, en el siglo VIII, los musulmanes ocuparon las provincias orientales, aquella legislación siria tuvo igual difusión bajo el dominio mahometano. Que tal compendio legislativo fuera traducido al sirio en la segunda mitad del siglo VI, muestra con claridad que la masa de la población no conocía aún el griego ni el latín y estaba muy afincada a la lengua indígena siria.
En Egipto, a pesar de la existencia de un foco de civilización de irradiaciones universales, como lo era Alejandría, el helenismo no había afectado tampoco sino a la clase superior dirigente, laica o eclesiástica. La masa de la población seguía hablando la lengua indígena copta.
Estos motivos no fueron los únicos que obraron en el siglo V. El gobierno encontraba dificultades en las provincias orientales, no sólo a causa de las diferencias de nacionalidades y razas, sino también porque una aplastante mayoría de la población sirio-egipcia, y parte de la del Asia Menor oriental, eran profundamente afectas al arrianismo y sus ramificaciones sucesivas. Así, la cuestión de las nacionalidades, ya compleja en sí, se agravó en el siglo V con un problema religioso.
En las provincias occidentales del Imperio de Oriente, es decir, en la Península Balcánica, en la capital y en la parte occidental del Asia Menor, el problema importante de este período fue el problema germánico, que amenazaba, como se ha visto más arriba, la misma existencia del Imperio. A mediados del siglo V, después de que el problema godo se hubo resuelto, hubo motivos para creer que los salvajes isáuricos iban a ocupar en la capital el puesto de los godos. En la frontera oriental, la lucha contra los persas continuó con algunas interrupciones, mientras en la frontera septentrional de los Balcanes empezaban las devastadoras invasiones de un pueblo de origen único o turco: los búlgaros. (1)
(1) Sobre el origen de los búlgaros primitivos, v. V. Zlatarski, Historia de la edad búlgara (Sofía, 1918), t. I, p. 23 y sigs. (en búlgaro), y 1.. Xiederle, Manuel de l'antiquité slavc (París, 1933), t. I, p. 100.
Arcadio (395-408) los Favoritos.
Arcadio tenía sólo diecisiete años cuando subió al trono. No poseía la experiencia ni la fuerza de voluntad requeridas por su elevada posición. Pronto se halló bajo el dominio completo de sus favoritos, que monopolizaron todo el poder, haciendo pasar a primer plano sus intereses propios y los de sus partidarios. El primer favorito que tuvo influjo sobre el emperador fue Rufino, que, viviendo Teodosio, había sido preceptor de Arcadio. Rufino no tardó en ser asesinado. Dos años después, pasó a ser favorito el eunuco Eutropio, quien ejerció influencia exclusiva sobre el emperador y alcanzó la cúspide de los honores después que hizo casar a Arcadio con Eudoxia, hija de un general franco del ejército romano. El hermano menor de Arcadio, Honorio, que había recibido el Occidente, tenía a su lado, como consejero designado por su mismo padre, al valeroso general Estilicón, tipo perfecto del bárbaro germano romanizado, que había prestado grandes servicios al Imperio luchando contra sus propios compatriotas.
La Resolución del Problema Gótico.
Bajo el reinado de Arcadio, la principal cuestión que se planteó al Imperio fue la germánica.
Los visigodos, establecidos en el norte de la Península de los Balcanes, estaban entonces mandados por un nuevo jefe: el ambicioso Alarico el Balto. Al principio del reinado de Arcadio entraron en Mesia, Tracia y Macedonia e incluso amenazaron la capital. Merced a la intervención diplomática de Rufino, Alarico abandonó la idea de marchar sobre Constantinopla. La atención de los godos se volvió a Grecia. Alarico atravesó Tesalia y por las Termopilas invadió la Grecia central.
En esta época, la población de Grecia, en conjunto, no estaba contaminada todavía, y era, poco más o menos, la que conocieran Pausanias y Plutarco. "La lengua, la religión, las leyes y las costumbres de los antepasados dice Gregorovius permanecían casi invariables en ciudades y campiñas. Si bien el cristianismo había sido reconocido oficialmente como la religión dominante; si bien el culto de los dioses, prohibido por el gobierno, estaba condenado a desaparecer, no por ello la Grecia antigua llevaba menos el sello moral y artístico del paganismo (gracias a los monumentos de la antigüedad, que había conservado.)" (1)
(1) Gregorovius, Geschichte der Stadt Athen, t. I, p. 35.
En su marcha a través de Grecia, los godos devastaron y saquearon la Beocia y el Ática. Ocuparon el puerto de Atenas el Pireo, pero, por suerte, no pasaron a Atenas misma. El historiador pagano del siglo V, Zósimo, se hace eco de una leyenda según la cual Alarico, al acercarse con su ejército a las murallas de Atenas, vio erguirse ante él, armada de punta en blanco, la diosa Atenea y, en pie ante los muros, el héroe troyano Aquiles. Atemorizado por tal aparición, Alarico abandonó la idea de atacar Atenas. (1) Por lo contrario, el Peloponeso sufrió terriblemente. Los visigodos saquearon Corínto, Argos, Esparta y varías otras ciudades. Estilicón avanzó para libertar a Grecia. Desembarcó con su ejército en el istmo de Corinto y así cortó a Alarico la retirada. No obstante, el jefe godo se abrió, con grandes dificultades, camino hacia el norte, y alcanzó el Epiro. El emperador Arcadio no titubeó en honrar al devastador de sus provincias con la elevada dignidad de "magister" del ejército de Iliria ("magíster militum per Illyricum"). Tras esto, Alarico dejó de amenazar el Oriente y dedicó toda su atención a Italia.
El peligro gótico no se hacia sentir sólo en la Península Balcánica y en Grecia. El predominio de los godos se manifestaba todavía, sobre todo a partir de Teodosío el Grande, en la capital, donde los grados más altos del ejército y gran número de elevadas funciones civiles habían pasado a manos de los germanos.
Al subir Arcadio al trono, era el partido germánico el que ejercía más profunda influencia en Constantinopla. A su cabeza estaba el godo Gainas, uno de los generales más valerosos del ejército imperial. En torno suyo se agrupaban los militares, en especial los de origen godo, y los representantes del partido germánico de la capital. El punto débil del partido consistía en lo religioso, pues ya hemos visto que los godos, en su mayoría, eran arríanos. El segundo partido que desempeñó papel importante en los años primeros del gobierno de Arcadio fue el del eunuco Eutropío, el poderoso favorito. Habíase rodeado Eutropio de ambiciosos y aventureros que perseguían ante todo la satisfacción de sus apetitos personales y para ello se servían de Europio. Gainas y Eutropio no podían entenderse. Ambos aspiraban al poder.
Los historiadores advierten la existencia de un tercer partido, hostil por igual a los germanos y a Eutropio. Este último partido, al que se habían unido los senadores, los funcionarios y la mayoría de los miembros del clero, puede ser considerado como una oposición que se levantaba, en nombre de la idea cristiana y nacional, contra la influencia creciente de los bárbaros y los heréticos. Naturalmente, el favorito, grosero y ávido, no podía despertar simpatías en este tercer partido, el jefe más sobresaliente del cual era Aureliano, prefecto de la ciudad. (2)
(1) Zósimo, V, 6, ed. Mendelsohn, p. 222-223.
(2) V. J. B. Bury, History of the Later Román Empirc (Londres, 1923), t. I, p. 127.
Entre los contemporáneos, hubo varios que comprendieron el grave peligro que la influencia germánica podía acarrear al Imperio. El gobierno mismo llegó a presentir el huracán.
Poseemos un documento de altísimo interés que nos muestra de manera vivida el estado de ánimo de cierto medios respecto al problema germánico. Hablamos del tratado de Sinesio Sobre el poder imperial, o, como a veces se traduce, (περί βασιλείας). Este tratado quizα fuera presentado al propio Arcadio. Sinesio (370-413), originario de Cirene, ciudad del África del Norte, era un neoplatónico instruido que se convirtió al cristianismo. En 399 se encaminó a Constantinopla para solicitar del emperador algunos desgravámenes de impuestos en favor de su ciudad natal. Más tarde de vuelta a su patria, fue elegido obispo de Ptolemaida, en África del Norte. Durante los tres años de su estancia en Constantinopla, Sinesio se dio perfecta cuenta del peligro que hacían correr los germanos al Imperio, y compuso el tratado a que hemos hecho referencia, que se puede calificar, con expresión de un historiador, de "manifiesto antigermano del partido nacional de Aureliano." (1) "Bastará el más ligero pretexto escribía Sinesio para que los armados (esto es, los bárbaros) tomen el poder y adquieran supremacía sobre los ciudadanos libres.
(1) B. Bury, ob. cit., t. I, p. 129, ed. 1889; t. I, p. 83.
Entonces los civiles deberán combatir contra hombres experimentados al más alto punto en el arte militar... Es preciso ante todo apartar (a los extranjeros) de las funciones superiores y quitarles sus títulos de senadores, porque lo que en la antigüedad pasaba a los ojos de los romanos como el colmo de los honores, se ha convertido en una cosa abyecta para los extranjeros. Nuestra ineptitud para comprender me sorprende en muchos casos, pero sobre todo en éste. En toda casa, por mediocre que sea, se puede encontrar un esclavo escita (es decir, godo); ellos son cocineros, despenseros... Escitas también los que llevan sillas pequeñas a la espalda y las ofrecen a quienes quieren reposar al aire libre. ΏNo es hecho digno de provocar sorpresa en el mayor grado ver a los mismos bárbaros rubios, peinados a la moda eubea, que en la vida privada llenan el papel de domésticos, darnos órdenes en la vida pública? El emperador debe depurar el ejército; lo mismo, en un montón de granos de trigo, separamos la paja y cuanto puede ser nocivo al buen grano... Tu padre, por exceso de clemencia, trató (a esos bárbaros) con dulzura e indulgencia; él les dio el título de aliados; él les concedió derechos políticos, honores; él generosamente les donó tierras. Pero no han comprendido y apreciado como convenía la nobleza de este trato. Han visto en ello una debilidad por nuestra parte, y eso les ha inspirado una arrogancia insolente y una jactancia inaudita... Recluta a nuestros nacionales en mayor numero, eleva nuestro ánimo, fortifica nuestros propios ejércitos y cumple lo que el Estado ha menester... Hay que emplear perseverancia. Que esos bárbaros trabajen la tierra, como en la antigüedad los mesenios, que después de haber abandonado las armas sirvieron de ilotas a los lace- demonios, o bien que se vayan por el mismo camino por el que vinieron y que anuncien a las tribus de la otra orilla del río que los romanos no tienen ya la misma dulzura y que entre ellos rige un emperador joven, de noble corazón." (1) La significación profunda de este notable documento, contemporáneo de los sucesos de que se trata, reside en la última recomendación de Sinesio. Éste comprende el peligro que amenaza al Imperio por parte de los godos y propone que se los aleje del ejército, que se recluten tropas nacionales y, tras esto, que se convierta a los bárbaros en labradores. Si no lo aceptan, que se limpie del ellos el territorio romano, arrojándolos al otro lado del Danubio, o sea devolviéndolos a su punto de origen.
(1) Sinesio, Opera
Περι Βασιλειας, p. 14-15; Migne, Patr. Gr., LXVI, 1095-1097-V. Bury, ob. cit., t. 1, p, 129-130; A. Fitzgcrakl, The Letters of Synesius of Cyrene (Londres, 1926), p, 23-24.El jefe más popular del ejército imperial, el godo Gainas, no podía soportar con calma la influencia exclusiva de Eutropio. Pronto se le presentó ocasión de obrar. En aquella época, los godos instalados por Teodosio el Grande en Frigia (Asia Menor), se sublevaron a las órdenes de su jefe Tribigildo, y asolaron el país. Gainas, enviado contra el rebelde, se alió a éste en secreto. Ambos se ayudaron entre sí e infligieron una derrota a las tropas imperiales enviadas contra Tribigildo. Éste y Gainas, dueños ambos de la situación, exigieron al emperador que destituyera a Eutropio y se lo entregase. El favorito tenía contra él a Eudoxia, la mujer del emperador, y al partido de Aureliano. Así acorralado, Arcadio hubo de ceder y desterró a Eutropio (399). Pero tal medida no contentó a los godos victoriosos, que forzaron al emperador a que llamara de nuevo a Eutropio a la capital, le entregase a la justicia y le hiciera ejecutar. Tras esto, Gainas exigió al emperador que se abandonase uno de los templos de la capital a los godos arríanos, para que éstos pudiesen celebrar allí su Oficio. Contra este proyecto se alzó Juan Crisóstomo ("Boca de Oro," llamado así por sus cualidades como brillante orador que era) obispo de Constantinopla. Gainas, sabedor de que el obispo tenía a su lado no sólo la capital, sino lo más de la población del Imperio, no insistió.
Instalados en la capital, los godos, en cierta manera, eran árbitros de los destinos del Imperio. Arcadio y la población de Constantinopla comprendieron la mucha gravedad de la situación. Por su parte. Gainas, a pesar de sus éxitos, no logró conservar la preponderancia adquirida. Hallándose una vez ausente de la capital, estalló una revuelta. Muchos godos fueron muertos. Gainas no pudo volver a Constantinopla, y Arcadio, que había recuperado el valor, envió contra él a un godo fiel, el pagano Fravitta, que batió a Gainas cuando éste trataba de pasar por mar al Asia Menor. Gainas se refugió en Tracia, donde fue apresado por el rey de los hunos, quien le hizo cortar la cabeza y la envió como obsequio a Arcadio. Así se conjuró el grave peligro germánico, merced a un germano precisamente: el godo pagano Fravitta, que recibió por aquel gran servicio el título de cónsul. El problema godo quedó, pues, resuelto en el siglo V en ventaja del gobierno. Las tentativas ulteriores de los godos para recobrar la influencia perdida no tuvieron importancia alguna.
Sobre aquel fondo de complicaciones germánicas resaltó la poderosa figura del patriarca de Constantinopla, Juan Crisóstomo. (1)
(1) En 1926, Baynes escribía: "Es verdaderamente extraño que no haya aún una biografía de Crisóstomo digna de este nombre" (Alexandria and Conslantinople. A study in ecclesiastical dtplomacy. Journal of Egyptian Archaeology, t. XII (1926). p. 150). Poseemos ahora una detallada biografía de Crisóstomo en dos volúmenes, muy cuidadosamente documentada y debida a un benedictino, el P. Crisóstomo Baur, Der heilige Johannes Chrysostomus und seine Zeit (Muních, 1929-30). No he visto mencionada en ningún sitio la muy detallada biografía de Crisóstomo, provista de abundantes referencias, que se publica en las Obras Completas de San Juan Crisóstomo. traducidas por primera vez al francés bajo la dirección de Jeannin, vol. I, Historia de San Juan
Crisóstomo (Arras, 1887, p. 1-532). V. Tambien N. Turchi, La Civiltta bizantina (Turín. 1915), p. 225-367. Este articulo no está mencionado en la bibliografía dada en el libro de Baur, t. I, p. XXXVIII).
Juan, originario de Antioquía, fue discípulo del célebre retórico Libanio. Se proponía seguir una carrera civil, pero abandonó tal proyecto después de su conversión. Entonces se entregó con fervor a predicar en su ciudad natal, donde oficiaba como sacerdote. El favorito Eutropio, a la muerte del patriarca Nectario, fijó su atención sobre Crisóstomo, ya célebre en Antioquía por sus predicaciones. Temiéndose que la población de Antioquía se opusiese a su marcha, Juan fue llevado en secreto a Constantinopla. A pesar de las intrigas de Teófilo, obispo de Alejandría, Juan fue consagrado obispo y ocupó la sede patriarcal de Constantinopla el año 398. La capital recibió con él un orador notable y valeroso, uno de esos hombres excepcionales cuyas prácticas están acordes con sus principios. Predicador de una moralidad severa, adversario de un lujo excesivo, Juan, convencido niceísta, halló entre sus ovejas muchos enemigos. Entre ellos figuraba la emperatriz Eudoxia, amante del lujo y los placeres y a quien Juan, en sus prédicas públicas, colmaba de reproches, comparándola a Jezabel y a Herodíadas. (1) Juan adoptó una actitud enérgica ante los godos arríanos que, como vimos, exigían, por intermedio de Gainas, una iglesia para su Oficio. Juan rehusó categóricamente y los godos hubieron de seguir contentándose con la iglesia que se les había otorgado extramuros de la ciudad. Pero Juan se interesó vivamente por la minoría ortodoxa goda. Les cedió una iglesia en la ciudad, los visitaba a menudo y, ayudado por intérpretes, conversaba con ellos.
Su firme religiosidad, su intransigencia con todo aquello que se apartara del mensaje evangélico, su elocuencia severa y persuasiva acrecieron progresivamente el número de sus enemigos. Arcadio sufrió la influencia de los tales y se pronunció abiertamente contra el patriarca Juan, quien se retiró al Asia Menor. Las turbulencias populares que produjo el alejamiento del amado pastor, obligaron al monarca a volver a llamarle. Pero no duró mucho la paz entre el patriarca y el gobierno. La inauguración de un estatua de la emperatriz proporcionó a Juan materia para un nuevo sermón cáustico, en el que censuró los vicios de aquella mujer. Entonces fue privado de su cargo y sus partidarios perseguidos. En el 404 se le desterró a Cúcusa, ciudad de Capadocia, donde llegó tras largo y difícil viaje. "Era dice el mismo Juan el lugar más desierto de todo el Imperio." (2) Tres años después llegó una nueva orden de destierro contra Juan, al que ahora se enviaba a las lejanas riberas orientales del mar Negro. Encaminándose allí, murió (407), quien antes de morir pronunció las siempre recordadas palabras: Todo sea para la gloria de Dios. Tal fin tuvo uno de los más eminentes representantes de la Iglesia de la Alta Edad Media. Dejó tras él un rico legado literario y teológico a través de sus tratados y homilías, donde se halla una pintoresca descripción de la vida intelectual, social y religiosa de su época. Defensor obstinado y convencido de los ideales de la Iglesia apostólica, no temió oponerse a las exigencias arrianas del poderoso Gainas. Juan Crisóstomo quedará siempre como uno de los más altos ejemplos morales que la humanidad haya nunca visto. "Era se ha dicho implacable para el pecado y lleno de piedad para el pecador." (3)
La intervención del Papa y del emperador de Occidente, Honorio, en favor del perseguido Juan y sus partidarios, no tuvo éxito alguno. (4)
Arcadio murió en 408. Su hijo y sucesor, Teodosio, sólo tenía siete años. Eudoxia, esposa de Arcadio y madre de Teodosio, había muerto también en aquella época.
(1) Ha sido puesta en duda la autenticidad de algunos de esos sermones. V. Seeck. Geschichte des Untergangs der antiken Welt (Berlín, 1913), t. V, p. 365 y 583; P. C. Baur, ob- cit., t. II (1930), p. 144-145, 196, 237. Bury, ob. cit., t. I, p. 155.
(2) Johannis Crysostomus, epístola 234. Migne, Patr. Gr., LII, 739.
(3) A. Puech, Saint Jean Cfirysostome et Íes moeurs de son temps (París, 1891), p. 332.
(4) Actualmente se pone en duda la autenticidad de una fuente extremamente seductora que describe las relaciones de la emperatriz y Juan y da una idea general de la vida de la corte bajo Arcadio: Vita Porphyrii episcopi Gazensis, por Marco Diácono. V. H. Grégoire y M. A. Kugener: La vie de Porphyre, évéque de Gaza, est-elle autentique? (Rcvue de l'Université de Bruxeltes, t. XXXV (1929-30), p. 53-66). Se encontrarán largos extractos de esa Vita en Bury, t. I, p. 142-148. Baur considera la Vita... como una de las fuentes más dignas de confianza. El problema requiere más amplias investigaciones. (Que ya han sido realizadas con éxito por los citados profesores de Bruselas Grégoire y Kugener, en su edición y traducción de la Vita..., París, 1930.) (N. del R.)
Teodosio II el Joven (408-450).
Según el testimonio de algunas fuentes, Arcadio, en su testamento, nombró al rey persa Yezdigerdes I tutor de Teodosio, por temor a que los ciudad de Constantinopla quitasen su trono al último. Parece que el rey de Persia habría cumplido a la letra sus obligaciones y, por intermedio de un agente suyo, protegido a Teodosio contra las intrigas de quienes le rodeaban. Varios eruditos rechazan la autenticidad de este relato, pero otros no ven en él nada inverosímil. Ejemplos análogos se encuentran en otros períodos de la historia y no hay buenas razones para rechazar la posibilidad. (1)
(1) J. B. Bury, t. II. p. 2, n. I.
Las amistosas relaciones que existían a la sazón entre los dos Imperios explican la situación excepcionalmente favorable del cristianismo en Persia durante el reinado de Yezdigerdes I. La tradición persa, reflejando el sentir de los magos y de los nobles, le llama "Apostata," "Malvado," amigo de Roma y los cristianos y perseguidor de los magos. Las fuentes cristianas le celebran, en cambio, por su dulzura y magnificencia, y hasta dicen que estuvo a punto de convertirse al cristianismo. En realidad, Yezdigerdes I, como Constantino el Grande, tenía ciertas miras políticas y apreciaba la importancia del elemento cristiano de su Imperio con relación a sus planes. En 409, los cristianos fueron formalmente autorizados a adorar en público a su Dios y restaurar sus templos. Ciertos historiadores llaman a ese decreto el edicto de Milán de la Iglesia cristiana asiría. (1)
El año 410 se reunió en Seleucia un concilio donde se organizó la Iglesia cristiana de Persia. El obispo de Seleucia (Ctesiphon) fue elegido jefe de aquella Iglesia. Ostentaba el título de "Catholicos" y debía morar en la capital del Imperio persa.
Los miembros del concilio hicieron la siguiente declaración: "Suplicamos todos unánimemente a Nuestro Señor misericordioso que aumente los días del victorioso e ilustre rey Yezdigerdes, rey de reyes, y prolongue sus años de generaciones en generaciones y de edades en edades."(2)
(1)
(2) Sinodicón Oriental, o Colección de sínodos nestorianos, publicada, traducida y anotada por J. B. Chabot (Notices et extraíts des manuscrits de la Bibliothéque natíonale, t. XXXVII, página 258, 1902).
Los cristianos no gozaron mucho tiempo de esta libertad. Ya en los últimos años del reinado de Yezdigerdes se reanudó la persecución.
Teodosio, desprovisto de talentos de estadista, se interesó poco por el gobierno. Durante su reinado se mantuvo, por decirlo así, al margen de los asuntos públicos. Tenía verdadera pasión por la vida retirada, vivía en su palacio como en un convento y consagraba considerable tiempo a la caligrafía, copiando con su bella escritura manuscritos antiguos. Pero se rodeó de hombres llenos de talento y energía que contribuyeron mucho al nombre de su reinado, el cual se distinguió por importantes acontecimientos en la vida interior del Imperio. Así, la ciencia moderna ha dejado de ver en Teodosio II un hombre falto en absoluto de voluntad y talento.
Durante toda la vida de Teodosio fue ejercida sobre él una influencia particular por su hermana, la piadosa Pulquería, que tenía espíritu de estadista. Gracias a ella, Teodosio casó con la hija de un filósofo ateniense, Atenais, quien se dio en el bautismo el nombre de Eudocia. Eudocia había recibido en Atenas una excelente instrucción; poseía verdadero talento literario y nos ha legado cierto número de obras que tratan de materias religiosas principalmente, pero donde se halla también un eco de los hechos políticos contemporáneos.
Bajo Teodosio, la "pars orientalis" del Imperio no tuvo que sostener choques tan temibles como la "pars occidentalis," que atravesaba por entonces una crisis aguda debida a las invasiones germanas. El jefe visigodo Alarico tomó Roma, la antigua capital del Estado romano pagano, suceso que produjo intensa impresión en los contemporáneos. En la Europa occidental y el África septentrional se formaron sobre el territorio romano los primeros estados bárbaros. En la "pars orientalis," Teodosio tuvo que luchar contra los salvajes hunos, quienes invadieron el territorio bizantino y llegaron, en sus devastadoras, incursiones, al pie de las murallas de Constantinopla. El emperador hubo de pagarles una importante suma y cederles territorios al sur del Danubio. Las relaciones pacíficas que se establecieron a continuación con los hunos, motivaron el envío de una embajada al gran campamento huno de Panonia. Al frente de la embajada iba Maximino. Un amigo de éste, Prisco, que le acompañó a Panonia, ha dejado una relación completa de la embajada y una descripción interesante de la corte de Atila y de los usos y costumbres de los hunos. (1) Tal descripción es particularmente interesante en el sentido de que puede ser considerada un relato, no sólo de la vida de los hunos, sino de las costumbres de los eslavos del Danubio medio, a quienes los hunos habían sometido. (2)
y el Tercer Concilio Ecuménico.
L
os dos primeros concilios ecuménicos habían establecido definitivamente el punto de que Cristo era a la vez Dios y hombre. Pero esta solución no satisfacía a los espíritus ávidos de verdad religiosa, los cuales comenzaron a discutir de qué manera convenía entender en Jesús la unión de la persona humana y la substancia divina, y sus relaciones recíprocas. El fin del siglo IV y vio nacer en Antioquía una doctrina según la cual no existía unión completa de las dos naturalezas en Jesucristo, demostrando a continuación la plena independencia de la naturaleza humana en Jesucristo, tanto antes como después de su unión con la naturaleza divina. Mientras semejante doctrina no rebaso un círculo restringido de personas, no motivó grandes turbaciones en la Iglesia. Pero a contar del día en que la sede episcopal de Constantinopla fue ocupada por Nestorio, partidario convencido de aquella doctrina, las circunstancias cambiaron. El nuevo patriarca quiso imponer la doctrina de Antioquía a toda la Iglesia. Nestorio que era célebre por su elocuencia, dirigió al emperador, a raíz de su consagración, las palabras siguientes: "Dame, Señor, una tierra limpia de herejes y yo te daré en cambio el cielo; ayúdame a exterminar a los herejes y yo te ayudaré a exterminar a los persas." (3) Con el nombre de herejes, Nestorio comprendía todos aquellos que no compartían sus opiniones sobre la independencia de la naturaleza humana en Jesucristo. Nestorio no llamaba a la Virgen María "Madre de Dios," sino "Madre del Cristo," es decir, "Madre de un hombre."(1) Excerpta de legationibus, ed. C. de Boor, t. I. Berlín, 1903, p. 121-131 (fr. 3). Fragmenta Historicorum graecorum, ed. C. Mullcms, i. IV, París, 1851, p. 77-87.
(2) Se hallará una traducción libre del relato de Prisco, en Bury, t. I, p. 279-288. V. W. Ennslin, Maximinus und seine Begleiter, der Historiker Priskos (Byzantinische-Neugriechische Jahrbücher, t. V, 1926, p. 1 - 9.
(3) Sócrates, Hist. ecl., VII, 29.
Nestorio entabló severas persecuciones contra sus adversarios, y con esto trajo a la Iglesia grandes turbulencias. Se levantaron contra su doctrina el patriarca de Alejandría, Cirilo, y el Papa Celestino, quien, en el concilio de Roma, condenó como herética la nueva doctrina. El emperador Teodosio, deseando poner fin a las disputas de la Iglesia, convocó en Efeso el tercer concilio ecuménico, que condenó el nestorianismo (431). Nestorio hubo de retirarse a Egipto, donde murió.
A pesar de la condenación del nestorianismo, los nestorianos eran bastante numerosos en Siria y en Mesopotamia. El emperador ordenó a las autoridades de aquellas provincias que procedieran contra ellos. El foco principal de nestorianismo era Edesa, donde funcionaba una célebre escuela, difusora de la doctrina de Antioquía. En 489, bajo el emperador Zenón, la escuela fue suprimida y sus profesores y alumnos expulsados. Pero ellos se refugiaron en Persia y crearon una escuela en Nisibe. El rey de Persia acogió de buen grado a los nestorianos, ofreciéndoles su protección. Veía en ellos, en efecto, enemigos del Imperio, de los que podía servirse llegado el caso. La Iglesia persa de los nestorianos o cristianos siriocaldeos, tenía a su frente un obispo denominado "Catholicos." Desde Persia, el cristianismo, en su forma nestoriana, pasó a otros países, se propagó por el Asia central y consiguió muchos prosélitos en la India.
Entre tanto, en la Iglesia bizantina y en Alejandría sobre todo había surgido, tras el concilio de Efeso, una nueva corriente nacida y desarrollada por oposición al nestorianismo y en un sentido opuesto. Los partidarios de Cirilo de Alejandría, quien atribuía preponderancia a la naturaleza divina de Jesucristo, llegaron a la conclusión de que la naturaleza humana de Jesús desaparecía en su naturaleza divina, es decir, que Jesucristo no tenía más que una naturaleza divina. Tal doctrina recibió el nombre de "monofisismo" y sus partidarios fueron llamados monofisistas (del griego μόνος, solo, y φύσις, naturaleza). El monofisismo hizo muy grandes progresos bajo el patriarca de Alejandría, Dióscoro, y el archimandrita de Constantinopla, Eutiques, monofisistas convencidos. El emperador aceptó la doctrina de Dióscoro, viendo en él al heredero de Cirilo de Alejandría. Pero el patriarca de Constantinopla y el Papa León I el Grande se opusieron a la nueva doctrina. A instancias de Dióscoro, el emperador, en 449, reunió en Efeso un concilio que ha pasado a la historia con el nombre de "Latrocinio de Efeso." El partido alejandrino de los monofisistas, con Dióscoro a su cabeza, presidiendo el concilio, hizo reconocer, empleando medios violentos contra los asistentes, la doctrina de Eutiques, es decir, el monofisismo. Ésta pasaba a ser la doctrina ortodoxa y sus adversarios quedaban condenados. El emperador ratificó las disposiciones del concilio y le reconoció la calidad de ecuménico. Semejante solución no podía devolver la paz a la Iglesia. Una muy grave crisis religiosa desgarraba, pues, el Imperio a la muerte de Teodosio II (450), quien dejaba a su hijo el cuidado de resolver el problema monofisista, tan importante para la historia posterior de Bizancio.
La época de Teodosio II no sólo es interesante por los turbulentos sucesos, tan grávidos de consecuencias, de la historia religiosa, sino también por otras características que se refieren a la vida interior del Imperio.
La Escuela Superior de Constantinopla. El Código de Teodosio.
Las Murallas de Constantinopla.
La creación de la Escuela Superior de Constantinopla y la publicación del Código de Teodosio son dos episodios capitales en la historia de la civilización bizantina.
Hasta el siglo V, Atenas había sido el foco principal de la enseñanza de las ciencias paganas en el Imperio romano. Poseía una famosa escuela filosófica. Allí acudían de todas partes los sofistas, es decir, los profesores griegos de lógica, metafísica, y retórica, unos para demostrar sus conocimientos y su arte oratorios, otros con miras a conseguir una buena colocación como profesores. Estos profesores vivían en parte de la caja imperial y en parte del tesoro de diversas ciudades. En Atenas, además, las lecciones particulares y las conferencias estaban mejor remuneradas que en otros sitios.
El triunfo del cristianismo en el siglo IV dio un golpe considerable a la escuela de Atenas. Por ende, la vida espiritual de esta ciudad quedó trastornada a fines del mismo siglo por las invasiones visigóticas en Grecia. Después de partir los godos, la Escuela de Atenas se halló despoblada. Los filósofos eran menos numerosos. Finalmente, la escuela pagana de Atenas recibió un golpe aun más sensible con la creación por Teodosio II de la Escuela Superior cristiana, o Universidad de Constantinopla.
Desde que Constantinopla se había convertido en capital del Imperio, muchos retóricos y filósofos habían acudido a aquella capital, de manera que ya antes del reinado de Teodosio II existía de hecho una especie de Casa de Altos Estudios. Profesores y estudiantes eran invitados a encaminarse a Constantinopla, y afluían de África, de Siria y de otros lugares. San Jerónimo observaba en su Crónica (360-362): "Evancio, el más sabio de los gramáticos, murió en Constantinopla y para "El Código De Teodosio" substituirle se hizo acudir de África a Carisio." (1) Así, el historiador más reciente de la materia expresa la opinión de que bajo Teodosio la universidad no fue fundada, sino reorganizada. (2)
(1) San Jerónimo, Chronicon. (Migne, Patr. lat., XXVII, col. 689-690). V. H. Usener, Vier lateinische Grammatiker, Rheinisches Museum, t. XXIII (1868), p. 492.
(2) V. Fr. Fuchs, Die Hóheren Schulen von Konstantinopel in Mittelalter (Leipzig-Berlin. 1926), p. 2.
En 425, Teodosio publicó un edicto disponiendo la creación de una Escuela superior. El número de profesores se fijaba en treinta y uno. Debían enseñar gramática, retórica, derecho y filosofía. La enseñanza debía darse parte en latín y parte en griego.
El edicto declaraba que habría tres retóricos ("oratores") y diez gramáticos que enseñarían en latín, y cinco retóricos o sofistas ("sophistae") y diez gramáticos que enseñarían en griego. Además, se preveía una cátedra de filosofía y otra de jurisprudencia. Aunque la lengua del Estado siguiese siendo la latina, la creación de cátedras en lengua griega indica claramente que el emperador empezaba a comprender los derechos indiscutibles de ese idioma en la capital. El griego era, en efecto, la lengua más corrientemente hablada y mejor comprendida en toda la "pars orientalis" del Imperio. Es interesante notar que el número de retóricos de lengua griega superaba en dos al de retóricos de lengua latina. La nueva universidad fue establecida en un edificio especial, dotado de vastas salas de conferencias. Los profesores no tenían el derecho de dar lecciones particulares, debiendo consagrar todo su tiempo y atención a la enseñanza en la universidad. Recibían un sueldo fijo, pagado por el Estado, y podían alcanzar situaciones muy elevadas. El nuevo foco de enseñanza cristiana de Constantinopla iba a revelarse como un rival muy peligroso para la Escuela pagana de Atenas, más en decadencia cada vez. Pronto ‘ la Escuela superior de Teodosio II fue el foco en torno al cual se agruparon las mejores fuerzas espirituales del Imperio.
También bajo Teodosio II se publicó el más antiguo compendio de constituciones imperiales que ha llegado hasta nosotros. Hacía mucho tiempo que se sentía la profunda necesidad de efectuar tal compilación. Numerosas constituciones no compiladas se habían perdido o caído en olvido, de donde salían un gran desorden en los asuntos públicos y muchas molestias para los jurisconsultos. Conocemos la existencia de dos compilaciones jurídicas de época anterior a Teodosio: el Codex Gregorianus y el Codex Hermogenianus, probablemente llamadas así por los nombres de sus autores, Gregorio y Hermógenes, a propósito de los cuales no sabemos nada. La primera de ellas data de la época de Diocleciano y probablemente contiene las disposiciones promulgadas desde Adriano a Diocleciano. La segunda, compuesta bajo sus sucesores en el siglo IV, comprende las constituciones promulgadas desde Adriano a Diocleciano. La segunda, compuesta bajo sus sucesores en el siglo IV, comprende las constituciones promulgadas desde fines del siglo III hasta las inmediaciones del año 360. Esas dos compilaciones no han llegado hasta nosotros y sólo las conocemos por fragmentos insignificantes que se han conservado. Teodosio II concibió la idea de publicar, sobre el modelo de las dos compilaciones precedentes, una compilación de las disposiciones promulgadas por los emperadores cristianos, desde Constantino a él mismo, ambos incluidos. Tras ocho años de trabajos, la comisión convocada por el emperador publicó el Codex Theodosianus, en lengua latina. Este código se publicó en Oriente el año 438, y a poco fue introducido también en Occidente. El Código de Teodosio se divide en dieciséis libros, divididos a su vez en cierto número de títulos ("tituli"). Cada libro trata de una parte del gobierno: administración, asuntos militares, religiosos, etc. En cada título los decretos se clasifican por orden cronológico. Las disposiciones publicadas después de la aparición del Código fueron llamadas "Nuevas" o "Novelas" ("leges novellae").
El Código de Teodosio tiene gran importancia desde el punto de vista histórico. En primer lugar es la fuente más preciosa que poseemos para estudiar la historia interior de los siglos IV y V. Pero, como abraza igualmente el período en que el cristianismo se convirtió en religión de Estado, tal compilación de leyes puede considerarse también como un resumen de la obra de la nueva religión en la esfera jurídica y de las modificaciones que aportó a la práctica del derecho. Ese Código, así como las compilaciones precedentes, sirvieron de base a la legislación justiniana. En fin, el Código teodosiano, introducido en Occidente en la época de las invasiones germánicas, ejerció, con los dos códigos anteriores, las Novelas posteriores y algunos otros monumentos jurídicos de la Roma imperial (las instituciones de Cayo, por ejemplo), una gran influencia, directa e indirecta a la vez, sobre la legislación bárbara. La famosa "Ley romana de los visigodos" "Lex Romana Visigothorumn," destinada a los subditos romanos del reino visigótico, no es sino una abreviación del Código teodosiano y las otras fuentes que acabamos de mencionar. Por eso la "Ley romana de los visigodos" se denomina también "Breviario de Alarico" (Brevíarium Alaricianum), del nombre del resumen publicado por el rey visigodo Alarico II a primeros del siglo VI. Este es un ejemplo de influencia directa ejercida sobre la legislación bárbara por el Código de Teodosio. Pero más grande aun fue la influencia indirecta que ejerció por intermedio del referido Código visigodo. En la Alta Edad Media, siempre que se alude a la Ley romana, es invariablemente la "Ley romana de los visigodos" y no el verdadero Código teodosiano lo que se cita. Durante todo ese período, y hasta la época de Carlomagno incluso, la legislación de la Europa occidental fue influida por el Breviario de Alarico, que se convirtió en la principal fuente de derecho romano en Occidente. También la ley romana, en esta época, influye en la Europa occidental, y no a través del Código de Justiniano, que sólo se propagó en Occidente mucho más tarde, hacia el siglo XIII. Tal hecho ha sido a veces olvidado por los eruditos, y así hasta un historiador tan eminente como Fustel de Coulanges ha podido declarar: "la ciencia ha demostrado que las compilaciones legislativas de Justiniano estuvieron en vigor en Galia en la Alta Edad Media." Pero la influencia de aquel Código fue aún mayor, porque parece que el "Breviario" de Alarico desempeñó cierto papel incluso en la historia de Bulgaria. Tal es, al menos, la opinión del sabio croata Bogisic, cuyos argumentos han sido desarrollados y confirmados por el sabio búlgaro Bobtchev. A creer a estos dos historiadores, el Breviario de Alarico fue enviado por el Papa Nicolás I al rey búlgaro Boris, quien había expedido al Papa una delegación, el año 866, pidiéndole que mandase a Bulgaria las "leyes del mundo" ("Leges mundanae"). Contestando a esta petición, el Papa, en su "Responsaad Consulta Bulgarorum," envió a los búlgaros, según sus propios términos, (das venerables leyes de los romanos" ("venerandae Romanorum leges"), que los dos sabios antedichos consideran precisamente haber sido el Breviario de Alarico. (1) Claro que. aun de ser así realmente, no debemos exagerar la importancia de ese Código en la vida de los antiguos búlgaros, porque, muy pocos años después de tal suceso, Boris rompió con la Curia romana y se aproximó a Constantinopla. Pero el mero hecho de que el Papa enviase a Bulgaria el "Breviarium" basta para señalar el papel que éste desempeñaba en la vida europea del siglo IX. Todos estos ejemplos indican bastante la mucha influencia y gran difusión del "Codex Theodosianus."
(1) Bogisic, Pisani zakoni na slovenskom jugu.
Entre los grandes acontecimientos de la época de Teodosio II, debemos indicar la construcción de las murallas de Constantinopla. Ya Constantino el Grande había rodeado la ciudad con un muro. Pero en la época de Teodosio II la población había rebasado con mucho aquel cinturón, Era indispensable proveer nuevas medidas para defender la capital contra los ataques de sus enemigos. La suerte de Roma, tomada por Alarico el 410, fue una seria advertencia para Constantinopla. que también se vio amenazada, en la primera mitad del siglo V, por los salvajes hunos.
Había entre quienes rodeaban a Teodosio hombres enérgicos y con talento bastante para resolver aquel difícil problema. Las murallas se construyeron en dos veces. Durante la primera infancia de Teodosio, Antemio, prefecto del pretorio, que era entonces regente, hizo construir (413) un muro flanqueado de numerosas torres, que iba del mar de Mármara al Cuerno de Oro. algo más al oeste que la muralla de Constantino. El nuevo muro de Antemio, que salvó a la capital de la ofensiva de Atila, existe aun hoy al norte del mar de Mármara, hasta las ruinas del palacio bizantino conocido con el nombre de Tekfur-Serai. Tras una violenta sacudida sísmica que destruyó la muralla, Constantino, prefecto del pretorio, la reparó, construyendo, además, ante ella, otro muro con numerosas torres, rodeado de un foso ancho y profundo, con agua. De modo que por el lado de tierra Constantinopla tenía una triple línea de fortificaciones: los dos muros, separados por una especie de plataforma, y el profundo foso que se abría al pie del muro exterior. Bajo la administración de Ciro, prefecto de la ciudad, se construyeron nuevas murallas, éstas al borde del mar. Las dos inscripciones, visibles hoy todavía en los muros, que se refieren a ese período, y que son una griega y otra latina, mencionan la actividad constructiva de Teodosio. El nombre de Ciro está asociado también a la organización del alumbrado nocturno en las calles de la capital. (1)
Teodosio II murió el año 450. A pesar de su debilidad y de su falta de capacidades de estadista, su largo reinado presenta un interés considerable para la evolución ulterior del Imperio, sobre todo desde el punto de vista de la historia de la civilización. Gracias a una juiciosa elección de sus altos funcionarios. Teodosio logró obtener resultados muy grandes. La Escuela Superior de Constantinopla y el Código de Teodosio quedan como monumentos imperecederos en la historia de la civilización del primer cuarto del siglo V. Los muros elevados en aquel período hicieron inexpugnable a Constantinopla durante varios siglos. N.H. Baynes escribe: "En cierto sentido, los muros de Constantinopla fueron para Oriente los cañones y la pólvora que faltaron a Occidente y por cuya falta el Imperio cayó."(2)
(1) V. Chronicon Paschale, I. I, p. 588. Bury. t. I. p. 70, 72 y n. de la 72. Van Miílingen, Byzantine Constantinople, the Walls of thc City and Adjoining Historical Sites (London 1899), P. 48. Otros informes sobre la vida de Ciro, no utilizados por Bury, se hallan en la Vida de San Daniel el Estilita, ed. por H. Delehaye en los Analecta Bollandiana, XXXII (1913), c. 31, p. 150. Id., Les saints styilites (Bruselas-París, 1923), p. 30-31. N. BaVIIcs, The Vita St. Danielis Stylitae (English Histórica} Review, 40 (1925), 397). Baynes, The Byzantin Empire (Nueva York y Londres, 1926), p. 27.
Marciano (450-457) y León (457-474).
T
eodosio murió sin dejar descendencia. Su hermana Pulquería, aunque ya entrada en años, consistió en casar con el tracio Marciano, que fue proclamado emperador. Marciano era un soldado capaz, pero modesto. Sólo se le elevó al trono a instancias de Aspar, un jefe militar alano de origen y cuya influencia era grande.El problema godo, que a fines del siglo IV y principios del V llegó a ser realmente peligroso para el Estado, se había resuelto, como vimos, en favor del gobierno, en tiempos de Arcadio. Sin embargo, el elemento gótico del ejercita bizantino seguía ejerciendo cierta influencia en el Imperio, aunque en una escala bastante reducida. A mediados del siglo V, el bárbaro Aspar, apoyado por los godos, hizo un esfuerzo para resucitar la antigua supremacía de éstos. Por algún tiempo lo logró. Dos emperadores, Marciano y León I, fueron elevados al poder merced a los trabajos de Aspar, a quien sólo sus tendencias arrianas impedían llegar en persona al trono. La capital empezó a expresar descontento contra Aspar, contra su familia y, en general, contra la influencia bárbara en el ejército. Dos hechos acrecieron la tensión existente entre los godos y los moradores de la capital. La expedición marítima organizada contra los vándalos del África del Norte quienes, según la Vida de San Daniel el Estilita, querían apoderarse de Alejandría fracasó por completo, no sin implicar grandes gastos y dificultades a León I, que la dirigió. La población acusó de traición a Aspar, que se había opuesto a la expedición contra los vándalos, germanos de igual origen que los godos. (1) Aspar obligó a León a conferir el rango de cesar a uno de sus hijos, es decir, a darle la más alta dignidad del Imperio. El emperador decidió librarse de la influencia germánica. Lo consiguió con ayuda de los belicosos isáuricos, en aquel momento acantonados en gran número en la capital. Aspar fue muerto con parte de su familia, y ello asestó el golpe de gracia a la influencia germánica en la corte de Constantinopla. A causa de esta matanza se dio a León I el nombre de "Makelles" (Matarife). F. I. Uspenski ve en semejante suceso una etapa trascendental en el sentido de la nacionalización del ejército y del debilitamiento de la preponderancia bárbara entre las tropas, y concluye que ello bastaría para justificar el apelativo de "Grande" que se da a veces a León. (2)
(1) Se hallarán más detalles sobre la expedición contra los vándalos en la Vida de San Daniel el Estilita, Delehaye, c. 56, p. 175. Les saints stylites, p. 55. N. Baynes, ob. cit.página 399.
(2) F. I. Uspenski, Historia del Imperio bizantino, t. I, p. 330 (en ruso).
Al principio del reinado de Marciano, los hunos, tras haber sido una amenaza tan terrible para el Imperio, se trasladaron de la región del Danubio central hacia el occidente de Europa, donde después, en Galia, se libró la famosa acción de los Campos Cataláunicos. A poco, Atila murió y su enorme Imperio disgregóse. Así desapareció para Bizancio el peligro huno en los últimos años del reinado de Marciano.
Éste había heredado de su predecesor una situación religiosa muy difícil. Los monofisitas triunfaban. El emperador, partidario de los dos primeros concilios ecuménicos, no podía admitir ese triunfo. En 451 convocó un cuarto concilio ecuménico en Calcedonia. Este concilio tuvo importancia capital para toda la historia ulterior. Asistieron un número grande de eclesiásticos. El Papa se hizo representar por legados.
El concilio condenó las disposiciones del "Latrocinio de Efeso" y depuso a Dióscoro. Luego elaboró una nueva fórmula religiosa que rechazaba por completo la doctrina de los monofisistas y concordaba en pleno con las opiniones del Papa de Roma. El concilio reconocía "un Cristo único en dos naturalezas, sin confusión ni alteración, división o separación." Los dogmas aprobados por el concilio de Calcedonia confirmaban solemnemente las principales definiciones de los dos primeros concilios ecuménicos, que se convirtieron así en base de la enseñanza religiosa de la Iglesia ortodoxa.
Las decisiones del concilio de Calcedonia fueron también de gran importancia política para la historia de Bizancio. El gobierno bizantino, oponiéndose abiertamente al monofisismo en el siglo V, se enajenó las provincias orientales de Siria y Egipto, donde la mayoría de la población era monofisista. Los monofisistas persistieron siendo fieles a sus doctrinas religiosas, incluso después de las decisiones del 451, y rehusaron todo compromiso. La Iglesia egipcia abolió el uso del griego en sus Oficios y los celebró desde entonces en lengua indígena (copta). Estallaron turbulencias religiosas en Jerusalén, Alejandría y Antioquía, como consecuencia, de la aplicación forzada de las decisiones del concilio, promoviéndose graves sediciones populares que revistieron carácter nacional y exigieron para ser reprimidas, no sin efusión de sangre, el concurso de las autoridades militares y civiles. La represión no resolvió tampoco el problema. Tras los conflictos religiosos, más agudos cada vez, comenzaban a manifestarse los disentimientos nacionales, sobre todo en Siria y Egipto. Gradualmente, las poblaciones indígenas de Egipto y Siria concibieron y desearon la idea de separarse de Bizancio. Los disturbios religiosos de las provincias orientales y la composición de los moradores de esos países crearon las condiciones que, en el siglo VII, facilitaron el paso de aquellas ricas y civilizadas comarcas primero a manos de los persas y luego de los árabes.
Debe notarse también la importancia del canon 28° del concilio de Calcedonia, que provocó un activo cambio de correspondencia entre el emperador y el Papa. Aquel canon no fue reconocido por el Papa, pero sí fue generalmente aceptado en Oriente. Tratábase del rango del patriarca de Constantinopla respecto al Papa de Roma, cuestión ya resuelta por el canon 3.° del segundo concilio ecuménico. El canon 28° del concilio de Calcedonia confirmaba la decisión del concilio precedente, y daba "privilegios iguales al muy santo trono de la Nueva Roma, estimando con razón que la ciudad que se honra con la presencia del Gobierno imperial y del Senado y goza de privilegios iguales a los de la antigua Roma imperial, debe, en materia eclesiástica, ser igualmente exaltada y tener rango inmediatamente después de ella." (1) Además, el mismo canon concedía al arzobispo de Constantinopla el derecho de dar la investidura a los obispos de las provincias del Ponto, de Asia y de Tracia, habitadas por pueblos de tribus diversas. "Baste recordar escribe F. I. Uspenski que esos tres nombres abarcaban todas las misiones cristianas del Oriente, de la Rusia meridional y de la Península Balcánica, y todas las adquisiciones del clero oriental en las regiones. Tal fue, al menos, la opinión de los canonistas griegos posteriores, que defendieron los derechos del patriarca de Constantinopla. (2) Esta es, en pocas palabras, la importancia histórica, de un alcance 'Universal, del canon 28°." (3) Por este breve resumen se aprecia que Marciano y León I fueron emperadores de espíritu estrictamente ortodoxo.
(1) Mansi, Amplissima Collectio Conciliorum (Florencia, 1762), t. VII, p. 445.
(2) Uspenski, Historia del Imperio Bizantino, t. I, p. 276 (en ruso).
(3) Obsérvece que el canon 28. se limitaba a posponer Alejandría y los demás patriarcados al de Constantinopla (lo que tanto había de contribuir a fortalecer el monofisismo en Asia y África), sin alzar la menor objeción acerca de la primacía indiscutible de Roma; tan explícitamente reconoció el concilio la potestad de la Sede apostólica, que solicitaba de ella la confirmación de éste como de los restantes cánones. Es más, Calcedonia marca el momento en que más explícitamente se inclinó el Oriente ante el magisterio de Roma en materia de fe y
Zenón (474-491). Los Isauricos. Odoacro y Teodorico el Ostrogodo. El Henótico.
A la muerte de León I (474). le sucedió su nieto León, niño de seis años. León II murió el mismo año que su abuelo, después de haberse asociado al Imperio a su padre, Zenón (474-491)- Bajo éste, a la antigua influencia germánica substituyó en la corte otra nueva influencia bárbara, la de los isáuricos, raza salvaje a la que pertenecía el emperador por su origen. Los isáuricos ocupaban los mejores puestos y las dignidades más elevadas de la capital. Pero pronto advirtió Zenón que entre sus propios compatriotas había conjuraciones contra él, y, dando muestras de gran decisión, ahogó la revuelta en las montañas de la misma Isauria, donde hizo demoler la mayoría de las fortalezas. Sin embargo, la influencia isaúrica en el Imperio persistió hasta la muerte de Zenón.
La época de Zenón fue señalada en Italia por graves acontecimientos. En la segunda mitad del siglo V, la influencia de los jefes de las compañías germánicas había crecido mucho. Llegó el momento en que pudieron hacer y deshacer a su albedrío emperadores de Occidente. En 476, uno de esos jefes bárbaros, Odoacro (Odovacar), derribó al último emperador de Occidente, el joven Rómulo Augústulo, y se apoderó del trono de Italia. No obstante, quiso legitimar su nombramiento y, en nombre del Senado romano, envió una embajada a Zenón, asegurándole que Italia no necesitaba un monarca distinto y que su emperador debía ser Zenón. Al mismo tiempo, Odoacro pedía a Zenón eme le confiriese la dignidad de patricio romano, dándole, por delegación, el gobierno de Italia. La petición fue otorgada y Odoacro se convirtió en legítimo señor de Italia. Hasta hace cierto tiempo, se ha considerado el año 476 como el de la caída del Imperio romano de Occidente, pero esto es falso, porque en el siglo V no existía aún un Imperio romano de Occidente diferente al de Oriente. Había habido, como antes, un Imperio romano gobernado por dos emperadores, uno en la zona occidental y otro en la oriental. En el año 476 hallamos que sólo hubo un emperador: Zenón, el de la "pars orientalís."
Odoacro, dueño de Italia, se conducía de una manera cada vez más independiente. Zenón no lo ignoraba. Pero no le pareció oportuno marchar contra él en persona a la cabeza de sus tropas y decidió castigarle por medio de los ostrogodos. Éstos, a partir de la disgregación del Imperio de Atila, vivían en Panonia, desde donde, conducidos por su rey Teodorico, ejecutaban incursiones devastadoras en la Península Balcánica, amenazando la misma capital del Imperio. Zenón logró desviar la atención de Teodorico hacia las ricas provincias de Italia. Así daba dos golpes con una piedra, desembarazándose de sus peligrosos enemigos del norte y resolviendo, con ayuda de una fuerza extranjera, las dificultades suscitadas por el indeseable gobernador de Italia. En cualquier caso, Teodorico era menos peligroso en Italia que en los Balcanes.
Teodorico marchó sobre Italia, batió a Odoacro, se apoderó de Ravena, principal plaza fuerte del vencido, y, a la muerte de Zenón, fundó en la Península Itálica un reino ostrogodo con capital en la misma Ravena. La Península Balcánica se había desembarazado definitivamente de los ostrogodos.
El principal problema interior durante el reinado de Zenón fue el religioso, que siguió provocando trastornos en todo el Imperio, a causa de las diversas corrientes nacidas en la Iglesia. Egipto, Siria, parte de Palestina y del Asia Menor, seguían firmemente adeptas del monofisismo. La rigurosa política ortodoxa de los dos predecesores de Zenón no había sido aprobada en las provincias orientales. Los jefes de la Iglesia se daban perfecta cuenta de la gravedad de la situación, y el patriarca de Constantinopla, Acacioque al principio alabara las decisiones del concilio de Calcedonia, así como el patriarca de Alejandría, Pedro Mongo, sentíanse muy deseosos de hallar una salida conciliadora a una situación tan difícil. Propusieron, pues, a Zenón hacer un esfuerzo para reconciliar a los adversarios mediante concesiones recíprocas. Zenón, aceptando la propuesta, publicó el 482 el edicto de unión o Henótico (ένωτικον), que fue dirigido a las iglesias de la jurisdicciσn del patriarca de Alejandría. El fin principal del edicto era no ofender a los ortodoxos ni a los monofisistas sobre la cuestión de la unión en Jesucristo de las dos naturalezas, divina y humana. El Henótico reconocía como imprescriptibles los principios religiosos desarrollados en los dos primeros concilios ecuménicos y confirmados en el tercero; anatematizaba a Nestorio y Eutiques y a sus partidarios, y declaraba que Jesucristo era "de la misma naturaleza que el Padre en su naturaleza divina y también de la misma naturaleza que nosotros en su naturaleza humana," pero a la vez evitaba emplear las expresiones "una naturaleza" o "dos naturalezas" y pasaba en silencio la declaración del concilio de Calcedonia respecto a la unión de las dos naturalezas en el Cristo. El concilio de Calcedonia sólo era mencionado una vez y en estos términos: "Y aquí anatematizamos a todos aquellos que han sostenido, ahora o en otro momento, en Calcedonia o todo otro sínodo, toda otra opinión diferente." (1)
(1) Evagrio, Htist. ecl., III, 14, ed. Bidez-Parmentier, Londres, 1898, p. 113. Crónica siria, atribuida a Zacarías de Mitilene, V, 8, raducción de Hamilton y E. W. Brooks (Londres, 1899), p. 123.
El Henótico parecía en principio tender a una unión con los disidentes pero al cabo no satisfizo ni a los ortodoxos ni a los monofisistas. (1) Los primeros no podían aceptar las concesiones hechas a los monofisístas y los otros consideraban éstas como insuficientes, dado lo impreciso de las expresiones del Henótico. Con ello, el Henótico aportó nuevas complicaciones a la vida religiosa de Bizancio, aumentando el número de las sectas. Parte del clero hizo suya la idea reconciliatoria, y mantuvo el edicto de unión, mientras los extremistas del lado ortodoxo y los del monofisista se negaban a todo compromiso. Los ortodoxos intransigentes fueron llamados "Akoimetoi," o "Veladores." En efecto, en sus conventos se celebraban Oficios de manera ininterrumpida, de modo que ellos habían tenido que distribuirse en tres "equipos." Los monofisistas extremistas fueron llamados "Akephaloi" o "Sin Cabeza," puesto que no reconocían la autoridad del patriarca de Alejandría, que había aceptado el Henótico. El Papa de Roma protestó también contra el Henótico. El mismo Papa examinó con detenimiento los males que afligían al clero oriental, descontento del edicto; luego estudió el edicto de unión en sí mismo y decidió excomulgar y anatematizar al patriarca de Constantinopla, Acacio, en un concilio reunido en Roma. Acacio replicó dejando de nombrar al Papa en sus oraciones. Éste fue, hablando en puridad, el primer cisma real entre las Iglesias de Occidente y Oriente, y se prolongó hasta 518, fecha de la exaltación de Justino I. Así, la escisión política de las partes oriental y occidental del Imperio, ya acusada en el siglo V con la fundación de los reinos bárbaros de Occidente, se agravó más en el reinado de Zenón a causa del cisma religioso. (2)
(1) Sabido es que los monofisitas, al menos en el siglo VI, renegaban por igual de Nestorio y de Eutiques. V. J. Maspero, Plistoria de los patriarcas de Alejandría (París, 1923), páginas 1-3.
(2) Se hallará un entusiástico retrato de Zenón en la Vida de San Daniel el Estilita, C. 91, p. 205-206, y Les saints stylites, p. 85. Bayncs en The Engüsh Historical Review, 4° (1925) P- 402.
Anastasio I (491-518). La Guerra Pérsica. Las Incursiones Búlgaras y Eslavas.
A la muerte de Zenón, su viuda, Ariadna, fijó su elección en un hombre de bastante edad (61 años), llamado Anastasio, originario de Dyrrachium y que ejercía en la Corte el empleo harto humilde de silenciario. (Llamábase "silentiarius" a los ujieres que permanecían en las puertas durante las reuniones del Consejo imperial o las audiencias del emperador.) Anastasio no fue coronado emperador sino después de firmar una declaración donde se comprometía a no introducir novedad alguna en la Iglesia. El patriarca de Constantinopla, partidario convencido del concilio de Calcedonia, insistió en obtener esta garantía.
El primer problema que Anastasio hubo de resolver fue el de los isáuricos, que habían adquirido bajo Zenón tanto poder. Su situación privilegiada irritaba a los moradores de la capital. Al descubrirse que, a la muerte de Zenón, habían organizado una conjura contra el nuevo emperador, Anastasio resolvió a obrar y lo hizo con celeridad. Les quitó los cargos importantes que ocupaban, les confiscó sus bienes y los arrojó de la capital. Esta medida fue seguida de una lucha extremamente larga y difícil y sólo tras seis años de combates fueron los isáuricos sometidos por completo en su país de origen A muchos de ellos se les deportó a Tracia. Anastasio rindió al Imperio un gran servicio al resolver por completo la cuestión isáurica.
Entre los hechos de la historia exterior son de notar, de una parte, la larga e infructuosa guerra contra Persia, y de otra, los sucesos de la frontera danubiana, que debían tener consecuencias muy graves para la historia ulterior. Después de la partida de los ostrogodos hacia Italia, la frontera del norte sufrió, durante el reinado de Anastasio, incursiones devastadoras de los búlgaros, los getas y los escitas.
Los búlgaros, que invadieron las fronteras bizantinas en el siglo V, eran, como vimos, un pueblo de origen húnico (turco). Su nombre aparece por primera vez en la Península Balcánica durante el reinado de Zenón, en conexión con las emigraciones ostrogóticas al norte del Imperio bizantino.
En cuanto a los nombres, asaz poco precisos, de getas y escitas, ha de recordarse que los cronistas de la época no estaban bien informados sobre la composición etnográfica de los pueblos del norte, por lo cual es probable que esos términos se aplicaran a agrupaciones heterogéneas. Los historiadores consideran verosímil que ciertas tribus eslavas entren en tal apelativo.
Teofilacto, escritor bizantino del siglo VII (1) llega a identificar por completo a los getas con los eslavos. Así, durante el reinado de Anastasio los eslavos inician sus incursiones en los Balcanes, a la vez que los búlgaros. Según un historiador, "jinetes géticos" devastaron Macedonia, Tesalia, el Epiro y llegaron hasta las Termópolis. (2) Ciertos sabios opinan que los eslavos penetraron en la Península Balcánica en un período más remoto. El sabio ruso Drinov, por ejemplo, apoyándose en el estudio de los nombres geográficos y de personas en la Península, coloca los principios de la colonización eslava en la zona de los Balcanes a fines del siglo II de J.C. Hoy esta teoría ha sido abandonada. (3)
Las invasiones de búlgaros y eslavos bajo Anastasio no tenían importancia grande: aquellas bandas de bárbaros volvían a sus lugares de procedencia después de haberse entregado al pillaje entre la población bizantina. Pero semejantes incursiones fueron precursoras de las grandes invasiones eslavas que hubo en los Balcanes en el siglo VI, bajo el reinado de Justiniano.
A fin de proteger la capital contra los bárbaros nórdicos, Anastasio hizo construir en Tracia, cuarenta kilómetros al oeste de Constantinopla, la "Muralla Larga," que iba del mar de Mármara al mar Negro, "haciendo dice una fuente de la ciudad una isla en vez de una península." (4)Pero aquel muro no justificó las esperanzas que se habían fundado en él, porque en virtud de su edificación acelerada y de las brechas que en él abrieron los temblores de tierra, no constituyó un obstáculo serio ni impidió a los enemigos acercarse a la capital. Las modernas fortificaciones turcas de Chataldya, elevadas casi en el mismo lugar, son en cierto modo una reedición de la obra de Anastasio, de la que aun hoy existen algunos vestigios.
(1) Theophylacti Simocattae, Historia, III, 4, 7, ed. De Boor (1887), p. 116. V. Bury, tomo I, p. 434-436.
(2) Marcelino Comilis, Chronicon, ad annum 347, ed. Mommsen, Chronica Minora (1893), tomo II, p. 100.
(3) Drinov, La ocupación eslava en la Península Balcánica (Moscù, 1873), (en ruso).
(4) Evagrio, Hist. ecl., III, 38, ed. Bidéz Parmentier, p. 136..
En la Europa occidental estaban en vías de producirse nuevos e importantes cambios. Teodorico se había hecho rey de Italia. En el lejano noroeste, Clodoveo había fundado un reino franco antes de que Anastasio ascendiese al trono. Aquellos dos reinos estaban establecidos en territorios pertenecientes al emperador romano, que era, de hecho, bizantino. En rigor, no cabía hablar de una dependencia verdadera del lejano reino franco a Constantinopla, pero, ante los ojos de los pueblos sometidos, el poder de los conquistadores debía, para ser legitimado, recibir una confirmación oficial en las orillas del Bósforo. Así, cuando los godos proclamaron rey de Italia a Teodorico, "sin esperar dice un cronista contemporáneo las instrucciones del nuevo príncipe," (1) es decir, de Anastasio, Teodorico pidió a este último que le enviase las insignias del poder imperial, devueltas antes a Zenón por Odoacro.
Tras largas negociaciones y previo el envío de varias embajadas a Constantinopla, Anastasio reconoció a Teodorico como soberano de Italia, y el godo se hizo así monarca legítimo a los ojos del pueblo. (2) Pero los sentimientos arríanos de los godos impedían un acercamiento más íntimo entre ellos y los representantes populares de Italia.
A Clodoveo, rey de los francos, Anastasio le envió un diploma confiriéndole el título de cónsul. Clodoveo lo recibió con gratitud.(3) No era, por supuesto, más que un consulado honorífico, que no implicaba el ejercicio de las funciones inherentes a aquel grado. Pero para Clodoveo tenía, con todo, una gran importancia. La población romana de la Galia consideraba al emperador de Oriente como la encarnación del poder supremo, y único que podía dispensar todos los demás poderes. El diploma de Anastasio demostró a la población gala la legitimidad del poder que Clodoveo ejercía sobre ella. Clodoveo pasaba a ser una especie de virrey de Galia, que teóricamente pertenecía al Imperio romano. Estas relaciones del emperador bizantino con los reinos germánicos demuestran que a fines del siglo V y principios del VI la idea de un Imperio único era muy fuerte todavía.
(1) Anónimo Valesiano, par. 57, ed. Gardthausen (1875), p. 295, en el II vol. de su ed. de Amiano Marcelino; ed. Mommscn, Chronica Minora, t. I, p. 322.
(2) V. J. Sundivall,
(3) Grcgorii Turonensis, Historia Francorum, II, 38 (XXVIII); ed. por H. Omont y G. Collón, rev. por Poupardin (París, 1913), p. 72.
La Política Religiosa de Anastasio.
A
pesar de la promesa hecha al patriarca de Constantinopla de no introducir innovación alguna en la Iglesia, Anastasio, en su política religiosa, empezó por favorecer al monofisismo y a poco se alineó abiertamente al lado de los monofisistas. Esta actitud fue acogida con alegría por Egipto y Siria, donde el monofisismo estaba muy extendido. Pero en la capital las simpatías monofisistas del emperador suscitaron gran conmoción, y cuando Anastasio ordenó que, a ejemplo de Antioquía, se cantase el Trisagio ("Santo, Santo, Santo, Señor de los ejércitos"), añadiendo las palabras "que fue crucificado por nosotros," es decir, "Dios Santo, Santa y única Potencia, Santa y única Divinidad inmortal, crucificado por nosotros, ten piedad de nosotros," se produjeron en Constantinopla graves desórdenes. ''Acusado de monofisismo, y bajo la amenaza de ser destronado, el emperador hubo de excusarse en el circo." (1)(1) Lot, La fin du Moyen Age, p. 255.
Una de las consecuencias de la política religiosa de Anastasio fue el levantamiento de Vitaliano, en Tracia. Al frente de un ejército inmenso, compuesto de hunos, búlgaros y acaso eslavos, y apoyado por una flota considerable, Vitaliano marchó sobre la capital. Su fin. esencialmente político, consistía en deponer al emperador; pero declaró a todos que se alzaba para defender a la oprimida Iglesia ortodoxa. Tras lucha larga y cruenta, la rebelión fue aplastada. Este levantamiento no tuvo una importancia mínima en la historia de Bizancio. Según Uspenski, "al conducir por tres veces bajo los muros de Constantinopla su heterogéneo ejército, y al obtener del gobierno enormes sumas de dinero, Vitaliano reveló a los bárbaros la debilidad del Imperio y las grandes riquezas de Constantinopla, y los habituó a movimientos combinados por tierra y mar." (1)
La política interior de Anastasio, aun no estudiada y apreciada lo suficiente en las obras históricas, está señalada por una actividad intensa que se fijó en los problemas más importantes de la vida económica y financiera del Imperio.
Una de sus más importantes reformas financieras consistió en la abolición del odiado "crisargirio." Este impuesto, pagado en oro o plata, se llamaba en latín "lustralis collatio," o, con nombre más completo, "lustralis auri argentive collatio." Desde principios del siglo IV alcanzaba a todos los oficios y profesiones del Imperio, sin exceptuar los sirvientes, los mendigos, las prostitutas, etc. Es posible que incluso afectase los instrumentos de trabajo y el ganado doméstico de las mujeres; caballos, mulos, asnos, perros... Las clases pobres eran las más castigadas por aquel impuesto. Oficialmente debía cobrarse cada tres años, pero de hecho la administración le daba un carácter arbitrario e irregular. Las frecuentes exacciones desesperaban a veces a la población. (2) Anastasio, sin considerar los grandes ingresos que el fisco obtenía con aquel impuesto, lo suprimió en definitiva y quemó públicamente todos los documentos relativos a él.
La gente acogió con júbilo tal abolición. Un historiador del siglo VI dice que para describir la grandeza del favor imperial " haría falta la elocuencia de Tucídides e incluso un estilo aun más grave y bello." (3) Una fuente siríaca del siglo VI describe en estos términos la alegría que acompañó a la promulgación del edicto en la ciudad de Edesa: "La ciudad entera se regocijaba; todos, pequeños y grandes, se habían puesto vestidos blancos; se llevaban antorchas encendidas e incensarios llenos de incienso humeante; se iba, entonando salmos e himnos de gracias al Señor y loando al emperador, a la iglesia de San Sergio y San Simón, donde se comulgó. Luego se volvió a la ciudad y durante toda la semana se celebró una alegre fiesta, y se decidió que esta fiesta se celebrara todos los años. Todos los artesanos descansaban y manifestaban su júbilo, se bañaban y festejaban en el patio de la iglesia grande y en todos los pórticos de la ciudad."
El producto del impuesto abolido ascendía en Edesa a 140 libras de oro cada cuatro años.(4)
La abolición satisfizo sobre todo a la Iglesia, porque aquel impuesto, al gravitar sobre los ingresos de las prostitutas, sancionaba legalmente el vicio.(5)
(1) F. I, Uspenski, Historia del Imperio bizantino, t. I, p. 353.
(2) V. el articulo de Sceck en Pauly-Wissowa, t. IV (1901), p. 370-76 (Collatio lustralis).
(3) Evagrio, Hist. ecles., III, 39, cd. Bidez-Parmenticr. p. 137. E. W. Brooks, en la Cambridge Medieval History, t. í, p. 484, llama a ese impuesto a tax on all kinds of stock and plant in trade, y Bury (t. I, p. 441), the tax on receipts.
(4) Crónica de Josué el Estilita, redactada en siríaco el año 507 de J.C. y trad. al inglés por W. Wright (Cambridge, 1882), cap. XXXI, p. 22.
(5) Bury, t. I, p. 443.
Naturalmente, la supresión de tal tasa privó al Tesoro de una renta considerable, pérdida compensada en breve con la creación de un nuevo impuesto, la "crisotelia" (χρυστέλεια), impuesto-oro," o impuesto en metálico en vez de en especies. Probablemente fue una contribución territorial cuyos ingresos destino Anastasio al sostenimiento del ejército y que gravitó también pesadamente sobre las clases pobres. De suerte que la reforma financiera consistió antes en un reparto más regular de la carga de los impuestos que en una desgravación. (1) La reforma financiera más importante quizá de las aplicadas por Anastasio, fue la aboliciónhecha a propuesta de su hombre de confianza, el sirio Marino, prefecto del Pretorio del sistema según el cual las corporaciones de las ciudades ("curiae") eran responsables de la recaudación de los impuestos, que gravaban las municipalidades. Anastasio confió esa tarea a funcionarios llamados "Vindices," probablemente designados por el prefecto del Pretorio. El nuevo sistema de recaudación acreció considerablemente las rentas imperiales, pero fue modificado por los sucesores de Anastasio.
El problema de las tierras incultas parece haber sido bajo Anastasio más angustioso que nunca. Durante su reinado, toda la carga de los impuestos suplementarios, tanto los correspondientes a los contribuyentes imposibilitados de pagar como los adscribibles a las tierras improductivas, recaía sobre los propietarios rurales, que de este modo pasaban a ser responsables del total de las contribuciones devengadas al Fisco. Esos impuestos suplementarios, llamados en griego epibolé (επιβολή), es decir, el suplemento, la supertasa, eran una instituciσn muy antigua, que se remontaba a la época ptolemaica. Estaban llamados a ser percibidos con particular rigor bajo Justiniano el Grande. (2)
Hay un edicto de Anastasio que ofrece particular interés para la historia del colonato: el que declara que un labrantín libre que hubiese vivido treinta años en el mismo lugar se convertía en colono, o sea, en hombre afecto a la gleba, sin por eso perder su libertad personal ni su derecho de poseer.
La época de Anastasio estuvo señalada también por una trascendental reforma monetaria. El 498 se creo la gran "follis" de bronce, con sus subdivisiones. La nueva moneda fue bien acogida, sobre todo entre los ciudadanos pobres. porque la moneda de cobre en circulación, además de haberse hecho escasa, era de mala ley y no llevaba indicado su valor. Las nuevas piezas se acuñaron en las tres fábricas que bajo Anastasio funcionaban en Constantinopla, Antioquía y Nicomedia. La moneda de bronce creada por Anastasio persistió siendo la moneda imperial típica hasta mediados del siglo VII (época de Constantino IV.(3)
(1) E. W. Brooks, en Cambridge Medieval History, t. I, p. 484. E. Stein, Studicn zur Geschichte des byzantinischen Reiches, p, 146 (Stuttgart, 1919).
(2) Sobre el epibolé consúltese a F. Dolger, Beitrage zur Geschichte der byzantinischen Finanzverwaltung besonders des 10 und 11 Jahrhunderts (Leipzig-Berlin, 1927), p. 128-133. G. Ostrogorsky, Un tratado bizantino sobre los impuestos (Estudios dedicados a la memoria de N.. Kondakov, Praga, 1926, p. 114-15, en ruso). Id., Die landliche Steuergemeináe des byzantinischen Reiches im X Jahrhundert (Vierteljahrschrtft für sozial-und Wirtschafts
(3) V. W. Wroth, Catalogue of the Imperial Byzantine Coins in the Brttish Museum (Londres, 1008), t. I, p. XTII-XIV, LXXVIII. Bury, t. I, p. 446-47. M. Soutzo, Los orígenes del sestercio y del miliarense y su continuidad hasta los tiempos bizantinos. El sistema monetario de Anastasio (Boletín de la Sección Histórica de la Academia Rumana, t. XIII (1927) P· 57-58}.
Entre las reformas humanitarias de Anastasio debe incluirse su edicto prohibiendo los combates entre hombres y fieras en los circos.
Aunque Anastasio concediese a menudo exenciones de impuestos a muchas provincias y ciudades, especialmente en el Oriente devastado por la guerra pérsica; aunque, por otra parte, realizara un importante programa de construcciones, como la Muralla Larga, el acueducto, el faro de Alejandría, etc., el gobierno, a fines del reinado de Anastasio, disponía de reservas en metálico bastante considerables. El historiador Procopio, quizá con alguna exageración, las computa en 320.000 libras de oro (unos dos mil millones de pesetas oro). (1) La economía de Anastasio desempeñó importante papel en la múltiple actividad de su segundo sucesor, Justiniano, el Grande. La época de Anastasio sirvió de brillante introducción a la de Justiniano.
(1) Procopio, Historia Arcana, 19, 7-8, ed. Haury, 1906, p. 121. La Vida de Daniel el Estilita revela una completa falta de codicia en Anastasio, ed. Delehaye, c. 91, p. 206; Les saints stylitcs, p. 86. V. X. Baynes, en la English Histoñcal Review, 40 (1925), 402.
E
l principal interés de la época que empieza con Arcadio y termina con Anastasio (395-518), reside en las cuestiones nacionales y religiosas que se plantean entonces y en los sucesos políticos que se desarrollan en ese período, siempre en íntima ligazón con los procesos religiosos. La tiranía que los germanos o, más exactamente los godos implantaron en la capital, amenazó al fin del siglo IV al Estado entero y se complicó, además, con las tendencias arrianas de los godos. La amenaza cesó de existir al comienzo del siglo V, bajo Arcadio, y fue aniquilada por completo, tras una postrera rebelión ya mucho menos grave, a mediados del siglo V y bajo León I. A fines del mismo siglo se levantó al norte del Imperio la amenaza de los ostrogodos, pero gracias a Zenón se volvió hacia Italia. Así, el problema germánico se resolvió, en la parte oriental del Imperio, a favor del gobierno.La "pars orientalis" logró solucionar también, en la segunda mitad del siglo V, otro problema nacional, menos angustioso en verdad: el de la preponderancia isáurica. Respecto a las incursiones de los pueblos septentrionales búlgaros y eslavos conviene recordar que, en la época que estudiamos, esos pueblos no hacían más que comenzar sus invasiones de las fronteras imperiales, y no cabía predecir el importante papel que los eslavos, y más tarde los búlgaros, llegarían a desempeñar en la historia bizantina. El período de Anastasio no debe ser mirado en ese sentido, sino como una introducción a la penetración de los eslavos en la Península Balcánica.
El problema religioso reveló en esa época dos aspectos sucesivos: uno, ortodoxo, antes de Zenón; otro, monofisista, bajo Zenón y Anastasio. La actitud de Zenón, favorable a la doctrina monofisista, y las simpatías declaradas de Anastasio por el monofisismo, deben ser examinadas desde un punto de vista a la vez religioso y político. A fines del siglo V, la parte occidental del Imperio, a pesar de su unidad teóricamente reconocida, se había desgajado de Constantinopla. En Galia, en España, en África del Norte, se habían formado reinos bárbaros nuevos. En Italia gobernaban jefes germánicos. A fines del siglo V se fundó allí un estado ostrogodo. Tal situación explica que las provincias orientales Egipto, Palestina, Siria pasasen a tener una importancia esencial para la "pars orientalis" del Imperio. El gran mérito de Zenón y de Anastasio consiste en que advirtieron el sentido en que se trasladaba el centro de gravedad de su Imperio y procuraron, dándose cuenta de la importancia vital que tenían para el Imperio las provincias orientales, estrechar los vínculos de éstas con la capital.
Como esas provincias, Egipto y Siria sobre todo, habían, en su mayor parte, abrazado al monofisismo, sólo se abría un camino para el gobierno del Imperio: hacer la paz a toda costa con los monofisistas. Esto explica la imprecisión y la obscuridad consciente del Henótico de Zenón, primer paso en la ruta de la reconciliación con los monofisitas. No dando ese ensayo el resultado perseguido, Anastasio decidió seguir una política monofisita franca. Aquellos dos emperadores fueron políticos más clarividentes que los basileis de la época sucesiva. Pero tal tendencia monofisista chocó con la ortodoxia reinante en la capital, en la Península de los Balcanes, en la mayor parte del Asia Menor, en las islas y en ciertos lugares de Palestina. La ortodoxia fue igualmente defendida por el Papa, quien, a raíz del Henótico, rompió sus relaciones con Constantinopla. La política y la religión entraban en pugna y ello explica las turbulencias internas, de la época de Anastasio. Éste, mientras vivió, no pudo restablecer la deseada paz y concordia en el Imperio. Sus sucesores habían de arrastrar al Estado por vías muy diferentes. Pero el espíritu de separatismo de las provincias orientales empezaba a manifestarse ya.
Así, pues, hubo conflictos harto violentos, suscitados por las diversas nacionalidades, cada una de las cuales obedecía a móviles muy diferentes. Los germanos y los isáuricos se esforzaban en obtener la supremacía política; los coptos egipcios y la población siria buscaban el triunfo de sus conceptos religiosos.
Literatura, Ciencia, Educación y Arte desde Constantino el Grande hasta
Justintano.
El desarrollo de la literatura, la ciencia y la educación en el período comprendido entre el siglo IV y el principio del VI, está estrechamente ligado a las relaciones que se establecieron entre el mundo cristiano y el antiguo mundo pagano y su civilización. Las discusiones de los apologistas cristianos de los siglos II y ni acerca de si estaba permitido a un cristiano servirse de una herencia pagana, no habían conducido a una conclusión neta. Mientras algunos hallaban cierto mérito a la cultura griega y la juzgaban conciliable con el cristianismo, otros, al contrario, declaraban que la antigüedad pagana no tenía sentido para los cristianos y la repudiaban. Diferente actitud prevaleció en Alejandría, antiguo foco de ardientes controversias filosóficas y religiosas, donde las discusiones sobre la compatibilidad del antiguo paganismo con el cristianismo disminuyeron el rigor del contraste que existía entre aquellos dos elementos, irreconciliables en apariencia. Así, hallamos en la obra de Clemente de Alejandría, el famoso escritor del siglo II, la proposición siguiente:" La filosofía, como guía, prepara a los que son llamados por el Cristo a la perfección." (1) Empero, el problema de las relaciones entre la cultura pagana y el cristianismo no había sido en modo alguno resuelto por las discusiones de los tres primeros siglos de la era cristiana.
Mas la vida hizo su obra y la sociedad pagana se convirtió progresivamente al cristianismo, que así recibió un impulso nuevo, particularmente enérgico en el siglo IV, momento en que fue reforzado de una parte por la protección del gobierno y de otra por las numerosas "herejías," que suscitaron controversias, provocaron discusiones apasionadas y dieron nacimiento a una serie de cuestiones nuevas e importantes. El cristianismo absorbía poco a poco muchos elementos de la civilización pagana, por que, con palabras de Krumbacher, "los cristianos adquirieron, sin duda, hábitos paganos." (2)
La literatura cristiana se enriqueció en los siglos IV y V con obras de muy grandes escritores, tanto en el dominio de la prosa como en el de la poesía. A la vez, las tradiciones paganas eran continuadas y desarrolladas por representantes del pensamiento pagano.
En el marco del Imperio romano, dentro de las fronteras que subsistieron hasta las conquistas persas y árabes del siglo VII, el Oriente cristiano de los siglos IV y V poseyó numerosos e ilustres focos de literatura, cuyos escritores más representativos ejercían gran influencia en comarcas muy alejadas de la suya natal. Capadocia, en Asia Menor, tuvo en el siglo IV los tres famosos "capadocios," a saber: Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo y Gregorio de Nisa.
En Siria, los focos intelectuales más importantes en la historia de la civilización, fueron las ciudades de Antioquía y Berytus (Beirut) en el litoral. Esta última fue particularmente célebre por sus estudios jurídicos, desde los aledaños del 200 hasta el 551 de J.C.. (3) En Palestina, Jerusalén no se bahía repuesto aun en aquella época de la ruina total sufrida bajo Tito, y por tanto, no ejerció gran papel en la vida intelectual de los siglos IV y V. Pero Cesárea, y más tarde Gaza, en la Palestina meridional, con su próspera escuela de retóricos y famosos poetas, contribuyeron mucho a aumentar los tesoros científicos y literarios de aquel período. La urbe griega de Alejandría fue, sobre todas esas ciudades, el foco que desarrolló influencia más vasta y profunda en todo el Oriente asiático.
(1) Clemente Alejandrino, Stromata, I, 5 (Mignc, Patr. Gr., VIII, 717-720).
(2) K. Krumbacher, Die griechiischc Literatur des Mittelalters. Dic Kultur des Gegcnwart, P. Hinneberg, t. I, p. 8 (3 Aufl., Leipzig-Berlín, 1912), p. 337.
(3) V. P. Collinet, Histoire de l'Ecole de droit de Beyrouth (París, 1925), p. 305.
La ciudad nueva de Constantino-pía, destinada a un brillante futuro y cuyo empuje debía manifestarse en la época de Justiniano, sólo comenzó a dar señales de actividad literaria en este período. La protección oficial de la lengua latina, algo apartada de la vida corriente, se acusaba muy en especial allí.
Otros dos focos espirituales de la parte oriental del Imperio tuvieron alguna importancia en el desenvolvimiento general de la civilización y literatura de la época: Tesalónica y Atenas, cuya Academia pagana fue eclipsada a poco por su triunfante rival, la Universidad de Constantinopla. Si se compara el desarrollo de la civilización en las provincias orientales y en las occidentales del Imperio bizantino, se puede hacer la siguiente interesante observación: en Grecia, de muy antigua población, la actividad espiritual y la potencia creadora eran infinitamente reducidas en comparación a las provincias asiáticas y africanas. Sin embargo, la mayor parte de esas provincias, según Krumbacher, no habían sido "descubiertas" y colonizadas sino desde la época de Alejandro Magno. El mismo sabio, recurriendo a "nuestro lenguaje favorito moderno, el de los números," afirma que el grupo europeo de las provincias bizantinas no contaba sino en uno por 10 en la actividad general de la cultura de aquel período. (1)
En verdad, la mayoría de los escritores de esa época procedían de Asia y de África, mientras que cuando se fundó Constantinopla casi todos los escritores eran griegos.
La literatura patrológica tuvo su apogeo en el siglo IV y comienzos del V.
El Asia Menor produjo en el siglo IV los ya indicados tres capadocios: Basilio el Grande, su amigo Gregorio de Nacianzo, el Teólogo, y Gregorio de Nisa,
(1) Krumbacher, Die Griechischc Literatur des Mittelalters.
hermano menor de Basilio. Basilio y Gregorio de Nacianzo recibieron una educación muy notable en las mejores escuelas de retórica de Atenas y de Alejandría. Por desgracia, no poseemos informe alguno sobre la primera educación de Gregorio de Nisa, el pensador más profundo de los tres. Muy versados en la literatura clásica, aquellos eruditos representaron el movimiento que se llamó "neo-alejandrino," movimiento que, utilizando las adquisiciones del pensamiento filosófico, insistía en el papel de la razón en el estudio de los dogmas religiosos y se negaba a aceptar las conclusiones del movimiento místico-alegórico de la escuela llamada "alejandrina." El neoalejandrinismo no se separa de la tradición eclesiástica. En las más de sus valiosas obras literarias sobre temas puramente teológicos y donde defienden con ardor la ortodoxia contra el arrianismo, esos tres escritores nos han dejado una cantidad considerable de discursos y cartas cuyo conjunto constituye una fuente de las más preciosas de la cual aun no se ha sacado todo el partido posible. Gregorio Nacianceno ha dejado también cierto número de poemas, en especial teológicos, dogmáticos y didácticos, pero asimismo históricos. Entre esos poemas debemos mencionar particularmente el largo trozo que versa sobre su propia vida y que contiene abundante documentación acerca de la biografía del autor. Por su forma y contenido, ese trabajo merecería figurar entre las obras más bellas de la literatura general. "Cuando aquellos tres genios se extinguieron, la Capadocia volvió a la obscuridad de que ellos la habían sacado."(1)
Antioquía, capital intelectual de Siria, hizo nacer un movimiento original, opuesto a la escuela alejandrina y que defendía la aceptación literal de la Santa Escritura, sin recurrir a la interpretación alegórica. Dirigieron este movimiento hombres de acción tan notables como Juan Crisóstomo. discípulo de Libanio y predilecto de Antioquía. Ya analizamos antes su actividad. Escritor y orador prodigiosamente dotado, había recibido una cumplida educación clásica. Escribió numerosos libros que figuran entre las más puras obras literarias maestras. Le admiraron con entusiasmo las generaciones siguientes, prendidas en el hechizo de su genio y de sus altas cualidades morales, y los literatos de los períodos sucesivos recogieron en sus obras, como en una fuente inextinguible, ideas, imágenes y expresiones. Sus sermones y discursos, a los que han de añadirse diversas obras especiales y más de doscientas cartas, escritas por él principalmente en su exilio, constituyen una fuente de extremo valor para el estudio de la vida interna del Imperio.(2) Más tarde, muchas obras de autores desconocidos fueron atribuidas a Juan Crisóstomo. Nicéforo Calixto, escritor bizantino de principios del siglo XIV, escribe: "He leído más de un millar de sermones suyos, y difunden una indecible dulzura. Desde mi juventud le amé y escuché su voz como si fuese la de Dios. Y lo que sé, así como lo que soy. a él se lo debo." (3)
(1) E. Fialon, Elude hisíorique et littéraire sur saint Basile, 2.a ed. (París, 1869), p. 284.
(2) Hay una obra muy interesante que muestra el valor de los trabajos de Juan Crisóstomo con relación al estudio de la vida interior del Imperio: la de J. M. Vanee. Beitrage zur byzanünischen Kulturgeschichte am Ausgange des IV. Jahr, aus den Schriften des Johannes Chrysostomos (Jena, 1907).
(3) Nicéforo CalIXto, Historia eclesiástica, 13, 2. Migue, Palr. Gr.. vol. 146. col. 933 C. Con esas admirables líneas empieza la biografía de Crisóstomo debida a C. Baur (t. I. p. VII).
La ciudad palestina de Cesárea produjo al "padre de la historia de la Iglesia." Eusebio de Cesárea, quien vivió en la segunda mitad del siglo III y la primera del IV (murió hacia el 340). Ya le hemos mencionado como la fuente más importante,que poseemos acerca de Constantino el Grande. Eusebio fue testigo de dos épocas históricas de la mayor importancia: las persecuciones de Diocleciano y sus sucesores, en las que sufrió personalmente a causa de sus convicciones cristianas bajo Constantino el Grande a raíz del edicto de Milán. Eusebio participó en las discusiones amanas, inclinándose a veces hacia los arríanos. Más tarde fue favorito del emperador y uno de sus amigos más íntimos. Eusebio escribió muchos libros teológicos e históricos. Su gran obra, Preparación Evangélica ("Praeparatio evangélica"), donde defiende a los cristianos contra los ataques de los paganos; la Demostración Evangélica, en la que discute el sentido puramente provisional de la ley de Moisés y el cumplimiento de las antiguas profecías en Jesucristo: sus escritos de crítica y de exégesis sobre la Santa Escritura, así como varias otras obras, le colocan en un lugar muy elevado en la esfera de la literatura religiosa. No es superfluo mencionar de paso que contienen preciosos extractos de obras más antiguas perdidas hoy.
Para nuestro presente estudio, los trabajos históricos de Eusebio son de la mayor importancia. La Crónica, escrita por él, según parece, antes de las persecuciones de Diocleciano, contiene un resumen histórico de Caldea, Asiría, los hebreos, los egipcios, los griegos y los romanos y da tablas cronológicas de los sucesos históricos más importantes. Por desgracia no nos ha llegado sino a través de una traducción armenia y, fragmentariamente, mediante una adaptación latina de San Jerónimo. Así, no tenemos idea exacta de la forma y contenido del original, ya que las traducciones que nos han llegado no han sido vertidas del original griego, sino de una adaptación aparecida a poco de la muerte de Eusebio.
La más sobresaliente obra de Eusebio es su Historia eclesiástica, que abarca diez libros comprendiendo el período transcurrido desde la época de Cristo a la victoria de Constantino sobre Licinio. Según sus propias expresiones, no se propone describir las guerras y victorias de los generales, sino más bien "recordar en términos imperecederos las guerras más pacíficas hechas en nombre de la paz del alma, y hablar de los hombres que ejecutan valerosas acciones por la verdad más que por su país, por piedad más que por sus amigos más queridos." (1) Por tanto, bajo la pluma de Eusebio, la historia de la Iglesia es la historia de los mártires y las persecuciones, así como de los horrores y atrocidades que las acompañaron. La abundancia de los documentos que utiliza Eusebio nos obliga a ver en su obra una de las fuentes más importantes de la historia de los tres primeros siglos de la era cristiana. Recientemente se ha discutido muy a fondo el problema del valor de Eusebio en cuanto historiador de su propio tiempo, es decir, la importancia de los tres últimos libros de su Historia eclesiástica (VIII-X). (2)
(1) Eusebio, Hist. ect., inir. al libro V.
(2) R. Laqueur, Eusebius ais Historiker seine Zeit (Berlín-Leipzig, 1929).
Como quiera que sea, no debemos olvidar que Eusebio fue el primero en escribir una historia del cristianismo, abarcando el tema en todos los aspectos posibles. Su Historia eclesiástica, que le valió gran renombre, fue la base de los trabajos de muchos historiadores posteriores de la Iglesia, los cuales imitaron a Eusebio muy a menudo. En el siglo IV dicha historia se propagó con amplitud en Occidente, merced a la traducción latina de Rufino.
La Vida de Constantino, escrita por Eusebio más tarde, ha sido muy diversamente interpretada y apreciada por los sabios. No se debe incluirla tanto entre las obras puramente históricas como entre las panegíricas. Constantino está en ella presente siempre como el elegido de Dios: es un nuevo Moisés predestinado a conducir el pueblo de Dios a la libertad. Según Eusebio, los tres hijos de Constantino simbolizan la Santísima Trinidad. Constantino es el verdadero bienhechor de los cristianos, quienes entonces alcanzaron el elevado ideal que nos les cabía soñar en los años precedentes. Tal es la idea general del libro de Eusebio. Para no romper la armonía de su obra, Eusebio deja aparte los lados sombríos de la época, no señala los hechos desgraciados de su tiempo y, por lo contrario, da libre curso a su pluma para ensalzar y glorificar a su héroe. Sin embargo, utilizando su trabajo con precaución se puede conocer, de manera muy interesante, el período constantiniano, sobre todo por el elevado número de documentos oficiales que se hallan allí y que fueron probablemente insertados en la primera versión.
Juzgando en conjunto la obra de Eusebio de Cesárea, ha de reconocerse que, a pesar de su mediocre talento literario, Eusebio fue uno de los mayores eruditos cristianos de la Alta Edad Medía y un escritor que influyó poderosamente la literatura cristiana medieval.
Todo un grupo de historiadores prosiguió la obra empezada por Eusebio. Sócrates de Constantinopla llevó su Historia eclesiástica hasta el año 439. Sozomeno, originario de los alrededores de Gaza, escribió otra Historia eclesiástica que llegaba hasta el mismo año 439. Teodoreto, obispo de Ciro y originario de Antioquía, redactó una historia semejante comprendiendo el período entre el concilio de Nicea y el año 428, y, en fin, el arriano Filostorgio. cuyos trabajos sólo conocemos por los fragmentos que han subsistido, expuso los acontecimientos, desde su punto de vista arriano, hasta el 425.
La vida intelectual más intensa y rica de la época se encuentra, tomo ya lo hemos advertido, en Egipto y especialmente en Alejandría.
En la vida literaria del siglo IV y comienzos del V hay un hombre que presenta un caso interesante y extraordinario: el obispo y filósofo Sinesio de Cirene. Descendiente de una muy antigua familia pagana, educado en Alejandría e iniciado después en los misterios de la filosofía neoplatónica, se convirtió del platonismo al cristianismo, casó con una cristiana y llegó, en sus años últimos, a ser obispo de Ptolemaida. A pesar de todo, Sinesio debía sentirse probablemente más pagano que cristiano. Ya hemos mencionado de pasada su viaje a Constantinopla y su tratado sobre las obligaciones imperiales. No fue esencialmente un historiador, aunque haya dejado una cantidad muy importante de materiales históricos en sus 156 epístolas, las cuales reflejan sus brillantes cualidades de filósofo y orador. Esas epístolas se convirtieron más adelante en modelos de estilo para la Edad Media bizantina. Sus himnos, escritos en estilo y metro clásicos, muestran la originalidad de la mezcla de los conceptos filosóficos y las creencias cristianas de Sinesio. Aquel obispo-filósofo comprendía que la cultura clásica, que tan cara le era, se aproximaba gradualmente a su fin. (1)
(1) V.. Agustín Fitzgerald, The Letters of Synesius of Cyrene (Londres, 1925), p. 11-69.
En el curso de la larga y ruda lucha entre ortodoxos y arríanos, se distinguió la brillante personalidad del niceano Atanasio, obispo de Alejandría, que dejó muchos escritos consagrados a las controversias teológicas del siglo IV. También escribió una vida de San Antonio, es decir, de uno de los creadores del monaquismo oriental, pintando a este último sistema como el ideal de la vida ascética. Tal obra ejerció gran influjo en el desarrollo del monaquismo. El siglo V produjo al historiador más grande del monaquismo egipcio, Paladio de Helenópolis, originario del Asia Menor y conocedor perfecto de la vida monástica egipcia merced a los diez años que pasó aproximadamente en los monasterios de Egipto. Bajo la influencia de Atanasio de Alejandría, Paladio expuso también los ideales de la vida monástica, introduciendo en su obra un cierto elemento de leyenda. Cirilo, obispo de Alejandría y enemigo implacable de Nestorio, vivió también en aquel período. En el curso de su vida férvida y borrascosa, escribió considerable cantidad de epístolas y sermones que ciertos obispos griegos de una época posterior aprendieron de memoria. Dejó también un número de tratados dogmáticos y de obras de polémica y exégesis que constituyen una de las principales fuentes de la historia eclesiástica del siglo V. Según su propia confesión, sólo poseía una educación oratoria insuficiente y no podía gloriarse de la pureza ática de su estilo.
Otra figura muy interesante de la época es la filósofa Hiparía, asesinada por el fanático populacho alejandrino a principios del siglo V. Era mujer de belleza excepcional y tenía extraordinarios talentos intelectuales. Merced a su padre, famoso matemático de Alejandría, le eran familiares las ciencias matemáticas y la filosofía clásica. Adquirió gran renombre con su notable actividad docente. Entre sus discípulos hubo hombres como Sinesio de Cirene, quien menciona a Hipatía en varias de sus cartas. Una fuente habla de cómo, "envuelta en su manto, tenía la costumbre de andar por la ciudad y exponer a los oyentes de buena voluntad las obras de Platón, Aristóteles u otro filósofo."
La literatura griega floreció en Egipto hasta 451, fecha de la condena de la doctrina monofisita por el concilio de Calcedonia. Siendo aquella doctrina la religión oficial de Egipto, la decisión del concilio fue seguida de la supresión del griego en las iglesias y su substitución por el copto. La literatura copta que se desarrolló a continuación, ofrece alguna importancia, incluso en el campo de la literatura griega, ya que ciertos trabajos griegos perdidos nos han sido conservados en traducciones coptas.
El período que estudiamos asistió al desarrollo de otro género literario: el de los himnos religiosos. Los autores de himnos cesaron poco a poco de imitar los ritmos clásicos y aplicaron otros, propios, que no tenían nada de común con los antiguos y fueron durante mucho tiempo calificados de prosa. Sólo en una época relativamente reciente se ha explicado en parte esa versificación. Los himnos de tal período contienen tipos diversos de acrósticos y rimas. Por desgracia se conocen muy poco los himnos religiosos de los siglos IV y V, y la historia de su evolución gradual en este primer período permanece para nosotros muy obscura. No obstante, no cabe duda de que ese desenvolvimiento fue vigoroso. Mientras Gregorio el Teólogo seguía, en la mayor parte de sus himnos poéticos, la versificación antigua, las obras de Romanos el Méloda (es decir, el autor de himnos), que, según se ha demostrado, aparecieron en el siglo VI, bajo el reinado de Anastasio I, fueron todas escritas en versos nuevos, utilizando acrósticos y rimas.
Los sabios han discutido mucho la cuestión de si Romanos vivió en el siglo VI o a comienzos del VIII. Esas discusiones se fundan en una alusión que se halla en su breve Biografía, donde menciona su llegada a Constantinopla en el reinado del emperador Anastasio. Durante mucho tiempo ha sido imposible determinar si se trataba de Anastasio I (491-518) o de Anastasio II (714-715) - Hoy, tras prolongado estudio de la obra de Romanos, el mundo científico está de acuerdo en reconocer que se trata del período de Anastasio I. (1)
Romanos fue el mayor poeta de Bizancio. Aquel "Píndaro de la poesía rítmica," (2), fue autor de un número considerable de himnos soberbios, entre ellos el famoso de Navidad: Hoy la Virgen ha dado nacimiento al Cristo. (3)
(1) A. A. Vasiliev, En que época vivió Romanos el Melada (Vizantiiski Vremennik, tomo VIII (1910), p. 435-478 (en ruso). P. Maas, Die chronologie der Hymnen des Romanos (Byzant. Zeitschrift, t. XV (1906), p. 1-44.
(2) Krumbacher, Geschichte der byzantinischen Litcratur, p. 663.
(3) M. G. Camelli ha consagrado especialmente un artículo a este himno: L'lnno peí la Nativtta di Romano it Melode (Siudí Bizantini (Roma, 1925), p. 43-58).
Nació en Siria, y es muy probable que el período de su actividad literaria haya de colocarse en el reinado de Justiniano, porque, según su Biografía, siendo joven diácono, pasó de su Siria natal a Constantinopla durante el reinado de Anastasio, y en Constantinopla recibió milagrosamente del cielo el don de componer himnos. La maravillosa obra escrita por Romanos en el siglo VI nos inclina a suponer que la poesía religiosa debía estar muy desarrollada en el siglo V, pero desgraciadamente no poseemos sobre este punto sino informes muy imperfectos. Es difícil concebir la existencia de tan extraordinario poeta en el siglo VI sin imaginar un desarrollo anterior de la poesía eclesiástica." (1)
Pero no olvidemos que sólo tenemos aún una idea incompleta de la obra de Romanos, puesto que muchos de sus himnos no han sido editados todavía. (2)
Lactancio, eminente escritor cristiano del África del Norte, escribió en latín a principios del siglo IV y murió hacia el 325. Es importante para nosotros como autor del libro De mortibus persecutorurii, que ciertos sabios niegan que sea obra suya. Recientemente esta cuestión ha sido zanjada en pro de la autenticidad. El susodicho libro nos da informes muy interesantes sobre la época de Diocleciano y de Constantino y concluye con el edicto de Milán. (3)
(1) E. Stein dice en Gnomon, t. IV (julio-agosto, 1928), p. 413: "el poeta Romanos no me parece menos que fastidioso" (langweilig).
(2) P. Maas prepara una ed. critica de las obras de Romanos, V. Byz, Zeits., t. XXIV (1924), p. 284.
(3) V. M. Schanz, Geschichte der romischen Literatur, t. III (2.a ed., Munich, 1905), páginas 445-474. El mejor estudio sobre Lactancio es el de R. Pichón, Étude sur le mouvement historique et religieux sous le régne de Constantin (París, 1901). La bibliografía más reciente acerca de Lactancio se encontrará en K. Roller, Die Kaisergeschichte in Laktanz de Mortibus persecutorum (1927), p. 41.
Si la literatura cristiana de este período está representada por escritores tan notables, la literatura pagana no se queda a la zaga. También en su esfera encontramos una serie de hombres interesantes y llenos de talento.
Entre ellos se distinguió Temistío de Paflagonia (segunda mitad del siglo IV), hombre versado en filosofía, que dirigió la Escuela de Constantinopla y fue, a la vez, un orador y un senador muy estimado, tanto por los paganos como por los cristianos de la época. Escribió una importante serie de Paráfrasis de Aristóteles, en las que se esforzó en esclarecer las más complejas ideas del filósofo griego. Es también autor de unos cuarenta discursos que contienen abundantes informes sobre los sucesos importantes de la época y sobre su vida personal.
Pero el mayor de los escritores paganos del siglo IV fue Libanio de Antioquía, que ejerció sobre sus contemporáneos más influencia que cualquier otra persona. Entre sus discípulos hubo hombres como Juan Crisóstomo, Basilio el Grande y Gregorio Nacianceno. Ya dijimos que el joven Juliano, antes de ascender al trono, estudió con entusiasmo los cursos de Libanio. Entre los numerosos escritos de Libanio tienen particular interés sus 65 discursos públicos. En ellos hay abundante material que permite estudiar la vida interior de la época. No menos importante es la colección de sus cartas, que por la riqueza de su contenido y su notable ingenio pueden compararse con justicia a las de Sinesio de Cirene.
El emperador Juliano fue también uno de los escritores más brillantes del siglo IV. A pesar de su breve carrera, dio pruebas magníficas de su talento en diversas esferas de la literatura. Los discursos en que refleja sus obscuras especulaciones filosóficas y religiosas (su Discurso al Sol Rey), sus epístolas, su obra Contra los cristianos, de la que sólo nos han llegado fragmentos, su libelo satírico contra el pueblo de Antioquía, Misopogon (el que odia la barba) (1), importante desde el punto de vista biográfico, concurren a demostrar que fue un escritor muy dotado, a la vez pensador, historiador, satírico y moralista. Ya hemos dicho en qué medida se mezclaban sus escritos a las realidades actuales de la época. No debemos olvidar que el extraordinario genio de aquel joven emperador no pudo alcanzar su pleno desarrollo a causa de su muerte prematura y repentina.
Al siglo IV pertenece la célebre colección de biografías de emperadores romanos redactada en latín y conocida por el nombre de Historia Augusta. La cuestión de la personalidad de los autores, la época de la compilación de ese libro y su valor histórico, son muy discutibles y han motivado una literatura considerable.(2) A pesar de tantos esfuerzos, un historiador inglés ha podido escribir en 1928: "El tiempo y trabajo gastados sobre la Historia Augusta son enormes; el resultado práctico, la utilidad histórica, equivalen a cero." (3)
(1) El pueblo de Antioquía, como ya dijimos, ridiculizaba la barba de Juliano,
(2) V, por cj, Schanz, Gesch. des romischen Literatur, t. III, 2.a ed., Munich, 1905, i. 83-90. A. Gercken y E. Norden, Einleit
(3) B. Henderson, The Life and Principate o{ the Emperor Hadrian, Londres. 1923, pagina 275.
Recientemente, N. Baynes ha tratado, de un modo muy interesante, de demostrar que esa colección se escribió bajo Juliano, el Apóstata, con un fin determinado: hacer propaganda de Juliano el Apóstata, del conjunto de su administración y de religiosa. Tal opinión no ha sido juzgada aceptable por los sabios y el mismo autor (1) comenta que su sugestión ha tenido, en conjunto, "mala Prensa." (2)
La literatura pagana de los siglos IV y V está representada también por varios escritores que sobresalen en el campo de la historia pura. Sólo citaremos los más importantes.
Ya mencionamos a Prisco de Tracia, historiador del siglo V, que relató la embajada a los hunos. Su Historia bizantina, que nos ha llegado fragmentariamente, y sus informes sobre la vida y costumbres de los hunos, son muy interesantes y valiosos. Prisco es la fuente principal de que se sirvieron los historiadores latinos del siglo VI, Casiodoro y Jordanes, para la historia de Atila y los hunos.
Zósimo. que vivió en el siglo V y comienzos del VI, escribió una Historia Nueva, que abarca hasta el sitio de Roma por Alarico el 410. Sectario entusiasta de los dioses antiguos, explica la caída del Imperio por la ira de las divinidades desdeñadas por los romanos y censura más que a nadie a Constantino el Grande. Tiene muy alta opinión de Juliano.
Amiano Marcelino, grecosirio nacido en Antioquía, escribió a fines del siglo IV, en latín, su Res Gestae, Historia del Imperio romano. Se esforzó en continuar en cierto modo la historia de Tácito, llevando su relato desde Nerva a la muerte de Valente (96-378). Sólo nos han llegado los dieciocho últimos libros de su historia, que abarcan los sucesos comprendidos entre 353 y 378. El autor aprovecha su ruda experiencia militar y su participación en las campañas de Juliano contra los persas, y relata acontecimientos contemporáneos sobre los que poseía informes directos. Fue pagano hasta el fin de su vida, pero mostró mucha tolerancia hacia el cristianismo. Su historia es una fuente muy importante para el período de Juliano y Valente, así como para la historia de los godos y el principio de la de los hunos. Recientemente se ha emitido sobre su talento literario una opinión favorable. E. Steín le llama el mayor genio literario que ha visto la historia de Tácito al Dante. (3) N. Baynes le califica de "último gran historiador de Roma." (4)
Atenas, centro del decadente pensamiento clásico, fue en el siglo V residencia del último representante eminente del neoplatonismo, Proclo de Constantinopla, que escribió y enseñó en aquella ciudad durante muchos años. Allí nació también la esposa de Teodosio II, Atenais-Eudocia, que tuvo algún talento literario y compuso varias obras.
No hablaremos aquí de la literatura de la Europa occidental en este período, que está representada por las notables obras de San Agustín y otros prosistas y poetas.
(1) N. Baynes, The Historia Augusta: its date and purpose, Oxford, 1926, p. 57-58. En las páginas 7-16 se halla una buena bibliografía. El autor empieza su libro con el citado pasaje de Henderson.
(2) N. Baynes, The Historia Augusta: its date and purpose. A reply to críticísm (The Clnssical Quarterly, t. XXII, 1928, p. 166).
(3) E. Stein, Geschichte des spatromischen Reiches, t. I, p. 331.
(4) N. Baynes en el Journal of Román Studtes, t. XVIII, 2 (1928), p. 524.
Después del traslado de la capital a Constantinopla, el latín siguió siendo a lengua oficial del Imperio, y así continuó durante los siglos IV y V. El latín de empleó en todos los decretos imperiales compilados en el Código de Teodosio, así como en los decretos posteriores del siglo V y albores del VI. Pero, según ya notamos, a medida que se desarrollaba la Escuela superior de Constantinopla, la preponderancia del latín declinó y se prefirió decididamente emplear el griego, que era, al cabo, el idioma más extendido en la "pars orientalis" del Imperio. Además, la tradición griega había sido nutrida por la Escuela pagana de Atenas, cuya decadencia fue precipitada, sin. embargo, por el triunfo del cristianismo.
En el campo artístico, los siglos IV, y VI representaron un período de síntesis. Los diversos elementos que contribuyeron a la formación de un arte nuevo se fundieron entonces en un todo orgánico. Aquel arte nuevo llevó el nombre de arte bizantino o cristiano-oriental. A medida que la ciencia histórica estudia más hondamente las raíces de ese arte, se va haciendo más notorio que Oriente y sus tradiciones tuvieron un papel preponderante en el desarrollo del arte bizantino. A fines del último siglo, ciertos sabios alemanes sostuvieron la teoría de que "el arte del Imperio romano" (Romische Reichsknst"), desarrollado en Occidente durante los dos primeros siglos del Imperio, substituyó a la antigua cultura helenística oriental, que se hallaba en decadencia, y proporcionó, por decirlo así, la piedra angular sobre la que había de erigirse más tarde el arte cristiano de los siglos IV y V. A la sazón, esa teoría ha sido abandonada. Desde la aparición, en 1900, de la célebre obra de D. B. Ainalov sobre El origen helenístico del arte bizantino y la publicación, en 1901, del libro El Oriente y Roma, del sabio austríaco J. Strzygowski se discute esa influencia ejercida por el antiguo Oriente. En sus obras, muy numerosas e interesantes, Strzygowski, después de buscar el centro de tal influjo en Constantinopla, se vuelve hacia Egipto, Asia Menor y Siria y, remontando hacia el este y el norte, rebasa las fronteras de Mesopotamia y busca las raíces de dicha influencia en as mesetas y montañas de Armenia y el Irán. Según él, (do que la Hélade fue para el arte de la antigüedad, lo es el Irán para el arte del nuevo mundo cristiano." (1) también cuenta con la India y el Turkestán chino para que le proporcionen datos ulteriores capaces de dilucidar el problema. Aunque reconociendo los grandes servicios prestados por Strzygowski en el campo de las investigaciones sobre el origen del arte bizantino, la ciencia histórica contemporánea se mantiene aún reservada acerca de las más recientes hipótesis de dicho autor. (2)
El siglo IV fue un período de la mayor importancia en la historia del arte bizantino. El nuevo régimen del cristianismo dentro del Estado romano provocó una expansión rápida de aquella religión. Tres elementos el cristianismo, el helenismo y el Oriente se encontraron en el siglo IV y de su unión salió el arte cristiano-oriental.
Constantinopla, ya centro político del Imperio, se convirtió gradualmente en centro intelectual y artístico. Ello no fue instantáneo. "Constantinopla no tenía una civilización preexistente que le permitiera resistir a la invasión de las fuerzas exóticas o gobernarlas. Tuvo, al principio, que pesar y asimilar nuevas influencias, tarea que exigía al menos un centenar de años." (3)
Siria y Antioquía, Egipto y Alejandría, el Asia Menor, que veían reflejarse en su vida artística las influencias de tradiciones más antiguas, ejercieron influjo muy fuerte y provechoso en el desarrollo del arte bizantino. La Arquitectura siria prosperó durante el curso de los siglos IV, V y VI. Ya vimos que las magníficas iglesias de Jerusalén y Belén, y algunas de Nazaret, fueron edificadas bajo Constantino el Grande. Un esplendor insólito caracterizó a las iglesias de Antioquía y Siria. "Antioquía, como centro de una civilización brillante, asumió naturalmente la dirección del arte cristiano en Siria." (4)
(1) J. Strzygowsky, Ursprung der christlichen Kirchenkunst (Leipzig, 1920), p. 18. Hay una trad. inglesa: Origin of Christian Church art, por O. Dalton y H.. "Braunholtz (Oxford, 1923), p. 21, En las páginas 253-259 se halla una lista de obras de Smygowski.
(2) V., por ej., Diehl, Manuel d'Art byzantin, t. I, p. 16-21; Dalton, East chrístian art (Oxford, 1935), p. 10-23, Y en especial 366-3766.
(3) O. Dalton, Byzantine art and Archaeology, Londres, 1911, p. 10.
(4) Diehl, Manuel, t. I, p. 36.
Por desgracia sólo poseemos muy pocos datos sobre el arte de Antioquía. Las "ciudades muertas" de la Siria central, descubiertas en 1860-61 por De Vogué, nos dan alguna idea de lo que fue la arquitectura cristiana en los siglos IV, V y VI. Una de las obras arquitectónicas más notables de fines del siglo V fue el célebre monasterio de San Simeón Estilita (Kalat-Seman), entre Antioquía y Alepo. Aun hoy resultan impresionantes sus majestuosas ruinas. (1) El famoso friso de Mschatta (al este del Jordán), actualmente en el Museo del emperador Federico, en Berlín, parece ser una obra de los siglos IV, V ο VI. (2) Al principio del siglo V pertenece igualmente una muy bella basílica elevada en Egipto por Arcadio sobre el emplazamiento de la tumba de Menas, uno de los más renombrados santos egipcios. Las ruinas de esta basílica han sido estudiadas recientemente por C. M. Kaufman. (3)
En el campo del mosaico, del retrato, de la tapicería (escenas pintadas sobre telas: primeros siglos del cristianismo), etc., poseemos varios ejemplares interesantes correspondientes a este período.
Sabemos que en el siglo v, bajo Teodosio II, Constantinopla fue rodeada de fortificaciones que subsisten aun en nuestros días. La Puerta de Oro ("Porta Áurea") se edificó a fines del siglo IV o comienzos del V. Por ella entraban oficialmente los emperadores en Constantinopla. Esa puerta, notable por la belleza de su arquitectura, existe todavía. Al nombre de Constantino está vinculada la edificación de las iglesias de Santa Irene y de los Santos Apóstoles, en Constantinopla. Santa Sofía, cuya construcción se inició en esa época, fue acabada bajo Constancio, hijo de Constantino. Estos templos fueron reconstruidos en el siglo VI por Justiniano. En el siglo V la nueva capital se ornó con otra iglesia, la basílica de San Juan de Studion, hoy mezquita de Imr Ahor. (4)
En las regiones occidentales del Imperio se han conservado cierto número de monumentos del arte bizantino primitivo. Entre ellos cabe citar algunas iglesias de Tesalónica o Salónica; el palacio de Diocleciano en Spalato (Dalmacia), de principios del siglo IV; varias pinturas de Santa María la Antigua, de Roma, que parecen datar de fines del siglo V (5); el mausoleo de Gala Placidia y el baptisterio ortodoxo de Ravena (siglo V), así como algunos monumentos de África del Norte.
En la historia del arte, los siglos IV y V bizantinos pueden considerarse como el período preliminar que prepara la época de Justiniano el Grande, bajo quien "la capital había de sentir plena consciencia de sí misma y asumir un papel director. Se ha descrito justamente esta época como la primera edad de oro del arte bizantino."(6)
(1) Se hallarán un plano y reproducciones en Diehl, Manuel, i. I, p. 36-37 y 45-47.
(2) Sobre las diferencias cronológicas, v. Diehl, t. I, p. 53; Dalton, Enst christian art, p. 109, n. 1.
(3) C. M. Kaufman, Die Menasstadt, Leipzig, 1910, v. I.
(4) Es decir, del Gran Escudero: por Ilias bey, quien transformó el templo en mezquita bajo Bayaceto Π. (N. del R.)
(5) Dalton, East christian art, p. 249. Diehl, t. I, p. 352.
(6) Dalton, Byzanttne art and Archaeology, p. 1o.
Trabajos generales
H. Schiller, Geschichte der rómischen Kaiserzeit, II: Von Diokletian bis zum
Gode Theodosius des Grossen (Gotha, 1887). Muy bueno en lo político; superficial en lo religioso. Se prepara una nueva edición. V. duruy, Histoire des Romains (París, 1883-85), vol. VI, VIL G. Boissier, La fin du paganísme (París), 2 volúmenes, varias ediciones. A. Harnack, Die Missíon und Ausbreitung des Christentums in den ersten drei Jahrhunderten (Leipzig, 1924), 2. v. 4.a ed. revisada. O. seeck, Geschichte des Untergangs der antiken Welt (Berlín y Stuttgart, 1893 - 1920), 6. v. la 3-a ed. del I vol. apareció en 1910; la 2. de los vol. II y III, en 1921).
The Cambridge Medieval History, vol. I, 1911. J. B. Bury, A History of the Later Román Empire (Londres, 1923), v. I. J. Kulakovski, La Historia de Bizancio (Kiev, 1913), 2.a ed. vol. I, en ruso. F. I. uspenskl, Historia del Imperio bizantino (San Petersburgo, 1913), vol. I, en ruso.
S. P. chestakov, Lecciones sobre la historia de Bizancio (Kazan, 1915), 2." ed. vol. I, en ruso.
C. N. uspenski, Apuntes de historia bizantina (Moscú, 1917), t. I, en ruso.
V. Bolotov, Lecciones sobre la historia de la Iglesia antigua. III: Historia de la Iglesia en el período de los concilios ecuménicos (San Petersburgo, 1913) Muy importante. En ruso.
F. lot, La fin du monde antique et le debut du moyen age (París, 1927). Importante. (Hay traducción castellana.)
E. Stein, Geschichte des spatromischen Reichs, I (Viena, 1928). Importante.
Monografías sobre reinados o cuestiones aisladas (hay una vasta literatura J. Burckhardt, Die Zeit Constantins des Grossen, 3.a ed. (Leipzig, 1898; 1. ed., 1853). Obra brillante, pero muy escéptica. J. maurice, Numismatique constantinienne (París, 1908-1912), V. Ι-ΙΙΙ. Muy importante.
Edicto de Milán. Entre ellas Citaremos las Siguientes:
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A. Brilliantov, El emperador Constantino el Grande y el Edicto de Milán, 313 (Petrogrado, 1916, en ruso). Obra excelente, cuyo análisis se apoya en el estudio de las fuentes originales y las obras modernas, incluyendo la considerable literatura de 1913.
P. Batiffol, La Paix constantinienne et le catholitisme (3.a ed., París, 1914).
H. Leclercq, Constantin, en el Dictionaire d'archcologie cristienne et de liturgie, de F. Cabrol (París, 1914), III (2), 2622-95. Artículo muy importante, con una excelente bibliografía.
C. B. Coleman, Constantine the Great and Christianity (Nueva York, 1914), Studies tn History, Economics and Piiblic Law, ed. by the Facutty of Political Sciencia of Columbia Unwersity, vol. LX, núm. i (Muy buena bibliografía, pág. 243-254).
M. A. Huttmann, The establishment of Christianity and the Proscription of Paganism (Nueva York, 1914). Ibid. vol. LX, núm. 2 (Buena bibliografía, páginas 250-257).
J. maurice, Constantin le Grand. L'ongine de la civilization chrétíenne (París, 1925)·Normann Baynes, Constantine the Great and the Christian Church. Proceedíngs of the British Academy, XV (Londres, 1929).
henri grégoire, La "conversión" de Constantin, Revue de l'Université de Bruxelles, XXXVI (1930-1931). Muy importante.
André Piganiol, L'Empereur Constantin (París, 1932). Interesante.
Lloyd B. Holsapple., Constantine the Great (Nueva York, 1942). Superficial y mal informado. Véase la crítica de Henri Grégoire en Byzantion, XVI, (1942-1943), p. 555-558.
También Existe Una Vasta Literatura sobre Juliano el Apóstata. Todos los Años Aparecen sobre Él Obras Nuevas.
P. Allard, Julien L'apostat (3 Vol. París, 1900-1903). 3.A Ed. En 1906-1910.
G. Negri, L'imperatore Giuliano l'Apostata (2." Ed. Milán, 1902). Traducción Inglesa por la duquesa Littaaisconti-Arese, En 2 Tom. Nueva York, 1905. J. Geffcken, Kaiser Julianus (Leipzig, 1914). H. Leclercq, Julien L'apostat. Dictionaire D'archéologie Cristienne et de Liturgie, VIII (1928). 305-399. Buena Bibliografía.
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Sobre La Historia de las Invasiones Germánicas.
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Muy Interesante e Importante, Sobre Todo En Los Asuntos de Occidente.
I. Halphen, Les Barbares: des Grandes Invasionsí aux Conquétes Turques du XI Siécle (París, 1926).
Sobre el Arrianismo.
H. M. Gwatkin Studies On Arianism (2.A Ed., Cambridge, 1900). Obra Excelente.
H. M. Gwatkin, Arianism, en The Cambridge Medieval History, I (Cambridge. 1911), 118-142.
Sobre Literatura Bizantina de este Período.
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Justiniano el Grande y sus Sucesores.
(518-610).
L
os sucesores de Zenón y Anastasio se atuvieron, en su política exterior tanto como en su política religiosa, a caminos absolutamente opuestos a los adoptados por aquellos dos emperadores: es decir, se volvieron de Oriente a Occidente.Los Emperadores del Período 518-610.
Entre los años 518 y 578, el trono estuvo ocupado por los emperadores siguientes: primero, Justino, el Viejo (518-527), jefe de la guardia imperial (1), que fue elevado fortuitamente a la púrpura a la muerte de Anastasio; después su ilustre sobrino Justiniano, el Grande (527-565), y, en fin, un sobrino de este ultimo, Justino II, conocido por Justino el Joven (565-578). A los nombres de Justino y Justiniano está ligado estrechamente el problema de su origen. Muchos sabios han tenido durante largo tiempo como un hecho el origen eslavo de Justino y Justiniano. Esta teoría se fundaba en una biografía del emperador Justiniano debida al parecer al abate Teófilo, profesor de Justiniano, y publicada por el conservador de la Biblioteca Vaticana, Nicolás Alemannus, a principios del siglo XVII. En esa "Vida" se halla a Justiniano y a sus padres mencionados por diversos nombres, con los cuales habían, según el autor, sido conocidos en sus países de origen. De acuerdo con las más doctas autoridades en materia de estudios eslavos, tales nombres serían eslavos, como el de Justiniano: "Upravda" ("la verdad," "la justicia"). El manuscrito de Alemannus fue descubierto y estudiado a fines del siglo XIX (1883) por el sabio inglés Bryce, y éste ha demostrado que tal manuscrito, compuesto a principios del siglo XVII, era de carácter legendario y no tenía valor histórico alguno. Por tanto, hoy se debe eliminar en absoluto la teoría del origen eslavo de Justiniano.(1) Cabe, apoyándose en ciertas fuentes, considerar a Justino y Justiniano como probablemente iliríos o acaso albaneses. En todo caso, Justiniano nació en una población de Macedonia, no lejos de la actual ciudad de Uskub, cerca de la frontera albanesa. Algunos sabios hacen remontar su familia a los colonos romanos de Dardania, esto es, de la Macedónia superior.(2) Así, los tres primeros emperadores de este período fueron ilirios o albaneses, pero iliríos y albaneses romanizados. Su lengua materna era el latín.
(1) Era conde de los Excubítores, un regimiento de la guardia.
El débil Justino II murió sin hijos. A instigación de su mujer, Sofía, adoptó al tracio Tiberio, comandante del ejército imperial, y le designó cesar. En esta ocasión Justino pronunció un discurso muy interesante, que ha llegado hasta nosotros en su forma original, esto es, "estenografiado" por los escribas. Este discurso, sincero y contrito, produjo honda impresión en los contemporáneos. (3) He aquí algunos de sus pasajes:
"Sabe que es Dios quien te bendice y te confiere esta dignidad, y no yo... Honra como a tu madre a la que ha sido hasta aquí tu reina; no olvides que antes has sido su esclavo y ahora eres su hijo. No te complazcas en derramar sangre; no te hagas cómplice de muertes; no devuelvas mal por mal y te hagas impopular como yo... Que este boato imperial no te enorgullezca como me enorgulleció a mí... Presta atención al ejército; no estimules a los delatores y no dejes que los hombres digan de ti: "Su predecesor era tal y tal"; porque te hablo por mi propia experiencia." (4)
(1) J. Bryce, Life of Justinian by Theopilus, en el Archivio della Reale Societa Romana di Storia Patria, t. X {Roma. 1887), p. 137-171, y en la English Historical Review, t. II (1887), p. 657-684.
(2) Jirecek, Geschichte der Serben (Gotha, 1911), t. I, p. 36. Bury, t. II, p. 18, n. 3. Sobre el origen de Justiniano, v. A. Yasilícv, El problema del origen eslavo de Justiniano (Bizantinski Vremennik, t. I (1894), p. 469-492, en ruso).
(3) El texto del discurso se hallará en Teofilacto Simocatta, III, II, ed. de Boor, páginas 132-133. Evagrio, V, 13. Juan de Efeso, III, 5. En un artículo muy interesante a propósito de ese discurso, el sabio ruso V. Valdenberg demuestra que esos tres escritores nos dan tres versiones diferentes de la misma arenga. (V. Valdenberg, Un discurso de Justino II a Tiberio, en el Boletín de la Academia de Ciencias de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Leningrado, 1928, n. 2, p. 129. en ruso.)
(4) Según la trad. dada por Bury de la versión de Teofilacto (Bury, t. II (1889), p. 77-78).
A la muerte de Justino II, Tiberio reinó con el nombre de Tiberio II (578-5855). Con él terminó la dinastía de Justiniano. Su sucesor fue su yerno Mauricio (582-602). Las fuentes no están acordes sobre el origen de Mauricio. Algunos pretenden que su familia procedía de la lejana población capadocia de Arabissus (1) cerca de la actual Elbistán-, mientras, otros, aunque llamándole capadocio, declaran que fue el primer griego que ascendió al trono bizantino.(2) En rigor no hay contradicción entre los términos, porque es muy posible que Mauricio fuera en realidad el primer emperador de raigambre griega, aunque naciese en Capadocia. (3) Pero, según otra tradición, era romano.(4) Finalmente, Kulakovski considera probable que Mauricio fuese de origen armenio, porque la población indígena de Capadocia era armenia.(5) El ultimo emperador del período justinianeo fue el tirano tracio Focas (602-610), que destronó a Mauricio.
Justino I
Desde su exaltación al trono, Justino I abandonó la política religiosa seguida por sus dos predecesores inmediatos, aproximándose definidamente a los adeptos de la doctrina de Calcedonia y abriendo una serle de furiosas persecuciones contra los monofisistas. El gobierno se reconcilió con Roma y así concluyó el desacuerdo entre las Iglesias oriental y occidental, que se remontaba al reinado de Zenón y al Henótico. La política religiosa de los emperadores de este período fue ortodoxa y el Estado se enajenó, una vez más, la simpatía de sus provincias orientales.
(1) Evagrio, Hist. ecl., t. V, p. 19. Juan de Efeso, Hist. ed., V, p. ai.
(2) Paulo Diácono, Historia Longobardorum, III, 15.
(3) V. Stein, Studien, p. 100, n.° s.
(4) Evagrio, t. V, p. 19.
(5) f. A. Kulakovski, Historia del Imp. Bizant., t. II, p. 419 (en ruso)
(6) Diehl, Figures byzantines, París, 1906, t. I, p. ,56.
Justiniano el Grande. Teodora.
Justino I tuvo por sucesor a su sobrino Justiniano (527-565), la figura más importante de toda su época.
Al nombre de Justiniano está íntimamente vinculado el de su esposa Teodora, una de las mujeres más interesantes de la historia bizantina. La "Historia secreta," de Procopio, contemporáneo de Justiniano, pinta con colores muy vivos la vida borrascosa de Teodora en sus años juveniles. De creer al autor, la hija del guardián de los osos del Hipódromo vivió en la atmósfera viciada del teatro de aquella época, y sus aventuras galantes fueron numerosas. Había recibido de la naturaleza una gran hermosura, gracia, inteligencia e ingenio. Según Diehl, "divirtió, encantó y escandalizó a Constantinopla.(6) Procopio cuenta que la gente honrada, cuando la encontraba en la calle, cambiaba de camino para no macular sus vestiduras al contacto de ella. (1) Pero estos detalles vergonzosos sobre la juventud de la futura emperatriz deben ser acogidos con las mayores reservas, porque todos emanan de Procopio, quien, en su Historia secreta, se propone, ante todo, difamar a Justiniano y a Teodora. Después de los años tempestuosos de la primera parte de su vida, Teodora desapareció de la capital y permaneció en África algunos años. De vuelta a Constantinopla ya no era la actriz de antes. Había dejado la escena y llevaba una vida de retiro, dedicando gran parte de su tiempo a hilar y testimoniando el interés más vivo por las cuestiones religiosas. En esta época la vio por primera vez Justiniano. Su belleza causó en él viva impresión. Hizo acudir a Teodora a la corte, la elevó al rango de patricia y a poco casó con ella. Al ser hecho Justiniano emperador, su mujer se convirtió en emperatriz. En su nuevo papel, Teodora se mostró a la altura de la situación, manteniéndose fiel a su marido, interesándose en los asuntos del Estado, demostrando gran penetración y ejerciendo considerable influencia sobre Justiniano en materias de gobierno. Durante la sublevación del 532, de la cual hablaremos después, Teodora cumplió un papel de importancia durante la gestión imperial de su marido. Con su sangre fría y su energía extraordinarias, probablemente salvó al Estado de nuevas convulsiones y lo apoyó a Justiniano en momentos donde las decisiones políticas al emperador, lo hacían dudar por su impacto en el Imperio. En lo religioso, manifestó con franqueza sus preferencias por el monofisismo, en lo que fue opuesta a su marido, que vacilaba y que, si bien haciendo concesiones al monofisismo, se aferró a la ortodoxia en el curso de todo su largo reinado. En este punto Teodora acreditó comprender mejor que Justiniano la importancia de las provincias orientales monofisistas, que eran de hecho las zonas vitales del Imperio.
Teodora murió de cáncer el 548, mucho antes que Justiniano. (2) En el famoso mosaico de la iglesia de San Vital, de Ravcna, mosaico que se remonta al siglo VI , Teodora aparece en hábitos imperiales, rodeada de su corte. Los historiadores eclesiásticos contemporáneos de Teodora, así como los historiadores posteriores, han juzgado a la emperatriz con gran severidad. No obstante, en el almanaque ortodoxo, en la fecha 14 de noviembre, se lee: "Asunción del soberano ortodoxo Justiniano aniversario de la reina Teodora."
(1) Procopio, Historia Arcana, 9, 25, ed. Haury. p. 60-61.
(2) Victoria Tonnennensis, Chronica, s. a. 549: Theodora Augusta Chalcedonensis synodi initnica canceris plaga corpore tota perfusa vitam prodigiose finivit (Chronica Minora, edición Mommsen, t. II, p. 202).
La Política Exterior de Justiniano y su Ideología.
Las numerosas guerras de Justiniano fueron en parte ofensivas y en parte defensivas. Las unas fueron sostenidas contra los Estados germánicos bárbaros de la Europa occidental; las otras contra Persia al este y los eslavos al norte.
Justiniano dirigió el grueso de sus fuerzas a Occidente, donde la actividad militar de los ejércitos de Bizancio quedó coronada por brillantes éxitos. Los vándalos y los ostrogodos hubieron de someterse al emperador bizantino. Los visigodos experimentaron también, aunque en menor grado, el poder de Justiniano. El Mediterráneo se convirtió, por decirlo así, en un lago bizantino. En sus decretos, Justiniano pudo darse el nombre de Caesar Flavius Justinianus, Alamannicus, Gothicus, Francicus, Germanicus, Anticus, Alanicus, Vandalicus, Africanus. Pero este anverso brillante de su política exterior tuvo un reverso. El éxito se pagó caro, muy caro para el Imperio, porque tuvo como consecuencia el agotamiento económico completo del Estado bizantino. Además, al trasladarse los ejércitos a Occidente, el Oriente y el Norte quedaron abiertos a las invasiones de los persas, los eslavos y los hunos.
A juicio de Justiniano, los germanos eran los mayores enemigos del Imperio. Así reapareció la cuestión germánica en el Imperio bizantino durante el siglo VI, con la única diferencia de que en el siglo V eran los germanos quienes atacaban al Imperio, mientras en el VI fue el Imperio el que atacó a los germanos.
Justiniano, al subir al trono, se tornó en representante de dos grandes ideas: la idea imperial y la idea cristiana. Considerándose sucesor de los Cesares romanos, creyó su sacrosanto deber reconstituir el Imperio en sus límites íntegros de los siglos I y II. Como emperador cristiano, no podía tampoco permitir a los germanos arríanos oprimir a las poblaciones ortodoxas. Los emperadores de Constantinopla, en su calidad de herederos legítimos de los Cesares, tenían derechos históricos sobre la Europa occidental, ocupada por los bárbaros. Los reyes germánicos no eran sino vasallos del emperador bizantino, que había delegado en ellos el poder sobre Occidente. El rey franco Clodoveo había sido elevado a la dignidad de cónsul por el emperador Anastasio, y el mismo Anastasio había confirmado oficialmente los poderes del rey ostrogodo Teodorico. Cuando decidió iniciar la guerra contra los godos, Justiniano escribía: "Los godos, que se han apoderado por la violencia de nuestra Italia, se han negado a devolverla." (1) Él seguía siendo soberano natural de todos los gobernadores que había dentro de los límites del Imperio romano. Como emperador cristiano, había recibido la misión de propagar la verdadera fe entre los infieles, ya fuesen herejes o paganos. La teoría emitida por Eusebio de Cesárea en el siglo IV conservaba su vigencia en el VI. Ella se halla en la base de la convicción de Justiniano, persuadido de que era su deber restaurar el Imperio romano único, el cual, según los términos de una novela (2), alcanzaba antaño las orillas de los dos océanos, habiéndolo perdido los romanos por negligencia. De esta antigua teoría se desprende también la otra convicción de Justiniano de que debía introducir en el Imperio reconstituido una fe cristiana única, tanto entre los paganos como entre los cismáticos. Tal fue la ideología de Justiniano, quien llevó tan ambiciosa política, tal cruzada, al sueño de la sumisión de todo el universo conocido entonces.
(1) Procopio, De bello gothico, I, 5, 8, cd. Haury, II, 26.
(2) Justiniano, Novelas, 30 (44), II, ed. Zacarías von Lingenthal, I, 276. El texto de la Novela está citado por Lot en La fin du monde antique, p. 299-300: "Dios nos ha concedido el llevar a los persas a concluir la paz, el someter a vándalos, alanos y moros, el recobrar toda África y Sicilia, y tenemos buena esperanza de que el Señor nos concederá lo restante de este Imperio que los romanos de antaño extendieron hasta los límites de los dos océanos y perdieron por indolencia."
Pero no se debe olvidar que esas grandiosas pretensiones del emperador sobre las zonas perdidas del Imperio romano no eran exclusivamente convicciones personales suyas. Análogas reivindicaciones parecían naturales en absoluto a los pobladores de las provincias ocupadas por los bárbaros. Los indígenas de aquellas provincias caídas bajo la dominación arriana veían en Justiniano su único defensor. La situación del África del Norte bajo los vándalos era especialmente difícil de soportar, porque los vándalos habían entablado severas persecuciones contra la población ortodoxa indígena, aprisionando a muchos ciudadanos y representantes del clero y confiscando los bienes de la mayoría. Emigrados y desterrados africanos, y entre ellos numerosos obispos ortodoxos, acudían a Constantinopla implorando al emperador que atacase a los vándalos y asegurándole que un levantamiento general de los indígenas acompañaría semejante tentativa.
Disposiciones análogas se hallaban en Italia, donde la población indígena, a pesar de la persistente tolerancia religiosa de Teodorico y del muy desarrollado gusto de éste por la civilización romana, seguía sintiendo un descontento profundo y volvía sus miradas a Constantinopla, en la esperanza de que ésta ayudaría a librar Italia de la dominación de los invasores y a restablecer la fe ortodoxa. Los propios reyes bárbaros alentaban las ambiciosas aspiraciones del emperador, puesto que continuaban mostrando el más profundo respeto por el Imperio, probando por todos los medios su adhesión al emperador, solicitando títulos honoríficos romanos, acuñando su moneda con la imagen del soberano imperial, etc. De buen grado habrían repetido, con expresión de Diehl, (1) la frase de aquel príncipe visigodo: "El emperador es un dios sobre la tierra y quien levante su mano sobre él debe expiarlo con su sangre." (2)
Aunque la situación de África e Italia fuese favorable al emperador, las guerras emprendidas por él contra ostrogodos y vándalos habían de ser extremamente difíciles y largas.
La expedición contra los vándalos no se presentaba muy fácil. Había de transportarse, por mar, al África del Norte, un ejército que debería luchar contra un pueblo posesor de una flota potente, la cual, ya a mediados del siglo V, había tentado, con éxito, un golpe sobre Roma. Además, el traslado del grueso de las fuerzas imperiales a Occidente había de implicar graves consecuencias en Oriente, donde Persia, el más peligroso enemigo del Imperio, mantenía con éste continuas guerras fronterizas.
Procopio da un interesante relato de la sesión del Consejo en que se debatió por primera vez la expedición a África. (3) Los consejeros más fieles del emperador expresaron dudas sobre las posibilidades de éxito de la empresa y la consideraron precipitada. Justiniano empezaba a titubear, pero acabó triunfando de su breve flaqueza e insistió en su plan primitivo. La expedición se resolvió. A la vez, se producía en Persia un cambio de dinastía y, en 532, Justiniano lograba concluir una paz "p